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Barthelme, Donald (1931-1989).

Biografía
Escritor, periodista, editor y profesor estadounidense nacido el 7 de abril de 1931 en
Filadelfia y muerto en julio de 1989 en Houston.
Cuando tenía tan sólo dos años su familia se trasladó a Houston, donde su padre se
granjeó fama como arquitecto de vanguardia, en la línea del alemán Ludwig Van der
Mies. Papers, aún muy joven, realizó sus primeras incursiones en el periodismo en el
instituto St. Thomas and Lamar de Houston. Su vocación como escritor llegó muy
pronto, fascinado por las lecturas de T. S. Eliot y James Joyce.
A finales de 1949 ingresó en la Universidad de Houston, donde trabajó en la
redacción del Daily Cougar, y con tan sólo veinte años consiguió un puesto de editor
en la publicación, el más joven de la historia en su universidad. Antes de poder
graduarse se alistó en la Marina, en 1953, y marchó al frente de la Guerra de Corea,
trabajando en la redacción del un periódico militar. Cuando regresó a Houston, a
finales de 1954, alcanzó un puesto de reportero en el Houston Post. En septiembre de
1955 trabajó para Farris Block en el Servicio de Noticias de la Universidad, escribiendo
discursos para el rector de la misma.
En septiembre de 1956 salió a la luz el primer número de Forum, una revista
fundada y editada por Papers, una publicación trimestral que incluía artículos de
filosofía, literatura, crítica literaria, economía, antropología, psicología, biología,
matemáticas, arquitectura, cine y teatro. En 1961 Papers fue nombrado director del
Museo de Arte Contemporáneo de Houston, pero dimitió de su cargo al año siguiente
para trasladarse a Nueva York, donde comenzó su carrera de escritor.
Una vez que se instaló en la ciudad de los rascacielos, comenzó a publicar con
asiduidad en el New Yorker, donde Roger Angell fue su editor y mentor. Como escritor,
se convirtió en un autor de vanguardia con un estilo postmoderno que confiaba más en
el lenguaje que en la trama de sus historias. Fue editor de la revista Location, un
semanario de arte y literatura dirigido por Harold Rosenberg y Thomas Hess.
Vivió en Nueva York 18 años, en los que, además de desarrollar su carrera como
escritor, ocasionalmente desarrolló una actividad docente en la Universidad de la
Ciudad. En 1980 regresó a Houston, donde fue director del Programa de Creación
Literaria de la propia Universidad de Houston.
Entre sus obras destacan cuatro novelas: Snow White (1967), The Dead Father
(1975), Paradise (1986) y The King (1990), además de aproximadamente cien relatos
cortos, reunidos en los siguientes títulos: Come Back, Dr. Caligari (1964); Unspeakable
Practices, Unnatural Acts (1968); City Life (1970); y Sadness (1972). Con la ayuda de
su hija escribió un cuento para niños titulado The Slightly Irregular Fire Engine (1971)
en formato de collage, el cual ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil in 1972.
Fue director de la Academia Americana y del Instituto de Arte y Literatura. Murió, a
causa de un cáncer, en 1989.

Donald Barthelme: un libro para compartir (frag)1


Matt Lewis
«Parte de la grandeza de Forty Stories deriva de su variedad vertiginosa. Al leer
estos cuentos, el lector se ve expuesto, entre otras cosas, a una historia compuesta
por una frase larga y deslizante; otro compuesto casi por completo de preguntas; y aún
más que están compuestos completamente de diálogo. Hay leyendas, hay letras, hay
fábulas, hay ensayos. Por supuesto, la narración de vez en cuando cae en la narración
clásica, pero la mayoría de las historias son intentos estudiados para evitar el estilo
chekhoviano / joyceano serio, de entrega pequeña de epifanía que era y es tan

