Você está na página 1de 502

Anthony Giddens

Jonathan Turner y otros


La teoría social hoy
Alianza Universidad
T ítulo original:
Social Thetiy Today

Primera edición en «Alianza Universidad»: 1990


Tercera reimpresión en «Alianza Universidad»: 2001

Copyright © Policy Press, 1987


© Ed. tase.: Alianza Editorial, S. A„ Madrid, 1990, 1 9 9 8 , 2 0 0 0 , 2001
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 2802" Madrid; teléf. 91 393 88 88
ISDN: 8 4 -2 0 6 -2 6 3 5 -X
Depósito legal: M . 2 7 .9 8 5 -2 0 0 1
Fotocomposición: EFCA, S. A.
Impreso en Alizos, S. L.
La Zarzuela, 6. Fuenlabrada (Madrid)
Printed in Spain
IN D IC E

Introducción, por Anthony Giddens y Jonathan H. Turner. 9

La centralidad de los clásicos, por Jeffrey C.Alexander.... 22

El conductismo y después del conductismo, por George C.


H om ans................................................................................... 81

Interaccionismo simbólico, por Hans Jo a s ......................... 112

Teoría parsoniana actual: en busca de una nueva síntesis,


por Richard M ünch.............................................................. 155

Teorizar analítico, por Jonathan H. T u rn er...................... 205

El estructuralismo, el post-estructuralismo y la producción


de la cultura, por Anthony Giddens............................. 254

Etnometodología, por John C . H eritage............................. 290

Teoría de la estructuración y Praxis social, por Ira J. Cohén 351

Análisis de los sistemas mundiales, por Immanuel Wallers-


tein ............................................................................................. 398
8 La teoría social, hoy

Análisis de clases, porRalph M iliband......................................... 418

Teoría crítica, por AxelHonneth................................................... 445

La sociología y el método matemático, por Thomas P. Wil-


s o n ................................................................................................................ 489

Indice analítico.................................................................................... 515


IN T R O D U C C IO N
Anthony Giddens y Jonathan H . Turner

Este libro ofrece una guía sistemática de las tradiciones y ten­


dencias más importantes en historia social. No consideramos que la
teoría social sea propiedad de una disciplina concreta, pues las cues­
tiones relativas a la vida social y a los productos culturales de la
acción social se extienden a todas las disciplinas científicas y huma­
nísticas. Entre otros problemas, los teóricos de la sociedad abordan
los siguientes temas: el status de las ciencias sociales, especialmente
en relación a la lógica de las ciencias naturales; la naturaleza de las
leyes y generalizaciones que pueden establecerse; la interpretación
de la agencia humana y el modo de distinguirla de los objetos y
acontecimientos naturales; y el carácter o forma de las instituciones
humanas. Naturalmente, un bosquejo tan escueto encubre multitud
de problemas y temas más específicos; toda definición de la teoría
social está abocada a suscitar controversias. Por tanto, el lector que
busque un consenso acerca de las metas de la teoría social se sentirá
decepcionado. Pues esta falta de consenso, como implican muchas
de las contribuciones a este libro, puede ser inherente a la naturaleza
de la ciencia social. En último extremo, la cuestión de si puede haber
un marco unificado para la teoría social, o siquiera un acuerdo sobre
sus intereses básicos, está ella misma sujeta a discusión.
Uno de los motivos que nos han llevado a publicar este volumen
es que cada vez somos más conscientes de los importantes cambios
que se han venido produciendo en la teoría social en años recientes.
El análisis teórico en las ciencias sociales siempre ha sido una em­
presa diversificada, pero en un determinado momento posterior a la
II Guerra Mundial cierto conjunto de puntos de vista tendieron a
prevalecer sobre el resto, imponiendo cierto grado de aceptación
general. Estos puntos de vista generalmente estaban influidos por el
empirismo lógico-filosófico. Diversos autores a los que suele asociar­
se con esta perspectiva desarrollaron determinadas interpretaciones
del carácter de la ciencia que, a pesar de la imprecisión de esa eti­
queta, tenían algunos elementos comunes: todos ellos sospechaban
de la metafísica, deseaban definir con nitidez qué era lo que había
que considerar científico, insistían en la verificabilidad de los con­
ceptos y proposiciones, y tenían cierta inclinación a construir teorías
de corte hipotético-deductivo.
Formaba parte esencial de esta perspectiva la idea de lo que Neu-
rath denominaba «ciencia unificada»; de acuerdo con dicha idea, no
había diferencias lógicas fundamentales entre las ciencias naturales y
las ciencias sociales. Este punto de vista contribuyó a fomentar cierta
falta de disposición a observar de forma directa la lógica de las pro­
pias ciencias sociales. Pues si la ciencia en general se guía por un
único cuerpo de principios, los científicos sociales no tienen más que
examinar los fundamentos lógicos de la ciencia natural para explicar
la naturaleza de su propia empresa. Considerándolo así, no es sor­
prendente que muchos de quienes trabajaban en las ciencias sociales
adoptaran acríticamente la filosofía de la ciencia natural relacionada
con el empirismo lógico para clarificar sus propias tareas. Por lo
general, el empirismo lógico no era considerado una particular filo­
sofía de la ciencia con hipótesis potencialmente cuestionables, sino
un modelo incontrovertible de la ciencia. Las cuestiones relativas a
la «interpretación» se reprimieron en dos aspectos. Por un lado, la
ciencia natural no se consideraba una empresa interpretativa en nin­
gún sentido fundamental, pues se suponía que su objetivo primordial
era la formulación de leyes o sistemas de leyes; por otro, el signifi­
cado de las teorías y conceptos se consideraba directamente vincu­
lado a las observaciones empíricas. Desde este punto de vista
las ciencias sociales eran esencialmente no interpretativas, incluso
aunque su objeto gire en torno a procesos interpretativos de la
cultura y la comunicación. En consecuencia, la noción de Versteken
-com prensión del significado— recibió escasa atención, tanto
por parte de autores que escribían con una inspiración claramente
filosófica como parte de la mayoría de los científicos sociales.
En los casos en que se consideraba relevante el Verstehen, sólo
lo era en la medida en que se utilizaba para generar teorías o
hipótesis contrastables. La comprensión empática de los puntos
de vista o sentimientos de los demás, se pensaba, puede ayudar al
observador sociológico a explicar sus conductas, pero estas explica­
ciones siempre tenían que formularse en términos «operacionales»,
o al menos en términos de descripciones de rasgos observables de
conductas contrastables. E l Verstehen se entendía simplemente
como un fenómeno «psicológico» que depende de una compren­
sión necesariamente intuitiva y no fiable de la conciencia de los
demás.
Sin embargo, a lo largo de las últimas dos décadas ha tenido lugar
un cambio espectacular. Dentro de la filosofía de la ciencia natural,
el dominio del empirismo lógico ha declinado ante los ataques de
escritores tales como Kuhn, Toulmin, Lakatos y Hesse. En su lugar
ha surgido una «nueva filosofía de la ciencia» que desecha muchos
supuestos de los puntos de vista precedentes. Resumiendo decidida­
mente esta nueva concepción, en ella se rechaza la idea de que puede
haber observaciones teóricamente neutrales; ya no se canonizan como
ideal supremo de la investigación científica los sistemas de leyes co­
nectadas de forma deductiva: pero lo más importante es que la cien­
cia se considera una empresa interpretativa, de modo que los pro­
blemas de significado, comunicación y traducción adquieren una re­
levancia inmediata para las teorías científicas. Estos desarrollos de la
filosofía de la ciencia natural han influido inevitablemente en el pen­
samiento de la ciencia social, al tiempo que han acentuado el cre­
ciente desencanto respecto a las teorías dominantes en la «corriente
principal» de la ciencia social.
El resultado de tales cambios ha sido la proliferación de enfoques
del pensamiento teórico. Tradiciones de pensamiento anteriormente
ignoradas o mal conocidas han adquirido mucha mayor importancia:
la fenomenología, en particular la relacionada con los escritos de
Alfred Schutz; la hermenéutica, tal como se ha desarrollado en la
obra de autores como Gadamer y Ricoeur; y la teoría crítica, repre­
sentada recientemente por las obras de Habermas. Además, se han
revitalizado y examinado con renovado interés tradiciones de pen­
samiento anteriores, como el interaccionismo simbólico en los Esta­
dos Unidos y el estructuralismo o post-estructuralismo en Europa.
A estas hay que añadir tipos de pensamiento de desarrollo más re­
ciente, entre los que se cuentan la etnometodología, la teoría de la
estructuración y la «teoría de la praxis», relacionada, sobre todo, con
Bordicu. Aunque esta diversidad de tradiciones y escuelas de pen­
samiento surgida en la teoría social parezca asombrosa, sigue habien­
do algo semejante a una «corriente principal», aunque’ya no sea tan
pujante. E l funcionalismo estructural parsoniano, por ejemplo, con­
tinúa ejerciendo un poderoso atractivo y, de hecho, ha recibido re­
cientemente un considerable relanzamiento en los escritos de Luh-
mann, Münch, Alexander, Hayes y otros. Vemos, pues, que la teoría
social ha llegado a comprender una gama de enfoques variada y, con
frecuencia, confusa.
Han sido diversas las respuestas a esta variedad de enfoques. En
un extremo, para muchos de quienes están fundamentalmente inte­
resados en la investigación empírica, el espectro de escuelas y tradi­
ciones en disputa representa una confirmación de lo que siempre
habían creído: los debates teóricos son de escaso interés o relevancia
para los que realizan un trabajo empírico. Si los teóricos sociales no
ueden ponerse de acuerdo entre sí acerca de las cuestiones más
E ásicas, ¿qué relevancia pueden tener las cuestiones referentes a la
teoría social para quienes se ocupan sobre todo de la investigación
empírica? En consecuencia, se ha originado una división bastante
considerable entre «investigadores», que a menudo continúan con­
siderándose «positivistas», y teóricos, que ahora se consideran de
formas muy diversas. El desaliento de los investigadores, sin embar­
go, no es compartido por todos. En el otro extremo, muchos han
acogido con entusiasmo la diversificación de la teoría social, en la
opinión de que la competencia entre tradiciones de pensamiento es
sumamente deseable. Desde este punto de vista, en ocasiones influi­
do por la filosofía de la ciencia natural de Feyerabend, la prolifera­
ción de tradiciones teóricas es una forma de evitar el dogmatismo
fomentado por el compromiso dominante con un solo marco de
pensamiento. A veces se señala también que el estudio de la con­
ducta humana es necesariamente un asunto controvertido; solo den­
tro de una sociedad totalitaria existiría un único marco incuestiona­
ble para el análisis de la conducta social humana.
Es probable que sea cierto que la mayoría de quienes trabajan en
las ciencias sociales se encuentran en algún punto situado entre am­
bos extremos. Como mínimo, la mayoría afirmaría que la elección
entre las diversas propuestas hechas por diversas tradiciones teóricas
no es en modo alguno una actividad estéril; tal es sin duda la posi­
ción de los editores de este volumen, incluso aunque sus opiniones
difieren respecto a cuál es el m ejor modo de llevar a cabo una ten­
tativa semejante. Señalaríamos también que la aparente explosión de
versiones rivales de la teoría social oculta una mayor coherencia e
integración entre esos puntos de vista divergentes de lo que puede
parccer a primera vista. Consideramos necesario aclarar este extremo.
En primer lugar, puede haber un mayor solapamiento entre mé­
todos diferentes de lo que se suele pensar. El desarrollo de la etno­
metodología nos proporciona un buen ejemplo. En las primeras fa­
ses de su formación, detractores y críticos de la etnometodología
consideraban que esta discrepaba de forma radical de otros paradig­
mas de pensamiento de la ciencia social, y hasta hace poco no se ha
puesto de manifiesto que los escritos de los partidarios de la etno-
metodología tienen algo que aportar a problemas que ocupan prác­
ticamente a todos los que trabajan en la teoría social. También se ha
evidenciado que hay afinidades estrechas entre los problemas con
que se enfrenta la etnometodología y los que examinan otras tradi­
ciones teóricas. Así, p or ejemplo, el énfasis en la naturaleza «meto­
dológica» del uso del lenguaje en el contexto de la vida social puede
muy bien considerarse relevante con respecto a cuestiones que tienen
un amplio alcance en la teoría social.
En segundo lugar, se han destacado a lo largo de las últimas
décadas ciertas líneas de desarrollo comunes compartidas por un
amplio conjunto de enfoques teóricos. Ha existido ía preocupación,
pongamos por caso, por reconceptualizar la naturaleza de la acción.
En efecto, numerosos enfoques han mostrado tal inclinación a con­
centrarse en esta cuestión que en cierto momento parecía que una
oleada de subjetivismo estaba a punto de anegar las ciencias sociales.
Sin embargo, ahora podemos ver que una reelaboración de cuestio­
nes relativas a la acción humana no tiene necesariamente que llevar­
nos a enfatizar de forma exagerada la subjetividad, sino que, al con­
trario, puede vincular una elaborada «teoría del sujeto» a análisis de
tipo más «institucional».
En tercer lugar, sería difícil negar que ha existido algún tipo de
progreso en la resolución de cuestiones que previamente parecían
inabordables o 110 se analizaban de forma directa. Así, durante largo
tiempo existió una división entre los métodos naturalistas y aquellos
que destacaban la importancia del Verstehen, no obstante el predo­
minio que los primeros tenían sobre estos últimos. Com o conse­
cuencia de desarrollos convergentes en un conjunto de tradiciones
de pensamiento, se ha evidenciado que la división entre Erkldren (o
explicación en función de leyes causales) y Verstehen respondía a un
planteamiento erróneo. E l Verstehen no es primariamente, como sub­
rayan los empiristas lógicos, una cuestión «psicológica»; antes bien,
el Verstehen forma parte constitutiva de todas las cuestiones relativas
a la interpretación del significado, y está implicado en todas ellas.
En la literatura reciente estas cuestiones se han investigado con am­
plitud, tanto en el ámbito de la ciencia natural como en el de la
ciencia social; como consecuencia, se han clarificado de forma defi­
nitiva problemas que antes eran bastante oscuros.
En este libro hemos tratado de abarcar una gran variedad de
planteamientos, aunque no se han podido evitar algunas omisiones.
N o obstante, creemos que el presente volumen trata más o menos
sistemáticamente la mayoría de las tradiciones influyentes de la teo­
ría social actual. En una breve introducción sería imposible analizar
con detalle los puntos fuertes o las debilidades de todos los enfo­
ques. En lugar de esto, señalaremos algunos de los temas y preten­
siones más destacados de varios autores para dar una idea de la
diversidad y vitalidad de la teoría social.

¿C u ál es la n atu raleza de la ciencia social?

La práctica totalidad de los capítulos que siguen abordan esta


cuestión. Como se pondrá de manifiesto, hay un extendido desa­
cuerdo acerca de qué clase de ciencia, si es que lo es, es y puede ser
la ciencia social. El examen de «El conductismo y después del con­
ductismo», de George Homans, el enfoque de Jonathan Turner en
«Teorizar analítico» y, siquiera de forma implícita, el análisis de
«Teoría parsoniana actual», de Richard Münch, defienden en un sen­
tido u otro el «positivismo lógico». Com o Homans ha mantenido
elocuente y vigorosamente durante más de dos décadas, la sociología
puede ser una ciencia comprometida con la elaboración de «leyes de
subsunción» y sistemas axiomáticos deductivos. Turner comparte
esta visión de la sociología como conjunto de «leyes de subsunción»,
pero rechaza la posibilidad de que exista una teoría verdaderamente
axiomática. En lugar de esto, la sociología debería elaborar leyes
abstractas y usarlas en esquemas deductivos laxos. Además, en la
concepción de Turner es necesario complementar las leyes abstractas
con modelos analíticos que especifiquen de forma detallada los pro­
cesos causales que conectan las variables de una ley abstracta. Münch
sostiene que la teoría de la acción parsoniana puede usarse para ge­
nerar un «marco general de referencia» capaz de organizar una va­
riedad de enfoques teóricos y metodológicos. Desde el punto de
vista de la metodología, Münch considera que los tipos ideales, la
idiografía, las hipótesis nomológicas y los modelos constructivistas
pueden ser entendidos y quizá reconciliados entre sí dentro de un
marco de referencia relativo a un tipo de acción más general. De
modo similar, el marco de referencia de la accción puede servir para
ordenar modos diferentes de explicar los fenómenos: teleonómicos,
causales, normativos y racionales. Así, Münch propugna el eclecti­
cismo, pero un eclecticismo que, según parece, está comprometido
con una visión positivista de la sociología: se trata de generar y
contrastar teorías de forma sistemática.
Por otro lado, tenemos una serie de argumentos que, en su ma­
yor parte, giran en torno al supuesto de que el objeto de la ciencia
social impide adoptar una orientación típica de la ciencia natural.
Pero incluso aquí se mantiene una cierta ambivalencia. Por ejemplo,
destaca a este respecto la revisión que lleva a cabo Hans Joas de las
raíces pragmáticas del interaccionismo y de la elaboración del inte­
raccionismo por parte de la «Escuela de Chicago». Por un lado, la
naturaleza pragmática, situacional y construida de la interacción (y,
por tanto, de la organización social) haría imposibles las «leyes» y
«generalizaciones» atemporales del positivismo. Por otra parte, sin
embargo, muchos interaccionistas — entre los que quizá podríamos
contar al propio Mead— han tratado de descubrir las propiedades
básicas de la interacción y de desarrollar leyes universales acerca de
su forma de operar.
En su lúcido análisis de Garfinkel y la etnometodología, John
Heritage procura evitar la cuestión de la «ciencia» en la ciencia so­
cial. Pues si la acción es indéxica, contextual y reflexiva, ¿puede la
etnometodología desarrollar leyes y generalizaciones acerca de ella?
La etnometodología no responde a esa pregunta de forma unánime;
y, en efecto, los autores relacionados con dicha corriente no se ocu­
pan de esas materias tan explícitamente como la mayoría de los que
trabajan en otras tradiciones. Los etnometodólogos, por lo general,
son partidarios de describir en detalle los procesos empíricos, dejan­
do a un lado aquello que, en apariencia, constituiría la «explicación»;
y también evitan la cuestión de la «cientificidad» de las descripciones.
Mucho menos ambivalentes respecto a la cuestión de si puede
haber o no una ciencia natural de la sociedad son Thomas Wilson,
Ira Cohén, Jeffrey Alexander y Anthony Giddens. Con diferencias
entre ellos, todos estos autores mantienen que la ciencia social es
fundamentalmente diferente de la ciencia natural. Alexander no re­
chaza de plano la idea de que puedan descubrirse leyes de la vida
social, pero afirma categóricamente que nunca podrá alcanzarse un
consenso acerca de estas leyes, y que la naturaleza de los datos de
la ciencia natural no puede nunca conferirles carácter definitivo. El
análisis social, sostiene, siempre conllevará discursos y debates acer­
ca de los supuestos de las teorías y de la relevancia de los datos para
contrastar estas teorías.
Wilson formula un argumento ontológico todavía más fuerte.
Dado que la ciencia social tiene que tratar de las emociones, propó­
sitos, actitudes y disposiciones subjetivas de los actores, los enun­
ciados teóricos y empíricos serán «intensionales», y los analistas so­
ciales se verán obligados a realizar interpretaciones del significado.
Es posible elaborar proyectos teóricos basados en los métodos «ex-
tensionales» de las ciencias naturales, pero ha de admitirse que solo
tienen una utilidad heurística. En el mejor de los casos, el uso de
las matemáticas puede «ordenar las relaciones de nuestros datos y
clarificar nuestras ideas acerca de cómo una teoría se relaciona con
otra en un caso particular». Giddens y Cohén defienden una tesis
similar en sus respectivas descripciones del «estructuralismo» y de
la «teoría de la estructuración». Giddens declara «muertos» el es­
tructuralismo y el post-estructuralismo, aduciendo que su fracaso
para tratar la «agencia» humana y el proceso mediante el cual dicha
«agencia» actúa para producir, reproducir y cambiar estructuras re­
presenta una deficiencia fundamental del análisis estructural; pues en
la noción de agencia reside la capacidad para cambiar el universo
social, obviando en consecuencia las leyes científicas que describen
ese universo.
Al presentar una descripción detallada de la teoría de la estruc­
turación de Giddens, especialmente de su noción de Praxis, Cohén
extrae todas las implicaciones de la (loción de «agencia». En el mejor
de los casos, la teoría solo puede destacar las «potencialidades cons­
titutivas de la vida social» que los actores utilizan para producir y
reproducir modelos sociales. Estas potencialidades se utilizan de
modo contextual e histórico, lo que determina que las leyes y gene­
ralizaciones sean transformables mediante los actos de los agentes.
Por tanto, no es posible que la ciencia social sea como las ciencias
naturales, ya que sus agentes pueden cambiar la misma naturaleza
de su objeto: las pautas de organización social.
Los capítulos redactados por Immanucl Wallerstein y Ralph Mi-
liband parecen, a primera vista, simpatizar con esta concepción de
la agencia. En efecto, la confrontación con las formas de dominación
a través de la Praxis es, por supuesto, el núcleo de la tradición mar-
xista. Pero en su «Análisis de los sistemas mundiales», Wallerstein
afirma que ya se ha malgastado bastante energía debatiendo si la
teoría social ha de tener un carácter particularista o universalista.
Wallerstein considera tales debates «ampulosos»; como alternativa,
propone que la teoría social utilice «marcos de referencia» como los
del análisis de los sistemas mundiales, marcos que abarquen el tiem­
po y espacio suficientes para observar las lógicas o dinámicas básicas
de los procesos sociales. Estas lógicas no deben considerarse eternas,
puesto que la naturaleza de la organización social cambia a largo
plazo. La posición de Miliband es menos clara en lo que toca a la
cuestión de la ciencia. Por una parte, considera los procesos de do­
minación como una propiedad invariante de la organización social
que es objeto del «análisis de clases» pero, por otra, da a entender
que esta propiedad puede ser suprimida, lo que alteraría por tanto
el mismo análisis de clases empleado para examinarla.
Tal es el espectro de opiniones. Está claro que el rechazo crítico
del «positivismo lógico» ha llegado a predominar en la teoría social
— a pesar de las protestas de uno de los editores de este volumen— .
Aunque la concepción de la sociología como «ciencia natural» tiene
todavía muchos defensores, en la actualidad constituyen una minoría
en la teoría social en sentido amplio, tal como la entendemos en este
volumen. Sin embargo, el debate no ha concluido, como puede verse
en la diversidad de posiciones defendidas en los capítulos que siguen.
Los desacuerdos acerca de lo que es y puede ser la teoría social
se reflejan en las disputas sobre su objeto básico, sea cual sea la
forma en que se conciba. El punto central de los debates se refiere
a varias cuestiones interrelacionadas: ¿Qué ocurre en el universo
social? ¿Cuáles son las propiedades fundamentales del mundo? ¿Qué
tipo de análisis de estas propiedades es posible y/o apropiado? Al
plantear estas preguntas resurgen antiguas cuestiones filosóficas, ta­
les como el rcduccionismo, el realismo y el nominalismo. Si acepta­
mos la opinión de Jeffrey Alexander, esto ocurrirá siempre que va­
rios autores invoquen el apoyo de los «clásicos» para defender su
propio punto de vista.
En los demás capítulos de este volumen se puede encontrar una
amplia gama de opiniones acerca de cuáles deberían ser las preocu­
paciones primordiales de la teoría social. Algunos sostienen que debe
consistir en un microanálisis del comportamiento y de la interacción
en contextos situados, mientras que otros se pronuncian por méto­
dos más comprehensivos que se ocupen de estructuras emergentes;
están quienes defienden la reconciliación del microanálisis y el ma­
croanálisis, mientras que, en opinión de otros, tales síntesis son con­
traproducentes y, en el mejor de los casos, prematuras. Repasemos
brevemente este espectro de opiniones.
Homans defiende el rcduccionismo en la que tal vez sea la de­
claración más enérgica que ha formulado hasta el momento. Las
instituciones sociales «pueden reducirse, sin residuo, a las conductas
de los individuos». Hace algún tiempo era posible interpretar seme­
jante declaración de Homans como un simple planteamiento estra­
tégico: las leyes de la estructura e instituciones de la sociedad se
deducirán, en un sistema axiomático, de las de la psicología. Pero
ahora parece haber una mayor carga metafísica en el planteamiento
de Homans: en último término, toda realidad social es conducta; las
instituciones no son más que la suma de estas conductas constitutivas.
Como pone de relieve el capítulo sobre el «interaccionismo sim­
bólico» de Joas, hay una considerable diversidad de opiniones dentro
de esta tradición intelectual por lo que se refiere a la cuestión de
qué es lo fundamental en el mundo social. Las raíces pragmáticas
del interaccionismo simbólico afirman la importancia de la agencia
humana cuando los actores construyen modos de conducta en situa­
ciones concretas, pero la cuestión de qué es lo «construido» sigue
siendo problemática. G . H . Mead enfatizaba la reproducción de es­
tructuras sociales a través de las facultades conductuales de la mente,
del «yo» [self] y de la adopción de roles, pero los interaccionistas
modernos se encuentran polarizados en torno a la cuestión de si
debe concederse la prioridad teórica a la «estructura» per se o a los
procesos que producen y reproducen tal estructura. Pues si bien
Mead consideraba que estas eran la dos caras de la misma moneda
conceptual, los teóricos contemporáneos están divididos sobre la
cuestión de hasta qué punto la estructura limita la acción y viceversa.
Como pone de manifiesto el examen de la «Etnometodología»,
de Heritage, en esa corriente tal ambivalencia aparece por doquier.
Heritage y los partidarios de la etnometodología no formularían el
asunto en estos términos, pero el mensaje de la etnometodología es
claro: hay que estudiar aquellos procesos interactivos, en especial los
que giran en torno al habla y la conversación, mediante los cuales
los actores elaboran explicaciones y construyen el sentido del mundo
externo, fáctico. La realidad social por excelencia — creen algunos—
es la interpretación contextual e indéxica de los signos y símbolos
entre actores situados.
El desarrollo del funcionalismo parsoniano de Münch contrasta
con este énfasis. Pues a pesar de que términos como «significado» y
«acción» ocupan un lugar destacado, el auténtico objeto de la teoría
funcional son los sistemas complejos de acciones interrelacionadas.
Para Münch y otros parsonianos la realidad existe en diferentes ni­
veles sistemáticos que abarcan virtualmente todas las etapas de la
realidad; sin embargo, en última instancia el análisis teórico de la
acción casi siempre se centra en la estructura y funciones de los
sistemas y subsistemas, en su uso de diversos medios simbólicos, en
sus modos de integración y en sus medios de adaptación a entornos
diversos. La conducta que llevan a cabo los individuos en situaciones
concretas está subordinada a una concepción de un majestuoso uni­
verso social de cuatro sistemas de acción integrados en un universo
orgánico, télico y físico-químico.
La descripción que hace Cohén de la teoría de la estructuración
de Giddens intenta mediar entre visiones tan dispares del universo
social. Giddens postula una «dualidad de estructura» en la que la
estructura proporciona las normas y recursos implicados en la agen­
cia, que a su vez reproduce las propiedades estructurales de las ins­
tituciones sociales. La estructura es a la vez el medio y el resultado
de la conducta cotidiana que desarrollan los actores. Para la teoría
de la estructuración, por lo tanto, los agentes, la acción y la inte­
racción se encuentran limitados por la dimensión estructural de la
realidad social, pero son aquellos mismos agentes quienes la generan.
El capítulo «Teorizar analítico» de Jonathan Turner es algo me­
nos optimista respecto a las posibilidades de integrar conceptualmen­
te los análisis institucionales e interpersonales. En lugar de esto,
propone un análisis ecléctico de la microdinámica, análisis que in­
corpora puntos de vista del interaccionismo simbólico, la etnome-
todología, el conductivismo y otras perspectivas, pero al mismo tiem­
po defiende la conceptualización independiente de macroprocesos
que no sólo sinteticen las concepciones de la teoría funcional, sino
también las de otros enfoques estructurales. En opinión de Turner,
los intentos de superar la escisión que media entre la interacción
individual y las estructuras emergentes son prematuros. Ambos ni­
veles son igualmente «reales» pero, de momento, cada uno de ellos
requiere sus propios conceptos, proposiciones y modelos.
Otros teóricos con una orientación más crítica asisten a muchos
de estos debates con impaciencia o, quizá, con sospechas. Para estos
autores, la realidad más importante es la que limita las opciones y
potencialidades humanas mediante la dominación y la opresión. En
este sentido, Miiiband insiste en que la dominación de clase y la
lucha de clases generan la dinámica central de la organización hu­
mana. Por tal motivo, la principal preocupación de la teoría social
tiene que ver con el análisis de la capacidad de controlar los medios
de producción, administración, comunicación y coerción en una so­
ciedad. El enfoque de los sistemas mundiales de Wallerstein defiende
una idea similar, pero, a diferencia del planteamiento del análisis de
clases de Miiiband, las formaciones sociales y el estado no son las
unidades de análisis más importantes. Antes bien, el objeto central
de los análisis de la teoría social serían los «sistemas históricos», que
se extienden en el tiempo y en el espacio adoptando formas diversas,
desde los mini-sistemas a los imperios y economías mundiales. Para
Walletstein, el poder de los imperios y sistemas económicos mun­
diales para constreñir y dominar la acción de los individuos, corpo­
raciones y «mini-sistemas» es la realidad por excelencia del universo
social.

El desarrollo u lterior de la teoría social

Los caminos y procedimientos para desarrollar la teoría social se


siguen en gran medida del compromiso con un particular objeto de
estudio y con una filosofía concreta de la ciencia social. Es posible
observar todo un espectro de trayectorias de desarrollo convergentes
y divergentes a este respecto. Por ejemplo, aunque la teoría de la
estructuración de Giddens y la versión de la teoría de la acción
parsoniana de Münch parecen tener poco en común, ambas defien­
den implícitamente una estrategia de elaboración teórica similar: am­
bos construyen un marco conceptual que puede emplearse para in­
terpretar casos empíricos específicos. Sus marcos interpretativos di­
fieren en lo tocante a las propiedades sustantivas del mundo al que
se refieren, y respecto al tipo de explicación que cada uno de ellos
cree posible. Sin embargo, ambos están interesados en elaborar una
«teoría basada en una ontología», citando la descripción que propo­
ne Cohén del enfoque de Giddens. Para ellos, la teoría sirve para
captar los rasgos primordiales de la agencia humana y de los mode­
los institucionales.
Wallerstein parece defender el mismo método, aunque referido
a un objeto de estudio diferente. Si bien rechaza la distinción no-
motético-idiográfico, sostiene básicamente que la «ciencia histórica
tiene que partir de lo abstracto y dirigirse a lo concreto». Como en
el caso de Giddens y Münch, se trata de usar un marco amplio y
abstracto para interpretar sucesos históricos y empíricos concretos.
Wilson consideraría que tales marcos interpretativos, incluso los
expresados en términos matemáticos, son, como mucho, recursos
heurísticos. Además, nunca podrán constituir un sistema a partir del
cual se formulen deducciones de sucesos empíricos, funaamental-
mente porque tales deducciones estarían llenas de contenido inter­
pretativo. Sin embargo, como todos los teóricos, Wilson reconoce
que no puede abandonarse enteramente la metáfora de construcción
de modelos de la ciencia natural, siempre que se reconozcan las
limitaciones de esa metáfora.
Alexander añadiría que el uso de tales marcos interpretativos y
modelos heurísticos estará inevitablemente sometido a debate y con­
troversia. Además, siempre estarán subdeterminados por los datos.
Por tanto, la teoría se construirá a partir del diálogo, recurriendo de
forma característica a los clásicos en busca de inspiración y legiti­
mación. Por consiguiente, la teoría se desarrollará más en el plano
del discurso que en el plano de la confirmación empírica.
E l capítulo de Joas sobre el «Interaccionismo simbólico» y la
descripción de la «Etnometodología» de Heritage son los más cer­
canos al inductivismo, incluso aunque teóricos pertenecientes a estas
tradiciones puedan rechazar descripción tan categórica. Pero, en lo
esencial, sostienen que la teoría debe desarrollarse a partir de las
observaciones de la interacción de las personas en los contextos de
la vida real. Sea cual sea la naturaleza de ia teoría que se desarrolle
a partir de esas observaciones, tiene que denotar lo que las personas
hacen realmente en contextos situados. Es decir, conceptos, genera­
lizaciones y marcos de referencia han de estar empíricamente fun­
dados en procesos observables de individuos en interacción.
Turner y Homans comparten una perspectiva común en ciertos
aspectos. Homans insiste en que la teoría ha de referirse a la con­
ducta observable y no a entidades reificadas, tales como la estructu­
ra, pero semejante teoría tiene que ser formal y deductiva. Sea me­
diante inducción, deducción, abducción o inspiración divina, su fi­
nalidad es desarrollar axiomas abstractos que puedan servir como
leyes subsuntivas de un espectro de sucesos empíricos tan amplio
como sea posible. Estas leyes no deben ser vagos marcos de refe­
rencia, sino proposiciones específicas sobre relaciones entre varia­
bles. Turner comparte esta posición, pero admite la posibilidad de
ue no exista una teoría científica axiomática plenamente desarrolla-
3 a, dado que es imposible imponer controles experimentales. Sin
embargo, está de acuerdo con Homans en que los marcos de refe­
rencia amplios son demasiado imprecisos y poco rigurosos para cons­
tituir la finalidad de la actividad teórica. Propone una interacción
creativa entre leyes abstractas y modelos analíticos que representan
esquemáticamente complejos de relaciones causales entre clases ge­
néricas de variables. Se trata de traducir los modelos analíticos en
proposiciones abstractas susceptibles de ser contrastadas, rechazadas
o revisadas a la luz de pruebas sistemáticas.

Conclusión

La teoría social es una empresa sumamente variada. Existen de­


sacuerdos acerca de algunas de sus cuestiones más básicas: acerca de
qué tipo de ciencia social es posible, acerca de cuál debería ser su
objeto, y acerca de qué métodos debe sancionar. En los capítulos
que siguen podrá encontrarse una panorámica representativa de las
posiciones acerca de estos problemas. liem os seleccionado cuidado­
samente autores y temas para ofrecer una guía sistemática, tanto de
las tradiciones de pensamiento más destacadas de la teoría social
como de los cambios que se han producido durante las dos últimas
décadas. La teoría social se encuentra en estado de fermentación
intelectual. Algunos consideran que esto no es sorprendente, ni si­
quiera objetable, mientras que otros opinan que engendra confusión
y estancamiento. Com o editores, sin embargo, nuestra finalidad ha
sido la de representar la diversidad de puntos de vista existentes, y
proporcionar un foro en el que algunos de sus representantes más
destacados puedan explicar sus ideas. Confiamos en que el lector
encueíntre en La teoría social, hoy una guía y una obra de referencia
útil para orientarse en la situación actual de la ciencia social.
L A C E N T R A L I D A D D E L O S C L A S IC O S
Jeffrey C . Alexander

La relación entre la ciencia social y los clásicos es una cuestión


que plantea los problemas más profundos, no solo en la teoría social,
sino en los estudios culturales en general. En el ensayo que sigue
sostengo que los clásicos ocupan un lugar central en la ciencia social
contemporánea. Esta posición es discutida desde lo que, a primera
vista, parecen dos campos enteramente diferentes. Entre los cientí­
ficos sociales, por supuesto, siempre ha existido escepticismo hacia
«los clásicos». En efecto, para los partidarios del positivismo la cues­
tión misma de la relación entre la ciencia social y los clásicos lleva
de inmediato a otra, a saber, la de si debe existir alguna relación en
absoluto. ¿Por qué habrían de recurrir a textos de autores muertos
hace tiempo disciplinas que afirman estar orientadas hacia el mundo
empírico y hacia ía acumulación de conocimiento objetivo acerca ese
mundo empírico? Según los cánones del empirismo, cualquier aspec­
to científicamente relevante de dichos textos debería estar verificado
e incorporado a la teoría contemporánea o falsado y arrojado al cubo
de basura de la historia.
Sin embargo, no son solo los positivistas «duros» quienes argu­
mentan en contra de la interrelación entre la interpretación de los
clásicos y la ciencia social contemporánea; también se oponen a ella
los humanistas. Recientemente se ha planteado un poderoso argu­
mento en contra de la introducción de problemas contemporáneos
en la consideración de los textos clásicos. Los textos clásicos, se
afirma (p. ej., Skinner: 1969), han de considerarse enteramente desde
un punto de vista histórico. Esta posición historicista respecto a los
clásicos converge con la empirista en la medida en que ambas se
oponen a que los problemas de la ciencia social contemporánea se
mezclen con la discusión de los textos históricos.
Por tanto, para responder a las preguntas que conciernen a la
relación entre la ciencia social y los clásicos debemos considerar cuál
es exactamente la naturaleza de la ciencia social empírica y qué re­
lación guarda con las ciencias naturales. Debemos considerar así mis­
mo qué significa analizar los clásicos, y qué relación puede tener esta
actividad, supuestamente histórica, con los intereses del conocimien­
to científico contemporáneo.
Pero antes de continuar con estas cuestiones quiero proponer
una definición clara de lo que es un clásico. Los clásicos son pro­
ductos de la investigación a los que se les concede un rango privi­
legiado frente a las investigaciones contemporáneas del mismo cam­
po. El concepto de rango privilegiado significa que los científicos
contemporáneos dedicados a esa disciplina creen que entendiendo
dichas obras anteriores pueden aprender de su campo de investiga­
ción tanto como puedan aprender de la obra de sus propios con­
temporáneos. La atribución de semejante rango privilegiado implica,
además, que en el trabajo cotidiano del científico medio esta distin­
ción se concede sin demostración previa; se da por supuesto que, en
calidad de clásica, tal obra establece criterios fundamentales en ese
campo particular. Es por razón de esta posición privilegiada por lo
que la exégesis y reinterprctación de los clásicos — dentro o fuera de
un contexto histórico— llega a constituir corrientes destacadas en
varias disciplinas, pues lo que se considera el «verdadero significado»
de una obra clásica tiene una amplia influencia. Los teólogos occi­
dentales han tomado la Biblia como texto clásico, como lo han he­
cho quienes ejercen las disciplinas religiosas judeo-cristianas. Para
los estudiosos de la literatura inglesa, Shakespeare es indudablemente
el autor cuya obra encarna los cánones de su campo. Durante qui­
nientos años, a Platón y Aristóteles se les otorgó el rango de clásicos
de la teoría política.

La crítica em pirista a la centralidad de los clásicos

Las razones por las que la ciencia social rechaza la centralidad


de los clásicos son evidentes. Tal como he definido el término, en
las ciencias naturales no existen en la actualidad «clásicos». White-
head (1974, p. 115), sin duda uno de los más sutiles filósofos de la
ciencia de este siglo, escribió que «una ciencia que vacila en olvidar
a sus fundadores está perdida». Esta afirmación parece innegable­
mente cierta, al menos en la medida en que ciencia se toma en su
sentido anglo-americano, como equivalente de Naturwissenschaft. Un
historiador de la ciencia observó que «cualquier estudiante univer­
sitario de primer año sabe más física que Galileo, a quien corres­
ponde en mayor grado el honor de haber fundado la ciencia moder­
na, y más también de la que sabía Newton, la mente más poderosa
de todas cuantas se han aplicado al estudio de la naturaleza» (Gi-
llispie: 1960, p. 8).
El hecho es innegable. El problema es: ¿qué significa este hecho?
Para los partidarios de la tendencia positivista, significa que, a largo
plazo, también la ciencia social deberá prescindir de los clásicos; a
corto plazo, tendrá que limitar muy estrictamente la atención que se
les preste. Solo habrá de recurrirse a ellos en busca de información
empírica. La exégesis y el comentario — que son características dis­
tintivas de este status privilegiado— no tienen lugar en las ciencias
sociales. Estas conclusiones se basan en dos supuestos. El primero
es que la ausencia de textos clásicos en la ciencia natural indica el
status puramente empírico de estas; el segundo es que la ciencia
natura] y la ciencia social son básicamente idénticas. Más adelante
sostendré que ninguno de estos supuestos es cierto. Pero antes de
hacerlo examinaré de forma más sistemática el argumento empirista
inspirado en ellos.
En un influyente ensayo que se publicó por vez primera hace
cuarenta años, Merton (1947, reimpreso en 1967, pp. 1-38) criticaba
lo que llamaba la mezcla de historia y sistemática de la teoría socio­
lógica. Su modelo de teoría sistemática eran las ciencias naturales, y
consistía, según parece, en codificar el conocimiento empírico y cons­
truir leyes de subsunción. La teoría científica es sistemática porque
contrasta leyes de subsunción mediante procedimientos experimen­
tales, acumulando continuamente de esta forma conocimiento ver­
dadero. En la medida en que se dé esta acumulación no hay necesi­
dad de textos clásicos. «La prueba más convincente de! conocimien­
to verdaderamente acumulativo», afirma Merton, «es que inteligen­
cias del montón pueden resolver hoy problemas que, tiempo atrás,
grandes inteligencias no podían siquiera comenzar a resolver». En
una verdadera ciencia, por tanto, «la conmemoración de los que en
el pasado hicieron grandes aportaciones está esencialmente reservada
a la historia de la disciplina» (Merton: 1967a, pp. 27-8). La investi­
gación sobre figuras anteriores es una actividad que nada tiene que
ver con el trabajo científico. Tal investigación es tarea de historia­
dores, no de científicos sociales. Merton contrasta vividamente esta
distinción radical entre ciencia e historia con la situación que reina
en las humanidades, donde «en contraste manifiesto, toda obra clá­
sica — todo poema, drama, novela, ensayo u obra histórica— suele
seguir formando parte de la experiencia de generaciones subsiguien­
tes» (p. 28).
Aunque Merton reconoce que los sociólogos «están en una si­
tuación intermedia entre los físicos y biólogos y los humanistas»,
recomienda con toda claridad un mayor acercamiento a las ciencias
naturales. Invoca la confiada afirmación de Weber de que «en la
ciencia, todos nosotros sabemos que nuestros logros quedarán anti­
cuados en diez, veinte, cincuenta años», y su insistencia en que «toda
[contribución] científica invita a que se la “supere” y deje anticuada»
(Merton: 1967a, pp. 28-9). Q ue cincuenta años después de la muerte
de Weber ni sus teorías sociológicas ni sus afirmaciones sobre la
ciencia hayan sido en realidad superadas es una ironía que Merton
parece pasar por alto; al contrario, insiste en que si bien es posible
que la sociología ocupé de hecho una situación intermedia entre las
ciencias y las humanidades, esta situación no debe considerarse nor­
mativa. «Los intentos de mantener una posición intermedia entre
orientaciones humanistas y científicas suelen tener como resultado
la fusión de la sistemática de la teoría sociológica con su historia»,
una mezcla que, para Merton, equivale a hacer imposible la acumu­
lación de conocimiento empírico. Desde el punto de vista de M er­
ton, el problema es que los sociólogos están sometidos a presiones
opuestas, una posición estructural que suele producir una desviación
de las líneas de conducta legítimas. La mayoría de los sociólogos
sucumben a estas presiones y desarrollan líneas de conducta desvia­
das. «Oscilan» entre la ciencia social y las humanidades; solo unos
pocos pueden «adaptarse a estas presiones desarrollando una línea
de conducta enteramente científica» (Merton: 1967a, p. 29).
Es esta desviación (el término es mío, no de Merton) de la línea
de conducta científica lo que produce lo que Merton denomina «ten­
dencias intelectualmente degenerativas», tendencias que mezclan la
vertiente sistemática con la histórica. El intento de elaborar lo que
podría llamarse «sistemática histórica» es degenerativo porque pri­
vilegia — precisamente en el sentido que he definido un «clásico»—
las obras anteriores. Encontramos «reverencia» por «ilustres antece­
sores» y un énfasis en la «exégesis» (1967a, p. 30). Pero lo peor es
que se da preferencia a la «erudición frente a la originalidad», ya que
aquella es importante para comprender el significado de obras ante­
riores, con frecuencia difíciles. Merton no caracteriza como inter­
pretación la investigación erudita de los textos clásicos. Hacerlo su­
pondría, pienso, que tal investigación contiene un elemento teórico
«creativo» (en oposición a «degenerativo») en el sentido científico
contemporáneo. La «generatividad» contradiría esa actitud servil ha­
cia obras anteriores que Merton cree inherente a la investigación
histórica de los textos clásicos, pues piensa que en estas actitudes se
da una «reverencia acrítica» y no simple reverencia ! . La interpreta­
ción y creatividad que implica contradirían también la epistemología
mecanicista en que se basan sus argumentos. Para Merton, lo único
que hace la sistemática histórica es ofrecer a los contemporáneos
espejos en los que se reflejan los textos anteriores. Estos son «resú­
menes críticos», «mero comentario», «exégesis totalmente estériles»,
«conjunto[s] de sinopsis críticas de doctrinas cronológicamente or­
denada^]» (1967a, pp. 2, 4, 30, 35; cfr. p. 9).
Merton insiste en que los textos anteriores no deberían ser con­
siderados de esta forma tan «deplorablemente inútil». Ofrece dos
alternativas, una desde la perspectiva sistemática, otra desde el punto
de vista de la historia. Afirma que, desde la perspectiva de la ciencia
social, los textos anteriores no deben tratarse como clásicos, sino
atendiendo a su utilidad. Es cierto que la situación actual no es la
ideal: no se ha dado el tipo de acumulación empírica que cabía es­
perar en la ciencia social. Sin embargo, en vez de estancarse en esta
situación, lo que hay que hacer es convertir los nuevos textos clási­
cos en simples fuentes de datos y/o teorías no constrastadas, es de­
cir, hacer de ellos vehículos de ulterior acumulación. Debemos tra­
tarlos como fuentes de «información todavía no recuperada» que
puede ser «provechosamente empleada como nuevo punto de parti­
da». De este modo se puede lograr que los clásicos apunten hacia el
futuro científico y no nacía el pasado humanístico; es así como pue­
de convertirse en científico el estudio de los textos anteriores. «Si­
guiendo y desarrollando modelos teóricos», este estudio puede de­
dicarse a «recuperar conocimiento acumulativo relevante... y a in­
corporarlo a subsiguientes formulaciones» (1967a, pp. 30, 35).
Desde el punto de vista de la historia, la alternativa a la mezcla
no es, de hecho, muy diferente. En lugar de utilizar los textos an­
teriores como fuentes de información no recuperada, estos pueden
ser estudiados como documentos históricos en sí mismos. Una vez
más, la cuestión es evitar la exégesis textual. «Una genuina historia
de la teoría sociológica», escribe Merton, «tiene que ocuparse de la
interacción entre la teoría y cuestiones como los orígenes sociales y

1 D ebe distinguirse tajantemente este tipo de actitud hacia los autores clásicos,
tan servil y degradante — la cita completa reza así: «una reverencia acrítica hacia casi
cualquier afirmación de antecesores ilustres» (M erton: 1% 7, p. 30)— de la deferencia
y del status privilegiado que corresponde a los clásicos según la definición que he
ofrecido arriba. Más adelante sostendré que, si bien la deferencia define la actitud
formal, la crítica continua y la reconstrucción constituyen la auténtica esencia de la
«sistemática histórica». E l extremismo de M erton a este respecto es típico de quienes
niegan la relevancia de la investigación de los clásicos en la ciencia social, pues pre­
senta estas investigaciones a una luz anticientífica, acrítica.
la posición social de Sus partidarios, la cambiante organización social
de la sociología, las transformaciones que sufren las ideas con su
difusión, y sus relaciones con la estructura social y cultural del en­
torno» (p. 35). Es el entorno de las ideas y no las propias ideas lo
que debe estudiar un buen historiador de la ciencia social. Se supone
que los objetivos del historiador son tan plenamente empíricos como
los del sociólogo, quien estudia los mismos textos con el fin de
obtener conocimiento acumulativo. Por consiguiente, el hecho de
que Merton rechace la fusión de ciencia e historia no se debe úni­
camente a su exigencia de una sociología empírica, sino también a
su exigencia de una historia científica.
He mencionado antes dos supuestos de los que depende la crítica
empirista a la centralidad de los clásicos. El primero es que la au­
sencia de clásicos en la ciencia natural se deriva de su naturaleza
empírica y acumulativa; el segundo es que las ciencias naturales y
las ciencias sociales son básicamente idénticas a estos efectos. En el
ensayo en que Merton (1967a) se manifiesta en contra de la fusión
de historia y sistemática, la concepción empirista de la ciencia natu­
ral es un supuesto innato que se acepta tácitamente. Su idea de la
ciencia natural es puramente progresiva. En vez de aplicar un trata­
miento relativista e histórico a los textos científicos anteriores (tra­
tamiento que, de acuerdo con el espíritu de la sensibilidad post-kuh-
niana, subrayaría el poder formativo de los paradigmas supracientí-
ficos culturales e intelectuales), Merton considera esas obras como
una serie de «anticipaciones», «prefiguraciones» y «predescubrimien-
tos» de los conocimientos actuales (1967a, pp. 8-7). Sabemos ade­
más, gracias a sus protocolos sistemáticos para la sociología de la
ciencia, que esta impresión no es errónea. Para Merton, los compro­
misos disciplinarios y metodológicos son los únicos factores no em­
píricos que afectan al trabajo científico, y no cree que ninguno de
estos pueda influir de forma directa en el conocimiento científico del
mundo objetivo.
El otro supuesto fundamental sobre el que descansa el argumento
de Merton es que la ciencia natural se asemeja a la ciencia natural
en su referente fundamentalmente empírico. Sin embargo, Merton
tiene mayores dificultades para establecer este punto. Sabemos por
su ensayo sobre la teoría de alcance medio (Merton: 1967b), inme­
diatamente posterior — y no por casualidad a su artículo acerca de
la fusión de la historia y la sistemática en su colección de ensayos
Social Theory and Social Structure, que Merton no considera que la
ciencia social dependa de paradigmas tal como los entiende Kuhn.
Debido a que se orienta en función de problemas y no en función
de paradigmas, la ciencia social se organiza por especialidades em­
píricas más que por escuelas o tradiciones. Pero, ¿por qué si los
sociólogos no son empiristas ocupan una posición intermedia entre
la ciencia y las humanidades? ¿Por qué, además, mezclan la historia
la sistemática si no pretenden formar y mantener escuelas? Como
Í e sugerido anteriormente, aunque Merton admite estos hechos in­
negables, insiste en que son anomalías, no tendencias inherentes,
subrayando que la «sociología adopta la orientación y la praxis de
las ciencias físicas», y afirma que la «investigación [de la ciencia
social] avanza a partir de las fronteras alcanzadas por el trabajo acu­
mulativo de generaciones anteriores» (Merton, 1967a, pp. 29-31).
En efecto; a pesar de la tendencia degenerativa a incurrir en lo
que he llamado sistemática histórica, ¡Merton cree que nuestro co­
nocimiento acerca de cómo estudiar la historia del pensamiento cien­
tífico es él mismo científico y acumulativo! Merton emplea la ter­
minología de la ciencia progresiva — esbozo, predescubrimiento, an­
ticipación— para defender el tipo adecuado de historia científica pro­
gresiva. Criticando las historias progresivas que se basan únicamente
en las descripciones del trabajo científico ya publicadas, Merton su­
giere (pp. 4-6) que tales visiones se fundamentan en una concepción
de la historia que está «extraordinariamente retrasada con respecto
a realidades admitidas hace tiempo». Bacon fue el primero en «ob­
servar» que el proceso del descubrimiento objetivo es más creativo
e intuitivo de lo que sugiere la lógica formal de la contrastación
científica. Según Merton, el que se haya llegado a este descubrimien­
to por caminos independientes tiene que confirmarlo: «mentes re­
ceptivas han llegado repetidas veces y, al parecer, independientemen­
te, al mismo tipo de observación». La teoría científica que subsume
o explica estas observaciones empíricas se ha desarrollado a su de­
bido tiempo: pensadores posteriores «han generalizado esta obser­
vación». Com o esta lógica empírica ha mostrado su validez, Merton
confía en que la historia de la ciencia ha de progresar de forma
inevitable, pues «el fracaso de la sociología para distinguir entre la
historia y la sistemática de la teoría será finalmente corregido» (Mer­
ton: 1967a, pp. 4-6). Estos son los supuestos básicos del argumento
(¡ahora clásico!) de Merton en contra de la centralidad de los clási­
cos. N o obstante, parece que existe un tercer supuesto auxiliar, un
supuesto que no tiene entidad propia pero que viene implicado por
los dos supuestos centrales: la idea de que el significado de los textos
anteriores relevantes es obvio. He mostrado cómo al condenar la
«sistemática histórica» Merton afirmaba que sus únicos resultados
eran la producción de sinopsis meramente recapitulativas. Lie de­
mostrado también que la historia sociológica que Merton defiende
se centraría en el entorno de las teorías científicas más que en la
naturaleza de las propias ideas. Esta es también, dicho sea de paso,
la tendencia de las críticas a la centralidad de los clásicos desde el
Íiunto de vista humanista, tendencia que examinaré más adelante. En
a sección inmediata, sin embargo, discutiré las críticas empiristas del
carácter central de los clásicos y los dos supuestos básicos sobre los
que descansa.

La visión post-positivista de la ciencia

- ^ L a tesis contraria a la centralidad de los clásicos da por supuesto


que una ciencia es acumulativa en tanto que es empírica, y que en
tanto que es acumulativa no creará clásicos. Sostendré, por el con­
trario, que el hecho de que una disciplina posea clásicos no depende
de su empirismo sino del consenso que exista dentro de esa disci­
plina acerca de cuestiones no empíricas.
En Tbeorical Logic in Sociology (Alexander: 1982a, pp. 5-15) su­
gería que la corriente positivista de las ciencias sociales se basa en
cuatro postulados fundamentales. El primero es que existe una rup­
tura epistemológica radical entre las observaciones empíricas, que se
consideran específicas y concretas, y las proposiciones no empíricas,
ue se consideran generales y abstractas. El segundo postulado pue-
3 e sostenerse solo porque se da por sentado que existe esta ruptura:
las cuestiones más generales y abstractas — filosóficas o metafísicas—
no tienen una importancia fundamental para la práctica de una dis­
ciplina de orientación empírica. En tercer lugar, las cuestiones de
índole general, abstracta y teorética solo pueden ser evaluadas en
relación con observaciones empíricas. Esto Índica que, siempre que
sea posible, la teoría ha de ser formulada de forma proposicional y
que, además, los conflictos teóricos se deciden a través de contras­
tado nes empíricas y experimentos cruciales. Finalmente, como estos
tres primeros postulados no constituyen una base para el debate
científico estructurado, el cuarto señala que el desarrollo científico
es «progresivo», es decir, lineal y acumulativo. Se supone, por tanto,
que la diferenciación de un campo científico es el producto de la
especialización en diferentes dominios científicos y no el resultado
de un debate no empírico generalizado acerca de cómo explicar el
mismo dominio empírico.
Si bien estos cuatro postulados todavía reflejan con exactitud la
opinión común de la mayoría de los científicos sociales — especial
mente en Norteamérica— , la nueva tendencia de la filosofía, historia
y sociología post-positivista de la ciencia natural surgida a lo largo
de las dos últimas décadas los ha criticado abiertamente (Alexander:
1982a, pp. 18-33). Mientras que los postulados de la corriente po­
sitivista reducen la teoría a los hechos, los de la corriente post­
positivista rehabilitan los aspectos teóricos.
1) Los datos empíricos de la ciencia están inspirados por la teo­
ría. La distinción teoría/hechos no es epistemológica ni onto-
lógica, es decir, no es una distinción entre naturaleza y pen­
samiento. Es una distinción analítica. Com o escribió Lakatos
(por ejemplo, 1969, p. 156), describir ciertas proposiciones
como observaciones es una forma de hablar, no una referencia
ontológica. La distinción analítica se refiere a observaciones
inspiradas por aquellas teorías que consideramos que poseen
mayor certeza.
2) Los compromisos científicos no se basan únicamente en la
evidencia empírica. Como demuestra de forma convincente
Polanyi (p. ej., 1958, p. 92), el rechazar por principio la evi­
dencia es el fundamento en el que descansa la continuidad de
la ciencia.
3) La elaboración general, teórica, es normalmente horizontal y
dogmática y no escéptica y progresiva. Cuanto más general es
la proposición menos se cumple el teorema de la falsación
popperiano. La formulación teórica no sigue, como pretende
Popper, la ley de la «más encarnizada lucha por la supervi­
vencia» (1959, p. 42). Al contrario: cuando una posición teó­
rica general se confronta con pruebas empíricas contradicto­
rias que no pueden ignorarse, procede a desarrollar hipótesis
ad hoc y categorías residuales (Lakatos: 1969, pp. 168-76). De
esta manera, es posible «explicar» nuevos fenómenos sin re­
nunciar a las formulaciones generales.
4) Sólo se dan cambios fundamentales en las creencias científicas
cuando los cambios empíricos van acompañados de la dispo­
nibilidad de alternativas teóricas convincentes. Como estos
cambios teóricos con frecuencia son cambios de fondo, no son
tan visibles para quienes están inmersos en el trabajo científi­
co. Esto explica por qué parece que los datos empíricos se
obtienen por inducción, en vez de ser construidos analítica­
mente. Pero como observa H olton, el enfrentamiento entre
compromisos teóricos generales «es uno de los más poderosos
catalizadores de la investigación empírica», y debe considerar­
se que este es uno de los «componentes esenciales de las trans­
formaciones fundamentales de las ciencias naturales» (1973,
pp. 26, 190).

El primer supuesto de Merton (el relativo al carácter de la ciencia


natural) es insostenible si las consideraciones no empíricas generales
desempeñan un papel tan decisivo. Tampoco creo que se sostenga
el segundo, pues en ciertos aspectos'cruciales la praxis de la ciencia
natural y la de la ciencia social no se parecen gran cosa. Esta con­
clusión puede sorprender. Una vez establecida la dimensión no em­
pírica de la ciencia natural, podría parecer que el status de las obras
clásicas quedaría a salvo. Hemos de admitir, sin embargo, que la
ciencia natural no recurre a los clásicos. Se trata ahora de explicar
este hecho desde una perspectiva no empirista.

Por qué no h ay clásicos en la ciencia n a tu ra l: una visión


post-positivista

La epistemología de la ciencia no determina los temas particula­


res a los que se aplica la actividad científica de una disciplina-cien­
tífica dada 2. Sin embargo, es precisamente la aplicación de esta ac­
tividad lo que determina la relativa «sensibilidad» empírica de cual­
quier disciplina. Así, incluso antiempiristas declarados han recono­
cido que lo que distingue a las ciencias naturales de las ciencias
humanas es que aquellas centran explícitamente su atención en pro­
blemas empíricos. Por ejemplo, a pesar de que Holton ha demos­
trado concienzudamente que la física moderna está constituida por
«tesis» supraempíricas, arbitrarias, él mismo insiste en que nunca ha
sido su intención defender la introducción de «discusiones temáti­
cas... en la praxis misma de la ciencia». Manifiesta, en efecto, que
«la ciencia comenzó a crecer con rapidez solo cuando se excluyeron
de los laboratorios tales cuestiones» (H olton: 1973, pp. 330-1, el
subrayado es nuestro). Incluso un filósofo tan claramente idealista
como Collingwood, quien destaca que la práctica científica descansa

2 Mi distinción entre ciencia natural y ciencia social solo puede tener, obviamente,
un carácter típico-ideal. Mi propósito es articular condiciones generales, no explicar
situaciones disciplinarias particulares. En general, no cabe duda de que es acertado
afirmar que las condiciones en pro y en contra de la existencia de los clásicos en una
disciplina se corresponden en un sentido amplio con la división entre las ciencias de
la naturaleza y las ciencias que se ocupan de las acciones de los seres humanos. El
análisis específico de cualquier disciplina particular requeriría que se especificaran las
condiciones generales de cada caso. A sí, la ciencia natural se encuentra característi­
camente desdoblada en ciencias físicas y ciencias biológicas. Las últimas están menos
sujetas a matematización, menos consensuadas, y es más frecuente que sean sometidas
a debate extraempírico explícito. En ciertos casos esto puede llegar al punto de que
el debate sobre los clásicos desempeñe un papel permanente en la ciencia, como en
el debate sobre Darwin de la biología evolutiva. Así misino, en los estudios sobre el
hombre las disciplinas no manifiestan en el mismo grado las condiciones que expon­
dré en este artículo. En los Estados Unidos, por ejemplo, la economía se encuentra
menos vinculada a los clásicos que la sociología y la antropología, y la relación de la
historia con los clásicos parece fluctuar continuamente. La variación en estos casos
empíricos puede explicarse en función de las condiciones teóricas que expongo más
adelante.
en supuestos metafísicos, admite que «el asunto del científico no es
proponerlos, sino solo presuponerlos» (Collingwood: 1940, p. 33).
La actividad científica se aplica a lo que quienes se dedican a la
ciencia consideran científicamente problemático. Como en la moder­
nidad suele existir un acuerdo entre los científicos naturales sobre
los problemas generales propios de su gremio, su atención explícita
se ha centrado normalmente en cuestiones de tipo empírico. Esto es,
por supuesto, lo que le permite a la «ciencia normal», en palabras
de Kulin (1970), dedicarse a la resolución de rompecabezas y a so­
lucionar problemas específicos. Utilizando la ciencia normal como
referencia para caracterizar la ciencia natural como tal, también Ha-
bermas ha señalado que el consenso es aquello que diferencia la
actividad «científica» de la «no científica».

Denom inam os científica a una inform ación si y solo si puede obtenerse un


consenso espontáneo y permanente respecto a su validez... Iil verdadero
logro de la ciencia m oderna no consiste, fundamentalmente, en la produc­
ción de verdad, es decir, de proposiciones correctas y convincentes acerca
de lo que llamamos realidad. La ciencia moderna se distingue de las cate­
gorías tradicionales de conocim iento por un m étodo para llegar a un con ­
senso espontáneo y permanente acerca de nuestros puntos de vista. (H aber-
mas: 1972, p. 91).

Sólo si existe desacuerdo acerca de los supuestos de fondo de


una ciencia se discutirán de forma explícita estas cuestiones no em­
píricas. Kuhn llama a esto crisis del paradigma, y afirma que es en
tales crisis cuando se «recurre a la filosofía y al debate de funda­
mentos» (Kuhn: 1970).
En la ciencia natural no hay clásicos porque la atención, normal­
mente, se centra en sus dimensiones empíricas. Las dimensiones no
empíricas están enmascaradas, y parece que las hipótesis especulati­
vas pueden decidirse por referencia a datos sensibles relativamente
accesibles o por referencia a teorías cuya especificidad evidencia de
modo inmediato su relevancia con respecto a tales datos. Pero la
existencia de clásicos implica que teorías anteriores disfrutan de una
posición privilegiada. En tal caso se considera que tienen rango ex­
plicativo teorías anteriores, no solo las contemporáneas; además, es
frecuente creer que los textos clásicos también pueden ofrecer datos
relevantes. Lo que yo sostengo es que la ciencia natural no es menos
apriorística que la ciencia social. Una postura no apriorística, pura-
_ mente empírica, no explica la «ausencia de clásicos» en la ciencia
natural. La explicación hay que buscarla en la forma que adquiere
la fusión de conocimiento apriorístico y contingente.
Así, en vez de clásicos, la ciencia natural tiene lo que Kuhn
llamaba modelos ejemplares. Con este término, Kuhn (1970, p. 182)
se refiere a ejemplos concretos de trabajo empírico exitoso: ejemplos
de la capacidad para resolver problemas que define los campos pa-
udigmáticos. Si bien los modelos ejemplares incorporan compromi­
sos metafísicos y no empíricos de varios tipos, son en sí mismos una
pauta para la explicación específica del universo. Incluyen necesaria­
mente definiciones y conceptos, pero orientan hacia cuestiones de
operacionalización y técnica a quienes los estudian. Sin embargo, a
pesar de su especificidad, los mismos modelos ejemplares funcionan
.ipriorísticamente. Se aprenden en los libros de textos y en los labo­
ratorios antes de que los neófitos sean capaces de examinar por sí
mismos si son o no realmente verdaderos. En otras palabras, son
interiorizados por razón de su posición de privilegio en el proceso
de socialización más que en virtud de su validez científica. Los pro-
i esos de aprendizaje son idénticos en la ciencia social; la diferencia
estriba en que los científicos sociales interiorizan clásicos además de
modelos ejemplares.

l.a defensa post-positivista de los clásicos

La proporción entre modelos y clásicos es tan diferente en la


ciencia social porque la aplicación de la ciencia a la sociedad engen­
dra un desacuerdo mucho mayor. A causa de la existencia de un
desacuerdo persistente y extendido, los supuestos de fondo más ge­
nerales que quedan implícitos y relativamente invisibles en la ciencia
natural entran activamente en juego en la ciencia so cia l3. Las con­
diciones en que, de acuerdo con Kuhn, se produce la crisis de pa­
radigmas en las ciencias naturales son habituales en las ciencias so­
ciales. N o estoy sugiriendo que no exista el conocimiento «objetivo»
en las ciencias sociales, ni que no haya posibilidad de formular con

1 Mannheim expresa bien esta distinción: «nadie niega la posibilidad de la inves­


tigación empírica, ni nadie mantiene que los hechos no existan... nosotros también
nos remitimos a los «hechos» para nuestra demostración, pero la cuestión de la na­
turaleza de los hechos es en sí misma un problema considerable. Estos siempre existen
para la mente en un contexto intelectual y social. E l hecho de que puedan ser enten­
didos y formulados implica ya la existencia de un aparato conceptual. Y si este apa­
rato conceptual es el mismo para todos los miembros de un grupo, las presuposicio­
nes (es decir, los posibles valores sociales e intelectuales) que subyacen i ios conceptos
individuales nunca se hacen perceptibles. ... Sin embargo, una vez que se rompe la
unanimidad, las categorías establecidas que se usaban para dar a la experiencia su
Habilidad y coherencia sufren una inevitable desintegración. Surgen entonces modelos
de pensamiento divergentes y en conflicto que (sin que lo sepa el sujeto pensante)
ordenan los mismos hechos de la experiencia en sistemas de pensamiento diferentes
y hacen que tales hechos sean percibidos a través de categorías lógicas diferentes»
(Mannheim: 1936, pp. 102-3).
éxito predicciones o leyes de subsunción. Según creo, es posible
obtener auténtico conocimiento acumulativo acerca del mundo des­
de el interior de puntos de vista diferentes y rivales, e incluso sos­
tener leyes de subsunción relativamente predictivas desde el interior
de orientaciones generales que difieren en aspectos sustanciales. Lo
que estoy sugiriendo, sin embargo, es que las condiciones de la cien­
cia social hacen altamente improbable el acuerdo consistente acerca
de la naturaleza exacta del conocimiento, y, con mayor motivo, el
acuerdo sobre leyes subsuntivas explicativas. En la ciencia social, por
consiguiente, los debates sobre la verdad científica no se refieren
únicamente al nivel empírico. Estos debates están presentes en toda
la gama de compromisos no empíricos que mantienen puntos de
vista rivales.
Existen razones cognoscitivas y valorativas que explican las gran­
des diferencias en el grado de consenso. Aquí mencionaré únicamen­
te las más fundamentales.

1. En la medida en que los objetos de una ciencia se encuentran


situados en un mundo físico externo a la mente humana, sus
referentes empíricos pueden, en principio, ser verificados con
mayor facilidad mediante la comunicación interpersonal. En
la ciencia social, donde los objetos son estados mentales o
condiciones en las que se incluyen estados mentales, la posi­
bilidad de confundir los estados mentales del observador cien­
tífico con los estados mentales de los sujetos observados es
endémica.
2. Las dificultades para alcanzar un simple acuerdo respecto a
los referentes empíricos también se deben a la naturaleza va-
lorativa característica de la ciencia social. Existe una relación
simbiótica entre descripción y valoración. Los descubrimien­
tos de la ciencia social a menudo conllevan implicaciones im­
portantes respecto al tipo de organización y reorganización
deseables de la vida social. Por el contrario, en la ciencia na­
tural los «cambios en el contenido de la ciencia generalmente
no implican cambios en las estructuras sociales» (Hagstrom:
1965, p. 285). Las implicaciones ideológicas de la ciencia social
redundan en las mismas descripciones de los propios objetos
de investigación. La misma caracterización de estados menta­
les o instituciones — por ejemplo, el que la sociedad sea lla­
mada «capitalista» o «industrial», el que haya habido «prole-
tarización», «individualización» o «atomización»— refleja una
estimación de las consecuencias que la explicación de un fe­
nómeno que aún no ha ocurrido tiene para los valores políti­
cos. Aunque Mannheim sobreestimara los supuestos valorad-
vos frente a los supuestos cognoscitivos, no cabe duda de que
planteó este punto con acierto. Toda definición, escribió, «de­
pende necesariamente de la perspectiva de cada uno, es decir,
contiene en sí misma todo el sistema de pensamiento que re­
presenta la posición del pensador en cuestión y, especialmen­
te, las valoraciones políticas que subyacen a su sistema de
pensamiento». Su conclusión a este respecto parece exacta:
«La misma forma en que un concepto es definido y el matiz
con que se emplea ya prejuzgan hasta cierto punto el resulta­
do de la cadena de ideas construida sobre él» (Mannheim:
1936, pp. 196-7).
3. No hace falta decir que cuanto más difícil sea, por razones
cognoscitivas y valorativas, obtener un consenso acerca de los
meros referentes empíricos de la ciencia social, tanto más di­
fícil será alcanzar ese consenso respecto a las abstracciones
que se basan en tales referentes empíricos y que constituyen
la esencia de la teoría social. Hagstrom sugiere (1965, pp.
256-8) que las posibilidades de que exista consenso científico
dependen en grado significativo del nivel de cuantificación que
admitan los objetivos de la disciplina científica. En tanto que
los referentes empíricos no estén claros y las abstracciones
estén sometidas a debate continuo, los esfuerzos por matema-
tizar la ciencia social solo podrán ser esfuerzos por encubrir
o defender puntos de vista concretos.
4. Mientras que no se produzca un acuerdo ni sobre los referen­
tes empíricos ni sobre las leyes subsuntivas, todos los elemen­
tos no empíricos añadidos a la percepción empírica serán ob­
jeto de debate. Además, la ciencia social se encontrará inva­
riablemente dividida en tradiciones (Shils: 1970) y escuelas
(Tiryakian: 1979) a causa de este desacuerdo endémico. Para
la mayoría de los miembros de la comunidad de científicos
sociales es evidente que tales fenómenos culturales e institu­
cionales «extra-científicos» no son meras manifestaciones de
desacuerdo, sino las bases desde las que se promueven y sos­
tienen los desacuerdos científicos. La comprensión de este he­
cho, además, sensibiliza a los científicos sociales respecto a las
dimensiones no empíricas de su campo.

Por todas estas razones, el discurso —>y no la.jnera..exp]icación—


se convierte en una -característica' esencial dé la cienria"social. Por
discurso e&tiendo-formas -de-dcbate~que-,isó'n-más--especulativas y
están más consistentemente generalizadas quelas discusiones cientí­
ficas ordinarias. Estas últimas se centran, más disciplinadamente, en
evidencias empíricas específicas, en la lógica inductiva y deductiva,
en la explicación mediante leyes subsuntivas y en los métodos que
permiten verificar o falsar estas leyes. El discurso, por el contrario,
es argumentativo. Se centra en el proceso de razonamiento más que
en los resultados de la experiencia inmediata, y se hace relevante
cuando no existe una verdad manifiesta y evidente. El discurso trata
de persuadir mediante argumentos y no mediante predicciones. La
capacidad de persuasión del discurso se basa en cualidades tales corno
su coherencia lógica, amplitud de visión, perspicacia interpretativa,
relevancia valorativa, fuerza retórica, belleza y consistencia argumen­
tativa.
Foucault (1973) define las praxis intelectuales, científicas y polí­
ticas como «discursos» a fin de negar su status meramente empírico,
inductivo. De este modo, insiste en que las actividades prácticas se
han constituido históricamente y están configuradas por ideas me­
tafísicas que pueden definir una época entera. La sociología también
es un ámbito discursivo. Sin embargo, no se encuentra en ella la
homogeneidad que Foucault atribuye a tales ámbitos; en la ciencia
social hay discursos, no un único discurso. Estos discursos tampoco
están estrechamente ligados a la legitimación del poder, como Fou­
cault defendía cada vez más claramente en sus últimas obras. Los
discursos de la ciencia social tienen como objetivo la verdad, y siem­
pre están sujetos a estipulaciones racionales acerca de cómo debe
llegarse a la verdad y en qué debe consistir esta. Aquí recurro, a
Habermas (p. ej. 1984), que entiende el discurso como parte del
esfuerzo que hacen los interlocutores para lograr una comunicación
no distorsionada. Aunque Habermas subestima las cualidades irra­
cionales de la comunicación, y no digamos de la acción, no cabe
duda de que ofrece una forma de conceptualizar sus aspiraciones
racionales. Sus intentos sistemáticos por identificar tipos de argu­
mentos y criterios para alcanzar una justificación mediante la per­
suasión muestran cómo pueden combinase los compromisos racio­
nales y el reconocimiento de argumentos supraempíricos. El ámbito
discursivo de la ciencia social actual se encuentra en una difícil po­
sición: entre el discurso racionalizante de Habermas y el discurso
arbitrario de Foucault.
—éEste carácter central del discurso es la causa de que la teoría de
las ciencias sociales sea tan polivalente, y tan desacertados los es­
fuerzos compulsivos (por ejemplo, Wallace 1971) por seguir la lógica
de las ciencias naturales. Los partidarios del positivismo perciben la
tensión entre esta concepción tan polivalente y su punto de vista
empirista. Para resolverla tratan de privilegiar a la «teoría» frente a
la «metateoria», sin duda para suprimir la teoría en favor de la «ex­
plicación» concebida de forma restringida. Así, lamentando que «una
parte excesiva de la teoría social consiste en historia de las ideas y
en el culto generalizado a figuras como las de Marx, Weber [y]
Durkheim», Turner defiende la idea de «trabajar en la teoría en tanto
que actividad opuesta al... ofrecer un análisis metateórico más de los
maestros teóricos anteriores» 4 (Turner: 1986, p. 974). Y Stinchcom-
be describe a Marx, Durkheim y Weber como «aquellos grandes
analistas empíricos... que no trabajaron principalmente en lo que hoy
denominamos teoría». Stinchcombe insiste en que estos «elaboraron
explicaciones del crecimiento del capitalismo, o del conflicto de cla­
ses, o de la religión primitiva.» En vez de ocuparse de la teoría
discursiva, cree que «emplearon una gran variedad de métodos teó­
ricos» (Stinchcombe: 1968, p. 3, el subrayado es nuestro).
Estas distinciones, sin embargo, parecen tentativas «utópicas» de
escapar de la ciencia social más que verdaderos intentos de enten­
derla. El discurso general es esencial y la teoría es inherentemente
polivalente. En efecto, el carácter central del dicurso y las condicio­
nes que lo producen contribuyen a la subdeterminación por los he­
chos. Dado que no hay ninguna referencia clara e indiscutible para
los elementos que constituyen la ciencia social, tampoco hay una
traducibilidad definida entre los distintos niveles de generalidad. Las
formulaciones de un nivel no se ramifican en vías claramente mar­
cadas para los otros niveles del trabajo científico. Por ejemplo, aun­
que en ocasiones pueden establecerse medidas empíricas exactas de
dos correlaciones variables, raras veces es posible que tal correlación
confirme o niegue una proposición referente a esta interrelación que
se formule en términos más generales. La razón de este hecho es que
la existencia de un desacuerdo empírico e ideológico permite que los
científicos sociales operacionaliccn las proposiciones de varios m o­
dos distintos.
Consideremos brevemente, por ejemplo, dos de los mejores in­
tentos recientes por construir una teoría más general partiendo de
los hechos. Cuando Blau intenta contrastar su teoría estructural re­
cientemente desarrollada, comienza con una proposición que deno­
mina el «teorema del volumen»: la idea consiste en que una variable

4 Esta caracterización peyorativa de la metateoría com o culto a las grandes figuras


recuerda a la acusación de «reverencia acrítica» de M erton (1967a, p. 30) discutida
en la nota 1. El servilismo es, por supuesto, el reverso del escepticismo científico, y
el fin último de estas acusaciones es negar el papel científico de las investigaciones
sobre los clásicos. P or el contrario, parece obvio tjue lo que antes denominé «siste­
mática histórica» consiste en la reconstrucción crítica de las teorías clásicas. Irónica­
mente, los empiristas como Turner y M erton pueden legitimar en cierto modo sus
acusaciones porque, de hecho, tales reconstrucciones muchas veces se hacen dentro
de un marco que niega explícitamente cualquier pretensión crítica. En la sección
siguiente trataré de examinar esta «actitud ingenua» de algunos de quienes toman
parte en el debate sobre los clásicos.
estrictamente ecológica, el volumen del grupo, determina las relacio­
nes extragrupales (Blau, Blum y Schwartz: 1982, p. 46). Partiendo
de un conjunto de datos que establecen no solo el volumen de un
grupo sino también su proporción de endogamia, sostiene que una
relación entre la tasa de endogamia y el volumen del grupo verifica
el teorema del volumen. ¿Por qué? Porque los datos demuestran que
«el volumen del grupo y la proporción de exogamia están inversa­
mente relacionadas» (p. 47). Sin embargo, la exogamia es un dato
que, de hecho, no operacionaliza «relaciones extragrupales». Es un
tipo de relación extragrupal entre muchos otros, y como el mismo
Blau reconoce en cierto punto, es un tipo de relación en la que
intervienen factores ajenos al volumen del grupo. En otras palabras,
el concepto de relación extragrupal no tiene un referente definido.
Por esta razón, la correlación entre el volumen del grupo y lo que
se considera su indicador no puede verificar la proposición general
acerca de la relación entre el volumen del grupo y las relaciones
extragrupales. Los datos empíricos de Blau, por tanto, no están ar­
ticulados con su teoría a pesar de su intento por vertebrarlos de
modo teóricamente decisivo.
En el ambicioso estudio de Lieberson (1980) sobre los inmigran­
tes blancos y negros desde 1880 se plantean problemas similares.
Lieberson comienza con la proposición, formulada informalmente,
de que «la herencia de la esclavitud» es la causa de los diferentes
niveles alcanzados por los inmigrantes negros y europeos. Lieberson
da dos pasos para operacionalizar esta proposición. En primer lugar,
no define esa herencia en función de factores culturales, sino en
función de la «falta de oportunidades» para los antiguos esclavos.
En segundo lugar, define las oportunidades en función de los datos
que ha desarrollado acerca de las proporciones variables de educa­
ción y segregación residencial. Ambas operaciones, sin embargo, son
sumamente discutibles. N o solo es posible que otros científicos so­
ciales definan la «herencia de la esclavitud» en términos muy dife­
rentes, sino que también podemos concebir las oportunidades en
función de factores distintos a la educación y residencia. Como tam­
poco aquí existe una relación necesaria entre las proporciones defi­
nidas por Lieberson y las diferencias de oportunidades, no puede
haber certeza acerca de la proposición que relaciona el nivel alcan­
zado y la «herencia de la esclavitud». Si bien las correlaciones me­
didas son independientes y constituyen una contribución empírica
importante, no pueden probar las teorías para las que se han ideado.
Es mucho más fácil encontrar ejemplos del problema contrario,
la sobredeterminación teórica de los «hechos» empíricos. Práctica­
mente en todo estudio amplio de corte teórico la selección de datos
empíricos está sujeta a discusión. En La ética protestante y el espíritu
del capitalismo la identificación del espíritu del capitalismo con los
empresarios ingleses de los siglos X V I I y X V I I I ha sido m u y discutida
(Weber: 1958). Si se considera que los capitalistas italianos de las
primitivas ciudades estado modernas manifestaban el espíritu del ca­
pitalismo (p. ej. Trevor-Roper: 1965), la correlación entre capitalis­
tas y puritanos de Weber está basada en una muestra restringida y
no puede justificar su teoría. Si esto es cierto, los datos empíricos
de Weber fueron sobre-seleccionados por su referencia teórica a la
ética protestante.
En Social Change in the Industrial Revolution (1959), el célebre
estudio de Smelser, puede encontrarse una distancia semejante entre
la teoría general y el indicador empírico. La teoría de Smelser sos­
tiene que los cambios en la división de papeles en la familia, y no
los transtornos industriales per se, fueron la causa de las actividades
de protesta radical que los trabajadores ingleses desarrollaron duran­
te la segunda década del siglo XIX. En su exposición histórico-cro-
nológica Smelser describe los cambios fundamentales de la estructura
familiar como si hubieran ocurrido en la secuencia que sugiere. Su
presentación de los datos de archivo propiamente dicha (Smelser:
1959, pp. 188-89) parece indicar, sin embargo, que estas perturba­
ciones de la familia no se desarrollaron hasta una o dos décadas
después. La atención teórica que Smelser presta a la familia sobre-
determina la presentación de su historia cronológica (y los datos de
archivo, a su vez, subdeterminan su teo ría )5.
En el reciente intento de Skocpol (1979) por documentar su teo­
ría histórica y comparativa, una teoría muy distinta produce el mis­
mo tipo de sobredeterminación. Skocpol (p. 18) propone adoptar un
«punto de vista impersonal y no subjetivo» para el estudio de las
revoluciones, según el cual solo serían causalmente relevantes «las
situaciones y relaciones entre grupos determinadas por las institu­
ciones». Skocpol indaga los datos empíricos de la revolución, y el
único elemento apriorístico que admite es su adhesión al método
comparativo (pp. 33-40). Sin embargo, cuando Skocpol reconoce que
las tradiciones y derechos locales sí desempeñan un papel (por ejem­
plo, pp. 62, 138), y que deben explicarse (aunque brevemente) el
liderazgo e ideología políticos (pp. 161-63), la sobredeterminación
teórica de sus datos se hace evidente. Sus preocupaciones estructu­

5 I.a escrupulosidad de Smelser com o investigador histórico queda demostrada


por el hecho de que él mismo aportó datos que, por así decirlo, desbordaban su
propia teoría (a este respecto, vid. W allby: 1986). Esto no es lo que sucede normal­
mente, pues la sobredeterminación de los datos por la teoría suele tener com o con­
secuencia que los científicos sociales, y muchas veces también sus críticos, sean in­
capaces de percibir los datos adversos.
rales la han llevado a ignorar todo el contexto intelectual y cultural
de la revolución 6.
La subdeterminación empírica y la sobredeterminación teórica
van unidas. Desde las proposiciones más específicamente fácticas has­
ta las generalizaciones más abstractas la ciencia social es esencialmen­
te discutible. Toda conclusión está abierta al debate por referencia a
consideraciones supraempíricas. Esta es la versión de la tematización
específica de la ciencia social, tematización que, como Habermas
(1984) ha mostrado, subyace a todo intento de discusión racional.
Toda proposición de la ciencia social está sujeta a la exigencia de
justificación por referencia a principios generales. En otras palabras,
no es necesario — y la comunidad de científicos sociales se niega a
hacerlo— que al formular una tesis opuesta a la de Blau me limite
a demostrar empíricamente que los aspectos estructurales son solo
unos pocos de los numerosos factores que determinan la exogamia;
puedo, en lugar de esto, demostrar que al manejar este tipo de cau­
sación estructural Blau se basa en supuestos acerca de la acción que
tienen un carácter excesivamente racionalista. De modo similar, al
considerar la obra de Liebcrson puedo dejar a un lado la cuestión
empírica de la relación entre la educación y las oportunidades obje­
tivas, y utilizar un argumento discursivo para indicar que, al cen­
trarse de modo exclusivo en la influencia de la esclavitud, Lieberson
refleja consideraciones ideológicas y un compromiso previo con mo­
delos generados por la teoría del conflicto. De la misma manera, la
obra de Smelser puede criticarse desde el punto de vista de su ade­
cuación lógica, pero también demostrando que su modelo funciona-
lista primitivo adolece de un énfasis excesivo en la socialización. Y
podemos valorar negativamente el argumento de Skocpol sin ningu­
na referencia al material empírico por considerar muy poco plausible
la limitación de las «teorías intencionales» que él defiende al modelo
instrumental de racionalidad intencional que implica su teoría.
Elaborar tales argumentos — y el hecho mismo de iniciar el tipo
de discusión que acabo de comenzar— es entrar en el ámbito del
discurso, no en el de la explicación. Com o Seidman (1986) ha su­
brayado, el discurso no implica el abandono de las pretensiones de
verdad. Después de todo, las pretensiones de verdad no tienen por
qué limitarse al criterio de validez empírica contrastable (Habermas:
1984). Todo plano del discurso supraempírico incorpora criterios
distintivos de verdad. Estos criterios van más allá de la adecuación
empírica, y se refieren también a pretensiones relativas a la natura­
leza y consecuencias de las presuposiciones, a la estipulación y ade­

6 Scwell (1985) ha demostrado convincentemente esta laguna en los datos de Skoc­


pol en lo que se refiere al caso de Francia.
cuación de los modelos, a las consecuencias de las ideologías, las
metaimplicaciones de los modelos y las connotaciones de las defini­
ciones. En una palabra, en la medida en que se hagan explícitos son
esfuerzos por racionalizar y sistematizar las complejidades del aná­
lisis social y de la vida social captadas intuitivamente. Los debates
actuales entre las metodologías interpretativas y causales, las concep­
ciones de la acción utilitaristas y normativas, los modelos de socie­
dad basados en el equilibrio y los basados en el conflicto de las
sociedades, las teorías radicales y conservadoras del cambio... repre­
sentan más que debates empíricos. Reflejan los esfuerzos de los so­
ciólogos por articular criterios para evaluar la «verdad» de diferentes
dominios no empíricos.
No es sorprendente que la respuesta de la disciplina a obras im­
portantes guarde tan poca semejanza con las respuestas definidas y
delimitadas que proponen los partidarios de la «lógica de la ciencia».
La obra States and Social Revolutions de Skocpol, por ejemplo, ha
sido evaluada en todos y cada uno de los niveles del continuum
sociológico. Los supuestos del libro, su ideología, modelo, método,
definiciones, conceptos, e incluso sus hechos han sido sucesivamente
clarificados, debatidos y elogiados. Se discuten los criterios de ver­
dad que Skocpol ha empleado para justificar sus posiciones en cada
uno de estos niveles. Muy pocas de las respuestas de la disciplina a
su obra han conllevado la contrastación controlada de sus hipótesis
o un nuevo análisis de sus datos. Las decisiones acerca de la validez
del método estructural empleado por Scokpol para abordar el estu­
dio de la revolución no se tomarán, ciertamente, en virtud de estas
razones 7.

