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No morirás de ese amor,

otras variaciones esperan

por Talovino

No morirás de ese amor, otras variaciones esperan por Talovino se distribuye bajo
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1
ÍNDICE
EL AMOR ES UNA TRAGEDIA
Devotos del amor I
Lealtades I
Felonías I
En el fondo las queremos muertas I
Hombres confinados I
Mujeres cautivadoras I

EL AMOR NACE COMO UN TRÍO


Devotos del amor II
Lealtades II
Felonías II
En el fondo las queremos muertas II
Hombres confinados II
Mujeres cautivadoras II

LAS MUJERES SE MULTIPLICAN EN LA MEMORIA Y CERCA DE LA VERDAD


Devotos del amor III
Lealtades III
Felonías III
En el fondo las queremos muertas III
Hombres confinados III
Mujeres cautivadoras III

UNA VEZ EMBRIAGADO DE AMOR, ADICTO PARA SIEMPRE


Devotos del amor IV
Lealtades IV
Felonías IV
En el fondo las queremos muertas IV
Hombres confinados IV

2
Mujeres cautivadoras IV

EL AMOR ES UN JUEGO DONDE SIEMPRE SE PIERDE, ¿Y EL AZAR?


Devotos del amor V
Lealtades V
Felonías V
En el fondo las queremos muertas V
Hombres confinados V
Mujeres cautivadoras V

3
No hay pensamiento más absurdo y soberbio
que el convencimiento de que una historia
concluye cuando se la ha terminado de contar.
No, la historia sigue en movimiento alentada por
la ambición secreta de volver a convertirse en
una vida, de invertir la polaridad de rumbo
recorrido con la velocidad de las cosas.

Rodrigo Fresán

4
EL AMOR ES UNA TRAGEDIA

5
Devotos del amor
I
Cuando la emoción le desborda, cualquier signo puede ser de tragedia o paraíso.
Le resulta estimulante que una mujer le prepare para cortar su cabello, esa danza de
dedos en su cabeza que mezcla ideas y eriza su piel. La caída del agua en el punto
exacto, el techo abalanzándose sobre sus ojos, mientras se conjugan yemas y cráneo.
Este hombre va a la peluquería cada día quince del mes. Disfruta del masaje capilar
previo al corte, también cuando pedazos suyos, más muertos que vivos, se desprenden
y caen al suelo: esa pérdida que no duele.
Su ritual de cuarenta y cinco minutos también consiste en observar a los demás
clientes: el tipo de corte y los zapatos que usan. Logra a partir de sus análisis hacer
predicciones económicas y anímicas.
Su teoría básica: mayor número de cortes representa fiestas y gente propositiva; el
desfile de zapatos finos significa abundancia económica. Y viceversa.
Un día, sintió la necesidad de una visita a la peluquería antes de lo programado. Se
puso sus mocasines, chaleco, boina y salió temprano. Justo antes de llegar pasó a
comprar la revista habitual, la vendedora le sonrió insistentemente: cuando lo vio
acercarse, al recibir la revista y al darle cambio. La situación fue inusual, ya que a los
demás los atendía con seriedad estoica. Al llegar a la peluquería se dispuso a leer el
artículo de la sección principal, la entrevista a un pintor y escritor que acababa de
montar su exposición en el museo de arte contemporáneo de la ciudad. Detuvo la
lectura en la siguiente reflexión:
“No somos capaces de tolerar la idea del movimiento perpetuo y menos entender este
continúo como fragmentos inconexos, es decir, hay huecos en la acción. En la realidad,
lo único que nos detiene es no saber la verdad, por eso prefiero mentirme y avanzar.”
La estilista recomendó ese estilo que había visto por televisión el fin de semana en un
reciente desfile de modas. Según le explicó, fue difícil tener claro el diseño, pero estaba
orgullosa de haberlo logrado, tuvo que buscar fotos e imaginar ciertos perfiles. Aceptó
la oferta, en el entendido que favorecía la redondez de su cabeza y el grueso de su
cabello, esperando también que ese cambio trajera buenos augurios.

6
Al retirarse notó poca demanda de cortes de cabello y escaso uso de calzado elegante.
A pesar de los malos augurios, el recuerdo de la sonrisa de aquella chica, ese pequeño
gesto… lo tenía de buen ánimo.
De camino a casa, se detuvo en el mismo puesto, compró el periódico del día. Al
pagarlo recibió los mismos gestos. Le recorrió una sensación plácida, como quien se
aprecia desnudo. En casa se convenció de que ni el timbre del teléfono lo persuadiría
de apresurar el paso, por lo menos hasta el próximo corte. Como siempre se miró en el
espejo, no le gustaba “observar mientras el artista hace su obra”, se justificaba.
Esta vez se extrañó tanto por lo visto, que quiso regresar inmediatamente a la
peluquería. Así lo hizo. Estando ahí, se concentró en el agua cálida y las suaves manos
que lo lavaban. Su cabello estaba arruinado, era un pelaje el que tenía cubriéndole la
cabeza, pensó.
Se sintió liberado al salir de la peluquería por segunda vez, y a pesar de que los
clientes confirmaban, otra vez, los presagios negativos. La joven del puesto de
periódico lo vio acercarse, apresuró a cerrar el local y lo encontró de frente. Ahí estaba
su sonrisa, esta vez él le devolvió el mismo gesto con naturalidad; ella le hizo una
pregunta directa: ¿puedo tocar tu hermosa cabeza calva?

7
Lealtades
I
A este hombre le atrae una mujer que tiene novio. La seduce, se enamoran. Al principio
no tienen relaciones sexuales, ella recibe bien lo que dice, es un amor tierno. Esto
cambia cuando otra mujer, interesada en él, la anima a tener sexo. Ella termina con su
novio y se acuesta con este hombre, después lo abandona y se inicia la lentitud: él
entra en depresión, ella pasa por un periodo de desvalorización de su pasado.
El pasado es un monstruo que asecha, se detiene cuando lo miramos fijamente, pero
enfrentarlo es un resguardo que no puede durar.
Se conocieron mientras él intentaba devolver un chaleco que nunca llegó a su dueño
original. La prenda integra, y de alta costura, parecía haber estado en la acera varias
horas sin que nadie le prestara atención. Quiso quedársela, pero una voz en su interior,
más bien una incomodidad a nivel del pecho, lo motivó a buscar al propietario. Una
tarjeta en el bolsillo interno fue la única pista que lo guío en su intento de retribución,
como lo expresó para sí mismo. El chaleco era de hombre y el rastro lo había dirigido a
un puesto de periódicos. Continuó a pesar del sinsentido, pensando que en ese lugar
recordarían la presencia del dueño y le darían alguna seña útil. En el fondo tenía la
esperanza de encontrarse con alguna bella mujer que lo sedujera, esto era producto de
imaginar durante años que se enamoraba de la mítica chica de al lado que nunca llegó.
En lugar de reparar en lo que podía significar esa prenda, se decía: “el amor espera a la
vuelta de la esquina con los brazos abiertos”, ignoraba que en ese signo estaba
anunciando su destino, una prenda maldecida por su última dueña, quién como último
gesto, se despedía por fin, de ese ser amando al cual se había aferrado más del tiempo
necesario.
El destino lo alcanzó, conoció a una joven en ese puesto. A ella le atrajo su cabellera, él
le explicó después, que la cortaba puntualmente los días quince de cada mes. La invitó
a salir después de que ella le sonriera. Este gesto bien podía haber sido una mueca de
buena educación, pero tras la respuesta afirmativa de ella, no pudo interpretarla más
que como un símbolo de atracción. Este posible malentendido se remedió cuando en la
primera cita, se dieron un beso lento y suave. Hacía semanas que ella deseaba un
gesto de ese tipo. Esperanza y deseo coincidieron.

8
Siguieron relaciones eróticas tiernas, les gustaba perderse en el orgasmo del otro, sin
preocuparse por el propio. Él podría pasar horas recorriendo su piel tersa, recordarle lo
hermosa que era frente al espejo, sus manos acariciando cada parte del cuerpo. Pero
evitaban la pasión como si les quemara o les diera miedo. Empezaron a pensar que eso
estaba mal, que no eran como las otras parejas. Y así, aunque juntos, empezaron a
estar ausentes, pensando en lo que debería ser.
Después, como ya se sabe, se separaron. Una carrera lenta hacia ninguna parte. Los
amantes que piensan que llegarán primero y dejarán atrás a esa persona luego de
cruzar la meta. Dejar atrás el sinsentido del hecho mismo, carente de razones.
Ella se quedó con aquel chaleco. Él nunca se preguntó por qué otra persona no fue
quien lo recogió, tampoco tuvo la oportunidad de usarlo como era su deseo.
Cada uno a su manera, cuando recuerdan la despedida, concluyen: A nadie deberían
interesarle demasiado los dramas, importan las acciones. Así, dejaban de lado la
posibilidad de un final heroico, el sacrificio de la entrega a un propósito.
Después de terminar con su expareja por segunda vez, ella conoció otro hombre que en
su primer encuentro vestía un chaleco idéntico. Tiempo después se casaron y tiró la
prenda que había conservado (de nuevo en alguna calle). Él saldrá con la chica que,
animándolos a fornicar, deshizo aquel amor romántico.
Pasadas todas estas acciones, aquel hombre que había olvidado la forma del amor
tierno, y la mujer de la que se enamoró, que no lograba por reconocerse en su pasado,
continuaban ignorando lo que significó su encuentro. Esto los proyectará al destino que
los persigue, ambos se separarán de nuevo de sus parejas. Tal vez porque son como el
héroe que no descubre su propósito y sigue a tontas y locas sus aventuras. El sentido
de un final podría ser encontrarse en los planes de otro, por fin acertar su verdad,
perderse en la flaqueza del cuerpo y la lucidez abismal.

9
Felonías
I
Ella siente fascinación por toda persona, es médico cirujano, le gusta escuchar las
quejas de los pacientes. Para ellos basta con ser dados de alta, para regresar al ajetreo
de una vida cualquiera. Le gusta cuidar de su pareja, aconsejarle cuando lo aflige un
problema. Realmente nunca deja hacer su trabajo hasta que enferma y cae en cama.
Entonces, él la alimenta y cobija, la besa, cuanto tiene que ausentarse le llama para
saber si sigue con bien. Sus amigos la visitan, le cuentan chistes, hablan del pasado y
ríen.
Cuando está sola, llora. Le indigna del mundo en el que vive, donde nadie se preocupe
por un perro o un gato abandonado. Ayudar a las personas no es suficiente, cuidarlas
no basta, piensa. Está saliendo de la enfermedad, lo sabe, pero no quiere ser como
antes: dejar escapar esos pensamientos que sólo tienen sentido cuando su cuerpo
colapsa.
Dejará su empleo y a su pareja.
– Ya no quiero estar contigo.
– Pero, ¿cómo así?
Ella podría haberse quedado a dar más explicaciones, escuchar sus dudas e intentar
contestarlas, dejarlo preparado para el futuro y redimirse, pero ¿no significaría seguir
siendo la misma? ¿acaso para cambiar hay que aceptar nuestros instintos, lo que
somos? No, todo lo contrario, se responde.
¡Estás loca!, le dicen sus amigas, para quienes la noticia es imprevista porque no tenían
ningún antecedente de maltrato, disputa o desacuerdo, ¿no es como protegerlo de ti
misma?, insisten. Para ella, esta decisión es como quitarse un tumor metastásico, un
gesto de liberación de si misma, al igual que tomar ese taxi para salirse de casa, cuyo
conductor sólo pregunta por el destino y no indaga sobre las manchas de sangre o la
vestimenta desalineada, la herida está hecha. Ese transporte, piensa, quizá atropelle
algún animal incauto, pero no importa, es camino avanzado. Ahora razona como
cirujana o inmunóloga, no hay otra manera de curar mas que hiriendo.

10
En el fondo las queremos muertas
I
Ella está ahí, prefiere no hablar porque estoy presente, replegado, simulando recoger
algo y tratando de escuchar una conversación ajena. Tiene razón en guardar silencio,
no sé, si porque quise ir buscarla a su casa cuando ya habíamos terminado, no
entiendo. Ella está con su pareja, evita cualquier aproximación conmigo. Estamos en
una especie de lobby, cerca hay una fiesta a la que prefiero no entrar. Hay pasillos
oscuros más allá del lugar de donde se realiza la recepción, a la cual por fin decido
integrarme: demasiada gente hipócrita, ninguna conversación divertida. Salgo, tomo el
corredor, aunque como ella, a mí también me da miedo, intuyo la mirada de alguien
desde la negrura, hay situaciones incomodas a la vista.
En la estancia proyectan una película en la que pareciera que sólo yo me intereso, me
coloco los audífonos (así evito la conversación en la que no soy bienvenido). Ella
piensa que finjo, que sí los escucho. Se molesta. Me angustio. La proyección también
entretiene al portero del edificio, hay una larga secuencia donde un cañón con múltiples
salidas dispara proyectiles hacia un blanco que nunca se llega a ver. Una máquina
parecida a la del film está en el salón de juegos del edificio, el objetivo: reventar globos
con pequeñas pelotas de plástico. Ella es más certera, yo pierdo. Aumenta mi angustia.
En lugar de hablar de algo que tiene que ser aclarado, me muestra cómo es que ha
conseguido batirme: mi falla, no identificar los globos que nunca revientan. Nos
interrumpe la alarma de incendio, se murmura que un loco con audífonos entró al
edificio. Me doy cuenta que estoy soñando. Logro con mucho trabajo, despertar.
Me levanté y al recobrar la sobriedad de los sentidos, pensé: “Cuando la vida no
avanza, hay que seguir a una mujer atractiva hasta el cansancio o la derrota. Una mujer
que siempre escapará”.
Al día siguiente, me dirigí hacía mi antiguo hogar. Hace tiempo que caminar es un lujo,
no un deporte ni un momento para cavilar o hacer contemplaciones, así que no poseo
detalles del trayecto, nada en la memoria. Fue un impulso, un deseo que no llegó a
pensamiento el que me traslado a ese sitio, como si sólo hubiera presionado el
acelerador un instante y de momento me encontrará ahí, la calle donde viví en mi
infancia. Se viaja más rápido si el camino es de memoria.

