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MARXISMO & REVOLUCIÓN MARXISMOYREVOLUCION.

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ANÍBAL PONCE Y EL HUMANISMO DE CLASE

Por Sebastián Fisher

“Mezcla de esclavo y mercenario fue, sin duda, el humanista (burgués). Y ya hemos visto
que cuando Próspero se enoja, Ariel deja de ser “el noble Ariel”, “mi gentil Ariel””

-Aníbal Ponce.

Aníbal Ponce (1898-1938) fue un marxista argentino que produjo la parte más
importante de su obra durante los años 30 del siglo pasado. De profesión psicólogo, se
destacó a temprana edad por su lucidez e inteligencia, lo que generó, por ejemplo, que
uno de sus profesores en la escuela escribiera al margen de un trabajo suyo: “los
jóvenes que así trabajan van muy lejos y serán, perseverando, hombres preparados
para mañana con caudal de conocimientos para ser útiles a la patria y a la
humanidad”1. Y tendría razón.

Aníbal fue el principal discípulo de José Ingenieros, uno de los fundadores del
Partido Socialista argentino y personaje de vasta influencia entre los universitarios
durante el proceso de la Reforma Universitaria de 1918, la cual dio origen a un
movimiento estudiantil que alcanzó proyecciones continentales. Sin embargo, a
diferencia de su discípulo, José Ingenieros no destacó por sus conocimientos sobre el
marxismo. “Poco leyó a Marx y Engels”2 diría Sergio Bagú al escribir su biografía.

El estudio sistemático del marxismo fue una labor que llevó a cabo Aníbal con
determinación, quien hizo suyo este pensamiento, expandiendo así las ideas
desarrolladas bajo el alero de su maestro, junto al cual participó en la Revista de
Filosofía y el periódico Renovación antes de fundar en sus últimos años de vida la
revista Dialéctica. Su infatigable labor le mereció incluso la valoración de José Carlos
Mariátegui, quien dijera “Pocas revistas de cultura han revelado un interés tan
inteligente por el proceso de la Revolución Rusa como el de la revista de José
Ingenieros y Aníbal Ponce”3.

Nacido en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, admiraba las


grandes ciudades, por lo que viajó encantado el año 1935 a Europa y luego a la Unión
Soviética, de la que volvería sorprendido, causándole un gran impacto en la
conciencia. Lamentablemente, tras el golpe de Estado en Argentina del año 1930, las
fuerzas reaccionarias comenzaron a hostigarlo, lo que le significó el exilio en México,
desde dónde promovió, dentro de los círculos de artistas y escritores revolucionarios,
1
MARINELLO, Juan en Prólogo a PONCE, Aníbal (1962) Humanismo burgués y humanismo proletario. La
Habana, Imprenta Nacional de Cuba. P. 8.
2
BAGÚ, Sergio (1953). Vida ejemplar de José Ingenieros. Buenos Aires, El Ateneo. P. 42.
3
Mariátegui citado en KOHAN, Néstor (2000). De Ingenieros al Che. Buenos Aires, Biblos. P. 65.

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el llamado al deber, la lucha y la utilización de los espacios de relativa libertad


académica con que contaban, los cuales a juicio de Ponce, no estaban siendo
aprovechados con la intensidad que el contexto histórico les obligaba para efectos de
la liberación de México y América.

Fue en México donde murió producto de un accidente de tráfico, a días de


haber programado un viaje a la Habana para dictar una conferencia, dejando a sus
amigos y compañeros con el lamento, e incluso los panfletos impresos donde se citaba
a la actividad. Sin embargo su obra tuvo vasta influencia, siendo su libro más
importante el que lleva por nombre “Humanismo burgués y humanismo proletario”,
texto que brevemente procederé a exponer para dar al lector una idea de lo que el
autor pretendía expresar en éste, donde mediante un análisis histórico y cultural,
contrapone las dos concepciones de clase que dotan al concepto de humanismo de un
significado radicalmente distinto.

El humanismo burgués.

Durante el lento ascenso de la burguesía como clase social dentro de la Edad


Media, ésta fue expandiendo sus niveles de influencia y, producto de sus intereses
económicos expresados en el auge del comercio, su situación concreta le exigía
extirpar ciertas maneras tradicionales del pensamiento hegemónico en la época. Así,
debido a que los negocios le reclamaban la constante comunicación con hombres de
otras culturas, lenguas y residencias, la burguesía comenzó a desarrollar una mayor
capacidad de adaptación y de tolerancia cultural. Pues si lo que realmente importaba
era su interés pecuniario, entonces debía estar dispuesta a ver más allá de las
diferencias superficiales entre los hombres.

