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DESGLOSE Y EXÉGESIS DE LOS PRINCIPIOS PROBATORIOS

JHONNYS ANTONIO MÁRQUEZ BUJATO

DOCENTE:
JOSÉ GUTIÉRREZ

FACULTAD DE DERECHO
VI SEMESTRE

UNIVERSIDAD DE LA COSTA C.U.C.

SABANALARGA – ATLÁNTICO
2018
DESGLOSE Y EXÉGESIS DE LOS PRINCIPIOS PROBATORIOS

En el presente trabajo se expondrá un aspecto fundamental del Derecho

probatorio como lo son sus principios. El objetivo que se persigue es apreciar la

importancia de estos principios para la correcta impartición de justicia con bases en pruebas

que lleguen a la verdad de los hechos y den luces al juez para obrar conforme a Derecho.

Entonces, en primer lugar se hace necesario aclarar qué son los principios probatorios,

cómo, cuándo, dónde surgen y cuántos son. Es importante avistar el desarrollo histórico de

estos principios para luego examinar cuál es el estado actual de los mismos en el sistema

jurídico colombiano, siendo necesario adentrarnos en la parte sustantiva de los mismos, es

decir, analizarlos e interpretar su función. Se pretende demostrar que los principios del

Derecho probatorio en el sistema jurídico colombiano ofrecen garantías para el buen

desarrollo de los procesos judiciales, aunque el sistema presente sus fallas más que nada

debido a la falta de ética y compromiso con la justicia y la verdad por parte de funcionarios

de esta rama del poder público. Este estudio, como se colige de lo ya dicho, inicia

definiendo conceptualmente los principios del derecho probatorio y luego se pasará a un

repaso histórico de ellos, para, posteriormente, ocuparnos de tales principios en el actual

sistema jurídico colombiano. En aras de lograr estos objetivos se ha consultado textos de

muy respetados y reconocidos autores como de profesores doctos en la materia, ya sean

libros o artículos y ensayos obtenidos en medios digitales o impresos; también se acudió a

sentencias de nuestra Corte Constitucional y el Código General del Proceso colombiano

vigente (Ley 1564 de 2012).


¿Qué se entiende por principios del Derecho probatorio?

Antes, se hace indispensable aclarar qué es, en Derecho, la prueba. En su blog

‘Apuntes de Derecho’, entrada titulada ‘Derecho probatorio I’, el profesor Samer Abdel

Halim Elam Eraso (2012) dice:

La importancia del Derecho Probatorio se traduce en que igual a no

probar es carecer del derecho (IDEM EST NON ESSE AUT NON

PROBAN), es decir que quien pretenda un derecho debe demostrar

tal intención, de ahí la importancia y la necesidad de la prueba,

incluso en las situaciones de la vida cotidiana.

Complementa esto el profesor al añadir:

Probar es demostrar un hecho o dar certeza de éste, en materia

procesal es llevar al convencimiento del juez sobre los hechos que se

alegan. Los medios de prueba son las herramientas establecidas por la

ley para demostrar un hecho dentro del proceso.

La prueba es el material con el cual se pretende alegar un derecho. La labor del

juez es, básicamente, administrar y examinar las pruebas que se hayan recaudado dentro del

proceso y con base en ellas dictar su sentencia.

En este aspecto, el maestro Hernando Devis Echandía enseñó que

sólo la probanza “vivifica el derecho y lo hace útil”, al decir de

Pianiol y Ripert1, o, mejor todavía, por qué “toda la ciencia jurídica

se reduce a una ciencia de las pruebas y el derecho mismo no existe

1
Marcel Pianiol y George Ripert. Tratado elemental de derecho civil, 12a ed., París, 1939.
independientemente de su prueba”, conforme a la afirmación de

Giuliani2” (Charry Rivas, 2002)

Citándose al conspicuo tratadista, llegamos al meollo de la importancia de la

prueba: “La decisión final, sustentada sobre pruebas, permite que la abstracción legislativa

se materialice y la impersonalidad de la norma tome forma, en un conflicto cualquiera que

sea dirimido por el operador judicial.” (Charry Rivas, 2002). Esto quiere decir que las

pruebas son la sustancia del Derecho, que para que el Derecho sea práctico, tenga su lugar

en nuestra cotidianidad, debe salir del mundo de las ideas, de lo ideal, y esta

materialización sólo es conducente a través del ejercicio probatorio, el cual le da un sustrato

de realidad a los alegatos, de orden más bien subjetivo.

Pero para hacer uso de las pruebas sin que el caos gobierne dentro de los

procesos, ha sido menester instaurar normas, regular el uso de las mismas, puesto que si

éstas son la materia prima para llegar a la verdad y para que el juez pueda resolver con

justicia un litigio, sólo así es posible alcanzar tales fines, ya que se admitirán como pruebas

solamente las que cumplan con los requisitos presupuestados, las cuales deberán servir al

juez para, en conjunción con los alegatos, obtener una imagen total de los hechos y

derechos en disputa, partiendo del origen del conflicto hasta el momento mismo en que las

partes acuden a su despacho, y acudir a los marcos legales adecuados y fallar en Derecho.

Asimismo, tales normas respecto a las pruebas van encaminadas a evitar fraudes; las

pruebas deben ser obtenidas y presentadas por medios que avalen su autenticidad y puedan

ser contradichas. El artículo 164 de nuestro Código General del Proceso manifiesta:

“Necesidad de la prueba. Toda decisión judicial debe fundarse en las pruebas regular y

oportunamente allegadas al proceso. Las pruebas obtenidas con violación del debido

2
Alessandro Guiliani, citado por Santiago López Moreno, en La prueba de indicios, Lex, 1982, p. 6.
proceso son nulas de pleno derecho.” (Congreso de la República de Colombia, 2018, págs.

111, 112).

En su tesis de grado, los estudiantes de la Universidad Eafit de Medellín,

Escuela de Derecho, Elizabeth Hincapié y Julián Peinado citan a Hernando Devis

Echandía3 al decir que

es inaceptable pensar que la prueba tenga como función, por regla

general, el establecimiento de la verdad, por tanto, puede suceder que

el resultado de la prueba no corresponda con la verdad, a pesar de

que el juez se sienta convencido de ella. Posición que actualmente se

encuentra superada, debido a que la verdad es ideológica, teórica y

prácticamente posible y necesaria pues se relaciona con valores

superiores como la justicia, y por ende la prueba debe ser ese

mecanismo que ayude al proceso en su exploración. (El sistema de

valoración de la prueba denominado sana crítica y su relación con el

estándar más allá de la duda razonable aplicado al proceso penal

colombiano, 2009, págs. 24, 25)

Todo lo anteriormente dicho se resume en el antiguo aforismo romano: “Dadme

las pruebas y os daré el Derecho”.

