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Leyendo hoy a Almi, he echado la vista a atrás y he recordado todas aquellas veces que oí decir

que por amor, sería capaz de hacer cualquier cosa. Lo peor de todo es que en algún momento
todos lo hemos dicho, o al menos pensado, y casi siempre nos hemos arrepentido. Hemos
cogido el amor y lo hemos colocado muy arriba, por encima del bien y del mal, como diría
Nietzsche. Creemos que debemos existir para el otro, consagrarnos en el amor, que es lo que
nos hará tener una vida completamente plena, y para ello tendremos que aguantar las
numerosas imperfecciones de la otra persona, sus fallos, uno tras otro, esos que hace sin
pensar en la repercusión que puede tener sobre nosotros, aguantamos humillaciones, si no
somos nosotros mismos las que las profesamos. Pero no nos conformamos con aguantar
estoicamente su inconsciencia, a veces, porque somos así de buenos, aguantamos hasta que
nos maltrate, y no hace falta que nos ponga una mano encima para ello, que insultarnos en la
calle también es maltrato, aunque nosotros lo justifiquemos con que tenía una mal día, una
mala semana o una mala vida. Nuestra consigna es determinante: si no abdico, si no me
subordino radicalmente, entonces ese amor no es de verdad. Demostramos que queremos al
otro aguantando sin límites, igual porque creemos que así alguien nos querrá, porque nadie
nos ha enseñado que quererse primero es la premisa para poder amar a los otros, pero bueno,
lo hacemos al revés, por si suena la flauta. Nos autodestruimos, olvidamos nuestra esencia,
dejamos a un lado nuestros proyectos de vida. No es Dios, pero casi, que a alguien tenemos
que adorar, ¿no?

Cogemos el amor y lo ponemos como la máxima aspiración en nuestras vidas, creemos no


poder vivir sin él y somos capaces de hacer cualquier cosa para obtenerlo y retenerlo,
independientemente de las heridas que nos pueda ocasionar. Hacemos esfuerzos
sobrehumanos, sin saber que si ese mismo coraje lo invirtiéramos en las demás facetas de
nuestra vida, llegaría un momento en que nos dolería la cara de sonreír por todo lo
conseguido, pero no, mejor nos dedicamos a amar al otro, que nuestra felicidad venga de él.

Citando a Francis Bacon, la naturaleza del amor implica ser rehén del destino. Le damos el
timón de nuestra vida a cualquiera, que salga el sol por donde quiera, que yo estoy amando y
no tengo tiempo de pensar en otra cosa. Surgirán imprevistos, pero con la venda vivo bien.
Pero esto llega un día que acaba y nos damos cuenta de que hemos destrozado nuestra
autoestima. Sí, nosotros la hemos destrozado, por entregarnos con los ojos cerrados, por
abandonar nuestro destino. Rompemos amistades, dejamos profesiones y se nos quitan hasta
las ganas de vivir. Nos dejamos, no nos vinculamos en libertad sino que desaparecemos en el
otro. Absorción.

No se trata de que dejemos de amar, sino de poder reubicar ese amor en nuestras vidas.
Cuando el amor entra por la puerta, la razón sale por la ventana. Muy maduro, porque
dejamos de lado todo, rompemos la agenda y nos compramos un cuaderno en el que anotar
todo lo que tenemos que hacer con nuestra pareja. No les encontramos un sitio, sino que
rompemos todo alrededor para que haya un sitio especial donde amar. La solución es poner al
otro en un sitio más pragmático e inteligente, acomodarlo en una vida digna, que nos ame en
nuestro día a día, no construir un Universo entero para adorarle.

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