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CounterPunch, 4-5 de marzo de 2006

Fascismo sexual en Estados Unidos.


Chivos expiatorios y rechazo social

Pariah
Traducción: Charlie D. Guevara

A los progresistas de Estados Unidos les preocupan, y con razón, las crecientes señales
de fascismo en este país, como la llamada guerra contra el terrorismo, que permite la
invasión masiva de la privacidad y el encarcelamiento sistemático sin cargos; como la
fabricación de propaganda dirigida a su propio pueblo; como la aseveración de que
cualquiera que cuestione las políticas del gobierno sobre estas cuestiones es un traidor;
o como un «gran líder» que se sitúa claramente por encima de la ley y fuera de ésta. Y
deberían preocuparles también otras señales de la desaparición de la justicia
estadounidense y de la dignidad humana: los chivos expiatorios. Una de las señales del
fascismo siempre ha sido la creación de una clase de chivos expiatorios que la gente es
enseñada a temer y a odiar, y cuya sola existencia exige un aparato estatal totalitario de
vigilancia y de control. Una clase que nadie se atrevería a defender.

Hoy existe en Estados Unidos una clase de personas, las cuales suman dos millones o
más, que han sido completamente transformadas en chivos expiatorios, condenadas al
ostracismo, demonizadas y rechazadas. Ya no hay ninguna defensa válida para estas
personas. Prácticamente nadie, ni de izquierdas ni de derechas, libertarios civiles o
ciudadanos de a pie, defenderá sus derechos. Suelen ser denigradas con el lenguaje más
feroz y lleno de odio, un lenguaje anteriormente reservado para las clases hoy
protegidas: judíos, negros y homosexuales. Son blanco fácil de abuso y de actos de
vandalismo y están sometidas al desprecio social más absoluto. Cerca de 600 000 han
sido detenidas y obligadas a registrarse, pasando pronto muchas de ellas a ser vigiladas
de por vida con brazaletes electrónicos y dispositivos de posicionamiento global. Unas
4000 han sido encerradas de por vida, no bajo cargos penales, sino por internamiento
civil, y estas cifras crecen día a día. El resto permanecen ocultas en su mayoría,
preocupadas ante la idea de una sorpresiva denuncia y por las cacerías de vecinos,
compañeros de trabajo y amigos, a los que temen ver de repente como monstruos
irredentos. Son una clase definida no por unos crímenes específicos (aunque sean
acusadas de muchos delitos), sino por su propio ser, por sus deseos, por su constitución,
como seres humanos pretendidamente inservibles. Presidentes y gobernadores se
refieren a ellos como «despreciables», «repugnantes», «incapaces de rehabilitarse o de
corregirse», «sin remedio», y son proclamados en alto como ejemplos a evitar por
predicadores fundamentalistas e intolerantes, pero también por medios de izquierdas,
dirigentes de la comunidad progresista y feministas.
¿Quién es esa escoria? ¿Terroristas árabes? ¿Fanáticos musulmanes? No, esos
malhechores parecen casi inofensivos en comparación con esta chusma infame. Son la
gente más terrible del mundo: ¡DELINCUENTES SEXUALES! Todavía peor, ¡muchos
son PEDÓFILOS! De hecho, estos dos términos se confunden. Hace poco, Jeb Bush se
refirió a todos los delincuentes sexuales de Florida como abusadores de niños, cuando
menos de un tercio de las personas encarceladas por «delitos sexuales» en dicho estado
lo están por hechos en los se hayan visto envueltos menores de 18 años. Bush añadió:
«Son un conjunto de personas de lo más enfermo que puede haber. Son unos auténticos
pervertidos, y eso no tiene cura. En lugar de la reclusión civil, deberíamos asegurarnos
de que (...) estos pedófilos (...) sean encerrados para siempre».

Por supuesto, entre estos delincuentes sexuales hay ciertamente algunos criminales que
han causado un daño extremo: agresores sexuales violentos de mujeres adultas y de
niños, algunos de los cuales han secuestrado, torturado o asesinado a sus víctimas. El
doctor Fred Berlin, de la Clínica Universitaria Johns Hopkins de Baltimore para el
Tratamiento de los Trastornos Sexuales, calcula que tales crímenes representan menos
de una décima parte del 1 % de todos los delitos sexuales cometidos en Estados Unidos.
Sus investigaciones también demuestran que menos de un 10 % de los agresores
sexuales de menores vuelven a delinquir, por mucho que la reincidencia suela
esgrimirse como justificación de medidas draconianas contra éstos. Como señalan los
expertos en abuso infantil, cada año se denuncian unos 50 casos de niños secuestrados y
violados o asesinados por desconocidos, en comparación con los más de 3000 niños
asesinados por sus padres y otros miembros de la familia en casos sin un componente
sexual. La mayoría de los delincuentes sexuales, afirma un psicólogo que trabaja con
delincuentes sexuales en una prisión del Estado, son «abuelos cariñosos que hace años
tuvieron un lapsus y toquetearon a su nieto, homosexuales solitarios y adictos a las
nuevas tecnologías —algunos de ellos adolescentes— que han buscado satisfacción
sexual mutua con adolescentes, profesores jóvenes que han sucumbido a los ardides de
chicos o chicas adolescentes de buen ver, u hombres jóvenes que se han emborrachado
y han llevado a sus novias a cruzar el umbral de lo que hoy se conoce como violación en
citas». Sin embargo, los medios de comunicación, la policía, los fiscales y los políticos
siguen insistiendo en que los niños necesitan ser extremadamente protegidos de los
violadores y asesinos en serie. Dos de cada tres padres encuestados dijeron que temían
que sus hijos fueran secuestrados o asesinados por desconocidos, o ambas cosas. Los
hechos sencillamente no importan cuando hay histeria de por medio.