Se entiende sin mucho esfuerzo que el ejercicio de las pruebas requiere de

principios rectores. Existe un término básico: sana crítica. Hincapié y Peinado rastrean el

origen de este concepto, el cual surge en España con la Ley de enjuiciamiento civil de

1855. Se trata de un sistema con el cual se valoran las pruebas. Esta ley tenía el siguiente

3
Devis Echandía, Hernando. Compendio de derecho procesal. Pruebas judiciales – Tomo II. Bogotá: ABC,
1998. p. 228.
enunciado en su artículo 317: “los jueces y tribunales apreciarán según las reglas de la sana

crítica las declaraciones de los testigos” (2009, págs. 27, 28). La sana crítica es un concepto

que nace gracias a los grandes avances conquistados en el Siglo XIX. Pero, ¿qué es en

concreto la sana crítica? La respuesta la encontramos en el mismo trabajo monográfico

inmediatamente citado antes: “no es nada distinto a la aplicación de principios científicos,

de principios psicológicos, de principios técnicos, de las leyes de la lógica y de las reglas de

la experiencia a la apreciación de la prueba.” (Hincapié Hincapié & Peinado Ramírez,

2009, pág. 28)

Por su parte, el catedrático Boris Barrios González, en su obra Teoría de la sana

crítica, expone que la sana crítica hace la salvedad de que

La sana crítica como criterio de valoración de la prueba tiene

sus orígenes en los artículos 147 y 148 del Reglamento del Consejo

Real Español, el cual establecía que el Consejo debía apreciar:

“según las reglas de la sana crítica las circunstancias conducentes a

corroborar o disminuir la fuerza probatoria de las declaraciones.”

Previsión normativa que sirve de antecedente inmediato a la

Ley española de Enjuiciamiento Civil de 1855. (Teoría de la sana

crítica, 2006, pág. 5)

El precitado catedrático advierte de la carencia de una definición terminante de lo

que es la sana crítica. En el mencionado ensayo trata de emprender unas directrices a fin de

solventar dicha falencia. En tal sentido se expresa así:

En este sentido, hacemos referencia a una cita extraída de la

clásica obra de Aguilera de Paz y Rivas Martí, contemporáneos y


comentadores, también, de la Ley Española de Enjuiciamiento Civil

de 1855, la cual nos refiere lo siguiente:

“se intentó formularlas dos veces en la Comisión

Codificadora, cuando se discutió la vigente Ley de Enjuiciamiento

Civil española, más hubo de desistirse de este propósito ante la

imposibilidad de fijarlas de una manera taxativa, y por eso no se

hallan determinadas ni en ése ni en ningún otro texto legal”4. (Barrios

González, 2006, pág. 7)

El empeño de profesor Barrios, haciendo uso de las definiciones que presenta el

diccionario de la Real Academia de la Lengua Española a las palabras “regla”, “sana” y

“crítica”, elabora su definición, siendo esta:

La sana crítica es el arte de juzgar atendiendo a la bondad y

verdad de los hechos, sin vicios ni error; mediante la lógica, la

dialéctica, la experiencia, la equidad y las ciencias y artes afines y

auxiliares y la moral, para alcanzar y establecer, con expresión

motivada, la certeza sobre la prueba que se produce en el proceso5.

Por supuesto, la definición del jurisconsulto panameño admite una “crítica”. Sin

embargo, volvamos al momento histórico en que nace el término sana crítica, que es el

Siglo XIX, sólo para hacer notar que en dicha etapa de la Historia hubo ciertos cambios y

avances desde las entrañas de los cuales se forjó dicho concepto, aunque careciendo de

4
AGUILERA DE PAZ, Enrique y RIVAS MARTÍ, Francisco. Derecho Judicial Español. Madrid (España):
Editorial Reús, 1920, pp. 846 y 847; DE PINA, Rafael. Tratado de las Pruebas Civiles. México, D.F.:
Editorial Porrúa, 1942, p. 210; BAÑOS, Heberto. La Apreciación de la Prueba en el Proceso Laboral. Buenos
Aires (Argentina): Editorial Arayú, 1954, p. 18; FENECH, Miguel. Doctrina Procesal Civil del Tribunal
Supremo. Madrid (España): Editorial Aguilar, 1956, T.3, p. 4921; SENTIS MELENDO, Santiago. La Prueba.
Buenos Aires (Argentina): Editorial EJEA, 1979, p. 261.
5
Véase, también, a ARAZI, Roland. La Prueba en el Derecho Civil. Buenos Aires
(Argentina): Ediciones La Rocca, 1991, pp. 89 y s.
claridad el mismo. Tenemos pues que la sana crítica hace uso de ciertas herramientas

intelectuales y materiales como son:

La aplicación de principios científicos, de principios

psicológicos, de principios técnicos, de las leyes de la lógica y de las

reglas de la experiencia a la apreciación de la prueba. (Hincapié

Hincapié & Peinado Ramírez, 2009, pág. 28)

O bien se puede entender, tal como lo argumenta la paraguaya Liza A. Ramírez

Salinas y citando a Osvaldo Gozaíni: la sana crítica “se activa por medio de reglas lógicas y

máximas de la experiencia, entendida estas últimas como “aditamentos culturales que posee

el juez para formar un criterio lógico”6.” (Principios generales que rigen la actividad

probatoria, 2005, pág. 1.031)

En este orden de ideas, la sana crítica es producto de los nuevos horizontes

abiertos en el Siglo XIX en campos como las ciencias y la tecnología, la filosofía e incluso

las bellas artes. De ellos toma conceptos y metodologías. Claro, se debe tener en cuenta que

la Historia acumula experiencias en el conjunto de la especie humana, y en este sentido, el

Siglo XVIII, con su aporte al imponer la razón, la racionalidad como norma en todos los

campos de la vida, es muy valioso. En efecto, la sana crítica es un mecanismo que aún no

parece estar afinado pero avanza en su optimización.

En este punto es menester hacer un recuento de algunos hitos históricos que han

conducido al estado actual respecto al Derecho probatorio.

Desde culturas remotas en el tiempo como las de la India, Mesopotamia y Egipto

tenemos noticia de códigos que regularon de alguna manera la impartición de Justicia. De

6
Gozaíni, Osvaldo A. Teoría General del Derecho Procesal. Primera edición. (Bs. As., EDIAR, 1996), p. 224.
la India procede la Ley de Manú, de Mesopotamia el Código de Hammurabi y de Egipto un

Derecho un poco más sofisticado. En estos el testimonio constituía la base de los procesos.

Posteriormente hallamos los sistemas griego y romano, en los cuales aparecen o se

les da más valor a pruebas de diversa índole como las documentales, aunque los

testimonios y alegatos siguen siendo muy importantes; se recurre a las prácticas de pruebas,

como medir un terreno en disputa, en el Derecho Romano.

