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Los maderos de San Juan

(Fragmento)

¡Aserrín!
¡Aserrán!

Los maderos de San Juan,


piden queso, piden pan, El emperador de China
los de Roque Marco Denevi
alfandoque,
los de Rique Cuando el emperador Wu Ti murió
alfeñique en su vasto lecho, en lo más profundo
¡Los de triqui, del palacio imperial, nadie se dio
triqui, tran! cuenta. Todos estaban demasiado
ocupados en obedecer sus órdenes.
Y en las rodillas duras y firmes de la Abuela, El único que lo supo fue Wang Mang,
con movimiento rítmico se balancea el niño el primer ministro, hombre ambicioso
y ambos agitados y trémulos están; que aspiraba al trono. No dijo nada y
la abuela le sonríe con maternal cariño ocultó el cadáver. Transcurrió un año
mas cruza por su espíritu como un temor extraño de increíble prosperidad para el
por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño imperio. Hasta que, por fin, Wang
los días ignorados del nieto guardarán. Mang mostró al pueblo el esqueleto
pelado, del difunto emperador. ¿Veis?
-dijo - Durante un año un muerto se
Los maderos de San Juan sentó en el trono. Y quien realmente
piden queso, piden pan. gobernó fui yo. Merezco ser el
¡Triqui, triqui, emperador. El pueblo, complacido, lo
triqui, tran! sentó en el trono y luego lo mató, para
José Asunción Silva que fuese tan perfecto como su
predecesor y la prosperidad del
imperio continuase.

¡Quedan detenidos! de Alberto Miralles (fragmento)


Cárcel preventiva en una comisaría. Un preso habla con el SARGENTO que llega para inspeccionar.
MAESTRO.– Está todo en orden, sargento, no se apure. Cuando vomito lo hago con estimable
puntería.
SARGENTO.– Prepárate a tener visita dentro de cinco minutos.
MAESTRO.– (Aterrado.) ¿Va a venir mi mujer?
SARGENTO.– Me refiero a más detenidos.
MAESTRO.– (Tranquilizando.) Pues aquí no van a caber.
SARGENTO.– Los repartimos: derecha, izquierda, fondo y resto colgado del techo.
MAESTRO.– ¿Tan peligrosos son?
SARGENTO.– Todos son peligrosos. Creerlo así nos evita muchos líos.
MAESTRO.– (Alarmado.) Pero ¿es que son asesinos...?
Montevideo, martes 14 de agosto de 2018

