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M A X IM IL I A N O

KOLBE
Mártir de la caridad
POR

FELIX OCHAYTA

PRESENTACION PO R

Mo n s . J E S US PL A
OBISPO DE SIGÜENZA-GUADALAJARA
Con licencia del Obispado de Sigüenza-G uadalajara (28-IV-1987)

Madrid 1987. Mateo Inurria, 15


A mi madre, por su am or
hecho silencio y sacrificio,
y a la memoria de mi padre.
INDICE

Págs.

P r e s e n t a c i ó n ................................................................................................ 17
I n t r o d u c c i ó n ............................................................................................... 19
F u e n t e s y b i b l i o g r a f í a ......................................................................... 23

I: L a p atria y la fam ilia.................................................................... 27


1. La tragedia de una nación oprim ida....................................... 27
El amor a la patria, 27.— Una historia de sufrimientos, 28.—
¿Esperanzas truncadas?, 29.

2. Misterio y misión de P olon ia..................................................... 31

3. La familia K olb e-D abrow ska..................................................... 33

4. Madre y confidente......................................................................... 35
El episodio de las dos coronas, 35.— Planes humanos, 37.

5. Julio Kolbe, padre y caballero p a trio ta ................................. 38

6. Los hermanos Francisco y Jo s é ................................................. 39


Almas gemelas, 39.— Caminos divergentes, 39.— Oraciones y
desahogos familiares, 41.

7. H éroe nacional de P olon ia.......................................................... 42


Universalismo, 42.— Polonia honra al héroe y al santo, 43.

8. La voz de otro ilustre p o laco ..................................................... 45


El grito de Auschwitz, 45.— ¿Convergencia de dos vidas?, 46.

II: U n a vida h e ro ic a ...................................................................................49


A) Los años o etapa de form ación ......................................................... 49
1. La vocación del joven R aim un d o..................................................... 49
En el Seminario Menor de Lwow (Leopoli), 50.

2. El novicio franciscano conventual........................................... 51


Horas de crisis, 51.— La Madre del cielo y su instrumento, la
madre de la tierra, 52.— Noviciado y profesión religiosa, 53.

3. El estudiante ro m a n o ..................................................................... 54
La fascinación de la Roma cristiana, 55.— Vida interior y an­
sias de santidad, 57.— Confidencias a su hermano fray Al­
fonso, 58.

1 1
Págs.

4. Los comienzos de la Milicia de la Inm aculada.................. 59


Una reunión «semiclandestina», 60.— Los hijos de la luz y los
hijos de las tinieblas, 61.— La Inmaculada y la tradición fran­
ciscana, 62.— Los orígenes de la Milicia de la Inmaculada, na­
rrados por su creador, 63.

5. Sacerdote de C risto ........................................................................ 66


Vivencias del neosacerdote, 68.— «Totus tuus», 69.

B) Vida y acción apostólica............................................................... 71


1. Un profesor con poca v o z .......................................................... 71

2. Zakopane, ¿frustración o maduración?.................................. 72

3. El Caballero de la Inmaculada («R ycerz Niepokala-


n e j» )....................................................................................................... 74
Un sobre misterioso, 74.— Vicisitudes y sufrimientos mora­
les, 76.

4. G rodno. Mando a distancia........................................................ 78


Impresor y redactor, 78.— Nueva crisis de salud, 78.—
Mando a distancia, 79.

5. Niepokalanów, la Ciudad de la Inmaculada....................... 81


Se cumple un sueño, 81.— ¿Encuentro fortuito o voluntad de
la Inmaculada?, 81.— La Inmaculada nunca falla, 83.— Supe­
rior de Niepokalanów, 84.

6. Estructura de esta singular Ciudad.......................................... 85


Un complejo editorial, 85.— El convento mayor del mun­
do, 87.

7. Los frutos de Niepokalanów...................................................... 88

8. El ideal y el espíritu de N iepokalanów ................................ 89


Heroísmo franciscano, 90.

C) Misionero en el Japón (1 9 3 0 -3 6 )......................................................92


1. Junto a ti buscaré otro m a r........................................................ ....... 92

2. Peregrinando a los santuarios marianos................................ ....... 93

3. De Marsella a Nagasaki, pasando por Shanghai............... ........95

4. Mugenzai no Sono, la Niepokalanów japonesa................ ........97


C o m o ciudad puesta sobre un m onte, 9 7 .— Piedras en el ca­
m ino, 9 9 .— U n a pésim a salud de hierro, 101.— A tractivo fas­
cinad or de la Inm aculada, 102.— U n cuarto voto, 103.
p ágs-

5. A ños de renuncia y sumisión (1 9 3 3 -3 6 )............................... 104


Súbdito leal, 105.— El «Maly Dziennik» (Pequeño Diario),
106.— Con la bendición del cardenal de Varsovia, 108.— Si el
grano de trigo no cae en la tierra..., 108.

D) Regreso definitivo a la patria (1 9 3 6 -3 9 ).............................. 110


1. Crecim iento y expansión de N iepokalanów ....................... 110
Nuevamente Superior, 110.— Visitantes ilustres, 111.— Educa­
dor de las conciencias, 112.— Secretos y confidencias,
113.— La idea fija de Rusia, 115.— Apostolado de la radio y
de la correspondencia, 117.

2. U n apóstol del siglo X X ................................................................ 118

III: El m á rtir de la carid ad ............................................................. 121


A) Anuncios de la P asión.................................................................. 121
1. Las tres etapas de una vida.......................................................... 121

2. La primera deportación................................................................. 122


Habla un testigo, 123.— Detención y deportación, 124.—
Cumpliendo una misión en tierra extraña, 125.— Un pacto
con la Inmaculada, 127.— El teniente Hans Mulzer, 128.—
Ejercicios espirituales en el campo, 128.

3. Niepokalanów, ciudad de la caridad (1 9 3 9 -4 1 ).................. 129


Testimonios de judíos, 130.— Regresan los Hermanos de la
diáspora, 130.— Un número especial de «El Caballero», 131.

B) Ansias de m artirio.......................................................................... 133


1. Las veladas m arianas...................................................................... 133

2. 17 de febrero de 1941..................................................................... 135


Los motivos de la detención, 135.— 20 Hermanos se ofrecen
como rehenes, 136.

3. Pawiak, antesala de la m uerte..................................................... 137


Sacerdote y testigo de Cristo, 138.— Sentimientos del prisio­
nero, 139.

C) Auschwitz, ese Gólgota del m undo contem poráneo....... 140


1. Los testigos ocu lares...................................................................... 141

2. El prisionero número 1 6 .6 7 0 ...................................................... 142


Cuando los hombres son números, 143.— Una carta a su ma­
dre, 144.

3'. Recorriendo los barracones del campo de la m u erte...... 144

13
Págs.

4. Condenado a trabajos forzados (barracón 1 7 )............... . 146


Misionero en el presidio, 147.— Sacerdote de Cristo, 148.

5. Internado en el hospital del campo (barracón 20 ó 2 8 ). 149


Pastor de almas, 149.— Sólo el amor es creador, 150.

6. En el barracón de los inválidos (barracón 1 2 ) ................... 151

7. La evasión de un prisionero (barracón 1 4 )................... . 152

D) H olocausto..................................................................................... ■■■ 154


1. La oblación de la víctim a............................................................. 154
«Soy un sacerdote católico», 155.— Los motivos del ofreci­
miento, 156.

2. Lenta agonía en el «bunker» del ham bre.............................. 158


«Os agostaréis como tulipanes», 158.— «Me parecía estar en
una iglesia», 159.

3. Inmolación y holocau sto.............................................................. 160


La Inmaculada acoge a su Caballero, 162.

IV : El loco de la In m acu lad a......................................................... 165


1. ¿Un secreto en la vida del P. Maximiliano K olb e?.......... 165
El juicio autorizado de dos Papas, 165.

2. ¿Quién eres tú, oh Inm aculada?............................................... 167

3. La Milicia de la Inmaculada, com o ideal de una vida.... 170


En respuesta a una llamada, 170.— Su testamento espiritual,
170.— Comienzos de una nueva era mariana, 171.

4. Los fundamentos de la Milicia de la Inm aculada.............. 172

1.° La consagración a la Inm aculada............................................ 173


¿Consagrarse o confiarse?, 173.— Esencia de la Milicia,
174.— El porqué de la consagración, 175.— Caracteres de la
consagración, 177.— Dimensión apostólica y misionera de la
consagración, 178.— Cosa y propiedad de la Inmaculada,
180.— Dimensión comunitaria, 181.

2° Instrumentos de la In m a c u la d a .............................................. 181


Instrumento libre y visible, 182.— Colaboración activa,
183.— Coherencia, 184.— El «santo abandono», 185.— Obe­
diente como la Esclava del Señor, 186.

5. Objetivo y finalidad de la Milicia de la Inm aculada....... 187

14
Págs.

6. Los medios de realización y expansión................................. 188


Los medios evangélicos.......................................................... ....... 188
«La oración hace renacer el mundo», 189.— El sufrimiento
como trabajo efectivo, 190.

Los medios humanos....................................................................... 191


Apostolado de la palabra impresa y radiada, 191.— Otros
sueños y proyectos, 192.

V: El hombre y el santo ................................................................... 195


Un testigo de Cristo, no un simple héroe, 195.

1. «Mens sana»... en un cuerpo en ferm izo............................. 196

2. Fisonom ía psíquica y mental del P. K o lb e ....................... 198


Limitaciones humanas, 199.— Noble idealismo, 200.— Tena­
cidad y dominio de sí, 200.— Sonrisa habitual y alegría,
202.— Notable capacidad intelectual, 202.— Generosidad y
magnanimidad, 203.— Amor de Padre, 204.

3. Espíritu de trabajo y de iniciativa.......................................... 305


Un trabajador nato, 205.— Dotes de organizador, 206.—
Elogios e incomprensiones, 207.

4. Discípulo del «Poverello» de A sís ......................................... 208


El problema del franciscanismo, 209.— Renovación del fran-
ciscanismo, 210.— El P. Kolbe explica su concepción sobre
el franciscanismo, 211.— «Profeta» de los nuevos tiempos,
213.

5. «El P. Kolbe ha sido una revelación prolongada de


María» (P. A ntonio R icciard i)................................................. 215
Abanico de testimonios, 215.— Respondiendo a algunas ob­
jeciones y dificultades, 217.— Imposible acercarse a Jesús sin
María, 219.— Cumplir en todo la voluntad de Dios, 220.

6. Los santos de su devoción......................................................... 221


Discípulo de S. Luis M.a Grignion de Montfort, 222.— Un
pacto con Teresa de Lisieux, 223.— Otros amigos del cielo,
224.

7. Fe y vida contem plativa............................................................. 225


Florilegio de sus meditaciones, 226.— Contemplativo en la
acción, 229.— Atmósfera de oración, 230.

8. Esperanza y santo abandono.................................................... 231


«La Inmaculada proveerá, 231.— Sin miedo al fracaso,
232.— «Déjate conducir por Ella», 233.
9. Caridad más allá de toda fro n te ra ......................................... 235
Amor al hombre..., ¡ese desconocido! 225.— v=V , 236.—
Amor y fidelidad en las cosas pequeñas, 236.

10. Las demás virtudes........................................................................ 237


Obediencia responsable, 238.— Obediencia y espíritu de
iniciativa, 239.— Pobreza evangélica, 240.— Castidad varonil,
243.

VI: Sacerdote católico........................................................... 247


1. ¿U n estilo sacerdotal p o laco ?..................................................... 247
Un estilo sacerdotal católico, 248.

2. El P. Kolbe y su conciencia de la identidad sacerdotal.... 249


«Soy sacerdote católico», 249.— El Card. Wojtyla habla sobre
el sacerdote Kolbe, 251.

3. Su oración y program a sacerdotal............................................ 255


Ordenación sacerdotal y primera misa, 255.— Su programa
sacerdotal, 258.— Consagración a la Inmaculada y programa
sacerdotal, 259.— ¿Religioso-sacerdote o sacerdote-religioso?,
261.

4. La Eucaristía en la vida del P. K o lb e ..................................... 262


Las intenciones de la Misa, 263.— La forma de celebrar la Eu­
caristía, 266.— Sacerdote y víctima, 267.— Fecundidad de su
sacrificio sacerdotal, 268.— Piedad y pastoral eucarísticas, 269.

5. Los otros actos del ministerio sacerdotal del P. Kolbe...... 270


Enfermo, pero sacerdote, 270.— Apostolado sacerdotal en los
viajes, 272.— Prisionero y ministro de la reconciliación,
273.— El P. Kolbe, catequista y apóstol de la Palabra,
275.— Catequista de su tiempo y del nuestro (Card. Wojtyla),
278.— El sacerdote pastor y Caballero de la Inmaculada, 281.

EPÍLOGO: El P. Kolbe nos provoca e interpela................... 283


PRESENTACION

J^ E SU LT A sumamente grato presentar un libro


J \ como el que tienes en tus manos, lector amable.
La figura excepcional de San Maximiliano M.a Kolbe
bien se merecía una semblanza como la presente, es­
crita en la lengua de Cervantes. Muchos han oído ha­
blar de su histórica muerte en Auschwitz, cuando se
ofrece en lugar de un desconocido; pocos, sin em­
bargo, conocen su generosa y fecunda vida. Se trata
de un santo de nuestros días, a quien Juan Pablo II,
su compatriota y amigo espiritual —que le ha canoni­
zado —, proclamó ya antes como «Patrono de nuestro
difícil siglo».
Una vez que te adentres en sus páginas, disfrutarás
interiormente con su lectura, te sentirás constante­
mente impresionado por la sencillez y la grandeza del
personaje, y no saldrás de tu asombro al recorrer una
existencia tan apostólica, tan sacerdotal, tan mañana.
Sobre todo, tan mañana.
La característica mañana es, sin duda, el rasgo más
llamativo de la espiritualidad y de la vida del héroe
de Auschwitz. Gustaba de llamarse y sigue siendo lla­
mado el «Loco de la Inmaculada». Aquí se te explica
amplia y documentadamente el porqué. A la Inmacu­
lada consagró el P. Kolbe su personalidad toda y su
trabajo. Y Ella le ayudó a ser religioso y sacerdote
santo, apóstol moderno de los medios de comunicación
social, misionero infatigable, organizador insuperable
de la Ciudad de la Inmaculada, héroe y mártir de
Cristo.
El autor de esta semblanza, cuyo cariño y conoci­
miento de la vida y escritos del P. Kolbe me son bien
conocidos, ha querido además destacar la dimensión
sacerdotal de la existencia y acción apostólica del P.
Maximiliano. Y no se ha conformado con citar a otros
autores, sino que ha hecho un estudio directo y perso­
nal de las fuentes. Creo, por todo esto, y espero fir­
memente que su trabajo será muy útil y provechoso
especialmente a los sacerdotes y aspirantes al sacerdo­
cio, a quienes Félix Ochayta ha dedicado y dedica lo
mejor de su vida y ministerio sacerdotal.
Sale a la luz pública esta obra a las puertas del Año
Mariano, convocado recientemente por Juan Pablo II.
Quiere el Papa con esta decisión, inesperada para la
mayoría, que la Iglesia se prepare al tercer milenio
del nacimiento de Cristo reflexionando sobre el papel
de María en la obra de la salvación e imitando su
postura de Esclava del Señor. Pienso que el conoci­
miento de la vida y mensaje del P. M aximiliano
Kolbe puede contribuir, a su modo, al cumplimiento
de dichos objetivos. Por lo demás, el Papa del «Totus
tuus» pertenece a la misma escuela espiritual que el
«Loco de la. Inmaculada».
No quiero poner punto final a esta sencilla presen­
tación sin felicitar cordialmente al autor por su bello y
profundo trabajo; a la Biblioteca de Autores Cris­
tianos, que lo incluye en su colección popular, y a
cuantos lo lean y mediten. ¡Ojalá sea amplio su éxito
editorial para bien espiritual de sus lectores!
Sigüenza, 14 de marzo de 1987.

18
I N T R O D U C C I O N

EL « PORQUE» DE ESTA SEMBLANZA

Desde que le «conocí», me sentí fascinado por su per­


sona.
Tengo la convicción, profundamente fundada, de que
nos encontram os ante uno de los más grandes santos de la
historia de la Iglesia. M aximiliano K olbe es un santo m o­
derno, crecido en nuestro atormentado siglo X X ; que ha
conocido su ilimitado progreso técnico, pero que a la vez
ha sufrido sus ambigüedades, contradicciones y tragedias.
C on razón ha sido invocado com o «Patrono de nuestro
difícil siglo» por su com patriota el papa Juan Pablo II.
Pasará a la historia com o uno de los más finos devotos
de la Virgen María, junto a un San Bernardo, un San A l­
fonso M .a de L igorio o un San Luis M .a G rignion de
M on tfort... y tantos más.
Gustaba a veces de llamarse «el loco de la Inmaculada».
Siempre fue y actuó com o un verdadero C aballero de la
Inmaculada. A esta celestial Dama se consagró, por Ella
trabajó, para Ella vivió..., con el fin de conquistar el
mundo entero para D ios.
Desde el 10 de octubre de 1982 lo veneramos oficial­
mente com o Santo. Se coronaba así un proceso, cuyo ante­
rior y principal jalón había sido la beatificación, realizada
por el papa Pablo V I el 17 de octubre de 1971.
En aquel ya lejano octubre se celebraba en R om a un Sí­
nodo episcopal, cuyo tema fundamental versaba sobre el
sacerdocio ministerial. El ejemplo del sacerdote K olbe ins­
piró decisivamente los trabajos sinodales, com o recordó el
Card. Duval en el Aula sinodal.
Entre los participantes en este Sínodo se encontraban los
cardenales polacos W yszynski y W ojtyla. Am bos explica­
ron el sentido de aquella beatificación m ejor que los
demás, porque eran compatriotas del nuevo beato y por­
que se alimentaban de las mismas raíces espirituales que
éste.

19
Lo que no podía sospechar el entonces Card. Karol
W ojtyla es que un día, por designio m isterioso de la P ro ­
videncia, ocuparía él mismo la Cátedra de Pedro y procla­
maría Santo al «loco de la Inmaculada».
D ios ha querido este singular encuentro entre los dos
hijos de Polonia. E l académico Jean G uitton ha escrito que
el sacrificio del P. K olbe mereció la ascensión a la Cátedra
de Pedro del arzobispo de Cracovia. Y Karol W ojtyla, a
su vez, recibió la gracia de poder proclamar Santo al héroe
de Auschwitz, mártir de la caridad.
Una misma fe, un similar testim onio de C risto, un idén­
tico amor a la Madre Inmaculada, vincula entre sí a estos
dos hombres.
Se explica perfectamente que el 26 de agosto de 1982, en
la homilía pronunciada en Castelgandolfo, con m otivo del
600 aniversario de la presencia de la imagen de la Virgen
Negra en el Santuario de Jasna G óra, manifestara Juan Pa­
blo II ante sus com patriotas:
«H e aquí que dentro de poco tiempo debe ser incluido
en el catálogo de los santos de la Iglesia católica el beato
Maximiliano Kolbe, la víctima de Oswiecim ...
Deseo expresar la convicción de que éste es el don par­
ticular que todos nosotros llevamos a la Señora de Jasna
G óra con motivo del seiscientos aniversario. Sin embargo,
¿no és éste acaso, sobre todo, su don para nosotros en el
tiempo del Jubileo?
Sí, es sobre todo la Madre de Jasna G óra la que nos da
este Santo, que ha crecido en la tierra polaca, que ha ma­
durado en el heroico sacrificio sobre la terrible hoguera en
la que se quemaba su nación...
Sí, es la Madre de Jasna G óra la que nos lo da. ¿Acaso
no fue él, en sus días en particular, Caballero de la Inma­
culada? ¿N o ha perseverado de form a estupenda, hasta el
fin, en la fidelidad a su Señora, dando la vida por su her­
mano en el búnker, en O sw iecim ...?» (C f. Ecclesia, 11
sept. 1982, p.9).

«Es la Madre de Jasna G óra la que nos lo da». A l repe­


tir dos veces esta frase, está aludiendo el Papa a lo más de­
licado y profundo de la religiosidad polaca, herencia co ­
mún al nuevo Santo y a quien lo proclama com o tal... C on
los defectos que se puedan señalar, esta religiosidad es mo­
délica desde múltiples puntos de vista. San M aximiliano
Kolbe se presenta com o testim onio lum inoso y moderno
para todos.

20
D ando a conocer la figura de este Santo m oderno, creo
y espero contribuir modestamente al conocim iento de las
raíces humanas y cristianas, de la espiritualidad y aun de la
personalidad religiosa del Papa venido de Polonia.

Tales son las principales razones que me han movido a


escribir esta semblanza. ¡O jalá su lectura, al aumentar el
conocim iento y el amor a este Santo del siglo XX, provo­
que una generosa im itación del m ism o, en su entrega a los
hermanos por C risto, en su filial y heroica devoción a la
Inmaculada, en su arrojo apostólico com o pionero en el
uso de los medios modernos de com unicación social!
E l papa Juan Pablo II, en la homilía de la canonización,
se ha referido a la elocuencia de la vida y de la muerte del
P. Kolbe. Estas son sus palabras:
«...P o r eso, al juzgar la causa del beato Maximiliano
Kolbe — a partir de su beatificación— , se tom aron en con ­
sideración las diferentes voces del Pueblo de Dios y, sobre
todo, de nuestros hermanos en el Episcopado, tanto de
Polonia com o de Alemania, que pedían proclam ar Santo a
Maximiliano Kolbe como mártir.
A n te la elocuencia de la vida y de la m uerte del beato
Maximiliano no p u ed e dejar de reconocerse lo que parece
constituye el contenido principal y esencial del signo dado
por Dios a la Iglesia y al mundo con su muerte.
¿N o constituye esta muerte, afrontada espontáneamente
por am or al hom bre, un cumplimiento especial de las pala­
bras de Cristo?
¿N o hace esta muerte a Maximiliano, de m odo especial,
semejante a Cristo, M odelo de todos los mártires, que
ofreció su propia vida en la cruz por los hermanos?
¿N o tiene una muerte semejante una especial y pene­
trante elocuencia precisam ente para nuestra época ?
¿N o constituye un testimonio de especial autenticidad de
la Iglesia en el mundo contem poráneo?
P or todo esto, en virtud de mi autoridad apostólica, he
decretado que Maximiliano María Kolbe, que después de
la beatificación era venerado com o confesor, sea venerado
en lo sucesivo también Como mártir.» (H om ilía, n.8 y 9.)

C on inmenso gozo escuché y aplaudí estas palabras,


unido a los cerca de trescientos mil fieles que llenábamos
la plaza de San Pedro en la radiante mañana del 10 de o c­
tubre de 1982.

21
M i gozo aumentaría si esta humilde obra es útil a mis
hermanos en el sacerdocio y a los seminaristas, a quienes
he dedicado la m ayor parte de las energías de mi vida sa­
cerdotal. Se escribe en el año en el que celebro mis bodas
de plata sacerdotales. O rdenado sacerdote el 11 de febrero
de 1958, centenario de las apariciones de la Inmaculada en
Lourdes, a Ella estoy consagrado com o esclavo desde el 8
de diciembre de 1954.
Sigüenza, 11 de febrero de 1984.
FU EN TES Y BIBLIO GRAFIA

A) FUENTES

Gil scritti di Massimiliano Kolbe, eroe di Oswiecim e beato della


C hiesa; edizioni C ittá di Vita, Firenze 1 9 7 5 -7 8 . En tres volú­
menes: I, p .X X X IV -9 4 6 ; II, p .9 3 7 ; III, p .X IV -1 1 5 2 . Esta versión
italiana ha sido realizada por el P. C ristóforo ZAMBELLI O F M
C onv., profesor de la Academia Teológica de Varsovia. Se cita­
rán así: SK (Scritti Kolbe), con indicación del tom o y la pá­
gina. La colección com prende el epistolario, diversos apuntes
espirituales y artículos publicados o inéditos del P. Kolbe.
RlCCIA RD l, A ntonio, Beato Massimiliano M aría K olbe (Edizioni
Agiografiche, Rom a 1 9 7 1 ) 511 págs. Aun siendo una biografía,
la mejor y más com pleta, la consideram os com o fuente por su
abundante docum entación. Su autor, postulador general de la
Causa de Beatificación y Canonización del P. Kolbe, manejó
los docum entos de dicho proceso. Será citado así: R íe ., con
indicación de la página.

B) BIOGRAFIAS CONSULTADAS

FACCENDA, Luigi M ., O F M C o n v ., H o visto P. K olbe (Edizioni


dell’Im macolata, Bologna, 31 9 7 6 ) 163 págs. También ha sido
consultada la 4 .a ed., ampliada con citas de discursos del papa
Juan Pablo II, editada en 1 9 82.
PANCHERI, Francesco Saverio, O F M C o n v ., Massimiliano Kolbe,
santo del secolo (Edizioni Messagero, Padova 1 9 8 2 ) 271 págs.
Es la biografía oficial, publicada poco antes de la canonización.
PlACENTINI, Ernesto, O F M C o n v ., A l di lá di ogni frontiera.Vita
e spiritualitá di S. Massimiliano K olbe (Librería Editrice Vati­
cana, 1 9 8 2 ) 1 95 págs. Su autor es conocido especialista en
temas kolbianos, particularmente su doctrina mariológica.
M l o d o z e n i e c , Juventin, O F M C o n v ., H o conosciuto il beato
Massimiliano Kolbe. L ’uomo che ha dato la vita p e r un altro
(Laurenziana, N apoli, 1 9 7 6 ) 165 págs. El autor, polaco, fue re­
cibido en la O rden por el P. Kolbe; cuenta sus recuerdos per­
sonales.
ROSSETTI, Félix, O F M C o n v .: Boato M aximiliano M .“ Kolbe. E l
carisma misionero m ariano del pa dre Kolbe, trad. del italiano

23
por el P. Fidel de Jesús Chauvet, O F M (Edit. F ray Junípero
Serra, Tlalpa, M éxico 1980) 238 págs.
T r a s a t t i , Sergio-G R IEC O , Gianfranco, Maksymilian Kolbe, Ka-
rol Wojtyla (en tres idiomas: alemán, polaco, italiano) (Editrice
Velar, R om a 1982). En gran form ato, destaca por sus magní­
ficas ilustraciones.
V lLLE P E L É E , Jean-Fran§ois, Tras las huellas de Maximiliano
Kolbe (Ediciones Paulinas, Madrid 1982) 159 págs. Traducido
del francés por Valentín Redondo.
W lN O W SKA , María, Massimiliano Kolbe. II pazzo dell’Immaco-
lata martire di Auschwitz (Edizioni Paoline, Rom a 51981) 190
págs. Es una de las primeras y más famosas biografías sobre el
P. Kolbe de la conocida escritora polaca María W inowska.
W o jT C Z A K , A lbert, Swiety Maxsymilian M. Kolbe, t.I (Rom a
1981) 315 págs.; escrita en polaco; la hemos usado muy discre­
tamente.

C) OTRAS OBRAS CON SULTADAS

B A JC A R , Adam , Pologne, Guide touristique (Varsovia 1978) 331


págs.
D o m a n s k i , Jerzy (G iorgio), O F M C o n v ., Per la vita del mondo,
San Massimiliano Kolbe e l’Eucaristia (Siena 1982) 142 págs. Se
trata de uno de los mejores especialistas del P. Kolbe, a quien
conoció personalmente.
— La testimonianza sacerdotale di P. Kolbe (R om a 1982) folleto
de 20 págs.
K a r o l WOJTYLA-GlOVANNI PAOLO I I , Massimiliano Kolbe, pa­
trono del nostro difficile secolo (Librería Editrice Vaticana,
1982) 167 págs. Se trata de una colección de discursos y textos
del actual Papa, en su época de arzobispo de C racovia y de
obispo de Rom a. Son de gran valor.
PlACENTIN I, Ernesto, O F M C o n v ., Dottrina mariologica del P.
Massimiliano Kolbe. Ricostruzione e valutazione critico-com -
parativa con la Mariologia prima e dopo il Vaticano II (H erder,
Rom a 1971) 265 págs.
S m o l e n , K azim ierz, Auschwitz 1940-45. Guide du Musée (K ato-
wice 1979).
V A R IO S: Istituto Missionario dell’Immacolata «Padre Kolbe». N el
buio di oggi: urge la nostra speranza! (Bologna 1980). 137 págs.
Es una información sobre dicho Instituto, fundado por el antes
citado P. Luigi Faccenda y basado en el espíritu del P. Kolbe.
V lLLE P EL ÉE , Jean-Frangois, La Milizia dell’Immacolata (Rom a
1979, C en tro Internazionale M. I.) 120 págs.
W YSZYNSKI, Card. Stefan, Notes de Prison, traducido del polaco
por Joanna Ritt (Les Editions du Cerf, París 1983) 305 págs. Se

24
trata de las notas escritas p or el C ard. W yszynski durante el
período de su confinamiento (1 9 5 3 -5 6 ); interesan para el estu­
dio de la religiosidad polaca. Traducido al español bajo el título
Diario de la, cárcel, editado p or la B A C popular (1984).
R E Y N E R , Silvain, La historia vivida en los campos de exterminio
nazis, 2 tom os (C írculo de Amigos de la H istoria, Madrid
1976). Es uno, entre tantos libros, sobre los campos de exter­
minio.
I. LA PATRIA Y LA FAM ILIA

1. LA TRAGEDIA DE UNA NACION OPRIMIDA

Lo queramos o no, la patria que nos vio nacer y la fa­


milia de la que procedemos dejan siempre una huella im­
borrable en nuestro ser y en nuestro vivir.
N o escapan a esta ley los santos. Son hom bres o mu­
jeres que, a partir especialmente del reconocim iento oficial
de sus virtudes, pertenecen al patrim onio com ún de la
Iglesia y aun de la Humanidad. En cierto modo quedan
fuera de las coordenadas del tiempo y del espacio.
Sin em bargo, también ellos llevan la marca de la época
en que han vivido y del pueblo que les dio nacionalidad,
cultura y... aun religiosidad.
M aximiliano K olbe es un Santo de la Iglesia universal y
un héroe de la Humanidad. Todos hoy lo consideramos
com o nuestro. N uestro, porque pertenece a nuestra época,
a «nuestro difícil siglo»; y nuestro, porque su testim onio
posee validez universal.
¿H abrem os de olvidar, por ello, su condición de hijo de
una noble nación, de la «Polonia semper fidelis»?
Muy al contrario, su condición de polaco define y ex­
plica los rasgos característicos de su vida y misión. V ino al
mundo en una Polonia partida, políticam ente suprimida de
los mapas. Y marchó de este mundo contem plando de
nuevo a su patria dividida y m ilitarmente ocupada.
Este hecho doloroso, lejos de encerrarle en el chauvi­
nismo patriotero o en el resentim iento, ensanchó su m i­
rada y favoreció su generosidad humana y religiosa. O tro s
hijos de Polonia han seguido sus mismas huellas, y no en
último lugar quien hoy ocupa la Cátedra de Pedro.

El am or a la patria

El P. K olbe amó intensamente a su patria. C om o la han


amado tantos hijos ilustres. C om o la ama el papa W ojtyla.

27
U n o y otro han dado pruebas, hasta con la propia sangre,
de este amor, que les ha hecho más aptos para amar a los
demás hom bres, a los demás pueblos.
N uestro héroe — com o la mayoría de los polacos— co­
nocía al detalle la historia de su patria. Estaba dispuesto,
com o casi todos sus com patriotas, a luchar por su inde­
pendencia política, dando hasta su propia vida. La dio su
padre, la dio su hermano Francisco.
N o se enroló él en la milicia temporal, sino en la espiri­
tual. Pero siempre mantuvo muy vivo el espíritu m ilitar o
caballeresco. N o sin razón bautizó a su obra predilecta
con el nom bre de «M ilicia de la Inmaculada», y escogió el
de El Caballero de la Inmaculada para la primera revista
que puso en marcha.
Entenderem os m ejor el porqué de estas denominaciones,
así com o de otras empresas de su vida, si repasamos breve­
mente la historia de Polonia.

Una historia de sufrimientos

E l viajero, turista o peregrino, que recorre Polonia, en­


cuentra por todas parte monum entos sin núm ero, que re­
cuerdan su trágica historia: tumbas, estatuas, obeliscos,
inscripciones diversas... Estas sufridas tierras, que han co ­
nocido invasiones de suecos, sajones, prusianos, austríacos
y rusos, y amenazas varias de los tu rcos..., no quieren, no
pueden olvidar. Aquellos monum entos mantienen fresco y
vivo el sentimiento nacional.
Se tropieza uno con ellos en calles o plazas, en los tem ­
plos o edificios públicos, en los museos o en perdidos rin­
cones de los viejos barrios de Varsovia o de Cracovia.
N unca podrá olvidar quien esto escribe la impresión reci­
bida al visitar la catedral de San Juan , en Varsovia. Todo
invita allí al recuerdo y a la oración. Llama la atención es­
pecialmente una estatua de mujer, que simboliza y repre­
senta Polonia, llorando por su triple partición.
D e este llanto nacional fue testigo y partícipe el niño y el
joven Raimundo. L o mismo que más tarde — ya Fr. M axi­
miliano— participará del gozo de la independencia recupe­
rada, com o se manifiesta en su Diario (cf. 28-V -1919) '.

1 SK II^p.755.

28
Ningún manual de historia pasa por alto aquella triple
partición de los años 1772, 1792 y 1795. N i el último rey,
Estanislao Poniatow ski, ni el héroe Tadeo K osciuszko fue­
ron capaces de impedir la consum ación de aquella injusti­
cia. Prusia, Rusia y Austria hicieron desaparecer a Polonia
del mapa político de Europa.
Y no se conform aron con esto. Q uisieron arrancar sus
raíces culturales. Los prusianos por el oeste, con un in­
tento constante de germanización, y los rusos por el este,
con una presión permanente de rusificación, intentaron
apoderarse del alma polaca.
Austria, en cam bio, fue siempre mucho más respetuosa
con el carácter del pueblo polaco en su zona de ocupación,
tal vez por su condición de nación católica com o Polonia.
Cracovia, enclavada en esta zona, ha quedado com o sím­
bolo de esta realidad, al ser la ciudad polaca más cercana al
mundo latino.
En todo caso, los polacos de las diversas zonas ocupadas
lucharon por mantener su identidad com o pueblo. Y en­
contraron siempre en la Iglesia católica el más poderoso
aglutinante y la más segura esperanza, aun en las horas de
más crudo desaliento o de derrota militar. L o proclamó
abiertamente el papa Juan Pablo II el 5 de junio de 1979,
ante sus hermanos en el episcopado, en el Santuario de la
Virgen de C zestochow a.

¿Esperanzas truncadas?

La Primera G uerra Mundial — con la derrota de Alem a­


nia, la desintegración del Im perio austro-húngaro y la eli­
minación del zarismo ruso— trae a Polonia la ansiada in­
dependencia política.
E l 11 de noviembre de 1918 marca una nueva etapa de
la historia de este sufrido pueblo. Desde esta fecha hasta el
1 de septiembre de 1939, aun en medio de graves dificul­
tades económ icas y sociales, se produce un notable floreci­
miento de la cultura, las ciencias y las artes. E l mariscal
Jo z e f Pilsudski contribuye decisivamente a la recuperación
del ser nacional. Fray M axim iliano K olbe escribirá un
breve artículo en memoria del mariscal difunto 2.

1 SK III, 443ss; 446ss.

29
Breve es, por desgracia, este período de resurgimiento.
Muy pronto suena, para el pueblo polaco, otra hora trá­
gica, cuyos ecos todavía se escuchan en el horizonte de
una Europa más dividida que nunca. N i el nazismo hitle­
riano ni el zarismo estaliniano veían con buenos ojos la re­
surrección de la nación polaca.
E l 1 de septiembre de 1939, los Panzer de la W ehrm acht
hitleriana invaden, una vez más, las llanuras polacas. Es el
com ienzo de la Segunda G uerra Mundial y de un nuevo
reparto de Polonia entre Alemania y Rusia, fruto del pacto
de no agresión firmado pocos días antes por los represen­
tantes de H itler y Stalin, los ministros de Asuntos E xte­
riores V on R ibbentrop y M olotof. A finales del mismo
mes — destrozado en todos los frentes el valiente pero dé­
bil E jército polaco— se consuma la nueva división-reparto
de las tierras polacas.
A M aximiliano K olbe le tocó sufrir en su propia carne y
en la de sus hermanos de N iepokalanów esta nueva trage­
dia, y con ella la deportación durante algunos meses. D e
estos hechos se hablará en su momento.
E l pacto de no agresión entre Alemania y Rusia resultó
una trampa, «un pacto de pillos», que jugaban a una mu­
tua destrucción. D os años escasos estuvo en vigor. En
1941 se rompen las hostilidades entre las dos partes. La
tragedia de Polonia llega a su punto más álgido, situada
com o está entre dos fuegos.
P or el este y por el oeste, el pueblo polaco — en sus más
legítimos representantes de la intelectualidad, el E jército y
la Iglesia— es perseguido, pisoteado en sus derechos y
dignidad, en gran parte exterminado. E l P. K olbe, el héroe
de Auschw itz, sim boliza a los varios millones de com pa­
triotas muertos en el campo de batalla, o asesinados con
un tiro en la nuca o en la cámara de gas por el único de­
lito de ser polacos. Es sím bolo, además, de los millones de
judíos condenados a las cámaras de gas por el «pecado» de
pertenecer a esta raza «maldita».
Y cuando parece llegar la «liberación» de la bota nazi,
en 1945, com ienza una nueva opresión, la del comunismo
estaliniano. Se trata simplemente de un cam bio de opre­
sión. C on palabra certera lo expresa el título de la más fa­
mosa obra de Czeslaw M lLO SZ, El poder cambia de
manos.
E l escritor lituano-polaco, premio N obel de Literatura

30
1980, explica en ella cóm o la supuesta «liberación» se con ­
vierte en una nueva «ocupación». C . M ilosz describe el
sentido de esta «liberación» de labios de una m ujer del
pueblo, la madre de P iotr, personaje central de la novela:
«Piotr, hijo mío, dime en qué va a term inar todo esto.
El pueblo los odia a muerte. H em os rezado m ucho p or la
liberación y por fin la conseguim os. Pero resulta que la li­
beración no es más que una nueva ocupación. Van a con ­
vertirnos en otra de sus repúblicas.» 3

Los hechos que han seguido a esta nueva ocupación están


en la mente de todos. N o los ha vivido en la tierra nuestro
héroe. Sus com patriotas, sin em bargo, se han sentido
unidos y protegidos por él a lo largo de estos difíciles
años. En tem plos, en iglesias, en capillas..., la imagen de
M aximiliano K olbe — en cuadros o estatuas— acompaña a
sus hermanos polacos en la prueba que han de soportar
una vez más.
¿P or qué esta tragedia? ¿P or qué este sufrimiento?

2. M ISTERIO Y M ISION DE PO LO N IA

La historia de Polonia, la más rem ota y la más reciente,


sobre todo la de los dos últimos siglos, plantea algunos in­
terrogantes que no podemos soslayar.
¿Por qué esta opresión de un pueblo que nunca ha opri­
mido a otros pueblos? ¿H abrá de atribuirse sin más a las
condiciones geopolíticas que le configuran? ¿Q u é misterio
se encierra en su historia pasada y en su situación pre­
sente? ¿Q u é designio tiene la Providencia sobre esta na­
ción, encrucijada entre el O ccidente y el O riente?
Preguntas similares a éstas se las han hecho muchas
veces los polacos. Y han tratado de darles una respuesta,
diferente en los matices, pero coincidente en el fondo.
H ay que m encionar, en primer lugar, la tesis del lla­
mado «mesianismo polaco», propugnada en el siglo pasado
por los escritores C ieskow ski, Tow ianski y, sobre todo,
por el poeta rom ántico Adam M ickiew icz. La obra de este
últim o, Pan Tadeusz (El señor Tadeo), ha servido más de

3 M ilo s z , C ., El poder cam bia de manos , p .151.

31
una vez al pueblo polaco com o bandera y estandarte de
esperanza en un futuro m ejor.
Según estos escritores, el pueblo polaco, en su tragedia
nacional, está llamado a expiar los pecados de los europeos.
Podrá aceptarse o rechazarse esta tesis, pero en todo caso
obliga a pensar, y aun hoy la recuerdan los polacos.
O tro s polacos, aun sin propugnar la tesis del mesia-
nism o expiatorio, no dejan de ver la mano de la Providen­
cia en su historia, y tratan de descubrir la razón de ser de
tantos sufrim ientos personales y colectivos. Más de una
vez se han ocupado de la cuestión los obispos de Polonia.
Bien recientemente — en docum ento publicado en m arzo
de 1982— , tras reclamar reconciliación y perdón, han es­
crito :

«A este am or que perdona nos invita el mismo C risto,


cuya pasión y muerte meditamos en este tiempo de C ua­
resma. C o m o la muerte de C risto no es una derrota, sino
una victoria, así también nuestro amor no es un signo de
debilidad, sino de fuerza espiritual, sobre la que se cons­
truye nuestro futuro» 4.

Salían así al paso de actitudes de rencor y odio por los


tristes acontecim ientos del 13 de diciembre de 1981. A pe­
laban a la fe en C risto y su m isterio de m uerte-resurrec­
ción para entender la tragedia de su pueblo. Años atrás, el
8 de diciembre de 1965, el mismo día de la clausura del
C on cilio Vaticano II, los obispos de Polonia habían diri­
gido a sus hermanos en el episcopado de Alemania una
trascendental carta. En ella, después de recordar los sufri­
mientos de Polonia en el inmediato pasado, les dicen:
«En este espíritu cristianísimo y al mismo tiempo muy
hum ano, tendemos las manos hacia ustedes en los bancos
del Concilio que llega a su fin, otorgamos perdón y pe­
dimos perdón» 5.

Esta carta y, en particular, las palabras «pedimos per­


dón» no fueron bien interpretadas en la propia Polonia.
Los obispos hubieron de defenderse y explicarlas en carta
a sus com patriotas, el 10 de febrero de 1966. Escriben en
ella:

4 Ecclesia, 27-111-1982.
5 B u ja k - M a l in s k i , Ju an Pablo II, p .1 1 2 .

32
«¿Tiene alguna razón el pueblo polaco para pedir per­
dón a su vecino? Seguro que no. Estam os convencidos de
que nosotros com o pueblo, durante siglos, no hemos he­
cho al pueblo alemán ninguna injusticia política, econó­
mica o cultural. Pero hacemos profesión del principio cris­
tiano, tal com o ha sido puesto de relieve en algunas obras
de literatura, a saber: que “no hay ningún hombre ino­
cente”» 6.

Está claro que en estas cartas los obispos polacos no


apelan a la tesis del mesianismo expiatorio, pero sí a la fe
cristiana y a la interpretación providencialista de la histo­
ria. N o es la política o la sabiduría de este mundo lo que
les mueve a escribir que «el amor no es signo de debilidad,
sino de la fuerza espiritual, sobre la que se construye
nuestro futuro». Es la fe en la cruz de C risto.
En dicha fe encuentran justificación a los sufrimientos
de su pueblo. Y ven a M aximiliano K olbe com o el héroe
cristiano, que la ha vivido hasta el don total de sí mismo.

3. LA FAMILIA KOLBE-DABROWSKA

M aximiliano — Raimundo era su nom bre de pila— viene


al mundo en un pequeño pueblo, situado en la zona de
ocupación rusa, Zdunska-W ola por nom bre. Política­
mente, pues, es ciudadano ruso.
En este pueblo se habían casado sus padres. Trabajaban
como modestos obreros de la industria textil, cuyo centro
económ ico se encontraba erf la ciudad de Lodz, muy
próxima a Zdunska-W ola. N ace nuestro héroe el 8 de
enero de 1894. En el acta oficial, sin embargo, figura com o
fecha de su nacimiento el 27 de diciembre de 1893, con ­
forme al calendario juliano, vigente entonces en Rusia 1.
El m atrim onio Ju lio K olbe y María D abrow ska, no des­
taca por su fortuna, pero sí por su religiosidad. Es un ma­
trimonio verdaderamente cristiano, en el que confluyen
sangre y procedencia muy diversas.
El apellido materno, D abrow ska, tiene plena ascenden­
cia y resonancia polacas. N o así el paterno. Según muy se­
guros indicios, el apellido «Kolbe» es germánico. Abuelos

6 Ibid., p.l 14.


7 P i a c e n t i n i , E ., Dottrina mariologica..., p.3 n t.2 .

2.— M. Kolbe
33
o bisabuelos de nuestro Santo eran oriundos de Alemania.
Nada tiene de extraño el hecho, porque aquellas tierras,
este de Alemania-oeste de Polonia, se consideraban inter­
cambiables.
En cualquier caso, Ju lio K olbe — con la ciudadanía rusa
y la ascendencia germánica— siempre fue y se sintió po­
laco. Raimundo — Maximiliano— recibió la misma heren­
cia polaca y jamás renunció a ella. H ubiera podido librarse
de la detención y de la muerte, en la época nazi, apelando
a su ascendencia germánica. N o lo hizo por permanecer
fiel a Polonia. Más adelante se comentarán los hechos con ­
cretos.
Hasta hace unos años bien poco se sabía del matrimonio
Kolbe-D abrow ska. La celebridad del hijo ha alcanzado
también a los padres una notoriedad excepcional, singular­
mente a la madre.
Poseemos abundantes datos sobre M aría D abrow ska, a
quien M aximiliano dirigió frecuentes cartas, que ella con ­
servaba com o un tesoro. Tal vez intuía en él las señales de
un alma predestinada. Su intuición se convirtió en certeza
cuando supo de su muerte heroica.
Aquellas cartas han resultado una fuente valiosísima
para conocer el corazón de Raim undo-M axim iliano. Se da
la circunstancia de que la primera y la última, de las que se
conservan, están dirigidas a la madre. D ios quiso, por otro
lado, que la madre sobreviviera al hijo varios años — mu­
rió ella en 1946— y pudiera así aportar muchas noticias
sobre su vida para el proceso de beatificación y canoniza­
ción.
Sobre el padre, Ju lio K olbe, conocem os muchos menos
datos, pero también muy significativos, gracias a las cartas
del hijo y al testim onio de la esposa.
La madre, en su adolescencia, quería ser religiosa. N o le
fue posible, sin embargo, por carecer de la entonces indis­
pensable dote para profesar. N o descartaba el m atrim onio,
si era la voluntad del Señor. Su oración así lo expresa:
«Sin embargo, oh Señor, no quiero imponer mi volun­
tad si vuestros designios son otros; dadme al menos un
marido que no blasfeme, que no beba alcohol, que no
vaya a la taberna para divertirse. E sto , oh Señor, te lo pido
incondicionalmente» 8.

8 R ic c ia r d i, A., p .8 .

34
Su oración fue escuchada. A los veintiún años casó con
Ju lio K olbe, un año más joven que ella, pero conform e en
todo a sus deseos: «católico fervoroso, que frecuentaba
con asiduidad la iglesia, acercándose semanalmente a la
Santa Com unión y que pertenecía a la Tercera Orden
franciscana, de la que era dirigente» 9.
E l m atrim onio se dedica a trabajos sencillos en su m o­
desto taller textil. En él realizan prendas de vestir, que
luego entregan en la ciudad de Lodz a comerciantes ju ­
díos.
Se conform an con una vida morigerada. Años más tarde,
en sus recuerdos, relatará la madre:
«N o teníamos gran bienestar ni queríamos llegar a ser
ricos, pues teníamos la convicción de que la riqueza es un
gran obstáculo para la perfección e incluso para la salva­
ción. Y Dios nos protegía de tales asechanzas» 10.

C inco hijos nacen de este m atrim onio, de los que sólo


tres sobrevivirán a la infancia: Francisco, Raimundo y
José. E l último ve la luz no en Zdunska-W ola, sino en Pa-
bianice, población cercana, a la que se ha trasladado la fa­
milia y donde las cosas les van m ejor.

4. MADRE Y CONFIDENTE

María D abrow ska no fue sólo una madre para su hijo


Raimundo. Se convirtió en su m ejor confidente, en los
años de su infancia y en los de su acción apostólica. A
través de las cartas, que se cruzan entre ambos, asistimos a
los acontecimientos y vicisitudes de toda la familia.

El episodio de las dos coronas

A la madre debemos el relato de un episodio que marcó


la niñez y tal vez toda la vida de Raimundo. Tenía éste en­
tre siete y diez años cuando aconteció. N unca habló del
hecho el propio protagonista. Al menos no consta que lo
hiciera. Pero la madre lo conservó en su corazón. Y lo

9 Ibid., p.9.
10 Ibid., p.15.

35
contó después de la muerte del h ijo, en carta a los Francis­
canos Conventuales, el 12 de octubre de 1941.
¿En qué consistió aquel episodio? ¿Sueño? ¿Visión?
¿Aparición objetiva? ¿Im presión subjetiva?
D ifícil parece la respuesta n . Todos los biógrafos, sin
embargo, hablan del hecho. El mismo Juan Pablo II, en la
homilía de su canonización, lo m enciona: «D e aquellos
años data el sueño arcano de dos coronas: una blanca y
otra roja, entre las que nuestro Santo no elige, sino que
acepta las dos» (n.4).
En todo caso, aquel hecho provocó un cam bio extraor­
dinario en el niño. Escuchem os el relato de la madre:
«Sabía yo de antiguo, tras un hecho extraordinario ocu­
rrido al P. Maximiliano en los años de la infancia, que m o­
riría mártir. Sólo no recuerdo si la cosa sucedió después o
antes de la primera confesión.
En cierta ocasión no me había gustado algo que había
hecho, y le dije: “Ram oncito, ¡quién sabe lo que será de
ti!”
Después no pensé más en ello, pero observé que el niño
cambió de tal m odo que no se le reconocía. Teníamos un
altarcito en un rincón, junto al cual se dirigía con frecuen­
cia y rezaba allí llorando...
Me empecé a preocupar si no estaría tal vez enferm o, y
por ello le pregunté: “¿Q ué te pasa?” Y comencé a insis­
tir: “Debes contarlo todo a tu m am á...”
El niño, tem bloroso de em oción y con lágrimas en los
ojos, me dijo: “M amá, cuando me reprendiste, recé mucho
a la Virgen para que me dijera qué sería de mí. Después,
encontrándom e en la Iglesia, se lo pedí de nuevo. E n ­
tonces se me apareció la Virgen llevando en sus manos dos
coronas: una blanca, la otra roja. Me miraba con afecto y
me preguntó si quería aquellas dos coronas. La blanca sig­
nificaba que perseveraría en la pureza; la roja, que sería
m ártir. Respondí que las aceptaba... Entonces la Virgen me
miró dulcemente y desapareció”.
El cambio extraordinario operado en el muchacho — es
la misma madre quien lo comenta— me atestiguaba la ver-j
dad de la cosa. Se manifestaba siempre convencido de ello
y con el rostro radiante aludía en cualquier ocasión a su
■ deseo de m orir mártir. De este m odo estaba yo preparada
para ello, com o la Virgen después de la profecía de Si­
meón» 12.

11 P ia c ., Dottrina..., p .3 .4 n t.3 .
12 R íe ., p .!3 s s .

36
Planes humanos

N o sabemos si la madre habló al padre del asunto. Pa­


rece que no. D ebió de guardarlo en su corazón y no pa­
rece que influyera en posteriores decisiones. Poco más
tarde, determinan los padres que el hijo m ayor, Francisco,
comience a estudiar, con el deseo de que llegara al sacer­
docio.
En cuanto a Raimundo, prefieren que se quede en casa,
ayudando en las tareas familiares, por falta de medios para
darle estudios.
Los planes de D ios, sin embargo, eran otros. Ingresarán
en la O rden Franciscana los tres hermanos, pero el m ayor
no perseverará. En seguida hablaremos de ellos.
O curre entonces un hecho sorprendente. Cuando los
padres ven marchar a todos sus hijos, toman una decisión,
que manifiesta su talante humano y religioso. Han supe­
rado los cuarenta años y piensan que su tarea en el mundo
ha terminado. P or lo que deciden ambos consagrarse a
D ios en la vida religiosa.
El marido, Ju lio , da la autorización a la esposa, quien
ingresa provisionalmente en un convento de Religiosas B e­
nedictinas, en Lw ow . Desde él sigue la marcha de sus
hijos, que realizan los estudios humanísticos con los Pa­
dres Franciscanos. Más tarde se traslada a Cracovia, incor­
porándose a la Casa de las Religiosas de San Félix de Can-
talicio, llamadas vulgarmente Hermanas Felicianas. Son
una comunidad de Terciarias Franciscanas. Así podrá la
madre mantenerse fiel al espíritu franciscano y estar a
la vez cerca de sus hijos, ahora residentes también en C ra­
covia.
Los hijos irán marchando a otras partes y destinos,
fieles a su vocación. M aría, su madre, quedará siempre en
esta Casa, desde el año 1913 hasta 1946, año de su muerte.
Durante estos treinta y tres años, sin ser religiosa pro­
piamente dicha, vive entregada a D ios y a las Hermanas:
realiza los encargos de éstas, hace los pagos, lleva los
asuntos de todo tipo de la Casa. A esta dirección dirigirá
siempre la correspondencia su hijo Raimundo-M aximi-
liano. C on él vivió unida toda su vida. En su agonía le
oyeron decir estas palabras: «H ijo m ío...» M urió como
una santa, pues com o santa había vivido.

37
5. JU L IO K O L B E , PAD RE Y C A B A L L E R O PATRIO TA

Su religiosidad andaba pareja con la de su esposa. Tras


la entrada de ésta en las Benedictinas de Lw ow , liquidó los
asuntos y negocios comerciales e ingresó a su vez en el
convento de los Franciscanos de Cracovia, en calidad de
Terciario oblato.
N o le fue fácil la adaptación a la vida conventual, por lo
que salió pronto del claustro. D urante algún tiempo per­
maneció en el Santuario de la Virgen Negra, de C zesto-
chow a, dedicándose a la venta de objetos piadosos. A la
vez, m ovido por su ferviente patriotism o, colaboraba con
el movim iento para la liberación de Polonia de la opresión
rusa.
Al estallar la guerra de 1914, a pesar de su edad un
tanto madura, se incorporó a un grupo de voluntarios que
luchaban por la independencia de la patria. Fue hecho pri­
sionero en las cercanías de O lkusz, en el frente ruso. Al
encontrarle con pasaporte ruso — ¡había nacido en la zona
de ocupación rusa!— le consideraron traidor, y tras un
juicio sumarísimo, fue ahorcado por orden de los rusos.
Ju lio K olbe corrió la suerte de tantos patriotas polacos,
ahorcados o fusilados a lo largo de los siglos, por defender
la libertad de su patria.
El ejem plo de estos hombres no podía dejar de im pre­
sionar a jóvenes generosos, com o M aximiliano y sus her­
manos. D urante algunos años, F r. M axim iliano, estudiante
en R om a desde 1912, ignora la suerte del padre, aunque le
supone caído en la Gran Guerra. En carta dirigida a su
madre, el 2 4 -X II-1 9 1 4 , le dice:
«... De papá hace más de un año que no recibo carta.
¿Q ué es de él?, ¿y de Pepito?... Este año es difícil desear
«Buenas fiestas»; desearíamos, al m enos, que el N iño Jesús
traiga la paz a nuestra pobre patria y a Europa entera» ,3.

La misma pregunta hace a su madre en carta del 1 de


enero de 1915. Todavía varios años más tarde, el 2 0 -IV -
1919, ya sacerdote, escribirá:
«En cuanto a papá, no sé qué decir; todos los días lo re­
cuerdo en la santa misa. Si tuviese una noticia segura de su
muerte, al menos celebraría la santa misa por su alma, y en

15 SK I, p.23.

38
el colegio — com o es costum bre— se cantaría por él una
santa misa. Pero ¿si estuviese aún vivo? El P. R ector me
ha permitido hacer indagaciones a través de los periódicos
rusos... H e confiado todo este problema en manos de la
Inmaculada, nuestra M adrecita, para que Ella lo resuelva
com o mejor le plazca...» 14.

Sólo muchos años más tarde se pudo saber con exacti­


tud cóm o y cuándo murió Ju lio K olbe, gracias al testim o­
nio de un tal Franz Langer, hecho en 1954 15.

6. LOS H ERMANOS FRA N CISCO Y JO SE

Son, junto con Raim undo, los que superan con vida la
infancia. Francisco, el m ayor, y Raimundo ingresan juntos
en la O rden Franciscana. Jo sé , el más pequeño, les seguirá.
En religión tomarán los nom bres de Valeriano, M axim i­
liano y Alfonso.

Almas gemelas

M aximiliano y Alfonso vivirán siempre muy unidos.


Son almas gemelas, hermanos en la sangre, en el espíritu,
en el ideal. En las épocas de enfermedad de F r. M axim i­
liano será F r. A lfonso su m ejor intérprete y el ejecutor fiel
de sus pensamientos y planes. Muere muy joven, en 1930, a
consecuencia de una operación de apendicitis.
D e Jo sé — F r. A lfonso— hablaremos más de una vez en
esta semblanza.

Cam inos divergentes

O tros fueron, en cam bio, los derroteros del hermano


m ayor, Francisco, en religión Fr. Valeriano. Sintió, com o
su padre, la llamada a enrolarse en la legión de voluntarios
para liberar a la patria de la opresión extranjera.
Abandona el convento y se enrola com o soldado.
Pronto llega la noticia a M axim iliano, estudiante en Rom a.
E l 18 de abril de 1915 escribe a su madre, com entando el

14 SK I, p.41.
15 S K I, p.43.

39
caso y lamentando que su hermano no se haya aconsejado
antes de salir y sólo lo haya hecho después 16.
Term inada la guerra, no es readmitido en la O rden.
¿P or qué razones?
M axim iliano, unos meses antes ordenado sacerdote, es­
cribe a su madre a fines de septiembre de 1918:
«En cuanto a Francisco, ¿de dónde proviene la dificul­
tad para ingresar en la O rden? ¿D e su parte o también de
parte de los superiores? Si no existiesen dificultades por su
parte, se podría tal vez alcanzar que reingresara en la O r­
den, pero en otra Provincia.
P or ahora querría sólo saber de dónde proviene la difi­
cultad... y recem os...» 17.

Reza mucho por el hermano. Pero no se conform a con


rezar. Le escribe en la misma fecha una cariñosa y razo­
nada carta, con el deseo de averiguar sus intenciones:
«Carísim o herm ano: Mientras estamos en vida, nada
está perdido, todo se puede rehacer. Me he propuesto
desde el principio — com o, por lo demás, era mi deber—
ayudarte según mis posibilidades. P o r esto cada día te in­
cluyo, com o a papá, a mamá y a nuestro querido F r. A l­
fonso, en el memento de la santa misa y te encomiendo a
ti y a todos a la Inmaculada, nuestra Reina y afectuosa
Madrecita.
Escríbem e si puedes (p. ej., por medio de mamá) y
hazme saber cóm o estás, dónde habitas, qué haces, y ... en
cuanto a la O rden, cuáles son tus actuales intenciones.
Porque, si eres fuerte en tu propósito, confío en que
pronto, lo mismo que juntos hemos entrado en el semina­
rio, hemos realizado el santo noviciado y la profesión sim­
ple, así nos encontrarem os juntos con el hábito francis­
cano; después, si Dios quiere, trabajaremos juntos a la
m ayor gloria de D ios, para salvar y santificar nuestra alma
y el m ayor núm ero de otras alm as...» 18.

N o se logró el objetivo del reingreso en la O rden. D u ­


rante muchos años la suerte de Francisco será objeto de
preocupación constante de la madre y de los otros her­
manos.

16 SK I, p.25ss.
17 S K I, p.31.
18 SK I, p.33ss.
O racio n es y desahogos fam iliares

Rara es la carta del P. M aximiliano a su madre en la que


no hable o pregunte por la suerte del hermano mayor. N i
reingresó éste en la O rden ni logró centrar su vida en el
matrimonio y trabajo temporal. Pasó varios años desca­
rriado, pero nunca olvidado de sus seres más queridos.
Impresiona hondamente la carta que desde R om a escribe
M aximiliano a su madre, el 20 de abril de 1919:
«Queridísima mamá: C on gran consuelo y tristeza a la
vez, com o puedes imaginar, he leído tu carta del 23 de fe­
brero.
Pobre Francisco... N o logro com prender la misericordia
divina respecto a mí... Fue el primero en pedir ser recibido
en la O rd en ... Juntos nos acercamos por primera vez a la
santa com unión, al sacramento de la confirm ación, a la es­
cuela, al noviciado; juntos hicimos la profesión simple...
Antes del noviciado era yo más bien quien no quería
pedir el hábito, y hasta quería disuadirle también a él, y
entonces ocurrió aquel hecho memorable, cuando, al ir al
P. Provincial para decirle que yo y Francisco no que­
ríamos entrar en la O rden, oí el sonido de la campanilla
que me llamaba al recibidor.
L a Providencia divina, en su infinita misericordia a
través de la Inmaculada, te mandó a ti, mamá, en un m o­
mento tan crítico, a visitarnos. Y así Dios hizo desaparecer
toda la trama del dem onio...
Francisco, él mismo, me ha llevado con su ejemplo a
este puerto de salvación; yo quería salir y disuadirle a él
de la entrada en el noviciado... Pero ahora... Cada día en
el m em ento de la misa lo ofrezco a la Inmaculada, y con­
fío (com o tú también, mamá) que antes o después Ella al­
canzará piedad de la misericordia de Dios» 19.

Al repasar esta carta no sabe uno qué admirar más: si


los sentimientos del hijo y de la madre, o los caminos m is­
teriosos de la Providencia.
M ucho rezaron todos por Francisco. C ualquier circuns­
tancia era buena para recordarle. E l epistolario del P.
Kolbe lo atestigua con abundancia.
Term inaba el año 1930. A Fr. M axim iliano, que se en­
cuentra com o misionero en el Japón, le llega la noticia de
la muerte del hermano menor Fr. A lfonso. Varias cartas,

19 SK I, p.40ss.

41
escritas en esas fechas, manifiestan su profunda pena. Sin
embargo, sabe superar el dolor natural por la muerte del
hermano querido. A la madre — en carta del 2 8 -X II-
1930— le com enta con sencillez que el hijo muerto no es­
tará ocioso en el cielo, sino que más bien «ahora puede
echar una mano de un modo más eficaz también a Fran­
cisco» 20.
N o podían dejar de ser escuchadas tantas oraciones y lá­
grimas. Tras diversos avatares, que no es preciso detallar
aquí, el hermano descarriado volvió a los sacramentos. Se
cruzan en este período varias cartas entre la madre y el
h ijo M aximiliano, en las que trazan planes sobre el otro
hermano y comentan victorias y derrotas.
Francisco, en medio de su desorientación humana y reli­
giosa, conservaba, sin em bargo, incólum e el espíritu caba­
lleresco y patriótico. P or eso, cuando estalla otra guerra
m ucho más sangrienta, la de 1939-1945, se incorpora de
nuevo a las filas de la resistencia polaca, ahora contra el
invasor germano. C onsta que en 1943 fue detenido y con ­
ducido a Auschw itz. C on toda probabilidad m urió allí,
pero no se supo después nunca más de él.
Extraño o providencial fue este destino. D os años antes
había ofrendado su vida en aquel campo de exterm inio su
hermano M aximiliano. ¿Podrá dudarse de que en aquel
m om ento supremo el hermano santo, m ártir de la caridad,
echó también una mano al hermano desorientado, pero
también generoso y patriota?

7. H ER O E N ACIO N AL DE PO LO N IA

Universalismo

Esta historia familiar, a grandes rasgos contada, nos per­


mite conocer no sólo los vínculos de sangre de nuestro
Santo, sino a la vez los fundamentos del patriotism o de
nuestro héroe.
Patria y religión desempeñan un papel fundamental en la
escala de valores de esta familia, com o en general en todos
los hijos de Polonia. El padre y un hermano dan sus vidas

20 S K I, p .477.

42
por la independencia de su patria. Fr. M aximiliano des­
arrolla su fecunda acción apostólica durante los años de la
independencia de Polonia, 1919-1939. E l mismo espíritu
les une; los cauces y caminos de realización son diversos.
El P. M aximiliano renuncia a la acción política o militar.
Pero conserva el arrojo, la generosidad, la caballerosidad
de los patriotas polacos. N o renuncia a lo nacional, pero le
da un nuevo contenido. Q uiere conquistar el mundo en­
tero para D ios a través de la Inmaculada. Para realizar esta
conquista, se ve impulsado no sólo por su fe, sino a la vez
por su carácter e idiosincrasia nacionales.
N unca tendrá un ánimo estrecho. La form ación romana,
de la que enseguida hablaremos, ensanchará y unlversali­
zará aún más sus horizontes. Las lenguas que domina o
conoce le permitirán recibir y dar con más facilidad sus ri­
quezas espirituales. Además del polaco, su lengua materna,
habla italiano, alemán, francés, ruso y, por supuesto, do­
mina el latín. En el m om ento preciso aprenderá japonés...
¿Q ué m isterio se encierra en este hom bre, proclamado
«Patrono de nuestro difícil siglo» (Juan Pablo II? Polaco
de nación y de espíritu, ciudadano ruso cuando viene al
mundo, oriundo por la rama paterna de Alemania, ha lle­
gado a ser propiedad de todas las naciones. Porque supo
darse a todos. Pero también porque supo vivir su condi­
ción de hijo de la Polonia católica, misionera, siempre fiel.
R ecibió la corona roja, de sangre, pero no defendiendo a
la patria con las armas, sino dando la vida por su fe, por
su amor a Polonia, por su amor al hom bre.
Participó del patriotism o de sus connacionales cuando la
independencia de la patria se veía de nuevo amenazada por
una ideología pagana, el nazism o, y su culto a la raza y a
la fuerza. Las publicaciones de N iepokalanów , su obra
predilecta, lo dejaron bien patente en aquellos años que
precedieron a la Segunda Guerra Mundial. Pero su patrio­
tismo no era violento. D efendió a Polonia para mantener
su independencia y su fe.

Polonia honra al héroe y al santo

Polonia, la actual nación que sigue sufriendo su tragedia


bisecular, conoce y valora el amor y entrega de este hijo
eminente.

43
Hemos aludido ya a su ascendencia germánica. Algunas
anécdotas de su vida manifiestan que, sin despreciar esta
ascendencia, apreciaba ante todo su condición de polaco.
Siendo estudiante en el C olegio Seráfico Internacional
de Rom a, un com pañero, con intención hiriente o com o
simple constatación de la forma de su apellido, le dijo:
«¡A lem án!...» Fr. M aximiliano calló por virtud; pero enro­
jeció, lleno com o estaba de cariño a su Polonia querida y
entonces oprimida.
Aquel episodio — que no implicaba falta de aprecio a
Alemania— es sólo un pequeño indicio de su conciencia
de polaco. La prueba máxima de esta conciencia y del
amor por su pueblo la dio en la etapa final de su vida. En
su momento consideraremos su detención por la Gestapo
en febrero de 1941.
Pues bien: en aquella ocasión hubiera podido evitar su
arresto y penas consiguientes si hubiera accedido a la pro­
puesta de quienes le apresaron. U na sola condición se le
im ponía: optar por la nacionalidad alemana, inscribiéndose
en la lista de los oriundos alemanes, en atención a su ape­
llido paterno y a los orígenes rem otos de la familia.
La Gestapo se lo propuso form alm ente, porque conocía
sus extraordinarias cualidades y el prestigio de que disfru­
taba en Polonia. Si hubiera aceptado, otro hubiera sido el
curso de los acontecim ientos...
Pero no aceptó. «Rechazó la propuesta — se dice en el
proceso— afirmando haber sido siempre, ser y querer per­
manecer siempre hijo de Polonia» 21. El mismo día de su
detención, junto con otros cinco Padres, al leer el oficial
de las SS su nom bre, subrayó que era un apellido alemán.
Maximiliano replicó: «Tal vez alguno de mis abuelos
pueda venir de Alemania, pero yo he nacido en Polonia y
por eso soy polaco» 22.

Polonia no ha olvidado este gesto noble y valiente.


En viaje inolvidable a esta nación pude visitar muchas
iglesias o capillas. E n todas encontré una estatua o un cua­
dro del P. K olbe. Entre todas me im presionó la estatua

21 Ríe., p.332.
22 Ibid., p.338.

44
que se encuentra en la iglesia de la R econciliación de
N ow a H uta, barrio industrial de Cracovia. E n ella está re­
presentado el héroe de Auschw itz, en tamaño natural, es­
quelético y sujetándose la cabeza, con una mirada llena de
paz y am or...
Para los polacos creyentes es un santo, es su Santo.
Para los demás polacos, no creyentes o no católicos,
ateos u oficialm ente comunistas, M axim iliano K olbe es por
lo menos un héroe nacional, digno de figurar junto a los
grandes héroes que defendieron a la patria en el pasado y
en el presente.
Cuando se visita el campo de exterm inio de Auschwitz,
el m om ento más sublime y de más profunda em oción es el
del descenso al bunker del hambre, en el barracón 11, el
«barracón de la muerte». A llí entregó su alma a D ios este
hijo ilustre de Polonia, el héroe de Auschw itz, el m ártir de
la caridad, el loco de la Inmaculada.

8. LA VOZ DE O TRO ILU STRE PO LACO

El g rito de A uschw itz

En muy diversas ocasiones y lugares se ha referido al


héroe de Auschw itz otro ilustre polaco, el papa Juan Pa­
blo II. O portunam ente nos haremos eco ae algunas de
ellas. Para el tema que ahora nos ocupa interesa destacar el
impresionante discurso que pronunció en el mismo lugar
de la terrible catástrofe, el campo de Auschw itz-Birkenau.
La fecha: el 7 de junio de 1979.
U na masa de más de un millón de personas escucha las
palabras del papa W ojtyla. Ensalza éste, en primer lugar,
la victoria alcanzada por el P. M axim iliano K olbe. Luego
fija su mirada sobre las lápidas, en las que figuran inscritos
los nom bres de las innumerables víctimas de aquel lugar
de exterm inio, en decenas de lenguas... Se detiene especial­
mente en las lápidas con inscripción en lengua hebrea, rusa
y polaca.
Al llegar a la última lápida, la que está en lengua polaca,
hace este com entario:
«Son seis millones de polacos los que perdieron la vida
durante la Segunda G uerra Mundial: la quinta parte de la
nación. U na etapa más de las luchas seculares de esta na­

45
ción, de mi nación, por sus derechos fundamentales entre
los pueblos de Europa. U n nuevo alto grito por el derecho
a un puesto propio en el mapa de Europa. U na dolorosa
cuenta de conciencia de la hum anidad...» .

