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México: la batalla final es civilizatoria

Por Víctor M. Toledo (vtoledo@cieco.unam.mx)| La Jornada

Todo se mueve hacia la acumulación de una energía que debe disiparse, y que hoy se
encuentra contenida, suprimida, marginada. El régimen de opresión que padecemos
los mexicanos parece no tocar fondo. El conjunto de reformas estructurales, que son
mecanismos políticos para legitimar jurídicamente una mayor depredación de los
recursos de la nación y una mayor extracción del esfuerzo o la sangre de los mexicanos
por parte del capital corporativo y globalizado, va deslindando una batalla final. Las
nuevas formas parasitarias y de explotación que provocarán una brutal devastación del
patrimonio biocultural del país (el segundo en el mundo), va alineando en el campo de
batalla a dos finalistas. Se trata de un verdadero choque de civilizaciones, no en el
sentido que lo planteó el politólogo estadunidense Samuel Huntington, sino de
acuerdo con lo que vislumbró el antropólogo mexicano Guillermo Bonfil en su libro
México profundo. Esta es una perspectiva que encuentra sus fundamentos en la
ecología política, porque la batalla de escala civilizatoria es también un rudo encuentro
de proyectos. De proyectos de vida contra proyectos de muerte. En ese sentido es
probable que el territorio mexicano sea, como algunos otros (por ejemplo el de
algunos países africanos), el laboratorio de una batalla que se reproducirá y
multiplicará por todos los rincones del planeta en el futuro próximo. Lo sorprendente
es que muchos de los valores, ideas y visiones que parecen consustanciales a la
realidad de la nación mexicana, en realidad son argumentos que se enfrentan en casi
cada nación del mundo. El dilema mexicano no es sino un caso más, con sus debidas
particularidades, de un deslinde de dimensión universal que lleva como sustento ese
choque de civilizaciones. Bajo tal circunstancia, toda la gama de actores, no importan
sus discursos, ideologías, visiones y concepciones, terminan respondiendo a dos
fuerzas que aún no son capaces de reconocer: una civilización que intenta dominar e
imponerse a costa de todo, y otra civilización que resiste ese dominio echando mano
de todo aquello que obstaculiza o detiene a la primera.

La civilización opresora es la civilización industrial, cuyo motor profundo, oculto o


visible, es el capitalismo en su fase corporativa y global, el cual lleva como sus dos
brazos principales al aparato científico y tecnológico y un mercado dominado por la
usura y la ganancia. Esta civilización opresora disfraza sus fines perversos, el lobo se
pone la piel de oveja, bajo los paradigmas de lo moderno, el progreso, el desarrollo y la
eficacia tecno-económica, todos convertidos en dogmas que alimentan una falsa
conciencia, y que se hallan sumergidos e impresos en los genomas de quienes los
pregonan. No se crea que la de-mistificación de esto ha sido tarea fácil: el pensamiento
crítico, desde sus diferentes matices, tribunas y orígenes, ha requerido de varias
décadas para develar la verdadera esencia. Y aquí es donde se deben reconocer e
invocar los análisis de pensadores tan notables como Erich Fromm, Arthur Koestler,
Iván Illich y, más recientemente, los de Ulrich Beck, André Gorz, Enrique Dussel, Morris
Berman y Boaventura de Sousa Santos.

La destrucción de la naturaleza, que ha adquirido sus máximas expresiones históricas


bajo la civilización industrial, sitúa esta batalla en un plano inédito, nunca imaginado
por ninguno de los más avezados pensadores críticos. Por una simple razón. Los
impactos sobre el ecosistema planetario, provocados no por la humanidad, como suele
afirmarse, sino por el Homo industrialis y, más precisamente, por el capitalismo global,
han sido de tal envergadura y magnitud, que, según los reportes de amplios grupos de
científicos de innumerables países, estamos ya ante una nueva fuerza geológica que
obliga a reconocer la existencia de una nueva era en la historia del planeta. El
Antropoceno, como se le ha denominado, parece iniciarse en 1950, momento en que
todo se acelera, es decir, adquiere ritmos inéditos, y parece que terminará un siglo
después, en 2050, cuando todos los escenarios apuntan hacia una sola dirección: el
colapso. Se trata entonces de una civilización suicida, a la que contribuye todo
miembro de la especie por razones de desinformación, ingenuidad, interés individual o
simple cinismo. Estamos entonces frente a un gigantesco proyecto de muerte, ante un
reto existencial de especie, e incluso frente a un proceso social que se enfrenta al
propio proceso evolutivo del cual ha surgido y del que forma parte. La idea de que el
ser humano ha progresado conforme el tiempo avanza se ha convertido quizás en el
supremo mito, en la más grande mentira repetida por quienes se aprovechan de ese
estado de gracia llamado modernidad.