Uno tras otro, los estudios sobre los delincuentes sexuales —así como los innumerables
y escandalosos informes de los medios de comunicación— insisten en que la mayoría
de los delincuentes sexuales son hombres y mujeres normales de toda condición,
exactamente iguales a los demás en todos los aspectos, a excepción de sus deseos
sexuales o de su orientación sexual.

Hace poco, The New York Times publicó un reportaje sensacionalista acerca de un
adolescente que había utilizado Internet para atraer a más de 15 000 clientes para que
vieran imágenes pornográficas suyas que él mismo se había realizado. El periodista del
Times, actuando más como un policía justiciero que como periodista, persuadió al chico
para que se apartara de su vida de libertinaje, recordándole que pasaría automáticamente
de «víctima» a «delincuente» al cumplir 18 años (en realidad, los menores de 18 años
también pueden ser tratados como delincuentes), y colaboró con el FBI para localizar al
chico con el fin de acercarse a muchos de sus principales clientes, a los que el Times
había investigado a fondo por su cuenta. Entre éstos se hallaban agentes de policía,
abogados, ministros, rabinos, trabajadores sociales —y en particular aquéllos que
trabajan con niños y adolescentes—. Muchos también eran padres y abuelos con
familias propias aparentemente felices. El hecho de que los «infames delincuentes»
sean, en otros aspectos, seres humanos cumplidores de la ley y decentes, con carreras
exitosas y una vida personal «normal», parecería una señal de que algo no cuadra en
todo esto. Pero no. Cuando se trata de fabricar chivos expiatorios, esta aparente
normalidad es sólo una señal más de desviación perversa.

Los ingredientes principales de esta campaña de demonización son, evidentemente, el


sexo y los niños. «En ningún caso», escribe Linda Williams en Children and Sex
(1993), «la sexualidad despierta mayor temor, en Estados Unidos, que en lo tocante a la
vida de los niños». (Williams lleva toda su carrera profesional asegurando que estos
ingredientes producen represión). El núcleo diabólico de la campaña es la categoría
recientemente creada de los «pedófilos» (que no es anterior a los años sesenta en cuanto
constructo científico). Aunque la Asociación Estadounidense de Psiquiatría los define
como personas con un deseo sexual predominante hacia niños prepúberes, la etiqueta de
pedófilo se aplica hoy a cualquiera que alguna vez haya albergado algún deseo sexual
hacia cualquier menor de 18 años o que haya tenido con alguno algún percance de
índole sexual, por pequeño que sea. En algunos medios, el término pedófilo se utiliza
hoy para echar por tierra la reputación de cualquiera que haya tenido una aventura con
personas más jóvenes o que muestre algún interés hacia éstas —alguien de 35 años, por
ejemplo, que «se aprovecha» de jóvenes de 20—. A principios de los años 2000,
pedófilo se había transformado en el término todavía más amplio de «delincuente
sexual», y los principales medios de comunicación independientes empezaron a
referirse a esta clase tan temida y odiada como «pervertidos», «criminales» y
«desviados».

Esta búsqueda de chivos expiatorios también exige la denuncia y el rechazo, aun de


aquéllos que se atreven a defender las libertades civiles de los pedófilos y de los
delincuentes sexuales o que cuestionan los ataques contra ellos. En particular, la ira
social se despliega contra aquéllos que cuestionar las leyes relativas a la «edad de
consentimiento», que en Estados Unidos es más elevada (hoy y de facto de 18 años en
todos los estados debido a las leyes federales) que en la mayoría de sociedades (en
México, la edad de consentimiento es de 12 años para la mayoría de casos; en Japón de
13; en España es hoy en día de 14 años, elevada recientemente1; en Francia de 15; y en
Alemania de 16, por debajo de 16 con consentimiento paterno). Aunque a partir de la
década de 1880 la edad de consentimiento sería de 10 años en Inglaterra y en sus
antiguas colonias, y de 0 en muchas otras sociedades —en las que eran habituales las
novias prenúbiles—, ésta se ha ido elevando cada vez más, tanto que hoy existe, en el
marco de una campaña de la Unesco para proteger a la infancia, un llamamiento para
establecer una edad generalizada de 21 años. Todas las relaciones sexuales entre
menores de 18 años y quienes superen los 18 (o los 21) se convierten así en un «abuso»,
ya que existe el mito de que los menores son, sin más, incapaces de consentir.