Al hablar de este m odo, el Papa polaco está defendiendo


el amor a la patria, a la propia nación, y el derecho a que
ésta ocupe su puesto en el concierto de las naciones. Con
la violencia y la guerra nada se soluciona. E l am or al pró­
jim o, el respeto al otro, el diálogo con el otro son los ca­
minos únicos de solución de todos los problemas.
P or propia experiencia, en su persona y en su patria, co ­
noce este hijo de Polonia adonde conduce el odio y la vio­
lencia. P o r eso las últimas frases de su discurso cobran
acentos proféticos:
«¡Jamás uno a costa de otro, a precio de servidumbre
del o tro , a precio de conquista, de ultraje, de explotación
y de muerte!
Pronuncia estas palabras el sucesor de Juan X X II I y de
Pablo V I. Pero las pronuncia también el hijo de la nación
que en su historia rem ota y más reciente ha sufrido, de
parte de los demás, múltiples tribulaciones. Y no lo dice
para acusar, sino para recordar.
Habla en nombre de todas las naciones cuyos derechos
son violados u olvidados. L o dice porque así lo requieren
la verdad y la solicitud por el hombre» .

¿Convergencia de dos vidas?

N o parece que se conocieran en vida. M aximiliano


K olbe nace en 1894, Karol W ojty la en 1920. Cuando el P.
M axim iliano desarrolla su polifacética actividad apostólica
en N iepokalanów , Karol W ojtyla es un simple estudiante
universitario en Cracovia.
Es más que probable que K arol oyera hablar del P.
K olbe, cuya fama al final de la década de los treinta se ex­
tendía por toda Polonia. A sus oídos hubo de llegar igual­
mente la noticia de su heroica muerte en Auschw itz. Este
lugar se encuentra a unos 40 kilóm etros al oeste de C raco ­
via. ¿Influyó esta muerte en la decisión del joven universi­
tario cracoviense por el sacerdocio?

23 JUAN P a b l o II, Peregrinación apostólica a Polonia, p ,183ss.


24 Ib id ., p .!8 6 s s .

46
Parece muy verosímil que así fuera. K arol vivía en un
clima de dificultad y heroísm o. O tro s muchos sacerdotes
eran entonces detenidos o sacrificados. E n todo caso, al
ser admitido com o seminarista y residir en la residencia ar­
zobispal, K arol y sus com pañeros hubieron de escuchar al
arzobispo (luego cardenal) Sapieha noticias sobre el héroe
de O sw iecim . L e conocía personalm ente el arzobispo 25.
C on el paso de los años irá creciendo y profundizán­
dose la convergencia espiritual entre estos dos hom bres de
D ios, M . K olbe y K . W ojtyla. La savia que alimenta su
cultura y su espiritualidad procede de la misma raíz.
Se ha escrito con acierto:
«La misma tierra les suministró las raíces culturales y la
m atriz espiritual. La misma tensión pastoral les llevó a
traspasar gozosamente las fronteras de su país para llevar
un mensaje importante a los hombres lejanos. La misma
intuición sobre la necesidad de reafirmar y testim oniar con
fuerza, en tiempos difíciles, la primacía del espíritu y la
suprem a dignidad de la persona hum ana les hermana en la
historia de los grandes dones que Polonia ha regalado a
la cristiandad y al mundo.
H ay además un aspecto, nada despreciable, que enlaza
las dos figuras más allá del tiempo y de los diversos des­
tinos: la relación particular de ambos con la Virgen Inma­
culada.» (Puede leerse en Max. Kolbe, Karol Wojtyla, libro
oficial para la canonización del P. Kolbe [R om a 1982]
P -H -)
N os encontram os, en verdad, ante dos vidas paralelas,
aunque las actividades concretas fueran m uy diversas.
A nadie puede extrañar, por ello, que, cuando Karol
W ojtyla llega a ser arzobispo de Cracovia y más tarde
sucesor de Pedro en R om a hable de M . K olbe com o se ha­
bla de un amigo y penetre en su espíritu com o pocos han
sabido hacerlo.
La sangre, el espíritu y la religiosidad de la Polonia ca­
tólica hacen vibrar las fibras de su corazón. C o m o lo h i­
cieron en las de otro héroe y m ártir, el gran C ard. W ys-
/vnski, tam bién llamado el «Primado de M aría» 26.

' En 1920, el arzobispo Sapieha concedió su bendición a la Milicia


•Ir l.i Inmaculada; cf. SK I, p.68.
'' W y s z y n s k i , Card. Stefan, Notes de prison. Existe edición española:
Diario de la cárcel (BAC Popular, Madrid 1984).

47
II. UNA VIDA HEROICA

N o pretendemos hacer la biografía completa de nuestro


personaje. Se trata solamente de una semblanza que nos
acerque al interior, que nos ayude a conocer el secreto de
su vida y de su muerte y que nos permita entender su
mensaje. Esta empresa, sin em bargo, sería irrealizable sin
un previo conocim iento de los hechos más importantes de
su vida y de su supremo holocausto.
M aximiliano K olbe no es un héroe mítico o perdido en
las nieblas de un pasado rem oto. Pertenece a nuestra
época. Es nuestro contem poráneo. Todavía viven bastantes
de los que le conocieron o fueron sus discípulos o compa­
ñeros. O tro s m uchos, ya fallecidos, aportaron su testim o­
nio en los procesos para la Causa de su Beatificación y
C anonización.
Al repasar ahora los hechos principales de su vida, se
entenderá cuán justificado está el calificativo de «heroica»
que encabeza esta parte de nuestro ensayo o semblanza.
H eroica la llamo, no porque abunden en ella los hechos
llamativos o milagrosos — que, por cierto, tampoco falta­
ron— , sino porque toda ella está marcada por los rasgos
inconfundibles de un héroe de la fe, del amor, de la espe­
ranza.

A) Los años o etapa de formación

1. LA VOCACION DEL JOVEN RAIMUNDO

Para aquellas fechas vivía la familia Kolbe-Dabrow ska


en Pabianice, a muy pocos kilóm etros de la ciudad de
Lodz.
H an quedado atrás los años de la primera niñez. Madre
e hijo guardan un secreto, que no se desvelará en vida de
éste. Raimundo es un buen m uchacho, alegre y despierto.

49
H a realizado ya la primera com unión. Ayuda en las faenas
de casa a su madre y a su padre. Y empieza a pensar en su
futuro... ¿Q ué va a ser el día de mañana?
Tiene sólo trece años cuando tom a una decisión, que
marca para siempre el rumbo de su vida. En torno a la
Pascua de 1907, se celebra en el pueblo una misión popu­
lar, predicada por los Franciscanos Conventuales del cer­
cano convento de Lagiewniki. Participa el m uchacho en
todos los actos con atención y devoción. Su alma está bien
dispuesta... y acoge la semilla, que los buenos padres siem­
bran en el alma de los chicos.
U n o de los misioneros exhorta a los m uchachos a ser
generosos y les invita a seguir la vocación religiosa. La
O rden de Los Franciscanos Conventuales — les dice— ha
abierto un colegio en Lw ow para acoger a quienes quieran
consagrarse a D ios en la vida religiosa.
Raim undo siente desde el primer m om ento el deseo de
responder a esta llamada. L o mismo le ocurre a su her­
mano m ayor, Francisco. Y hablan a sus padres de este
propósito. C onocem os los planes que éstos tenían sobre
los dos hijos. Ellos contaban con que Raimundo permane­
ciera en casa. Pero no discuten ni se oponen al deseo de
sus hijos. Gustosam ente dan su consentim iento para que
puedan consagrarse al servicio de la Iglesia.
En los meses que faltan hasta octubre se disponen los
dos hermanos a aprender latín y a perfeccionar sus con oci­
mientos, sin duda elementales, de otras ciencias.

En el Sem inario M enor de Lwow (Leopoli)

T o d o estaba preparado para el ingreso de los dos mu­


chachos. En los primeros días de octubre de 1907 les
acompaña su padre hasta Cracovia, y de allí parten los
muchachos hacia Lw ow .
La vida transcurre feliz para nuestro héroe, en el Semi­
nario M enor de los Conventuales, a lo largo de tres años.
E n ellos completa sus estudios hum anísticos y destaca por
su afición y aprovechamiento en matemáticas. Según pa­
rece, el profesor de esta asignatura, el Sr. G ruchala, se ex­
presó en una ocasión así: «¡Lástim a que este joven se haga
fraile, cuando tiene tantas cualidades!» 1

1 R íe., p.26.

50
Com pañeros de estudios fueron en esta época el futuro
P. C ornelio C zupryk y el P. Félix W ilk. E ste declaró más
tarde en el proceso:
«E ra diligente y concienzudo en el cumplimiento de sus
deberes; singularmente dotado para las matemáticas. O b e­
diente a los profesores, era también servicial con los com ­
pañeros; cortés, sonriente y alegre; era de carácter equili­
brado.
Cumplía las prácticas religiosas con recogimiento y un­
ción, sin ningún tipo de singularidad. Recuerdo un solo
episodio que me ha quedado en la m em oria: durante un
tiempo libre encontré a Raimundo en la sala, enteramente
solo, arrodillado ante el Crucifijo y absorto en la plega-
na» 2 .
Nada tiene de extraño que, al solicitar Raimundo su in­
greso en el N oviciado, fuera aceptado sin dificultad. Tras
un año de prueba, haría su profesión religiosa en la Orden
Franciscana.

2. EL N O V IC IO FRAN CISCANO CON VEN TUAL

Se acercaba el día feliz de su toma de hábito. Tenía


nuestro héroe dieciséis años y ocho meses. Todos le apre­
ciaban y consideraban idóneo. Pero cuando va a llegar la
fecha señalada, el 4 de septiembre de 1910, sobreviene la
duda, el tem or, la oscuridad. ¿Q u é le pasa a Raimundo?
¿Tentación, escrúpulos, conciencia de inmadurez?

Horas de crisis

Por su com pañero, el P. C zupryk, sabemos que R ai­


mundo sufría en aquella época de escrúpulos de concien­
cia, más tarde plenamente superados. N o parece probable,
sin embargo, que la duda proviniera de estos escrúpulos.
Su drama interior era más com plejo.
Q uería consagrarse enteramente a la Inmaculada. Quería
ser su «soldado», su «caballero». Q uería conquistar la co­
rona roja junto con la blanca. Pero ¿dónde?, ¿cóm o? En
su oscuridad, rogaba a la «Mamusia» con fervor e insisten­

2 Ib id ., p .2 7 .

51
cia que le diera a conocer el campo de batalla concreto...
para conquistar la corona roja.
Dando vueltas y más vueltas al asunto llega a la convic­
ción de que el campo de batalla será... la vida y carrera
militar. C om o todo buen polaco sueña con la independen­
cia de la patria, partida y ocupada. Y habla del tema con
sus compañeros. ¿C óm o rescatar a la patria del yugo opre­
sor? C onsta que realizó planes de asalto a la ciudad de
V a rso v ia3. Ingenuo, idealista y valiente muchacho. Tan
convencido parece estar de este «camino militar», que la
misma víspera decide no pedir el hábito religioso, y trata
de arrastrar a su hermano Francisco a la misma decisión.

La Madre del cielo y su instrumento,


la madre de la tierra

Pero entonces intervino la Inmaculada, a través de los


consejos del maestro de novicios, P. D . Sowiak, y, sobre
todo, a través de un encuentro providencial con su madre
terrena.
Sin saber por qué, sin ser esperada en aquella circuns­
tancia, se presenta inopinadamente la madre en el con ­
vento. Venía a com unicar a sus dos hijos una noticia sin­
gular: el tercer hermano, Jo sé , quería ser tam bién reli­
gioso. Y ella había decidido, a su vez, junto con su ma­
rido, ingresar en un convento.
Escucha el joven asombrado cuanto su madre le com u­
nica... y caen en un instante todas sus dudas. Sus ideales
de com bate en la milicia temporal se derrumban. Ante sus
ojos limpios pero ensom brecidos hasta ese m om ento apa­
rece la consagración religiosa com o un com prom iso y un
com bate por la Inmaculada.
Jam ás dudará ya sobre el carácter de su ideal caballe­
resco.
Nadie m ejor que el propio sujeto paciente podía expli­
car lo que ocurrió. Nueve años más tarde de los hechos,
siendo ya sacerdote, escribe desde R om a a su madre. C o ­
nocem os algunos párrafos de la carta, aquellos que se re­
fieren al hermano Francisco. N o im porta repetir en parte
la cita:

3 PlAC., Al di lá di ogni frontiera, p .33.

52
«...A ntes del noviciado era yo más bien quien no quería
pedir el hábito, y hasta quería disuadirle también a él, y
entonces ocurrió aquel hecho memorable, cuando, al ir al
P. Provincial a decirle que yo y Francisco no queríamos
entrar en la O rden, oí el sonido de la campanilla que me
llamaba al recibidor.
La Providencia divina, en su infinita misericordia a
través de la Inmaculada, te mandó a ti, mamá, en un m o­
mento tan crítico a visitarnos. Y así Dios desbarató toda la
tram a del demonio.
H an pasado ya más de nueve años desde aquel m o­
m ento; pienso en ello aún con tem or y con reconoci­
miento a la Inmaculada, instrumento de la misericordia di­
vina. ¿Q ué hubiera ocurrido si en aquel m om ento Ella no
hubiese extendido su mano? 4...»

Leemos con em oción la carta y acompañamos en espí­


ritu al joven Raimundo. Q uien, libre de dudas y tem ores,
en la tarde del 4 de septiembre de 1910, viste el sayal fran­
ciscano y cambia su nom bre de pila por el de Maximi­
liano. Es un nom bre que sugiere ansias de grandeza, nom ­
bre de reyes y emperadores, al que hará honor su porta­
dor, humilde fraile menor conventual.

Noviciado y profesión religiosa

Lleno de paz interior, com ienza su noviciado y se en­


trega a él con fervor. En su reclinatorio coloca la imagen
de algún Santo a quien se le hubiera aparecido la Inm acu­
lada, y le pide responder com o él.
El 5 de septiembre de 1911 Fr. M aximiliano realiza su
profesión religiosa de votos simples en Lw ow . Todavía ha
de com pletar su form ación básica, humana y religiosa,
antes de com enzar los estudios eclesiásticos propiamente
dichos.
D eja entonces la Casa del N oviciado y se traslada a
Cracovia, donde permanece un año escaso. E n junio de
1912 disfruta del período de vacaciones en un convento
próxim o a Przem ysl, regresando en el otoño a Cracovia
para iniciar los estudios filosóficos.
Estudiará, sí, filosofía y teología, porque su vocación re­
ligiosa es a la vez sacerdotal. Pero no lo hará en Cracovia.

4 SK I, p.41.

53
Sus superiores, en atención a su piedad y a sus desta­
cadas condiciones intelectuales, quieren enviarlo a Rom a,
junto con otros seis compañeros. Era un gran honor, que
muy pocos rehusaban. F r. M axim iliano, sin em bargo, ex­
pone al P. Provincial su falta de salud y su tem or de no
poder llevar a térm ino los estudios.
Sus razones parecen convincentes y se piensa prescindir
de él. N o obstante, el humilde fraile reflexiona y vuelve al
P. Provincial: «Padre, haga de mí lo que quiera». La res­
puesta llegó rápida: «Bien, hijo m ío: irás a Rom a». Y en
Rom a se encontrará ya el 29 de octubre de 1912.

3. EL ESTUDIAN TE ROM ANO

R om a deja siempre una huella im borrable en quien a


ella se acerca, viajero, turista o peregrino. V iejo es el re­
frán que afirma que «Rom a veduta, fede perduta». Más de
uno perdió la fe o, al menos, se escandalizó de lo que vio
en Rom a. Pero son sin número los que vigorizaron su fe y
crecieron en el amor a la Iglesia y al que preside la Sede
Apostólica.
Fr. M aximiliano K olbe se encuentra obviamente en este
segundo grupo. Llega a R om a el 29 de octubre de 1912.
D os días ha durado el viaje en tren. La em oción del pri­
mer encuentro con la Ciudad Eterna se une a la nostalgia
de la patria y de la familia lejanas.
Algunos temores sobre el ambiente romano pronto se
desvanecen. Le habían dicho que las costum bres de la vieja
ciudad dejaban mucho que desear, que a veces las mucha­
chas romanas se acercaban insinuantes a los seminaristas,
que...
Cuando lleva poco más de tres semanas, cuenta a su ma­
dre las primeras impresiones:
«La situación no es tan mala com o había oído y escrito
anteriormente. Los italianos tienen cosas más importantes
que molestarnos. Adem ás, ordinariamente, vamos en
grupo; por esto, si alguno pensara molestarnos, tendría
que pensárselo bien si no quería recibir una respuesta ade­
cuada de nosotros» 5.

5 S K I, p.4.

54
A lo largo de siete años (1912-1919) le absorbe funda­
mentalmente el estudio. Asiste a las clases de la U niversi­
dad G regoriana durante los tres prim eros, coronando su
trabajo con el doctorado en filosofía. En muchos de los
artículos periodísticos que escribirá más tarde se aprecia la
solidez de la form ación filosófica recibida en su estancia
romana. A l llegar al Japón en 1930 aceptó sin dificultad la
cátedra de filosofía, que le encom endó el obispo dioce­
sano. H abía echado buenos cim ientos.
C on similar dedicación se entregó al estudio de la teolo­
gía en la Facultad Teológica de su O rden, situada en el
mismo edificio del C olegio Seráfico Internacional. Este
C en tro, en la vía San T eodoro, 42, fue su residencia per­
manente en la R om a de los papas y de los césares. Se en­
cuentra junto a la colina del Palatino 6.
A diario podía contem plar, desde su celda, el diligente y
fervoroso franciscano los restos del grandioso palacio de
los césares sobre el Palatino. Para él son sólo «ruinas», que
no le causan especial em oción.

La fascinación de la Rom a cristiana

V ibra, en cam bio, cuando se pone en contacto con re­


cuerdos y monum entos cristianos. E l 12 de mayo de 1913
comentaba así sus vivencias de varios meses, en carta a su
madre:
«...Roma es un gran relicario, que conserva los huesos y
la sangre de los Santos y juntamente un magnífico monu­
mento de la ciudad de los césares, que gobernaban el
mundo entero entonces conocido.
Junto a las catacumbas, a las iglesias con sus ricos relica­
rios, se puede admirar aquí un gran montón de ruinas de
las antiguas murallas, del palacio de los césares, de las
termas y muchas otras cosas.
Frente a nuestro Colegio se extiende un verdadero ce­
menterio: las ruinas del palacio de los césares, circundado
de verde, se extienden sobre una alta colina. Más abajo se
puede admirar una zona toda ella recubierta de columnas
rotas y de restos de palacios.

6 Actualmente, este Centro está convenido en Casa Kolbe y en Sede


de la Milicia de la Inmaculada.

55
Al fondo aparece, ahora en decadencia, el Coliseo, cuyo
suelo está impregnado por entero de la sangre de los m ár­
tires...» 7.

Es posible que algún lector crítico o agudo se pregunte:


¿Es justo presentar aquellos m onum entos romanos com o
«un m ontón de ruinas» o com o «un cem enterio en
ruinas»? ¿A caso faltaba sentido artístico al joven fraile po­
laco?
N i una cosa ni otra. Fr. M aximiliano admiraba aquellas
ruinas, pero para él contaba ante todo la historia religiosa
y el carácter de R om a como centro de la cristiandad. Sus
innumerables iglesias, las reliquias de los Santos, las cele­
braciones sagradas, constituyen su mundo. Asiste y parti­
cipa en ellas con asiduidad y profundo espíritu de fe.
Tiene prisa por contarlo a su madre:

«H em os regresado hace poco del paseo, durante el cual


nunca falta una visita al Smo. Sacramento y en iglesias
siempre distintas, pues hay más de 300. H o y hemos estado
en la dedicada a Santa Cecilia, porque mañana es su fiesta.
Se cantaban allí las vísperas solemnes. Me ha impresionado
m ucho el canto del coro de hom bre y jóvenes...
En la iglesia está también el sarcófago con sus reliquias:
aquí fue martirizada. Todo esto suscita en verdad una
enorme impresión» 8.

R om a, la R om a de los papas, ejerció siempre en él una


permanente fascinación. En plena acción apostólica volverá
más de una vez a la R om a cristiana. N o perderá ocasión
para demostrar su amor a la Iglesia, a la Sede A postólica y
al V icario de C risto.
Tuvo la suerte de ser educado por el P. Stefano Ignudi,
su rector durante los últimos años de form ación y con fi­
dente del papa Benedicto X V . D e él aprendió el am or sin
reservas al Papa, la defensa de los derechos morales y ma­
teriales de la Iglesia y el espíritu antim asónico, que m oti­
vará en gran parte la fundación de la M ilicia de la Inm acu­
lada.

7 SK I, p.10.
8 S K I, p.5.

56
Vida interior y ansias de santidad

A través de las cartas que escribe en estos años, casi


todas a su madre y algunas a su hermano Jo sé (Fr. A l­
fonso), podemos asomarnos a su m undo interior.
Q ue fue un seminarista fervoroso queda fuera de toda
duda. Según algún com pañero de estudios ya apuntaba en
él la aureola de santo: «Desde 1913 hasta nuestra separa­
ción, hacia finales de agosto de 1919, me fui convenciendo
de que era verdaderamente un santo en el sentido preciso
del térm ino» 9.
Más interesante es el testim onio del antes citado P. Ig-
nudi. Las circunstancias en que lo prestó no dejan de ser
pintorescas. E n junio de 1921 llegó a R om a la noticia, no
se sabe cóm o, de que el P. M axim iliano K olbe había
muerto. C om o era costum bre, se celebra en el C olegio Se­
ráfico una misa de réquiem por su alma.
Poco después, el presuntamente muerto se entera de los
sufragios ofrecidos por él. Tom a el asunto con hum or — se
encontraba por entonces seriamente enfermo— y escribe a
su hermano Fr. A lfonso, el 29 del mismo mes: «H e en­
viado ya a R om a una carta com o dem ostración de que es­
toy todavía vivo» 10.
E l asunto no tendría m ayor im portancia si no fuera p or­
que con este m otivo el P. Ignudi escribe de su puño y le­
tra un elogio del «m uerto»:
«Junio, 14. H o y se ha cantado una misa de réquiem por
el alma del P. M aximiliano-Raim undo Kolbe, de la provin­
cia de Polonia, alumno de este Colegio, m uerto de tisis el...
Fue un angelito, un santito, lleno de fervor y de celo,
uno de los alumnos más observantes, edificantes y , aun en
los estudios, uno de los mejores que haya tenido este C o ­
legio.
Aquí instituyó entre los más generosos una asociación
devota de plegarias por la conversión de los pecadores, es­
pecialmente de los enemigos más nocivos de la Iglesia,
francmasones, etc., en honor de la Inmaculada, bajo el tí­
tulo: Militia Inmaculatae Conceptionis BM V , que dura to ­
davía...» n .

Al enterarse poco después el buen P. Ignudi de que no

* PíAC., A l di Id..., p.39.


,0 S K I, p.123.
11 S K I, p.126.

57
había m uerto el antiguo alumno del Colegio, escribió en el
espacio vacío: «¡N o ha m uerto! Fue una noticia falsa»
(ibid.). Pero con gran acierto e intuición no tachó cuanto
había escrito sobre él.
O tro antiguo rector, el P. Luigi Bondini, elegido más
tarde arzobispo de Perge, dijo de él: «Este muchacho
viene a visitarme y me propone graves cuestiones a las que
no sé responder» 12.

Confidencia a su hermano F r. Alfonso

Estos varios y documentados testimonios — que podrían


multiplicarse— se ven confirmados por confidencias del
propio interesado. Aspiraba sencillamente a la santidad y
vivía entregado sin reservas a su ideal religioso y sacerdotal.
Lo muestra de manera fehaciente una carta dirigida a su
hermano menor, Jo sé , en religión F r. A lfonso, el 21 de
abril de 1919. N o cabe pensar que esté inspirada por el ro­
manticismo juvenil o fervores pasajeros. La escribe un jo ­
ven de veinticinco años, ordenado sacerdote un año antes
y profeso religioso siete años atrás. R efleja la carta senci­
llez, sinceridad y una notable madurez y convicción. Es
un verdadero tratado de espiritualidad. H e aquí un resu­
men.
Se alegra en ella con el hermano por su celo en la difu­
sión de la gloria de D ios, frente a «la gravísima epidemia
de indiferencia que afecta, en grados diversos, no sólo a
los laicos, sino también a los religiosos...» Y le recuerda
que «la gloria de D ios consiste — prácticamente es lo
mismo— en la salvación de las almas...
Ahora bien: ¿cuál es el modo m ejor de dar a D ios la
mayor gloria posible y conducir a la santidad más elevada
el m ayor número de almas? Indudablemente, D ios mismo
conoce m ejor que nosotros un «tal m odo», porque es om ­
nisciente, infinitamente sabio... D e E l, por tanto, y sólo de
E l podemos y debemos aprender «tal modo».
Pero ¿cóm o revela D ios su voluntad? P or medio de sus
representantes aquí en la tierra. La obediencia, por tanto,
y sólo la santa obediencia, nos manifiesta con certeza la
voluntad de D ios...»

12 P ia c ., o .c ., p .39.

58
Explica y razona el sentido de esta obediencia y prosi­
gue: «... Es E l, pues, quien por medio de sus represen­
tantes en la tierra nos revela su Voluntad adorable y nos
atrae hacia E l y quiere, por medio de nosotros, atraer el
m ayor número posible de almas y unirlas a sí mismo del
modo más íntim o y personal...»
Apela luego al ejemplo de Jesús y a la necesidad del
am or: «Am or, pues, sin límites a nuestro m ejor Padre,
amor que se demuestra a través de la obediencia y se ejer­
cita sobre todo cuando se trata de cumplir cosas que no
nos son agradables. E l libro más bello y más verdadero
donde se puede profundizar sin descanso este amor con el
fin de imitarlo es el C rucifijo.
Sin embargo, todo esto lo alcanzaremos mucho más fá­
cilmente de D ios por medio de la Inmaculada, porque a
Ella ha confiado D ios toda la econom ía de la m isericor­
dia, reservándose para sí la justicia, com o dice San B er­
nardo» 13.
¿Precisa de algún com entario esta carta? Nada falta y
nada sobra en ella. Es una verdadera guía espiritual, exacta
y completa, sobre los fines y los medios para santificarse:
G loria de D ios - salvación de las almas - voluntad de
D ios - obediencia a los superiores - amor a C risto C rucifi­
cado - consagración o entrega a la Inmaculada... N o se
encuentra en la misma el más ligero atisbo de retórica o
sentimentalismo.
Estoy seguro de que el hermano conservó siempre esta
carta y trató de cumplir fielmente la consigna final:
«O rem os recíprocam ente y ayudémonos “ad quam maxi-
mam D ei gloriam per Inm aculatam ”» (ibid.). N o se trata
de una simple suposición. Am bos hermanos estuvieron y
vivieron siempre plenamente compenetrados en el ideal y
en la acción.
En todo caso, Fr. A lfonso consideró siempre a su her­
mano, dos años m ayor que él, com o su guía y maestro.

4. LOS COMIENZOS DE LA MILICIA DE LA INMACULADA

La M ilicia de la Inmaculada fue la obra predilecta del P.


K olbe. M ediante ella quiso expresar, ya antes de ser sacer-

13 SK I, p.44-46.

59
dote, su amor a la Inmaculada y su ardoroso celo apostó­
lico. Aparece mencionada en el elogio hecho por el citado
P. Ignudi con m otivo de su presunto fallecimiento. N o en
vano había sido éste confidente y animador del celoso jo ­
ven.
¿C óm o surgió esta obra? ¿C on qué finalidad?
Más adelante se explicarán con detalle los fundamentos,
características, medios de realización... de esta Asociación.
Ahora nos fijamos principalmente en los hechos históricos
y peripecias de su nacimiento.

Una reunión «semiclandestina»

Los hechos se desarrollan en la tarde del 16 de octubre


de 1917. Lugar: el C olegio Seráfico Internacional. H abita­
ción: una celda de la Casa. Acom pañan a fray M axim i­
liano, todavía simple subdiácono, en este encuentro «semi-
clandestino», otros seis compañeros del Colegio. Son los
cofundadores de la M ilicia de la Inmaculada.
Estos son sus nom bres: P. Jo sé Pedro Pal, rumano, ya
sacerdote; Fr. Q uirico Pignalberi, italiano, de la provincia
religiosa de Rom a, fallecido en 1982; Fr. A ntonio Glo-
winski, rumano, muerto muy joven, en 1918; Fr. Antonio
Mansi, italiano, de la provincia de N ápoles, muerto tam­
bién en 1918, de la llamada «gripe española»; F r. Enrique
Granata y Fr. G erónim o Biasi, muerto en 1929, ambos
italianos.
Se reúnen estos siete «Caballeros de la Inmaculada» en
una celda del convento y luego pasan a la Capilla. U n o de
los presentes, el P. Pal, narra así la historia:
«En la tarde del 16 de octubre de 1917, anticipación del
17, fiesta de Sta. Margarita M .a de Alacoque, nos reunió
en la celda contigua a la del P. R ector y nos leyó de una
pequeña hoja de papel el program a trazado por él solo,
que es el conocido y publicado en la hoja de inscripción
“La Milicia de la Inmaculada”. N os pidió que lo aprobá­
semos y nos suplicó que lo firmáramos. El primero en ha­
cerlo fui yo, com o sacerdote y m ayor. Me parece que Fr.
Maximiliano lo firmó el último.
De la celda pasamos todos a la Capilla del Colegio, y
sin que se enteraran los demás, bendije la medalla y la im­
puse a los primeros conmilitones de la Inmaculada, a mí
mismo y a Fr. Maximiliano. H echo esto, furtivamente y

60
en silencio, nos retiramos cada uno a nuestra celda. Todo
se hizo a escondidas. Lo sabía solamente el P. Rector, pero
no estuvo presente. Las bases de la Milicia de la Inmacu­
lada estaban puestas» H.

Luego cayó el silencio más com pleto sobre dicha M ili­


cia. Durante un año apenas se supo de ella. Algunos de los
cofundadores fueron llamados a filas; dos murieron de la
gripe, llamada por los italianos la «fiebre española» (1918).
Parece que los superiores, sin prohibirla, tam poco per­
mitieron su expansión. Tal vez querían evitar la form ación
de capillismos o grupos, siempre peligrosos en com uni­
dades de este tipo; o tal vez quisieron probar la solidez de
aquella asociación. El P. R ector, que veía con buenos ojos
la nueva obra, consciente de las naturales dificultades, es­
peraba prudentemente las circunstancias oportunas para
estimularla y promoverla.
N o pierde en absoluto su paz interior el joven francis­
cano. Estos meses de silencio y oscuridad le sirven para
madurar su proyecto original y sus objetivos. Durante este
período se preguntaría, com o nos preguntamos nosotros,
sobre las circunstancias que dieron origen a su singular
M ilicia y sobre la fuerza que le impulsaba.
Tenem os una respuesta segura a estos interrogantes en
varias cartas de este tiempo y de años posteriores (cf., v.
gr., las cartas 22, 37 y 38, en Escritos I, p.37s, 68-74s).

Los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas

La primera inspiración de la M ilicia — prescindiendo de


antecedentes más rem otos— parece que arranca de la me­
ditación matinal del 20 de enero de 1917. Aquella mañana
había hablado el P. R ector, a los estudiantes franciscanos,
de la conversión del judío Alfonso de Ratisbona en la igle­
sia de S. Andrea delle Frate. Precisamente se celebraba
aquel día el 75.° aniversario del acontecim iento. A Fr.
M aximiliano le im presionó fuertemente la eficacia de la
Medalla milagrosa. Y en aquel m om ento concibió la idea
de la M ilicia de la Inmaculada.
Las circunstancias externas o la ocasión se relacionan
con la masonería. Esta secta secreta no cesaba en sus ata-

14 C it. p o r RlCCIARDI, p.60ss.

61
ques a la Iglesia y, en particular, al corazón de la cristian­
dad. E l joven franciscano se sintió profundamente conm o­
vido al enterarse de una ostentosa manifestación, organi­
zada por la masonería. Conm em oraban con ella el segundo
centenario de su existencia y la muerte de G iordano
Bruno.
C on dicho m otivo, la R om a de los papas se vio invadida
por masas vociferantes que portaban un estandarte con la
efigie del arcángel San M iguel, asustado y aterrorizado por
Satanás. Llegado el cortejo a la plaza de San Pedro, desple­
garon pancartas con una inscripción, coreada por los pre­
sentes: «Satanás reinará en el V aticano, el Papa debe ser su
siervo».
Llegan las noticias al humilde fraile de la vía de San
T eod oro, quien se entristece y sufre. ¿Q u é puede hacer él?
Piensa cóm o com batir y vencer a la masonería y demás
enemigos de la Iglesia.
Su amor a la Virgen le inspira la solución: Ella, la In ­
maculada, es la que «pisoteará la cabeza de la serpiente»
(G én 3,15). Cuantos a Ella se consagren, com o hijos de la
luz, vencerán a los descendientes de la serpiente, los hijos
de las tinieblas.

La Inmaculada y la tradición franciscana

Durante siglos la O rden Franciscana se distinguió en la


defensa del privilegio de la Inmaculada. Fiace falta ahora
— piensa él— que este privilegio sea vivido, y él se siente
llamado a participar en la empresa. Años más tarde, en
horas difíciles para él y para su M ilicia, lo explica así en
carta a su P. Provincial (25-11-1933):
«Durante siglos hemos luchado por el reconocim iento
de la verdad de la Inmaculada Concepción, y esta lucha ha
sido coronada por la proclam ación del dogm a y por las
apariciones de la Inmaculada en Lourdes.
Es hora de pasar a la segunda parte de la historia: sem­
brar esta verdad en las almas, cuidar de su crecim iento y
hacer que produzca frutos de santidad...» 15.

C om o nuevo David, se dispone a luchar contra todos

15 S K I, p .890.

62
los Goliats de la era moderna, llámense masonería, lai­
cismo, comunismo...
Será tal vez una simple coincidencia, pero el hecho es
bien significativo. Cuando se funda la M ilicia de la Inma­
culada, estalla en Rusia la Revolución comunista de octu­
bre. Pero en el mismo mes culmina el ciclo de las apari­
ciones de la Virgen en Fátima... ¿Simples coincidencias o
planes providenciales? 16
En todo caso, Maximiliano Kolbe se sintió llamado para
este combate espiritual mediante la M ilicia. Nunca dudó
de que fuese la Virgen misma quien lo quiso. Para su
fuero interno recibió toda clase de seguridades de su direc­
tor espiritual respecto a la autenticidad de la llamada.
En el fuero externo, siempre, aun en momentos muy pe­
nosos para él, obedeció con plena sumisión a sus supe­
riores. Lo razona así a su compañero el P. Quirico Pignal-
beri (27-XI-1918):
«Pero usted me preguntará tal vez (o tal vez no) de
dónde sé que precisamente nuestra Santísima Soberana lo
quiere así. ¿D e dónde? Del medio más seguro, po r el que
se puede conocer la voluntad de D ios y, por tanto, de
nuestra Señora y M adre Santísima. De la obediencia en el
fuero interno. Y esto basta...
Se entiende que, en cuanto la cosa se hace externamente,
la voluntad de Dios se manifiesta por la voluntad de los
superiores en el fuero externo...» ’ 7.

Siempre permaneció fiel a este criterio. Nunca se sintió


un iluminado o carismático ajerárquico. Actuó en toda cir­
cunstancia bajo la obediencia. Y de este modo comprobó
la autenticidad de su llamada.

Los orígenes de la Milicia de la Inmaculada,


narrados por su creador

Hasta aquí hemos narrado los comienzos de la M ilicia


de la Inmaculada apoyados en fuentes seguras y bien do­
cumentadas.

16 Parece probado que el P. K olbe no conoció en vida las apariciones


de la Virgen en Fátima. A sí opina V lL L E P E L É E , en su obra Tras las huellas
de M axim iliano K olbe: «El, que habló de los principales acontecimientos
marianos, no habría vacilado en m encionar, p o r lo m enos, el de Fátima»,
p.65 nt.2.
17 SK I, p.38.

63
E l amigo y devoto del P. K olbe querría saber, si posible
fuera, de boca de su creador noticias y detalles más con ­
cretos.
P or suerte disponemos de un precioso docum ento, es­
crito por el mismo P. M aximiliano en persona. L o hizo a
ruegos o mandato del P. C ornelio C zupryk, a la sazón
superior de la Mugenzai no Sono (Jardín de la Inm acu­
lada) japonesa. Lleva por título «C óm o ha surgido la M ili­
cia de la Inmaculada». Se escribe antes del 16-X -1935.
D ocum ento inédito en vida de su autor, aparece publi­
cado en la edición com pleta de sus Escritos (t.III, p.668-
672). H e aquí su traducción:
«H a pasado ya mucha agua bajo los puentes: ocurrió
hace casi dieciocho años; muchos detalles, por ello, los he
olvidado ya casi. Sin embargo, dado que el P. Guardián
[P. Cornelio C zupryk] me manda narrar los com ienzos de
la M. I., describiré lo que la memoria me permite aún re­
cordar.
Recuerdo bien que reflexionaba con mis com pañeros se­
minaristas sobre la miserable condición de nuestra O rden
y sobre su futuro. Y en aquellos m omentos se grababa en
mi ánimo la siguiente idea: o volver a restaurarla o m an­
darla a paseo. Experim entaba un vivo disgusto por aque­
llos jóvenes que entraban en nuestra O rden, frecuente­
mente con la mejor intención, y que las más de las veces
perdían su ideal de santidad precisamente en el convento.
Pero no sabía bien cóm o actuar.
Recuerdo aún que, siendo un chiquillo, me había com ­
prado una estatuilla de la Inmaculada por 5 kopeks.
Además, en el Seminario M enor, cuando asistíamos en
grupo a la santa misa, rostro en tierra prom etí a la Santí­
sima Virgen María, cuya imagen dominaba sobre el altar,
que combatiría por Ella. ¿C óm o?
N o lo sabía; sin em bargo, imaginaba una lucha con
armas materiales; y por este m otivo, cuando llegó el m o­
m ento de iniciar el noviciado (¿o de emitir la profesión?)
confié al P. M aestro, el P. Dionisio Sowiak, de santa me­
m oria, esta dificultad mía para entrar en el estado reli­
gioso. El transform ó aquella decisión mía en el com p ro­
miso de recitar cada día el «Sub tuum praesidium». T od a­
vía continúo recitando esta plegaria, aun sabiendo ya cuál
sería la batalla que estaba en el corazón de la Inmaculada.
N o obstante estar bastante inclinado al orgullo, la In­
maculada me atraía muy fuertemente. En mi celda tenía
siempre encima del reclinatorio la imagen de un Santo al
que se había aparecido la Inmaculada; con frecuencia,

64
pues, me dirigía a Ella con la plegaria. Viendo esto, algún
religioso me decía que debía y o tener mucha devoción a
aquel Santo.
Cuando la masonería, en Roma, salió a la luz pública de
un m odo cada vez más audaz, portando sus propios estan­
dartes hasta las ventanas del Vaticano — haciendo pintar en
la bandera negra de los secuaces de G iordano Bruno un
San Miguel Arcángel a los pies de Lucifer, y atacando
abiertamente al Santo Padre en folletos de propaganda— ,
nació la idea de instituir una asociación que se com prom e­
tiese en la lucha contra la masonería y los demás servi­
dores de Lucifer.
Para convencerme de que tal idea venía de la Inmacu­
lada, consulté a mi director espiritual, en aquellos años el
P. Alejandro Basile, jesuíta, confesor ordinario de los
alumnos del Colegio. Alcanzada la seguridad po r parte de
la santa obediencia, me propuse dar com ienzo a la obra».

Narra las circunstancias de una enfermedad sufrida y


prosigue:
«P or prim era vez puse al corriente de la idea de dar co­
m ienzo a la asociación a Fr. G irolam o Biasi y al P. José
Pal, ordenado sacerdote antes que y o , aun siendo del
mismo curso. Sin embargo, puse com o condición que cada
uno de ellos consultase ante todo con su propio padre es­
piritual, para asegurarse de la voluntad de Dios.
Después de haber restaurado un poco mis energías, fui
mandado a V iterbo, con el seminarista Fr. A n tonio G lo -
winski, mi colega, para un período de vacaciones suple­
mentarias. En aquella ocasión, Fr. A n tonio G low inski en­
tró en la M. I. Poco después se agregaron Fr. A ntonio
Mansi, de santa memoria, y Fr. Enrique Granata, semina­
ristas ambos de la Provincia de Nápoles.
Exceptuados éstos, que pertenecían a la M. I., nadie en
el Colegio sabía de la existencia de la Asociación. Sólo el
rector, P. Stefano Ignudi, en calidad de superior, estaba al
corriente: la M. I. nada hacía externamente sin su permiso,
porque esto era expresión de la obediencia, e.d., de la v o ­
luntad de la Inmaculada.
A sí, pues, con el consentim iento del P. Rector, el 17 de
octubre [la tarde del 16] tuvo lugar la prim era reunión de
los prim eros siete componentes, es decir... [da los nombres
ya conocidos].
La reunión tuvo lugar por la tarde, en secreto, en una
celda interior cerrada con llave, escogida tal vez para ejer­
cer una cierta presión sobre los participantes (?). Frente a
nosotros estaba una estatuilla de la Inmaculada entre dos

3 . — M. Kolbe
65
velas encendidas. F r. Girolamo Biasi hizo de secretario. El
objetivo de aquella primera reunión fue la discusión del
“program a de la M. I .” [la hoja de inscripción], en razón
de que el P. Alejandro Basile, que era también confesor
del Papa [Benedicto X V ], había prom etido pedir al Santo
Padre la bendición para la M. I.
P. Basile, sin embargo, no mantuvo la promesa y nos­
otros alcanzamos la primera bendición oral del Santo Pa­
dre por medio de S. E xc. Mons. D om enico Jaquet, profe­
sor de historia eclesiástica en nuestro Colegio.
Durante más de un año, desde la primera reunión, no se
verificó desarrollo alguno en la M. I.; más bien contrarie­
dades de diverso género se acumularon, hasta el punto de
que a veces los mismos componentes se sentían incómodos
al hablar de ella entre sí. H asta uno de ellos intentaba, por
añadidura, convencer a los otros de que la M. I. era algo
inútil.
Fue entonces cuando se fueron junto a la Inmaculada,
con maravillosos signos de elección, P. A ntonio Glowinski
y , diez días después, F r. A ntonio Mansi, a causa de la fie­
bre española.
En cuanto a mí, las condiciones de mis pulmones sufrie­
ron un agravamiento: cuando tosía, escupía sangre, y éste
fue el com ienzo del cambio. H abiendo sido dispensado de
las clases, aproveché aquel tiempo para transcribir el “P ro ­
grama de la M. I .” y lo remití al R. P. General [o mejor
Vicario General, P. Dom enico Taviani], con el fin de al­
canzar su bendición escrita. “Si fuerais al menos d o ce...”,
dijo el R. P. General. Escribió su bendición y expresó el
deseo (precisamente en aquella ocasión, según creo) de que
la M. I. se propagase entre nuestros jóvenes.
Desde aquel m om ento, los nuevos adheridos com enza­
ron a aumentar cada vez más.
En aquel primer período de la vida de la Milicia, la acti­
vidad consistía — además de la oración privada— en la dis­
tribución de medallitas de la Inmaculada, llamadas “Meda­
llas milagrosas”. En una ocasión el mismo R. P. General
nos dio dinero para que comprásemos más de ellas».
(Escrito en Mugenzai no Sono, antes del 1 6 -X -1 9 3 5 ).
S K III, p . 6 6 8 - 6 7 2 .

5. SACERDOTE DE CRISTO

Para la M ilicia de la Inmaculada, 1918 fue un año de si­


lencio; para su iniciador y fundador el año de su ordena­
ción sacerdotal. H abía cumplido ya los veinticuatro años.

66
Esperaba ser ordenado en la fiesta de Pentecostés. Pero,
por entrar en vigor en dicha fecha el Código de Derecho
Canónico, las ordenaciones se anticipan.
La noticia le sorprende el 9 de abril. Con gran paz la re­
cibe. Está preparado. No tiene que improvisar. Con un
cierto temblor dirige una súplica a la Madre. Leemos en su
Diario:
«A b ril 9. El P. Rector (P. Stef. Ignudi) me ha mandado
prepararme para el examen que debe hacerse en el Vica­
riato antes de la ordenación sacerdotal.
¡O h Inmaculada y Señora mía!, ayúdame a prepararme
bien a un m omento tan importante. Mientras pienso en
ello, p o r una parte experimento un cierto espanto frente a
tan gran poder, pero po r otra siento un ardiente deseo de
un m omento tan largamente anhelado.
Escribo esto para que en el fu tu ro , cuando lea estos
apuntes, mi fervor se inflame cada vez más» 18.

Por otra anotación, que hace el 9 de mayo, conocemos


los detalles de su preparación inmediata y de la misma or­
denación y primera misa.
Realiza el examen el 24 de abril. Hace sus ejercicios es­
pirituales siguiendo el libro de Mons. Graselli, «bajo la
guía de la Inmaculada, la mejor Madrecita». Le confiere el
presbiterado el Card. Basilio Pompilj, vicario de Su Santi­
dad. Pero leamos su propia narración:
«... En la m añana del 2 6 , después de las oracion es,
hemos salido de la capilla y hacia las siete hemos dejado el
Colegio, dirigiéndonos a la Iglesia de S. A ndrea della V al­
le. A llí, revestidos con los ornam entos diaconales, me he
preparado juntamente con los demás a la prim era santa
misa...
S. Em. el Cardenal V icario se reviste los ornamentos sa­
grados y comienza la celebración de la santa misa...
Tanto yo com o el P. Cam ilo hemos estado asistidos por
el P. Sobus (americano de origen polaco).
Después de la consagración me han venido las lágrimas
a los ojos, pero ha sido necesario contener la emoción y
recitar la plegaria del canon junto con S. Em. el Cardenal.
Tras la ordenación he vuelto a casa. ¡Q ué im presión! Es
preciso reconocer que la Inmaculada se ha dignado acom­
pañarme hasta este punto...
A l día siguiente, 29, he celebrado la santa misa en el al­

18 SK II, p.732.

67
tar en el que la Inmaculada se dignó aparecer al P. Ratis-
bona, y además (contra toda esperanza) la misa [votiva] de
la Medalla M ilagrosa...» 19.

D entro de su sobriedad, estas anotaciones dejan traslucir


la sólida espiritualidad del neosacerdote. N o faltan las lá­
grimas, pero se ven contenidas. Rebosan gozo espiritual,
paz, amor a la Inmaculada.

Vivencias del neosacerdote

N os gustaría, obviamente, penetrar un poco más en el


mundo interior del neosacerdote. P or suerte se ha conser­
vado una carta a su madre, escrita meses más tarde, en la
que cuenta con más detalle las circunstancias de la ordena­
ción y expresa los sentimientos que le embargan.
Sólo en espíritu pudo acompañar la madre al hijo en el
día de su o rd en ació n . C raco v ia quedaba m uy le jo s de
Rom a, atendidas las circunstancias de la época. La corres­
pondencia epistolar, por otro lado, circulaba con poca flui­
dez a causa de la Gran Guerra. Es más que probable que
M aximiliano anunciara a su madre la fecha de su ordena­
ción. En agosto es ella la que escribe a su hijo. La carta
debió de llegar con mucho retraso. M aximiliano le da con ­
testación a fines de septiem bre o prim eros de octubre.
M enciona el 26 de septiem bre com o el día de su 1 5 2 .a
misa. Se extiende luego en la narración y descripción de
los hechos ya conocidos, de los ritos de la ordenación, y
deja luego explayarse sus sentim ientos:
«R econozco con gratitud que todo este acontecimiento
ha sido un don alcanzado p or la intercesión de la Inm acu­
lada, nuestra Madrecita com ún. ¡Cuántas veces en la vida,
pero particularmente en los momentos más importantes,
he experimentado su especial protección!
Gloria, pues, al Sacratísimo Corazón de Jesús a través
de Aquella que ha sido concebida sin pecado, la cual es el
instrumento en las manos de la misericordia de D ios para
la distribución de las gracias. Pongo en Ella, por lo demás,
toda mi confianza para el futuro.
En cuanto a mí, habría muchas cosas que con tar; si el
Señor Dios lo quiere, lo haremos de viva voz (si es que
sigo vivo) [alusión a la tuberculosis que le amenazaba],

19 SK II, p.733ss.

68
Sólo que, com o ya he dicho antes, reconozco en todo una
especial protección de la M adrecita Inmaculada...
Me encomiendo fervorosam ente a tus oraciones, mamá,
para que yo pueda corresponder de m odo adecuado a tan
grandes gracias y a tan alta dignidad...» 20.

Podemos imaginar el gozo de la madre al recibir esta


carta. Su hijo Raimundo —Fr. Maximiliano— ya es sacer­
dote de Cristo. Ella no puede verle celebrando misa, pero
cada día se une a él en espíritu. El celebra cada día, se
siente identificado con el Sacerdote Supremo, con sus in­
tenciones, con su sacrificio.
La misa se convierte, durante bastantes meses, en su
principal y casi única acción apostólica. Anota cada día en
su cuaderno la intención concreta por la que la ofrece.
Más adelante nos referiremos a ellas (cf. cap.VI).

«Totus tuus»

Todavía no ha concluido su formación teológica. A l­


terna, en el último año de su estancia en Roma, el estudio
y la preparación al doctorado con algunas actividades pas­
torales.
La M ilicia em pieza a salir del anonim ato. El 28 de
marzo de 1919 escribe en su diario: «El Santo Padre [Be­
nedicto XV], por medio del Arz. Mons. Jaquet ha bende­
cido la Asociación de la Inmaculada entre los alumnos del
Colegio» 21. Poco a poco, y cada vez con m ayor claridad,
el ideal de la M ilicia de la Inmaculada se convertirá en su
programa de vida sacerdotal.
El tiempo corre veloz en Roma y se acerca el final de
sus estudios. A través de sus anotaciones personales po­
demos seguir los principales acontecimientos y sus viven­
cias en este período. Se siente cansado físicamente, pero
lleno de paz y buen ánimo.
H e aquí algunos de estos ap u n tes: 4 de a b ril: «El
Rvdmo. P. Vicario General ha dado su propia bendición
escrita a la M. I.» 12: «La Inmaculada, “mi Confianza”,
me ha ayudado a superar los exámenes de Teología moral
y Derecho eclesiástico...” 17, Jueves Santo: «H e recibido

20 S K I, p.31ss.
21 S K II, p.749.

69
la s. C om unión de manos del S. Padre [Benedicto X V ]...
El S. Padre ha bendecido 10 medallas milagrosas». 24: «H e
llevado algunos libritos a los p risioneros de guerra p o ­
lacos». 28: «Prim er aniversario de la ordenación sacerdo­
tal» 22.
E n el mes de mayo se ofrece a ir com o capellán de un
grupo de prisioneros de guerra polacos. N o se le autoriza
por su débil salud. El 24 escribe: «Fiesta de M aría, “A uxi­
lio de los cristianos”. C om o era voluntad de la Inm acu­
lada, he llevado a térm ino los últim os exámenes (es culpa
mía, si no he hecho lo posible para trabajar m ejor)». En
realidad, los supera brillantem ente y corona con el d octo­
rado en teología.
G ran parte del mes de ju n io la pasa fuera de R om a.
M archa hacia el Sur, visita la ciudad de Ravello en busca
de datos sobre su antiguo com pañero F r. A ntonio Mansi.
Vaya donde vaya, un solo pensamiento le guía: la Inm acu­
lada y su M ilicia. H ace breves anotaciones, que en algún
caso se alargan.
E l 16 de junio, después de relatar los hechos externos
del día, escribe:
«M editación: Bendita seas por siempre, Señora y Reina,
M adrecita mía, que te dignas pensar todavía en mí, tan
lleno de soberbia, de am or propio. En el juicio final sa­
brán todos que has sido tú quien me lo ha dado to d o ,
mientras que yo soy la nada.
Bendita seas p or siem pre, oh Inm aculada; y o , cierta­
mente, soy tuyo, totalmente tuyo, en cuanto al alma y en
cuanto al cuerpo; mi vida entera, mi muerte, mi eternidad
te pertenecen para siempre; dígnate hacer de mí lo que te
plazca.
Y o estoy plenamente satisfecho. Si te place, dígnate lle­
varme en este mismo instante. Si prefieres más tarde en­
tonces más tarde. Soy tu yo, M adrecita» 23.

Este era el mundo en el que vivía. N o por ello se sentía


ajeno al otro, al exterior. Seguía con interés los últimos
acontecim ientos posbélicos. E l día 28 anota: «¿L a firma de
la paz?» Y el 29: «Es incierta» 24. Se refería al Tratado de
Versalles, firmado el 2 8 -V I-1 9 1 9 , que señaló las fronteras
de la Polonia libre e independiente.

22 SK II, p.750.
23 SK II, p.755.
24 Ibid.

70
Todo estaba preparado para su regreso a la patria. Siete
años, casi completos, ha pasado en la Ciudad Eterna. No
le preocupa el futuro. Todo lo ha puesto en manos de la
Inmaculada. Irá y trabajará donde los superiores le desti­
nen. La Orden Franciscana tiene puestas en él grandes es­
peranzas. ¿Le permitirá su escasa salud satisfacerlas?
A finales de julio se encuentra ya en Polonia. Comienza
la etapa de la acción apostólica.

B) Vida y acción apostólica

1. UN PROFESOR C O N PO C A VOZ

Cuando se tienen veinticinco años, fervor espiritual, só­


lida formación filosófica y teológica y un gran ideal en el
corazón..., ninguna dificultad se presenta insalvable.
Es cierto que al P. Maximiliano le flaquea la salud. Vive
amenazado por la tuberculosis, que ya ha llevado al sepul­
cro a otros jóvenes religiosos. No obstante, se dispone a
cumplir la tarea de profesor que le encomiendan sus supe­
riores. Simultáneamente irá realizando el gran ideal de su
vida: la propagación de la M ilicia de la Inmaculada.
En el otoño de 1919 comienza a explicar historia de la
Iglesia en el Seminario franciscano de Cracovia. No le falta
competencia, ilusión y entrega. Pero le falta voz. Se agota
en el esfuerzo, pero los alumnos no llegan a escuchar sus
explicaciones —¡lástima, pensamos, de unos buenos micró­
fonos y altavoces!— . De poco parecen servir sus dos doc­
torados.
Es relevado de la cátedra y destinado al ministerio del
confesionario en la iglesia del convento. El cambio em­
peora su salud. Encerrado horas y horas en el confesiona­
rio, sin movimiento y sin aire fresco, se cansa mucho más.
Humanamente hablando, una situación como la suya
—¡con veintiséis años escasos!— sería como para descora­
zonar al más valiente. Pero él confía. No pierde la paz. Y
va, mientras tanto, poniendo las bases de la M ilicia en Po­
lonia. Habla con unos y con otros, buscando colabora­
dores.

71
El 7 de octubre había escrito en su D iario:
«... H o y , una obra de la M adrecita Inmaculada me em­
puja a tom ar la pluma. Durante la recreación de la tarde,
seis clérigos (seminaristas), junto con el R . P. M aestro,
P. Czeslaw Keller, han inscrito sus nombres en un registro
de la Milicia de la I...
Madrecita, yo mismo no sé qué dirección tom ará todo
este asunto, pero Tú dígnate hacer conm igo y con todos
nosotros aquello que más te agrade, a la m ay or gloria p o ­
sible de D ios; yo soy tuyo, ¡oh, mi M adrecita Inmaculada!
Tú ves que soy bastante miserable, que camino al borde de
un precipicio, que estoy lleno de am or propio.
Si Tú me dejas escapar un solo instante de tus manos in­
maculadas, prim ero caeré en los más graves pecados, y
luego en el fondo del infierno; sin embargo (aunque no lo
merezca), si no me dejas escapar y eres mi guía, no caeré
—estoy seguro— y llegaré a ser santo, un gran santo.
Madrecita, dígnate volver tu rostro, a fin de que este es­
crito mío sea para tu m ayor gloria posible...» (El
subrayado es mío) 25.

Leídas estas expansiones íntimas, no sabemos qué admi­


rar más, si la humildad y magnanimidad o el santo aban­
dono de quien se confía a la M adre: «yo soy tuyo». ¿N o
nos recuerdan a otro hijo de Polonia, fino y tierno devoto
de la Señora?
Nada tiene de extraño que quien vivía consagrado a la
Inmaculada conservara la paz, a pesar de la tuberculosis.
P or otro lado, la M ilicia crecía constantem ente. Llega la
aprobación del arzobispo de Cracovia. El mismo P. P ro ­
vincial le pide que la propague. P or millares se imprime y
divulga el programa de la M ilicia.
Pero... ¿por cuánto tiempo podrá seguir al frente de ella
su fundador?

2. ZAKOPANE, ¿FRU STRACIO N O M ADURACION ?

Desde el 21 de junio de 1920 hasta el 20 de agosto de


1921 no hay anotación alguna en el Diario. ¿Q ué ha ocu­
rrido en este largo período? Es él quien escribe: «Este
tiempo lo he pasado en parte en Zakopane, del 11 de

25 S K I I , p.757.

72
agosto hasta el 22 de abril de este año, y en parte en Nies-
zawa, desde el 4 de m ayo...» 26.
Su salud había empeorado gravemente. Los superiores le
envían a un sanatorio climático, en Zakopane, al sur de
Polonia, en las estribaciones de los montes Tatra y muy
cerca de la frontera con Checoslovaquia. Piensan que el
bellísimo paisaje, el aire puro, los bosques de coniferas...
contribuirán a su curación. Mejorará, ciertamente, pero
nunca curará del todo. Frecuentes recaídas le obligarán a
esporádicos internamientos. Este primero se prolonga por
un año y medio.
H ay que ponerse en su lugar. A sus veintiséis años, con
un ansia incontenible de acción apostólica, se ve forzado a
un reposo casi absoluto. No permanece ocioso, sin em­
bargo. El dolor físico le purifica y le obliga a concentrarse
en lo esencial.
Tampoco abandona el apostolado. Sigue fidelísimamente
los consejos de los médicos, obedece las prescripciones de
sus superiores y trabaja, a su manera, por la Inmaculada.
En Zakopane no faltan ocasiones para hacer el bien. Y
él sabe aprovecharlas. Al enterarse de que en uno de los
pabellones se encontraban en período de cura estudiantes
universitarios y profesores, se acerca a ellos y promueve
diálogos y discusiones sobre temas religiosos.
Muchos son judíos, otros protestantes, otros incrédulos.
Con todos habla, y pone en acto sus conocimientos filosó-
fico-teológicos. ¡Con qué alegría comunica sus experien­
cias a su amigo el P. Girolamo Biasi, uno de los cofunda-
dores de la M ilicia! Le escribe el 25 de enero de 1921:
«Escribo poco, porque estoy enferm o y aun febricitante.
C ontinúo en el hospital com o capellán y paciente a la vez.
N o lejos de aquí está una casa de salud de estudiantes
de Universidad con fama de irreligión... Tuve con ellos
una serie de discusiones apologéticas... El más encarnizado
adversario... cedió a la gracia de D ios po r medio de la In­
maculada; y con admiración de sus colegas dijo pública­
mente que quería confesarse, y lo hizo en seguida...
En la misma casa he tenido la alegría de bautizar a un
judío estudiante universitario y le di los últimos sacra­
m entos...» 27.

26 SK II, p.768.
27 S K I , p.109.

73
Trabaja también con un grupo de prisioneros bolchevi­
ques, que estaban concentrados en las cercanías, y les deja
libros de apologética en ruso. D e todo habla en la carta,
que concluye así: «O rem os, suframos y trabajem os por
amor a Jesús en manos de la Inmaculada. D entro de poco,
en el paraiso» (ibid.).
C on su hermano Fr. A lfonso la correspondencia es más
frecuente. Le cuenta lo que hace, lo que sufre, lo que
proyecta. En varias cartas le dice que los superiores quie­
ren que no se preocupé de nada, ni aun de la M ilicia. El
trata de cum plirlo, pero no deja de aludir a ella. ¿C óm o
podría olvidarla si es el amor de su vida?
Y , sobre todo, no cesa en su apostolado sencillo del diá­
logo, del tú a tú. Q uieren impedirle los contactos con los
universitarios, pero él defiende sus derechos. «La Inm acu­
lada — escribe a su hermano— me ha dado un poco de
energía y me he opuesto, haciéndoles presente que yo
también soy un huésped com o los demás, y soy libre de
entrar en las horas de visita; por tanto, no se pueden hacer
excepciones».
Tam poco olvida a su madre. N o quiere que sufra por él.
Las condiciones del lugar — le escribe— son magníficas
para su curación: «Por esto, que se cumpla la voluntad de
D ios, sea que el mal permanezca, sea que se alivie o desa­
parezca del todo» 28.
U n pensamiento o proyecto no le abandona. Q uiere pu­
blicar una revista que sea vínculo y estímulo para los
m iembros de la M ilicia y llegue al m ayor número posible
de personas. Será el primer paso y el primer logro de otro
sueño: la fundación de una Ciudad de la Inmaculada, cen­
tro de irradiación universal de su ideal.

3. EL CABALLERO DE LA INMACULADA
(«Rycerz Niepokalanej»)

U n sobre misterioso

Increíble parece, pero es real. En enero de 1922, poco


después del período de cura y convalecencia en Z ako-
pane, se edita el primer número del Rycerz Niepokalanej

28 S K I , p .8 8 .

74
= Caballero de la Inmaculada. La tirada es de 5.000 ejem­
plares, con una presentación tan modesta que ni siquiera
lleva portada.
Su aparición ha sido poco menos que milagrosa. El edi­
tor, un fraile enfermizo, carece de todo soporte econó­
mico. Casi nadie le apoya. Algunos de sus compañeros del
convento de Cracovia sonríen ante sus planes, sus «sueños
utópicos». Los superiores le han concedido la autoriza­
ción, pero sin ningún respaldo económico para su aven­
tura.
El P. Provincial le ha dicho: «Iniciad la publicación de
El Caballero, pero a condición de que ningún gasto deba
ser soportado por la administración provincial» .
No le queda más remedio al pobre fraile que pedir li­
mosna de puerta en puerta. En dos ocasiones lo intenta,
pero se ve vencido por la vergüenza. Entra un día en una
tienda a solicitar una limosna para su publicación, pero, en
lugar de hacerlo, compra cualquier cosa. Otro día va a en­
trar en otro comercio, pero sale al momento con el rostro
arrebolado.
¿Qué puede hacer? Porque se le echan encima las fac­
turas del primer número. Por suerte encuentra un alma
buena, un párroco de Cracovia, quien intuye la santidad
de la empresa y se da cuenta de las dificultades económicas
de su promotor. Se compromete a pagar la mitad.
¿Cómo pagar la otra mitad de los gastos?
La Inmaculada, que no abandona a su fiel caballero, pa­
gará lo que resta. ¿Adonde acudir si no? No encontrando
solución humana, se dirige el joven fraile a la basílica de
San Francisco, en Cracovia, y se postra ante la imagen de
la «Virgen dolorosa bienhechora». Afligido pero lleno de
confianza, le expone su problema. Y al levantarse... ad­
vierte sobre el altar un objeto, no precisamente litúrgico.
Es un sobre a él destinado. ¿Quién lo ha puesto allí? Lo
toma y lo lee: Para ti, Madre Inmaculada.
Con emoción lo abre y encuentra en él la cantidad que
falta para pagar la factura...
La veracidad del episodio —cualquiera sea su explica­
ción— está perfectamente documentada. Lo contó en el
Proceso de beatificación el P. Quirico Pignalberi, amigo y

29 Ríe., p.95.

75
confidente del P. K olbe, de cuyos labios lo había escu­
chado.
C on ánimo renovado y confortado prosigue adelante Fr.
M aximiliano. N o se trata de un capricho o de ansias de
notoriedad. Piensa el humilde franciscano que en la socie­
dad moderna no bastan las misiones populares u otros m i­
nisterios tradicionales, importantes y aun necesarios, pero
concurridos de ordinario por quienes menos necesidad tie­
nen. ¿C óm o llegar a los otros, a los que no acuden a las
misiones o a las predicaciones ordinarias?
Hay que servirse de los medios modernos, prensa, radio,
etcétera.
Esta es su más firme convicción. Y sigue adelante.
E l número segundo de la revista alcanza una tirada de
10.000 ejemplares y con el sexto se llega a los 50.000.
Gran parte se emplea en la propaganda enteramente gra­
tuita. A su tiempo llegarán las suscripciones fijas.
E l problem a sigue estando en encontrar el dinero nece­
sario. Busca las imprentas más baratas. Y termina por con ­
vencerse de que lo m ejor es adquirir una imprenta propia,
aunque sea modesta. Busca y encuentra. Y logra pagar
todos los costos, tras sufrir algunas humillaciones.

V icisitudes y su frim ientos m orales

Su m ejor biógrafo, el P. A ntonio Ricciardi, com enta so­


bre este período de la vida de nuestro Santo: «N o du­
damos en afirmar que los años 1922-23 han sido los más
difíciles: aquellos en los que su ánimo se templó en la in­
candescencia del saber sufrir...» 30.
N o dice más, pero el lector comprende. N o es ahora la
tuberculosis, el dolor físico. Es otro género de sufri­
m iento, que nunca falta a los santos. Se amontonan difi­
cultades de orden moral, incomprensiones por parte de los
compañeros del convento, ironías... Algunos le tachan de
soñador, de meterse en empresas que superan sus fuerzas,
de falta de realismo, de com prom eter a la Comunidad con
su actuación... Examinan los primeros números de la re­
vista y los encuentran deficientes.
El más moderno de los biógrafos, el P. Pancheri, resume
así la situación:

30 Ibid., p.102.

76
«Las críticas sé concentran ahora' sobre el contenido, el
estilo y la form a literaria de la revista, juzgados toscos,
chapuceros y contraproducentes.
El censor diocesano — era necesario el nihil obstat de la
Curia— , tras haber leído las pruebas del prim er núm ero,
lo aprobó, pero sin escatimar molestas observaciones de
carácter literario; temía que se rebajase la seriedad de la
Iglesia con semejantes publicaciones. La descalificación li­
teraria del censor excitó la oposición también entre los
frailes.
El aislamiento del P. K olbe se convirtió en frialdad, na­
die se atrevía a colaborar con él en una empresa que pare­
cía ir en quiebra; aun los amigos y los m ejor intencio­
nados se veían agitados po r la avalancha de las críticas.
El sufrim iento interior del P. M aximiliano fue verdade­
ramente atroz en aquellos meses cruciales: lo sostenía sola­
mente su fe intrépida y su confianza en la Inmaculada» 31.

Más tarde recordará estos años de Cracovia como los


más duros de su vida. Pero no nos escandalicemos dema­
siado. Todos los Santos han pasado por trances similares.
Ni hay que pensar en mala voluntad de sus contradic­
tores o críticos. Nunca lo pensó el P. Maximiliano. En
cierto modo lo había previsto tiempo atrás en un escrito
inédito sobre la M ilicia 32.
Al reflexionar sobre las dificultades que podían sobreve­
nir a la M ilicia, da por supuestas aquellas que provienen
de los enemigos de la fe y de la Iglesia. Hacen sufrir cier­
tamente, pero mucho menos que las que provienen de
«personas prudentes y santas y que hasta se comportan de
tal modo con la mejor de las intenciones».
¿Adivinaba lo que le ocurriría cuando escribió esto en
1919? Al menos manifestaba un profundo conocimiento
del corazón humano y de los mismos planes de Dios. Por
ello añade:
«En verdad, lo que hace sufrir m ayorm ente — si no se
confía únicamente en D ios a través de la Inmaculada— es
el ver que alguien, a la m ayor gloria de Dios y con el
m ayor fervo r de que es capaz, nos cierra todos los ca­
minos, derriba y trata de destruir lo que construim os y
hasta, tras haberse aproxim ado él mismo a la causa de la

31 P a n c h e r i , Francesco Saverio, M assimiliano K olbe, santo del secolo,


p.62.
32 SK III, p.572-584.

77
Milicia, en seguida disuade a otros, insinuando la duda,
sembrando la desconfianza y la indiferencia» 33.

E l confió en D ios y no quedó defraudado en la prueba.

4. G RO D N O . M ANDO A DISTANCIA

Im presor y redactor

En Cracovia no era posible proseguir la publicación del


El Caballero. A los sufrimientos morales se añadían difi­
cultades de espacio, inadecuación del convento, trastornos
para la vida com unitaria, etc. Se im ponía un cam bio de
lugar.
E l P. Provincial, queriendo hacer posible la continuidad
de la publicación, notifica a Fr. M axim iliano, en el otoño
de 1922, su decisión de trasladarle al convento de G rodno.
Allí dispondrá de locales más amplios y adaptados.
La ciudad de G rodno se encuentra al nordeste de P olo ­
nia, cerca de Lituania y de la U nión Soviética. A ctual­
mente está anexionada a la U R SS en razón de las fronteras
trazadas tras la Segunda G uerra Mundial.
Desde el 20 de octubre de 1922 el obediente religioso
reside en el viejo caserón de G rodno. D ispone de locales
más amplios, pero tropieza con mayores dificultades para
la difusión de la revista. Quedan muy lejos Cracovia y
Varsovia y , aún más, las otras ciudades. C on buena volun­
tad, mucho trabajo y la ayuda de la Inmaculada, todo se
irá resolviendo.
Colaboran unos pocos H erm anos, pero sobre él recae la
tarea de director, redactor casi único, responsable de la co ­
rrespondencia con los lectores, etc. Va adquiriendo nuevas
máquinas, con sus correspondientes materiales. La revista
sigue su marcha ascendente. Y empieza a proyectar una
edición para niños.
¿Logrará realizar sus planes?