7 En esta sección he ilustrado la sobredeterminación de la ciencia social por ia


teoría y su subdeterminación por los hechos discutiendo algunas obras importantes.
También podrían ilustrarse examinando subeampos «empíricos» específicos. En la
ciencia social, incluso los subeampos empíricos más estrictamente definidos están
sujetos a un tremendo debate discursivo. La reciente discusión en un simposio na­
cional sobre el estado de la investigación de catástrofes (Simposium on Social Struc-
ture and Disaster: Conception and Mcasurement, College of W illiam and M ary, W i-
lliamsburg, Virginia, mayo de 1986), por ejemplo, revela que en este campo tan
concreto existe un vasto desacuerdo que afecta incluso al mero objeto de estudio. Los
investigadores más destacados del campo discuten y debaten la pregunta «¿Q ue es
una catástrofe?». Algunos defienden un criterio definido en función de hechos o b je­
tivos y calculables, pero se muestran en desacuerdo acerca de si los costes deben
ponerse en relación con la extensión geográfica del suceso, el número- de personas
afectadas o los costes financieros de la reconstrucción. O tros defienden criterios más
subjetivos, pero difieren acerca de si lo decisivo es que exista un amplio consenso en
la sociedad sobre si se ha producido o no un problema social o si lo decisivo es que
así lo consideren las propias víctimas. Dada la amplitud de un conflicto que, como
este, tiene com o objeto el mero referente empírico del campo, no es de extrañar que
existan enconados debates discursivos en toaos y cada uno de los niveles del conti-
Al empezar esta sección sugería que la proporción entre autores
clásicos y contemporáneos es mucho mayor en la ciencia social que
en la ciencia natural debido a que el desacuerdo endémico hace más
explícitos los supuestos de fondo de la ciencia social. Esta caracte­
rística evidente ae los supuestos de fondo es la que, a su vez, hace
del discurso una cualidad tan esencial del debate ae la ciencia social.
Tenemos que explicar ahora por qué esta forma discursiva de argu­
mentación recurre tan a menudo a los «clásicos». La existencia de
un desacuerdo no empírico generalizado no implica lógicamente que
las obras anteriores adquieran una posición privilegiada. Las mismas
condiciones que otorgan tal relevancia al discurso no tienen por qué
conferir una posición central a los clásicos; esta centralidad se debe
a dos razones: la una funcional, la otra intelectual o científica.
El desacuerdo generalizado dentro de la teoría social provoca
serios problemas de comprensión mutua. Sin embargo, la comuni­
cación es imposible sin una base de entendimiento mínima. Para que
sea posible un desacuerdo coherente y consistente, y para que este
desacuerdo no interrumpa la marcha de la ciencia, es necesario que
exista cierta base para una relación cultural, que solo se da si los que
articipan en un debate tienen una idea aproximada de qué es aque-
S o de lo que habla el otro.
Es aquí donde intervienen en el debate los clásicos. La necesidad
funcional de los clásicos se origina en la necesidad de integrar el
campo del discurso teórico. Por integración no entiendo coopera­
ción y equilibrio, sino el mantener una delimitación, que es lo que
permite la existencia de sistemas (Luhmann: 1984). Es esta exigencia
funcional lo que explica que con frecuencia se fijen los límites entre
disciplinas de un modo que, considerado desde una perspectiva in­
telectual, muchas veces parece arbitrario. Estas disciplinas de la cien­
cia social, y las escuelas y tradiciones que las constituyen, son las
que poseen clásicos.
El hecho de que las diversas partes reconozcan un clásico supone
fijar un punto de referencia común a todas ellas. Un clásico reduce
la complejidad (vid. Luhmann: 1979). Es un símbolo que condensa
— «representa»— diversas tradiciones generales. Creo que la conden­
sación tiene al menos cuatro ventajas funcionales.

nuum científico. F.xisten desacuerdos fundamentales en la cuestión de si el análisis


debe centrarse en el nivel individual o en el nivel social, o en el problema de aspectos
económicos o interpretativos; existen enfrentamientos ideológicos acerca de si la in­
vestigación de los desastres debe ser guiada por las responsabilidades con respecto a
la comunidad o por intereses profesionales más restringidos; existen numerosos de­
bates sobre definiciones, referentes, por ejemplo, a qué es una «organización», y
discusiones sobre el valor de cuestionar definiciones y taxonomías. Vid. ejn Drabek
1986 y su libro de próxima aparición un buen resumen de estas discusiones.
lin primer lugar, por supuesto, simplifica y por tanto facilita la
discusión teórica. Simplifica al permitir que un número muy redu­
ndo de obras sustituyan — es decir, representen mediante un proce­
so de estereotipación o estandarización— la miríada de formulacio­
nes matizadas que se producen en el curso de la vida intelectual
contingente. Cuando discutimos por referencia a los clásicos las cues-
iiones centrales que afectan a la ciencia social estamos sacrificando
la capacidad de abarcar esta especificidad matizada. A cambio con­
seguimos algo muy importante. Al hablar en los términos de los
clásicos podemos albergar una relativa confianza en que nuestros
interlocutores sabrán al menos de qué estamos hablando, incluso
aunque no reconozcan en nuestra discusión su propia posición par­
ticular y única. A esto se debe el hecho de que si pretendemos hacer
mi análisis crítico del capitalismo es más que probable que recurra­
mos a la obra de Marx. De forma parecida, si deseamos valorar los
diversos análisis críticos del capitalismo existentes en la actualidad
probablemente los tipificaremos comparándolos con la obra de Marx.
Solo así estaremos más o menos seguros de que otros pueden seguir
nuestros juicios ideológicos y cognoscitivos, y quizá consigamos per­
suadirles.
La segunda ventaja funcional consiste en que los clásicos hacen
posible sostener compromisos generales sin que sea necesario expli-
citar los criterios de adhesión a esos compromisos. Puesto que es
muy difícil formular tales criterios, y virtualmente imposible obtener
un acuerdo sobre ellos, es muy importante esta función de concre-
tización. Es esto lo que nos permite discutir sobre Parsons, sobre la
«funcionalidad» relativa de sus primeras y últimas obras, y sobre si
su teoría (sea lo que sea en concreto) puede explicar de verdad el
conflicto en el mundo real, sin que sea preciso definir el equilibrio
y la naturaleza de los sistemas. O , en lugar de examinar explícita­
mente las ventajas de una concepción afectiva o normativa de la
acción humana, se puede sostener que, de hecho, esta fue la pers­
pectiva que Durkheim adoptó en sus obras más importantes.
La tercera ventaja funcional tiene un carácter irónico. Como se
da por supuesta la existencia de un instrumento de comunicación
«clásico», es posible no reconocer en absoluto la existencia de un
discurso general. Así, como se reconoce sin discusión la importancia
de los clásicos, al científico social le resulta posible comenzar un
estudio empírico — en sociología industrial, por ejemplo— discutien­
do el tratamiento del trabajo en los primeros escritos de Marx. Si
bien sería ilegítimo que dicho científico sugiriera que consideracio­
nes no empíricas sobre la naturaleza humana, y no digamos especu­
laciones utópicas sobre las posibilidades humanas, constituyen el
punto de referencia de la sociología industrial, es precisamente eso
lo que reconoce de forma implícita al referirse a la obra de Marx.
Finalmente, la concretización que proporcionan los clásicos les otor­
ga potencialidades tan privilegiadas que el tomarles como punto de
referencia adquiere importancia por razones puramente estratégicas
e instrumentales. Cualquier científico social ambicioso y cualquier
escuela en ascenso tiene un interés inmediato en legitimarse vis-a-vis
de los fundadores clásicos. Y aun en el caso de que no exista un
interés genuino por los clásicos, estos tienen que ser criticados, re­
leídos o redescubiertos si se vuelven a poner en cuestión los criterios
normativos de valoración de la disciplina.
Estas son las razones funcionales o extrínsecas del status privile­
giado que la ciencia social otorga a un grupo reducido y selecto de
obras anteriores. Pero en mi opinión existen también razones intrín­
secas, genuinamente intelectuales. Por razones intelectuales entiendo
que a ciertas obras se les concede el rango de clásicas porque hacen
úna contribución singular y permanente a la ciencia de la sociedad.
Parto de la tesis de que cuanto más general es una discusión cientí­
fica menos acumulativa puede ser. ¿Por que? Porque si bien los
compromisos generales están sujetos a criterios de verdad, es impo­
sible establecer estos criterios de forma inequívoca. Las valoraciones
generales no se basan tanto en cualidades del mundo objetivo — so­
bre el que con frecuencia es posible alcanzar un acuerdo mínimo-—
como en gustos y preferencias relativos de una comunidad cultural
concreta. El discurso general, por tanto, descansa en cualidades pro­
pias de la sensibilidad personal que no son progresivas: cualidades
estéticas, interpretativas, filosóficas. En este sentido las variaciones
de la ciencia social no reflejan una acumulación lineal — una cuestión
susceptible de ser calculada temporalmente— , sino la distribución de
la capacidad humana, esencialmente aleatoria. La producción de
«gran» ciencia social es un don que, como la capacidad de crear
«gran» arte (cfr. Nisbet: 1976), varía transhistóricamente entre so­
ciedades diferentes y seres humanos diferentes 8.

8 La razón que suele aducirse para explicar la centralidad de los clásicos en las
artes es, com o es bien sabido, la idiosincrasia de la capacidad creativa. Sin embargo,
en su escrito sobre la form ación de obras literarias canónicas, Kerinode (1985) ha
mostrado que esta concepción atribuye demasiada importancia a la información exacta
sobre una obra y demasiado poca a la opinión no informada de un grupo y a los
criterios valorativos «irracionales». Por ejemplo, la eminencia artística efe Botticelli se
restableció en círculos de finales del siglo XIX por motivos que posteriorm ente se han
mostrado sumamente espúreos. Sus defensores empleaban argumentos cuya vaguedad
y confusión no podían haber justificado estéticamente su arte. En este sentido, Ker-
mode sostiene que las obras «canónicas» lo son por razones funcionales. Según este
autor, «es difícil que las instituciones culturales... puedan funcionar normalmente sin
ellas» (1985: p. 78). Al mismo tiempo, Kerm ode insiste en que sí hay alguna dimen­
sión intrínseca que justifique esa canonización. Así, aunque admite que «todas las
Dillhcy escribió que la «vida humana como punto de partida y
i nnioxto duradero proporciona el primer rasgo estructural básico de
luí estudios humanísticos; pues estos se basan en la experiencia,
i iimprcnsión y conocimiento de la vida» (1976, p.186). En otras
palabras, la ciencia social no puede aprenderse mediante la mera
Ululación de una forma de resolver problemas empíricos. Dado que
lime por objeto la vida, la ciencia social depende de la capacidad
ili l propio científico para entender la vida; depende de las capacida-
ili". idiosincrásicas para experimentar, comprender y conocer. En mi
opinión, este conocimiento individual tiene al menos tres caracterís-
iii .is distintivas:

I l a interpretación de estados mentales

Toda generalización sobre la estructura o causas de un fenómeno


Mii ial — una institución, un movimiento religioso o un suceso poll­
ino depende de alguna concepción de los motivos implicados.
I'oro la exacta comprensión de los motivos requiere, sin embargo,
unas capacidades de empatia, perspicacia e interpretación muy desa-
i rolladas. A igualdad de los demás factores, las obras de científicos
Mídales que manifiestan tales capacidades en grado sumo se convier­
ten en clásicos a los que tienen que referirse quienes disponen de
i opacidades más mediocres para comprender las inclinaciones sub-
letivas de la humanidad. El vigor de la «sociología de la religión» de
las últimas obras de Durkheim se debe en gran medida a su notable
rapacidad para intuir el significado cultural y la importancia p sico­
lógica del comportamiento ritual entre los aborígenes australianos.
I )e modo similar, no es la herencia interaccionista de Goffman o sus
métodos empíricos los que han convertido su teoría en un paradigma
para el microanálisis del compartimiento social, sino su extraordina-
lia sensibilidad respecto a los matices del comportamiento humano.
I’ocos autores contemporáneos podrán alcanzar jamás el nivel de
perspicacia de Goffman. Sus obras son clásicas porque es preciso
recurrir a ellas para experimentar y comprender cuál es la verdadera
naturaleza de la motivación interaccional.

interpretaciones son erróneas», sostiene que «no obstante, algunas de ellas son buenas
en relación con su fin último» (1985: p .91). ¿Por que? «Una interpretación suficien­
temente buena es la que estimula o posibilita determinadas formas necesarias de aten­
ción. L o que im porta... es que esas maneras de inducir dichas formas de atención
deben seguir existiendo, incluso si en último término todas ellas dependen de la
opinión». La noción de «suficientemente buena» será historiografiada en mi posterior
discusión de los debates sociológicos sobre los clásicos.
2. La reconstrucción del mundo empírico

Com o el desacuerdo sobre cuestiones de fondo abre a la duda


incluso los propios referentes empíricos objetivos de la ciencia so­
cial, no es posible reducir en ella la complejidad del mundo objetivo
aplicando la matriz de controles disciplinarios consensúales. La ca­
pacidad de cada científico para la selección y la reconstrucción ad­
quiere una importancia acorde con este hecho. Una vez más encon­
tramos el mismo tipo de capacidad creativa e idiosincrásica para la
representación normalmente asociada al arte. Com o escribe Dawe re­
firiéndose a los clásicos, «mediante el poder creativo de su pensa­
miento.... manifiestan la continuidad histórica y humana que hace
su experiencia representativa de la nuestra» (1978, p. 366).
La capacidad de representación depende no sólo de la perspicacia
sino también de ese algo evanescente llamado «capacidad intelec­
tual». De este modo, los contemporáneos pueden enumerar las cua­
lidades típicas-ideales de la vida urbana, pero pocos de ellos podrán
comprender o representarse el anonimato y sus implicaciones con la
riqueza o vivacidad del propio Simmel. ¿Ha conseguido algún mar-
xista desde Marx escribir una historia político-económica que posea
la sutileza, complejidad y aparente integración conceptual de El 18
Brumario de Luis Bonaparte ? ¿Ha sido algún científico social capaz
de expresar la naturaleza de las «mercancías» tan bien como el mis­
mo Marx en el primer capítulo de El Capital ? ¿Cuántos análisis
contemporáneos de la sociedad feudal se acercan a la compleja y
sistemática descripción de interrelaciones económicas, religiosas y
políticas que elabora Weber en los capítulos sobre patrimonialismo
y feudalismo en Economía y sociedad ? Esto no quiere decir que en
aspectos importantes nuestro conocimiento de estos fenómenos no
haya superado el de Marx y Durkheim; pero sí que, en ciertos as-
jectos decisivos, no lo ha conseguido. En efecto, las ideas particu-
{ ares que acabo de citar fueron tan inusuales que los contemporáneos
de Marx y Weber no consiguieron entenderlas, y mucho menos va­
lorarlas o asimilarlas críticamente. Han sido necesarias generaciones
para reaprender poco a poco la estructura de sus argumentos, con
sus implicaciones pretendidas y no pretendidas. Exactamente lo mis­
mo puede decirse de las obras estéticas más importantes.

3. La formulación de valoraciones morales e ideológicas

Cuanto más general sea una proposición de la ciencia social tanto


más tendrá que mover a reflexión sobre el significado de la vida
social. Esta es su función ideológica .en el más'amplio sentido de la
l>il.ihra. Aun en el caso de que esta referencia ideológica fuera in-
.Ir'.cable — cosa que en mi opinión no es— , ni siquiera la praxis
i n ulifica más escrupulosa podría librarse de sus efectos. Una ideo-
Inflín eficaz, además (Geertz: 1964), no depende sólo de una sutil
«fusibilidad social, sino también de una capacidad estética para con­
densar y articular la «realidad ideológica» mediante figuras retóricas
i|nopiadas. Las proposiciones ideológicas, en otras palabras, tam-
liicn pueden alcanzar el rango «clásico». Las páginas finales de La
i iii it protestante no reflejan el carácter de la modernidad racionali-
a11a y carente de alma: lo crean. Para entender la modernidad ra-
i ninaíizada no podemos limitarnos a observarla: tenemos que releer
cMa obra temprana de W eber para volver a apreciarla y experimen-
iai la. De modo similar, puede que nunca se capte con mayor fuerza
i|iie en El hombre unidimensional de Marcuse el carácter opresivo y
sofocante de la modernidad.
listas consideraciones funcionales e intelectuales otorgan a los
clásicos — no solo al discurso general per se— una importancia cen­
ital para la praxis de la ciencia social. Estas consideraciones deter­
minan que a estas obras antiguas se les otorgue un status privilegiado
V se las venere de tal modo que el significado que se les atribuye a
menudo se considera equivalente al propio conocimiento científico
contemporáneo. El discurso sobre una de estas obras privilegiadas
se convierte en una forma legítima de debate científico racional; la
investigación del «nuevo significado» de tales textos se convierte en
una forma legítima de reorientar el trabajo científico. Lo que es
tanto como decir que una vez que determinada obra adquiere el
rango de clásica su interpretación se convierte en una clave del de­
bate científico. Y como los clásicos son esenciales para la ciencia
social, la interpretación ha de considerarse una de las formas de
debate teórico más importantes.
Merton tenía razón al afirmar que los científicos sociales tienden
a mezclar la historia y la sistemática en la teoría social. También
estaba enteramente justificado al atribuir esta mezcla a los «esfuerzos
por armonizar orientaciones científicas y humanistas» (Merton:
1967a, p. 29). Sin embargo, estaba equivocado al afirmar que es
patológica esa mezcla o el solapamiento causante de dicha mezcla.
I;.l propio Merton no fue lo suficientemente empírico en este aspec­
to. Desde el origen del estudio sistemático de la sociedad en la an­
tigua Grecia, la mezcla v el solapamiento han sido endémicas en la
praxis de la ciencia social. El interpretar esta situación como anormal
refleja prejuicios especulativos injustificados, no hechos empíricos.
Él primero de estos prejuicios injustificados es que la ciencia
social constituye una empresa joven e inmadura en comparación con
la ciencia natural; al madurar, se irá asimilando progresivamente a
las ciencias naturales. Y o sostengo, por el contrario, que hay razones
endémicas insoslayables para que exista una divergencia entre la cien­
cia natural y la ciencia social; además, la «madurez» de esta última,
según creo, se ha alcanzado hace ya bastante tiempo. Un segundo
prejuicio es que la ciencia social — una vez más, supuestamente idén­
tica a la ciencia natural— es una disciplina puramente empírica que
puede desprenderse de su forma discursiva y general. Mantengo, pór
el contrario, que nada indica que se vaya a alcanzar jamás esta con­
dición prístina. Sostengo que fa propia ciencia natural que se utiliza
como paradigma de tales esperanzas está inevitablemente ligada a
compromisos tan generales como los de la ciencia social, aunque
tales compromisos queden disimulados en su caso.
Merton lamenta que «casi todos los sociólogos se consideran cua­
lificados para enseñar y para escribir la ‘historia’ de la teoría socio­
lógica, pues al fin y al cabo están familiarizados con los escritos
clásicos de épocas anteriores» (1967, p. 2). En mi opinión, este hecho
es enteramente positivo. Si los sociólogos no se consideran cualifi­
cados en esc aspecto, no solo daría fin un tipo de historia de la
sociología «vulgarizada», sino la misma práctica de la sociología 9.

Ingenuidad fenom enológica: p or qué deben deconstruirse los


debates clásicos

En las secciones precedentes he argumentado teóricamente que


no puede existir escisión entre historia y sistemática. En la sección
que sigue pretendo mostrar empíricamente que no existe. Antes de
hacerlo, sin embargo, tengo que reconocer que, después de todo,
hay un lugar en el que esa escisión es muy real. D icho lugar es la

9 D ebo admitir también que existen importantes ambigüedades en el ensayo de


M erton, ambigüedades que hacen posible interpretar su tesis de maneras significati­
vamente distintas. (L o que, según creo, podría decirse también de su trabajo sobre la
teoría de rango m edio: vid. Alcxander: 1982a, pp. 11-14). P or ejemplo, en la penúl­
tima página de su ensayo (1967a, p. 37) indica que los clásicos pueden tener la si­
guiente «función» sistemática: «los cambios en el conocim iento sociológico actual y
en los problemas y los centros de interés de la sociología nos permiten encontrar
nuevas ideas en una obra que ya habíamos leído». R econoce, además, que estos
cambios pueden originarse en «desarrollos recientes de nuestra propia vida intelec­
tual». Esto puede interpretarse com o reconocimiento de la necesidad sistemática de
ue la sociología actual haga referencia a los clásicos, es decir, com o reconocimiento
3 e ese tipo de «sistemática histórica» en contra del cual M erton escribió la parte
principal de su ensayo. Quizá por tal razón Merton matiza inmediatamente esta
afirmación con una nueva versión de su tesis empirista y acumulacionista. La causa
de que «en muchas obras anteriores se manifiesten cosas ‘nuevas’» es que «cada nueva
generación acumula su propio repertorio de conocimientos».
mente de los propios científicos sociales. Dedicare la presente sec­
ción a esta paradoja.
Aunque continuamente hacen de la obra de los clásicos el tema
de su discurso, los científicos sociales — en conjunto— no reconocen
que proceden así para elaborar argumentos científicos, ni tampoco
que efectúen actos de interpretación como parte de ese discurso.
Rara vez se aborda la cuestión de por qué están discutiendo los
clásicos. En lugar de esto se da por supuesto que la discusión es el
tipo más normal de actividad profesionalmente sancionada. Es in­
frecuente que se piense en la posibilidad de que esta actividad tenga
carácter teórico o interpretativo. Por lo que concierne a los partici­
pantes en el debate, simplemente intentan ver a los clásicos como
son «en realidad».
Esta falta de conciencia de la propia actividad no es el reflejo de
un ingenuidad teórica. Al contrario, caracteriza alguna de las discu­
siones interpretativas más elaboradas que ha producido la ciencia
social.
El ejemplo más célebre es la presentación que hace Parsons de
su tesis de la convergencia en The Structure o f Social Action (1937).
Esta obra, un tour de forcé interpretativo, sostiene que todas las
principales teorías científicas del período finisecular subrayaban el
papel de los valores sociales en la integración de la sociedad. Parsons
defiende esta lectura mediante una conceptualización creativa y nu­
merosas citas, pero es sorprendente que no reconozca en absoluto
que se trata de una interpretación. Insiste en que ha llevado a cabo
una investigación empírica que es «una cuestión de hecho como otra
cualquiera» (Parsons: 1937, p. 697). En efecto, el nuevo análisis par-
soniano de las obras de los clásicos es el resultado de cambios en el
mundo objetivo más que la consecuencia de nuevas cuestiones plan­
teadas por el propio Parsons. Los clásicos descubrieron valores, y'
este descubrimiento es el nuevo dato empírico para la obra científica
de Parsons. Su análisis, por consiguiente, «se ha seguido [en gran
parte] de sus nuevos descubrimientos empíricos» (Parsons: 1937, p.
721). La misma disyunción de intención teórica y praxis interpreta­
tiva puede observarse en las tesis contrarias a la posición de Parsons.
En el prefacio a Capitalism and Modern Social Theory (1972), G id­
dens sostiene que su tesis neomarxista responde a desarrollos empí­
ricos tales como «los resultados recientes de la investigación» y al
descubrimiento de nuevos textos marxistas. Roth (1978, pp. X X X III-
X C ) sostiene que su lectura antiparsoniana de W eber resulta del
acceso a secciones de la obra de Weber Economía y sociedad que no
se habían traducido hasta hace poco, y Mitzman (1970) afirma que
su interpretación marcusiana de Weber procede del descubrimiento
de nuevo material biográfico.
Por supuesto, a la luz de mi argumentación anterior está claro
que tales «autointerpretaciones» empíricas sirven para encubrir el
relativismo que implica la misma centralidad de los clásicos. Querría
indicar, sin embargo, que el papel funcional de esta autointerpreta-
ción consiste precisamente en proporcionar ese encubrimiento. Si los
que participan en debates clásicos supieran que sus investigaciones
— sean «interpretativas» o «históricas»— son en realidad debates teó­
ricos con otro nombre, tales debates no conseguirían reducir la com­
plejidad. Se sentirían obligados a justificar sus posiciones mediante
un discurso directo y sistemático. Lo mismo puede decirse, por su­
puesto, de las autointerpretaciones empiristas en general. Si quienes
practican la ciencia fueran conscientes de hasta qué punto su trabajo
está guiado por presuposiciones y por la necesidad de consolidar
escuelas teóricas, sería más difícil dedicarse al trabajo teórico fruc­
tífero a largo plazo.
En otras palabras, los científicos sociales tienen, por definición,
^ae adoptar respecto a sus clásicos lo que Husserl (p. ej., 1977)
denominaba «actitud ingenua». Inmersos en fórmulas clásicas y dis­
ciplinados por lo que ellos consideran su herencia intelectual, los
científicos sociales no pueden entender que son ellos mismos, a tra­
vés de sus intereses e intenciones teóricos, quienes convierten los
textos en clásicos y otorgan a cada texto clásico su significado con­
temporáneo,. Al lamentar que el «concepto de historia de la teoría»
qüeTmpfégna la ciencia social «no es, de hecho, ni historia ni siste­
mática, sino un híbrido escasamente elaborado», Merton, él mismo
empirista, no ha sido — una vez más— lo suficientemente empírico.
Este híbrido, que durante tanto tiempo le ha resultado esencial a la
ciencia social, tiene por fuerza que estar escasamente elaborado.
He afirmado que los científicos sociales necesitan clásicos porque
estos expresan sus ambiciones sistemáticas mediante esas discusiones
históricas. Es esta «intención» científica , en el estricto sentido fe-
nomenológico, la que crea la realidad de los clásicos para la vida de
la ciencia social. Husserl mostró que la objetividad de la vida social
— su «realidad» vis-d-vis el actor— se basa en la capacidad del actor
para suspender, hacer invisible su propia conciencia, su creación in­
tencional de la objetividad. De modo similar, en la discusión de los
clásicos la intencionalidad de los científicos sociales se haya oculta,
no solo a las personas ajenas a la ciencia, sino, normalmente, incluso
a los mismos actores. Las intenciones que convierten a los clásicos
en lo que son — intereses teóricos y praxis interpretativas— están
fenomenológicamente aisladas. De aquí se sigue que investigar estos
intereses teóricos y estas praxis interpretativas supone ejercer lo que
Husserl llamaba «reducción fenomenoiógica». En vez de acceder a
la praxis ordinaria y aislar la intención subjetiva, tenemos que adop-
i ii l,i práctica científica de aislar la «objetividad» de los mismos
11in us. l isto supone una reducción porque trata de demostrar que,
■n i u.ilquicr momento dado, los «clásicos» pueden ser entendidos
......ni proyecciones de los intereses teóricos e interpretativos de los
n imi's implicados. La escisión entre la historia y la sistemática no
i mi,le porque pueden ser sometidas a esta reducción.
I nlie otros autores que parten de Husserl, Derrida ha sugerido
■tur lodo texto es una construcción intencional, no el reflejo de una
•11 n i minada realidad. La teoría del reflejo está fundada en la noción
■li presencia, en la idea de que un texto dado puede contener — pue-
ili lui'cr presentes— en sí mismo los elementos esenciales de la rea-
lid id .1 la que se refiere, en la idea de que hay una realidad que es
•II.i misma últimamente presente. Pero si se reconoce la intenciona-
lid.ul, la ausencia determina la naturaleza de un texto dado tanto
<omo la presencia. Toda descripción de la realidad es selectiva; al
df|,ii fuera ciertos elementos, tal descripción no solo produce las
pi esencias» de lo que incluye, sino también las ausencias de lo que
i si luye. El mito del texto presente, sugiere Derrida, se convierte en
l.i ideología del texto qua texto. Se considera que los textos son
li );ii irnos porque puede confiarse en que son el reflejo de los hechos
ii ideas que contienen. Sin embargo, si el texto se basa en ausencias
un puede aceptarse por su significado literal. Los textos deben ser
di i onstruidos porque se basan en ausencias. «El ‘deconstruir’ la fi­
lo',olía», escribe Derrida en cierto momento, no es únicamente in­
vestigar la historia de sus conceptos clave, sino también determinar,
desde una posición «externa» a la propia posición del autor, «qué
i ■>lo que esta historia ha podido ocultar o prohibir, constituyéndose
i lia misma en historia a través de esta represión en la que está inte-
ii".,ida» (Derrida: 1981, pp. 6-7, traducción no literal).
Para demostrar el carácter central de los clásicos es necesario
deconstruir las discusiones de la ciencia social sobre los clásicos.
Solo si se entiende la sutil interacción entre ausencia y presencia
podrá apreciarse la función teórica de los clásicos, aunque es más
difícil apreciar la praxis interpretativa mediante la cual actúa este
teorizar.

I.a interpretación de los clásicos com o arg u m en to teórico:


T alcott Parsons y su crítica del período de p ostguerra

Es posible entender la teoría sociológica del período que se ex­


tiende aproximadamente desde la Segunda Guerra Mundial hasta co­
mienzos de la década de los ochenta como una disciplina con una
lorma relativamente coherente (Alexander: 1986). El inicio de este
período estuvo marcado por la aparición de la teoría estructural-fun-
cionalista, y al menos hasta finales de los años sesenta este enfoque
tuvo una relativa predominancia en el campo científico. Sin embar­
go, ya a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta se
desarrollaron importantes críticas a la teoría funcionalista. Hacia me­
diados de los setenta la importancia del funcionalismo había dismi­
nuido, y se habían convertido en tendencias dominantes las corrien­
tes que anteriormente lo criticaban. A comienzos de la década de
los ochenta estas orientaciones establecidas empezaron a ser revisa­
das. En la actualidad es muy posible que esté surgiendo un campo
teórico enteramente nuevo; puede sin duda afirmarse que se está
viniendo abajo la antigua «forma coherente» de los últimos cuarenta
años.
Aunque no voy a tratar de demostrar aquí (vid., p. ej., Alexander
1987a [en preparación]) ese supuesto, todo lo que sigue se basa en
la idea de que este movimiento teórico proporciona el marco con­
ceptual en el que se ha desarrollado la ciencia social empírica «nor­
mal». Lo que quiero indicar es que este movimiento teórico siste­
mático ha inspirado y ha sido a su vez inspirado por debates de gran
alcance sobre la naturaleza y el significado de obras clásicas de la so­
ciología.
F.s sabido que a lo largo del periodo de la Primera Guerra Mun­
dial la teoría europea desempeñó un papel dominante. En el periodo
de entreguerras diversas razones motivaron que el centro de la so­
ciología comenzara a desplazarse desde Europa a los Estados Uni­
dos. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la Escuela de Chicago y
las teorías institucionalistas cuasi-marxistas eran' las tendencias más
destacadas en los Estados Unidos. Estas teorías se centraban princi­
palmente en la interacción individual, en el conflicto de grupos y en
el entorno ecológico-material, y los clásicos en que se inspiraban
eran pragmáticos como Cooley y Mead, institucionalistas como Ve-
blen y europeos como Simmel. El funcionalismo estructural surgió
como reacción a estas tradiciones. Este no se basaba solo en Tos
escritos de Parsons, sino también en las obras de un número elevado
de investigadores con talento cuya obra ya había comenzado a ejer­
cer influencia en los años treinta. Sin embargo, en las páginas que
siguen voy a centrarme en Parsons como líder de esta tradición.
Naturalmente, es cierto que razones sociales, extracientíficas, Con­
tribuyeron a la buena recepción de la obra funcionalista. Sin embar­
go, en primer termino esta obra se valoró y acogió por lo que se
consideraban motivos científicos. Com o sostendría la perspectiva em­
pirista, entre estos motivos se contaba la visión teórica y el poder
explicativo de la obra de Parsons. Pero no se limitaban únicamente
a esto, pues Parsons no solo fundaba su aspiración a una posición
científica dominante en su obra sistemática, sino también en la au­
toridad de los textos clásicos. Parsons sostenía que los textos clásicos
orientaban la actividad científica hacia el tipo de teoría sistemática
que él había concebido.
Cuando Parsons comenzó su carrera teórica en los años veinte,
el mismo estaba vinculado a Ja mixtura de pragmatismo, evolucio­
nismo e institucionalismo que caracterizaba la tradición americana
(Wearne: 1985). Sin embargo, en la obra que marcó el inicio del
ascenso de la teoría funcionalista era notoria la ausencia de los clá­
sicos relacionados con esa tradición. En The Structure o f Social Ac­
tion (1937), Parsons pretendía definir los resultados más importantes
alcanzados por la anterior generación de teóricos de la sociología.
Pero no sólo estaban ausentes de ella los pragmatistas e institucio-
nalistas americanos, sino también Simmel y M arx; y hasta muchos
años después seguirían ausentes de la teoría sociológica sistemática.
Las «presencias» en la reconstrucción de Parsons eran Marshall, Pa-
reto, Durkheim y Weber. Parsons sostenía que fueron ellos — y
sobre todo Durkneim y Weber-— quienes formaron la tradición clá­
sica de la que debía partir toda sociología futura.
Esta selección de obras anteriores no fue la única razón por la
que la obra de Parsons del año 1937 adquirió tal importancia; tam­
bién se debió a su interpretación de los textos elegidos. Parsons
sostenía, sin duda con cierta ambigüedad (Alexander: 1983), que
estos sociólogos enfatizaron los valores culturales y la integración
social. La agudeza de su intuición conceptual y la densidad de su
argumentación textual le permitieron a Parsons defender esta inter­
pretación de forma extremadamente convincente. En otras palabras:
el éxito de su tesis sobre los clásicos se debió a su praxis interpre­
tativa, y no — como el propio Parsons ha sugerido (vid. supra)— a
la naturaleza empírica de su descubrimiento. Esta interpretación, a
su vez, estaba inspirada por intereses teóricos. Solo retrospectiva­
mente ha comprendido la comunidad sociológica qué incompleta era
la lectura de Parsons, y cómo su interpretación de esos autores clá­
sicos estaba concebida de forma tal que apoyara la tesis teórica sis­
temática que Parsons pretendió justificar posteriormente mediante
estos textos.
En su crucial discusión de la primera gran obra de Durkhcim,
por ejemplo, Parsons interpretaba el capítulo quinto del libro pri­
mero de La división social del trabajo — la discusión, ahora célebre,
sobre los elementos no contractuales del contrato— como un argu­
mento en favor del control normativo y cultural en la vida econó­
mica. Pero puede defenderse, por el contario, (Alexander: 1982b, pp.
124-40), que la intención de Durkheim en este capítulo era subrayar
la necesidad de un estado relativamente autónomo y regulador. Ade­
más, Parsons ignoró por completo el libro segundo de La división
social del trabajo , en el que Durkheim presentaba un análisis ecoló­
gico, incluso materialista, de las causas del cambio social. Parsons
sugería así mismo que la última obra de Durkheim, Las formas ele­
mentales de la vida religiosa, representaba una desviación idealista
del tratamiento pluridimensional de la solidaridad que había formu­
lado en su escrito precedente. Sin embargo, Parsons difícilmente es­
taba en condiciones de extraer esta conclusión, dado que en realidad
pasó por alto partes importantes de su anterior escrito. Parece mu­
cho más probable que los últimos escritos de Durkheim fueran co­
herentes entre sí. En caso de que sea así, ese idealismo que a Parsons
le parecía una desviación sería una característica de la obra más ma­
dura de Durkheim. La precipitada lectura parsoniana de Durkheim
tuvo como consecuencia que su insistencia unilateral en la normati-
vidad de los últimos veinte años de Durkheim quedara, en buena
medida, a salvo de críticas.
La interpretación parsoniana de Durkheim — no a pesar de su
brillantez, sino a causa de esta— estaba, pues, inspirada en los inte­
reses teóricos que en el período posterior a la publicación de La
estructura de la acción social sirvieron para establecer las líneas maes­
tras de la obra funcionalista; cosa que, con mayor motivo, cabe
afirmar de su análisis de Weber. En primer lugar, Parsons ignoró la
tensión irresuelta entre la teoría normativa e instrumental que im­
pregna incluso la misma sociología de la religión de Weber. Sin em­
bargo, es todavía más significativo que ni siquiera tuviera en cuenta
la sociología política sustantiva que Weber desarrolló en Economía
y sociedad: las discusiones históricas de la transición desde la eco­
nomía doméstica patriarcal a los sistemas feudales y patrimoniales,
discusiones que giran casi exclusivamente en torno a consideraciones
antinormativas. Parsons pudo defender una interpretación de Weber
basada en la idea de que la sociología política de dicho autor estaba
centrada en el problema de la legitimidad moral y política solo por­
que ignoró esta parte esencial de la obra weberiana.
En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial la se­
lección e interpretación parsoniana de los clásicos llegó a ser amplia­
mente aceptada. Su veneración hacia estos autores clásicos era per­
sonal y manifiesta, y contribuyó eficazmente a que sus contempo­
ráneos sintieran del mismo modo. En cada nuevo paso de su poste­
rior desarrollo teórico insitía en que la teoría funcionalista era una
continuación lógica del camino que habían abierto estos antecesores.
Y, en efecto, en cada nueva fase de su actividad teórica posterior
Parsons «retornaba» a Weber y a Durkheim, y cada relectura le
permitía comprender las promesas y los problemas de sus obras
desde la perspectiva del nuevo paradigma funcional que estaba gestan­
do.
En su larga introducción a la traducción colectiva de la obra de
Weber Theory o f Social and Economic Organization, Parsons (1947)
consideraba que W eber había subrayado con acierto el contexto va-
lorativo de los mercados y el transfondo cultural de la autoridad,
pero afirmaba que su teoría de la burocracia insistía excesivamente
ni el papel de la jerarquía porque descuidaba la socialización y las
normas profesionales. Es sabido que ambas cuestiones constituyeron
i'l tema de The Social System (Parsons: 1951), que apareció cuatro
años después. D e modo similar, Parsons investigó el tratamiento de
la integración social en Durkheim en el seno de su propio análisis
de la diferenciación interna de los sistemas sociales (Parsons: 1967).
Encontró que Durkheim se había ocupado de la diferenciación de
objetivos, normas y valores mucho más de lo que él mismo había
pensado en su interpretación de hacía treinta años. Y cuando Par­
sons emprendió el trabajo de conceptualizar una teoría evolutiva del
cambio social, demostró en una extensa investigación de la teoría de
la religión de Weber que este también tenía un enfoque evolutivo,
cosa que Bellah (1959), uno de los discípulos más cualificados de
Weber, se había encargado de demostrar respecto a Durkheim varios
años antes.
Finalmente, tenemos el caso de un teórico cuyo status clásico
Parsons solo reconoció posteriormente, y cuya anterior ausencia,
por tanto, trató de corregir con urgencia. En la teoría funcionalista
madura de Parsons, que se presentó por primera vez en 1951 con la
publicación de The Social System , la socialización desempeña un pa­
pel principal, y el fenómeno se abordaba desde un punto de vista
psiconalítico. En su prefacio a ediciones posteriores de The Structure
o f Social Action , Parsons lamentaba no haber incluido a Freud en
aquella selección de autores clásicos. Ciertamente, el no hacerlo se
había convertido en los años cincuenta en algo peligrosamente anó­
malo. Dada la centralidad de los clásicos, el hecho de que Parsons
omitiera una discusión autorizada de Freud dejó expuesto su fun­
cionalismo psicoanalítico a serias críticas. Los freudianos antifuncio-
nalistas podían aducir que la teoría psicoanalítica no tenía nada que
ver con la socialización; que, al contrario, ponía de relieve la desor­
ganización de la personalidad y su rebelión frente a la civilización.
A partir de 1952 Parsons (1964a; 1964b; 1955) dedicó una serie de
ensayos a demostrar que P’reud veía en la introyección objetiva la
base del desarrollo de la personalidad; la introyección objetiva, por
supuesto, no era más que la interiorización de los valores con otro
nombre.
Cuando a finales de los- años cincuenta surgió una corriente teó­
rica y empírica opuesta al funcionalismo, la interpretación parsonia­
na de los clásicos se convirtió en uno de sus temas principales. Tam ­
poco estas críticas constituían un intento consciente de deconstruc­
ción, es decir, no se trataba de un movimiento que desvelaba los
intereses teóricos subyacentes a la argumentación clásica en cuanto
tal. Más bien se trataba, sobre todo, de «poner en orden los hechos
históricos». Además, se atribuían exclusivamente al propio Parsons
los intereses teóricos y estrategias interpretativas, si es que llegaba a
admitirse su existencia: por lo que se refiere a sus propias investi­
gaciones, los críticos de Parsons tenían, necesariamente, que conser­
var intacta su actitud ingenua.
Da testimonio del poder de Parsons el hecho de que en las pri­
meras etapas de este proceso las ausencias más sorprendentes de su
interpretación de los clásicos fueran las que menos atención atraje­
ron. Hinklc (1963; 198C) defendía la legitimidad de la teoría ameri­
cana anterior, tanto en su vertiente institucional como en su vertien­
te pragmática, sugiriendo que podía considerarse por derecho propio
como un cuerpo de teoría elaborada. Sin embargo, es posible ver
que, en realidad, su tesis defiende la construcción teórica de Parsons
apuntalando su propia concepción de la historia, como indica el
título del temprano artículo de Hinkle «Antecedents of the Action
Orientation in American Sociology before 1935». En su tesis doc­
toral sobre la teoría de conflictos en la sociología americana anterior,
Coser atacaba con mucha mayor agresividad la selección de Parsons,
criticando la orientación de sus problemas y apoyándose en la teoría
institucionalista. Sin embargo, solo se llegó a imprimir un breve
resumen de la tesis de Coser (Coser: 1956, pp. 15-31).
Levin comparaba a Simmel y Parsons en su tesis doctoral de
1957, sugiriendo que, como mínimo, existía cierto paralelismo entre
Parsons y un importante autor anterior que había ignorado comple­
tamente. Sin embargo, tampoco esta tesis se publicó hasta pasados
más de veinte años. Cuando finalmente salió a la luz — en una serie
impresa en offset dedicada a la edición de libros agotados o de tesis
doctorales no publicadas— Levine (1980) hizo más críticas y explí­
citas las implicaciones de su introducción de Simmel. En una nueva
introducción recalcó la decisión de Parsons de eliminar del manus­
crito definitivo de The Structure o f Social Action el capítulo que
había redactado sobre Simmel. Esto demostraba, en opinión de Le­
vine, que Parsons había efectuado su selección de los clásicos para
apoyar su «sesgado» interés teórico apriorístico. Parsons excluyó a
Simmel porque incluirlo hubiera supuesto extender una influencia
antifuncionalista. Aunque no cabe duda de que esa crítica de la au­
sencia está justificada, no lo está la interpretación de Levine. Su tesis
de que el mero hecho de incluir a Simmel hubiera significado pre­
sentar una visión antifuncionalista se basa en el supuesto empirista
de que la obra de Simmel tiene un significado inequívoco.
Sin embargo, la más conspicua de las ausencias en la interpreta­
ción de Parsons, la figura de Karl Marx, no recibió una atención
generalizada en esta primera fase. Más adelante sugeriré que Marx
empezó a discutirse por primera vez solo a través del debate origi­
nado en el seno de la escuela parsoniana y bajo el aspecto de la
«teoría del conflicto». Solo una vez que los funcionalistas habían
sido sucedidos por sus críticos se elevó a Marx a la categoría de
clásico de forma explícita. Cuando en 1968 Zeitlin desbarató la in­
terpretación de Parsons afirmando que los clásicos parsonianos eran
conservadores cuya obra solo podía entenderse como reacción a
Marx, su tesis todavía despertó una atención relativamente escasa 10.
De hecho, se convirtieron en el centro del incipiente movimiento
antifuncionalista ausencias más sutiles en la interpretación parsonia­
na de Durkheim, Weber y Freud. El interés teórico principal con­
sistía en la restauración de una teoría sociológica más orientada al
estudio del poder, más centrada en la economía; existía un interés
secundario por recuperar la importancia de la acción contingente
frente a lo que se consideraba la insistencia parsoniana en el orden
colectivo como tal. Así, a mediados de los años cincuenta Gouldner
editó la primera traducción inglesa de Socialism and Saint-Simon, de
Durkheim; una obra de su etapa media a la que Parsons nunca se
había referido. Gouldner sostenía que esta obra demostraba la exis­
tencia de un Durkheim materialista y radical enteramente opuesto al
de la doctrina funcionalista. El que la praxis interpretativa de Gould­
ner fuera grosera y mal fundamentada en comparación con la de
Parsons explica,- sin duda, el éxito relativamente escaso del libro,
pero lo que importa son los intereses teóricos que subyacen a la tesis
de Gouldner. Giddens (1972) sostuvo la misma idea en un período
mucho más turbulento y mediante una interpretación mucho más
elaborada. Su tesis de que Durkheim, lejos de divergir de Marx a
este respecto, coincidía con él en su interés prioritario por las cues­
tiones económicas e institucionales —llegando a afirmar que D urk­
heim jamás se ocupó del «problema del orden» parsoniano— de­
sempeñó un importante papel en el rechazo de la teoría funcionalista
en aquel periodo posterior. De hecho, en el proceso de elaboración
del enfoque neo-marxista del análisis estructural en el que se encon­
traba trabajando, Giddens rechazó tajantemente la concepción evo­
lucionista parsoniana de la obra de Durkheim; inviniendo el análisis
de Parsons, degradó Las formas elementales de la vida religiosa y

10 ¿Necesito subrayar que estoy hablando únicamente de la discusión en la dis­


ciplina sociológica definida en sentido estricto? En Francia y en Alemania, por su­
puesto, Marx siempre ha sido el centro de un amplio debate intelectual. Piénsese en
S.trtre y en la Escuela de Frankfurt.
afirmó que La división del trabajo social constituía la obra más im­
portante de Durkheim. Martindale (1960) y Bendix (1971) atacaron
de forma distinta la interpretación voluntarista de Parsons. Como
weberianos interesados principalmente en las cuestiones del poder,
de los movimientos políticos y de la contingencia, insistieron en que
el planteamiento de Durkheim era en realidad organicista y antiin­
dividualista.
Como es sabido, Bendix se dedicó a demostrar que el «auténti­
co» Weber no tenía prácticamente nada en común con el retrato
normativo que puede encontrarse en la obra de Parsons. Bendix
sostenía que el Weber de Parsons se basaba en traducciones idealistas
erróneas de términos clave, como la caracterización parsoniana de
Herrschaft como «coordinación imperativa» y no como «domina­
ción», que es lo que correspondería a una traducción más literal del
alemán. Bendix también afirmaba que la interpretación de Parsons
suavizaba injustificadamente la sociología política de Weber y sus
escritos sobre el control patrimonial. Para Bendix, esta forma de
entender a Weber era simplemente la otra cara de su intento por
construir una sociología histórica comparada (p. ej., Bendix: 1978).
Guenther Roth, discípulo de Bendix, ha trabajado durante toda su
vida en demostrar este W eber alternativo de forma más documenta­
da y detallada. El énfasis que pone Roth en la orientación de la obra
de Weber hacia el estudio del conflicto de grupos en su larga intro­
ducción a Economía y sociedad demuestra que hay una clara ambi­
ción teórica detrás de su documentada reconstrucción de esta obra.
Aproximadamente al mismo tiempo, un discípulo de Coser — Arthur
Mitzman (1970)— sugería que, lejos de encontrarse orientada hacia
los valores y la integración, había que considerar la obra de Weber
como una lucha nietzschiana en contra de la dominación de los va­
lores racionales. Anteriormente Wrong (1961) había hecho una re­
visión mucho más explícita del Freud parsoniano. Este autor sostuvo
que Parsons subestimaba excesivamente el énfasis en la represión de
la concepción freudiana del super-ego y la capacidad autónoma de
rebelión antisocial que Freud atribuyó al id.
Pero el esfuerzo de base por acabar con la hegemonía de la teoría
funcionalista no consistió solo en encontrar nuevas formas de inter­
pretar los clásicos y en proponer nuevos clásicos. También consistía
en desarrollar nuevas escuelas teóricas capaces de ofrecer una alter­
nativa sistemática a lo que se consideraban los énfasis característicos
del funcionalismo. De este modo surgieron la teoría de conflictos,
la teoría del intercambio, el interaccionismo simbólico, la etnome-
todología, y una forma específicamente sociológica de la teoría social
humanista o radical. Estas escuelas tenían que definir sus propios
clásicos, y lo hicieron; no solo en oposición a las interpretaciones
ile Parsons, sino también en oposición al propio Parsons. Pues en
el transcurso del período de postguerra que marcó la ascensión de
Parsons, su propia obra se había convertido en un clásico contem­
poráneo: hasta tal punto se había envuelto en un carisma numinoso
que las afirmaciones de Parsons llegaron a ser veneradas por sí mis­
mas, a ser aceptadas no por su solidez teórica, sino porque eran
suyas y solo suyas. En consecuencia, la interpretación de la obra de
Parsons pasó a ser una tarea secundaria (vid. Alexander: 1983), pues
probar que Parsons dijo o no dijo algo se convirtió en lo mismo
que formular una tesis teórica per se.
Por consiguiente, las escuelas que se desarrollaron a remolque de
las críticas antifuncionalistas tenían una doble tarea interpretativa.
Por una parte tenían que encontrar nuevos clásicos; por otra, tenían
que desembarazarse de ese contemporáneo recientemente elevado a
la categoría de clásico. Podemos observar este doble aspecto en la
fundación de toda escuela teórica nueva. Era preciso distinguir a
Parsons de los clásicos más antiguos. Esta tarca se cumplió en dos
pasos: en primer lugar, sosteniendo que los clásicos no eran lo que
Parsons afirmaba que eran; en segundo lugar, sosteniendo que Par-
sons no era lo que se había pretendido que era. Esta doble interpre­
tación se manifiesta con toda claridad en una serie de ensayos muy
discutidos en los que Pope (1973) y sus colegas (Cohén, Hazel-
rigg y Pope: 1975) propugnaban la «deparsonificación» de los clá­
sicos.
Consideremos, por ejemplo, la aparición de la teoría del conflic­
to. Los-textos clave de este movimiento fueron la obra de Rex Key
Problems in Sociological Theory (1961), la de Dahrendorf Class and
Class Conflict in Industrial Sociology (1959), y la de Coser The Func-
lions o f Social Conflict (1965). Para defender la idea de que la teoría
sociológica sistemática debía centrarse en el conflicto, era preciso
sostener que la teoría funcionalista se centraba en la estabilidad. Y
en vez de limitarse a argumentar estas ideas en el nivel de la teoría
sistemática o en el trabajo empírico, todos ellos lo hicieron interpre­
tando el «significado» de la obra de Parsons. Por un lado, los inte­
reses teóricos que aportaron a esta tarea pusieron de manifiesto im­
portantes debilidades de la obra de Parsons; por otro, tales intereses
teóricos se limitaron a producir un nuevo campo scmiótico de au­
sencias que vino a reemplazar al de Parsons.
Las lecturas de Parsons desde la teoría del conflicto ignoraron,
ñor ejemplo, toda la serie de ensayos «funcionalistas» que este pu­
blicó entre 1938 y 1950, y — lo que quizá sea más significativo— el
hecho de que su teoría abordó directamente el problema del cambio
desde la publicación de The Social System en 1951. Esta destrucción
de Parsons estaba simbólicamente vinculada a la interpretación de
Weber y Marx. Rex saludó a Marx como teórico del conflicto anti-
superestructuralista; Dahrendorf presentó un Weber exclusivamente
interesado en una teoría del poder coercitivo. La interpretación de
los clásicos de Coser difería, porque afirmaba que los maestros teó­
ricos del conflicto y el cambio eran Simmel y Marx. Un año antes
de la publicación del libro de Coser, Bendix, el crítico de Parsons
desde el campo weberiano, había sentado las bases de esta tesis en
el mundo angioparlante: en 1955 había publicado una traducción del
trabajo de Simmel Conflict and the Web o f Group Affiliations. El
teórico sistemático más importante de la escuela del conflicto, C o­
llins (p. cj., 1968; 1975; 1986) ha continuado criticando la elevación
de Parsons a la categoría de clásico y reestructurando la antigua
tradición clásica de modo muy similar.
La teoría del intercambio hizo su primera aparición con la~con-
tribución de Homans (1958) al número del American Journal o f
Sociology que conmemoraba el nacimiento de Simmel. Después de
que Homans elaborara los aspectos sistemáticos de esa teoría en
Social Behavior (1961), defendió su legitimidad reinterpretando el
clásico contemporáneo predominante en el discurso que pronunció
como presidente de la Asociación Americana de Sociología tres años
después. Este discurso, «Bringing Men Back In» (Homans: 1964),
presentaba una lectura de Parsons como «acción antihumana», y de
uno de los mejores discípulos de Parsons, Smelser, como secreta­
mente antiparsoniano. Esta lectura se convirtió en la justificación
polémica más importante de la teoría individualista durante los años
siguientes. Hasta pasados unos años no se llevó a cabo una funda-
mentación teórica más positiva de la teoría del intercambio (p. ej.,
Lindenberg: 1983) en favor de la centralidad de la economía política
de Adam Smith.
Al principio, la situación interpretativa de la etnometodología fue
bastante diferente. Garfinkel (1963) intentó introducir en un primer
momento la obra de Schütz entre los clásicos, al lado de la de Weber
y la de Parsons, tanto porque los axiomas básicos de Garfinkel eran
meras paráfrasis resumidas de obras fenomenológicas anteriores
— cosa que durante muchos años él mismo fue el primero en admi­
tir— como porque su ambición teórica todavía no estaba lo suficien­
temente desarrollada en esa primera época. Sin embargo, cuando
Garfinkel hizo explícita su intención de crear la escuela etnometo-
dológica, su relación con los clásicos se hizo mucho más compleja.
Ya no bastaba con hacer una lectura individualista de Schütz, lectura
que encubría la simpatía de Schütz por el énfasis de Weber en los
valores sociales. Las referencias a la obra de Schütz per se se hicieron
escasas y espaciadas, pues ia etnometodología (Garfinkel: 1984) es­
taba en trance de presentarse como corriente surgida únicamente de
estudios empíricos. Al mismo tiempo, se invirtió la interpretación
de Parsons por parte de Garfinkel. Garfinkel necesitaba atacar el
status clásico de Parsons para sustentar una alternativa a la teoría
parsoniana. De todos modos, se vio obligado a actuar así, pues sus
distintos intereses teóricos le hicieron contemplar a Parsons de for­
ma diferente. Ahora Garfinkel insistía en que para Parsons los ac­
tores eran «idiotas culturales» que se conformaban a las normas irre­
flexiva y acríticamente. Por tanto, quienes valoraban los elementos
creativos y rebeldes de la acción humana se verían forzados a ela­
borar trabajos fenomenológicos de corte «antiparsoniano».
La apenas velada polémica de Blumer (1969) contra la teoría de
Parsons, polémica que contribuyó recuperar a Mead como «patrón»
del interaccionismo simbólico (cfr. Strauss: 1964), tuvo el mismo
efecto. Casi al mismo tiempo, otros interaccionistas (Stone y Farber-
man: 1967) afirmaban que la obra tardía de Durkheim, lejos de cons­
tituir una legitimación del orden moral, en realidad constituía un
acercamiento a los objetivos individualistas del pensamiento pragmá­
tico.
La sociología radical ganó terreno de forma muy similar, parti­
cularmente en los Estados Unidos. Los libros esenciales de esta co­
rriente, ambos publicados en 1970, fueron A Sociology o f Sociology,
de Friedrich, y The Corning Crisis o f Western Sociology, de Gouíd-
ner. Trabajando desde dentro del contexto liberal americano, ningu­
no de estos dos autores defendió directamente la centralidad del
teórico clásico que Parsons había excluido, a saber, Marx. En lugar
de esto, ambos discutieron la vigencia ideológica de Parsons. Si po­
día demostrarse que Parsons estaba de parte del Establishment po­
lítico, con ello quedarían legitimadas las posibilidades de una socio­
logía alternativa y radical. Así, mientras que teóricos anteriores (p.
ej., Hacker: 1961) habían señalado la tensión entre las teorías su­
puestamente organicistas de Parsons y sus ideales liberales, reformis­
tas, Friedrich trató de interpretar a Parsons como ideólogo del es­
tado burocrático-tecnocrático, y Gouldner lo alineó con el capita­
lismo individualista pre-burocrático. La reinterpretación preparó el
camino para diez años de trabajo sistemático empírico e historiográ-
fico de izquierdas, gran parte del cual apareció en las páginas de la
revista de Gouldner Theory and Society, que trataba de «renovar»
la sociología partiendo de los clásicos de la teoría del conflicto, la
etnometodología y la teoría crítica de Gouldner. Hasta finales de
este período, Gouldner (1980) no realizó ningún intento ambicioso
de situar a Marx entre los clásicos. Constituye un fenómeno reve­
lador de la íntima relación entre la historia y la sistemática el hecho
de que en la época en que compuso esta última obra — una época
en la que sus intereses teóricos e ideológicos habían tomado clara­
mente un cariz antiestalinista— Gouldner había comenzado a inter­
pretar las implicaciones de la obra de Parsons con respecto a la
jolítica contemporánea mostrando mayores simpatías por el libera-
f ismo (Gouldner: 1979; 1980, pp. 355-73).
Parece coherente con este proceso el hecho de que en la fase final
de la demolición de la interpretación parsoniana de los clásicos se
produzca un ataque historicista a los fundamentos fácticos de la obra
publicada por Parsons en 1937. Se sostuvo que Parsons había dis­
torsionado los clásicos al seguir un método «presentista», es decir,
se le acusaba de que sus interpretaciones de textos anteriores estaban
«sesgadas» porque no dejaban a un lado los problemas teóricos con­
temporáneos en favor de una descripción verdaderamente histórica.
Jones (1977) sostenía que Parsons ignoraba el ambiente intelectual
de Durkheim, y sugería que la imagen que mostraba el conocimiento
de ese ambiente no era la de un teórico interesado en cuestiones
teóricas generales, sino en los detalles de la vida religiosa de los
aborígenes. Camic (1979) y Levine (1980) apuntaron más directa­
mente al corazón teórico de La estructura de la acción social. Un
examen del utilitarismo históricamente riguroso, afirmaban, revelaría
que este no podía ser la teoría individualista e irracionalista que,
como señalaba Parsons, atacaban con acierto las teorías valorativas
de la sociología clásica. Dichos autores sostenían que el propio uti­
litarismo había sido una teoría de orientación moral, y que por tal
razón toda la reinterpretación parsoniana de los «progresos» de la
tradición sociológica clásica era fundamentalmente errónea. Su críti­
ca se desataba, típicamente, bajo la bandera de la objetividad histó­
rica, y presentaban sus conclusiones como simples exposiciones ca­
rentes de presuposiciones teóricas. Com o ya había demostrado la
influyente historia del pensamiento de Hirschman (1977, pp. 108-10),
es perfectamente posible que un observador igual de «objetivo» lea
incluso la obra de Adam Smith sobre los sentimientos morales como
precursora del individualismo racionalista del pensamiento utilitaris­
ta. Igual que ocurría con los intentos más sistemáticos precedentes,
estas tesis historicistas dependían de los intereses teóricos que sub-
yacían a la interpretación, no de una lectura neutral de la misma
literatura histórica.
Hacia mediados de los años setenta las nuevas escuelas teóricas
llegaron a controlar el discurso sociológico general con ayuda de su
interpretación de los clásicos. Las reinterpretaciones de Parsons no
eran ya hegemónicas. Los clásicos ausentes de la obra parsoniana
reaparecieron, y los presentes se «re-presentaron» en aspectos signi­
ficativos. En 1972 Lukes publicó una biografía intelectual de Durk­
heim que fue acogida como la obra interpretativa más importante de
los últimos tiempos. En su examen aparentemente minucioso de las
disputas sobre la obra de Durkheim, Lukes omitió sin más la inter­
pretación de Parsons.
Sólo ahora, cuando casi se había acabado por completo con la
hegemonía de Parsons, apareció finalmente Marx como clásico por
derecho propio. Para los teóricos europeos y para los jóvenes teó-
licos americanos, Marx parecía el único clásico al que tenía que
recurrir la ciencia social. El juego de la ausencia y la presencia en
las interpretaciones de Marx llegó a tener una importancia funda­
mental. Humanistas como Avineri (1969) y lukacksianos como O ll-
man (1971) se mostraron partidarios del joven Marx, pero acabó
adquiriendo una amplia aceptación la interpretación de Althusser,
mucho más sistemática y exigente (Althusser: 1969; Althusser y Ba-
libar: 1970), en la que se defendía la centralidad de la obra posterior
de Marx. Obras como los Grundrisse, el esbozo primitivo de El
capital, fueron traducidas e inmediatamente debatidas — p. ej., com­
párese Nicolaus (1973) con McClellan (1976) 11— a la luz de sus
implicaciones para esta discusión interpretativa. La cuestión de si la
preeminencia correspondía a la obra del primer Marx o a la del Marx
maduro desempeñó un papel crucial para determinar el punto de
referencia empírico — formación de las clases o superestructuras idea-
cionales, procesos económicos o alienación, clases trabajadoras nue­
vas o antiguas— de una amplia variedad de investigaciones.
En Inglaterra, por ejemplo, surigió una importante corriente de
trabajo empírico denominada «estudios culturales» (p. ej., Bennet et
til.: 1981; Clark et al.: 1979; Hall et al.: 1980). Centrándose en el
estudio de los símbolos y su relación con los conflictos de clase y
los conflictos sociales, este movimiento se inspiró (vid. Cohén: 1980;
1 Iall: 1981) casi exclusivamente en autores pertenecientes a la tradi­
ción marxista, desde la versión de Williams, característicamente bri­
tánica, hasta la más ortodoxa teoría althusseriana de los aparatos
ideológicos del estado. Ni Durkheim, que en la interpretación de

11 En 1971 M acClellan, que defendía un Marx más fenomenológico y sostenía


(|iic existía una continuidad entre sus primeros y sus últimos escritos, publicó una
traducción de aproximadamente cien de las más de ochocientas páginas efe los Grun­
drisse. En su introducción (1971, p. 12) manifiesta la relevancia teórica del texto
prologado: «la continuidad entre los Manuscritos [es decir, los Manuscritos económ i­
cos y filosóficos de 1844, característicos del «joven» Marx] y los Grundrisse es evi­
dente... un aspecto en particular subraya esta continuidad: los Grundrisse son tan
hegelianos com o los Manuscritos de París [de 1844].» Aunque la traducción de N i­
colaus apareció dos años después, tenía la evidente virtud académica de ser una edi­
ción anotada y completa. N o obstante, es manifiesto desde la primera de las sesenta
páginas de su prefacio que este estudio es un instrum ento para demostrar su oposición
teórica a los escritos tempranos de Marx. En la primera página anuncia que el ma
nuscrito que se presenta a continuación «muestra las claves... de la demolición de la
filosofía hegeliana por parte de Marx» (N icolaus: 1973, p. 1).
Parsons era el padre de la teoría simbólica, ni Weber, ni ciertamente
el propio Parsons, tenían un status ejemplar en opinión de estos
investigadores británicos. Puede encontrarse un contraste alecciona­
dor en el movimiento americano de análisis cultural, que había cris­
talizado anteriormente en torno al análisis de la religión civil de
Bellah (p. ej., Bellah y Hammond: 1980). Como había sido derivado
de Durkheim y Parsons, difería de la tradición británica en aspectos
empíricos, ideológicos y teóricos fundamentales. Pocos contrastes
ofrecen una prueba tan concluyente de la importancia determinante
de las obras clásicas.
N o sólo se habían rechazado las interpretaciones de Parsons,
sino que cada vez eran menos quienes le consideraban un clásico.
En la microsociología, los debates sobre Homans, Blumer, Goffman
y Garfinkel reemplazaron a los debates sobre Parsons; las discusio­
nes sobre el significado de la obra de estos autores eran las que ahora
se consideraban equivalentes a la teoría sistemática. En la macroso-
ciología, Parsons había sido tan abrumadoramente desplazado por
una amalgama de la teoría del conflicto y de la teoría crítica que los
nuevos métodos «estructurales» pndieron negar los fundamentos no
empíricos y clásicos (p. ej., Lieberson: 1980; Skocpol: 1979; Trci-
man: 1977). Se alcanzó un hito en esta negación de su rango clásico
con la publicación en 1976 de New Rules o f Sociological Method, de
Giddens, quien no solo manifestaba que las ideas de Parsons eran
perjudiciales para una buena teoría, sino, además, que los clásicos
de Parsons — Durkheim y Weber— eran los mayores obstáculos al
futuro progreso teórico. Giddens (1979; 1981) comenzó a desarrollar
un elenco de clásicos enteramente diferente, en el que tampoco in­
cluyó a Marx.
En esta fase, sin embargo, parece que el esfuerzo por superar la
interpretación de Parsons debería considerarse un movimiento pen­
dular más que una sucesión progresiva. Los primeros escritos que
intentaron «detener la avalancha» desde la tradición parsoniana — E i-
senstdat (1968) sobre Weber, Smelser (1973) sobre Marx, Bellah
(1973) sobre Durkheim— fueron un fracaso. Sin embargo, intentos
más recientes de mantener no solo la centralidad de los clásicos de
Parsons, sino también su característico interés por ls dimensiones
culturales de las teorías de estos autores clásicos han tenido un éxito
mayor (Alexandcr: 1982b; Habermas: 1984; Schlüchter: 1981; Seid-
man: 1983a; Traugott: 1985; Whimpster y Lash: 1986; Wiley: 1987).
La descripción de la teoría americana como una alternativa indivi­
dualista al colectivismo de los clásicos europeos también ha empe­
zado a ponerse en tela de juicio (cfr. en especial Lewis y Smith
(1980), pero también Joas (1985)). Cierta corriente trata incluso de
restablecer el status clásico del propio Parsons. En un notable cam­
bio de posición, Habermas ha afirmado que «en la actualidad, no es
posible tomar en serio ninguna teoría social que, como mínimo, no
clarifique su relación con Parsons» (1981, p. 297). Mi propia obra
(1983; 1985) sostiene puntos de vista muy parecidos, y sugiero que
todavía es posible una tradición «neofuncionalista» basada en una
reconstrucción de Parsons y en los fundamentos clásicos de este
autor. Finalmente, se están explicando y criticando (Alexander: 1984;
Sewell: 1985) las presuposiciones del «nuevo estructuralismo»; cier­
tos teóricos (por ejemplo, Alexander: [en preparación], 1987b;
Thompson: 1985) han comenzado a mantener que las ideas de Durk-
lieim sobre la estructura desempeñan todavía un papel significativo,
tesis que también comparten importantes analistas empíricos de esta
tradición (p. ej., Fenton: 1984; H unt: [en preparación], 1987; O ’Con-
nor: 1980; Traugott: 1984).
Este examen del debate sobre los clásicos en el periodo de post­
guerra ha sido necesariamente parcial. Si el espacio lo permitiera, se
hubiera investigado, por ejemplo, la forma en que las discusiones
sobre los clásicos ayudaron a estructurar los subeampos empíricos
de la sociología n . Incluso dentro de los límites de mi discusión,
tampoco he tenido la oportunidad de mostrar detalladamente cómo
toda discusión participa de la actividad teórica sistemática, por no
hablar del trabajo empírico. A pesar de estas limitaciones, sin em­
bargo, creo que el punto central de mi análisis ha quedado sustan­
cialmente documentado: en la discusión teórica «sistemática» más
importante del periodo de postguerra, la discusión «histórica» sobre
el significado de las obras clásicas desempeñó una función decisiva.
Al establecer un nuevo elenco de autores clásicos para la discusión
teórica de postguerra, la investigación parsoniana tenía motivaciones
intelectuales y estratégicas. Adentrándose en los escritos de Durk­
heim, Pareto y Weber, Parsons obtuvo intuiciones genuinamente
nuevas de la estructura y los procesos del mundo social. Al afirmar
que estos autores fueron los únicos fundadores auténticos de la so­
ciología, además, pudo socavar las bases de teorías que él conside­
raba enteramente equivocadas. Su pretensión de haber «descubierto»
los clásicos estaba motivada por intereses teóricos; al mismo tiempo,
y dadas las necesarias condiciones generales, su praxis interpretativa
era lo suficientemente sólida como para convencer a la comunidad

12 Véase a este respecto la prometedora obra de Thom pson. En «Rereading the


('lassics: The Case o f D urkheim » (1985; cfr. Thom pson: [en preparación] Thom pson
demuestra, cóm o en el desarrollo de la sociología industrial las interpretaciones diver
gentes de «L a división social dei trabajo» de Durkheim han desempeñado un papel
esencial en debates específicamente empíricos. Estoy en deuda con la discusión teórica
de la centralidad de los clásicos de Thom pson (1985), que en parte respondía a una
versión anterior del presente ensayo.
de científicos sociales de que las posiciones de esos clásicos prefigu­
raban su propia posición.
El nexo entre la sistemática histórica y contemporánea era tan
fuerte que la hegemonía teórica de Parsons solo podía ponerse en
cuestión si también se atacaba su versión de la historia clásica. La
formulación de una versión alternativa se llevó a cabo tanto releyen­
do los clásicos de Parsons como creando nuevos clásicos. Las razo­
nes intelectuales son bastante claras: las teorías poderosas admiten
un amplio margen interpretativo. Pero la aceptación de clásicos co­
munes también fue eficaz desde el punto de vista funcional, pues
permitió que los teóricos post-parsonianos elaboraran sus tesis en
términos más o menos ampliamente entendidos. Irónicamente, el
que la obra de Parsons fuera elevada a la categoría de clásica hizo
más fácil acabar con su teoría, pues creó un medio más o menos
compartido a través del cual podían discutirse los méritos de las
ideas funcionalistas. Además, como la teoría post-parsoniana se ha
construido en parte sobre Parsons, los intentos recientes de superarla
han vuelto no solo a los textos clásicos anteriores, sino también a la
obra de Parsons; y esto se debe tanto a razones intelectuales como
a razones estratégicas.

H um anism o y clásicos: p o r qué es errón ea la crítica historicista

Defender enérgicamente la centralidad de los clásicos supone


mantener que existe una relación inextricable entre los intereses teó­
ricos contemporáneos y las investigaciones sobre el significado de
los textos históricos. En la primera parte de este ensayo he defen­
dido esta posición en la esfera de la teoría soeiotégica. En la sección
precedente he intentado justificar esa afirmación examinando cómo
se desarrollan realmente las discusiones sociológicas sobre los clási­
cos. Concluyendo, intentaré justificar esta afirmación frente las crí­
ticas a la centralidad de los clásicos surgidas desde las propias dis­
ciplinas humanísticas. Este es el enfoque historicista de la historia
intelectual relacionado con la obra de Quentin Skinner, al que se
deben — a menudo en combinación con sedicentes historias kuhnia-
nas de la ciencia— importantes incursiones en la discusión socioló­
gica (p. ej., Jones: 1979; Peel: 1971; Stocking: 1965).
La particular importancia de esta crítica se debe al hecho de que
la crítica al reduccionismo empirista contemporáneo de la ciencia
social generalmente se ha originado en las humanidades. Por lo que
se refiere a los clásicos, tal como el propio Merton formuló la di­
cotomía, han sido las disciplinas humanísticas quienes tradicional­
mente han defendido el carácter único y la importancia permanente
de las contribuciones de los clásicos. Las humanidades están más
relacionadas con la interpretación que con la explicación; después de
lodo, esta misma distinción se formalizó y planteó por vez. primera
desde las humanidades. Además, es en las disciplinas humanísticas
desde los estudios históricos decimonónicos sobre la religión hasta
la teoría literaria contemporánea— donde se ha insistido en la me­
todología de la interpretación y de la investigación y reinvestigación
del significado de los textos clásicos. Finalmente, la negación de la
relevancia de la interpretación textual para las ciencias sociales no
subyace solo a la condena empirista de los clásicos, sino que es uno
de los supuestos comúnmente compartidos en las discusiones sobre
estos.
Mientras que la condena de Merton a la mezcla de historia y
sistemática trata de liberar a la sistemática de su carga histórica, la
teoría de Skinner critica esa mezcla con la finalidad de purificar la
historia de la contaminación de la sistemática. Se trata de transfor­
mar la discusión de los textos anteriores en investigaciones libres de
supuestos, puramente históricas, investigaciones que, irónicamente,
tendrían una forma más explicativa que interpretativa. Aunque Skin-
11er plantea el problema desde el ángulo opuesto, su tesis tendría
idéntico efecto. Si la historia puede ser ateórica, la teoría puede ser
ahistórica. Si los clásicos pueden estudiarse prescindiendo de la in­
terpretación, entonces no hay razón para mezclar la interpretación
en la praxis de una ciencia social libre de clásicos. Skinner ofrece el
tipo de historia intelectual que Merton necesitaba pero no pudo
encontrar ’3. Me parece, sin embargo, que su teoría histórica adolece
del mismo carácter abstracto y antiempírico que la de Merton: no
puede dar cuenta del papel central del debate interpretativo en los
estudios culturales actuales. Y esto se debe al mismo motivo: cae en
un empirismo que niega que las presuposiciones tienen un papel
central en el estudio de la vida social. Su teoría sostiene este punto
ile vista en nombre de la defensa de la razón frente al relativismo.

13 N ótese bien que tanto Skinner com o M erton condenan por igual la tradicional
«historia de las ideas» . Ambos, y no es extraño, critican que dicha historia es exce­
sivamente «presentista». En la primera sección de este ensayo afirmaba que la pro­
puesta de M erton para un enfoque alternativo de la historia intelectual era prckuh-
niana. Una vez más, Skinner ofrecería precisamente la alternativa a la sistemática
histórica que M erton no consiguió desarrollar adecuadamente. Lo que uno podría
llamar su particular «historia cíe las ideas» — en contraste con la «historia de las
ideas »— se ajusta perfectamente al estereotipo que tienen los científicos sociales em-
piristas de la investigación de los clásicos, a la que consideran un tipo de investigación
puramente histórico y por lo mismo irrelevante para los intereses teóricos contem­
poráneos. Ya nos hemos referido a un ensayo de Turner en el que se critica la
«metateoría»; en dicho ensayo, Turner contrasta la «actividad teórica» con «la inves­
tigación de la historia de las ideas» (1986, p. 974).
En mi opinión, sin embargo, la razón solo puede poner en su sitio
los intereses apriorísticos reconociendo su existencia.
•El historicismo detesta que se introduzcan de forma anacrónica
problemas contemporáneos en la comprensión de los textos anterio­
res. Skinner lamenta que esta «prioridad de los paradigmas» solo
puede producir «mitologías», pero no dar lugar al descubrimiento-
de los propios textos (Skinner: 1969, pp. 6-7). Es claro que seme­
jante afirmación se basa en el supuesto implícito de que el círculo
hermenéutico puede romperse. Lo que sostiene al historicismo es la
creencia de que el mundo verdadero, en su prístina y original gloria,
puede revelársele al investigador sólo con que este sepa dónde y
cómo mirar. El historicismo proporciona este conocimiento median­
te su énfasis en el contexto y en la intención. Los dos supuestos más
importantes del historicismo son la idea de que el contexto intelec­
tual y la intención del autor son inmediatamente accesibles a los
estudios culturales. De estos se sigue un tercer supuesto, que, en
tanto que implícito, bien podría ser el más importante de todos: la
idea de que es posible leer y comprender sin especiales problemas
textos motivados e históricamente situados. Recordemos que este era
precisamente el supuesto latente del ataque de Merton a los clásicos
en la ciencia social. Defender la «dificultad» de los textos clásicos y
su «autonomía relativa» frente a la intención y el contexto supone,
por consiguiente, defender la propia praxis de la interpretación. En
último término, es preciso fundir historia y sistemática precisamente
a causa de la importancia esencial de la interpretación. Criticaré se­
guidamente los supuestos en los que se basa el historicismo.

1. Contexto singular versus contexto infinito

El historicismo afirma que las convenciones lingüísticas de un


periodo dado revelan el universo intelectual de cualquier obra his­
tórica determinada. «Se sigue de esto», afirma Skinner, «que la me­
todología apropiada para la historia de las ideas debe ocuparse, en
primer lugar, ele definir todo lo que haya podido comunicar con-
vencionalmentc lo dicho en una ocasión determinada» (Skinner: 1969,
p. 49; cfr. Jones: 1986, p. 14; Pcel: 1971, p. 264; Stocking: 1965, p.
8). N o se manifiesta ninguna reserva con respecto a la posibilidad
de recuperar esc contexto. Por ejemplo, Jones afirma sin ningún
reparo que es posible lograr «una comprensión de todo el contexto
sociohistórico del que han surgido las teorías sociológicas» (1977, p.
355). Creo, sin embargo, que debe cuestionarse esta capacidad de la
historia para reflejar la sociedad. Si mantenemos el nominalismo de
Skinner, tendría que registrarse y analizarse toda proposición signi-
I¡cativa de un periodo histórico, una tarea cuya imposibilidad es
manifiesta. El contexto sociohistórico total es una quimera. Si adop­
tamos una posición más realista hemos de reconocer que las gene­
ralizaciones son necesariamente selectivas. La selección, por supues­
to, siempre implica una comparación con respecto a un estándar
..interior. En una observación anómala contenida en un escrito más
reciente, Skinner parece reconocer que la necesidad de seleccionar
refuta la posición contextualista que él mismo ha tratado de funda­
mentar:
Antes de poder identificar el con texto que ayuda a esclarecer el significado
de una obra dada ya hemos de haber alcanzado una interpretación que
indique qué contextos es más útil investigar com o ulteriores puntos de apo­
yo para la interpretación. La relación entre un texto y su con texto adecuado
es, dicho en pocas palabras, un caso de círculo herm enéutico. (Skinnner:
1 9 7 6 , p. 2 2 7 ) .

2. Intención transparente versus intención opaca


El historicismo, sin embargo, no es una forma de determinismo
social; trata de tomar en consideración la intención del autor. El
contexto únicamente sitúa el texto; solo las propias intenciones del
autor pueden revelar las convenciones que trata de apoyar y superar
con él. Pero esta pretensión también se basa en una creencia empi-
rista en la transparencia del universo social. Se considera que las
intenciones son tan recuperables como los contextos. A Skinner no
le preocupa el problema de descubrir la intención; simplemente hay
que observar «lo que el propio autor trataba de decir» (1969, p. 22).
El contraargumento de que «en realidad, es imposible recuperar los
motivos e intenciones de un autor» es, insiste Skinner, «enteramente
falso» (1972, p. 400). Para encontrar intenciones y motivos no hay
más que recurrir a «hechos comunes pero [hasta ahora] sorprenden­
temente elusivos de la actividad de pensar» (Skinner: 1969, p. 30).
Sin embargo, es esta naturaleza común del pensar lo que se ha
sometido a un cuestionamiento radical a lo largo de la mayor parte
del siglo XX. El psicoanálisis ha demostrado que ni siquiera los mis­
mos agentes conocen todo el alcance de sus propias intenciones; para
qué hablar de terceras personas que no les conocen bien. La mente
rechaza el malestar emocional elaborando mecanismos de defensa
que limitan drásticamente la comprensión consciente del agente
(Freud: 1950). Si bien las pretensiones pseudocientíficas del psicoa­
nálisis han sido criticadas con agudeza, su escepticismo hacia la au-
tocomprensión racional ha marcado la opinión intelectual por lo que
se refiere a la interpretación y al método literario. Por ejemplo, las
ideas psicoanalíticas inspiraron en buena medida el ataque de la «nue­
va crítica» a la interpretación contextual e intencionalista. Como el
origen de las obras imaginativas más poderosas es profundamente
ambiguo, sostiene Empson (1930), los textos están llenos de contra­
dicciones irresueltas y los lectores se ven obligados a inventar inter­
pretaciones sobre el significado y la intención del autor. Todo esto
apunta inevitablemente hacia la autonomía del texto, pues pone de
manifiesto que ni siquiera el propio autor lo controla de forma cons­
ciente. Mi obra acerca del carácter contradictorio de las grandes teo­
rías sociales (Alexander: 1982b, pp. 301-6, 330-43) sugiere que el
«engaño inconsciente» es endémico en tales teorías; a la luz de esto,
buscar el significado de una teoría a través de la intención consciente
del autor es, seguramente, un intento del todo inútil.
Inspirados no solo en el psicoanálisis, sino también en la teoría
cultural, el estructuraJismo y la semiótica han manifestado el mismo
punto de vista. Criticando el intencionalismo de Sartre, Lévi-Strauss
insiste en que la lingüística estructural demuestra la existencia de una
«entidad totalizante» que está «fuera (o por debajo) de la conciencia
y de la voluntad», y que tales formaciones lingüísticas son arquetí-
picas para todo texto cultural (Lévi-Strauss: 1966, p. 252). Ricoeur
sostiene un punto de vista similar. El discurso escrito solo es posible,
dice, porque disponemos de recursos simbólicos que trascienden la
especifidad situacional y la intención inmediata. Mal pueden conocer
la intención inmediata de la composición del texto aquellos que se
enfrentan a los textos escritos ya redactados: «La trayectoria de un
texto escapa al horizonte finito que vivió su autor. Lo que el texto
dice ahora importa más que lo que el autor quiso decir» (Ricoeur:
1971, p. 534). La filosofía hermenéutica defiende esta conclusión
desde el punto de vista del propio método histórico. Gadamer afir­
ma que es irrelevante el hecho de que la intención del autor y el
significado textual coincidan o no, dado que es imposible que el
historiador pueda recuperar la intención. Haciendo virtud de la ne­
cesidad, expone una perspectiva dialógica según la cual los textos
solo puedan revelarse mediante la interlocución en un contexto his­
tórico: «el verdadero significado de un texto cuando este le habla al
intérprete no depende de la contingencia ni de quién fue su destina­
tario original. El significado del texto está parcialmente determinado
por la situación histórica del intérprete y, por tanto, por la totalidad
del curso objetivo de la historia» (Gadamer: 1975, p. 264).

3. Textos explícitos versus textos multivalentes

La concentración exclusiva del historicismo en el contexto y en


la intención está motivada por el supuesto de que es innecesario
estudiar el sentido de un texto en sí mismo, es decir, concentrarse
en el texto qua texto. Subyace a este supuesto una teoría del signi­
ficado pragmática, anti-semiótica. Los historicistas afirman que el
uso de un texto cualquiera en una ocasión dada determina y agota
.su significado. La praxis, no el significado textual, deviene objeto de
investigación; en palabras de Skinner, «el viso de la proposición re­
levante por un agente concreto en una ocasión concreta y con una
intención concreta (su intención) para hacer una afirmación concre­
ta» (1969, p. 50). Invirtiendo el punto de vista de Ricoeur, Skinner
insiste en que «sería ingenuo intentar trascender la especificidad [del
texto] con respecto a su situación». Los textos son instrumentos para
la acción intelectual; investigarlos supone averiguar «lo que pensaron
los agentes históricos genuinos» (Skinner: 1969, p. 29).
Pero si el contexto no es en modo alguno definido, y si es im­
posible concretar la intención, es preciso admitir que los textos tie­
nen una autonomía relativa. Deben ser estudiados como vehículos
intelectuales por derecho propio. Esto no significa negar la intención
del autor, pero sí afirmar que la intención solo puede descubrirse en
el texto mismó^ Com o observa Hirsch, «existe una diferencia entre
el significado y la conciencia del significado» (1967, p. 22). Los ar­
gumentos en favor de la autonomía del texto derivan de estas creen­
cias sobre la naturaleza compleja y oculta de la intención del autor,
pues las intenciones del autor inconsciente solo pueden desvelarse
mediante un examen independiente del propio texto. Para Ricoeur
(1971) los textos tienen un «superávit de significado». Freud (1913)
insiste en la «sobredeterminación» del simbolismo onírico. Foucault
(1970) sostiene que discursos ocultos estructuran los documentos
escritos de la historia. Un texto dado adquiere este significado «ex­
tra» a causa de los principios organizativos inherentes a esa forma
cultural particular. Ricoeur considera que ese superávit se debe al
mito y a la metáfora. Freud piensa que la sobredeterminación se
encuentra en recursos de la construcción onírica, tales como el des­
plazamiento y la condensación. Los discursos de Foucault se basan
en las modalidades que establece la arqueología del conocimiento.
Un texto es un sistema de símbolos que determina el significado
de un autor en la misma medida en que el autor le dota de signifi­
cado. Por tanto, para estudiar los significados de un texto particular
debemos estudiar las reglas particulares de ese sistema. El investiga­
dor debe conocer las reglas que gobiernan ese tipo peculiar de acti­
vidad imaginativa: cómo operan en los sueños el desplazamiento y
la condensación, cómo la forma narrativa apoya la lógica estructural
(Barthes: 1977). Estas reglas, que los teóricos de la literatura deno­
minan «reglas del género» (p. ej., H irsch: 1967, pp. 74, 80), forman
parte de la conciencia de los autores, pero rara vez son inventadas
por estos; los textos permiten la comunicación interpersonal porque
son reglas socialmente constituidas y transmitidas.
«4>La finalidad del debate crítico es explicitar estas reglas y mostrar
cómo son estas presuposiciones y no otras las que producen el sig­
nificado de los textos. Si el razonamiento cultural está abocado a ser
relativo, el intento de Skinner para defender la razón mediante su
subterfurgio empirista está condenado al fracaso desde el principio M.
Solo puede preservarse la razón explicitando los presupuestos y so­
metiéndolos a debate disciplinado. Los cánones valorativos se pro­
ponen, no se descubren; solo la persuasión puede llevar a los parti­
cipantes en el discurso a aceptar la validez de tales cánones._P acesia,
razón, la interpretación y el debate teórico van unidos^ «Admitir la
im pos ibilidaa de demostrar un sistema de axiomas» escribió „Ray-
mond Áaron en cierta ocasión, «no es un fracaso de la inteligencia,
sino uñ~recordatórió ~¿T<Tsus límites» (Í9 6 I,~p. í 06).

