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Historia del feminismo – Juan Sisinio Pérez Garzón

Introducción

El feminismo se inscribe como una continuación del proyecto liberal y moderno, que lucha por la libertad y
la igualdad de las personas.

Primera definición de feminismo: “el feminismo es justamente un movimiento de transformación


sociopolítica y cultural que promueve el cumplimiento efectivo del principio de igualdad de todas
las personas, principio que se supone que todos defendemos” (p.17). Se relaciona al feminismo en
una mutua relación con la democracia.

De la “perfecta casada” a la igualdad social

Se plantea que las diferencias naturales no son razones para diferenciar a las personas. Históricamente,
se ha construido una idea de la mujer en función de su finalidad reproductiva, esto es, preservar la
especie, ser madre. El varón, en cambio, no ha construido su identidad con este soporte. “(…) de la
maternidad se derivan otras señas de identidad como que la crianza de los hijos y, por tanto, todo
lo relacionado con el ámbito doméstico es siempre y en todo caso lo natural de las mujeres.” (19).

La ruptura de esta asignación de la mujer a la maternidad ha sido desplazada debido a diversos factores.
Uno de ellos es la “liberación sexual” femenina, que permite a la mujer vivir su sexualidad más allá de la
condición de maternidad. Se habla de que la mujer se ha “adueñado de su propia individualidad”.

Se considera que no hay naturaleza absoluta en la humanidad, que todo es un producto histórico: “no
hay nada eterno, que todo es fruto de relaciones y poderes sociales, por lo que todo es
contingente y perecedero por más que se revista con argumentos tan transparentes y accesibles
como que son efectos de la naturaleza y de las exigencias prácticas de la vida.” (21).

Capítulo I – Normas ancladas en la antigüedad

Misoginia y subordinación de la mujer

La misoginia es un elemento que ha perdurado en el tiempo. Se relaciona con la visión de la mujer como
la trampa y la ruina para el varón, símbolo de la fatalidad, el pecado, la maldad, como Eva en el
cristianismo y Pandora en el helenismo. Asimismo, pero en el sentido contrario, existieron culturas que le
otorgaron poder a la figura femenina, elemento manifiesto en los ídolos religiosos y en las posiciones de
poder que ocuparon las mujeres (reina, emperatriz, diosa, sacerdotisas, etc). “Se hizo pensamiento
incuestionable y tópico de sentido común culpar a las mujeres de estar en el origen de toda
maldad e incluso el humor fue masculino en la expansión de estereotipos misóginos, sin
contrapartida que denigrase a los varones.” (26).

Se ejemplifica el surgimiento de la figura femenina en el cristianismo a partir de los siglos XII y XIII: culto a
María, las beguinas en Centroeuropa, expansión de conventos femeninos (aunque subordinadas a los
hombres); “Incluso las abadesas más independientes nunca dejaron de estar supeditadas a los
varones que monopolizaban la jerarquía eclesiástica.”. Véase el siguiente fragmento para ejemplificar
más este punto: “Simultáneamente, desde el siglo XII en la Europa cristiana se desplegó un
movimiento de exaltación de la mujer como ser sublime que debía recibir la máxima consideración
como objeto del amor cortés de la nobleza feudal. Se trataba de una visión de la mujer entre
mística y sublimada por parte de una elite muy restringida de varones, porque la dura realidad era
otra.”. (27). La dura realidad a la que se refiere es la realidad de la vida agraria europea, en la cual la
mujer cumplía las mismas labores que el hombre, pero sumándole las tareas domésticas y la tarea
reproductiva que se relacionaban con su rol materno. En estos tiempos se forjó la mentalidad misógina
que definió a la mujer como un ser inferior que necesitaba al hombre, y de la cual sólo podía esperarse
desgracias.

El lento camino hacia la ruptura: la mente no tiene sexo

El camino hacia la ruptura de la misoginia y la subordinación de la mujer es largo. Se menciona la


“querelle des femmes” como antecedente de este proceso. Esto se remonta al siglo XIV, con Christine de
Pisan, quien reivindicó la dignidad de la mujer desde la figura religiosa de María, atacando los
estereotipos que confinaban a la mujer a la maldad e inferioridad. En sus mismas palabras, cuestiona la
creencia de que “la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio.”.

Posteriormente, el proyecto de la Ilustración, inscrito en la época moderna, abrió un espacio para la


vindicación de la igualdad por parte de las mujeres: “Aunque no se hizo a las mujeres parte del ideal
de humanidad propio del Renacimiento, muchas de las que integraban las elites sociales pudieron
acceder a altas cotas de cultura y supieron encontrar en ese mismo ideal de humanidad los
soportes para exigir su derecho a hablar y a desarrollar sus capacidades intelectuales.” (32). La
Reforma Protestante también incidió en este proceso al afirmar la relación directa con Dios por medio de
la conciencia de las personas, eliminando el aparataje clerical y sus jerarquías como mediadores de la
relación gnóstica del humano con Dios. Podría tomarse como antecedente también la reacción de las
mujeres ante la creciente persecución de brujas durante los siglos XVI y XVII.

