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Cansados del secularismo

Francesc Torralba Roselló

Aparece una generación de jóvenes, no educados en la fe, pero hartos del


materialismo, el consumo y la telebasura.

No cabe duda de que vivimos en el seno de una cultura que padece un acelerado
proceso de secularización. Este proceso es el resultado de un largo camino
multisecular que arranca en el siglo XIV y que experimenta su momento de máxima
plenitud en el pasado siglo XX.

Se ha escrito abundantemente sobre ello, tanto en un sentido positivo, como en un


sentido negativo. Algunos celebran tal proceso, puesto que, según ellos, ha
significado, el principio de una sociedad autónoma y regulada por sí misma, al
margen del poder religioso. Se interpreta el desencanto del mundo como un
momento de liberación en el largo camino de la humanidad hacia su plenitud. Para
otros, en cambio, representa una especie de caída libre en el desorden y en el caos,
una especie de decadencia moral que tiene graves efectos en el mundo de la
educación y de la comunicación.

Más allá de las interpretaciones que suscita un fenómeno tan complejo como el de
la secularización, de lo que no cabe duda, es que vivimos en una sociedad
progresivamente alejada de todo cuanto se refiera a la esfera religiosa. La pérdida
de tradiciones y de costumbres que antaño fueron muy celebradas y el acelerado
proceso de descomposición de los valores del pasado es una expresión evidente y
clara de tal proceso. Se cultiva hasta el extremo el valor de la autonomía y se
considera, con demasiada frecuencia, lo religioso como un fenómeno extraño y
ajeno a la condición humana, algo así como el residuo de una etapa finalmente
superada que, a pesar de ello, todavía, da sus últimos coletazos.

Estamos instalados en un mundo que ha desterrado lo religioso, lo ha exiliado de su


vida cotidiana y de la esfera social y ello tiene, como no puede ser de otro modo,
consecuencias prácticas en la existencia ordinaria de las gentes. Aparentemente,
todo sigue igual, la organización del calendario anual y los ritos y celebraciones que
año tras años se repiten en un círculo eterno, pero, en el fondo, se está
perpetrando una honda transformación que afecta a todas las esferas de la vida
social: la política, la jurídica, la educativa, la sanitaria y la familiar.

En este marco vital, se está produciendo un fenómeno sorprendente. Está


emergiendo una generación que está cansada del árido secularismo. Se
detecta, en ella, la necesidad de valores espirituales. Son jóvenes hartos del
materialismo, del consumo de masas, de los famosos de la telebasura, del
individualismo y del hedonismo. No se trata de un retorno a la casa del padre,
ni sirve la parábola del hijo pródigo para ilustrar tal situación, pues este despertar
espiritual nada tiene que ver con el reconocimiento del valor de la religión
tradicional, ni con una especie de reconciliación. Se trata, además, de una
generación que ya no ha sido educada en la fe, que desconoce las
categorías fundamentales de la vida religiosa, que no tiene la menor idea del
mundo espiritual y que, por lo tanto, no ha dado ningún portazo, porque nunca ha
habitado en la casa de la religión tradicional. Se siente, simplemente, incómoda en
este mundo de aparente bienestar, donde hay de todo, pero se echa de menos lo
fundamental.

Emerge, pues, un nuevo panorama religioso en el Occidente postcristiano. Ello pone


de manifiesto la sed de trascendencia y de misterio inherentes al ser
humano, un anhelo que, a pesar de no ha sido correctamente educado a través de
los canales y mecanismos tradicionales, emerge con ahínco. Surge una generación
ávida de valores espirituales, pero que tiene en la emotividad el baluarte de la
evidencia religiosa. Es paradójico, pero se busca la compañía divina en una
teofanía sin rostro.

Estas jóvenes generaciones no se declaran contrarias a los contenidos de la fe


confesional, pero la viven en un ambiente de sincretismo mediático que relativiza
cualquier propuesta de certeza. Ante la necesidad de experimentar una certeza que
dé sentido trascendente a la propia existencia y que permita relaciones afectivas
intensas, los jóvenes se ven fascinados por las melodías de sectas y formas
sincréticas que alegran momentáneamente la soledad, para luego dar paso al
desgarrador grito de la desilusión de la indiferencia, el agnosticismo o el ateísmo.

La radicalidad emocional en el campo religioso da lugar a formas deformes como el


fundamentalismo. El emotivismo ha penetrado en el fondo de la experiencia
religiosa y el sentimiento se convierte en el único criterio de valor. Da la impresión
que no se puede invocar ningún principio superior al emotivista y que lo único que
cuenta es que uno sienta realmente lo que diga. Este emotivismo separado del
ejercicio de la razón tiene consecuencias nefastas.

La caída del racionalismo ha dado pie a un emotivismo salvaje en todos los


terrenos, pero, especialmente en lo religioso. Se niega el valor razonable de la
experiencia religiosa y se la concibe únicamente bajo la forma de emoción. Esta
emoción desarraigada del logos produce auténticos monstruos como el sectarismo,
el fanatismo, la superstición y la superchería. Es preciso, pues, superar el
emotivismo en materia religiosa, pero ello no significa invocar el
racionalismo como práctica de vida.

Existen formas sincréticas que gozan de mucho éxito social como es el caso de la
Nueva Era. El desierto existencial lleva a pensar que si la vida no tiene sentido, hay
que inventárselo de modo gratificante, de ahí que la emoción y lo inmediato sean el
criterio de la religiosidad y del bien común.

Frente a tal fenómeno, se debe recordar que el cristianismo no es una doctrina


intimista o secreta, no es una secta, sino Jesucristo mismo, como decía Romano
Guardini. Este despertar espiritual no debe alentar falsas expectativas al
cristianismo. Frente al sincretismo vacuo y pueril, es esencial no olvidar jamás que
ser cristiano consiste en imitar Jesucristo, el acontecimiento que ha dado
consistencia al ser humano al regenerar la libertad misma del hombre en la
historia.