14 Precisamente el hecho de que el empirismo esté condenado al fracaso explica


la serie de declaraciones (a las que solo cabe calificar de retractaciones) con las que
Skinner y sus partidarios responden al debate crítico sobre su obra. Skinner (1972),
por ejemplo, ha tratado de separar motivo e intención, sosteniendo que si bien no es
posible conocer el motivo, sí es posible conocer la intención. Esto manifestaba un
reconocimiento implícito de la autonomía de los textos, pues ahora Skinner afirmaba
que solo podía desvelarse la intención comprendiendo la verdadera naturaleza de la
escritura. Pero también esta observación se ha matizado de m odo ambiguo. Skinner
(1972, p. 405) afirma que él «solo se ha preocupado de que... con independencia de
qué sea lo que un escritor haga al escribir, lo que escribe ha de ser relevante para la
interpretación»; no se trata de que la intención del escritor tenga que ser la base de
la interpretación per se. Skinner limita su pretensión a la idea de que «entre las tareas
del intérprete ha de encontrarse la recuperación de las intenciones del escritor al
escribir lo que escribe», pero indica que también puede prcscindirse de la intención.
Aunque «siempre será peligroso... para un crítico ignorar las manifestaciones explí­
citas del propio autor acerca de qué es lo que estaba haciendo en una obra dada»,
reconoce que «el propio escritor pudo haberse equivocado al reconocer sus intencio­
nes, o haberlas formulado de forma incompetente». La obra reciente de Jon es, el más
importante seguidor de Skinner en la sociología, también está marcada por equívocos
y retractaciones decisivas. Por ejemplo, este autor afirma ahora (Jones: 1986, p. 17),
que «la disponibilidad (o no disponibilidad) contcxtual de los términos descriptivos
o clasificativos no es c i criterio que determina que nuestras afirmaciones sobre u h
agente histórico sean anacrónicas o no». Y parece accptar el inevitable presentismo
de la investigación textual: «La praxis de la propia ciencia social (incluida la historia)
no solo se beneficia, sino que muchas veces requiere que apliquemos conceptos y
categorías que les eran totalmente ajenos a los agentes cuyas creencias y conducta
deseamos entender». Aunque Jones y Skinner siguen defendiendo la posición histo-
ricista, si estas concesiones se tomaran en cuenta se resentiría la validez de la posición
historicista com o tal. A este respecto estoy en deuda con la obra de Seidinan (1983b;
[en preparaciónja; [en preparaciónjb); en general, mi deuda con este autor se extiende
al esclarecimiento de muchos problemas considerados en este ensayo.
B IB L IO G R A F IA

M exander, J. C ., 1982a: Positivism, Presuppositions, and Current Contro­


versias, vol. 1 de Theoretical Logic in Sociology. Berkeley y Los Angeles:
U niversity o f California Press.
- 1982b: The Antinomias o f Classical Thought: Marx and Durkheim. Ber­
keley y L os Angeles: University of California Press.
- 1983: The Modcm Reconstruction o f Classical Thought: Talcott Parsons,
vol. 4 de Theoretical Logic in Sociology. Berkeley y Los Angeles: U n i­
versity California Press.
1985 (ed .): Neofunctionalism. Beverly H ills y L on dres: Sagc Publications,
1986: Twenty Lectures on Sociological Theory: Talcott Parsons and bis
Critics in thc Postwar Period. N ueva Y o rk : Colum bia U niversity Press.
Hn preparación, 1987a: «Social-Structural Analysis: Presuppositions,
Idcoiogies, Em pirical Debates», en su «Structure and Meaning: Essays
in Sociological T h eory». N ueva Y o r k : Colum bia U niversity Press.
En preparación, 1987b (ed.): «Durkheimian Sociology». N ueva Y o rk :
Cambridge University Press.
Alllnisser, L ., 1969: Por Marx. Londres: N ew Left Books.
Althusser, L . y Balibar, E ., 1970: Reading «Capital». Lon dres: N ew Left
Books. (Trad. al español: Para leer «El Capital», P lancta-A gostini: 1985)
A ron, R ., 1961: «Max W eber and Michael Polanyi», en M . Grene (ed.), The
Logic of Personal Knowledge: Essays Presented to Michael Polanyi. Glen-
coe, 111.: Free Press, pp. 9 9-116.
Avineri, S., 1969: The Social and Political Thought o f Karl Marx. Londres:
Cambridge U niversity Press. (Trad. al español: El pensamiento social y
político de Carlos Marx, C en tro de Estudios C onstitucionales: 1983).
Barthes, R ., 197 7: «Introduction to the Structural Analysis o f Narratives»,
en su Image, Music and Text. Lon dres: Fontana, pp. 7 9-124. (Trad. al
español: Análisis estructural del relato, Ediciones Buenos A ires: 1982).
Bellah, R ., 1959: «Durkheim and H isto ry », American Sociological Review,
2 4 : 4 4 7 -6 1 .
— 1973: «Introduction», en Bellah (ed.), Emile Durkheim on Morality and
Society. C h icago: U niversity o f C hicago Press, pp. ix-lv.
Bellah, R. y H am inond, P ., 1980: Varieties of Civil Religión. San Francisco:
H arper & Row .
Bendix, R ., 1961: Max Weber: An Intellectual Portrait. N ueva Y o rk : D ou-
bleday A nch or. (Trad. al español: Max Weber, A m orrortu Editores,
1974).
— 1 9 7 1 : «Tw o Sociological Traditions», en Bendix y G. R oth, Scholarship
and Partisanship. Berkeley y L os Angeles: University o f California Press,
pp. 28 2-9 8 .
— 1978: Kings or People? Berkeley y Los Angeles: U niversity of California
Press.
Bennett, T . et al. (eds.), 1981: Culture, ¡deology and Social Process. L o n ­
dres: The O pen University Press.
Blau, P .M ., Blum , T .C . y Schw artz, J .E ., 1982: «H eterogeneity and Inter-
m arriage», American Sociological Review, 4 7 : 45 -6 2 .
Blum er, H ., 19 69: «The M ethodological Position of Symbolic Interactio-
nism» en su Symbolic Interactionism. Englew ood Cliffs, Prentice-hall,
N J, pp. 1-60. (Trad. al español: Interaccionismo simbólico, H o ra : 1982).
C am ic, C ., 1979: «The Utilitarians Revisited», American foumal o f Socio­
logy, 8 5: 5 16-50.
Clarke, J. et al. (eds.), 1979: Working Class Culture. Lon dres: Iiutchínson
Press.
C ohén, J ., H azclrigg, L . y Pope, W ., 197 5 : «D e-Parsonizing W eb er: A
Critique of Parsons’s Interpretation o f W eb er’s Sociology», American
Sociological Review, 4 0 : 2 29-41.
C ohén, S., 1980: «Symbols of T ro u b le: Introduction to the N ew Edition»,
en su Folk Devils and Moral Panics. O xfo rd : Martin Robertson, pp. 1-8.
C ollingw ood, C ., 1940: Metaphysics. O xfo rd : M artin R obertson, pp. 1-8.
Collins, R ., 1969: «A Com parative A pproach to Political Sociology», en R.
Bendix (ed.), State and Soáety: A Reader in Political Sociology. Berkeley
y Los Angeles: University of California Press, pp. 42-67.
1975: Conflict Sociology. N ueva Y o rk : Academ ic Press.
— 1986: Weberian Sociological Theory. N ueva Y o rk : Cam bridge U niver­
sity Press.
C oser, L ., 1956: The Functions of Social Conflict. N ueva Y o rk : Frec Press.
D ahrendorf, R ., 1959: Class and Class Conflict in Industrial Society. Stan-
ford University Press. (Trad. al español: Las clases sociales y su conflicto
en la sociedad industrial, Rialp: 1979).
Daw e, A ., 1978: «Theories of Social A ction», en T . B otto m o rc y R . N isbet
(eds.), The History o f Sociological Analysis. N ueva Y o rk : Basic Books,
p p . 3 6 2-417.
Derrida, J ., 1981: Positions. C h icago: University of Chicago Press.
D ilthey, W ., 19 76: «The Construction of the H istórica! W orld in the H u ­
man Studies», exi sus Selected Writings, editados p or H .P . Richman.
Cam bridge, Inglaterra: Cam bridge U niversity Press.
I liabek, Thom as E ., 1986: «Taxonom y and Disaster: Theoretical and A p ­
plied Issues», estudio presentado al congreso «Social Structure and D i­
saster: C oncep t and M easurem ent», College of William y M ary, W i-
lliamsburg, Virginia.
En preparación: Human System Response to Disaster: An Inventory of
Sociological Eindings. Nueva Y o rk , Heidelberg y Berlin: Springer-Verlag.
l isenstadt, S .N ., 1968: «Charism a and Institution Building: M ax W eber and
Modern Sociology», en Eisensiadt (ed.), Max Weber on Charisma and
Institution Building, C h icago: U niversity of Chicago Press, pp. ix-lvi.
Im pson, W ., 1930: Seven Types o f Ambiguity. Londres: C hatto and W in-
dus. Fen ton , S. (ed.), 1984: Durkheim and Modern Sociology. L ondres:
Cambridge University Press.
I oucault, M ., 1970: The Order ofThings. Lon dres: Tavistock Publications.
(Trad. al español: Las palabras y las cosas, Planeta-A gostini: 1985).
I iciul, S., 1913: The Ego and The Mechanisms o f Defence. Londres: Inter­
national Universitíes Press. (Trad. al español: El yo y el ello, Alianza
Editorial: 1983).
I rond, S., 1913: The Interpretation o f Dreams. Lon dres: G. Alien. (Trad.
al español: La interpretación de los sueños, Alianza Editorial: 1982-1983).
I riedricns, R ., 1970: A Sociology of Sociology. Nueva Y o rk : Free Press.
(Trad. al español: Sociología de la sociología, A m orro rtu : 1977).
(iiulamer, H ., 1975: Truth and Method. N ueva Y o rk : C rossroads. (Trad.
al español: Verdad y método, Sígueme: 1984).
( i.irfinkel, H ., 1963: « A C onception of and Experim ents with “ T ru st” as a
Condition o f Concerted Stable A ctions», en O .J. H arvey (ed.), Moti-
vation and Social Interaction. N ueva Y o rk : Ronald Press, pp. 187-238.
1984: Studies in Ethnomethodology. Cam bridge, England: Polity Press.
( it'fftz, C ., 1964: «Ideology as a Cultural System», en A pter (ed.), Ideology
and Discontent. Nueva Y o rk : Free Press, pp. 47-76.
i ¡uklcns, A ., 1971: Capitalism and Modern Social Theory. Cam bridge, E n ­
gland: Cam bridge University Press. (Trad. ai español: El capitalismo y
la moderna teoría social, L ab o r: 1977).
1976: New Rules of Sociological Method. N ueva Y o rk : Basic Books.
1979: Central Problems in Social Theory. Berkeley y Los Angeles: U n i­
versity of California Press.
1981: A Contemporary Critique o f Historical Materialism, vol. 1. B er­
keley y L os Angeles: University o f California Press.
( íillispie, C .C ., 1960: The Edge oj Objectivity: An Essay in the History of
Scientifie Ideas. Princeton: Princeton University Press.
(iouldner, A ., 1958: «Introduction», en E . Durkheim , Socialism and Saint-
Simon. Yellow Springs, O h io : A ntioch U niversity Press, pp. ixxiv.
1970: The Corning Crisis of Western Sociology. N ew Y o rk : Equinox.
(Trad. al español: La crisis de la sociología occidental, A m orrortu : 1979).
1979: «T alcott Parsons», Theory and Society, 8: 29 9 -3 0 1 .
1980: The Two Marxisms. N ueva Y o rk : Seabury. (Trad. al español Los
dos marxismos, Alianza E ditorial: 1983).
H aberm as, J., 1961: Kttowledge and H um an lnterests. Cam bridge, Engíándl
Polity Press. (Trad. al español: Conocimiento e interés, Taurus: 19821.
— 1981: Zur Kritik der Funktionalistischen Vernunft, vol. 2 de Tbeorie Jes
Kommunikativen Handelns. Frankfurt am Main: Suhrkamp. (Trad. al
español: Teoría de La acción comunicativa, Taurus: 1987).
— 1984: Reason and the Rationalization o f Society, vol. 1 o f Theory of
Communicative Action. Cam bridge, England: Polity Press.
H acker, A ., 1961: «Sociology and Id cology», en M ax Black (ed.), The Social
Theories o f Talcott Parsons. pp. 2 8 9 -3 1 0 .
H agstrom , W ., 1965: The Scientific Community. N ueva Y o rk , Basic Books.
H all, S., (eds.), 1981: «Cultural Studies: T w o Paradigm s», en Bennett et al.:
1981, pp. 19-37.
H all, S., et al. (eds.), 1980: Culture, Media, Language. Lon dres: H utchinson,
H inkle, R ., 1963: «Antecedents o f the A ction O rientation in A m erican So­
ciology before 1935», American Sociological Review, 2 8 : 705-15.
— 1980: Founding Theory o f American Sociology, 1881-1915. Londres:
Routledgc y Kegan Paul.
H irsch, E .D ., 1967: Validity in Interpretation B loom ington: Indiana U ni­
versity Press.
H irschm an, A ., 1977: The Passions and the lnterests. P rin ceton: Princeton
U niversity Press.
H olton , G ., 1973: Thematic Origins o f Scientific Thought: Kepler to Eins-
tein. Cam bridge, M ass.: H arvard U niversity Press.
H om ans, G ., 1958: «Social Behavior as Exchange», American Journal of
Sociology, 6 2 : 5 9 7-606.
— 1961: Social Behavior: Its Elementary Forms. N ew Y o rk : H arcou rt,
Brace.
— 1964: «Bringing Men Mack In», American Sociological Review, 29:
809-18.
H u nt, L ., En preparación, 1987: «The Sacred and thc French Revolution»,
en J. Alexander, E n preparación, 1987b.
H usserl, E ., 1977: Cartesian Mediations. The H agu e: Martinus N ijholf, F irst
published 1931. (Trad. al español: Meditaciones cartesianas, Ediciones
Paulinas, 1979).
Joas, H ., 1985: G.H. Mead: A Contemporary Re-Examination o f His
Thought. Cam bridge, England: Polity Press.
Jones, R .A ., 1977: «O n Understanding a Sociological Class», American Jour­
nal o f Sociology, 88: 2 7 9-319.
— 1986: «Second Thoughts on Privileged A ccess», Sociological Theory, 3
(1 ): 16-19.
K erm ode, Frank, 1985: Forms o f Attention. Chicago: U niversity o f Chicago
Press.
Kuhn, T ., 1970: The Structure o f Scientific Revolutions, segunda edición.
C hicago: U niversity of Chicago Press. (Trad. al español: La estructura
de las revoluciones científicas, F .C .E .: 1977).
Lakatos, I., 1969: «Criticism and the M ethodology of Scientific Research
Program m s», Procedings o f the Aristotelian Society, 6 9 :1 4 9 -8 6 . (Trad. al
español: Crítica y la metodología de los programas de investigación, U n i­
versidad de Valencia: 1982).
1 1 uno, I)., 1980: Introducción a Simmel and Parsons: Two Approaches to
llii• Study o f Society (pp. iii-lxix). Nueva Y o rk : A rno Press. Primera
edición en 1957.
I ' 'i Strauss, C ., 196 6 : The Savage Mind. C h icago: U niversity of Chicago
Press.
I i u i1., J.D . y Smith, R ., 1980: American Sociology and Pragmatism: Mead,
( 'hicago Sociology and Symbolic Interactionism. C h icag o : U niversity of
( liicago Press.
I h berson, S., 1980: A Piece o f the Pie. Berkeley y Los Angeles: University
ol California Press.
I mdonberg, S., 1983: «U tility and M orality», Icyklos, 3 6 : 4 5 0 -6 8 .
I ulmunn, N ., 1979: Trust and Power. Nueva Y o rk : W iley.
1984: The Differentiation of Society. N ueva Y o rk : Colum bia University
Press.
I nlu's, S., 1972: Émile Durkheim: His Life and Work. N ueva Y o rk : H arper
& Row. (Trad. al español: Émile Durkheim: Su vida y su obra, C entro
de Investigaciones Sociológicas: 1984).
Miiinlicim, K ., 1936: Ideology and Utopia. N ueva Y o rk : H arcou rt, Brace.
Martindale, D ., 1960: The Nature and Typcs o f Sociological Theory.
Cambridge, Mass. (Trad. al español: Teoría sociológica: naturaleza y
escuelas. A guilar: 1968).
MiClellan, D . (ed .), 1971: «Introduction», en McClellan (ed .), The Grun-
drisse: Karl Marx. N ueva Y o rk : H arp er & R ow , pp. 1-15.
M cnon, R .K ., 1947: ‘Discussion o f «The Position o í Sociological T h eory »’,
American Sociological Review, 13 (2 ): 164-8.
1967a y b: (dos ensayos publicados en 1967) Social Theory and Social
Structure. Nueva Y o rk : Free Press.
1973: «The N orm ative Structure o f Science», en su The Sociology of
Science, edición de N . W . Storer. C h icago: University o f C hicago Press.
Primera edición en 1942. (Trad. al español: Sociología de la ciencia,
Alianza Editorial: 1977).
Mil/.tnan, A ., 1970: The Jron Cage. N ueva Y ork . (Trad. al español: La jaula
de hierro. Alianza Editorial, 1976).
Nicholas, M ., 1973: «Forew ord » to K arl M arx, Grundrisse. Nueva Y o rk :
Random H ou sc, pp. 1-63.
Nisbet, R., 1976: Sociology as an Art Form. Londres: O xford University
Press. (Trad. al español: l.a sociología como una forma de arte, Espasa
C alpe: 1979).
[ >’C onnor, I., 1980: «The División o f L ab o r in Society», Insurgent Socio-
logist, 10: 60-8.
film an , B ., 1971: Alienation. L on dres: Cam bridge University Press. (Trad.
al español: Alienación, A m orro rtu , 1975).
I’arsons, T ., 1937: The Structure of Social Action. N ueva Y o rk : Free Press.
(Trad. al español: La estructura de la acción social, G uadarram a: 1968).
— 1947: «Introduction», en M . W eber, Theory o f Social and Economic
Organization. N ueva Y o rk : Free Press, pp. 3-86.
• 1951: The Social System. N ueva Y o rk : Free Press. (Trad. al español: El
sistema social, A lianza E ditorial: 1982).
— 1955: «Fam ily Structure and the Socialization of the Child», en Parsons
et al., Family, Socialization, and Interaction Process. Nueva Y o rk : Free
Press, pp. 35 -1 3 2 .
— 1964a: «The Superego and the T h eory of Social Systems», en su Social
Structure and Personality. Nueva Y o rk : Free Press, pp. 17-33. Primera
edición 1952.
— 1964b: «The Fath er Sym bol: A n Appraisal in the Light of Psychoanaly-
tic and Sociological T h eory», en su Social Structure and Personality.
N ueva Y o rk : Free Press, pp. 3 4 -5 6 .
— 1967: «D urkheim ’s Introduction to the T h eory of thc Integration of
Social Systems», en su Sociological Theory and Modern Society. Nueva
Y o rk : Free Press, pp. 3-34.
Peel, J .D ., 1971: Herbert Spencer. N ueva Y o rk : Basic Books.
Polanyi, M ., 1958: Personal Knowledge. C h icago: University o f Chicago
Press.
Pope, W ., 1973: «Classic on Classic: Parsons’ Interprctation o f D urkheim »,
American Sociological Review, 3 8 : 3 9 9-415.
Popper, K ., 1949: The Logic o f Scientific Discovery. N ueva Y o rk : Basic
Books. Prim era edición en 1934. (Trad. al español: La lógica de la in­
vestigación científica, Laia, 1986).
R ex, J ., 1961: Key Problems in Sociological Theory. L on dres: Routledge y
Kegan Paul. (Trad. al español: Problemas fundamentales de la teoría
sociológica, A m orro rtu , 1977).
R icoeur, P ., 1971: «The Model o f thc T e x t: Meaningful Action Considered
as a T ext», Social Research, 3 8 : 529-62.
R oth, G ., 1978: «Introduction», en M . W eber, Economy and Society, edited
by R oth y C . W ittich. Berkeley y L os Angeles: U niversity of California
Press, pp. xxvii-cviii. first published 1968.
Schluchter, W ., 1981: The Rise o f Western Rationalism: Max Weber’s De-
velopmental History. Berkeley y L os Angeles: University o f California
Press. Seidman, S., 1983a: Liberalism and the Origins o f European Social
Theory. Berkeley y Los Angeles: U niversity o f California Press.
— 1983b: «Beyond Presentism and H istoricism : Understanding the H is­
tory o f Social Science», Sociological Inquiry, 5 3 : 79-94.
— En preparación a: «Classics and C ontem poraries: The H isto ry and Syste-
matics of Sociology Revisited», History of Sociology.
— En preparación b: «Models o f Scientific D evelopm ent in Sociology»,
Sociological Theory.
Sewell, W ., 1985: «Iacologies and Social Revolutions: Reflections on the
French C ascl », Journal o f Modern History, 5 7 : 57-85.
Shils, F,., 1970: «Tradition, E co logy , and Institution in the H istory of So­
ciology», Daedalus, 9 9 : 789-820.
Simmel, G ., 1955: Conflict and the Web o f Group Affiliations. N ueva Y o rk :
Free Press.
Skinner, Q ., 1969: «Mcaning and Understanding in the H isto ry of Ideas»,
History and Theory, 8: 3 -5 2 .
— 1972 : «M otives, Intentions and the In terp retaron of T exts», New Lite-
rary History, 3: 3 9 3 -4 0 8 .
— - 1976: «H erm eneutics and the Role of H isto ry », New Literary History,
7: 209-32.
Skocpol, T ., 1979: States and Social Revolutions. Nueva Y o rk : Cambridge
University Press.
Smclser, N ., 1959: Social Change in thc Industrial Revolution. C hicago:
U niversity of Chicago Press.
— 1973: «Introduction», en Smelser (ed .), Karl Marx on Society and Social
Change. C h icago: U niversity o f Chicago Press, pp. vii-xxxvii.
Stinchcombe, A ., 1968: Constructing Social Theories. Baltim ore: Johns H op -
kins U niversity Press.
Stocking, G ., 1965: «O n the limits o f “ Presentism ” and “ H istoricism ” in
the H istoriography o f the Behavioral Sciences», Journal o f the History
of the Behavioral Sciences, 1: 2 1 1 -1 7 .
Stone, G . y Farberm an, H ., 1967: «O n the Edge of R approchem ent: Was
Durkheim M oving toward the Perspective of Symbolic Interaction?»,
Sociological Quarterly, 8: 149-64.
Strauss, A ., 1964: «Introduction», en Strauss (ed.), George Herbert Mead
on Social Psychology. C h icago: U niversity of Chicago Press.
Thom pson, K ., 1985: «Rereading the Classics: The Case of Durkheim ».
Ensayo no publicado, D epartm ent of Sociology, U C L A , L os Angeles,
California.
— En preparación: Durkheim and Sociological Methods, Beverly Hills y
Londres: Sage.
Tiryakian, E ., 1979: «The Significancc o f Schools in the Developm ent of
Sociology», en W .E . Snizek et al. (eds.), Contemporary Issues in Theory
and Research. W estport, C o n n .: Greenwood Press.
Traugott, M ., 1984: «D urkhcim and Social M ovem ents», European Journal
of Sociology, 2 5 : 319-26.
— 1985: Armies o f the Poor, Princeton: Princeton University Press.
Treim an, D ., 1977: Occupational Prestige in Comparative Perspective. N u e­
va Y o rk : W iley.
T revor-R op er, H .R ., 1965: «Religión, the Reform ation and Social Change»,
Historical Studies, IV : 18-45. (T rad . al español: Religión, Reforma y
Cambio social, V ergara: 1985). Turner, J., 1986: «Review : The Theory
of Structuration», American Journal o f Sociology, 9 1 : 9 69-77.
W alby, Sylvia, 1986: Patriarchy at Work. L ondres: Macmillan.
Wallace, W alter L ., 197 1 : The Logic o f Science in Sociology. C h icago: Al-
dine. (Trad. al español: La lógica de la ciencia en la sociología, Alianza
Editorial:. 1980).
Wearne, B ., 1985: «The T h eory and Scholarship o f T alcott Parsons to 1951:
A Critical C om m entary», D isertación doctoral no publicada, D epart­
ment of Sociology, )a T ro b e U niversitv, M elbourne, Australia.
W cber, M ., 1958: The Protestanl Ethic and the Spirit of Capitalism. Primera
edición en 1904-5. (Trad. al español: La ética protestante y el espíritu
del capitalismo en Ensayos sobre sociología de la religión, vol. 1, Taurus:
1984).
W himpster, S. y Lash, E . (eds.), 1986: Max Weber and Rationality. L o n ­
dres: G eorge Alien and U nwin.
W hitchead, A .N ., 1974: «The O rganization of Thought», en su The Orga-
nization o f Thought. W estport, C o n n .: G reenwood Press, pp. 105-33.
Primera edición en 1917.
W iley, N . (ed.), 1987: The Marx-Weber Debate. Beverly Hills y Londres:
Sage.
W rong, D ., 196 1 : «The O ver-Socialized C onception o f Man in Modern
Sociology», American Sociological Review, 2 6 : 183-93.
Zeitlin, 1., 1968: Ideology and the Development o f Sociological Theory. E n -
glewood Cliffs, N J: Pren ticc-H all. (Trad. al español: ideología y teoría
sociológica, A m orro rtu : 1979).
El C O N D U C T I S M O Y D E S P U E S D E L
C O N D U C T IS M O
George C. Homans

Hubo un tiempo en el que el conductismo, tal como lo formulara


por vez primera J. B. Watson y desarrollara con mayor rigor B. F.
Skinner, fue tratado como el paria de la psicología y el resto de las
ciencias sociales. Sigue siendo un paria en la medida en que Skinner
lia continuado manifestando pretensiones exageradas sobre las posi­
bilidades que ofrece el conductismo para crear una cultura mejor
(Skinner: 1971). Pero la verdad de una ciencia y su aplicabilidad son
dos cosas distintas; como verdad aceptada, el conductismo ha dejado
de ser un paria: por el contrario, ahora forma parte de la corriente
central de la psicología y, por consiguiente, me referiré a él como
«psicología'conductista». Por otra parte, 110 toda la psicología con-
ductista moderna deriva directamente de Skinner; pienso, en parti­
cular, en las importantes contribuciones de Albert Bandura (1969;
1973).
La intuición fundamental del conductismo fue de tipo estratégi­
co: en lugar de tratar de analizar la conciencia y los estados menta­
les, los investigadores podrían hacer mayores progresos en psicolo­
gía atendiendo a las acciones de hombres y mujeres y a los estados
observables de los individuos y su entorno que es posible relacionar
legalmente con tales acciones; este principio no solo es aplicable a
hombres y mujeres, pues las proposiciones de la psicología conduc-
tista se experimentaron primero con otros animales superiores. Los
conductistas confiaban en que los neurólogos y otros especialistas
llegarían a descubrir las propiedades del sistema nervioso central que
ciaban validez a las proposiciones conductistas. A veces se establece
una distinción entre la psicología conductista y la psicología cogni-
tiva, que se ocupa del pensamiento y la percepción. No puede tra­
zarse entre ambas una línea de distinción tajante, puesto que acción
y percepción son inseparables. En efecto, la percepción es una ac­
ción. Pero aquí me centraré en el extremo del espectro que se refiere
a la conducta.
El presente ensayo se ocupa de los aplicaciones de la psicología
conductista a la sociología. Pero muchos sociólogos, incluyendo a
aquellos que la rechazan sin más, aun no comprenden cuáles son los
principios fundamentales de esta corriente. N o dispongo aquí de
espacio para escribir un tratado de psicología. Debo simplificar gro­
seramente, y remitir a quienes deseen profundizar a un buen trata­
do
En primer lugar, he de hacer una distinción útil, aunque no ab­
soluta, entre conducta respóndeme (refleja) y lo que Skinner fue el
primero en denominar conducta operante. La conducta respondente
puede producirse automáticamente aplicando un estímulo al sujeto.
Ejemplos de este tipo de conducta son el conocido reflejo rotular y
la salivación de los perros de Pavlov al percibir la comida. El origen
de esta conducta es genético, resultado de la selección natural, aun­
que, por supuesto, puede ser condicionada a un estímulo anterior-
mente neutro, como mostró Pavlov. Es obvio que la conducta res­
póndeme tiene la mayor importancia. U n esfuerzo atlético eficaz,
por ejemplo, sería imposible sin ella. Pero para la sociología tiene
menos interés que la conducta operante, si exceptuamos el caso mix-
lo de conducta emocional.
lin la conducta operante un estímulo no produce inmediatamente
un tipo específico de acción. Los animales superiores, hombre in-
i luido, se encuentran dominados por impulsos [ drives] que les im­
pelen a obtener agua o alimentos de diversas clases (apetitos), im­
pulsos sexuales, impulsos que les empujan a huir de o a evitar cir-
i niiM,meias que puedan dañarles, y muchos otros tipos de impulsos:
di hecho, no sabemos cuántos. La fuerza de los impulsos difiere de
especies a otras, de un individuo a otro y, en un individuo, de
i i i i .i situación a otra. Mientras que uno de sus impulsos no haya sido

s.uíslei'ho, el animal mostrará en primer lugar un gran aumento de


ni ,n lividad; lo que se manifestará en idas y venidas, en la explora-
i mu e investigación de su entorno. La propia actividad puede ser un

1 Mor ejemplo, Rachlin (1976) o Reynolds (1968).


impulso. Igual que las conductas de respuesta, los impulsos tienen
un origen genético, y por lo general, aunque no siempre (pensemos
en el tabaco), son producto de una selección que le ayuda al animal
a vivir y a reproducirse.
En condiciones naturales, y con algo de suerte, este aumento de
la actividad le ayudará al animal a dar con alguna acción que será
seguida de una reducción del impulso. Dicho en el lenguaje de Skin-
ner, esta acción ha sido reforzada. Tal acción es lo que se llama
acción operante. En condiciones no naturales, tales como una jaula
de laboratorio, un animal hambriento pero sin adiestramiento pre­
vio, como una paloma, explorará su jaula y antes o después dará con
el pico en el resorte que el psicólogo ha dispuesto de modo tal que
deje caer una bolita de comida con el picotazo. En este punto debo
formular la primera proposición de la psicología conductista, llama­
da por su descubridor científico, E. L. Thorndike, «ley del efecto».
Intuitivamente, la humanidad la ha conocido durante toda su histo­
ria. Se enuncia así: si Ja acción de un animal (o de una persona) es
seguida de un refuerzo, es probable que el sujeto repita esa acción
u otra similar. E l efecto del refuerzo, impulsar a la persona a repetir
la acción, nos autoriza a afirmar que la acción ha sido reforzada.
Como, en cierto sentido, la persona ha aprendido la acción, a me­
nudo se llama a la psicología conductista teoría del aprendizaje. De
hecho, esto no solo se aplica al aprendizaje, pues el reforzamiento
tiende a mantener una conducta largo tiempo después de que se haya
aprendido. Nótese que es probable que la persona repita cualquier
acción que vaya seguida del refuerzo, incluso si el nexo entre ambas
es puramente fortuito, lo que deja un amplio margen a la conducta
supersticiosa. Ciertos animales pueden aprender también por imita­
ción. Si uno de estos observa que otro emprende una acción me­
diante la que obtiene algo que él cree reforzante, es probable que
este emprenda a su vez la acción. Naturalmente, no seguirá hacién­
dolo así si, en su caso, la acción no va seguida del refuerzo. Nótese
que a todo esto subyace un supuesto fundamental de la psicología
conductista: las acciones presentes producen un efecto de «retroali-
mentación» y afectan a las acciones futuras. La psicología conduc­
tista es una ciencia fundamentalmente histórica. Esta «retroalimen-
tación» a menudo les produce a los observadores la impresión de
que los animales y los seres humanos tienen propósitos. Y , sin duda,
los tienen. Nada importa que empleemos esta palabra, toda vez que
reconozcamos que «propósito» en este sentido 110 es una cuestión
de teleología sino de cibernética.
La mayor parte de la investigación en este campo se ha llevado
a cabo con refuerzos fungibles, como comida, pero no debemos
olvidar cuántos refuerzos que no se consumen son, por así decirlo,
reforzantes por sí mismos. El sexo es un buen ejemplo. Los psicó­
logos también hablan de refuerzos negativos. Muchas acciones no
van seguidas de refuerzos sino de castigos. En estos casos, cualquier
acción que le permita al animal escapar o evitar el castigo se con­
vierte en un refuerzo. Por otra parte, suprimir un refuerzo es puni­
tivo, o, en la jerga de Skinner, aversivo.
Introduciré a continuación lo que por conveniencia considero la
segunda proposición general de la psicología conductista. Sí se repi­
ten circunstancias similares a las que acompañaron a la acción pre­
viamente reforzada, es probable que quien la llevó a cabo repita
dicha acción. A estas circunstancias concurrentes generalmente se les
denomina estímulos. Los factores que determinan la eficacia de un
estímulo son diversos. Algunos pueden ser innatos, es decir, formar
parte de la herencia genética de la persona. La eficacia de otros
puede depender de la capacidad de la persona para reconocer los
estímulos o la conexión entre el estímulo y el refuerzo: el estímulo
influirá mejor a la persona cuanto menor sea el intervalo temporal
entre este y el refuerzo. A menudo se le denomina al propio refuer­
zo «estímulo reforzante».
Por último, los refuerzos pueden ser adquiridos, no nativos. Un
estímulo que ha acompañado repetidamente a una acción reforzada
puede convertirse él mismo en un refuerzo y tener el mismo tipo
de efecto que el refuerzo orginal. D e esta forma, un animal puede
aprender a menudo una larga serie de acciones que le conduzcan a
un refuerzo final. Parece que los seres humanos pueden retener ca­
denas de este tipo más largas que las de otros animales.
Algunos científicos sociales parecen creer que la psicología con­
ductista terminó con Skinner; sin embargo, como todas las ciencias
que marchan bien, ha estado progresando a rachas, y algunos de sus
desarrollos le han ido dando una mayor relevancia para la compren­
sión de la conducta humana. Mencionaremos aquí uno de estos de­
sarrollos, bastante reciente. En la jaula experimental de Skinner las
palomas solo podían accionar un único resorte, y el investigador
variaba la frecuencia de los refuerzos que se seguían de accionarlo y
los intervalos o proporciones aleatorias en que las palomas obtenían
el refuerzo. Skinner observó entonces los efectos de estas variables
en la proporción de respuesta (picotazos) de las palomas. No trató
de controlar su conducta mientras no estaban picoteando: las palo­
mas podían pasearse por la jaula, arreglarse las plumas, etc. Richard
Herrnstein, un discípulo de Skinner, introdujo una variante crucial.
Puso en la jaula no uno, sino al menos dos resortes, que reforzaban
según promedios diferentes, pero de forma aleatoria. Es decir, los
resortes estaban programados para soltar un promedio diferente de
bolitas de comida por unidad de tiempo. Hcrrstein descubrió que,
aunque necesitaron algún tiempo para alcanzar un equilibrio estable,
las palomas se acostumbraban a dedicar a cada resorte un número
de picotazos proporcional al refuerzo relativo que proporcionaba
(Herrstein: 1971). En palabras de H crrstein: «Si [la paloma] recibe
el 20% de sus refuerzos del disco (resorte) izquierdo, dará allí el
20% de los picotazos. Si recibe el 50% , también dará allí la mitad
de los picotazos» (Brown y H crrstein: 1975, p. 80). Herrstein mos­
tró que la proporción se mantenía con más de dos resortes. Y , lo
que es más importante para mis propósitos, también se ha demos­
trado que se cumple con seres humanos, quienes, naturalmente, em­
plean acciones distintas a los picotazos. Herrstein denomina a este
fenómeno «ley de proporciones» [matching law], y ahora, en vez de
hablar de la «ley del efecto», habla de la «ley del efecto relativo».
Esta ley es de la mayor importancia para la comprensión de la con­
ducta humana, dado que muchas ciencias, de forma destacada la
economía, se ocupan de elecciones entre acciones alternativas y sus
refuerzos. Las elecciones no tienen por qué ser conscientes.
La ley de proporciones tiene interés no solo por sí misma, sino
también porque me permite introducir una nueva variable crucial.
Hasta el momento me he ocupado del grado de éxito que alcanza
un animal al obtener un refuerzo, midiendo el éxito por la frecuencia
con que se refuerza una acción repetida. H e mencionado también
algunos de los diversos tipos de refuerzos, pero no los diferentes
grados de reforzamiento que proporciona una unidad determinada.
Doy a esta variable el nombre de valor. En los experimentos origi­
nales que condujeron al descubrimiento de la ley de proporciones,
todas las condiciones se mantenían idénticas, a excepción de las di­
ferentes proporciones en que los dos resortes reforzaban la acción.
Consideremos ahora un experimento con ratas que accionan una
palanca para obtener comida. Ambas palancas refuerzan la acción en
proporción diferente, pero en este caso a las ratas les resulta más
fácil accionar una de las dos palancas, pues el experimentador ha
hecho más pesada la otra. Las ratas presionan la palanca más ligera
con mayor frecuencia de lo que la ley de proporciones hubiera pre­
visto en otras circunstancias. Sin embargo, puede encontrarse un
factor correctivo que vuelva a dar validez a la ley de proporciones.
Nótese que el presionar la palanca más pesada representa para las
ratas un estímulo comparativamente aversivo, y que el evitar un
factor aversivo es reforzante. En suma, el factor correctivo permite
medir el valor que tiene evitar la aversión. El mismo descubrimiento
es válido para dos palancas que ofrecen tipos de refuerzos diferentes,
como dosis de agua o bolitas de comida. También aquí puede en­
contrarse un coeficiente que mantiene la validez de la ley de pro­
porciones (Brown y Herrstein: 1975, pp. 81-3).
Estos resultados significan que, prescindiendo de los estímulos,
existen dos tipos de factores que determinan con qué frecuencia un
animal efectuará una acción y no otra al elegir entre alternativas. El
primero es la frecuencia relativa con que las alternativas son refor­
zadas. Esto, en el supuesto de que el refuerzo sea mayor que cero,
es lo que llamaré principio del éxito. El segundo es el valor relativo
de un refuerzo en comparación con otro. Las diferencias de valor
dependen del estado del animal; por ejemplo, de que tenga más
hambre o más sed. Considerando un período largo, los valores pue­
den tener un origen genético; también pueden ser aprendidos por
un individuo mediante su experiencia personal, o le pueden ser en­
señados por otros miembros de su sociedad.
En ocasiones, una acción va seguida tanto de un refuerzo como
de un castigo, lo que me hace volver al ejemplo de las ratas que
eligen entre la palanca más pesada y la menos pesada. Estos animales
tienden a pulsar la palanca más pesada con menor frecuencia de lo
que supondría la ley de proporciones. Pero, ¿por qué la pulsan? La
pulsan porque, después de todo, obtienen comida de esa forma. Pero
esto les causa fatiga, y la fatiga es aversiva. Al presionar la palanca
más pesada renuncian al refuerzo de evitar la fatiga. Utilizando el
argot económico, denominaré coste al refuerzo al que se ha renun­
ciado y diré que la probabilidad de que un animal (personas inclui­
das) emprenda una acción varía en proporción al refuerzo neto que
obtenga: el refuerzo positivo menos el coste (refuerzo al que se ha
renunciado). Obsérvese cuánto se parece lo que llevo dicho a lo que
los teóricos del cálculo de decisiones humano han llamado principio
de elección racional: al elegir entre acciones alternativas una persona
tenderá a elegir aquella en la que pcrcibe que es mayor la probabi­
lidad de obtener un refuerzo determinado, multiplicado por el valor
de la unidad de refuerzo. (Sin embargo, no estoy seguro de que ni
en el caso de las ratas ni en el de los seres humanos la proposición
conserve su validez en los valores extremos de las variables). La
percepción de una persona depende de sus experiencias pasadas de
las acciones y de las circunstancias concurrentes presentes y pasadas.
Volveré más tarde sobre este principio de elección racional, pero
creo que denominarlo «racional» no añade nada a su significado, en
el supuesto de que nos ocupemos únicamente de cómo se comportan
de hecho las personas. «Racional» es un termino normativo, usado
para persuadir a la gente de que se comporte de cierta manera.
II

Considero que los tres principios anteriormente denominados


«principio del éxito», «principio del estímulo» y «principio del va­
lor» son las proposiciones principales de la psicología conductista.
Existen numerosas matizaciones de las proposiciones principales y,
sin duda, quedan otros principios por descubrir. En este momento
introduciré únicamente dos principios secundarios; principios que
un sociólogo deberá situar junto a los otros tres en su instrumental
conceptual si quiere entender la conducta humana. Los denomino
secundarios porque ambos ejercen su influencia más sobre el factor
«valor» que sobre el factor «éxito» de la conducta.
Ya me he referido implícitamente al primero. Lo denominaré
principio de privación/saciedad. Si la acción de una persona es re­
forzada en una proporción mayor que cierta proporción umbral,
decrecerá el valor reforzante de la acción, y por tanto, en virtud del
principio del valor, es probable que decrezca la frecuencia con que
ejecuta la acción, y que aumente la frecuencia con que ejecuta una
acción alternativa. De este modo, no es probable que una persona
alimentada hasta el hartazgo emprenda durante algún tiempo ningu­
na acción para obtener comida. Igualmente, si una persona ha reci­
bido un refuerzo inferior a cierta proporción umbral, es probable
que aumente la frecuencia de la acción que le pueda procurar ese
refuerzo. Obsérvese que los psicólogos que experimentan con ani­
males tratan de controlar esta variable y mantienen a los animales
permanentemente motivados reforzando siempre la conducta en una
proporción tal que no produzca saciedad. En efecto, los animales
siempre están hambrientos — como se desprende de la medición de
su peso— o privados de otros refuerzos. Puede que el principio de
privación/saciedad no se cumpla en el caso de lo que se llama re­
fuerzos generales, es decir, refuerzos aprendidos que pueden a su
vez emplearse para obtener una amplia variedad de refuerzos más
específicos. El dinero es un buen ejemplo. Para la mayoría de no­
sotros es. difícil quedar saciados de dinero a no ser que primero nos
hayamos saciado de todas las cosas que pueden comprarse con él.
El segundo principio general suele llamarse principio de frustra­
ción-agresión. Describe una de las formas de conducta emocional;
por razones que veremos posteriormente, no examinaré ahora con
detalle este tipo de conducta, aunque tiene la mayor importancia con
respecto a Ja conducta social humana. Si un animal, incluido el hom­
bre, recibe un castigo que no esperaba o no recibe un refuerzo es­
perado, puede desarrollar lo que en términos antropomórficos se
denomina ira y mostrar una conducta agresiva, definida por Brown
y Herrstein como «cualquier conducta que pueda causar daño o
dolor físico o psicológico» (Brow n y Herrstein: 1975, p. 202). Aque­
llo que «espera» el animal está al menos parcialmente determinado
por su experiencia pasada, pero también parcialmente determinado
por su historia genética: así, la mayoría de las hembras están prepa­
radas para defender a sus crías. La agresión suele dirigirse hacia lo
que haya causado la frustración, como al dar una patada a la puerta
que no se abre cuando tendría que hacerlo; pero ante un pellizco
casi cualquier persona o animal reaccionará con una conducta agre­
siva. Es peligroso atacar muchos de los objetos de agresión poten­
ciales porque pueden responder con una contraagresión que produz­
ca aún más daño. En tal caso, una persona puede, como suele de­
cirse, «desahogarse» con un objeto algo menos amenazante, es decir,
«desplazar» su agresión. El valor de los resultados de la conducta
agresiva puede medirse por el grado en que el agresor está dispuesto
a sufrir algún daño a condición de poder perjudicar a su objetivo;
el grado hasta el cual, para usar de nuevo una expresión coloquial,
está dispuesto a «dar coces contra el aguijón». En mi opinión, la
conducta emocional, como la agresión, participa de las características
de la conducta de respuesta y de la conducta operante. Por una
parte, puede ser automáticamente desencadenado por una situación
de frustración; por otra, una persona puede aprender a usar una
acción agresiva como cualquier otra acción operante que es seguida
de un refuerzo. El refuerzo puede ser dinero, rango o cualquier otra
cosa. Puede existir también una conducta exactamente opuesta a la
agresión, producida cuando una persona obtiene un refuerzo que no
esperaba o no recibe el castigo esperado.
Estas cinco proposiciones, que no son, lo admito, más que apro­
ximadas, deben considerarse com o sistema de ecuaciones simultá­
neas, cada una de las cuales modifica los efectos de las demás de
acuerdo con las circunstancias.

III

O tros desarrollos han modificado posteriormente la posición de


Skinner en la psicología conductista. Con frecuencia, dichos desa­
rrollos han renovado el interés por las relaciones entre la cojiducta
genéticamente determinada que ha evolucionado mediante la selec­
ción natural y la conducta adquirida, es decir, la conducta operante
y su condicionamiento. Naturalmente, las características del sistema
nervioso de los animales que posibilitan el condicionamiento ope­
rante de estos evolucionaron a través de la selección natural. Pero
las cuestiones a estudiar son más específicas. Estudiando unos pocos
impulsos característicos, con los que fue posible relacionar, utilizan-
ilo el condicionamiento, un gran número de conductas operantes
específicas, Skinner dio inconscientemente la impresión de que esta­
lla defendiendo un punto de vista sobre la conducta que más tarde
se lia denominado «conducta como tabula rasa». Según esta metá­
fora, el psiquismo de un animal es una pizarra en blanco (tabula
rasa) en la cual el condicionamiento puede grabar con casi idéntica
facilidad cualquier tipo de conducta. Y , ciertamente, los animales
pueden aprender algunas acciones sorprendentes que no ha ejecuta­
do anteriormente ningún otro miembro de su especie. Sin embargo,
las cosas ahora no parecen tan simples como pretendía la perspectiva
de la tabula rasa. La primera gran obra de Skinner, The Behavior
o f Organisms (1938) fue seguida mucho después por un artículo de
los Breland humorísticamente titulado «The Misbehavior o f Orga-
nisms» (1961). Los Breland, discípulos de Skinner, se convirtieron
en adiestradores profesionales de animales, y descubrieron que el
condicionamiento operante no siempre actuaba como Skinner afir­
maba que tenía que hacerlo. Por ejemplo, descubrieron que «cuando
se reforzaba con comida la conducta de recoger monedas» de los
mapaches, animales sumamente inteligentes, estos «parecían deter­
minados a lavar estas, cosa que, como no disponían de agua, carecía
de sentido» (Herrstein: 1977, p. 599). De acuerdo con la hipótesis
de la tabula rasa, los mapaches no hubieran perdido el tiempo la­
vando monedas antes de cambiarlas por comida. Pero obsérvese que
los mapaches en libertad suelen lavar sus comidas predilectas, como
los peces. Parece que el lavar la comida es un impulso específica­
mente genético, impulso que a su vez puede reforzarse, como tam­
bién puede reforzarse algún impulso similar. La investigación ha
revelado algunos otros impulsos más específicos de lo que, según
suponían los psicólogos, implicaba la posición de Skinner. Digo «su­
ponían» porque no he sido capaz de encontrar dónde formuló Skin-
ner explícitamente una posición semejante. Estos descubrimientos
no han socavado los principios generales del conductismo, pero han
complicado la tarea de utilizarlos para explicar la conducta.
Queda abierta la cuestión de si esa diversidad y especificidad de
los impulsos que se ha puesto de manifiesto es también característica
del hombre. Herrstein se pregunta, por ejemplo, si el concepto de
«camaradería masculina» de Lionel Tiger (1969) puede constituir un
ejemplo de tales impulsos. Tiger «atribuye el elemento genético a
fuerzas evolutivas que favorecieron la asociación masculina para fi­
nes de agresión colectiva frente a los intrusos, la caza, y otros as­
pectos de la organización social que llegaron a depender principal­
mente de los machos de la especie» (Hcrrstein: 1977, p. 597). Estoy
dispuesto a admitir esa posibilidad, pero no veo forma de demostrar
la verdad de tal hipótesis. Unicamente puedo tener certeza de que
los seres humanos han de tener un impulso de tipo general — gené­
ticamente determinado pero cuya fuerza difiere de individuo a indi­
viduo— que les predispone a ser reforzados en condiciones ordina­
rias por su interacción con otros seres humanos. Si no existiera se­
mejante impulso, sería difícil entender cómo puede adquirirse o man­
tenerse la conducta «social». Sin duda, desde hace muchísimo tiempo
el hombre ha sido un animal «social» que, en este sentido, es más
similar a los lobos que a los chacales, entre los cánidos.
Una vez más, en cierto conflicto con la hipótesis de la tabula
rasa, se ha puesto de manifiesto que los animales, incluyendo a los
humanos, pueden aprender muchos tipos de conducta pero no todos
ellos con igual facilidad; y que las diferencias en la facilidad para el
aprendizaje pueden tener un origen genético. Es posible que muchos
de estos descubrimientos no sean tan recientes; es posible que los
psicólogos fueran conscientes de ellos pero que los relegaran a un
segundo plano en su interés por obtener otros descubrimientos. Su
trabajo ha sido muy estimulado por el de biólogos como E. O .
"Wilson, expuesto en obras como Sociobiology (1975) y On Human
Nature (1978). Tiene especial importancia el énfasis de Wilson en la
idea de que la antigua distinción entre naturaleza (genética) y edu­
cación (aprendizaje) como explicación de la conducta es una falsa
dicotomía. Lo que importa es la forma en que interaccionan la na­
turaleza y la educación. Algunos sociólogos se han mostrado muy
críticos hacia la sociobiología, igual que hacia el conductismo, por
temor a que estas disciplinas quitaran a la sociología parte de su
objeto de estudio. Si los sociólogos siguen rechazando los descubri­
mientos llevados a cabo en estos campos producirán el resultado que
desean evitar. Los científicos de otras disciplinas se apropiarán de su
material, y los sociólogos perderán mucho de lo que les ayudaría a
entender la conducta humana. Están defendiendo una causa perdida.

IV

H e creído necesario exponer, aunque groseramente, los supues­


tos y principios de la psicología conductista. Sin embargo, muchos
científicos sociales que emplean el conductismo no se dan cuenta de
que lo hacen. Lo llaman utilitarismo o teoría de la elección racional.
Ya he tratado de mostrar cómo la teoría de la elección racional — y
creo que puede hacer lo mismo con la teoría utilitarista— usa de
hecho las proposiciones de la psicología conductista. Tales científi­
cos sociales son como el monsieur Jourdain de Moliere, quien des­
cubrió que llevaba cuarenta años hablando en prosa 2. Las teorías
utilitaristas o de la elección racional pueden usarse para explicar
buena parte de la conducta humana, pero dejan fuera mucho de lo
que abarca el conductismo. De acuerdo con esa idea, me referiré a
ellas como versiones «incompletas» del conductismo. A menudo dan
por supuestos los valores (propósitos) de una persona, lo que no
importa cuando los valores en cuestión se hayan muy extendidos.
Pero cuando estos valores son, al menos, inusuales, no se preguntan
cómo los ha adquirido esa persona, si genéticamente, mediante apren­
dizaje, o mediante una combinación de ambos factores. Los valores
110 les caen del cielo a los seres humanos. Dichas teorías tampoco
toman del todo en consideración la retroalimentación que los resul­
tados de las acciones de una persona ejercen sobre su conducta fu­
tura: no captan el decisivo carácter histórico de la conducta humana;
histórica tanto si se trata de individuos como de grupos. Finalmente,
ni la teoría utilitarista ni la teoría de la elección racional prestan
mucha atención a la conducta emocional, como la agresión. Los
intentos de explicar la acción humana no pueden permitirse ignorar
tales cuestiones.
Y, lo que en ciertos aspectos es peor, muchos científicos sociales
consideran que el conductismo es «mero sentido común». Es cieno
que una persona normal no expresa una gran sorpresa cuando oye
que alguien cuya acción ha sido reforzada está dispuesta a repetirla
en circunstancias similares. Ni tendría por qué estarlo, pues los seres
humanos están familiarizados con su propia conducta, que se ha
estudiado durante milenios; algo tendrán que saber sobre ella. Gros-
so m odo , las características generales de su propia conducta son lo
que mejor conocen, a diferencia de lo que ocurre con las caracterís­
ticas de las ciencias físicas, que conocen peor. O , más bien, sí están
familiarizados con algunas de las aplicaciones comunes de las cien­
cias físicas, como la palanca, aunque no con sus principios generales.
Sólo cuando se sobrepasa el mero sentido común, especialmente me­
diante métodos experimentales, se manifiestan las verdaderas com­
plejidades de la conducta. Además, lo que es «mero sentido común»
puede ser verdadero c importante. La gravedad de dar por supuesto
lo que es de sentido común se hace particularmente evidente cuando
el científico social no formula sus propias proposiciones generales.
En este caso, sus explicaciones se convierten en lo que los lógicos
llaman entíntenlas: no se formulan las premisas mayores. En estas
condiciones, no se reconocen las verdaderas similitudes de tipos de
explicación aparentemente diferentes.

¿ M oliere, E l Hitrgeois gentilhom m e, acto II, escena 5.


V

AI explicar la conducta individual o social, la psicología conduc­


tista o sus «versiones incompletas» suelen estar apoyadas y creo que
deben estarlo, por otras dos doctrinas; una es la que en ocasiones
se llama «individualismo metodológico» 3, y la otra es la denomina­
da teoría de la «ley de subsunción». Considerémoslas en este orden.
Los principios de la psicología conductista se refieren a lo que tienen
en común las conductas de los miembros individuales de una espe­
cie; en el caso del homo sapiens, son proposiciones relativas a la
naturaleza humana. Esto no significa que la conducta de un indivi­
duo sea idéntica a la de cualquier otro. Debido a su herencia genética
o a sus diversas experiencias pasadas — cuyos efectos pueden a me­
nudo explicarse psicológicamente— , las personas se conforman en
distinto grado a los principios generales. En el lenguaje de las ma­
temáticas, diríamos que las ecuaciones siguen siendo las mismas, aun­
que hay ciertas diferencias en los parámetros. Además, y esto es lo
más importante para mis propósitos actuales, los principios conduc-
tuales permanecen invariables, sean reforzadas o castigadas las accio­
nes de una persona por el entorno natural o por alguna o algunas
personas. Naturalmente, aparecen nuevos fenómenos cuando una
persona interactúa con otra en lugar de actuar aisladamente, pero no
se requieren principios nuevos para dar cuenta de tales fenómenos,
a excepción, es obvio, de la nueva condición introducida: que el
comportamiento es social. Lo social no es «más que la suma» de sus
partes individuales— si es que esta famosa expresión tiene algún
sentido. Es cierto que la palabra «suma» es confundente. Com o he
tenido ocasión de experimentar, a muchos de mis colegas no hay
principio que les moleste más que este. Pero antes o después tendrán
que aprender a vivir con él. Dicho principio no implica que en otras
ciencias no puedan darse auténticos fenómenos emergentes, sino que
no existen en la ciencia social. La proposición no sólo es válida para
la interacción entre dos personas, sino también en caso de grupos
numerosos.
Aunque sin duda no le liayan dado ese nombre, creo que la
posición del «individualismo metodológico» es la que han sostenido
durante siglos la mayor parte de quienes han pensado sobre esta
cuestión. John Stuart Mili, en su A System o f Logic , ofrece una bue­
na formulación, clara y bastante temprana de esta perspectiva:

3 Vid. en especial W atkins: 1959.


Las leyes de los fenómenos sociales no son ni pueden ser otra cosa que las
leyes de las acciones y pasiones de los seres humanos unidos en el estado
social. Los hombres siguen siendo hombres en un estado de sociedad; sus
acciones y pasiones obedecen a las leyes de la naturaleza humana individual.
Cuando se reúnen, los hombres no se convierten en otro tipo de substancia
con propiedades diferentes, igual que el oxígeno y el hidrógeno son dife­
rentes del agua... Los seres humanos en sociedad no tienen más propiedades
que las derivadas de (y reductíbles a) las leyes de la naturaleza del hombre
individual. En los fenómenos sociales la Composición de las Causas es la
ley universal.

(Mili, A System o f Logic)

Con «Composición de las Causas» Mili se refería al hecho de


que los fenómenos sociales son el producto resultante — no la mera
adición— , complejo y a menudo no deseado, de las acciones de
muchos individuos, cuya conducta frecuentemente se debe a una
confluencia de propósitos. Nótese que la formulación de Mili es
simplemente programática, pues no intentó formular «las leyes de la
naturaleza humana individual». Y o pienso que son las leyes de la
psicología, pero en la época de Mili la psicología aun no se había
convertido en una ciencia observacional y experimenta). El principal
oponente del individualismo metodológico era, al menos en uno de
sus aspectos, el gran sociólogo francés Emile Durkheim, quien sos­
tenía que los fenómenos sociales eran sui generis, irreductibles a la
psicología (Durkheim: 1927, p. 12). Hubo un tiempo en el que su
doctrina tuvo una validez casi universal en la sociología. Algunos
sociólogos comienzan ahora a apartarse de ella, incluso sociólogos
franceses, que tan a menudo conservan una fidelidad desmedida ha­
cia sus grandes hombres. Por ejemplo, Raymond Boudon escribe en
su obra La Place du désordre: «un principio fundamental de las
sociologías de la acción es que el cambio social debe ser analizado
como el resultado de una combinación [ensemblej de acciones indi­
viduales» (Boudon: 1984, p. 12). Esta norma no se aplica sólo al
cambio social.
Si la conducta de los seres humanos, su historia y sus institucio­
nes pueden ser analizadas sin residuo en las acciones de los indivi­
duos, debería parecer obvio, como le parecía a Mili, que los princi­
pios que explican sus acciones han de referirse a la naturaleza hu­
mana individual, es decir, han de ser principios psicológicos. (Per­
mítaseme que admita ahora que, si bien el análisis podría en princi­
pio llevarse a cabo, rara vez ocurre así en la práctica, y cuando
ocurre es solo de manera muy aproximada.) Pero existen sociólogos
c incluso filósofos que aceptan el individualismo metodológico, aun­
que niegan que implique lo que ellos llaman psicologismo. Para Karl
Poppcr, por ejemplo, la psicología se limitaría a las consecuencias
deseadas de las acciones humanas. Poppcr ofrece el siguiente ejem­
plo: «aunque algunos pretendan que el gusto por las montañas y la
soledad puede ser explicado psicológicamente, el hecho de que si a
demasiada gente le gustan las montañas no puedan disfrutar allí de
la soledad no es un hecho psicológico; este tipo de problema toca
el núcleo de la teoría social» (Popper: 1964, p. 158). N o veo razón
>or la que el disfrute o la falta de disfrute no sea un hecho psico-
Eógico, pero estoy de acuerdo en que este tipo de problema toca el
núcleo de la teoría social. Veamos cómo ha de explicarse el fenómeno.
De acuerdo con los principios conductistas del éxito y del estí­
mulo, dos o más personas pueden emprender acciones cuyos resul­
tados esperan encontrar reforzantes. En este caso, tales personas en­
cuentran reforzante la soledad, y esperan encontrarla en las monta­
ñas: por consiguiente, van allí. Es obvio que Popper da por supuesto
que ellos actúan así al mismo tiempo y sin conocer las acciones de
los demás. Por tanto, todos ellos llegan juntos a las montañas; por
definición, no pueden encontrar allí la soledad. Por tanto, todos
ellos resultan castigados, no reforzados, y ninguno de ellos deseaba
que fuera ese el resultado. Este ejemplo de las consecuencias no
deseadas de la acción humana ha sido explicado por un argumento
que usa principios psicológicos como premisas mayores. Así, la tesis
popperiana de que la psicología está limitada a la explicación de las
consecuencias deseadas de la acción es, sin más, errónea.
W. G. Runciman propone un débil compromiso al afirmar que
la sociología no es reductible a la psicología pero «depende» de ella
(Runciman: 1983, p. 29). Por desgracia, no ofrece una clara distin­
ción entre dependencia y reductibilidad. Como ya he señalado, hay
quien evita el problema hablando simplemente de utilitarismo o elec'
ción racional en vez de usar la palabra «psicología». Pero de hecho
no dejan de usar la psicología.

VI

El conductismo tal como se aplica en sociología está estrecha


mente relacionado con una particular visión de la naturaleza de la
«teoría». En la sociología no hay palabra que se emplee más que
esta, en parte porque la teoría, comparada con el «mero registro de
datos», proporciona un gran prestigio. Por consiguiente, es tanto
más sorprendente que pocos sociólogos hayan dedicado algún tiem­
po a definir qué es una teoría. Es cierto que «teoría» no es más que
una palabra, y un investigador puede definirla como desee con tal
de que se mantenga fiel a la definición elegida. Pero pocos sociólo-
l'os llegan siquiera a eso. La mayoría parece usarla aproximadamente
011 el sentido de «generalización» pero, como quiera que sea defini­
da, tiene que ser más que eso. La concepción de teoría adoptada
aquí parece corresponder con la que es aceptada en las ciencias físi-
ras clásicas, lo que no quiere decir que el contenido de una teoría,
011 la medida en que difiera de la forma, sea el mismo en la ciencia
física y en la nuestra.
La concepción adoptada suele conocerse como teoría de la «ley
de subsunción», aunque más bien debería enunciarse en plural, como
«leyes de subsunción» 4. Una teoría acerca de un fenómeno es una
explicación de este, pero «explicación» tampoco es más que una
palabra. La explicación de un fenómeno consiste en un sistema de­
ductivo. Este sistema es un conjunto de proposiciones que constatan
una relación entre dos o más variables. N o se afirma que exista una
relación sino, al menos en una primera aproximación, cuál es la
naturaleza de la relación: por ejemplo, x es una función positiva de
y. En ocasiones, ninguna de las variables puede tomar más de dds
valores: presente o ausente. Por ejemplo, si x está presente también
lo está y . Al menos una de las proposiciones es la proposición que
lia de explicarse, el explicandu-m. Otras proposiciones pueden tener
un carácter más general, y en la cumbre del sistema hay proposicio­
nes que por el momento, aunque este momento puede durar largo
tiempo, son las más generales de todas; «más generales» significa
simplemente que no pueden derivarse del conjunto. Estas son las
proposiciones que le valen a esta concepción de ia teoría su nombre
de «sistema de leyes de subsunción». Otras proposiciones formulan,
como en el sistema euclídeo, las condiciones dadas (condiciones lí­
mite, parámetros) a las que han de aplicarse las proposiciones gene­
rales. A su vez, a menudo es posible explicar estas condiciones da­
das. Se dice que las proposiciones de rango más bajo, o explicanda,
quedan explicadas cuando puede mostrarse que se siguen lógicamen­
te de las otras proposiciones del conjunto. Las proposiciones de las
matemáticas, que proceden de teorías no contingentes, pueden uti­
lizarse para efectuar las deducciones, pero ninguna teoría científica
puede componerse exclusivamente de proposiciones no contingen­
tes. Una proposición contingente es aquella para cuya aceptación
son relevantes los datos, los hechos, las pruebas, etc.
La mayor parte de las teorías no tienen un único explicandum
sino muchos explicanda a deducir de las leyes de subsunción bajo
diferentes condiciones dadas. Hablando llanamente, juzgamos que
una teoría es poderosa cuando un gran número de proposiciones

4 Vid. en especial Braithw aite: 1953; Hempel: 1965; N agel: 1961.


empíricas puede explicarse a partir de unas pocas leyes subsuntivas,
Quede claro que lo anterior es una descripción del aspecto que de­
bería tener una teoría una vez acabada; y ninguna teoría está nunca
más que provisionalmente acabada. N o se trata de una descripción
de cómo se construye una teoría, cosa que puede hacerse por mu­
chos procedimientos distintos y en la que no voy a entrar ahora 5.
Mis propios esfuerzos por explicar los descubrimientos que he
hecho al leer e investigar acerca de la conducta en pequeños grupos
me han llevado a la conclusión de que las leyes de subsunción más
útiles son las de la psicología conductista. A diferencia de los gran­
des científicos, yo no he tenido que inventar mis propias leyes de
subsunción: puedo tomarlas de las obras de los demás. Además, no
creo que mi conclusión se limite a la sociología. Las leyes de sub­
sunción de todas las ciencias sociales son las de la psicología con­
ductista. Es fácil, por ejemplo, derivar de ellas las sedicentes leyes
económicas de la oferta y la demanda. Mi tesis no implica en abso­
luto que la sociología vaya a diluirse en una ciencia social indiferen-
ciada, aunque sin duda existirán solapamientos. Algunas ciencias so­
ciales aplicarán la psicología conductista a condiciones diferentes de
las condiciones a las que la aplicarán otras. Por ejemplo, las condi­
ciones que se supone que existen en el mercado clásico — en el que
ningún participante está obligado a tener relaciones regulares con
ningún otro participante— son obviamente diferentes de las que exis­
ten en un grupo de trabajo industrial, donde, al menos durante cier­
to tiempo, lo normal será que exista una interacción regular entre
sus miembros. Por consiguiente, los tipos de proposiciones empíri­
cas que puede explicar la microcconomía serán algo diferentes a los
de la microsociología.
Cuando puede mostrarse que las proposiciones de cierta ciencia
se siguen en determinadas condiciones de las proposiciones de otra
se dice que las primeras han sido reducidas a las de la segunda. Por
tanto, el programa conductista en tanto que aplicado a la sociología
se denomina frecuentemente reduccionismo psicológico, y con ese
nombre provoca las iras de numerosos sociólogos. Una vez más, su
preocupación es preservar su identidad. Sin embargo, otras ciencias
han sido sometidas a reducción sin que parezcan haber sufrido per­
juicio alguno. Supongo que buena parte de la química puede hoy
reducirse a la física, y sin embargo aquella es una ciencia vigorosa.
A menudo son problemas de tipo práctico los que evitan que la
reducción produzca una fusión de ciencias. Por ejemplo, la termo­
dinámica puede reducirse a la mecánica estadística, pero seguimos

5 N o obstante, vid. H o lto n : 1973.


usando la termodinámica para diseñar motores térmicos. Y conti­
nuamos enviando cohetes a la Luna usando la mecánica de Newton,
supuestamente superada. Los cálculos son más simples que los rc-
ueridos en la teoría de la relatividad, y, en cualquier caso, dentro
a el inevitable margen de error el resultado es satisfactorio.
El programa del conductismo aplicado a la sociología consiste,
por tanto, en tres sistemas de ideas relacionados entre sí: los prin­
cipios de la propia psicología conductista, la doctrina del individua­
lismo metodológico y la concepción de ia teoría como sistema de
leyes subsuntivas. Es un programa y — que no se asuste nadie— el
programa nunca puede llevarse plenamente a término; habrá muchos
fenómenos que nunca podrá explicar, pero tampoco los explicará
ningún programa alternativo.

VII

Consideremos ahora las dificultades con que tropieza el progra­


ma, qué estrategias de investigación sugiere, cuáles son sus logros y
qué ventajas ulteriores ofrecerá si se adopta más plenamente.
Trataré primero una ambigüedad menor que elimina de la socio­
logía la adopción de la perspectiva presentada aquí, si bien admito
que se trata de un mero cambio terminológico. Hubo una época en
la que se afirmaba que la posición teórica dominante en la sociología
era el funcionalismo. Aunque rara vez se dieran cuenta de ello los
funcionalistas, siempre existieron dos tipos principales de funciona­
lismo, a los que denominaré funcionalismo social y funcionalismo
individualista. El funcionalismo social trataba de explicar las insti­
tuciones sociales por las contribuciones que hacen a la supervivencia
o al equilibrio del sistema social del cual forman parte. En otro lugar
he diagnosticado la debilidad de esta teo ría6; no volveré sobre esto
aquí, y me limitaré al funcionalismo individualista. E l funcionalismo
individualista explicaba muchos tipos de conductas institucionales y
otras clases de conductas por referencia a las funciones que desem­
peñaban para los individuos; a menudo para muchos individuos,
pero siempre tomados como tales individuos. La explicación de la
confianza que proporcionaba la magia es un ejemplo. La teoría im­
plicaba que lo que era funcional para alguien es lo que era «bueno»
para él. Un examen más detenido mostraba que ciertas cosas que él
creía que eran «buenas» para él no lo eran de hecho: por ejemplo,
el tabaco y otras drogas. Si no eran funcionales en el sentido de que

6 Por ejemplo, vid. las referencias a «función» en el índice de H om ans: 1984.


eran buenas, lo eran, sin duda, en el sentido de que eran reforzantes:
la acción mediante la que se obtenían probablemente se repetiría.
Brevemente, para el funcionalismo individualista la palabra «función»
podía sustituirse por la palabra «refuerzo» sin pérdida alguna de
significado. Con este cambio terminológico muchas de las explica­
ciones funcionalistas se convertirían inmediatamente en explicacio­
nes individualistas y psicológicas. Un ejemplo es el célebre «para­
digma funcional» de Robert Merton, que mostraba, entre otras co­
sas, cómo a finales del siglo XIX y principios del XX el sistema que
unía a los inmigrantes urbanos y a los jefes de distrito electoral
[ivard-bosses], a los políticos y a los hombres de negocios que tra­
taban de obtener favores deJ gobierno se mantuvo porque todas las
partes implicadas obtenían refuerzos de sus conductas. La explica­
ción no es especialmente «funcionalista», sino claramente conductis-
ta (Merton: 1968, pp. 104-36).
En mi opinión, la m ejor forma, por el momento, de aplicar la
psicología conductista a la sociología es la de explicar características
de la estructura social que aparecen repetidamente en grupos peque­
ños de todo el mundo, características que pueden observarse direc­
tamente cuando se hacen estudios de campo de nuevos grupos: nor­
mas, cohesión, competición, status, poder, liderazgo, justicia distri­
butiva y el desarrollo de canales de comunicación regulares. El mero
número de tales grupos le obliga al investigador a centrar su atención
en características comunes que, por tanto, son las que más urge
explicar. Creo que en mi libro Social Behavior: Its Elementary Forms
(1961) he mostrado, al menos grosso modo, cómo podemos explicar
estas características según los principios conductistas. Los diversos
grupos poseen en grado diferente tales características, pero todos,
incluso los mayores, las poseen. Por lo general, los descubrimientos
que tratamos de explicar solo son estadísticamente verdaderos, de­
bido a qüe no conocemos lo suficiente las características de los miem­
bros individuales. Podemos explicar, por ejemplo, por qué han de
surgir líderes, pero no sabemos por qué han de serlo determinados
individuos. Cuando sí lo sabemos tomamos en consideración estos
datos, por supuesto. Y o suscribo esta estrategia no porque haya
calculado en abstracto que sea buena, sino porque tengo mucha ex­
periencia, directa e indirecta, con grupos pequeños. Como sociólo-
;os haríamos bien en limitarnos al estudio de estas características de
fos grupos pequeños antes de ocuparnos de las características únicas
de las grandes sociedades. Tal es mi esperanza, pero no creo en
absoluto que vaya a cumplirse, pues los científicos continuarán ocu­
pándose de lo que les interesa, incluso en detrimento de una buena
estrategia. Y no estoy seguro de que no hagan bien, pues lo que
pierden en estrategia lo ganan en motivación.
En el nivel de lo que llamo conducta social elemental, la deduc­
ción de las proposiciones empíricas a partir de los principios gene­
rales de la psicología conductista (o, si se prefiere, la reducción de
las primeras a las últimas) es a menudo directa. Hace mucho tiempo
Festinger, Schachter y Back, estudiando grupos que vivían en vivien­
das similares contrastaron la proposición de que cuanto más cohe­
sivo era un grupo, más probable era que sus miembros se confor­
maran a sus normas, fuesen las que fuesen ÍFestinger, Schachter y
Back: 1950, pp. 61-150). Se midió cada variable con un sencillo cues­
tionario. La cohesión fue definida como la proporción de oportuni­
dades de entablar amistad que los miembros de un grupo ofrecían a
otros miembros del grupo con prefencia a personas ajenas a este, y
la conformidad como el número de miembros del grupo que expre­
saba su acuerdo con normas importantes. El resultado podía expli­
carse por el hecho de que la gente a menudo encuentra reforzante
el acuerdo con sus propias opiniones, y que el refuerzo a menudo
produce sentimientos favorables entre los que son reforzados y los
que refuerzan. O , formulando lo que quizá no sea una explicación
diferente, sino simplemente la otra cara de la primera, para mucha
gente es reforzante la amistad y punitiva la pérdida de esa amistad.
El primer castigo que los miembros de un grupo imponen a quienes
violan sus normas es el retirarles su amistad. Pero en grupos cohe­
sivos hay más amistad que perder que en los menos cohesivos, y por
tanto es posible que haya menos disconformidad en los primeros.
En esta explicación he usado tácitamente el «principio del valor» y
el «principio de frustración-agresión». Los autores de este estudio,
aunque eran todos psicólogos sociales, no mencionaban el hecho de
que estuvieran aplicando la psicología conductista a su explicación.
Suponían que estaban usando el sentido común. Desearía que los
investigadores reconocieran más a menudo que el sentido común es,
con frecuencia, buena psicología conductista, aunque algunas de las
implicaciones de la psicología conductista van mucho más allá del
sentido común.

VIII

Ya en la explicación de las características de los grupos pequeños


aparece un problema que tiene consecuencias mucho más amplias.
Cuando hablo de estructuras sociales me refiero a cualesquiera ca­
racterísticas de los grupos que persisten durante cierto periodo de
tiempo, aunque es posible que el periodo no sea largo. N o voy a
intentar, ni necesito hacerlo, proponer una definición más elaborada.
Una vez que la estructura de un grupo se ha formado y se mantiene
por las acciones de sus miembros, esa misma estructura ofrece po­
sibilidades para que sus miembros desarrollen su conducta, que pue­
de consolidar la estructura existente o dar origen a una nueva. Por
ejemplo, una vez que un grupo ha establecido y mantiene un sistema
jerárquico, un miembro individual que se encuentra en el extremo
inferior del sistema no puede caer más bajo. Su «caída» en el pasado
fue generalmente causada por su «mala conducta», mala no en un
sentido absoluto, quizá, sino según las normas del grupo. Pero si ya
se encuentra en lo más bajo, la mala conducta no le origina coste
alguno — no tiene nada más que perder— , y se inclinará a llevar a
cabo una conducta que puede ser reforzante pero que no tiene nin­
gún coste. Sin embargo, si lleva a cabo esta conducta, consolida su
posición en lo más bajo del grupo. Este tipo de fenómeno puede
explicar la aparición de una clase deprimida o LumpenproletariaL.
El problema da origen a una obvia e importante diferencia entre
los sociólogos, diferencia que está bien estudiada, además de otras
cuestiones, en Die zwei Soziologien (1975), de Viktor Vanberg. Hay
sociólogos que, como yo mismo, están más interesados en el pro­
blema de cómo crean los individuos las estructuras sociales, estruc­
turas entre las que se cuentan (por citar las más elaboradas) las ins­
tituciones de una sociedad en su totalidad, como los sistemas legales
y políticos; y hay sociólogos que se preguntan cómo afectan esas
instituciones a la conducta de los individuos o de los grupos. Los
estructuralistas siempre me indican que los pequeños grupos que
estudio son generalmente partes de estructuras mayores, y las carac­
terísticas de la unidad más pequeña están parcialmente determinadas
por las características de la unidad mayor. Qué duda cabe de que es
así. Pero las explicaciones de ambas sociologías, la que estudia la
influencia de los individuos en la creación de estructuras, y la que
se ocupa de la influencia de las estructuras en la conducta de los
individuos, requieren los mismos principios de la psicología conduc­
tista. Confieso que debido a la falta de la información necesaria
puede ser difícil explicar la creación de instituciones, que con fre­
cuencia tienen un largo pasado. N o obstante, cuando se puede ob­
servar cómo se produce la historia siempre es posible ver que actúan
los principios conductistas. Sin duda, es evidente que la psicología
trabaja más frecuentemente en esta dirección que en la otra. Es fácil
observar cómo los seres humanos crean estructuras en el nivel de
los grupos pequeños y, frecuentemente, también en el de los grupos
más grandes. Pero muchas veces no es tan fácil observar cómo las
estructuras afectan la conducta de los individuos, ya que el proceso
a menudo parece automático, y no lo es. Cuando se enciende una
luz roja en un cruce detenemos el coche; no nos paramos a pensar
que nuestra conducta es el resultado de principios psicológicos. La
luz roja es una estructura social.
El no comprender esto ^s otro de los errores que comete Karl
Popper cuando sostiene que el individualismo metodológico no im­
plica psicologismo. Popper escribe: «En efecto, la psicología no pue­
de constituir la base de la ciencia social. En primer lugar porque ella
misma es una de las ciencias sociales: la «naturaleza numana« varía
considerablemente con las instituciones sociales, y su comprensión
presupone por tanto la comprensión de estas instituciones» (Popper:
1964, p. 158). Me he tomado algún trabajo para refutar el primer
argumento. La psicología no es simplemente una de las ciencias so­
ciales: es aquella a partir de cuyos principios generales pueden de­
rivarse las proposiciones empíricas de las otras. Por lo que respecta
a la tesis institucional, yo le daría la vuelta. La comprensión de las
instituciones presupone la comprensión de la naturaleza humana, es
decir, de los principios de la psicología, aunque las instituciones, una
vez creadas, actúan a su vez sobre la conducta humana. Pero la
propia actuación de las instituciones se produce de acuerdo con las
características de la naturaleza humana.

IX

Una de las dificultades principales de la aplicación de las doctri­


nas de la psicología conductista a la explicación de la conducta social
es que es una ciencia histórica: la conducta de una persona está
determinada por sus pasadas experiencias en interacción con sus cir­
cunstancias presentes. Con frecuencia conocemos bastante bien estas
últimas, pero nuestro conocimiento del pasado de un individuo raras
veces alcanza más que para explicar muy groseramente sus acciones
presentes. En ocasiones tenemos suficiente información para hacer
alguna valoración, sobre todo en el caso de individuos históricamen­
te relevantes, cuyas vidas suelen ser registradas. Al explicar por qué
Guillermo el Conquistador invadió Inglaterra enfrentándose a for­
midables dificultades, seguramente es importante saber que durante
varias décadas había tenido éxitos en la guerra. De acuerdo con el
principio del éxito, tuvo que ser fuerte su convicción de que era
probable que volviera a conocer el éxito. Sin embargo, dudo de que
alguna vez podamos explicar de forma convincente por qué invadió
Inglaterra y por qué ganó la batalla de Hastings.
Este tipo de dificultad es más relevante para las predicciones que
las «postdicciones», aunque incluso en el caso estas plantea multitud
de problemas. Generalmente nos resulta más fácil explicar lo que ha
sucedido o lo que está sucediendo que predecir lo que sucederá. Los
sociólogos, en lucha con nuestros sentimientos de inferioridad, ol­
vidamos que ciencias más respetables que la nuestra tropiezan con
las mismas dificultades: la geología, por ejemplo, o la teoría de la
evolución darwiniana. No creo que el darwinismo pueda predecir
cuándo va a aparecer una nueva especie, pero estoy seguro de que
cuando surge una podrá explicar por qué ha ocurrido. Ciertos cien­
tíficos solían afirmar que una ciencia incapaz de hacer predicciones
no era una verdadera ciencia. Pero, ¿quién discutiría el carácter cien ­
tífico del darwinismo? N o podemos descartar una ciencia porque no
pueda predecir con exactitud, ni siquiera porque no pueda predecir
en absoluto. Bastante hará si puede explicar.
En ocasiones, esto produce la impresión de que aplicar riguro­
samente la psicología conductista a la explicación supone que es
preciso conocer la historia pasada de cada individuo en cuestión. Sin
embargo, la psicología también puede aplicarse cuando hay que ocu­
parse de un número relativamente grande de individuos, quienes,
ara los propósitos de la explicación, podemos considerar que al-
E ergan valores más o menos similares. Pongamos otro ejemplo his­
tórico. Si deseo explicar el florecimiento de la industria textil de la
lana en la Inglaterra del siglo XIV, mencionaré en primer lugar la
necesidad del gobierno inglés, a cuya cabeza se encontraba Eduardo
I, de recaudar más dinero de sus súbditos. Esta parece una necesidad
universal de los gobiernos, y se manifestó con especial agudeza a
finales del siglo XTII a causa de la inflación; por otro lado, Eduardo
albergaba propósitos bélicos, es decir, costosos.
En época de Eduardo la más importante de las exportaciones
inglesas, tanto en volumen como en valor, era la lana virgen, que en
su mayor parte tenía como destino Flandes, donde se transformaba
en tejidos. Hasta entonces no estaba sometida a impuestos. Persua­
dido por sus consejeros, Eduardo impuso un tributo (unos derechos
de aduana) sobre la exportación de lana, y nombró funcionarios para
que recaudaran dicho tributo. El impuesto sobre la lana tenía pro­
babilidades de obtener éxito como medio para recaudar dinero, pues
las balas de lana son voluminosas con relación a su valor y no es
fácil pasarlas de contrabando.
El impuesto elevó los costes de la manufactura textil de Flandes,
dado que los mercaderes flamencos no pudieron encontrar un ade­
cuado abastecimiento alternativo de lana. La principal posibilidad
era la lana española, pero los costes del transporte hasta Flandes eran
elevados y el abastecimiento quizá no fuera suficiente. Inglaterra
tenía una pequeña industria textil propia para cubrir las necesidades
locales. El aumento de los costes de las manufacturas de Flandes
redujo los costes relativos de las manufacturas inglesas. N o hacen
falta grandes conocimientos de economía — que es una rama de la
teoría de la utilidad— para explicar lo que ocurrió, y afortunada­
mente tenemos suficientes registros aduaneros del siglo XIV para do­
cumentarlo. La manufactura textil inglesa creció respecto a la fla­
menca hasta que Inglaterra se convirtió en un exportador neto de
tejidos, y no de lana. N o hay razón alguna para pensar que Eduardo
I deseaba que su impuesto tuviera ese efecto: únicamente pretendía
recaudar más dinero y encontró en la lana una fuente de impuestos
fácil de explotar.
La explicación depende de que yo suponga que existía cierto
número de mercaderes, flamencos, ingleses, y otros, que se ocupa­
ban del comercio de los tejidos de lana y que, fueran cuales fueran
•sus diferencias en otros aspectos, compartían esencialmente el mismo
tipo de valores o al menos muchos de ellos lo hacían; de tal modo,
aunque la teoría es individualista, no preciso tomar en consideración
cada individuo por separado.
No he expuesto la explicación en todos sus detalles, pero cierta­
mente he supuesto tácitamente que los actores, del rey para abajo,
se comportaban de acuerdo con lo que ellos percibían que podía
tener éxito para aumentar sus refuerzos. Esta cuestión es de tipo
económico; pero el florecimiento de la industria textil de la lana
inglesa tuvo amplísimas repercusiones sociales y políticas. Sentó las
bases del liderazgo británico durante la revolución industrial. H e de
decir que en modo alguno pretendo que esta explicación de cuenta
por sí sola de la manufactura de la lana inglesa. Nótese que, para
llevar a cabo la explicación, los principios generales tácitos del re­
forzamiento y del éxito han de aplicarse a condiciones inciales dadas:
que Inglaterra era al principio un gran exportador de lana; que In­
glaterra poseía una institución, la monarquía, con el poder efectivo
de imponer tributos; etc. Estas condiciones iniciales pueden a su vez
someterse a una prolongada explicación, pero alguna vez, por falta
de información, o simplemente por conveniencia, debe detenerse la
regresión en el universo.
La explicación de los resultados de la conducta de Eduardo I y
los comerciantes de lana es relativamete directa, incluso aunque sea
grande el número de mercaderes. Es igual de directa que la explica­
ción de algunas de las características comunes de los grupos peque­
ños. Por este motivo, dudo si procede trazar una distinción nítida
basada en el volumen de población entre la microsociología y la
macrosociología. Prefiero usar el criterio de complejidad explicativa.
Mucho más complejo que los ejemplos previos es un estudio
como el expuesto por Raymond Boudon en su libro Effets pervers
ct ordre social (1977, pp. 17-130). En esta obra se incluye un estudio
de las relaciones entre un nuevo orden institucional, las elecciones
resultantes hechas a lo largo del tiempo por un número muy grande
de individuos y grupos familiares sin comunicación sistemática entre
ellos (menos, probablemente, que la existente entre los mercaderes
de Eduardo I), y los efectos globales de estas elecciones. El nuevo
orden institucional era la organización de una educación superior
;ratuita para todos los ciudadanos y ciudadanas franceses aptos. En
f ugar de tener el efecto deseado, la disminución del grado de estra­
tificación social, tuvo el efecto opuesto — en términos de Boudon,
un efecto perverso. La explicación de este resultado requiere un do­
minio mucho mayor de métodos estadísticos complejos que el que
precisa la del efecto del impuesto sobre la lana establecido por Eduar­
do I, o la de la relación entre cohesión y conformidad en grupos
pequeños. Pero no es preciso introducir nuevos principios conduc-
tistas. El explicandum sigue siendo un agregado de conductas indi­
viduales. Sospecho que un número cada vez mayor de investigacio­
nes sociológicas serán de este tipo.
Es todavía más difícil explicar detalladamente las proposiciones
acerca de las relaciones entre instituciones, como la afirmación, que
yo creo verdadera, de que las naciones con instituciones democráti­
cas y representativas también poseen un poder judicial relativamente
independiente. La explicación tendría que ser de tipo histórico, abar­
caría quizá varios siglos, y requeriría un estudio de cada una de las
dos instituciones y de las relaciones cambiantes entre estas. Reducir
explícitamente la explicación a los principios conductistas precisaría
una continuada reiteración de estos en las diferentes fases del pro­
ceso histórico, lo que sería monótono y aburrido, y ya aburrimos
bastante. Nadie va a emprender este tipo de explicación. Utilizare­
mos, como ya lo hemos hecho en el pasado, todo tipo de atajos. Sin
embargo, incluso en este caso creo que sería útil formular los prin­
cipios conductistas al menos una vez. Estos principios indicarían las
hipótesis, a menudo tácitas, que guían la explicación. Nos recorda­
rían que el cambio histórico no es el resultado de fuerzas «imper­
sonales», tales como el «progreso», la «diferenciación creciente», o
«el desarrollo de las fuerzas productivas». Son las personas quienes
llevan a cabo los cambios, aunque con frecuencia puedan resumirse
los agregados de sus elecciones en frases como esas. Naturalmente,
las personas en cuestión pueden ver limitadas sus posibilidades de
acción por condiciones que no son en modo alguno «sociales», sino
características físicas del entorno. Piénsese en la importancia que ha
tenido en la historia de Inglaterra el hecho de que sea una isla.
Toda la tesis expuesta aquí viene a significar que no existen leyes
generales per se para la historia, aunque muchos historiadores las
hayan buscado. Existen numerosas generalizaciones históricas, a me­
nudo muy importantes, que son válidas dentro de determinadas con­
diciones, aunque solo dentro de estas, y no de forma universal. Las
únicas proposiciones históricas plenamente generales son las relativas
íl la conducta de los seres humanos en cuanto miembros de una
especie. Para una buena discusión de este extremo véase el libro de
Kaymond Boudon, La Place du désordre (1984), y anteriormente,
Die Probleme der Geschichtsphilosophie (1907), de Simmel, aunque
este autor se encontraba en situación de desventaja al no disponer
de una psicología adecuada. Creo a veces que la psicología conduc-
tista manifiesta su utilidad tanto como modelo general de la natura­
leza explicativa de las ciencias sociales como proporcionando las pre­
misas mayores explícitas de la explicación propiamente dicha.

El punto de vista y la praxis aquí expuestos tienen una impor­


tancia creciente, como se muestra en el número cada vez mayor de
investigadores que los adoptan. Es cierto que pocos utilizan todo el
instrumental de la psicología conductista, pero sí su «versión incom­
pleta», que a menudo no reconocen como tal y a la que con fre­
cuencia denominan utilitarismo o teoría de la elección racional. De
todos modos, quienes así actúan admiten al menos que utilizan una
metodología individualista, lo que hubiera sido impensable incluso
hace pocos años.
Para hablar únicamente por el momento de los sociólogos nor­
teamericanos, llamaré la atención sobre las siguientes obras: gran
parte de la obra de Robert Hamblin 7 y John H. Kunkel s, el libro
de John F. Scott, The Internalizacion o f Norms (1971), que no ha
recibido la atención que merece, la colección de artículos Bebavioral
Theory in Sociology (Hamblin y Kunkel: 1977) y, más recientemen­
te, el libro editado por Michael Hechter, The Microfoundations o f
Macrosociology (1983). Aunque en ocasiones le encuentro confuso,
creo que Arthur Stinchcombe llega al fondo del asunto. Al menos
en su Theoretical Methods in Social History está dispuesto a afirmar:
«Las fuerzas causales que producen el cambio social sistemático son
las personas que se plantean qué es lo que hay que hacer» (Stinch­
combe: 1978, p. 36). Estoy seguro de que el difunto Richard Emer­
son era uno de los nuestros, aunque no empleara nuestro lenguaje 9.
En Inglaterra, como ya he dicho, W . G. Runciman (1983) admite
que la sociología «depende» de la psicología. Yo recomendaría, aun­
que no siempre esté de acuerdo con él, la obra de Anthony Heath

7 Por ejemplo, Hamblin et ai.: 1971.


B Por ejemplo, K unkel: 1975.
9 Vid. en especial Em erson: 1962.
Rational Choice and Social F.xchange (1976). Sin duda muchos de
estos hombres han sabido desde siempre lo que ahora están dispues­
tos a reconocer abiertamente. En el pasado puede que les disuadiera
el temor a decir cosas «de puro sentido común». En la actualidad,
el sentido común aplicado a la conducta humana se ha convertido
en una ciencia sumamente desarrollada, en la corriente más impor­
tante de la psicología, que tiene en su haber mucho trabajo experi­
mental cuidadoso realizado sobre seres humanos y animales. El sen­
tido común se ha hecho más sostenible cuando ha llegado a ser
mucho más que mero sentido común.
Por razones que no me resultan del todo claras, el programa
esbozado arriba ha sido adoptado hasta cierto punto por más soció­
logos europeos que americanos. Creo que el primero en hacerlo fue
mi querido amigo Andrzej Malcwski con su libro Verhalten und
Interaktion (1967). Por desgracia, Malewski se suicidó, creo que de­
sesperado por el futuro de su país, Polonia. Los alemanes occiden­
tales han contribuido más que otros americanos o europeos. En pri­
mer lugar situaría al Dr. Karl-Dietcr Opp, profesor de sociología en
la Universidad de Hamburgo, por toda una serie de libros que, al­
gunos de forma más directa que otros, están relacionados con el
programa (Opp: 1970; 1972; 1976; 1978; 1979; 1983; Opp y Hu-
mell: 1973). Añadiría a la obra de Opp la de Enno Schwanenberg:
Sociales Handcl (1970), la de Werner Raub y Thomas Voss: Indi­
viduales Handcl und gesellschaftliche Folgen (1981), la de Werner
Raub: Rationale Aleteare, institutionelle Regclungen und Interdepen-
denzen (1984), y varios artículos de Siegwart Lindenberg 10. En otra
categoría, aunque importante, situaría la ya citada Die Zwei Sozio-
logien (1975), de Viktor Vanberg, obra que me puso en claro sobre
las relaciones entre la sociología individualista y lo que puede lla­
marse sociología colectiva; en realidad, las relaciones entre el indi­
vidualismo y el estructuralismo.
La contribución de los sociólogos franceses es menos voluminosa
pero de idéntica calidad. La figura preeminente, .a quien ya he citado
anteriormente, es Raymond Boudon, en especial sus dos obras Ej-
fets pervers et ordre social (1977) y La Place du désordre: critiques
des théories de cbangement social (1984). Como la mayor parte de
los sociólogos americanos (igual que la mayoría de los americanos)
no han aprendido a leer idiomas extranjeros con fluidez — sufren
uno de los grandes defectos de la educación americana— general­
mente desconocen estas obras, para desgracia suya.
Hasta el momento he hablado de sociólogos, tanto americanos
como extranjeros. Pero en los últimos años científicos sociales ajenos

10 Debidamente citados en la bibliografía de Raub (1984).


a la sociología han comenzado a usar modelos de elección racional
en la economía y en la ciencia política para explicar fenómenos que
no suelen abordarse en sus disciplinas. (Naturalmente, la misma eco­
nomía clásica emplea un modelo de elección racional). Pienso sobre
todo en libros como los que ahora cito, y en su influencia potencial
en la sociología: A. Downns, An Economic Theory o f Democracy
(1957), Mancur Olson, The Logic o f Collective Action (1965), H.
Eylau, Micro-Macro Political Analysis (1969), A. O . Hirschman, Exit,
Voice and Loyalty (1970), B. Barry, Sociologists, Economists and Bu-
reaucracy (1970), T . Schelling, Micromotives and Macrobehavior
(1978), y H. Leibenstein, Beyond Economic Man: a New Founda-
tions fo r Microeconomics (1976). Este último no llega a ser lo que
pretende ser, pues sigue aplicando una teoría de la elección racional,
cosa que siempre hizo la microeconomía. Pero investiga ciertos tipos
de influencias que afectan la elección económica y que el análisis
económico corriente no siempre toma en consideración. Si los so­
ciólogos no prestan atención a estos nuevos desarrollos y al tipo de
teoría que se emplea en ellos, correrán el riesgo de ceder algunas de
las áreas de su campo con mayor interés potencial a otras disciplinas
de la ciencia social. Creo que este riesgo — si es que se trata de un
riesgo— es mayor que el peligro que amenaza desde la psicología,
mucho más ampliamente reconocido. Por mi parte, no creo que lo
último constituya en absoluto un peligro.

