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Proyectos Ilustrados: La Herencia Historiográfica

Traducido por Josune Bragado.

Gabriel Paquette
Universidad de Cambridge

El autor entra de lleno en el debate sobre la Ilustración española: ¿podemos decir que existe una
Ilustración hispana pese a que ésta se desarrollara dentro de y gracias a la monarquía? ¿Podemos
considerar que se vio influida por la Ilustración francesa si no tuvo un carácter anticlerical? ¿La
Ilustración cambió el sentido de las políticas públicas en el periodo de los Borbones? ¿Podemos
afirmar que estas nuevas ideas fueron responsables de la caída de algo tan concreto como un
régimen político? ¿Es posible que estas preguntas de investigación provoquen la caída de los
prejuicios, filias y fobias con los que nos acercamos al estudio de la Ilustración?

Los reformistas borbónicos procuraron afirmar la soberanía renovada de la Corona sobre su vasto
Imperio contra las incesantes intromisiones de molestos contrabandistas y Estados imperiales
rivales, con base en rechazar la noción de España como un poder eclipsado por acciones de relieve
en Europa. Estas amenazas incentivaron la preferencia de la Corona por la concentración de poder.
Las reformas borbónicas trataron de alejarse de la sólida y fuerte estructura monárquica
“compuesta” legada por sus predecesores Habsburgo.1 En su lugar, se esforzaron por erigir un
Estado nación unificado, al servicio de la monarquía y capaz de inculcar un nuevo espíritu
patriótico.2 Tomaron pasos prácticos —aunque en ocasiones con indecisión, erráticamente y con
pocos resultados tangibles— tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo para favorecer este
objetivo, especialmente en el periodo que siguió a la debacle de la Guerra de los Siete Años, en la
que en 1762 los británicos asediaron y capturaron La Habana y Manila. A pesar de poder datarse un
incremento en el ritmo de estas iniciativas durante la ascensión de Carlos III en 1759, sus orígenes
claramente se encuentran no sólo en los decretos de Nueva Planta3 de las primeras décadas de siglo
y en los escritos de economistas políticos tales como Uztariz, Campillo y Ward, sino además en las
tendencias reformistas tan marcadas durante el reinado de Fernando IV.4 Los contemporáneos
fueron testigos de la incursión en tierras indias, la población irregular de periferias rústicas desde la
Patagonia a la moderna Columbia Británica, y del renovado dominio militar en Florida, Luisiana y
la Costa de Mosquitos. Existieron intentos dirigidos por la Corona para reorganizar la Armada,
mejorar y expandir el Ejército y las milicias coloniales, modernizar las fortificaciones costeras,
modificar la educación universitaria, promulgar un régimen comercial menos regulado, incrementar
los rendimientos mineros, promover la producción agrícola destinada a la exportación y arrebatar el
control de los bienes eclesiásticos y el patronazgo.

Si bien Goya retoma la composición y los elementos que usó Velázquez para pintar Felipe IV
cazador y el Príncipe Baltasar Carlos cazador —sobre todo, y respecto al último, en cuanto al
paisaje, la posición del rifle y el perro que los acompaña—, también es cierto que en este retrato de
Carlos III cazador se aprecia un cambio importante en la pintura española. Francisco de Goya y
Lucientes, Carlos III, cazador, ca. 1787. Óleo sobre tela, 20.7 x 12.6 cm. Museo Nacional del Prado,
España.
Ya sea bien a causa de estas tentativas o sencillamente de modo coincidente, lo cierto es que a lo
largo del siglo XVIII el Imperio español experimentó un importante crecimiento tanto urbano como
mercantil y demográfico. Este repentino aumento fue motivado en gran medida por la producción
basada en las exportaciones e impulsado además por la masiva llegada de esclavos procedentes de
África, lo que fue especialmente significante en Caracas, La Habana, Buenos Aires y sus áreas de
influencia. El valor medio de las exportaciones de España a América fue en 1796 un 400% más
elevado de lo que había sido en 1778, aunque ya podían divisarse problemas. Ciertamente no todo
era de color de rosa. Algunos funcionarios españoles de alto rango eran totalmente conscientes de la
delicada situación que vivía el Imperio. Entre ellos hay que incluir a José de Gálvez, secretario de
Indias, quien en 1779 advirtió que la España peninsular y su Imperio de ultramar requerirían tal
cantidad de suministros con objeto de aprovisionar a todas las tropas, pertrechos militares y
fortificaciones que no resultaría una empresa posible ni en el caso de que la Corona tuviera a su
disposición todos los tesoros, ejércitos y arsenales de Europa.5 Por otra parte, las técnicas
empleadas para incrementar los ingresos y consolidar el poder centralizado provocaron disturbios
contra los impuestos y un amplio trasfondo de resistencia en toda la América española, desde la
revuelta de Quito de 1765 a la revuelta de Túpac Amaru en Perú y el levantamiento de los
comuneros en Nueva Granada en la década de 1780. La participación española en las guerras
revolucionarias francesas en la década de 1790 supuso más problemas y ralentizó la reforma. Los
bloqueos británicos desde 1796 y el desastre naval de 1797 en el cabo de San Vicente actuaron
como preludio a la devastadora derrota de 1805 en Trafalgar, que confirmó la separación comercial
de la España peninsular respecto a sus dominios americanos. De este modo, el debilitamiento
militar y comercial español en la primera década del siglo XIX se erigió en marcado contraste con
la trayectoria que caracterizó a la segunda mitad del siglo anterior. Cuando en 1808 los ejércitos de
Napoleón llegaron a raudales a través de los Pirineos y Carlos IV y Fernando VII fueron obligados a
abdicar, la época de los proyectos ilustrados ya había llegado a su fin. El gran interrogante para los
historiadores posteriores fue si cabía imputar alguna responsabilidad a los proyectos ilustrados en la
desaparición del Imperio.
De un modo excelente, Karl Marx expuso en El 18 brumario de Luis Bonaparte que los “seres
humanos hacen su propia historia, pero no como les place; no bajo su propia selección de
condiciones, sino bajo circunstancias que proceden del y están influidas por el pasado”. Los
historiadores no quedan exentos de este veredicto y deben por ello confrontar su propia tradición
historiográfica, aunque a menudo se muestran incapaces de escapar de su prisión conceptual y de
interpretaciones largamente atrincheradas. Al tratarse de la historiografía de los proyectos
ilustrados, los historiadores tienen que cargar además con innumerables conceptos, categorías y
perjuicios legados por sus predecesores. ¿En qué medida estas reformas, sin embargo, fueron
influenciadas o dirigidas por las ideas de la Ilustración europea? Y, asumiendo que hubo cierta
influencia, ¿socavó la reforma ilustrada los cimientos del Antiguo Régimen acelerando así su fin?
Resulta a menudo difícil de determinar la influencia del pensamiento ilustrado en la acción de
gobierno, a pesar de que es generalmente aceptado que la política gubernamental no fue
impermeable a las nuevas corrientes intelectuales y que el arte de gobernar en mayor o menor
medida se implicó con la filosofía política en el siglo XVIII.