Los periodistas o los investigadores científicos que cuestionan este constructo, o que
defienden ciertas relaciones entre adultos y menores como no abusivas, afrontan graves

1
El dato es erróneo, ya que la edad de consentimiento en España era de 13 años cuando el artículo fue
publicado. Fue elevada de 12 a 13 años en 2004. (N. del T.)
consecuencias. En el único caso de una resolución del Congreso de los Estados Unidos
contra un artículo científico, la Cámara de Representantes, con mínima oposición,
denunció un estudio del doctor Bruce Rind y otros publicado en la revista académica
Psychological Bulletin en 1998. Este «metaanálisis» revisaba varios protocolos de
investigación sobre la sexualidad entre adultos y niños, y los resumía demostrando que
las relaciones en las que no se ha hecho uso de fuerza no parecen causar daño, y en
ocasiones podrían resultar beneficiosas. Rind y sus colaboradores han sido
sistemáticamente apartados y excluidos de muchas revistas académicas. En 2005, un
libro publicado por una importante editorial, que incluía otro artículo académico de
Rind, fue retirado por ésta (Hayworth) debido a las protestas de los fundamentalistas
cristianos. Otros escritores homosexuales, como William Herdt y John DeCecco, que
han investigado la conducta sexual considerada ilegal en los EE. UU. (DeCecco) o la
sexualidad intergeneracional en las culturas no occidentales (Herdt), se han pasado sin
más a otros temas, lo que no impidió que DeCecco sufriera una violenta persecución —
Siendo profesor en San Francisco tuvo que contratar guardaespaldas para que le
protegieran de agresores derechistas—.

Varias investigadoras y feministas radicales han intentado socavar o frenar el pánico


sexual. Entre ellas cabe mencionar a Camille Paglia, Debbie Nathan, Joan Nelson,
Elizabeth Stoney, Laura Marks, Gayle Rubin, Pat Califia, Carole Vance, Marjorie
Heins, Joanne Wypijewski, Janice Irvine y Judith Levine. Paglia ha sido condenada por
otros investigadores del campo de la sexualidad y por muchas escritoras feministas
debido a su defensa de las relaciones sexuales entre hombres y muchachos en particular.
Aunque ha publicado análisis extensos y bien documentados sobre la historia de la
sexualidad e investigaciones acerca de temas sexuales, raramente es incluida en planes
de estudios relacionados con estos asuntos.

Muchas otras escritoras han sufrido consecuencias similares o censura por sus
opiniones. Debbie Nathan, que denunció y casi detuvo el pánico por el llamado culto
satánico al abuso infantil con su libro Satan’s Silence (Basic Books, 1996), habló de la
gélida acogida con la que su trabajo ha sido recibido en ocasiones. La autora declaró:
«Muchas veces he tenido la sensación de estar marginada intelectual y
profesionalmente, y he sufrido casos de editores que han rechazado artículos que había
escrito acerca de la histeria sexual porque les entró miedo, así como negativas a
asignarme tales artículos». Una escritora que nunca había tenido problemas con
artículos anteriores sobre otros temas para una prestigiosa revista nacional intentó
abordar de forma equilibrada el tema de las campañas contra los sacerdotes católicos, en
particular el caso, envuelto en sensacionalismo, del padre Paul Shanley, pero fue
llamada por el editor y éste le dijo que, en resumidas cuentas, no podría publicar su
artículo.

Antes incluso de que el libro de Judith Levine No apto para menores: Los peligros de
proteger a los niños y a los adolescentes contra el sexo fuera publicado en 2002, la
editorial, la Imprenta de la Universidad de Minnesota, sufrió los ataques de grupos
fundamentalistas cristianos, entre ellos Mujeres Preocupadas por los Estados Unidos,
que desataron una campaña masiva contra ésta. Aunque el libro se publicó, la Imprenta
creó un nuevo proceso para revisar sus libros antes de ser publicados. Levine, que habló
públicamente sobre cómo había sido humillada en público una y otra vez, declaró que el
manuscrito original de su libro había sido rechazado por numerosas editoriales, que lo
habían tratado como si fuera «radioactivo». Entre otras cosas, Levine escribió que la
«obsesión por los pedófilos nace de la reticencia a hacer frente al incesto y a la creciente
sexualización de los niños» en la cultura estadounidense. «Los adultos proyectan el
deseo erotizado hacia fuera, creando un monstruo al que odiar, dar caza y destruir».
Acerca de las fuertes protestas contra su libro, añadió: «Lo que me ocurrió es un
ejemplo perfecto de la histeria sobre la que trata mi libro».

En ningún caso se ejerce mayor censura y rechazo que en el de aquéllos que suelen
reflejar o retratar la sexualidad de los niños o de los adolescentes, o su mera desnudez.
Las «víctimas» de estos perversos delincuentes también deben ser protegidas —y su
supuesta pureza e inocencia proyectadas, a toda costa, como el reflejo exacto e
inmaculado de sus violadores, aun en contra de las revelaciones posfreudianas acerca de
la vida y el interés sexual de los niños—. Todo lo que represente la belleza física de los
niños o aspectos eróticos de su vida debe ser prohibido. (Véanse los excelentes análisis
de Bob Chatelle acerca de la influencia de las campañas contra la pornografía infantil
sobre la libertad de expresión: Kiddie Porn Panic, 1993; Limits of Free expression & the
Problem of Child Porn, 1997).