De esta forma, los burgueses desarrollaron una concepción racionalista del


mundo, alejada de la visión religiosa que imperaba en los años oscuros, y dotada de un
carácter pacifista puesto que la seguridad de sus caravanas y navíos así lo requerían
para poder desplegar su acción mercantil.

A raíz de lo anterior, durante los siglos XV y XVI los banqueros crearon las
condiciones que le dieron vida al humanismo, apoyándolo incluso con sus fortunas.
Ponce señala que “sobre el plano de la cultura, el humanismo fue una derrota del
feudalismo católico frente a la burguesía comerciante”4. En este contexto, los
mercaderes comenzaron a rendirle culto a la Antigüedad puesto que ésta, estudiada
desde una clave burguesa, les entregaba todo aquello que la Iglesia negaba: la
apreciación de la potencia del dinero, la valoración de la acción terrenal, el goce de la
vida sin constituir pecado. Resultando ser la principal afinidad entre “los antiguos” y

4
PONCE, Aníbal. Op Cit. P. 45.

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los mencionados mercaderes, la valoración de la “razón” como norma de la vida.


Mientras la religión despreciaba la terrenalidad de los asuntos humanos, la burguesía
reivindicaba la fortaleza del cuerpo y del individuo. Dicho en otras palabras, lo que el
humanismo burgués tomó de la antigüedad fue la filosofía necesaria para justificar su
amor por la riqueza, la vida laica y el pensamiento libre.

Ponce objeta el mito de que los humanistas eran poderosos señores de la


inteligencia poseedores de la misma estatura con que contaba la clase dominante. Al
contrario, señala, los humanistas eran intelectuales que servían como instrumento y
apéndice de la gran burguesía (por lo que no la integraban), quienes tenían la tarea de
liberar las almas de los terrores y pesadillas de la Iglesia, al mismo tiempo que, por
otro flanco, los banqueros minaban el poder de la nobleza mediante su avance
económico. Señala Ponce que el humanista, aquel letrado que ha conseguido alejarse
del trabajo manual, sueña con que está a la altura de los reyes, pero que en realidad,
para conservar sus privilegios está dispuesto a soportar en silencio la humillación y el
agravio, usando de ejemplo a Lope de Vega cuando se jactaba de haber vivido a los
pies del marqués de Sarria igual que un perro5.

Sin embargo, este humanismo que exaltaba “al hombre” por sobre Dios, y que
reivindicaba la potencia creadora del mismo, solo lo hacía respecto al hombre burgués
a quién se pretendía liberar de las cadenas del feudalismo y la Iglesia, pero que en lo
concerniente a las masas oprimidas del pueblo, no les guardaba ninguna simpatía,
designándola con una serie de epítetos tales como “monstruo lleno de confusión y
error” o “pulpo”, entre otros. Por esta razón, no solo no hicieron nada por liberar al
pueblo sino que activamente contribuyeron a mantenerlo en la ignorancia y extender
su opresión. Mientras ellos buscaban sacudirse de la influencia religiosa, promovían la
religión y la superstición para las masas. Ponce cita a Giordano Bruno quien expresara
“Las verdaderas proposiciones no son presentadas por nosotros al vulgo, sino
únicamente a los sabios que puedan comprender nuestro discurso… porque si la
demostración es necesaria para los contemplativos que saben gobernarse a sí mismos
y a los otros, la fe, en cambio, es necesaria al pueblo que debe ser gobernado”6. En
base a esto, Ponce identifica como la mayor limitación (“herida irremediable” le llama)
de este humanismo su identificación única con el hombre de la burguesía, quien luego
de haber luchado por siglos contra el feudalismo por arrancarle sus privilegios, entre
los cuales se encontraba la cultura, pretendía conservarla solo para sí ahora que la
había conquistado, mostrando el mismo desprecio por el pueblo que la clase opresora
contra la que había combatido.