Por supuesto, algunos académicos no coinciden y rechazan completamente la idea de un
“absolutismo ilustrado” o una “reforma ilustrada”. Por un lado están los estudiosos que siguen la
tradición de Horkheimer y Adorno y que consideran enteramente totalitario el legado de la
Ilustración. Este enfoque fue actualizado por Foucault y sus discípulos que enfatizan la estrecha
relación existente entre poder y conocimiento. Desde esta perspectiva, la imagen negativa de la
Ilustración entiende cualquier noción de reforma como un eufemismo de centralización, control
sociopolítico y régimen de coacción. Por otro lado, un número considerable de académicos ha
interpretado la Ilustración como un impulso hacia la emancipación del ser humano, un movimiento
liberador y revolucionario. Entendida de esta manera, la reforma ilustrada asumida por un Estado
es, por tanto, una contradicción en sus propios términos. Estos estudiosos interpretarían el poder
político como un elemento hostil, o al menos inmune, a la Ilustración, y no, por el contrario,
permeado y modelado por ella. Los propósitos del Gobierno se considerarían completamente
opuestos a las modernas corrientes de pensamiento.6 La “Ilustración” y el poder estatal se
consideran antitéticos, irreconciliables y, de hecho, en claro conflicto. Este punto de vista considera
la existencia de una “autentica” Ilustración, forzosamente radical, que fue incapaz de coexistir con
el entramado existente de monarquía, aristocracia, autoridad eclesiástica e Imperio colonial. Desde
esta perspectiva, la verdadera y auténtica Ilustración se cimentaba en valores exclusivamente
seculares, una cultura de libertad individual, políticas democráticas y libertad de pensamiento y de
prensa. Como no existían valores u objetivos que los Estados monárquicos del Antiguo Régimen
pudieran abrazar, la idea de una reforma ilustrada, o un proyecto ilustrado, carece de significado.
Los historiadores que defienden tales ideas, como Jonathan Israel, rechazan lo que interpretan como
el fracaso de la “Ilustración moderada” cuyas doctrinas eran
sencillamente inadecuadas e insuficientes para afrontar los graves problemas estructurales que
Europa enfrentaba entonces. Las formas tradicionales de autoridad, ley, tradición y orden del
Antiguo Régimen europeo estaban profundamente arraigadas para tratar con economías de libre
mercado, reformismo liberal y otras herramientas de la principal corriente moderada.7
Estas críticas merecen ser consideradas con seriedad, si bien conciben probablemente la Ilustración
de un modo demasiado limitado, circunscribiéndola a una serie concreta de vagas doctrinas y a unos
cuantos pensadores que las propagaron. A pesar de que entender la Ilustración de manera más
amplia conlleva ciertos riesgos (la variedad puede tener un efecto de dispersión que desprovee al
término de “Ilustración” de cualquier peso analítico), la Ilustración puede adecuadamente ser
entendida como una serie de prácticas comunicativas, que incluyen la traducción, viajes,
recopilación de información, dictamen de decisiones y elaboración de mapas etnogeográficos. Bajo
la bandera de la Ilustración se puede incluir también a un número de pensadores que operan dentro
de los confines de la política, economía y estructuras sociales del momento, incluso trabajando para
fortalecerlos mediante reformas. Tal entendimiento e inclusión hace de las categorías “absolutismo
ilustrado”, “despotismo ilustrado”, “reforma ilustrada” una realidad verosímil. Éstos son los
conceptos matriz cuya efectividad debe establecerse para que la idea de proyectos ilustrados sea un
término viable.

La Universidad de Cervera fue construida entre 1718-1740. Felipe V dictaminó en 1717 la


supresión de las seis universidades de Cataluña y la creación de una única universidad en Cervera.
Este proyecto es parte de la reforma borbónica a los Estudios Superiores de Cataluña. Fachada de la
puerta principal de entrada por la parte de la calle y porzion de elevazion de la fachada de dicha
parte vista según la línea A.B.C.D.E., 1718. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Archivo
General de Simancas, MPD,08,119.
Otros historiadores, por diferentes razones, consideran problemáticas categorías tales como
“absolutismo ilustrado”. Hace ya tiempo, Leo Gershoy sostuvo que “las definiciones del
absolutismo ilustrado se quiebran ante la profusión de sus pugnas contradictorias y su imposible
realización”. En la influyente sentencia de M. S. Anderson, “absolutismo ilustrado” era “poco más
que un conjunto de teorías y aspiraciones” que le otorgaban una “apariencia intelectual” a las
políticas que eran “rara vez genuinamente nuevas y frecuentemente egoístas”.8 Entre ellas se
incluían la guerra, determinados desarrollos económicos y la glorificación de la persona del
monarca. Desde este punto de vista, los proyectos ilustrados no eran más que los antiguos proyectos
orientados por la razón de Estado, engalanados ahora para una nueva época que exigía un mínimo
de responsabilidad pública y una justificación distinta para los fines tradicionales del Estado. De
hecho, la expansión del poder estatal —bien fuera a través de la centralización de la autoridad, el
incremento de los niveles impositivos, la ampliación de los ejércitos o las estrategias regalistas para
conseguir mayor control sobre la riqueza, tierras y oficios eclesiásticos— podría justificarse
utilizando el lenguaje de la Ilustración. Así, de esta manera, es difícil determinar dónde la
Ilustración puede ser considerada un valor nominal. Una objeción adicional en este mismo sentido
fue que allí donde la reforma ilustrada entró en conflicto con el interés estatal, tanto la reforma
como la Ilustración salieron perdiendo.
El péndulo historiográfico ha oscilado y aún en la actualidad la idea de “absolutismo ilustrado” o
“reforma ilustrada” se considera desde una perspectiva menos cínica y más positiva. En muchas
ocasiones, ministros de Gobierno que habían recibido una buena educación participaban a la vez en
la Ilustración. Los funcionarios del Estado a menudo eran empleados de igual manera como
escritores políticos o académicos. El conde Pedro Rodríguez de Campomanes es un buen ejemplo
de este fenómeno tan extendido, pues combinaba sus obligaciones en el Consejo de Castilla con el
cargo de director de la Real Academia de la Historia, por no mencionar sus relevantes tratados sobre
comercio colonial, industria popular y amortización. El historiador H. M. Scott ha defendido
persuasivamente que la Ilustración debería ser interpretada tan sólo como el contexto intelectual en
que las reformas políticas estaban de moda y no como la directa inspiración para una legislación
concreta. Identificar las influencias específicas en el ámbito político es una tarea ardua debido a la
frecuente combinación de numerosas y variadas corrientes de pensamiento.9 Podría argumentarse
que los historiadores no tienen por qué identificar una huella exacta y perceptible de un tratado
concreto de filosofía política en una medida política aislada. Más bien, el nuevo enfoque sobre la
reforma ilustrada implica la reconstrucción de un amplio entorno intelectual en el que ambos, textos
y políticas, eran concebidos y aplicados.
