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Brasil es con seguridad el país con mayor diversidad cultural de América y quizás del mundo.

Ya
sea por la inmensa demografía y por la variada geografía de su territorio la multiplicidad de culturas
y subculturas que conforman al país carioca lo convierten en una sociedad compleja. De igual modo
la diversidad en todos sus aspectos, sociales, culturales, geográficos se refleja en la diversidad
económica que se traduce en desigualdad, donde el reparto de la riqueza sufre de las mayores
inequidades del continente. Esta desigualdad es parte del Brasil desde sus inicios como nación,
donde los estados de San Pablo y Minas Gerais poseían la producción de café y ganado vacuno para
la producción de leche siendo estas las materias de exportación más importantes del país. La
supremacía económica de estos estados representaban el monopolio del poder político (llamado café
con leche) donde los presidentes del país eran siempre pertenecientes a estas zonas según un
acuerdo entre estas élites políticas, alternándose en el poder. En el año 1929 el Estado de San Pablo
propone como candidato presidencial a Júlio Prestes para continuar con el mandato paulista,
rompiendo el acuerdo de alternancia con Minas Gerais. El presidente de este estado (Ribeiro de
Andrada) obtuvo el apoyo de los estados de Paraíba y de Rio Grande do Sul y formaron la Alianza
Liberal para pelear por las elecciones. Por su lado, el presidente de San Pablo (Washington Luis),
recibió el apoyo de los otros 17 estados. Varios partidos políticos de la oposición se unieron al
estado de Minas Gerais así como el movimiento político-militar del Tetentismo. Las elecciones se
llevaron a cabo el 1ro de Marzo de 1930 dando la victoria a Júlio Prestes, la cual fue denunciada
como fraude electoral por la Alianza Liberal. Asimismo los diputados de la Alianza Liberal que
ganaron su banca no fueron reconocidos por el gobierno federal, lo que desató una conspiración
militar contra el gobierno. El 26 de julio de 1930 João Pessoa, presidente de la Alianza Liberal y de
estado de Paraíba fue asesinado, detonando una movilización armada que no llegó a cumplirse
porque el general Augusto Tasso junto a otros militares depusieron a Washington Luís y formaron la
Junta Gobernante Provisoria con el apoyo de las guarniciones militares del resto del país y de gran
parte de la clase obrera. Las autoridades de la Alianza Liberal ocuparon los puestos
gubernamentales y Getúlio Vargas asumió como presidente.
Este breve repaso de la coyuntura que rodeó a la revolución de 1930, nos sirve para entender
-aunque sea mínimamente- la complejidad de la sociedad brasileña, la cual siempre ha estado
marcada por la opresión de las oligarquías económicas sobre las clases trabajadoras, la corrupción y
el clientelismo, denominado por J.Schwartz como “teoría del favor”. Ya desde la abolición de la
esclavitud en 1888, podemos ver el apoyo de los grandes terratenientes hacia esta medida por
razones de conveniencia, ya que resultaba más barato tener asalariados con sueldos miserables que
esclavos a los cuales debían pagarles techo y comida.
Dada la opresión de las clases dominantes a lo largo de la historia en un país tan grande como
Brasil, las distancias son insalvables. Clases marginadas en la absoluta miseria viven a escasa
distancia de clases aristocráticas en múltiples ciudades de Brasil, por ejemplo en Rio de Janeiro las
favelas son parte del paisaje mostrando un contraste difícil de asimilar para el visitante extranjero,
pero aparentemente aceptado por la sociedad local.
Las favelas son el lugar que todos quieren evitar, extranjeros, clase media y alta de Brasil. En las
favelas, al igual que en cualquier parte del mundo se venden drogas, se roba, se mata, se inflige la
ley. Y tanto en Brasil como en el resto de América Latina se pasa hambre. Los movimientos
artísticos muchas veces se hacen eco de las miserias sociales y así sucedió con el Cinema Novo que
como bien comenta Glauber Rocha en La estética del hambre, marcó su rumbo por fuera de la
mercantilización del arte mostrando esa parte de la realidad que las clases dominantes se niegan a
aceptar. De todas formas el Cine Novo se desarrolló sin el apoyo de las grandes élites del arte y la
política, G. Rocha dice: “...nuestro posible equilibrio no resulta de un cuerpo orgánico, sino de un
titánico y auto-devastador esfuerzo en el sentido de superar la impotencia”. La dificultad no estriba
únicamente de la falta de apoyo económico sino, de la falta de comprensión de un arte que gravita
por otra sensibilidad que tanto el extranjero como las clases dominantes no pueden sentir. Esto ya
era evidente a mediados del siglo XX; hoy en día, pienso, es aun peor. Rocha dice que la forma de
comprensión que estos sectores tienen del sufrimiento es un paternalismo que no logra pasar de eso:
así ven los europeos a las miserias latinas, con su conciencia de clase colonizadora. Este temas
resulta interesante para reflexionar sobre cómo se ven unas sociedades a otras, y cómo vemos
nosotros a otras sociedades y finalmente cómo nos vemos a nosotros mismos, ciertamente esto más
difícil que lo otro.
Considero que a veces verse a uno mismo es más dificultoso que ver a otros; y la visión que
tienen los extranjeros sobre América Latina es comprensible por varias razones. De igual manera la
visión que tenemos los latinoamericanos de países africanos o de otros países de nuestro continente
puede tener sesgos de superioridad y paternalismo, sin asimilar ni comprender nuestras propias
miserias ni sentir las de ellos. El Cinema Novo trabajó con la condición de las favelas y de los
campesinos mostrando la realidad de la violencia y el hambre sin caer en la folclorización de estos
temas. Ivana Bentes comenta el cambio abrupto en el tratamiento de las miserias de América Latina
que han tenido desde el Cine Novo al cine finisecular, creando un imaginario de “tipicidad” de la
miseria sobre la cual no hay nada que hacer. Estamos en condición de pensar que el cine moderno
comercial absorbió la esencia del Cine Novo que buscaba provocar un sacudón en el espectador sin
mostrar una violencia explícita ni estetizada y de alguna manera concientizar y modificar la
realidad. Lo mismo sucedió con el cine norteamericano de las décadas del 30-40 y 50 en el cual la
sensibilidad corría por otro lado.
Algunos ejemplos del tratamiento de la violencia y el hambre en el cine moderno son Trash
ladrones de esperanza (basada en la novela homónima de Andy Mulligan), donde la violencia de las
favelas es suplantada por la violencia policial hacia niños y el tema central oscila entre el hambre, la
violencia policial, la corrupción y malversación de las clases políticas de Río de Janeiro y la bondad
de los niños que deciden hacer lo que hacen porque piensan que es lo correcto. En este caso la
violencia interna de las favelas no cumple un papel trascendente como en la película Ciudad de
Dios o Tropa de Elite. En Trash se da a su vez el papel paternalista de la monja y el cura extranjeros
que alfabetizan y enseñan ingles en las favelas.
Los diferentes temas y la forma en que son abordados por un medio masivo como el cine logran
construir imaginarios que el público asimila y procesa. El cine está -de alguna manera- más
vinculado al sistema capitalista y dependiente de los aspectos económicos, por lo que la absorción
por parte del sistema es inevitable.
Las formas en las que se trabaja con la violencia y el hambre hoy en día no pueden ser iguales a
las formas del Cine Novo, porque el mercado no lo permite y el público está acostumbrado a otro
ritmo que no acepta el tratamiento del aspecto psicológico y de la sensibilidad de mediados de siglo.

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