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Mi pesadilla al trabajar por Prestación de Servicios.

Contaré un resumen de mi historia, aunque debo reconocer que es una tentación ilustrar con
muchas situaciones lo sufrido en mi anterior “empleo”. Siento la necesidad de contar, de
expresarlo todo, en una suerte de desintoxicarme de lo vivido, porque aunque ya pasaron
algunos meses desde que renuncié a ese contrato, la mayoría de los días recuerdo algunos
acontecimientos, hago memoria de lo que sentía y cómo lo significaba. Así mismo, quiero dar a
conocer mi caso para que otros profesionales jóvenes, responsables, comprometidos, con
ganas de hacer las cosas bien y con un talento para ofrecer a las organizaciones, analicen muy
bien antes de tomar este tipo de contratación en entidades, donde las condiciones son un
abuso.

Al ver la historia de la joven que denunció acoso laboral en una de las más prestigiosas
agencias de Publicidad de Colombia, me animé a escribir lo que me sucedió en casi 3 años que
estuve vinculada a una institución pública (léase bien, institución adscrita al Ministerio que se
supone, lucha por las condiciones dignas de los colombianos) bajo la modalidad de prestación
de servicios. Aunque no hubo acoso sexual, lo que sufrí al interior de dicha organización no se
aleja mucho de lo que se considera explotación, acoso laboral o mobbing por parte de mis
pares, aunque todavía dudo de si mi jefe también era partícipe de esto. Muchos compañeros
siguen sufriendo lo mismo, a costa de su tranquilidad y salud. Incluso tengo compañeros muy
enfermos tanto a nivel físico como psicológico; están más graves de lo que yo me encuentro en
este momento.

Cuando hablamos de contrato de Prestación de Servicios, nos referimos a su “carácter civil y


no laboral, por lo tanto no está sujeto a la legislación de trabajo y no es considerado un
contrato con vínculo laboral, al no haber relación directa entre empleador y trabajador, por
ello, no cuenta con período de prueba y no genera para el contratante la obligación de pagar
prestaciones sociales” (fuente: elempleo.com). Además la diferencia entre un contrato de esta
índole y uno laboral radica en 3 aspectos: el primero es que no necesariamente implica una
prestación personal del servicio, en segundo lugar, entre el empleador y empleado hay no hay
subordinación, por último, no hay salario sino el pago de honorarios estipulados por el
contratante y contratado, de acuerdo al servicio prestado (horas, días, meses).

En mi caso, se cumplían dos aspectos de los mencionados: La prestación personal del servicio,
con horarios “oficiales” de 8 horas y media para no asistir los sábados, pero aun así mi equipo
está obligado a asistir dos sábados o más cada trimestre. Un servicio casi que con exclusividad,
por la reunión de varios factores como las responsabilidades y la carga, que hacían imposible
dedicarse a “otra labor” y la subordinación por parte de varios “jefes”. Todo ello, a cambio de
recibir unos honorarios de forma mensual por 11 meses o menos, donde lógicamente no
habían prestaciones sociales, puesto que había que pagar salud, pensión y ARL; no se tenía
derecho a vacaciones, cesantías, primas, ni pago de horas extras. En muchas instituciones
públicas hacen este tipo de contratos y en la mayoría (por no decir que en todos) se presentan
estas dos condiciones que lo vuelven un contrato laboral o a nivel jurídico, contrato realidad. Y
lo que es peor, son más los “empleados” contratistas que los empleados de planta en dichas
organizaciones.
Muchos se preguntarán ¿entonces por qué firmé dicho contrato y me sometí durante tanto
tiempo? Seré honesta: yo sabía que lo que estaba firmando no estaba bien. Desde el principio
sabía que la mayoría de mi tiempo lo iba a entregar a dicha institución, a cambio de un pago
mensual, además, este valor a simple vista no era malo para una profesional de las
humanidades que tenía dos años de experiencia y sólo su pregrado. Sin embargo, haciendo a
un lado la problemática de los bajos salarios, incluso con profesionales que tienen postgrados
y años de experiencia, los honorarios que recibía después de todos los descuentos (seguridad
social) y estableciendo que el 47% aproximadamente, debe apartarse para lo correspondiente
a cesantías, primas y vacaciones, lo considero poco en relación a todas las labores y
responsabilidades que debía asumir. También me sometí porque como profesional necesitaba
adquirir más experiencia. Yo tenía estimado dirigir mi remuneración mensual al pago de una
maestría y a la ejecución de un proyecto para independizarme, con el cual puedo orientar a los
profesionales en uno de los temas que me apasiona. Por tanto necesitaba ingresos para seguir
formándome en dicho tema, construir mi página web y recibir la asesoría de especialistas en
emprendimiento para arrancar con este propósito más adelante.

