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El silencio de las sirenas

En la parábola de Kafka, el enigma del canto de las sirenas es extrapolado a las ambiguas dinámicas de
la voluntad y la libertad. Bajo sus modificaciones al relato homérico, Ulises se presenta ahora como un
individuo susceptible de actuar bajo motivaciones distintas, más complejas que las de la mera
supervivencia y el regreso a casa; las sirenas, por su parte, están ahora capacitadas para invertir la
relación y hacer de los ojos del griego el objeto de su contemplación. En esta versión, dos importantes
modificaciones tienen lugar: Ulises tapa sus oídos con cera y las Sirenas optan por guardar silencio. La
especulación sobre las implicaciones de estos cambios tiene que pasar primero por la pregunta por la
promesa de las Sirenas: ¿cuál es el contenido de su invitación y a qué referencias de lo humano puede
vincularse su doble influjo? Su silencio nos hace descartar que el conocimiento pueda ser una
motivación para el héroe. Aquel llamado que seduce mediante una sabiduría omniabarcante y
atemporal, mediante el reconocimiento del valor del guerrero, no es proferido aquí nunca. Asumamos
entonces que, en el momento del encuentro, el conocimiento de Ulises del poder de las Sirenas se
limita a la belleza de su canto, a su influencia en los sentidos de los hombres. Este disfrute de los
sentidos y el aparato estético es rechazado por Ulises en el momento en el que emplea su segunda
protección, la cera; lo rechaza y no sólo se protege ante su trasfondo destructivo porque, según debe
entender, las cadenas bastan para contenerlo, o mejor, debería saber que las cadenas solas son un
recurso tan mezquino como su combinación con la cera. Ulises rechaza el éxtasis último del canto que
representa un límite entre la vida y la muerte, con lo cual la parábola entra en el terreno familiar de la
relación de Kafka con las mujeres. Las Sirenas son la mujer arquetípica que guarda dentro de sí la
felicidad posible en el mundo material y al mismo tiempo la puerta de acceso a ese registro
inconquistable de lo espiritual, la conexión más cercana a los secretos del castillo. Bajo esta lectura El
silencio de las sirenas es una descripción del individuo que escoge negar su libertad y dejar de
participar de la multiplicidad del mundo y el enigma móvil de lo eterno, ambos símbolos de la promesa
de seducción y la invitación a lo desconocido de las Sirenas. No obstante, y aunque este carácter doble
de las criaturas míticas se mantenga, en este Ulises no habita la angustia de quien niega su libertad, y el
reproche implícito al héroe que propone la parábola no parece dirigirse a otra cosa que al infantilismo
de sus métodos, nunca a sus imposibilidades subjetivas. Más aún, la multiplicidad del mundo que sería
expresión del canto no está disponible, no sólo a causa del silencio, de la negativa de las Sirenas, sino
por su rechazo al contacto. Al esfumarse cuando se las tiene más cerca, nos hacen pensar en un mundo
material que sólo existe en la distancia, que rehuye la interacción.

Por otra parte, entender el rechazo de Ulises como negación de la libertad nos obligaría a identificar el
curso natural, saludable, de la libertad con la precipitación en el vacío sugerente de las sirenas.
Hablaríamos de una libertad que tiende no a la salvación sino al retorno a un origen destructor, a la
nada. Pero sí hay salvación, y aquello que se critica no es más que la insuficiencia de los medios, la
simpleza en la consideración de la situación, la satisfacción de sí mismo. Replanteemos el asunto de
esta forma: el rechazo de Ulises a exponerse al canto es la cobardía o la sagacidad de la inconsciencia,
de la carencia total de angustia. Las sirenas son la tensión entre la existencia y la no existencia, entre la
seducción terrena y divina. Son éxtasis y reconciliación últimos con los cuales sólo pueden existir
relaciones limítrofes. Ulises tapa sus oídos con cera y se priva del reconocimiento de esta dialéctica
multiforme. Se priva de la angustia de la conciencia que muestra la seducción del mundo, el canto de
las sirenas, como un arma transformada, como silencio, nulidad siniestra envestida de imposibilidad.
No logra reconocer que la promesa de placer no está disponible, que la satisfacción es esquiva y se
confunde con la propia desaparición.

El silencio es un arma más terrible que el canto porque pone al descubierto la naturaleza de un mundo
distante, que hay que tornar disponible mediante aproximaciones; un mundo sin conciencia pero con la
voluntad suficiente para ofrecerse o retraerse, para seducir incluso mediante la contemplación. Las
sirenas pueden cantar o callar, desvanecerse de repente o simplemente buscar los ojos de quien las
encuentra; el Ulises que no escucha no participa de estas tensiones y posibilidades, de estas presencias
ambiguas. Esto es, claro está, a menos de que hablemos del Ulises inhumano, impenetrable por los
designios de los dioses. En éste se conservaría la victoria imposible de la conciencia, la reconciliada
lucidez ante la imposibilidad de satisfacer el deseo despertado por la imagen ilusoria y múltiple de las
sirenas.