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UNIVERSIDAD NACIONAL MAYOR DE SAN MARCOS

Universidad del Perú, DECANA DE AMÉRICA


FACULTAD DE MEDICINA
Departamento Académico de Medicina Preventiva y Salud Pública

LA SALUD AMBIENTAL EN LA HISTORIA DE LA


SALUD PÚBLICA PERUANA: 1535-2005
(Informe final: Estudio de Investigación 2012, CON/CON N° 120111331)

Responsable del Estudio:


Dr. Carlos Bustíos Romaní

LIMA, DICIEMBRE 2013


Salud ambiental en la historia de la salud pública peruana: 1535-2005, Carlos Bustíos y Col.

La salud ambiental en la historia de la salud pública peruana: 1535 - 2005 /


Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Facultad de Medicina. Departa-
mento Académico de Medicina Preventiva y Salud Pública -- Lima: UNMSM;
2013.
267 p.; ilus.

HISTORIA DE LA MEDICINA / SALUD PÚBLICA / IMPACTOS EN LA SALUD / SALUD


AMBIENTAL / SANEAMIENTO / POLÍTICA AMBIENTAL

La Salud Ambiental en la Historia de la Salud Pública Peruana: 1535-2005 (Informe Final


Estudio de Investigación 2012, CON/CON N° 120111331)

Responsable del Estudio:

Dr. Carlos Bustíos Romaní

Miembros del grupo de estudio:

Ing. San. Manuel Villanueva Lara


Lic. Alicia Ríos Terrones
Mg. Martha Martina Chávez
Mg. Ruth Arroyo Aguilar
Dr. Eduardo Zárate Cárdenas
Dr. Jorge Miano Trelles

© Carlos Bustíos Romaní, 2013

1ª. edición, 2013

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Salud ambiental en la historia de la salud pública peruana: 1535-2005, Carlos Bustíos y Col.

CONTENIDO
Página

INTRODUCCIÓN 5

CAPÍTULO Nº 1. POLICÍA SANITARIA URBANA EN LA HIGIENE 7


PÚBLICA DEL PERÚ COLONIAL Y VIRREINAL

1.1. El contexto colonial-virreinal 8


1.2. Problemas ambientales en el Perú colonial: 1535-1821 14
1.3. Marco institucional de la higiene pública: 1535-1821 18
1.4. Obras y acciones de policía sanitaria urbana: 1535-1821 24
1.5. Fundamentos de la higiene pública y la policía sanitaria 30
1.6. Referencias utilizadas en el Capítulo N° 1. 35

CAPÍTULO Nº 2. SANEAMIENTO URBANO EN LA SANIDAD 39


PÚBLICA PERUANA EN EL SIGLO XIX REPUBLICANO

2.1. Contexto republicano y oligárquico 40


2.2. Problemas de la sanidad ambiental: 1821-1902 46
2.3. Marco institucional de la sanidad pública: 1826-1902 52
2.4. Obras y acciones de saneamiento urbano: 1821-1902 57
2.5. Crisis de la sanidad pública al final del siglo XIX 64
2.6. Cooperación externa y eventos internacionales: 1821-1902 65
2.7. Fundamentos de las acciones de sanidad y de saneamiento: 1821-1902 66
2.8. Referencias utilizadas en el Capítulo N° 2. 69

CAPÍTULO Nº 3. SANEAMIENTO AMBIENTAL EN LA 73


SALUBRIDAD PÚBLICA PERUANA: 1903-1934

3.1. Contexto oligárquico-civilista 74


3.2. Problemas de la salubridad ambiental: 1903-1934 83
3.3. Modernización del Estado y la institucionalidad de la salubridad : 89
1903-1934
3.4. Obras y acciones de saneamiento ambiental: 1903-1934 97
3.5. Crisis de la salubridad pública: 1930-1934 102
3.6 Eventos internacionales y cooperación externa: 1903-1934 103
3.7. Fundamentos de las acciones de salubridad pública 104
3.8. Referencias utilizadas en el Capítulo N° 3. 109

CAPÍTULO Nº 4. PROTECCIÓN AMBIENTAL EN LA 113


SALUD PÚBLICA POPULISTA. PERÚ: 1935-1968

4.1. Contexto nacional populista 114


4.2. Problemas de la salud pública ambiental: 1935-1968 121
4.3. Normatividad general en protección ambiental: 1935-1968 128

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Salud ambiental en la historia de la salud pública peruana: 1535-2005, Carlos Bustíos y Col.

4.4. Marco institucional I: Ministerio de Salud Pública1935-1968 132


4.5. Marco Institucional II: Ministerio de Fomento y otras entidades públi 138
cas 1935-1968
4.6. Obras y acciones de protección del ambiente: 1935-1968 140
4.7. La salud pública peruana al final de la década de 1960 150
4.8. Eventos internacionales y cooperación externa: 1935-1968 153
4.9. Fundamentos de la salud pública y la protección ambiental: 1935- 154
1968
4.10. Referencias utilizadas en el Capítulo N° 4. 156

CAPÍTULO Nº 5. SALUD AMBIENTAL EN LA SALUD PÚBLICA 160


DESARROLLISTA. PERÚ: 1969-1992

5.1. Contexto nacional desarrollista 161


5.2. Problemas vinculados con el cuidado del ambiente: 1969-1992 167
5.3. Marco normativo general en salud ambiental: 1969-1992 173
5.4. Institucionalidad en gestión ambiental: 1969-1992 177
5.5. Obras y acciones de salud ambiental: 1969-1992 182
5.6. Crisis final del modelo sectorial de salud en el Perú 189
5.7. Eventos internacionales y cooperación externa: 1969-1992 191
5.8. Fundamentos de la política de salud ambiental: 1969-1992 194
5.9. Referencias utilizadas en el Capítulo N° 5. 197

CAPÍTULO Nº 6. SALUD AMBIENTAL EN LA SALUD PÚBLICA 202


NEOLIBERAL Y NEOPOPULISTA: 1992-2005

6.1. Contexto neoliberal y neopopulista 203


6.2. Situación de la salud ambiental al inicio del período y el cólera 210
6.3. Marco normativo general en salud ambiental: 1992-2005 213
6.4. Gestión de la autoridad nacional ambiental: 1994-2005 217
6.5. Conducción y gestión de servicios de agua y saneamiento: 220
1992-2005
6.6. Obras y acciones de salud ambiental: 1992-2005 224
6.7. Eventos internacionales y cooperación externa:1992-2005 233
6.8. Fundamentos de las políticas de salud ambiental: 1992-2005 235
6.9. Referencias utilizadas en el Capítulo N° 6. 238

CAPÍTULO Nº 7. LA POLÍTICA DE SALUD AMBIENTAL EN EL 242


PERÚ A INICIOS DEL SIGLO XXI

7.1. Problemas de salud ambiental 243


7.2. Desafíos ambientales para el Perú en el siglo XXI 245
7.3. Las nuevas intenciones políticas en salud ambiental 256
7.4. Comentarios y conclusiones finales 259
7.5. Referencias utilizadas en el Capítulo N° 7. 263

ANEXO Nº 1 266

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Salud ambiental en la historia de la salud pública peruana: 1535-2005, Carlos Bustíos y Col.

INTRODUCCIÓN
La “salud ambiental” constituye actualmente un tema de creciente importancia en la teo-
ría y la práctica de la Salud Pública mundial, debido a que los efectos del crecimiento
demográfico, el deterioro social y la degradación del mundo natural se presentan a una
escala y con una intensidad sin precedentes en la historia humana. Hoy un clima cada
vez más inestable, la acelerada pérdida de especies biológicas y crecientes inequidades
económicas plantean un desafío a la tolerancia y resistencia de los sistemas naturales.
Un reciente estudio de la OMS confirma que alrededor de la cuarta parte de la carga
mundial de morbilidad y, específicamente, más de un tercio de la carga de morbilidad
infantil son consecuencia de factores ambientales modificables. Problema que se hace
más acuciante en países en desarrollo, como el Perú, donde los estudios han revelado
que las carencias de ese tipo de servicios se relacionan directamente con la desnutri-
ción crónica del niño.

A nivel mundial, la “salud ambiental” es reconocida como un prerrequisito para el


desarrollo sostenible. Es así, que uno de los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio
(ODM), formulados en base de la Declaración del Milenio, suscrita por los Estados
miembros de Naciones Unidas, es el de: “Garantizar la sostenibilidad del medio am-
biente”. Las metas señaladas para tal objetivo son cuatro, la tercera es: “reducir a la mi-
tad, para el año 2015, el porcentaje de personas sin acceso sostenible al agua potable y a
servicios básicos de saneamiento”. Al respecto, el Estado Peruano, comprometido con el
cumplimiento de los ODM, creó el Ministerio de Ambiente (2008), y aprobó la Política
Nacional del Ambiente (2009). En el “Plan Bicentenario. El Perú hacia el 2021”, pre-
sentado por CEPLAN al Acuerdo Nacional, tiene como Eje estratégico 5: “Recursos na-
turales y ambiente”, con 15 lineamientos de política sobre calidad ambiental.

Además, en cualquier tiempo y espacio histórico los rasgos de la salud ambiental están
condicionados por las tendencias vigentes tanto en los sistemas sociales como en el am-
biente natural. Tendencias que dependen de los cambios y/o continuidades tanto en el
uso que hacen las personas de los recursos naturales y los desechos que producen, co-
mo en las orientaciones y realizaciones de las políticas de desarrollo. A los cuales, se
pueden sumar los efectos históricos de los desastres naturales y sociales. Así planteado
el problema, resulta evidente que la adecuada comprensión de los vínculos entre am-
biente-salud-desarrollo solo es posible en perspectiva histórica. Cada sociedad, en efec-
to, tiene una salud y un ambiente que le son particulares, y que resultan de una trayecto-
ria en su desarrollo, casi siempre conflictivo, tanto de las relaciones que guardan entre sí
los grupos que la integran, como de las que mantienen con el mundo natural.

En lo que se refiere específicamente a los trabajos historiográficos previos sobre este te-
ma en el Perú, ellos son escasos y descriptivos. Todos con un horizonte temporal de
corto plazo, destacando los publicados por el historiador Marcos Cueto, los profesores
del Instituto de Medicina Social y del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pú-
blica de la UNMSM. La única excepción, en tanto utiliza un horizonte a largo plazo, es
el trabajo contenido en el Volumen 16, Saneamiento Ambiental, de la colección "Histo-
ria de la Salud en el Perú", publicado por la Academia Peruana de Salud el año 2009.

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Salud ambiental en la historia de la salud pública peruana: 1535-2005, Carlos Bustíos y Col.

El presente estudio forma parte de un programa de investigación sobre la evolución


histórica de la Salud Pública Peruana , el cual se está desarrollando en los últimos
dieciséis años con el apoyo del Consejo Superior de Investigaciones de la UNMSM. En
esta oportunidad, el estudio tratará de reconstruir y enjuiciar, desde el presente, el
desarrollo de las acciones de Salud Pública en el campo particular de la salud ambien-
tal, durante el devenir del Perú colonial y republicano, en el contexto internacional.
Con el objetivo general de interpretar y comprender mejor las causas y los motivos de
los alcances y las limitaciones de los resultados de dichas acciones en nuestro país, a lo
largo de los 470 años transcurridos entre 1535 y 2005. Los resultados esperados del
estudio son los de aportar nuevos elementos cognitivos y no cognitivos para el debate
sobre los mecanismos a crear y utilizar para lograr, a través de un consenso interdisci-
plinario y democrático, la definición de una estrategia de intervención intersectorial que
garantice la sostenibilidad y promueva el mejoramiento de las condiciones del medio
ambiente y, por ende, permita avanzar en la realización del derecho de todos a vivir en
un ambiente saludable.

En la metodología utilizada en nuestro trabajo se otorgó, por el carácter histórico del


estudio, una especial importancia a dos tareas. La primera, consistió en la revisión
bibliográfica y documentaria disponible sobre el tema; la segunda, la recuperación de la
memoria histórica contenida en los testimonios y comentarios que sobre el tema han
hecho o pudieran los principales actores en los procesos político, técnico y académico
vinculados con el cuidado de la salud en los últimos cincuenta años.

Los resultados finales de este estudio se presentan en los siete capítulos de esta publica-
ción. En los seis primeros se trata por separado cada uno de los estadíos del proceso en-
tre 1535 y 2005, mientras que en el último se analiza la política de salud ambiental ac-
tual y se presentan las principales conclusiones que resultan del análisis de todo el pro-
ceso como totalidad.

En el estudio participaron directamente cinco profesores del Departamento de Medicina


Preventiva y Salud Pública de la UNMSM. Además, en el desarrollo del mismo se
recibió el apoyo documentario y bibliográfico de la Biblioteca Central del Ministerio de
Salud, dirigida por la Lic. Alicia Ríos Terrones, y de la Unidad de Biblioteca, Hemero-
teca y Centro Documentario de la Facultad de Medicina de la UNMSM, jefaturada por
la Srta. Sara Aliaga Romero.

Finalmente, debo expresar mis especiales agradecimientos al Ingeniero Sanitario Sr.


Manuel Villanueva Lara, por la asesoría y apoyo en la validación y la redacción del con-
tenido de este informe, así como a la Lic. Alicia Ríos Terrones, por su gran dedicación
en el trabajo de recolección y sistematización de la información bibliográfica y docu-
mentaria utilizada en el estudio. El Ing. Villanueva, cesante después de más de 30 años
de servicios en el Sector Salud, desempeñó los cargos de Director Ejecutivo de la Es-
cuela de Salud Pública del Perú, Secretario Ejecutivo del Consejo Nacional de Protec-
ción del Medio Ambiente para la Salud, y consultor internacional en el campo de la Sa-
lud Ambiental.

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

CAPÍTULO Nº 1
POLICÍA SANITARIA URBANA EN LA HIGIENE
PÚBLICA DEL PERÚ COLONIAL Y VIRREINAL

1.1. El contexto colonial-virreinal


Los primeros siglos del Perú como parte del mundo occidental
Periodización de la etapa colonial-virreinal
Creación y desarrollo de ciudades y pueblos: 1535-1821

1.2. Problemas ambientales en el Perú colonial: 1535-1821


Deterioro del saneamiento urbano
Efectos de los desastres naturales
Entorno laboral inadecuado en minas y haciendas
Los “efluvios miasmáticos” de los cementerios

1.3. Marco institucional de la higiene pública. 1535-1821


Marco institucional general
El Cabildo o Ayuntamiento
Leyes y ordenanzas de higiene y de policía sanitaria urbana
Leyes y ordenanzas de policía sanitaria minera

1.4. Obras y acciones de policía sanitaria urbana: 1535-1821


Durante los tres primeros 250 años de la colonia
Obras de abastecimiento de agua de bebida
Sistema de acequias y disposición de basuras
Reconstrucción de las ciudades luego de los desastres naturales
Otras medidas de higiene y policía urbana
El tema de los cementerios
Durante las últimas décadas de la colonia: 1746-1821
Los ilustrados peruanos y la higiene pública
Algunas acciones de higiene urbana
Una opinión periodística sobre la higiene urbana

1.5. Fundamentos de la higiene pública y la policía sanitaria


En el mundo occidental
En el Perú colonial y virreinal

1.6. Referencias utilizadas en el Capítulo Nº 1

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

1.1. EL CONTEXTO COLONIAL-VIRREINAL

Los primeros siglos del Perú como parte del mundo occidental

La llegada de los españoles al Imperio de los Incas, marcó un punto de inflexión en el


proceso histórico peruano. Hasta el inicio de la conquista, los pueblos peruanos habían
realizado su desenvolvimiento económico y social de manera libre y autónoma, sobre
bases materiales y espirituales diferentes a las que sustentaban el desarrollo del mundo
occidental. De esta manera, los pueblos indígenas habían logrado superar largamente
sus niveles de supervivencia y generado excedentes económicos para mantener grandes
proyectos urbanos y estados tan poderosos como el de los Incas. “Lo que encontraron los
españoles… fue un mundo diverso donde los pueblos, desde miles de años atrás, habían
iniciado un largo proceso de dominio de la naturaleza… de manera óptima según las
condiciones” singulares de sus pisos ecológicos. Es así, “que todo el territorio andino es-
taba domesticado, en sus múltiples versiones: las punas y los páramos, los valles interan-
dinos y las cuencas, los desiertos y los oasis… Todo ello era posible porque el hombre
dominaba sus circunstancias, el mundo indígena no estaba congelado, sino todo lo con-
trario, en pleno proceso de crecimiento y ampliación” [1].

“La ocupación del territorio andino se inicio, desde luego, con un proceso de adaptación a
las variadas condiciones del medio: unos poblaron bosques húmedos siempre verdes; otros,
los varios pisos cordilleranos, con sus hábitat de estepas, páramos, sabanas o quebradas,
otros más, los desiertos. Cada uno de esos territorios contiene recursos distintos, por lo que
es preciso crear procedimientos diferentes para aprovecharlos. Así fue, la ocupación de ca-
da territorio fue en realidad un progresivo aprendizaje de sus singularidades y una constan-
te búsqueda de los procedimientos más apropiadas para su aprovechamiento”. (G. Lumbre-
ras, 1992, p. 203)

Pero esa situación de progreso autónomo y exitoso del mundo indígena no podía ser
apreciada como tal por los conquistadores, cuyo fin era colonizar un “nuevo mundo”
percibido, desde una perspectiva española y católica, como un conjunto de pueblos “pri-
mitivos” e “idólatras” que debían ser “civilizados” cristianamente, de acuerdo con los
designios de la Corona de España. En el proceso de transculturación que se inició con el
encuentro de esos dos mundos, los conquistadores impusieron saberes, instituciones y
costumbres hispanas, y trataron de eliminar las experiencias acumuladas por el mundo
indígena, convertido –bajo la percepción hispana – en la antítesis de la civilización y del
progreso. “Esto se tradujo muy pronto en segregación y marginalidad de costumbres y
gentes aborígenes… al congelar el mundo indígena por atrasado y primitivo se congeló
también la experiencia que aquí había sido acumulada” [1].

La economía indígena prehispánica era colectivista y centralmente agrícola. En el pe-


ríodo de la Conquista se inició la introducción de diferentes formas de explotación de los
recursos naturales que guardan poco o ningún miramiento por su buen uso y conserva-
ción. En los primeros años, la relación de los conquistadores con el territorio estuvo mar-
cada por el imperativo de extraer la máxima cantidad de oro y plata para la Corona. La
agricultura en su primera fase se orientó a apoyar esta actividad, y gradualmente se fue-
ron incorporando nuevas actividades agrícolas y ganaderas. El convencimiento de contar
con suelos ilimitados influyó en el establecimiento de métodos culturales reñidos con la
conservación del suelo. Esta visión fue reforzada por la idea existente entre los pueblos
conquistadores, del imperativo de controlar la naturaleza por parte del hombre, y para su

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

beneficio, en contraste con la visión andina que encontraban un continuo entre la natura-
leza, la vida espiritual y el mundo humano.

Al final de la conquista, el Perú autóctono había sido incorporado violentamente al mun-


do occidental en una condición colonial, la cual obedecía a las necesidades de expansión
política y de acumulación económica de la monarquía española. Se habían impuesto –
utilizando la fuerza militar y la evangelización – condiciones materiales e ideológicas
que posibilitaran la extracción de los excedentes económicos y los recursos metálicos de
los pueblos conquistados, con el propósito de atender los requerimientos crecientes del
desarrollo ibérico. Ello significó, por el lado material, la implantación de un régimen co-
lonial basado en la minería y en la explotación de las tierras, riquezas y fuerza de trabajo
de los conquistados; y, por el lado ideológico, la formalización de normas jurídicas que
institucionalizaron pautas religiosas y culturales que justificaran y legitimaran, en el
mundo hispanoamericano, este régimen [1, 2].

Concordando con la política española, el Perú colonial tuvo una organización social que
se caracterizó por ser estamental, jerarquizada, racialmente discriminatoria y corporati-
va. Según las leyes existían formalmente en el Perú dos repúblicas o estamentos: la Re-
pública de los Españoles y la República de los Indios. El Rey gobernaba ambas aunque
con leyes distintas, que señalaban los derechos y obligaciones particulares de cada es-
tamento. Mientras la primera estaba constituida por “cristianos viejos” que se destaca-
ban por su “limpieza o pureza de sangre” (no tenía ascendencia negra, judía ni morisca),
la segunda estaba conformada por indios conquistados que tenían un origen “gentil”. En
esta sociedad colonial, los españoles debían encargarse de cristianizar a los indios, re-
cibiendo a cambio servicios de sus conquistados [2, 3, 4].

En principio, indios y españoles sólo debían vincularse para la evangelización de las


almas y la explotación de los primeros en beneficio de la metrópoli. Con el fin de garan-
tizar ese tipo de vínculo, el proyecto colonial de las dos Repúblicas preveía la separa-
ción administrativa, legal y física entre indios y españoles, a partir de una lógica de se-
gregación étnica o racial. La República de Españoles, dominante, agrupaba a los penin-
sulares y los “criollos” en una estructura piramidal jerarquizada (la nobleza, el medio y
el bajo pueblo), en cuyo vértice se ubicaban los conquistadores, convertidos en enco-
menderos, y sus descendientes “beneméritos”. La de los Indios, subordinada a la ante-
rior, incluía a los indígenas; al interior de la misma también existían jerarquías, en un
extremo estaba la nobleza y los curacas y en el otro los indios de “común” o “tributa-
rios”. Estos últimos estaban sujetos al tributo y a la “mita” [2, 3, 4, 5, 6, 7].

La mita era un sistema de trabajo prehispánico autóctono que fue adaptado a los intere-
ses de los conquistadores. A través de este sistema renovado, cada pueblo de indígenas
aportaba a la Corona un número determinado de trabajadores durante varios meses del
año. Se establecía cuotas laborales que debían cumplir la población nativa tributaria se-
gún asignación que hiciese el corregidor, tanto para el servicio del encomendero como
del hacendado o poseedor de mercedes de tierra. Se sorteaba a dicha población, para
que trabajara como mitayo durante un plazo determinado, debiendo éste recibir el pago
de un salario que estaba bajo control de las autoridades. Los propietarios de encomien-
das debían deducir de este salario la cantidad que el mitayo debía pagar por concepto
de tributo a la Corona. La duración de la mita minera se fijó en diez meses dentro de ca-
da año, y el número de indios destinados a estas labores no podía exceder de un tercio
del total de la población tributaria permanente. La explotación de estos mitayos, en con-

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

diciones laborales inhumanas, causó mucho daño a la salud de los indígenas, y provo-
có cientos de miles de víctimas mortales, sobre todo entre los que laboraban en las mi-
nas. Las normas de protección del indígena que dictó la Corona fueron incumplidas de
manera abierta e impune, tanto por los encomenderos como por las mismas autoridades
encargadas formalmente de hacerlas cumplir [3, 4, 5, 6, 7].

El proyecto colonial original de las dos repúblicas, no había considerado a los esclavos
negros, que empezaron a llegar al país hacia 1528, con los primeros conquistadores.
Tampoco había considerado la aparición de un nuevo segmento demográfico que sería
el resultado de la interacción sexual entre españoles, indios y negros. Desde muy tem-
prano, se produjo en la colonia un proceso de mestizaje biológico y cultural entre las
tres “razas”. Proceso que dio origen a una franja poblacional considerable, formada por
gente de color mixto. A esta gente se le llamó, despectivamente, “castas”. Finalmente, en
la realidad peruana, el mestizaje se impuso sobre los designios originales de la Corona,
orientados a la separación entre españoles e indios [2, 3, 4, 5, 7].

Periodización de la etapa colonial-virreinal

El sacerdote e historiador José Tamayo [5], distingue en esta etapa de la historia peruana
cuatro períodos: el de la conquista, el expansivo, el de la hegemonía religiosa, y el de
crisis y reforma. Los tres primeros transcurrieron, casi totalmente, bajo el reinado de la
Casa de los Habsburgo (1519-1700), mientras que el último lo hizo durante el reinado de
la Casa de Borbón (1700-1821). En este devenir colonial de tres siglos, se desarrollaron
en la sociedad peruana los rasgos económicos, políticos y culturales que “definieron las
bases de la futura peruanidad republicana” [3].

El período de la conquista (1535-1545), violento y trágico, estuvo caracterizado por el


sojuzgamiento forzado de los indios, el empeño evangelizador y lingüístico de los sa-
cerdotes, la fundación de las ciudades y las rebeliones de los encomenderos. En estos
años, los aspectos políticos y militares fueron los prioritarios. En 1537 se dictó en Espa-
ña las Nuevas Ordenanzas de Población y Descubrimiento que se constituiría en el cuer-
po jurídico y la base de la política española en las Indias.

El período expansivo (1545-1650), es el de la organización civil y religiosa del Virrei-


nato y de la gran producción minera de oro y plata. El período se inicia con el descu-
brimiento de la mina de Potosí y finaliza con el término de la expansión de la produc-
ción minera. Otros hechos que lo caracterizan son: la colonización intensiva, la creación
de las “reducciones”, la desestructuración de la economía andina y el comienzo de las
relaciones desequilibradas entre el campo y la ciudad.

El período de la hegemonía religiosa (1650-1720), es el del enclaustramiento místico,


las procesiones y los autos de fe. Se inicia con el terremoto del Cuzco de 1650, y la baja
de la producción minera, que va alcanzar sus niveles más bajos al término del siglo
XVII. Sin embargo del estancamiento de la minería, el desarrollo alcanzado por la ga-
nadería lanar permitió en el siglo XVII, el apogeo de la industria textil a través de los
“obrajes”. La Iglesia se fortaleció econonómicamente, captando la mayor parte de los
excedentes económicos a través de donaciones y legados testamentarios.

El período de la crisis y las reformas (1720-1821), es el de los viajeros de la Ilustración,


las rebeliones anticoloniales, la expulsión de los jesuitas, la ilustración y la división del

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

Virreinato. Se inició con la gran epidemia de “tabardillo” o fiebre exantemática de


1719-1720 – según el Padre Gumilla murieron más de 200.000 indios – y el rompi-
miento parcial del monopolio comercial por el Tratado de Utrech, y prosiguió con un
conjunto de reformas políticas y administrativas impuestas por la nueva Casa Reinante
de Borbón, que afectaron las bases económicas sobre las cuales la elite conquistadora y
sus descendientes habían afianzada su dominio. En 1821 se declaró la liberación políti-
co-militar del país.

Creación y desarrollo de ciudades y pueblos: 1535-1821

En el ámbito de todo el Perú colonial

En el Perú, la fundación de las ciudades coloniales fue uno de los elementos esenciales
de la conquista. Estas ciudades comenzaron a erigirse, por lo general, sobre los más im-
portantes poblados indígenas: se hacía indispensable la ocupación permanente y contro-
lada del territorio conquistado. De allí que las primeras consideraciones territoriales de
los conquistadores tuvieron que ver con la constitución de una serie de escalones de con-
trol militar e ideológico de los conquistados. En apenas diez años, entre 1532 y 1542,
Pizarro autorizó la fundación de nueve ciudades peruanas, sin contar Guayaquil (1535).
Ellas fueron la base de las futuras capitales regionales: Piura (1532), Jauja (1533), Cuzco
(1534), Lima (1535), Trujillo (1535), Chachapoyas (1538), Huamanga (1539), Arequipa
(1540) y Huanuco (1542). Estas ciudades fueron edificadas sobre estructuras habitacio-
nales indígenas. Los españoles superpusieron sobre templos y palacios prehispánicos sus
casas de gobierno, cabildos e iglesias [6, 7, 8].

Por otro lado, a pesar del desarrollo urbano alcanzado en algunas de las culturas prehis-
pánicas, en el momento de la llegada de los españoles la mayor parte de la población
indígena estaba dispersa en los campos, cuidando sus chacras o pastando sus animales,
y las concentraciones demográficas eran escasas. Esta dispersión poblacional dificultaba
a los conquistadores el control de los conquistados, por ello las autoridades coloniales
establecieron la necesidad de reunir o “reducir” a los indígenas en pueblos. A partir de
1570, con el virrey Toledo, se efectuó la reubicación forzada de los indígenas dispersos
en las “reducciones”, creadas cerca de las nuevas ciudades coloniales. Estos pueblos de
la “República de Indios” surgieron como una replica de los pueblos españoles, con un
trazado urbano donde había una plaza central en la que se ubicaba la iglesia frente al
cabildo. El pueblo dividido en manzanas y con casas que tenían puerta de calle para ser
visitadas por el sacerdote, el protector de indios y el corregidor. De esta manera, se fa-
cilitaba el control militar y de la mano de obra disponible, el cobro del tributo y la evan-
gelización de los conquistados. El cabildo de estas reducciones tenía sus propias autori-
dades elegidas por sus pobladores: dos alcaldes, cuatro regidores, un alguacil mayor, un
procurador, un mayordomo del pueblo, otro del hospital, y un secretario. Un caso
ejemplar de estas “reducciones” fue el pueblo de Santiago, que pronto adquirió la de-
nominación de “Pueblo de Indios del Cercado” por los altos muros que la rodeaban [9]:

Posteriormente, superado el período de la conquista, las ciudades virreinales asumieron


funciones económicas y administrativas, principalmente Lima, que le fueron muy favo-
rables en sus relaciones con el campo. Las ciudades se desarrollaban en función de la
economía de exportación, generando “ciudades-puerto”, como el Callao. A diferencia
de Europa, la fundación de las ciudades estuvo condicionada por la explotación de me-
tales preciosos y materias primas para el mercado exterior.

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

Además, surgieron otros tipos de asentamiento poblacional desconocidos en el Perú


pre-hispánico. Los más importantes – además de la “reducción” indígena ya citada –
eran los caseríos de hacienda y los centros poblados mineros. Los caseríos de hacienda
asumieron las formas conocidas en el occidente europeo, pero con una “notoria rearcai-
zación” que aproximaba las entidades peruanas a sus equivalentes medievales”. Los
asientos mineros comprendieron desde los grandes complejos urbanos como Potosí (pla-
ta) y Huancavelica (azogue) hasta centros demográficos y de producción de mucho me-
nor tamaño. A nivel local, para abastecer a esos asientos, surgieron explotaciones agrí-
colas y ganaderas alrededor de ellos y para dar salida a la producción se construyeron
caminos que los unían con los puertos de embarque [6, 7, 8].

El surgimiento de asientos mineros prósperos crearon circuitos económicos que permi-


tieron el desarrollo de ciudades como Arequipa, Piura, Trujillo, y puertos como Callao y
Arica [6, 7, 9, 10]. El apogeo minero de Potosí duró hasta mediados del XVII, cuando
se agotaron las vetas de Potosí y se terminó el azogue de Huancavelica. Sin embargo, en
el XVIII se descubrieron nuevos yacimientos de plata en Cerro de Pasco y Hualgayoc
(Cajamarca); la producción minera se recuperó aunque nunca alcanzó los niveles de los
mejores tiempos del Cerro Rico de Potosí.

Sin embargo de esos cambios en los asentamientos poblacionales, al terminar el siglo


XVII solo la ciudad de Potosí rebasaría los cincuenta mil habitantes. Lima reunía alre-
dedor de treinta mil y el resto de ciudades (Cuzco, Arequipa, La Paz, Quito) no llegaba,
seguramente, a las veinte mil personas cada una. Cien años después, en el empadrona-
miento efectuado en 1790, las ciudades más pobladas, después de Lima (52.627), eran:
Cuzco (31.982), Huancayo (25.821) y Arequipa (23.541); además, otras siete ciudades
tenían entre 12.500 y 10.000 habitantes [6, 7, 9, 10].

Urbanización de Lima

En sus primeros años la ciudad de Lima solo era un conjunto de viviendas grandes y mal
construidas con techos de madera. Luego, se inició la construcción de casas más grandes
y mejor acabadas – para la elite española – , las iglesias y parroquias, así como las prin-
cipales oficinas públicas. La evolución de la ciudad seguiría los patrones urbanísticos y
arquitectónicos establecidos en España, pero con influencias propias del entorno limeño.
La escasez de canteras en la zona obligaba a usar adobe y madera para la construcción,
mientras que la falta de lluvias permitía construcciones sencillas con techos planos.
Además, la pronta experiencia de temblores y sismos limitó la construcción de edificios
que tuvieran más de dos pisos. Posteriormente, los roles político-administrativo y eco-
nómico asignados a Lima permitieron que la ciudad estableciera relaciones de domina-
ción patrimonial y burocrática con el resto del virreinato [11].

Durante el siglo XVI el desarrollo de Lima continuaría dentro del patrón de la “ciudad
damero”, con una plaza central donde se ubicaban las más importantes edificaciones pú-
blicas y religiosas, y muchos espacios y lotes abiertos para jardines, huertas y bosques.
La mayor o menor proximidad de las residencias a la plaza mayor reflejaba la jerarquía
social de los jefes de las familias. Las más alejadas eran las que correspondían a las casas
y huertas de los ciudadanos comunes. Más allá de estas últimas propiedades se extendían
los límites algo imprecisos de la ciudad y sus terrenos agrícolas.

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

El primer ciclo de expansión de esta ciudad fuera de los límites de la “ciudad damero”
inicial fue un proceso lento y desordenado que iniciándose a mediados del siglo XVI no
concluiría sino en la primera mitad del siglo XIX. En los espacios intermedios entre el
damero y los núcleos urbanos de concentración indígena (El Cercado) y negra (San Lá-
zaro), se desarrollaron dos de los principales ejes de crecimiento de Lima hasta fines del
siglo XIX. El Pueblo de Indios del Cercado ya citado, en dirección este y hacia los An-
des, y el Arrabal de San Lázaro, de negros e indios, en dirección norte [9, 11, 12].

El Arrabal de San Lázaro, segundo núcleo urbano de expansión, fue inicialmente una
zona habitada por indígenas dedicados a a la pesca de camarones. En 1563 se desató en
Lima una epidemia de lepra entre los esclavos negros, quienes huyendo del apedrea-
miento del que eran objeto en la ciudad, buscaron refugio al “otro lado del río”. Ese
mismo año, se establece en dicha zona un hospital para leprosos y una parroquia llama-
da San Lázaro (1563). Alrededor de estas construcciones se formó un arrabal habitado
por negros enfermos, sus familias expulsadas de la ciudad por temor al contagio, y sa-
cerdotes a cargo del hospital y la parroquia. Entre 1573 y 1592, otros grupos de esclavos,
negros libertos, indígenas, artesanos y blancos pobres convergen en esa zona constitu-
yendo el arrabal de San Lázaro, donde se ubica el barrio de Malambo. En 1711, se crea
en Malambo el hospicio de ciegos, mancos y tullidos. Todo esto daba al barrio el estigma
de miseria y el dolor, y al malambino el de ser pobre, sucio, enfermo y “carachoso”. Más
aun, este lugar ya tenía la indeseable distinción de haber sido el área del primer basurero
de la ciudad de Lima. En verano, cuando el río Rímac se desbordaba todo el basural que
arrastraba se empozaba en Malambo [9, 11, 12].

Desde el siglo XVII el crecimiento del área territorial de la “ciudad damero” fue más
lento que el de la población, lo que provocó un proceso de densificación demográfica y
urbanización de los lotes que se habían destinado originalmente a huertas y bosques. Se
comenzaron a edificar nuevos conventos y monasterios, oficinas públicas y palacios
particulares que reflejaron la transición al barroco, no sólo en la arquitectura sino tam-
bién en la planificación urbana. La rígida forma cuadrangular de las calles se alteró con
la construcción de avenidas diagonales, algunas de las cuales siguieron el trecho de las
antiguas carreteras incaicas. La adición de estas diagonales se complementó con la crea-
ción de numerosas plazas y glorietas pequeñas. Además, la frecuencia de los sismos,
estimularon la sustitución del adobe por la “quincha” como material de construcción de
las estructuras de las casas. La “quincha” reducía el excesivo peso y aumentaba la flexi-
bilidad de dichas estructuras; sin embargo, aumentaba el riesgo de incendios, en tanto
era común que se cocinara utilizando leña [11, 12, 13].

Ese proceso de densificación demográfica se haría más manifiesto a partir de la cons-


trucción, entre los años 1684 y 1687, de las llamadas “murallas de Lima”, que estable-
cieron los límites materiales del crecimiento del área urbana. Ellas rodeaban el períme-
tro de la ciudad y las zonas de expansión inmediata, dejando solo fuera de su protección
al núcleo urbano de San Lázaro. Las medidas de la muralla eran: 11.000 metros de longi-
tud y un área de 5’054.600 metros2. En un inicio eran cinco sus portadas: Guadalupe,
Cocharcas, del Callao, Barbones y de Maravillas. Todas estas portadas permitían el acce-
so y la salida de la ciudad. Al final del siglo XVII, la superficie edificada de la ciudad
no se había extendido demasiado, mientras que el tamaño de su población estuvo cerca
de cuadriplicarse entre los años 1574 y 1700. Para la ciudad de Lima se estimaron po-
blaciones de 10.000 personas en el año 1574, de 26.087 en el año 1615, y de 37.240 ha-
bitantes en el año 1700 [11, 14].

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

Posteriormente, las obras para la reconstrucción de la ciudad de Lima, después del te-
rremoto de 1746, marcaron el inicio de una nueva etapa del desarrollo urbano de la capi-
tal del Perú, en el marco de las reformas borbónicas. Reconstrucción que comenzó con
José Antonio Manso de Velasco, Conde de Superunda, virrey del Perú entre 1745 y
1761. En este proceso de reconstrucción y urbanización, no se siguió la rígida orienta-
ción del damero, sino que la ciudad creció alrededor de construcciones muy localizadas:
parroquias, iglesias, hospitales. Lima estaba todavía en plena reconstrucción en 1761,
cuando llegó el virrey Manuel Amat y Juniet, quien se empeñó no sólo en la rehabilita-
ción de la ciudad, sino también en cambiar su aspecto general, modificándola en formas
que perduran hasta la actualidad en la llamada “Lima antigua” [9, 10, 14].

Emulando los mejoramientos urbanos llevados a cabo en España por el rey Carlos III, el
estilo asumido en aquel proceso fue similar al utilizado tanto en la Metrópoli como en
las demás ciudades coloniales hispanoamericanas: paseos públicos o alamedas, coliseos
de gallos, plazas de toros, cementerios, cuarteles, almacenes militares, hospicios, edifi-
cios administrativos diversos. Las alamedas permitieron articular los barrios periféricos
(San Lázaro, Malambo y Acho) con la ciudad amurallada, así como con el entorno rural,
el valle y el puerto del Callao, como fue el caso de la Alameda del Callao. Además, el
virrey Amat auspició la edificación de nuevas iglesias y el embellecimiento de parques y
plazas, e hizo instalar un sistema de alumbrado en las calles principales, Sus iniciativas
agregaron 58.8 hectáreas nuevas al área total de la ciudad [11, 15].

Por otra parte, no obstante el desastre natural de 1746 la población de Lima había se-
guido creciendo. De acuerdo a los resultados de los empadronamientos y cálculos, efec-
tuados por las autoridades, el número de limeños alcanzaba, en los años 1790 y 1812, a
los 52.627 y 63.900 habitantes, respectivamente. Además, al final de esta etapa colonial
limeña, no existía una clara diferencia en la ocupación del espacio residencial por parte
de la aristocracia y la “plebe” urbana. Al lado de las grandes casonas, se ubicaban calle-
jones de esclavos, indios y castas. Y junto a ellos talleres de artesanos, chinganas y
construcciones de propiedad de la Iglesia. En el año 1785, bajo la autoridad del Inten-
dente Jorge Escobedo, la ciudad había sido sectorizada en cuarteles y barrios, aunque
la población mantenía esa distribución heterogénea en el espacio limeño [16].

1.2. PROBLEMAS AMBIENTALES EN EL PERÚ COLONIAL: 1535-1821

Problemas del saneamiento básico urbano

La aparición y, luego, la agudización de los problemas ambientales en las ciudades co-


loniales estuvieron siempre vinculadas con el desequilibrio creciente entre la demanda
social de servicios de saneamiento básico, de parte de una población que aumentaba en
su tamaño, y la oferta pública efectiva de dichos servicios, de parte de las autoridades
locales gubernamentales. Desequilibrio que impidió el cumplimiento, al menos, de los
estándares que al respecto habían sido establecidos en las normas dictadas por estas
mismas autoridades. Mientras las nuevas ciudades crecían con lentitud, sin superar qui-
zás los dos o tres mil habitantes, podían existir sin regular su crecimiento y mantener
aquellos estándares, pero al aproximarse a la decena de millares de habitantes o al so-
brepasar esta cifra se hacían evidentes las insuficiencia de recursos y las deficiencias de
gestión ambiental que conspiraban contra la vida urbana. Insuficiencias y deficiencias
que se hacían más evidentes cuando se trataba de atender los efectos de los desastres

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

naturales sobre la infraestructura física de tales ciudades [17].

Las insuficiencias y deficiencias del saneamiento básico urbano era especialmente evi-
dente en la ciudad capital al final del siglo XVIII, cuando tenía una población estimada
en alrededor de 60.000 habitantes. No obstante las Ordenanzas que se habían dictado al
respecto y que se detallarán más adelante, su situación sanitaria era terrible y peligrosa:
acumulación de basuras; acequias abiertas en las calles principales, portadoras de todo
tipo de desechos; jirones polvorosos, sin empedrar; falta de canalizaciones del agua y
desagüe; plagas de gallinazos, simulando servidores de la baja policía, en todos los te-
chos y en todas las aceras; focos de infección en todos los hogares, con los silos abiertos;
falta de baños públicos y particulares, etcétera [18]. En el año 1792, Hipólito Unanue
[19], describía y explicaba esta situación ambiental de la manera siguiente:

“Lima, cuyo temperamento ha sido en la pluma de diferentes sabios hipérbole de la benig-


nidad, se halla reducida a ser la patria de las más funestas enfermedades y el sepulcro de
los naturales y extranjeros. Si se inquieren con atención las causas, se descubrirá que la fal-
ta de celo público ha mudado las saludables cualidades de este cielo clementísimo. Lo pri-
mero, por permitirse que las calles y plazas fuesen establos de los excrementos y despojos
de la multitud de cuadrúpedos que entran, salen y se encierran en ella, formándose por esta
causa enormes muladares. Lo segundo, porque a las acequias que atraviesan casi todos los
barrios, y arrastran las basuras de las casas, se les ha dejado formar a su arbitrio pantanos,
sin cuidar de dárseles otra circulación ni limpia que la desecación que hacen los ardores del
estío. Lo tercero, porque, estando los hospitales en el centro de la ciudad, con camposantos
muy estrechos, y siendo muchas las bóvedas de las iglesias, con ventanas de comunica-
ción, o a las calles, o al interior de los conventos, se dejan los cadáveres casi al haz de la
tierra. Lo cuarto, porque en el siglo pasado se prohibió seriamente se introdujesen en la ca-
pital partidas de negros bozales, por las peste bubónicas que habían causado; en el presente
se han admitido sin reservas. Lo quinto, porque los paños infectos de contagio, o continua-
ban en la familia, o por una falsa piedad se daban a los pobres, etc. (...) La experiencia de
todos los siglos, y de todos los países de la tierra, nos enseña que cada una de estas causas
por sí sola puede apestar al lugar más sano y perpetuar sus dolencias. ¿Qué hará, pues, la
reunión de todas?”. (H. Unanue, 1975, p. 4)

Efectos de los desastres naturales

Los territorios de la costa y la sierra peruana, ligados por la geología y el clima, se ca-
racterizan por ser afectados con frecuencia por una serie de fuerzas y fenómenos natu-
rales con una potencialidad considerable para la destrucción, cuando se combinan con
poblaciones en especiales condiciones de vulnerabilidad. Al respecto, el registro ar-
queológico y etnohistórico nos permite afirmar que los pueblos precolombinos habían
desarrollado una serie de adaptaciones relativamente efectivas a esas amenazas natura-
les, que les permitieron alcanzar el crecimiento demográfico y la complejidad cultural
que actualmente se les reconoce [20].

Sin embargo, conforme pasaban los años de la etapa colonial aquellas condiciones de
vulnerabilidad se incrementaron en las incipientes ciudades virreinales peruanas. Éstas
fueron semidestruidas, varias veces, por grandes sismos. Lima en los años 1586, 1630,
1687 y 1746; Arequipa lo fue sucesivamente en 1582, 1600 y 1784; la ciudad imperial
del Cuzco en 1650; Trujillo en 1619, 1725 y 1759. Los daños materiales provocados por
estos fenómenos fueron cuantiosos debido a que las construcciones eran inadecuadas
para resistir los violentos movimientos del suelo. Se construía aprovechando los materia-
les de cada región y de acuerdo con las condiciones climáticas, primando las construc-

15
Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

ciones de adobe y de quincha en la costa, las de piedra en las regiones altas. Los efectos
de estos sismos motivaron en la ciudad de Lima un cambio arquitectónico relevante, así
como que la devoción por el Señor de los Milagros en Lima y el Señor de los Temblo-
res en el Cuzco aumentara [20].

El más violento terremoto de la historia colonial, sucedió el 28 de octubre de 1746,


cuando se derrumbaron casi todas las edificaciones de Lima, al mismo tiempo que un
tsumani destruyó El Callao. Según la información oficial, perecieron en Lima 1.141 per-
sonas de un total de 60 mil. De los cuatro mil habitantes de que se componía la población
del Callao, sólo pudieron salvarse unos 200. Los damnificados sobrevivientes sufrieron
de privaciones y de los efectos de vivir en la intemperie. “Vino el hambre, y luego los
catarros, tabardillos y dolores de costados. Muriendo más gente de enfermedad, que en-
tre las ruinas de la ciudad: el número de víctimas en ella y el Callao pasó de 16.000”. De
las tres mil casas existentes en Lima, sólo 25 quedaron en pie. Cayeron a tierra los prin-
cipales y más sólidos edificios, entre ellos los monasterios, conventos y hospitales. Del
puerto del Callao sólo quedaron vestigios. En las 24 horas que siguieron a este formida-
ble terremoto se contaron 200 temblores. Correspondió al Virrey Conde de la Superunda
comenzar a reconstruir Lima y reedificar su puerto [21, 22].

Otro fenómeno natural que se presenta con ciertos intervalos en el litoral y territorio
peruano es El Niño. Consiste en grandes perturbaciones de las corrientes oceánicas en
forma de masas de aire y aguas cálidas, que bajan de la costa del Ecuador y alteran radi-
calmente el régimen pluvial; producen lluvias torrenciales, inundaciones y huaycos en la
costa y, como secuela, sequías prolongadas en la sierra. Existe evidencia geológica de
los efectos ocasionados por este fenómeno en las comunidades costeras peruanas desde
hace trece mil años. Los Incas hablaban del tinpu llatu (tiempo caliente) para aludir al
proceso que ocurría, sin intervalo fijo de aparición y cuya intensidad dependía de la can-
tidad de desequilibrio que hubiese sembrado el hombre en la Pachamama (la madre tie-
rra). Además se cuenta con crónicas escritas sobre la ocurrencia de este fenómeno en los
años 1578 y 1721. De acuerdo a los estudios de Lizardo Sainer [20], se encuentran evi-
dencias que en la época colonial habrían ocurrido en el Perú, por lo menos 29 eventos
tipo El Niño, de los cuales diez han sido calificados como “muy fuertes” y 19 como
“fuertes”. Los primeros habrían ocurrido en los años 1567, 1578, 1624, 1652, 1687,
1701, 1720, 1728, 1791 y 1803.

En la historia peruana también se describen huaycos, inundaciones y deslizamientos


que se suceden de manera recurrente a lo largo del curso de los principales ríos de
nuestro país. Por ejemplo, la que sucedió por una fuerte creciente del río Rímac en el
año 1572, que inundó a todo el barrio de Abajo del Puente en que se encontraba el hos-
pital de San Lázaro. Como las inundaciones se repitieran en años posteriores, se deter-
minó encausar las aguas del río Rímac entre tajamares de cal y piedra, que fueron por
muchos años suficientes para contener las crecidas extraordinarias del río [23].

Entorno laboral inadecuado en minas y haciendas

La historia de la minería en el Perú se remonta a tiempos prehispánicos. Sin embargo,


desde el inicio de la colonia, comienza un proceso en el cual el mercado internacional determina
el carácter del desarrollo de esta actividad. La economía colonial se organizó a partir de
la extracción y remisión a España de las riquezas mineras, principalmente la plata y en

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

menor medida el oro. Para ello se procedió a la explotación del indígena convertido en
trabajador minero. Por lo general, donde afloraba una veta metálica se ponía el resto al
descubierto o se le seguía abriendo socavones. Estas galerías seguían las vueltas y re-
vueltas de las vetas sin considerar la seguridad o el desagüe. Para procesar el oro se em-
plearon los sistemas de bateas y de lavado; en este último se empleaba, al igual que con
la plata, el molino y la amalgamación. La Corona mantuvo un gran control sobre la mi-
nería a través de los impuestos, los envíos de azogue y la regulación de la mano de obra
obligatoria [24].

La mortalidad de los operarios libres y los mitayos que trabajaban en la minería era
muy alta. Inundaciones de los socavones, envenenamientos por azogue, caídas y neu-
monías contribuyeron a incrementar sus riesgos de muerte. Este problema del ambiente
minero se presentaba con mayor intensidad en los mitayos de las minas de azogue de
Huancavelica, en la sierra central. Tadeo Haënke, explorador que visitó el Perú en el si-
glo XVII, al referirse a la situación de estos trabajadores comenta [25]:

“...respiran continuamente una atmósfera cargada de partículas metálicas, y los vapores


que estas despiden en la fundición, además de las particulillas de azogue que se introdu-
cen por la planta de los pies en los ensayos por crudo, causa frecuentes parálisis, esputos
sanguíneos y cólicos. También las frías impresiones del ambiente exterior, al salir abo-
chornados con el trabajo... producen en el trabajador frecuentes pasmos, que arrastran a la
sepultura a muchos centenares de operarios” (T. Haënke, 1901, citado en J. Lastres, 1951,
p. 70 )

Por el lado de la agricultura, desde el siglo XVII emergió una generación de latifundis-
tas o terratenientes que, aprovechando los altos precios agrícolas, establecieron grandes
haciendas productoras de caña de azúcar. En estas haciendas trabajaban esclavos negros
que tenían como vivienda ranchos o galpones, donde eran recluidos con sus familias en
condiciones de hacinamiento y de gran insalubridad. Las jornadas de trabajo de los es-
clavos eran por lo general agotadoras. “No era raro que los esclavos fueran obligados a
empezar a trabajar a las 2,30 de la mañana y recién pudieran descansar al ponerse el sol”.
En una muestra de cuatro haciendas jesuitas se observan cifras reveladoras sobre los
altos riesgos de muerte de tales familias: entre los años 1714 y 1778 nacieron 1.289 es-
clavos y murieron 1.245. Entre estos últimos, 45,3% eran menores de 15 años [26].

Los “efluvios miasmáticos” de los cementerios

En el Perú colonial, al igual que en todo aspecto o práctica de la vida cotidiana, el carác-
ter y la disposición de los entierros y ritos funerales expresaban el estamento y el rango
social, así como la capacidad económica que había tenido el difunto. Los cadáveres de
los españoles, criollos o autoridades étnicas eran inhumados en un “campo santo” que
tenía cada hospital o en las bóvedas de las iglesias o conventos. De manera distinta, los
cadáveres de los indios pobres o de las “castas” eran sepultados clandestinamente en
simples fosas cavadas en la tierra, o eran arrojados a los atrios de la iglesia por familia-
res que no podían asumir los gastos funerarios. Las inhumaciones se realizaban siguien-
do rituales funerarios legitimados en la particular cultura de cada uno de esos estamen-
tos. Hasta el siglo XVIII sería aceptado oficialmente sepultar los cadáveres de persona-
jes ilustres en las iglesias y conventos, costumbre venida de España y que se había con-
servado con celo religioso [27, 28].

17
Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

En la ciudad de Lima, la costumbre era que los difuntos fueran dejados a disposición de
la Iglesia y enterrados en los conventos, parroquias y hospitales. Según Adam Warren
[29], desde la segunda mitad del siglo XVI se excavaron bóvedas de sepulcros bajo el
pavimento de casi todas las iglesias. Los principales cementerios de Lima eran las cata-
cumbas de las Iglesias, espacios administrados por las diversas cofradías que se organi-
zaban en los altares más representativos de cada templo. La católica población limeña
tenia la esperanza que de esa manera podía estar, después de morir, bajo la protección
de la Iglesia y más cerca a Dios hasta el día del juicio final. El cementerio colonial más
conocido y de uso más difundido era el del Convento Grande de San Francisco.

Pero el crecimiento de la población limeña y la limitada extensión de los espacios desti-


nados por la Iglesia a esos fines funerarios, provocaron el desborde, a partir del siglo
XVIII, de las posibilidades de este sistema funerario para atender apropiadamente la
creciente demanda. A los hedores que emanaban de los cuerpos en putrefacción acumu-
lados en las bóvedas de las iglesias, se sumaban los “efluvios miasmáticos” que se des-
prendían de los cadáveres llevados en las elaboradas procesiones fúnebres y de los des-
perdicios de las mismas que permanecían estancadas en las calles angostas y en las vie-
jas acequias. Efluvios que se mantenían finalmente atrapados en los cielos nublados de
la ciudad. Al igual que en el resto de la ciudad de Lima, no obstante los progresos en su
reconstrucción después del sismo de 1746, su Plaza Mayor no estaba libre, al final del
siglo XVIII, de los horribles hedores desprendidos de la putrefacción de los cadáveres
enterrados defectuosamente en la misma Catedral y en un improvisado cementerio ubi-
cado entre ella y el Palacio Arzobispal [29].

“Reconstruida después del sismo de 1746, la Catedral se convirtió en un lugar de entierro no solo pa-
ra lo eclesiásticos y los ciudadanos más distinguidos de Lima sino también para parte de la población
menos privilegiada. El Patio de los Naranjos, ubicado entre la Catedral y el Palacio Arzobispal, se
convirtió en un lugar de entierro de prisioneros, mendigos y los más pobres de la ciudad, cuyos cuer-
pos eran abandonados en la Catedral por los familiares que no podían afrontar los gastos del entie-
rro…. Los miasmas también se esparcían desde el improvisado cementerio a la sacristía de la Cate-
dral y al mercado de la Plaza Mayor, donde los residentes se quejaban de una atmósfera fétida”. (A.
Warren, 2009 , p.54)

El mismo Warren, señala la existencia de conflictos relacionados con la supuesta filtra-


ción de los miasmas de cadáveres enterrados en aquellas iglesias a los pozos o redes de
agua de consumo doméstico. Conflictos que se incrementaron en la década de 1790,
cuando se comenzó a debatir si debían cubrirse las acequias, cavar pozos y construir fo-
cos sépticos en la ciudad. “Por ejemplo existían cuatro pozos en la plaza de San Fran-
cisco, que según el documento (Instituto Riva Agüero, A-I-113, 1792) estaban localiza-
dos junto al cementerio y que habían sido construidos antes de erigir el templo y donde
se arrojaban cadáveres cuando se hacía la limpieza de las bóvedas,” [29].

1.3. MARCO INSTITUCIONAL DE LA HIGIENE PÚBLICA: 1535-1821

Marco institucional general

Durante los Habsburgo [30, 31].

Los reyes de la Casa Habsburgo mantenían una relación de Padre-hijo o de “Patrón-


siervo” con todos sus súbditos coloniales: éstos recibían la protección y el favor real a

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

cambio de lealtad, servicios y cumplimiento de obligaciones “naturales”. Cada súbdito


aceptaba estas obligaciones como un destino en la vida o una misión por cumplir. En la
sociedad colonial, reiteramos, cada estamento o corporación tenía sus propios derechos,
privilegios y obligaciones “naturales”. Por su parte, la Corona tenía que fomentar el
Bien Común, entendido como una combinación del respeto de esos derechos y privile-
gios, la defensa del reino y de la religión, así como el mejoramiento del bienestar mate-
rial de los súbditos.

La Casa de los Habsburgo gobernaba América, mediante un organismo colegiado de-


nominado Real y Supremo Consejo de Indias, creado en 1524 y que residía en la Corte
de Madrid. El Consejo tenía atribuciones legislativas, financieras, militares, judiciales,
eclesiásticas y comerciales. Todas las normas para las colonias eran preparadas por el
Consejo y todos los funcionarios reales en América estaban bajo su control; constituía
asimismo la máxima instancia judicial. El objetivo político de la Corona para sus colo-
nias era garantizar el orden público y la armonía entre los intereses metropolitanos y lo-
cales. Para lograrlo, se dictaron muchas leyes y disposiciones que constituyeron el De-
recho Indiano, que se caracterizó por su flexibilidad.

Producida la conquista de las Indias Españolas, la Corona tuvo que enfrentar un pro-
blema clave: la organización del gobierno colonial de poblaciones dispersas en extensos
territorios alejados de la metrópoli europea. Por ello, el esquema político-administrativo
del Virreinato era muy complejo, con un sistema de mutua fiscalización entre las diver-
sas autoridades coloniales, designadas directa o indirectamente por la Corona (Virreyes,
Audiencias, Corregidores) o por el nivel político local (Cabildo de españoles, Cabildo
de indios). Esquema administrativo que, obedeciendo a un pacto implícito de respeto
mutuo entre la autoridad metropolitana y la elite criolla, pretendía evitar la desconcen-
tración del poder central y la ruptura del equilibrio político.

En el campo particular del cuidado de la vida y de la salud de los súbditos peruanos,


aquella protección y favor real se debía realizar a través de la burocracia colonial, aun-
que respetando los diferentes derechos de los distintos estamentos y corporaciones. Es
decir, manteniendo en dicho cuidado un carácter diferencial de acuerdo con la raza, el
gremio y el rango social de la persona, en virtud del principio natural de justicia distri-
butiva. La participación del Estado colonial en el cuidado de la salud consistía en las
acciones destinadas a mantener el orden y la higiene física en el espacio público, las
cuales eran de responsabilidad de los Cabildos, con la orientación y el apoyo técnico del
Real Tribunal del Protomedicato. Asimismo, las autoridades virreinales y de la Iglesia
tenían la responsabilidad de apoyar y de supervigilar el funcionamiento de las organiza-
ciones privadas de asistencia social y de asistencia médico-religiosa.

Durante los Borbones [30, 31].

Al instalarse la Casa de Borbón en la monarquía de España, se adoptó de Francia un


nuevo modelo administrativo unitario y centralizador, compatible con la política de
“despotismo ilustrado” establecida en el reinado de Carlos III (1759-1788). Política que
exaltaba el gobierno autoritario, eficiente, racionalista y preocupado por el avance mate-
rial, pero también muy interesado por ampliar rápidamente su base fiscal. Los reinos
españoles, incluyendo el peruano, perdieron antiguos privilegios y autonomía, y el Con-
sejo de Indias fue reemplazado por el Ministerio de Indias y Marina. Se iniciaba así un
proceso de renovación de la estructura del Estado Español que tendió hacia la centrali-

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

zación administrativa, la apertura de libre comercio, la abolición de los regímenes parti-


cularistas regionales y a una reducción de los poderes desconcentrados.

Por otro lado, el movimiento filosófico de la Ilustración había conquistado a España du-
rante el siglo XVIII, pero diferenciándose de la francesa por su defensa a la iglesia cató-
lica. Sus cultores eran “ilustrados cristianos” que defendían a la iglesia por su esencia:
“la fe en Dios y en Cristo salvador”. La ilustración peruana se originó en la española y,
por ende, sus cultores también eran cristianos ilustrados. En el umbral del siglo XIX, los
libros de los ilustrados franceses – entre ellos los relacionados con la Higiene Pública y
la Sanidad – pudieron ser leídos y difundidos por un grupo selecto de médicos criollos,
liderados por Unanue. Ellos pudieron coincidir, entonces, con las autoridades colonia-
les en la conveniencia de adoptar las innovaciones higiénico-sanitarias que la Corona
Española estaba promoviendo en sus dominios, siguiendo los ejemplos exitosos de
Francia e Inglaterra. En ese mismo sentido, desde 1805, pocos años después de publica-
do el Informe de Jenner, se estaba masificando en dichos dominios, entre ellos el del
Perú, la vacunación contra la viruela. La participación de estos ilustrados cristianos,
preocupados por el destino nacional, iba a ser esencial en la fundamentación y legitima-
ción de la práctica sanitaria en la futura República Peruana.

El Cabildo o Ayuntamiento

La organización de las actividades de administración pública en la América Hispana no


se diferenció mayormente en los distintos virreinatos, ya que España trasplantó a ellos
las instituciones, usos y costumbres de la metrópoli. En esta organización, el Cabildo era
la institución local encargada de la administración, ornato y seguridad de la ciudad y de
su entorno. De allí que las primeras medidas sanitarias implantadas en Hispanoamérica
fueron las adoptadas por los primeros Cabildos, que tomaron a su cargo el cuidado de la
higiene urbana, el control de los alimentos y bebidas, el aprovisionamiento de agua pota-
ble; las medidas preventivas y curativas en épocas de epidemias; las donaciones para
construcción de hospitales, el control de los hospitales y del ejercicio de las profesiones
médicas, la designación de administradores y demás personal de los nosocomios; la ins-
pección de farmacias y la autorización para el cultivo de plantas medicinales [30, 31].

En el Perú, al igual que en el resto de América Hispana, los Cabildos o Ayuntamientos


estaban integrados por los alcaldes, los regidores y los adjuntos. Los regidores eran los
que ayudaban a los alcaldes a gobernar la ciudad, se podían desempeñar en diversos car-
gos; uno de ellos era el de “fiel ejecutor”, encargado de la vigilancia de los depósitos de
granos, los precios de los artesanos, el buen estado de los víveres, la limpieza del mer-
cado, el ornato de las calles y la matanza de los perros vagos. Los adjuntos eran perso-
nas contratadas por el Cabildo para que desempeñara un determinado oficio para la ciu-
dad; así por ejemplo, “En julio de 1566, el Cabildo (de Lima) ordenó se pague al Licen-
ciado Franco… Hasta mediados del siglo XVI, las condiciones higiénicas de la ciudad
eran precarias; y el Cabildo con su Protomédico, debía vigilar la distribución del agua, la
ubicación de hospitales, mataderos, etc. El Licenciado Torres se encarga de esta labor”.
(Lastres, 1951, p.57-58) [25].

El primer Cabildo de Lima fue presidido por sus alcaldes Nicolás de Ribera el Viejo y
Juan Tello, que de esta manera se constituyeron en los primeros funcionarios de la bu-
rocracia colonial que actuaron como autoridades en el campo del cuidado de la salud en
el Perú. La primera preocupación de los españoles al fundar nuevas ciudades era selec-

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

cionar los espacios donde éstas serían ubicadas, asegurando que tuvieran las condicio-
nes higiénicas y ecológicas para tal fin. Luego de fundar la ciudad, se procedía a cons-
truir una iglesia, una casa de gobierno y un hospital. En efecto, al tomar sus primeras
disposiciones, después del fundar Lima, eligieron la ubicación de la futura catedral y la
del Palacio de Pizarro y, luego, reservaron una manzana para la construcción de un hos-
pital, que fue construido algunos años después [30].

La "policía sanitaria" constituía una de las funciones administrativas básicas del Cabildo.
Desde el año 1611, el Cabildo de Lima nombraba entre sus capitulares a un Juez de
Aguas, que cuidando de su distribución, “esté a la mira de la limpieza de la atargea y
demás fuentes del público abasto, siendo la judicatura de las de campo, una comisión que
por su importancia toca y pertenece a un señor Ministro de la Real Audiencia”. Los ban-
dos de buen gobierno dictados por los cabildos intentaban regular las acciones destina-
das a “vigilar el aseo de la ciudad, cuidar de la reparación de las calles, inspeccionar los
camales, inspeccionar los establecimientos de asistencia social y organizar la baja poli-
cía...interviniendo principalmente en la fijación de los precios de los alimentos y las
mercancías (incluyendo medicamentos) necesarias para la vida en la ciudad” (R. Morse,
1964, p. 144). Además, resguardaba a la ciudad contra las epidemias; así, por ejemplo, el
Cabildo de Lima tuvo que ordenar varias veces la cuarentena para los barcos que venían
de Panamá. Al respecto, Lastres cita a José Riva Agüero, cuando éste comenta que los
cabildantes de Lima trataban todo lo vinculado con “...las tasas y ordenanzas de... gana-
dos, víveres, aguas, barcos que entran al Callao, gremios, etc. (...) Las precauciones hi-
giénicas y cuarentenas contra la peste bubónica, como la establecida contra la epidemia
que devastaba México por los años de 1560 y contra los valles del Norte en 1589” [25].

Con relación a los Cabildos, es necesario recordar, durante los Habsburgo, dos asuntos.
El primero, es que no nacieron como expresión de una aspiración cívica de autonomía
local, sino que se establecieron por imposición de la ley hispana; más aún, en la elección
de sus autoridades intervenían el Virrey y consideraciones económicas. El segundo, es
que si bien los cabildos de las ciudades de la República de los Españoles llegaron a tener
una administración local, relativamente autónoma, los municipios de los pueblos de la
República de los Indios nunca alcanzaron esa situación [3, 5].

Como ya se informó, desde la llegada de los Borbones a la Corona se produjo una serie
de cambios en la relación entre España y el resto de su Imperio. A partir de estos cam-
bios los virreinatos pasaron a depender directamente de la metrópoli. Su estructura so-
cial y económica fue modificada en el sentido de una dependencia absoluta de España, y
se intentó activamente reducir las competencias de las autoridades locales. A fines de la
etapa colonial, mientras se instauraba el sistema centralista a imagen del sistema francés,
los cabildos ya habían perdido gran parte de sus prerrogativas. En el curso de ese proceso
se asistiría a grandes conflictos entre el Virrey y las autoridades del Cabildo de Lima que
disputaban el control de las atribuciones políticas y administrativas. En las memorias de
los últimos virreyes se leen juicios muy duros sobre la composición, así como la actua-
ción deficiente de los cabildos en el cumplimiento de sus funciones vinculadas con el
desarrollo e higiene urbana [3, 5, 32, 33].

“Los políticos no tenían en sus puestos otros deseos que la codicia y el afán constante de
lucro y la celebridad… y es difícil encontrar gobernantes que se muevan por motivos más
nobles (…) los cabildantes, en vez de ser los Padres de la República son estafadores y
usurpadores de los propios y arbitrios sobre rentas y solo se dicen desean nombrarse Ex-
celentísimo Cabildo (…) Compran las varas con el solo objeto de beneficiarse y tienen

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

sus cargos permanentes sin nueva elección; lo justo sería que solo hubiese dos plazas
permanentes; la de Alférez Real y Alguacil Mayor…” (Memorias del Virrey Abascal y
Sousa, p. XVIII) [33].

Leyes y ordenanzas de higiene y de policía sanitaria urbana

En 1513 se habían dictado en España los Reglamentos del Rey Fernando el Católico,
que varias décadas después serían complementadas con la ordenanza de 1523 dictada por
Carlos V, la que después sería incluida como la ley I, título VII del Libro IV, “sobre las
calidades que habían de tener las poblaciones”, en la Recopilación de las Leyes de las
Indias. Ordenanza que normaba la elección de espacios para el asentamiento de las nue-
vas ciudades coloniales, así como la higiene y policía urbana, y que tuvo su mejor cum-
plimiento en las primeras poblaciones fundadas por los conquistadores, Lima entre ellas.
Paz Soldán [34] reproduce parte de esta ordenanza de la manera siguiente:

“…El agua debería próxima a fin de acarrearla con facilidad al pueblo y la altura de los
terrenos no ser muy grande, por la molesta de los vientos, ni demasiado bajos, porque
suelen ser enfermos y por último, habíase de evitar las nieblas, procurando observar la
ubicación que fuera más conveniente a la salud. En caso de que la edificación se hiciere
en las riberas de un río, debería procurarse que saliendo el sol, diera primero en el pueblo
y después en el agua”. (C. E. Paz Soldán, 1957, p. xiii)

Es en cumplimiento de aquellas primeras normas que, tan pronto se fundó Lima – el 18


de enero de 1535 – fue preocupación de Pizarro dotar a la ciudad de lo necesario para su
cuidado y desarrollo. En la misma Acta de su Fundación se dan ordenanzas que regla-
mentan su policía municipal, el arreglo de las acequias para distribuir el agua, el arrojo
de basuras, el entierro de cadáveres; y se hace constar que el valle del Rímac “contiene
en sí las calidades que requieren tener las ciudades que se pueblan”. Pizarro mandó hacer la
traza o plano cuadriculado de la nueva ciudad, la que se compuso de 117 islas, cuadras o
manzanas, ordenadas en 13 cuadras de largo y 9 de ancho, separadas unas y otras por las
calles. Cada manzana fue dividida en 4 solares [35].

El miércoles 2 de agosto de 1553 fueron pregonadas, solemnemente, en Lima, con fiestas


extraordinarias las llamadas 27 Ordenanzas de Lima que, en 1551, expidiera la Corte
para el gobierno de la capital peruana. Entre ellas: “obligación del vecino de limpiar la
parte fronteriza de su casa, prohibiéndole echar basuras en la calle”; “mandaba que las
basuras se echasen en sitios fijados por la justicia de la ciudad “, “prohibición al vecino
de tener ganados, de día o de noche, en su casa…”; “prohibición de lavar y de abrevar
en el río, y echar inmundicias, ‘porque en esta ciudad no hay fuentes donde la gente be-
ba, sino que todos beben del río’. El sitio lo indicaba la justicia” [18].

Para precisar y ampliar esas orientaciones generales, el rey Felipe II expidió, en 1571 y
1573, las llamadas Ordenanzas de Poblaciones. En éstas se establecían las condiciones
higiénicas y ecológicas que debían tener los espacios donde se ubicarían los nuevos pue-
blos: “aire puro y suave, sin exceso de calor o frío”, “aguas muchas y buenas para beber
y regar”, “que no tengan cerca lagunas, ni pantanos en que se críen animales venenosos,
ni haya corrupción de aires, ni de aguas”. La proximidad de los ríos debía ser buscada y
en sus riberas, instalarse las carnicerías, pescaderías, tenerías y “los otros oficios que
causen inmundicias y mal olor”. Los lugares libres, destinados a asegurar la ventilación
de la ciudad también merecieron atención de estas disposiciones. De ser posible la ciu-
dad debía estar cerca del mar [34].

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

Asimismo, en las Ordenanzas de Toledo de 1573 se incluyen reglas sobre policía urba-
na; las cuales establecían las obligaciones en cuidado de la higiene de: los molinos y mo-
lineros, las carnicerías y mataderos, las tabernas del vino, la ribera y río que pasa por la
ciudad, las “alhóndigas” (depósitos de granos y legumbres), el agua pública que viene o
ha de venir a la ciudad, etc. Además, se detallan las reglas para regular la utilización de
las acequias; entre las principales: tener licencia para cerrarlas, abrirlas o reformarlas;
tenerlas limpias, bajo pena; no echar estiércol, ni tener caballerías sobre ellas, bajo pena;
cubrir las que están o atraviesan las calles, bajo pena; ninguna persona podía atreverse a
romper ninguna de las que atraviesan las calles [23].

El año 1785, el Dr. D. Jorge de Escobedo y Alarcón, Gobernador-Intendente de Lima,


dictó una ordenanza para dividir a la ciudad en cuarteles y barrios, con la que se modifi-
có la anterior expedida por el Virrey Amat en 1768. Dos años después, en 1787, el pro-
pio Escobedo hizo levantar un plano de la ciudad y en el que incluyó esa división urbana. Según
esta última, Lima quedó dividida en cuatro carteles, comprendiendo cada cuartel diez
barrios. Nombrándose el Alcalde de Barrio, encargado del cuidado y vigilancia del or-
den público. Las calles existentes eran 356 [36].

Leyes y ordenanzas de policía sanitaria minera

De manera concordante con las intenciones de la política paternalista de los Habsburgo,


aunque de manera contradictoria con la explotación del trabajo del indio, el Rey y el
Consejo de las Indias dictaron numerosas leyes y disposiciones para la protección de
los indígenas que trabajaban en las minas y los obrajes. Asimismo, durante los Borbo-
nes se continuó con la misma política. Al respecto, Paz Soldán [37] alaba con entusias-
mo las normas contenidas en las Reales Cédulas del 28 de enero de 1541, del 20 de
enero de 1589 y la de Servicio Personal del Indio de 1601, así como en las Ordenanzas
de Minería dictadas en 1783, 1786 y 1787 que ampliaron los alcances de las anteriores,
permaneciendo formalmente vigentes hasta el año 1900. Estas últimas, eran una adapta-
ción de las que habían sido dadas para la Nueva España.

Todos los historiadores coinciden en afirmar que el contenido de las Leyes de las Indias
alcanzó, para la protección de los indígenas, perfiles admirables. Pero la casi totalidad
de los mismos enfatizan que en esa época existía, en mayor medida de lo que sucede
actualmente, una contradicción entre la intención de la norma y su aplicación por los
empleadores y las autoridades encargadas de hacerla cumplir. Era evidente que las
normas aludidas, pese a su origen y a su espíritu caritativo o paternal, significó apenas
un conjunto de enunciados de buenas intenciones que, por lo general, nunca se concre-
taron cuando afectaban los intereses de dichos empleadores y autoridades. En páginas
anteriores, ya nos hemos referido a las terribles condiciones de insalubridad en que la-
boraban los indígenas en las minas; en este mismo sentido, H. Unanue criticaba la au-
sencia de una policía minera y los desgraciados efectos de dichas condiciones en la sa-
lud de los trabajadores: “...En Europa, para remediar semejantes desgracias, se cuida de
que los asientos de minas están proveídos de profesores, peritos y de auxilios. En el Pe-
rú se carece de todos” [19].

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

1.4. OBRAS Y ACCIONES DE POLICÍA SANITARIA URBANA: 1535-1821

Durante los primeros 250 años coloniales

Obras de abastecimientos de agua de bebida

Francisco Pizarro fundó Lima con el nombre de Ciudad de los Reyes, sobre la margen
izquierda del río Rímac. Inicialmente, los pobladores de la nueva ciudad bebían agua
directamente de las orillas del río. Fue recién el 15 de enero de 1552, durante el go-
bierno del Virrey Conde de Nieva, que el Cabildo de Lima trató por primera vez el tema
de efectuar obras para traer, desde los manantiales de La Atarjea, agua limpia destinada
al consumo doméstico. En 1556 se creó el Juzgado Privativo de Aguas, encargado de de
atender la distribución del vital líquido en las acequias y pilas de la ciudad. En 1563, se
comenzó a construir el primer acueducto de cal y ladrillo que desde esos manantiales
dotaría de agua a la pila de la Plaza Mayor y, luego, a unos contados conventos. El
domingo 21 de diciembre de 1578, durante el gobierno del Virrey Francisco de Toledo,
llegó por primera vez el agua de La Atarjea a la pila de la Plaza Mayor [38].

El año de 1996 arqueólogos peruanos descubrieron en la Plaza Mayor de Lima la pri-


mera tubería construida durante el gobierno del Virrey Conde de Nieva. Tubería cons-
truida con arcilla cocida, técnica utilizada desde el año 1535. Además, descubrieron que
esta primera tubería se encontraba totalmente cubierta de ladrillo para su protección, y
que tenía mezcla de calicanto (cal y arena). Este sistema de agua tenía una longitud
aproximada de 12 kilómetros. Su recorrido se iniciaba en Caja de Agua La Atarjea hasta
llegar a la pileta de la Plaza de armas [31].

Más precisamente, la ciudad de Lima se abastecía de agua del río Surco, un brazo del
Rímac, desde dos manantiales ubicados en el valle de Ate a seis kilómetros más arriba
de la capital: uno en los Puquios y el otro en La Atarjea. Los manantiales fueron ence-
rrados en una caja, con el fin de protegerlos y mantener la pureza de sus aguas. “La Caja
de Agua estaba compuesta por dos cubos de mampostería, construcciones que encerra-
ban entre paredes estos ‘surtidores’, formando una especie de estanque” (A. Fuentes,
1866, p. 468) [39].

“Este acueducto atravesaba las chacras y huertas de Ate, pasaba por delante del Cemente-
rio General y se introducían a la ciudad por debajo de las murallas que la rodeaban…, has-
ta culminar su recorrido en las Cajas de Agua establecidas en los conventos de Santa Clara
y Santo Tomás… El agua que llegaba a la Cajas… era posteriormente distribuida por cañe-
rías de barro subterráneas hasta las pilas y fuentes públicas de la ciudad. Los conventos,
hospitales y los pocos habitantes que poseían pilones propios al interior de sus domicilios
recibían el agua directamente de alguna de las Cajas”. (J. Lossio, 2002, p. 26-27)

Adicionalmente a ese tipo de abastecimiento, en algunas casas y conventos y, especial-


mente, en las casas-hacienda, era usual recurrir a las aguas subterráneas, mediante pozos
a tajo abierto. Un dato importante es que los conventos y monasterios que disponían de
tales pozos estaban obligados, en cumplimento de sus compromisos con el Estado Colo-
nial, a surtir de agua al vecindario.

Conforme pasaban los años se fue acrecentando en la ciudad de Lima el número de pile-
tas públicas y de “atanares” (cañerías de barro cocido) que conducían el agua a piletas

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

privadas de algunas casas particulares. Sin embargo, la gran mayoría de los habitantes de
Lima continuaron obteniendo el agua para su uso doméstico por intermedio de los
“aguadores”. Éstos eran comerciantes ambulantes que recogían el agua de las fuentes
públicas, las cargaban en contenedores, las “pipas”, y la transportaban a pie o en sus mu-
las para ofertarlas por los diversos barrios de Lima. Estos “aguadores” eran miembros
de un gremio y, por tanto, estaban sujetos a pragmática o reglamentación; es así, que por
el derecho a comerciar el agua se comprometían a cumplir con algunas labores sanitarias.
Entre ellas, regar una vez a la semana la plazuela de donde obtenían el agua, así como
matar cada dos semanas a los perros que encontraran vagando. Usaban, para esta última
tarea, un garrote reforzado con plomo [18, 39].

Desde la segunda mitad del siglo XVIII, el agua de bebida utilizada en Lima ya era cali-
ficada como insalubre. Para H. Unanue, tal agua era “cruda e indigesta” y contenía mu-
chas impurezas materiales, las cuales aumentaban conforme se alejaban de sus fuentes de
origen. En realidad, estas deficiencias eran provocadas por la escasa policía de las pilas
de la ciudad y de la mala conservación de las cañerías que conducían el agua desde las
fuentes originales. Atanares subterráneos que pasaban a poca distancia de la superficie
del suelo y que eran maltratadas por el traqueteo de los carros que transitaban en su tra-
yecto hacia las pilas. “Eran frecuentes y recurrentes, especialmente en Lima, las filtra-
ciones y las rupturas de las cañerías, los aniegos y la contaminación [17, 23, 35].

Fuera de Lima, en las demás ciudades coloniales, los vecinos debían abastecerse de
agua de bebida transportándolas en cántaros de barro desde los ríos y vertientes más
cercanos. En algunas de ellas se instalaron piletas públicas, abastecidas desde un río
aledaño por “atanores” muy frágiles o, con más frecuencia, a través de simples acequias
abiertas para tal fin por las autoridades locales.

Sistemas de acequias y la disposición de basuras

Desde varios siglos antes de la conquista, en el ámbito de los principales valles perua-
nos ya existía una red de señoríos indígenas y un complejo agrícola, que se mantenía a
través de un sistema de canales o de acequias usado por los curacas locales para fertili-
zar las tierras. Con la llegada de los españoles, estos valles acogerían a las nuevas ciu-
dades coloniales, así como a los pueblos rurales y a las haciendas, las cuales continua-
rían siendo regadas por afluentes o canales que se derivaban del río principal.

En Lima y en otras ciudades del país hasta muy entrada la República, persistiría la cos-
tumbre de arrojar los residuos domésticos a los ríos aledaños y/o las acequias que atrave-
saban sus territorios, creando uno de los principales focos de infección y propagación de
la disentería, la fiebre tifoidea y otras enfermedades diarreicas. En el caso de Lima, de
manera casi paralela al progreso urbano y crecimiento de su población, se dotó a la ciu-
dad de un sistema de acequias abiertas en el medio de la calle, por la que corría un cau-
dal de agua que no siempre tendría la fuerza suficiente para arrastrar las basuras y resi-
duos de las casas y calles, que eran conducidas fuera de la población por medio de otras
acequias de mayor tamaño que desembocaban en el río Rímac [23]. En 1629, el Padre
Cobo hacía el siguiente comentario sobre el río Rímac y las acequias [40].

“Y así, dejado aparte este principal beneficio de hacer fértil y fructuosa con sus aguas la co-
marca y la campiña de esta ciudad, la provee también abundantemente de agua, encontrán-
dose por medio de ella y con las muchas acequias que la sangran, y corren con tal orden re-
partidas por las casas, que no hay cuadra ni sola que no alcance a participar de ellas. Valen

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mucho estas acequias para el servicio y la limpieza de la ciudad… La antigüedad de estas


acequias es mayor que la misma ciudad, porque antes que ella fuera fundada corrían por su
sitio y los indios regaban sus chácaras y heredades… Como ha ido creciendo la población, se
han hecho de nuevo otras muchas acequias, por dar agua a todas las casas, y las antiguas se
ha sacado derechas; están casi todas labradas de cal y ladrillos, y al cruzar las calles van cu-
biertas de portezuelas y alcantarillas de lo mismo o de madera, mas por los patios, huertas y
corrales de las casas van descubiertas” (B. Polo, 1629, compilado en R. Porras Barrenechea,
1935, pp. 93-94)

Con relación a la disposición final de los desechos domésticos, no obstante las prohibi-
ciones contenidas en las ordenanzas que al respecto se dictaban (leer páginas anteriores),
la población limeña acostumbraba arrojar los residuos domésticos en los lotes vacíos o
canchones que abundaban en la ciudad o eran lanzados a las acequias que corrían por las
calles principales, lo que provocaba con frecuencia aniegos y olores nauseabundos.

Reconstrucción de las ciudades luego de los desastres naturales

Al respecto de las respuestas de las autoridades coloniales a los sismos u otros desastres
naturales, los historiadores han señalado los diferentes caminos que tomaron los procesos
de recuperación de las ciudades hispanoamericanas tras fenómenos naturales peligrosos.
Había tres opciones: (i) la refundación de la ciudad; (ii) la reconstrucción de la ciudad
con su trazado original; (iii) el traslado del asentamiento y la reedificación de la ciudad.
Después del sismo de 1746 en Lima y Callao, las autoridades virreinales, al decidir el
camino a seguir en la reconstrucción, eligieron la segunda opción para el caso de Lima,
y la tercera para el Callao. En este último caso, no hubo lugar para la segunda opción; el
impacto del sismo apenas dejó huella del puerto, levantándose una nueva ciudad militar
sobre los rastros y vestigios de un centro urbano mercantil y portuario [41].

La principal característica de esa reconstrucción de Lima y el Callao fue su relación con


las reformas borbónicas que proponían la implementación de un equipamiento urbano
compatible con las nuevas funciones del estado moderno como la sanidad, los entierros,
el confinamiento y la administración pública. A diferencia de lo que sucedía en siglos
anteriores, donde la iglesia fue gravitante en la estructuración de la ciudad, en la segun-
da mitad del siglo XVIII se intensifican las obras laicas, que responden a un proceso de
secularización de la administración y el ordenamiento espacial y territorial urbano. Los
objetivos centrales en la reconstrucción fueron la seguridad y la defensa.

Otras medidas de higiene y policía urbana

A mediados del siglo XVI se estableció la primera carnicería de ganados, llamada de


Castilla, ubicado en la calle llamada Rastro de San Francisco, por haber ordenado el Ca-
bildo que en dos días de la semana se hiciera el “rastro” (arrastre de las reses) correspon-
diente. No se encuentra registros sobre los resultados del control sanitario que el Cabildo
debería hacer de las carnicerías y de otros establecimientos encargados de la comerciali-
zación de los alimentos, aunque es de presumir que existían [23]. Al respecto, se encuen-
tra el siguiente testimonio [35]:

“El Director de la Biblioteca Nacional, señor Carlos A. Romero, me ha mostrado una or-
denanza rígidamente punitiva, respecto al funcionamiento de los Rastros. En su texto figu-
ran los decomisos que sufrieron los contraventores de la venta de carnes. Estos alimentos
que se les quitaban servían para las cárceles, hospitales, etc.”. (E. Ego Aguirre, 1935, p. 6)

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Las calles de las ciudades coloniales no estuvieron pavimentadas. C. Jaramillo [23] cita
al costumbrista Manuel Atanasio Fuente cuando dice que no existen al respecto crónicas
que indiquen la fecha en que se empedraron por primera vez las calles de Lima. Se pre-
sume que se comenzó con el empedramiento de las veredas centrales. Sin embargo, si
existen muchos testimonios sobre los viajeros que llegaban a Lima y se sorprendían de lo
desaseadas que estaban las calles y veredas de la ciudad.

