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Guerras por la independencia latinoamericana ¿Una revolución frustrada?

Latin American independence wars. ¿A frustrated revolution?

Autores:

Prof. Aux. MSc. Jorge A. Hernández Ibáñez.

Prof. Aux. DrC. Yanio Hernández Heredia

Afiliación:

Universidad de las Ciencias Informáticas www.uci.cu

La Habana, Cuba

Resumen:

Las gestas independentistas del siglo XIX en la América al sur del río Bravo, merecen ser

reevaluadas a la luz de los tiempos que corren, es una necesidad de justicia histórica en el

enfrentamiento a las pretensiones de dominación cultural hegemónica del Norte en sus

reiterados intentos por descalificarlas como procesos revolucionarios. Mostrar su verdadera

dimensión desde la complejidad singular del proceso histórico revolucionario de esa

centuria y sus características más significativas, permitirá esclarecer nuestra comprensión

de la historia de la que José Martí llamó “Nuestra América” como antídoto ante las oscuras

interpretaciones vertidas sobre los intereses y fines de sus gestores y protagonistas, sus

raíces y el carácter de sus eventos a la luz de la historia reciente de nuestros pueblos.

Palabras Claves: Latinoamérica, Revolución, Independencia, liberación nacional.

Abstract:

The independence wars of the nineteenth century in the America, at south of the “Rio

Bravo”, deeds deserve to be re-evaluated in the light of the times, it is a necessity of

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historical justice in dealing with the claims of hegemonic cultural domination of the North

in their repeated attempts by disqualifying them as revolutionary processes. Show its true

dimension from the unique complexity of the revolutionary historical process of the century

and its most significant features, it will clarify our understanding of the history of José

Martí called "Our America" as an antidote to the dark interpretations poured on the interests

and purposes their managers and protagonists, their roots and character of their events in

the light of the recent history of our peoples.

Keywords: Latin America, revolution, independence, national liberation.

Introducción:

Aún pasado más de doscientos años del inicio del proceso de emancipación

latinoamericana, evaluar el carácter del mismo, no es asunto agotado por los estudios

historiográficos y menos aún desestimado, dada la importancia para la comprensión de

nuestro presente histórico. Es válido por demás, por ser un problema complejo que requiere

un análisis particular, desmitificado de las veladas generalidades, que las teorías de la

historia han acuñado desde los procesos denominados clásicos y que se han desbordado

sobre los análisis de acontecimientos históricos protagonizados en otras áreas y épocas.

Sin lugar a dudas estos acontecimientos epicentritos ejercen influencia universal, máxime

cuando en ellos se corrobora la pertinencia del cumplimiento de la ley del desarrollo

desigual del capitalismo; por tal razonamiento el trabajo teórico sobre las guerras de

independencias latinoamericanas aún se presenta desbalanceado y por demás insuficiente

cuando se trata de evaluar lo ocurrido entre 1808 y 1824, téngase presente que la difusión

de escritos históricos sobre el tema, han atendido con mayor intencionalidad los procesos

de los cambios sociales burgueses desde el siglo XVII al XIX en Europa, incidiendo con

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una atracción fatalista cuando se trata de los resultados de los procesos en las áreas

periféricas del capitalismo más avanzado.

Es necesario conducir los análisis de los procesos liberadores de la América Latina a partir

de sus propia contextualización y perspectiva de desarrollo, no obstante es sabido que toda

época estampa sus surcos a las revoluciones sociales que acontecen en tal tiempo histórico.

Ello es lícito también para los procesos de las luchas anticoloniales contra las metrópolis en

esta parte del universo, en relación con ello la época de 1789 a 1871 en concreto es, desde

una perspectiva marxista - leninista de suma importancia para el desarrollo y triunfo del

capitalismo.

Desarrollo:

Las revoluciones de liberación nacional en América Latina durante el siglo XIX en su

primer cuarto, forman parte del ciclo revolucionario burgués y por lo tanto las tareas que les

corresponden desarrollar le hacen ser inherente al despliegue mundial del sistema

capitalista. Aurea Matilde Fernández (Fernández, 1988) medita sobre los aspectos a

considerar en una revolución burguesa, señalando fundamentalmente la “liberación” de

fuerza de trabajo, y la liberación del capital. Agrega además que estas premisas se van

produciendo de manera espaciosa con el desarrollo de las fuerzas productivas hasta que

colisionan y no pueden seguir desarrollándose por la existencia de relaciones de producción

de carácter feudal. Toda revolución social burguesa tiene la tarea de romper las relaciones

de producción atrasadas y establecer otras nuevas que posibiliten la continuación en

ascenso, pero más acelerada de las fuerzas productivas. Estos y otros elementos se

identifican en los procesos liberadores nacionales en nuestra región tal como sucede con la

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guerra de liberación de las trece colonias de Norteamérica y aun así mantiene

peculiaridades que la distinguen de las llamadas revoluciones burguesas clásicas.

