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TOLETANA 13 (2005) 11-29

LA VIRGEN MARÍA EN LA FORMACIÓN SACERDOTAL

JUAN MIGUEL FERRER GRENESCHE

1. La situación actual de la juventud ante la llamada de Dios, según


Pastores dabo vobis, nn. 8 y 9, a modo de introducción

Al afrontar el tema de la formación de los candidatos a las sagradas


Órdenes y el papel de la Madre del Señor en dicha formación, creo que es
necesario que primero digamos una palabra sobre los sujetos de la misma, en
su mayoría jóvenes de nuestro tiempo.
El Papa Juan Pablo II comenzaba también así su exhortación Pastores dabo
vobis hace 12 años; la situación de los jóvenes sigue siendo parecida si no se
ha radicalizado más en estos años transcurridos. Decía entonces el Santo
Padre, destacando los aspectos más preocupantes:

Los jóvenes sienten más que nunca el atractivo de la llamada sociedad de consumo,
que los hace dependientes y prisioneros de una interpretación individualista,
materialista y hedonista de la existencia humana. El bienestar materialísticamente
entendido tiende a imponerse como único ideal de vida, un bienestar que hay que
lograr a cualquier condición y precio. De aquí el rechazo de todo aquello que sepa
a sacrificio...
Esto se refleja, en particular, sobre la visión de la sexualidad humana, a la que se
priva de su dignidad de servicio a la comunión y a la entrega entre personas, para
reducirla simplemente a un bien de consumo... En la raíz de estas tendencias se
halla, en no pocos jóvenes, una experiencia desviada de la libertad: lejos de ser
obediencia a la verdad objetiva y universal, la libertad se vive como un
asentimiento ciego a las fuerzas instintivas y a la voluntad de poder del individuo...
Incluso en el ámbito de la comunidad eclesial, el mundo de los jóvenes constituye,
no pocas veces, un problema. En realidad, si en los jóvenes, todavía más que en los
adultos, se da una fuerte tendencia a la concepción subjetiva de la fe y una
pertenencia sólo parcial y condicionada en la vida y en la misión de la Iglesia,
cuesta emprender en la comunidad eclesial, por una serie de razones, una pastoral
juvenil actualizada y entusiasta... (n.8).

Y sobre los signos de esperanza, insistía a lo largo del número 9 del


documento que estos jóvenes suelen poseer una gran sed de libertad, son
sensibles al valor de la dignidad de la persona, sienten la necesidad de ser
auténticos y transparentes, valoran muy positivamente la reciprocidad hombre-
12 Juan Miguel Ferrer Grenesche

mujer, son sensibles a los esfuerzos por construir un mundo más justo,
solidario y unido, procuran la apertura y el diálogo con todos, poseen un serio
compromiso por la paz. Para muchos, la caída de las ideologías, el ver a
amigos fracasar y caer por causa de las drogas, se convierte en un impulso para
buscar valores verdaderos y plantearse la cuestión religiosa buscando espacios
de desierto donde descubrir la oración. Es más, se produce un rebrote de
asociaciones religiosas antiguas y nuevas.
Todo esto parece corroborado por la reciente encuesta publicada en El
cooperador paulino (septiembre-octubre 2004) sobre los jóvenes españoles y
la religión. El retrato no pretende ser exhaustivo, pero es bastante cierto. Esta
es la juventud que recibe la llamada de Dios, con sus limitaciones y con sus
valores. Ya en el Evangelio vemos como Jesucristo llamó a los que quiso, no a
los perfectos: Pedro se reconoce pecador cuando el Maestro le señala que le
hará pescador de hombres y ¡cómo se escandalizan muchos! cuando Jesús
escoge al publicano Leví, para hacer de él uno de sus discípulos (Lc 5, 8 y 10;
5, 27-32).
Es a estos jóvenes concretos a los que el Señor llama y a los que han de
educar nuestros Centros de formación y Seminarios. Nuestra pregunta será:
¿En qué puede ayudar o qué papel ha de jugar la Madre de Jesús, nuestra
Madre, en este proceso formativo?
La Virgen intercede, atenta como en Caná a las carencias de los hombres,
pero además su intercesión es maternal, como madre de los llamados. Así su
presencia educa y refuerza las acciones pedagógicas de los formadores.
Conocer, tratar y saber reconocer la presencia de María en la comunidad
formativa será esencial para que ella pueda cumplir su misión.
Al tratar del testimonio profético de la vida consagrada en el mundo el Papa
señalaba la preeminencia del ser sobre el obrar: ser pobres, castos y obedientes
hace de los consagrados un signo profético eficaz ante los ídolos del mundo
presente (cf. VC), que son los mismos que vemos atenazar el corazón de los
jóvenes. María, presente en la vida personal y comunitaria de los seminaristas
será un chorro de aire fresco en el bochorno de las limitaciones de estos
jóvenes; sí, como un riego suave y penetrante que estimule sus potencialidades
más positivas.
Es importante pues presentar a los jóvenes un auténtico retrato de María.
Sin silenciar ninguno de los rasgos de su verdad personal, pero presentando
ésta, conforme al universal designio de salvación de Dios. Ella es una joven
judía del siglo primero. Una mujer profundamente enraizada en la fe de Israel
y en las promesas de Dios. Con un fuerte sentido escatológico que la
proyectaba a dar al Mesías y a su espera y recepción una prioridad absoluta en
su vida. Esposa de José, en un verdadero matrimonio, pero supeditando, aun la
grandeza de éste, a tal prioridad escatológica. Mujer pobre, virgen y obediente,
llena de alegría y caridad, atenta a las necesidades de todos y resuelta ante la
La Virgen María en la formación sacerdotal 13

dificultad y el dolor. De este modo, con esta cercanía y atractivo personal, que
trataremos de estudiar con más detalle en el siguiente apartado de nuestro
trabajo, ella ejerce entre los seminaristas su maternidad de gracia.

2. Retrato de María, Madre de Cristo Sacerdote y de los discípulos

Trataremos en este capítulo de nuestro trabajo de recordar el papel que


Jesucristo quiso dar a su Madre en la vida de sus discípulos y cómo
singularmente la Iglesia entiende que esto establece una relación,
especialmente estrecha, entre María y los sacerdotes de Jesucristo, tal y como
nos lo ha recordado el magisterio más reciente.
Además, recorriendo los evangelios, trataremos de ofrecer un retrato de la
Madre de Jesús, de la Madre de la Iglesia, que nos ayude a comprender el
papel que el Señor la otorga en la vida de cada seminarista y cómo puede
ayudar a cumplir con la misión fundamental de todo proceso formativo
sacerdotal: asemejar los candidatos a Cristo.