XI

Terminaré refiriéndome al estado interno de la sociología en la


actualidad. Desafortunadamente, se encuentra dividida en cierto nú­
mero de escuelas diferentes: interaccionismo simbólico, estructura-
lismo, etnometodología, teoría del conflicto, dramaturgia (Goffmann)
y muchas otras, cada una de las cuales afirma enfáticamente su ori­
ginalidad y su independencia respecto al resto. Todas ellas cuentan
en su haber con cierto número de hallazgos empíricos valiosos. Pero
aunque no haya palabra que usen más a menudo que «teoría», son
teóricamente débiles; ninguna, con la posible excepción de mi propia
perspectiva, nos dice qué es una teoría. Al no poseer una doctrina
sobre lo que es una teoría no expiieitan sus leyes de subsunción, lo
que hace difícil determinar si las escuelas son tan distintas unas de
otras como pretenden serlo. Mi opinión es que no son ni mucho
menos tan distintas. Consideremos la descripción de Mitchell del
método de Goffman: «un actor eficaz, por tanto, no es solo aquél
que es recompensado por sus buenas actuaciones mediante la acep­
tación de su audiencia, sino también aquél que llega a ver una con­
tinuidad de esencias en sus actuaciones y se considera más que una
mera apariencia» (Mitchell: 1978, p. 112). Esta explicación de lo que
hace un buen actor incorpora una premisa mayor no formulada, y
esa premisa es una de las proposiciones generales de la psicología
conductista: la de que una persona que emprende una acción seguida
de un refuerzo probablemente repetirá dicha acción. Tomemos otro
ejemplo, la descripción de Mitchell de la obra de Harold Garfinkel:
«Los problemas de la etnometodología son los problemas de la in­
teracción comunicativa en la medida en que la investigación etno-
metodológica se refiere a los procesos comunicativos que producen
el sentimiento de entendimiento común entre la gente» (Mitchell:
1978, p. 148). Pero, como he señalado en otro sitio, «el entendi­
miento común refuerza a la gente: la vida social es imposible sin él»
(Homans: 1982, p. 290). Por consiguiente, la etnometodología tam­
bién incorpora en sus premisas mayores tácitas el principio del éxito
y el principio del valor de la psicología conductista. Y así podría
seguir con las restantes escuelas.
Una ventaja que obtendríamos todos si aceptáramos la concep­
ción de la teoría como sistema de leyes subsuntivas y actuáramos de
acuerdo con ella es que las diferentes escuelas tendrían que pregun­
tarse qué leyes subsuntivas utilizarían en caso de que formalizaran
sus teorías. N o pretendo que hagan esto cada vez que tratan de
explicar algo; como he dicho, esto sería repetitivo y aburrido. Pero
sí pretendo que lo hagan al menos una vez. Pienso que todas las
escuelas descubrirían que aplican los principios de la psicología con­
ductista, bien en lo que he llamado su «versión incompleta», bien
en una forma que integra más plenamente los hallazgos experimen­
tales que continúan desarrollándose. Sería posible reconocer las afi­
nidades de las teorías por sus leyes de subsunción.
La búsqueda de las leyes subsuntivas que tienen en común no
impediría en lo más mínimo que las diversas escuelas se dedicaran a
diferentes áreas de la investigación empírica. Y es concebible que la
investigación pudiera ayudar a restablecer una unidad intelectual — o,
mejor, a crearla, pues no creo que haya existido nunca— en nuestra
ciencia, c impulsarnos a hacer realidad la tantas veces expresada es­
peranza de que nuestros hallazgos sean acumulativos. A excepción
de este único aspecto, no creo que mi programa requiera que los
sociólogos hagan algo que no estén haciendo ya. Y he dicho que es
concebible porque, por el momento, los miembros de las diferentes
escuelas parece que han puesto en distinguirse unos de otros un
amor propio al que son incapaces de renunciar.
B IB L IO G R A F IA

Bandura, A ., 1969: Principies o f Behavior Modification. N ueva Y o rk : H olt,


Kinehart and W inston. (Trad. al español: Principios de modificación de
la conducta, Sígueme: 1983).
— 197 3 : Aggression: A Social Learning Analysis. Englew ood Cliffs, N J:
Prentice-H all.
B arry, B ., 1970: Sociologists, Economists, and Bureaucracy. C h icago: U n i­
versity of C hicago, Press. (Trad. al español: Los sociólogos, los econo­
mistas y la democracia, A m orro rtu : 1974).
Boudon, R ., 1977: Effetspervers et ordre social. París: Presses Universitaires
de Frailee.
— 1984: La Place du désordre: critiques des théories de changement social.
Paris: Presses Universitaries de France. (Traducción inglesa: Theories of
Social Change. Cam bridge: Polity Press, 1986).
Braithwaite, R. B ., 1953: Scientific Explanation. Cam bridge, In g .: Cam brid­
ge U niversity Press.
Breland, K . y M ., 1961: «The M isbehavior o f Organism s», American Psycko-
logist., 16 : 681-4.
Brow n, R. y H errnstein, R . J ., 197 5 : Psychology. B oston : Little, Brow n.
D ow ns, A ., 1957: An Economic Theory of Democracy. N ueva Y o rk : H arp er
& Row . (Trad. al español: Teoría económica de la democracia, 1973).
D urkheim , É ., 1927: Les Regles de la méthode sociologique. París: Alean.
(Trad. al español: Las reglas del método sociológico, Á kal: 1985).
Em erson, R ., 1962: «Pow er-D ependence Relations», American Sociological
Review, 22: 31-41.
Eylau, H ., 1969: Micro-Macro Political Analysis: Accents o f lnquiry. C hi­
cago: Aldine.
Festinger, L ., Schachter, S. y Back, K ., 1950: Social Pressures in Informal
Groups: A Study o f Human Factors in Housing. N ueva Y o rk : H arper
& Row .
Hamblin, R . T ., B uckholdt, D ., Perritor, D ., K ozloff, M. y Blackwell, L .,
1971: The Humanization Process: A Social, Bebavioral Analysis o f Chil-
dren’s Problems. Nueva Y o rk : W iley-Intersciences. (Trad. al español:
Los procesos de humanización, Fontanella: 1976).
H am blin, R . T . y Kunkel, R . H . (eds.), 1977: Bebavioral Theory in Socio­
logy: Essays in H onor o f George C. Homans. N ew Brunswick, N J:
Transaction Books.
H eath, A ., 1976: Rational Choice and Social Exchange: A Critique o f Ex-
cbange Theory. Cam bridge, In g.: Cam bridge U niversity Press.
H echter, M. (ed.), 1973: The Microfundations o f Macrosociology. Philadcl-
phia: Temple University Press.
H em pel, C. G ., 1965: Aspeas o f Scientific Explanation and O tber Essays in
tbe Pbilosophy o f Science. N ueva Y o rk : Free Press.
H errnstein, R .J., 197 1 : «Q uantitative H edonism », Journal o f Psycbiatry, 8:
399-412.
— 1977: «The Evolution o f Behaviorism », American Psycbologist, 32:
593-603.
H irschm an, A .O ., 197 0 : Exit, Voice, and Loyalty: Responses to Decline in
Firms, Organizations, and States. Cam bridge, M ass.: H arvard U niver­
sity Press.
H om ans, G .C . 1961: Social Behavior: Its Elementary Forms. N ueva Y o rk :
H árco u rt, B racc. Revisado en 1974.
— 1982: «The Prcseni State of Sociological T h eory », Sociological Quar-
terly, 2 3 : 2 85-99.
—• 1984: Corning to my Senses: The Autobiography o f a Sociologist. N ew
Brunsw ick, N J : Transaction Books.
Kunkel, J .H ., 1975: behavior, Social Problems and Change: A Social Lear-
ning Approacb. Englew ood Cliffs, N J: Prentice-H all. Leibenstein, H .,
1976: Beyond Economic M an: A N ew Foundation fo r Microeconomics.
Cam bridge, M ass.: H arvard U niversity Press.
Malewski, A ., 1967: Verhalten und Interaktion. Tübingen: M oh r Siebeck.
Prim era edición polaca en 1964.
M erton, K .K ., 1968: Social Theory and Social Structure, edición aumentada.
Nueva Y o rk : Free Press.
Mili, J.S ., A System og Logic, L ibro 6, cap. 7, sec. 1.
M itchell, J.N . 1978: Social Exchange, Dramaturgy , and Ethnomethodology.
Nueva Y o rk : Elsevier.
N agel, E ., 1961: Tbe Structure o f Science: Problems in the Logic o f Scientific
Explanation. Nueva Y o rk : H arco u rt, Brace. (Trad. al español: La es­
tructura de la ciencia, Paidós: 1981).
O lson, M . jun., 1965: The Logic o f Collective Action: Public Goods and the
Theory o f Groups. Cam bridge: H arvard U niversity Press.
O p p, K -L)., 1970: Soziales Handeln, Rollen und soziale Systeme: Ein Er-
kdnmgsversuch sozialen Verhaltens. Stuttgart: Enke.
— 1972: Verhaltenstbeoretische Soziologie: Eine nene soziologische Fors-
chungsrichtung. H am burg: R ohw olt.
— 1976: Methodologie der Sozialwissenchaften: Einführung in Probleme
ihrer Tbeorienbildung, edición revisada, H am burg: Rohw olt.
— 1978: Theorie sozialer Krisen: Apathie, Protest und kollektives Handeln.
H am burg: H offm an und Cam pe.
— 1979: Individualistische Sozialwissenscbaft: Arbeitsweise und Probleme
individualistisch und kollektivistisch orientierter Sozialwisscnchaften.
Stuttgart: Enke.
— 1983: Die Entstehung sozialer Normen: Ein Integrationsversuch sozio-
logiscber, soziaIpsychologiscbcr und ókonomischer Erklarungen. Tübin-
gen: M oh r Siebeck.
O pp, K .-D . y H um m ell, H .J ., 1973: Kritik der Soziologie: Probleme der
Erkldrung sozialer Prozesse, 2 vols. Frankfurt am Main: Athenaum.
Popper, K .R ., 1964: The Poverty o f Historicism. N ueva Y o rk : H arp er &
Row. (Trad. al español: La miseria del historicismo, Alianza Editorial:
1981).
Rachlin, H ., 1976: Introduction to Modern Behaviorism, segunda edición,
San Fran cisco: W .H . Freem an. (Trad. al español: Introducción al con­
ductismo moderno, 1983).
Raub, W ., 1984: Rationale Akteure, institutionelle Regelungen und Interde-
pendenzen: Untersuchung zu einer erklarenden Soziologie auf struktu-
rell-individualistiscber Grundlage. Frankfurt am M ain: P cter Lang.
Raub, W . y V oss, T ., 1981: Individuelles Handeln und gesellschaftlicber
Folgen: Das individualistische Programm in der Sozialwissenschaften.
D arm stadt: Luchterhand.
Reynolds, G .S ., 1968: A Primer o f Operant Conditioning. Glenvicw, 111.:
Scott, Foresm an.
Runcim an, W .G ., 198 3 : The Methodology o f Social Theory, vol. 1 o f A
Treatise on Social Theory. Cam bridge, In g.: Cam bridge University Press.
Sclielling, T .C ., 1978: Micromotives and Macrobehavior. N ueva Y o rk : N o r­
ton.
Schwanenberg, E ., 1970: Soziales IIandel — Die Theorie und ihr Probleme.
Bern: Hans Huber.
Scott, J .F ., 1971: The Internalization o f Norms: A Sociological Theory of
Moral Commitment. Englew ood Cliffs, N J: Prentice-H all.
Siinmel, G ., 190 7 : Die Probleme der Geschichtsphilosophie. M unich: Dunker
und H um blot.
Skinner, B .F ., 1938: The Behavior of Organisms. N ew Y o rk : A ppleton-
C en tu ry-C roft. (Trad. al español: La conducta de los organismos, Fo n -
tanella: 1979).
— 1971: Beyond Freedom and Dignity. Nueva Y o rk : Knopf.
Stinchcombe, A .L ., 1978: Tbeoretical Methods in Social History. Nueva
Y o rk : A cadem ic Press.
Tiger, L ., 1969: Men in Groups. N ueva Y o rk : Random H ouse.
Vanberg, V., 1975: Die zwei Soziologien: Individualismo und Kollektivis-
mus in der Sozialtheorie. Tübingen: M oh r Sicbeck.
W atkins, J.W .N ., 1959: «I listorical Explanation in the Social Sciences», en
P. G ardiner (ed.), Theories o f History. G lcncoe, 111.: Free Press, pp.
503-14.
W'ilson, E .O ., 1975: Sociobiology. Cam bridge, M ass.: H arvard University
Press. (Trad. al español: Socinbiología, O m ega: 1980).
— 1978: On Human Nature. Cam bridge, M ass.: H arvard U niversity Press.
IN T E R A C C IO N IS M O S IM B O L IC O 1
Hans Joas

Cuando la sociología americana inició su marcha triunfal por el


mundo una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, no hacía mu­
cho tiempo que ella misma había pasado su propio punto de infle­
xión histórico. La «combinación de Lazarsfeld y Merton», como se
denominó al método sociológico después de ese punto de inflexión
(Shils: 1970), combinaba una sofisticada investigación social empírica
de orientación cuantitativa con una teoría estructural-funcionalista
desvinculada de su contexto y orígenes histórico-filosóficos y redu­
cida a una aplicación de «alcance medio». Esta combinación se pre­
sentaba como el epítome de todo cuanto tenía de valioso la herencia
de los sociólogos europeos clásicos, y como el modo de integrar esta
herencia en el acervo teórico y en un método de adquisición de
conocimiento acumulativo y profesionalmente respaldado. Es indu­
dable que para mantener la identidad de la disciplina fue necesario
pagar el elevado precio de suprimir aquellas tradiciones que difícil­
mente podían integrarse en la nueva imagen de la sociología. En este
sentido, es sorprendente que a pesar de que Parsons luchara con la
interpretación de Durkheim, Weber y Pareto durante cientos de pá­
ginas en su primera gran obra, The Structure o f Social Action (1968a),
en aquella discusión no solo presentó una descripción completamen­

1 Quisiera agradecerle a Anselm Strauss sus valiosos comentarios sobre este artícu­
lo.
te inadecuada del idealismo alemán y del marxismo, sino que con­
sideraba incluso que las tradiciones americanas de teoría social ape­
nas eran dignas de mención. Literalmente, no dedicó una sola pala­
bra a los logros de la filosofía social pragmática de John Dewey y
George Herbert Mead, ni tampoco a los hallazgos metodológicos
pioneros de la escuela sociológica de Chicago y las implicaciones
teóricas de sus investigaciones empíricas a gran escala. Las ¡deas e
investigación americanas, que no se juzgaban dignas de interés en su
país de origen, difícilmente podían esperar encontrar m ejor trata­
miento fuera de los Estados Unidos, dado el generalizado escepti­
cismo eurooéntrico o de izquierdas respecto al pensamiento america­
no.
Esto no quiere decir que dicha tradición se haya extinguido por
completo. En numerosos subcampos de la sociología, desde la in­
vestigación de la socialización hasta la sociología criminal y urbana
y la sociología ocupacional, las obras de la tradición de Chicago
desempeñan un importante papel y han contribuido a la fecundidad
de las investigaciones llevadas a cabo en estas áreas. Fragmentos
dispersos de esta tradición, tales como las ideas de Mead sobre el yo
y sobre la adopción de papeles, el «teorema de Thomas» sobre el
carácter efectivo de todos los componentes de una situación que se
consideran reales, y el concepto fundamental del método biográfico
pertenecen al acervo estándar del conocimiento sociológico. Cierta­
mente, muchos representantes de esta tradición se encontraron en
relativa soledad o tuvieron que adoptar el papel de una «oposición»
más o menos «leal» frente a la corriente sociológica principal. En
los años sesenta casi puede decirse que esta tradición estuvo de moda,
especialmente en la formulación que le dió Herbert Blumer (1969).
Pero se puso de moda en forma de confusa amalgama teórica con
enfoques fenomenológicos y otros tipos de planteamientos que des­
plazaron al denominado enfoque interpretativo (Wilson: 1970). En
el pasado más reciente, ha habido cada vez más intentos por superar
la anterior tendencia de esta tradición a concentrarse en fenómenos
microsociológicos y por lograr una autocomprensión a la luz de su
historia.
E s to s in te n to s h an a d o p ta d o d o s fo rm a s c la ra m e n te d istin ta s. P o r
una p a rte , el m o v im ie n to o rie n ta d o h acia la te o ría d e la cie n cia n e o -
p o sitiv ista y la p sic o lo g ía c o n d u c tis ta p r o m e te c o r r e g ir el « sesg o aes-
tru c tu ra l» de la tra d ició n s im b ó lic o -in te r a c c io n is ta 2 . D e s d e el p u n to
d e vista de la h is to ria de la te o r ía s o c io ló g ic a , e sta lín ea d e p en sa­

2 Pueden encontrarse exposiciones ejemplares de esta posición en McPhail y Rex-


roat (1979) y en Strvker (1980). Para una discusión del libro de Stryker vid. Review
Symposium, Symbolic Interaction, 5, 1982: 141-72.
miento trata de legitimarse intentando hacer del conflicto metateó­
rico entre nominalistas y realistas el hilo conductor que distinga la
rama de la tradición que se origina con Peirce y Mead de aquella
que lleva desde James a Blumer pasando por Dewey 3. Por otra
parte, están los intentos de descubrir y extraer los supuestos macro-
teóricos que siempre han estado implícitos en la investigación con­
creta llevada a cabo en esta tradición e integrarlos en un todo cohe­
rente, una teoría del «orden negociado». En los escritos más recien­
tes de los interaccionistas simbólicos también es posible encontrar
indicios de que esta corriente se ocupa ahora de las ideas del estruc-
turalismo y del post-estructuralismo (Perinbanayagam: 1985).
Con independencia de cómo se valoren estas diferentes escuelas,
todas ellas indican que se está intentando introducir en la discusión
teórica general la herencia de la tradición sociológica que tiene sus
raíces en la escuela de Chicago. Esto no es, en modo alguno, carac­
terístico de dicha escuela. Durante muchas décadas la tradición de
la escuela de Chicago se mantuvo no tanto mediante la elaboración
de una teoría sistemática y su fundamcntación teórica como median­
te la investigación ejemplar y la transmisión oral. Este hecho pudo
convertirse en un punto de referencia para la autointerpretación de
los interaccionitas simbólicos y para una exposición de la historia de
esta escuela de pensamiento (Rock: 1979). El silencio de Parsons,
por así decirlo, le fue pagado con su misma moneda. Es difícil saber
si este autoaislamicnto teórico se debía a una justificada desconfianza
hacia la construcción analítica de la teoría, en contraste con el propio
programa del interaccionismo simbólico, consistente en formular una
teoría empíricamente fundamentada (Glaser y Strauss: 1967), o sim­
plemente a la incapacidad de los teóricos de Chicago de oponer algo
de un alcance siquiera aproximadamente equivalente a enfoques teó­
rica e históricamente comprehensivos como los de Parsons o los del
marxismo y la teoría crítica.
Las dificultades para revisar el interaccionismo simbólico se plan­
tean desde esta perspectiva. En un primer nivel, definiremos el in­
teraccionismo simbólico tal como generalmente se entiende. El nom­
bre de esta línea de investigación sociológica y sociopsicológica fue
acuñado en 1938 por Herbert Blumer (1938). Su principal objeto de
estudio son los procesos de interacción — acción social que se ca­
racteriza por una orientación inmediatamente recíproca— , y las in­
vestigaciones de estos procesos se basan en un particular concepto

1 Vid. Lcwis y Sm ith: 1980. Han aparecido varios comentarios casi enteramente
negativos de este libro que contienen importantes tesis sobre la relación entre el
pragmatismo y la sociología. Algunos de estos comentarios son: Blum er: 1983; Jo h n ­
son y Picou: 1985; M iller: 1982; R ochberg-H alton: 1983.
de interacción que subraya el carácter simbólico de la acción social.
El caso prototípico es el de las relaciones sociales en las que la acción
no adopta la forma de mera traducción de reglas fijas en acciones,
sino en el caso en que las definiciones de las relaciones son propues­
tas y establecidas colectiva y recíprocamente. Por tanto, se considera
que las relaciones sociales no quedan establecidas de una vez por
todas, sino abiertas y sometidas al continuo reconocimiento por par­
te de los miembros de la comunidad.
Ahora bien, sería totalmente inadecuado limitar un esbozo del
interaccionismo simbólico a su idea central y a las preferencias teó­
ricas y metodológicas que surgen de ella. Las numerosas críticas al
interaccionismo simbólico son por sí solas razón suficiente para que
sea preciso ir más allá de este primer nivel de presentación. Tales
críticas suelen acusar al interaccionismo simbólico de limitarse a los
fenómenos de la inmediatez interpersonal. Sin embargo, también se
le critica el que ignore las cuestiones relativas al poder y a la domi­
nación, y se le imputa que ve el complejo de las relaciones macro-
sociales como el simple horizonte de la socialidad del universo vital,
así como una completa ignorancia de la dominación de la naturaleza
por la sociedad o del hecho de que las condiciones sociales pueden
llegar a ser autónomas con relación a las acciones y orientaciones de
los que participan en las acciones sociales. Si bien es cierto que
muchas de estas críticas pueden aplicarse, al menos de forma parcial,
al programa de Herbert Blumer y a los sociólogos que siguen ese
programa, es sin embargo dudoso que estén justificadas cuando se
considera el conjunto de la obra teórica y empírica producida por
esta línea de investigación.
La verdadera importancia del interaccionismo simbólico y su po­
tencial fecundidad teórica solo puede entenderse cuando se contrasta
con la vieja escuela de Chicago, escuela a la que continúa, si bien
eliminando ciertos aspectos de su pensamiento. Esta forma de con­
siderar el interaccionismo simbólico, por tanto, constituye otro de
los aspectos que tratará la presente exposición de aquella tradición.
El interaccionismo simbólico se considera la continuación de ciertas
partes del pensamiento y la obra del heterogéneo grupo interdisci-
plinar de teóricos, investigadores sociales y reformadores sociales de
la Universidad de Chicago que ejercieron una influencia determinan­
te en la sociología americana entre Í89C y 1940, la fase de institu-
cionalización de' la disciplina. N o cabe duda de que esta escuela no
tenía un teórico inequívocamente decisivo ni un programa de inves­
tigación claramente definido; la escuela de Chicago consistía más
bien en un complejo entramado de pensadores e investigadores más
o menos importantes cuyas influencias mutuas es difícil reconstruir
ahora.
Por consiguiente, una exposición de esta escuela interesada en sus
aspectos teórico-sistemáticos tiene que tratar de desvelar y extraer la
estructura subyacente de los supuestos compartidos por sus miem­
bros en este segundo nivel de análisis, y debe hacerlo sin crear la
falsa impresión de que hubo una homogeneidad absoluta o una es­
tabilidad temporal en dicha escuela. Sin embargo, no es esta la difi­
cultad principal. Esta reside en el hecho de que la escuela de Chicago
(que podría describirse como la combinación de una filosofía prag­
mática, de un intento de dar una orientación política reformista a
las posibilidades de la democracia en condiciones de rápida indus­
trialización y urbanización, y de los esfuerzos por convertir la so­
ciología en una ciencia empírica concediendo una gran importancia
a las fuentes precientíficas del conocimiento empírico) no era nada
más que una realización parcial — desde el punto de vista teórico—
de las posibilidades inherentes a la filosofía social del pragmatismo.
De aquí se deriva la necesidad de considerar nuestro asunto en
un tercer nivel de estudio, en el que trataremos de reconstruir el
pragmatismo como fuente filosófica de la escuela de Chicago y del
interaccionismo simbólico. Esto no significa, por supuesto, que haya
que atribuir una mayor importancia o una vigencia más duradera a
la elaboración de conceptos filosóficos en cuanto tal. Lo que quere­
mos decir es que en la filosofía pragmática pueden encontrarse ideas
fundamentales sobre las teorías de la acción y el orden social suma­
mente relevantes para las tareas teóricas de la sociología actual. En
la sociología no han sido debidamente integrados estos fundamentos
de una teoría de la acción y del orden social. La escuela de Chicago
y la tradición crucial del interaccionismo simbólico deben gran parte
de su importancia a la transformación de estas ideas fundamentales
en una teoría concreta de la ciencia social y en investigación empí­
rica. N o obstante, es posible demostrar que esta transformación solo
se llevó a cabo de forma fragmentaria, y que algunos de los proble­
mas no resueltos de esta tradición pueden resolverse reconsiderando
su punto de partida. El siguiente ensayo comienza, por tanto, con
un análisis de la importancia del pragmatismo para la teoría social.
Este análisis va seguido de un examen de las fases más importantes
del desarrollo del pragmatismo en su versión sociológica, represen­
tadas por la obra de W. I. Thomas, Robert Park, Herbert Blumer
y Everett Hughes, y de la situación en el momento presente. Un
análisis de los resultados teóricos de esta tradición para la construc­
ción de la teoría actual cierra nuestro examen de esta escuela.
I. El p ragm atism o com o la principal fuente filosófica de la
escuela de C hicago

El pragmatismo es una filosofía de la acción. Sin embargo, no


desarrolló su modelo de acción como lo hizo Parsons y, al menos
según la interpretación parsoniana de estos, como lo hicieron los
pensadores sociológicos clásicos, es decir, planteando y respondien­
do esta pregunta: ¿qué dimensiones deben añadirse a la noción uti­
litarista de actor solitario que persigue racionalmente sus fines si se
uiere aprehender teóricamente el innegable aunque — en el marco
3 el utilitarismo— inexplicable hecho de la existencia del orden so­
cial? El pragmatismo no es, sin duda, menos crítico respecto al uti­
litarismo de lo que lo fueron los teóricos clásicos de la sociología.
Sin embargo, el pragmatismo no ataca al utilitarismo en el problema
de la acción y el orden social, sino en el de la acción y la conciencia.
El pragmatismo desarrolló el concepto de acción a fin de superar los
dualismos cartesianos. Partiendo de esta iniciativa se elaboró un con­
cepto de la intencionalidad y el orden social que difería radicalmente
del utilitarista. El concepto de racionalidad y el ideal normativo de
este tipo de pensamiento se expresan teóricamente en la idea de
acción autorregulada. La teoría pragmática del orden social, por lo
tanto, está guiada por una concepción del control social en el sentido
de autorregulación colectiva y resolución colectiva de problemas.
Esta concepción del orden social está inspirada en ideas acerca de la
democracia y la estructura de la comunicación en las comunidades
científicas. E l problema de determinar la importancia empírica de
este tipo de orden social en las sociedades modernas es uno de los
temas centrales de la filosofía política pragmática y de la sociología
basada en esa filosofía. Consideremos ahora estas cuestiones en deta-
!le.
La emancipación del individuo de la legitimidad y autoridad au-
toevidentes de las instituciones e ideas tradicionales que tuvo lugar
a principios de la modernidad es la expresión más extrema y radical
del pensamiento de Rene Descartes. Descartes convirtió el derecho
individual a dudar en el firme fundamento de una filosofía basada
en la certeza de sí del yo pensante y dubitante. Naturalmente, esto
acabó con la incuestionada evidencia de la existencia de un mundo
externo a las conciencias individuales, del cuerpo del yo pensante en
tanto que componente de este mundo, y de los demás sujetos pen­
santes del mundo. Por tanto, una filosofía de orientación epistemo­
lógica pudo justificar sus pretcnsiones fundacionales frente a las cien­
cias. Sin embargo, al mismo tiempo se crearon los difíciles — o im­
posibles— problemas de constituir sobre la base del yo pensante el
mundo, el cuerpo, y el «tú», el sujeto opuesto al yo. La idea central
del pragmatismo iba dirigida contra todo este programa. Lo que el
pragmático pone en duda es que la duda cartesiana tenga sentido.

N o podem os partir de la duda absoluta. Tenem os que com enzar con todos
los prejuicios que ya tenía cuando empezamos a estudiar filosofía. U na
máxima no puede desvanecer estos prejuicios, pues son cosas que no se nos
ocurre que puedan ponerse en cuestión. D e ahí que este escepticismo inicial
será un mero autoengaño, y no una duda verdadera; y nadie que siga el
m étodo cartesiano estará enteram ente satisfecho hasta que haya recuperado
form alm ente todas aquellas creencias que había adoptado form alm ente [...]
Es cierto que una persona puede, en el curso de sus estudios, encontrar
razones para poner en duda lo que había com enzado creyen d o; pero en tal
caso duda porque tiene una razón positiva para hacerlo, y no p o r causa de
la máxima cartesiana. (Peirce: 1934, pp. 156 y siguientes.)

Esta crítica de la duda cartesiana es cualquier cosa menos una


defensa de autoridades incuestionables frente a la pretensión eman-
cipatoria del yo pensante; es, sin embargo, un alegato en favor de
la duda auténtica , es decir, en favor de sujetar el conocimiento a
situaciones que presenten problemas reales. Se sustituye el concepto
rector del cartesianismo, el del yo que duda en solitario, por la idea
de una búsqueda cooperativa de la verdad a fin de enfrentarse con
problemas reales que surgen en el curso de la acción. Uno estaría
tentado de atribuir a esta transformación la misma importancia his­
tórica que se concede a la filosofía de Descartes.
Al menos, las consecuencias de esta transformación de la idea
rectora de la reflexión filosófica tienen un alcance extraordinaria­
mente amplio. En efecto, queda transformada toda la relación entre
conocimiento y realidad. Él concepto de verdad ya no expresa una
correcta representación cognoscitiva de la realidad (idea que
cabría concebir metafóricamente como «representación» [Abbil-
dung]), sino un aumento del poder para actuar en relación con un
entorno. Es necesario replantear ahora todos los niveles del conoci­
miento, desde la percepción sensorial hasta la autorreflexión, pasan­
do por la deducción lógica de conclusiones. Charles Peirce comenzó
a desarrollar este programa. William James lo aplicó a un gran nú­
mero de problemas, principalmente de naturaleza religiosa o existen-
cial. Llevado quizá de su deseo de demostrar la imposibilidad de
encontrar soluciones umversalmente válidas a estos problemas, Ja ­
mes limitó de forma decisiva, y por consiguiente debilitó, la idea
básica del pragmatismo. A diferencia de Peirce, formuló el criterio
de verdad en función de los resultados fácticos de la acción y no en
función de los resultados que, en general, cabría esperar que ocu­
rrieran. En la psicología de James se tomaba como punto de partida
la pura corriente de experiencia consciente, no la acción. Sin embar­
go, desarrolló análisis extraordinariamente penetrantes que mostra­
ban el carácter selectivo de la percepción y la distribución de la
atención como función de los fines del sujeto. Peirce apenas ejerció
influencia en los sociólogos; los escritos de James sí, aunque de
forma muy difusa, y se manifestó, sobre todo, en una sensibilización
respecto a las sutilezas de las experiencias subjetivas. La influencia
decisiva del pragmatismo en la sociología solo tuvo lugar a través de
John Dewey y George H erbert Mead. Estos dos hombres, que al
principio siguieron un programa liegeliano «naturalizado», y quie­
nes, como Feuerbach 4, se sentían por tanto por encima de las res­
tricciones cartesianas del pensamiento, se dieron cuenta de la impor­
tancia crucial de refundar el pragmatismo sobre la base de las cien­
cias biológicas y sociales.
Esta «refundación» del pragmatismo adoptó al principio la forma
de una psicología funcionalista. Dicha psicología trataba de interpre­
tar todas las operaciones y procesos psíquicos — y no solamente los
cognitivos— desde el punto de vista de su funcionalidad con respec­
to a la solución de los problemas que los sujetos encuentran en el
curso de su conducta. Tal empresa suponía el rechazo de los méto­
dos epistemológicos tradicionales para la interpretación de los fenó­
menos psíquicos, así como una crítica de todas las psicologías que
en mayor o menor medida incorporaban estas posiciones filosóficas
obsoletas. El testimonio más célebre del nuevo método es el artículo
pionero de John Dewey, «The Ileflex Are Concept in Psychology»,
publicado en 1896 (Dewey: 1972); su elaboración más acabada, sin
embargo, puede encontrarse en «The definition of the Psychical»
(19C3), minucioso estudio de George Herbert Mead que todavía per­
manece casi totalmente ignorado.
Dewey critica una psicología que cree haber encontrado su ob­
jeto en la formulación de relaciones causales de carácter legal entre
los estímulos ambientales y las reacciones del organismo. Dewey
niega que sea legítimo concebir las acciones como la adición de tres
fases: estimulación externa, procesamiento interno del estímulo, y
reacción externa. A este «modelo del arco reflejo» opone la totalidad
de la acción: es la acción lo que determina qué estímulos son rele­
vantes dentro del contexto definido por la acción. Los elementos de
una acción, que la teoría del arco reflejo considera discretos, son,
afirma Dewey, distinciones funcionales dentro de la acción; cuando
se interrumpe la ejecución de una acción la unidad de esta se des­
compone, y se manifiesta la funcionalidad de esas distinciones. El
sujeto es consciente de la sensación como estímulo externo cuando

4 Sobre I'euerbach, vid. Honneth y Joas: 1980.


su naturaleza es desconocida; y nos damos cuenta de la necesidad de
una reacción como tal cuando no sabemos cómo debemos reaccio­
nar. De acuerdo con esto, Mead definió lo psíquico como «aquella
fase de la experiencia en la que somos inmediatamente conscientes
de impulsos en conflicto que despojan al objeto de su caracter de
objeto-estímulo, dejándonos en esa medida en una actitud de sub­
jetividad; pero durante la cual un nuevo objeto-estímulo aparece por
razón de la actividad reconstructiva que se identifica con el sujeto
“ yo” [/] en cuanto distinto del objeto “mí” » [me] (Mead: 1903, p.
109).
Es cierto que la crítica de Dewey y Mead, al menos tal como la
hemos presentado, se refiere a teorías que reducen la acción a una
conducta determinada por el ambiente. Sin embargo, el modelo de
acción empleado en esta crítica también muestra la modificación del
significado de la intencionalidad en comparación con aquellas teorías
que consideran que la acción es la realización de fines ya estableci­
dos. En el pragmatismo, precisamente porque este considera todas
las operaciones psíquicas a la luz de su funcionalidad con respecto
a la acción, no es posible sostener la idea de que determinar un fin
es un acto de conciencia per se que transcurre fuera de contextos de
acción. Antes bien, el determinar un fin solo puede ser el resultado
de la reflexión acerca de las resistencias que encuentra la conducta
orientada en diversas direcciones. Si se evidencia la imposibilidad de
seguir simultáneamente todos los diversos impulsos rectores o com­
pulsiones de la acción, puede tener lugar la selección de un motivo
dominante, que entonces, en cuanto fin, domina el resto de los mo­
tivos o solo permite que se realicen de modo subordinado.
Sin embargo, lo normal no es que se de tan clara orientación
respecto a un fin. Por naturaleza, la acción solo es difusamente te-
leológica. Incluso nuestra percepción está configurada por nuestras
capacidades y posibilidades de acción. El actor solo limitará la va­
riedad de sus impulsos y sensibilidad a una línea de acción definida
orientada a un único fin si se ve forzado por sí mismo o por otro.
El interés de Dewey y Mead por el juego infantil no se debía úni­
camente a su deseo de llevar a cabo una reforma en la educación,
sino también a que dicho juego les servía como modelo de acción
en la que la presión orientada a la consecución de fines inequívocos
era muy escasa. En sus análisis de la experimentación desarrollaron
una definición de la inteligencia creativa como superación de los
problemas de la acción a través de la invención de nuevas posibili­
dades de acción; esta capacidad para la invención o creatividad, sin
embargo, presupone la manipulación consciente de la forma de ac­
ción denominada juego, el «jugar con» distintas alternativas de ac­
ción. En este punto del desarrollo del pensamiento de Dewey y
Mead es claro que, en contraste con el planteamiento utilitarista, la
teoría pragmática de la acción abre nuevos ámbitos de fenómenos al
tiempo que exigen la reinterpretación de los ya conocidos, y lo hace
de forma que no encuentra parangón en la crítica del utilitarismo
llevada a cabo por los clásicos de la sociología.
Consideremos ahora brevemente tres posibles objeciones al mo­
delo pragmático de la acción. La crítica de que este modelo limita
el concepto de acción de modo instrumentalista o activista tiene que
haber perdido plausibilidad al haber indicado arriba la importancia
que el juego y la creatividad tienen para el pragmatismo. La refuta­
ción más enérgica de esta crítica puede encontrarse en los escritos
de Dewey sobre estética (Dewey: 1934), en los que se demuestra
precisamente la disposición pasiva del sujeto a la experimentación y
perfeccionamiento de la experiencia en relación con el presente. Para
Dewey, el pragmatismo era nada menos que un medio de criticar
aquellos aspectos de la vida americana «que hacen de la acción un
fin en sí misma y que conciben los fines de modo demasiado estre­
cho y demasiado “ práctico” » (Dewey: 1931, p. 16). Por tanto, la
elección de la acción como el punto de partida de la reflexión filo­
sófica no quiere decir que el mundo se degrade a la categoría de
mero material a disposición de las intenciones de los actores; esta
objeción se basa aun en la dicotomía cartesiana, cuya superación es
justamente lo que está en cuestión. Solo en la acción se nos revela
la inmediatez cualitativa del mundo y de nosotros mismos.
O tra posible objeción es que en el modelo de acción pragmático
la conciencia se encuentra orientada al momento presente. Esta acu­
sación puede rebatirse señalando la importancia central que tienen
los «hábitos» en este modelo. Los actores no almacenan en su con­
ciencia las soluciones a los problemas de la acción, sino que las
aplican a nuevas acciones, las cuales, como rutinas, siguen su curso
ajenas a la conciencia de los actores. Unicamente un nuevo problema
que plantee la acción hace ineficaces las rutinas y los «hábitos» y
requiere nuevo aprendizaje.
Un tercer problema, el más difícil para la filosofía social prag­
mática, es que el modelo de acción descrito es tan general que ni
siquiera distingue la relación del actor con los objetos de su entorno
de la relación del actor con sus semejantes. La transformación del
yo cartesiano en una comunidad constituida por la solución colectiva
a los problemas no pasó de ser una simple declaración. N o cabe
duda de que Peirce logró vincular inmanentemente su idea de la
comunidad crítica de científicos con su modelo teórico de acción al
sostener que todo conocimiento es mediado por los signos. Su teoría
de los signos contiene, además del objeto significado y la peculiari­
dad cualitativa del significante, una conciencia interpretativa perte-
acción colectiva como su punto de partida. Esta acción encuentra
problemas y lleva a consecuencias no deseadas o imprevistas que la
colectividad que actúa debe asimilar reflexivamente. Dentro del mar­
co de las normas de la comunidad, las consecuencias de la acción se
perciben, interpretan, evalúan y se tienen en cuenta para la prepara­
ción de futuras acciones; y no solo actúan de este modo las institu­
ciones a las que se han asignado específicamente estas tareas, sino
todos los individuos y colectividades afectados por las consecuen­
cias. En este proceso de interpretar y evaluar las consecuencias de
la acción colectiva la comunicación entre todos los afectados desem­
peña un papel esencial; todos los interesados están motivados para
participar en esa comunicación, para manifestar que se encuentran
afectados por las consecuencias. Por tanto, la filosofía política de
Dewey no toma como punto de partida un antagonismo entre los
individuos y el estado, sino los problemas internos de la acción del
grupo. Tanto el estado independiente como el individuo autónomo
se constituyen en el público (en cuanto comunidad de comunicación
integrada por todos los afectados por las consecuencias de tal acción)
fundado en la comunidad de acción.
En este modelo teórico, la comunicación dirigida a la resolución
de problemas de interés colectivo se convierte en una condición esen­
cial del orden social. Así entendido, el orden social no requiere la
«unanimidad» de los miembros de la sociedad; la comunicación hu­
mana vincula la unicidad individual y el reconocimiento y uso com­
partido o universal de los sistemas simbólicos. La filosofía política
de Dewey también critica la tradición de pensamiento hobbesiana,
que interpreta la acción social como impuesta únicamente por me­
diación de autoridades externas.
Por último, el programa de Dewey, igual que las anteriores re­
flexiones de Cooley, se oponen explícitamente a una «naturaliza­
ción» del mercado y a los intentos de presentarlo como mecanismo
autorregulador capaz de resolver los problemas. Son precisamente
las consecuencias de la interconexión de acciones con finalidad eco­
nómica las que requieren una interpretación y valoración colectiva.
En la forma específica en que la noción de «control social» fue usada
por este grupo de pensadores, tal noción no se refería a una garantía
de la conformidad social sino a la autorregulación consciente, a la
idea de autogobierno llevado a cabo mediante la comunicación y
entendido como resolución de problemas colectivos. Así, este con­
cepto de «control social» fue, en la teoría del orden social, el equi-

aplicar el pragmatismo a las ciencias sociales, llamo aquí la atención sobre Rucker
(1969) y W hite (1957).
valente del concepto de «autocontrol» en la teoría de la acción ,0.
Ninguno de estos conceptos estaba pensado para aplicarlos a des­
cripciones no valorativas. Al contrario, ambos contenían criterios
inmanentes para juzgar la racionalidad de las acciones o de los ór­
denes sociales. Pero esto tampoco quiere decir que no fueran más
que conceptos valorativos. Precisamente, tenían que demostrar su
alcance explicativo en el análisis de las acciones y sociedades huma­
nas. Por una parte, la filosofía social del pragmatismo proponía de
este modo un conjunto de conceptos fundamentales para la investi­
gación de la ciencia social y para la construcción de teorías; por otra,
otorgaba a estas mismas ciencias sociales una enorme importancia
moral y política, pues se suponía que debían ayudar a las comuni­
dades humanas a mejorar su capacidad para la acción colectiva y, en
un mundo que había perdido toda certeza metafísica, hacer una con­
tribución decisiva a la promoción de la solidaridad de una comuni­
dad humana universal que reconoce, discute y resuelve colectiva­
mente los problemas de la humanidad.

II. El desarrollo de la escuela de C h icago

Quienes investigan el contenido teórico del pensamiento y la


obra de la antigua escuela de Chicago deben comenzar por liberarse
de numerosos y extendidos errores en torno a dicha escuela para
poder valorar los auténticos logros de este grupo de investigadores
y pensadores 11.
El primero de estos errores es el de que la escuela tenía una
orientación exclusivamente empírica, y que no solo no consiguió
sistematizar teóricamente los resultados de sus investigaciones, sino
que consideraba que dimanaban de los objetos de investigación. Esta
crítica es exacta en la medida en que esta escuela, fiel al espíritu del
pragmatismo, concedía gran valor a la investigación empírica. En la
historia de la ciencia social, la escuela de Chicago se sitúa en un
punto intermedio entre la filosofía social evolucionista especulativa
de los primeros años de la sociología y la moderna ciencia social
empírica. Es también cierto que, según se observará retrospectiva­
mente, la escuela produjo un mosaico de estudios cuasi etnográficos
más que tratados teóricos de valor permanente. Pero esto no debe
producir la errónea impresión de que las obras de los miembros de
la escuela no compartían un marco teórico al menos implícitamente.

10 Sobre este punto vid. el excelente artículo de Janow itz (1957-6).


11 Sobre la sociología americana temprana vid. H inkle: 1963; 1980. Sobre la in­
dependencia de la sociología americana respecto a los teóricos sociales europeos clá­
sicos, vid. Sutherland: 1978.
Aunque no es idéntico para cada estudio, es sin embargo posible
descubrir este marco teórico general implícito de carácter pragmático
— al cual, sin embargo, no se le dio una fundamentación metateórica
— en los teoremas individuales sustantivos de la escuela de

Tan errónea como esta crítica es la idea de que la escuela de


Chicago estaba únicamente interesada en llevar a cabo reformas so­
ciales, o la creencia de que la naturaleza específica de esta escuela
consistía en un reformismo social protestante más o menos secula­
rizado *2. También en este aspecto podría hablarse de una situación
intermedia en la historia de la ciencia social: una posición entre la
nula profesionalización de las ciencias sociales y su total profesio­
nalización. Todas las figuras esenciales de la escuela de Chicago se
oponían a una investigación social desprovista de criterios profesio­
nales y cuyo único objetivo fuera el de crear conciencia pública de
la existencia y gravedad de los problemas sociales. Además, eran
claramente conscientes de que aunque la profesionalización de las
ciencias sociales tenía que basarse en métodos de investigación más
exactos y en un marco de referencia universalista —-en oposición al
mero reformismo— tampoco debería renunciar consistir a todos los
imperativos extracientíficos. Finalmente, y por lo que respecta al
carácter cristiano de la escuela de Chicago, es evidente que tal ca­
rácter está ausente del pensamiento y escritos de figuras tan impor­
tantes como Thomas y Mead. Tampoco es razonable hablar de una
mera forma de cristianismo secularizado a la vista del extremado
antipuritanismo de muchos de los miembros de la escuela.
Un tercer malentendido considera que la escuela de Chicago es
el resultado epigonal del estudio de los escritos de pensadores euro­
peos y de la apropiación de sus ideas. Es sin duda cierto que, sobre
todo el pensamiento alemán — tal como se manifestó en la transición
del historicismo a la sociología (representada por Dilthey, Windel-
band, Rickert, Tónnies y Simmel)— y la etnología y psicología ét­
nica (Vólkerpsychologie) alemanas —que trataban de explicar la vida
cultural de naciones o pueblos— influyeron en la formación de mu­
chas figuras importantes de la escuela. Se prestó gran atención a las
teorías sociológicas de Durkheim, Tónnies y Simmel. Existían, en
particular, afinidades entre miembros de esta escuela y Simmel, tanto
más considerando que Simmel trataba de encontrar un concepto de
sociedad que no la redujera a una mera agregación de individuos ni
la reificara en una entidad enteramente transcendente a estos u . Sin

12 Incluso en los escritos muy recientes de autores de primera fila pueden encon­
trarse malas interpretaciones de este tipo: vid. Tenbruk: 1985; Vidich y Lym an: 1985.
13 Sobre la recepción de Simmel en los Estados Unidos, vid. el amplio estudio
de Lcvine e t al. (1975-6).
embargo, es del todo erróneo considerar que las ideas de la escuela
de Chicago derivan del pensamiento de Simmel, o suponer siquiera
una superioridad general del pensamiento sociológico europeo en
aquella época. Si es correcta la tesis de que el marco teórico de la
escuela de Chicago tiene su origen en la filosofía social del pragma­
tismo, se habrá mostrado al mismo tiempo que esta se originó en
una escuela de pensamiento auténticamente americana, y no en la
filosofía europea. N i siquiera hace justicia a la escuela de Chicago
el que Parsons admitiera posteriormente que Cooley, Thomas y,
sobre todo, Mead desarrollaron una teoría socio-psicológica de la
interiorización que constituía un avance importante respecto a los
teóricos sociales europeos clásicos l4, pues aisla este logro de las
condiciones en que se alcanzó y de las consecuencias que resultaron
de él. Es decir, no se reconoció todo el alcance de la crítica prag­
mática del invidualismo racionalista.
Este hecho tiene su expresión tnás sorprendente en el mito del
iredominio del individualismo utilitario de Herbert Spencer sobre
E a sociología americana preparsoniana. Por lo que se refiere al pe­
riodo anterior a la escuela de Chicago y a los sociólogos especula­
tivos ajenos a ella, es sin duda cierto que se trabajó mucho en una
modificación teórica de las tesis de Spencer. Sin embargo, la verdad
es que para todos los teóricos sociales del periodo cuyas obras to­
davía se leen — Peirce, James, Baldwin, Mead, Dewey, Cooley, Ve-
blen, Thomas y Park— Spencer era una figura totalmente acceso­
ria 15. El primer libro de texto importante de la sociología america­
na, el Source Book fo r Social Origins (1907), puede en gran medida
entenderse como una polémica contra Spencer. Desde el final de la
Guerra de Secesión, muchos pensadores americanos han rechazado
el individualismo atomista y nan buscado nuevos modelos teóricos
y prácticos de formación de la comunidad. Sus soluciones al proble­
ma de encontrar una nueva base para la comunidad adoptaron for­
mas extremadamente diversas, que van desde un retom o a los ideales
comunitarios del temprano puritanismo, pasando por el misticismo
de la naturaleza, la atracción por el catolicismo, planes y experimen­
tos utópicos, hasta la glorificación del pasado colonial de América
o de la anterior situación de los estados del Sur. En la mayoría de
los casos se intentó introducir los postulados morales del individua­
lismo en estos modelos de comunidad.
Naturalmente, el modo en que el pragmatismo se transformó en
sociología estuvo determinado de forma decisiva por las condiciones

14 El texto más importante de Parsons sobre estos temas es su estudio sobre


Cooley (Parsons: 1968b).
15 E l defensor más firme de esta tesis es W jlson (1968).
de la sociedad americana, de la Universidad de Chicago y de hi
vinculación política de la sociología americana temprana a su socio
dad durante el periodo en que se originó, es decir, a comienzos lio
los noventa y en los años posteriores. Kn este periodo los Estado»
Unidos atravesaban una fase de rápida industrialización y urbaniza
ción 16. La afluencia de inmigrantes era enorme; en su mayor parto
provenían de tradiciones culturales muy distintas a la protestante,
La disolución de la estructura de los Estados Unidos, sumamente
descentralizada política y económicamente, junto con los simultá­
neos cambios económicos per se sentaron las bases de una profunda
modificación de la estructura de clases de la sociedad americana. Un
aspecto de este cambio que requiere especial mención es el surgi­
miento de una nueva clase media «profesional». Políticamente, estos
cambios fueron acompañados de numerosos intentos por lograr re­
formas sociales, intentos que le valieron a esta época el nombre de
«era progresiva». Un objetivo común a dichos intentos de reforma
fue el de conservar los ideales democráticos de autonomía política
de las comunidades locales bajo las nuevas condiciones de hegemo­
nía de las grandes empresas y del gobierno federal central en la
sociedad americana; esto se consiguió dando a los ideales de las
pequeñas comunidades locales una forma apropiada a las nuevas co­
munidades urbanas. Chicago fue uno de los centros de estas empre­
sas reformistas. Los intelectuales de la escuela de Chicago tenían una
estrecha relación personal con muchos de estos intentos, y en gran
medida la conservaron incluso durante el periodo conservador de los
años veinte. Por consiguiente, los temas principales de la escuela de
Chicago eran los problemas de ciudad moderna, especialmente del
propio Chicago. Estos intereses explican casi siempre la elección de
los temas de sus estudios sociológicos.
Las condiciones institucionales de la Universidad de Chicago,
recientemente fundada, favorecieron la orientación hacia la investi­
gación y la interdisciplinaridad. En esta universidad, la formación de
los estudiantes graduados se centraba en la investigación, y la in­
fraestructura estaba pensada para una investigación cooperativa. La
fundación de una revista científica, el American Journal o f Sociology,
en 1895, y la publicación de los libros de texto de Thomas, Park y
Burgess apoyaron el trabajo de los sociólogos de la Universidad de
Chicago. En esta universidad la sociología no se vio en la necesidad
de luchar por su existencia contra el poder de las disciplinas más
antiguas, en especial la economía política, sino que, en condiciones
mucho más favorables que en ningún otro lugar, pudo centrar pie-

16 La m ejor exposición histórica del trasfondo sociohislórico de los desarrollos


aquí mencionados es la de Wiebe (1967).
aamente su atención intelectual en ellas, y dedicarse a demarcarse
con respecto a estas 17. Estaba estrechamente relacionada con la et­
nología, la filosofía y la teoría de la educación (en las personas y
pensamiento de Mead y Dewey), y con la economía institucionalista
y antimarginaiista de Thorstein Veblen.
Los fundadores de la Universidad de Chicago en sentido estricto,
a excepción de Albion Small, han quedado hoy olvidados, y su im­
portancia teórica es nula. Podemos definir a Small como una com­
binación de «sociólogo de sistemas» especulativo c iniciador admi­
nistrativo de la investigación sociológica empírica. Su propia posi­
ción teórica, que según parece no llegó a convertirse en el hilo con­
ductor de la investigación sociológica empírica de la Universidad de
Chicago, puede denominarse «utilitarismo colectivo», es decir, era
una teoría que explicaba la vida social mediante los procesos engen­
drados por el conflicto entre grupos de intereses. De todos modos,
enfrentado a la fuerza de las ideas pragmáticas, este enfoque tenía
pocas posibilidades de imponerse. En la obra de William Isaac Tilo­
mas, uno de los primeros graduados de la universidad de Chicago,
que más tarde ingresó en su facultad, se forjó el primer nexo im­
portante entre el pragmatismo y la investigación sociológica.
Las raíces intelectuales de Thomas se encuentran en la etnografía
y en la psicología étnica 18. Estos dos campos de investigación re­
cogían e investigaban de forma holista y (en comparación con la
psicología introspectiva) «objetiva» materiales pertenecientes a la di­
versidad cultural de pueblos y épocas. Metodológicamente, Thomas
permaneció fiel a un procedimiento etnográfico, pero aplicado a ob­
jetos no «exóticos»; teóricamente, con relación a los debates en tor­
no a la elaboración de una psicología social, estaba interesado en un
modelo teórico que prestara cuidadosa atención a la influencia de la
cultura en la conducta individual y colectiva. En sus primeros escri­
tos se fue distanciando gradualmente de la idea contemporánea de
la determinación biológica de las diferencias raciales y sexuales. Los
elementos básicos de su propio modelo teórico, sin embargo, son

17 Vid. D iner: 1975 sobre este tema. Las exposiciones más importantes de la
escuela de Chicago son las de Blum er (1984), Carey (1975), Faris (1967) y Fishcr y
Strauss (1978). Quienes tengan interés en estudiar con más detalle ese tema encon­
trarán de utilidad la amplia bibliografía de Kurtz (1984). Una exposición breve de un
único, aunque importante aspecto de la tradición de Chicago es la de Farberman (1979).
lS En Janow itz (1966, pp. 307-10) puede encontrarse una bibliografía de las pu­
blicaciones de Thom as. N o existe una biografía amplia sobre Thomas. Podemos re­
comendar algunas exposiciones breves de su vida, com o la introducción de Janow itz
a la mencionada edición de los escritos de Thom as (Janow itz: 1966, pp. V II-L V III),
el estudio de Coser sobre Thomas y Znaniecki (C oser: 1977, pp. 511-59), Deegan y
Burger (1981) y Zaretsky (1984).
pragmáticos. En la introducción a su Source Book fo r Social Origins
(1909), se concedió, ya una posición teórica central al modelo de
acción de los «hábitos». Cuando, enfrentados a un estímulo desa­
costumbrado, los hábitos se rompen, solo puede superarse el estado
de cosas que constituye una crisis mediante una operación conscien­
te («atención») por parte del sujeto, operación que origina nuevos
hábitos de conducta. Así mismo, opone el concepto de control a
todos los demás conceptos fundamentales entonces en uso, tales como
imitación, conflicto, coerción, contrato y «conciencia de tipo» [con-
ciousness o f kind],
Thomas subrayaba, más claramente que los filósofos pragmáti­
cos, el carácter cultural de los hábitos de conducta y la integración
en una colectividad de las iniciativas individuales: «el nivel cultural
del grupo limita la capacidad intelectual de enfrentamiento y adap­
tación a las crisis» (Thomas: 1909, p. 20). La cultura, tal como T ho­
mas la entendía, abarca los más variados recursos materiales, técnicos
y cognoscitivos de una comunidad. Metodológicamente, esta orien­
tación lleva a buscar procedimientos que hagan posible reconstruir
la dinámica del tratamiento subjetivo de los problemas de la acción.
Pero para Thomas esto no significa la observación participativa o el
análisis del proceso de interacción, sino la recopilación e interpreta­
ción de materiales significativos para las perspectivas subjetivas de
los actores. En contraste con la máxima formulada por Durkheim
en Las reglas del método sociológico , los hechos sociales no han de
explicarse únicamente mediante otros hechos sociales. De este modo,
no se aplican fundamentalmente procedimientos de análisis estadís­
tico; en vez de esto, ha de admitirse que las percepciones individua­
les y las nuevas creaciones de los individuos son el nexo que media
entre los hechos sociales. Por consiguiente, en los estudios socioló­
gicos se hará uso de materiales cercanos al ideal de auto-presentación
autobiográfica y, por tanto, próximos a la unidad narrativa de la
existencia humana. Por estas razones, para Thomas y para toda la
escuela de Chicago, la demarcación de su pensamiento e investiga­
ción respecto de la psicología no desempeñaba un papel tan impor­
tante como el que tenía para Durkheim. El modelo teórico de la
psicología social evitaba la identificación de la psicología con el in­
dividualismo atomista que estaban combatiendo.
La respuesta subjetiva a la transformación de una sociedad «tra­
dicional» en una sociedad moderna fue el tema de investigación en
el que más avanzaron las reflexiones de Tilomas, en una combina­
ción de teoría e investigación científica que muchas veces, como se
sabe, no era consistente. En los inicios de su carrera Thomas comen­
zó a interesarse por los problemas de los negros americanos, de los
judíos socialistas y de los inmigrantes de diversas nacionalidades en
los Estados Unidos (Bressler: 1952). Su estudio más extenso trata de
los inmigrantes polacos (Thomas y Znaniecki: 1956), y fue recono­
cido como una de las obras paradigmáticas de la escuela de Chicago.
A este estudio siguieron otros que trataban de los problemas que
afectaban a los inmigrantes y otras obras sobre temas relacionados
con la adaptación social, entre las que se cuenta un estudio sobre la
restitución juvenil (Park y Miller: 1921 l9; Thomas: 1923); sin em-
E argo, no hizo progresos teóricos verdaderamente significativos.
El modelo teórico de Thomas, tal como fue presentado princi­
palmente en las observaciones metodológicas preliminares a The Po-
lish Peasant (1926) y en otras partes de ese estudio, amplía el modelo
de acción pragmático en dos aspectos: en primer lugar, el modelo
se hace más concreto desde un punto sociológico; en segundo lugar,
se amplía para incluir la acción colectiva. Se hace concreto en tanto
que la operación subjetiva de definir una situación se estudia con
mayor exactitud. Las orientaciones de conducta aceptadas se consi­
deran el resultado de definiciones de situaciones que previamente
han tenido éxito. Con el concepto de «actitud», estas definiciones se
formulan por referencia a la acción y se distinguen de la psicología
de la conciencia. Se presta atención a la función social de quien
define las situaciones. Es claro que estas definiciones siempre con­
tienen un elemento de riesgo. N o tienen necesariamente que con­
formar un sistema unitario y coherente, o que cubrir con la misma
exactitud todas las situaciones. Surgen continuamente situaciones
para las que no bastan las definiciones de situaciones ya establecidas.
Thomas afirma que es posible dividir los motivos de la acción en
cuatro clases. Estas son: el deseo de nuevas experiencias, el deseo de
dominar una situación, el deseo de reconocimiento social y el deseo
de tener certeza de la identidad.
Este esbozo de una teoría de la motivación muestra que Thomas
había superado las nociones de la psicología del instinto sin aceptar
las explicaciones propuestas por los psicoanalistas, explicaciones que
consideraba monocausales. Su teoría incluye motivos que están más
allá de la autoconservación material o la persecución egoísta de in­
tereses individuales, y es sumamente similar a la psicología «huma­
nista» desarrollada posteriormente. Contribuyó a la teoría de la per­
sonalidad con su concepto de «organización de la vida», o confor­
mación subjetiva del curso de la vida. Aplicando esta categoría dis­
tinguió tres tipos de personalidad: el «filisteo», con una rígida orien­
tación de su vida; el «bohemio», que no tiene una estructura de
carácter coherente; y, finalmente, con una clara valoración positiva,

19 Es bien sabida que esta obra fue prácticamente escrita por Thomas.
la personalidad creativa, que es capa7. de guiar sistem áticam ente su
p rop io desarrollo.
La ampliación del modelo de acción pragmático para incluir la
acción colectiva cambia la concepción de la desintegración de las
orientaciones o sociedades «tradicionales». Desde esta nueva pers­
pectiva, la desorganización y la crisis presentan siempre una opor­
tunidad para la reorganización creativa. Thomas no era un pesimista
cultural que no veía en la era moderna nada más que la desintegra­
ción de la «comunidad». N o creía en la oposición rígida entre ins­
tituciones fuertes y pérdida anómica de la orientación; más bien, su
interés se centraba en los procesos colectivos que producen la for­
mación de nuevas instituciones. Para él, «la estabilidad de las insti­
tuciones del grupo no es, por tanto, un simple equilibrio dinámico
de procesos ele desorganización y reorganización » (Thomas y Zna-
niccki: 1926, p. 1130).
Esta concepción de la sociedad y la historia hizo depassé las ca­
tegorías históricas bipolares que habían ejercido tama influencia en
los comienzos de la sociología. Ya no se oponía la comunidad a la
sociedad, la solidaridad mecánica a la orgánica; estas oposiciones se
reemplazaron por procesos continuos de desintegración institucio­
nal, de formación exitosa o fallida de nuevas instituciones. Ya no era
necesario negar la importancia para las sociedades modernas de com­
ponentes cruciales de sociedades anteriores, como la familia y la
pertenencia a grupos étnicos. Qué duda cabe de que estos elementos
han cambiado, pero su importancia no tiene por qué haber dismi­
nuido. La relación entre acción individual y colectiva o entre desor­
ganización y reorganización individual y colectiva no se trataba in­
tencionadamente ue forma funcionalista; es decir, en condiciones de
desorganización social también existen oportunidades para la reor­
ganización individual. En su investigación empírica sobre los inmi­
grantes polacos, Thomas se dedicó a investigar las diferentes fases
del crítico proceso de adaptación sufrido por estos inmigrantes uti­
lizando materiales empíricos adecuados a cada una de las fases (Mad-
ge: 1962, pp. 52-87). Trazó una descripción de la sociedad campesina
polaca basándose en cartas, descripción que mostraba esa sociedad
desde aspectos extraordinariamente diversos. La desintegración de
esta sociedad con la extensión del capitalismo industrial y los pri­
meros esfuerzos por reorganizarse se documentaron con artículos
tomados de los periódicos polacos. La desorganización personal de
los inmigrantes se presentó con ayuda de un amplio material auto­
biográfico. La información sobre la desorganización social de la cul ­
tura de los inmigrantes en los Estados Unidos se recogió de informes
de tribunales y parroquias. De este modo, a pesar de todos los pro­
blemas de la relación entre la teoría y la investigación empírica, se
escribió una impresionante obra sociológica pionera a la que aún
hoy se debe considerar un clásico.
Durante algún tiempo William Thomas fue el sociólogo más im­
portante de la escuela de Chicago. Cuando en 1918 fue expulsado
de su Universidad a causa de una conspiración motivada por su
inconformismo político y moral, fue sucedido como líder oficioso
de la escuela por un hombre al que el propio Thomas había traído
a Chicago unos pocos años antes y que, antes incluso de que se
conocieran, había desarrollado una fuerte afinidad con las orienta­
ciones de Thomas, y con los temas de su pensamiento e investiga­
ción: R oben Park. Hasta mediados de los años treinta Park fue la
figura más influyente de la escuela. Su importancia es mayor incluso
que la de Thomas, tanto más cuanto que se ejerció a través de sus
numerosos estudiantes y de la realización de proyectos de investi­
gación, y no solo mediante sus propios estudios.
A la luz de los numerosos giros de su vida, que no le llevaron a
la cátedra hasta pasados los cincuenta años de edad, casi parece como
si hubiera sido predestinado al papel que desempeñó en la Univer­
sidad de Chicago 20. Siendo estudiante estuvo bajo la decisiva in­
fluencia de John D cw ey; trabajó durante muchos años como repor­
tero, y se doctoró en Alemania con una crítica, influida por Simmel,
de la psicología de masas contemporánea, publicando su disertación
en alemán. Además, habiendo sido durante años un estrecho cola­
borador del reformador negro Booker T. Washington, conocía los
problemas de los negros de los Estados Unidos mejor que ningún
otro blanco de aquel periodo. Estas diversas actividades en modo
alguno eran tan inconexas como puede parecer a primera vista. Al
menos, la personalidad creativa de Park consiguió integrarlas. De la
filosofía de Dewey, Park había tomado en particular el interés por
la democracia como orden social y por la comunicación pública como
prerequisito de la democracia. Su actividad periodística concordaba
plenamente con estos intereses; más adelante, Park definiría «noti­
cia» como información que interesa a todos porque a todos concier­
ne, pero cuya interpretación, sin embargo, está todavía abierta (Park:
1972). Park estaba más interesado que Dewey en la realidad empírica
de los procesos de formación de la opinión pública, y de la dinámica
de los procesos de discusión que frecuentemente llevan a resultados
no consensúales. Su pasión por ofrecer informes de primera mano

20 La m ayor parte de los artículos importantes de Park se han publicado en la


edición en tres volúmenes de sus C ollected Papen (1950-5). Existe una excelente
literatura secundaria sobre Park. Destaca el estudio de Matthews (1977); vid. también
Coser (1977: pp. 357-84) y Turner (1967).
y su compromiso con los negros americanos estaban animados por
una profunda avidez de experiencias que trascendían los estrechos
límites culturales y morales del parroquial entorno protestante de
America. Mientras que entre la mayoría de los intelectuales progre­
sistas de aquel periodo apenas puede encontrarse conciencia de la
terrible condición de los negros en los Estados Unidos, Park obser­
vó que la la existencia de una población de raza negra requería una
reflexión sobre la posibilidad del «control social» y la democracia
en condiciones de heterogeneidad cultural, reflexión prioritaria fren­
te a la cuestión de la integración de los nuevos inmigrantes en la
sociedad americana. Finalmente, en su tesis alemana Park había apli­
cado el concepto de democracia de Dewey como concepto formal
en el sentido de Simmel. Con esto, Park consiguió dos cosas. Desde
el punto de vista de la teoría de la acción, se evidenció que el pro­
blema de alcanzar un consenso creativo tenía una importancia fun­
damental, y se mostró, en contra de las pretensiones de los psicó­
logos de masas europeos, que existe una posible racionalidad en los
procesos de toma de decisión colectivos. Pero el uso que hizo Park
del concepto de Dewey ofreció además una alternativa a la teoría
bipolar de la transformación histórica con sus categorías opuestas de
«comunidad» y «sociedad». Esta alternativa era la transformación de
las comunidades tradicionales o bien en sociedades de masas o bien
en sociedades democráticamente integradas. Park tenía un intenso
interés por las posibilidades creativas de las masas y de la discusión
pública.
Esto hace comprensible que para él la conducta colectiva de la
que surgen y que transforma estas instituciones se convirtiera en el
verdadero objeto de la sociología. En el gran manual introductorio
escrito por Park y Burgess (1921) — la «biblia verde» de los soció­
logos americanos del período de entreguerras— la sociología se de­
finía como la ciencia de la conducta colectiva. Esto no quiere decir,
por supuesto, que la acción individual deba ignorarse o excluirse del
ámbito de la sociología, sino que ha de entenderse que su orienta­
ción se constituye colectivamente.
Para Park la sociedad no se enfrenta al individuo como un mero
agente de represión, coerción u obligación. También se experimenta
como fuente de inspiración, de expansión del yo y de liberación y
fortalecimiento de energías personales ocultas. La condición para la
acción colectiva es la existencia de «representaciones colectivas», que
se constituyen en la comunicación. Tal enfoque tiene que centrarse,
por consiguiente, en las diferentes formas de constitución de estas
representaciones colectivas, que van desde los sistemas de símbolos
religiosos hasta la opinión pública, y entre las que también se cuen­
tan fenómenos como la moda.
Esta idea no nos aleja del ámbito familiar a la filosofía social
pragmática. Es evidente que el lenguaje en el que Park y Burgess
expresan estas ideas en su libro de texto está influido por Durk-
heim 21. Sin embargo, ellos insisten con mayor energía que el teórico
francés en las formas modernas y cotidianas de la aparición de las
representaciones colectivas. Podríamos concluir fácilmente que esto
es poco más que la simple formulación de ideas fundamentales ar-
chiconocidas en un estilo durkheimiano más próximo a la realidad
empírica. Pero esta impresión se desvanece, no obstante, cuando se
observa que para Park esa concepción de la sociedad solo capta uno
de los dos tipos de orden social: el tipo del «orden moral», de la
acción colectiva que se regula por referencia a valores y significados.
Sin embargo, a este tipo se opone otro, que Park denomina orden
«biótico» o «ecológico» 22. La razón para introducir ese segundo
tipo de orden social era, evidentemente, la dificultad de entender
— partiendo de su modelo característico de orden social— las des­
viaciones sistemáticas de los resultados de la acción colectiva respec­
to a las intenciones colectivas, o de comprender los resultados sis­
temáticos de la acción no coordinada. Park tomó el arquetipo de
esta teoría «ecológica humana» de la ecología de las plantas, que, a
su vez, había sido parcialmente influida por la economía de mercado.
Estos modelos le parecieron adecuados para representar científica­
mente procesos de competencia por recursos escasos y las adapta­
ciones recíprocas y distribuciones espaciales y temporales resultantes.
La teoría de Park fue fructífera en la medida en que consideró
seriamente la relación de los procesos sociales con su entorno físico.
Esta teoría fue el punto de partida de muchas iniciativas, por ejem­
plo, la investigación del origen y transformación de la función de
los barrios, y la investigación acerca de la difusión regional de fe­
nómenos sociales. Sin embargo, los modelos empleados en estos es­
tudios corrían constantemente el riesgo de «naturalizar» los fenóme­
nos sociales, y de darles por tanto una interpretación determinista.
Ralph Turner señaló esta deficiencia crucial . La distinción de los
dos tipos de orden social no se refiere a esferas sociales diferentes,
sino al carácter intencional o no intencional de los resultados de la
acción social.
Este hecho, empero, dio lugar al problema de la aplicación de
estos modelos de orden social y, sobre todo, al problema de inte­

21 Una comparación tendría que recurrir a las lecciones sobre el pragmatismo de


Durklieim y a su sociología de .la religión (D urkheim : 1955). En Joas (1985b) y en
Stone y Farberman (1967) se proponen interpretaciones de estas lecciones.
22 Vid. un resumen en Park: 1936.
23 Vid. las exclcntes observaciones críticas de T urner (1967, p. X X IX ).
grarlos para producir una teoría coherente y unificada de la socie­
dad. La falta de claridad teórica de Park produjo aquí la mera com­
binación de una macrosociología de orientación democrática con hi­
pótesis subyacentes relativas a la competencia y a la lucha por la
existencia, que se consideran naturales. No se logró una teoría que
reconciliara economía y sociedad. La escisión entre las dos vertientes
de la teoría de Park se superó con hipótesis evolucionistas sobre la
transformación gradual del ámbito de la sociedad no planificado y
competitivo en el sector democráticamente autodeterminado: «la evo­
lución de la sociedad ha consistido en la progresiva extensión del
control sobre la naturaleza y en la substitución del orden natural
por un orden moral» (Park y Burgess: 1921, p. 511). Esta concep­
ción implícita también distorsiona la idea de la «historia natural» y,
en particular, influye en el famoso «modelo de fases» del desarrollo
de las relaciones entre razas, desarrollo que va desde la «competen­
cia», pasando por el «conflicto», a la «acomodación» mutua y, fi­
nalmente, a la «asimilación». Park y sus discípulos no aplicaron estas
ideas como un «tipo ideal» de proceso, sino como un modelo de­
terminista. Es evidente que como tal modelo es fácilmente criticable,
bien sea indicando los elementos etnocéntricos del modo en que se
consideran determinados fenómenos de urbanización, bien sea seña­
lando aquellos casos en los que el curso de desarrollo de las rela­
ciones entre razas tiene un resultado enteramente distinto al de la
asimilación 24. Park, sin embargo, utilizaba el carácter determinista
de sus modelos con motivo de una polémica contra la rebelión de
los negros americanos y contra los intelectuales reformistas que ac­
tuaban por cuenta de otros.
Es obvio, por tanto, que no puede pretenderse que Park y sus
discípulos consiguieran transformar el pragmatismo en una teoría
satisfactoria de la sociedad. Poco era lo que tenía que decir su en­
foque sobre cuestiones fundamentales que una teoría ha de contestar
en el siglo XX, tales como el desarrollo de las relaciones entre clases,
la burocracia o las relaciones internacionales. Sin embargo, sí con­
siguieron elaborar un flexible marco de referencia de orientación
teórica y macrosociológica para los múltiples estudios empíricos de
los fenómenos de la vida cotidiana en la gran ciudad moderna (ame­
ricana). Durante los años veinte y treinta se llevó a cabo una canti­
dad tal de estudios de este tipo que todavía hoy resulta impresio­
nante. Algunos de ellos se hicieron célebres por sus métodos y des­
cubrimientos, como por ejemplo el estudio de Neis Anderson The

24 Para una crítica del ciclo de las relaciones entre razas, vid. en Cahnman (1978)
la breve exposición de los últimos años de la vida de Park después de que abandonara
Chicago.
Hobo (1923), la investigación de Frederick Trasher sobre las bandas
de delincuentes juveniles (1927) o la biografía de un delincuente
juvenil de Clifford Sliaw (1930). Los primeros estudios sociológicos
sobre los problemas de los negros americanos llevados a cabo por
sociólogos negros tienen su origen en la escuela de Park. En todos
estos casos es sorprendente la enorme diferencia que había entre su
percepción de los fenómenos sociales y el punto de vista de la clase
media — fuese moralista o reformista— . Park y sus estudiantes pro­
dujeron un mosaico de estudios de la vida metropolitana repleto de
descripciones de primera mano de calidad casi literaria; pero esto no
era, ciertamente, una ciencia social que progresara metódicamente
mediante la contrastación de hipótesis o la generalización teórica.
Aunque no es posible discutir aquí en detalle la obra de otros
pensadores importantes de este período de la escuela de Chicago,
debemos mencionar al menos algunos de ellos. El más importante
es el amigo y colaborador de Park Em est Burgess, cuya sociología
urbana tendía, sin duda, a un determinismo aun mayor que el de
Park. Burgess subsumió inequívocamente la esfera económica en el
modelo ecológico, y fue uno de quienes propusieron la famosa teoría
de círculos concéntricos de desarrollo urbano, teoría basada en el
caso de Chicago. Este autor hizo una importante contribución a la
sociología de la familia, en la que introdujo la concepción de la
familia como unidad procesual de personalidades en interacción; sin
embargo, los intrumentos metodológicos no correspondían a este
programa, y se daba por supuesta la existencia de un desarrollo evo­
lutivo unilineal de la familia «desde la institución al compañerismo»
(Bogue: 1974). Ellsworth Faris (1937), defendió ideas esenciales de
la filosofía social pragmática en numerosos artículos breves y en su
influyente magisterio; además, aplicó estas ideas de forma muy ori­
ginal a la crítica del reduccionismo conductista y de las pretensiones
de la psicología de los instintos. Louis Wirth 25, autor influyente a
finales de los años treinta y en los cuarenta, estudió el ghetto judío
siguiendo en todo los métodos defendidos por Park; por otra parte,
sin embargo, propuso una teoría de la gran ciudad que, de forma
de! todo opuesta al enfoque característico de la escuela de Park,
interpretaba la vida en la gran ciudad de acuerdo con el modelo de
la sustitución de los lazos comunitarios por las relaciones sociales.
N o es este el lugar indicado para especular sobre las razones del
tan debatido colapso de la escuela de Chicago en la década de los

25 Vid. W irth (1964; 1969); el volumen anterior incluye el célebre y controvertido


ensayo «Lírbanism as a W ay o f Life» (1964, pp. 60-83), publicado por vez primera
en 1938 (W irth: 1938).
treinta 26. En el contexto del presente artículo no nos interesan los
detalles de la historia de la sociología, sino las vicisitudes posteriores
de la teoría pragmática: ¿cómo aborda esta teoría los nuevos pro­
blemas, y cómo trata los antiguos e irresueltos? ¿Qué ocurrió con
ella después del reflujo del optimismo progresista de los fundadores
de la teoría respecto a las posiblidades de reforma? ¿Qué pasó con
el dualismo del orden moral/orden biótico?
Se acostumbra a ver la principal continuación de esta tradición
en los escritos programáticos sobre psicología social de Herbert Blu­
mer. Por importantes que estos sean, constituyen sin embargo una
base excesivamente restringida para examinar la continuación de esta
tradición. Por tal motivo, aquí concederemos igual importancia a la
inspiradora obra de Everett Hughes. En los escritos de estos dos
autores podemos estudiar dos formas de tratar los problemas que se
habían planteado.
La obra de H erbert Blumer, con sus méritos y deficiencias, ha
tenido una importancia decisiva para la autocomprensión de las pos­
teriores generaciones de representantes del interaccionismo simbóli­
co. Después de escribir una tesis en la que examinaba los métodos
de la psicología social, Blumer se dio a conocer en la década de los
treinta por dos obras en particular (Blumer: 1928; 1939). Examinó
de forma extremadamente crítica la relación entre teoría e investiga­
ción empírica en el estudio de los campesinos polacos de Thomas y
Znaniecki; y en un artículo para un manual en el que sistematizaba
las premisas de la tradición de la escuela de Chicago inventó el nom­
bre de «interaccionismo simbólico». Blumer estuvo durante toda su
vida interesado por la relación entre teoría e investigación empírica
en las ciencias sociales. En oposición a la investigación mediante
encuestas y al análisis de datos profesionalizado que estaba comen­
zando a imponerse en las ciencias sociales, desarrolló progresivamen­
te la tesis de que se precisa una íntima relación del científico social
con el objeto de sus investigaciones. Para todos los sociólogos que
tendían a emplear métodos interpretativos, a incluir en la investiga­
ción empírica experiencias subjetivas, y a usar conceptos teóricos
que aumentaban su sensibilidad respecto a la realidad empírica, sus
protestas y programas metodológicos se convirtieron en un punto
de referencia sumamente importante. Más aun que Mead y el resto
de los pensadores sociológicos de los que había aprendido, Blumer
convirtió en un dogma metodológico el carácter procesual de toda
acción, Los modelos de acción de fases solo podían ser aproxima­
damente correctos si la continua readaptación a condiciones ambien-

1,1 Vid. Kuklick (1973) y Lengermann (1979) además de los estudios de tipo ge
ni'iiil nolnc Iti escuda de Chicago.
tales nuevas o cambiantes era precisamente lo característico de la
acción. Su sistematización presentaba así mismo una explicación de
las premisas esenciales del pensamiento pragmático más distante de
la filosofía y más aplicable a los fines del investigador sociológico.
En sus estudios sustantivos sobre cuestiones étnicas y sobre la
conducta colectiva, Blumer intentó ir más allá de las explicaciones
psicologistas y funcionalistas, y trató incluso de reemplazarlas; ade­
más, en contraste con Park, sus escritos no están guiados por ideas
evolucionistas. De todos modos, si se mide la obra de Blumer por
referencia a las cuestiones abordadas por la teoría social contempo­
ránea, se pone de manifiesto que sus escritos no proponen ninguna
solución a muchas de estas. El problema implícito en el dualismo
entre el orden «moral» y el orden «biótico» no se toca en ningún
momento. En su versión del interaccionismo simbólico, Blumer se
limita a plantear problemas que caen dentro del marco conceptual
del «orden moral», evitando los problemas que parezca imposible o
intuitivamente difícil tratar dentro de ese marco. De este modo fue
posible consolidar un paradigma fructífero sin progresar demasiado
en la confrontación con otras teorías.
N o puede dccirsc esto de Everett Hughes, el sociólogo del tra­
bajo y de la ocupación más destacado en la tradición de la escuela
de Chicago 27. En su obra se mantiene el dualismo de Park, aunque
modificado. La distinción entre una zona de la sociedad normativa
o comunicativamente integrado y un ámbito de la sociedad regulado
por los procesos de mercado o las interconexiones no planificadas
entre los resultados de acciones se transforma de tal manera que, si
bien se sigue analizando toda organización o institución aplicando
el modelo de integración normativa, las relaciones entre estas insti­
tuciones u organizaciones se presentan como relaciones de compe­
tencia entre actores colectivos — de forma muy similar al «utilitaris­
mo colectivo» que podemos encontrar, pongamos por caso, en la
teoría de Albion Small en los inicios de la escuela de Chicago. Hug­
hes considera que toda institución forma parte de un sistema orgá­
nico que no especifica, sistema para el que esta institución tiene
determinadas funciones que cumplir pero que, en su conjunto, no
manifiesta ningún sistema de valores integrativo. El concepto de con­
ciencia colectiva no se refiere ya a la sociedad como totalidad, sino
que se aplica solamente a los actores individuales macroscópicos. En
esta perspectiva subyacen, ciertamente, unas innegables posibilidades

17 Los escritos breves de Everett Hughes se han reunido en T he S oaolog iail Eye:
Selected Papers (1971). Dos interpretaciones importantes de esta obra son las de Faught
(I9K0) y Simpson (1972).
para el análisis fructífero de la realidad empírica, posibilidades que
se desarrollaron ulteriormente, tanto dentro del paradigma del irite-
raccionismo simbólico como fuera de este, en la teoría de los grupos
de referencia. Al mismo tiempo, sin embargo, esta aplicación res­
trictiva del concepto de conciencia colectiva también supone la pér­
dida del concepto de sociedad como orden social y político unitario.
Como la de Park, la obra de Hughes contiene un gran número
de trabajos breves y solo unos pocos estudios extensos. Su impor­
tancia estriba en su capacidad para mantener un punto de vista con­
sistente al tiempo que permanece fiel a la realidad empírica, y en
conseguir que sus discípulos apliquen eficazmente en sus investiga­
ciones esa perspectiva. También fueron significativos sus esfuerzos
por interesar a otros investigadores en el estudio de las instituciones
como totalidades vivas y en el estudio de la competencia entre gru­
pos étnicos. Sin embargo, lo más importante son sus estudios sobre
sociología ocupacional. N o es sorprendente que la sociología ocu-
>acional atrajera la atención de los continuadores de la tradición de
f a escuela de Chicago, que estaban interesados en emplear de forma
fructífera en la investigación empírica sus ideas sobre la estructura
del orden social; pues las ocupaciones son modelos de actividades
especializadas de acuerdo con una división del trabajo en la que se
manifiesta con particular claridad la mediación por parte de intereses
diversos, correlaciones de fuerzas y procesos de negociación de una
estructura que sólo en apariencia se deriva de imposiciones objetivas.
Hughes centró su atención en las profesiones liberales, aquellas
ocupaciones que requieren formación universitaria, pues el mayor
margen que ofrecen para que los individuos configuren su propio
trabajo evidencia el rasgo esencial de la división del trabajo predicho
por la teoría, a saber, que no está determinada ni tecnológica, ni
ecológica, ni normativamente, y que solo puede entenderse por re­
ferencia a la acción de los individuos o grupos ocupacionales perti­
nentes. Como Hughes no se planteaba la cuestión de una comunidad
macrosocial institucionalizada, no tuvo dificultad en hacer de las
profesiones el objeto de su reflexión e investigación sin albergar
creencia alguna respecto a su autojustificación. Examinó críticamente
las ideologías de diferentes tipos de profesiones como medios de
liberarse del control y alcanzar un status elevado. Estaba interesado
en las técnicas y tácticas empleadas para evitar tareas no deseables y
para ocultar los errores a subordinados y clientes. Por consiguiente,
el hecho de que centrara su atención en profesiones en las que las
rígidas pautas normativas externas tienen escasa importancia, y en
las que quienes las ejercen se ven obligados a «crear» sus propios
roles, no se debe de ninguna manera a una actitud acrítica hacia la
ideología de estas profesiones. En el transcurso de la investigación
de Hughes también se efectuaron estudios de centros de trabajo
industrial. En estas investigaciones el punto crucial era que, incluso
bajo las condiciones más restrictivas, la actividad ocupacional no
podía entenderse sin tomar en consideración las definiciones que los
propios trabajadores hacían de su situación y su lucha por la autono­
mía.
A comienzos de los años cincuenta la escuela de Chicago,, cuya
predominancia había terminado a finales de la década de los treinta,
perdió sus representantes más importantes en la propia Universidad
de Chicago: Ernest Burgess se jubiló, Louis Wirtn murió, y Herbert
Blumer se trasladó a California. El fin de la escuela de Chicago en
el sentido más estricto y definido del término ha de situarse en esa
época. La herencia intelectual de la escuela, que no se había elabo­
rado uniformemente en todos los aspectos, recorrió los caminos más
diversos. La aplicación más célebre de esta herencia es la elaboración
de la psicología social interaccionista por parte de Tamotsu Shibu-
tani (1961), Anselm Strauss (1959) y Norman Denzin (1977a) 28, así
como la de una teoría de los roles y una sociología familiar llevada
a cabo, entre otros, por Ralph Turner (1970). La obra de Hughes
también se continuó en los excelentes estudios sociológicos de las
profesiones (en especial de la medicina) realizados por Eliot Freid-
son (1970), Howard Becker (Becker ct al.: 1961) y Ansehn Strauss.
Además, se debe en gran medida a Becker la apertura de un nuevo
campo de investigación con un influyente estudio, emprendido si­
guiendo en todo el espíritu de la tradición de Chicago, sobre los
«marginados» y la génesis de la conducta desviada (Becker: 1963).
Gregory Stone y muchos otros autores han contribuido a la com­
prensión y explicación sociológica de numerosos fenómenos de la
vida cotidiana (Stone y Farberman: 1970). Al margen de esta escuela
se encuentra la genial obra de Ervin Goffman 29, autor sumamente
independiente y original. Si tomamos en su conjunto todos estos
temas e investigadores, la imagen que obtenemos es, sin ninguna
duda, la de una corriente de investigación viva y viable. Sin embargo,
de estos caminos de investigación sólo uno parece conducir a la
superación del aislamiento teórico de la escuela. Este es el que se ha
desarrollado a partir de los fundamentos asentados principalmente
por los estudios de Anselm Strauss y que en los escritos de soció­
logos más jóvenes se presenta como «enfoque del orden negociado».
La elaboración de este enfoque también se llevó a cabo siguiendo

28 La de I.auer y Handel (1977) es una buena panorámica.


29 Com o la obra de Goffman no puede explicarse mediante las premisas del prag­
matismo, aquí me limitaré a mencionarla.
totalmente el estilo empírico de la tradición de Chicago: en conjunto
se desarrolló por medio de estudios de casos específicos temática­
mente limitados más que mediante la mera elaboración de conceptos.
El origen de este enfoque puede situarse en el punto en el que la
investigación de las profesiones (fundamentalmente los estudios de
hospitales) realizada por miembros de la escuela condujo a una pers­
pectiva original de la sociología de las organizaciones . Dicha pers­
pectiva fue inicialmente la reacción a un proceso de cambio: el in­
cremento de los tipos de profesionales que ejercen sus actividades
profesionales en organizaciones complejas desvió el interés desde las
«profesiones» hacia las «organizaciones profesionales». En el análisis
del «hospital» como ejemplo típico de esta clase de organización se
mostraron inadecuados los modelos de los tipos racionalista-buro­
crático y funcionalista de la sociología de las organizaciones. Desde
el principio, las estructuras de división del trabajo en los hospitales
demostraron ser bastante indefinidas, sus objetivos inespecíficos, y
sus normas equívocas. El funcionamiento de una organización se­
mejante sólo es posible gracias a un proceso continuo de acuerdos
tácitos, disposiciones oficiosas y decisiones oficiales respecto a la
estrategia de la organización en su conjunto y la forma de división
del trabajo, proceso en el que participan los diversos grupos profe­
sionales afectados, los sectores de los grupos profesionales y los
individuos. De aquí se dedujo el principio general postulado por esta
sociología de las organizaciones: las organizaciones han de entender­
se como «sistemas de negociación continua».
Según esta teoría, las organizaciones no son formaciones estruc­
turadas por reglas normativas unívocas; las acciones ejecutadas en
ellas no están determinadas por la simple aplicación de prescripcio­
nes o principios sin ninguna intervención por parte del yo [sel}] del
actor. La reflexión y el diálogo son precisos no solo para la trans­
formación de las reglas y normas, sino también para su manteni­
miento y reproducción. La existencia de las organizaciones depende
de su continua reconstitución en la acción; se reproducen en las
acciones y por medio de ellas. Los objetivos y estrategias de las
organizaciones están sujetos a controversia; el acuerdo puede adop­
tar formas muy diversas, incluso la del entrecruzamiento de objeti­
vos intencional o tolerado conscientemente y la de la pluralidad de
objetivos. Todo acuerdo tiene un carácter condicional y transitorio.
Los propios actores tienen teorías, tomadas de su experiencia coti­
diana, acerca de la naturaleza, el alcance y el resultado probable de

10 Strauss et al. (1963) y Buchcr y Stelling (1969) son ejemplos de ese tipo de
investigación.
los procesos de negociación. Si esto puede afirmarse incluso de or­
ganizaciones relativamente formales, tanto más puede aplicarse al
caso de formaciones sociales con una organización menos rígida. Por
consiguiente, no es la investigación de las estructuras estáticas, sino
la reconstrucción de los procesos recíprocos de definición que se
extienden a lo largo del tiempo y del espacio lo que se convierte en
el tema cental de una sociología de la organización que trata de ser
compatible con las premisas del interaccionismo simbólico respecto
a la psicología social y a la teoría de la personalidad, y que intenta
recuperar de este modo la posibilidad de alcanzar un objetivo más
amplio: la transformación del pragmatismo dentro de la sociología.
Esta sociología de las organizaciones no es, indudablemente, mas
que un primer paso en esa dirección. N o se trata solo de que se
afirme la importancia de los procesos de negociación en las organi­
zaciones formales frente a una comprensión incorrecta de su forma
social; mucho mayor alcance tiene la tesis de que casi todos los tipos
de orden social son mal interpretados si no se tiene en cuenta la
función de los procesos de negociación. Tales procesos pueden en­
contrarse siempre que no prevalezcan ni el consenso absoluto ni la
mera fuerza, y el consenso perfecto y la pura fuerza son casos límites
de la vida social, no prototipos de esta (vid. Maines y Charlton:
1985, p. 295).
La aplicación de esta idea, sin embargo, puede tomar direcciones
diferentes. Por ejemplo, podemos tratar de distinguir las diferentes
dimensiones de los procesos de negociación para aumentar la sensi­
bilidad hacia ellos en estudios empíricos. En su libro Negotiatiom
(1979), Anselm Strauss ha intentado elaborar un esquema conceptual
de este tipo, aunque en muchos aspectos sea todavía muy prelimi­
nar 31. Las dimensiones que enumera incluyen el número de parti­
cipantes, su experiencia relevante, y si están hablando solo por ellos
mismos o en representación de colectividades. Señala a continuación
que las negociaciones pueden ser recurrentes o no recurrentes, y que
pueden repetirse a intervales regulares o estar ordenadas en secuen­
cias determinadas. Además, la diferencia de poder entre los actores
participantes es significativa. Otras dimensiones son la importancia
que tiene la negociación para los participantes, y si tiene o no la
misma importancia para todos ellos; el que la negociación sea ob­
servada por terceros; el número y complejidad de los objetos de la
negociación; y las alternativas que los participantes en la negociación
tienen aparte de la imposición de decisiones consensuadas, es decir,
en caso de que la negociación se rompa.

11 Vid. además Maines y Charlton (1985); vid. exposiciones de tipo general en


Fine (1984) y Maines (1977).
Esta enumeración hace evidente que este enfoque no trata de
afirmar la existencia de una conscnsualidad ideal respecto a las re­
gulaciones sociales, consensualidad en la que el poder, el conflicto
y las imposiciones estructurales no desempeñan ninguna función.
Esto sería una mala interpretación muy grave. Se trata más bien de
demostrar cómo el propio actor debe tomar en consideración los
resultados de acciones anteriores, tanto individual como colectiva­
mente, tanto desde la perspectiva del consenso como desde el punto
de vista del conflicto, y que esta asimilación y valoración tiene lugar
en condiciones estructurales que, a su vez, pueden remontarse a
procesos de negociación anteriores y a resultados deseados o no
deseados de las acciones.
En principio, el estudio de las dimensiones de los procesos de
negociación es neutro con respecto a la esfera social en la que se dan
estos procesos, así como en relación a la cuestión del significado de
estas dimensiones para el funcionamiento de las sociedades. La in­
clusión de otros objetos de investigación (además de la «organiza­
ción profesional») y la subsiguiente ampliación gradual de la capa­
cidad de análisis macrosociológico del enfoque del «orden negocia­
do» sería, pues, la segunda dirección en que se ha desarrollado este
enfoque.
Este objetivo es compartido por estudios de orientación muy
distinta. El curso de la toma de decisiones políticas, por ejemplo,
ofrece claramente un ámbito para este tipo de investigación (Hall:
1972). Eliot Freidson (1975-6) no estudia únicamente la determina­
ción formal y sustantiva de las relaciones entre grupos profesionales
en las instituciones existentes, sino también la constitución de la
estructura de las profesiones y del sistema social de división del
trabajo en general. Algunos investigadores, por ejemplo Harvey Far-
berman (1975) y Norman Denzin (1977b), han centrado su atención
en determinados fenómenos del mercado, y han mostrado que estos
son incomprensibles sin la mediación de procesos de negociación.
Gary Alan Fine y Sherryl Kleinman (1983) han ampliado el campo
de atención del interaccionismo simbólico más allá de los grupos y
organizaciones pequeñas hasta abarcar redes personales, a cuya in­
vestigación han hecho una aportación original.
Una característica común a todas estas empresas dispersas es que
han producido estudios macrosociológicos o contribuciones teóricas
fragmentarias sin caer en la naturalización de los procesos investi­
gados en un «orden biótico». Insisten, más que la teoría democrática
de la filosofía pragmática, no solo en el alcance normativo, sino
también en la enorme capacidad empírica de una investigación de los
rasgos de la vida social manifestados en condiciones de democracia.
Sin embargo, en su mayor parte estos estudios no son todavía más
que miniaturas, no grandes descripciones del período actual que tra­
ten cuestiones políticas e históricas de importancia. N o obstante, se
ha traspasado el umbral que conduce hacia una teoría de la sociedad
en su conjunto y a la comprensión de formas de integración social
tales como el mercado, en el que se institucionaliza la independencia
de las decisiones colectivas. Sin embargo, no es posible seguir pro­
gresando en esta dirección sin que sea libre una confrontación con
las grandes escuelas teóricas en estos temas. Pero es justamente a
estas escuelas a quienes proponen un reto teórico los fundamentos
filosóficos establecidos por el pragmatismo, su elaborada psicología
social y sofisticada microsociología, asi como los principios básicos
del enfoque del «orden negociado».

III. U n a valoración

N o podemos formular una valoración sucinta de los frutos teó­


ricos de la escuela sociológica que deriva del pragmatismo, ni una
contrastación de esta escuela con el resto de las corrientes socioló­
gicas actuales más importantes, sin limitar a unas pocas cuestiones
fundamentales los múltiples problemas abordados por las teorías y
la investigación del resto de las escuelas rivales. A este respecto, la
propuesta más convincente la encontramos en la tradición parsonia-
na. De acuerdo con ella, las cuestiones que constituyen los proble­
mas metateóricos centrales e inevitables de la sociología son las re­
lativas a la acción y al orden social como serie ordenada de accio­
nes 32. Estos problemas son metateóricos porque no se refieren al
desarrollo de teorías especiales empíricamente demostrables relativas
a ciertos dominios de fenómenos, sino a cuestiones referentes a la
definición y descripción conceptual del dominio de la sociología o
de las ciencias sociales en general. Puede decirse que estas cuestiones
son inevitables porque, aunque no toda teoría sociológica se ocupa
explícitamente de ellas, ninguna puede trabajar sin sostener al menos
implícitamente hipótesis relativas a la naturaleza de la acción y del
orden social. En este sentido, la reflexión metateórica evidencia de
forma más o menos clara estas hipótesis implícitas y exige su fun-
damentación. Si se acepta esta definición de status lógico ele la teoría
de la acción y del orden social, podemos servirnos de estos dos
planos para comparar la realidad del pragmatismo y sus posibilida­
des inherentes con escuelas de pensamiento rivales o complementa­
rias.

32 En Alexander (1982) puede encontrarse la descripción más clara de esta posición.


Como hemos expuesto, la teoría pragmática de la acción es ra­
dicalmente diferente de los modelos del utilitarismo sociológico. Al
reconocer de forma exclusiva la acción racional, estos modelos no
pueden dar cuenta de las actividades que se desvían de este modelo
de racionalidad más que presentándolas como modos de acción equi­
vocados. Producen una categoría residual de «acción no racional»
que no permite la reconstrucción de la diversidad fenoménica de la
acción. La superación de esta posición utilitarista, que es constitutiva
de la sociología — de forma implícita en las obras de los teóricos
sociales clásicos (Weber, Durkheim y Pareto) y explícita en los es­
critos de Parsons— ha seguido estando determinada por la polémica
con la que comenzó: se caracteriza por una concentración en las
dimensiones normativas, lo que sin duda representa un progreso
respecto al utilitarismo, pero corre el riesgo de malinterpretar la
función de las normas en la dinámica de la acción real. Por contraste,
el interaccionismo simbólico no da por supuesta ni la consistencia
ni e! carácter determinista de las normas interiorizadas. La gran tra­
dición opuesta a la sociología académica, el marxismo, es incom­
prensible, al menos en su origen, sin su fundamentación en su propia
teoría de la acción, en el concepto «expresionista» 33 de trabajo se­
gún el cual este incorpora la fuerza de trabajo y la cualificación del
obrero al producto de su trabajo. Sin embargo, muchos de los que
han contribuido al desarrollo de esta tradición en cuanto teoría de
la sociedad y de la historia no prestaron atención a este fundamento
del marxismo. Apenas se han elaborado las ideas de « Praxis», «ac­
tividad» o «trabajo», ni tampoco se han puesto en relación con los
problemas que aborda la teoría sociológica de la acción.
Incluso el más creativo de los nuevos enfoques de la teoría so­
ciológica de la acción, enfoque que supera el utilitarismo, la crítica
normativista del utilitarismo y marxismo tradicional, esto es, la teo­
ría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas (1981), no logra
una revisión comprehensiva de la teoría sociológica de la acción. La
oposición de un concepto comunicativo de racionalidad a las defi­
ciencias de la comprensión instrumentalista de la racionalidad tiene
como consecuencia la exclusión de múltiples dimensiones de la ac­
ción presentes en la historia del pensamiento sociológico ■>4. En este
sentido, el problema no resuelto es el de cómo puede combinarse la
teoría sociológica de la acción con la fecundidad teórica del pragma­

Sobre esta tradición «expresionista» cfr. Berlín (1980) y T aylor (1975).