Nueva crisis de salud


A finales de 1925 le visita otra vez la hermana enferm e­
dad. Sufre una recaída perfectamente explicable por el ex-

33 S K I I I , p.578.

78
cesivo trabajo y su permanente debilidad. De nuevo ha de
partir para Zakopane. Esta vez la estancia en el hospital
climático se prolongará desde enero de 1926 hasta abril de
1927.
Sombrío se presenta el porvenir de El Caballero, en­
fermo su fundador y director. Pero éste no se turba. Tiene
confianza en que la Inmaculada resolverá el problema de la
mejor forma. El P. Provincial sabe valorar la obra de Fr.
Maximiliano y nombra como director de la revista, para el
tiempo de su ausencia, a su hermano, P. Alfonso, confi­
dente y discípulo espiritual.
De este modo, la M ilicia y El Caballero quedan en las
mejores manos.

Mando a distancia

Ahora el timonel de la nave es el P. Alfonso, pero el P.


Maximiliano mantiene «un mando a distancia», principal­
mente mediante su oración y sufrimiento. A la vez, a
través de una continua correspondencia epistolar, trans­
mite sugerencias y deseos al hermano, verdadero alter ego.
Siempre, sin embargo, le deja a éste la última decisión.
Fr. Alfonso, por su parte, querría un mayor compro­
miso y participación de su hermano. Y le insiste en sus
cartas. La respuesta de éste no se hace esperar:
«El P. Provincial me ha escrito que no haga ningún viaje
y que no me ocupe de nada. En consecuencia, no te daré
ningún consejo más y no tomaré decisiones, porque así lo
desea la Inmaculada. Si yo hiciese algo contra su voluntad,
seguramente estaría mal. P or ello, actúa com o la Inmacu­
lada misma te diga» 34.

¿Cómo entendía él la voluntad de la Inmaculada?


También lo explica a su hermano: «... porque la volun­
tad de Dios = voluntad de la Inmaculada = voluntad del
P. Provincial = consejos del P. Fordon [delegado del P.
Provincial]» 35. Así de sencillas son las cosas para los
santos.
Parece que Fr. Alfonso siguió fielmente este consejo.

34 SK I, p.276.
35 SK I, p.245.

79
Los frutos no tardaron en llegar. La revista siguió cre­
ciendo, alcanzando una tirada de 100.000 ejemplares.
E l éxito sorprende y hace que algunos religiosos, antes
muy reticentes, cambien de opinión. Sienten entonces una
com prensible tentación: la de aprovechar los ingresos-ga­
nancias de El Caballero en favor del convento y de otros
conventos de Polonia.
Llega la noticia al P. M axim iliano, quien, enfermo y
todo, rechaza con firmeza tal propuesta. A sí lo manifiesta
en carta a su hermano. En el encabezam iento escribe «Sólo
para ti». Expresa su voluntad y manifiesta sus razones:
«... En ese caso se cambia el medio por el fin y el fin
p or el medio. Evidentemente, la consecuencia inmediata es
“no desarrollarse m ás” : aunque se pierdan las almas, la
prensa del diablo se desarrolle de manera espantosa y
siembre la incredulidad y el desastre m oral, “nosotros ten­
dremos nuestra ganancia”.
H e aquí un pequeño latifundio — prosigue con ironía— ,
aunque en form a diversa. Es obvio que en este caso la
maldición del Padre San Francisco debería precipitarse
también sobre este tipo de fábrica que garantiza una exis­
tencia tranquila...» 36.

Para pensar y actuar de este m odo hacía falta un temple


moral muy elevado. L o poseía el h ijo espiritual de Fran ­
cisco de Asís. Su firme actitud provoca m ayor admiración,
sobre todo si se tienen en cuenta sus precarias condiciones
de salud.
Le piden consejo sus fieles colaboradores de G rodno.
L o da gustoso, sin inquietud por el porvenir. Y añade:
«... A veces me parece que tal vez mi tarea en la tierra está
acabada. N o lo sé, pero ni esto me debe interesar, porque
en esto piensa Ella, mientras todos nosotros pensem os so­
lamente en Ella, para conquistarle lo más pron to posible el
mundo» 37.
Felizm ente se equivocaba en su doliente apreciación. N o
estaba acabada su tarea. Faltaba la realización de su obra
más original y grandiosa: N lEPO K A LA N Ó W .

36 S K I, p.234ss.
37 S K I, p.225.

80
5. N IE PO K ALA N O W , LA C IU D A D DE LA IN M A C U LA D A

Se cumple un sueño

Niepokalanów (pronúnciese: «Gniepokalánuf»).


El viajero o turista que busque este nombre en los
mapas de Polonia, al menos en los oficiales, no lo encon­
trará. Tampoco aparece en las guías turísticas. Antes de
1927 ni siquiera existía el término mismo.
H oy, sin embargo, Niepokalanów es considerado como
el segundo santuario religioso de Polonia, el más impor­
tante tras el de Jasna Góra, junto a Czestochowa. Está si­
tuado a unos 40 kilómetros al oeste de Varsovia. A muy
pocos kilómetros se encuentra Zelazowa-W ola, la patria
chica de Federico Chopin.
¿Qué misterio encierra este nombre, familiar a los discí­
pulos y amigos del P. Maximiliano Kolbe? Por él fue acu­
ñado; de él recibió su contenido. Primero fue su sueño,
más tarde la expresión sensible de su ideal.
El «loco de la Inmaculada» no se conforma con una re­
vista ni con varias. Quiere crear una verdadera «Ciudad de
la Inmaculada», que sea como el motor y el foco que irra­
die revistas, libros, periódicos, diarios... para conquistar el
mundo entero para Dios a través de la Inmaculada. Empe­
zará por su patria, pero con el objetivo de que en todas las
naciones del mundo exista una Niepokalanów.
No hace falta saber polaco para adivinar el significado
de este largo vocablo. Niepokalanów se traduciría en latín
como «Inmaculateum», e.d., lo perteneciente a la Inmacu­
lada. Para verterlo a una lengua románica hay que servirse
de una perífrasis: Ciudad de la Inmaculada.
No se trata de un simple nombre o de un título honorí­
fico, como el que llevan muchas ciudades del Nuevo
Mundo fundadas por los españoles: Concepción, en Para­
guay, Chile, Filipinas, etc. Tras el nombre se apunta aquí
el ideal, el programa, la finalidad de la vida de un Santo.

¿Encuentro fortu ito o voluntad de la Inmaculada?

En torno a la Pascua de 1927 abandona nuestro héroe el


hospital climático o sanatorio de Zakopane. Sus forzadas
«vacaciones» han durado quince meses.
Durante su ausencia, su hermano y sustituto, P. Al-
81
fonso, ha actuado com o su alter ego o, m ejor, com o el
instrum ento de la Inmaculada. E l número de inscritos en
la M ilicia asciende por estas fechas a 126.000, sólo en P o­
lonia. La revista El Caballero alcanza una tirada de
100.000 ejemplares. El convento de G rodno resulta ya pe­
queño para los planes de expansión que proyecta Fr.
M aximiliano.
H a aumentado la comunidad de frailes. H abitaciones y
pasillos se ven saturados de máquinas tipográficas, papel,
materiales varios... Los Herm anos han de preparar sus
m odestos lechos en los mismos lugares de trabajo.
¿Q ué solución adoptar? ¿H abrá que detener la expan­
sión?
El 13 de junio, fiesta de San A ntonio de Padua, visita el
convento de G rodno un sacerdote, el P. C iborow ski, co­
nocido por su afición a la apicultura.
D urante la comida festiva, en la que participa el hués­
ped, habla éste sin descanso sobre las abejas y la miel, la
im portancia de la apicultura, etc. F r. M aximiliano inter­
viene a su vez para destacar la labor que se realiza en
G rod no... Y a la vez piensa: Las abejas, multiplicándose,
constituyen nuevos enjam bres, y nosotros los Herm anos
nos hemos multiplicado. H ay que form ar otro enjambre.
P ero... ¿cóm o y dónde?
A la hora de la despedida se le ocurre una idea, propia
de un hom bre soñador y realista a la vez. Sabe que el P.
C iborow ski va a visitar al administrador del príncipe Jan
D rucki-L u becki. Le suplica que inform e a dicho adminis­
trador sobre las necesidades de El Caballero y que interese
al mism o príncipe en sus planes.
Acepta gustoso el P. C iborow ski el encargo y lo cumple
en la primera oportunidad. Pocas semanas después invita
al P. M aximiliano y a su herm ano, para que visiten su
finca apícola y tengan en ella un encuentro con el adminis­
trador del príncipe D rucki-L ubecki.
El administrador les escucha con gran atención y queda
profundamente impresionado por la fe de estos hom bres.
U n primer fruto es inmediato: su prolongada indiferencia
religiosa cae por tierra. Luego les expresa su deseo de ha­
blar al príncipe sobre la obra que están realizando. Más
todavía. Insinuará al mismo que les regale unas tierras en
la comarca de Teresin, muy cerca de su estación ferroviaria
y no lejos de Varsovia.

82
Los pobres frailes no salen de su asombro. Regresan
más que contentos a Grodno. Y rezan a la Inmaculada.
A los pocos días reciben una nueva invitación del admi­
nistrador, quien les ha preparado un encuentro con el
mismo príncipe en persona. También éste se ve cautivado
desde el primer momento de la sencillez de Fr. M aximi­
liano y de su hermano.
Les ofrece, sin contrapartidas, cinco hectáreas de terreno
junto a la estación de Szymanów. El P. Kolbe agradece la
generosidad del príncipe y acepta, pero sólo el usufructo,
no la propiedad de las tierras.
Visitan el terreno y, a modo de primera piedra, colocan
en él una estatuilla de la Inmaculada. La fecha: 27 de
agosto de 1927.
Pero falta un requisito que el obediente franciscano ha
de cumplir: el permiso de los superiores para aceptar
aquellas tierras, aunque sea a título gratuito.

La Inmaculada nunca falla

Todo se presenta fácil en este asunto. La dificultad ven­


drá de donde menos se puede esperar. El príncipe Drucki-
Lubecki ha impuesto una única condición para el traspaso
gratuito: que se digan anualmente 24 misas por sus inten­
ciones.
A primera vista no parece una condición muy onerosa.
Pero a los Religiosos Franciscanos, reunidos en Capítulo,
no les parece oportuno aceptar esta «carga». Y renuncian a
la finca.
No nos enfademos con los frailes. Es normal esta actua­
ción de la Providencia, que prueba siempre a quienes son
fieles.
Podemos, sí, imaginar al pobre Fr. M aximiliano, que
tanto ha soñado con su Ciudad de la Inmaculada, derri­
bada antes siquiera de haber empezado su construcción.
Ha de comunicar al príncipe la decisión de los superiores.
Y lo hace con un inmenso dolor contenido, pero con un
espíritu de total sumisión.
Le escucha en silencio el príncipe y le manda que retire
de su terreno la estatuilla de la Inmaculada, aquella pre­
sunta «primera piedra». A esto responde el P. Maximiliano
que no puede hacerlo. «La estatua ha de permanecer en su

83
lugar». «Al menos en una ocasión parecería que la Virgen
¡había fallado en sus prom esas!».
Se va a retirar, pero otra vez interviene la Providencia.
Ante tanta fe y sencillez de espíritu, el príncipe se con­
mueve y cede los terrenos sin im poner la más mínima
carga. La Inmaculada no falló.
T odos estos episodios están perfectamente docum en­
tados en los procesos. E l P. A ntonio Ricciardi los trans­
cribe. Aún vive el generoso príncipe, exiliado en los E s­
tados Unidos 38.

Superior de Niepokalanów

Superados todos los obstáculos, N iepokalanów inicia su


fecunda andadura. M aximiliano M aría K olbe, con treinta y
tres años de edad, es nombrado superior (guardián) de lo
que será el nuevo C onvento y Ciudad de la Inmaculada.
A marchas forzadas se van construyendo la capilla y un
prim er barracón para residencia de los frailes. E l 21 de n o­
viembre se celebra la primera misa en su recinto. A partir
del 22 comienzan la vida en común el P. M axim iliano, el
P. Alfonso y 15 Hermanos.
Sin precipitación, pero sin pausa, van surgiendo los di­
versos barracones, en los que na de instalarse la tipografía,
la central eléctrica, los talleres y las diversas máquinas...
Tod o es allí pobre, menos el espíritu de estos héroes,
ricos en amor y entrega al trabajo. Su inspirador y funda­
dor escribirá:
«La santa pobreza es el capital que nos permite me­
dirnos con las más grandes potencias financieras de los
protestantes, de los sectarios, de los ateos, etc., y de su ca­
beza, la masonería. Porque la santa pobreza es la caja sin
fondo de la divina Providencia» 39.

C on este capital sin fondo pone en marcha su empresa.


La inauguración oficial se celebra el 7 de diciem bre,
com o lo indica la tarjeta de invitación que cursa a los
amigos y simpatizantes:
«Miércoles 7 -X II-p .v ., vigilia de la Inmaculada C oncep ­
ción, a las 10 de la mañana, tendrá lugar en Niepokalanów,

38 C f. Ríe., p.129-132.
39 S K I, p.454.

84
junto a la estación ferroviaria de Szymanów, la bendición
de la humilde y pobre sede del complejo editorial del Ry-
cerz Niepokalanej.
Tenemos el honor de invitarle a la ceremonia» 40.
Obras grandes arrancan de pequeños comienzos.
En Niepokalanów cristalizó el espíritu del P. Kolbe.
A llí permanece como superior hasta los primeros meses de
1930, en que marcha como misionero al Japón. Le sucede
su hermano P. Alfonso, muerto prematuramente el 3 de
diciembre del mismo año. Es nombrado entonces para el
mismo cargo el P. Florián Koziura, uno de los primeros
que aceptaron el ideal de la M ilicia, siempre identificado
con el espíritu del P. Kolbe.
A su regreso del Japón, en 1936, el P. M aximiliano es
nombrado nuevamente superior de Neipokalanów, y es re­
elegido en 1939. En calidad de tal es detenido por las SS el
17 de febrero de 1941. Herido el pastor, las ovejas se disper­
sarán. Pero Niepokalanów no morirá.
Analicemos su estructura, frutos, espíritu y contradic­
ciones.

6. E ST R U C T U R A DE ESTA S IN G U L A R C IU D A D

Niepokalanów se sale de lo corriente. Se trata de una


«ciudad», la Ciudad de la Inmaculada, m uy singular, cuya
organización vamos a explicar con algún detalle. La des­
cripción que sigue se refiere obviamente a su época de
mayor expansión.

Un complejo editorial

En la tarjeta de invitación a la ceremonia de su bendi­


ción, se habla de «la humilde y pobre sede del complejo
editorial del Rycerz (Caballero)». En efecto, nos encon­
tramos ante un verdadero complejo editorial, cuyas varias
edificaciones — ¡unos modestos barracones!— se estructu­
ran en forma de H.
El cuerpo central de este complejo comprende: la redac­
ción, biblioteca, tipoteca, linotipias, gabinetes fotográficos,

40 SK I, p.309 nota.l.

85
oficinas o talleres de m otores, y diversos departamentos
para depósitos, expedición, etc.
El ala izquierda se dedica a residencia de los frailes, y
abarca además: la capilla, edificios para noviciado, direc­
ción general, enfermería y central eléctrica.
Se reserva el ala derecha para otras diversas oficinas, la­
boratorios, etc.
Tod o este conjunto se com pleta con un modesto parque
autom ovilístico, una pequeña estación ferroviaria, etc.
T al era la estructura externa. Pero im porta más señalar
la organización o funcionam iento de esta original ciudad,
cuyos pacíficos ciudadanos son todos frailes franciscanos.
La autoridad reside en el superior del convento, que ac­
túa a la vez com o director del com plejo editorial. D e él
dependen cinco grandes departamentos, distribuidos es­
quemáticamente de este m odo:
1.° Departamento de redacción y administración:
Com prendía 18 secciones y lo atendían 158 H erm anos. La
administración se dividía en dos secciones, una para
asuntos internacionales y otra para los nacionales. D entro
de ella, un secretariado especial cuidaba cuanto se refería a
la M ilicia de la Inmaculada.
2 ° Departamento tipográfico: Abarcaba 17 secciones,
al cuidado de 103 Herm anos. Se subdividía en dos partes:
una para el Maly Dziennik (Pequeño diario) y otra para
las restantes publicaciones. C ontaba, además, con una gran
rotativa, varias linotipias y todo tipo de máquinas para la
impresión.
3.° Departamento técnico: Constaba de seis secciones,
a cargo de 26 Herm anos. Tenía com o finalidad la de repa­
rar las máquinas, atender la central eléctrica, etc. A este
grupo se debió la construcción de la vía de ferrocarril, que
unía a N iepokalanów con la próxima estación.
4.° Departamento de economía doméstica: Se dividía
en 23 secciones y era atendido por 115 H erm anos. C om ­
prendía los servicios de cocina, sastrería, jardinería, enfer­
mería, etc. Baste un solo dato, para hacerse una idea de su
alcance. El com edor tenía capacidad para mil personas sen­
tadas.
5.° Departamento de construcción: En sus ocho sec­
ciones trabajaban 30 H erm anos, encargados de la cons­
trucción, reparación y arreglo de las edificaciones. Al prin­
cipio, la m ayor parte de los barracones se construyó en

86
madera. E l peligro de incendios era, por lo mismo, bas­
tante grande. Por ello se constituyó un cuerpo de bom ­
beros, frailes igualmente, que se mantuvo aun después de
modo permanente. Estos frailes-bom beros actuaban no
sólo en el com plejo de N iepokalanów , sino también en
poblaciones vecinas cuando se solicitaba su servicio.
Para ser com pletos en la descripción de Niepokalanów
hay que señalar además el establecim iento de un sanatorio,
en un bosque cercano que existía a 2 kilóm etros; de dos
Casas de Form ación, y de dos N oviciados, para aspirantes
a hermanos y para aspirantes a frailes futuros sacerdotes.

El convento m ayor del mundo

Si el curioso lector hace el recuento, sumará varios cen­


tenares de ciudadanos-hermanos de N iepokalanów . Y no
podrá menos de admirarse de esta singular ciudad y de
preguntarse de dónde procedían sus habitantes y cóm o lle­
gaban hasta ella.
N o hay otra respuesta o explicación que el carisma del
P. M aximiliano K olbe. E l sabía com unicar e inspirar el
ideal de consagración ilimitada a la Inmaculada. Las voca­
ciones afluían y había trabajo para todos.
N iepokalanów llegó a ser, en su época más floreciente,
la Comunidad religiosa m ayor del mundo. En 1939 con ­
taba con 13 padres, 18 clérigos profesos, 527 hermanos,
122 aspirantes al sacerdocio y 82 candidatos a hermanos.
En total: 762 religiosos 41.
La im portancia de la cifra se aprecia más si se tiene en
cuenta que, cuando el P. K olbe vuelve a Polonia, al term i­
nar sus estudios en Rom a, la Provincia franciscana conven­
tual contaba con poco más de un centenar, entre Padres y
Herm anos, en toda Polonia. Aún hoy, en circunstancias
sociopolíticas muy desfavorables, N iepokalanów cuenta
con más de 200 religiosos.

41 R lC ., p. 157. PANCHERI, en su biograHa, señala el núm ero de 772:


o .c ., p.92.
7. L O S F R U T O S D E N IE P O K A L A N O W

«P or sus frutos los conoceréis» (Le 6,44). Esta sentencia


de Jesús conserva siempre su validez. P or muy im portante
que parezca el núm ero, mucho más lo es el efecto o frutos
de aquella empresa singular de N iepokalanów . D e los
frutos invisibles sólo D ios conoce su cantidad y calidad.
A llí se oraba y se sufría mucho. Q uedaba con ello garanti­
zada su fecundidad espiritual y apostólica.
E n cuanto a los principales frutos visibles, resulta grato
y fácil hacer su enumeración. Se entiende que estos frutos
se confunden con las publicaciones que allí se editaban.
P or orden de aparición, son éstas:
1) El Caballero de la Inmaculada (Rycerz Niepokala­
nej), revista mensual, con una tirada de más de 750.000
ejemplares en 1938 y con tiradas extraordinarias de un m i­
llón.
2) El Joven Caballero, mensual, para jóvenes: 165.000
ejemplares.
3) El Informador de la Milicia de la Inmaculada, para
los círculos marianos e inscritos en la M ilicia: 42.000 ejem ­
plares.
4) El Pequeño Caballero, para niños, mensual ilus­
trado: 35.000 ejemplares.
5) El pequeño diario (Maly Dziennik), diario católico
de actualidad, con una tirada de 150.000 ejemplares en días
ordinarios y de hasta 250.000 en los festivos.
6) Miles Inmaculatae, trim estral, en latín, dirigido a sa­
cerdotes de todo el m undo: 10.000 ejemplares.
7) Boletín misionero, mensual, 4.000 ejemplares.
8) El Eco de Niepokalanów, boletín de inform ación in ­
terna, para los «ciudadanos» de N iepokalanów .
A estas publicaciones periódicas deben sumarse las co n ­
tinuas ediciones de fascículos, opúsculos, libros religiosos
de todo tipo, dirigidos especialmente a la glorificación de
la Inmaculada y difusión de la fe en general.
M erece una especial m ención «E l pequeño diario» (Maly
Dziennik), que se difundió en poco tiempo por toda P o lo ­
nia. En torno a su redacción central, situada en N iepokala­
nów , se establecieron otras redacciones en Varsovia, P o z -
nam, G dynia, Lodz, Cracovia, V ilno y G rodno.
Gracias al trabajo sacrificado de sus redactores y demás
empleados — ¡casi todos frailes!— pudo reducir sus costos

88
hasta convertirse en el diario más barato de toda la nación.
Costaba 5 groszy (céntimos) frente a los ¡25 ó 30 de los
demás!
Nada tiene de extraño que por este motivo y por su
orientación católica, al ciento por ciento, sufriera el hosti­
gamiento y oposición de otros diarios y grupos.
Lo condenaron al ostracismo muchos vendedores de pe­
riódicos, porque dejaba poco margen de ganancias. Se le
negaba el papel necesario si no pagaba al contado.
A pesar de todo, resistió... y venció. Se pagó siempre el
papel. Se instalaron puestos de venta propios en toda Po­
lonia. Todo estaba dispuesto para servirse de avionetas de
reparto, con el afán de una difusión inmediata. Dos frailes
hicieron cursos de pilotos por encargo del P. Maximiliano.
Por fin se reconoció al «Pequeño diario» un lugar digno
junto a los demás diarios de la nación. El Episcopado po­
laco, en general, lo apreciaba sobremanera. Gozó de espe­
cial consideración por parte del Card. Kakowski, arzo­
bispo de V arsovia. La guerra de 1939 truncó muchos
planes y esperanzas puestos en este diario, cuya vida, por
dicho motivo, no superó los cuatro años.
Sólo faltaba una em isora de radio. Tam bién en ello
pensó el P. Kolbe. Dio los pasos previos y por fin pudo
instalarla. Comenzó a emitir en diciembre de 1938, de ma­
nera provisional, pero poco después le fue denegado el
permiso oficial. No le faltaban enemigos. Con la guerra
quedó también en suspenso esta iniciativa.
En la televisión no pudo pensar el apóstol del siglo X X .
Lo hubiera hecho de haberla conocido.

8. EL ID E A L Y EL ESPIRITU DE N IE P O K A L A N O W

Pasmo, admiración, sorpresa. Estos sentimientos experi­


mentaban todos los visitantes de N iepokalanów . Como
ahora lo experimentamos sus amigos y cuantos se intere­
san por la vida y obras del P. Maximiliano.
Aquella singular empresa carecía de todo soporte econó­
mico y de cualquier apoyo político. ¿Cómo pudo mante­
nerse en pie y crecer en grado tan alto?
Quien hiciera una pregunta similar a su fundador, reci­
biría una respuesta fulminante: «Gracias a la Inmaculada y
a la Providencia». No hay otra explicación humana.

89
Este era el espíritu, que aglutinaba a aquel enjambre hu­
mano. Q uedaban descartados intereses económ icos o de
prom oción humana. A llí no había huelgas ni se desperdi­
ciaba un m om ento. Se vivía sencillamente la religiosidad,
en pobreza, obediencia y castidad. Solamente aspiraban al
triunfo de la Inmaculada.
A N iepokalanów acudían por centenares personas con
carreras de ingenieros, periodistas, técn ico s, tipógrafos,
etcétera, quienes lo dejaban todo para colaborar con aquel
seráfico fraile y realizar su ideal.
C om o en toda obra humana, no faltaron limitaciones y
miserias. H ubo algún aprovechado que, tras aprender un
oficio, abandonaba la vida religiosa en busca de sus perso­
nales intereses. En sus cartas alude más de una vez el
P. M aximiliano a casos ocurridos. Pero se trataba de raras
excepciones.

Heroísmo franciscano

En aquella ciudad-convento se vivía la Regla franciscana


con más rigor que en ninguna otra casa de la O rden. C on
ocasión de una visita a N iepokalanów , el P. Provincial
hizo una observación al P. K olbe sobre este rigor. El alu­
dido manifestó con ingenuidad:
«Si N iepokalanów, en lugar de servir para irradiar la
gloria de la Inmaculada, favoreciese la relajación, o, peor
todavía, el escándalo, m ejor sería que Dios hiciese descen­
der fuego del cielo para reducirlo todo a cenizas» 42.

¿Exageración? ¿Fanatism o? ¿Irrealidad?


N o , en absoluto. H áblese más bien de fidelidad a un
ideal, el mismo que le llevó en Rom a, todavía estudiante, a
fundar la Milicia.
A l año de la puesta en marcha de la Ciudad de la In ­
maculada, escribe su creador al P. Provincial (2 1 -X II-
1928):
«... N uestra comunidad tiene un tono de vida un tanto
heroico, cual es y debe ser Niepokalanów, si verdadera­
m ente quiere conseguir el objetivo que se ha prefijado,
e.d., no sólo defender la fe, contribuir a la salvación de las
alm as, sino con ardiente e sfu erzo , no pensand o en sí

42 R íe., p.152.

90
mismos, conquistar para la Inmaculada un alma tras otra,
un puesto de avanzada tras otro, levantar su bandera en las
editoriales de diarios, de prensa periódica y no periódica,
agencias de prensa, antenas radiofónicas, instituciones ar­
tísticas y literarias, teatros, salas cinematográficas, parla­
m entos, senados, en una palab ra, en toda la tie rra ; y
además vig ilar para que nadie logre rem over estas ban­
deras.
Entonces caerá toda form a de socialism o, de com u­
nismo, de herejías, ateísmos, masonería, y todas las demás
estupideces que provienen del pecado...» 43.

Reiteramos la pregunta: ¿sueños de un iluso, o ideal de


un profeta?
Pocos le conocieron como el que fue su Provincial —y
antes compañero y discípulo— , el P. Cornelio Czupryk.
Siempre apoyó al que luego fue su súbdito. Este nunca
ocultó su ideal: «Así me imagino Niepokalanów. Tal vez
será una exageración, pero me parece que sin este gran­
dioso ideal misionero N iepokalanów no tiene razón de
existir...» 44 .
Exigía, ciertamente, heroísmo a sus seguidores, pero no
a tontas y a locas, sino como fruto de la consagración ili­
mitada a la Inmaculada. Por ello no todos los frailes ca­
bían en Niepokalanów.
Era m uy explícito en sus exigencias, tanto de manera di­
recta, oralmente, como por carta. A su amigo y sucesor en
Niepokalanów, el P. Florián Koziura, le escribe desde Na-
gasaki (29-IV-1931):
«El ideal de N iepokalanów es la consagración incondi-
cionada a la Inmaculada (en conform idad con el Estatuto y
el acto de consagración de la Milicia); por tanto, con for­
marse a la V oluntad de la Inmaculada en todo aquello que
no depende de nuestra voluntad y cum plir del m odo más
perfecto posible su Voluntad en todo.
Es decir, “ser el instrum ento más perfecto posible en sus
manos inmaculadas, dejarse guiar por Ella del m odo más
perfecto, o sea, la obediencia más perfecta posible, a través
de la cual Ella manifiesta su V oluntad y dispone de nos­
otros como instrumentos suyos...» 45.

43 SK I, p.326.
44 Ib id ., p.327.
45 SK I, p.541.

91
C) Misionero en el Japón (1930-36)

1. JU N T O A TI BUSCARE O TRO MAR

Se sabe que el papa Juan Pablo II tiene predilección por


una canción vocacional, nacida en España: «Tú has venido
a la orilla... Tan sólo quieres que yo te siga.... Sonriendo
has dicho mi nom bre. En la arena he dejado mi barca.
Ju n to a ti buscaré otro mar».
M aximiliano K olbe lo había dejado todo. Hem os citado,
anteriorm ente, su pensamiento sobre el heroísmo que exi­
gía a sus seguidores: «Así me imagino Niepokalanów . Tal
vez será una exageración, pero me parece que sin este
grandioso ideal misionero Niepokalanów no tiene razón de
existir» 46.
¿Podría permanecer encerrado dentro de los límites de
Polonia quien así pensaba y sentía?
Ardía en deseos de extender su ideal por todo el
mundo. Nada tiene de extraño que un día se ofrezca a ir al
Extrem o O riente, a las misiones entre infieles.
N o le im porta dejar N iepokalanów , en fase todavía de
inmadurez, aunque le sangre el corazón. N o le detiene su
débil salud, a pesar de contar con sólo treinta y seis años.
Q uiere dar ejemplo de hasta dónde debe llevar la consa­
gración a la Inmaculada. En sus manos se coloca, y en las
de sus superiores.
Acababa de fundar un Seminario m isionero, en septiem­
bre de 1929. D e él saldrán — era su más firme convic­
ción— los apóstoles de la Inmaculada. Soñaba con la edi­
ción de El Caballero en las principales lenguas. Confía
este propósito a su amigo el P. K oziura:
«Procurar la publicación de El Caballero en otras len­
guas europeas y sobre todo en francés, inglés y español. El
inglés es comprendido por casi la mitad del mundo (hasta
los negros en la prensa usan esta lengua); el francés está
muy difundido, y el español es la lengua de toda la A m é­
rica Latina» 47.

Cuando escribió estas frases ya se encontraba en Japón.

46 Cf. nota 44.


47 SK I, p.500.

92
Había llegado a aquellas lejanas tierras el 24 de abril de
1930, tras casi dos meses de viaje marítimo.
Vamos a seguirle en la preparación y desarrollo de su
viaje.

2. P E R E G R IN A N D O A L O S S A N T U A R IO S M A R IA N O S

Aceptando su ofrecimiento, sus superiores le destinan al


Japón.
Previamente al viaje, prepara su espíritu y resuelve los
asuntos de trámite obligados. Roma le recibe una vez más,
prolongándose su estancia durante tres semanas. Realiza
sus diligencias y, sobre todo, visita al Superior General de
la Orden para recibir su bendición y su mandato.
Aprovecha a la vez el tiempo para realizar diversas pere­
grinaciones a lugares con especial resonancia para él. Pa­
rece que este talante de peregrino forma parte del carácter
religioso de los polacos. Recuérdense las peregrinaciones
del papa W ojtyla.
Visita, en primer lugar, las tumbas de sus antiguos com­
pañeros, cofundadores de la M ilicia, en Roma, Asís y Pa-
dua. A estos Caballeros de la Niepokalanów celestial en­
comienda su próxima singladura misionera.
Luego peregrina a los más famosos santuarios marianos
especialmente relacionados con la M ilicia: el de Lourdes y
la Capilla de la M edalla Milagrosa, en París. Visita también
Lisieux, para dialogar en el mismo lugar de su santifica­
ción con su Santa predilecta. Se llega hasta Turín para ve­
nerar los lugares santificados por Juan Bosco y José de
Cottolengo. Son sus amigos del cielo, y con ellos establece
pactos y compromisos.
En sólo seis días realiza esta peregrinación múltiple, via­
jando casi siempre de noche, para poder celebrar cada ma­
ñana la santa misa y aprovechar mejor el día. Todo lo so­
porta, porque tiene una confianza sin límites en su Madre-
cita. Sufre aridez y desconsuelos, pero mantiene enhiesta
su fidelidad y amor.
No estoy haciendo suposiciones. Ha quedado constancia
de los sentimientos que le embargan en esta peregrinación,
gracias a su Diario. Alegría y tristeza, gozo y desconsuelo,
se mezclan en su espíritu cuando visita Lourdes. Gustosa­
mente transcribiríamos las dos páginas-resumen. En la im-

93
posibilidad de hacerlo, he aquí los párrafos más significa­
tivos:

«30 [enero, 1930]. Lourdes: Con el tranvía 13 a la gruta.


Santa misa en un altar lateral de la cripta; la firma en el re­
gistro. En la gruta: aquí el ambiente es encantador; la llu­
via continúa cayen do...; una tercera parte del rosario; des­
pués, tristeza, com o con frecuencia...
Me voy en el tranvía a la estación para pedir informa­
ción sobre trenes: un expreso a las 14,29 para Burdeos,
que llega a París a las tres de la noche.
Vuelvo a saludar a la M adrecita: entra en mí la sereni­
dad y la alegría. Al mismo tiempo me viene el pensa­
miento de que también en la misión sobrevendrá a me­
nudo el desaliento, pero también esto será necesario. ¿Q ué
quiero, pues? ¿Consuelos tal vez?
Parte el tren: com ienzo a escribir, miro y he aquí que el
tren me sitúa frente a la gruta, a la otra parte del Gave.
Dejo de escribir, y, durante todo el tiempo en que se logra
ver todavía la gruta y la basílica, me entretengo en conver­
sación con la M adrecita, diciéndole que soy todo suyo, en
alma y cuerpo...
Olvidaba una cosa: mientras me dirigía muy triste a la
estación, me había venido a la mente este pensamiento:
«Pero, en fin de cuentas; ¿qué quieres? Has celebrado la
santa misa en la basílica, has estado en la gruta; por consi­
guiente, te puedes ir y a ”, pero en aquel m om ento, ¡había
tanto frío en el alma!» 48.

Cualquier comentario que se pudiera hacer destruiría el


encanto producido por la lectura de estas vivencias ín ­
timas.
C on la fuerza recibida de lo alto, se dispone a la partida.
Todavía aprovecha el mes de febrero para realizar otros
viajes a Francia, Alemania, Austria. Son visitas «de nego­
cios». Q uiere conocer las mejores máquinas tipográficas
para m odernizar el com plejo de N iepokalanów . Las des­
cribe con detalles de entendido en sus notas personales. A
la vez que aprovecha el viaje para repartir medallas, enta­
blar conversaciones de tipo religioso... En fin, que no
pierde el tiempo.
Bien pertrechado humana y espiritualmente, parte
rumbo al Japón el 7 de marzo de 1930.

48 SK II, p.816ss.

94
3. D E M A R SE LL A A N A G A SA K I, P A SA N D O PO R SH A N G H A I

El lector queda invitado a zarpar con el P. Maximiliano


y sus compañeros. Porque no va solo. N o le hubiera im­
portado, com o no le im portó a Francisco de Javier cuatro
siglos antes. Agradece, sin embargo, el ofrecim iento de
estos cuatro H erm anos, sin los cuales sus planes quedarían
mutilados.
Estos son sus nom bres: F r. Zenón Zebrow ski, F r. H ila­
rio Zysakow ski, Fr. Severino Dagis y Fr. Segismundo
Krol. U n o de ellos, Zenón, sobrevivió muchos años al P.
M axim iliano, y tuvo la dicha de recibir la visita del papa
Juan Pablo II en su peregrinación al Japón, en febrero de
1981.
C on sus cuatro compañeros zarpa el P. M aximiliano en
la nave Angers , a las cuatro de la tarde del 7 de m arzo. Así
lo anota en su cuaderno, y prosigue: «M ientras, recitamos
una parte del rosario com o com ienzo del viaje y para m or­
tificar las impresiones» 49.
U na más amplia narración del viaje puede leerse en las
biografías del P. Ricciardi o del P. Pancheri. Aquí nos
conform am os con recoger los datos más im portentes, así
com o algunas de las impresiones del viajero.
Surcan el «Mare N ostrum » los días siguientes. El P.
K olbe celebra cada día la santa misa en el barco. El 12 pa­
san junto a Port Said, el 13 atracan en Suez. Lleva los ojos
bien abiertos, pero lo ve todo desde el punto de vista reli­
gioso. L o demás pasa a un segundo plano.
Al llegar junto a Suez anota: «El golfo de Suez, por
donde pasaron los hebreos; el desierto de Tebaida (San
A ntonio, San Pablo, etc.)» 50. Al contem plar el m onte Si-
naí, escribe:
«... El día 13 de m arzo, jueves, desembarcamos en Suez,
dejamos detrás de nosotros el canal artificial de Suez, atra­
vesando de este m odo el camino recorrido hace tiempo
por la Virgen, para ir y volver de Egipto con el divino
N iño y San Jo sé; y luego entramos en el Mar Rojo...
El monte Sinaí... Este es el lugar donde el Señor quiso
dar sus primeros mandamientos, que deberían llegar a ser
la base del com portam iento humano. El monte está si-

49 SK II, p.828.
50 Ib id ., p .829.

95
tuado en el centro de los tres continentes, que abarcan la^
m ayor parte de la humanidad» 51. j

El día 20 están surcando el océano Indico y el 24 divi­


san la isla de Ceilán (Sri-Lanka). E l 25 apunta: «Fiesta de
la A nunciación a la Ss. Virgen M aría: S. M isa y C om unión
según la intención de la Inmaculada» 52.
D esem barcan en Saigón el 1 de abril, y el 8, en H ong-
Kong. Aquí se interrumpen las anotaciones. P or sus cartas
sabemos que el 11 hacen escala en Shanghai, donde perma­
necen hasta el 23. Pero no son días perdidos.
D urante este compás de espera, el inquieto m isionero,
hospedado por los Padres Franciscanos observantes, se de­
dica a preparar la edición de El Caballero en chino. A un­
que le parece muy difícil 53.
Las dificultades provienen no tanto de los paganos
cuanto de «los m isioneros europeos, porque C hina está di­
vidida entre las diversas O rdenes religiosas y Congrega­
ciones, territorialm ente, y solamente éstas tienen el dere­
cho de trabajar allí» 54. A pesar de todo — es siempre su
idea favorita— , «también esto es Voluntad de la Inm acu­
lada» 55. :
N o pierde del todo la esperanza en que se resuelvan ij
todos los inconvenientes. D eja, por ello, en Shanghai a Fr.
Severino y a Fr. Segismundo, con la intención de que más j
adelante pueda acompañarles un padre, y prosigue su tra- !
vesía hacia el Japón.
E l 24 de abril pone sus pies en Nagasaki, la tierra santi­
ficada con la sangre de los mártires, la ciudad más católica
del Japón. A ella llega con los dos com pañeros restantes, \
F r. Zenón y F r. H ilario, sin alforja, sin medios hum anos,
con el dinero indispensable para poder subsistir una tem ­
porada. Pero llenos de confianza en la Inmaculada.
Les acoge con afecto el obispo del lugar, M ons. H aya-
saka. Inmediatam ente F r. M axim iliano le expone sus
planes, entre ellos, el de publicar la revista lo más pronto
posible.
El obispo le concede el perm iso, pero le pide, a su vez,

51 Ibid., p.831ss.
52 Ibid., p.831.
53 SK I, p.389.
54 Ibid., p.392.
55 Ibid., p.392.

96
que se encargue de la cátedra de filosofía en el Seminario
diocesano. Acepta gustosamente el encargo el franciscano,
doctor en filosofía por la Universidad Gregoriana de
Rom a. Y ve el lado providencial del hecho, según lo co ­
menta al P. Provincial: «E sto me dará la posibilidad de te­
ner la colaboración de los seminaristas diocesanos para la
traducción y administración. G loria a la Inmaculada» 56.
Tiene prisa por editar la revista. ¿Cuánto tendrá que es­
perar? N o sabe una palabra de japonés. Carece de cual­
quier soporte económ ico. E l equipo de redacción brilla
por su ausencia. Pero él se lanza.
E l mes de mayo le parece ocasión propicia para com en­
zar la publicación de El Caballero. La Inmaculada se en­
carga de mover el corazón de un rico japonés católico,
quien regala a los frailes una moderna y completa tipogra­
fía japonesa.
A falta de redactores, F. M axim iliano redacta todos los
artículos del prim er número. E l los escribe en latín y hace
que sean traducidos al japonés por sus alumnos de filoso­
fía del Seminario.
Gracias a su férreo tesón y a su incom ovible confianza
en la Inmaculada consigue su intento en pocas semanas.
En el mismo mes de mayo sale el prim er número de El
Caballero, que en japonés se denomina Mugenzai no Seibo
no Kishi. Su tirada: ¡10.000 ejemplares! Y es sólo el co ­
mienzo.

4. M UGENZAI N O SO N O , LA N IEPO KA LAN O W JAPON ESA

Se había trazado un objetivo y no descansa hasta verlo


realizado. E l primer paso ha sido la publicación de la re­
vista; el segundo será la construcción de otra N iepokala­
nów , que actúe com o foco de irradiación misionera bajo la
protección de la Inmaculada.

Com o ciudad puesta sobre un m onte

C on presteza se dispone este inquieto fraile a buscar te­


rrenos adecuados. N o los encuentra en la ciudad, porque

56 Ibid., p.394.

97
4.—M. Kolbe
su precio elevado supera todas sus posibilidades. Sigue
buscando en los alrededores.
Por fin ve cumplida su ilusión al descubrir un lugar
conveniente en un monte o colina, desde donde se divisa la
ciudad de Nagasaki. Por sólo 7.000 yens compra cinco
hectáreas de terreno.
Ha habido, sin embargo, que resolver antes difíciles
problemas jurídicos. En junio del mismo año regresa a Po­
lonia por un corto período. Viene a solicitar el apoyo de
su Provincia religiosa para la Misión y para la nueva C iu­
dad de la Inmaculada. En el Capítulo provincial, celebrado
en julio, se le apoya sin reservas y se envía a Roma un in­
forme plenamente favorable. El permiso ha de ser conce­
dido por las Congregaciones Romanas de Propaganda Fide
y de Religiosos. Los trámites llevan su tiempo.
Sin conocer todavía el resultado de sus gestiones retorna
Fr. Maximiliano al Japón el 12 de agosto, esta vez vía Si-
beria. Le acompañan dos nuevos Hermanos.
A finales de agosto se encuentra ya en Nagasaki, pues el
31 comunica por carta su llegada al P. Provincial. Firman
la carta los ahora siete miembros de la Comunidad: el P.
Maximiliano, los antiguos Fr. Zenón y Fr. H ilario, los re­
gresados de Shanghai, Fr. Severino y Fr. Segismundo, y
los últimamente incorporados, Fr. M ieczyslaw y Fr. Da­
mián.
Nuevos detalles sobre el viaje: «doce días en tren y unas
horas en barco», nos son conocidos a través de las cartas
que dirige a su hermano P. Alfonso (31-VIII y 2-IX) y a
su madre (2-IX). A ésta pide oraciones: «Tenemos necesi­
dad de la oración de modo absoluto, y antes que de cual­
quier otra cosa, para que nuestro trabajo en esta tierra
aporte buen fruto. ¡Cuántas almas no conocen todavía ni a
Jesús ni a la Inmaculada!... 57
Entusiasmo no le falta. Reforzada la Comunidad misio­
nera, se dispone con nuevos bríos a la tarea. En sus cartas
a Polonia comenta las peripecias surgidas para la publica­
ción del Kishi (El Caballero) y la impaciencia de todos en
espera del indulto o rescripto de Roma.
Por fin —¡y con qué gozo!— puede comunicar al P.
Provincial la llegada del documento ansiado: «—¡Gloria a
la Inmaculada! —escribe el 28-XI-1930— . A yer hemos re­

57 SK I, p.423.

98
cibido la carta con el indulto y con los documentos de la
Curia provincial» 58.
Libres ya de trabas jurídicas o administrativas, con la
expresa autorización del obispo, estos pioneros de la In ­
maculada en el Extrem o O riente se ponen manos a la
obra. C on los medios más m odestos construyen en pocos
meses una casa de madera, una capilla y un pabellón para
las rotativas y demás maquinaria, así com o una sala para
reuniones. H a nacido la Niepokalanow japonesa.
E l 6 de mayo de 1931 se trasladan todos a su nueva y
modestísima residencia. Han de bautizarla en japonés:
Mugenzai no Sono, e.d., «Jardín de la Inmaculada». Para
Japón — con sólo 100.000 católicos entre 80 millones de
habitantes— comienza una nueva era misionera.

Piedras en el camino

D ificultoso ha sido el com ienzo de la empresa. N o lo


será menos su recorrido. N o tienen ingresos pecuniarios
de ninguna clase. H an de vivir en exclusiva de lo que les
mandan los H erm anos de Polonia. Y este dinero lo desti­
nan, en su m ayor parte, para la edición y distribución gra­
tuita del Kishi.
A estas dificultades se añaden problemas y contrarie­
dades de todo género, que recaen principalmente sobre.el
superior. A l principio le tocó sufrir incomprensiones por
parte de algunos miembros de la Jerarquía y del mismo
Delegado apostólico en el Japón, mal informados por per­
sonas envidiosas o celosas.
Luego le llegan noticias tristes de la patria. A los pocos
días de recibir el indulto de Rom a, un telegrama le trae la
dolorosa nueva de la muerte de su hermano P. A lfonso, su
«otro yo» y sucesor en N iepokalanów . Las cartas que es­
cribe en este tiempo dejan traslucir, en medio de una espe­
ranzada serenidad, su profundo dolor.
Escribe, p. ej., al P. Provincial (1 0 -X II-1 9 3 0 ):
«H em os recibido el telegrama... Sin embargo, después
de la primera profunda impresión, ha entrado la serenidad
en el corazón, porque todo ha sucedido en ocasión de la
solemnidad de la Inmaculada Concepción.

58 SK I, p.451.

99
Sencillamente: Ella lo ha tom ado consigo, com o lo había
hecho hace cuatro años con Fr. A lberto» .

En la misma Casa religiosa no le faltan penas y cruces,


que él llamaba significativamente sus «caramelos».
Al aumentar las actividades, se sentía vivamente la nece­
sidad de nuevos brazos. P. Maximiliano solicita el envío de
nuevos Hermanos y Padres. Van surgiendo vocaciones in­
dígenas y no duda en instituir un seminario para culti­
varlas. Desde agosto de 1931 está en marcha el noviciado.
Al año siguiente funciona ya un Seminario filosófico-teo-
lógico. Quiere su fundador que en él se formen no sólo
los candidatos indígenas, sino también jóvenes polacos con
vocación misionera. De este modo, al realizar sus estudios,
podrán aprender a la perfección la lengua japonesa y adap­
tarse mejor a la mentalidad de este pueblo.
Certera era, sin discusión, la iniciativa. Pero ¿dónde en­
contrar los profesores?
Fr. Maximiliano llama una vez más a las puertas de N ie­
pokalanów. No faltan ofrecimientos generosos. El los
acepta con magnanimidad, si bien no siempre se logra la
perfecta sintonía de ideales.
Uno de los Padres llegados, el P. Metodio, nombrado
profesor de dogmática, no capta el espíritu de P. Kolbe.
Tras unos meses de convivencia —había llegado el 30 de
marzo de 1931—, se manifestó cada vez más alérgico a la
comunidad de la Mugenzai no Sonó, declarando explícita­
mente que no quería integrarse en ella. No aceptaba el
«espíritu de Niepokalanów», e.d., la donación ilimitada a
la Inmaculada, fundamento de la actividad misionera de
aquella comunidad.
No se trataba, obviamente, de malas intenciones o de
falta de responsabilidad. Le faltaba, sencillamente, capta­
ción del espíritu kolbiano. Este tipo de vida le parecía es­
tar más allá de la Regla y de las Constituciones, y por eso
no lo aceptaba.
En su fuerte incomprensión del ideal del P. Kolbe llegó
hasta a acusarle ante los superiores de querer fundar una
nueva Orden religiosa. Nada más lejos de las intenciones
del hijo fiel de San Francisco. Pero la acusación dio mu­
chas vueltas e hizo sufrir sobremanera al fundador de N ie­
pokalanów.
59 SK I, p.458.

100
¿Cuál fue la reacción del P. K olbe al enterarse? Pudo
prescindir al momento de su colaborador y hacerle regre­
sar a Polonia. N o lo hizo, sin embargo. Prefirió convivir
con él, bastándole saber que el P. Provincial apoyaba su
espíritu y sus iniciativas 60.
P or lo demás, la situación se resolvió por sí sola. E l P.
M etodio — apesadumbrado por el clima japonés y llevado
de la nostalgia de la patria— solicitó el regreso.
N o por ello acabaron las tribulaciones del P. K olbe. En
mayo de 1932 le llega un nuevo colaborador, joven y bien
preparado, el P. Constancio O noszko. Bien pronto de­
fraudará la confianza puesta en él. N o comparte en abso­
luto el ideal del P. K olbe. Más todavía, com bate la misma
doctrina de la mediación universal de M aría, fundamento
de la espiritualidad kolbiana, y, en particular, de la M ilicia
de la Inmaculada.
Esta «contestación interna» fue la m ayor cruz del «loco
de la Inmaculada». Nada menos que al M inistro General
de la O rden, P. D om enico Tavani, se siente obligado a
manifestarla. Le escribe desde Nagasaki el 28-11-1933:
«...E n general, desde que ha venido aquí el P. Constan­
cio, que es enemigo abierto de la “Milicia I ”... El P. C ons­
tancio es bueno, celoso, pero quiere ir a Dios directamente
y no por medio de la Virgen; tam poco es capaz de reco­
nocer la feliz relación de nuestra O rden Seráfica hacia la
Inmaculada...
N o me extraño demasiado del caso, porque ha venido a
nosotros del Seminario secular y ha sido ordenado sacer­
dote hace poco. H e intentado convencerle, pero en vano.
Llevo, por tanto, esta cruz, la más pesada que he tenido,
pero cuántos temores de que un tal espíritu se comunique
también a los buenos H erm anos...» 61.

Tam bién este Padre obraba de buena fe. Hasta se puso


de su parte el asistente general para Polonia, P. P. H ac-
zela. Tod o se resolvió, por fin, de modo favorable al P.
K olbe, no sin resistencias en algunos sectores de la O rden.

Una pésima salud de hierro

N o puede pasarse por alto esta otra fuente de sufri­


mientos.
60 P a n c h e r i , O.C., p.130.
61 SK I, p.899.

101
Varios Padres y Hermanos, aun con buena salud, no
pudieron aguantar el clima japonés, tan distinto del po­
laco. Sorprende, a decir verdad, que el P. Maximiliano,
con su habitual pésima salud, lo resistiera durante seis
años.
Lo resistió, efectivamente, pero con constantes acha­
ques, que superaba, sobre todo, a fuerza de voluntad. Los
mismos médicos que le visitaron no eran capaces de expli­
cárselo. Citemos el testimonio del más famoso, el Dr. Pa­
blo Nagai, víctima más tarde de las radiaciones de la
bomba atómica caída en Nagasaki.
El célebre Dr. Nagai, que le conoció muy bien, atesti­
guó para el proceso:
«Su vida fue un continuo heroísmo. C om o médico le vi­
sité y debí constatar que tenía un pulmón m uy enfermo.
Le prescribí reposo absoluto, pero recibí como respuesta
que continuaría trabajando igualmente, porque hacía años
que se encontraba en aquel estado.
He notado en él una voluntad de resistencia verdadera­
mente extraordinaria» (Proceso, cit. por Ricciardi) 62.

Otro médico, el Dr. Fukahori, abunda en la misma opi­


nión sobre el P. Kolbe, y concluye su informe: «Frecuen­
temente tenía fiebre de hasta 40° y, esto no obstante, su
trabajo era en verdad extraordinario» (ibid.).

A tractivo fascinador de la Inmaculada

Sobre estos cimientos de fe, sacrificio y entrega se fue


edificando la Mugenzai no Sono, o Niepokalanów japo­
nesa.
A los tres años de su publicación inicial, la revista Kishi
alcanza una tirada de 50.000 ejemplares. Con ella llega la
fe católica a muchos japoneses paganos o protestantes. Se
dan conversiones en el sentido pleno de la palabra.
Otros, sin llegar a la conversión estricta, cambian su ac­
titud ante la Iglesia Católica.
A las puertas de la Mugenzai no Sono llaman con fre­
cuencia bonzos sintoístas o budistas, lo mismo que pas­
tores protestantes.
Para el P. Maximiliano, la explicación de estos hechos

62 Ríe., p.207ss.

102
era muy sencilla: «La pureza de M aría atrae las almas de
los japoneses, com o la pureza de los misioneros católicos
suscita en ellos admiración y respeto, y les dispone a escu­
charlas» 63.
C onsciente del atractivo fascinador de M aría, levanta
una estatua de la Inmaculada en lo alto de la colina y dis­
pone que permanezca iluminada durante toda la noche. En
carta a la comunidad de N iepokalanów (11-11-1933), co­
menta este poder de atracción de la Inmaculada mediante
algunas anécdotas. Se detiene especialmente en la narración
de ésta:
«... La Inmaculada ha atraído ya hacia sí a muchas almas
paganas.
En los últimos días ha venido una chica de unos veinte
años. Afirmaba que quería hacerse católica. A preguntas
más diligentes hemos sabido que es una criatura infeliz,
que no ha conocido a su padre, abandonada por su madre,
sin casa tras la muerte de quien la protegía, y ahora ven­
dida y buscada por los traficantes de chicas.
Desesperada, iba a suicidarse en el estanque cercano a la
Mugenzai no Sono. Pero mientras iba allí, ha visto la esta­
tua de la Inmaculada.
Y la Inmaculada la ha atraído hacia sí. H a subido a la
colina y ha llamado a la puerta de nuestro convento...» 64.

Un cuarto voto

La Inmaculada. Siempre la Inmaculada en los labios y


en la pluma de quien estaba santamente «chiflado» por
Ella.
Por amor a Ella, y para hacer más exigente el com pro­
miso m isionero, dirige una petición sorprendente al P.
Provincial. Inform a de ella al mismo tiempo a su amigo
P. Koziura. ¿Q ué pretende este religioso insatisfecho?
Q uiere que los religiosos residentes en el Japón, además
de los tres votos comunes, emitan un cuarto voto: el de
estar dispuestos a ir a cualquier misión del mundo y a la
misma muerte, si fuere preciso. Este cuarto voto le parece
exigencia y consecuencia de la consagración incondicio-
nada a la Inmaculada.

63 Ibid., p.192.
64 SK I, p.885.

103
Accede a su propuesta el P. Provincial. Fr. Maximiliano,
en consecuencia, de acuerdo con sus frailes, comienza la
preparación. Realizan cinco días, de ejercicios espirituales.
Así dispuestos todos los profesos de la Mugenzai no Sono,
emiten este cuarto voto el 25 de marzo de 1932, Sábado
Santo aquel año.
Poco después, conmovidos y aleccionados, siguen el
mismo ejemplo los Hermanos residentes en la N iepokala­
nów polaca. Es instructivo y emocionante un repaso de las
cartas del 19-11, 3-III y 28-111-1932 65.
Para que el compromiso sea m uy pronto factible, este
«soñador realista» proyecta una nueva Niepokalanów. El
25 de mayo de 1933 envía este telegrama a la Comunidad
polaca: «Parto a la búsqueda de una Niepokalanów en la
India. Oraciones» 66. Dos meses después, envía este otro:
«¡M aría! Informar al P. Provincial: he regresado» 67. ¿Qué
ha ocurrido entre ambas fechas?
El proyecto venía de atrás. La India ejercía una fuerte
atracción sobre este nuevo Javier. Quería implantar allí
m uy pronto una nueva Ciudad de la Inmaculada. En sus
cartas y apuntes queda constancia de los muchos esfuerzos
realizados con dicho objetivo. Todo estaba dispuesto; los
permisos de las jerarquías locales, concedidos. Faltaba so­
lamente la autorización de los superiores de la Orden.
Por muy diversas razones —seguramente justificadas—
nunca se le concedió dicho permiso. No perdió la paz ante
la negativa el obediente franciscano. Y siguió soñando en
otras Niepokalanów: en Inglaterra, Estados Unidos, Italia
y otras naciones. Véase su carta al P. Koziura el 30-VII-
193 2 68. No pudo verlas durante su vida terrena. Algunas
las ha podido contemplar desde el cielo.

5. A Ñ O S DE R E N U N C IA Y SU M ISIO N (19 33 -36 )

Las obras de Dios se edifican siempre sobre la base ro­


cosa de la renuncia y la sumisión. A esta ley de la Provi­
dencia no escapó el P. Maximiliano Kolbe. Fue su perma-

65 SK I, p.692: 700ss; 727.


66 SK I, p.768.
67 SK I, p.813.
68 SK I, p.814.

1 04
nente comida durante su segunda etapa de estancia en el
Japón.

Súbdito leal

En julio de 1933 se celebra en Cracovia el Capítulo de


la Orden, que elige nuevo provincial. Participa en la asam­
blea el P. Kolbe, en su calidad de superior del Convento
del Japón. La elección recae sobre el P. Anselmo Kubit.
Sigue una cadena de nombramientos. Al P. Florián Ko-
ziura se le confirma como superior de Niepokalanów. Para
la Mugenzai no Sono se nombra al P. Cornelio C zupryk,
recién cesado en el cargo de provincial. Al P. Maximiliano
se le manda volver al Japón como profesor de filosofía y
teología y encargado de El Caballero japonés. Pero no se
le confirma como superior. ¿Por qué esta preterición?
Ateniéndonos al parecer de su mejor y más documen­
tado biógrafo, el ya citado P. Ricciardi, no hay otra causa
para esta decisión, un tanto sorprendente, que los planes
de la Providencia. Era preciso probar así la capacidad de
renuncia y la humildad del siervo de Dios.
No parece que hubiera duda en los superiores sobre los
valores del fundador de Niepokalanów y de la Mugenzai,
o sobre su espíritu de obediencia. Tal vez se tuvo en
cuenta también su débil estado de salud. Tal vez se pensó
como sustituto en el P. C zupryk por su destacada perso­
nalidad...
Por lo demás, difícilmente podría designarse a un más
entusiasta defensor de las empresas kolbianas que el P.
Cornelio. Sin embargo, no dejaba de ser un tanto especial
la nueva situación.
El inspirador y fundador de «El Jardín de la Inmacu­
lada» pasaba a ser simple súbdito, en medio de personas
que no siempre supieron comprenderle. Hemos aludido ya
a las acusaciones hechas contra él, como si quisiera fundar
una nueva Orden. ¿No pensaría alguien que estas acusa­
ciones eran justas?
Para el P. Maximiliano no hubo problema alguno de
adaptación. Desde el primer momento se coloca en la pos­
tura de súbdito fiel y obediente. Por su parte, el P. Corne­
lio le consideró siempre como su mejor colaborador y
confidente.
105
Juntos, el P. Cornelio y el P. M aximiliano, hacen el
viaje al Japón. Juntos firmarán siempre las cartas que diri­
jan a los superiores de la Orden. Para el P. C zupryk cons­
tituía su máxima alegría y recompensa seguir las orienta­
ciones trazadas por el fundador.
Quehacer, nunca le faltó al P. M aximiliano. Además de
las tareas profesorales y de redacción de la revista, recibió
del P. General el encargo de atender al desarrollo de la
M ilicia en todo el mundo en calidad de director general. Y
a fe que cumplió concienzudamente el cometido. Estos
años, de un aparente silencio, marcan un crecimiento ex­
cepcional de la M ilicia, una expansión más que notable de
las diversas publicaciones, y la aparición de El pequeño
diario.

El «M aly Dziennik» (Pequeño Diario)

Merece la pena que nos detengamos, con cierta ampli­


tud, sobre esta publicación diaria, la más ambiciosa de
Niepokalanów, a la que ya antes nos hemos referido bre­
vemente.
Aparece el Maly Dziennik en 1935, cuando el P. Kolbe
se encuentra en el Japón. Podría pensarse, por ello, que
éste poco o nada tuvo que ver con el acontecimiento. La
verdad, contra toda apariencia, es que su aparición se de­
bió a la intuición, inspiración y hasta programación, en
gran medida, de aquel fraile alejado a miles de kilómetros.
Ya en 1931, en carta al P. Koziura, había incluido en el
programa de la M ilicia y de N iepokalanów la edición de
un diario (2-XII). Los tiempos todavía no estaban ma­
duros. Tampoco él tenía prisa. Respecto al diario —es­
cribe—, «cuando la Inmaculada quiera, manifestará su pro­
pia voluntad por medio del P. Provincial».
Pero mientras tanto animaba al P. Provincial: «La idea
de publicar un diario nuestro en Polonia no nos deja paz.
También el Santo Padre, en su última carta a los obispos
polacos, quiere que “del modo más rápido posible se dé
inicio a la publicación” de un diario católico, “en todo y
por todo”. Si hubiera de aparecer otro diario antes que el
nuestro, entonces resultará bastante más difícil publicar
uno por nuestra parte». Y termina así la carta (7-VI-1934):
«La Inmaculada conduzca adelante este problema, a fin de
106
que Ella pueda llegar a ser lo más pronto posible Reina del
mundo entero y de cada alma» 69.
La misma solicitud aflora en otras cartas, como en la
que dirige al P. Alfonso Stepniewski (21-XI-1934). Trata
algunos detalles, incluido el del precio:
«Según mi parecer, es necesario empezar con un diaria
pequeño, modesto en todos los aspectos, no excluida la
propaganda...
En segundo lugar, sería preciso no perder de vista el ob­
jetivo de este prim er diario de la M. I., a saber: hacer pe­
netrar la Inmaculada en las masas; por ello, noticias re­
cientes y precio m ódico, etc.» 70.

Hace cálculo de los costes, de la venta, de la propa­


ganda, y fija como posible el precio de 2 groszy (cén­
timos). La tirada inicial debería ser de 30.000 ejemplares.
Como título más adecuado sugiere éste: Maly Ilustrowny
Dzienniczek (El pequeño diario ilustrado), que quedó de­
finitivamente como Maly Dziennik (Pequeño diario).
A fines de 1934 siente la urgencia de realizar el
proyecto. Se escoge como director al P. Mariano Wójcik.
Se imprimen algunos números de prueba, que le son en­
viados al Japón. Los examina atentamente y hace nuevas
observaciones el 18 de diciembre: «A la redacción del
Maly Dziennik: Puede ser que 2 gr. no sean suficientes,
sobre todo porque de estas monedas hay pocas en circula­
ción. Por tanto, sean 5 groszy» 71.
Responde a otras consultas que le han hecho sobre titu­
lares, formato, papel, ilustraciones, etc. Se manifiesta con­
tento y pide que salga a la luz pública cuanto antes.
Un mes más tarde, el 21-1-1935, en carta al P. Koziura,
renueva sus deseos de una rápida publicación y prosigue:
«En general, al principio no prometer muchas cosas, sino
ofrecerlas en la medida de las posibilidades y del desarro­
llo sucesivo. Cuanto más pequeño sea en sus comienzos,
más fácil y rápidamente pasará entre el bloque de las pri­
meras dificultades...» 72.

69 SK II, p.l06ss.
70 S K I I , p .136.
71 S K II, p .138.
72 S K II, p .149.

107
Con la bendición del cardenal de Varsovia

Para entonces, finales de enero, sale a la calle el número


primero. En el nombre de la Inmaculada, y con la bendi­
ción del Card. Kakowski, de Varsovia, El pequeño diario,
al precio de 5 groszy, sale a medirse con los otros diarios,
que costaban 25 ó 30.
No fue fácil su implantación y permanencia, según ya se
dijo antes. Le hicieron la guerra desde diversos flancos.
Hasta el Japón llegan los ecos de la oposición y condena al
ostracismo que le quieren imponer los otros diarios. Con­
testando a una carta de su director, el citado P. Mariano
W ójcik, se hace cargo de la situación el P. Kolbe, su pri­
mer inspirador (12-VII-1935):
«Trato de imaginarme qué tempestades debes sostener,
tanto desde fuera como desde dentro; po r descontado, en
las obras divinas nada grande nace sin dolor.
Por lo demás, ¿puede haber para nosotros un sacrificio
demasiado grande, cuando se trata de la Inmaculada? Es­
tamos consagrados a Ella, no sólo en teoría, sino real­
mente en la práctica» 73.

Aconsejaba al discípulo lo que él vivía por experiencia.


Luego le anima, aludiendo a las dificultades que él mismo
hubo de superar en los comienzos de El Caballero. Le re­
comienda buenas relaciones con otros diarios, en la me­
dida en que no se perjudique al propio ideal.
Señala, por fin, la necesidad de que redactores y colabo­
radores escriban según el espíritu de la M ilicia; que eviten,
siempre que no sea necesario, el censurar a personas, par­
tidos o naciones; que sean muy cuidadosos al hablar de los
judío, etc. 74 .
H oy diríamos que, tras estos sabios consejos, se escon­
día un profesional de la sana información. Mejor sería de­
cir que nos encontramos ante un apóstol de los medios
modernos de comunicación.

Si el grano de trigo no cae en la tierra...

Por cuanto llevamos escrito, se aprecia que estos años


de renuncia y silencio no fueron en absoluto estériles.
73 SK II, p .l 81.
74 Ibid., p,182ss.

108
Viejos proyectos se ven realizados y otros nuevos se po­
nen en marcha.
No es sólo la publicación del Pequeño diario. Es tam­
bién el período de preparación del Miles Inmaculatae, para
sacerdotes, aunque no se editará de hecho hasta 1938, pre­
sente ya el P. Kolbe en Polonia.
Es el tiempo de los desvelos por la M ilicia de la In­
maculada, cuya dirección internacional desempeña Fr.
Maximiliano. Por este motivo mantiene una copiosa co­
rrespondencia epistolar.
En esta etapa viaja a la India e intenta fundar la Niepo­
kalanów hindú. Conocemos las peripecias del viaje y la no
consecución del objetivo.
Un último proyecto se fragua también a lo largo de la
época kolbiana en el Japón. El franciscano conventual
—que nunca ha pretendido fundar una nueva Orden reli­
giosa— trabaja intensamente por la renovación de la suya
propia. Defiende con firme convicción que el retorno al
fervor religioso primitivo ha de realizarse a través de la en­
trega incondicional a la Inmaculada.
Una idea fija le persigue, que expone con frecuencia en
sus cartas. Es preciso que cada fraile, cada Casa, cada Pro­
vincia y la Orden entera renueve su consagración a la In­
maculada. Este será el punto de arranque de un vigoroso
renacimiento religioso.
Hace la propuesta, con la sencillez y la audacia de los
humildes. Y contra lo que algunos pudieran sospechar, en
el Capítulo general de 1936 se acepta, renovándose la con­
sagración de la Orden a la Inmaculada el mismo día de su
fiesta.
Cuando el P. Maximiliano —otra vez superior de N ie­
pokalanów— conoce la noticia, se acuerda seguramente de
un proyecto que hizo recién ordenado subdiácono, cuyo
confidente fue el P. Pal, ya citado.
Muchos años más tarde contó el P. Pal esta confidencia
juvenil, rememorando las vacaciones veraniegas de 1917:

«V uelto también él a la antedicha Vigna [casa francis­


cana de descanso, junto a las Termas de Caracalla, en
Roma], me dijo varias veces:
— U n obispo nuestro ha dicho que la Virgen hará
grandes cosas po r medio de un fraile nuestro, renovará el
espíritu religioso en muchos corazones de nuestra O rden y

109
de otras y despertará el espíritu cristiano entre los fieles de
muchas naciones.
Y o —.prosigue el P. Pal— , que ya le conocía y lo tenía
p o r un alma santa, estaba convencido de que el religioso,
instrum ento elegido po r la Virgen, era el mismo Fr. M axi­
miliano, y el obispo, Mons. Berti.
Los paseos que hicimos solos en la Vigna, estando
ambos un poco enfermos, los pasamos hablando siempre
del mismo tema» 75.

¿No pensaría también el mismo autor de la confidencia


en aquel antiguo episodio? Su constante actuación atesti­
gua que no sólo se acordaba, sino que vivía para realizar
esa renovación del espíritu de su Orden.

D) Regreso definitivo a la patria (1936-39)

1. C R E C IM IE N T O Y E X P A N SIO N DE N IE P O K A L A N O W

El 26 de mayo de 1936, el P. Maximiliano abandona


para siempre el Japón y regresa a Polonia.
Estos fueron los planes de Dios y de sus superiores, que
él desconocía en aquel momento.

Nuevamente superior

Volvía a su patria con la intención primaria de participar


en el Capítulo provincial, que iba a celebrarse en Cracovia.
Después —así pensaba él— regresaría al Japón.
Sus superiores, sin embargo, le mandan permanecer en
Polonia. A causa del clima japonés, húmedo y caluroso, el
estado de sus pulmones había empeorado notablemente.
¿Dónde mejor que en su tierra natal para curarse o, al
menos, recuperarse un poco?
Pero no le envían a un sanatorio ni le jubilan a sus cua­
renta y dos años. Saben bien que en Niepokalanów todos
esperan y ansian verle de nuevo como su padre guardián.
Ante los difíciles tiempos que se avecinaban, el P. M axi­
miliano inspiraba confianza, seguridad, paz, más que nin-

75 R íe ., p .5 6ss.

110
gún otro. Es, por ello, nombrado de nuevo superior de su
Ciudad de la Inmaculada.
En aquellas fechas, año 1936, Niepokalanów era ya una
institución para todos los hijos de Polonia.
Hemos narrado anteriormente los hechos principales de
su desarrollo y descrito la organización y frutos de aquella
mística Ciudad. No fue ajeno a este desenvolvimiento el P.
Maximiliano, con sus constantes consejos desde el Japón.
Ahora contribuirá a su más firme consolidación.
En estos tres años (1936-39) sigue siendo su indiscutido
director, pero aún más el padre y educador de sus hijos
espirituales. Es este período la época de oro de Niepokala­
nów. Sus publicaciones alcanzan cotas altísimas: El Caba­
llero llega al millón de ejemplares; El pequeño diario se
afianza entre los otros diarios polacos, no sin dificultades,
obstrucciones, acosos. De ello se ha tratado ya. El P.
Kolbe lo mima y defiende como a la «niña de sus ojos».
Es consciente de su valor y de su influjo en la cultura y
religiosidad de Polonia.

