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Universidad Pedagógica Nacional

GRAMSCI Y LA EDUCACIÓN
Aportes para la construcción de una pedagogía para la paz en Colombia

Seminario a cargo de Hernán Ouviña

TEXTOS JUVENILES DE ANTONIO GRAMSCI

Preguntas orientadoras para la lectura y el debate colectivo:

1. ¿Qué concepción de cultura critica Gramsci? ¿Cómo debe ser concebida según él?
2. ¿Cuál es la interpretación que realiza de la revolución rusa? ¿Por qué no puede equipararse a la
revolución francesa? ¿Qué papel juegan los factores espirituales y culturales en un proceso
revolucionario?
3. ¿Por qué la clase trabajadora no puede darse el lujo de ser ignorante y la burguesía sí?
4. ¿Qué rol juegan la educación y los procesos formativos en la prefiguración de la sociedad futura?
5. ¿Qué papel pedagógico-político cumplen los consejos barriales, campesinos y de fábrica?
6. ¿En qué se diferencia la experiencia de la escuela nocturna en la que participa Gramsci, de las
escuelas tradicionales? ¿Cómo caracteriza al “verdadero maestro”? ¿Qué relación establece entre
educación y vida cotidiana?
7. ¿Qué críticas formula a quienes consideran como incapaces a los trabajadores?

SOCIALISMO Y CULTURA1

Nos cayó a la vista hace algún tiempo un artículo en el cual Enrico Leone, de esa forma complicada
y nebulosa que le es tan a menudo propia, repetía algunos lugares comunes acerca de la cultura y el
intelectualismo en relación con el proletariado, oponiéndoles la práctica, el hecho histórico, con los
cuales la clase se está preparando el porvenir con sus propias manos. No nos parece inútil volver
sobre ese tema, ya otras veces tratado en el Grido y que ya se benefició de un estudio más
rigurosamente doctrinal, especialmente en la Avanguardia de los jóvenes, en ocasión de la polémica
entre Bordiga, de Nápoles, y nuestro Tasca.

Vamos a recordar dos textos: uno de un romántico alemán, Novalis (que vivió de 1772 a 1801), el
cual dice: "El problema supremo de la cultura consiste en hacerse dueño del propio yo
trascendental, en ser al mismo tiempo el yo del yo propio. Por eso sorprende poco la falta de
percepción e intelección completa de los demás. Sin un perfecto conocimiento de nosotros mismos,
no podremos conocer verdaderamente a los demás".

El otro, que resumiremos, es de G. B. Vico. Vico (en el Primer corolario acerca del habla por

1 Il Grido del Popolo, 29 de enero de 1916. Reproducido en Antonio Gramsci: Antología, Editorial Siglo XXI,
Buenos Aires.
caracteres poéticos de las primeras naciones, en la Ciencia Nueva) ofrece una interpretación política
del famoso dicho de Solón que luego adoptó Sócrates en cuanto a la filosofía, "Conócete a ti
mismo", y sostiene que Solón quiso con ello exhortar a los plebeyos -que se creían de origen animal
y pensaban que los nobles eran de origen divino-a que reflexionaran sobre sí mismos para
reconocerse de igual naturaleza humana que los nobles, y, por tanto, para que pretendieran ser
igualados con ellos en civil derecho. Y en esa conciencia de la igualdad humana de nobles y
plebeyos pone luego la base y la razón histórica del origen de las repúblicas democráticas de la
Antigüedad.

No hemos reunido esos dos textos por capricho. Nos parece que en ellos se indican, aunque no se
expresen ni definan por lo largo, los límites y los principios en los cuales debe fundarse una justa
comprensión del concepto de cultura, también respecto del socialismo.

Hay que perder la costumbre y dejar de concebir la cultura como saber enciclopédico en el cual el
hombre no se contempla más que bajo la forma de un recipiente que hay que rellenar y apuntalar
con datos empíricos, con hechos en bruto e inconexos que él tendrá luego que encasillarse en el
cerebro como en las columnas de un diccionario para poder contestar, en cada ocasión, a los
estímulos varios del mundo externo. Esa forma de cultura es verdaderamente dañina, especialmente
para el proletariado. Sólo sirve para producir desorientados, gente que se cree superior al resto de la
humanidad porque ha amontonado en la memoria cierta cantidad de datos y fechas que desgrana en
cada ocasión para levantar una barrera entre sí mismo y los demás. Sólo sirve para producir ese
intelectualismo cansino e incoloro tan justa y cruelmente fustigado por Romain Rolland y que ha
dado a luz una entera caterva de fantasiosos presuntuosos, más deletéreos para la vida social que los
microbios de la tuberculosis o de la sífilis para la belleza y la salud física de los cuerpos. El
estudiantillo que sabe un poco de latín y de historia, el abogadillo que ha conseguido arrancar una
licenciatura a la desidia y a la irresponsabilidad de los profesores, creerán que son distintos y
superiores incluso al mejor obrero especializado, el cual cumple en la vida una tarea bien precisa e
indispensable y vale en su actividad cien veces más que esos otros en las suyas. Pero eso no es
cultura, sino pedantería; no es inteligencia, sino intelecto, y es justo reaccionar contra ello.

La cultura es cosa muy distinta. Es organización, disciplina del yo interior, apoderamiento de la


personalidad propia, conquista de superior conciencia por la cual se llega a comprender el valor
histórico que uno tiene, su función en la vida, sus derechos y sus deberes, Pero todo eso no puede
ocurrir por evolución espontánea, por acciones y reacciones independientes de la voluntad de cada
cual, como ocurre en la naturaleza vegetal y animal, en la cual cada individuo se selecciona y
específica sus propios órganos inconscientemente, por la ley fatal de las cosas. El hombre es sobre
todo espíritu, o sea, creación histórica, y no naturaleza. De otro modo no se explicaría por qué,
habiendo habido siempre explotados y explotadores, creadores de riqueza y egoístas consumidores
de ella, no se ha realizado todavía el socialismo. La razón es que sólo paulatinamente, estrato por
estrato, ha conseguido la humanidad conciencia de su valor y se ha conquistado el derecho a vivir
con independencia de los esquemas y de los derechos de minorías que se afirmaron antes
históricamente. Y esa conciencia no se ha formado bajo el brutal estímulo de las necesidades
fisiológicas, sino por la reflexión inteligente de algunos, primero, y, luego, de toda una clase sobre
las razones de ciertos hechos y sobre los medios mejores para convertirlos, de ocasión que eran de
vasallaje, en signo de rebelión y de reconstrucción social.

