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RENACIMIENTO Y HUMANISMO

Para el presente tema se postularán las perspectivas de los autores Burke,


Tenenti, Romano y Colomer, uniéndolas y separándolas cuando sea necesario.

 Eusebi Colomer.
El historiador en cuestión plantea las posturas de algunos estudiosos del
Renacimiento con el objeto de resaltar las características clásicas y más
reconocidas de este movimiento; los más destacados serán Huizinga, Michelet,
el controversial Burckhardt y por último a Burdach. Pero en primera instancia,
es preciso citar una expresión del autor acerca de nuestro tema: “Resurrección
y renacimiento de tantas cosas bellas que parecían muertas para siempre;
renovación, es decir, recreación y no pura imitación de los grandes y
permanentes modelos artísticos y literarios de la Antigüedad clásica…”
(Colomer, p 5). El historiador utiliza las posiciones de los autores –empezando
con Huizinga- para aludir a la tendenciosidad de los términos “Renacimiento” o
“Edad Media” –atribuyendo la autoría a los humanistas italianos-, en cuanto
para los hombres de la época no habían dos períodos históricos que contaran
la verdad; el mundo clásico grecorromano y el suyo propio, en donde las
prósperas ciudades italianas reflejaban el primero. El tiempo del medio, es
decir, el media tempestas, se tomaba como una etapa oscura, digna de ser
desdeñada.
Para el autor, la historiografía del S. XIX habría potenciado el término
“Renacimiento”, asegurando que los primeros en acuñar el término no habrían
considerado el aspecto técnico. Esta historiografía, “de modo tendencioso y
unilateral” (Colomer, p 6), habría tomado al Renacimiento como un triunfo de la
luz sobre las bárbaras tinieblas del Medioevo, como expresa Michelet. En dicha
época, para este último, el Hombre se habría encontrado a sí mismo,
excavando hasta lo profundo de la naturaleza para basarse en la justicia y la
razón; esto se ve reflejado en los viajes de descubrimiento, la nueva
concepción del microcosmos, el auge de la literatura –sobre todo caballeresca-,
el arte y la Reforma Religiosa. Ubicaría el inicio temporal de este episodio
durante el S. XVI y se observa que sólo menciona a dos italianos entre su larga
lista de protagonistas: Colón y Copérnico.
No obstante, los postulados de Burckhardt, que aunque Colomer lo califica
como un “gran historiador”, no dejan de ser polémicos por su enorme
centralismo en Italia y su contraste de períodos. Tomando esta visión
renacentista de Michelet, enfocó esta revolución cultural en el caso italiano con
una obra cuya estructura inspiraba una claridad artística con respecto a su
expresión literaria; esta consagró el término “Renacimiento” y se erigió como un
verdadero punto de referencia para investigaciones ulteriores, incluso de la
actualidad. Dedicada al Estado en su primera parte, interesa la segunda por su
alusión a la evolución del individuo. Aquí denuncia, claramente, que en la Edad
Media, “las dos caras de la conciencia”, la que se enfoca en su entorno y la que
se enfoca en uno mismo, se hallaban cegadas por la fe, la ingenuidad o la
ilusión –las últimas dos calificadas de infantiles-. El Hombre solo se reconocía a
si mismo por su pertenencia a un grupo humano o social; sin embargo, en Italia
comenzaría una concepción objetiva del Estado, el primer paso para lograr una
subjetividad que lo convertiría en un individuo espiritual. Claro que, así como
Michelet, Huizinga y la gran mayoría de los estudiosos del Renacimiento,
concibe que la restauración de la cultura clásica grecolatina fue una
característica visible y necesaria; pero para Burckhardt no sería la esencia ni la
causa del mismo. Este individualismo del Hombre se vería reflejado, siguiendo
la línea de Michelet, en el descubrimiento del mundo y del hombre a la vida
social, ética y religiosa a través de la ciencia, la creatividad y a un comienzo de
“indiferencia” hacia la religión. Sin embargo, esta postura de Burckhardt que
claramente contrasta Renacimiento y Edad Media es calificada por Colomer
como problemática, ya que en el mundo medieval ya habían existido
movimientos de recuperación de obras clásicas e individuos notables. Cabe
aquí citarlo: “La historia es siempre una compleja síntesis de continuidad y
cambio, tradición y evolución. Los historiadores del siglo XIX no se equivocaron
al interpretar los indicios de cambio histórico, que se advierten en Italia desde
inicios del siglo XIV, con la categoría de <<renacimiento>>, que inspiró
efectivamente a los italianos de aquella época, sino al continuar juzgando,
como aquéllos, a la Edad Media como una época de oscuridad y barbarie”
(Colomer, p 7).