Visitantes ilustres

A Niepokalanów acuden ilustres visitantes, que no salen


de su asombro al contemplar el trabajo singular, inclasifi­
cable con criterios mundanos, de aquellos centenares de
frailes-obreros. Destacan las visitas del Primado de Polo­
nia, Card. Kakowski, y , más tarde, de su sucesor, Card.
Hlond. En sucesivas ocasiones llegan a la Ciudad de la In­
maculada los Nuncios apostólicos Mons. Marmaggi y
Mons. Cartesi.
Singular relieve cobró la presencia del M inistro General
de la Orden, P. Beda M. Hess, llegado a Polonia en el ve­
rano de 1936. Años más tarde, tras la muerte del P. Kolbe,
aportó su testimonio sobre la obra de éste ante el Tribunal
eclesiástico de Roma. Recogemos lo más significativo de
sus palabras:
«Las dos veces que estuve en N iepokalanów , me di
cuenta al m om ento de que me encontraba ante una obra
bendecida por el Señor, ante una ciudad sobre la que ale­
teaba María Inmaculada. Se trataba de una quincena de pa­
bellones de madera, con un solo edificio de ladrillo, en los
que llevaban una vida activa, tanto espiritual como mate­

111
rialmente, unos 700 religiosos vestidos con el hábito fran­
ciscano...
Se saludaban mutuamente con el nom bre de M aría, de
form a que me pareció reencontrar en aquel ambiente el
verdadero espíritu de los comienzos de la O rden seráfica.
En N iepokalanów se cumplía a la perfección la máxima
ora et labora porque, además de la adoración perpetua
diurna y nocturna del SS. Sacramento y los otros actos co­
munes de oración, había un doble turno, diurno y noc­
turno, de trabajo.
El espíritu religioso de aquellos Herm anos era m uy in ­
tenso, y en ellos había una confianza ilimitada en la P ro vi­
dencia y en la Inmaculada» 76.

Tal era la marcha de la Ciudad de la Inmaculada. Y


ahora tenía la suerte de contar con la presencia viviente de
su fundador.

Educador de las conciencias

Maximiliano Kolbe dedica su tiempo y energías, sobre


todo, a la formación humana y espiritual de sus hijos y
colaboradores. Todos le respetan y obedecen. A todos
atiende como padre y maestro. No pasa día en que no
tenga una charla espiritual, en uno u otro departamento,
para mantener vivo el ideal de Niepokalanów.
Como si intuyera que le quedaba poco tiempo, aprove­
cha cualquier circunstancia para cultivar el espíritu de sus
discípulos. Uno de éstos, Fr. Bienvenido Stryjewski, re­
cordando este período, establece un paralelo entre la vida
de Jesús y la del P. Kolbe:
«C om o Jesús, consagró los tres últimos años de su
superiorado a la educación de los Hermanos. Q uiso com ­
penetrarlos a todos de sus ideales en el trabajo apostólico.
C om o presintiendo su fin y la cercanía del Calvario, trató
de prevenir los tiempos... N o descuidaba ocasión alguna
para enseñarnos una nueva verdad en torno a la Inmacu­
lada, para instruirnos y prepararnos a todo...» 77.

Muchos de aquellos Hermanos perecieron más tarde en


los campos de concentración. Otros, que sobrevivieron,

76 Ibid., p .2 80 .
77 Ibid., p.277.

112
han dejado testimonios, de incalculable valor, sobre esta
etapa de la vida del P. Maximiliano.

Secretos y confidencias

Entre tantos testimonios, hay uno de especial alcance,


porque revela secretos m uy íntimos del P. Kolbe y deja
traslucir dones místicos que recibió del Señor. Ignoramos el
nombre de su autor. Salen garantes de su autenticidad el P.
Antonio Ricciardi y el P. Pancheri.
Estos son sus párrafos más importantes:
«Era el domingo 10 de enero de 1937. Acabada la cena,
estaba en program a para la Com unidd una representación
escénica del M isterio del N acim iento del Salvador, una
graciosa form a de arte por nosotros llamada Jaselka... P.
M aximiliano, durante la cena, anunció la representación,
dejando, sin embargo, libertad a los profesos solemnes que
prefirieran quedarse con él en el refectorio para que se
quedaran. Terminada la cena, la m ayor parte se dirigió al
teatro. Varios, sin embargo — el que narra esta escena, los
hermanos H ilario, Cam ilo, Lucas, Emilio y otros, junto
con el P. Pío Bartosik— , se entretuvieron en el refectorio
con el P. M aximiliano, quien resum iendo dijo:
... Q ueridos hijos... ahora estoy con vosotros. V osotros
me amáis y yo os amo. Y o m oriré y vosotros permanece­
réis. Antes de abandonar este m undo quiero dejaros un re­
cuerdo. Q ueriendo también y o cum plir la voluntad de la
Inmaculada, he hecho perm anecer aquí solamente a los
Hermanos de profesión solemne, según su libre elección.
Sería ésta la prueba de que la Inmaculada os quería aquí
reunidos.
V osotros me llamáis Padre G uardián, y y o lo soy. Me
llamáis Padre D irector, y decís bien, porque tal soy y o en
el convento y en la editorial. Mas ¿quién soy ahora? Soy
vuestro Padre. Padre más verdadero que vuestro padre
carnal, que os ha dado la vida tem poral. P o r mi medio, en
efecto, habéis recibido la vida espiritual, que es vida di­
vina, y la vocación religiosa que trasciende la misma vida
tem poral. ¿N o es verdad lo que os digo?
Ciertam ente, es la verdad — dijo uno de los presentes— .
Si no hubiera sido por usted, Padre, El Caballero, la C iu ­
dad de la Inmaculada y todos nosotros no nos encontra­
ríamos ahora aquí.
L eyendo El Caballero y o conocí el apostolado francis­
cano — añadió un segundo.

113
En mí, El Caballero de la Inmaculada ha hecho germi­
nar y reforzar la vocación religiosa — siguió diciendo un
tercero...
A sí, pues..., yo soy vuestro Padre... Habéis notado se­
guramente que y o os hablo siempre con el tú, y esto p o r­
que el Padre no se dirige a su hijo más que con el tú con­
fidencial...
Hijos queridos, sabéis que no puedo estar siempre con
vosotros; po r eso deseo deciros, com o recuerdo m ío, algo.
Sí, sí, ¡diga, Padre! — gritaron todos a coro y conte­
niendo la respiración.
¡O h, si supierais, hijos queridos, qué feliz so y!... El co­
razón rebosa de felicidad y paz... Tanta felicidad y tanta
paz cuanta se puede gustar aquí abajo! N o obstante las
contrariedades de la vida, en lo profundo de mi corazón
domina siempre esta calma inefable. Hijos queridos, ¡amad
a la Inmaculada! Am adla y os hará felices, y confiad en
Ella ¡limitadamente. N o a todos es dado com prender a la
Inmaculada. Esto se puede obtener solamente por medio
de la oración.
La M adre de Dios es M adre Santísima. N osotros com ­
prendemos qué quiere decir madre... Ella es la M adre de
Dios, y solamente el Espíritu Santo puede dar la gracia de
conocer a Su Esposa, a quien quiere y cuando quiere.
Q uería deciros aún algo más, pero, quizá, ¿no basta con
esto?
En este m om ento nos m iró a todos, con un sentido de
timidez, pero nosotros insistimos y le pedimos que no nos
ocultara nada y que nos lo revelara todo.
Está bien, os lo diré — añadió inmediatamente— ; os he
dicho que soy muy feliz y estoy rebosante de alegría, y esto
porque con toda certeza me ha sido dada la seguridad del
Cielo... H ijos queridos, ¡amad a la Virgen, amadla cuanto
sepáis y podáis!...
Esto lo dijo con tanta em oción que sus ojos se habían
empañado de lágrimas. Siguió un m om ento de silencio,
que él mismo rom pió en seguida: ¿N o os basta quizás ha­
ber sabido esto?
Es poco aún: díganos, Padre, más. N osotros, tal vez, no
tendremos ya más una semejante Ultima Cena.
Ya que insistís tanto, añado esto: cuanto os he dicho, ha
sucedido en el Japón... O tra cosa no añadiré más, ni me
preguntéis ya más en torno a estas cosas...
O s he revelado mi secreto y lo he hecho para infundiros
fu erza y energía espiritual en las asperezas de la vida.
Vendrán quizá dificultades y pruebas, tentaciones y abati­
mientos del espíritu. En tal caso, el recuerdo de estas cosas
os vigorizará para perseverar en la vida religiosa y os esti-
mulará a los sacrificios que la Inmaculada exigirá de vos­
otros.
H ijos queridos, no aspiréis a cosas extraordinarias, sino
cumplid solamente la voluntad de la Inmaculada. Q ue se
cumpla la suya y no nuestra voluntad!... Mientras os ha­
blaba tenía en mi mano la pequeña C orona, desgranando
avemarias, como para conocer si debía o no deciros cuanto
os he dicho. Os ruego que no contéis estas cosas a nadie,
mientras yo viva... ¡Prom etedlo!
¡Está bien, lo prom etem os! — resonaron las voces de los
presentes.
Después de un instante de silencio, se hicieron por
nuestra parte diversas preguntas de todo tipo, en especial
repecto al futuro: C óm o actuar en caso de tales o tales cir­
cunstancias, cómo com portarnos en los varios posibles
acontecimientos. P. M aximiliano respondió a todo con pa­
labras claras, seguras, llenas del espíritu de Dios.
La extraordinaria sesión había terminado. Dejamos el re­
fectorio, llevando no sólo en el corazón, sino también en
los labios las palabras que no podían permanecer secretas:
/Amad a la Inmaculada, hijos queridos, amad a la Inma­
culada! Y más que nunca dominaban en la cumbre de
nuestros pensamientos aquellas perspectivas que el Padre
nos había hecho concebir en son de profecía: ¡Vendrán
tiempos más difíciles de pruebas, de tentaciones y de des­
aliento. Pero el recuerdo de las gracias recibidas será para
vosotros válido sostén y fuerza victoriosa en las dificultades
de la vida!...» 78.

Creemos que este documento se comenta por sí solo.


Parece fuera de duda, según él, que el P. Kolbe recibió de
Dios una especial revelación, la única que puede dar esa
certeza que manifiesta. Tal es la enseñanza del Concilio de
Trento (D 826). Esa certeza, tan humilde, explica su paz
interior y su seguridad.

La idea fija de Rusia

Fundar en Moscú una «Ciudad de la Inmaculada» fue el


sueño permanente del P. M aximiliano. La idea venía de
m uy atrás.
En 1926 (25-IX) escribía a su hermano Fr. Alfonso:
«En cuanto tengáis un m inuto de tiem po, será oportuno
im prim ir la hoja de inscripción a la Milicia en lengua rusa.

78 R íe ., p .281-286; P an cheri , o. c., p.184-187.

115
I r. A lberto conoce el ruso y el Sr. Recko podría pres­
tarnos los caracteres (com prarlos no vale la pena porque
Rusia está para adaptar el alfabeto latino)» 79.

La idea cobró más fuerza cuando, en los primeros días


de julio de 1930, realizando un viaje del Japón a Polonia
—vía Siberia—, se detuvo en Moscú unas horas. ¿En qué
pensaría el «loco de la Inmaculada» al contemplar los im­
ponentes edificios del Kremlin?
Pocos años más tarde quiso repetir el paso por Moscú.
Desde Nagasaki (7-X-1932) consultaba al P. Provincial:
«... ¿detenerme un poco en Moscú, si fuera posible —evi­
dentemente en cuanto me sea permitido— con el fin de
examinar la situación local y la posibilidad de iniciar la pu­
blicación de un Caballero en lengua rusa?» 80
No le fue posible realizar esta nueva visita, pero la idea
le perseguía. Encontrándose en Roma, febrero de 1937,
pronunció una conferencia sobre la M ilicia de la Inmacu­
lada al cumplirse los veinte años de su fundación. Al final
se atrevió a afirmar:
«No creemos lejano, ni un puro sueño, el advenimiento
del día grandioso, en que la estatua de María Santísima
será colocada por sus invictos Caballeros en el corazón
mismo de Moscú» 81.

¿Simple sueño? ¿Una verdadera profecía?


Una condición, sin embargo, debía cumplirse para que
este sueño profético se convierta en realidad: la prueba de
la sangre. Así lo relata el P. Quirico Pignalberi, quien lo
escuchó de labios del mismo P. M aximiliano:
«P. M aximiliano vino a verm e al convento de Piglio los
días 7, 8 y 9 de febrero de 1937. En mi habitación, con­
versando con él familiarmente, supe de algunas dificultades
que su obra había encontrado en Polonia y Japón.
Sin embargo, él afirmaba que muchas dificultades habían
sido superadas, que en el centro de M oscú se alzaría la es­
tatua de la Inmaculada, pero que antes será necesaria la
prueba de la sangre. Y o interpreté esta expresión suya
como una prueba que vendría sobre la Ciudad de la In­
maculada. Esta alusión a la prueba de la sangre me la repi­
tió pocos días después en Roma, terminada la academia de

79 SK I, p.214.
80 SK I, p .8 4 t.
81 SK II, p.294; cf. R íe., p.290.

116
la Inmaculada, celebrada el 11 de febrero, fiesta de la
M. I., en el convento de los SS. Apóstoles; también enton­
ces, recuerdo bien, dijo que la prueba de la sangre era ne­
cesaria» 82.
¿A qué prueba se refería? No parece que a la de su
muerte, sino más bien a una prueba de la «Ciudad de la
Inmaculada» polaca, y, tal vez, de toda Polonia. De hecho,
por esta prueba pasaron muchos de los componentes de
aquella mística Ciudad.
¿Cuándo se cumplirá la «profecía» del P. Kolbe?
No lo sabemos. En todo caso es innegable su conver­
gencia con otra profecía de Fátima. Curiosa coincidencia,
sobre todo sabiendo que el P. Kolbe no conocía las apari­
ciones de Fátima.

Apostolado de la radio y de la correspondencia

A estos tres años extraordinarios corresponden otras


iniciativas de este apóstol del siglo XX.
Hemos hecho referencia, anteriormente, a los proyectos
del P. M aximiliano para instalar en Niepokalanów una
emisora de radio. También sabemos que, por influjo sobre
todo de sectores masónicos, aquellos proyectos fracasaron.
Tuvo más éxito en su intento de servirse de la radio ofi­
cial, al menos en dos ocasiones: la primera, el 8 de diciem­
bre de 1937, y la segunda, el 2 de febrero de 1938. En
ambas intervenciones habló, a través de las ondas, del es­
tilo de vida y del trabajo en Niepokalanów. Consta que
causaron un fuerte impacto. Puede leerse el texto de una y
otra en la obra del P. Ricciardi.
Cerradas las puertas de la radio, el apóstol de los mass-
media aprovechó otras puertas abiertas en las mismas pu­
blicaciones de su Ciudad.
Dichas publicaciones originaban una abundantísima co­
rrespondencia por parte de los lectores. Parece que se reci­
bían una media anual de 500.000 cartas, que en 1937 llega­
ron a las 750.000.
Muchas de ellas eran simplemente asuntos de trámite.
Pero no escaseaban otras con consultas de tipo religioso-
moral, con aplausos o con críticas. El P. Kolbe procuraba

82 R íe., p.290ss.

117
que fueran contestadas. Con lo cual esta tarea se convirtió
de hecho en otra forma de apostolado directo.
No acabaríamos este largo capítulo si hubiéramos de ex­
poner todas y cada una de las actividades desarrolladas en
aquella ciudad mariana.

2. U N A P O ST O L DEL SIG L O X X

Ha sido preciso omitir muchos hechos, detalles, anéc­


dotas de la vida de nuestro héroe.
Con lo hasta aquí narrado hay fundamento, más que
suficiente, para considerarle como uno de los más grandes
apóstoles del siglo X X , que sabe encarnarse en su época y
se sirve de los medios e instrumentos más eficaces.
¿Quién es este hombre? La pregunta es ineludible.
Maximiliano Kolbe no es sólo el héroe de Auschwitz,
que ofrece su vida en lugar de la de otro prisionero. Su
vida entera discurre como una sucesión de actos heroicos,
de grandeza algunos, de pequeñez la mayoría.
Soportando toda su existencia terrestre una pésima sa­
lud, en su cuerpo enfermo hace gala de una energía de vo­
luntad indomable.
No puede descansar, porque hay mucho que hacer; por­
que los enemigos de Dios y de la Iglesia no descansan. A
su madre —ansiosa de verle y de estar con él— le dice más
de una vez en sus cartas que ya habrá tiempo de descansar
en el cielo, y que allí podrán hablar largo y tendido de
tantas cosas...
Este hombre no se vuelve atrás de su ideal, intuido ya
desde la niñez, formulado en su etapa de estudiante ro­
mano, vivido y explicitado en los años de trabajo apostó­
lico y de silencio fecundo.
Es el suyo un ideal totalizante, que no admite términos
medios, ni se reserva rincones, ni permite dilaciones.
Es un ideal sobrenatural, ante todo, que se apoya en los
medios sobrenaturales; pero que, a la vez, aprecia, valora y
usa todos los medios humanos legítimos para su expan­
sión.
Maximiliano Kolbe, pobre y humilde fraile franciscano,
se embarca en mil empresas, se hace escritor, editor, cons­
tructor..., para llevar a todas las almas a Dios a través de la
Inmaculada.
118
Es un apóstol de nuestro tiempo, comparable a Pablo de
Tarso o Francisco Javier por su ardor apostólico; y a
Francisco de Asís, de quien siempre se siente hijo fiel, por
su sencillez y sentido de la realidad en el aprecio de las
obras de Dios.
Es un apóstol de la prensa y demás medios de comuni­
cación social, en el sentido más estricto de la palabra. A l­
gún día deberá ser proclamado Patrono de estos medios,
con título plenamente justificado.
Si tal fue su vida, no podía ser vulgar su muerte.
III. EL MARTIR DE LA CARIDAD

A) Anuncios de la Pasión
«Q ualis vita, finis ita». Con esta frase lapidaria expresa­
ron los antiguos una gran verdad: «Como la vida, así el fin
(la muerte)». Cada persona va preparando con su vida el
estilo y forma de su muerte. Y ésta da el sentido definitivo
a aquélla; es su coronación y consumación.
A la vida heroica del P. Maximiliano Kolbe correspon­
dió, en efecto, una muerte verdaderamente heroica, prece­
dida de una larga pasión y de un espantoso vía crucis.
Nada hubo improvisado en esta muerte; nada fortuito, o
simple efecto de unas circunstancias de terror y odio.
Como Cristo, el héroe de Auschwitz, el mártir de la cari­
dad, pudo decir y dijo: «Por eso el Padre me ama, porque
yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita,
soy yo quien la doy de mí mismo» (Jn 10,17s).
Cristo dio su vida, porque tal era la voluntad del Padre.
Vino al mundo para morir y vencer de este modo a la
muerte. Y durante toda su vida terrena se preparó cons­
cientemente para esta hora.
Su siervo M aximiliano, educado en la misma escuela que
Jesús, la de la Madre Inmaculada, siguió casi literalmente
el camino de su Señor y Maestro. Corta fue su vida, cua­
renta y siete años y unos meses, pero bien aprovechada.
¿Qué más podía desear que verla coronada por una muerte
y una victoria similar a la de Cristo?

1. L A S TRES E T A P A S DE U N A V ID A

Más de una vez había explicado el P. Maximiliano a sus


discípulos e hijos espirituales que la vida de todo hombre
está normalmente enmarcada en tres etapas:
1.a, la de educación o aprendizaje de la acción, trabajo o
profesión futuros;

121
2.a, la de realización, más o menos larga, de esta acción,
trabajo o profesión;
3.a, la del sufrimiento, en sus diversas formas y circuns­
tancias, coronado por la tristeza de tener que morir.
Todavía recuerda sus palabras Fr. Juventin Mlodozeniec,
admitido en la Orden por el P. M aximiliano, pronunciadas
el 28 de agosto de 1939. Ya se oteaban en el horizonte los
nubarrones de la inminente contienda bélica. El P. Supe­
rior, como verdadero pastor y guardián de sus ovejas, abre
su corazón y declara sus sentimientos. Las transcribe así
Fr. Juventin;
«Esta tercera etapa de la vida, la del sufrim iento, tam­
bién quizá será necesario que llegue para mí. Sólo la In­
maculada lo sabe.
Q uerría solamente sufrir y m orir com o conviene a un
Caballero de la Inmaculada, que debe derram ar su propia
sangre hasta la última gota, para apresurar la conquista del
m undo entero para la Inmaculada.
Esto me auguro a mí mismo y a vosotros. En efecto,
queridos hijos, ¿qué cosa más sublime que ésta me puedo
desear a mí y a vosotros? N o conozco nada más sublime;
si lo conociese, os lo diría, pero no lo conozco. Jesús
mismo dijo: «Nadie tiene am or más grande que éste de
dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13)» '.

Son palabras proféticas, que manifiestan, por lo demás,


que la entrega del P. Kolbe a la muerte por un hermano
no tuvo nada de improvisada. En momentos sublimes
todos quizá seríamos héroes... o quizá no. Porque tam­
poco escasean, aun en esos momentos, los desertores, los
egoístas o los cobardes.
Kolbe sabía lo que hacía. Deseaba dar su vida como
Jesús. Y la fue dando no sólo en el momento final del
bunker del hambre, sino a lo largo de los últimos meses de
su pasión y vía crucis.

2. L A PR IM E R A D E P O R T A C IO N (SE PT BR E .-D IC B RE . 1939)

El 1 de septiembre de 1939 es una fecha trágica para los


polacos. Marca el comienzo de la ocupación de la patria
por la Wehrmacht germana. En m uy pocos días el ejército

1 M lo d o z e n ie c , Juventin, Ho conosciuto il beato Massimiliano


Kolbe, p.31.

122
polaco, a pesar de su fuerte resistencia, queda arrollado
por las poderosas divisiones hitlerianas.
Bien pronto se empiezan a sentir los efectos de la ocu­
pación en la misma Niepokalanów.
Sobre la Ciudad de la Inmaculada caen las bombas mor­
tíferas de la Luftwaffe, y el incesante cañoneo destruye
gran parte de las edificaciones.
El singular ejército de los «Caballeros de la Inmacu­
lada», que no pone su confianza en las armas materiales, se
ve obligado a la dispersión. Su jefe, el P. Maximiliano
Kolbe, envía fuera del convento a varios centenares de los
caballeros-frailes para que se acojan a la hospitalidad de
sus familiares o de otras casas religiosas. El, sin embargo,
como fiel guardián de la Casa, se queda allí, acompañado
de otro Padre y de 38 Hermanos. Pero por poco tiempo.

Habla un testigo

Dejamos de nuevo la palabra a Fr. Juventin Mlodoze-


niec, testigo ocular y compañero de sufrimiento del P.
Maximiliano. Escribe:
«Terriblemente duro fue para el P. K olbe separarse de
nosotros. Antes de comenzar la vida errante de la guerra,
nos bendijo y se despidió de nosotros afectuosamente. Por
consejo suyo, los Hermanos se dirigieron a la C ru z Roja
Polaca, para poder servir de este m odo como ayuda a los
combatientes en el frente.
N iepokalanów se apresuró a proporcionar ayuda mate­
rial y espiritual, tanto al ejército polaco com o a la pobla­
ción civil. En los prim eros días de septiembre, un num e­
roso grupo de evacuados de la ciudad de Poznam se diri­
gía en tren a Varsovia. Cuando el tren llegaba a la estación
de Szym anów , los aviones alemanes lo bom bardearon. Los
agredidos huyeron con ayuda de los Padres y del equipo
sanitario de los Hermanos.
El 7 de septiembre, vigilia de la N atividad de M aría V ir­
gen, sufrimos la prim era prueba de fuego. Los aviones
enemigos lanzaron bombas sobre N iepokalanów y caño­
nazos en los contornos. El P. K olbe corría de un edificio
al otro, de un refugio a otro, llevando a todos consuelo y
tratando de levantar el espíritu. Tras estas incursiones aé­
reas quedó en N iepokalanów el P. K olbe con su sustituto,
P. Pío Bartosik y 38 Herm anos...
Desaparecieron los últimos rayos de una esperanza ilu-

123
soria; siguieron roturas generales del frente polaco. El 12
de septiembre po r la tarde, los restos de nuestro ejército,
la caballería y los carros armados, se retiraron de Z yrar-
dow. Fueron trasladados al convento algunas decenas de
soldados polacos gravemente heridos...
La situación desesperada de Polonia se hacía día a día
más evidente. Nuestras tropas, hostigadas sin descanso, se
retiraron hasta Varsovia. La ciudad se preparaba a defen­
derse. D urante todo el tiempo que duró el asedio a la ca­
pital, el P. Kolbe nos recomendó de m odo particular rezar
por nuestra Patria y po r sus defensores. El mismo celebró
una misa con la intención: Regina Poloniae, ora pro
nobis» 2.

Hacemos una breve pausa en la transcripción de este


emocionante testimonio. Es un polaco quien lo emite, un
hombre lleno de amor a su patria ocupada, que ha vivido
aquellos momentos de inseguridad y de pérdida de la inde­
pendencia. No hay en su relato el menor asomo de odio o
rencor hacia el injusto agresor. Seguimos su narración.

Detención y deportación

Niepokalanów y sus contornos están ya ocupados por


las tropas alemanas. ¿Cuál será la suerte de los frailes que
todavía permanecen en el convento?
«El 19 de septiembre — continúa Fr. Juventin— , hacia
las diez de la mañana, el sonido de una campanilla nos
convocó a reunión po r orden de los soldados alemanes. El
objetivo era claro. A petición del P. K olbe, un soldado
alemán perm itió a dos Hermanos quedarse para ocuparse
de los soldados heridos; para esta tarea designó a Fr. W i-
told G arlo como enferm ero-jefe.
Suplicamos entonces al P. K olbe que se quedara también
él, pero no aceptó, diciendo: * Yo me voy con vosotros».
V olviéndose luego a Fr. Ciriaco Szubisneki, añadió: «Tú,
hijo, quédate y asiste a los enfermos».
Durante las operaciones en el frente algunos religiosos
de otros conventos, que temporalm ente estaban hospe­
dados en N iepokalanów, fueron también deportados a los
campos de concentración. Eramos así en total 48.
Después de habernos contado y colocado en filas de a
cinco, nos dieron la orden de ponernos en camino (con el

2 Ibid., p. 33-35.

124
pretexto de someternos a registro). Cuando atravesábamos
el jardín del convento, uno de los soldados alemanes nos
sacó una fotografía. Esta nos fue entregada después de la
guerra po r uno de los repatriados de W roclaw , en las cer­
canías de W lenia: él la había encontrado en una casa des­
pués de la evacuación alemana.
N uestro grupo fue agregado a grupos de civiles, dete­
nidos circunstancialmente, y en autom óviles nos conduje­
ron a Rawa M azowiecka. Pasamos la noche prim era en
una iglesia de los Pasionistas» 3.

Hasta aquí el relato del hermano Mlodozeniec, que nos


servirá también de guía en la narración de los hechos que
siguen.
Puestos en marcha, son conducidos los deportados hacia
el oeste. El 20 pasan junto al Santuario de la Virgen de
Jasna Góra, en Czestochowa, Reina de Polonia. Les em­
barga la alegría y esperanza y confían a la Virgen Negra la
suerte de la patria oprimida.
En medio de sus muchas penas experimentan también la
simpatía y ayuda de las gentes, que les ofrecen lo que tie­
nen. El P. Kolbe sostiene alto el ánimo de todos. Nos dijo
—prosigue Fr. Juventin:
«H ijos queridos, no sabemos adonde nos llevarán y qué
sucederá. Debemos estar dispuestos a todo, la Inmaculada
nos pide solamente esto. Confiém onos a Ella, para que
nos dirija según su voluntad... En condiciones normales,
un grupo como el nuestro no habría podido fácilmente di­
rigirse al extranjero» 4.

Cumpliendo una misión en tierra extraña

En las últimas palabras se desliza una suave ironía. Fr.


Juventin comenta que —al hablar de este modo— el P.
Maximiliano consideraba el arresto y posterior deportación
a campos de concentración como una misión particular en
tierra extranjera.
Les transportan, a partir de este momento, en vagones
de mercancías hasta una población ya alemana, Lamsdorf.
Exhaustos por el cansancio y la sed, piden un poco de
agua junto a la estación de ferrocarril, pero nadie se la da.

3 Ibid., p.35ss.
4 Ibid., p.37.

125
Uno de los ferroviarios, lleno de rabia, grita a sus compa­
ñeros: «No les deis agua. Dejad que se mueran de sed
estos puercos polacos».
Se les habían agregado dos prelados. Uno de ellos,
Mons. Brykalski, suplicó a un soldado un poco de agua.
Iba a dársela, pero un empleado se lo impidió con encono:
«Todos estos están destinados al exterminio».
Tras muchas penalidades llegan a la población de Am-
titz, el 24, y allí se detienen. Les toca ahora soportar los
comentarios que hacen los soldados entre sí: «Son ban­
didos polacos». No todos, sin embargo, actúan con este
talante. Fr. Juventin reconoce que el sargento del grupo,
Stürn, protestante, les trató siempre con consideración y
respeto.
En el campo de Amtitz les toca compartir tribulaciones
con un grupo de unos 100 judíos, también perseguidos, y
con varios centenares de compatriotas.
Los religiosos tienen la suerte de poder estar en la
misma tienda. Esto les permite rezar juntos el rosario y
animar a otros a hacer lo mismo. Y les ayuda a soportar
con más fortaleza la escasísima alimentación.
Para todos, la presencia del P. M aximiliano y la paz de
su espíritu suponen un eficaz estímulo y les proporciona
serenidad y consuelo. El 12 de octubre celebran su ono­
mástico. Todos le rodean con afecto y le cantan ad multos
annos. El nos miró a todos con gran cariño —es de nuevo
Fr. Juventin quien hace el relato— y nos dijo:
«H ijos queridos, estaba precisamente pensando qué os
podría ofrecer hoy, día de mi onomástico. N o poseo nada,
sólo os puedo ofrecer en contrapartida mis deseos. O s de­
seo una cosa sobre todo, y es el que pertenezcáis siempre
más a la Inmaculada.
En las condiciones en que ho y nos encontram os, de­
bemos de modo particular someternos a la voluntad de
D ios...» 5

Y no se conformó con palabras. Luego tomó su ración


de pan y la repartió entre todos sus compañeros.
Con el correr de los días, y tras una inspección o visita
de la Cruz Roja Suiza, mejoraron un poco las condiciones
de vida del campo. Fr. M aximiliano, sin embargo, no se
hacía ilusiones con el cambio. Les había dicho a sus hijos

5 Ibid., p .4 5.

126
espirituales que estaban cumpliendo una misión. Por ello
les impulsaba constantemente a la generosidad.

Un pacto con la Inmaculada

Un día —y para que estén siempre preparados a


mayores sufrimientos y hasta el don total de sí— convoca
a sus compañeros y les exhorta:
«Hagamos una especie de pacto con la Inmaculada; di­
gámosle: M adre Santísima, y o me entrego a ti con todo el
am or para que, si Tú quieres, y o pueda quedarme en este
campo, aunque los otros vuelvan a sus casas.
Y o quedaré aquí para sufrir, olvidado y despreciado, sin
amigos, sin conocidos, sin la más pequeña palabra de con­
suelo.
Y por esto, ¡oh M aría!, me do y a ti, para m orir sobre
aquella mísera yacija, rodeado de gente de corazón gélido,
y para ser sepultado en aquel pequeño bosque próxim o al
cementerio...
Si hacemos un pacto com o éste con la Inmaculada, aun­
que seamos puestos en libertad, habremos m erecido igual­
mente que si hubiéramos sufrido verdaderam ente todo
esto» 6.

Quien hacía esta exhortación no era un mitinero, ni si­


quiera un simple predicador. Vivía en esa disposición de
entrega que reclamaba de sus discípulos.
No había llegado, sin embargo, todavía la hora del
supremo sacrificio para estas víctimas inocentes. Se les
traslada el 9 de noviembre desde Am titz a Breslau (la ac­
tual W roclaw). Se dan cuenta de que están acercándose a
su tierra polaca. El punto de destino es ahora Ostrzeszow.
Hacia las once de la noche se detiene el tren en la esta­
ción de Ostrzeszow. Descienden los prisioneros y se les
hace correr, azuzados por blasfemias e invectivas de los
soldados, hacia la ciudad. Les señalan como lugar de hos­
pedaje el sótano de un colegio de los salesianos.
Al día siguiente, cuando la población se entera de que
entre los deportados se encuentran los religiosos de Nie-
pokalów, tratan de ayudarles, ofreciéndoles víveres, medi­
camentos, ropa. Viene también en su auxilio la Cruz Roja
Polaca.

6 I b id ., p .4 6ss.

127
El teniente Hans M ulzer

Se empezaba a notar una mejoría en el modo de tra­


tarles, especialmente desde que fue nombrado comandante
del campo el teniente Hans M ulzer, pastor evangélico. Ha­
bla de él con gran afecto Fr. Juventin. «Era un hombre
alto —comenta—, con rostro de asceta. Se comportó con
nosotros benévolamente. Siempre que le hacíamos alguna
visita, se encomendaba a nuestras oraciones» 7.
Este hombre bueno autorizó a los frailes a pedir ayuda
de los habitantes. Y hasta permitió que algunos de éstos
penetraran en el campo para llevarles paquetes de víveres o
medicinas.
Empezaban a oírse voces sobre una pronta liberación.
De hecho, el 20 de noviembre el P. Maximiliano comunica
a sus amigos que el regreso a Niepokalanów está cercano.
«Nuestra misión —añadió— está para terminar. Debemos
esforzarnos por cumplirla bien. No pidamos regresar más
pronto o más tarde, sino solamente cuando lo quiera la In­
maculada» 8.

Ejercicios espirituales en el campo

Mientras llega el día de la liberación, se van normali­


zando la vida y actos de piedad. Aunque no se les permite
la celebración de la misa, realizan otros actos de piedad en
los que se lee y comenta el Evangelio, se entornan himnos
y cánticos religiosos, se reza el rosario, etc.
No podía pasar inadvertida a los Caballeros la cercana
fiesta de su Dama celestial. El 29 de noviembre comienzan
la novena de la Inmaculada. Se preparan con unos ejerci­
cios espirituales sui generis. El día 2 de diciembre habla a
todos el P. Kolbe. Les insiste una vez más en la sumisión
de la propia voluntad a la voluntad de Dios.
Tienen el inmenso gozo de recibir la comunión en la
mañana del 8 de diciembre. Renuevan su consagración a la
Inmaculada. Y esperan ilusionados la hora de partir.
«El tren nos esperaba —escribe Mlodozeniec—. Apenas
subidos a él, dieron la orden de salida. Era el 8 de diciem-

7 Ibid., p.50. El mismo fra y Juventin aporta el testim onio del teniente
M ulzer, p.58-60.
8 Ibid., p.52.

128
Vista panorámica de Niepokalanów.
bre de 1939; a las dieciséis horas dejamos Ostrzeszow» 9.
Las casas y calles estaban cubiertas de una capa de nieve
inmaculada. El comandante Hans M ulzer entregó al P.
Kolbe algunas provisiones y le despidió con reverencia.
Todos advirtieron este detalle de delicadeza.
Durante el viaje propusieron sus compañeros al P.
Maximiliano bajar del tren y escapar, por temor a que vol­
viera a ser detenido. Les dio las gracias, pero no aceptó la
propuesta: «En cuanto superior —les dijo—, tengo el de­
ber de permanecer en Niepokalanów y no en otra
parte» I0.
Llegaron a la estación central de Varsovia a las siete de
la mañana del 9 de diciembre. A continuación, en otro
tren, regresan a Niepokalanów. Fr. Maximiliano perma­
nece dos días en la capital polaca. Y se une a sus H er­
manos el 11 del mismo mes.
Y en Niepokalanów permaneció, desde esta fecha hasta
el 17 de febrero de 1941, en que le sacaron por la fuerza.
La experiencia vivida en estos meses anteriores le sirvió
como preparación para otros sacrificios y para la entrega
suprema de su vida.

3. N IE P O K A L A N O W , C IU D A D DE L A C A R ID A D (19 3 9 -19 4 1)

Los meses que van de diciembre de 1939 a febrero de


1941 resultaron en extremo difíciles. Niepokalanów se
convirtió en este tiempo en residencia provisional de miles
de prófugos polacos, procedentes de la región de Poznam.
A ellos se agregó en seguida un grupo de unos 1.500 ju­
díos. Prófugos polacos y judíos perseguidos, antes tan dis­
tanciados, se ven ahora hermanados por el común sufri­
miento. Casi desaparecen las diferencias de religión,
cuando lo más importante es la fe en el único Dios, a
quien todos confían su destino.
En este acercamiento correspondió una parte fundamen­
tal a los religiosos de Niepokalanów.

9 Ibid., p .5 6 .
10 Ibid.
Testimonios de judíos
A todos llega la atención caritativa de los Hermanos. Ya
que no se les permite editar el diario o revista alguna, em­
plean todas sus energías en el servicio a los perseguidos.
La Ciudad de la Inmaculada se transforma en la Ciudad de
la Caridad.
Muchos judíos supieron agradecer el gesto de los H er­
manos. No me resisto a transcribir parte del testimonio de
un grupo de aquéllos cuando dejaron Niepokalanów:
«... En N iepokalanów estamos rodeados de bondad, y
en atención a esta bondad, en nom bre de todos los he­
breos aquí presentes, deseamos ho y dirigir al P. M axim i­
liano y a todos sus religiosos un particular y vivísim o
agradecimiento.
N o hay palabras suficientes para expresar todo lo que
nuestros corazones querrían manifestar. Por ello pedimos
vivamente que se diga una misa en acción de gracias al Se­
ño r Dios y a la Virgen Inmaculada por habernos pro te­
gido. A este fin hacemos una colecta...
Si Dios nos permite sobrevivir a la guerra, quedamos in­
finitamente reconocidos a los habitantes de N iepokalanów.
N o olvidarem os jamás su bondad hacia los hebreos p ró ­
fugos de Poznam: la ensalzaremos en toda la prensa ex­
tranjera» n .

Sin palabras se comenta por sí solo este testimonio, que


recogemos de los recuerdos del hermano Mlodozeniec.
Para valorar su importancia hay que tener en cuenta que
los polacos católicos no veían con buenos ojos a los ju­
díos. El P. Kolbe aconsejó siempre —como en su mo­
mento ya dijimos— que no se atacara a los judíos en El
Pequeño Diario. Al pedir un grupo de éstos la celebración
de una misa, ¿no están manifestando que la unión de cora­
zones es un hecho? ¿Y quién sino el P. Kolbe ha contri­
buido a su efectividad?

Regresan los Hermanos de la diáspora

Mientras tanto van volviendo a la Casa-madre, por los


buenos oficios de su guardián, los Hermanos de la disper-

11 Ibid., p.68ss.

130
sión. Fr. Mlodozeniec habla de 300, cuyo número fue en
aumento en los meses posteriores.
A los todavía ausentes o dispersos, por causas varias, es­
cribe el Padre Superior cartas circulares, dándoles noticias,
invitándoles a regresar, exhortándoles a cumplir la volun­
tad de Dios a través de la Inmaculada.
En Niepokalanów la vida se normaliza en todo lo posi­
ble. Pero con una novedad. Se establece en esta etapa de
prueba la adoración permanente del Santísimo, para rezar
por la patria oprimida, por la paz del mundo y por la sal­
vación de Niepokalanów 12.
Se reanuda igualmente el trabajo. Puesto que ha sido
prohibida toda actividad editorial, los habitantes de N ie­
pokalanów dedican su tiempo y esfuerzos a otras labores
útiles: trabajan la tierra, reparan las máquinas agrícolas, es­
tablecen laboratorios de fotografía, relojería, reparación de
bicicletas, ambulatorio médico, etc.
¡Hasta una distribuidora de leche se monta en la singu­
lar Ciudad! Y, naturalmente, el cuerpo de frailes-bom­
beros permanece; trabajo, desde luego, no le falta.
Cambian las tareas concretas, pero no el espíritu. El
ideal sigue siendo el mismo, como explica el mismo funda­
dor a los Hermanos:
«N uestra actividad no ha cambiado su carácter funda­
mental, no sólo desde el punto de vista del objetivo, e.d.,
conquistar el mundo entero para la Inmaculada, sino en
razón de nuestra ayuda a los pobres, porque nosotros
ofrecemos nuestro trabajo a todos los que lo piden, sin in­
terés, por beneficencia, aceptando lo que nos dan.
Por tanto, no hay un comercio, no hay una industria,
sino únicamente nuestra misión po r la Inmaculada» 13.

Un número especial de «El Caballero»

No olvidaba, con todo, el P. Kolbe la finalidad editorial


de Niepokalanów. Ni fueron escasos sus intentos y es­
fuerzos por volver a editar al menos El Caballero.
Con este objetivo dirige varias cartas a las autoridades
ocupantes, explicando que el fin de la revista nada tenía
que ver con la política. Al regreso de un viaje a Sochac-

12 R íe ., p .3 2 8 ; M l o ., p .7 3.
13 M l o ., p .7 4.

131
/i'w, para tratar del asunto con el oficial alemán del dis­
trito, hace este comentario a los Hermanos: «Ahora, dado
que se presente la cuestión, si los alemanes nos llevan al
campo y nos matan, nuestra muerte será la de los mártires
en la fe» 14.
No hablaba a humo de pajas. Había escrito poco antes
al mismo oficial pidiéndole la requerida autorización y jus­
tificando su solicitud:
«La finalidad de ésta [la revista] será únicamente la difu­
sión de la devoción y del am or a la Inmaculada en las
almas.
N osotros creemos firm emente que Ella vive en el pa­
raíso y ama a toda alma de esta tierra, pero no todos la
conocen y corresponden a su am or como Ella merece y,
por ello, no gustan ya desde este mundo la felicidad como
podrían gustarla.
Precisamente po r esto, nosotros, en el espíritu de la
«Milicia de la Inmaculada», deseamos dar a todas las almas
la posibilidad de conocer siempre más a la Inmaculada...
El Rygerz Niepokalanej opera exclusivamente con el
amor, y si alguna vez fuese menos conform e a la caridad
cristiana, seguramente no estaría hecho en el espíritu de la
M. I. ni según las intenciones de las autoridades de nuestra
O rden religiosa.
La política no form a parte de los objetivos de la Milicia
de la Inmaculada, como lo demuestra su estatuto, que le
adjunto...» 15.

En términos similares dirigía una nueva carta el 16 de


marzo de 1940. Había visitado previamente en Varsovia al
director de la oficina correspondiente, Dr. Grundmann,
quien, convencido por sus argumentos, telefoneó al gober­
nador general de Cracovia. Obtuvo entonces el permiso
oficial, pero, no obstante, las linotipias permanecieron ce­
rradas. La Gestapo se interpuso e impidió levantar los
sellos.
A pesar de este nuevo obstáculo, Fr. Maximiliano prosi­
guió en sus intentos sin darse por vencido.
Por fin, el 20 de noviembre, cuando ya casi se habían
perdido todas las esperanzas, llegó el ansiado permiso de
publicación de El Caballero. Pero con dos drásticas condi­

14 M lo . p . 82.
15 SK II, p.501ss.

132
ciones: que habría de ser editado por una sola vez y que
su difusión quedaba reservada al distrito de Varsovia.
Desde esta última ciudad comunica el P. Kolbe la buena
noticia al P. Pío Bartosik (el 23-XI-1940). Inmediatamente
comienza la preparación y la impresión. Y el 8 de diciem­
bre se hace la distribución de los 120.000 ejemplares de
este excepcional número.
Fue imposible, a pesar de los reiterados intentos y soli­
citudes, conseguir una nueva autorización.
Malos presagios se cernían sobre ya sobre Niepokala­
nów y, en particular, sobre el P. Guardián del Convento y
de la Ciudad.

B) Ansias de martirio

Fr. Maximiliano no se llamaba a engaño. Intuía o pre­


sentía —cada vez eran mayores los indicios— que un día u
otro volverían a arrestarlo. La Gestapo tramaba su deten­
ción. Lo sabía por algunos avisos confidenciales.
Sin embargo, no quiso huir y esconderse. Tenía que
permanecer en Niepokalanów como pastor bueno, aunque
fuera al precio de su propia vida.
Pudo haberse librado de la detención apelando a su ape­
llido y ascendencia germanos, pero no lo hizo, según ya
expusimos antes. Tenía la conciencia bien tranquila. Había
explicado claramente el objetivo y el espíritu de Niepoka­
lanów y de sus publicaciones y actividades, lejos de toda
política humana y partidista. Con razón, pues, había di­
cho: «Si nos matan, nuestra muerte será la de los mártires
por la fe».

1. L A S V E L A D A S M A R IA N A S

En lugar de esconderse se preparaba —y disponía el


ánimo de sus hijos espirituales— para la suprema inmola­
ción. Con este objetivo les reunía todas las tardes en torno
suyo y les exhortaba a ser fieles.
Las dos últimas semanas que precedieron al arresto, el
17 de febrero de 1941, fueron una especie de «últimas

133
cenas» del maestro con los discípulos. Las llamaron ellos
«veladas marianas».
Poseemos abundantes testimonios sobre las ideas y sen­
timientos, que cada tarde fluían de la mente y del corazón
del P. Guardián. Los temas no variaban, pero sí los ma­
tices, expresión de su disponibilidad absoluta para el mar­
tirio. He aquí un pequeño florilegio.
El 2 de febrero exterioriza su meditación:
«H oy es la fiesta de la Presentación hecha po r la Virgen.
La oblación sin reserva es la condición para una vida llena
de gracia.
Para acrecentar cada vez más la vida interior es preciso
sacrificar a D ios el últim o pero. Las palomas pueden volar
sólo hasta cierta altura; al contrario, el alma consagrada a
Dios, si no pone peros, e.d., límites, puede elevarse siem­
pre más arriba, porque el am or de Dios brinda espacios
siempre nuevos» .

Pocos días después era aún más explícito:


«Yo... marcharé. El objetivo de N iepokalanów no es la
tipografía ni la realización de otras obras: éstas son me­
dios. El fin es el am or a la Inmaculada...
Debemos sacrificarnos por el ideal que está establecido
en el Estatuto de la Pía U nión..., debemos poner todo
nuestro empeño y, si hace falta, empeñar la vida y la exis­
tencia.
Sí, también toda la existencia; porque después de la
muerte seremos como los regimientos efectivos, santifi­
cados po r la Inmaculada, que la glorificarán y se esforza­
rán po r difundir el amor hacia Ella» 17.

En la última velada, la del 16 de febrero, sus palabras


adquieren un claro signo premonitorio de lo que se echaba
encima. Fr. Marcelo Pisarek las recordaba y las puso por
escrito más tarde:
«Nos dijo que Dios satisface los deseos del alma que le
ama sinceramente... Y luego continuó: Dios lo puede todo
y se da gustosamente al alma que se ha consagrado a El.
Entre Dios y el alma se establece el flujo y el reflujo del
amor. ¡Q ué indecible felicidad! ¡Q ué gracia tan grande es
la de poder sellar con la vida el propio ideal! Estas fueron
sus últimas palabras la víspera de la detención» 18.

16 R í e . p .3 3 3 .
17 Ibid., p .3 3 4 .
18 Ibid., p .3 3 6 .

134
Iba a comenzar la penosa ascensión al Gólgota.

2. 17 DE FEBR ER O DE 1941

En aquella mañana del 17 de febrero, acababa de dictar


a su secretario, Fr. Ivo Achtelik, unos párrafos de su
proyectado libro sobre la Inmaculada.
De pronto suena el teléfono interior. Avisan de la porte­
ría que en esos momentos están descendiendo de un auto­
móvil cinco funcionarios nazis. P. M aximiliano escucha...
y experimenta un ligero temblor, pero se domina al ins­
tante y dice a Fr. Ivo: «Bien, hijo mío. ¡M aría!» Y baja in­
mediatamente para recibir a aquellos temidos huéspedes.
A su cortés saludo responden ellos con un amañado inte­
rrogatorio, que versa principalmente sobre sus métodos
educativos. Les explica que, desde el comienzo de la guerra,
no ha habido nuevos ingresos de jóvenes en Niepokalanów.
Sin prestar atención a sus respuestas mandan terminan­
temente que se reúna la Comunidad entera. Se compone
en estas fechas de unos 600 entre hermanos y estudiantes,
además de siete padres. De éstos, uno no se encuentra pre­
sente y a otro le mandan que permanezca en la Casa. Los
cinco restantes son arrestados, sin más indagaciones, y
conducidos a Pawiak, la más temida cárcel de Varsovia.

Los motivos de la detención

¿Por qué los detienen? No se les da ninguna explica­


ción. Sus superiores y otras autoridades jerárquicas se inte­
resan por ellos. Se les responde que han sido detenidos, en
especial el P. Kolbe, por conspirar contra las autoridades
alemanas.
Parece que hubo unas falsas denuncias de un ex fraile y
de otros. Más tarde, dicho ex fraile, Rembisz de apellido,
expulsado de la Orden por el P. Maximiliano a causa de
falta a la disciplina, hizo una retractación de su desgra­
ciado acto. Declaró que le hicieron firmar un documento
de acusación contra el P. Kolbe sin enterarse bien de lo
que firmaba, pues el interrogatorio se le hizo en alemán,
idioma que él comprendía malamente 19.

19 Ibid., p.341s.

135
Tal vez influyó también el hecho de haberse publicado
en N iepokalanów El Pequeño Diario, en cuyas páginas
siempre se había defendido a Polonia. Por lo demás, no
habían escaseado las calum nias contra N iepokalanów y
cuanto este nombre significaba por parte de los racistas
nazis. Hubo de defenderse más de una vez de estas calum­
nias el P. M aximiliano, como ya explicamos antes.
Yendo al fondo de la cuestión, se trataba de pretextos,
de simples pretextos. También contra Jesús se alegaron
motivos políticos o de carácter subversivo. Y el discípulo
no puede ser más que el Maestro.
Se hicieron todos los intentos posibles para sacar al Pa­
dre y a sus compañeros de la prisión. Se le reconocía en
aquellas fechas como una de las más nobles y prestigiosas
personalidades religiosas de Polonia. Todo fue en vano.

20 Hermanos se ofrecen como rehenes

Hubo otro intento para liberar a los detenidos, que, por


su singular excepcionalidad, no puede dejar de mencio­
narse.
Conscientes plenamente de lo que hacían, y de un modo
enteramente voluntario, 20 Hermanos se ofrecen como re­
henes, dispuestos a dar la vida en lugar de su Padre y
Maestro. El hecho está ampliamente documentado. Fr. Ju-
ventin Mlodozeniec exhibe una fotocopia del texto en ale­
mán y las firmas de los 20 Hermanos.
Fue enviado el documento al Comisariado de Policía de
Varsovia el 26 de febrero y una copia del mismo al supe­
rior provincial. Reza así el singular documento:
«N osotros, los abajo firmantes, nos dirijim os por la pre­
sente al Com isariado de Policía y rogamos cortésmente ser
llevados a la prisión a cambio de nuestros Padres.
Declaramos que nadie nos ha obligado a esto, sino que
damos este im portante paso po r nuestra espontánea v o ­
luntad.
Declaramos estar dispuestos a afrontar sobre nosotros
todas las imputaciones y acusaciones, así como todas las
ulteriores consecuencias» (Siguen las firmas autógrafas de
los 20 frailes) 20.

20 Ibid., p.340. M lodozeniec aporta una fotocopia del texto en alemán


y las firmas, o.c., p. 113.

136
Junto con la copia de la instancia dirigen una carta al P.
Provincial justificando su gesto:
«Reverendísim o P. Provincial: Puesto que la Providencia
ha perm itido una prueba tan dolorosa, recordando todo
cuanto nos han dado nuestros queridos Padres, hemos de­
cidido p o r unanimidad exponer a nuestros superiores
cuanto sigue.
Deseando acudir en ayuda de nuestros Padres, nos o fre­
cemos a nosotros mismos a ir a la prisión y a aceptar las
ulteriores consecuencias.
Rogamos encarecidamente a nuestro P. Provincial que
apoye el asunto ante las autoridades. Añadim os que nos
damos perfectamente cuenta de la gravedad de nuestra de­
cisión; pero estamos prontos a todo. Alim entam os la espe­
ranza de que la petición se verá favorablem ente aco­
gida» 21.

Sobrecogido y emocionado debió de quedar el P. Pro­


vincial al recibir esta misiva. H izo cuanto pudo por obte­
ner la liberación del P. Kolbe y sus compañeros. Pero
todo fue inútil.
Tampoco aceptaron las autoridades ocupantes el ofreci­
miento de los frailes. ¿Llegarían siquiera a entenderlo?
Pero el gesto tuvo su sentido. La siembra de generosi­
dad realizada por el P. M aximiliano no había quedado in­
fecunda. También estos 20 Hermanos llegaron a ser hé­
roes.

3. P A W I A K , A N T E S A L A DE L A M U ERTE

Para los varsovianos, y en general para los polacos, oír


la palabra «Paw iak» es como recordar una historia de te­
rror.
Pawiak fue la cárcel predilecta de los ocupantes rusos,
en la época zarista, para encerrar allí a los patriotas po­
lacos. También los nazis escogen Pawiak como lugar de
encierro de sus víctimas polacas y judías.
A esta terrible prisión son conducidos el P. Maximiliano
y sus cinco compañeros, los PP. Pío Bartosik, Antonino
Bujewski, Justino Nazim, Urbano Cieslik y Jorge Wier-
dak.

21 Ríe. p.34i.

137
Durante casi un mes los mantienen encerrados en la
misma celda, que se convierte para ellos en residencia y
casa de oración. Más tarde, Fr. Maximiliano se ve separado
de sus compañeros y destinado a la celda 103, que com­
parte con el Sr. Dniadek, polaco, y el Sr. Singer, judío.

Sacerdote y testigo de Cristo

No le aceptan al principio m uy gustosos los otros inqui­


linos, especialmente el judío. Lo cuenta más tarde el Sr.
D niadek22. Pronto, sin embargo, se dejan ganar por la
bondad y sencillez del franciscano.
«C inco días después de su traslado — relata el Sr. D nia­
dek— recibimos la inspección del jefe del departamento,
un nazi [Esesman]. Cuando reparó en el P. K olbe, vestido
con el hábito religioso, me pareció com o si le sacudieran
un golpe.
El odio de aquel hom bre no era sólo po r el vestido reli­
gioso sino también y sobre todo po r el crucifijo y el rosa­
rio, que pendían del cíngulo de nuestro franciscano.
Tras la relación hecha po r el hebreo, que era el más an­
tiguo en la celda, el guardián-jefe agarró el crucifijo del P.
K olbe, y tirando de él con interm itencia gritaba: “¿Y tú
crees en esto?” A lo que el P. K olbe, con la máxima man­
sedumbre, respondió: “C reo, ¡y cóm o!”
El alemán se quedó am oratado po r la ira. Sin pausa al­
guna alcanzó al P. K olbe con la mirada. Repitió p o r tres
veces la pregunta y por tres veces recibió la misma res­
puesta; y por tres veces le abofeteó.
Habría querido arrojarm e sobre él, pero en la seguridad
de em peorar las cosas, traté de disim ular mi ira, porque en
otro caso el guardián se habría ensañado aún más contra el
P. K olbe y luego se habría vengado también contra nos­
otros.
N o obstante esto, el P. K olbe perm aneció totalm ente se­
reno, y com o única señal del hecho, le quedó el cardenal
marcado sobre el rostro. Estaba presente también un guar­
dia polaco parado junto a la puerta.
Luego que el jefe de guardia hubo salido, el P. K olbe se
puso a pasear por la celda rezando. N osotros dos está­
bamos más irritados que él, lo cual era m uy explicable. En
ciertos momentos aun los nervios más firmes no resisten.
Fue precisamente el P. K olbe quien trató de calmarnos

22 M lo . p.91s. Ríe. 347-349.

138
diciendo: “N o hay razón alguna para irritarse así; tenéis
ya graves m otivos personales de preocupación. Esto es una
pequeñez, todo es po r la Madrecita”.
Tras algún tiempo, el guardia polaco trajo al P. K olbe el
vestido de prisionero, para evitar en lo sucesivo que su há­
bito y el crucifijo rom pieran los nervios del jefe de sec­
ción.
La noticia de lo acaecido se esparció po r toda la prisión,
y en breve los médicos facilitaron al P. K olbe el traslado a
la enfermería, también porque estaba afectado realmente
de pulmonía» 23.

El suceso enardeció los ánimos de los reclusos en Pa­


wiak, muchos de ellos intelectuales y católicos. Como
consecuencia acudían a él y solicitaban su ayuda sacerdo­
tal. Rezaba y pedía a todos que orasen, porque la oración
—les decía— da la fuerza para resistir las más duras
pruebas de la vida. Consolaba cuanto podía a todos y es­
cuchaba las confesiones de muchos.
Su estado de salud, sin embargo, empeoraba. Permane­
ció en la enfermería de la prisión hasta poco antes de su
traslado al campo de Oswiecim.

Sentimientos del prisionero

De su actitud interior en este tenebroso período te­


nemos datos concretos por algunas cartas escritas en la
prisión.
A F. Am oldo W edrowski escribía el 13 de marzo:
«Todos los Hermanos recen m ucho y bien, trabajen di­
ligentemente y no se entristezcan, porque nada puede
acontecer sin que el buen D ios y la Virgen Inmaculada lo
sepan y lo permitan» 24.

En la última de las pocas cartas escritas en Pawiak, con


fecha de 12 de mayo, escribe a toda la Comunidad de N ie­
pokalanów:
«Q ueridos m íos: O s ruego que mandéis un traje civil.
Escribo esto po r recomendación del señor comandante...
N o puedo responder a cada uno en particular, porque no
me está perm itido escribir con más frecuencia...

23 R íe . p.348s.
24 S K I I , p.601.

139
Dejém onos conducir siempre, en el m odo más perfecto,
po r la Inmaculada, donde y como Ella quiera ponernos, a
fin de que, cumpliendo santamente nuestros deberes, con­
tribuyam os a que todas las almas sean conquistadas para
su am or» 25.

Muchas veces, en sus apuntes íntimos, escribe: «Déjate


conducir por la Inmaculada». Y efectivamente se dejó con­
ducir, como oveja llevada al matadero, al campo de con­
centración de Oswiecin (Auschwitz). Según todos los indi­
cios, llegó al campo el 28 de mayo de 1941. Parece que la
partida había sido el 23, según escribe razonablemente el
P. Pancheri en la biografía oficial para la canonización 26.
El no tuvo que preguntar como Isaac a Abrahán: «Aquí
llevamos el fuego y la leña, pero la víctima para el holo­
causto, ¿dónde está?» (Gén. 22,7). Como Jesús, se había
ofrecido como víctima, y tenía conciencia de que había
sido aceptado. Aún no sabía cómo.

C) Auschwitz, ese Gólgota del mundo


contemporáneo
(Juan P ablo II, en su visita a A uschw itz, 7 -V I -1 9 7 9 )

Cuando Maximiliano Kolbe era conducido de Pawiak a


Auschwitz, un joven polaco de veintiún años tomaba la de­
cisión de hacerse sacerdote. Se llamaba Karol W ojtyla. De­
bió de enterarse no mucho más tarde del sacrificio de
aquél, pues Auschwitz —Oswiecim para los polacos—
dista menos de 50 kilómetros de Cracovia y Kolbe no era
un desconocido.
Es muy probable que su generosa entrega —como la de
otros muchos sacerdotes— le influyera en aquella decisión.
Nada tiene de extraño que más tarde, ya sacerdote y
obispo, visitara con frecuencia el terrible campo de exter­
minio y descendiera a la «celda del hambre», en la que en­
tregó su alma a Dios el P. Maximiliano. Se sintió fascinado
por su figura humana y religiosa. En muchos aspectos
—ya nos hemos referido a ello más de una vez— parecen

25 SK II, p .6 04 .
26 P a n c h e r i , o .c. p.2 32 .

140
almas gemelas, por su amor a la Virgen y por su vivencia
apasionada del sacerdocio.
Invadido por los recuerdos y la emoción, Karol W ojtyla
regresa a Auschwitz como peregrino en junio de 1979.
Pero ahora lo hace investido de una autoridad superior:
«No podía menos de venir aquí como Papa... Vengo, pues,
y me arrodillo en este Gólgota del mundo contemporá-
neo...» 27 .

1. LO S T E ST IG O S O C U L A R E S

Muchos otros murieron en Auschwitz —unos cuatro


millones de personas—, y también en los demás campos
de concentración y de exterminio. Sus nombres todavía re­
suenan hoy, para vergüenza de una ideología pagana y to­
talitaria y para escarmiento de la humanidad.
Innumerables libros se han escrito y publicado sobre
estos lugares de tormentos y muerte: Dachau, Ravens-
bruck, Treblinka, Sobibor, Mauthausen, etc.
Con toda probabilidad no faltaron, entre las víctimas de
Auschwitz y de otros campos, verdaderos héroes y tes­
tigos de Dios —también entre los judíos— y de Cristo.
Un año más tarde que el P. Kolbe, y en el mismo
campo de Auschwitz-Birkenau, perecía en la cámara de
gas la famosa carmelita sor Teresa Benedicta de la Cruz,
más conocida como Edith Stein.
A Edith Stein se ha referido en más de una ocasión el
papa Juan Pablo II. En la homilía de la canonización del
P. Kolbe expresó su deseo de que también ella pueda un
día ser llevada a los altares... Vivió como una santa y mu­
rió como una mártir. Pero de sus últimos días y mo­
mentos muy poco se sabe.
No ocurrió así con el P. Kolbe.
Ha querido la Providencia que sobreviviera un buen nú­
mero de los testigos oculares de los hechos, que llevaron al
holocausto al «loco de la Inmaculada». Pasados los años
trágicos, los contaron, y muchos de ellos aportaron su va­
lioso testimonio para el proceso de beatificación y canoni­
zación del P. Maximiliano.
Creo oportuno recoger sus nombres y profesión, tal

27 J u a n P a b l o II, Peregrinación..., p .1 8 2 .

141
como los transcribe el P. Ricciardi, que fue postulador de
la causa. Algunos todavía hoy (1983) viven 28.
He aquí sus nombres:
Prof. M. Koscielniak, pintor; prisionero núm. 15.261.
Dr. J. Stemler, funcionario de educación.
Sr. A. Dziuba, sastre de profesión.
Rev. Conrado Szweda, sacerdote, todavía vivo, y que
tuvo la dicha de concelebrar con el Papa en la canoniza­
ción del P. Kolbe.
Rev. Segismundo Ruszczak, sacerdote; prisionero núme­
ro 9.842.
Dr. José Sobolewski, jurista; prisionero núm. 2.877.
Rev. Fr. Ladislao Swies, religioso palotino.
Sr. Ladislao Glowa, prisionero núm. 20.017.
Dr. Niceto F. W lodarski, m édico; prisionero núm.
1.982; y el más conocido, Sr. Francisco Gajowniczek, pri­
sionero núm. 5.659, sargento del ejército polaco, por quien
ofreció su vida el P. Kolbe. Vive todavía y ha podido asis­
tir a la beatificación y a la canonización del mártir de la
caridad.
Los cuatro primeros fueron testigos directos de los he­
chos, que acontecen en las semanas finales de mayo y fi­
nales de julio. Los seis restantes testimoniaron sobre el
mismo acto de ofrecimiento, con las circunstancias conco­
mitantes, en la última semana de julio.
A estos diez ha de añadirse un testigo excepcional, que
lo fue de los días finales y de los últimos momentos del
héroe de Auschwitz. Este hombre fue el Sr. Bruno Borgo-
viec, polaco y prisionero núm. 1.192, quien, por dominar
el alemán, actuaba como intérprete en el bunker del ham­
bre entre las víctimas y los verdugos.

2. EL PR ISIO N E R O N U M . 16.670

Reanudamos el relato de los hechos.


Tras varios días de viaje, el tren se detiene, y de él ba­
jan, empujados como bestias, las 320 víctimas de este «car­
gamento».
Lo primero que leen, a su entrada en el campo, es una
inscripción entre ingenua y sarcástica: «A rbeit Machí

28 Ríe. p.353-359.

142
Frei», e. d., «¡E l trabajo hace libres!» Bien saben todos
qué trabajo o trabajos les esperan.
Pasan juntos los prisioneros su primera noche, ence­
rrados en una sala de 8 por 30 metros con puertas y ven­
tanas herméticamente cerradas. Al día siguiente son sa­
cados de aquel antro, despojados de sus vestidos perso­
nales, duchados en masa con chorros de agua helada, y
uniformados con los pijamas a rayas de presidiarios.

Cuando los hombres son números

En Auschwitz, los hombres dejan de ser considerados


como personas. Se convierten en simples números de un
rebaño de carne humana. Todavía hoy, algunos de los an­
tiguos prisioneros enseñan al observador interesado ese
número, tatuado en sus carnes.
En adelante, para la administración del campo, no exis­
tirá ya Maximiliano o Raimundo Kolbe, sino el prisionero
núm. 16.670.
Se coloca junto a sus compañeros ante el comandante
del campo. Forman filas y escuchan este saludo, que siem­
bra escalofríos entre todos los presentes:
«O s advierto que habéis llegado no a un sanatorio, sino
a un campo de concentración alemán, cuya única salida es
el horno crematorio. Si esto no agrada a alguno, puede ir
rápidamente a la alambrada de alta tensión.
Los que sean judíos, sepan que no tienen derecho a vivir
más de dos semanas; los que sean sacerdotes pueden vivir
un mes; los demás, tres meses» 29.

Estas palabras no quedaban en simples amenazas. A los


judíos, como consta por tantos testimonios, se les extermi­
naba sin compasión.
Entre los sacerdotes, algunos fueron trasladados más
tarde —hacia el final de la contienda— al campo alemán
de Dachau (en las inmediaciones de Munich). A llí fueron a
parar, p. ej., el Rev. Szweda y el Rev. Ruszczak, y otros
muchos. En todo caso, en Auschwitz se les destinaba
desde el primer momento a los trabajos más duros. Este
fue también el primer destino del P. Kolbe en el campo de
la muerte.

29 M l o . p.93.

143
Una carta a su madre

Metido en este «infierno» escribe el hijo, que sufre, a la


madre, que se compadece. Es la única carta que se con­
serva de este período final —tal vez la única que pudo es­
cribir—. Está fechada el 15 de junio. Se conserva todavía,
pues la madre la guardó como un tesoro, como una reli­
quia. Hubo de escribirla en alemán, única lengua permitida
para la escasa correspondencia epistolar.
He aquí la traducción íntegra de este documento singu­
lar:
«Rte.:
Nombre: Kolbe Raimundo
Nacido: 8-1-1894
N. matr.: 16.670
Mi querida mamá:
A finales de mayo he sido trasladado en un convoy fe­
rroviario al campo de concentración de Auschwitz (Os-
wiecim).
Yo estoy bien. Querida mamá, estáte tranquila respecto
a mí y a mi salud. Porque el buen Dios está presente en
todo lugar y con su gran amor vela por todos y por todo.
Es mejor que no me escribas hasta que yo te mande otra
carta, porque no sé cuánto tiempo permaneceré aquí.
Con cordiales saludos y besos,
Kolbe Raimundo» 30.
Sólo les separaban 50 kilómetros escasos. A pesar de
ello, ni soñar podía la madre en visitar a su hijo. El odio
de los verdugos hacía imposible el ejercicio de un derecho
que no se niega ni a los mayores criminales.
A llí, como en los demás campos, regía otra ley, la del
látigo y de la fuerza bruta.

3. R E C O R R IE N D O L O S B A R R A C O N E S DEL «C A M P O DE L A
M U ERTE»

Para que el lector pueda seguir mejor y entender los ja­


lones del martirio del P. Kolbe, parece conveniente pre­
sentar una descripción previa del llamado «campo de la

30 SK II, p.604ss.

144
muerte». El autor de esta semblanza declara que pocas
veces en su vida ha sentido un escalofrío tan penetrante
como el que le recorrió, en la mañana del 23 de agosto de
1979, al visitarlo como peregrino.
Auschwitz no es un invento de la propaganda soviética.
Su solo nombre —con los de Treblinka, Madianek, Sobi-
dor...— sobrecoge. Ha quedado para la historia como trá­
gico memorial de lo que es capaz de inventar y producir la
perfidia y el odio.
No pudo ser completamente destruido, como lo había
sido el de Treblinka, a causa de la rapidez del avance del
ejército rojo sobre aquellas tierras del sur de Polonia.
Birkenau (Brzezinska), también denominado Ausch­
witz II, a sólo cuatro kilómetros, fue arrasado e incen­
diado por las SS antes de su huida. Había sido el lugar
preferido para los exterminios masivos de judíos en las cá­
maras de gas y crematorios. En la gran explanada en que
estuvo situado celebró la santa misa Juan Pablo II y pro­
nunció su impresionante homilía sobre la grandeza y la
miseria del hombre.
Cuando acontecen los hechos que aquí narramos, año
1941, sólo existía Auschwitz I, campo piloto, que se con­
serva tal como estaba. Todo en él es auténtico: desde la
doble fila de alambradas, entonces electrificadas con co­
rriente de alta tensión, hasta las cámaras de gas y los cre­
matorios.
Los barracones, abiertos a los turistas, están hoy con­
vertidos en un lacerante museo de los horrores: gráficos
detallados, fotografías a gran tamaño, objetos personales
de las víctimas, v. gr., gafas, zapatos, cabelleras de mujer,
maletas con datos de identificación, etc.
No todos los visitantes pueden soportar el dantesco es­
pectáculo que allí se contempla. M uy pocos hablan al ha­
cer el recorrido. Todos piensan... y se preguntan cómo fue
posible aquel exterminio sistemático de hombres. Los que
son creyentes rezan por las víctimas... y también por los
verdugos.
Del conjunto de barracones, el más interesante es el 11,
el «barracón de la muerte» (que llevaba el número 13 en la
época de reclusión del P. Kolbe).
Para llegar a él hay que pasar antes junto al muro de la
muerte, frente al cual fueron fusilados o asesinados de un
tiro en la nuca decenas de miles de personas, la mayoría
145
por el único delito de ser polacos. El pavimento conserva
aún el color de la sangre derramada, ya ennegrecida. Hoy
son constantemente depositados en este lugar ramos de
flores y coronas.
Delante de aquel muro hubo de pasar el P. Maximiliano
muchas veces, la última poco antes de penetrar en el Blok
Smierci (bloque de la muerte).
Sobre el impacto que produce en el visitante la. entrada
en este barracón 11 he escrito en otra ocasión: «Volvemos
al barracón 11 y descendemos a la celda o bunker del
hambre, sin ventanas, sin mobiliario de ninguna clase, con
sólo una puerta de barrotes de hierro. Casi sobran las ex­
plicaciones.
Yo me arrodillo, elevo una súplica al P. Kolbe, y mien­
tras van saliendo los demás, beso aquella tierra, por él pi­
sada y santificada. Y voy pensando en la vida y en la
muerte» 31.
También ahora invito al lector a que me siga, acompa­
ñando a Maximiliano Kolbe en su subida al Gólgota, du­
rante los meses de junio, julio y agosto de 1941.