El tema de los cementerios

Carlota Casalino [28] cita a Phillipe Ariés (1977, p. 49) cuando este autor explica las ra-
zones por las cuales, alrededor de 1760, la costumbre de enterrar a los muertos dentro de
las Iglesias había comenzado a convertirse en algo intolerable para los ilustrados perua-
nos: “…Por una parte, la salud pública se veía comprometida por las emanaciones pesti-
lentes y los hedores infectos procedentes de las fosas. Por otra, el suelo de las iglesias, la
tierra saturada de cadáveres de los cementerios y la exhibición de osarios violaban cons-
tantemente la dignidad de los muertos. Se recriminaba a la Iglesia que hubiera hecho to-
do lo posible por el alma y nada por el cuerpo, y de cobrar el dinero de las misas sin
preocuparse de las tumbas…”.

Por su parte, Adam Warren [29] comenta que, desde la década de 1770 médicos y fun-
cionarios públicos comprometidos con la ilustración habían iniciado una campaña para
reformar tanto el sistema de entierros como los rituales funerarios usados en el virreina-
to, con el propósito de evitar sus excesos que, de acuerdo a la higiene ambientalista,
incrementaban el riesgo de la presentación de las enfermedades pestilenciales. Esta
campaña reformista sería fortalecida por el temor despertado por la aparición de una se-
rie de epidemias que, a finales del siglo XVIII, afectaron a la población de Lima.

Durante las últimas décadas de la colonia: 1785-1821

Los ilustrados peruanos y la higiene pública

En la Europa del siglo XVIII, la Higiene Pública auspiciada por la Ilustración Francesa,
había generado grandes cambios en la concepción del diseño y desarrollo de las ciuda-
des. Es así, que en España se habían iniciado, desde mediados de dicho siglo y como par-
te de las reformas borbónicas, cambios importantes en su realidad urbana. El proyecto
higienista ilustrado exigía que esos cambios garantizaran, además de la belleza urbana, el
orden, la comodidad y la seguridad en la ciudad. Ello implicaba una suficiente disponibi-
lidad de medios de saneamiento básico; limpieza, iluminación, empedrado de las calles;
así como reubicación de los cementerios, prisiones, hospitales, mataderos y otros centros
fabriles fuera del casco urbano [30, 31].

La incorporación de la cuestión sanitaria como parte de la administración urbana de la


ciudad de Lima se remonta, por lo menos, a la última década del siglo XVIII. En parti-
cular desde la gestión virreinal de Gil de Taboada y Lemos (1790-1796), quien impulsó
la creación de la Sociedad de Amantes del País que publicaría el Mercurio Peruano, ór-
gano de expresión de los ilustrados peruanos. Es en esa década cuando se comenzó a
aplicar las medidas orientadas a limpiar las ciudades de los basurales, pantanos y des-
perdicios cuyas emanaciones generaban aires viciados [19]. No puede sorprender, en-
tonces, que H. Unanue, líder indiscutido de dichos ilustrados, celebrara esas medidas.

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

“Es acreedor S.E. a la más tierna gratitud de… por empezar a remediar estas causas morta-
les. La primera, con los carros de limpieza establecidos desde el año anterior; lo segundo,
con la supresión de acequias inmundas y formación de silos, que además de servir para el
aseo de las casas, podrán ser muy útiles en los terremotos a que está expuesta Lima... So-
bre la tercera… a fin de que se formen los sepulcros y osarios fuera de las ciudades...Por
estos cuidados la salud del ciudadano gozará de mejor suerte. Como las capitales dan
siempre el tono a las ciudades de su dependencia, ya el Cuzco se hace libre de sus inmun-
dicias, Arequipa con una hermosa Alameda y Tarma con otra igual...”. (H. Unanue, 1792,
nota 1ª en Decadencia y Restauración del Perú)

Posteriormente, durante la gestión del virrey Fernando de Abascal (1806-816) se creó


una Junta de Medicina con el fin de instrumentar aquellas y otras medidas de higiene
urbana para procurar la buena salud de los habitantes del virreinato, nombrando a
Unanue como vocal de la misma (11 de agosto de 1806). Luego, se nombraría al mismo
Unanue como Protomédico y se le apoyaría ante la Corona en su propuesta para crear
el Colegio de Medicina y de Cirugía de San Fernando. Además, se dictó las ordenanzas
para finalizar la construcción del primer cementerio oficial de Lima: “en las afueras de
las murallas de la ciudad y sobre el lado de la portada de Maximiliano I” [27, 42].

Algunas acciones de saneamiento urbano

En 1789 había llegado a Lima desde Madrid el primer Decreto Real prohibiendo los en-
tierros al interior de las iglesias y ordenando la construcción de cementerios extramuros.
En las páginas del Mercurio Peruano, bisemanario publicado entre 1791 y 1795, los ilus-
trados cristianos apoyaron dicha orden, explicando que las epidemias tenían dos razones
unidas entre sí como dos caras de una misma moneda: en lo moral, son castigos del cie-
lo; mientras que en lo físico, son casi siempre efectos de efluvios corruptos, entre ellos
los que se desprenden de aquellos entierros. Se afirmaba que la salud de los vivos estaba
comprometida por “las emanaciones pestilentes que provenían de la multitud de cadáve-
res amontonados en los sótanos de las Iglesias”. Además de presentar los argumentos de
carácter higiénico que sustentaban dicha prohibición, en esas mismas páginas se narran
los avances y las limitaciones iniciales en el cumplimiento de la misma.

En realidad, no obstante la fuerza de esa orden real y de tales argumentos, trasladar los
entierros de las iglesias a cementerios generales ubicados en las afueras de la ciudad
sería un largo y lento proceso. Las mentalidades populares y religiosas conservadoras
se resistirían, por mucho tiempo, a renunciar a la idea que los difuntos debían quedar al
cuidado de la Iglesia. Es así, que recién hacia fines del siglo XVIII se empezaron a
construir en el país los primeros cementerios generales y que fuera necesaria la llega-
da de otros Decretos Reales, en 1803 y 1804, para que se finalizaran dichas construc-
ciones en los extramuros de las ciudades Lima y Cuzco.

Casalino [28] nos hace conocer que en el año 1796, a partir de la decisión de la Corona
para la creación del Cementerio General de Lima, se realizó un estudio cuyos resulta-
dos ratificaron la opinión, ya generalizada en la ciudad, sobre el estado deplorable de
los entierros en las iglesias y los hospitales. Estudio que incluyó el testimonio del ve-
cino de uno de estos hospitales, publicado en el Mercurio Peruano (Nº 47. 26/05/
1791): “… y por la de vivir yo en la misma calle en que se halla, situado en el centro de
la ciudad, he visto y presenciado con la mayor consternación, más de una vez, exhuma-
dos los cadáveres por los perros y hechos pasto de su hambre…”.

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

Obra importante para la higiene de Lima fue la construcción del Cementerio General,
inaugurado en 1808 por el virrey Abascal y con el auspicio del Arzobispo de Lima don
Bartolomé de las Heras. El día de su inauguración fue transferido allí el cuerpo del difun-
to Arzobispo Gonzáles de la Requena, uno de los principales promotores del Cementerio
que hasta entonces había reposado en el Panteón de la Catedral. Los planos y ejecución
de las obras estuvieron a cargo del arquitecto Presbítero Matías Maestro. El cementerio
fue ubicado en la Portada de Maravillas, fuera de las Murallas de Lima. En este mismo
año se dio el Reglamento sobre los entierros y los ritos funerarios, reiterando la prohibi-
ción de sepultar cadáveres en las Iglesias. Estos hechos significaban una alianza, algu-
nas veces tensa, entre el Estado Colonial y la Iglesia en bien de la higiene pública. Se
mantuvieron las misas de difuntos y toda la pompa fúnebre, pero se optó por dejar de la-
do las iglesias y las parroquias como sitios de sepultura y se comenzó a construir cemen-
terios en todo el país [18, 27, 28, 29].

Por otro lado, la eficacia del sistema de acequias de Lima para la eliminación de los resi-
duos domésticos era muy inferior a la descrita, 167 años antes, por el Padre Polo. Entre
otras razones, la población limeña se había multiplicado y el terremoto de 1746 había
provocado un deterioro importante de ese sistema. En la recopilación de escritos de esa
época [43] se transcriben parte de las memorias del virrey Gil de Taboada y Lemos so-
bre su gestión, en ellas se lee lo siguiente:

“Aunque el plano de esta capital y los varios arroyos que la riegan influya a su formal lim-
pieza, la falta de policía… la tenía constituida en un general desaseo. Atendiendo al daño
y a los medios de impedirlo, después de impuesto los fondos… dicté cuantas providencias
consideré conducentes a este propósito. En efecto, compuestas las alcantarillas de las ace-
quias, se evitarán las repetidas inundaciones, que, formando diversas lagunas en las calles,
hacían respirar un aire nocivo a estos habitantes, y ordenándose que los presos de las
Reales cárceles salgan a limpiar diariamente los cauces respectivos, transportando sus fan-
gos y basuras las seis carretas que tiradas por bueyes se han establecido, se mira el centro
de esta capital libre de las materias inmundas y corrompidas, que tanto molestaban el olfa-
to como perjudicaban la salud. La sustitución de silos a las acequias interiores, acordada
por el acta capitular desde el año 1785, se había hecho ilusoria a pesar de su utilidad” (Gil
de Taboada y Lemos, citado en H. Unanue, 1975, p.78).

Una opinión periodística sobre la higiene urbana

En el periódico peruano El Investigador, uno de los más influyentes en los últimos años
de la colonia, aparecen entre los años1813 y 1814 una serie de denuncias y comentarios
sobre el ambiguo tratamiento que las autoridades del Cabildo de Lima utilizaban en sus
relaciones con los sectores populares, así como sobre las dificultades para la difusión
e internalización de las nuevas ideas higiénicas ilustradas entre las autoridades locales y
dichos sectores. El periódico informaba constantemente de inundaciones, de calles fé-
tidas en donde el agua se encontraba estancada y con restos descompuestos de diversos
animales muertos. Además, denunciaba la ausencia de médicos capaces de controlar las
epidemias y enfermedades que ocasionaban esta situación de insalubridad. Igualmente,
sus críticas señalaban el hecho que en Lima el alumbrado público se encontraba estro-
peado, lo que propiciaba la presencia en las calles de gente de mal vivir, ociosos y va-
gabundos que incrementaban la inseguridad ya existente de la ciudad [44].

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

Es de resaltar la fuerte crítica que El Investigador hacía a las autoridades del Cabildo de
Lima por no poder controlar esos problemas de higiene y limpieza que eran de su com-
petencia. "En la capital del Perú se hacen nulos vuestros decretos, no hay policía, sani-
dad, ni nada". "No parece sino que las leyes han callado, los magistrados olvidado los
sagrados deberes de su respetable ministerio, y los encargados de la persecución de los
malhechores, hecho tregua con ellos, o concediéndoles un par de meses de saqueo gene-
ral" (Nº 27, Lima, 27 de julio 1814). Incluso afirma el periódico: "los jueces de policía,
los de aguas, los empleados, y todos los que ejercen cargos públicos se burlan de las
quejas de El Investigador; todos se desentienden, sacuden los hombros, se ríen, y cada
día van las cosas de mal en peor" (Nº 4, Lima, 4 de julio 1814).

Según Daniel Morán [44], este discurso crítico sobre el Cabildo y la Audiencia de Lima
se expresaba cuando, precisamente, estas instituciones desafiaban las medidas de refor-
ma urbana impulsada por el virrey, por lo que se podría interpretar que Abascal y cierto
sector de la élite habrían propiciado aquel discurso periodístico, con el objetivo de con-
trarrestar las opiniones discrepantes que, al respecto, tenían el Cabildo y la Audiencia.

1.5. FUNDAMENTOS DE LA HIGIENE PÚBLICA Y LA POLICÍA SANITARIA:


1535-1821

En el mundo occidental

Entre los siglos XVI y finales del XVIII

Hipócrates fue el primero en señalar claramente, en su libro Aires, Aguas y Lugares, la


relación del medio ambiente con la salud humana. La escuela hipocrática afirmaba que
la conservación de la salud exige armonía o equilibrio entre la naturaleza humana y la
naturaleza general; en otros términos, afirmaba que la armonía entre los humores corpo-
rales depende del correcto equilibrio entre la constitución humoral de la persona (causa
interna) y la naturaleza general (causa externa), representada en los lugares, las aguas,
los aires, el clima, la dieta, el régimen de vida, etc. Esta consideración de las enferme-
dades en conexión con el ambiente constituyó un enfoque basado en el concepto de
“constitución epidémica”, es decir, constelación de circunstancias ambientales y de en-
fermedades dominantes en un lugar y tiempo determinados.

Esa concepción hipocrática también se asociaba con la noción de “miasmas”, entendida


como efluvios o emanaciones pútridas que surgían de la tierra o de la materia en des-
composición y provocaba la corrupción del aire, envenenándolo. La penetración de ese
aire corrupto en una persona era la causa de la degeneración de los humores corporales
y, por ende, de la “enfermedad” en el individuo. Los “miasmas” no podían ser aprecia-
dos por la vista o el tacto, solo podía ser identificarlo por el olfato: como aires pestilen-
tes. De acuerdo a estas ideas, se aceptaba que las enfermedades agudas, febriles, puru-
lentas y contagiosas tenían su origen en ese aire corrupto y pestilente, que se adhería o
se transmitía luego de persona a persona, o del animal a los seres humanos, por el alien-
to o el contacto físico; y, de las personas se adherían a las cosas y viceversa, tal como
se adhiere a ellos el perfume o el hedor. Estas enfermedades se agravaban en las esta-
ciones cálidas, cuando el calor y la humedad favorecían la corrupción de las materias
orgánicas. [30, 31].

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

Posteriormente, en los años del medioevo y del renacimiento, los seguidores de la “me-
dicina astrológica” reinterpretaron el “aerismo hipocrático” desde un punto de vista as-
trológico y, por tanto, especulativo. Destacaron como principal causa de las enfermeda-
des epidémicas la influencia cósmica de las conjunciones astrológicas generadoras de
una “alteración del aire” que actuaba “a modo de un veneno”, en los organismos que
asimismo habían sido alterados por ellas. La “enfermedad” adquiría un carácter colecti-
vo o masivo cuando una “maligna” conjunción de planetas, astros o estrellas provocaba
una corrupción atmosférica que afectaba a todo un territorio. Hasta el siglo XVIII la
medicina y la astrología mantenían lazos estrechos, siendo el estudio de la astrología
parte – como una asignatura más – de la formación médica y el componente esencial en
la práctica médica. Se pensaba que las partes del cuerpo estaban regidas por determina-
dos planetas y signos cósmicos, que a su vez estaban asociados a determinadas enfer-
medades. La noción del hombre como microcosmos regido por las mismas leyes que
gobiernan el macrocosmos o universo, y en el que se reproducen en pequeño las mismas
dinámicas que mantienen la armonía de las esferas celestes, llevó a atribuir a cada signo
zodiacal y a cada planeta una influencia directa sobre una determinada parte del cuerpo
humano, al mismo tiempo que sobre los cuatro humores corporales (sangre, flema, bilis
amarilla, bilis negra).

De manera contraria a esa reinterpretación “astrológica”, los galenistas modernos de


orientación hipocrática continuaron situando en primer plano para sus interpretaciones
sobre la enfermedad los resultados de la observación de los hechos, no sólo de carácter
clínico, sino también ambiental. En los escritos hipocráticos ya se había destacado las
variaciones meteorológicas y el carácter de las estaciones del clima como los elementos
determinantes en el ascenso y descenso de una epidemia y las variaciones de su inci-
dencia anual, sin recurrir a la astrología.

En el siglo XVII, Thomas Sydeham a partir de su propia lectura de los escritos hipocrá-
ticos, precisó el concepto de “constitución epidémica” en su obra “Observationes medi-
cae” (1676). Con este concepto hacía referencia a un estado particular del aire, que da
origen a ciertas enfermedades agudas masivas; las cuales, se difunden en la extensión
que dicho estado se prolonga y lo permite. Las manifestaciones, la difusión y la evolu-
ción de tales enfermedades están determinadas por: la índole de la materia “morbífica”
(miasmáticas), la localización somática de esta materia en la sangre, la mayor o menor
vitalidad del paciente y la fatalidad en su aparición. Sin embargo, no parece haber acuer-
do, entre los intérpretes de dicha obra, respecto al verdadero alcance de esa pretendida
precisión. Así mientras para Lain Entralgo puede reducirse al "aspecto meteorológico del
año", para otros autores tiene un sentido más amplio. Pero, más allá de esas discrepan-
cias contemporáneas, lo cierto es que del concepto de Sydeham se derivó una doctrina
que servirá de fundamento, desde el siglo XVIII, a varias teorías que la moderna histo-
riografía las agrupa bajo la denominación de “constituciones epidémicas” [45, 46. 47].

Por otra parte, Giovanni María Lancisi (1654-1720) publicaría De noxius paludum efflu-
vis (1717), sobre las emanaciones nocivas de los pantanos. Lancisi creía que los pantanos
producían la malaria a través de dos modalidades de emanación: la animada y la inani-
mada. La primera era la nube de mosquitos capaces de transportar y trasmitir la materia
patogénica, la segunda se identificaba con los “miasmas” [45, 46, 47]. El contagio era
interpretado como proveniente de la expulsión o exhalación de humores corruptos a tra-
vés de los poros o de la respiración de los organismos enfermos, siendo entonces capaces
de corromper el aire. Al respecto, el padre jesuita J. Gumilla [48], Superior General de

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

las Misiones Jesuitas de Orinoco, escribía en 1745: “… nadie questiona, ni duda de la


existencia de innumerables poros, por donde los cuerpos de los vivientes y los insensi-
bles exhalan cantidad de efluvios, ya saludables, ya noscivos; estos corren con el ayre, ya
favorables, ya danosos, según la variedad de sus qualidades, y la diversa disposición de
los cuerpos en que se introducen”.

Desde fines del siglo XVIII

Al final del siglo XVIII, el centro de la educación médica europea pasó de la Universi-
dad de Padua a la Universidad de Leyden, donde Hermann Boerhave (1668-1738) enfo-
caba el estudio de los problemas clínicos médicos a partir de la observación, siguiendo
la ruta marcada por T. Sydeham en el siglo anterior. Además, como exigencia lógica de
la hegemonía que adquiere la doctrina de la constitución epidémica del mismo Sy-
deham, en el estudio de la enfermedad colectiva, surgen las publicaciones de Topogra-
fía o Geografía Médica, en las que se insertan diversas consideraciones estadísticas y
cualitativas acerca del origen y desarrollo de las epidemias y sobre la morbilidad en ge-
neral. Estas monografías médicas suelen ceñirse a ciudades, localidades y comarcas o
regiones concretas, tratando de validar su tesis básica: la génesis y evolución de las en-
fermedades están fuertemente determinadas por el clima y el medio local. En los inicios
del siglo XIX encontraremos en esas publicaciones, además de una sistemática preocu-
pación por los vientos – “ya que a través de ellos se dispersan los miasmas” – una per-
sistente atención sobre aquellos lugares concretos que son considerados como focos de
pestilencias: pantanos, mataderos, ciudades, estercoleros, etc. y que, por tanto, debían
ser objeto de vigilancia y ordenación. Se desarrolla así, desde el campo higienista, una
reflexión propia sobre el espacio urbano. No se tienen dudas que de acuerdo a los resul-
tados de la observación sistematizada se pueden indicar los lugares sanos y enfermos,
las zonas en que es posible habitar y aquéllas que deben evitarse. Más aún, se espera
que una vez determinadas las variables meteorológicas (temperatura, humedad, presión
atmosférica, orientación del viento) y climáticas de un área, podrá establecerse un rela-
tivo acoplamiento entre estos datos, las "fiebres" del lugar, y el "temperamento" de sus
habitantes, posibilitando así una acción profiláctica y terapéutica eficaz [49].

Además, en esos mismos años se desarrollaba en Francia e Inglaterra una nueva co-
rriente del pensamiento sanitarista – el “higienismo” – impulsada por médicos compro-
metidos con la Ilustración y que, por ende, rechazaban la “medicina astrológica”. Nueva
corriente que aceptando la existencia de la influencia del entorno físico en el desarrollo
de las enfermedades, también enfatizaba el papel del medio social en dicho desarrollo.
Los higienistas criticaban tanto la falta de salubridad en las ciudades industriales, como
las condiciones de vida y trabajo de los obreros, proponiendo diversas medidas de tipo
higiénico-social, que podrían contribuir a la mejora de la salud y las condiciones de vida
de la población. Para sustentar sus afirmaciones, estos médicos realizan una serie de in-
vestigaciones empíricas de tipo sociológico y geográfico.

Esas ideas sustentaron en Europa las acciones de una policía médica o de una medicina
urbana encargada de “sanear”, “ventilar” y “limpiar” las ciudades y sus entornos físicos.
También legitimarían los esfuerzos coactivos de los ayuntamientos o cabildos a evitar o
eliminar de los núcleos urbanos todo efluvio miasmático que fuera nocivo a la salud.
Las medidas de saneamiento básico y de limpieza, iluminación y empedrado de las ca-
lles; así como, de reubicación de cementerios, prisiones, hospitales, mataderos, curtiem-
bres y otros centros fabriles, son muestras del proyecto higienista ilustrado. Esfuerzos

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Cap. 1. Policía sanitaria urbana…: 1535-1821, Carlos Bustíos y Col.

que al generar resistencias de los afectados económicamente por los mismos, pusieron
en evidencia los conflictos entre los intereses económicos y los sanitarios.

Sin embargo del dominio en el mundo occidental de aquellas ideas “atmosféricas” y


“miasmáticas” en la mentalidad médica, el nuevo conocimiento aportado por las
ciencias naturales, desde siglos anteriores, ya estaba acumulando el saber que serviría
para modernizarlas y, luego, refutarlas. Debiendo mencionarse las especulaciones de la
iatroquímica sobre la existencia de acciones químicas que actúan a distancia, así como
el “modelo biológico” propuesto por la iatromecánica. Además, G. Frascatoro (1478?-
1553) había publicado en 1546 De contagionibus et contagiosis morbis, en el que
sentaba las ideas centrales sobre el contagio. Se fue perfilando, así, la teoría del
contagium vivum, la cual postularía que la enfermedad es transmitida del agente
infeccioso al infectado a través de partículas vivas creadas espontáneamente por la
corrupción de los humores. De ella se derivaría la teoría “contagionista” de la
enfermedad que compitió con las ambientalistas hasta el fin del siglo XIX [30, 31].

En el Perú colonial y virreinal

Entre los siglos XVI y finales del XVIII

Según destaca Juan Lastres [25], la bibliografía médica peruana de los siglos XVI y
XVII, al igual que en Europa, esta plagada de trabajos sobre la llamada “astrología mé-
dica”, y la importancia que tenía el buen estudio de la posición de los astros, para diag-
nosticar y pronosticar acerca de las enfermedades, un ejemplo de ello es el Opúsculo de
astrología en medicina y de los términos y partes de la Astronomía necesarias para el
uso de ellas, publicado en Lima por Juan de Figueroa, al final de la década de 1660.

“En el Prólogo, Figueroa da una explicación basada en la filosofía de Santo Tomás que
sostiene, que nada pasa en el cuerpo humano, que no esté escrito en el libro de los cie-
los… (insistiendo) en que para comprender mejor las causas de las enfermedades, es ne-
cesario estudiar la posición de los astros (…) Como se ve… es un verdadero tratado de
Astrología Médica… en una época en que estos conceptos estaban finiquitados en el vie-
jo mundo y el panorama de la Medicina, marchaba ya a iniciar los cauces científicos de
Sydenham, y más tarde con Bichat y Laennec” (J. Lastres, 1951, pp.226-228).

Como únicas evidencias del interés científico en el Perú colonial, cabe citar la fundación
de la Universidad de San Marcos y del Protomedicato, así como la creación del puesto
de “cosmógrafo”, cargo ejercido por el catedrático de Matemáticas de la Universidad de
San Marcos. Entre las más importantes funciones que el cosmógrafo desempeñó en el
Perú estuvo la observación astronómica; con ella daba cuenta de la marcha de los astros
para así determinar la influencia que estos tendrían sobre los seres humanos. En 1753 se
inicia en Lima una serie interrumpida de registros meteorológicos hechos bajo respon-
sabilidad del Cosmógrafo Mayor, información que fue dada a conocer en El conoci-
miento de los tiempos, publicación anual que corría bajo responsabilidad del menciona-
do funcionario y que con otros nombres siguió publicándose hasta 1873. Publicación
que contenía informes de observaciones meteorológicas, astronómicas, demográficas y
políticas [50].

Pedro de Peralta Barnuevo y Rocha, Cosmógrafo Mayor del Reino, entre 1732-1743,
continuó haciendo en El conocimiento de los tiempos, juicios y pronósticos de la enfer-
medad con base a la Astrología. Era común que la base fáctica de la astronomía se con-

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jugase con el vaticinio astrológico; la posición de los planetas generaba múltiples vati-
cinios, especialmente los que se vinculan a la salud. Al igual que otros cosmógrafos de
esa época fundamentaba sus pronósticos constitucionales con datos resultantes de la ob-
servación de las estrellas [51]. Es así, que al hacer sus pronósticos sobre la salud de la
población de Lima en cada una de las estaciones (estío, otoño, invierno y primavera)
del año 1732, escribía, por ejemplo lo siguiente:

“Estío: Y aunque la Luna en Libra amenaza algunas muertes, las desvanece Júpiter con
que está en exacta conjunción. Sin embargo recelo dolores de ojos (…) Otoño: Será esta
fructífera estación más enferma que sana, por que Mercurio y Marte, como si fueran ves-
tíbulo de Abysmos sus Espheras se traen consigo séquito de enfermedades, bien molestas
Toses, dolores de oydos, de vientre y orina, con amenaza de Viruelas y Sarampión…” (P.
Peralta, 1732, citado por H. Valdizán , 1928).

Al respecto, Luis Ángel Ugarte [52], después de analizar las transcripciones de los
contenidos de las obras médicas publicadas en el Perú virreinal hasta el final del siglo
XVII, concluye que éstas parecen demostrar categóricamente el atraso de la medicina
peruana con relación a la dominante en Europa: “Hipócrates y Galeno imperan en abso-
luto y sin restricciones en el pensamiento médico… la Astrología Médica, que interpreta
la influencia de los astros sobre la salud humana por acción que podría decirse sobrena-
tural y en cierto modo mágica, es creencia predominante”.

Desde fines del siglo XVIII

En el Perú, el comienzo de la transición hacia nuevos modelos de comprensión de la


enfermedad se produjo recién al final de la década de 1740. Solo con la difusión del
pensamiento ilustrado en el Perú se asiste a la aparición de escritos que enfatizan las
dudas sobre la veracidad de los vaticinios astrológicos sobre la salud de la población. El
sacerdote checo jesuita Juan Rehr (1691-1756) fue el primer Cosmógrafo Mayor que
expresa oficialmente tales dudas en el país, aunque sin sustraerse completamente de
esas ideas de asociación causal. Es así, que en 1750, en El conocimiento de los tiempos,
hace una severa crítica de aquellos vaticinios astrológicos, distinguiendo la Astrono-
mía, que observa el movimiento de los astros y de acuerdo a esas observaciones hace
pronósticos de eclipse de sol y la luna basada en reglas científicas, de la Astrología que
“pretende pronosticar con muy débiles o ningún fundamento, Tempestades, Temblores,
Hambrunas, Guerras y aún los varios sucesos…” [53].

El médico español Cosme Bueno (1711-1798), sucesor de Rehr como Cosmógrafo Ma-
yor, incluía en El conocimiento de los tiempos una sección, denominada Juicio del
año, en el que adelantaba opinión sobre el comportamiento climático de cada estación a
presentarse en el año venidero, influido directamente por la posición de los planetas.
Además, preparó los Almanaques, publicación donde se analizaba anualmente el estado
del clima, las enfermedades causadas por los cambios atmosféricos y los sismos suce-
didos en Lima y en el Perú [50]. Cosme Bueno, según comenta Lastres [25], fue profe-
sor de Hipólito Unanue, y en sus numerosos escritos se evidencia una marcada influen-
cia del pensamiento de H. Boerhaave y de Sydenham. Por su parte, Luis Ángel Ugarte
[52] hace un comentario sobre su lectura de seis obras publicadas por Bueno, en el que
después de celebrar que con ellas se comenzó a vencer el menosprecio que la intelectua-
lidad peruana sentía por las ciencias físicas, reitera el retraso de dicho contenido, con
relación a los avances médicos que se producían en Europa: “Casi todos los autores que

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cita han florecido en siglos anteriores o muy al comienzo del siglo XVIII… Recién en
1796 hace referencia a la teoría del flogisto de Stahl publicada antes de 1734”.
En ese contexto protocientífico, al final del virreinato del Perú, los más importantes mé-
dicos que actuaban en el país – Unanue, Tafur, Váldez, Dávalos, Peset, Devoti, etc. –
estaban influenciados por el pensamiento médico de Sydenham. En este sentido, no te-
nían dudas que el inicio y el curso de las enfermedades se relacionaban íntimamente con
la constelación metereológica y el suceder estacional, así como de la existencia domi-
nante de una enfermedad en cada estación, de la cual se derivaban otras. Al respecto de
esta influencia se pueden leer los escritos de los médicos mencionados [30, 31], entre
ellos hay que ubicar la principal obra de Hipólito Unanue: Observaciones sobre el cli-
ma de Lima y sus influencias en los seres organizados, en especial el hombre (1806).
Unanue fue el principal divulgador en el Perú de las enseñanzas de H. Boerhaave; cuyo
libro Instituciones Médicas, fue el texto obligado de consulta académica en el Colegio
de San Fernando [54].

1.6. REFERENCIAS UTILIZADAS EN EL CAPÍTULO Nº 1

01. Lumbreras, Luis Guillermo. Cultura, tecnología y modelos alternativos de desarrollo. Comercio Exte-
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04. Instituto Nacional de Cultura. Fascículos Perú: Descubrimiento y Conquista y Perú: Virreinato. Edi-
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______________________________________________________________________

38
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

CAPÍTULO Nº 2
SANEAMIENTO URBANO EN LA SANIDAD
PÚBLICA PERUANA DEL SIGLO XIX

2.1. Contexto republicano y oligárquico


La República Oligárquica y la herencia colonial
Las ciudades y pueblos: 1821-1902
Las epidemias de fiebre amarilla urbana en Lima

2.2. Problemas de la sanidad ambiental: 1821-1902


Deficiencias en el abastecimiento de agua en Lima
Emanaciones pútridas de las acequias en Lima
Acumulación de basuras y otros desechos en el espacio público
Efectos de los desastres bélicos y naturales
Tugurización de la vivienda en Lima
Dudas sobre la sanidad de los cementerios generales

2.3. Marco institucional de la sanidad pública: 1826-1902


El Ministerio de Gobierno y la Sanidad: 1826-1902
Los Concejos Municipales y el saneamiento ambiental: 1821-1902

2.4. Obras y acciones de saneamiento urbano: 1821-1902


Inicios de las obras públicas en el Perú Republicano
Obras de saneamiento urbano: 1821-1902
Obras de abastecimiento de agua en Lima
Obras de canalización de los desagües en Lima
Disposición de basuras en Lima
Nuevos cementerios en la República

2.5. Crisis de la sanidad peruana al final del siglo XIX

2.6. Cooperación externa y eventos internacionales: 1821-1902

2.7. Fundamentos de las acciones de sanidad y de saneamiento: 1821-1902

2.8. Referencias utilizadas en el Capítulo Nº 2

39
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

2.1. CONTEXTO REPUBLICANO Y OLIGÁRQUICO

La República Oligárquica y la herencia colonial

Aspectos políticos

Durante casi tres siglos, los españoles habían establecido en el virreinato del Perú un
sistema de explotación servil, una organización social estamental, discriminatoria y
corporativa, y una estructura político-administrativa patrimonial que habían terminado
por fragmentar los intereses sociales existentes y bloquear la formación de una identidad
social común [1]. Esta fragmentación significó un problema a los líderes criollos de las
luchas independistas: ¿cómo construir una nación con los indios, con quienes no tenían
nada en común? Los criollos se rebelaron contra los españoles peninsulares no por ser
diferentes a ellos, sino por sentirse postergados de las estructuras de poder virreinal. La
solución adoptada, en la práctica, por tales líderes fue tratar de construir una república
de la cual quedarían excluidos los indios y los negros, no obstante que los primeros
constituían la gran mayoría de la población [2].

Durante el proceso de emancipación de España, la aristocracia criolla mantuvo, en ge-


neral, una actitud ambivalente frente a dicho proceso y se mostró, en el momento de la
independencia, desarticulada e incapaz de asumir la dirección política de la nueva Re-
pública. En esta situación, los caudillos militares lucharon por asumir el poder político,
apoyados por distintas fracciones de los terratenientes y de las capas medias y mestizas
que ascendían socialmente. Paralelamente, se producía una pugna ideológica entre los
conservadores, que defendían la idea de un gobierno fuerte, al estilo del despotismo
ilustrado; y los liberales, que defendían el ideal republicano, propuesto por las revolu-
ciones de Francia y de Estados Unidos. Esta pugna expresaba el conflicto entre dos po-
siciones derivadas de esa ambivalencia: hasta mediados del siglo XIX, los liberales y
radicales blasonaron de antiespañoles y anticlericales, mientras los conservadores y au-
toritarios se identificaron con la tradición colonial y clerical [3].

Según el sociólogo Julio Cotler [1], el Perú atravesó a partir de su declaración de inde-
pendencia, y hasta fines del siglo XIX un proceso aparentemente paradójico: “el esta-
blecimiento de una ‘situación’ oligárquica, sin conformar una fracción hegemónica. De
lo contrario, ¿cómo explicar la permanente inestabilidad política que a partir de esa de-
claración persistiera a lo largo de todo el siglo?...Si, por el contrario se cuestionara la
existencia misma del régimen oligárquico neocolonial, el carácter censitario del voto, la
concentración de la propiedad, el mantenimiento de la esclavitud hasta mediados del
siglo y el tributo indígena y su condición colonial bastarían para eliminar cualquier duda
al respecto” (1978, p. 69-70). Efecto y causa de esa inestabilidad sería la debilidad del
Estado de la República Temprana.

Esa debilidad del Estado se expresa, hasta casi el final del siglo XIX, en la sucesión de
siete situaciones político-económicas distintas en el curso de apenas 74 años: (i) primer
caudillismo militar, en una economía colonial en proceso de desarticulación; (ii) neo-
patrimonialismo autoritario, durante la “prosperidad falaz”, que tuvo como base la ex-
portación del guano; (iii) República Práctica del primer civilismo, que termina con la
bancarrota fiscal de 1874; (iv) la Guerra con Chile y la destrucción de las primeras ba-

40
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

ses económicas del país; (v) segundo caudillismo militar, en una economía en recesión;
(vi) “pax cacerista”, que finaliza con la cruenta guerra civil de 1894; y, (vii) los inicios
de la “República Aristocrática”, en una economía en ascenso.

En 1894, Manuel González Prada [4] manifiesta en sus Páginas Libres un sentimiento
nacional generalizado de rechazo al carácter colonial que aún mantenía, en los hechos,
la nueva República. Enfatizando, además, que los militares, terratenientes y comercian-
tes eran los responsables de la derrota frente a Chile y del escaso progreso del país, en
tanto siempre colocaban sus intereses particulares por encima de la Nación, constituida
por “nuestros indios”. Seis años antes, en su discurso en el teatro Polietama, ya había
denunciado la persistencia en las provincias del interior del país de la “tiranía del juez
de paz, del gobernador y del cura, esa trinidad embrutecedora del indio”; así como la
existencia de una enorme “distancia entre el país legal y el país real, en el que las condi-
ciones coloniales de explotación no habían variado, mientras las constituciones y las le-
yes disponían lo contrario”

En marzo de 1895, las montoneras populares del país, con el apoyo de los terratenientes
del sur, llevaron al poder a Nicolás de Piérola. Hecho que pocos años después marcaría
el inició de la consolidación de la “oligarquía” como la fracción hegemónica del bloque
dominante en el escenario político y económico de la que sería llamada por Jorge Basa-
dre: la “República Aristócrata”.

Aspectos económicos

Históricamente, la economía peruana es altamente dependiente de su rica base de recur-


sos naturales. La extracción y exportación de sus recursos naturales (minerales, produc-
tos agrícolas, hidrocarburos, caucho, reservas pesqueras y madera) han cumplido un pa-
pel esencial en la historia del desarrollo económico del país e influido sobre su estructu-
ra social y económica. Pero, estos recursos pocas veces fueron empleados con la inten-
ción de desarrollar de manera sostenida una economía sólida y diversificada. La historia
peruana revela que el proceso de la explotación de los distintos productos primarios
atraviesa ciclos de auge y depresión seguidos del agotamiento y destrucción del recur-
so. Los bienes que han experimentado este tipo de ciclos son: el guano (entre la década
de 1850 y la de 1870), el salitre (1860-1870) y el caucho (1890- 1910).

Muchas y muy variadas han sido las causas de estos ciclos, entre las que se incluyen fa-
llas políticas, de mercado e institucionales, así como amenazas y presiones sobre la ba-
se de recursos naturales del país. Sin embargo, debemos remarcar el hecho que, en este
período, la idea del control de la naturaleza por el hombre se había consolidando en el
mundo occidental a través de los siglos, en particular con la Ilustración, la Revolución
Industrial y los avances científicos modernos. No es el hombre como parte de la natura-
leza sino el hombre que puede y debe dominarla, una concepción subyacente en muchas
intervenciones en el medio natural. Y así lo han atestiguado las modalidades depredado-
ras que han acompañado la explotación de aquellos recursos.

Las ciudades y pueblos: 1821-1902

A nivel nacional [5, 6, 7, 8]

41
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

El Censo de 1876 es el único empadronamiento, de los realizados en el siglo XIX. que


puede ser considerado como una operación censal de carácter nacional. Sus resultados
nos informan que solo el 15% de la población censada vivía en ciudades o pueblos, y
que las 4.400 “haciendas” del país era el hogar de una cuarta parte de la población rural.
También nos señalan que en ese año la única ciudad de más de 100.000 habitantes era la
de Lima (101.486), a la que le seguían en tamaño – de manera lejana – el puerto del
Callao (33.503) y las ciudades de Arequipa (29.237) y Cuzco (18.370). La densidad
demográfica, a nivel nacional, era de apenas 1,4 habitantes por Km2. Por último, a pesar
de la poca exactitud de sus cifras departamentales, éstas eran concordantes con el cono-
cimiento general de la insuficiencia de la fuerza de trabajo para las actividades extracti-
vas en la costa, la evidente despoblación de amplias zonas del litoral y de la Selva pe-
ruana, así como de la concentración relativa de la población en la Sierra.

Por otro lado, existe consenso que durante la segunda mitad del siglo XIX los cambios
significativos en la dinámica poblacional de los pueblos y ciudades tuvieron su origen
en la variación del sentido de las migraciones internas, antes que en cambios del com-
portamiento de las otras variables demográficas. Un ejemplo de este hecho es lo obser-
vado en la época del auge del caucho en la Selva, entre 1885 y 1915, cuando la bonanza
de su exportación se acompañó de una fuerte inmigración andina y extranjera que pro-
vocó un incremento temporal de gran magnitud de la población de Iquitos y, en menor
medida, de las poblaciones de Tarapoto, Moyobamba y Lamas.

El papel de las ciudades durante el siglo XIX, al igual que en la colonia, fue siempre el
de centralizar las decisiones sobre las actividades económicas y político-administrativas,
mientras que la capacidad productiva quedaba siempre radicada en las zonas agrarias o
rurales. El reconocimiento oficial que un centro poblado tuviera la condición de ciudad,
le permitía disponer a ésta de una municipalidad, así como de otras autoridades locales,
como un juez de paz y, eventualmente, un subprefecto, lo que incidiría en su mayor
desarrollo.

La ciudad de Lima [5, 9, 10, 11, 12].

Después de la Guerra de Independencia, Lima se convirtió en la capital de la República


del Perú, pero el estancamiento económico y desorden político del país paralizó su desa-
rrollo urbano en las primeras décadas republicanas. Según todos los testimonios, la ciu-
dad de Lima no sufrió grandes modificaciones desde fines de la Colonia hasta la década
del cincuenta del siglo XIX. En el año 1845, a sus construcciones coloniales sólo se ha-
bían añadido la plazuela, la calle y el portal del Teatro. Las casas seguían siendo de
adobe y podían tener hasta dos pisos. Las más importantes poseían un establo para los
caballos y mulas, además de balcones de madera. Al decir de Basadre, durante los pri-
meros cincuenta años de la República “la pobreza será la característica de la vida” y la
ciudad de Lima no perderá su ambiente “colonial”.

Esa situación de estancamiento se revirtió en la década de 1850 cuando los crecientes


ingresos públicos y privados derivados de la exportación del guano permitieron un rápi-
do mejoramiento urbano. Para ello había sido decisiva la estabilización política en el
país bajo la presidencia de Ramón Castilla (1842-1846). En esa década, los ingresos del
monopolio del guano y el comercio habían favorecido este mejoramiento de la capital,
así como gracias a la construcción del ferrocarril de Lima-Callao – el primero en Su-
damérica – se había conseguido un mejor acceso a la zona interior. La llamada “pros-

42
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

peridad falaz” del país (1850- 1879) posibilitó el financiamiento de ese mejoramiento
físico. En 1855 la ciudad comienza a tener sus primeras construcciones en granito, se
construyeron edificios públicos de gran tamaño para reemplazar los antiguos estableci-
mientos virreinales, entre ellos el Mercado Central, el Camal General, el Asilo Mental,
la Penitenciaría y el Hospital Dos de Mayo.

Hacia el año 1862, Lima estaba constituida por dos distintos núcleos de edificación y
población: el núcleo primitivo de la ciudad, todavía cercado por las murallas terminadas
de construir en 1687; y el núcleo no amurallado, o sea el barrio de San Lázaro, deno-
minado también de Abajo el Puente. Ambos estaban divididos por el río Rímac. Con
anterioridad, desde el año 1568, hubo otro núcleo independiente el barrio de Santiago de
Cercado que ya a mediados del siglo XVII se había unido en parte de su perímetro al
núcleo urbano inicial. Respecto de la división de la ciudad, en ésta se delimitaban cinco
cuarteles, los cuales se subdividían en diez distritos con 46 barrios (Reglamento de Poli-
cía de 1839); cada cuartel estaba a cargo de un gobernador, mientras que los inspectores
se encargaban de los barrios. La alta policía se ocupaba de la vigilancia por medio de
los serenos, en tanto que la baja policía se encargaba de la limpieza, del agua y del
alumbrado.

Hasta el gobierno de José Balta, las Murallas de Lima continuaron estableciendo un


límite físico a la expansión urbana de la ciudad, manteniéndose el diseño de ciudad-
campo. En el año 1868, la ciudad amurallada se extendía en un área de 592,3 hectáreas;
de este total, 130,8 consistían en terrenos rústicos: paseos, molinos, chacras y huertas.
En este mismo año comenzó la demolición de esas Murallas, y la ciudad pudo iniciar
tanto su expansión territorial – hacia los futuros balnearios del sur y el Callao – , como
su modernización, imitando el modelo de las principales ciudades europeas. Además, la
demolición fue entendida como una forma de paliar la epidemia de fiebre amarilla apa-
recida ese mismo año. Finalmente, se construyó el puente Balta sobre el río Rímac; se
inauguraron el Palacio y el Jardín de la Exposición, al estilo de los Campos Elíseos de
París. Asimismo, hubo grandes mejoras en las comunicaciones terrestres: en esos años
se construyeron 17 ferrocarriles a lo largo del país.

Pero los gastos efectuados en aquella expansión y modernización se financiaron a tra-


vés de créditos externos, garantizados por las rentas generadas por la exportación del
guano. Al entrar esta exportación en crisis, el Estado no pudo cumplir con los pagos de
su deuda externa, y tuvo que declarar la bancarrota de la hacienda pública que dependía
de dichas rentas. Peor aún, a los efectos de esta crisis se sumaron los de la Guerra con
Chile. Estos hechos obligaron a posponer los proyectos de renovación y expansión ur-
bana. No obstante estos problemas, al final del siglo XIX, la ciudad de Lima había su-
frido grandes cambios. Lejos estaba el ambiente de pobreza de los primeros años repu-
blicanos. Ya era una ciudad relativamente moderna, en comparación con la colonial.

Las epidemias de fiebre amarilla urbana en Lima

Aspectos epidemiológicos

Entre los siglos XVII y XIX, la fiebre amarilla o “vomito negro” constituyó una en-
fermedad que asoló las zonas tropicales de América causando epidemias de alta letali-
dad. Entre 1740 y 1860 la fiebre amarilla urbana fue endémica en el sur de EEUU y
México. Estas epidemias, con epicentro en el Caribe, se extendieron en varias direccio-

43
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

nes, vía marítima o fluvial, para llegar al resto de América. En la década de 1870, una
de ellas se propagó del Brasil al Paraguay, Uruguay y la Argentina. En Buenos Aires,
mató a casi 14.000 personas, es decir, al 8% de la población, estimada en ese año en ca-
si 190.000 habitante; el terror por el contagio provocó un éxodo masivo que dejó a la
ciudad desolada. En 1878, esta misma epidemia, a través de diversos contactos maríti-
mos, desencadenó un importante brote en el valle del río Missisipi, registrándose más
de 100.000 casos y 20.000 defunciones [13].

Con relación a la fiebre amarilla en el Perú, Julián Arce [14] hace una revisión histórica
de su presencia en la costa y dice que se comienza a hablar de ella en 1781 en casos es-
tudiados por el Dr. J. B. Leblend en el Callao. Además, opina que solamente hubo dos
epidemias de esta enfermedad en Lima: la de 1852-1856 y la de 1868-1869. Los casos
etiquetados como fiebre amarilla en otros años sólo habrían sido de malaria en su mo-
dalidad de fiebre biliosa hemoglobinúrica. En esas oportunidades, la Junta Suprema de
Sanidad tuvo que ser reactivada para que repitiera las viejas “recomendaciones” de po-
licía sanitaria, en circunstancias que la higiene de la ciudad eran deplorables. Se preten-
día cambiar durante la epidemia los antiguos malos hábitos y costumbres de los limeños
con relación a las medidas de higiene y limpieza urbana. Aunque se desconocía el papel
del mosquito Aedes Aegypti en la transmisión de la enfermedad, así como la reproduc-
ción de sus larvas en aguas estancadas, la Junta puso énfasis, a partir del enfoque mias-
mático, en recomendar que se mantuvieran “limpias” las acequias interiores y exterio-
res que surcaban toda la ciudad; las cuales, en algunas zonas y temporadas, se convertía
en un gran pantano, por causa de atoros u obstrucciones en su curso [15, 16].

La epidemia de fiebre amarilla de 1868 sería la más grande ocurrida en la historia de la


ciudad de Lima, afectando indistintamente a ricos y pobres. De acuerdo con la Memo-
ria del Director de Beneficencia de Lima, en ese año los hospitales atendieron 6.042 ca-
sos de fiebre amarilla, de los cuales murieron 2.561. Como ese mismo año el total de
muertos por fiebre amarilla alcanzó a 4.445, se infiere que 1.884 fallecieron en sus do-
micilios. La epidemia (iniciada en febrero) empezó a ceder en junio al acentuarse los
fríos del invierno; en julio se había extinguido [17, 18]. De acuerdo al saber oficial de
esos años, superada la barrera de la cuarentena, las medidas sanitarias de control de la
enfermedad se concentraron en la “desinfección de la atmósfera” y el uso del arte mé-
dico. “Para combatir las miasmas que infectaban la atmósfera… la artillería estuvo ha-
ciendo disparos con pólvora en las calles y esquinas de la ciudad durante quince días”.
Además, se proporcionaba asistencia gratuita y de urgencia a través de los servicios de
diez médicos y diez practicantes distribuidos en los diez distritos que formaban la ciu-
dad. En la sexta edición de La Historia de la República del Perú de J. Basadre [19], se
reproducen testimonios que nos ilustran sobre la letalidad de la enfermedad y la actua-
ción descollante de Manuel Pardo, entonces Presidente de la Beneficencia de Lima, en
esta coyuntura:

“(La fiebre amarilla) se cebaba casi exclusivamente en las personas de la sierra y en los
europeos… alemanes, ingleses, franceses italianos morían en número aterrador… Al prin-
cipio… trataron las autoridades de ocultarlo, por lo menos, de disminuir las cifras de las
víctimas que diariamente hacía la fiebre. Pero… todos veíamos caer a deudos, amigos y
conocidos a nuestro alrededor y podíamos fácilmente deducir la gravedad de la situa-
ción… Por todas partes se miraban cruzar los fatídicos calesines (vehículos que se utiliza-
ron para transportar a los enfermos a los lazaretos) con sus cortinillas verdes, detrás de las
cuales se entreveían los amarillos y macilentos semblantes de los moribundos o el espec-
táculo más triste y aterrador de algún convoy fúnebre; y a todas horas del día y de la no-

44
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

che se escuchaba el sonido uniforme y clamoroso de la campanilla que anunciaba el paso


del Santo Viático por las solitarias calles; supremo y divino consuelo… a los que ya no
pueden recibir ninguno de los hombres”. (Lastenia Larriba de Llona, El Perú Ilustrado,
25 de julio de 1892; citada por J. Basadre, 1968, pp. 111-112)

“ De ochenta a cien personas morían diariamente… Los sepultureros no descansaban un


minuto… Había un silencio mortal en todas las calles… Todos temían el contagio y no
solo tomaban precauciones, sino se alejaban de aquéllos a quienes el flagelo amenazaba,
Pardo visitaba diariamente los hospitales, es decir los focos…de esa peste. Llevaba a ellos
no sólo la vigilancia del funcionario sobre el cual pesaba la responsabilidad del servicio
de esas casas de beneficencia, sino también el consuelo… La Providencia… salvó enton-
ces su existencia de los peligros que diariamente corría; pero permitió que llevase el con-
tagio del flagelo a su casa y que, víctima de él, muriese uno de sus más queridos hijos…
Pardo se conquistó el corazón de Lima con su conducta”. (El Nacional de Lima, en edi-
ción sobre los funerales de Pardo; citado por J. Basadre, 1968, p. 1.139)

“El descubrimiento de los pobres” por la elite

La historiadora Carmen Mc Evoy [20] destaca que la epidemia de fiebre amarilla de


1868 no solo evidenció la carencia de hospitales adecuados y la insuficiencia del ce-
menterio para atender la demanda de entierros masivos en caso de epidemia, sino la
existencia de un sector de la población que vivía en condiciones de extrema pobreza e
insalubridad. Condiciones que seguían siendo consideradas por las mayorías nacionales
como algo “natural”. Los directivos de la Beneficencia de Lima, presidida por Manuel
Pardo, eran miembros de la elite nacional que fueron testigos de excepción de la preca-
ria situación de aquel sector poblacional. La mayoría de estos directivos serían, pocos
años después, fundadores y líderes del Partido Civil, núcleo gobernante de la futura Re-
pública Aristocrática.

Solo después de las frustraciones nacionales a raíz de la derrota en la Guerra del Pacífi-
co empieza a tomar centralidad social y política la cuestión de las vinculaciones de la
salud de la población peruana con las posibilidades de progreso del país. Es así, que
muchos intelectuales de la época afirmaban que mejorar las condiciones de la salud era
clave para el progreso del país, y que tanto el atraso del Perú como aquella derrota mili-
tar podrían atribuirse principalmente a la creciente prevalencia de la “enfermiza debili-
dad” física y espiritual de la población nacional [21], provocada por costumbres antihi-
giénicas, insalubres e inmorales. Estas últimas se expresaban en un aumento de la fre-
cuencia de “niños nacidos fuera del matrimonio, de la prostitución y de la caída de la
tasa matrimonial”. Afirmaciones que, casi siempre, estaban cargadas de viejos prejui-
cios culturales y raciales contra los sectores populares. En el año 1899 se escribía en un
semanario radical limeño lo siguiente:

“Debido a nuestra falta de higiene, ¿no estamos acaso palpando decadencia física?... En
nuestro desarrollo orgánico hay tal perversión… Ya pequeños, encorvados, enclenques,
ya desbordando de grasa, estamos convirtiéndonos, a prisa, en verdaderas caricaturas…
Las conquistas de la civilización no fueron nunca producto de organismos nutridos por
sangre impura y miserable. Nuestra enfermiza debilidad: he ahí donde reside el mal que
nos aqueja. Ella trae consigo la falta de carácter, la mediocridad…, las cobardes transac-
ciones con la maldad, la inconsistencia…, la pereza incurable, que nos ha hecho derrotar
en todas las luchas por la vida”. (Germinal, 1.1, 1-1-1899, p. 2)

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

2.2. PROBLEMAS DE SANIDAD AMBIENTAL: 1821-1902

Deficiencias en el abastecimiento de agua en Lima

Según Jorge Basadre [19], en el año 1841 el abastecimiento de agua a la ciudad de Li-
ma continuaba haciéndose fundamentalmente, al igual que en la Colonia, a través de ca-
ñerías de barro cocido, muchas de ellas deterioradas, que iban del río hasta las pilas y
pilones públicos. Luego, en el año 1855, se informó que la ciudad de Lima había co-
menzado a disponer de cañerías de hierro para conectar el abastecimiento de agua a
domicilio. Posteriormente, se intensificaría discretamente, en ciertos sectores de la ciu-
dad de Lima, el empleo de estas tuberías para los servicios de agua a domicilio. Sin
embargo, al final de este siglo XIX, la mayoría de la población limeña continuaba de-
pendiendo del servicio de aguadores para el abastecimiento domiciliario de agua.

Además de esa baja cobertura de cañerías de hierros para el servicio domiciliario, el sis-
tema de abastecimiento de agua disponible continuaba enfrentando problemas que afec-
taba seriamente la disponibilidad y la salubridad del agua, entre los principales: la esca-
sez recurrente del flujo del agua en los meses de invierno, las frecuentes roturas de las
cañerías de barro, los aniegos y la contaminación. En el invierno, la principal causa de
la escasez del agua en Lima era el decrecimiento estacional del caudal del río Rímac. A
esta causa natural se sumaba, en esos meses de relativa sequía, la acción de los propieta-
rios de chacras y huertos ubicados en las inmediaciones de la Atarjea, quienes solían
desviar las aguas desde los manantiales hasta sus tierras, disminuyendo, aún más, el
caudal que llegaba a la ciudad. Pablo Patrón describía al Rímac como: “un torrentoso
río en el verano y un humilde riachuelo en el invierno” [22].

Por otro lado, el problema de la escasez era acompañada de serias dudas de la población
sobre la salubridad del agua proveniente de La Atarjea. Esto último, debido a que esta
agua destinada a la bebida no recibía ningún tipo de tratamiento, desde su captación y
hasta su destino final, que garantizara su potabilidad. Más aún, según refiere Lossio [9],
durante los períodos de escasez, “las autoridades se veían obligadas a suplir el agua pura
de los manantiales desviando hacia el acueducto de la Atarjea el agua inmunda de las
acequias”.

Emanaciones pútridas de las acequias en Lima

Los problemas de las acequias urbanas, descritos para el final de la época colonial, se
agravaron en los inicios de la República, por la acumulación de los efectos de las activi-
dades bélicas desarrolladas durante la lucha por la independencia, los desordenes cívi-
cos durante el primer militarismo y la incapacidad de las autoridades para mantener la
salubridad de las ciudades. Para ejemplificar esta situación, J. Lastres [23] cita a dos
viajeros que visitaron nuestro país en las dos primeras décadas del Perú republicano:

“S. Haigh, que visitó al Callao poco después de la Independencia, refiere que la ciudad es-
taba demolida y que los habitantes sufrían inauditas privaciones: el hambre con su cortejo
natural de pestilencias los diezmó… B. Hall escribe: ‘Por cada medio de calle (de Lima)
corre una acequia en que se ordena arrojar desperdicio; pero como esto rarísima vez se
cumple, las calles se convierten en receptáculos de suciedad de un extremo a otro’. El tra-
bajo de carguío se hacía en burros y mulas” (J. Lastres, 1954, p. 63-64).

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

En la década de 1850, no obstante haber mejorado la situación del país, las acequias de
Lima seguían atravesando los barrios de la ciudad, con aguas fétidas que arrastraban las
basuras de los hogares limeños. Acequias descubiertas en medio de la calle, con deriva-
ciones al interior de los domicilios, todas ellas conectadas entre sí y dependientes del río
Huatica. Eran estrechas, sin cauce de mampostería, y sólo construidas por simple exca-
vación del terreno. Con frecuencia formaban pantanos, que recibían como único trata-
miento la desecación natural de los ardores del verano [24, 25, 26].

“El conjunto de todas las acequias que recorren la ciudad en todas direcciones, … son el
único depósito de todas las inmundicias de la población, no sólo de las que provienen de
casas particulares que sea por medio de desagüe o por medios más primitivos y menos de-
centes, arrojan a ellas todas las materias orgánicas susceptibles de putrefacción… (ade-
más) reciben todas las inmundicias y podredumbre que arrojan los hospitales, los cuarte-
les, colegios, hoteles, fondas… Sin embargo, las dimensiones de las acequias no son su-
ficientes para permitir arrastrar rápidamente estas materias, la cantidad de agua es también
insuficiente para poder facilitar el descenso rápido de las inmundicias, … Agrégase á este
inconveniente, que a ciertas épocas del año, las acequias están desprovistas de agua, sobre
todos las acequias interiores. De esto resulta que las materias fecales y otras susceptibles
de putrefacción, se hallan estancadas en toda la extensión de la ciudad… Tenemos , pues,
que en el centro de la ciudad existe un foco de corrupción, cuya superficie… no es menos
de 20,000 varas cuadradas; no parecerá, pues, extraño que está sea la causa de las emana-
ciones pútridas, cuya existencia se hace notar en la atmósfera que respiramos…” (H. Eu-
cher, 1860, pp. 3-4)

Eduardo Zárate [27] destaca la campaña que la elite médica, al regresar de sus estudios
en Francia, desarrolló a través de la revista Gaceta Médica de Lima, órgano de la So-
ciedad Médica de Lima, denunciando los efectos negativos de la falta de higiene urbana
sobre la salud de la población y reclamando el liderazgo médico en la conducción de
las acciones de sanidad urbana a ser realizadas. En tanto dicha elite, consideraba que tal
liderazgo solo podría ser ejercida con la “autoridad ilustrada por la ciencia” de la salud.
En las publicaciones de los años 1856 y 1857, médicos tan distinguidos como Mariano
Arosemena Quesada, José Casimiro Ulloa, y Francisco Rosas escribieron sobre el tema,
criticando la falta de preparación, en el campo sanitario, de las autoridades que hasta
entonces se encargaban de aquella conducción, así como presentando propuestas para
una nueva organización de la higiene y de la sanidad públicas. Todos ellos, catedráti-
cos de la Facultad de Medicina de San Fernando, coincidían en afirmar que los hedores
desprendidos del sistema de acequias era la “causa principal de las terribles intermiten-
tes, de los tabardillos, de las graves disenterías y de otras enfermedades que diezman a
la población, especialmente en el otoño”.

A partir de la década de 1860, las mejoras que se operaron en el sistema de desagües


públicos, con la las obras de canalización subterránea de las acequias que se describirán
más adelante, incidieron en una discreta disminución del problema comentado. Sin em-
bargo, después de la Guerra con Chile, las condiciones de esta red se deterioraron.
Además, las obras de canalización que reiniciaron las autoridades nacionales y munici-
pales durante el resto del siglo XIX no fueron suficientes para que el sistema de elimi-
nación de desechos líquidos fuera considerado aceptable en la ciudad de Lima.

Al final del siglo XIX, las condiciones de higiene y sanidad urbana continuarían sien-
do calificadas como “espantosas” y los resultados de los esfuerzos de las autoridades
responsables de su mejoramiento eran calificados como “casi nulos”. El ingeniero Julio

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

E. Ribeyro [28], Jefe de la Sección de Agua del Concejo Provincial de Lima comentaba,
después de efectuar una revisión exhaustiva de la canalización efectuada en la ciudad
entre 1859 y 1901, que la mortalidad por fiebre tifoidea había aumentado desde los úl-
timos años del siglo pasado y que con ocasión de la epidemia de 1902, se había forma-
do una corriente de opinión que señalaba a los defectos de esa canalización como la
causa más importante de la misma: “… son múltiples las causas de obstrucción y sedi-
mentación que se observan en los albañales y que son muchas las materias orgánicas
que no son evacuadas sino que permanecen in situ, dando lugar a toda clase de fermen-
tación y malos olores”.

Además de la preocupación de los limeños por las emanaciones derivadas de una mala
canalización, también estaba presente la referida a la existencia de los pantanos y las
aguas estancadas aledañas a la ciudad: los pantanos de Villa y los del Callao. Ambien-
tes que eran considerados entre los principales focos de infección en la capital. Uno de
los reclamos más frecuentes de los higienistas del siglo XIX fue el de “…secar los pan-
tanos que rodean la ciudad” (A. Fuentes, Estadística General, 1866, pp. 57.59). El temor
a los efectos morbíficos de las emanaciones de los pantanos era manifestación de una
creencia, antigua en la cultura occidental, sobre el peligro general de habitar cerca de
aguas turbias estancadas [9].

Con relación a la trascendencia social de este problema, el médico Francisco Graña


[29] destaca, en su Tesis de Bachiller en Medicina (1902), dos asuntos. El primero, la
gran preocupación que, al final del siglo XIX, tenían las autoridades y el público en ge-
neral sobre creciente frecuencia de las “fiebres… infecciosas, tifo-maláricas, gástricas”
en Lima. El segundo, la persistencia de “conceptos erróneos, sostenidos y propagados
no solo por el público, sino por algunos representantes de los círculos científicos” – alu-
diendo implícitamente al ingeniero Ribeyro – , por los cuales se identificaban como
causas y medios de la transmisión de la fiebre tifoidea a los gases escapados de las al-
cantarillas, a la contaminación del subsuelo por filtración de los desagües, incluso a “los
miasmas producidos en los parques de la Exposición, por verificarse el regadío con agua
no potable”. Para descalificar tales conceptos, Graña argumenta que aceptarlos como
válidos significaría retroceder a las teorías miasmáticas y desconocer el principio de
“especificidad” de las enfermedades infecciosas, elemento central de la nueva teoría del
germen que ya comenzaba a ser conocida en la comunidad médica peruana.

Acumulación de basuras y otros desechos en el espacio público

En la Lima republicana del siglo XIX, los desechos e inmundicias de todo tipo siguieron
siendo arrojados, al igual que en la Colonia, a las calles y acequias: desde los mercados
instalados en las principales plazas; desde los mataderos, curtiembres, fondas y pulpe-
rías; por los numerosos vendedores ambulantes que recorrían a diario la ciudad; así co-
mo desde las viviendas familiares. Además, un amplio sector de la población no cum-
plía con sacar la basura doméstica fuera de su hogar a la hora determinada y en los es-
pacios establecidos por la baja policía limeña. Ello daba lugar a que al interior de sus
viviendas, en los corrales y los techos, se acumularan desechos de todo tipo [9, 24, 26].

“De la totalidad de calles que componen la capital, que son por todo 333, solo hay 130
con acequias de por medio; es decir, que quedan todavía un inmenso número de 203 lla-
nas… la cuarta parte de su superficie total, como una de las tantas áreas de exhalaciones
pestilenciales, por la cantidad de aguas sucias y materias fecales que se arrojan diariamen-
te en ellas, y que desaparecen por su propia evaporación, pues solo lo que recogen los ca-

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

rretones de baja policía son los desmontes y materias sólidas… Más de doscientas mil va-
ras de superficie de evaporación, lo que representa como un pantano de nueve cuadras de
superficie constante en exhalación, en medio de la capital. No están comprendidas en esta
cuenta, los muladares de inmundicias a inmediaciones de la ciudad, el gran número de te-
chos y azoteas convertidos en basurales, los patios de cuarteles y conventos vueltos en le-
trinas públicas verdaderos focos de infección…”. (H. Eucher, 1860, p. 6)

Los desperdicios que llegaban a ser recogidos por la baja policía eran transportados a
grandes basurales en las orillas del Rímac, en las inmediaciones de las portadas de Mar-
tinete y en el Tajamar y, en general, alrededor de todas las murallas que rodeaban la
ciudad: “Lima habría contado con dos murallas. Una de barro construido durante el
mandato del duque De la Palata y la otra, de mayor magnitud: de basura, contigua a la
anterior y generada por la desidia de las autoridades y de los vecinos” [24].

Las defecaciones y los orines en los lugares públicos fue otro problema de higiene sani-
taria en Lima. Cumplir con ciertas necesidades básicas al aire libre era una costumbre
bastante arraigada y muy extendida. En ese mismo sentido, el constante deambular de
mulas, caballos y ganado por las calles de la capital, sin que se realizasen las necesarias
labores de limpieza que este rastro generaba, contribuyó a incrementar el problema de
las basuras. Al interior de las viviendas no existía un cuarto especial para cubrir estas
necesidades. Las defecaciones se hacían en bacines o en espacios comunes como los
patios interiores, los corrales, o en las azoteas. Estas últimas servían, muchas veces, de
depósitos fecales. En las casas más acomodadas y en las casas hacienda existían silos,
letrinas de precaria construcción, generalmente cavadas sin mucha profundidad. Estos
silos eran construidos alejados de la vivienda y ubicados de manera que la dirección de
los vientos alejara los “malos olores” [9, 24].

Efectos de los desastres bélicos y naturales

Durante este período los conflictos militares y civiles fueron frecuentes y cruentos,
produciendo – además de sus efectos demográficos, económicos y fiscales – daños am-
bientales severos (contaminación del agua y de la tierra, mayor flujo de desechos, etc.),
y destrucción de la infraestructura urbana y sanitaria. Nos referimos a las consecuencias
de las guerras por la Independencia, de las incursiones y enfrentamientos bélicos duran-
te el militarismo y, sobre todo, de la Guerra con Chile. Al final de esta última, el país
estaba en ruinas, paralizado por la bancarrota y falta de capitales, la destrucción de la
infraestructura ferrocarrilera, portuaria y sanitaria, la devastación de las haciendas de la
costa norte y una cuantiosa deuda externa. Muchas familias, incluso de la elite, pasaban
hambre, cientos de funcionarios estatales sobrevivieron impagos y la pobreza de los sec-
tores populares fue realmente espantosa [30].

Por el lado de los desastres naturales, desde los primeros años de la República, los go-
biernos han registrado los fenómenos catastróficos sucedidos en el país. Entre 1821 y
1857, por ejemplo, el cosmógrafo fue el funcionario encargado de registrar dichos even-
tos, centrando sus observaciones en Lima. A partir de esos registros, A. Giesecke y E.
Silgado [31] destacan la ocurrencia en el siglo XIX de tres grandes sismos.

 El terremoto del 30 de marzo de 1828 que causó grandes daños en la ciudad de Lima,
causando 30 muertes y numerosos heridos, con pérdidas calculadas en seis millones
de pesos; además afectó al puerto del Callao, Chorrillos, Chancay y Huarochirí.

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

 El sismo del 13 de agosto de 1868. Su epicentro estuvo cerca del puerto de Arica,
afectando seriamente en un área de 700 km2. Causó gran destrucción en la ciudad de
Arequipa, así como en las ciudades de Moquegua, Tarata, Tacna y Arequipa; se esti-
ma que provocó la muerte de 180 personas. Este terremoto fue seguido por un gran
tsunami en Arica y salidas de mar que arrasaron gran parte del litoral peruano, desde
Pisco hasta Iquique, causando cerca de 330 muertes.
 El terremoto del 9 de mayo de 1877, que destruyó las poblaciones de Mollendo, Ilo y
Arica. Fue seguido de un tsunami que inundó los puertos de Ilo y Arica.

Además, de acuerdo a Lizardo Sainer [32] se encuentran evidencias que entre el año
1821 y 1902 habrían ocurrido en el Perú, por lo menos 24 eventos tipo El Niño, de los
cuales siete han sido calificados como “muy fuertes”, dos como “fuertes” y 15 como
“moderados”. Los primeros habrían ocurrido en los años 1828, 1844, 1864, 1871, 1877,
1884 y 1889. Los efectos de las grandes lluvias, las altas temperaturas y los cambios
climáticos que caracterizan a este fenómeno afectaron la agricultura y la ganadería en el
norte del país, así como a la infraestructura física de las ciudades y pueblos.

Tugurización de la vivienda en Lima

La información demográfica disponible indica que la población de la ciudad de Lima


creció significativamente entre 1820 y 1862: de un total de 58.326 habitantes en 1820,
a otro de 105.567 en 1862. En esas pocas décadas la población casi se había duplicado,
mientras que el área construida de la ciudad, encerrada entre murallas, sólo había creci-
do para la construcción de algunos establecimientos públicos y productivos. En otros
términos, casi no se había construido – horizontal o verticalmente – para la habilitación
de nuevas viviendas familiares. En estas circunstancias, el área construida de Lima para
fines de vivienda de aquellos nuevos contingentes de población “creció hacia adentro,
impulsando la tugurización” o precarización de la vivienda limeña. Una consecuencia
de este tipo de crecimiento fue la proliferación del uso del callejón, construcciones des-
tinadas a alojar a mucha gente en espacios reducidos, así como de las casas con cuartos
de vecindad, antiguas casonas coloniales abandonadas por la elite que migraba fuera
del núcleo urbano inicial y que las habían subdividido para el arrendamiento (J. Ramón,
1999, pp. 131-132) [11, 24].

Paralelamente a ese proceso de tugurización, se generalizó en esos años – no obstante la


ausencia de datos sobre la mortalidad a nivel nacional – una percepción social del au-
mento de la frecuencia de muertes por enfermedades respiratorias y diarreicas, espe-
cialmente en sus formas epidémicas. Aumento que, en opinión de las autoridades, esta-
ba asociado al deterioro de la moralidad (creciente número de mendigos, vagos, ebrios,
prostitutas), arribo de inmigrantes asiáticos en malas condiciones de salud; y, sobre to-
do, el aumento de la magnitud de las áreas de exhalaciones pestilenciales, conformadas
por basurales, acequias, pantanos, viviendas tugurizadas. Además, desde antes ya era
preocupante el hacinamiento creciente de hombres y animales encerrados entre las mu-
rallas coloniales, que persistiría hasta la década de 1870. Era frecuente, la existencia de
corrales, gallineros y huertas en las viviendas limeñas; y, en el caso de las casonas, de
establos y acequias interiores. El panorama era el de un espacio semirural, en el que
convivían los seres humanos con roedores, insectos y animales domésticos.

Para el año 1839 Córdova y Urrutia reportó la existencia de 247 callejones en Lima,
Manuel Fuentes registra 466 para 1857 y 471 para 1860. De acuerdo a estas cifras, en

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

poco más de una década su número estuvo cerca de haberse duplicado. Sin embargo, la
urbanización de las chacras ubicadas al interior de las murallas había sido casi nula.
Además, la mayor cantidad de los callejones se encontraban en el tercero y quinto cuar-
tel limeño. J. Ramón [24] estima que los callejones alojaban por lo menos a la mitad de
la población de Lima, la cual tenía como rasgo común: la pobreza. Opinando al respecto
que era la expresión de una “segregación ecológica de los estratos sociales”.

El mismo Ramón [24], nos informa que el callejón ya era en tiempos coloniales una
forma popular de vivienda, descrita como un pasaje central estrecho, sin techo, que
permitía el acceso a cuartos independientes diminutos de dos a tres habitaciones, donde
vivían personas indeseables: “Para el siglo XVIII Fray Francisco de Castillo describía
los callejones limeños como lugares estrechos ocupados por ladrones y meretrices don-
de el delito era cotidiano”. En el año 1859 los callejones limeños seguían siendo repu-
tados como sitios de alta peligrosidad, el callejón de la Venturosa era el más conocido.
Según versiones de la época, la Venturosa contaba con mil habitaciones y más de 30
callejuelas en todas direcciones, siendo un lugar donde sucedían “horribles crímenes”
(El Comercio, 8 de noviembre de 1859).

Dudas sobre la sanidad de los cementerios generales

En 1860 continuaban los temores coloniales sobre los efectos morbíficos de los efluvios
que se desprendían de las sepulturas, incluso de aquellas ubicadas en los Cementerios
Generales. Temores presentes no solo en la mentalidad popular sino en algunas autori-
dades gubernamentales. Henry Eucher [26], nos informa que en el año 1860, el Supre-
mo Gobierno había enviado una nota a la Dirección de Beneficencia, indicándole que
“en atención a las exhalaciones que provienen de las sepulturas en el panteón y a la si-
tuación de dicho establecimiento en las inmediaciones de la ciudad, se debía atribuir a
estas causas la existencia de las enfermedades que se han hecho endémicas en el tempe-
ramento de esta capital, y que de consiguiente debía la Dirección de Beneficencia trans-
portar el establecimiento del panteón en otra situación donde no podrían sus emanacio-
nes producir los efectos mortíferos que se señalan”. La dirección de Beneficencia, sin
negar la existencia de dichas emanaciones ni su carácter nocivo, demostró que, la posi-
ción del panteón a sotavento de la ciudad y colocado a una altura muy superior a la de
ésta, no daba lugar a que dichas emanaciones tuviesen la influencia que se les atribuía.

Sin embargo de esa demostración, M. A. Olaechea [33], miembro de la Sociedad de


Medicina de Lima, continuaba afirmando, treinta años después, que la principal causas
de las enfermedades eran los miasmas cadavéricos desprendidos de las sepulturas. Al
respecto, advertía y criticaba la existencia de “múltiples cementerios” clandestinos en
los “extramuros” de la ciudad, que constituyen “focos de fermentaciones pútridos y por
supuesto, otros tantos de contagio”; además, insistía en la supuesta mala posición “to-
pográfica” del Cementerio General de Lima, así como criticaba el modo imperfecto de
practicar las inhumaciones. Con relación a estas prácticas dice:

“Desde el año de 1838 hasta el día,… la mayor parte de inhumaciones se practican en el


suelo (en zanjas) y en nichos temporales, más que en perpetuos. Los restos depositados
en los nichos temporales, se exhuman cada tres años para incinerarlos, á fin de practicar
nuevas inhumaciones en ellos… ; para la fabricación de nichos y mausoleos se hacen con-
tinuamente excavaciones más o menos profundas, dejando por consiguiente, el suelo, es-
capar las exhalaciones y miasmas cadavéricos que encierran, los que pasan a la atmósfera
y la descomponen notablemente (…) y en un tiempo que no es fijo… se hacen (las exhu-

51
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

maciones) de las zanjas con el objeto de realizar nuevas inhumaciones, siendo aquellos
restos humanos quemados…”. (M. A. Olaechea, 1893, pp. 608 y 613)

2.3. MARCO INSTITUCIONAL DE LA SANIDAD PÚBLICA: 1826-1902

Desde el año 1826, por iniciativa de los ilustrados peruanos se institucionalizaron las
Juntas de Sanidad, encargadas de evitar el ingreso al país de las enfermedades “exóti-
cas” importadas – fiebre amarilla, el cólera, la peste – o, si fuera el caso, controlarlas en
su evolución junto con otras pestilenciales, como la viruela, que ya eran endémicas en
el país. Superando la antigua concepción de Higiene como una acción de responsabili-
dad de las autoridades de la policía local o municipal, los nuevos gobiernos considera-
ron a la Sanidad Pública como una práctica estatal policiaca destinada a mantener el or-
den en el espacio público nacional.

El Ministerio de Gobierno y la Sanidad: 1826-1902

Creación de las Juntas de Sanidad [17, 18]

La participación de H. Unanue en la formalización legal de nuevas medidas de políticas


de sanidad fue fundamental en los primeros años de vida republicana del Perú. El De-
creto Supremo de 1826 que crea las Juntas de Sanidad había sido inspirado y redactado
por Unanue: “quien tomó por modelo los estatutos de la Junta Superior Gubernativa de
Medicina de Madrid, creada a fines del siglo XVIII”. Al respecto, en el diario oficial El
Peruano se hacía el siguiente comentario:

“De la conservación de la salud pública, depende principalmente la felicidad social. Las


leyes más sabias serían superfluas, si dejando de lado la salubridad, no prescribiesen re-
glas para poner a salvo al común de los males que padece la incuria, o una fatal condes-
cendencia en todo lo referente a la Higiene Pública; o si dictadas una vez no las llevase a
cabo para poner en cobro los bienes más preciosos de la humanidad. Habiendo llenado el
Gobierno la primera de estas obligaciones necesita ahora ponerle el sello instalando la
Junta Superior de Sanidad, mandada a crear por el art.1º de la ley del 1º de septiembre”
(El Peruano, 4 octubre de 1826).

El lenguaje utilizado en dicho Decreto y en ese comentario está inspirado tanto en el


pensamiento ilustrado cristiano, como en el utilitarismo de Benthan: “la mayor felicidad
posible para el mayor número”. El logro de la felicidad social justificaría, entonces, las
leyes, las ordenanzas municipales y las regulaciones policiales que los gobernantes de-
bían prescribir, para ordenar el comportamiento de los individuos y de la colectividad,
en todo aquello vinculado con la conservación de su salud.

De acuerdo con las políticas de sanidad vigentes en el período, los asuntos guberna-
mentales vinculados con la Higiene Pública y la Sanidad estaban a cargo del Ministerio
de Gobierno y Policía, cuyos funcionarios presidían las Juntas de Sanidad y muchas ve-
ces estuvieron a cargo de las Municipalidades. Estos asuntos eran considerados asuntos
policíacos vinculados con la conservación del orden y de la higiene en el espacio públi-
co y, por tanto, debían estar a cargo de las autoridades del Ministerio de Gobierno y Po-
licía: prefectos, intendentes o gobernadores. Las cuales debían recibir, para una mejor
toma de decisiones, el apoyo técnico, primero, del Protomedicato, luego, de la Junta

52
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

Directiva de Medicina y, finalmente, de la Facultad de Medicina. La Policía estaba en-


cargada de vigilar y hacer cumplir las disposiciones sanitarias dictadas por las Juntas de
Sanidad, los municipios o por ella misma.

Aquellas ideas centradas en el orden e higiene del espacio público para la conservación
de la salud de la población, serían enfatizadas y ampliadas en la normatividad dictada,
como una condición para el logro de la felicidad social, por Ramón Castilla y los gober-
nantes que se sucedieron a lo largo del siglo XIX (leer páginas siguientes).

Las Juntas de Sanidad y sus responsabilidades [17, 18]

La base legal de la organización del cuidado de la salud en el Perú entre los años 1826
y 1902 estuvo constituida inicialmente por los decretos que se promulgaron durante los
primeros años de nuestra República; entre ellos, el ya citado Decreto Supremo del 1º
de septiembre de 1826, que crea las Juntas de Sanidad. En la segunda mitad del siglo
XIX se amplió y se precisó la base legal de la organización sanitaria, a través de las le-
yes de Municipalidades de 1856 y de 1861, del Servicio de Médicos Titulares de 1872,
la Ley de Municipalidades de 1873, el Reglamento del Servicios de Sanidad de 1887 y
la nueva Ley Orgánica de Municipalidades de 1892.

Las Juntas de Sanidad constituyeron, en conjunto, el núcleo de la primera modalidad de


organización del cuidado de la salud en la etapa republicana. Eran organismos colegia-
dos de sanidad marítima y terrestre, jerarquizados y escalonados territorialmente en tres
niveles – nacional, provincial y municipal - presididos por funcionarios del Ministerio
del ramo de Gobierno y Policía. La conducción de la Higiene Pública dejó de ser un
asunto sólo local y municipal como lo era en la época colonial, para convertirse en un
asunto nacional ubicado en el ámbito del Ministerio aludido. Modalidad colegiada que
se reorganiza en 1887, conformando el Servicio de Sanidad, y que se mantuvo vigente
hasta el final de la República Temprana, cuando este Servicio se convierte en la Direc-
ción de Salubridad Pública.

La Junta Suprema de Sanidad era el cuerpo colegiado de mayor nivel gubernamental en


el ramo. Las Juntas Superiores (Provinciales) debían vigilar que las Municipales cum-
plieran las reglas generales que prescribía la Suprema. Por su parte, cada Junta Munici-
pal – conformada por el intendente o gobernador, que la presidía, el alcalde, un médico
y uno o dos vecinos – debía cuidar que se cumplieran las medidas de salubridad y de
control de las “enfermedades contagiosas” enumeradas en la norma.

Posteriormente, en el Reglamento General de Sanidad de 1887 se prescribía que los


Servicios Municipales de Sanidad estaban a cargo de las Juntas Sanitarias Provinciales ,
bajo la dependencia directa de la Junta Suprema o Central de Sanidad, ejerciendo juris-
dicción en el ramo de Sanidad sobre las Municipalidades en sus respectivos distritos,
Sus funciones estaban precisadas en la Ley de Municipalidades y debían dar cuenta a la
Junta Suprema de todas las ordenanzas y reglamentos que expidiera “para el mejor ser-
vicio higiénico de la provincia”. Ejercían sus funciones siguiendo los procedimientos
señalados en el Reglamento General de Sanidad,

Los Concejos Municipales y el saneamiento ambiental: 1821-1902

Concejos Municipales en las Constituciones y Leyes Orgánicas [18, 34]

53
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

Las primeras constituciones políticas del Perú republicano, con excepción de la del año
1839, coinciden en dar personería legal a los municipios. La Constitución de 1823 en
su Art.138° reconocía las “Municipalidades electivas”; el denominado “poder munici-
pal” tenía su origen en los colegios electorales de parroquia y tenía a su cargo el control
del orden público, la educación, la beneficencia, la salubridad, el ornato y recreo loca-
les, así como el desarrollo de la agricultura y de las industrias. La Constitución de 1828
creó las Juntas Departamentales señalándoles como objetivo principal, promover los in-
tereses generales del departamento y la de las provincias en particular. Disueltas las
municipalidades en 1836, serán reemplazadas por las intendencias de policía a nivel de-
partamental y por las subprefecturas en las provincias (Basadre, 1983, II: 192) La Cons-
titución de 1839 suprimió formalmente las municipalidades, encomendando la adminis-
tración local a los llamados intendentes de policía y a los “síndicos procuradores”, de-
jando a la ley el cuidado de definir sus atribuciones y medios de acción. Luego, las mu-
nicipalidades fueron reestablecidas por la Constitución de 1856. Recién, el 14 de octu-
bre de 1892 se dicta la primera Ley Orgánica de Municipales.

En realidad, la administración local de la República, reconoce su origen en el artículo


118º de la Constitución de 1860: “Habrá Municipalidades en los lugares que designe la
ley, la cual determinará sus funciones, responsabilidades, y calidades de sus miembros”.
Aceptados constitucionalmente, los organismos de la administración local, sólo llegaron
a crearse a mérito de la Ley de Descentralización Administrativa del 9 de abril de 1873
que estableció los Concejos Departamentales y los Concejos Provinciales y Distritales.
En esta ley de 1873 se señala como atribuciones de los Concejos Provinciales la regla-
mentación, administración de los servicios de aseo y salubridad públicos; además, se
indica como funcionarios de sanidad locales a un inspector de higiene y vacuna en los
Concejos Departamentales y otro en los provinciales.

Más adelante, desde 1892, la Sanidad Municipal debió adecuarse a lo dispuesto en la


nueva Ley Orgánica de Municipalidades. En el art. 77° de esta norma se señalan las
atribuciones de los Concejos Provinciales en: el cuidado del aseo y de la salubridad; de
la provisión y la conservación de los manantiales, fuentes o depósitos de agua y a la dis-
tribución de ésta, cuanto sean de uso común; de los lugares comunales, como merca-
dos, mataderos, abrevaderos, etc.; de la conservación y propagación del fluido vacuno;
así como de la expedición de los reglamentos de policía municipal. En el art. 93º de la
misma Ley, se establecen las atribuciones del Inspector de Higiene y del Inspector de
Vacuna de los servicios de salud municipales. Por último, en su art. 100º se prescribe
que entre los gastos municipales provinciales, de forzosa inclusión en el presupuesto,
están los que demande el sostenimiento de los hospitales que se costeen con rentas pro-
vinciales, la conservación y propagación del fluido vacuno y en general todos los con-
cernientes a la higiene pública.

