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Heidegger contra Platón, I

Heidegger se presenta como el destructor (uno más) de la Metafísica, lo que es lo


mismo que decir, de Platón, y como el profeta de otra cosa. ¿Qué se puede pensar de
esto?

En algún tiempo –este es el mito que, acerca de la historia de la Filosofía, Heidegger teje
a base de ignorar muchísimas cosas y de inventar por lo menos otras tantas en sus
“traducciones”- los griegos más originarios, Parménides y Heráclito, estuvieron más
cerca del Ser. Eso fue antes de la Metafísica. Platón, en su símil de la caverna,
transformó la auténtica comprensión de la Aletheia como desocultamiento, por la
incomprensión que se llama teoría de la Idea, es decir, de lo que se manifiesta o
presenta. Desde entonces, el asunto más propio del pensar, el asunto del Ser, queda
olvidado, e incluso se olvida ese Olvido; el Ser y su diferencia con lo ente, quedan
suplantados por el orden de los entes, en ese ejercicio de fundamentación de unos entes
a partir de otros, que es la onto-teología o Metafísica.
Por si fuera poco, Platón identificó a la primera de las ideas con la idea del Bien,
moralizando de esa manera el asunto (presuntamente más allá del bien y del mal) del
Ser.
La Metafísica (sigue la profecía hermenéutica) ha agotado su camino, pasando por
la energeia de Aristóteles, la actualitas medieval, el Sujeto moderno y la Voluntad de
voluntad de Nietzsche, que es la última forma posible de la Idea. Con tintes apocalípticos
y ecologistas, Heidegger advierte de que la completa “globalización” de lo óntico-
calculador emanado de Platón, o sea, la técnica, está a punto de arrasar con todo, con
la Cosa (con esos modestos aserraderos de la Selva Negra, con los jarros de agua…), a
no ser que seamos capaces de recuperar nuestra misión de dejar darse al Ser en
el Acontecimiento apropiador (Ereignis).

Hay una manera, lícita pero no la más interesante, de rechazar esta hermeneútica de
Heidegger: haciéndole ver que, por una parte, él no ha ido más allá de la metafísica (ha
seguido asumiendo sus términos –esencia, fundamento, originario…-) ni ha moralizado
menos (cuando habla de que la esencia de la verdad es la libertad, de nuestra caída,
etc.) Sería lícito rechazar su pretensión de que él usa todas esas palabras con “otro”
sentido, ya no metafísico ni moral. ¿Qué metafísico, desde Platón a Hegel, no se ha
quejado de la inadecuación de las palabras? La otra faz de la misma estrategia
rechazaría como empobrecedora la interpretación que Heidegger hace de Platón: el Bien
de La República no es algo especialmente “moralizante”, sino que hay que entenderlo
como la idea axiológica de Validez, que es fundamental para cualquier discurso, y que el
propio Heidegger implica; podríamos recordar, también, que Platón coloca a la Idea de
las ideas “más allá de la esencia (usía)”, lo que se puede interpretar como una ruptura
explícita del “orden de los entes” y de una teología vulgar.

Una estrategia así, si fuese adoptada por el metafísico (como lo ha sido –por ejemplo,
entre los aristomistas-), sería válida. Pero propongo otra estrategia que creo más
interesante. Supongamos, en efecto, que Heidegger tiene, para ofrecernos, algo
“completamente” diferente de lo que ofrece Platón. ¿Qué es? Y ¿es algo “mejor”?
Creo que podemos describir la presunta ruptura de Heidegger con la metafísica con los
siguientes elementos :