Desde finales de los años ochenta, un torrente de destacados fotógrafos han sido
censurados por sus fotografías de niños o adolescentes desnudos. El caso más destacado
fue el del fotógrafo gay Robert Maplethorpe, cuyas obras fueron retiradas de las galerías
de todo el país, entre ellas la Galería Corcoran de Washington en 1990. El Fondo
Nacional de las Artes, que había financiado algunos de sus trabajos, sufrió los ataques
de los conservadores. En algunos casos se ha tratado de mujeres fotógrafas que han sido
premiadas, entre ellas Sally Mann, Star Ockenga y Judith Livingston. A todas las han
puesto en la picota. A Livingston le retiraron a su hijo de casa temporalmente después
de que ésta publicara una foto suya desnudo, y la hicieron dimitir de su cátedra en la
Universidad de Cornell, y Ockenga fue despedida como directora de exposiciones
fotográficas del MIT.

Sally Mann ha realizado algunas de las fotografías de desnudos infantiles más


ampliamente publicadas. Las fotografías ostensiblemente eróticas de sus propios hijos
han sido calificadas de incestuosas, pedofílicas y pornográficas. La escritora feminista
Germaine Greer ha dicho de su obra: «La censura del deleite físico de una madre en sus
hijos marca la última etapa en la negación de la sensualidad infantil». En la actualidad,
Mann realiza fotografía de paisaje, y Ockenga, después de una temporada de inactividad
total, se ha decantado por la fotografía floral.

En 1990, Allen Ginsberg y Joseph Richy publicaron un ensayo contra la desviación


radical de la historia del arte, en la que los niños y los adolescentes desnudos se
encuentran en zona prohibida. En «The Right to Depict Children in the Nude», su punto
principal era que la sexualidad y la desnudez de los niños, y sobre todo de los
adolescentes, había sido un tema principal de las artes visuales y literarias en toda la
cultura occidental, así como en muchas sociedades no occidentales. Los autores
señalaban que incluso la publicidad callejera había utilizado fotos y dibujos de niños
desnudos —sobre todo varones— y que Norman Rockwell había retratado muchas
veces a niños desnudos o semidesnudos para la portada de The Saturday Evening Post.
De repente, todas aquellas fotografías e ilustraciones desaparecieron. En los años
noventa, cuando Calvin Klein hizo pública una campaña para vender pantalones
vaqueros en la que aparecían adolescentes ligeros de ropa, a los pocos días se vio
obligado a retirarla. Los niños desnudos desaparecieron. De hecho, prácticamente todas
las fotografías de chicos y chicas adolescentes y preadolescentes se esfumaron de la
mayoría de medios de comunicación públicos. No es de extrañar, dado que la
Resolución Faber del Tribunal Supremo de 1982 etiquetaba la pornografía infantil como
una expresión sin ninguna protección legal, no contemplada en la Declaración de
Derechos, y que las leyes contra la pornografía infantil, a partir de 1990, fueron
criminalizando cada vez más casi todas las representaciones de cualquiera que pareciese
ser menor de 18 años, aun en el caso de dibujos y simulaciones en los que no se
representara a «niños reales». (Esto formaba parte de la legislación de 1996, pero el
Tribunal Supremo declaró inconstitucional esa parte del proyecto de ley. El discurso ha
vuelto a aparecer en el proyecto de ley de 2006 que estudia ahora el Congreso).

Prácticamente, la única excepción a la desaparición de las representaciones eróticas de


niños ha sido El chico de Germaine Greer (Rizolli, 2003)2. Ésta señala: «A finales del
siglo XX, el pánico culpabilizador ante la pedofilia completó la criminalización del
reconocimiento de los deseos y encantos de los niños». Greer se guardó de provocar con
fotografías explícitamente sexuales, pero estaba claro que su propósito era resucitar la
imagen erótica del niño, no como pedofilia, sino como un interés erótico legítimo de
artistas homosexuales o heterosexuales. La respuesta ante Greer ha sido en gran medida
positiva en el mundo del arte, aunque no sin los esperados ataques desde los principales
periódicos y revistas conservadores, en los que es etiquetada como «mujer pederasta»,
entre otras cosas. Greer es australiana y siempre ha sido conocida como alguien que
cuestiona los tabús y busca la publicidad sensacionalista.