34 Para un examen crítico de esta teoría de ia acción vid. Jo as: 1986. En la actua­
lidad, ios otros dos enfoques más importantes en esta teoría de la acción son, en mi
opinión, Casloriadis (1987) y Giddens (1984). Sobre Giddens vid. Jo as: [en prepara­
ción].
tismo y las tradiciones de la filosofía de la Praxis y con el concepto
expresionista de trabajo 35. El pragmatismo sigue teniendo una im­
portancia fundamental para la solución de este problema; pues esta
corriente no se ha limitado a preparar el camino para tomar como
modelo de la teoría sociológica de la acción el individuo que actúa
intencionalmente, que controla su propio cuerpo y que es autónomo
en relación a otros seres humanos y al entorno, sino que también
ha abierto vías para explicar las condiciones de posibilidad de este
tipo de «actor» [Handelnder], La literatura del interaccionismo sim­
bólico ofrece abundante material a este respecto. Puesto que el prag­
matismo introdujo el concepto de acción como medio de obtener
una nueva concepción de la relación entre acción y conciencia, es
decir, como un medio para superar la filosofía de la conciencia, pue­
de también resistir la ofensiva del estructuralismo y del post-estruc-
turalismo — aunque admita que sus argumentos son convincentes
hasta cierto punto— , y salvaguardar la dimensión de la acción huma­
na 36.
En el plano de la teoría del orden social, la tradición de la teoría
de la acción del pragmatismo, o interaccionismo simbólico, impone
una relativización de los modelos utilitaristas y funcionalistas. Uni­
camente una relativización, pues no se discute la utilidad pragmática
y el valor explicativo que estos modelos tienen en ciertos casos; lo
que se niega es la validez sociológica general del modelo. La única
teoría que podrá evitar caer en el funcionalismo es aquella cuya
teoría del orden social tome como punto de partida la acción colec­
tiva y desarrolle una tipología comprehensiva de sus formas, desde
el ritual totémico hasta el autogobierno democrático exitoso y el
discurso ideal. Por consiguiente, el análisis sociológico se centra en
las formas de procesamiento colectivo de los resultados intencionales
y no intencionales de las acciones, en la constitución colectiva de
reglamentos normativos y de procedimientos colectivos para tratar
conflictos normativos. También en este aspecto la tradición del in­
teraccionismo simbólico puede ofrecer un importante material en las

35 Bernstcin (1971) sigue siendo el m ejor estudio de las diferentes tradiciones


filosóficas que han elaborado el concepto de acción.
36 Refiriéndose a los paralelismos entre Jam es y N ictzsche, Richard R orty ha
afirmado lo siguiente: «James y Nictzsche criticaron de forma paralela el pensamiento
del siglo XIX. La versión de James es preferible, pues evita los elementos “ m etafísicos”
de Niet/.sche que critica Heidegger, y los elementos “ m etafísicos” de Heideggcr que
critica Derrida. Desde mi punto de vista, Jam es y Dewey no solo aguardaban al final
del camino dialéctico que recorría la filosofía analítica, sino que también aguardan al
final del camino que recorren ahora, por ejemplo, Foucault y Deleuze» (R orty: 1982,
p. X V III).
categorías de la conducta colectiva y el movimiento social, de la
determinación de las estructuras mediante la negociación, y de la
democracia como tipo de orden social. Sin embargo, frecuentemente
se han elaborado estas cuestiones en forma de «empirismo cualita­
tivo» en la investigación de objetos de escasa relevancia macrosocio-
lógica. La riqueza analítica del interaccionismo simbólico, por tanto,
no ha sido todavía utilizada para efectuar un diagnóstico político de
la época actual, un diagnóstico que tome en consideración el desa­
rrollo y contexto históricos de la época. Esto debe cambiar si la
tradición del interaccionismo simbólico desea volver a desempeñar
el papel que tuvo en sus comienzos la filosofía social del pragmatis­
m o ‘con relación a su propio presente.
B IB L IO G R A F IA

Alexandcr, J., 1982: Positivism, Presuppositions, and Current Controversia,


vol. 1 de Theoretical Logic in Sociology. Berkeley y Los Angeles: Uni-
versity of California Press.
Anderson, N., 1923: The Hobo. Chicago: University of Chicago Press.
Becker, H., 1963: Outsiders: Studies in the Soáology o f Deviance. Londres:
Macmillan. (Trad. al español: Los extraños, Buenos Aires Ediciones:
1983).
Becker, H. et al., 1961: Boys in White. Chicago: University of Chicago Press.
Berlín, I., 1980: Against the Current. Londres: Hogarth Press.
Bernstein, R., 1971: Praxis and Action. Philadelphia: Duckworth. (Trad. al
español: Praxis y acción, Alianza Editorial: 1979).
Blumer, H., 1928: «The Method of Social Psychology», disertación docto­
ral, University of Chicago.
— 1938: «Social Psychology», en E.P. Schmidt (ed.), Man and Society,
Nueva York, pp. 144-98.
— 1939: ‘An Appraisal of Thomas and Znaniecki’s «The Polish Pcasant in
Europe and America»’, Critiques o f Research in the Social Sciences. I.
Nueva York: Transaction.
— 1969: Symbolic Interactionism: Perspective and Method. Englewood
Cliffs, NT: Prentice-Hall. (Trad. al español: Interaccionismo simbólico,
Hora: 1982).
— 1983: «Going Astray with a Logical Scheme», Studies in Symbolic In-
teraction, 6: 123-38.
Budenhafer, W., 1920-1: The Comparative Role of the Group Concept in
Ward’s «Dynamic Sociology» and Contemporary American Sociology’,
American Journal of Sociology, 26: 273:-314, 425-74, 583-600, 716-43.
Bogue, D.J., (ed.), 1974: The Basic Writings o f Ernest W. Burgess. Chicago:
University of Chicago Press.
Brcsslcr, M., 1952: ‘Selected Family Patterns in W.I. Thomas’ Unfinishecl
Study of the «Bintl Brief»’, American Sociological Review, 17: 563-71.
Bucher, R. y Stelling, J., 1969: «Characteristics of Professional Organiza-
tions», Journal o f Health and Social Behavior, 10: 3-15.
Bulmer, M., 1984: The Chicago School o f Sociology: Institutionalizatiott,
Diversity, and the Rise o f Sociology. Chicago: University of Chicago
Press.
Cahnman, W.J., 1978: «Robert E. Park at Fisk», Journal o f the History of
the Behavioral Sciences, 14: 328-36.
Carey, J.T., 1975: Sociology and Public Affairs: The Chicago School. Londres.
Castoriadis, C., 1987: The Imaginary Institution o f Society, Cambridge,
Ing.: Polity Press.
Coser, L., 1977: Masters o f Sociological Thought. Nueva York: Harcourt,
Brace, Jovanovich.
Deegan, M.J., y Burger, J.S., 1981: «W.I. Thomas and Social Reform: His
Work and Writings», Journal o f the History o f the Behavioral Sciences,
17: 114-25.
Denzin, M.J., 1977a: Cbildhood Socialv/.ation: Studies in the Development
of Language, Social Behavior, and Identity. San Francisco: Jossey-Bass.
— 1977b: «Notes on the Criminogenic Hypothesis: A Case Study of the
American I.iquor Industry», American Sociological Review, 42: 905-20.
Dewey, J., 1927: The Public and its Problems. Nueva York: Henry Holt.
— 1931: «The Development of American Pragmatism», en John Dewey,
Philosopby and Civilization. Nueva York: Minton, Balch, pp. 13-35.
— 1934: Árts as Experience. Nueva York: Minton, Balch.
— 1972: «The Rcflcx Are Concept in Psychology», en The Early Works,
vol. 5 Carbondale, 111: pp. 96-109. Primera edición en 1896.
Diner, S.J., 1975: «Department and Discipline: The Department of Socio­
logy at the University of Chicago 1892-1920», Minerva, 13: 514-53.
Durkheim, F.., 1955: Pragmatism et Sociologie. Paris: Alean.
Farberman, H., 1975: «A Criminogenic Market Structure: The Automobile
Industry», Sociological Quarterly, 16: 438-57.
— 1979: «The Chicago School: Continuities in Urban Sociology», Studies
in Symbolic Interaction, 2: 3-20.
Faris, E., 1937: The Nature o f Human Nature. Chicago: University of
Chicago Press. *
Faris, R.E.L., 1967: Chicago Sociology 1920-32. Chicago: University of Chi­
cago Press.
Faught, J., 1980: «Presuppositions of the Chicago School in the Work of
Everett Hughes», The American Sociologist, 15: 72-82.
Fine, G.A., 1984: «Negotiated Orders and Organization Cultures», Annual
Review o f Sociology, 10: 239-62.
Fine, G.A. y Kleinman, S., 1983: «NetWork and Meaning: An Interactionist
Approach to Structure», Studies in Symbolic Interaction, 6: 97-110.
Fisher, B. y Strauss, A., 1978: «Interactionism», en T. Bottomore y R.
Nisbet (eds.), A History o f Sociological Analysis.. Nueva York: Oxford
University Press.
Freidson, E., 197C: Profession of Medicine: A Study o f tbe Sociology of
Applied Knowledge. Nueva York.
— 1975-6: «The División of Labor as Social Interaction», Social Problems,
23: 304-13.
Giddens, A., 1984: The Constitution o f Society. Cambridge, Ing.: Polity
Press.
Glaser, B. y Strauss, A., 1967: The Discovery o f Grounded Theory: Strate-
gies for Qualitative Research. Nueva York: Sociology Press.
Habermas, J., 1981: Theorie des kommunikativen Handelns, 2 vols. Frank-
íurt am Main. (Trad. al español: Teoría de la acción comunicativa, Tau-
rus: 1987). Hall, P.M., 1972: «A Symbolic Interactionist Analysis of
Politics», Sociological Inquiry, 42: 35-75. Iiinkle, R.C., 1963: «Ántece-
dents of the.Action Orientation in American Sociology before 1935»,
American Sociological Review, 28: 705-15.
— 1980: Founding theory o f american Sociology 1881-1915. Boston: Met-
huen.
Honneth, A. y Joas, H., 1980: Soziales Handeln und menschliche Natur:
Anthropologische Grundlagen der Sozialwissenschaften. Frankfurt am
Main.
Hughes, E., 1971: The Sociological Eye: Selected Papers o f Everett Hughes.
Chicago: University of Chicago Press.
Jandy, E.C., 1942: Charles H. Cooley: His Life and bis Social Theory. Nue­
va York: Hippocrene.Books.
Janowitz, M. (ed.), 1966: W.I. Thomas On Social Organization and Social
Personality. Chicago: University of Chicago Press.
— 1975-6: «Sociological Theory and Social Control», American Journal of
Sociology, 81: 82-108.
Joas, H., 1983: «The Interusbjective Constitution of the Body Image», Hu­
man Studies, 6: 197-204.
— 1985a: G.H. Mead: A Contemporary Re-examination o f his Thougbt.
Cambridge, Ing.: Polity Press.
— 1985b: «Durkheim und der Pragmatismus: Bewusstseinspsychologie und
die soziale Konstitution der Kategorien», Kólner Zeitschnft für Soziolo-
gie und Sozialpsychologie, 37: 411-30.
— 1986: «Die ungiüekliche Ehe von Hermeneutik und Funktionalismus»,
en A. Honnetn y H. Joas (eds.), Kommunikatives Handeln. Frankfurt
am Main: Suhrkamp.
En preparación: «Giddens’ theory of structuration», International So­
ciology, 2.
Johnson, G., y Picou, J.S., 1985: «The Foundations of Symbolic Interactio-
nism Reconsidered», en H.J. Helle y S.N. Eisenstadt (eds.), Microsocio-
logical Theory: Perspectives on Sociological Theory, vol. 2. Londres, pp.
54-70.
Kuklisck, H., 1973: ’A «Scientific Revolution»: Sociological Theory in the
United States: 1930-45’, Sociological Inquiry, 43: 3-22. Kurtz, L.R., 1984:
Evaluaúng Chicago Sociology. Chicago: University of Chicago Press.
Lauer, R. y Handel, W., 1977: Social Psychology: The Theory and Applica­
tion o f Symbolic Interactionism. Boston: P.-H.
Lengermann, P., 1979: «The Founding of the American Sociological Review.
Tlic Anatomy of a Rebellion», American Sociological Review, 44: 185-98,
Levine, D.N. el cd., 1975-6: «Simmel’s Influencc on American Sociology»,
American Journal o f Sociology, 81: 813-45, 1112-32.
Lewis, J.D. y Smith, R.L., 1980: American Sociology andPragmatism: Mead,
Chicago Sociology, and Symbolic Interaction. Chicago: University of
Chicago Press.
Madgc, J., 1962: The Origins of Scientific Sociology. Nueva York: Free
Press.
Maines, D., 1977: «Social Organization and Social Structure in Symbolic
Interactionist Thought», Annual Review o f Sociology, 3: 235-59.
Maines, D. y Charlton. J., 1985: «The Negotiated Order Approach to thc
Analysis of the Social Organization», Sludies in Symbolic Interaction,
suplemento 1, Foundations o f Interpretative Sociology, edición de H,
Farbcrman y R. Perinbanayagam, pp. 271-308.
Matthevvs, F.H., 1977: Quest for an american Sociology: Robert E. Park
and the Chicago School. Montreal: McGill-Queens University Press.
McPhail, C. y Rexroat, C., 1979: «Meads vs. Blumer: The Divergent Met-
hodological pcrspectives of Social Behaviorism and Symbolic Interactio-
nism», American Sociological Review, 44: 449-67.
Mead, G.H., 1903: «The Definition of the Psychical», Decennial Publica-
tions o f thc University o f Chicago, First Series, vol. 3. Chicago: Uni­
versity of Chicago Press, pp. 77-112.
— 1930: «Coolcy’s Contribution to American Social Thought», American
Journal of Sociology, 35: 693-706.
— 1934: Mind, Self, and Society, edited by Charles W. Morris. Chicago:
University of Chicago Press. (Trad. al español: Espíritu, cultura y so­
ciedad, Paidós: 1982).
Miller, D.L., 1982: Review, Journal o f the History of Sociology, 4: 108-14.
Park, R.E., 1936: «Human Ecology», American Journal o f Sociology, 42:
1-15.
— 1950-55: Collected Papers, 3 vols. Glencoe, 111.: Free Press.
— 1972: The Crowd and the Public. Chicago; University of Chicago Press.
Primera edición en 1904, con el título Masse und Publikum: Eine met-
hodologische and soziologische Untersuchimg. Berna.
Park, R.E., y Burgess, E.W., 1921: Introduction to the Science o f Sociology.
Chicago: University of Chicago Press.
Park, R.E., y Miller, H.A., 1921: Oíd World Traits Transplanted. Nueva
York.
Parsons, T., 1968a: The Structure o f Social Action, 2 vols. Nueva York: Free
Press. Primera edición en 1937.
— 1968b: «Coolcy and the Problem of Internalization», en Albert J. Rciss
(ed.), Cooley and Sociological Analysis. Ann Arbor, pp. 48-67.
Peircc, C.S., 1934: «Some Consequcnccs of Four Incapacities», en Collected
Papers, edición de C. Hartshorne y P. Weiss, vol. 5. Cambridge, Mass.:
Harvard University Press.
Perinbanayagam, R.S., 1985: Signifying Acts: Structure and Meaning in
Everyday Life. Carbondalc, 111.: S. Illinois University Press.
Rochberg-Halton, F.., 1982: «Situation, Structure and the Context of Mea­
ning», Sociological Quarterly, 23: 455-76.
— 1983: «The Real Nature of Pragmatism and Chicago Sociology», Studies
in Symbolic interaction, 6: 139-54.
Rock, P., 1979: The Making o f Symbolic Interactionism. Londres: Rowman.
Rorty, R., 1982: Consequences of Pragmatism: Essays 1972-1890. Minnea­
polis: University of Minneapolis Press.
Rucker, D., 1969:77;e Chicago Pragmatists. Minneapolis: University of Min-
neapolis Press.
Shaw, C., 1930: A Delinquent Boy’s Own Story. Chicago: University of
Chicago Press.
Shibutani, T., 1961: Society and Personality: An Insteractionist Approach to
Social Psychology. Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall.
Shils, E., 1970: «Tradition, Ecology, and Institution in the History of So­
ciology», Daedalus, 99: 760-825.
Simpson, T.H., 1972: «Continuities in the Sociology of Everett Hughes»,
Sociological Quarterly, 13: 547-59.
Stonc, G. y Farberman, H., 1967: «On the Edge of Rapprochement: Was
Durkheim Moving towards the Perspective of Symbolic Interaction?»,
Sociological Quarterly, 8: 149-64.
— 1970 (eds.): Social Psychology through Symbolic Interaction. Waltham,
Mass.
Strauss, A., 1959: Mirrors and Masks: The Search for Identity. Glencoe. 111.:
Sociology Press.
— 1979: Negoliations. San Francisco: Jossey-Bass.
Strauss, A. et al., 1963: «The Hospital and its Negotiated Order», en E.
Freidson (ed.) The Hospital in Modern Society. Nueva York, pp. 147-69.
Stryker, S., 1980: Symbolic Interactionism: A Social Structural Vision. Men-
loe Park: Benjamin Cummings.
Sutherland, D.E., 1978: «Who now Reads European Sociology? Reflections
on the Relationship between European and American Sociology», Jour­
nal of the History of Sociology, 1: 35-66.
Taylor, C., 1975: Hegel. Cambridge, Lng.: University of Chicago Press.
Tenbruck, F.H., 1985: «G. FI. Mead und die Ursprünge der Soziologie in
Deutschland und Amerika: Ein Kapitel über die Gültigkcit und Ver-
gleichbarkeit soziologischer Theorien», en FI. Joas (ed.), Das Problem
der Intersubjektivitát: Neuere Beitrage zum Werk G.H. Mead. Frank-
furt am Main, pp. 179-243.
Thomas, W.I. (ed.), 1907: Source Book for Social Origins. Boston.
— 1923: The Unadjustcd Girl. Boston.
Thomas, W.I. y Znaniecki, F., 1926: The Polish Peasant in Europe and
America, 2 vols. Nueva York: University of Illinois Press.
Thrasher, F., 1927: The Gang. Chicago: University of Chicago Press.
Turner, R., 1967: «Introduction», en R. Park, On Social Control and Co-
llective Behavior. Chicago: University of Chicago Press, pp. ix-xlvi.
— 1970: Family Interaction. Nueva York.
Vidich, A.J. y Lyman, S.M., 1985: American Sociology: Worldly Rejections
o f Religión and their Directions. New Haven, Conn.: Yale University
Press.
White, M., 1957: Social Thought in America: The Revolt Against Formalism.
Boston: Oxford.
Wiebe, R.H., 1967: The Search for Order 1877-1920. Nueva York: Green-
wood.
Wilson, R., 1968: In Quest o f Community: Social Pbilosophy in the United
States 1860-1920. Nueva York: Knopf.
Wilson, T.P., 1970: «Concepts of Interaction and Forms of Sociological
Explanation», American Sociological Review, 35: 697-710.
Wirth, L., 1938: «Urbanism as a Way of Life», American Journal o f Socio­
logy, 44: 1-24.
— 1964: On Cities and Social Life: Selected Papers o f Louis Wirth. Chica­
go: University of Chicago Press.
1969: The Ghetto. Chicago: University of Chicago Press. Primera edición
en 1928.
Zaretsky, E., 1984: «Introduction», en W.I. Thomas and F. Znaniecki, The
Polish Peasant in Europe and America, edición abreviada, Urbana 111.¡
University of Illinois Press, pp. 1-53.
T E O R IA P A R S O N IA N A A C T U A L : E N B U S C A
D E U N A N U E V A S IN T E S IS 1
Richard Münch

Introducción

En el momento presente la tradición teórica parsoniana está su­


friendo una considerable renovación. Aunque muchos sociólogos de­
clararon muerta esta tradición durante los años setenta, en los ochen­
ta se han elaborado, para sorpresa de algunos, numerosos enfoques
nuevos que se basan en la teoría parsoniana y la llevan a un nuevo
nivel de desarrollo. Debemos señalar, no obstante, que ese desarrollo
tiene sus orígenes en la década de los sesenta. Esta fue una década
en la que se dió un curioso paralelismo entre el supuesto declive del
parsonianismo y el incremento simultáneo del número de contribu­
ciones que trataban la obra de Talcott Parsons, publicadas por au­
tores que, en su mayoría, se contaban entre los miembros más jó ­
venes del mundo académico. Los enfoques desarollados durante este
periodo han puesto de manifiesto que una nueva generación de so­
ciólogos han retomado otra vez la tradición teórica parsoniana, pero
de una forma nueva y con una actitud crítica y constructiva.
Por tanto, no es tan sorprendente como pudiera parecer a pri­
mera vista la espectacular renovación de la tradición teórica parso­
niana durante los años ochenta. El acontecimiento que desencadenó
este resurgimiento fue la publicación de la colección de estudios en

' Le agradezco a N cil Johnson la traducción de este artículo del original alemán.
homenaje a Parsons que editaron Jan J. Loubser, Rainer C. Baum,
Andrcrw Effrat y Victor M. I-idz en 1976 ( Explorations in General
Theory in Social Science), publicación que documenta de forma im­
presionante la vitalidad de la teoría parsoniana (Loubser et al.,
1976) 2. Entre los numerosísimos tratados posteriores a este, y que
también ofrecen una sólida base para la renovación de la teoría,
destaca en particular la obra de Jeffrey C . Alexander, especialmente
los cuatro volúmenes de su Theoretical Logic in Sociology, que apa­
recieron en 1982 y 1983 3. En Europa también se han forjado nuevos
vínculos con la obra de Talcott Parsons. Niklas Luhmann, por ejem­
plo, ha desarrollado con resultados extraordinarios una nueva con­
cepción de la teoría de sistemas (Luhmann: 1974; 1977; 1978; 1980;
1984). Jürgen Habermas ha construido un paradigma comprensivo
para el análisis de la sociedad moderna reflexionando críticamente
sobre la teoría de sistemas de Parsons (Habermas: 1981a; 1981b).
Wolfgang Schluchter ha incorporado elementos cruciales de la obra
de Parsons en su renovación de la sociología weberiana (Schluchter:
1979; 1980). El autor del presente ensayo ha tratado de dar una
nueva interpretación de la teoría de Parsons desde una perspectiva
kantiana y de reformular dicha teoría (Münch: 1980; 1981a; 1981b;
1982b; 1982c; 1983a; 1983b; 1984; 1986; vid. también Alexander:
1984).
Todos estos intentos tienen en común su referencia al estado
actual del desarrollo teórico tratando de lograr una nueva síntesis,
tal como pretendiera hacer Parsons en 1937 con la primera de sus
grandes obras, La estructura de la acción social (1968), en la que
integraba y superaba el positivismo y el idealismo en una teoría
voluntarista de la acción. En el actual estadio de desarrollo de la
teoría en general esto requiere aplicar todas las críticas al enfoque
de Parsons y todos los enfoques teóricos alternativos formulados
desde finales de los años cincuenta a la superación de los desequili­
brios de la teoría parsoniana; al mismo tiempo, los aciertos recono­
cidos de tal teoría han de emplearse como marco de referencia para
determinar el alcance y los límites de los nuevos enfoques. De este
modo la teoría de Parsons podrá acometer una fructífera interrela-

Vid., para contribuciones importantes anteriores a esta colección de estudios,


Bershady: 1973; Black: 1961; Inkcles y B arbcr: 1973; M itchcll: 1967; R och cr: 1974;
Schwanenberg: 1970; 1971; Turner: 1974; 1978; T urner y Beeghlcy: 1974. Vid., en
relación con literatura importante referente i la colección de artículos y al torrente
de trabajos que le siguieron, Adriaansens: 1980; Alexander: 1985; Almaraz: 1981;
Bourricaud: 1976; Bergcr: 1977; Buxton: 1982; G enov: 1982; I.o h : 1980; M enxies:
1977; M iebach: 1984; P roctor: 1980; Saurwein: 1984; Savage: 1981; Sciulli: 1984;
Sciu lliy G crstein: 1985; Stichweh: 1980; Tiryakian: 1979-80; Turner y Beeghley: 1981.
3 Vid. también Alexander: 1978; 1982-3.
ción con los enfoques teóricos rivales, interrelación que le permitará
generar nuevas formulaciones teóricas.
La finalidad del presente ensayo es indicar programáticamente el
nuevo camino a seguir en el desarrollo de la tradición parsoniana,
que se abre, por un lado, en la penetración mutua al remontar la
teoría parsoniana hasta sus fundamentos abstractos y, por otro, al
aplicar enfoques teóricos rivales en la formulación de la teoría a
niveles más especializados. Al denominar este enfoque «teoría vo-
luntarista de la acción» vuelvo al punto de partida del propio Par-
sons en La estructura, de la acción social. Para ilustrar mi enfoque,
tomaré como ejemplo el análisis teórico de las instituciones moder­
nas. Entre las instituciones a las que nos referiremos se cuentan la
economía, la política (con sus instituciones específicas: la constitu­
ción, el sistema legal, el poder ejecutivo, la burocracia y el mercado
político), la moderna comunidad social que tiene su base en los de­
rechos civiles, y las instituciones culturales, como las de la ciencia,
las profesiones y las instituciones que participan en la formación del
consenso público y en el discurso intelectual. La cuestión que abor­
damos en cada caso es la de qué tipo de enfoque teórico debe uti­
lizarse para investigar las mencionadas instituciones.
Al someter las instituciones modernas al análisis teórico es pre­
ciso disponer de una amplia teoría de la acción capaz de incorporar
las dos corrientes fundamentales del pensamiento occidental, el p o ­
sitivismo y el idealismo. Podemos diferenciar tal teoría, en cuanto
teoría voluntarista de la acción, de las teorías de la acción positivistas
o idealistas. Es preciso superar tanto en el nivel metateórico como
en los niveles teórico-objetuales los aspectos parciales del positivis­
mo y del idealismo (Münch: 1982b; cf. Alexander: 1982; Miebach:
1984; Parsons: 1968, pp. 757-75; Parsons y Platt: 1973, pp. 7-102).
En el nivel metateórico voy a tratar de integrar inicialmentc los en­
foques metodológicos idiográficos, típico-ideales, nomológicos y
constructivistas. Es posible considerar una variante idealista y una
variante positivista de cada uno de estos tipos metodológicos. El
próximo paso será establecer una conexión entre los métodos posi­
tivistas de explicación causal y teleonómica y los métodos idealistas
ue se ocupan de la interpretación racional, del ámbito normativo y
3 el mundo vital. En el nivel teórico-objetual se trata de integrar el
utilitarismo y la teoría del conflicto — variantes del positivismo—
con la sociología normativa del mundo vital y con la teoría raciona­
lista de la cultura, en tanto variantes del idealismo. Finalmente, ha­
brá que lograr una integración entre las teorías de la estabilidad
social y las del cambio social, la microsociología y la macrosociolo-
gía, el individualismo y el colectivismo, la teoría de la acción y la
teoría de sistemas.
A fin de desarrollar un paradigma comprehensivo capaz de inte­
grar los diferentes enfoques metateóricos y teórico-objetuales, co­
menzaré construyendo un espacio de acción abstracto dentro de cu­
yos límites pueda caber todo tipo de acción. El segundo paso con­
sistirá en determinar un procedimiento metateórico acorde con las
dimensiones del espacio de acción: es decir, en determinar los mé­
todos y explicaciones. En el tercer paso construiremos un marco de
referencia tcórico-objetual para la acción, un modelo de los factores
que controlan la acción en las áreas que puedan distinguirse dentro
del espacio de acción. En el cuarto, será preciso determinar los sub­
sistemas de acción por medio de la teoría de sistemas. En el quinto
se trata de explicitar las diversas aplicaciones metodológicas del mar­
co de referencia teórico-objetual. Una vez introducido formalmente
el paradigma de la teoría voluntarista de la acción podemos dar el
sexto paso, indicando las limitaciones de cada uno de los enfoques
metateóricos y teórico-objetuales, así como la forma de integrarlos.

I. Elementos básicos del m arco de referencia teórico

Todo estudio científico trata de averiguar el modo de organiza­


ción del mundo. Esto no es menos cierto en el caso del estudio
científico de la acción humana (Bershady: 1973; Kant: 1956; Miinch:
1982b, pp. 17-58; 1982c, pp. 709-39; Parsons: 1954; Whitehead:
1956). Este problema analítico del orden del mundo ha de deslin­
darse rigurosamente del problema empírico de la estabilidad o el
cambio en sociedades concretas. Igualmente, el interés por aumentar
el conocimiento del orden analítico del mundo (de la acción) no
tiene nada que ver con el interés por la estabilidad de sociedades
concretas 4. La confusión de estos niveles cuando debería existir una
distinción fundamental entre el orden analítico y la estabilidad em­
pírica es un fenómeno muy corriente que lleva a dicotomías erró­
neas, tales como teoría del cambio versus teoría de la estabilidad,
teoría del conflicto versus teoría del orden o de la integración, in­
dividualismo versus colectivismo, o teoría de la acción versus teoría
de sistemas.
Los fenómenos de la realidad, y por ende los de la acción, oscilan
entre la total impredictibilidad (ordenación) y la total predictibilidad
(determinación). Basamos la predicción de los acontecimientos en
antecedentes de los que esperamos que se deriven ciertas consecuen­
cias. El número de antecedentes implicados puede variar entre la
complejidad máxima (multiplicidad de fenómenos con numerosas

* Esto se muestra en Alexander: 1982, pp. 90-4.


interdependencias) y la simplicidad máxima (un solo antecedente), y
las consecuencias pueden también oscilar entre la máxima contin­
gencia y mínima predictibilidad (un número infinito de cosecuen-
cias) y la mínima contingencia y máxima predictibilidad (una sola
consecuencia posible). Partiendo de esta base podemos construir un
sistema de coordenadas en el que el eje vertical (ordenadas) repre­
senta la complejidad de los antecedentes y el eje horizontal (abeisas)
representa la contingencia de las consecuencias. En los cuatro extre­
mos de este sistema se encuentran los puntos que determinan los
cuatro campos en que se ordenan los acontecimientos (Münch: 1982b,
pp. 98-109, 224-6, 242-52):

1. máxima complejidad de los antecedentes y máxima contingen­


cia de las consecuencias;
2. máxima complejidad de los antecedentes y mínima contingen­
cia de las consecuencias;
3. mínima complejidad de los antecedentes y máxima contingen­
cia de las consecuencias;
4. mínima complejidad de los antecedentes y mínima contingen­
cia de las consecuencias.

Si deseamos aplicar este sistema de coordenadas a la acción hu­


mana debemos comenzar con la primera característica definitoria que
distingue la accción humana de la mera reacción a impulsos causales
o respuesta instintiva a estímulos; esto es, hemos de empezar con el
sentido. En el nivel del sentido la acción humana es guiada por
símbolos cuyo significado es interpretado por los actores. En este
caso, por tanto, las relaciones entre los antecedentes y las consecuen­
cias son las relaciones entre los símbolos y las acciones que pueden
subsumirse bajo ellos. Podemos igualmente considerar que las diver­
sas interpretaciones que admiten los símbolos integran la categoría
de acciones. También en este caso es posible construir un sistema de
coordenadas para definir este espacio de acción. Las ordenadas re­
presentan entonces la complejidad simbólica, y las abeisas la contin­
gencia de la acción. El espacio de acción es delimitado por cuatro
puntos extremos que definen sus campos respectivos de acción:
1. máxima complejidad simbólica y máxima contingencia de la
acción;
2. máxima complejidad simbólica y mínima contingencia de la
acción;
3. mínima complejidad simbólica y máxima contingencia de la
acción;
4. mínima complejidad simbólica y mínima contingencia de la
acción.
II. Métodos y explicaciones

Con este sistema de coordenadas es posible explicar adecuada­


mente, y considerando en primer término el nivel metateórico, cua­
tro métodos diversos y cuatro explicaciones diversas; naturalmente,
es posible que entre ellos existan combinaciones menos extremas.
Cabe distinguir los cuatro procedimientos metodológicos siguien­
tes (vid. fig. 1).

FIGU RA I .— Procedimientos metodológicos.

hipótesis
tipo idaal nomológica
S
E


■O
£ ¡diografía modelo
'JT constructivista
a
E -------------------------

mayor menor
contingencia de la acción

1. F.l método nomológico trata de formular leyes científicas in­


dependientemente de la complejidad simbólica y de la contin­
gencia de la acción. Proporciona las leyes en contextos de
acción que, en cuanto tales, están totalmente abiertos.
2. El método típico ideal procede de forma selectiva. Ante la
complejidad de los símbolos que guían la acción en diferentes
direcciones, escoge una interpretación selectiva muy concreta
de los símbolos que ejercen un control relativamente inequí­
voco sobre la acción.
3. La formación de modelos constructivistas reduce la compleji­
dad del mundo simbólico a un conjunto simplificado de sím­
bolos abstractos que guían la acción en general, pero en un
nivel concreto implican que la acción es sumamente contin­
gente y mínimamente predecible.
4. El método idiográfico describe la acción en contextos sociales
cerrados, en los que tanto la complejidad simbólica como la
contingencia de la acción están reducidas por un mundo vital
autoevidente pero particularista.
Por lo que que respecta a la explicación, cabe distinguir estos
cuatro tipos (vid. fig. 2).

F i g u r a 2.— Explicaciones.

explicación explicación
1 S teleonómica causal
2
E
-O
T<|0
interpretación interpretación
Ea normativa racional
£

mayor
contingencia d e la acción

1. La explicación causal utiliza en la explicación de la acción


leyes causales latentes, independientemente de la complejidad
del mundo simbólico y de la contingencia de la acción.
2. La explicación teJeónima intenta, prescindiendo de la comple­
jidad del mundo simbólico, explicar una tendencia latente de
la acción, y por tanto una contingencia limitada.
3. La interpretación racional interpreta la acción como una de­
ducción según principios simples y generales a partir de un
conjunto de premisas y condiciones iniciales de estas premi­
sas. Los principios generales (baja complejidad simbólica) ad­
miten una multiplicidad de acciones (alta contingencia de la
acción) que dependerán de las circunstancias concretas.
4. La interpretación normativa entiende la acción como una rea­
lización de una pauta simbólica normativa establecida. El co­
nocimiento de un mundo vital particularista (baja complejidad
simbólica) hace posible predecir inequívocamente la acción
(baja contingencia de la acción).

III. Supuestos básicos de la teoría de la acción

En el nivel teórico-objetual podemos formular un marco de re­


ferencia partiendo de los factores que guían la acción en los cuatro
campos de acción discretos (Münch: 1982b, pp. 234-52; Parsons:
1968 pp. 43-86) (vid. fig. 3).
FIGURA 3 .—E l marco de referencia de la acción.

orientación adaptabilidad

principio de principio de
realización optimización

fines medios

normas marca de referencia


simbólico
principio de principio de
conformidad consistencia
estructuración identidad

menor mayor
contingencia de la acción

1. Los medios incrementan la variabilidad y adaptabilidad de la


acción y permiten la combinación de una complejidad simbó­
lica máxima con la máxima contingencia de la acción. En este
ámbito la acción es adaptativa y es gobernada por el principio
de la optimización de los fines.
2. Los fines confieren orientación a la acción, restringiendo de
esta forma la contingencia de la acción a pesar de las alterna­
tivas simbólicas concebibles. En este ámbito la acción posee
orientación y se produce de acuerdo con el principio de rea­
lización y maximización de los fines.
3. Los marcos de referencia simbólicos dan a la acción su iden­
tidad. El mundo simbólico es simplificado mediante la abs­
tracción, pero permanece alta la contingencia de la acción que
puede subsumirse bajo ella. Este es el ámbito de la identidad
de la acción y se produce según el principio de consistencia
respecto de un marco de referencia.
4. Las normas producen la regularidad de pauta en la acción. En
este caso el mundo simbólico se simplifica normativamente y,
al mismo tiempo, se ve inequívocamente determinada la ac­
ción que se ajusta a las normas. Este es el ámbito de la es­
tructuración de la acción y obedece al principio de conformi­
dad con las normas.
IV . Supuestos básicos de la teoría de sistemas

Podemos ampliar la teoría de la acción en términos de la teoría


de sistemas si, practicando subdivisiones, establecemos ordenada­
mente en el espacio de la acción con arreglo a los campos de la
acción subsistemas y sus correspondientes ambientes. Los subsiste-

FlGURA 4. —La condición humana.

G Consecución de metas A Adaptación


especificación apertura

sistema sistema
orgánico tísico-químico

I
'2

n.
E sistema de sistema de la
personalidad conducta

sistema sistema
de acción télico
sistema s iste m a
PO ít'CÜ ec o n o m iro

sistema, sistema
social cultural
s iste m a sis te m a
c o m u n i­ socio-
tario c u li.ira '

clausura generalización
I Integración L Mantenimiento de pautas latentes
menor mayor
contingencia de la acción
mas se caracterizan por funciones particulares y por procesos y es­
tructuras relacionados con ellas, así como por medios generales que
controlan esos procesos. Dependiendo del nivel implicado, y actuan­
do en sentido descendente desde los niveles más altos, los medios
generales están orientados, respectivamente, según las categorías de
orientación y los estándares evaluativos que les son aplicados, es
decir, pautas y criterios evaluativos, o principios evaluativos y es­
tándares de coordinación (Münch: 1982 d, pp. 123-67).
El plano más abstracto del análisis se refiere al nivel antropoló­
gico de la condición humana. En este nivel pueden distinguirse los
siguientes subsistemas (Parsons: 1978) (vid. rig. 4).

1. El sistema físico-químico está constituido por procesos físico-


químicos controlados por medio del orden empírico. Cumple
la función de adaptación y apertura combinando una comple­
jidad máxima y una contingencia máxima (A). La categoría de
orientación es la causalidad, y el estándar de valoración es la
adecuación de las explicaciones causales.
2. El sistema orgánico está basado en procesos orgánicos con­
trolados por el medio de la salud. Cumple la función de la
consecución y especificación de metas combinando una com­
plejidad máxima y una contingencia mínima (G). La categoría
de orientación es la teleonomía, y el estándar de valoración es
la diagnosis.
3. El sistema télico está constituido por las condiciones trascen­
dentales de la existencia humana con sentido, las cuales son
controladas por la ordenación trascendental como medio.
Cumple la función del mantenimiento y generalización de pau­
tas latentes combinando una complejidad mínima y una con­
tingencia máxima (L). la categoría de orientación es la tras-
cendentalidad, y el estándar de valoración es la argumentación
trascendental.
4. El sistema de la acción se basa en la acción, controlada por el
significado. Cumple 1a función de integración y clausura com­
binando una complejidad mínima y una contingencia mínima
(I). La categoría cíe orientación es la generatividad, y el están­
dar de valoración es la comprensión ( Verstehen).

El segundo nivel de sistemas es el sistema general de la acción,


que también puede dividirse internamente según los cuatro campos
cíe acción (Loubser et al.: 1976, vol. 1; Parsons: 1951; 1959; 1964;
Parsons y Bates: 1956; Parsons y Platt: 1973, pp. 7-102; Parsons y
Shils: 1951; Almaraz: 1981).
1. El sistema de la conducta está compuesto por nexos de estí­
mulo-respuesta y por esquemas cognitivos controlados la in­
teligencia como medio. Cumple la función de adaptación jun­
to con la de apertura del ámbito de la acción combinando una
complejidad simbólica máxima con una contingencia de ac­
ción máxima (A). La pauta de significado a la que se refiere
la inteligencia está constituida por las razones de la validez y
significación cognitivas, y el estánUar valorativo es la raciona­
lidad cognitiva.
2. El sistema de personalidad abarca las disposiciones personales
controladas por la capacidad personal de acción. Cumple la
función de consecución de metas y de especificación del ám­
bito de la acción combinando una complejidad simbólica má­
xima con una contingencia de acción mínima (G). La pauta de
significado es la intemalización de significado relevante por
parte de la personalidad, y el estándar valorativo es la racio­
nalidad con arreglo a fines de la acción.
3. El sistema cultural está constituido por símbolos controlados
por definiciones de la situación. Cumple la función de man­
tenimiento de las pautas latentes y de generalización del ám­
bito de la acción combinando una complejidad simbólica mí­
nima y una contingencia de la acción máxima (L). La pauta
de significado está configurada por los elementos constitutivos
del significado, peculiares de la condición humana, y el están­
dar valorativo es la significatividad de la acción en un marco
de referencia cultural.
4. El sistema social está definido por la acción social, controlada
por la vinculación afectiva. Cumple la función de integración
y de clausura del ámbito de la acción combinando una com­
plejidad simbólica mínima y una contingencia mínima de la
acción (I). La pauta de significado relevante es la institucio-
nalización del significado en los sistemas sociales, y el están­
dar valorativo es la unidad de significado de las identidades
de los actores sociales.

La estructura interna del sistema social puede, a su vez, diferen­


ciarse en cuatro subsistemas de acuerdo con los campos en que se
divide el espacio de acción. Estos se distinguen según la estructura
de la interacción social y de los medios generalizados correspondien­
tes que controlan la acción social. En un caso ideal, el uso de los
medios generalizados está regulado por un orden normativo especial.
Los subsistemas sociales y los medios generalizados correspondien­
tes están relacionados con principios valorativos generales y con es­
tándares de coordinación con arreglo a los cuales se evalúa la reali­
zación de estos principios (Loubser et al.: 1976, vol. 2; Parsons:
1961, 1967, 1977; Parsons y Smelser: 1956) 5.

1. El sistema económico está determinado por actos de compe­


tencia e intercambio en un mercado; la acción económica está
controlada por el dinero, en tanto regulado por un régimen
de propiedad. Cumple la función de asignar recursos y pre­
ferencias, y como tal es una concretización de la función de
adaptación y apertura del campo de la acción combinando una
complejidad simbólica máxima y una contingencia de la ac­
ción máxima. El principio de valor que se aplica al dinero es
la utilidad, y el estándar de coordinación es la solvencia de las
empresas económicas.
2. El sistema político se fundamenta en la autoridad. La acción
política está controlada por el poder político en tanto que
regulado por un régimen político. Cumple la función de toma
colectiva de decisiones y es una concretización de la función
de consecución de metas y de la especificación del ámbito de
acción combinando ia máxima complejidad simbólica pósible
con la mínima contingencia de acción (G). El principio de
valor para el poder político es la eficacia política en cuanto
expresada en la capacidad de tomar decisiones, y el criterio de
coordinación es la aceptación y observancia de decisiones.
3. E l sistema sociocultural surge y se compone de discursos in­
tegrados por argumentos (compromisos de valor) regulados
por un orden o régimen discursivo. Cumple la función de
construir símbolos de forma socialmente obligatoria y es una
concretización de la función de mantenimiento de pautas la­
tentes y de generalización del ámbito de la acción combinando
una complejidad simbólica mínima y una contingencia máxi­
ma de la acción (L). El principio de valor que rige para los
argumentos (compromisos de valor) es la integridad de las
pautas simbólicas, y el criterio de coordinación es la consis­
tencia de los sistemas de símbolos.
4. El sistema comunitario se basa en la vinculación mutua, que
es controlada por la influencia y que consiste en el compro­
miso con una comunidad y sus normas en tanto que reguladas
por un orden comunitario. Cumple la función del manteni­

5 Vid. también los ensayos de l’arsons, «On the Concept o f Political Power» y
«O n the Concept o f Valué Comm itm ents» (1969, pp. 352-404, 405-48, 439-72).
miento de la solidaridad y es una concreción de la función de
integración y de clausura del ámbito de la acción combinando
la mínima complejidad simbólica con la mínima contingencia
de la acción (I). El principio de valor que rige para los com­
promisos que sirven de base a la influencia, es la solidaridad
de los miembros de la comunidad, y el estándar de coordina­
ción es el consenso social.

Todos los subsistemas son sistemas funcionalmente especializa­


dos que requieren estructuras adecuadas para el cumplimiento de sus
funciones; además, no son autosuficientes, sino que dependen de las
producciones de los demás subsistemas. Para ello se requiere que el
intercambio de producciones se realice con la ayuda de medios ge­
neralizados, y que se desarrollen subsistemas de mediación en las
zonas de interpenetración de los sistemas. Una sociedad representa
un sistema social concreto y relativamente autosuficiente. Para man­
tener su unidad tiene que existir una interpenetración interna entre
sus subsistemas, y debe «adaptarse» a su entorno, es decir, tiene que
existir además una interpenetración externa. El entorno de la socie­
dad puede subdividirse de acuerdo con las dimensiones del espacio
de acción de la manera siguiente: A, articulación de intereses, apren­
dizaje, procesos físico-químicos; G , fines establecidos por grupos e
individuos, disposiciones personales de los individuos, estructuras
orgánicas; L, discursos socioculturales, símbolos culturales, condi­
ciones trascendentales; I, comunidades particularizadas.
Las relaciones entre los subsistemas de la acción y entre la so­
ciedad y su entorno varían en función del grado de coherencia de
los sistemas y del tipo de orden inherente a estos, así como del nivel
de desarrollo y tipo de orden de los sistemas de mediación.

(a) Un mayor desarrollo de los subsistemas adaptativos tiene


un efecto dinamizador sobre los otros subsistemas, lo que
tiene como consecuencia que estos se acomoden a los sub­
sistemas adaptativos; es decir, las normas, los valores y los
fines se acomodan a los intereses y/o medios.
(b) Un mayor desarrollo de los subsistemas orientados hacia
fines tiene un efecto selectivo sobre los otros subsistemas,
lo que tiene como consecuencia que estos queden compul­
sivamente dominados; es decir, los valores, normas e inte­
reses/medios quedan dominados en gran medida por los
fines y el poder que los sostiene.
(c) Un mayor desarrollo de los subsistemas integrativos tiene
un efecto limitador sobre los otros sistemas, lo que tiene
como consecuencia que estos queden encadenados; es decir.
los valores, metas e intereses/medios se encadenan mediante
normas.
(d) Un mayor desarrollo de los subsistemas que mantienen la
estructura tiene un efecto generalizador sobre los otros sub­
sistemas, de manera que todos ellos quedan definidos de
forma general sin una configuración concreta; es decir, las
normas, fines e intereses/medios quedan subsumidos bajo
generales.

El grado en que ciertos subsistemas dominen (y las implicaciones


que esto conlleve con respecto a los otros subsistemas) depende del
desarrollo relativo de los propios subsistemas y de los sistemas de
mediación. Pueden imaginarse las siguientes constelaciones:

(a) Todos los subsistemas y sistemas de mediación se encuen­


tran débilmente desarrollados: el resultado es un sistema de
acción subdesarrollado y poco integrado.
(b) Todos los subsistemas tienen un desarrollo escaso, pero los
sistemas de mediación están mejor desarrollados: el resul­
tado es un sistema de acción subdesarrollado, pero integra­
do.
(c) Los subsistemas están altamente desarrollados, pero los sis­
temas de mediación están escasamente desarrollados: el re­
sultado es el conflicto.
(d) Un subsistema está altamente desarrollado, pero los demás
subsistemas y los sistemas de mediación están escasamente
desarrollados: el resultado es la dominancia de ese único
subsistema sobre los demás.
(c) Un subsistema está altamente desarrollado, y los otros no
lo están tanto, pero los sistemas de mediación están muy
desarrollados: el resultado es que el sistema desarrollado
determina en exceso a los demás.
(f) Todos los subsistemas y sistemas de mediación están alta­
mente desarrollados: el resultado es un sistema de acción
altamente desarrollado, diferenciado e integrado.

A su vez, el tipo de integración del sistema de acción es un


resultado de la estructura de los sistemas de mediación.

(a) El intercambio produce una integración abierta e inestable.


(b) La autoridad produce una integración impuesta compulsiva­
mente.
(c) La asociación comunitaria produce una integración confor­
mista e inmovilista.
(d) El discurso implica una integración de efectos reconciliado­
res.
(c) La combinación de intercambio, la autoridad, la asociación
comunitaria y el discurso con arreglo a su orden analítico
en los sistemas de mediación es el prerrequisito esencial
para la interpenetración de los subsistemas altamente desa­
rrollados. Estos últimos son, a su vez, una condición nece­
saria para la interpenetración tal como la llevan a cabo los
sistemas de mediación.

V. F orm as de aplicación del m arco de referencia teórico

Con la ayuda de este amplio paradigma podemos proceder de


forma constructivista, típico-ideal, nomológica e idiográfica.

1. Disponemos de un modelo constructivista si consideramos


todo el marco de referencia. En términos de la teoría de la
acción, representa un modelo cerrado de factores interdepen-
dientes que conducen la acción a campos determinados del
espacio de acción en cualquier situación dada . En términos
de la teoría de sistemas, el marco de referencia es un modelo
cerrado de subsistemas interdependientes en un entorno defi­
nido, conforme a las dimensiones del espacio de acción. Aquí
se pone el énfasis en abstracción (L ).
2. Los tipos ideales se construyen seleccionando determinados
campos y factores de acción, o determinados subsistemas y
funciones, de suerte que la naturaleza selectiva de este proce­
dimiento se haga inmediatamente evidente desde el punto de
vista del marco de referencia, y que pueda demostrarse la in­
terdependencia de las estructuras y procesos típico-ideales res­
pecto a los otros factores de acción y subsistemas. Los tipos
de acción de Max W eber sirven como ejemplo: estos tipos
definen de forma selectiva factores bastante específicos que
controlan la acción, aunque no han sido organizados en un
modelo capaz de arrojar luz sobre sus características especiales
y relaciones mutuas. W eber distingue entre acción racional
con arreglo a fines (relación de medios a fines), racional con
arreglo a valores, afectiva y tradicional. Sus características dis­
tintivas y su interdependencia se manifiestan con mayor cla­
ridad que en Weber si se interpretan en el sentido de que
* "presentan campos de acción diferentes en el espacio de ac­
ción. La acción racional con arreglo a fines pertenece al campo
de la adaptabilidad, la acción racional con arreglo a valores al
de la identidad, la acción afectiva al de la orientación y la
acción tradicional al de la estructuración. Los tipos ideales son
especificaciones del marco de referencia general (G).
3. Las hipótesis nomológicas expresan relaciones estructurales.
Dentro de nuestro marco de referencia pueden formularse es­
tas cuatro hipótesis básicas acerca del efecto de diversas es­
tructuras sobre órdenes institucionales:

(i) Cuanto más controlada esté la acción por el intercambio,


la orientación utilitarista, el dinero, el aprendizaje, la in­
teligencia y los procesos físico-químicos, mayor será la
frecuencia y rapidez del cambio de un orden institucional,
y menor será el grado en el que un orden se impondrá,
en que mantendrá algún tipo de continuidad o implicará
regularidad o carácter normado.
(ii) Cuanto más controlada esté la acción por la autoridad,
por la orientación respecto a fines, por el poder, por las
disposiciones personales, por la capacidad de ejecución y
por los procesos orgánicos, tanto más so impondrá el or­
den institucional frente a otras alternativas, y tanto menos
cambiará situacionalmente, mantendrá algún tipo de con­
tinuidad o implicará regularidad.
(iii) Cuanto más controlada esté la acción por el discurso, la
orientación respecto a principios universales, los argumen­
tos, símbolos, definiciones de la situación y condiciones
trascendentales, tanto más mantendrá su continuidad un
orden institucional, y menos cambiará situacionalmente,
se concretizará, impondrá, o implicará regularidad.
(iv) Cuanto más controlada esté la acción por la asociación
comunitaria, la orientación respecto a normas, la influen­
cia basada en compromisos, la compenetración solidaria y
la vinculación afectiva, tanto más regularidad poseerá un
orden institucional, y menos cambiará según las situacio­
nes, se impondrá efectivamente frente a sus alternativas o
mantendrá su continuidad.
Las hipótesis nomológicas se refieren al campo de aper­
tura en el espacio de acción (A).

4. En las explicaciones idiográficas empleamos el lenguaje del


paradigma. Más específicamente, podemos indicar con ayuda
del marco de referencia qué factores de la acción, subsistemas,
estructuras y funciones tienen una importancia especial y do­
minan con relación a los demás en determinadas sociedades,
qué fricciones existen entre los subsistemas, y qué lagunas
existen en el orden institucional. Las descripciones idiográfi-
cas corresponden al campo de clausura del ámbito de la acción
(I).

VI. Alcance y límites de los enfoques específicos en la


m etateoría y en la teoría objetual

Hasta este momento hemos realizado una presentación formal


del paradigma de una teoría voluntarista de la acción. Ahora adop­
taremos esta perspectiva en un examen detallado del alcance y los
límites de enfoques metateóricos y teórico-sustantivos más específi­
cos, y de su integración en el paradigma voluntarista. En el plano
metateórico se discutirán las siguientes formas de explicación y en­
foques: (a) método idiográfico, típico-ideal, nomológico y construc-
tivista; (b) explicación causal, teleonómica, normativo-comprensiva
y racional-comprensiva. En el plano teórico-sustantivo, nos ocupa­
remos del alcance, límites e integración de los siguientes enfoques:
(c) utilitarismo y teoría del conflicto como variantes del positivismo,
y normativismo y racionalismo cultural como variantes del idealis­
mo; (d) la explicación de la estabilidad y del cambio de las institu­
ciones; (e) la microsociología y la macrosociología; (f) el individua­
lismo y el colectivismo; (g) la teoría de la acción y la teoría de
sistemas. Finalmente, (h), discutiremos el surgimiento del derecho
moderno como ejemplo de análisis de sistemas basado en la teoría
de la acción.

(a) Métodos idiográficos, típico-ideales, nomológicos y


constructivistas

Si examinamos las instituciones modernas usando el marco de


referencia de la teoría voluntarista de la acción trascendemos la mera
descripción y explicación idiográfica de las instituciones. Este m é­
todo tendría que llevar a cabo una explicación interpretativa de la
singularidad de una institución dentro de una sociedad concreta en
un punto concreto del tiempo desde la perspectiva del contexto del
universo vital de esa sociedad concreta (Collingwood: 1946 D ilthey:
1970; Husserl: 1928; Schütz: 1962; Schütz y Luckmann: 1979). Aquí
solo cabe hacer casuística histórica y no tenemos ninguna posibilidad
de apoyar en un conocimiento universalmente verificable las interre-
laciones que se afirma, ni tampoco de señalar deficiencias, procedi­
mientos alternativos y ulteriores desarrollos desde el marco de un
modelo que trascienda el caso individual que se está estudiando. El
empirismo positivista difiere de esta variante idealista del empirismo
en el sentido de que ofrece un explicación histórica recopilando da­
tos históricos cuantificablcs (Best y Mann: 1977; Clubb y Scheuch:
1980; Flora: 1974; Im hof: 1980). Sin embargo, cuando tales recopi­
laciones de datos históricos se usan como base metodológica tínica
el problema es el mismo: nada puede afirmarse aún con respecto a
las relaciones funcionales, deficiencias, procedimientos alternativos o
desarrollos ulteriores.
Nuestra forma de proceder tampoco debe basarse solamente en
la construcción deliberadamente selectiva de tipos ideales positivistas
o idealistas al estilo de Max W eb er6. Tampoco es posible establecer
con carácter general en este caso relaciones funcionales, deficiencias,
procedimientos alternativos o realizar desarrollos ulteriores. Un tipo
ideal es, en último termino, una selección arbitraria de las caracte­
rísticas de un fenómeno, selección hecha de entre la multiplicidad
de cualidades presentes en la realidad; no se hace ningún esfuerzo
por situarlo en una contexto superior. Esto puede conducir fácil­
mente a distorsiones y conclusiones precipitadas que no es posible
corregir si se carece de un conocimiento más universal, incluso aun-
que las distorsiones se den en el transcurso de un proceso «cons­
ciente». No hay un orden analítico superior.
O tro método que resulta inadecuado si se aplica de forma aislada
es la explicación histórica mediante hipótesis nomológicas en cual­
quiera de sus dos versiones: la positivista, centrada en las leyes na­
turales, o la idealista, centrada en los aspectos normativos (Dray:
1957; Goldstcin: 1972; Hempel: 1965a; 1966; Nagel: 1960; Schmid:
1979). La primera de estas variantes no accede a ios aspectos signi­
ficativos de la acción ni dispone de un orden analítico superior, y la
segunda carece de un orden de validez universal. En general, en los
enfoques utilitaristas y en los de la teoría del conflicto se buscan
explicaciones positivistas. Esto significa que se elimina completamen­
te o se reducen a constelaciones de intereses o de poder el contexto
normativo, del universo vital y el contexto cultural en los que están
implicados los órdenes institucionales. En este este caso se pierde la
cualidad sustantiva de los órdenes institucionales. Además, al faltar
cualquier tipo de orden analítico superior no es posible situar en un
marco más ampliamente estructurado las formas especiales de actua­
ción de los factores ni las relaciones mutuas entre las diferentes hi­
pótesis nomológicas. La cuestión de qué hipótesis han de aplicarse
a qué problema es sumamente amplia: existe una auténtica maraña
de hipótesis rivales.
6 Vid. al respecto Burger: 1976; H cnrich: 1952; Parsons: 1968, pp. 579-639; Pre-
w o: 1979; Schclting: 1934, pp. 325-43, 354 61; T enbruck: 1959; W atkins: 1952; W e­
ber: 1973; W eiss: 1975.
Finalmente, el constructivismo positivista o idealista es un méto­
do que, por relevante que sea para nosotros, no debe sin embargo
convertirse en un fin en sí mismo (Kambartel: 1976; Lorenzen: 1974).
Se limita unilateralmente a la construcción de modelos abstractos
que se contrastan aplicando exclusivamente el criterio de consisten­
cia interna. Evidentemente, en tales circunstancias es fácil que ca­
rezca de concreción histórica y de aplicación a la realidad. Si se
persigue como fin en sí mismo, el constructivismo conduce en últi­
mo término al «neoplatonismo» (Albert: 1956). Podemos encontrar
ejemplos en las construcciones de la lógica evolucionista en sus va­
riantes idealistas, materialistas y dialécticas. La teoría de la raciona­
lización tal como se emplea para explicar la formación de las insti­
tuciones modernas muestra sin duda alguna este tipo de lógica evolu­
cionista.
Si deseamos evitar las distorsiones que originan estos métodos
diversos, es preciso que elijamos un procedimiento que los integre
en un marco de referencia más comprehensivo. Es preciso trabajar
de modo constructivista, típico-ideal, nomológico e idiográfico al
mismo tiempo. Esto no descarta la posiblidad de otorgar prioridad
a un método en particular (dependiendo del tipo de conocimiento
que tratemos de ampliar), complementándolo mediante la aplicación
de, al menos, algunos de los otros. Por ejemplo, cuando se lleva a
cabo una investigación histórica de un caso intfividual se suele tender
al método idiográfico. Pero también aquí si la investigación no está
orientada por un marco de referencia constituido por el constructi­
vismo, los tipos ideales y las hipótesis nomológicas, estaremos lle­
vando a cabo un trabajo empírico ciego y carente de orden. La
investigación sociológica se distingue del tratamiento histórico por­
que busca alcanzar un mayor orden del conocimiento a expensas de
la variedad de casos individuales. Por esta razón tiene aquí especial
importancia un marco de referencia constructivo, aunque deba com­
plementarse con tipos ideales, hipótesis nomológicas y explicaciones
empírico-idiográficas.
Al investigar las instituciones modernas es preciso adoptar un
enfoque sociológico, y por tanto nuestra primera necesidad es dis­
poner de un marco de referencia lo más amplio posible. En este caso
tiene una importancia primordial el método constructivista, que ana­
liza las pautas generales propias de las instituciones modernas. Em ­
pleamos este método convencidos de que el conocimiento socioló­
gico permanecerá inevitablemente ciego si no se logra esa ordena­
ción. Así como la intuición y la observación empírica son ciegas sin
conceptos y sin un marco de referencia teórico, del mismo modo
los conceptos y el marco teórico de referencia son vacíos sin la
intuición y la observación empírica (Kant: 1956, pp. 294-349). Sien­
do fieles a esta máxima kantiana, el método constructivista es tan
indispensable para el estudio de las instituciones modernas como en
cualquier otro ámbito. Sin embargo, repitámoslo otra vez, el cons­
tructivismo no debe convertirse en un fin en sí mismo. Es forzoso
que trabaje junto con el método empírico/idiográfico, a cuyo caigo
queda la contrastación empírica, con el método típico-ideal que per­
mita la especificación a campos concretos de la realidad, y con el
método nomológico para la explicación de los fenómenos observados.

(b) Explicación causal, teleonómica, interpretativo normativa y


racional interpretativa

Otra de las cuestiones que se plantean en el plano metateórico


es la controversia entre la comprensión como método idealista (Vers-
tehen) y la explicación como método positivista (Parsons: 1968, pp.
579-639; W eber: 1973). Tampoco en este caso tenemos que elegir
entre uno y otro método, sino que hemos de encontrar una forma
de proceder que integre a ambos. Las instituciones consisten en una
pauta de normas. El análisis de sus relaciones de significado — bien
sea internamente, bien sea externamente, es decir, con relación a
otras instituciones, a la cultura en general y al universo vital de las
comunidades— requiere la interpretación mediante el Vcrstehen.
Igualmente, su encuadramiento en una pauta más universal es facti­
ble mediante esta forma de interpretación. La interpretación com ­
prensiva es también fundamental para la explicación de las acciones
de individuos y colectividades en una situación dada. Toda acción
intencional de un actor debe interpretarse como derivada de una
elección efectuada de acuerdo con un cierto principio en condiciones
iniciales dadas, consistentes en medios, condiciones (situación), fi­
nes, normas y un marco de referencia. Los principios básicos que
puede seguir el actor son la optimización de fines, la maximización
y consecución de un fin, la conformidad con las normas o consis­
tencia dentro de un marco de referencia o, una vez más, una pauta
ordenada que incorpore todos estos principios. El nexo entre las
condiciones iniciales y la intención implícita en la acción es una
relación de significado que puede apreciarse mediante la interpreta
ción comprensiva, y no una relación causal; el único aspecto que
tiene una naturaleza causal o cuasi causal es la influencia directa que
tienen las condiciones sobre la acción llevada a cabo.
Cuanto mayor sea la determinación del objeto de investigación
por niveles de acción alejados de las estructuras simbólicas (cultura
y universo vital) revisten el carácter de condiciones que el actor no
puede cambiar discursivamente, tanto mayor será la determinación
causal o cuasi causal de la acción, que habrá de ser explicada por esa
vía. Esto se aplica también a la relación entre estructuras de interac­
ción o estructuras institucionales relativamente consolidadas, por un
lado, y frecuencias particulares de ciertos tipos de acción, por otro.
Las relaciones entre las características de la estructura social y las
tasas de suicidio que investigó Emile Durkheim (1973) son ejemplos
clásicos de relaciones cuasi causales. Un ejemplo de éstas lo consti­
tuye también la demostración de Max Weber de la relación entre el
desarrollo del protestantismo ascético y la existencia del capitalismo
racional como forma de capitalismo sujeta a un orden normativo
(Weber: 1973). Sin embargo, no se trata de leyes causales que sigan
un curso predecible sin ningún tipo de reflexión humana, sino de
regularidades que tienen únicamente un carácter cuasi causal. Ade­
más de establecer correlaciones estadísticamente significativas y de
considerar comparativamente factores determinantes, Weber y Durk­
heim dedicaron considerables esfuerzos a descubrir la relación de
significado entre los elementos simbólicos de la estructura social en
cuestión y las intenciones de los actores a fin de comprobar la ade­
cuación causal. Max W eber insistió en la relación de significado en­
tre la ética protestante y las normas del orden capitalista para com­
probar la adecuación de la relación propuesta como hipótesis en el
plano del significado. Emile Durkheim analizó el suicidio como una
acción dotada de sentido y comprensible en condiciones de carencia
de orden en el sistema de la personalidad (sucidio anémico), aisla­
miento social y búsqueda individual de sentido (suicidio egoísta), y
responsabilidad comunitaria (suicidio altruista).
El hecho de que existan estructuras de significado accesibles a la
reflexión humana que subyacen a lo que a primera vista parecen
leyes inexorables significa que también estas leyes pueden ser que­
brantadas y modificadas por los seres humanos. Esta es la razón por
la que semejantes relaciones han de ser calificadas como cuasi cau­
sales. Por ejemplo, el nexo de significado entre la ética protestante
y el capitalismo puede problematizarse discursivamente de suerte
que de ello se siga un cambio en la justificabiüdad de las estructuras
económicas. Las constelaciones de intereses y las estructuras de po­
der se aproximan mucho a las relaciones cuasi-causalcs en lo que
concierne a su influencia sobre la frecuencia de las acciones y sobre
las características de formaciones sociales. En este caso los actores
actúan estratégicamente y, en cualquier caso, de forma comunicativa,
pero en un plano superior, de suerte su acción se ve determinada en
gran parte por condiciones externas. La frecuencia con que los ac­
tores generan efectos externos negativos para los otros actores cuan­
do actúan por propio interés o hacen uso del poder en grandes
círculos de interacción interdependientes es una consecuencia nece­
saria que los actores únicamente pueden superar si pasan de la acción
estratégica a la acción comunicativa.
La investigación de las instituciones modernas no debe quedar
limitada al plano de las estructuras de significado, ni al nivel de las
estructuras de interés y poder, ni tampoco al de la acción individual;
si las instituciones se consideran estructuras de significado que no
sólo están interrelacíonadas con otras estructuras de significado sino
también con estructuras de interés y poder, un enfoque comprensivo
exige la formulación de hipótesis cuasi nomológicas evaluables por
referencia al criterio de la adecuación causal de las proposiciones
sobre las relaciones y aplicables mediante un tipo de explicación
cuasi-causal. No obstante, la investigación requiere así mismo inter­
pretaciones (por medio del Verstehen) de relaciones de significados
y formas de actuación orientadas según el criterio de la adecuación
de significado de las aserciones que se refieren a las relaciones.
Cabe emplear otro método de explicación, en particular cuando
estamos investigando sistemas de acción claramente delimitados a los
que podemos atribuir una finalidad básica inequívoca, como en el
caso de las organizaciones. Aquí precisamos un modelo que abarque
las funciones que tales sistemas tienen que cumplir para alcanzar sus
fines en su entorno. En tal caso es posible dar una explicación fun­
cional de las relaciones existentes entre la consecución de fines y el
cumplimiento de las funciones necesarias dentro de un sistema. Si el
sistema consigue alcanzar sus fines de forma continuada podemos
deducir funcionalistamente la existencia de las estructuras que se re­
quieren a este efecto. Si, frente a los inputs del entorno, dispone de
controles para el mantenimiento constante de la consecución de me­
tas, en tal caso es posible explicar teleonómicamente determinados
procesos en cuanto responsables del restablecimiento de la capacidad
de consecución de metas siempre que se produzcan disrupciones
debidas al entorno (Hempel: 1965b; Münch: 1976, pp. 111-59; Na-
gel: 1956). De estas tres variantes explicativas, la explicación funcio­
nal es la más adecuada para el análisis de las instituciones. En tal
caso consideramos una institución como la pauta normativa de un
sistema concreto de interacciones encaminadas a un fin particular
(función), e indicar qué estructuras, es decir, pautas de interacción,
han de desarrollarse para alcanzar el fin (cumplir la función) en cues­
tión; el grado de consecución de fines (cumplimiento de funciones)
de un sistema puede determinarse midiendo el nivel de realización
de las pautas de interacción requeridas.
(c) Utilitarismo, teoría del conflicto, normativismo y racionalismo
cultural

Vuelvo ahora a la teoría objetual o sustantiva. Es preciso superar


en este punto las limitaciones de las dos variantes del positivismo,
el utilitarismo y la teoría del conflicto, y las deficiencias de las dos
versiones idealistas, la sociología normativa del universo vital y la
teoría racionalista de la cultura.
Un punto de vista utilitarista tendría que atribuir la formación
de las intituciones modernas a ios cálculos de utilidad de los actores
implicados 7. Esta, qué duda cabe, es una empresa difícil. Todos los
intentos realizados hasta el momento en este sentido se han limitado
invariabJemente a la mera cuestión de si la existencia del orden social
o de las leyes de propiedad es beneficiosa en comparación con la
posibilidad de su no existencia. Sin embargo, incluso en círculos de
interacción amplios no es posible resolver esta cuestión partiendo de
la base de consideraciones de utilidad individual, pues los actores
que se encuentran en esta situación caen en el dilema del prisionero.
Este enfoque no permite afirmar mínimamente algo acerca de las
instituciones modernas o de la importancia que las tradiciones cul­
turales y la discusión discursiva tienen para su estabilidad y desarro­
llo. Según este enfoque, las instituciones se encuentran situadas en
un vacío cultural y comunitario.
Problemas similares presenta la explicación de las instituciones
modernas mediante la teoría del conflicto (Bendix: 1964; 1978; C o-
llins: 1968; 1975; Coser: 1956; 1967; Dahrendorf: 1959; 1961). La
cuestión de cómo se originan estas instituciones se reduce, en la
versión autoritaria de dicha teoría, a la del tamaño y fuerza de los
batallones que pueden movilizarse en su apoyo; en su versión libe­
ral, a la existencia de un equilibrio de poder precario y transitorio
entre grupos sociales. Esto plantea el problema de cómo debe con­
siderarse desde esta perspectiva la continuidad de instituciones po­
líticas tales como las de Gran Bretaña y Estados Unidos, que no
fueron sostenidas ni por una estructura de poder enteramente estable
ni por ningún equilibrio continuado de poder. Los teóricos partida­
rios de este enfoque tienden frecuentemente a olvidar los fundamen­
tos del conflicto regulado que no contienen en sí mismos ningún
elemento de conflicto (es decir, los fundamentos culturales y comu­
nitarios), del mismo modo que los utilitaristas no tienen en cuenta
los fundamentos no contractuales (esto es, culturales y comunitarios)

7 Vid., entre otros, B eck er: 1976; Buchanan: 1975; N orth y Thom as: 1973; Vid.
una crítica de estos en M ünch: 1983b, pp. 45- 76.
subyacentes a la concertación de contratos en interés propio. En la
teoría del conflicto quedan excluidas las proposiciones relativas a las
características sustantivas de las instituciones, a no ser que estemos
dispuestos a considerar las tradiciones culturales de quienes las sus­
tentan. Sin embargo, esto ya supone exceder los límites de la teoría
del conflicto en dirección a una sociología de la cultura y del uni­
verso vital.
Desde la perspectiva de una sociología normativista del universo
vital, las instituciones modernas se presentan como una expresión
del universo vital particular de sociedades específicas y, como tales,
normativamente cerradas (Berger y Luckman: 1966; Collingwood:
1946; Schütz y Luckmann: 1979) . Cada institución ha de ser en­
tendida desde su propio contexto vital. Desde el punto de vista del
significado, su formación y estructura ha de entroncarse en la es­
tructura del universo vital de una sociedad concreta. Hay que obje­
tar a este enfoque que no proporciona explicación alguna sobre el
desarrollo de pautas institucionales universales. Las instituciones no
pasan de ser conjuntos vitales particulares cerrados en sí mismos. Es
igualmente imposible proponer una crítica de las instituciones desde
la perspectiva de pautas normativas con validez más general. Otros
factores que no es posible aprehender dentro del marco de referencia
normativista son los que producen el cambio en las instituciones,
tales como los procesos de aprendizaje y la conducta económica. Lo
mismo puede decirse de los factores que permiten que normas ins­
titucionales concretas se impongan aunque no formen parte integran­
te de ninguna tradición existente, o de los factores que pueden pro­
ducir la ruptura de la tradición, tales como la movilización de poder
y el carisma.
La teoría racionalista de la cultura considera que las instituciones
modernas son el producto de un proceso cultural de racionalización
que a su vez se convierte en un proceso de racionalización social de
las instituciones (Habcrmas: 1981a; Tenbruck: 1975; Schluchter:
1979). i.a racionalización de la economía, de la política y de las
relaciones de comunidad han de interpretarse como especificaciones
de una pauta cultural general de racionalidad. Por racionalización se
entiende aquí la tendencia de la cultura a intelectualizarse, de la
economía y las empresas a racionalizarse económicamente, de la po­
lítica a burocratizarse y politizarse y de las relaciones de la comu
nidad a formalizarse y objetivarse. Muchas veces no queda claro si
se trata de un proceso de penetración y configuración de las insti-

* C fr. Haferkam p: 1980; 1981 para una com binación de los enfoques de la teoría
normativa del universo vital y de la teoría del conflicto.
tuciones por la racionalización cultural o de un impulso cultural de
los ámbitos institucionales, hacia la racionalización siguiendo sus pro­
pias leyes. En el marco de referencia de este enfoque no es posible
captar los particularismos institucionales que resultan de la tradición
del universo vital de cualquier sociedad dada. La teoría racionalista
de la cultura tampoco está en condiciones de explicar los cambios
no dirigidos, situacionales y abiertos a los que están sometidas las
instituciones por la articulación de intereses, por los procesos de
aprendizaje y por las relaciones de intercambio, y tampoco explica
los casos en que se imponen normas institucionales sin legitimación
cultural general y antes de que se elaboren justificaciones racionales.

En lugar de los limitados puntos de vista de los enfoques socio­


lógicos descritos necesitamos un paradigma comprehensivo con un
marco de referencia que combine los supuestos correctos de todos
estos enfoques, pero que al mismo tiempo tenga en cuenta sus limi­
taciones. Es preciso un paradigma que abarque los diversos campos
institucionales en los que los enfoques individuales sí proponen ex­
plicaciones satisfactorias. Podemos distinguir los siguientes campos
(vid. fig. 5).

FIGURA 5 .—Paradigmas teóricos y aspectos de los órdenes institucionales.

teoría de conflictos teoría económica

£ imposición cambio situacional


’3>
•<ao
*o regularidad continuidad
:sr
o. teoría racionalista
£ normativa de la cultura

mayor
contingencia de la acción

1. El cambio situacional de las normas institucionales específicas


se produce como resultado de los procesos de aprendizaje, del
intercambio de intereses, y de las orientaciones utilitarias. Este
es el dominio del positivismo utilitarista.
2. La imposición de normas institucionales específicas a pesar de
la resistencia depende de la movilización de poder, de la au­
toridad, y del carisma. Este es el ámbito de la versión del
positivismo representada por la teoría del poder y la teoría del
conflicto.
3. El carácter regulado en la acción institucional y la obligato­
riedad social de las normas institucionales están en estrecha
relación con su entronque en la tradición del universo vital de
una comunidad. Este es el campo del idealismo normativista,
4. La continuidad de las instituciones proviene de la generaliza­
ción de sus normas en procedimientos discursivos de argu­
mentación. En esta esfera el idealismo racionalista posee ca­
pacidad explicativa.

(d) La explicación de la estabilidad y el cambio en las


instituciones

Con un paradigma adecuado que integre los enfoques específicos


en un marco de referencia de validez general será posible explicar
no sólo el cambio de las instituciones, sino también su estabilidad y
consolidación (Alexander: 1981; Eisenstadt: 1973; Parsons: 1961, pp.
70-9; Smelser: 1963). «Cambio» no significa mero caos; el cambio
supone la transformación de una pauta institucional desde un punto
temporal ti, a otro punto, í2. Esta transformación repercute en to­
dos los campos de acción que hemos mencionado. En ti una pauta
institucional está inicialmente basada en la tradición de la comuni­
dad. Dicha pauta está sujeta a dos tipos de presiones que la empujan
a cambiar: presiones no dirigidas que se derivan de los procesos de
aprendizaje, de la articulación de intereses y de las orientaciones
utilitarias, y presiones dirigidas derivadas de la discusión discursiva
que cuestiona la validez de las pautas institucionales. Ambos proce­
sos tienen como resultado el debilitamiento de la tradición en cues­
tión. Si es posible aplicar procedimientos regulados, la pauta insti­
tucional podrá modificarse gradualmente mediante la apertura y la
generalización discursiva. En ausencia de tales procedimientos, será
necesaria una ruptura con la tradición, ruptura que tendrá que apo­
yarse en la movilización de poder y en el carisma (Eisenstadt: 1968;
Shils: 1975, pp. 127 34, 256-75; W eber: 1976, pp. 140-8, 654-87).
Sin embargo, para que de aquí resulte una nueva pauta institucional
es necesario que los procesos de tradicionalización y consolidación
de la comunidad produzcan la capacidad de vinculación social pre­
cisa cuando los cambios graduales tengan lugar. En caso de ruptura
en la tradición vuelve a ser necesario un nuevo proceso de tradicio­
nalización para asegurar la fuerza de cohesión social; además, se
requieren justificaciones discursivas que garanticen la continuidad de
la nueva pauta. En este sentido, todo cambio en una institución de
ti a í2 (siempre que dicho cambio no suponga un mero caos) se
apoya invariablemente en procesos mediante los que las instituciones
son abiertas, generalizadas, impuestas y nuevamente consolidadas.
En consecuencia, se requiere una teoría que pueda captar estos di­
ferentes procesos y la naturaleza de sus repercusiones en la acción
dentro de un paradigma integrado.
Una forma de cambio particular es la evolución de pautas socio-
culturales (G iesen: 1980; Parsons: 1966; 1971a; Giesen: 1982;
Schmid: 1982) 9. A estos efectos podemos considerar que las pautas
culturales son un código genético que durante el proceso de evolu­
ción sociocultural obedece, internamente, a una lógica de argumen­
tación racional y que, determinado exclusivamente por esta lógica,
se va convirtiendo en una pauta cultural de creciente universalidad.
Externamente, esta pauta cultural ha de realizarse en pautas institu­
cionales concretas mediante procedimientos interpretativos. En este
sentido, las pautas institucionales representan genotipos de la pauta
cultural configurados mediante construcción genética. La transmi­
sión de la tradición y la socialización aseguran la reproducción de
la pauta institucional, mientras que las innovaciones introducen va­
riaciones, facilitando así el cambio. Las pautas institucionales obte­
nidas mediante interpretación son especificadas ulteriormente en nor­
mas institucionales. Estas son las instituciones concretas, que pueden
describirse como fenotipos; como tales, están expuestas al proceso
de selección externo efectuado por su ambiente.
Podemos considerar que una instimeión es una pauta normativa
especificada cuya «supervivencia exitosa» está determinada por el
arraigo que tenga en la tradición del universo vital de una comuni­
dad, por su imposición mediante la movilización de poder y el ca-
risma, y por su adaptación a experiencias de aprendizaje, intereses
y cálculos de utilidad situacionalmente cambiantes. Las instituciones
que se han estabilizado socioculturalmente de esta manera determi­
nan a su vez la constitución de la pauta cultural, es decir: esta pauta
no evoluciona tan solo de acuerdo con una lógica interna de racio­
nalización cultural, sino que también está sometida a procesos selec­
tivos externos. La importancia relativa de los diversos factores en el
desenvolvimiento de la evolución depende del grado en que estén
configurados por estructuras apropiadas, y depende también de las
relaciones recíprocas entre ellos, relaciones que pueden ir desde la
dominancia y la acomodación hasta la interpenetración, pasando por
el aislamiento mutuo y la reconciliación.

9 Vid. También los ensayos de Parsons «Evolutionary Universals in Society» (1967,


pp. 490-520) y «Comparative Studies and Evolutionary Change» (1977, pp. 279-320).
La perspectiva evolutiva es relevante respecto al estudio de las
instituciones modernas en la medida en que estas instituciones po­
seen una pauta cultural específica que representa una interpretación
de la pauta cultural general de occidente (racionalidad, activismo,
libertad, igualdad). Esta pauta institucional se especifica en normas
institucionales sometidas al proceso de selección mediante el arraigo
en la tradición, mediante la movilización de poder y el carisma, así
como mediante los procesos de aprendizaje y los cálculos de utilidad.

(c) Aiicrosociología y macrosociología

Además de los efectos integradores que ya hemos tratado, un


paradigma comprehensivo tiene también que permitir considerar mi-
croniveles y macroniveles de forma integrada 10. La distinción de
estos niveles puede tener un carácter meramente relativo, dependien­
do del tamaño de las unidades que se investiguen. En el plano de la
acción social podemos considerar que la interacción situacional entre
dos actores es un microfenómeno. Por ejemplo, la interacción que
se da en una situación concreta entre el vendedor y el comprador
de cierta mercancía es un microfenómeno si nos atenemos exclusi­
vamente a la propia mercancía y a las orientaciones mutuas de las
partes que realizan el intercambio. Sin embargo, tan pronto como
tengamos en cuenta también las posibles repercusiones de esta inte­
racción sobre terceros, sus reacciones, y la forma en que las partes
que realizan el intercambio orientan su actuación de acuerdo con
esta reacción, ya hemos comenzado a investigar una unidad social
mayor; en este caso, dicha unidad aparece, en términos relativos ,
como macrofenómeno. D e forma similar, el hecho de que al efectuar
el intercambio las dos partes sigan una pauta normativa que ambas
comparten con una comunidad mayor ae mercado, o que observen
reglas aplicables a todos los actos de intercambio impuestas por una
instancia de orden superior es un macrofenómeno que trasciende la
diada interactiva inmediata. En última instancia, esto mismo puede
decirse también del lenguaje con el que se comunican, a menos de
que se trate de un lenguaje privado entre las dos partes y no de un
lenguaje hablado por una comunidad más amplia.
Basándonos en esto podemos observar que, en general, cualquier
acción concreta implica un complejo entrecruzamiento de microin-
teracciones y macrorelaciones, efe modo que es necesario incluir en

10 Vid. al respecto Blau: 1975; Brodbeck: 1958; Collins: 1981: H om ans: 1961;
Lindenberg: 1977; O ’N eill: 1973; Parsons: 1971b; Sztompka: 1979, pp. 83-128,
2 87-3 2 3 ; 'lu rk y Simpson: 1971; W ippler: 1978.
el análisis ambas perspectivas. En la medida en que las instituciones
son pautas de interacción válidas para un círculo amplio de personas
deben tratarse como macrofenómenos. Por otra parte, son microfe-
nómenos en cuanto especificaciones de un modelo cultural más vas­
to. A su vez, la acción de dos partes en interacción orientadas por
las instituciones incluye elementos puramente situacionales en rela­
ción con el macronivel de las instituciones definen el micronivel de
la acción institucionalmente orientada. Una institución particular,
como por ejemplo una democracia moderna, es un microfenómeno
en relación con el sistema social de la sociedad en su conjunto. Por
tanto, depende de la perspectiva aplicada qué tipo de análisis, el
micro o el macroanálisis, ha de llevarse a cabo. En cualquier caso,
la investigación concreta de una institución debe abarcar desde el
estudio de la microinteracción hasta el estudio de la interdependen­
cia en niveles sociales y culturales globales. Lo mismo puede decirse
del análisis de las instituciones modernas. Se precisa un modelo en
el que se construyan sistemáticamente unidades más vastas a partir
de la combinación de unidades menores.

(f) Individualismo y colectivismo

La dicotomía teórica entre individualismo y colectivismo tam­


bién es inapropiada aquí (Alexander: 1982, pp. 90-112; Parsons: 1968,
pp. 43-125). Las instituciones deben interpretarse como pautas de
orden colectivo, es decir: consideradas desde el punto de vista de su
regularidad consolidada, consisten en normas comúnmente compar­
tidas por una colectividad (una comunidad) y se mantienen por vin­
culación solidaria mutua. 'Tanto quienes violan las normas como quie­
nes resulten perjudicados por ello pueden confiar en que los miem­
bros de la comunidad mantendrán la solidaridad, garantizando que
el poder cohesivo de las normas queda intacto. Quien las viole debe
contar con ser sometido a sanciones, mientras que la parte perjudi­
cada puede esperar ayuda mediante la solidaridad. La base principal
de la validez colectiva de las normas no son las sanciones aplicadas
cuando estas se quebrantan, sino la vinculación solidaria mutua in­
herente al hecho de que las normas son compartidas en común, de
donde se deriva en primer lugar el caráceter equitativo de las san­
ciones de las violaciones de las normas. De otro modo, toda sanción
puede ser anulada con sanciones opuestas. En este sentido, las ins­
tituciones tienen en su regularidad una base colectiva.
En contraste con la asociación solidaria comunitaria, otros fac­
tores no tienen el puro efecto de la consolidación de las normas. La
discusión discursiva tiende a producir la universalización y, por tan­
to, la alteración de las normas particulares de un universo vital. La
articulación espontánea de intereses y orientaciones utilitarias de ac­
tores individuales puede crear órdenes fortuitos, pero estos depen­
den de la situación y son efímeros; a largo plazo, tales factores tie­
nen como efecto la disolución del orden. El uso del poder facilita la
imposición de normas sólo si existe un claro gradiente de poder,
pero éstas pueden ser anuladas por la anormatividad de quien osten­
ta el poder, o por la modificación del gradiente de poder. El equi­
librio de poder es un estado extremadamente precario, y como tal,
es tan inestable como la complementariedad circunstancial de inte­
reses. Es cierto que las instituciones, en lo que repecta a sus pautas
regulares consolidadas, no pueden basarse en factores como estos;
pero esto no quiere decir que pueda prescindirse de ellos, pues las
instituciones no se agotan en las pautas regulares consolidadas. En
la medida en que sufran cualquier proceso de universalización de­
penden de procedimientos discursivos; su capacidad para cambiar
depende del efecto de apertura de las orientaciones de intereses y
utilidad y su imposición depende del poder y del carisma.
No cabe duda de que el aspecto de la consolidación de las pautas
regulares de las instituciones descansa en el hecho de que las normas
se comparten y mantienen colectivamente. Pero esto no significa que
el actor individual no tenga lugar en el paradigma en que se basa
nuestro análisis. Lo que queremos decir es que la orientación utili­
taria individual de una multitud de actores no puede producir en la
acción social más que un orden circunstancial e inestable. Al mismo
tiempo, sin embargo, se amplía el concepto de actor individual. T o ­
dos los enfoques estrictamente individualistas sitúan sin excepción
las raíces de los motivos que impulsan a los individuos a acatar
normas colectivas en los propios individuos, y no en ningún tipo de
vinculación comunitaria o socialización. De este modo, la versión
radical del utilitarismo reduce la posibilidad de orden colectivo a la
complementariedad circunstancial de intereses (Buchanan: 1975; Loc-
ke: 1963, en especial libro II, parágrafos 95-122; Smith: 1937). La
versión no radical generalmente postula que todo individuo tiene
una simpatía social natural (Hume: 1966; Smith: 1966). Las versio­
nes individualistas del pragmatismo y del interaccionismo simbólico
también postulan, al menos desde un punto de vista evolutivo, que
existe en los individuos una solidaridad que precede a la vinculación
y socialización comunitarias (Joas: 1980; Lewis y Smith: 1980: Mead:
1972; Peirce: 1958; 1960). La solución colectivista al problema del
orden considera que el surgimiento del orden moral colectivo es
únicamente el resultado de la vinculación comunitaria y de la socia­
lización del individuo dentro de la comunidad. Sólo entonces, y
como parte del mismo proceso, se desarrolla una personalidad indi­
vidual que trasciende la estructura de los impulsos orgánicos, y sólo
entonces se desarrolla una identidad cultural y una autonomía que
trascienden los límites de los grupos particularistas (Münch: 1981a,
pp. 311-54; 1982b, pp. 364-426).
El individuo concreto integra todos estos aspectos: estructura de
necesidades, personalidad, membrecía en una colectividad e identi­
dad cultural. En este caso un orden colectivo se fundamenta natu­
ralmente en la unificación de los individuos, cuya asociación comu­
nitaria confiere a sus propias estructuras de necesidades, a su libre
desarrollo personal y a su identidad personal una impronta conso­
lidada por normas, impronta que todos ellos comparten, al tiempo
ue no comparten las estructuras de necesidades y las personalida-
3 es, y su identidad cultural trasciende los límites impuestos por las
normas de la comunidad, por lo que pueden someter tales normas
a la reflexión crítica. El orden colectivo descansa en la capacidad de
los individuos de superar los límites de sus necesidades orgánicas y
disposiciones personales para adoptar la perspectiva de la solidaridad
colectiva, más amplia.
Un paradigma comprehensivo no puede ser ni puramente indi­
vidualista ni puramente colectivista; tiene que integrar ia tensión
entre estos dos componentes. Esta tensión se expresa fundamental­
mente en el concepto de orden voluntarista. Tal orden depende de
la interpenetración de la estructura orgánica de necesidades, las dis­
posiciones personales, la vinculación colectiva y la identidad cultu­
ral. En estos cuatro aspectos cabe hablar de las orientaciones indi­
viduales de acción. En este sentido amplio, adopto una perspectiva
individualista. Sin embargo, la naturaleza ordenada de las acciones
no puede reducirse a la complemcntariedad circunstancial de nece­
sidades y disposiciones, sino que deriva de la asociación comunitaria.
En este sentido adopto una perspectiva colectivista. Llegados a este
punto, será útil trazar una distinción entre el individuo en tanto
actor concreto que actúa intencionalmente, combinando todas las
orientaciones de la acción de forma específica en una situación con­
creta, y la personalidad individual, el organismo individual y el sis­
tema de sistema de conducta individual, en tanto meros aspectos
analíticos del individuo. De igual manera, un actor colectivo que
actúa de forma intencional, como por ejemplo un grupo, una em­
presa comercial, un club, asociación, o sociedad, deben distinguirse
de la asociación colectiva comunitaria, que es un aspecto analítica­
mente definible de los sistemas sociales (Parsons: 1968, p. 337).
Avanzaríamos un paso más en el análisis del entorno de los sis­
temas si el significado de la «pervivencia» de la estructura normativa
de un sistema — las normas de los procedimientos de adopción de
decisiones políticas, por ejemplo— se interpretara como adaptación
del sistema a su entorno (cfr. Buckley: 1967; Luhmann: 1970;
Sztompka: 1974). Sin embargo, tampoco puede hacerse una inter­
pretación naturalista de este tipo de perspectiva en el plano de la
acción significativa. Ni la estructura del sistema — las interacciones
significativas— ni su entorno se fundamentan exclusivamente sobre
fenómenos no significativos. Tomemos de nuevo el sistema político
como ejemplo. Su entorno inmediato está constituido por articula­
ciones de intereses orientadas por la utilidad, por discusiones socio-
culturales y por comunidades. Aplicada a estas dimensiones, la «adap­
tación» al entorno significa el desarrollo de subsistemas que abren
los procedimientos de adopción de decisiones a articulaciones de
intereses utilitarias (el mercado político), los subsumen bajo valores
y normas de validez general (la constitución) y los vinculan al uni­
verso vital de las comunidades (el sistema legal); subsistemas que
también pueden ejecutar decisiones aunque exista una amplia varie­
dad de preferencias (la administración). Al menos por lo que se
refiere a la cultura y a las comunidades, la «adaptación» en esta
situación sólo es posible por medio del discurso y la comunicación.
Lo mismo puede decirse de la «adaptación» de la sociedad, que
podemos entender como un sistema social concreto no especializado
en cumplir ninguna función social particular y, en este sentido, re­
lativamente autosuficicnte en términos sociales 12. El entorno de una
sociedad solo está parcialmente constituido por recursos y exigencias
materiales; por otra parte, esta dimensión es la única en que esa
adaptación de la sociedad a su entorno tiene carácter naturalista, a
causa del desarrollo de la tecnología y la distribución de recursos y
prioridades económicas. Pues la sociedad también está situada en un
entorno de comunidades sociales que ésta precisa integrar en ella
mediante la asociación comunitaria societal. Solo la comunicación
entre los grupos implicados y entre los representantes del centro de
adopción de decisiones societales y esos grupos puede hacer posible
la adaptación. O tro entorno que ha de tenerse en cuenta es el ámbito
cultural al que pertenece la sociedad. En este caso, es imperativo
fundamentar discursivamente la cultura societal por relación al en­
torno cultural más amplio. Finalmente, los fines establecidos por
grupos societales y extrasocietales también representan un entorno
en relación al cual la sociedad tiene que demostrar su capacidad para

12 Vid. al respecto el ensayo de Parsons «Social Systems» (1977, pp. 177-203), en


particular pp. 182-3.
desarrollar y afirmar fines colectivos. A este respecto los procedi­
mientos de adopción de decisiones políticas son un requisito esencial.
Si las exigencias formuladas por estos entornos tan distintos au­
mentan, la «adaptación» de la sociedad a estos requiere la formación
de subsistemas apropiados, «funcionalmente» especializados en tra­
tar exigencias específicas del entorno. Estos constituyen entonces
zonas de interpenetración entre la sociedad y el entorno. Sin embar­
go, al estar funcionalmente especializados, los subsistemas dependen
del intercambio de factores y productos; no solo por lo que se re­
fiere al cumplimiento de sus propias funciones, sino también para
poder mantener la existencia ae la sociedad como unidad concreta.
A su vez, este intercambio de factores y productos tiene que ser
mediado por otros subsistemas en las zonas de interpenetración in­
ternas, societales. Estos proliferan cuanto mejor se «adaptan» los
sistemas funcionalmente especializados a su entorno social interno.
En todos estos casos, la relación entre sistemas y entorno solo tiene
un carácter naturalista en lo tocante a la adaptación del sistema a las
condiciones materiales y orgánicas. Incluso las relaciones con las
articulaciones de intereses y los fines establecidos son, como mucho,
cuasi naturalistas, y también en ellas influyen los procesos de comu­
nicación. Las relaciones de las dimensiones comunitarias y culturales
son inconcebibles sin la comunicación. Así es como debemos con­
siderar las relaciones de intercambio entre los subsistemas sociales
que componen un paradigma de intercambio (Baum: 1976a; 1976b;
G ould: 1976; Joh n son : 1973; M ünch: 1982c, en especial pp.
796-806) 13.