-El Ser, o sea, la noción fundamental de su pensamiento, no es el Ser como Ente-


Idea de Platón, porque el Ser de Heidegger no es objeto de la Razón o Logos, al
menos entendido en el sentido de la Lógica y el cálculo, como principio de identidad,
etc.
-El pensamiento al que nos quiere conducir Heidegger no es el pensamiento de la
Luz (la Presencia, la Parusía), sino un pensamiento de la Lichtung, es decir, de un “claro”
(en el bosque) que deje desocultarse al Ser.
-La diferencia “ontológica”, es decir, la diferencia entre el Ser y los entes, no es la
diferencia que propone Platón, es decir, una diferencia que hace juego con la idea de
Orden y Participación, de Imitación, de Analogía… La Diferencia que piensa
Heidegger es la idea de una heterogeneidad pretendidamente más radical, o quizás
completamente radical. Esta diferencia podría entenderse ya al modo “trascendental”
kantiano (así la entendió Heidegger en sus primeros libros), o bien de otra manera, con
una cierta “trascendencia” postmetafísica, que no se oponga a ninguna inmanencia, etc.

¿Nos lleva esto a algún lado mejor que la Metafísica, que Platón? Es difícil saberlo. Para
empezar, porque el lugar al que nos llevaría, es descrito por Heidegger de una forma tan
misteriosa y elusiva, que no es difícil pensar que él mismo no tenía una idea clara (si es
que la tenía siquiera oscura) de qué es lo que quería proponernos.

Parece ser que tendríamos que hacer más caso a los poetas (al menos a los
auténticos, Hölderlin, Rilke, Trakl…) que a los filósofos (y, por supuesto, que a los
científicos). La ciencia no piensa, los metafísicos piensan pero mal, pero los poetas son
los pastores del ser. Esta es una gran diferencia con Platón, que decía que el poeta está
tres veces alejado de la verdad (tras el dialéctico y el matemático) y debía ser vigilado e
incluso expulsado si no educaba según los dictados de la Razón o del filósofo. Podemos
llamar “poeticismo” a esta actitud de Heidegger, y es, desde luego, una forma de anti-
racionalismo.
Sin embargo, cuando uno lee a esos poetas, a Hölderlin, a Rilk (y no digamos a Trakl)
sin los velos y distorsiones heideggerianos, para su decepción se encuentra (al menos
yo) con simples idealistas, platónicos de un nivel más bien exotérico o vulgar, y poco
más. Me extraña imaginar a uno de estos poetas, por muy engreído que sea,
creyéndose sinceramente la alabanza que Heidegger les dedica. ¿Sabía Hölderlin algo
que no comprendía Hegel? ¿Tienen Rilke, o Trakl, algún secreto que fuese más allá de
Nietzsche o Bergson? No lo creo, ni creo que sea creíble.

¿Qué más? Parece ser (este es el momento ecologista y “cuasi-budista” de Heidegger)


que también tendríamos que preocuparnos menos por fabricar cosas en serie o hablar
por teléfono, porque la jarra se destruye con la técnica, y las cosas están más lejos que
nunca cuando creemos que podemos llegar a ellas en un instante (La cosa). En lugar de
eso, deberíamos disponernos para una actitud receptiva, que permita que se
muestre aquello para lo que estamos destinados. En el simple acto de servir a otro una
jarra con bebida, los “cuatro” o la cuaternidad (el cielo y la tierra, los mortales y los
inmortales), se congregan para una danza en corro. Nada más lejos, desde luego, de la
Cuaternidad pitagórica.
Ahora bien, aquí no hay, en un sentido, tanta diferencia con el metafísico: incluso Platón
predicaba la austeridad. Sin embargo, la actitud poético-receptiva heideggeriana no es lo
mismo que la actitud racional-activa del dialéctico.

Toda la cuestión se desplaza, en verdad, a la diferencia entre la Diferencia platónica


(Analogía), y la Diferencia “ontológica” que Heidegger piensa entre Ser y Ente.
Dejo esto para la siguiente entrada.

(Por supuesto, sé lo que van a decir enseguida los heideggerianos que lean todo esto:
estamos vulgarizando completamente su pensamiento, llamándolo irracionalista, etc.
Heidegger no es ni eso ni lo otro. Sus términos tienen “otro” significado.
Lamentablemente, está dejando de ser creíble este cuento erudito, esta especie de
teología negativa. ¿No hay manera de hablar de Heidegger, sin estarlo
malinterpretando?)