Una sentencia del Tribunal Supremo (Knox vs. Estados Unidos, 1993) llegó a penalizar
como delito las fotografías de niños vestidos, si éstas podían considerarse como
eróticas. La mayoría de las organizaciones anticensura dejaron sin más de quejarse de
censura en aquellos casos relacionados con representaciones de niños desnudos o con
situaciones eróticas en las que intervinieran niños. Éstas eran ahora consideradas fuera
del marco de las libertades civiles. La portada de la revista Parade (19 de febrero de
2006) destacó, con letra grande y en negrita, las siguientes palabras: «Toda imagen de
un niño sexualmente representado —ya sea en una fotografía, en un vídeo o en un
DVD— registra tanto la violación del niño como un acto contra la humanidad». El
artículo de fondo del cual provenían estas palabras era de Andrew Vachss, que no es un
experto en sexualidad infantil, sino un abogado muy caro que ha demandado con éxito a
instituciones y personas individuales en casos de abuso sexual infantil. Vachss no define
lo que es un «niño sexualmente representado», ni en términos de edad (un chico de 17
años sigue siendo un niño en la mayoría de jurisdicciones y bajo la mayoría de leyes), ni
en términos de contenido —¿desnudez? ¿poses eróticas de casi desnudos?—, pero
afirma categóricamente que se trata de una violación y de un crimen contra la
humanidad. Nada podría ser más infame (su discurso). ¿Quién lo dice? ¿Por qué? Esas
cuestiones no se plantean ni pueden plantearse. ¡Plantearlas es arriesgarse a ser acusado
de cómplice de violación y de crímenes contra la humanidad! Vachss va más allá y pide
penas más duras por la mera posesión o visualización de una fotografía descargada de
Internet. Cabe suponer que se refiere, como mínimo, a la cadena perpetua (que ya está
vigente para muchos de estos delitos). El acto absolutamente perverso se convierte en el
elemento básico para demonizar del todo al delincuente absolutamente perverso.

2
Publicado en español en 2003, con el título completo El chico: El efebo en las artes, Editorial Océano,
Barcelona. La traducción de la cita es mía. (N. del T.)
Este rechazo y esta demonización se dirigen con toda su fuerza hacia aquéllos que
pueden ser etiquetados como pedófilos. Tal como dice en su sitio web el Centro
Nacional para la Razón y la Justicia, una asociación que apoya a quienes considera que
han sido injustamente acusados en casos relacionados con delitos sexuales:
«Especialmente vulnerables han sido las personas acusadas de delitos sexuales contra
niños y adolescentes. Aunque ninguno de nosotros niega que se produzcan tales
crímenes, estos acusados tienen sin embargo derecho a la presunción de inocencia
mientras no se demuestre su culpabilidad y reciban un juicio justo. Pero muy a menudo
se impone la histeria y los acusados son juzgados y condenados por los medios de
comunicación».

Hasta los años ochenta, la idea de que se pudiera obligar a cualquier delincuente a
registrarse y a ser rastreado —y humillado públicamente de por vida— iba contra los
principios estadounidenses de imparcialidad y rehabilitación. «Yo ya he cumplido mi
pena» era tenida como una declaración aceptable cuando se había cumplido la condena
de cárcel y el periodo de libertad condicional. En Canadá, el Tribunal Supremo ha
negado a la policía el derecho a hacer públicos los nombres de los delincuentes
registrados, ya que ello impediría cumplir el objetivo de reinserción de los presos. En
Estados Unidos, el propio objetivo del registro de delincuentes sexuales es ponerlo a
disposición de la ciudadanía. Esto, y las subsiguientes medidas para controlar y limitar
las acciones de los delincuentes sexuales, ha acabado con cualquier posibilidad de
reinserción para una clase cada vez mayor de expresidiarios. Condenas más y más altas
y una duración cada vez mayor de la libertad condicional o provisional no eran bastante
para aplacar el pánico sexual que ha pasado ininterrumpidamente de una fase a otra
desde los años sesenta.

Los primeros registros aparecieron en 1990, y en 1994, con la Ley Megan —inspirada,
como muchas otras iniciativas contra los delincuentes sexuales, por el caso específico y
aislado del horrendo asesinato de un niño—, las leyes federales y estatales exigían que
las direcciones particulares y del trabajo, y otra información personal de los
delincuentes sexuales, se hicieran públicas de diversas maneras, desde Internet y la
televisión hasta anuncios en periódicos y carteles. En algunos estados se han exigido
matrículas especiales y señales obligatorias en las jambas de las puertas de los
delincuentes. En 2005, cada estado había adoptado un registro y todos los estados
menos dos se habían incorporado al registro y al sistema de seguimiento federales.

Tal como escribió Mark Matthews (9 de febrero) para el boletín de Stateline.org, que no
es conocido por tener opiniones radicales, «los delincuentes sexuales son un tipo
diferente de criminal, cada vez más castigados bajo un conjunto diferente de reglas. Al
ser liberados de la prisión o al concluir su periodo en libertad condicional, son seguidos
por satélite, exhibidos en Internet y se les prohíbe vivir en algunos barrios». Doce
estados exigen hoy a muchos delincuentes sexuales, incluso a aquéllos que han sido
condenados por el delito más leve contra menores, que lleven brazaletes de vigilancia
electrónica (GPS) de por vida. Se están discutiendo proyectos de ley con este propósito
en el parlamento de otros once estados, y probablemente sean aprobados. Se han
aprobado leyes especiales para esta clase especial de seres humanos que cubren
prácticamente todas las esferas de la vida. Éstas incluyen disposiciones en uno o varios
estados para que se mantengan alejados de las escuelas y fuera de los parques; la
negación del derecho a trabajar en sectores que van desde la enseñanza y la asistencia
sanitaria hasta la masoterapia, e incluso en restaurantes que sirvan a familias; la
negación de la enseñanza superior; disposiciones para que los delincuentes juveniles
asistan a colegios especiales segregados; o restricciones de viaje, incluyendo la
negación del derecho a cruzar fronteras estatales. En la actualidad, ocho estados exigen
la castración de algunos delincuentes sexuales antes de que puedan ser excarcelados.
Florida ha aprobado una ley dirigida a hacer que sea más probable la pena de muerte si
ha habido un acto sexual previo a un homicidio, o aun en el caso de algunas violaciones
de niños en las que no haya habido asesinato, y Louisiana está lista para ejecutar al
primer delincuente sexual de un caso que no era de asesinato.