Siguiendo con su lineamiento, Colomer utiliza a Burdach y su postulado de la
idea de “renacer” como un renacimiento de la vida espiritual; proceso que se
habría visto beneficiado por esta restauración cultural grecolatina. Sin embargo,
según este autor los protagonistas de este episodio buscaban una “nueva
vida”, no un regreso al pasado. El Renacimiento enlazaría con la idea de
resurgimiento de Roma –idea siempre anhelada durante la Edad Media-,
pensando en una reforma religiosa en toda la cristiandad. Renacimiento y
Reforma son para Burdach dos conceptos entrelazados. Esto iría en contra de
la posición de Burckhardt, ya que cabría cuestionarse si todas las acciones y
protagonistas del Renacimiento que él exalta eran actos espirituales o solo
elementos superficiales que respondían a una nueva moda.
Para Colomer, en conclusión, el Renacimiento se trataría de la liberación del
espíritu; la libertad y la verdad como conquistas principales frente a la
hegemonía ideológica de la Iglesia sobre la sociedad entera. Pero esto no
significó que la cosmovisión medieval hubiera desparecido en absoluto. El
retorno a los orígenes, la restauración cultural grecolatina no habría sido el
objetivo de este movimiento, sino un medio para alcanzar la renovación y
reformación del Hombre. Esto fue potenciado por la corriente filosófica del
Humanismo, la cual se centra en la dignidad del hombre, a través de sus
particularidades; importante fue la formación espiritual, mediante el estudio de
disciplinas específicas que movilizaban la creatividad humana, como bien
ocurría en la Antigüedad. No obstante, el Humanismo renacentista no se
definía por estos estudios clásicos en sí mismos, sino por su voluntad de
restaurarlos respetando sus realidades históricas; es decir, el Renacimiento se
caracterizó también por la historicidad para devolver al Hombre su carácter
humano.

 Tenenti y Romano.
El carácter marxista de estos historiadores le atribuye al término
“Renacimiento” algunas acepciones, con motivos más bien denunciantes. En
principio expresan la popularidad de este término durante el S. XIX en
adelante, refiriéndose a un fenómeno cultural contemporáneo, un modo de
concebir ciertos aspectos de la cultura occidental hacia el 1500 que si fuese
bien empleado, como nos dicen, no sería utilizable en el plano histórico; siendo
cargado de juicios de valores, representa un “momento privilegiado de la
humanidad occidental”, cuyo concepto está adornado con elementos míticos
que pueden generar confusiones a los investigadores. En sus palabras: “Aún
sin examinar sus raíces y su significado, parece que una mitificación
historiográfica tan prolongada refleja, precisamente, la crisis de los valores que
se idealizan” (Tenenti-Romano p 129). Este planteo es defendido por el hecho
de que si bien cualquier definición histórica es imperfecta e incompleta, se
utiliza como un instrumento que en el caso del “Renacimiento”, ya es
tendencioso de por sí por las intenciones observadas en su propia etimología.
Reconociendo los valores que se han difundido de este movimiento –
espiritualidad, arte, ética-, al atribuirlos a personas situadas en los S. XV y XVI,
alega que uno cae en otorgarle una forma ideal a contenidos heterogéneos; por
tanto, se habla de los hombres del Renacimiento. Asimismo, denuncia el hecho
de que el Humanismo y el Renacimiento se emplean como análogos.