A la caída del Imperio Romano sobreviene un período, el del Feudalismo en

Europa, en el que se atomizó el Derecho. No obstante esta situación, surgieron códigos que

preservaron en cierto modo el sistema de leyes romano, y en esto la Península Ibérica tuvo

un papel muy importante, ya que allí aparecieron ítems como el Código de Tolosa, el

Breviario de Alarico, Fuero Juzgo o Libro de los Jueces, Fuero de León, Fuero de Castilla,

Fuero de Granada y las Siete Partidas de Alfonso X. Fue esta preceptiva instaurada por

Alfonso X la que siglos después sería la base de los sistemas procesales en las colonias

españolas en América. En tiempos de la Colonia el rey Felipe II de España quiso mejorar el

sistema normativo, lo que configuró la Recopilación de Indias y luego, en 1805, la

Novísima Recopilación, debido al caos que habían generado las conocidas Cédulas Reales,

numerosas y en ocasiones contradictorias. La Novísima Recopilación se convirtió en base

de los sistemas legales posteriores a la Independencia en las naciones americanas. Es a esta

historia jurídica a la que pertenece la hoy República de Colombia, que después de la

Independencia de España, pasando por las diferentes etapas de gobierno autónomo, fue

legislando con base en su tradición hispánica, y notable fue la influencia de la Ley de

Enjuiciamiento Civil; mas, como es bien sabido, la chispa de las ideas independentistas

encontraron en la francesa Declaración de los Derechos del Hombre, en las teorías jurídicas

de la Revolución Francesa y la misma Estadounidense, motivos para iniciar cambios en las


legislaciones de las nuevas repúblicas. En Siglo XX se empiezan a observar teorías y

sistemas jurídicos originados en Francia, Italia, Alemania, Austria. En esta etapa surgen

eminencias como Hernando Devis Echandía, quizás el más grande teórico del Derecho en

la historia de nuestra Nación, quien asimiló todas estas propuestas y su genio le permitió

hacer sus propios planteamientos.


¿Cuáles son los principios del Derecho probatorio?

El maestro Devis Echandía, entroncando con el concepto de la sana crítica, en su

reconocida obra Teoría general de la prueba (1970, págs. 114 - 140), relaciona una serie de

principios del derecho probatorio. A continuación extraemos del libro mencionado estos

principios, tomando lo esencial que de ellos explica Devis Echandía.

1. Principio de la necesidad de la prueba y de la prohibición de aplicar el

conocimiento privado del juez sobre los hechos. Se refiere este principio

a la necesidad de que los hechos sobre los cuales debe fundarse la

decisión judicial, estén demostrados con pruebas aportadas al proceso

por cualquiera de los interesados o por el juez, si éste tiene facultades,

sin que dicho funcionario pueda suplirlas con el conocimiento personal

o privado que tenga sobre ellos, porque sería desconocer la publicidad y

la contradicción indispensable para la validez de todo medio probatorio.

2. Principio de la eficacia jurídica y legal de la prueba. Este principio

complementa el anterior. Si la prueba es necesaria para el proceso, debe

tener eficacia jurídica para llevarle al juez el convencimiento o la

certeza sobre los hechos que sirven de presupuesto a las normas

aplicables al litigio, o a la pretensión voluntaria, o a la culpabilidad

penal investigada. No se concibe la institución de la prueba judicial sin

esa eficacia jurídica reconocida por la ley, cualquiera que sea el sistema

de valoración y de aportación de los medios al proceso, pues este

principio no significa que se regule su grado de persuasión, sino que el

juez, libre o vinculado por la norma, debe considerar la prueba como el


medio aceptado por el legislador, para llegar a una conclusión sobre la

existencia o inexistencia y las modalidades de los hechos afirmados o

investigados.

3. Principio de la unidad de la prueba. Generalmente la prueba que se

aporta a los procesos es múltiple: a veces los medios son diversos

(testimonios, indicios y documentos) j a veces hay varias pruebas de una

misma clase (varios testimonios o documentos, etc.). Significa este

principio que el conjunto probatorio del juicio forma una unidad, y que,

como tal, debe ser examinado y apreciado por el juez, para confrontar

las diversas pruebas, puntualizar su concordancia o discordancia y

concluir sobre el convencimiento que de ellas globalmente se forme.

4. Principio de la comunidad de la prueba, también llamado de la

adquisición. Consecuencia de la unidad de la prueba es su comunidad,

esto es, que ella no pertenece a quien la aporta y que es improcedente

pretender que sólo a éste beneficie, puesto que, una vez introducida

legalmente al proceso, debe tenérsela en cuenta para determinar la

existencia o inexistencia del hecho a que se refiere, sea que resulte en

beneficio de quien la adujo o de la parte contraria, que bien puede

invocarla. Como el fin del proceso es la realización del derecho

mediante la aplicaci6n de la ley al caso concreto y como las pruebas

constituyen los elementos utilizados por el juez para llegar a ese

resultado, nada importa quién las haya pedido o aportado; desde el

momento que ellas producen la convicción o certeza necesaria, la

función del juez se limita a aplicar la norma reguladora de esa situación


de hecho. Este principio determina la inadmisibilidad de la renuncia o

desistimiento a la prueba ya practicada, pues sólo si se considerara

patrimonio procesal del aportante o peticionario o para su solo

beneficio, podría aceptarse que la retirara o dejara sin erectos.

Cuando el proceso está dominado por el principio inquisitivo, como

sucede en lo penal o laboral y en algunos países, inclusive en lo civil,

ninguna importancia tiene la renuncia de la parte a la prueba, aun antes

de estar decretada, porque el juez puede ordenarlo oficiosamente, si la

considera útil.

5. Principio del interés público de la función de la prueba. Siendo el fin de

la prueba llevar la certeza a la mente del juez para que pueda fallar

conforme a justicia, hay un interés público indudable y manifiesto en la

función que desempeña en el proceso, como lo hay en éste, en la acción

y en la jurisdicción, a pesar de que cada parte persiga con ella su propio

beneficio y la defensa de su pretensión o excepción. Es decir, con la

prueba sucede lo mismo que con la acción: primordialmente ambas

protegen el interés público y general (interés del Estado) en la

declaración o realización dc los derechos o su satisfacción coactiva por

la vía jurisdiccional del proceso, y cuando existe litigio, en la debida y

legal composición del mismo; sólo secundariamente o en forma mediata

persiguen la protección del interés privado de la parte en obtener la

declaración, la realización o la satisfacción coactiva de su derecho, es

decir, el éxito de su pretensión o su excepción.