Pues bien, sólo pude cumplir con la última parte. Porque mientras pasaba el tiempo me daba
cuenta que no quería seguir viviendo en entornos laborales tan tóxicos. Por ello, una parte de
mis ingresos los utilicé para realizar diversos cursos, recibir asesoría y así poder lanzarme a
realizar mi sueño. Mis planes cambiaron pues ya no me interesaba realizar el postgrado, sólo
quería prepararme para salir huyendo (literalmente) del mundo del “empleo” y ya entenderán
por qué. Algo me decía que no iba a poder con semejante ritmo, con el hecho de querer
cumplir con todo y además asumir la exigencia de una maestría. Sentía que me enfermaría o
que fracasaría.

Las condiciones que acepté en un principio comenzaron a cambiar drásticamente con el


tiempo. Observé que esas 8 horas no las podía organizar a lo largo del día como pensé al inicio,
lo cual no me permitía poder atender 1 o 2 horas a otros clientes que requirieran de mis
capacitaciones, pues como profesional me han requerido para desarrollar talleres en diversas
instituciones y empresas. En consecuencia yo me sentía limitada, porque mi reconocimiento
profesional frente a otras empresas se estaba estancando. Esto no sería malo si en dicha
institución, te asegurarán que ibas a tener estabilidad y seguridad, que dicha exclusividad no
estuviera afectando tu empleabilidad. Pero seamos sinceros, no nos podemos quedar
estáticos, y la realidad laboral actual nos obliga a estar preparados, porque en cualquier
momento dejaremos de estar vinculados a un contrato. Por lo cual, esa exclusividad tan
marcada me preocupaba bastante.

Para poder cumplir con mis labores y los procesos asignados siempre necesitaba más de 8
horas, por tanto terminaba trabajando diariamente un promedio de 9 o 10 horas diarias. En
varias ocasiones me llevé trabajo para la casa. En los eventos que organizábamos mis
compañeros y yo terminábamos trabajando cerca de 13- 14 horas. Me habían mencionado que
eran pocas veces en el año, pero en realidad fueron más de 3 veces, lo cual para mí ya era
mucho. Y sí, había un horario, pero lo disfrazan con el cuento de que “se supone que un
contratista no cumple horario, pero su objeto contractual es la atención a los usuarios” (de 8
a.m. a 6 p.m.). Esta institución atiende muchísimos usuarios, desde las 6 a.m. hasta las 9:30
p.m. Pues ¿qué creen? 4 o 5 personas del equipo (no todos) deben rotarse por semana para
atender desde las 7:00 a.m. hasta las 4 p.m. en jornada continua (las 8 horas ¿recuerdan?),
rotarse para atender en la noche, para atender los sábados desde las 8 a.m. a 1 p.m.,
entonces… ¿no habían horarios? Para rematar, llaman a trabajar un lunes festivo si el trabajo
está atrasado, porque hay auditorías que se deben responder.