Una concepción más extensa y precisa de la reforma ilustrada ha puesto de manifiesto que el
alcance de lo que representa la reforma se ha visto de igual modo ampliado. Lo que en algún
momento fue un término empleado para describir una serie limitada de actos gubernamentales —
que incluye los cambios en política fiscal, regulación del comercio y del código penal— engloba
ahora la creación de academias, sociedades y bibliotecas; la reforma de los planes de estudio
universitarios; la búsqueda de mejoras en la agricultura; la inversión en proyectos de infraestructura
(construcción de canales, caminos y puentes, y también la modernización de los puertos ya
existentes). Una comprensión más completa de la reforma facilita el amplio reconocimiento del
papel que jugaron instituciones tales como las academias provinciales y las Sociedades Económicas
en la política de Estado, así como en dar inicio a los proyectos que obligaron a los oficiales de
Gobierno a responder de sus actos. Las reformas ilustradas consistieron más en una “colaboración
entre lo público y lo privado” que en una imposición “desde arriba”. Los oficiales de la Corona
trataron de forma rutinaria de alentar e instigar dichas acciones. El Gobierno, en su esfuerzo por
identificar y estimular las mejores ideas, llevó a cabo una labor emprendedora que más adelante
aprovechó para tratar de conseguir sus objetivos económicos y políticos. El mecenazgo del
Gobierno, por no mencionar el de las propias familias aristocráticas, fue de una extrema
importancia para incentivar económicamente a las nuevas corrientes de pensamiento.10 Los
historiadores, en consecuencia, han prestado cada vez mayor atención a la variedad de instituciones
que brindaron un fértil caldo de cultivo tanto para los nuevos pensamientos como para los diferentes
protagonistas de este proceso que dio lugar de igual modo a la reforma y a la Ilustración.
¿En qué medida es adecuado hablar de proyectos ilustrados en la monarquía española atlántica? No
es ésta una cuestión sencilla. Desde el mismo siglo XVIII, ha existido cierta polémica acerca de si
España vivió siquiera una Ilustración. Nadie niega la existencia de una sucesión de reformas; su
eficacia, sin embargo, es discutida acaloradamente por los historiadores en la actualidad. Lo que es
más cuestionable es si las ideas de la Ilustración, como quiera que se conciban, influyeron en
aquellas reformas. Por empezar con la Ilustración en sí —con la excepción de algunas distinguidas
lumbreras que, a fuerza de intelecto, han merecido ser incluidas en los cánones (nótese el uso del
plural) de “grandes pensadores” o “escritores importantes” del siglo XVIII (como Feijoo, Mayans y
Jovellanos)— la más acendrada intelectualidad, tanto dentro como fuera de España, sostuvo que la
Ilustración española (y por extensión de Hispanoamérica) era poco convincente, limitada y sucinta.
Esta tan poco favorable conclusión puede atribuirse a diversas causas. En primer lugar, existía la
tendencia de buscar evidencias de la Ilustración en la “esfera pública” o en la “sociedad civil”,
dominios en apariencia ajenos a la regulación del Estado. Como estos dominios eran más reducidos
en España y su mundo en comparación con otros Estados europeos, se asumió que también la
expansión de la Ilustración fue menor. En segundo lugar, entre los historiadores ha calado una
tendencia que privilegia los libros impresos y los panfletos sobre otro tipo de fuentes. Esto quiere
decir que tanto la excepcional tradición oral así como fuentes manuscritas no publicadas, que fueron
muy abundantes en España, fueron completamente ignoradas por los historiadores. Estas tendencias
se nutrieron de viejas creencias (totalmente descartadas hoy en día) relacionadas con la geografía y
naturaleza de la Ilustración. El razonamiento principal era que la Ilustración fue en gran medida un
fenómeno con sede en París definido por un conjunto de prejuicios anticlericales, una hostilidad
heredada hacia las instituciones y una perspectiva cosmopolita. Como Carla Hesse ha señalado,
la geografía de los progresos de la Ilustración de este modo reflejaba la propia modernidad,
produciendo un paisaje natural con áreas avanzadas y también atrasadas en Europa, con naciones
dirigentes y naciones dirigidas [...] el planteamiento de una extensión desde el núcleo en Europa
occidental a las periferias del continente y más allá.11
Además, la ausencia de revolución en España hasta 1808 estimuló la idea de que era una sociedad
anclada en la tradición, ajena a las influencias exteriores. Esta opinión surgió porque la Ilustración
era considerada un fenómeno cuyos principales axiomas apuntalaban y enardecían (si no
originaban) el levantamiento revolucionario. Era, por consiguiente, obligadamente subversivo al
orden establecido. En esta línea, un significante, pero deficiente, nexo de unión entre la Ilustración
y la revolución (donde hay Ilustración surgirá la revolución) condujo erróneamente a muchos
historiadores a deducir que allí donde no se produjo una revolución se evidenció también la falta de
Ilustración. La ausencia de revolución en España hasta 1808 — azuzada entonces sólo por la
invasión napoleónica— y la restauración de los Borbones en 1814 llevaron a muchos a asumir que
se trataba de un país reaccionario, apegado a la tradición, e impenetrable por (incluso hostil a) la
Ilustración.
Para los estudiosos interesados en la Ilustración en España, esta interpretación en la actualidad
considerada obsoleta dio lugar a diferentes tergiversaciones. En primer lugar, se originaba una
tendencia errónea a equiparar la escasez de trabajos (publicados o no) que compartían los principios
de los philosophes con la falta (o debilidad) de la Ilustración en España y en la América española.
En segundo lugar, animaba a algunos historiadores a observar la diseminación (o la falta) de ideas
francesas como la principal medida del impacto de la Ilustración en España. De ahí la profusión de
libros y artículos sobre la difusión en España de la obra de Rousseau o Voltaire, que los
historiadores tomaron como un indicativo del impacto de la Ilustración. Dos observaciones
secundarias merecen ser enunciadas. Primera, que una Ilustración monolítica, con pequeñas
variaciones nacionales, fue asumida por todos los estudiosos dedicados a España. Esta Ilustración
fue necesariamente universal y cosmopolita y por ello es reducible a un número fijo de
características que se reconocen en toda Europa. La segunda observación es que la Ilustración, casi
por definición, se consideró francesa, especialmente parisina, lo que dio lugar a una visión de la
“Ilustración española” como únicamente el resultado de la difusión de ideas y textos desde el
exterior, carente de originalidad; una realidad construida con ideas prestadas. El concepto de una
peculiaridad en la Ilustración española e hispanoamericana, diferente de la francesa en términos
tanto de forma como de contenido, nunca fue tomado como una posibilidad real.

Los índices de libros prohibidos por la Inquisición son una de las fuentes más usadas por los
historiadores interesados en la Ilustración española. Consejo de la Inquisición, Francisco Javier
Mier y Campillo, Índice de libros prohibidos, 1815. Impreso en Valencia. Biblioteca Nacional de
España.