Respecto al Renacimiento, sin embargo, también se reformó el estereotipo del amor cortés, que sigue
viendo a la mujer como inferior, pero, a su vez, como la perdición del hombre que se rinde ante ella.
´Véase el siguiente fragmento: “En todos los casos, aunque la mujer se colocase en el altar de la
excelencia, siempre quedaba sometida, sin duda, a la primacía del varón. Por encima estaba el
caballero, medieval o renacentista, y, por supuesto, Dios personificado como hombre.” (33).

De la igualdad de los sexos (1673), obra del joven cura Poullain de La Barre, deslegitima las ideas
frecuentadas de su época sobre la supuesta inferioridad de la mujer, afirmando que la “mente no tiene
sexo” y, por ende, las mujeres habían de participar del mismo modo que los hombres en los asuntos
públicos y culturales. La educación fue propuesta como el medio más pertinente para lograr la
emancipación de la mujer.

“En este arco temporal que va de 1776 a 1848 se desarrollaron los procesos que prohijaron el
nacimiento del feminismo: la Ilustración, las revoluciones liberales, el despegue del capitalismo y
el surgimiento del socialismo.” (36).
Capítulo II – La revolución liberal: los derechos del hombre ¿y de las mujeres?

El germen del feminismo se halla en las revoluciones liberales que se enfrentaron al absolutismo del
Antiguo Régimen en Europa. Léase lo siguiente: “Con la Ilustración, como han subrayado Celia
Amorós y Amelia Valcárcel, se vertebró lo que se llama feminismo propiamente dicho, esto es, el
pensamiento de la igualdad entre los sexos, aunque todavía le costaría dos siglos hacerle frente
con éxito al discurso que, desde la religión, la ley y la ciencia, insistía en la inferioridad de la
mujer…” (38). Esta igualdad, en efecto, no fue incorporada del todo en el pensamiento ilustrado. Hubo
excepciones, claro, como Nicolás de Condorcet, quien propuso ya en 1790 la participación de las mujeres
como parte de la lucha por alcanzar el progreso, que exigía la supresión de las desigualdades
individuales y nacionales. Del otro lado, las revoluciones liberales, como la americana y la francesa, no
consideraron a la mujer como sujeto de los derechos inalienables consagrados en los principios de estos
gobiernos liberales. “Lo cierto es que aquellos revolucionarios solo hablaron de hombres, no de
todo el género humano. Lo mismo ocurrió en la revolución francesa; no vieron contradicción en
predicar la igualdad universal y a la vez excluir de los derechos civiles y políticos a las mujeres.”
(39).

Dialécticas de revolución: el ejemplo de Olimpia de Gouges

En los famosos cuadernos de quejas previos al estallido de la Revolución Francesa, las mujeres se
posicionaron a pesar de ser discriminadas y marginadas formalmente del proceso. “El hecho de que las
mujeres se hicieran parte de las manifestaciones y protestas derivó en que su presencia fue
constante en los espacios públicos, en las jornadas revolucionarias, en los clubes, en las
tribunas...Cabe destacar el impacto que tuvo la marcha que protagonizaron más de 6.ooo mujeres
parisinas sobre Versalles el 5 y 6 de octubre de 1789 para que volviesen el rey y la reina a París.”
(41). Durante esta época, se crearon muchos grupos femeninos de participación política, con
participación de mujeres burguesas y mujeres de clases más bajas.
Habría que discutir cuándo empezó esto del "feminismo", pues tomar personajes históricos cuyo
pensamiento o ideas específicas sirvieron de antecedente para un movimiento que se formó
principalmente en el siglo XX, no el XIX, enfocándose en ciertas luchas que no se comprendían dentro de
un corpus teórico como lo es el feminismo desde hace varios años, no es hablar de feminismo
propiamente tal. Por ejemplo, Poulain de la Barre, del siglo XVII y oriundo del mundo católico, es un
antecedente a la hora de estudiar la historia del "feminismo", lo que no quiere decir que forme parte del
feminismo ni como movimiento de masas, ni corpus teórico ni, si se quiere, ideología. Distinto sería, en
este mismo sentido, tomar a Guattari o Foucault, ambos aportes al feminismo: estos, a diferencia de la
Barre o personajes menos antiguos, vivieron activamente un siglo de luchas políticas en el que el
feminismo ya era un concepto consolidado en el lenguaje político, asociado, además, con los procesos
revolucionarios de izquierdas tal como hoy se conocen (véase el foro de Sao Paulo, el Mayo del 68, entre
otras).

Lo mejor es dedicarse a ver en qué están los movimientos sociales de masas, sus lineamientos políticos,
sus armas de lucha, sus símbolos propagandísticos y su acción política para cachar que Wendy McElroy
no tiene casi ningún peso en el feminismo actual y su revolución. Quizá las mujeres liberales podrían
intentar disputarle el concepto, apoyándose en los antecedentes del feminismo o las primeras mujeres que
iniciaron luchas contra la misoginia (que no es necesariamente algo feminista), pero eso es cosa de ellas.
Por mi parte, preferiría que se renuncie al feminismo.