Otra característica de las leyes recientemente aprobadas o acabadas de introducir contra


los delincuentes sexuales es la de acabar con todo plazo de prescripción, e imponer el
registro y otras restricciones a cientos de miles de personas que ahora no están obligadas
a registrarse. Personas que hace veinte años aceptaron un acuerdo de conformidad
debido a un error de juicio, con la seguridad de que su condena o la libertad condicional
supondrían el fin del proceso, afrontan ahora el acoso, la humillación y el rechazo de
por vida. Sus familias —es decir, millones de seres humanos más normales y
decentes— también afrontan la tensión y la humillación de estas actuaciones, y se
preguntan cuándo echará la puerta abajo la policía para buscar a su ser querido. Varios
estados han presentado proyectos de ley para convertir en delito grave, con una posible
pena de varios años de cárcel, la negativa de familiares y otras personas a desvelar el
paradero de los delincuentes sexuales.

Por si fuera poco, los «niños», es decir, los menores de 18 años, también pueden ser
etiquetados como delincuentes sexuales y obligados a registrarse, y a veces afrontan la
vigilancia de por vida y diversas formas de rechazo y de humillación. En 2004, en el
condado de Oakland, Michigan, un adolescente se suicidó cuando afrontaba 23 años de
inclusión en un registro público, lo que habría supuesto la humillación pública en su
escuela. Había sido condenado por tener relaciones sexuales con una chica de 14 años,
las cuales se admitió que no habían sido forzadas, pero que violaban las leyes del estado
relativas a la edad de consentimiento. Matthew Limon, de Kansas, fue condenado a 17
años de cárcel por haber realizado una felación consentida, la semana posterior a
cumplir 18 años, a un chico de casi 15. Limon es además discapacitado psíquico. El
caso de Limon fue anulado y le dejaron salir de la cárcel, tras haber cumplido más de
cinco años, porque el Tribunal Supremo de Estados Unidos dictaminó que la ley de
Kansas que ordenaba condenas más altas por actos homosexuales era inconstitucional,
pero todavía tendrá que registrarse a perpetuidad como agresor sexual de menores. El
magistrado del Tribunal Supremo de Carolina del Sur Costa M. Pleciones opinó desde
los tribunales que niños de tan sólo nueve años deberían estar sujetos a un registro de
por vida por delitos sexuales. Se estima que más de treinta y cinco mil niños y
adolescentes han sido condenados por delitos sexuales y están obligados a registrarse.

La peor privación de derechos se aplica en forma de un internamiento civil de por vida


para los delincuentes sexuales tras su encarcelación. Diecisiete estados poseen alguna
versión de esta medida, y otros veintiuno están estudiando esa posibilidad. Hasta
diciembre de 2004, de acuerdo con los investigadores del comité de expertos de
Washington que se ha mantenido al corriente desde que Washington aprobó la primera
de estas leyes en 1990, 3493 personas se encontraban en centros de reclusión para
enfermos mentales o cárceles especiales bajo internamiento civil. Desde esa fecha, sólo
427 de las personas alguna vez encerradas bajo estas leyes habían sido puestas en
libertad. Llamadas usualmente «Leyes contra Depredadores Sexuales Violentos», éstas
casi siempre recogen delitos no violentos contra personas por debajo de la edad de
consentimiento en ese estado. En algunos estados, las personas acusadas de diversos
delitos, entre ellos los de pornografía infantil, prostitución e incluso exposición
indecente, son catalogadas como «depredadores sexuales violentos». Como escribió
Mark McHarry en su minucioso análisis para Z Magazine (noviembre de 2001), los
procedimientos de internamiento civil privan a los ciudadanos de casi todos sus
derechos constitucionales: el derecho a guardar silencio, a disponer de un abogado
durante los interrogatorios, a la libertad bajo fianza, a no ser juzgados dos veces por la
misma causa, a la no aplicación retroactiva de la ley, y muchos más. La Asociación de
Abogados de Nueva York, al recusar una orden administrativa del gobernador Pataki de
2005 para trasladar a todos los delincuentes sexuales a centros de reclusión para
enfermos mentales tras su excarcelación, declaró: «No se puede pasar por alto la
facilidad con la que se abusa del internamiento civil por razón de delitos sexuales».