2.1. Tu Madre: testamento de Cristo al discípulo amado

En el evangelio de san Juan aparece esta escena que tan profundo calado
adquirió en la vida del Discípulo Amado (Jn 19, 25-27). Juan establece un
cierto paralelismo entre “el primer signo de Jesús” en Caná y este momento “al
pie de la Cruz”. María es llamada “mujer” y se sigue una etapa nueva en la
vida de los discípulos tanto en un episodio como en el otro. No parece que se
trate de una simple preocupación material por la suerte de Madre y Amigo,
sino de algo vinculado a la misión y al acto redentor y creador de la Cruz, una
nueva humanidad, una nueva maternidad, una nueva filiación.
La “casa” del discípulo a la que alude el versículo 27 no es simplemente el
hogar, se trata de lo que el hogar o la propiedad representa, el ámbito de lo
íntimo y más determinante de la propia vida. De este modo se manifiesta que
la maternidad y filiación de la que el Señor habla no es puramente metafórica,
sino una real gestación de virtudes y gracia que renueva la existencia del
discípulo y lo asemeja a la madre, y lo asemeja a Cristo.
Es muy probable que por esta razón la Iglesia recuerde constantemente a
los sacerdotes el papel tan importante que María tiene en su proceso de
santificación, de configuración con Cristo. En la Instrucción de la
Congregación para el Clero El presbítero pastor y guía de la Comunidad
Parroquial (Vaticano 2002) n. 13 leemos:

La espiritualidad sacerdotal exige respirar un clima de cercanía al Señor Jesús, de


amistad y de encuentro personal, de misión ministerial compartida, de amor y
servicio a su Persona en la persona de la Iglesia, su Cuerpo, su Esposa. Amar a la
14 Juan Miguel Ferrer Grenesche

Iglesia y entregarse a ella en el servicio ministerial requiere amar profundamente al


Señor Jesús. Esta caridad pastoral fluye, sobre todo, del Sacrificio Eucarístico, que
se manifiesta por ello como centro y raíz de toda la vida del presbítero, de suerte
que lo que se efectúa en el altar lo procure reproducir en sí el alma del sacerdote.
Cosa que no puede conseguirse si los mismos sacerdotes no penetran más
íntimamente cada vez, por la oración, en el misterio de Cristo.
En la penetración de este misterio viene en nuestra ayuda la Virgen Santísima,
asociada al Redentor, porque cuando celebramos la santa Misa, en medio de
nosotros está la Madre del Hijo de Dios y nos introduce en el misterio de su
ofrenda de redención. De este modo, se convierte en mediadora de las gracias que
brotan de esta ofrenda para la Iglesia y para todos los fieles. De hecho, María fue
asociada de modo único al sacrificio sacerdotal de Cristo, compartiendo su
voluntad de salvar al mundo mediante la cruz. Ella fue la primera persona y la que
con más perfección participó espiritualmente en su oblación de Sacerdos et Hostia.
Como tal, a los que participan -en el plano ministerial- del sacerdocio de su Hijo
puede obtenerles y darles la gracia del impulso para responder cada vez mejor a las
exigencias de la oblación espiritual que el sacerdocio implica: sobre todo, la gracia
de la fe, de la esperanza y de la perseverancia en las pruebas, reconocidas como
estímulos para una participación más generosa en la ofrenda redentora.

Por todo ello miramos a María, la tomamos en “casa” y tratamos de


conocerla y ser verdaderamente hijos suyos.

1.2. Retrato de María

Sin la pretensión de agotar toda la fisonomía personal de María santísima


intentaremos trazar un “retrato” lo más completo y fiel que sea posible de la
Madre del Señor.
a) La Anunciación (Lc 1, 26-38). En esta escena, que marca el inicio de la
presencia de María en el Evangelio, emergen ya rasgos importantes de su
fisonomía personal. Se trata de una joven, desposada poco antes con un
hombre llamado José, descendiente de David. De éste sabemos (Mt 1, 19) que
era “justo”, es decir, un hombre religioso y que tenía por norma la voluntad de
Dios. María compartía con él tal condición. El Ángel la saluda con la
invitación a la alegría mesiánica y la llama “llenadegracia”. Esta joven tiene
algo especial. Algo que polarizaba su vida hacia Dios. Una vocación
excepcional a vivir en justicia y santidad, a caminar en la Ley del Señor.
José y María forman una pareja que ha de entenderse en el contexto de los
judíos piadosos y de los hombres y mujeres de Israel que en aquel tiempo
vivían dominados por la idea de la inmediata llegada del Salvador, del Mesías.
Como Juan, querían preparar el camino del Señor. Es en este contexto
religioso y escatológico donde se dan formas curiosas de vivir el matrimonio
que se asemejan a la propuesta que el apóstol Pablo hará, en contexto cristiano
La Virgen María en la formación sacerdotal 15

paralelo, a los corintios (1 Co 7, 29-31) y que explican el porqué de la


pregunta de María al Arcángel.
Esta pregunta no puede interpretarse como duda sobre lo anunciado o
reticencia a aceptarlo. Excluye de esto la respuesta del Ángel y el paralelismo
antitético de esta pregunta y respuesta entre el relato de la anunciación a
Zacarías (Lc 1, 18-20) y el relato del anuncio a María que aquí consideramos.
La pregunta es de la que con su esposo se siente llamada a vivir como si no la
tuviese (la esposa; 1 Co 7,29) centrados como esposos en preparar en espíritu
de humildad la llegada del Mesías. Se sorprende al sentirse ahora llamada a la
recepción de este Mesías por la vía de la maternidad. Pregunta buscando la
voluntad de Dios. Éste es un punto muy importante de su personalidad. Sabe
escuchar y busca comprender para asumir con plena libertad. Interioriza y
asimila en diálogo su vocación, que Dios da a conocer paulatinamente en su
vida.
Una vez iluminada por la respuesta del Ángel su aceptación es resuelta,
confiada, plena, como corresponde a una mujer libre, responsable, madura y
llena de fe. Es esta virtud la que resume su espíritu: una fe firme y madura, por
algo la saludará Isabel, más adelante, con su ¡Feliz la que ha creído! (Lc 1,
45).
b) El cántico de María (Lc 1, 46-55). No entraré a discutir si el
“magnificat” surge o no de los labios de María, creo que sí, es más, creo que
fue una plegaria que ella repetía con frecuencia a modo de respuesta
agradecida a cuanto Dios hizo en su vida. Pero, en todo caso, el “magnificat”
es un retrato del corazón de la Virgen. De su modo de relacionarse con
Dios, de asumir su vocación y de reflejarla en su testimonio ante los demás en
palabras y obras. No es el fruto de un momento de emoción, que luego se
enfría y casi se olvida.
María es profundamente religiosa, la auténtica experiencia de Dios le
descubre su verdad personal y el inmenso amor de Dios derramado sobre ella
como elección y gracia.
Su modo de entender la vida está lleno de gratitud, lo que genera
identificación, confianza y misericordia, en la relación con Dios y con los
demás. Su elección es asumida desde los planes de Dios, por eso, pese a su
singularidad no la lleva a distanciarse de su comunidad de fe, de su pueblo,
sino a verse inserta con su vocación, en un designio de amor sobre este pueblo
y sobre la entera humanidad, vive su vocación con profundo sentido de
comunión.
María relatando el modo de proceder de Dios y su opción por los pobres y
humildes se identifica con un modo de vida “a lo divino”, que se verá
plenamente encarnado en su hijo Jesús. Hay que descubrir el paralelismo entre
este cántico y las bienaventuranzas de su Hijo (Le 1, 46-55 y Le 6, 20-26).
16 Juan Miguel Ferrer Grenesche