6. Principio de la lealtad y probidad o veracidad de la prueba. Es

consecuencia de los anteriores. Si la prueba es común, si tiene su unidad

y su función de interés general, no debe usarse para ocultar o deformar

la realidad, para tratar de inducir al juez a engaño, sino con lealtad y

probidad o veracidad, sea que provenga de la iniciativa de las partes, o

de actividad inquisitiva del juez. Claro es que la lealtad y la probidad no

rigen sólo para la prueba, sino para el proceso en general, y deben

reflejarse en la demanda, en las excepciones, en los recursos y en toda

clase de actos procesales, como lo expusimos al tratar precisamente del

“principio de la buena fe y la lealtad procesal”, que es una de las bases

fundamentales del derecho procesal.

7. Principio de la contradicción de la prueba. Es consecuencia del anterior

y se aplica al proceso penal como al civil. Significa que la parte contra

quien se opone una prueba debe gozar de oportunidad procesal para

conocerla y discutirla, incluyendo en esto el ejercicio de su derecho de

contraprobar, es decir, que debe llevarse a la causa con conocimiento y

audiencia de todas las partes; se relaciona con los principios de la

unidad y la comunidad de la prueba, ya que si las partes pueden utilizar

a su favor los medios suministrados por el adversario, es apenas natural

que gocen de oportunidad para intervenir en su práctica, y con el de la

lealtad en la prueba, pues ésta no puede existir sin la oportunidad de

contradecirla.

8. Principio de la igualdad de oportunidades para la prueba. Se relaciona

íntimamente con el anterior, pero no se identifica con él. Para que haya
esa igualdad es indispensable la contradicción; con todo, este principio

significa algo más: que las partes dispongan de idénticas oportunidades

para presentar o pedir la práctica de pruebas, persigan o no contradecir

las aducidas por el contrario.

9. Principio de la publicidad de la prueba. Es consecuencia de su unidad y

comunidad, de la lealtad, la contradicción y la igualdad de

oportunidades que respecto a ella se exigen. Significa que debe

permitirse a las partes conocerlas, intervenir en su práctica, objetarlas si

es el caso, discutirlas y luego analizarlas para poner de presente ante el

juez el valor que tienen, en alegaciones oportunas; pero también

significa que el examen y las conclusiones del juez sobre la prueba

deben ser conocidas de las partes y estar al alcance de cualquier persona

que se interese en ello, cumpliendo así la función social que les

corresponde y adquiriendo el “carácter social” de que habla Framarino

Dei Malatesta.7 Se relaciona también este principio, por consiguiente,

con el de la motivación de las sentencias, que no se excluye en el

sistema de la libre apreciación de las pruebas, y con el de la publicidad

del proceso en general.

Tanto penalistas como civilistas exigen la publicidad de la prueba

como un requisito fundamental para su valor y eficacia.

10. Principio de la formalidad y legitimidad de la prueba. Al tratar del

sistema de la libre apreciación de las pruebas vimos que éste no es

incompatible con las formalidades procesales para la validez de las

7
Framarino: Lógica de las pruebas en materia criminal, Bogotá, Edit. Temis, 1964, pág. 114.
practicadas en el juicio, sino que, por el contrario, es preciosa garantía

para la defensa del acusado en el proceso penal y para la contradicción,

lealtad e igualdad de oportunidades en el proceso civil. Esas

formalidades permiten que las pruebas gocen de publicidad, que se

conozcan en oportunidad, que no se lleven subrepticiamente y, en fin,

que ofrezcan garantías de probidad y veracidad. Este principio tiene dos

aspectos: con arreglo al primero, para que la prueba tenga validez se

requiere que sea llevada al proceso con los requisitos procesales

establecidos en la ley; el segundo exige que se utilicen medios

moralmente lícitos y por quien tenga legitimación para aducirla. Es el

complemento indispensable de los cuatro anteriores y rige por igual en

los procesos civil, penal y de cualquiera otra naturaleza.

Las formalidades son de tiempo, modo y lugar, y se diferencian

según la clase de proceso y el sistema oral o escrito, inquisitivo o

dispositivo, consagrado para cada uno. El segundo aspecto consiste,

como dice Silva Melero8, en que debe obtenerse la prueba “por los

modos legítimos y las vías derechas” excluyendo las calificadas de

“fuentes impuras de prueba”; se contempla la moralidad, la licitud y la

procedencia de la prueba.

Este principio implica que la prueba esté revestida de requisitos

extrínsecos e intrínsecos. Los primeros se refieren a las circunstancias

de tiempo, modo y lugar; los segundos contemplan principalmente la

8
Silva Melero. La prueba procesal, Madrid, Edit. Revista. de derecho privado, 1963, t. I, págs, 29 y 30, nota
4.
ausencia de vicios, como dolo, error, violencia, y de inmoralidad en el

medio mismo, como sería la reconstrucción total de un delito sexual o

de una unión extramatrimonial para establecer la concepción; procuran

que con ella se busque en realidad el convencimiento del juez sobre

hechos que interesan al proceso, y no lesionar el patrimonio moral o

económico de la parte contraria, como ocurriría con la exhibición de

escritos sobre escabrosos secretos familiares que en nada influyan sobre

el litigio.

11. Principio de la legitimación para la prueba. Este principio exige que la

prueba provenga de un sujeto legitimado para aducirla, es decir, el juez,

cuando tiene facultades inquisitivas, y las partes principales y

secundarias, e inclusive transitorias o intervinientes incidentales; por

último, respecto de la cuestión que motiva su intervención, requieren

que el funcionario que la reciba o practique tenga facultad procesal para

ello (jurisdicción y competencia).

Puede decirse que la legitimación para la prueba es común, en cuanto

la comunidad de la prueba exige que cada parte pueda solicitar y aducir

las que sirvan para acreditar los hechos que interesan al proceso,

quienquiera que los haya alegado, pues ya vimos en el punto 4) que

cualquiera puede aprovecharse de las pedidas o presentadas por su

adversario. No importa el interés personal que haya originado la prueba,

sino que quien la aduzca tenga legitimación abstracta para intervenir en

la actividad probatoria del proceso y que ella se haya practicado en

tiempo oportuno, en la forma y en el lugar adecuados; en esto último se


incluye la consideración de que la prueba se haya practicado para

efectos del juicio, o, exclusivamente, de un incidente del mismo, pues

en el último caso no podrá servir para efectos de la sentencia, a menos

que la ley procesal lo autorice.

12. Principio de la preclusión de la prueba. Es consecuencia del anterior, ya

que se trata de una formalidad de tiempo u oportunidad para su práctica

y se relaciona con los de contradicción y lealtad; con él se persigue

impedir que se sorprenda al adversario con pruebas de último momento,

que no alcance a controvertir, o que se propongan cuestiones sobre las

cuales no pueda ejercitar su defensa. Es una de las aplicaciones del

principio general de la preclusión en el proceso, también denominado de

la eventualidad, indispensable para darle orden y disminuir los

inconvenientes del sistema escrito.