Eso quiere decir que toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de
penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos al principio refractarios
y sólo atentos a resolver día a día, hora por hora, y para ellos mismos su problema económico y
político, sin vínculos de solidaridad con los demás que se encontraban en las mismas condiciones.
El último ejemplo, el más próximo a nosotros y, por eso mismo, el menos diverso del nuestro, es el
de la Revolución francesa. El anterior período cultural, llamado de la Ilustración y tan difamado por
los fáciles críticos de la razón teorética, no fue -o no fue, al menos, completamente- ese revoloteo
de superficiales inteligencias enciclopédicas que discurrían de todo y de todos con uniforme
imperturbabilidad, que creían ser hombres de su tiempo sólo una vez leída la Gran enciclopedia de
D' Alembert y Diderot; no fue, en suma, sólo un fenómeno de intelectualismo pedante y árido, como
el que hoy tenemos delante y encuentra su mayor despliegue en las Universidades populares de
ínfima categoría. Fue una revolución magnífica por la cual, como agudamente observa De Sanctis
en la Storia della letteratura italiana, se formó por toda Europa como una conciencia unitaria, una
internacional espiritual burguesa sensible en cada una de sus partes a los dolores y a las desgracias
comunes, y que era la mejor preparación de la rebelión sangrienta luego ocurrida en Francia.

En Italia, en Francia, en Alemania se discutían las mismas cosas, las mismas instituciones, los
mismos principios. Cada nueva comedia de Voltaire, cada pamphlet nuevo, era como la chispa que
pasaba por los hilos, ya tendidos entre Estado y Estado, entre región y región, y se hallaban los
mismos consensos y las mismas oposiciones en todas partes y simultáneamente. Las bayonetas del
ejército de Napoleón encontraron el camino ya allanado por un ejército invisible de libros, de
opúsculos, derramados desde París a partir de la primera mitad del siglo XVIII y que habían
preparado a los hombres y las instituciones para la necesaria renovación. Más tarde, una vez que los
hechos de Francia consolidaron de nuevo la conciencia, bastaba un movimiento popular en París
para provocar otros análogos en Milán, en Viena, y en los centros más pequeños. Todo eso parece
natural, espontáneo, a los facilones, pero en realidad sería incomprensible si no se conocieran los
factores de cultura que contribuyeron a crear aquellos estados de ánimo dispuestos a estallar por una
causa que se consideraba común.

El mismo fenómeno se repite hoy para el socialismo. La conciencia unitaria del proletariado se ha
formado o se está formando a través de la crítica de la civilización capitalista, y crítica quiere decir
cultura, y no ya evolución espontánea y naturalista. Crítica quiere decir precisamente esa conciencia
del yo que Novalis ponía como finalidad de la cultura. Yo que se opone a los demás, que se
diferencia y, tras crearse una meta, juzga los hechos y los acontecimientos, además de en sí y por sí
mismos, como valores de propulsión o de repulsión. Conocerse a si mismos quiere decir ser lo que
se es, quiere decir ser dueños de sí mismo, distinguirse, salir fuera del caso, ser elemento de orden,
pero del orden propio y de la propia disciplina a un ideal. Y eso no se puede obtener si no se conoce
también a los demás, su historia, el decurso de los esfuerzos que han hecho los demás para ser lo
que son, para crear la civilización que han creado y que queremos sustituir por la nuestra. Quiere
decir tener noción de qué es la naturaleza, y de sus leyes, para conocer las leyes que rigen el
espíritu. Y aprenderlo todo sin perder de vista la finalidad última, que es conocerse mejor a sí
mismos a través de los demás, y a los demás a través de sí mismos.
Si es verdad que la historia universal es una cadena de los esfuerzos que ha hecho el hombre por
liberarse de los privilegios, de los prejuicios y de las idolatrías, no se comprende por qué el
proletariado, que quiere añadir otro eslabón a esa cadena, no ha de saber cómo, y por qué y por
quién ha sido precedido, y qué provecho puede conseguir de ese saber.

NOTAS SOBRE LA REVOLUCION RUSA2

¿Por qué la Revolución rusa es una revolución proletaria?

Al leer los periódicos, al leer el conjunto de noticias que la censura ha permitido publicar, no se
entiende fácilmente. Sabemos que la revolución ha sido hecha por proletarios (obreros y soldados),
sabemos que existe un comité de delegados obreros que controla la actuación de los organismos
administrativos que ha sido necesario mantener para los asuntos corrientes. Pero ¿basta que una
revolución haya sido hecha por proletarios para que se trate de una revolución proletaria? La guerra
la hacen también los proletarios, lo que, sin embargo, no la convierte en un hecho proletario. Para
que sea así es necesario que intervengan otros factores, factores de carácter espiritual. Es necesario
que el hecho revolucionario demuestre ser, además de fenómeno de poder, fenómeno de
costumbres, hecho moral. Los periódicos burgueses han insistido sobre el fenómeno de poder; nos
han dicho que el poder de la autocracia ha sido sustituido por otro poder, aún no bien definido y que
ellos esperan sea el poder burgués. E inmediatamente han establecido el paralelo: Revolución rusa,
Revolución francesa, encontrando que los hechos se parecen. Pero lo que se parece es sólo la
superficie de los hechos, así como un acto de violencia se asemeja a otro del mismo tipo y una
destrucción es semejante a otra.

No obstante, nosotros estamos convencidos de que la Revolución rusa es, además de un hecho, un
acto proletario y que debe desembocar naturalmente en el régimen socialista. Las noticias realmente
concretas, sustanciales, son escasas para permitir una demostración exhaustiva. Pero existen ciertos
elementos que nos permiten llegar a esa conclusión.

