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Historia breve de la Revolución Mexicana

PEDRO SALMERÓN SANGINÉS

Hace varios años vengo discutiendo con mi colega Felipe Ávila Espinosa una versión general
sintética de la Revolución Mexicana, accesible al público amplio, lo más amena posible y que
incorporase no sólo las más recientes interpretaciones de los especialistas sobre el tema, sino
también nuestra propia versión, no poco polémica, que sostiene que existió un proyecto de
revolución social, encabezado por Emiliano Zapata y Francisco Villa. Finalmente lo conseguimos y
terminamos el proyecto.

Pensamos que el estallido de la revolución fue inesperado para aquellos que no querían verla,
porque, bajo la aparente eficacia y estabilidad del régimen porfirista, se agitaban poderosas
corrientes de rebeldía y muchos mexicanos se organizaban para cambiar el país, de tal modo que
bajo aquella calma ficticia que enmarcó los festejos del centenario de la Independencia, había, en
realidad, un país que no aguantaba más la ausencia de libertades y la miseria. Así, aunque casi
nadie de quienes presenciaron los festejos centenarios se habría atrevido a pensar que ese
régimen, que parecía más sólido que nunca en su apoteosis conmemorativa, sería barrido en
pocos meses, eso fue lo que pasó.

Ahora sabemos que lo que se inició en 1910 fue una revolución social, pero ¿por qué se dio ésta?,
¿cuáles fueron sus causas?, ¿cuáles sus actores?, ¿era inevitable?; de manera más general, ¿cuáles
son las circunstancias que permiten que ocurra una revolución?, ¿cómo es que el descontento
popular, presente en todas las épocas de la historia, desemboca a veces en una revolución?,
¿cómo y qué tipo de revolución fue la que estalló en México a fines de 1910? Esas son las
preguntas que intentamos responder.

Consideramos que la Revolución Mexicana influyó y determinó en buena medida la evolución del
país a lo largo del siglo XX, no sólo en la configuración del capitalismo con el Estado como pivote
de la acumulación y del desarrollo económico, y no sólo a través de un Estado corporativo que
tuvo la capacidad de organizar, controlar y subordinar a las organizaciones populares a cambio de
ofrecerles la solución desde arriba de algunas de sus demandas, lo que le permitió construir,
excepcionalmente en el llamado tercer mundo, un Estado excepcionalmente estable y longevo
que se legitimaba en buena medida en el uso histórico de esa revolución, cuyos triunfadores y
usufructuarios habían aplastado el proyecto popular de auténtica revolución social.

Pero la revolución no sólo fue utilizada por el Estado para legitimarse: las organizaciones
populares la han tenido de referente y símbolo que orienta sus luchas. La forma predominante de
hacer política a lo largo del siglo XX fue la política de masas establecida por la revolución, la de la
movilización y la lucha callejera, en los centros de trabajo, en los ejidos y escuelas, a través de
actores colectivos, ya sea que estos actores colectivos fueran aliados y subordinados al Estado
corporativo y clientelar o fueran organizaciones independientes u opositoras. La organización y la
movilización popular logró algunas de las transformaciones más importantes a lo largo del siglo
XX: las reformas cardenistas, el movimiento magisterial y médico de los años 60, el movimiento
estudiantil de 1968, el sindicalismo independiente de los 70, la reconstitución del movimiento
campesino y urbano popular de los 80, la insurgencia cívica electoral del neocardenismo de 1988,
y la movilización popular que en enero de 1994 impidió que el Ejército Mexicano masacrara a los
rebeldes indígenas chiapanecos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, por mencionar sólo
algunas de las luchas populares que siguieron a la revolución. Sería pretencioso y erróneo atribuir
a la influencia de la revolución que se hayan dado esos acontecimientos, que tuvieron sus propias
causas, demandas, estrategias de lucha y liderazgos. Pero sería igualmente erróneo negar que la
Revolución Mexicana fue el origen de esa forma de hacer política de los sectores populares y de
sus organizaciones.