13. Principio de la inmediación y de la dirección del juez en la producción

de la prueba. Para la eficacia de la prueba, el cumplimiento de sus

formalidades, la lealtad e igualdad en el debate y su contradicción

efectiva, es indispensable que el juez sea quien de manera inmediata la

dirija, resolviendo primero sobre su admisibilidad e interviniendo luego

en su práctica. Este principio contribuye a la autenticidad, la seriedad, la

oportunidad, la pertinencia y la validez de la prueba. De lo contrario el

debate probatorio se convertiría en una lucha privada, y la prueba

dejaría de tener el carácter de acto procesal de interés público.

14. Principio de la imparcialidad del juez en la dirección y apreciación de la

prueba. Es el complemento indispensable del anterior y sirve para


refutar las principales objeciones que los viejos civilistas le hacen al

proceso civil inquisitivo y con libertad de apreciación de las pruebas, en

el cual sin duda tiene mayor importancia, pero sin que sea poca en el

dispositivo, dadas las facultades que siempre se le otorgan para rechazar

pruebas, intervenir en su práctica y apreciarlas en ciertos casos. La

dirección del debate probatorio por el juez impone necesariamente su

imparcialidad, esto es, el estar siempre orientado por el criterio de

averiguar la verdad, tanto cuando decreta pruebas oficiosamente o a

solicitud de parte, como cuando valora los medios allegados al proceso.

La imparcialidad del juez debe presumirse, a menos que exista alguna

causal contemplada por la ley como motivo de impedimento y

recusación, en cuyo caso su competencia subjetiva y moral para el

proceso, no sólo para las pruebas, lo obliga a dejar su conocimiento

voluntariamente, o lo somete a que sea separado por otro juez.

15. Principio de la originalidad de la prueba. Este principio significa que la

prueba en lo posible debe referirse directamente al hecho por probar,

para que sea prueba de éste, pues si apenas se refiere a hechos que a su

vez se relacionan con aquél, se tratará de pruebas de otras pruebas;

ejemplos de las primeras son las inspecciones judiciales sobre el bien

objeto del litigio, los testimonios de quienes presenciaron el hecho por

probar, el documento contentivo del contrato discutido; ejemplos de las

segundas, son las declaraciones de testigos de oídas, es decir, que

oyeron referir el hecho de quienes lo presenciaron. Por consiguiente, si

existen los testigos presenciales, debe oírseles directamente, en vez de


llamar a quienes se limiten a declarar sobre lo que aquéllos les

informaron; si existe el documento original del contrato, debe

allegársele en vez de reconstruirlo con testimonios, y así en casos

análogos. De otra manera no se obtiene la debida convicción y se corre

el riesgo de desvirtuar los hechos y de llegar a conclusiones erradas.

Esto rige tanto para lo civil como para lo penal.

No siempre es posible obtener la prueba original por excelencia, que

es la percepción directa por el juez, y así sucede cuando se trata de

hechos transeúntes pasados, que no dejaron un resultado físico ni

constan en documentos; pero esto no significa que lo ideal no sea la

prueba original, sino que a falta de ésta es necesario contentarse con la

otra; en cambio, como lo observa Carnelutti9, los hechos permanentes

que existen en el momento del juicio y los transitorios que ocurren en

presencia del juez, pueden ser conocidos directamente por éste. Es decir,

la prueba original puede ser directa o indirecta; en cambio, la no original

es siempre indirecta.

16. Principio de la concentración de la prueba. Este principio quiere decir

que debe procurarse practicar la prueba de una vez, en una misma etapa

del proceso, pues, según concepto de Schönke10, la practicada por partes

o repetida, “pone en peligro no pocas veces la averiguación de la

verdad”, impide el debido cotejo, la mejor apreciación.

9
Carnelutti: Teoría generaledel diritto. Roma, Edit. Foro Italiano, 1051, núm. 12, pág. 55.
10
Schönke: Derecho procesal civil, Barcelona, Edit. Bosch, 1950, pág. 209.
Justifica este principio que se procure la práctica de la prueba en

primera instancia, restringiéndola en segunda a cuando no ha sido

posible en aquélla o se trate de hechos ocurridos con posterioridad o fue

denegada por el juez injustificadamente y a cuando el juez o tribunal la

considere útil para la verificación de los hechos.

17. Principio de la libertad de la prueba. Para que la prueba cumpla su fin de

lograr la convicción del juez sobre la existencia o inexistencia de los

hechos que interesan al proceso, en forma que se ajuste a la realidad, es

indispensable otorgar libertad para que las partes y el juez puedan

obtener todas las que sean pertinentes, con la única limitación de

aquellas que por razones de moralidad versen sobre hechos que la ley no

permite investigar, o que resulten inútiles por existir presunción legal

que las hace innecesarias (en cuanto se persiga con ellas probar lo

presumido; no cuando se intenta desvirtuar la presunción, a menos que

en el último caso sea de derecho) o sean claramente impertinentes o

inidóneas.

Dos aspectos tiene este principio: libertad de medios de prueba y

libertad de objeto. Significa lo primero que la ley no debe limitar los

medios admisibles, sino dejar al juez la calificación de si el aducido o

solicitado tiene relevancia probatoria; lo segundo implica que pueda

probarse todo hecho que de alguna manera influya en la decisión del

proceso y que las partes puedan intervenir en su práctica. El segundo

puede existir sin el primero.


El segundo de estos aspectos es fundamental, porque dentro de los

medios aceptados generalmente en los sistemas que los señalan

taxativamente (documentos, testimonios, indicios, peritos, inspecciones,

confesión; las presunciones no son pruebas sino que eximen la prueba),

pueden comprenderse los más modernos métodos de investigación, si se

tiene un criterio amplio. En cambio, limitar la actividad probatoria en

forma caprichosa por el juez o con una absurda regulación previa de la

ley, sería atentar contra los derechos de las partes, la debida defensa, la

contradicción efectiva y la igualdad de oportunidades; por este motivo

no existen más restricciones que las señaladas en el punto siguiente.

Puede decirse que la libertad del juez para decretar pruebas es un

tercer aspecto de este principio, no obstante que tiene su denominación

específica (principio inquisitivo, en oposición al dispositivo).

18. Principio de la pertinencia, idoneidad y utilidad de la prueba. Puede

decirse que éste representa una limitación al principio de la libertad de

la prueba, pero es igualmente necesario, pues significa que el tiempo y

el trabajo de los funcionarios judiciales y de las partes en esta etapa del

proceso no debe perderse en la práctica de medios que por sí mismos o

por su contenido no sirvan en absoluto para los fines propuestos y

aparezcan claramente improcedentes o inidóneos. De esta manera se

contribuye a la concentración y a la eficacia procesal de la prueba.