María asume un estilo de vida profético, que es el que concuerda con el


obrar de Dios en la Historia de Salvación.
c) Presentación y búsqueda del Hijo perdido (Lc 2, 22-52). Estas escenas
son agrupadas por san Lucas aunque sean distantes en el tiempo. Entre ellas,
seguramente, median todos los sucesos narrados por san Mateo de la
emigración a Egipto y el regreso a Nazaret (Mt 2, 13-23) que pondrían a
prueba la fortaleza y temple de estos esposos que vivían de su fe. Pero entre la
Presentación y la Búsqueda del Hijo hay elementos comunes en la experiencia
mariana. Estos acontecimientos señalan la Verdad del Hijo de María, su
pertenencia a Dios, su destino a cumplir la voluntad del Padre celestial.
Jerusalén y el Templo juegan un papel importante, son el lugar propio de
Jesús, como se verá en los últimos pasos del evangelio de san Lucas (Lc 19,
28ss - V. Ministerio en Jerusalén). María vive esta verdad como un gozo, pero
también como una expropiación: su hijo es suyo y no es suyo, es del Padre. Su
Maternidad está en función del proyecto paterno sobre Cristo. Vuelve María a
mostrar su gran madurez humana y su capacidad para ofrecer a Dios todo,
hasta la entrega libre del Hijo. Pero esto la lleva a compartir el designio del
Padre, la suerte del Hijo, a ti misma una espada te atravesará el alma (Lc 2,
35). Y esto hace de María mujer curtida en el sufrimiento, hecha a la prueba.
Nada ruda, nada meliflua, mujer y madre.
Y todo esto lo va integrando y asumiendo con una actitud vital de atención
e interiorización, reflexiva y libre. La "memoria de María" (Lc 2, 51) alimenta
su fe, confirma su vocación. Ella es verdaderamente contemplativa, tanto
cuando escucha la palabra de Dios, como cuando escucha al Señor en su vida.
Por eso siempre los elogios que la dirige su Hijo son por hacer vida la
voluntad, la Palabra, del Padre (Lc 8, 21 y par.). María aparece como
verdadera y primera discípula de Jesús, que se ha dejado educar.
d) Las bodas de Caná (Jn 2, 1-12). Nuevos rasgos de la “Mujer” aparecen
en este “primer signo de Jesús” en el evangelio de san Juan, un pasaje que creo
en fuerte paralelismo, en el interior de este evangelio, con el relato del
testamento del Redentor desde la Cruz (Jn 19, 25-27). Aquí María aparece en
asociación estrecha con su Hijo, cumpliendo, cada uno desde su
papel, el plan del Padre. María es “socia” del Redentor, Cristo. Se asocia a Él
aportando su maternal intercesión. María es, como en la Visitación, aunque allí
no lo hemos destacado, mujer atenta a las necesidades de los demás. Su "no les
queda vino" expresa la atención al nivel visible del signo y también su apertura
a un significado trascendente y salvífico del mismo, el que se cumplirá en la
Pascua del Hijo.
De cara a su cooperación con el Hijo, ella le habla de las necesidades de los
hombres, de cara a su maternidad sobre nosotros, señala a los sirvientes la
necesidad de confiar y fiarse de Cristo, con su “haced lo que Él os diga”. En
La Virgen María en la formación sacerdotal 17

todo ello está expresando su sometimiento al plan del Padre y su dependencia


confiada de Jesús.
María sabe actuar “ministerialmente”, sin dejar de hacer lo que debe, sin
asumir protagonismos que velen el papel de Cristo.
e) Al pie de la Cruz (Jn 19, 25-27). Junto a Jesús, como verdadera Madre,
pero no sólo físicamente, sino intencionalmente. No hay duda, Madre e Hijo
están en la Cruz asociados particularmente por la común obediencia al Padre y
la total apertura a su amor, aunque sea en la angustia de la muerte.
Sabe estar, nadie la puede aliviar su dolor, pero ella sigue a su Hijo por el
camino de la voluntad del Padre para la salvación del mundo, aquí es madre
plena, modelo de la Iglesia madre, entre los dolores del alumbramiento, pero
deshaciendo el nudo de Adán y Eva, dando por la obediencia nuevo origen a la
humanidad, ¡qué bien lo describirá el libro del Apocalipsis! (12).
Obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, Madre hasta la muerte y
muerte de Cruz. No hay momento mejor para que Jesús le muestre la plenitud
de su vocación en la maternidad plena ejercida acogiendo a los discípulos. Y
María aprende una vez más sufriendo a obedecer, como su Hijo. Su virginal
consagración a la voluntad de Dios y su maternidad mesiánica cobran aquí
plenitud. Y María muestra todo su amor de madre. La caridad de María la
lleva a amarnos como su Hijo nos ha amado, asociada plenamente a este amor
Cristo nos la presenta como madre en el discipulado “ahí tienes a tu madre”.
Esta caridad de María comprende toda su existencia y muestra la plenitud
de su gracia. Una caridad de “Madre de Dios”, una caridad de “inmaculada”,
una caridad que da pleno sentido a su “perpetua virginidad” y que resplandece
en su incorrupta “asunción a los cielos en cuerpo y alma”, una caridad que la
muestra como “socia del Redentor”, “reina, libre en plenitud” y “mediadora de
la Gracia”.
Sé que me he quedado corto y que mis pinceladas, por rápidas, pueden
parecer imprecisas, pero permítanme ser impresionista y les ruego que capten,
como en un golpe de vista, este retrato de quien reluce coronada por la Verdad
y el Bien y muestra así la más singular belleza. Dicen que Cristo tenía que
parecerse físicamente a su Madre, es posible, pero lo que si sé es que María se
parece totalmente a Cristo en su hechura personal. Ella es en este sentido,
“Hija de su Hijo” como cantaría el poeta italiano, de ella principio y figura de
la Iglesia podría decir Cristo: esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de
mi carne. Ésta será llamada mujer, porque del Varón ha sido tomada (Gn 2,
23; Cf Jn 19, 26).
Tras este retrato de María voy a pasar a mostrar cómo, por esta condición y
función de María, ella ha de jugar un papel central en la formación de los
futuros sacerdotes.
18 Juan Miguel Ferrer Grenesche