La tercera tergiversación de la historiografía antigua fue relacionar la Ilustración con la hostilidad
hacia las instituciones y tradiciones previas, pues ello conllevaba una esfera extremadamente
reducida en la que la “Ilustración” se podía encontrar. No podría ubicarse en el aparato burocrático
ni en la Iglesia ni tampoco en las universidades. Las omnipresentes tertulias en los hogares
aristocráticos, aunque espacios de reunión para el intercambio de ideas políticas, tampoco se
juzgaban elegibles como espacios ilustrados. Cualquier cosa, entonces, que fortificara el “Antiguo
Régimen” al que los philosophes se oponían implacablemente quedaba fuera de los límites de la
Ilustración. De manera interesante, la corte, ahora considerada como la piedra angular de la reforma
ilustrada, era desestimada sin más.12 A los historiadores les quedó entonces un margen muy
estrecho de posibles temas, lugares y textos para el estudio de la Ilustración, que eran a menudo de
un carácter radical (o, para utilizar una vieja expresión, “heterodoxo”) de pensadores acosados por
la Inquisición y/o forzados al exilio. Aquí, la trayectoria de Pablo de Olavide —desde
archirreformista y cosmopolita hombre de letras a sujeto de un deshonroso exilio— fue de gran
interés para los historiadores, poniendo de manifiesto tanto un ejemplo de Ilustración “radical” en
España, de francofilia entre algunos philosophes españoles, como también un símbolo de los límites
de la Ilustración en España. Como historiador y filósofo, Francisco Sánchez-Blanco observa que la
Ilustración
desemboca en una crisis precisamente en los comienzos del reinado de Carlos III. Lo que después
viene no es de ningún modo la apoteosis de los principios gestados en el periodo anterior [...] [El
sistema del despotismo carolino] no fue un triunfo de los “ilustrados”, sino que algunas actitudes y
formas de pensar no entraban dentro del sistema y, por eso, fueron perseguidas.13

Esta caricatura es una de las críticas que los franceses hicieron del Imperio español que, en su
voracidad por poseer extensos territorios en América y en Europa, no es capaz de mantenerlos bajo
su dominio después de conquistarlos. La nota al pie de la caricatura lo resume de la siguiente
manera: “En voulant tout avoir il perd tout aujourdhy”. Anónimo, L’Espagne empirée, siglo XVII.
Foto Bibliothèque Nationale de France.
Hubo un cuarto contexto historiográfico, sin relación con aquéllos mencionados con anterioridad, y
más o menos característico de España, que de igual modo debe ser tenido en cuenta para explicar la
común interpretación que niega la Ilustración española. El borbónico siglo XVIII fue considerado
un colofón menos excitante que los espectaculares hechos que acaecieron en la España de los
Habsburgo durante los siglos anteriores, lleno de conquistas atlánticas y colonización ultramarina,
lingotes de oro y plata, Armadas e influencia continental. Desde un punto de vista cultural, el siglo
XVII —la Edad de Oro de la pintura, la poesía, el teatro y otras artes— había dado paso en el XVIII
a una Edad de Plata, quizás a una Edad de Bronce. Algunos contemporáneos benévolos podrían
haberla denominado, con cierta justicia, una “época de consolidación” o tal vez de
“reconfiguración”, pero muchos otros, seguidos por generaciones posteriores de historiadores, la
han considerado como parte de una época de “declive” imparable o “decadencia”, fechada en el
siglo anterior, o al menos un periodo de equilibrio banal o mejora poco uniforme.14 Desde esta
perspectiva, la Guerra de Sucesión española convirtió el país en un participante mucho más limitado
dentro del escenario global. A pesar de que su Imperio atlántico, aún intacto, disfrutó de un periodo
de prosperidad, el siglo XVIII fue protagonizado en Europa por Francia y en el mundo atlántico por
Gran Bretaña. Hacia la tercera década del siglo XIX, el Imperio en su totalidad se había
desvanecido, salvo por Cuba, Puerto Rico y Filipinas.15 Como resultado de este entendimiento
adverso del siglo XVIII español, el estudio de su Ilustración se ha visto afectado por el sentimiento
de que la vida intelectual española se encerraba en sí misma, y el país estaba muy por detrás de sus
rivales y así acabó como una provincia conquistada en 1808, despojado de sus colonias para 1825 y
encaminado a un siglo XIX políticamente tumultuoso. Ciertamente, tal país —atrasado e insensible
a las influencias extranjeras— era el escenario con menos posibilidades para sostener una
Ilustración sólida.

Doscientos años más tarde, España se encuentra en franco declive debido a que ya no compite por
el dominio mundial. En el siglo XIX, son Inglaterra (con el Primer Ministro William Pitt) y Francia
(bajo el Imperio de Napoleón) quienes se dividen el mundo. Esta situación contrasta con aquella
descrita por la imagen anterior en la que, pese a la inestabilidad de sus territorios, el imperio
español era indiscutiblemente una potencia mundial. James Gillray, The plumb-pudding in danger,
or state epicures taking un petit souper. Aguafuerte coloreado, 26.1 x 38.1 cm. (Hannah Humphrey,
26 de febrero de 1805). National Portrait Gallery, Londres.
Hechos históricos también conspiraron para privar a España de su Ilustración, al menos a ojos de las
generaciones más antiguas de historiadores. Es suficiente destacar tres de estas circunstancias. La
primera es que la resistencia a lo largo del siglo XIX de las instituciones tradicionales —en
particular la Iglesia y la monarquía, que ayudaron a prevenir que las turbulencias de la Revolución
francesa desbordaran los Pirineos hasta 1808— ha sido señalada como prueba de la mansedumbre y
debilidad de la Ilustración en España. En segundo lugar, cuando después de 1808 los ejércitos
napoleónicos ocuparon la península ibérica, se encontraron con ciertos colaboradores, apodados los
Afrancesados.16 Cuando patriotas españoles, con ayuda británica y portuguesa, expulsaron a estos
invasores en la “Guerra de Independencia” (1809-1812), las ideas aportadas por los franceses, que
presumiblemente eran producto o herencia de la Ilustración, fueron consideradas “antiespañolas”.
La admiración por los logros de la cultura francesa, dominante en España al igual que en cualquier
otro país en el siglo XIX, supuso el primer paso en un recorrido que culminó inexorablemente con
la ocupación de España y la pérdida de su Imperio atlántico. Empezando con Andrés Muriel a fines
de 1830, los historiadores conservadores lamentaron la “excesiva afición por las innovaciones” y el
“embeleso por las vagas y abstractas teorías, seductoras en apariencia pero nefastas en la práctica”
de la Ilustración. Acusaron a la Revolución francesa y sus “contagiosas ideas” del declive
español.17 Algunos intelectuales españoles de finales del siglo XIX, entre ellos Marcelino
Menéndez Pelayo, lamentaron las “ruinosas consecuencias” forjadas por el “enciclopedismo”. En su
opinión, la Ilustración fue, en consecuencia, un fenómeno “heterodoxo”, antiespañol y, de igual
modo, traicioneramente antinacional, juicio que originaría el concepto de las “dos Españas”, que
sería la piedra de toque en los debates concernientes a la identidad española a lo largo de los siglos
posteriores. La conclusión fue sencilla: la Ilustración había llegado de fuera de España (en especial
de Francia) y sus consecuencias fueron permanentes, perniciosas y hostiles para todo lo “español”.

La tesis de una España ajena a la Ilustración no sólo afectó a la historiografía, también se extendió
en la pintura. En este óleo, Eugenio Lucas Velázquez, siguiendo a Goya, hace una crítica de la
Inquisición, claro indicio del atraso y de la cerrazón españolas. Eugenio Lucas Velázquez,
Condenados por la Inquisición, segundo tercio del siglo XIX. Óleo sobre lienzo, 77.5 x 91.5 cm.
Museo Nacional del Prado, España.