Es necesario, sin embargo, no confundir la pertinencia de la prueba

con su valor de convicción, ya que la pertinencia consiste en que haya

alguna relación lógica o jurídica entre el medio y el hecho por probar, y


puede existir a pesar de que su valor de convicción resulte nugatorio,

por ejemplo, cuando no obstante referirse el testimonio a los hechos

discutidos, su contenido carezca de mérito porque nada le consta al

declarante o no suministre razón alguna de su dicho. Tampoco puede

identificarse la idoneidad del medio con el valor de convicción de éste,

para el caso concreto, pues mientras la primera indica que la ley permite

probar con ese medio el hecho a que se pretende aplicar, por ejemplo,

con testimonios o confesión, el segundo, si bien depende en parte de esa

idoneidad, porque si falta ésta, ningún mérito probatorio puede tener la

prueba, exige algo más, que mira al contenido intrínseco y particular del

medio en cada caso. De esta suerte es posible que, no obstante existir

idoneidad, el juez no resulte convencido por la prueba (el testimonio

puede ser idóneo para probar un contrato y, sin embargo. por

deficiencias del contenido de las declaraciones, puede ocurrir que no

haya mérito de convicción alguno en las varias recibidas).

Como se ve, son dos requisitos complementarios e intrínsecos de la

prueba. En los sistemas que consagran libertad de medios, que implica

la de valoración, es decir, cuando la ley no los señala ni exige uno

determinado para ciertos actos o contratos, todos serán idóneos; esta

calidad se hace más importante cuando la ley procesal enumera los

medios admisibles y consagra la tarifa legal para su valoración.

En realidad se trata de dos principios, íntimamente relacionados, que

persiguen un mismo propósito, a saber: que la práctica de la prueba no

resulte inútil, para lo cual es necesario que el hecho pueda demostrarse


legalmente por ese medio y que el contenido de la prueba se relacione

con tal hecho (puede probarse un contrato por escritura pública, pero

puede darse el caso de que la escritura específica solicitada como prueba

no se relacione en absoluto con él).

Como lo veremos más adelante, el juez debe obrar con prudencia y

amplio criterio al calificar estos requisitos, para no rechazar la prueba

solicitada sino cuando sea indudable su impertinencia.

19. Principio de la naturalidad o espontaneidad y licitud de la prueba y del

respeto a la persona humana. Tanto el testimonio como la confesión, y,

con mayor razón, el dictamen del perito, deben ser espontáneos o

naturales, y las demás personas que los formulan no deben ver

coaccionadas sus facultades o su conciencia por ningún medio, ya sea

físico o sicológico.

Este principio de la naturalidad o espontaneidad de la prueba incluye

la prohibición y sanción de testimonios, dictámenes periciales,

traducciones o copias, que hayan sido falsificados o alterados, sea en

virtud de dinero o de beneficios de otro orden, o mediante amenazas al

testigo de la parte interesada o al perito, hechos que constituyen delitos.

Igualmente implica la prohibición de alterar materialmente las cosas u

objetos que han de servir de prueba, como ciertas huellas, el documento

original, el muro o la cerca que sirven de lindero, etc., que también

constituyen delitos. En estos dos aspectos se identifica con el principio

de la probidad y veracidad de la prueba, que ya estudiamos.


En resumen, este principio se opone a todo procedimiento ilícito para

la obtención de la prueba y lleva a la conclusión de que toda prueba que

lo viole debe ser considerada ilícita y por tanto sin valor jurídico. Por

esta razón, entre las posibles clasificaciones de las pruebas incluimos la

de lícitas e ilícitas.

20. Principio de la obtención coactiva de los medios materiales de prueba.

Debe tenerse cuidado de no confundir este principio con el anterior, para

que no resulte una aparente contradicción entre ellos. En virtud de él,

los documentos, las cosas y, en ocasiones, la persona física, cuando es

objeto de prueba (para exámenes médicos, por ejemplo), deben ponerse

a disposición del juez cuando se relacionan con los hechos del proceso.

Es consecuencia de los ya vistos sobre la comunidad de la prueba, la

lealtad y probidad de las partes y el interés público que en ella existe;

permite al juez el allanamiento de inmuebles, el acceso a los archivos

públicos y privados, e imponer ciertas coacciones a las partes y testigos

para que comparezcan a absolver interrogatorios o a reconocer firmas, y

para que suministren los objetos, escritos o libros de contabilidad cuya

exbibici6n se ha decretado. Es más efectivo en los procesos penales y en

los civiles inquisitivos, pero tiene aplicaciones importantes en el civil

dispositivo. Si la suerte del proceso y de la justicia que con él se quiere

impartir dependen de la prueba, es absurdo que el juez carezca de

facultades para obtenerla.

Las coacciones utilizadas consisten generalmente en multas, en la

consecuencia jurídica de dar por reconocido el documento o por


confesado el hecho y en la pérdida de oportunidades procesales. Pero es

admisible que se recurra a conducir por fuerza al testigo o a la parte ante

el funcionario judicial, y más todavía, que se le apremie con multas para

que conteste, siempre que luego no se utilice coacción alguna para

obtener su declaración en determinado sentido, como se hizo en épocas

antiguas, inclusive con el uso del tormento.

Existe, pues, un deber de prestarle colaboración a la justicia, en

materia de pruebas, y esa colaboración es no límite necesario a la

libertad individual, impuesto por razones de interés público, tanto a los

terceros como a las partes.

21. Principio de la inmaculación de la prueba. Por razones de economía

procesal debe procurarse que los medios allegados al proceso estén

libres de vicios intrínsecos y extrínsecos que los hagan ineficaces o

nulos. Se trata, en realidad, de comprender en éste, de manera más

general y desde otro punto de vista, los principios ya examinados de la

formalidad y legitimidad de la prueba, de su espontaneidad o

naturalidad y licitud, de su oportunidad y preclusión, de su

contradicción y publicidad. La falta de pertinencia e idoneidad no

configura vicio alguno, sino ineficacia probatoria, porque el medio

puede ser recibido con todos los requisitos para su validez, no obstante

la ausencia de relación con el hecho o la prohibición legal de probarlo

con él. Rige este principio por igual para el proceso civil y para el penal

o de otra naturaleza.
22. Principio de la evaluación o apreciación de la prueba. Cualquiera que

sea el sistema legislativo que rija y la naturaleza civil o penal del

proceso, la prueba debe ser objeto de valoración en cuanto a su mérito

para llevar la convicción al juez. sobre los hechos que interesan al

proceso.

No se concibe un proceso civil, penal, contencioso-administrativo,

laboral o fiscal modernos, si el juez no tiene libertad para apreciar las

pruebas allegadas, ni facultades inquisitivas para conseguirlas.

Puede aplicarse a la prueba el criterio que para la interpretación de la

ley recomiendan algunos modernos filósofos del derecho, de que resulte

multipersonal u objetiva, y no meramente subjetiva del juzgador, es

decir, que se acomode a la realidad social y a lo que lógicamente pueda

entender cualquier persona de cultura similar.11

Esta función es quizás la más delicada del proceso, especialmente

para el juez a quien está encomendada, porque las partes son al respecto

simples colaboradoras. La suerte de la justicia depende del acierto o del

error en la apreciación de la prueba, en la mayoría de los casos.