En el caso de México, la civilización que resiste es la civilización mesoamericana (y en


cada país existe la presencia, la reminiscencia o la ausencia de esa en función de su
particular historia), un modelo societario con una antigüedad de al menos 7 mil años,
que, a diferencia de procesos similares en Mesopotamia, Egipto, China, India o los
Andes, evolucionó de manera casi aislada, es decir, sin contacto certificado con otras
civilizaciones. La civilización mesoamericana creó el maíz y otras más de 100 especies
de plantas, unas 300 lenguas diferentes, una matemática y una astronomía que
permitió explorar el firmamento y medir el tiempo, una arquitectura que desembocó
en monumentos y enormes construcciones urbanas, una agroecología y una
agroforestería que desarrolló formas simbióticas con la naturaleza, una religión
politeísta y naturalista con dioses y diosas y, especialmente, una manera de
organización social basada en la comunidad como núcleo o célula de
la sociedad entera. ¿Qué argumentos y evidencias permiten suponer que esta
civilización existe y persiste? ¿Por qué afirmamos que son los mesoamericanos los que
terminarán enfrentando al ogro industrial? ¿Acaso no es esta una posición romántica o
idealizada?

SEGUNDA PARTE

La primera parte de esta serie de artículos (La Jornada, 22/7) terminaba preguntando
¿qué evidencias permiten suponer que la civilización mesoamericana subsiste y
persiste? ¿No estaremos idealizando o romantizando? Y más aún, ¿por qué se afirma
que serán los mesoamericanos los principales oponentes al modelo civilizatorio
industrial? Para responderlas debemos de principio acudir inexorablemente a la
demografía, a los datos duros de la población. Éste ha sido un asunto históricamente
escabroso, no sólo porque entre más nos alejamos del presente las estadísticas son
poco fiables, sino porque existe además una permanente tendencia a ocultar, sesgar,
escamotear y/o minimizar toda cifra que muestre la existencia de los miembros de la
civilización avasallada, y peor aún de su crecimiento.
De entrada no hay forma de garantizar la demografía de Mesoamérica a la llegada de
los europeos y de estimar con certidumbre el impacto de la conquista sobre la
población nativa. En uno de los ensayos más completos sobre el tema, el demógrafo
Robert McCaa (1997)* distingue tres corrientes de interpretación de la realidad
poblacional de esa época: los catastrofistas, los moderados y los minimalistas. Los
primeros, entre quienes destacan S.F. Cook y W. Borah, calculan la población
mesoamericana en 25.2 millones y el impacto negativo sobre esa en 90 por ciento. Los
segundos estiman una población de cinco a 10 millones, la cual tuvo una reducción de
50 a 85 por ciento. Finalmente para los minimalistas la población es estimada en 4.5
millones con una reducción por la conquista de 25 por ciento. No sólo diferentes
cálculos de la población originaria, sino diferentes números de la masacre. De acuerdo
con Cook y Borah, la población nativa pasó de 25.2 millones en 1519 a 6.3 millones por
1545, 2.5 millones en 1570, y 1.2 millones en 1620.

Durante la época colonial no hay más que aproximaciones. Lo que sí existe es el


registro del elevado número de rebeliones indígenas: yaquis (1740, 1767), mixes
(1570), mayas (1712, 1761), rarámuris (1690, 1698), zapotecos (1660, 1770) y muchas
más, las cuales fueron sometidas de forma sangrienta. Al momento de su
independencia en México habitaban ya casi 5 millones. Un documento reporta hacia
1822 un millón de blancos, 1.3 millones de mestizos y 3.6 millones de población
originaria. Para 1862 otro cálculo eleva a 5 millones el número de indígenas de un total
de 8.4 millones de mexicanos, es decir, 60 por ciento.