3. El Seminario, Escuela de María

Ya el decreto Optatam totius del concilio Vaticano II decía al hablar de la


formación en los Seminarios:

Habiendo de configurarse a Cristo Sacerdote por la sagrada ordenación, habitúense


a unirse a Él, como amigos, con el consorcio íntimo de toda su vida. Vivan el
misterio pascual de Cristo de tal manera que sepan iniciar en él al pueblo que ha de
encomendárseles. Enséñeseles a buscar a Cristo en la fiel meditación de la palabra
de Dios, en la activa comunicación con los sacrosantos misterios de la Iglesia,
sobre todo en la Eucaristía y el Oficio divino; en el Obispo, que los envía, y en los
hombres a quienes son enviados, principalmente en los pobres, los niños, los
enfermos, los pecadores y los incrédulos. Amen y veneren con filial confianza a la
Santísima Virgen María, a la que Cristo, muriendo en la cruz, entregó como madre
al discípulo (n.8).

Creo que en el contexto de nuestras reflexiones se entiende cómo aquí


interpretamos que tal configuración y conocimiento personal con Cristo, tal
entrega con Él en favor de los hombres se halla unida a esta “filiación”
mariana. María enseña a los discípulos a conocer e identificarse con Cristo en
la escucha de la Palabra y en la Liturgia que actualiza sus gestos.

3.1. María en la consecución de los objetivos formativos del Seminario

Ha sido el papa Juan Pablo II quien en su encíclica Rosarium Virginis


Mariae, de octubre del 2002, ha invitado a todos los fieles a entrar en la
“escuela de María”.
Será en los números del 10 al 17 donde el Santo Padre desarrolla estas
ideas que creo nos pueden ayudar a comprender el lugar de la Virgen María en
la formación sacerdotal.
a) María modelo de contemplación (n. 10). El Santo Padre presenta aquí a
María como modelo insuperable de contemplación del rostro de Cristo, de
atención espiritual. La mirada de María no se aparta del Hijo desde la
Anunciación. Una mirada adorante y asombrada, unas veces interrogadora,
otras penetrante, en ocasiones dolorida, en otras radiante, finalmente, en
Pentecostés una mirada ardorosa. Aquí aprende el seminarista a vivir su vida
cotidiana atento a Cristo, en alegrías y penas, éxitos y fracasos. Con fe y
estremecimiento religioso, siempre dispuesto a aprender y a llenarse del Don
de lo alto.
b) Los recuerdos de María (n. 11). Dice el Papa que María, atenta a Jesús,
guardaba fielmente los recuerdos del Hijo y sabía nutrir de ellos su fe. Por eso
nos recuerda en la encíclica que María «propone continuamente a los creyentes
los misterios de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que
La Virgen María en la formación sacerdotal 19

puedan derramar toda su fuerza salvadora». Los discípulos de la primera hora


se beneficiarían muchas veces de estos recuerdos de la Madre, pero Juan Pablo
II nos enseña que también nosotros hoy podemos aprender a Cristo en los
recuerdos de la Virgen María.
c) Recordar a Cristo con María (n. 13). Y es que el Santo Padre nos dice
que estos recuerdos de María son el “memorial”" (Zakar) de Cristo, no son
acontecimientos pasados, son realidades permanentes. Es verdad que será en la
Liturgia donde esto se nos hace accesible y así ésta se convierte en fuente y
cumbre de la vida eclesial, pero el Papa nos recuerda que la oración con María,
meditando los misterios de Cristo, es “contemplación saludable”. Una
contemplación que «penetrando, de misterio en misterio, en la vida del
Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado
profundamente y forje la propia existencia».
d) Comprender a Cristo desde María (n. 14). El Santo Padre nos insiste en
este punto que no basta con conocer los datos de la vida o la enseñanza de
Cristo, hay que llegar a conocerle y comprenderle a Él. Y ¿quién mejor que
María para ello? La Madre conoce de un modo especial al Hijo. Dice aquí el
Papa refiriéndose al Rosario: «recorrer con María las escenas del Rosario es
como ir a la escuela de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos,
para entender su mensaje». Y esto, realmente, se puede decir de toda verdadera
forma de piedad mariana. Y prosigue el Pontífice:

Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que ella la ejerce
consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo
tiempo, el ejemplo de aquella -peregrinación de la fe-, en la cual es maestra
incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su
Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz,
para concluir siempre con la obediencia de la fe: He aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).

e) Configurarse a Cristo con María (n. 15). Aquí Juan Pablo II nos
recuerda que María «engendra continuamente hijos para el Cuerpo místico del
Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión
inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la
Iglesia».
Y cita Juan Pablo II la doctrina monfortiana:

Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y
consagrados a Jesucristo, la más perfecta de las devociones es, sin duda alguna, la
que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a
Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a
Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma
20 Juan Miguel Ferrer Grenesche

un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más


consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo.

f) Rogar a Cristo con María (n. 16). Quien tiene que ser intercesor ¡qué
bueno es que aprenda a orar mucho por su pueblo! En este sentido el Vicario
de Cristo nos dice:

Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu hacen brotar en nuestro corazón,
interviene María con su intercesión materna. - La oración de la Iglesia está como
apoyada en la oración de María -. Efectivamente, si Jesús, único Mediador, es el
Camino de nuestra oración, María, pura transparencia de Él, muestra el Camino, y
- a partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las
Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la
persona de Cristo manifestada en sus misterios -.

Con María aprendemos a orar como conviene, en sintonía plena con el


querer de Dios.
g) Anunciar a Cristo con María (n. 17). La auténtica devoción mariana,
lejos de resultar alienadora, o de conducir al pietismo es fuertemente
apostólica. Ayuda así a configurar la armonía de la vida espiritual, quicio de la
formación doctrinal y pastoral del futuro sacerdote.
La contemplación de Cristo, de la mano de la Virgen, no sólo sugiere una
enorme riqueza catequética, se convierte en una fuente de dinamismo
apostólico. El Papa lo refiere al valor del Rosario como acicate de la
predicación y alma orante del evangelizador, pero es en sí la devoción a María
la que nos lleva, en la filial obediencia a la Palabra y en la fe, a emprender un
camino veloz, siguiendo los pasos de María hasta en casa de Isabel, para ir al
encuentro de los hermanos y allí proclamarles la buena nueva, alabar con ellos
a Dios y manifestarles en el servicio la fuerza del Espíritu Santo.
El Santo Padre alude al ejemplo de santo Domingo de Guzmán en su
actividad evangelizadora, podemos decir que el ejemplo viene desde antiguo,
aquí en España la fe se difundió recibiendo el apóstol Santiago auxilio y apoyo
de la Virgen María. Esto es lo que ella quiere hacer siempre con quienes la
invocan, animar la fe, impulsar el testimonio.
Espigando estos puntos de la encíclica del Papa Juan Pablo II he querido
imaginar con ustedes cómo puede ser el Seminario, en sus objetivos
formativos fundamentales, una escuela de la Virgen María. Quisiera ahora
completar esta reflexión recorriendo las diversas dimensiones de la formación
sacerdotal, según la exhortación Pastores dabo vobis para tratar de mostrar
cómo la Madre del Redentor puede jugar un importante papel en cada una de
ellas.
La Virgen María en la formación sacerdotal 21