23. Principio de la carga de la prueba y de la autorresponsabilidad de las

partes por su inactividad. La igualdad de oportunidades en materia de

pruebas no se opone a que resulte a cargo de una de las partes la

necesidad de suministrar la prueba de ciertos hechos, sea porque los

invoca a su favor, o porque de ellos se deduce lo que pide, o porque el

11
AF'TALIÓN, GARCÍA, VILANOVA: Introducción al derecho, Buenos Aires, Edit. El Ateneo, 1960, págs.
451-458.
opuesto goza de presunción o de notoriedad, o porque es una negación

indefinida. De esto resulta el principio de la carga de la prueba, que

contiene una regla de conducta para el juzgador, en virtud de la cual

puede fallar de fondo cuando falta la prueba del hecho que sirve de

presupuesto a la norma jurídica que debe aplicar. Por otra parte, implica

este principio la autorresponsabilidad de las partes por su conducta en el

proceso, al disponer de libertad para llevar o no la prueba de los hechos

que las benefician y la contraprueba de los que, comprobados por el

contrario, pueden perjudicarlas; puede decirse que a las partes les es

posible colocarse en una total o parcial inactividad probatoria, por su

cuenta y riesgo.

24. Principio de la oralidad en la práctica de la prueba. Como un aspecto del

sistema oral o escrito que rija en el proceso, puede enunciarse este

principio en relación con la prueba. En el proceso penal prevalece la

forma oral y en el civil la escrita, con algunas excepciones en los

códigos más modernos y en los sistemas norteamericano e inglés. Pero

lo ideal es la oralidad en ambos, lo mismo que en el laboral, fiscal y

contencioso-administrativo, en la práctica de las pruebas, sin que esto

excluya la aportación de documentos, ni el dejar actas escritas de los

testimonios, declaraciones de partes y exposiciones de peritos.

Sin la menor duda, el sistema oral favorece la inmediación, la

contradicción y la mayor eficacia de la prueba.

25. Principio inquisitivo en la obtención de la prueba. Las objeciones contra

las facultades oficiosas del juez en la producción de la prueba para el


proceso civil se reducen a éstas: que se trata de un litigio de interés

privado, y que, por lo tanto, las partes deben ser libres de manejarlo

según su leal saber y entender; que se perjudica a la parte desfavorecida

con las pruebas decretadas de oficio, y que, por consiguiente, el juez

debe permanecer inactivo y limitarse a juzgar con base en las pruebas

que las partes le aporten, para no romper su indispensable imparcialidad

o neutralidad.12

Tales razones son de tan débil contextura, que no resisten el menor

análisis. Se basan en la tesis, ya completamente rectificada, de que el

proceso civil es un negocio particular y con un fin privado: la defensa de

los intereses particulares. Pero la doctrina universal archivó esa

concepción privatista y la sustituyó por la publicista, que ve en el

proceso civil el ejercicio de la jurisdicción del Estado, tan importante y

de tan profundo interés público como en el proceso penal, e igualmente

le señala un fin de interés público general: la recta aplicación de la ley

material y la administración de justicia para la paz y la tranquilidad

sociales.

Refutado el viejo concepto privatista del proceso civil, caen por su

base los argumentos de quienes desean mantener maniatado al juez ante

el debate probatorio. Porque si hay un interés público en que el

resultado del proceso civil sea justo y legal, el Estado debe dotar al juez

de poderes para investigar la verdad de los hechos que las partes afirman

12
PLANIOL Y RIPERT: Tratado teórico práctico de derecho civil, La Habana, Edit. Cultural, t. VII, págs.
758 y 759; BONNIER: De las pruebas en derecho civil y penal, Madrid, Edit. Reus, 1913-1914, t. I, núm. 97,
pág. 146.
en oposición, y nadie puede alegar un derecho a ocultar la verdad o a

engañar al juez con pruebas aparentes u omisiones de otras; la

imparcialidad del funcionario consiste en aplicar la ley al dictar

sentencia, sin que en su criterio pesen otras razones que sus

conocimientos jurídicos y las conclusiones a que llegue después del

examen de los hechos y sus pruebas, y sin que la amistad o enemistad,

el interés o el afecto, tuerzan o determinen sus decisiones. Por otra

parte, si se concibe la jurisdicción como un deber del Estado frente al

derecho de acción del particular y no sólo como un derecho frente al

deber de los particulares de someterse a ella, es apenas obvio que se

otorguen al juez los poderes suficientes para cumplir adecuadamente

con tal deber.

26. Principio de la no disponibilidad e irrenunciabilidad de la prueba. De los

principios de la comunidad de la prueba, de su fin de interés público y

de su obtención inquisitiva y coactiva por el juez, se deduce este

principio y significa que no le corresponde a la parte ningún derecho a

resolver si una prueba que interese a los fines del proceso debe ser o no

aducida, sino que el juez dispone de poderes y medios para llevarla al

proceso; e igualmente significa que una vez solicitada la .práctica de una

prueba por una de las partes, carece de facultad para renunciar a su

práctica si el juez la estima útil y que si fue ya practicada o presentada

(como en el caso de los documentos y copias de pruebas trasladadas), no

puede renunciar a ella para que deje de ser considerada por el juez.
27. Principio de la gratuidad de la prueba. Significa este principio, que dado

el fin de interés general que radica en el proceso y en la prueba, lo ideal

es que el Estado satisfaga el servicio público de Justicia de manera

gratuita, sin gravar económicamente a las partes por la recepción y

práctica de los medios probatorios, así sean inspecciones judiciales,

dictámenes de expertos oficiales, interrogatorios de testigos y de las

mismas partes, examen de documentos, etc. Únicamente cuando los

interesados soliciten el dictamen de peritos particulares o la expedición

de copias de documentos notariales o que se encuentren en otros

archivos, se justifica que deban costear los honorarios de aquéllos y los

servicios de éstas.

Este principio se opone radicalmente al sistema de arancel judicial,

que obliga a las partes a cancelar determinadas sumas de dinero por las

distintas diligencias judiciales. No solamente la práctica de las pruebas

debe ser gratuita, sino la tramitación total de los procesos civiles,

laborales, contencioso-administrativo, fiscales y penales, con raras

excepciones; sin que esto impida la condenación de la parte vencida al

pago de las costas del proceso, que es una medida justa y conveniente.

Aquel sistema pone en peligro la independencia de los jueces frente a

las partes y por tanto su imparcialidad, además de que encarece

injustificadamente la Justicia, en perjuicio de débiles y en beneficio de

quienes disponen de superiores medios de fortuna.