La Revolución rusa ha ignorado el jacobinismo. La revolución ha tenido que derribar a la


autocracia; no ha tenido que conquistar la mayoría con la violencia. El jacobinismo es fenómeno
puramente burgués; caracteriza a la revolución burguesa de Francia. La burguesía, cuando hizo la
revolución, no tenía un programa universal; servía intereses particulares, los de su clase, y los servía
con la mentalidad cerrada y mezquina de cuantos siguen fines particulares. El hecho violento de las
revoluciones burguesas es doblemente violento: destruye el viejo orden, impone el nuevo orden. La
burguesía impone su fuerza y sus ideas no sólo a la casta anteriormente dominante, sino también al
pueblo al que se dispone a dominar. Es un régimen autoritario que sustituye a otro régimen
autoritario.

2 Il Grido del Popolo, 29 de abril de 1917, reproducido en Antonio Gramsci: Revolución rusa y Unión Soviética,
Ediciones Roca, México.
La Revolución rusa ha destruido al autoritarismo y lo ha sustituido por el sufragio universal,
extendiéndolo también a las mujeres. Ha sustituido el autoritarismo por la libertad; la Constitución
por la voz libre de la conciencia universal. ¿Por qué los revolucionarios rusos no son jacobinos, es
decir, por qué no han sustituido la dictadura de uno solo por la dictadura de una minoría audaz y
decidida a todo con tal de hacer triunfar su programa? Porque persiguen un ideal que no puede ser
el de unos pocos, porque están seguros de que cuando interroguen al proletariado, la respuesta es
indudable, está en la conciencia de todos y se transformará en decisión irrevocable apenas pueda
expresarse en un ambiente de libertad espiritual absoluta, sin que el sufragio se vea adulterado por
la intervención de la policía, la amenaza de la horca o el exilio. El proletariado industrial está
preparado para el cambio incluso culturalmente; el proletariado agrícola, que conoce las formas
tradicionales del comunismo comunal, está igualmente preparado para el paso a una nueva forma de
sociedad. Los revolucionarios socialistas no pueden ser jacobinos; en Rusia tienen en la actualidad
la única tarea de controlar que los organismos burgueses (la Duma, los Zemtsvo) no hagan
jacobinismo para deformar la respuesta del sufragio universal y servirse del hecho violento para sus
intereses.

Los periódicos burgueses no han dado ninguna importancia a este otro hecho: los revolucionarios
rusos han abierto las cárceles no sólo a los presos políticos, sino también a los condenados por
delitos comunes. En una de las cárceles, los reclusos comunes, ante el anuncio de que eran libres,
contestaron que no se sentían con derecho a aceptar la libertad porque debían expiar sus culpas. En
Odesa, se reunieron en el patio de la cárcel y voluntariamente juraron que se volverían honestos y
vivirían de su trabajo. Esta noticia es más importante para los fines de la revolución que la de la
expulsión del Zar y los grandes duques. El Zar habría sido expulsado incluso por los burgueses,
mientras que para éstos los presos comunes habían sido siempre adversarios de su orden, los
pérfidos enemigos de su riqueza, de su tranquilidad. Su liberación tiene para nosotros este
significado: la revolución ha creado en Rusia una nueva forma de ser. No sólo ha sustituido poder
por poder; ha sustituido hábitos por hábitos, ha creado una nueva atmósfera moral, ha instaurado la
libertad del espíritu además de la corporal. Los revolucionarios no han temido poner en la calle a
hombres marcados por la justicia burguesa con el sello infame de lo juzgado a priori, catalogados
por la ciencia burguesa en diversos tipos de la criminalidad y la delincuencia. Sólo en una
apasionada atmósfera social, cuando las costumbres y la mentalidad predominante han cambiado,
puede suceder algo semejante. La libertad hace libres a los hombres, ensancha el horizonte moral,
hace del peor malhechor bajo el régimen autoritario un mártir del deber, un héroe de la honestidad.
Dicen en un periódico que en cierta prisión estos malhechores han rechazado la libertad y se han
constituido en sus guardianes. ¿Por qué no sucedió esto antes? ¿Por qué las cárceles estaban
rodeadas de murallas y las ventanas enrejadas? Quienes fueron a ponerles en libertad debían ser
muy distintos de los jueces, de los tribunales y de los guardianes de las cárceles, y los malhechores
debieron escuchar palabras muy distintas a las habituales cuando en sus conciencias se produjo tal
transformación que se sintieron tan libres como para preferir la segregación a la libertad, como para
imponerse voluntariamente una expiación. Debieron sentir que el mundo había cambiado, que
también ellos, la escoria de la sociedad, se había transformado en algo, que también ellos, los
segregados, tenían voluntad de opción.

Este es el fenómeno más grandioso que la iniciativa del hombre haya producido. El delincuente se
ha transformado, en la revolución rusa, en el hombre que Emmanuel Kant, el teórico de la moral
absoluta, había anunciado, el hombre que dice: la inmensidad del cielo fuera de mí, el imperativo de
mi conciencia dentro de mí. Es la liberación de los espíritus, es la instauración de una nueva
conciencia moral lo que nos es revelado por estas pequeñas noticias. Es el advenimiento de un
orden nuevo, que coincide con cuanto nuestros maestros nos habían enseñado. Una vez más la luz
viene del Oriente e irradia al viejo mundo Occidental, el cual, asombrado, no sabe más que oponerle
las banales y tontas bromas de sus plumíferos.

EL PRIVILEGIO DE LA IGNORANCIA3

El compañero Goad al imperativo categórico: -Primero: educar a los proletarios -quiere que le siga
otro -Segundo: educar a los burgueses4. Aceptamos todo aquello que el compañero Goad escribe
sobre la ignorancia y sobre el filisteísmo de los burgueses. Pero no nos preocupamos de esta
ignorancia y de este filisteísmo.