Al analizar los aspectos imprescindibles para la destrucción del anterior régimen, tales

como el carácter de la propiedad feudal sobre la tierra, el logro de la mutación del

campesino dependiente en fuerza de trabajo “libre”, la creación de un mercado interno,

nacional, y su libertad de industria y de comercio, es necesario un cambio en la

superestructura que desplace a las clases retrógradas y conservadoras. En última instancia

debe darse el prerrequisito básico que el proceso del cambio revolucionario social -

burgués debe tener como clase dirigente a la burguesía.

A partir del razonamiento anterior todas las luchas anticoloniales de la fase pre

monopolistas forman parte de las grandes transformaciones anti feudales de la época,

aunque encierran particularidades propias, estas, condicionadas por el carácter de la

dominación externa, las circunstancias históricas y la configuración económica y

sociológica específica. De tal destino, el factor de la ordenación nacional figura como el

ingrediente distintivo aclaratorio de aquellas revoluciones, por esta razón no debemos

equipararla a las revoluciones clásicas burguesas, mientras lo más general fue su inclusión

en el camino del sistema capitalista, por lo cual deben ser consideradas dentro del curso de

expansión de la formación económica capitalista a escala global.

La anterior reflexión debe preceder la validación sobre el carácter de la guerra de

independencia de América Latina, así como la inclusión de sus resultados y significación

para el despliegue mundial del sistema capitalista.

Los estudios históricos tradicionales señalan que la independencia o las independencias se

inscriben como un desprendimiento político de las viejas estructuras feudales, jurídicas y

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administrativas que dejan al margen asuntos de naturaleza social lo que las descalifican

como revoluciones, es decir que responden a objetivos plenamente anticoloniales, “…

fueron una serie de conflictos armados que se desarrollaron en el continente americano y

que enfrentaron a los partidarios de establecer nuevas naciones independientes donde se

encontraban las colonias españolas en América, enfrentando al Rey de España Fernando

VII, las autoridades virreinales y los partidarios de la Monarquía española. Las guerras de

independencia tuvieron tanto el carácter de guerra civil como de guerra internacional (entre

naciones) (Tigerino, 1947).

La opinión anterior es interpretación de una concepción tradicionalista y conservadora, al

considerar que el movimiento independentista, debido a su natural efecto separador, fue la

causa de la fragmentación de los países nacientes, que no hubo cambios en la estructura

administrativa y tampoco hubo cambios sociales para las llamadas castas: criollos,

mestizos, morenos, ni para los indígenas ni para los esclavos negros. Desapareció el

monopolio comercial, y por tanto el proteccionismo, con el consiguiente empobrecimiento

de muchas regiones latinoamericanas que no podían competir con las industrias de Europa

y que, para América, el sueño de Bolívar de crear unos Estados Unidos de América del Sur

fracasó en el Congreso de Panamá de 1826.

Desde esta concepción el proceso de la independencia es sólo eso, separación de España,

es un desmoronamiento total, no es un movimiento de las provincias americanas contra la

metrópoli, sino muchos movimientos que todavía después de 1821 el proceso de

desmoronamiento seguirá dentro de las mismas patrias independientes. Todas quieren ser

independientes unas de otras, y en Centroamérica se llega hasta el ridículo de dividir la ya

pequeña patria, recién separada de Méjico, en cinco minúsculas repúblicas.

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Esta concepción sostiene que el independentismo no fue otra cosa que el estallar del

individualismo español, perdida la fuerza centrípeta del ideal hispánico que unificaba aquel

inmenso Imperio. Y que por tal razón el proceso de la independencia no terminó con la

separación de España, continuando más allá en América con la separación entre sí de las

provincias que formaban el Imperio mejicano, la gran Colombia y el antiguo Virreinato del

Río de la Plata, y es el mismo que en España alienta aún bajo el separatismo vasco y

catalán.

