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EL REGALO DEL PERDÓN Base Bíblica: Salmo 32:1-11

Introducción
Uno de los más grandes y maravillosos regalos que recibimos de Dios constantemente, es
el perdón de nuestros pecados. Y ciertamente es un gran regalo porque conocemos el
daño que causa el pecado en nuestra vida. Me explico: nunca apreciamos tanto una medi-
cina, como cuando sabemos que puede sanarnos de una terrible enfermedad. El perdón
de Dios y la libertad de la culpa es medicina para el alma quebrantada.

Justamente eso fue lo que experimentó el rey David. Conociendo las terribles consecuen-
cias del pecado y después de deshonrar a Dios con sus acciones pecaminosas, llamó bien-
aventurado a todo aquel que encuentra el perdón de Dios. Es que, nunca el ser humano es
tan libre y dichoso, como cuando sabe que Dios lo ha librado de la culpa. Pero, ¿qué nos
impide experimentar la dicha del perdón?

1. El engaño
Engañar es un viejo y dañino método que la Biblia registra desde los comienzos de la
humanidad. Piensa en esto: la serpiente (que era más astuta que todos los animales)
engañó a Eva usando la mentira. Jacob, siendo el segundo hijo de Isaac, engañó a su padre
y tomó la bendición de primogénito que por derecho le correspondía a su hermano.

El engaño está en el “gen” espiritual de la humanidad. Pero esto no significa que no pueda
se combatido y erradicado de la naturaleza humana. Fíjate que el rey David dijo: bienaven-
turado el hombre… en cuyo espíritu no hay engaño (v.2). Partamos de un principio: enga-
ñar a Dios es imposible y el rey David lo entendió; y siendo un imposible, en ocasiones
intentamos distraer la atención de Dios con el propósito de salir bien librado. La verdad es
que cuando lo hacemos, la culpa incluso puede enfermarnos: “mientras callé se envejecie-
ron mis huesos” (V. 3).

2. Encubrir el pecado
El pecado es como aquel desperdicio que con el tiempo se descompone y de él emanan
fétidos olores. Por muy escondido que esté el pecado en nuestros corazones, tarde o tem-

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prano alguien lo va a encontrar. Por lo menos para Dios, aquellos desperdicios son fácilmente
visibles. Si es así, ¿entonces porque esconderlos? El rey David dijo: “mi pecado te declaré, y no
encubrí mi iniquidad”. Dije: confesaré mis transgresiones a Jehová, y tú perdonaste la maldad
de mi pecado (v. 5).

La primera carta de Juan declara: “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para
perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”. Nótese que Dios perdona a quien
confiesa sus pecados, no así a los que lo encubren. La gente se pregunta. ¿Para qué confesar-
los si Dios ya los conoce? La confesión es una acción voluntaria indispensable en la restaura-
ción de relaciones. Lo es aún más, cuando buscamos restaurar nuestra comunión con Dios.
Hazlo y tendrás paz. Por mucho que hayas fallado, Dios tomará en serio tu deseo de ser perdo-
nado.

3. La terquedad espiritual
Una vez somos perdonados, este salmo nos anima a permitir que Dios nos guíe y enseñe a
comportarnos sabiamente (V. 8-9). Es por eso que nos pide cuidarnos de caer en una actitud
necia. El rey David sabía muy bien que una persona terca no se diferencia de una bestia como
el caballo o como un mulo, queriendo decir que ellos no tienen entendimiento, no compren-
den y son tercos. El punto es este: la terquedad espiritual nos hará caer de nuevo en el mismo
pecado, pero si fuéramos tan solo un poco inteligentes y por supuesto sensibles a la dirección
de Dios, Él nos ayudaría a transitar por un camino de santidad y entonces podríamos salir de
los círculos viciosos del pecado.

La gente terca es aquella que quiere manejar su vida a su propio juicio, en otras palabras, a su
antojo. El resultado de vivir con esa actitud, es el mismo, caer una y otra vez por la misma razón
en las destructivas redes del pecado o la culpa. Interioriza esto: Dios, no solo quiere perdonar-
te, Él también quiere empoderarte y entrenarte para que no caigas más. El no solo perdona tus
pecados, Él también te limpia de toda maldad. No hay razón para volver atrás, déjate guiar por
Dios y aprenderás a vivir en libertad.

Conclusión
El perdón de Dios es un gran regalo al que debemos aspirar cada día a través de la oración.
Aquella dicha es una realidad solo en aquellos que han renunciado al engaño, se han atrevido
a confesar sus pecados, y con humildad reconocen sus faltas con el propósito de ser transfor-
mados por Dios.

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