Tenenti y Romano pretenden definir las contribuciones prestadas por los
humanistas, admitiendo que en su mayoría proceden de Italia y que el
Humanismo en Europa sucedió a partir del 1440, cuando en esta misma región
se formara un grupo social de letrados. En sus declaraciones, podemos ver
reflejada la postura marxista en cuanto a las intenciones de los humanistas: “Lo
más fundamental y más precioso de este fenómeno fue su tendencia a la
universalidad y su capacidad de expresar valores adecuados a un tipo de
sociedad en desarrollo dinámico” (Tenenti-Romano, pp 130-131). Sus últimas
palabras refieren a hecho de que el humanismo en Italia durante el S. XV, se
hallaba ligado a la ideología de una burguesía mercantil de carácter pre-
capitalista; y lo sorprendente es como la corriente resultó exitosa al movilizarse
a otras regiones donde la burguesía –si es que había una- pensaba diferente.
Para el autor, coincidiendo con Colomer, el Humanismo pretendía sustituir a la
hegemonía ideológica de la Iglesia con una perspectiva individualista –nótese
que no le agrada mucho este término-, pero que no tiende a la desigualdad. El
Humanismo, por tanto, se trata de una cultura abierta y libre, consciente de que
no puede oprimir el espíritu humano; aunque mantenga su práctica cristiana,
exige que la sabiduría libere en el Hombre todas sus posibilidades y no sólo
algunas, como ya estaba pactado. Del mismo modo, no deseaban renunciar a
sus creencias cristianas, sino liberar las capacidades racionales que en el
Medioevo estaban subordinadas a la Revelación, la convicción de poseer una
verdad superior y divina. Para luchar contra el peso de la Iglesia, se recurrió a
la evocación de la Antigüedad clásica; para esto los letrados reutilizaron las
obras grecolatinas, para hacer de la cultura un “órgano socialmente funcional”.
Aquí notamos una coincidencia con Colomer en cuanto a la historicidad, en
donde Tenenti y Romano hablan que los humanistas hicieron valer a las
exigencias históricas a través de modelos –como las disciplinas humanas-
entendidos como universales.
Sin embargo, para los autores, los humanistas habrían intentado responder a
las necesidades sociales con valores que idealizaban al ser humano, cayendo
en una trampa. Su visión del mundo, que fue poco puesta en práctica, tendía a
lo “perfecto y a lo excelente” y fue traducida mayormente en el campo
aristocrático. Por ello no se trató de una revolución mental propiamente dicha,
sus posturas ambivalentes –laico-cristianas, conservadora-vanguardistas-,
lograron resultados muy buenos, pero “inorgánicos”, como expresan los
historiadores; se trata de la ideología de una sociedad que ha madurado, pero
que permaneció estática debido a los miedos aún presentes y a la dificultad
que suponía atreverse al sistema cultural compacto de su pasado reciente.

 Peter Burke.
El quizá más importante intérprete del movimiento renacentista de entre los
autores sugeridos –para mí-, realiza un planteo a nivel de la experiencia
humana. Para empezar, declara que muchos investigadores intentan evitar la
universalidad para referirse a los hombres que vivieron durante el
Renacimiento; asimismo, es muy claro en cuanto al sugerir que se trató de un
movimiento, no precisamente de un período o episodio –como lo suelen tratar
los autores anteriores-, de carácter cultural, el cual implicó innovación y
renovación. Esto último se ve reflejado, como ya se ha dicho, en un entusiasmo
por la Antigüedad y la “recuperación, recepción y transformación de la tradición
clásica” (Burke, p desconocida por edición digital), siendo muy cuidadoso en el
empleo de términos.
Es importante destacar que Burke difiere con Burckhardt, aunque lo considera
también un gran historiador, con respecto a la asociación del Renacimiento con
la modernidad, puesto que debe respetarse la concepción de historia reciente
de los protagonistas de los siglos XVI y XVII y que estos no eran modernos en
el sentido de la palabra como se entiende en los siglos XIX y XX. Burckhardt,
de esta manera, subestimaba la distancia cultural entre su época y el
Renacimiento, sumándose estas críticas a las de Colomer y a las de Tenenti y
Romano.