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¿Qué hay para un hombre que emprende camino sin saber lo que busca? Bajé del
carro, comencé a caminar con firmeza y los recuerdos bien puestos, aunque todo lo de
afuera parecía tan ajeno. Busqué en los detalles algo que permitiera comprender lo que
me llevó hasta ahí. Observé árboles, zapatos en un cable, un baldío. Pensé: ley del
poste a los injustos, muertes inocentes, refugio para los sin techo. Vi de nuevo a un
niño extrañado por el mundo descubriendo texturas y apetitos. Extrañamente me sentía
cómodo, este era mi mundo, el que no me daba miedo.
Me pregunté si alguien conocido seguiría viviendo en esa calle, si ella lo hacía. ¿Era
esa la causa por la que fui hasta ahí? Es el deseo de la piel que nunca desaparece lo
que me hizo evocarla. Cuando las cortinas de la ventana de su casa se agitaron, surgió
un impulso, una confusión de exigencias insatisfechas. No había voces en mi cabeza
dándome instrucciones, sólo el mismo palpitar de antes.
– ¿Me recuerdas? – le diría cuando abriera la puerta– espero no molestar, ¿me
acompañas a dar un paseo? –, curiosearíamos por antiguas zonas, reviviendo viejos
tiempos.
– ¿Alguna vez te imaginaste como ahora? – le preguntaría cuando llegue el momento.
Abrió la puerta y me invitó a pasar. Hicimos exactamente lo que imaginé sólo que
sentados en la banca de su jardín. Ella me contó cómo había cambiado todo, le
sorprendió que estuviera rapado.
Mientras hablábamos sentía ganas de poseerla, todo palpitar se dirigía a ella.
Imaginaba cómo tenderla sobre aquel mueble, figuraba sus orgasmos, lo incontrolable
no eran mis pensamientos sino la sensación que recorría mi piel. Por fin, fornicamos.
Esa sonrisa, sus gemidos, si la hubiera hecho gozar así cuando joven, imposible,
siempre he sido algo brusco. Alcancé su sexo y encontré un fluido tibio, abundante, me
dio calma.
Al salir, froté contra el tapete los pies llenos de lodo, por la ventana de la cocina entraba
la luz de la recién aparecida luna llena, alcancé a ver mis manos sucias, casi negras.
Del regreso tampoco tengo detalles. Y desde esa vez he evitado volver a ningún otro
lugar, parece que las visitas familiares, por así decirlo, siempre terminan en desastre.

12
Hombres confinados
I
Él era un hijo que había aprendido de su familia orden y pulcritud, sin embargo, era
procrastinador, dejaba para luego lo que sentía como una exigencia, del mundo o las
personas que lo rodeaban.
Esa tarde recordaba el primer beso, en aquel momento lo experimentó como una
invasión u ofensa, quizá por el cuidado que se daba a sí mismo, no lo disfrutó sino
hasta años después, cuando otros labios en comparación hacían que ese primer
encuentro fuera deleitable. Tal vez el primer beso siempre es una transgresión, un
pedido no deseado, porque es una experiencia no comprendida, aceptada con el
tiempo.
Excepto por su vida amorosa, que se relata como historias de deuda: se entrega a
mujeres que no pueden corresponderle y se niega a estar con mujeres que dan todo
por él; se define como un perfecto contador: no tiene deudas. También es buen
observador: no toma partido en los problemas de otros, no hace suyos los asuntos
ajenos. Sus dificultades consisten en permanecer quieto. Nada debe ser lo
suficientemente atractivo para abandonar su voluntad de permanecer, de estar
sosegado.
Su verdadero ser se esconde, hasta para él mismo, en un tramado de pensamientos y
teorías de muerte. Siempre está ideando cómo puede morirse sin ser un recuerdo
doloroso, sin que su fallecimiento interrumpa otras vidas.
Un día decidió encerrarse en la habitación de un hotel. Logró, poco a poco, aislarse por
completo. Estar ahí adentro no evitaba que el mundo tuviera contacto con él, pero sí
alejarse de ella y el dolor que le provocaba su separación. Algunas veces recibía
información del exterior (la programación del televisor de la habitación contigua o una
pareja discutiendo a gritos), ésta se transformaba en pensamientos obsesivos que
interrumpían su aislamiento:
– Los ojos frontales son un desarrollo evolutivo en los depredadores.
Al principio, se proveía de lo suficiente para no salir durante un día completo: compraba
tres comidas, agua, fruta. Cada veinticuatro horas se repetía el ciclo.
– Sin luz, los animales no hubieran desarrollado ojos.

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Pasados ciertos días de aislamiento, comienza por sentirse cansado. Agregó una rutina
de ejercicio.
– Este cuadro sabe más de ti, que tú mismo. Te mira directamente.
El trabajo físico mantenía su mente en cierta claridad, pero debía cumplir su objetivo de
quedarse solo y no tener contacto con nadie. Evitó cualquier servicio al cuarto.
Consiguió que alguien le dejara la comida del día por fuera de la puerta y él mismo
sacudía el cuarto cada dos días.
– Se ha descubierto un nuevo planeta... la relación secreta del presidente con... abrió el
restaurante de comida...
Dejó de hacer ejercicio, la limpieza propia como la de la habitación, se postergó. El
cabello le empezó a crecer, extrañaba su cabeza rapada que le había servido para
atraer mujeres. Trataba de escapar del dolor experimentado allá, en el exterior. Decidió
dejar de escuchar conversaciones ajenas. Las obsesiones provenían ahora de la
lectura del único libro que poseía y que estaba desde antes que llegara, un manual
sobre bordado.
– La paciencia es indispensable para terminar las figuras grandes.
Pequeños vistazos por la ventana eran asumidos como traiciones a su propósito,
alimentaban su mente de imágenes. Para mantenerse dentro de los límites del cuarto, a
veces funcionaba decir, una y otra vez, una frase: los colores sufren, los colores
sufren... o repetir los tonos de la habitación: azul, café, amarillo, dorado...
– La mano se puede acostumbrar, pero es importante cuidar la postura.
Para ser fiel a su cometido, selló las ventanas. Estaba en plena oscuridad. Memorizó la
habitación y la distribución de los muebles, a veces los cambiaba de lugar y pretendía
tropezar, ¡qué juego tan infantil!, se decía, pero qué importaba, así mismo me pasaba
afuera. Ese día, prendió la lámpara de mesa y abrió su libro. Supo que era de sus
últimas lecturas, ya no podía pagar la habitación. Le quedaban aproximadamente trece
lunas.
– Sostener es tan importante como contar y bordar. Descubra su ritmo.
Abandonó el juego de trastabillar y el diálogo con el libro, no le dio más consejos. El
último fue: “regresa y vuelve a empezar”. Se enojó por ese comentario, pensó: ¿por qué
siempre me digo lo mismo?

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Lo expulsaron del edificio. Debía de haber salido por sí mismo, “todo en esta vida es de
paso, hasta el dolor, el aislamiento no es una solución”. Se daba cuenta que hubiera
preferido aguantar afuera hasta el final, a que la naturaleza hiciera lo suyo, esperando
no llegar a odiarse durante ese tiempo. Después de repetir ese pensamiento en voz
alta, se dio cuenta de algo importante, no era tan buen contador como pensaba, las
finanzas personales en realidad nunca quedan en cero, uno siempre sale debiéndose o
dándose de más. Levantó la cara, dispuesto para alejarse del edificio y ser recibido por
el mundo. Al final de la calle, vio una hermosa joven que sostenía un letrero que decía:
“Besos gratis”.

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Mujeres cautivadoras
I
Ella sube varias veces al día escaleras en su faena, lo ha adoptado como un ejercicio,
al final de cada una, se detiene un momento, hace flexiones para las pantorrillas y
continúa su trayecto. Se imagina cómo los hombres caen seducidos al mirar sus
piernas desnudas y fortalecidas. Después del trabajo no tiene tiempo de hacer deporte,
así que reclama esos segundos perdidos, como ella los llama, que se dispersan en las
horas laborales. Se podría decir que es amante de los segundos perdidos, los cuales
también sirven para entrenar su memoria.
Las personas destinan un tiempo para comer, dormir, trabajar, defecar, amar, tener
sexo, drogarse y leer, pero no hay un tiempo para recordar, quizá porque lo hacemos
todo el tiempo y sin intención, piensa. A ella le gusta ordenar todo lo que le parece
importante, tal vez como una forma de comprender. Entre los capítulos de un libro se
pregunta: ¿Qué hice ayer? Los espacios entre puntos seguidos y aparte, son para la
reflexión de la misma prosa (le gustan las novelas de personajes extranjeros). Después
de la sobremesa y antes de la siesta, recuerda algún amigo de la infancia. Entre la
distención placentera del orgasmo (cuando el pene sale de sus entrañas) y la siesta, el
cigarro o la merienda (según la circunstancia), roba unos segundos para recordar una
frase de alguien más (leída o escuchada). Si el coito no fue placentero, (no por
ausencia de orgasmos, porque dice ella, sabe siempre cómo conseguirlos), busca en su
memoria un viaje y evoca las sensaciones (procura viajar mucho).
Al prepararse para salir a una cita, descubre una mancha en una prenda que suponía
limpia. Le invade la angustia al no saber cuándo y cómo se manchó, sobre todo, el por
qué no ha lavado la imperfección de esa falda. Si la limpia, jamás recordará. Decide
dejarla en el mismo lugar en el closet, tal vez en otro momento, en un mejor tiempo
pueda usarla para lucir sus piernas torneadas, aunque le avergüence su piel de
naranja.

16
EL AMOR NACE COMO UN TRÍO

17
Devotos del amor
II
La conoció en un tugurio cuando le sugerí que no saliera con chicas de antro, presas
fáciles que resultan pura carnada de buitre. El día del encuentro, ella vistió pocos
adornos, un suéter ligero, su blusa y falda ajustaban en la cintura, eso hacía resaltar
sus caderas y sus hermosas piernas, sedosas y torneadas. Su indumentaria liviana, le
hizo pensar en una mujer sin prejuicios ni complicaciones, esto provocó una erección
que ella estimuló mientras bebían. Su conversación se dio como una entrevista fallida
de empleo, demasiado estructurada, con respuestas breves. Él es torpe las primeras
veces, pero le bastó que no le gustaran los gatos, a ella, la disposición de su mirada
durante la conversación.
Pensó en llevarla a casa y después a la cama, las palabras no salieron de su boca, por
alguna razón reservó sus deseos. Ella no veía para cuándo, entonces ingenió: la
próxima vez quiero que me hagas una vuelta de tuerca, le dijo tomándolo de las manos
y mirándolo a los ojos, una vuelta de tuerca, repitió otra vez mordiéndose los labios al
pronunciar la v. Anotó su teléfono con la condición de cumplir y se despidieron.
Él no esperaba esta clase de juegos, ni siquiera le quedaba claro si era una trampa o
algún código que debía interpretar, si de verdad ella quería un segundo encuentro.
Preguntó a sus amigos sobre alguna posición sexual con aquel nombre, no hubo
respuesta, ha de ser algo nuevo, le recomendamos ir a otro tugurio para averiguar.
Después de tener una erección, indagó con una de las prostitutas que se ofendió con la
pregunta y se fue. También decidió consultar a sus amigas, encontró caras de sorpresa
y desaprobación.
Sin tener la menor idea de lo que haría, nervioso y con sudor en sus palmas, le marcó
para concertar una segunda cita. Esta vez no dudaría en llevarla a la cama, nada podía
perder, se dijo camino al encuentro. ¿Será una posición de moda?, no soy de estar al
pendiente de las tendencias, son historia repetida, un futuro constreñido. Tenía muchas
ideas que no me parecían importantes: No hay sexo sin amor y sí amor sin sexo. Su
olor, me dijo mientras íbamos de camino, era floral, no sé bien la marca. Siguió
hablando en voz alta: las palabras como etiquetas, ¿esa chica es buena o mala? La
novedad está bien, como la falda; los actos bondadosos están muy solicitados, mejor

18
enorgullecerse de los viles. Recuerdo la primera vez que la vi, estaba fascinado con sus
piernas, culo, vientre y senos, su cuerpo como un rompecabezas, apariencias que
reinan el imperio de lo efímero, pensaba él en voz alta. Me dijo que sentía cómo una
avalancha de naderías seguía llenando su cabeza, signos ínfimos, les llamó: ropa
ajustada, brillos, tacones, labios rojos, risas a desparpajo, alcohol derramado en
cuerpos desnudos... Su obsesión lo traía imbécil, la cultura por las novedades lo tenía
abrumado, ya estábamos a punto de llegar al tugurio y él seguía pensando en
estupideces.
Entramos y fuimos bien recibidos, se escuchó la llamada para que alguien subiera a la
pista, era ella, aunque desconocimos su nombre, no importaba. Trabajar en este lugar
te dé la posibilidad de actuar, de preparar una vida y adueñártela por un tiempo. Ella es
una palabra incompleta, bella, una aspiración a lo estético, un reflejo de mi deseo, la
bella y sus bestias, continuaba diciéndome César cada vez más insistente, como si
quisiera ser el narrador principal de una historia.
Salió de nuevo al escenario, tenía otro atuendo, pantalón y blusa de licra negra,
cinturón con estoperoles y cabello suelto. Su cuerpo era perfecto, totalmente compacto,
se podía apreciar cómo esa desnudez aparente lo excitaba.
Acabada su segunda canción, entregó un boleto, estaba listo para preparar el terreno
antes de su gran movimiento. Con los sentidos aturdidos por la música y sus fantasías
a todo lo que daban, sintió que le tomaron la mano, se levantó y caminó. Estaban tan
excitado que seguro no logró apreciar cuando llegó el clímax, recuerda que abrió los
ojos, recibió un beso en la mejilla y se paró, el boleto había expirado.
Bajó uno, dos, tres escalones. La mirada de otros le hizo recobrar la compostura,
seguía embriagado de un olor fresco a crema de melón, ¿por qué frutal y no floral?, le
pregunté, poner atención es perderme de la belleza, dijo.
Deseaba el verdadero encuentro, pero esperó a que ella lo buscara. Lo tomaron de la
mano, no quiso verla al instante porque piensa que las formas de mirar sólo juegan con
la duplicidad. Tenía un nuevo traje desde el último baile, esto ya no es trabajo, hay que
irse, le dijo.
Se dirigieron a casa de mi amigo, en el camino ella interrumpió sus fantasías
preguntando si le haría una vuelta de tuerca, él asintió, no te preocupes, lo haré. Al

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llegar ambos tomaron alcohol para despejar la tensión del objetivo. En algún punto, ya
desnuda, repitió la propuesta. Él se quedó inmóvil, no lo sé, susurraba, y buscaba
refugiar la mirada en los rincones. ¿No te gusto?, lo interpelaron.
Quedó tendida, insatisfecha, tanta estupidez en la cabeza y al final, ni un poquito de
imaginación.

20
Lealtades
II
De nuevo una comezón en mi espalda, en ese lugar difícil para rascarme.
Voy a la iglesia, intento salvar mi alma, escucho la palabra de Dios. La picazón es
molesta, la homilía es un pésimo análisis literario. Permanezco en el asiento hasta la
bendición. Fui un mártir durante esa hora.
Entro al cuarto del hotel cuando no me ve nadie. Llega un hombre y una mujer. Recibo
un puñetazo de él, lanzo un golpe que no acierta, me saca de balance y termino como
haciendo una plegaria en el suelo.
Pienso: Matar es malo. Si no recordara esto podría hacer cualquier cosa. Entonces
sabría lo que se siente quitarle la vida a una persona.
– Confiésate– dice ella con voz dulce.
– No tengo pecados– contesto aún con la cabeza en el piso.
A él no lo conozco, a ella sí. He visto esas piernas desnudas antes, aunque jamás he
tocado esos hermosos muslos firmes, cuya piel morena fantaseo tersa al tacto.
Conozco a su esposo, ambos organizan veladas literarias: invitan a conocidos que
recitan escritos o pequeñas diatribas elocuentes, animados por un poco de alcohol.
Recuerdo la primera vez que la vi, esa noche no lleve nada preparado. Escuché atento.
Cuando me despedí, ella se cruzó de piernas y se despidió sin levantarse.
– Dime tus pecados, te sacaré al Diablo– repone ella, ahora en tono serio.
– No matarás– susurro para mí.
Él me levanta.
– Seguro has pecado de palabra, obra u omisión– me dice mientras miro sus labios –
seguro has pecado– me repite con una voz firme y suave.
En aquella ocasión, ella recitó:
No teman del que mata el cuerpo,
porque sólo conoce la piel;
su alma que no puede matar,
avanzará ahora sin ningún testigo.