El sentido fatalista de valoraciones como estas se manifiesta también al calificarla como

“aborto político” y como una separación impropia de nuestros pueblos que no estaban

preparados para la vida independiente. Este criterio responde a un pensamiento retrogrado y

antinacional propio de los que no confían en nuestros pueblos, de mentalidad de “cipayos”,

cuyo norte de desarrollo sigue siendo la “culta Europa”, similar concepción aparece en

otros políticos latinoamericanos, como es el caso de Domingo Sarmiento en Argentina.

Sergio Guerra Vilaboy (Vilaboy, 2007) evalúa el proceso: de tendencia burguesa que logra

sus objetivos político nacionales, pero que se quedan por debajo en los económicos –

sociales y apunta dos posiciones historiográficas tampoco homogéneas a la hora de

catalogar la independencia, la tradicional burguesa que la evalúa como movimientos de

liberación nacional, guerras civiles y/o conflictos de castas y la marxista, esta última

tampoco unánime en los análisis evaluativos, desde esta última se encuentran las que

objetan su contenido revolucionario porque no concibe transformaciones sociales radicales

y no acarreó el derrocamiento de la formación económica social caduca, ni modificaciones

profundas en el régimen de propiedad o las relaciones de producción; también y en esto

coincide con otras valoraciones no marxistas, cuando se restringe al llamarla revolución

de independencia o revolución anticolonial, alejando su alcance político de los sociales,

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coincidiendo con autores no marxistas que consideran esta guerra como una revolución

frustrada, porque la desigualdad social y el dominio de la minoría criolla no cambió con los

nuevos gobernantes. Esta evaluación parte por reconocer que la lucha de los criollos (y

aquí no se especifica clases sociales) perseguía tres objetivos muy claros: la independencia

política, el régimen republicano y la libertad de comercio, y estos tres objetivos fueron

alcanzados. En ese sentido, no hubo revolución frustrada; sin embargo reducir el análisis a

estas perspectivas limita el alcance del proceso revolucionario latinoamericano del primer

cuarto del siglo XIX.

Es pertinente insistir en la interpretación marxista de que los procesos revolucionarios

burgueses y liberales son resultados de una época de cambio, donde las formaciones pre

capitalistas darán paso al capitalismo por las reformas o por las revoluciones, en

dimensiones de tiempo y radicalidad variable en correspondencia con el desarrollo social y

si la clase dirigente del proceso es portadora o no, del desarrollo de la nueva época, también

si finalmente esta asciende al poder político, no importa bajo qué forma de gobierno o con

que clase social lo comparte.

Es innegable que en el caso de la primera independencia latinoamericana, la aristocracia

criolla es la que ocupa el lugar que le correspondía a una burguesía nacional, inexistente. Es

necesario que se tenga en cuenta que esta última debe su existencia como clase a la relación

de explotación y por tanto obtención de ganancia por la apropiación del valor del trabajo

ajeno que remunera con salario sobre la fuerza de trabajo libre que explota, cuestión aún

no presente claramente en el contexto latinoamericano.

Otro elemento necesario para la evaluación, es explicar en el caso de Latinoamérica el

comportamiento del concepto de nación en las perspectivas de la revolución en esta área

geográfica, en tal sentido la preexistencia de lo nacional se presenta como una

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configuración alejada de la conciencia social, por las tan diversas colectividades

americanas, aún más cuando la propia realidad geográfica, política y cultural ha sido un

valladar infranqueable, exagerado por la abigarrada confluencias de formas e instituciones

que se prendieron en estas tierras por la colonización española y portuguesa, con las muy

sui géneris ya existente en estos pueblos nuestros, entonces la nación, lo nacional seria un

resultado, un propósito que se debía lograr en un momento y en un tiempo posterior a la

liberación política del yugo metropolitano, bajo circunstancias complejas durante la

primera mitad del siglo XIX.

Lo sostenido anteriormente, se entiende además, porque en el caso de Nuestra América

como le llamó José Martí, encontramos multiplicidad de pueblos, naciones y civilizaciones,

lo cual identifican el proceso del nacionalismo como una identidad muy particular e

irrepetible. Este elemento es una particularidad esencial de los procesos independentistas

en nuestra región, en relación con las revoluciones burguesas clásicas, que tienen entre sus

prerrequisitos la existencia previa de los estados nacionales y una conciencia nacional

extendida en todos los sectores sociales.