Pero además, y eso es lo que queremos subrayar aquí: en muchas de esas movilizaciones y luchas
estuvo presente el significado que ha tenido para los sectores populares la revolución. Ante la
ofensiva neoliberal de las últimas décadas, que ha ido desmantelando el Estado construido por la
revolución, no ha sido casual que la resistencia popular esgrima como símbolos de la resistencia a
Villa y Zapata. Así, la revolución sigue siendo un referente básico de la cultura política y de la
movilización y lucha de los sectores populares mexicanos. Y ya no del Estado, que quiere
descalificarla. Por eso la recuperamos, por eso, sobre todo, procuramos comprenderla y hacerla
comprensible.

(Felipe Ávila y Pedro Salmerón, Historia breve de la Revolución Mexicana, México, Siglo XXI, 2015,
316 pp.)
A un siglo de la invasión de EU a Veracruz

En ceremonias oficiales se minimiza el papel del pueblo en la heroica defensa del puerto

Gilberto López y Rivas

Periódico La Jornada
Lunes 21 de abril de 2014, p. 44

Este 21 de abril se conmemorará el 100 aniversario de la defensa popular contra la ocupación


estadunidense del puerto de Veracruz. Una vez más el pueblo veracruzano protagonizó una de las
páginas más heroicas de la resistencia de los mexicanos frente al intervencionismo de Estados
Unidos. Como ocurrió en la ciudad de México el 14 de septiembre de 1847, con ocasión de la
entrada de la soldadesca estadunidense, el ejército regular abandonó el puerto sin presentar
combate al invasor, y fue el pueblo que de manera espontánea, y sin un plan preciso de defensa,
se lanza a las calles, levanta parapetos improvisados, se posesiona de esquinas, azoteas, balcones
y campanarios, y con escasos pertrechos y unas pocas armas, se dispone, con su lucha perdida de
antemano, a defender la soberanía y la dignidad nacionales.

El combate que se libra no podría ser más desigual. Estados Unidos, protegiendo sus vastos
intereses económicos en nuestro país (petróleo, minas, tierras, ferrocarriles, etcétera) y
pretendiendo erigirse en el árbitro supremo del conflicto revolucionario mexicano en marcha (Ver:
Friedrich Katz, La guerra secreta en México, t. I, México Ediciones ERA, 1982), fondea frente al
puerto de Veracruz 44 barcos de guerra, tres buques hospitales y varias unidades más de
aprovisionamiento, iniciándose el desembarco, que en cuatro días llega a situar en el terreno a
más de siete mil hombres. La fuerza expedicionaria contaba con los medios de guerra más
modernos de la época: rifles de repetición Lee, ametralladoras Gattling y Colt, artillería de grueso
calibre, ilimitado suministro de municiones y pertrechos bélicos y, además, el apoyo artillero de la
flota anclada en la bahía.

Con anterioridad al desembarco, los agentes estadunidenses habían logrado neutralizar la posible
participación en la defensa del puerto del Ejército federal mexicano, bajo el mando del general
Gustavo A. Maass, de las tropas de Victoriano Huerta, quien dio golpe de Estado al presidente
Madero, conminándolo a no resistir y a dejar la plaza. Efectivamente, en las primeras horas del 21
de abril, Maass se retira del puerto rumbo a Tejería, abandonando a la población a su suerte y
llevándose el grueso de sus tropas, la mayoría de las armas pesadas y ligeras, con su dotación de
municiones, llegando incluso a olvidar, en su precipitada huida, la bandera del batallón que
comandaba, su espada y sus condecoraciones.

Al igual que en 1847, el pueblo inerme se vio de pronto enfrentado a un hecho consumado: la
cuarta invasión extranjera en menos de un siglo, sin más medios de defensa que su profunda
indignación y su decisión de resistir. Ante la evacuación de la plaza por el Ejército federal y
subestimando la capacidad de respuesta de nuestro pueblo, los yanquis ocuparon, confiados,
posiciones estratégicas cercanas al muelle. En los planes estadunidenses no esperaban encontrar
resistencia en la toma del puerto. El poderío de la flota naval y la visible demostración de fuerza
expresada en el desembarco masivo hacían difícil suponer un ataque contra las fuerzas invasoras.
No obstante, el estupor inicial y la vergüenza del pueblo veracruzano al propagarse la noticia del
desembarco se desvanecen al escucharse los primeros disparos aislados: un solitario y modesto
policía municipal, Aurelio Monfort, descarga airado su pistola frente a un nutrido contingente
de marines, siendo inmediatamente acribillado por el fuego cruzado de la fusilería enemiga.