Mientras tanto yo me estaba enfermando. Llegaba a mi casa sólo con ganas de ver la cama,
vivía una vida muy sedentaria a la vez que empecé a comer compulsivamente. Debido a esto,
en una ocasión me recetaron Fluoxetina (medicamento psiquiátrico) para la ansiedad y
actualmente poseo un problema de triglicéridos altos ó hipertrigliceridemia (por encima de los
450 cuando su límite es 150). Con las dichosas rotaciones, no se podía establecer una rutina en
todo el sentido de la palabra: practicar frecuentemente un hobbies, tomar clases o la práctica
del deporte o gimnasio porque llegaba la semana en que drásticamente tenía que cambiar
todo. Habían días que se sabía la hora de entrada pero no la de salida. De hecho, un
cumpleaños de mi novio, me tocó quedarme para acompañar a mi jefe y dos compañeros de
equipo, porque hasta que no se mandara el dichoso cuadro de Excel que pedía “Bogotá” con
plazo “para hoy es tarde”, nadie se podía ir, y literalmente me quedé mirando como una sola
persona trabajaba frente al computador, sin aportar y hacer nada y mi novio esperándome. No
era capaz de decir que mi novio estaba de cumpleaños, muchas veces no hablaba por el miedo
a la respuesta que me dieran. Intenté tomar mi bolso e irme pero con una mirada y un
comentario, me tuve que quedar hasta aproximadamente las 8 p.m.

Esta situación es una de las múltiples que se presentaron. No voy a decir que nunca se puedan
presentar contratiempos, yo entiendo que eso de vez en cuando se puede dar. Incluso, recién
iniciando tomé la costumbre de quedarme 2 horas más, porque como estaba “aprendiendo”
no alcanzaba a revisar y organizar todo, aunque esa dinámica se hizo regular hasta que
renuncié. Pero en muchas ocasiones sucedía algo, justo cuando tenía compromisos
previamente adquiridos y me tocaba cancelarlos. Eso sí era tener muy mala suerte; en
conclusión no tenía vida profesional más allá de esas instalaciones.

No tenía autonomía, había una marcada subordinación. De hecho, tenía varios “jefes”, no
solamente el líder mi equipo. Debo decir que muchas veces, hasta la escritura de un correo,
acta o documento tenía que pasar por la aprobación de mi jefe. Ni hablar de los permisos.
Debía pedir autorización para todo: Para una hora, para media tarde, para llegar tarde o salir
más temprano; Si se solicitan estos espacios para realizar otra actividad externa y generar
ingresos extras, era mal visto y hasta impensable para mi jefe (su respuesta típica era “primero
está la institución que los demás, esta es la que nos da el trabajo”). Entonces los únicos
permisos bien vistos son las citas y exámenes médicos, aunque debo mencionar que al final
hasta mis citas con médicos especialistas ocasionaban respuestas negativas. Lo que tuve que
escuchar de ahí en adelante fue: “Hay que tratar de que las citas sean a primera hora del día y
no partir la jornada” pero con la mala cara o tono correspondiente. Una de mis condiciones de
salud (no me gusta denominarla como enfermedad) es alergia al polvo, olores muy fuertes,
entre otros. Dada esa predisposición y al aire acondicionado, mis estados gripales se
manifestaban muy fuerte. Pues hasta las recomendaciones que me daba el médico no eran
bien tomadas, incluso mi jefe se llegó a burlar (¡sí, riéndose!) y a decir algo así como: “todo le
hace daño, no va a poder trabajar entonces”.
¿Cómo eran las relaciones con mis compañeros de equipo? Eran pésimas y como “cosa rara”
las villanas son las mujeres… Por el hecho de no compartir su forma de “recochar” y hasta de
juzgar (Sí, ¡de juzgar!) aspectos de mi vida personal, hubo un momento en el que tomé
distancia y a partir de allí nada fue igual. Nunca hubo malos tratos por parte mía e intenciones
de iniciar conflictos, pero sin embargo, observaba que se burlaban, en ocasiones me alejaban,
ocultaban información, me hablaban en un tono poco adecuado, “me abrían los ojos”. Para mí
eso era una señal de irrespeto, aun cuando yo trataba de llevarme bien con todos, porque
nunca respondí a las provocaciones. Había una clara intención de dañar el clima laboral, de
generar cizaña, de aburrirme, de hacerme sentir mal, o todas las anteriores. Por mi parte, mi
conciencia está limpia porque siempre hice lo que estuvo a mi alcance para hacer un buen
trabajo y no entorpecer el de los demás. De hecho, sí cometí errores como cualquier empleado
que realiza muchas acciones en su día a día, pero puedo decir con total certeza, que en ellos
no había mala intención, como sí lo pude observar en algunas personas.