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Despierto desnudo. Él está ausente, ella se peina con cuidado mientras veo sus
piernas, trato de recordar, sin lograrlo, si alcancé a acariciarlas. Con mi cuerpo
adolorido, no puedo sentir otra cosa.
– Vámonos, estás limpio– me dice con toda seguridad, le creo y sonrío.

22
Felonías
II
De camino a casa, ella conduce distraída, piensa que la gente enamorada realmente
está sola, abandonada en el laberíntico mundo de sus ideas, intentando torpemente se
comunicarse con su pareja, que el amor rara vez deja evidencias para comprenderlo, y
hacerlo es una ilusión. Él se siente incómodo, atrapado en un auto que no maneja,
además de manera imprudente, considera él. El enojo se acentúa. Él sospecha de una
infidelidad, ella tiene miedo que la descubran. La ira le indica que es casi un hecho,
¿por qué esa emoción tendría tal intensidad sino fuera así? Sin embargo, no puede
probarlo. Las emociones como evidencia de que algo se percibió pero que no se hizo
consciente.
Se enfilan hacia una vía rápida de la cual tiene que salir para no desviarse demasiado.
Los autos, aunque circulan muy cerca unos de otros, como intentando una caricia, se
ignoran, no usan las direccionales, miran sólo a quien tienen delante, prefieren
mantener una velocidad lenta. Toman la desviación. Al llegar a una glorieta, ella
comete, lo que después dirán, es el típico error al volante, acelerar sin fijarse si el carro
que se tiene al frente ha hecho lo mismo. Falta de coordinación, desatención, inercia
mecánica. El ruido del choque anticipa un fuerte daño a los vehículos, posible derrame
de algún fluido. Una conductora desciende del otro auto y ambos entran en estado de
angustia. Él y ella la reconocen enseguida, es tan íntima a ellos, que la sorpresa
imposibilita que sus cuerpos se muevan, toda reacción es interior: palpitaciones,
sequedad en la boca. Como los dos se encuentran en estado de éxtasis, la posibilidad
de que el otro note ese remolino interno, queda neutralizada. Mientras, ella examina la
situación, su corto y ligero vestido ondea al ritmo del aire, en ese instante, más que
preocuparse por las consecuencias, ambos observan sus largas piernas morenas, bien
torneadas y su pecho firme, a pesar de la ausencia de un sostén.
La mejor amiga de ella conoce bien la infidelidad hacia el esposo, le ha dicho: no se lo
digas, cambiará irremediablemente tu relación, además, sería compartir la culpa por
algo que te concierne sólo a ti. Hasta ahora, no comprende qué es lo que le concierne
sólo a ella. En cambio, él no ha compartido con nadie la historia de la aventura que

23
sostiene con esta mujer, varias veces ha querido contársela a su mejor amigo, pero se
ha detenido porque piensa que narrar su historia la rebajaría a abrazos y felicitaciones.
Lo que parece una inevitable catástrofe, queda atemperado por ella, la que se mantiene
en secreto con un carácter incorruptible. Así fue también desde niña, intermediaria,
mensajera, poseedora del saber de los llamados secretos a voces, capaz de confirmar
quién era quién y de describir la dinámica de los involucrados en cada situación.
Concluyó en algún punto de su infancia: la gente está sola, excepto cuando tiene
secretos. Esta idea pudo haber perfilado su vida, o si se quiere ver en retrospectiva, la
que le da sentido.
Sorteado el percance y casi en su destino, la pareja se mira, una sonrisa fugaz se
dibuja en la cara de cada uno. No hay nada más falso que los gestos que acompañan
las emociones, piensa ella.
Al estacionarse, ambos bajan a revisar los daños, sus bocas resecas intentan pasar
saliva con esfuerzo. Sorprendentemente no hay nada. El carro no tiene ni un rasguño.

24
En el fondo las queremos muertas
II
Dejó a sus padres antes de que ellos decidieran abandonarlo, impuso su voluntad al
mundo. Sin embargo, le gusta dormir, puede incluso preferirlo a mirar televisión o
trabajar horas extra de doble pago.
Conoce a una chica y su belleza le quita el sueño.
El mejor amigo de ella le parece agradable, tal vez porque sabe que es la manera más
sencilla de acercársele. Los tres viven en la misma privada, situada en las afueras de la
ciudad, a las faldas de un cerro.
El amigo tiene que llevar un encargo de comida a casa de ella, es temporada de
posadas y está próxima una reunión. Como no puede con la carga, le pide ayuda al
enamorado, él acepta para tener un gesto más a su favor y también para conocer su
casa, un enigma hasta ahora.
Llegan puntuales. Así funciona el amigo, siempre exacto a la hora que se le indica, ni
un minuto antes o después. Su compañero lo nota porque sin decir nada después de
haber estacionado el carro, espera, son 2:58 pm, cuando cambia de minuto abre
lentamente la puerta. Piensa: el trayecto del carro a la casa, sin prisa, es de un minuto.
Entran. La sorpresa fue una casa sin muebles, ¿qué significa? Los tres se habían
mudado a esa zona hace cinco años, en ese tiempo había perfeccionado el arte de
enamorarse de ella, pero sin atreverse a más. Mientras uno acomoda los trastes en el
refrigerador, el otro examina el jardín bien cuidado y con muchos detalles en su
decoración. Un percance en la cocina casi impide que se vayan justo a la hora, como
quería el amigo.
La velocidad es mejor que la suerte, piensa el enamorado al sentir el aire y la rapidez
del carro. Durante el trayecto, que más bien es un desvío a las afueras de la privada,
sigue pensando en la noticia de la muerte de un vecino que recibió por la mañana, lo
habían quemado, estuvo varios días en coma hasta su deceso. Era un muchacho con
discapacidad mental cuyo único pasatiempo era caminar, su compañero lo interrumpe,
le dice: Ella no sabe que te interesa, creo que no debes pretenderla. El comentario lo
toma por sorpresa.
– Pero me gusta demasiado, ¿qué más sabes?

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– Nada, pero la conozco, serán felices por un tiempo, pero pasado un año o dos
terminará contigo, conseguirá otro.
Se estacionan y bajan del auto.
– Aquí vive la mujer perfecta para ti, es amiga de tu actual amor, se parecen mucho,
pero ella no te dejará, le gustan los hombres como tú, soñadores. Mírala, es atractiva.
– No lo sé…– y sigue elaborando un discurso que viene de otro lugar, excusas.
Ciertamente le parece seductora, pero antes de poder presentarse, se retiran bajo la
premisa del tiempo, de nuevo es la hora. El tiempo estaba calculado, de cualquier
manera, el intercambio por el esfuerzo del enamorado había sido justo.
No importa a cuál de las dos elija, se decía en voz baja, si insisto podré contar una
buena historia de amor, sino, tendré una buena amistad y una pareja estable. Pero
corro el riesgo de que si paso la primera opción, la que dicta el corazón, ella se
convierta en un asunto pendiente, un pequeño recuerdo furtivo, que aseche las demás
relaciones. Se despiden agradeciendo la compañía del otro, cada uno tiene su
pensamiento en otro lado. Es la hora se dicen, y asienten con la cabeza, se alejan
complacidos por la simultaneidad del gesto.
Después de un día de reflexión, un hábito que inhabilita los músculos, el enamorado va
decidido a la casa de la hermosa chica que lo desvela por las noches. Mira por la
ventana y observa la sala amueblada, su corazón se agita y toca el timbre. Por un
momento piensa que ha errado de casa, no es así. Se perfila resuelto, sabe que hay
que emprender acciones, llamarlas equivocaciones si es necesario. Al abrirse la puerta,
no sabe qué hacer frente a esa mujer desconocida que le sonríe y lo mira con sus ojos
cafés.
– ¿No vive aquí…?
A dos de tres caídas sin límite de tiempo– interrumpe la voz del televisor, que hace que
ella desvíe un poco su atención al interior de la casa.
– ¿Te has equivocado de número?
– No –responde decidido– en realidad quería presentarme, darte la bienvenida, soy tu
nuevo vecino, práctico artes mixtas, por si te interesa– dice señalando el televisor y con
la intención de que no descubra su mentira.

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– En ese caso estaría bien poder ir a verte – sugiere sabiendo que aquella situación es
un equívoco.
Tienen una cita. Durante un tiempo, el recuerdo de la que se había ido sin aviso alguno,
hizo sombra a las emociones que sentía hacia su nueva vecina. Dudaba de sus
sentimientos hacia ella, en nada ayudaba su voluntad, esa que de la que tanto se
enorgullecía. Un día, se encontró con el amigo de su exvecina, andaba con prisa, se
acercaba la hora, pero se dio el tiempo para saludarlo. Él le explico que estaba saliendo
con la nueva vecina, que no había elegido sus primeras dos opciones, que todavía la
extrañaba. El amigo, se sintió feliz por él, no le dijo que ya sabía de su situación, que él
había intentado conquistar a la nueva vecina y que ella lo había rechazado. Se limitó a
expresarle que era una mujer hermosa, no perfecta para él, pero que eso no importaba,
con ella podría lograr y hacer cualquier cosa que el deseara. Se despidieron. Él sintió
tranquilidad, pensó, por fin una bella durmiente con la cual conciliar el sueño.

27
Hombres confinados
II
Un vecino se convierte en un inconveniente cuando invade tu espacio. Algún colindante
debe tener un negocio, pues muchos autos se estacionan en el frente de su chochera.
Él se esfuerza por poseer un territorio. Ninguna posibilidad de mudarse. ¿Cómo
deshacerse de esta molestia?
Soluciones:
– Iniciar una guerra constante de afrentas hasta que el otro ceda o se vaya.
– Dialogar y establecer un acuerdo: menos carros, más tolerancia.
– Ir a terapia: descubrir porqué la fijación de defender con rabia el espacio personal.
Encontrar estrategias para controlar las emociones, conseguir un nuevo estilo de vida y
dejar fuera al vecino y sus automóviles, aunque sea de forma imaginaria.
– Invocar la ley de las residencias privadas. Hacer justicia.
– Esperar.
– Encontrar una pasión que socave o colapse ésta: una mujer o un pasatiempo.
– Ganarse la lotería y convertirse en millonario: comprar carros suficientes para ocupar
el frente de la casa. O mudarse y preocuparse por descubrir nuevos lujos.
– Un enfrentamiento. El cuerpo puede soportar mucho dolor. O ninguno: mutilar el
cabello o uñas apenas produce una sensación.
Hay pequeñas cosas que no son toleradas: la irrupción del sueño o el insulto a un ser
querido. Este hombre, ahora ve interrumpido su descanso por música a altos decibeles.
¿Será que me lo merezco?, se pregunta. El estruendoso sonido también afecta a otras
casas ¿culpa compartida o daño colateral? Si afecta a varios no puede ser sino un acto
deliberado de maldad. Su cuerpo siente odio, ganas de arrasar y acallar todo. Camina y
toca la puerta de la casa de donde proviene aquel ruido. Intercambia palabras. El otro
hombre, borracho y triste (alcanzó a expresar algo como la traición de una mujer), es
golpeado, su dolor emocional fue disuelto por el alcohol y los puñetazos. Se hizo el
silencio. El hombre se retira, pero es alcanzado por dos compañeros del otro, el dolido.
Lo desmayan y siguen torturándolo. Ya no siente, esa última paliza es como una vistita
al peluquero, desmayarse es como dormir.

28
Dos hombres descansan en el suelo, no hay quien encarne las emociones que
provocaron tal situación. Los cuerpos caídos soportan nada, o todo. Las uñas y el
cabello crecen, pequeñas cosas que están olvidadas. Después de la contienda se
consigue lo cometido, tranquilidad.
Semanas después, encuentra al frente de su casa bolsas de basura. ¿No había esto
terminado? ¿Por qué le da tanta importancia? ¿cuánto tiempo más aguantará así?
Podría poner una barda, comprar un perro y atarlo en el frente de su casa. Dentro de
los límites no existe la comodidad, ni espacio para el deseo. Habría que caer en el
exceso, o más bien, traicionarse a sí mismo: Compartir la casa (hacer reuniones,
fiestas, tal vez después, una familia).
Se dirige a la casa de su siniestra, intentará arreglar de una vez por todas los
atropellos. No reconoce que pertenece a su vecina, aquella que espía durante sus
caminatas matutinas para admirar su belleza. Presiona el timbre. Detrás de una
ventana, ella lo reconoce, es el vecino enamoradizo que se voló la barda, piensa si
debe abrir, si la violencia de la que es capaz le atrae o le asusta, ¿será su forma de
desnudarse? Esto ya parece como intimar.

29
Mujeres cautivadoras
II
De joven tuve la fortuna de que dos ventanas coincidieran en línea recta. Una mujer
posaba inadvertida su desnudez ante un espectador contemplativo.
Es extraño cómo se espera detrás de una ventana algún contacto y al salir por la
puerta, se evita cualquier tipo de protocolo social con los vecinos. En esas troneras,
exploré la naturaleza de las personas que enmascaran su comportamiento en la calle.
Busqué la complicidad de otra mirada fuera del convencionalismo.
Cuando la vi por primera vez, supe que le rendiría culto. Llené los faltantes de su
historia con detalles de otras mujeres a las que había conocido. Éramos ella y yo,
suspendidos por encima del nivel del suelo donde los demás caminan, nuestras
miradas tocaban otras realidades.
La observé leer, alimentarse con panecillos y leche, pensar viendo al vacío. Para mí, su
vida era un montaje: pequeñas escenas vistas a través de los huecos de la casa que yo
disponía en cualquier orden. Un día las ventanas se cubrieron con cortinas,
desgraciado invento, eran un telón anunciando el término de la tragedia. No hubo, se
podría decir, nuevas presentaciones de la obra, ni aplausos catárticos para agradecer a
la actriz. Quizá tanta adoración la hizo enojar.
La evité un tiempo, prolongué el encuentro de esas líneas imaginarias que unen a X y a
Y en un punto, nos imaginé así: Y se mueve siempre verticalmente y traza una línea
horizontal, X se mueve horizontalmente, y su trazo es vertical. Por fin, X, en un intento
de encontrarla con esperadas consecuencias excitantes, espera a Y sobre su eje, en
cero, y Y desciende a nivel de X, en cero.
– Buenos días vecino– me dijo ella un día que coincidimos en la calle.
– Buenos días.
Ese encuentro, a nivel de suelo, marco el final de las intersecciones.