3.2. María en cada una de las dimensiones de la formación sacerdotal

Todo el capítulo V de Pastores dabo vobis trata específicamente de la


formación de los candidatos al sacerdocio y tras recordar la elección por parte
de Cristo de los doce «para que estuvieran con Él», insiste en cómo esta
formación ha ser capaz de crear un ambiente espiritual, un itinerario de vida,
una verdadera escuela de Evangelio que lleve a los candidatos a dar una
respuesta personal y total al Señor.
Tras esta puesta en situación, a partir del número 43 de la exhortación,
pasará a concretar las diversas dimensiones que ha de implicar esta formación
para crear tal ambiente y conseguir tales fines. Es aquí, desde este contexto,
donde nosotros queremos mostrar el papel de María y cómo se concreta en este
complejo y articulado proceso.
a) La formación humana (nn. 43-44). El hombre Cristo Jesús aprendió a
vivir como un varón íntegro y de confianza en el hogar de Nazaret, junto a
María y san José. San José merecería una conferencia en este sentido. No me
cuesta imaginar hasta qué punto la personalidad, el carácter y las virtudes
humanas de Cristo, modelo para cada sacerdote, se forjaron en el trato
cotidiano con María durante 30 años en el seno de la Sagrada Familia. Por ello
no dudo que en el inculcar los valores fundamentales para una sólida
formación humana de un futuro sacerdote la presencia de María, por medio de
una correcta piedad mariana, jugará un valor positivo considerable.
De cara a conseguir conocer en profundidad el alma humana, como medio
para ser capaz de un verdadero diálogo, de la intuición de las necesidades de
los otros, para ganar la confianza y propiciar su colaboración, para conseguir
juicios serenos y objetivos sobre personas y situaciones, qué importante puede
ser conocer a quien proclamó el “magnificat”, como lo hace la Iglesia con ella
cada tarde. La sintonía con esta expresión de la experiencia espiritual de María
es clave para ese conocimiento del alma humana.
A la hora de aprender a relacionarse con los demás, evitando la arrogancia
y el carácter polémico, consiguiendo ser afables, prudentes, discretos, sinceros,
hospitalarios y generosos, ¡cómo no pensar en las actitudes de María en la
Visitación o en las bodas de Caná! Con María los seminaristas aprenderán
hasta qué punto virtudes humanas y cristianas crecen parejas cuando toda la
vida se descubre brotando de Dios y la vocación personal, que nos religa
peculiarmente a Él, impregna todo el desarrollo y la maduración de la propia
persona, tal y como lo vemos en la parte de la vida de María que los
evangelios nos presentan.
Y cuando el objetivo es la verdadera maduración afectiva, superando los
traumas o los obstáculos, que no pocas veces nacen de la propia experiencia
familiar desequilibrada o de un ambiente social desestructurado o enfermo, se
descubre la capacidad sanadora de una verdadera piedad cristiana, donde la
22 Juan Miguel Ferrer Grenesche

devoción y el trato personal con María Madre y Virgen tienen un lugar


insustituible, allí el joven encuentra un cauce limpio para desarrollar su
capacidad de relaciones humanas en serena amistad y profunda fraternidad y
conseguir un amor vivo y personal a Jesucristo que empuja del corazón los
fantasmas de pasadas malas o traumáticas experiencias en las relaciones
humanas.
María vivió con su esposo José y con su Hijo Jesucristo unas relaciones
marcadas por el sello de esta madurez afectiva que permite un amor total sin
sombra de posesividad ni de instrumentalización y que se expresa en el respeto
de la libertad del otro y en la capacidad de darse sin miedos ni desconfianzas.
Al buscar en la formación humana hacer hombres libres de verdad, la
esclava del Señor, aunque los términos parezcan contradictorios, se muestra
como una maestra ejemplar. Frente a una libertad entendida, como enseña Juan
Pablo II en su exhortación Vita Consecrata, sin referencia al bien o a la
verdad, que se convierte en puro azar o dominio de los apetitos instintivos y
desordenados, hay una libertad auténtica que arranca de la propia naturaleza y
sentido de la persona, que exige trabajo y que encuentra en Dios creador y en
su llamada de amor personal su plenitud y acabamiento. María no es ni
mojigata ni fanática, es dueña de sí misma, por eso se realiza en la entrega
total al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en quienes descubre su fin personal y
su plenitud.
Si esta formación humana pretende alcanzar también una recta educación
de la conciencia moral es evidente que el ejemplo de María, oyente, gustadora
reflexiva y cumplidora delicada de la Palabra creadora y conservadora, es más
eficaz que muchos discursos y exhortaciones. La vida de María, en ese
compromiso constante por que en ella se cumpla la Palabra de Dios, es modelo
para todo el que quiere descubrir y fortalecer una verdadera conciencia moral.
Esta habrá de formarse en la escucha interiorizada de la Revelación divina y se
fortalecerá obedeciéndola en las determinaciones personales de cada día.
b) La formación espiritual (cf. nn. 45-50). Sabemos que esta dimensión de
la formación está llamada a dar unidad y aglutinar todas las demás
dimensiones del proceso formativo desde una auténtica relación personal de
comunión con Dios, que se convierte en el centro unificador de la propia
existencia personal.
María santísima en su relación maternal con Jesucristo nos descubre un
rasgo singular, ella, siendo Madre, se hace discípula del Hijo, muestra así una
relación de amistad, propia del discípulo de Cristo, «os llamo amigos», que
completa la relación básica en ella de la maternidad y nos ofrece un ejemplo
elocuente y seductor de vida íntimamente unida a la de Jesús.
Para conseguir esta formación espiritual el santo Padre invita a buscar a
Jesucristo. La Virgen María con su permanente atención a Él y en su
búsqueda-espera de Cristo en Jerusalén y en la Pascua nos abre camino. Si el
La Virgen María en la formación sacerdotal 23

