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Algunos puntos de la teología de san Pablo


¿Qué es teología?

Palabra compuesta de origen griego: theos: Dios y logos: palabra, pensamiento, “estudio”.
Si decimos que es teología de san Pablo estamos presuponiendo que hay otros teologías. ¿Cómo? Es así.
En AT y NT ya hay muchas teologías. En la historia de la Iglesia esto sigue así. El ES permite que se siga
profundizando en los misterios de la fe y aparecen nuevos aspectos o matices. En los distintos momentos
de la historia y para las diversas necesidades de los hombres y las comunidades aparecen diversas formas
de entender y expresar el único misterio de Dios: un SOLO DIOS ÚNICO Y VERDADERO, con varias
teologías que en diversos momentos históricos-culturales y para diversos destinatarios intentan “estudiar”
el MISTERIO de Dios para darlo a conocer, proclamarlo y así poder amarlo y seguirlo con más
entusiasmo.

Diversas teologías:

 En el AT: teología profética (más carismática), teología legal (más institucional)...


 En el NT: teología de cada uno de los evangelistas, de las cartas de Juan, de Pablo...
 En la historia de la Iglesia: teología de san Agustín, de santo Tomás de Aquino, de la
liberación, negra, feminista...
Ante el ÚNICO MISTERIO varias teologías: ¿todas valen lo mismo? No. Las primeras fueron
canonizadas: son fundamentos. Las que siguen deben ser fiel a este fundamento y no contraponerse entre
sí. Una teología intimista o una liberacionista violenta se contraponen ambas al proyecto de Jesús.

Teología de san Pablo


Hoy entonces la teología de san Pablo, es decir, los aspectos propios que San Pablo, según su
marco histórico-cultural y sus oyentes, destaca, acentúa o marca con más énfasis del ÚNICO MISTERIO
DE CRISTO.
Muchos autores han intentado descifrar cuales son los puntos centrales de la teología de san Pablo.
Esto no es fácil ya que el Apóstol no dice con absoluta claridad y sistematicidad: estos son los puntos
centrales... Hay que descubrirlos en sus escritos, con el problema que vimos de la autenticidad de sus
cartas...
Así por ejemplo vamos a ver algunos acentos:
 En el siglo VI los reformadores protestantes insistieron que el tema central era: LA
JUSTIFICACIÓN POR LA FE.
 En el siglo XIX otros autores protestantes, pero también católicos, entendieron que lo más
importante de la Teología de San Pablo era la oposición o la antítesis “carne-espíritu”.
 En el siglo XX otros autores católicos y protestantes insistieron que los escritos de San Pablo eran
una antropología (antropos, logía) cristiana. Es decir una visión del hombre en clave cristiana.
Hay algo de verdad en los tres aspectos señalados pero ninguno hace justicia a lo que es el aspecto
central de la teología de Pablo.
Hoy en día se va descubriendo, estudiando e insistiendo que el centro de la teología de Pablo es LA
ACCIÓN DE CRISTO CRUCIFICADO-RESUCITADO PARA LOS CREYENTES. En este sentido hay
un texto que es clave: 1Cor 1,22-25.
Siempre que Pablo habla de Cristo lo refiere a lo que significa para los creyentes. En su
predicación nunca habla de Cristo en sí mismo. De la acción en los hombres de este Cristo muerto y
resucitado se debe deducir quien es Jesucristo.
Decimos en síntesis: la obsesión de Pablo es JESUCRISTO MUERTO Y RESUCITADO EN
FUNCIÓN DE LA VIDA DE LOS CREYENTES. Ahora desde este centro que no tenemos que perder de
vista nunca podemos acceder a los diversos temas de la teología paulina.

Introducción

Para nuestro estudio nos mantenemos en el ámbito de las siete cartas que tenemos absoluta
seguridad que son auténticas. Con respecto a las otras seis justamente se nota como la perspectiva y el
contexto eclesial es muy diferente por lo cual los acentos son distintos.
Destacamos ocho temas de la teología de san Pablo. Desarrollaremos solo tres en este apunte:
1. Títulos de Cristo.
2. Muerte y resurrección.
3. La justificación.
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4. La vida en Cristo.
5. El cuerpo de Cristo.
6. El bautismo y la eucaristía.
7. El Espíritu Santo.
8. La escatología.