Los delincuentes sexuales — sobre todo los «pedófilos», en su definición ampliada para
englobar a cualquiera que haya «atentado» contra cualquier persona que se encuentre
por debajo de la edad de consentimiento, hoy y en la práctica de 18 años en todas
partes— son lisa y llanamente unos parias, una especie de intocables. Nadie les quiere
en su barrio, y casi nadie les alojará ni les dará trabajo. Pueden ser humillados y
denigrados públicamente, y son considerados merecedores de rechazo por una sociedad
indignada. Incluso aquellas personas que sean sospechosas de desviación sexual pueden
verse afectadas por el rechazo. Medios de comunicación y políticos de ambos partidos
sacan sin más el máximo provecho de las nuevas categorías de chivos expiatorios, y casi
nadie lo denuncia.

Medios de comunicación anteriormente progresistas y alternativos se han subido al


carro. The Free Times de Ohio, por ejemplo, puso la foto de un supuesto «agresor» de
chicos adolescentes en su portada de enero de 2006, con el dibujo de un lápiz
ensangrentado perforándole la frente y un titular en rojo igualmente sangriento que lo
definía como «El Monstruo del Barrio». Los principales medios de comunicación, como
la NBC y The New York Times, ofrecen hoy contenidos que hace una década sólo se
habrían podido encontrar en medios amarillistas como The National Inquirer. Debbie
Nathan (CounterPunch, 17 de febrero de 2006) ha denunciado pormenorizadamente el
periodismo de baja estofa del Times en su reciente y revelador artículo sobre la
«prostitución infantil». El analista de Slate Jack Shafer señaló (Slate.com, 19 de
diciembre de 2005) que el artículo (citado anteriormente) de Kurt Eichenwald publicado
en el Times ese mismo día acerca de Justin, el adolescente que comercializó con su
propia imagen realizando actos sexuales, traspasó la línea del periodismo con su
implicación y con su descarada búsqueda de la intervención del FBI y de la policía. Del
mismo modo, el programa de la NBC Predator cuenta con las actuaciones encubiertas
de la policía, y se jacta de haber atrapado a más de cincuenta hombres en casos en los
que se les imputarán delitos sexuales en los que no ha habido «víctimas» reales de por
medio, sino cebos infiltrados por los periodistas y por la policía en sitios de Internet. El
reportero de la NBC Chris Hansen no tiene ninguna pretensión de objetividad:
«Estamos anonadados, alucinados e indignados», declara; «¡Han vuelto! Los
depredadores de Internet». Utilizando términos como «desviados» y «pervertidos» no es
de extrañar que el sitio web de la NBC atraiga centenares de comentarios en blogs que
piden justicia paralela: «Que le metan un tiro en la cabeza a ese criminal», dice uno de
ellos. Cabe esperar que todo esto merme con bastante rapidez la confianza de los
ciudadanos en los medios de comunicación en cuanto independientes de las fuerzas de
seguridad.

Esta cobertura mediática llega a tener un efecto inmediato en los tribunales. Un


noticiario vespertino de la cadena MSNBC, que en una ocasión se refirió a sí mismo
jocosamente como «todo pedófilos, todo el tiempo», informa a diario sobre nuevos
casos de sacerdotes y sexo, profesores y sexo, y cosas por el estilo. En enero de 2006,
este programa de la MSNBC, así como la cadena Fox, lanzaron una campaña para
despotricar contra el juez de Vermont Edward Cashman. Bill O’Reilly, de la Fox, lo
definió como el peor juez de Estados Unidos. Cashman había condenado a un agresor
sexual de menores a sesenta días de cárcel y a seguir un programa de tratamiento, y no a
una larga pena de cárcel, por la que el hombre no habría recibido tratamiento. Al
principio, el juez Cashman insistió en que «el Tribunal no puede dejarse influir por los
medios de comunicación o por las muchedumbres exaltadas», pero tras días de abuso en
los medios, que el juez declaró que le habían angustiado profundamente, éste revocó su
fallo y emitió una sentencia condenatoria «no inferior a tres años» de cárcel. Las cartas
al muy liberal The Burlington Free Press fueron casi en su totalidad de la misma
opinión: «Que lo linchen» (al delincuente), decía uno de sus autores.

Al prestar testimonio sobre un proyecto de ley presentado en Maryland para exigir la


vigilancia electrónica de por vida para casi todos los delincuentes sexuales, un portavoz
de la Oficina de Abogados de Oficio de Maryland (citado en el Washington Post)
declaró: «Me recuerda a 1984. ¿Hacia dónde vamos con este tipo de medidas? ¿Qué
ocurrirá en el próximo período de sesiones?». Al hablar de la nueva lista del Registro
Federal con más de 500 000 delincuentes sexuales, que éste comparte en Internet con
los ciudadanos, Marc Rotenberg, del Centro de Información sobre Privacidad
Electrónica, señaló: «No es difícil imaginar que el gobierno pueda publicar listas bajo
vigilancia por otro tipo de cosas». Massachusetts ya está estudiando la posibilidad de
adoptar leyes que servirían para crear registros y exigir la vigilancia electrónica de
TODOS los delincuentes «peligrosos». Massachusetts podría convertirse en el primer
estado en ampliar estas medidas más allá de los delincuentes sexuales, pero
seguramente no será el último.