Finalmente, conviene enfatizar que solo a partir de la década de 1860 se fue creando
una verdadera administración municipal, que antes no había tenido sino una estructura
muy incompleta. Asimismo, durante el resto del siglo XIX la aún imperfecta organiza-
ción y la permanente falta de recursos de esta administración no permitieron, a la ma-
yoría de las municipalidades, dar a sus servicios el impulso necesario. Estando éstos re-
ducidos, aún en la capital del país, a lo más elemental e indispensable.

Los Servicios e Inspecciones Municipales de Higiene [17, 18, 34].

54
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

Los Servicios Municipales de Sanidad debían ejercer jurisdicción en el ramo de Sani-


dad en el ámbito de sus respectivas provincias. Sus funciones estaban precisadas en la
Ley de Municipalidades. Para cumplir con sus responsabilidades en el campo de la pro-
tección del ambiente, la Municipalidad de Lima realizó varias tentativas, especialmente
después de la reforma administrativa de 1872. Así fue como en 1873 dictó la primera
Ordenanza de Policía Sanitaria de la provincia, que estableció el Servicio de Higiene
Pública del Concejo Provincial de Lima, el cual puede considerarse – a criterio de Ca-
simiro Ulloa – como un serio ensayo en este campo de la administración local.

Ese Servicio fue el de mayor desarrollo en el país; su Inspección de Higiene llegó a


disponer de cinco médicos sanitarios distribuidos en los cinco cuarteles en que estaba
zonificada la provincia de Lima en esos años. En su organización se distinguían tres
secciones: el servicio de vacuna; el Laboratorio Municipal y servicio químico; y, el la-
boratorio Metereológico. Sin embargo, no pudo disponer de recursos materiales sufi-
cientes para garantizar un nivel aceptable de atención sanitaria. En la práctica apenas
pudo extenderse a la vigilancia del cumplimiento de las reglas higiénicas del Reglamen-
to de Policía Municipal, las cuales dejaban mucho que desear. No había una inspección
permanente de los comestibles y las bebidas, ni la necesaria inspección de estableci-
mientos públicos e industriales; careciéndose totalmente de personal profesional espe-
cializado en el trabajo sanitario [35]. Al respecto, el Dr. Aurelio Alarco [36], Inspector
de Higiene del Concejo Provincial de Lima, expresaba su frustración por la poca impor-
tancia que las autoridades del país asignaban a la salubridad:

“La Higiene Pública, que en los pueblos civilizados recibe esmerado culto, así de parte de
la administración local como del pueblo, ha sido entre nosotros sumamente desatendida…
Nuestras autoridades, así como nuestros hombres públicos…no se han preocupado de la
salubridad del vecindario… nada o casi nada se ha hecho en el sentido de organizar un
Servicio de Higiene Pública…, confiados en la bondad de nuestro clima, no creían urgen-
te preocuparse de la salud pública, empeñados ante todo en luchas políticas… Que se cre-
yera hasta inútil ocuparse de la salud pública lo prueban: que el Servicio Médico Munici-
pal, apenas ensayado, fuera suprimido bajo pretexto de economía; que los servicios quí-
micos y metereológicos hubieran sido y hoy mismo continúen tan pobremente instalados;
que la policía de salubridad no existe aún; que el Servicio Demográfico Estadístico sea
tan imperfecto e independiente de la Sección de Higiene; finalmente, que esté aún por
crearse un verdadero Servicio de Salubridad…”. (A. Alarco, 1886, p.329)

Desde 1887, las Municipalidades debían ejercer sus funciones, en el campo del cuidado
de la salud, siguiendo los procedimientos señalados en el nuevo Reglamento General de
Sanidad. En las Municipalidades de las capitales de departamentos, estas funciones de-
bían ser ejecutadas, siempre bajo la dependencia de las Municipalidades, por las Juntas
o Comisiones organizadas y reglamentadas por aquellas, conforme a sus recursos. En
las demás capitales de provincia o de distrito, el Servicio estaba a cargo de las mismas
Municipalidades y su Comisión de Higiene. Pero, en la realidad administrativa munici-
pal nacional estos procedimientos solo pudieron aplicarse parcialmente en Lima y en
algunas de las principales ciudades del país.

En lo que se refiere a los aspectos normativos, en cumplimiento de lo dispuesto en esa


nueva norma, el Concejo Provincial de Lima formuló un nuevo proyecto de Reglamen-
to para el Servicio de Sanidad Municipal de la Provincia de Lima que, después de ser
revisado por la Junta Central o Suprema de Sanidad, fue aprobado por Resolución Su-
prema de 4 de enero de 1889. La nueva norma tenía tres capítulos: “De la Junta de Sa-

55
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

nidad Provincial”, “Del servicio sanitario de la provincia”, y “De las rentas y gastos de
Sanidad”. Casimiro Ulloa [37], criticaba el número exagerado de funciones que la
nueva norma asignaba al médico municipal:

“Según el artículo 8º de dicho Reglamento, la ejecución del servicio sanitario queda con-
fiado a cinco médicos y a un número indeterminado de químicos municipales . Los cinco
médicos municipales, uno por cada distrito, tendrán a su cargo todas las funciones del
servicio, con exclusión de la inspección de los alimentos y bebidas, que está encargado a
los químicos permanentes…Una acumulación… tal de funciones…(en) cada médico mu-
nicipal… es un imposible material…”. (C. Ulloa, 1889, p. 241-244)

Según todos los testimonios conocidos, las débiles autoridades de la Junta Suprema de
Sanidad y de las municipales nunca estuvieron en condiciones de cumplir o hacer cum-
plir lo dispuesto en las normas de sanidad terrestre contenidas en el Reglamento del
Servicio de Sanidad, ni siquiera cuando existía el peligro inminente del ingreso al país
de una epidemia [38].

Otras Ordenanzas de la Municipalidad de Lima

Desde el año 1856 se dieron atribuciones a los municipios para nombrar “celadores”,
quienes se encargaban de velar por el estricto cumplimiento de las ordenanzas dictadas
por el gobierno local relacionadas con la higiene, el orden y la seguridad en el espacio
público. En 1858 se establecen normas para cautelar la paz, el orden y aseo en la ciudad
de Lima, así como la reglamentación de los carruajes. Éstos debían tener ruedas y ejes
con determinadas dimensiones; se reglamentó el peso que debían transportar, el número
de bestias que servían para el tiro, etc. [10].

El 4 de Junio de 1866 durante el gobierno de Ignacio Prado, se publica por primera vez
en el diario oficial, el Reglamento de la Policía Municipal de Lima, con la finalidad de
establecer los procedimientos para el cumplimiento de aquellas normas. Reglamento
que es, sin duda, un fiel reflejo de lo que se consideraba necesario para mejorar el orden
y la seguridad en el espacio urbano, pues establece las reglas sobre arquitectura, salu-
bridad, comodidad y aseo, mercado, aguas, artesanos, jornaleros, sirvientes, toques de
campana, funerales, policía de campo, etc. Sin embargo, muchas de estas ordenanzas,
al entrar en conflicto con las tradiciones, fueron motivo de duras quejas y rebeliones,
encabezadas por las mujeres principales de la ciudad, así como por sacerdotes, algunos
de los cuales llegaron incluso a manifestar su desacato explícito a las órdenes del go-
bierno, motivo por el cual no pocos fueron encarceladas hasta que el Arzobispo tuviese
que solicitar su liberación (C. Casalino, 2002) [10].

Años después, Paz Soldán [39], comentaría que esas ordenanzas “resultan letra muerte
por causa de una mala inspiración doctrinal o por falta de elementos administrativos ca-
paces de hacerlas efectivas”. Comentario que se sustentaba en el conocimiento del in-
cumplimiento de las siguientes normas u ordenanzas aprobadas, entre los años 1871 y
1901, por el Concejo Provincial de Lima:
 Reglamento de Policía Municipal, de 12 de julio de 1872, bastante atrasado en sus
disposiciones sanitarias.
 Ordenanzas sobre suministro urbano: la de venta de carne de chancho (1891), venta de
margarinas y mantequillas artificiales (1901), venta de carne (1901).

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

 Ordenanzas sobre establecimientos y viviendas: la de visitas domiciliarias e inspec-


ción de establecimientos públicos (1887), sobre condiciones que deben reunir las habi-
taciones (1887), y sobre desinfecciones (1901).
 Ordenanzas vinculadas con la medicina legal: sobre funerales de cuerpo presente
(1887); sobre inhumaciones y exhumaciones (1892).

2.4. OBRAS Y ACCIONES DE SANEAMIENTO URBANO: 1821-1902

Inicios de las obras públicas en el Perú Republicano

Debemos recordar que recién al inicio del régimen patrimonialista castillista (1845), se
pudo establecer sobre bases organizativas y económicas relativamente sólidas la admi-
nistración pública nacional. El Decreto de 15 de mayo de 1847 dispuso los fondos para
el desarrollo de obras públicas en los departamentos. La circular de 12 de octubre de
1848 dirigido por el Ministro de Gobierno a los prefectos y gobernadores litorales seña-
ló la preferencia que debía darse a obras convenientes a la agricultura y al comercio, ta-
les como los canales, caminos, muelles. Puentes, acueductos, casas prefecturales, adua-
nas, escuelas, cuarteles, cárceles, pilas, plazas de abastos y otras obras públicas fueron
erigidas en las provincias durante el subperíodo 1845-1851.

Para tratar de organizar de manera más eficiente a la función constructora del Estado, se
creó en diciembre de 1852 la Comisión Central de Ingenieros Civiles, conformada por
ingenieros extranjeros, polacos y franceses, contratados al efecto por el Gobierno y a la
que se le encomienda la dirección, ejecución e inspección de trabajos e informes relati-
vas a empresas dedicadas a la realización de obras públicas, “no obstante, a pesar de sus
esfuerzos, la labor de los ingenieros no se articulaba dentro de un plan promovido por el
Estado. Además, su competencia se vio entorpecida por obra de los prefectos, a quienes
usualmente el gobierno central encomendaba la puesta en marcha de dichas obras” (L.
Seiner, 2012, p. 44) [40].

El 3 de marzo de 1860 es aprobado el Reglamento para el servicio de ingenieros y ar-


quitectos del Estado, formulado por una Comisión nombrada por el gobierno en1857.
En el Reglamento se establece que el Cuerpo de Ingenieros Civiles tiene por objeto
proyectar, ejecutar y vigilar las obras públicas, además de examinar el territorio nacio-
nal y reconocer sus riquezas minerales. Estructura que depende del Ministerio de Go-
bierno, Policía y Obras Públicas, y concretamente de la Dirección de Obras Públicas,
creada por la misma norma, con el fin de centralizar e impulsar los trabajos en este ra-
mo. Asimismo, en el Reglamento se establece que al Cuerpo de Arquitectos le corres-
ponde proyectar, ejecutar y dirigir las obras de arquitectura que el Estado les encomien-
de, vigilar la conservación de los edificios y monumentos públicos, así como otras ta-
reas relacionadas tanto con la arquitectura como con el urbanismo. El Reglamento de
1860 normaría la actividad de ingeniería y arquitectura y la formación de ingenieros y
arquitectos por más de una década, hasta 1872 [41].

Hasta mediados de la década de 1870 no existía en el país una institución nacional de


formación de ingenieros civiles. El Estado, principal promotor de grandes obras de in-
fraestructura para modernizar el país, tenía que limitarse a contratar ingenieros extran-
jeros o a los escasos nacionales formados fuera del país, para proyectar y construir di-

57
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

chas obras. Recién en el año 1876 fue fundada, por iniciativa del gobierno de Manuel
Pardo, la Escuela de Construcciones Civiles y de Minas de Lima o Escuela Especial de
Ingenieros de Construcciones Civiles y de Minas, conocida tradicionalmente como Es-
cuela de Ingenieros, conducida por el ingeniero polaco Eduardo de Habich. El surgi-
miento de la Escuela con esas especialidades obedeció, como se indica en su acta de
creación, a “las necesidades del país”. Entre 1876 y 1909, Habich fundó y condujo la
Escuela, dejando 276 ingenieros egresados y 37 peritos agrimensores, así como Escue-
las de Capataces en varios asientos mineros [41, 42].

Obras de saneamiento urbano: 1821-1902

Obras de saneamiento y desarrollo urbano en el país

Preocupado el Gobierno Central por el problema de las pésimas condiciones ambienta-


les de las ciudades y los principales puertos del país, se realizaron, durante los gobiernos
de Castilla y de Balta, varias obras de saneamiento y de desarrollo urbano. Es así que,
en 1845 se aplicó por primera vez el asfalto como pavimento, alrededor del Palacio de
Gobierno, y se comenzó el enlosado de las calles de Lima. Se realizó la construcción del
Mercado Central en Lima y la instalación de servicios de agua potable en los puertos del
Callao, Arica, Islay y Mollendo, así como en Pisco. Para la mejor ejecución de esas y
otras de infraestructura social, reiteramos, el Gobierno creó en 1860 la Dirección de
Obras Públicas y en 1861 las Juntas de Obras Públicas en las principales capitales de
departamentos y provincias. Posteriormente, entre otras normas importantes que se dic-
taron, antes de la Guerra con Chile, y estaban vinculadas con este tema mencionaremos
las leyes de las Juntas Departamentales, de las Municipalidades, de la Organización In-
terior de la República [43, 44].

Los Concejos Municipales del país estaban formalmente encargados del financiamiento
de las obras de provisión, conservación y distribución del agua para bebida, así como
de los servicios de desagüe, la limpieza de las calles, la vigilancia de los mercados y
alimentos, la recolección y depósito de basuras, así como de otros servicios de higiene
urbana [43, 44]. Pero, tal como ya se indicó en páginas anteriores, estos Concejos eran
administrativa y financieramente muy débiles. Recién a inicios del siglo XX comenza-
rían a formar una pequeña burocracia con regidores especializados en el cobro de tribu-
tos, e inspectores entre los que se encontraba uno de higiene.

Ante la mala situación financiera de la administración pública local, el Gobierno Central


comenzó a promulgar leyes o resoluciones legislativas para financiar – con asignaciones
presupuestales o vía empréstitos – dichas obras en las principales ciudades del país. La
escasa magnitud económica de tales asignaciones y empréstitos no permitió, sin em-
bargo, aliviar la creciente insalubridad urbana [17, 18, 43].

“Pero las condiciones de nuestros poblados, desde el punto de vista municipal, fueron,
después de decenios de proclamada la república, las mismas que durante el virreinato, es-
to es, de tipo rural, y por lo tanto con los modos sanitarios correspondientes. Sólo en
aquellos con calidad de ciudades había variantes, las que consistían, por una parte, en que
el agua de bebida se obtenía principalmente de pozos, pero perforados en la vecindad de
pozos sépticos (silos); y, por la otra, en que las aguas negras eran arrojadas a las calles y
discurrían por éstas en acequias a cielo abierto. La baja policía, al igual que en villorrios y
chacras, estaba confiada a gallinazos, cerdos, perros, gallinas y patos. Es de notar que las

58
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

condiciones descritas en este párrafo existen aún en gran parte de nuestros poblados” (F.
Valega, 1979, p. 9-10)

Obras de desarrollo urbano en Lima [10, 12, 19, 45, 46]

En el año 1855 la Municipalidad ordenó el traslado de los camales hacia fuera de la


ciudad, y construye la plaza del mercado en los terrenos del convento de La Concep-
ción, la que fue considerada, en su momento, mejor incluso a la de Nueva York, tenien-
do capacidad para alrededor de 1.000 “vivanderos”. El matadero, que tantos pedidos
ocasionara para que sea sacado fuera de las murallas, fue construido también en 1855,
en las cercanías a la portada de Monserrate; su administración estuvo a cargo de la mu-
nicipalidad. El alumbrado por gas se estableció en Lima en 1855 y se inauguró el 7 de
mayo de ese año. Al año siguiente, se comienza a hacerse realidad las instalaciones de
cañerías de fierro de abastecimiento de agua en las casas. Los que no tenían estas insta-
laciones podían acudir a las 17 pilas y 10 pilones públicos, o a las pilas ubicadas en los
conventos, monasterios, hospitales y colegios. También podían comprar dos pipas con
agua potable y pagar medio real por ellas a los aguadores.

En 1861 había en Lima tres mercados de abastos: el que ocupaba el antiguo Convento
de Santo Tomás; el situado en la Plazuela de las Nazarenas, y el de la Plazuela del Bara-
tillo. El Mercado Central o el de la Concepción estaba entonces en obras y, terminado
su edificio, el cual se mantendría hasta 1903, en que fue totalmente reedificado. Exis-
tían, además, ocho molinos; así como apreciables extensiones de terrenos rústicos, en-
tre las edificaciones de la ciudad. Once años después, en el plano de la ciudad de Lima
de 1872 se muestra la existencia, entre otros, de los siguientes establecimientos públi-
cos: el Palacio de Gobierno, la Cámara de Senadores, la Cámara de Diputados, el Con-
greso, trece hospitales y siete cuarteles militares. Como instituciones comerciales apare-
cen siete molinos, un matadero, así como otros diez lugares de producción industrial.
Además, más de 60 iglesias, capillas y conventos. Definitivamente, la ciudad había su-
frido grandes transformaciones.

Obras de abastecimiento de agua en Lima

En los años de la bonanza del guano, el Gobierno contrató con Manuel M. Basagoitia el
tendido de tuberías de fierro fundido para dar servicios de agua potable a las pilas públi-
cas y a los inmuebles de particulares que lo solicitasen. Éstas reemplazarían a las ante-
riores, construida de barro cocido, y debía tener respiraderos en diferentes lugares, para
poder regar las calles con facilidad. Los trabajos comenzaron en 1857, modificándose
y ensanchándose las obras antiguas y haciendo otras nuevas consistentes en galerías co-
lectoras abiertas en los puquios de la Atarjea. Esas galerías conducían el agua a un co-
lector general de donde partían las cañerías madres que entraban a la ciudad por el ba-
rrio de Santa Clara. En 1860, ya se ofrecía al público la instalación de cañerías en casas
particulares y los servicios pertinentes (El Comercio,10 de marzo de 1860) [24]. Al po-
co tiempo, se unirían a Basagoitia otros inversionistas peruanos, y juntos establecerían
la Empresa del Agua de Lima, que en 1864 obtuvo el privilegio exclusivo – como enti-
dad privada – de explotar el suministro de agua de esta ciudad por 50 años.

La Empresa del Agua de Lima instaló, entre 1857 y 1893, unos 73 kilómetros de tube-
rías de fierro. En este último año, los 115 mil habitantes de la ciudad de Lima disponían
de 36’296.256 litros de agua cada día. Aun así, el suministro se consideraba insuficiente
por las autoridades y el público usuario, que se quejaba también por el mal servicio de

59
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

la Empresa. Cabe mencionar que las zonas más alejadas de la ciudad como Magdalena,
Miraflores o Barranco no estaban incluidas en la red de distribución de agua que proce-
dente del río Rímac abastecía a la ciudad de Lima [47, 48].

La Empresa también construyó, en 1872, un nuevo reservorio de agua en los terrenos


de la hacienda Ansieta, por el cementerio, cerca de la fábrica de pólvora y la huerta La
Menacho; el uso de este reservorio significó la baja de las antiguas cajas de Maravillas,
de Santa Clara y de Santo Tomás. Además, se realizaron varios trabajos de ampliación
en La Atarjea: se construyeron nuevas galerías subterráneas para captar la mayor canti-
dad de agua por filtración, se cavaron nuevas pozas y un nuevo reservorio de forma re-
donda, de 30 metros de diámetro por 10 metros de profundidad. También se instalaron
algunas bombas para impulsar mejor el agua. Como consecuencia de estos trabajos, La
Atarjea dejó de ser una zona pantanosa [47, 48].

Con relación al cuidado del río Rímac, hubo mucha preocupación en mantener su pure-
za y evitar se convirtiera en un “foco de corrupción”, para lo cual se trató de erradicar
los basurales que se formaban en las inmediaciones del mismo, provenientes de las acti-
vidades de los pobladores de la zona. Sin embargo, cuando las basuras del muladar del
Tajamar alcanzaban una magnitud considerada excesiva, eran los mismos inspectores
municipales quienes arrojaban esos desechos al río [9, 24].

En el Callao, los chalacos se abastecían de un estanque construido de cal y ladrillo en el


puquio de Chivato (cerca de la Legua). De ese estanque, salía una cañería de fierro que
avanzaba por el Camino Real (actual avenida Colonial) y llegaba al puerto por la calle
Lima (hoy avenida Sáenz Peña), hasta concluir frente al castillo del Real Felipe y en el
muelle marítimo.

Obras de canalización de los desagües de Lima

Como ya se informó, cuando se inició en 1857 la obra de canalización subterránea de


Lima, ésta era cruzada por acequias interiores que surcaban descubiertas por el centro
de las calles, arrastrando los desechos arrojados en ellas. Acequias que no solo atendían
la limpieza de la ciudad, sino también servían para el regadío de huertas y jardines en
su interior, pasando no pocas a regar los fundos vecinos de Lima. La población de Lima
en ese año ya alcanzaba un tamaño estimado en 86.000 habitantes, lo que agravaba los
problemas ambientales que se han comentado en páginas anteriores.

En esas circunstancias, según Basadre, las obras de canalización de las acequias y desa-
gües en la ciudad de Lima se iniciaron en 1868 y se prolongaron hasta 1872, bajo la di-
rección y la administración de la Municipalidad, pero sufragando los gastos los propie-
tarios. Los canales eran de ladrillo y debían ser lavados dos veces a la semana; los
principales medían 1,20 x 0,75 metros, los subsidiarios 0,90 ó 0,66 m. de alto. A partir
de 1870 comenzaron a establecerse canales subterráneos profundos y cubiertos que,
además de dar curso a las aguas de las acequias que atraviesan la ciudad, recibían tam-
bién las aguas residuales caseras. El diámetro de estos canales era más ancho en los ji-
rones que en las calles transversales, siguiendo los primeros la dirección de las cañerías
del agua potable, de este a oeste (Guía del Viajero, Lima, 1898) [19]. En relación con
el financiamiento de esas obras, durante la alcaldía de don Manuel Pardo (1869-1870)
había fracasado un intento de lograr un empréstito para canalizar toda la ciudad de Li-
ma. Ello obligó a trabajar lentamente los albañales en ciertos sectores de la ciudad, a

60
Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

medida que lo permitieran los recursos municipales, construyéndose 34 kilómetros de


canal hasta el año 1874 [28, 47].

El proceso de modernización de ciudad de Lima se interrumpió durante la guerra con


Chile. Finalizada la misma, dicho proceso se reiniciaría en el año 1895 con el mejora-
miento de la red de albañales de la ciudad. En 1901 se informaba que se había avanzado
en la construcción de esta red, la cual ya tenía 55 kilómetros de extensión. Los resulta-
dos de estos esfuerzos merecieron el siguiente comentario crítico de parte de don Julio
E. Ribeyro [28], ingeniero municipal y jefe de la Sección de Aguas del Concejo Provin-
cial de Lima por más de 18 años:

“En los siguientes años (de 1895 a 1901) se siguieron construyendo otros albañales, siem-
pre sin plan de conjunto y para satisfacer las necesidades de tal o cual calle, o a lo sumo
necesidades de barrio… Cada vecino o grupo de vecinos, querían tener su calle canaliza-
da; cada concejal entusiasta o empeñoso, quería dejar huella de su paso por el Concejo,
mediante una obra de canalización, de este modo al cuerpo principal de albañales se fue-
ron agregando otros, así al azar a menudo, sin desagües apropiados, sin pendientes, sin
agua por lavar o con niveles tomados en tal forma que impedían la construcción de la ca-
lle siguiente. Los vecinos por su parte no se apuraban por establecer sus conexiones al al-
bañal público, todos preferían las comodidades de la acequia interior al gasto de una obra
de desagüe particular… Faltó pues un plan general y ordenado para la construcción… y
nació de ella la realización de una gran obra fragmentariamente ejecutada y por lo tanto
defectuosa” (J. Ribeyro, 1934, p. 7-8)

Siendo Alcalde de Lima don Federico Elguera e Inspector de Higiene el Dr, A, Agnoli
se contrató el Ingeniero Sanitario ingles, D. W. Ross, miembro del Instituto de Ingenie-
ros Civiles de Londres, para que estudiara la canalización de Lima y presentara un pro-
yecto de posibles mejoras. Ross presentó los informes pertinentes el 27 de octubre de
1902 [49]. En lo que se refiere a la situación del sistema drenaje de la ciudad concluía
que se hallaba en “un deplorable estado antihigiénico”. Conclusión que sustentaría ha-
ciendo la siguiente descripción de aquel sistema:

“Debido a la carencia de lluvia de Lima, se hace necesario regar la tierra para cultivarla, y,
por lo tanto, corren a á través de la ciudad varios cequiones… Todos éstos se alimentan del
Rímac; de manera que, á excepción de unas cuantas semanas en el año, existe el citado río
casi nominalmente, pues que solo lo constituye un lecho de piedras secas y movedizas. Esto
no obstante, muchos albañales continúan descargando sus aguas deletéreas en ese río casi
hipotético! De los cequiones de irrigación ya mencionados, se bifurcan innumerables ace-
quias abiertas que, después de correr sobre los terrenos de cultivo, van a vaciar el agua que
les queda en los canales públicos. La gente que habita en la proximidad de estas acequias,
las hace servir a manera de albañales y también de conductores de basura, tanto que en la
actualidad tales acequias forman en todo Lima una verdadera red de cloacas abiertas! Las
aguas de todos los albañales de la ciudad descienden, por su propio declive, desde los sitios
en donde comienzan las cloacas hasta sus bocas de descarga, muchas de las cuales se en-
cuentran situadas en el mismo centro de Lima!. (D.W. Ross, 1902, p. 9).

Son nueve las reformas que propone Ross [49] en su proyecto de mejoramiento del sis-
tema de canalización presentado a la Municipalidad. Entre ellas:

“1,º Separar la red de acequias y cequiones de irrigación de la red de albañales (…) 2,º
Prohibición de regar con aguas de albañal tierras que se hallan dentro de la ciudad (…) 3,º
Prohibición de que las aguas de regadío penetren en los albañales públicos (…) 4,º Supre-
sión de las bocas de albañal que descargan su contenido en el Rímac y en los cequiones

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

que atraviesan la ciudad (…) 5,º Prohibir el que conviertan en albañales las acequias y
cequiones que corren por la ciudad (…) 6,º Supresión de todas las acequias de los cuarte-
les 1º, 2º, 3º y 4º (…) 7,º Todas las acequias abiertas que corren por las calles deben cu-
brirse”. (D.W. Ross, 1902, pp. 11-12).

El médico Francisco Graña [29], al inicio del siglo XX, coincidía de manera general
con la conclusión diagnóstica de Ross, calificando los avances del servicio de canaliza-
ción de Lima como insuficientes y defectuosos. Lo primero, porque no había podido
compatibilizar el crecimiento del área de la ciudad con el de la red cloacal. Lo segundo,
porque a los defectos de construcción (dimensiones excesivas, nivelación inadecuada de
los canales), se agregaban los provenientes del abandono en que se había tenido el man-
tenimiento de esa obra tan costosa, así como de la desidia con que se atendió este servi-
cio. Por otro lado, debido al papel exagerado que se había querido asignar a los defectos
del alcantarillado sobre la insalubridad de la ciudad, la nueva Municipalidad había de-
cidido comenzar su labor higiénica concentrando su acción en la ventilación de las al-
cantarillas. Esta decisión era criticada por Graña, en tanto consideraba que tal ventila-
ción tendría un efecto muy escaso sobre la insalubridad.

Disposición de basuras en Lima

Según J. Lossio [9], el sistema de recojo de basuras en Lima era efectuado, desde me-
diados del siglo XIX, por la baja policía; servicio de responsabilidad municipal, puesto
en contrata pública por la Municipalidad. La subasta de este servicio de limpieza públi-
ca se hacia por distritos, y quienes obtenían la licitación se comprometían a “barrer per-
fectamente todos los días las calles”; a mantenerlas “en perfecto estado de aseo”; a re-
coger diariamente “todas las basuras, inmundicias y animales muertos”; y a “secar los
aguasales” provocados por el desborde de las acequias. Cuando no se lograba subastar
algún distrito, era la misma Municipalidad la que asumía la administración. Asimismo,
las empresas ganadoras de la licitación se comprometían, una vez recogidas las basuras,
a trasladarlas en carretones hacia los muladares municipales ubicados en extramuros –
en Tajamar, Martinete y Maravillas – para depositar estas materias corruptibles a dis-
tancia conveniente de la ciudad. De esa manera, se pretendía evitar que sus emanaciones
pudieran ser nocivas a la población. Finalmente, estas basuras acopiadas y acumuladas
“fuera de las portadas” eran quemadas, enterradas, o arrojadas al río.

De conformidad con los contratos municipales, los trabajadores de baja policía estaban
obligados a recoger diariamente, en carretones, las “basuras sencillas” que debían ser
colocadas por los vecinos en puntos específicos designados por la Municipalidad. Sin
embargo, de acuerdo a los subastadores y la Municipalidad, era frecuente que los veci-
nos no cumplieran con esa indicación, optando por acumularlas en sus casas, botarlas
desde las ventanas y puertas hacia las calles, o arrojarlas a las acequias [24, 26]. Por
otro lado, la Prefectura y los vecinos coincidían en denunciar que el sistema de Baja Po-
licía mostraba una serie de insuficiencias y deficiencias en el cumplimiento de sus co m-
promisos con la ciudad. Entre las mencionadas con más frecuencia por los vecinos se
encuentran las siguientes: el reiterado incumplimiento del recojo diario de la basura, los
carretones pasaban por lo general “una vez a la semana”; la acumulación de desecho en
las plazas y mercados, ubicadas en el centro de la ciudad; la displicencia de tales traba-
jadores para evitar la formación de nuevos basurales; y las escasas veces en que se ba-
rrían las calles [9].

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

De acuerdo con la información recogida por Lossio [9], el control del buen funciona-
miento del servicio de la baja policía fue un tema muy sensible de la relación entre Mu-
nicipalidad y Prefectura. Si bien la primera estaba comprometida formalmente a realizar
tal función, la Prefectura intentó asumirla imponiendo, además, multas a los administra-
dores de la Baja Policía si es que el recojo de la basura no se cumplía de manera cabal.
La Prefectura, asimismo, hizo públicas sus críticas a la Municipalidad por la manera de-
ficiente en que supervisaba la ejecución de dicho servicio.

Las campañas educativas de las autoridades locales y las advertencias sobre las conse-
cuencias sobre la salud en el caso que no se atendiera la higiene urbana, así como las
multas aplicadas a los infractores de las normas pertinentes, no tuvieron mayor éxito. En
esas campañas se promovía un concepto moderno de higiene total que incluía elementos
tanto individuales, como de vivienda y del espacio público. Finalmente, las autoridades
constataron las dificultades que siempre existirán para impulsar un proceso dirigido a
modificar hábitos de higiene, enraizados en las mentalidades populares [9].

En 1902, el ya citado Ingeniero Sanitario D. W. Ross [50], recibió del alcalde Elguera la
indicación de que propusiera la manera “más conveniente y económica de destruir y ha-
cer desaparecer de la ciudad las basuras de las casas y de la vía pública, a fin de evitar la
formación de los muladares”. En su informe final al Concejo Provincial de la Munici-
palidad de Lima, Ross comienza afirmando que:

“Hay tres muladares principales en Lima, á saber: el del Camal, el de Tajamar y el de


Martinete. La basura que no se arroja á ellos, es depositada en las huertas que se hallan al
lado de las avenidas de la circunvalación, exceptuando una pequeña cantidad que se arroja
cerca del hospital Dos de Mayo. Hemos llevado a efecto una cuidadosa inspección de to-
dos esos lugares, sin que nos haya sido posible encontrar, en ninguno de ellos, algo que
pudiera merecer, en justicia, el calificativo de ‘foco de infección’, exceptuando el… de
Tajamar que se halla situado en el corazón de Lima... Además, el magnifico clima, la in-
tensidad del calor solar y la falta de lluvia propiamente dicha, amen de las bandadas de
gallinazos que devoran ávidamente todas la materia putrescible, son circunstancias que
tienden á hacer los muladares de Lima menos objetables de lo que en realidad serían si
faltaran esos elementos de atenuación” (D. W. Ross, 1902, p. 37).

Con relación a la manera en que se debería destruir las basuras recogidas, estimadas en
70 toneladas diarias, Ross afirma que sólo hay una forma de eficaz y económica de ha-
cerlo: “su incineración en crematorio ad hoc y á alta temperatura”. Sin embargo, pro-
pone al Concejo Provincial que, por ahora, se queme la mitad de esa cantidad y que, se
deposite la otra mitad en las afueras de la ciudad. Además, señala que el sitio más ade-
cuado para ubicar el crematorio de basuras sería junto al muladar de Tajamar, que reci-
bía casi la mitad de todas las basuras de la ciudad.

Nuevos cementerios en la República

Al inicio de la República, fue necesario que San Martín dictara el Decret0 Protectoral
del 27 de octubre de 1821 reiterando la prohibición de los enterramientos en las iglesias,
debido a que éstos continuaban haciéndose en todo el país. Esta norma trató de ser com-
plementada por Decreto de la Junta de Gobierno, encabezada por don Hipólito Unanue,
el 25 de mayo de 1825, en el que se ordenaba la construcción de cementerios en todos
los pueblos y ciudades del país. Lo que no se pudo llevar a cabo por el estado de postra-
ción financiera que se encontraba la economía nacional después de las guerras indepen-

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

dentistas. En la ciudad de Lima, el cumplimiento de la normatividad pertinente fue faci-


litado con la clausura de las catacumbas de San Francisco en 1824 [51].

El 2 de Diciembre de 1831 se inauguró en la ciudad de Trujillo, el Cementerio General


de Miraflores en un terreno donado por Juan José Pinillos, trasladándose ese día como
parte de la inauguración el cadáver del Obispo Dr. Francisco Javier de Luna Victoria
que se encontraba enterrado en la Iglesia de la Compañía de Jesús. Posteriormente, en
Arequipa, el Cementerio General de la Apacheta fue habilitado en 1843 e inaugurado
en un ritual fúnebre con los restos del prócer Mariano Melgar.

Con la recuperación económica del Perú, se inauguraron otros cementerios generales en


las principales ciudades del país. Todos ellos administrados por las Beneficencias Públi-
cas locales, que según Decreto del Ministerio del Gobierno del 19 de Octubre de 1847,
tenían como una de sus funciones: “… procurar la edificación de panteones donde nos
los haya y velar por el mejor servicio, orden y aseo de los existentes”. Es así, por ejem-
plo, que el 17 de agosto de 1848, las autoridades comunales y de la Sociedad de Benefi-
cencia Pública de Tacna, inauguraron un nuevo cementerio, construido al noroeste y a
una distancia “conveniente” de la ciudad. Dos años después, se inauguró, en la ciudad
del Cuzco, el Cementerio Republicano de la Almudena. En el año 1861 se inauguró, el
Cementerio Baquijano y Carrillo gracias a la Beneficencia Pública del Callao y al apoyo
del gobierno de Castilla y del Concejo Provincial del Callao.

2.5. CRISIS DE LA SANIDAD PÚBLICA AL FINAL DEL SIGLO XIX

Al final del siglo XIX, existía un consenso general sobre el fracaso de las Juntas de Sa-
nidad en el logro de sus fines formales. Todos los testimonios de esa época coinciden en
criticar duramente la escasa efectividad de esta modalidad de organización del cuidado
de la salud. El Reglamento General de Sanidad de 1887 que precisaba las funciones de
los escalones del Servicio de Sanidad nunca pudo ser cumplido ni siquiera aceptable-
mente. En palabras de Francisco Graña: “Nuestra ‘Junta Suprema de Sanidad’ y sus
dependencias, tal como están constituidas, con los recursos y atribuciones que poseen,
no desempeña, en realidad, ningún papel… Su labor se encuentra reducida a dictar una
u otra medida administrativa de carácter eventual, naturalmente inaplicable, por falta de
toda organización, porque ni tiene a quien encomendar su cumplimiento…. Es un edifi-
cio ruinoso y defectuosamente construido desde sus cimientos, que precisa derribar por
inútil y perjudicial, a fin de levantar el que reclama la nación, como medida inaplaza-
ble” (F. Graña, 1902, pp. 89-90) [29].

El fracaso de las Juntas creadas en 1826 era previsible. La escasa continuidad en sus
cargos de los miembros de las Juntas, en tiempos de gran inestabilidad política; la efec-
tividad real de organismos colegiados y consultivos en cuya constitución predominaban
los elementos no técnicos; así como la conducción de los mismos por funcionarios del
Ministerio de Gobierno con una concepción policiaca, eran las más importantes razones
de su fracaso. Entre 1826 y 1887, la normatividad sobre las Juntas Superiores se mos-
tró totalmente insuficiente para garantizar su creación en todas las provincias del país y,
mucho menos, su funcionamiento continuo en el caso que se llegaran a establecer. En
muchas de las provincias nunca funcionó una Junta.

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

2.6. COOPERACIÓN EXTERNA Y EVENTOS INTERNACIONALES:


1821-1902

Al final de la década de 1870, la controversia sobre el origen y la transmisión de enfer-


medades infecciosas se había extendido en todo el mundo. Los efectos de la misma, así
como el acortamiento de las distancias, provocado por el gran desarrollo del comercio y
de los transportes, impulsaron el interés sobre las condiciones de salud que prevalecían
en las diferentes partes del mundo. La cooperación internacional para la prevención de
las enfermedades transmisibles se convirtió en una materia de gran importancia, y en
1851 se dio el primer paso para la creación de una organización internacional de salud,
con la apertura de la primera conferencia sanitaria internacional de París. El objetivo de
la conferencia fue eliminar toda innecesaria demora del comercio internacional, con la
condición de garantizar la protección de la salud general. Se propusieron regulaciones
en el primer intento de un código sanitario internacional. Teniendo cuidado de que nin-
guna de ellas pudiera ser considerada como una interferencia a la soberanía de cada
país. Las propuestas presentadas en ésta y en las posteriores conferencias de París
(1859), Constantinopla (1866), Viena (1874) y Washington D.C. (1881) no llegaron a
producir ningún resultado práctico. Aun no existían las condiciones epidemiológicas,
teóricas y políticas suficientes para alcanzar un consenso internacional al respecto [52].

Tal como se ha descrito en páginas anteriores, en la década de 1870 se produjo una gran
epidemia de fiebre amarilla en América Latina; la cual se extendió, luego, a Estados
Unidos (1878). Es sólo en esta situación epidemiológica, que el Congreso de los Esta-
dos Unidos autorizó al Presidente a convocar la Quinta Conferencia Sanitaria Interna-
cional (Washington D.C, 1881), “con el fin de instituir un sistema internacional de noti-
ficación sobre la situación sanitaria real en los puertos y lugares…” [53].

Es también a partir de esa década “cuando comienza a insinuarse, de manera organiza-


da, la influencia norteamericana en el resto de América… La dependencia cultural, so-
cial y científica a los Estados Unidos, reemplaza a las de Inglaterra y Francia, potencias
que a su vez usaron el espacio cedido por España y Portugal”, y se inicia la instituciona-
lización de esta dependencia en la Región, a través del movimiento en pro de la coope-
ración interamericana. En 1890, la Primera Conferencia Internacional de los Estados
Americanos, celebrada en Washington D.C., estableció la “Oficina Internacional de las
Repúblicas Americanas (la actual OEA), con el propósito inicial de recolectar y difundir
información que pudiera facilitar el comercio exterior [53, 54].

Como parte de ese movimiento de cooperación, la Segunda Conferencia Internacional


de los Estados Americanos (México, octubre 1901-enero 1902), recomendó que la Ofi-
cina Internacional convocara a una convención general de representantes de las Oficinas
de Salubridad de las Repúblicas Americanas, para formular acuerdos y disposiciones
sanitarias y celebrar periódicamente convenciones de salud; asimismo se debería desig-
nar una Junta Ejecutiva Permanente, que se llamaría “Oficina Sanitaria Internacional”.
La razón de esta iniciativa era la de llegar a establecer, de manera consensual, medidas
comunes de cuarentena marítima, para minimizar las pérdidas económicas y comercia-
les derivadas de la aplicación indiscriminada de las mismas [53].

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

2.7. FUNDAMENTOS DE LAS ACCIONES DE SANIDAD Y


DE SANEAMIENTO: 1821-1902

En el mundo occidental

Desde el final del siglo XVIII, el pensamiento de los higienistas comenzó a desplazar su
centro de atención desde el clima hacia la salubridad del espacio urbano. Este giro se
verifica en el uso de la noción de foco miasmático: tanto en las disposiciones municipa-
les como en las reglamentaciones policiales, lo que legitimaba la intervención – más o
menos coercitiva – de una autoridad, era la supuesta presencia de focos miasmáticos.
Todo factor que se presumía como tal debía ser retirado, aislado y eventualmente elimi-
nado. Sin embargo, los principales elementos indicados como causales de enfermedad
(el agua y el aire) no eran factores sobre los cuales se pudiera intervenir con igual facili-
dad. No bastaba construir obras de provisión de agua corriente y cloacas. El aire mal-
sano y sus miasmas pútridos solo podrían combatirse interviniendo sobre la totalidad de
la trama urbana. Al respecto, Michael Foucault [55] comenta:

“Los médicos eran entonces en cierta medida especialistas del espacio. Planteaban cuatro
problemas fundamentales: el de los emplazamientos (climas regionales, naturaleza de los
suelos, humedad, y sequedad: bajo el nombre de ‘constitución’, estudiaban la combina-
ción de los determinantes locales y de las variaciones de estación que favorecen en un
momento dado un determinado tipo de enfermedad); el de las coexistencias (ya sea de los
hombres entre sí: densidad y proximidad; ya sea de los hombres y las cosas: aguas, alcan-
tarillado, ventilación; ya sea de los hombres y animales: mataderos, establos; ya sea de los
hombres y los muertos: cementerios); el de las residencias (hábitat, urbanismos); el de los
desplazamientos (emigración de los hombres, propagación de las enfermedades). Los mé-
dicos han sido con los militares, los primeros gestores del espacio colectivo…Los médi-
cos han pensado sobre todo el espacio de las residencias y el de las ciudades” (M. Fou-
cault, 1976, p. 4-5).

Las ideas de los higienistas europeos fueron rápidamente incorporadas a las políticas
urbanas implementadas por el barón Georges-Eugéne Haussmann, prefecto del Sena
en 1853. El barón, dirigió la reforma urbana de Paris y dotó a la capital francesa de una
nueva fisonomía. Ordenó el derribo de los viejos e insalubres barrios obreros y eliminó
las estrechas callejuelas, y en su lugar trazó grandes avenidas, a lo largo de las cuales se
edificaron casas uniformes; planificó los Grandes Boulevards, introdujo zonas verdes e
instaló los grandes parques. A partir de este modelo urbanístico, proyectos que tenían
como objeto la intervención sobre el ambiente degradado del espacio urbano fueron
formulados y ejecutados en otras ciudades del mundo [56].

Para la higiene clásica del siglo XIX, cada uno de los hombres, y consecuentemente ca-
da sociedad, debían ser pensados con relación al medio, al terreno en el que habitan, al
modo como circulan el agua y el aire que transporta miasmas o gases nocivos. Era nece-
sario conocer los efectos que el ambiente podía tener en el cuerpo, en las fibras de los
habitantes y también en su modo de acción, en su moralidad: “para muchos higienistas
prepasteurianos la lucha contra la miseria podía significar, al mismo tiempo, dos cosas:
por un lado, un reconocimiento explícito y estadísticamente fundamentado de la urgen-
cia en modificar las desigualdades sociales, pero, por otro, la necesidad de multiplicar
estrategias de control sobre el modo de vida de las clases populares” (S. Caponi, 2002,
p. 1667). Influida por descubrimientos químicos, la medicina prestará especial atención

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

al aire, pero ya no en relación a los cambios meteorológicos sino en su composición


misma, sus gases, los elementos que alteran o purifican el aire que los hombres respiran.
Por otro lado, se multiplican las propuestas de estrategias destinadas a modificar los
hábitos y las conductas de los pobres que son caracterizadas como moral o socialmente
indeseables. “Entre ambas series discursivas existe continuidad, pues, según entienden
los higienistas de la primera mitad del XIX, para poder imaginar una profilaxis moral,
resultaba indispensable vincular conductas y medio físico” [57].

De acuerdo con las ideas de la época, producida la enfermedad, ésta se transmitía por
“infección” o por “contagio”. Estos conceptos eran definidos de manera diferente a lo
que es hoy usual, y hacían referencia a las distintas formas de propagación de una en-
fermedad. En el primer caso era una materia o un miasma el elemento transmisor; en el
segundo era el sujeto enfermo mismo, ya sea por contacto mediato o inmediato. En un
libro de consulta de la época publicado en 1842 y citado por Eyzaguirre [58] en 1908, se
hacía la siguiente distinción entre ambos conceptos:

“La infección es el modo según el cual se propagan ciertas enfermedades debidas a la ac-
ción tóxica o morbica, que ejercen las materias vegetales o animales en descomposición y
los miasmas exhalados por el cuerpo humano sano o enfermo, sobre uno o varios indivi-
duos colocados en una oportunidad particular para recibir su influencia (…) El contagio
es un modo de propagación de las enfermedades en virtud del cual, un individuo afectado,
comunica su mal a uno o varios individuos que se hallan colocados en una oportunidad
particular para recibirle, y que ellos mismos sirven de elementos de propagación de esta
enfermedad, cuyos caracteres, quedan por lo demás, siempre idénticos”. (Compendium,
1842)

Poco antes de los descubrimientos de Pasteur y Koch, mientras que el anticontagionis-


mo de los médicos liberales radicales alcanzaba el mayor respeto en la comunidad cien-
tífica, las teorías contagionistas tenían su mayor declinación. En esos días, el desarrollo
del microscopio era aún muy limitado y ninguna teoría contagionista resistía la con-
frontación con los hechos. Además, los postulados anticontagionistas de la Higiene Pú-
blica y de la Medicina Social habían fundamentado cognitivamente, de manera exitosa,
el desarrollo de la medicina urbana y la creación de la Salud Pública británica. Sólo con
la revolución bacteriológica dichos postulados iniciarían su devaluación cognitiva en el
mundo occidental [17, 18, 56].

En el Perú republicano del siglo XIX

Las nuevas ideas higienistas tardaron en llegar y, sobre todo, ser aceptadas por la comu-
nidad médica peruana. Al iniciarse la República Peruana y a lo largo del siglo XIX, las
teorías atmosféricas-miasmáticas continuaron siendo hegemónicas en la Sanidad oficial.
La explicación de las causas de las enfermedades colectivas era básicamente la que ha-
bía dado Hipólito Unanue; es decir, se sustentaba en el concepto de “constitución epi-
démica” de Sydenham y consideraciones metereológicas. Es así, que la estructura del
Informe oficial sobre el Estado sanitario de Lima, en abril de 1884, presentado a Junta
de Sanidad de la Municipalidad de Lima, por los Drs. J. C. Ulloa, Julio Becerra y Ma-
nuel Artola [59], tenía tres componentes: constitución atmosférica, constitución médica
(epidémica), y profilaxis.

“CONSTITUCIÓN ATMOSFÉRICA. Principiado el otoño el 19 de Marzo y terminada la


canícula el 8, …Como se vé, las observaciones metereológicas manifiestan la inestabili-

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Cap. 2. Saneamiento urbano…: 1821-1902, Carlos Bustíos y Col.

dad consiguiente al cambio de la estación, que siempre es más acentuado a mediados de


ella. El adjunto cuadro da una idea detallada y en conjunto de todas las vicisitudes mete-
reológicas apuntadas (…) CONSTITUCIÓN MÉDICA. A pesar del carácter variable de
la constitución atmosférica, la constitución médica reinante en el mes de abril, no ha sido
lo que con fundamentos podría temerse, no obstante el haberse presentado durante el mes
ocho casos fatales de fiebre amarilla… Por otra parte, la constitución médica correspon-
diente al estío, es decir la biliosa, se ha prolongado a la par que la temperatura elevada de
esa estación, hasta invadir la mitad del otoño, complicando en muchos casos, sustituyendo
en otros a la constitución catarral, que invariablemente corresponde a esta última estación
(…) PROFILAXIS… Ahora bien, una constitución epidémica biliosa transitoria, una ca-
tarral estacional y una endemia variada, puesto que son muchas las causas de insalubridad
permanentes locales que nos rodean, todas ellas modificadas por la atonía propia de nues-
tro clima, y reunidas para constituir el estado sanitario ¿Qué medidas higiénicas, que pro-
filaxis especial reclamarán?...”. (C. Ulloa y otros, 1884, pp. 123-125).

Tal como se informó en el capítulo anterior, en 1753 se había iniciado en Lima una serie
ininterrumpida de registros meteorológicos que se mantuvo hasta 1857, bajo la respon-
sabilidad del Cosmógrafo Mayor. Información que era dada a conocer en las publica-
ciones anuales a cargo del mencionado funcionario. El Cosmografiato fue, primero, de-
bilitado y, luego, desactivado en 1873. “A fines de la década de 1850, el Cosmografiato
distaba de cumplir con suficiencia sus funciones de antaño; en tal sentido no pareciera
exagerado el juicio ofrecido por Manuel Atanasio Fuentes al referirse al Cosmografiato
como un cuerpo sin vida” (L. Seiner, 2004, p. 22) [60].

Por su parte, Henry Eucher [26] había tratado de explicar el incremento progresivo de
las enfermedades infectocontagiosas en la ciudad de Lima utilizando argumentos deri-
vados de la teoría miasmática. “La práctica y la ciencia están acordes… que la putrefac-
ción de las materias orgánicas da origen a la sutilización de átomos o miasmas deleté-
reos que difundiéndose hasta mezclarse en el ambiente desnaturalizan su calidad, lo ha-
cen impropios a la respiración y de consiguiente originan perturbaciones en la economía
animal y algunas veces enfermedades cuya gravedad cuesta la vida a sus víctimas”.
Luego, señala las muchas costumbres insalubres que existían en la ciudad, desde los
años coloniales, para terminar haciendo la siguiente reflexión: “Cierto es que en tiempos
anteriores existían estas costumbres… y que no se hacían sentir tan reciamente los ma-
les… Esto es debido a dos causas: la primera es, aumento considerable de la población,
sin que se haya ensanchado la extensión de la parte habitada…por el contrario, se au-
mentan las construcciones elevadas de varios pisos sobrepuestos unos de otros, hacien-
do así más difícil la circulación del aire. La segunda es que, habiéndose desarrollado el
movimiento industrial… y como consecuencia una crecida… en el consumo, sobre todo
en cuanto a los elementos que originan las excreciones de materias corruptibles; desde
luego es muy notable una enorme desproporción entre el estado actual y el de antaño.
Es, pues, fácil comprender que, lo que bastaba en otros tiempos, hoy día llega a ser del
todo insuficiente” (H. Eucher, 1860, p. 3-4). A partir de la hegemonía de estas ideas, el
saneamiento urbano era percibido por los higienistas peruanos como el único “reme-
dio” efectivo para el tratamiento de las enfermedades infecciosas.

No obstante, al final del siglo XIX, si bien se continuaba explicando el origen de las
epidemias con las teorías miasmáticas, ahora ésta había sido complementada y renovada
con una interpretación de los efectos de la pobreza. La enfermedad ya era considerada
un mal asociado tanto a las variaciones meteorológicas y la inmundicia del ambiente
urbano, como al comportamiento incivilizado (antihigiénico e inmoral) de los pobres.

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Los médicos percibía al Perú como “estancado en los umbrales de la civilización”, vi-
viendo una prehistoria” de donde solo podría salir cumpliendo los mandatos de la higie-
ne: “Ordenarlo, limpiarlo y educarlo eran requisitos para abandonar el estado de barba-
rie” (M. E. Mannarelli, 1999, p.45) [61].

En cuanto a la esfera familiar, la mirada de los higienistas se dirigió -como nunca antes-
hacia los callejones y las casas con cuartos de inquilinato, asociando pobreza con en-
fermedad e inmoralidad. En las ordenanzas municipales serían frecuentes, aunque in-
eficaces, las regulaciones al respecto. Esta Higiene Pública renovada estaba ampliando
el ámbito de sus acciones: de uno sólo físico, vinculado con “pestilencias” derivadas
de materias orgánicas putrefactas, había devenido a otro que incluía, también, lo social
y lo moral. En el discurso de los higienistas peruanos ya estaba adquiriendo especial
relevancia las “pestilencias” sociales derivadas de la pobreza, el exceso de trabajo, el
hacinamiento en barrios y viviendas insalubres, y otros factores de tipo social. Es en
este sentido que uno puede entender los dos tipos de argumentos utilizados por M. A.
Olaechea [33], miembro de la Sociedad de Medicina de Lima, cuando pretende explicar
el curso de una epidemia de viruela en Lima en el año 1893:

“Para resolver tan complicado problema habría necesidad de conocer perfectamente las
variaciones meteorológicas de la capital, las constituciones epidémicas reinantes de año
en año y la estadística correspondientes a algunas epidemias…el médico se halla en la
obligación de estudiar constantemente no sólo la naturaleza de la enfermedad sino las
condiciones de localidad y clima para evitar el desarrollo de ciertos estados mórbidos…y
remover todas las causas que directa o indirectamente vengan a alterar sus funciones or-
gánicas (…). Pero todas esas medidas se han estrellado contra la acción del miasma que
con un poder vertiginoso se ha propagado en la atmósfera, descomponiendo los elementos
del aire que respiramos por la falta completa del ozono y por la presencia del viento no-
roeste (…) La miseria que soporta el pueblo, la mala alimentación de la clase media y po-
bre, los malos hábitos, los abusos… de los alcohólicos…que viven en habitaciones pe-
queñas, reducidas y húmedas y casi sin abrigo, son causas que influyen de un modo pode-
roso sostener una epidemia cualquiera, y favorecer su propagación, más aún, cuando ellas
reconocen su origen miasmático contagioso.” (M. A. Olaechea, 1893, 591-595).

2.8. REFERENCIAS UTILIZADAS EN EL CAPÍTULO Nº 2

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______________________________________________________________________

72
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

CAPÍTULO Nº 3
SANEAMIENTO AMBIENTAL EN LA SALUBRIDAD
PÚBLICA PERUANA: 1903-1934

3.1. Contexto oligárquico-civilista


Aspectos políticos generales: 1903-1934
Aspectos económicos generales: 1903-1934
Las ciudades y el resto del país: 1903-1934
El racismo y la Eugenesia en la República Oligárquica
La aparición de la peste en el Perú
Participación del Estado en la protección de la infancia

3.2. Problemas de la salubridad ambiental: 1903-1934


Agua potable insuficiente e insalubridad en el espacio público
Insalubridad de la vivienda en el país
Tugurización de la vivienda en Lima
Deficiencias de la canalización de “aguas negras” en Lima
Efecto de los desastres naturales
La impunidad de los infractores de las normas sanitarias
Los “humos de La Oroya”

3.3. Modernización del Estado y la institucionalidad de la salubridad: 1903-1934


Creación del Ministerio de Fomento y Obras Públicas
Políticas sociales, inversiones públicas y salubridad: 1903-1934
Dirección de Salubridad Pública, como órgano central del ramo salubridad
Servicios Municipales de Saneamiento: 1903-1934

3.4. Obras y acciones de saneamiento ambiental: 1903-1934


Inversiones en obras de saneamiento urbano: 1903-1920
Inversiones en obras de higienización y saneamiento básico: 1920-1934
Inspección a las viviendas e intervenciones municipales

3.5. Crisis de la Salubridad Pública: 1930-1934

3.6. Eventos internacionales y cooperación externa: 1903-1934

3.7. Fundamentos de las acciones de salubridad pública


En el mundo occidental
En América Latina y el Perú

3.7. Referencias utilizadas en el Capítulo Nº 3

73
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

3.1. CONTEXTO OLIGÁRQUICO-CIVILISTA

Aspectos políticos generales: 1903-1934

La “República Aristocrática” [1, 2, 3, 4, 5].

Desde el año 1895, la “oligarquía” estableció un dominio casi absoluto sobre la socie-
dad política peruana. Dominio que se caracterizó por una fuerte tendencia a monopoli-
zar el poder real con la consiguiente neutralización de las capas medias y la casi exclu-
sión de las clases populares. Uno de los instrumentos empleados para este propósito fue
el Partido Civil. A partir de ese año y hasta 1919, el Perú experimentó un período de
estabilidad política y de crecimiento económico sin precedentes que será recordado co-
mo el de la “República Aristocrática”. En este contexto se concretó la alianza entre la
oligarquía agro-exportadora, a cargo de la conducción del aparato estatal central, y los
terratenientes serranos, que seguían ejerciendo el dominio político en las zonas rurales.
Alianza oligárquica-civilista que se sustentó en la complementariedad de los intereses
de los que dirigían el proceso de penetración del capitalismo financiero en el país, con
la persistencia de las relaciones pre-capitalistas en el campo. En lo que se refiere a este
proceso de penetración, la clase dirigente sirvió de nexo entre el país y las metrópolis
centrales del mundo occidental, Inglaterra y Estados Unidos principalmente.

El Proyecto de la alianza oligárquica-civilista defendía las ideas liberales, el positivismo


científico y la modernización del país. Se trataba de hacer al Perú un país europeo, lo
que significaba una nación ordenada, próspera y culta según los parámetros occidenta-
les. Para los gobiernos civilistas la promoción de una economía de exportación de mate-
rias primas y la atracción de capitales e inmigrantes extranjeros, especialmente euro-
peos, resumían lo esencial de su propuesta económica. Postulaban que las claves para
comprender la situación de atraso del Perú eran dos: la presencia mayoritaria de la po-
blación indígena y la ausencia de inmigrantes anglo-sajones. Ambas cuestiones forma-
ban parte de la mentalidad colectiva de las elite desde la independencia y habían alcan-
zado en esos años su mayor auge, cuando la doctrina positivista les brindo la ilusión de
una oportunidad única para concretar aquellas ideas, la “teoría de la selección natural
aplicada a la sociedad” [2].

El dominio político y social que ejerció aquella alianza en el país fue facilitado por la
pasividad o debilidad de la clase media u otros grupos sociales, que estaban recién ini-
ciando un proceso de reconocimiento de su identidad y de sus propios intereses. Este
dominio permitió el sometimiento cruento de las rebeliones indígenas – que se multipli-
caban desde el año 1905 – contra la expansión de las haciendas a costa de las propieda-
des comunales. Sólo la conjunción de la crisis de las exportaciones de 1919, al final de
la primera guerra mundial; la crisis política que provocó el mensaje de la “Patria Nue-
va” del Leguía; y, la gran sublevación campesina que convulsionaba a todo el sur an-
dino, pudo dar fin a la República Aristocrática.

La “Patria Nueva”y el “oncenio” de Leguía: 1919-1930 [1, 3, 4, 5. 6].

Augusto B. Leguía, ex-presidente de la República (1908-1912) y antiguo civilista, que


había estado alejado del país desde 1913, regresó al Perú para ganar las elecciones pre-
sidenciales de 1919 con un mensaje anticivilista. En los tres primeros años de su go-

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

bierno (1919-1922) se aprobó una nueva Constitución que reconoció la propiedad de las
comunidades indígenas, se inició una política pro-indígena, se legitimó la jornada de
ocho horas y se establecieron normas orientadas a resolver conflictos laborales. Con
estas medidas políticas destinadas a desarticular la oligarquía-civilista, Leguía consiguió
en esos tres años el apoyo de los sectores medios y populares, así como de nuevos gru-
pos industriales, lo que le permitió excluir de su gobierno a los agro-exportadores y a
los terratenientes. Pero, lograda aquella desarticulación daría, en los siguientes ocho
años de su gobierno, un nuevo sentido autoritario a su política.

Para Alberto Flores Galindo [3], el “oncenio” de Leguía fue el intento sistemático, a
veces temerario, de construir la “Patria Nueva” quitando el poder político a la oligarquía
civilista y entregándolo a un nuevo grupo que iba surgiendo y ampliándose a medida
que avanzaba el proceso leguiísta. Por su parte, Julio Cotler [1] lo define como el pe-
ríodo de la consolidación de la dominación imperialista y emergencia de las fuerzas po-
pulares antioligárquicas, en el que nace el Perú moderno.

Las acciones gubernamentales durante el “oncenio” permitieron una modernización del


Estado. Para ello se incremento los impuestos a la exportación, se pactó empréstitos en
el exterior, se expandió la burocracia y la infraestructura estatal y se realizó acuerdos
técnicos con agencias y expertos norteamericanos para modernizar las concepciones y
las tecnologías sanitarias, educativas, agrícolas y otras de carácter público. La deuda ex-
terna del Estado Peruano con los Estados Unidos se elevó, en solo diez años, de diez
millones de dólares a más de cien millones. Con el importe de estos créditos el gobierno
se dedico a la realización de obras públicas tanto en Lima como en provincias.

Hacia finales del “oncenio”, las contradicciones del nuevo bloque dominante con los
sectores populares provocaron numerosas movilizaciones obreras, impulsadas por nue-
vas corrientes ideológicas, a ellas se sumaron las de los sectores medios empobrecidos y
postergados por los procesos de concentración monopólica. Surgieron así numerosas
organizaciones sindicales, políticas y culturales que de manera casi inevitable, desarro-
llaron tendencias antiimperialistas y antioligárquicas, que generaron la “eclosión de una
conciencia nacional en el Perú” [1]. La respuesta del gobierno de Leguía fue endurecer
las medidas represivas.

Una coyuntura de crisis: 1930-1934 [1, 3, 4, 5]

Finalmente, los efectos en el país del crack financiero de Wall Street (1929) desenca-
denaron una profunda crisis económica en el Perú, la que precipitó la caída del régimen
de Leguía el 22 de agosto de 1930. Al caer el régimen de la “Patria Nueva”, a la crisis
económica se sumó una gran crisis política que paralizó al país. Se destituyó a todas las
autoridades de dicho régimen y se creó un Tribunal especial para juzgar la supuesta co-
rrupción de los funcionarios del régimen de Leguía.

Luego, el triunfo del Coronel Sánchez Cerro en los comicios electorales de octubre de
1931, lejos de restablecer el orden social agudizó la polarización de las masas popula-
res. Los movimientos políticos anti-oligárquicos se fortalecen, liderados por Mariátegui
y Haya de la Torre. Se producen los hechos sangrientos de Trujillo. El 30 de abril de
1933, menos de un mes después de promulgarse la Constitución Política de 1933, el
presidente Sánchez Cerro fue asesinado. En esta coyuntura, la Asamblea Constituyente
eligió al General Oscar Benavides para completar el período presidencial de Sánchez

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

Cerro. Benavides era, entonces, Jefe de la Defensa Nacional, y representaba la única


garantía de la unidad del Ejército. La oligarquía agotada ideológicamente, aunque recu-
perada rápidamente en su economía, estableció una alianza con el Ejército para mante-
ner lo esencial del viejo orden social.

Aspectos económicos generales: 1903-1934

Durante el período 1890-1920, el Perú volvió a la alta tasa de crecimiento económico


que había disfrutado en el lapso de 1850-1870. Dejando de depender del guano, el país
estaba diversificando su economía con una vasta gama de productos y materias primas
de exportación, así como facilitando la progresiva penetración de capitales extranjeras
en mina, banca, seguros e industrias. Estos cambios en el comercio exterior y la pene-
tración de capitales se intensificaron con la primera guerra mundial y el desarrollo de la
red de ferrocarriles en el país. A través de la Peruvian Corporation las líneas férreas se
extendieron hasta Cerro de Pasco (1904), Huancayo (1908) y Cuzco (1908), facilitando
el transporte de los minerales y las lanas de estas regiones. Las inversiones extranjeras
se hicieron fuertes en el sector minería, desplazando a las nacionales [7, 8].

Es en las dos primeras décadas del siglo XX, que la actividad minera comienza a con-
vertirse, nuevamente, en el ramo más importante de la economía nacional. El Código de
Minería de 1900, que entró en vigencia el 1901, estableció el principio de accesión por
el cual el propietario del suelo era también `propietario de los recursos minerales conte-
nidos en él. Estableció, también, la propiedad a perpetuidad que podía ser objeto de li-
bre disposición, salvo por caducidad. Estos cambios normativos dinamizaron el arribo
de inversiones foráneas. Aparecen las empresas norteamericanas Cerro de Pasco Mi-
ning Corporatión (1902) y la Standard Oil (1913); esta última adquirió las propiedades
en manos de intereses británicos y formó la International Petroleum Company. Después
de la primera guerra mundial, la penetración de inversiones norteamericanas se intensi-
ficó, principalmente en los ramos minero, petróleo y textil. La regulación estatal era
casi inexistente en los ámbitos territoriales de las grandes empresas extranjeras, que se
convirtieron en verdaderos enclaves [7, 8].

Durante el gobierno de Leguía, las inversiones directas extranjeras en el país se elevaron


de 161 millones de dólares a 209 millones de dólares. En 1930, la participación de Esta-
dos Unidos en estas inversiones era de 143 millones y el 80% de ella estaban destinadas
a la explotación cuprífera y petrolera. La Cerro de Pasco y la IPC producían, en conjun-
to, el 67% de las exportaciones del país [7]. Finalmente, tal como ya se comentó, los
efectos en el país del crack financiero de Wall Street (1929) desencadenaron una pro-
funda crisis económica en el Perú.

Las ciudades y el resto del país: 1903-1934

Ciudad y campo en el Perú

De acuerdo a los datos recogidos en estudios publicados por Alberto Flores Galindo
[3], en el Censo de 1876 la población de la provincia de Lima apenas superaba los
120.000 habitantes, mientras que en los siguientes empadronamientos – siempre con
resultados imprecisos – se informaba sobre un crecimiento significativo: 172.927 en
1908; 230.807 en 1920; y 376.097 habitantes en 1931. Otras ciudades también crecían
aunque a un ritmo mucho menor; según el censo de Rivero (1917), Arequipa, por ejem-

76
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

plo, tenía más de 30 mil habitantes; Trujillo, llegaba a los 20 mil; Ica, sumaba 15 mil; a
Cajamarca se le calculaba 14 mil y Abancay apenas a cinco mil habitantes, según cálcu-
los del viajero Paul Walle. El Censo realizado en Cuzco por Alberto Giesecke, informa-
ba sobre 25 mil habitantes. Además, la Costa y la Sierra en conjunto ocupaban menos
del 40% del territorio peruano. El resto estaba constituido por la Selva, con una pobla-
ción estimada –alrededor de 1906 y 1907 – en apenas 450.000 habitantes, lo que arro-
jaba una densidad de 0,39 hab. por k2: “un vasto espacio casi deshabitado”.

Fuera de Lima, lo rural seguía predominando sobre lo urbano en el país. Las haciendas
tradicionales y las comunidades andinas se ubicaban en su mayoría en la Sierra. En el
mundo rural, la hacienda era la entidad central o el eje articulador de la vida social y
económica. Aunque no se disponía de cifras para las primeras décadas del siglo XX, en
el Censo de 1876 se había informado de la existencia de 3.867 haciendas, con una po-
blación que representaría el 77,4% de la población rural. Las cifras sobre el número de
comunidades indígenas y el tamaño de su población eran aun más imprecisas. Abelardo
Ortiz hacia 1925 calculó la existencia de 1.562 comunidades, cifra que fue considerada
“demasiado” corta por Hildelbrando Castro Pozo [3],

La modernización que, desde la segunda década del siglo, experimentaron ciudades co-
mo Lima no alcanzó a las zonas rurales, donde una buena parte de la población vivía
alrededor de los centros mineros o dentro de las grandes haciendas, sometidos a una re-
lación de subordinación y servidumbre hacia sus “patrones”. Al interior de las hacien-
das, por ejemplo, era posible encontrar sectores destinados para las viviendas de los tra-
bajadores (misérrimas la mayoría), almacenes o “tambos” (cuyas mercaderías se ven-
dían a elevados precios) y a veces hospitales. En algunos casos, el tránsito por estos lu-
gares era imposible sin la autorización de los propietarios de la hacienda, como si se tra-
tase de un feudo medieval. Otro tanto sucedía con los campamentos mineros.

Crecimiento y modernización de la ciudad de Lima

La población de Lima estaba creciendo en las primeras décadas del siglo XX en forma
que escapaba a toda previsión. “El crecimiento demográfico comenzó a rebasar las po-
sibilidades de previsión y ordenamiento urbano. Lima comienza a convertirse en una
ciudad populosa y agitada” [3]. Ahora bien, durante los años de la década de 1890 y,
luego, en los de la República Aristocrática se reinició el proceso de modernización y
desarrollo urbano de Lima. En 1906 se pone en funcionamiento el tranvía eléctrico con
siete rutas y 40 km. de vía. Se asiste a la pavimentación de las calles con asfalto y al
inicio del alumbrado público eléctrico. En términos urbanísticos se abren nuevas aveni-
das (La Colmena, Alfonso Ugarte y Grau) que se expanden fuera de los límites de las
murallas coloniales ya derruidas, se inauguran espacios públicos como las Plazas Grau,
Bolognesi y el Paseo Colón. También aparecen las primeras urbanizaciones tanto en te-
rrenos baldíos de la vieja ciudad, como en huertas y chacras ubicadas después del anti-
guo límite de las murallas, en dirección de los balnearios del sur.

Entre 1910 y 1920 la ciudad no estaba divida en barrios exclusivamente ricos y pobres.
Es cierto que la elite tenía su zona de preferencia en el centro de la ciudad, mientras que
las familias pobres se agrupaban con mayor densidad en los Barrios Altos, alrededor
del Mercado Central, o en los distritos del Rímac y La Victoria. En la década de 1920,
los ricos u pobres seguían siendo vecinos, y al lado de la mansión elegante coexistían
decorosas viviendas de clase media y el callejón. Así pues, no era el barrio sino el tipo

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

de vivienda lo que contribuía a marcar el estatus del limeño. Pero al reorientase el cre-
cimiento de Lima hacia el mar, parte de la elite limeña se traslada a los balnearios del
sur o a los nuevos barrios que surgen en la periferia del casco urbano.

Según Aldo Panfichi [9], recién con la reorientación del crecimiento de Lima hacia el
sur se iniciaría un intento de los ricos para vivir separados de la “plebe”, dinamizando
la ocupación y construcción de sus nuevas viviendas en terrenos de los balnearios del
sur. Pero éstos no eran espacios vacíos. Chorrillos era una villa de pescadores con exis-
tencia previa. Lo mismo en Miraflores, Barranco y lo que hoy es Magdalena, ya exis-
tían pequeñas propiedades y núcleos urbanos. Las grandes residencias y casas moder-
nas que se construyeron allí tuvieron que ubicarse cerca a vecinos de otra condición so-
cial; los cuales, además, fueron reclutados para trabajar como sirvientes, cocineras, do-
mesticas, peones, por lo que tampoco se pudo lograr la segregación a la que la elite as-
piraba como símbolo de exclusividad. Ello no impidió, sin embargo, que el jirón de la
Unión se convirtiera en el centro de la vida social, y que el barrio de La Victoria fuera
estigmatizado, en esos años, como barrio de pobres y delincuentes.

Luego, durante el “oncenio” de Leguía, los cambios urbanos se aceleran en la capital,


aparecen automóviles, camiones y ómnibus, se avanza en la higiene y la pavimentación
de la ciudad, se construyen grandes avenidas (Brasil, Leguía, Argentina, Colonial), pla-
zas (San Martín), parques (La Reserva), barrios, edificios, monumentos, hospitales, y se
mejoran sus servicios de agua y desagüe, de recojo de basura, de transporte y de alum-
brado público. Esas nuevas avenidas no solo conectan la vieja Lima con los balnearios
del sur y el Callao, sino que aceleran la urbanización de los lotes adyacentes. Apare-
cen nuevas residencias y urbanizaciones que, al generar nuevos problemas de dotación
de servicios sanitarios, obligaron al establecimiento de normas de regulación para el
desarrollo de estos asentamientos [7, 10]. Lima se convirtió en una moderna urbe: su
trazo urbano es remodelado y ensanchado.

Según el censo de las provincias de Lima y Callao de 1920, en los alrededores de Lima
se situaban 238 fundos, extensos espacios agrarios que seguían rodeando a los antiguos
distritos. Fue solo a partir de 1920 que estos espacios agrarios comenzaron a ser inva-
didos rápidamente. A fines del siglo XVIII, Lima había ocupado apenas una superficie
de 456 has. En 1908 esta superficie se había triplicado a 1.293 has., y en 1931 llegó a
2.037 has; es decir, que en los últimos 11 años había tenido un aumento de 55,6 hectá-
reas por año o un incremento total de 611 has., que en conjunto representaba casi el 43
% del área ocupada en 1920 [11].

Asimismo, las grandes migraciones de las poblaciones provincianas a la capital habían


comenzado con el nuevo siglo XX. Aparecían las primeras barriadas limeñas; en 1903
se estableció San Francisco de la Tablada de Lurín, mientras que entre 1920 y 1923 se
formaron cinco nuevas barriadas entre las cuales se señalan a Matute y Leticia. En 1931
cerca de 120 mil de los residentes en Lima procedían del interior, la mayoría de Junín,
Ica, Ancash y Arequipa. [12, 13].

El racismo y la Eugenesia en la República Oligárquica

Desde el inicio de la década de 1870, el antiguo racismo pretendió fundamentarse en la


Ciencia, a través de la Eugenesia. El sociólogo e investigador Gonzalo Portocarrero [14]
afirma que el “racismo científico” – en tanto validó en esos años la desigualdad intrín-

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

seca entre las razas – se difundió fácilmente en el Perú oficial y se constituyó en la


ideología implícita del Estado Oligárquico. La tesis de Bachiller de Letras de Clemente
Palma, El porvenir de las razas en el Perú, aprobada en la Universidad de San Marcos
de 1897, es un manifiesto del “darwinismo social” en el Perú. En ella se define a las
razas india, negra y china como inferiores; a la española, relativamente superior a la in-
dígena, aunque carente de energía y de estabilidad; y a las mestizas como insuficiente-
mente dotadas de carácter y espíritu. Si bien opina que el genocidio de los indígenas se-
ría la solución ideal, reconoce que es inviable en el país. La única posibilidad de salva-
ción del Perú que percibe Palma es el mestizaje equilibrado, que implica el cruzamiento
de los criollos con migrantes bien escogidos. En su opinión la mejor terapia étnica para
la raza criolla es el cruce con la raza alemana [15].

De manera concordante con esa opinión de Palma, desde inicios del siglo XX las doc-
trinas racistas europeas tuvieron que ser reprocesadas en el Perú, para fomentar el mes-
tizaje equilibrado. Se hace evidente para los dirigentes políticos civilistas que la acepta-
ción del darwinismo social europeo significaría el rechazo al mestizaje y, por tanto, la
negación de un porvenir nacional. En consecuencia, el racismo radical fue proscrito
formalmente de la ideología oficial y matizado en el discurso público, aunque en los he-
chos fue el “fundamento invisible” que continuó legitimando la exclusión política y for-
taleciendo el sentimiento aristocrático [14].

En esas circunstancias, Francisco Graña publicó en 1908 su obra El problema de la po-


blación en el Perú: Inmigración y autogenia [16]. En ella presenta razones para afirmar
que la población indígena sólo está “retrasada” en su evolución, pero no incapacitada
para el progreso. En consecuencia, preconiza la regeneración de la raza andina, a través
de la educación, el servicio militar, y la higiene. Surge así, una nueva doctrina en el
país: la “autogenia”, la cual orientará las políticas gubernamentales en el tratamiento de
la cuestión indígena hasta el final de este período. G. Portocarrero destaca que con esta
doctrina: “El elemento biológico está diluido. La idea oficial es que la raza indígena está
degenerada pero es regenerable. La redención es posible, los genes no lo determinan to-
do. La educación es la clave... la degeneración está más en la cultura que en la biología.
La exclusión política del indígena tendría que ver con la falta de educación, con su in-
capacidad para discernir su interés, y no con sus genes” [14].

La aparición de la peste en el Perú

Aspectos epidemiológicos

Durante muchos siglos la peste humana había sido el ejemplo de una enfermedad mor-
talmente peligrosa. En 1896 apareció una gran epidemia de peste en Asía y la India, y
en 1904 ésta ya se había extendido en todo el mundo occidental y había provocado un
millón de muertes por año. Las ratas de los barcos y sus pulgas transportaban esta plaga
a todos los principales puertos del mundo, y en muchos países el bacilo de la peste se
establecería como parásito de la población local de roedores. En diciembre de 1902, el
Perú fue el primer país de la costa este de Sur América que fue invadido por aquella
gran epidemia de la peste [17].

La peste invadió el puerto del Callao a fines de 1902 con más de 10 mil sacos de arroz
para el Molino Milne; entre esos sacos también viajaban cientos de ratas infectadas.
Ocasión en que los problemas de la salud ambiental urbana (leer más adelante) se evi-

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

denciaron como determinantes, primero, de la aparición de la epidemia de peste bubó-


nica en el país y, luego, de que adquiriera el carácter de endémica en la costa del norte.
En esos años, Lima y otras ciudades de la costa presentaban las condiciones óptimas
para el refugio de ratas y otros parásitos. Estos podían difundirse rápidamente por el ha-
cinamiento de la población, la tugurización de las viviendas, la precariedad de las cons-
trucciones, la acumulación de basuras y la persistencia de conductas antihigiénicas. A
estas condiciones sanitarias y de higiene personal, facilitadoras de la multiplicación de
roedores y de pulgas infectadas, se sumó el crecimiento del comercio internacional que
acentuó el contacto de los puertos peruanos con embarcaciones que provenían de regio-
nes donde la peste era endémica [10].

Por sus antecedentes de alta letalidad, especialmente en sus formas “neumónica” y “sep-
ticémica”, la presencia de la peste humana en el Perú provocó el pánico en la población.
Aunque en realidad, la mayor parte de los casos registrados en el país fueron de la for-
ma “bubónica” de baja letalidad. De acuerdo a lo registros de 1904-1907, menos del 3%
del total fueron de la forma neumónica. Según señala el epidemiólogo Eskay: “desde su
aparición hasta el año 1923 ha producido 16,665 casos, de los cuales fueron fatales
8,565” [18]. Por otro lado, según destaca M. Cueto [19], mayor alarma causó en la oli-
garquía-civilista la noticia de que la peste provocaría una estricta cuarentena en el puer-
to del Callao, que aislaría comercialmente al país.

Entre 1903 y 1905 la peste se extendió hasta Lima y los principales puertos del país.
Para enfrentar la epidemia se crearon dos instituciones – la Dirección de Salubridad
Pública y la Junta Directiva de la Campaña contra la Peste Bubónica de la Provincia de
Lima – y se fortaleció el recientemente creado Instituto Municipal de Higiene. De estas,
fue la Junta la que alcanzó mayor notoriedad, teniendo como presidente al médico ita-
liano Juan B. Agnoli, Inspector de Higiene de la Municipalidad de Lima [20]. La Junta
Directiva de la Campaña fue organizada al estilo de las que se formaban durante las
epidemias del siglo XIX y fue financiada por el Estado. Las prioridades reales de la
campaña fueron: la identificación de los casos, el aislamiento de los enfermos y la rápi-
da inhumación de los cadáveres. La cacería de roedores y la incineración y reconstruc-
ción de locales no llegaron a ser importantes durante la campaña. La distribución del
suero antipestosa y de la vacuna Yersin fue objeto de resistencia y polémica. Los efec-
tos inmediatos de la campaña fue el de un decrecimiento de la incidencia de la peste en
Lima y Callao: de 405 casos nuevos en 1904 a 118 casos en 1906; sin embargo, tales
logros eran, a criterio del mismo Agnoli insuficientes:

“Cuando en 1906 Agnoli evaluó esta primera campaña confesó que la peste seguía una
‘marcada tendencia hacia la endemicidad’. Algo que le llamó la atención fue que después
de un año y medio el número de ratas capturadas era más o menos el mismo. Atribuyó es-
te resultado a las limitaciones económicas de la campaña, la ignorancia de la población y
sus deplorables condiciones de vida y de vivienda, donde el deterioro de las mismas esta-
ba en relación directa con la reproducción de las ratas: ‘Mientras cerros de basura se ha-
llen a pocos metros de los barrios más poblados, mientras la gente viva aglomerada en ca-
llejones húmedos, estrechos y desaseados, mientras en las construcciones se sigan usando
materiales inaparente e higiénicamente condenables, sería irrisorio hablar de saneamien-
to’…” (J. Agnoli, 1906, comentado y citado por M. Cueto, 1997, p. 73)

Como la mayoría de enfermos provenían de barrios pobres, la peste se convirtió en un


mal considerado típico de la clase baja. Los mismos nombres con que se denominaba a
los pacientes (“pestosos” o “apestados”), aumentaron la connotación negativa y el es-

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

tigma hacia la suciedad, la inmundicia y al enfermedad. Por ello, la negación de la peste


fue una manera de diferenciarse de los grupos inferiores. Las familias pudientes oculta-
ban el mal, antes que admitir que habían caído víctimas de la peste.

La Dirección de Salubridad Pública organizó, en adición a las campañas locales, una


campaña nacional contra la plaga que enfrentó en sus operaciones mayores limitaciones
y dificultades que las señaladas para la campaña de Lima. En la práctica, las acciones de
control efectuadas entre 1904 y 1929 se concentraron en el elemento humano, mientras
que la acción contra la rata se efectuó esporádicamente y contra el vector pulga fue nula.
Se caracterizaron, además, por ser dispersas, discontinuas, limitadas a los momentos de
crisis y variables según localidad. Por todas esas razones, hacia 1910 la peste peruana,
inicialmente epidémica y portuaria, se había transformado en un problema rural endé-
mico, especialmente en el norte peruano, debido a que las ratas del campo y luego los
cuyes domésticos fueron infectados. Alrededor de 1919 la peste comenzó a extenderse
con intensidad en la sierra de Piura, Lambayeque y Cajamarca, así como se había asen-
tado en Lima, con un promedio anual de 722 casos humanos para el período 1903-
1923. Esta primera fase de la lucha antipestosa en el país, basado en la organización
de campañas en casos de brotes epidémicos, terminó con la creación el 29 de enero de
1929 del Servicio Nacional Antipestoso, como dependencia permanente de la Dirección
de Salubridad Pública [10, 18, 21]

Relaciones entre higiene de la vivienda y la peste

El temor a la peste facilitó la intervención de las autoridades sanitarias durante la cam-


paña de Lima, en miles de viviendas particulares de toda la ciudad, brindando la oportu-
nidad a los médicos, primero, de observar y, luego, de enjuiciar las condiciones de hi-
giene de las hogares tugurizados y, finalmente, comprometerse con el discurso refor-
mista focalizado en la necesidad de la “higienización de la vivienda”. La campaña
puerta a puerta brindo a los médicos la oportunidad para “descubrir” las verdaderas
condiciones de vida de los barrios pobres y proponer soluciones que trascendieron las
opiniones y acciones que al respecto habían hecho, con poco éxito, la Iglesia, la Socie-
dad de Beneficencia y la caridad privada [22].

“Es imposible señalar demasiado la significación histórica de este descubrimiento ofi-


cial de los pobres. Por vez primera, los problemas sociales urbanos se convertían en el
foco del estudio sistemático por parte de un gobierno cada vez más intervencionista…
La reforma social… era indispensable para el progreso y la civilización; según Paz Sol-
dán y los otros funcionarios de salud pública, las luchas contra las epidemias, contra la
pobreza y contra el atraso del país eran inseparables, eran una lucha sola” ( D. Parker,
2002 , pp 122-123)

Al mismo tiempo, sin embargo, todas esas experiencias estaban distorsionadas por las
ideas racistas hegemónicas en la comunidad médica. Es así, por ejemplo, el hecho de
que cantidades desproporcionadas de indios y asiáticos vivieran – y murieran – en las
peores y más insalubres viviendas de Lima confirmaba, en opinión de esos médicos, su
atraso o inferioridad biológica con relación a las personas blancas y “decentes”. Sólo en
la zona comprendida entre la Avenida Abancay y la Plaza Italia, en el sector de Barrios
Altos, la densidad era de más de 357 habitantes por hectárea, con callejones como el
"Callejón Otaiza", en el cual vivían cerca de mil asiáticos repartidos en cien habitacio-
nes-cuarto (Burga y Flores, 1981, p.14). Pocas veces los higienistas asignaron especial
importancia a la presencia en tales viviendas de la pobreza; para ellos, ésta era apenas

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

otra más de las características que junto con las biológicas, la ignorancia y la inmorali-
dad contribuían en la elevada mortalidad de las razas inferiores. Para estos higienistas,
la causa principal de que las viviendas fueran mugrientas y malsanas era que las habi-
taban personas que “naturalmente” eran mugrientas y malsanas [22].