Lo anteriormente expresado nos permite sustentar, que el ideal de nación se presenta

como un propósito que responde más a la voluntad de los que dominan la vida política post

independencia, no suficientemente comprendida desde la toma de la conciencia de toda la

comunidad de intereses que la deben conformar y defender, entonces ella existe sólo como

perduración del particularismo geográfico y la herencia colonial frente a la ideología de la

unidad continental, aspiración de los próceres más visionarios; pero nada de ello hubiera

sido posible sin la guerra de independencia, porque ella deja preparado el terreno para la

conformación de los estados nación a pesar de todos los contratiempos, en un periodo

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relativamente breve y por lo tanto es un propósito cumplido por los revolucionarios

americanos y un logro que sólo es resultado desde el alcance de una revolución realizada.

El aspecto de la ideología en los procesos independentistas tanto por la vía revolucionaria

como por la vía conservadora, es de suma importancia en el análisis. En las dos últimas

décadas del siglo XVIII se acentúa la confrontación de dos concepciones diferentes del

cambio: de la subversión completa de las fuentes de poder, autoridad, y gobierno y de la

transformación de la sociedad y de la economía de los pueblos. Los fines del pensamiento

liberal están presentes en las principales figuras de la independencia.

Como todo proceso revolucionario sus manifestaciones internas se inician en la ideología,

en este caso de la Ilustración. Las enseñanzas impartidas por las universidades, las

academias literarias y las sociedades económicas difundían los ideales liberales y

revolucionarios propios de la Ilustración y los resultados prácticos de los revolucionarios

desde el poder político, económico, social y judicial, en Norteamérica y Francia, contrarios

a la actuación de España y Portugal en sus colonias.

Los líderes de la gesta no sólo combatían al dominio extranjero, sino que fueron

transformando estructuras y creando nuevas, fueron deshaciendo las tradicionales formas

arcaicas de producción y de relaciones sociales, se eliminó la mita, y la esclavitud, se

fundaron pueblos y se le dio constituciones donde primaron los principios de la soberanía

del pueblo, el contrato social de Rousseau y los derechos individuales del ciudadano y la

República federalista a imitación de la Revolución Francesa y la Norteamericana; pero la

práctica social, el caudillismo, la ignorancia y otros factores culturales limitaron la

perdurabilidad de esos logros.

Los patriotas más fieles a los ideales más avanzados del liberalismo, asumieron la defensa

de los derechos a la libertad individual y la igualdad ante la ley, la protección de las

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libertades de pensamiento y opinión y sobre todo el sistema constitucional; y muchas de sus

reivindicaciones fueron más allá de la supresión total del mercantilismo español en lo

económico y el reconocimiento del verdadero papel de los criollos en la sociedad y la

equiparación con los españoles, sobre esto último hay unanimidad, no obstante

encontramos matices entre los republicanos al estilo norteamericanos y francés y

monárquicos constitucionalistas.

Antonio Nariño, tradujo la Declaración de Derechos Humanos para distribuirla en Santa Fe

y Camilo Torres quien había publicado una serie de cartas agrupadas como el Memorial de

Agravios, que aumentaron el descontento de los criollos en materia política.

La independencia permitió a sus países la oportunidad de desarrollarse en función a unas

necesidades propias y otorgó una teórica justicia más equitativa entre sus componentes

sociales, empezando por los criollos, quienes coparon los puestos de la máxima

responsabilidad de gobierno, mayoritariamente empleados por españoles peninsulares

durante la colonia.

Sin dudas, la guerra responde a los propósitos de un proceso inicial de cambio

revolucionario liberal, que al final de la gesta independentista la contrarrevolución

conservadora aristocrática que se adueñó del poder, torció el rumbo del mismo limitándola,

desconociendo los avances y transformaciones implementadas y sancionadas por los

patriotas de un pensamiento republicano democrático. No se sostuvo en el poder las figuras

más radicales del pensamiento social.

Ello fue posible entre otras razones porque las masas del campo decisivas para borrar las

cadenas de la opresión del régimen colonial – feudal no tuvieron finalmente un desempeño

significativo en la toma de decisiones políticas, – y seguían más a los caudillos por

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sentimientos de fidelidad y tradición que por una conciencia revolucionaria de clase. De

esta suerte los logros más radicales alcanzados en el trayecto de la lucha luego fueron

barridos y las masas no pudieron preservarlos; precisamente habían sido traicionados los

que realmente pelearon contra el poder español, la independencia no favoreció a los más

desposeídos, estos fueron los traicionados.