1
en “Donald Barthelme: un libro para compartir” por Matt Lewis en The Guardian, lunes 4 de Enero de 2016. recuperado en
https://www.theguardian.com/books/booksblog/2016/jan/04/forty-stories-by-donald-barthelme-serious-frivolity
frecuente. Las largas sombras de Beckett, Kafka, Borges y Nabokov se mantienen
suspendidas sobre el trabajo, pero Barthelme casi siempre suena fresco.
Veintiocho años desde su publicación, y 26 desde la muerte de Barthelme en 1989, el
libro sigue siendo una lectura esencial. En primer lugar, porque su autor es muy poco
apreciado y, en segundo lugar, porque leerlo le dará una nueva perspectiva de los
grandes de la historia reciente, como George Saunders y David Foster Wallace. La
gente también debería leer el libro porque Barthelme es una reliquia de un tiempo
pasado hace mucho tiempo: un autor dispuesto a tomar riesgos estilísticos, un autor
que se las arregla para ser frívolo e intelectualmente serio al mismo tiempo. Es un
escritor que no tiene miedo de hacer rugir al lector con la risa, o de ser
deliberadamente difícil. Quería que sus lectores trabajaran pero estaba listo para
recompensarlos en cada paso del camino.
Además, pocos escritores han creído tanto en el poder de las palabras como
Barthelme, y aún menos han demostrado la destreza del mismo prestidigitador con
ellos. Su autodenominado proyecto artístico de "restaurar la frescura del lenguaje" es
algo que debe ser apreciado y aplaudido. Entiendo que estas historias pueden parecer
anticuadas o frías para otros, pero la ficción flash de Barthelme, con su tono poco
convencional e imágenes surrealistas, es tan relevante para la generación de YouTube
como lo fue para los Baby Boomers. Leerlo es refrescar las posibilidades de tu sentido
de la ficción.»

Todo lo extraño es real 2


por Caryn James
En una de las mejores y más típicas historias de Donald Barthelme, se presenta un
espectáculo en un palazzo abandonado. Entre las descripciones de ladrones de
tumbas, evasores de impuestos y trapecistas, una frase salta como una clave crucial
para este volumen de Cuarenta historias. Algunas cosas parecen ser maravillas al
principio, pero cuando te familiarizas con ellos, no son para nada maravillosos ",
preocupa al narrador de" El vuelo de las palomas desde el palacio". Las versiones de
ese temor también pueden atormentar al lector de esta selección de casi 20 años:
¿Cómo será el iconoclasta del señor Barthelme? ¿Las historias se sostienen después
de haber destrozado los íconos del personaje y la trama? ¿La lectura de estos cuentos
fantásticos ahora familiares se parece a la visita de un adulto al circo, donde los trucos
del mago son mucho menos maravillosos de lo que parecían?
El reconfortante redescubrimiento que se encuentra en "Forty Stories" es que el Sr.
Barthelme siempre fue más que un artista de circo de primera clase. Incluso en las
historias de la década de 1970 (más de la mitad de esta colección), no se contenta con
pararse de cabeza para que podamos ver el mundo de manera diferente. Sus cuentos
divertidos y ridículos siguen la lógica emocional de un sueño, y cuando él les dice que
ningún trozo de vida podría parecer más sustancial. San Antonio se muda a un
suburbio de clase media; un genio usa '' una caja de herramientas Sears verde '' como
un maletín. A la luz del día, en la página impresa, estos escenarios turbios evocan la
risa nerviosa, ya que los sueños a menudo revelan la verdad destilada, sin censura.
Los chismes dicen que San Antonio puso su mano en la rodilla de una joven. El genio
'' es un borracho ''.
Al crear estas conjunciones extrañas, el Sr. Barthelme no juega juegos sin sentido, y
no obliga a su imaginación a moldear pequeños símbolos. Sus historias tienen
sustancia porque ubica a sus personajes —desde narradores anónimos hasta un
"dramaturgo" genérico de Paul Klee y Goethe— en el lugar preciso donde el peso de
la historia se introduce en el presente, donde el deseo se encuentra con la
imaginación. Ese es el lugar donde viven, y a menudo es un lugar que el Sr. Barthelme
debe inventar. Él es especialmente aficionado a los museos inventados.