30
LAS MUJERES SE MULTIPLICAN
EN LA MEMORIA Y CERCA DE LA VERDAD

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Devotos del amor
III
A la más joven la vi por primera vez cuando daba clases, una alumna muy avanzada
por así decirlo, me recordaba lo satisfactorio que es ir contra corriente. Le divierte
cualquier experiencia y de la misma manera es capaz de criticarla. Es bella, aunque
sospecho que es su juventud la que le da el brillo a sus ojos y acentúan esa cualidad.
Ambas son rubias, no sé por qué ese gusto adquirido en mi adolescencia sigue en mis
inclinaciones. La otra mujer, la de mi edad, desafía mi intelecto. Más bien nunca estoy
de acuerdo con ella, discutimos por todo y siempre me sorprende con algún comentario,
algo en lo que no he reparado. También es hermosa, elegante en su vestido, precisa en
su caminar. Me siento afortunado de poder disfrutar de las dos a pesar de mi edad.
Tengo la esperanza de que, si las presentará, aceptarían compartirme. Esta idea, más
apropiada para un puberto, se aferra a mi como excusa de juventud. Lo más probable
sería que la más joven, atacara a la que consideraría su rival, mientras que mi
contemporánea guardaría la calma en virtud de la madurez acumulada, le diría que ella
fue igual de impetuosa, jugaría la estrategia de ser su Yo del futuro. Las cosas
resultarían mal sólo para mí, porque no tendría la voluntad de decidirme, ya que las
aprecio como a una. Me quedaría solo. Pero la única manera de que esto pasara es si
decidiese confesarme, lo cual no tengo deseo de hacer. Algo probable es que intuyan,
por algún desliz en mi conversación o mis gestos, que haya alguien más. Aunque dudo
que eso suceda, nada han notado en año y medio que llevamos juntos los tres.
Las conocí después de jubilarme como profesor. Casi nunca explico que le verdadero
motivo de mi retiro fue que descubrieron que tenía relaciones con una estudiante, quién
me recordaba mi primera pareja sexual, ambas tenían el mismo lunar detrás de la oreja,
¿qué posibilidad hay de que esto suceda? Como asumí toda la responsabilidad,
pidieron que me fuera y acepté de buena manera. Seis meses antes había perdido a mi
esposa de un infarto al corazón, por lo que fueron benévolos en el aspecto económico,
pudieron dejarme sin nada. Esto no es justificación para lo que hice, sólo el telón de
fondo. En realidad, no llegamos a conocernos bien, por eso creo que sólo fui su trofeo,
para mi, ella fue un recuerdo vivo.

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Al mes de mi retiro, comencé la relación con estas dos mujeres, una semana de
diferencia entre ellas. Primero con la joven, que tiene un lunar en el glúteo derecho,
justo en la comisura superior del culo. La mayor posee una voz sensual, cavernosa, y
una mancha de sol en la entrepierna que porta orgullosa. Ella insiste que es un tatuaje
con forma de nota musical, y me cuenta como una broma de su sobrina, una chica muy
talentosa, terminó como un grabado en su muslo.
Por curiosidad por saber con cual de las dos debía elegir si tuviera que hacerlo, utilicé
la web sobre la que estoy escribiendo para una revista, cuyo algoritmo analiza datos
personales y arroja una predicción del 90% de efectividad sobre la compatibilidad de
una pareja. La he probado con ambas, 50% compatible con mi contemporánea, 50%
con la más joven. ¿Qué significan estos resultados? Al final, la página da un consejo
matemático para encontrar a tu pareja ideal: rechazar a un total de personas, que sea
igual al resultado de la raíz cuadrada del número total de pretendientes. Como
promedio general, no permanezcas con el 37% de tus primeras parejas. Esta
recomendación es un calculo de riesgos: ni demasiado pronto, ni demasiado tarde.
Funciona mejor si tienes muchas parejas, no como mi caso, que he tenido sólo cinco.
Además, otro problema es que la mejor pareja, este dentro de ese primer porcentaje. A
veces basta un pequeño detalle, un lunar en el lugar correcto, para querer estar con esa
persona.
Últimamente mi chica rebelde ha estado un poco distante. He cedido a sus caprichos y
aun así nada. Voy a verme con ella, algo tiene que contarme. Sospecho. Pero llegado
el encuentro ella no espera, esto se acabó, dice y se va. Me mandará una carta
explicando todo, ¿por qué no un mail?
No he sabido nada de las dos. Pasados un par de meses me resigno a no encontrar
una explicación a lo sucedido.
Por fin llega la carta, pero ya he superado el asunto, también me he sobrepuesto a la
vejez de mi cuerpo. La carta dice: "Perdón, eres un buen hombre. Tengo esposo y
debido a mis retrasos estaba a punto de descubrirlo todo. Por cierto, la chica
“sobresaliente”, mi sobrina, te envía un mensaje: ‘creo que no soy compatible con el
carácter lunar, además los lunares desaparecen con la edad, ya no tengo el mío’. Tu
relación nos hizo bien. Yo siempre disfrute estar contigo, te agradezco el tiempo juntos."

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¡No lo podía creer, mis fantasías sexuales se habían puesto en mi contra, además
había sido burlado! De nuevo me desmoronaba, sentía como mi virilidad se esfumaba,
todo este asunto debía ser un chiste. Porqué no pensarlo así, me decían mis amigos,
eso podría ayudarte. Y entonces en lugar de repetir una y otra vez la historia como
tragedia, les contaba una graciosa:
Primera versión de un chiste
¿Cómo le hace un hombre para terminar con una mujer?
a) Le miente acerca de lo inservible de su pene
b) Le dice que morirá pronto
c) Le cuenta que un test de compatiblidad confirma que no deben estar jutnos
Respuesta: Ninguna de las anteriores, ella lo termina primero.
Segunda versión del chiste
– ¿Cómo le hace un hombre para ligarse a muchas mujeres?
Las fantasea. Va a un bar. Ahí espera, espera, espera, espera…
– Ahora, ¿cómo le hace este hombre para enamorase de una mujer?
Coge con tantas mujeres puede, hasta que una se lo chinga. A partir de ahí, todo es
amor.
– Y para terminar, ¿cómo le hace una mujer para chingarse y no ser chingada por
este hombre?
Nada, se chinga solo.
Ninguno de estos malos chistes podía ser peor que mi final. A veces las bromas no
toman forma, sino que te manchan sin más.

34
Lealtades
III
Cuatro hombres. El primero, es incapaz de mentir (a sí mismo y a los demás). El
segundo, cree en la vida sin complicaciones, disfruta de los detalles simples, no se
cuestiona nada. El tercero, experto contador de historias de amor, describe intensos
amoríos que siempre terminan en el mismo punto: ellas lo abandonan, o si se prefiere
ver de otro modo, él se detiene y ellas se van. Cada mujer es una historia, todas
verídicas. El cuarto, centrado en su pensamiento, censura sus actos (los viles, pero
también los tiernos), un espectador. Un guardián.
El segundo guarda muchos secretos, en especial los que tienen que ver con
sentimientos hacia otras mujeres que no son su pareja. Piensa que los secretos nos
hacen humanos, que son un escondrijo. Si estos hombres pudieran tener una
conversación, los otros le debatirían: las verdades también resguardan, de la influencia
de lo oculto, de juicios atemporales, diría el primero; claro, complementaría el cuarto, al
hombre lo confronta el lenguaje y la sexualidad. Las personas necesitan contar, tramar
y complicar su vida, contestaría el segundo. Pero hay que poner límites, le dirían al
segundo, un “hasta aquí” para encontrar algo más allá, mientras, él pensaría en lo inútil
de los caminos trazados, no necesariamente, concluiría, ahí están los derrotados por el
día a día.
Al primero le es imposible guardar en secreto sus placeres, también al tercero, pero a
diferencia de este último, el primero los evita. El segundo y el cuarto, disfrutan de
gustos en lo privado, intimidades no contadas, de cierta manera se han discapacitado
para compartirlas. El segundo ha cultivado pocas y ahí su limitante, el cuarto ha
profundizado en lo particular y poco encuentra en común con otros. La masturbación no
debería desaparecer por tener una pareja, diría el cuarto, casi todos se hacen
chaquetas mentales, contestaría el tercero.
Todos encuentran su salvación, su más allá, en una mujer libertina, sin ataduras, que
los seduce y no permite el cortejo, ella los posee. Una degustación de su piel, de su
experiencia, les da señales de otro tipo de vida diferente a la suya. La liberación de
quien se somete.

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Esta mujer que es en realidad cuatro, se desnuda orgullosa. Para el primero y tercero
es fácil tomarla, no así para el segundo y cuarto, quienes la buscan avergonzados.
Los cuatro han sido derrotados por una mujer en su pasado, comentarán, algunos por
varias, su actual gallardía es producto de esos eventos. Para los hombres el fracaso es
un paso necesario para la conquista de si mismo. Lo que les cautiva de nosotras, es la
oportunidad de combatir ese recuerdo, imagino que en sus mentes se trata de disolver
esta imagen que nunca existió en realidad: un hombre desnudo y erecto, una mujer le
da la espalda y no voltea hacia atrás.
Cansadas de ellos después, seguirán la lógica de las dosis pequeñas, los someterá a
periodos de mesura. Al primero lo invitará más seguido para emborracharlo y ver como
el vino lo derrota. No todas las mujeres son unas damas, dirá después, hay que saber
tratarlas mal, no como un asunto de venganza, sino como un hecho irremediable al que
no hay que temer. El tercero ya no contará historias, tendrá sus secretos, dirá: nos
enamoramos de esas miradas que prometen, pero habría que escoger a esa mujer
cuyas verdades no pesan, sino que son tan divertidas como sus historias. Para el
segundo y el cuarto, la imagen de una mujer bastaba, en su mente la experiencia
sensual se multiplicaba mil veces, ahora que saben desnudarse por sí mismos, eligen a
aquellas mujeres que, a pesar de estar desnudas, se comporta como si no lo
estuvieran.
Jamás supieron que éramos más jóvenes de lo que imaginaban, mucho más. Ni
siquiera después lo deducirán, no juzgarán nuestras impertinencias de taimadas o
diletantes. Nuestro triunfo es no ser recordadas como un fantasma, sino como una
sensación o una intuición.

36
Felonías
III
Él cree, desde hace tiempo, que su pareja lo abandonará. Lo sospecha porque la
frecuencia del sexo ha disminuido, lo incita a salir con sus amigos y ya no disfrutan las
mismas actividades que antes compartían. La ausencia como signo de separación.
Camina a la oficina, el trayecto conocido se convierte en tribulación. Busca miradas
cómplices, seductoras, pero encuentra: ceños fruncidos, muecas de labios rojos,
miradas que se desplazan de abajo hacia arriba, mensajes codificados. Unos lentes
oscuros le reflejan vacío, esa imagen en su memoria, extenderá la sensación de
malestar hasta por minutos. ¿Se necesita siempre un enemigo o una amenaza para
estar alerta?
Al llegar a su trabajo, es llamado por su jefe. Los pensamientos punitivos continúan,
éstos se alimentan de cada detalle, la atención que no recibe de sus compañeros
también aumenta su displacer. Toma la decisión de terminar con su pareja. Al salir de la
jornada de trabajo, no puede disfrutar de su éxito ni de las miradas que mujeres
hermosas le dan desde los restaurantes, esos apostaderos de camino a casa. La
pasión se dirige a los detalles, a veces los pone en nuestra contra.
Puede que sólo este embarazada, pero quizá alguien más sea el padre, ¿qué es lo que
oculta detrás de su comportamiento? La conversación en casa nada le revela. Su
relación termina. Después de eso, su estado anímico no le permitió cumplir con los
deberes en su trabajo. La lucha con su jefe fue voraz hasta su despido.
La duda de no saber si él había arruinado la relación, de no conocer lo que ella sentía,
lo consumió. Rogaba por una carta que develara la verdad, le escribía solicitando le
respondiera como último acto de buena voluntad. El olvido no era una opción. Ella
nunca escribió.
Después de algunos años logró recuperar la calma. En el umbral de la puerta, su
esposa lo había mirado por última vez, pero ahora recordaba que, al salir de su casa y
de su vida, había ese otro gesto, una sonrisa socarrona, en ese detalle, encontró su
breve carta.

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En el fondo las queremos muertas
III
En consulta repartía muchas opiniones, esperando que alguna les diera consuelo, pero
no tenía éxito. Padecía a mi manera, lo mismo que mis pacientes, una especie de
bulimia ideológica, una época de náusea. Todos necesitan resguardarse del mundo, los
secretos son una opción, pensé. Pero entre más concluía, los argumentos quedaban
menospreciados por el recuerdo. Ansiaba los razonamientos de juventud, que poseían
una especie de pureza, sin influencia de memorias emotivas o incidentes significativos.
Durante las consultas era cada vez más mi cansancio, la expresión de mis pacientes no
mejoraba, reflejaba un gran peso. Su vida, sus pensamientos, dejaban una huella
honda en la forma de sus cuerpos. Viéndolas, tomé la decisión de no hablar. Cerrar la
boca para resguardarme de mis propias reflexiones, no exponerlas más a mis juicios,
que asumí como empatía. Desarrollé la habilidad de dar consulta sin hablar: ellas
llegaban, revisaba sus síntomas, escribía las respuestas a sus preguntas y después
redactaba el tratamiento a seguir. Encontré en el silencio un escape parcial, las
escuché decir:
– El único aliento que tomo es para devolver la comida.
– Ha desaparecido el hambre, pero no las ganas de morir.
Me angustiaba oír eso, quería quitarles la vida que no tenían. Pensaba en lo que les
diría normalmente. Terminé ayudando sólo a una, o eso me pareció.
En la última consulta de aquel día, como lo había venido haciendo, pasé la hoja con
preguntas acerca de sus síntomas. No respondió. Señaló su corazón, me levanté y
saqué el estetoscopio con la intención de revisarla. La intensidad de sus latidos
disminuía. La abracé, se recostó en mi pecho, me miró, esbozó una última sonrisa.
Sentí consuelo.
Algunos perros mueren cuando su amo lo hace, los gatos buscan un rincón para morir.
¿Quién se parece más al hombre? Los gatos devuelven el pelo que tragan al limpiarse,
lo hacen bolas; los perros tragan sus regurgitaciones, son demasiado aprehensivos,
comentó un colega mientras discutíamos su muerte. Aunque si se trata de territorio, a
los lobos les es imposible dejar un espacio que han marcado como suyo, concluyó. ¿Su

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logro es su maldición?, me preguntaba. La nostalgia es un refugio, un asunto de
territorio, caí en cuenta, y el silencio, un intersticio.
Después de aquel evento, ya no oculto mi secreto, puedo mirarme al espejo sin culpa,
conversar con mis pacientes, contar con todas ellas.