Los burgueses pueden ser hasta ignorantes en la inmensa mayoría: el mundo burgués sigue adelante
lo mismo. Ello está encarnado de tal modo que basta que haya una minoría de intelectuales, de
científicos, de estudiosos, para que los negocios prosperen. La ignorancia es también un privilegio
de la burguesía, como es un privilegio suyo no hacer nada y la pereza intelectual. Aquel régimen
burgués es un régimen de tutela; el principio de autoridad es su base fundamental: la autoridad
aborrece el control, aborrece la discusión. La crisis en la que se debaten las democracias es
producto en gran parte del contraste entre el principio de autoridad, entre el jacobinismo necesario
a cada estado burgués, y la tendencia a extender cada vez más la propia tarea de control de parte de
las masas populares, socialistas y democráticas. Los teóricos de la burguesía han sentido alguna vez
este contraste entre las necesidades de la conservación del poder burgués y la necesidad electoral
de servirse de la propaganda para la realización de un programa inmediato. Alberto Caroncini, por
citar uno de estos teóricos, sostenía que los grupos intelectuales deben combatir contra el impuesto
sobre el trigo y dar el pan a buen precio a los “cafoni”, pero deben cuidarse bien de incitar a los
“cafoni” a la batalla teórica, de hacer participar los “cafoni” en la lucha, porque si los “cafoni”
comienzan a interesarse en tales cuestiones, puede haber problemas, y no se sabe donde se puede
terminar. La protección sobre el trigo puede ser comparada a la protección sobre la propiedad
privada, y la voluntad que ha logrado abatir una protección particular, de categoría, puede
proponerse, con la seguridad de lograr abatir también la protección de clase.

Los burgueses también pueden ser ignorantes. Los proletarios no. Para los proletarios es un deber
no ser ignorantes. La civilización socialista, sin privilegios de casta y de categoría, para realizarse
completamente necesita que todos los ciudadanos sepan controlar lo que sus mandatarios cada vez
deciden y hacen. Si los sabios, si los técnicos, si aquellos que pueden imprimir a la producción y al

3 Il Grido del Popolo, n. 690, 13 de octubre 1917. Traducción a cargo de Hernán Ouviña y Cecilia Alonso.
Incluido en Hillert, Ouviña, Rigal y Suárez: Gramsci y la educación. Pedagogía de la praxis y políticas culturales en
América Latina, Editorial Novedades Educativas, Buenos Aires.
4 Se refiere al artículo “Primero: educar a los proletarios”, bajo la firma Goad (seudónimo no identificado) en Il
Grido del Popolo del 6 de octubre de 1917, en respuesta a un artículo precedente con el mismo título de Andrea
Viglongo, publicado en el número del 22 de septiembre de 1917 del semanario socialista.
intercambio una vida más ardiente y rica de posibilidades, son una exigua minoría, no controlada,
por la lógica misma de las cosas, esta minoría devendrá privilegiada, impondrá su propia dictadura.

Debe existir un modo de elegir entre un número cuanto más grande sea posible de individuos para
enviar a los cargos públicos, para que haya garantía de libertad, para que la elección recaiga sobre
los mejores y no tenga necesariamente que recaer siempre sobre los mismos: se necesita que nadie
sea absolutamente indispensable. El problema de educación de los proletarios es un problema de
libertad. Los proletarios mismos deben resolverlo. Que los burgueses piensen en sus asuntos, si
quieren pensar.

DEMOCRACIA OBRERA5

Hoy se impone un problema acuciante a todo socialista que tenga un sentido vivo de la
responsabilidad histórica que recae sobre la clase trabajadora y sobre el partido qué representa la
conciencia crítica y activa de esa clase.

¿Cómo dominar las inmensas fuerzas desencadenadas por la guerra? ¿Cómo disciplinarlas y darles
una forma política que contenga en sí la virtud de desarrollarse normalmente, de integrarse
continuamente hasta convertirse en armazón del Estado socialista en el cual se encarnará la
dictadura del proletariado? ¿Cómo soldar el presente con el porvenir, satisfaciendo las necesidades
urgentes del presente y trabajando útilmente para crear y "anticipar" el porvenir?

Este escrito pretende ser un estimulo para el pensamiento y para la acción; quiere ser una invitación
a los obreros mejores y más conscientes para que reflexionen y colaboren, cada uno en la esfera de
su competencia y de su acción, en la solución del problema, consiguiendo que sus compañeros y las
asociaciones atiendan a sus términos. La acción concreta de construcción no nacerá sino de un
trabajo común y solidario de clarificación, de persuasión y de educación recíproca.

El Estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de vida social características de la


clase obrera explotada. Relacionar esos institutos entre ellos, coordinarlos y subordinarlos en una
jerarquía de competencias y de poderes, concentrarlos intensamente, aun respetando las necesarias
autonomías y articulaciones, significa crear ya desde ahora una verdadera y propia democracia
obrera en contraposición eficiente y activa con el Estado burgués, preparada ya desde ahora para
sustituir al Estado burgués en todas sus funciones esenciales de gestión y de dominio del patrimonio
nacional.

El movimiento obrero está hoy dirigido por el Partido Socialista y por la Confederación del Trabajo;
pero el ejercicio del poder social del Partido y de la Confederación se actúa para las grandes masas
trabajadoras de un modo indirecto, por la fuerza del prestigio y del entusiasmo, por presión
autoritaria y hasta por inercia. La esfera de prestigio del Partido se amplía diariamente, alcanza

5 L' Ordine Nuovo, 21 de junio de 1919. Reproducido en Antonio Gramsci: Antología, Editorial Siglo XXI,
Buenos Aires.
estratos populares hasta ahora inexplorados, suscita consentimiento y deseo de trabajar
provechosamente para la llegada del comunismo en grupos e individuos hasta ahora ausentes de la
lucha política. Es necesario dar forma y disciplina permanente a esas energías desordenadas y
caóticas, absorberlas, componerlas y potenciarlas, hacer de la clase proletaria y semiproletaria una
sociedad organizada que se eduque, que consiga una experiencia, que adquiera conciencia
responsable de los deberes que incumben a las clases llegadas al poder del Estado.

El Partido Socialista y los sindicatos profesionales no pueden absorber a toda la clase trabajadora
más que a través de un esfuerzo de años y decenas de años. Tampoco se identificarían directamente
con el Estado proletario: en efecto, en las Repúblicas comunistas subsisten independientemente del
Estado, como instrumento de propulsión (el Partido) o de control y de realizaciones parciales (los
sindicatos). El Partido tiene que seguir siendo el órgano de la educación comunista, el foco de la fe
el depositario de la doctrina, el poder supremo que armoniza y conduce a la meta las fuerzas
organizadas y disciplinadas de la clase obrera y campesina. Precisamente para cumplir
exigentemente esa función suya el Partido no puede abrir las puertas a la invasión de nuevos
miembros no acostumbrados al ejercicio de la responsabilidad y de la disciplina. Pero la vida social
de la clase trabajadora es rica en instituciones, se articula en actividades múltiples. Esas
instituciones y esas actividades son precisamente lo que hay que desarrollar, organizar en un
conjunto, correlacionar en un sistema vasto y ágilmente articulado que absorba y discipline la entera
clase trabajadora.