Lenguaje inclusivo y
una espina insidiosa
Por Marcia Collazo.
En algún momento de mi vida descubrí
que algo en el lenguaje me rechinaba, me
desdeñaba, me dejaba afuera. En el aula
del IAVA, allá a fines de los años setenta,
sesudos profesores hablaban sin parar del
hombre y de su evolución, del hombre y sus
conquistas científicas y tecnológicas, del
hombre y sus preguntas filosóficas, del
hombre y su periplo histórico. Yo miraba la luz que se filtraba por los altos ventanales y
hacía esfuerzos casi titánicos para aventar aquella espina insidiosa que me hacía cosquillas
en la mente. Porque cada vez que el profesor o la profesora mencionaban al hombre, yo
veía eso, un hombre de piernas peludas y de barba, de casco o de sombrero, a caballo o a
pie, ataviado con diferentes ropas según la época y el lugar. Pero me costaba ver a la mujer;
era como si la mujer permaneciera siempre más allá, detrás de algún alto muro, escondida,
muda, inútil y al margen de todo cuanto bullía en el universo.
Pasaron algunos años. En otra aula, esta vez en la Facultad de Derecho, un querido
profesor seguía refiriéndose al hombre, pero -en atención a la nutrida y casi abrumadora
presencia femenina- solía hacer una pausa y añadía, con tono indulgente: “Cuando uso la
palabra ‘hombre’ estoy hablando, naturalmente, también de la mujer”. La aclaración me
parecía más patética aún que el uso. Quiero aclarar, ante todo, que no soy una ferviente
defensora del lenguaje inclusivo, al menos tal como está planteada la cuestión, porque en
algún punto la polémica me ha resultado incómoda; casi tan incómoda como aquella
perpetua referencia al hombre, y nada más que al hombre. ¿A qué se debe dicha
incomodidad? A la vaga sensación de imposición, de mandato y, por qué no, de censura.
Me parece que la batalla por la libertad y la igualdad deben darse antes que nada en la
sociedad misma, en sus entrañas vivas y actuantes, en sus desigualdades impúdicas,
físicas y tangibles. Mi duda o mi incomodidad no significan un rechazo rotundo, sino más
bien una expectativa, pero la sensación de imposición y de censura continúa latente. El
debate sobre el lenguaje inclusivo, instalado en nuestra sociedad, ha dado pie a un
sinnúmero de malentendidos que abarcan un amplio espectro de posiciones, de
argumentaciones, de rechazos y de recelos. Pero el debate está puesto en el mundo, con
toda su carga de oscuridades y de luces, de significaciones múltiples y de reivindicaciones
de uno y otro lado, y el hecho de que exista hace necesario prestarle la debida atención y
tomarlo como objeto de análisis minucioso y responsable. No se trata, en todo caso, de una
discusión menor; en su centro está la apelación a la igualdad y a la condición humana
integral.
El problema, sin embargo, consiste en el equilibrio. Ya decía Aristóteles que la virtud
reside en la mesura, o sea, en el justo medio. Los extremos, ya por exceso o por faltante,
suelen ser malos. Y si a esto se suma la sombra de la imposición o de la censura, el
panorama se complica mucho más. Los defensores del lenguaje inclusivo alegan que la
lengua debe transformarse y evolucionar al compás de las circunstancias históricas; que la
lengua española refleja una concepción machista del mundo y que ello no es coherente con
la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. De otro lado hay quienes alegan que la
batalla contra el sexismo tiene que ser dada en la sociedad, en las instituciones y en las
mentalidades. De nada sirve, sostienen, transformar por mandato determinadas palabras si
en esos otros ámbitos continúan incólumes las prácticas y las ideas sexistas.
Veamos lo que ocurre en otras lenguas. El idioma alemán cuenta con un artículo distinto
al masculino, que abarca a ambos sexos. En las lenguas asiáticas no existe diferencia de
género en las palabras. En inglés hay muchos sustantivos que no tienen género establecido.
Ya sabemos lo que opina la Real Academia Española: ha expresado en varias
oportunidades que es innecesario, inútil y absurdo todo cambio, porque el plural masculino
abarcaría a ambos sexos. Lo mismo que decía mi querido profesor.
La Real Academia es vista, por muchos, a estas alturas, como una especie de moderno
tribunal de la inquisición, esto también lo sabemos. Pero ¿tiene alguna legitimidad en
asuntos lingüísticos? Si la tiene, ¿por qué no oírla? Y si no la tiene, ¿por qué deberían
contar con esa legitimidad otras voces de la sociedad? Este es uno de los puntos del
problema, aunque no el único, ni mucho menos.
Otro punto es el que refiere a la lengua y a la cultura. ¿Es la lengua la que crea
desigualdad de género? ¿Es su uso? ¿Es la cultura expresada en las variadas prácticas
sociales? Aun cuando no existieran términos sexistas, ¿esto garantizaría la igualdad de
género en una sociedad? La lengua persa no tiene género, pero no debe haber, hoy por
hoy, una sociedad más machista que la iraní. Darío Rojas, lingüista de la Universidad de
Chile y autor del libro ¿Por qué los chilenos hablamos como hablamos?, señala que el
asunto “es complicado porque en el fondo lo que está detrás no es solamente un tema de
lenguaje, sino de identidades, políticas de género, política sexual”.
Dicho de otro modo, el debate no se reduce a una cuestión meramente lingüística, sino
que atraviesa dimensiones políticas y sociales de gran importancia. Es por eso que, en
último término, la polémica sobre el lenguaje inclusivo no es ni puede ser competencia de
la Real Academia o de cualquier otra institución similar. Se trata de un asunto que trasciende
al lenguaje como objeto de estudio de cierta disciplina, y por eso los expertos -los lingüistas
y los filósofos del lenguaje- son solamente una de las voces o de las piezas de este
rompecabezas.
Hay amplios sectores de la sociedad, en Uruguay y en muchos países de habla española
que no se sienten representados en el lenguaje que usamos, y en su rol de hablantes
parecen tener derecho a pretender hallar otras formas de comunicación. Si soy hablante,
soy dueña de mi lengua. Me pertenece por atributo cultural y también, en una forma
elemental, por ser portadora de un logos, o de una razón y un verbo. Al verbo no lo tomo
prestado, no se lo pido a una academia ni a un lingüista; es mío, radical y originariamente,
en mi condición humana. Pero, reitero, no me gustan las imposiciones ni las censuras.
Si va a haber cambios en el lenguaje, admitamos que se tratará al menos de un proceso
lento, por no decir larguísimo. Dejar de pensar que un perro es un animal y una perra es
una puta, llevará su tiempo. Dejar de creer que un loco es un ser irracional y una loca
también es una puta, será asunto largo, porque no pasa por cambiar sustantivos y
terminaciones. No obstante, se hace camino al andar, como dice el inmortal Antonio
Machado, “y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Algo
es algo. La senda del “crimen pasional” no la pisaremos más.
Ahora podemos hablar, honesta y verazmente, de femicidio. Ahora podemos afrontar los
giros degradantes del lenguaje porque, aun cuando persistan palabras denigratorias como
“perdida”, “zorra” o “mujer pública”, hemos logrado abrir algunos claros en la selva de las
significaciones. Las adolescentes de nuestro tiempo no tendrán que seguir con la vista
clavada en el ventanal o en sus zapatos, sintiéndose incómodas y perplejas porque en la
historia y en la ciencia se hable de hombres, y nada más que de hombres.
31/03/2018 - 20:10