4. C O N D E N A D O A T R A B A JO S F O R Z A D O S (barracón 17)

A este barracón eran destinados los sacerdotes.


Es orden terminante del Lagerführer Fritsch: «¡Fuera
los curas! ¡Venid conm igo!» Les hace salir y les coloca
bajo la dependencia directa del cabo Krott, hombre san­
guinario si los hay, a quien da esta consigna: «Toma a
estos seres inútiles y parásitos de la sociedad y enséñales
cómo se debe trabajar».
El trabajo consiste, al principio, en arrastrar carros, car­
gados con enormes piedras, para la construcción de un
muro en torno al crematorio. Se les obliga a correr a los
pobres deportados delante del carro y se les azuza a basto­
nazos si se retrasan o descuidan.
A los pocos días son trasladados a Babice, a cuatro kiló­
metros. Ahora se les ocupa en el transporte de grandes
troncos de árboles.
No se sabe por qué —tal vez por su expresión más hu­
milde— al P. Kolbe le impone Krott un peso dos o tres

31 C f. Flores y abejas (Semanario de Guadalajara), 3 -II-19 8 2 , p .14.

146
veces superior al de sus compañeros. Y con frecuencia
hace llover sobre él los latigazos y golpes de su fusta.
Durante estas primeras semanas escribe a su madre la
única carta, que se conserva de su permanencia en Ausch­
witz. Ya conocemos su texto. Al releerlo, nos admiran
más aquellas palabras: «El Señor está presente en todo lu­
gar y con su gran amor vela por todo y por todos». Nos
admiran, sí, y nos asombran, sobre todo cuando nos
damos cuenta de que fueron escritas en tan penosas cir­
cunstancias.

Misionero en el presidio

No todo, sin embargo, son golpes y latigazos. El após­


tol de la Inmaculada se siente misionero, y aprovecha los
escasos tiempos libres para consolar, levantar los ánimos,
escuchar las confesiones de muchos compañeros de infor­
tunio...
Uno de éstos, el pintor M. Koscielniak, cuenta un epi­
sodio ocurrido el 12 de junio, fiesta del Corpus Christi
aquel año. Tras describir varios detalles de su encuentro
con el P. M aximiliano, prosigue:
«N os habló sotto voce de la fiesta del Corpus Dom ini,
del Dios Grande y T odopoderoso, del sufrim iento con el
que Dios nos prueba para prepararnos a una vida m ejor,
exhortándonos a la perseverancia y a la valentía, porque la
prueba pasará. Existiendo, nos decía, la justicia divina y
siendo segura su manifestación, no debíamos doblegarnos
moralmente.
Le escuchamos con devoción, olvidando por un m o­
mento el hambre y las humillaciones. Y continuó:
— N o, no, no matarán nuestras almas, porque nosotros,
prisioneros, somos algo m uy diverso de nuestros persegui­
dores, los cuales no podrán matar en nosotros la dignidad
de un católico y de un polaco.
N o, no nos doblegaremos, perseverarem os, y así no lo ­
grarán jamás matar con el terror el espíritu del polaco. Y
si hemos de m orir, m orirem os puros y tranquilos, resig­
nados a los planes divinos...» 32.

Estas palabras —comenta el mismo Koscielniak— con­


fortaron espiritualmente a aquellos desgraciados.

32 Ríe. p.365.

147
Sacerdote de Cristo

Otro prisionero —que entonces no conocía al P. M axi­


miliano y luego se vio sustituido por él—, el Sr. Francisco
Gajowniczek, cuenta lo que oyó a los testigos de la barba­
rie del cabo Krott con el prisionero núm. 16.670.
Vieron éstos un día cómo lanzaba contra él un perro fu­
rioso, que empezó a morderle. El pobre prisionero no
dejó escapar ni un lamento. Los demás prisioneros pudie­
ron escuchar la conversación de éste con el sádico cabo
Krott. El prisionero afirmó abiertamente ser sacerdote. Lo
que le valió más golpes, que soportaba con extraordinaria
mansedumbre.
Sólo después de la muerte del P. Kolbe —termina su re­
lato Gajowniczek— «supe que aquel pobre prisionero fue
precisamente él» 33.

D. Conrado Szweda, también sacerdote, fue testigo de


otra manifestación de refinada crueldad por parte de Krott
con el P. Maximiliano.
Para humillar a su víctima y doblegarle hizo cargar so­
bre sus espaldas los troncos más pesados. -No pudo sopor­
tar el peso y cayó rendido a tierra. No satisfecho el ver­
dugo con este suplicio, le acusa de vago y miserable. E in­
mediatamente, entre palabrotas y blasfemias, le coloca so­
bre uno de los troncos y hace descargar sobre él 50 lati­
gazos.
La inocente víctima quedó convertida en un guiñapo y
fue llevado medio muerto al hospital del campo 3 .

En fecha imprecisa —poco antes o poco después del he­


cho anterior—, el Dr. Stemler fue testigo de la fortaleza
moral del P. Kolbe, y pudo conocer el secreto de su pa­
ciencia y mansedumbre.
Uno de los trabajos más penosos que habían de soportar
los condenados era el transporte de cadáveres, muchas

33 Ibid., p .3 67 .
34 Ibid.

148
veces sanguinolentos y despedazados. Le tocó un día al ci­
tado Stemler realizar esta desagradable tarea con el cadáver
desnudo de un joven destrozado. Sentía unas intolerables
náuseas al hacerlo, cuando a su lado escucha una voz, llena
de paz: «Agarremos, hermano...». Con repugnancia tomó
el cadáver, ayudado por el compañero. Y luego realizaron
la operación con otro cadáver.
Mientras iban portándolos en unas parihuelas, de nuevo
oye la voz en susurro del otro prisionero: «Santa M aría...,
ruega por nosotros».
Llegan agotados al crematorio. Y otra vez se escucha la
voz serena del mismo: «Requiem aeternam dona eis, Do­
mine!... Et Verbum caro factum est...» ¿Quién era el que
así rezaba?
El Dr. Stemler concluye: «Era el franciscano de Niepo­
kalanów, P. Maximiliano Kolbe» 35.

5. IN T E R N A D O EN EL H O SP IT A L DEL C A M P O
(barracón 20 ó 28)

Proseguimos el relato de los hechos.


Nuestro héroe, según queda dicho, es trasladado medio
muerto, al hospital. En él permanece, muy probablemente,
del 20 de junio al 10 de julio. Poseemos datos seguros so­
bre su estancia, debidos esta vez al sacerdote Conrado
Szweda, enfermero por este tiempo en el hospital. Gracias
a él sabemos que en este período ejercitó el P. Kolbe in­
tensamente su celo sacerdotal.

Pastor de almas

Llega al hospital destrozado y, además, aquejado de una


grave pulmonía, vieja dolencia en él. A los médicos y en­
fermeros —todos también prisioneros— causaba verdadera
estupefacción su paciencia y serenidad. Atestigua el Rvdo.
Szweda: «Soportaba virilmente y con completa resignación
a la voluntad de Dios, repitiendo con frecuencia: «Por Je­
sucristo estoy dispuesto a sufrir aún más. La Inmaculada
está conmigo, me ayuda».

35 Ib id., p.368-370.

149
Como tío cesaba la fiebre, le instalan en la sala de en­
fermos infecciosos. Quiso que colocaran su pobre litera
junto a la puerta de entrada. Esta circunstancia suponía
para él, enfermo deshauciado, la oportunidad de ejercitar
constantemente su misión de pastor de almas.
Daba la absolución a los moribundos, consolaba a los
otros enfermos, recibía la confesión de muchos, invitaba a
todos a confiar en la Virgen Inmaculada. Les decía: «Ella
es la verdadera consoladora de los afligidos, escucha a
todos, ayuda a todos».
Los enfermos comenzaron a llamarle «nuestro pequeño
Padre» 36.

«Sólo el am or es creador»

A este período de internamiento pertenece esa fecunda


frase, que ha dado la vuelta al mundo: Sólo el amor es
creador.
La pronunció un hombre, objeto del odio de otros
hombres, y en un lugar en el que el odio parecía ser la
fuerza dominadora.
Testigo y oyente de ella fue el citado Dr. Stemler, quien
le había hecho una visita en la enfermería. Cuenta que an­
daba descorazonado, casi desesperado, en aquel momento,
pero las palabras de su amigo, el sacerdote enfermo, le die­
ron alientos y esperanza, terminando por confesarse con él.
He aquí la transcripción, casi íntegra, de su testimonio:
«El sábado fue conm ovedor. Cambiamos algunas pala­
bras sobre las impresiones del trem endo crematorio. D es­
pués permanecimos en silencio. Me quedé contem plando
su rostro macilento, sin barba, difícil de reconocer. Sólo
sus ojos, en extremo brillantes, acusaban la fiebre. N o hu­
biera querido cansarle, pero habría querido decirle tantas
cosas...
Fue él quien me dio ánimo y terminé por confesarme.
Mis sentimientos eran de do lo r y desesperación. ¡Y o
quería vivir!
Sus palabras eran profundas y sencillas. Exhortaban a
tener una fe fuerte en la victoria del bien.
El odio no es fuerza creadora. Sólo el amor es fuerza
creadora, susurraba apretando fuertem ente mi mano con la
suya ardiente.

36 Ibid., p.372.

150
Estos dolores no nos doblegarán, sino que deben ayu­
darnos cada vez más a ser fuertes. Son necesarios para que,
aquellos que sobrevivan, sean felices.
Me apretaba cada vez más la mano y sus alusiones a la
misericordia de Dios me conm ovían. Sólo sus palabras,
que exhortaban al perdón de los opresores y a devolver el
bien por el mal, originaban en mí una reacción de rebe­
lión...
En días sucesivos me coloqué junto a su lecho. Hablá­
bamos sin palabras. Luego, durante la noche, le remitía a
otros prisioneros, que deseaban los consuelos de la reli­
gión.
Pero llegó un día en que le vi po r última vez.
Fue ejecutada la limpieza del hospital.
El jefe del barracón-hospital se entregaba con frecuencia
a raptos de fu ror. C on cínica sonrisa corría de un lecho a
otro, se fingía médico, medía la fiebre, pero nunca miraba
el term óm etro; en cambio, escudriñaba el rostro del pri­
sionero. Se fijaba — él, un herrero— en los rostros de los
intelectuales. Aquel hom bre enano odiaba a cuantos a un
golpe de vista podían parecer hombres de cultura.
Aquel día nos echó fuera del hospital al P. Maximiliano
y a mí.
Esperando que nos fueran entregados los vestidos y fué­
semos asignados a otro barracón, permanecimos fuera en­
tre el 21 y 22. Y o estaba a un lado de la pared, el P. Kolbe
al otro. Me miraba con insistencia y parecía querer de­
cirme algo. Aproveché una distracción del guardián y me
acerqué a él. Me apretó fuertemente la mano y me dijo
con voz clara: Le encomiendo a la protección de la In­
maculada...
N om braron mi núm ero... y tuve que irme.
Hasta la vista, grité en dirección al P. Maximiliano.
Y él continuó siguiéndome con su mirada y con su son­
risa» 37.

Renunciamos, por razones obvias, a cualquier comenta­


rio, explicación o glosa.

6. EN EL B A R R A C O N DE L O S IN V A L ID O S (barracón 12)

Flacia el 10 de julio es destinado Fr. Maximiliano al ba­


rracón 12, el de los inválidos. Tras el barracón 11, «el de
la muerte», era éste el más odiado por los prisioneros.

37 I b id ., p .3 7 2 -3 7 4 .

151
M uy pocos sobrevivían en este barracón. No se traba­
jaba en él, pero esto no constituía ventaja alguna. Al con­
trario. Los verdugos pensaban que aquellos pobres des-
hauciados o inválidos, puesto que no trabajaban, debían
contentarse con la mitad de la ración diaria, ya de por sí
m uy exigua en el campo.
No recibían aquellos infelices medicina ni cuidado al­
guno, por lo que morían en su mayor parte a causa de in­
fecciones.
Para el P. Kolbe, sin embargo, la estancia en este barra­
cón resultó beneficiosa. Mejoró un poco de sus males, y
prosiguió su apostolado con los compañeros moribundos.
En vistas de su relativa mejoría, hacia el 20 de julio fue
trasladado al barracón 14, el de trabajos agrícolas. A él se
hallaba adscrito en el momento del ofrecimiento de su vida
por un desconocido.
Durante aproximadamente una semana el prisionero
16.670 realiza el trabajo de la cosecha de la mies. Todo
marcha con la «normalidad» propia de aquella situación. A
primeras horas de la mañana salen los prisioneros al exte­
rior, regresando al atardecer.
¿En qué pensarán estos hombres cuando dejan las alam­
bradas del campo y respiran auras de libertad?

7. L A E V A S IO N DE U N PR ISIO N E R O (barracón 14)

A nadie puede extrañar que un prisionero intente esca­


par de su prisión. Tan impreso está en el hombre el deseo
de vivir en libertad, que le lleva a arrostrar cualquier difi­
cultad y aun la misma muerte por alcanzar aquélla.
En el campo de Auschwitz resultaba extremadamente
difícil el poder escapar. La doble fila de alambradas electri­
ficadas, la vigilancia continua de los guardianes armados
con ametralladoras, el peligro de ser pronta y fácilmente
capturados en el exterior, también vigilado, amedrentaban
al más valiente y decidido.
Cualquier intento, en otros barracones, podía darse a
priori por fracasado. No así en el barracón 14. La diaria
salida para realizar las labores agrícolas brindaba algunas
oportunidades para intentar la evasión. En cualquier caso
había que contar con terribles represalias.
Todos conocían la «ley» vigente en Auschwitz. Según
152
ella, por la fuga de un prisionero habían de morir 10 com­
pañeros —en un principio habían sido 15— si aquél no
aparecía en el término de veinticuatro horas. A pesar de
esta espantosa ley del talión no escaseaban los intentos.
En contadas ocasiones dichos intentos se vieron coro­
nados con el éxito. Esto ocurrió un día de la última se­
mana de julio de 1941.

No se ha podido precisar el día exacto. Por testimonios


convergentes se cree que aconteció entre el 28 de julio y el
1 de agosto. Al regresar del trabajo se escucha un prolon­
gado ulular de las sirenas del campo. Todos sospechan el
motivo: ¡U n prisionero se ha evadido! ¡Y pertenece al ba­
rracón 14! Más tarde hasta se conoció el nombre: un tal
Klos, panadero de Varsovia.
Se imparte inmediatamente la orden de formar filas a
todos los prisioneros de los diversos barracones. Durante
tres largas horas han de permanecer en pie. Al anochecer
se da la orden de romper filas y se entrega una mísera ra­
ción de comida a todos, exceptuando a los inquilinos del
barracón 14.
Los represaliados de este barracón han de retirarse a
descansar sin el más mínimo alimento. La sopa inmunda a
ellos destinada es arrojada ostentosamente a un canal. El
prisionero 16.670 se encuentra en este grupo, del que 10
de sus componentes serán condenados a una espantosa
agonía y muerte.
Al día siguiente, bien temprano, parten al trabajo todos
los presidiarios, menos los del barracón 14. Han de per­
manecer en él encerrados hasta nueva orden. No mucho
después les hacen salir y formar filas en medio de la plaza
del campo. A las tres de la tarde se les entrega un escaso y
frío rancho. Y vuelta a las filas hasta el atardecer.
El plazo de veinticuatro horas está a punto de expirar.
En todos los rostros se pueden leer los signos evidentes de
temor y de angustia. Y cuando se ha terminado de hacer la
llamada general de la tarde, aparece el comandante Fritsch,
acompañado del oficial Palitsch y de otros guardianes bien
armados.
Todos le conocen y adivinan la infausta noticia de que

153
es portador. Esta noticia, en labios del comandante, se
convierte automáticamente en sentencia condenatoria.
«Ya que el prisionero escapado ayer no ha aparecido,
diez de vosotros irán a la muerte».

Nadie habla, ni siquiera se atreve a levantar la vista.


Pero todos los prisioneros del barracón 14 piensan: ¿Me
tocará a mí? Todos están virtualmente condenados. Todos
conocen la clase de muerte que espera a los diez' seleccio­
nados: muerte de hambre, de sed, de frío, de desespera­
ción..., en el barracón 11.
Todos piensan y tiemblan. ¿Todos lamentan el infortu­
nio que les viene encima?
Uno al menos, entre aquellos varios centenares, se en­
cuentra sereno en esta hora.

D) Holocausto

1. L A O B L A C IO N DE L A V IC T IM A

Como sus otros compañeros, el prisionero 16.670 tam­


bién piensa en la suerte que le espera.
Sin embargo, otros pensamientos ocupan con más fuerza
su mente. ¿Recuerda tal vez aquella corona roja que le
mostró la Virgen en su niñez, y que él aceptó? ¿Habrá lle­
gado el momento de recibirla?
Con firme resolución renueva su ofrecimiento, tantas
veces repetido y enseñado por él a sus compañeros y discí­
pulos. Uno de éstos, el citado P. Szweda, le escuchó más
de una vez la explicación de su acto de ofrecimiento.
«U nos días antes de su entrada en el bunker del hambre
— relata el P. Szweda— nos dio una charla sobre la Virgen
y habló de la relación entre la Inmaculada y la Santísima
Trinidad.
Nos decía: La esencia de la Concepción de María V ir­
gen se manifiesta solamente a la luz del m isterio de la vida
de Dios...
A través del Espíritu Santo, el am or vuelve al Padre; y
Ella, la Inmaculada, unida en el am or a la Santísima T rini­
dad — en cuanto hija del Padre, M adre del H ijo y Esposa
del Espíritu Santo— , llega a ser, desde el prim er m om ento

1 54
de su existencia, el com plemento de la Trinidad. Toda gra­
cia es un don de D ios Padre, distribuida po r medio del
Hijo y del Espíritu Santo, mientras que M aría está tan in­
decible y perfectamente unida al Espíritu Santo, que éste
actúa únicamente por medio de su Esposa. Toda nuestra
vida, por tanto, cualquier pensamiento, cualquier acción
está en las manos de Ella...» .

¿Recordarían los prisioneros la fascinación y serenidad


que les había producido aquella charla?

«Soy un sacerdote católico»

Y comenzó la selección de los condenados. Poseemos


los relatos de cuatro testigos, que coinciden en la sustancia
y hasta en gran parte de los detalles de lo sucedido.
El comandante Fritsch va recorriendo las filas de los
prisioneros. Se detiene y señala, al buen tuntún, al conde­
nado, cuyo número se anota inmediatamente. «T ú..., y
tú... y tú...» Así hasta completar el número fatal.
Respiran todos, por fin, excepto los diez infelices selec­
cionados, cuyo pensamiento y corazón vuelan a sus casas,
esposas, hijos... A uno se le oye gritar: «H asta la vista,
amigos; nos encontraremos allí donde está la verdadera
justicia». Otro levanta su voz generosa: «¡Viva Polonia!,
por ella ofrezco mi vida». Un tercero se lamenta: «¡Adiós,
esposa mía; adiós, hijos míos, que os vais a quedar huér­
fanos!»
Estas últimas palabras tocan, en sus fibras más íntimas,
el corazón del prisionero 16.670. Absorto en sí mismo, se
encomienda a la Inmaculada, cuyo Caballero es. Y piensa
si habrá llegado el momento...
Es como una inspiración lo que siente... Se adelanta, sale
de las filas, y se planta ante el temible Fritsch. Este no
puede creer lo que están viendo sus ojos... Un despreciable
prisionero... quebrantando la severísima disciplina del
campo. Le mira con abierto desprecio y farfulla: «¿Q ué
quiere este puerco polaco?» («W as w ill das polnische
Schwein?»)
Fr. M aximiliano, señalando al tercer prisionero, el 5.659,
responde: «Soy un sacerdote católico polaco; soy anciano;

38 M l o . p.96.

155
quiero tomar su puesto, ya que él tiene mujer e hijos»
(«Ich bin ein polnischer katolischer Priester; ich bin alt
und will für ihn sterben, denn er hat Frau und Kinder»).
El comandante, no saliendo de su asombro, se queda
perplejo... Podía haber desenfundado su pistola, acabando
en un instante con aquella piltrafa humana...
No lo hizo, ni lo intentó. Según uno de los testigos, ha­
bló con su ayudante, Palitsch, y, tras un breve cambio de
impresiones, le dijo en un tono despectivo: «Es un
Pfaffe», e.d., un cura, como indicándole que no valía la
pena rechazarle. Luego, mirando con desprecio al prisio­
nero, le responde: «Acepto».
Al momento manda salir de la fila de los condenados a
Francisco Gajowniczek, prisionero 5.659, y hace entrar en
ella a Maximiliano Kolbe, prisionero 16.670.
El Dr. W lodarski, testigo de los hechos, a quien hemos
seguido fundamentalmente, comenta:
«La distancia entre mí, Fritsch y P. Maximiliano, no era
más de tres metros. Poco después fueron encerrados los
diez condenados en el barracón 11, entonces 13, pues cam­
bió la numeración.
Parece increíble que el comandante Fritsch retirase del
grupo de los condenados a G ajow niczek, haya aceptado el
ofrecim iento del P. K olbe y no condenase a los dos al
bunker del hambre» 39.
En efecto, sorprende la actuación de Fritsch, que escu­
cha a un prisionero y acepta su ofrecimiento.
¿Por qué actuó así?

Los motivos del ofrecimiento

Otro prisionero —aunque no testigo inmediato de los


hechos—, el citado Dr. Stemler, ofrece una explicación
muy convincente:
«La noticia de lo acaecido se difundió po r el campo
aquella misma tarde. Estoy profundam ente convencido de
que el comandante del campo consintió en que el prisio­
nero escogido por él fuera sustituido po r el P. K olbe sola­
mente porque el P. K olbe era sacerdote. El le había pre­
guntado claramente: ¿Q uién eres? Y obtenida la respuesta,

39 C it. p o r RlCCIARDI, p .3 8 2 .

156
repitió a su com pañero: Es un P faffe (un cura, con sentido
despectivo). Sólo entonces el comandante Fritsch dijo:
Acepto.
Esta convicción me la he form ado enseguida en el
campo, cuando me fue referido el desarrollo de lo acae­
cido.
El sacrificio del P. K olbe provocó una gran impresión
en las mentes de los prisioneros, porque en el campo no se
registraban de hecho manifestaciones de am or al prójim o.
Un prisionero se negaba a dar a otro un trozo de pan, y
aquí se había dado el caso de que uno había ofrecido su
vida por otro prisionero, para él desconocido» 40.

En sentido similar lo relata otro prisionero, el Sr. Sobo-


lew ski:
«El hecho de haberse sacrificado el P. K olbe por otro
prisionero suscitó la admiración y respeto de los prisio­
neros, a la vez que provocó la consternación entre las au­
toridades del campo.
En la historia del campo de O swiecim , éste fue el único
caso en el que un prisionero sacrificase voluntariamente por
otro su propia vida» 41.
Se afirma a veces que en circunstancias excepcionales
todos seríamos capaces de actuar como héroes. La expe­
riencia, sin embargo, ofrece algunas dudas. En Auschwitz
no brillaban los actos de heroísmo. Sobresalían más bien
los de egoísmo, aun dentro de la solidaridad existente en­
tre los prisioneros.
Conociendo la condición humana y el poderoso instinto
de conservación, no hay por qué extrañarse de que así
ocurriera. Por contraste, tanto más es de admirar la en­
trega generosa del P. Kolbe.
Consta, por lo demás, que no faltaron algunos gestos
heroicos tanto en este campo como en otros. Me remito a
algunos libros sobre el tema 42.
Lo que sorprende en el gesto del P. Kolbe es que lo hi­
ciera por un desconocido. En él ve a un hermano, a un
amigo, a quien quiere expresar un amor semejante al de
Cristo. Las palabras del Maestro: «Nadie tiene un amor
más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn
15,13) se convierten en norma de acción para el discípulo.
40 Ibid., p.383s.
41 Ibid., p.384.
42 C f. B e r n a d a c , C hristian, Los brujos del cielo.

157
I l.iy, además, un matiz m uy característico en el ofreci­
miento del discípulo. Lo hace explícitamente —y es acep­
tado— porque es sacerdote. Lo hace pensando no sólo en
el padre de familia —a quien libera de la muerte— , sino
tal vez todavía más en los otros nueve infelices, expuestos
a morir en la más angustiosa desesperación.
A lo largo de varias semanas ha predicado el Evangelio,
ha consolado a los tristes, ha ejercido el ministerio de la
reconciliación. Ahora le necesitan estos nueve condenados.
Con ellos penetra en el bunker tenebroso para compartir
su suerte y ayudarles a morir con dignidad y esperanza.
Y todo cambiará en aquella celda, de la que otras veces
sólo salían lamentos y maldiciones...

2. LENTA A G O N IA EN EL «BUNKER» DEL HAMBRE

No necesitamos hacer suposiciones o reconstrucciones


de los hechos, más o menos verosímiles.
La Providencia quiso que sobreviviera un testigo directo
de los últimos días del P. Kolbe y de sus compañeros.
Este hombre fue Bruno Borgowiec, polaco también prisio­
nero en Auschwitz. Por su absoluto dominio del alemán
—era originario de Silesia— actuaba como intérprete entre
los guardianes de las SS y los prisioneros polacos.
Ninguna reconstrucción de los hechos puede sustituir al
relato del testigo ocular, en su serena sencillez y en su trá­
gico dramatismo.
Siguiendo a la mayor parte de los biógrafos de nuestro
santo, transcribimos el histórico documento casi en su in­
tegridad 43.

«Os agostaréis como tulipanes...»

«Era yo entonces —escribe Bruno Borgowiec— secreta­


rio e intérprete en aquel subterráneo; y reflexionando so­
bre la sublime conducta ante la muerte de este hombre he­
roico, que causaba admiración hasta a los guardianes de la
Gestapo, recuerdo aún con toda precisión los últimos días
de su vida.

43 R íe . p .388-391; P a n ch e ri , p .253-256; M lo . p,105ss.

158
El barracón 13 [luego 11], situado en la parte derecha
del campo, estaba rodeado de un muro de seis metros de
altura. En los subterráneos estaban las celdas; en la planta
baja residía la compañía de disciplina. Algunas celdas te­
nían pequeñas ventanas y tarimas, mientras que otras nada
tenían y estaban a oscuras.
A una de estas celdas oscuras, a finales de julio de 1941,
tras el recuento de la tarde, fueron conducidos diez prisio­
neros del barracón 14. Delante del barracón se les ordenó
desnudarse completamente; las pobres víctimas fueron
luego empujadas al lugar, en el que ya se encontraban alre­
dedor de otros veinte del último proceso.
Los recién llegados fueron apiñados en otra celda. Mien­
tras cerraban la puerta los guardianes SS les dijeron a car­
cajadas: Ihr werdet eingehen wie die Tülpen («Os agosta­
réis como tulipanes»). Desde aquel día los condenados no
recibieron alimento alguno.
Cada día los SS, al realizar las visitas de control, ordena­
ban sacar los cadáveres de los detenidos muertos durante
la noche. Yo estaba siempre presente durante estas visitas,
porque debía escribir en el registro los números de ma­
trícula de los fallecidos, o bien traducir eventuales conver­
saciones o preguntas de los prisioneros del polaco al ale­
mán.

«Me parecía estar en una iglesia...»

De la celda en que se encontraban los desgraciados se


escuchaban cada día oraciones recitadas en alta voz, el ro­
sario y cánticos religiosos, a los que se asociaban también
los condenados de otras celdas. En los momentos de ausen­
cia de los guardias SS bajaba yo al bunker para conversar
y consolar a los compañeros.
Las ardientes plegarias y los cánticos a la Madre Santí­
sima de aquellos infelices se difundían por todos los corre­
dores del bunker. Me parecía estar en una Iglesia. Comen­
zaba las oraciones y cánticos el P. Kolbe. Los demás pri­
sioneros respondían a coro. Más de una vez estaban éstos
tan inmersos en la oración, que no advertían la presencia
de los SS para la visita de inspección; finalmente, a los
gritos de éstos, las voces orantes se apagaban.
Al abrir las celdas los pobres desgraciados, llorando a
159
lágrima viva, imploraban un pedazo de pan y un trago de
agua, pero siempre inútilmente. Si alguno de los más
fuertes se aproximaba a la puerta, era golpeado a puntapiés
en el vientre por los SS, hasta que, cayendo sobre el pavi­
mento de cemento, moría con la cabeza destrozada o se le
fusilaba.
Qué clase de martirio debieron soportar los prisioneros,
condenados a una muerte tan atroz, lo atestigua el hecho
de que los baldes... estaban siempre vacíos y secos; de
donde es preciso deducir que los desgraciados bebían su
propia orina a causa de la sed.
El P. M aximiliano Kolbe estaba siempre sereno, no pe­
día nada, no se quejaba nunca; se esforzaba por dar ánimo
a los otros. Les exhortaba a esperar que el fugitivo sería
encontrado y ellos liberados.
Cuando sus fuerzas se iban agotando, sus plegarias se
volvían apenas un susurro. Durante las visitas de inspec­
ción, cuando ya casi todos yacían tendidos en el pavi­
mento, se veía al P. Kolbe en pie, o arrodillado en el cen­
tro, observando con mirada serena a los SS. Estos, que co­
nocían su ofrecimiento y que cuantos con él estaban mo­
rían inocentes, con gran admiración por el P. Kolbe decían
entre sí: Der Pfarrer dort ist doch ein ganz anstándiger
Mensch. So einen haben w ir hier noch nicht gehabt («El
cura ese es verdaderamente un hombre de bien. Hasta
ahora no hemos tenido aquí otro semejante a él».)

3. IN M O LACIO N Y H O LO C AU STO

Prosigue el relato de Bruno Borgowiec:


«A sí pasaron dos semanas, y los condenados morían
uno tras otro. A su término sólo quedaban cuatro, entre
ellos el P. Kolbe. A las autoridades del campo les pareció
que se prolongaba excesivamente este caso: la celda era ne­
cesaria para otras víctimas.
Por eso un día (14 de agosto) ordenaron venir al bunker
al jefe de la sala de los enfermos, un alemán, el criminal y
delincuente Boch, el cual puso en el brazo izquierdo de
los que aún vivían una inyección intravenosa de ácido fé­
nico. El P. Kolbe, con la plegaria en los labios, ofreció su
brazo al verdugo. No pudiendo resistir lo que mis ojos

160
El Papa ora en la celda donde murió Maximiliano Kolbe.
veían, y con el pretexto de tener un trabajo en la oficina,
salí rápidamente de allí.
Una vez que partieron los SS con el verdugo, regresé a
la celda. Encontré al P. Kolbe sentado, con la espalda
apoyada en el muro. Tenía los ojos abiertos y la cabeza li­
geramente inclinada del lado izquierdo (era su postura ha­
bitual). Su rostro, sereno y bello, estaba radiante.
Ayudado por el peluquero del barracón, Sr. Chlebik de
Karwina, llevé el cuerpo del héroe al baño. Aquí fue colo­
cado en una caja y trasportado a la celda mortuoria de la
prisión.
Así murió el sacerdote, el héroe del campo de Oswie-
cim, ofreciendo espontáneamente su vida por un padre de
familia, en paz y silencio, orando hasta el postrer mo­
mento.
En el campo, durante meses, se recordaba el acto he­
roico del sacerdote. Durante las ejecuciones se evocaba el
nombre del P. Maximiliano Kolbe.
La impresión que he referido sobre este y otros hechos
semejantes permanecerá siempre grabada en mi memo­
ria» 44.

Hasta aquí el relato de Bruno Borgowiec. El mismo tes­


tigo, en una breve atestación posterior, añadió un pequeño
detalle sobre la postura de su cuerpo muerto: «Su cuerpo
estaba limpísimo y luminoso. Cualquiera se habría sentido
impresionado por su postura y habría pensado encontrarse
ante un santo. Su rostro resplandecía de serenidad, a dife­
rencia de otros muertos, echados sobre el pavimento,
llenos de suciedad y con las señales del sufrimiento en el
rostro» 45.
Algún lector podrá pensar: ¿No se habrá dado aquí un
proceso de transfiguración?
Le respondemos que es muy poco probable. El testimo­
nio de Bruno Borgowiec rezuma serenidad y objetividad.
Lo emite como declaración jurada en orden al proceso so­
bre la fama de santidad del siervo de Dios. Oralmente se
expresó de manera similar ante el sacerdote D. Conrado

44 Ríe. p. 391.
45 Ibid., nt. 32.

161
6. — M. K olbe
Szweda: «Cuando abrí la puerta de hierro, ya no vivía;
pero se me mostraba como si estuviese vivo. Su rostro es­
taba radiante de un modo insólito. Los ojos ampliamente
abiertos y concentrados en un punto. Toda su figura como
en éxtasis. Este espectáculo no lo olvidaré jamás» 46.
La coincidencia entre esta declaración oral y la atesta­
ción jurada por escrito es completa. En ambas se destaca la
luminosidad de su rostro «radiante».
Y se añade en la declaración oral: «Los ojos amplia­
mente abiertos y concentrados en un punto. Toda su fi­
gura como en éxtasis».
¿Hacia dónde o hacia quién estarían dirigidos esos ojos?
Sea ahora el P. Antonio Ricciardi, nuestro guía seguro y
documentado, quien nos dé su opinión:
«N osotros píamente creemos — escribe— que la celestial
«M adrecita» ha querido prem iar al hijo devotísim o y após­
tol ardiente, en la hora de su ocaso, presentándosele dulce­
mente con los brazos abiertos, en el acto de invitarle a su
abrazo materno, extasiante; y que, atrayendo hacia sí el es­
píritu, ha querido dejar sobre la materia inanimada una re­
verberación de su lum inoso candor, y en la fijeza de las
iupilas un signo sensible de su aparición y un sím bolo de
Ía eterna e inmutable visión de D ios en la gloria» 47.

Suscribimos plena y gustosamente esta opinión y las


convincentes razones en que se apoya.
No debe pasarse en silencio, por lo demás, el detalle de
la fecha de su muerte: 14 de agosto, vigilia de la Asunción
de la Virgen.

La Inmaculada acoge a su Caballero

Según testimonios fehacientes, el P. M aximiliano había


expresado más de una vez en su vida el deseo de morir en
un día consagrado a la Virgen.
Su deseo fue atendido. Entrega su alma a Dios el 14 de
agosto, vigilia de la Asunción. Y el 15, solemnidad de la
misma, su cuerpo es incinerado y sus cenizas esparcidas al
viento.
Así se consumaba el holocausto del héroe de Auschwitz.

46 Ibid., p.393.
47 Ibid., p.394.

162
Pero también así se cumplía su deseo, tiempo atrás ex­
presado, a los Hermanos de Niepokalanów: «Yo querría
ser reducido a polvo por la Inmaculada, y esparcido por el
viento en todo el mundo» 48.

48 M l o . p .1 05 .
IV. EL LOCO DE LA INMACULADA

1. ¿UN SECRETO EN LA VID A DEL P. M AXIM ILIAN O


KOLBE?

A más de un lector parecerá superflua la pregunta ex­


presada en el anterior epígrafe.
Porque, si hay que hablar de un secreto en la vida y en
la muerte del P. Kolbe, se trata de un secreto a voces.
Su amor a la Inmaculada. He ahí su gran y único se­
creto. De Ella se declara Caballero valiente y fiel. A su
amor y servicio se entrega. A través de Ella quiere con­
quistar el mundo entero para. Dios. Y no duda en procla­
marse, con santa osadía, «el loco de la Inmaculada».
Para entender este secreto, escondido a los sabios y pru­
dentes y revelado a los sencillos (cf. Mt 11,25), habría que
remontarse a otro Santo, ciento por ciento mariano, Luis
M .a Grignion de M ontfort, y -su Secreto de María, así
como también su complemento, el Tratado de la verda­
dera devoción.
Maximiliano Kolbe leyó este librito y penetró en su es­
píritu. Supo enseñarlo a otros, más que con palabras, con
su vida y con su muerte. Sabemos que su madre lo leía y
hacía objeto de su meditación. Las Hermanas Felicianas,
de Cracovia, en cuya casa permaneció treinta y tres años
M aría Dabrowska, conservan como una reliquia el ejem­
plar utilizado por ella. ¿Fue tal vez un regalo del hijo? *.
No todos entendieron su «secreto». Les parecía más
bien una obsesión. Y le tacharon de fanático, sentimental,
mariocéntrico. Hubo de defenderse en más de una ocasión
y salir al paso de las objeciones o ironías que le lanzaban.
Volveremos sobre el tema más adelante.

El juicio autorizado de dos Papas

En forma autorizada le han defendido de aquellas acusa­


ciones los dos Papas que le han llevado a los altares.

1 F a cc en d a , Luigi M. Ho visto Padre Kolbe (4.a ed.), p.141.

165
Pablo VI, en el discurso pronunciado para su beatifica­
ción, reconoce esta «locura» del P. Kolbe por la Inmacu­
lada. «Imposible separar —explica— el nombre, la misión,
la actividad del beato Kolbe de M aría Inmaculada. Hizo
de la devoción a la Madre de Cristo el punto focal de su
espiritualidad, de su apostolado, de su teología».
Afirma luego el Pontífice que pocos Santos podrán igua­
larse a éste en su devoción a M aría. Pero este amor y de­
voción no impiden en absoluto el cristocentrismo funda­
m ental de su e sp iritu a lid a d . «N in g u n a co m petencia
—añade— . Cristo, en el pensamiento de Kolbe, conserva
no sólo el primer puesto, sino el único puesto necesario y
suficiente, hablando en términos absolutos, en la economía
de la salvación...»
Frente a cualquier detractor, de buena o de mala fe, de­
fiende la espiritualidad kolbiana: «No se debe reprochar a
nuestro beato, ni a la Iglesia con él, el entusiasmo que ha
consagrado al culto de la Virgen; ese entusiasmo jamás es­
tará al nivel del mérito... No se incurrirá jamás en una
“m ariolatría”, como jamás quedará el sol oscurecido por la
luna...»
Y termina haciendo una valoración del P. Kolbe, de sin­
gular importancia: «Este perfil mariano del nuevo beato lo
cualifica y clasifica entre los grandes santos y los espíritus
videntes, que han com prendido, venerado y cantado el
misterio de M aría» 2.
No podía quedarse atrás en su apreciación sobre el per­
fil mariano del P. Kolbe su compatriota y discípulo Juan
Pablo II.
En la homilía, tras la canonización —y ante una plaza
de San Pedro abarrotada de peregrinos y devotos— , el
papa W ojtyla proclamó a los cuatro vientos su sentir per­
sonal y su juicio oficial:
«La inspiración de toda su vida fue la Inmaculada, a la
que confiaba su am or por C risto y su deseo del m artirio.
En el m isterio de la Inmaculada Concepción se desve­
laba a los ojos de su alma aquel mundo m aravilloso y so­
brenatural de la gracia de D ios ofrecida al hom bre. La fe y
las obras de toda la vida del P. M axim iliano indican que
entendía su colaboración a la gracia com o una milicia bajo
el signo de la Inmaculada Concepción.

2 P a b l o V I, Homilía en la beatificación del P. Kolbe.

166
La característica mariana es particularm ente expresiva en
la vida y en la santidad del P. K olbe. C on esta señal quedó
marcado todo su apostolado, tanto en su patria com o en
las misiones. En Polonia y en Japón fueron centro de este
apostolado las especiales ciudades de la Inmaculada, “N ie­
pokalanów ” polaca, “Mugenzai no So n o ” japonesa» 3.

Invitamos al lector a que repase algunas de las frases de


los dos R om anos P o n tífices, com o «p e rfil m arian o »,
«punto focal de su espiritualidad», «de su apostolado», «de
su teología» (Pablo VI), o aquellas otras, como «caracterís­
tica mariana», «la inspiración de toda su vida fue la In­
maculada», «con esta señal quedó marcado todo su apos­
tolado», etc. (Juan Pablo II).
Tal fue, sí, el secreto del P. Kolbe: su amor y entrega a
la Inmaculada.
Este secreto —ideal, sueño...— fue desvelándolo a través
de una vida, entendida como milicia bajo el signo de la In­
maculada. Con este objetivo permanente fundó la M ilicia
de la Inmaculada y puso en marcha las Ciudades de la In­
maculada.

2. ¿QUIEN ERES TU, OH IN M A C U LAD A ?

Acabamos de escuchar a Juan Pablo II: «La inspiración


de toda su vida fue la Inmaculada». Bien fácil nos resulta­
ría la comprobación, si repasamos sus cartas, apuntes per­
sonales, artículos publicados... En la inmensa m ayoría
—por no decir en todos— está presente el nombre y el
amor a la Inmaculada.
De entre todos estos escritos, me quedo con uno, que
adopta la forma de una oración encendida a la Inmaculada.
Tenía su autor cuarenta y cuatro años cuando lo publicó
en el Rycerz Niepokalanej (abril 1938, p.129-130). No hay
que pensar, por tanto, en una improvisación o exaltación
de un momento de fervor.
Su título: María Inmaculada. He aquí el texto íntegro:
«¿Q uién eres, oh Señora? ¿Q uién eres, oh Inmaculada?
Yo no estoy en condiciones de examinar de una manera

3 J u a n P a b l o II, Homilía para la canonización, n.5.: «L’Osservatore


Romano», 11-12 octubre 1982).

167
adecuada lo que significa ser “criatura de D ios”. Sobrepasa
mis fuerzas el com prender lo que quiere decir ser “hijo
adoptivo de D ios”.
Pero Tú, oh Inm aculada, ¿quién eres? N o eres sola­
mente criatura ni eres solamente hija adoptiva, sino que
eres M adre de Dios, y no sólo M adre adoptiva, sino ver­
dadera M adre de Dios.
Y no se trata sólo de una hipótesis, de una probabilidad,
sino de una certeza, de una certeza total, de un dogma de fe.
Mas... ¿eres Tú todavía M adre de D io?? El título de ma­
dre no sufre mutaciones. Por toda la eternidad D ios te lla­
mará: «M adre mía»... El que ha establecido el cuarto man­
damiento, te venerará eternamente, siempre... ¿Q uién eres,
oh divina?
El m ism o, el D ios encarnado , gustaba de llam arse:
“H ijo del hom bre”. Pero los hombres no le com prendie­
ron. Y aun hoy, ¡qué pocas son las almas que le com pren­
den, y qué imperfectamente le com prenden!
Concédeme (poder) alabarte, oh Virgen Inmaculada.
Te adoro, Padre nuestro celestial, porque has colocado
en el seno purísim o de Ella a tu H ijo unigénito.
Te adoro, H ijo de Dios, porque te has dignado entrar
en su seno, y has llegado a ser verdadero y real H ijo suyo.
Te adoro, Espíritu Santo, porque te has dignado form ar
en su seno inmaculado el cuerpo del Hijo de Dios.
Te adoro, Trinidad santísima, D ios uno en la Santa T ri­
nidad, po r haber ennoblecido a la Inmaculada de un modo
tan divino.
Y o no cesaré jamás, cada día al despertar del sueño, de
adorarte humildemente, oh Trinidad divina, con el rostro
en tierra, repitiendo tres veces: «G loria al Padre, y al H ijo
y al Espíritu Santo»...
Concédem e (la gracia de) alabarte, oh Virgen santísima.
Concédeme alabarte con mi entrega y sacrificio personal.
Concédeme vivir, trabajar, sufrir, consumarme y m orir
por Ti, solamente po r Ti.
Concédeme (la gracia de) conducir a Ti el m undo en­
tero.
Concédeme el contribuir a una siempre m ayor exalta­
ción de Ti, a la más grande posible exaltación de Ti.
Concédeme el darte una gloria tal cual ninguno te la ha
tributado hasta ahora.
Concede a los otros superarme en el celo po r tu exalta­
ción y a mí superarles a ellos, de tal m odo que en una no­
ble emulación tu gloria se acreciente siempre más profun­
damente, siempre más rápidamente, siempre más intensa­
mente, como cfesea Aquel que te ha ensalzado de un m odo
inefable po r encima de todos los seres.
En Ti sola, D ios ha sido adorado sin parangón más que
en todos los santos.
Para Ti, Dios ha creado el m undo. Para Ti, D ios me ha
llamado aun a mí a la existencia. ¿P or qué m otivo he m e­
recido y o esta suerte?
¡A h ! Concédem e alabarte, oh Virgen Santísima» 4.

¿Puede hablarse de un secreto en la vida y en la muerte


del héroe de Auschwitz y m ártir de la caridad?
Repase el lector esta oración abrasada y saque las conse­
cuencias. Habrá de reconocer la verdad de las palabras de
Juan Pablo II cuando declara que «la inspiración de toda
su vida fue la Inmaculada».
Esta oración nos desvela los más íntimos pensamientos
y sentimientos del «loco de la Inmaculada», a la vez que
las raíces y fuentes de su gigantesca acción apostólica.
Se inspira toda ella en la fe de la Iglesia, que reconoce a
M aría como Madre de Dios, y deduce de esta dignidad sus
singulares relaciones con la Santa Trinidad. No hay conce­
sión alguna al puro sentimentalismo o a una idealización
romántica del «eterno femenino».
Bien anclado en esta fe se dispone el caballero de la In­
maculada a realizar su andadura para «conducir al mundo
entero» a Ella. Nada se reserva. Sabe que él por sí solo no
puede. Por ello suplica: «Concédeme vivir, trabajar, sufrir,
consumarme y morir por Ti, solamente por Ti».
Al escribir esta oración, quedaban atrás veintiún años de
trabajos y sufrimientos por la M ilicia y once por la C iu­
dad de la Inmaculada. Y se avizoraba la hora de la consu­
mación.
La M ilicia y las Ciudades de la Inmaculada han quedado
como plasmaciones de su ideal. Hemos expuesto ya los
orígenes y hechos más salientes de la M ilicia y de su con­
creción en Niepokalanów y M ugenzai no Sono. Corres­
ponde ahora analizar sus fundamentos, finalidad, medios y
condiciones.
Este análisis nos proporcionará un conocimiento preciso
de lo que Pablo VI denomina «punto focal de su espiritua­
lidad, de su apostolado, de su teología» (Hom ilía para la
beatificación).

4 SK III, P.7l5s.

169
3. LA MILICIA DE LA IN M A C U LAD A , C O M O IDEAL DE
U N A VID A

En respuesta a una llamada

Está fuera de toda duda que Fr. M aximiliano Kolbe se


sintió inspirado o llamado para instituir la M ilicia de la In­
maculada.
Hemos transcrito anteriormente parte de la carta que di­
rigió a su amigo P. Pignalberi, en 1918, sobre la M ilicia y
sus orígenes. Un párrafo de dicha carta nos parece signifi­
cativo a este respecto:
«Pero usted me preguntará tal vez (o tal vez no) que de
dónde sé que lo quiere precisamente así nuestra amantí-
sima soberana. ¿D e dónde? D el medio más seguro, po r el
que se puede conocer la voluntad de D ios y, consiguiente­
mente, la de nuestra Señora y M adre amantísima: De la
obediencia en el fuero interno, y esto basta» 5.

¿Cómo ha de interpretarse esta última aseveración?


Fr. Maximiliano había recibido la aprobación explícita
del P. Rector. Sus palabras suponen, obviamente, que
además consultó y recibió la aprobación de su confesor y
director espiritual.
Pero, a juicio del P. Ricciardi, hubo algún hecho espe­
cial. ¿Fue tal vez una visión de la Inmaculada? ¿Fue más
bien una comunicación interior, en forma de gracia de luz
o de inspiración, conocida por el confesor y garantizada
respecto a su origen y autenticidad sobrenatural?
Parece seguro que fue efectivamente en el segundo sen­
tido 6.

Su testamento espiritual

A lo largo de toda su vida, superando múltiples pruebas,


la expansión de la M ilicia constituyó su ideal y objetivo
constante. En ella cifraba su espiritualidad. Por ella trabajó
incansablemente en Italia, Polonia y Japón 7.
Y a sus discípulos y amigos pidió, en una especie de

5 SK I, p.38.
6 SK I, p.68.
7 S K I , p.75.

170
«testamento espiritual», que se dedicasen a ella con una
entrega incondicionada.
Hizo esta declaración a sus amigos en la tarde del 26 de
mayo de 1933, encontrándose de paso por Roma:
«Estoy débil y envejecido y po r eso m oriré pronto.
Mas, puesto que a todos es lícito hacer testamento, no me
creo yo privado de este derecho. P or tanto, hermanos,
cuando se os anuncie mi m uerte, sabed que vosotros sois
po r testamento, mis herederos.
Hasta ahora hemos trabajado juntos por la Inmaculada;
cuando yo esté m uerto, entonces os toca a vo sotros; a vos­
otros os encomiendo la M ilicia de la Inmaculada. Dedicaos
a su causa sin restricciones, sin límites. A frontad po r ella
cualquier sacrificio, hasta el derram am iento de sangre si es
preciso, y propagad la M ilicia de la Inmaculada hasta los
confines de la tierra...
Este es el testamento que os dejo» 8.

Comienzos de una nueva era mariana

Esta forma de hablar refleja la firme convicción de un


llamado. Como tal se sentía, llegando a considerar la M ili­
cia como el comienzo de una nueva etapa o era mariana.
Lector fiel y discípulo espiritual de San Luis M .a Grig-
nion de Montfort, más de una vez habría meditado en la
profecía de éste sobre los apóstoles de los últimos tiempos.
Léase el Tratado de la verdadera devoción (n.47-59).
Debieron de impresionarle las palabras del Santo de
Montfort cuando afirma que «el Altísimo, con su Santí­
sima Madre, deben suscitar grandes Santos» (n.47), cuyas
características señala a continuación.
«Estas grandes almas — escribe San Luis G . de M ont­
fort— , llenas de gracia y de celo, serán escogidas para
oponerse a los enemigos de Dios, que bramarán p o r todas
partes, y serán especialmente devotas de la Santísima V ir­
gen, esclarecidas po r su luz, alimentadas con su leche, con­
ducidas por su espíritu, sostenidas por su brazo y guar­
dadas bajo su protección, de tal m odo que com batirán con
una mano y edificarán con la otra» (n.48,1).

Al crear la M ilicia, el estudiante franciscano siente que


ha llegado ese tiempo anunciado por Montfort. O ye los

8 VlLLEPELÉE, La Milizia dell'Immacolata, p .1 5.

171
bramidos de los enemigos de Dios —que él ve represen­
tados entonces en Ja masonería— y se dispone al combate
bajo el signo de la Inmaculada.
Considera como su particular vocación la de trabajar
por una vivencia más explícita del misterio de la Inmacu­
lada Concepción. Repite machaconamente en sus cartas
que, a la proclamación dogmática de 1854, debe seguir la
etapa de vivencia del dogma. No tiene otro objetivo que el
de «sembrar esta verdad en las almas, cuidar de su creci­
miento y hacer que produzca frutos de santidad» 9.
En primera fila quiere que se sitúen sus Hermanos de la
Orden Franciscana, lo mismo que lo estuvieron durante
siete siglos en la defensa del privilegio mariano. Y espera
de este empeño la renovación de los conventuales a plazo
corto, y la unidad de todos los hijos de San Francisco a
plazo más largo (ibid).
En esta M ilicia ve su fundador el instrumento —o, al
menos, un instrumento eficaz— del que quiere servirse la
Inmaculada para el combate contra las fuerzas del mal.
¿Audacia excesiva? ¿Presunción infundada? ¿Ingenuidad
ignorante?...
Así pensarán los sabios y poderosos de este mundo. Los
sencillos, en cambio, se fían de Dios, quien se sirve de lo
pequeño, de lo que no vale, de lo que es frágil.
Maximiliano Kolbe medita con frecuencia en las pala­
bras de la Madre, según la cual Dios «derriba del trono a
los poderosos y enaltece a los humildes» (Le 1,52), y las
aplica a su M ilicia.

4. LOS FUNDAM ENTOS DE LA M ILICIA DE LA


IN M A C U LA D A

En el espíritu de la M ilicia de la Inmaculada —permíta­


senos la reiteración— está concentrada la espiritualidad
kolbiana. De este espíritu han de participar los milites o
caballeros, sean sacerdotes o frailes, seglares varones o mu­
jeres.
Por suerte poseemos abundante documentación, cartas y
artículos del mismo iniciador de este camino de espirituali­
dad. Por él guiados, vamos a estudiar, en primer lugar, los

9 S K I , p.890.

172
fundamentos de la M ilicia: la consagración a la Inmaculada
y la actuación como instrumentos suyos.

1.° La consagración a la Inmaculada


Consagrarse» o «confiarse»?
La expresión consagración a María provoca actualmente
el rechazo en algunos. Les parece un término impropio y
excesivo.
Entienden que pueda hablarse de una consagración a
Dios, o al mismo Cristo Dios-Hombre, en particular la
que se hace en el bautismo. Pero consideran abusivo que
se hable de una consagración a la Virgen, al fin y al cabo
pura criatura como nosotros. Por ello, al dilucidar el sen­
tido de nuestras relaciones con M aría, prefieren hablar de
un «confiarse» a Ella, de una «confianza» en Ella más que
de un consagrarse o de una consagración 10.
Sin entrar directamente en la polémica, una previa cons­
tatación se impone. Creemos que siempre se entendió —y
debe entenderse— el término «consagración», en cuanto
referido a nuestras relaciones con la Virgen M aría, en un
sentido análogo y no unívoco, a como se entiende referido
a Dios o a Cristo.
Esto lo dan por supuesto los santos o escritores ma-
rianos, aun los que parecen más exaltados. Valga como
ejemplo el de San Luis M .a Grignion de Montfort. En su
Tratado de la verdadera devoción explica este santo la
«naturaleza de la perfecta devoción a la santísima Virgen».
No tiene inconveniente alguno en hablar de consagración a
la Virgen, pero para más perfectamente consagrarse a Jesu­
cristo.
Y lo razona el Santo de la Esclavitud mariana de este
modo:
«C om o quiera que toda nuestra perfección consiste en
estar conform es, unidos y consagrados a Jesucristo, la más
perfecta de las devociones es, sin duda alguna, la que nos
conform a, nos une y nos consagra lo más perfectamente
posible a Jesucristo.
A hora bien: siendo M aría, de todas las criaturas, la más
conform e a Jesucristo, se sigue que, de todas las devo-

10 FRANZI, M o n s. F ., «Consacrazione» o «A ffidam ento•?: »Miles In-


maculatae» (3-4 1981), p .2 1 6 -2 2 8 .

173
ciones, la que más conforma y consagra un alma a Jesu­
cristo es la devoción a María, su Santísima M adre, y que
cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen,
tanto más lo estará a Jesucristo.
He aquí po r qué la más perfecta consagración a Jesu­
cristo no es otra cosa que una perfecta y entera consagra­
ción de sí mismo a la Santísima Virgen; y ésta es la devo­
ción que yo enseño, o, con otras palabras, una perfecta re­
novación de los votos y promesas del santo bautismo»
(n.120).

Es, pues, legítimo hablar de consagración a la Virgen,


teniendo en cuenta que esta consagración no es un fin en
sí misma, sino un medio para consagrarnos más perfecta­
mente al Señor (ibid., n.125).

Esencia de la Milicia
Para el P. Maximiliano no existe M ilicia de la Inmacu­
lada, aun en el primer grado, sin consagración a la Inmacu­
lada. Puede afirmarse que esta consagración constituye la
esencia de la Milicia. De los testimonios, que podrían
aportarse por docenas, seleccionamos dos.
Un Hermano de Niepokalanów, Fr. M ikolajzyk, le ha­
bía escrito, haciéndole una consulta sobre un grupo deno­
minado «Hijos de M aría» y su relación con la M ilicia. Le
responde el P. Kolbe desde Nagasaki, el 28-VII-1935, con
una larga carta, a la que pertenecen estos párrafos:
«En cuanto al grupo de los “Hijos de M aría”, es obvio
que no está en contraste con la Milicia de la Inmaculada.
Más bien, com o he escrito hace tiempo, la esencia de la
M. I. es la consagración ilimitada a la Inmaculada.
Debemos ser respecto a Ella siervos, hijos, esclavos, etc.
En una palabra: debemos pertenecerle a Ella bajo cual­
quier aspecto, ser suyos del modo más estricto y más per­
fecto posible, ser en cierto m odo Ella misma...» 11.
El otro testimonio pertenece a un artículo, publicado en
el Rycerz (Caballero de la I.) (dic. 1937). De un modo sis­
temático resume en él la esencia o espíritu de la M ilicia,
concluyendo así: «En consecuencia, la condición esencial
que todo adherido a la M. I. debe poner en acto es: ofre­
cerse en propiedad a la Inmaculada» 12.

11 SK II, p. 188.
12 S K III, p.490.

174
Dedicó al mismo tema varios artículos (véanse sus Es­
critos, t.III p .776-779; 780-784, etc.). Lo cual prueba que
se trataba de una profunda convicción, a la que jamás re­
nunció.

El porqué de la consagración

Ahora bien, ¿a qué se debe esta insistencia del P. Kolbe


en la consagración a la Inmaculada?
No pretende, como es obvio, «detenerse» en María,
pura criatura como nosotros, sino hacerse más disponible
a la conformidad con Cristo (cf. Rom 8,29). Tiene muy
claro que la consagración a M aría no es fin en sí misma,
sino un medio o camino seguro y eficaz para pertenecer a
Cristo y , por El, único Mediador, al Padre en el Espíritu.
Desde el bautismo, el hombre queda consagrado a la
Santa Trinidad. Ya no se pertenece a sí mismo. Es propie­
dad de Cristo, con quien queda configurado, y, por El, del
Padre en el Espíritu.
¿Cómo lograr que este «pertenecer», este «ser propie­
dad» de Cristo, verdadero y real en el plano ontológico, lo
sea también en el plano moral o existencial?
El P. Kolbe, como San Luis Grignion de Montfort, no
encuentra un medio mejor para lograrlo que la perfecta
consagración a la Inmaculada. Y ofrece un razonamiento
plenamente convincente.
Quien se consagra a la Inmaculada participa de la acti­
tud de la Esclava del Señor, «quien se consagró totalmente
a sí misma a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al
misterio de la redención bajo El y con El, con la gracia del
Dios omnipotente» (LG n.56). El esclavo, devoto o consa­
grado a M aría hace suya esta actitud de la Esclava del Se­
ñor.
No de otro modo entendía la consagración el «loco de
la Inmaculada». Encontrándose en la n^ve Conte Rosso,
cerca de las costas de Bombay, anota en su cuaderno espi­
ritual (23-IV-1933) algunos pensamientos sobre la M ilicia:
«C om o Ella es de Jesús, de D ios, así toda alma, a través
de Ella y en Ella, llegará a ser de Jesús, de D ios, de una
manera mucho más perfecta que sin Ella y no a través de
Ella, si esto fuese posible.
Entonces las almas amarán al Sagrado C orazón de Jesús
com o jamás hasta aquel m om ento le habían amado, puesto

175
que se sumergerán como Ella, com o nunca lo habían he­
cho, en los misterios del am or: la C ruz, la Eucaristía. El
am or de Dios, inflamará, a través de Ella, el m undo, lo
abrasará, y sobrevendrá la «asunción» de las almas me­
diante el amor» l3.

Se aprecia por la simple lectura cuál es la meta que pre­


tende alcanzar de sus asociados el fundador de la M ilicia:
que pertenezcan a Jesús, que le amen con la Inmaculada y
como Ella. Condición esencial exigida: la consagración ili­
mitada a Ella.
«Deben ellos mismos, ante todo —prosigue en sus
apuntes—, pertenecer a Ella, profundizar su consagración
ilimitada a Ella, estrechar el vínculo de amor con Ella, lle­
gar a ser Ella misma, a fin de que Ella pueda actuar a
través de ellos y en sus almas» (ibid.).
Son frases verdaderamente audaces, especialmente la de
«llegar a ser Ella misma», que manifiestan una vivencia ín­
tima y no un simple voluntarismo. ¿No fue acaso el P.
Kolbe una «revelación prolongada de M aría», como acer­
tadamente escribió su biógrafo P. Ricciardi?
De esta su vivencia quería hacer partícipes a los miem­
bros o adheridos a su M ilicia. Para lograrlo consideraba
exigencia básica la consagración.
En el libro que preparaba sobre la Inmaculada —y que
quedó inacabado— escribía:
«El soldado (caballero) de la Inmaculada sabe que, en la
Inmaculada y a través de Ella, llegará a ser, cuanto antes y
del modo más fácil, propiedad de Jesús, propiedad de
Dios. Sabe que Ella, en él y a través de él, amará a Jesús
de un modo incomparablemente más perfecto que cuanto
él mismo podría intentar hacer con cualquier otro m e­
dio» 14.

Y todavía va más lejos. Reclama de todo discípulo de


Cristo una entrega personal a su Madre: «El objetivo de
todo hombre es el de pertenecer a Dios a través de Jesús,
Mediador ante el Padre, y el de pertenecer a Jesús a través
de la Inmaculada, Mediadora de todas las gracias» 15.
No exageraba el P. Maximiliano en estas exigencias,
aunque puedan parecer audaces. Su magnífica formación

13 SK II, p.895.
14 SK III, p.766.
15 SK III, p.776.

176
teológica —era doctor en teología— le guiaba y preservaba
de errores o desviaciones. Tuvo siempre mucho cuidado
en señalar el alcance de esta consagración. Vamos a consta­
tarlo.

Caracteres de la consagración

La consagración a la Inmaculada —en la espiritualidad


kolbiana— compromete a la persona del consagrado en su
totalidad.
Con inmenso gozo hubiera suscrito el P. Kolbe cuanto
enseña el Vaticano II sobre la verdadera devoción a la V ir­
gen M aría. Esta devoción —enseña— «no consiste ni en
un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana cre­
dulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos in­
duce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que
nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la
imitación de sus virtudes» (LG n.67).
Ni en la vida ni en los escritos del P. Maximiliano hay
indicios o signos de sentimentalismo estéril o de vana cre­
dulidad. Más que en el sentimiento, quiere nuestro Santo
que el consagrado centre su esfuerzo en la voluntad, mo­
vida por la fe.
Lo repetía constantemente: «N o olvidemos que la esen­
cia y la perfección de nuestra consagración no son ni el
sentimiento ni la memoria, sino la voluntad» 16. Y en otra
carta concreta todavía más su mente: «El amor a la Inmacu­
lada consiste no sólo en un acto de consagración, aun
con gran fervor recitado, sino en el sufrir muchas priva­
ciones y en el trabajar por Ella sin descanso» (A la Sede de
la M. I. de Asís, 10-11-1937) 17.
Con la entrega de su voluntad, el consagrado quiere lle­
gar al don de sí mismo, de toda su persona.
Así lo explicaba el fundador de la M ilicia de la Inmacu­
lada, en carta a los estudiantes de la Orden, desde Naga-
saki (28-11-1933): .
«Le damos con generosidad a Ella nuestro corazón,
nuestra alma, nuestro cuerpo, sin restricción o limitación
alguna; nos consagramos a Ella completamente, sin limita­
ción alguna, para ser sus siervos, sus hijos, su cosa y su pro­

16 SK II, p.133.
17 SK II, p.296.

177
piedad incondicionada, de form a que lleguemos a ser en
cierto modo Ella misma viviente, parlante y operante en
este mundo» 18.

Si no conociéramos la vida y la muerte del autor de


estas aseveraciones, nos parecerían muy bellas, pero utó­
picas y exageradas.
Sabemos bien que no se trataba de palabras bonitas o
simplemente piadosas. Lo que enseñaba lo vivía hasta el
detalle, y en esta vivencia llegó al don total de sí mismo.
¿Qué de extraño tiene que invitara a los miembros de su
M ilicia a hacer esta súplica a la Inmaculada?:
«Te ruego que quieras aceptarme po r entero y com ple­
tamente com o cosa y propiedad tuya, y hacer cuanto te
plazxa de mí y de todas las facultades de mi alma y de mi
cuerpo, de toda mi vida, muerte y eternidad» 19.

Dimensión apostólica y misionera de la consagración


Pablo VI, apoyándose en las múltiples afirmaciones del
Vaticano II, proclamó a M aría como Madre de la Iglesia el
21 de noviembre de 1964. Quiso con ello subrayar su pa­
pel específico, «m aternal», en la obra de nuestra salvación.
Ratificaba, con su autoridad primacial, cuanto el Concilio
había enseñado sobre el amor maternal de María.
En efecto, el Vaticano II enseña: «Con su amor mater­
nal se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía pere­
grinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean
conducidos a la patria bienaventurada» (LG n.62). Y poco
más adelante propone las virtudes de María, que la Iglesia
debe imitar, entre las que destaca su amor maternal: «La
Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con
que es necesario que estén animados todos aquellos que,
en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regene­
ración de los hombres» (LG n.65).
Estas y otras expresiones del mismo Concilio excluyen
del devoto de María una piedad que se redujera a la propia
santificación, e.d., una piedad puramente individualista.
En sintonía anticipada con el Vaticano II, Fr. Maximi­
liano Kolbe concebía la consagración a la Inmaculada
como un paso previo e indispensable para militar en su

18 SK I, p.896.
” SK III, p.777.

178
movimiento, e.d., para participar en el combate de la In­
maculada contra las fuerzas del mal. De manera reiterada
lo manifiesta en sus cartas. «Nuestro objetivo —afirma—
es la conquista del mundo entero y de cada alma en par­
ticular para la Inmaculada y, a través de Ella, para el Sgdo.
Corazón de Jesús» 20.
Lejos de su espíritu todo individualismo estrecho, vi­
braba con sincera energía ante esta tarea de conquista. Es­
cribió en el Rycerz:
«El verdadero Caballero de la Inmaculada no restringe
el propio corazón solamente a sí mismo, ni a su familia
propia, parientes, vecinos, amigos, connacionales, sino que
abraza con él el mundo entero, todos y cada uno singular­
mente, porque todos cuantos han sido redimidos con la
sangre de Jesús, sin excepción alguna, son nuestros her­
manos» 21.
Antes y después de escribir lo que antecede, el P. Kolbe
situaba en un primer plano la dimensión misionera de su
M ilicia. En Niepokalanów fundó un seminario misionero
ya en la primera época. Y, para enseñar con el ejemplo,
más que con solas las palabras, se ofreció a ir a las mi­
siones en el Extremo Oriente. Fundó allí otro seminario
misionero y llegó a exigir a sus más fieles seguidores un
cuarto voto de disponibilidad absoluta para ir a cualquier
parte del mundo.
Si vuelvo a mencionar estos hechos de su vida es, sobre
todo, para subrayar la raíz y fuente de donde brotaron: su
consagración a la Inmaculada. Con plena lógica reclamaba
esta misma disponibilidad a quienes, siguiendo su espíritu,
se consagraban a la Inmaculada.
Con toda justicia el P. Félix Rossetti subtitula su cono­
cida obra sobre el P. Kolbe de este modo: El carisma mi­
sionero mariano del P. Kolbe. Y el prologuista, P. Sebas­
tián M. Boticella, da la razón al poner como epígrafe de su
escrito: La Milicia de la Inmaculada: un movimiento ma­
riano misionero, hoy 21.
Esta absoluta disponibilidad apostólica y misionera, ¿no
es acaso la prueba más convincente de la autenticidad y fe­
cundidad de la consagración mariana, fomentada por el P.
Kolbe?
20 SK I, p.653.
21 SK III, p.195.
22 C f. R o s s e t t i , Félix; Beato Maximiliano María Kolbe..., p .5 - 9 .

179
El lector tiene elementos de juicio para dar la respuesta.
No queremos, sin embargo, terminar este apartado sin
explicar una fórmula m uy querida del P. Maximiliano.

Cosa y propiedad de la Inmaculada


De muchas maneras y con fórmulas diversas se puede
definir la perfecta consagración a María. El P. Maximiliano
las conoce y menciona más de una vez.
«Todos los que han amado a la Inmaculada — escribe—
han deseado pertenecerle a Ella y lo han expresado con d i­
versas fórm ulas. Ser siervo de Ella, ser hijo de Ella, ser es­
clavo de Ella y otras similares, son los ideales que han ilu­
minado sus vidas.
Todos, por tanto, deseaban pertenecerle a Ella del modo
más perfecto posible... En una palabra: ser de Ella, ilim ita­
damente de Ella; he aquí el sol que ilumina la vida de
tantos, de tantísimos corazones» 2i.

Estas diversas fórmulas le parecen bien a nuestro Santo.


Pero él encuentra otra expresión todavía más radical, más
incondicionada. La explica en un artículo sobre la esencia
de la M ilicia:
«O tros prefieren la expresión cosa y propiedad...
Pertenece a la esencia de la M. I. el hecho de ser total­
mente de la Inmaculada, bajo cualquier aspecto... El alma
que form a parte de la M. I., por tanto, cesa de preocu­
parse excesivamente aun de la propia eternidad. Reconoce
que todo lo que no depende de su propia voluntad viene
de las manos de Dios a través de la Inmaculada» 24.