Con el siglo XX arribaron los censos de población, y con ello una sórdida batalla.
Sorprende, no obstante su importancia, la casi total ausencia de analistas sobre la
evolución demográfica de los mesoamericanos. Aun en las últimas décadas ni
demógrafos ni antropólogos ni sociólogos, mexicanos o no, se han acercado a
profundizar sobre el tema desde una óptica crítica. Los pocos que lo han hecho,
encabezados por la investigadora Luz María Valdés, adoptan una posición oficialista,
conservadora y poco inquisitiva. Veamos. Hacia 1900 la nación contaba con 13.6
millones de habitantes, de los cuales casi 70 por ciento vivían en asentamientos
rurales. Dadas las tendencias y tasas de reproducción se puede estimar
conservadoramente que al menos la mitad de la población rural correspondía a la
población originaria: 6.8 millones. Las dos décadas siguientes el país sufrió la pérdida
de probablemente hasta 2 millones de ciudadanos, y es de esperarse que a esa cifra
macabra los pueblos originariosaportaron un numeroso contingente. En el censo de
1921 se introdujo un criterio de raza al preguntarle al encuestado si se consideraba
blanco, mestizo o indígena. Fue la última vez: 25 por ciento de los 14.3 millones de
censados respondieron ser indígenas, es decir, al menos 3.6 millones. Los
modernizadores comprendieron lo peligroso de la pregunta. A partir del censo de 1930
esa pregunta se omitió y la población registrada como hablante de lengua
indígena descendió a 2.25 millones y se mantuvo en casi 3 millones hasta 1970. Los
mesoamericanos fueron literalmente enviados a la congeladora.

Con el propósito de enmendar el concepto restringido de los censos nacionales de


población que sólo registran la población hablante de alguna lengua indígena, los
organismos gubernamentales dedicados a atender ese sector social (INI, Conapo, CNPI,
etcétera) han hecho ajustes considerando otros parámetros. Así, la población indígena
calculada aumenta dejando 8.5 millones en 1990 y 12.7 millones en 2000. Tuvieron
que pasar ocho décadas para que los diseñadores del censo volvieran a agregar
la pregunta incómoda, la misma que ha abierto la caja de Pandora y que seguramente
desatará los demonios de la rebelión civilizatoria: ¿usted se considera indígena? De ahí
ha surgido un escenario contundente. El censo nacional de 2010 registra al menos
18.15 millones de indígenas resultante de la suma de varios componentes (ver cuadro).
El antropólogo Guillermo Bonfil tenía razón: nunca se había contado de manera
correcta a la población originaria, pues la lengua no es un rasgo suficiente. Esta cifra
alcanzará los 20 millones o más cuando se agreguen otros segmentos de la población
(por ejemplo, los otros miembros de las familias de quienes se consideran indígenas).
En suma, la civilización mesoamericana está hoy representada nada menos que por
uno de cada cinco mexicanos. En la próxima colaboración revisaremos lo que este
simple número significa en el teatro social, cultural y político de México.

Tercera y última

En el artículo anterior llamábamos la atención sobre los sorpresivos resultados del