El pueblo reclama armas con exasperación, peleando incluso por las pocas que habían sido
dejadas por el ejército. Otros se arman con algunos rifles y pistolas ofrecidas por algunos
comerciantes. Algunos patriotas esperan turno, en medio del combate, para recoger las armas de
los caídos: se registra un caso en el que ocho voluntarios civiles combaten con un solo rifle por
horas. Grupos de voluntarios civiles y algunos militares patriotas bajo el mando del coronel
Manuel Contreras se distribuyen en grupos pequeños por los edificios y las esquinas de la ciudad
sitiada.

En la Escuela Naval, los alumnos se apresuran a la lucha bajo el mando del comodoro Manuel
Azueta, siendo la única unidad militar organizada que resiste a los invasores. El tiroteo se
generaliza. La Escuela Naval y varios edificios de la ciudad reciben el impacto del bombardeo
proveniente de los cruceros y destructores, mientras los marines, que despertaron la admiración
del escritor Jack London, corresponsal del semanarioCollier’s, barren las calles con balas
expansivas dumdum, prohibidas por las regulaciones internacionales de la guerra en esa época. No
obstante la desigualdad entre las fuerzas contendientes, el pueblo resiste con denuedo más de 24
horas; todavía en la tarde del 22 se escuchan esporádicos tiroteos. Se dan actos de gran heroicidad
en la lucha, como el de José Azueta, ex alumno de la Escuela Naval, hijo del comodoro, y teniente
de artillería, quien empuña al descubierto una ametralladora para lograr mayor efectividad en sus
disparos, hasta que cae gravemente herido; cuando los estadunidenses le ofrecen ayuda médica,
Azueta la rechaza y les responde: de los invasores, no quiero ni la vida.

De entre el pueblo se distinguen en las escaramuzas armadas artesanos, empleados, albañiles,


comerciantes humildes, hombres y algunas mujeres que van dejando sus vidas en los puntos de
mayor resistencia: Andrés Montes, modesto ebanista, combate todo el día. Por la tarde del 21
pasa a su casa a dejar algunas provisiones; antes de regresar a la lucha escribe una carta a su hijo
menor: Hijo mío, si algún día vuelve a repetirse esto que está pasando ahora, defiende a tú patria
como lo estoy haciendo yo. Tu padre. Ante los ruegos de su esposa para que no saliera más de su
casa, Andrés Molina exclamó:ahorita no tengo madre, ni esposa ni hijos. Sólo veo que tengo una
patria muy linda y tengo que defenderla de la infamia yanqui (María Luisa Melo de
Remes, Veracruz mártir: la infamia de Woodrow Wilson, 1914. México, Edición de la autora, 1966).
Este héroe del pueblo cayó a las ocho de la noche de ese día, con el estómago perforado por una
bala expansiva en la esquina de las calles de Arista e Independencia.

Niños y mujeres se dedican a cooperar en la defensa e incluso participan en la lucha contra el


invasor. Se recuerda en el imaginario popular a América, quien recibe a los yanquis a tiros al
aproximarse a la zona de tolerancia del puerto. Sectores importantes de la colonia española
ofrecen resistencia a los invasores, registrándose muertes y heridos entre los mismos.

Al finalizar el día 22, la resistencia termina con un saldo de centenares de muertos por parte del
pueblo veracruzano. La soldadesca invasora hace piras con los cadáveres de los patriotas y los
quema sin respeto alguno. Muchos combatientes son hechos prisioneros y retenidos en las
cárceles durante la ocupación. Centenares de heridos fueron atendidos por un grupo de médicos y
estudiantes de medicina voluntarios, que demostraron su repudio a los invasores cumpliendo
abnegadamente este trabajo.