Al P. Maximiliano le agrada esta expresión, «cosa y pro­


piedad», porque le parece la más radical, la más despren­
dida de cualquier brizna de egoísmo, aun espiritual. El
contenido, no obstante, equivale —como él mismo reco­
noce— a otras fórmulas.
Podemos comprobarlo si comparamos la fórmula kol-
biana con la del citado San Luis M .a Grignion de M ont­
fort:
«...O s entrego y consagro en calidad de esclavo mi
cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y aun
el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y fu ­

23 SK III, p.766.
24 S K III, p.777.

180
tu ras, oto rg á n d o o s un en tero y p len o d erech o de d ispon er
de m í y de to d o lo que m e p ertenece, sin excepción, a
vu estro agrado, a la m a y o r gloria de D io s, en el tiem po y
en la etern id ad » 25.

Dimensión comunitaria
No hay que sorprenderse de la coincidencia, en el fondo
y aun en la forma. Aunque separados por dos siglos en el
tiempo, Montfort y Kolbe parecen coetáneos en el espíritu
mariano.
El P. Maximiliano, lector asiduo de San Luis M .a G. de
Montfort, recomendaba a sus frailes la lectura de sus
obras. Se cuenta una anécdota a este propósito. En agosto
de 1933 le manifestaron algunos Hermanos que no les era
posible compartir todo cuanto Montfort había escrito so­
bre la Virgen. A lo que él respondió: «En Niepokalanów
todos deben creer cuanto ha escrito el Beato; más bien, el
Beato ha escrito demasiado poco de M aría» 26.
Uno y otro, en efecto, derivan toda su espiritualidad de
la perfecta consagración a María. Sólo les diferencia un
matiz en cuanto al alcance de la consagración. San M axi­
miliano M aría marca un avance sobre San Luis María. A la
consagración personal le da una dimensión comunitaria,
social, con sus «Ciudades de la Inmaculada», enteramente
consagradas a la Inmaculada y al apostolado mariano. Es
el radicalismo o incondicionalidad marianos llevados hasta
sus últimas consecuencias.
Dicho con otras palabras: la consagración lleva a la ac­
ción no sólo individual, sino comunitaria. El consagrado
debe convertirse en un instrumento de la cooperación sal-
vífica de la Inmaculada.
Se trata del segundo fundamento de la M ilicia de la In­
maculada —de la espiritualidad kolbiana— que vamos
ahora a examinar.

2 ° Instrumentos de la Inmaculada

El consagrado a la Inmaculada no busca sólo su propia


perfección. Ni pretende simplemente venerar a la Madre
de Dios. Como soldado o caballero que es, se deja invadir

25 S a n L u is M . G r i g n i o n d e M o n t f o r t , Tratado...

181
por el espíritu, por la actitud interior de su Capitana, la
Esclava del Señor.
¿Para qué?... Para llegar a ser un instrumento eficaz en
manos de Ella.
Maximiliano Kolbe vive convencido de que la conver­
sión de los pecadores, la vuelta a Dios de los alejados e in­
crédulos o ateos, la santificación de los buenos, se realiza­
rán gracias a la acción intercesora de la Inmaculada. Ella es
la que pisotea la cabeza de la serpiente diabólica (Gén
3,15). Ella es la que siempre cumple la voluntad del Señor.
Ella es la que se consagra a la persona y a la obra de su
Hijo, el Redentor del hombre.

Instrumento libre y visible


¿Qué le corresponde en esta empresa, a su servidor, sol­
dado o caballero?
Le corresponde el honor y la responsabilidad de ser su
instrumento, racional y libre, porque libremente se consa­
gró a su servicio. En el mismo acto de consagración, tras
invocar a la Inmaculada y pedirle que acepte la entrega to­
tal de sí mismo, impetra el Caballero:
«Dispon de mí mismo, si quieres, sin reserva alguna,
para realizar lo que se ha dicho de Ti: “Ella te aplastará la
cabeza” (Gén 3,15) y “Tú sola has destruido todas las he­
rejías en el mundo entero”, a fin de que en tus manos in­
maculadas y misericordiosas me convierta en un instru­
mento útil para injertar e increm entar lo más fuertemente
posible tu gloria en tantas almas extraviadas e indiferentes,
y para extender, de este m odo, lo más posible el Reino
bendito del sacratísimo C orazón de Jesús» 27.

¿Hasta dónde ha de llegar esta instrumentalidad del C a­


ballero de la Inmaculada?
El P. Kolbe, buen conocedor de la teología, no ignora
que Dios, y solo Dios, es quien salva y santifica. No nece­
sita de los hombres, pero ha querido, sin embargo, servirse
de su colaboración.
En el universo de la gracia rige la «ley de encarnación».
El Verbo se sirve de su Humanidad, a él hipostáticamente
unida, «como de instrumento vivo de salvación». Esta

26 Ríe., p.469.
27 SK III, p.835.

182
misma ley se aplica a la Iglesia de Cristo. En ella, por ana­
logía con el misterio del Verbo encarnado, el Espíritu
Santo se sirve de las estructuras visibles, y en primer tér­
mino de los sacramentos, para santificar a los creyentes.
Es el Vaticano II quien hace la aplicación y explicación
de dicha analogía (cf. LG n.8) a la Iglesia. Con razón, y en
consecuencia, la Iglesia se convierte en instrumento de
Cristo, Sacramento universal de salvación, y lo mismo
ocurre con todos y cada uno de los sacramentos. Y no en
último lugar se considera igualmente a los ministros de la
Iglesia como instrumentos personales y libres del mismo
Cristo.
Partiendo de esta analogía —aunque no la razone explí­
citamente— el P. Kolbe quiere ser y quiere que todo con­
sagrado sea un instrumento visible de M aría Inmaculada,
que es Madre de la divina gracia, Abogada, Auxiliadora,
Mediadora (cf. LG, n.62).
También la Iglesia, en algún sentido, actúa como instru­
mento o signo de M aría, pues ésta es su figura, como Vir­
gen y Madre, su modelo de todas las virtudes (cf. LG
n.63-65) y su Madre, a la que venera aquélla con afecto de
piedad filial (cf. LG n.53).
Pues bien: lo que el Vaticano II refiere a toda la Iglesia,
el P. Kolbe lo aplica a cada consagrado. Es un instrumento
visible en las manos invisibles de María. Bien es verdad
que su papel se cifra más que nada en no poner obstáculos,
en no estorbar al influjo de la Inmaculada en las almas.
Esta idea se convirtió para él en un axioma, que repite
muchas veces en sus cartas. Una cita entre mil lo com­
prueba: «Oremos para que Ella misma quiera actuar en
nosotros y por nuestro medio, y para que no nos permita
poner obstáculos a sus planes» .

Colaboración activa
Con ser necesaria, no basta esta labor más bien negativa.
El Caballero de la Inmaculada colabora de un modo ac­
tivo y comprometido con su Capitana. Para que mantenga
siempre su espíritu bien templado, Fr. Maximiliano le re­
comienda meditar con frecuencia en la escena de la Anun­
ciación.

28 S K I , p.941.

183
Este acontecimiento resume y hace visible la actitud per­
manente de la Esclava del Señor, escogida por Dios Padre
como instrumento consciente y libre, del que se sirve el
Espíritu Santo, para realizar la encarnación del Hijo.
Que tal fuera la actitud de María —en la Anunciación y
en toda su vida— lo ha proclamado solemnemente el Vati­
cano II siguiendo las huellas de una antiquísima tradición:
«Con razón piensan los Santos Padres que M aría no fue
un instrumento pasivo en las manos de Dios, sino que
cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia
libres» (LG n.56).
M érito del P. Kolbe —como de otros santos devotos de
María— ha sido el haber actualizado y «vivencializado»
esta realidad de fe. No se cansa el Caballero de la Inmacu­
lada de recomendar a sus discípulos que hagan suya la pos­
tura activa de la Esclava del Señor, que se dejen conducir
por Ella.
En una conferencia espiritual les adoctrinaba de este
modo:
«D ios, en sus obras, quiere servirse de instrum entos...
El, que nos ha dado una voluntad libre, quiere que noso­
tros, com o instrum entos suyos, le sirvamos librem ente, en
conform idad de nuestra voluntad con la suya, del mismo
m odo que la Virgen Santísima cuando dijo: “He aquí la
Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
La palabra: “Hágase en m í” debería resonar continua­
mente en nuestros labios, porque entre la voluntad de la
Inmaculada y la nuestra debe existir una arm onía com ­
pleta.
¿Q ué hemos de hacer, p o r tanto?
Dejémonos conducir por María y nada habremos de te­
mer» 29.

Coherencia
Por experiencia sabemos todos que no siempre van ple­
namente de acuerdo las ideas o deseos con la práctica. Nos
conformamos muchas veces con un «querría» más que con
un «hágase» sincero.
El P. M aximiliano, buen conocedor de la psicología hu­
mana, exhortaba a ser coherentes. Y proponía medios sen-

29 VlLLEPELÉE, La Milizia..., p.37.

184
cilios para lograr la conformidad o armonía entre la volun­
tad del consagrado y la de la Madre Inmaculada.
Escribe, desde Japón, a la Comunidad de Niepokalanów
(15-X-1931):
«U na breve jaculatoria, mientras se trabaja, es la m ejor
oración y es m uy práctica, porque nos une constantemente
y de un m odo cada vez más estrecho a la Inmaculada
como un instrumento en la mano de la Maestra.
Y por este medio alcanzamos la ilum inación de la inteli­
gencia (para reconocer su voluntad) y la potenciación de la
voluntad (para cumplirla).
N osotros, en verdad, somos instrumentos, pero no físi­
camente constreñidos com o un pincel en la mano del pin­
tor, sino guiados mediante la razón y la voluntad» 30.

Quien vive en esta actitud, como él la vivió, camina a


pasos agigantados hacia la más plena conformidad, hacia el
santo abandono o entrega de sí a la voluntad de la Inmacu­
lada, e.d., a la voluntad de Dios. Todo temor o angustia
respecto al pasado o futuro desaparece de él, porque se
sabe en buenas manos.

El «santo abandono»

Esta práctica del «santo abandono» no se quedó en una


bella teoría para el P. Kolbe. La propuso como exigencia
del espíritu de la M ilicia: «El alma que forma parte de la
M. I. cesa de preocuparse excesivamente aun de la propia
eternidad. Reconoce que todo lo que no depende de la
propia voluntad viene de la mano de Dios a través de la
Inmaculada» 31.
La vivió en grado heroico en muchos momentos de su
vida, cuando, enfermo y agotado, parecía desmoronarse
todo lo que había proyectado. No perdía la paz. Para
él todo dependía de la voluntad de la Inmaculada, y, por
lo mismo, de la voluntad de Dios.
Y llegó —permítaseme decirlo— a encarnarla visible­
mente entre las alambradas y los barracones inhóspitos de
Auschwitz y , sobre todo, en el bunker del hambre. Pero
en esto no es preciso insistir.

30 SK I, p.632.

185
Obediente como la Esclava del Señor

El santo abandono no debe confundirse con la pasivi­


dad, fatalismo o simple resignación. Menos todavía con el
subjetivismo, individualismo o fantasmagoría.
Para su M ilicia quiso el P. Maximiliano lo que consti­
tuyó su norma de vida y acción: la santa obediencia. Aun
sintiéndose seguro de la llamada de Dios en su fuero in­
terno, siempre se sujetó y sometió a las determinaciones de
sus superiores en el fuero externo.
Con este espíritu quiere que vivan los miembros de su
M ilicia, instrumentos visibles de la Inmaculada.
Quiere que cada uno, en sus empresas apostólicas, actúe
dentro del ámbito de la obediencia: «Por cuanto se refiere
a la M ilicia de la Inmaculada, es claro que nosotros somos
un instrumento en la mano de la Inmaculada; por esto
debemos actuar sólo en cuanto Ella lo desea, y esto se de­
muestra solamente con la obediencia» 32. Son palabras de
una carta a su hermano Fr. Alfonso (8-XII-1920), que
concluye de un modo lapidario: «La obediencia es la vo­
luntad de Dios en todo» (ibid.).
En la espiritualidad kolbiana no cabe ningún género de
subjetivismo, individualismo o iluminismo carismático. Su
inspirador vivió la obediencia —como la Esclava del Se­
ñor— hasta en los mínimos detalles. Todos sus planes res­
pecto a la M ilicia primero y más tarde respecto a Niepo­
kalanów o sus empresas editoriales, los somete a sus supe­
riores. Sabe pedir y razonar sus peticiones; eleva y hace
elevar oraciones para que los acepten... Pero siempre obe­
dece a la Iglesia, a los superiores de la Orden, convencido
de que así obedece a Dios.
No siempre se llevaron a efecto sus proyectos. Recuerde
el lector los avatares de su proyectada Ciudad de la Inma­
culada en la India. No pudo ponerla en marcha porque no
se le concedió el permiso de la Orden. Conservó su paz
porque estaba bien arraigado en la obediencia.
Por lo demás, sus superiores fueron, en general, muy
comprensivos con él. A su total obediencia correspondían
con una plena confianza. De ello son testigos varias de­
cenas de cartas que escribió el P. Kolbe, como superior de

31 SK III, p.777.
32 S K I , p.103.

186
Niepokalanów o de la Mugenzai no Sono, a los padres
provinciales, P. C zupryk o P. Kubit. Leyéndolas, se apre­
cia su profundo espíritu de obediencia, plenamente sumisa,
pero a la vez consciente y responsable.
En la obediencia cifró siempre la realización del ideal de
la M ilicia y de Niepokalanów. Lo explicó y dejó como
consigna a su sucesor durante varios años, el P. Florián
Koziura (29-IV-1931):
«Ser un instrum ento el más perfecto posible en sus
manos inmaculadas, esto es, dejarse conducir totalmente
p o r Ella en el modo más perfecto, e.d., la obediencia más
perfecta posible, a través de la cual Ella manifiesta su v o ­
luntad y nos guía como instrum entos suyos» 33.
Que el lector perdone lo que puede parecer reiteración
excesiva del mismo tema. Pero que —simultáneamente— no
olvide que los santos han llegado a serlo por su entrega a la
voluntad de Dios, lo que quiere decir por la obediencia.

5. OBJETIVO O FIN ALID AD DE LA M ILICIA DE LA


IN M A C U LA D A

Ya anteriormente hemos expuesto las circunstancias his­


tóricas en que surgió la M ilicia de la Inmaculada. A ese ca­
pítulo nos remitimos.
¿Qué podía pretender un fraile de veintitrés años, toda­
vía no sacerdote, con una «M ilicia»?
La respuesta es fácil, porque se conserva la pequeña hoja
en la que ese fraile escribió de su puño y letra el objetivo
o finalidad. Lo hizo en lengua latina:
«I. Finis: Q uaerere conversionem peccatorum , haereti-
corum , schismaticorum, etc., et praesertim m assonorum , et
sanctificationem om nium sub patrocinio et mediante
B.M .V. Inmaculata» 34.

Esta es su traducción:
«Procurar la conversión de los pecadores, de los herejes,
de los cismáticos, etc., y en particular de los masones, y la
santificación de todos, bajo el patrocinio y po r la media­
ción de la B.V .M .» 35.

33 SK I, p.541.
34 S K I , p.38.
35 S K I , p.36.

18 7
Este objetivo, percibido con claridad desde su juventud,
lo mantuvo inmutable a lo largo de su vida, adaptándolo a
las circunstancias de tiempos y lugares.
Veinte años más tarde vuelve sobre el tema en un ar­
tículo, publicado en el Rycerz (dic. 1937). Transcribe a la
letra las palabras de la hojita de 1917, y hace este comenta­
rio:
«En estas pocas palabras están contenidas las necesi­
dades de vida espiritual de quienes tienen una actitud hos­
til en sus relaciones con C risto, y además se presenta la
exigencia de una actividad apostólica entre los hombres
que se han alejado de Dios cometiendo pecados graves.
La Milicia de la Inmaculada no se limita sólo a este sec­
to r de actividad. Intenta aún más la educación del hom bre,
hasta hacerle alcanzar la plena realización de sí mismo y
de sus posibilidades morales. La M. I. apunta, de hecho, al
objetivo de que todos lleguen a ser santos...
Estrictamente hablando, el fin de la M. I. es el fin u ob­
jetivo de la misma Inmaculada. Ella, en efecto, en cuanto
Guía, desea extender a la humanidad entera los frutos de
la redención obrada po r su H ijo, y hace todo lo posible
po r ganar para C risto a los herejes, cismáticos, masones,
hebreos, etc.» 36.

6. LOS MEDIOS DE REALIZACIO N Y EXPAN SION

Conocemos el objetivo de la M ilicia. No es difícil adivi­


nar los medios para alcanzarlo.
Para el P. M aximiliano, en Niepokalanów se realizaba el
ideal de la M ilicia de la Inmaculada. Idéntico era el fin;
idénticos, por fuerza, habían de ser los medios. Visitemos
en espíritu la Ciudad de la Inmaculada.

Los medios evangélicos

No cuenta en aquel singular taller el poder económico,


político o cultural. Cuentan, ante todo, los medios evan­
gélicos: la oración, la penitencia. Algo tan viejo y tan
nuevo como el Evangelio y la Iglesia. Convertir a los pe­
cadores, santificarse..., ¿cómo podría conseguirse sin ora-

36 S K III, p.490.

188
ción y penitencia? Estos son los «poderes» del hombre
para influir sobre Dios, único Salvador y Santificador.

«La oración hace renacer el mundo»


El P. Kolbe, como todos los que han llegado a ser
santos, lo sabía y experimentaba. Se le imponía con evi­
dencia incontestable.
Selecciono al azar un par de citas sobre la fuerza de la
oración.
Desde el Japón escribe, en 1931, a un fraile de Asís:
«La oración es un elemento principal en el trabajo para
la conversión de las almas, porque la conversión es una
gracia que es preciso alcanzar po r la plegaria» 37.

La segunda cita procede de una carta, escrita esta vez en


Niepokalanów, en 1940 y dirigida a los frailes del Japón.
Conocemos las circunstancias dolorosas en que se encon­
traba el P. Kolbe y su Ciudad. Sus palabras cobran por
ello especial resonancia:
«La oración — escribe— es un medio desconocido y, sin
embargo, el más eficaz para restablecer la paz en las almas,
para darles felicidad, porque sirve para acercarlas al amor
de Dios.
La oración hace renacer el mundo.
La oración es la condición indispensable para la regene­
ración y la vida de cada alma. Por medio de ella, Santa Te-
resita ha llegado a ser, sin abandonar los m uros del con­
vento, la Patrona de todas las misiones, y no de título so­
lamente, como la experiencia demuestra» 38.

Casi diez años median entre ambas cartas. En una y en


otra alienta la misma convicción y la misma experiencia.
Sí. ¿Qué hubiera sido de sus empresas quijotescas, en
Polonia y en Japón, sin la fuerza de la oración? ¿Cómo
hubiera podido soportar el «infierno» de Auschwitz sin
este oxígeno de la oración?
La oración hace renacer el mundo. Y se comprende.
Porque en la oración y por la oración el hombre se apro­
pia de la fuerza de Dios. Seguro de esta fuerza, exhorta el
P. Maximiliano a sus amigos:

37 SK I, p.636.
38 SK II, p.539.

189
«O rem os también nosotros, orem os mucho, ya con los
labios, ya con el pensamiento, y experimentaremos en nos­
otros mismos cóm o la Inmaculada tom ará cada vez una
m ayor posesión de nuestra alma...» 31.

En Niepokalanów, el saludo habitual de sus «ciuda­


danos» era éste: «M aría». El siempre lo empleaba. Y con
él en sus labios acogió la noticia de la llegada de las SS, el
17 de febrero de 1941, para detenerle. Este solo nombre,
casi una jaculatoria, resumía su vida de oración.

El sufrimiento como trabajo efectivo


Y con la oración, la penitencia. Todos los mensajes de la
Señora Inmaculada —Lourdes, la Salette, Fátima...— insis­
ten en este binomio de salvación.
La penitencia presenta diversos perfiles. Uno, al que na­
die escapa es el sufrimiento. Lo experimentó en su propia
carne el fundador de la M ilicia: en Roma, en los primeros
años de Cracovia (tanto en el plano físico como en el mo­
ral), en el Japón..., por no hablar de la etapa final, la del
sufrimiento como comida y bebida.
A quienes siguen su camino exhorta: «Sepamos sacar
provecho de todo para ejercitar nuestra alma en la pacien­
cia, en la humildad, en la obediencia, en la pobreza y en
las otras virtudes de la vida religiosa, y las cruces no serán
ya tan pesadas» 40. Obrando de este modo, la cruz se con­
vierte en escuela de amor, porque todo sufrimiento físico
o moral nos une a Cristo y a su Madre Inmaculada.
Todos, o casi todos, fiamos con frecuencia el éxito* de
nuestras empresas al trabajo y esfuerzo personal. Tal vez
valoremos mucho menos el trabajo del sufrimiento. Kolbe
veía las cosas desde otra perspectiva. A sus frailes de N ie­
pokalanów les explica: «La Inmaculada desea no sólo que
trabajemos, sino también que suframos por Ella. Hay un
inmenso campo de trabajo a través del sufrimiento» 41.
El personalmente trabajó con el sufrimiento en un
campo no sólo de sufrimientos, sino de desprecio y humi­
llación del hombre, en un campo de odio y de muerte.
En el bunker del hambre, singularmente, comprobó la

39 Ibid., p.540.
40 SK II, p.568.
41 SK II.

190
fuerza del sufrimiento por amor. Los himnos y plegarias a
la Virgen, que él iniciaba, se difundían por los corredores
de aquel lugar tenebroso. El .sufrimiento se convertía en el
medio más eficaz de apostolado.

Los medios humanos

Apostolado de la palabra impresa y radiada


Maximiliano Kolbe es un apóstol del siglo XX. Niepoka­
lanów, convento-complejo editorial-seminario, constituye
la prueba más evidente de su intuición y sentido de adap­
tación a la realidad.
Apoyándose siempre en la roca firme de la oración y
penitencia, promovió el uso de todos los medios e instru­
mentos, aun los más modernos, para su acción apostólica.
De manera incontestable lo atestiguan las revistas, El Pe­
queño Diario, las otras publicaciones que salían de Niepo­
kalanów. Huelga toda insistencia sobre el tema.
Con toda seguridad se hubiera servido de los modernos
medios audiovisuales, cine y televisión, si la guerra y la
muerte no se hubieran interpuesto en su camino. Quiso
servirse de la radio, y en parte lo logró. El 8 de diciembre
de 1938 inauguraba una estación de radio en su Ciudad
mariana. Corta fue su vida, porque el permiso definitivo le
fue denegado. Había que esperar a tiempos mejores, que
ya no pudo ver él.
Con la vista puesta siempre en su ideal de «conquistar
todo el mundo para la Inmaculada», nada le arredraba. A
su amigo el P. Koziura le comunica, ya en 1931 y desde el
Japón, los proyectos que bullían en su alma emprende­
dora:
«En toda nación — le escribe el 2 -X II-19 3 1— debería
surgir una N iepokalanów , en la cual, y a través de la cual,
la Inmaculada debe actuar con todos los medios, incluidos
los más modernos; porque los inventos deberían servir p ri­
mero a Ella, y luego para el com ercio, la industria, los de­
portes, etc.
Por ello, la prensa y — ¿por qué no?— las transmisiones
de radio, los filmes y en general todo lo que en cualquier
tiem po se pueda descubrir para ilum inar las mentes e infla­
mar los corazones» 42.

42 SK I, p.652.

191
¿Sueños utópicos? ¿Veleidades de un momento de fer­
vor?
Bien poco conocería al P. Maximiliano quien así pen­
sara.
Todo en su vida obedece a un plan, a una vocación, y se
lleva a cabo desde profundas y firmes motivaciones. En la
carta antes citada explica el porqué de estos medios y el
espíritu que debe guiar su uso:
«Todo esto constituye un verdadero apostolado de la pa­
labra escrita, adecuado a los diversos grupos, estados y
condiciones sociales. Pero la característica que debe im ­
pregnar todo esto es: «a través de la Inmaculada»; mien­
tras que el fin es la conquista del m undo entero y de cada
alma en particular para la Inmaculada y, a través de Ella,
para el Sagrado C orazón de Jesús» 43.

Otros sueños y proyectos


Todavía iba más lejos en sus sueños, en gran parte reali­
zados, en un escrito anterior, de 1928, a Fr. Ottone Capu-
to, sobre la M ilicia de la Inm aculada; en prim er lugar,
los medios básicos para su expansión: la consagración, me­
dalla milagrosa, jaculatorias... Y prosigue:
«Además, todos los medios legítimos: prensa periódica
y no periódica, radio, literatura, arte, teatro, cine, legisla­
ción, las cámaras de diputados y senadores, organizaciones
diversas, las cuales tendrían como objetivo destruir las o r­
ganizaciones perversas y cuidar el desarrollo integral de los
dones del buen Dios, de alma y cuerpo, dados a cada
hom bre, conform e a las leyes de D ios...
Y así ayudar a todos, en todas las clases sociales, en
todas las condiciones y circunstancias, desde la cuna hasta
la tumba» 44.

Reflexionemos un poco. Estas frases, tan valientes y tan


llenas de iniciativas, se escriben en una época de un catoli­
cismo más bien cerrado. Justamente merece por ellas ser
saludado su autor como un precursor del Vaticano II, que
alienta y estimula la promoción y difusión de la prensa ca­
tólica y de otros medios de comunicación social (cf. Decr.
Inter mirifica n.14).
No fue, ciertamente, el único pionero en este sector.

43 Ibid., p.653.
44 SK I, p.329s.

192
Por la misma época difundía en España ideas y proyectos
similares otro precursor, D. Angel Herrera Oria. Con ta­
lante y matices diversos, a ambos les guiaba el mismo espí­
ritu. No consiguieron todos sus objetivos, pero abrieron
un cauce que otros siguieron y ensancharon.
Llegará un día —me atrevo a opinar— en que M aximi­
liano Kolbe será declarado Patrono celestial de cuantos
trabajan en la prensa y otros medios de comunicación. No
creo que San Francisco de Sales —actual Patrono— lo
lleve a mal.
V EL HOMBRE Y EL SANTO

Un testigo de C risto, no un simple héroe

A primera vista puede parecer superfluo este capítulo,


dedicado ex professo al estudio de la personalidad humana
y sobrenatural del P. Maximiliano Kolbe.
¿No ha quedado acaso dibujada ya su singular figura en
la narración de su vida y de su muerte? ¿Qué mejor des­
cripción de sus cualidades y valores personales que la que
se transparenta en las abundantes citas de sus escritos, par­
ticularmente de sus cartas?
Así es, en efecto. No obstante, una visión sintética y
más sistemática de los rasgos de su personalidad, aquí y
allá aludidos, nos permitirá conocer mejor el interior del
hombre y del santo. A la admiración, por la heroicidad de
su vida y de su muerte, se unirá el deseo de imitación de
sus virtudes humanas y cristianas.
Bajo ningún concepto podemos quedarnos con una ima­
gen del P. Kolbe al estilo de un simple héroe, y menos to­
davía con la de un héroe antinazi, como interesadamente
algunos querrían.
Nosotros le veneramos como santo, imitable en tantos
aspectos de su generosa entrega, y como un testigo de
Cristo y de la presencia de Dios en nuestro difícil siglo.
«Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo
—enseña el Vaticano II—, nuevos motivos nos impulsan a
buscar la ciudad futura y al mismo tiempo aprendemos el
camino más seguro por el que, entre las vicisitudes mun­
danas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o
santidad, según el estado y condición de cada uno. En la
vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se
transforman con mayor perfección en imagen de Cristo,
Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su
rostro» (LG n.50).
Maximiliano Kolbe fue un hombre como nosotros. Ele­
mental resulta afirmarlo. Lo que ahora pretendemos es
195
considerar sus valores humanos, sobre los que fue cons­
truyendo el edificio de una santidad heroica.
Un conocido axioma teológico afirma que la gracia no
destruye la naturaleza, sino que la supone, perfecciona y
eleva. En Maximiliano, la gracia encontró una naturaleza,
muy frágil en algunos aspectos, pero muy bien dispuesta.
Se cumplió en él lo que San Pablo afirma en general: «Eli­
gió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los
fuertes» (1 Cor 1,27).
Este hombre elegido siempre fue consciente de que la
santidad es obra de Dios. Al hombre sólo le corresponde
no poner obstáculos a esta acción divina. En muchas de
sus cartas termina pidiendo oraciones, a fin de que no es­
torbe a la Inmaculada. Se siente su instrumento —un ins­
trumento ciertamente muy imperfecto— y se abandona a
su influjo.
¿Cómo era este instrumento? ¿En qué bases naturales de
su personalidad se apoya la gracia? ¿A qué cumbres de
santidad le elevó?

1. «MENS SAN A»... EN UN CUERPO ENFERMIZO

No se cumple en nuestro Santo el adagio latino «Mens


sana in corpore sano». En diversas ocasiones nos hemos
referido a su quebradiza salud. Si volvemos a mencionar
esta grave y permanente limitación es para que, por con­
traste, resplandezca más su equilibrio humano y su ardo­
rosa entrega apostólica.
De niño no parece se distinguiera de los demás. Por na­
turaleza recibió un temperamento fogoso, y hasta obsti­
nado. Su madre, conocedora de sus virtudes y defectos,
describe así al pequeño Raimundo:
«Era un chico m uy vivo, avispado y un tantico desen­
vuelto. Pero, entre mis tres hijos, para nosotros los padres
era el más obediente...
Se distinguía de sus otros hermanos hasta en la form a de
. recibir el castigo por alguna ligera trapacería. Cogía por sí
mismo el bastón del castigo y, sin titubear, se postraba so­
bre el banco, y luego, recibido el castigo, nos daba las gra­
cias a los padres, e im perturbable devolvía el bastón a su
sitio» ’ .

1 Ríe., p .lis .

196
Su padre le acostumbró, como a los otros hermanos, a
una vida dura. Al caer las primeras nieves les hacía correr
por el jardín, con los pies descalzos, para hacerles resis­
tentes al frío. Respecto a Raimundo, no parece que resul­
tara acertada esta actuación. Su débil constitución, tal vez
congénita, se manifestó bien pronto en su etapa de estu­
diante en Cracovia y, todavía más, en Roma.
Durante su larga estancia en la Ciudad Eterna padeció
frecuentes y prolongadas jaquecas, que le causaban serias
dificultades para el estudio. En el invierno se le agrietaban
las manos a causa de los sabañones y le salían manchas
violáceas en el rostro, debidas bien a una mala circulación
de la sangre, bien a un defecto cardíaco.
Sufría frecuentes hemoptisis, de alguna de las cuales
contamos con un relato personal del mismo paciente:
«Durante un partido de fútbol — cuenta él mismo en un
escrito sobre los orígenes de la Milicia Inmaculada— co­
menzó a venirm e sangre a la boca. Me retiré y me eché so­
bre la hierba. Se ocupó de mí Fr. G irolam o Biasi, de santa
memoria. D urante un tiem po escupí sangre. Enseguida fui
a visitar un médico. Me mandó volver en coche al colegio
y meterme en cama. Las medicinas cortaban con dificultad
las hemorragias» 2.

Esto ocurría en 1917, durante las vacaciones veraniegas.


Mejoró, pero volvió a recaer más de una vez los meses si­
guientes: «En cuanto a mí, el estado de mis pulmones
sufrió un empeoramiento: cuando tosía, escupía sangre...»
(ibid.).
Desde entonces vivió bajo la amenaza de esta enferme­
dad del pecho. Hubo de ser internado en diversas oca­
siones en el sanatorio de Zakopane y en otros centros cu­
rativos. Pero de ello se trató ampliamente en su correspon­
diente lugar.
La enfermedad le acompañaba adondequiera que fuese.
En el Japón empeoró m uy seriamente, especialmente entre
1935 y 1936, a causa del clima cálido y húmedo de aquel
país. Este fue un importante motivo para que sus supe­
riores le llamaran a Polonia.
En los últimos años de su vida —los de la máxima ex­
pansión de Niepokalanów— prácticamente sólo le funcio­
naba un pulmón, y no del todo bien.
2 SK III, p.67Q.

197
Habría que decir que el P. M aximiliano ejerció, en
cierto modo, la «profesión» de enfermo, con todos los
sufrimientos que lleva consigo. Y no se piense únicamente
en el dolor físico. Toda enfermedad, en especial si es pro­
longada, acarrea hondos sufrimientos morales para el pa­
ciente: visitas médicas frecuentes, reposos forzosos, incer-
tidumbres sobre su curso, largas convalecencias, conviven­
cia en salas comunes con otros enfermos de talante tan
distinto...
De todos estos sufrimientos tuvo amplia experiencia
nuestro Santo. Se ha escrito —y con razón— que su filial
abandono en los brazos maternales de la Inmaculada le
ayudó no sólo moral, sino también físicamente. Lo cual no
suprimía su agudo sufrimiento moral, al verse imposibili­
tado para la acción, él que anhelaba conquistar el mundo
entero para la Inmaculada.
Otro, en su lugar, se habría acobardado o tal vez con­
formado con cuidar su salud y tener paciencia. El, no. Dé­
bil de cuerpo y de salud, sobresalió por la fortaleza de su
espíritu y su vigor sobrenatural.
Su biógrafo Piacentini sintetiza acertadamente esta pecu­
liar situación del P. M aximiliano: «Tuvo un espíritu ar­
diente en un cuerpo averiado. Tal fue su lento, insistente
martirio, y, a la vez, la prueba de su magnanimidad e ili­
mitada confianza en Dios y en la Inmaculada» 3.
Si con San Pablo pudo decir que «Dios eligió la flaqueza
del mundo para confundir a los fuertes» (1 Cor 1,27),
igualmente pudo aplicarse aquellas otras palabras del
Apóstol: «Mas por la gracia de Dios soy lo que soy, y la
gracia que me confirió no resultó vana» (1 Cor 15,10).
Efectivamente, esta gracia, en perfecto sinergismo con su
ardiente espíritu, en un cuerpo averiado, consiguió frutos
abundantes de santidad y apostolado.

2. F ISO N O M IA P S IQ U IC A Y M E N T A L DEL P. K O L B E

Existe un peligro cuando se ensalza a los héroes o a los


santos: el de caer en la mitificación o en la idealización.
«Héroe de Auschwitz» y «M ártir de la caridad» lla­
mamos a Maximiliano Kolbe. Y con razón.

3 P i a c e n t i n i , A l di lá..., p.77.

198
I
Al hacerlo así, no olvidamos que nos encontramos ante
un hombre que sólo gradualmente llegó a cimas de huma­
nidad y santidad poco comunes. No fue un hombre per­
fecto, porque sólo el Hombre-Dios merece este califica­
tivo.
Pero sí fue todo un hombre, rico en valores humanos,
psicológica y moralmente equilibrado, excelentemente do­
tado en el orden intelectual, consciente también de sus
propias limitaciones.

Limitaciones humanas

Sobra cualquier reiteración sobre la limitación, que pro­


venía de su débil constitución física y sus frecuentes enfer­
medades. Tanto más es de admirar su victoria sobre la
misma y su equilibrio moral a pesar de ella.
Consta documentalmente que sufrió el tormento de los
escrúpulos. Esta enfermedad del espíritu puede deberse al
temperamento o carácter de la persona, pero también a
una verdadera prueba interior, cuya superación purifica y
afianza la entrega a Dios de quien la sufre.
Fr. Maximiliano pasó por esta prueba ya desde el novi­
ciado, y la superó completamente en su período de estu­
dios en Roma. Lo atestigua su compañero de noviciado y
más tarde colaborador y superior provincial, P. Cornelio
C zupryk: «Por su modo de comportarse nos dimos cuenta
de que P. Maximiliano sufría de escrúpulos, de lo cual
pronto hubo constancia. Fue curado después solamente
por el confesor en el período de sus estudios en Roma. El
mismo me lo mencionó en Japón» 4.
Esta prueba le curtió espiritualmente. Más tarde, como
confesor, tenía un especial tacto y comprensión para curar
a otras personas afectadas de lo que él había padecido.
Era consciente de sus límites en todos los órdenes.
Mantuvo durante toda su vida comunicación epistolar
con el que fue su director espiritual, P. Luigi Bondini.
Sentía la necesidad de ser dirigido o guiado en su espíritu,
deseoso de conocer la voluntad divina en el fuero interno.
De las cartas que le escribió el P. Bondini hasta su muerte

4 PlAC., p.81.

199
en 1936, el P. Maximiliano extracta frases, consejos, reco­
gidos en sus cuadernos espirituales.
Con la misma confianza y sumisión acudía a los supe­
riores del fuero externo. Sólo obtenido su consentimiento
actuaba. Nos hemos referido a ello más de una vez en
estas páginas.
Esta conciencia de sus límites —signo de auténtica hu­
mildad— le llevaba a buscar la colaboración de los demás,
a perfeccionarse a sí mismo y los métodos de trabajo, a
aprender lo bueno de los demás. Con la m ayor sencillez
pregunta a su superior, desde Japón: «¿Debo limitarme a
la causa de la M ilicia de la Inmaculada sólo en Japón y a
responder únicamente a las cuestiones que se me hacen de
todas partes, o bien ocuparme de la causa de la M ilicia en
todo el mundo? Me percato de que nunca podré ocuparme
de todo esto, pero frente a la expansión del ateísmo siento
la comezón en mis manos 5».

Noble idealismo

Le tacharon más de una vez de idealista y soñador.


Y lo fue efectivamente, en el sentido más noble de la pa­
labra. Su idealismo tenía mucho que ver con su condición
de polaco. Su fe y su amor a la Inmaculada ensancharon,
más allá de toda frontera, sus sueños y objetivos.
Por lo demás, su idealismo nada tenía de utópico. Es­
taba bien asentado en la realidad, pero no confundía ésta
con la costumbre o la rutina. En muchos aspectos se anti­
cipó a su tiempo. Fue un verdadero vanguardista en mé­
todos de apostolado, adornado con excepcionales dotes de
organizador, como en seguida expondremos.

Tenacidad y dominio de sí

Cuando se repasan sus cartas, queda uno gratamente im­


presionado sobre su equilibrio interior.
En el plano psicológico no descubrimos en él a un exal­
tado, sino a un hombre idealista y realista a la vez, dulce y
fuerte, tenaz y decidido.
Su tenacidad llegó a ser proverbial. Tanto que algunos la

5 SK II.

200
confundían con testarudez. Equivocadamente, por cierto.
Un hombre idealista y emprendedor, como lo era el P.
Maximiliano, no podía descansar hasta ver realizados sus
planes.
Su insistencia, y hasta machaconería, en proponer sus
iniciativas —junto con el modo de hacerlo, suave y tran­
quilo— le valió el apelativo, por parte de algunos, de
«santa mermelada».
Conocía este apelativo y otras críticas que se le hacían,
sin que por ello se angustiara o perdiera su paz interior.
Con el paso de los años y el esfuerzo virtuoso llegó a un
dominio casi total de sí mismo. Su compañero y sucesor,
P. Koziura, atestigua:
«N o he notado jamás que se pusiera nervioso al despa­
char los diversos asuntos y en el trato con la gente, bien
que por naturaleza fuese im petuoso. A l contrario, estaba
siempre con un talante apacible y afable. En su trato con
los demás era sereno y natural» 6.

Una anécdota, ocurrida durante su primera deportación


en los meses de septiembre-diciembre de 1939, exhala el
aroma de una florecilla franciscana. La cuenta Fr. Cipriano
Grodzki:
«Cuando nos encontrábamos en un campo de concen­
tración no lejos de Berlín, en núm ero de más de diez mil,
uno de los prisioneros, de baja condición, com enzó a lan­
zar imprecaciones y maldiciones contra su propia madre.
P. Maximiliano, con un enojo desacostumbrado en él y
con fuerte voz, protestó con energía, pateando el suelo y
repitiendo unas ocho veces: «N o es lícito ofender a la ma­
dre». Y Fr. Jerónim o, al confirm arnos tal episodio, añadía
que inmediatamente después P. M aximiliano le preguntó
humildemente: He exagerádo un poco, ¿no es verdad?; y
el Hermano respondió: “P. Maximiliano, tal vez un poco,
si...”» 7.

Este hecho prueba, por un lado, su carácter enérgico, y


por otro, su humildad y dulzura. El calificativo de «santa
mermelada» reflejaba, todo lo más, un aspecto de su equi­
librada personalidad.

6 P i a c ., p .9 2 .
7 Ibid., p.93.
Sonrisa habitual y alegría

Se hacen lenguas los testigos —y biógrafos— de su son­


risa habitual, de su cortesía de modales, de su mirada
dulce y escrutadora.
En bastantes fotografías se le ve serio. La poblada barba,
que durante algunos años caracterizó su porte exterior, au­
mentaba el tono de seriedad, ya que no de hosquedad. No
faltan, sin embargo, retratos al natural en los que se le pre­
senta, si bien barbado, cón el rostro alegre y sonriente.
En sus frailes, tanto hermanos como estudiantes, fomen­
taba un clima de alegría y expansión. Y más de una vez
participó en sus juegos y excursiones por los bosques cer­
canos. H izo construir campos de deporte en N iepokala­
nów para juegos de balón, pelota, etc. Y permitía otros
como el billar, dominó..., pero no los de naipes.
Sus cartas rezuman alegría y buen humor, sin que falte a
veces alguna suave ironía. Traslucen su actitud interior
abierta a los hombres, lejos de la melancolía o taciturni­
dad.

Notable capacidad intelectual

No siempre van acordes la capacidad intelectual y la


energía de voluntad. En el P. Maximiliano confluían en
perfecto maridaje y le ayudaban en sus audaces empresas.
Por sus excelentes dotes intelectuales fue destinado a
Roma. Los dos doctorados alcanzados, sus años de profe­
sor en Polonia y Japón, sus breves pero densos escritos...
patentizan su gran capacidad intelectual y su notable cono­
cimiento de las ciencias filosóficas y teológicas.
Si hubiera seguido sus inclinaciones naturales, sin duda
se habría especializado en el campo de las matemáticas y
ciencias físico-naturales. Dio signos claros de su idoneidad
para estas ciencias, ya desde la niñez. Se conservan es­
bozos de algunos inventos o proyectos, hechos por él, so­
bre el telégrafo, un etereoplano y otros aparatos, así como
escritos sobre cuestiones relacionadas con la matemática.
La edición de sus Escritos recoge algunos de estos esbozos,
con sus correspondientes gráficos y descripciones 8.

8 Cf. SK III, p.893-920.

202
El curso de su vida siguió otros derroteros. Sus «in­
ventos» quedaron en simple proyecto. Sin embargo, su ta­
lento inventivo se muestra eficazmente en la planificación
y puesta en marcha del complejo editorial de Niepokala­
nów.
Se mueve como pez en el agua en el ambiente de las má­
quinas, de las linotipias, de las rotativas... Llegó a ser un
verdadero técnico en este campo de las artes gráficas y de
la prensa.
Otro signo de su capacidad y operatividad fue su amplio
conocimiento de diversos idiomas. Además de la lengua
materna, el polaco, hablaba con gran soltura el italiano,
bastante bien el alemán, bien el francés, bastante el ruso y
discretamente el japonés. Dominaba bien y escribía con
corrección en latín.
Gracias a esta «glosolalia», adquirida con el estudio, en­
sanchó sus horizontes y pudo acercarse con naturalidad a
hombres y culturas distintas de la suya. Con ello ganó
también en equilibrio y grandeza de miras.

Generosidad y m agnanim idad

«Sólo el Amor es creador». Esta frase del P. Kolbe en


un campo de exterminio es el leit-motiv de su vida. A qué
extremos de entrega le condujo, lo sabemos bien. Ahora
nos fijamos en manifestaciones de la vida ordinaria, que
revelan su generosidad y magnanimidad.
A sus religiosos mandó que «no despidieran a ningún
necesitado sin que se le hubiese atendido. Los Hermanos
porteros tenían un permiso general de dar ayuda en dinero
y alimento y, en caso de necesidad, podían incluso dispo­
ner de ropa de los almacenes del convento» 9.
Ayudaba y mandaba ayudar a las poblaciones agrícolas,
vecinas de Niepokalanów, con los medios técnicos de que
disponían los frailes.
Especial relieve tuvo su acogida —en el difícil año
1940— de los prófugos, expulsados y perseguidos por las
autoridades nazis, entre los que se encontraban muchos ju­
díos. En su lugar aportamos datos y testimonios de lo que
significó esta ayuda.

9 PlA C., p .93.


Compañeros del P. Kolbe, en el campo de Auschwitz,
recuerdan su magnanimidad en las cosas pequeñas. No se
conformaba sólo con pláticas y consejos de orden espiri­
tual. Daba cuanto tenía.
De su mísera ración de pan cedía una parte a los más
débiles y daba preferencia a los enfermos, en cuanto de él
dependía, para que se pudiesen recuperar en la enfermería.
Ayudaba a escribir cartas en alemán —única lengua autori­
zada para la correspondencia— a muchos compañeros des­
conocedores de aquel idioma.
Por sus desvelos con unos y con otros, en el orden espi­
ritual y en el material, le llamaban en el campo «nuestro
pequeño Padre». Y con este título fue siempre respetado y
amado en Niepokalanów.

A m or de Padre

En su Ciudad de la Inmaculada todos sintieron su cerca­


nía y amor paternal. Pero sus predilectos eran los en­
fermos, no escasos en aquel complejo humano.
Padre fue para todos y padre quiso ser, especialmente en
los meses finales de su existencia. La ocupación alemana
había dispersado la gran familia de Niepokalanów. Regre­
sado él de su primera deportación —recuérdese la fecha, el
8 de diciembre de 1939—, centra sus esfuerzos en recom­
poner su pequeño rebaño.
Durante varios meses escribe una serie de cartas circu­
lares a los ausentes. Transmite noticias. Exhorta a la perse­
verancia en la vocación. Y acoge como padre bueno a los
que van regresando.
Su amor y entrega cobran dimensiones casi sublimes en
las llamadas «Veladas marianas» de las últimas semanas,
antes de su detención definitiva. A cuanto está escrito en
su lugar, sobre este período de la vida del P. Kolbe, aña­
dimos un testimonio conmovedor de uno de los testigos.
Pertenece al año 1937. Lo hemos recogido casi completo
anteriormente. De él seleccionamos estas frases:
«Q ueridos hijos, ahora estoy con vosotros. V osotros me
amáis y yo os amo. Y o m oriré y vosotros permaneceréis...
Me llamáis Padre Guardián y io soy. Me llamáis Padre D i­
rector y decís bien, porque tal soy en el convento y en la
editorial.

204
Mas ¿qué soy todavía? Soy vuestro padre. Padre más
verdadero que vuestro padre carnal, que os dio la vida
tem poral... Habéis seguramente observado que y o os ha­
blo siempre de “tú ”, y esto po r la razón de que el Padre
dice siempre “tú ” a los hijos» 10.

¿Qué podríamos añadir nosotros a esta expansión pater­


nal?
Nos parece, en todo caso, que resume del mejor modo
posible lo que fue su fisonomía psíquica y mental y su
personalidad, tan rica en humanismo.

3. ESPIRITU DE T R AB AJO Y DE IN ICIATIVA

Un trabajador nato

No exageramos al escribir este epígrafe. Ni nos fijamos,


ante todo, en las obras que realizó. Más importante era el
espíritu de trabajo que las ponía en marcha.
Maximiliano Kolbe procede de una familia de trabaja­
dores textiles. Desde niño colabora en las tareas de sus pa­
dres y en las de la casa. Joven estudiante, se dedica con in­
tensidad a su nuevo trabajo, no menos duro, del estudio.
Lo corona con la doble láurea y planea su futura actividad
apostólica.
Sacerdote novel, inicia —enfermo y todo— una tarea
obligada, la de profesor y confesor. Pero emprende a la
vez otras, siempre con la aprobación de sus superiores,
que su celo le suscita. La expansión de la M ilicia de la In­
maculada, el lanzamiento de «El Caballero de la Inmacu­
lada», con todas las vicisitudes anejas, su crecimiento im ­
parable..., van gastando su débil salud.
Más tarde será Niepokalanów, la de Polonia y la de Ja ­
pón. Repase el lector cuanto se escribió en su lugar propio
sobre aquella singular ciudad-convento-editorial... Y habrá
de concluir que este hombre merece con toda justicia el
calificativo de «trabajador nato».
Trabajaba continuamente y nunca le faltaba quehacer.
En sus cartas son frecuentes expresiones como éstas: «Ter­
mino porque tengo tantísimo trabajo»; «trabajo hasta la
coronilla»; «termino porque me espera una montaña de

10 R íe., p.282; PlAC., p.96.

205
cartas»; «temino porque tengo mucho, mucho que hacer»;
«dentro de dieciocho minutos será medianoche, por esto
termino» (en carta a su madre)...
No exageraba al escribir de este modo. Tampoco se tra­
taba de excusas con que cubrir negligencias o pereza. Le
urgía la conciencia de aprovechar el tiempo, que es tan
breve. A su madre, desde Japón, le escribe (6-IV-1932):
«...Termino para no sustraer tiempo a los paganos. Te
pido una oración, a fin de que yo no ponga obstáculos a la
Inmaculada» n .
No era, pues, el activismo lo que le impulsaba al tra­
bajo. Había de mantener un combate singular diario con­
tra las resistencias de su debilitado organismo. Por eso,
cuando el cansancio o la enfermedad le impedían el trabajo
activo, ofrecía a Dios el trabajo del sufrimiento.

Dotes de organizador

M ás adelante hablarem os de su trab ajo específicam ente


sacerdotal.
Fue, sin duda, fundam ental, pero no exclusivo. Todas
sus obras llevan la m arca del sacerdote y del apóstol, que
sabe lo que quiere y adonde va.
Su trabajo es, en gran parte, el de un intelectual y el de
un dirigente. Esta faceta no le im pedía apreciar el trabajo
manual y ejercitarlo de hecho. Tenía cualidades y afición
p o r la m ecán ica, y m ás de u n a v e z la m a n ife stó a r r e ­
glando alguna m áquina estropeada.
Trabajaba mucho y hacía trabajar a los Hermanos. Y no
consideraba que este trabajo desdijera de su condición reli­
giosa.
A este p ro p ó sito no puede dejarse en el tin tero una
anécdota m u y expresiva. La recogem os de su principal
b iógrafo, P. R icciardi.
Visitaba el departamento de «tipografía», de N iepokala­
nów, un cierto Monseñor polaco. Al contemplar la impo­
nente rotativa, que había costado varios millones, preguntó
irónicamente al P. M aximiliano:
«Si viviese ahora, ¿qué diría San Francisco vien d o estas
costosísim as m áquinas?»

11 S K I , p.740.

206
A lo que el P. M aximiliano, tranquilamente, y como de
rebote, respondió: «Se arremangaría las mangas de su há­
bito, haría andar a toda velocidad las máquinas, trabajaría
como trabajan estos buenos hermanos de manera tan mo­
derna para difundir la gloria de Dios y de la Inmacu­
lada» .
La anécdota no revela solamente el ingenio del P.
Kolbe. Refleja sus ideas sobre el trabajo moderno y su
sentido de la organización de dicho trabajo.
Todos sus biógrafos se hacen lenguas de sus singulares
dotes de organizador. Para confirmarlo están la M ilicia de
la Inmaculada y Niepokalanów. En sus lugares respectivos
lo hemos expuesto.
Cuidaba los detalles y hablaba de ellos a sus colabora­
dores, pero sin atosigarles. Al contrarío. Dejaba ancho
margen a su iniciativa en la forma concreta de realización.
Por lo mismo, se preocupaba muy personalmente de su se­
lección, y cuando no los veía aptos para el trabajo en Nie­
pokalanów, procuraba su traslado a otro convento.

Elogios e incomprensiones

Como a todo el que realiza una empresa, que deja hue­


lla, no le faltaron al P. M aximiliano elogios e incompren­
siones a la vez.
Por su importancia merece ser transcrito el testimonio
del Dr. Stemler, lleno de elogios a la capacidad organiza­
tiva y técnica del P. Kolbe. Fue director de la organización
de protección escolar en Polonia, más tarde compañero del
P. Kolbe en Auschwitz —hemos mencionado su testimo­
nio sobre aquella etapa—, superviviente al terrible holo­
causto y también director del Consejo de la Polonia Ame­
ricana.
Dicho Dr. Stemler (José) conoció y trató al P. Kolbe en
dos Congresos de la Asociación de Editores de Diarios y
Revistas, en 1937 y 1938. He aquí sus palabras:
«En el curso de la conversación he podido constatar el
fundamental conocimiento técnico del P. K olbe y su saber
acerca de los problemas de las artes gráficas. Respondía a
todas las preguntas que se le hacían de m odo concreto,

12 Ríe., p.151.

207
con gran conocimiento de la materia, haciendo participar a
los otros, de form a extraordinariam ente modesta, ae su
propio saber y de su rica experiencia».

Sobre su actuación en el segundo Congreso añade:


«Durante la comida, varios editores, frecuentemente
hostiles al P. K olbe, como a director de un grupo compe­
titivo de publicaciones, vertían a sentarse a nuestra mesa...
intentando, más de una vez, provocar al P. K olbe hacién­
dole preguntas insidiosas.
Escuchaba con admiración al P. Kolbe, a quien no lo­
graban hacer perder el equilibrio, y que, con un tacto ex­
traordinario y con calma, así como siempre con una son­
risa indulgente, respondía de un m odo técnico, concreto y
ocurrente» 13.

No todo, como es obvio, podían ser elogios. No le fal­


taron incomprensiones y críticas, dentro y fuera de su fa­
m ilia religiosa. A algunas nos hemos referido.
Téngase en cuenta que en muchos aspectos se anticipó a
lo que más tarde en la iglesia fue aceptado como moneda
de uso corriente. Por otro lado, a algunos resultaba pesado
por su insistencia en sus proyectos, sus constantes escritos,
su mismo celo intempestivo en ocasiones.
Todo le sirvió, en último término, para curtirse humana
y espiritualmente.

4. D ISC IP U L O D E L «P O V E R E L L O » DE A SIS

Maximiliano Kolbe, sacerdote, mártir y apóstol de la In­


maculada, vistió casi toda su vida —de 1910 a 1941— el
sayal franciscano.
Siempre se sintió humilde y fiel hijo espiritual de Fran­
cisco de Asís. Aceptó y vivió el espíritu del Seráfico Padre
en la Orden de los Hermanos Menores Conventuales.
M uy joven había anotado en su cuaderno espiritual: «Ama
a la Orden, la Regla, los superiores, los sacerdotes, los
hermanos, y reza por tu Orden» 14.
Ya en su familia, respiró el aire puro del franciscanismo.
Todos los miembros se vincularon, de una u otra forma, a
la Orden franciscana, como hemos relatado. Superada

13 PlA C ., p .l2 9 s .
14 S K II, p .612.

208
aquella «crisis» pasajera, en 1910, Maximiliano permaneció
fidelísimo a su familia religiosa.
Precisamente por fidelidad al espíritu de Francisco de
Asís quiso renovarla y restaurarla. A este espíritu apelaba
para exigir de sus religiosos pobreza, humildad, obedien­
cia.
Es un tema delicado el de su franciscanismo, pero no
podemos soslayarlo. La Orden de los Franciscanos Con­
ventuales, en la que había profesado, se encontraba un
tanto anquilosada y con poco porvenir.
De esta situación era consciente Fr. Maximiliano. Lo
cuenta él mismo en un escrito sobre los orígenes de la M i­
licia de la Inmaculada, inédito en vida de su autor.
«Recuerdo bien — escribe en 1935— que conversaba con
los compañeros seminaristas sobre la lastimosa condición
de nuestra O rden y sobre su futuro. Y en aquellos m o­
mentos se imprimía en mi ánimo la siguiente idea: o v o l­
ver a restaurarla o mandarla a paseo. Experimentaba un
vivo disgusto po r aquellos jóvenes que entraban en nuestra
O rden, frecuentemente con la m ejor intención, y que las
más de las veces perdían su ideal de santidad precisamente
en el convento» .

Esta idea le lleva a poner toda su ilusión y esfuerzos en


renovar la Orden. Con la fundación de la M ilicia empieza
el joven franciscano a realizar este proyecto. En Niepoka­
lanów lo lleva a efecto. Siempre dentro del más estricto
franciscanismo.
Por ello hubo de dolerle profundamente la acusación,
que más de una vez se le hizo, de querer fundar una nueva
Orden.
En aquellas actitudes de sus Hermanos no había oposi­
ción a su persona, sino al ideal que proponía, y que pare­
cía estar en contraste con la tradición de la Orden.

El problema del franciscanismo

Examinemos, en primer lugar, los motivos de aquella


oposición para valorar mejor, después, la intención y el al­
cance de la renovación que Fr. Maximiliano promovió.
No todos comprendían la centralidad que atribuía a la

15 SK III, p.668.

209
Inmaculada y a la doctrina de la mediación universal de
María. A los ojos de algunos esta centralidad conducía a
una espiritualidad diversa de la de la Orden, centrada en
Cristo y en el Evangelio.
Tampoco convencía a todos la estructura de su «Ciudad
de la Inmaculada», constituida fundamentalmente por her­
manos no sacerdotes. Causaba, además, extrañeza el ideal
de igualdad, que él defendía, entre los Padres y los H er­
manos, respecto a la vida en común y demás derechos.
Para él no debían existir otras diferencias que las derivadas
de la misión sacerdotal de los Padres, al servicio espiritual
de los Hermanos.
Añádase otro motivo de incomprensión, derivado de la
vivencia radical, que reclamaba, en materia de pobreza y
obediencia. A muchos parecían excesivas estas exigencias.
H ay que reconocer que, a primera vista, no carecían de
fundamento algunas de estas incomprensiones u obje­
ciones. Y pudieron dar pie a la acusación más grave, a sa­
ber: que quería fundar una nueva Orden.
Pero no. Jamás pensó el P. M aximiliano en tal cosa. Y
hubo de esforzarse por deshacer aquella acusación con su
palabra, su ejemplo viviente y los frutos efectivos alcan­
zados.
Para él se trataba únicamente de vivir el espíritu de San
Francisco de un modo renovado y adaptado. Concebía la
Orden como un organismo vivo, que debía abrirse y evo­
lucionar conforme a las necesidades de la época. No pre­
tendía una revolución, sino una evolución homogénea.
Los superiores terminaron por comprenderlo y le deja­
ron las manos libres. Huelga decir que acertaron con su
decisión. Niepokalanów se convirtió en el convento mayor
del mundo. Y el P. Maximiliano contribuyó, en un puesto
de privilegio, al renacimiento de la Orden de los Conven­
tuales en Polonia primero y en otros países después.

Renovación del franciscanismo

Fr. M aximiliano tuvo siempre las ideas muy claras sobre


las exigencias de renovación en su Orden.
El seguimiento de Cristo está, por supuesto, en el centro
de la vida del franciscano, como en la de todo cristiano. Este
cristocentrismo, corazón de la teología y espiritualidad de la
210
Orden, fue siempre mantenido, teórica y prácticamente, por
el religioso renovador. No pretende sustituirlo, ni siquiera
completarlo, sino iluminarlo y comprenderlo mejor.
Con absoluta y razonada convicción se esforzará por
explicar, a quien desee escucharle, que la devoción a la In­
maculada es el medio mejor para lograrlo y con ello reno­
var la Orden.
Y va todavía más lejos. Apoyándose en la historia, con­
sidera la devoción a la Inmaculada como constitutivo fun­
damental de la espiritualidad franciscana. A su parecer, el
mismo San Francisco es el iniciador e inspirador de esta
dimensión mariana de la Orden franciscana.
Un experto en temas kolbianos, el P. Pancheri, francis­
cano conventual también, hace este comentario a la ante­
rior afirmación:
«La del P. Maximiliano es una afirmación que no apoya
en un análisis sistemático de la experiencia espiritual de
San Francisco — él subraya más bien la necesidad de una
investigación profunda acerca de las relaciones de aquél
con la Inmaculada— , sino que es fruto de una intuición
personal.
Y parece que su intuición ha dado en el blanco mucho
más de cuanto se pudiera pensar. Sucesivos estudios m etó­
dicos y esmerados subrayan de hecho la excepcional im ­
portancia de María en la vida de San Francisco, quien supo
captar lúcidamente la función esencial de Ella en la historia
de la salvación, su relación con el misterio de la Trinidad,
con Jesucristo y el Espíritu Santo» ’6.

Había, además, otra razón para el impulso renovador


del P. Kolbe. Creía éste en la fuerza del espíritu y en la
necesidad de desarrollar los principios fundamentales de la
Orden. Lo explicó él mismo, en amplia carta, a los estu­
diantes franciscanos de Niepokalanów.

El P. Kolbe explica su concepción del franciscanismo

«Cada generación —escribe desde Nagasaki, el 20-11-


1933— debe unir su propio esfuerzo y sus propios frutos
a los de las generaciones precedentes. Así acontece en la
vida de una Orden religiosa; también en la nuestra.
¿Qué podemos añadir nosotros?
P a n c h e r i , p . 154.

211
Se dice: cuanto más se aleja una Orden religiosa del fun­
dador, tanto más se debilita; y con frecuencia así sucede.
Pero no se sigue que deba ocurrir necesariamente.
El espíritu, en efecto, no conoce las leyes materiales del
envejecimiento, sino que debe desarrollarse sin límite al­
guno. Por esto, no es efecto de humildad, por ejemplo,
suplicar al Padre San Francisco que nos alcance una
«parte» de su amor a Dios, o aun un amor igual al suyo.
Más bien nuestro Santo Padre estará perfectamente con­
tento sólo cuando, por su intercesión, pidamos a Dios un
amor más grande que el suyo; más todavía, un amor ilim i­
tado.
Por lo demás, él quiere «desarrollar» su espíritu en sus
hijos y no establecer su santidad propia como término,
como límite de nuestra perfección. El germen que él ha
puesto en su Orden debe desenvolverse «sin ningún lí­
mite» 17.
Las últimas frases nos dan la clave para entender las in­
tuiciones kolbianas. Para el P. M aximiliano, una Orden re­
ligiosa es un organismo vivo. No hay que poner límites al
crecimiento del germen que el fundador puso. Su ideal de
vida heroica se movía dentro de la más plena fidelidad al
espíritu franciscano. Y en ella se apoyaba para responder a
las objeciones de sus contradictores.
Se apoyaba igualmente en el espíritu y en la historia de
la Orden franciscana para defender su espiritualidad ma­
riana. Lo razona en la carta antes citada de este modo:
«Ya desde los comienzos de nuestra O rden, durante
siete siglos, el áureo hilo de la causa de la Inmaculada se
ha desarrollado incesantemente. Se combatió por conocer
la verdad de la Inmaculada Concepción de la B. V . María.
La lucha concluyó victoriosam ente. Tal verdad ha sido re­
conocida en todas partes y proclamada dogma de fe.
¿Y ahora?... ¿Acaso ha terminado todo?
¿Acaso para construir una casa nos contentamos con
trazar el proyecto sin preocuparnos de realizarlo?... O ,
más bien, ¿no es verdad que el proyecto queda fijado sola­
mente en cuanto que es la necesaria preparación para la
construcción de la casa misma?...
P or esto ahora se abre la segunda página de nuestra his­
toria: sembrar esta verdad en los corazones de todos los
hom bres, que viven y vivirán hasta el fin de los tiempos, y

17 SK I, p.894s.

212
cuidar su incremento y sus frutos de santificación. In tro­
ducir a la Inmaculada en los corazones de los hom bres, a
fin de que Ella levante en éstos el tron o de su H ijo, los
arrastre al conocim iento de El y los inflame de am or hacia
el Sacratísimo C orazón de Jesús» 18.

En conclusión, decimos nosotros, no hay oposición al­


guna entre cristocentrismo franciscano y devoción peculiar
a la Inmaculada. Tampoco hay alejamiento del genuino es­
píritu franciscano.
H ay, sí, un desarrollo de gérmenes, sembrados por el
mismo San Francisco y en parte desarrollados en ante­
riores siglos. H ay, todavía más, un anticipo de un reflore­
cimiento de valores auténticamente franciscanos, puestos
de relieve años después por el Vaticano II.

«Profeta» de los nuevos tiempos

H oy lo reconocen abiertamente muchos de los H er­


manos de hábito del P. Kolbe. En muchos aspectos —tam­
bién en cuanto a la forma de vivir la vida religiosa—, este
hombre fue un precursor.
Ya hicimos alusión antes al ideal de igualdad, en cuanto
a la forma de vida, que promovía el P. Maximiliano entre
los miembros de sus Niepokalanów, Padres o Hermanos.
Este ideal, ratificado por el Vaticano II, arranca del más
legítimo espíritu franciscano.
Léase, si no, lo que determina el Vaticano II en el de­
creto sobre la adecuada renovación de la vida religiosa:
«Los monasterios de varones e institutos no meramente
laicales pueden admitir, según su índole propia, clérigos y
legos, de acuerdo con las constituciones, en igualdad de
condiciones, derechos y deberes, excepto los que provie­
nen del orden sagrado» (PC n.15).
No fue otro el ideal, que se vivía por anticipado en N ie­
pokalanów gracias a la intuición, realismo y espíritu fran­
ciscano de Maximiliano Kolbe.
También en nuestros días se ha destacado el valor del
trabajo como fuente de santificación y de humanización.
Muchos siglos antes lo habían entendido los monjes con
su célebre «ora et labora». Francisco de Asís, por su parte,

18 Ibid., p.895.

213
consideró el trabajo como tarea importante de sus fraterni­
dades, no para capitalizar o enriquecerse, sino para vivir
del propio esfuerzo, sin impedir la libre apertura del hom­
bre a Dios, e.d., sin dejarse esclavizar.
Enraizado en este espíritu franciscano, Maximiliano
Kolbe promueve un estilo original de trabajo en sus «C iu ­
dades de la Inmaculada». Todo se orienta en ellas hacia
una finalidad apostólica, sin afán alguno de enriqueci­
miento. La organización nada tiene que envidiar á las más
modernas empresas industriales. Pero en estas originales
«Ciudades» la persona humana tiene la primacía, y lo
demás se subordina a ella.
En Niepokalanów el trabajo no era esclavizante. El espí­
ritu de oración de San Francisco, la preocupación primaria
por la santificación personal, la dimensión vertical, consti­
tuían el valor más alto y determinante.
Allí se cumplía el programa de su fundador: «El valor
de toda Niepokalanów depende exclusivamente de la vida
de oración, de la vida interior, de nuestra personal cercanía
a la Inmaculada, y, a través de Ella, a Jesucristo» 19.

No acabaríamos si hubiéramos de recoger aquí todos los


aspectos del «profetismo» del P. Kolbe. Hemos tratado de
mostrar, solamente, que su raíz se encuentra en el espíritu
franciscano que él profesó y vivió.
Este franciscanismo constituye, pues, el quicio funda­
mental de su espiritualidad, enriquecida con sus intui­
ciones personales. Era necesario señalarlo como punto de
convergencia entre el «hombre» que fue Maximiliano
Kolbe y el «santo» que llegó a ser.
Para un estudio más amplio de los valores franciscanos
del P. Maximiliano nos remitimos a las biografías de sus
Hermanos en religión, los PP. Pancheri y Piacentini. No
queremos, sin embargo, terminar este apartado sin copiar
unas frases de este último sugerentes y exigentes a la vez:
«C om o miembro de tal familia religiosa [Fr. C onven­
tuales] no podemos no desear que las expectativas de S.
M aximiliano — que era un soñador, pero con los ojos
abiertos y sólidamente experim entado en los caminos del

19 Ibid.

214
Señor y audaz realizador de cosas grandes— se realicen, al
menos en parte, particularm ente ahora, en que la suprema
autoridad eclesiástica le ha tributado el honor de la cano­
nización.
Lo mismo que no podemos callar que todo esto está ne­
cesariamente vinculado a la exigencia, verdaderamente
comprometida, de la consagración a la Inmaculada, y posi­
blemente de una consagración en grado heroico, sin lí­
mites... Y es precisamente esta heroicidad la que al mismo
tiempo estimula a grandes cosas y acobarda a la frágil na­
turaleza humana, a la cual sólo la gracia divina sos­
tiene» 20.

El reto lanzado por el P. Kolbe no afecta sólo a los


franciscanos conventuales. Todos hemos de escucharlo y,
en la medida de las posibilidades, secundarlo. Porque San
Maximiliano Kolbe —no nos cansaremos de repetirlo— ya
no pertenece a Polonia ni a los conventuales. Nos perte­
nece a todos.

5. «EL P. KOLBE H A SIDO U N A REVELACION


P R O LO N G AD A DE M ARIA»
i (P. A ntonio Ricciardi)

Abanico de testimonios

En el capítulo anterior hemos analizado ampliamente lo


que constituyó el secreto del P. Kolbe: su amor tierno y
viril a la Inmaculada. A Ella vivió consagrado; de Ella
quiso ser instrumento. No vamos a repetir lo que ya está
explicado.
Queremos ahora presentar este amor a la Inmaculada
como rasgo de su espiritualidad, como expresión de su hu­
manismo, como forma de su vida y de su santidad con­
creta.
Más que lucubraciones personales, vamos a aportar tes­
timonios de quienes le conocieron y trataron y, sobre
todo, el testimonio y justificación que el mismo P. Kolbe
hizo de su camino mariano.
Juan Pablo II —entonces Card. W ojtyla—, los tuvo en
cuenta, sin duda, cuando manifestó: «Su amor del todo

20 PlAC., p.110.

215
original e irrepetible hacia María, la Inmaculada: éste es el
secreto más profundo del alma del P. Maximiliano. Se dan
en este amor la actitud del hijo, lleno de absoluta y he­
roica confianza, y la del caballero, que quiere conquistar el
mundo entero para su ideal» (Disc. ante Radio Vaticana, 5
de octubre de 1971).
Y Pablo VI, en el discurso para la beatificación, dijo:
«Este perfil mariano del nuevo beato lo cualifica y clasifica
entre los grandes santos y espíritus videntes que han com­
prendido, venerado y cantado el misterio de M aría» (17 de
octubre de 1971).
Quienes fueron sus más directos colaboradores, compa­
ñeros o superiores, no pudieron sustraerse a este halo ma­
riano que le circundaba y le llenaba.
El P. Anselmo Kubit, varios años Provincial, escribió:
«N o he encontrado en mi vida un devoto de la Virgen
como lo era el P. M aximiliano. El hacía converger sobre la
V irgen cualquier conversación. Se llamaba algunas veces a
sí mismo “el loco de la Inmaculada”. C on frecuencia afir­
maba que toda gracia y la santidad entera descienden a
través de las manos de la Virgen Santísima» 21.

