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Chile: urge retornar a la soberanía ciudadana.

Por Héctor Potthoff Miranda


Sociólogo, Grado de Magíster, La Serena.

I Introducción.

El ejercicio cívico realizado entre noviembre y diciembre del 2013, instaló el 11 de marzo de 2014,
nuevamente a Michelle Bachelet como Presidenta de la República.
Se trató de un ejercicio que vino a confirma una vieja tendencia electoral que se ha venido perfilando
desde la primera elección presidencial del periodo de post dictadura, realizada el año 1989.
Nos referimos a la persistente negativa de las personas en edad de votar, a ejercer su derecho a
sufragio. Primero bajo la forma de no inscripción en los registros electorales, y luego bajo la forma de
abstención.
En un inicio el desarrollo de esta tendencia se expresó como una resistencia pasiva del electorado.
Actualmente se expresa como una resistencia activa del ciudadano.
El nuevo gobierno deberá enfrentar este lento despertar de la ciudadanía que ha ido, poco a poco,
deslegitimando la institucionalidad política vigente y reclama para sí, la devolución de la soberanía
delegada bajo la forma de representación.
En este contexto, la necesidad de realizar cambios institucionales que permitan canalizar los reclamos
de soberanía realizados por los ciudadanos, asoma como prioridad estratégica. De esta forma, la
urgencia de realizar cambios a la constitución se ha instalado como problemática central. En torno a
esta cuestión, se ha ido decantando un debate respecto del modo de realizar dichos cambios: si vía
reforma constitucional o vía asamblea constituyente.

II Análisis electoral.

Para abordar el análisis de la tendencia electoral indicada, hemos construido el cuadro estadístico de
más abajo, en donde se exponen las cifras electorales de todas las elecciones presidenciales realizadas
desde 1989. El conjunto de estos actos eleccionarios abarca un periodo de veinticuatro años, lo que
permite verificar tendencias.
a) Al observar el cuadro, el primer rasgo que salta a la vista es que no existe gran variación en el
número de votantes entre la elección de 1989 y la de 2013. Más bien lo que predomina es una relativa
estabilidad en las cifras (Ver Columna de Votantes). La elección donde más electores acudieron a
sufragar, fue la del año 1993 alcanzando los 7.376.691 votantes. A su vez, la elección de 2013 fue
donde hubo menos personas que hicieron uso de su derecho a sufragio, alcanzando la cifra de
6.699.011 votantes. Ello contrasta con el sistemático aumento de las personas en edad de votar
(Columna PEV) que paso de 8.499.972 a 13.573.143 en el periodo.
A mayor abundamiento. Si consideramos los datos de las votaciones realizadas en los dos plebiscitos
anteriores a la primera elección presidencial -el plebiscito de octubre de 1988, en donde la ciudadanía
se pronunció sobre la continuidad de Pinochet como presidente de la república, y el plebiscito de julio
de 1989, en donde la ciudadanía aprueba las primeras reformas a la Constitución de 1980- la tendencia
a la estabilización de los votantes, se marca con mayor nitidez. En ambos plebiscitos votaron 7.251.933
y 7.082.079 respectivamente.

Elección PEV* Inscritos Votantes Votos Válidos Blancos Nulos


Presidencial
1989 8.499.972 (1) 7.557.537 7.158.727 6.979.859 75.237 103.631
1993 8.085.493 7.376.691 6.968.950 136.750 270.991
1999 8.084.476 7.271.584 7.055.128 56.991 159.465
2005 11.419.104 8.220.897 7.207.278 6.942.041 84.752 180.485
2009 12.277.915 8.285.186 7.264.136 6.977.544 86.172 200.420
2013 13.573.143 6.699.011 6.585.808 46.268 66.935
Fuente: Servicio Electoral (SERVEL).
* PEV: Personas en Edad de Votar.
(1) Saldaña, Jorge: “Participación y régimen electoral en Chile”, ICSO-U. Diego Portales,
Documentos de Trabajo Año 1, Nº 11, Octubre de 2008.

b) Como segunda afirmación se puede sostener que transcurrido poco más de dos décadas, desde que
se realizó la primera elección presidencial de post dictadura, la votación válidamente emitida, en
relación a conjunto de las personas en edad de votar, se ha transformado imperceptiblemente en una
votación de minoría.
Nos parece pertinente destacar este hecho, porque en base a esta votación se elige la primera autoridad
nacional. Para ilustrar lo afirmado, compararemos el modo en que se da esta relación en la primera
elección presidencial de post dictadura, respecto de la última.
En la elección presidencial de 1989, el total de personas en edad de votar alcanzó a los 8.499.972. Las
estadísticas del SERVEL nos señalan que de ellas un 82,12% votó en forma válida (6.979.859) y un
2,1% votó nulo o en blanco.
En esa misma elección, un 15,78% de la población en edad de votar no acudió a las urnas a ejercer su
derecho a sufragar (diferencia Columna PEV y Columna Votantes). De los cuales, un 11,09%
(942.435) no se había inscrito en los registros electorales y un 4,69% (398.810) se excusó.
Del mismo modo, para la elección presidencial de 2013, el total de las personas en edad de votar
alcanzó a los 13.573.143. De ellas, 6.585.808 votó en forma válida en primera vuelta, lo que representa
un 48,52%. Un 0,8% votó nulo o en blanco.
Sin embargo, un 50,64% (6.874.132) no acudió a las urnas a sufragar. Es más, en segunda vuelta esta
cifra subió a 7.875.337, lo que representa un 58,02% de las personas en edad de votar.
De los datos se concluye que en su conjunto la élite política no alcanza el 50%. Se trata de una élite
minoritaria.
Eso es más claro si analizamos la votación de la coalición gobernante. La actual Presidenta de la
República obtuvo una votación de 3.470.055 en segunda vuelta. Si relacionamos dicha votación con el
total de personas en edad de votar (PEV), la votación de la actual mandataria alcanzó un 25,56%.