En 1824 Bolívar dictó el Decreto Trujillo para proteger a los indios del Perú y reordenar allí

la propiedad agraria, a pesar de las buenas intenciones del Libertador, los oligarcas

peruanos no permitieron que sus privilegios fueran afectados, igual suerte corrieron los

indios y mestizos de Hidalgo y Morelos y la increíble reforma agraria, la primera de

América Latina, que se aplicaría en la “Provincia Oriental” por el caudillo José Artigas y

que fue barrida por la reacción. Esta experiencia en lo que hoy es Uruguay surgió como una

respuesta revolucionaria a la necesidad nacional de recuperación económica y justicia

social y en ella se decretaba la expropiación y el reparto de tierras de los enemigos

españoles y americanos, bajo el principio de beneficiar a los más pobres; en esta reforma

los indios serían los más privilegiados.

El resultado general fue que los líderes de pensamiento burgués más radical, sin la

suficiente comprensión y apoyo de las masas desposeídas, fueron superados por las

oligarquías conservadoras que establecieron un nuevo equilibrio de poder con el apoyo de

la iglesia católica desautorizándose importantes logros de la revolución, tales como la

abolición de la esclavitud, las restricciones de los privilegios del clero, los mayorazgos y

otras conquistas de las legislaciones republicanas.

Las inconsecuencias de este primer periodo liberal en América Latina no generó la

transformación del régimen de propiedad y de relaciones precapitalistas, determinando una

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larga y penosa transición hacia un modelo de sociedad de un capitalismo dependiente en la

segunda mitad del siglo XIX.

Guerra Vilaboy afirma: “Al no poderse vertebrar en América Latina un fuerte componente

social burgués, faltó también la imprescindible base social para cumplir las tareas

históricamente maduras de demoler las relaciones pre capitalistas y promover una firme

integración nacional en los nuevos estados. En esas condiciones, los países

latinoamericanos adquirieron una fisonomía semi feudal, burguesa sólo en embrión. La

hipertrofia del factor institucional, la anarquía política y el caudillismo militar fueron

ingredientes a favor de la desunión hispanoamericana directamente vinculados a la

debilidad de los elementos constitutivos del Estado y la nación al sur del río Bravo, o sea,

las estructuras clasistas propias de la sociedad burguesa.” (Guerra, 2003)

No existía en la segunda mitad del siglo XIX un capitalismo industrial, ya que América

Latina sigue entregando las materias primas de su subsuelo, lo mismo que los de su

agricultura, sin que intervenga ninguna actividad de transformación, esta sigue teniendo un

carácter francamente rústico, el dinero se esfuma en compras suntuarias y no se capitaliza y

puede considerase una dependencia económica de Gran Bretaña, el capital extranjero es

responsable de las guerras entre países y discordias civiles, el clericalismo predominante se

proyecta por determinar la vida privada como los negocios públicos, la libertad de

conciencia, subordina los derechos cívicos a la condición de católico, se reserva la

enseñanza.

La excepción en América Latina lo fue Paraguay, donde Gaspar Rodríguez de Francia

protagonizó un desarrollo económico autónomo y sostenido. El Estado paraguayo asumió

el lugar de la burguesía inexistente, organizó la nación y orientó sus recursos. Francia se

apoyó en los campesinos y pudo aplastar a la aristocracia, pero también los benefició al

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cederles la explotación de las parcelas públicas a cambio de la obligación de poblarlas y

cultivarlas en forma permanente y sin derecho de venderlas. El Paraguay pudo resolver la

mendicidad y las hambrunas en su territorio.

Conclusiones:

La epopeya americana del primer cuarto del siglo XIX califica como un importante hito,

por demás enriquecedor y necesario del ciclo revolucionario democrático - burgués

universal, como legítimas revoluciones hijas del liberalismo doctrinario que a pesar de sus

limitaciones históricas, para nada revelan estados de frustración y no objetividad, son

resultados de sus circunstancias históricas, lo que le da cumplimiento y la hace responder a

las leyes históricas del desarrollo universal y desde ese sentido merecen el lugar en la

contribución como singularidad de proceso histórico al cambio socio histórico universal lo

que permite iniciar un periodo indetenible de luchas liberales-democráticas por reformas

sociales profundas que aún libran sus pueblos en este siglo XXI.

Referencias Bibliográficas:

Fernández, A. M. (1988). España y Cuba. 1868 – 1898. Revolución Burguesa y relaciones

coloniales. La Habana: Ciencias Sociales.

Guerra, S. V. (2003). Historia mínima de América. La Habana: Editorial Pueblo y

Educación.

Tigerino, J. Y. (1947). Génesis de la independencia hispanoamericana. Madrid: Revista

Alférez.

Vilaboy, S. G. (2007). El dilema de la independencia. La Habana: Ciencias Sociales.

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