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Hombres confinados
III
Si pudiera corromper su memoria, para aligerar lo que le queda de vida, lo haría, pero
no sabe bien cómo hacerlo, le ayudan algunos conceptos de psicología que asimiló
durante las discusiones que tenía con su esposa, y que traduce como un compromiso
diario para construir el pasado.
Su trabajo, como profesor de literatura comparada, le ha servido para no convertirse en
un pesimista después de la muerte de su esposa. Odia a la gente que se destruye con
pensamientos que terminan por desconectarlos de la realidad, pero al mismo tiempo le
fascina el peso de las ideas.
Como siempre, desde hace cinco años, sale a dar un paseo por la tarde –costumbre
adoptada después de su perdida–, en el camino, afuera del consultorio de su conyugue,
encuentra un graffiti: “El lenguaje es inconsciente, el inconsciente se estructura en la
lengua”. Es la primera vez en todo ese tiempo que decide visitar aquel lugar donde ella
guardaba todas sus ideas. Ordenar esa información había sido una intensa tarea, una
de las categorías pertenecía a los escritores del olvido –como ella sugirió llamarlos para
la última publicación de su esposo, un estudio de la obra de un conjunto de autores en
donde sostenía la premisa que la obra escrita y la vida se convertían en un mismo
proyecto, literatura de olvido. Con la muerte de su esposa, tenía el derecho de acceder
a toda su información, pero de nuevo, decide no entrar en el cuarto y sigue con su
caminata.
Frente a la biblioteca, un escalofrío estremece su espalda, sus pasos se entorpecen,
sus pensamientos sufren de una especie de ceguera, por un momento todo se vuelve
piel, esa sensación se prolonga hasta hacerlo tambalear, se apresura para sentarse en
una banca del parque cercano. Con la mirada en un futuro incierto, aturdido todavía de
sus sentidos, alcanza a distinguir un pequeño trozo de papel que se asoma entre unas
hojas marchitas: una carta tal vez, donde aparecería el mensaje idílico de un
adolescente abrazando al mundo, leer esas palabras le traería un poco de esperanza; o
algún teléfono escrito con un nombre, un desencuentro, pensaría que no existe el
destino, que se recurre a él cuando se intensifica la sensación de estar perdido. Al
fijarse un poco más, aquella textura parece asemejar un papel fotográfico: encontrará

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acaso la foto de una pareja y le provocará desgarrarse el alma para terminará
aliviándose con la frescura de las lágrimas en su mejilla; o será una foto familiar y se
torturará con universos de posibilidades genéticas, ensayando una y otra vez las
diferentes maneras de cargar a un niño. Aún no se recupera, esa experiencia es un
delirio, le diría su esposa. Le dan unas ganas incontrolables de mirarse en un espejo,
acercar su mano a la cara y reconocer la caricia. Se siente desdibujado –mis
antecesores han analizado tanto la historia, mi historia, que asumo lo que dicen y sólo
me miro con desgracia– piensa al incorporarse un poco. Por un momento, la curiosidad
se intensifica, esa hoja teñida de amarillo le provoca levantarla, pero se detiene para no
caer en otro saber como el del graffiti, ideas regurgitadas con ánimo pragmático.
Recapacita en si su hábito de caminar, no habrá incluido ya el trabajo de recordar a su
esposa, algo que había evitado para aligerar el peso de su memoria.
A lo lejos, mira en el parque al profesor tumbado en una banca, como derrotado,
piensa: Lo que sí creo, fue que un día empezó formando una coraza para no ser herida,
ya no pude lastimarla, pero mis caricias pasaron de largo en su piel. Se encuentra
todavía durante su jornada de trabajo en la famosa biblioteca Tavares-Cutsie, fundada
en el año 2023 y de la cual es director. En su labor mecánica, la imaginación lo
mantiene a salvo de no hacer de su vida otro trabajo. Al terminar el día, se dirige solo a
casa, su mujer solía esperarlo en una de las salas de lectura, en general leía algún libro
elegido al azar e imaginaba los gestos de otras personas al leer algunas frases,
después caminaban juntos. Se detiene en la puerta de salida y suspira, observa al
profesor que sigue sentado, pero sin darle importancia se va a casa, donde se prepara
una pasta, esta la come en silencio frente al televisor. Al acabar, como siempre, se
dirige a su escritorio a escribir, ahora decide hacerlo acerca del bicentenario de la
biblioteca. Elige empezar por la obra de estos personajes y lo que llaman literatura de
olvido, –¿porqué llamaría el profesor a la obra de Tavares y Cutsie literatura de
olvido?–, pensó alguna vez su esposa en voz alta, –no sé por qué alguien pregunta
cosas de las que no quiere saber–, dijo al escucharla. En esa ocasión estaban cenando
en casa, ella preparó risotto con almejas, una merienda poco común para ellos, la
comida pretendía ser una ofrenda de paz por la pelea de esa tarde, la cual revisaría esa
noche en sus memorias para aclararse el asunto. Al contrario de él, ella visitaba muy a

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menudo aquel cuarto donde la memoria está siempre viva. Para entrar se digita en un
pequeño recuadro de vidrio, que mediante un pinchazo hace una corroboración de ADN
y carga el sistema personalizado. Esa vez, al terminar la cena, nada de lo que había
imaginado se volvió un recuerdo.
–¿Crees que algo ha cambiado con nosotros?– tras una pausa continuó – hemos
dejado de conversar, siento que sólo escucho llamadas de auxilio y me he cansado de
acudir a ellas.
– No lo sé– murmuró –no es lo que yo siento.
– Eso fue lo que pasó, no pudimos sentir lo mismo.
– Eso es imposible– replicó ella sin ánimos de continuar con la discusión, –estar juntos
significa otra cosa–, se fue sin decir otra palabra y azotando la puerta de la entrada.
Esa fue la última vez que estuvieron juntos.
Continúa en el escritorio en espera de encontrar alguna idea para seguir escribiendo,
pero su mente está absorta en otro lado. Este es un escrito que no concluirá, así como
lo hacen los grandes escritores que admira. Ante el bloqueo evidente, decide entrar en
aquel cuarto, coloca su dedo para cargar el sistema. Con la puerta cerrada, las
imágenes de su pasado iluminan la habitación. Para organizar aquella proyección, se
sienta en un sillón de cuero. Con los ojos bien abiertos, ve recorrer su pasado, se
detiene primero en la escena del parque donde se encuentra el profesor. Lo ve triste,
con una postura derrotada. Gira la imagen, la acerca. Sus ojos están a punto de llorar,
ve un papel amarillo en su bolsillo, una foto. Un hombre abatido. Continúa atrasando las
imágenes hasta que aparece la noche de su última pelea, la mira suspendida en el
tiempo, sus rasgos no pueden sino causarle latidos profundos. Piensa que la memoria
es algo que no se debe conservar, cree en el trabajo de escribir todos los días para no
caer presa de la propia lógica, el destino y las profecías. Pero, qué son éstos últimos
sino memoria activa. Por eso se ha mantenido trabajando tanto tiempo en esa
biblioteca, por eso no visita esta habitación. Ahora, frente a estos recuerdos que guarda
el sistema, las memorias íntegras de sus vivencias, ya no siente compasión por el
profesor, pero se da cuenta que su imagen en la banca no es clara, ¿un error del
sistema? No puede ser. Entonces, ¿qué significa el profesor en sus memorias?

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Emprende una revisión exhaustiva, pero la bastedad de información le impide hallar
ninguna verdad, es derrotado, las memorias están más vivas que él.

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Mujeres cautivadoras
III
Ella se dispone a viajar. Su maleta y pensamientos están proyectados en otro lugar. El
vuelo con destino a X sale en quince minutos. Deja a su pareja, jefes de trabajo y
algunos clientes. Se lleva ideas para nuevos proyectos.
Toma el avión.
Conoce la geografía a la cuidad que llegará. Conforme avanzan las horas y se acorta la
distancia a su destino, ella se siente liberada. Dependiendo de donde se encuentre, las
cosas a su alrededor ejercen una fuerza gravitacional. Estando en X, ella se siente
ligera: no hay materia cercana que actúe con fuerza atrayente, al contrario.
Llega al hotel. Se baña y se dirige a la junta de negocios: trato exitoso, clientes como
meteoritos, rondando y estrellándose. Pendientes resueltos.
La ciudad y ella. El movimiento la hace casi imperceptible: la miran como un astro
fugaz. Su brillo se pierde en la masificación. Cuerpos alrededor de ella amenazan con
estrellarse. Acepta bebidas que intentan alterar su estructura, lo conseguirán en
medida, colisión inminente. Como todo cuerpo celeste, su identidad depende de la
referencia a otro, un centro de gravedad.
Ella compara su belleza y elegancia con la imagen de mujeres de todo el mundo a las
que ha conocido. En lugar de usar la lógica de las diferencias, usa las
comparaciones. Si los hombres de su alrededor pusieran en un lado de la balanza a las
mujeres con las que se han acostado y en el otro a ella (posible victima coital), ésta se
inclinaría, en la mayoría de los casos, a su favor. La fantasía es más pesada que los
hechos.
Ellos saben que hay mujeres más bellas, las han visto en televisión (nunca las han
conocido), procuran tenerlas en su mente para disminuir el efecto de atracción que ella
u otras mujeres puedan ejercer, pero las imágenes se desvanecen rápido.
Por fin, la colisión. Los cuerpos tiemblan, se estremecen por la sacudida, desaceleran
su rotación. Ella percibe por primera vez una desaceleración de su mundo interno. Él
querrá volverla a ver, no lo hará, su propio centro de gravedad lo aleja.

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Regresa a casa (a su eje), también lo hace la sensación de pesadez. ¿Viste la lluvia de
estrellas el fin de semana?, le pregunta su esposo, estuvo increíble. Observé algunas,
le dice sonriendo seductoramente, pero nada como mi astro favorito.

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UNA VEZ EMBRIAGADO DE AMOR,
ADICTO PARA SIEMPRE

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Devotos del amor
IV
Aquel día tomaba una copa de whisky, estaba absorto, el pensamiento parece una
virtud junto a la devoción de beber. Al otro lado del bar, dos tipos de facha erudita
tenían una discusión:
– Yo no fui, no te haría eso–, gritó uno.
– Eres el único que pudo hacerlo– dijo el otro más sociable, aunque abrumado.
La silla a mi lado, se había deslizado sin darme cuenta que una mujer estaba sentada
desde hace un rato. La consideré seductora, de esas que visten su cuerpo como un
guante a la medida, su piel blanca y ojos oscuros daban a su mirada la sensación de
poder percibirlo todo, de desentrañar cualquier secreto. ¿No es este el sueño de
cualquier bebedor solitario?
– Esos hombres de allá– señaló con desdén a los que miraba hace un rato –están
discutiendo sobre mí– me dijo al oído.
– ¿Entonces podrá aclararme el asunto que me tiene infiriendo vagas conclusiones?
– ¿Qué has logrado inferir? – me preguntó coqueteando, dueña de la situación.
– Que se ha acercado a mí para hacer un escenario más complejo.
– Explíquese– me dice frunciendo levemente el ceño.
– Digamos que la discusión es sobre usted. Alguno de los dos es su pareja, o por lo
menos estableció un compromiso evidente. Ese hombre tendrá que decidir entre creer
lo que usted diga o en su amigo, llamémoslo así. Si decide por su amigo, al buscarla y
verla conmigo confirmaría la traición, sin embargo, usted pondrá de hecho que el temor
de él no es fundado, ya que conmigo tiene una perfecta conversación casual, lo cual
ratificaré. De igual forma, si cree primero en usted, cualquier contraataque de su amigo
quedará desacreditado bajo la misma premisa. Lo que su pareja –permítame decirle
así– busca, es saber cómo ha sido engañado.
– ¿Qué pasa, entonces, si no soy la mujer de la que hablan?
Al hacer la pregunta vi ese brillo en sus ojos, tal vez el mismo que ve un amante en su
primer encuentro o el de un hombre que está a punto de dejar a su compañera al
saberse poseedor de una terrible verdad. Sugerí entonces, que me había mentido, ella
esquivó la respuesta acariciando mi pierna. Decidí que no me importaba si una mujer

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así, estaba jugando conmigo. La tomé del brazo y salimos del bar. Al atravesar la
puerta, los dos hombres nos escupieron una mirada, sentí culpa, ¿acaso sabían de mi
recaída al alcohol, de verdad era su amante? Como fuera, su mirada no podía decirme
otra cosa mas que “¡Pobre imbécil!”.

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Lealtades
IV
Lo único que está prohibido en mi familia es el alcoholismo. Se puede beber una copa
de vino al día, por ejemplo, porque mejora la digestión, pero nada de excesos. Todo lo
demás, no lo evitamos ni lo negamos, no hay cosas que nos hagan mal o sucesos que
desplieguen nuestro odio. De pequeños nos decían que el enojo es una forma tímida de
reaccionar. En la familia no se mide, se compensa, o creo que más bien es como en los
grandes actos de magia, el final está ahí desde el principio, antes que todo empiece, el
truco radica en convencer a la audiencia de que se realizó una adivinación o aparición,
cuando lo que sucedió realmente fue que poco a poco, el final se convirtió en nuestra
elección.
No entendía por qué la aversión de la familia al alcohol, ¿acaso era importante? ¿por
qué nadie se molestaba en hablar más al respecto? Quise descifrar lo que consideré un
enigma familiar. Caí en excesos. Al principio fue interesante detectar la transición de
sobrio a ebrio, que empezaba como una leve alteración de conciencia hasta llegar a un
aturdimiento total de los sentidos. Esas veces intentaba hacer consciente cada
movimiento mientras aumentaba el grado de alcohol, siempre terminaba poniendo todo
mi esfuerzo en no vomitar. Es fácil distraer la conciencia. Las decisiones, como besar a
una chica o golpear a un imbécil, me parecían igual de difíciles con alcohol o sin él. Sin
embargo, sí sentía una mayor intensidad de las emociones, éstas incitan a la acción,
golpear y besar se volvían urgencia. Era como querer atravesar un río de un salto, en
lugar de usar el puente. El mismo destino con variaciones del trayecto.
El cuerpo se fue acostumbrando a la bebida y la cantidad necesaria era mayor.
Entonces llegó la pérdida de memoria. Esos momentos eran a la vez atractivos y
angustiantes, duraban más de lo que yo calculaba, siempre era alguien más quien tenía
que narrarme la noche anterior. En esas platicas me encontraba a mí mismo
confesando intimidades de cualquier tipo, principalmente sexuales. Las estupideces que
hacía parece que siempre eran idea de alguien más y tenían por objeto complacerlo o
agradar a alguien. ¿Acaso este es el impulso más básico que despierta el alcohol?
Como sea, cada detalle que revelaba y que no sabía que deseaba tanto confesar, lo
adoptaba ahora firmemente como parte de mi personalidad. Era como mirar en un

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espejo donde descubría nuevas cualidades: era el hocicón, el intrépido, el obstinado o
el perseverante, según quién lo contara.
Pero la gente se cansó de relatarme aquellos episodios cada vez más largos, a veces
tomaba tan rápido que noches enteras quedaban desiertas, sin ningún indicio de donde
había estado o qué había hecho. ¿No recuerdas lo que hiciste?, eres un idiota, me
decían. Así terminaron varias relaciones, mujeres cansadas de mi ignorancia y afrentas.
En realidad, no tenía memoria, y aunque pedía perdón, el que no pudieran discutir
sobre mi sentir o decir, era imperdonable. También algunos amigos se distanciaron, no
importó, estaba enfocado en descifrar el secreto familiar.
En conversaciones con algunos parientes, nada se decía sobre algún miembro de la
familia que hubiera padecido alcoholismo, pero se empezó a hablar sobre mis abusos
con la bebida, por todos lados llegaron advertencias y regaños. Mi instinto fue
quedarme a conversar con cada uno. Una tía, me impuso severamente su sermón, en
general decía que desperdiciado la vida. La escuché por horas, nada nuevo, pero su
euforia, que no disminuyó un instante, me indicaba que no me fuera. Ella sabía algo de
lo que ahora me parecía era un secreto familiar a voces, lo quería gritar, lo sentía. Pero
no lo consiguió, ni una muerte, ni una historia de un miembro de la familia preso o
internado en un manicomio a causa del alcohol. Nada.
Con los años y menos afición por la bebida, me hice aficionado a la sensación del viaje
en barcos y a la turbulencia de los aviones, me olvidé de algún modo de aquel mito
familiar sobre el alcoholismo del que no supe nada. Al final, creo debió ser un tramado
de miedos que se acumularon entre los miembros de la familia, cada uno contribuyendo
a ese mandato que no tenían un origen. Lo que sí paso fue que me convertí en un mal
ejemplo: no tomes como tu tío, porque como él puedes perder la memoria y terminar
solo. Ahí mi gran truco.