Opinión

Cuando la tecnología nos des-


humaniza
Debemos implementar ciertos límites desde la primera infancia, para que los
niños entiendan que los recursos tecnológicos son herramientas útiles y no una
forma de vida única.
Edgardo N. De Vincenzi
El desarrollo tecnológico ha impactado profundamente en el estilo de vida del ser humano. La
robótica y la tecnología son necesarias como medio… no como fin.
Los niños, adolescentes y adultos en el mundo, interactúan cada vez menos con sus familias y
pasan cada vez más tiempo en sus habitaciones viendo la televisión, conectados a internet,
jugando en la Tablet, I pad o bien, con sus teléfonos celulares.
Actualmente, se puede evidenciar que estamos experimentando un gran aislamiento de la vida
familiar, aparentemente, debido al avance de la tecnología y la robótica, que sólo puede ser
superada, desde la creatividad y la resiliencia.
Frente a esto, es importante atender esta realidad y reflexionar sobre el uso que estamos
haciendo de la tecnología, concientizándonos que es importante utilizarla como medio, no como
fin.
Cada vez más, se evidencia que el uso de redes sociales, telefonía móvil y videojuegos se hacen
abusivos y generan un trastorno adictivo o una personalidad patológica, que impacta
negativamente en la vida de las personas; especialmente en niños que están estructurando su
personalidad.
Si bien, los avances tecnológicos son un factor de progreso, estos a su vez se rebelan como un
agente de des-humanización, que nos conduce a una vida "virtual fantástica".
Cabe destacar, que los adolescentes se encuentran más expuestos, porque están en una etapa de
vulnerabilidad, debido a sus emociones cambiantes. Esto se debe, a que en la adolescencia
ocurren importantes cambios fisiológicos, psicológicos, cognitivos y sociales.
En la medida en que el adolescente se descubre, comienza a asumir su autonomía y a desarrollar
su capacidad de elección, manifestando deseos de explorar y experimentar diversos modelos de
pertenencia
Ahora bien, la adolescencia puede ser una etapa confusa también para los padres. Cada vez más,
nos encontramos con PADRES PERMISIVOS y chicos que creen que pueden hacer lo que
quieran, sin pensar y reflexionar sobre las consecuencias.
Sin dudas, debemos implementar ciertos límites desde la primera infancia, para que nuestros
niños, comiencen a entender que los recursos tecnológicos, son herramientas útiles y no una
forma de vida única.
Somos conscientes, que la Educación es lo que supera al robot, y es en primera instancia, la que
se emana del seno familiar.
No podemos perder de vista, que la familia es la que genera lazos, raíces, creencias y promueve
los cimientos de los proyectos de vida de cada uno de sus miembros.
Edgardo N. De Vincenzi es Presidente de la Confederación Mundial de Educación