5
Ibíd. P. 90.
6
Ibíd. P. 52.

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Y así, en tanto la realidad es movimiento, con el devenir del tiempo el impulso


rupturista de la burguesía se transformó en conservadurismo debido a la necesidad de
preservar el nuevo orden de cosas, por lo que el humanismo que alguna vez sirvió
como instrumento de lucha contra el feudalismo y la Iglesia, devino en un sistema
para perpetuar el poder burgués y los privilegios adquiridos. En este sentido, el
humanismo comenzó a despreciar la acción, privilegiando la “inteligencia”, alejada de
todo tipo de trabajo manual que le pudiera recordar la disciplina indigna exigida a las
clases subalternas. El humanista, como Ariel -el espíritu del viento inventado por
Shakespeare-, debía vivir en las nubes, en el aislado regocijo de su egoísmo, pues el
espíritu sería “tanto más digno cuanto más alejado se encuentre del trabajo”.

Esta nueva fase del humanismo no solo desdeñaba la acción, sino que a través
de este desdén promovía una aceptación pasiva respecto al orden de cosas, razón que
los lleva a instaurar las “humanidades” como ideal educativo de la burguesía,
entendiendo por estas a las concepciones estáticas de la historia que no se plantean el
futuro, sino que mediante la nostalgia del pasado orientan a los jóvenes hacia el
conformismo. Sería mediante la aplicación de estas humanidades que se pretende
perpetuar la educación burguesa, con todos sus vicios, haciéndole creer a la juventud
que en materia de política y moral no se ha inventado nada nuevo desde los clásicos
como Platón y Aristóteles.

Además, el humanismo burgués poseería otra importante limitación, la que


sería haber levantado la bandera de defensa del hombre abstracto, un hombre que
vive ajeno a las contingencias de la vida práctica, lo que chocaría con la visión
esgrimida por Engels en una carta a Marx cuando señalara que “El hombre no es más
que pura fantasmagoría mientras no tenga como fundamento el hombre empírico”.

Concluye Ponce que el humanista es comparable a un niño mimado por la


burguesía, la cual le da permiso para jugar con palabras y conceptos allá arriba en el
viento, lejos de la acción y el trabajo, defendiendo ideas como una libertad en
abstracto que la realidad desmiente una y otra vez, resultando incapaces de entender
la esencia de los problemas sociales como consecuencia de haber vivido tantos siglos
en las nubes. Aquí es entonces donde radica su castigo, en la ceguera, y en la vanidad
que los mancha impidiéndoles darse cuenta de su rol meramente instrumental,
soñando ser más de lo que son, simples siervos acomodados.

El humanismo proletario.

Esta segunda parte de la obra resulta problemática. De manera muy erudita, el


autor realiza un análisis de las premisas objetivas del humanismo proletario,
ligándolo a la enajenación del trabajo y la relación entre el hombre y la máquina. Muy
impactado por su visita a la URSS en 1935, tres años antes de su muerte, Ponce se

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muestra deslumbrado frente a los avances de la primera revolución socialista del


mundo, lo que lo lleva -a mi juicio- a encandilarse con nociones deterministas
soviéticas, propias de la era de Stalin, que a la larga tanto daño le causaron al
movimiento revolucionario internacional. Aún así, lo más destacable de esta segunda
parte radica en que Ponce resulta ser el primer autor marxista latinoamericano que
retoma de Marx el concepto de “hombre completo”, “hombre nuevo”, “hombre total”
entregándole desarrollo y expandiendo la problemática humanista al respecto.

Señala Ponce que la máquina no posee un valor intrínseco, sino que ésta debe
apreciarse a la luz del régimen social en el que se encuentra incluida. De esta forma,
para el capitalista, la máquina resulta ser solo otro detalle de su régimen de
explotación, funcionando en detrimento del obrero, haciendo de aquél que la opera un
apéndice sin alma, a la vez que le arrebata el trabajo a millones de sus compañeros de
clase. ¡Cómo no van a odiar la máquina los obreros! Resulta de toda lógica que en
ocasiones los trabajadores hastiados de la explotación decidan sabotear y destruir a la
máquina que, en el capitalismo, solo le trae dolores y malestar.

En contraposición con esta máquina, que en el capitalismo tritura al obrero en


nombre de la ganancia privada, se encuentra el rol que cumpliría la misma dentro de
un sistema socialista, donde a través de su potencia, ya no sirva para oprimir, sino que
para liberar al hombre mediante la reducción de la jornada, el aumento de la
producción, el bienestar creciente y la posibilidad de asomarse al mundo de la cultura
que hasta entonces le ha sido negado históricamente a las masas.