Participación del Estado en la protección de la infancia

La Dirección de Salubridad Pública publicó en 1906 su Boletín Mensual Nº 1, en el


que se reprodujo el artículo Mortalidad Infantil [23] escrito por el pediatra Rómulo
Eyzaguirre, director de la Sección de Demografía de dicha dependencia. En este trabajo
se comenta la alta frecuencia de defunciones infantiles en la ciudad de Lima, especial-
mente por causa de la "enteritis". Este problema era la consecuencia, en opinión del
autor, de un conjunto de factores, entre los cuales menciona la insalubridad y el descui-
do de la higiene de la vivienda, así como la ignorancia y la miseria, destacando la cor-
ta lactancia y la “torpe” ablactancia a cargo de madres ignorantes: “la lactancia no le
dura al indiecito más de tres meses; al cuarto su estómago recibe las comidas más gro-
seras e indigestas". La situación de la salud de la población infantil indígena residente
en el interior del país era aún más deplorable que la descrita por Eyzaguirre para los
callejones de Lima. Además, se acompañaba de un fuerte rechazo que dicha población
hacía de la atención sanitaria oficial; la cual, por otra parte, sólo consistía, en el mejor
de los casos, en la prestada a través de "vacunadores oficiales" destacados
temporalmente, a cada provincia, para las campañas pertinentes.

Diez años después de aquel estudio, se dictó el Decreto Supremo de 23 de junio de


1916, “Sobre la Protección de la Infancia”, que ordena la participación estatal en la pro-
tección de la salud del niño en el Perú [24, 25]. Decreto que tiene cinco considerandos
que justifican la norma, de acuerdo con las ideas de la época. El primero, argumenta que
una alta proporción de la mortalidad general del país corresponden a la primera infancia.
El segundo, que “está perfectamente dilucidado que la alimentación inapropiada de los
niños es la principal causa de su crecida mortalidad”. El tercero, “que si bien hasta aho-
ra, las sociedades de beneficencia pública han limitado su acción a las obras de asisten-
cia… para los enfermos, el progreso de la ciencia ha demostrado” que también les co-
rresponde “la labor filantrópica de asistencia profiláctica”. El cuarto, que esta demos-
trado que la tuberculosis de los animales bovinos es transmisible al hombre (a través de
la leche de vaca) y el Gobierno esta obligado a prescribir los medios necesarios para
evitar esa transmisión. El quinto, que “es deber del Gobierno propender por todos los
medios posibles el acrecentamiento de la población”. En la parte prescriptiva del Decre-
to, de manera concordante con esos considerandos, se asignan tareas específicas a los
ministerios de Fomento, de Justicia e Instrucción, y de Hacienda, así como a los Go-
biernos Locales y a las Sociedades Públicas de Beneficencia, para la protección de la
infancia. Entre las más importantes tareas asignadas están las vinculadas con la higiene
de la lactancia artificial.

“En las capitales de departamento, así como en las ciudades que sean capitales de provin-
cia ó que tengan una población de 3,000 habitantes o más, las municipalidades respectivas
expedirán ordenanzas relativas a la inspección y vigilancia de la alimentación de niños por
medio de nodrizas... Las Municipalidades de los lugares de que trata el artículo primero
expedirán ordenanzas relativas a los servicios de abastecimientos y venta de leche de va-
ca... procurarán estimular la formación de sociedades que tengan por objeto efectuar la
pasteurización de la leche...” (arts. 1º y 6º). “El Ministerio de Fomento dispondrá que los
médicos titulares verifiquen la propaganda de los conocimientos relativos a la alimenta-

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

ción y a la higiene de los niños de la primera infancia…” (arts. 2º, 3º y 4º). “El Ministerio
de Justicia e Instrucción, de acuerdo con el de Fomento, establecerá, en los colegios oficia-
les superiores de niñas, la enseñanza de la Puericultura…(art. 5º). “La Sociedad de Benefi-
cencia Pública de Lima ampliará sus servicios de asistencia profiláctica de la infancia, es-
tableciendo, en cuanto sea posible, nuevos dispensarios y ‘Gotas de Leche’ en la capital”
(art. 12º D. S. 23 de junio de 1916).

En los inicios del año 1919, el Gobierno nombró a una Comisión Encargada del Estudio
de las Causas de la Mortalidad Infantil en Lima [26], la cual debía proponer, al final del
estudio, las medidas que debía ponerse en práctica para conseguir la reducción de esa
mortalidad. La Comisión estuvo conformada por Abel S. Olaechea, Adolfo Solf y Muro,
Rodolfo Neuhaus, Enrique León García y Constantino J. Carvallo. En cumplimiento de
la primera parte del encargo, la Comisión efectuó un estudio estadístico del nivel y de la
composición de la mortalidad según las variables “distrito” y “raza”. Como resultados
del mismo se constató la existencia de una alta mortalidad infantil y grandes diferencia-
les en función de las variables citadas:

“4ª.- La mortalidad es mayor en los distritos 3.0 y 5.0, es decir, en los que hay mayor su-
perpoblación, mayor insuficiencia de las habitaciones y más representantes de las razas
de color (Censo de 1908) (…) 5ª.- La mortalidad... guarda estrecha relación con las razas.
Así, la mortalidad, da... Para los blancos: 16 por mil (igual a la general de Buenos Aires).
Para los negros: 27 por mil. Para los mestizos: 32.7 por mil (el doble que los blancos). Pa-
ra los indios: 54 por mil (más que triple que los blancos) (...) 7ª.- La mayor mortalidad in-
fantil corresponde a los hijos ilegítimos en todas las razas, en todos los distritos y para to-
das las enfermedades” (Comisión Ad-hoc, 1919, p. 191).

Del análisis de los resultados del estudio, la Comisión concluye que las causas inme-
diatas de esa altísima mortalidad se encuentran en: “la ilegitimidad del hogar, la miseria
general y la ignorancia de los padres que se aúnan para embotar o hacer degenerar el
sentimiento instintivo de la maternidad…”. Al lado de estas causas sociales y morales
enumeran otras, como “la insalubridad de la habitación, la mala alimentación, las en-
fermedades contagiosas y la falta de protección de la mujer embarazada”. De esta mane-
ra, la Comisión enfatiza la asociación de la mortalidad infantil por “enfermedades evita-
bles” con la insalubridad de la vivienda, la ignorancia y la inmoralidad de los padres.
Se continuaba utilizando la variable “raza” en el estudio de las diferenciales de la
mortalidad infantil en Lima [26]. En el año 1922, el Gobierno de Leguía, por Resolu-
ción Suprema del 7 de abril, dio el primer paso oficial para la organización unitaria de
la protección de la infancia en el Perú, creando la Junta de Defensa de la Infancia, en
base a las recomendaciones y medidas propuestas por la Comisión [27].

3.2. PROBLEMAS DE SALUBRIDAD AMBIENTAL: 1903-1934

Agua potable insuficiente e insalubridad en el espacio público

Los problemas de abastecimiento del agua y de saneamiento básico urbanos, descritos


en el capítulo anterior, no habían decrecido en el país al inicio de la segunda década del
período 1903-1934. Así por ejemplo, en el caso de la ciudad de Lima y hasta el año
1917, el agua proveniente de La Atarjea, desde su captación hasta su destino final, no
tenía ningún tipo de tratamiento que la hiciera apta para el consumo humano; peor aún,
entre la población limeña ni siquiera se había generalizado la costumbre de “hervir el

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

agua de bebida”. Además, la mayoría de localidades urbanas del país seguían teniendo
acequias abiertas que recorrían la vía pública; las principales contaban con un sistema
de alcantarillado cerrado pero precario, y las viviendas, en el mejor de los casos, tenían
silos de poca profundidad que eran criaderos para las ratas. Por otro lado, los mercados
se continuaban improvisando en las orillas de los ríos donde contaminaban el agua y el
ambiente, y las calles eran estrechas y tortuosas y no tenían pavimentación.

En el segundo considerando de la Resolución Suprema de 30 de marzo de 1917, el go-


bierno de José Pardo reconocía oficialmente la existencia de “la deficiente salubridad de
una gran parte de las poblaciones del país”, que se expresaba en las malas “condiciones
en que se verifican los servicios urbanos de higiene y, en especial, los de provisión de
agua de bebidas y alejamiento de aguas y materias excluidas”. Un año después, un joven
C. E. Paz Soldán [28] al tratar el tema hablaba de “visiones de espanto” y de la “in-
mundicia y contaminación de las ciudades” del interior de nuestro país, y hacía comen-
tarios tan duros como los que se presentan a continuación:

“El cuadro es desconsolador… la desgracia de carecer… (de) agua de bebida potable. La


que existe, si bien en gran cantidad y… para todo uso es una promiscuidad de aguas so-
brantes de riego con las de albañal y letrina; resultando en pura lógica higiénica las dos
grandes endemias que adolece esta localidad: la fiebre tifoidea y la disentería… Salvo
Lima y Callao, ninguna de las ciudades costeñas del Perú tiene red de cloacas estableci-
das… En muchas de estas ciudades se utiliza el suelo de los corrales para retretes y el sis-
tema de la época medieval, ‘de todo a la calle’, está todavía de práctica en la mayoría de
ellas… Hay lugares del Perú en donde la satisfacción de las necesidades corporales exije
una verdadera defensa contra la agresividad voraz de los cerdos... Tampoco hay mercados
en el Perú. Los lugares públicos donde se expenden los alimentos cotidianamente, no
existen sino en pocas poblaciones. En la gran mayoría el suelo en donde se comercian
las sustancias alimenticias... Los municipios de casi todas nuestras poblaciones se debaten
en míseras y caseras disputas… Las poblaciones del Perú viven en medio de inmundicia.
Los basurales forman murallas de las ciudades… Ni Lima, con ser la primera ciudad,
puede ufanarse de sus servicios de baja policía…” (C.E. Paz Soldán, 1918, p.30-36).

El suministro de agua en la ciudad de Lima pasó de 35 millones de litros cada día, en


1915, a 45 millones de litros en 1919, gracias a varios trabajos de ampliación. Sin em-
bargo, seguía siendo una cantidad insuficiente.

Insalubridad de la vivienda en el país

Hemos tomado la información que se presenta – de manera casi textual – en los dos
párrafos siguientes del excelente trabajo del historiador Marcos Cueto [19] sobre la
peste, para destacar la magnitud del problema de la insalubridad de la vivienda en el
país al inicio de este período.

Un gran número de las viviendas y edificios de puertos y ciudades habían sido construi-
dos en los años coloniales y al inicio de la República, y estaban en pésimas condiciones
sanitarias. En la ciudad de Lima, capital de la República, la mayoría de las casas se ca-
racterizaban por tener paredes huecas, cavidades amplias entre el entablado de las habi-
taciones y el suelo, adobes en la planta baja y paredes de quincha en la planta alta, es
decir condiciones propicias para el refugio de las ratas y otros parásitos.

Las condiciones higiénicas de la vivienda en el resto del país eran peores que las de Li-
ma. En los poblados de la costa, especialmente en el centro y el sur, las casas eran de

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adobe; en tanto que en los del norte, la quincha era el material de construcción más ut i-
lizado. Las casas de quincha, a menudo de doble pared, eran viviendas llena de tabiques,
huecos, perforaciones del suelo e intersticios imposibles de vigilar. Hechas de material
frágil y perforable, ofrecían un fácil refugio a los insectos y óptimas madrigueras a las
ratas y otros roedores. Además, las viviendas estaban tugurizadas, tenían depósitos de
alimentos y granos, así como tenían silos de poca profundidad, facilitando la prolifera-
ción de las ratas y otros vectores y huéspedes de enfermedad. En la sierra y la selva, la
población rural sobrevivía en tambos, galpones u chozas, en los que la totora, la caña y
el barro eran los principales materiales de construcción. Las acciones para la higieniza-
ción de las viviendas rurales se reducían, a las de control de roedores durante las cam-
pañas sanitarias. Además, a la ausencia de un sistema eficiente de baja policía se suma-
ba la ausencia o pésima condición de los servicios básicos de agua potable y desagüe.
En los poblados más pobres, las viviendas consistían en una reducida habitación alzada
con barro o caña.

Durante el período 1903-1934, no obstante las obras de modernización e “higieniza-


ción” hechas en la capital del país, los problemas de insalubridad de los callejones y ca-
sas de vecindad limeñas seguían sin solución. Poco fue lo que se hizo para el fomento y
el mejoramiento de la vivienda popular. La magnitud del problema puede inferirse, pri-
mero, por el contenido del Decreto del 29 de septiembre de 1922. Dispositivo en los
que se ordena instalar, en todo callejón o casa de vecindad, por lo menos: un inodoro,
una ducha y un botadero, por cada diez habitaciones; facilidades a ser ubicadas a una
distancia no mayor de 25 metros de la habitación más alejada; y, segundo, por la nece-
sidad de reiterar dicha orden por Resolución Suprema del 18 de julio de 1930, en tanto
nunca llegó a ser acatada [29].

Tugurización de la vivienda en Lima

En el estudio de Eyzaguirre [23] ya citado se relaciona la mortalidad por enfermedades


evitables” en Lima con la condición ambiental de la vivienda, medida en términos de
“sobrepoblación” (hacinamiento) y de “habitabilidad” (insalubridad), con datos regis-
trado en los libros de la Sección de Estado Civil y Estadística de la Municipalidad de
Lima, entre los años 1884 y1901. El estudio muestra, estadísticamente, que los distri-
tos con viviendas más sobrepoblados y menos habitables eran el 5º (Barrios Altos) y el
9º (Abajo el Puente), y que en estos distritos los riesgos de muerte por gripe y fiebre
tifoidea eran los más altos. A partir de esta asociación, se concluye que el saneamiento
y la higienización de la vivienda son determinantes para la reducción de esa mortalidad,
aunque se insiste en la necesidad de recordar que “el dinero es el marido de la higie-
ne” (1906, p. 51).

“ Es en los callejones y casas de vecindad de los distritos que he citado, donde mueren
más que en otra clase de alojamiento … bien se podría señalar hasta los números de las
casas de mayor mortalidad… serán las más insalubres en su construcción, las más aglo-
meradas, con sujetos más pobres, más ignorantes de la higiene, y con raza más inferior…
Pero también creo que con lo apuntado basta para poder decir: ahí están los culpables: el
callejón y la casa de vecindad. Estos que ahí viven tienen derecho al aire, á la luz, á la ha-
bitación salubre; pero también tiene la obligación de vivir fuera de ese cuasi amontona-
miento que acostumbran y que ellos mismos pueden evitar, si no les aquejara tanta porfia-
da ignorancia y tanta incuria y tanto alcohol que consume el salario que debieran emplear
en vivir vida higiénica, aumentando así las probabilidades de mayor existencia, y de me-
jor porvenir á su país”. (R. Eyzaguirre, 1906, p. 18)

85
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

Dos años antes, el 1º de julio de 1904, durante el gobierno de José Pardo, se había dictó
un Decreto Supremo” [30] nombrando una comisión encargada de llevar a cabo un es-
tudio de las condiciones sanitarias de las casas de “inquilinato y de obreros” de Lima,
tomando como guía los datos censales obtenidos por el Concejo Provincial. En los con-
siderandos del Decreto se afirma: “Que la morbosidad y mortalidad de las ciudades re-
conocen como causa principal las condiciones anti-higiénicas de las habitaciones y de
los centros y lugares de reunión; (…) Que no sólo la salud física sino también la morali-
dad de los individuos depende en mucho de la salubridad y cuidado del hogar, cualidad
que la hace atrayente y que aleja a sus moradores del alcoholismo y de los vicios, y con-
tribuyen por lo tanto al mejoramiento de la raza y de la higiene social…”.

Cuatro años después de dictado este último decreto, el médico Leonidas Avendaño y el
arquitecto Santiago Basurco, miembros de aquella comisión, presentaron al Gobierno un
Informe (1907) sobre las casas de “vecindad” de Lima; resaltando que el 66,7 % de los
habitantes de la capital vivían en viviendas sobrepobladas e insuficientes y que todas
las enfermedades evitables, endémicas o no, hacían grandes estragos en los callejones,
solares, casas de vecindad y lugares análogos porque allí encontraban a sujetos debili-
tados “por el alcoholismo, la miseria, la ignorancia, la desidia” [31, 32].

Los resultados de El Censo de la provincia de Lima de 1908, confirmarían la alta preva-


lencia de la pobreza en los distritos 5º (Barrios Altos) y 9º (Abajo el Puente). En estos
distritos las casas eran principalmente de adobe y quincha, menos de mitad tenía servi-
cios de agua y desagüe, y estaban tugurizadas (41 a 50 habitantes por casa de vecindad).
La frecuencia de los “callejones de un solo caño”, con un número aproximado entre 15
y 20 departamentos cada uno, era mayor en estos distritos (L. Tejada, 1995, p. 147)
[33]. Once años después, datos del Ministerio de Hacienda señalaron que la situación de
tugurización empeoraba en la ciudad: el 42% de las familias de Lima vivían en un cuar-
to, mientras que sólo el 2% lo hacía en viviendas de más de 10 habitaciones.

Deficiencias de la canalización de las “aguas negras” en Lima

En el caso específico del saneamiento básico de la ciudad de Lima, la preocupación


mayor de las autoridades municipales era las deficiencias de la canalización del curso de
las “aguas negras”. La gran mayoría de viviendas tenían un desagüe que desembocaba
en acequias o directamente en el río Rímac. Por otro lado, en los cuarteles populosos
como el tercero (Barrios Altos), el quinto (Rómac) o el cuarto (vecino a La Victoria),
muchos acequiones no estaban canalizados y menos los albañales, dando lugar a que
fueron los distritos de mayor mortalidad por enfermedades “evitables”.

El Ingeniero Julio E. Ribeyro [34], Jefe de la Sección de Agua del Concejo Provincial
de Lima informaba en 1912, después de efectuar una revisión exhaustiva de la canali-
zación efectuada en la ciudad entre 1859 y 1901, que la mortalidad por fiebre tifoidea
había aumentado desde los últimos años del siglo pasado y que con ocasión de la epi-
demia de 1902 de esa enfermedad, se había formado una corriente de opinión que seña-
laba a los defectos de esa canalización como la causa más importante de la misma: “…
son múltiples las causas de obstrucción y sedimentación que se observan en los albaña-
les y que son muchas las materias orgánicas que no son evacuadas sino que permanecen
in situ, dando lugar a toda clase de fermentación y malos olores”. Finalmente, el mismo
Ribeyro [35], en otra publicación, hacía el siguiente comentario:

86
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

“La canalización hizo desaparecer muchas acequias públicas e interiores pero quedaron
no poco de ellas, que no se han podido extinguir, sino cuando los diferentes barrios de
Lima, ss han urbanizado, y en otros casos cuando el Municipio los ha clausurado después
de no pocos esfuerzos y grandes desembolsos. Pero con todo, si la mayoría… se han clau-
surado, quedan aún más de noventa, existiendo tan solo en el Cercado cuarenta y dos. Ha
nacido, pues, de aquí, una notable mezcla de aguas de regadío y aguas de albañal, pu-
diendo decirse que todas las huertas, jardines públicos, avenidas y fundos cercanos de
Lima, se riegan con aguas de albañal. Esta es una de las primeras casas de insalubridad y
de enfermedades… La insuficiencia de agua potable, agrava este daño por otra parte, pues
el vecindario se sirve para ella de usos doméstico de esta clase de agua… contaminadas
hasta un punto tal, que parece inverosímil” (J. Ribeyro, 1912, p. 9)

Al final del año 1934, las condiciones de salubridad de la ciudad de Lima no llegaron a
alcanzar – pese a las obras de modernización urbana emprendidas por Leguía - los ni-
veles deseados por las autoridades del gobierno para la prevención de las fiebres del
grupo tífico. Ello sucedía, en gran medida, debido al escaso control del cumplimiento de
las ordenanzas municipales que, para tal efecto, habían sido dictadas en años anteriores
[29, 36]. Así, por ejemplo, la situación de las redes cloacales y los canales de regadío en
Lima era prácticamente la misma que la descrita, 31 años antes, por el Dr. Francisco
Almenara Butler, Presidente de la Academia de Medicina y ex-ministro de Fomento:

“Con excepción de los canales longitudinales por donde corren las aguas motrices, pode-
mos decir que en materia de desagüe nos echamos unos a los otros nuestros propios des-
perdicios, y que si estos se alejan a corta distancia, no es sino para volver sobre nosotros
mismos, por los vientos en unos casos, por el estancamiento y la infiltración del suelo en
otros, y de un modo más positivos y eficaz, por intermedio de las más sabrosas frutas y las
más exquisitas legumbres. Todo esto autoriza a decir, sin recelo, que el suelo y la atmós-
fera de Lima están infectados, explicándose así la patogenia de las enfermedades reinan-
tes, las fiebres tifoideas de todos los grados, el paludismo e infecciones, e intoxicaciones
aisladas o asociadas de todo género” (F. Almenara, 1903; citado por M. M. Valle editor,
1934, p.25).

Efectos de los desastres naturales

Los sismólogos A. Giesecke y E. Silgado [37] destacan en este período de la historia del
Perú la ocurrencia de ocho terremotos. El sismo del 4 de marzo de 1904 en la ciudad de
Lima y aledaños, con una intensidad moderada. El sismo del 6 de agosto de 1913, que
destruyó Caravelí y afectó a los pueblos del valle de Majes. El violento sismo del 4 de
noviembre de 1913 en la provincia de Aimaraes, que destruyó varios caseríos, ocasio-
nando la muerte de alrededor 150 personas. El sismo del 11 de octubre de 1922 que
afectó, nuevamente, al pueblo de Caravelí, así como a Arequipa, Mollendo y otros pue-
blos de Ica. El sismo moderado del 11 de marzo de 1926 que afectó Lima, el Callao,
Chosica y Cañete. El sismo del 9 de abril de 1928, que afectó seriamente una vasta re-
gión de la provincia de Carabaya (Puno). El gran sismo del 14 de mayo de 1928, que
trajo desolación y muerte, destruyendo totalmente a la ciudad de Chachapoyas (Amazo-
nas) y afectando seriamente a las ciudades de Huancabamba (Piura), Cutervo, Chota y
Jaén; se estima que el movimiento fue destructor en un área cercana a los 100 mil km2.
Por último, el 18 de julio de 1928 se produjo en el norte del país una fuerte replica del
sismo del 14 de mayo.

87
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

Por otra parte, los estudios de Lizardo Sainer [38] muestran evidencias que entre los
años 1903 y 1934 habrían ocurrido en el Perú por lo menos diez eventos tipo El Niño, de
los cuales solo uno, el de 1925-1926, podía ser calificado como “muy fuerte”; tres como
“fuertes” (1911, 1917 y 1922); y seis como “moderados”. El de 1925-1926, por su inten-
sidad produjo cambios drásticos de las precipitaciones y la temperatura en el país; las
continuas lluvias causaron el desborde de los ríos del litoral, con derrumbes en Piura y
Lambayeque e inundaciones en Chiclayo. El río Rímac aumentó su caudal y destruyó la
hidroeléctrica de Yanacoto en marzo de 1926.

Además, el Dr. Ing. Vidal Taype Ramos [39] informa que durante la década 1925-1935
sucedieron un total de 894 fenómenos geodinámicos externos: 859 huaycos, 20 inunda-
ciones, dos deslizamientos y dos aluviones. Para la década un promedio anual de 86
huaycos. En el año 1925, las pérdidas económicas por estos fenómenos en la costa fue-
ron estimadas en 162 millones de dólares.

La impunidad de los infractores de las normas sanitarias

Un problema siempre existente en ese período fue el incumplimiento reiterado e impu-


ne de las normas sanitarias, no sólo de parte de los ciudadanos sino también de institu-
ciones tan importantes como las Sociedades Públicas de Beneficencia y de la Iglesia, las
mayores propietarias de las viviendas de vecindad en Lima. Y, lo que es peor, de parte
de las autoridades encargadas de controlar el cumplimiento efectivo de dichas normas.
En 1918, Carlos E. Paz Soldán [28] hacía el siguiente comentario que aún permanece
válido en el siglo XXI:

“La nuestra ha sido la historia de la ley, no la de su cumplimiento y resultado… salvo ex-


cepciones contadas, las leyes y decretos de índole médico-social no han trascendido de los
doctos infolios de la Legislación de las Indias o de las columnas de los diarios y gacetas
oficiales… Por eso cada ley, cada decreto, cada reglamento de los que hemos pasado re-
vista cabe mirarlos como los gritos de impotencia o como los confidentes de nobles y fra-
casadas intenciones… La legislación sanitaria, en nuestro pasado, aparece como una con-
cepción individual de hombres que seducidos por la ciencia aspiran a dotar a la sociedad
del fruto de su saber para hacerla participar de la felicidad biológica… Hay aquí una pri-
mera enseñanza fecunda que el pasado nos brinda. La total esterilidad de nuestra legisla-
ción sanitaria por causa de su divorcio con la realidad viva. Exactos y justos son sin em-
bargo los principios que forman buena parte de esta legislación… Hay sin embargo dis-
tancia enorme todavía, entre lo que tenemos adquirido en materia de principios y lo que
aún podemos adquirir sobre derecho sanitario” (C. E. Paz Soldán, 1918, p. 4-6)

Los “humos de La Oroya”

En opinión del historiador A. Flores Galindo [3] la historia de la minería en la sierra


central durante el siglo XX muestra el poco interés de las empresas extranjeras por las
consecuencias ecológicas y sanitarias de sus actividades en el país, así como la inacción
o complicidad del Estado Peruano frente a estas consecuencias. Para ello, toma como
ejemplo la historia de la Cerro de Pasco Mining Co.,luego llamada Cerro de Pasco
Cooper Co.,la cual compró en 1919 las minas de Casapalca y Morococha y en 1922
abre la fundición de la Oroya para procesar todos sus minerales. Apertura que se efectuó
sin importar a la empresa los efectos que iban a tener los humos de esa fundición en la
ecología y en la salud de la población. En 1923, J. J. Bravo, adscrito al Cuerpo de In-
genieros de Minas, publicó un informe denunciando los efectos de la contaminación
ambiental producida por el anhídrido sulfuroso evacuado por dichos humos: a cinco ki-

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

lómetros de la fundición la vegetación se había destruido por completo; a 25 kilómetros


se detectaron daños serios en los cultivos; y, aún a 60 kilómetros de distancia hubo dis-
minución sensible de las cosechas (J. Bravo, 1923, 227) [40]

En 1924, los desechos de los humos de la recién construida fundición de la Oroya, as-
cendieron a 32.500 toneladas de gases tóxicos. En 1925, los humos de La Oroya origi-
naron la muerte de unos 8.500 vacunos y más de 10 mil ovinos. Se contaminaron las
principales lagunas y los tres ríos de la sierra central, San Juan, Mantaro y Rímac. Y
peor aún, con la construcción de las represas para obtener energía eléctrica, se embalsa-
ron los lagos en las épocas de lluvias y se dispersaban los tóxicos a más terrenos gana-
deros. Efectos que no generaron respuestas oportunas de parte del Estado Peruano,
siempre complaciente a los intereses económicos de dicha empresa [3, 5].

“Los humos venenosos de la fundición afectan grandes áreas de tierras agrícolas y gana-
deras: la extensión total afectada por los humos fue de 700,000 has. En estas circunstan-
cias los propietarios, campesinos, comuneros o hacendados, no tuvieron otra alternativa
que vender sus tierras a la ‘Compañía’: entre 1924 y 1929, la Cerro compró 231,542
has… La presencia del voraz capitalismo y su ‘racionalidad’ económica había deteriorado
la flora, la fauna y la vida humana en general. La ‘renguera’ de los ovinos y el ‘saturnis-
mo’ que afectaba a los campesinos eran las consecuencias más lamentables... El Estado,
servil patrocinante de los capitales extranjeros, discutió y estudió incansablemente el pro-
blema de los humos de la Oroya, pero no pudo imponer sus reglas de juego a la ‘Compa-
ñía’ americana. En 1925, el Estado ‘obligo’ a la Cerro a instalar recuperadores de metal
tipo Cotrell, pero recién será en 1942, cuando los precios de los metales recuperados ha-
cen rentable esa operación, que el problema de los humos quedará prácticamente resuelto”
(A. Flores Galindo, 1994, pp 119-120).

3.3. MODERNIZACIÓN DEL ESTADO Y LA INSTITUCIONALIDAD


DE LA SALUBRIDAD : 1903-1934

La Dirección de Salubridad Pública, creada en 1903, fue la primera estructura estatal


permanente, encargada de la gestión y ejecución de las funciones de protección higiéni-
co-sanitaria a nivel nacional. Ubicada en un segundo nivel político-administrativo del
Ministerio de Fomento, se desconcentró, en el año 1920, al crearse las Oficinas Regio-
nales de Salubridad. La Dirección asumió formalmente la conducción política y la ges-
tión de los servicios públicos sanitarios de carácter “profiláctico”.

A partir de la creación de esta Dirección de Salud Pública se organizó la segunda moda-


lidad de organización del cuidado de la salud en el período republicano que hemos de-
nominado: “Salubridad Pública”. Modalidad que permanecerá vigente en el escenario
nacional hasta el final de la crisis de los años 30, cuando dicha Dirección pasó a formar
parte del nuevo Ministerio de Salud Pública, Trabajo y Previsión Social (MSPTPS).

Creación del Ministerio de Fomento y Obras Públicas

Desde el enfoque tecnócrata y positivista de la oligarquía-civilista, el progreso del país


dependía de la actividad económica del sector privado, creadora de la riqueza. En con-
secuencia, el Estado debía asumir un nuevo e importante papel: el de fomentar e impul-
sar la participación del sector privado en la economía nacional. De manera concordante

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

con ese enfoque, la burocracia estatal debía ser pequeña y de bajo costo, aunque se pre-
tendía que hiciera una “administración científica” más eficiente. En cumplimiento de
ese papel, el Gobierno dictó normas, creó instituciones y financió obras públicas (edifi-
cios, carreteras, pavimentación de calles, alumbrado, transportes, etc.) destinadas a esta-
blecer la infraestructura legal, administrativa y física requeridas para dicho fomento.

Por lo comentado en el párrafo anterior, la creación del Ministerio de Fomento y Obras


Públicas, por ley del 22 de enero de 1896, fue central en el proyecto de modernización
del Estado Oligárquico. El nuevo ministerio quedó a cargo de los despachos de los ra-
mos de Obras Públicas, de Industria y de Beneficencia. Después de un mes, por Decre-
to del 25 de febrero de 1896, se crearon dos direcciones en el ministerio: la Dirección
de Fomento, a cargo de los asuntos de minas, industrias, beneficencia e higiene; y, la
Dirección de Obras Públicas e Irrigación. La amplitud del ámbito de tales asuntos im-
plicó, inicialmente, la centralización de funciones en campos tan diversos como: trans-
portes, comunicaciones, vivienda, construcción, trabajo, beneficencia, asuntos indíge-
nas, agricultura, salubridad, minas, petróleo, aguas, irrigación, inmigración, escuelas
técnicas, sismología, industrias, etc. En los siguientes años, ante la necesidad de espe-
cialización en la conducción y gestión en esos diversos campos, se fueron creando nue-
vas dependencias en el mismo ministerio; por ejemplo, la Dirección de Salubridad Pú-
blica y la Dirección de Aguas e Irrigación [41].

El primer Ministro de Fomento fue don Eduardo López de la Romaña, quien tres años
después sería elegido Presidente de la República. Luego le sucederían en el cargo de
Ministro de Fomento cuatro médicos, profesores de la Facultad de Medicina de San
Fernando: Francisco Almenara (1898-1899), David Matto (1902-1903; 1909), Manuel
C. Barrios (1903-1904) y Belisario Sosa (1915-1917).

Políticas sociales, inversiones públicas y salubridad: 1903-1934

Durante la República Aristocrática [42, 43]

Con respecto a las políticas sociales, los gobernantes del segundo civilismo no tuvieron
una actitud indiferente. Pensaron que el Estado debía empezar a cumplir un rol modera-
dor, promotor e integrador en el progreso del país, y que el Ejército, la educación y la
salud pública debían servir para integrar y formar a la población indígena. Esto último
significó la concepción de la educación y la salud como instrumentos civilizadores,
formadores de ciudadanos y una mayor ingerencia del Gobierno Central en la sociedad
a costa de las atribuciones que en parte tenían las municipalidades. Además, superando
la antigua concepción de Sanidad como una acción policiaca, la elite civilista consideró
a la protección sanitaria de los puertos, de las ciudades y de la población como una res-
ponsabilidad del Estado y como un requisito para la marcha normal de la economía de
exportación, la intensificación de la productividad de una escasa fuerza de trabajo, así
como la atracción de las inversiones y de los inmigrantes extranjeros.

Es a partir de esa consideración, que por Ley del 6 de noviembre de 1903, promulgada
por Manuel Candamo, se crea la Dirección de Salubridad Pública como nuevo órgano
de línea del Ministerio de Fomento y Obras Públicas, en dependencia directa del Minis-
tro. Se formaliza, así, la existencia una estructura estatal permanente de fomento de la
salubridad, de ámbito nacional, ubicada en un segundo nivel político-administrativo;
que reemplazó a las Junta Suprema de Sanidad. Años antes, entre 1896 y 1903, la Sec-

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

ción de Beneficencia e Higiene, dependencia de la Dirección de Fomento del nuevo Mi-


nisterio, estuvo a cargo de la tramitación y ejecución de los acuerdos de la Junta Supre-
ma de Sanidad.

En la Ley de su creación se encarga a la Dirección de Salubridad cinco funciones, entre


las cuales vamos a destacar tres: (i) estudiar y proponer las reformas que juzgue necesa-
rios a fin de “mejorar estado sanitario de la República”; (ii) organizar un plan de defen-
sa contra la “importación de gérmenes pestilenciales exóticos”; y, (iii) “concertar i diri-
gir las medidas profilácticas para extinguir las enfermedades endémicas i epidémicas
que existen en el país”.

Durante la “Patria Nueva” [10, 42, 43]

El régimen de Leguía continuó con el proceso de modernización del Estado, ahora des-
de la perspectiva de los dirigentes de la “Patria Nueva”. Para ello se incrementó los im-
puestos a la exportación, se pactó empréstitos en el exterior, se expandió la burocracia y
la infraestructura estatal y se realizó acuerdos técnicos con agencias y expertos norte-
americanos para modernizar las concepciones y las tecnologías sanitarias, educativas,
agrícolas y otras de carácter público utilizadas anteriormente. En el campo del cuidado
de la salud se continuó con la misma organización establecida por los civilistas, aunque
ampliando las atribuciones formales de la Dirección de Salubridad Pública. La Consti-
tución de 1920 había institucionalizado las nuevas ideas sobre la organización del Esta-
do, introduciendo los principios de centralización de la administración pública y de au-
tonomía del Estado.

Durante el oncenio, la burocracia estatal creció notablemente por las necesidades crea-
das por la política de modernización y de obras públicas que se estaba instrumentando,
así como por razones de clientelismo político. Las inversiones públicas destinadas a
obras físicas se multiplicaron y el personal de la administración pública creció en un
544% de 1920 a 1931. Las funciones estatales se ampliaron y el presupuesto público se
cuadriplicó en los once años. Con los recursos financieros provenientes, básicamente,
de empréstitos se emprendió una agresiva política de construcción de costosas obras pú-
blicas: carreteras, obras de saneamiento urbano, urbanizaciones, obras de irrigación, etc.
Todo ello implicó un importante proceso de urbanización, el que conjuntamente con
otros cambios de tipo cultural, llevaron a cierta modernización del país.

Durante la crisis de 1930-1933, a pesar de la gran inestabilidad política, el Gobierno si-


guió conformado por siete Ministerios que ya existían con Leguía y se realizaron impor-
tantes cambios en la gestión de las finanzas públicas y en los mecanismos de control
fiscal y financiero nacional, a partir del Informe de la Misión Kemmerer.

Dirección de Salubridad Pública, como órgano central del ramo salubridad

Inicio de actividades de la Dirección de Salubridad Pública [ 25, 43, 44, 45]

Desde sus inicios la Dirección de Salubridad Pública tuvo grandes dificultades para
actuar como la autoridad política en el campo del cuidado de la salud poblacional. Entre
otras razones, debido a que su ley de creación no estableció las vinculaciones que esta
nueva estructura debía mantener con otras entidades que aún tenían responsabilidades
en dicho campo, especialmente las Municipalidades y las Beneficencias Públicas. Los

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

Concejos Municipales continuaban con sus competencias en el campo del saneamiento


ambiental señaladas en la Ley Orgánica correspondiente de 1892.

El Dr. Abel Olaechea [44] al dar su testimonio sobre esas dificultades, comenta que
cuando la amenaza a una epidemia pasaba o se amortiguaba y se hacía necesario sentar
de modo estable las bases de la Salubridad, venía la inercia del vecindario y se suscita-
ban, a la vez, franca o disimuladamente, los conflictos institucionales, provocados, ya
sea por la oposición de las Juntas Departamentales para cooperar pecuniariamente a las
labores sanitarias, o ya por los Concejos Provinciales, que sin poder llevar a cabo por sí
mismos las medidas higiénicas a que están autorizadas por la Ley de Municipalidades,
encontraban dañoso para sus fueros que las ejecutase la Dirección de Salubridad.

Tratando de reducir esas dificultades en el campo de saneamiento, un año y dos meses


después de la creación de la Dirección de Salubridad, el gobierno de José Pardo dictó el
Decreto Supremo del 20 de enero de 1905, que en su parte considerativa señala: “los
trabajos destinados a proveer agua potable y desagüe a las poblaciones constituye la ba-
se fundamental de la higiene pública y privada, cuyo estudio y supervigilancia corres-
ponde al Ministerio de Fomento, por conducto de la Dirección de Salubridad”, y que en
su parte prescriptiva ordena: “Todas las cuestiones relativas a la provisión de agua pota-
ble i desagüe de poblaciones, correrán, en lo sucesivo, por la Dirección de Salubridad”.

En el mismo sentido de fortalecer la autoridad sanitaria en el control del cumplimiento


de las disposiciones sobre los servicios de agua y desagüe, se expidió el 30 de marzo de
1917 una Resolución Suprema en que se precisan las responsabilidades de los Prefectos
en colaborar con la Dirección de Salubridad en ese control: “Los Prefectos de los de-
partamentos de la República, oyendo a los médicos titulares respectivos, presentarán
dentro de un plazo de noventa días, a la Dirección de Salubridad, un informe acerca de
las condiciones en que se verifican los servicios de agua y desagüe en las poblaciones
de más de tres mil habitantes, comprendidas en el territorio de su jurisdicción; ... En vis-
ta de los informes recibidos, la Dirección de Salubridad Pública propondrá la ejecución
de las obras de mejoramiento de esos servicios, que sean posibles de llevar a la práctica
con el auxilio de fondos fiscales y utilizando los elementos locales aprovechables...”
En esta misma Resolución, se urgía a los Prefectos que, sin perjuicio de aquellos infor-
mes, se pusieran de acuerdo con la Junta de Sanidad Departamental respectiva, “para
dictar las disposiciones conducentes a la protección de agua de bebidas de las poblacio-
nes, vigilando el cumplimiento por las Municipalidades de las disposiciones sanitarias
relativas a ese servicio y obligando que se lleven a la práctica por quienes corresponde,
las mejoras en la captación, conducción o distribución del agua, que los médicos titula-
res indiquen y que la Junta de Sanidad apruebe”.

Quince años después de estar vigente, el citado Decreto de 1905 fue derogado expresa-
mente por otro del 20 de febrero de l920, que ordenaba: “Todas las cuestiones relativas
a la provisión de agua potable, canalización de desagües y eliminación de basuras corre-
rán en lo sucesivo por la Dirección de Obras Públicas del Ministerio de Fomento y
Obras Públicas…”. Pero, este Decreto Supremo fue rápidamente modificado, en lo
que se refiere exclusivamente a la competencia sobre los proyectos relativos a la dota-
ción de agua y su purificación, por uno nuevo aprobado el 8 de noviembre de 1921. Este
último ordenó que todos esos proyectos debían ser sometidos a la aprobación de la Di-
rección de Salubridad antes de dar comienzo a las obras. El argumento que prevaleció
fue el siguiente: “La cantidad y la calidad de agua que se suministra para el consumo

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

personal, el tratamiento y disposición de los desagües, de las basuras y otros desperdi-


cios y el drenaje de áreas de terreno, ocupadas o no, son asuntos vitales todos, que afec-
tan la salubridad de la Nación”.

Con relación a la preocupación del Gobierno por la higiene de los alimentos, debemos
mencionar las Resoluciones Supremas, aprobadas el 18 de agosto de 1911 y el 8 de sep-
tiembre de 1922, que prohíben los cultivos de los vegetales de tallo corto, que se con-
sumen crudos, en terrenos irrigados con aguas excluidas o abonados con basura; así co-
mo, la Resolución Suprema del 1º de enero de 1930, que hace obligatoria la pasteuriza-
ción de la leche antes de su venta. También, se debe mencionar la Resolución Suprema
de 17 de junio de 1925, que ordena la supresión de los muladares.

Inspección Técnica de Urbanizaciones y Construcciones: 1922-1934 [29, 45, 46]

La regulación de la autoridad en salud sobre “las condiciones técnico-sanitarias para ur-


banizar terrenos” se inicia con el Decreto Supremo del 6 de octubre de 1922 que orde-
na: “a partir de la fecha, no se podrá realizar urbanizaciones en Lima, Callao, Chosica y
Balnearios, sin que previamente haya hecho la Dirección de Salubridad, el estudio de
las condiciones sanitarias de ellas y sin que, además, los planos y proyectos hayan sido
aprobados por la Dirección de Obras Públicas”.

Dos años después, por Resolución Suprema del 22 de agosto de 1924, se aprobó el Re-
glamento de Urbanizaciones, que en su art. 48º señala que todo proyecto de urbaniza-
ción debe comprender: el trazado de la nueva población o barrio, así como los estudios
de agua potable, de desagües y canalizaciones, de obras de pavimentación y aceras, de
instalación de alumbrado público, de obras de ornato y de vías de comunicación, res-
ponsabilizándose a la Dirección de Salubridad Pública la aprobación del proyecto. Para
controlar el cumplimiento de lo establecido en el Reglamento se crea la Inspección
Técnica de Urbanizaciones y Construcciones, como dependencia de la Subdirección y
Sección de Higiene de la Dirección de Salubridad Pública.

En el año 1927, el Gobierno controlaba la construcción de 34 urbanizaciones que habili-


tan una superficie de 1.532 hectáreas en Lima, Callao y Balnearios. La Inspección, rea-
lizaba una escrupulosa vigilancia sobre las obras y contemplaba el desarrollo de las ur-
banizaciones con perspectivas favorables y armónicas con la de expansión urbana de
Lima. La intervención fue eficaz y determinó la formación de barrios con todos sus re-
quisitos urbanos, al mismo tiempo que restringió y anuló la especulación sobre terrenos
rústicos que antes se hacía sin vigilancia alguna.

Luego, por Ley Nº 6159 del 20 de marzo de 1928, se prohibió la habilitación de zonas
sin el cumplimiento de lo establecido en el citado Reglamento, la misma ley confiere a
la Inspección Técnica del Ministerio de Fomento el control urbano. Asimismo, la Ley
Nº 6186 del 28 de abril de 1928 ordena que la implantación de tuberías de agua potable
en las calles de toda zona urbanizada en formación o en urbanizaciones ubicadas en los
alrededores de las poblaciones de la República, se ejecutarán necesariamente con la in-
tervención directa del Gobierno y con la sujeción a las especificaciones que éste formu-
le. Finalmente, desde el año 1930 el Ministerio de Fomento, a través ahora de su Direc-
ción de Obras Públicas, asumió la responsabilidad de encargarse “en toda la República
de las obras de urbanización”.

93
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

Servicios de Higiene y Desinfección: 1923-1934 [29, 45, 46]

En 1923 se fundó en Lima, por iniciativa privada, la “Compañía Nacional de Higiene y


Desinfección”, la cual se encargaba de realizar desinfecciones, fumigaciones y desinsec-
tizaciones en establecimientos públicos y privados, mediante una tarifa establecida. Por
R. S. del 5 de julio de 1924 se encomendó a la Dirección de Salubridad Pública el con-
trol y reglamentación de esos servicios y se estableció una rebaja del 25% en la tarifa de
los que se prestaba a las dependencias públicas. Posteriormente, por sucesivas Resolu-
ciones - aprobadas entre julio y agosto de 1924 - la Compañía fue reconocida oficial-
mente y declarada de utilidad pública, así como se le concedió un plazo de dos años pa-
ra que implantara dichos servicios en las principales ciudades del país. Luego, por R. S.
de 28 de mayo de l926, se precisó que el personal de la Compañía debía considerarse
subordinado a la vigilancia y control de la Dirección de Salubridad, en todo lo vincula-
do con el ejercicio de sus funciones, haberes y medidas disciplinarias.

Más adelante, por R. S. del 31 de diciembre de 1926, se aprobó el contrato entre el Di-
rector de Salubridad y la Compañía, por el cual ésta cedió al Gobierno la administra-
ción y todo el material de su propiedad, de acuerdo con las cláusulas establecidas en di-
cho contrato. Apenas cuatro meses después, por Resolución del 22 de abril de 1927, se
anularon dos cláusulas del contrato, lo que devolvió la administración de la Compañía a
sus dueños primitivos. Al mes siguiente de esta anulación, por otra Resolución del 20 de
mayo de 1927, se ordenó que todos los establecimientos que por la índole de su catego-
ría o comercio están expuestos a la contaminación pública, deben ser desinfectados
mensualmente. Luego, se reconoció a la Compañía, por R. S. del 7 de agosto de 1927,
como la entidad oficial encargada para el cumplimiento de las disposiciones sanitarias
relativas a las fumigaciones y desinfecciones obligatorias en el territorio nacional.

Después de la caída del gobierno de Leguía se produjo una corriente de denuncias de


corrupción en la administración anterior, en respuesta a una de ellas el nuevo Gobierno
dictó la R. S. del 15 de octubre de 1930, por la cual el Ministerio de Fomento tomó po-
sesión de la citada Compañía. Un mes después, se ordenó la suspensión de los servicios
de la Compañía y quedó la Dirección de Salubridad encargada de recibir bajo inventario
todos sus enseres.

Muy pronto se hizo notar la falta de una entidad que atendiera las demandas de accio-
nes de desinfección, lo que determinó la dación de la R. S. del 29 de enero de 1931, que
ordenó a la Dirección de Salubridad organizar un nuevo Servicio de Desinfección. Des-
pués de varios ensayos y con la opinión del Consejo Consultivo de Salubridad, se dictó
la R. S. del 17 de junio de 1931 que creó la Inspección Sanitaria en reemplazo de la
Compañía. Una nueva Resolución del 16 de setiembre de 1931, señaló que esta nueva
entidad debía denominarse Servicio de Higiene y Profilaxia de las Enfermedades Infec-
tocontagiosas. Este Servicio inició sus actividades en julio de 1931, organizado en seis
Secciones: Higiene Urbana, Higiene Rural, Higiene de Vivienda, Higiene de Alimenta-
ción, de Estadística y Control de las Enfermedades Infecto contagiosas, y Servicio de
Desinfección.

Servicios Municipales de Saneamiento: 1903-1934

Servicios de las Municipalidades de provincias

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

Las acciones de saneamiento ambiental en el ámbito local continuaron formalmente a


cargo de las prefecturas y de las municipalidades durante todo el período. Con relación
a la actuación de los Servicios de Saneamiento o de Higiene de las municipalidades de
provincias, Paz Soldán [28] hacía, en el año 1918, críticas muy duras:

“… estos órganos de ejecución técnica llevan una vida lánguida, por no decir nula. (lo)
Demuestra… el estado de abandono absoluto en que se halla la higiene urbana… La des-
conexión en que viven con relación a la autoridad sanitaria central; la falta de elementos
científicos de combate contra las plagas…; la total incompetencia de los problemas mo-
dernos de la edilicia y razones políticas que intervienen para convertir al Municipio, en
posición de predominio caciquil con menosprecio de las altas funciones de bien público,
todo contribuye para que nuestra vida sanitaria urbana yazga en la penuria y ruina en que
se encuentra” (C.E. Paz Soldán, 1918, p. 211-212)

La consecuencia práctica de esa pésima actuación era la deficiente salubridad urbana en


casi todo el país, principalmente por las malas condiciones en que se prestaban los ser-
vicios de provisión de agua de bebida y de alejamiento de aguas y materias excluídas.
Además, los Servicios Municipales nunca estuvieron implementados para poder cum-
plir o hacer cumplir lo dispuesto en las normas del “Servicio de la Sanidad Terrestre”,
que incluía siete capítulos: de los establecimientos industriales; de los mercados; de los
mataderos; de los cementerios; del reconocimiento y traslación de cadáveres; (vi) de las
obras y edificios públicos y civiles; y, de los establecimientos higiénicos municipales.

En 1930, la administración de la mayoría de los servicios de agua potable y desagüe


continuaba a cargo de los respectivos gobiernos municipales y algunos dependían de la
Sección de Agua y Desagüe de la Dirección de Fomento. La administración municipal
era ineficiente, lo que se agravó con el debilitamiento de los gobiernos locales durante
la coyuntura de crisis [42].

Servicio de Higiene Pública del Concejo Provincial de Lima

El Servicio de Higiene Pública del Concejo Provincial de Lima, efectuó entre 1901 y
1908, siendo alcalde don Federico Elguera, una importante labor de urbanización e hi-
gienización de la capital. Durante su gestión se inauguró el Instituto Municipal de Hi-
giene, que estuvo a cargo del Dr. Juan B. Agnoli que cumplió un destacado papel en la
lucha contra la peste bubónica en Lima [47, 48]. El control sobre las ordenanzas sobre
suministro de sustancias alimenticias y bebidas, se efectuaba por un cuerpo de siete
pesquisadores municipales; mientras que las operaciones bromatológicas eran ejecuta-
das por el Instituto Municipal de Higiene.

Por decreto supremo de 18 de febrero de 1913, un año antes de finalizar el período de


50 años concedidos, el gobierno rescindió el contrato y compró la Empresa del Agua,
“con el objeto de tomar a cargo el servicio de agua potable de Lima y ejecutar, oportu-
namente, las obras necesarias ‘para aumentar la actual provisión de agua, mejorar su ca-
lidad y colocarla, con presión bastante y sin intermitencias, al alcance de los consumi-
dores y de los servicios públicos que urgentemente la reclaman’…”. En opinión de Ju-
lián Arce, tales medidas “son dignas del mayor encomio y comprometen la gratitud del
vecindario” [49]. Para administrar tales servicios se creó en ese mismo año de 1913 el
Consejo Superior de Agua Potable de Lima, que luego se convertiría en la Junta Muni-
cipal de Agua Potable de Lima.

95
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

En 1920, la Municipalidad de Lima entregó la administración del servicio de agua pota-


ble a The Foundation Company, encargada de las obras de ampliación de la infraestruc-
tura de saneamiento. Cuando estas obras se paralizaron en 1929, la Dirección de Obras
Públicas del Ministerio de Fomento asumió el control del servicio de agua en la capital.
Después de la crisis de 1930, la ineficiencia de la gestión municipal de los servicios de
saneamiento básico llevó al nuevo Gobierno Central a buscar la cooperación técnica in-
ternacional, a través de la cual logró integrar los varios servicios de agua potable y
desagüe de Lima Metropolitana en un solo Servicio, el cual fue puesto a cargo de una
nueva entidad: la Superintendencia del Servicio de Agua Potable de Lima, dependencia
del Ministerio de Fomento y Obras Públicas [10, 42, 43].

Entre 1930 y 1934, la Inspección de Higiene del Concejo Provincial de Lima estuvo a
cargo de Guillermo Almenara. Durante su gestión se creó el Departamento Municipal
de Sanidad, lo que permitió la ampliación de los servicios prestados, modificándose los
procedimientos, seleccionando y aumentando el personal e incrementando las campañas
de saneamiento comunal, sobre todo en relación con el expendio de alimentos y bebi-
das, de preferencia la leche, cuya producción y expendio adolecían de gravísimas defi-
ciencias. Posteriormente, Almenara ocuparía los cargos de Director General de Salubri-
dad (1936-1938) y Ministro de Salud Pública (1938-1939) [42].

Las limitaciones de las autoridades municipales y prefecturales para hacer cumplir las
normas nacionales y municipales de higiene y saneamiento vigentes, se expresan muy
bien en el Oficio, del 16 de enero de 1930, que el Director General de Salubridad, Dr.
Sebastián Lorente [29], envió al Sr. Alcalde del Concejo Provincial de Lima. En el Ofi-
cio se afirma que la disminución de los casos de fiebres tíficas y paratíficas que se ob-
servó cuando la purificación de agua de bebida quedo establecida en Lima se ha deteni-
do y que existe una tendencia al aumento de esos casos, y que “Es, pues, necesario ac-
tuar sobre otras causas tifógenas ya señaladas y, como algunas de las medidas que a ella
se refieren corresponden a los servicios municipales, me dirijo a Ud. para precisar los
puntos en que la campaña antitífica exige la cooperación de los municipios y para pedir-
le que por el Despacho de su digno cargo se procesa en la forma más activa posible, a
realizarlas”. Entre estas medidas menciona aquellas establecidas por las normas vigen-
tes pertinentes a: (i) la prohibición del cultivo de vegetales de tallo corto en terrenos
irrigados con aguas excluidas o abonados con basura; (ii) la higiene de las viandas que
se comercializan en la ciudad; (iii) la pasteurización y la higiene de la leche durante su
comercialización; y, (iv) las campañas contra las moscas. Superar aquel descuido im-
plicaba, de parte de la Municipalidad, una mayor exigencia en el cumplimiento de las
ordenanzas municipales sobre la supresión de los muladares, la destrucción rápida de las
basuras, la vigilancia constante de los establos, caballerizas y demás lugares en los que
se cría o se conserva animales domésticos, así como la exclusión absoluta de las aguas
de albañal en el riego de los jardines públicos y privados.

Instituto Municipal de Higiene [10, 42, 42, 50].

El Instituto Municipal de Higiene de la ciudad de Lima fue establecido en 1902 por el


Concejo Municipal e inaugurado en 1903. Reemplazó al antiguo Laboratorio Químico
Municipal. Especialmente contratado por la Municipalidad, para hacerse cargo de la Di-
rección Técnica del Instituto, llegó al Perú en 1902 el bacteriólogo italiano Ugo Biffi
Gentile, ayudante del célebre Dr. Sannarelli de las Universidades de Bologna y Roma.

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

Biffi trajo un moderno equipo de bacteriología que convirtió al laboratorio municipal en


el más moderno de su tipo en el país.

Posteriormente, durante el oncenio de Leguía, el Instituto tuvo que subordinar sus ini-
ciales actividades de investigación a la atención de la demanda de servicios tales como
el análisis bacteriológico de agua potable y de comestibles, exterminio de ratas y pro-
ducción de sueros y vacunas. Esta demanda desbordó las capacidades institucionales,
porque las necesidades de la ciudad estaban creciendo rápidamente mientras el personal
y recursos del Instituto iban disminuyendo. Las sucesivas Memorias de la entidad indi-
can que el otrora mejor laboratorio bacteriológico de Lima estaba en franco deterioro
desde el año 1920. La situación del Instituto, al igual que las demás entidades públicas,
empeoró con la crisis de los años treinta.

3.4. OBRAS Y ACCIONES DE SANEAMIENTO AMBIENTAL: 1903-1934

Inversiones en obras de saneamiento urbano: 1903-1920

En el ámbito de Lima capital: 1903-1920 [42, 43].

Alrededor del año 1900 se hizo cargo de la Municipalidad Provincial de Lima una nue-
va administración, presidida por Federico Elguera, con el compromiso programático de
impulsar la “higienización de nuestra capital”. Cumpliendo dicho compromiso se cons-
truyeron mercados modernos, se inició la pavimentación de las calles y se instaló el
alumbrado eléctrico; asimismo, se preparó la ampliación de la ciudad mediante la aper-
tura de nuevas vías (Paseo Colón, Avenida de la Colmena) y se dispuso su ornato. Co-
mo parte de esa higienización, entre 1895 y 1919 se mejoró la red cloacal de la ciudad,
aunque con interrupciones. En el año 1904, fue contratado el Ingeniero B. Bingham
Powell, quien dirigió la canalización de 43 calles; luego quedó a cargo de las nuevas
obras el Ingeniero Julio E. Ribeyro, hasta el año 1916, a quien le correspondió dirigir
la canalización de 142 calles con una longitud de 17 kilómetros más o menos.

En lo que se refiere a obras y servicios de agua de bebida, lo más trascendental, bajo la


administración municipal del servicio de agua (entre 1913 y 1920) fue que, después de
casi 400 años, la población de Lima por fin pudo usar y beber agua realmente potable.
En mayo de 1917, gracias al impulso y gestiones del alcalde Luis Miró Quesada en ma-
teria de sanidad, se instaló en la Caja de Aforos, a la entrada de La Atarjea, una “Planta
de Clorinación”, la primera de su género en el Perú. De esta manera, el agua llegaba pu-
rificada al reservorio de Ansieta antes de su distribución en la capital. En 1918, esta
institución emprendió la construcción del reservorio de La Menacho, con aplicación de
alúmina al agua y la ampliación de la red de distribución. Posteriormente el Gobierno
Central dictó una ley especial de saneamiento, que contempló el problema con mayor
amplitud. El crecimiento de la población de la ciudad de Lima obligó a ejecutar nuevas
obras de captación y el ensanche del canal de conducción del agua proveniente de la
Atarjea para el consumo doméstico. El suministro de agua potable pasó de 35 millones
de litros cada día, en 1915, a 45 millones de litros en 1919, gracias a varios trabajos de
ampliación. Sin embargo, era una cantidad insuficiente para Lima.

Por otra parte, en lo que se relaciona al problema de las basuras continuaban los mismos
procedimientos del final del período anterior. Los desperdicios y residuos que lo servi-

97
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

cios de baja policía recogían de las casas y vías públicas, se arrojaban en diferentes mu-
ladares que seguían ubicados en los alrededores de la ciudad. En la ciudad de Lima, por
ejemplo, gran parte de las toneladas de basura que se producían diariamente eran lleva-
das a muladares ubicados en los márgenes del río Rímac En el de Tajamar cerdos se
alimentaban de desperdicios y cerca del muladar de Monserrate existía un matadero.

En el ámbito de las provincias del interior: 1903-1920

Preocupando al Gobierno Central por el problema de insalubridad en las ciudades del


país, trató de dar impulso a las obras de infraestructura sanitaria básica en provincias.
En este sentido, se promulgaron más de 50 leyes o resoluciones legislativas para finan-
ciar, con asignaciones presupuestales o vía empréstitos, así como para facilitar dichas
obras en las principales ciudades del país. Por ejemplo, la ley de enero de 1895 que au-
torizó el Concejo Provincial del Callao el cobro de arbitrios específicos para dotar de
agua y desagüe del puerto.

En las otras ciudades del país los Concejos Municipales estaban a cargo de financiar las
obras de provisión, conservación y distribución del agua para uso común, así como los
otros servicios de higiene urbana [4]. Pero, estas Municipalidades eran administrativa-
mente muy débiles. Recién a inicios del siglo XX habían comenzado a formar una pe-
queña burocracia con regidores especializados en el cobro de tributos, e inspectores en-
tre los que se encontraba uno de higiene.

Inversiones en obras de higienización y saneamiento básico: 1920-1934

Por aplicación de la Ley Nº 4126

Durante la primera fase del Gobierno de Leguía, se otorgó una alta prioridad al desarro-
llo de las obras públicas de saneamiento e “higienización” de las principales ciudades
del país. La Ley Nº 4126, del 12 de mayo de 1920, facultó al Poder Ejecutivo para que
contratara la ejecución de las obras necesarias a fin de dotar a las ciudades de Lima, Ca-
llao y otras 30 ciudades del interior del país, de apropiadas instalaciones de agua y
desagüe, pavimentación y eliminación de basuras aprovechando en lo posible, las insta-
laciones existentes y los estudios realizados sobre la materia. Fijó, además, las rentas y
fuentes de financiamiento correspondientes. Parte de esas rentas había pertenecido a las
Juntas Departamentales y Concejos Provinciales. Además, la Ley facultó al Poder Eje-
cutivo para proceder al saneamiento de otras poblaciones importantes, en la oportunidad
y forma que se juzgase conveniente. [51].

La Resolución Legislativa Nº 4237 del 3 de marzo de 1921 aprobó el contrato celebrado


con la Fundation Company, empresa norteamericana, para la ejecución de un amplio
programa de obras de saneamiento en 32 poblaciones de la república, previstas en la
Ley Nº 1426, hasta por un total de 50 millones de dólares. Pero, esta empresa solo pudo
cumplir con sus objetivos hasta fines del año 1929 cuando, debido a la crisis económica
internacional, el gobierno peruano no pudo proveer más los fondos estipulados en el
contrato y las obras se paralizaron. En estas circunstancias, esta empresa solo pudo eje-
cutar obras en Lima, Callao y Balnearios; y si bien llegó al Cuzco y Arequipa y algún
otro lugar, no abarcó la mayor parte de las ciudades mencionadas en la Ley Nº 4126.
Las obras se comenzaron por Lima, cuyas necesidades en este sentido eran apremiantes.
Sólo en la ciudad de Lima, se gastó 30 millones de soles para construir 200 mil metros

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

de canalización, 360 mil metros de tuberías para agua, y 1’300.000 m2 de pavimenta-


ción, así como en el mejoramiento de la planta de captación y almacenamiento La Atar-
jea. Entregadas estas obras, por las razones señaladas, se canceló el contrato. La Funda-
tion paralizó sus actividades el 1º de diciembre de 1929. El Gobierno asumió directa-
mente la administración y conservación de los servicios de agua y desagüe que tenía di-
cha compañía en Lima, balnearios y nuevas urbanizaciones, así como la planta que ha-
bía instalado para la fabricación de tubos de concreto [52].

Por otro lado, la ejecución de las obras contratadas a la Fundation Company no fue to-
talmente satisfactoria, no obstante que muchas de ellas estuvieron bajo el control de la
Sección de Obras Sanitarias de la Dirección de Obras Públicas. Las obras de saneamien-
to e higienización urbana realizadas fueron desbordadas en su capacidad de servicio en
las ciudades principales; entre otras razones por defectos en su planificación y ejecu-
ción. Además, los trabajos se habían desarrollado en forma incompleta y dispersa. En el
caso de la ciudad de Lima, por ejemplo, no se llegaron a concluir instalaciones impor-
tantes para el abastecimiento de agua potable, lo que tempranamente determinó una
disminución de la cuota personal de agua potable, llegando en 1932 a 290 litros y en
1933 a 260 por cada 24 horas. En un balance de los resultados de la aplicación de la
Ley 4126 [11], se concluye de la manera siguiente:

“Desgraciadamente, factores que todos conocemos de orden económico y político han


impedido la aplicación rigurosa de esta ley”... (Sin embargo) “La ejecución de sus obras
de saneamiento originó el desarrollo (en Lima) de ciertos barrios o zonas que estimularon
el capital privado fomentando la edificación en ellos, ... en donde a medida que se ejecu-
taban las obras de agua, desagüe y pavimento la edificación se intensificaba, desarrollán-
dose núcleos urbanos... , cuyas condiciones higiénicas eran superiores a las del centro de
la ciudad, determinando un polo de atracción sobre el capital privado...” (C. Gonzáles,
1940, p. 175).

En síntesis, todas las obras de higienización instaladas en las ciudades señaladas en la


Ley sumaron, aproximadamente, un total de 992.000 metros de tuberías de agua pota-
ble a un costo de 14,4 millones de soles, y obras de desagüe a un costo de 10,0 millones
de soles; en total 24,4 millones, que representó casi el 32% del gasto total en obras pú-
blicas realizado durante la Patria Nueva [42, 43, 53]. A partir de 1930 las obras públi-
cas en el Perú son paralizadas como consecuencia de la crisis económica mundial. Este
período de paralización se prolongó hasta 1934 en que el Perú comienza a superar la
crisis.

Resultados de la aplicación de otros dispositivos legales [29, 42, 45].

El 25 de enero de 1924 se promulga la ley Nº 4946 que destina impuestos locales para
el saneamiento de la ciudad de Huaraz y en 2 de diciembre de 1935 se promulga la ley
Nº 8122 que reglamenta y complementa la ley anterior. El 3 de noviembre de 1932 se
promulga la ley Nº 7661 que dispone aplicar fondos especiales a las ciudades de Huan-
cayo, Huánuco, Cerro de Pasco, Tarma, Jauja y Abancay. El 23 de agosto de 1933 se
promulga la ley Nº 7797 que aplica fondos al saneamiento de las ciudades de Ica, Pisco
y Chincha Alta. El 24 de julio de 1934 se promulga la ley que aplica fondos para el sa-
neamiento de las ciudades de Casma y Chimbote. El 10 de diciembre de 1934 se pro-
mulga la ley Nº 7947 que destina impuestos locales al saneamiento de Chiclayo y Lam-
bayeque. Posteriormente, en los dos primeros años del siguiente subperíodo, se promul-

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

garían las leyes Nº 8078 (27 de marzo de 1935), Nº 8217 (20 de marzo de 1936) y Nº
8286 (28 de mayo de 1936) que aplican determinados impuestos locales para el sanea-
miento de la ciudad de Chachapoyas, de la provincia de Tacna y de la ciudad de Caja-
marca, respectivamente. Todas estas leyes tenían como único propósito el realizar obras
de agua, desagüe y pavimentación, cuya ejecución se llevó a cabo en la medida que los
impuestos creados lo permitieron.

En las ciudades no cubiertas por la Ley Nº 4126, las acciones municipales referidas al
saneamiento consistían, generalmente, en captar el agua de un manantial o río cercano y
en distribuir esta agua a la población. En cuanto al desagüe, se limitaban, casi siempre,
en reunir a las “aguas negras” en un colector que las conducía al río más cercano si la
ciudad está en el interior o al mar si esta en la costa; pero en ningún caso se depuraban
tales aguas.

Otras acciones vinculadas con el saneamiento [29, 42, 43].

En 1927, según informó la revista La Crónica Médica [29], se inauguró en Lima un


horno crematorio de basuras, con una capacidad para quemar en 24 horas 60 toneladas
de basuras. Capacidad cercana al “80 por ciento del volumen que es preciso eliminar
diariamente de toda la ciudad”. Previendo tal déficit, el horno se había instalado de mo-
do que fácilmente podría colocarse a su lado otro horno complementario, duplicándose
así la capacidad de cremación. La instalación constaba de un edificio de tres pisos cons-
truidos de concreto armado, ocupando un área de 200 m2. En el primer piso existía una
plataforma hasta la cual se vaciaba directamente en las tolvas de alimentación del horno.

Reiteramos, además, que el 17 de julio de 1925, a través de una Resolución Suprema,


se había ordenado la supresión de los muladares. No obstante, en el año 1930 se infor-
maba sobre la persistencia en Lima de tres muladares principales: el de Tajamar, el de
Martinete y el de Monserrate. Este último era el único que aún estaba habilitado para
depositar las basuras de la ciudad, mientras se instalaba el horno crematorio adicional.
En realidad, en el año 1930, el volumen diario de basuras de la ciudad a eliminar ya al-
canzaba a 120 toneladas. Se había construido una explanada para que los carros de la
baja policía pudieran avanzar hasta el lecho del río y verter en él las basuras excedentes,
que las crecientes del río se encargarían, después, de hacer desaparecer

Como ya se informó al inicio de este capítulo, la ciudad de Lima crecía de manera des-
ordenada y cada vez a más velocidad, incrementando paralelamente sus necesidades y
demandas de servicios de higiene y salubridad. Nuevos barrios se agregarían al períme-
tro de la vieja ciudad colonial y nuevas agrupaciones exigían agua y condiciones de ha-
bitabilidad. Las demandas desbordaban largamente y de manera creciente las ofertas
reales de dichos servicios.

Por otro lado, los estudios sismológicos en el Perú pasaron por un lento periodo de insti-
tucionalización que data de 1922 hasta 1947. Antes se había creado el Observatorio
Geofísico de Huancayo hacia 1920, inicio de tal institucionalización, bajo la administra-
ción del Departamento de Magnetismo Terrestre de la Institución Carnegie de Washing-
ton. En 1947, el Observatorio pasó a convertirse en un organismo autónomo del go-
bierno Perú, tomando el nombre de Instituto Geofísico de Huancayo, que posteriormen-
te sería llamado Instituto Geofísico del Perú.

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

Inspecciones a las viviendas e intervenciones municipales

Las intervenciones gubernamentales a las viviendas habían comenzado en 1903 como


una medida de emergencia establecida por la Junta Directiva de la “Campaña contra la
peste bubónica de la Provincia de Lima”, presidida por el destacado médico italiano
Juan B. Agnoli. Oportunidad en que miles de casas fueron desinfectadas y se extermina-
ron cientos de miles de ratas. Intervenciones que, no obstante el temor de la población a
la peste, tuvieron que aplicarse de manera coactiva para tener éxito [19].

Después de la epidemia de peste, este tipo de actividades de control de las viviendas


fueron asumidas por los Servicios de Higiene Municipal y se reorientaron a tratar de
evitar el hacinamiento y la “promiscuidad” que facilitaba la transmisión de la tubercu-
losis, endémica en Lima y otras enfermedades infecciosas. Además, se afirmaba que
esas características negativas contribuían de varias maneras a su alta prevalencia, ya que
fomentaban: el alcoholismo, la inmoralidad y una actitud fatalista, todo lo cual debilita-
ría la resistencia de los pobres a esas enfermedades.

Las autoridades de la Dirección de Salubridad Pública y los Servicios Municipales de


Higiene, haciendo uso de sus atribuciones formales, establecieron autoritariamente nu-
merosos códigos y reglamentos dirigidos a mejorar el comportamiento de la población
urbana con relación al cuidado de las condiciones de salubridad de las viviendas de los
pobres. Normas que eran copia o adaptación de la legislación “avanzada” que, al respec-
to, se disponía en los “países cultos”. Se asumía, que el poder de la racionalidad “civili-
zatoria” implícita en esas normas era suficiente para convencer a los propietarios y a los
usuarios de esas viviendas de la conveniencia de su aplicación. Racionalidad que no
consideraba las implicaciones económicas de su aplicación. Finalmente, en la realidad
cotidiana peruana, los constructores y propietarios hacían poco caso a la normatividad
dictada, las autoridades municipales se mostraron incapaces o poco dispuestas para ha-
cerla cumplir, y los usuarios las desconocían o las rechazaban (Leer en páginas anterio-
res el rubro La impunidad de los infractores).

Al respecto de la impunidad de los infractores a tales normas, el Dr. Constantino Car-


vallo [54], futuro Ministro de Salud, informaba al Alcalde de Lima los escasos resulta-
dos de sus esfuerzos como Inspector de Higiene del Concejo Provincial de esta ciudad,
para mejorar las condiciones de salubridad de las casas de vecindad y callejones. Los
más importantes de estos infractores eran la Sociedad Pública de Beneficencia de Lima
y la Sinecatura Eclesiástica, propietarias de gran parte de las casas de vecindad y calle-
jones:

“Desde el año 1915,...fue mi preocupación... ocuparme del estudio del mejoramiento de


las casas de inquilinato… llamadas entre nosotros, casas de vecindad y callejones... me
fue posible presentar en los últimos meses del año de 1916, un proyecto de ordenanza y
un reglamento para emprender de manera sistemática y científica el saneamiento de las
fincas de alquiler. Este proyecto... (se) promulgó como ordenanza el día 1ro. de marzo de
1917. Desde entonces,... no he cesado un solo momento en esta campaña (el Informe tiene
como fecha el 4 de junio de 1919)... La inspección ha realizado más de 20,000 visitas
domiciliarias; ha pasado 2,000 notificaciones a los propietarios, indicándoles las repara-
ciones a efectuar en sus inmuebles...; ha pedido la clausura de 30 fincas, cuyas condicio-
nes de salubridad así lo exigían; ha conseguido que se reconstruyan en las mejores condi-
ciones 25 o 26 casas de vecindad... Bien poco se ha conseguido..., pero no es debido a
que la labor no ha sido intensa; lo pequeño de lo ganado...se debe en primer lugar, a la in-

101
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

diferencia con que las instituciones dueñas de fincas han acogido esta ordenanza y a que
no ha sido posible a esta inspección obligarlas a su cumplimiento... La Sociedad de Bene-
ficencia Pública (dueña de una proporción enorme de casas de inquilinato en Lima), des-
graciadamente no ha colaborado hasta hoy en esta campaña...el número de fincas de al-
quiler de la Sociedad de Beneficencia que amenazan ruina y cuyas condiciones de higiene
me obligan a pedir su clausura, llega a 71. Los conventos y las comunidades religiosas,
cuyos bienes forman hoy la Sinecatura Eclesiástica, tampoco han cumplido con la orde-
nanza...También es causa de dificultad en esta campaña la escasez de recursos pecuniarios
de esta inspección y del concejo... Es además indispensable... que haga notar, la urgencia
que existe de que se apruebe el plan general de saneamiento... , sobre agua potable, cana-
lización y pavimentación...” (C. Carvallo, 1919, p. 225-228)

3.5. CRISIS DE LA SALUBRIDAD PÚBLICA: 1930-1934

Durante los primeros meses de la coyuntura iniciada con el derrocamiento de Leguía, la


Dirección de Salubridad Pública, al igual que la casi totalidad de las entidades públicas,
fue calificada como desorganizada, ineficiente, ineficaz y corrupta. En consecuencia,
por Resolución de marzo de 1931 esta Dirección es declarada en reestructuración y se
hacen, además, acusaciones de supuestos actos de corrupción a las autoridades que en
años anteriores habían estado a cargo de la Dirección. Además, desde años antes se es-
taban presentando iniciativas para reemplazarla por un Ministerio de Higiene o de Salu-
bridad; una de ellas era la del diputado y abogado Placido Jiménez que, en 1926, propo-
nía la creación de un Ministerio de Sanidad y Obras Pública, para introducir un criterio
de sanidad en las decisiones sobre la prioridad en la construcción de las obras y edifi-
cios públicos. Ello, a su entender, evitaría “aquella irónica situación de ciudades que
ostentan monumentos costosos, calles bien pavimentadas, plazuelas elegantes, pero cu-
yos subsuelos no llevan las instalaciones de agua y desagüe indispensables para garan-
tizar, la vida y la salud de sus poblaciones” [43].

Al final del año 1933, los resultados insatisfactorios de la aplicación de esta modalidad
de organización del cuidado de la salud son descritos y enjuiciados en nuestro país, de
manera dura aunque desapasionada, por el destacado sanitarista peruano Luis Ángel
Ugarte [55], entonces Médico Sanitario Departamental del Cuzco. Esta descripción y
enjuiciamiento se presenta a continuación de manera casi textual. Con relación a la es-
tructura central de la Dirección de Salubridad Pública: “… organismo esencialmente
burocrático… Los funcionarios de la sanidad llegan al cargo sin preparación especial,
muchas veces sin aptitudes y sin concepto de la importantísima misión que les enco-
mienda; por otra parte, concientes de su irresponsabilidad técnica y de su situación pre-
caria esencialmente supeditada a la política personalista que los ha llevado al cargo,
convierten a su vez la repartición que les está encomendada, en una agencia de coloca-
ciones para poder servir mejor los intereses de los gobernantes y del partido que usu-
fructúa el poder. En los últimos años esta situación se ha agravado…”. Con relación a
las Oficinas Sanitarias Departamentales: “En el resto del país, el servicio sanitario esta-
ba representado teóricamente por las Oficinas Sanitarias Departamentales… que nunca
han tenido ni tienen existencia real, pues un médico con el título de Sanitario Departa-
mental no puede constituir por sí solo una Oficina Técnica si carece de personal auxiliar
y los más elementales medios para realizar la labor sanitaria más insignificante… En las
provincias la sanidad está encomendada a los Médicos Titulares Provinciales, con las
atribuciones múltiples que ya conocemos… En el mejor de los casos supervigilan el

102
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

servicio de vacunación para el que cuentan a veces y otras no, con un personal de vacu-
nadores. Hay todavía muchas provincias que carecen de todo tipo de servicio sanitario o
que lo tienen sólo por cortas temporadas, pues el estado cultural de ellas es tal, que no
es posible conseguir que haya médicos que quiera permanecer en ellas por largo tiem-
po”. Con relación a las Municipalidades: “Los Consejos Municipales están encargados
de la higiene personal de las poblaciones, de los servicios demográficos y estadísticos, y
en parte de la vacunación antivariólica. Con excepción tal vez de Lima y, a veces, de
alguna otra ciudad importante, carecen en la generalidad de los casos del más elemental
concepto de su misión al respecto; en el mejor de los casos se limitan a dictar ordenan-
zas aisladas en determinados aspectos de higiene local, sin preocuparse posteriormente
de hacerlas cumplir”.

3.6. EVENTOS INTERNACIONALES Y COOPERACIÓN


EXTERNA: 1903-1934

La I Convención Sanitaria Internacional se realizó en Washington D.C., del 2 al 5 de


diciembre de 1902, con la participación de once países, entre los cuales no estaba el Pe-
rú. En este evento se creó la Oficina Sanitaria Internacional - a partir de 1923, Oficina
Sanitaria Panamericana- con la finalidad de “asegurar una cooperación eficaz para el
fomento de la salud de las Américas”. En la Resolución de esta Convención se resuel-
ven cinco puntos; uno de los cuales establece: “Que la Oficina... deberá estimular y
ayudar o imponer por todos los medios lícitos a su alcance, el saneamiento de los puer-
tos del mar, incluyendo la introducción de mejoras sanitarias en las bahías, el alcantari-
llado o sistema de cloacas, el desagüe del suelo, el empedrado, la eliminación de la in-
fección de todos los edificios, así como la destrucción de los mosquitos y otros insectos
dañinos”. Tres años después, una delegación peruana asistió a la II Convención Sanita-
ria, realizada en la ciudad de Washington D.C., en el mes de octubre de 1905 [56, 57].

Luego, en la “IV Conferencia Sanitaria Internacional” (San José de Costa Rica, diciem-
bre 1909-enero de 1910), se destacó que los nuevos conocimientos sobre la patología y
la epidemiología de las enfermedades transmisibles revelaba la importancia que, para la
solución de ese tipo de problema tenía la buena organización de los servicios de salud
local [57]. En esos años, ya era evidente que el mejor conocimiento sobre las enferme-
dades transmisibles y el desarrollo de los servicios de salud local eran dos condiciones
para el control efectivo de las endemias en los nuevos territorios económicos. Endemias
que elevaban los gastos de producción y reducían la productividad de la fuerza de traba-
jo [58].

Según Sandra Caponi [59], el análisis de las Actas y Anales de los Congresos Médicos
Latinoamericanos de 1904 a 1913 parece contradecir la tesis, sostenida por diversos his-
toriadores de la ciencia, de un cambio radical en las estrategias de control sanitarias re-
feridas a la vivienda popular.

“Estas afirmaciones parecen desconsiderar que, por ejemplo, en relación a la vivienda po-
pular, muchas de las estrategias defendidas por los higienistas pre y pos pasteurianos se
mantuvieron idénticas (desinfección, saneamiento, control de las "islas de insalubridad"),
que la salud pública no se limitó a una medicina de las epidemias, pues muchas preocupa-
ciones con los hábitos y conductas populares (alcoholismo, prostitución, sexualidad, etc)
se mantuvieron constantes desde los estudios de Villermé de 1840 hasta las estadísticas

103
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

que Emilio Coni presenta en el tercer Congreso Médico Latinoamericano de 1913. Esos
documentos parecen indicar que muchas preocupaciones persistieron con la introducción
de la microbiología en el discurso médico-sanitario. Las preocupaciones con los pantanos,
los mataderos, los espacios de insalubridad y la falta de higiene y moralidad de la vivien-
da popular parecen haber tenido una clara prioridad sobre los escasos esfuerzos por trans-
formar las condiciones de vida de los trabajadores tanto en las últimas décadas del siglo
XIX como en las primeras décadas del Siglo XX (S. Caponi, 2002) .

En los subsiguientes años, las actividades de los Departamentos de Salud de los países
latinoamericanos reorientaron sus prioridades: de la corrección de las condiciones insa-
lubres de los puertos al enfrentamiento de los problemas endémicos que afectaban a la
población asentadas en áreas de producción agrícola. Progresivamente, los intereses de
los países y, en consecuencia, de la Oficina se diversificaron. Según el informe anual
del Director para 1922, las áreas de responsabilidad se limitaban a la ingeniería sanita-
ria, las conferencias de instrucción médica, la vacunación contra la viruela, los materia-
les de educación sanitaria, la fumigación de embarcaciones y la incineración de
desechos sólidos. Cinco años después, además de estos temas, el informe del Director
para 1927 advierte sobre las nuevas preocupaciones continentales: adicción a las drogas,
enfermedades venéreas, administración sanitaria, tuberculosis, parásitos intestinales, le-
pra, tracoma, malaria, puericultura, clima y enfermedad e inmigración” [60]. Además,
en la VII Conferencia Sanitaria Panamericana (La Habana, 1924), el Dr. Long y otros
funcionarios norteamericanos presentaron un proyecto de Código Sanitario Panameri-
cano, cuya traducción en español fue aprobada el 14 de noviembre de l924; el Código
reemplazó a la Convención Ad Referéndum de l902. [56].

Posteriormente, en la Segunda Conferencia Panamericana de Directores Generales de


Sanidad, en abril de 1931, se consideró una amplia gama de temas: saneamiento urbano
y rural, suministro adecuado de agua, control de producción y expendio de leche, notifi-
cación de enfermedades transmisibles, enfermedades venéreas, tuberculosis, parásitos
intestinales, viruela, malaria, peste, higiene industrial, protección a la maternidad y a la
infancia, nutrición, drogas adictivas y oncocercosis [60].

Por otro lado, con relación a la protección al ambiente, a finales del siglo XIX y princi-
pios del siglo XX, aparecieron en varios países de la Región de las Américas nuevas
legislaciones sobre la explotación y uso de los recursos naturales renovables así como
agencias públicas especializadas en su administración. Las últimas con frecuencia se
conformaron como divisiones o entes adscritos a un ministerio, muchas veces a los de
agricultura y obras públicas [61].

3.7. FUNDAMENTOS DE LAS ACCIONES DE SALUBRIDAD PÚBLICA

En el mundo occidental

El debate académico entre las posiciones contagionista y anticontagionista sobre el ori-


gen de las enfermedades infectocontagiosas se había agotado en la comunidad médica
con los descubrimientos de Pasteur y Koch a fines del siglo XIX, cuando la Medicina
acepta como verdadera a la “teoría del germen”. Si hasta ese momento el saneamiento
urbano era la única respuesta social – aún insatisfactoria - para el control de los proce-
sos de transmisión de las enfermedades infecto-contagiosas, otras respuestas superiores

104
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

y definitivas parecieron haber sido encontradas por la microbiología y la epidemiología


del final del siglo XIX e inicios del siglo XX.

Las medidas de saneamiento que antes encontraban explicaciones químicas encontra-


ron, a partir de Pasteur, explicaciones biológicas. La cuestión del entorno biológico, el
ámbito donde los microbios pueden desarrollarse y reproducirse, pasó a ocupar un lugar
central. Como afirma Dagognet (1998), es en el discurso de Pasteur donde los nuevos
higienistas encontraron el punto de partida para muchas de sus generalizaciones. Sin
embargo, tal como precisa Sandra Caponi [59] los argumentos anticontagionistas pre-
pasteuranios, si bien se debilitaron, nunca se llegaron a anular en el campo de la Salu-
bridad, sino que se articularon con los argumentos de los contagionistas, ahora domi-
nantes, para la construcción de estrategias sanitarias puntuales.