Su fidelísimo amigo el P. Florián Koziura, Superior de


Niepokalanów seis años, afirmó:
«Toda la vida del P. M axim iliano fue consagrada al
culto de M aría Inmaculada... En cualquier ocasión hablaba
siempre m uy gustosamente de la Virgen Santísima. Sobre
el tema de las relaciones del P. M axim iliano hacia la In­
maculada podría hablar durante horas enteras, y esto sólo
acerca de cuestiones discutidas en mi presencia» 22.

El P. Alfonso O rlini, ministro general de la Orden, que


aprobó el espíritu del P. Kolbe y le animó en sus empresas
apostólicas, llega a decir:
«Toda la vida espiritual del P. K olbe, desde su juventud
hasta su muerte, está fundam entada sobre la devoción más
filial y entusiasta a la Inmaculada, en cuyo nom bre ejercitó
todo su vasto y extraordinario apostolado. N o vive ni ha­
bla sino respirando en este clima mariano, y se ofrece a la
muerte en el nom bre santo de M aría» 25.

21 R íe., p.397.
22 Ibid.
23 Ibid., p.396.

216
Un compañero del mismo P. Maximiliano es aún más
audaz cuando afirma: La devoción a la Virgen era la
forma de su vida (P. Cirilo Kita) 24.
Para valorar debidamente estos testimonios téngase en
cuenta que se emiten durante los procesos canónicos para
la beatificación del P. Kolbe. Queda fuera de discusión su
sinceridad y verdad.
Hubo de estudiarlos diligentemente y supo valorarlos el
que fue postulador de la Causa, P. Antonio Ricciardi, mu­
chas veces citado en estas páginas. Este hombre, con pleno
conocimiento de causa, se atreve a escribir:
«Sin tem or a errar, después del estudio de todas las
etapas de su vida, completadas po r sus cartas y discursos,
nos parece poder reforzar los juicios y las afirmaciones
arriba referidas diciendo que el P. Kolbe ha sido una reve­
lación prolongada de María» 25.

Audaz es la expresión, pero verdadera. La suscribirá


quien conozca la vida y escritos del P. Maximiliano.
Como tendrá que dar la razón al mismo P. Ricciardi
cuando añade que «profundizar en el conocimiento de él
es profundizar en el conocimiento de María Inmaculada y,
en consecuencia, sentirse estimulados y empujados —como
él decía— al amor perfecto e incondicionado a la Reina In­
maculada» (ibid.).

Respondiendo a algunas objeciones y dificultades

Una devoción tan singular a la Inmaculada no podía de­


jar de sorprender y extrañar. Nos hicimos eco, en otro lu­
gar, de los calificativos de que fue objeto nuestro Santo,
como los de «fanático», «sentimental», «mariocéntrico»,
etcétera. No se entendía la que parecía «obsesión» por la
Inmaculada, y que él no ocultaba precisamente.
Esta insistente apelación a la Inmaculada, ¿equivale
acaso a un «mariocentrismo»? Y, sobre todo, ¿pone en pe­
ligro el cristocentrismo esencial y obligatorio?
En la forma más autorizada posible defendió la espiri­
tualidad kolbiana el papa Pablo VI al declarar beato al P.

’4 Ibid.
25 Ibid., p.398.

217
Kolbe. No estará de más volver a referir sus palabras, en
una cita más completa:
«C risto, en el pensamiento del P. K olbe, conserva no
sólo el prim er puesto, sino el único puesto necesario y
suficiente, hablando en térm inos absolutos, en la economía
de la salvación; el am or a la Iglesia y a su elevada misión
no es olvidado en el concepto doctrinal o en la finalidad
apostólica del nuevo beato.
Más aún, justamente de la complementariedad subordi­
nada de la Virgen, respecto al designio cosm ológico, an­
tropológico, soteriológico de C risto, Ella recibe todas sus
prerrogativas, toda su grandeza» 26.

Bastaría esta declaración pontificia para dejar zanjada la


cuestión. Conviene, empero, justificarla, y para eso lo me­
jor es apelar a la vida y escritos del mismo P. M aximi­
liano.
No ignoraba éste algunas de las objeciones o ironías que
se hacían respecto a su singular marianismo. Las soportaba
humildemente y las iba destruyendo con la ejemplaridad
de su vida y apostolado.
Otras veces se trataba no tanto de objeciones cuanto de
dificultades que algunos de los Hermanos sentían. Con
gran paciencia y sabiduría las resolvía el P. Kolbe.
Para comprobarlo examinaremos dos cartas, en las que
explica el sentido de su devoción a la Inmaculada.
La primera de ellas está dirigida a la Comunidad entera
de Niepokalanów. Tras los saludos y agradecimiento habi­
tuales, se hace eco el P. M aximiliano de «las preguntas que
algunos Hermanos me han hecho a propósito de la devo­
ción a la Inmaculada en relación con otras devociones».
Su respuesta es clara y contundente:
«Indudablemente, la fantasía tiende a imaginar a Dios
Padre, a Jesús, a la Inmaculada, etc., como objetos dis­
tintos de otras tantas devociones, como si estuvieran en el
mismo plano; en lugar de considerarlas como anillos de
una única cadena, subordinados entre sí, com o medios va­
rios para un solo fin: D ios U no en la Santísima Trinidad.
Responderé que cuanto más pertenezca uno a la Inmacu­
lada, con tanta m ayor franqueza y libertad puede acercarse a
las llagas del Salvador, a la Eucaristía, al Sacratísimo C o ra­
zón de Jesús, a Dios Padre.

26 C f. Hom ilía para la beatificación.

218
Además, he de decir que no es enteramente necesario
que en un m om ento dado la Inmaculada nos venga a la
mente, porque la esencia de la unión con Ella no consiste
en el pensamiento, en la memoria, en el sentimiento, sino
en la voluntad» (el subrayado es nuestro) 27.

Así de recia era su espiritualidad. Sin más comentarios.

Imposible acercarse a Jesús sin María

La segunda carta está escrita en Nagasaki, el 10 de octu­


bre de 1935. Va dirigida a Fr. Mateo Spolitakiewicz, quien
le había expuesto sus dificultades. Le contesta el P. M axi­
miliano diciéndole que «he leído y releído tu carta» y, por
ello, «te comprendo plenamente».
He aquí sus respuestas a las perplejidades del buen
fraile:
«Tú escribes: “No llego a arm onizar en mi alma el he­
cho de amar en el mismo momento a Jesús y M aría”.
A hora bien, ¿podías tú amar a la vez a tu padre y a tu
madre, y además también a tus hermanos y hermanas?
Ciertamente nuestro fin es Dios, la SS. Trinidad, pero
esto no nos impide amar a Dios Padre como Dios Padre, a
Dios H ijo como Dios H ijo, al Espíritu Santo como Espí­
ritu Santo, a Jesús como Jesús, a la Virgen como Virgen; y
además a nuestro padre, nuestra madre, nuestros parientes,
los santos y toda la humanidad. Y, naturalmente, no uno
tras de otro, sino todos a la vez.
Es verdad que no podemos pensar en todos en el mismo
instante, pero esto no impide amar efectiva y simultánea­
mente a todos» 28.

Pensamos que el Hermano quedaría tranquilo con esta


respuesta, tan acertada teológica como psicológicamente.
Había otro motivo de preocupación de Fr. Mateo:
¿Cómo acercarse a Cristo a través de María? ¿Es María
una pantalla? ¿Un obstáculo?
Le responde el P. M aximiliano:
«No sólo es “difícil”, sino imposible acercarse a Jesús
sin María. ¿Por qué?
A un prescindiendo del hecho, de que Ella ha sido quien
ha engendrado y alimentado a Jesús para nosotros, el acer-

27 SK II, p,129s.
2K SK II, p.202ss.

219
carse a Jesús es indudablemente una gracia, y todas las
gracias nos llegan pasando a través de Ella, del mismo
modo que Jesús ha venido en medio de nosotros a través
de Ella» (ibid.).

Le explica luego cómo esta «mediación» mariana no


suprime el contacto con Jesús ni anula el papel de Jesús
como fuente de la gracia; más aún, como M ediador único:
«Es verdad que el único M ediador ante el Padre es el
H ijo Encarnado, Jesucristo, Dios y hom bre al mismo
tiempo, a través del cual todos nuestros homenajes diri­
gidos al Padre, de humanos se convierten en divinos...
Es verdad que nosotros amamos al Padre en el H ijo, en
Jesucristo, y a El debemos ofrecer todo nuestro amor,
para que en El y a través de El el Padre reciba todo nues­
tro amor.
Esto no obstante, es también verdad que nuestros actos,
aun los más santos, no están sin defectos, y si queremos
ofrecerlos a Jesucristo puros y sin mancha, debemos diri­
girlos directamente sólo a la Inmaculada y dárselos a Ella
en propiedad, a fin de que Ella los ofrezca como suyos a
su Hijo.
Entonces estos actos nuestros llegarán a ser puros, in­
maculados. Además, habiendo recibido un valor infinito
por medio de la divinidad de Jesús, adorarán dignamente
al Padre» (ibid.).

Por si estas explicaciones no fueran suficientes, reco­


mienda al buen Hermano que, aunque no comprenda todo
bien, «si quieres cumplir siempre la voluntad de Dios (o
sea, la voluntad de Cristo, la voluntad de la Inmaculada),
entonces dedícate libremente a todas las devociones a las
que te sientas atraído» (ibid.).

Cum plir en todo la voluntad de Dios

Con el último consejo parece rebajar el P. Maximiliano


sus anteriores afirmaciones. En realidad, con él se revela
como un experto conocedor de las almas y de los caminos
interiores. Apunta, además a lo que está en la base de toda
espiritualidad, cualquiera que sea su tinte: la entrega a la
voluntad de Dios.
En la carta que estamos transcribiendo se sirve de di­
versos registros para que Fr. Mateo capte bien la melodía,
que es única:

220
«La esencia del am or a Dios — escribe— estará siempre
no en el probar la dulzura, no en el recordar, no en el
pensar o com prender o imaginar, sino exclusivamente en el
cumplir la voluntad de Dios en todos los instantes de la
vida y en someterse completamente a tal voluntad. Por lo
demás, todas las devociones tienen com o objetivo el ayu­
darnos a cum plir esta voluntad» (ibid.).

Un poco más adelante sale al paso de la principal difi­


cultad, y completa su pensamiento:
«P or lo demás, cuanto más difícil sea tal cumplimiento y
cuanto m ayor sea la repugnancia y aversión, tanto más
grande será la demostración de amor.
Sin embargo, ni siquiera tales dificultades pertenecen a
la esencia del amor, el cual podría ser igual aun sin ellas.
Las dificultades sirven solamente para demostración del
am or» (ibid.).

Todavía da algunos consejos prácticos al Hermano sobre


el modo de visitar a Jesús en el Sagrario en unión con Ma­
ría, sobre el modo de mantener la paz interior y librarse
de ansiedades, etc.
En fin, puede afirmarse que esta carta es un verdadero
tratado de espiritualidad mariana y cristiana. Quien la es­
cribió vivía a tope lo que en ella enseñaba.
Con el testimonio de toda su vida y su muerte, Maximi­
liano Kolbe ha comprobado que la verdadera devoción a
M aría es el camino más fácil, más corto y más seguro para
ir a Cristo. Siglos antes había enseñado este camino Luis
M .a G. de Montfort, de quien P. Maximiliano se sintió fiel
seguidor.

6. LOS SANTOS DE SU DEVO CIO N

Todos los santos han tenido devoción a otros santos,


que les precedieron. Han cumplido por anticipado lo que
a todos recomienda el Vaticano II: “Es sumamente conve­
niente que amemos a estos amigos y coherederos de
Cristo, hermanos también y eximios bienhechores nues­
tros; que rindamos a Dios las gracias que le debemos por
ellos; que los invoquemos humildemente...» (LG n.50).
Dentro de este amor general caben predilecciones, que
manifiestan ciertas afinidades. Las tuvo también nuestro

221
Santo. Y a través de ellas nos es dado conocer mejor su
propia espiritualidad.

Discípulo de San Luis M.a Grignion de M ontfort

No nos suena a nuevo este nombre. Conocemos ya la


profunda afinidad espiritual entre Montfort y Kolbe. La
espiritualidad ciento por ciento mariana de aquél impregna
la de éste.
El P. Maximiliano consideró siempre al entonces beato
Montfort —fue canonizado en 1947— como su profeta y
maestro particular en su camino mariano. El fundamento
de la M ilicia de la Inmaculada, como quedó explicado, no
es otro que la perfecta consagración a María según el espí­
ritu montfortiano.
Punto de referencia constante de la vida y escritos del P.
Kolbe es el Tratado de la verdadera devoción de San Luis
M .a G. de Montfort. Este librito —escondido e ignorado
durante ciento treinta años— ha sido admirado y alabado
por teólogos, ascetas, religiosos, sacerdotes y Romanos
Pontífices. Recomendaron su lectura los papas San Pío X
y Benedicto XV y con ello aprobaron la espiritualidad de
la esclavitud mariana.
Esta forma de devoción caló hondamente en la religiosi­
dad polaca. El P. Kolbe es singular testigo de ello, pero no
el único. No le va a la zaga el gran cardenal W yszynski,
que tenía a gala llamarse «esclavo de M aría», y el otro
ilustre hijo de Polonia, Karol W ojtyla.
Se sabe que Juan Pablo II considera el Tratado... como
su libro de cabecera. Lo ha confesado él mismo a André
Frossard en las conversaciones recogidas en el libro No
tengáis miedo:
«La lectura de este libro — confiesa el papa W o jtyla—
supuso un viraje decisivo en mi vida. Digo viraje, aunque,
en realidad, se trata de un largo camino interior que coin­
cidió con mi preparación clandestina al sacerdocio. Fue
entonces cuando cayó en mis manos este libro, tratado
singular que no basta «haber leído». Recuerdo que lo llevé
mucho tiempo en el bolsillo, incluso en la fábrica de sosa,
y que sus hermosas tapas se mancharon de cal. Releía una
y otra vez algunos de sus pasajes...
Si antes me contenía po r tem or a que la devoción ma­
riana tomara la delantera a la de C risto, en lugar de ce-

222
derle el paso, al leer el tratado de G rignion de M ontfort
comprendí que, en realidad, ocurría algo distinto.
N uestra relación interior con la M adre de D ios dimana
orgánicamente de nuestra vinculación al m isterio de Cristo.
Por tanto, es imposible que se estorben entre sí» 29.

Leída esta cita, sólo se nos ocurre una reflexión sencilla.


M aximiliano Kolbe y Karol W ojtyla son devotos lectores
de Montfort. ¿No estará aquí, en gran parte, el secreto de
su afinidad o parentesco espiritual?

Un pacto con Teresa de Lisieux

Más llamativa es todavía la familiaridad, la «amistad»


entre el P. M aximiliano y Teresa de Lisieux. Al morir ésta,
Raimundo —Maximiliano— tenía tres años. También la
carmelita quemó etapas en los procesos de su beatificación
y canonización; muerta en 1897, es beatificada en 1923 y
canonizada en 1925.
Fr. M aximiliano, todavía estudiante, acude a ella y pide
por su pronta glorificación. Ordenado sacerdote, incluye
su nombre en el «memento de los vivos» —¡nótese el he­
cho!—, con el número 67: «Sor Teresa (por su glorifica­
ción)» 30. Señal de que la veía cercana y m uy viva y activa.
La menciona en sus cartas y establece con ella ciertos
compromisos. No tiene inconveniente en referirse a su
«pacto» con ella, en carta dirigida al Provincial, P. C zu­
pryk (l-VII-1932). Le cuenta en ella las peripecias pasadas
en su viaje a la India con intención de fundar allí otra N ie­
pokalanów. Tras esto, con la máxima sencillez prosigue:
«Me olvidaba de señalar que, mientras estaba a la espera
de partir en auto con el arzobispo, he encomendado el
asunto a sor Teresa del N iño Jesús... La form a de tal reco­
mendación fue un tanto excitada, pues en torn o a mí había
oscuridad por doquier.
He concluido diciendo: “Veam os si te acuerdas”, y pen­
saba en el “pacto” estipulado antes de su beatificación y
canonización, cuando me obligué con una promesa a hacer
un “m em ento” en todas mis Misas, po r su beatificación y
canonización, mientras que ella debería interesarse p o r mi
misión.

29 F r o ssa r d , A., No tengáis miedo, p.130.


30 SK III, p .8 18.
En aquel mismo m om ento una flo r cayó sobre la mesa:
la cosa me ha causado una cierta impresión y he pensado
dentro de mí: “Veremos si esto tiene un significado” 31.

Sin hacer hincapié en el último detalle, nos maravilla la


familiaridad con que habla de la santa. Vuelve a referirse al
mismo «pacto» en otras cartas y en sus Apuntes perso­
nales 32.
¡Qué misteriosa convergencia o, más exactamente, qué
estrecha hermandad se crea en los santos! El camino de
Teresa del Niño Jesús no se diferencia del camino
de Maximiliano Kolbe. En su cuaderno anotó éste el 7 de
enero de 1919: «Paz; el amor de Jesús es constante. Lec­
tura espiritual: Historia de un alma, p.209: «Jesús no pide
obras grandes, sino solamente el abandono y la grati­
tud» 33.
El mismo espíritu informa a la Santa de la infancia espi­
ritual y al Caballero de la Inmaculada. La confianza, el
santo abandono, la energía de voluntad, el sufrimiento...
les hermana espiritualmente. El 18 de febrero del mismo
año anotaba: «El secreto de la pequeña Teresa: amor a la
propia nulidad y debilidad y confianza ilimitada en la mi­
sericordia divina, en la Inmaculada» 34.
Otro camino, por lo demás, no existe.

O tros amigos del cielo

Del amor del P. Maximiliano al Seráfico Padre San


Francisco ya se ha tratado anteriormente, y nada nuevo
hemos de añadir.
Sentía también una gran admiración por San José de
Cottolengo y su «Piccola Casa della Divina Providenza»,
en Turín. Hasta ella peregrinó el 28 de enero de 1930,
cuando preparaba su viaje misionero al Japón. Se conser­
van algunas invocaciones al entonces beato como ésta
(l-VI-1925): «Beato Cottolengo, alcánzanos de la inagota­
ble caja de la divina Providencia la suma necesaria. Todos

31 SK I, p.813.
32 Véanse sus Cartas: SK I, p .8 1 1, 8 17 , 840, 850, etc. A lu de al hecho
en su Diario o Apuntes: S K II, p.867.
33 SK II, p.704.
34 S K I I , p.707.

224
nosotros alimentamos una confianza ilimitada en la divina
Providencia» 35.
Como el Santo de Turín, el P. Kolbe hubo de fiar cons­
tantemente sus planes y empresas apostólicas a la Provi­
dencia.
Nombra varias veces e invoca a algunas Santas, que tu­
vieron especial devoción a la Virgen, como Santa Catalina
Labouré, propagandista de la M edalla M ilagrosa, y Bernar-
dita Soubirous, a quien se manifestó la Inmaculada en
Lourdes.
Hacia Santa Gemma Galgani —beatificada en 1931 y ca­
nonizada en 1940— profesó igualmente un tierno afecto
espiritual. También la recordaba en el «memento de los
vivos».
Ni que decir tiene que San José formaba parte de sus
protectores celestiales. Lo nombra e invoca, si bien es ver­
dad que no ocupa explícitamente un lugar significativo en
su espiritualidad.
Circunstancialmente invoca a otros Santos, especial­
mente franciscanos, como San Antonio de Padua, etc. Y
mantiene un contacto espiritual con sus amigos que ya pa­
saron de este mundo al Padre. Recuérdese lo que escri­
bimos acerca de la preparación de su viaje al Japón.

7. FE Y VID A CON TEM PLATIVA

Maximiliano Kolbe es venerado como «Sacerdote, mártir


y apóstol de la Inmaculada» (Oración-colecta de la misa).
La suya fue siempre vocación de apóstol activo. Pero
precisamente por ello experimentó más al vivo la necesidad
de la contemplación. Una y otra, acción y contemplación,
derivaban y a la vez manifestaban su fe viva.
Repasando sus cartas —sobre los asuntos más di­
versos— admiramos, ante todo, su temple de fe. Cualquier
asunto, grande o pequeño, complicado o fácil, lo contem­
pla desde el prisma de la fe.
Uno de sus primeros biógrafos, Piero Chim inelli, ha es­
crito:
«La fe ha sido la fuente de su virtud, de su trabajo y de
sus sueños victoriosos. Más fácilmente habrían vacilado los

35 S K III, p.814.

225
8.—M. Kolbe
Alpes sobre sus bases que, en el corazón del P. M aximi­
liano, su fe en la realidad, en la santidad y en la victoria de
aquel Dios, a quien él había entregado su vida, pertene-
ciéndole siempre..
Porque él ha creído con toda firm eza, po r eso ha lu­
chado, ha afirmado la justicia, ha sido fuerte y , po r esa
misma fe, se ha ofrecido en sacrificio» 36.

¿Dónde y cómo alimentaba su fe?


Ante todo, en la vida de oración y contemplación.

Florilegio de sus meditaciones

Podemos seguir, en gran parte, su trayectoria espiritual


y los temas que eran objeto de su diaria meditación. Fue
anotándolos a lo largo de cuatro años (1917-1921) casi
todos los días. A veces le basta una palabra o una frase,
como cuando escribe solamente «M aría». En la edición ita­
liana de sus escritos ocupan 44 páginas (SK II, p. 679-723).
He aquí una selección o florilegio de estos temas. Más
allá de la posible monotonía de esta selección, el lector po­
drá captar mejor el espíritu de fe que movía al joven reli­
gioso y sacerdote.
Anota el 14 de diciembre de 1917: «El pensamiento del
paraíso te estimule a grandes virtudes». Y el 31: «¡A m a!
Esto es todo».
Enero de 1918: Día 14: «Ama a Dios por sí mismo».
15: «Cumple bien tus deberes. Imita a San José, defiende a
Jesús, a la Santa Iglesia y al Papa, según tus posibilidades».
19: «Confía totalmente en la Inmaculada». 25: «¿Qué
quieres que haga, oh Señor». Humildad. 31: «Cum ple bien
tus deberes. Condiciones para una buena vida común: 1)
tratar de complacer a los demás; 2) cumplir bien tus de­
beres y no inmiscuirte en asuntos que no son de tu com­
petencia; todo con la recta intención de agradar única­
mente a Dios» 37.
Una sola observación. Su oración va orientada a la vida.
Febrero. Día 8: «¡Eternidad, eternidad, eternidad!» En­
seña la sabiduría. 9: «Vive de fe». 11. «(Pensamientos)
Abandona a todos y todo y sigue a Jesús. O ración...» La

36 C it. po r R íe ., p.402.
37 SK II, p.681s.

226
santísima Virgen se ha aparecido siempre con el Rosario.
Oración. El naturalismo es la plaga, la herida de nuestro
siglo». 16: «(Pensamientos.) Sufre y trabaja únicamente
por Dios y en su presencia». 26: «Serenidad, amor». 27:
«Confíate totalmente a la divina Providencia» 38.
Marzo. Día 2: «La Santísima Virgen María se conformó
en todo, agradable o desagradable, a la voluntad divina,
aun habiendo tenido que soportar muchos sufrimientos.
Im ítala...» 5: «Deja todas las preocupaciones a la Inmacu­
lada». 18: «Dulce Corazón de Cristo, te pido ardiente­
mente: haz que yo te ame, y que te ame cada vez más» 39.
Abril. Día 8: «Anunciación de la B. V. María [por tras­
lado de la fiesta aquel año]: humildad y amor». 22: «El
criterio infalible del amor de Dios es el cumplimiento de la
voluntad de Dios y el someterse en todo a su santísima
voluntad». 23: «Reparación por las ofensas hechas a Dios
y esto con hechos, tanto en sí mismo como en los
otros» 40 .
Por aquellos días practica los ejercicios espirituales, pre­
vios a su ordenación sacerdotal. Se conservan también sus
apuntes de aquellos días y sus impresiones sobre la orde­
nación, celebrada el 28.
En mayo vuelve a anotar los temas de meditación. Día
13: «Confía todo, todo a Ella». 15: «Busca solamente la
gloria de Dios, en la serenidad». 17: «M. Deja todo a la
Inmaculada y Ella actuará». 19: «Déjate conducir por el
Espíritu Santo». 24: «A Jesús por M aría». 25: «Imita al
Crucificado». 27: «Voluntad divina» 41.
Junio. Día 2: «La santidad es necesaria para celebrar
misa». 8: «La Inmaculada conoce el secreto de la más es­
trecha unión con el Corazón de Jesús». 25: «M. Sufre por
amor; amor operativo hacia el prójimo. El pecado venial
es la causa de la disminución de las gracias; y a su vez la
disminución de las gracias hace más fáciles los pecados ve­
niales» 42.

38 Ibid., p.684s.
39 Ibid., p.685 y 687.
40 Ibid., p.688s.
41 Ibid., p .6 9 0 .
42 Ibid., p.691s.

227
Resultaría fastidioso seguir sus anotaciones de casi todos
los días. Aparecen y reaparecen los mismos temas con
nuevos matices. Así, el 16 de agosto: «No omitir jamás la
santa meditación». El 30: «Dios te ha llamado al estado sa­
cerdotal y a la vida religiosa porque ha tenido una predi­
lección hacia ti, únicamente por su bondad, no obstante
tus ingratitudes» 43.
Es lógico que salga con más frecuencia el tema sacerdo­
tal, con sus exigencias y sus consecuencias. Así, el 1 de
septiembre: «La dignidad sacerdotal». El 2: «La santidad
de vida». El 3: «La santificación de los demás» 44.
No obstante la repetición de algunos temas, se advierte
un plan bien pensado en los meses siguientes. En octubre
dedica varias meditaciones a las diversas virtudes. El 8
anota: «Virtudes pasivas y activas. Un absurdo. El propio
perfeccionamiento es la primera cosa que hacer». En los
días siguientes va meditando sobre la humildad, obedien­
cia, castidad, vencimiento propio, mortificación, amor a
Jesús, celo apostólico.
¡Cómo vibraba el joven sacerdote ante el problema de la
salvación de los hombres! Escribe el 25 de octubre: «La
mayor gloria de Dios mediante la salvación del mayor nú­
mero posible de almas: ideal de vida. A este objetivo con­
ságrate por entero a ti mismo y a tu vida. A través de la
Inmaculada. A través de Ella lo puedes todo, tanto en ti
mismo como respecto a los demás, porque Ella no rehúsa
nada a los pecadores, mientras que Jesús no sabe rehusar
nada a Ella» 45.
Es preciso concluir estas citas. Pero no sin responder a
una posible pregunta. ¿Se trata de fervores juveniles, pro­
pios de un neosacerdote, en su luna de miel eclesial?
Si no conociéramos su vida, tal vez se podría pensar de
este modo. Por desgracia, muchas veces se apagan los pri­
meros fervores sacerdotales. No le ocurrió esto al P. M axi­
miliano. Vivía consagrado a la Inmaculada. Había iniciado
la Milicia. Sencillamente, anticipaba toda una vida de en­
trega de sí mismo a Dios y al apostolado.

Ibid., p .696s.
'•4 Ibid.
‘,s Ibid., p.700.

228
Contem plativo en la acción

Su posterior apostolado brota de su contemplación. Fue


norma permanente de su vida lo que escribió el 22 de
enero de 1919: «Tu personal santificación es tu ocupación
principal. El compromiso por la santificación de los demás
debe ser la sobreabundancia de tu amor a Jesús» 46. Lo fue
en él, sin discusión posible.
Cuando termina su formación en Roma y comienza su
actividad pastoral en Cracovia, no se advierte ruptura al­
guna interior. Lejos de disminuir, crece su anhelo de santi­
dad, de entrega a Dios. «No es soberbia —escribe el 29 de
octubre de 1919— querer ser santos cuanto más sea posi­
ble y santificar el mayor número de almas, confiando úni­
camente en Dios a través de la Inmaculada» 47.
La enfermedad tronchó su labor de profesor y confesor
y hubo de ser internado en un sanatorio. ¿Qué matices
toma su vida de oración? No perdió la paz. El tema de la
obediencia y sumisión a la voluntad de Dios es como un
ritornello: «Obediencia en paz». Esta es su anotación el 11
y 14 de febrero y el 15 y 18 de marzo. Ni la menor queja
por su enfermedad y sufrimientos físicos y morales.
Aunque suene a tópico, hay que afirmar que M aximi­
liano Kolbe forma parte de los contemplativos en la acción.
No existe otra explicación a su desbordante actividad
apostólica posterior.
Con el paso de los años y su maduración espiritual deja
de anotar la meditación diaria. Su espíritu de fe y oración
no decrece. M uy al contrario. Todas sus cartas están rebo­
santes de él.
Compañeros suyos de la etapa misionera en el Japón
atestiguan.
«En cualquier dificultad corría a los pies del altar del
Santísimo Sacramento para alcanzar coraje y fortaleza. Era
deseo suyo actuar y obrar en adoración constante a Jesús
Sacramentado.
Repetía insistentemente que el culto a la Inmaculada en
tanto es necesario en cuanto que conduce a la adoración
de Jesús Redentor.
Cuando celebraba la misa manifestaba una indefinible

46 SK II, p.705.
47 SK II, p.715.

229
devoción interna, mientras sus ojos estaban fijos en la
Hostia santa.
Cada día acudía a la capilla más de una decena de veces,
para adorar a Jesús Sacramentado» (Testimonio de su
compañero P. M irochna) 48.

Atm ósfera de oración

Toda su vida mantuvo esta constante de fe y adoración,


que fueron creciendo en los años finales.
Su discípulo Fr. Juventin Mlodozeniec recuerda que el
P. Kolbe tenía su puerta abierta de día y de noche. No fi­
jaba horas especiales para recibir a sus frailes. Sin em­
bargo, se reservaba todos los días una hora, de tres a cua­
tro de la tarde, para sus asuntos espirituales personales.
Si le planteaban asuntos difíciles o menos agradables, sa­
caba el rosario y rezaba 49.
Vivía en verdad en una atmósfera de oración, y quería
que en ella vivieran sus frailes para dar sentido al trabajo.
Objeto predilecto de su contemplación era el misterio
de la Inmaculada, desde el cual elevaba su vuelo a la Santí­
sima Trinidad.
En su proyectado libro sobre la Inmaculada —que no
llegó a terminar— reflexiona, con precisión teológica y
con unción religiosa, sobre la relación de la Virgen con las
tres divinas Personas. Le hace preceder una inspirada ora­
ción a la Inmaculada, que hemos recogido en el capítulo
anterior. La forma en que da gracias a Dios Padre, Hijo y
Espíritu «por haber ennoblecido a la Inmaculada en un
modo tan divino», manifiesta expresivamente su mundo
interior.
¿Qué contemplaba el P. Maximiliano?
Podemos presumirlo por lo que escribió, por lo que en­
señó, particularmente por el testimonio de fe que dio en la
cárcer Pawiak y en Auschwitz.
Rememoremos la sustancia de los hechos.
En Pawiak mantuvo su hábito religioso, junto con la co­
rona franciscana y la cruz. Enfurecido el policía SS, al
verle así, le pregunta: «¿Crees tú en esto?» «Sí —reponde
sereno el P. Kolbe—, creo». Descarga sobre él golpes y

48 Cit. po r R íe., p.404.


49 M l o ., p .2 3 .

230
puñetazos y vuelve a hacer la pregunta... La respuesta es la
misma una y otra vez: «C reo..., ¡y cómo!»
Como testigo de la fe va al campo de la muerte. Da
constante testimonio de ella. Y como testigo cualificado de
la misma muere, al explicar su ofrecimiento: «Soy sacer­
dote católico».

8. E SPE R A N Z A Y S A N T O A B A N D O N O

Sin despreciar ningún verdadero valor de este mundo,


Maximiliano Kolbe orientaba toda su vida hacia otro
mundo mejor. «Sus conversaciones —escribe su biógrafo
Ricciardi— habitualmente tendían al cielo, a la vida eterna,
a las cosas espirituales. Pero todo esto de manera espontá­
nea, sin esfuerzo alguno» 50.
Subrayemos estas palabras: habitualmente, de manera
espontánea. Esta espontaneidad o connaturalidad es lo que
caracteriza a los santos y los distingue de los cristianos
vulgares. Hablar una que otra vez del cielo..., ¿quién no lo
hace? Orientar toda la vida habitualmente y sin esfuerzo a
los valores transcendentes —trabajando a la vez por los
auténticos valores humanos de aquí—, ya no es tan fre­
cuente.

«La Inmaculada proveerá»

El P. Maximiliano todo lo fiaba a Dios, a su Providen­


cia, a la Inmaculada. Desde m uy joven cultivó la práctica
espiritual del santo abandono. Reléanse los temas de sus
meditaciones, antes citados.
Ejercitó esta práctica en grado heroico en su acción
apostólica. ¿Quién —si no es por una confianza sin límites
en la Providencia— se lanza a empresas, que cuestan mi­
llones, no teniendo un céntimo?
M uy seguro tenía que estar aquel hombre de la genuini-
dad de su llamada, de la ayuda de Dios y de la protección
de la Inmaculada para obrar de este modo.
Y lo estaba ciertamente, aunque con el natural temor,
pero no miedo, al fracaso. Recién ordenado sacerdote, es-

50 R íe., p.408.

111
cribe a su madre: «Toda mi confianza para el futuro está
puesta en Ella» 51. Esta confianza responde a una actitud,
reflejada en este pensamiento muy kolbiano: «Déjate con­
ducir por la Inmaculada».
El que fue varios años su Provincial, P. Anselmo Kubit,
manifestó:
«Puso toda su esperanza en Dios y en la Inmaculada.
Frecuentemente repetía: De nosotros nada podemos, todo
lo esperamos de Dios y de la Inmaculada.
Sin dinero, sin máquinas, sin hombres capaces comenzó
a editar El Caballero. En Japón no sabía ni una palabra de
la lengua, y, sin embargo, después de un mes apenas co­
menzó su trabajo» 52.

Esta confianza en la Providencia pareció exagerada a al­


gunos. Lo sabía el Padre, pero no rectificó: Quiso pare­
cerse a su amigo del cielo José de Cottolengo. Al final ter­
minaban los otros por comprenderle y respetarle.
A duras pruebas fue sometida su confianza en el Japón.
Sólo más tarde se supo valorar.
«Su confianza en Dios — atestiguó el obispo de Naga-
saki, Mons. Hayasaka— , humanamente hablando, parecía
exagerada. En todas las circunstancias, en cualquier dificul­
tad, cuando a todos parecía que su obrar era im prudente y
temerario, él comenzaba a trabajar y decía: la Inmaculada
proveerá.
En aquel tiempo me parecía que abusaba de la palabra
Providencia y que era presuntuoso. Pero hoy, juzgando
por los efectos conseguidos, debo confesar que tenía la
más genuina confianza en D ios» 53.

Sin miedo al fracaso

Estaba acostumbrado a confiar de este modo, sobre


todo desde su primer internamiento en Zakopane. Reco­
brada la salud, volvió a su añorada tarea. Pocos años des­
pués recae y vuelve a ser internado. Tiene entonces la im­
presión de que está acabado, ¡a sus treinta y dos años!
Pero no tiene miedo. Y escribe a sus colaboradores: «A
veces me parece que tal vez mi tarea en la tierra está aca­

51 S K I , p.31.
52 C it. p o r R íe ., p.409.
53 Ibid.

232
bada. No lo sé, pero ni siquiera esto me debe preocupar,
porque en eso piensa Ella, mientras nosotros pensamos so­
lamente en Ella, para conquistar lo más pronto posible el
mundo entero» 54.
Tampoco pecó de imprudencia, a pesar de apariencias
contrarias. Proponía siempre sus planes a sus superiores y
esperaba su decisión. No temía el fracaso o la negativa de
aquéllos. Baste aquí la alusión a la decisión final sobre la
Niepokalanów en la India. A pesar de haber sido autori­
zado por las autoridades eclesiásticas locales, sus supe­
riores juzgaron mejor no concederle su permiso.
Lo que nos interesa es conocer sus sentimientos.
Leemos en sus apuntes (junio 1933):
«Así, pues, si la Inmaculada lo quiere, junto a la N iepo­
kalanów polaca y a la M ugenzai no Sono japonesa, pronto
comenzará a actuar una tercera ciudadela de la Inmacu­
lada, la Am alam India. ¡G loria a la Inmaculada por
todo» 55.
En la larga espera escribe a su Provincial:
«Personalmente estoy a completa disposición en conform i­
dad con el voto em itido, que deseo mantener fielmente»
(28-IX -1935) 56.

Le manifiestan las dificultades existentes y responde:


«C om prendo perfectamente las motivaciones expresadas
por usted, P. Provincial, en su carta. Es una verdadera
pena que las dificultades internas de nuestra O rden estor­
ben la causa de la Inmaculada. Pero también en esto se da
la voluntad de la Inmaculada» 57.

Esta fue su reacción. Ni una queja, ni una crítica. Pena,


sí, pero con santo abandono.

«Déjate conducir por Ella»

U na virtud tan probada no puede pasar inadvertida. Su


amigo, el P. Koziura, atestigua: «La vida entera del P.
Maximiliano irradiaba la virtud de la esperanza en la di­
vina Providencia por intercesión de la Santísima Virgen

54 SK I, p.225.
55 SK II, p.867.
56 SK II, p.223.
57 SK II, p.237.
María. Y esta confianza se comunicaba a los cohermanos;
estos no temían jamás por nada.
Yo mismo, cuando fui trasladado establemente a Niepo­
kalanów, no estuve en condiciones de comer ni de dormir
durante algunos días por el temor de que esta obra se dis­
gregase a causa de su mismo ímpetu.
Pero enseguida me habitué al modo insólito con que ac­
tuaba P. Maximiliano, de tal modo que, al igual que todos,
seguía este ímpetu hacia adelante...» .
A estas alturas no es ningún secreto para el lector de
dónde sacaba esta confianza el P. Kolbe. No de su forta­
leza física —era un hombre débil y enfermizo— , no de
apoyos humanos —no tenía un céntimo—. Experimentaba,
como todos los mortales, el temor y la incertidumbre.
«Me atemoriza el sufrir —escribe desde Japón— y el pen­
samiento de calamidades..., pero también Jesús en el
Huerto tuvo miedo, y por ello estoy contento y me con­
suelo...» 59
¿De dónde saca su confianza? De Jesús y de la Inmacu­
lada. A los Hermanos da este consejo: «En medio de los
pequeños sufrimientos, rezad, invocando con jaculatorias:
María.... Si nos dejamos conducir por Ella, y si hay necesi­
dad de milagros, aun éstos serán obrados» (ibid.).
En sus apuntes espirituales se encuentra muchas veces
escrita esta breve frase: «Déjate conducir por Ella».
Fruto de esta confianza y santo abandono era su paz in­
terior, sometida, por otro lado, a pruebas purificadoras.
Vivía en ese clima interior de paz, fuente de su excepcional
fortaleza moral, y la transmitía a los demás, especialmente
en las horas más difíciles de su cautiverio y su muerte.
Su compañero en Auschwitz, el citado Dr. Stemler, tes­
timonió: «El P. Kolbe era tan espiritualmente fuerte, que
comunicaba su fortaleza a los que trataban con él. Conso­
laba, frenaba el odio hacia nuestros opresores y fortificaba
la fe en la posibilidad de resistir, y no menos aún la con­
vicción de que nuestra meta no está en esta tierra, sino en
un mundo mejor junto a Dios» 60.
Con toda justicia ha proclamado Juan Pablo II a este
hombre de fe y esperanza como «Patrono de nuestro difí-

58 C it. po r R íe ., p.410.
59 S K I , p.632.
60 C it. p o r R íe., p.408.
cil siglo», de este siglo caracterizado, en gran parte, por el
agnosticismo y la desesperanza.

9. C A R ID A D M A S A L L A DE T O D A F R O N T E R A

Sobre la caridad del P. Kolbe, ¿qué más podemos añadir


a lo que se ha ido diciendo a lo largo de esta semblanza?
Pablo VI le llamó «m ártir de la caridad». Y, en efecto,
su fama la debe, sobre todo, al gesto final. Ofreció su vida
por otro hombre. Amor mayor no puede darse.

A m or al hombre..., ¡ese desconocido!

El Card. W ojtyla calificó este amor del P. Kolbe como


un «signo visible y legible, para todos, aun los que están
fuera de la Iglesia» (2 de octubre de 1971, Aula sinodal).
Ahora bien, el amor o caridad tiene dos dimensiones:
horizontal y vertical.
¿A qué se debió aquel gesto, heroico ciertamente? ¿Por
qué lo hizo el P. Maximiliano Kolbe?
No era un hombre desesperado de la vida. ¡Siempre vi­
vió en aceptación y sumisión plena a la voluntad de Dios,
en el éxito y en el fracaso!
No podía buscar interés humano alguno o afectivo,
como el que podría tener un padre ofreciéndose por sus
hijos... Aquel hombre, para él, era, sí, un hermano, pero a
la postre un desconocido.
¿Por qué ofrece su vida en aquellas circunstancias?
H ay en su oblación, sin duda, un claro matiz sacerdotal,
que consideraremos más adelante.
H ay, además, un sentimiento de solidaridad en favor de
aquellos inocentes, condenados a morir, y, con ello, un
acto de defensa de la dignidad del hombre, de todo hom­
bre.
H ay en ella, por encima de todo, una expresión o con­
creción del único Amor: el que tiene como objeto y mo­
tivo a Dios y , en El y por El, a todo hombre, imagen
suya.
Si fue capaz de este amor, más allá de toda frontera,
hasta la inmolación total, se debió a que había hecho de su

235
vida una continua oblación de amor a Dios. A este amor
perfecto le condujo el camino de la Inmaculada.

v= V

No se trata de un jeroglífico. Es un fórmula kolbiana.


¿Cómo entendía el P. Maximiliano el amor a Dios?
Casi hasta la obsesión repite en sus cartas que el amor a
Dios está en la voluntad, no en el sentimiento, y en el
cumplimiento de la voluntad de Dios, que aleja al hombre
de todo pecado.
Su fórmula de santidad la expresó más de una vez sir­
viéndose de sólo tres signos. Según Ricciardi, lo recuerdan
muchos testimonios y relaciones. María W inowska, en su
famosa biografía, también lo relata.
Hablaba a jóvenes estudiantes franciscanos. Y les exhor­
taba a ser santos, grandes santos. La santidad, les decía, no
es un lujo, es un deber. Y no es difícil si aplicamos esta
fórmula:
v=V, e.d., mi voluntad debe identificarse con la Volun­
tad de Dios, que quiere que yo sea santo 61.
Machaconamente lo repetía, señalando su camino con­
creto: a través de la voluntad de la Inmaculada, que se ma­
nifiesta en la voluntad de los superiores.

A m or y fidelidad en las cosas pequeñas

Tal era su secreto para alcanzar la santidad.


Su compañero y cofundador de la M ilicia de la Inmacu­
lada, el P. Pal, juzgaba así su período de estudiante en
Roma:
«Hablaba con veneración de Dios y de las cosas sobre­
naturales... U n día insistió para que durante la misa pidiese
al buen Jesús que le concediese la gracia del m artirio.
Por el am or que mantenía hacia D ios huía de la más pe­
queña transgresión, tanto que durante los seis años de mi
convivencia con él jamás advertí que haya com etido vo lu n ­
tariamente un m ínim o pecado» 62.

é' W i n o w s k a , María, Massimiliano Kolbe, p.144; R ic c ia r d i refiere


diversos testimonios, p.448.
62 R í e . , p .4 1 5 .

236
En sus meditaciones escoge como tema, más de una vez:
«M . Voluntad divina». Otro día: «El pecado venial. Perder
el mundo entero y ser reprobado por todos los hombres
es un mal menor» 63.
Con el correr de los años y su fidelidad a la gracia, fue
creciendo su amor a Dios. «P. Maximiliano —atestigua su
ex provincial P. Czupryk— hablaba de El constantemente.
Cuando estaba convencido de que una cosa era voluntad
explícita de Dios, no omitía nada para cumplir este volun­
tad divina.
No recuerdo en su vida ni un acto exterior o palabra
que pueda llamarse pecado, y eso que he vivido con él du­
rante nueve años, ya como provincial, ya como guardián.
Guardaba los mandamientos de Dios, los preceptos de
la Iglesia y las reglas religiosas con fidelidad y constan­
cia...» 64
No es preciso ponderar el valor de este testimonio,
unido al del P. Pal. En la convivencia, sobre todo si es
prolongada, se manifiesta el hombre como es. Y ¿quién no
cae varias veces en alguna de esas faltas cotidianas?
Tampoco se piense en una actitud legalista o estrechez
de espíritu. No caben estas actitudes en hombres verdade­
ramente libres, como lo era el P. Maximiliano. Su fidelidad
brotaba y expresaba a la vez su amor a Dios sin fisuras, y
le capacitaba para la entrega hasta de su propia vida por
amor a los hermanos.
Para ser completos, habríamos de exponer otras mani­
festaciones de su amor a los demás. Pero de ellas se ha tra­
tado anteriormente, ya sea en la narración de su vida, ya al
referirse a su magnanimidad y generosidad y a su más que
probado amor de Padre.

10. L A S D E M A S VIR T U D E S

Es un principio admitido que quien practica una virtud


en grado heroico practica todas las demás. En Maximiliano
Kolbe se cumple este principio a la perfección.
No nos es posible comprobarlo en detalle para no alar­
gar excesivamente esta semblanza. Sería, sin embargo, im­

63 SK II, p.690 y 699.


64 R íe., p.416s.

237
perdonable no dedicar un breve comentario a las virtudes
fundamentales de una vida religiosa: la obediencia, po­
breza y castidad.

Obediencia responsable

En varias ocasiones hemos destacado, a lo largo de estas


páginas, el espíritu de obediencia del P. Maximiliano.
Sus raíces no han de buscarse solamente en el voto reli­
gioso, sino simultáneamente en su consagración a la In­
maculada, de la que se sentía cosa y propiedad. Ha que­
dado suficientemente explicado en el capítulo anterior.
Que toda su vida fue coherente con su compromiso está
fuera de cualquier discusión. Lo fue especialmente en la
fase final de su existencia terrestre. Como Cristo, su Maes­
tro, Maximiliano «se hizo obediente hasta la muerte» (Flp
2,8). Su detención el 17 de febrero de 1941, su encarcela­
miento en Pawiak y luego en Auschwitz —así como su li­
bre ofrecimiento y muerte— se debió a un acto de obe­
diencia a su superior.
Se le había mandado que permaneciese en N iepokala­
nów, y allí permaneció con todas las consecuencias. Era su
último acto de servicio como Caballero de la Inmaculada
en su «Ciudad».
Al obedecer de este modo ponía en práctica lo que
tantas veces en el pasado había recomendado a sus frailes.
Releamos alguna de sus cartas y consejos sobre la obedien­
cia.
Desde la Mugenzai no Sono escribe (31 -V -1931) a su
amigo P. Florián Koziura:
«Q uerido Padre: He leído “A yud a, ayuda”, y com ­
prendo bien; pero cuando se trata de una actividad apro­
bada por la santa obediencia, entonces se puede estar ple­
namente tranquilos de que ésa es la voluntad de D ios y,
p o r tanto, de la Inmaculada.
Y si más tarde todo se derrumbase, o si los mismos
superiores cambiasen en seguida su decisión, se puede que­
dar plenamente serenos respecto a las acciones prece­
dentes, conform es entonces a la obediencia.
Este es, a mi parecer, el fundam ento. Sin embargo, us­
ted, padre, no ha decidido la adquisición de la máquina sin
la autorización de los superiores, ni y o me he empeñado
aquí en com prar el terreno sin haber prim ero inform ado

238
del asunto al P. Provincial y sin haber recibido de él la au­
torización para adquirirla: “En el nombre del Señor,
pues”, recibí como respuesta» 65.
Este era su estilo de actuación y el que enseñaba a sus
discípulos. Aprovecha en este caso la ocasión para justifi­
car esta práctica de la obediencia y resolver las dudas de
los Hermanos y estimularles a obedecer sobrenatural­
mente.
Estas son sus palabras:
«Termino ya, pero antes querría preguntar a todos los
Hermanos si ponen en práctica la obediencia de un modo
sobrenatural. Es decir, no por el hecho de que la orden re­
cibida sea agradable, comprensible, prudente o santa en sí
misma (p. ej. la oración), sino solamente porque es un
mandato y por lo mismo voluntad de los superiores; por
tanto, voluntad de la Inmaculada; por tanto, voluntad de
Dios.
Pero sobre todo querría preguntar si todos y cada uno
en particular están convencidos de verdad de esto, espe­
cialmente en las cosas desagradables, que están en con­
traste con la razón y con la prudencia, y aún con lo que se
puede leer en libros sabios y hasta en libros espirituales, a
no ser que la orden del superior sea un manifiesto pecado.
Lo pregunto, porque sin una obediencia de este género
no se es un instrumento en las manos de la Inmaculada,
sino —lo digo abiertamente— en manos de Satanás. Y
esto, aunque se leyese una gran cantidad de libros espiri­
tuales, aunque se recitasen muchos rosarios cada día, aun­
que se caminase con el cuerpo encorvado, cuatro o cinco
veces, sobre sí mismo, y aunque se realizasen acciones he­
roicas» 66.

Obediencia y espíritu de iniciativa

Quien así aconsejaba, iba delante con su ejemplo.


Y no se piense que su obediencia se reducía a ejecutar
las órdenes de sus superiores. Fr. Maximiliano —según
hemos explicado antes— estaba dotado y actuaba con un
gran espíritu de iniciativa en todas sus empresas. Proponía,
razonaba, insistía delicadamente en sus planes. Luego aca­

65 SK I, p.547.
66 S K I , p.550s.

239
taba internamente y ejecutaba fidelísimamente las disposi­
ciones de la autoridad superior.
Recuérdese, a este respecto, su iniciativa de levantar una
Niepokalanów en la India. No obtuvo el permiso. Obede­
ció sin el menor titubeo.
Nadie mejor que quienes fueron sus superiores para
atestiguar la heroicidad de su obediencia. Bástenos men­
cionar las relaciones de los PP. Anselmo Kubit y Cornelio
C zupryk, ambos ex provinciales, sobre su antiguo subor­
dinado. Pueden leerse en la biografía del frecuentemente
citado P. Ricciardi.
Los dos ex provinciales destacan el celo del P. M axim i­
liano, su espíritu de iniciativa, el calor con que defendía
sus propuestas; pero todavía ensalzan más su sumisión, su
preocupación por conocer la voluntad de Dios a través del
voto de obediencia.
Varios de sus biógrafos recuerdan su fórmula ingeniosa
de santidad, ya explicada: v (voluntad humana) = V (Vo­
luntad divina).
En sus cartas aparece otra fórmula concreta y práctica:
Voluntad de Dios=Voluntad de la Inmaculada=Voluntad
de los superiores. Léase la que escribió a su hermano Fr.
Alfonso (27-X-1920). Algunas de estas cartas son verda­
deros tratados sobre la obediencia y sobre el modo de
ejercer la autoridad.
Es modélica la que dirigió a Fr. M ieczyslaw Mi-
rochna 67. En ella se manifiesta que, además de obedecer,
Maximiliano Kolbe sabía mandar. Para él, el ejercicio de la
autoridad era un servicio; mejor todavía, era una forma de
obedecer a una voluntad superior, expresada a través de
otras voluntades humanas.
En el fondo, pues, para él se trataba de obedecer siem­
pre.

Pobreza evangélica

Discípulo del «pobre y humilde» Francisco de Asís,


también Maximiliano Kolbe se desposó con la «dama po­
breza».
En su personal vivencia de esta virtud llegó hasta el ex-

67 Cf. SK I, p.517-528.
tremo. Se trataba para él no de estrechez de espíritu o
ánimo ahorrativo, sino de coherencia con sus compro­
misos religiosos y su consagración a la Inmaculada.
No faltan anécdotas, muy significativas a este respecto,
de su época de estudiante en Roma. En un joven y fervo­
roso fraile pueden parecer normales. Por ello, sin negar su
valor, preferimos recoger otra, correspondiente a su edad
madura.
Preparándose para su viaje al Japón, en los comienzos
de 1930, pasó por Roma, hospedándose en el Colegio Se­
ráfico Internacional. A poco de llegar, se presenta al rector
de la casa para depositar el dinero sobrante del viaje.
El rector le dice que puede retenerlo para el regreso. Fr.
Maximiliano le recuerda que, según las Constituciones, no
puede retener dinero, pues piensa permanecer unos días en
Roma. Y, por más que el P. Rector le insiste, considera él
mejor dejar ese dinero en depósito por espíritu de po­
breza. Como efectivamente lo hizo 6S.
La anécdota manifiesta su total desprendimiento y obe­
diencia. Sus biógrafos —apoyándose en relatos de testigos
directos— señalan su estilo de vida, alejado de todo lujo y
apego a los bienes terrenos. Vestía pobremente, a veces
con algún descuido, aunque con limpieza.
Era m uy morigerado en el comer y beber. Llegó a pasar
hambre en Japón, o poco menos, por escasez de medios.
Nunca fumó ni bebió licores. Vino y cerveza los tomaba
en ocasiones raras.
No veía bien el uso del tabaco en los frailes, y en N ie­
pokalanów no se fumaba de hecho. No obstante, se mos­
traba comprensivo con quienes habían ingresado algo
mayores y conservaban el hábito de fumar. Esta forma de
actuar la razonaba fundamentalmente apelando al espíritu
de pobreza.
Desde Niepokalanów escribe el 17-1-1941, en respuesta
a algunas consultas de los Hermanos del Japón:
«... En cuanto al fumar, la cosa es todavía más seria. Es
bien difícil imaginar a nuestro Padre San Francisco, con un
cigarro en la boca. ¡Sería una profanación!
Sobre todo, el tabaco cuesta; por ello estará más de
acuerdo con el espíritu de pobreza abstenerse de él, espe­
cialmente si pensamos que las ofrendas que la gente da

68 C f . R íe ., p .4 53 .

241
para la causa de la Inmaculada deben servir sólo para esa
causa. Y lo que se emplea para cosas personales, más allá
de los límites de una evidente necesidad, vendría a ser un
hurto de ofrendas entregadas para la causa de la santifica­
ción de las almas» 69.
Este mismo espíritu de pobreza quería que informara la
vida entera de Niepokalanów. Cuanto se refería a la resi­
dencia de los frailes era pobre y humilde. Por ello prefería
construcciones no de piedra, sino de madera, como signo
de pobreza y de la inestabilidad, propia de quienes cami­
nan como peregrinos hacia la meta 70.
Huía del lucro, aun para buenos fines, como podían ser
obras de la Orden. Rechazó —como en su lugar se ha re­
latado— destinar algunas ganancias, provenientes de la
venta de El Caballero, para esas finalidades. Hubiera obe­
decido, de habérselo mandado sus superiores. Pero su cri­
terio era muy claro. Esas ganancias debían emplearse en
aumentar la tirada de la revista, destinándose totalmente a
la causa de la Inmaculada.
Un testigo de excepción, el citado P. Koziura, escribe:
«Con todo el corazón amaba la pobreza religiosa y el espí­
ritu de pobreza. Comparando la Niepokalanów, dirigida
por el P. M aximiliano, en cuanto a la observancia de la
pobreza, con otros conventos, superaba a los otros con­
ventos, y fue, sin duda, una lección y un ejemplo de po­
breza en la Orden» 71.
No tenía, sin embargo, un concepto cerrado de la po­
breza. Su sentido de la realidad y de la adaptación le lle­
vaba al uso de los medios modernos, aunque fuesen cos­
tosos, para sus empresas apostólicas. No es preciso insistir
en ello. Igualmente se servía de instrumentos o medios
mecánicos, fruto del progreso humano.
En una palabra: como buen franciscano observaba la
Regla con una fidelidad más al espíritu que a la letra. «De­
bemos observar el Evangelio —decía—, esto es, imitar a
Jesucristo, como está escrito en la Regla. Es verdad. Pero
en la Regla, ¿está escrito que se debe viajar en tren, y
acaso no viajamos? ¡La Regla no habla de usar la corriente
eléctrica y , sin embargo, la usamos!» 72
69 SK II, p.584.
70 Cf. SK II, p.383s.
71 Cf. Piac ., p.104.
72 Ibid., p.105.

242
Castidad varonil

En un hombre que amaba con locura a la Inmaculada


—comprometido, además, por un solemne voto reli­
gioso— , se da por descontada una vivencia generosa y he­
roica de la castidad.
Su mirada dulce y serena dejaba traslucir la limpidez de
su corazón. No dejaron de advertirlo quienes fueron sus
compañeros o convivieron con él en alguna circunstancia.
«Durante toda la vida — atestigua el P. C ornelio Czu-
p ryk— observó la virtud y el voto de castidad. En Naga­
saki he vivido a lo largo de tres años a su lado; no re­
cuerdo ni un solo caso, en su comportamiento, en su con­
versación y en su obrar, que pudiera llamarse inmodestia.
N o logro ni aun imaginar cómo habría podido sonar en
su boca una palabra inconveniente o un chiste de doble
sentido. En las conversaciones no tocaba jamás temas esca­
brosos y nadie se habría atrevido en su presencia a hablar
de asuntos menos buenos» n .

Otro testimonio recoge la opinión común:


«P. M aximiliano se distinguía en la heroica virtud de la
castidad, que podía verse en su modo de conducirse, edu­
cado..., m uy modesto y delicado. Vigilaba con gran aten­
ción para que, en las publicaciones y en los gráficos, no se
diese ni la m enor ocasión de ofender a la modestia... En la
opinión de los Padres y Hermanos y de la mía propia, de­
claro que la castidad en él fue la máxima que pueda alcan­
zarse...» 74

Hizo suya, como don recibido y como galardón con­


quistado, aquella corona blanca que de niño vio en las
manos de la Virgen. Se comprueba sin dificultad repasando
sus apuntes espirituales.
En sus ejercicios espirituales de 1913 anota: «Castidad.
Guarda este tesoro; lo llevas en un vaso de barro; pero sin
escrúpulos» 75. Y en 1916: «Para mantener la castidad,
evita las amistades particulares; confiésate con sinceri­
dad» 7b. Al año siguiente: «Castidad: oración, mortifica­
ción, modestia. Lucha incesante; en la presencia de Dios.

73 Ríe., p.459.
74 P i a c ., p .1 0 5 .
7,1 SK II, p.623.
76 Ibid., p.643.

243
Sírvete de las cosas terrenas en la medida en que es necesa­
rio para alcanzar el fin; ni más ni menos» 77.
Ya sacerdote, anota el 16 de octubre de 1918: «Castidad.
Abandónate totalmente a la Inmaculada y a no preocu­
parte de nada”. El día 17: «Véncete a ti mismo». Y el 18:
«Véncete a ti mismo, humíllate en la serenidad, por amor a
Jesús» 78.
Hombre ya maduro, en carta a los frailes estudiantes
(28-11-1933) relaciona la práctica de los votos religiosos, y
en particular el de castidad, con la consagración a la In­
maculada: «Cuando nos convirtamos a Ella, también nuestra
entera vida religiosa y sus fuentes serán de Ella y de Ella
misma; de Ella será nuestra obediencia sobrenatural en
cuanto es su voluntad; la castidad, en cuanto es su virgini­
dad...» 79
Esta era su forma de pensar y de vivir. Como superior y
educador que era, trató de aplicarla a su acción directiva.
A pesar de su gran dulzura y amor paternal, se mostraba
m uy severo ante infracciones públicas o conocidas de esta
virtud.
En Niepokalanów, comunidad numerosísima, en la que
convivían personas de muy diversas edades, regía una se­
vera disposición del P. Kolbe. «Ordenó —afirma un tes- :
tigo— a todos los Hermanos informarle al instante, dentro 1
de las veinticuatro horas, si alguno hubiese llegado al co- i
nocimiento de cualquier infracción a la virtud o voto de !
castidad. En caso contrario, él sería castigado al igual que
el culpable» 80.
Por su parte, actuaba con plena coherencia. Baste un
ejemplo. Escribe el 20 de febrero de 1937 al P. Provincial:
«R. P. Provincial: H oy he dim itido a Fr. N. N ., profeso
simple, en base al párrafo 798 de las Constituciones... [Ex­
plica su actuación previa con dicho Herm ano y prosigue].
En el intermedio han llegado cartas, que adjunto. Su con­
tenido revela la presencia de un “grave escándalo externo”.
Y así, después de haber considerado la posibilidad de
que una similar salida se repita de nuevo y también del
“daño gravísimo sobreveniente a la com unidad”, sobre
todo si el asunto llegara a las páginas de los periódicos...,

77 Ibid., p.645.
78 Ibid., p.699.
79 S K I, p.896.
80 PlAC., p.106.

244
lo he despedido “con el consenso unánime de mis conse­
jeros”» 81.

Casos como éste no eran frecuentes. El espíritu reinante


en la Ciudad de la Inmaculada creaba vínculos fraternos
entre sus moradores. Esta fraternidad, junto con el trabajo
y la oración, favorecía una vivencia alegre de la castidad,
expresión del amor más alto.

Con lo escrito creemos que el lector puede formarse una


idea bastante aproximada del humanismo y santidad del P.
Maximiliano Kolbe. Fue la suya una santidad heroica, sí,
pero muy sencilla, muy humana y asequible. Nada tuvo de
improvisación. Dentro de la relativa brevedad de su vida,
tampoco quemó etapas. Sus frutos llegaron a sazón tras
una prolongada maduración en todas las virtudes.
Podríamos haber considerado ex profeso su humildad y
fortaleza, pero nos parece que estas virtudes están in­
cluidas en la exposición general de su fisonomía psíquica y
mental.
En el espejo de la santidad del P. Kolbe han de mirarse
los religiosos, ante todo los de su misma Orden. Pero no
sólo ellos. Juan Pablo II le ha presentado como «Patrono
de nuestro difícil siglo». Con ello subraya el universalismo
de su mensaje.
También a los seglares se extiende este mensaje kol-
biano. Y no en último lugar a los sacerdotes. Es el tema
del último capítulo de esta semblanza.

81 SK II, p.297.
VI. SACERDOTE CATOLICO

1. ¿UN ESTILO SACERDOTAL POLACO?

La pregunta que encabeza este apartado ha sido hecha


más de una vez en los últimos años. También el autor de
esta semblanza se la hizo en un trabajo sobre La identidad
sacerdotal en la vida y pensamiento de Juan Pablo II 1.
Mi respuesta era afirmativa en un cierto sentido. «No
me cabe la menor duda —escribía— de que existe un «es­
tilo p o laco », pero no como algo sin gular y raro, sino
como algo ejemplar y paradigmático, a pesar de los de­
fectos que también tiene, como toda realización humana
de un ideal divino» (ibid., p.13).
Se trata, en efecto, de un estilo «tradicional», en el sen­
tido más verdadero y noble de la palabra, e.d., arraigado
en la tradición viva de la Iglesia; pero, a la vez «m uy
abierto» al pueblo, a los hombres y a sus problemas.
De este estilo —como lumbrera puesta sobre el cande­
lera— es exponente máximo el sacerdote que, por designio
providencial, rige hoy la Iglesia. Es un hombre tradicional,
porque es profundamente fie l a toda la tradición de la
Iglesia, y en particular a la del Vaticano II. Pero a la vez
está inmensamente abierto al mundo y al hombre, de cuya
dignidad es defensor infatigable y cuyos problemas conoce
de primera mano, por estudio y reflexión, por la experien­
cia y viajes, por su fe profunda.
¿Dónde ha aprendido este estilo sacerdotal el papa W oj­
tyla?
El mismo dio la respuesta en una alocución dirigida
a sus compatriotas sacerdotes, durante su peregrinación a
Polonia, el 6 de junio de 1979:
«N os hem os sentido siem pre — les dijo— p ro fu n d a­
mente ligados al pueblo de D ios... El testim onio de la fe

1 O C H A Y T A , Félix, Identidad sacerdotal en la vida y pensamiento de


Juan Pablo II: «Boletín del Obispado de Sigüenza-Guadalajara», marzo
1981, publicado en Separata, 55 págs.

247
viva que sacamos del Cenáculo, de Getsemaní, del C alva­
rio; de la fe mamada con la leche de nuestras madres; de la
fe consolidada ante las duras pruebas de nuestros conna­
cionales, es nuestro carnet espiritual, el fundam ento de
nuestra identidad sacerdotal.
¿C óm o podría dejar de recordar en este encuentro de
ho y a los millares de sacerdotes polacos que durante la
guerra perdieron la vida, sobre todo en los campos de
concentración?» 2

Entre estos sacerdotes, cuyo estilo es «el estilo del testi­


m onio evangélico del servicio social» (ibid.) destaca el
nombre de uno, el del P. Maximiliano Kolbe.

U n estilo sacerdotal católico

Pablo VI, gran admirador también del P. Kolbe, quiso


beatificarle en pleno Sínodo episcopal de 1971, que trató
recisamente del sacerdocio m inisterial en la Iglesia de
C oy. Al actuar así, señaló expresamente al nuevo beato
como modelo del sacerdote de hoy. Era el 17 de octubre.
Al día siguiente, el Card. W ysynski, al frente de 5.000 pe­
regrinos polacos, ratificaba ante el Papa la misma convic­
ción: «Nos parece que la Providencia divina ha hecho ver
al mundo, precisamente ayer en la basílica de San Pedro,
este modelo de sacerdote moderno» 3.
Entre estos peregrinos se encontraba también el Card.
W ojtyla. No puede sorprender que, cuando llega a la Cá­
tedra de San Pedro, tenga prisa por ensalzar a este sacer­
dote de nuestro tiem po. En su C arta a los sacerdotes
(marzo de 1979), le propone entre los modelos de sacer­
dotes o maestros de pastoral, junto a Juan de Avila, Vi­
cente de Paúl, Cura de Ars y Juan Bosco (carta n.6).
Y cuando llega la hora solemne de la canonización, el 10
de octubre de 1982, el papa Juan Pablo II le invoca en la
oración-colecta de la misa como «sacerdote, mártir y após­
tol de la Inmaculada».
Es una forma de decirnos: Ahí tenéis a un representante
del estilo sacerdotal polaco o, mejor aún, del estilo evangé­
lico católico. Ahí tenéis un sacerdote de Cristo, un sacer­
dote moderno.

2 J u a n P a b l o II, Peregrinación... a Polonia, p .l4 9 s .


3 M l o . , p.140.

248
Todos los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos,
tenemos mucho que aprender de él. Unos y otros partici­
pamos del mismo sacerdocio ministerial. El haber vivido el
P. Kolbe la condición de sacerdote-religioso le hermana a
todos los sacerdotes.
¿Cóm o percibía él su sacerdocio? ¿Cóm o lo vivió?
¿Cuál es su mensaje para los sacerdotes del final del se­
gundo milenio?
La respuesta a estos interrogantes nos exige acercarnos
al sacerdote Kolbe. Lo haremos repasando sus escritos y
los principales acontecimientos de su vida. Nos servirá de
guía inestimable, sobre todo para la reflexión, el pensa­
miento y la palabra de Juan Pablo II, quien tantas veces,
como arzobispo de Cracovia y como Romano Pontífice,
ha hablado del P. Maximiliano como sacerdote.

2. EL P. KOLBE Y SU CONCIENCIA DE LA IDENTIDAD


SACERDOTAL

Maximiliano Kolbe —permítasenos recordarlo una vez


más— perteneció a la Orden de los Franciscanos Conven­
tuales. Se distinguió siempre en ella como un religioso fiel
y observante. Tuvo la ilusión —en gran parte cumplida—
de verla renovada. Contribuyó a su resurgimiento como
ningún otro. En su N iepokalanów , aquella ciudad-con­
vento singular, llegó a haber más frailes de la Orden que
en todas las demás Casas juntas de Polonia.
El espíritu de Francisco de Asís informó toda su vida y ac­
ción. Alguien le ha llamado el «San Francisco del siglo X X ».
¿Por qué —reconociendo esta realidad incontestable de
su condición religiosa y franciscana— la Iglesia lo invoca,
ante todo sacerdote sin más?

«Soy sacerdote católico»

Esta fue su respuesta cuando el comandante Fritsch, ex­


trañado de su ofrecimiento por otro prisionero, le pre­
gunta: «Tú, ¿quién eres?»... «Soy sacerdote católico».
Con estas palabras declara su verdadera identidad bajo
el traje de presidiario num. 16.670, y da la más profunda
razón de su gesto. No es un desesperado o un incons-
249
cíente quien así habla, sino un sacerdote, buen pastor, que
da la vida por sus ovejas y juntamente con ellas.
La escritora polaca M aría W inowska —en su célebre
biografía sobre nuestro héroe— comenta con detalle la res­
puesta del prisionero.
«N o dice — escribe— : un religioso. N o dice: un francis­
cano. Ni siquiera dice: un miem bro de la Milicia de la In­
maculada (por humildad jamás hubiera dicho el fundador).
Dice: sacerdote. M orirá, quiere m orir, porque es sacer­
dote, poseedor de las más augustas prerrogativas que un
hom bre puede tener sobre la tierra, m inistro del Cuerpo y
de la Sangre, dispensador del perdón del Señor: es preciso
que aquellos que van a la muerte no se vean privados, en
sus últimos combates, de la asistencia de un sacerdote» 4.

Esta motivación sacerdotal la vio muy claramente Pa­


blo VI y la tuvo muy en cuenta al beatificarle durante el
Sínodo sobre el sacerdocio. A la crisis de identidad —más
o menos ficticia, pero agudizada en el posconcilio— res­
pondió con la doctrina del Sínodo y con la beatificación
del sacerdote Kolbe.
«¡Q ué gloria! — exclama el papa M ontini— , ¡qué ejem­
plo para nosotros, sacerdotes, reconocer en este nuevo
beato un intérprete de nuestra consagración y de nuestra
misión!
¡Q ué advertencia en esta hora de incertidum bre, en la
cual la naturaleza humana desearía a veces hacer prevalecer
sus derechos sobre la vocación sobrenatural a la entrega
total a C risto en quien está llamado a su seguimiento!, y
¡qué consuelo para la queridísima y nobilísima legión
compacta y fiel de buenos sacerdotes y religiosos, que, in­
cluso en el legítimo y laudable intento de liberarse de la
mediocridad y de la frustración personal, conciben así su
visión: ¡soy sacerdote católico, po r ello ofrezco mi vida
para salvar la de los demás!
Parece ser ésta la consigna que el beato deja particular­
mente a nosotros, ministros de la Iglesia de Dios, y análo­
gamente a cuantos aceptan el espíritu de Ella» 5.