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Felonías
IV
Le gusta ver películas en su cama, es un lugar para descansar entre un trabajo y otro, e
inspirarse, muy cómodo para liberar sus emociones. Necesita un vaso con agua, para
ello tiene que bajar hasta la cocina. Mientras lo sirve, no puede notar el olor del
desayuno, ningún vestigio de la mantequilla o las hierbas que sazonaron los huevo
revueltos, quizá porque tanto las ventanas y puertas que dan al exterior trasero de la
casa están abiertas. El televisor de la cocina está encendido, nadie lo mira. Lo apaga.
Sube con el vaso lleno. Más tarde siente hambre, estimulada por la estela de alquimia
que se gesta en la primera planta. Baja por un poco de fruta, no quiere saciarse, aún
falta para la hora de comer. El estéreo lo recibe con música de cuerdas, las cacerolas
sin vigía procesan el contenido a fuego lento. De nuevo apaga el aparato ignorado.
Llega la noche. Un cuerpo tibio se mete en la cama. La televisión se apaga, comienza
lo que llaman, la acción.
Nada en realidad es como en la imaginación. A veces es mejor, otras, no tanto.
No podrán tener hijos, fue por culpa del gato, se dirán en algún momento, cuando la
opinión de los médicos sea ambigua y queden al resguardo de sus propios
razonamientos y emociones. El pelo de gato se enredó en los ovarios e impidió su
fecundación, se enfatizará.
Él nunca se enteró por qué ella prendía el estéreo o la tele cuando hacía el quehacer en
las partes exteriores de la casa, incluso cuando salía por algún encargo. Sus hipótesis:
Se sentía sola: como si él no estuviera en la planta alta.
Quería conversar: O más bien escuchar, no sabía bien qué.
Era su manera de sentirse independiente: hacía su voluntad, esto es: hacer caso
omiso al pedido de apagar los aparatos.
A veces, la ventaja de cualquier ser humano frente a la vida y sus problemas, es el
desconocimiento.
¿Cómo acaba esta historia?
Ella muere a los cincuenta años, mientras duerme, infarto al corazón. En sus sueños,
se revela la solución a la preocupación sobre su sexualidad que estuvo presente a lo
largo de su vida, por fin tiene la sensación de ser una buena madre. Durante ese

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momento, separado ya de ella, él toma una copa de whiskey en las rocas y suspira
satisfecho, recordando los años que tuvo que lidiar con la soledad, los necesarios para
ofrecerle una imagen de buen padre a su hijo, que creció como cualquier adolescente
con tribulaciones y se convirtió en un excelente profesionista, en un hombre hecho y
derecho, como le gusta decir. Y piensa, las historias nunca se terminan de contar, se
abandonan. Igual pasa en la vida con las relaciones, en algún punto se renuncia a
continuar esa ficción.
O se termina antes:
Cuando él abandona sus fantasías y dice: serás experta en el mundo real, pero aquí
(señalando su cabeza) soy un genio. Después de esa discusión deja todos sus empleos
de home office (ventas online y escritura de artículos), consigue un trabajo de oficina.
Su rutina (llegar hasta la noche y ver películas sólo los fines de semana), entre otros
cambios, aumenta la frecuencia de su vida sexual y logran concebir su único hijo. Esa
gran esperanza de la pareja.
O concluye de forma previa:
Cuando la pareja se separa temporalmente. En ese tiempo ambos descubren la
promiscuidad y confrontan el miedo a su sexualidad, producida por el conflicto entre el
sentir de su cuerpo y las costumbres heredadas por sus padres. Esa experiencia fue
como nacer de nuevo, sin prejuicios sobre el sexo, acordaran durante una plática
mientras seguían distanciados. Él agradeció que se deshiciera del gato.
O quizá finaliza de manera precipitada:
Durante una discusión donde él le exige mantener apagados los aparatos si no se les
está prestando atención. Cada quién llena sus vacíos como puede, quizá amedrente
uno que otro fantasma, dice ella, tú les creas laberintos con tus ideas locas y ficciones
extrañas. Yo decido vivir de manera simple. Claro, dice él, ahora me dirás que las
relaciones se terminan porque sí, sin razón y sin responsables.

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En el fondo las queremos muertas
IV
Un hombre soñaba con hacer grandes cosas: conquistar mujeres, tener mucho dinero y
éxito profesional. Pero no consiguió hacer realidad sus sueños: tiene una esposa (su
única pareja sexual), el dinero no le alcanza para vivir más allá de la comodidad y
trabaja de asistente para un despacho contable. Su única ambición ahora es el dinero.
En su trabajo administra cientos de cuentas bancarias, entiende del vaivén monetario.
El salario mensual le permite mantener a su hija, costear las reuniones con sus amigos
cada semana y consentir a su mujer. Además, tiene tiempo libre para mantener su
jardín, una de sus aficiones.
Que mediocre, piensa a veces, cuidar del vergel, cada sábado lo mismo: recoge los
pequeños duendes y animales de todo tipo que decoran el jardín, corta el césped, y los
coloca de nuevo. Arma su escena y la contempla el resto de los días. Los campos
reverdecen y se podan, también se estropean, llenan de plagas o crece en ellos mala
hierba, y pueden ocultar seres en sus raíces.
Las mujeres de su vida: hija, madre, esposa, y el recuerdo de muchas otras con las que
quiso, pero nunca copuló. Su hija lo ama y admira, es un gran padre; su madre le
agradece los cuidados y las conversaciones que sostiene en sus visitas, que abaten la
sensación de soledad y vejez; su esposa lo conforta en la intimidad del hogar, es una
buena mujer. Pero ese cariño no es suficiente para deshacerse de la sensación de
vacío.
Derrotado ante sus sueños y la ambición por la riqueza, se aficionó por la siembra de
ilusiones, además de acomodar las piezas de cerámica en su jardín, cultiva plantas de
frutos carnosos. Cada una está ahí por una bella mujer.
Recuerda bien a la primera, una joven hermosa que vivía a unas cuadras de su casa,
pareja de un joven delgado, quién solía quejarse que ella le transmitía su angustia y
vacío existencial, provocados por el cansancio de su trabajo. Las personas terminan
odiando aquello que aman, porque descubren la realidad. El verdadero amor está
siempre a la distancia o se conserva al amar la mentira.
Un sábado, cuando el novio de ella fue a reunirse con sus amigos fuera de casa,
aprovechó para visitar a su vecina con botella de vino y rosas recién cortadas en mano:

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“Pensé en hacernos compañía, por lo menos una hora, para que el tiempo no pase
lento”, ella contestó que era justo lo que necesitaba, aunque no fuera así. Estaban en la
segunda botella, cuando ella le preguntó acerca de su pasatiempo favorito.
– Deja que te cuente una anécdota de cómo empezó todo– contestó él–, cuando uno
empieza a crecer, entiende que necesita arrancarle cosas a la vida antes de terminar
como abono, unos me decían que los golpes te hacen madurar, pero si lo haces
demasiado, te pudres, otros, que el hombre siempre se tropieza con la misma piedra,
entonces ¿estaba destinado a golpearme como un hediondo en el mismo lugar de
siempre? Solía preguntarme estas cosas en días calurosos. Una vez estaba en mi
cuarto, tratando, en vano, de tener alguna epifanía, me topé con una fruta del huerto de
mi patio trasero que seguramente esperó una mordida que nunca llegó, porque cuando
la levante, descubrí una familia apestosa de gusanos. No supe cómo reaccionar. La
sostuve mientras éstos se agitaban ante la nueva sensación de gravedad, amarillos de
punta café se movieron unos encima de otros procurando solidez, se agitaron con tal
entusiasmo que por un momento pensé que no eran parientes, uno se escurrió por mis
dedos y lo dejé pasear hasta que me provocó náusea, corrí al baño con la esperanza
de alivio, no vomité, pero cuando decidí empezar a tomar agua de la llave ya fue
demasiado tarde, una sensación me atormentó, me había puesto a imaginar cómo unos
gusanos se metían en mi cuerpo por cualquier orificio, cómo deseé unos golpecitos de
mis padres para sacarme aquella repugnancia, me estaba pudriendo, o por lo menos
me sentí como un apestoso cadáver. Decidí por fin amedrentar las imágenes con otras,
encendí la tele y escuché una advertencia: agua contaminada en la ciudad, no consuma
ni riegue los jardines. Estuve varios días en el hospital. Entendí que uno debe mantener
a raya sus fantasías, no vaya a ser que se tome una buena dosis de agua toxica.
– Extraña manera de fascinarte por la jardinería.
– Lo que no te mata, te crea pasiones– dijo riéndose.
Al abrir la tercera botella, él se sirvió una copa y llevándola consigo se excusó para ir al
baño. Frente al espejo, terminó de un trago el vino, se quitó la ropa y regresó desnudo.
A pesar del buen tamaño de su miembro, se sentía avergonzado por su complexión. La
mirada de ella no indicaba excitación ni rechazo, eso hizo que él quedara petrificado, la
escena que había diseñado donde terminaban en coito no ocurrirá. Con la ropa aún en

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las manos se sentó invitado por un gesto de ella, quien estaba extrañamente halagada.
Siguieron conversando con naturalidad. Ella observaba la erección que iba y venía. De
pronto, él comenzó a llorar, ella lo abrazó. Esperó el tiempo necesario y le pidió que se
fuera. Caminó hacia la puerta desnudo, esperaba ahí un beso de despedida, pero
mientras ella se dirigía hacia él para despedirlo, tropezó y quedó inconsciente. Aquello
no pudo suceder en mejor momento, de nuevo él volvía a tener el control. Se vistió y se
la llevó como si se tratara de un costal de tierra. Aquel día las plantas descansaron con
la vista después de haber sido regadas y mutiladas. Un trabajo bien hecho. Antes de
irse a descansar, se detuvo un tiempo para, contemplando el jardín, justificar su deseo.
En las noches las plantas duermen, las tijeras pueden pasar como caricias en un sueño
y el agua tener mayor penetración, pensó.
Aquel joven delgado lamentó la desaparición de su esposa, pero como siempre tuvo
miedo a que ella lo dejara, lo sucedido siempre fue para él una fuga. No encontrarla era
lo mejor, no podría vivir sabiendo que estaba con alguien más.
Mirando el jardín, el hombre que soñaba con hacer grandes cosas, a veces piensa qué
pudo ser diferente si al final ella no abonara sus ilusiones. Esta no es una duda
frecuente, en general ansía los fines de semana, a su manera, vive la lógica del buen
trabajador; se permite liberar las pasiones y hacer lo que en los demás días no, porque
el esfuerzo y cansancio acumulado así lo justifican. Hay ocasiones en que recolectando
los frutos del jardín, uno se topa con un gusano, cuando eso pasa, piensa: qué
mediocre es cosechar ilusiones, y se acuerda de la anécdota que solía contar a esas
mujeres bellas con las que no fornicó, pero que están en el plantío de su memoria. Al
final, una buena mordida carnosa, le permite desechar los productos podridos sin mayor
escándalo, y le devuelve la sensación de haber conquistado un éxito.

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Hombres confinados
IV
Un hombre pierde su trabajo. Se embriaga.
– Tenemos que cerrar
– Falta más de la mitad del trago, espere a que termine.
– Está casi vacío, ya váyase.
¿De quién es el error? De ninguno.
Sentirse mal después de ser despedido, sumado a las preocupaciones de no tener
dinero (que está gastando en estos momentos en alcohol), más sentirse inútil (quiere
ser reconocido por saber hacer algo bien), puede ser igual a un vaso medio lleno.
Vaso medio lleno = Falta de dinero + Sentimiento de indefensión
El hombre cree que necesita su bebida, el barman, un descanso, no un cliente. El vaso
se llena de nuevo, en realidad para él nunca se vaciará, ni hoy ni mañana. Tomar es
importante, algunos lo degustan, otros sacian su sed y sacrifican su cuerpo hasta la
última copa (que en realidad es la penúltima, mañana se reiniciará la búsqueda,
persiguen el límite de lo que pueden soportar).
Última copa = Penúltima copa
Este hombre quiere dejar de beber. No sabe cómo. El alcohol le cuesta dinero y le
impide trabajar. Comienza por quedarte en casa, evita el vicio, le dice el barman.
Inicia una nueva semana sin borracheras. Descansa, sueña, se siente inteligente, lucido
y orgulloso. Pronto el encierro lo agobia, se siente asfixiado por sus reflexiones. Decide
salir y escuchar los juicios de los demás, una reconfortante bebida. Descubre que es
adicto a olvidarse de sí mismo, poco le preocupan los demás sino es para salvarse de
él.
La gente vive de ideas, algunos se vuelven adictos a muy pocas, éstas son tan
efectivas como la realidad, pero ambas engañan, no son lo que aparentan. Esos seres
que viven en la cabeza se alimentan de comentarios, crecen la mayoría de las veces,
sin que uno se dé cuenta. ¡Que grande eres, no te recordaba!
Ideas = Realidad

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¿Cómo destruir un pensamiento? El alcohol extermina partes del cuerpo, lo afecta y
evita que se transmita, así hasta producir la muerte. También estropea las finanzas
familiares.
Él busca lucidez para sentirse mejor, pero muere sin encontrarla. Durante los últimos
años de vida no consumió más alcohol. Todos los hombres deliran, dijo una vez, nadie
le discutió, algunos creyeron dejarlo vivir bien en lo que llamaron un último autoengaño,
otros opinaron que tenía razón. Una idea importa lo que otra, es decir, valen para nada.
Así las finanzas.