La mayor parte de los muertos y heridos eran pueblo. Los grupos militares que combatieron, la
Escuela Naval y algunos soldados y oficiales del 19 batallón de infantería resistieron hasta las 7:30
de la noche del día 21. De ellos murieron José Azueta, Virgilio Uribe, Jorge Alacio Pérez y Benjamín
Gutiérrez, de los que se registran. No obstante, la mayoría de los aproximadamente 500 muertos
en acción se debió a los bombardeos (los cuales London aplaude por su precisión) y la represión
yanqui indiscriminada. Fueron héroes anónimos, sin lápidas ni monumentos que honren su
memoria. Es más, varias de las placas que recordaban a las víctimas de la intervención yanqui en el
muelle y en otros lugares del puerto fueron destruidas por autoridades municipales en un esfuerzo
continuo por negar al pueblo su lugar en la historia: borrar todo aquello que fortalezca el espíritu
antimperialista de los mexicanos.

En las ceremonias oficiales que año con año se realizan en el puerto, y que hoy encabeza el
presidente entreguista y colaboracionista Enrique Peña Nieto, se exalta la figura de los militares
que combatieron a un enemigo en abstracto, que ya no se menciona, como no se menciona la
extraordinaria épica ciudadana.

La resistencia del pueblo no terminó en la lucha denodada de los días 21 y 22 de ese abril.
Testimonios de sobrevivientes que tuve oportunidad de recoger hace una décadas dan cuenta de
numerosos atentados contra las tropas yanquis durante la ocupación. Se impuso la ley marcial y
los porteños fueron obligados a dormir con los balcones y las puertas abiertas, debiendo
permanecer las luces encendidas durante la noche.

La lucha por la soberanía, a la cual han renunciado los actuales gobernantes, se dejó sentir de
otras formas. Sectores importantes de la población no se plegaron a las amenazas y los
ordenamientos del gobierno militar impuesto por los invasores. Entre ellos hay que destacar el
papel desempeñado por el magisterio del puerto, el cual en mayoría se negó a servir al invasor,
organizando un sistema paralelo al llamado departamento educativo de los estadunidenses, a
pesar de la represión y los ofrecimientos económicos de las autoridades de ocupación. Aquí
destacan Delfino Valenzuela y Elena V. del Toro, claros exponentes del patriotismo del magisterio
veracruzano. Se dieron casos individuales de patriotismo anónimo. El guardafaros de la isla de
Lobos, cercana al puerto, fue conminado a trabajar para los yanquis, a los que respondió:no,
señor, yo no les trabajo a ustedes, yo no traiciono a mi patria ni les voy a trabajar por ningún
dinero que me den o aunque me tengan preso todo el tiempo que quieran (entrevista mía a Josefa
Syvain).

En contraste con esta actitud valiente y digna, empleados municipales y de aduana, comerciantes
y algunas familias de la burguesía porteña colaboraron activamente con el enemigo, recibiendo el
repudio y el desprecio abierto de la mayoría de la población veracruzana. Los entierros de José
Azueta y del capitán Benjamín Gutiérrez, el 11 y el 23 de mayo, respectivamente, se trasformaron
en desafiantes manifestaciones de protesta por la ocupación extranjera: miles de ciudadanos
siguieron los cortejos fúnebres por las principales calles de la ciudad. (Andrea Martínez, La
intervención norteamericana a Veracruz, 1914, SEP, México, 1982.) Bajo la autoridad militar
yanqui, el pueblo expresaba de manera clara su conciencia nacional, refutando con los hechos la
falsedad de las apreciaciones de Jack London, quien en mayo de 1914 escribió con entusiasmo
en Collier’s: Verdaderamente, los veracruzanos recordarán largamente haber sido conquistados
por los americanos (sic) y rogarán por el día bendito en que los americanos (sic) los conquisten
otra vez. A ellos no les importaría ser conquistados para siempre (Collier’s, volumen 53, núm. 11,
mayo 30, 1914).

Seis largos meses duró la ocupación del puerto. Por fin, el 24 de noviembre de 1914 las tropas
constitucionalistas entran a Veracruz, mientras simultáneamente los invasores yanquis se
embarcaban en el muelle. Así terminaba una más de las intervenciones de Estados Unidos en
nuestro país; no sería la última.