2
recuperado en https://www.nytimes.com/1987/10/25/books/everything-this-strange-is-real.html
En “The Educational Experience'', los estudiantes son guiados a través de
exhibiciones que incluyen un pulmón de pájaro y una turbina de gas. El maestro-
narrador describe la gira: "Los estudiantes se miraron con una sonrisa secreta. Podrido
de ellos para ocultar sus sentimientos...La invitación a disfrutar de la emoción a
expensas del análisis racional ya constituye un acto político, según nuestro phoncon
de 11/9/75. Llegamos a un stand donde se enseñaban las lecciones de 1914. Había
algunas fresas silvestres allí, en el charco de sangre, y alguien tocaba el piano,
suavemente, en el charco de sangre, y el Rey Pescador estaba pescando,
irremediablemente, en el charco de sangre. El grupo es un lugar de encuentro popular
para los jóvenes, pero ya no somos más jóvenes, así que seguimos adelante". A
medida que la brusquedad del narrador cede rápidamente al lirismo, nos vemos
arrastrados hacia la emoción prohibida y politizada.
"En el Museo Tolstoy nos sentamos y lloramos. Las serpentinas de papel salieron de
nuestros ojos ", comienza el narrador. "Los guardias del Museo Tolstoy llevan cubos
en los que hay montones de pañuelos de bolsillo blancos y limpios... Incluso el simple
título de una obra de Tolstoi, con su carga de amor, puede provocar el llanto. "El Sr.
Barthelme con éxito teje ilustraciones en la historia; podemos ver este museo Retratos
idénticos de Tolstoy nos miran desde las páginas opuestas, pero en una de ellas una
pequeña figura de Napolean mira la cara gigante. Una mujer se desmaya en los
brazos de un hombre en un dibujo arquitectónico del "Pabellón Anna-Vronsky". Sin
embargo, la "carga del amor" que llevan las palabras de Tolstoi es un problema
espinoso, y al final de la historia el narrador no está seguro si está contento de que
Tolstoy existiera o no.
Las historias más resonantes del Sr. Barthelme terminan con preguntas sin resolver,
o con imágenes que no se dejan explicar. '' Visitantes '' es una obra bastante
convencional sobre un hombre llamado Bishop. Se queda despierto toda la noche
cuidando a su hija, que está enferma, y pensando en una aventura amorosa fallida.
De repente, la historia termina con una imagen que destila preguntas acerca de cómo
amamos y seguimos con la vida. Desde su ventana, Bishop a menudo ve a las '' dos
ancianas '' en el apartamento detrás de su '' desayunando a la luz de las velas. Nunca
puede darse cuenta si son románticos o si, más bien, están tratando de ahorrar
electricidad". ¿Quiénes son estas mujeres? ¿Qué son el uno para el otro, y cómo
viven? Son figuras inquietantes precisamente porque el Sr. Barthelme no dirá; pero al
igual que sus personajes más fuertes, viven en un momento de realidad intensificada,
que contiene los extremos de un romance interminable y de una practicidad de
penique (ambos probablemente sean terminales).
El realismo progresivo en "Visitantes" lo marca como un trabajo de los años 80. De
hecho, es una de las siete historias extraídas del volumen de 1983 del Sr. Barthelme,
"La noche a la mañana para muchas ciudades lejanas". Nueve más de las "Cuarenta
historias" no han aparecido en las colecciones. La mayoría de estos trabajos bastante
recientes son de una pieza con la novela de 1986 del Sr. Barthelme, "Paraíso", que
ancla sus fantasías sexuales de héroe en la realidad bastante mundana de su vida
familiar y laboral. '' Construcción '' es una hábil meditación de un hombre de negocios
confundido sobre '' el plan a largo plazo '' y el misterio de una colega llamada Helen; al
lado del Sr. Barthelme en su mejor ambigüedad, sin embargo, la historia se siente
demasiado palmada cuando el narrador sale y pregunta: "¿Por qué estoy haciendo
esto?". El trabajo reciente más memorable sigue siendo el menos realista. '' Barba
Azul '', por ejemplo, es una nueva versión alegre de la leyenda. Ambientada en 1910,
la historia apila la inversión en la inversión hasta que la esposa atormentada entra en
la cámara secreta de Barba Azul y se desmaya "de rabia y decepción" por la visión
tonta - involucra a Coco Chanel - solo Donald Barthelme podría haberse imaginado.
Las colecciones como "Cuarenta historias" son, por supuesto, desiguales por
naturaleza. Muchas de las mejores obras de Barthelme se incluyeron en '' Sesenta
historias '' en 1981. Y algunas historias en el nuevo volumen muestran al Sr.
Barthelme en su forma más simplista. “Puercoespines en la Universidad” es una mera
caricatura, fechada por sus referencias al espectáculo de Sonny y Cher. Por el
contrario, sin embargo, revela cuán bien han envejecido casi todas estas historias.
''Cuarenta historias'' también sugiere por qué el señor Barthelme no puede
clasificarse fácilmente. Su ficción lúdica no se parece mucho al trabajo extravagante
de John Barth o Robert Coover; en su forma más realista, está muy lejos de John
Updike; y él es mucho más que el otro lado fracturado del minimalismo. Donald
Barthelme es el autor que descubre conjunciones pequeñas y extrañas que tienen
mucho sentido y las ofrece en una voz que sigue siendo excepcionalmente gratificante
y suena a menudo sin edad. ALLÍ VUELVE A COLBY
Algunos de nosotros habíamos estado amenazando a nuestro amigo Colby durante
mucho tiempo, por la forma en que se había estado comportando. Y ahora había ido
demasiado lejos, así que decidimos colgarlo. Colby argumentó que solo porque había
ido demasiado lejos (no negó que hubiera ido demasiado lejos) no significaba que
debería ser sujetado a la horca. Yendo demasiado lejos, dijo, era algo que todos
hacían a veces. No prestamos mucha atención a este argumento. Le preguntamos qué
tipo de música le gustaría tocar en el ahorcamiento…Colby dijo que siempre le había
gustado la Cuarta Sinfonía de Ives. Howard dijo que esto era una "táctica dilatoria" y
que todos sabían que los Ives eran casi imposibles de realizar e implicarían semanas
de ensayo, y que el tamaño de la orquesta y el estribillo nos pondría sobre el
presupuesto de la música. ''Sé razonable”, le dijo a Colby. Colby dijo que trataría de
pensar en algo un poco menos exigente.
De '' Cuarenta historias ''.