seminarista debe buscar al Señor en la Palabra, la Liturgia, en la oración y el


silencio y en los más pequeños, la Madre del Señor, con su actitud desde la
Anunciación y Visitación y con su saber guardar las Palabras y gestos de
Jesús, germen de los sacramentos, es maestra en esta “iniciación”. El Papa nos
habla también de María como modelo de participación en la Eucaristía en el
capítulo VI de su encíclica Ecclesia de Eucharistia.
Punto culmen de esta formación espiritual será la adecuada preparación
para vivir el don del celibato. Saber reconocer el don y acogerlo con espíritu
de transformación interior y custodiarlo en una vida impregnada de fraternidad
es algo que la Virgen nos enseña. Ella supo acoger el don de la consagración
plena al Señor y supo custodiarlo desde su aceptación del plan de Dios que la
invitaba a vivir su virginidad siendo Madre del Redentor y permaneciendo
virgen tras el parto. En toda esta peripecia singular de María se muestra la
obediencia de fe y el amor agradecido a Dios como la clave de una vida
celibataria por el reino de los cielos. María es fiel a su virginidad buscando la
voluntad de Dios, paso a paso y sometiéndose y entregándose plenamente a
ella.
c) La formación intelectual (cf. nn 51-56). Pudiese parecer que en este
campo de la formación intelectual la humilde joven de Nazaret poco puede
aportar a la formación de los seminaristas. María ni estudió con pesados libros
ni acudió a las aulas. Y claro, tampoco se dedicó a publicar ningún libro. Pero
Juan Pablo II nos muestra que esta dimensión no cumple su objetivo si no se
alcanza una sabiduría que «a su vez, se abre y avanza al conocimiento de Dios
y a su adhesión».
Nadie puede dudar que la Virgen vivió de esta sabiduría que guió su vida.
Su actitud humilde y atenta ante el Hijo, su fijarse, su saborear todo esto en su
corazón se hace contemplación que no sólo llena el corazón, sino que además
estructura y colma su inteligencia.
Si el candidato a las Ordenes ha de entrenarse en un estudio asiduo no le
faltó esta aplicación abnegada a María; si el futuro sacerdote tiene que amar la
verdad, aplicarse a descubrir en el conocimiento de la cultura actual de los
hombres la prolongación de la “contemporaneidad” de Cristo, si han de buscar
en la Sagrada Doctrina esa visión unitaria y completa del Misterio de Cristo,
no hay que dudar que por el camino de la reflexión y la atención, María en el
seguimiento de su Hijo recorrió también estos caminos. Su presencia junto al
estudiante es garantía de estos ideales y fuerza para cumplirlos.
En su “no tienen vino” de Caná ella comparte ese saber de la realidad de
sus contemporáneos, en su “haced lo que Él os diga”, manifiesta su
conocimiento de Cristo y de la voluntad del Padre y de la necesidad de hacer
de estos conocimientos motor del obrar de los discípulos.
d) La formación Pastoral (cf. nn. 57-59). Esta dimensión de la formación
busca impregnar todo el proceso formativo del futuro sacerdote, pues éste ha
24 Juan Miguel Ferrer Grenesche

de ser pastor, ha de hacer presente al Único Pastor de la Iglesia: Cristo. Para


ello el objetivo último de la dimensión pastoral de la formación en los
Seminarios ha de ser que los alumnos adquieran la caridad de Cristo Buen
Pastor.
Viendo a María como Madre de la nueva humanidad al pie de la Cruz,
entregada como tal por Cristo al Discípulo amado, se comprende hasta que
punto puede ella compartir la caridad de su Hijo. Y si ella la comparte es para
cooperar activamente a la hora de transmitirla y grabarla en el corazón de los
discípulos.
El seminarista se prepara a vivir esta caridad en el ejercicio del triple
munus, pero para ello no puede simplemente aprender técnicas, precisa
adquirir la sensibilidad de Cristo Pastor y ha de vivir esta ministerialidad como
don en y para la Iglesia, en un misterio de comunión y reconocimiento de los
dones derramados sobre los demás. María, alma gemela de Cristo, ayuda a sus
hijos a alcanzar esta sensibilidad. Ella, como lo muestra su actitud en la Iglesia
primitiva, tal y como lo narran los Hechos de los Apóstoles (1,14), sabe de este
respeto por el espíritu de comunión y cómo vivirlo en el servicio y ejercicio de
la propia vocación.

4. La Piedad Mariana en los Seminarios

Pese a las limitaciones de mi incompleta exposición creo que de lo antes


dicho queda clara la necesidad e importancia de la presencia de María en
nuestros seminarios. Nos hemos de preguntar sobre qué medios emplear para
conseguir esta cooperación de la Madre de los Discípulos y este estar ella
actuando en los fines últimos y en cada uno de los caminos para alcanzarlos.
Nos hace falta una auténtica piedad mariana, trataremos ahora de indicar sus
rasgos fundamentales.

4.1. La auténtica piedad mariana, rasgos característicos

La verdadera piedad mariana sin lugar a dudas está cimentada en el amor


que nos ha de inspirar nuestra Madre, amor que ha de ser auténtico desde la
entrega confiada y la identificación, el asemejamiento. No está en las muchas
palabras o carantoñas externas el verdadero amor, aunque éste no se privará de
ellas, pero se basa más bien en la identificación y la búsqueda constante del
bien y agrado del ser amado.
En el número 14 de la exhortación Pastores Gregis se ofrecen estos rasgos
de una auténtica devoción mariana:
a) Se trata de una llamada a hacer propio el “fiat” de María.
b) Y esto por medio de una oración unánime y perseverante de los
discípulos y apóstoles del Hijo con su Madre.
La Virgen María en la formación sacerdotal 25