Los centros de vida proletaria en los cuales hay que trabajar directamente son el taller con sus
comisiones internas, los círculos socialistas y las comunidades campesinas.

Las comisiones internas son órganos de democracia obrera que hay que liberar de las limitaciones
impuestas por los empresarios y a los que hay que infundir vida nueva y energía. Hoy las
comisiones internas limitan el poder del capitalista en la fábrica y cumplen funciones de arbitraje y
disciplina. Desarrolladas y enriquecidas, tendrán que ser mañana los órganos del poder proletario
que sustituirá al capitalista en todas sus funciones útiles de dirección y de administración.

Ya desde hoy los obreros deberían proceder a elegir amplias asambleas de delegados, seleccionados
entre los compañeros mejores y más conscientes, en torno a la consigna: "Todo el poder de la
fábrica a los comités de fábrica", coordinada con esta otra: "Todo el poder del Estado a los consejos
obreros y campesinos".

Así se abrirla un ancho campo de concreta propaganda revolucionaria para los comunistas
organizados en el Partido y en los círculos de barrio. Los círculos, de acuerdo con las secciones
urbanas, deberían hacer un censo de las fuerzas obreras de la zona y convertirse en sede del consejo
de barrio, de los delegados de fábrica, en ganglio que anude y concentre todas las energías
proletarias del barrio. Los sistemas electorales podrían variar según las dimensiones del taller; pero
habría que procurar elegir un delegado por cada quince obreros, divididos por categorías (como se
hace en las fábricas inglesas), llegando, por elecciones graduales, a un comité de delegados de
fábrica que comprenda representantes de todo el complejo del trabajo "obreros, empleados,
técnicos). Se debería tender a incorporar al comité del barrio representantes también de las demás,
categorías de trabajadores que vivan en el barrio: camareros, cocheros, tranviarios, ferroviarios,
barrenderos, empleados privados, dependientes, etc. El comité de barrio debería ser emanación de
toda la clase obrera que viva en el barrio, emanación legítima y con autoridad, capaz de hacer
respetar una disciplina, investida con el poder, espontáneamente delegado, de ordenar el cese
inmediato e integral de todo el trabajo en el barrio entero.

Los comités de barrio se ampliarían en comisariados urbanos, controlados y disciplinados por el


Partido Socialista y por los sindicatos de oficio.

Ese sistema de democracia obrera (completado por organizaciones equivalentes de campesinos)


daría forma y disciplina permanentes a las masas, sería una magnífica escuela de experiencia
política y administrativa, encuadraría las masas hasta el último hombre, acostumbrándolas a la
tenacidad y a la perseverancia, acostumbrándolas a considerarse como un ejército en el campo de
batalla, el cual necesita una cohesión firme si no quiere ser destruido y reducido a esclavitud.

Cada fábrica constituiría uno o más regimientos de ese ejército, con sus mandos, sus servicios de
enlace, sus oficiales, su estado mayor, poderes todos delegados por libre elección, no impuestos
autoritariamente. Por medio de asambleas celebradas dentro de la fábrica, por la constante obra de
propaganda y persuasión desarrollada por los elementos más conscientes, se obtendría una
transformación radical de la psicología obrera, se conseguiría que la masa estuviera mejor preparada
y fuera capaz de ejercer el poder, se difundiría una conciencia de los deberes y los derechos del
camarada y del trabajador, conciencia concreta y eficaz porque habría nacido espontáneamente de la
experiencia viva e histórica.

Hemos dicho ya que estos apresurados apuntes no se proponen más que estimular el pensamiento y
la acción. Cada aspecto del problema merecería un estudio amplio y profundo, dilucidaciones,
complementos subsidiarios y coordinados. Pero la solución concreta e integral de los problemas de
la vida socialista no puede proceder más que de la práctica comunista: la discusión en común, que
modifica simpatéticamente las conciencias, unificándolas y llenándolas de activo entusiasmo. Decir
la verdad, llegar juntos a la verdad, es realizar acción comunista y revolucionaria. La fórmula
"dictadura del proletariado" tiene que dejar de ser una mera fórmula, una ocasión para desahogarse
con fraseología revolucionaria. El que quiera el fin, tiene que querer también los medios. La
dictadura del proletariado es la instauración de un nuevo Estado, típicamente proletario, en el cual
confluyan las experiencias institucionales de la clase obrera, en el cual la vida social de la clase
obrera y campesina se convierta en sistema general y fuertemente organizado. Ese Estado no se
improvisa: los comunistas bolcheviques rusos trabajaron durante ocho meses para difundir y
concretar la consigna "Todo el poder a los Soviet", y los Soviet eran ya conocidos por los obreros
rusos desde 1905. Los comunistas italianos tienen que convertir en tesoro la experiencia rusa,
economizar tiempo y trabajo: la obra de reconstrucción exigirá ya de por sí tanto tiempo y tanto
trabajo que se le puede dedicar cada día y cada acto.
CREAR UNA ESCUELA6

En Turín, por iniciativa de la Federación de los Círculos Socialistas, está por comenzar a
implementarse el proyecto, muchas veces presentado y discutido en las filas de nuestro movimiento,
en congresos de jóvenes y adultos, de dar vida a un órgano dedicado exclusivamente a hacer obras
de cultura y de estudio. Por expresa voluntad de los iniciadores el nuevo instituto forjará líderes y se
puede decir que por ahora asumirá casi exclusivamente la forma de una escuela de propaganda
socialista. No está excluida, aunque se intentará hacer de manera que en torno a esta institución
central otras se desarrollen con objetivos afines, por ahora sin embargo la actividad de los
compañeros que se preparan para el nuevo trabajo, como guía y organizadores por un lado, como
alumnos por otro, debe tender a este objetivo: crear una escuela.