(h) Un ejemplo de análisis de sistemas basado en la teoría de la


acción: el surgimiento del derecho moderno

N o se ha conseguido, ni mucho menos, explicar el desarrollo del


derecho moderno exclusivamente como consecuencia de la necesidad
de mantener los sistemas cuando su entorno adquiere una comple­
jidad creciente H. El problema empieza con la explicación habitual
de la creciente complejidad del entorno, es decir, la diferenciación
de los sistemas. ¿Puede entenderse el desarrollo del derecho moder­
no como un proceso de diferenciación que permite que el propio

13 Vid. también los ensayos de Parsons: «O n the C oncept o f Political Power»,


«O n the Conccpt of Influence», «O n the Concept of Valué Comm item cnts» y «Social
Structure and the Sym bolic Media o f Interchange» (1977, pp. 204-28).
14 Vid. Teubner y W illkie: 1984, en especial pp. 9-13, 15-16, 19-24; vid. también
Luhmann: 1972; 1984.
derecho alcance un grado de autonomía sin precedentes, siguiendo
únicamente sus propias leyes internas? Los sociólogos emplean esta
fórmula con tan engañosa facilidad que ya han dejado de pensar qué
es lo que significa en realidad. Sería preciso aclararar el trasfondo de
este desarrollo, es decir, la predominancia del derecho consuetudi­
nario, que da expresión a principios que una comunidad acepta sin
poner en duda. El derecho consuetudinario obedece la lógica de la
asociación comunitaria y está por tanto vinculado al compromiso
respecto de la comunidad y a los límites de esa misma comunidad.
El aumento de la complejidad del entorno es un hecho excesiva­
mente general para poder explicar con precisión la diferenciación del
derecho con respecto a la acción de la comunidad. Aunque la «com­
plejidad» de la sociedad sin duda aumentó cuando volvieron a flo­
recer las ciudades en la Edad Media, tal fenómeno se ha dado repe­
tidas veces como consecuencia de una actividad comercial más am­
plia en India y en China, sin tener como resultado ninguna racio­
nalización comparable del derecho. Max Weber ya señaló este hecho
con toda claridad. Sin embargo, W eber indica que fueron tres los
factores fundamentales para el desarrollo del moderno derecho ra­
cional: una profesión de juristas y abogados independiente y guiada
exclusivamente por su propia lógica, partidos de orientación capita­
lista deseosos de evaluar sus posibilidades de beneficio, y monarcas
y príncipes que trataron de obtener un control unificado de sus
dominios en oposición a las diversas haciendas existentes (Weber:
1972, pp. 437-8; 1976: pp. 398-9, 401, 416-22, 487-8, 490-1, 502,
506). Es decir, los juristas sometieron el derecho a un proceso de
racionalización (abstracción, claridad analítica de los conceptos, ca­
rencia de contradicción, formalismo). Considerando que la función
del derecho es regular la interacción social por medio de normas, la
racionalización generaliza de tal modo dicha regulación que se hace
aplicable a contextos de interacción considerablemente más extensos
que la mera acción de la comunidad. Esta es la explicación de la
aplicabilidad universal del derecho moderno.
Sin embargo, el derecho también lia sufrido la influencia de in­
tereses utilitaristas deseosos de racionalizar las relaciones comerciales
para aumentar sus oportunidades de obtener ganancia. El derecho,
por tanto, está sometido a un continuo proceso de transformación
en la medida en que nuevas situaciones e intereses ejercen una in­
fluencia en favor de nuevas regulaciones. Esto explica p o r qué la
rapidez de sus transformaciones es tina característica del derecho
moderno. Finalmente, las instituciones que poseen autoridad política
(monarcas, príncipes, gobernantes, parlamentos, burocracias) tratan
de someter sus respectivos dominios a un control uniforme, y de
anular las pretensiones particularistas de autoridad o las fuentes de
resistencia: por tanto, representan una fuerza que actúa en dirección
de la unificación sistemática del derecho y que favorece su imposi­
ción uniforme, aunque se enfrente con resistencias (Münch: 1984,
pp. 380-446).
La generalización, la dependencia de intereses y la sistematiza­
ción e imposición uniformes, fenómenos que sobrepasan el contexto
de la acción puramente comunitaria, son tres características del de­
recho moderno que lo distinguen del derecho consuetudinario, y en
este sentido conllevan un proceso de diferenciación a partir del de­
recho consuetudinario original, rígido, particularista, y de limitada
eficacia. Sin embargo, este proceso discurre en tres direcciones to ­
talmente distintas, ninguna de las cuales produce, en modo alguno,
una lógica interna unidimensional del desarrollo legal. Además, aun­
que es verdad que la tradición del derecho consuetudinario pierde
cierta importancia, no por ello se hace del todo irrelevante, y mucho
menos en el ámbito legal anglosajón. La tradición legal, característica
del derecho consuetudinario, sigue siendo la fuente de la indiscutida
obligatoriedad del derecho. Si no está arraigado de este modo en las
convicciones legales colectivas de la comunidad legal — cuya estruc­
tura puede admitir diversos grados de pluralismo— el derecho esta­
blecido políticamente carecerá de cualquier tipo de poder vinculante
sentido obligatorio. La diferenciación del derecho, tal como surge del
puro derecho consuetudinario, hace accesible este desarrollo a la
lógica de las reglas de pensamiento, al pluralismo de los intereses
económicos, y al establecimiento de fines y a la unificación relacio­
nada con el proceso político legislativo central. Parte de la acción de
la comunidad y se acerca a los ámbitos del pensamiento científico y
cultural, del intercambio económico y del ejercicio del poder polí­
tico; como tal, ocupa una nueva posición en tanto que zona de
interpenetración entre estos campos de acción extremos.
Comparado con el derecho consuetudinario, el derecho moderno
está determinado por un número mayor de factores diferentes, y
representa el espacio en el que estos chocan y libran una continua
lucha por la supremacía. Para observar las diferencias fundamentales
en el curso real del proceso de diferenciación, no tenemos más que
contemplar el desarrollo del derecho europeo en contraste con el
desarrollo del derecho anglosajón.
En Europa, la formulación del derecho siempre ha estado en
manos de teóricos del derecho formados en las universidades. Ha
sido sometido a una intensa racionalización que ha producido una
ruptura radical con el particularismo que acompaña al derecho con­
suetudinario. Los juristas con formación universitaria trabajaron
principalmente como funcionarios, lo que significa que el estado
estaba en condiciones de imponer un control intencional y uniforme
sobre su esfera de actividad. Los grandes pasos hacia la codificación
del derecho partieron de esta unión entre estado y burocracia, dando
lugar a que la generalización y la imposición intencional y uniforme
se convirtieran en características derinitorias del derecho moderno.
En comparación, los intereses económicos desempeñaron una fun­
ción secundaria, aunque no pueden ignorarse del todo. En el curso
de su desarrollo al derecho codificado se le acusó continuamente de
que carecía de contacto con la realidad. El racionalismo jurídico y
los legisladores políticos suplantaron continuamente la tradición del
derecho consuetudinario.
En el ámbito legal anglosajón las cosas son distintas. El derecho
consuetudinario sigue siendo allí un elemento esencial del sistema
legal, incluso en la actualidad. El derecho anglosajón está arraigado
en las convicciones jurídicas colectivas de la comunidad legal, aun­
que deja de ser autoevidente siempre que aparecen nuevos grupos
sociales con intereses y convicciones que todavía no han llegado a
formar parte del consenso legal de la comunidad. En estas circuns­
tancias el sentido común es sólo un consenso dominante, pero un
consenso amenazado.
Los juristas han sometido a una racionalización comparativamen­
te reducida al derecho anglosajón, que ha ido siendo configurado
por profesionales del derecho en interacción directa con sus clientes
movidos éstos por una motivación económica. En consecuencia, el
derecho se ha adaptado con mayor rapidez a las constelaciones cam­
biantes de intereses económicos, y representa una conjunción de la
obligatoriedad del derecho consuetudinario y la adaptación situacio-
nal a nuevos intereses. Sin embargo, está mucho menos acusada que
en Europa la unificación destinada a servir a los intereses de los
cuerpos políticos. Dado que aquí no existe ninguna alianza compa­
rable entre teóricos del derecho y legislatura política, el derecho
carece de un grado de codificación equivalente para formar un sis­
tema unificado, a pesar de que, sin duda, hay una tendencia — algo
más débil— en esta dirección.
Por tanto, el derecho moderno ha sufrido una evolución que,
aunque ciertamente lo diferencia del derecho consuetudinario, de
ninguna manera lo ha convertido en un sistema unidimensional con
su lógica propia. Antes bien, representa una zona de interpenetra­
ción entre el pensamiento racional, la formulación de estatutos po­
líticos, la articulación de intereses económicos, y las convicciones
colectivas de la comunidad legal— sea cual sea su grado de pluralis­
mo. Así, aunque varíe su influencia individual, el derecho moderno
combina características tan diferentes entre sí como la racionalidad,
la autoridad colectiva vinculante, la imposición uniforme y el cambio
determinado por las diferentes constelaciones de intereses. N o puede
captarse la naturaleza y alcance de esta evolución considerando que
estas características están exclusivamente sujetas a un proceso cuasi
naturalista y completamente inespecificado, según el cual la comple­
jidad propia del derecho moderno responde a un aumento en la
complejidad del entorno.
Este enfoque no se fundamenta en la teoría de la acción, por lo
que es incapaz de captar las diferencias culturales en la evolución del
derecho. Adoptar una orientación basada en la teoría de la acción
supondría entender la evolución de ciertas características del derecho

FIGURA 6 .—E l desarrollo del derecho moderno en su entorno social.

G A
(racionalidad, autoridad vinculante, imposición uniforme, cambio en
función de los intereses) como consecuencias del modo en que cier­
tos actores llevan a cabo sus acciones de acuerdo con ciertos prin­
cipios, influyendo de esta manera en la configuración del derecho
(vid. fig. 6). Los órganos del derecho orientan sus acciones de acuer­
do con leyes racionales de pensamiento (principio de consistencia),
los cuerpos políticos orientan las suyas hacia el control instrumental
de su dominio (principio de realización), los intereses económicos
actúan de acuerdo con la maximización del beneficio (principio de
optimización), y en la medida en que nos sintamos miembros de una
comunidad legal seguimos las normas que se han aplicado siempre
a la interacción social (principio de conformidad). En la perspectiva
adoptada por la teoría de sistemas, todas estas especificaciones del
desarrollo concreto del derecho se suprimen, hasta el punto de que
la lógica del desarrollo de sistemas es incapaz de reconocerlas.

C onclusión

He tratado de mostrar programáticamente como la fertilización


de la teoría parsoniana con los enfoques teóricos rivales puede per­
mitirnos progresar hacia una nueva síntesis. Lo que ahora importa
es que se dé una actitud favorable a proseguir por este camino me­
diante una crítica mutua dispuesta a apreciar los puntos de vista
alternativos, y a aplicarlos a la investigación práctica concreta. Nues­
tro objetivo no es la mera incorporación de los enfoques teóricos
rivales al paradigma de la teoría parsoniana existente, sino alcanzar
una nueva síntesis que supere las actuales posiciones del parsonia-
nismo y sus rivales.
B IB L IO G R A F IA

Adriaanscns, H .P ., 198C: Talcott Parsons and tbe Conceptual Dilemma. L o n ­


dres: Routledge and Kegan Paul.
A lbert, H ., 1965: «M odell-Platonism us: D er neoklassische Stil des ok on o-
mischen Denkens in kritischer Beleuclitung», en E . Topitsch (ed .), Lo-
gik der Sozialwissenschaften. C olonia y Berlín: Kiepenneuer & W itsch,
pp. 4 06-34.
Alexander, J .C ., 1978: «Form al and Substantive Voluntarism in the W ork
o f T alcott Parsons: A Theoredcal and Ideological Reinterprctation»,
American Sociological Review, 4 3 : 177-98.
— 1981: «Rcvolution, R eaction, and R eform : The Change T h eory o f P ar­
sons’ M iddlc Period», Sociological Inquiry, 5 1 : 2 67-80.
— 1982: Positivism, Presuppositions and Current Controversies, vol. 1 de
Tbeoretical Logic in Sociology. Berkeley y Los Angeles: U niversity of
California Press.
— 1 9 8 2 -3 : Tbeoretical Logic in Sociology, 4 vols. Berkeley y Los Angeles:
U niversity of California Press.
— 1984: «The Parsons Revival in Germán Sociological T lieory», Sociologi­
cal Theory, 2: 3 9 4-412 .
— 1985: (ed .): Neofunctionalism. Beverly Hills: Sage.
Alm araz, J ., 1981: La Teoría sociológica de Talcott Parsons. M adrid: C entro
de Investigaciones Sociológicas.
Baum , R .C ., 1976a: «Com m unication and M edia», en Loubser et al.: 1976,
pp. 53-56.
— 1976b: «O n Societal media D ynam ics», en Loubser et al.: 1976, pp.
579-608.
Bcckcr, G.S., 1976: The Economic Approach to Human Behavior. Chicago:
University of Chicago Press.
Bendix, R., 1964: Nation-Building and Citizenship: Studies o f our Changing
Social Order. Nueva York: Wiley. (Trad. al español: Estado nacional y
ciudadanía, Amorrortu: 1974).
— 1978: Kings or People: Power and the Mandate to Rule. Berkeley y Los
Angeles: University of California Press.
Berger, P.L. y Luckmann, T., 1966: The Social Construction o f Reality.
Carden City, Nueva York: Doubleday. (Trad. al español: La construc­
ción social de la realidad, Amorrortu: 1979).
Bershady, H.J., 1973: Ideology and Social Knowledge. Oxford: Basil Black-
well.
Best, H. y Mann, R. (eds.), 1977: Quantitative Methoden in der historisch-
soziaíwissenschaft. Stuttgart: Klett-Cotta.
Black, M. (ed.), 1961: The Social Theories o f Talcott Parsons: A Critical
Examination. Englewood Cliffs, NJ: Pten tice-11 a1i.
Blau, P.M. (ed.), 1975: Approaches to the Study of Social Structure. Nueva
York: Free Press.
Bourricaud, F., 1976: Understanding Talcott Parsons. Morristown: General
Leaming Press.
Bourricaud, F., 1976: L ’individualisme institutionnel: Essai sur la sociologie
de Talcott Parsons. París: Presses Universitaires de France.
Brodbeck, M., 1958: «Mcthodological Individualism: Definition and Reduc-
tion», Philosophy of Science, 25: 1-22.
Buchanan, J.M., 1975: The Limits o f Liberty: Between Anarchy and Leviat-
han. Chicago: University of Cnicago Press.
Buckley, W., 1967: Sociology and Modern Systems Theory. F.ngiewood Cliffs,
NJ: Prentice-Hall. (Trad. al español: La sociología y la teoría moderna
de los sistemas, Amorrortu: 1977).
Burger, T., 1976: Max Weber’s Theory o f Concept Pormation: History, Laws,
and Idealtypes. Durham, N C: Duke University Press.
— 1977: «Talcott Parsons, the Prob'em of Order in Society, and the Pro-
gram of Analytical Sociology», American Journal oj Sociology, 83:
320-34.
Buxton, W., 1982: Parsonian Theory in Historical Perspective. Fredericton:
University of New Brunswick.
Clubb, J.M. y Scheuch, F,.K. (eds.), 1980: Historical Social Research. Stutt­
gart: Klett-Cotta.
Collingwood, R.G., 1946: The Idea o f History. Oxford: Clarendon Press.
Coliins, R., 1968: «A Comparative Approach to Political Sociology», en
Bendix (ed.), State and Society: A Reader in Comparative Political So­
ciology, Berkeley y Los Angeles: University of California Press, pp.
42-67.
— 1975: Conflict Sociology: Toward an Explanatory Science. Nueva York:
Academic Press.
— 1981: «The Microfundations of Microsociology», American Journal of
Sociology. 86: 984-1014.
Coser, L., 1956: The Functions oj Social Conflict. Nueva York: Free Press.
— 1967: Continuities in the Study o f Social Conflict. Nueva York: Free
Press. (Trad. al español: Nuevos aportes a la teoría del conflicto social,
A m o rro rtu : 1970).
D ahrendorf, R ., 1959: Class and Class Conflict in Industrial Society. Stan-
ford: Slanford University Press. (Trad. al español: Las clases sociales y
su conflicto en la sociedad industrial, Rialp: 1979).
— 1961: Gesellscbaft und Freibeit. M unich: Piper.
D ilthey, W ., 1970: Der Aufbau der eeschichtlichen Welt in den Geisteswis-
senschaften, edición de M . Riedel. Frankfurt am Main: Suhrkamp.
D ray, W ., 1957: Laws and Explanation in History. O xfo rd : Clarendon Press.
Dubin, R ., 1967: «Parsons' A cto r: Continuities in Social T h eory », en P ar­
sons: 1967, pp. 521-36.
Durkheim , E ., 1973: Le Suicide. Paris: Presses Universitaires de France.
Primera edición en 1897. (Trad. al español: El suicidio, Akal, 1982).
Eisenstadt, S .N ., 1968: «Charism a and Institution Building: M ax W eber and
M odern Sociology», en W eber, On Charisma and Institution Building,
edición de Eisenstadt. C h icago: U niversity of C hicago press, pp. ix-lvi.
— 1973: Tradition, Change ana Modernity. N ueva Y o rk : W iley.
Flora, P ., 1974: Modemisierungsforschung. O pladen: W estdeutscher Verlag.
G enov, N ., 1982: Talcott Parsons and Theoretical Sociology. Sofia: Publis-
hing H ouse of the Bulgarian A cadem y of Sciences.
Gerstein, D .R ., 1975: «A N o te on the C ontinuity o f Parsonian A ction
T h eory », Sociological Inquiry, 4 5 : 11-15.
Giesen, B ., 1980: Makrosoziologie: Eine evolutionstheoretische Einführung.
H am burg: Fíoffman y Cam pe.
Goldstein, L ., 1972: «Theorien in der Geschichtsforschung», en H . A lbert
(ed.), Theorie und Realitdt. Tübingen: M ohr Siebeck, pp. 289-315.
G ould, M ., 1976: «Systems Analysis, M acrosociology, ana the Generalized
Media of Social A ction», en L ou bser et al.: 1976, pp. 4 7 0-506.
H aberm as, J ., 1981a: Theorie des Kornunikativen Ilanaelns, 2 vols. Fran k ­
furt am M ain: Suhrkamp. (Trad. al español: Teoría de la acción comu­
nicativa, Taurus, 1987).
— 1981b: «Problem s o f T h eory C onstru ction», Sociological Inquiry, 51:
173-96.
H aferkam p, H ., 1980: Herrscbaft und Strafrecht. O pladen: W estdeutscher
Verlag.
— 1981: «Entstehung und Entw icklung von N orm en », A rchiv für Rechts—
und Sozialphilosophie, 6 7 : 2 17-32.
H em pel, C .G ., 1965a: Aspects of Scientific Explanation. N ueva Y o rk : Free
Press.
— 1965b: «The Logic of Functional analysis», en su Aspects o f Scientific
Explanation, N ueva Y o rk : Free Press, pp. 2 97-30.
— 1966: «Explanation in Science and in H isto ry », en W .H . D ray (ed.),
Philosophical Analysis and History. N ueva Y o rk : H arper & R ow , pp.
9 5-126.
H enrich, D ., 1952: Die Einheit der Wisscnschaftslehre Max Webers. Tübin­
gen: M ohr Siebeck.
H om ans, G .C ., 1961: Social Behavior: Its Elementary Forms. N ueva Y o rk :
H arco u rt, B race y W orld.
H um e, D ., 1966: Enquiries Concermng the Human Understanding and Con-
cerning the Principies o f Moráis, edición de L.A. Selby-Bigge. Oxford:
Clarendon Press. Primera edición en 1748-51. (Trad. al español: Inves­
tigaciones sobre el conocimiento humano, Alianza Editorial: 1983).
Husserl, E., 1928: Logische Untersuchungen. Halle: M. Niemeyer. Primera
edición en 1900-1. (Trad. al español: Investigaciones lógicas, Alianza
Editorial: 1982).
Imhof, A.E., 1980: Einführung in die bistorische Demographie. Munich:
Beck.
Inkcles, A. y Barber, B. (eds.), 1973: Stability and Social Change. Boston:
Little, Brown.
Joas, H., 1980: Praktische Intersubjektivital: Die Entwicklung des Werkes
von George Herbert Mead. Frankfurt am Main: Suhrkamp.
Johnson, H.M., 1973: «The Generalized Symbolic Media in Parsons
Thecry», Sociology and Social Research, 57: 208-21.
Kambartel, F., 1976: Erfabrung und Struktur: Bausteine zu einer Kritik des
Empirismus und Formahsmus. Frankfurt am Main: Suhrkamp. Primera
edición en 1968.
Kant, I., 1956: Kritik der reinen Vemunft. Plamburg: Meiner. Primera edi­
ción en 1781. (Trad. al español: Crítica de la razón pura, Alfaguara:
1984).
Lewis, J.D ., y Smith, R.L., 1980: American Sociology and Pragmatism: Mead,
Chicago Sociology, and Symbolic Interaclionism. Chicago: University of
Chicago Press.
Lindenberg, S., 1977: «Individuelle Effekte, kollektive Phanomene und das
Problem der Transformation», en K. Eichner y W. Habermehl (eds.),
Probleme der Erklarung sozialen Verhaltens. Mcisenheim: Hain, pp.
46-84.
Lockc, J., 1963: «Two Treatises on Government», en Locke, The Works,
vol. 5. Aalen, RFA: Scienctia. Primera edición en 1960.
Loh, W., 1980: «AGIL-Dimensionen im Spatwerk von T. Parsons und Kom-
binatorik», Kólner Zeitschrift für Soziologie und Sozialpsychologie, 32:
130-43.
Lorenzcn, P., 1974: Konstruktive Wissenschaftstheorie. Frankfurt am Main:
Suhrkamp.
Loubser, J.J., Baum, R.C., Effrat, A., y Lidz, V.M. (eds.), 1976: Explora-
tions in General Theory in Social Science: Essays in Honor o f Talcott
Parsons, 2 vols. Nueva York: Free Press.
Luhmann, N., 1970: Soziologiscke Aufkldrung, vol. 1. Opladcn: Westdeuts-
cher Verlag.
— 1972: Rechtssoziologie. Reinbek bei Hamburg: Rowohlt.
— 1974: «Einführende Bemerkungen zu einer Theorie symboliscli gene-
ralisierter Kommunikationsmedien», Zeitschrift für Soziologie, 3:
236-55.
— 1977: «Interpenetration— Zur Verhaltnis personaler und sozialer Syste-
me», Zeitschrift für Soziologie, 3: 236-55.
— 1978: «Interpenetration bei Parsons», Zeitschrift für Soziologie, 7:
299-302.
— 1980: «Talcott Parsons — Zur Zukunft eines Theorieprogramms»,
Zeitschrift für Soziologie, 9: 5-17.
— 1984: Soziale Systeme: Grundriss eincr allgemeinen Theorie. Frankfurt
am Main: Suhrkamp.
Mead, G.H., 1972: Mind, Self, and Society from the Standpoint o f a Social
Behaviorist. Chicago: University of Chicago Press. First published 1934.
(Trad. al español: Espíritu, cultura y sociedad, Paidós: 1982).
Menzies, K., 1977: Talcott Parsons and the Social Image o f Man. Londres:
Routledge and Kegan Paul.
Miebach, B., 1984: Strukturalistische Handlungstheorie: Zur Verhdltnis von
soziologischer Theorie und empirischer Forschung im Wcrk Talcott Par­
sons. Opladen: Westdcutscher Verlag.
Mitchell, W.C., 1967: Sociological analysis and Polilics: The Theories of Tal­
cott Parsons. Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall.
Münch, R., 1976: Theorie sozialer Systeme: Eine Einführung in Grundbe-
griffe, Grundannahmen und logische Struktur. Opladen: Westdeutscher
Verlag.
— 1980: «Über Parsons zu Weber: von der Theorie der Rationalisierung
zur Theorie der Interpenetration», Zeitschrift fiir Soziologie, 9: 18-53.
— 1981a: «Socializaron and Personality Developmcnt from the Point of
View of Action Theory: The Legacy of Emile Durkheim», Sociological
Inquiry, 51: 311-54.
— 1981b: «Talcott Parsons and the Theory of Action I: The Structure of
the Kantian Core», American Journal o f Sociology, 86: 709-39.
— 1982a: Basale Soziologie: Soziologie der Politik. Opladen: Westdeutscher
Verlag.
— 1982b: Theories des Handelns: Zur Rekonstruktion der Beitrdge von
Talcott Parsons, Émile Durkheim und Max Weber. Frankfurt am Main:
Suhrkamp.
— 1982c: «Talcott Parsons and the Theory of Action II: The Continuity
of the Development», American Journal o f Sociology, 87: 771-826.
— 1983a: «Modern Science and Technology: Differcntiation or Interpreta-
tion?», International Journal o f Comparativo Sociology, 24: 157-75.
— 1983b: «From Puré Methodological Individualism to Poor Sociological
Utilitarianism: A Critique of an Avoidable Alliance», Canadian Journal
o f Sociology, 8: 45-76.
— 1984: Die Struktur der Modeme: Grundmustcr und differentielle Ges-
taltung des institutionellen Aufbaus der modernen Geselíscbaften. Frank-
furt am Main: Suhrkamp.
— 1986: Die Kultur der Moderne: Ihre Entwicklung in England, Amerika,
Trankreich und Deutschland. Frankfurt am Main: Suhrkamp.
Nagel, E., 1956: «A Formalization of Functionalism», en su Logic without
Metaphysics. Nueva York: Free Press, pp. 247-83. (Trad. al español: La
lógica sin metafísica, Tecnos: 1974).
— 1960: «Determinaron in History», Philosophy and Phenomenological
Research, 20: 291-317.
North, D.C. y Thomas, R.P., 1973: The Rise o f the Western World. Cam­
bridge, Ing.: Cambridge University Press. (Trad. al español: El naci­
miento del mundo occidental, Siglo X X I: 1980).
O ’Ncill, J. (ed.), 1973: Modes o f Individualism and Collectivism. Londres:
Heinemann.
Parsons, T„ 1 9 5 1 : The Social System. Glencoe, 111.: Free Press. (Trad. al
español: El sistema social, Alianza Editorial: 1984).
— 1954: «The Present Position and Prospects of Systematic Theory ¡n So­
ciology», en sus Essays in Sociological Theory. Nueva York: Free Press,
pp. 212-37.
— 1959: «An Approach to Psychological Theory in Terms of the Theory
of Action», en S. Koch (ed.), Psychology: A Study of a Science, vol. 3.
Nueva York: McGraw-Hill, pp. 612-711.
— 1961: «An Outline of the Social System», en Parsons, E.A. Shils, K.D.
Naegele y J.R.Pitts (eds.), Thcorics o f Society. Nueva York: Free Press,
pp.30-79.
— 1964: Social Structure and Personality. Nueva York: Free Press.
— 1966: Societies: Evolutionary and Comparativa Perspectives. Englewood
Cliffs, NJ: Prentice-Hall.
— 1967: Sociological Theory and Modem Society. Nueva York: Free Press.
— 1968: The Structure o f Social Action. Nueva York: Free Press. Primera
edición en 1937. (Trad. al español: La estructura de la acción social,
Guadarrama: 1968).
— 1969: Politics and Social Structure. Nueva York: Free Press.
— 1971a: The System o f Modern Societies. Englewood Cliffs, NJ: Prentice-
Hall.
— 1971b: «Levels of Organization and the Meditation of Social Interac-
tion», en H. Turk y R.L. Simpson (eds.), Institutions and Social Ex-
change. Indianapolis: Bobbs-Merill, pp. 23-35.
— 1977: Social Systems and the Evolution o f Action Theory. Nueva York:
F'ree Press.
— 1978: «A Paradigm of the Human Condition», en su Action Theory and
the Human Condition. Nueva York: Free Press, pp. 352-43.
Parsons, T. y Bales, R.F., 1956: Family Socializaron and Interaction Process.
Londres: Routledge and Kegan Paul.
Parsons, T. y Platt, G.M., 1973: The American University. Cambridge,
Mass.: Harvard University Press.
Parsons, T. y Shils, E.A. (eds.), 1951: «Valúes, Motives and Systems of
Actions», en su Toward a General Theory o f Action. Cambridge, Mass.:
Harvard University Press, pp. 45-275.
Parsons, T. y Smelser, NJ., 1956: Economy and Society. Nueva York: Free
Press.
Peirce, C.S., 1960: Collected Papers, vols 7-8, edición de A. Burks. Cam­
bridge, Mass.: Harvard University Press. Primera edición en 1931-35.
Prewo, R., 1979: Max Webers Wissenschaftsprogramm: Versuch einer met-
hodischen Neuerschliessung. Frankfurt am Main: Suhrkamp.
Procter, I., 1980: «Parsons’ Early Voluntarismo, Sociological Inquiry, 48:
37-48.
Rocher, G., 1974: Talcott Parsons and American Sociology. Londres: Nel-
son.
Saurwein, K.H., en preparación: «Das ókonomische Elcment in der sozio-
logischen Theorie Talcott Parsons». Disertación doctoral, Universidad
de Dusseldorf, 1984.
Savage, P., 1981: The Theories o f Talcott Parsons. Nueva York: St Martin’s.
Schelting, A.V., 1934: Max Webers Wissenschaftslehre: Das logische Problem
der historischen Kulturerkenntnis. Dic Grenzen der Soziologie des Wis-
sens. Tübingcn: Mohr Siebeck.
Schluchter, W., 1979: Entwicklung des okzidentalen Rationalismus: Eine
Analyse von Max Webers Gesellschaftsgeschichte. Tübingen: Molir Sie­
beck.
— 1980 (ed.): Verhalten Handeln und System: Talcott Parsons' Beitrag zur
Entwicklung der Sozialwissenschaften. Frankfurt am Main: Suhrkamp.
Schmid, M., 1979: TIándlungsrationalitat: Kntik einer dogmatiscbcn Hand-
lunswissenschaft. Munich: Finck.
— 1982: Tbeorie sozialen Wandels. Opladen: Westdeutscher Verlag.
Scliutz, A., 1962: Collected Papers, vol. 1. La Haya: Martinus Nijhoff.
Schutz, A. y Luckmann, T., 1979: Strukturen der Lebenswelt. Frankfurt am
Main: Suhrkamp.
Schwanenberg, E., 1970: Soziales Handeln — Die Tbeorie und ibr Problem.
Berne: Huber.
— 1971: «The Two Problems of Order in Parsons’ Theory: An Analysis
from Within», Social Forces, 49: 569-81.
Sciulli, D., 1984: «Talcott Parsons’ Analytical Critique of Marxism’s Con-
cept of Alienation», American Journal o f Sociology, 90: 514-40.
Sciulli, D. y Gerstein, D., 1985: «Social Theory and Talcott Parsons in the
1980s», Annual Review o f Sociology, 11: 369-87.
Shils, E., 1975: Center and Peripbery: Essays in Microsociology. Chicago:
University of Chicago Press.
Smelser, N.S., 1963: Theory of Collective Behavior. Nueva York: Free Press.
Smith, A., 1937: The Wealth o f Nations. Nueva York: Modern Library.
Primera edición en 1776. (Trad. al español: La riqueza de las naciones,
Orbis: 1985).
— 1966: he Theory o f Moral Sentiments. Nueva York: Bohn. Primera edi­
ción en 1759.
Stichweh, R., 1980: «llationalitat bei Parsons», Zeitschrift fiir Soziologie, 9:
54-78.
Sztompka, P., 1974: System and Function: Toward a Theory o f Society.
Nueva York: Academic Press.
— 1979: Sociological Dilemmas: Toward a Dialectic Pradigm. Nueva York:
Academic Press.
Tenbruck, F.H., 1959: «Die Genesis der Methodologie Max Webers», Kól-
ner Zeitschrift fiir Soziologie und Sozialosychologie, 11: 573-630.
— 1975: «Das Werk Max Webers», Kólner Zeitschrift für Soziologie und
Sozialpsychologie, 27: 663-702.
Teubner, G. y Willkie, H., 1984: «Kontext und Autonomie: Gesellschaftil-
che Selbststeuerung durch reflexivos Recht», Zeitschrift fiir Rechtssozio-
logie, 6: 4-35.
Tiryakian, E.A., 1979-80: «Post-Parsonian Sociology», Humboldt Journal
of Social Relations, 7: 1732.
Turk, H. y Simpsons, R.L. (eds.), 1971: Institutions and Social Exchange.
Indianapolis: Bobbs-Merill.
Turner, J.H ., 1974: «Persistent Issucs in Parsonian Action Theory», Socio­
logical Inquiry, 44: 61-3.
— 1978: The Structure o f Sociological Theory. Homewood, Til.: Dorsey.
First publisbcd 1974.
Turner, J.H . y Beeghley, L., 1974: «Current Folklore in the Criticism of
Parsonian Action Theory», Sociological Inquiry, 4: 47-55.
— 1981: The Emergence o f Sociological Theory. Homewood, 111.: Dorsey.
Watkins, J.W.N., 1952: «Idealtypes and Historical Explanation», British
Journal o f Sociology, 3: 22-43.
Weber, M., 1972: Gesammelte Aufsdtze zur Religionssoziologie, vol. 1. Tü-
bingen, Mohr Siebeck, Primera edición en 1920. (Trad. al español: En­
sayos sobre sociología de la religión, Taurus: 1984).
— 1973: Gesammelte Aufsdtze zur Wissenschaftslebre. Tübingen: Mohr Sie­
beck. Primera edición en 1922.
— 1976: Wirtschaft und Gesellscbaft. Tübingen: Mohr Siebcck. First pu-
blished 1922. (Trad. al español: Economía y sociedad, F.C.H.: 1984)
Weiss, J., 1975: Max Webers Grundlegung der Soziologie. Munich: Ullstein.
Whitchcad, A.N., 1967: Science and the Modern World. Nueva York: Mac-
millan. Primera edición en 1925.
Wippler, R., 1978: «Nicht-intendiertc soziale Folgen individueller Handlun-
gen», Soziale Welt, 29: 155-79.
T E O R IZ A R A N A L IT IC O
Jonathan F. Turner

Aunque el término «analítico» es vago, aquí voy a utilizarlo para


describir una serie de métodos teóricos basados en los siguientes
supuestos: 1) hay «ahí fuera» un universo externo que existe inde­
pendientemente ae cómo lo conccptualicemos; 2) dicho universo ma­
nifiesta ciertas propiedades atemporales, universales e invariables; 3)
la finalidad de la teoría sociológica es aislar estas propiedades gené­
ricas y entender el modo en que funcionan. Me temo que estas
afirmaciones atraigan una avalancha de críticas y sumerjan la activi­
dad teórica en un debate teórico irresoluble por naturaleza. Los teó­
ricos sociales han pasado demasiado tiempo defendiendo o atacando
la posición de la teoría analítica, y en consecuencia han descuidado
la tarea principal do toda teoría: entender cómo funciona el mundo
social. No deseo ser otro Brer Rabbit * arrastrado a este cenagal
filosófico, pero permítaseme al menos esbozar, a grandes rasgos,
algunos de los problemas filosóficos implicados.

El debate filosófico

La teoría analítica postula que es posible una «ciencia natural de


la sociedad» (Radcliffe-Brown: 1948), expresándolo con palabras de

* Personaje que aparece en los libros de J . C . Harris.


— 1978: The 'striutw e o f Yonn/ngtra/ V hfojy. Ilo m rv o o d . I I I : Dorwjr,
First pubÜshcd 1974.
Turner» J.H . y Bccghlev, L., 1974: «Currcni Folklore in thc C m ic is n ot
Panonian A.:»un I m o n » , S oiiologi& i lnc¡*tiry9 4: 47 5*.
198! s F.m crtcncc o f O oaohg ical ’f h co ry . ílom cw ood. 111.: D oitcy
W jtk in -. J \X’ \ . 19S2: «M íalM M i and Hi «tnrir.il F!*planatinn..
foM m al o f S cáolog y . 3 : 22-43.
W cbcr, NU 1972: G cuurtm ehf A kfsáu c z * r RtHgjnomso2 io h g ie, vol. 1. Tu*
bingen, M ohr biclxck . Prime ja ciiicwn en 1920. (Trad. al español: £ * -
my * 5 sobre »i*.rvlo^ia d e Lt re¡4¿ián9 Taurus: 1984).
— 1973: G+umnteít* AuffM /.t ru r W isitn i& afttlth rt Túhingtn: MolirSte-
fccck. Primera edición en 1922.
1976: W iw d w fi u nd C €5cüscbéft. T úbingcn: M ohr S k b cck . Fírw pu-
blubed 1922. <frad. al español: tio n o m ía y to á td * d %F .C E .: 1984)
V ftte , J . , 1975: M /ix W 'rfm (JnmHe9M n¿ der S oitologic. Muntclx: LiUurir..
W hírthraii A N , 1967: Stiemyr an d <í< M oJern W orld. N urv* Y o rk : Mac-
millan. Primera edición en 1925.
XX’ippIcr, R ., 1978: «N ichrinicnd ierte soziale F o lie n individudlcr Handlun-
£en>, S o /u le UWr, 2 9 : 135*79.
TEO RIZA R ANALITICO
Jo n .u lian I . Turner

Aunque e l térm ino «analítico* es vago, aquí voy a utilizarlo para


describir una serie de m étodos teóricos basados en los siguiente*
supuestos: 1| lu y «ahí fuera» un universo ex tern o que existe inde­
pendientem ente de cóm o lo toiK cptu alicem tks 2) d ich o universo ma-
nifievta ciertas propiedades atcm poralc*, universales e invariables; 3 }
la finalidad de a teoría sociológica es aislar esta* propiedades gené­
ricas y entender d m od o en que funcionan. M e tem o nue estas
afirm aciones a tra ca n una avalancha de críticas y su m erjin la acüvi
dad teórica en nn debate teó rico irresoluble por naturaleza. L o s teó­
ricos sociales han pasado demasiado tiempo defendiendo o atacando
la posición de la teoría analítica, y en consecuencia han descuidado
la taren principal de toda teoría: entender có m o funciona el mundo
social. N o deseo ser o í t o Hrer K a b b it" arrastrado a este cenagal
filosófico, pero perm ítasem e al m enos esbozar, a grandes raigo*,
alguno* de los problem as filosó fico s implicados.

E l d e b a te filo s ó fic o

La teoría analítica postula que es posible una «ciencia natural de


la seried a d ” íK ad cliffe B ro w n : 1948), expresándolo co n palabra* de

* P c r s o n iK que Jfu r c o e en k>» kbr<** At J C . Hirril


los científicos han de trabajar en sistem as em píricos naturales la pre­
dicción es difícil, puc» nu pueden con trolarse los efectos d e lat va
fiables extrañas. listas fuerzas extrañas pueden ser desconocidas o
inconm ensurables p a n las m etodologías al uso, pero aun siendo c o ­
nocidas y m ensurables puede haber r a o n e s m orales y políticas que
impidan ejercer un co n tro l sobre ella*. F.sta situación n o sólo se fes
lantca a los cien tíficos sociales, sino a todos los científicos natura
E •s. Al reconocer la dificultades de la predicción no propongo, sin
em bargo, que abandonem os los esfuerzos p o r co n v en irn o s en una
ciencia natural, del m ism o m odo que la geología o la biología no
ponen en tila de juicio su valor cien tífico porque no puedan predecir
los te n ciiiotos o la form ación de nuevas especies.
E n segundo lugar, el rechazo de la causalidad e s una gran debi­
lidad de algunas form as de positivism o, sea en la versión com tiana
o en Jas versiones de algunos filóso fo s más m oderno*. T i l rechazo
es aceptable cuando puede usar j e co m o criterio de explicación la
deducción lógica de Us conclusiones a partir de Us prem isas, pero
la teoría analítica tam bién debe ocuparse de lo s procesos que co n ec­
tan los fenóm enos. Es decir, es im portante saber p o r qué y cóm o
funcionan la* propiedades invariables del universo. Esta* cuestiones
reauerirían el análisis d e los procesos sociales subyacentes e, inva­
riablem ente. el de la causaliuid E l teó rico puede o n o incluir la
causalidad en las leyes form ales, pero lio puede ignorarla (K eat v
U n y : 1975).
Fn tercer lugar, el positivism o lógico postula que los cálculos
mediante Jos que se «deducen» las conclusiones de lis premisas o el
«expU ctindum * del «.explúnans* .son claros y carecen d e ambigüedad.
P c io el hecho es qu e no lo son. G ran p aite de lo que constituye un
«sistema d ed u ctivo, en toda teoría científica es sentido com ún, y
.sumamente discursivo. P or ejem plo, la teoría sintética de la evolu­
ción es discursiva, a in o u e algunas partes d e la misma (tales corno la
genética) puedan form ularse con cierto grado de precisión. Pero cuan­
d o se em pica esta teoría para explicar fenóm enos no se aplica ajus­
tándola rígidamente a un c ik u lo , sirio a lo que le «parece id/.onablc-
a una com unidad de investigadores. A l afirm ar esto no defiendo, sin
em bargo, que retrocedam os a una versión de la herm enéutica o re­
lativismo, ahora de moda.
Estas consideraciones muestran ia necesidad de que la teoría so­
ciológica m odere las exigencias del positivism o lógico. D eb em o s se
uir considerando nuestro objetivo e l aislam iento y la com prensión
5 c las características invariables, fundamentales y básicas del univer­
so social, p e ro no debem os ejercer un fascismo intelectual a este
respecto. Adem ás, la teoría analítica n o debe ocuparse de generali
dades y tr >e, sin o del «porqué» y el «cóm o» de las regularidades
invariables. P o r tam o, mi concepción de* la teoría, compartida por
la mayoría tic los analistas teórico*, es la siguiente: podemos desa­
rrollar leves abstracta* de las propiedades invariab le d d universo,
pero tales leyes tendrían o u c completarse con guiones (m od elos dcs-
i_npcior.es. analogías) de los procesos básicos de estas propiedades.
Aacm ás. en la mayoría de los casos la explicación no implicar* p re­
dicciones y deducciones precisa** m primer lugar poroue no es po­
sible efectuar controles experimentales p a n contrastar la m ayor par­
te de las teorías. La explicación consistirá, por u n to , en un uso m is
discursivo de proposiciones y modelos abstractos para entender los
fenómenos específicos. La deducción será poco estricta, incluso me-
taíóiica y , naturalmente, o t a r á sometida a controversia y debate. Sin
em bargo, la sociología no es única a este respecto; la mayoría de las
ciencias actúan d e esta manera. F.l análisis de Thom as Kuhn, suma­
mente discutible, enfati/a el carácter tociopolítico de la* teorías
(K uhn: 1970) Pero tam poco p o r d io tenemos que abandonar nues­
tra búsqueda de propiedades invariables, com o tam poco lo hace la
física aonouc admita que muchas proposiciones se formulan (al me­
nos m icialm cntc) de form a un tam o vaga y están sujetas a negocia­
ción política dentro de u iu comúnidaii científica.
C erraré esta sección sobre d debate filosófico con un breve c o ­
mentario sobre las críticas al positivismo, y añadiré una descripción
no demasiado estricta de sus principios. Una de las críricai ex que
la» prooosiciones teóricas no son tanto descripciones o análisis de
una realidad independiente y externa com o creaciones y construc­
ciones del científico. La teoría no se ocupa de una realidad •exrcr
n i* , sino cjue e s más b:cn producto de los intereses del científico o
de su sentido de la estética. Una variante de esta crítica es que las
teorías nunci se contrastan con los «hechos» de un mundo exterior
porque los propios «hechos* también son relativos a los intereses de
ios científicos y a ¡os protocolos de investigación políticamente acep­
tables para una comunidad científica. E s m is: lo s hechos han de
interpretarse, o ignorarse, a la lu/- de Iw intereses de loa científicos.
El resultado global, sostienen los crítico», es que el supuesto proceso
d* ¿utocorrecc.ón de la co n tratació n de teorías r ñipólesis en I)
ciencia es ilusorio.
C reo cjue esta crítica es acertada en aspectos importantes, peni
creo tamhi¿n que exagera desmedidamente. P or supuesto, todos los
conceptos son de un m odo u o tro rdficactones; todos los «hechos»
se encuentran deformados p or nuestros m étodos y , en c ic r u medida,
todos ios hechos se interpretan. P ero se ha conseguido acumular
conocim iento sobre el universo a pesar d e esos problemas. Ksie c o ­
nocim iento no puede estar enteramente seagado ni ser entei ámente
subjetivo: si así fuera, las arma.» nucleares no explotarían, los termo-
metros no funcionarían, los aviones no volarían, ctc. Si em prende­
mos seriamente la form ación de teorías sociológicas, acumularemos
conocim ientos sobre el universo ¿ocia!, aunque a través del confuso
camino c u c ha c e recorrer en las «ciencias duras». P or tanto, el
mundo externo se im pone a la larga co m o corrector del conocim ien­
to teórico.
U n a segunda serie g en eral de c rític a s al m éto d o a n a lítico que
d efiend o se ce n tra m ás e sp ecífica m e n te en las cien cias so cia les, y se
in fiere a la n atu raleza sustantiva d el u n iv erso so cia l. E x is te n n u m e­
rosas variantes de c s ia tesis, p e ro su a rg u m en to ce n tra l es el sig u ien ­
te : la m ism a n atu raleza del u n iv erso j>uede ser alterada en virtu d de
la cap¿cid ad de p en sam ien to, re flex ió n y a c ció n de los s e r e s hu m a­
n o s, h n la cien cia so cial* Ixs leyes relativas a un m u n d o m v aiiablc
so n irrelevantes, o al m e n o s tien en u n a validez tem p o ra lm en te lim i­
tad a, pues el u n iv erso s o d a l ve reestru ctu ra co n tin u a m e n te m ediante
los a cto s reflexiv os d e loa seres humanos. A d em á s, esto s p u ed en usar
las teo ría * de la cien cia social para re estru ctu ra r el u n iv erso d e tal
fo rm a q u e esxt leyes quedan desbord ad as (v id ., por e je m p lo . C id -
dons 1984 ). F.n el m e jo r d e los ca so s, p o r consiguien te» las ley es y
o tro s in stru m en to s te ó ric o s u le s c o m o la co n s tru c c ió n d e m od elos
so n tem p o rales y válidas en un p erío d o h is tó ric o d e te rm in a d o ; en
el p e o r, n u n ca s o n ú tiles, d ad o q u e la n atu raleza b ásica d el m undo
social se tra n sfo rm a co n sta n tem en te.
M uchos d e los que han form ulado esta objeción — desde Mane
a Giddcnv— la han pasado por alto en su propia obra. Por e¿e*Nplot
n o tendría m ucho sentido estudiar detenidam ente a M arx, cosa que
están dispuestos a hacer mucho» teóricos contem poráneos, ¿ no
ser q^uc cream os que este descifró la dinám ica básica, genérica e
invariable del poder. ; Y pi>r qué habría de m olestarse (¿iddcn*
(1 9 8 1 ; I9S4) en desarrollar una 'teoría de la estructuración* que
postula relaciones entre propiedades invariables del universo si no
pensara qu e había llegado al núcleo de b acción, interacción y orga­
nización :iumanw trascendiendo la superficie de los cam bios h istó­
ricos.
M uchos de los que form ulan esta actuación confunden las leyes
y las generalizaciones em píricas. Q u é duda cabe d e que los sistemas
sociales cam bian, igual que cambiar] en el universo em pírico e l sis­
tema solar o los sistemas biológicos, ecológicos y quím ico». Pero
estos cam bios n o alteran la j leves de la gravedad, d e la form ación
de especies, de la entropía, de la relación difusión/fuerva n de a
tabla periódica. I.O* seres hum anos siem pre har. actuado, interactua
d o, diferenciado y coordinado sus relaciones «sociales; estas son al­
lomas de las propiedades invariables de la organización hum ana, y
de ellas deben ocuparse nuestras leyes más abstractas. E l capitalism o,
la fam iiia nuclear, los sistemas de casta», la urbanización y otros
fenómenos h istóricos son. por supuesto, variable*, pero no son estos
el o b jeto de la teoría, co m o algunos sostendrían. Si bien la estructura
del universo social cam bia continuam ente, 110 k» líate la tluilm ica
fundAnvrnul subyacente a c s u estructura.
U na tercera serie de críticas a la teoría analítica procede de la
teoría crítica (vid., pnr ejem plo, H aherm as: 1972), la cual sostiene
que rl poritivivivio identifica Lis condiciones existentes con lo que el
universo social d e b e ser y, en consecuencia, n o puede proponer al­
ternativas al siadt qi4o existente. I n su preocupación por la* regu­
laridades propias del m od o actual de estructuración del universo, los
positivistas m antienen ideológicam ente las condiciones existentes de
dom inación humana. D e este m odo, la ciencia no valoraiiva se co n ­
v ien e en un instrum ento al servicio de los intereses de quienes más
se benefician de la si.u a Jó n social establecida.
fcsta critica tiene algunos aciertos, pero la alternativa d e los teó­
ricos críticos al positivism o es generar form ulaciones que muchav
vece» tienen p o co que ver co n la dinám ica funcional del universo.
G ran parte c e la teoría critica, por ejem plo, consiste en una crítica
pesimista y/o en la construcción de utopias irrem ediablem ente inge­
nuas (v id ., p o r ejem plo, H alierm as: 1981).
Pienso, adetniv, que esta critica se basa en una concepción defi­
ciente ¿ e l positivism o, l^a teoría no debería lim itarse a describir las
estructura* existentes, sino que tendría que revelar la dinám ica sub­
yacente a esas estructuras. N ecesitam os, m i l qu e teorías so b re el
capitalism o, la b u ro crao a, la urbanización y otros fenóm enos em pí­
r ic o s teoría.' su bie la prod ucción, la organización del ti abajo, la
destrucción del espacio y o tro s procesos d e índole general L o s caso*
h istó rico * y las m anifestaciones em pírica* no son el o b jeto de la«
leyes; son e l lugar en e que contrastar la olausíbilidad de las leye$.
P o r ejem plo, las descripciones de las regularidades de la econom ía
capitalista son los datos (n o la teoría) para contrastar las im plicacio­
nes de las leyes abstractas de la producción.
Puede aducirse, p o r supuesto, que tales «leyes de b producción>
aceptan acráticamente el ttutu q * o s pero y o replicaría due los m ode­
los de organización humana icquieren que se sostenga la producción
y que, p o r lo tanto, rcpreseuian una propiedad genérica de la o ig a
nización humana m í* que una ciega afirmación del statu q u o . Gran
parte de la teoría crítica no reconoce que existen propiedades inva­
riables que los teóricos n o pueden «elim inar» co n su* utopías. KaH
\'arx com etió este error en 1848 al suponer que el poder co n cen ­
trado -se disipan en sistemas diferenciado* (M arx y lindéis: 1971);
más recientem ente, Ja re e n H aberm as (1 9 7 0 ; 19S1) ha propuesto una
concepción utópica de a acción comunicativa que subestim a el fcra-
d o en ei que to d a interacción se distorsiona Je form a ineludible en
s i s m a s complejos.
Y o contestaría dos cosas. 1.a prim era es que si buscam os propie­
dades invariables, serem os menos propensos a form ular afirm aciones
que apoyen el tfar# qu o. La segunda, que .suponer c|uc n o existen
propiedades invariables induce a Jas teorías a p ercer de vista pxogre-
sivamcu'.c el hecho de que c! mundo no se som ete fácilm ente, y en
algunas casos no podrá pama* som eterse, a los caprichos y fantasías
ideológicas de los teóricos
N o considero apropiado continuar profundizando en estas cues­
tiones filosóficas. La postura d e la teoría an ilítica con respecto a
estas cuestiones es elara. F l verdadero debate ¿e n tro de la teoría
analítica se libra so b re la cues:ión de cuál es la m ejo r estrategia para
desarrollar proposiciones teóricas sobre las propiedades básicas del
universo social.

L a s e s tr a te g ia s d iv e r g e n te s de la te o r ía a n a lític a

En n i opin ió n , existen cuatro enfoques básicos co n respecto a


la construcción de la teoría sociológica : programas m ctatcóricos;
programas analíticos; programas p ro p o rcio n ale s; programas de cons
tra cció n de m odelos. H ay, sin cmt>argp, variantes contradictorias
d en tro de estas enfoques, de form a que en la p ráctica e l núm ero es
considerablem ente m ayor. Sin em bargo, exam inarem os las variantes
ba;o estos epígrafes generales.

M cta lco ria

E n li sociología ex ilien num erosos partidarios de la idea de que


para que la sociología sea productiva es esencial d efinir ios «presu­
pu estos* básicos o u e han de guiar la actividad teórica. Es decir, antes
d e que pueda elaborarse una teoría adecuada es necesario plantear
ciertas cuestiones fundam entales: ¿d ial es la nstvrakr/a de U activi­
dad humana, de la interacción hum ana, de Ja organización humana?
¿Ciúai es el co n ju n to de procedim ientos m is apropiado p a ra desa­
rrollar li teoría, v qu e clase de teoría es posible? ¿C úales son las
cuestiones centrales o los problem as críticos en que debe co n cen ­
tra rle la teoría sociológica?... etc. T a le * cuestiones y los extensos
tratados (p. c j., A lexander: 1982-3) a que dan lugar conducen la

1 V i l T u rn e r ( i W b ; IVK6. ca p . 1) para u n análisis m i s deu|Ij*J.i.


te o ría a los viejos c irresolubles debates filosóficos: idealismo verru*
materialismo, inducción versus deducción, subjetivismo v en u s obje­
tivismo, y o tro s semejantes.
Lo que da a estos tratado* el calificativo de «m eta* — es decir,
lo que «viene después* i> «sigue a», según iníuuiia el diccionario^
es que esu s c u o i í o o q filosóficas se originan en el con texto de un
nuevo análisis de los agrandes teórico s*, en particular de KarI M arx,
Max W c l w , Hmik Durkheim y , m is jccienrem ente, T alcott Par-
50115. Aunque estas obras siempre «on eruditas, llenas de largas notas
a pie d e nabina y de u ta* relevantes, creo que muchas veces sofocan
la actividad teórica. Envuelven la teoría en cuestiones filosófica* irre­
solubles. y se convierten con facilidad en tratados escolásticos que
pierden de vista el objetivo de toda teoría: explicar el funcionamien­
to d d universo social. P or tanto, la rnetateoría constituye una inte­
resante actividad filosófica y , a veces, una fascinante historia de las
ideas, pero no es teoría y no puede utilizarse fácilmente el teoriza]
analítico.

Pro^ramai analíticos

Oran p arte de las teorías sociológicas implican la construcción de


sistemas ae categorías que, presumiblemente, denotan propiedades
claves del universo y relaciones cruciales entre estas propiedades. En
esencia, tales programas son tipología? que estructurar, las principa­
les propiedades dinámicas del universo. Los co n ccp :o s abstractos
analizan de forma minuciosa las piopiedades básicas del universo y
ordenan posteriorm ente ditas propiedades d e un m odo uuc, según
se supone, ofrece una visión de la estiuctuta y dinámica del univrr-
$o. Se logra explicar los fenómenos específicos cuando el programa
puede usarse para interpretar ciertos procesos empíricos específicos.
Tales interpretaciones son. básicamente, de de» tipos: I) la que co n ­
sidera que al encontrar d lugar o la casilla de un teriómeito empírico
en el sistema catcgorial dicho fenómeno aueda explicado 2; 2) la que
declara explicados tales fenómenos cuando puede emplearse d pro
grama para dab orar una descripción de có m o v p o r qué han ocu-
rrido los fenómenos de una situación empírica .
F,sta> dos co n c e p c io n e s diferentes de la explicación mediante p ro ­
gramas analíticos reflejan d os enfoques contradictorios: el de tos
•>programas analíticos naturalistas» y el de los -program as analíticos
interpretativos». E l prim ero posttila q u r la ordenación de c o n c e p ta s

• Vi4.<kmplufe cu PSikmu: 193?; M il. I t t i ; !9 7 la ; I07|bj t07*.


* Vid. qcmpíu* en Blumer {11*9} y Guldets (I9W).
en el program a representa una «acentuación analítica» de la ordena­
ción del universo (Parsons: 1937); co m o consecuencia de este ú o-
mnrfísmo, generalmente se considera que la explicación consiste en
descubrir que lu^ax ocupa un fenómeno empírico en el programa.
E ! secundo m étodo suele Techa*, aí tam o el positivismo co m o el na­
turalismo, y sostiene que d sistema de conceptos solo es provisional
e «interpretativo» (Blum er: 1% 9 ; Giddens: I9fc4). C o m o el universo
s e tranform ará, los programas conceptuales tienen también que cam ­
biar; en el m ejor de lew casos, pueden ofrecer una fonna útil de
interpretar los fenómenos empíricos en un determinado m omento.
l)c ¿cuerdo con esto, 1.1 variante naturalista y la m etatcoría a
m enudo ai^umentan de forma similar; el programa analítico es un
prerrequisito necesario de otros tipos d e actividad teórica (cfr., p or
ejemplo, M üncli; 19 8 2 ). Pues si no se dispone de un program a que
formula y ordena en un nivel analítico las propiedades del univeno,
es difícil saber sobre que va a versar la ceor/a. De m udo que, para
algunos;, los programas analíticos naturaliatas son un preliminar ne­
cesario para desarrollar la teoría sociológica de acuerdo con el enfo­
que d e construcción de modelos y el enfogue preposicional. P o r el
contrario, quienes emplean program as analíticos interpretativos vue­
len rechazar ia búsqueda de leyes universales considerándola estéril,
dado que estas leyes quedarían obviadas al transformarse la natura-
leva fundamental del mundo (Giddens: 1977; 1984).

P rogram as p ropo* id o n a les

Los. programas proposieionale-s giran en torno a aserciones que


relacionan unas variables con otras. L í decir, las proposiciones fo r­
mulan la forma relación «•ntre dos o m is propiedades variables
del universo social. L o s programas p roporcion ales son de tipo muy
diverso, y podemos agruparlos en tres tipos generales; «programas
axiom áticos», «program as formales» v «programas em píricos*.
La teoría axiom ática implica la deducción en virtud de un cáiculo
preciso del fenómeno em pírico a partir de axiomas abstractos que
contienen conceptos claram ente definidos referentes a un fenómeno
em pírico. La explicación consiste en determinar que un fenóttieuo
em pírico cae bajo uno o varios axiomas. Sin embargo, rara* veces es
posible la teoría axiomática en aquellas ciencias que no pueden efec­
tuar controles de laboratorio, que no pueden definir los conceptos
en términos de *clases exactas» y que no pueden usar un cálculo
formal com o la lógica o U matemática (Frecse: 1980). Aunque los
sociólogos (p. ej. E m erson : 1972; H om ans: 1984] empleen con fre­
cuencia el vocabulario de la teoría axiom ática — axiomas, teorem as,
corolarios— raras reces están en condiciones de cumplir los requi­
sitos de la auténtica teoría axiomática. Li> que en realidad hacen es
teoría formal (Freese: 1V8C).
La teoría formal teoría axiomática «rebajada*. Se articulan le
yes abstractas y se -deducen» fenómenos empíricos de forma vaga
y discursiva. I a explicación consiste en interpretar un fenómeno
empírico co m o un caso o manifestación de una ley más abstracta.
Por consiguiente, !a finalidad de U teoría consiste en desarrollar
leyes o principios elementales acerca de las propiedades básicas del
universo.
El tercer tipo de programa proposicional, el em pírico, no es en
rcilidad una teoría. Sin em bargo, vanos teóricos e investigadores
consideran que lo ex, p or lo que m enciooajé este tipo de actividad.
En efecto, varios críticos del teorizar analítico emplean ejemplos del
piogram a em pírico proposicional para atacar ¿I positivismo. Y a me
he referido a la tendencia de los críticos del pmciuvismo a confundir
una ley abstracta referente a un fenómeno general eon una genera­
lización referente a un conjunto de fenómenos empíricos. L a afir
mación de que las generalizaciones empíricas son leves se emplea
posteriormente para eiaborar una refutación del positivismo: no exis­
ten leyes atcmporalcs poique los fenómenos empíricos cambian siem­
pre. semejante confusión h* basa en la incapacidad d e tos críticos

Í >ara reconocer la diferencia entre una generalización empírica y una


cy abstracta. P ero incluso entre los partidarios del positivismo se
tiende a confundir lo que lia de explicarse (la generalización cmj>i
rica) con lo que ha de explicar (la ley abstracta). Esta confusión
adopta varias formas.
Una consiste en elevar la humilde generalización empírica al ran­
go de «ley», tal co m o ocurre con la -ley de G olden*, que única­
mente constata que existe una correlación positiva entre industriali­
zación y alfabetización. O tra consiste en seguir la célebre defensa
que h a ca M cn o n de las ♦teoría» de alcance medio», cuya finalidad
era desarrollar ciertas generalizaciones relativas a un área determina­
da, com o la urbanización, el control organizativo, la desviación, la
socialización y algunos OCIOS temas de esta índole (M erton : l% 8 ).
De hecho, tales teorías son goacralizaviocies empíricas cuyas regula­
ridades requieren una formulación aiáí abstracta que la* expli­
que. Sin em bargo, numerosos sociólogos creen que o ta s proposi­
ciones -de alcance m ed io- son teorías, a pesar de su carácter empí­
rico.
Por tanto* m uchos de los trabajos desarrollados en el programa
proposicional carecerán de utilidad para la formación de teorías. Las
condiciones que requiere la teoría axiom ática raras veces pueden cu m ­
plirse, y las proposiciones empíricas no son, por su natuialczi, tan
abstracta* co m o para ser teóricas. D e los diversos fntnques propo-
siciojale*, t i c o que el J e la teoría formal es el m is úlíI para el
desarrollo J e la teoría analítica.

P rogram as d t con stru cción d r m odelos

F l uso d d térm ino «modelo» en Ias ciencias sociales es suma­


mente ambiguo. En las ciencias más maduras, un m odelo es una
forma de representar visualmcnce un fenómeno de tal m odo que l e
pongan J e manifiesto sus propiedades .subyacentes y la\ intercone­
xiones entre esu s. En la teoría so cial la construcción de m odebs
comprende diversas actividades, dc^de la construcción de ecuaciones
formales y simulaciones informáticas a rcojcseutacioucs £j¿ftca* Je
relacionen fntre fenómenos. RcAtrirgiré eí uao que voy a hacer del
term ino a las teorías en las que los conceptos y sus relaciones se
rrpresenT.in co m o una representación visual que muestra las propie­
dades del universo social y sus in terrd aco n cs.
Un modelo, p o r tanto, es una representación diagramática J e
fenómenos que co n su de io s siguientes elementos: unos conceptos
que denotan y destacan ciertas características del universo; la disp;»
o c:ó n de estos conceptos en un espacio visual de m anera <iue quede
rctlejada la ordenación de fenómenos en el universo; y síninolos que
definen la naturaleza de las ich cion es entre los conceptos. En ia
teoría sociológica suelen construirse dos tipos de m odelos: «modelos
abstracto analíticos- y «modelos empírico-causales*. L os modelos
ab*tracto-analíticos desarrollan conceptos sin referencia a un con tex­
to - por ejemplo, conceptos relativos a la producción, centralización
del poder, diferenciación, y o tro s p or el estilo— y lue^o representan
sus propiedades mediante un g á lic o . Dichas relaciones suden ex
presarse en términos causales, pero estos nexos causales son co m ­
plejos, poseen diversa importancia y siguen nitideio* diferentes {tales
com o bucles de rcalimentación. ciclos, efectos recíprocos y otras
representaciones conectivas no lineales).
A diferencia de estos, los modelos em píiico-causales suelen co a -
vistir en formulaciones de correlacione* entre variables medidas, o r­
denadas en una .secuencia lineal y temporal. Su objeto es irexplicar
la variación» d r una variable dependiente en función de la gene de
variables independientes que intervienen (Blalock: l % 4 ; Duncan:
1966) En realidad, se tiata de una descripción empírica, pues los
conceptos del m odelo son variables medidas para un caso em pírico
particular. Sin em bargo, a pesar de su falta de abstracción, a menudo
se con ‘¿Hieran «teóricos». Ijual que ocu rre con los programas p n v
posicionalcs empiricos, estos modelos, más empíricos, tendrán una
utilidad mucho m enor para la construcción de teoría* que los m o ­
delos analíticos. C om í) su correlato dentro del enfoque proposicio-
nal, los modelos causales representan regularidades de los IiccIk »*
que requieren una teoría más abstracta que las esplique.
C on esto term ino mi cxjm cn de lav diversas estrategias para la
construcción d e la teoría .sociológica. Comi> u¿ evidente, considero
que solo alguna» de estas son apropiad a para 1a teoría analítica y
para ia teoría en grnrral Com pletaré este examen con un análisis
más explícito de los m antos relativos de los distintos enfoques

M érito> rela tiv o s d e L a d it e n a s estrateg ias teóricas

Desde un punto de vista analítico, la icoria debería ser, en primer


lugar, abstracta, y no tendría que estar vinculada a la* pauivuuiida-
des de un caso histórico/em pírico. Por consiguiente» Ij construcción
empírica de m odelos y el programa p roporcional em pírico no son
teoría; manifiestan ciertas regularidad#* J e los datos y requieren una
teoría que las explique. Son un explican du m en busca de un ex p ía-
rtjtn Pn segundo lugar. el teorizar analítico subraya que las teorias
deben contrastarse con los hechos, con .o que las estrategias meta*
teóricas y las elaboradas estrategias analíticas no son auténtica teoría.
M ientras que la metateoría es sumamente filosótica e imposible de
co n tra su r, las estrategias analíticas interpretativas pueden ser em ­
pleadas com o puntos de partida para la construcción de una tctvría
contrastable. Si pueden ignorar*c los dogmas ant»po$itiv»*ta* de sus
par lid a: ios, los mciKionados programas analítico» interpretativos
ofrecen una buena base para em pezm r a OOnceptualizar lax claics
fundaméntale* de rar.abies que pueden incorporarse a proposiciones
y modelov contrastables. E sto también puede hacerse con los p ro ­
gramas analítico* naturalistas, p ero es mas difícil: les importa dema­
siado su propia majestuosidad arquitectónica. Hnalmente, a diferen­
cia de algunos analistas teóricos, y o creo que la teoría no debe limi­
tarse a la ccn trastac.ón abstracta de regularidades: !a teoría debe
ocuparse del problema de la causalidad, aunque n o de la >¿im»lc
causalidad de los- anídelos empíricos. F n mi opinión, los modelos
analíticos ofrecen un importante com plem ento a las proposiciones
abstractas porque representan los complejos nexos causales efectos
directos c indirectos, bucles de real imantación, efecto* recíprocos,
e tc,— entre los conceptos de la proposiciones. Sin tale* modelos es
difícil co n ocer qué procesos y mecanismos están implicados en la
creación de b s relaciones que se especifican en una proposición.
P o r tanto, a la lu/ de csu s consideraciont*, I) la teoría analítica
tiene que *cr abstracta; 2) debe referirse a propiedades generales de.
universo; 3) debe ser contrastahle o sj,sccpiib.e de generar proposi­
ciones co n testab les; 4) no puede ignorar la causalidad ni los meca­
nismos p ro co u ales y operativos. P or consiguiente, el m ejor m odo
de abordai la construccióu de teorías sociológicas es una com bina­
ción del programa analítico interpretativo, de las proposiciones fór­
male* abstractas y de los modelos analíticos (T u m er: 1986) Ifstc es
el tipo de sinergia mas creativo; y si hien distintos analistas teóricos
tienden a insistir en unos componentes más que en otros, es el uso
á m u h á n co de estos tres enfoques el que ofrece las m ayores posibi­
lidades de desarrollar una -ciencia natural de ia sociedad». L a fig. I
representa en form a un taino idealizada mi tesis4.

FIGURA I .—RcUavncs cnt*x iw vnfoqnct (tórtev j y sm pottnoatuiAcUi p¿r*


¡a coatí n en óñ J f teorías

t u y ..,* . P c n r W M c i ( u n Vi
,.w oNumMh rf* tmrtn
tfmvHku
mivtsIfQri» i

I Í
da loliréi tftctótioo

I
----- -----* ¿roe»*'»’** <e>fiicc< Utorpr«#tí%oi
t
•xcTilirm, c%ntyfo ♦
ff^ a M K S S z s s .

1--------- ♦ I NcJ»
Toofi-j» cri

iropni; *>»»«■ ü« j m » : a

! <f*C» r.v>#prarMt
n o d # ! o i «( t j . j o ) i o j i o . ' í
•nMfpmUe&n trftmi

I
nvplrtut

C om o es evidente, puede comenzarse la elaboración de la teoría


construyendo programas interpretativos analítico* cjue definan de
m odo provisional propiedades clave del universo social. Por sí sola,
n i actividad im productiva, pues este programa nn puede contras­
tarse. Solo puede utili¿arse para •iiueipreur* fenómenos. En mi

4 Vid. Tumer 0 ‘W5b; 19H6) jura una deir.fipei/in in¿* iU**llada de Jm elemcrcot
de Ja h*. t.
opinión, esto es insuficiente: citubiCn o necesario generar proposi­
ciones abstractas y co n trolab les i partir del program a, y , al mismo
tiempo, establecer un modelo de Ion proceros que intervienen para
conectar los: conceptos ¿ c las proposiciones. Esto ejercicio puede
imponer la revisión del programa interpretativo; la construcción de
un m odelo analítico tam biín puede inducir al rephnteamiento de
una proposición. Lo decisivo €$ que estas ires ictividades se refuer­
zan m utuam ente: esto ex lo que yo entiendo p or «sinergia creativa*.
P or contraste, los programas naturalistas analíticos y la m etateo­
lia suelen ser excesivamente filosóficos y estar demasiado desligados
de las verdaderas u reas oue impone la realidad. Se rcifican desme­
didamente y se ocupan de fu propia arquitectura o se obsesionan
con su capacidad escolástica para -resolver* p ro b lem a filosóficos.
Sin em baído, no considero que rales activiJadcs sean irrelevantes;
creo que son útiles, pero solo d a p u cs de que hayam os desarrollado
leyes v m odelos fiaolex. U na v e / hecho esto es útil proseguir la
discusión filosóík-a, que puede imponer ei reexamen de leves y pro-

Íiosiciones. Pero sin esta* leyes y proposiciones los programas a m ­


ílicos y la metateoría se convierten en tratados filosóficos autosufi-
cientcv. El program a analítico interpretativo es el instrumento oue
conecta las proposiciones y m odelos con la metateoria y con los
programas analíticos, más formales. E sios programas interpretativo*,
empicados para estimular la form ación de proposiciones y reexami­
nados a ¡a 111/ de la co n tra ta c ió n de las pioposiciones, pueden otn:-
ecr presuposiciones con contenido em pírico para la metateoria y
para programas naturalista» más complejos. A ¡cu v e», cuando la
snetateoría y ov program as se ln n elaborado a partir d e una base
preposicional, pueden ofrecer intuiciones útiles que impongan el exa­
men c e Lis proposiciones y modelos existentes Sin em barco, sin esta
conexión con una teoría contrnstable, los program as analíticos y la
metateoría se mueven en el mundo retinado y rarificado de la espe-
culación y el debate filosófico*.
P or lo que se refiere al aspecto más empírico de la construcción
de teorías, las propostciunw de alcance medio (que, en lo esencial,
ton generalizaciones empírica* de toda un área sustantiva) pueden
ser útiles co m o una tic loo formas de contrastar teoría* m is abstrac­
ta*. Tales «teorías- de alcance medio ordenan los hallazgos de la
investigación d r elasrc enteras ik fenómenos em píricos, y ofrecen
ñor tin to un conjunto sólido de datos que pueden arrojar lu / M)brc
leyes y modelos empíricos. Los modelos empírico-causales pueden
explicar lo* procesos temporales que conectan variables en teorías de
alcance medio o en una simple gcncrali/ación empírica. C o m o tale¿,
pueden ayudar a evaluar la plausbilidad de los modelos analíticos y
de las proposiciones abstractas Pero sin las leyes y modelos abstrae-
tas estos enfoques de c a r i a c r m is em p íreo no avudar.in a construir
una teoría; pues si n o cscán in sp irad o* en leve* abstracta* y modelos
formales, b s teorías de alcance medio, los m odelos caudales y las
generalizaciones empíricas se construyen a ¿ hoc> sin que im porte *i
ilustran o no una dinámica básica del universo. Es infrecuente rea­
lizar inducciones y elaborar teorías partiendo de esto# planteamien­
tos empíricos, dado que las teorías se construyen en realidad de
forma opuesta: prim ero la teoría, después su evaluación mediante
los dalos. Naturalm enie, la teoría se examina a la luz d e los datos
considerados de esta form a, pero cuando se empieza por los casos
particulares raras vcccs llegamos a elevamos p o r encima de ellos.
Tal es mi posición y la de la m ayor parte cíe los analistas teóricos.
Ha de com enzarse con program a* interpretativos, proposiciones y
m odelo*; la recopilación forma) de datos, la metateoría v la cons-
rrneesón d r program as vienen más tarde. Aunque la m ayoría de los
teóricos analíticos estarían de acuerdo con este tipo de formulación
estratégica, existe un considerable desacuerdo sobre el contenido de
la teoría analítica.

lil debate sobre el con ten id o de la teoría analítica

¿Cuál Jebe ser el objeto Je la teoría analítica? ¿Cuáles son las


propiedades más importantes del universo social / ¿C uál de estas debe
estudiante en primer lugar, o es m as fundamental? {C ó m o pueden
conciliarse lo* m icro^roeesot de la acción y d? la interacción con la
m aerodinámica de diferenciación e im i r a c i ó n d e poblaciones? Kstc
tipo de cuestiones agotan la teoría analítica, y aunque es obvio que
son importantes, los teóricos de la sociología han pasado demasiado
tiempo debatiéndolas. Por fortuna, también ha habido esfuerzos más
creativos encaminados a elaborar teorías, es decir, intentos por de­
terminar cuáles son las cualidades importantes del universo social,
p or desarrollar un programa analítico interpretativo para enfocar las
cuestiones relevantes, p or desarrollar conceptos y proposiciones abs­
tractos y p o r construir modelos analíticos para definir los mecanis
m os funcionales y los procesos inherentes a estas propiedades.
X o puedo examinar todos estos intentos teórico», por lo que
presentaré mis puntos de vista sobre las propiedades básicas del uni­
verso c ilustraré el tipo de teoría analítica o u e croo m ás productiva.
A l hacerlo resumiré la m ayor parte del trabajo teórico de la :eoria
anlítica, pues mi enf<v|iic es sumamente ecléctico y toma prestadas
muchas cosas de o lio s. Sin embargo, en primer lugar deoo hacer
n otar que tom o prestado de form a selectiva y , p or lo tanto, no hago
plena justicia a aquellos cuyas ideas utilizo. En segundo lugar, no
Teorizar analkiCC

te n g o re o a ro s en u m u r id e u de q u icu c s q u ;z á n o se con sid eren a ji


m ism o s te ó rico s a n a lític o s ; d e h e c h o , puede q u e s e co n sid ere n ene
m ig o * del tip o de te o ría q u e y o d efien d o. H ech as estas pu ntu aliza
c ¡ w « , sigam os adelante.

Un p ro g ra m a in terp reta tiv o [rara t i a x á lifis d e la o r^ a n b a ción


hum ana
C o m o se m encionó anuriorincr.ee, la m ayoría de los programas
analíticos naturalistas son excesivamente co m o Icios. Adema», al in
corpoiarse nuevas dimensiones de la realidaa al siempre creciente
sistema de categorías y al reconciliarse los elemento* nuevo* del
programa cor. los antiguos, estro programas tienden a hacerse cada
vez más sofisticados. I x » programas analíticos interpretativo* cam­
bien adolecen d e esta tendencia a com plicarse progresivamente, aña­
diendo nuevos conceptos y especificando nuevos nexos analíticos.
Kn mi opinión, cuanto más se complican estos program as analíticos,
m enor es su utilidad. Pienso que Jeb e tratarse la complejidad en el
nivel d e las proposiciones y los modelos, no en el m arco conceptual
global. F 0 1 tanto, un programa analítico interpretativo únicamente
debería definir d a sts genética* de variables, las proposiciones espe­
cíficas y los modelos tendrían que ocuparse de lo* detalle*. P or co n ­
siguiente, el programa interpretativo propuesto en la fij;. 2 es mucho
más sencillo que los existentes, aunque se complica cuando cada uno
d e sus elemento* c i analizado con m ayor detalle.
U na d e las razones de la complejidad de Ion programas existentes
c* que intentan abarcar demasiado. Son proclives a intentar dar cucn
ta de «codas las cosas al misino tiempo» (Tu rn er: 1984, cap I). Sin
embargo, las ciencias no han progresado mucho en sus etap as tcm
prunas tratando de alcan/.ar una comprchensividad prematura. F sta
tendencia a la compreitensividad se refleja en el infere» que vuelve a
despertar últimamente la cuestión del «nexo» (o , co m o también suele
denominarse, la cuestión de la «escisión-) entre la microteoría y la
m ccroteoría (Alexander et a t.: 1986; Knorr-C!etina y C icourel: 19S1;
T u rn er: 1983). L os teóricos desean ahora explicarlo codo — la mi-
crudinámica y la macrodinémica— de una vez, a pesar de que ai los
m icroprocesos de la interacción cu tre individuos en situaciones c a ­
das ni la macrodinámica de las poblaciones se han concepiuali/ado
adecuadamente. En mi opinión, el intento de entender la microbase
d e los m acronrocesos, y viceversa, es prem aturo L * fig. I propone
mantener la división entre la m acrosccialogta y la m icrosociología,
al m ino* p o r el m om ento. P or u n to , existe una -escisión - entre los
microprocesixv y los tnacroprocc*os, y yo no me propongo superar
la, a no ser d e form a puram ente metafórica.
IIGLRA 2.— Un progrém d interpreta?ti* p ira la (ten a analntca.

AttMáMmiM

i
PTOOOfto* c e procesos tí*
motivació* Interacción mirucluratión

UaawA'ulinks

l
prcoMOS do —►
1 í
p ro c^ o e ó#— ► C«X#ÍO» 04
Mocion drfefer.acción r.tt^raoón

i
P or lo que respecta a los m icroproccaos, considero que hay tres
el ases de dinámica* decisiva* c-n la recría Analítica: las que «empujan»
a los individuos a ir.teractuar (obsérvele que no digo -actu ar*, con­
cepto que ha recibido un excesivo énfasis conceptual en la sociolo­
gía) (Tu rner: 1985a); los que operan sobre los individuos cuando
adaptan entre sí su s conductas; y lo s que estructuran ca d e n a de
interacción a trav¿$ de. tiempo y del espacio. C o m o indican las He­
chas, estos m icroprocesos están ínterretacionailos, y ca ca uno actúa
co m o p aiám cu o de kw o tro s. P or lo que respecta a los m acropro-
cesos, creo que hay tres tipos de dinámicas que tienen una jn p o r-
tan d a central para la teoría analítica; p ioccso* de asociación que
detcffminan el número de actores (individuos o colectividades) y »u
distribución en el tiem po y en el espacio; procesos de diferenciación
de actores en el tiempo y en H espacio: y procesos de integración
cnic coordinan las interacciones de los actores a través del tiempo y
del espacio.
M icrodinám ica

G i m o he sugerido, la complejidad analítica debería añadirse en


el nivel de la construcción de modelos, y algunas veces en el nivel
proposicional, pues este es el -.mico punto en el que l.xs ideas teórica.'
pueden contrastan^ con los hecho* (una vez debidamente conside­
rados y rechazados — al m enos en su forma extrem a e intelectual-
mente enervante— todos lo$ problemas expuestos p or !os críticos
del positivismo). P o r consiguiente, la u re a del microanílisis es es­
pecificar la dinámica de las tres clases de variables — ir.otivacionalcs,
m tcraccionalcs y estructurales— en modelos abstractos y proposi­
ciones. Com encem os con los procesos de morivación.

P roctfos J e m otivación

Las conceptual i/aciones explícitas de los «m otivos» han caído en


desudo en la teoría a causa de todos los problemas aue implica ana
lizar y medir qué es *lo que impulsa a la gente* y fo au e *les lleva
a hacer ca ía s » . En ve?, de « t o , o s sociólogos han hablado de con ­
ducid, acción e interacción de una manera que disimula has:» qué
punto cu án abordando el problema de la m otivación. Al actuar así
nan encubierto el análisis de la motivación y de la interacción, lis
más útil separarlas analíticamente, presentando un modelo simple de
lo que «empuja», «impulsa», «motiva» y cllcva* a las persona» a
¡nteractuar entre sí de un modo determinado. Es cierto que cs:os
term inw son vagos, pero 3 un a.'í purdrn dar una idea de mis p ro­
pósitos generales.
Existen cuatro procesos de motivación en tollas las situaciones
de interacción: '.os procesos relacionado* con el mantenimiento de
la ^seguridad o n to ó g ica* (Giddens: 1984), o necesidad implícita de
reducir la ansiedad y lograr una sensación de confianza respecto a
los dem ás; los procesos que eiran en torn o al mantenimiento de lo
que algunos interacciónistas denominan autoconccpcíón «íntima», o
reifírm ación de la definición básica de uno mismo com o determi­
nado tijjo de en te; lo* relativos a lo que los teóricos de la economía
utilitarista y los teóricos Ucl intercambio conduciista consideran es­
fuerzos de los individuos p o r «obtener un beneficio- o incrementar
sus recursos materiales, simbólicos, políticos o psíquicos en deter­
minadas situaciones (H om ans: 1 974); y aquellos que se refieren a lo

3 uc la iinom etodolotna llama en ocasione* «fact icidad*, el supuesto


e que ti mundo tiene un carácter y un orden persistente o láctico
(Garfinkel: 1984). E stos cuatros procesos corresponden, respectiva­
mente, a las diversas concepciones de la motivación en las tradicio­
nes psicoanalítica (E rik son : 195C), ínteraccionm a simbólica {Kuhn y
M cPartlam l: I954J, utilitarista'conductiva (H om ans: 1974) y cluo
metodológica (G aríinkcl: 1984). Fstos enfoques se han considerado
antagonistas, con ciertas excepciones notables (p. e¡., Collins: 1975;
Giddens: 1984 ¿ Slnbiiuni: 1968). En i i fig. 3, ic presenta un modelo
analítico que bosqueja las intcrrclaciones principales entre cato* cua­
tro procesos.
En el lado der«*ho de la fig. 3 subrayo que toda interacción se
haya motivada por considera*.iones relativas a! intercambio. L o* in­
dividuos quieren sentir que han aumentado sus recursos a cam bio
del gasto de energía c inversión de recursos. Evidentemente, la na
turalcza de los recursos puede san ar, pero las teorías ar.aiiticas de)
intercambio consideran que lo* recursos de índole mas ^ cn m l son
el poder, el prestigio, la aprobación y , alguna* veces, la prosperidad
material. Así. desde el pum o de vista de la m ayor paite de las co n ­
cepciones actuales del intercambio, los individuos se ven «impulsa
d os* a perseguir al p in beneficio relacionado con alguno de essos
tipos de recurvo*, por lo que la interacción, en buena medida, im
plica la negociación del poder, rl prestigio y la aprobación (y . en
ocasione*, «le los beneficios económ icos). N o voy a desarrollar aquí
las tesis de la teoría del intercambio, puc> son bien conocidas, pero,
en mi opinión, los principios básicos de la :coría d d intercambio
son un buen resumen de un proceso de motivación.
H ay o tro proceso dr motivación que forma parte de los inter­
cambios interpcrsonalcs: el hablar y el conversar. C rio que Collins
( J 986) tiene razón al pensar que cstixs recursos tienen gran im por­
tancia en la interacción, y nu *on simple* instrumentos o medios.
K t decir* las persona? «gastan* p a la b ra con la esperanza de obtener
no solo poder (deferencia), prestigio, o aprobación, sino también
gratificando «a conversación p er se. Fn efecto, las personas negocian
sobre los recursos conversacionales tan acuvainente com o negocian
sobre los demás. A partir de tales conversaciones desarrollan una
«sensación» o -sentim iento* de satisfacción, o lo que Collins ha
denominado «em oción*. Es decir, la gente gasta e incrementa su
«capital em ocional» en sus intercambios de conversación. P or tanto,
el hablar no es únicamente un medio de transmitir poder, prestigio
y aprobación; es u m b itu un recurso en sí m ism o.
Sin em bargo, las negpdadonc* sobre los recursos conversaciona­
les no solo implican intercambio. También se intenta «completar» e
«interpretar** lo que ocurre en un proceso de interacción. Una situa­
ció n no se «entiende bien» sin la posibilidad de usar palabras, gestos
no verbales, elementos contcxruafes y otras indicaciones para «com*
prender» me?or *dc qué se trata» y «qu¿ ocurre». C o m o manifestó
Garfinkel {I98-4) por vez primera, m ucho de lo que ocu rre en un
p roccso <lc interacción implica la interpretación J e gestos a la luz
efe! con creto de interacción. Las personas emplean conocim ientos y
opacid ad es d e com prensión implícitos para interpretar una conver
sftción a Im de sentirse cóm od os en el contexto de un proceso ele
interacción. Y emplean diversos m étodos o -tth n o » para ma­
nifestar oue existe un entendimiento m utuo y que experimentan un
mundo similar. P or consiguiente, además d e intercambio de recur­
sos, las conversaciones son negociaciones acerca de «Jo que cita p a­
sando*; cuando desaparece esa sensación de acuerdo m utuo acerca
de li naturaleza de una situación» com o se hizo evidentr en los
célebres «experimentos de ruptura»* de Garfinkel, los individuos se
esfuerzan seriamente p or <restablecer» la sensación de que com par
ten, experimentan y participan de un mundo com ún. C uando los
individuos no consiguen sentir el universo com o un fenómeno c o ­
mún y com pan ido aumenta su ^rrviedad; se deteriora el sentido de
confianza, tan necesirío para la seguridad oncológica, lo que, a su
vez, empuja a la gente a renegociar su.* intercambios conversaciona­
les. Tales negociación»-* tienen la irónica consecuencia de mantener
la ansiedad, pero la ansiedad disminuye si los participantes pueden
emplear m étodos <etbno> para lograr la srns.ició»i de que comparten
un inundo táctico semejante y consiguen actuar de acuerdo con ese
supuesto. P o r tanto, la necesidad de «íacncidad» es una poderosa
fuer7.a motivacional en ia interacción humana, co m o se indica en los
procesos descritos en la p an e inferior de la fi*: }
Volviendo a la p an e superior de la fig. 3 , existe otra tuerza mo*
tivacional en la interacción: el esfuerzo por concebirse a uno mismo
com o un determinado tipo d e peraona. F-s*o .se logra fundamemal-
mente mediante relaciones de intercambio que giran en tum o al po­
der. prestigio, o aprobación» v. en ocasiones, la prosperidad material,
asi co m o alrededor de las relaciones de intercambio que se refieren
a Li recepción de capital emocional en las conversaciones Por tanto,
si la gente siente que recibe .un «beneficio psíquico- en sus inter­
cam bios, también mantendrá m i autoestim a; esto es lo que y o co n -
x id t T U el mecanismo principal de mediación entre su *y o íntimo»
\core id f ] (Kuhn y H ickm an: I9S6) y los resultados del intercambio.
C o m o indican las flecha* discontinuas, la dinámica que conduce al
sentimiento de fací¡cid ad es un proceso secundario en ¡a obtención
de un -beneficio». En la medida en que la consecución J e la tac ti -
cidad es problemática, los individuos no sentirán que *se lian bene­
ficiador* de una interacción, y por tanto tendrán dificultades para
m in trn cr su autoestima y su autoooncepción en dicha situación. Ll
fracaso en la afirmación del y o [ telj] — bien provenga de esta fuente
secundaria, bien se deba simplemente a la incapacidad de aumentar
el capital emocional o de obtener aprobación, deferencia o prestí-
F k .U *a >.— /.jí dinámica de U motwaáon ¡r.trrprnonal.
gio— croa ansiedad, lo que a su \xz quebranta la conlian/a (en uno
m ismo), tan esencial para la seguridad oncológica.
N o podemos examinar aquí lo* detalles de este modelo, míe trata
de aunar diversas tradiciones analíticas en una concepción de la di­
námica motivacional m is sintética. Para terminar, ilustrare mi estra­
tegia teórica global usando este modelo para desarrollar varias «leves
de la m otivación- abstractas.