c) Dispuestos en este trato asiduo a aprender a escuchar y cumplir


prontamente la Palabra de Dios.
d) Ser de María, será pues ser discípulo fiel del único Maestro.
e) Por eso esta devoción se traduce en estabilidad en la fe, en la confiada
esperanza y en la ardiente caridad.
f) Finalmente, a la hora de plasmar esta devoción en los actos se tendrá que
tomar por norma la orientación de la Liturgia. Pero esta orientación no excluye
los ejercicios de piedad, que no pueden faltar, especialmente el Rosario.
A este propósito conviene recordar que la directiva litúrgica, recordada en
Ecclesia de Eucharistia (cap. VI), comienza por valorar el papel de María en
toda Eucaristía, dentro de la Plegaria Eucarística y de la Profesión de fe. Ella
marca el recuerdo del misterio de la Encarnación y se reúne con la Iglesia
orante para recibir la bendición del Padre. Igualmente la Liturgia ilumina la
piedad mariana desde el año litúrgico, con el ciclo del Misterio de Cristo, al
que se asocia de modo peculiar la Madre. Las fiestas marianas del calendario
marcan la coloración y rasgos de las diversas facetas de la contemplación de la
figura de la Virgen María. La Liturgia deja para un tercer lugar las
celebraciones estrictamente devocionales, libres, siendo la colección de Misas
de la Virgen María, con su estructura e introducciones un magnífico reflejo de
esta luz de la Liturgia. Esta colección de Misas creo tendría que ser empleada
en los seminarios tanto como en los santuarios marianos y servir no sólo para
las celebraciones sino también para la oración personal y las pláticas dadas a la
comunidad.
Por lo que se refiere a las prácticas de piedad todas tienen, en su justa
proporción, su lugar: novenas, como la de la Inmaculada, tan insertada en el
Adviento; la sabatina, con todo el sabor de preparación del Domingo; el
ángelus-regina coeli, contemplaciones breves de la Encarnación y la Pascua de
Cristo, claves de la vida cristiana; y particularmente el santo Rosario. Esta
práctica merece una especial atención por su presencia en el magisterio
pontificio (Rosarium Virginis Mariae, n.2, -Los Romanos Pontífices y el
Rosario) y más aun desde la encíclica Rosarium Virginis Mariae (octubre
2002). Pero resulta muy importante descubrir la nueva cara del Rosario. Ya no
tanto entendido como salterio de los legos, alternativa a la litúrgica oración de
las horas, sino una forma de acercarse con María en la Iglesia al entero
misterio de Cristo y desde su contemplación elevar, también con María, una
oración al Padre de acción de gracias, de petición de perdón y de súplica.
En los Seminarios especialmente no se puede dejar caer en el olvido el
modo de comprender y de rezar el Rosario que propone Juan Pablo II, el
capítulo III de esta encíclica encierra un compendio práctico de lo que aquí
estamos llamado verdadera devoción mariana.
Pero al tratar de los rasgos de la auténtica piedad a la Virgen no puedo
silenciar la aportación, para mi tan querida, de san Ildefonso de Toledo.
26 Juan Miguel Ferrer Grenesche

Anticipándose a san Luís María Grignion de Montfort, nuestro santo


español nos descubre en su tratado de la Perpetua Virginidad, especialmente
en las plegarias que lo jalonan, su modo de dejarse revestir por María de
Cristo.
La iconografía de san Ildefonso ha consagrado esta escena. El santo se
encamina al alba a su sede en la catedral toledana para presidir el oficio
matutino y al llegar al presbiterio encuentra a María ocupando la misma
rodeada por un coro de ángeles. Él se postra reverente y ella lo reviste con «un
ornamento de gloria», que la tradición convertirá en una casulla sacerdotal. En
esta escena mil veces representada no cuesta descubrir la espiritualidad de
esclavitud mariana del Santo. No se trata de esclavitud servil o indigna. Es la
expresión de la libertad al poder entregarse totalmente a Cristo por medio y
gracias a la entrega total a quien más plenamente se entregó al Señor: María.
San Ildefonso, su vida, su doctrina son la plasmación vital de todo cuanto aquí
hemos venido exponiendo.
No puedo silenciar que éste es uno de los elementos esenciales que han
marcado mi experiencia de Seminario, primero como seminarista, luego como
rector. Considero que en la vida y obra de san Ildefonso se perciben con
claridad el cristocentrismo y la dimensión trinitaria de la piedad mariana,
unidas a la dócil identificación con la Palabra que en ella se aprende y su
proyección claramente eclesial y apostólica.

4.2. Los documentos del Magisterio posconciliar

Cuando la Iglesia ha hablado de la formación de los futuros sacerdotes en


los últimos años no ha podido dejar de lado afrontar este tema del papel de
María y de las formas concretas de vivirlo y manifestarlo en los seminarios.
Aquí nos referiremos a dos de estos documentos: La Carta circular sobre
algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los seminarios y la
Carta circular sobre la Virgen María en la formación intelectual y espiritual.
a) La Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación
espiritual el los seminarios (Congregación para la educación católica, 6 de
enero de 1980; Enchiridion CEE, Comisión Episcopal de Seminarios y
Universidades, Madrid 1999, 1811-1814). Comenzamos recordando lo que
dice el documento:

1811. El misterio de María, objeto de fe. Desde el punto de vista de la


formación espiritual, no se diría lo que exigen las circunstancias, si no se
evocara, breve pero firmemente, lo que debe ser en el Seminario la devoción
a la Santísima Virgen.
1812. La palabra -devoción- se presta hoy a equívocos. Puede parecer que se trata
de un don o un gusto personal y facultativo. En realidad se trata simplemente de
aceptar la fe de la Iglesia y de vivir lo que nuestro Credo nos exige creer. El Verbo
La Virgen María en la formación sacerdotal 27

de Dios se encarnó en el seno de la Virgen María. La palabra de Cristo en la cruz


mostraría suficientemente, si fuera necesario, que no se trataba en este nacimiento
de una contribución efímera de María a la Redención. La Anunciación es otro
nombre de la Encarnación. La Iglesia ha ido lentamente tomando conciencia del
misterio mariano. Lejos de haber añadido, por propia iniciativa, alguna cosa a lo
que nos enseña la S. Escritura, la Iglesia ha encontrado siempre a la Virgen María
en todas las ocasiones en que trataba de descubrir a Cristo.
1813. La cristología es también una mariología. El fervor con el que el Sumo
Pontífice Juan Pablo II vive el misterio mariano no es sino fidelidad. Y así es como
el amor a la Santísima Virgen debe ser enseñado en un seminario. Los problemas
suscitados hoy por la cristología encontrarían su principal solución en una fidelidad
de este género. Es de notar que la devoción a la Virgen puede y debe ser una
garantía frente a todo lo que tendiera hoy a cortar las raíces históricas del Misterio
de Cristo. Cabría preguntarse si el debilitamiento de la devoción a la Virgen no
oculta muchas veces un titubeo en la afirmación franca del Misterio mismo de
Cristo y de la Encarnación.

Dejando a un lado algunos matices o preocupaciones doctrinales que aquí


afloran, tal vez ya en buena medida felizmente superadas, quedan las
afirmaciones esenciales en pie. No puede darse piedad cristiana completa sin
piedad mariana, esta no es de libre elección. Es más, la piedad mariana será
siempre una garantía en orden a la justa comprensión del Misterio completo de
Cristo.
De esta convicción se sigue el que el documento, acto seguido prosiga:

1814. Clima mariano. Es evidente -sostiene el texto de la Congregación-que este


misterio de la Virgen no puede ser vivido más que en un clima interior de
simplicidad, de abandono, que no tiene nada que ver con una cursilería o con una
efusión superficial de sentimientos. El trato con la Santísima Virgen no puede
conducir sino a un mayor trato con Cristo y con su cruz. Nada mejor que la
verdadera devoción a María, comprendida como un esfuerzo de imitación cada vez
más completo, puede introducir, según el espíritu del Concilio Vaticano II y de la
exhortación Marialis cultus de Pablo VI, a la alegría de creer: Dichosa tú que has
creído (Lc 1,45). Un Seminario no debe retroceder ante el problema de dar a sus
alumnos, por los medios tradicionales de la Iglesia, un sentido del misterio mariano
auténtico y una verdadera devoción interior, tal como los santos la han vivido y tal
como San Luís María Grignion de Montfort la ha presentado, como un “secreto” de
salvación.