Queremos exponer brevemente los principios fundamentales, los conceptos directivos a los cuales
se deberá atener, fijar en sus grandes líneas el fin que se deberá proponer, esforzarnos de ver bajo
qué condiciones y hasta qué punto podrá ser realizado. Se trata de hacer un pequeño examen de
conciencia: examinar las posibilidades y las capacidades nuestras y de los futuros alumnos y
adecuar a ellas el programa. Lo importante, en estas cosas y en este momento y en un contexto
como el nuestro, es no avanzar con las palabras y con los proyectos más allá de lo que será posible
lograr, de tener sobre todo, un sentido preciso de realidad. Permaneciendo fieles a la realidad,
adhiriendo a las cosas cómo efectivamente son, estaremos en condiciones de controlarlas y de
dominarlas, ejercitando a través de ellas una acción eficaz de transformación.

Es necesario que “La palabra no exceda la obra”. Las palabras, en nuestro caso, son realmente
grandes.

¡Crear una escuela! El valor de esta expresión no aparece quizás a todos, inmediatamente, en toda
su extensión, y en modo exacto. No se dejará percibir en ella el signo de un vano y dañino propósito
de pedantes, incapaces de abrazar horizontes más amplios que aquellos que se pueden vislumbrar de
una cátedra, detrás de un montón de papeles impresos, en un aula llena de chicos aburridos. ¿No es
pues este el concepto que la mayor parte de los hombres se hace de una escuela? ¿Esta palabra no se
asocia de por sí con la imagen polvorienta de un lugar tedioso, dónde una manada de perezosos
instruye y se instruye, es decir, se ve constreñida a hacer un trabajo que no le corresponde y no le
gusta; a mascullar conceptos; a hojear libros, a garabatear cuadernos? Y frente a esta imagen,
espontáneamente, como en el ánimo de un preso el recuerdo de un día de libertad y de sol, surge la
otra, aquella de la vida, que se le opone cómo antítesis, de la vida que es árbol verde y no fría y gris
materia, que es espontaneidad y sinceridad, no obligación ni pedantería, de la vida que es búsqueda
de la propia verdad y de sí misma, por las grandes y libres vías del mundo, y se rebela a quien
quiera apresarla entre las paredes de un aula, condenarla en las páginas de un libro.

En realidad los dos términos, la escuela y la vida, se oponen de manera tal que parece insalvable

6 Editorial de L’Ordine Nuovo, Año I, Número 26, 15 de noviembre 1919 (no firmado, atribuido a Palmiro
Togliatti). Traducción a cargo de Hernán Ouviña y Cecilia Alonso. Incluido en Hillert, Ouviña, Rigal y Suárez: Gramsci
y la educación. Pedagogía de la praxis y políticas culturales en América Latina, Editorial Novedades Educativas,
Buenos Aires.
solamente cuando se tiene de una, una idea académica y libresca y de la otra una idea superficial e
ilusoria. Nosotros ya hemos tenido la oportunidad de reaccionar, hablando del valor que le
asignamos a la palabra cultura, respecto de estos errores. Crear una escuela quiere decir educar,
educar quiere decir formar hombres, actividad educativa es toda actividad humana en cuanto se
desarrolla bajo la forma de colaboración en una obra común. Sobre todo donde se persigue un fin
que va mas allá de los limites de nuestra individualidad, donde se obedece a un principio y a una ley
-y valga para nosotros aquella de negar y de abolir todas las leyes que existen hoy en día- dónde se
sabe que en este armonioso querer está la esencia y la mejor parte de nuestra personalidad, en una
palabra, sobretodo donde existe un centro de acción común, donde hay un centro de educación,
donde se forman hombres, allí hay una escuela. Y las escuelas mismas, los institutos creados con un
fin educativo explicito, no deberían tender a otra cosa que a esto: a volver clara, a volver conciente
esta preexistente unidad de espíritus; cada enseñanza deberá reducirse a ser una colaboración activa
para sacar a la luz aquello que antes estaba en la sombra, un esfuerzo por unificar, por dar a la
liberadora actividad común un carácter orgánico y sistemático.

Verdadero maestro no es quien nos dice: “vengan a mi que tengo y les daré la verdadera verdad”,
sino quien quiere buscarla, la verdad, con ustedes, por los caminos de la acción y de la vida.
Verdadera y única maestra de todos sólo es la vida en todas sus formas. Allí radica para nosotros la
necesidad de aferrarnos a ella, de sacar de ella la medida exacta de los límites y de los modos de
nuestra acción.

En general, todas las escuelas que han hecho y se hacen para el pueblo están viciadas por un error
fundamental, que deriva de la perdida de vista del principio que la escuela debe ser una
colaboración, y que para colaborar es necesario tener un principio común del cual se parta y sobre el
cual se trabaje. Los cursos de las universidades populares se reducen a una serie de conferencias, de
exposiciones doctas y a veces magistrales, pero separadas unas de las otras, disgregadas, a menudo
discordes. El principio unificador es exterior, no es el interés y la necesidad del alumno, sino un
programa preestablecido, cuando no simplemente la vanidad de quien enseña.

Se apela al pueblo haciendo alarde de muchas nociones cómo de una mercancía multicolor y creen
de tal manera imponerse, interesar, hacer una obra útil. Pero, para quien escucha, toda aquella
mercadería es cosa muerta: cada uno lleva a la escuela un problema propio, diferente del de los
demás y ninguno encuentra aquello que lo reconforte, aquello que había ido a buscar. Falta en
principio la unidad.

Nosotros alcanzaremos la unidad porque haremos una escuela de socialistas. Los compañeros que
asumirán la tarea de enseñar y aquellos que la asumirán como alumnos, diferentes en edad, en
costumbres, en género, en condición social, serán y son al fin de cuentas ligadas por el hecho de
trabajar con los mismos propósitos y de alimentar la misma fe. Ayer un cuartel, hoy una oficina o un
escritorio, mañana una calle sublevada: queremos que nuestra vida, la acción y el pensamiento sean
unificados por el objetivo que nos hemos fijado y que está ante nosotros. Si un poco de esta
voluntad entrara en nuestra escuela, estaríamos ya muy cerca de alcanzar aquello que nos
proponemos. Aun si no lográramos enseñar grandes cosas, en el verdadero sentido de la palabra,
lograremos al menos templar en el trabajo común nuestra fe.
Pero también en la enseñanza, sino grandes cosas, para las cuales no seríamos ni aptos ni capaces,
alguna cosa estamos seguros que se podrá obtener.