Demócratas liberales, socialistas y candidatos del Partido Verde compiten con los
republicanos para «salvar a los niños inocentes» y «proteger a nuestros hijos de los
monstruos». Existen pruebas inequívocas de que este tipo de medidas (registros,
vigilancia electrónica y demás) no son eficaces. La castración, por ejemplo, se ha
demostrado del todo ineficaz a la hora de influir en el deseo sexual. Como la mayoría de
delitos sexuales tienen lugar en el entorno familiar y doméstico del delincuente, los
dispositivos de vigilancia no sirven de nada. La publicidad y la humillación social de los
delincuentes sexuales pueden incrementar, y no reducir, los sentimientos de vergüenza y
de culpabilidad, que pueden ser factores para que vuelvan a delinquir. A pesar de todo,
políticos de todas las tendencias se abalanzan a proponer cada vez más limitaciones
draconianas de este tipo contra la odiada clase de los delincuentes sexuales y pedófilos.
Un artículo publicado en The Baltimore Sun (17 de febrero de 2006) se refería a los
proyectos de ley contra los delincuentes sexuales como el «pastel de manzana» por el
que todos los políticos se pelean para llevarse el mérito.

Parafraseando a Janice Irvine en su libro Let’s Talk About Sex (Imprenta de la


Universidad de California, 2002), que documentó el secuestro de la educación sexual en
Estados Unidos por parte de los cristianos de derechas, los «relatos de depravación»
sobre delincuentes sexuales estarán a la orden del día mientras haya una «cultura de la
estigmatización» sobre temas sexuales, y mientras la imagen del «niño inocente»
prevalezca como modelo de infancia. «Debemos reinventar el constructo de infancia»,
escribía Irvine.

En el pasado, una de las características fundamentales del sistema de gobierno de


Estados Unidos era que supuestamente se aplicaba a todos los ciudadanos por igual. Y
así fue al menos tras las enmiendas de la época de la Reconstrucción, que garantizaban
su aplicación igualitaria a los antiguos esclavos y demás personas de color, y tras la
enmienda del derecho de la mujer al voto de los años veinte. En la actualidad, ciertas
categorías no tienen, sencillamente, los mismos derechos. O hasta puede que no tengan
derecho alguno. La escalada represiva es inevitable, y cada vez más grupos serán
demonizados y considerados fuera de las protecciones ordinarias de la ley.

Tal como escribió Michael Neumann para CounterPunch (13 de febrero de 2006), en su
excelente artículo sobre la “cultura de la beatería” de Estados Unidos en su reacción
ante las protestas de los musulmanes contra las representaciones del profeta Mahoma:
«Los principios fundamentales del estado de derecho —que nadie debe ser castigado
por lo que no puede evitar, como los sentimientos que uno tiene, o que a nadie se le
puede pedir que obedezca leyes tan imprecisas que los criterios de obediencia sean
misteriosos— hace años que se tiraron al cubo de la basura. Ahora no pueden recogerse
del cubo y presentarse como resplandecientes ideales occidentales sólo porque ahora
venga bien hacerlo así». Neumann pedía a Estados Unidos «volver a juzgar crímenes
reales bajo estándares de prueba reales. Podrían dirigir su atención hacia necesidades
humanas reales, ordinarias, visibles y concretas, como las de alimentarse, vestirse y
alojarse dignamente».

Algún día —tal vez dentro de cincuenta o de cien años— parecerá absurdo que nuestra
sociedad estuviera tan consumida y encolerizada ante esta clase de chivos expiatorios
como para pasar por alto sus bellas tradiciones de libertad y justicia en beneficio del
desquite y la venganza. Parecerá raro que la sociedad estadounidense estuviera tan
obsesionada y preocupada por las relaciones sexuales con adolescentes como para
acometer una guerra sin sentido que acabó con la vida de centenares de adolescentes y
otras personas en ambos bandos. Cabe esperar que algún día la gente se eche atrás
cuando le digan que una persona condenada en un tribunal federal por hacer una
fotografía de alguien de 17 años masturbándose habría sido sentenciada a cadena
perpetua, mientras que una persona condenada por el asesinato (sin componente sexual)
de ese mismo adolescente habría afrontado una pena mucho menor. Parecerá increíble
que el foco de atención estuviera en la desviación sexual y no en la tasa astronómica de
asesinatos y otras violencias reales, o en la creciente brecha entre ricos y pobres, y la
huella imborrable de la pobreza real en tantos niños. Hasta ese día en que haya mayor
cordura, esta demonización y este rechazo hacia todos los delincuentes sexuales y
«pedófilos» conducirá inevitablemente a una menor libertad y a una mayor inseguridad
a todos aquéllos que puedan suscitar la ira de los predicadores puritanos o avivar la
voracidad de los medios de comunicación y hacer el juego a los políticos. Por el
momento, parece poco probable que aun aquéllos que tradicionalmente han protegido
nuestras libertades civiles o aquéllos que tradicionalmente han cuestionado la represión
del Estado desde la izquierda, vayan a atreverse a hablar claro, no sea que se vean, ellos
también, marginados y rechazados.
El autor permanece en el anonimato porque es escritor y mantiene actividades políticas
en varios movimientos por la justicia social que no tienen nada que ver con este asunto.
Teme que la marginazión y el rechazo de aquéllos que escriben sobre este tema a los
que se refiere puedan poner en peligro (injustamente) su otro trabajo.