Polémicamente Ponce señala que con el surgimiento de las máquinas, nacen


también las primeras condiciones objetivas para el desarrollo del humanismo
proletario. Citando a Marx respecto a las escuelas introducidas por Owen en
Inglaterra, señala que allí “se encontraba en germen la educación del porvenir”,
puesto que a través de la combinación del trabajo manual con el trabajo intelectual,
ese sistema resultaba el “único método capaz de producir hombres completos” 7, de lo
que infiere explícitamente que la posibilidad entonces de formar hombres plenos, solo
podía comenzar en cierto momento del desarrollo histórico, es decir, donde se
encontraran desatadas las fuerzas productivas. Cualquier tentativa para desarrollar a
dicho hombre antes de que las condiciones objetivas se encontraran maduras, estaría
destinada al fracaso.

A la luz de la filosofía de la praxis, la afirmación anterior resulta del todo


lamentable, pues constituye una mirada unilateral y determinista que al deshistorizar
los procesos sociales -otorgándoles características al margen de la praxis- cae
ineluctablemente en la trampa de la metafísica. De manera bastante crítica contra

7
Ibíd. P. 110

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estas concepciones, podemos citar a Lukács en su famoso Historia y Conciencia de


Clase, cuando señalara que “El marxismo vulgar ha descuidado completamente esa
diferencia. Su aplicación del materialismo histórico ha caído en la misma trampa que
Marx señaló a propósito de los economistas vulgares, a saber: ha tomado categorías
puramente históricas —y precisamente, como la economía vulgar, categorías de la
sociedad capitalista— por categorías eternas” 8. Es el error en el que cae Aníbal Ponce,
estimando que el desarrollo histórico atravesado por la Inglaterra del Siglo XIX resulta
una categoría aplicable en todo lugar, al margen de la historia y del hombre.
Transformando así al marxismo en metafísica.

A continuación, el autor señala que a los ojos de Marx la posibilidad de


combinar dentro de la industria el trabajo práctico junto con la enseñanza general,
constituía uno de los elementos más formidables para construir al hombre nuevo. Y de
inmediato aclara que “uno de los elementos, he dicho, y nada más”, puesto que bajo el
régimen capitalista ese sistema de educación es irrealizable debido a la deformación
que realiza el capitalismo de las “exigencias naturales” de la gran industria, por lo que
en vez de tener al obrero de cultura general capaz de cambiar de profesiones, lo que
se obtiene es la estrechez de la especialidad en el trabajo, idiotizando al hombre a
través de la repetición mecánica de la misma labor, mutilando al individuo mediante
esta especialidad del trabajo, negándole su sed de totalidad, de desarrollo integral, de
convertirse en un hombre nuevo, completo. Un nuevo hombre que visualiza como “el
resultado de la unión de la teoría y la práctica, de la inteligencia y la voluntad, de la
cultura y del trabajo productivo”9. Pero ¿cómo lograr lo anteriormente mencionado?
Por la conquista del poder político por parte del proletariado, responde. Solo una vez
que la clase tenga el poder puede comenzar a formarse el hombre nuevo. Me atrevo a
decir, que a sus ojos, el desarrollo del hombre nuevo sería la consecuencia del
desarrollo de la economía bajo formas socialistas y no de un proceso que, entre otras
cosas, exige el desarrollo consciente del individuo, tanto bajo el influjo del poder que
ejerce la sociedad proletaria sobre él, como a través de la autoeducación (postura que
asumirá el Che Guevara décadas más tarde).

Esta concepción ideológica de Ponce bebe directamente de la fuente del


marxismo-leninismo que, para la época en la que escribe, ya se había vuelto
hegemónico a nivel mundial dentro de la izquierda por impulso de Stalin, el cual se
caracterizaba por su determinismo económico y productivismo, trayendo aparejado,
por cierto, un desprecio del rol de la conciencia dentro de la lucha revolucionaria.
Basados en la analogía dogmática del tren de la historia, la conciencia siempre vendría

8
LUKACS, Gyorgy. Historia y conciencia de clase. Capítulo Conciencia del proletariado. Disponible en:
https://temasselectosdematerialismohistorico.files.wordpress.com/2014/09/lukacs-georg-la-
cosificacic3b3n-y-la-conciencia-del-proletariado-grijalbo.pdf
9
PONCE, Aníbal. Op Cit. P. 114.

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a constituir el vagón de cola. En palabras del mismo Stalin “En la vida social, primero
cambian las condiciones exteriores, primero cambia la situación de los hombres, y
después cambia, de modo correspondiente, su conciencia”10, a lo que agrega que ésta
máxima aplica tanto a las clases como a la sociedad en su conjunto.