Vivimos en un periodo de crisis, no solo para nuestros enemigos y para el mundo que habían
construido y que ahora se desmorona, sino también, en cierto modo, para nosotros.

Nuestra crisis es distinta: aquella es una crisis de destrucción, esta de nueva creación. Pero la
incertidumbre es compartida: ellos ven poco a poco destruirse el dominio de las cosas y del mundo
y de si mismos, nosotros no logramos aun afirmar plenamente, como quisiéramos, nuestro dominio
y nuestra voluntad. Tenemos necesidad de ver cada vez más claro, de saber cada vez mejor, qué
debemos hacer.

El obrero en la oficina no se conforma más con las viejas formas, pero quiere avocarse sin más a la
tarea, sobre un terreno virgen, para abrirse el camino del porvenir. El hombre político busca
establecer los primeros lineamientos de los nuevos institutos, el estudioso se acerca al hombre de
acción, no puede permanecer indiferente a la obra que se inicia. Si miramos los escritos de nuestros
maestros, tanto mas nos damos cuenta que las críticas y las previsiones han encontrado una
respuesta en la realidad, tanto mas ansiosamente buscamos en sus páginas una guía para el trabajo
positivo que se trata de emprender ahora. Creemos que el socialismo hoy deja de ser una crítica o
una expectación, para devenir construcción, creación de voluntad operativa. Nos sentimos cada vez
más cercanos al día de la prueba y no queremos ser tomados por sorpresa.

Ahora bien, en condiciones similares, en un momento cómo éste, aun manteniéndose dentro de los
límites restringidos y modestos, se puede desarrollar una preciosa obra educativa cuando se busque
colaborar con la formación de la nueva mentalidad que las nuevas condiciones requieren. Debe ser
una mentalidad concreta, realizadora, una mentalidad política en el buen sentido de la palabra: es
decir, tal que considere los problemas teóricos como inseparablemente vinculados con los prácticos,
imposible de ser resueltos sin descender al terreno de la acción y que al mismo tiempo conciba la
solución a los mismos problemas de la practica como algo que no puede obtenerse sino operando de
manera regular, orgánica y unitaria. Esta transformación del socialismo, que deja de ser solamente
negador para volverse afirmador y reconstructor del mundo, que de crítico se vuelve practico y
activo, es el hecho mas grande de la historia proletaria actual. No exageraríamos si dijéramos que
hoy el mundo se renueva: por un lado, asistimos a la construcción de los primeros núcleos
organizados de acuerdo a los nuevos principios, por el otro a la elaboración de renovadas
costumbres sociales. Los pioneros avanzan ya con paso firme.

Esta seguridad de extenderse, debe generalizarse, debe convertirse en patrimonio común de toda
clase. Formado un pequeño centro de estudio y de discusión esperamos poder contribuir en parte a
esta obra. Por eso hemos fijado, como tema central y motivo fundamental de las discusiones que se
tendrán en la escuela de propaganda: “El Estado de los consejos”, y en base a eso iremos
reagrupando de la manera mas orgánica que nos sea posible el tratamiento de los problemas
esenciales para la creación del orden nuevo. De tal modo, aun sin desarrollar un curso completo de
teoría y de historia del socialismo, podremos darle unidad a la enseñanza y hacerla eficaz.
Sobre los resultados, si bien alimentamos alguna esperanza, no nos hacemos ilusiones. Sabemos de
la imposibilidad material de habituarse a un largo y metódico trabajo de escritorio en una oficina.
Pero estamos convencidos de una cosa: quien venga a nuestra escuela desde su trabajo cotidiano, no
traerá consigo solo el cansancio físico, el agotamiento de la rutina, sino también un poco de la
voluntad, del propósito que se ha madurado en su espíritu, desde su lugar de trabajo, de liberarse de
cada constricción del cuerpo y del espíritu, de luchar con ardor siempre renovado y tenaz para
obtener pleno reconocimiento, para tener plena posibilidad de desarrollo personal. Y nosotros
llevaremos a la escuela el deseo, de colaborar con este gran esfuerzo de emancipación humana, de
darle cada vez más regularidad y claridad, de volverlo cada vez más fuerte, más seguro de si, más
arrollador.

Si nuestras voluntades lograran fundirse y unirse completamente, si unos le extrajeran renovada fe,
y otros, más fino y sagaz espíritu crítico, si ambos obtuviéramos aunque sea solo como resultado un
mejor conocimiento de nosotros mismos, de valorar de manera mas ajustada los fines y los medios
y las posibilidades de nuestra acción, no habremos actuado en vano. Habremos dado vida a un
pequeño centro de acción común, habremos mejorado una pequeña parte de la humanidad,
habremos trabajado por educar y educarnos, habremos realmente creado una escuela.

CRÓNICAS DEL “ORDEN NUEVO”7


(La experiencia de la Escuela nocturna impulsada por L' Ordine Nuovo)

El primer curso de la escuela de cultura y propaganda socialista ha comenzado la semana pasada,


con la primera clase de teoría y el primer ejercicio práctico, de manera que no ha dejado de
llenarnos de satisfacción. Desde el principio nos sentimos autorizados a abrigar las más grandes
esperanzas por el éxito. Por qué negar que algunos de nosotros dudaban? Dudábamos que,
encontrándonos solo una o dos veces a la semana, cada uno cansado por su propio trabajo, nos fuera
posible encontrar en todos aquella frescura sin la cual las mentes no pueden comunicarse, los
espíritus no pueden unirse y la escuela no puede realizarse, como serie de actos educativos vividos
y sentidos en común. Quizás nos volvía escépticos la experiencia de las escuelas burguesas, la
tediosa experiencia de alumnos, la dura experiencia de enseñantes: el ambiente frío, opaco a todas
luces, resistente a cada esfuerzo de unificación ideal, aquellos jóvenes unidos en aquellas aulas no
por el deseo de mejorar y de entender, sino por el objetivo, implícito pero claro y compartido por
todos, de salir adelante, de alcanzar un “titulo”, de colocar su propia vanidad y su propia vagancia,
de engañarse hoy a sí mismos y mañana a los demás.