I. lil giado de energía motivacional de los individuos en un


proceso de interneción está en relación inversa al grado en él
que los indivisos no consiguen (a) obtener un sentimiento d t
seguridad ontológica. (b) desarrollar una presunción de fac
ticidad, (c) afirmar su y o :ntimo, (d) lograr la sensación de
que se incrementan so * recursos.
II. I.a forma, final idad e intensidad de la interacción en u n ; si­
tuación estarán en relación directa a la preeminencia relativa
d e (a), (b)> (c) y (d), así co m o a los valores absolutos de esas
mismas variable*.

Estos dos principio* formulan, en un nivel abstracto, el m odo


general en que los indivuiduos son «impulsados» a interactuai. O b ­
viamente, la¿ proposiciones no especifican los procesos d i motiva­
ción, com o lo hace el múdelo d t la líg. 3. Por ranto> creo que el
modelo analítico proporciona detalle* necesarios sobre los mecanis­
mos {e* decir, ansiedad, autoestima, beneficio, consenso respecto al
contexto, interpretación documenta! v negociación), Naturalmente,
yo incluiría c*ü>s entre las proposiciones, pero en tal caso la* leyes
perderían la simplicidad y econom ía tan deseables para muchos pro
pósitos (u les com o su uso en un cálculo deductivo). Por tanto, exis­
te, c o jt . o he indicado anteriormente, una interacción creativa entre
la> leyes abstractas y los modelos analíticos. Am bos son necesarios:
el m odelo es demasiado com plejo para contrastarlo globalmcnic (por
lo que su conversión en leyes simples es esencial), pero las simple»
ley ir* n«» muestran los com plejos mecanismos y procesos causales
que subyacen a las relaciones especificadas en li lev (de ahí la n e­
cesidad de modelos analíticos abstractos que complementen lis leyes).

P rocesos J e m otiv a ció n

El próxim o dem ento del paradigma interpretativo presentado en


la fij;. 2 es el propio proceso d t interacción. I a cuestión clave es la
siguiente: {Q u é ocurre cuando los individuos emiten señales e in­
terpretan sus gestos? L a fig. 4 describe los procesos decisivos: el uso
de repertorios de conocim ientos ÍT)plícixos (Schütz: 19 6 7 ), lo que yo
denomino «aplicación de repertorios*, en p rocesos au c consisten
fundamentalmente en la escenificación (G oflm an: 1 0 5 9 ;, h creación
de m í o {T u rner: 1% 2 ), el planteamiento d e pretensiones de valide/
(H a b e rm e : 1981), y la explicación (Garfinkel: 1984); y la «disposi­
ción J e repertorios*, procesos a u c se refieren en particular a la «in­
terpretación d r explicaciones- (Garfinkel: 1984), la «interpretación
de las pretensiones de valide/.- (H aSerm ss: 1981), la «adopción de
roles» (M ead: 1934). y la «tipificación* (Schíítz: 1% 7 ). N o puedo
hacer una descripción más detallada de estos procesos» etpcdalnK*nte
si consideramos que el modelo Je la fi*. 4 adopta elementos de
tradiciones teórica* muy diversa*; lo que si liaré, sin em bargo, es
enumerar los procesos presentados m el gráfico.
Georee Mead fue eJ prim ero en /e co n o ccr explícitamente que la
interacción es una «conversación de gcsro$». L os individuos señali­
zan su» respectiva» líneas de acción (consciente e inconscientemente)
emitiendo gestos; al mi « n o tiempo, interpretan los gestos de los
demás. L os individuos adaptan sus líneas de conducta respectivas en
función de « t e proceso simultáneo de señalización e incetpretación,
y los miníelos de tal adaptación constituyen una función de los pro
ceso* de motivación discutidos arriba. Para señalizar r interpretar,
los actores recurren a lo g u c Alfred Schütz denominó «conocim ien-
tos disponibles», o y.^rifkados, concepciones, procedimientos, nor­
mas, actitudes y entendimientos implícitos y explícitos que los indi
viduos adquieren mientras viven, crecen y particioan en la> relacio­
ne» MK-ialea existentes. Pura señalizar, los iixlividuos aplicar, estos
repertorios de conocim ientos a fin de construir una linca de con ­
ducta para ellos mismos. Y , a la inversa, a fin de interpretar los
gestos d e otros, recurren u ¿ux conocim ientos para «encender» las
señales de los demis. Este proceso simultáneo de aplicación d e re
pertorios do conocim iento para señalizar e interpretar es con fre
cuencia implícito c inconsciente. Sin embargo, cuando los demás no
reconocen las señales, cuando tales señales no pueden entenderse
fácilmente, o cuando no se cumplen las exigencias de seguridad on-
tológica, autoafirmación, incremento de recursos v facticidad (vid.
proposición íl) estos procesos se hacen mucho más explícito*.
L i s secciones intermedias del modelo de la fifc. 4 tratan de re­
conciliar las tempranas ¡n tuclones de Mead y Schütz con tradiciones
que en ocasiones se consideran antagonista* y que, sin em baígo, no
lo son; cada una de ellas tiene algo que aportar a una concepción
sintética de la interacción
M ostraré esta compatibilidad discutiendo cada uno de los ele-
memos bosquejados en las secciones intermedias de l¿ fifc. 4.
G otím an fue d primero en señalar y Giddens (1984) ha vuelto
«CURA 4. DmUmict Jr U úteruixion
a indicar recien temen te que la interacción siempre implica -e v e n i
fieación». Los individuos piwtecn un conocim iento -escenográfico*
porque «conocen» (aunque sea de forma implícíra) cosa* sobre cues­
tione* u le* to m o las posiciones relativas de los actores, r movi­
miento desde y hacia las regiones anterior y posterior del escenario
y otros aspectos referentes* a la demografía del espacio. Los indivi­
duos señalan a Jos o tro s sus intenciones y expectativas adoptando
una posición o moviéndose en el espacio. La interacción seria difícil
sin esta capacidad paia recurrir a conocim ientos aplicados a la crea­
ción de una «presencia escenográfica-, pues los individuos no po­
drían usar sus posiciones y movimientos espaciales respectivos para
informar a los demás sobre sus accionen.
I\n buena medida, la manipulación de este ubicarse en el capado
está destinada a facilitar lo que Ralph T tim er ha denominado crea­
ción de roles, u orquestación de gestos tjue señalizan el rol que se
intenta representar en una determinada situación. En estai activida­
des de creación de roles los seres humanas no dependen únicamente
de su capacidad escenográfica, pues poseen repertorios d e «concep­
ciones de roles» que denotan combinaciones de perros y secuencias
de com portam iento asociadas a una línea de conducía particular.
Rutas concepciones de r o l o pueden llegar a estar muy finamente
m atizadas; por ejemplo, podemoi^ distinguir no solo a quien desem­
peña el *101 de estudiante», sino también q u é r ifo de rol de estu­
diante desempeña (serio, estudioso, atlético, social, etc.). Por tanto,
la gente posee un vasto repertorio de concepciones de roles a partir
del cual tratan de construirse un rol para %í mismos orquestando los
gestos que emiten. C o m o es evidente, los toles que elaboran para
ellos mismos no solo están circunscritos por la estructura existente
(los estudiantes no pueden ser profesores, p or ejem plo), sino tam­
bién por sus repcrtoiios de autopercepciones y definiciones. U e este
m odo, los seres humanos seleccionan de su repertorio de roles aque­
llos que son coherentes con sus autopercepciones y definiciones.
Algunas de estas autopercepciones se siguen de autoconccpcioues
íntima* que motivan la interacción, pero los seres humanos ptncen
también un repertorio de imágenes más periféricas y siwacionales de
d io s mismos. P o r ejemplo, una persona puede reconcvcr, sin que
esto pertudiqiK: demasiado su autoestima ni degrade su yo íntimo
(core se//], que no destaca en las actividades deportivas; en conse­
cuencia, esta person* elaborará un rol que corresponda a una imagen
de escasa habilidad en -situaciones de juego*. Sin esta capacidad para
crear roles la interacción produciría una tensión y una pérdida de
tiempo excesivas, pues los individuos no podrían actuar según el
supuesto de que su orquestación de gestos com unica a los demás
una línea de conducta particular. Sin embargo, con concepciones
com pirudas de diversos tipos de roles, Jos individuos pueden co ­
municar sus ¡m enciones y confiar en aue otros las reconocerán sin
tener que reseñalizar continuamente la linca de conducta que se pro­
ponen seguir.
Aunque creo que buena parte del «proyecto crítico» de Jürgen
H aberro as es excesivamente ideológico, idealista v , en ocasiones, so­
ciológicamente ingenuo, su discusión del «acto ¿ c habla ideal*» y de
la «acción comunicativa* (H aberm as: 1981 j ha desvelado, « n em ­
baído, una dinámica básica c e la interacción humana: el planteamien­
to J e «.pretensiones de validez». C uando los individuos interactúan
pueden plantear «pretcnsiones de validez** que los demás pueden
aceptar o rechazar. T iles pretensiones implican afirmaciones, nor­
malmente implícitas perú en ocasiones explícitas, relativas a la au­
tenticidad y saiccfidíid de los gestos eu cuanto manifestaciones de
experiencias subjetivas, afirmaciones relativas a la eficacia y efectivi­
dad de los gestos en cuanto indicadores de los medios cor. que se
persigue un fin, y afirmaciones relacionadas con la rectitud de l.u
acciones desde el punto de vista de las norm as relevantes. N u co m ­
parto la opinión ideológica de Haber-mas, según la cual este plantea­
miento de pretcnsiones de validez (y el reen & o y discurso a que
puede d in ¿ugar) constituye la esencia de la liberación humana de
tas formas de dominación» pero si croo que en la interacción se da
un proceso sutil, generalmente implícito, en el que cada p irte *afir-
ma* su sinceridad, eficiencia y rectitud. Tales pretensiones están re­
lacionadas con los csfu cr/o s de construcción de roles, pero también
recurren a un repertorio de conocim ientos com partidos acerca de las
normas que establecen qué conducta ex sincera y cuil es la relación
entre medios y fines culturalmente aceptable.
E l último proceso de señalización tiene cierta relación con el
planteamiento de pretensiones de validez, pero se refiere más dilec­
tamente al repertorio de m étodos «e tb n o ♦ tales co m o el «principio
etcétera», las secuencias co n v e rsa cio n a le s, las formas nórmalas y otras
prácticas comunes (Cicourel: 1973, H erítage: 1984) que emplean los
individuos para crcar el sen tid o de orden social. Así, la señalización
implica siempre un proceso d e explicación, en el que los individuos
usan implícitamente métodos o p ro ccd im icn T os corrientes para con­
vencer a otros de que comparten un mundo factual com ún. Los
innovadores experimentos dr ruptura de Garfinkel (1 9 6 3 ; 1994) y
o tro s análisis de co n v e rsa cio n es indican que- tales p ro ced im ie n to s
son cruciales para que la interacción discurra sin tropiezos; cuando
m> se usan estos m étodos •, o cuando no se entienden o

Vid. un* cxjrovwiún in Hm iixe; 1 W .


aceptan. la interacción se lu te problemática. A si, gran parte dd pío
ceso d e señalización mutua implica d o fueiz o p or explicar lo que
c< real 7 fictico en una situación.
C on simultaneidad a estos cuatro proceros de señalización (es­
cenificación, creación de rules, planteamiento de pretensiones de va­
lide/. y explicación) hay procesos recíprocos ik* interpretación de las
señales emitidas por los demás. Ademas* los seres humanos inter­
pretan hasta cierto p u n to sus propias señales, con lo que la interac­
ción implica la vigilancia reflexiva u n to de los propios gestos com o
de los gratos d e los demás.
I a explicación está estrecham ente ligada a la interpretación de fas
explicaciones, proceso en el cual Us señales de los o tro s y las de uno
mismo (rn especial aqurllas que pertenecen a los repertorio* de c o ­
n o cim ien to interpretativos) se usan para desairollar un conjunto de
supue.vtos im p lícito acerca tic los hechos básicos de una situación
interaccional. F s decir, los actores interpretan ciertas clases de seña­
les (p. ej., métodos fo ¡k ) para «completái s y para «dar sentido» a
!a$ acciones de los d em is, así corno p ira crearse ¡a sensadón. quizá
un tanto ilusoria, de que ellos y los demás com parten un universo
común.
I a inicrorcucK m de las pretensiones de validez de Habermas, la
otra cara d d planteamiento de es¿s pretensiones, está en relación con
estos -procedim ientos etnom etodoló£¡ujs*. F s d ecir: las «pretensio­
nes d e valide?'* d r los demás (y de uno mismo) respecto a la since
ridad, rectitud y eficacia en la relación de medios a fines se inter-

Í «retan a la luz de los repertorios de entendimientos norm ativos, de


*s fórmula* de !a relación entre medios y fines y del genero dr
autenticidad. Tal interpreta»:ión puede llevar a una aceptación de
estas pretcnsiones, o puede implicar el -rech azo * de cualm iicn de
los tres tipus de pretensiones de valide/. Si ocu rre cstn ultimo, w
señalizará un contra-planteamiento de pretensiones de valide/, y la
interacción girará en torno a procesos de planteamiento de preten­
siones d r validez c interpretación ríe tales prehensiones hasta que
todas las parres reconozcan esas pie tensiones de valide/ (o> simple­
mente. se imponga «obre las dem is una s e r * de pretensiones me­
diante la capacidad de coerción o el control de los recursos).
Fl tercei proceso interpretativo es el que Mead conceptualiró por
v ez primera com o «adopción d e risles* y -adopción ilrl rol del o tro »,
o lo que Scliüt/. denominó «reciprocidad de perspectivas». Lo* ges­
tos o señales de los demás se emplean para ponerse en el lu ja r de
o tro o para asumir su perspectiva. Tal adopción de roles se da en
distinto* niveles. Uno es el inverso de la creación de roles: los re
p e n ó n o s de concepciones de roles se emplean para determinar cuál
es rl rol que están representando los demás. F.n o tro nivel, nús
profundo, el conocim iento coropanido acerca de c o n o su d e actuar
la gente en un determinado tipo de situaciones se emplea para en­
tender por q u é una persona se com porta de cierta manera. La aplica­
ción conjunta de estos d o s nivelo de «adopddn de rulci* puede permi
rirlcs a los individuos prever có m o podrán com portarse los demás.
Kn ocasiones, la interacción implica lo que Schut* denominó •ti­
pificación^ o interacción en función de •tipos ideales*, pues en mu­
chos tipos de interacción se sitúa a los demás en categorías estereo­
tipadas. v se interacción* con ellos co m o no-personas o entidades
ideales. l ) c esta forma, la adopción de roles puede convertirse en
-tipificación» cuando una situación no exige interpretaciones sutiles
o m uy m arrad as de los m oriros, sentimientos y actitudes de los
demás. Cuando .ve produce la upiftcación disminuye la importancia
del rr.no de loa procesos interpretativo* (adopción de roles, inter­
pretación de los pretcnsiones efe valide* e interpretación de las ex
plicaeiones; porque, en esencia, están «prepro^ramadox» en los re­
pertorios de roles y Categorías rvtctrotipados que se utilizan para
tipificar.
Fn resumen, por tanto, considero la interacción un procedo dual
y simultáneo de señalización e interpretación que recurre a rep en o-
r.os de conocim ientos adquiridos p or los individuos. L os diversos
enfoques teórico* han enfatizado ifisrinios aspectos de este proccso
básico, pero ninguno capta poi sí solo toda la dinamita de la inte­
racción. El miníelo d e la fi>;. 4 trata d e couibinai estos diversos
enfoques en un enfoque más unificado que ínter relaciona los p rocr-
lo s de interpretación y señalización. Para com pletar esta síntesis de
enfoques diversos di* li interacción <*n la teoría analítica voy a re
form ulir los elementos clave del modelo en unas pocas «leyes d e la
interacción».

III. El g r a d o d e in t e r a c c ió n e n tr e in d iv id u o s en una s itu a c ió n es


u n a f u n c ió n p o s itiv a y c o m b .n a d a d e SUS n iv e le s re s p e c tiv o s
d e (4 ) H -ñ a lira ció n y [b) in te r p r e ta c ió n .
(a)t i grado de señalización es una función positiva y co m ­
binada del grado de escenificación, creación de r o lo ,
planteamiento de pretensiones de validez y explicación.
(/>) E l jurado de interpretación es una función positiva y
com binada del grado de interpretación d e las explica
ciones. interpretación de las pretensiones de valide»,
adopción de roles y tipificación.
IV. El grado de acom odación y cooperación mutuas entre los
individuos en una situación de interacción es una funciór
positiva del grado en el ijuc comparten repertorios de conoci­
miento comunes y emplean estos para señalizar e interpr'ear.
P ro cn o s d e estru ctu ración

La m ayor pane de la interacción se produce d entro de una cs-


trucnira e x i g e n t e que se Ha generado y mantenido mediante inte­
racciones previas. H ay que considerar tale* estructura* parámetio*
constrictivos (Blau: 1977), pues delimitan las actividades de esceni­
ficación de los individuos situándolas dentro de espacio* físico*; res­
tringen los posibles tipos de procesos de validación — es decir, el
planteamiento y el rechazo de las pretcnsiones d e validez— ; propor­
cionan la base com exiual para las actividades de explicación que les
permiten a los individuos crear una sensación de realidad; determi­
nan -us tipos de c r e s t ó n de* roles posible*; proporcionan las cla­
ves de la naturaleza de la adopción d e roles; y organizan a las per­
sonas y sus actividades de formas que propician o no la tipificación
mutua.
Sin embargo, dado que ios individuos muestran diversos perfile!»
motivadonales, y dado que las estructuras existentes se limitan a
proporcionar parám etros para todos e^os procesos, siempre existen
ciertas posibilidades de reestructurar las situaciones. L os procesos
básicos implicados en dicha reestructuración von, sin embargo, los
miamos que se emplean para mantener una estructura existente, de
m odo i|ut podemos emplear los mismos modelos y proposiciones
tanto para entender la estructuración co m o para entender ia rees
m a tu ració n . F.n la fig. 5 presento mi concepción de la dinámica de
estos proceso*.
Com enzaré definiendo <jué es -estro ctu ra*. Hn primer lugar, es
un proceso, no una cosa. Para usar lov términos ahora en boga, los
individuos «producen» y -rep rod u cen - la estructura «*n Ja interac­
ción. En segundo lugar, el concepto de estructura se refiere a la
ordenación de interacciones a lo largo del tiem po y en el espacio
((Jollín*: 1975; Giddens: 1981; I9R4). La dimensión temporal puede
referirse a procesos que ordenan interacciones para un determinado
gjupo de individuos, pero es m is im portante la organización de
ínter a ccio n o para gru pos su cesivo) de individuos que, al pasar a tra­
vés de kvs parám etros estructurales existentes, reproducen es:os pa­
rám etros En tercer lugar, tal reproducción de la estructura, com o
subraya l.i sección derecha de la fig. 5 , está determinada por la ca
pacidad de los individuos en interacción para -regionalizar», «¡ruti-
nizar*, «normati v i/a r*, «ritt:ali*/ar« y «categorizar» sus actividades
en común. P o r tanto, la estructura es tanto e! proceso co m o el pro­
ducto de las actividades de escenificación, validación, explicación,
creación de roles, adopción d e roles y tipificación. E stos procesos
interactivos producen (o reproducen; la estructura cuando capacitan
a los individuos para regionaliz.*r, nttinizar, norm ativizjr, nmal;zar
y catcgorizar sus acciones en com ún. Analizaré ahora con m ayor
detalle estos cinco procesos do la sección derecha de la fig. 5.
Cuando los individuos escenifican, negocian sobre la utilización
del espacio. Deciden cuestiones tales co m o quien ocupa qué territo­
rio, quien, con q aé frecuencia, y hacia dónde va a poder moverse,
quién puede ir y veiur, y otras cuestiones similares de demografía y
ecología interactiva. Si los actores pueden ponerse de ¿ciK ido res­
pecto a tales problemas, regionalizan su interacción al som eter a
ciertas pautas *u distribución del espacio y su movilidad. N atural­
mente, las negociaciones «obre el espacio se ven facilitadas cuando
existen elementos físicos tales co m o calles, palillos, edificios, habi­
taciones y departamentos que limitan las negociaciones. Sin embfli'

E >, son igualmente importantes lew acuerdos normativos relativos a


que «significan» par¿ los individuos estos elementos y las seniles
interpersonales. Es decir, la rcgionalizacióu implica normas, acuer­
d os y entendimientos que detexminan quien e s el au c puede ocupar

3 ué espacto, quien puede poseer el espacio «deseable», y quien pue-


e moverse en el espacio (de ahí la flecha desde «nonnati&ar» a
«regionali/ar» en la tig. 5). Ij* -rutinarización* es otra fuerza im ­
portante; está relacionad* to n la normalización pero también co n s­
tituye un factor independiente por derecho propio. La racionaliza
ción de la* actividades se ve facilitada en gran medida cuando la.s
acciones cu común se hacen rutinarias, es decir, cuando los indivi
dúos hacen apioxim adam antc las mismas cosas (se mueven, hacen
gestos, hablan) al mismo tiempo y en el mismo espacio.
Inversamente, la ru tin i/acióa y la norm atirizadón son facilitadas
por ia regionalización. F.viste, por lo tam o, una relación de reali-
mentación entre estos procesas. I ;iv rutinas facilitan el ordenam iento
del espacio, pero una vez ordenado éste es fácü mantener las rutinas
(naruialmeute, si se litera el orden espacial también se alteran las
futirías). I j s normas posibilitan la interpretación de Us distribucio­
nes espaciales al guiar las actividades en común de los individuos
que ocupan distintos puntos d d espacio; p ero una vez. que las inte­
racciones se regionali/an, te propicia el mantenimiento del sistema
norm ativo (y, a la inversa, si el orden espacial se altera, también
resultará alterada la estructura normativa).
En la íig. 5 es evidente que la creación de normas, o lo que
denom ino «norm ativización», tiene una importancia decisiva en el
proceso de estructuración. P or desgndA, el concepto de «norma»
no está en boga en la teoría sociológica, principalmente a causa de
su asociación al funcionalismo. Propongo que mantengamos este co n ­
cepto, pero que al emplearlo no lo limitemos a los simples supuestos
de que «cada status ricne normas que le *on propias», o que -los
ro'es son realizaciones «le expectativas norm ativas-. Am bos supucs-
IOS son a veces ciertos» pero constituyen. má* que la norm a, un caso
espacial de interacción normativa. C o m o pone d e manifiesto la fifc.
5. com idero que las normas sun un proceso ouc £ira en lom o a la
validación. ..i explicación y la adopción de roles. C uando los indi
viduos n c^ coan sobre lo que es adecuado, auténtico y eficaz (vali­
dación), cuando negocian sobre los procedim ientos interpretativos
adecuadas o m étodos «ethn o» para crear un sentimiento de realidad
compartida (explicación), y cuando tratan d i ponerse en d lugar de
los demás y aiíoptar su perspectiva (adopción de roles), desarrollan
acuerdos implícitos y provisionalmente vinculantes respecto a. modo
en que lian de interaccuar y ajustar suv conductas. Si k>$ seres liu
manos no pudieran hacer esto» la interneción seria demasiado labo­
riosa. ya qi^e tendrían que estar negociando constante e incesante­
mente la conducta adecuada. El desarrollo de estos acuerdos irr.pli-
citos se ve facilitado p or )a regionalización, rutinizadón y ritualiza-
ción (este último con cep to se refiere a secuencias e s te re o tip ia s de
gestos entre quienes participan en la interacción) Tales normas se
convierten en p an e d e los repertorios de conocim ientos de los indi­
viduos y $e emplean en contextos apropiados. En efecto, fcran parte
de las actividades de adopción de roles, d e explicación y de valida­
ción £Íra en torno a los esfuerzos de la gente por interpretar a qué
norm al de los repertorios de conocim iento se rrcurre en una situa­
ción determinada
La» lutinas constituyen un proceso importante de la estructura­
ción. La organización de la interacción se facilita mucho .si los gru­
pos de actores realizan las mismas secuencias de conducta a lo lir^o
del tiempo y el espacio. A su vez, las rutinas están influidas p o r los
demás proceso* estructurantes: regionalización, normativización, n
tualización v categorización. L s m¿\s fácil establecer n itin is cuando
las actividades estar, ordenadas cspacialm cntc. Si existen acuerdos
sobre normas se favorece la creación de rutinas. S¡ la interacción
también puede ser ritual i/.ida de tal manera r u é kw encuentren entre
individuos impliquen iccu en cú s estereotipadas de gestos, entonces
lis rutinas pueden mantenerse sin demasiado * trabajo interpersonal*
(es decir, señalización c interpretación activas y conscientes}; y cuan­
do los actores pueden categori?ar$e mutuamente co m o no-personas,
y p or tan to interactúan sin demasiado esfuerzo de señalización, es
más sencillo establecer y mantener las rutinas.
Los rituales son otro elemento decisivo de la estructuración. Pues
cuando los actores pueden com enzar, mantener y concluir interac­
ciones en situaciones con conversaciones y gestos estereotipado*, b
interacción discurre con menos tropiezo» y se ordena con m ayor
facilidad. L os rituales que hay que llevar a cabo, la forma un la que
hay que llevarlos a cab o y cuándo hay que hacerlo son cuestiones
que se determinan normativamente. Pero lo $ rituaJes son también t i
resoltado de la ni im an tación y catcgorización. Si l«>\ actores pueden
encuadrarse m utuam ente en categorías simple* su mteración se ri-
tualizari, lo oue significa que existirán gestos predecibles que la ini­
cien y la concluyan, así com o formas de conversación y geniculación
típica* que medien entre los rituales de apertura y de cierre. De
m odo ¿imitar, la* actividades rutinaria? favorecen lo» rituales, pues
cuando los individuos tratan de *ost«*n**r sus rutinas establecida? in­
tentar rituslizar la interacción para evitar que esta interfiera (obii-
j»ándoles a realizar trabajo «intrrjMrrsonal*) en sus rutinas. Pero qui­
zá !o más importante es que los rituales se refieren a los mdiviJuoa
que crean roles y que negocian sobre sus roles respectivos, y si
pueden negociar role* complementarios, pueden ritualizar en gran
parte su interacción. Uso es especialmente probable m ando los roles
.'»n desiguales en relación con el poder. (Collins: 1V75).
F.I último proceso básico de cstructuradón es la cateterización ,

3 ue surge a partir de la* negociaciones entie los individuos acerca


e cóm o tipificarse a si mismos y có m o tipificar su interacción, liste
roceso de categori?ación de sí mismos y de su» relacione* se ve
E editado por la creación exitosa de roles y p or la ruünifcación, a «
co m o por la ritualizactón de las relaciones. La ca tcg o riia á ó n les
permite a los individuos tra ta r a co m o no-perdonas y ahorrarse
el tiempo y la energía aue exige u n í señalización y una interpreta­
ción suri1 } m atfcada. f>c este m odo, su iaténcOÓQ puede discu­
rrir sin problemas a través d d tiempo (en repetidos encuentros)
v en el espacio (sin tener cu e renegociar quien debe estar en qué
lugir).
N o puedo investigar aquí toda» la» .sutilezas de estos cinco p ro­
cesos, p tro las 41er has d e la tifc. 5 muestran cóm o enfocaría un aná­
lisis más detallado (Tu rn er: [en preparación: al). Cuando los indivi­
duos señalan e interpretan están llevando a c a ro un proceso de es­
cenificación. validación, explicación, adopción y creación de roles y
tipificación, lo que implica ncgcnriiciones sobre el espacio, las pre­
tensiones d i valuio7, los procedimientos interpretativos, la recipro­
cidad de perspectivas, los roles respectivos y la s tipificaciones mu
tuas A partir de estos procesos se forman los procesos estructuran
tes de regionahzaciún, rutinización, normatívizacion. ritualizacjón y
categoriz ación que o rg a n iz a n la iuteiacción a través del tiempo y en
el « p a c ió . A su ve/., los procesos de estructuración sirven com o
parámetros estructurales que limitan y circunscriben los pioccsos
interactivos d e escenificación, validación, explicación, asunción de
roles, creación de roles y tipificación. Tal es, en términos generales,
mi concepción de los procesos de estructuración, que incorpora gran
parte del trabajo que se ha realizado en la teoría analítica sobre las
interpretaciones microinteractivav de la «estnicuir* u>cjal-- Tcrmi
naré mi exposición proponiendo u n » -leyes de la estructuración*.

V. El grado de estructuración de la interacción « una función


positiva y aditiva del grado en el que la interacción puede ver
\a) regionalizada, (b) rutinizada, (c) normativizada, (d ) ritua-
li/id.i y (e¡ cate^orizada.
(a) El Rrado de regionalización de ia interacción es una fun­
ción posttixa y aditiva del grado en que lo« individuos
pueden negociar co n éxito el uso del espacio, asi com o
l u t n i /a r y n oriratrrízar su* actividades en vomún.
(b ) El grado de nitinari/oción de la interacción en una (un
ción }H>Mtr. j y aditiva del forado cu que lo* individuos
pueden aoim ativizar, regional ¡zar, ricualizar y categori-
z¿ir *11* actividades un coaivn.
(c) E l grado de norm alización de la interacción es una fun­
ción positiva y aditiva del grado en que los individuos
pueden negociar con éxito sobre* pretcnsiones de validez,
p roced im ien to interpretativos y reciprocidad de pers­
pectiva*, y rcgionalizar, m r.narizar y ritualizar sus acti­
vidades en com ún.
id t i grado de ntuali/.ación de la interacción o una función
positiva y aditiva del prado :n que los individuos pueden
negociar con éxito sobre reciprocidad de perspectivas y
complementan edad de roles, asi co m o nom tativizar, ru-
tinixar y cateponV.ar *us actividades en com ún.
(e) E l grado de catcgorízación de la interacción es una (un
d o n paiiliva y aditiva dfl prado en que los individuos pueden
negociar con éxito sobre tipificaciones mutuas y com planen -
tariedad de roles, asi co m o ritu alizar y rutinizar sus aeth’ida-
de$ en común.

Ksto completa mi exposición del trabajo teórico sobre m icnxli-


rtámica llevado a cabo rn la teoría analítica. Es obvio que he tomado
ideas de a u to r a que no admitirían ^cr considerados teóricos analí­
ticos, p cio p o r lo que se refiere a la cuestión de los; m icroproicsos
dentro de la teoría analítica, las figura* 3. 4 y así co m o las p ro­
posiciones I V captan la tendencia d e esta teoría. C on ciertas exeep
ciones notables (por ejemplo, C ollins: 1975; 1986; Giddens: 1984;
Tnrner: I9JÍ0), la teoria analítica se ha concentrado en la macrodi-
n im ici, tom ando la interacción co m o ¿Igo •dado», co m o «procesos
aleatoria*» (p o r ejemplo, Mayhew y Leringen: 1976) o com o un
^promedio» (M an: 1 9 /7 ). Pasemos ahora a ocu p am os de estos en­
foques ^aerodinám icos.
Macrodüuimica

l!n Ja (corla sociológica no existe uji consenso claro acerca de­


que es lo i^uc constituye la «m acroreilidad». Algunos nu crosoció-
logcw la consideran el análisis de propiedades estructurales, indepen­
dientes d r los p ro c eso s que ocurren cn irc individuos (por ejemplo,
Blau: 1977; M ayhew : 1981). O tro s piensan que la mac rosccio lott a
consiste en el análisis de los di venta* m odos en que se a^ngan las
microunidadcs para form ar p n xeso s organizativos y sociales a gran
escala (p o r ejemplo. Collins: 1975; 19S4). I os critico» suelen ver
rodo tipo de macroanálisis co m o m ficació n e hipóttasis (K n o ir-C e -
tina y C icourel: 1981). Pero a pesar de estas críticas, y de la aparente
confusión conceptual respecto a la iriicroba.se de l.i estructura social,
jigüe si ende» difícil negar un hecho simple de la vida social: las po­
blación^ humana* crecen y se agregan en grandes núm eros, y crean
formas sociales compleja* que se extienden a lo largo de vastas re­
giones geográficas y a través de consideiablcs períodos de tiempo.
Afirmar, co m o hacen algunos, que tales Jornias pueden ser ¿nal iza­
das exclusivamente en fon dón d r los acto* constitutivo* y de la
interacción de individuo* es erróneo. Tale* enfoques reduccionistas
crean una aoaxnuíi conceptual, pues no permiten «ver cf bosque por
culpa d e los árboles•; ni ¿¡quiera dejan ver los árboles a travos ¿ e
lis ramas.
N o cabe duda, naturalmente, de que los macroprocesos implican
interacciones entre individuos, p ero muchas veces es m ejor excluir
a estos ultimo* del analitis. Pues igual que en ¡a m ayoría de Us
ocasiones e s útil a efectos analíticos ignorar la fisiología resprratoria
y circulatoria de la anatomía humana a! estudia! numerosas p ro p io
dides de la interacción, pata m uchos fines es también razonable
ignorar los individuos, los actos individuales y laa interacciones in­
dividuales. N aturalm ente, saber qué es lo que hacen loa individuo#
cuando regionalizan, rutinizan, n o m u tiv h an , ritualizan y categor*-
y.an sus interacciones (vid. fij>. 5» puede ser un lo w p lo n c n to útil para
el macroanálisis, pero este tipo de investigación no puede sustituir
aj m acroanálisis que se ocupa cíe ios procesos en que se hallan aso­
ciado?, diferenciados c integrados un gran número d e individuos
(sid . fig. 2). Tal es mi posición y la de !a m ayoría de los teóricos
analíticos fTurner: 1983).
l*n la ritf. 6 esbozo mi concepción de los procesos macrodina-
m icos más básicos y fundamentales de ia organización humana. H e
agrupado estas dinámica*, co m o en la figura 2, bajo tres procesos
constitutivos: la a u x iiia ó n * o unión de individuos y de sus capaci
dades pioductivas en el espacio; la d ífertn o u a tm , o núm ero de *ub-
unidades o símbolos culturales diferentes entre los m iembros de una
población asociada; y la in teg ración , o grado en que las rediciones
entre la? subunidades de uní población asomada se encuentran co o r­
dinad a s . A diferencia de mi anáJisis d? los m k rop rocesos, sin em­
bargo* no he oiaiu ádu a t o » p riK a o s en tre* modelos independien-
te*; he elaborado un modelo sintético que podría articularle io n m i»
detalle vi se analizara. Tenjj¡o la intención de emprender semejante
análisis en un fnniro próxim o (Tu rner: [en preparación: h]). pero
para mis propósitos actuales presentará el modelo en su forma simpli­
ficada.

P ro ca o s <lc asociación

I m prim eros teóricos de h sociología, en particular Herhert


Spcnccr (1 9 0 5 ; y Em ilc Duikhcini (1 9 3 5 ) entendieron bien c s u di­
námica. Se dieron cuenta de que el crecim iento de una población,
su agregación en un espacio delimitado y sus modo? de producción
están interrelacionadov Sus análisis «e centraron principalmente en
sociedades, pero las* relaciones entre estos procesos también podían
aplicarse al resro de las unidades de análisis. L a pauta de la interco
nexión está indicada p or la dirección Je las flechan en la fi¿. fc: el
crecimiento dei volumen y la producción se potencian mutuam ente;
sada uno de estos eien:enios u alimenta e incrementa loe valores del
o u o , en especial cuando los valores de los recurn>s materiales, o r-
^anír.jtivoa y tecnológicos son altos; li agregación está relacionada
con el enrcirnicnto del volumen y con los niveles de pioducción; \
aunque existe cierta retlimentación entre c*u a tu er/as, es secundaria
) no está indicada en esta versión ‘ imphticada del modelo Podría
elaborarse un modelo m í* detallado d e estos procesos específicos de
interconexión, pero no voy a hacerlo aquí.
A su vez, cada uno d e istos tres procesos se encuentra relacio­
nado con otras fuereas, indicadas en e! extrem o izquierdo de la f¡*.
6. La agregación está en delación con e* espacio disponible y con w
forma en que tal espacio esta o r^ an i/^ lo (asi co m o con las pautas
de oigíiiiizaiión xoetal de los sub^rupos: obsérvele la ílccha en la
parte superior de la íig. 6). El crecim iento del volumen está lelacio
nado con la taw neta de emigración a una población, li tasa de
incremento de la población indígena (reproducción) y U incorpoia-
ción exrem a (es decir, hisioncc, co n q u isas, alian/as. etc). L a produ-
ción está relacx>nada co n el nivel d t recursos relevante*. principal-
merite recursos materiales, organizativos. tecnológicos y políticos
(obsérvese la doble flecha en la parte inferior de la fig. 6 ). Propongo
Jas siguientes -leyes de h asociación- para resum ir estos piocesos
en un conjunto simple de leyes:
VI. E l nivel d e a s o c ia c ió n de u n a p o b la c ió n es una f u n c ió n m u l­
tip lic a tiv a d e {<*) s u v o lu m e n y ta>a J e c r e c i m i e n t o , {b) su
g r a d o d r c o n c e n tr a c ió n e c o ló g ic a y (c) su n iv e l d e p r o d u c
c ió n (u n a cla ra ta u to lo g ía , o b v ia d a m á s a h a jo ).
(a ) El volumen y la tasa de crecim iento de una población
us una función aditiva y positiva de la afluencia externa,
el iaciem em o interno, la incorporación externa y el ni­
vel de producción.
{b lil ^rado de agregación de una población es una función
positiva y aditiva de su volumen y u sa de crecim iento,
nivel de producción, capacidad para organizar el espacio
y el níurjcio y diversidad de sus sub^rupos, y uiu /u n ­
ción in%*crsa del espacio disponible.
(c ) t i n iv e l d e p r o d u c c ió n d e u n a p o b la c ió n ca u n a fu n c ió n
p o s itiv a y m u ltip lic a tiv a d e s u v o lu m e n y ta sa d e c r e c í
m ie n to , n iv e l d e r e c u rs o s m a te r ia le s , o rg a n Í7 a r iv o s y te c ­
n o ló g ic o s . v d e su c a p a cid a d p a r a m o v iliz a r p o d e r .

FA p rocesa d e d iferen ciación

L os incrementos en La agregación, el volumen y la tasa de creci­


m iento y c i i la producción aumentan ci nivtl de com petencia por
los recursos entre las unidades sociales. D icha com petencia, co m o
subrayaron Spcncer y D urkhcim , pone en marcha el proceso de
diferenciación entre individuos y sublimidades de organización en
una población. Esta población cu el resultado de dos ciclos oue se
p utenaan mutuam ente: uno que gira en tono a los proce*:>s d e co m ­
petencia, especialivación, intercambio y desarrollo de atributos dis­
tintivos, o lo que y o denomino *atn Ultimación-, y el o tro en to m o
a la com petencia, el intercambio, el poder y el control de las recur­
sos. A 5u vc7, estos dos ciclos producen tres lorm as d e diferencia
ción intcrrctacionadas: subgrupos o heterogeneidad, subculturas o
diversidad simbólica, y jerarquías o desigualdades (Blau: 1V77). Sin
em bargo, ames de analizar catas forma» básicas de diferenciación
volvere a los ciclos que se potencian mutuamente y que las producen.
l*a competencia y el intercambio están reciprocamente relaciona­
dos. C on el tiem po, la com petencia producirá relaciones de inter­
cam bio entre actores diferenciados y . a la inversa, las relaciones de
intercambio incrementarán, aJ menos inicialmentc. el nivel de co m ­
petencia (BIau: 1966). Hl intercambio y la competencia producen la
cspecialización de actividades (D urkhcim : 1935; Spcn ccr: 1905), p or­
o to algunos pueden -superar a o tro s compiuemio>, y empuja a la
diferenciación de actividades, porque las relaciones de. intercambio
FlCURA 6 -t-l Je .'vítrwiHw. dijetencisvió™ v nrtvg*M’i¿n-
fuerzan a los acu n es a especializarse en la provisión de recursos
diferentes (Em erson : 1972). Iji competencia, d intercambio y la es-
pccíaltzacion contribuyen a crear atributos distintivos - nivelen de
recursos, actividades, símbolo* y otros parám etros entre los acto ­
res (Blau: 1977), Además, los proceros asociativo* de afluencia e
incorporación externa también pueden tener com o reMiltado I j dis­
tinción entre individuos, pues los nuevos micmbio> de una pobla­
ción pueden provenir de sistemas diversos (obsérvese la (lecha en la
parte superior de la lig. (t). A su vez, esta distinción fomenta el ia-
tercam bio d e recursos diferentes, la competencia y la especñdización.
b l e ciclo es fomentado e intensificado por los efectos m utua­
mente potenciantes de la coirpetencia, el intercambio, la m oviliza­
ción de p o d er y el control de tos recursos. L a com petencia y el
intercambio siempre implican esfuerzos por movilizar poder (Blau:
IVM»); y ral movilización incrementa, al menos durante un tiempo,
l.i movilización y el intercambio. A partir de este sistema de real i-
mentación positiva ciertos actores <on capaces de emplear el poder
para controlar aqurllos recursos — simbólicos, m itcriata», organiza­
tivos, etc. oue incrementarán su poder, *u capacidad de llevar a
cabo intercambios y su capiciJad para com petir. Y , co m o indica la
flecha en la paite inferior de la fig. 6, las pautas de centralización
política existentes incrementan la movilización de p od er y el control
de los recursos. A tti ve?, estos procesos de movilización y control
elevar, el nivel de cspcciali/ación y el desarrollo de atributos distin
tivos al acelerar hasta cierto punto la com petencia y potenciar el
intercambio.
M uchos de los efectos causales reciproco* de estos dos ciclos sen
fu n cion o i*i 5 curvilineales o graduales. E s decir, incrementan .sus
valores respectivos liana un punto determinado y después se man­
tienen o decaen. En parte, la razón de esta p au u de relación hay
que buscarla en lo* procesos de autotransíon nación inherentes a es­
tos ciclos. P or ejemplo, el intercambio incrementa la competencia,
pero una vez que .ve ha movilizado el poder y u: ha establecido el
control respeenvo de i cu itaos, es más probable que el intercambio
se institucionalice (Blau: 1 % 6 ) y estabilice (Em erson: 1972), con lo
que disminuye la com petencia. O , p or poner o tro ejemplo, la com
potencia incrementa la movilización de poder y el con trol de recur­
sos resultante, pero una vez que ambos aum entan, este poder y este
coiniol pueden emplearse para suprimir la competencia, al menos
durante algún tiem po. L o que estos ejemplo? ílasirán es que existen
varios subprocesos dentro de los procesos esbozados en la fig.5, los
cuales también pueden analizarse de forma m is matizada; sin em­
bargo, para mis propósitos actuales bastará con qui me limite a
mencionar estos proceso* m is específicos.
De esto* dos ciclen se derivan tres formas básicas de difcrencia-
d ó n : la form ación de sub^rupos cu y o nivel Je (olufaridad interna
es elevado y cuya estructura es sólida en comparación con la de
otros subgnipos; la formación de subculturas distintas cuyos co n o ­
cimientos y repertorios de símbolo* difieren y cuva distinción es
tanto u n í causa co m o un efecto de la fonnación del suberupo; y la
formación de jerarquías que varían p o r lo que respecta a las propor­
ciones relativas d e recursos marenalcs, político» y culturales que p o ­
seen los diversos actores y el grado en que las correlaciones en la
distribución de los recursos están «impuestas desde arriba* (l)ah rcn -
dorf: 1958; 1959), «correlacionadas* il.cn ski: 1966) o •consolida­
das- (B lau: 1977). Poi tanto, el grado de diferenciación de una po­
blación ve define en función del núm ero d e subgrupos, subculturas
v jerarquías, y c uanto m ayor es la diferenciación tanro m ayores sun
los problemas de coordinación o de integración de una población.
Antes de que pasemos a este tercer macroproceso* sin em barco, re-
formularé este aní Iíms en términos de unas pocas «leyes de diferencia­
ción».

VII. F1 grado de diferenciación de una población es una función


positiva \ multiplicativa del numero de {a ) sub^ru pos, (b)
>ubculturas y (c) jerarquías evid en te en dicha población
(una tautología manifiesta, obviada m is ¿bapol.
{<t) lil número de stibgm po* de una población e» una fun­
ción curvilínea v multiplicativa del grado de intercam­
bio. competencia, espedalizadón y atribuí i/ación entre
los m iembros de d iclu población, aunque es una fun
ción positiva del número de subculruras y de la tasa de
afluencia incorporación externa de dicha población.
( b ) H número de subculturas de una población es una fun­
ción aditiva y un í función en v del nivel de com peten­
cia, intercambio, cspcvi*]i¿ ación, atributizack'm. m osi-
L /.^ ió n de poder y conm>l de los recursos, y una fun­
ción positiva de la form ación de súber uj>os y jerarquías
(c) E l número de jerarquías de uru población e< una fun­
ción inversa de la movilización de poder y control de
recursos y una función positiva de la comparencia, el
intercambio y la form ación d e sube alturas, y d j;rado
de consolidación d e las jerarquías es una función p o ­
sitiva de la movilización d e poilir y el control de re-
cu rto s y una función negativa de la com petencia y el
intercambio.
P roctiO i d r in tegración

C o m o $e sabe, el con cep to de «integración* es vago, cuando no


valorativo (es d ecir, la integración se considera -buena» y la rx> in-
a e ra c ió n -maJa-)> p e r o sigue siendo útil para etiquetar varios pro-
ccsos inicrrcUcionados. Para mi, la integración es un con cep to que
varía a traté» de t r o dimensiones independientes: el grado de co o r
dinación entre unidades sociales; el grado J e unificación simbólica
entre unidades sociales; y el gn.de de oposición y conflicto entre
unidades sociales.
Si planteamos el problema en e s t o termino*, la cuestión teórica
decisiva es esta: ¿qué condiciones potencian o dificultan la coordi­
nación, li unificación simbólica, y la oposición y el conflicto? En
tc m ró o s generales, la existencia p er se c c subgrupos, m bcultnras y
jerarquías incrementa, resp ectiv am en te, los problemas de* la coordi­
nación estructural, la unificación simbóbea y la oposición conflicti­
va. P or tam o, !os pr o b lan as de integración entre unidades diversa­
mente diferenciadas son inherentes ai proceso de diferenciación. Ls
tos problemas ponen en m.ircha -presiones selectivas» para solucio
nar talev problem as; pero la historia de toda sociedad, comunidad u
otra macrounulad muestra que la existencia J e esas presiones no
garantiza la selección de procesos inregrndores. Fn efecto, tod .« la*
pautas de organización se desintegran a a larga. Sin embargo, casi
roda la teoría macroanalitica insiste en la selección de form as estruc­
turales y culturales que resuelvan, en ¿rado diverso, los problemas
de la coordinación estructural, la unificación simbólica y la oposi­
ción conflictiva.
Ln el lado derecho de la f¡£. 6 he bosquejado los procesos dcci
tiro * de la integración. La formación de sub&rupos y (as subculturas
crean problemas de coordinación que, a su vez, generan presiones
en favor de la inclusión estructural (integración de *ul>unidades en
unidades progresivamente inclusivas) <%y tn favor de la úitcrdcpcn
dencia estructural (pertenencia simultánea a varias ¿ubunidades, así
com o dependencias funcionales). C o m o puso de manifiesto Hurle-
heim, la form ación d e subculturas y subgrupos tan-.bién plantea el
problema de unificar una población con una ^conciencia com ú n - y
una -conciencia colectiva- o , en general, con símbolos com unes {len­
guaje, valores, creencias, normas, conocim ientos, etc). L a creación
de jerarquías intensifica estos problemas1. A la inversa, u le s proble­
ma.-1 dz unificación pueden aumentar las presiones selectivas para la
creación de estructuras que resuelvan los problemas de coordinación
y oposición relacionados con las jerarquías y subgm pos.

' V id. V a l ace [ 1VS3; para * n m i Üí i í i m i» ilivnltaJr


El efecto final de estos problemas ¿ c unificación simbólica es
generar presiones selectivas en favor <ie la generalización simbólica,
o el desarrollo de sistemas sim b ó lica (va.ores, creencias, códigos
lingüísticos, repenurias d e conocim iento) abstractos y sumamente
generalizados que puedan suplir la diversidad simbólica de subgru-
pos, subcultura* y jerarquías. Durkhcim denominó o t e proccso «de­
bilitamiento de la conciencia colectiva*, y m osrró »u preocupación
p or la anomia resultante de código* culturales .sumamente abstractos,
mientras que Parsons (1966) lo denominó *generalÍ7ación de los va­
lores*, viendo en él un proceso integrador que |Kxmitiría el dcsarro-
lio de la diferenciación so d a!. Ambos tenían razón en este sentido:
si lo* códigos culturales generales no sor# compatibles, ni relevantes,
ni destacan con respecto a los códigos irás específicos de las clases,
las subculturas o las subgrupos. agravar, los problemas de unifica­
ció n , pero si son compatibles v destacan, potencian ia integración
de subgrupos, dase* \ subculturas. P o r tanto, comí» indican las fle­
chas reciprocas de la fig. 6 , la generalización simbólica puede ser un
arma de doble filo: ex esencial para Ia integración de sistemas dife­
renciados, pero con frecuencia es inapropiada para dicha tarca, y a
veces no voló agrava los problemas de U unificación, sino también
los d r li coordinación y oposición
t a s jerarquías entre unidades sociales, especialmente cuando se
hallan consolidadas, correlacionadas o impuestas crean problemas de
oposición, co m o ponen de manifiesto todas las versiones de la teoría
del conflicto ; . Tal oposición puede intensificarse cuando existen po­
co s símbolos generalizados, pero las jerarquías también generan de
dos modos presiones tendentes a la centralización política, fcn pri­
m er lugar, fas élites existentes ve centralizarán políticamente para
controlar la oposición; en secundo lugar, si no tiene a éxito y pierden
en el conflicto, la nueva ¿lite centralizará el poder para consolidar
mu posición y suprimir los restos de la antigua jerarquía. Kx típico
acudir a símbolos generales (es decir, ideologías, valores, creencias)

f*ara legitimar etto s esfuerzos y, en caso de éxito, dichos símbolos


aciliun la centralización del poder al crear una autoiidad legitimada
Pero com o n u estra ;a larga flecha doble de la p an e interior de la
fig. 6, estos procesos pondrán en m archa las mismas fuerzas cu e
producen la oposición. Y c o m o indican las flechas del extremo de­
recho de dicha figura, el poder centralizado no solo reprime durante
algún tiempo la oposición, sino que es también esencial para la in­
clusión y la interdependencia estructural, pxics estas implican la re­
gulación y el control en términos de poder v /o autoridad (Rúes

V id e n re iu m rn m T u r n t (1SW>*
cHemeyer: 1977). En efecto, la existencia de la inclusión y la inter­
dependencia r los timbólos generales potencian la ccn n ali/.ación po-
lítxa. C o m o destaca la flecha d e realimentación J e l¿ paite superior
de la fig. 6, Ij inclusión regulada políticamente y ¡a interdependencia
facilitan el desarrollo d e la especiali?ación de actividades. Este au
m entó cié Ja especialización pone en funcionamiento aquellas diná­
micas que crean m ayores problemas de unificación simbólica y co o r­
dinación; dinámicas que producen una m ayor centralización política
que, .1 largo plazo, genera oposición (com o subraya la flecha de
regim en tad ón de la parte interior d e la fiR. 6 ) 1
P o r tanto, existen fuerzas inherente* a la dinamica de integración
que incrementan la diferenciación #■ Jos problemas de integración,
r.n cien o momento de U historia á c todos los sistemas, tales p ro­
blemas alcanzan un punto en el que se colapsa el orden social, aun­
que solo para ver rcorgan i/sd o. Fscas mm la» principales implicacio­
nes d t los efectos causales, ciclos y bucles de realimentación esbo
•/ados en la fie. 6. Terminare esta exposición de las secciones de la
parte derecha de la figura 6 proponiendo unas pocas - leves de integra
ciófl».

VIII. C uanto m ay or es el £r¿do de diferenciación de una pobla­


ción en subgrupos, subcultura* y jerarquías consolidada*,
tan to m ayores «on los problemas de coordinación estruc­
tural, unificación simbólica y oposición conflictiva en di­
cha población.
IX . C uanto m a y o ro son los problema* de coordinación, uni­
ficación y oposición en una población, m ayores son la»
presiones selectivas tendentes a la inclusión/interdependen­
cia estructural, generalización simbólica y centralización
política en dicha población.
X . C uanto m is integrada se halla una población mediante la
centralización política, los símbolos generalizados y las pau­
tas de ¡nterdcpcndcncia/íiiclusmn, tanio m ás probable es
que dwrhi población ¿tímente su jurado d e diferenciación y,
por lo tanto, m om ifique su.*: problema* d e coordinación,
unificación y oposición.

■ Y»d K<l*7 y Kk*.n 11977; pau una y análisis empinen J. cito*


prcccvM.
F.l t c o r i/a r an alítico: problem as y perspectiva*

E l problema principal de la teoría analítica e* que se encuerara


en un ambiente intelectual hostil. L a m ayor p arte de los teóricos
sociales, co m o evidencian lo* ensayo* de ente volumen, iki jc c p u tú ii
los supuci((M manifestados en la pruncia página de este capítulo. La
m ayoría de los teóricos (ocíales *e mostrarían en desacuerdo con la
afirmación de que i**i«ten propiedades genérica*, ¿temporales y uni
versales d e la oifan i?ació n social: v b m ayor pan e de ellos no co n ­
sideraría que la finalidad de la teoría es aislar estas propiedades y
desarrollar leves abstractas y mc*deIos relativos a su forma de acruar.
Kn mi opinión, existe un exceso d e escepticismo, hisuiriasm o, rela­
tivismo y solipsismo en la teoría social y, en consecuencia, la teoría
suele coosistir en discusiones acerca de temas y personas, y no en
la discusión iic la dinámica operativa del universo social.
Mi propósito en este ensayo es volver a la concepción original
de Augusto Comee d< la sociología co m o ciencia. Kn mi defensa de
esta concepción he definido una estrategia general: la construcción
de program as analíticos interpretativos» leyes abstractas y modelos
analíticos abstractos; el u so de cada una de estas tres e strateg ia
analítica? com o correctivo de las otras dos; p or último, la contras-
tación de k s proposiciones abstractas para evaluar *u plausibilídad.
H e ¡lustrado esta e>trategia presentando mis propias puntos d e vista
sobre los prtKi*s08 niicroim eracuvosy m acroestructuraks. Tales pun­
tos de vista son únicamente provisionales y preliminares, y solo se­
llan expuesto en lom ia de o lx i/.o . Incluso asi, mi cnfcouc es ecléc­
tico c incorpora la o b ia de diversos autores, p or lo que lo s modelos
y proposiciones expuestos en este capítulo representan un resumen
enquemitico do la teoría analítica en la sociología contem poránea.
I as m ejores perspectivas para la so rio lo p a estriban en el desarrollo
de los esfuerzos por elaborar este tipo de tcoiía analítica.
BIBLIOGRAFIA

* ¡ £ M £ s ¿ saaísr— “*
BlafeJi, H. M ;% < : C a * ^ ln fe r » ,r„ „ X o n e x fv r ^ u i R atA rt» d a -
*-
p clH D : U u v em tr oí North Carolina P w » f
fTrJ d l ü í h i PaUfrJ ,! S * '? ! Lif f - N'»cva York: W lev.
i ¿77 i P. ¡Httnambto > /«¿/ir en u vida stxiüj, H ora: I9 S 2 Í
■ t ó , " x T “ “ y■' * ' * * * ' » -*■

[ i S &KK B oolu.
11 5,>CMfc8 r •ondics: M ian illxn .
, £ / . , ‘f 5 Co,1f i a Sf e¿ c& N » e v . York A tadunic Prew
,U’ W and Pm r * ” > ". « AÍCMmlc,
(Ju n te , Á IS5C-42: /l c/ P(uu,-, t Pbilcsupby. París: BaeJxlicr

' ^ L Z : k d ' ^ - ® o -iS ¡L *


PriM A v ’r f ° J l - 9 * / ^ " i " U tU ,lr? l í ‘0™ ) - W - o r J Un ¡re. in v

Sw ^ " s i a l « - h - -
l>nrkhc«n, É-, 19)5; The División o f L a lo * w S oeiet). Nueva York Mac
millón. Primera edición en 1891 (Trad. al español: /.r división de! ira
h ijo tonal. Akal: 1982).
— 1938: T he Rtdcs o f fhe SoeioloeiCM Metbud. Nueva York: Free P rca.
(TraJ. al español: / >¿<reglas <ita m étodo sociológico, Akal, I9S.S). F.mcr-
son* K., 1972: •Kxchangc Theucv: Pan 2-, e n ) . Bcrger, Ni. ZcWiuli y
B. Andenlo n (cd*.), S od efag ictí Thcorut n rregress. vol. 2 Boston:
Konghton M:fflin.
F.rikton, E.t J95C: C biidhocd an d Soaety. Nucía York: Norton.
Frccjc» L , 19Í0: -Form.il Thcominn*. A ktíhjI R cv/e*- o f Scexology, 6:
l$7-212.
(jjrfiiikt), II., 1 % ): « A Concvpiiuii vi* and Fxpcrimcnis with, ‘ Tru*tMa*
•i Cordition of Stable CtncffMd Actions*, rn O . J. Harvev (ed.), .*to -
ttvation an d 'soda! Inieraction Nvcva Yorls: RunakJ Pn»s.
— 19S4: Studici tn Elínornethodoíory. Cornbcidgc, Polity Preis.
(riddens, A., 1977: N ew RuU< o f the Socndozical M cthod. Nueva York:
Basic Books. Crrad. ai español: L as »*etw5 reglas de!m étodo sociológico,
liucnm Aire-S Amorrortu, 1987).
1981: C entral Problents rn Soeial Thtorv I nndres: Mamullan.
— 1984: The C tm ututio* of Soaety. Camcfid^t, In*.: Polity Prest Goff-
man, E ., 1959: The Presentaron o f Sel) in tv ery d a y U fe Nueva York:
Doubltdar. (I’rid. a! español: La presentación d e la pcw >xj en la vida
cotidiana, Amorrortu: 1971).
Ha herma*, J-, 197C: -O n Syaietnatically-Dmnrted Communicatron», In
quby%13: 20ü 18.
— 1972: Knvuiedjct' >otd fíw n an Interests. Cambridge, Ing.: Polity Press.
(Trad. al español: C oKoem ünto e in itu i, Tauros: I9H2).
1981: Theory o f Commurriiatiíi' Aüton 2 vol*. Londres; Hcinantnn.
%**! 1, Reason an d :h c R a tio *d ü *ú o * o f Soaety* pub!ic»d<> también por
Polity Press, Cambridge. !*£.• I9R4. (Trad. al español: Teoría de ¡a
acción comunicaiu-a, Taunu: 19S2}.
Hctnpci, C Ci.. 1965: A speas o f Stientific Explanaron, Nueva lo rk : í rcc
Press. Hentagc, J.» 1W : G arfin kelau d Ethnam ethadology. Cambridge,
Kogl.tftd: Polity Press.
I loman», C . C ., 1974: Social Bek^vjor: Jts F.temeníary Forms, edición re
visada Nueva V ori: Harcourt. Brace.
Kcat. R. y tlirv , J .f 1975; Social Theory as Science. Londres: Knurlcdgt and
Kc^an Paul KeHey, | y Klein, H.V. 1977: «Rcvolutwn and th*? Kcbirth
of lftC^uality», American Jou rn al Of Soaology* H3: 78-99.
Knorr-Cenna. K. O. y Cicourel, A V'. (cdí.J, 1981: Adrance> in Social Theory
And M eth uUlo^y, Tav\trd arf Integtaíion o f M krtf aud M acro-Soeio
logies. Lond ro: Routledee and Kr^an Paul.
Kuhn, M. H McPutknd, T .s 0 4 : -An Lmpinca! InresügaáOQ oí
Seü Animies»! America* S odotopcai R ivícm 19:61-96.
Kubu, M. S. y H icbian. C . A., 1956; individuáis, Gronpt, a*:d Etonom le
Rehat'ioe. Nue\-a York: Drydw Prr«.
Kiikn, T., 1972* 7Xc Strm ture o f Scenúfw Rev>At4lio*s%sc&mula edicuin
Chkago: University of CHicagr* Prxw. (Tr^d. al español: i a eit*tuu<r.t
de Us rci'oltéíjones científicas, r .C i L : 1977)
I.nknu**, 1.. 1970: «Faldík'u ion and rlie Mcrhodoiogv «»f Scwntific Research
P io g ijo m iei» . cu L akau» y H . iMiugravc (cds»)» Cruidssn an ¿ thc
Grtnvth o f Scientjfk K notcledre. Cambridge, In g.: Cambridge Um vcr-
\'\xy Prest. (T r * i. il cspaóol: L a m u k a y t i drsanvtio d ei cvnocim knio,
Barcelona, G n ja lb » , 1975)
Lem ki, Ct.f 1966: P ow er a n d Prtvilege. Nu«va Y o ri McGraw-í lili. {Trad
x\ ttp anúi: Poder y /V:¿í/ry;r\ Buenos Aires, Paidos 1969).
Marx, K v fogels. I\. i97íz The Comn:unist Manifestó. Nueva York: In-
cen)AtK>ntl PuMisbers. (Trad. al «r*pa<»:>l: M anifiesto comunista* Akal:
19?7).
M avhcw, B . H „ I9 # l: 'i t n . iUT » ism vcv»tj* Individualista*. SoiLti Fortcf,
*59: 627-48.
Mayhc%\ B . I I . y LtrvinjjcT, K .. 1976: •Si/c and Dsnsity o í Intetattinn ir.
Hv.m.in Ag^rc ia re s-, A m enean J v.v u m o f S w w b n , 82 : 36-11C.
Mead. <». H ., 193*: Hind* 5*7? a^ní S o a ffy . Cluca^u: C m vcm ty ol Chicago
P u n . ( T u l . al español: F r iu r a p e c o s a y botad a J , Paidús: J9$2>.
M crtun, K K. 1963: S’ocutJ Thtory .o íd ShuíU oy. N u e v a Y ork. I r<«
Piesí. (TraJ. al e%paán!: 7m út v estructura soctaln. México. I\CF ...
1970).
Munch, K., I9H2. Theory o f AtíiOrr: Retonslm cting tbc Contrifrutions of
T akott Parsons, É m ih D krhheim And M ax U eber, 2 voJs. hunk/uit ¡un
M am : Suhrkamp.
P.irvon>. T.. 1937: The Strncturt o f Social Action Nueva York: McGrxm
I lili. {Trad. al rspiñol: L a eUntdtcra de la accun fo tu l . Guadirrima:
1968).
— I % 1 : •An O u tb n c o f the Social S y i t m * . en Parxms ci a!, (cd s.,. ¡ b e n-
jíc í o f S o cie y . Nueva Y ork; I r c c l’rcvs.
1966: Sotictics; Evolucionan? an d C om parativa Perfpecuvci. Fr.jJew ood
CÜits. N'J: P¡entice H a t. (Trad. al español: I a t o a ed a d P erfpeaivss
rrolu tn at y com parativas, México» Trinas» 1974}.
— 1971a: The Sysiem o f Mode^n S o ria in . En&Icivood Cliffs N J: Prcnticc-
H a l. (Trad. al rapiño): F,¡ sistema d e Us w a t dudes moderna*, México»
Trikas, 1974.)
19711»: -So m c P ro b le m in General T h e o ry ., on J.C . M eK innfv y £ .
C . T u > a iu n T beorttical Soaolopy: Perspectiva an d F)exe!op-
ments Nueva York: A p p letoit-O titu iy-C rofis.
— IV/K: Aduvi Thecry an d (he H ernam Conddton. Nueva Yurx: h’rcv
P rcs*.
I’oppvr, K .K .. 1959: T he Logic o f Setenufíc D iicw ery* I nn d rcj; I luición
son. (Trail. al ctpand: La tógtca d e Li investigación científica. T<\-n<u:
1975).
— 196‘J : ConjecUtres an d RtfHlaXioru. Londres: Kou:lcd^e and Kc^an Paul.
iTra<J. a! « p a ñ o l: Conjeturas y refitu aon es. Paidós ibérica: 19$2).
K aJcliífc B ro v n , A .R ., 194S: A \ a tu r*l S(¡€ kCC o f StKtety. G lcncoc. 111.:
Free Prcw.
Kueichemeyer, 1).. 1977: •Structural D itiercniiaik'n, F ft k in c y and Pow er*.
American fo u rn a l o f Socníúfcy, 8 3 : 1 25.
Schutz» A ., 1Vfi7; The PbenomeKoio^y o f the Sotsal U or!d. tvanjum: N m h -
v c iic m U nircm t\' Prew. Primera cdiciOn en lí>32 (Trad. al « p a ñ o !:
ftn ctm tio h x ú lid mundo r o d a l Bucao* Aire*, Amorroriu, t%9).
Shtbutani. T.. 1963: «A Cybcrncric Arpioacb 10 M ow aooiW en Vv IBuJi-
k y (cd.)» M *fe»w S w m * t f o c * J> /or f/ r Soctmu. A Sour-
cébook. Chicago; Aldini*. - y . ,
Spcnccr, H-, 1V0!V; P rin cipia \>f Soi*>!«gy. Nueva ^orU: Appl<«on . ihlica-
Jo por primor* vez en
Turnar. J H.. 19S3: .Theornical Stratcfre» U * Linking M icro aad .V U io
KVoccsscs: A n Evaluación o í Scvcn Á ppro¿ch«-. W estern S oaolo^ cai
R e v i f i P, 14: 4 - 1 5 . , VA Í .
— 19S4: ^out'M/ S trtú fiaaw n : A fb eotrn cM A n tlyu t. Nueva lo r * . l o
Imubía Univeríity cap. I- # . ^
198Sa: TKc Conccpt o í " A m o n 0 in W > b fc> cal Ana¡>'**»¡ cn
Kiss v R. Tuum ela l e d o . SVw*//Utii*r. D ordrcchi: l). R ck W , p p ,61-S7
— 19 8 5 b : «In Defemc o í Pomüvisiü*. Snw lopcjl r k c ip , 4.
— 1986: 7 ¿ f Sltu au rt o fS o á o 'o v c a l Tbtory . c u i r u ed ició n , H om ew ood,
III.: D u m y Prcs*.
E n preparación as .T h e $«»v ru.rr o f So cial Inter.*««<>n
I n preparación i>: «Macro Dynamics*.
n * !K r, R. H . 3962: «R ole-Iatua* R o o c w * ^ C o o f o r a r o y ^ a m.
Rose ( c d . ) , Hurrun fohaviou r and Social Pnx K SStt. Boston: Itoughioa

— 1930: -A S fratcg y for D rv d o p iftg -m Inti'uraieii R o le ITifcOrjr», Hxm


poM? hu m .i! ot Soci.il Rrlaiont* 7: 128-39.
\\ al lace, W . L .. I M S : Ptinoplt* o f Scúnlifx Soaoíag)'. N ueva l o c k : Aldme.
EL ESTRU CTU RA IISM O . EL
POST-ESTRUCTURALISM O Y LA PRODUCCION
D E LA CULTURA
Anthony Giddens

El cstructuralism o y el post-eam icruralism o son tradiciones de


pettJamicnto muertas. A pesar d e la promesa que contenían en la
tlor de su juventud, en último térm ino no han conseguido producir
la revolución de la com prensión filosófica y de ia teoría s o c í j I a la
uc cu otn» tiempo $e obligaron. En esta discusión no tratare tanto
3 c escribii 5u esquela com o líe indicar que panes de su legado in
tcWctual pueden se: aun aprovechables. Fucs aunque no transform a-
ron nuestro universo im etcau ¿] del m odo en que a m enudo Se pre­
tendió. llamaron nuestra arrnción sobre problemas de considerable
y perdurable importancia.
C om o >e sabe* m uchos dudan de que haya existido nunca un
cu c rp j de pensamiento lo suficientemente coherente com o para «?r
denominado «estructuralismo», y no digamos •post-cstructuralís-
im»*, nombre todavía más vago (vid. Runcim an: 1V70). Después de
:o d o , la m ayor pane de Us figuras destacadas que suelen encuadrarse'
bajo c s u s etiquetan h.m negado que tuviera algún sentido aplicar
estos t¿miino> .1 sus propios intentos. Saussurc, a quien suele co n ­
siderarse e! fundidor de la lingüística estruccurairtta, apenas emplea
siquiera el termino •>estructura» en su propia obra (Saussurc: 1974).
H ubo una época en la que Lev v--Strauss promovió activamente la
causa de la «antropología evrrucuira]- y, mas en general, del -estrve-
turalism o-, pero a lo largo de In última parte de vu carrera se hi
hecho m is prudente al caracterizar su enfoque de esta forma. Q uizá
£ estnicrcralifroo, <\ p(m-esinKiur*iijnK> y la pcuJutuióa Je la cultura 255

Darihes estuviera fueitemente influido en sus primeros escritos pui


Lévy-Strauss, p iro iná* tarde se alejó bastante d e el. Foucault, L a-
can, Ahhusser ) Don ida divergen radicalmente tanto de tas ideas
principales de áaussure y Lévy-Strauss com o entre si. Parece que
ral:a casi p or com pleto la homogeneidad precisa para hablar de una
tradición d e pensamiento definida.
P ero a pesar de su diversidad, existe cierto num ero de temas que
afloran en las obras de todos estos autores. A cem as, a excepción de
Saussure, todos son franceses y han estado situados en una red de
inluencias y contactos mutuos. Ai usar en lo que sigue los términos
«cjtructuralism o* y «post-estructuralism o*, considero que Saussure
y L év y -S irau » pcticneccii a la primera categoría, y lo» demás a U
segunda. E s sabido que 1a de *post-esL-ucturalisnio* es u iu categoría
considerablemente lava <jue se aplica a un grupo de autores quienes,
si bien re-chazan ciertas ideas características de! pensamiento estruc
curalm a anrerior, al mismo tiem po adoptan algunas de ellas en su
propia obra. P or tim o , aunque traten estos temas de form as dife­
rentes. ¡as que sitúen pueden considerarse características distintivas
y persistentes del cstructuralismo y del post-cstruturalism o: la tesis
de que ia lingüística o más exactam ente, ciertos asp eao s de dc-
teiminadav verdiones de la lingüística— tiene una importancia clave
para la filosofía y b ciencia social en su conjunto; su insistencia en
la naturale 2a relaciona! de las totalidades, ligada a la tesis del carácter
arbitrario del signo, y relacionada coi; su énfasis en la primacía de
los significantes sobre lo significado; el descentramicnto del sujeto;
una peculiar preocupación p or la naturaleza de la escritura, y p or
consiguiente por los materiales textuales; y su interés en el carácter
de ]a temporalidad com o com ponente ccnstiturivo de la naturaleza
de objetos v sucesos. N o hay uno solo de estos tem as que no toque
problema* de importancia para la teoría social actuaL Del mismo
m odo, sm em bargo, tam poco puede afirmarse que sem aceptables
¡os puntos de vista de los escritores arriba citados sobre ninguno de
dichos lemas.

Problem as lingüísticos

E s sabido que, en su origen, el estm eturalism o fue tanto un mo­


vimiento dentro dei ámbito lingüístico co m o un intento de dem os­
trar la im portancia de los conceptos y m étodos de la lingüística para
una amplia variedad de problemas de las disciplinas humanísticas y
J e las ciencias sociales. L a distinción de Saussure entre U ngue y
p a ro le puede considerarse con justicia la idea clave de la lingüística
estfuctiirafóta. C on esta distinción, el estudio de la «lengua» se apar-
u de la esfera de lo contingente y lontcxtual. hn tanto c u c fo m u
estructural global. la lengua se separa Je los múltiples usos a los que
pueden aplicarte lo* actos J e habla particulares. La p a r o le e s lo que
Saussure denomina ^aspecto ejecutivo «irl lenguaje», mientra* que la
Ltngur e* -un sistema J e signos en el que lo único ciencia! es la
unión J e significados e imágenes acústicas* fSaussure: 1974). La Icn
gua es p or tanto un sistema idealizado, deducido J e los u to* partí
calares del kabln pero independiente J e estos. Los contenido* acús­
ticos reales de! Icnguaie son, en cierto m odo, irrclcvaniw p a n el
análisis de la Lvtfittt, pues se trata de estudiar las relaciones formales
entre vonidas, o signos escritos, uo su propia sustancia. Aunque en
Siuvsurc persisten un cierto nunralism o y u iu cierta dependencia de
Ia psicología, en principio la lingüistica se desliga claramente d d
resto de las disciplinas que se ocupan del estudio de la actividaJ
humana. También la toiiemáiica se diferencia co n claridad J e la fo ­
nética, que t:ene una importancia relativamente marginal respecto al
núcleo central del añiláis lingüístico
E x ú te una inconsistencia en el co ra /ó n de 1a concepción xaussu-
riana de Ia Amgife. P or una parte, se considera que la ¡ a n g u e es en
úJumo tcnnino un fenómeno psicológico, organizado en función dr
propiedades mentales. P or otra - co m o indicaría la aparente influen­
cia de Durkhcim en Saussurc— la lengua es un producto colectivo»
un sistema de representaciones sociales. (Jom o los críticos han se­
ñalado, si la lengua es esencialmente una realidad psicológica, los
signos no son arbitrarios. C o m o :¿is relaciones que constituyen la
lengua citarían estructurado* en función de características mentales,
tendrían una dctcrm inaJa forma regida p or procesos mentales. Por
tanto, si la lengua w com idera una real* Jad menta!, el signo no
puede de ninguna m inera ser arbitrario, y su significado no puede
cr. m odo alguno definirse por sus relaciones con los elementos san
crónico* de la lengua (C lark c: 1 9 8 !, p. 123).
H ablando en un sentido am plio, la mayoría de las formas d r
lingüística estructurahsu han optado por la versión «psicológica» de
la Itn^ uc más que por la versión «sou ai». Adoptando este enlcuiue,
Cbcimsky pudo efectuar una fusión de las ideas tomada* de la lin­
güistica europea co n el •estructuralismo conductista- de Bloom iidd,
H arris y otros lingüistas estadounidenses. Bloornfirld y Mariis tra ­
taron de separar por completo l.i lingüística de cualquier o tro tipo
d e mentalismo o psicología (B loorofidd: 1957; H arria; 1951). Pira
ellos, el objetivo de la lingüística consiste en anali/ar el lenguaje,
hasta donde sea piwible, exclusivamente co m o secuencias de sonidos
regulares. N o debe centrarse la atención en las relaciones interpre
tativas de los hablantes con el uso del lenguaje. Si bien en un primer
m om ento este punto d e vista parece sustancial menee distinto d e !a
lingüística sau au riana, y *i bien es cierto que su* defensores más
conspicuo» rechazaban la diferenciación entre U nguc y p arole* no
• abe duda de que existen ciertac afinidades suhvacentr.s que Chom sky
^«insiguió poner de manihot*» Ki-drlmiendo L distinción entre h n -
y,HC y p a ro le co m o distinción entre competencia y actuación, y ¿par­
lándose radicalmente tic! co n d u aism o de Bloomfield y Hairis*
Chom sky pudo reconstruir un elaborado modelo de lingüistica for-
tiul sobre una base mrntaJista. D ada la diferenciación que se esta­
blece entre com petencia y actuación, la lingiiisuca chcmskiana co n ­
cede necesariamente una importancia central a la sintaxis (vid., por
ejemplo» C h o im k y : 1968). Su objetivo 110 & explicar lodos los actos
lingüísticos de los hablantes de una determinada comunidad lingüís­
tica, sino únicamente la* estructura) sintácticas de un hablante ideal
de dicha lenguj. La teoría de Chom sky rcint reduce la interpreta
•■ion. pile* la definición de la corrección lingüística depende de lo
que los hablantes consideren aceptable. Tam bién otorga una cieña
ptiorídad i los com ponentes creativos del lenguaje, en el sentido de
que el hablante com petente puede generar un Corpus indefinido de
frases sintácticamente aceptames. E s posible m antener que la distin­
ción entre com petencia y actuación c* en algunos aspectos .superior
.i la diferenciación entre ¡an gu e y p a ró le > pues C hom sky al menos
p tésen la iiti modelo de agente lingüístico. C uino Cljouisks sédala
4 n tican Jo a Sacmure, cate últiiiKi consideraba la lan gsic, fundamen­
talmente, co m o un depósito de- «elementos semejantes a palabras- y
•*1rafes hechas•, al que oponía el carácter má> flexible de la p a ro le.
Se carece de una explicación del «térm ino mediador» entre Ltngue y
p aróte. Según C hom sky, es en d agente donde se produce lo que él
considera la «creatividad ¿obernida p or norm as* ciel lenguaje com o
sistema (C h om sk y: l% 4 , p. 23).
La gramática transformativa de C hom sky es uno de los enfoques
inlluidos p or algunas ideas centrales de Sauxsure; o tro es la lingüis­
tica de la escuela de Pra$a que, a traves de Jakobson, fue la co m e n te
q u e más influyó sobre’ I.evy-Strau.ss. F.n un sentido amplio cabe
afirmar que el ¿tu p o cfc P io ^ a s i^ u e la c o n c e p c i ó n - S o c i a l » de L
fa n g *e mái que la concepción -^psicológica*. Mientras que la lingüis­
tica de C hom sky se centra en la com petencia del hablante individua],
li lingüística d e la escuela de Praga se concentra fundamentalmente
en el lenguaje co m o medio de com unicación. P o r tal m otivo, la se­
mántica no se separa completamente de la sintaxis, y se considera
que la naturaleza de la lan ^ u t expresa relaciones de dignificado. C om o
afirma T tu b et?k oy, la lingüística debería investigar -cuales son las
diferencias fonéticas que se encuentran vinculadas, en d lenguaje que
consideramos» a diferencias de significado, có m o se relacionan unos
cotí otros estos elementos d iferenc adores o rasaos distintivos, y de
acuerdo con que normas se combinan para formar palabra) y frases»
(T n ib etzk oy: 1969, p. 12). Podría parecer que la insistencia sobre el
significado y sobre el uso del lenguaje en tanto que m eció de c o ­
municación com prom etería el carácter autónom o de U lingüística tal
com o fuera definido p or Saussurc (y C hom sky). Pues en tal caso
sería precisa analizar el lenguaje en las instituciones de la vida social.
Y , tn efecto, los lingüistas de P rig a rechazaron la distinción infle­
xible entre U ngue y p a r o le establecida p or Saussure, así com o Ja
división entre sincronía y diacronfa, relacionada c o a dicha distin­
ción. N o obstante, el grupo de Praga tendía a centrar su trabajo en
la fonología, donde puede estudiarse el sistema acústico d e un len­
guaje sin atender a Jai connotaciones externa» del significado. En
particular, en la obra temprana de Jakobsor. se sostenía la idea de
<jue era posible lograr tina -revolución fonológica- (la expresión es
o c Lévy-Srrautt) analizando los fonemas en función de la* oposicio­
nes que son los rasgos constituyentes del lenguaje en su conjunto.
Aunque la justificación de esta idea era de índoic metodológica y no
epistemológica, cJ resultado fue que la lingüistica volvió a) estudio
de las estructuras internas de la ían gn c (Jakobson: 1971).
L4vy-Strauss y Bardies lun reconocido en diversas ocasiones que
el principio básico del estructuralism o consiste en la aplicación de
procedimientos lingüísticos cii oirás ¿reas de análisis. Lévy-Strauss
considera que la lingüística estructural proporciona modos de aná­
lisis aplicables en otro* ámbitos e indica claves esenciales de U na­
turaleza di* la m m tr humana. E n L a s estru an ras elem en tales com ­
para explícitamente sus objetivos con los de la lingüística fonológica,
y añade que los lingüistas y los científicos sociales «no hitamente
aplican los mismos m étodos, sino que estudian el mismo objeto*
(1969a, p. 4W ). Pues la lingüística estructural nos permite distinguir
lo que Lcvy-Strau&s más tarde consideraría ««realidades fundamenta­
les y objetivas consistentes en sistemas de relaciones producto de
procesos de pensamiento inconscientes» (L év y ^ tra u ss: 196S, p. 38^.
C o m o señala C uller, pensar que la lingüística posee una importancia
central para el estructuralismo generalmente conlleva varias implica­
ciones. E n prim er lugar, la lingüística parece proporcionar un rigor
que falta en las ciencias sociales y en el resto de lis di.vciplims hu­
manísticas. En segundo lugar, la lingüística ofrece cierto número de
conceptos básicos que parecen susceptible.* de una aplicación mucho
más amplia que la que tenían en su entorno original — en particular,
tal vez, lunvuc y p a ro le, pero también distinciones re.actoradas con
esta, com o las distinciones entre lo sintagmático y lo paradigmático,
significante y significado, ia idea de la naturaleza arbitraria del signo
lingüístico, etc. lin tercer lugar, la lingüística parece proporcionar
una \eric de incas maestras paia la formulación de programas se-
iiiiótxos. Esta kle.i fue esbozada p o : Saussure y dcsarioliada con
vierto detalle por lakubson y oíros.
P or razón de Us relaciones entre la lingüistica cstructuralista y
el estnicturalism o en genera), a menudo se afirma que el esmzcmra-
Iís jiiü participó en el «giro lingüístico» general característico d e la
filosofía v teoría social modernas. Sin embargo, por motivo* que
alto n indicaré, esta es una conclusión especi osa P or un lado, hoy
parece evidente que las esperanzas de c u c la lingüística p ro p o rcio ­
nara procedim ientos generales susceptibles de una aplicación muy
amplia estaban fuera iic lugar P o r o tro , el «giro lingüístico», al me­
nos en sus forma* más valiosas, no implica una extensión de las ideas
tomadas del estudio del lenguaje a otros aspectos de b actividad
humana, sino qtit* explora la intersección entre el lenguaje y la cons­
titución de ]¿s praxis sociales. Se trata aaui> pues, de una crítica de
la lingüistica estructural com o enfoque del análisis del propio len
gvaje, v de una valoración critica uc la importación o e nociones
tomadas de esta versión de la lingüística a otra* área» d e la explica­
ción del com portam iento humano.
Us Lien sabido que &c han hecho numerosa* crítica* de la con ­
cepción *au « M i r i a m d e li lingüística o. al m enos, de la versión de
esta lingüística que ha llegado hasta nosotros por intermedio de sus
discípub*— , incluidas las que tan convincentemente ha expuesto
C hom sky. N o has ra^ón alguna para repetirlas aquí en detalle. Lo
m is im portante, con vistas a las lincas de argumentación que desa­
rrollaremos más adelante a i esta discusión son las deficiencias que
muestran prácticamente todas lajs formas de lingüistica estructura),
incluyendo l¿ de C hom sky. listas se refieren fundamentalmente al
aislamiento del lenguaje (o de ciertos rasco* que se consideran fun­
daméntale* nata la estructura y propiedades del lenguaje) del entor
ih» social del uso lingüístico. P or tanto, aunque Chom sky reconoce,
c incluso subraya, la* facultades creativas de los seres humanos, esta
creatividad se atribuye a características de la mente humana, no a
agentes conscientes que realizan sus actividades cotidianas en el co n ­
texto de instituciones sociales. C o m o señala un observador, *U ca
pacicad creativa del sujeto ha de d e s c a r a r a t.in pronto co m o se ha
reconocido y atribuido a un mecanismo inscrito en la constitución
biológica de la m ente- (C lark c: 1V#0, p. 171). Aunque en muchos
aspectos es la forma de lingüística estructural más desarrollada v
elaborada, la teoría del lenguaje de Chocuaky se ha m ostrado esen­
cialmente deficiente respecto a la comprensión d r rasgos del lenguaje
bastante elementales. E stos defectos no se refiere» tanto a lo insa­
tisfactorio de la división entre sintaxis y semántica com o a la iden­
tificación de lo* rssgos esenciales de la com petencia lingüistica. En
opinión de C h otm k y, el hablante ideal puede captar inconsciente­
mente las rc-glas que hacen posible U producción v comprensión de
alguna* o unías las frases gramaticales de un lenguaje. Sin em barco,
este no es un modelo ik competencia apreciado. Quien en cualquiu
contexto dado pronunciara u n í frase cualquiera, por más que esta
fueia siutic ticamente o i r r a o j , seria sin duda considerado anormal.
1.a competencia lingüística no consiste solo en dominar sintáctica
mente la* frases, sino cambien en dominar las circunstancias rn las
que ion apropiados determinados tipos de frases. Kn palabras de
H ym es: «la com petencia idm iindi s? refiere a cuándo hay que ha­
blar y cuándo n o. asi co m o de que hablar con quién, cuando, dónde
y ilc qué nuncra> (H y m es: 19?2, p. 277). Jtn otras palabras, el do­
minio del lenguaje es inseparable del dom inio de la variedad c e con ­
textos rn los oue se usa c\ lenguaje.
Las obras d e autores tan diterentes com o Wjttgenvtein y G arfin-
kel t í o s han hecho conscientes de las implicaciones que esto conlleva
para la comprensión de la naturaleza del lenguaje y la captación d d
carácter de la vida social. Covuxrcr un lenguaje supone, ciertamente,
co n ocer *u«¡ reglas sintácticas pero, y esto es igualmente importante,
con ocer un lenguaje es adquirir una srrie d e instrumentos m etodo­
lógicos que se aplican tan to a la construcción d e frates co m o a la
constitución y reconstitución de la vida .social en los contexto* c o ­
tidiano* de la actividad social (G iddcn*: I9 M , cap. 1). N o quiere
esto decir que co n ocer ur. lenj^iaje supou&a con ocer un* forma de
vida o , más bien, una multiplicidad de formas d e vida que se ca tre -
tejen: co n ocer una forma de vida significa poder desplegar ciertas
estrategias metodológicas en conexión con cualidades indíxica» de
los contentos en los que se llevan a cab o la> prácticas sociales. £n
e íU concepción del lenguaje la lingüística no tiene el giad o de au-
cnftuficimcui que Saussurc, la escuela de Praga, C hom sky v otros
pretendían, ni tam poco tiene m ucho tem ido sostener, com o ha afir­
mado en ocasiones Lcvy-Strauss, cine la vida social es «com o un
lenguaje». La lingüística no puede o liecer un m o d d o p a n rl análisis
de :.i agencia [agen ey] social o de las instituciones sociales, pues en
un aspecto básico la ingúística solo puede explicarse mediante ev:as.
t i «giro lingüístico* puede interpretarse co m o un distancianiento
de la lingüistica concebida com o una disciplina independiente, un
giro hacia d examen de la coordinación m utua entre lenguaje y Praxis.

L a n atu raleza rclacional de la» totalidades

En la doctrina d e Saussure el carácter relaciona! de la ¡jh ^hc ts u


estrechamente ligado a la tesis del carácter arbitrario del signo y a
su insistencia en la impurtancia de los significante* en comparación
con la más tradicional preocupación p o r los significados. A menudo
se ha señalado que la diferenciación enire ian gu e v p a ro le de Saus-
sure, que atribuía prioridad a la primera respecto a la sc^undi, rcílcja
la afirmación d e i)urkhcim de que las cualidades de las totalidades
sociales son más a u c la suma de sus panes, Pero es muy probable
que esta afirmación sea errónea, y subtstirm la su tü r/.i con que
Saussurc caracteriza ),i form a ^ te m á tic a de la iangH c. Al explicar la
U nvuc co m o sistema de diferencias, Saussurc rcfoim ula la naturaleza
de lo que eoTvstituye la «totalidad- y de lo que xon j.u< •parres
indicando que lo uno se define únicamente ei\ función de lo otro.
D ecir que .*1 lenguaje es un sistema sin términos positivos, es decir,
que está form ado mediante las diferencia* entre sonido* o signos
escritos cu ya existencia se reconoce, muestra que las Kpanes® sólo
lo son en virtud de la* mismas características que com ponen el
«tod o». Esta idea es fundamental en la medida en que demuestra
que la totalidad lingüística n o «existe* en los contextos del uso del
lenguaje. La totalidad n o está -presen te- en las cjcmplificacioncv que
son vestigios de ella.
E s fácil definir el nexo cntr¿ o t a concepción y la noción tiel
carácter arbitrario del signo. La afirmación d e la naturaleza arbitraria
del sipno lingüístico puede in ierpn xaric co m o una crítica a las Mo­
rías oojetivas del significado y a las teorías de la referencia ostensiva.
Pero esta crítica no se deriva del upo de demostración que V itt-
^enstein, Q uine y otros filósofos posteriores hicieron d e ia im posi­
bilidad de que el uso de unidades léxicas «corresponda» a objetos o
sucesos del m undo. La crítica d e Sausiurc se basa enteramente en la
idea de la constitución de la lan g u c mediante la diferencia. C om o
una palabra deriva su significado únicamente de las diferencia* que
te establecen entre ella y otra* palabras, las palabras no pueden «sig
niñear» sus objetos. FJ lenguaje es form a, no sustancia, y solo puede
generar significado mediante el juego de diferencias internos. Por
tanto, esto ocurre tanto en el caso de la relación entre las palabras
— o frases— y los ¿«íadnct mentales que puedan acompañarían como
en el caso de la relación entre las palabras y ¡os objetos y sucesos
externos.
Puede parecer que el énfasis en Ij constitución de la totalidad
mediante diferencias nos aleja de los significante* en v ez de condu­
cim os hacia ellos; pues b au c im porta no es lo que se emplee para
significar, sino únicamente las diferencia* que crean la «ordenación
espacial» [sjpocmg] de los significante*. Sin em bargo, los pum os de
vista de Saussure tienden a cen trar el ínteres en las propiedades de
lo* significantes, debido a que se rechaza la existencia de una entidad
«subyacente» al lenguaje que explica su carácter (aparte de la vaga
suposición de al^iin tipo de cualidades mentales innatas). Aunque
care /ca de importancia «jue sustancia constituye realmente los rigni-
fícames, no podría existir ningún upo d e dignificado sin las diferen­
cias que crean los sonidos, (os signos escritos u otros elementos
distintivos materiales. De aquí que en la formulación saussuriana el
programa ¿c la sem iótica m» %ea un m ero accesorio de la lingüística,
sino que csy necesariamente, cocxtensivo con el estudio de la propia
ljn%KC.
F.I carácter relaciona! de li* totalidades, la naturalcr/a arbitraria
de ios signos y la noción de diferencia son conceptos presentes en
el conjunto de las perspectivas estrvcturalistas y po.%i-e* trucuiralis-
tas. Al mismo tiempo» son el origen de las divergencias principales
entre los autores curucturalistas y sus sucesores post-cstructuralis-
•was. Jakobson y Lévy-Strauss ofrecen dos casos claros d e la utiliza­
ción de ¿a idea saussuriana del carácter relaciona] de las totalidades.
Paia el prim ero, el estructuralismo se define en función del estudio
de fenómeno* «con* idejados no co m o aglomeraciones mecánicas,
fino com o un todo estructural- (Jakobson: 1971, p. 711). Lévy-
Strauss c* tínía vía m is onfálico al afirm ar: *cl autentico estructura-
lismo trata... p or encima de rodo de cap tar las eualidadr* intrínsecas
de determinados tipos de orden. Estas propiedades no expresan nada
que sea externo a ellas* (Lévy-Strauss: 1971, pp. 561-2). Sin em bar­
go, las críticas del propio Jakobson a Saussure evidencian que el
principio de identificación d e relaciones mediante la diferencia car
independiente de la afirmación de que la L n g u c es un todo clara­
mente definible. Ks extremadamente difícil trazar los límites de la
«totalidad» que constituye U ¿s*t£*?d e Saussure, o de la «totalidad*
que constituye el corpus lingüístico conocido por el hablante co m ­
petente de C hom sky. P or consiguiente, puede afirmarse que m is
importante que el principio de establecer la coherencia de la totali­
dad es el esfuerzo p or examinar la naturaleza de Ja propia diferencia.
Jakobson inició en la lingüística « i o s esfuerzos al intentar centrarse
en las piopiedadcs estructurantes básicas de los códigos más que en
los parámetros de los mismos códigos.
U filosofía de D en ida radicaliza esto mucho más. Su rocha/o
de la «metafísica de la presencia- deriva directam ente de su tia u
miento de l¿ idea d e diferencia co m o elemento constitutivo, no solo
de Jos cnodu.s de significación, sino de la existencia en general (D e-
rrid i: 1976; 1978). D crrida no tratará de buscar propiedades men­
tales universales, ni hará ningún intento de construir una filosofía
sistemática. F.n su discusión «le Lévy-Strauss y del cMructuralismo
en las ciencias sociales, Hórrida subraya la irrealizabtkdad del pro­
gram a de Lcvv-Strauss, irrcalirabilidací que deduce de contradiccio­
nes supuestamente implícitas en los propios textos de Lévy-Strauss.
El estudio de culturas orales emprendido por Lévv-Strauss es él
El estrucfuralilftio, d pojt-cfwcturalijma y la prcduccicn d? la cultora 2U3

mismo, paradójicamente, una forma de «losocentrism o» occidental.