Finalmente, y guardando coherencia con su precedente crítica al humanismo


burgués, la exposición de Ponce respecto al hombre nuevo culmina señalando como
premisa del humanismo proletario la necesidad de que se extienda la cultura para
todos, levantando la idea de desarrollar un nuevo tipo de cultura proletaria.
Posteriormente el libro procede a exponer las virtudes que presenció durante su
estadía en la URSS, la liberación y alegría de los hombres que, viviendo durante la
construcción de una nueva sociedad, lo hacían sentir como si hubiera viajado al futuro,
para culminar explayándose respecto a los problemas de la herencia cultural,
posicionándose a favor de la asimilación crítica de ésta y defendiendo la importancia
del realismo socialista como movimiento artístico.

Para Aníbal Ponce, la Revolución Rusa encarnaba el ideal humanista de la


sociedad que quería construir. Lamentablemente no estuvo ajeno, ni pudo desligarse
del marxismo vulgar que se transformó en la lectura hegemónica del movimiento
comunista mundial desde los años 30 hasta la década del 60, cuando la Revolución
Cubana irrumpe en la escena internacional quebrando los esquemas de los viejos
dogmas stalinistas y volviendo a traer al debate el pensamiento de numerosos
marxistas revolucionarios, representantes de la corriente de la filosofía de la praxis,
inspirando con su determinación y ejemplo a nuevas generaciones ávidas de retomar
el aspecto revolucionario de la teoría marxista, sin la cual el marxismo no puede
llamarse como tal, pero que sin embargo imperaba en la izquierda de la época, con sus
ladrillos ideológicos que -al decir de Néstor Kohan- al buscar explicar todo, no
explicaban nada.

A pesar de las críticas realizadas al libro que hemos comentado, resulta del
todo valioso el análisis histórico y cultural que realiza del surgimiento del humanismo
como corriente del pensamiento en la historia, y además la reapropiación que hace del
concepto de hombre nuevo como el individuo con sed de totalidad, no desgarrado por
el trabajo enajenado, cuestionándose el problema de este “hombre completo” al
mismo tiempo que lo hacía un autor tan destacado como Gramsci.

Hoy en día sabemos como un hecho que el Che Guevara había leído
“Humanismo burgués, humanismo proletario” en su juventud, tal como lo relata el

10
STALIN, Iosif. Anarquismo o Socialismo. En Obras, Tomo I (1901-1907). P. 114. Disponible en:
https://www.marxists.org/espanol/stalin/obras/oe15/Stalin%20-%20Obras%2001-15.pdf

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hermano de la gran amiga de juventud del Che, Tita Infante, cuando señala “Tita le dio
de leer a Aníbal Ponce… Hay tres libros de Aníbal Ponce que leyeron ambos:
Educación y lucha de clases. Humanismo burgués y humanismo proletario y El viento en
el mundo”11 , razón por la cual se ha llegado a asegurar que este autor vendría a ser el
antecesor del Che respecto a la problemática del humanismo12, constituyendo una
fuente directa de dónde el Che adopta la preocupación por desarrollar la idea del
hombre nuevo durante los años revolucionarios, pero haciéndolo a su manera,
desplegando el concepto hacia nuevas dimensiones de riquísimo contenido, lo que lo
condujo a ligar al papel de la subjetividad con la construcción de la patria socialista,
escapando entonces de las lógicas deterministas económicas, y elevando un paso más
allá la edificación del pensamiento revolucionario. Temática que para ser abordada
merece un artículo propio.

“Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay


que hacer el hombre nuevo”, diría el Che en su famoso escrito El socialismo y el
hombre en Cuba, estableciendo un cambio de paradigma. El hombre nuevo no será
entonces una consecuencia del cambio de propiedad en los medios de producción,
como lo habría previsto Ponce, sino que será una construcción que se realizará de
manera paralela, donde por primera vez el hombre construirá conscientemente su
futuro, en un proceso en el cual de cuyo éxito dependerá, entre otras cosas, la
viabilidad del proyecto socialista. Sin hombre nuevo, no podrá existir el comunismo.
Desde la vereda del marxismo latinoamericano no podemos más que concordar.

11
CUPUL REYES, Adys y GONZÁLEZ, Froilán (1997) Cálida presencia. La amistad del Che y Tita infante a través
de sus cartas. Rosario, Ameghino. P. 16
12
KOHAN, Néstor. Op. Cit. P. 200.