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¡Es un niño!

1 de agosto de 2015: 15 semanas. Resignada a que Carlos tenga sus 3 marías, pero es un niño. Lloro
de felicidad. Agradezco a Dios y le pido que no sea mujeriego, que sea un buen hijo, un buen
hermano, un buen esposo, un buen padre. 17 de noviembre de 2015: 31 semanas. Placenta previa
oclusiva total. Reposo absoluto (levantarse de cama solo para ir al baño). Destete de Melissa antes
de los 2 años, sin ni siquiera poder auparla. Mi mamá internada, y ya no podré dormir en el hospital.
Luego de 3 días de estar en cama recién siento que he descansado. 1 de diciembre de 2015: Semana
33. "Ginesaurio" del HTMC me sentencia con una cesárea programada, y me "amenaza" con un
tacto después de 2 semanas. Y aflora nuevamente ese miedo a que mi hijo nazca antes de tiempo. 15
de diciembre de 2015: Semana 35. Mi mamá, en coma hepático. Otra ecografía, mismo diagnóstico,
pero maduración 2/3. Cambio de "ginesaurio". 17 de diciembre de 2015: Mi mamá parte a mejor
vida. Al día siguiente, por un segundo quiero derrumbarme, agotar todas las lágrimas que aún me
acompañan, pero siento que mi niño quiere salirse en ese instante. Después de 47 días en un frío
hospital, la brisa del mar nos consuela. 23 de diciembre de 2015: Semana 36. Gine particular,
recomendado para cesárea humanizada. Otra ecografía, placenta lateral, baja, no oclusiva. Habla de
hemorragia e incluso de histerectomía. 24 de diciembre: Eco doppler. Placenta a 18 mm del orificio
cervical, no acreta. Nicolás tiene el cordón umbilical colgado como con una credencial. A estas
alturas se derrumbaron ya mis planes de parto en casa. 29 de diciembre: La luz. Vuelvo a Marianita.
Intentaremos un parto vaginal con las debidas precauciones. 4 de enero de 2016: "Ginesaurio" no
me extienda el descanso médico y ¡a trabajar! 8 de enero de 2016: Sigo el mismo plan que activó el
parto de Melissa: Aceite de ricino y vaporización con manzanilla. Por la madrugada tengo
contracciones fuertes, tanto que pienso que voy a parir. Salgo muy temprano a consulta con
Marianita, la acompaña Francia, quien recibió a Melissa. Supongo que no me ve cara de parturienta.
Me revisa, parece que va a empezar el trabajo de parto, tengo ya 38 semanas, me inyecta un
antihemorrágico por precaución. Puede ser ese viernes o el sábado. Las contracciones se espasean y
se atenuan. Decido ir a trabajar. Todo el día tengo como un dolor de regla, en la parte baja de las
caderas. Pienso que otra vez por la madrugada se activarán las contracciones. Pero no, duermo
como un tronco. 10 de enero de 2016: Salimos de mercado acompañados de mi suegra. Decisión
final, ir esta vez sí a Bucay. Nos acompaña mi hermano y su familia. Destino final, Pallatanga con
una rica fritada. 11 de enero de 2016: Parece que he perdido un poquitín de líquido, y aparece un
moco transparente, aunque no sé si fue el tapón mucoso. 12 de enero de 2016: Compras para el
jueves preparar una lasaña por los 2 añitos de Meli. 13 de enero de 2016: ¡Sí!, Nicolás decidió el día
de su nacimiento. Rompió la bolsa de líquido amniótico cerca de la 01:00, pues sí, estaba segura
que no me había orinado. Después de muchos intentos de llamado con un tierno "Amor, amor", le
grito: "Carlos". Quiero levantarme de la cama, pero no quiero ensuciar el piso, le pido que me pase
un trapo para pararme. Me dice: "¿y ahora?". A dormir hasta que me vengan las contracciones.
Huelo la cama, y sí es el olor a cloro del que mucho he oído hablar. Así que no, no me he orinado.
Luego de un rato sigue derramándose líquido claro y me entran ganas de hacer pipi. Ingreso a la
ducha, quiero darme un baño antes de ponerme un pañal de adultos para evitar el derrame y dormir.
¡Oh no!, sin lentes no veo bien si son restos de popó en medio de un líquido ya esta vez amarillo
verdoso. Me pongo mis lentes, y sí, veo incluso algo que pensé que era un coágulo de sangre, pero
no, lo toco y tiene el color y textura de un puré de arvejas. Y enseguida se me viene a la mente el
fantasma de mi primer cesárea. Son la 01:30 despierto a Marianita, me dice que vaya a su
consultorio, que allá vemos qué hacemos. Despierto a mi hermano, llevamos a las niñas a su casa.