Un retrogusto de astringencia: CUARENTA HISTORIAS por Donald Barthelme 3


18 de octubre de 1987 | John Leggett | Leggett es un ex director del Iowa Writers
'Workshop. Su novela más reciente es "Making Believe" (Houghton Mifflin)

"Cuarenta historias" es el decimocuarto libro de Donald Barthelme. No sorprenderá a


nadie en la comunidad literaria por su brillantez y nadie en la brigada de lectores en
general por las limitaciones de su atractivo.
Barthelme sabe lo flexible que es nuestro idioma, y él es un mago con eso. Su varita
convoca la jerga precisa, las palabras y frases de moda que pueden demoler las
pretensiones y las complacencias de una generación.
Él es claramente un hombre serio, asumiendo los grandes problemas: la vida
corporativa, la familia, el adulterio, la iglesia. Paradójicamente, leerlo es muy divertido.
Su ojo y su oído son rápidos para los absurdos de nuestros modos cotidianos y
modales literarios. Sus dardos son graciosos e ingeniosos.
Su trabajo es impresionista, y estas 40 piezas me recuerdan lo que un Degas o
Toulouse-Lautrec podrían hacer al probar su pincel sobre un trozo antes de volverse al
lienzo. A menudo hacen sonreír a la exquisitez de los detalles, lo que permite la
extravagancia y la notable familiaridad.

Para mí, este reconocimiento es como si Barthelme hubiera robado mis propios
sueños por sus visiones e incidentes. Al igual que los sueños, las impresiones son
elusivas: vívidas en un momento, desaparecieron al siguiente. Leer estas piezas es
como soñar y despertar, a menudo enloquecedor porque recuerda la claridad del
sueño sin poder recordar el sueño en sí.
La mayoría de ellos tienen solo unas pocas páginas y no son, estrictamente
hablando, historias. Esto tampoco es una sorpresa, ya que Barthelme ha estado
contendiendo durante algunos años que la trama, con su felpudo, las complicaciones,
el clímax y el desenlace, es algo que ya hace tiempo que está pendiente en el museo.