El tercer hecho histórico concierne a la situación política que vive España en el momento en que se
asimiló el concepto de una época histórica denominada “la Ilustración”. Como el historiador Darrin
McMahon y otros han ilustrado,18 los escritores contrarrevolucionarios franceses estaban
representando una caricatura de la agitación intelectual del siglo XVIII, con repercusiones a largo
plazo, de la misma manera en que el recientemente restaurado rey Fernando VII estaba decidido a
aplastar el liberalismo en España. La capacidad para describir a los propios liberales españoles
como herederos de la tradición heterodoxa extranjera de tan esperpénticas manifestaciones en
España era demasiado obvia para que la camarilla de Fernando VII la dejara pasar. El esbozo
flagrantemente negativo de la Ilustración por parte de la Restauración francesa fue enteramente
digerido en España en las décadas de 1820 y 1830 y se convirtió en una tendencia firmemente
arraigada en la tradición historiográfica. La consecuencia fue negar absolutamente la existencia de
una Ilustración en España durante el siglo XVIII. Aunque por diferentes razones, la retórica sobre la
independencia de Hispanoamérica no disipó tal creencia. Al proyectar su lucha como un esfuerzo
para desprenderse de siglos de “esclavismo” español y darse a conocer como hijos de la Ilustración,
pugnando contra una España bárbara y atrasada, la posibilidad de que hubiera existido en España
una Ilustración, y mucho menos que afectara a las políticas del Gobierno, parecía claramente
remota.
Ciertas realidades históricas, sin embargo, han traído consigo el “redescubrimiento” de la
Ilustración española y, con él, un renovado interés en los proyectos ilustrados. La más importante de
estas circunstancias fue el rechazo, en las décadas de 1960 y 1970, de la glorificación franquista de
España como un país “excepcional”, con un pasado glorioso, cuyos valores eran
inconfundiblemente ajenos y diferentes de aquéllos del resto de Europa. La Transición española
hacia la democracia y su ingreso en la Unión Europea (a fines de 1970 y principios de 1980)
provocaron en España un nuevo interés con relación a la propia percepción del país en siglos
pasados; un interés acerca de los orígenes de su cosmopolitismo, las raíces paneuropeas de las
prácticas culturales españolas, etc. El crecimiento económico español en la década de 1990 y en la
primera del presente siglo comenzó a minar el sentimiento previamente dominante de que España
estaba atrasada, por detrás de otras naciones o en un declive irreversible. Se pensaba que, claro está,
tal florecimiento debía originarse en algún lugar y el siglo XVIII se acepta de nuevo como posible
umbral. Todas estas circunstancias provocan una revisión del siglo XVIII, el abandono de
ortodoxias largamente aceptadas. A pesar de que España contaba con pocos grandes pensadores, ya
no se admitió más la inexistencia de una Ilustración española. Tampoco se dudó de la idea de
España como un miembro de la república de las letras o de la esfera pública europea.
Los más extensos cambios en la historiografía angloamericana, de igual manera que las academias
francesa e italiana, contribuyeron también a la revisión de la Ilustración ibérica, en gran medida
estimulando cambios que ya estaban preparándose en las universidades españolas y
latinoamericanas. Estos cambios incluían: un renovado interés por las formas de asociación y
sociabilidad, así como su relación con la Ilustración; el resurgir de otras categorías específicas tales
como Ilustración “conservadora” y “católica”; la idea de “Ilustración” en un “contexto nacional”
(que servía para ensalzar las diferencias nacionales); el vivo interés sobre la relación de la ciencia
con la Ilustración (bien en forma de expediciones científicas multinacionales al interior de
Sudamérica o el viaje científico-militar de Malaspina al Pacífico noroccidental, la creación de
jardines botánicos que difundieron la flora por los hemisferios, o acopio de lo relacionado con la
historia natural); un reconocimiento de la importancia de viajar (el itinerario del “Grand Tour” se
alarga para incluir España); tradiciones ilustradas alternativas, o al menos paralelas, fuera de
Francia; en resumen, las novedades en toda la intelectualidad ilustrada han ocasionado un efecto de
lo más positivo en el estudio de la Ilustración española. La consecuencia general ha sido el
alejamiento por parte de los historiadores de la idea de Ilustración como algo monolítico, universal
y francocéntrico.
Una corriente que merece ser destacada por su impacto en la reconsideración de la Ilustración
española fue el alejamiento de su interpretación como un movimiento completa y exclusivamente
subversivo. Como el historiador Tim Blanning ha escrito en un contexto diferente, la Ilustración
pudo tanto ensalzar como desestimar la tradición. A menudo “se desarrolla dentro y en apoyo al
régimen establecido, no fuera y en contra del mismo”.19 Los escritores ilustrados pudieron disfrutar
de relaciones amigables y de mutuo apoyo con el Estado. Se hace referencia no sólo, por ejemplo, a
la famosa relación entre Diderot y Catalina la Grande de Rusia, sino también a la infinidad de
maneras en que el Estado fomentó las artes, las ciencias, y la intelectualidad. Este logro hizo
factible de nuevo el interés intelectual por la relación de la Ilustración con el Gobierno. En España,
nuevos estudios sobre el “absolutismo ilustrado” comenzaron a aparecer; abundaban de pronto
nuevas fuentes casi sin conocer: las actividades y publicaciones de las sociedades científicas y
literarias patrocinadas por el Estado fueron, por ejemplo, una vez más objeto de investigación
histórica; de igual manera lo fueron las tentativas por parte de la Corona de reformar diversos
aspectos de la sociedad española (universidades, ayuda a los pobres, tenencia de la tierra, etc.). Los
historiadores comenzaron a estudiar detenidamente los manuscritos no publicados de diplomáticos,
abogados del Gobierno, ministros y demás oficiales burocráticos en busca de huellas de la
Ilustración y las encontraron en abundancia. Algunos historiadores, como el destacado Joseph
Pérez, han hecho alusión a los pequeños ilustrados,20 pensadores al servicio del Estado, aunque el
reconocimiento a sus aportes se ha visto influido positivamente por todos estos logros en la
intelectualidad ilustrada. Ya no se consideran personajes secundarios, ni siquiera cuando sus
contribuciones han sido rechazadas a posteriori. Hoy en día, los historiadores investigan sus obras
no tanto en busca de ideas originales (que se cuentan con los dedos de una mano) como por sus
métodos, sus redes de correspondencia y el contenido de sus bibliotecas. A medida que el concepto
de Ilustración creció (o se fragmentó, según el punto de vista de cada uno) también aumentó la
evidencia de una sólida Ilustración en España. Esto se entiende en dos sentidos. Primero, que en
España se dio una Ilustración “indígena” con sus propias y únicas características. No es para sugerir
una España “diferente” de u “hostil” a la Ilustración, sino más bien que la Ilustración presentó
diversas manifestaciones locales y peculiaridades. Segundo, que las influencias extranjeras
penetraron España y dejaron una huella significativa. La Ilustración española no fue “inducida” en
ningún sentido, sino más bien el campo de acción donde se dieron contactos internacionales que
influyeron en los escritores españoles para producir conocimiento de manera conjunta.
Una corriente troncal en la historiografía general de la Ilustración es la renovada popularidad del
estudio del pensamiento económico (sobre todo de la economía política). Un tema con anterioridad
secundario en la intelectualidad ilustrada (al menos fuera de Escocia y Nápoles) se convierte en la
línea principal gracias a las obras de estudiosos como John Robertson, quien ha aprovechado su uso
en la historia comparativa, particularmente en la comparación de las zonas periféricas europeas con
aquéllas largamente consideradas como integrantes de su núcleo. Como Robertson ha argumentado,
“lo que caracterizó la Ilustración desde 1740 en adelante fue un nuevo esfuerzo por mejorar este
mundo, sin consideración por la existencia o inexistencia del próximo”.21 La asunción de la
economía política como un aspecto fundamental de la Ilustración, por lo general, ha demostrado la
importancia de estudiar la Ilustración española.