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Mujeres cautivadoras
IV
Una mujer asiste a un grupo de adictos a contar historias. No son mitómanos, ni es una
compulsión ni una patología, según le explican, sino una fascinación por las
conexiones.
Esta mujer, cuenta, ha desarrollado la habilidad de cambiar de canal al televisor
mientras está dormida, así su cerebro puede registrar un mayor número de historias por
día que le sirven después para armar las suyas. Para no molestar a otros con su
necesidad relatarlas, las escribe o susurra sus ideas. Otros miembros del grupo
aprovechan a los niños, quienes por lo general están dispuestos a escuchar. Algunos
dicen que a los ochenta años desaparece el impulso de contar, pero en el grupo no hay
nadie de esa edad, ni algún testimonio de primera mano.
Lo que molesta a los demás de esta enfermedad, como la llaman algunos, es que
entorpece o dificulta el cauce de otras vidas, en el mejor de los casos sus relatos sólo
despiertan teorías o prejuicios.
Esta mujer había llegado al grupo por solicitud de su hijo mayor. A su esposa le contó
cómo un hombre, que ella asumió era su esposo (de cierta manera tenía razón, porque
efectivamente la imagen del personaje se inspiraba en el hijo), estaba involucrado en
una situación de infidelidad (idea insistente de los programas de televisión del día
anterior). Las discusiones de la pareja duraron semanas: ella se sentía traicionada, él
sólo reconocía cierto abandono emocional. Decidió engañarlo para vengarse. Tras la
disolución de la confianza, él desistió y por cansancio se divorciaron.
Después de un periodo de duelo, distraído por las borracheras con sus amigos, quienes
le llevaban mujeres para que tuviera sexo y recobrara el aprecio por el cuerpo
femenino. Asumió que ese final fue lo mejor, era algo que quería hacer desde hace
tiempo. Pero cuando vio el anuncio en el periódico de un grupo de apoyo para
contadores de historias, no pensó dos veces en llevar a su madre, quién pedía prestado
para ir al cine casi todos los días de la semana. Su afición más barata era ir a misa.
Este último hábito lo adoptó después de que su hijo hubiera iniciado su proceso de
divorcio, y cuya justificación era que esos espacios públicos catárticos son una mina de
intimidades. Bastaba con mirar la reacción que provocaba el discurso del sacerdote

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para imaginarse una historia. Esos pequeños placeres adquiridos, decía ella, sustituyen
la mejor droga que uno pueda conseguir.
Invariablemente, le gusta contar la historia de su esposo, cuya narración termina
siempre con la misma frase: el cigarrillo como el amor sirven para quitar el hambre, el
sueño y para matarnos lento. Su madre había estado casada hasta los cuarenta y dos
años, edad en que falleció su marido. Vivieron juntos hasta los treinta y cuatro, cuando
ella descubrió que le era infiel. Nunca firmaron los papeles de separación, pero hicieron
su vida en casas diferentes, como aquellas parejas que después de un tiempo,
duermen en cuartos separados.
La madre no ha podido dormir bien casi por mes y medio, ha tenido una serie de
pesadillas o sueños lucidos insistentes, como ella les llama. Aunque al principio,
después de despertar disfrutaba de su interpretación, ahora se siente cansada y cree
entender por qué su hijo insiste que controle su adicción por las historias. En uno de
sus últimos sueños, una chica es abandonada en un pueblo desolado, no hay quien la
transporte a su hogar, donde le espera su esposo. Comienza su caminata de regreso.
En el camino encuentra un teléfono, llama sin importar a quién, pide que por favor
pasen por ella a una cabaña al costado de la carretera X, ahí esperará. Nunca escucha
la confirmación del otro lado del auricular, pero alguien llega cuando se encuentra
corriendo en una pista ovalada de tierra, la cual parece sirve para entrenar caballos.
Hay varios charcos de lodo, los esquiva para no ensuciarse. Él es un amigo al que hace
mucho no veía, está sorprendida de que este ahí. Tuviste suerte, dice él, voy camino de
vacaciones y este lugar me queda de paso, vámonos, te llevo a casa. Ella le pide que
primero la invite a comer. Antes de subirse al carro, ella mira sus zapatos sucios y teme
ensuciar el interior. A él no le importa, pero ella insiste en limpiarlos, mientras lo hace
intenta recordar en qué momento se ensucio, no lo consigue. Resignada se sube al
carro y se van. Ahí termina el sueño. Decide no explicarlo, normalmente lo hubiera
contado hasta que la narración le produjera un estado de alivio. En el grupo la han
felicitado por esta decisión. Y aunque su hijo no sabe de sus avances, ya que ella
considera sería relatar otra historia, se siente contento por ver a su madre con una
actitud relajada, además de saber que sus relatos no han estado detrás de ningún
percance reciente.

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Las historias transmiten toxicidad: fue la idea a la que se aferró para curar su
enfermedad (la escuchó como un susurro una mañana que recién se levantaba, no
había nadie alrededor, sintió mucho miedo). El objetivo lo logró casi llegados los
ochenta años. No hubo abrazos ni felicitaciones o algún tipo de reconocimiento, sólo
dejó de soñar y ninguna voz la culpó más por asunto alguno.

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EL AMOR ES UN JUEGO DONDE SIEMPRE SE PIERDE,
¿Y EL AZAR?

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Devotos del amor
V
Ahí estaba ese carro, mal orillado en una avenida, una sensación de coraje y toda clase
de fantasías; un choque, moler a golpes al conductor, el auto atado torpemente a la
grúa que terminará por destrozarse. Un conductor lento o sin sentido de vialidad
podrían haber causado la misma emoción y su imaginería, que se imponía a manera de
impartir justicia. No grita cuando le invade el coraje, pero si las personas conocieran
este fenómeno interior, especularían sobre algún tipo de resentimiento. Otros pensarían
sobre la naturaleza de las imágenes, si son señales de algo que sigue ignorando, le
cuestionarían: ¿a dónde te llevarían si les hicieras caso? Cada evento es una pista de
su destino. Hay señales más visibles que otras, se atiende lo que nos parece es
elemental. Lo importante es saber que se mira desde la memoria, casi nunca desde un
vacío.
Su madre acababa de fallecer hace un par de días, no sufrió dolor, pero su muerte la
tiene bien grabada: sed, llagas, labios partidos, lengua con postillas, y valentía. Sus
últimas palabras: “no tengas miedo, actúa”. Un pedido irrefutable, casi un mandato que
no sabe cómo ejecutarlo. Así lo haré, le contestó. Lo prometido es deuda, ¿qué es lo
que tengo que hacer? Tiene un trabajo estable, viaja seguido, disfruta de comer y
conocer gente nueva. Se considera una persona que siempre ha hecho lo que ha
querido. No tiene planes de formar una familia ni ansias de conseguir una pareja, ¿será
aquí donde tenga qué hacer algo? Todo pasa entre la pregunta y su respuesta.
Ella va de la casa al trabajo. Y de regreso. A veces va a un bar o casa de su mejor
amiga o amigo. Y de nuevo a casa. Lo cotidiano produce un abatimiento. Cuando se
aburre, viaja, pero vacacionar también se ha vuelto una respuesta repetitiva, y eso le
fastidia. No pienses, actúa, es una mejor respuesta al misterio.
Durante el trayecto de regreso a casa, choca contra un auto. Antes de cualquier
reclamo, siente un desmoronamiento de su mundo, es una hipócrita. Un ataque de
angustia comienza cuando ve al otro conductor. Saca de su billetera, su identificación y
cuatro mil pesos. Trata de pensar en una disculpa convincente, algo que exprese
arrepentimiento, vulnerabilidad y disposición. Baja el vidrio de la ventanilla, escucha una

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pregunta que recibe como un segundo golpe: ¿Se encuentra bien?, de nuevo todo deja
de tener sentido. No, no lo estoy, responde, pero no hay de qué preocuparse.

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Lealtades
V
Un hombre que no ve televisión va a trabajar. De algún modo descubre que dos niños
fueron secuestrados por su madre, confinados en un cuarto, no probaron bocado
durante una semana, el más pequeño murió.
Un artista coloca su nueva exposición en la plaza central de la cuidad. Son varias
proyecciones en video las que retratan personas cotidianas fingiendo golpizas. Cada
escena da testimonio de la visión que se le solicitó dramatizar. El hombre que ha
terminado su jornada, camina por ahí y mira una mujer ser pateada, pisoteada por dos
niños, a un viejo que azota su bastón contra una cuna, etcétera. El arte contemporáneo
vale por la historia que cuenta, pero a él no le dice nada esas imágenes, quién trabaja
de sol a sol, eso lo hace sentir un odio contra sí mismo, porque dice: ocuparse así, no
es vida. El artista manifiesta una crítica de la existencia mediocre, habla de las
injusticias que están en la mirada del espectador. Como primer público de sus obras,
siente que se aleja de lo pueril.
En esa casa donde no hay televisión, el mismo hombre llega y cena, ella siente que
cada bocado es un aplauso por su trabajo. Cansado, se dirige al cuarto donde lo espera
su mujer. Cuando la mira, sabe lo que tiene que hacer. No pertenece más a la
audiencia: la penetra con pasión, ella cae desmaya por los golpes. Cuando eyacula, se
tiende sobre la cama, su cuerpo intuye un malestar. Unas gotas de sangre sobre la
funda de la almohada pasarán inadvertidas. Ni siquiera cuando limpie las sábanas,
notará la curiosa forma de la mancha, para algún espectador ajeno a toda la situación
parecería una obra de arte, no para ella.

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Felonías
V
En este recinto, los hombres beben, las mujeres aceptan tragos y son tomadas. Nadie
debe conocerse, no es necesario, pero en realidad, las máscaras simulan el anonimato
y eliminan el pudor. Todos buscan el bienestar, nada les preocupa. Posean todo lo que
deseen, es el consejo que se da al entrar.
¿Verdad o castigo?, es la pregunta que alguien pronuncia en una de las tantas
estancias que tiene la casa. Ella medita la elección, en el fondo sabe qué elegirá,
aunque se le ha pedido que guarde ese secreto. Son los invitados, con las reglas de
este juego, los que le dan la opción de confesar.
– Fue delicado, primero dibujó una línea imaginaria hasta el vientre– responde.
La dinámica consiste en asumir que la respuesta es la verdad, entonces entra el azar, si
a uno le entran ganas de saber más, tiene que aguardar a que la hélice suspendida al
final de la asta dorada, repita la posibilidad de interrogar. O si se desea, se puede optar
por un castigo para revelar nada.
El viejo sabe qué elegirá si llega su turno, ¿verdad o castigo?, tal vez su seguridad se
debe a que no tiene elección. Dos opciones, ¿gran dilema o poca cosa? Tener una
amante no es tanto como tener siete, suponiendo que eso es lo que se pretende. Los
viejos aceptan que tener una pareja es mejor que muchas, tal vez porque a su edad no
tienen opción.
– Mis piernas al descubierto, sí, creo que fue eso– completa la
verdad de la respuesta anterior.
Las personas esperan que sólo ella, la única que ha dicho la verdad, siga diciéndola.
Todos menos él, su amante, quien le teme a la pregunta, tal vez porque la respuesta
develará su anonimato, su traición.
Al terminar el divertimento grupal, la mujer es arrastrada de los cabellos. La gente pasa
inadvertida esta violencia, continúan disfrutando. Dos hombres estrellan los puños en
su cara y le arrancan el vestido. Ella abrió la boca, como ahora, mientras el miembro de
uno de ellos la llena, ni siquiera duda, como entonces, tampoco lo hacen los hombres.
Lanzan una moneda, cruz significa muerte, le dicen. La orden es matarla, pero quieren
divertirse. El tiempo no se alarga. Ignorantes de porqué le han quitado la vida, han

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seguido un mandato y eso está bien para ellos, descansan con el sexo arrugado y
flácido. Su amante se acerca a la escena para verificar que el cadáver, marque el
término del contrato, pero no se convence para mirar de cerca. No se dará cuenta que
se han equivocado. Se marcha con la tranquilidad que da la tristeza de una muerte, que
en realidad es producto de una dichosa ignorancia.

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En el fondo las queremos muertas
V
Una mujer es atropellada y muere, después nada importa, se pierde el sentido de las
cosas. Hay que buscarle otro. ¿Qué sucedió?
Algunos testigos miraron un auto que iba a gran velocidad impactarse contra una
anciana avanzando a paso lento, como si la serenidad de ella anticipara la súbita
maquinaria para coincidir en un punto. Algunos afirman que cualquier cambio, por parte
de ambos, era impensable, quisieron decir que el choque estaba destinado a ocurrir.
Los músculos añosos no le permitieron ir más rápido ¿pudo pensar en ir más lento? El
conductor iba tarde a una cita con su pareja, así lo confirmó ella. No pensó en frenar.
La lentitud pudo salvar una vida, la rapidez también.
Hubo una pareja cercana al evento que no miró el impacto. Se besaban con los ojos
cerrados. Testigos cegados por amor.
¿Un accidente fortuito o un suceso coordinado?
La voluntad ayuda a dar sentido a la vida. Un evento casual cambia el orden de las
cosas y le da un nuevo giro al amor de una pareja, aquella cegada por el amor. Uno
coordinado separa a una pareja y condena a un hombre, al conductor, y hace que el
cuerpo de una mujer, la anciana, descanse en la misma tumba donde fue enterrado su
difunto esposo: juntos para siempre.

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Hombres confinados
V
18.10 Como es difícil escribir, llevaré conmigo una grabadora que transmitirá a un
ordenador la narración del suceso. Lo que leen es una transcripción de lo dictado y
recibido en una computadora.
18.15, espero poder leer esto después.
18.18 las personas viven en un engaño perpetuo. Ahora mismo, soy inadvertido entre la
gente, no buscan, ven lo obvio. Las personas cuando miran no desentrañan.
21.15 es de noche, los individuos se preparan para descansar.
23.08 pensé que podría decir mucho más cuando esto estuviera pasando: sobre la
fisiología de mi cuerpo, el comportamiento de la naturaleza (la cualidad y cambios en el
viento, cambios de temperatura, la conducta de los animales), mis fantasías e
imaginaciones espontáneas. Se me han ido las ganas de hablar.
23.32 es posible que narrar mientras se vive sea difícil, se cede a la escritura o a la
vida. De cualquier manera, habría que entender que la vida no es un continuo, se
compone de fragmentos.
23.50 sigo sin poder describir lo que pasa en el momento. Mi deseo captura la atención
y evita que pueda narrar: una pareja dormida, ella con su cuerpo distendido, indefensa,
su piel seduce inadvertida a la noche. Él sin preocupaciones, satisfecho, tal vez no
sueñe con su mujer. Bien, debo concentrarme, hacer lo ensayado.
00.46 he escogido la casa. Es una pareja joven, sin hijos. El varón parece fuerte, como
para moler a golpes a un tipo como yo.
01.10 entrar no requirió ningún problema. Hablaré bajo a partir de ahora, para no
despertarlos todavía.
01.15 traje un bate de aluminio, aunque también he decido tomar un chuchillo de la
cocina. Hace más de 20 minutos que apagaron todas las luces. Ningún signo de que
sigan despiertos. Espero ver a su mujer desnuda.
01.42 frente a un espejo miro mi cuerpo, casi en los huesos, pienso qué estarán
haciendo los demás del grupo en este momento, si se masturban o meditan sobre la
vida. Memorizo los detalles y espacios de la casa, formulo las posibles rutas de salida.
02.23 no quiero tomarlos por sorpresa. Hago ruidos para despertarlos poco a poco.