La aplicación en el cuidado de la salud poblacional de los resultados de las investiga-


ciones de las nuevas disciplinas biomédicas permitieron una mejor definición, un ma-
yor rigor técnico y, especialmente, una mayor eficacia de las acciones de control de
las enfermedades infectocontagiosas, lo que se expresaba en una disminución significa-
tiva de la incidencia y de la letalidad de las mismas. Los modelos institucionales crea-
dos por Pasteur en París y por Koch en Berlín se extendieron en todo el mundo, reem-
plazando a los establecidos a partir de la teoría de los miasmas. Aparecen los Institutos
y los Laboratorios de Salud que pronto se hacen hegemónicos en las prácticas de la
Medicina y la Salud Pública. En el año de 1898 fueron creados en Inglaterra los dos
primeros centros de estudios de Medicina Tropical: The Liverpool School of Tropical
Medicine y The London School of Higiene and Tropical Medicine. Este último llegó a
ser considerado como el centro mundial más importante en esta especialidad. Algunos
años después al final del siglo XIX, se crea el Departamento de Medicina Tropical de la
Escuela de Medicina de Harvard, cuya primera tarea fue organizar expediciones cientí-
ficas de estudio de enfermedades tropicales a lo largo de la costa este de Sud América
[10, 42, 43].

En resumen, antes de la “revolución bacteriológica”, la Sanidad Pública tenía como


centro de acción, el medio físico y social; pero, iniciada dicha revolución y conforme
avanzaba el siglo XX, la Salubridad Pública concentraba cada vez más su atención en
el medio biológico y el entorno del individuo. Los avances de la Microbiología, la In-
munología y la Medicina Tropical, validados por la Epidemiología positivista, habían
acumulado el saber suficiente para el diseño de un modelo biologicista del cuidado de
la salud, orientada al diagnóstico etiológico, la terapéutica específica, y los programas
de protección específica. Modalidad que, en su versión fundamentalista, hacía casi una
total abstracción del medio social y desplazaba al medio físico en un segundo plano del
interés de una acción sanitaria centrada en el individuo y su entorno biológico. Además,
desde el final del siglo XIX la percepción y valoración de los perfiles epidemiológicos
se estaba modificando, la antigua prioridad mundial del control de las enfermedades
“pestilenciales exóticas” (peste, cólera y fiebre amarilla) en sus formas epidémicas co-
menzó a ser reemplazada y diversificada por la erradicación de las transmisibles preva-
lentes en Europa, y de las “tropicales” endémicas en las colonias. [10, 42, 43].

La eficacia evidente de la nueva tecnología, especialmente en el control de los agentes


biológicos y en el tratamiento individualizado de las enfermedades transmisibles, se
constituyó en un argumento económico y político contundente para convencer a las au-
toridades gubernamentales en la necesidad de la reforma de la organización y las fun-

105
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

ciones de los Departamentos de Higiene Pública o Sanidad. Reforma que implicaba es-
tructuras, procesos y personal orientados por la nueva modalidad biologicista y, por lo
tanto, distintos a los utilizados anteriormente. Ahora, se trataba de supervisar la higiene
biológica de los alimentos y de la leche; crear y desarrollar servicios de laboratorios
públicos; impulsar las inmunizaciones, el saneamiento del ambiente biológico (desin-
fecciones, desinfectaciones, lucha contra los vectores), la educación sanitaria; y garanti-
zar el compromiso de los médicos, en su práctica privada, con las actividades de pre-
vención y control de las enfermedades transmisibles. Había que conducir, administrar y
aplicar una nueva tecnología orientada a la lucha contra los agentes y vectores biológi-
cos de las enfermedades transmisibles.

Además, el carácter científico positivista de la Epidemiología de las Enfermedades


Transmisibles, es institucionalizado académicamente por Wade Hampton Frost en su
libro Epidemiology, publicado en 1927. En esta obra se explicita que “la epidemiología
debe estar en relación con el conjunto del campo de las ciencias naturales”, pero más
especialmente con la Microbiología. Por su parte C. O. Stallybras, define en 1931 los
conceptos y principios de la Epidemiología articulados no sólo a la Microbiología sino
también a la Inmunología. Los seguidores de esta Epidemiología, sustentada en la teoría
del germen, fueron particularmente exitosos en la identificación de la etiología de mu-
chas enfermedades infecciosas, incluso en su control. Éxito que otorgó, inicialmente,
una enorme credibilidad al modelo explicativo utilizado.

Sin embargo, ese dominio del pensamiento biologicista no era absoluto en el campo
del cuidado de la salud poblacional. Es así, que los términos de “fomento” de la salud,
así como el de “comunidad” aparecen en los glosarios académicos de la segunda déca-
da del siglo XX. C. E. Winslow [62] propone una nueva definición de “Salud Pública”,
en ella se pretende precisar los fines e instrumentos básicos de la práctica contemporá-
nea del cuidado de la salud poblacional. El “saneamiento del medio” aparece como el
primero de estos instrumentos; se estaba perfilando, además, una nueva especialidad, la
Ingeniería Sanitaria, que recién llegará a nuestro país al final de la década de 1930.

“La salud pública es la ciencia y el arte de: 1) impedir las enfermedades; 2) prolongar la
vida, y 3) fomentar la salud y la eficiencia mediante el esfuerzo organizado de la comuni-
dad para: a) el saneamiento del medio, b) el control de las infecciones transmisibles, c) la
educación de los individuos en higiene personal, la organización de los servicios médicos
y de enfermería para el diagnóstico temprano y el tratamiento preventivo de las enferme-
dades, e) el desarrollo de un mecanismo social que asegure a cada uno un nivel de vida
adecuado para la conservación de la salud, organizando estos beneficios de tal modo que
cada ciudadano se encuentre en condiciones de gozar su derecho natural a la salud y a la
longevidad”. (C.E. Winslow, 1920, citado en J. Hanlon, 1963, p. 5)

Por otra parte, el desarrollo de las nuevas obras y acciones de salud ambiental en los
países desarrollados había planteado problemas cada vez más complejos a los
ingenieros y técnicos responsables de las mismas. Problemas que exigían recurrir
con frecuencia a las ciencias básicas, en especial a la química y a la biología, para
intentar resolverlos. En respuesta a estos problemas, en Estados Unidos y desde la
década de 1880 ya había comenzado a perfilarse la Ingeniería Sanitaria, como
una rama de la Ingeniería Civil claramente demarcada. Pero su constitución como
una especialidad solo se concretaría a inicios del Siglo XX, gracias al reconocimiento
que le dieron las grandes universidades (Harvard, Massachusetts Institute of Tech-
nology, Johns Hopkins). George C. Whipple, de la Universidad de Harvard, y su su-

106
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

cesor Gordon Fair consideraron que la formación de los profesionales de la ingeniería


sanitaria debía incluir - además de las materias propias de la ingeniería civil - los estu-
dios de biología, de química e hidráulica. En año 1934, Oscar Tellez [[63], del Depar-
tamento de Higiene y Sanidad Pública de la Universidad de Michigan, coincidía con lo
señalado por Whipple y Fair, precisando el campo de acción del ingeniero sanitario:
“… se ocupa entre otras cosas del proveimiento, purificación y distribución de agua po-
table, de los desagües y sistema de cloacas, de la limpieza de los lugares públicos me-
diante métodos especiales, de la disposición o incineración de las basuras y otros des-
perdicios… Su trabajo también es esencial en ciertas clases de control de la malaria,
fiebre tifoidea, etc. (…) La educación universitaria consiste en el trabajo de la ingeniería
civil complementado con cursos de ingeniería municipal, ingeniería sanitaria, química y
biología” (O. Tellez, 1934, p. 290).

En América Latina y el Perú

En América Latina

En opinión de Caponi, el discurso de la bacteriología pudo integrarse al espacio del sa-


nitarismo latinoamericano, porque las estrategias atmosféricas-miasmáticas propuestas
por los higienistas clásicos habían demostrado cierta eficacia para el control de distintas
enfermedades. Cuando en el siglo XX las autoridades y los sanitaristas post-
pasteurianos hablan de reformas urbanas y de la higienización de las viviendas popula-
res, no podían dejar de considerar el papel de las desigualdades sociales en el perfil de
morbimortalidad de las poblaciones. Esta asociación no desaparece con la emergencia
de la microbiología, así como no desaparece la preocupación por las condiciones de vi-
da y por la higiene de las viviendas populares [59].

“Podemos decir entonces que la cuestión de la vivienda popular "higienizada", que apa-
rece de modo insistente hacia fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, parece surgir del
encuentro de, por lo menos, tres series discursivas: (a) la emergencia de la microbiología
y su relación (no necesariamente de oposición) con el higienismo y con las explicaciones
aeristas; (b) la generalización de la estadística como recurso capaz de poner en evidencia
la relación entre las desigualdades sociales y las diferencias en la mortalidad de la pobla-
ción; (c) la preocupación sanitaria y jurídica de controlar y moralizar las conductas de los
sectores menos privilegiados de la población, o, dicho de otro modo, la persistencia de la
antigua asociación entre condiciones físicas y condiciones morales (S. Caponi, 2002, p.
1669).

A los tres discursos que, según Caponi, confluyeron para explicar la importancia asig-
nada, en esos años, a la “higienización” de la vivienda popular habría que agregar uno
más: el discurso eugenésico. Durante las primeras décadas del siglo XX, ningún miem-
bro de la comunidad científica latinoamericana cuestionaba la supuesta relación biológi-
ca entre “raza” y enfermedad. Afirmaban que las “razas” inferiores y degeneradas te-
nían una debilidad intrínseca que las hacían más susceptibles de contraer enfermedades,
y los predisponía a vivir en viviendas tugurizadas e insalubres. Los higienistas enfatiza-
ban que la moral relajada de los miembros de estas razas – alcohólicos, promiscuos,
miserables – impedía que éstos conocieran o comprendieran la importancia de la hi-
giene de la vivienda para la conservación de su salud [22].

En los inicios de la década de 1920 ya existían en América varias Escuelas de Salud Pú-
blica que habían sido organizadas bajo las concepciones de Higiene y Medicina Preven-

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Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

tiva vigentes en Estados Unidas, sistematizadas en el Informe Welch-Rose (l9l9). En


éste, se hacen recomendaciones de orientación positivista y biologicista que privilegian
las acciones basadas en la ingeniería sanitaria y en la Bacteriología, postergando las
tendencias que valoraban la reforma social, los componentes políticos y las ciencias so-
ciales. Se crean la Escuela de la Universidad John Hopkins de Baltimore (l9l8), la de
Sao Paulo (l92l) y la de Méjico (l925), que comenzaron a capacitar los primeros cuadros
de especialistas en Salud Pública de América Latina [64].

En el Perú

Desde fines del siglo XIX la influencia del positivismo en la Facultad de Medicina de
San Fernando facilitó la recepción de los avances de la Bacteriología en el país. David
Matto, fundador de la cátedra de Bacteriología y Técnica Microscópica (1890), y Julián
Arce, fundador de la cátedra de Medicina Tropical (1916) en esa Facultad, fueron capa-
citados en el The London School of Higiene and Tropical Medicine.

Paralelamente a lo que sucedía en la Facultad de Medicina, la aparición de la peste en


las costas peruanas provocó que las autoridades estatales reorganizaran la Sanidad Pú-
blica, para adoptar una nueva modalidad administrativa, acorde con los presupuestos
bacteriológicos. Se crea, entonces, la Dirección de Salubridad Pública, bajo la conduc-
ción de Julián Arce, especialista en Medicina Tropical; y se fortalece el Instituto Muni-
cipal de Higiene de Lima, que iniciaba sus actividades con el bacteriólogo Ugo Biffi,
contratado en Italia para dirigir el Instituto. Biffi trajo al país un moderno equipo de
bacteriología y formó a un grupo de médicos investigadores en esta disciplina.

Los resultados de la campaña contra la peste, así como la difusión de los descubrimien-
tos hechos por los bacteriólogos franceses y alemanes al final del siglo XIX, hacen ra-
zonable pensar que las enfermedades infecciosas pueden ser controlables. En el pensa-
miento médico-sanitario se introduce la noción de “enfermedades evitables”. Sin em-
bargo, la transición del pensamiento higienista de la Sanidad Pública al pensamiento
biologicista de la Salubridad Pública se desarrollaría en la mentalidad de los médicos
peruanos de manera similar a la descrita por Caponi para América Latina.

“Todas las enfermedades evitables, endémicas o no, hacían grandes estragos en los calle-
jones y solares, porque allí encuentran ambiente propicio para su pululación, sujetos debi-
litados por el alcoholismo, por la miseria, por la permanencia en un medio infecto; indivi-
duos en plena decadencia física y en no menor decadencia moral, sugestionados por estú-
pidos prejuicios, la mas crasa ignorancia y la más completa desidia” (E. León García, Las
razas en Lima, 1909, p.35) [65].

En el discurso político peruano de la primera mitad de este período, sobre la vivienda


popular "higienizada", así como en el pensamiento que al respecto dominaba en la men-
talidad médica se expresa nítidamente esa transición. Ello se puede corroborar leyendo
los informes que al respecto presentaron Leonidas Avendaño y Santiago Basurco
(1908) y, luego, Constantino Carvallo (1919); así como las conclusiones de las tesis
doctorales de Rómulo Eyzaguirre (1906) y de Enrique León García (1909), a los que
nos hemos referido en páginas anteriores.

Asimismo, desde las primeras décadas de este período, la Fundación Rockefeller y, en


menor medida, la Kellog y otras entidades privadas habían comenzado a otorgar becas
para personal profesional latinoamericano que deseara capacitarse en el campo del cui-

108
Cap. 3. Saneamiento ambiental…: 1903-1934, Carlos Bustíos y Col.

dado de la salud de las poblaciones. En el Perú, la Comisión Científica del Departamen-


to de Medicina Tropical de la Universidad de Harvard, presidida por Richard Strong y
financiada con fondos privados, estuvo presente en la Facultad de Medicina de San Fer-
nando 1913 dejando una profunda huella académica.

3.8. REFERENCIAS UTLIZADAS EN EL CAPÍULO Nº 3

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09. Panfichi, Aldo. Lima, espacio urbano y micro sociedades. Entrevista a Aldo Panfichi. 28 octubre
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112
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

CAPÍTULO Nº 4
PROTECCIÓN AMBIENTAL EN LA SALUD
PÚBLICA POPULISTA. PERÚ: 1935-1968

4.1. Contexto nacional populista


Aspectos políticos y administrativos: 1935-1968
Aspectos económicos: 1935-1968
Aceleración de proceso de urbanización en el Perú: 1935-1968
La migración interna y las “barriadas”: 1935-1968

4.2. Problemas de la salud pública ambiental: 1935-1968


Deterioro del medio ambiente urbano en el Perú
Baja cobertura y calidad de los servicios de agua y de saneamiento
Incremento de la contaminación ambiental
Efectos de los desastres naturales

4.3. Normatividad general en protección ambiental: 1935-1968


Normatividad vigente en protección ambiental
Dispersión de la institucionalidad en protección ambiental

4.4. Marco institucional I: Ministerio de Salud Pública: 1935-1968


Ministerios de Salud Pública
Órganos de saneamiento en el nivel central del Ministerio
Oficinas de Saneamiento en los Servicios Periféricos del Ministerio
El SCISP, el SESP y la Ingeniería Sanitaria: 1942-1968

4.5. Marco Institucional II: Ministerio de Fomento y otras entidades públicas: 1935-1968
Ministerio de Fomento, Saneamiento y Vivienda: 1935-1968
Órganos de Saneamiento Municipal: 1935-1968

4.6. Obras y acciones de protección del ambiente: 1935-1968


Respuestas al problema de la vivienda
Inversiones en obras de saneamiento urbano: 1951-1968
Formación de técnicos de saneamiento: 1962-1968
Plan de Saneamiento Básico Rural: 1962-1968

4.7. La salud pública peruana al final de la década de 1960

4.8. Eventos internacionales y cooperación externa: 1935-1968

4.9. Fundamentos de la salud pública y la protección ambiental: 1935-1968


En el mundo occidental
En América Latina y el Perú

4.10. Referencias utilizadas en el Capítulo Nº 4

113
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

4.1. CONTEXTO NACIONAL POPULISTA

Aspectos políticos y administrativos: 1935-1968

Gobiernos populistas en una sociedad que se recompone

El historiador José Tamayo Herrera [1] distingue entre los años 1933 y 1968 cuatro
subperíodos que los denomina y caracteriza de la manera siguiente. El primero, es el de
(i) dictaduras militares y civiles (1933-1945), incluye los años de los gobiernos de Os-
car Benavides y Manuel Prado. El segundo, es del intervalo democrático (1945-1948)
de José Luis Bustamante, años cruciales de la lucha política entre las fuerzas que apo-
yaban al proyecto reformista, encabezado por el APRA, y las que se identificaban con el
orden oligárquico-liberal; lucha en la cual resultaron, en octubre de 1968, derrotados
los reformistas. El tercero, es el del “ochenio” (1948-1956) del régimen dictatorial del
general Manuel A. Odría, que gobernó el país con el lema de “Obras y no palabras”. El
cuarto, es el subperíodo de la Democracia Demoliberal sin contenidos sociales (1956-
1968), incluye los años de los gobiernos de Manuel Prado (su segundo), de la Junta Mi-
litar de Pérez Godoy-Lindley, y el del arquitecto Fernando Belaúnde.

En el Perú, al igual que en la mayoría de países de América Latina, luego de la crisis


económica mundial de los años 30, la inestabilidad política, la falta de democracia y la
fragilidad de los partidos políticos permitieron el aumento de la capacidad de moviliza-
ción de sectores populares y una mayor presencia de los mismos en el escenario políti-
co. Eran movilizaciones llamados “populistas” – multiclasistas y nacionalistas – lidera-
das por un personaje que obtiene el apoyo masivo de las clases populares al proponer
y/o realizar políticas aparentemente reformistas. Al llegar al gobierno, el populismo
crea un nuevo estilo o forma de hacer política. Es decir, abandona el abstencionismo
estatal, preconizado por el liberalismo, para asumir el papel del promotor de reformas
sociales, destinadas a elevar el bienestar de los sectores populares. En el cumplimiento
de este papel, el populismo tiende a actuar de manera “voluntarista” y solo en el corto
plazo, agotándose casi siempre en el asistencialismo. Incurriendo, por lo general, en
gastos excesivos y en burocratismos. Este tipo de asistencialismo estatal pudo ser apli-
cado en los países latinoamericanos, mientras la coyuntura económica mundial lo per-
mitió. Es decir, en tanto las demandas internacionales revalorizaron los productos lati-
noamericanos de exportación y los Estados nacionales tuvieron recursos para intentar
realizar su papel de redistribuidor de la riqueza nacional, a través de la ejecución de
programas sociales asistencialistas.

Al inicio del período 1935-1968 la oligarquía-civilista estaba agotada ideológicamente,


pero aún mantenía su vigencia política y económica en el país gracias a su alianza con
los mandos militares y a su participación en la economía del país, asociada al capital
extranjero. Alianza que excluyó del escenario político oficial –salvo en un pequeño in-
tervalo entre 1945 y 1948– a las fuerzas populares antioligárquicas. Los años de este
período son los primeros de un Estado que constitucionalmente se definía como demo-
crático en lo político y liberal en lo económico. No obstante tal definición, todos los
gobiernos que se sucedieron en el período combinaron, con diversos énfasis, una políti-
ca de seguridad interna centrada en la represión de los movimientos populares y campe-
sinos más radicales, y una política social que –con excepción de los momentos de crisis
económica y de la gestión de Beltrán – tuvo un carácter populista, con una expansión

114
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

significativa de la infraestructura pública de educación y de salud. Como se trataba de


resguardar el viejo orden social, esta expansión solo benefició –con fines “clientelísti-
cos” – a los grupos laborales urbanos y, a partir de la década de 1950, a la población
urbano-marginal organizada en las “barriadas”. En comparación con la política social
excluyente instrumentada por el Estado Oligárquico, la de este período aparecía como
progresista.

Como correlato de esa nueva política social se produjo, durante casi todo el período, un
incremento sostenido del gasto público social, que llegó a un máximo del 41% del gasto
fiscal en 1966. Las crisis económicas de 1947-1948, 1953-1954 y 1958-1959 no
impidieron el incremento de este gasto; aunque a partir de la crisis de 1967-1968 tuvo
que comenzar a decrecer. En 1968, como resultado de esta política, el Sector Público en
Salud se había convertido en el mayor propietario de los medios de producción de
servicios médico-sanitarios en el país y el mayor empleador de la fuerza de trabajo
médica disponible [2].

Paralelamente a las políticas populistas, desde el inicio de la segunda mitad de la década


de 1950 se estaba produciendo una recomposición de la sociedad peruana, la cual era
consecuencia de cuatro procesos sociales casi simultáneos: el fortalecimiento de las or-
ganizaciones laborales; el inusitado crecimiento de la población urbano-marginal; la
agudización de la lucha de los campesino-serranos contra los gamonales; y la aparición
de nuevos partidos políticos, representativos de la clase media. Estos procesos se desen-
volvieron en un contexto continental convulsionado por movilizaciones sociales, que
estimuladas por el éxito de la revolución castrista en Cuba amenazaban desbordar el or-
den demo-liberal en América Latina. Amenazas que dieron origen a la Reunión de Pun-
ta del Este de 1961 y a la propuesta estadounidense de la Alianza Para el Progreso.

Por otro lado, desde el decenio de 1920 los líderes de los movimientos anti-
oligárquicos denunciaban que la distribución del ingreso en el Perú era una de las más
inequitativas en el mundo occidental. El primer estudio sistemático y cuantitativo sobre
la distribución del ingreso personal en el país fue desarrollado utilizando datos del año
1961. Estudio que evidenció la validez de estas denuncias. Además, con relación a las
políticas redistributivas aplicadas por los gobiernos populistas, los autores R. Webb y
A. Figueroa coinciden en opinar que sus resultados no fueron los esperados. El primero
señala que la distribución del ingreso empeoró entre 1950-1966, en tanto que muchos
campesinos y otros trabajadores independientes sufrieron una disminución en sus ingre-
sos reales y “quienes más necesitaban han sido los menos favorecidos” [3]. El segundo
hace el siguiente comentario sobre las estimaciones de Webb:

“Este período (1950-1966) fue de rápido crecimiento: 2.5% per capita anual. El cuartil más
rico aumento su ingreso real en una proporción mucho mayor que el resto de la población
(4%). La población rural aumentó su ingreso en sólo 1.3% y el grupo más pobre, formado
de pequeños propietarios campesinos (el 30% más pobre del país) se mantuvo práctica-
mente estancado. Luego, el cuartil más rico fue el grupo que se benefició relativamente del
crecimiento… los grupos más pobres son preferentemente personas que viven en el cam-
po; y el cuartil más rico es preponderantemente urbano” (R. Webb, A. Figueroa, 1975, p.
159, 161).

Expansión y modernización de la administración pública [2, 4, 5, 6, 7].

115
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

Superada la crisis del final del período anterior, la organización del Gobierno se
reorientó tratando de dar cumplimiento lo prescrito en la nueva Constitución Política de
1933, donde se explicitaba las responsabilidades del Estado en el campo social. Es en
este sentido que se reinició el curso expansivo del aparato estatal que ya había
comenzado con Leguía. Para ello, se efectuó un nuevo diseño de la estructura del
aparato ejecutivo creando nuevos ministerios o modificando, según otros ramos de
actividad gubernamental, los ya existentes. Además, la presencia del Estado en el
campo económico financiero se había incrementado, en especial con las Corporaciones.
Entre 1950 y 1955 la Misión Klein asesoró al gobierno de Odría en asuntos
administrativos y financieros. En 1960 el gobierno de Prado contrató a la Misión A. D.
Little y se le encargó un Programa de Desarrollo Industrial y Regional para el Perú.

Asimismo, desde la década de los cincuenta, por influencia de las ideas de la CEPAL
(Comisión Económica para la América Latina) y deI ILPES (Instituto Latinoamericano
de Planificación Económica y Social), se debatió en el Perú la conveniencia del uso de
la planificación como función pública y como herramienta gubernamental para el
desarrollo económico y social. El debate termina en el escenario oficial, cuando en
agosto de 1961 el Gobierno peruano firma la Carta de Punta del Este y se compromete,
con otros países latinoamericanos, en “impulsar y fortalecer sistemas de preparación,
ejecución y revisión periódica de los programas nacionales de desarrollo económico y
social”. Luego, buscando recibir asistencia financiera de la Alianza para el Progreso, el
Gobierno encarga al Banco Central de Reserva formular el Plan Decenal de Desarrollo
1962-1971, cuya elaboración fue interrumpida por el golpe de la Junta Militar de
Gobierno Pérez Godoy-Lindley.

Al inicio de la gestión de esa Junta Militar, las exigencias sociales de modernización


de la acción del Estado se hacían cada vez más fuertes. Atendiendo a estas exigencias,
la Junta creó, por Decreto Ley Nº 14220 del 19 de octubre de 1962, el Sistema Nacional
de Planificación del Desarrollo Económico y Social del Perú (SNP), teniendo al
Instituto Nacional de Planificación (INP) como su órgano central. Asimismo, en
diciembre del mismo año, aprobó el D. L. Nº 14260, la Ley del Presupuesto Funcional
de la República, sentando las bases para el Sistema de Presupuesto por Programas; así
como promulgó el D. L. Nº 14342 que aprobó el primer Presupuesto Funcional de la
República (para 1963). Hasta este último año, los presupuestos públicos solo
presentaban las previsiones de entradas y gastos. Se iniciaba así una nueva reforma de la
Administración Pública, ahora con la ayuda técnica de Naciones Unidas y de la Agencia
de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional.

El 16 de enero de 1964, durante el gobierno de Belaúnde, se promulgó la Ley 14816,


Ley Orgánica del Presupuesto Funcional de la República que formalizó la división del
Sector Público en tres campos: Gobierno Central, Subsector Público Descentralizado y
Gobiernos Locales. Los presupuestos se debían estructurar en función de las metas de
los Planes de Desarrollo aprobados por el Poder Ejecutivo. El SNP formuló el Plan de
Desarrollo Económico y Social 1967-1970, que no llegó a formalizarse debido a la
revolución de octubre de 1968.

Finalmente, el crecimiento económico registrado para el país durante este periodo, con
excepción de los años de crisis, permitió incrementar significativamente el gasto público
y, en consecuencia, desarrollar los servicios públicos y la infraestructura estatal – espe-
cialmente de educación, salud y fuerzas armadas – pero al costo de contrariar las fórmu-

116
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

las de equilibrio fiscal recomendado por los asesores económicos. Se asistió, entonces, a
un crecimiento sostenido, aunque desordenado, del tamaño del Sector Público: en 1967
la PEA estatal ya representaba el 6,1% de la PEA total, así como la participación del
Estado en el valor agregado alcanzó el 10,6% del PBI.

Aspectos económicos: 1935-1968

Después de la crisis de 1929, el Gobierno Peruano asumió un papel más activo en la


economía nacional. Entre 1930 y 1948, los regímenes aplicaron una política regulatoria
moderada, propiciando un crecimiento económico basado en dinamización del mercado
interno, a través de las corporaciones de desarrollo, con escasa intervención extranjera y
sin empréstitos, manteniendo la estructura exportadora, pero con un primer aliciente a la
industrialización por sustitución de importaciones. Luego, durante el subperíodo 1948-
1969, de manera distinta al anterior, se estableció un “sistema orientado por las expor-
taciones, en el cual las dificultades cíclicas de la balanza de pagos se controlaba a tra-
vés de contracciones en la demanda interna y devaluaciones cambiarias; un sistema en
el que tanto la entrada de capital foráneo como la repatriación de utilidades eran prácti-
camente irrestrictas y en el que la intervención y participación estatales eran mínimas”
(Rosemary Thorp, 1989) [8]

En los años del “ochenio”, se aplicó una política intervencionista para impulsar el cre-
cimiento económico, en un contexto internacional de elevación de los precios de los mi-
nerales y de una mayor demanda de alimentos, que promovió la producción pesquera.
En este contexto, se promovió la diversificación de las exportaciones y se estimuló las
inversiones extranjeras, con la aprobación de nuevos códigos en los sectores de minería
(1950), petróleo (1952) y electricidad (1955). Según Bardella [4], el incremento del PBI
entre 1949 y 1956 fue “equivalente a un promedio de 8.4% anual, cifra que no ha vuelto
registrase, en un plazo similar”. A partir de 1953, concluida la guerra de Corea, la si-
tuación económica se deterioro y el nivel de ingresos del Estado disminuyó.

Posteriormente, entre 1956 y 1968, siguiendo las recomendaciones de la CEPAL, se re-


impulsó el desarrollo del sector manufacturero encargado de producir bienes de consu-
mo para la creciente población urbana nacional y para las barriadas de Lima. En 1959
se promulgó la Ley 13720, Ley de Promoción Industrial, que estableció un nuevo marco
jurídico sectorial, basado en la estrategia de sustitución de importaciones. La norma
creó un conjunto de incentivos, a ser establecidos por contrato, para propiciar nuevas
inversiones industriales, tanto nacionales como extranjeras, en nuestro país. El progreso
industrial fue considerable, entre 1960 y 1969, su participación en el PBI se elevó de 12
a 25%. Las industrias más favorecidas en ese proceso fueron las de construcción, mine-
ra y pesquera. Al amparo de este modelo, la economía nacional creció, entre 1960 a
1967, a una tasa medio anual de 6,1%. Pero, la economía nacional hizo crisis al comen-
zar la segunda mitad de 1967, cuando los desequilibrios fiscales y en las cuentas exter-
nas acumulados se hicieron inmanejables [2, 4, 6].

En este período se asiste a la tercera etapa del desarrollo de la gran minería peruana.
Hay dos a tres décadas de expansión de la economía hemisférica donde se reactiva y
acelera la demanda internacional de minerales. El incremento de la actividad minera
privada transnacional generó la aparición y/o desarrollo de nuevos centros. Tales fueron
los casos de Cerro de Pasco, La Oroya, Marcona y Talara. Por otro lado, las necesidades
de movilización de recursos en apoyo de estas actividades implicaron la construcción de

117
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

vías de comunicación en lugares antes inaccesibles, así como el desarrollo del comercio
y de los servicios. Por el lado del Sector Público, en el año 1943 el Estado peruano creó
la Corporación Peruana del Santa, cuya fin era la de explotar los recursos de carbón y
hierro, y el establecimiento de una siderúrgica en Chimbote [2, 8, 9].

A pesar del dinamismo económico que provocaba la actividad minera en algunas re-
giones del país, las relaciones entre las empresas mineras, el Estado y los trabajadores
y/o pobladores de zonas aledañas o antes agrícolas y ganaderas no fueron cordiales. Es-
tas se caracterizaron por la falta de respeto a los derechos de las comunidades sobre sus
tierras, la sobreexplotación de la mano de obra e innumerables conflictos sobre propie-
dad, condiciones de trabajo y, finalmente, contaminación. Una constante en estas situa-
ciones de conflicto fue el apoyo que las compañías mineras extranjeras tuvieron por par-
te de los sucesivos gobiernos, caracterizando los reclamos de los trabajadores y/o co-
muneros como subversivos, revueltas sin sentido o animadas por cuestiones políticas en
lugar de reconocer la naturaleza real de tales conflictos [2, 9, 10, 11].

Asimismo, a partir de 1956, se había iniciado en nuestro país el crecimiento de la in-


dustria de la harina y aceite de pescado, que convertiría al Perú en la primera potencia
pesquera del mundo durante la década de 1960. Según cifras de Bardella [4], en 1956
se exportaba apenas 31.000 toneladas de harina de pescado, cifra que había aumentado,
en 1962, a un total de 1’117.000 toneladas. El boom pesquero era una consecuencia del
crecimiento de la demanda mundial de harina de pescado. Demanda que fue aprovecha-
da, casi sin ningún tipo de regulación, por empresarios privados, apoyados por las insti-
tuciones bancarias que invertían en una nueva industria de altísima rentabilidad. Pero, a
partir de 1970 por la caída del precio internacional del producto y como consecuencia
de la irresponsable sobreexplotación a que había sido sometido el recurso, se produciría
una dramática disminución de la captura de anchoveta y de los volúmenes de harina de
pescado importados. El auge de la pesca finalizaría, dejando como huellas nuevos po-
blados y astilleros en la costa peruana, la transformación del puerto de Chimbote en una
populosa ciudad, así como grandes pasivos ambientales.

Aceleración del proceso de urbanización en el Perú: 1935-1968

La “explosión demográfica” en el país

Entre 1940 y 1970 el tamaño de la población nacional se duplicó (6,4 millones en 1940
y 13,2 en 1970). “En la milenaria historia de nuestra patria nunca se había dado un fe-
nómeno igual, y es muy improbable que un fenómeno semejante vuelva jamás a produ-
cirse. Es la explosión demográfica peruana” (J. Wicht, 1986, p.14). Un incremento de-
mográfico tan significativo y rápido significó una verdadera explosión de potencialida-
des y exigencias de la población, que se manifestó en un extraordinario aumento de
mano de obra en demanda de empleo, y un incremento similar de los requerimientos de
alimentos, bienes y servicios, entre ellos los de transporte, educación, salud, vivienda,
saneamiento básico [12]. Demanda y requerimientos que no pudieron ser atendidos
apropiadamente en la realidad del Perú de esos años.

Además, ese crecimiento se acompañó de un drástico cambio en la composición urbana-


rural de la población nacional. Al final del período intercensal 1940-1961, la importan-
cia relativa de la población urbana había crecido de 35% en 1940 a 47% en 1961. Este
cambio era el resultado de una tasa de crecimiento anual específica para la población

118
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

urbana del orden del 3,7%, frente a la del 1,2% para la población rural. Durante el si-
guiente período intercensal, 1961-1972, esas nuevas tendencias se marcarían aún más;
la población urbana crecería a una tasa promedio anual de 5,1%, mientras que la rural
lo haría apenas a un ritmo del 0,5% anual. De esta manera, a mediados del año 1972, la
población urbana concentraría el 60% del total nacional. Habían comenzado a crecer
notablemente, además de la ciudad de Lima, otros 47 centros urbanos [1, 5, 6].

El crecimiento de las principales ciudades [2, 13, 14].

En el Censo Nacional de 1940, primero del siglo XX, se empadronó a un total de


6’207.967 habitantes en el país. De este total, el 74,2% residía en centros poblados de
menos de dos mil habitantes. Lima tenía 520.528 habitantes, mientras que solamente
dos tenían más de 50.000: Callao (81.268) y Arequipa (80.947). De 269 ciudades de la
República con más de mil habitantes solo 70 estaban dotadas de agua potable, y el 70%
de estas últimas ciudades consumía agua contaminada. Solo el 50% de la población total
urbana disponía de agua potable y el 45% de desagües, porcentajes que descendían a
38% y 30%, respectivamente, si se excluían las ciudades de Lima y Callao. La pobla-
ción rural carecía de tales servicios.

Luego, entre los censos de 1940 y de 1961 se registraron altas tasas de crecimiento de-
mográfico promedio anual en algunos centros urbanos: Chimbote (13,4%), Chiclayo
(9,7%), Lima (8,2%), Trujillo (8,1%), Callao (7,2%) y Huancayo (6,7%). Los cambios
en la variable migración interna explicaban, en gran parte, tales incrementos. En el caso
de Chimbote, había sido consecuencia del desarrollo de la siderúrgica y de la hidroeléc-
trica del Santa, así como del auge de la pesca. Tales ritmos de crecimiento desbordaron
todas las posibilidades reales de una expansión paralela de servicios sociales.

El Censo Nacional de 1961 dio cuenta que el Perú presentaba un perfil urbano más
desarrollado que 21 años antes. En 1940 la ciudad capital concentraba el 9,7% de la
población total del país; en 1961 ese porcentaje subió al 17,1%, que representaba a su
vez el 43,4% de la población urbana nacional. Entre los años 1940-1961 el sistema de
ciudades pasa de 10 a 27 conglomerados de 20.000 o más habitantes, con un proceso
migratorio interno de gran intensidad, que se presenta coincidiendo con dos hechos im-
portantes: (i) el apogeo del modelo de sustitución de importaciones que beneficia sobre
todo a las zonas urbanas de la costa del Perú, lo que es reforzado por la guerra entre Co-
rea y Estados Unidos; y, (ii) la explosión de la crisis del campo, sobre todo serrano, que
presiona a esas migraciones.

En el año 1961, cuatro ciudades superaban los 100.000 habitantes: Lima (1 487.673),
Callao (204.990), Arequipa (158.685) y Trujillo (100.130). Ese perfil urbano sería más
nítido, luego de once años, en el Censo Nacional de 1972 cuando eran diez las ciudades
con más de 100.000 habitantes, las cuales acumulaban en conjunto la tercera parte de la
población nacional total. En 1940 la ciudad capital concentraba el 9,7 % de la pobla-
ción total del país; en 1961 y en 1972 ese porcentaje subiría al 17,1% y al 24,4%, res-
pectivamente. En 1961, en la ciudad de Lima se concentraba el 43,4 % de la población
urbana nacional.

La migración interna y las barriadas: 1935-1968

119
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

La migración interna del campo a la ciudad, iniciada antes de la segunda posguerra


mundial, era la principal variable demográfica que explicaba esas altas tasas de creci-
miento poblacional de los principales conglomerados urbanos. Alrededor de estos con-
glomerados aparecen nuevos asentamientos creados por invasiones informales e ilega-
les de terrenos desocupados sin habilitación urbana. Son las “barriadas” creada por los
sectores pobres de la población, en búsqueda desesperada de vivienda Antes del año
1954, las barriadas de Lima se creaban en terrenos aledaños a las zonas consolidadas de
la ciudad, dependiendo de éstas para abastecerse de productos y servicios. Eran terrenos
en que era difícil construir viviendas, debido a las fuertes pendientes existentes, a la ma-
la calidad del suelo y a su reducida extensión; son ejemplo de ese tipo de terrenos, los
que ocupan las barriadas de Cerro San Cosme, San Cristóbal y El Agustino.

En Lima, entre 1948 y 1956 se formaron más de 50 barriadas (17 tan sólo en 1950), y se
ampliaron las ya existentes. En 1955 se registró un total de 79 barriadas en Lima, y se
estimó que, en conjunto, acumulaban el 10 % de la población de Lima Metropolitana.
En estas barriadas se comenzaron a multiplicaron las actividades comerciales, el peque-
ño comercio y las actividades informales [15, 16, 17, 18].

El modelo de ocupación y el tipo del terreno invadido, fueron cambiando en sus carac-
terísticas a partir de 1954, con la invasión de la llamada Ciudad de Dios. Las barriadas
de Lima se empezaron a emplazar lejos del casco urbano de la ciudad, en terrenos de
muy bajo o nulo valor del mercado – la mayoría en arenales o terrenos eriazos – de pro-
piedad del Estado. En la década de 1960 el propio Estado comenzó a reservar terrenos
no agrícolas para efectuar allí los programas de urbanización popular, tratando de ade-
lantarse a la formación espontánea de barriadas. Es el caso de Condevilla y de Tahuan-
tinsuyo [18, 19].

Esos nuevos terrenos, a diferencia del pasado, eran extensos y de superficies en suave
pendiente. Las grandes invasiones que originaron asentamientos como Comas y Colli-
que por el norte, y Pamplona por el sur, ocuparon terrenos similares. Estos eran más fá-
ciles de urbanizar, pudiendo esperar, entonces, un desarrollo futuro del barrio en mejo-
res condiciones. Además, no mucho después del momento de la ocupación del suelo,
empezaban las acciones de mejoramiento físico con participación del Estado y la pobla-
ción, con una importante presencia de la organización vecinal. La nueva masa popular
urbana comenzaba a organizarse para presionar su acceso a la propiedad de los terre-
nos, a la vivienda, a los servicios básicos urbanos, a la educación y al trabajo [18, 19].
Las primeras de estas invasiones fundaron nuevos polos de expansión desde los cuales
se fueron ocupando los espacios que los separaban del casco urbano, formando lo que
ahora son los conos sur y norte de la ciudad.

El proceso migratorio se aceleró aún más en la década de 1960, miles de campesinos


expulsados de su terruño por la miseria, se incorporaban a las ciudades. En 1961, Lima
por ejemplo tenía 192 barrios marginales con una población de 494.226; en 1970 tendría
273 con 762.000 habitantes. El perfil de las principales ciudades del país cambiaba, sus
nuevos habitantes traían nuevas formas de pensar, de actuar y de vivir, se comenzaba a
crear una nueva cultura urbana [18, 20].

Ahora bien, el fenómeno de las barriadas hay que interpretarlo como un proceso que
formaba parte de los grandes cambios que anunciaban el final del dominio histórico de
la presencia de la oligarquía tradicional en el escenario económico y político nacional.

120
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

Proceso que siendo inicialmente un efecto de esa presencia, luego, se convertiría en una
de las causas de dicho final. En palabras del sociólogo Julio Cotler [21]:

“La migración hacia las ciudades agudizó los sentimientos de desprecio y temor de los
tradicionales sectores medios urbanos y de la clase dominante hacia los sectores populares
campesinos. En la medida que la ‘indiada’ bajaba de las serranías rodeando tumultuosa-
mente las ciudades costeñas, inundando con sus hábitos campesinos y su extraño hablar
las ciudades ‘blancas y criollas’, abriéndose paso y destruyendo ‘el puente, el río y la
alameda’ colonial, desdibujando rápidamente la ‘Lima que se va’. Temor y desprecio con-
jugaban los sentimientos de esas clases, que veían en esa marea un peligro contra la pro-
piedad y las ‘buenas costumbres de la gente decente’. A los intereses clasistas se sumaban
los sentimientos étnicos de los que consideraban tener ‘limpieza de sangre’. Por otro lado,
la masiva migración a las ciudades… hizo patente que ni el Estado… ni la burguesía se
encontraban en capacidad de satisfacer las exigencias de educación, salud, vivienda y tra-
bajo de quienes llegaban a radicarse en las ciudades… Esta incapacidad… para absorber
las exigencias populares en el nuevo contexto urbano provocó el desarrollo de un nuevo
tipo de lucha social, que se agregó a la que ocurría en el campo, en tanto los migrantes
adquirían conciencia de sus derechos ciudadanos, determinando así que el carácter oligár-
quico de la dominación social entrara en crisis” (J. Cotler, 1978 , pp. 289-292)

4.2. PROBLEMAS DE LA SALUD PÚBLICA AMBIENTAL: 1935-1968

Deterioro del medio ambiente urbano en el Perú

En el ámbito nacional

No obstante la política de higienización urbana instrumentada durante el gobierno de


Leguía, y los esfuerzos que se siguieron haciendo posteriormente, las condiciones de
salubridad continuarían siendo deficientes en el país durante todo este nuevo período. A
los viejos problemas derivados de la falta de capacidad de las autoridades para mejorar
las condiciones de saneamiento urbano y de los daños provocados por los desastres na-
turales, especialmente terremotos, se sumaba los provocados por el rápido y desordena-
do crecimiento de las “barriadas” en las ciudades, que al demandar servicios básicos sin
recibir la oferta correspondiente hacía aún más evidente el creciente desbordamiento de
aquella capacidad.

En la ponencia del Dr. Miguel Ángel Delgado [22] – alto funcionario del Ministerio de
Salud Pública y Asistencia Social(MSPAS) –, leída en la Primera Convención Médica
Peruana, realizada en junio de 1947, se destaca su relato sobre las malas condiciones de
saneamiento en el interior del país, y las deficiencias en el cumplimiento de las respon-
sabilidades sanitarias, de parte de las autoridades nacionales y locales. Algunos párrafos
de este desconsolador Informe son los siguientes:

“Pueblos sin agua potable, desagüe, pavimento, luz eléctrica, mataderos y mercados; y
donde no existe control sobre el recojo, transporte y eliminación de basuras, manipulación
y venta de productos alimenticios, salud de expendedores y manipuladores, vigilancia del
trabajo y la vivienda desde los puntos de vista de la higiene y retribución, concurrencia de
personas a servicios públicos..., son casi todos (los pueblos) del Perú o cuando menos
ninguno de ellos, incluso la capital de la República, ha llegado a resolver íntegramente

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

cualquiera de estos problemas en forma que satisfaga la higiene pública...”. (M. A. Del-
gado, 1947, p. 277)

En la misma ponencia se presentan los resultados de dos trabajos de campo. El de la


Srta. Ana Valderrama, realizado en 1946 entre el personal de una de las mejores fábri-
cas de Lima, con 60 familias encuestadas. De este total: el 93% vivía en callejones y el
53% en vivienda de una sola habitación; sólo el 8% disponía de servicios de agua pro-
pia, el 78% de servicios comunes y el 8% carecía totalmente de ellos; utilizaba alum-
brado eléctrico el 35%; el 57,5 % del ingreso familiar se destinaba a la alimentación, el
14,8 % al vestuario y el 5,1 % a la vivienda. El otro trabajo de campo, era el de la Srta.
Olga Crespo del Valle, realizado en 1945 y con una muestra de 424 familias de la ciu-
dad de Arequipa. De esta muestra: el 11% carecían en lo absoluto de agua, 25% se sur-
tía en agua de acequia y el 62% de un solo caño común; el 90% vivía en viviendas de
una sola habitación; y el 37% disponía de una sola cama [22].

En 1947, durante los viajes de inspección hechos a lo largo del país por el personal del
Departamento de Ingeniería Sanitaria del MSPAS, se volvieron a verificar la persisten-
cia de las pésimas condiciones de higiene urbana en el país: el 70% del total de servi-
cios de agua potable estudiados estaba contaminado; las aguas residuales se arrojaban a
campos de cultivo sin ningún tratamiento previo; el 60% de los canales observados fun-
cionaba en malas condiciones higiénicas; el 50% de las poblaciones visitadas arrojaba
sus basuras en forma totalmente inadecuada; la carencia casi absoluta de hornos crema-
torio. Asimismo, se constató que casi el total de los establecimientos lecheros visitados
no cumplía condiciones mínimas de higiene y salubridad; y, que no se realizaba el con-
trol sanitario en hoteles y restaurantes (C. Bustíos, 2005, p. 221) [2].

En las barriadas de Lima

La ocupación ilegal y desordenada de terrenos sin habilitar por las familias más pobres
– muchas veces, migrantes sin experiencia urbana – estaba indicando la voluntad de
estas familias de obtener una vivienda, aunque tuvieran que empezar su vida urbana en
chozas de esteras, sin ningún tipo de servicios de agua y de saneamiento básico. El
orden del proceso de urbanización se había invertido. Primero se invadía, luego se cons-
truía y, finalmente se iniciaba un largo proceso de habilitación urbana. La ocupación
inicial de los terrenos era acompañada, por lo común, con la aparición de un camión que
vendía esteras y palos para construir las chozas. Casi simultáneamente aparecían otros
camiones vendiendo agua para uso doméstico.

Aunque cada familia trabajaba en el mejoramiento de su propia vivienda, los pobladores


de las barriadas, en su mayoría procedentes del área rural con una cultura tradicional, se
organizaron en asociaciones territoriales con el fin de actuar solidariamente para obte-
ner servicios básicos y facilidades comunales. Ellas entraron en contacto con oficinas
del Estado para formalizar la propiedad de los terrenos, y gestionar proyectos de cons-
trucción de escuelas, centros comunales, mercados, mejoramiento de calles y, en las
más desarrolladas, la pavimentación de calles, construcción de aceras y, más tardíamen-
te, la instalación de servicios básicos de saneamiento. Sin embargo, por lo general, el
aprovisionamiento de agua potable permanecería a cargo, por muchos años, de camio-
nes-cisternas que prestaban servicios de manera deficiente y cara.

Insalubridad y tugurización de la vivienda en Lima

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

A partir de los años 30, comenzaron a consolidarse los distritos de Miraflores, San Isi-
dro y Magdalena que albergaban gran parte de la población de clases altas y medias, que
dejaban el centro de Lima; mientras que los distritos como Surquillo, Lince y La Victo-
ria recibían a las clases populares. Las mansiones dejadas en el centro de Lima cuadrada
se pusieron en alquiler o venta para fines de comercio o habitación. Algunas de ellas se
convirtieron en sedes de grandes empresas, otras fueron demolidas para construir edifi-
cios de oficinas o bancos, la mayoría fueron alquiladas. En este último caso muchos de
los propietarios dividieron las grandes casonas para alquilarla a varios inquilinos y ob-
tener mayores rentas. Con el tiempo y con el problema de la crisis de vivienda, son los
inquilinos que las subdividirán y subarrendarán, provocando tugurización e insalubri-
dad, así como la degradación de esa parte de la ciudad [23].

En los distritos populares de Lima, los problemas descritos para el período anterior au-
mentaron en el curso de estas tres décadas. Uno de los problemas centrales seguía sien-
do el deficiente abastecimiento de agua y servicios de desagüe de los “callejones de un
solo caño”. Otro grave problema era el de las filtraciones ocasionadas por la albañilería
utilizada para eliminar las aguas servidas que deterioraban las bases de los muros y la
superficie de las vías públicas. En el libro editado por C. E. Paz Soldán, Lima y sus
suburbios, se presentan las 21 primeras tesis sobre este tema, redactadas por alumnos
de la Facultad de Medicina de San Fernando; en todas ellas se describen las pésimas
condiciones de vivienda en esos lugares alrededor del año 1957. Como ejemplo, presen-
tamos parte de la descripción que hace el médico Alberto Mur Martínez [24] sobre la
vivienda de los pobres en la parte antigua del distrito de La Victoria:

“Sólo en la parte antigua de La Victoria se ha comprobado la existencia de 500 callejones


de construcción primitiva que se trata de pasajes que alinean en sus lados una serie de
cuartos… Por todo servicio sanitario posee un ‘botadero’, aparato éste que sirve de letrina
y está dotado de un caño que suministra agua. Como otra especie de vivienda, tenemos los
llamados corralones – hemos inspeccionado 300 – , en los que se ha permitido la cons-
trucción de viviendas, formadas por paredes y techos improvisados con tablas y calaminas
o restos de demoliciones, cuyas deficiencias higiénicas y sanitarias constituyen una ver-
güenza para el distrito… En la habitación dedicada a dormitorio, encuentran alojamiento
cuatro o cinco personas… En las construcciones clandestinas se carece de agua y sus po-
bladores se ven obligado a proveerse de ella en zonas vecinas… Otro medio de proveerse
de agua es recurriendo a las acequias de regadío… El problema de las excretas, de las
aguas excluidas, de los detritus y desperdicios de la vida individual y colectiva, constitu-
yen un peligro…” (A. Mur, 1957, p. 115).

Baja cobertura y calidad de los servicios de agua y saneamiento

Los principales problemas ambientales priorizados por las autoridades sanitarias en este
período seguían siendo la baja cobertura y la escasa calidad de los servicios de agua y
de eliminación de excretas en el país. Muchos de los sistemas de agua existentes eran
insalubres, inapropiados e inseguros, además que solo disponían de ellos una pequeña
parte de la población, mientras que la mayoritaria obtenía agua en fuentes inseguras o
distantes de sus hogares. Era reducido el número de lugares con sistemas que garantiza-
ran agua sanitariamente segura. Aún era más reducido el número de sistemas en condi-
ciones financieras para asegurar la cobertura de sus costos de operación y de manteni-
miento. En la ciudad de Lima, el crecimiento inusitado y desordenado de las barriadas
determinó que los problemas ambientales alcanzaron niveles críticos [25].

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

En lo que se refiere a la cobertura de los servicios de agua y saneamiento, está seguía


siendo muy baja, especialmente en el área rural; de acuerdo a los datos del Censo Na-
cional de 1940, la población rural carecía de tales servicios. Los resultados del mismo
Censo informaban que de 269 ciudades con más de mil habitantes sólo 70 estaban do-
tadas de servicio de agua potable. Posteriormente, los datos censales de 1961 y 1972, al
respecto de la disponibilidad de servicios básicos en la vivienda sólo mostraron una me-
jora discreta: la proporción de viviendas con conexión domiciliaria para agua potable
fue de 21,1% en 1961 y de 29,9 en 1972; en tanto que la proporción de viviendas con
servicios higiénicos (inodoro, excusado o letrina) fue de 25,4% en 1961 y de 27,1% en
1972. En este último año, el 43,5% de la población total urbana disponía de agua pota-
ble; porcentaje que variaba entre un máximo de 62,0% en el Callao y un mínimo de
3,9% en Apurímac [2, 13].

En el año 1959, una Comisión del Ministerio de Fomento y Obras Públicas y del Servi-
cio Cooperativo Internacional de Salud Pública (SCISP) hizo un estudio sobre las con-
diciones sanitarias existentes en 1.418 capitales de distrito del país, sin incluir Lima ca-
pital. En el Informe de la Comisión, publicado por el MSPAS [26], se afirma lo si-
guiente: sólo 21 (1,4 %) capitales de distrito poseen servicios completos de agua, 218
(15,4 %) capitales de distrito tienen servicios, pero son deficientes, y el resto de las ca-
pitales de distritos – donde vive una población de aproximadamente 2’000.000 de habi-
tantes - no poseen servicios de agua potable. Esos datos no incluyeron a la población
rural que residía en anexos, villorrios o de manera dispersa, y que sobrevivía en peores
condiciones sanitarias. Al final del citado Informe se concluye:

“El complejo problema de las enfermedades gastrointestinales que incluye las transmiti-
das por el agua contaminada y las enfermedades diarreicas y otras trasmitidas por falta de
higiene personal ocupa un lugar muy importante en el Perú como consecuencia de las de-
ficiencias de las condiciones que se acaban de indicar... En lo que respecta a la disentería,
ésta muestra en el año 1960 una tasa nacional de 282 por cien mil, llegando a alcanzar en
la Selva una tasa de 698, siendo más frecuente, en la población infantil y juvenil…”
(MSPAS, 1962, p.9).

A partir de 1965, se comenzaron a utilizar en el país las técnicas de análisis propuestas


por el Método CENDES-OPS, con las que, en el primer Proyecto de Plan Sectorial de
Salud del Perú [27], se identifican tres causas fundamentales de los problemas de la sa-
lud: insalubridad ambiental; escasez y mala utilización de alimentos; y, escaso grado
de cobertura de la población con servicios permanentes de atención de la salud. En 1965
se estimaba que aproximadamente 3,5 millones de campesinos no tenían acceso a los
servicios de salud modernos; asimismo que el 66,9% de la población urbana y solamen-
te el 4,2% de la rural disponían de algún sistema de abastecimiento de agua potable,
mientras que el 63,8% de la población urbana dispone de sistemas de eliminación de
excretas, y que la población rural del país no cuenta prácticamente con estos servicios.
En el mismo Plan y aplicando la lógica del enfoque normativo de la planificación, se
ordenaron jerárquicamente los problemas de salud que debían ser enfrentados en el pe-
ríodo 1967-1970 de la manera siguiente:
1. Enfermedades susceptibles de ser controladas por vacunaciones.
2. Enfermedades en cuya propagación tienen particular importancia las deficientes
condiciones de suministro de agua potable y de disposición de excretas.
3. Tuberculosis, en todas sus formas.
4. Enfermedades erradicables y aquellas significativamente reducibles por medidas
sanitarias.

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

Incremento de la contaminación ambiental

La contaminación ambiental comienza a ser denunciada por sanitaristas peruanos co-


mo un problema de salud colectiva, que se incrementa en el país y que no recibe una
atención suficiente del Estado. Eran muchas las actividades que estaban originando pa-
sivos ambientales: la minería, la industria manufacturera, la extracción de hidrocarbu-
ros, la pesca, la agricultura, los residuos sólidos municipales. A ellas se sumaban los
efectos del crecimiento de las ciudades y su parque automotor, la instalación de siste-
mas de disposición de aguas residuales sin tratamiento.

Disposición inadecuada de residuos sólidos domésticos

Hasta esos años, el énfasis de la acción de la autoridad local sobre el control los resi-
duos sólidos había sido el de trasladarlos “lejos" de las zonas habitadas. No se había
previsto que en este nuevo período, las mayores ciudades del país, especialmente Lima,
se caracterizarían por una desordenada expansión de su territorio, muchas veces de ma-
nera informal y en terrenos sin habilitación urbana. Expansión provocada por el creci-
miento demográfico descrito en páginas anteriores, así como por cambios en las actitu-
des y las conductas de la población. En esta nueva situación, los residuos generados en
la vida doméstica y cotidiana aumentaron enormemente en cantidad, así como cambia-
ron significativamente en su composición, desbordando las capacidades de los servicios
de baja policía disponibles en esas ciudades.

Una consecuencia inevitable de esa situación fue el agravamiento de los problemas del
recojo y de la disposición final de los residuos sólidos, que se han comentado en el capí-
tulo anterior. Un indicador de ese agravamiento fue el incremento, en tales ciudades,
de los botaderos informales, muchas veces clandestinos, donde se amontonaban los re-
siduos generados en la vida doméstica, sin ningún tipo de tratamiento final. Peor aún,
cerca de estos botaderos se ubicaban chancherías, donde se alimentaba al ganado por-
cino, sin ninguno o muy escaso control de las autoridades responsables, poniendo en
grave riesgo a la salud de las poblaciones.

En la década del 60, como consecuencia de la magnitud alcanzada por esos problemas,
el Estado dictó los primeros dispositivos legales con relación a la disposición de los re-
siduos sólidos. Dispositivos que serán comentados más adelante.

Disposición de aguas residuales sin tratamiento

En el caso de la ciudad de Lima, antes de que se acelerara su crecimiento urbano, en


marzo de 1945, las autoridades del Ministro de Fomento [28] ya manifestaban su preo-
cupación por el desborde de la capacidad instalada de servicios de saneamiento por los
nuevos y crecientes requerimientos de los mismos:

“cada aglomeración urbana de la región limeña ha construido sus albañales, pero con el
sorpresivo desarrollo de la capital, que en 1919, tenía una área urbanizada de 1,400 hectá-
reas, en 1940, de 3,800 y en la actualidad de 4,100, ha resultado que llegando a unirse es-
tas distintas aglomeraciones urbanas, los colectores más bajos no están preparados para
recibir la descarga de los que vienen de arriba, resultando que, o se vierten en las acequias
de regadío o recargan con exceso a los colectores de dimensión insuficiente. Además,

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

existen emisores, a todo lo largo de la costa, que producen contaminación... Se hace im-
prescindible establecer un sistema único de desagües, con grandes troncales” (A. Jocha-
movitzc, 1945, p. 147-148)

Según comenta el Ingeniero Sanitario Oscar Cáceres [29], en ese entonces funcionario
del MSPAS, a mediados de la década de 1950 el problema de la ausencia de plantas de
tratamiento de aguas servidas en Lima ya era una preocupación de las autoridades sani-
tarias: no había plantas de tratamiento de aguas servidas. Entonces, todos los desagües
de Lima terminaban en el gran colector final, un poco antes de la playa de la Herradura.
Donde se disponía de un triturador enorme, “para que triturara todo lo que eran los só-
lidos, es decir el excremento, papel higiénico lo que sea y así triturado” se descargara,
finalmente al mar. “Eso era lo único que podía tenerse, digamos, como tratamiento de
las aguas servidas, aún no se había iniciado la construcción de las lagunas de oxidación
de San Juan”.

Los relaves mineros y los residuos industriales

Los relaves de las actividades mineras formales o informales son desechos tóxicos sub-
productos de procesos mineros y concentración de minerales, usualmente una mezcla de
tierra, minerales, agua y rocas. Contienen altas concentraciones de químicos y elemen-
tos que alteran el medio ambiente. Al inicio de este período ya estaban contaminados,
por estos relaves, todos los ríos de las ciudades cercanas a centros mineros del Perú,
especialmente los ríos Rímac, Mantaro, Santa, el lago de Junín.

Además en opinión de Elizabeth Dore (1986) el nuevo Código Minero de 1950 – pro-
yectado por una comisión de representantes de firmas nacionales y extranjeras del sector
– aparece con el propósito de facilitar la introducción y expansión de la minería a cielo
abierto o tajo abierto en Perú. Es así, que seis años después de su promulgación se inició
la explotación a tajo abierto en Cerro de Pasco, lo que implicaría la destrucción progre-
siva de la estructura urbana que se había ido consolidando en esa ciudad a través de los
siglos. A los conflictos de la empresa con las comunidades indígenas por la concentra-
ción de tierras y la contaminación ambiental, se sumarían los provocados por una ex-
pansión minera que afectaba al afianzamiento urbano de la ciudad [30, 31].

Por otro lado, en1959 el Perú aparece en las estadísticas como el primer productor
mundial de harina y de aceite de pescado. Pero el crecimiento de esta industria no tuvo
ningún control sobre su sostenibilidad, así como sobre su potencialidad contaminadora.
Esta ausencia de control llevó a esta industria a una situación de crisis profunda a
inicios de la década del setenta, así como provocó graves problemas de contaminación
que, inicialmente, se manifestaron por olores desagradables y la putrefacción de las
aguas costeras, especialmente en la bahía de Chimbote [32].

“…el altísimo nivel de contaminación que alcanzó la bahía de Chimbote a fines de los años
sesenta e inicios del setenta, cuando el mar parecía hervir continuamente por la emisión de
las materias orgánicas de las descargas de agua de cola y de sanguaza, hizo que figurara
como una historia de horror en la Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente que se
realizó en Estocolmo en 1972”. (Agenda-Perú, 2000, p. 176).

Con relación al incremento de la contaminación de las aguas peruanas, el Ing. Oscar


Cáceres [29] señalaba a la Ley de Promoción Industrial de 1959 como una de lasa mu-
chas normas que, orientadas a impulsar el crecimiento económico, no consideraron las

126
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

previsiones suficientes para evitar esa contaminación. Es así, que con su aplicación
“toda empresa industrial cuyas instalaciones estuvieran frente a un curso de agua, ya
sea terrestre o marítima, se les permitía botar sus desagües directamente en esas aguas,
porque se suponía entonces que la autopurificación de los cursos de agua, iba ser lo su-
ficientemente poderosa para eliminar todos los elementos contaminantes”.

“En esos años cincuenta, yo todavía recuerdo que todos los ríos de la costa estaban lle-
nos de camarones, donde uno iba, al río Cañete, al rio Huaral, más abajo, a los de Are-
quipa, en fin, todos esos; porque la minería todavía no había entrado en la forma en la que
después ingresó. Además, la bahía de Chimbote era una bahía preciosa, y ahí se bañaba
todo el mundo. Donde vino a malograrse todo eso, fue cuando en el año 1959 se dio la
famosa Ley de Promoción Industrial, que permitía a toda empresa industrial botar direc-
tamente sus desagües en él curso de agua que estuviera más cercano… Es ahí donde em-
pieza malograrse todo….” (O. Cáceres, 2012).

Efectos de los desastres naturales

En el estudio realizados por los sismólogos Giesecke y Silgado [33] se destacan, entre
los terremotos que se sucedieron entre 1935 y 1968, los siguientes:

 Sismo en la ciudad de Lima y poblaciones cercanas, del 24 de mayo de 1940. Dejó


un saldo de 179 muertos y 3.500 heridos, estimándose los daños materiales en 3,6
millones de soles. Las estadísticas oficiales consignaron la destrucción de muchas
edificaciones, daños en un 38% de las viviendas de quincha; 23% de las de adobe;
20% de las casas de ladrillo; y 9% de las de cemento. El puerto del Callao sufrió rui-
na considerable. Luego del terremoto se produjo un pequeño tsunami en Ancón.
 Terremoto en la región limítrofe de los departamentos de Ica y Arequipa, del 24 de
agosto de 1942. Apreciada en un área de unos 18.000 m2, donde ocurrió gran des-
trucción. El 30% de las edificaciones de la ciudad de Nazca sufrieron ruina total y
otras poblaciones vecinas quedaron en escombros.
 Sismo destructor de la ciudad y puerto de Pisco, del 29 de septiembre de 1946.. El
70% de las construcciones de adobe y quincha sufrieron rajaduras en las paredes y un
20% fueron afectadas por daños de consideración.
 Terremoto en las provincias de Pallasca y Pomabamba, del 10 de noviembre de 1946.
Asociado a una dislocación tectónica, fue uno de los más destructores en esa área
andina. Murieron unas 1.396 personas, a pesar de la escasa densidad demográfica en
esa área. El sismo tuvo una área de percepción que excedió los 450.000 km2.
 Terremoto de la zona central del Perú, del 1º de noviembre de 1947, en un área de
4.000 km2. Produjo gran destrucción de viviendas, carreteras y otras obras físicas,
así como una alta mortalidad, cuya magnitud exacta se desconoce.
 Terremoto en la ciudad de Cuzco, del 21 de mayo de 1950. Dañó más del 50 % de
sus edificios y viviendas. Se contabilizaron 120 defunciones y unos 275 heridos.
 Sismo en el nor-oeste del país y parte de territorio ecuatoriano, del 12 de diciembre
de 1953. Grandes daños materiales; el área de mayor destrucción abarcó unos 5.000
Km2. Grandes grietas y deslizamientos.
 Terremoto en Arequipa, del 15 de enero de 1958, que causó 28 muertos y 133 heri-
dos. Todas las casas antiguas, construidas con sillar, sufrieron averías.
 Sismo destructor en las sierras del departamento de Ayacucho, el 24 de diciembre de
1959. Causó 7 muertos y 37 heridos, así como destrucción de 250 viviendas. Varios
tramos carreteros fueron destruidos.

127
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

 Terremoto en el departamento de Arequipa, del 13 de enero de 1960. Perecieron 63


personas y quedaron centenares de heridos. Gran destrucción de viviendas antiguas,
las carreteras de penetración a Puno y las interdepartamentales quedaron intransita-
bles por los derrumbes.
 Sismo en la ciudad de Lima, del 17 de octubre de 1966, el más violento desde el sis-
mo de 1940. Dejo un saldo de cien muertos y daños materiales ascendentes a mil mi-
llones de soles oro. Unos 50 minutos después del terremoto, se produjo un tsunami
moderado.

Según los estudios de Lizardo Sainer [34] han ocurrido en el Perú, entre 1935 y 1968,
ocho eventos tipo El Niño: ninguno “muy fuerte”; solo dos calificados como “fuertes”
(1911, 1917 y 1922); y cinco como “moderados”. Por otro lado, el Dr. Ing. Vidal Taype
Ramos [35] informa sobre los efectos provocados por otros desastres naturales de alta
frecuencia en nuestro país: los fenómenos geodinámicos externos. De acuerdo a los re-
gistros de Taype habrían ocurrido, durante el período 1936-1970, un total de 2.480 de
esos fenómenos, distribuidos de esta manera: 2.280 huaycos, 84 inundaciones, 85 desli-
zamientos y 21 aluviones. Para la década un promedio anual de 65 huaycos.

4.3. NORMATIVIDAD GENERAL EN PROTECCIÓN


AMBIENTAL: 1935-1968

Normatividad vigente en protección ambiental

En las áreas de agua y de saneamiento [36, 37, 38]

La Resolución Suprema del 5 de abril de 1944, resolvió que los Concejos Municipales
de lugares donde existan sistemas de dotación de agua potable y de desagües, puestos al
servicio del público, no concederían licencias para la utilización de casas habitación u
otro tipo de construcción, sino cuando éstas tengan instaladas las respectivas redes de
conexión a los indicados servicios. Tres meses después, por Resolución Suprema No.
759, se aprueban los Reglamentos Generales para la Instalación de Conexiones Domici-
liarias de Agua Potable y Desagüe y para la Administración de los Servicios. Esos re-
glamentos fueron el sustento jurídico y administrativo para la gestión de los servicios
mencionados en las áreas urbanas del país.

Asimismo, la Resolución Suprema del 17 de diciembre de 1946, tomando en conside-


ración que es de la mayor importancia para el mantenimiento de la salud de las pobla-
ciones “dictar normas técnicas para impedir que el agua de bebida, esencial para la vida,
signifique peligro inminente para ésta”, aprobó el “Reglamento de los requisitos oficia-
les físicos, químicos y bacteriológicos que deben reunir las aguas de bebidas para ser
consideradas potables”; y, las “Observaciones de carácter técnico sanitaria”. Normas
que habían sido formuladas por el Departamento de Ingeniería Sanitaria, de la Dirección
General de Salud Pública, y que permanecerían vigentes en el año 2004.

El Decreto Supremo del 13 de agosto de 1947 aprobó el “Reglamento de Requisitos


Técnico-Sanitarios de Carácter Mínimo para la Ubicación, Construcción y Protección
de Abastos Públicos de Agua Potable”, que encargaba a la Dirección General de Salud
la supervisión de los servicios de agua potable, así como la autorización para futuras

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

obras de abastecimiento de agua potable. Luego, por Resolución Suprema Nº 701, del 6
de diciembre de 1948, se ordenó a los Municipios de Lima y Callao no dar licencia de
construcción de ninguna clase en los lugares que por lo menos no tengan instaladas las
obras de agua y desagüe.

En el área de disposición final de residuos sólidos

Por Decreto Supremo Nº 6-STN, del 9 de enero de 1964, se aprobó el “Reglamento pa-
ra la disposición final de residuos sólidos bajo el método de relleno sanitario”; en ella se
asigna a las municipalidades la responsabilidad de efectuar la recolección de los resi-
duos en su jurisdicción y realizar su disposición final utilizando como método el relleno
sanitario. Además, se señala que los planes y las especificaciones correspondientes se-
rán aprobados por los Servicios de Saneamiento Ambiental de las respectivas Áreas de
Salud, de conformidad con las instrucciones que, para el efecto, recaben de la División
de Ingeniería Sanitaria del MSPAS.

Luego, en una reunión de Alcaldes de la ciudad de Lima, auspiciada por el MSPAS, lle-
vada a cabo el 17 de marzo de 1967 se formulan recomendaciones técnicas que fueron
recogidas y concretadas en el Decreto Supremo Nº 90-67-DGS del 16 de junio del mis-
mo año. En esta última norma – “Disposiciones sobre relleno sanitario en la provincia
de Lima” – se establecieron los terrenos cedidos por el Estado en la carretera Paname-
ricana Sur para dicho fin, los métodos a utilizar y los aspectos administrativos y técnico-
financieros correspondientes. Además, comprometía al Ministerio de Fomento y Obras
Públicas a compactar y rellenar la basura en aquellos terrenos. Tres años después, el 14
de julio de 1967, se aprobó el Decreto Supremo Nº 106-67-DGS, que regula el uso futu-
ro de las áreas que han sido empleadas como depósitos de residuos. Específicamente
disponen que estas áreas solo puedan ser usadas como parques y jardines.

En el área de contaminación ambiental [2, 32, 37, 38, 39]

A fines de la década de los cuarenta se aprobaron las primeras disposiciones de carácter


general para el control sanitario de las plantas industriales. Durante la gestión ministe-
rial del Dr. Alberto Hurtado, se expidió la Resolución Suprema del 25 de agosto de
1948, que en la parte considerativa señala que “la instalación y el funcionamiento de
plantas industriales en general se efectúan actualmente sin la intervención de las autori-
dades sanitarias, creando condiciones ambientales en las zonas urbanas y sub-urbanas
que repercuten... en forma desfavorable para la salud”; asimismo, en la parte resolutiva
se ordena que para la apertura y el funcionamiento de cualquier centro industrial se re-
querirá el informe favorable de los servicios de saneamiento de las Unidades Sanitarias
Departamentales del MSPAS, requisito previo a la autorización que concedan los Con-
cejos Municipales respectivos [2]. Asimismo, a fines de la década de 1950 e inicios de
la de 1960 se incorporan normas disposiciones sobre olores y ruidos molestos y normas
relativas a los desagües industriales.

Al final del año 1959, se promulgó la ya comentada Ley Nº 13720, de Promoción In-
dustrial, en cuyo artículo Nº 160 de su Título “X” se prescribe lo siguiente: “El funcio-
namiento de establecimientos industriales no deberá afectar a la salud pública ni a la ex-
pansión urbana. La licencia para la construcción o instalación de dichos establecimien-
tos, se expedirá previo informe favorable de la Dirección de Salud Pública u de la Ofi-

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

cina Nacional y Urbanismo de ambos organismos, según la naturaleza del estableci-


miento”. Deberían pasar casi seis años para que se aprobara el Reglamento pertinente.

Por otro lado, por Decreto Supremo Nº 98 del 7 de octubre de 1960, se aprobó el “Re-
glamento para el control sanitario de playas y establecimientos conexos”. Eran las pri-
meras normas relativas a la polución y contaminación de las playas y zonas costeras a
causa de los desagües industriales que se habían incrementado con el desarrollo de la
industria de la pesca.

En febrero de 1961 el gobierno estableció una Comisión encargada del estudio de los
problemas de contaminación ambiental, conformada por nueve miembros, uno de los
cuales era el delegado de la Dirección de Salud Ocupacional del MSPAS. Comisión que
adquirió un carácter permanente y nacional en cumplimiento de lo dispuesto en el art. 4º
de la Ley 14084, Ley de Control de Emanaciones y Residuos Nocivos o Ley de la Con-
taminación, promulgada el 8 junio de 1962. En esta norma se prescribe: “los estableci-
mientos tales como plantas de productos químicos o que manufacturan harina de pesca-
do y cualquier actividad que por sus características, ya sean o no de orden fabril conta-
minan la atmósfera, playas, desagües, ríos, lagos, propiedad privada o pública, estarán
sujetas a las disposiciones de control que esta Ley establece”. Fue con esta Ley, que se
introduce por primera vez en la legislación peruana la protección del medio ambiente
por arrojo de residuos nocivos o emanaciones. Dispositivo que luego fue reglamentado
por el Decreto Supremo del 12 de septiembre de 1962.

El 8 de febrero de 1965, casi seis años después de promulgada la Ley 13720 de Promo-
ción Industrial, el Decreto Supremo Nº 029-65-DGS aprobó el “Reglamento para la
apertura y control sanitario de plantas industriales”, precisando que correspondía a las
Áreas de Salud del MSPAS, que ejercían jurisdicción en el litoral, el control sanitario
del lanzamiento al mar de los desagües industriales. Sus Oficinas Técnicas de Sanea-
miento Ambiental debían vigilar que los establecimientos industriales procedan a tratar
sus desagües antes de verterlos al mar o en todo caso efectuasen los “lanzamientos sub-
marinos de aguas servidas”. Dos años después, se dicta el Decreto Supremo Nº 88/67-
DGS, del 18 de junio de 1967, que amplía dicho Reglamento y establece una “tarifa de
derechos”, en pago de inscripción y renovación del Pase Sanitario, de acuerdo con el
capital declarado por el industrial. La norma que es refrendada por los Ministros de Sa-
lud y Asistencia Social, de Gobierno y Policía y de Fomento y Obras Públicas, se sus-
tenta en nueve considerandos, en las cuales se reconoce oficialmente la existencia de
problemas vinculados con la contaminación ambiental:

“Que las condiciones ambientales de los establecimientos industriales no son siempre los
mismos y que en innumerables oportunidades se han encontrado problemas salud pública
en industrias que ya poseían el pase sanitario”. “Que el desarrollo industrial del país exige
que se incrementen cada vez más las acciones que desarrolla el Ministerio de Salud Públi-
ca, para evitar que las condiciones ambientales sean modificadas desfavorablemente para
los humos, Descargas de desechos industriales y descargas de aguas servidas, que conta-
minan la atmósfera, el suelo, cursos de agua y playas del litoral”.

En otras áreas

Entre 1935 y 1947 hubo una preocupación especial del Gobierno para racionalizar la
acción de los Ministerios de Fomento y de Salud Pública en la formulación y aplicación
de los reglamentos de las estaciones balnearias minero-medicinales, concesión y explo-

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

tación de las aguas naturales minero-medicinales potables y de la fabricación y control


de aguas gasificadas y jarabeadas. Con este propósito y otros vinculados se dictaron, por
lo menos tres leyes, siete decretos supremos y ocho resoluciones supremas. En el D.S.
del 30 de diciembre de 1940, se precisa que las tramitaciones y resoluciones sobre la
materia deberán efectuares y expedirse por el MSPTPS [2, 37, 39].

Por otro lado, por Decreto Supremo Nº 1, del 3 de febrero de 1961, se crea con el carác-
ter de permanente el Comité Nacional de Defensa contra Siniestros Públicos (CNDSP).
En la norma se explicita que es deber del Gobierno “prevenir las medidas necesarias pa-
ra el caso de producirse en el país calamidades públicas, tales como terremotos, inunda-
ciones, sequías y otros siniestros”. El CNDSP debía ser presidido por un General del
Ejército a ser nombrado por el Ministerio de Guerra y conformado, además, por nueve
delegados: cuatro de las Fuerzas Armadas y Policiales y cinco de otras entidades oficia-
les (Ministerios de Fomento, de Agricultura y de Salud Pública; Cruz Roja Peruana y
Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú). Las atribuciones del Comité eran: estudiar
las medidas preventivas; dirigir, controlar y coordinar las acciones de auxilio; y, super-
vigilar y controlar el adecuado uso de todos los medios y recursos de auxilio. La regla-
mentación fue encargada a los Ministerios de las Fuerzas Armadas. Como es bien cono-
cido, el Comité nunca llego a funcionar de la manera prevista [40].

Dispersión de la institucionalidad en protección ambiental

Desde antes del año 1935, la dispersión en las responsabilidades públicas – tanto de
conducción, como de gestión, operativas y de inversión – ya era un problema que
atentaba contra el cumplimiento de la normatividad vinculada con la protección del am-
biente. Problema que persistiría en el curso de las siguientes décadas, especialmente en
las áreas de inversión. Es así, que al inicio de este período, en cumplimiento de la norma
que crea el MSPTPS, la Dirección de Salubridad Publica del Ministerio de Fomento fue
transferida al nuevo Ministerio; sin embargo, la Dirección General de Fomento y Obras
Pública que permaneció como una estructura del Ministerio de Fomento asumió la res-
ponsabilidad de estudiar, proyectar y ejecutar obras de saneamiento en el área urbana.
Por otro lado, los Municipios continuaron con sus responsabilidades de gestión, ejecu-
ción y mantenimiento de los servicios locales de saneamiento, de acuerdo con la Ley
Orgánica de Municipalidades de 1892.

Alrededor del año 1939, antes de la creación de la Dirección de Ingeniería Sanitaria del
MSPTPS, el Jefe del Departamento de Sanidad Municipal de Lima comentaba [41] las
dificultades de coordinación que generaban dicha dispersión:

“…en Lima se da el caso insólito que los asuntos de agua y desagüe los tengan a su cargo
cuatro entidades: dos del Ministerio de Fomento, el Municipio en tercer lugar y la Junta
Departamental Pro-Desocupados en último término. En efecto, el suministro de agua de
bebida está a cargo del Servicio de Agua Potable, que depende del Ministerio de Fomen-
to, en virtud de la Ley expedida en 1920… es la única entidad que puede ejecutar la insta-
lación de los servicios de agua y desagüe de la ciudad, cobrando, como es notorio, los de-
rechos respectivos (…) La conservación de los desagües ha quedado a cargo de la Muni-
cipalidad (…) Atraviesan Lima diversos cursos de agua… del río Rímac que van a regar
las tierras de cultivo… están vigilados por la Inspección de Aguas de Riego del Ministerio
de Fomento (…) La cuarta entidad… es la Junta Departamental Pro-Desocupados… po-
see cuantiosos recursos (…). Todas son distintas y están desvinculadas, como está desar-
ticulada en general toda la Administración Pública y ninguna de ellas es sanitaria por su

131
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

técnica…El Ministerio de Salud Pública, existente en el país desde 1935, no tiene inje-
rencia directa en los asuntos de agua de bebida y retiro de aguas negras, tal como sucede
en países donde existe una mediana organización nacional con directivas técnicas” (C. A.
Bambarén, 1940, p. 193-200.).

Continuando con la tendencia hacia una dispersión institucional, por Resolución Su-
prema del 16 de noviembre de 1948, se autorizó a la Dirección de Ganadería del Minis-
terio de Agricultura para que formule el reglamento de beneficio e inspección de carnes,
al que se sujetaría la apertura y el funcionamiento de los camales y centros industriales
de productos alimenticios; dispositivo que tenía como fin: “evitar la transmisión de zoo-
nosis, mejorar el abastecimiento de carnes y fomentar el desarrollo ganadero”. Asimis-
mo, por Resolución Suprema del 12 de julio de 1956, modificada por otra del 17 del
mismo mes, se reglamentó la instalación y funcionamiento de carnicerías, proveedurías
de carne y puestos de venta de carne y menudencias, en Lima, Callao y Balnearios [36].

Esta dispersión institucional en el campo de la salud ambiental fue una constante duran-
te todo el resto del siglo XX y sería una de las muchas razones de la escasa viabilidad
de las decisiones gubernamentales que se explicitaban formalmente en las normas co-
mentadas en páginas anteriores. Éstas solo fueron expresión de las intenciones técnicas
y formales de las autoridades del ramo de salud, por lo tanto su aplicación efectiva estu-
vo siempre subordinada a las necesidades de una mayor inversión de capitales en los
sectores productivos. Esta subordinación quedó ilustrada por la debilidad o relajación
del control del cumplimiento de tales disposiciones, así como por la regulación, siem-
pre favorable a las grandes empresas, en cuestiones de políticas salariales, laborales y
mercados de tierras. Al respecto de esta escasa viabilidad política, el Ing. Oscar Cáceres
[42], haría el siguiente comentario:

“Frente a esta situación, a inicios de la década del 60, los Ingenieros Sanitarios que traba-
jábamos en el Ministerio de Salud… pensamos candorosamente que se requería legisla-
ción anticontaminante y que si ella llevaba la firma del Presidente de la República, todo el
mundo, tirios y troyanos, de inmediato iban a empezar a corregir la malsana actitud con-
taminadora. Así, el 23 de agosto de 1961, se expidió el Decreto Supremo Nº 25, que
‘prohibía la contaminación atmosférica a través de las emanaciones gaseosas de los es-
tablecimientos industriales’, encargándose al Ministerio de Fomento el cumplimiento de
dicho dispositivo. Lo que no se tuvo en cuenta, es que en el mismo ministerio se encon-
traba la Dirección de Industrias y la de Minería también, de manera que dicha norma que-
do en nada… (además) el entonces Ministro de Fomento era un industrial, a quien de nin-
guna manera le iba a interesar o convenir, ponerle trabas al desarrollo de su actividad”
(O. Cáceres, 2005, p.4).

4.4. MARCO INSTITUCIONAL I: MINISTERIO DE SALUD PÚBLICA


1935-1968

En esta publicación, la expresión “Salud Pública” hace referencia a la modalidad orga-


nizativa del cuidado de la salud de la población dominante durante el período 1935-
1968 de la historia peruana. Nueva modalidad establecida formalmente por un Estado
Populista que trata de iniciar, con muchas dificultades, su transición hacia el régimen
demo-liberal señalado en la Constitución Política de 1930: democrático en lo social y
liberal en lo económico.

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

Ministerios de Salud Pública

El período 1935-1969 corresponde a la instalación y el dominio de la tercera modalidad


de organización del cuidado de la salud en la República Peruana. Organización que se
inició formalmente el 5 de abril de 1935, cuando se promulgó la Ley Nº 8124 que creó
el Ministerio de Salud Pública, Trabajo y Previsión Social (MSPTPS), estructura estatal
del más alto nivel político encargada de la conducción de tres ramos de gobierno. El 11
de diciembre de 1942, el MSPTPS se convertiría en el Ministerio de Salud Pública y
Asistencia Social (MSPAS) y, luego, se crearían otras entidades del Subsector Público
Independiente, en el ámbito del MSPAS, que tendrían participación en la inversión y en
la construcción de obras de saneamiento ambiental. Esta tercera modalidad mostró,
desde la creación del Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social (1951) y hasta el año
1967, una gran fuerza política que se expresó materialmente en un incremento significa-
tivo y sostenido del gasto público en el cuidado de la salud. Gasto que permitió instru-
mentar una política institucional de extensión de servicios, con altas inversiones públi-
cas en la infraestructura de atención médica y, en menor medida, de saneamiento bási-
co, destinada fundamentalmente a la satisfacción de las demandas de las organizaciones
representativas de los trabajadores de los sectores productivos modernos y de los po-
bladores de las áreas urbano-marginales.

Órganos de saneamiento en el nivel central del Ministerio

Departamento Sanitario del MSPTPS: 1937-1940

El Decreto Supremo de 15 de enero de 1937, de reestructuración de la Dirección Gene-


ral de Salubridad del MSPTPS, identificó como uno de sus Departamentos Técnicos, al
Departamento Sanitario o de Saneamiento, competente en lo que se refiere a obras sani-
tarias, la higiene ambiental, el control de alimentos y otros temas relacionados con el
agua potable y el saneamiento; y responsable, en consecuencia, de fijar las normas y
otras disposiciones técnicas que regularan las actividades de la población que, en una u
otra forma, afectaban la calidad del medio ambiente y, al mismo tiempo, establecer y
conducir las acciones de control y mejoramiento de la calidad de vida. En 1940, esta
estructura fue elevada administrativamente a la condición de Departamento de Ingenie-
ría Sanitaria [43].