Naturalmente, los historiadores han reconocido ampliamente la casi obsesión con el comercio y sus
logros durante el siglo XVIII español. La Corona abogaba por dignificar el comercio a través del
ennoblecimiento de los comerciantes, otorgando a los plebeyos la condición de noble como pago a
su labor empresarial. Los historiadores también han llamado la atención sobre los esfuerzos por
combatir los prejuicios hacia las artes mecánicas —medidas oficiales tomadas para refrenar la
ociosidad, la mendicidad y el vagabundeo— y sobre los extenuantes intentos por favorecer la
“industria popular”.22 Pero la aceptación de la decisiva importancia de la economía política ahora
permite que los historiadores reinterpreten medidas y prescripciones políticas que antes eran
entendidas como meramente anticlericales.23 A través de la lente de la economía política podemos
observar hoy un doble enfoque en ellas al respecto. En primer lugar, por una obsesión por eliminar
los obstáculos que impedían un óptimo funcionamiento económico, en contra de lo que puede ser
llamado “deformaciones” de una situación por naturaleza próspera. En segundo lugar, por una
convicción de que el Estado estaba en una inmejorable situación para interferir estratégicamente en
la economía puesto que su función era procurar la “felicidad pública”. Estos dos enfoques a menudo
se entrecruzan: el regalismo puede ser entendido como una posible amalgama.

Pedro de Pablo Montaña, Delegación de Gobierno. Carlos III hace tratadocomercial con Marruecos,
siglo XVIII. Delegación de Gobierno, Barcelona, España / Art Resource, Nueva York.

Pedro Pablo Montaña, Carlos III firma el Decreto de Libre Comercio con América en 1778, siglo
XVIII. Delegación de Gobierno, Barcelona, España / Art Resource, Nueva York.
Existe una superabundancia de textos (publicados o no y, ciertamente, de diferente valor) que
pueden ser clasificados dentro del género de la economía política en España y que incluyen una
apabullante cantidad de traducciones a otros idiomas. Su análisis ha permitido dar un descanso a
prolongadas dudas sobre la sofisticación del pensamiento económico español, su compromiso con
las tradiciones en otros países europeos y también ha permitido a los historiadores detectar
influencias implícitas a menudo no mencionadas que sugieren que la lectura de textos extranjeros
estaba mucho más extendida de lo que antes se creía.24 Existió una amplia red de comunicación
que permitió el contacto entre las preocupaciones de los escritores políticos y los asuntos
comerciales. Puede no haber sido tan glamuroso como la “república de las letras” o tan subversivo
como la “esfera pública”, pero fue significativo.
Tal compromiso con las ideas y textos extranjeros no era mera lisonja o imitación, sino que existía
además una importante dimensión crítica. Campomanes arguyó que la imitación y adopción eran
acciones potencialmente creativas. Insistió con certeza en que ciertas “artes y profesiones se
originaron por una nueva combinación de objetos [existentes] y es lo que se llama invención”.25
Estas “nuevas combinaciones” e “invenciones” resultarían fundamentales para la capacidad
española al competir con sus rivales geopolíticos. En este sentido, la unión del cosmopolitismo y el
patriotismo define la emulación de fines del siglo XVIII español.26
Los reformistas borbónicos emularon a las potencias europeas rivales en cuestiones de política
administrativa, fiscal y militar en las que el equivalente ibérico se consideraba comparativamente
deficiente. La emulación prometía prontas mejoras y mitigaba el riesgo de fracaso asociado a los
ensayos políticos. A pesar de la urgencia de emular las prácticas satisfactorias de los Estados
competidores, también se pudieron invocar como frustrantes algunas políticas fallidas o
equivocadas simbolizando una forma de actuar cuya replicación se demostraría contraproducente
para la búsqueda de grandeza geopolítica. Otras prácticas fueron consideradas inapropiadas por
otras razones: “No aspiramos”, escribió Gálvez, “a adaptar por completo la libertad y otras máximas
de los ingleses porque, por supuesto, reconocemos la gran diferencia entre los dos Estados”.27
Ministros y escritores políticos, por tanto, diseccionaron, analizaron, y o bien laurearon o bien
rechazaron, las ideas, instituciones, reformas y el carácter de los Imperios rivales. Tal emulación era
pragmática, una lucha por conseguir modelos viables con los cuales competir con aquellos mismos
Estados cuyas políticas eran emuladas o rechazadas.28
El estudio de la economía política nunca fue abstracto, sino que estaba más bien imbuido de un
intento práctico por mejorar el interés público. Como el reputado diplomático, hombre de letras y en
ocasiones historiador, duque de Almodóvar señaló: “[L]a buena economía inspira la confianza en el
público”, mientras “los fomentos, y disposiciones internas con que el Gobierno puede mejorar la
suerte de los pueblos, es el arte o la ciencia que debe preocupar continuamente la meditación de un
buen ministro, y de un verdadero hombre del estado”. La economía política, para Almodóvar y
otros, era la rama del aprendizaje cuyo estudio daría más probablemente el paso a una mejora de la
monarquía en la arena internacional: “el dinero es el nervio de la Guerra; el crédito es el manantial
del dinero”.29 Dada la ambición de la Corona española de devolver el país al primer nivel de las
potencias europeas y de optimizar el Imperio para ello, no debe extrañar que se prodigara tanta
atención al estudio de la economía política.
El interés en el tema de las reformas ilustradas recibió un mayor estímulo por parte de otro avance
en la historiografía reciente: el redescubrimiento e integración del Imperio español en el propio
estudio de la España peninsular. La perspectiva imperial ha afectado a la historiografía española
como lo ha hecho a otros casos nacionales, reforzados o dotados de un nuevo ímpetu por el
bicentenario de independencia de algunos países latinoamericanos. Dado el tamaño, alcance,
complejidad y longevidad del Imperio español de la Edad Moderna, la pertinencia de la perspectiva
imperial para la historia de España es enorme. Para el estudio de la intelectualidad ilustrada, sin
embargo, se abre un gran campo de investigación. El giro imperial ha sido
fortalecido/complementado por los puntos de vista de la historia atlántica, por su énfasis en la
interrelación de las historias europea y americana. La historia española, cuyo ámbito de estudio
estuvo una vez limitado a la Península, no puede ser entendida ahora sin hacer referencia a sus
reinos y territorios de ultramar.