Este número de principios, que parece excesivo, no es la última palabra. Bien lo

señala el Dr. Jaime Soto Gómez:


Los autores no coinciden en el número de principios de

derecho probatorio que reconocen. El Dr. Gustavo Humberto

Rodríguez relaciona ocho; el español Valentín Silva Melero doce en

total; el Dr. Carlos Betancur Jaramillo un total de veinte; y el Dr.

Devis Echandía, diciendo no agotar el elenco, relaciona veinticuatro,

y posteriormente enuncia dos más: el de seriedad y el de economía de

la prueba.

Aquí tenemos 27, es decir, quizás hubo un error de transcripción en el texto de

Soto Gómez o el institutor Devis había añadido otro más. Pasando esta curiosidad,

complementa el Dr. Soto: “Pero a éstos hay que agregar el de legalidad y el de celeridad.”

Ciertamente, en materia de Derecho, en este como en otros asuntos no hay consenso por

parte de las más preclaras mentes que los estudian. Los países asumen los sistemas legales

que más acordes se hallen con sus realidades históricas y socioculturales.

Las tesis de Hernando Devis Echandía lograron abrirse paso en el ámbito jurídico

colombiano, de tal suerte que fueron acogidas y puestas en práctica al promulgarse el nuevo

Código Procesal Civil de 1970, el cual significó un avance en materia legal.

Sumado a Devis Echandía, Mauro Capelleti, jurista italiano, invitado para

exponer sus tesis ante la comisión encargada en el año de 1969 por el gobierno de la época

en Colombia para elaborar el que posteriormente sería un nuevo Código de Procesal Civil

(1970), arguyó en favor de principios como los de la oralidad, la inmediación, la libre

valoración de la prueba, el impulso material del proceso, el decreto oficioso de probanzas

entre otros. (Charry Rivas, 2002, pág. 20).

En esta misma comisión de la que hizo parte, Hernando Devis Echandía dejó

sentado que “la imparcialidad del funcionario consiste en aplicar la ley al dictar sentencia,
sin que en su criterio pesen otras razones que sus conocimientos jurídicos y las

conclusiones a que llegue después del examen de los hechos y pruebas” (Charry Rivas,

2002, pág. 23), lo que constituye una declaración en la cual se impone el ejercicio de los

principios probatorios.

Sobre los principios generales de la prueba judicial, Charry Rivas expone,

homenajeando a su mentor Devis Echandía, que

al igual que todo principio, constituye el cimiento de todo

procedimiento; si ellos no son bien conocidos, la actividad

desarrollada carecería de todo sustento y sería el resultado de una

mecánica basada en la práctica tribunalicia, sin conocimiento alguno

de lo que lleva a ese resultado, que si bien se encuentra plasmado en

el derecho positivo vigente, el mismo tiene sus fundamentos en éstos

principios. (Apuntamientos sobre la vida y obra jurídica de Hernando

Devis Echandía, 2002, pág. 28)

Lo cual quiere decir que sin estos principios el proceso carecería de un

procedimiento respecto a un aspecto tan fundamental como lo es la presentación de

pruebas, impidiendo “la sana, recta y debida administración de justicia”, tal como lo exigen

la Constitución Política vigente, las normas que integran el Bloque de Constitucionalidad y

las leyes que rigen el funcionamiento y labor del aparato judicial.

En esta misma obra se hace mención a una división sobre las pruebas. Éstas

deben cumplir “requisitos intrínsecos de los actos probatorios: que las pruebas sean útiles,

pertinentes, conducentes y legales.” Además, las pruebas deben allanarse a “requisitos

extrínsecos de los actos probatorios: aspectos relativos a las formalidades como las formas

debidas de pedir, admitir, ordenar, en qué momento deben hacerse y ante qué funcionarios
solicitar las pruebas.” (Charry Rivas, 2002, pág. 28) Esto implica que las pruebas son de

doble naturaleza: deben abarcar valores de fondo y de forma para tener validez en los

procesos.

Colombia, a partir de la Constitución de 1991 adoptó la denominación de

Estado Social de Derecho, asumiendo así la responsabilidad de ajustar su sistema jurídico

en lo penal, civil, laboral, administrativo y comercial a lo que implica tal denominación. Sin

embargo, gracias a la labor de notables juristas, la labor de conformar un Estado Social de

Derecho, garantista, cuyas leyes estén a tono con las nuevas necesidades y problemáticas de

la Nación, se ha venido promoviendo desde antes de la Carta Constitucional vigente. La

tradición jurídica colombiana procede de la europea, en especial de la española, pero de

aquí han surgido estudiosos del Derecho como Hernando Devis Echandía, quien sobre los

principios del Derecho probatorio ha expuesto ideas que no sólo beben de la tradición y las

nuevas tendencias europeas sino que él mismo ha puesto a consideración sus propias tesis

con tanta probidad y rigor académico que han sido debatidas muy seriamente e integradas,

como lo han sido en Colombia, al corpus de los códigos que regulan las diferentes

instancias en materia legal.

Los principios del Derecho probatorio son en primer lugar la exposición de

ideas que los teóricos consideran pertinentes para la buena marcha de los procesos en lo

concerniente a las pruebas. Con ellos se busca dar sentido y rigor a los procesos,

elaborando parámetros que rijan sobre todo lo relacionado con las pruebas, pues son las

pruebas, antes que las especulaciones, las que determinan la realidad en los litigios y sobre

ellas es que los funcionarios judiciales, los jueces, deben encaminar los procesos; por

tanto, se hace imperativo que haya reglas claras para el manejo de las mismas, sin que lo

formal sustituya a lo sustancial.


REFERENCIAS

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2010, de

http://www.academiadederecho.org/upload/biblio/contenidos/Teoria_de_la_sana_cr

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Charry Rivas, D. (2002). Apuntamientos sobre la vida y obra jurídica de Hernando Devis

Echandía. En I. C. Procesal, XXIII congreso colombiano de Derecho procesal (pág.

16). Bogotá, Colombia: Instituto Colombiano de Derecho Procesal.

Congreso de la República de Colombia. (2018). Código General del Proceso (Ley

1564/2012). Bogotá, Colombia: Unión Ltda.

Devis Echandía, H. (1970). Teoría general de la prueba judicial Tomo I. Buenos Aires:

Víctor P. de Zavalía.

Elam Eraso, S. A. (29 de agosto de 2012). Apuntes de Derecho. Obtenido de

https://samerderecho.blogspot.com/2012/08/derecho-probatorio-i.html

Hincapié Hincapié, E., & Peinado Ramírez, J. (2009). El sistema de valoración de la

prueba denominado sana crítica y su relación con el estándar más allá de la duda

razonable aplicado al proceso penal colombiano. Tesis de grado, Universidad Eafit,

Escuela de Derecho, Medellín.

Ramírez Salinas, L. (2005). Principios generales que rigen la actividad probatoria.

Doctrina, 1.031.