III ¿Crísis de representatividad o crisis de legitimidad?

Varios analistas tienden a interpretar este fenómeno como una crisis de representatividad, producto de
un debilitamiento de la relación entre representantes y representados. Las razones esgrimidas para
explicar dicho debilitamiento, son diversas. Para algunos se trata de una creciente desidia en la que ha
caído el ciudadano común, acentuada por la institucionalización del voto voluntario. Otros ponen el
acento en la falta de educación cívica. Terceros la atribuyen a malas prácticas de líderes y
conglomerados políticos.
A nuestro entender, la creciente desafección sufragista de la ciudadanía, no se explica por la sola
descomposición de la relación entre representantes y representados: ella es el síntoma. La crisis de
representatividad se debe a la prevalencia de una institucionalidad política, cuyo objetivo expreso es
coartar la voluntad ciudadana. Se trata de las trampas institucionales, al decir de Fernando Atria,
consagradas en la constitución actual que son la negación del sufragio universal.
La ciudadanía ha tomado conciencia que dada la actual institucionalidad política, el votar no tiene
como correlato la participación. Esa es la causa que explica la creciente abstención electoral que da
origen a la actual crisis de representatividad de nuestra institucionalidad democrática vigente.
La ciudadanía, en forma espontánea, está ensayando nuevas formas para hacerse escuchar: marchas,
paros, asambleas ciudadanas, concentraciones, etc. Derroteros que está caminando en forma autónoma,
al margen de los partidos y de la institucionalidad política vigente.
Las actuales movilizaciones ciudadanas, se realiza en pos de validar e institucionalizar nuevos
derechos. Esta lucha significa necesariamente realizar cambios a la actual constitución. Uno de los
debates políticos claves que se avecinan, va a girar en torno a la forma de implementar dichos cambios:
si por medio de una reforma constitucional o por medio de una asamblea constituyente.
La primera alternativa busca realizar cambios constitucionales consensuados y liderados por la élite
política. La dificultad de esa salida radica en que a contar de la última elección presidencial, analizada
más arriba, gobierno y oposición son minoría. Por tanto, un diálogo de esta naturaleza, adolecería de
serios problemas de representatividad y de legitimidad. Ello extiende un manto de dudas sobre la
capacidad de liderazgo de nuestra élite política, para conducir los cambios que se requieren.
La segunda alternativa se viene desarrollando desde abajo, desde el diálogo libre y soberano que de
hecho se está llevando a cabo en el seno de la ciudadanía. Se trata de un dialogo autoconvocado por el
propio pueblo soberano, para discutir el derecho a una vida digna.
Es lo que de hecho están haciendo los trabajadores cuando se oponen a la flexibilización de la
relaciones laborales; cuando los movimientos por la diversidad de genero piden se les reconozca su
derecho al matrimonio o a la adopción; cuando el movimiento estudiantil exige la gratuidad universal
en la educación superior; cuando las asambleas territoriales de Aysén, Magallanes y Calama reclaman
equidad para las regiones extremas; cuando los pescadores artesanales se movilizan porque se les
respete sus zonas de pesca; cuando el pueblo mapuche pide le reconozca como nación, etc.
Este dialogo libre y soberano es un proceso que debe concluir en una asamblea constituyente. Es ahí
donde se discutirá el tipo de país que se desea construir, y será el mismo pueblo en su diversidad y
soberanía, el que dictará los procedimientos para llevar adelante dicho dialogo y el modo de validar sus
conclusiones.
El reto posterior será lograr desarrollar una institucionalidad política que permita acoger y proteger los
derechos reivindicados por los ciudadanos en ese diálogo fecundo, una institucionalidad política
legitimada por ese dialogo.

IV Conclusiones.

En una perspectiva de largo plazo (24 años), la tendencia del electorado a no ejercer su derecho a
sufragio, ha transformado la abstención electoral en mayoría.
Como correlato de la conclusión anterior se puede afirmar que la élite política en su conjunto, gobierno
y oposición, se han transformado en minoría: y desde esa calidad, gobierna para el conjunto del país.
La minoría electoral de la élite política, arroja una sombra de duda sobre la representación y
legitimidad de las políticas públicas ejecutadas por los gobiernos de turno.
La mayoría ciudadana que se abstiene, no solo lo hace de forma pasiva sino también de forma activa.
Paulatinamente la ciudadanía se moviliza por sus derechos, al margen de los partidos políticos y de la
institucionalidad vigente.
Las movilizaciones responden a un dialogo fecundo al interior de la ciudadanía, que clama por una
nueva institucionalidad política, más legítima, liberada de las trampas de la institucionalidad vigente,
con gobiernos representativos que permitan el real ejercicio de la soberanía ciudadana, esencia de la
democracia.
Sin embargo, el realismo político de la élite no le permite mirar más allá de las nominaciones de
cargos, de la correcta ejecución de programas de gobierno, de los consensos posibles de alcanzar con la
oposición, etc. La élite debe descentrarse de la problemática de la pura gobernabilidad y girar hacia la
problemática de la soberanía ciudadana, si quiere representar a la ciudadanía y superar su déficit de
legitimidad.