L a crítica de la metafísica d e la presencia Je D crrida deriva más o
menos directamente de! estudio de las implicaciones de la icea de
diferencia tal com o la fonnuló Saussure p or ve* primera, idea con ­
cre tad a con las nociones de negación contenidas en la obra de He-
gel, Freud y otros. Gracias a w distinción entre ¡angue y p a w lt
Sauaxure pudo tratar la idea de diferencia com o relacionada c o a un
^sistema virtual» cxtrntemporal. transmutación de la versión saos-
suriana de diferencia en la d ifféra n ce de D crrida se lleva a cabo
introduciendo el elemento tem poral. Diferir de algo es también di­
ferir algo. Si esto es así, pregunta D crrida, ¿cóm o puede algo* com o
Ia,s formas de significación, consideran* presencia? Los escritos de
Saussure ya contenían la noción de «totalidad ausente- cu e es el
lenguaje. Sin em bargo, cu esta idea de toralidaé queda toáaviu, en
opinión de D crrida, una persistente nnvtalgia p or la presencia. Toda
significación opera a través de huellas: huellas mnemicas en el cere­
bro, el desvanecerse de los sonidos una ve/, pronunciados, los trazos
que deja la escritura.
L a inversión derridiana de la prioridad que .vuele otorgarse al
lenguaje hablado con respecto a la escritura manifiesta una intensa
preocupación p or los significantes a expensas de lo significado. T a m ­
bién deriva, en cierto m od o, de una crítxra inmanente a Saussure E!
habla, sostiene D crrida, parece representar un momento en el que
la form a y el significado se encuentran simultáneamente presentes.
Sin embaído, una ver. que liemos» visto, com o demuestra el propio
Saussure, que esto no ouede ser así, nos vemtxs llevados a cuestionar
el supuesto de que d hab b es la forma m is elemental del lenguaje
Cuando nu- oigo hablar parece co m o si las palabra* expresadas fut­
ran simplemente vehículo de mis pensamientos, co m o si la concien­
cia se revistiera con el lenguaje y encontrara expresión a través de
este. Se considera que el acceso a los contenidos íntimos de la co n ­
ciencia es la base real de Jos significados inherentes al lenguaje* algo
que ia escritura sólo puede esperar reaprehender indirectamente. Sin
embargo, en m om entos cruciales de sus argumentos sobre la esuuc-
turación del lenguaje mediante la diferencia, Sauvstire jbandona las
unidades acústicas en favor de ejemplos tom ado* de la escritura. Así,
p or ejemplo. Saussure señala que cualquier letra del alfabeto purde
escribirse de diferentes form as; lo que importa es que sea distinta de
todas lae demás letras que podrian confundirse potei:ci¿Imcncc con
ella. 1-3 escritura aparece com o la mejor ilustración de la diferencia.
lx>s nueos de ausencia y carácter diferido implicados en la natura­
leza de los textos escritos indican las condiciones de significación en
genual. FJ liabla ♦personaliza» el lenguaje vinculándolo con los pen­
samientos del hablante. De hecho, el lenguaje es esencialmente ano-
m ino, nunca constituye Ij propiedad de hablantes individuales, y su
forma dcpcr.dc de .sus propiedades recurrentes. C orn o e» natural,
D errida no intenta con esto conceder la primacía a la genuina cSvii-
tura trente a kw cmok de habla, lo que carecería de mentido, aunque
no sea m¿< que p o r la rayón de que la escritura es. históricamente,
un cesar rt»)]«i relativamente reciente en comparación ron el predo
minio de las c u ltu r a orales. M is bien se trata de que el lenguaje «
una «proto-rscrítura* (arebt- ¿ criin re), un proceso de ordenación
temporal y repetición de fenómenos significante*. La p roto-escr¡tu ­
ra, afirma D ernda, «es in v ocad a p or c lie m a de la arbitrariedad del
signo y p or el tema de Ij diferencia», p ero «nunca ve reconocerá
com o el o b je to d t !a ü tw w » \ Es decir, no será el objeto de in ­
vestigación de cierto tipo de lingüística no logocentrica.
I a noción de! carácter arbitrario del signo lingüística e> respon­
sable no sólo de algunos de los puntos fuertes, sino también de laj
persistentes debilidades pre*cnrt*t a lo largo de Ij s tradiciones de
pensamiento estructura listas y post-csirucniralivtas. Tal co m o fue
formulada por Saiavsurt’, la doctrina oel carácter arbitrario del si^no
tiene rila misma cierto aspecto a rb itra ría FJ término «arbitrario» no
es una denominación particularmente tcliz para c : Itn ó m m o e n cues­
tión. C o m o el propio Sau.ssur¿ reconocía plenamente, no cab e duda
de que las convenciones implicadas en el uso d d lenguaje no son
arb itrar;^ en el sentido d e q u e quien emplea el lenguaje sea libre de
elegir entre la* realizaciones que prefiera. P or el contrario, el uso
aceptado tiene una gran fu er/a vinculante. Pero im potta que la tesis
de la naturaleza arbitraria del si^no c\, en último térm ino, oscura,
especialmente en u n to míe se refiere a la naturale/a del significado
más que a la naturaleza uel .significante. Si Saussure únicamente pre­
tendía afirmar que las nalabras tienen tan so lo un n exo convencional
con ¡os objetos au c desígnanos o a los que nos refiramos a! em­
plearlas, esto es novio hasta el extrem o de resultar rm'ta) Si -co m o
muchas veces parece ser el caso en la tesis de *Sau\sure— p or «na-
turalc/.a arbitraria del signo* entendemos que el lenguaje esta cons­
tituido mediante ia diferencia, es cierto que esto tiene implicaciones
relativas a la naturaleza Jel significado, r»erv> estas implicaciones no
<e desarrollan: la naturaleza de los significado* v deja en gran m e­
dida tin explicar. E s evidente que Saussure pretendía afirmar que el
significado de una palabra no es el objeto al cual puede referirse la
palabra; sin em b arco, co m o no analiza en ninguna p a n e la nstura-
Itya de a referencia, esta afirmación queda, en lo esencial, sin elu­
cidar filosóficamente. F J rebultado es la contusión señaiada p or Bcn-
ventste. C om o observa este autor:

1 Citado en Culler. I9?9.


Incluso aunque Sauvture dijera que !* idea de *heriráni» no rirne relación
con el ñfciúhcamc s-o r h m r l el pem.'b». nada menm. en la rtuLiud tk
L Tívdón. Cuando Hablaba de (a diferencia entre h-o-f p>ocuf] y o-k-s (ox,
bueyj, w estaba refriendo, a pe*ar de «i mt<m«>, ll hecho de que cko* da»
icrnunas i< aplican a La m im a rrraliJjJ. Por v0fx*i$uicacc, Ia ;om , espeesa-
mente excluida en vin principio d«r la definición de signo, se detlira afcoro
en tia dd irlición d&ndu wi rodeo. (Bcnrenine: 1971. p. 44).

Los escritos de Saussure propiciaion una «retirada al código** que


desde en tunees lu sido característica de los am orre cxtnictu ralistas
y post-esiructuralistas. Es decir, el descubrimiento de que tas ele­
mento* constitutivo* de L L /ig u c solo tenían ideQtidad mediante .su
diferenciación en el conjunto del sistema .sirve para a p a ru r al leu
p ía je de cualquier tipo de nexo referencia! que pueda tener con el
mundo objetivo. N i el pensamiento estructuñlicta ni el p m t-cstru c-
rtiralisra h ar conseguido generar una explicación de la referencia, y
seguramente no es una casualidad que estas tradiciones de pensa­
miento hayan concentrado tanto su atención en la organizacx>n in­
terna de los texto», en ios que el juego de los significantes puede ser
analizado co m o un « u n to interno (vid. G iddens: 1979, capitulo* I
y *s.). Ks im portante observar que, si bien los énfasis sam surianoi
potenciaron la ♦retirada al código», las modificaciones y adaptacio­
nes que introdujciou en ellos autores posteriores impidieron que
esta «retirada- se argumentara filosóficamente. Se derivó de la asi­
milación d e h doctrina de la naturaleza arbitraria del signo y de b
del papel desempeñado p or la diferencia.
hn ciertos aspccros, los escrito* de D en ida son el producto más
elaborado de li transición del estructuralismo al post-estnicttinlis-
roo. Aunque las obras de D crrida parecen en un prim er contacto
bastante extrañas a una mentalidad anglosajona, existen ciertas afi­
nidades bastante estrechas entre esta< y las concepciones expresadas
por el último W ittgcnstcin. E l rechazo de’ la -metafísica de la pre­
sencia» p or p arte de Derrida no es en m odo alguno enteramente
ajeno ai en sus objetivas ni en su» métodos al intento de W m^ens
tein por icabai con los aspiraciones de la metafísica en sus P hdoso-
labial Invcstigstiont(1 9 5 3 ). Para n n b m autores, los objetivos de la
metafmca no pueden ser simplemente reexaminados o puestos al din;
t»c'nen que ser «decom tniidos* m is que «rccon*iruidos», porque se
basan en premisas erróneas. Ambos subieren que esto se Jeb e a una
aprehensión equivocada de la naturaleza de la realidad. N o existen
esencias aprehcnsibles mediante íormuLiciones lingüisticas apropia-
cbs. W iugenstein sostiene, con jgual firm e/a que D crrida, que m lis
palabras ni las frases implican ningún tipo de imágenes mentales
correspondientes que les confieran signifreado. com o tam poco los
objetos o sucesos del mundo externo a los que las palabits pueden
referirse. Aunque no cabe duda de que Wittgenstcin rechazaría la
ambiciosa extensión del concepto de escritura de Derrida, se m os­
traría de acuerdo con este autor en que el lenguaje no puede inter­
pretarse en función de los dignificados subjetivos de los agentes in­
dividúalo. E l rechazo p or parte de W íttgenstcin del argumento ¿el
«lenguaje privado- no es, obviamente, una analogía inmediata de la
adopción de la ¡dea de escritura de Derrida, pero en ambos cajo s el
lenguaje e* necesariamente un producto «anónimo» y que p or tanto,
en un sentido importante, «carece de sujeto-.
E s discutible, co m o mínimo, oue W ittgenstcin hubiera tenido en
gran estima la idea de diferencia. §in em barco, en su elaboración del
concepto de juegos de lenguaje la «ordenación espacial» de propo­
siciones y actividades tiene, evidentemente, una importancia central.
Se insiste en el carácter recun ivo y relaciona! del lenguaje. Sin em­
barco, parece indiscutible que las líneas maestras del desarrollo de
ia filosofía de W ittgenuein son m is defendibles que las del poat es-
tcucturaiismo. Más que defender ana -retirada al código», Wittgens
reir trata de entender el carácter relaciona! de la significación en el
contexto de las praxis sociales. Su decidida preocupación poi el len­
guaje ordinario üende a inhibir la atención prestada a la poesía, el
irte o la literatura Pero no parece uue existan barreras lógicas claran
que impidan extender las ideas de Wittgenstew a estas dom inios, y
la explicación del lenguaje y del lignificado que puede genctarsc de
la filosofía de Wittgenstein (o al menos de ciertos conceptos básicos
contenidos en ella) es más elaborada que las ofrecidas por el estruc-
turalismo y el post-estructuralism o (extrem o que desarrollaré más
adelante).
L o insatisfactorio de la tesis dt la arbitrariedad del signo, tal
com o se difundió entre las tradiciones estru ctu rad la* y post-estnic-
tur.ilistas, ha em pobrecido radicalmente las explicaciones del signifi­
cado que han propuesto estas tradiciones. La preocupación por los
significante* a expensa* de los significados e*, en gran parte, un ¿n-
Uvi< impuesto por esta circunstancia. Para Wittgenstein, el signifi­
cad o de las unidadtx léxicas se encuentra en la integración de len­
guaje y praxis dentro del complejo de juegos de lenguaje implicados
en las formas de vida. Aunque es cierto que esta concepción, tal
co m o fue formulada p or el propio W útgenstein, deja a un lado cier­
tos aspecto* fundamentales de! significado — en particular, el p ro­
blema de en qué sentido la comprensión del significado implica (si
es ü u c efectivamente implica) una captación de las condiciones de
vrrdad de ciertas clases de aborciones— , sin duda es una perspectiva
de considerable fertilidad.
El d cscen tram ien to d d sujeto

Aunque U expresión •>dcsccmramien:o del sujeto* ha llegido a


asociante al otn ictu ralism o y al post-cstructuralism o de m odo pe­
culiar, las idea* relacionada* con ella derivan de muchas fuentes».
C o m o los propios autores estructural istos y pose-estructura listas gus­
tan de señalar, el psicoanálisis ya habta mostrado <]ue el y o no era
el dueño en su propia casa, y que sus características solo se revelan
dando un rodeo a través d d inconsciente. Aunque esta no era la
interpretación de Sartre, puede considerarse que Jos escritos de Hei-
dcjjgcr desde Ser y tiempo en adelante afirman la primacía del ¿er
sobre la conciencia (H cid ecgcr: 197S;. Además, existe una nexo bas­
tante claro entre Frcud, HcidcgRcr y N ietzsche. E n efecto, los es­
critos de todos estos autores suelen figurar d e forrm prominente en
la obra de los autores relacionados con el pos;-cstructuraJism o. D i­
cho esto, n evidente que podemos distinguir los orígenes del co n ­
cepto de «sujeto descentrado- en Saussure.
!>f acuerdo con Sam sure, el lenguaje es un sistema de signos,
constituido p or diferencias, con una rotación arbitraria con loe o h -
jetos. Si esto se refiere a los objetos d d mundo externo, debe tam ­
bién referirse a las características del p roductor d d lenguaje, el ha­
blante. Igual que el significado de -árbol* no es el objeto árbol,
tam poco los rcrmtnos que se refieren a la subjetividad humana, y
muy en particuhr d *vo» del silicio pensante o de! xujeto agente,
puidcn ser c ia d o s de conciencia c e aquel sujeto. C om o cualquici
o tio termino de un lenguaje, - y o * m>Iu ve constituye com o u l aigno
en virtud de sus diíerencias respecto a «tú *, «nosotros», -ellos*, etc.
(lo m o d -y o * solo tiene sentido en virtud de que es un elemento
de una totalidad -an ón im a-, no tiene sentido atribuirle ningún pri­
vilegio filosófico distintivo Fn Saussurr esta idea no se desanrolla
directamente; además» las propias concepciones de Saussurc son algo
confutas, debido a la persistencia de un cierto mentalismo en sus
escritos. Por u n to , quedó para otros la tarca de ilesa?rollar lo que
Saussure dejaba implícito, y estos no dudaron en llevarla a termino:
probablemente no haya tem a alguno que aparcrca de forma más
persistente en la literatura estructuralista y p ost-csu u ctu raliiu .
Lcvy-Strauss ha escrito menos explícitamente acerca del dc3ccu-
uam iento del sujeto que la mayoría de sus sucesores. Sin em bargo,
•o cicrte>? aspectos sus escritos nan sido la mediación principal entre
Sauvsure y las críticas al «humanismo» de la filosofía posr-eitructu-
ralsta. Refiriéndose a su análisis de lo* mitos, Lévy-Strauss observa
en una fra.se célebre que no pretende m ostrar *cóm o piensan los
hombres en los mitos, sino có m o los mitos actúan en la mente de
los hombres sin que estos sean conscientes de e llo -; o , en o :ra oca-
«ion, «los mitos significan la mente que loa desarrolla empleando el
mundo d d cual 4*lla misma forma parte* (Lévy-Scrauss; 1969b, j»p.
12, 341). N o hay un «y o pienso* en esta caracterización de la mente
humana. Las categorías inconsciente* de la m ente *on el telón de
foudo constitutivo frente a! que existen los sentimientos de m i m e
dad [setfbood). L a conciencia se hace posible por medio de estruc­
turas mentales a las que no tiene acceso directo.
FJ dcscentramiento del sujeto sur^e bajo diversos aspectos en la
hteiatuia post-iseructuralista. hn la discusión de l oucault del prin­
cipio y el fin de la «edad del hom bre- es sobre todo un conjunto
de observaciones históricas solm el desarrollo de la filosofía occi
dental y de la cultura occidental en su totalidad. E n D a tl io , una
serie de afirmaciones sobre la naturaleza de los autores en relación
a sus textos. F n Lacan forma parte de un intento de red ab orar los
conceptos principales del psicoanálisis, prestando. naturalmente, una
especial atención a la idea de que lo inconsciente ejemplifica cieñas
características del lenguaje. Todos ellos com parten uiu clara actitud
critica Hacia el cartesianismo y hacia roda filosofía (com o cieñas
versiones d e b fenomenología) que trate la conciencia com o un dato
sobre el que purde csubleceT.cc el fundamento de las p reten sio so
d e conocim iento. Fl «picoso, luego existo» se descalifica p or vanas
ra?ones. El * y o - no es inmediatamente -^cesible para sí mismo,
puesto que deriva su identidad d e su inserción en un sistema de
significaciones. El «yo» no es la expresión de n a cierto núcleo de
mismidad continua que constituye vii base. E l -ser» sugerido en el
«existo» no se da mediante la facultad drl sujeto para usar el con
ccp to «yo». Se considera oue lo que Lacan llama «el discurso del
O tro - CS el origen tanto de la facultad de) sujeto para emplear el
•VO* co m o de la afirmación d e existencia del «y o e xisto -. C om o
observa Lacan: «el O tro e¿, p a r consiguiente, el lugar en el que se
constituye el “ y o " que habla con el “ el" que escucha, eso que es
dicho p o r el que es ya la réplica, decidiendo el O tro escucharlo haya
hablado o n o - (Lacan : 1977, p. 453).
Todos estos autores concuerdan en la ir relevancia del autor para
la interpretación de los textos. El escritor no es una presencia que
de al^ún m odo hay que descubrir tras el texto. Igual que la preemi­
nencia atribuida al autor es una expresión histórica del individual!*»
m o de la Edad del H om bre, el « y o * del autor es una form a grama*
ucal m á s que un agente de carne y hueso. C o m o d texto se organiza
en función del juego interno de significantes, aquello que quien o
quienes b originaron trataron de poner en él es m is o menos irrc
levante para nuestra com prensión del texto. Los autores se encuen­
tran en todos los lugares de sus textos, y p or tanto en ninguno:
com o señala Barthes, «un texto ea... un espacio rnultidimension.il en
el que se fundan v chocan diverws escritura», ninguna d e las caales
original* (B arth ci: 1977, p. 146). Tam poco ca esta, naturaliiiciitc,
una conclusión enteramente peculiar al catruituralism o o poft-ci
tructuralismo. La concepción de la -autonom ía» d e los texto* a la
que Uega G adam cr, oaien se bava principalmente en H ciJegger, es
en m uchos aspectos claramente comparable con ta que se ¿lean/ó en
l.n tradiciones de pensamiento francesas (G adam er: 1975Í. En nin­
guno de ambos casos se piensa que el .nitor tiene ningún tipa de
relación privilegiada con su texto . P o r consiguiente'* el análisi* de los
textos y la crítica literaria han d e rom per decididamente con las
concepciones -intencionalistas*.
Fl dtl desccniraniienio del sujeto e*, un duda, un terna ¿ consi­
derar scnaincnte por cualquiera ^ue tenga ínteres por la filosofía o
la teoría social modernas. Pero si bien probablemente ha de acep­
tarse -a perspectiva básica, la elaboración concreta de este rema en
el esrnieturam m o v en rl post-cstructur.ilism o es deficiente. Recha­
zar la idea d e que ía conciencia sea la conciencia de sí o el registro
sensorial del mundo externo— puede olnscrr un fundamenración al
conocim iento significa participar en una <lc las principales transicio­
nes de la filosofía moderna. Aquellas formas d e filosofía (y por tanto
los tipos de análisis social basados en ellas) que presuman un acceso
inmediato a la conciencia están por el m om ento enteramente desa­
creditadas. C o m o la mayoría de las escuelas de pensamiento filosó­
fico» \ .wbre todo la fenomenología, han estado csUecliaiiiciitc rela­
cionadas con estos puntos de vísta, ea inevitable que el rechazo di
dichos punios J e vista también com prom eta a estas escuela». Pero
los desarrollo* estructural ¡Mas y pott-estnicturalU ta? d e la idea del
defleencramienro del sujeto están, de m od o inevitable, estrechamente
ligados a concepciones del lenguaje y del inconsciente relacionadas
con la lingüística cstnicturalista y su influencia El rodeo preciso
para recuperar el «yo» no solo discurre cu gran medida a trave* del
lenguaje» sino que» además, también está filtrado a través d e una
particular teoría del lenguaje. Si consideramos el lenguaje en tanto
uue situado en el con texto de las prácticas sociales» y rechazamos la
distinción estructural isu y po*t-csuuc tu i alista coire lo consciente y
• • inconsciente, alcanzamos una concepción diferente del sujeto hu
mano- la de dicho sujeto en cuanto agente. Este es o tro de los temas
solsre los que volveré más adelante.

La escritu ra y el texto

C om parando a Wiltgensteio con Derrida, es interesante conside­


rar p or qué el ultimo concede tan fundamental prioridad al tema de
la escritura, mientras oue en el prim ero apenas se da la preocupación
o r el significado de la e*critur.a. La preocupación ilc D crrida pur
E ; eteritura t t d estrechamente ligada con su recliaxo de la iiKY.iti.vica
d e Li presencia. I'n palabras de Derrida:

N in g ú n e le m e n to p u e d e funcionar com o signo . 'i r estar e n re la c ió n c o n o t r o


e le m e n to q u e i*> q i i sim p le m e n te p re se n te . Este nexo dignifica q u e t o d o
• e le m e n to » — ¿ « n e m a o g r a ic tm — v ccM S dtuv« « o n re fe re n c ia al t r a z a q u e
d e ja n en él lo* re s ta n te s e tc n u n t o s d e la cecu+ ncia... N a d a , n i e n lo* ele
m e n ta s ni e n e l m t c m a , e s:¿ i a u t i j p r e v e r te o á m e n te sin m á s . (T V v rid i:
W *U p . 9 2 )

P or tanto, en opinión de D crrida es erróneo s w o n c r que la es­


critura es un m odo particular de dar expresión al habla. La escritura
— en d sentido ampliado que Derrida le atribuye— expresa con más
claridad que el habla la naturaleza relaciona] de La ngni libación en
cuanto constituida en el espacio y en el tiempo. Podríamos referir­
n o s hablando con m ayor exactitud, a ia «ordenación tem poril y
espacial» [fúnúig and ipaatift] de la significación, mas que a su -o c u ­
rrencia* en un contexto dado. Existen similitudes con lo qu< W itt-
;cn.uein dina en este punto con respecto a la «deconstrucción* de
f as cuestiones metafísicas relativas al tiem po y al e sp id o y con res­
pecto a su sugerencia de que el espacio-tiem po es constitutivo de la
identidad de los objetos y sucesos. C om entando críticamente las
reflexiones de San Agu»cín sobre la naturaleza del tiempo, Witcgens-
tein afirma que los enton as con que lucha Sin Agustín están vacio*
cíe contenido, núes se basan en la errónea atribución de una esencia
a la temporalidad. Lo que de verdad es preciso elucidar es la -gra-
mát.ca» del tiem po. Fl tiempo n o tiene esencia, y p or consiguiente
lio existe una formulación abstracta que pueda expresar .su natura­
leza. Solo podemos experim entar y observar la temporalidad en d
desarrollo de los sucesos. Puede aducirse que W ittecnstcin no dio
de hecho el ¿¡guíeme paso, r que no trató, co m o D errida (y antes
a u e él I leidegger) el tiem po co m o constitutivo de sucesos v objetos.
Pero pienso que uo existe mi\ turm a de entendei la Íiíosofía de
Wittgenstein que suponer que esta idea es intrínseca al análisis que
desarrolla.
Las luchas d e WirTgcn<te¡n con la forma — su aversión a escribir
en un estilo narrativo y el aparente de:u>rden de s ts ¡nvettigacionet
filosóficas— guardan una clara afinidad con e¿ uso que lu ce IVrrida
dr varios üpos de innovaciones gráficas; pues ambos escrirores de
sean expresar concepciones refractarias a la -descripción*. lx»s dtw
afirman que no es la presencia de algún tipo de realidad, física o
mental, lo que sirve p r a fundam entarlos componentes significativos
de los sistemas de significación.
Pueden entenderse las limitaciones de la concepción de in escri­
tura de D crrida cuando consideramos las implicaciones de su «o r­
denación temporal v espacial». L a concepción de la escritura de De-
trida es un dcsarroflo oirecto de Ja separación «arnsurtana del signi­
ficante de un mundo externo de objeto* y sucesos. D errida participa
en la «retirada al texto», al universo de significantes, característica
tic Us tradiciones de p cim m ien to esiructuraüsu* y posi-cítiuctura-
Lítas en $u conjunto. Su «texto» es el del juego de diferencias ir.-
trímcca* a la dignificación tn cuanto tal. Aur.quc el concepto de
tlifffra n ct le permite a D errida com prender la temporalidad, su tra­
tamiento del espacio es puramente nominal. O , dicho de o tro m odo,
aunque habla de «ordenación temporal y espacial-, a todos los efec­
tos ambas cosas son idénticas. L a -extensión* de la escritura esta
implicada en la ordenación de los sonidos o los signos escritos, pero
este es un fenómeno exactamente idéntico a su diferenciación tem­
poral. I.a descripción del carácter relaciona! de la significación de
U'iugefKtein u l com o se expresa en la organización de prácticas
toe ules, mn em barco, nu implica que el tiempo se eolapse en el
espacio. F.l espacio -tiempo no entra en la estructuración de la signi­
ficación a través de la dimensión « h o r ¡7 o n ta U de la eteritura — con-
ecp tu ali/id * incluso co m o proto-cscritura— . sino a través de !a con-
textualidad de .a propia praxis social. Durante m ucho tiemp*», In idea
tie que el significado de las palabras o proposiciones consiste en m i
uso confundió a los filósofos influidos p or W itteenstein; pues podría
parecer que d e esto se sigue que lo único que nacemos es ausutuir
«uso* p o r los objetos a los que, según las anteriores teorías del
significado» corresponden las palabras. Pero lo que está e n cuestión
1:0 e s e l « u m » , sino el protfM l de w>ar las palibias y fiases en
c o n t e x t o s de conducta social E l M e l i f i c a d o no e s construido p or el
juego d e los significantes, »ino |Hir la intersección d e la producción
ilc Minificantes con objetos y sucesos del m undo, enfocada y orga-
nr/ada p or el individuo que actúa. Si csra concepción es básicamente
correcta, hemos de cuestionar la prioridad que D errida confiere a la
escritura sobre el habla. Pues el habla — o , m is bien, la conversación
informal— recupera la p n m iJad sobre otros medios de significación.
I a conversación informal que se lleva a cabo en los contextos coti­
dianos de actividad e$ el principal «vehículo* de significación, por­
que actúa en contextos conductuales y conceptuales saturados. La
rteritura (en u i i sentido convencional más restringido) tiene ciertas
propiedades distintivas que solo pueden sei explicadas con precisión
contrastándolas con el carácter do U conversación cotidiana, b s más:
L constitución del significado en este tino de conversación es la
condición de las propiedades significantes de la escritura y los textos.
lil énfasis de D crrida en la cscritu ri inspira toda una filosofía
P e /o hay o tro s t í o sentidos, de menor importancia, en los que la<
tradiciones <lc pensamiento cMruc tura listas y post-estructuralisttt
tienden a generar una preocupación p o r Ij escritura. U n o se refiere
al nexo entre- escritura y poder. Panto en L e w -S tia m s co m o cu
Foucault este tema se estudia mediante la relación entre oralkiad y
escritura. Supuestamente, el métinlo estructuralixta de Lévy-Strau**
solo se aplica a culturas oralet Las sociedades sin escritura son ♦cul­
tura* trias* porque existen dentro del m arco d e una tradición reite­
rada, transmitida medíante ei ejemplo y la palabra hablada. Las ci
vilizacione* suponen la existencia de la escritura, oue es en primer
lugar y sobre tod o un instrumento del p occi administrativo, no
simplemente u i i nuevo m odo de expresar lo c u e ya se lu b íi formu­
lado de forma oral. L a escritura no solo genera h •historia*, sino
c^up nm bién ex:^e nuevas tormos de ajuste al mundo venial y mate-
r ial. I^a sociedad y la naturale/a pasan a considerarse desde el pumo
de vista del dinamismo y la transform ación, no ya d e * ic el de la
saturación del presente p or el pasado. En la obra de Lévy Stnausx
este :eroa nunca se desarrolla con detalle, pues mi propone un aná­
lisis de la* civilizaciones. Antes bien, las sociedades con escrituro
lorm an un telón de fondo e*n contraste con el cual si pueden con ­
cretar con n u y o r facilidad Us característica* distintivas de lis cultu­
ra» orales.
E n Foucault se manifiesta d e forn u m ucho m is directa y extenva
una preocupación p or ¿os nexos entre escritura, o ral id ad y poder,
l ’oucaiilt muestra que el diveurso de las ciencias sociales y de la
psiquiatría n o forma simplemente un conjunto de teorías y hallazgos
sobre un objeto «dado*. Por e*I con trario, los conceptos y generali­
zaciones desarrollado* en cnav disciplnas llegan a constituir nuevos
ámbitos de o p crao ó n del poder. Tales ámbitos de poder son e:odi-
\iodos mediante la escritura, y dependen de ella. H mantenimiento
d e registros escrito* — cíim o, por ejemplo, el registro de las actas de
los tribunales o de las historia.* clínicas psiquiátricas— es esencial
para Us fotina* ele organización disciplinar que l oueault -rata de
analizar.
A . mismo tiempo que la escritura -h ace historia» m ediarte el
r c é is im de los acontecim ientos, aquellos cu vas actividades no llegan
i la atención de los registradores son excluidos de la <h¡*toria«. lis
decir, que si bien, co m o es natural, sus actividades constituyen -his­
toria*» en el sentido de decurso ele acontecimiento*, ni sus acciones
ni sus ideas forman p an e de esi apropiación reflexiva del pasado que
es la historia escrita. C o m o Foucault señala en Yot P au l R iñ e r e
{1^ 7$;, el historial de un criminal o de un vagabundo es uno de los
o ca so * modos que tienen de figurar en el cam po de discurso de la
Im tona escrita Aquellos que, de ordinario, no son registrados en ella.
U n segundo sentido en el que el te n a de la escritura es retu
i rente c.i d estructurdism o y el post estrocturaliím o es co m o simple
fascinación p or los textos en general. Al bosquejar un programa
%c:ntolÓ£Íco, Saussure introdujo la posibilidad de estudiar sisteman
do signos más allá de lo* materiales tcxtuale*. N o se ignoró esta
invitación a un desarrollo de la semiología, y muchas obras subsi­
guientes desarrollaron I; idea de que toda diferencia cultural nuale
suministrar un medie» de .significación. Pero aunque la idei de una
dnciplina semioló^ica unificada, o semiótica» tiene sus defensores,
hemos de decir que, en conjunto, el estudio de los signo* culturales
sigue siendo una empresa escasamente desarrollada Quienes se en­
cuentran bajo U influencia del e-stniauralisrno > del |>osi-e%iruciu-
rabsm o siguen volviendo al texto couio su principal preocupación.
Seguramente no es una casualidad que estas tradiciones de pensa­
miento hayan tenido m avor influencia en el campo de la literatura
que en ningún o tro ámbito.
I a atención cxd u y cfttc que se prestí a los textos simboliza al-
giinus de ios puntos más fuertes. ¿1 tiempo que m is débiles, de las
tradiciones eitruccuralistas y past-eMiucturalistas. P or un lado, ha
permitido a autores pertenecientes a dichas tradiciones desarrollar
atiilitis sin parangón en la filosofía anglosajona. I a teoría del testo
se hace esencial para ciertas cuestione* filosóficas elementales y se
elucida mediante Ja consideración d e estas cuestiones. Dejando apar­
te a quienes pertenecen ;il cam po i dativam ente especializado de la
crítica literaria, los filóvjfos y teóricos sociales inglófonos han he­
cho una contribución muy o c a s a a tal discusión, r o r otra parte, la
preocupación absorbente por los textos refleja limitaciones en las
teorías de la naturaleza de li significación, deficiencias que se re­
montan a Saussure. La tesis de la arbitrariedad del si*no, tal com o
la desairolló Saussure, tiende a elidir la diferencia en in textos <;ue
pretenden proponer algún tino de descripción verídica del mundo y
los textos de ficción. FJ vaJor positivo d e tal elisión se demuestra
fácilmente, p o r ejemplo, en lo* sutile* tratamientos del uso de m e­
canismos figurativos en textos científicos. Sus debilidades son mani­
fiestas por ¡o que respecta al problema básico que ha obsesionado a
extas tradiciones: có m o volver a relacionar el texto con el mundo
exterior. Lar. tradiciones estructuralm a* y po8t-c*m>cturo listas no
«>lo no han logrado generar explicaciones satisfactorias de la reír
ren cu . explicaciones capaces de nacer comprensibles los logros cien­
tíficos. sino uuc han dejado a un lado de forma m ás o menos letal
el estudio de la conversación ordinaria. La conversación ordinaria es
precisamente aquel •instrumento para vivir en el m undo* en el que
engarzan la referencia y el significado. C reo que es esto, co m o mi-
nim o, lo que ocu rre, y pienso que el ahondar en esta cuestión puede
permitimos abordar alguna* de las deficiencias m is profundas del
estructuralismo y del post-estructural:sm o.
El cercer sentido en que estas tradiciones de pensamiento tienden
a producir un interés p oi la escritura se refiere a la escritura com o
proceso activo. E l term ino «escritura* es ambiguo, pues puede re­
ferirse a lo que se registra en un medio dado o al propio proceso
de elaborar tal registro. C o n respecto al segundo de estos significa­
d os, el término •esentura» ha venido a ¿doprar el Minificado paiti-
cular de redacción d e libros de imaginación o invención. En U cul­
tura moderna existe a inclinación a otorgar una estima especial al
«cicrito r», o autor literario. Al fijar su atención en el tema d d «au­
to r» , los estructuralistas han podido hacer contribuciones esenciales
a nuestra comprensión de la producción cultural. En este punto es
evidente que existe un solapamiento m uy importante con el tema
m i* general del dcsccntranucnto del uijeto. N o se descubrirá en el
indiv>duo u individuos que los escribieron la fuente dé la creatividad
que *e manif.esta en lo* textos. El texto genera su propio y libic
juego de significados, constantem ente abierto * la apropiación y re-
apropiación p or diferentes generaciones d e lectores. También aquí
existen nexo* interesantes entre el estructuralismo, el pcut-e*erucui-
ralismo y los recientes desarrollos de la hermeneutiaL En la obra de
G adam er y otros autores, com o ya he mencionado anteriormente,
encontram os también una afirmación d e la autonomía del texto con
respecto a su autor y un énfasis en la multiplicidad de lecturas que
puede generar un texto. Los procesos de escritura y lectura se en
tretejen últimamente, >• la lectuia se considera la estabilización tem­
poral del espectro indefinido de significados generado por los p ro ­
cesos de escritura. Pero una ve/, má* encontram os debilidades ca rj¿ -
tem ticas. A veces se describe la escritura com o *i los textos se es
cribieran a sí m ism os; el relegar al autor al papel de un oscuro
ayudante de la escritura es manifiestamente insatisfactorio Podemos
aceptar la importancia del tema d d dcscentromicnto d d sujeto, y por
u n to la necesidad de elaborar una idea de lo que es un «au tor*. Pero
no captarem os adecuadamente el proceso de escritura a m enos que
podamos recom binar los elementos «descentrados*. En mi opinión,
el estm cturalism o y d post-euructuralism o lun sido incapaces de
d ¿b o tar explicaciones satisfactoria* de la agencia humana, en gran
parte a causa de las deficiencias que ya se han mencionado, y esta
debilidad reaparece en forma de l.i tendencia a equiparar l.i produc­
ción de textos a su «productividad* interna.
11 rotrvctunüitxs <1 pon « u v a uniónxi y la pnxluxtóci de L cultura 27b

I Itsioria y tem poralidad

Podría parecer que el terna de la temporalidad se encuentra To­


talmente icprin.ido en los escritos d e Saussure. Después de todo, h
m ayor innovación de Saussuic consistió er* ti atar la UngMC co m o s:
tuviera una existencia extratemporal Mientra»* que las lir.gÜLttxrat
.interiores se habían centrado en seguir lo* cambios en el uso de lo*
componentes de la leneua, Saussure situó el lenguaje en cuanto sis­
tema en p rim en línea uel análisis lingüístico. I .a la u q u e no existe en
un contexto espacio-tem puial: se construye infiriéndola de la praxis
real de kw hablantes de un lenguaje. N aiuraim entc, Saussure re co ­
noció li diferencia entre el estudio sincrónico propio del análisis de
la ¡a n g *e y el estudio diacrónico propio del seguimiento de los cam ­
bios reales del uso inguistico. Pretendiera o no Saussure otorgar
piioridid a la su icroria sobre la d iacroim , lo cien o es que gran porte
de Li atracción que m is tarde despertaron m i s escritos concierne al
análisis de Us piopiedades de la u n g u c. Resulta paradójico que sea
este énfasis lo que ha estimulado una preocupacicín recurrente ñor
la temporalidad en el pensamiento cstm ctu nlista y post-estructuralis-
tfl.
Algunas de las cuestiones aquí implicadas se manifiestan co a bas­
tante claridad en la ot>ra de Lévy-Strauss. La represión metodológica
del tiempo que conlleva el co n cep to de Lm gue de Siussurc es tra­
ducida p or Lévv-Strauss & la represión sustantiva d d tiempo que
implican los códigos organizados mediante el m ito. L o s m itos, más
que despojar la vida social de su temporalidad, lo que hacen es pro-
curat una determinada movilización del tiem po, separándolo de lo
que más tarde *c entiende por •historia*. La idea d e táctnpo rever­
sible de Lévy-Strauss se contrasta deliberadamente con el movimien­
to del tiempo en In h isto ra, entendiendo «historia» com o esquema
lineal del cam bio soc.al (L¿vy-Strauss: 1966). C o m o Lévy-Strauss ha
subrayado en su debate con Sartre, la preocupación por la historia
no c* necesariamente lo mismo que la preocupación por el tiempo.
La máxima marxista de que «los seres humanos hacen la historia»,
m is que representar una Jcscn p ciór. de li existencia pasada de la
humanidad considerada en su conjunto, expresa en realidad la diná­
mica de una cultura particular. Ljls culturas «ca lie n to » existen en
uiteicambio dinámico con su entorno, y se movilizan internamente
en I j persecución de la transform ación social. L a cultura moderna
«celera d e forma esencial este dinamismo. Por tanto, la historia se
convierte para nosotros en el desarrollo lineal de la* fechas en las
que se desarrolUn ciertas formas de cam bio. l.as culturas orales son
genuinamente «prehistóricas» com paiadas con este dinamismo. Para
ellas el tiempo no se moviliza com o historia. D e este m odo, la es­
entu ra de la historia c s ti en velación con esa misma historicidad que
separa las cultura* «calientes» de sus precursoras orales.
Aunque con frecuencia <c ha tachado <lc ahistórica la concepción
de las estructura* mentales de L^vy Strauss, seria más exacto consi
derar que lo que él pretende es ofrecer una explicación suu. y m a­
tizada de lo que .significa la hisioiia con relación a la temporalidad.
A l.evy-Strauss se Te lia Uceado a acusar a veces de «anú-histórico»,
p ero tal crítica no acierta a oistinguit la sutileza con <;ue su discusión
contrasta tiempo c historia. N o cabe duda de que la form a levy-
átrau*siana deJ estxucturalismo no se ha derrostrado refractaria a
la historia, co m o algunot han pretendido. Levy-Strauss lleva efec
tívameme a cabo lo que F o u ciu k denominaría más tarde una •ar­
queología», excavando bajo la conciencia histórica de las culturas
calientes para sacar i Li luz I* base J e temporalidad que ca-
ricterisra a A quellas formas, c e cultura que dominan L -hisioria* hu­
mana.
En Derrida, la temporalidad aparece» naturalmente, co m o un ele­
mento fundamental d e la crítica a la metafísjea de la presencia Di­
ferir de algo es también diferir algo, y se considera que el tiempo es
inseparable de !a n a:u ralc/a de la significación. Kl deslizamiento de
la piesencia hacia la ausencia se convierte en el instrum ento para la
comprensión de la temporalidad. Aquí no se trata tanto de la «his­
toria», real o escrita, com o de la comprensión del set en cuanto que
deviene. El tiempo Cí para D crrida una cuestión intimamente ligada
a su estimación d o ias limitaciones del estrocturahsm o tal com o lo
ejerce Lévy-Strauss. Form a parte intrínseca del proccso p o r el cual
la significación genera un juego de tig n ifu aJo t (Culler: 1979). En
palabras de C uller, al sustituir la «angustia del retorno infinito por
el placer de la creación infinita», D crrida afirma el carácter evanes­
cente de los procesos de significado: todo debe entenderse -co m o
un movimiento activo, un proceso de dcsmotivación, y no co m o la
estructura dada de una ve*/ por codas» (D ernd a: 1981, p. 1C3). Ya
he criticado este punto de rista, pero añadiría que la tendencia a
reducir el tiempo al espacto de significación imposibilita de hecho
tratar de l o m a sa’isfactona las relaciones espacio-temporales dentro
de las eualec se da la praxis significativa.
Foucault escribe co m o historiador, y en su obra se estudian so
bre todo los temas de la temporalidad y el análisis estructural. La
crítica de Foucauh a la «historia continua» e*tá. en su opinión, es­
trechamente relacionada con la necesidad de descentrar el sujeto. La
historia no solo carece de una teleología global, *ino gue tam poco
es, en un aspecto im portante, el resultado de !a acción ue los sujetos
humanos. L os seres humano* no hacen la historia; por el contrario,
la historia hace los seres humanos. E s decir, la naturaleza de la sub-
icüvidad humana esta configurada en y por los precesos de desarro-
lio histórico. L a historia continúa depende de

l.i c c rto z a d e q u e d tie m p o jio d isp e rsa rá n a d a <tn d e v o lv e rlo c o m o u n id a d


ic c u m tiiu id a ; la p ro m e s a d r q u e a lg ú n d ía «I s u je to — e n fo rm a d e e o n cien *
•¡4 lusiónca rolveri a apropiarse de, a tomar de nuevo baiu tu dominio
fodi* aquellas cosas oue se mantienen distanciadas mediante Li diferencia, y
« encontrar en c lin lo que podríamos Uamar su murada. (l\>iKauit; 197>,
p. 12)

El estilo de historia oue escribe Foucault no d iscu n c, por u n to ,


en concordancia con el tiempo cronológico. N o depende de la des­
cripción narrativa de una secuencia de acontecimientos. La lectura
de Foucault no e* una experiencia agradable para quienes están acos­
tumbrados a formas m is ortodoxas de escribir historia. l o s urnas
un se discuten en orden tem poral, y hay cortes en la descripción
« u¿:ndo el lector espera continuidad. H ay muy pocas indicaciones
obre la» influencias caúsale# que pueden actuar en las tnm sfocnu-
•iones o cambios que analiza Foucault. P o r oscuras que puedan ser
en tantas ocasiones; sus reflexiones epistemológicas, Foucault mani-
icau con suficiente claridad que su estilo histórico se deriva de una
particular concepción del tiempo v de la naturaleza histórica de la
escritura que tiene jnir objeto la nistoria. Ll pasado no es un área
de estudio formada por la secreción d e tiempo. Si puede dtcir.se que
el transcurrir del tiempo pasado tiene algún j form a, dicha form a es
.i del enuctiuzam ien to de estrato* de organización epistémica, es­
tratos oue deben ponerse al descubierto por medio de la •arqueolo­
gía*. H ay algo más que j i i eco de Lcvy Straut* en la idea foucaul-
tiana de que la historia es tina form a de conocim iento entre otras
-y. por supuesto, co m o otras formas de conocim iento, un modo
de movilizar poder.
F.l haber separado el tiempo de la historia, el haber m ostrado que
existen propiedades de los sistemas de significación que existen in­
dependientemente del espacio y del tiem po, y el haber relacionado
••sus propiedades con una revisión de la naturaleza del sujeto hu­
mano constituyen los logros principales del estructuralum o y posi-
i’M ruauraligmo. Pero en estos aspectos, igual que en los que se han
discutido previamente, los resultados no son del tod o latisfactorios.
I a forma de escribir historia de Foucault tiene, sin duda, gran valor
revulsivo. Pero a pesar de sus elaboradas discusiones metodológicas,
«•1 m odo en que practica la historia no deja de ser sumamente idio-
incTÁsico. N o se consigue una unificación veidadera entre la diag­
nosis de epistemes en tanto que existentes -cxtratem poralm cnte- y
el proceso generativo implicado en la organización y el cam bio his­
tóricos. Una vez descentrado el sujeto, Poucault n o es mas capa/, de
desarrollar una explicación convincente d e !a agencia humana que
o tro s auum-v pertenecientes a las tradiciones estructuralivta y posc-
cstnicturalista. Puede aceptarse sin dificultad que la «historia nu tic
n c sujeto». P ero U historia de Foucault tiende a no tener ningún
sujeto activo en absoluto. E s historia desprovista d e agencia. I x»s
individuos que aparecen en los análisis de Fou cau lt s e muestran im­
potentes para determinar sus propios destino? Además, esa apropia­
ción reflexiva de la historia, esencial para la historia en la cultura
moderna, no aparece en el nivel de los propios agentes. F l historia­
d or es un $er reflexivo, consciente de la inilucncia de la escritura de
la histona sobre la determinación d d presente. Pero esta cualidad de
uitocom prem ión no parece extenderse a los propios agente* históri­
cos.

S ig n i f ic a c ió n , p r o d u c c ió n c u l t u r a l y « e n t u r a

N o puede d esarrollar*: unj troría satisfactoria de li producción


cultural a menos que dispongamos de una explicación adecuada de
la naturaleza de los agentes humanos. AI exigir una «teoría del su
jeto** en lugar de la hipótesis de que la subjetividad e* el fundamento
inmediato de la experiencia, el estructuralismo y po<t-estructuialU-
m o Inu lucho una contribución importantísima, aunque no privativa
de esta* tradiciones de pensamiento. Pero es esencial insistir en la
necesidad de una intciprctación del agente Y no del sujeto, y de la
agencia on v e /, de la m era subjetividad. L oa; «sujetos* son, en primer
lugar y sobre todo, agentes. Al explicar la agencia humana es nece­
sario destacar d<ut elementos e u c las teorías e s t r u c t u r a d l a * suelen
om itir o subestimar U no es lo que en o tro lugar h e llamado «con
ciencia práctica», el o tro la contextualidad de la acción. F l pensa
miento estructuralisia tiende a oj>erar en términos de un constiavtr
entre lo consciente y lo inconsciente. Para Lcw S trau ss y Lacan, el
inconsciente e s la «otra cara» del lenguaje. El inconsciente e s lo que
no puede decirse con palabras pero posibilita esc 'd e cir*. Alioia
bien, podemos aceptar que el concepto del inconsciente es necesario
para lograr una exp iración comprehensiva de las razones por las que
ios agentes humanos actúan co m o lo hacen. Podem os aceptar tim
bien que la relación entre lo que se puede v lo que no se puede
expresar cor. palabra; tiene una importancia fundamental par.' la ac­
tividad humana. Sin em bargo, si, a diferencia del estructuralismo y
del pOtt-estructuralúm o, traramo* de captar la vida humana de*tíc
m arcos de acción práctica, alcanzamos una visión que difiere de la
que es característica d e estas escuelas de pensamiento. C o m o pro­
pone W ittgcnstein, lo que no puede decirse es lo que ha de h acerse.
L a acción humana no se desarrolla com o resultado de impulsos p ro­
gramados. Al contrario, form a p an e intrínseca de la actividad de k *
seres humanos el control de esa misma actividad. D e ordinario, « t e
control no se expresa discursivamente; se ejerce en el nivel de la
conciencia práctica. Sin em bargo, es extraordinariamente elaborado,
y constituye una característica constante de las actividades humanas,
incluso de L » más triviales.
Al hablar de la contextualidad de h acción trato de rcclaborar la
distinción entre presencia y ausencia. La vida social humana puede
entenderse en fundón de las relacione* mutuas entre individuos que
-se mueven» a través del espado y del tiempo, que vinculan la ac­
ción y el con texto y diferenciar, los contextos. L os contextos co n ­
forman las «situaciones* de la acción, situaciones a cuyas cualidades
recurren continuamente los agentes al orientar recíprocamente lo que
hacen v dicen. (Giddens: ¡V84, capítulo 1). La conciencia com ún de
estas situaciones de acción constituye un elemento de afian7.imii.nto
en el * conocim iento mutuo» mediante d oue los agentes hacen in­
teligible lo que los demís dicen y hacen. E l con texto no ha de con­
fundirse con los rasgas que constituyen li idiosincrasia de un ám
bito determinado de la acción. l a s situaciones de la acción y de la
interacción, repartidas lo largo ¿el tiempo v del espacio y repro­
ducidas en el «tiempo reversible- d e las actividades cotidianas, son
esenciales para la estructuración que poseen tanto la vida sodal com o
el lenguaje.
E n esta concepción se supone que la significación o t a saturada
en las situaciones de acción práctica. L o s significados generados en
el lenguaje no existirían de no ser por la naturaleza situada, aunque
reproducida, de las praxis sociales. La ordenación espacial y tem po­
ral tienen una importancia básica para la generación y el manteni­
miento del significado, tanto p or lo que se refiere a la ordenación
de l.i* situaciones com o il uso reflexivo de estas situaciones parí
formular el intercambio verbal. Fn vez de referirnos al •habla*, con
sus connotaciones formales, hablaremos d e la «conversación infor­
m al*. L a conversación informa], d intercambio casual de conversa­
ción en las situaciones de la vida sociil cotidiana, es Ja base de toda»
los aspectos m is elaborados y fomialr/.ados de! uso d d lenguaje; esta
es, al menos, la oosición que quiero deíendcT aquí. La conversación
informal, co m o na m ostrado m ejor que nadie G aifinkd, actúa m e­
diante la indcxicalidad d d co n texto r los «recurso* metódicas» qi*?
utilizan los agente* para crear un mundo social -c o n sentido» (G ar­
finkel: 1984). \ro debe identificarse la indexicalidad con la depen­
dencia del contexto. Tal identificación fue uno de los principales
problemas con que tropezaron las primeras elab o ració n » de los es­
tudios ernomctodulógicos. I.a index icaJkiad se refiere tanto al uso de
la ñtuación para crear una independencia respecto al con texto com o
al uso de elemento* específicos de un tiempo y un lugar determina­
dos para generar el significado. E l hecho de que <1 significado ve
crea r mantiene mediante c! uso de rccuisos m etódicos es funda­
menta) nara corregir los errores del o u u ctu ralism o y del p ost-cs-
tructuralismo F.i r.gnificadü no está incorporado a los códigos o
senes de diferencia» relacionados con la h n g n t. El uso d t cláusulas
«etcetera», de la formulación y de otros recurso* m etódicos organiza
el significado contcxtualm ente. U n hablante com petente no to lo d o ­
mina series de normas sintácticas y semánticas, sino también b gama
de convenciones relativas a lo que «ocurre» en los contextos coti­
dianos de h actividad tociaL
El auilbis cultura) se corara en la relación entre el discurso y lo
que a partir de ahora voy a denominar «objetos culturales». Por
o b je t o » c u ltu r a le s entiendo artefactos que u im íc u Ico los contextos
d e nresencia/estado pero que son distintos de los objetos en general
en la medida en que incorporan formas de significación «ampliadas».
D e acuerdo con esta definición, lo* trato s son d tipo d e objeta*
C u ltu rales por excelencia; sin em bargo, en la modernidad h e m o s de
contar entre estos objetos c u ltu ra le s los medios de comunicación
electrónica. En ciertos asp eao s los objetos culturales se diferencian
claramente de la «transmisión» del lengua^ en cuanto conversación
informal. Podemos «.numerar estas características de la siguiente ma­
nera:

I Los objetos culturales implican un discancianiicnto entre el


•productor- y el «consum idor». Dichos objetos comparten
esra cualidad con rodos los artefactos materiales. Todos los
artefactos, no solo los objetos cultúrale*, implican un proceso
de •interpretación» distinto en parre del control de la conver
lición informal en contextos de co-presencia. Hn la con ­
versación informal ordinaria los individuos empican con ti­
nuamente diversos asp eao s de la situación para entender
a los demás y p ir a «adaptar» lo que dicen a dicho proce­
so de entendimiento. La interpretación de los objetos cultu­
rales se verifica en ausencia Je determinados elementos del
conocim iento mutuo que *e dan en la c o presencia dentro
dr una situación, y sin el concrol coordinado que los indi­
viduos presantes ejercen com o ^ irte d e la conversación infor­
mal. •
2 . C o m o consecuencia de esto , el «^consumidor» o receptor ad­
quiere m ayor importancia que el productor en el proceso in
terpretativo. Hn los contextos de co-prcscncia la producción
e interpretación de los actos de habla tienden a tener una
I I c « r u c u n lu T x > . el p o n - o i r \ i c t u i ¿ l i r r o y U prud»K4 ion ¿ * U culi tira 2bl

relación estrecha, com o partes de la naturaleza secuencia! >

farúcipaiiva de Ij conversación.
o s objetos C ulturales, en tanto que diferentes de los aitefac
los en general, tienen la& *iguicntc-¿ ciracteríiticas:

(a) Un m ed io d u rad ero d t tram m nián j trazas d e Ioí con ­


textos. Debe entenderse que «medio» se refiere u n to a la
sustancia física del objeto cultvral co m o a los m odos a
través de los cuales se difunde en distintos contextos.
(b) Un m edio <U a ln u c tn a m u n to . En el caso de los objetos
culturales esto implica cwhjtc-ación, •Almacenamiento»
sign.fíca en este caso dejar hudlas mediante las cuales
puede •recuperarse* la información de li evanescencia de
la conversación. L a iittor.’uación nu puede almacenarse
igual que lo» recurso* materiales. La información se al
macen* -afirman lo* cstiucturalista* y po*t-estructura-
linas— com o especificación de diferencial;. L a •codifica­
ció n * se refiere a las propiedades ordenadas d e la.* dife­
rencias entre las hue las.
(e) Un medio d e recuperación. Recuperar la iníoim ación sig­
nifica dominar las formas de codificación que esta incor­
pora. La recuperación presupone un agente humano que
posea determinadas capacidades, com o la de leer, y puede
también implicar, al menos en la ¿poca m oderna, el uso
de 1 >$trumcnto-> m ecánicos mii lo* cualc* e> impmihle
acceder al material codificado.

I.a naturale7.i d e los objetos culturales únicamente puede enten­


derse con relación a la conversación. Todos admitimos que existe
una relación estrecha entre cultura, lenguaje y com unicación. l)c
acuerdo con las observaciones precedentes, esta relación debería en
10 1 der.se en función del papel básico que la conversación desempeña
en la generación y mantenimiento del significado en contextos de
acción práctica y de co-prcscncia. El lenguaje es un medio de c o ­
municación, pero la comunicación n o es e ! «objetivo- de L conver­
s i ó n . Antea bien, la conversación expresa y ac expresa cu las múl­
tiple* y variadas actividades que irupira. La importancia de los ob­
jeto* culturales n informativo* com iste en que introducen mediacio­
nes nuevas entre la cultura, el lenguaje y la comunicación Fn la
1 <»nversación, el agente y la situación son los medios p or los cuales
l.i cultura se vincula a la com unicación. Kn los con textos de acción
práctica, la com unicación mediante ¡a conversación siempre tiene
que ic r «elaborada* por los interlocutores, aunque la m ayor parte
de tal «elaboración» se lleva a calx> rutinariamente co m o parte del
procedo de control reflexivo en el control práctico. L os objetos cul­
turales rompen esta simetría. C o m o el lenguaje en cu an to «transmi­
tido* p or los objetos culturales ya no es conversación, pierde la
saturación de las propiedades reíercncialos que posee el uso ce l len­
guaje tn .os contextos de la acción cotidiana. C o m o huella visible o
recuperable, aislado de la inmediatez de los contextos de conversa­
ción, el significante adquiere una importancia peculiar. L a preocu­
pación del estn ictun lism o v el post-estructuratam o por la escritura
y el significante a expensas de lo significado seguramente tiene aauí
su origen. Al mismo tiem po, la diterenaaciór. del ugn ificante de ios
contextos práctico* de acción da un nuevo valor a la comunicación,
debido al m ayor esfuerzo ¡ntcrpre:aiivo necesario. L a comunicación
Jeja de ser algo que se da m i» o menos por supuesto co m o conse­
cuencia de los procesos metodológicos implicados en el manteni­
miento de las conversaciones*. Para forjar el n exo com unicativo entre
el objeto cultura! y su intérprete es preciso llevar a cabo tarea* her
mcneuticas m is deftmdss y explícitas. Admitido esto, no es sorpren­
dente que com o disciplina ta m u l la hermenéutica surgiera a partir
de las dificultades que conlleva la interpretación de textos. Si en el
estructuralismo o post-csuucturalism o nunca iia sido pardculainn.il
te destacado el elemento hermenéutico, esto se debe a que la signi­
ficación se lu tratado sobre todo en función de la organización in­
terna de código», o co m o juego de significantes, más que co m o -r e ­
cuperación del significado».
«Q ué es la escritura y en que medida contribuye la propia escri­
tura a la autonomía de los rextos? ¿Q ue d a c ió n tienen, si es que
tienen alguna, las intenciones del autor al esenhir los textos con la
interpretación que posteriorm ente se hacc de ellos? ¿D ebe una ♦teo ­
ría del texto* ser esencialmente una teoría de la lectura? Estas pre­
guntas deben afrontarse a raíz d d impacto del o tru c tjra lis m o y
pust-cstraccuralism o. que, co m o miiumo, nos han obligado a consi­
derarlas de un m odo nuevo.
L i mejor forma de explicar qué es el lenguaje o la significación
n o es la escritura. D erruía %e equivoca en esto. Debemos afirmar,
n o la prioridad del habla, sino la J e U conversación sobre la escri­
tura Pero esto no debe hacem os suponer que la escritura es sim­
plemente una «representación* de h conversación. N o puede serlo
por las razones ya mencionadas. Igual que la invención de la eacri-
uira intiodujo un elemento nuevo en la historia, la producción de
textos posee cualidades distintas a las de la conversación cotidiana.
N o cabe duda de oue los orígenes de la escritura son relevantes para
captar su significado genérico. L a escritura no surge en un principio
com o medio de describir los objetos o sucesos del m undo. La es­
critura fue originalmente un simple m odo de registro; almacenamien­
to en forma pura. En los primeros estados ¿erarios la escritura era
un instrumento administrativo que posibilitaba la coordinación <te
los recursos materiales y la acción humana a través del tiempo v del
rspacio. P or tanto, la escritura nunca fue una «tradu*uón* OC lo
verbal a lo visual. Sondaba y expresaba nuevo* m odos d e coordinar
actividades en el tiempo y en el espacio. L os prim eros textos
-lista*, cotejo* J e artículos no tienen autor. Más im portante que
Lis personas que los produjeron e* p a ra qui¿n fueron produ.idos y
qué l ito <e h ¡ 7 0 ile ellos (C id d cm : I9SI).
lisio indica claramente que la escritura diverge de la conversación
no solo en relación a las características intrínsecas de cada una, sino
también en relación a las formas generales de organización social en
que se encuentran situadas. En cierto sentido, la escritura da una
primacía a la «ordenación tem poral- sobre la «ordenación témpora: -
que no >e encuentra en la conversación. Seguramente esto es más
mportantc que el mero hecho de que la escritura sea sim al y la
conversación acústica. La conversación (en contra de la opinión de
Saussure) es secucncial y ¿erial, no lineal. L a escritura no tiene di-
ícrenciadón temporal a pesar de que, obviamente, tal diferenciación
os inherente a todo proceso de leciura de un texto. P o r otra parte,
el orden espacial de la escritura, a; ser «extratem poraK no le impone
al lector los mismo* limites de sccuenciación propios de la con ver-
«ación. Es decir, el lector no tiene p or qué seguir un texto paso a
paso, pues puede leer el tin.il antes que el principio, etc.
Una vez que trasdende el m ero listado, la escritura se abre al
•arte», cosa que no ocurre del mismo m odo con la conversación.
Incluso las formas más triviales de convcisación cotidiana implican
una gran técnica y presuponen un intenso aprendizaje. L a convcr
>.ic;óü puede con ven irse en arte en el s c i i ih I o de que pueden em ­
plearse formas pariieulaies de convención o invención para lograr
d e n o s fines expresivos o com unicativos. L a narración de historias,
la conversación ingeniosa, la retórica y el drama existen en todos los
tipos de sociedad. Ll «éxito» de estas forma* verbales, sin embargo,
depende directamente de su representación en contextos de co-pre-
tencia. 1-a escritura com o arte, concebxta com o proccso de prouuc-
ión más que co m o forma dada, tiene características considerable*
uienie distintas. La escritura no es una representación ante una au­
diencia. Las facultades de un escritor no dependen de su capacidad
para emplear las cualidades disponibles en los contextos de c o pre
scncia con el fin de influir en los dem is de la forma deseada. Ade­
más, la conversación es, necesariamente y de una forma en que no
lo es la escritura, una pioducción individualizada. El habla tiene
carácter secuencia) porque solo un hablante puede hablar en un m o ­
mento determinado en un con texto de co-presencia dado. E n el caso
de ]a escritura no suele im portar a efectos de juzgar el * c x iu » de
un texto el que hiera un individuo o varios quienes lo produjeron.
Los textos, sea cual sea su longitud, han de producirle a lo largo de
determinados periodos de tiempo, peí iodos que pueden ver muy
largos». Aunque incluso en la conver&aeíón iná* caAual se «elabóra­
la construcción del significado, los textos tienden a ser una «obra»
en un sentido m i ; am plio; e* un «trabajo» en el oue pueden confluir
disciplina y originalidad en la conform ación d e la ordenación espa­
cial de Ja escritura.
E l lenguaje ordinario está «abierto- en un sentido importante.
1.a mayoría d e las palabras r frases usadas en la conversación coti
diana no tienen definiciones léxica* precisas. P ero, co m o m ostró
U'ittgenstew. el lenguaje ordiuano no es por ello necesariamente
vago o indefinido. L o que confiere precisión al lenguaje ordinario
a su uso en un contexto. L os interlocutores usan la .situación u m -
vcrs.uion.il para definir la naturaleza de lo dicho. El tipo de apettuxa
de la escritura e» bastante diferente, co sa que puede quedar oculta
p or el hecho de que tanto en ia comunicación com o en la escritura
pueden usarse formas lingüísticas similares, rales co m o la metáfora
y la metonimia. L a apertura de la escritura deriva de su «suspensión»
de li referencia. D ebem os definir cuidadosamente qué significa esto.
La* propiedades rcferenculcs de la escritura no dependen de las cua­
lidades reverenciales de la conversación, aunque siempre son parasi­
tarias i especio de ella*. P or lo general, eJ significado y ia referencia
están estrechamente combinados en la conversación, peí o no porque
la conversación este en m odo alguno orientada principalmente hacia
k descripción, Jino poique se lleva a cabo v se organiza en contextos
prácticos de acción. Es decir, el significado ie sustenta mediante la
vinculación constante de la conversación a las modalidades de la
experiencia cotidiana. I as propiedades refercnciales de la escritura
no pueden c^ a r vinculadas a las situaciones del mismo m odo. Por
consiguiente, incluso la proposición más directa y neutram ente re-
fcrcncial puede interpretarse en sentido retórico y figurativo, y a la
inversa. C o m o demuestran ejemplos tom ados del baila* japones, fi
es que este precisa dem ostración, una lista muy bien puede leerse
com o i i futí a un poema.
Todas estas consideraciones son «elevantes para la cuestión de 11
a u L o n omía tic los textos. El tradicional problema de en qué medida
puede entenderse un texto sin referencia a las intencione* de su autor
puede abordarse a la luz de estas consideraciones y de la teoría de
la agencia antes mencionada. L os agentes, co m o señala S ch ü r/, tie­
nen proyectos plobales con arreglo a los cuales se organiza la inten­
cionalidad de sus actividades (Schüt/.: 1972;. L a escritura de un texto
puede implicar dicho o dichos proyectos. E s decir, un autor puede
pensar er. determinado* objetivos al crear un texto dado. Sin embar-
^■o, es improbable que C$105 sean tan relevantes para !a comprensión
del texto com o para el proceso ilc loii irol reflexivo que conlleva el
trabajo de construcción del texto. U n texto es, repitámoslo, una
-o b ra- en e! mentido de que conlleva un proceso crónico de produc­
ción «controlada*. U n •autor* no es por tanto ni una amalgama dr
intencione* ni una serie do depósitos o huella* que han quedado en
el texto. Fl am o r es más bien un p roductor que trabaja en situacio­
nes específicas de acción práctica.
E sto no resuelve el problema que fca Polarizado la d ifu sió n de
la ratu ralea/a de los textos, la cuestión de hasta que punto nuedt
establecerse una interpretación «correcta® de un texto co a relación
a las intenciones de su autor. Kn contra del «relativismo textual*.
Hir^ch y otros han sostenido que la intención deI autor ofrece una
base para la recuperación det significado oiifciiul de un texto. Aiiora
bien, aguí solo puede entenderse «intención-.* co m o «p royecto- en
el sentido de ScJvátz. Pero c< fícil ver que, probablemente, los pro­
yectos que llevan a un autor a producir un texto solo tienen una
importancia marginal para quien lo lee. I x » autores pueden decidirse
a escribir un texto dado por diversos m ouvos particulares: para ad-
quinr fama, consceuir dinero, para su propia satisfacción, etc. Ade
m is, no tiene mueno sentido preguntar oue es lo que «significa- un
texto en su conjunto. Es mucho más proDab> que preguntemos qué
quiso decir un autor, o qué argumentos se hilvanan en un texto, que
preguntemos qué es lo que uu texto quiere decir en su conjunto; lo
que está en consonancia io n la forma en que ufamos la frase «¿O u¿
querías decir?*- rn la conversación cotidiana. C uando dirigimos a los
textos i* tc tipo de pregunta es evidentr que nn estamos planteando
ninguna cuestión refiéreme al p m d uctor con creto del texto. Si se
pregunta: * ;Q u ¿ quiso decir M arx con tal sección de F J azpiu (}> %
es improbable qu? al responder se haga referencia a las características
Je M arx com u individuo. En la mayoría de los casos podríamos
reemplazar esta pregunta por !a más anónima de: «¿Q u e quivo decir
el au tor?- En la conversación ordinaria, al preguntar: -< v u é quiso
•ledr x con e s o ? -, generalmente estaremos preguntando: «^ q u ép ie-
tendia x al decir eso?*, es decir, nos referimos a la cuestión de la
lucr/a ilncucionaria de lo que se dice. Pero esa pregunta puede tam­
bién implicar: «¿qué es lo que quena com unicar?» El •significado»
rn r*re sentido smpltca, com o afirma G riee, que el habíame ..preten­
día que la expresión x produjera un efecto en otn> u o tro s al reco­
nocer esros que esa era su intención- (G u ce: 1^57; vid también
(írice : 1982). Aquí, «significado» equivale a intención comunicativa,
. puede m ostrarse que til intención solo puede discernirse cuando
o s participantes en un contexto intciaccional d.ido com parten fo r­
mas de conocuntcnto mutuo. En la conversación ordinaria es posibie
averiguar la intención si se plantean preguntas directas y si el ha­
blante original refórmela lo dicho. N o parece que haya razón alguna
para negar que podemos interrogar a un texto de forma idéntica. Es
decir, podemos preguntar cuál era la intención com unicativa ele una
determinada sección de un texto. C uando no sea posible dii.girse a
un íu to r podemos tratar de responder u l pregunta investigando las
formas de conocim iento m u!no implicadas en aquello que escribió
el autor. Esto supone, a su v e /, que existen criterios p a n determinar
la exactitud d e las interpretaciones.
Pero estos criterios y los tipos de materiales que es necesario
conoce i para confirmarlos son com plicados. En lo esencial, conlle­
van la investigación de la .situación en que se produjo el texto en
cuanto que obra. Implican también un buen conocim iento d d mudo
en que el autoi com cn/.ó a producir el texto y los recursos intelec­
tuales empleados cr. dicha producción, l’cru también implican un
conocim iento del público al que el texto se dirigió originalmente.
Skinncr y o tro s han señalado con razón la importancia d e este últi­
m o punto, que en m odo alguno niega la autonomía inherente a los
textos (Skinner: l% 9 ). L os textos se escriben atendiendo a diversas
convenciones de form a, estilo y público. Al producir el texto, el
auior «elabora* el «có m o * ha de entenderlo el lector.
Las discusiones estrucuiralistas y pose-estructural estas de la «de­
saparición del au io r- lian sido valiosa» en diversos aspecto*. N os
hemos visto obligados a reconocer que m uchos textos no tienen
• autores- cu el sentido en que lo tienen la mayoría de las obras
discutida? en la moderna crítica literaria. Esto no solo se aplica a los
textos escritos en el periodo prem oderno: textos bíblicos, sagas, ar­
chivos, etc. También se aplica a ¡a inmensa mayoría de los textos
que circulan e r las sociedades modernas. Registro*, archivos, histo­
riales, facturas: textos que, de forma característica, carecen de am o ­
res en el sentido de que no son atribuidos a un individuo, y pueden
en efecto ser el producto de muchas m anos, sin que por lo general
nadie crea que merece la pena investigar que individuos específico*
los produjeron, fcs obvio que las condiciones de su producción en
cuanto textos han de entenderse en relación a las características que
com parten con los a:te:actos en general y en función de los rasgos
de la escritura previamente discutidos. Todos los artefactos de c a ­
rácter duradero pueden llegar a separarse de forma m is o menos
com pleta del contexto en el que inieialmentc se produjeron y de los
proyectos de quienes los crearon. IX» m odo similar, tod o artefacto
puede aplicarse a propósitos (o incluso «interpretarse») de formas
que sus productores puede que jamás soñaran. En los textos no es
posible clausurar y fijar el carácter abierto del lenguaje del mismo
modo que en la conversación. F$ probable que el giado en el que
un texto esrd abiertu a múltiples interpretaciones tenga muy poco
que ver con la naturaleza intrínseca ¿el propio i c x t o , En este punto
o necesario que nos ocupem os de las lecturas que los textos pueden
ayudar * peñerar. También se aplican a la lectura la m ayor parte de
nuestras observaciones sobre la comprensión de la producción de
toctos con relación al control reflexivo de la acción. N o hay texto
t|uc se lea aisladamente; tods lectura se da en el m arco de una «in
tcrtextualidad* v en situaciones que implican el recurso al conoci­
miento m utuo. Existen muchos enfoques recientes prometedores - y
que soío derivan parcialmente del estiucturalisrao y el post-estnic-
tu rajsm o, si es que puede decirse que deriven de clkxv— para d
desarrollo de teorías explicativas d e la lectura. U n ejemplo e> la
•tttéd c* de la recepción» de Jau.** (lauss; 1974). En esta concepción,
el lector aborda un texto con un «nori?ontc d e perspectivas- sin el
que ci texto no sería inteligible. Según Jau st, entender la relación
entre las obras y wuv lectores implica responder diversa* preguntas.
Debemos saber qué es lo que los lectores entienden del género par­
ticular ?n el que se encuadra la obra. Tenemos que co n ocer que sabe
el lector de textos previos semejantes al texto en cuestión. Y tenemos
que poder percibir la diferencia entre la conversación práctica y el
lenguaje poético, diferencia que probablemente no será la misma en
los Jivcisos lugares y situaciones culturales. C o m o todo autor es
t.imbién, presumiblemente, lector, dicha discusión ha d e estar inte­
grada cii la explicación de I.» producción de textos

C onclusión

En este análisis no he prciendido abarcar todos los temas impor­


tantes suscitados p or las uadicioncs del estrticruralismo y del post
estructuralismO. Existen n u m eró o s divergencias entre las ideas de
los autores mencionados, divergencias que he ignoradD o pisado por
A t o sin más. H e tratado de describir g r o s s o m od o las aportaciones
<lel estructuralismo y el p ost-estiu ctuiSism o a fin de sugerir c ie rta
cuestiones generales que han planteado a la teoría social actual. Sin
iluda, la ¿filmación de que estas tradiciones se han mostrado inca­
paces de tratar las m ismas problemas que han sacado a debate es
discutible. Sin embargo, co n lío en h.*b<r justificado esa acusación, y
en haber m ostrado có m o pueden analizarse de form a m is satixfac-
toria algunos de estos pioblenus.
B 1B L I0G R A M A

Barthes, R ., 1977: « 'llie l)í*ath o í d « A u th o r-, en Jwage-Msénc-TcKt. G las­


gow : FúúiaiU.
Benvemstc* ü .. 1971: «The Naturc of rhe Uneuittic Sign*. en Probfans in
ifrn era i Lingttíiíks. Florida: Uni\*cr5Íty cr Míami Press.
Bloomfieid, M., 1957. Lunsuagc. Londres: (Icorge Alien ¿nd Unwin.
Chofmky. N ., i % i : ílnrrcKt h $ n n ¡*t L in xu iftu Tbeory . La Haya; Ntooeofi
— 196&: Ljnfiuagr and Mtnd. Nueva York: Harcourt, B n ce (Trad. al
español: £ / ler.v,x*ie y e l tntendw uento, Setx Barral: 19S0).
(.lárice* S > 19S1: The FtM tidaáom o f Sfrwruratism . Su>sex: ila n x s tc i.
Culler. J., 1975: SituoH talui Povtícs. Londres: Roudedge And Kegan PauL
(Trad. al español: /-i tw étka eitrnu-aralssia^ Anagrama: 3979).
— 1979: «Jacquec Derruía •, en J Siurruck (ciL), iín^VKr.t/ow j>:<j ,?;n <\
O xío/d: 0 1 lord University Press.
Derriba, j . • 1976: O f Crrammatoingy. Ralr.more: Jo h n Hopkm s Uiuvcniiiy
P r« s .
— 1978: Wrúixg and üifftrem e. Londres: Routlcdgc and Kegm Paul.
— 1951: Pósiiions. (¿nuTre*: Atlikiae.
1‘oucaull, M.. 1972: The Archa*olo%y a / Knoisicd^c. Nucvi York: Pant-
heon (Trad. al español: arqueología d el saber* Si^lo XXI).
— I97K: /, fie r r e R tiiére. A C ase 0/ Patriad? ¿*? r/x» /9¿é Cextury. lla r
nwmdiworth, Middlcscx Penguin. (Trad. al ecpanol: »>, Pterre R k ié ie .
Tutquctv: 1983).
GadaiüCr. H , 1975: TrarA ¿ W M t lio d Londrev: ShcuJ and V a ro . <Trad.
al español: Verdad y m étodo* Sígueme: IV84 .
Garfinke], I I . , 1984: Studics b: F.tbnnmttboiM ogf . Cambridge, lo g .: P o li;'
Press.
II rl \iw-*Mnx*uralií:no y la pioduxíáfl de la cuhura 2U9

«.uldcns, A.. 1979; Central ProbitTM in S edal Tocory. Londres: MacinilLm.


1981 A Contt'myorjry C riticar itf HisUrrical MutcnaJism, vol I L«m-
Maerniflan.
19114: Thr CcjnstitHiiim ofSoút-H . CAmbrid^c, Inj;.: Pníty Pr^s.
•¡riitt, H. T., 1957: «Mcanüte», P biíow flhu jl R ev im , 6r.
1932: «Mcaoiog Kevisited*, en N . V. Smiih (cd.)> M utval Knmicd% e.
Londrct: Aeademic Prcas.
I lurrt» / , 1951. M etbods m S írva » ral U nghiuia. C h ic a g o : U n ir e r ^ t y o f
( liicago Ptím
llndeggcr, M . Í97S: Being ¿m í T m c, Oxford: Bisil Blackwcll. (Trad. al
0 panol: E l ser y e l nnnpo, F.C .E .: 19}>Q).
I lv huí i L) I I , 1972: «On Commimicacivc Compctaicc», en J.B . Piidey
J. I iolmcft Soczotinpiirtics. HarinondiwottJi, Mtddlcsex Pcnguín
I^VoKumi, K., 1971: W ord an d Langnagc. L j Haya: Hagne: Mouton.
ja:»*», H. R-. 1974: •Liccrarv Mfetory as » Challenge to I.iicrarv Thcoiv>,
en R. Cuiten icd.)> .Vfx- DuccHont in L iitrary Tbúory. Baltimore: Joan»
Kopkins Lniycnity Presa.
I .uno, J , J977: ¿c n 'í. Londres: Ta* ¡stock.
I . vi >triu«, C .t 1966; 7*v Savagc Mind. Chicago: Univermy o< Chicago
IVe».
\%&: SiruOural A n ibn p oh & . L on d m : Alien Lañe. -Trad. ai español:
Antropología cuructural* Siglu XX I).
I%9a: i b t Ekm únhtiy S itu an te; *>; K m bip . L on d r«: livio ainl Spot*
'ñwonde. (Trad. al español; L*> ttft m iaras cUwcntJ&s d ti furftíWCO,
Piído»: I9Í1).
l% 9b: Tht R au an d tb t C ooketi. Londres: Cape.
1971: L'bom m e nu. París: Pbn.
KuiKinwn, W <*, 197C: «Whar .$ SmKturalórn?*. en fa io lo g y in tts Puce
Cambridge, Cambridge Uüivcrsiiy Vicss.
v%urc« I . de, 19*4: C W n w (fritera/ L¡Kg*»ti<*. Londivs; Fnnuna.
1 Trad. al eipañol: G "<o </e lingüistica Alian?! Edr.oral: 1933)
V h u t/, A.. ¿972: í f a Pbenontcnológy ó fth e S o d a i World. Londres: Heine-
manr».
SKimier, Q , 196»: * M inin g and UndcrsundinR u» ih c Hisiorv or Ideas-,
Histury an d Thmy% #: pp. ¿-W-
líiibtftzW , N\, 1%9: P’itío fJei o f Pbanofngy Bfrkelcy v Ln5 Angeles:
(Jniveníiy o í California fr m .
wiu-cimctii, L ., I9f>3: Pbitosophicz! IrtVfSUgaiKWf. Oxford: Bastí BUck-
vrell ( Trad. al fjpanol: Inveítigadnm^ fdtnvficai. Alianza lUiítonal *.
ETN O M ETO D O LO G 1A 1
Joh n C . I leritage

C on la pr uñera edición cii I % 7 de los Studics tn r th ’io w cio d o -


/offv (19S4) de H arold G arfin k el, se presento al dominio publico un
enfoque nuevo y distintivo J e análisis sociológico. L a nueva pers­
pectiva panó partidarios eon rapidtv y estimuló una línea d e trabajo
em pírico ch U v ez m is diferenciada e influyente. Sin em barco, a
pesar d e que íc reconoció inmed afamante li importancia de los c i ­
entos de G a r f i n k e l l a etnometodología no encontró una acepta­
ción fácil o carente de reservas en li comunidad sociológica. Puede
decirse que a las ideas de G aH inkd. co m o le ocurriera a Durkheim
untes que a el, s e les ha rendido «el uibutn de la crítica implaca­
ble* \ U j primeras respuestas a Ja ctnom etodologia le formulaban

' 4 ¿¿ndcccilr a T o r o VíIm o »u> vaüotDi c o n v f> tin o s x»br« un v<rsiún


pcclfmnar de « « entapo
La importarla oe StmMej n? E : b n x u n t ,UÍ> reooaocirf i \)
asteártele uní ra cm cii un* p*ftcv en la Antrican ¿ntiolcgioJ Re?iírar (vid. Swan-
*on, W i IIm c y Colcraam 1V6¿;
* La fratr c* •!? 'kc'cn Lu k n <Luk<* 1073. p ?.• F« ••»rp**n¿ouc hnt» qu«
punto llcj;a rl parileiamo con li (Ara de Durklurím. igual que ta aoctotaía Juiktiri
■ ím i, »c Km orihuMo r . . . ¡deolcgÍM |" i im
pnablet . 1 li «tmimriixlolo^a: ^ ha afin»wdo u m b tto »|uc npccoha un.» íiiik iim
variedad de pur.uit ck vi*a «or.cctftua’e* (i trvmdo diATie^Aln%entc «puettot), y
defendí conccpcáooct un absurda* como U J f l< -nvm í del tropo». q»c * achato
a Duikltrim « cL'nnc*v.o> de Mfi|o lukrt: l*/3. pp. 2-3, *97 «.).
nultipltr* objeciones» muchas de las cualc* eran totalm ente incom-
.itililcs entre »í, y esto uivo com o m u lta d o un período en el que
i*, discusiones de la nueva perspectiva producían m ucho ruido y
«mas nueces.
Diversos factores contribuyeron a producir este resultado. Los
u n to s de Garfinkel son sumamente densos y , en ocasiones, opacos
\ crípticos. Aunque subvacen a ellos marcadas continuidades tcóii-
\\ estas no se articulan sistemáticamente en función de los puntos
le referencia de la sociología clásica. H a tenido lugar una conside­
rable confusión y mala comprensión canto entre los parudanos com o
ntre los detractores de la empresa. Además, los S m d ics m E th n o-
• ru loJolog ) aparecieron durante una ¿noca de caóticos trastornos en
las ciencias sociales, en las que el paradigma funcionaiistn estructural
parsoniano anteriormente dominante había pasado a la historia de la
\octologia. C o m o los complejo* exentos de Garfinkel se hicieron del
dom inio p ú b lico en aquella época de cam bio teórico rápido y co n -
I i i m >. nu fecunda actividad teórica y sus extraordinarias investigacio­
nes empíricas fueron, con frecuencia, mal expuestas v rrivializadas \
L a desgraciada consecuencia fue que h ctnom etodologia llegó a ser
interpretada co m o «»un método sin sustancia* (C o se r: 1 9 /3 ) o , aun
peor, co m o vehículo para la negación de la propia organización so-
. ial, una especie de sociología d d *unlo vale-, ül resultado inevita­
ble fue que las investigaciones de Garfinkel, cu y o impulso inicial
derivaba ele una critica al corpus parsoniano emprendida m ucho tiem­
po antes de que lac tornas ie volvieran en contra del funcionalismo
estructura], se perdición en la confusión de argumentos y contra-
argumentos. P or tanto, no es ex ti año que Garfinkel, que desdeñó
intervenir en la polém ica, declarara tempranamente que el mismo
termino «etnometodologfa» se había convertido eo una coasigna con
vida propia (Garfinkel: 1974, p. 18)

' i o* c&m oi <U Anthony Giddens (GiW fnt iv ?f>¡ 1979, |9W;> U n «ido una
r*c<f|K*Vn c*Kfcitini« al m»ík* ‘generalmente negativo .1* 1.* rcctp¿íita de la «tn<*ne«»-
l.'n ensayo de Attewdl 11972,'. apareiweüK*te awonyatJo pero sumamente
* aritinJerjce, dio «xfrfáto concreta * una mala interpretación de la Ctjiome<«*i*iol<\»ía
muy c>icr*1ui» (vid. I'evrot: 19S2; ZininuTruinr 19^6, pan uiu 4.’.aíi dic:usióo cifdci
•U rata iurrite). tn d cikivo de Attw tll ctblun plísente* mui I m Jr kw nilfnien-
ditic* .jue mis urde reaparecen:*!, enirc otros, «n los articulo) Je Coser (19?$5,
M«>rl ,1973), McSwrenev ¡1973;, McnntU (1976) * Jtullip» (,197$). H.'KÍa el fina) de
lu> Hik*> w m u ci iliiru de incompicn* on *c haba un dciuu ^uc interven
• ' imj d>l«rMli)( «nn*t I*, dr O ’K w fí (19?M. i%o ennúfuieron dcspewr fl am­
biente Enirc Uw ctfuerros de clatiíicación utiki llevados 2 cabo por practicantes dr
la cmcmeiodología c*he tuar las de Coulter (1971; 1973; 1974J, M ivuud y V ikon
11933.', P<yun l'.9S2), Wnder (1977), Wilwm y /mímenme. (19>V) y Ximnu-nran
|19?6. 1V7$V Entre los estodio» «cúndanos Monográficos sobre la ctnomctodcilogía
mc cuentan lo» ¿t Bíti>u:i • Hu$>.is (1913;, Handcl (19121, Her.tapc (19V*a;, Jxitcr
1 I9W), Metua y Wood (1V7>) y Shnrnvk y Aftdmoti ( I W .
L os esíu cr/o s teóricos que Garfinkcl realizó a lo largo de toda
w vida so centraban en una serie de problema* conceptuales <JUC
siempre* han sido cuestione* centrales de la sociología. Kit as cuestio­
nes — la teoría dt* la acción social. Ir, naturaleza de la ¿ntersubjetivi
dad y la consttrución social d d conocim iento— son complejas y
están estrechamente intcrrciacionadas. Debido a que la formulación
conceptual de dichas cuestiones tiene amplias derivaciones teóricas
y metodológicas en la conecptualización d e la organización .social,
representaron un centro de actividad innovador) denrro de esta dis­
ciplina. Garfinkcl abordo este dominio a través de una serie de te­
naces investigaciones subic la.s propiedades elementales del razona
miento práctico y de las acciones prácticas. Kn el curso de estos
estudios trató de d edicar la teoría de la acción de su tradicional
preocupación por los problemas m ouvicionalcs. y de rcccnrrarh en
el em idio de los rm xli« en que. m m cien tcm em e o no \ lo* actores
sociales utilizan sus conocim ientos para reconocer, producir v re
p ro d u u r las acciones sociales y 1*¿ estructuras sociales. Fsta Irús-
tencia en el conocim iento de los actores, sin em bargo, reaviva el
interés p or descubrir las formas en que los actores sociales analizan
sus circunstancias y pueden com partir una comprensión intcrsubfc-
tiva de ellas. En este punto las investigaciones de Ciarfinkcl se cen­
traron c a el inevitable carácter contextúa! del entendimiento ordina­
rio, lo que tuvo co m o consecuencia que ve apreciaran Iss fonnas
extraordinariamente complejas j detalladas cu que el con texto de los
hechos provee de recurso» para la interpretación de « t o s .
I* I nuevo enfoque requería ia plena integración de los análisis de
la acción y del conocim iento. F.sta integración se logró sustituyendo
el enfoque motivacional del anáhsr* ó t ia acción socir.1 p o r un enfo­
que m etód ico [broctiin ral] de este tem a, y se resume program ática­
mente en una de Us tesis fundamentales de G artinkcl: «las activida
des por medio de las cuales los miembros producen y manejan la*
situaciones de ias actividades cotidianas organizadas son idénticas a
los m étodos que utilizan p ira hacer "explicables** [a a o u n t-jb lt] esos
con textos* (G aifinkcl; 1984a, p. 1). C o n este punto de paitida se
hizo posible una foim a nuera de abordar la praxis y los proceso*
de instituciones sociales específicos, v se abrió la ponbdidad d e adop
tar nuevas actitudes frente a los procesos de comunicación lindáis

% Fruten. por supucstu, rumbe* nivel» de *c»>nc*onoa» en relación con U orga*


m.Mi ión *ic U \kI¿ cotiduaa. Además, un actor puede exur ccmeimremenie oiietv
ud»» respecto * u» fcm:mcni> t;n h t «apaz de fuimulu el chfcto ¿c. orkutatubi
vcrbalrocmc. G¿rfinUct cmnlca U c*pre^ii>n -*er afvro reparar en clk>» [<rín
vfwofHíií] pira referirse a .a onentacióc se¿ún aspecto* .ir I* oi^ini/xiúü surial qtir
w prcJucc ún que *? fep ite coeiHHntemeite en ella.
•.« V, en un sentido aun rr.a*. a m p lio , se h iz o p o sib le alca n z a r un.1
■un va fo rm a d e e n te n d e r v traiar la a d scrip ció n de l»>* s u je ta s a las
«lidade* so cia lm en te exp licables en la s q u e están in m e rso s. así co m o
ii ip reh en tió r. d e esa* realidades.

1 o s temas mencionados han constituido parte evenci ti del trabajo


llevada a cab o por Gafíinkel y m ií colaboradores. L os tesultados de
< .le trabajo constituyen ¡a má* profunda y provocadora reorienta-
.ion de estos aspectos fundamentales de la teoría sociológica, reo-
i tentación que. ademas, ha tom ad o cuerpo en un sólido programa
ile ¡nvcsr.gación empírica. La finalidad de este . ipítulo es situar las
investigaciones teóricas de G arfinkcl mediante icfcrcnciaj al contex­
to de la teoría .social en el q u e se originaron, discutir en que sentidos
m i pensamiento lu llevado a una reconccptualtxación de la n a tu ra le s

de la acción social y li