I – TÍTULOS DE CRISTO

CRISTO
Cristo: adjetivo verbal que viene de “crinó” (ungir con aceite) y es la traducción del hebreo
mesiah. La referencia a la unción viene del rito de derramar aceite perfumado sobre la persona cuya
función no es compartida con otros.
En los evangelios se remarca muchas veces que Jesús no acepta este título porque Cristo-Mesías
indica un descendiente de David que viene a reinar con un mesianismo político.
La comunidad primitiva acepta este título pero le da otro significado: Jesús por su resurrección es
constituido Cristo. Hch 2,36: “Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis
crucificado”.
Pablo utiliza mucho este título en clave claramente religiosa y no política. Hasta tal punto lo usa
que pasa a ser un nombre propio de Jesús. En sus cartas “Jesús” aparece 213 veces mientras que “Cristo”
está 379 veces.

HIJO DE DIOS
El título de Hijo de Dios se ha usado de diversas maneras en la antigüedad. No necesariamente
hace referencia a un ser divino. Es un título que puede tener una persona o comunidad para indicar una
predilección de Dios (cf. Job 1,6). La tradición judía toma esto de las cortes paganas: los reyes tenían
carácter divino y su nacimiento se debía a relaciones entre los dioses. Israel copia esto de las cortes de
Oriente pero lo transforma; no habla de reyes-dioses sino que, en clave monoteísta, se habla que “el hijo
de David será Hijo de Dios”. En la ceremonia de coronación real, de entronización, hay un momento en
que se le da el título (cf. Sal 2,7; 89,27).
Pablo en Romanos hace referencia a la entronización mesiánica a partir de la resurrección y
glorificación. Rom 1,4: “Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad por su
resurrección de entre los muertos”.
Si tomamos este tema de Pablo y la mezclamos con la teología de Juan se cae en el adopcionismo:
para Pablo Jesús comenzó a ser Dios en un determinado momento. Y esto no es así. Tenemos que
distinguir bien la teología de Juan de la de Pablo: Jn 5,18: “Por eso los judíos trataban con mayor empeño
de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios, su propio Padre, haciéndose a
sí mismo igual a Dios”.
Este título está en relación con “Hijo de David” que Pablo no utiliza nunca.

SEÑOR
El uso judío tiene dos sentidos: es un gesto de cortesía y expresa la denominación de la divinidad.
Litúrgicamente se habla de Adonai (“mi, nuestro Señor”). Esta expresión se usa con frecuencia debido al
tercer mandamiento: no tomar el nombre de Yahvé para cualquier cosa; también relacionado con el
segundo mandamiento: no hacer imágenes. Los pueblos no griegos no distinguen la figura de la cosa en sí.
Los textos bíblicos más antiguos tienen el nombre de Yahvé, los más recientes del AT no lo nombran. En
la liturgia del AT se dice siempre “el Señor” pero nunca Yahvé. El lector en la sinagoga sustituye Yahvé
por Adonai.
San Pablo le aplica a Cristo el título de Señor en su clara connotación de divinidad: Rm 10,9.13:
“Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre
los muertos, serás salvo... Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará”. Flp 2,11: “Toda
lengua confiese que Cristo es SEÑOR para gloria de Dios Padre”.
San Pablo no utiliza la línea joánica de llamar Hijo de Dios a Jesucristo para marcar la divinidad;
prefiere utilizar el título Señor.

SALVADOR
Una sola vez aparece este título en Pablo (Flp 3,20-21). Pero los términos salvación y salvar
aparecen con frecuencia (cf. Rm 5,9-10; 8,23-24; 13,11). En Pablo la salvación es un hecho futuro; la
justificación es lo que Cristo ha realizado pero la salvación está asociada a un futuro no lejano donde se
dará la resurrección de los cuerpos. La justificación depende de un acto de fe, la salvación depende de
actos futuros; en Rm 10,10 tiene que ver con la confesión del evangelio.
Aquí aparece un contraste importante con las cartas deuteropaulinas donde la salvación ya se ha
realizado: Ef 2,5-6.