3
en Los Ángeles Times. recuperado en http://articles.latimes.com/1987-10-18/books/bk-
15324_1_forty-stories
Dispensa no solo la narrativa, sino también cualquier preocupación real por el
personaje, para apoyarse casi por completo en el absurdo, la caricatura y el
replanteamiento del lenguaje.
En su mayor parte, la gente de Barthelme son parodias, intencionalmente
bidimensionales, con nombres como Pia, Harris, Barba Azul y Natasha. En "Terminus"
son simplemente "él" y "ella". A pesar de sí mismo, no puede evitar algunas
caracterizaciones espléndidas, especialmente en el diálogo. Por ejemplo, me encantó
Edwina Rawson, la hermosa modelo negra que es la heroína de la pieza llamada
"Lightning".
Como jugador habitual de las Estrellas Postmodernas, Barthelme sostiene que
nuestro lenguaje, junto con nuestra sociedad, está en bancarrota. Gracias a las jergas
de los negocios y las profesiones, de la publicidad y la política, nos ha resultado casi
imposible comunicarnos de forma inteligente.
Esta deshumanización de nuestro lenguaje refleja una civilización tan trashy que ya
no puede encontrar sentido en el tipo de narración que una vez nos reveló a nosotros
mismos. Por lo tanto, la única salida para un escritor sensible es "hacerlo nuevo".
Tal rastro exige una cierta indiferencia a la popularidad, posiblemente
despreciada. Para Barthelme significa declinar escribir sobre el mundo real, inclinarse
hacia el capricho para ordenar los eventos e ignorar las convenciones literarias en
general.
El lenguaje en sí es el material de Barthelme, su forma y sonido. Lo que le interesa
no es toda una experiencia, sino sus fragmentos, como un pintor contemporáneo usa
"objetos encontrados", basura, en composición.
En "Cuarenta historias", Barthelme pudo haber logrado su objetivo de astringencia y
despejó nuestros paladares literarios de pudings empalagosos de antaño. Sin
embargo, a pesar de su brillantez, las historias carecen de una sustancia propia.
Cuando paso de un fragmento a otro, me resulta difícil recordar el último.
Los molinillos de la broma y la sátira, el deslumbramiento del lenguaje ha iluminado
el cielo durante una hora, pero mientras camino a casa desde la exhibición de fuegos
artificiales está tan oscuro como siempre.

Me siento un poco engañado, también. Lo que me pareció absurdo en ese momento


parece una perversidad. Además, me siento bastante condescendiente, excluido. La
idea de que había una arrogancia en la actuación me lleva de vuelta a las
instalaciones de Barthelme.
Comparto con él la corrupción del lenguaje en nuestro tiempo y la urgente necesidad
de su renovación, pero no puedo compartir su creencia de que contar historias en sí es
igualmente malo y que se le debe dar sus últimos ritos.
Leer "Cuarenta historias" no ha sacudido mi fe en el poder cada vez más renovador
de contar historias y su dependencia del carácter y la narrativa. El punto de ficción es
el intercambio de emociones entre el escritor y el lector, y la historia es la moneda de
ese intercambio. Solo a través de la historia puede el autor permitir a los lectores la
alegría de la participación, de hacer descubrimientos por sí mismos.
Estos sentimientos solo se intensifican por el conocimiento de que Barthelme es tan
hábil en todas las habilidades de ficción.

Donald Barthelme, 40 relatos4


Javier Aparicio Maydeu
31 mayo 2006

4
recuperado en http://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/40-relatos-donald-barthelme
Dos años antes de su muerte salió a la luz esta estimulante colección de relatos,
Forty Stories (1987), que ha devenido un clásico de la narrativa posmoderna
norteamericana a la vez que un catálogo de la extrema originalidad y del
exhibicionismo técnico de Barthelme, que ya se había forjado un prestigio como autor
de relatos desde sus tempranas colaboraciones en The New Yorker y sus primeras y
ya míticas recopilaciones, Come Back, Dr. Caligari (1964), Unspeakable Practices,
Unnatural Acts (1968), City Life (1970) y Overnight to Many Distant Cities (1983),
algunos de cuyos textos se reeditan en las antologías Sixty Stories (1985) y Forty
Stories que preparó el propio autor, felizmente recuperado ahora del olvido en nuestro
mercado, merced a esta oportuna edición.