Para valorar en su debida importancia estas palabras hay


que situarse en 1971. Recuérdense los libros y artículos en
revistas de aquellos años, en los que se discutía la identi­
dad sacerdotal. No faltaban sectores, dentro de la Iglesia,

4 W in o w sk a , M., o.c., p.176.


5 P a b l o VI, Homilía beatificación.

250
que querían reducir el sacerdocio al simple ministerio, mi­
sión o función, olvidando o infravalorando la consagración
o carácter del sacramento del Orden. También en España,
con ocasión de la Asamblea conjunta de obispos y presbí­
teros, afloraron estas discusiones, que, en algunos mo­
mentos, se pusieron al rojo vivo.
A la luz de toda aquella problemática cobran toda su
fuerza las palabras de Pablo VI: «¡Q ué ejemplo para nos­
otros, sacerdotes, reconocer en este nuevo beato un intér­
prete de nuestra consagración y de nuestra misión».
Así lo entendieron los Padres sinodales. En nombre de
los presidentes delegados, y ante Pablo VI en persona, ha­
bló el Card. Duval dos días después de la beatificación.
Tras agradecer al Papa su interés por los trabajos sinodales
y en particular por haber beatificado al P. Kolbe, con­
cluyó: «El ejemplo del P. Kolbe ha iluminado como nin­
gún otro todos nuestros trabajos» b.

El Card. W ojtyla habla sobre el sacerdote Kolbe

Especial resonancia tuvieron, en este período del Sínodo


de 1971, las intervenciones del Card. W ojtyla, tanto den­
tro como fuera del Aula sinodal. Creemos útil ofrecer al
lector las principales ideas y frases significativas de estas
intervenciones.

1.a Imagen genuina del sacerdote (2 de octubre de 1971)


Interviene el arzobispo de Cracovia en el Aula sinodal.
Comienza subrayando la sacramentalidad del presbiterado
y su íntimo nexo con el celibato. Hace suyas, luego, las
diez tesis del Card. Hóffner y aporta su pensamiento so­
bre la vocación personal de sacerdote, como raíz del mi­
nisterio; sobre la necesidad de un sincero don de sí
mismo, para que la Iglesia, sacramento de Cristo, sea en
verdad un signo visible y legible a través de sus ministros.
De este sincero don de sí mismo —explica el arzo­
bispo— es modelo el P. Maximiliano Kolbe:
«En la vida de este siervo de D ios aparece un total ofre­
cimiento de sí mismo, y en su muerte — ofrecida por un

6 C it. p o r R oissetti, O.C., p .22 1.

251
hermano en el campo de concentración de O sw iecim — , el
pleno don de sí mismo a semejanza de C risto. De este
m odo, el P. K olbe ha llegado a ser signo no sólo de la
propia vocación, sino también de la misma vocación hu­
mana, que se ha manifestado plenamente en C risto; un
signo visible y legible para todos, aun los de fuera de la
Iglesia.
Q ue el mismo siervo de Dios nos haga vo lver nuestros
pensamientos a aquella imagen verdaderam ente evangélica
del sacerdote.
N o existe ningún otro camino para la Iglesia, aun en el
mundo de nuestros días» 7.

2.a El sacerdocio, consagración total a Dios (5 de octubre)


A los pocos días es invitado a hablar por Radio Vati­
cana. En su alocución recuerda el Card. W ojtyla los he­
chos principales de la vida y de la muerte del P. Kolbe, y
luego reflexiona sobre el sentido de esta vida y de esta
muerte:
«N o se puede entender el sacrificio del P. Maximiliano,
su muerte en el bunker del hambre, que ocurrió unos
quince días después de su ofrecim iento en sustitución de
otro prisionero, si su gesto se separa de la totalidad de su
vida.
El sentido evangélico, de esta muerte brota de una vida
plenamente vivida en el don de sí y, al mismo tiempo, se
puede decir que la m uerte constituye la última palabra de
esta vida, y en la muerte se cumple hasta el fin el conte­
nido esencial de aquella. P. M aximiliano K olbe era el hijo
espiritual de San Francisco, el apóstol ardiente de su
tiempo en Polonia y Japón, y el sacerdote que consideraba
su sacerdocio como una consagración total a Dios, a ejem­
plo de Cristo» 8.

Por esta consagración, el P. Kolbe es «un testigo de


nuestro siglo, un testigo de la generación que lleva en sí
profundas heridas y tiene necesidad de la gracia sanante,
fruto de la Redención de Cristo» (ibid.). El Pueblo de
Dios descubre en él «la continuidad de la obra de la Re­
dención, que irrumpe en la historia y se enraíza en los
puntos clave del drama humano sobre la tierra» (ibid.).

7 W o jt y l a , Karol/ G i o v a n n i P a o l o II, Massimiliano Kolbe, p a ­


trono del nostro difficile secolo, p . l l .
8 Ibid., p .!3 s .

252
Hablando de este modo, el cardenal polaco sale al paso
de quienes consideran la muerte del P. Kolbe como un
gesto improvisado, sin demasiada relevancia por tanto. No
lo fue. Al contrario. Es inseparable de la totalidad de su
vida, de su consagración total a Dios como sacerdote.
Se hablaba en aquellos años de «crisis de identidad».
¿No sería mejor hablar de «olvido de la identidad»?
No podía soslayar el problema el arzobispo cracoviense.

3.a La identidad sacerdotal: configuración o pertenencia


a Cristo (14 de octubre)
A sólo tres días de la beatificación pronuncia el cardenal
una conferencia en la Sala de Prensa del Vaticano, con este
sugestivo título: «El P. Kolbe nos provoca e interpela».
La conferencia quería ser una respuesta a los sacerdotes
que se preguntaban por su identidad. Pero a la vez respon­
día el ponente a quienes —entonces como hoy— se cues­
tionaban: ¿Por qué es beatificado el P. Kolbe, cuando
hubo otros prisioneros que dieron también testimonio de
amor fraterno en grado heroico? ¿Qué nos quiere decir la
Iglesia al proponemos como modelo a este sacerdote pre­
cisamente?
Clara y contundente es la respuesta del cardenal: Porque
este hombre de cuarenta y siete años ha querido morir
como sacerdote. Todos los testigos de los hechos —ra­
zona— concuerdan en que la razón última de haber sido
aceptado su ofrecimiento fue su respuesta: «Soy sacerdote
católico».
«C om o sacerdote, pues — comenta K arol W o jtyla— ,
acompañó a aquel triste rebaño de nueve condenados a la
muerte: ¡No se trataba solamente de salvar al décimo! Era
necesario ayudar a (bien) morir a los otros nueve» 9.

El razonamiento es impecable. Pero algunos se pregun­


tan: ¿Cómo se ha podido saber esto? Es decir, ¿por qué se
afirma que su ofrecimiento no fue una simple sustitución
de un padre de familia, sino un gesto del sacerdote-pastor
que da la vida por sus ovejas?
Respondemos. Que fuera un gesto sacerdotal, se com­
prueba por estas razones:

9 Ibid., p.19.

253
— por las mismas palabras del P. Kolbe;
— por su comportamiento estrictamente sacerdotal, du­
rante aquellos terribles quince días, con sus compañeros de
desgracia;
— por Jas palabras de los mismos verdugos, que escu­
chó el guardián-intérprete polaco Bruno Borgowiec, y que
ya hemos citado en otra parte: «Un cura como éste no lo
hemos visto nunca. Tiene que ser un hombre extraordina­
rio».
Toda su actuación fue, pues, sacerdotal. Consolaba a
todos, dirigía las oraciones y cánticos, perdonaba los pe­
cados...
Con razón apostilla el Card. W ojtyla:
«En un tiempo, en que tantos sacerdotes del m undo en­
tero se interrogan sobre su «identidad», P. Maximiliano
Kolbe se levanta en medio de nosotros para responder no
con discursos teológicos, sino con su vida y con su muerte.
Para él ha sido suficiente el ser, ni más ni menos, que
como su M aestro, dando testim onio del «am or más
grande», este test evangélico de pertenencia a C risto» 10.

No es que con esto despreciara el cardenal los discursos


teológicos. Conocía la crisis de identidad. Pero le parecía
en gran parte ficticia o desenfocada. Por eso al final de su
conferencia remacha su convicción:
«A las cuestiones más o menos abstractas que se acumu­
lan, he aquí una respuesta concreta: este hom bre de carne
y hueso, que no se ha contentado con palabras y ha sabido
ser fiel a sus com prom isos hasta el extrem o, pagando “san­
gre con sangre”» .

Otras características del P. Kolbe como sacerdote señala


el Card. W ojtyla, como son su espiritualidad sacerdotal
mariana , su sentido de la modernidad en el uso de los me­
dios de comunicación social, etc. Pero de ellas, o ya hemos
hecho referencia, o la haremos más tarde.
Nos interesa ahora conocer al sacerdote en sí mismo.
¿Cómo entendió el P. Kolbe su sacerdocio?
Perderíamos el tiempo si buscáramos algún tratado u

10 Ibid., p.20.
11 Ibid., p.23.

254
obra escritos por él sobre este tema. Ni siquiera consta
que escribiera algún artículo de revista: él, que escribió
tantos sobre la Inmaculada y, en general, sobre los ar­
tículos de la fe y temas de actualidad.
Conservamos, sin embargo, algo más valioso, además de
su misma vida sacerdotal. Me refiero a sus cuadernos y
apuntes íntimos, a su abundante epistolario y al testimonio
de muchos que le conocieron y/o experimentaron su ac­
ción sacerdotal. A través de toda esta documentación nos
es factible rastrear algo de su conciencia y vivencia sacer­
dotales.

3. SU ORDENACION Y PROGRAMA SACERDOTAL

Un discípulo del P. Kolbe, conocedor como pocos de su


vida y de su espíritu, el P. Jerzy Domanski, ha escrito:
«El P. K olbe no ha escrito un tratado, ni aun tal vez un
artículo sobre el sacerdocio. Casi todos sus discursos, re­
gistrados, fueron dirigidos a Hermanos religiosos. C on los
sacerdotes tenía sólo coloquios individuales, en general
desconocidos.
Sin embargo, en toda su vida brilla el espíritu sacerdotal,
madurado durante sus estudios al calor del Inmaculado
C orazón de M aría, que le inspiró, siendo todavía subdiá-
cono, la fundación de la Milicia de la Inmaculada. En el
programa de la Milicia de la Inmaculada encontró el P.
K olbe el estímulo, aún más, la fuente para vivir en pleni­
tud su sacerdocio» 12.

Guiados, en gran parte, por el P. Domanski, seguiremos


los pasos del sacerdote Kolbe, e intentaremos penetrar en
su corazón sacerdotal. Algunos datos ya fueron recogidos
más arriba, al relatar los principales acontecimientos de su
vida. Confiamos que no resulte reiterativa alguna noticia
repetida.

O rdenación sacerdotal y prim era misa

Poseemos datos de primera mano respecto a este aconte­


cimiento, que marca el sentido y rumbo de una vida sacer­
dotal.
12 D o m a n s k i , Giorgio, Per la vita del mondo, p.18.

255
Fr. Maximiliano había ingresado en la Orden franciscana
con el deseo explícito, desde el principio, de llegar a ser
sacerdote. Sus superiores —conocemos bien la historia—
le envían a Roma para que realice allí sus estudios eclesiás­
ticos, entre los años 1912-1919.
Que me perdone el lector si le recuerdo las circunstan­
cias de su ordenación. Prevista para la fiesta de Pentecostés
del año 1918, se adelanta al 28 de abril del mismo año. La
noticia le llega al joven diácono el 9 de abril. Siente una
gran alegría, no exenta de temor, al conocerla. Y dirige
una súplica confiada a la Madre Inmaculada...
Pero mejor será que le escuchemos a él mismo.
En su diario espiritual leemos:
«A bril, 9. El P. Rector me ha mandado prepararme para
el examen que debe hacerse en el Vicariato antes de la o r­
denación sacerdotal.
¡O h Inmaculada y señora mía, ayúdame a prepararme
bien a un m om ento tan im portante! Mientras pienso en
ello, po r una parte experimento un cierto espanto ante un
poder tan grande, pero por otra siento un ardiente deseo
de un momento tan largamente anhelado» 13.

Realizó sus ejercicios espirituales, el examen de órdenes


y recibió la consagración sacerdotal el 28 de abril.
En la primera página de su libro-registro de misas (que
cumplimentó hasta el 14-11-1941, tres días antes de su de­
tención) escribe:
«Por la misericordia de Dios / a través de la Inmacu­
lada, el 28 de abril del año 1918 / fiesta de San Pablo de la
C ruz, IV Dom ingo de Pascua, en Roma, Iglesia de S. A n ­
drea della Valle / por el Emm. Card. V icario Basilio Pom-
pilj he sido ordenado sacerdote de Nuestro Señor Jesu­
cristo».

Respecto a sus sentimientos en tan singular efeméride,


leemos:
«...Después de la consagración me han venido las lá­
grimas a los ojos, pero ha sido necesario contener la em o­
ción y recitar la plegaria del Canon junto con Su Emm. el
Cardenal.
Tras la ordenación he vuelto a casa. ¡Q ué im presión! Es

13 SK II, p.732.

256
preciso reconocer que la Inmaculada se ha dignado acom­
pañarme haste este punto...» 14

Todo parece m uy normal en un recién ordenado. Y lo


es. Una gran sencillez caracterizó siempre la vida espiritual
del P. Kolbe. Como sencilla transcurrió la vida de la In­
maculada, su faro orientador.
Celebró su primera misa con la máxima sencillez, sin la
presencia física de ningún ser querido. Hizo imprimir una
pequeña tarjeta-recuerdo, con este texto:
«M i Señor Yahveh, ¿quién soy y o y qué es mi casa para
que me hayas traído hasta aquí» (2 Sam 7,18).
«Dios mío y mi todo».

Recuerdo de la prim era misa celebrada po r el P . M a x i ­


M a r í a K o l b e , franciscano, sobre el altar en el
m il ia n o
que la Inmaculada se dignó aparecer a Ratisbona, en
Roma, 29 de abril de 1918.

«Hazme digno de alabarte, oh Virgen Santa. Dame la


fuerza para com batir a tus enemigos».

Todas las ideas-fuerza de su vida sacerdotal-mariana es­


tán encerradas en esta tarjetita. Sobre este su Cante-Misa
escribe:
«He celebrado la santa misa sobre el altar en el que la
Inmaculada se dignó aparecerse al P. Ratisbona [el antiguo
judío Alfonso de Ratisbona], y además, contra toda espe­
ranza, la misa votiva de la Medalla M ilagrosa» 15.
Es sintomática la elección del altar y la misa; pero aún
más lo es la primera intención. No la ofrece —como pare­
cería lógico y normal— por su familia, sino «por la con­
versión de Sara Petkowisch, de los cismáticos, de los aca­
tólicos, de los masones, etc.» 16
¿Qué se esconde tras este acto de generosidad apostó­
lica?

14 SK III, p.804.
15 SK II, p.734.
16 SK II, p.8Q4.

257
9.— M. Kolbe
¿Qué busca en el sacerdocio el joven franciscano, ya
fundador de la M ilicia de la Inmaculada?

Su program a sacerdotal

Lo tuvo siempre, ya antes de su ordenación, y m uy claro.


Lo vivía por anticipado, sobre todo desde la fundación si­
lenciosa de la Milicia de la Inmaculada, el 16-17 de octubre
de 1917. Prácticamente, en el futuro su acción de sacerdote
se identificará con la del caballero y apóstol de la Inmacu­
lada.
Maximiliano Kolbe considera el sacerdocio como una
gracia, como un signo de predilección por parte de Dios,
como una forma de participación más plena en el misterio
de Cristo Crucificado y en sus preocupaciones 17.
Como meta de su vida se fija no la mayor, sino la
máxima gloria de Dios. Tal es el segundo punto de su re­
glamento de vida (ejercicios espirituales, Cracovia, febrero
de 1920): «La máxima gloria posible de Dios, mediante la
salvación y la más perfecta santificación propia y de todos
cuantos viven ahora y vivirán en el futuro, por medio de
la Inmaculada» 18.
Y como la gloria de Dios consiste prácticamente en la
salvación de las almas, el joven sacerdote orienta su vida
toda a la salvación de las almas. Un año después de su or­
denación (el 21 de abril de 1919), en carta a su hermano y
confidente Fr. Alfonso, le hace partícipe del ideal que le
domina.
«Me llena de gozo — le escribe— el celo que te anima en
la difusión de la gloria de D ios; existe, de hecho, en nues­
tros tiempos una gravísima epidemia de indiferencia, que
afecta, obviamente en grados diversos, no sólo a los laicos,
sino también a los religiosos.
Sin embargo, Dios es digno de gloria infinita. Aun
siendo nosotros pobres criaturas limitadas, incapaces, por
tanto, de darle la gloria que se merece, esforcémonos al
menos por contribuir, en cuanto podamos, a darle la
. m ayor gloria posible.
C om o ya sabrás, sobre todo po r la ética, la gloria de
Dios consiste (prácticamente es la misma cosa) en la salva­
ción de las almas.

17 Cf. SK II, p.690 y 697.


18 SK II, p.653.

258
La salvación, pues, y la santificación más perfecta del
m ayor núm ero de almas, que Jesús ha redim ido a caro
precio con su muerte en C ru z (empezando po r nosotros
mismos), debe ser nuestro sublime ideal de vida: todo esto
para procurar las más grandes alegrías al Sacratísimo C o ra­
zón de Jesús» 19.

La carta se explaya, a renglón seguido, en pensamientos


sobre el modo de dar gloria a Dios, sobre el camino indis­
pensable de la obediencia a su voluntad, a ejemplo de
jesús. Y no podía faltar la alusión a la Inmaculada:
«Todo esto lo alcanzaremos de Dios m ucho más fácil­
mente po r medio de la Inmaculada, porque a Ella D ios ha
confiado toda la econom ía de la misericordia, reservándose
a Sí la justicia, com o dice San Bernardo... O rem os recípro­
camente y ayudém onos “ad quam maximam Dei gloriam
per Inmaculatam”» 20.
Este era el ideal y, en cierto sentido, el programa gene­
ral del neosacerdote Maximiliano Kolbe. Teniéndolo a la
vista, se comprende el porqué de la intención de su pri­
mera misa y de otras muchas.
Se comprende también cómo se complementan y enri­
quecen mutuamente su vocación religiosa y sacerdotal. En
la raíz de ambas y como exigencia permanente se encuen­
tra la búsqueda de la santidad. Su vocación religiosa es­
tuvo siempre orientada al apostolado activo y no mera­
mente a la contemplación. Precisamente por ello estaba
más convencido de que lo más importante en el aposto­
lado es la santidad del apóstol.
En su reglamento o plan de vida, antes citado, escribe:
«1. Debo ser santo, en el m ayor grado posible... — 12.
Vida interior: Totus prim um sibi et sic totus ómnibus =
Dedícate po r entero a ti mismo y así podrás darte p o r en­
tero a los demás» 21.

C onsagración a la Inm aculada y program a sacerdotal


Para poder realizar este programa de santidad y aposto­
lado Maximiliano Kolbe vive, a lo largo de toda su exis­
tencia, la más perfecta consagración a la Inmaculada, Me­

19 SK I, p.44.
20 Ibid., p.46.
21 SK II, p.653ss.

259
dianera de todas las gracias. Con Ella cuenta al poner en
marcha la M ilicia, al prepararse para la ordenación sacer­
dotal, al desarrollar su multiforme actividad.
En esta consagración se dan la mano el amor tierno del
hijo y la entrega fiel del caballero. Y ella constituye el se­
creto no sólo de su vida personal, sino también de su
apostolado sacerdotal.
Precisamente, poco meses después de su ordenación es­
cribía a su madre, contándole los pormenores de aquel
acontecimiento. Ya hemos citado antes esta carta. Recor­
demos ahora la reflexión final que hace:
«Reconozco con gratitud que todo este acontecimiento
ha sido un don alcanzado por la intercesión de la Inmacu­
lada, nuestra común Madrecita. ¡Cuántas veces en mi vida,
pero particularmente en los m omentos más importantes,
he experimentado su especial protección!
¡G loria, pues, al Sacratísimo C orazón de Jesús a través
de aquella que ha sido concebida sin pecado, la cual es ins­
trumento en la manos de la misericordia de Dios para la
distribución de las gracias. Pongo en Ella, por lo demás,
toda mi confianza para el futuro» 22.

Al expresar esta confianza plena en la Inmaculada no se


refería sólo a su vida individual, sino a todos sus pro­
yectos respecto a la Milicia y su futura acción sacerdotal.
En diálogo consigo mismo —dentro de su reglamento
de vida—, se hace esta admonición:
«Recuerda siempre que eres cosa y propiedad absoluta,
incondicionada, ilimitada, irrevocable de la Inmaculada. Lo
que eres, lo que tienes o puedes, todo lo que haces (pensa­
mientos, palabras, acciones) y soportas (cosas agradables,
desagradables, indiferentes) pertenece completamente a
Ella. Por consiguiente, Ella disponga de todo a su gusto (y
no al tuyo)...
Todo el fruto de tus actividades depende de la unión
con Ella, del mismo m odo que Ella es instrum ento de la
misericordia divina.
Mi vida (en todo instante), mi muerte (dónde, cuándo y
cómo) y mi eternidad te pertenece totalmente, oh Inmacu­
lada. Haz de todo esto lo que te agrade.
Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Flp 4,13) por
medio de la Inmaculada» 23.

22 S K I , p.31.
23 SK II, p.654.

260
No se si algún espíritu fuerte considerará exageradas al­
gunas de estas expansiones íntimas del joven sacerdote
Kolbe. En dicho caso, que recuerde el sentido que él daba
a la consagración a la Virgen: no fin, sino medio para
darse a Cristo. La última frase citada lo sugiere: «Todo lo
puedo en Aquel que me conforta» —frase paulina—, que
él matiza: «por medio de la Inmaculada».
De cualquier modo queda meridianamente claro que es
de su profunda vida interior, de su consagración a la In­
maculada, de donde brota su celo sacerdotal, cuya expre­
sión y manifestación más llamativa fue la M ilicia de la In­
maculada. Hablar de programa sacerdotal equivale a hablar
de programa de la M ilicia.
Y es que la M ilicia será el medio privilegiado para reali­
zar su ideal sacerdotal de «extender lo más posible el
Reino bendito del Sacratísimo Corazón de Jesús» 24. Gra­
cias a ella se cumplirán sus deseos, repetidamente expre­
sados en esta jaculatoria: «Dulce Corazón de Jesús, te
pido ardientemente: haz que yo te ame, pero que te ame
cada vez más» 25.

¿Religioso-sacerdote o sacerdote-religioso?

Maximiliano Kolbe profesó como religioso y fue consa­


grado sacerdote. Cabe preguntarse a cuál de estas dos di­
mensiones ha de dársele prioridad: no obviamente crono­
lógica, sino axiológica. O, si se prefiere plantear la cues­
tión de otro modo: ¿Qué fue lo primero para el P. Kolbe:
la vocación religiosa o la sacerdotal?
Rotundamente hay que responder negando el dilema.
En español castizo diríamos lo del «tanto monta, monta
tanto». Su primera decisión y su posterior realización lo
prueban sin posible réplica. Ambas vocaciones constituyen
en él un único camino o una única vocación doblemente
—aunque por distinto título— cimentada. Ambas se entre­
cruzan y se complementan.
Mons. Ladislao M iziolek, gran conocedor de nuestro
Santo, ha valorado el hecho de este modo:

24 SK III, p.835.
25 SK II, p.687.

261
«Su espíritu y su arrojo apostólico es sin duda una nota
sacerdotal. La vocación religiosa ha dado a este apostolado
la profundidad de la santificación y el vasto horizonte de
la universalidad de la Iglesia, sobrepasando las fronteras de
las parroquias y de las diócesis y abrazando no sólo la
propia nación, sino el m undo entero...
En la entrega al trabajo apostólico, o sea, en la difusión
del Reino de D ios en el m undo y en la realización de este
apostolado, P. M aximiliano constituye, a nuestro parecer,
un espléndido ejemplo para el sacerdocio ministerial en la
Iglesia, que participa de m odo especial en la misión de
C risto» .

Poco hay que añadir a esta valoración. Problema dis­


tinto sería el de la diferencia de los dos carismas: sacerdo­
tal y religioso. Fr. Maximiliano la tuvo siempre m uy clara.
En Niepokalanów, la inmensa mayoría de los religiosos
eran hermanos, no padres, e.d., sacerdotes. Siempre res­
petó la iniciativa y autonomía de aquellos en sus tareas,
mientras que quería que los padres-sacerdotes se dedicaran
a las específicamente sacerdotales.
El, por su parte, se sintió siempre sacerdote. Y dio a
todas sus tareas una dimensión sacerdotal. Es lo que ahora
vamos a comprobar, considerando los principales jalones
de su vida y apostolado.

4. LA EUCARISTIA EN LA VIDA DEL P. KOLBE

Hemos de comenzar necesariamente por la eucaristía y,


más en concreto, por la misa. Sabemos bien que la misa no
abarca toda la vida del sacerdote. Pero con el mismo vigor
hemos de afirmar que sin la misa no tiene sentido una
existencia sacerdotal.
Tal es la doctrina de la Iglesia y de la praxis de los sa­
cerdotes, que mantienen y cultivan el sensus Ecclesiae. El
nuevo Código de Derecho Canónico les exhorta encareci­
damente a la celebración diaria de la misa.
En su homilía a los sacerdotes españoles, en Valencia
(8-XI-1982), Juan Pablo II razonaba la principalidad de la
eucaristía en estos términos:
«A nte todo, configurados con el Señor, debéis celebrar

26 Cit. por DoMANSKl, p.26s.

262
la eucaristía, que no es un acto más de vuestro sacerdocio;
es la raíz y razón de ser de vuestro sacerdocio.
Seréis sacerdotes, ante todo, para celebrar y actualizar el
sacrificio de C risto, “siempre vivo para interceder po r nos­
otro s” (Heb 7,25). Ese sacrificio, único e irrepetible, se re­
nueva y hace presente en la Iglesia, de manera sacramental,
po r el ministerio de los sacerdotes.
La eucaristía se convierte así en el misterio que debe
plasmar interiormente vuestra existencia...» (n.6).

Esta doctrina del Papa venido de Polonia se apoya en la


tradición viva y constante de la Iglesia y está expresada vi­
gorosamente en los documentos del Vaticano II. Lugar
destacado ocupa en el decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros (cf. PO n.5.6).
El haberla aquí recordado sólo puede tener una finali­
dad. Queremos saber qué pensaba el P. Kolbe de la euca­
ristía. Y las preguntas se suceden: ¿Cómo celebraba la
santa misa? ¿Qué influjo tenía esta celebración en su vida?
¿Qué matices presenta su devoción y pastoral eucarísticas?
Para la respuesta, además de sus cartas y testimonios
ajenos, contamos con su registro-diario de misas, ya antes
aludido. En él figuran anotadas, con extrema fidelidad, las
intenciones de cada día. Para completar algunos datos es
útil un repaso de sus diversos Apuntes, pequeños escritos,
etcétera. A través de todos estos documentos y testimo­
nios podemos vislumbrar cómo, efectivamente, la eucaris­
tía «plasmó interiormente la existencia sacerdotal» del P.
Maximiliano.

Las intenciones de la misa

El registro de misas arranca de la primera, celebrada el


29 de abril de 1918, al día siguiente de la ordenación. La
última anotación está hecha el 14 de febrero de 1941, tres
días antes de su detención por la Gestapo, y lleva como
número de orden el 7.695.
Todavía celebró los tres días siguientes, pero no figura
en el libro la anotación correspondiente.
No se sabe si pudo celebrar alguna vez más en la cárcel
Pawiak, de Varsovia, o en el campo de Auschwitz. En
todo caso, no debieron de ser muchas veces.
En veintitrés años y casi cuatro meses de sacerdocio ce­
lebra, pues, cerca de ocho mil veces la santa misa. Lo hacía

263
todos los días, excepto en algunos períodos de enfermedad
y en algunos viajes, en que le fue imposible. En algunas
temporadas le costaba hacer grandes esfuerzos, por su de­
caimiento físico. El citado P. Jerzy Domanski señala la
profunda pena que sentía cuando se veía impedido 27.
Resulta interesante y esclarecedor conocer las inten­
ciones por las que ofrecía el santo sacrificio. Dada su con­
dición de religioso, en la mayor parte de los casos estas in­
tenciones quedaban fijadas por los superiores. Disponía,
sin embargo, de algunas intenciones de libre disposición, a
través de las cuales se manifiesta abiertamente su espíritu y
su programa sacerdotal. Véamoslo.
Ofrece su primera misa —de la que ya se habló— «por
la conversión de Sara Petkowisch, de los cismáticos, de los
acatólicos, de los masiones, etc.». La segunda, celebrada el
30 de abril en la basílica de San Pedro, la ofrece «por la
gracia del apostolado y del martirio para mí y para mis
compañeros del Colegio» 28.
¿Que le mueve a formular estas intenciones?
Maximiliano Kolbe se hace sacerdote para extender el
Reino de Dios, para conquistar todas las almas para Dios
por medio de la Inmaculada. Su ideal como sacerdote
coincide con el ideal de la M ilicia, que él inspira. De he­
cho, la intención de su primera misa no difiere de la sú­
plica que cada día hace a la Inmaculada: «M aría, concebida
sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a Ti y por
cuantos a Ti no recurren, en especial por los enemigos de
la Santa Iglesia [al principio decía: por los masones] y por
aquellos que te son encomendados».
En la misma línea se encuentran las demás intenciones,
que va anotando desde el mismo 28 de abril, tanto para el
«memento de los vivos» como para el de «los difuntos» 29.
El número de estas intenciones va aumentando con el co­
rrer de los años.
Sorprende particularmente la intención de la segunda
misa, que deja traslucir un anhelo m uy hondo en el cele­
brante. El pensamiento del martirio no abandona a este
Caballero de la Inmaculada, tal vez desde que tuvo aquella
visión, experiencia o «sueño» de las dos coronas. Así

27 Cf. D o m a n s k i , p.60s.
28 SKIII, p.806.
29 Cf. SK III, p.805ss.

264
opina el mismo papa Juan Pablo II en la homilía para la
canonización de su compatriota.

«M aximiliano se preparó — son palabras del papa W o j­


tyla— a este sacrificio definitivo siguiendo a C risto desde
los prim eros años de su vida en Polonia. De aquellos años
data el arcano sueño de las dos coronas: una blanca y otra
roja, entre las cuales nuestro Santo no elige, sino que
acepta las dos. Desde los años de su juventud estaba inva­
dido po r un gran amor a Cristo y po r el deseo del marti­
rio» .

Y ¿dónde podía expresar mejor este deseo —añadimos


nosotros— que en la celebración del sacrifico del M ártir
de los mártires?
H ay, además, otros indicios de este deseo permanente.
A los pocos días, el 20 de mayo, celebra sobre el altar de
Santa Cecilia, virgen y mártir, en las Catacumbas de San
Calixto. Y en la fiesta de Navidad del mismo año ofrece
una de las tres misas «pro amore usque ad victimam».
Que no se trataba de fervores juveniles o pasajeros lo
comprueba toda la trayectoria de su vida. Y lo manifiestan
otras intenciones, profundamente expresivas de su genero­
sidad.
En algunos casos ofrece la misa «por el Papa» o «para
dar gracias a la Santísima Trinidad, al Sagrado Corazón de
Jesús y al Espíritu Santo, por todas las gracias concedidas
a la Inmaculada, y sobre todo por la gracia de la Inmacu­
lada Concepción» 31.
No es infrecuente, según pasan los años, que ofrezca al­
gunas misas de intención libre «según la que más agrade a
la Inmaculada». Los sábados celebraba la misa votiva de la
Inmaculada, conforme al privilegio de su Orden, y lo
mismo hacía siempre que las rúbricas lo permitían.
Exultaba de gozo cuando visitaba los santuarios ma-
rianos. Más de una vez se dirigió a Czestochowa para orar
ante la Virgen de Jasna Góra y celebrar sobre su altar.
Con ocasión de sus viajes, celebraba la santa eucaristía,
siempre que le era posible, en los santuarios de la Virgen,
v.gr., Pompeya, Lourdes, Cracovia, París...

30 JUAN P a b l o II, Homilía para la canonización, n .4 .


31 C f. D o m a n s k i , p .5 2.

265
La form a de celebrar la eucaristía

Abundan los testimonios de quienes participaron en sus


misas, recogidos la mayor parte para el proceso de beatifi­
cación. Ofrecemos los más significativos, tomándolos de la
obra citada del P. Domanski.
Una religiosa, sor Felicitas Sulatycka, asiste a misa en
diciembre de 1926, sin saber quién es ese sacerdote, inter­
nado en el sanatorio de Zakopane. Cuenta así sus impre­
siones:
«... Había comenzado ya la santa misa y yo estaba bas­
tante distraída. Pero m uy pronto me im presionó el modo
con que este sacerdote desconocido celebraba la santa
misa, moviéndome a rezar. Estaba profundam ente impreg­
nado del carácter sagrado de cuanto hacía, y la cosa influía
grandemente en mí. Pensé que debía de ser un santo sacer­
dote.
Después de la misa contemplé su acción de gracias, que
hacía con recogimiento y prolongadamente. A l salir pre­
gunté a la Hermana portera quién era, y supe que era el P.
M aximiliano, el fundador de la Milicia de la Inmacu­
lada» 32.

Un compañero y colega, el P. Andrés Eccher, afirma


que el P. Kolbe «mostraba gran devoción, pero también
mucha normalidad, sin nada extraño».
Era m uy puntual, y como superior, exigía a los sacer­
dotes la misma puntualidad. Fr. Gabriel Sieminski, sacris­
tán de Niepokalanów, atestigua:
«Se preparaba con gran cuidado a la santa misa y cele­
braba la misa misma observando con precisión las rúbricas
y reglas litúrgicas, con el máximo recogimiento y profun­
damente imbuido del misterio del santo sacrificio. Á la ac­
ción de gracias, después de la misa, dedicaba no menos de
veinte minutos, y permanecía totalmente inmerso en la
plegaria» 33.

Sabemos, por otros testimonios, que empleaba unos


treinta minutos en la celebración, realizándola «con los
ojos modestos y la cabeza un poco inclinada», y lo hacía
«con tranquilidad, ni acelarándola, ni retardándola» (ibid.).

32 C ít. p o r D o m a n sk i , p .6 5.
33 Ibid., p.66.

266
¿Qué pensaba? ¿Qué sentía? ¿Cómo vivía el misterio
que celebraba?
Sólo Dios penetra el corazón del hombre y conoce sus
secretos. Pero también algo se trasluce al exterior. De los
sentimientos del P. Kolbe afirma un testigo: «Celebraba la
santa misa con tanta unción, que se sentía como si no
fuera un hombre, sino el mismo Cristo quien la cele­
braba». Y su compañero, amigo y sucesor en Niepokala­
nów, P. Florián Koziura, ratifica: «En toda su persona se
percibía la unción de un hombre profundamente espiri­
tual» .

Sacerdote y víctim a

En la misa de cada día encontraba el P. M aximiliano un


desahogo y como una expresión de sus ansias de martirio.
Se ofrecía voluntariamente como víctima por la Iglesia y el
mundo. Este ofrecimiento se hacía más sensible y doloroso
cuando se encontraba enfermo y, no obstante, celebraba.
Corría el año 1932. Se hallaba nuestro héroe en Japón.
Con sólo treinta y ocho años parecía acabado. Sufría una
grave enfermedad del corazón y pulmones —la de siem­
pre—, a la que se añadieron unos abscesos o postemas que
no le permitían estar en pie.
Para poder celebrar habían de ayudarle dos o tres de los
Hermanos que le acompañaban. Uno de ellos, Fr. Ro­
mualdo M rozinski, cuenta en carta de 29 de mayo de 1932
cuánto sufría el pobre enfermo a causa de aquellas fasti­
diosas úlceras.
Le rogábamos —escribe Fr. Romualdo— que no cele­
brase la misa y que se diese y nos diese la comunión. Pero
respondió: «De cualquier manera, despacito, celebraré; la
Inmaculada ayudará». ¡Qué conmoción —concluye— ver
cómo sufren los santos, no lo olvidaremos jamás .
De estos sufrimientos nos ha quedado constancia en una
carta, escrita por el mismo P. Maximiliano a su P. Provin­
cial, en la que quita importancia a lo que él llama «baches»
de su salud. Comenta con humor que sólo se podía tener
sobre una pierna, por lo que «los Hermanos hacían de...
segunda pierna o, mejor, servían de muleta» 35.

34 Ibid., p.69.
35 SK I, p.682.

267
Por lo demás, repasando sus apuntes espirituales, de los
ejercicios o meditaciones diarias, se puede adivinar algo de
lo que interiormente le bullía cuando se acercaba al altar.
Joven sacerdote, partía de este principio: «La santidad es
necesaria para celebrar la santa misa» . Más de una vez
explicará que se trata, obviamente, de la firme y seria aspi­
ración a ella. En otro caso, ¿quién osaría celebrar?
En el altar gustaba sentirse acompañado de la Madre del
Señor, porque «la Inmaculada conoce el secreto de la más
estrecha unión con el Corazón de Jesús» 37. Tendía ardien­
temente a la identificación mayor posible con este Cora­
zón y a la participación de sus sentimientos de Sacerdote y
Víctima por todo el mundo.
Unido de este modo a Cristo, vivía siempre dispuesto a
darse como Cristo a los hermanos. El último día del año
1918, primero de su sacerdocio, anotó: «Jesús viva en mí.
Amar a Jesús a través del amor fraterno, a fin de que Jesús
viva y reine en todos» 38.
Este deseo de juventud lo vio realizado cuando se en-
traga por el hermano en el campo de Auschwitz. Allí su
misa dejó de ser ritual-sacramental para convertirse en
existencial.

Fecundidad de su sacrificio sacerdotal

No hay otro camino de fecundidad espiritual que el que


pasa por el sacrificio. No pueden fallar las palabras de
jesús: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere,
permenece solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn
12,24). Este camino-ideal cristiano se cumplió al pie de la
letra en Maximiliano Kolbe como sacerdote y como víc­
tima.
Quiso resaltarlo, en una de sus múltiples intervenciones,
el entonces Card. W ojtyla. El lugar: Munich, a muy pocos
kilómetros del campo de concentración de Dachau, en el
que murieron muchos sacerdotes polacos, alemanes y de
otras nacionalidades. La ocasión: la visita de una Delega­
ción del Episcopado polaco a la República Federal de Ale­
mania. La finalidad: ratificar la reconciliación entre los

36 SK II, p.691.
37 Ibid.
38 SK II, p.703.

268
pueblos alemán y polaco, representados por los obispos
católicos respectivos.
Era el 24 de septiembre de 1978. Presidió la magna con­
celebración en la catedral de Munich el Card. W ojtyla. En
su homilía destacó el apoyo de los obispos alemanes para
la beatificación del P. Kolbe, en particular el del Card.
Dópfner, poco antes fallecido. Y prosiguió:
«En él [Kolbe] percibía [el Card. D ópfner] el signo con­
ductor hacia aquellas vías humanamente inaccesibles en las
que se encuentra Dios.
¿N o había sido precisamente este prisionero, a la vez sa­
cerdote y víctima, quien había dicho entonces, y todavía
hoy nos repite, las palabras del apóstol Pablo: «C risto será
glorificado, sea que yo viva, sea que y o muera. Para mí, el
vivir es C risto, y el m orir una ganancia» (Flp 1,20)?
¿Acaso no ha pensado en esto el P. K olbe mientras de­
cidía ir a m orir po r un compañero de prisión? Por eso él
llegó a ser un testigo de C risto para nuestra época tan difí­
cil. Por eso él ha adquirido un particular derecho a ha­
blarnos a todos nosotros — alemanes y polacos— todavía
con las palabras de San Pablo: «... com portaos com o ciu­
dadanos dignos del Evangelio» (Flp 1,27)» 39.

Quien estas palabras pronunciaba ignoraba en aquel mo­


mento que tres semanas más tarde sería elegido por el Co­
legio Cardenalicio para ocupar la Cátedra de Pedro. Igno­
raba esto, pero ya estaba viendo los frutos del sacrificio
del P. Kolbe, a la vez sacerdote y víctima.
Era un modo de subrayar otra vez el aspecto o carácter
sacerdotal de héroe de Auschwitz.
Ahora bien, ¿en qué otro momento de su vida se mani­
fiesta más plásticamente el carácter de un sacerdote que en
la celebración de la eucaristía? A la vez y complementaria­
mente, ¿no es la eucaristía el misterio que plasma interior­
mente una existencia sacerdotal?
No es preciso insistir más. La eucaristía plasmó interior­
mente toda la existencia del P. Maximiliano y preparó su
sacrificio exterior.

Piedad y pastoral eucarísticas


Para ser completos habríamos de hablar de otras mani­
festaciones de la vida eucarística del P. Kolbe.
39 W o j t y la , Karol, Massimiliano Kolbe..., p.78.

269
M uy interesante sería considerar la piedad, la pastoral, el
espíritu orante del P. Maximiliano en sus relaciones con la
eucaristía. Con gran acierto y erudición estudia estos as­
pectos de la vida eucarística del P. Kolbe el ya citado P.
Jerzy Domanski, al que nos remitimos 40.

5. LOS OTROS ACTOS DEL MINISTERIO SACERDOTAL


DEL P. KOLBE

«El servicio a los hombres —afirma Juan Pablo II— no


es una dimensión distinta de vuestro sacerdocio: es la con­
secuencia de vuestra consagración» (Homilía a los neo-
sacerdotes, Valencia, 7 nov. 1982).
Estas palabras del papa W o jty la n o fu eron letra m uerta
en la vida de M axim iliano K olb e. N unca red u jo su con d i­
ción sacerdotal a la d evota celebración de la eucaristía.
T oda su acción apostólica estuvo coloreada p o r su consa­
gración o carácter sacerdotal.
Siempre, en todo y sólo —como se decía en fórmula feliz
no hace muchos años— ejerció como sacerdote de Cristo.
Sin infravalorar otros servicios de la Iglesia, supo apreciar
al máximo, en todas las circunstancias de su vida, el minis­
terio específicamente sacerdotal.

Enfermo, pero sacerdote

La enfermedad —¿quién no tiene alguna experiencia de


ello?— reduce las fuerzas físicas y psíquicas del hombre.
No raras veces le deprime y le incapacita para cualquier
actividad exterior.
En la vida del P. Maximiliano la enfermedad no fue un
accidente pasajero; se convirtió en compañera inseparable.
Esta situación tenía un agravante m uy peculiar. Afectaba a
un hombre joven, lleno de ansias de trabajar al servicio de
los hermanos..., para gloria de Dios, a través de la In­
maculada.
¿Cuál es su reacción en tan tristes circunstancias?
Otro en su lugar se habría descorazonado. Un enfermo
reclama cuidados especiales, ayuda material y espiritual...
Maximiliano no es, por cierto, una excepción. Cuida su sa-
40 Cf. D o m a n s k i , p.69-109.

270
lud; obedece a sus superiores, que desean su curación; si­
gue fielmente las prescripciones de los médicos... En cartas
deliciosas a su hermano Fr. Alfonso —de alguna nos
hemos hecho eco— lo cuenta detalladamente.
Pero no se conforma —podríamos decir— «con la profe­
sión de enfermo».
Enfermo y todo, no deja de ser sacerdote y caballero de
la Inmaculada. Y como tal actúa en todo momento.
Que nadie piense que se trata de piadosas suposiciones.
En absoluto. Poseemos abundantes testimonios de su celo
sacerdotal durante sus estancias en el sanatorio. Léanse,
ante todo, las cartas a su hermano.
Al repasarlas, admiraremos su paciencia, resignación,
buen humor; pero a la vez nos enteraremos de su celo in­
cansable, de sus numerosas iniciativas apostólicas en su
trato con católicos, protestantes, judíos, incrédulos, etc.
No es posible, ni aun en síntesis, ofrecer estos relatos o
florecillas, recogidas en su epistolario.
Una excepción hemos de hacer con el relato de una en­
fermera, Anna Wojtas, que trabajaba en el sanatorio de es­
tudiantes, próximo al del P. Kolbe.
Refiere dicha enfermera:
«Siempre que le hacía la más mínima alusión a una nece­
sidad espiritual, se dirigía con presteza a prestar el servicio
sacerdotal a los enferm os, aunque fuera avanzada la noche
— lo que ocurría, frecuentemente— , a veces mientras ne­
vaba o bajo un fuerte tem poral; otras veces mientras él
mismo estaba febricitante. Sin retraso alguno, literalmente
se precipitaba allí donde una joven vida se estaba apa­
gando.
Por ejemplo, durante un temporal le inform é que en el
Sanatorio estaba muriéndose una descreída, de nombre
Krajewska, la cual no quería ni aun escuchar que se le ha­
blara de confesión...
Pues bien, ¿qué hace P. Maximiliano?
Se levanta en silencio de su lecho para no despertar a
sus compacientes en la sala com ún; se dirige a la capilla a
tom ar el Viático, y bajo una lluvia torrencial, a través de
un sendero fangoso, corre abajo al sanatorio de “Brat-
w iak”.
V olvió después, radiante de felicidad, porque había lo ­
grado reconciliar con D ios a la m oribunda» 41.

41 C it. por D o manski, p.30.

271
Este gesto no tendría mayor importancia si procediera
de un sacerdote en condiciones normales de salud. Pero en
nuestro caso —hemos de recalcarlo— lo realiza ¡un en­
fermo de tuberculosis hospitalizado! ¿Irreflexión de joven?
¿Temeridad de un iluso?... Hablemos mejor de intrepidez,
entereza, celo sacerdotal.
Y no se piense que se trata de explicables fervores pri­
miciales.
Este celo intrépido y generoso constituyó la tónica de
toda su vida, en cualquier circunstancia, y de un modo
particular en sus viajes.

Apostolado sacerdotal en los viajes

Fueron frecuentes los viajes en la vida del P. Maximi­


liano. Nunca determinados por la simple curiosidad o por
el turismo. Tampoco desaprovechaba el contacto con las
personas, paisajes, costumbres.
Viajó con frecuencia de una a otra parte de Polonia; en
varias ocasiones de Polonia a Roma; e igualmente por di­
versos países europeos. Los viajes más largos, varias veces
realizados en ambos sentidos, se relacionan con su misión
en Japón. Visita la India, Singapur, Corea... y llega... hasta
las mismas puertas del Kremlim.
«La audacia es el estilo del apóstol —escribe su biógrafo
y “amigo”, P. Faccenda—. El no dice jamás: quiero sal­
varme. Dice siempre: quiero salvar el mundo entero» 42.
Recuérdese su paso por Ruisa, y en concreto, por Moscú,
que le hace exclamar con acento profético: «N o creemos
ni lejano ni un puro sueño el advenimiento del día gran­
dioso en que la estatua de la Inmaculada será colocada,
por obra de sus invictos caballeros, en el corazón mismo
de Moscú» 43.
¿Se cumplirá algún día esta «profecía» del P. Kolbe?
¿Por qué no? Pero el día y la hora, sólo Dios los co­
noce.
Por lo demás, el paso por Moscú nos manifiesta el ta­
lante del P. Maximiliano en sus viajes. En todos ellos actúa
como sacerdote. Y no raras veces sus conversaciones con

42 F accend a, o .c . p .l7 6 s .
43 Ibid.

272
aquel incrédulo o poco practicante provocan su conversión
o vuelta a la práctica religiosa.
El tren o el barco se transforman para él en un templo
móvil. Celebra su misa siempre que puede, predica la pala­
bra de Dios, dialoga individualmente a tiempo y a des­
tiempo.
Muchos de sus artículos en El Caballero están cons­
truidos sobre conversaciones, más o menos reales, con ca­
tólicos o protestantes, con judíos o indiferentes, con ag­
nósticos o ateos. Toca en ellos los más variados temas de
apologética o dogmática, apelando habitualmente a argu­
mentos de razón. Bien escritos literariamente, reflejan, sin
duda, algunas de sus conversaciones de viaje.
En sus cartas alude ampliamente a estos encuentros. Y
hasta en sus apuntos personales, de uso estrictamente pri­
vado, narra alguna vez en estilo directo algunos de los diá­
logos entablados 44.
Un ejemplo entre muchos. El 28 de febrero de 1928 na­
rra su encuentro y el diálogo correspondiente con un ju­
rista, y luego con un judío. Hace el relato de su conversa­
ción con este último: «Le he hablado un poco de la reli­
gión de Cristo, del protestantismo, le he ofrecido un ejem­
plar del Rycerz, al cual se ha abonado al momento, y le he
recomendado rezar...». Y concluye con una reflexión en
forma de interrogante: «¿Q ué se está haciendo actualmente
por la conversión de los judíos... Nada, por desgracia.
Pero con la ayuda de la Inmaculada, la M ilicia debe pensar
en ello seriamente» 45.
No se conformaba, como acabamos de escuchar, con
hablar. Solía llevar siempre ejemplares de su revista El Ca­
ballero, que distribuía gratuitamente, opportune et impor­
tune, según el consejo del Apóstol. Estaba convencido de
que sólo el que siembra puede esperar recoger la cosecha a
su tiempo.

Prisionero y m inistro de la reconciliación

Ministerio sacerdotal, donde lo haya, es el de la reconci­


liación. Lo ejercita el sacerdote no sólo cuando actúa

44 Cf. SK II, p.796ss.


45 Ibid. p.798.

273
como ministro del sacramento de la penitencia, sino en
toda su acción pastoral.
Sin la mínima exageración hay que afirmar que el P.
Kolbe lo ejercitó en grado heroico en todas su dimen­
siones.
Tuvo siempre en gran aprecio la tarea del confesionario.
Constituyó su primordial dedicación en la primera etapa
de su ministerio presbiteral en Cracovia. La cultivó en las
más diversas circunstancias, aun siendo superior en Niepo­
kalanów y en Japón. Consta que acudían a él muchos
fieles del exterior, pero también frailes del convento.
Escribe una antigua penitente:
«...E ra un ó p tim o con feso r, p o rq u e sabía co m p ren d er la
m iseria hum ana e indicar a las alm as el cam ino que lleva a
la M ad re de D io s, n u estra p o d ero sa P ro te c to ra y M ad re
am orosísim a.
Ju n to a su co n fesio n ario se veían m uchos p en iten tes; a
veces era p reciso esp erar largam ente. P ero m erecía la pena
esp erar con paciencia, p o rq u e él llenaba el alm a de valiosos
recu rsos esp iritu ales, q u e frecuen tem ente servían para toda
la v id a ...» .

En el campo de concentración de Auschwitz éste fue su


más decisivo ministerio, junto con el de la palabra de tú a
tú. Su actitud constante, sus palabras de perdón a los ver­
dugos, su paciencia en soportar los más acerbos sufri­
mientos y humillaciones... le presentaban a los ojos de
todos como un cualificado testigo de reconciliación.
Ejercitó, además, constantemente, la función de confesor
y ministro de la reconciliación sacramental’. Muchos de sus
compañeros de presidio eran católicos polacos, que acu­
dían a él como a su único consuelo. Muchos fueron escu­
chados por él en confesión. Con la paz recibida aceptaban
serenos la muerte o mantenían enhiesta la esperanza.
¿Cómo no recordar, en este punto, sus palabras, pro­
nunciadas el 12 de junio de 1941, y recogidas por su com­
pañero el pintor M. Koscielniak? Hemos transcrito en pá­
ginas anteriores su relato, del que ahora seleccionamos al­
gunas frases más significativas:
«N o s h ab ló —sotto voce— de la fiesta d el C o rp u s D o -
m ini, del D io s G ra n d e y T o d o p o d e ro so , del su frim ien to
con el que D io s nos p ru eba p ara p re p ara rn o s a una vida

4<> C it . p o r D o m a n sk i, p .31.

274
m ejo r, ex h o rtá n d o n o s a la p erseveran cia y valen tía, p o rq u e
la p ru eba pasará. E xistien d o, nos decía, la justicia d ivin a y
siendo segura su m an ifestación , no debíam os d ob legarn os
m oralm en te.
L e escucham os co n d ev o ció n , o lv id a n d o p o r u n m o ­
m en to el ham b re y las hu m illacion es...
R etorn am os a n u estros b arracon es esp iritu alm en te c o n ­
fo rta d o s» 47.

Otro compañero, D. Conrado Szweda, también sacer­


dote, cuyo testimonio hemos recogido igualmente, pre­
senta al P. Maximiliano como ministro de la reconciliación
cuando se encontraba desahuciado médicamente. Había
sido trasladado a la sala de enfermos infecciosos. Y pide él
mismo ser colocado en la litera contigua a la puerta de en­
trada al barracón. ¿Para qué?
Para poder ejercitar su misión de pastor de almas y,
muy en particular, la de confesor. Con una simple mirada
en muchos casos, adivinando el arrepentimiento de los
moribundos, les impartía la absolución.
Siempre sacerdote, sólo sacerdote, en todo sacerdote.

El P. Kolbe catequista y apóstol de la palabra

«El Pueblo de Dios —enseña el Vaticano II— se con­


grega primeramente por la palabra de Dios vivo, que con
toda razón es buscada en la boca de los sacerdotes... Los
presbíteros... tienen por deber primero el de anunciar a
todos el Evangelio de D ios...» (PO n.4).
M uy dentro de sí llevaba el P. Maximiliano Kolbe esta
convicción sobre la importancia fundamental del ministe­
rio de la palabra. Hubiera saltado de gozo de haber vivido
en la época del Vaticano II, que tanto subraya la urgencia
de este ministerio.
Sin exageración, puede afirmarse que Kolbe se anticipó
como un precursor. Más todavía. Respecto al uso de los
mass-media —como hoy se dice— para la predicación de
la palabra, fue un verdadero pionero. Ampliamente nos
hemos referido ya a esta faceta, tan singular y específica,
de su acción pastoral.
En Niepokalanów, ¿qué otra finalidad se pretendía sino
la de predicar la palabra, comunicar la verdad del Evange-
47 C it. p o r R i c c i a r d i , P.365.

275
lio? A este objetivo se subordinaba cualquier otra conside­
ración.
Menos conocida, en cambio, es la faceta del P. Kolbe
como catequista. A ella nos vamos a referir, recogiendo al­
gunos testimonios de quienes experimentaron su carisma
catequístico. El P. L. Faccenda, gran conocedor y entu­
siasta del P. Kolbe, escribe que se podrían llenar páginas y
páginas con testimonios, aportados durante los procesos
de beatificación. Extractamos dos, que él transcribe.
Sofía Roszkowska —a quien pertenece el primero— co­
noció al P. Maximiliano en 1922. Era maestra en un pue­
blo, cercano a Grodno. Durante dos años fue testigo de
las lecciones catequísticas que impartía el P. Kolbe, a la sa­
zón residente en el convento de Grodno. He aquí su re­
lato:

«C u a n d o el P. M axim ilian o, dos veces p o r sem ana, v e ­


nía a la escuela para la lección de religión , nos tendía la
m ano d icien d o: “ ¡Q u e la V irgen Inm aculada venga en
n u estra a y u d a !” A l despedirse rep etía el m ism o salu d o...
L os jóven es esperaban con nostalgia su venida. Los
n iños lo acogían con aplausos cu an d o entraba.
El P. K o lb e nos había ped id o p re p ara r en todas las
clases un p eq u eñ o altar a la Inm aculada. Eran los niños
m ism os quienes lo adorn ab an con stantem en te con flo res.
T am bién y o he sido p ro fe so ra de relig ión , y , p o r tan to,
m e o rien to bien acerca del p ro b lem a de la enseñanza cate­
quística. En base a m is experiencias en tal cam p o, afirm o
que los resu ltad os de la acción catequística del P. M axim i­
lian o en n u estra escuela fu ero n extra o rd in a rio s. L os niños
se orien tab an p erfectam en te en la m ateria y llegaban a ser
buenos y más religiosos...
El P. K o lb e fu n d ó en n u estra escuela la M ilicia de la In ­
m aculada, a la que p erten ecía tod a la ju v en tu d estu dian til,
lo m ism o que to d os los p ro feso re s. El en rolab a a los p ro ­
fesores en el ro sa rio v iv ien te; p resid ía p erson alm en te n ues­
tras reu n ion es m ensuales, que se tenían en G ro d n o en el
co n ven to de los frailes...
H e visto y o m ism a a la ju ven tu d dirigirse en masa,
desde las p a rroq u ias vecinas, a las fu n ciones celebradas p o r
los frailes en G ro d n o , aunque la Iglesia estaba más lejos
que sus respectivas p arroq u ias. H e co n o cid o p erso n a l­
m ente a n u m erosos jóven es del lugar y les he p regu n tad o
p o r qué m o tiv o se dirigían p recisam en te a la iglesia de los
H erm anos.
M e resp o n d ie ro n que les gustaba ir a la iglesia de los

276
Hermanos para asistir a la misa del P. K olbe y escuchar su
predicación.
He hablado también con muchas personas de G rodno,
quienes, aun teniendo iglesias más próxim as, se dirigían a
la de los Hermanos, a pesar de que el convento estaba
fuera de la ciudad. Me decían que la razón po r la que se
dirigían allí era ésta: querían escuchar la palabra del P.
Maximiliano y participar en la misa que él celebraba.
La persona del P. K olbe respiraba santidad; todos y
cada uno querían fijar sus ojos en él. O rganizaba retiros
espirituales para la juventud estudiantil, y difundía El Ca­
ballero de la Inmaculada y El pequeño caballero. Los m u­
chachos leían con gusto estas revistas...
Sirviéndose de la acción pastoral, de la enseñanza cate­
quística y de la revista, el P. M aximiliano suscitaba num e­
rosas vocaciones religiosas. Sé de muchos casos de voca­
ciones religiosas entre los que fueron alumnos m íos...» 48.

El segundo testimonio es de una época más tardía. Pro­


cede de la señora Juana Kowalska, que vivía en las cerca­
nías de Niepokalanów. He aquí un extracto:
«He escuchado muchas veces los discursos del P. Kolbe
dirigidos a los fieles, y afirm o que se prodigaba por entero
en estas enseñanzas, anhelando atraer a todos para el Se­
ñor. Adm inistraba los sacramentos con gran devoción, de
modo que se veía en él un sacerdote fuera de lo común.
Para los pobres tenía el corazón y las manos abiertas.
Apenas llegado, organizó en el convento reparto de co­
mida para ellos. Iba a visitar a los enfermos y desgraciados
de los contornos. A todos prodigaba ayuda, según las p o ­
sibilidades que tenía...
Am aba sobre todas las cosas a Dios y a la Virgen, y ex­
presaba su am or con la plegaria fervorosa y constante. En
la pequeña capilla dirigía frecuentemente al pueblo pala­
bras llenas de fuego, exhortando a amar a D ios y a la In­
maculada. El nom bre de la Virgen Inmaculada estaba
siempre en su boca.
Hablaba de la bondad de Dios, de la m isericordia, y
conducía a todos a la oración y al servicio del Señor...
Le observaba frecuentem ente durante la misa, y debo
atestiguar que ningún sacerdote celebraba com o él...
Sufría mucho a causa de pecados ajenos, de los que oía
hablar con frecuencia; pero tenía siempre confianza en que
los pecadores se convertirían. ¡N o decía jamás sus nom ­
bres! En los sermones invitaba a los fieles a rogar po r los

48 F a c e n d a , p .66-70.

277
pecadores y a hacer ofrendas a Dios por sus inten-
ciones» 49 .
También como catequista el P. Kolbe se presenta a los
sacerdotes como modelo o artista de pastoral.
De nuevo cedemos la palabra al Card. W ojtyla, quien en
una preciosa homilía analiza la actividad catequística de P.
Maximiliano.

C atequista de su tiempo y del nuestro (Card. W ojtyla)

Pronuncia su homilía el 15 de octubre de 1977, en la


Casa Kolbe, antigua sede del Colegio Seráfico Internacio­
nal, en el que realizó sus estudios y fundó la M ilicia de la
Inmaculada el P. Maximiliano.
Otra vez se encuentra en Roma para participar en un Sí­
nodo episcopal, cuyo tema principal versa sobre la catc­
quesis. Esta circunstancia de pie al cardenal para examinar
«cómo [la catequesis] ha sido explicada y personalmente
concretizada por nuestro Beato» .
Tras una breve explicación del término «catequesis» o
«catecismo», recuerda el Card. W ojtyla las tres verdades o
condiciones esenciales de la catequesis cristiana. Estas son
sus palabras:
«Los Padres sinodales han formulado tres esenciales ver­
dades sobre este argumento de la catequesis o catecismo.
En primer lugar, la catequesis está necesariamente ligada
a la palabra de Dios; se efectúa transmitiendo esta palabra
y tiene dos momentos: la explicación y la aceptación. Los
catequistas, personas de fe sólida, tienen la tarea de llevar a
su madurez la fe de aquellos a quienes se dirige la cate­
quesis...
En consecuencia, la palabra de Dios, fuente primera de
la catequesis, llega a ser viva y eficaz cuando la transmi­
sión de la palabra se ve acompañada del ejemplo de la
vida. La catequesis, por tanto, no puede ser una actuación
puramente intelectual...
Mas, puesto que la vida cristiana es una existencia en
Cristo, la catequesis alcanza su plena dimensión cuando la
escucha de la palabra se acompaña con el testimonio de la
vida. La una y el otro se realizan y se expresan en el orden

49 Ibid., p.760-71.
50 WOJTYLA, Karol, Massimiliano Kolbe..., p.74.

278
sacramental, que es aquel en el que el cristiano se encuen­
tra con la acción del Dios viviente, con Jesús, Verbo de
Dios...» (Los subrayados son nuestros).
Hecha esta alusión a los puntos fundamentales de la ca­
tcquesis, tal como el Sínodo había declarado —con una
m uy activa participación del cardenal cracoviense—, hace
su aplicación al P. Kolbe como catequista.
Claras y contundentes son sus afirmaciones:
«El Beato Kolbe fue un verdadero catequista de su
tiempo. Decimos de su tiempo, pero se podría decir tam­
bién que de nuestro tiempo, dado que desde su muerte no
han transcurrido aún cuarenta años.
Parece como que este hombre nos ha sido enviado por
la Providencia para anticipar nuestros tiempos, precisa­
mente este año del Señor 1977, en el que la Iglesia, me­
diante el Sínodo, se ha ocupado de la catequesis y ha in­
tentado trazar un perfil del catequista».
Partiendo luego del hecho, admitido por todos, de que
toda su misión fue una verdadera y propia actividad cate-
quética, considera su estilo o método.
Se trata de un método m uy moderno:
«Sabemos bien que, con miras a la catequesis, fundó la
comunidad franciscana de Niepokalanów, allí donde, vi­
viendo en el más auténtico espíritu del Poverello de Asís,
pudiese comprometerse en el apostolado de la prensa, el
apostolado de los mass-media, para expresarnos con un
término del lenguaje moderno.
Comprendía bien cómo todos los medios de comunica­
ción —tanto los ya existentes en su tiempo como los fácil­
mente previsibles— podían servir de ayuda para la difu­
sión del Reino de Dios y del mensaje evangélico, pero
también de obstáculo. Su actividad, tanto en la patria
como fuera de ella, se ha concretizado siempre en realiza­
ciones que pusiesen los medios de comunicación en fun­
ción del Reino de Dios. Este es el objetivo de la obra, que
se sintetiza en el término Niepokalanów.
En la persona del beato Maximiliano —prosigue el car­
denal— toda esta moderna actividad catequética se unía al
testimonio de su vida. Lo saben muy bien quienes le han
conocido y lo sabe ahora todo el mundo. Pero mejor que
nadie lo sabemos nosotros, los polacos, que hemos vivido
la experiencia histórica de aquel período, y podemos con
razón mirar al P. Kolbe como a un singular testigo de
Cristo, escogido por Dios para dar un testimonio abierto

279
en el tránsito entre la primera y la segunda mitad de nues­
tro siglo.
Naturalmente no ha acontecido por casualidad o de im­
proviso su testimonio de Cristo y del Evangelio, sino que
ha sido preparado por toda su vida.
En el campo de concentración de Oswiecim él ha lle­
gado a ser una viva encarnación del gran precepto de la ca­
ridad, la verdadera caridad, más fuerte que la muerte. El
último testimonio del P. Kolbe es ya de por sí mismo una
validísima catequesis para nuestros tiempos.
Por ello ha subido tan rápidamente a los altares y que­
rríamos que su catequesis continuase actuando no sólo en
la Orden franciscana y en la Iglesia polaca, sino en la Igle­
sia universal entera».
Para que el lector no se fatigue, interrumpimos la trans­
cripción unos momentos. A la vez le llamamos la atención
sobre este universalismo del testimonio del P. Kolbe, que
tantas veces ha subrayado Karol W ojtyla como arzobispo
de Cracovia y como obispo de Roma.
«Queda aún por ver —prosigue el cardenal— cómo se
ha expresado en el beato Maximiliano el tercer elemento,
sobre el que se edifica la catequesis, es decir, la participa­
ción en la vida sacramental.
El P. Kolbe celebraba la santa misa —esto es una «pero­
grullada»—, es decir, es una gran verdad que vivía los sa­
cramentos.
Pero querríamos referirnos más bien a aquel período de
su vida en el que no celebraba más la misa, durante su pri­
mera detención y durante la segunda y definitiva en el
campo de concentración de Oswiecim. Se había, en efecto,
ofrecido a ir al bunker del hambre en lugar del hermano
polaco, su compañero de prisión; pero es preciso señalar
que precisamente en aquel lugar y en aquel período, en el
que no celebraba más la misa en el sentido sacramental, ha
celebrado hasta el fin, con su vida y con su muerte, el
santo sacrificio.
De este modo, el P. Kolbe ha participado en el gran sa­
cramento de nuestra fe que es la eucaristía y ésta ha lle­
gado a ser en él actuación de su vocación y de su vida» 5I.
En su conclusión alude el Card. W ojtyla al sentido pro-
fético de esta «catequesis» del P. Kolbe:
«Precisamente al comienzo del segundo milenio del cris­
tianismo en Polonia, la Providencia nos ha dado un beato
51 Ibid., p.73.

280
com o M axim ilian o K o lb e , tal v ez p recisam ente p ara que
pudiésem os releer, a través de él, n u estra grande y d ifícil
m isió n, y , so b re to d o , p ara que aprendiésem os a co rre s­
p o n d er a ella» (ibid.).

A todos nos vendrá bien hacer una relectura similar.


Porque San Maximiliano Kolbe pertenece ya a toda la
Iglesia.

El sacerdote-pastor y Caballero de la Inmaculada

«Ejerciendo, en la medida de su autoridad, el oficio de


Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como
una fraternidad, animada con espíritu de unidad, y la con­
ducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu...
Haciéndose de buena gana modelos de la grey, gobier­
nen y sirvan a su comunidad local de tal manera, que ésta
merezca ser llamada con el nombre que es gala del único y
total Pueblo de Dios, es decir, Iglesia de Dios» (LG n.28).
«Ahora bien: para cultivar debidamente el espíritu de
comunidad, ese espíritu debe abarcar no sólo la Iglesia lo­
cal, sino también la Iglesia universal» (PO n.6).
Esta doctrina del Vaticano II sobre la función del sacer­
dote como pastor o rector del Pueblo de Dios fue vivida a
la perfección por el P. Maximiliano Kolbe.
No hacen falta largos discursos para probarlo. Sus
obras, sus empresas —las que puso en marcha y las que
proyectó— atestiguan su condición de líder religioso, de
hombre práctico, de buen gobernante. Pero de esto ya se
ha hablado al considerar su personalidad humana.
EPILOGO

EL P. KOLBE NOS PROVOCA


E INTERPELA

Al poner punto final a esta semblanza, un doble senti­


miento invade el ánimo de su autor. De gozo, en primer
lugar, porque ha podido transmitir y compartir con sus
lectores la admiración y el amor hacia el P. Maximiliano
Kolbe. De pena, a la vez, porque se da cuenta de las mu­
chas lagunas e imperfecciones de su trabajo, a pesar de los
buenos deseos y del esfuerzo realizado.
Queda mucho por hacer —especialmente en España—
para que la excepcional figura de San Maximiliano sea más
conocida, imitada, invocada.
Ante este hombre nadie puede permanecer indiferente.
Pertenece a nuestra época. Es un Santo contemporáneo,
en el sentido más literal de la palabra. A su muerte mu­
chos de nosotros ya existíamos.
Este hombre —digámoslo con palabras del entonces
Card. W ojtyla— nos provoca e interpela, a los hombres y
mujeres de este tiempo, lleno de temores y esperanzas.
Para todos tiene un mensaje, que debe ser escuchado.
A este hombre le ha tocado luchar y sufrir, al lado de
tantos y tantos que perecieron en el camino.
Intensamente contemplativo, desarrolló una actividad
apostólica, verdaderamente excepcional y gigantesca, en el
campo de los medios modernos de comunicación social.
Enfermo toda su vida, «con un cuarto de pulmón»,
supo vencer la debilidad y enfermedad con su fe y una
energía más que humana.
Cercado por las alambradas del odio y del desprecio del
hombre —mucho más terroríficas que las otras, electrifi­
cadas—, fue capaz de vencer ese odio con un amor inmen­
samente superior.
Tierno y confiado como un niño, se pone al servicio de
la Señora Inmaculada como un Caballero y un soldado,
dispuesto a arriesgarlo todo por su ideal.
283
Este hom bre, MAXIMILIANO MARÍA KOLBE, sacerdote y
religioso, ha alcanzado en nuestro tiempo una victoria si­
milar a la de Cristo.
Su mensaje debe ser escuchado: por los sacerdotes, por
los cristianos, por todos los hombres de buena voluntad.
Es el mismo mensaje de Cristo... «El odio no es fuerza
creadora. Sólo el am or es creador ». Estas son sus palabras,
pronunciadas en un campo creado por el odio y para la
muerte.