Se observan dos ideas principales del autor: primero, su propuesta de
descentralización del movimiento renacentista, ya que desea vincular a la
cultura occidental con sus vecinas –cítese Bizancio y el Islam-, las cuales
también contaron con sus propios renacimientos; aquí el autor apela a la
universalidad. Esta idea es justificada por el hecho de establecer un enfoque
antropológico del Renacimiento, respetando la distancia cultural con la época,
cada vez más amplia. Esto no da lugar a una empatía con las gentes de este
movimiento, por lo que Burke apuesta por los modos de pensar o las
mentalidades. En segunda instancia, su visión se extiende a la totalidad del
continente europeo, a través de la importancia de la circulación de textos,
imágenes y sobre todo, de personas; para ello califica como vital la emigración
griega a occidente luego de la caída de Bizancio en 1453, los artistas de los
Países Bajos, comerciantes y alemanes impresores. La invención de la
imprenta para folletos permitió una rápida difusión de ideas y entre más
personas. Para Burke, la difusión del nuevo estilo clásico transformado fuera de
Italia, fue una empresa colectiva de intercambio cultural, cuyas redes más
efectivas eran universidades, academias, cancillerías y sobre todo,
monasterios. Aquí, el autor aclara que los investigadores corren el riesgo de
centrarse en una historia externa, dando descripciones generales de ejemplos,
sin fijarse en los individuos, como hizo en parte Burckhardt.
Por esto, el autor alude a lo que es su instrumento de abordaje más importante,
la Teoría de la Recepción; esta consta en el proceso de asimilación y
transformación, en oposición a una simple difusión, para terminar en una
gradual incorporación del Renacimiento en la vida cotidiana. Esto conduce a
que ponga énfasis en los contextos donde se produce este proceso de
recepción, que no son especialmente los grandes centros, si no las periferias.
Aquí, Burke admite una mitificación en cuanto a la difusión del Renacimiento,
asociado a ideas de contagio o tráfico comercial. Su intención es hacer
hincapié en los modos en que las obras italianas fueron interpretadas en ciertas
regiones y grupos sociales; asegura que los teóricos actuales creen que lo que
se transmite cambia en el proceso de transmisión. Cualquier cosa que se
recibe, se recibe según el modo del receptor, entendiéndose este modo como
una forma de producción personal en donde se observa una creatividad; esto
explica que la tradición clásica y la italiana fuesen tomadas con ambivalencia.
Es preciso apoyar esto con sus palabras: “Una metáfora útil para captar mejor
el proceso de recepción en este período, como en otros, es la de <<bricolaje>>,
es decir, la confección de algo nuevo a partir de fragmentos de antiguas
construcciones. Algunos escritores de la época procedieron de forma
semejante” (Burke, p desconocida por edición digital). El uso del término
“bricolaje” está presente en todos los ejemplos que plantea el historiador en su
obra. Asimismo, lo que se selecciona para confeccionar debe ser coherente
con la cultura donde se opera; por ello es tan importante el filtro romano,
bizantino y árabe, los cuales también mamaron y compartieron la cultura
griega, así como considerar al filtro italiano como pionero en la recepción. El
contexto entonces juega un importante papel, puesto que recibir ideas de forma
creativa significa adaptarlas a un nuevo entorno, primero
descontextualizándolas y luego recolocándolas con un nuevo significado;
ejemplo es como se entendió la Antigüedad en Italia o la resistencia a la
recuperación de culturas paganas, como la grecolatina. Como nos dice, “las
divergencias frente a los modelos eran a veces el resultado del deseo de
superarlos, o al menos de crear algo diferente, congruente con las tradiciones
locales” (Burke, p desconocida por edición digital). Era imposible que los
individuos y los grupos dejaran de lado la cultura donde se habían formado.
En conclusión, Burke afirma que su obra destaca las periferias del movimiento
por encima de los centros, las prácticas culturales cotidianas por encima de las
grandes realizaciones y la reputación de los individuos notables por encima de
sus intenciones; analizará estos modos a través del arte gótico, la filosofía
escolástica y la caballería.