La narrativa ecléctica, experimental e irónica que da razón del sambenito de


posmoderno que se le impuso a Barthelme desde buen principio, tiene en realidad su
origen remoto en sus provechosas lecturas de un puñado de autores de la vanguardia
histórica (Joyce y el Dos Passos de Manhattan Transfer, lecturas de cabecera, por
ejemplo), y de buena parte de los escritos sobre estética de algunos artistas de
vanguardia, Moholy-Nagy, Klee (que en su artículo de la Bauhaus “Experimentos
exactos en el ámbito del arte” escribía con sorna “¡Sancta ratio chaotica!”) o Mondrian,
pintor pero sobre todo teórico de los formalismos de De Stijl. De casta le venía al
galgo. Su padre, arquitecto heredero de las doctrinas de Mies van der Rohe, le
despertó un interés poco menos que obsesivo por las formas artísticas, y se aseguró
de que el joven Donald –que fue historiador del arte, llegó a dirigir el Houston
Contemporary Art Museum y se burla del mundillo artístico en “Visitas” (impagable la
burlesca página 143)– entendiese que el arte no se debe a función social alguna, sino
en todo caso a una apremiante necesidad expresiva que lleva consigo algo muy
semejante a una lectura en segundo grado de la sociedad y de su imaginario. De la
mano de la técnica del collage y los assemblages cubistas, o de la estructura en
contrapunto, la vanguardia le tendió la mano a la hora de desarrollar su narrativa
heterogénea y fragmentaria (“los fragmentos son las únicas formas en las que creo”,
escribe en su novela paródica Snow White, de 1968), en la que tienen cabida por
igual, como el lector de 40 relatos advertirá en “Viaje de una noche a muchas ciudades
lejanas”, los asertos de Freud o las líneas de Matisse junto al Baygon en lata contra
las ratas, los B-52, electrodomésticos entronizados, música de Elgar o bagels con
queso fresco: la cultura pop junto a la erudición, la más canónica tradición literaria
entreverada de ilustraciones (“El vuelo de las palomas del palacio”, “En el museo
Tolstói”), anuncios publicitarios, tratados filosóficos, reportajes periodísticos y la Biblia
en verso, los dominios del arte y la jugosa tiranía de la vida cotidiana en la América
descreída y desquiciada de quienes viven al margen de los mitos del celuloide y el
sexo, las drogas y el rock and roll (léanse, si no, “Chablis”, “Visitas” y “Calle Sesenta y
Uno Oeste, número 110” desde esta óptica). Su ya célebre “melancolía”, así como su
tratamiento irracional y absurdo (“El rayo”, “Despedidas”, “La niña”, “Puercoespines en
la universidad” o “Afecto”) de un mundo contemporáneo post-industrial, consumista,
neurótico y masificado, nacen en cambio de la militancia existencialista a la que lo
arrojaron sus lecturas de Kierkegaard y Sartre, pero por encima de todo de Camus, y
eso a pesar de que el absurdo, como los juegos de palabras con los que también se
encapricha Barthelme, estaban ya en el Manifiesto Dadaísta de Tzara (1918): “Si la
vida es una farsa absurda, sin objetivos ni alumbramiento inicial, proclamemos una
única base de entendimiento: el arte” (Lourdes Cirlot [ed.] Primeras vanguardias
artísticas, Labor, Barcelona, 1993, p. 107). Y a la luz del desengaño y el sinsentido de
la vida, el arte burlesco de Barthelme se permite arranques tan disparatados como
“Algunos de nosotros veníamos advirtiendo a nuestro amigo Colby, por su manera de
comportarse, pero ya había llegado demasiado lejos, de modo que decidimos
ahorcarlo”, o “¿Insulta el guardaespaldas a la mujer que le plancha las camisas?”, o
hasta “A Edward Connors Folks le encargó que entrevistase a nueve personas que
hubiesen sido alcanzadas por un rayo”. Así es que, de un lado, estos relatos revelan
que la grandeza del excéntrico Barthelme se encuentra en el talante lúdico con el que
les pierde el respeto a las convenciones narrativas tradicionales y concibe en cada
caso una nueva forma desconcertante. De otro, la proximidad de estos textos cortos a
los que escribió John Barth en Perdido en la casa encantada (1963) –papiroflexia,
glosolalia, metaficción como la de “Dos meditaciones”, reescrituras paródicas de la
tradición, como “Anonimíada”, etc.– o a los de William Gass, contribuye a enmarcarlos
en una tendencia transgresora, lúdica y sumamente formalista que se inspira en la
vanguardia y cuyo carácter posmoderno se asienta sobre un terreno que el propio
Barth dio en llamar “literatura del agotamiento”, y que propició el virtuosismo técnico,
una nueva deshumanización del arte y la promiscuidad más desenfrenada de la
metaficción, procedimiento llevado a su extremo por Barthelme en su aplaudido relato
“Oración” (“Una oración larga que baja a un ritmo determinado por la página y se dirige
hacia el final...”), una única y elástica oración inacabada que forma por sí sola el relato
de cómo va avanzando el relato. En su estimulante guerra contra el cliché, el autor de
Houston pergeña cada relato como un desafío formal, de tal forma que cada pieza
deba resultar distinta de la anterior, ejercitándose en la forma expresiva de los
vanguardistas, que aprendió de Joyce, y llevando a cabo sugestivos experimentos
(“Enero”, la alegoría paródica antirrealista de “En el museo de Tolstói” o “Cartas al
editore”), pastiches (“El capitán Blood”), extravagancias (“Conversaciones con
Goethe”, “El soldado Paul Klee”) o ejercicios de estilo –como sus micro-relatos de flash
fiction o sudden fiction que se imponen constricciones de espacio y técnica (“Acerca
del guardaespaldas”, por ejemplo, está construido únicamente con interrogaciones)–
que lo emparentan con autores del Oulipo, como Queneau o Perec, que cultivan muy
parecidas especies textuales con los mismos abonos retóricos. “El nuevo propietario” o
“RDP” contienen algunos de los textos minimalistas mejor compuestos de la obra
entera de Barthelme, algunos cercanos al dirty realism que haría célebres a Tobias
Wolff o Raymond Carver. Son relatos acerca de la ausencia de lógica, la amargura y el
desquiciamiento de la vida urbana actual y de las maltrechas relaciones bajo sospecha
que procura, todos ellos agraciados con el don de la sátira social y del más
endiablado, ingenioso y original poder de observación.
A medio camino entre Voltaire y Martin Amis, el sofisticado, cáustico y subversivo
Barthelme fabrica su narrativa en una suerte de gabinete textual del Dr. Caligari, un
taller de manufacturas narrativas del que surgen historias cuyo valor, efectivamente,
no reside en su capacidad de asombrarnos por su verosimilitud, sino en su perversa
habilidad para convertirse en parodia y acertijo y obligarnos a encontrarles su
desconcertante lógica interna.
EVERYTHING THIS STRANGE IS REAL5