Departamento de Ingeniería Sanitaria: 1941-1957

Seis años después de la creación del MSPTPS, las autoridades del Gobierno Central -
considerando que los problemas ambientales directamente vinculados con el cuidado de
la salud, requieren la intervención especializada de ingenieros sanitarios - crearon el
Departamento de Ingeniería Sanitaria del MSPTPS y reglamentó sus actividades por el
Decreto Supremo Nº 3476 de noviembre de 1941. Estructura que dependía directamente
de la Dirección General de Salubridad, luego, Dirección General de Salud.

En esa nueva norma se precisaba que le correspondía al Departamento efectuar la vigi-


lancia o control sanitario de los centros de abastecimiento público de agua potable, re-
des de agua y desagüe y obras destinadas a la depuración de las aguas excluidas. Asi-
mismo, le correspondía generalizar en el medio rural la adopción de silos sanitarios y
tanques sépticos, preparando las informaciones técnicas y los procedimientos de cons-

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

trucción y conservación de estas obras [43, 44]. Atribuciones que debían ser ejercidas
en estrecha cooperación con el Ministerio de Fomento y las Municipalidades.

“Art. 1º.- Corresponderá al departamento de Ingeniería Sanitaria: a) Preparar un plan de


llevar el control sanitario de los abastecimientos públicos de agua potable, redes de agua y
desagüe y obras destinadas a la depuración de las aguas excluidas…b) efectuar investiga-
ciones de campo en forma periódica… c) cooperar en el cumplimiento de las leyes res-
pectivas… d) implantar un sistema de recojo y remisión periódica de muestras de agua de
los abastecimientos públicos, las que serán sometidas a análisis químicos y bacteriológi-
cos, contándose para este efecto con los servicios de Laboratorios del Estado, de las Mu-
nicipalidades o de las … Beneficencia… f) generalizar en el medio rural la adopción de
silos sanitarios y tanques sépticos…” (Art. 1º D.S. Nº 3476).

En las reestructuraciones del MSPAS de 1945 y de 1951, se siguió considerando como


parte del Organismo Central al Departamento de Ingeniería Sanitaria, con las mismas
atribuciones señaladas en el Decreto de su creación. La Jefatura del Departamento es-
tuvo a cargo, desde su fundación, del Ingeniero Luis Mantilla Fernandini.

División de Ingeniería Sanitaria: 1957-1968

En la reorganización del MSPAS de 1957, el Departamento perdió su relación de de-


pendencia directa con la Dirección General del MSPAS, para convertirse en una Divi-
sión dependiente de la Dirección de Servicios Técnico-normativos. Conforme a su nue-
va ubicación administrativa, quedó encargada de la preparación y actualización de nor-
mas técnicas sanitarias, de intervenir en la construcción de servicios sanitarios; supervi-
sar, evaluar y prestar ayuda técnica a los programas de saneamiento de las Áreas y Uni-
dades de Salud; organizar cursos de entrenamiento de inspectores de saneamiento y ope-
radores de plantas de agua.

En agosto de 1960, conforme al Convenio suscrito entre el MSPAS y el Servicio


Cooperativo Interamericano de Salud Pública (SCISP) se integraron en una sola Divi-
sión las estructuras de Ingeniería Sanitaria de ambas entidades. La División era una de-
pendencia técnica de la Dirección de Servicios Técnicos-Normativos del MSPAS, pero
administrada por el SCISP. El fin de esta integración era potenciar el desarrollo del Pro-
grama Nacional de Ingeniería Sanitaria del MSPAS. Al final del año 1960, la nueva
División tenía una Jefatura y seis Departamentos: de Saneamiento, de Agua y Desagüe,
de Agua Potable, de Saneamiento Urbano, de Saneamiento Rural y de Construcciones.
Los ingenieros sanitarios Alfonso Zavala C. y Víctor R. Corzo H., actuaban como Jefe y
Sub-Jefe de la División. Mientras que Edmundo Elmore L., Javier Bacigalupo B., Luis
Malnatti Fano, Carlos Mantilla F., Augusto Navarro P. y Carlos Ruíz Altuna ocupaban
los cargos de Jefes, en el mismo orden, de los Departamentos enumerados [45].

En el mes de julio de 1962, como resultado de la desactivación del SCISP, este Pro-
grama pasó a ser administrado por el Servicio Especial de Salud Pública (SESP), man-
teniendo su dependencia técnica del MSPAS. Como Jefe del Programa continuó el
Ing. Alfonso Zavala. El Programa tenía, ahora, dos Divisiones como órganos de línea: la
de Saneamiento Básico Rural, y la Normativa de Saneamiento Ambiental. Estaba a car-
go del Plan Nacional de Agua Potable Rural, en cumplimiento de los compromisos de
Punta del Este y con financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que
se había iniciado en el año 1964. Mantenía relaciones de coordinación con las Jefaturas

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

de las Áreas y Unidades de Salud del MSPAS y, más directamente, con las Oficinas
Técnicas de Saneamiento de dichas Áreas y Unidades [46].

Oficinas de Saneamiento en los Servicios Periféricos del MSPAS

Formalmente, el MSPAS debía limitarse a normar los procedimientos de las acciones de


saneamiento a nivel local y supervisar su aplicación, así como coordinar con las muni-
cipalidades responsables de la ejecución de dichas acciones. Pero las municipalidades,
casi siempre, no tenían los recursos necesarios para cumplir con sus responsabilidades
en este campo. En tales circunstancias, los Servicios Periféricos del MSPAS tenían que
cooperar con las municipalidades, interviniendo en la fase ejecutiva a través de sus ór-
ganos de saneamiento ambiental. Asimismo, estos órganos debían coordinar con el Mi-
nisterio de Fomento y Obras Públicas, en especial en lo que respecta al funcionamiento
de los sistemas de agua y desagüe, ya que en la generalidad de los casos estos sistemas
eran operados por las dependencias locales de dicho Ministerio.

Desde la década de 1940 se estableció la práctica de considerar dentro de la estructura


orgánica de los Servicios Periféricos de Salud una Sección de saneamiento ambiental –
a partir de 1957 una Oficina Técnica - , constituida por un ingeniero sanitario, varios
inspectores de saneamiento y personal auxiliar. Esta Oficina era responsable de ejecutar
de manera descentralizada las acciones normadas por el Departamento de Ingeniería
Sanitaria. La dotación de personal profesional de estas estructuras fue posible, debido a
la reciente disponibilidad de ingenieros sanitarios egresados de la Escuela Nacional de
Ingeniería (actual Universidad Nacional de Ingeniería), que ocuparon los cargos oferta-
dos en esos años por el MSPAS [44].

Las labores fundamentales de la Sección, luego Oficina, en la zona urbana consistían en


apoyar a las municipalidades en el control sanitario de los abastos públicos de agua po-
table, de las obras de alcantarillado y de la disposición de aguas excluidas; la inspección
de las condiciones sanitarias de mataderos y mercado de abastos; y la disposición de las
basuras municipales. En el año 1956, en la Sección de la Unidad de Salud del Rímac,
administrada por el SCISP, por ejemplo, laboraban siete inspectores sanitarios. Las
principales actividades realizadas eran las siguientes: control bacteriológico del agua
potable, de helados y refrescos, de aguas gaseosas; control de establecimientos de ex-
pendio alimenticio; ciclos de charlas para manipuladores de alimentos; campaña de con-
trol de roedores; encuestas sanitarias: pases sanitario para plantas industriales; entrena-
miento de personal; y, educación sanitaria [47], Todas esas acciones, reiteramos, se ha-
cían en apoyo a los Concejos Municipales, responsables formales de esas actividades.

En la zona rural o suburbana las acciones de las secciones u oficinas de saneamiento


consistía en la colaboración con las campañas de sanidad rural (antimalárica, antiamarí-
lica y antipestosa) que efectuaba el MSPAS; la cooperación en la producción higiénica
de la leche; campañas de construcción de retretes y pozos de agua [45].

“Un extenso plan de construcción de pozos de agua protegidos y de letrinas sanitarias se


ha desarrollado dentro de las colectividades de las áreas rurales de nuestras diferentes
Áreas de Salud entre el equipo y materiales facilitados por la División se encuentra: ce-
mento, fierro de construcción, bombas de mano para agua y material de educación sanita-
ria y divulgación” (SCISP, 1960, p. 70).

135
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

En octubre de 1962, la División de Ingeniería Sanitaria del MSPAS [48], efectuó una
evaluación de las acciones ejecutadas por las Oficinas Técnicas de Saneamiento, utili-
zando para tal fin un conjunto de estándares mínimos. Las acciones que alcanzaron los
porcentajes más altos en el cumplimiento de los estándares fueron las siguientes: ins-
pección de establecimientos públicos (40,2%); control de potabilidad del agua (26,19
%) y el control de bebidas gasificadas y jarabeadas (13,78 %); siendo casi insignificante
el porcentaje alcanzado en las otras actividades. Los resultados del estudio indicaban,
en esencia, que las labores estaban casi totalmente concentradas en las zonas urbanas, y
que eran de carácter rutinario y de control; salvo contadas excepciones en que se desa-
rrollaban algunos programas de mejoramiento de ambiente en coordinación con las Mu-
nicipalidades locales, o alguna otra entidad estatal ó privada interesada en tal ó cual as-
pecto del saneamiento del medio.

Tres años después de esa evaluación, el Ing. Alfonso Zavala [49], Jefe de la División y
del Programa Nacional de Ingeniería Sanitaria, opinaba que la ejecución de esas accio-
nes debía ir pasando progresivamente a las municipalidades, reservándose las Áreas y
Unidades de Salud los aspectos correspondientes a la vigilancia del cumplimiento de las
normas que para tal efecto se dictaran. El mismo Zavala, al enumerar los factores que
limitaban los resultados de las acciones de saneamiento del MSPAS en el nivel local
destacaba tres: la escasez de recursos, los defectos en la organización de las Oficinas
Técnicas y los problemas de coordinación con otras entidades. Con relación a la escasez
de recursos, informaba que, alrededor del año 1962, se disponían de 26 plazas de Inge-
nieros Sanitarios y de 140 inspectores sanitarios, calculando, en consecuencia, un déficit
(con relación a los estándares establecidos) de 18 y de 475 plazas, respectivamente.
Además, enfatizaba que los presupuestos asignados apenas alcanzaban para cubrir los
sueldos y haberes del personal, no quedando recursos para efectuar trabajos de campo.
Asimismo, que se carecía de movilidad o vehículos propios de transporte, talleres sani-
tarios y equipo topográfico.

En 1968, el ingeniero sanitario Alejandro Vinces [50] comentando los resultados de las
supervisiones realizadas en esos años por la División de Ingeniería Sanitaria, coincidía
con los comentarios de Zavala, lamentándose de la falta de una legislación que respalda-
ra de manera efectiva las decisiones técnicas en el nivel operativo. Así por ejemplo, se-
ñalaba que apenas en el 20,55% del total de 18.672 inspecciones sanitarias realizadas
en 1967 por las Oficinas de Saneamiento de la zona sur se había podido subsanar las
deficiencias detectadas; que el 56,5% de los locales donde se expenden alimentos y be-
bidas mantienen deficientes condiciones sanitarias y que, sin embargo, solamente se han
logrado superarlas en el 35,5% de los inspeccionados y notificados; y, que en materia de
viviendas el 80,3% de las visitas tienen la calificación de insatisfactorias.

El SCISP, SESP y la Ingeniería Sanitaria: 1942-1968

El SCISP y el saneamiento ambiental: 1942-1962 [2, 45]

El 14 de julio de 1942, por resolución suprema, se aprobó el contrato firmado el 11 de


julio por el Gobierno Peruano y el Instituto de Asuntos Interamericanos del Gobierno de
Estados Unidos, creado en 1942 por el Presidente y el Congreso de Estados Unidos co-
mo parte de la llamada “Política del Buen Vecino”. De conformidad con el contrato se
creó el Servicio Cooperativo Interamericano de Salud Pública (SCISP), como organis-
mo autónomo, directamente subordinado al MSPAS. El SCISP debía tener un director

136
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

médico, funcionario del citado Instituto. La cooperación del Gobierno de Estados


Unidos incluía la participación de especialistas de ese país y ayuda económica pro-
gresivamente decreciente para los gastos de ejecución y mantenimiento de los pro-
gramas de salud prioritarios.

Las primeras labores realizadas por el SCISP fueron una campaña sanitaria en la
selva y trabajos de saneamiento ambiental en Chimbote (1943), que comprendían el
control de los vectores de la malaria por medio de la desecación de pantanos y dre-
naje de siete pantanos que ocupaban 887.000 metros cuadrados, la instalación de
sistemas de agua potable y de desagüe y la construcción de un moderno hospital.

El SCISP tuvo una gran importancia en el desarrollo de los programas de saneamiento


ambiental en el país, tanto en sus aspectos operativos como en la capacitación del per-
sonal. En los operativos, por las grandes obras de saneamiento que realizó en Chimbo-
te, las campañas contra las enfermedades transmisibles, la instalación de pequeños sis-
temas de agua potable, así como la construcción y distribución de letrinas fabricadas en
los talleres de las Unidades Sanitarias a su cargo. Construcción y distribución que luego
se convirtió en una práctica rutinaria en el resto de Unidades Sanitarias del MSPAS. En
los aspectos de capacitación, por su programa de becas de perfeccionamiento del perso-
nal profesional y por el inicio de la formación de técnicos de saneamiento.

En el año 1956 el Programa de Ingeniería Sanitaria del SCISP tenía un Jefe de Progra-
ma, Ing. Enrique Jimeno; un Jefe de Sección de Estudios de Proyectos, Ing. José Arri-
sueño; y, un Jefe de Sección de Saneamiento, Ing. Alfonso Zavala. Además, en cada
una de las Unidades Sanitarias que administraba – La Libertad, Rímac, Santa, Tingo
María y San Martín – tenía una sección local, a cargo de un ingeniero y de varios ins-
pectores sanitarios. En total trabajaban en el Programa 11 ingenieros sanitarios o civiles
y 34 inspectores sanitarios.

En los últimos años de funcionamiento del SCISP los principales programas o proyectos
a su cargo, vinculados con la salud ambiental, fueron los siguientes: de Capacitación de
Personal, creado en 1961; de Ingeniería Sanitaria, creado en agosto de 1960, dependien-
te del MSPAS, pero administrado por el SCISP; y, el Programa Nº 106. Este último,
denominado, Inventario y Estudio Nacional para el Desarrollo de Agua Potable en Ciu-
dades y Pueblos de la República., fue un proyecto que se concretó en 1961, siendo fi-
nanciado por la International Cooperation Administration (ICA), el Fondo Nacional de
Desarrollo Económico y el Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social; administrado
por el SCISP; y ejecutado bajo la dirección técnica de dos ingenieros: Bonifaz, desig-
nado por el Ministerio de Fomento, y Arrisueño designado por el SCISP. El estudio
fue para localidades con una población superior a 500 habitantes.

El SESP y el saneamiento ambiental: 1962-1968 [2, 46]

El Servicio Especial de Salud Pública (SESP) fue creado mediante la Ley Nº 13908 del
13 de enero de 1962. Esta Ley instituyó al SESP como persona de Derecho Público In-
terno, y lo crea para remplazar, con una estructura netamente nacional, al SCISP. Ade-
más, de esta manera se pretendía mantener las condiciones de trabajo establecidas por el
SCISP y retener en el Sector Salud personal sanitario de alta calificación y de experien-
cia. El 5% de la renta del Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social estaba destinado
a su funcionamiento. El SESP se mantendría en operación hasta el año 1969.

137
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

El SESP continuó administrando los programas cuya ejecución había iniciado el SCISP
en sus últimos años de operación en el país, con los cambios que se señalan a continua-
ción. El Programa de Capacitación de Personal, continuó operando hasta el año 1964,
cuando se convirtió en la Escuela de Salud Pública del Perú. El Programa “Inventario y
Estudio Nacional para el Desarrollo de Agua Potable en Ciudades y Pueblos de la Re-
publica”, pasó a ser conducido por el Ing. Enrique Berninzon, como jefe Ejecutivo, y
los ingenieros Augusto Parro, por el Ministerio de Fomento, y. Javier Bacigalupo, por
el MSPAS, debido a la renuncia de los Ingenieros Bonifaz y Arrisueño.

4.5. MARCO INSTITUCIONAL II: MINISTERIO DE FOMENTO Y OTRAS


ENTIDADES PÚBLICAS 1935-1968

Ministerio de Fomento, saneamiento y vivienda: 1935-1968

Competencias en urbanizaciones y vivienda

En 1935 el Ministerio de Fomento y Obras Públicas se organiza en base a cinco direc-


ciones, siendo dos de ellas responsables de todo lo concerniente a lo urbano y a la vi-
vienda: la Dirección General de Fomento, y la Dirección de Obras Públicas y Vías de
Comunicación; ambas estaban encargadas del control y supervisión de los servicios de
electricidad, agua y desagüe, transporte y aprobación de urbanizaciones, así como todos
los estudios referidos a esos temas [2, 39].

En 1943 se autorizó a las empresas urbanizadoras de particulares, ubicadas en Lima y


Callao, realizar las obras de saneamiento de sus respectivas urbanizaciones, encargán-
dose la inspección técnica y control al Ministerio de Fomento. Seis años después, en
1949, este mismo Ministerio fue autorizado para reglamentar sobre las zonas rústicas y
periféricas de la ciudad y sancionar a las habilitaciones realizadas en áreas rústicas, las
cuales no estaban comprometidas en el plan regulador de la ciudad: “el control de los
procesos de urbanización de tierras en todas las ciudades de la República estuvo a cargo
del Ministerio de Fomento, desde los inicios del siglo hasta finales de la década del 60
en que se creó el Ministerio de Vivienda y Construcción” (H. Castro Pozo, 2000) [51] .

Sección Técnica de Obras Sanitarias: 1937-1942 [2, 39].

Al inicio del período 1935-1969, el organismo encargado de estudiar, proyectar y ejecu-


tar obras de saneamiento urbano constituía una dependencia del Ministerio de Fomento
y Obras Públicas y se titulaba Sección Técnica de Obras Sanitarias. En 1937, la confor-
maba un ingeniero sanitario jefe, tres ingenieros ayudantes e ingenieros ejecutores para
cada una de las obras que se encontraban en ejecución. En lo que se refiere a Lima, la
red de agua y desagüe dependía de un organismo aparte, el Servicio de Agua Potable y
Canalización, que a su vez constituía una dependencia, para los efectos administrativos,
del Ministerio de Fomento.

Sub-dirección de Obras Sanitarias: 1942-1968 [2, 39].

138
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

En el año 1942, comenzó a actuar, reemplazando a la citada Sección Técnica, la Subdi-


rección de Obras Sanitarias de la Dirección General de Fomento y Obras Públicas del
Ministerio de Fomento, que estaba encargada del manejo de las obras relacionadas con
el agua potable, desagüe e higienización de las ciudades del país. El primer subdirector
de esta nueva estructura fue el Ingeniero Alberto Ureta del Solar. Esta dependencia in-
tegró, por vez primera, en una sola organización la infraestructura de los servicios de
saneamiento urbano que el Estado administraba en las ciudades y estableció, para su
gestión, las Oficinas Departamentales de Obras Sanitarias.

Los servicios de agua potable y alcantarillado de las ciudades del país de más de dos mil
habitantes, con excepción de Lima, Arequipa y Trujillo, estuvieron a cargo de la Sub-
Dirección de Obras Sanitarias, quien formuló y ejecutó, a partir del año 1956, el Plan
Nacional Urbano de Agua Potable y Alcantarillado. Este plan se orientó en su primera
etapa a las capitales de provincia y, en su segunda etapa, a las capitales de distrito. Creó
así un mercado de servicios de saneamiento que cubría gran parte del país y cuya di-
mensión permitía economías de escala, subsidios cruzados entre localidades y la provi-
sión de asistencia técnica, características éstas que contribuyeron en la época a la soste-
nibilidad de los sistemas locales, que en algún momento llegaron a ser más de 160.

Por la magnitud que llegaron a tener sus operaciones, la Sub-Dirección de Obras Sanita-
rias fue elevada, al final del período, a la categoría de Dirección de Obras Sanitarias.
Posteriormente, en el año 1969, cuando se produce la reforma del Estado del Gobierno
del General Velasco, y se crea el Ministerio de Vivienda y Construcción, la mencionada
Dirección pasó a este nuevo ministerio donde se le dio el rango de Dirección General de
Obras Sanitarias.

En la expansión de los servicios de agua potable y alcantarillado realizados en este pe-


ríodo por la mencionada dirección, tuvo destacado papel el Ingeniero Augusto Bedoya
Reyes, quien fue sucesivamente su subdirector, director y director general. Este perso-
naje, fue el principal responsable del alto nivel de eficiencia con que esa repartición se
organizó, formó sus cuadros de funcionarios y cumplió sus responsabilidades.

Gestión del Servicio de Agua Potable de Lima: 1935-1962 [52, 53].

Por otro lado, los servicios de agua potable y alcantarillado de Lima siguieron a cargo
de la Superintendencia del Servicio de Agua Potable de Lima, creada en 1930 como de-
pendencia del Ministerio de Fomento y Obras Públicas. El 6 de setiembre de 1955. el
gobierno del General Odría, suscribió un contrato con la Sociedad Francesa Degrémont,
para ejecutar en un plazo de once meses, el diseño, equipamiento y la construcción de la
primera Planta de Tratamiento de Agua Potable en La Atarjea, cuyo volumen de pro-
ducción era de cinco metros cúbicos por segundo, la de mayor capacidad del mundo en
esos años. La moderna Planta de Filtros Rápidos, que abastecería de agua potable a la
Gran Lima, fue inaugurada el 23 de julio de 1956 con gran pompa por los funcionarios
del Ministerio de Fomento.

Posteriormente, durante la gestión gubernamental del Ing. Manuel Prado, el 8 de junio


de 1962, se creó la Corporación de Saneamiento de Lima (COSAL) que reemplazó a la
citada Superintendencia, con la finalidad de proyectar, construir, ampliar y explotar los
servicios de agua potable y desagüe en Lima metropolitana y, eventualmente, en sus zo-
nas aledañas. Asimismo, se declaró “de necesidad pública y utilidad pública” el suelo y

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

subsuelo de los terrenos de propiedad privada y las fuentes de agua. Por lo tanto, se fa-
cultó a COSAL solicitar expropiaciones y la constitución de servidumbre, así como el
derecho preferencial al aprovechamiento de las aguas para los servicios a su cargo.

Las relaciones de la Corporación con el Supremo Gobierno se canalizaban a través del


Ministerio de Fomento y Obras Públicas y el Ministerio de Hacienda y Comercio. Bajo
la administración de la COSAL y mediante la construcción de nuevas unidades de clari-
ficación, la capacidad de la planta se amplió de 5 metros cúbicos por segundo a 7,5 me-
tros cúbicos por segundo. En 1969, la Empresa de Saneamiento de Lima (ESAL) redi-
señó la Planta de la Atarjea, ampliándola a 10 metros cúbicos por segundo. Años des-
pués, la COSAL se convertiría en la Empresa de Saneamiento de Lima (ESAL).

Órganos de Saneamiento Municipal: 1935-1968

De acuerdo a la normatividad vigente, las municipalidades provinciales y distritales eran


las principales responsables del mantenimiento de la salud ambiental de sus comunida-
des, por ser sus representantes y están en contacto directo con ellas. Asimismo, debían
contar para tal efecto con el apoyo de las dependencias locales del MSPAS y del Minis-
terio de Fomento, prefecturas y otras instituciones públicas. Pero, al igual que en los pe-
ríodos anteriores, las municipalidades no disponían de los recursos necesarios para asu-
mir efectivamente esas responsabilidades; además, no siempre pudieron lograr una su-
ficiente coordinación con las instituciones mencionadas para garantizar una cooperación
efectiva. Puede decirse sin embargo que con limitaciones y restricciones, de muy dis-
tinto grado, trataron de cuidar los servicios de limpieza pública, aunque sin llegar a ha-
cer una disposición adecuada de los residuos sólidos y de ejercer un control adecuado de
la higiene de los alimentos y la inspección de establecimientos.

Como siempre, el Concejo Provincial de Lima estaba mejor implementado que los otros
concejos. En este caso específico, el Departamento Municipal de Sanidad de Lima era el
más desarrollado en el país. En el año 1938, se distinguía en la estructura organizativa
de este Departamento un total de cinco unidades o secciones operativas: Higiene Social,
Sección Médica, Ingeniería Sanitaria, Control de Alimentos y Bebidas, y Desinfectorio
Municipal. La sección Ingeniería Sanitaria debía cumplir las siguientes funciones o ta-
reas: estudiar los métodos de incineración de basuras; controlar el alcantarillado y las
“aguas negras”; estudiar la canalización de los ríos Huática y Magdalena; vigilar la hi-
giene de las piscinas, así como la clase de agua empleada en el riego de cultivos; desra-
tizar los albañales; vigilar las condiciones higiénicas de las casas de vecindad y de las
construcciones. Para el apoyo de las acciones de aquellas secciones disponía de tres la-
boratorios: de Bacteriología, de Química y de Leche [54].

En Arequipa, a partir de la década del cuarenta, se inició un proceso de expansión de su


capital, con la creación de nuevas urbanizaciones – como IV Centenario, Selva Alegre y
Miraflores –, hacia las cuales el municipio llevó servicios de agua potable y desagües;
proceso que hizo necesario, además, encausar las acequias de regadío que atravesaban la
ciudad y construir un solo canal para distribuir el agua de uso agrícola [39].

4.6. OBRAS Y ACCIONES DE PROTECCIÓN AMBIENTAL: 1935-1968

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

Respuestas al problema de la vivienda

Antes de la Ley 13517: 1935-1961 [2, 15, 16, 17, 55, 56].

El Estado fue tomado por sorpresa cuando el Perú rural empezó a poblar las ciudades y
no podría evitar el incremento del déficit en cantidad y de calidad de la vivienda en las
grandes ciudades del país. En Lima y durante la década de 1930, la demanda de vivien-
das de los hogares con menos recursos fue atendida, esencialmente, por el sector priva-
do a través de la construcción de callejones y casas de vecindad o quintas en los secto-
res menos privilegiados de la ciudad, con la finalidad de alquilarlas. Por su lado, el Go-
bierno de Benavides construyó, a través del Ministerio de Fomento y Obras Públicas,
algo más de cuatro mil unidades de vivienda para los obreros, como parte “sustancial”
de un plan que pretendía neutralizar la violencia social. Como parte de este programa
estatal se construyeron los Barrios Obreros del Frigorífico (Callao), de la Victoria y del
Rímac. Este programa quedó cancelado en 1939 con la llegada al poder de Manuel Pra-
do, quien dejó a la iniciativa privada la construcción de viviendas y barrios para los sec-
tores más pobres de Lima.

En 1946, durante el gobierno de Bustamante y Rivero (1945-1948), se creó la Corpo-


ración Nacional de Vivienda (CNV), como persona jurídica autónoma, con el objetivo
de construir conjuntos multifamiliares (unidades vecinales) en beneficio de los trabaja-
dores pobres. Además, tratando de evitar los abusos de los propietarios con sus inquili-
nos en el área urbana, se promulgaron varias leyes sobre el inquilinato. Creados la CNV
y los fondos consiguientes se construyó la Unidad Vecinal Nº 3 (1946-1949) en la Av.
Colonial. En esos años hubo un súbito incremento de las invasiones de terrenos en Li-
ma, formándose nuevas barriadas; en el 67% de los casos registrados la policía intentó
el desalojo, pero en ninguno de esos intentos se tuvo éxito. David Collier opina que es-
tas nuevas invasiones estuvieron vinculadas con actividades de miembros de partidos
políticos, “entre los que se encontraban el Partido Comunista y quizás también el Parti-
do Aprista”.

Por su parte, el régimen de Odría auspició proyectos públicos de vivienda en provincias


y, para la administración de los mismos, se crearon numerosas entidades ubicadas en el
Subsector Público Independiente, para otorgarles autonomía económica y financiera pa-
ra el gasto público. Entre estas entidades, tenemos que mencionar a las Juntas de Obras
Públicas de Lambayeque, Huancavelica, Cajamarca y Puno, así como la Corporación de
Reconstrucción y Fomento del Cuzco; esta última reconstruyó la ciudad del Cuzco,
destruida por el terremoto de mayo de 1950. Asimismo al Fondo Nacional de Salud y
Bienestar Social, creado en 1951, que financió el Programa de Construcción de Vivien-
da que se ejecutó en Lima, Cuzco y Piura. También se construyeron, a través de la
CNV, las Unidades Vecinales de Angamos, Miraflores y Matute (1952-1953). Sin em-
bargo, el monto del alquiler-venta no era favorable para los sectores pobres; así, por
ejemplo, en el caso de la Unidad de Matute, equivalía a más de la mitad del salario
promedio del obrero. Con relación a las barriadas de Lima, éstas se formaron masiva-
mente durante “ochenio”, ya sea por invasión u ocupación progresiva o por autoriza-
ción expresa del gobierno. El general Odría concedió una serie de concesiones a los po-
bladores de las barriadas, con fines proselitistas. Sin embargo, su gobierno no les entre-
go los títulos de propiedad, con lo que se mantuvo la relación de dependencia. En estos
asentamientos se constituirían las bases de apoyo de un nuevo partido político liderado
por Odría.

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

Durante el segundo gobierno de Prado, los programas públicos de vivienda a cargo de


la CNV y de los Fondos dirigidos a los pobres, quedaron relegados por los programas
del sistema mutual de vivienda dirigidos a los sectores medios. Con relación a las ba-
rriadas, como primer ministro de Prado, don Pedro Beltrán promovió la auto-ayuda y la
autonomía política de las barriadas. Consideraba que la vivienda proporcionada por el
Estado podría, en el mejor de los casos, ser apenas marginal a la solución del problema
habitacional, en tanto que lo esencial era fomentar la iniciativa privada en la construc-
ción de viviendas. Insistía, además, en que sólo deberían otorgarse títulos de propiedad
a los pobladores de barriadas, una vez que éstos hubieran realizado el mejoramiento de
su comunidad mediante el esfuerzo propio. En 1960 se crea el Instituto Nacional de Vi-
vienda (INV), con el objetivo de ensayar los planteamientos sobre viviendas y barriadas,
y se dio inicio del proyecto de la ciudad satélite de Ventanilla.

Ley 13517 y su aplicación: 1961-1968 [2, 16, 17, 55, 56]

El 14 de febrero de 1961, en pleno proceso pre-electoral, se publicó la ley 13517, Ley


Orgánica de Barrios Marginales y aumento de capital de la Corporación Nacional de la
Vivienda (CNV). Esta norma fue el fruto de la conjunción de tres fuerzas: primero, de
la lucha de los nuevos migrantes, quienes en busca de vivienda propia estaban produ-
ciendo una tremenda oleada de tomas e invasiones de terrenos; segundo, de la presión
de Beltrán por ordenar el negocio de bienes raíces; y tercero, de la iniciativa profesional
de quienes tenían una opinión técnica fruto del estudio de la explosión demográfica. De
acuerdo a esta Ley, se declaraba de utilidad pública la remodelación, saneamiento y le-
galización de los barrios marginales, encargando al CNV estas tareas.

De esa manera, la Ley 13517 era un compromiso del Estado con los pobladores de las
barriadas – ahora barrios marginales – para establecer un trámite, al final del cual se
concedería la titulación de cada lote, que les otorgaría el pleno derecho a la propiedad
privada. A la vez, la ley anunciaba que no se volverían a permitir las invasiones. Se tra-
taba a las barriadas como excepciones; aquellas existentes serían regularizadas, pero no
se volverían a tolerar. La ley aceptaba implícitamente que el Estado no construiría vi-
vienda sino que ésta sería levantada por la propia población, basada en el principio de la
autoayuda. Pero también ordenaba que la CNV diseñara la remodelación de los barrios
marginales y apoyara la construcción de la infraestructura de los servicios y espacios
públicos mínimos que debían disponer estas urbanizaciones populares. El Estado se
comprometía a identificar los terrenos urbanizables para habilitarlos y construir las Uni-
dades Populares de Interés Social (UPIS). Pero, rápidamente se presentaron problemas
en la aplicación de esa Ley, el plazo para regularizar la condición de poseedores infor-
males se amplió un sinnúmero de veces. Los habitantes de muchas zonas tugurizadas de
Lima dejaron de pagar alquileres con la esperanza de que éstas fueran reconocidas como
barrios marginales. En muchos casos, como algunos asentamientos no llenaban los re-
quisitos señalados en la Ley, el gobierno resolvía los litigios ofreciéndoles tierras en ur-
banizaciones populares.

Luego, la Junta Militar de Gobierno estuvo interesada, durante su corta gestión, en cui-
dar que el crecimiento de las barriadas se materializase dentro de los canales legales
previstos en la Ley 13517, lo que se reflejó en el desalojo violento de los nuevos invaso-
res de terrenos. Además, apoyó el rol del sector privado en el desarrollo habitacional,
con la formación del Banco Nacional de la Vivienda, y fusionó la CNV y el INV en la

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Junta Nacional de Vivienda (JNV). Pero, la JNV no recibió el apoyo necesario en los
siguientes años para cumplir con los compromisos que se habían formalizado con la
Ley 13517. El ritmo de construcción de UPIS fue lento, y los precios de venta nueva-
mente no fueron asequibles para los pobres.

Posteriormente, durante el primer gobierno de Fernando Belaunde no se promocionaron


los Pueblos Jóvenes y no se construyeron obras públicas en los antiguos, perdiendo im-
pulso la aplicación de la Ley 13517. Sin embargo, la JNV a partir de 1963 había otor-
gado el reconocimiento oficial a las asociaciones vecinales, con el fin de facilitar la
labor que se proponía ejecutar en cumplimiento de dicha Ley, lo que había elevado las
expectativas de los pobladores de las barriadas. La frustración de este sector fue aún
mayor, por que el gobierno apoyó financieramente a la creciente demanda de los secto-
res medios construyendo los conjuntos residenciales de San Felipe y de Santa Cruz; y
las Unidades Vecinales de Santa Marina, Mariscal Cáceres (Cuzco).

“Al final de la década del 60, las JNV era odiada en las barriadas, gracias al notorio con-
traste entre las expectativas estimuladas por la Ley 13517 y el fracaso de esta institución
para desarrollar, como se había planeado, el programa de urbanizaciones populares y la
remodelación y legalización de las barriadas existentes (…) Una de las principales preo-
cupaciones, a partir de 1968, fue precisamente tomar en cuenta estos problemas del fraca-
so y la desilusión…” (D. Collier, 1978, p. 101 y p. 104 )

Sin embargo, a pesar de que el gobierno no había terminado de urbanizar los terrenos
escogidos para los UPIS ya los había identificado y separados varios de ellos para su
construcción. Ante la incapacidad del gobierno de satisfacer sus necesidades en térmi-
nos de urbanización de tierras, la población menos favorecida optó por invadir dichos
terrenos. Luego, al ocuparse todos los terrenos separados, la población comenzaría a
buscar alternativas análogas en los conos norte y sur de la ciudad, que no estaban desti-
nados a vivienda. Las invasiones seguirían siendo la modalidad más frecuente de for-
mación de urbanizaciones.

Inversiones en obras de saneamiento urbano: 1951-1968

Participación del Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social: 1951-1968 [2, 39, 57]

Confrontado el Gobierno del “ochenio” con la exigüidad de los recursos financieros or-
dinarios asignados, por los mecanismos propios de la fuente Tesoro Público, al gasto
social, y existiendo la firme voluntad política de impulsar la política social, sus autori-
dades enviaron al Congreso el Proyecto de la Ley correspondiente. El 21 de diciembre
de 1951 fue promulgada la Ley Nº 11672 que crea el Fondo del Fondo Nacional de Sa-
lud y Bienestar Social (FNSBS). El FNSBS contribuía desde 1956 con el 25% de su
renta al financiamiento del presupuesto del Fondo Nacional del Desarrollo Económico
y, adicionalmente y desde 1962, con el 5 % al financiamiento del SESP; dedicando el
resto de los recursos recaudados por su ley de creación a diversas actividades que se
ubican en el ámbito del ramo Salud.

La importancia asignada por ese Gobierno a los problemas del agua y saneamiento se
expresa en uno de los objetivos del Fondo: “construir y mejorar los servicios de abaste-
cimiento de agua potable y eliminación de aguas cloacales”; así como explica el sentido
de la Resolución Suprema del 20 de febrero de 1952 y del Decreto Supremo del 22 de
enero de 1953. En la Resolución se dispuso que el Ministerio de Fomento pusiera a dis-

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

posición del MSPAS todos los proyectos de obras de saneamiento de zonas insalubres
de Lima, donde se concentraban trabajadores asalariados; incluyendo los proyectos de
servicios de agua potable. Además, en el Decreto, se estableció que cuando una obra
sanitaria hecha por el Fondo beneficiara a entidades que perciban rentas provenientes de
leyes especiales, tales entidades devengarían dichas rentas a favor del Fondo, hasta can-
celar el costo total de las obras. Las obras a ser financiadas por el Programa de Sanea-
miento del Fondo debían, previamente, tener informes favorables emitidos por el De-
partamento de Ingeniería Sanitaria del MSPAS y el Comité de Saneamiento del Fondo.

Las obras del Programa de Saneamiento que el Consejo Superior del FNSBS acordó fi-
nanciar, total o parcialmente durante casi todo este período, estuvieron ubicadas en el
área urbana. Recién en 1964 y ante el contrato de préstamo del Gobierno Peruano con el
BID, aparece el FNSBS aportando recursos financieros para el saneamiento rural.

Participación del Fondo Nacional de Desarrollo Económico [2, 26, 48, 57, 58]

El Fondo Nacional de Desarrollo Económico (FNDE), creado en 1956 por Ley 12676 y
reglamentado por Decreto Supremo del 17 de mayo de 1957, tenía como funciones ge-
nerales realizar estudios y obras reproductivas o de interés social; incluyendo, obras de
salud. El FNDE integraba en su organización, a las “Juntas Departamentales de Obras
Públicas”. En el período 1957-1962, el 24,2 % de sus inversiones se destinaron a obras
de saneamiento, con obras de instalación de agua potable en capitales de distritos. El
FNDE convocó a una licitación pública para la ejecución de obras de agua potable,
desagüe y plantas de tratamiento en 79 ciudades de Cajamarca, Lambayeque, La Liber-
tad, Ancash, Amazonas, Loreto, San Martín, Piura y Tumbes, por una suma cercana a
los 200 millones de soles; la Buena Pro fue adjudicada, por D.S. Nº 9 del 3 de mayo de
1961, a la Empresa Consorcio-Corporación Saneamiento del Nor y Nor-Oriente. En
realidad, el FNDE tenía recursos para la ejecución de obras de saneamiento básico en un
monto que sobrepasaba en mucho a los asignados, para tal fin y en conjunto a los Minis-
terios de Fomento y de Salud Pública.

En el período 1957-1965, gran parte de las inversiones del FNDE se destinó a obras de
instalación de agua potable y de desagüe en capitales de distritos, con poblaciones com-
prendidas entre 200 y 200.000 habitantes. En el trienio 1963-1965, se invirtieron en esas
obras 443 millones de soles.

Participación de la Subdirección de Obras Sanitarias del MFOP

La Subdirección de Obras Sanitarias del Ministerio de Fomento y Obras Públicas, fi-


nanciaba la instalación de servicios de agua potable y de alcantarillado y los administra-
ba en casi todo el territorio del país. Los fondos que disponía para sus obras provenían
de asignaciones del Tesoro Público al Ministerio de Fomento, de transferencias del
Pliego de Iniciativas Parlamentarias o provenientes de la ayuda económica del AID
(P.L. 48), de fondos provenientes de leyes especiales para este tipo de obras, y de los
originados en créditos de cooperación externa [49].

“… durante el año 1964 destinó la suma de S/. 26’000,000 para instalación de servicios
de agua y desagüe que benefician a 124 mil habitantes... casi exclusivamente para pobla-
ciones de más de 2,000 habitantes. Además han llevado a cabo ampliación y mejoramien-
to de servicios de Agua Potable y Desagüe en grado diverso, con una inversión de más de
S/. 6’000,000 para una población de 257,000 habitantes (...) Con la creación de una Divi-

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

sión de Planes y Programas en la Subdirección de Obras Sanitarias ha sido posible que el


Ministerio obtenga en el curso del presente año un préstamo de U.S. $ 4’000,000...y que
esté a punto de aprobarse en el BID otro préstamo que permitirá solucionar angustiosos
problemas de abastecimiento de agua y alcantarillado...” (A. Zavala, 1965, p. 87).

En las metas de inversión propuestas en el documento PERU: Plan de Desarrollo Eco-


nómico y Social. 1967- 1970. Salud, del Sistema Nacional de Planificación, aparecen
tres proyectos que tienen como unidad ejecutora esta dependencia del Ministerio de
Fomento. El primero, Plan Urbano de Agua Potable y Alcantarillado, Primera Etapa,
entre 1965 y 1968, con un monto de inversión de 327,4 millones de soles a precios de
1963. El segundo, Plan Urbano de Agua Potable y Alcantarillado, Segunda Etapa, con
una inversión de 767 millones de soles a precios de 1963. El tercero, es el Proyecto de
Estudios de Saneamiento en poblaciones urbanas, con un monto total de inversión de 12
millones de soles a precios de 1963 [28].

Participación de las Corporaciones [2, 28, 57].

Las Corporaciones de Saneamiento, creadas en la primera mitad de la década de los 60,


por leyes especiales en cada caso, actuaban como entidades regionales y locales con
funciones relacionadas al abastecimiento de agua y red de desagües en las grandes ciu-
dades. Nos estamos refiriendo a la Corporación de Saneamiento de Arequipa (Ley Nº
13499, 1961), y a la Corporación de Saneamiento de Lima (Ley Nº 13979, 1962).

Asimismo, las Corporaciones de Fomento y Desarrollo, eran entidades de carácter re-


gional o departamental creadas por medio de una ley especial en reemplazo, general-
mente, de una Junta Departamental de Obras Públicas. Por ejemplo, la Corporación de
Fomento y Desarrollo Económico de Tacna creada por Ley Nº 13502 de 27 de enero de
1961; la Corporación de Fomento, Promoción Social y Económico de Puno, creada por
Ley Nº 13778 de 20 de diciembre de 1961; la Corporación de Reconstrucción y Fomen-
to del Cuzco, creada por Ley Nº 12800. Realizaban inversiones en obras de saneamiento
y construcción de locales para servicios.

Ineficiencia en la inversión orientada al saneamiento y el Plan Nacional [2, 39, 57]

En las décadas de 1950 y de 1960 la responsabilidad de crear y mantener la infraestruc-


tura física de saneamiento ambiental estuvo muy dispersa en el país. Participaban en-
tidades del Gobierno Central, del Subsector Público Independiente y de los Gobiernos
Locales sin la coordinación necesaria, lo que provocó superposición de funciones y, en
consecuencia, una gran ineficiencia en el uso de recursos presupuestales asignados. En
un intento frustro de corregir esa ineficiencia, el 10 de agosto de 1956, por Decreto Su-
premo Nº 3, se encargó al Ministerio de Fomento y al MSPAS la preparación de un
Plan Nacional de ejecución integral de obras de implantación, ampliación y mejora-
miento de los servicios de agua potable y desagüe, “las que serían de sistema domicilia-
rio para las ciudades con más de tres mil habitantes y de pileta pública para las que no
llegasen a ese número de pobladores”. Se autorizaba, además, al Ministerio de Fomento
para iniciar ese año la ejecución de obras sanitarias en 100 de aquellas ciudades y en
250 de esos poblados más pequeños. El financiamiento debería ser formulado por los
citados Ministerios y el de Hacienda, afectando parte de los recursos del Fondo Nacio-
nal de Salud y Bienestar Social (FNSBS).

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

El FNSBS contribuyó desde 1956, para tal propósito, parte de su renta al financiamien-
to del presupuesto del FNDE. Adicionalmente a las obras que el FNDE efectuaba en el
área urbana, el 9 de febrero de 1962 se promulgó la Ley 13997 o de Saneamiento Bási-
co Rural, que tenía la finalidad de “dotar de sistemas de suministro de agua potable y
disposición de excretas y aguas servidas a las poblaciones del medio rural", entendién-
dose como tales a las poblaciones menores de 2.000 habitantes.

Inversiones en obras de disposición de aguas servidas: 1959-1968

La ingeniería sanitaria peruana fue una de las primeras en Sudamérica en introducir las
técnicas del tratamiento y reúso de las aguas servidas para transformar los ecosistemas
áridos de la costa. El “Proyecto Ecológico de San Juan de reuso de aguas servidas, re-
lleno de basuras, forestación y mejoramiento ambiental” se ejecuto entre 1959 y 1968,
bajo la dirección técnica del Ingeniero Sanitario Alejandro Vínces Araoz, quien había
regresado de Estados Unidos después de hacer estudios sobre control de contaminación
de cuerpos de agua. El Proyecto tuvo un costo total de 20 millones de dólares [50, 59].

Inicialmente, el complejo de lagunas de estabilización fue terminado de construir, en


1961, por la Junta Nacional de Vivienda. Siete años después, en 1968, la ejecución del
Proyecto ya había significado un enterramiento de más de 150.000 toneladas de basuras
y la recuperación de 20 has. de antiguos vaciadores de basura; así como el tratamiento
de los desagües por las 21 lagunas de estabilización, ya construidas y operando bajo
control de los laboratorios de Salud Pública y la Universidad de Ingeniería. Habiendo
eliminado la contaminación ambiental por humos, vapores y gases en las zonas urbanas
de San Juan, Ciudad de Dios y Pamplona (600.000 personas). El Patronato de Parques
Nacionales y Zonales, del ámbito del Sector Fomento y Obras Públicas, era la entidad
que financiaría el Gran Parque Forestal de San Juan [50, 59]. Al final de la ejecución
del Proyecto, se había transformado el ecosistema del desierto de San Juan con las
aguas servidas bioestabilizadas y los residuos sólidos de la ciudad. El programa con-
templó no sólo la construcción de un bosque de hasta 400 hectáreas que ya era un gran
logro ecológico sino, además, la construcción de parques zonales, viveros, huertos y
campos de cultivo, sumando el hecho de que las aguas servidas bioestabilizadas son
muy convenientes para piscigranjas.

En 1968, el Ingº. Alejandro Vinces informaba que el Sub-programa Saneamiento Am-


biental del Programa Nacional de Ingeniería Sanitaria, a través de su staff de asesoría,
habían iniciado desde hace dos años una política de coordinación con las entidades que
por mandato legal tienen participación ejecutiva en el saneamiento urbano. Política que
ya tenía resultados en la Gran Lima con dos grandes proyectos, el ya comentado de
San Juan, y el que se denominó “Proyecto Esquema General del Estudio de la Utiliza-
ción de los Recursos Hidráulicos en Saneamiento Básico, como parte de un Plan Inte-
gral con Propósitos Múltiples”. Este último, consistía en un Plan de saneamiento de to-
da la red de canales y acequias que atraviesa la zona urbana, que se estimaba en unos
700 kms. Analizaba las necesidades de agua potable para la Gran Lima hasta el año
1990; señala la posibilidad de utilizar gran parte de los desagües como recurso hidráuli-
co, para regar unas 30.000 hectáreas de terrenos eriazos. Los líquidos cloacales serían
previamente tratados por lagunas de estabilización de desagües, con un bajo costo. Pro-
yecto que en 1967 estaba en fase de formulación [50].

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

Casi tres décadas después, en 1996, el mismo Vinces [59] se lamentaría que, con el cur-
so de los años, el Proyecto de San Juan había perdido gran parte de su valor, debido a
que parte de sus áreas reservadas para fines agrícolas estaban ocupadas por viviendas
construidas durante invasiones que las autoridades no quisieron impedir, incluyendo
una parte de los bosques ubicados en 40 hectáreas de relleno sanitario, trabajo que había
demorado 10 años. No obstante, por su reconocida importancia los resultados del pro-
yecto fueron filmados por la OPS/OMS en 1990, para su presentación en la Conferencia
Anual de la Enviromental Water Federation de los Estados Unidos como uno de los tres
mejores proyectos de defensa ambiental de la América Latina.

Formación de técnicos de saneamiento: 1962-1968 [39, 60, 61].

En el año 1961 se creó en el SCISP el Programa de Capacitación de Personal de Salud.


Al desactivarse esta institución el SESP se hizo cargo de sus programas. El 14 de mayo
de 1962 tuvo lugar la creación del Centro de Capacitación de Salud Pública, órgano eje-
cutor del citado Programa. Entre las actividades que realiza el Centro en los dos prime-
ros años de su funcionamiento efectuó seis cursos de formación de inspectores de sa-
neamiento ambiental (seis meses a tiempo completo), con un total de 93 egresados. Es-
timaciones efectuadas en 1961 señalaban la necesidad de disponer 520 inspectores para
los servicios periféricos del MSPAS (un inspector por cada 10.000 habitantes), como en
ese año ya se disponía de 74 capacitados en servicio por el SCISP, se requería la forma-
ción de 446 nuevos inspectores.

El 25 de febrero de 1964 se crea, en base de los recursos del Centro de Capacitación de


Salud Pública, la Escuela de Salud Pública del Perú como “centro de enseñanza a nivel
superior y de categoría universitaria”. Sin embargo, tenía entre sus funciones de docen-
cia la siguiente: “dictar normas para el adiestramiento de los diferentes tipos de personal
auxiliar y prestar asesoría y colaboración a las instituciones encargadas de su ejecu-
ción”.

Para el cumplimiento de esa función, en el campo del adiestramiento de los técnicos de


saneamiento, la Escuela dictó las normas pertinentes y proporcionó a los Servicios Peri-
féricos, interesados en ejecutar tal adiestramiento, el asesoramiento y la colaboración
docente y económica solicitada, facilitando los servicios de un ingeniero sanitario profe-
sional y de un inspector sanitario, Ayudante de Práctica, de su propio personal, que
permanecía en la sede mientras durara el curso. Entre los años 1964 y 1968 se desarro-
llaron cinco cursos – en las sedes de Lima Puno, Huánuco, Tacna y Cajamarca – con un
total de 83 egresados. El ingeniero sanitario del Servicio sede del curso era la contrapar-
te del ingeniero de la Escuela, quien coordinaba la actividad. El plantel docente a cargo
de estas actividades era el mismo desde la creación del Centro de Capacitación de Salud
Pública y estaba conformado por tres ingenieros sanitarios: Carlos Mantilla Fernandini,
Renato Escobar Zamalloa y Manuel Villanueva Lara, contando con el apoyo de los téc-
nicos de saneamiento Germán Castro, Raúl Portocarrero y Pedro Zevallos.

Plan de Saneamiento Básico Rural: 1962-1968

Antecedentes y la Ley Nº 13997

Hasta antes de la promulgación de la Ley Nº 13997, todas las solicitudes para instala-
ción de servicios básicos de saneamiento en las poblaciones del medio rural debían ser

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Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

atendidas por la Subdirección de Obras Sanitarias del Ministerio de Fomento, pero sólo
en contados casos y, generalmente con ayuda de la representación parlamentaria del
Departamento en que se ubicaba la localidad, se consignaban las partidas correspon-
dientes en el Presupuesto de la República. Los precarios resultados de esta modalidad de
gestión se expresan en el hecho de que en 1961, existiendo en el país 1.205 capitales de
distritos con menos de 2.000 habitantes (total acumulado de 817.058 personas), apenas
100 capitales (con un subtotal de 80.000 habitantes) tenían servicios de agua potable; es
decir, apenas el 0.9 % de la población rural contaba con tales servicios [58].

Con la intención de superar ese problema de cobertura, el Gobierno del Perú se había
comprometido con cumplir el punto siete de la Carta de Punta del Este de 1961, donde
se señala la meta regional de proporcionar agua potable para lo menos al 70 % de la po-
blación urbana y el 50 % de la rural de América Latina en el próximo decenio [62]. El
Gobierno Peruano, buscando el cumplimiento de ese compromiso promulgó, el 9 de fe-
brero de 1962, la Ley 13997 de Saneamiento Básico Rural, que encarga al MSPAS la
responsabilidad de la ejecución y administración de un Plan de Saneamiento Básico Ru-
ral, y faculta al Poder Ejecutivo para contratar los créditos necesarios y disponer la or-
ganización conveniente, para llevar al medio rural los beneficios del agua potable y de
la disposición final de excretas. Estableciendo como condición que las comunidades
participen con sus aportes económicos y laborales, en la financiación de sus sistemas.
En el art. 2º de la Ley se prescribe que el MSPAS “a través del Programa de Ingeniería
Sanitaria, proveerá los recursos económicos, materiales y equipo necesario para la reali-
zación de los estudios necesarios para la realización de los estudios, proyectos y ejecu-
ción de las obras de Saneamiento Básico Rural”. Fue promulgada por el Presidente Pra-
do y el Ministro de Fomento, Ing. Jorge Grieve. Era Ministro de Salud, el Ing. E. Wat-
son. Seis meses después, se aprobó el Reglamento de la Ley a través del Decreto Su-
premo Nº 125-62-DGS, del 13 de agosto de 1962.

Plan Nacional de Saneamiento Básico Rural

El Plan Nacional de Saneamiento Básico Rural, reformulado en cumplimiento de la


nueva Ley, se dirigió a resolver el problema del resto de 1.105 capitales de distrito (con
un subtotal de 736.458 habitantes), dotándoles de agua potable y sistemas de disposi-
ción de excretas. El objetivo inicial del Plan era: dotar de sistema de agua potable y de
disposición de excretas al 50 % de la población rural, en un período de 10 años, median-
te la ejecución de programas de dos años a desarrollarse progresivamente, hasta alcan-
zar la meta fijada. En la primera etapa del Plan, se consideró inicialmente un programa
para dotar de tales sistemas a 28 localidades correspondientes a los departamentos de
Tumbes, Piura, Arequipa, Ica, Puno y Tacna; meta que luego fue ampliada [25].

Luego, por Decreto Supremo del 13 de noviembre de 1963 se encargó al Programa Na-
cional de Ingeniería Sanitaria del SESP la conducción del Plan Nacional de Saneamien-
to Básico Rural, que contaba con recursos propios para tal fin, que se reforzarían con
créditos gestionados ante el BID. Las Áreas de Salud, así como las Unidades de Salud,
deberían otorgar la primera prioridad a este Plan, apoyando la labor de sus Oficinas
Técnicas de Saneamiento Básico que, a su vez, recibirían apoyo logístico del SESP.

Desde el año1962, el Jefe del Programa Nacional de Ingeniería Sanitaria del SESP, Ing.
Zavala [48], ya advertía que sumaban varios millones de soles las inversiones que en
saneamiento básico hacía el FNDE , a través de sus Juntas de Obras Públicas Departa-

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mentales, y que se imponía una coordinación a nivel central con la Secretaría General
del Fondo y a nivel local con las citadas Juntas, para evitar superposiciones y dar cabal
cumplimiento a lo dispuesto en la Ley de Saneamiento Básico Rural y el Reglamento de
Construcción y Protección de Abastos Públicos de Agua Potable de agosto de 1947.

Recién en 1964 y ante el contrato de préstamo del Gobierno Peruano con el BID para la
ejecución del Plan de Saneamiento Básico Rural en su Primera Etapa, el FNSBS co-
mienza a efectuar aportes directos, que en este caso alcanzó un monto equivalente al
10% del costo de esa etapa, es decir una suma cercana a nueve millones de soles. Ade-
más, el Fondo quedó a cargo del pago de la amortización y servicio de la deuda contraí-
da con el BID para este propósito. En 1965, tres años después de la promulgación de la
Ley 13997, el mismo Zavala [49], hacía el siguiente comentario:

“...gracias a la dación de la Ley 13997 y sobre todo a su aplicación efectiva es posible


anunciar que actualmente ya el 4% de la población rural (0.9 % en 1961) cuenta con ser-
vicios de agua, lo que significa el 11.4% de nuestra meta y a la terminación de la Segunda
Etapa en 1968 se habrá beneficiado a 800,000 habitantes o sea el 12.8% de la población
total rural y el 27,3% de nuestra meta (...) Es evidente que numerosas partidas consigna-
das para obras de saneamiento básico rural provenientes de leyes especiales y de iniciati-
vas parlamentarias, no son asignadas al MSPAS, incumpliéndose así la Ley 13997(...) El
MSPAS debería consignar en su presupuesto anual partidas destinadas a la infraestructura
de Saneamiento Básico Rural siendo lo mismo aplicable al SESP, ya que sus inversiones
en Saneamiento Básico Rural son... de poco monto o casi nulas (...) Es indispensable que
el MSPAS consigne en su Presupuesto y disponga en su organización en el nivel local, de
personal técnico especializado para supervisar el funcionamiento, operación y administra-
ción de los sistemas de abastecimiento de agua construidos en el medio rural y entregados
a Juntas Administradoras Comunales para su explotación” (A. Zavala, 1965, p. 91-93)

La Primera Etapa del Plan hacía referencia al programa 1965-1966, cuyas metas eran las
de beneficiar a un total de 205 localidades. En un subtotal de 150 localidades, las obras
fueron financiadas mediante un préstamo con el BID y recursos aportados por el
FNSBS, las Juntas de Obras Públicas Departamentales y la propia comunidad; y en las
55 restantes con recursos del Tesoro Público. En junio de 1966, datos oficiales sobre
los avances del programa informaban: (i) la conclusión de los estudios y diseño de125
proyectos, encontrándose en trabajo 25, habiendo ya sido 55 construidas; (ii) el término
de la construcción de sistemas de agua potable para 74 localidades, encontrándose en
trabajo 103, debiendo quedar a fines del año concluidas todas las obras programadas
para las 205 localidades; (iii) la estimación de la contribución de las comunidades, en un
10 % del costo de las obras; (iv) la organización de Juntas Administradoras en 54 loca-
lidades de las 74 obras construidas, encontrándose en organización las 20 restantes; y
(v) la formación del Fondo Rotatorio Aporte de Comunidades, cuyo objetivo es la for-
mación de un capital que permitiría otorgar préstamos a las Juntas Administradoras, pa-
ra la instalación de conexiones domiciliarias [63]. Al culminar la Primera Etapa del Plan
se habían construido y puesto en funcionamiento 191 sistemas de agua potable, de las
cuales 153 correspondían al Contrato con el BID y 38 a proyectos con financiamiento
nacional, y que beneficiaban a 180.000 personas.

La Segunda Etapa del Plan, correspondía al bienio 1967-1969, y se realizó con el apoyo
financiero del BID y las fuentes nacionales utilizadas en la primera etapa, teniendo co-
mo meta beneficiar a 307 localidades. La crisis económica y fiscal iniciada en 1967 im-
pediría el cumplimiento de la meta. En junio de 1968, en medio de dicha crisis, se in-

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formaba oficialmente que en el desarrollo de la segunda etapa se estaba trabajado en 19


departamentos, habiendo ya terminado de construir las obras en 23 localidades, y que
continuaba su ejecución en otras 87 localidades [64].

Un aspecto importante del Plan era la organización de las comunidades para su partici-
pación en el proceso de saneamiento básico. Para ser beneficiaria del Plan, la comuni-
dad debía cumplir los siguientes requisitos: (i) contribuir a la construcción de la obra
mediante la mano de obra, la contribución económica de la comunidad y las facilidades
de transporte; (ii) aceptar el pago de una tarifa de servicio; (iii) constituir una entidad
responsable representativa de la comunidad – que podría ser un Comité pro-agua pota-
ble, una Junta de Agua Potable, una Junta Comunal – cuya misión será conseguir la in-
tervención de la comunidad en el proceso de aceptación y ejecución de la obra. Para la
construcción de las obras, el Plan había previsto tres modalidades: (i) por contrato, en
el caso de obras de cierta envergadura, aunque bajo la supervisión de los ingenieros de
las Áreas y Unidades de Salud; (ii) por administración o ejecución directa, con partici-
pación de la comunidad; y, (iii) combinación de contratos y administración.

Una vez concluida la obra, el Ministerio la entregaba oficialmente a la comunidad me-


diante un “contrato”. La administración, la operación y mantenimiento de los servicios
instalados quedaba a cargo de la citada Junta de Agua Potable o Junta Comunal, cuyos
miembros eran elegidos por la comunidad beneficiada en Asamblea Pública. La super-
visión y control de las Juntas, así como de la operación y mantenimiento de los servicios
instalados se efectuaba a través de las oficinas técnicas de saneamiento de las Áreas y
Unidades de Salud.

4.7. LA SALUD PÚBLICA PERUANA AL FINAL DE LA DÉCADA DE 1960

Dispersión institucional

Al final del año 1968, teniendo como entidad central al MSPAS, se había establecido el
Subsector Público Nacional en Salud, que incluía en su ámbito a numerosas entidades
estatales y paraestatales vinculadas con el cuidado de la salud en su modalidad de Salud
Pública. De acuerdo a criterios establecidos en la normatividad vigente, en su ámbito
estaban incluidas las entidades y dependencias públicas que se detallan a continuación.

GOBIERNO CENTRAL
Entidades prestadoras de servicios de salud
 Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social
 Sanidad Militar, del Ministerio de Guerra
 Sanidad de la Marina, del Ministerio de la Marina
 Sanidad de Gobierno y Policía, del Ministerio de Gobierno y Policía
 Dirección de Coordinación de Sanidad Escolar, del Ministerio de Educación Pública
 Servicios Médicos de otros Ministerios.

Entidades formadoras de capital social básico de salud


 Subdirección de Obras Públicas, del Ministerio de Fomento y Obras Públicas.

SUB-SECTOR PÚBLICO INDEPENDIENTE


Entidades prestadoras de servicios de salud

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 Seguro Social del Empleado


 Caja Nacional del Seguro Social Obrero
 Sociedades de Beneficencia Pública.

Entidades formadoras de capital social básico de salud


 Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social
 Corporaciones de Saneamiento
 Fondo Nacional de Desarrollo Económico
 Corporaciones de Fomento y Desarrollo.

Entidades de apoyo al MSPAS


 Servicio Especial de Salud Pública (SESP).

GOBIERNOS LOCALES
Entidades prestadoras de servicios de salud
 Servicios de Salud de los Concejos Provinciales y Distritales.

La dispersión en las responsabilidades públicas formales en el campo del cuidado de la


salud poblacional, tanto operativas como de inversión, ya era un problema antes de la
década de los 60. Cada una de las entidades enumeradas tenía su base legal que le reco-
nocía a ella, o a una de sus dependencias, como persona jurídica con autonomía admi-
nistrativa y patrimonio independiente, con determinados objetivos, funciones, estructura
y relaciones. Por ello, la participación autónoma de estas numerosas entidades públi-
cas, creadas sin la articulación necesaria, provocó superposición de funciones y, en
consecuencia, una gran ineficiencia e ineficacia en el uso y destino de los recursos pre-
supuestales asignados al Sector Público en Salud como totalidad. Más aún, se crearon
numerosas entidades ubicadas en el Subsector Público Independiente, con la finalidad
de otorgarles la mayor autonomía económica y financiera para la administración de
programas y proyectos de infraestructura física.

De acuerdo con sus funciones legales, la mayoría de entidades encargadas de la presta-


ción de servicios de salud tenían que actuar como instituciones cerradas y exclusivas
para determinados grupos sociales que cumplían determinados requisitos que los califi-
caban para tener el derecho a recibir dichas prestaciones; por ejemplo, las prestaciones
de salud del Seguro Social Obrero (SSO) y del Seguro Social del Empleado (SSE) co-
rrespondían, de manera desigual, a los obreros y empleados asegurados; las dependen-
cias de las Sanidades de las Fuerzas Armadas y de la Policía atendían a sus efectivos y
familiares directos.

Desigualdades en las prestaciones de salud

Al final de la década de los sesenta, aquella dispersión institucional del Subsector Pú-
blico en Salud, así como las desigualdades en los índices de cobertura legal y consumo
de servicios de atención médica según entidades de salud expresaban objetivamente las
discriminaciones y exclusiones existentes en la sociedad peruana. De acuerdo con la
información oficial, se estimaba que en el año 1969 alrededor de tres millones de la po-
blación nacional carecía de atención médica. El resto de la población nacional (77,2%)
tenía una provisión de servicios médicos desigual y a veces discontinua. El MSPAS y
las Beneficencias Públicas cubrían a la población indigente o de escasos recursos, sien-
do responsables de la atención del 66% de la población accesible; además, el Ministerio
era responsable de prestar servicios de protección de la salud a casi toda la población

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nacional y era la única entidad que mantenía programas de penetración en el área rural,
a través de atención no profesional y de provisión de servicios de saneamiento básico.
El Sector Privado dirigía fundamentalmente su producción a la atención de la demanda
económica de los grupos de mayores ingresos y complementaba la atención del Seguro
Social del Empleado a través del sistema de libre elección [2, 27]. Además, existía una
notoria superposición de responsabilidades de estas entidades en la atención del adulto,
de los residentes en el área urbana y de los grupos de mayores ingresos, que contrastaba
con las limitadas responsabilidades institucionales en el cuidado de la salud de los ni-
ños, de los residentes en el área rural y de los grupos de menores ingresos.

Los hechos demostraron que las intenciones reales de las políticas sociales populistas
eran las de satisfacer las demandas de las agrupaciones populares, laborales y territoria-
les con mayor presencia en el escenario político, antes que atender de manera igualita-
ria o equitativa a los requerimientos de la ciudadanía. En un contexto de escasos recur-
sos frente a tales requerimientos, se aplicaron políticas diferenciadas en la prestación y
en el financiamiento de los servicios sociales con fines de mayor gobernabilidad. Para
asegurar el apoyo político de sus bases sociales y cooptar los actores sociales emergen-
tes se mantenía o se incrementaba aquella dispersión institucional, en tanto que de esta
manera se podía garantizar la prestación de mejores servicios – en términos de cobertu-
ra, de calidad y de costo – a esas bases y actores sociales. Comportamiento guberna-
mental que marginó o postergó a la población rural, especialmente indígena, de la pres-
tación de los servicios sociales básicos.

Mayor gasto en salud y crecimiento del Sector Público en Salud

El gasto público en salud efectuado por el Gobierno Central se incrementó de manera


significativa en el país durante casi todo este período, sobre todo a partir del año 1956,
con la creación del Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social. El gasto en salud
(medido en dólares a precios del mercado) administrado por el MSPAS se fue elevando
de un monto inicial de 4,2 millones en 1945, a otros de 23,6 millones en 1956, y de
68,3 millones en 1968 [2, 27]. A este gasto del Gobierno Central habría que sumarle los
efectuados en prestaciones de salud por las entidades del Subsector Público
Independiente, especialmente por los Seguros Sociales, y de los Gobierno Locales.

Como consecuencia de ese mayor gasto, al final de este período, el Sector Público
Nacional en Salud se había convertido en el mayor propietario de los medios de
producción de los servicios médico-sanitarios en el país, y el mayor empleador de la
fuerza de trabajo médica disponible. Pero tales cambios, solo habían beneficiado a los
grupos laborales urbanos y, desde la década de 1950, a la población urbano-marginal
hacinada en las “barriadas”; debido a que obedecían a políticas clientelísticas o de
cooptación. Además, los gastos de inversión se habían orientado a crear medios de
producción de carácter asistencial, especialmente hospitalarios, sin haberse previsto el
financiamiento futuro de sus costos operativos y de mantenimiento. De todas maneras
en comparación con los alcances de la política social aplicada por el Estado Oligárquico
en el período anterior, la instrumentada en estos años aparecía como progresista.

152
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

4.8. EVENTOS INTERNACIONALES Y COOPERACIÓN


EXTERNA: 1935-1968

Saneamiento ambiental

Los principales eventos internacionales que orientaron a las acciones de saneamiento


ambiental en la Región de las Américas durante el subperíodo 1935-1969 fueron, cier-
tamente, las organizadas y promovidas por la Oficina Sanitaria Panamericana, ahora
Organización Panamericana de la Salud, agencia regional de la Organización Mundial
de la Salud (OPS/OMS).

En la Tercera Conferencia Panamericana de Directores Nacionales de Salud, celebrada


en 1936, las deliberaciones se centraron en los temas prioritarios de saneamiento urbano
y rural, abastecimiento de agua y leche salubres, así como la higiene industrial. En 1937
la Oficina contrató a un ingeniero sanitario, el Ing. Donald L. Snow; quien fue nombra-
do Jefe de la nueva Unidad de Ingeniería Sanitaria, con sede en Washington. Poco des-
pués, esta Unidad disponía de cuatro ingenieros sanitarios que viajaban por toda la Re-
gión para asesorar a los gobiernos en el campo de la especialidad.

También a iniciativa de la Oficina, la I Conferencia Regional de Ingeniería Sanitaria se


efectuó en Río de Janeiro y en junio de 1946; al final de la misma se propuso la creación
de una asociación permanente de ingenieros sanitarios. La aprobación de esta propuesta
se produjo en la II Conferencia Regional Interamericana de Ingeniería Sanitaria (Cara-
cas, octubre de 1946), cuando fue creada la Asociación Interamericana de Ingeniería
Sanitaria (AIDIS). Pronto se constituyeron los Capítulos Locales de AIDIS, de modo
que, a fines de 1947, existían Secciones Locales en casi toda América, con más de mil
miembros. La Sección Peruana se fundó en 1949. De AIDIS han nacido valiosas suge-
rencias y propuestas relativas al mejoramiento del ambiente que la OPS/OMS y los go-
biernos han recogido y han llevado a la práctica [65].

Una de las metas más específicas y directas de la Carta de Punta del Este de 1961 fue la
propuesta para el saneamiento ambiental: “suministrar agua potable y servicios de al-
cantarillado por lo menos al 70% de la población urbana y al 50% de la población rural
en el próximo decenio, como mínimo”. De esta manera se reconocía plenamente la im-
portancia de esta meta para la salud de la población y el desarrollo económico de la
América Latina. El reconocimiento de esta importancia se reiteraría en la Declaración
de los Presidentes de 1967[66], donde se insta a:

“la aceleración de los programas de abastecimiento de agua potable, alcantarillado y otros


servicios esenciales para el saneamiento de agua potable, alcantarillado y otros servicios
esenciales para el saneamiento del ambiente urbano y rural, dando preferencia a los secto-
res de más bajos niveles de ingreso. Con base en los estudios realizados y con la coopera-
ción de los organismos internacionales de financiamiento se utilizarán sistemas de fondos
rotatorios nacionales que aseguren la continuidad de estos programas” (OPS, 1968, p. 34).

En las tareas que demanda el cuidado de la Salud Ambiental, el Perú contó durante el
período 1935-1969 con la cooperación de diversas entidades internacionales, entre las
cuales se deben destacar – además de la OPS y la AIDIS – al Banco Interamericano de
Desarrollo (BID), creado en 1959, y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fo-
mento (BM). El primer préstamo del BID fue otorgado al Perú para el proyecto de me-
joramiento del abastecimiento de agua y alcantarillado de la ciudad de Arequipa, que

153
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

estuvo a cargo del Ing. Jorge Pflucker. También fue importante, en los campos operati-
vos y de capacitación, la cooperación de la Fundación Rockefeller y el Instituto de
Asuntos Interamericanos, a través del SCISP [67].

En el quinquenio 1961-1965, el BID concedió préstamos por cerca de US$ 12,5 millo-
nes, para obras de agua potable, y US$ 1,2 millones para obras de alcantarillado en el
Perú. A su vez, la USAID y el EXIMBANK aportaron US$ 8,6 millones y US$ 6,6 mi-
llones, respectivamente, para programas de agua y alcantarillado; y el gobierno peruano
concedió US$ 13,5 millones como fondo de contrapartida. La población beneficiada se
estimó en 2’930.000 personas [67].

Conferencia sobre la conservación de los recursos naturales

La visión del aprovechamiento racional de los recursos naturales tomó un nuevo impul-
so en 1949, en la Conferencia de las Naciones Unidas (NU) sobre la Conservación de
los Recursos Naturales, convocada para intercambiar experiencias y hacer recomenda-
ciones para la reconstrucción de las áreas devastadas por la Segunda Guerra Mundial.
En ella se determinó la competencia de las NU sobre los asuntos ambientales y condujo
en este sentido a las siguientes Conferencias de Estocolmo y Río de Janeiro. Después
de esa conferencia, en la cual participaron varios países de Latinoamérica, las Naciones
Unidas y sus agencias desarrollaron actividades que condujeron a diversos tratados, al-
gunos de ellos ratificados por los países de la región [68].

En la década de los cincuenta se modernizaron o crearon agencias gubernamentales para


la gestión de los recursos naturales renovables, en el contexto del paradigma del protec-
cionismo económico que predominó en la región desde la posguerra hasta la mitad de
los años ochenta. Asimismo, la OEA, en el marco de la Alianza para el Progreso, pro-
movió el enfoque del planeamiento y ordenamiento de cuencas hidrográficas, a través
de proyectos nacionales y multinacionales. El uso racional de agua se planteó como
prioridad y con ello se dio impulso a la llamada agenda azul [68].

4.9. FUNDAMENTOS DE LA SALUD PÚBLICA Y LA PROTECCIÓN


AMBIENTAL: 1935-1968

En el mundo occidental

Desde la segunda mitad del período anterior, miembros de la comunidad médica del
mundo occidental comenzaron a presentar argumentos sobre las limitaciones de una
Epidemiología que por su carácter naturalista, impedía su utilización para el estudio de
“patologías sociales”, generadoras de desigualdades y conflictos. Las debilidades teóri-
cas de la Epidemiología de Frost y Stallybrass ya estaban evidenciadas, y la aplicación
de los postulados de Koch había perdido su rigidez cognitiva inicial. Se proponía retor-
nar al punto de vista holístico de la Salud Pública, entendiendo a la salud sobre la base
de las relaciones entre el hombre y los diversos elementos de su ambiente. Es desde esa
posición contrahegemónica que, a partir de la década de 1930, el concepto de “homeos-
tasis” había comenzado a ser utilizado para definir a la salud [69].

154
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

En la década del 50, el modelo explicativo biologicista entró finalmente en crisis cuan-
do intento explicar, de manera lineal y unicausal, el origen de las enfermedades cróni-
cas, las “nuevas epidemias” de la postguerra. Además, ya existían evidencias empíricas
que vinculaban las conductas individuales con las enfermedades crónicas y se estaba
construyendo un marco teórico basado en la ideas de multicausalidad. Gordon (1950) y
Leavell y Clarck (1953) recogen esas ideas y evidencias y proponen un nuevo enfoque
de la Epidemiología, como ciencia centrada en la “historia natural de la enfermedad”.
Luego, se plantearían los conceptos de “cadena de causalidad” y de “red de la causali-
dad”, este último formalizado por Brian MacMahon. Desde la década del 60, con la in-
troducción de la computación electrónica en el campo de la Epidemiología, se comenza-
ron a utilizar modelos matemáticos que posibilitaron el análisis cuantitativo de las rela-
ciones de esos múltiples factores de riesgo [69].

En América Latina y el Perú

Al iniciarse este período, los avances de la Microbiología y de la Epidemiología de En-


fermedades Transmisibles ya habían creado al cuidado oficial de la salud de la pobla-
ción nuevos requerimientos cognitivos y tecnológicos para la protección de la salud
ambiental. Las intervenciones sanitarias sobre bacterias y vectores tenían sus funda-
mentos teóricos en el modelo explicativo biologicista, que había adquirido un dominio
casi total en las propuestas de los sanitaristas. En esos años se impulsaron, en América
Latina, los programas de lucha contra las enfermedades infecciosas (ej. la malaria) y
de saneamiento ambiental, por lo general desde los ministerios de salud, que se convir-
tieron en las entidades más características de lucha por la protección del ambiente. El
rápido proceso de urbanización fue exigiendo a los gobiernos nacionales y a las autori-
dades municipales la asignación de una mayor prioridad a la construcción de de acue-
ductos y alcantarillados y a la recolección de los residuos sólidos.

Con relación a esos nuevos requerimientos, es importante comentar lo siguiente. Creado


el MSPTPS en el Perú, el carácter interdisciplinario del cuidado de la salud colectiva y
la institucionalización de la Salud Pública hicieron necesaria la incorporación de nuevos
profesionales y técnicos a los equipos sanitarios. Con este propósito, el 21 de enero de
1937 se promulgó la Ley 8493, en la que se declara carrera pública a la función técnica
sanitaria, desempeñada por “profesionales de la Medicina y sus ramas y de la Ingeniería
sanitaria”, y se crea el Escalafón Sanitario. En este mismo sentido y por iniciativa del
director de la Escuela Nacional de Ingeniería, Ingeniero Enrique Larosa, se dispuso en
el art. 3° de la citada Ley, que “El Ministerio de Fomento dispondrá lo conveniente
para que las Escuelas de Ingenieros y de Agricultura y Veterinaria dicten cursos de
ingeniería sanitaria y de saneamiento agrario y otorguen el título respectivo a los
profesionales que deseen especializarse en estas materias” [39].

Por otro lado, Luis Mantilla Fernandini se graduaba en 1939 de ingeniero sanitario en
las universidades de Harvard y North Carolina; y al regresar al país, recibió el encargo
de la Escuela Nacional de Ingeniería para participar en la revisión del programa de for-
mación de ingenieros sanitarios que, en cumplimiento de aquella Ley, se estaba formu-
lando. Posteriormente, se le nombró catedrático de la Escuela de Ingenieros en dicha
especialidad. Terminado aquel encargo, Mantilla fue nombrado en el MSPTPS como
Jefe del Departamento de Ingeniería Sanitaria. Jefatura que le permitió contribuir en la
organización y la puesta en funcionamiento de una red nacional de servicios locales de
saneamiento ambiental orientada por nuevas concepciones sanitarias [39, 61].

155
Cap. 4. Protección ambiental…: 1935-1968, Carlos Bustíos y Col.

En el año 1940 se inició de manera efectiva la formación universitaria, en el país, del


Ingeniero Sanitario. La cual estuvo a cargo de una Sección Académica que,
sucesivamente, fue elevada, primero, a la condición de un Departamento Académico
(1955) y, finalmente, a la de Facultad de Ingeniería Sanitaria de la Universidad
Nacional de Ingeniería. La primera promoción de ingenieros sanitarios egresó en el año
1943 y formó parte de ella el Ingeniero Alejandro Vinces. Hasta el final del año 1968 se
habían graduado 299 profesionales, de los que no menos de 26 se encontraban
laborando en los servicios del MSPAS [70].

“Durante el período 1943-1959 la producción de ingenieros fue en promedio seis por año,
aumentando a 25 por año durante el período 1960-1963. En 1964 había en actividad en el
sector público un total de 83 sanitarios, de los cuales 29 estaban en el MSPAS, 49 en otras
instituciones nacionales y municipales relacionadas con aspectos de saneamiento ambien-
tal. El número que trabajaba en el sector correspondía al 41% de los graduados…”. (T.
Hall, 1967, p.172)

4.10. REFERENCIAS UTILIZADAS EN EL CAPÍTULO Nº 4

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65. Vallejo, Nilo y col. “Historia de la Oficina Sanitaria Panamericana de la Salud en el Perú”. OPS.
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______________________________________________________________________

159
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

CAPÍTULO Nº 5
SALUD AMBIENTAL EN LA SALUD PÚBLICA
DESARROLLISTA. PERÚ: 1969-1992

5.1. Contexto nacional desarrollista


Aspectos políticos: 1969-1992
Aspectos económicos: 1969-1992
La cuestión indígena y la reforma agraria
Reestructuración sectorial de la Administración Pública: 1969-1992
Proceso de urbanización en el Perú: 1969-1992

5.2. Problemas vinculados con el cuidado del ambiente: 1969-1992


Deterioro del ambiente humano en el Perú
Servicios de agua y saneamiento deficientes
Servicios de aseo urbano deficientes
Contaminación ambiental
Efectos de los desastres naturales y sociales

5.3. Marco normativo general en salud ambiental: 1969-1992


El saneamiento ambiental en el Código Sanitario, 1969
Ley General de Aguas, 1969
El derecho ambiental en la Constitución Política de 1979
Ley Orgánica de Municipalidades, 1984
Competencias sectoriales en Salud Ambiental

5.4. Institucionalidad en gestión ambiental: 1969-1992


Ministerio de Vivienda y Construcción: 1969-1992
Ministerio de Salud y saneamiento ambiental: 1969-1992
Comité Nacional de Protección del Medio Ambiente: 1985-1990
Municipalidades y saneamiento ambiental: 1969-1992

5.5. Obras y acciones en salud ambiental: 1969-1992


Respuestas al problema de la vivienda: 1969-1992
Debilitamiento de la inversión en agua y saneamiento: 1969-1992
Plan Nacional de Saneamiento Básico Rural: 1969-1992
Avances en la disposición de residuos sólidos: 1969-1992
Otras acciones de saneamiento ambiental: 1969-1992
Respuestas a los desastres naturales: 1969-1992

5.6. Crisis final del modelo sectorial de salud en el Perú

5.7. Eventos internacionales y cooperación externa: 1969-1992

5.8. Fundamentos de la política de salud ambiental: 1969-1992

5.9. Referencias utilizadas en el Capítulo Nº 5

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

5.1. CONTEXTO NACIONAL DESARROLLISTA

Aspectos políticos: 1969-1992

Desde la segunda mitad de la década de los sesenta, el proyecto político de la nueva


clase media peruana propugnaba una política intervencionista que acabara con la oli-
garquía, creando instituciones que otorgaran al Estado la capacidad de ejercer de mane-
ra efectiva y auténtica el papel de árbitro social en el territorio nacional. Por lo tanto,
promovía el cambio de las estructuras sociales y la nacionalización de la economía pe-
ruana como medios para superar el subdesarrollo económico-social y la dependencia
que el país mantenía con el capital extranjero. Este proyecto fue adoptado por impor-
tantes sectores del Ejército y de la Iglesia. Los cuales, en la medida que las tensiones
sociales crecían – provocadas por los movimientos sindicales, las invasiones en la for-
mación de barriadas, las tomas de tierras campesinas, las guerrillas del MIR – conside-
raron necesario y urgente la puesta en marcha de medidas tecnocráticas que impulsaran
“desde arriba” el cambio de estructuras sociales, sin que el “principio de autoridad” se
viera afectado.

El 3 de octubre de 1968 irrumpió en el país “por la razón de la fuerza y la fuerza de la


razón” el autodenominado Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada (GRFA),
rompiendo la alianza que el Ejército mantenía con la oligarquía desde 35 años atrás.
Ruptura que se efectuó a través de dos medidas: un paquete de políticas controlistas y
nacionalistas (control de cambios monetarios, control de precios y salarios, estatización
de las empresas extranjeras, etc.); y una reforma agraria que expropió gran parte de las
tierras de los latifundistas, las que fueron entregadas a los campesinos, liquidando defi-
nitivamente la oligarquía terrateniente y el gamonalismo.

En la primera fase del GRFA (1968-1975), bajo el comando del General Juan Velasco
Alvarado, se aplicó un Proyecto Nacionalista inspirado en una nueva concepción de Es-
tado Desarrollista y en la implantación de una reforma económica basado en la nacio-
nalización y socialización de la propiedad de los medios de producción, aunque sin
abandonar totalmente la política fiscal del pasado. Otra característica del Proyecto re-
formista era su corporativismo inclusivo, expandiendo su base popular y renunciando a
respaldar los intereses de la oligarquía nacional. Se trataba de efectuar reformas estruc-
turales para construir una “democracia social de participación plena” [1]. Durante los
primeros años de este GRFA, el Perú entró en una etapa de crecimiento económico que
duraría solo hasta el año 1974. Luego, las contradicciones internas del régimen, agrava-
das por la acumulación de errores en el manejo de lo económico y de lo político, provo-
carían una crisis económica y el término del proyecto reformista militar. Al final de esta
primera fase, el Estado controlaba la mayor parte del sistema bancario y había naciona-
lizado todas las refinerías de petróleo, la minería y las empresas de servicios públicos;
las fabricas de harina de pescado, cemento y la siderurgia.

En el año 1975, en medio de esa crisis económica, se inicia la llamada segunda fase del
GRFA (1975-1980), ahora dirigida por el General Francisco Morales Bermúdez. En esta
fase se retrocede o se abandonan las reformas establecidas en la primera. Corresponde a
los que fueron cinco años de inestabilidad económica y política, que acabarían, en lo
económico, con la adopción de un plan de estabilización ortodoxa bajo los auspicios
del Fondo Monetario Internacional (FMI); y, en lo político, con un llamado a la

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

Asamblea Constituyente y elecciones generales en 1980. El plan de estabilización intro-


dujo, además de las medidas de desmontaje de las reformas, la adopción de medidas que
encaminarían al aparato productivo hacia un modelo de promoción de exportaciones.