Desde hace mucho tiempo no es un equipo de trabajo. Durante mi vinculación a este grupo,
observé mucha mediocridad, falta de liderazgo positivo por parte del jefe, personas que literal
¡no hacían nada! y se ganaban el mismo sueldo que yo, y no ocurría nada. Parecía que nos
exigieran el máximo de nuestra capacidad sólo a las mujeres. Hay una persona en particular
que no hacía nada ¿pues adivinen qué? es hombre; y los demás compañeros hombres
tampoco igualaban la carga laboral que nosotras teníamos. Supongo que al ver esta situación,
algunas compañeras se limitaban a hacer sólo lo que les tocaba o lo que era visible (la ley del
mínimo esfuerzo) y por tanto las demás (como en mi caso), que teníamos un mayor sentido de
responsabilidad nos dejábamos cargar de más y más actividades, sin apoyo del “equipo” y sin
poder decir que no. Por supuesto que todo eso me generaba mucha impotencia, pero en el
equipo rondaba la sensación de que era mejor no hablar, no confrontar ni a mi jefe ni a los
demás, porque la consecuencia sería, muy seguramente, que no te llamaran al año siguiente.

Otra de las conclusiones que puedo sacar desde mi retiro y después de leer lo propuesto en la
teoría de “Gestión de la Felicidad” (Cesar Lozano, 2016) como una forma de liderar a las
nuevas generaciones (Millennials y Nativos digitales), es que hay personas que siguen
trabajando en una organización, pero que de corazón ya renunciaron. Es decir, están de
cuerpo físico realizando el mínimo de las exigencias, pero no aportan su creatividad, talento y
no dan lo mejor de sí, simplemente porque desean estar en otra posición, pero no se pueden
dar el lujo de renunciar. Esto pasa con las personas que conforman dicho equipo de trabajo.

Hice una balance de todas las condiciones laborales: buen horario, flexibilidad necesaria para
no abandonar del todo los proyectos profesionales, respeto, clima laboral, ubicación de la
institución, retroalimentación de mi trabajo, oportunidad de ascenso, de asumir retos, de
poder ejecutar nuevas ideas y así poder contribuir con mi talento. Pues en este “empleo” no
había nada de lo anterior. Ni siquiera podía seguirme cualificando porque no habían
capacitaciones ni desarrollo, y si se programaba alguna capacitación, simplemente no se podía
asistir porque nunca había tiempo, así fuera gratuita.

En cuanto a mi pago, les soy sincera: jamás iba a compensar toda la carga, mal clima laboral,
malos tratos por parte de compañeros y jefe (varias veces me hicieron llorar), además de las
responsabilidades, entre las cuales es realizar una adecuada distribución de recursos entre la
población usuaria. Todo lo anterior, por algo más de millón y medio que es lo que queda luego
de restar el 47% mensual y dividir el total de 11 honorarios por los 12 meses del año (porque
todos los días se come, se pagan obligaciones y se presentan necesidades). Me tocó ver a
muchos compañeros endeudarse para cubrir sus obligaciones en enero y pagar su seguridad
social. Es triste y la verdad no lo justifica. En el contrato figuraban más de dos millones y creo
que eso nos deslumbraba a todos, pero la realidad, la cual considero que muchos de mis
compañeros no se han sentado a analizar, es que los “honorarios” son muy pocos para lo que
implica realizar a cabalidad ese trabajo.

Por último, quisiera decir que con mis conocimientos hubiera podido aportar muchísimo más,
pero se fue una buena trabajadora. No sólo lo pienso yo: cuando me retiré muchos
compañeros y usuarios lamentaron mi partida.

Soy una Millennial y quisiera decirle a los profesionales jóvenes como yo, que sí pueden exigir
mejores condiciones: si no tienen hijos, deudas, y si tienen talento, no deben seguir en un
empleo que poco a poco apaga su vida. Si no cambian los modelos de gestión del talento
humano hacia la procura de un equilibrio vida-trabajo, las empresas y organizaciones se
tendrán que conformar con lo peor del talento, porque los que somos buenos tomaremos
opciones donde sí nos valoren.