By CARYN JAMES

In one of the best, most typical Donald Barthelme stories, a show is staged in an
abandoned palazzo. Among descriptions of performing grave robbers, tax evaders and
trapeze artists, one sentence jumps out like a crucial clue to this volume of ''Forty
Stories.'' ''Some things appear to be wonders in the beginning, but when you become
familiar with them, are not wonderful at all,'' worries the narrator of ''The Flight of
Pigeons From the Palace.'' Versions of that fear may haunt the reader of this selection
from nearly 20 years as well: How will Mr. Barthelme's iconoclastic stories hold up after
he has shattered the icons of character and plot? Will reading these now-familiar,
fantastic tales resemble an adult's visit to the circus, where the magician's tricks are far
less wondrous than they once seemed?

The comforting rediscovery to be found in ''Forty Stories'' is that Mr. Barthelme was
always more than a first-rate circus performer. Even in stories from the 1970's (more
than half of this collection), he is not content to stand on his head so we can see the
world differently. His funny, ludicrous tales follow the emotional logic of a dream, and
as he tells them no slice-of-life could seem more substantial. St. Anthony moves to a
middle-class suburb; a genius uses ''a green Sears toolbox'' as a briefcase. In daylight,
on the printed page, these cockeyed scenarios evoke nervous laughter, for dreams too
often reveal the distilled, uncensored truth. Gossips say St. Anthony put his hand on a
young woman's knee. The genius ''is a drunk.''

In creating these strange conjunctions, Mr. Barthelme does not play nonsense games,
and does not force his imagination to mold neat little symbols. His stories have
substance because he locates his characters - from unnamed narrators, to a generic
''playwright'' to Paul Klee and Goethe - in the precise place where the weight of history
intrudes on the present, where desire meets imagination. That is the spot where they
live, and often it is a place Mr. Barthelme must invent. He is especially fond of made-up
museums.

In ''The Educational Experience,'' students are guided through exhibits that include a
bird's lung and a gas turbine. The teacher-narrator describes the tour: ''The students
looked at each other with secret smiles. Rotten of them to conceal their feelings . . .
The invitation to indulge in emotion at the expense of rational analysis already
constitutes a political act, as per our phoncon of 11/9/75. We came to a booth where
the lessons of 1914 were taught. There were some wild strawberries there, in the pool
of blood, and someone was playing the piano, softly, in the pool of blood, and the
Fisher King was fishing, hopelessly, in the pool of blood. The pool is a popular meeting
place for younger people but we aren't younger anymore so we hurried on.'' As the
narrator's brusqueness swiftly gives way to lyricism, we are pulled toward the
forbidden, politicized emotion.