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02.25 se han levantado. Confirmo con otro gesto la amenaza, rompo un vaso, como
hacíamos en los ensayos del grupo. Nuestras víctimas deben experimentar las
circunstancias de las cuales nacerá su coraje, odio y violencia. Se debe evitar que
queden paralizados. Están despiertos. Azoto la puerta del frente.
02.26 el hombre me mira.
02.27 corro. Suelto el bate. Ahí viene, escucho su respiración, doy un giro, brinco. Estoy
fuera del área de la casa.
02.28 espero. Veo el bate en sus manos, levanto el cuchillo. Voy contra él. Sangre hijo
de puta mátame imbécil cállate basta tú mujer calla maldito.
02.30 está vivo, no lo sé. Qué es eso, una especie de grabadora. Por qué chingados,
maldito imbécil. No lo hagas.
En la morgue, uno de sus compañeros le realiza una optografía, la última imagen que
captaron sus ojos justo antes de su muerte será llevada al archivo junto con las de los
demás. Se observa su reflejo, él mismo asestando un corte profundo en la yugular. Al
examinarla con más detalle, se puede ver a una pareja en el fondo, abrazados, testigos
del suicidio. ¿Misión fallida? Tal vez esa experiencia les dé fuerza para cometer un acto
violento, piensa el archivista, el autor de un crimen, es también es autor de una historia,
cuya victima será quien la escuche.

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Mujeres cautivadoras
V
Pensar las 24 horas del día es un sueño. Algunos lo prefieren antes del ocaso, aun así,
la noche es su escenario primario. Ese tiempo se escurre entre sombras difíciles de
recordar o reconocer, dando pie a la libertad de moverse, sentir y crear. El sueño es
renovador, es la muerte del instante, el tiempo sin manecillas, el recipiente de un
hervorio de posibilidades. Sirve para renacer sin culpas, para la reconstrucción del sí
mismo, levantarse sin entera conciencia y recuperarla con cada movimiento, saliendo
de la sensación laberíntica y aterradora. La pérdida de control es recuperada con cada
paso fuera de la cama.
Nuestro pasado, que deja huella en quien nos escucha, se olvida después del sueño,
hasta el momento de verlo como presente. Existimos por la palabra del otro, por su
mirada. ¿Qué tan fácil nos olvidamos de nosotros mismos? Perdemos la conciencia, no
la compulsión por la repetición, los espejos y la muerte son evidencias irreprochables.
Una vida para conocernos, para entender a los demás, una elección, un camino con
espejos paralelos.

La otra noche platicaba con mi amigo Ulises de todo lo que es posible gracias a la
oscuridad, sobre todo en la nocturna. Hablamos del miedo, del pánico interno, de lo que
llevó a crear a los monstros de nuestra imaginación colectiva, y de cierta disponibilidad
de las personas a mostrarse, de eliminar convencionalismos sociales en la confianza de
ese aislamiento, esas consabidas simonías privadas de la penumbra, aunque luego se
disimulen con la mayor rectitud y amparo.
Solíamos divertirnos describiendo nuestros comportamientos y el de los demás, en la
mayoría de las explicaciones caíamos en convergencias. Esta vez decidimos ir más allá
y probar la teoría, someterla al método científico. Requeríamos una planeación
cuidadosa, hacía tiempo no le dedicábamos nuestro interés a algo. Era la manera de
provocar un cambio en nuestras rutinarias vidas.
Esa noche, como de costumbre, pasearon en carro por la ciudad y se dieron más
explicaciones, siempre complacientes con ellos mismos, alentándose en un ciclo vicioso
de vivir a paso seguro. Recientemente habían conocido a un grupo de cuatro

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muchachas, todas estudiantes: medicina, leyes, arquitectura y comercio internacional.
Tenían un grupo para su investigación, era su momento. Los que se reprimen, se
convierten en viejos seductores, comentó a Jonás, ¿quién podría tentarlas?, preguntó.
– No sé, a mí me gustaría– dijo riéndose.
– ¡Sabes de lo que hablo! –dije enojado. Esto no era un juego, o por lo menos eso
tratábamos. Después me di cuenta de no haber cuestionado “qué” sino “quién”, yo
mismo ya estaba en la respuesta. Y así fue desde el principio, teníamos que ser
nosotros el medio para hacerlas llegar al pecado.
“Divide y vencerás”, me dijo Jonás. De eso se trata, debíamos ponerlas a prueba
individualmente, en pares, tercias, cuartetos, tanto como en variados contextos. Ahora
tocaba la cuestión de cómo las asignaríamos, quién con quién, para eso de la prueba
de solitario. No hubo problema alguno hasta la coincidencia de Laura, la estudiante de
medicina, a los dos nos gustó físicamente. El problema lo resolvimos rápido, Jonás
tiene un poco más de cultura general y podría coincidir más fácil en algún tema. No las
conocíamos lo suficiente y la repartición por intereses y gustos a fines se descartó
desde el principio. El acomodo quedó: Sofía y Lilith para mí, Laura y Elena para Jonás.
Ambos son estudiantes de mecatrónica. Jonás suele escribir, aunque es un diletante.
Empezó haciendo poemas de amor, ¿no es el amor por lo que la mayoría empieza a
escribir?, tal vez otro sentimiento con el mismo nombre u otro nombre y el mismo
sentimiento, solía decir. A veces, mientras Jonás escribe Ulises pinta, en general lo
hace con acuarelas. Cuando le viene una buena idea a su cabeza, compra un lienzo,
tienen todos sus cuadros colgados en su cuarto, un total de 7. Uno podría conocerlo
viendo sus cuadros (¿lo notarías?), tal vez sino lo conocieras no los entenderías.

La palabra pecado está asociada con otra, castigo. (Muchos términos resuenan en
nuestra cabeza aludiendo a otros; palabras con historias propias, las nuestras). Su
etimología atiende al simple desvío de un objetivo, un camino establecido, ya sea en el
contexto espiritual (donde tiene un buen eco) o cualquier otro donde quepa. Las
aspiraciones, ideales e ideologías dan dirección, ninguna es permanente, mutan en las
diferentes etapas de nuestra vida, con ellas lo demás desaparece, son un tipo de

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ceguera. La tentación aparece cuando no hay convencimiento (o, atiendo a la metáfora
del viaje), se anda sin rumbo.
A veces se usan las palabras arbitrariamente sin dar cuenta de su importancia,
“preguntando se llega a Roma”, las palabras organizan el pensamiento y nuestra vida,
concebimos el mundo en uno o varios lenguajes, hacemos preguntas (con palabras)
para entenderlo, empero, no todas se contestan ¿acaso es necesario? Es gracioso
cuando nos encontramos en las palabras de otros, las citas imprescindibles. Se dice
que hay que saber de dónde vienes para saber a dónde vas. Está la sensación cómica
cuando al leer hacemos nuestras las palabras ajenas, la posesión de esas voces,
durante los instantes de la pronunciación, con suerte, harán eco en nuestra vida.
Cuando hablamos, lo hacemos para vernos a nosotros mismos, la confirmación en el
otro, ya que existimos por su mirada, por su palabra. Se dice es imposible no
comunicar, pero ¿qué pasa si no hay alguien interesado en ese mensaje?
Todo es un montón de mentiras. El todo es un montón de mentiras. Todas las mentiras
es el todo. Mentirás en un montón de todo.

Mientras doto de un tono... memorativo la conversación de anoche con Ulises, lo que


hacemos me parece más confuso, no sé si es el hecho de usar el método científico en
un jueguito de adolescentes, o el implicar nuestras ideas a la realidad, tal vez sea lo de
manipular a una persona. Lo del método científico fue desde el principio una payasada,
¿el factor humano como variable? algunos dirían que es la variable con más variables.
Si pudiéramos resumir lo humano para predecirlo, manipularlo, sería en dos palabras:
discurso y cuerpo. Creo que este experimento es nuestro intento por tomarnos en serio.
Ignoro si Ulises piensa igual, ya lo discutiremos más tarde, no ha de tardar en llegar,
Laura nos espera en su casa. Entraremos, Ulises aceptará un café, yo no tomo (nunca
termino una taza, pero me gusta su olor), esperaré a la segunda porción y le pediré un
poco de té, me conformaré con la típica manzanilla.
– Ulises, llegas temprano. Tenemos que platicar.
– Así, y ¿de qué?
Al principio creí que ya no seguiríamos adelante, me cuestionaba las razones por las
cuales iniciamos. Continuaríamos sin duda, Laura nos esperaba, sólo teníamos

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diferentes perspectivas, había sido así desde el principio. Queríamos conocer hasta
dónde éramos capaces de llegar, no más reflexiones pasivas, ideologías empolvadas
resolviendo laberínticos pensamientos; era una cuestión de sensualidad, ¿Los
pensamientos se pueden sentir?, ¿conoceríamos lo que nos habíamos ocultado? Y si
además llegábamos a intimar con esas hermosas chicas, qué mejor (tal vez me quede
con Sofía).
Tantas parejas disímiles como ideas de belleza, la estética no se enseña, cada quien la
aprende como puede. Eso será lo que aprenderán Jonás y Ulises. ¿Todo se trata de
aprender?
Jonás me pidió una taza de té, sólo tenía de manzanilla, él acepto, aunque su cara me
ofreció un gesto de disgusto. Eso pudo ser lo que no les gusto a Elena, Sofía y Lilith, su
comportamiento contradictorio, nada como el simple bueno o malo. Jonás es de los
tipos interesantes, misteriosos, Ulises te cae bien con el simple hecho de verlo, tiene un
aire de galán sociable, el de la sonrisa linda que cuenta buenas bromas. Los invité para
conocerlos, esperando decidirme por uno. Mis amigas y yo les gustamos desde el
primer contacto, lo notamos enseguida, no había una preferencia por ninguna de
nosotras, ¿o acaso sí la tenían y no lo notamos?, nos parecía como si se hubieran
enamorado de las cuatro, esperando a que nosotros decidiéramos por ellos. Así se les
ocurrió (la idea no era mala y yo no opuse resistencia, no había porqué) de que
cualquiera podía terminar como mi novio. Elena cumple dos meses el siguiente lunes
(faltan dos días), Lilith acaba de empezar una nueva relación y Sofía, ella tiene la
misma pareja desde secundaria. La oportunidad era para mí. No espero un buen
romance, ya idealicé varios, un amor de ideas, eso no, recurriré a las palabras sólo
cuando me agobie el sentimiento, (una de azúcar para el té) no quiero definir lo que no
he vivido, cada experiencia es diferente y no arrastraré los conceptos creados del
pasado, ¿valores universales? ¿el amor?, puras ilusiones (dos para el café).
Laura atravesó el umbral de la puerta de la cocina. Vestía un pantalón café claro, una
blusa color moca que combinaba con sus ojos, su cabello negro contrastaba con su tez
blanca y ruborizada (un paso). Al sonreír se le hace un pequeño hoyuelo en su mejilla
izquierda, trae las tres tazas en una pequeña bandeja plateada (dos, tres, cuatro
pasos), su ropa está totalmente ceñida a su cuerpo, su cabello suelto respira en sus

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hombros (cinco, seis, siete), las cucharas tintinean con el caminar de Laura, pero
ninguno de los individuos sentados en el sofá de tres plazas lo notó, su vista estaba
concentrada en esa charola que partía al ombligo en dos. La miraban con timidez
(once, doce y trece pasos), la bandeja se colocó cerca de Ulises y Jonás, ella dio la
oportunidad para cruzar miradas mientras tomaba cada taza. Apenas hubo contacto, se
incorporó y fue a su asiento, cruzo las piernas, dio un sorbo mirando el fondo de la taza,
la dejó en la mesa y saboreo sus labios.
– ¿Qué tal quedaron?
– Muy rico.
– Bueno– dijo Jonás, imitando el gesto de hace un rato de los labios Laura, mientras la
miraba a los ojos.
– ¿Cómo era eso de hablar poéticamente?– preguntó Laura para continuar con la
conversación de las primeras tazas de café.
– Sí, –aclaró la garganta Jonás– escogemos las palabras como nos suena mejor,
asociamos los sonidos de las palabras y formamos oraciones, a veces nos salen rimas
sin querer ¿no lo crees mi querido junco rosado?
– Claro que si mi estimado Comodoro– contestó rápidamente Laura.
– Ya déjense de payasadas– dijo Ulises interrumpiendo las risas de los otros.
– Terminemos la conversación sobre el tema con esta anécdota. Un día fui a recoger a
un primo a su clase de francés, no me detendré en decir por qué iba yo por él. Bueno,
estaba esperándolo en recepción mientras él se acercaba platicando con una rubia bien
parecida. Intenté descifrar su conversación, para mi desgracia sólo pude entender algo
que sonaba a “lamogh”, mientras salíamos le dije a mi primo que usar el tema del amor
en los primeros encuentros con la “susodicha” era algo apresurado, después de eso,
volteo a verme con el ceño fruncido y me dijo: “Se acaba de morir su papá, pero luego
te la presento, ya que te gustó tanto”. No pude hacer otra cosa que reír.
– No creo tan malo hablar de amor en las primeras citas– dijo Laura pensativa.
– Yo sí– contrapuso secamente Jonás.
Hubo unos segundos de silencio.
– Mmm no sé, lo que importa no es la conversación sino el beso correspondiente–
pronunció Ulises.

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– Sí, ya lo creo– dijo respaldando a su amigo.
– Ja, para eso no hay reglas.
– Cuanto más se niega, más se quiere el beso– dijo Ulises mientras se descruzaba de
piernas y echaba hacia delante.
Jonás había notado el anillo que Laura tenía en el dedo anular, plateado, de diamante
discreto, estilo infinito; sin importar que estuviera en su mano derecha, pensaba, “no es
para mí, ella no…”. Jonás veía a los ojos de Laura, ella le sostenía la mirada,
entretanto, Ulises le quitaba el anillo que se había comprado como símbolo de un
compromiso consigo misma, cuando sintió su dedo desnudo cerro los ojos.

Uno para el uno, o tal para cual. Dos más dos no siempre son cuatro, sino cinco.
Siempre es fácil llegar al final que uno quiere, a veces no se debe buscar, sino avanzar
como se pueda. No es sencillo, hay que construir para ver qué falta ¿Es siempre
preferible ver con mis ojos? De cierta manera, no hay opción.

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