censo de 2010, en el cual se introdujo la pregunta ¿usted se considera indígena?, que
hizo pasar el total de la población originaria (por ser hablante de alguna lengua
indígena, por considerarse originario o por pertenecer a un hogar con al menos un
miembro en esa condición) de 12.7 millones en 2000 a 18.1 millones, 10 años después.
Aquí lo más interesante es que de ese total de 2010, los datos duros del censo indican
que 7.6 millones son hablantes y 9.1 millones se califican como indígenas, y que estos
últimos viven fundamentalmente en las ciudades, en tanto que los primeros siguen
habitando esencialmente en asentamientos rurales. Este nuevo panorama deja
además una situación novedosa en varias entidades del país: la población indígena
alcanza 62.7 por ciento de Yucatán y 58 por ciento de Oaxaca, y son un tercio del total
en Quintana Roo, Chiapas, Campeche e Hidalgo y la cuarta parte en Puebla.
Las cifras de Yucatán son literalmente demoledoras de la idea que prevalece sobre que
los mesoamericanos están en vías de desaparición. Hoy, dos de cada tres yucatecos
son o se consideran indígenas. El vigor biológico ha sido al paso del tiempo la mejor
respuesta a tantos siglos de opresión y a la opinión de sus explotadores regionales.
Durante la guerra de castas, Justo Sierra O’Reilly (1814-1861), el más notable escritor,
periodista, novelista, historiador y jurisconsulto de la región, escribió: Yo quisiera hoy
que desapareciera esa raza maldita y jamás volviese a aparecer entre nosotros […] yo
los maldigo hoy por su ferocidad salvaje, por su odio fanático y por su innoble afán de
exterminio. Y laraza maldita no sólo no desapareció sino que se volvió dominante en
Yucatán en términos demográficos.
En esta recuperación poblacional, los especialistas señalan que un factor determinante
ha sido la alta tasa de fecundidad en los grupos indígenas. Lo anterior queda
magníficamente ilustrado por el caso de Chiapas, al analizar la evolución de la
población indígena en esa entidad entre 1520 y 2010. Mientras la población se
mantuvo oscilando alrededor de los 100 mil habitantes durante prácticamente cuatro
siglos (del siglo XVI a 1960), durante las pasadas cinco décadas se registra un
incremento explosivo de la población indígena chiapaneca que pasa de 155 mil en
1960 a 1.2 millones en 2010. Lo anterior resulta de la alta tasa anual de reproducción
que en esa entidad es de 7.9 contra 3.8 de la población mestiza. Dejo la contundencia
de estos datos al escrutinio de los especialistas no sólo de la demografía, sino de
la cultura, la sociología y sobre todo de la política. ¿Y si el levantamiento zapatista
obedeció más a un factor de éxito productivo, alimentario y poblacional que requirió
de una urgente expansión territorial?

La indianización de las ciudades

El sorpresivo aumento de la población indígena en México ha dado lugar a otro


fenómeno inusitado: la indianización de las ciudades, que marcha a contracorriente de
la urbanización de los indígenas. Si los mesoamericanos parecieron transformarse y,
por tanto, desvanecerse al dejar de ser campesinos, agrarios, rurales o campiranos,
conforme la urbanización (y en muchos casos de la industrialización) de las regiones se
fue volviendo hegemónica, un fenómeno contrario apareció también. El acto da fe de
la enorme reciedumbre de una matriz cultural que, sin ser la misma, conlleva una
antigüedad de varios miles de años. Como resorte que se expande, los
mesoamericanos pasaron de la defensiva a la ofensiva: se volvieron obreros,
empleados, trabajadores domésticos, jardineros, artesanos de todo tipo y,
especialmente, maestros de las ciudades. Lo que resulta notable, y en alguna medida
incomprensible, es que siguen manteniendo una identidad étnica, no obstante que
hayan perdido su lengua originaria y otros rasgos. Aquí hay que diferenciar entre la
matriz o el núcleo cultural, cuya esencia, como veremos, tiene un alto valor político y
de resistencia social, y los elementos accesorios.

La indianización de las ciudades alcanza una expresión cercana a lo espectacular en la


capital de la República, la cuarta ciudad más grande del mundo. En el Distrito Federal,
la combinación de la permanencia de pueblos originarios de la antigua Tenochtitlán
(en las delegaciones de Milpa Alta, Xochimilco, Tláhuac, Tlalpan, Cuajimalpa) con la
inmigración proveniente de varios estados del país ha dejado la existencia reconocida
de 314 núcleos indígenas (de los cuales 143 son pueblos o comunidades rurales o
subrurales y 171 son barrios enclavados en la zona urbana). En conjunto, la población
indígena, según cifras oficiales, en la ciudad de México es de 438 mil 750 habitantes,
número que supera a la población estimada de la antigua Tenochtitlán, de 350 mil.
¡Seis siglos pasaron para la recuperación! La convocatoria del gobierno de la capital
para que estos núcleos realicen asambleas durante agosto de 2014, para promover
una ley de pueblos y barrios originarios, resulta más que notable porque vaticina lo
que deberá de suceder por buena parte del país. También hace renacer, ahora sobre
un espacio urbano o semiurbano, el tema de las autonomías territoriales y étnicas,
todo lo cual tiene muy alto valor para una remodelación civilizatoria. En próxima
entrega veremos cómo esta población de matriz mesoamericana, contra todo
vaticinio, posee un conjunto de atributos idiosincrásicos que le permiten enfrentar,
resistir y escapar a la maquinaria opresora y represora del ogro industrial, además de
visualizar, mediante proyectos originales, nuevas e inimaginables avenidas que
anuncian un cambio civilizatorio.