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Agradezco al Dr.

Mario Javier Guedes su valiosa y desinteresada


colaboración

Borges y el Derecho
Mario Javier Guedes (*)

El próximo 24 de agosto se cumplirán ciento diez años del


nacimiento de Jorge Luis Borges. Unos días después, el 29 de
agosto, los abogados argentinos celebraremos nuestro día en
honor al natalicio de Juan Bautista Alberdi, indiscutido
arquitecto de la Constitución Nacional. La proximidad de ambas
fechas servirá aquí de pretexto para abordar la obra de Borges
desde un ángulo novedoso: el Derecho.

¿Cuáles son los vínculos entre Borges y lo jurídico? Si bien fue


hijo de un abogado, ese dato es anecdótico: la confesa deuda de
Borges hacia su padre fue por haberle franqueado su biblioteca y
enseñado las primeras lecciones de filosofía, no la pasión por
el Codex de Justiniano. También su íntimo amigo Macedonio
Fernández fue abogado, pero ya no ejercía cuando, hacia marzo de
1921, retomó contacto con el joven Jorge Luis que regresaba de
Europa.

Fieles al desdoblamiento que supo defender, podríamos distinguir


entre el Borges literario y el Borges tangible. De este último
poco sabemos, más allá de simples circunstancias biográficas.
Sus afirmaciones sobre política y democracia son olvidables y no
deberían inquietarnos. Como él mismo dijera en referencia a
Julio Cortázar, no nos es dable condenar o aprobar a una persona
por sus pareceres políticos ya que “fuera de la ética, entiendo
que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y
efímeras” (Prólogo a Cartas de Mamá, 1984). Señalaremos sólo dos
hechos mundanales de su vejez, dignos de memoria. El primero es
el haber firmado, en plena dictadura militar, una solicitada a
favor de la causa de Madres de Plaza de Mayo. Reconoció sin
pruritos su error de haber confiado en el gobierno de facto de
Videla, que otrora calificó como una “dictadura de caballeros”.
Al recordar la visita de Madres y Abuelas, dijo: “Todo acusado
tiene derecho a ser juzgado. Cuando me enteré de todo este
asunto de los desaparecidos me sentí terriblemente mal. Me
dijeron que un general había comentado que si entre cien
personas secuestradas, cinco eran culpables, estaba justificada
la matanza de las noventa y cinco restantes. ¡Debió ofrecerse él
para ser secuestrado, torturado y muerto para probar esa teoría,
para dar validez a su argumento!”. El segundo es su férrea
condena a la Guerra de Malvinas, sobre la que había bromeado
comparándola con “dos pelados peleándose por un peine” y a la
que luego atribuyó a “una decisión tomada por media docena de
militares, posiblemente borrachos... gente peligrosísima para el
país”.

Pero es el otro Borges es el que aquí nos importa. De todos los


elementos de su universo literario que resultan afines al mundo
jurídico, tomemos sólo uno: su idea de justicia. En el cuento
“El hombre en el umbral” (1949) nos narra la historia de un juez
corrupto que termina siendo juzgado y condenado en un ignoto
pueblo musulmán, encomendándose el fallo al arbitrio de un loco
“para que la sabiduría de Dios hablara por su boca y avergonzara
las soberbias humanas”. La justicia trascendente está presente
también en su cuento “Emma Zunz” (1949), donde una joven mujer
pierde su honestidad en manos de un marinero nórdico y simula
luego una violación que la justifique frente a la justicia
humana por asesinar al responsable de la muerte de su padre y
oculte, de ese modo, su venganza. Sin embargo, a la hora de
ejecutar su proyecto siente menos la urgencia de castigar la
pérdida de su padre que el ultraje padecido. En “Fragmentos de
un evangelio apócrifo” (1969), poema que el propio Borges
reconoció como su página esencial en materia de ética, leemos:
“Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque
saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar,
que es inescrutable”.

¿Es acaso la justicia para Borges algo inexplicable, un producto


del azar y no de la razón? En su cuento “La lotería de
Babilonia” (1944) nos presenta una sociedad gobernada por un
infinito juego de azares, donde los premios y los castigos que
deciden la suerte de los hombres responden a los secretos
sorteos de una Compañía -quizás omnipotente, quizás inexistente-
y no a un preciso orden de causas y efectos. Como es de esperar,
el ejercicio de la justicia se regía también por innumerables
sorteos. Pero Borges aclara, en otro lugar, que “azar” es el
nombre que nuestra inevitable ignorancia da al tejido infinito e
incalculable de efectos y de causas. La locura, lo imprevisible,
el azar y el caos son sólo lugares comunes; Dios teje una trama
que nos es velada.

También profesó fascinación por los cuchilleros y el ámbito del


arrabal, pero abjuró años más tarde de cuentos como “Hombre de
la esquina rosada” (1935) al considerarlos meros artilugios
literarios de juventud. Luego entregaría, solo o en colaboración
con su amigo Adolfo Bioy Casares, brillantes páginas al género
policial, “unas de las pocas invenciones literarias de nuestro
tiempo”. En ambas etapas, pueden rastrearse elementos propios
del discurso del Derecho penal y de la Criminología crítica.

Borges nos sigue invitando a su relectura, a interpretar entre


líneas y desde los más curiosos ángulos su legado literario.

(*) Abogado, profesor de Derecho Penal, parte especial (UCSF),


profesor de Derecho Penal Económico (UCSE).

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