En su conjunto, deben ahora los estudiosos de la Ilustración examinar los logros de las sofisticadas
sociedades de la Latinoamérica colonial. El fin del siglo XVIII fue una época de reforma en la
España americana al tratar la Corona de aprovechar, de un modo novedoso e innovador, la riqueza
de sus reinos ultramarinos. Las reformas que se derivan —y que afectaron todo, desde la política
comercial a la reforma de las milicias, pasando por la revisión de las leyes sobre esclavitud—
constituyen ahora un nuevo campo de investigación en la medida en que los historiadores sondean
las ideas que impulsaron a los reformadores y apuntalaron las políticas que estos mismos buscaban
llevar a cabo. En algunos casos, las colonias españolas en América llegaron a ser laboratorios para
reformas demasiado difíciles como para experimentarlas en la Península, donde, entre otros
obstáculos, las arraigadas élites constriñeron la capacidad de movimiento de los responsables
políticos. Con independencia de su valor final, estos sólidos esfuerzos —tanto iniciativas
promovidas por la Corona como otras no públicas— dieron lugar en las colonias a una serie de
instituciones que han facilitado a los estudiosos el rastreo de la difusión de las ideas, textos y formas
de sociabilidad ilustrados en el contexto del Nuevo Mundo. Como François-Xavier Guerra expuso,
la monarquía española era “un entramado de razonamiento, densamente tejido por redes de
comunicación cuyos habitantes compartían preocupaciones y respondían a las mismas alegrías y
miedos. La monarquía española y sus valores se definían como la principal identidad política”.30
Quizás las más importantes de estas instituciones eran las recién fundadas Sociedades Económicas
y Patrióticas y el rejuvenecido gremio de comerciantes: el Consulado.31 Como los nombres
sugieren, la económica política dominaba los debates intelectuales de estos grupos, pero de igual
modo también había espacio para los debates de las ciencias afines, incluso la agronomía. De este
ambiente surgieron muchas llamadas a la reforma y al empleo de las ideas ilustradas como
justificación de ésta. En resumen, la tendencia novedosa de estudiar el periodo colonial en
Latinoamérica como una parte integrada e integral de la historia española, en vez de como una
historia paralela y distante, ha encontrado eco en los estudiosos de la Ilustración, aunque apenas se
comienza a trabajar en todas sus consecuencias. Sin embargo, el ámbito de influencia y el impacto
de la Ilustración española se expanden creando nuevas oportunidades para los investigadores
gracias a la mayor aceptación de conceptos tales como Ilustración “moderada” o “conservadora” y a
que el propio término de Ilustración se torna aún más amplio, abarcando la historiografía y otras
formas de erudición, como la jurisprudencia, desconsiderada hasta ahora, tal y como han
demostrado historiadores como John Pocock y Jorge Cañizares-Esguerra.32 Muchos de los ámbitos
intelectuales cuyo ímpetu se aceleró en el siglo XVIII son considerados hoy en día como
expresiones de la Ilustración, o al menos nutridos por ésta.
Mientras los estudiosos de los siglos XVIII y XIX han hecho bien en las últimas décadas al
desconectar Ilustración y revolución, el fortalecido interés en las causas de la descomposición del
Imperio español atlántico ha llevado a los eruditos a valorar el fermento intelectual que antecedió al
desmembramiento del Imperio. No quiere afirmarse de ningún modo que esas ideas fueron la causa
de la revolución, sino, más modestamente, que el pensamiento político de la Constitución de Cádiz,
o, digamos, las doctrinas republicanas que barrieron Hispanoamérica en las primeras décadas del
siglo XIX no surgieron de manera espontánea, como por arte de magia. Se empieza ahora a analizar
el papel de las universidades (de las cuales había muchas excelentes en la España colonial
americana); las expediciones científicas; las redes casuales de intelectuales allende las fronteras
lingüísticas, confesionales o nacionales; la influencia intelectual de los periodos de exilio o de viaje
a la Europa occidental y el servicio en los ejércitos europeos. Si con anterioridad se consideraban
las colonias latinoamericanas como un remanso intelectual, el enfoque es ahora bastante diferente.
Una mayor vinculación entre los historiadores de la Ilustración y de las revoluciones
latinoamericanas únicamente puede tener consecuencias beneficiosas.
Las reformas borbónicas han sido descritas como el factor decisivo en la disolución del Imperio. El
argumento es que la reforma socavó los fundamentos de la legitimidad real. El antiguo énfasis sobre
la misión providencial española fue reemplazado por un nuevo evangelio de prosperidad
económica. El Estado se responsabilizó de un rendimiento económico apreciable, un cambio que
amenazaría considerablemente cuando las guerras napoleónicas interrumpieron los envíos
trasatlánticos, aislando de hecho las colonias de los puertos peninsulares. Quizás lo más importante
es que los reformadores borbónicos, según se cree, fueron agresivos y confiaron en el decreto
militar y otros métodos rigurosos para alcanzar sus metas de una administración racional, ingresos
elevados y control político-económico centralizado. Estas tácticas arruinaron la antigua cultura
política que se basaba en el compromiso, la negociación y concesiones mutuas. Aquella sociedad
más arcaica se caracterizaba por su delicada mezcla de jurisdicciones solapadas, privilegios
especiales y antiguas inmunidades. Según suele admitirse, fue dejada de lado por los reformistas de
fines del XVIII que determinaron que el único objeto de lealtad debía ser el Estado nación
unificado, que el monarca encarnaba.
Existen apenas dudas de que las reformas trajeron consigo una extendida desafección y una
resistencia soliviantada, en particular en las comunidades amerindias. Se dieron más de 100
levantamientos sintomáticos entre los pueblos indígenas de Latinoamérica entre 1720 y 1790. Los
criollos también estaban afectados, en gran medida porque su participación en la política se vio
drásticamente reducida.33 La extirpación en las audiencias de los nacidos en América en particular,
y su reemplazo por oficiales peninsulares, a menudo con formación militar, simbolizó la conversión
de la cultura política datada a fines del XVIII, un cambio que daría lugar a conflictos entre los
administradores imperiales que ansiaban control y los criollos que daban palos de ciego para lograr
una mayor autonomía para llevar a cabo sus propios asuntos. El Gobierno español se tornó cada vez
más dependiente de los envíos americanos pues, en el último tercio del siglo XVIII, un quinto de los
ingresos de la Corona procedían de las Indias. Se atribuya o no el cambio a Gálvez, el periodo
posterior a 1775 fue testigo de un cambio en la terminología. Así, los reinos de América fueron
rebautizados “colonias”,34 un cambio semántico de gran importancia. Igualmente crucial fue el
aumento de un ejército regular, cuya presencia, si no sus acciones, sugería el empleo de tácticas más
coercitivas por parte del Gobierno.35 Parecería que la influencia de la Ilustración es aquí más
reducida.