''At the Tolstoy Museum,'' certainly among Mr. Barthelme's finest stories, is a comic
and touching romp that starts by emphasizing the sentimental pull of the past and ends

5
recuperado en https://www.nytimes.com/1987/10/25/books/everything-this-strange-is-real.html
by stating the confusion of the present. ''At the Tolstoy Museum we sat and wept.
Paper streamers came out of our eyes,'' the narrator begins. ''The guards at the Tolstoy
Museum carry buckets in which there are stacks of clean white pocket handkerchiefs. .
. . Even the bare title of a Tolstoy work, with its burden of love, can induce weeping.''
Mr. Barthelme succesfully weaves illustrations into the story; we can see this museum.
Identical portraits of Tolstoy look out at us from facing pages, but in one of them a tiny
figure of Napolean stares up at the giant face. A woman faints in a man's arms in an
architectural drawing of ''The Anna-Vronsky Pavilion.'' Still, the ''burden of love''
Tolstoy's words carry is a thorny problem, and at the story's end the narrator isn't sure
whether he's glad Tolstoy existed or not.

Mr. Barthelme's most resonant stories end with such unresolved questions, or with
images that will not allow themselves to be explained. ''Visitors'' is a rather
conventional work about a man named Bishop. He stays up all night looking after his
daughter, who is ill, and thinking about a failed love affair. Suddenly, the story ends
with an image that distills questions about how we love and get on with life. From his
window, Bishop often sees the ''two old ladies'' in the apartment behind his ''having
breakfast by candlelight. He can never figure out whether they are terminally romantic
or whether, rather, they're trying to save electricity.'' Who are these women? What are
they to one another, and how do they live? They are haunting figures precisely
because Mr. Barthelme will not say; but like his strongest characters they live in a
moment of heightened reality, containing the extremes of endless romance and penny-
pinching practicality (both of which are probably terminal).

The creeping realism in ''Visitors'' marks it as a work from the 80's. It is, in fact, one of
seven stories taken from Mr. Barthelme's 1983 volume, ''Overnight to Many Distant
Cities.'' Nine more of the ''Forty Stories'' have not appeared in collections. Most of
these fairly recent works are of a piece with Mr. Barthelme's 1986 novel, ''Paradise,''
which anchors it's hero's sexual fantasies in the fairly mundane reality of his family life
and work. ''Construction'' is a deft meditation by a businessman confused about ''the
long-range plan,'' and the mystery of a colleague named Helen; next to Mr. Barthelme
at his ambiguous best, though, the story feels too pat when the narrator comes out and
asks, ''Why am I doing this?'' The most memorable recent work is still the least realistic.
''Bluebeard,'' for example, is a gleeful retelling of the legend. Set in 1910, the story piles
reversal on reversal until the tormented wife enters Bluebeard's secret chamber and
faints ''with rage and disappointment'' at the silly vision - it involves Coco Chanel - only
Donald Barthelme could have imagined.

Collections such as ''Forty Stories'' are, of course, uneven by nature. Many of the best
Barthelme works were included in ''Sixty Stories'' in 1981. And a few tales in the new
volume show Mr. Barthelme at his most glib. ''Porcupines at the University'' is a mere
cartoon, dated by its references to the Sonny and Cher show. By contrast, though, it
reveals how very well almost all these stories have aged.

''Forty Stories'' also suggests why Mr. Barthelme cannot be easily classified. His playful
fiction does not deeply resemble the extravagant work of John Barth or Robert Coover;
at his most realistic, he's a far cry from John Updike; and he is much more than the
fractured flip side of minimalism. Donald Barthelme is the author who discovers small,
bizarre conjunctions that make enormous sense and offers them in a voice that
remains uniquely rewarding and often sounds ageless. THERE GOES COLBY AGAIN

Some of us had been threatening our friend Colby for a long time, because of the way
he had been behaving. And now he'd gone too far, so we decided to hang him. Colby
argued that just because he'd gone too far (he did not deny that he had gone too far)
did not mean that he should be subjected to hanging. Going too far, he said, was
something everybody did sometimes. We didn't pay much attention to this argument.
We asked him what sort of music he would like played at the hanging. . . . Colby said
he'd always been fond of Ives's Fourth Symphony. Howard said that this was a
''delaying tactic'' and that everybody knew that the Ives was almost impossible to
perform and would involve weeks of rehearsal, and that the size of the orchestra and
chorus would put us way over the music budget. ''Be reasonable,'' he said to Colby.
Colby said he'd try to think of something a little less exacting.

From ''Forty Stories.''

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