Y hemos visto junto a nosotros, llenos, pegados unos a otros en los incómodos bancos y en el
espacio angosto, estos insólitos alumnos, la mayor parte de ellos no muy jóvenes, por fuera pues de
la edad en la que aprender es algo simple y natural, todos pues extenuados tras una jornada de
oficina, seguir con las mas profunda atención el transcurso de la lección, esforzarse por tomar

7 L' Ordine Nuovo, 20 de diciembre de 1919. Traducción a cargo de Hernán Ouviña y Cecilia Alonso. Incluido
en Hillert, Ouviña, Rigal y Suárez: Gramsci y la educación. Pedagogía de la praxis y políticas culturales en América
Latina, Editorial Novedades Educativas, Buenos Aires.
apuntes, sentir fehacientemente que entre aquel que habla y aquel que escucha se ha establecido un
canal vivaz de inteligencia y simpatía. Esto no sería posible si en estos obreros el deseo de aprender
no surgiera de una concepción del mundo que la vida misma les ha enseñado y que ellos sienten la
necesidad de esclarecer, para poseerla por completo, para poder vivirla plenamente. Es una unidad
que preexiste y que la enseñanza busca reanimar, es una unidad viviente que en las escuelas
burguesas en vano se busca crear. Nuestra escuela esta viva porque ustedes, obreros, llevan la mejor
parte de ustedes, aquella que el cansancio de la oficina no puede aletargar: la voluntad de ser
mejores. Toda la superioridad de su clase en este turbio y tormentoso momento, nosotros la vemos
expresada en éste deseo que anima a una parte cada vez mas grande de ustedes, deseo de adquirir
conciencia, de volverse capaces, dueños de su pensamiento y de su acción, artífices directos de la
historia de su clase.

Nuestra escuela continuará, y cosechará los frutos que le sea posible: está abierta a todos los
acontecimientos, un hecho cualquiera podrá alejar y dispersar mañana a todos nosotros que hoy nos
reunimos en torno a ella y la difundimos y tomamos de ella un poco de la calidez, de la fe que nos
es necesaria para vivir y para luchar; los balances los haremos después, pero por ahora señalamos
esto, en el acto señalamos esta sensación de confianza que nos viene dada de las primeras clases,
del primer contacto. Con el espíritu de estas primeras clases queremos seguir.

CRÓNICAS DEL “ORDEN NUEVO”8


(La capacidad de comprensión de los trabajadores y el trato intelectual serio que hay que darles)

L’Humanité, órgano oficial del Partido Socialista francés, en su número del 27 de diciembre pasado,
cita en sus puntos esenciales la propuesta para la constitución de los Consejos de fábrica votada en
el Congreso cameral de Turín por 38.000 obreros organizados, y la comenta de modo muy
favorable. En esa propuesta, y en el hecho de que en toda Italia ya se haya planteado la cuestión de
los Consejos y se espere una solución por parte de las masas, L’Humanité ve un signo de la madurez
política del proletariado italiano que, mientras la institución parlamentaria se va progresivamente
descomponiendo, inicia los primeros experimentos para la creación de los órganos gracias a los
cuales los trabajadores podrán asumir la dirección de la sociedad que la gestión burguesa ha llevado
a la ruina, discute la extensión de sus atribuciones, y trata de determinar con exactitud su tarea y las
relaciones con los organismos existentes.

Informando al público francés sobre el movimiento italiano, L’Humanité también tiene para
nosotros cordiales palabras de elogio. Nuestra revista y el tono elevado de la discusiones que en ella
se producen son puestos como ejemplo del alto grado de desarrollo intelectual, de la buena
educación política y social de los trabajadores que la leen y la sostienen. Es cierto que nosotros no
rehuimos entrar, como dice el escrito de L’Humanité, en cuestiones de carácter teórico, no rehuimos
reclamar a nuestros lectores un esfuerzo sostenido y prolongado de atención, y eso lo hacemos con

8 L’Ordine Nuovo, I, 33, 10 enero 1920. Traducción a cargo de Martín Salustiano. Reproducido en Antonio
Gramsci: L’Ordine Nuovo 1919-1920, Turín, Einaudi.
plena convicción de actuar honradamente y como buenos socialistas, dado que no, verdaderamente,
como periodistas prudentes y solícitos de popularidad y de difusión.

Sí, es verdad, hemos publicado artículos “largos”, estudios “difíciles”, y continuaremos haciéndolo,
cada vez que eso sea exigido por la importancia y la gravedad de los asuntos; esto está en la línea de
nuestro programa: no queremos esconder ninguna dificultad, creemos conveniente que la clase
trabajadora adquiera, desde ahora, conciencia de la extensión y de la seriedad de las tareas que le
incumbirán el día de mañana, creemos honrado tratar a los trabajadores como hombres con los que
se habla abierta, crudamente, de las cosas que le conciernen. Desgraciadamente, los obreros y los
campesinos han sido considerados, durante mucho tiempo, como niños que tienen necesidad de ser
guiados por todas partes: en la fábrica y en el campo, por el puño de hierro del patrón que le humilla
la cerviz; en la vida política, por la palabra pomposa y meliflua de los demagogos que los fascinan.
En el campo de la cultura, además, obreros y campesinos han sido y son considerados aún, por
muchos, como una masa de negros que se puede fácilmente contentar con pacotilla, con perlas
falsas y con los vidrios del fondo de los vasos, reservando para los elegidos los diamantes y las
otras mercancías de valor. No hay nada más inhumano y antisocialista que esta concepción. Si hay
en el mundo algo que tenga un valor por sí, todos son dignos y capaces de gozar de él. No hay ni
dos verdades, ni dos diversos modos de discutir. No hay ningún motivo por el cual un trabajador
deba ser incapaz de llegar a deleitarse con un canto de Leopardi más que con una guitarrota,
supongamos, de Felice Cavalotti o de algún otro poeta “popular”; con una sinfonía de Beethoven
más que con una canción de Piedigrotta. Y no hay ningún motivo por el cual, dirigiéndose a obreros
y campesinos, tratando los problemas que les conciernen tan de cerca, como los de la organización
de su comunidad, se deba usar un tono menor, distinto de aquel que a tales problemas les conviene.
¿Quieren que quien ha sido hasta ayer un esclavo se convierta en un hombre? Comiencen a tratarlo,
siempre, como un hombre, y ya se habrá dado el paso más grande hacia adelante.