Llegamos casi a las 03:00 Se queda mi cartera en casa, estoy sin dinero, sin documentos. Tacto,
apenas 1 cm de dilatación, cuello grueso y bebé alto. Cero contracciones. Marianita me dice que por
lo general los bebés descienden al romperse la bolsa. Que podría inducirme, pero con el meconio no
se puede esperar tanto, y que no sabemos cuánto tarde el cuello en ablandarse. Así que me
recomienda una cesárea y llama al cirujano. Nos dirigimos a una clínica, que de casualidad queda a
3 cuadras de la casa en la que por 23 años viví con mi mamá. Sí, mi hijo nació en "la zona", cerca
de donde vivieron sus abuelos y su bisabuela, diagonal a la iglesia. Ingreso sola al área de tamizaje,
escuchan los latidos con una corneta de Pinard, se pierden al final. Son cerca de las 04:00. Llega el
cirujano. Quiere hacerme un tacto, le digo que mi doctora me acaba de hacer uno (pienso en el
riesgo de infección por el meconio y la bolsa rota). Llama a Marianita, entra y me evito el tacto,
solo me pide pujar. El cirujano me dice que no consiguen anestesiólogo ni pediatra y que quiere
verificar si debe derivarme a otro hospital. Cerca de las 05:00, ya están en camino los dos
especialistas que buscaban. Pero antes, un pinchazo para exámenes de laboratorio. Marianita me
acompaña para hacer la espera menos larga y más amena. Y mientras charlamos la primera
contracción, pero muy tenue. Le pido que intercedan ante el doctor para que mi esposo pueda entrar
al quirófano. Y él dice: "No, los esposos no pueden entrar". ¡Qué terrible! Otro pinchazo para el
suero. Muero por hacer pis, y entiendo a mi mamá, qué difícil se me hace orinar en un pañal.
Sentada en una silla de ruedas, rumbo al quirófano, la enfermera me pregunta alarmada, "¿y la
peluca?, ¿por qué no te has hecho la peluca". Pues, porque estaba esperando un parto normal. Pido
que no se lleven mis lentes. Prometen desinfectarlos para entrarlos al quirófano. Y parto,
acariciando mi vientre, diciéndole a mi hijo que ha sido vaguito, que ha echado al traste los planes
para celebrar los 2 añitos de su hermana. En el trayecto el asistente de quirófano me pregunta si me
voy a ligar. ¡Ay!, no había pensado en eso. Le digo que no sé. Ya son las 05:00. Ingreso al
quirófano. Veo a Marianita ya desinfectándose las manos y poniéndose la vestimenta quirúrgica. El
anestesiólogo me pregunta si tengo más hijos, le digo que este es mi tercer hijo. Así que asume que
no tendré problema con la epidural. Sí, esa fue la parte más sencilla de la cirugía, lo peor, el dolor
posterior. La enfermera pone la música que le gusta al cirujano. Por qué no preguntarle a la
parturienta. No recuerdo cuál, pero Nicolás nació en medio de una salsa pegajosa. Recostada,
enseguida comienzo a oler a carne quemada, pues sí, soy yo. En menos de 15 minutos el
anestesiólogo me pone los lentes para que vea a mi príncipe. Viene con dos vueltas muy ajustadas
del cordón umbilical alrededor de su cuello, tanto que Marianita dice que es Nico tiene tendencias
suicidas (risas). Por ello, el cirujano dice que fue muy buena elección hacer la cesárea. Respire,
respire. Enseguida lo desenrendan. Esperan los 3 minutos de rigor que dispone el MSP para cortar
el cordón. Escucho su primer llanto, son 05:15, cual conejo sacado de un sombrero me enseñan a mi
niño. Soy la primera en verlo, lo miro y pienso que es igualito a Sofía. La última eco marcaba cerca
de las 7 libras, así que quería avistar si era gordito, pero no, es un flaco laaargo. Midió 52 cm y pesó
3.280 g. Apresuradamente se lo entregan al pediatra, temen que haya aspirado meconio. Esta vez es
el cirujano el que me pregunta si voy a ligarme. Le digo que no. Luego de la sutura, le digo a
Marianita que si todo está bien quiero tener a mi bebé sobre mi pecho. Lo han puesto en termocuna
con oxígeno suplementario, solo por protocolo. Va, lo retira y pone sobre mi pecho. Asegura que el
pecho de una madre es la mejor termocuna. La enfermera refunfuña. De vuelta a la termocuna.
Marianita le toma su primera foto y me la muestra. Después de unos minutos, ahora sí lo cojo entre
mis brazos, me ve con sus ojitos chinos, que en ese instante me parecieron grises, le pongo el pecho
cerca de su boquita y se prende con vehemencia, se cansa y dormimos juntos. Qué placentero fue
dormir con él sobre mi pecho, así las horas volaron . Nos despierta otro pediatra que lo va a revisar,
y Nico es un mar de llanto. Vuelve a mi pecho y deja de llorar y vuelve a dormir. A las 10:30,
cuando ya nos llevan a la habitación, una enfermera quiere ponerlo en la cunita, y otra le advierte
que lo lleve nomás sobre el pecho de la mamá, porque nadie nunca más lo volverá apartar de ahí.