De este párrafo quisiera destacar ya lo que sugiere el mismo título: “clima”,


ambiente. Una justa presencia mariana tiene que estar presente en toda la vida
del Seminario, claro está, en su proporción, dada por la misma presentación
del misterio cristiano en los evangelios.
En segundo lugar creo que también es importante la referencia explícita al
pensamiento monfortiano en la doctrina espiritual y a los medios tradicionales
28 Juan Miguel Ferrer Grenesche

en cuanto a la forma externa, sin que ni lo uno ni lo otro pueda considerarse


contrario al deseo de la renovación conciliar, sino más bien como garantía de
fidelidad a la misma.
Lo contrario significa por lo general una pérdida de identidad. La identidad
cristiana y sacerdotal exigen saber acoger la tradición y asumirla
personalmente en una circunstancia. El espíritu dialéctico no se conjuga bien
con la “mens” cristiana, salvo si por negación entendemos interiorización y
adecuación. El rechazo de todo lo antiguo por antiguo conduce
indefectiblemente a la pérdida de identidad, así como la aceptación de lo
antiguo sin “impersonarlo” (in-personar, como in-culturar, uniendo persona y
circunstancia) hace caer en la vaciedad. La identidad implica considerar unos
valores y virtudes como perdurables y asumir la tarea de integrarlos en la
propia contemporaneidad.
Veamos finalmente el otro documento aquí citado.
b) Carta circular sobre la Virgen María en la formación intelectual y
espiritual (Congregación para la Educación Católica, 25 de marzo de 1988;
Enchiridion CEE, Comisión Episcopal de Saeminarios y Universidades,
Madrid 1999, 2028-2086).
Este documento nace tras el Sínodo extraordinario de 1985 sobre el
Concilio Vaticano II y tras la celebración del Año Mariano, con el telón de
fondo de la encíclica Redemptoris Mater de 25 de marzo de 1987. Tal es su
contexto eclesial y doctrinal.
En una primera parte (nn. 1-22; en nuestra edición párrafos 2028-2065)
presenta una actualización de la doctrina mariológica de la Iglesia poniendo a
María en el centro de la fe y de la vida de la Iglesia. En ella va enumerando:
a) La riqueza de la doctrina mariológica (nn.2-4).
b) La enseñanza mariológica del Vaticano II (nn. 5-9).
c) Los desarrollos mariológicos del postconcilio (nn. 10-16).
d) La aportación de la "Redemptoris Mater" (n. 17).
e) Y como síntesis, la contribución de la mariología a la investigación
teológica (nn. 19-22).
Prosigue con una segunda parte (nn 23-33) donde desarrolla los puntos que
responden al título del documento: «La Virgen María en la formación
intelectual y espiritual». Sobre la formación intelectual incide en el valor de la
investigación mariológica y de la enseñanza de la mariología para asegurar su
carácter verdaderamente teológico, orgánico, completo, en la historia de la
salvación, y adaptada a los estudiantes y su vocación específica.
Una mención especial merece aquí el apartado dedicado al «servicio de la
mariología a la pastoral y a la piedad mariana», desde donde supera incluso las
pretensiones del título general para acercarse a la dimensión pastoral de la
formación. Destaca que una recta formación intelectual mariológica, llevará al
La Virgen María en la formación sacerdotal 29

fomento y depuración de una auténtica piedad mariana, que ha de empezar por


ser vivida intensamente en los seminarios.
Con todo, lo más significativo de este documento es su conclusión que es
como un resumen de todos sus postulados sobre el tema y puede servir muy
bien como colofón a todo lo que en mi trabajo he pretendido evidenciar:

2083. 34. Con esta Carta, la Congregación para la Educación Católica quiere
insistir en la necesidad de dar a los estudiantes de todos los Centros de Estudios
eclesiásticos y a los seminaristas una formación mariológica integral que abarque
el estudio, el culto y la vida. Ellos deberán:
a) adquirir un conocimiento completo y exacto de la doctrina de la Iglesia sobre la
Virgen María, que les permita discernir la devoción verdadera de la falsa, y la
doctrina auténtica de sus deformaciones por exceso o por defecto; y sobre todo que
les abra el camino para contemplar y comprender la suprema belleza de la gloriosa
Madre de Cristo;
2084. b) alimentar un amor auténtico hacia la Madre del Salvador y Madre
de los hombres, que se exprese en formas genuinas de veneración y se
traduzca en -imitación de virtudes- y sobre todo, un decidido empeño en vivir
según los mandamientos de Dios y de hacer su voluntad (cf. Mt 7, 21; Jn
15, 14);
c) desarrollar la capacidad de comunicar ese amor con la palabra, los escritos, y la
vida al pueblo cristiano, cuya piedad mariana debe ser promovida y cultivada (aquí
podría incluirse todo lo que dice sobre el tema el Directorio sobre liturgia y piedad
popular de la Congregación para el Culto Divino).
2085. 35. Efectivamente, de una adecuada formación mariológica, en la que
se unen armónicamente el empuje de la fe y el empeño del estudio, se
seguirán numerosas ventajas:
- en el campo intelectual, porque la verdad sobre Dios y sobre el Hombre, sobre
Cristo y sobre la Iglesia, se profundiza y se sublima por el conocimiento de la -
verdad sobre María;
- en el campo espiritual, porque esa formación ayuda al cristiano a acoger e
introducir a la Madre de Jesús -en todo el espacio de la propia vida interior-;
- en el campo pastoral, para que la Madre del Señor sea sentida fuertemente como
una presencia de gracia por el pueblo cristiano.
36. El estudio de la mariología tiende, como a su última meta, a la adquisición de
una sólida espiritualidad mariana, aspecto esencial de la espiritualidad cristiana. En
su camino hacia la plena madurez de Cristo (cf. Ef. 4, 13), el discípulo del Señor,
consciente de la misión que Dios encomendó a la Virgen María en la historia de la
salvación y en la vida de la Iglesia, la toma como -madre y maestra de vida
espiritual-: con ella y como ella, a la luz de la Encarnación y de la Pascua, imprime
a la propia existencia una decisiva orientación hacia Dios por Cristo en el Espíritu,
para vivir en la Iglesia la propuesta radical de la Buena Nueva y, en particular, el
mandamiento del amor (cf. Jn 15, 12).