Una de las más importantes de estas revisiones concierne al último Estado colonial. La imagen
arraigada de un ambicioso y frustrado despotismo no se corresponde con los recientes hallazgos. A
pesar de los esfuerzos centrípetos de Madrid y la retórica correspondiente, el Imperio de finales del
siglo XVIII continuó en muchos aspectos la vieja monarquía compuesta. Se trató de un acuerdo
mutuo entre la Corona y las clases dirigentes de las diferentes provincias en el que la negociación,
el compromiso y la autorregulación fueron las características definitorias. Como J. H. Elliot ha
expuesto, en la monarquía española atlántica se dio un “mecanismo de autocorrección en la forma
de equilibrio de poderes [...] intensas negociaciones y concesiones mutuas dentro de un marco legal
y constitucional aceptado”.36 En numerosas colonias, las élites criollas participaron activamente en
los asuntos civiles y aprovecharon las nuevas oportunidades económicas y políticas que las
reformas trajeron consigo. La vida intelectual floreció como resultado de la apertura de nuevas vías
para el intercambio cultural; así, se emprendieron expediciones científicas, y el florecimiento de las
artes visuales y la arquitectura fue básico para la vida colonial, todo lo cual fue respaldado por las
pujantes reformas de las universidades. Pero no todos los beneficios fueron exclusivamente
culturales. Muchas de las colonias circuncaribeñas, por ejemplo, disfrutaron de la prosperidad de la
Nueva España al recibir situados de los ingresos que de otro modo hubieran sido enviados a
Madrid. Allí donde el cambio fue impuesto desde Madrid, no resultó del todo irracional, mal
recibido o dañino para los intereses americanos. La reorganización del territorio en nuevas unidades
administrativas consistió en la racionalización de un desarrollo casual experimentado desde la
Conquista. Por todas sus deficiencias, los diversos decretos de comercio libre37 abrieron nuevas
oportunidades para los mercaderes y hacendados. La reforma de las milicias coloniales supuso
nuevas posibilidades de ascenso social.38 Además, los historiadores deben tener la cautela de no
sobrevalorar la fuerza real de los Estados coloniales. Tanto los reformistas como sus críticos más
duros comparten la tendencia a exagerar la eficacia del Estado colonial. Su poder pudo ser bastante
limitado. La política respecto al mundo indígena representa un buen ejemplo: a finales del siglo
XVIII, los pueblos indios independientes ejercieron un dominio eficiente sobre al menos la mitad de
la extensión de lo que hoy es el continente americano, desde Tierra de Fuego al México de hoy en
día. En el Imperio español vivían 2 700 000 indios independientes; es decir, ¡el 22% de la población
de Hispanoamérica no estaba bajo control español!39
Esta revisión interpretativa del Estado colonial ha colocado las tardías conspiraciones coloniales,
rebeliones y protestas bajo una nueva luz. No constituyeron movimientos precursores que reflejaban
un incipiente carácter de nación. La reciente investigación sobre la más grande de las últimas
rebeliones coloniales, la revuelta de Túpac Amaru de principios de 1780, revela la sorprendente
lealtad de las élites indígenas que, lejos de refrendar el violento rechazo de la autoridad española,
optó por negociar y protestar contra los excesos del dominio colonial utilizando los tribunales de
justicia.40 Un gran número de los levantamientos de menos envergadura, por otra parte, era tan sólo
de revueltas fiscales que se limitaban a una comunidad y se extinguían con bastante sencillez
gracias a la revocación de medidas excesivamente onerosas y al uso parcial de la fuerza. Pero no
eran los elevados impuestos tan sólo la causa de las revueltas. La liberalización, también, tenía
enemigos. A principios de 1760, por ejemplo, algunos pasos tentativos hacia la desregulación
causaron una violenta reacción desde Madrid a Quito. Como Andrien ha polemizado acerca de la
insurrección de Quito de 1765,
Las políticas comerciales españolas y la llegada de artículos europeos expuso economías regionales
precarias como la de Quito a niveles de competición sin precedente, socavando los patrones
comerciales, industriales y agrícolas preexistentes. En muchas provincias, tales cambios
estructurales a largo plazo se combinaron con problemas de carácter local y desencadenaron
tensiones sociales, ruptura económica y malestar político, que afectaron a toda la población.41
La interpretación del papel de la Ilustración en el final del Imperio español también ha sido
reconsiderada. La emergente esfera pública, de tertulias y Sociedades Económicas, no sólo incubó
disconformidad, sino que también fortaleció y profundizó la cooperación entre las élites locales y
los agentes de la Corona. Sin lugar a dudas, los nuevos hábitos de pensamiento y asociación
constituían por definición en muchos casos un repudio a la cultura del barroco. Ello tuvo, sin duda,
consecuencias perturbadoras, e incluso subversivas. Por lo general, sin embargo, la Ilustración en el
Imperio español no fue habitualmente contraria al régimen colonial. Al contrario, se desarrolló
dentro del orden establecido y no fuera y en contra del mismo. Más bien, la relación entre el Estado
colonial y la emergente sociedad civil fue amistosa y de mutuo apoyo. La Ilustración no fue, por
tanto, ni una causa necesaria ni suficiente para la sublevación. No devino en una idea de liberación
colonial. Los nuevos pensamientos pudieron ser así usados fácilmente para defender antiguas
estructuras.

Carlos III financió una expedición botánica a Perú y a Chile que duró más de diez años. Quedan
recogidos en este libro los ejemplares de las especies halladas en estas colonias. Solanum
oppositifolium Solanum grandiflorum. En Hipólito Ruiz y José Pavón, Flora Peruviana, et
Chilensis, sive descripciones, et icones, plantarum Peruvianarum, et Chilensium, secundum systema
linneanum digestae, cum characteribus plurium generum, tomo I, 798. Grabado. Archivo Histórico
del Palacio de Minería, México.
¿Cuál fue entonces el papel de la Ilustración en la crisis que desmembró el Imperio español? El
argumento tradicional es que las ultramodernas ideas y patrones de pensamiento inspiraron y
condujeron a los criollos, que actuaron como un agente desintegrador, y socavaron el Gobierno
español por medio de sus inclinaciones anticlericales y antiabsolutistas. Se ha argumentado que, en
Latinoamérica, muchas de estas ideas provenían de fuentes francesas y angloamericanas. Los
indicios para sostener tal afirmación son más que suficientes, aunque a menudo conducen a serias
tergiversaciones en cuanto a la cultura política dominante en el Imperio español. La imagen de
revolucionarios en Hispanoamérica que aspiran a esgrimir nuevas doctrinas contra el despotismo y
a acabar con el lúgubre legado de tres siglos de gobierno colonial, se puede decir ahora, no es más
que una caricatura. En la misma España, la vieja escuela historiográfica acusó a la Ilustración de
causar el contagio de ideas y facilitar el camino para la conquista de la península ibérica a los
ejércitos napoleónicos. Esta perspectiva fue abandonada hace mucho tiempo, pero por alguna
desafortunada razón las viejas interpretaciones sobre la Ilustración informan buena parte de los
estudios actuales sobre el final del Imperio. Resulta mejor la interpretación que retrata la
intersección entre el pensamiento político de la Ilustración y las ideas jurídicas tradicionales acerca
del autogobierno y las protestas milenaristas en el momento en que la monarquía se halló, en 1808,
en una situación inusitada de acefalia. Los “orígenes ideológicos” de las revoluciones
hispanoamericanas son, por consiguiente, heterogéneos. La Ilustración fue únicamente uno de los
muchos ingredientes.
¿Cómo deben entonces los historiadores considerar los proyectos ilustrados? ¿Como si se tratara de
un intento de “modernización defensiva”? Independientemente de nuestro veredicto final, los
historiadores deben siempre tratar de conectar lo que está pasando en el mundo atlántico hispano
con lo que ocurre en otros escenarios nacionales e imperiales. La Ilustración fue una iglesia abierta,
capaz de dar cobijo a muchas opiniones dispares, lo que dificulta la tarea de establecer límites entre
ideas ilustradas concretas. Pero la Ilustración, en sus muchas modalidades, fue claramente el
contexto en el que se hizo la política, particularmente la política diseñada para las Américas. En
ocasiones, la adopción de ciertas ideas para su aplicación política se mostró imposible por
circunstancias locales; en otros momentos, fue impedida por poderosas facciones que vieron
amenazados sus intereses materiales. Sin embargo, el pensamiento político y económico de la
Ilustración fue el impulso a la vez que el objetivo para buena parte de la actividad reformista del
siglo XVIII.