El 28 de julio de 1980 señaló el inicio de un nuevo régimen democrático pero también


el de la lucha armada de Sendero Luminoso contra el Estado Peruano. En lo económico,
el gobierno, presidido por el arquitecto Fernando Belaúnde Terry, adoptó inicialmente
un proyecto ortodoxo liberal, con una política que continuaba el programa de estabili-
zación y liberalización iniciada en 1978. Sin embargo, los efectos de la crisis de la deu-
da eterna y el advenimiento del fenómeno de El Niño en 1983, sumados a los de la falta
de convicción del gobierno en su propia política, provocaron una crisis económica y el
fin de ese experimento ortodoxo, con el abandono de los planes de contrarreforma ini-
ciados ocho años antes. Con relación a lo social, un hecho positivo fue el inicio de la
vigencia de la Constitución de 1979. De manera paralela al deterioro de los ingresos de
la población y del gasto social en salud, surgió como iniciativa popular las llamadas
estrategias de supervivencia, en defensa de la vida y de la salud, así como se asistió a un
incremento sorprendente de las organizaciones no gubernamentales (ONG) que pro-
mueven y apoyan esa iniciativa.

El 28 de julio de 1985, en medio de una retórica reformista y antiimperialista, un nuevo


gobierno, presidido por el Dr. Alan García Pérez, inició su gestión aplicando una polí-
tica económica heterodoxa: gasto público expansivo, subsidios generalizados, adopción
de controles de precios y moratoria explícita en el pago de la deuda externa. El resulta-
do macroeconómico de esta política fue favorable durante 1986 y 1987. Las condiciones
de vida de todos los grupos sociales mejoraron. Pero, el agotamiento de las reservas in-
ternacionales, el creciente aislamiento financiero del sector productivo, y el advenimien-
to del fenómeno inflacionario, generaron la reversión de todo este mejoramiento social,
por lo que fue necesario aplicar desde 1988 sucesivos programas de ajuste económico,
los cuales no tuvieron éxito. A inicios del año 1990, el país estaba al borde del caos
económico y político, con el terrorismo en su etapa más violenta y con el narcotráfico
en auge. La crisis nacional se reflejaba no sólo en la violencia generada por la subver-
sión, sino en la hiperinflación, el desempleo, la pobreza generalizada y la devaluación
de la credibilidad en la eficacia y en la moralidad de los dirigentes de los partidos políti-
cos tradicionales [1].

El 28 de Julio de 1990 se inició el régimen presidido por el ingeniero Alberto Fujimori.


Apenas once días después, el primer ministro de Economía del régimen anunció un
drástico plan de estabilización económica, que luego se aplicó con un altísimo costo so-
cial. El 15 de febrero de 1991, un nuevo ministro de Economía comenzó a ejecutar un
Programa de Ajuste Estructural (PAE), que estableció los cambios a realizar para inten-
tar la formación de una economía de libre mercado, sin afectar la estabilización econó-
mica y el pago de la deuda externa. Pronto se presentaron conflictos entre el Ejecutivo y
los otros poderes del Estado en relación con la aplicación del PAE. El 5 de abril de
1992, el gobierno de Fujimori, respaldado por las Fuerzas Armadas, disolvió el Con-
greso, asumió facultades extraordinarias y estableció fácticamente un autodenominado
“Gobierno de emergencia y reconstrucción nacional”, argumentando que lo hacía para
“enfrentar el terrorismo y la crisis interna por medio de la transformación del Estado y
de sus instituciones” [1].

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

Aspectos económicos: 1968-1992

Estancamiento de la economía peruana

El rasgo más destacado de la economía peruana entre el año 1969 y 1992 fue su estan-
camiento. Entre 1974 y 1988 la economía peruana creció a una tasa promedio anual de
solo 1,5%. El sector económico más golpeado fue precisamente aquél que orientó el
desarrollo desde los años 50 en adelante: la industria substitutiva de importaciones. La
tasa de crecimiento industrial descendió del 6,86% en el subperíodo 1950-1967, al
4,08% entre 1967-1974 y al 0,95% entre 1974-1988. La minería, por su parte, bajó su
tasa de crecimiento de 6,39% a 2,03% y a 3,79% en los mismos subperíodos. La agri-
cultura, declinante desde los años 50 tuvo, sin embargo, un decrecimiento más lento: de
2,39% a 1,91% y a 1,61% para dichos subperíodos. Los graves desequilibrios macro-
económicos experimentados desembocaron, al final del período, en un extraordinario
déficit fiscal (en 1990 alcanzó el 6,8 % del PBI), una devastadora hiperinflación (alcan-
zó más del 2.400 % de promedio anual durante el periodo 1986-1990) y una deuda ex-
terna que pasó a representar cerca del 56 % del PBI. Como resultado, el producto per
cápita se contrajo en una tasa promedio anual del 3,5 % [2].

Durante las décadas de 1970 y de 1980 el desarrollo minero peruano estuvo principal-
mente a cargo de empresas estatales, centradas en la exportación de metales como el
hierro, el cobre y la plata. Hasta principios de la década de 1990 el cobre, el cinc, el
plomo, la plata y el hierro representaban alrededor de 97% de las exportaciones minera-
les, lo que le permitía tener una estructura de exportaciones de minerales diversificada y
cierta estabilidad frente a las fluctuaciones de precios de los productos primarios [2].

Distribución del ingreso y la pobreza: 1969-1992

El análisis de los resultados inmediatos de las políticas redistributivas radicales de la


primera fase del GRFA – reforma agraria y comunidades laborales – han sido tratados
en un ensayo de A. Figueroa sobre la distribución del ingreso durante el período 1963-
1971. Webb comenta estos resultados, señalando que el impacto cuantitativo de todos
esos cambios fue pequeño con relación a la magnitud de las desigualdades existentes y
que, además, los beneficios habían sido mal distribuidos, en tanto la mayor parte de la
redistribución favoreció a una proporción relativamente pequeña de la población, que
en gran parte ya disfrutaba de ingresos muy por encima del promedio nacional: “De-
muestra que las reformas transfieren el ingreso dentro del 25% más rico de la población
y, además que sólo transfieren el 2 ó 3% del ingreso nacional” [3].

Posteriormente, estudios de Escobal y Agüero (1995, p. 10) [4] – comparando datos de


ENNIV 1985-86 con los del año 1991 – muestran que entre 1985 y 1991 se asistió a
una caída sustancial de los distintos indicadores de consumo. La caída del gasto social
per cápita al final de ese sexenio habría sido, en promedio, de 45%, no siendo inferior al
25% en ningún decil. Además, la caída relativa de ese gasto habría sido mayor en los
estratos de altos ingresos que en los deciles más pobres. Por ejemplo, los tres primeros
deciles presentaban en promedio una caída del 33%, mientras que los deciles más ricos
caían en más del 42%. Debido a esa reducción “progresiva” del gasto agregado, el coe-
ficiente de Gini disminuyó de 43% en 1985 a 41% en 1991. Sin embargo, en este últi-

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

mo año el 20% más rico concentraba el 46,6% del ingreso en el Perú, mientras que el
50% más pobre recibía solo el 21% [5, 6].

Por otro lado, los indicadores de pobreza estimados por GRADE a partir de los datos
de la Encuesta Nacional de Consumo de Alimentos (ENCA) 1971-1972 y los de la En-
cuesta Nacionales de Niveles de Vida (ENNIV) 1985-86 y 1991[5], nos muestran que
la pobreza (medida a través de líneas de pobreza comparables) ha tenido un comporta-
miento pautado por la dinámica económica. Primero, con un decrecimiento de la po-
breza entre 1972 y 1986, que coincide con los primeros años del régimen aprista y,
luego, un incremento de 16 puntos, coincidente con la crisis económica iniciada en el
año 1987 y agravada con el shock económico de 1991. En este último año, la pobreza
se había extendido: es así, por ejemplo, que “si analizamos, los hogares por niveles de
pobreza y carencia en Lima Metropolitana para los años 1985, 1990 y 1991, nos damos
cuenta que la pobreza se ha masificado, durante 1985 el 16% de los hogares consumían
por debajo de la línea de la pobreza, en 1990 el 44,4% y para 1991 el 48,9%” [4],

La cuestión indígena y la reforma agraria

La Reforma Agraria fue uno de los principales propósitos de las guerrillas de 1965, pero
éstas, al no recibir el apoyo campesino, fueron derrotadas militarmente por las Fuerzas
Armadas. Pocos años después, durante la primera fase del GRFA se aplicó una política
pro-indígena: se oficializó la lengua quechua, se proclamo la primera ley de comuni-
dades nativas y campesinas que permitía titular tierras indígenas, y se realizó una refor-
ma agraria de gran magnitud disolviendo las grandes propiedades agrícolas a nombre de
las comunidades campesinas. La intención era poner a fin a la secular explotación del
indígena campesino. De manera concordante con este sentido de la reforma, las “comu-
nidades indígenas” comenzaron a denominarse “comunidades campesinas y nativas”.

Pero los resultados económicos de la reforma agraria estuvieron muy lejos de los espe-
rados. Indicadores de este fracaso fueron, como es conocido, el decrecimiento significa-
tivo de la producción agropecuaria, la masificación de la emigración de campesinos ha-
cia la ciudad, y el incremento de las importaciones de alimentos. No obstante, un resul-
tado importante de ésta y otras reformas del GRFA fue la liquidación de la arcaica oli-
garquía terrateniente y financiera – el núcleo del grupo que Carlos Malpica denominó
“los dueños del Perú” –, así como de los viejos enclaves extranjeros. Hechos que contri-
buirían de manera significativa a modernizar la economía nacional.

El historiador Nelson Manrique [7], hace un comentario sobre las barreras que impidie-
ron, primero, la consolidación de las reformas de la primera fase del GRFA y, luego, el
escaso éxito de las medidas que los siguientes gobiernos trataron de aplicar para su-
perar la postergación o marginación de los campesinos andinos y selváticos.

“Las bases objetivas sobre las cuales históricamente se había producido y reproducido
el orden oligárquico habían sido removidas. Pero las mentalidades y el imaginario oli-
gárquico sobrevivieron al fin de la oligarquía. El racismo y el corporativismo seguían
vivos en las subjetividades y cerraban a los imprescindibles cambios que la realidad
demandaba. Los intentos de abrir la estructura social a la movilidad social fueron resis-
tidos por esas cárceles de larga duración que son las mentalidades. Y la incapacidad de
abrir el camino para el despliegue de la nueva realidad sentó las bases para el estallido
en los año ochenta de una de las peores crisis de la historia peruana” (N. Manrique,
2004 p. 50)

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

A pesar de aquellas barreras, la instauración de una ciudadanía campesina, basada en el


reconocimiento de derechos de propiedad de la tierra, permitiría en la Constitución de
1979 la aprobación del voto universal, sin exclusión de analfabetos, así como la auto-
nomía de las comunidades y las organizaciones campesinas. Diez años después de apro-
bada esa Constitución, el Perú suscribiría el Convenio 169 de la OIT (1989), que es el
instrumento jurídico de carácter internacional que protege, promueve y propaga los de-
rechos humanos, laborales y económicos de los pueblos indígenas.

No obstante esos avances normativos, entre 1980 y 2000, durante la guerra del Estado
Peruano contra Sendero Luminoso: "el 75% de las víctimas fatales del conflicto armado
interno tenían el quechua u otras lenguas nativas como idioma materno" y de la totali-
dad de víctimas reportadas, “el 79% vivía en zonas rurales y el 56% se ocupaba en ac-
tividades agropecuarias" (Conclusiones Generales de la CVR, p. 1) [8],

Reestructuración sectorial de la Administración Pública: 1969-1992

Cambios en la organización de la actividad pública

Casi todo el período analizado corresponde al del ordenamiento de las entidades públi-
cas a partir de la definición y delimitación de los ámbitos sectoriales de la actividad pú-
blica. Ordenamiento que obedeció a lo dispuesto en el artículo 20º de la Ley de Ministe-
rios, Decreto Ley Nº 17271, dado el 3 de diciembre de 1968 [9]. Ley que, iniciando la
ejecución del Plan de Reestructuración Integral de la Administración Pública, delimitó
sectores de actividad pública, cada uno con un ámbito particular en el que se ubicaba un
ministerio, así como organismos públicos descentralizados y empresas públicas. En es-
ta nueva norma, se define al Ministerio como la institución central de cada Sector, y
al Ministro como el funcionario que le compete la función primordial de dirigir el Sec-
tor, de acuerdo con una política previamente establecida. “Cada Ministro formula y di-
rige la política que corresponde a su respectivo sector en armonía con la política general
y los planes de gobierno” (art. 10º). En el treceavo considerando de esta Ley, se elimi-
na el Ministerio de Fomento y Obras Públicas, con el fin de mejorar la ubicación de sus
distintas dependencias en nuevos ministerios especializados, los cuales son creados por
esta norma; entre ellos, el Ministerio de Vivienda y Construcción. Además, el Ministe-
rio de Salud Pública y Asistencia Social fue reemplazado por el Ministerio de Salud.

En la misma norma se crean los Sistemas Administrativos de “equilibrio” y de “apoyo”,


horizontales a los Sectores, con la finalidad de racionalizar la acción pública; aunque, en
la realidad nacional, estos sistemas adquirirían pronto las características burocráticas y
centralistas que pretendían corregir en las entidades públicas. El Sistema Nacional de
Planificación, con sus planes globales y sectoriales a mediano y corto plazo, adquirió
especial relevancia durante la gestión del GRFA. El Jefe del Instituto Nacional de Plani-
ficación (INP), órgano central de este sistema, participaba en el Consejo de Ministros,
con voz pero sin voto.

Posteriormente, al inicio del segundo Gobierno de Belaúnde, el Decreto Legislativo Nº


217, Ley del Poder Ejecutivo, promulgado12 de junio de 1981[10], deroga al Decreto
Ley Nº 17271, pero manteniendo al Ministerio de Salud y al Ministerio de Vivienda,
con sus funciones sectoriales anteriores. En su art. 18º se precisa que “Los Ministerios
son los organismos administrativos del Poder Ejecutivo que formula, ejecutan y super-
visan la política general del Estado, dentro de su ámbito de competencia y que tienen a

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

su cargo los servicios públicos en los asuntos que les corresponden, así como la supervi-
sión y control de los organismos públicos descentralizados y de las empresas estatales
del Sector o Sectores que les compete”.

El 28 de marzo de 1990, cuatro meses antes de finalizar el gobierno de Alan García, se


promulga el Decreto Legislativo Nº 560, Ley del Poder Ejecutivo [11], en cuyo artículo
19º se precisa que los Ministerios son organismos del Poder Ejecutivo que formula, en
coordinación con los Gobiernos Regionales, las políticas sectoriales de su competencia.
Su promulgación tan tardía, sólo se explica por la necesidad formal de concordar la or-
ganización y competencias del Gobierno Central con las recientes disposiciones del
Texto Único Ordenado de la Ley de Bases de Regionalización y de las leyes orgánicas
de creación de las Regiones. Entre los ministerios identificados en la norma se encuen-
tran el Ministerio de Salud y el Ministerio de Vivienda y Construcción.

“Los Ministerios son organismos administrativos del Poder Ejecutivo que formula, en
coordinación con los Gobiernos Regionales, las políticas sectoriales de su competencia
Les corresponde dictar las normas sectoriales de alcance nacional en los asuntos de su
competencia y prestar a través de los organismos públicos descentralizados que se reser-
van expresamente el nivel central de Gobierno, bienes y servicios sectoriales; así como
supervisar y evaluar la ejecución de las políticas sectoriales. Tiene a su cargo la supervi-
sión y control de las instituciones públicas descentralizadas que conformen el Sector co-
rrespondiente. Asimismo ejecutan las acciones e inversiones en los casos que le son re-
servados al Gobierno Nacional”. (art. 19 del D. Legislativo Nº 560)

Proceso de urbanización en el Perú: 1969-1992

Urbanización y sistema de ciudades

El proceso de urbanización siguió configurando desigualdades que dependen de las dis-


tintas posiciones de las diversas áreas territoriales dentro del proceso de transformación
y modernización del aparato productivo nacional. Proceso orientado durante este perío-
do por un modelo económico desarrollista, dentro de las posibilidades ambientales que
les ofrecía el territorio nacional. Este modelo, caracterizado por una activa interven-
ción estatal en la economía y por favorecer en el país una industrialización orientada a
sustituir importaciones, entró en crisis al final de la década de 1980 [12].

La dinámica demográfica de este proceso de urbanización comenzaba a perder paulati-


namente de intensidad. Después del período intercensal 1961-1972, en el que la tasa de
crecimiento urbano promedio alcanzó al 5,1%, este índice comenzó a decrecer en los
siguientes períodos: 3,6% en el de 1972-1981, y de 2,8 en el de 1981-1993. En el año
1940, el 35,39% del total de peruanos residía en el área urbana, mientras que en el año
1993 esa proporción se había duplicado (70,11%) [13].

Sin embargo de esa declinación, a partir de 1980 la migración interna del campo a la
ciudad tomó un nuevo impulso debido a la coincidencia de dos fenómenos coyunturales:
(i) el fracaso de un modelo desarrollista y centralizador, que privilegió la economía de
la capital y la costa sobre la del resto del país; y, (ii) el conflicto armado interno, que
provocó el desplazamiento forzoso de grandes contingentes de campesinos andinos a
ciudades que presentaban mayores niveles de seguridad [13].

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

En este proceso de urbanización, el sistema de ciudades, compuesto por los conglome-


rados de 20 mil y más habitantes, tuvo entre 1940 y 1993 una notable ampliación, pa-
sando de diez a 61 ciudades, respectivamente. En el período intercensal 1981-1993 el
sistema de ciudades se incrementó de 47 a 61 conglomerados [13].

Situación de los “Pueblos Jóvenes”: 1969-1992

En la década de 1970, las ocupaciones de suelo se efectuaban en terrenos reservados


por el Estado para las nuevas barriadas, ahora denominadas oficialmente “Pueblos Jó-
venes”. La legislación peruana había consagrado esta política desde el año 1961, cuando
se establecieron claros procedimientos de lo que hasta ahora se llama en el Perú proce-
sos de “saneamiento físico y legal” de esos terrenos (leer más adelante en 5.6). El orden
urbanístico ya existía en esas urbanizaciones “espontáneas”. Sin embargo, recién a fines
de los años ochenta, se iniciaría en el país la discusión acerca de los títulos de propiedad
referida específicamente al suelo de esos terrenos. En el caso de Lima, la mayoría de
pueblos jóvenes existentes ya contaba con títulos otorgados por la municipalidad, pero
las familias aún no los podían inscribir en los Registros Públicos [14, 15].

Además, de acuerdo a los estudios de Matos Mar [16], el crecimiento de los pueblos jó-
venes y de su población siguió siendo muy alto en la Lima de esos años. En 1990, el
número de barriadas sobrepasaban el millar, con una población de 3,3 millones de habi-
tantes. La proporción de esta población con relación a la total de Lima Metropolitana
continuaba elevándose: 17,2 % en 1961; 24,4% en 1972; 36,4% en 1981; y, 51,4% en
1990. Matos concluye diciendo que si a esta última cifra se suma la de los pobladores
de tugurios y de barrios tradicionales en deterioro, de igual o parecido origen migrante,
el 85% de la población de Lima Metropolitana vive en espacios urbano de dudosa salu-
bridad. Por último, el autor nos informa que en las demás principales ciudades del Perú
también continuaba incrementándose el número de pueblos jóvenes; nueve ciudades que
en la década de 1970 casi no tenían pueblos jóvenes, vieron el surgimiento y la expan-
sión de éstos en la década de 1980.

“Así, en 1986, Arequipa tenía 93 barriadas, con 42,845 habitantes; Chiclayo 54 y 27,866
habitantes; Chimbote 50, con 27,476 habitantes; Cuzco 32, con 6,095 habitantes; Huanca-
yo 13 y 2,242 habitantes: Ica 17, con 27,534 habitantes; y finalmente Trujillo con 32 ba-
rriadas que reunían a 38,394 pobladores”. (J. Matos Mar, 1990, p. 11)

5.2. PROBLEMAS VINCULADOS CON EL CUIDADO DEL


AMBIENTE: 1969-1992

Deterioro del ambiente humano en el Perú

Deterioro y áreas ambientales críticas, 1986

En el año 1986, la Oficina Nacional de Evaluación de Recursos Naturales (ONERN)


presenta los resultados de sus estudios sobre la situación ambiental en el Perú en un do-
cumento denominado Perfil Ambiental del Perú (ONERN – AID) [17]. En el último
párrafo del Prólogo del citado documento se afirma lo siguiente: “Para concluir debe-
mos decir que el Perfil Ambiental del Perú demuestra que nuestro país está confrontan-
do altos niveles de deterioro (ambiental) con inequívocas tendencias a la agudización, al

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

punto que ya vienen comprometiendo la producción y productividad de amplios eco-


sistemas en nuestros cuatro grandes espacios, incluido el mar entre ellos”.

Para fundamentar esa afirmación se argumenta que ese deterioro mantiene una estrecha
relación con el estilo de desarrollo nacional, caracterizado históricamente, desde la épo-
ca colonial, por sustentarse en una selectiva explotación de recursos naturales dentro de
un modelo exportador primario impuesto por la economía del mercado. Estilo de desa-
rrollo que determinó una estructura productiva nacional, con una peculiar dinámica y
funcionalidad que motiva un diferente y deficiente aprovechamiento de los recursos na-
turales, ocasionando una degradación o agotamiento de los mismos, así como el des-
equilibrio y cambios sustanciales en la estructura de los ecosistemas naturales. A estas
causas vinculadas con el estilo de desarrollo, se añade la alta frecuencia de desastres na-
turales que contribuyen a dicho deterioro, debido a la destrucción de viviendas, equipa-
miento urbano e infraestructura productiva que provocan [17].

Paralelamente a esa afectación de los recursos físico-biológicos, los impactos ambienta-


les de dicho estilo de desarrollo también se manifiestan en el incremento progresivo de
los diferenciales en las condiciones de vida y de salud de los distintos estratos sociales
de la población nacional, afectando con mayor severidad a la rural y a la de menores
ingresos. Entre los indicadores de este deterioro están la insuficiente cobertura y la defi-
ciente calidad de los servicios esenciales y del equipamiento urbano.

En el capítulo 3 de esa publicación, “Identificación de las Áreas Ambientales Criticas”,


se destaca la existencia en el país de diez “espacios territoriales en donde se concentran
e interactúan diversos impactos ambientales perjudiciales que degradan (en forma mani-
fiesta) la capacidad productiva de los recursos naturales, comprometiendo el desarrollo
y la calidad de vida de la población”. La ubicación regional de estas áreas críticas es la
que sigue. Tres en la Costa: Tumbes-Piura; Chillón-Rímac-Lurín; e, Ilo-Locumba.
Tres en la Sierra: Cajamarca; Pasco-La Oroya; y, Puno. Dos en la Selva Alta: Huallaga
Central-Bajo Mayo; y, Selva Central. Dos en la Selva Baja: Pastaza-Tigre-Amazonas;
y, Madre de Dios [17].

Tugurización de la vivienda

La Oficina Nacional de Evaluación de Recursos Naturales (ONERN) [18], informaba


que el avance de la tugurización de la vivienda en esos años se evidenciaba en las capi-
tales de departamentos, especialmente en Lima Metropolitana, Trujillo, Chiclayo,
Huancayo, Arequipa y Cusco; entre las cuales destaca Lima por la completa saturación
de sus distritos más antiguos. Según los registros del Servicio de Control Urbano de la
Municipalidad de Lima, entre 1967 y mayo de 1986, 669 fincas fueron declaradas como
“ruinosas” en todo Lima, de las cuales 225 estaban ubicadas en Lima Cuadrada [19]

La misma ONERN informaba que en 1979, de las 45 ciudades más pobladas del país, el
mayor índice de densidad poblacional se ubicaba en los tugurios de Huancayo, con 7,8
habitantes por vivienda. Además, que los datos de una encuesta realizada en 1981 por
el MVC – en 471 familias de Lima Metropolitana residentes en 21 tugurios – informa-
ban lo siguiente: siete de los tugurios eran callejones, cuatro solares y los diez restantes
eran quintas y edificios de departamentos. Las familias muestreadas eran inquilinos le-
gales con un promedio de cinco miembros y una correspondencia de 3,4 personas por
cuarto. El 84% de los tugurios tenían servicios colectivos de agua y desagüe [18].

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Además, Hernando De Soto [20] señala que en el año 1982, del total de viviendas en
Lima Metropolitana, el 42,2% pertenece a los asentamientos informales, el 49,2% a los
barrios formales y el 8,2% restante a áreas tugurizadas. En estas últimas, las casonas
subdivididas se encontraban en pésimo estado de conservación por el tiempo que tienen
de existencia y por el excesivo hacinamiento de sus habitantes. De acuerdo con el mapa
de tugurización, en Lima las zonas de mayor hacinamiento se encuentran en Barrios Al-
tos (parte del distrito del Cercado) y el distrito del Rímac; en ellas sobrevivían aproxi-
madamente 30.000 familias que habitaban en más de 600 predios – callejones, quintas,
corralones, casonas y azoteas – con habitaciones precarias, cuyas características princi-
pales son el hacinamiento y la ausencia de servicios básicos elementales.

A partir de cifras del INEI, el Centro de Investigación Documentación y Asesoría Po-


blacional (CIDAP) [21] informaba que entre 1981 y 1993 el número de viviendas tugu-
rizadas seguía aumentado en Lima Metropolitana: de 53.646 en 1981 a 74.425 en 1993;
siendo los distritos del Cercado, la Victoria y el Rímac, los que concentraban esas vi-
viendas. Asimismo, el tamaño de la población que vivía en tales viviendas se incremen-
tó significativamente en el curso de esos años: de 241.994 en 1981 a 405.774 habitantes
en 1993. En este último año, el número de personas que vivían en tugurios, en aquellos
tres distritos, llegaba a los siguientes totales:112.992 personas en La Victoria; 101.688
en el Cercado; y 24.962 en el Rímac.

Servicios de agua potable y de saneamiento deficientes

Bajas coberturas de los servicios

Los datos de los últimos censos sobre la proporción de viviendas con conexión domi-
ciliaria para agua potable mostraban, a nivel nacional, un incremento lento pero cons-
tante de este indicador: de 21,1% en 1961 a 29,9% en 1972 y a 37,9% en 1981. El año
censal de 1981, el 59 % de las viviendas ubicadas en el área urbana tenían servicios de
agua potable y el 57% tenían alcantarillado. De manera muy distinta, en el área rural
solo el 10% del total de viviendas tenían agua potable y apenas el 0,2% disponía de
alcantarillado [22].

Durante la segunda mitad de la década de los 80 se lograron avances muy limitados en


la cobertura de la población con dichos servicios: en 1990 la prestación de agua alcan-
zaba al 78% de la población urbana, y sólo al 22% de la rural. El desequilibrio de la co-
bertura era similar para los servicios de alcantarillado y disposición de excretas: 55%
para la población urbana y 17% para la rural [23, 24]. En cifras absolutas, entre el inicio
y el final de la década del 80 el número de personas sin servicios de agua potable au-
mentó de 9,6 millones a 10,3 millones; en tanto que el número sin servicios de alcantari-
llado o de disposición de excretas se elevó de 12,3 millones a 13,2 millones [25].

El precio pagado por el agua de bebida es un indicador de las dificultades que enfrenta
la población que carece de los servicios domiciliarios de agua potable. En las zonas ru-
rales de la Región Central solamente el 3% de la población servida pagaba una tarifa
adecuada. En Lima Metropolitana y en abril de 1991, por ejemplo, mientras que la tarifa
por conexión domiciliaria cobrada por SEDAPAL bordeaba los 15 centavos de dólar
por m3 de agua, en las áreas urbano-marginales, abastecidos por camiones cisternas, se
pagaba entre tres y cuatro dólares por m3 (Del Agua-Perú, 1991) [26].

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

Deterioro de la calidad del agua de bebida

El problema de la baja cobertura de servicios de agua potable en el país, se agravaba por


la inexistencia de un programa estructurado de vigilancia y control de la calidad del
agua de bebida, a pesar de que era evidente la contaminación de los abastecimientos de
agua potable disponibles. Muchas veces los contaminantes no podían ser eliminados
por los métodos normales de tratamiento en las plantas de agua potable existentes en el
país, entre ellos los metales pesados y algunos orgánicos (PAH, pesticidas, etc.). Había
zonas, como por ejemplo en la zona norte de Lima, donde se pescaba en aguas altamen-
te contaminadas bacteriológicamente [23, 24].

El Ministerio de Salud reportó que, durante 1986-1988, en las áreas rurales de los depar-
tamentos de Junín, Huancavelica y Pasco, solamente el 33% de la población consumía
agua de buena calidad. Para la zona urbana, reportó que en la Provincia del Callao el
40% de la población consumía agua con contaminación fecal. Las fuentes de agua cru-
da se continuaban deteriorando y el agua que llegaba a las plantas potabilizadoras tenía
características inferiores en calidad a aquellas para las cuales habían sido diseñadas. Al
final del trienio se estimaba que menos del 20% de los servicios de agua urbanos y me-
nos del 1% de los rurales cuenta con desinfección permanente [24, 26].

Servicios de aseo urbano deficientes

Al final del período, la situación de los servicios de aseo urbano seguía siendo muy in-
satisfactoria, sólo se notaban algunos avances en las ciudades de mayor tamaño y un
gran atraso en las ciudades medianas y pequeñas. Los problemas de aseo urbano eran
graves a nivel de Lima Metropolitana y de las ciudades que habían tenido un crecimien-
to demográfico acelerado como Chimbote, Trujillo, Piura, Sullana, Arequipa y otras, en
las que el movimiento migratorio determinó la aparición de pueblos jóvenes y áreas
donde la situación de insalubridad era crítica. Se estimaba que en la ciudad de Lima y
para el subperíodo 1985-1987, la producción diaria de residuos sólidos podría llegar a
las 4.500 toneladas, alcanzando la recolección a unas 3.600 toneladas por día, de las
cuales solo se transportaban unas 3.000 toneladas diarias a lugares de disposición final
autorizados; o sea 1.500 toneladas por día, quedaban depositadas en la vía pública, en
terrenos baldíos y en los llamados basurales [25].

Al final de la década de 1980, en las demás ciudades del país se estaba produciendo
aproximadamente 6.800 m3 de residuos sólidos diariamente, con un porcentaje de reco-
lección de apenas el 40%. Sin considerar Lima, Arequipa y Trujillo, existían en el país
más de 300 localidades de más de 2.000 habitantes, de las cuales sólo 55 contaban con
servicios públicos de recolección de basuras. En las poblaciones de más de 10.000 habi-
tantes, casi el 90% de la disposición final se realizaba en botaderos a cielo abierto [26].

Contaminación ambiental

Incremento de la contaminación del recurso de agua

La disposición de aguas residuales sin tratamiento mediante su descarga al mar o a los


ríos y el reuso en agricultura continuaba siendo una práctica extendida. De las aguas re-
siduales menos del 5% eran tratadas antes de su descarga en ríos y playas, constituyen-

170
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

do la principal fuente de contaminación biológica y de su carga orgánica. Hacia 1989,


de acuerdo con un estudio de SENAPA, se estimaba un volumen total de descarga de
aguas residuales de los sistemas de alcantarillado domésticos, de 21,5 m3/segundo a ni-
vel nacional, de los cuales menos del 18% contaba con un sistema, aunque sea nominal,
de acondicionamiento antes de su descarga final. Por lo tanto, la mayor parte de esas
aguas contaminaban el mar, ríos y otros cuerpos receptores en que se depositaban [26].

Adicionalmente se iba extendiendo la práctica de utilizar las aguas residuales no trata-


das en la agricultura y en el lavado de verduras que se trasportaban a los mercados. En
un Informe del CEPIS-OPS/OMS de 1990, se reportó que en los mercados de Lima Me-
tropolitana 7 de cada 10 productos tenían riesgo de contaminación con entero parásitos
para los consumidores, y en 8 de cada 10 el riesgo sanitario era severo, es decir de alta
contaminación por E. Coli y presencia de salmonella. La magnitud de este riesgo para la
salud pública se manifestaría dramáticamente en febrero de 1991, con la aparición de la
epidemia del cólera [26].

Además de la contaminación derivada de los problemas de saneamiento y de aseo ur-


bano, muchos de los proyectos de desarrollo económico, especialmente en los sectores
minero e industrial, no contemplaban los efectos adversos en la salud y la ecología hu-
mana, que resultan como consecuencia de su ejecución. La gran mayoría de las cuencas
hídricas del país estaban contaminadas por descargas de concentradoras de minas. Asi-
mismo, las playas de Chimbote, de Lima y otros cursos de agua estaban contaminados
por descargas industriales, especialmente de harina de pescado. Existían descargas de
minas en el sur que afectaban las especies marinas [23, 27, 28].

Contaminación del aire

En el año 1986, la ONERN [26] informaba que la calidad del aire en el país “presenta
un progresivo deterioro”, por falta de un control efectivo de la emisión de contaminan-
tes (humos, gases, partículas en suspensión, polvos y malos olores), generados por
procesos utilizados por industrias ubicadas de manera inapropiada en el espacio urbano
y que, además, no efectúan dicho control; por la combustión de los motores de explo-
sión de las unidades de transporte; y, en menor medida, por los desechos domésticos.

Bajo esas condiciones, a lo que se agregan particulares condiciones metereológicas y


topográficas, la contaminación del aire mostraba una especial prevalencia e intensidad
en espacios territoriales tales como Pacasmayo, Chimbote, Lima, Tambo de Mora, Mar-
cona, Ilo, Yura, La Oroya y Tarma. Más aún, este deterioro ya estaba provocando una
seria perturbación ambiental en ciudades como Lima Metropolitana, La Oroya, Chimbo-
te e Ilo, principalmente [26].

Contaminación del suelo y los pasivos ambientales

La introducción en el suelo de sustancias contaminantes, ya sea directamente, debido al


uso de pesticidas para la agricultura; por riego con agua contaminada; por el polvo de
zonas urbanas y las carreteras; o por los relaves mineros y desechos industriales derra-
mados en su superficie, depositados en estanques o enterrados, se estaban incrementan-
do en el país

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

Paralelamente al desarrollo minero, los efectos nocivos que generaban las antiguas ex-
plotaciones mineras y fundiciones (pasivos ambientales mineros), diseminadas en gran-
des extensiones del territorio peruano, ya constituían un serio problema ambiental y de
salud. La mala contención de residuos y los inadecuados métodos de gestión de la
enorme cantidad de materiales peligrosos y contaminantes asociados a la explotación
minera ya habían provocado filtraciones generalizadas, vertidos de ácidos y contamina-
ción de agua, así como otros efectos perjudiciales para la biodiversidad y los ecosiste-
mas. Ejemplos de este problema era la contaminación de ciertas cuencas hídricas cla-
ves, como la del río Rímac, del Mantaro, Pisco, Madre de Dios, Llaucano y Santa. Los
riesgos de contaminación se veían agravados por la propensión del Perú a los movi-
mientos sísmicos [27, 28].

Es más, actualmente, se sabe que la acumulación de los pasivos ambientales de la anti-


gua explotación minera estaba originando efectos negativos sociales y económicos de
gran trascendencia futura, entre ellos: (i) la destrucción o degradación de tierras produc-
tivas; (ii) la destrucción o degradación de aguas subterráneas; (iii) la contaminación de
aguas superficiales por ácidos, sedimentos o sales; (iv) la degradación de medios de vi-
da dependientes de ecosistemas acuáticos por la filtración de contaminantes y sedimen-
tos contaminados; (v) cambios en el régimen de los ríos; (vi) contaminación del aire por
materia particulada y/o gases tóxicos; (vii) riesgos de seguridad por caídas en pozos y
fosas abandonadas; (viii) erosión y deslizamientos de tierra; (ix) costos de tratamiento
de problemas sanitarios; (x) desplazamientos poblacionales; (xi) rechazo social a la ac-
tividad minera. Además, las explotaciones mineras abandonadas comenzaban a ser ob-
jeto de la minería informal por mineros a pequeña escala, que carecen de formación en
materia de seguridad y normas ambientales y, en consecuencia, contaminan el medio
ambiente [27, 28].

Efectos de los desastres naturales y sociales

Los sismos

La alta vulnerabilidad del país a los desastres naturales se hizo evidente, nuevamente,
con el terremoto del 31 de mayo de 1970. Como consecuencia del movimiento, un blo-
que del nevado Huascarán se desprendió y sepultó bajo la nieve a la ciudad de Yungay.
El sismo destruyó la capital y las principales ciudades del departamento de Ancash;
calculándose que murieron 67.000 personas, que desaparecieron 20.000 y quedaron he-
ridos 150.000. Los servicios de agua potable y alcantarillado de esas localidades, y su
infraestructura urbana en general, fueron afectados en mayor o menor grado [29].

El fenómeno El Niño

De acuerdo a Lizardo Sainer [30], ocurrieron en el Perú, entre 1969 y 1992, cuatro
eventos tipo El Niño: uno calificados como “muy fuerte” (1982-1983), otro como “fuer-
te” (1972); y dos como “moderados” (1976, 1987).

El Fenómeno El Niño 1982-1983, uno de los más catastróficos sucedidos en el país,


comenzó al final de 1982 y en la zona norte del Perú, con un diluvio cuyos efectos se
prolongaron hasta más allá del noveno mes del año 1983. Paralelamente se produjeron
la sequía, en el sur del país perjudicando especialmente al departamento de Puno, así
como huaycos en la zona central del Perú. Fueron destruidas 19.946 viviendas, causan-

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

do cuantiosos daños en la infraestructura de saneamiento básico, agravándose la situa-


ción de más de 104.052 habitantes. Algunas ciudades quedaron sin agua potable por va-
rios meses. Las precipitaciones pluviales formaron en la ciudad de Piura lagunas artifi-
ciales de 209 Has. Se obstruyeron cientos de metros de línea de alcantarillado. La putre-
facción de las aguas estancadas facilitó la aparición de brotes epidémicos de enfermeda-
des digestivas y respiratorias agudas, los cuales fueron agravados por el escaso apoyo
sanitario y las limitaciones presupuestales. La situación de la zona rural fue peor por su
aislamiento total de los centros de ayuda; la asistencia médica a la población rural fue
mínima. Se calcularon las pérdidas en mil millones de dólares, que afectaron al PBI na-
cional en un 12% [31, 32, 33].

Otros desastres
.
El Dr. Ing. Vidal Taype Ramos [34] informa que durante el período 1971-1981 sucedie-
ron un total de 1.373 fenómenos geodinámicos externos: 1.161 huaycos, 95 inundacio-
nes, 106 deslizamientos y 11 aluviones. Para la década un promedio anual de 105 huay-
cos. Las inundaciones en las llanuras amazónicas y los huaycos o aluviones que ocurrían
anualmente entre diciembre y marzo continuaron produciéndose de manera devastadora;
para citar un caso, en marzo de 1989 se registraron 14 huaycos en un solo día en las que-
bradas de los ríos Santa Eulalia y Rímac, afectando asentamientos humanos en Chosica
que dejaron 6.750 afectados. Por otra parte, las sequías afectaban principalmente al sur
andino con una periodicidad promedio de 7 u 8 años (CAF, 2000, p. 186) [33]

“En un lapso de 57 años (1925-1982), se han producido 4,747 desastres naturales en el te-
rritorio nacional; de los cuales 4,300 corresponden a huaycos, 209 inundaciones, 45 a alu-
viones y 193 a deslizamientos… pudiendo apreciarse… la pérdida de vidas humanas
(46,279 personas) así como de tierras de cultivo (61,600 Ha.)… el huayco de mayor des-
trucción ocurrió el 12 de febrero de 1981, destruyendo parte de la Carretera Central… vía
férrea y campos de cultivo… estimándose los daños económicos en aproximadamente cua-
tro mil millones de soles (US$ 8’190,000)…”. (ONERN, 1986, p.219) [18]

En la década de 1980, a los desastres naturales mencionados se sumaron los derivados


de la violencia desatada por el terrorismo. La Comisión de la Verdad y Reconciliación
reporta la muerte o desaparición de 69.280 personas, 40% de ellas se concentraron en
Ayacucho, 79% fueron campesinos. Además, las poblaciones expulsadas por esa vio-
lencia provocaron un nuevo impuso migracional, con más de 600.000 desplazados asen-
tados informalmente en algunas ciudades costeras e interandinas, la mayor parte campe-
sinos y pobladores de zonas urbano marginales. Las pérdidas económicas han sido es-
timadas en 26 mil millones de dólares [8]. La inseguridad creada por el terrorismo de
esos años hizo más difícil y a veces imposible la adopción de medidas para mejorar,
ampliar o mantener las instalaciones de los servicios de saneamiento en muchas zonas
del país. El personal de trabajo de campo tuvo que replegarse a las ciudades.

5.3. MARCO NORMATIVO GENERAL EN SALUD AMBIENTAL: 1969-1992

El saneamiento ambiental en el Código Sanitario, 1969

A inicios del período 1969-1992, se aprobó el Decreto Ley N° 17505, Código Sanita-
rio, dado el 18 de mayo de 1969. En la Sección Cuarta del Libro Segundo de este Códi-

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

go se trata, en diez artículos, los asuntos vinculados al Saneamiento Ambiental [35]. En


ellos se prescribe lo siguiente:

“Artículo 143°.- El Saneamiento Ambiental comprende: (i) el control sanitario del aire,
los ruidos, las aguas, las tierras, y los desperdicios; (ii) la higiene de los locales de pro-
ducción y expendio de alimentos y bebidas; y, (iii) la lucha contra los animales y el con-
trol de los productos químicos o físicos dañinos a la salud humana”. “Artículo 147°.- Los
planes de desarrollo de las ciudades guardan estrecha relación con los aspectos de Sanea-
miento Ambiental, como son: agua potable, alcantarillado, disposición de aguas servidas,
aseo urbano, disposición de desechos sólidos y contaminación atmosférica…”. “ Artículo
148°.- Cualquier planteamiento de desarrollo de servicios relacionados con el Saneamien-
to Ambiental, cuando la magnitud y jerarquía de éstos lo justifiquen, debe ejecutarse bajo
la debida coordinación y aprobación de la Autoridad de Salud”. “Artículo 149º.- La Auto-
ridad de Salud coordina y aprueba los planes y proyectos en materia de aprovechamiento
de los recursos de agua en todos los aspectos que se relacionen con la salud pública y bie-
nestar de la colectividad” (Código Sanitario, Minsa, 1978, p. 25).

El Código Sanitario reiteraba, siete años después haberse promulgado Ley Nº 13997, de
Saneamiento Básico Rural, que los sistemas de suministro de agua potable y disposi-
ción de excretas y aguas servidas a poblaciones del medio rural constituyen aspectos
específicos de saneamiento que guardan estrecha relación con la salud.

Ley General de Aguas, 1969

A inicios del período 1969-1991 se formalizó la Ley General de Aguas, por Decreto
Ley Nº 17752 del 24 de julio de 1969 [36]. Para esta ley, las aguas, sin excepción algu-
na, son de propiedad del Estado, y su dominio es inalienable e imprescriptible. El uso
justificado y racional del agua sólo puede ser otorgado en armonía con el interés social
y el desarrollo del país (art. 1º). El orden de prioridades señala que, en primer lugar, está
el consumo de la población; luego el consumo de los animales, el del sector agrícola y,
por último, los usos energéticos, mineros e industriales.

La norma establece una división de competencias entre el Ministerio de la Agricultura y


el Ministerio de Salud; el primero a cargo de las actividades destinadas a la conserva-
ción e incremento del recurso, mientras que el segunda de las dirigidas a la preservación
del mismo. En el art. 22º de esta ley se establece la prohibición de verter o emitir cual-
quier residuo que contamine las aguas o ponga en peligro la salud humana, salvo que
haya sido sometida a tratamiento previo, y se compruebe que no causarán perjuicio. La
Autoridad Sanitaria dictará las providencias y aplicará las medidas para el cumplimiento
de esta disposición.

En lo que se refiere a la norma nacional en materia de agua potable, continuaba vigente


la establecida en la Resolución Suprema del 17 de diciembre de 1947, “Reglamento de
los Requisitos Oficiales Físicos, Químicos y Bacteriológicos que deben reunir las Aguas
de Bebidas para ser consideradas Potables”.

El derecho ambiental en la Constitución Política de 1979

Como consecuencia de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano


celebrada en Estocolmo en 1972, los países comenzaron a incorporar el derecho am-
biental en sus textos constitucionales. En el caso del Perú, el derecho de todos a vivir en

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

un ambiente saludable y la responsabilidad del Estado en la prevención y el control de


la contaminación ambiental se incluyeron, por vez primera, en el art. 123º de la Consti-
tución Política de 1979 [37].

“Art. 123.- Todos tienen el derecho de habitar en ambiente saludable, ecológicamente


equilibrado y adecuado para el desarrollo de la vida y la preservación del paisaje y la na-
turaleza. Todos tienen el deber de conservar dicho ambiente. Es obligación del Estado
prevenir y controlar la contaminación ambiental”. (Constitución de 1979)

Además, en el artículo 10º de la misma Constitución se consagra el derecho de la familia a


contar con una “vivienda decorosa”, así como se explicita, en su artículo 18º, el papel
del Estado en la promoción de la realización de ese derecho [37].

“Art. 18º.- El Estado atiende preferentemente las necesidades básicas de la persona y de


su familia en materia de… vivienda y recreación. La ley regula la utilización del suelo ur-
bano... El Estado promueve la ejecución de programas públicos y privados de urbaniza-
ción y de vivienda… apoya y estimula a las instituciones de crédito hipotecario para vi-
vienda y los programas de autoconstruccion y alquiler venta. Concede aliciente y exone-
raciones tributarias a fin de abaratar la construcción. Crea las condiciones para el otorga-
miento de créditos a largo plazo y bajo el interés”. (Constitución de 1979)

Ley Orgánica de Municipalidades, 1984

La Ley Orgánica de Municipalidades, Ley 23853, promulgada el 28 de mayo de 1984


[38], reitera la facultad de las Municipalidades para promover la adecuada prestación de
los servicios públicos locales, dentro de su jurisdicción. En su art. 66º, señala que, entre
las funciones de las Municipalidades Provinciales están las de: normar y controlar las
actividades de saneamiento ambiental; difundir programas de educación ambiental;
normar y controlar el aseo, higiene y salubridad en establecimientos comerciales, indus-
triales, viviendas, escuelas, piscinas, playas y otros lugares públicos; instalar y mantener
servicios higiénicos y baños públicos; realizar campañas de saneamiento rural y control
de epidemias; establecer medidas de control de ruido del tránsito y de los transportes
colectivos; ejecutar el servicio de limpieza pública, ubicar las áreas para la acumulación
de basura y/o el aprovechamiento industrial de desperdicios; controlar la sanidad ani-
mal. Asimismo, en su art. 77º prescribe que las Municipalidades Distritales son compe-
tentes para sostener o supervigilar, por lo menos, los siguientes servicios públicos esen-
ciales para la comunidad: abastecimiento de agua potable y desagüe; mercados de abas-
to; camal o matadero; limpieza de vías públicas; cementerios. Por último se explicita, en
su art. 10º, que entre las competencias de las Municipalidades están las de organizar los
servicios públicos locales, así como contratar la ejecución de servicios públicos que no
administre directamente, para promover la adecuada prestación de dichos servicios den-
tro de su jurisdicción.

Competencias sectoriales en Salud Ambiental

En la Ley de Ministerio y las Leyes Orgánicas: 1968-1981

En el Decreto Ley 17271 se cambia la denominación del Ministerio de Salud Pública y


Asistencia Social (MSPAS) por la del Ministerio de Salud (MINSA), con el fin de for-
malizar la ampliación de su ámbito de autoridad en salud, más allá del campo público
[9]. A partir de este dispositivo general, se promulga, con fecha 21 de marzo de 1969,

175
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

el Decreto Ley Nº 17523, Ley Orgánica del Sector Salud, [39], donde se reitera que co-
rresponde al Ministerio de Salud: planear, dirigir, coordinar y controlar las actividades
de salud y de asistencia social del Sector Público, y orientar, regular y estimular las ac-
tividades privadas del Sector Salud. Entre esas actividades se encuentran las correspon-
dientes al saneamiento ambiental, así como otras vinculadas con la promoción y la pro-
tección de la salud ambiental.

En el mismo Decreto Ley 17271 se crea el Ministerio de Vivienda y Construcción


(MVC), a partir de la Dirección de Obras Públicas del desactivado Ministerio de Fo-
mento, señalándose que a este Sector le corresponde todo lo relacionado con el fomento
y el mejoramiento de las condiciones de vivienda de la población, la remodelación y
planificación urbana, los estudios e investigaciones tendientes a orientar el desarrollo de
la construcción en el país, y el impulso de los programación de promoción comunal.
Luego, el mismo 21 de marzo de 1969 se promulga el Decreto Ley 17528, Ley Orgáni-
ca del Sector Vivienda y Construcción [40], donde se precisan sus competencias, a
nivel nacional, “en materia de planificación urbana, la programación de la expansión
urbana, la organización y prestación de servicios públicos de agua potable, renovación
urbana, adjudicaciones de terrenos con fines de vivienda, las habilitaciones urbanas, las
edificaciones, titulación de asentamientos humanos y el propio control urbano.

En el Decreto Legislativo Nº 217, Ley del Poder Ejecutivo, 1981-1990

Posteriormente, el 12 de junio de 1981, al inicio del segundo Gobierno de Belaúnde, se


promulga el Decreto Legislativo Nº 217 [10], que deroga al Decreto Ley Nº 17271, pero
manteniendo al Ministerio de Salud (MINSA) y al Ministerio de Vivienda y Construc-
ción, con sus funciones sectoriales anteriores ampliadas.

“Corresponde al Ministerio de Salud planificar, organizar, coordinar y controlar la política


nacional de salud… Organiza el Sistema Nacional de Salud descentralizado y desconcen-
trado para la atención integral de la salud” (Art. 26). “Corresponde al Ministerio de Vi-
vienda las actividades vinculadas con el desarrollo urbano, el medio ambiente y la edifi-
cación que comprende la construcción de vivienda, obras de infraestructura sanitaria y
servicios complementarios” (art. 29º D. Leg. 217 ).

En el Decreto Legislativo Nº 560, 1990

Al final del Gobierno de García, se formaliza por Decreto Legislativo Nº 560, del 28
de marzo de 1990, una nueva Ley del Poder Ejecutivo [11], que deroga la anterior. En
la nueva norma se mantienen a los Ministerios de Salud y de Vivienda y Construcción,
ahora con funciones fundamentalmente normativas, debiendo coordinar sus planes y
programas con los nuevos Gobiernos Regionales.

“Art. 27.- Corresponde al Ministerio de Salud formular y evaluar las políticas de alcance
nacional en materia de salud y supervisar su cumplimiento. Norma las actividades de
promoción, protección y recuperación de la salud y de la rehabilitación. Ejecuta las co-
rrespondientes al cuarto nivel de atención. En coordinación con los Gobiernos Regionales,
formula los planes y programas que le corresponden en las materias de su competencia”.
“Art. 30º.- Corresponde al Ministerio de Vivienda y Construcción formular, evaluar y su-
pervisar las políticas de alcance nacional en materia de normalización, investigación,
desarrollo urbano y edificación. Igualment6e formula normas sobre protección del medio
ambiente y el patrimonio público de la Nación…. En coordinación con los Gobiernos Re-

176
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

gionales, formula los planes y programas que le corresponden en las materias de su com-
petencia. (Decreto .Legislativo Nº 560).

5.4. INSTITUCIONALIDAD EN GESTIÓN AMBIENTAL: 1969-1992

La dispersión institucional en la gestión ambiental continuó existiendo en el país, no


obstante que en los años 1982 y 1985 se había constituido, respectivamente, el Comité
Nacional de Coordinación de Saneamiento Básico (CONCOSAB) y el Consejo Nacio-
nal de Protección del Medio Ambiente para la Salud (CONAPMAS). Al final del pe-
ríodo, los principales responsables de la ejecución de la política de dotación y adminis-
tración de los servicios de saneamiento del área urbana seguían siendo el Ministerio de
Vivienda, el SENAPA, las Corporaciones, los Gobiernos Municipales y otras empresas
públicas de saneamiento. El Ministerio de Salud, por su parte, siguió hasta 1990 a cargo
del saneamiento básico rural.

Ministerio de Vivienda y Construcción: 1969-1992

El Ministerio de Vivienda y Construcción (MVC) se crea en marzo de 1969, compar-


tiendo algunas atribuciones con el Sistema Nacional de apoyo a la Movilización Social
(SINAMOS) como la titulación de terrenos en los asentamientos humanos. Se le asignó
“competencias, a nivel nacional, en planificación urbana, la programación de la expan-
sión urbana, la organización y prestación de los servicios públicos de agua potable, re-
novación urbana, adjudicaciones de terrenos con fines de vivienda, las habilitaciones
urbanas, las edificaciones, la titulación de asentamientos urbanos y control urbano”. La
Dirección General de Obras Sanitarias (DGOS), como órgano ejecutivo del nuevo
MVC, estaba encargada de dictar las normas generales y ejecutar planes en todos los
asuntos referentes a la promoción, diseño, construcción y administración de los servi-
cios de agua potable y alcantarillado. Además, las grandes ciudades (Lima, Arequipa,
Trujillo) tenían sus propios Empresas de Saneamiento (responsables tanto para agua po-
table como para el alcantarillado). En las áreas urbanas del resto del país los servicios
eran proporcionados por la citada DGOS, que tenía un perfil netamente constructor de
obras sanitarias en todo el país [25].

En 1977 se crean las Direcciones Regionales de Vivienda, y la DGOS pasa a ser un or-
ganismo técnico normativo y coordinador del Plan Nacional Urbano de Agua Potable y
Alcantarillado. Asimismo, se emprendió la reforma de la estructura de la administración
de 182 servicios de agua potable y alcantarillado en el país, agrupándolos en diez Ofici-
nas Zonales, de acuerdo a su proximidad geográfica. Estas Oficinas fueron las respon-
sables de administrar los diferentes sistemas de saneamiento que operaban en su juris-
dicción. Además, se les entregó la administración de las rentas de los servicios, resultan-
tes del pago de las tarifas correspondientes [25]. Poco después, buscando reactivar el
sector vivienda, se creó el Fondo Nacional para la Vivienda (Decreto-Ley Nº 22591, del
23 de enero 1979).

Luego, en el año 1981 se creó la empresa estatal Servicio Nacional de Abastecimiento


de Agua Potable y Alcantarillado (SENAPA), ubicada en el ámbito del Sector Vivienda,
que absorbió a las unidades departamentales que la DGOS poseía y a las empresas a
cargo de los servicios de Lima, Arequipa y Trujillo. De esta forma SENAPA se consti-

177
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

tuyó en una empresa estatal, que proveía de servicios de agua potable y alcantarillado a
toda el área urbana del país, a través de sus 10 unidades operativas y 15 empresas filia-
les, que tenían su sede en las ciudades con mayor desarrollo demográfico. El propósito
de su constitución era la de fortalecer las ventajas que en términos de dimensión del
mercado atendido y consecuentes economías de escala había tenido la DGOS [25]. Sin
embargo 200 ciudades del país (20%) quedaron fuera de SENAPA y administraron la
provisión de sus propios servicios.

Por Decreto Supremo Nº 068-82-VI del 21 de septiembre de 1982 se constituyó el Co-


mité Nacional de Coordinación de Saneamiento Básico (CONCOSAB), para coordinar
el desarrollo de los servicios de agua potable y alcantarillado, en marco de un Programa
de Saneamiento Ambiental a nivel nacional. Esfuerzos que realizaban los Ministerios de
Vivienda y de Salud, frente al compromiso internacional asumido por el Perú en el De-
cenio del Agua Potable y Saneamiento 1981-1990. El Comité estaba presidida por un
representante del SENAPA, e integrado, entre otros miembros, por representantes de
los Ministerios de Vivienda, de Salud y de la Presidencia, así como del Instituto Nacio-
nal de Planificación.

El CONCOSAB logró formular el Plan Nacional de Saneamiento Básico para el período


1986-1995 (PLANSAB), que tenía como objetivo alcanzar en el año 1995 niveles so-
cialmente satisfactorios de cobertura y de calidad de los servicios de agua potable y sa-
neamiento, tanto en el área urbana como en la rural. El PLANSAB fue incluido en el
Plan Nacional de Desarrollo 1986-1990, por D.S. No. 066-86-PCM del 18 de diciembre
de 1986. En el Plan Nacional se estableció que el PLANSAB sería el instrumento nor-
mativo de todas las acciones de los organismos públicos, privados e internacionales en
el campo de los servicios de saneamiento básico. Para tal efecto, se acordó instituciona-
lizar un Sistema Nacional de Saneamiento Básico, acuerdo que no llegó a concretarse.
Diversas razones de carácter socio-económico y político, como la falta de prioridad en
los niveles de decisión, la falta de los recursos necesarios, el aislamiento del mundo fi-
nanciero internacional a partir de 1985, y la crisis económica 1988-1990 entre otras li-
mitaciones, impidieron la realización de los programas contemplados en el PLANSAB.

Hasta inicios de 1990, de acuerdo al ordenamiento normativo vigente, el MVC a tra-


vés de sus dependencias, SENAPA y filiales, era el encargado de formular y ejecutar la
política y atender la prestación de los servicios de agua potable y alcantarillado en el
medio urbano, para poblaciones mayores de 2,000 habitantes. La administración local
de los servicios y saneamiento urbanos era ejercida por las Municipalidades en los luga-
res que no estaban reservados a otros organismos públicos. Por otro lado, el desarrollo
de los servicios de saneamiento básico en el medio rural continuaba a cargo del MIN-
SA. Una de las 15 empresas filiales del SENAPA era la Empresa de Servicios de
Agua Potable y Alcantarillado de Lima (SEDAPAL), creada a partir de la Empresa de
Saneamiento de Lima (ESAL) [25].

Finalmente, en abril de 1990, a través del Decreto Legislativo Nº 574 [40] se modificó
el marco normativo del MVC, tratando de adecuarlo al proceso de regionalización en
marcha. Se dispuso la transferencia, a título gratuito, de todas las empresas filiales y
entidades operativas del SENAPA a las Municipalidades Provinciales y Distritales. Por
otro lado, el órgano de línea del Ministerio, la Dirección General de Saneamiento Am-
biental, mantuvo sus funciones normativas, y su empresa estatal, SENAPA, se convir-
tió en Organismo Público Descentralizado del Sector Vivienda, conservando su rol de

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

asistencia técnica a las municipalidades “en los campos del planeamiento, programa-
ción, financiamiento, preparación de proyectos y ejecución de obras” que éstas le solici-
ten, participando, además, en la formulación de políticas, planes y programas nacionales
de saneamiento, e interviniendo en la ejecución de proyectos y obras reservadas al Go-
bierno Nacional Sin embargo a lo dispuesto en el Decreto Legislativo N° 574, com-
plementado por el Decreto Legislativo N° 601, ese proceso de transferencia fue parali-
zado durante el gobierno de Fujimori.

Ministerio de Salud y saneamiento ambiental: 1969-1991

Cambios organizativos en el campo del saneamiento ambiental: 1969-1991

Al inicio del período, en el Reglamento del Decreto Ley N° 17523 se identifica a la Di-
rección del Programa de Ingeniería Sanitaria como una dependencia de la Dirección
General de Programas Especiales de Salud del MINSA. Esta Dirección se constituye en
el órgano encargado de dirigir, coordinar y controlar el desarrollo de los programas de
saneamiento ambiental de competencia del MINSA. En la apertura programática del
Presupuesto del MINSA para el bienio 1971-1972, se identifica el Programa Presupues-
tario N° 2376. Agua Potable, Alcantarillado Rural y Promoción de Recursos de Agua; el
mismo que, seis años después, en el Presupuesto para el bienio 1977-1978, se identifica
como el N° 1108. Ingeniería Sanitaria [1, 25].

Luego, en el Decreto Legislativo N° 70 [41], de abril de 1981, se eleva el nivel adminis-


trativa de aquella estructura definiéndola como Dirección General de Medio Ambiente
(DIGEMA). Órgano de línea técnico-normativo del MINSA, formalmente encargado
de: normar, supervisar, evaluar y controlar los aspectos de protección del medio am-
biente, dentro de su ámbito de competencia; de la promoción y protección de la salud
ocupacional; del control y prevención de enfermedades susceptibles de ser transmitido
por alimentos; del control de la zoonosis y de ejecutar las actividades que a dichos as-
pectos corresponden. Para cumplir con esas funciones, la DIGEMA distinguió en su
organización cuatro unidades estructurales: la Dirección de Saneamiento Rural (DI-
SAR), la Dirección de Salud Ocupacional y Laboratorios de Medio Ambiente; la Direc-
ción de Zoonosis y Protección de Alimentos y la Dirección de Protección del Medio
Ambiente. La DISAR quedó encargaba del planeamiento y la programación de estudios
y obras para la dotación de servicios de agua potable en el área rural.

Con relación a los recursos financieros del DIGEMA y del área de Saneamiento Am-
biental en el nivel central se identificaron, en la apertura programática presupuestal del
Ministerio de Salud para el año 1984, dos programas presupuestales: el Programa ope-
rativo del Medio Ambiente, ejecutado a nivel central por DIGEMA; y, el Programa de
inversiones del Medio Ambiente, con cinco Entidades Ejecutoras Presupuestales ( Di-
rección del Medio Ambiente, Apoyo al Sector Salud I, Sistema de Agua Potable Sierra,
Plan Nacional de Agua Potable Rural y Proyecto Medio Ambiente).

En el año 1985, con ocasión de la reorganización del Ministerio de Salud, dentro del
marco del Decreto Legislativo Nº 351, la DIGEMA fue reemplazada por la Dirección
Técnica de Saneamiento Ambiental (DITESA), que asumió las responsabilidades técni-
co-normativas que en este campo le correspondían al MINSA. La DITESA debía cum-
plir tales responsabilidades vinculándose estrechamente con los Institutos Nacionales,
particularmente con el Instituto de Salud Ocupacional. Además, la Dirección de Sanea-

179
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

miento Básico Rural (DISABAR), nueva dependencia de la DITESA, quedó encargada


de normar, controlar, fiscalizar y supervisar el Plan Nacional de Saneamiento Básico
Rural, en reemplazo de la DISAR, para lo cual organizó sus actividades a través de 17
Oficinas de Saneamiento Básico Rural. En la Apertura Programática del MINSA para el
año 1988 se distingue el Programa IV: Salud Ambiental, con cinco componentes: Sa-
neamiento Básico, Protección de Alimentos, Protección del Medio Ambiente, Control
de Malaria y otras Enfermedades Metaxénicas; y Salud Ocupacional.

Años después, en 1990, de acuerdo al art. 24° del Decreto Legislativo N° 584, Ley de
Organización y Funciones del Ministerio de Salud [42], la DITESA fue reemplazada
por la Dirección General de Salud Ambiental (DIGESA), a la cual “le compete el sa-
neamiento básico, la salud ocupacional, higiene alimentaria, zoonosis y promoción del
ambiente”. Esa misma Ley se transfirió a los Gobiernos Regionales las funciones de
equipamiento, rehabilitación y conservación de equipos, construcción de infraestructura
física y saneamiento básico rural. DISABAR quedó encargada solamente de la aún no
formada Región Lima/Callao y de acciones de consultoría técnica en el resto del país.
Sin embargo, con el cambio del gobierno en 1990 y los hechos posteriores al autogolpe
de 1992, esa transferencia quedaría suspendida [25].

Acciones desconcentradas de saneamiento ambiental

En lo que corresponde formalmente a los servicios desconcentrados de saneamiento


ambiental, de competencia del nivel operativo del MINSA, sus estructuras zonales, re-
gionales o departamentales, debían limitarse a normar los procedimientos de las accio-
nes de saneamiento y supervisar su aplicación, así como coordinar con las Municipali-
dades, responsables de la ejecución de dichas acciones. Pero, al igual que en los ante-
riores períodos, las Municipalidades no tenían los recursos necesarios para cumplir con
esas responsabilidades. En esta situación, la Dirección Regional de Salud correspon-
diente intervenía de manera supletoria, en la fase ejecutiva a través de sus unidades téc-
nicas. Es así, que en el presupuesto de cada uno de los Programas Operativos o Pro-
gramas de Atención Integral de la Salud de dichas estructuras, se identificaba un com-
ponente funcional a cargo de los servicios locales de saneamiento ambiental, con las
metas anuales correspondientes. Estos servicios, al igual que en el período anterior, de-
bían ser dirigidos por ingenieros sanitarios, y tenían como personal operativo a los ins-
pectores de saneamiento, capacitados en cursos especiales de adiestramiento [1, 25].

Esa acción supletoria del nivel operativo local del MINSA en el campo del saneamiento
ambiental se efectuaba y se efectuaría, en el curso de los años, cada vez con más dificul-
tad y, por tanto, de manera deficiente e insuficiente. Los problemas señalados en los pe-
ríodos anteriores se agravaban. Los ingenieros sanitarios renunciaban para ocupar pues-
tos mejor remunerados, y la demanda de apoyo de las Direcciones Regionales del MIN-
SA para la formación de inspectores de saneamiento a la Escuela de Salud Pública del
Perú disminuía sensiblemente. Peor aún, como consecuencia de los avances del terro-
rismo en las áreas rural y suburbana, el trabajo de campo estaba abandonado.

En 1988, el Ingeniero Sanitario Carlos Marroquin Talavera [43], director de DISAR en


esos años, hacía la siguiente apreciación sobre la situación de esas actividades operati-
vas. “Con relación a años anteriores hay un deterioro de las labores de fiscalización que
las dependencias periféricas del MINSA hacen de las actividades de las municipalida-
des del interior del país. Con relación a la higiene urbana, en la actualidad es habitual

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Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

observar grandes acumulaciones de basura, incluso en las proximidades de los estable-


cimientos de salud; el control de roedores y vectores está venido a menos en compara-
ción a lo que se hacía hace 20 años, una muestra de ello se da en los propios hospitales,
donde la proliferación de cucarachas y de roedores no ha podido ser controlada. Ade-
más, es grande el descuido del control de higiene de los alimentos por parte de las auto-
ridades de salud y municipales, a pesar de la existencia del Reglamento Sanitario de
Alimentos. El control bacteriológico del agua que antes se efectuaba en todas las Áreas
de Salud, actualmente no se hace ni en Lima; un reciente estudio del Centro Panameri-
cano de Ingeniería Sanitaria (CEPIS), muestra que se mantienen serias deficiencias en
ese tipo de control, así como que la distribución de agua mediante camiones cisternas se
hace sin este control bacteriológico. Asimismo, el problema de la polución atmosférica
avanza peligrosamente ante la indiferencia de las autoridades. El Plan Nacional de Agua
Potable Rural, si bien tuvo inicialmente avances importantes, con el transcurso del
tiempo y al no haberse previsto el mantenimiento de las obras, más del 40% de éstas
han quedado fuera de uso; además, no se ha alcanzado en el aspecto complementario del
programa, es decir, la construcción de los sistemas de disposición de excretas. Final-
mente, se está produciendo un incremento de los casos de corrupción del personal técni-
co, específicamente coimas, en las inspecciones sanitarias de los establecimientos”.

Comité Nacional de Protección del Medio Ambiente: 1985-1990

En el año 1985, la Ley Nº 24305 facultó al Poder Ejecutivo la creación del Consejo
Nacional de Protección del Medio Ambiente, pero cuando el Consejo de Ministros revi-
só el Proyecto de Decreto Legislativo correspondiente, recibió objeciones de parte de
los Ministros de Minería, de Industrias y de Marina, por lo que se cambió su denomina-
ción por el de Consejo Nacional de Protección del Medio Ambiente para la Salud (CO-
NAPMAS), con el fin de precisar los límites de su ámbito de competencia [44].

Por tal razón, en el Decreto Legislativo Nº 354, Ley del CONAPMAS [45], se precisa
que esta entidad es un Organismo Público Descentralizado del MINSA, y que su crea-
ción tiene por objeto establecer las políticas, normas y planes para la protección de la
población frente a la contaminación del medio ambiente. Se le encarga proponer, nor-
mar y evaluar las Políticas Nacionales de Salud en relación con el Medio Ambiente y
velar por su cumplimiento; debiendo, además, actuar como órgano de consulta de la
Presidencia de la República, a través del Ministro de Salud. Asimismo, se le reconoce,
por delegación del Ministro de Salud, como la máxima autoridad y última instancia en
la materia. El Consejo Nacional, presidido por el representante del Ministro de Salud,
estaba conformado por: la Asamblea del Consejo, máximo organismo deliberativo y re-
solutivo; el Comité Ejecutivo del Consejo; y la Secretaría Ejecutiva.

El Día Mundial del Medio Ambiente, 5 de julio de 1986, el Ministro de Salud juramentó
al Ing. Sanitario Edmundo Elmore como Presidente del Consejo, y, a través de él, al
Comité Ejecutivo. Al renunciar Elmore, a inicios de 1987, el cargo sería ocupado, suce-
sivamente, por los Ingenieros Sanitarios Augusto Navarro y Mauricio Pardón. Todos
ellos en condición de ad-honorem. El primer Secretario Ejecutivo del CONAPMAS fue
el Ing. Sanitario Manuel Villanueva Lara, quien ejerció tal cargo entre enero de 1986 y
octubre de 1987, siendo reemplazado por el Ing. Jorge Ruiz Botto [44].

“Desde su creación, el CONAPMAS tuvo muchas resistencias de parte de las diferentes


entidades vinculadas con la salud ambiental por su ubicación en el Sector Salud, en tanto
opinaban que debería estar incluido en el ámbito de la Presidencia del Consejo de Minis-

181
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

tros con el fin de otorgarle la jerarquía administrativa apropiada. La experiencia demostra-


ría la validez de tal opinión: el apoyo político recibido desde otros sectores fue débil y
disperso. Es así, que no se pudo lograr que se destacara un funcionario del Ministerio de
Vivienda a la Secretaría Ejecutiva y los recursos financieros asignados fueron escasos y,
por tanto, insuficientes para el cumplimiento de sus funciones” (M. Villanueva, 2012).

El Reglamento de Organización y Funciones del CONAPMAS fue aprobado el 4 de di-


ciembre de 1986, por el Decreto Supremo Nº 039-86-SA. Cerca de dos meses después,
el 27 de enero de 1987, se instaló la Asamblea del CONAPMAS. Ésta, debilitaría aún
más al Consejo, debido a que por el gran número de sus miembros le restaba operativi-
dad a su funcionamiento y, por ende, dificultaba el cumplimiento de su misión [44].

Al final del gobierno de García, en abril de 1990, se promulgó el Decreto Legislativo Nº


584 [43], que estableció una nueva organización del Ministerio de Salud. En el artículo
32º de este dispositivo legal el CONPMAS fue sustituido por el Instituto Nacional de
Protección del Medio Ambiente para la Salud, encargado de concertar y coordinar la
formulación de políticas y normas nacionales de protección del ambiente, para luego
proponer las mismas al Ministerio de Salud.

Municipalidades y saneamiento ambiental: 1969-1992

Las municipalidades provinciales y distritales continuaron siendo, formalmente, las


principales responsables por el mantenimiento del cuidado del ambiente en sus comu-
nidades y siguieron contando con el apoyo de las dependencias del Ministerio de Salud,
del Ministerio de Vivienda, prefecturas y otras instituciones públicas. En este período se
intensificó la cooperación de las agencias internacionales, iglesias y ONG al nivel local
para el mejoramiento de las condiciones ambientales. No obstante, siguieron existiendo
problemas de coordinación, tanto al nivel local como al nivel nacional [31].

Con todo, los municipios seguían siendo los únicos responsables de la gestión de la
limpieza pública en el nivel local, aunque se mantuvieron las limitaciones existentes en
otros aspectos de la salud ambiental, como la disposición de los residuos sólidos. la hi-
giene de los alimentos y la inspección de establecimientos. MINSA debía asumir en esta
área solo funciones normativas, de asesoramiento y fiscalización. Sin embargo, la ges-
tión municipal seguía con los problemas descritos para períodos anteriores; además de
los derivados de la escasez de recursos, sufría de los resultantes de la lenta incorpora-
ción de prácticas modernas de gestión. Por ejemplo, la producción diaria de residuos
sólidos en Lima, para el período 1985-1987, podría llegar a las 4.500 toneladas, alcan-
zando la recolección a unas 3.600 toneladas por día, de las cuales solo se transportaban
unas 3.000 toneladas diarias a lugares de disposición final autorizados [31].

5.5. OBRAS Y ACCIONES DE SALUD AMBIENTAL: 1969-1992

Respuesta al problema de vivienda: 1969-1992

A diferencia de lo sucedido en otros países, las autoridades peruanas en vivienda no ini-


ciaron acciones para producir viviendas baratas para las familias de bajos ingresos. Se-
gún Riofrío, desde fines de lo sesenta los pobres ya no pedían viviendas al Estado, si no
tomaban ellos mismos los terrenos para urbanizarlos y ellos mismos construir sus pre-

182
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

dios. Aceptando este hecho, el Estado adoptó una política orientada por la idea que era
mejor facilitar y convalidar dicha toma, siempre cuando se realizaran en y se ubicaran
en zonas donde no se provocara conflictos con las tendencias de los urbanizadores pri-
vados, así como de acuerdo a regulaciones establecidas al respecto por las autoridades.
Así, la reivindicación por urbanizaciones se fue limitando a reclamos por los terrenos.
Incluso, más adelante, comenzaron a fundarse nuevas barriadas divididas en “lotes ti-
zados”, es decir terrenos baldíos en que se habían marcado con tiza las manzanas y lo-
tes (sin área construida), que correspondían a un plano de urbanización. En solo tres
años se distribuyeron cerca de 13.000 lotes tizados. Los grandes asentamientos humanos
creados durante el Gobierno Militar, así como los programas municipales desarrollados
en la década de los 80, no fueron otra cosa que programas de este tipo [15, 22, 47, 48].

En el Perú de esos años, la política de dotación de viviendas a los sectores populares


consistió, entonces, en una política de dotación de terrenos. Con ella se pretendía aten-
der parcialmente las demandas de las mayorías urbanas pobres sin necesidad de gran-
des esfuerzos económicos y políticos del Estado. Sin embargo, ello implicó la desaten-
ción pública a asuntos tan elementales como las características y la calidad del proceso
de producción de la vivienda que, no teniendo supervisión, presenta deficiencias que
hubiera sido mejor prevenir.

De acuerdo a Ramírez y Riofrío [14], si bien las urbanizaciones populares de los se-
senta y setenta empezaban desde la más absoluta precariedad, el hecho de estar asenta-
das según planos de urbanización y muchas veces con planes de desarrollo les dio el ca-
rácter de “barriadas asistidas”. El proceso de mejoramiento de estos barrios y en parte
los formados en los ochenta ha contado con los siguientes elementos distintivos:
 Ha sido masivo, pues se pudo tener acceso al suelo en la mayoría de las grandes ciu-
dades del país en cantidades apropiadas para la demanda del explosivo crecimiento
urbano. Se urbanizaban las áreas eriazas que rodeaban la ciudad y no terrenos agríco-
las que tienen un valor comercial.
 Contó con la seguridad en la tenencia del suelo, pues cada familia estaba asentada
dentro de un lote de terreno que aparecía dentro de un plano aprobado por la autori-
dad. Apenas iniciada una ocupación, se iniciaba el trámite “de reconocimiento legal”.
Las familias obtuvieron así una seguridad en la tenencia, que les permitió desplegar
sus esfuerzos en el mejoramiento de la urbanización y la vivienda.
 Se efectuaron procesos masivos de dotación de agua y alcantarillado, servicio eléc-
trico y edificación de equipamientos esenciales tales como escuelas y puestos de sa-
lud. Estos procesos se efectuaron muchas veces como resultado de las iniciativas de
la población. Los movimientos de pobladores ya en los sesenta buscaban se dote
deservicios y equipamiento a los asentamientos. Ello se efectuó en porciones impor-
tantes de la ciudad durante los años setenta y parte de los ochenta.
 El problema de la vivienda para los pobres (y su construcción) quedó reducido al
asunto del suelo y su mejoramiento. La política de vivienda en el Perú sacó provecho
de una situación en la que las familias solamente demandaban un espacio vital para
iniciar allí su esfuerzo propio en edificar la vivienda.
 El respeto y diálogo con la organización vecinal y la seguridad en el proceso de me-
joramiento de la ciudad proporcionaron una ciudadanía parcial a un vasto sector de
pobres urbanos. Este modelo de atención a las necesidades urbanas de los pobres ha
tenido una serie de reglas, respetadas por poblaciones y autoridades. Se trató de una
especie de pacto social de la habitación popular, que empezó a resquebrajarse en los

183
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

ochenta y se ha roto y olvidado desde los años noventa. Dentro de ese pacto el asunto
de la entrega de suelo en vez de vivienda ha sido un elemento clave.

En el período 1980-1984 el Sector Público priorizó las habitaciones de clase media y se


construyeron conjuntos habitacionales como Torres de San Borja, Precursores, Marbe-
lla, etc. en Lima Metropolitana. Además, con la creación del Banco de Materiales en
los ochenta, se inició un período de crecimiento del sector inmobiliario popular. El prés-
tamo en materiales fue una de las primeras iniciativas estatales destinado al mejora-
miento de la vivienda de los sectores de bajos recursos [47].

Debilitamiento de la inversión en agua y saneamiento: 1969-1992

La instrumentación y ejecución de la política de dotación y gestión de los servicios de


agua potable y saneamiento continuaba dispersa en el país. En el campo de la inversión
intervenían, el MINSA, el Ministerio de Vivienda, las Corporaciones, los Gobiernos
Municipales y otras empresas públicas de saneamiento. Así por ejemplo, la DGOS del
Ministerio de Vivienda continuó ejecutando el Plan Nacional Urbano de Agua Potable
y Alcantarillado que, al final del año 1980, había cumplido con ejecutar obras en un to-
tal de 206 ciudades, las cuales se consideraron adecuadamente servidas por vez primera;
quedando un déficit de 133 ciudades sin servicio o inadecuadamente servida sobre las
metas programadas. Sin embargo, el mayor problema de saneamiento urbano radicaba
en esos años en la continuidad del crecimiento de los Pueblos Jóvenes de las grandes
ciudades que desbordaba las capacidades del equipamiento urbano disponible. Las in-
versiones en obras de agua potable y saneamiento (medidas en dólares a precios corrien-
tes) realizadas por SENAPA y sus filiales, así como por las Corporaciones alcanzaron
en el año 1984, en conjunto, un total de 40 millones de dólares. En este mismo año el
MINSA sólo pudo hacer una inversión de 1,4 millones [24, 25].

Desde la segunda mitad de la década de 1980, en razón de la política económica hetero-


doxa del gobierno de García se produjo la suspensión de los créditos otorgados al Perú
por los organismos crediticios internacionales. Por lo mismo, los préstamos negociados
con el BID y con el Banco Mundial para las inversiones en salud ambiental quedaron
bloqueados. Esta situación provocó una disminución relativa de los recursos financieros
destinados a la ampliación y mantenimiento de las obras físicas de saneamiento ambien-
tal, en circunstancias de los efectos negativos sobre estas obras provocadas por la ocu-
rrencia de los desastres naturales y de la violencia terrorista, que se agravaron con la cri-
sis económica en los últimos años de este período. Según Iris Marmanillo [42], las in-
versiones en saneamiento mantuvieron una tendencia decreciente durante las décadas
de 1970 y de 1980, con promedio anuales equivalentes al 0,25 por ciento y al 0,14% del
PBI, respectivamente. Por otro lado, de acuerdo a otras cifras oficiales, que tienen co-
mo fuente de información el Ministerio de la Presidencia, el monto de la inversión en el
sector agua y saneamiento (medida en millones de dólares corrientes) decreció, entre el
año 1986 y el año 1990, a menos de la mitad: de 51,84 millones (0.21% del PBI) a
22,60 millones (0,07% del PBI) [49].

Asimismo, de acuerdo a los datos proporcionados por un estudio efectuado por Petrera y
Estrada [50], la inversión pública total en el mejoramiento del ambiente físico (ahora
medida en dólares constantes a precios de 1988) totalizó durante todo el sexenio 1985-
1990 un monto de 201,5 millones de dólares; con un promedio anual de 33,3 millones.
Monto total que representaba apenas el 0,1% del PBI y el 11,1% de la inversión pública

184
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

total. Su composición por objeto del gasto fue la siguiente: 74,1% para agua; 19,0% pa-
ra alcantarillado; y 3,5% para desechos sólidos. Por otro lado, la participación de las
instituciones públicas en esos gastos fue la que sigue: 52% para SEDAPAL; 28,9% para
SENAPA y 13,1% para el MINSA. El análisis comparativo temporal de esa inversión
total, ahora por trienios, mostró la disminución del gasto promedio anual de 40,0 mi-
llones para el trienio 1985-1987 a otro de solo 27,0 millones para el trienio 1988-1990.

El bajo nivel de esos gastos, impidió todo avance significativo en la cobertura de los
servicios de saneamiento básico. Más aún, afectó la capacidad de reposición de la in-
fraestructura urbana afectada en el año 1983 por el fenómeno de El Niño. Se estaban
acumulando las insuficiencias y deficiencias de dicha infraestructura que facilitarían el
ingreso de la epidemia del cólera a nuestro país. Para poner en perspectiva, las conse-
cuencias de la irracionalidad de ese comportamiento es pertinente comentar que, poste-
riormente, se estimó en mil millones de dólares lo que costó al Perú las primeras 10
semanas de la epidemia de cólera; así como que el Sector Salud tuvo que gastar, en ese
mismo lapso, 60 millones de dólares para el control de epidemia y el tratamiento de los
casos de cólera (El Comercio, 23 de abril de 1991).

Plan Nacional de Saneamiento Básico Rural: 1969-1992

El Ministerio de Salud siguió hasta 1990 a cargo del saneamiento básico rural. Las
obras de agua potable y de disposición de aguas servidas para las poblaciones en el área
rural, durante el período 1969-1980, las ejecutaba la Dirección de Ingeniería Sanitaria
del MINSA, con el aporte de la mano de obra comunal. Luego, desde 1981, la Dirección
de Saneamiento Rural (DISAR) quedó encargaba del planeamiento y la programación
de estudios y obras para la dotación de servicios de agua potable en el área rural. Final-
mente, la Dirección de Saneamiento Básico Rural (DISABAR), como dependencia de la
DITESA del MINSA, quedó en 1985 como el órgano encargado de normar, controlar,
fiscalizar y supervisar el Plan Nacional de Saneamiento Básico Rural [1, 25].

Por otro lado, tal como y se comentó en páginas anteriores, se había conformado en
1982 el CONCOSAB), de composición multisectorial, que en 1985 presentó el docu-
mento Plan Nacional de Saneamiento Básico para el decenio 1984-1995. Para la formu-
lación del Plan, el Comité contó con la cooperación técnica de la OPS, de la GTZ y del
Banco Mundial [24, 50]. El Plan establecía una inversión de 1.021 millones de dólares;
sin embargo, entre 1981 y 1988 solo se invirtieron 250 millones, de los cuales apenas el
5% se destinó al área rural. Asimismo, con el apoyo de la Agencia para el Desarrollo
Internacional, desde 1980 hasta 1989 DISABAR participó en un proyecto de sistemas
rurales de agua, facilitando la construcción de 980 de estos sistemas en pequeños pobla-
dos rurales a través de un modelo institucional descentralizado de saneamiento rural

La administración de estos servicios de saneamiento, en el área rural, estaba a cargo de


las Municipalidades, Juntas Comunales o Juntas de Agua Potable de las localidades o
poblaciones beneficiadas. El procedimiento adoptado por el MINSA para la construc-
ción de las obras era, igual que en el período anterior, el de administración o ejecución
directa. Una vez concluida la obra, el Ministerio la entregaba oficialmente a la comuni-
dad mediante un “contrato”. La operación y mantenimiento del sistema quedaba a cargo
de una Junta de Agua Potable, cuyos miembros eran elegidos por la comunidad en
Asamblea Pública [1, 25].