II – MUERTE Y RESURRECCIÓN

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La predicación cristiana desde el principio se concentraba en las palabras del kérigma. Este
concentra las palabras centrales del misterio de Cristo: muerte y resurrección. Así lo recibió Pablo: 1Co
15,3-4: “Porque les transmití en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros
pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras”.
Partiendo de eso hay un elemento novedoso en Pablo: pone el acento en el valor de justificación
para nuestros pecados que posee la resurrección del Señor. Rm 4,25: “Quién fue entregado por nuestros
pecados y fue resucitado para nuestra justificación”.
La resurrección va a ocupar un lugar importante en la predicación de Pablo: 1Cor 15,12-14; Rm
6,4-5; 8,11-13; 2Cor 13,4.
Pablo, al contrario de los sinópticos, pasa por alto todo lo acontecido antes de la pasión (excepto la
última cena 1Co 11,23-25). Se centra en Cristo y Cristo crucificado y resucitado. No desconoce lo
anterior, pero acentúa el efecto del acontecimiento de Cristo en nuestras vidas.
Acentúa la resurrección sobre la muerte en muchos textos: 1Co 15,3.17.

III – LA JUSTIFICACIÓN

Al hablar del título Salvador y de la centralidad de la muerte y la resurrección de Cristo ya salió en


escena el tema de la justificación. Tema importante y confuso de la teología paulina.
Justificar para Pablo es hacer justo, pasar de nuestro estado de pecadores, por el pecado original, a
ser hijos de Dios por la muerte y resurrección del Señor:
 Dios no solo nos declara justos sino que nos hace justos.
 Además no exige el cumplimiento previo de los mandamientos sino que la justicia se obtiene
por un acto gratuito de Dios, lo único que se exige es la fe.
 La justificación que otorga Dios capacita al hombre para obrar bien.
Tenemos un desarrollo muy interesante en tres capítulos de la carta a los Romanos: Rm 5-7: cuatro
consecuencias o efectos de la justificación:
1) Reconciliación (5,1-11).
2) Liberación de la muerte (5,12-21).
3) Liberación del pecado (6).
4) Liberación de la ley (7).
1) Reconciliación
Volver a unir lo que antes había estado junto. La reconciliación con Dios se obtiene por el acto de
obediencia de Jesucristo: 5,9-11.
2) Liberación de la muerte
La muerte es ruptura de relación entre los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Dios nos
libera de la muerte eterna gracias a la resurrección de Jesucristo: 5,18.
3) Liberación del pecado
Amartía (pecado en griego) en Pablo no es el “pecado concreto”, “hecho concreto pecaminoso”.
Rm 6,12-14: el pecado se introduce en el hombre. Es el equivalente a cierta fuerza que domina, que
prevalece en el mundo; es una fuerza que actúa y que acercándose al hombre se aprovecha de su debilidad
(carne). En este concepto el pecado pertenece a las fuerzas que dominan en el hombre y que necesita de
una liberación: el hombre por sí mismo no puede liberarse ni de la muerte ni del pecado. Esta liberación
me capacita de una fuerza superior a la del pecado. San Pablo escribe el pecado con artículo y lo presenta
como sujeto de acciones: Rm 5,12; 6,12.14; 7,8-10.13.
4) Liberación de la ley
Es ofensivo para los judíos que la ley aparezca de la mano de la muerte y del pecado. La Ley es el
centro de la espiritualidad, es toda la legislación del AT, principalmente los 613 mandamientos que se
contienen en el Pentateuco.
Dos cosas se señalan en dos cartas:
 Gálatas: la ley por sí misma no tiene fuerza para justificar.
 Romanos: incapacidad del hombre para cumplir la ley.
En Cristo ya estamos muertos y resucitados, por lo tanto la ley ya no tiene influjo sobre nosotros.
Mientras la fe justifica, la ley tiene una carga de maldición para quien no la cumple, por lo tanto no es
garantía de justificación. La fe nos introduce en el Cuerpo de Cristo donde no hay maldición sino garantía
de vida. El hombre en el paraíso vivía feliz mientras no hubo ley, cuando apareció el mandamiento “no
comas” la ley provoca el pecado y lleva al hombre a la muerte. La ley marca lo que está mal pero no da
fuerza para cumplir la voluntad de Dios.
Esta nueva vida en Cristo (la vida en el Espíritu) es la que pasa a cumplir la función de la ley, es la
nueva ley, pero difiere de la antigua en que vivifica y da la capacidad para actuar.
Flp 3,3-11 y Rm 3,21-31 son otros dos textos claves de san Pablo sobre la justificación