185
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

A fines del año 1979, el MINSA informaba que desde 1964 se habían realizado, bajo
esa modalidad, un total de 1.050 obras, favoreciendo a una población de 1’200.000 ha-
bitantes del área rural, cubriendo una meta del 20% de la población rural nacional. Para
lo cual se habían ejecutado tres planes nacionales de agua potable rural, financiados
parcialmente por el BID, además de otras acciones paralelas utilizando otros recursos de
cooperación externa, como los procedentes del UNICEF y CARE. Pero también, a fines
del año 1979, el mismo Ministerio debía informar sobre la existencia de defectos en el
funcionamiento administrativo de las Juntas de Agua Potable, y de debilidades en la su-
pervisión y asesoría a las mismas de parte del MINSA que pretendía actuar a nivel na-
cional, con recursos cada vez más limitados para cumplir su misión.

Aunque al inicio de las obras existía gran disposición de la comunidad para asumir la
tarea de operación y mantenimiento del sistema de agua, la evaluación señalaba como
uno de los problemas frecuentes la falta de mantenimiento del sistema instalado. La ma-
yoría de municipalidades se limitaba a realizar coordinaciones con donantes y participar
en la construcción de la infraestructura sin considerar de manera suficiente el fomento
de la participación de la comunidad en el sostenimiento del sistema. A estas deficiencias
de gestión, se sumaban otros factores como la política financiera orientada al subsidio,
ausencia de reconocimiento legal de los organismos de gestión comunal, construcción
de infraestructura separada de la educación en salud e higiene y ausencia de un marco
institucional consolidado.

En 1990, la experiencia seguía mostrando que la operación, el mantenimiento y admi-


nistración de los sistemas rurales seguían con sus deficiencias y que el MINSA no te-
nía el personal suficiente para cumplir con sus responsabilidades de supervisión, limi-
tándose a constatar el deterioro de dichos sistemas. De acuerdo con la información ofi-
cial, la cobertura de servicios de agua potable en el área rural se había incrementado,
aunque sin alcanzar niveles aceptables: de 8,4% en 1969 a 13,0% en 1979 y a 22,0% de
la población rural en 1990. Por tales razones, en el Decreto Legislativo Nº 574, Ley de
Organización del Ministerio de Vivienda y Construcción, se dispone que la responsabi-
lidad del Saneamiento Básico Rural sea transferida del Sector Salud al Sector Vivienda,
una vez que se constituyera la nueva Dirección General de Saneamiento del Ministerio
de Vivienda y Construcción.

Avances en la disposición de residuos sólidos: 1969-1992

En 1979, el Ministerio de Vivienda y Construcción cedió en uso a la Municipalidad Me-


tropolitana de Lima, cinco terrenos para ser destinados a la implementación de rellenos
sanitario, hasta entonces los residuos que se generaban en el ámbito de la ciudad se arro-
jaban en los botaderos denominados: El Montón, Oquendo, Pampas de San Juan, Que-
brada Pucará, las zonas del Callao y otros de menores dimensiones. Entre 1984 y 1990,
en forma paralela a las operaciones oficiales de disposición final se realizó trabajos de
control y erradicación de botaderos, con la finalidad que los residuos generados sean
adecuada y sanitariamente dispuestos. Lamentablemente, la falta de continuidad en este
tipo de actividades provocó el fracaso de tales trabajos [51].

En cumplimiento de sus funciones en al área de la prestación de los servicios de aseo en


localidades urbanas y rurales del país, el MINSA elaboró e hizo aprobar el Reglamento
Nacional de Aseo Urbano (Decreto Supremo Nº 033-81-SA), modificado el año 1983
(Decreto Supremo Nº 037-83-SA). Además, contrató estudios para la optimización de

186
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

los servicios de aseo en seis ciudades y asesoró a los Municipios para su implementa-
ción. Por otro lado, a través de DIGEMA, inició estudios de evaluación de la contami-
nación de los cursos de agua, que incluye catastro de usuarios y contaminadores.

En esa misma década hubo una iniciativa por parte de la Oficina Sanitaria Panamerica-
na de la Salud (OPS) de apoyar al Gobierno Central en la implementación de rellenos
sanitarios en algunas ciudades del norte del país (Piura y Trujillo). La OPS financió, en
cooperación con las municipalidades provinciales, la elaboración de los proyectos así
como su ejecución, acompañando por un corto tiempo la operación de los mismos. Sin
embargo, después de un corto período de transferencia a las municipalidades, decayó el
interés y la asignación de recursos, convirtiéndose los rellenos sanitarios en botaderos
[51]. Al final del período no existía en el Perú ningún relleno sanitario.

Respuesta a los desastres naturales: 1969-1992

El concepto de Defensa Civil aparece por primera vez en la Legislación Nacional en


1933, y está relacionado con la Ley General de la Nación para tiempo de guerra, dedi-
cado a la Organización Defensiva Territorial. Casi cuatro décadas después, en el marco
de esta concepción, nace la primera Institución con capacidad orgánica; el Sistema de
Defensa Civil, creado por el Decreto Ley Nº 19338 el 28 de Marzo de 1972, como parte
integrante de la Defensa Nacional [31].

Ese Decreto Ley recoge la evaluación normativa y la institucionalidad existentes en el


país para la gestión de los desastres desarrollados en la experiencia de atención y mane-
jo del desastre ocurrido en Huaraz (Ancash), el 31 de Mayo de 1970, y muy especial-
mente la propuesta hecha por el Comité Nacional de Emergencia que se creó en esa
oportunidad para responder de manera organizada a la catástrofe. Por tales circunstan-
cias, el modelo de organización tiene una concepción vertical, y se caracteriza por el
desarrollo de carácter multisectorial, aunque exclusivamente gubernamental.

El Sistema de Defensa Civil desde su creación, por doctrina, misión y visión, responde
a un diseño para hacer frente a situaciones de emergencia y está estrechamente orienta-
do a la Defensa Nacional de la cual forma parte. El Sistema completó su estructura
institucional en Setiembre de 1987 con la dación del Decreto Legislativo Nº 442, que
crea el Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI) como una entidad pública con au-
tonomía presupuestal, administrativa y como organismo central, rector y conductor del
Sistema. El año 1991, el Sistema de Defensa Civil, pasa a denominarse Sistema Nacio-
nal de Defensa Civil (SINADECI). Desde su creación, el INDECI puso el mayor énfa-
sis en mitigar los impactos de un desastre natural y en los trabajos de auxilio que en
prevenirlo y adaptarse a él. Sin llegar a implementarse a plenitud [ 12].

Hasta fines del período, la educación en seguridad ambiental estaba orientada funda-
mentalmente por un conjunto de ideas elaboradas en los años 70, en el marco de la ocu-
rrencia de eventos de magnitud de aquel terremoto. Ese conjunto de ideas, conocido
como el “enfoque de desastre”, había puesto énfasis en la preparación de la población
para hacer frente a una situación de desastre ambiental (sismo, huayco, incendio, inun-
dación, etc.), en el supuesto de que el nivel del desastre dependía fundamentalmente de
la magnitud del fenómeno y de la capacidad de respuesta de la población.

187
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

Otras acciones de salud ambiental: 1969-1992

Respuesta a la contaminación ambiental

La Ley General de Aguas de 1969, ya comentada, tenía un capítulo relativo a la preser-


vación de las aguas dond se señalaban mandatos enérgicos con relación a la contamina-
ción de las aguas y severas sanciones a los infractores. En esta Ley, el Ministerio de Sa-
lud estaba encargado de la preservación sanitaria del agua; pero las autoridades de los
ministerios de Industrias, Energía y Minas y el de Pesquería, entidades recientemente
creadas, comenzaron a trabar el accionar de la Autoridad de Salud, protegiendo a las
empresas contaminadoras con el argumento que eran fuentes de divisas para el país. La
escasa conciencia ambiental de esas autoridades se expresaría en la promulgación del
Decreto Ley Nº 21110 (del 5 de marzo de 1975) que reservaba al Estado “el aprove-
chamiento de las emanaciones gaseosas de las chimeneas de los establecimientos mine-
ro-metalúrgicas”. Además, seis meses después de promulgada la Ley de Aguas, el Mi-
nisterio de Energía y Minas firmó el contrato de Cuajone, en cuyo numeral 5.7 se auto-
rizaba a la empresa descargar al mar, sin tratamiento alguno, sus relaves. Según Oscar
Cáceres, estos relaves tenían un volumen aproximado de 60 millones de metros cúbi-
cos- año, que se vertieron al mar hasta el año 1994, cuando se autorizó a utilizar una
quebrada con ese fin [52].

Según comenta Renán Póveda [27], antes del decenio de 1990 la mayoría de las empre-
sas mineras en el Perú operaban bajo el presupuesto de que su contribución al país y a la
sociedad debía limitarse a: (i) el desarrollo de la economía local mediante la creación de
empleo, la construcción de infraestructuras básicas, la ampliación de los mercados loca-
les (en especial en zonas pobres y remotas); y (ii) las contribuciones fiscales a través de
los impuestos y los pagos por las concesiones. Pocas empresas se enfrentaron a los pro-
blemas ambientales (y las que lo hicieron se las arreglaron para hacerlo de forma muy
limitada) durante y antes de la década de 1980. El marco regulador previo a la década
de 1990 no incluía ningún mecanismo que obligase a las empresas a cumplir con nor-
mas ambientales o sociales, o con la remediación/compensación de la degradación am-
biental. Incluso las empresas mineras extranjeras conocidas por su rigor en la garantía
de los adecuados efectos ambientales y sociales en sus países de origen, a menudo no
tuvieron una actitud decidida en la adopción de medidas concretas que garantizaran un
mayor respeto de las normas ambientales en el Perú
.
Control sanitario de los alimentos

El control sanitario de los alimentos estaba a cargo de distintas entidades de la adminis-


tración pública nacional y local, lo que determinaba vacíos en ese control que coexistían
con la interferencia y dualidad de funciones. En una publicación del MINSA [23], se
presenta como el principal logro de DITESA, hasta junio de 1990, sus acciones en el
campo de la protección de los alimentos. La situación de venta de comidas en la calle se
había incrementado como consecuencia de la crisis económica, desbordando las posibi-
lidades de control efectivo de las autoridades responsables. En estas circunstancias, el
MINSA formalizó una norma sanitaria que regulaba esta modalidad de venta de alimen-
tos, preparó modelos de material educativo dirigido a vendedores ambulantes y elaboró
un Programa Nacional de Protección de Alimentos, cuyo desarrollo fue encargado a la
Dirección de Alimentos, a través de la Dirección Ejecutiva de Protección de Alimentos
y Zoonosis, dependencia de la DITESA.

188
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

Formación de Auxiliares de saneamiento: 1969-1992

La Escuela de Salud Pública del Perú continuó con sus actividades de capacitación de
posgrado y de formación de técnicos señaladas en páginas anteriores. A partir de 1983
un contingente importante del experimentado personal docente de la Escuela cesó en sus
funciones o se retiró voluntariamente a otros cargos mejor remunerados en el Sector Sa-
lud. Entre ellos el Dr. Mario León Ugarte, director general fundador de la Escuela,
quien se retiró por propia voluntad después de 19 años de brillante gestión al frente de
esta institución. De la misma forma, cesó a su solicitud el Ing. Carlos Mantilla Fernan-
dini, jefe fundador de la sección de formación de personal de mando medio y auxiliar de
la Escuela, y último docente ingeniero sanitario que quedaba en la misma.

Entre los años 1964 y 1980, se efectuaron 13 cursos descentralizados de capacitación


del personal de mando medio y auxiliar de saneamiento, con un total de 226 egresados.
Cursos apoyados técnica y económicamente por la Escuela, a solicitud de las diferentes
dependencias periféricas del Ministerio de Salud. Pero. A partir de 1981, la demanda de
estos cursos, entre otras razones por ausencia de ingenieros sanitarios en la mayoría de
esas dependencias. Es así, que entre 1981 a 1990, se desarrollaron solo seis de esos cur-
sos, principalmente en los servicios de salud de Lima; capacitándose 167 auxiliares de
saneamiento adicionales. Cursos que, además, fueron coordinados por un Técnico de
Saneamiento, Profesor de la Escuela, debido a que desde agosto de 1982, por renuncia
del Ing. Manuel Villanueva, la Escuela ya no contaba con ingenieros sanitarios en su
plana docente permanente. Por otro lado, los avances del terrorismo en las áreas rurales
y suburbanas del país estaban provocando el deterioro de las unidades de saneamiento
ambiental en los servicios periféricos del MINSA [25, 44, 53].

5.6. CRISIS FINAL DEL MODELO SECTORIAL DE SALUD EN EL PERÚ

La Ley de Ministerios, Decreto Ley Nº 17271 del 3 de diciembre de 1968, había


definido la cuarta modalidad de organización del cuidado de la salud dominante en el
período republicano, que denominaremos: sectorial de salud. Además, modificó la
denominación del MSPAS por la de Ministerio de Salud (MINSA), en tanto se estaba
ampliando su ámbito de gobierno sectorial. Esta cuarta modalidad se caracterizó por la
debilidad política del MINSA para actuar como órgano rector del Sector Salud, así
como por el escaso desarrollo de sus organismos públicos descentralizados. De manera
opuesta a lo observado de 1935 a 1968, el gasto social decreció de manera casi
permanente. El decrecimiento de los índices del gasto público en salud, iniciado en
1975, se aceleró con la crisis económica de la segunda mitad de la década de 1980 y se
expresó en el casi total colapso de los servicios públicos de salud al final del período
[1]. Durante el Gobierno Militar, el Fondo de Salud y Bienestar Social, Organismo
Público Descentralizado del Sector Salud, dejó de ser una fuente financiera de las obras
públicas de los sectores sociales y, luego, durante el segundo gobierno de Belaúnde
sería, primero, transferido al Sector Economía y, luego, desactivado.

Las políticas de salud que se aplicaron en el país entre los años 1969 y 1990 estuvieron
marcadas, en general, por el carácter desarrollista y, por lo general, voluntarista de las
políticas globales de desarrollo aplicadas desde el año 1969. En este período se sucedie-

189
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

ron políticas gubernamentales que se limitaron, en los campos específicos de la salud y


de la seguridad social, a efectuar reformas normativas y administrativas que, según el
discurso oficial, estaban orientadas a la conformación y consolidación de un modelo
sectorial de cuidado de la salud, en los términos señalados en el artículo 16º de la Cons-
titución Política Peruana de 1979. Pero, esta gran responsabilidad constitucional había
sido asignada al Poder Ejecutivo sin considerar la real capacidad fiscal del Estado para
financiar de manera efectiva dicho acceso – más aún en la situación de crisis de los úl-
timos años de la década de los ochenta – lo que determinó que el contenido del artículo
16º fuera apenas un enunciado de intenciones.

De acuerdo a datos oficiales, el gasto sectorial en salud se mantuvo, en general, esta-


cionario hasta el año 1987, luego registraría una caída abrupta que se mantendría hasta
el inicio de la década del noventa [54]. El gasto público en salud cayó de 1,2% del PBI
en 1980 a 0,4% en 1991, uno de los más bajos de América del Sur: “Esta drástica re-
ducción de recursos determinó que las transferencias del Tesoro al sector salud alcanza-
ran únicamente para cubrir las planillas y los gastos de mantenimiento mínimos de los
establecimientos (P. Pollarola, 2000, p.300)

Por su parte, los estudios realizados por G. Hall [55], utilizando datos oficiales de los
años 1985-86 y 1990, y tomando como base los gastos del año 1985 (100%), muestran
resultados que corroboran el comentario hecho en el párrafo anterior, por lo menos en lo
que corresponde al subperíodo 1985-1990. De acuerdo con sus cálculos sobre la evolu-
ción de los gastos anuales en el sector salud: el gasto total habría decrecido de 100 en
1985 a 47 en 1990, el gasto corriente de 100 en 1985 a 53 en 1990, y el gasto en forma-
ción bruta de capital (inversión) de 100 en 1985 a apenas 9% en 1990. “Esta disminu-
ción implicó un deterioro aún más grande en el gasto per cápita y, dado el incremento
de la pobreza que acompañó a este período, también produjo una severa restricción en el
gasto de las personas pobres” (G. Hall, 1994, p. 299).

Por otro lado, a la escasez de recursos se sumó una severa crisis institucional del sector
público. El gobierno enfrentaba constantes paralizaciones de los trabajadores del sector
salud, desalentados por sus bajas remuneraciones. Durante los últimos años se registró
un promedio de 150 días anuales de paralización. Según la ENNIV de 1991, solo el
50% de la población nacional que se sentía enferma y deseaba recibir atención médica
logró acceso a un servicio de salud. El porcentaje en el área rural era mucho menor:
mientras que el área urbana el 65% de la población accedía a atenciones médicas, en el
área rural esta cifra no alcanzaba al 34% [54].

En la seguridad social, los problemas de la deficiente administración que siempre había


aquejado a sus establecimientos de salud se habían agudizado, para llegar a una situa-
ción de casi inoperatividad de los servicios. A pesar del elevado porcentaje de aporta-
ciones de los trabajadores afiliados (9% desde 1985) los servicios de salud eran insufi-
cientes y de mala calidad. El servicio privado, por su parte, también se encontraba en
crisis. Las familias, afectadas por la hiperinflación y la pérdida del poder adquisitivo,
redujeron drásticamente su gasto en salud. Además, el problema de la escasez de medi-
cinas ocasionada por la política comercial y cambiara agravaba la situación [54].

Los hechos sucedidos en el Perú entre 1969 y 1990 muestran el fracaso de las políticas
de organización e instrumentación de un modelo sectorial de cuidado de la salud, cuan-
do éstas se aplican de manera descontextualizada y como parte de políticas generales de

190
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

carácter desarrollista. Políticas sectoriales que además de su escasa viabilidad económi-


ca y política, se trataron de aplicar de manera vertical, autoritaria y, casi siempre, de
manera ideologizada, en una situación de deterioro creciente de recursos físicos y finan-
cieros sectoriales y de conflictos con los gremios y sindicatos del personal de salud. Al
término del año 1990, tanto el Sector Salud como la Seguridad Social estaban en medio
de las peores crisis de sus historias.

5.7. EVENTOS INTERNACIONALES Y COOPERACION


EXTERNA: 1969-1992

Eventos Internacionales sobre agua y saneamiento

En 1972, después de la evaluación del grado de cumplimiento de las metas regionales


de abastecimientos de agua y alcantarillado de la Carta de Punta del Este, los Ministros
de Salud de la Región definieron las nuevas metas para la década del 70. Éstas fueron
incluidas en el Plan Decenal de Salud para las Américas 1971-1980 [56]. De acuerdo
con ellas, los programas de servicios de agua y de disposición de excretas debían al-
canzar, al final del período, las siguientes coberturas:

“Proveer de agua con conexiones domiciliarias al 80% de la población urbana o, como


mínimo, abastecer a la mitad de la población sin servicio…Proveer de agua al 50% de la
población rural o, como mínimo, abastecer a un 30% de la población sin servicio (…) Ins-
talar alcantarillado para servir al 70% de la población urbana o, como mínimo, reducir en
un 30 % la proporción de la población sin servicio… Instalar sistemas de alcantarillado y
otros medios sanitarios de eliminación de excreta para el 50 % de la población rural o,
como mínimo, reducir en un 30 % el número de habitantes que no cuenten con ningún
dispositivo adecuado”. (OPS/OMS, 1973, p. 109)

En otro ámbito, la Asamblea General de las Naciones Unidas (NU) acogió el 10 de no-
viembre de 1980, a través de la Resolución 35/18, la recomendación de la Conferencia
de las NU sobre el Agua (Mar de Plata, 1977) para que el período 1981-1990 fuera de-
signado el Decenio Internacional del Abastecimiento de Agua Potable y del Saneamien-
to. La recomendación aprobada otorgaba prioridad a “proporcionar a toda la población
agua de buena calidad en cantidad adecuada y servicios básicos de saneamiento para
1990, dando prioridad a los más pobres y a los menos favorecidos…” [57]. Adicional-
mente, en el año 1977, la OMS al aprobar la meta social "Salud para Todos en el Año
2000", que planteó la estrategia de la Atención Primaria de Salud, ya había reconocido
que uno de los ocho elementos esenciales de tal estrategia era contar con "un adecuado
abastecimiento de agua y saneamiento básico" [58],

Dieciocho después de formulado aquel Plan Decenal, los gobiernos de la Región eva-
luaron –en la Reunión de San Juan de Puerto Rico– los resultados obtenidos, conclu-
yéndose que: no obstante los esfuerzos efectuados en esos rubros, cerca de un tercio de
la población de los países de las Américas aún carecía de esos servicios básicos en el
año 1990; las ciudades continuaban teniendo un crecimiento sin precedentes y en mu-
chas de ellas la infraestructura básica se encontraba sobrecargada y a punto de desmo-
ronarse. Reconociéndose, además, una mayor demanda de agua sana y un deterioro de
la calidad de este recurso crítico. La aparición de una epidemia de cólera en las costas

191
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

del Pacífico de América del Sur, a menos de 40 días de concluido el Decenio aludido,
confirmaría este deterioro [57].

La preocupación de los gobiernos de la Región por la contaminación ambiental ya se


expresaba en la III Reunión de Ministros de Santiago de Chile, cuando se anunciaba en
el Plan Decenal de Salud para las Américas (1971-1980) [60], aprobado en ese evento,
“el renacer de la ecología” y, luego, se hacía una recomendación según la cual las ciu-
dades con más de 500.000 habitantes debían formular políticas y programas para el con-
trol de la contaminación. Preocupación que explica la creación en el año 1975 del Cen-
tro Panamericano de Ecología Humana en México.

Conferencia de Estocolmo, y contaminación ambiental

Durante la década de los sesenta creció la preocupación por la contaminación ambiental


causada por el desarrollo económico. El crecimiento de las ciudades, los adelantos en la
industria y la mecanización de la agricultura estaban provocando en las últimas décadas
un incremento muy grande en la contaminación del aire, el agua y el suelo. La construc-
ción de grandes represas, los grandes proyectos de riego, la deforestación en gran esca-
la, los grandes asentamientos urbanos, la lluvia ácida y el recalentamiento del planeta
estaban causando grandes daños a las fuentes de agua y, a su vez favorecían la propaga-
ción de diversos tipos de enfermedades transmitidas por vectores, el desplazamiento de
poblaciones indígenas, la pérdida de las fuentes de trabajo.

En junio de 1972, la Organización de las Naciones Unidas convocó a la Conferencia so-


bre Medio Ambiente Humano realizada en Estocolmo, Suecia. En esta conferencia se
ubicó el tema del medio ambiente en la agenda global y se abrió el debate acerca de sus
componentes y variables. Tema que aún no formaba parte de la agenda internacional ni
era una preocupación de los gobiernos, que en su mayoría carecían de una instituciona-
lidad para el sector. Fue el comienzo de un debate sobre cuestiones ambientales interna-
cionales. En la Declaración Final de Estocolmo, primer documento en la historia sobre
una ley internacional ambiental, se resalta la responsabilidad de los humanos en la con-
servación de un ambiente natural saludable. Como consecuencia de la conferencia de
1972 fue creado el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente [53].

Gradualmente, las conclusiones y recomendaciones de la Conferencia se abrieron ca-


mino, sus interrogantes fueron materia de diversos foros y estudios, y sus debates gene-
raron nuevos acuerdos y diferencias. El tema ambiental alcanzó una mayor prioridad en
las agendas estatales, y se inició la introducción de la visión de la gestión ambiental de
Estado, que generó nuevas instituciones y políticas, y que se superpuso a la visión mine-
ra de los recursos naturales renovables, a la visión de su uso racional, y a la visión con-
servacionista, que superviven hasta nuestros días [61].

Luego, la década de 1980 sería decisiva para el afianzamiento de la preocupación mun-


dial por los problemas ambientales, cada vez en un ámbito más amplio, y la moviliza-
ción de un mayor número de actores sociales orientados a dichos problemas. La idea
dominante era que existía una crisis ambiental “global”, que trascendía a los países y
los continentes. Es decir, una crisis que podía afectar a toda la humanidad. Para lograr el
propósito de eliminarla, se hizo cada vez más claro que no bastaba con los tradicionales
programas de saneamiento básico y campañas de aseo público, dirigidos a prevenir las
epidemias que hasta entonces venían realizando las agencias de salud. Y se fue abrien-

192
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

do paso la demanda por la creación de legislaciones y agencias públicas especializadas


con el fin de propender por la calidad del medio ambiente [61].

En la década de los setenta y en especial a partir de 1972, se pusieron en marcha en


América Latina y el Caribe legislaciones e instituciones ambientales, y se expidieron las
primeras políticas nacionales sobre medio ambiente. Brasil, Colombia y Venezuela fue-
ron pioneras, en comparación con el caso de los países en desarrollo ubicados en otras
regiones del mundo. Las políticas ambientales nacionales formuladas por las nuevas
agencias incorporaron la agenda de contaminación o agenda marrón, como un reflejo
de las preocupaciones que dominaron en la Conferencia de Estocolmo [61].

La creación y fortalecimiento de organizaciones no gubernamentales (ONG) ambienta-


les recibió un decidido impulso a partir de la Conferencia de Estocolmo. Estas organiza-
ciones y los medios de comunicación jugaron un papel crítico en las primeras moviliza-
ciones ciudadanas en defensa de causas ambientales. La evolución de las ONG ambien-
tales estuvo profundamente marcada por la existencia de las dictaduras militares en mu-
chos países de América Latina y el Caribe, como sucedió en Chile. Estas nuevas organi-
zaciones más que concentrarse en actividades conservacionistas, dirigieron su atención
a las relaciones entre desarrollo, medio ambiente y justicia [61].

En 1984, la ONU dio un paso adelante en su política ambiental con la creación de la


Comisión para el Medio Ambiente y el Desarrollo, también conocida como la Comisión
Brundtland, la cual presentó en 1987 un informe, Nuestro futuro común, donde se defi-
nió por primera vez el concepto de “desarrollo sostenible” como aquel que satisface las
necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las genera-
ciones futuras para satisfacer las suyas propias. Este concepto que rebasa la noción de
“protección del ambiente”, pretendía compatibilizar los aspectos ambientales, econó-
micos y sociales desde una perspectiva solidaria. Proponía a la comunidad internacional
que el manejo ambiental debe tomarse en cuenta en la planeación económica y requiere
el concurso de todos los miembros de la comunidad relacionados con el desarrollo eco-
nómico; además, enfatiza que la lucha contra la pobreza y el manejo del ambiente tie-
nen, en muchos casos, objetivos comunes [ 62, 63].

Sin embargo, el debate sobre el cambio climático expresaría muy bien los intereses na-
cionales en torno del deterioro ambiental global. Se constituyó un escenario con más
intereses contrapuestos que acuerdos, aunque se compartiera la percepción de la grave-
dad del deterioro ambiental tanto por las sociedades nacionales como por la humanidad.
En este escenario el rol de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y del Banco
Mundial (BM) radicó en allanar el camino para un proceso global de modernización
tecnológica, construcción de instituciones e impulso a un campo de negocios alrededor
de la crisis ambiental [64, 65].

Cooperación externa

En 1968, la OPS/OMS creó el Centro Panamericano de Ingeniería Sanitaria y Ciencias


del Ambiente (CEPIS), para apoyar a los países miembros en la solución de problemas
relacionados con la protección y mejora del medio físico. El 8 de abril de 1971, se cele-
bró el Acuerdo entre la OPS y el Gobierno del Perú, por el cual CEPIS recibiría cola-
boración del Perú para financiar parte de sus gastos operativos y la construcción de su
nueva sede en Lima, a la que se trasladó en 1974 [66].Los objetivos iniciales del Centro

193
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

eran: (i) contribuir al mejoramiento de las condiciones ambientales en el Perú y demás


países de la Región, con especial atención a los problemas derivados del crecimiento
demográfico, la industrialización y la intensa urbanización; (ii) estimular y asesorar a
los Gobiernos a adoptar nuevos enfoques y la mejor utilización de la tecnología moder-
na, para el mejoramiento de las condiciones del ambiente físico y para la protección de
los recursos naturales. Esta organización se orientó a la investigación, especialmente al
desarrollo de tecnologías apropiadas para el tratamiento de agua potable y de aguas re-
siduales con lagunas de estabilización. Con el curso de los años, los proyectos del CE-
PIS abarcaron estudios sobre contaminación de la atmósfera.

En 1975, se creó el Centro Panamericano de Ecología Humana y Salud (CPECO), con


sede en México, como una respuesta a la preocupación acerca de las repercusiones del
desarrollo industrial, así como de la necesidad de contar con un ente internacional que
coordinara la evaluación de proyectos de desarrollo (ejemplo, grandes represas), y que
complementara desde la perspectiva biomédica las soluciones técnicas del CEPIS a los
problemas de salud ambiental. El CPECO colaboró en el estudio de los aspectos epide-
miológicos y toxicológicos de los efectos de los contaminantes químicos en la salud, a
partir de una red de centros colaboradores de la región, incluyendo a Perú [66].

A nivel del Perú, puede decirse que entre los años 1969 y1985 se intensificó la coope-
ración técnica de las agencias internacionales en los esfuerzos hechos por el país para
superar sus problemas de salud ambiental. La OPS/OMS y su CEPIS contribuyeron a la
introducción de tecnologías adecuadas, a la difusión de información especializada, al
desarrollo de los laboratorios análisis del agua y a la formación de especialistas, entre
otros aspectos. El Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial siguieron
dando su apoyo, hasta el año 1985, en el financiamiento de los proyectos de inversión.
Se contó con la participación activa de otras agencias internacionales como la UNICEF,
la GTZ, AIDIS, CARE y ADRA/OFASA. Como ya se comentó anteriormente, durante
el quinquenio 1985-1990 esa cooperación fue restringida por la orientación heterodoxa
de la política económica del Gobierno Peruano [67].

5.8. FUNDAMENTOS DE LA POLÍTICA DE SALUD AMBIENTAL: 1969-1992

La Epidemiología de los factores de riesgo y su modelo black box acumulaba, desde el


inicio del período, críticas por sus limitaciones teóricas y prácticas, especialmente sobre
el hecho que concede el mismo peso causal a factores de diferente naturaleza y de jerar-
quía distintas. Por otro lado, los avances de los aspectos genéticos y moleculares de la
salud y de la enfermedad hacían más complejo el análisis multicausal. Sin embargo, a
través de su aplicación en el campo político en la década de los setenta se diseñaron los
modelos del “campo de salud” (Lalonde, 1974), de análisis de política (Dever, 1976),
así como el Paradigma de Bienestar en Salud (H. Blum, 1978) que permitirían facilitar
dicho análisis para los fines de formulación y evaluación de las políticas [68, 69].

De manera paralela a esas críticas a los distintos modelos teóricos y aplicaciones de la


“epidemiología convencional u ortodoxa”, los cultores de la llamada epidemiología
crítica o social avanzaban en su pretensión de desarrollar nuevas teorías de la salud-
enfermedad, a partir de las cuales se podrían diseñar otros modelos explicativos que
superaran las limitaciones del modelo “caja negra”. Se distinguía de la convencional, en

194
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

el plano teórico, por su insistencia en investigar explícitamente los determinantes


sociales del proceso salud-enfermedad. Esos nuevos desarrollos teóricos, en opinión de
Kaplan, tienen de común un abordaje multinivel o jerárquico de la realidad de dicho
proceso, la consideración de los distintos mecanismos o subprocesos de producción de
la salud-enfermedad en cada nivel, así como las influencias recíproca entre los distintos
subprocesos. De acuerdo con Susser, el nivel más externo debía ser el medio ambiente
físico (el terreno de la ecología) que contiene, sucesivamente, sociedades y poblaciones
(el terreno de la epidemiología); individuos aislados, sistemas fisiológicos (el terreno de
la clínica médica), tejidos, células y moléculas (el terreno de la biología) [69, 70].

Desde el inicio del período ya se estaban produciendo en la Región de las Américas, si-
guiendo las tendencias mundiales, cambios en los límites del campo de la salud am-
biental - más allá del saneamiento ambiental - , así como en los fundamentos de sus ac-
ciones prioritarias. Cambios que tenían como origen una mayor preocupación mundial
sobre los problemas ecológicos derivados del desarrollo de un sistema de producción
económica con escaso interés sobre sus efectos negativos sobre la salud. Es así que en el
año 1969 se expresaba, en el Informe Final de la Segunda Reunión Especial de Minis-
tros de Salud de las Américas [70], lo siguiente:

“En los años venideros, los Gobiernos tendrán que hacer frente a problemas ambientales
de mayor magnitud y complejidad. El adelanto de la tecnología dejará una estela de ten-
siones humanas más complicada. Aumentarán los contaminantes y abarcarán desde los
microbiológicos hasta aquellos que proceden de sustancias químicas… El crecimiento de
las ciudades agravará los problemas… Las mayores densidades de población y la vivienda
deficiente aumentarán los riesgos… En el futuro, los organismos de salud tendrán que
ampliar sus actividades a fin de tomar en consideración los barrios míseros, la pobreza y
la suciedad; la ignorancia y la delincuencia, y los efectos que estos factores tienen sobre la
salud…” (OPS, 1973, p. 8).

Tres años después, en el Informe Final de la III Reunión Especial de Ministros de Salud
de las Américas (Santiago, Chile, 2-9 octubre de 1972) [60], se reiteraba y de ampliaba
esa advertencia, anunciándose “el renacer de la ecología”:

“El renacer de la ecología – la antigua ciencia que Haeckel creara hace 100 años - ha ocu-
rrido con vigor en los últimos cinco años… Hablamos hoy de una concepción de la salud
que busca el conocimiento de los seres humanos en su integridad, en armonía con su me-
dio interno y externo. Lo sucedido en las sociedades industriales debe servir de adverten-
cia a los países en desarrollo. En efecto, la explotación de las riquezas naturales, la indus-
trialización y la urbanización no programada han producido la contaminación del aire,
del agua y del suelo que ha afectado el equilibrio favorable de las especies… así como la
producción y el consumo de alimentos, la salud y el bienestar. A estos componentes físi-
cos hay que agregar los de orden psicológico y social… Como nunca en el pasado las de-
cisiones de Gobiernos, instituciones y personas tienen consecuencias que trascienden, con
mucho, los efectos inmediatos. Procede pensar y actuar ecológicamente, modificar nues-
tros juicios de valor y nuestra conducta si queremos evitar o limitar el daño del medio
humano y de la salud en las comunidades” (OPS, 1973, p. 7).

En consonancia con aquellas nuevas tendencias, en los inicios de la década del 70, se
diseñaron varios modelos teóricos que pretenden explicar la situación de salud de una
población a partir de una concepción ecológica, para fines de definición de políticas de
salud. En los siguientes años, prevaleció uno de ellos que, con pequeñas diferencias de
los propuestos por otros autores, resultó aceptable para los fines prácticos de la defini-

195
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

ción de dichas políticas. Este modelo “campo de la salud” fue propuesto inicialmente
por H. L. Laframboise (1973), y utilizado por Marc Lalonde para plantear la nueva polí-
tica sanitaria de Canadá (1974), así como por Alan Dever como base de su propuesta de
“modelo epidemiológico para el análisis de una política sanitaria” (1976). Propuesta y
planteamientos que son coincidentes, en esencia, con las ideas de H. Blum (1968) [66].

El modelo aludido establece cuatro “divisiones primarias” entre los factores de riesgo
que pueden afectar a la salud, es decir, define cuatro “campos de fuerza” de los deter-
minantes de la salud: estilos de vida, ambiente, organización del sistema de salud y bio-
logía (población y su acervo genético). La crítica fundamental al modelo Laframboise-
Lalonde es su énfasis sobre los estilos de vida que hace regresar al individuo las respon-
sabilidades del cuidado de la salud. En respuesta a esta crítica, H. Blum propone el “pa-
radigma del bienestar en salud”, en el cual se define al ambiente como el principal cam-
po de fuerza, “el más presente y omnipotente”, en el cual incluye ambiente natural y ar-
tificial, educación, cultura, formas de gobierno político y paz. Además, los campos de
fuerza se relacionan mediante un círculo envolvente y continuo formado por “población
/ sistemas culturales / satisfacciones humanas (salud mental) / equilibrio ecológico / re-
cursos naturales” [68].

Para Lalonde, los principales factores condicionantes de esas enfermedades eran los
ambientales, así como los comportamientos o estilos de vida. Sin embargo, éstos no te-
nían la misma prioridad que se asignaba en Canadá a los servicios médicos, aún cuando
eran responsables en su conjunto de más del 80% de la causalidad de dichas enfermeda-
des. De acuerdo a la lógica de Lalonde, había que convertir a la “promoción de la
salud” en un área de trabajo prioritaria; es decir, en una estrategia del gobierno orienta-
da a solucionar los problemas de salud a través del desarrollo de políticas públicas y ac-
ciones para el logro de cambio de comportamientos y estilos de vida. La propuesta in-
cluía el fortalecimiento de la acción comunitaria para poder actuar en los distintos esce-
narios en los que las personas desarrollan su vida cotidiana [68].

Posteriormente, la atención primaria en salud, como filosofía y como estrategia domi-


nante desde el final de la década de 1970, resultaba ser el mejor escenario político y
social para el fortalecimiento de la promoción de la salud. Esto se plantea en la Confe-
rencia de Alma Ata (1978), y posteriormente se ratifica en la Conferencia Internacional
de Promoción de la Salud en Ottawa. El producto de esta reunión es la Carta de Ottawa
donde se sentaron las bases doctrinarias de la Promoción de la Salud, y se considera la
mejor repuesta a la crisis de los modelos de intervención sobre los procesos de salud y
enfermedad. Los campos de acción según la carta de Ottawa son cinco: construir políti-
cas públicas saludables; crear ambientes que favorezcan la salud; desarrollar habilida-
des personales; reforzar la acción comunitaria; y, reorientar los servicios de salud

La creación de ambientes saludables, está muy relacionada, con las políticas públicas y
con estilos de vida saludables. Una de las acciones de la promoción de la salud es el me-
joramiento del entorno físico y psicosocial. En relación con la creación de ambientes
saludables es indispensable relacionarlos con los estilos de vida saludables. Es una es-
trategia que no debe desarrollarse sin la participación de las comunidades. Una política
de ambientes saludables no tiene el mismo impacto si no se consideran las necesidades
sentidas por las comunidades. La medida destinada a la creación de ambientes saluda-
bles está encaminada a trabajar en micro ambientes como; vivienda, edificios, escuelas,
universidades.

196
Cap. 5. Salud ambiental I: 1969-1992, Carlos Bustíos y Col.

Por otro lado, en la década de 1950 había nacido en los países industrializados una nue-
va profesión, la Ingeniería Ambiental, para enfrentar problemas ambientales vinculados
con las aguas residuales y residuos químicos peligrosos de la industria. En las siguientes
décadas el campo de acción de la nueva profesión se fue ampliando progresivamente
hacia el “control de la contaminación ambiental”, las responsabilidades corporativas y
aplicación de estrategias de control.

El Perú no podía estar ausente de esas preocupaciones internacionales y académicas. Es


así, que de acuerdo a los avances en la concepción de la salud ambiental y de las rela-
ciones del ambiente con la salud, se creó en la Universidad Nacional de Ingeniería
(UNI) de Lima, con base en el Programa Académico de Saneamiento, la Facultad de
Ingeniería Ambiental (FIA), que empieza a funcionar en 1984 con dos Escuelas Aca-
démico Profesionales: la de Ingeniería Sanitaria, que el año 2004 pasaría a denominarse
Escuela Académico Profesional de de Ingeniería Sanitaria y Ambiental y que otorga el
grado académico en Ingeniería Sanitaria; y la de Ingeniería de Higiene y Seguridad In-
dustrial. Los alumnos accedían a estas Escuelas, después de haber aprobado los Estu-
dios Generales, que se dictaban en cada departamento académico (química, física, ma-
temática, etc.). Durante este período comienzan a formarse en otras universidades del
país facultades de Ingeniería Ambiental y a dictarse cursos para la obtención de grados
académicos de maestría en esa materia y otras relacionadas. Aumentó de esa forma la
oferta de profesionales que podían actuar en varios campos de la Salud Ambiental.

5.9 REFERENCIAS UTILIZADAS EN EL CAPÍTULO Nº 5

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Miano Trelles.

44. Entrevista al Ingeniero Sanitario Manuel Villanueva Lara, consultor internacional en Salud Ambien-
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45. Decreto Legislativo Nº 354. Ley de creación del Consejo Nacional de Protección del Medio Ambiente
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______________________________________________________________________

201
Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

CAPÍTULO Nº 6
SALUD AMBIENTAL EN LA SALUD PÚBLICA
NEOLIBERAL Y NEOPOPULISTA. PERÚ: 1992-2005

6.1. Contexto neoliberal y neopopulista


Aspectos políticos y económicos: 1992-2005
Política social neoliberal: sectores salud y saneamiento
Vulnerabilidad a los desastres naturales en el Perú: 1992-2005

6.2. Situación de la salud ambiental al inicio del período y el cólera


La salud ambiental alrededor del año 1991
La epidemia del cólera 1991-1992
Conciencia y educación ambiental insuficientes

6.3. Marco normativo general en salud ambiental: 1992-2005

6.4. Gestión de la autoridad nacional ambiental: 1994-2005

6.5. Conducción y gestión de servicios de agua y saneamiento: 1992-2005


Conducción y organización del sector agua y saneamiento
Ministerio de Salud y saneamiento ambiental: 1992-2005
Municipalidades y salud ambiental: 1992-2005

6.6. Obras y acciones de salud ambiental: 1992-2005


En atención al problema de la vivienda: 1992-2005
En atención a los problemas de agua y saneamiento: 1992-2005
En atención a los problemas de los residuos sólidos: 1992-2005
En atención a los problemas de la calidad del ambiente: 1992-2005
En atención a los desastres naturales: 1992-2005

6.7. Eventos internacionales y cooperación externa :1992-2005

6.8. Fundamentos de la política de salud ambiental: 1992-2005

6.9. Referencias bibliográficas en el Capítulo N° 6.

202
Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

6.1. CONTEXTO NEOLIBERAL Y NEOPOPULISTA

Aspectos políticos y económicos: 1992-2005

Gobierno de emergencia y reconstrucción nacional: 1992-1995

A inicios del gobierno de Fujimori, la crisis económica peruana iniciada en 1987 se


había agravado por los efectos fiscales y sociales derivados de la aplicación, desde el 8
de agosto de 1990, de un drástico plan de estabilización económica. La pobreza general
afectaba al 55% de la población, mientras que la pobreza extrema incidía sobre el 22%
de los habitantes del país, uno de cada cinco peruanos no lograba acceder ni siquiera a
una canasta básica compuesta sólo por alimentos, la mayoría de los cuales habitaba en
zonas rurales (Instituto Cuanto, 1992, p. 34). La fuerte reducción del gasto público en
salud, en un contexto de severa contracción de los ingresos familiares, agravó las
limitaciones y las diferencias en el acceso a los servicios de salud [1]. La epidemia del
cólera, iniciada en febrero de 1991, agravó aún más la situación de crisis general.

En ese gobierno, las reformas económicas tuvieron como objetivos: la estabilización


económica, en el corto plazo; y, el desarrollo de un capitalismo de mercado libre, en el
largo plazo. Si bien ya algunas de estas reformas se habían iniciado en el segundo
semestre de 1990, fue Carlos Boloña Behr –a cargo del Ministerio de Economía y
Finanzas (MEF) desde febrero de 1991– quien les dio mayor fuerza, a través de su
gestión para lograr la aprobación de un paquete de decretos legislativos. Todos ellos
formulados y aprobados, entre marzo y noviembre de 1991, gracias a las facultades
extraordinarias que le fueron concedidas al Ejecutivo por el Congreso. Esta “primera
ola” de reformas normativas económicas marcó el comienzo de la institucionalización, a
pasos forzados, del Programa de Ajuste Estructural (PAE) en nuestro país.

Esa necesidad de avanzar rápidamente en las reformas económicas no era coincidente


con las intenciones del Parlamento, donde Fujimori no tenía mayoría, ni con las del
Tribunal de Garantías Constitucionales. El 5 de abril de 1992, en respuesta autoritaria a
esta situación, se produjo el llamado “autogolpe” de Fujimori, quien con el respaldo de
las Fuerzas Armadas disolvió el Congreso, asumió facultades extraordinarias, anunció la
reorganización del Poder Judicial y estableció un gobierno de “emergencia y
reconstrucción nacional”, con el argumento de que lo hacía para “enfrentar el terrorismo
y la crisis interna por medio de la transformación del Estado y sus instituciones”. Cinco
meses después del autogolpe, las Fuerzas Policiales capturaron, el 12 de septiembre de
1992, a Abimael Guzmán, máximo líder de Sendero Luminoso, hecho que fue seguido
por un retroceso del terrorismo en el país [2].

El autogolpe fue ampliamente respaldado por el empresariado y los sectores populares.


El 80% de los peruanos encuestados por la prensa nacional apoyó esta medida. Los
partidos políticos y los sindicatos –cada vez más desprestigiados por sus inconsistencias
y fracasos– se habían deslegitimado ante sus bases sociales tradicionales. Además, los
trabajadores informales y las poblaciones campesinas se sentían cada vez menos
representados por un tipo de Estado que se mostraba tan impotente frente a la crisis.
Estos hechos marcaban el rompimiento de las bases del vínculo representativo
establecido a inicios de los ochenta entre el Estado y la sociedad civil. La política de

203
Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

Fujimori comenzaría a crear en el país un nuevo tipo de vínculo entre la sociedad y un


nuevo Estado neoliberal o mercado-céntrico [3].

Sin embargo, la comunidad internacional rechazó aquel “autogolpe”, lo que obligó a


Fujimori a restablecer los derechos constitucionales en el país, convocando a elecciones
para un Congreso Constituyente, las cuales se efectuaron el 22 de noviembre de 1992.
En ellas, el partido oficial Nueva Mayoría-Cambio 90 consiguió el voto del 44,6% de la
ciudadanía y, por tanto, el control del llamado Congreso Constituyente Democrático.
Este control permitió a los oficialistas redactar y aprobar una Constitución ajustada a
las intenciones de sus dirigentes. En octubre de 1993, esta Constitución se somete a
referéndum obteniendo el apoyo del 52,24% de la población [2].

Con el reemplazo de la Constitución de 1979, se eliminaron los obstáculos jurídicos que


impedían o limitaban la realización de políticas económicas neoliberales, así como una
política antisubversiva poca respetuosa de los derechos humanos. La nueva
Constitución de 1993 [4], había definido un nuevo régimen económico neoliberal en su
Capítulo I del Título III, y permitiría el establecimiento de una nueva Ley de Defensa
que permitiría enfrentar con mayor agresividad al terrorismo.

En los siguientes dos años, se desplegó un proceso de reformas económicas y


privatizaciones en la dirección de reducir el tamaño y la capacidad de intervención del
Estado y abrir paso a una economía orientada por los mercados internos y externos.
Entre ellas una reforma laboral para sentar las bases de un modelo de mayor
competitividad externa, centrado en la flexibilización del mercado laboral y la reducción
de los costos laborales. La atención a temas como estímulos a la innovación tecnológica
y mejoras de organización de las empresas o políticas para la calificación acelerada de
la mano de obra, fue y sería siempre nula. La reforma laboral estaba sustentada en la
idea – compartida por el Gobierno y los organismos multilaterales – que esa
competitividad dependía crucialmente de la reducción de los costos laborales, y que esto
último contribuiría a aumentar el empleo. En realidad, la aplicación de esta reforma
provocaría el creciente deterioro del mercado laboral que se expresaría en mayor
informalidad y precariedad del empleo [5].

La aplicación autoritaria de la estrategia gubernamental, enmarcada por una política


macroeconómica estable y una incipiente, incompleta y débil red de protección social
para los más pobres, comenzaron a dar en el año 1993 los primeros resultados
favorables para el Gobierno: reducción de la tasa de inflación, disminución del déficit
económico, privatizaciones de las empresas del Estado y del sistema de pensiones, y
crecimiento económico sostenido durante el trienio 1993-1995. En las Elecciones
Generales de abril de 1995, con una abierta utilización de recursos públicos, Fujimori
fue reelegido como presidente del Perú, y el movimiento oficialista Nueva Mayoría-
Cambio 90 obtuvo los votos necesarios para controlar el Parlamento.

Estado neoliberal autocrático y neopopulista: 1995-2000

El 28 de julio de 1995, Fujimori comenzó su gestión como Presidente de la República


reelecto. Su régimen había logrado revincular los nuevos intereses societales, surgidos
después de la crisis, con las nuevas instituciones políticas utilizando, de manera simul-
tánea, tres tipos de instrumentos: neopopulistas, mediáticos y coactivos. Los primeros,
establecieron redes de intermediación clientelística basadas en operadores políticos,

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Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

mediante los cuales se hacían llegar “obras” y servicios a los sectores que habían estado
más desconectados con el Estado y el mercado. Se trataba de un mecanismo de inter-
cambio de intereses particulares, antes que de lealtad. El triunfo de Fujimori en las elec-
ciones de 1995 se debió, en gran parte, al fuerte gasto social invertido en aquellas redes
neoclientelares, especialmente a través de los programas de compensación social. En lo
que se refiere al segundo tipo de instrumentos, se utilizó una “lógica electoral mediáti-
ca” para promocionar – a través de la televisión y la prensa – los viajes del Presidente
por todo el país, mostrando lo “cerca” que estaba de la población; así como para difun-
dir “psicosociales”, cuando la coyuntura lo aconsejaba. El asesor presidencial Vladimiro
Montesinos pudo montar “un aparato de propaganda del que se beneficiaron tanto los
ejecutivos como los periodistas”. Finalmente, con relación a los instrumentos coactivos,
también se impuso una “política del miedo”, que consistió en imponer una draconiana
Ley de Huelgas, criminalizar la protesta pública y poner la etiqueta de “terrorista” a to-
da oposición incómoda. Como efecto de esta política coercitiva los conflictos sociales
se redujeron y por momentos desaparecieron del espacio público [3, 6, 7].
No obstante esos avances gubernamentales en el campo político interno, en marzo de
1996 la economía peruana presentó signos de crisis fiscal, lo que obligó al gobierno a
efectuar un reajuste de su programa económico, para lo cual tuvo que llegar a un acuer-
do con los países del Club de París en condiciones no muy favorables para el país. Para-
lelamente, desde agosto de 1996, comenzaron las acusaciones públicas de acciones de
corrupción cometidas por Montesinos, en su condición de asesor presidencial, y por los
mandos militares en las zonas cocaleras.

Dos años después de aquel reajuste, se produjo un claro punto de quiebre en la tenden-
cia del crecimiento del PBI nacional. Los estragos del fenómeno de El Niño 1997-1998
sumados a los efectos de la crisis económica asiática y rusa al comercio exterior provo-
caron un nuevo debilitamiento económico del país. En esta situación, el PBI peruano
creció apenas 0,3% en 1998, el menor avance en seis años, iniciándose una recesión
económica que debilitaría al régimen. Además, por el lado de lo político, la “interpreta-
ción auténtica” de la Constitución logró la viabilidad “legal” de la reelección de Fujimo-
ri a un tercer período presidencial consecutivo, y todas las decisiones del gobierno se
subordinaron a las necesidades de dicha reelección. Los resultados de las elecciones
generales efectuadas el año 2000 dieron nuevamente el triunfo a Fujimori. Sin embar-
go, a diferencia de su primera reelección, estos resultados fueron fuertemente cuestio-
nados en su legitimidad, a nivel nacional e internacional [2].

Luego, apenas 49 días después de juramentar como presidente reelecto por segunda vez,
Fujimori tomó la inesperada decisión de convocar a nuevas elecciones generales para
abril de 2001. Factor desencadenante de esta decisión, tomada el 16 de septiembre del
2000 fue el escándalo Montesinos-Kuori. La presión internacional, los escándalos de
corrupción, los conflictos internos del régimen y las grandes movilizaciones populares –
especialmente de los frentes provinciales, departamentales y regionales – provocaron la
interrupción del tercer gobierno de Fujimori. El 13 de noviembre de 2000, Fujimori
salió del Perú con destino a Brunei; seis días después renunció desde Japón a la
presidencia de la República. Al final del segundo milenio, nueve y medio años después
de iniciada la aplicación del PAE en el país, el Perú se encontraba nuevamente en una
situación de crisis económica, política y, especialmente, moral.

Estado neoliberal en transición hacia la democracia: 2000-2005

205
Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

El 22 de noviembre del 2000, se inició en el Perú la recuperación de la democracia


representativa con la instalación del gobierno provisional encabezado por el Dr.
Valentín Paniagua. Durante los 249 días que duró este gobierno, sus autoridades
tuvieron que dedicarse a recomponer y administrar las funciones básicas del Estado, a
abrir instancias de concertación social en lucha contra la pobreza y la corrupción, y a
establecer las condiciones favorables para celebrar un proceso electoral libre y
transparente en el año 2001 [3]. Uno de los hechos de mayor trascendencia en este
corto período del gobierno de Paniagua fue la creación e instalación de la Comisión de
la Verdad y la Reconciliación (CVR) con el mandato de investigar las violaciones de los
derechos humanos cometidas durante el período de la violencia política vivido en el
Perú entre 1980 y 1995, y formular recomendaciones para afrontar sus secuelas.

Luego, Alejandro Toledo triunfó en las elecciones presidenciales de 2001.Diversos ana-


listas y políticos consideran que su gobierno permitió un quinquenio de relativa estabili-
dad política y económica. Continuó con las políticas económicas iniciadas por el régi-
men de Fujimori, logrando un sostenido crecimiento de la economía peruana y obte-
niendo una mayoritaria aprobación social de dichas políticas. Entre las razones de este
crecimiento económico se destacan los ingresos generados por las empresas mineras,
instaladas principalmente en la década anterior; así como la expansión de diversos sec-
tores de la actividad económica. Además, el nuevo gobierno comenzó a incursionar li-
mitadamente en medidas de promoción de los exportadores, mejoras en el manejo de
algunos puertos, apoyo al desarrollo de grandes proyectos esenciales para el país, como
la explotación y traslado de gas, y obras de infraestructura para romper obstáculos a las
exportaciones. A ello se le agregó una estrategia deliberada de promoción de importan-
tes acuerdos comerciales para abrir nuevos mercados internacionales.

Por otro lado, no existió la voluntad gubernamental de efectuar avances significativos


en la reforma del Estado, y sus políticas sociales no pudieron revertir las tendencias al
empobrecimiento de las mayorías nacionales, ni evitar la ampliación de las brechas eco-
nómicas, manteniéndose latentes muchos conflictos sociales. La política laboral estable-
cida en la década del noventa se mantuvo sin mayores cambios, continuando las tenden-
cias a la informalidad y la precariedad del empleo. Cabe resaltar que se respetaron las
normas constitucionales, la independencia de los poderes estatales y la libertad de ex-
presión; pese a los casos de corrupción y escándalos políticos que rodearon al entorno
presidencial y a importantes líderes del partido de gobierno.

Asimismo, durante el gobierno de Toledo se promovió formalmente una política de


promoción de la participación ciudadana en la toma de decisiones y se reinició, con el
mismo fin, el proceso de descentralización; estableciéndose instancias de diálogo como
la Mesa de Lucha Contra la Pobreza, las mesas de concertación, la formulación de pre-
supuestos participativos, etc. Pero, los dirigentes del partido oficialista obstaculizaron
tempranamente el progreso de esta política, optando por establecer nuevos vínculos
neoclientelistas con la ciudadanía, en función de sus intereses partidarios. Además, lue-
go del colapso del vínculo representativo, dominante en el Estado Desarrollista, el neo-
clientelista reinstalado por Fujimori mantenía su fortaleza política. En esta situación, la
provocación de un conflicto social se presentó, para las organizaciones territoriales y
funcionales no oficialistas, como una nueva forma de vincularse con el Estado cuando
no se desea o no se tiene acceso al vínculo neoclientelar o cuando éste resulta insufi-
ciente. Es por ello, que diversos conflictos sociales volvieron a surgir en el país, siendo
una de las razones la falta de intermediarios eficaces – partidos políticos consistentes o

206
Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

instancias de diálogo democrático – entre la sociedad y el Estado. Quedaron, entonces,


dos tipos de vínculos entre la sociedad y el Estado: el clientelar, promovido por el Par-
tido del Gobierno; y, el conflicto social, que estalla y obliga al gobierno a dialogar. “To-
ledo armó sus propios vínculos neoclientelares y tuvo que afrontar una relación a través
del conflicto social con los pobladores que demandaban por diversos temas” [3].

El régimen de Toledo institucionalizó, el 5 de marzo del 2002, el llamado Compromiso


de Diálogo para lograr un Acuerdo Nacional [8], suscrito por los más altos represen-
tantes del gobierno, partidos políticos que contaban con representación parlamentaria y
sectores representativos de la sociedad civil. La primera etapa de reuniones de trabajo
y foros descentralizados dio como resultado la firma del El Acuerdo Nacional de Go-
bernabilidad, suscrito el 22 de julio de 2002. El Acuerdo tiene como propósito formal:
definir y afirmar un consenso sobre 31 políticas del Estado para los próximos 20 años,
en cuatro áreas fundamentales: democracia y Estado de Derecho; equidad y justicia so-
cial; competitividad del país; y Estado eficiente, transparente y descentralizado.

Tres de esas políticas de Estado eran la décima tercera, la décimo novena y vigésima
primera, que tienen como objetivo, respectivamente, el “acceso universal a los servi-
cios de salud y a la seguridad social”, el “desarrollo sostenible y gestión ambiental” y el
“desarrollo en infraestructura y vivienda”. Con estos objetivos, el Estado se comprome-
tió a promover una cultura de la salud, ampliando el acceso a los servicios de agua y al-
cantarillado. Asimismo, se comprometió a facilitar el acceso a una vivienda digna, per-
mitiendo su densificación, abaratamiento y seguridad. Se comprometió también a con-
solidar un sistema habitacional integrado al sistema económico privado, con el Estado
en un rol subsidiario, facilitador y regulador de estas actividades. Finalmente, se com-
prometió a fomentar el saneamiento ambiental y a buscar mejorar la calidad de las vi-
viendas autoconstruidas. Para poner en práctica esta décimo novena política, el Estado
asumía ocho compromisos, que si bien no eran explícitamente mandatarios servirían de
marco de las acciones gubernamentales a adoptar en ese campo.

“(i) Fortalecer la institucionalidad de la gestión ambiental optimizando la coordinación


entre la sociedad civil, la autoridad ambiental nacional, las sectoriales y los niveles de
gestión descentralizada, en el marco de un sistema nacional de gestión ambiental; (ii)
promover la participación responsable e informada del sector privado y de la sociedad ci-
vil en la toma de decisiones ambientales y en la vigilancia de su cumplimiento, y fomen-
tará una mayor conciencia ambiental; (iii) promover el ordenamiento territorial; (iv) pro-
mover y evaluar permanentemente el uso eficiente, la preservación y conservación del
suelo, subsuelo, agua y aire, evitando las externalidades ambientales negativas; (v) pro-
mover el ordenamiento urbano, así como el manejo integrado de residuos urbanos e in-
dustriales que estimule su reducción, reuso y reciclaje; (vi) implementar el Sistema de
Evaluación de Impacto Ambiental para asegurar la participación ciudadana, la coordina-
ción multisectorial y el cumplimiento de las empresas de los criterios y condiciones de
protección ambiental; (vii) regular la contaminación sonora; (viii) cumplir los tratados in-
ternacionales en materia de gestión ambiental, así como facilitar la participación y el apo-
yo de la cooperación internacional para recuperar y mantener el equilibrio ecológico”.

Durante el primer año del funcionamiento del Foro del Acuerdo Nacional se lograron,
en medio de grandes expectativas, importantes avances para el logro de sus propósitos,
entre ellos la definición por consenso de 31 políticas de Estado, 268 sub-políticas; 817
indicadores y 747 objetivos; así como la instalación de la Secretaría Técnica Autónoma.
[8]. Sin embargo, en los siguientes años la participación efectiva de dicho Foro en la

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Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

afirmación de un consenso para la instrumentación de esas políticas del Estado fue insu-
ficiente. A julio del 2003, los avances en el cumplimiento de la mayoría de las políticas
de Estado estaban estancados o eran muy discretos. La opinión generalizada es que el
Foro se había convirtió en una "plataforma mediática utilizada por los gobiernos de
turno para temas de coyuntura", en lugar de trabajar políticas de largo plazo.

Política social neoliberal: sectores salud y saneamiento

El objetivo central de la nueva Carta Constitucional de 1993 fue el de desmantelar un


aparato estatal desarrollista ineficiente e ineficaz para crear un Estado mercado-
centrista cuyas políticas estarían orientadas por una racionalidad instrumental. La nueva
“política social” de este tipo de Estado tiene como estrategia central la de promover la
penetración y dominio del capital privado en los espacios sociales rentables (seguros,
servicios educativos, atención médica, servicios de saneamiento), con el fin de mercan-
tilizar el bienestar de la sociedad de acuerdo con la doctrina neoliberal.

La aplicación de esa política social se justificó inicialmente en el Perú con principios


económicos liberales promovidos por el Banco Mundial y, luego, con argumentos pro-
cedentes del llamado “consenso de Washington”. Principios y argumentos que fueron
utilizados por los gobiernos peruanos que se sucedieron entre los años 1992 y 2005 –
con distintos estilos y énfasis – para sustentar las reformas del sistema de salud nacio-
nal, del sistema de seguridad social y del sistema de gestión ambiental en el Perú.

Reformas que en el campo del cuidado de la salud y al final del año 2005 habían conso-
lidado la segregación de los diferentes grupos sociales peruanos al interior del sistema
nacional de salud, incluyendo dos componentes distintos del subsistema público. El de
la seguridad social financiada por un régimen contributivo, bien dotado de recursos,
que sirve a los trabajadores asalariados y sus familias; y el de la salud pública, finan-
ciado precariamente por un régimen no contributivo administrado por el MINSA, y que
debe atender a las personas pobres y vulnerables. El sustento político del nuevo modelo
de reforma en el campo de la salud se deriva de un concepto dual y contradictorio del
servicio de salud y de sus principales insumos (medicamentos, vacunas); por una parte,
bienes públicos esenciales para la realización del derecho a la salud y, por otra, mer-
cancías sujetas a las leyes del mercado, donde se producen con fines de lucro.
.
Vulnerabilidad a los desastres naturales en el Perú: 1992-2005

Incidencia e impacto de los desastres naturales

La incidencia en el Perú de los desastres naturales, es casi el doble que en el resto de


América Latina, mientras la tasa de fatalidades es la más alta en el continente entero. El
país está ubicado en una de las áreas de mayor actividad sísmica del planeta – en el Cin-
turón de Fuego del Pacífico – y es afectado seguidamente por las condiciones atmosfé-
ricas y oceánicas causadas por el fenómeno El Niño. A ello se suma su variada geográ-
fica y realidad económica complicada [9, 10].

Estos eventos han tenido un costo significativo tanto en el capital humano como en el
capital físico del país. Se estima que más de dos millones de personas fueron afectadas
por los desastres naturales durante 2000-2004, con un costo anual de aproximadamente

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Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

un billón de soles o US$ 325 millones (Larsen y Strukova, 2006) [11]. Costos moneta-
rios elevados, aunque no tanto como en Bolivia o Colombia. La población pobre suele
ser la más vulnerable a los efectos de estos desastres, debido a varias razones: construc-
ción de sus casas donde la tierra es barata, frecuentemente cerca de la parte baja de los
ríos y laderas escarpadas; ausencia del control de uso de la tierra en estas áreas; pobre
calidad de la construcción; carencia de medidas básicas de alivio; medio de vida margi-
nal y limitada capacidad de estos grupos para recuperarse de los impactos económicos.

Las estadísticas del INDECI ponen de manifiesto un aumento gradual del total de emer-
gencias y daños por desastres naturales ocurridos entre 1995 y 2003. Se contabilizó
9.179 emergencias, 2.989 fallecidos, más de dos millones de damnificados; así como de
392.798 viviendas afectadas y 124.544 viviendas destruidas. Asimismo, informan que
las heladas han producido 80 fallecidos por enfermedades respiratorias agudas, así como
más de 190.000 damnificados, daños en 24 mil viviendas y pérdidas de más de 27 mil
hectáreas de cultivos [9, 10, 12].

La información oficial, de la misma INDECI, para 2004 da cuenta de 29 tipos diferen-


tes de “situaciones de emergencia”, siendo los más frecuentes: incendios urbanos (3.791
casos), inundaciones (2.244), fuertes vientos (1.960), fuertes lluvias (1.368), huaicos
(540), y deslizamientos de tierra (530). La distribución geográfica de estos sucesos es
muy variable; los departamentos más fuertemente afectados son: Puno (432 sucesos en
2003), Loreto (369 sucesos), Amazonas (282) y Lima (279), y los menos, Tumbes (29
sucesos), Ica (31), La Libertad (43) y Tacna (48) [9, 10].

Aunque estos desastres tienen orígenes naturales, muchos, principalmente las inunda-
ciones y los deslizamientos, son influenciados por las actividades humanas que modifi-
can las condiciones ambientales La erosión del suelo y la deforestación, han contribuido
a un riesgo mayor de inundaciones en áreas bajas y también contribuyen a crear condi-
ciones para movimientos de masa del suelo que resultan en deslizamientos y huaycos.
La urbanización y una mayor densidad demográfica han conducido a una mayor exposi-
ción a potenciales desastres en áreas específicas que concentran actividades socioeco-
nómicas.

El fenómeno de El Niño: bienio 1997-1998

El fenómeno climático El Niño se presentó con especial intensidad durante el bienio


1997-1998, siendo considerado como uno de los más fuertes ocurridos sobre el Pacífico
Ecuatorial y Central en el siglo XX. Sus principales efectos negativos fueron, en orden
de frecuencia: lluvias intensas (444), inundaciones (297), huaycos (229) y deslizamien-
tos (188). Los cuales tuvieron como consecuencias: la muerte de 364 personas, 412 he-
ridos, 600 mil personas afectadas, 75.600 viviendas afectadas, 32.400 viviendas des-
truidas, 51.125 hectáreas de cultivo destruidas, carreteras y puentes destruidos. Los da-
ños totales que ocasionó El Niño han sido estimados en 3.500 millones de dólares,
equivalente al 4,5% del PBI. Estas pérdidas (en millones de dólares) se distribuyeron de
la manera siguiente: (i) producción, 1.625; (ii) todo tipo de infraestructura, 1.389; y, (iii)
pérdidas sociales, 485 [9, 13, 14].

Esos efectos negativos, tuvieron un impacto directo sobre la infraestructura de agua po-
table y de alcantarillado, provocando el colapso o afectando seriamente la prestación de
los servicios correspondientes. De acuerdo a estimaciones de las empresas prestadoras

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Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

de dichos servicios, la población afectada alcanzó a algo más de 3,2 millones de habi-
tantes, y los daños sufridos en su infraestructura ascenderían a los 71 millones de dóla-
res. Por otro lado, estas consecuencias, así como las provocadas directamente por las
elevadas temperaturas, determinaron una serie de situaciones favorables al desarrollo de
vectores y a la mayor incidencia de las enfermedades transmisibles Los departamentos
más afectados fueron los de la costa norte e Ica [9, 14].

6.2. SITUACIÓN DE LA SALUD AMBIENTAL AL INICIO


DEL PERÍODO Y EL CÓLERA

La salud ambiental alrededor del año 1991

Tal como ya se comentó, al final del período anterior los efectos fiscales y sociales de-
rivados de la aplicación de un drástico plan de estabilización económica había agravado
la crisis nacional que afectaba al país desde el año 1988. La pobreza extrema incidía
sobre el 22% de los habitantes del país, uno de cada cinco peruanos no lograba acceder
a una canasta básica compuesta sólo por alimentos. La fuerte reducción del gasto públi-
co en salud, en un contexto de severa contracción de los ingresos familiares, aumentaba
las limitaciones en el acceso a los servicios de salud y de saneamiento ambiental. Res-
pecto a estos últimos, apenas el 25% de la población rural tenía rudimentarios sistemas
de cañerías de agua; sólo el 35% de la población nacional tenía retretes y en áreas rura-
les ese número era de 2%. De éstos, ninguno tenía sistemas de cloacas. Aún cuando al-
gunas familias habían instalado letrinas de pozo ciego, más de tres cuartos de la pobla-
ción rural no tenía instalaciones formales de evacuación de excrementos. De la misma
manera, a nivel nacional, 42% de la población arrojaban su basura en un río o campo, y
en áreas rurales este porcentaje crecía a 78% [14, 15].

En Lima hacia 1990, entre 20 y 25% de la población no tenía agua corriente, y se pro-
veían principalmente mediante camiones de agua; suministro que se efectuaba sin nin-
gún control de calidad sobre el agua. Las aguas servidas de Lima eran arrojadas al mar a
través de tres colectores ubicados en las playas aledañas a la ciudad. En este mar exis-
tían reservorios de peces y mariscos que eran utilizados para el consumo humano. En
otras zonas del país las aguas servidas se descargaban sin tratamiento en ríos, lagos y
océanos. Se estimaba que cerca de 4.000 hectáreas de tierra agrícola de la costa perua-
na eran regadas con desagüe. En 1991, existían en el Perú las condiciones ecológicas
necesarias para la aparición de una epidemia de cólera y, potencialmente, convertir al
país en una zona endémica de esta enfermedad [14, 15].

La epidemia del cólera 1991-1992

El enero del año 1991 el Perú comenzó a ser azotado por una epidemia de cólera. Al fi-
nal del mismo año, los servicios de salud habían atendido a 322.562 sospechosos de
cólera, con un total de 2.909 defunciones (tasa de mortalidad 9 por 100.000), 15 de cada
mil habitantes acudieron a establecimientos de salud presentando síntomas del cólera.
Los primeros casos fueron informados casi simultáneamente en tres ciudades costeras
Chancay, Chimbote y Piura, luego se diseminó rápidamente a toda la costa y sierra,
siendo las poblaciones de los pueblos jóvenes y de las áreas rurales las más vulnerables.
En 1992, el número de casos de cólera en el Perú también fue alto, con 239.139 casos y

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Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

886 defunciones. Además, se ha calculado que esta epidemia provocó al país una pér-
dida de 770 a 1.000 millones de dólares americanos para 1991, por diversos rubros:
agricultura, pesca y turismo, casi la quinta parte de los ingresos normales de la exporta-
ción. En el curso del año 1991, la enfermedad se extendió a 14 países de América La-
tina y del Caribe sumando un total de 366.017 casos, siendo el Perú, el país, que agrupó
al 83% de total de casos presentados en la Región. Al final del año 1996 la epidemia se
había extendido a 21 de esos países, con más de un millón de casos y alrededor de
121.000 muertes [16, 17].

De acuerdo a datos compilados por C. Maguiña y colaboradores [15] el cólera se difun-


dió en la población peruana, principalmente, por el “agua empleada para la bebida, la
preparación de comidas, el lavado de ropa y el baño”. Evaluaciones realizadas por pro-
fesionales del MINSA, al inicio de la epidemia, encontraron serias deficiencias en la
mayoría de los sistemas de abastecimiento de agua de las ciudades donde el cólera es-
taba presente. Estudios posteriores confirmaron graves problemas de funcionamiento de
los sistemas, en particular en los procesos de tratamiento y desinfección química del
agua previa a su distribución (Cánepa 1991, Geldreich 1991, Haratani 1991). Asimismo
se encontró presencia de coliformes fecales y Vibrio Cólera en varias muestras tomadas
en conexiones domiciliarias. Esta situación se vio agravada por la venta callejera de
alimentos sin control sanitario, y las prácticas antihigiénicas en el manipuleo de los
alimentos. En Chimbote solo el 16% de pacientes de cólera bebían agua hervida y se
lavaban las manos antes de comer y después de ir al baño. En el Callao, un 40% de di-
cha población consumía agua con residuos fecales. En Piura, el 90% de los alimentos de
los vendedores ambulantes tenían residuos fecales.

El 5 de Abril de 1991, el gobierno dispuso la creación de la Comisión Nacional Multi-


sectorial de Lucha Contra el Cólera, presidida por el representante del MINSA; respon-
sabilizándola de coordinar todas las acciones que se tomen para contrarrestar la epide-
mia. Las principales medidas ambientales adoptadas fueron la clorinación y vigilancia
de los sistemas existentes de abastecimiento de agua a las zonas urbanas y la distribu-
ción de productos químicos para la purificación del agua en los hogares y comparadores
para la vigilancia del cloro residual. Tanto la Dirección General de Salud Ambiental
(DIGESA) y la Municipalidad actualizaron, en enero de 1992, las normas sanitarias pa-
ra el expendio de alimentos y bebidas de consumo directo en la vía pública.

A partir del año 1993, la epidemia del cólera pudo ser controlada en el país por las auto-
ridades nacionales. Aunque éstas no pudieron evitar que se convirtiera en una nueva en-
demia nacional, debido a la persistencia de las deficientes condiciones de saneamiento
básico y de higiene personal. Sin embargo, en 1998 se produjo un brote epidémico, en
la costa norte y la selva del Perú, con un total de 41.717 casos (incidencia: 168,2 por
cien mil), como consecuencia de los cambios climáticos producidos por el fenómeno de
El Niño en ese año, los cuales se sumaron al efecto de aquellas deficiencias [15].

Conciencia y educación ambiental insuficientes

Diversos estudios muestran que las crecientes tensiones entre la sociedad peruana y su
entorno, en los últimos dos siglos, están asociadas fundamentalmente con un compor-
tamiento humano que expresa escasa conciencia ambiental. Este comportamiento ha si-
do tipificado como depredador, irresponsable y egoísta. Entre los aspectos culturales
que agudizan esas tensiones desde inicios de los noventa se mencionan a: el antropocen-

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Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

trismo extremo, el etnocentrismo occidental, los fundamentalismos, el excesivo afán de


lucro, el consumismo exagerado, etc. Además tal comportamiento no solo alcanza a la
población, sino a los mismos funcionarios de salud y educación [18].

No obstante los avances normativos ambientales en este período –serán detallados más
adelante – era evidente que ellos se debían a razones distintas a una mejor conciencia
ambiental de las autoridades gubernamentales. Es así, que al poco tiempo de promulgar-
se el Código del Medioambiente, éste fue mutilado en todo su texto por el Decreto Le-
gislativo de Promoción de la Inversión Privada; debiendo remarcarse, además, que si
bien el nuevo Código Penal de 1991, en sus artículos 304 y 305 sancionan con penas
privativas de la libertad a quienes contaminan el ambiente, hasta el final del período no
había nadie en la cárcel por dicho motivo, a pesar de existir casos flagrantes. En opinión
del Ing. Oscar Cáceres [19], casos notables de infracciones ambientales cometidas por
consorcios privados quedaron impunes frente a la indiferencia de las entidades públicas
responsables de su control; más aún, se toman decisiones políticas “vergonzosas”, co-
mo el caso de la promulgación de la Ley que regula los pasivos ambientales de la acti-
vidad minera, promulgada el 2 de julio de 2004, por la cual el Estado se hace cargo de
los pasivos ambiéntales en abandono de los titulares no identificados o de aquellos que
cancelen su derecho a concesión minera

Con relación a la conducta de la población en sus relaciones con el ambiente, en opinión


del parasitólogo Dr. César Náquira Velarde [20] – presidente del Comité Permanente de
Población y Ambiente de la Academia Nacional de Medicina y ex-Jefe del Instituto
Nacional de Salud –, “si el hombre se lavara las manos o no defecará en el suelo dejaría
de contaminar el ambiente” y decrecería los riesgos de las enfermedades vinculadas
con el “fecalismo”. Enfatizando que la responsabilidad de formar una conciencia am-
biental para evitar ésta y otras conductas antihigiénicas alcanza tanto al Estado y sus
instituciones educativas como a la comunidad, la familia, los centros laborales y los
medios de comunicación. Además, manifiesta que, en su experiencia como funcionario
público, es testigo que las razones técnicas, que deben sustentar las decisiones guber-
namentales sobre la protección del ambiente, están subordinadas, por lo general, a ra-
zones de carácter político y económico coyunturales:

“Cuando Fujimori estaba terminando su segundo período presidencial, coincidió que un


grupo de funcionarios del Ministerio de Salud y de la OPS/OMS decidió armar un Plan
Piloto en Pucallpa para el control del parasitismo intestinal en el área rural, en el que se
combinaba acciones de saneamiento ambiental y de cuidado de la salud con las de edu-
cación destinadas a crear una conciencia ambiental a mediano plazo en lo alumnos. Coor-
dinando su ejecución con las autoridades sanitarias regionales. Pero, cuando se estaba eje-
cutando el plan, esas mismas autoridades abandonaron los objetivos iniciales, con la in-
tención de apoyar políticamente la campaña reeleccionista de Fujimori. Con esta nueva
intención, concentraron las acciones en la administración de tabletas antiparasitarias, cu-
yos resultados, temporales, podían observarse de manera inmediata, con lo que se espe-
raba lograr un mayor impacto político en la comunidad. Pero, lo que ocurrió, finalmente,
es que en el 16 % de los niños a los que se administró la tableta tuvieron efectos colatera-
les no esperados – debido a problemas de calidad del fármaco – con el descrédito co-
rrespondiente de la actividad ante la comunidad” (C. Náquira, 2012).

Por su lado, Francisco Bravo Alarcón [21], sociólogo de la Pontificia Universidad Cató-
lica del Perú, comenta que uno de los pocos instrumentos disponibles para apreciar el
estado de conciencia y educación ambiental en el Perú durante este período es la En-

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Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

cuesta Nacional de Medio Ambiente (Instituto Cuánto) cuyos resultados del año 2001
sugieren un escaso reconocimiento ciudadano sobre la importancia de la contaminación
del ambiente, por lo menos hasta ese año. De acuerdo con los resultados, la población
encuestada consideró que los principales problemas del país son la falta de empleo
(37,5%), la pobreza (20,8%) y los bajos ingresos (12,4%); a notable distancia el pro-
blema de la contaminación ambiental aparece con apenas el 2,7%.

6.3. MARCO NORMATIVO GENERAL EN SALUD AMBIENTAL: 1992-2005

Código del Medio Ambiente y Recursos Naturales, 1990

En septiembre de 1990, en el segundo mes del gobierno del Ing. Fujimori, se aprobó el
Decreto Legislativo 613, Código del Medio Ambiente y Recursos Naturales [22]. Esta
norma marcó un hito formal importante en el diseño de políticas ambientales en el Pe-
rú, creando la posibilidad de establecer una serie de medidas legales para la gestión am-
biental, incluidos el enfoque de prevención de los daños, el principio de que el contami-
nador debe pagar por la reparación de los daños que causa y la obligación de realizar
evaluaciones de impacto ambiental. Sin embargo, aún no se habían iniciado las reformas
orientadas hacia la privatización del Estado, las cuales provocarían un nuevo reorde-
namiento legal e institucional del Sector Saneamiento con el propósito de impulsar la
comercialización y la privatización de los prestadores de los servicios pertinentes. De-
bido a estas reformas, el Código sufriría, durante el decenio de los noventa, una serie de
modificaciones, motivadas por las leyes de la promoción de la inversión privada, que
limitó su campo de aplicación y le restó fuerza hasta su derogatoria en el año 2005 [23].

Decreto Legislativo Nº 757, 1991

En 1991, cuando se intentó derogar el citado Código, por considerarlo un obstáculo pa-
ra la promoción de las inversiones, se promulgó el Decreto Legislativo Nº 757 [24], de-
nominado Ley Marco para el Crecimiento de la Inversión Privada, publicado el 13 de
noviembre de 1991, en el que se destaca el rol de la inversión privada y la libre compe-
tencia como motores del desarrollo. En la nueva norma se incorporó un capítulo llama-
do “De la seguridad jurídica en la conservación del medio ambiente”, a través del cual
se modificó significativamente el Código disponiendo que las funciones ambientales
debían ser ejercidas por los ministerios, materializando lo que se ha llamado la “secto-
rialización de la gestión ambiental”. Modalidad organizativa en la que el Ministerio de
cada sector gubernamental es la autoridad ambiental para las actividades del ámbito de
su competencia, por lo que cada uno cuenta dentro de su estructura organizativa con una
dependencia a cargo de la gestión ambiental.

“Artículo 49.- El Estado estimula el equilibrio racional entre el desarrollo socio-


económico, la conservación del ambiente y el uso sostenido de los recursos naturales, ga-
rantizando la debida seguridad jurídica a los inversionistas mediante el establecimiento de
normas claras de protección del medio ambiente….”. “Artículo 50.- Las autoridades sec-
toriales competentes para conocer sobre los asuntos relacionados con la aplicación de las
disposiciones del Código del Medio Ambiente y los Recursos Naturales son los Ministe-
rios o los organismos fiscalizadores, según sea el caso, de los sectores correspondientes a
las actividades que desarrollan las empresas sin perjuicio de las atribuciones que corres-
pondan a los Gobiernos Regionales y Locales conforme a lo dispuesto en la Constitución

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Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

Política…”. “Artículo 51.- La Autoridad Sectorial Competente comunicará al CONAM,


sobre las actividades a desarrollarse en su sector, que por su riesgo ambiental, pudieran
exceder los niveles o estándares tolerables de contaminación o deterioro del ambiente, las
que obligatoriamente deberán presentar estudios de impacto ambiental previos a su ejecu-
ción y, sobre los limites máximos permisibles del impacto ambiental acumulado” (D.Leg.
757 y modificatorias).

Constitución Política 1993

En la Constitución Peruana de 1979 se había reconocido expresamente, en su artículo


123, al derecho a habitar en un ambiente saludable y ecológicamente equilibrado como
un derecho ciudadano. Por su parte, la Constitución de 1993 [4] incluye el dere-
cho al ambiente como un derecho fundamental de las personas, al consignarlo
como tal en el artículo 2, inciso 22: “Toda persona tiene derecho: (…) A la paz, a la
tranquilidad, al disfrute del tiempo libre y al descanso, así como a gozar de un ambiente
equilibrado y adecuado al desarrollo de su vida”. En ambos casos, se incorpora este de-
recho de habitar en un ambiente saludable, aunque desde una perspectiva restringida a
los recursos naturales y sin enumerar los elementos de dicho ambiente.

En lo que se refiere al derecho a una “vivienda adecuada”, incluido en la Constitución


de 1979, en la del año 1993 se suprimió toda referencia al mismo. Estableciendo, ade-
más, rigideces a favor de la economía del mercado, abriendo la posibilidad de la priva-
tización de los servicios sociales y de los espacios públicos a favor del aprovechamien-
to económico por particulares, mediante concesiones.

Ley de creación del Consejo Nacional del Ambiente, 1994

El 16 de diciembre de 1994 se promulgó la Ley N° 26410 [25], que crea el Consejo Na-
cional del Ambiente (CONAM) como organismo público descentralizado, dependiente
del Presidente del Consejo de Ministros: “Es el organismo rector de la política nacional
ambiental. Tiene por finalidad planificar, promover, coordinar, controlar y velar por el
ambiente y el patrimonio natural de la Nación. La política nacional en materia ambiental
que formula el CONAM, es de cumplimiento obligatorio” (art. 2º). Se le asignaron co-
mo objetivos: promover la conservación del ambiente a fin de coadyuvar el desarrollo
integral de la persona humana sobre la base de garantizar una adecuada calidad de vida,
protegiendo el equilibrio entre el desarrollo socioeconómico, el uso sostenible de los
recursos naturales y la conservación del ambiente. La máxima autoridad del CONAM
era su Consejo Directivo, integrado por siete miembros; tres de éstos eran representan-
tes del Gobierno Central, uno de los cuales presidía el Consejo .

Ley General de Salud, 1997

En la Ley N° 26842, Ley General de Salud [26], promulgada el 15 de abril de 1997, se


precisa, en punto IX de su Titulo Preliminar, que: “La norma en salud es de orden pú-
blico y regula materia sanitaria, así como la protección del ambiente para la salud…”.
Luego, incluye en el Capítulo VII de su “Título Segundo: De los deberes, restricciones y
responsabilidades en consideración a la salud de terceros”, las normas jurídicas sobre la
protección del ambiente para la salud:

“Artículo 103o.- La protección del ambiente es responsabilidad del Estado y de las perso-
nas naturales y jurídicas, los que tienen la obligación de mantenerlo dentro de los estánda-

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Cap. 6. Salud ambiental II: 1992-2005, Carlos Bustíos y Col.

res que, para preservar la salud de las personas, establece la Autoridad de Salud compe-
tente (…) Artículo 104o.- Toda persona natural o jurídica, está impedida de efectuar des-
cargas de desechos o sustancias contaminantes en el agua, el aire o el suelo, sin haber
adoptado las precauciones de depuración en la forma que señalan las normas sanitarias y
de protección del ambiente (…) Artículo 105o.- Corresponde a la Autoridad de Salud
competente, dictar las medidas necesarias para minimizar y controlar los riesgos para la
salud de las personas derivados de elementos, factores y agentes ambientales, de confor-
midad con lo que e