Você está na página 1de 177

José Manuel Regalado

MEMORIA DEL MAESTRO

(Antología de textos)

Salamanca
2008
Los textos son propiedad de sus
autores o, en su caso, de los
herederos que marque la Ley;
han sido utilizados con fines
didácticos y pedagógicos, sin
intereses económicos ni ánimo
de lucro.

José Manuel Regalado


ISBN: 978-84-691-6814-1
Depósito legal: S. 1427 - 2008

Imprime:
Artes Gráficas JOMAN, S.A.
Salamanca
A Enrique Valdeón
Estudio es ayuntamiento de maestros et de escolares que es fecho en
algún lugar con voluntad et con entendimiento de aprender los saberes
ALFONSO X

Un profesor trabaja para la eternidad:


nadie puede decir dónde acaba su influencia.
Henry ADAMS

El profesor mediocre, dice. El buen profesor, explica.


El profesor superior, demuestra. El gran profesor, inspira.
William WARD
La mesa del maestro, el reloj, el encerado, el ábaco,
Europa Física… Y Don Quijote apedreado por las huestes
de Ginés de Pasamonte a quienes Don Quijote (I, XXII)
libera de los cuadrilleros de la Santa Hermandad…
¿Por qué la libertad?
¿Para quién la libertad?
LUGAR DEL ÁBACO

Lo aprendí hace muchos años con el profesor Antonio Prieto de la


Universidad de Madrid, en un curso sobre el Siglo de Oro: A veces se
camina en tristeza; no es estar triste sino ser y permanecer en la tristeza, la
nube negra que viene de lejos.
Hace tiempo que camino en tristeza. Son muchos días y muchos años
en la sementera para recoger, al fin, muy pocas cosas esenciales; desde la
última vuelta del camino, como diría Baroja, vuelves la vista atrás y ves
cuán poco rinde la sembradura… Pero no envidias al que ha tenido una
vida más fácil y te sientes ante estas hojas con el nerviosismo del primer
día y del primer amor. Y no estás lo suficientemente triste como para soli-
citar un prólogo. Yo, nunca he pedido un prólogo; bueno, yo nunca he
pedido nada y de la ciudad que no me ha amado soy su desmedido preten-
diente, su despechado amante, orillas de este río, en el abrazo de las mura-
llas y los puentes.
Por eso están aquí estas palabras, a modo de prólogo ante los textos que
ahora publicamos y que vivieron muchos años en mi corazón, tantos como
me dieron vida y carne, y el pobre pan a veces con el que atendía la mesa
candeal de los hijos (¿Dónde estarán ahora?. ¡Lejos, llenos de mi corazón!).
Pero la chispa que puso todos esos fragmentos en libro fue la llamada
de Enrique Valdeón, entonces mi compañero y siempre mi amigo:

9
Oye, necesito cuatro o cinco textos sobre educación para unas lectu-
ras… En una especie de paseo literario, en una reunión pedagógica…
Celebramos los veinticinco años de profesión…
Nada, nada, cuenta con ellos…
¡Qué soñar gozoso! ¿Quién no siente la emoción –o la necesidad– de
recitar en una reunión entrañable a unos rectores de la educación, algunos
ya hechos a sus mullidas alfombras cuando no a imponer a la enseñanza
dirección y sentido, el texto machadiano:

Una tarde parda y fría


de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
“mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón”
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.

Y hacerles ver, oh delicia, que no se debe cometer el error de lectura


“los colegiales estudian Monotonía”, hay que poner atención a los versos y a las
pausas, y ya en el significado, atención al verbo “truena” que define el tra-
bajo –y la ronquera– del maestro, lejano él a las dimensiones curriculares…
que el texto resume el amor y el dolor del 98, la vocación y la pobreza…

10
LUGAR DEL ÁBACO

Al anochecer, me puse a buscar los textos en mi corazón y a la maña-


na siguiente en mi biblioteca. A los dos días había reunido noventa y cua-
tro textos…
Ya tenían aspecto de libro, los reuní, los grapé y al frente puse, como
podrán ver ustedes, “A Enrique Valdeón”. Sin más, él estaba en la raíz de
este libro y en tantos lances poéticos. Se lo dediqué porque se lo merece no
porque lo necesite. O también.
Pero todavía le quedaban a Enrique varios dolores –y amores– por este
libro que luego nunca le pedí –no pido nada– que publicara y que lo hace-
mos hoy como una donación, vivimos esto, pero no vivimos de esto.
El primer dolor llegó con la lectura ante los colegas, que ya no tenían
la edad cálida de sus años mozos, pero entre los que predominaban muje-
res en sedosa hermosura; todos ellos ya profesionales de la enseñanza, dise-
minados por la geografía patria y muchos de ellos en

la arena del sur caliente


que pide camelias blancas

Era marzo. Algunas vivían en Sevilla, y en Sevilla marzo huele a don-


diego de noche, a albahaca, a vino de la feria, huele a abril el marzo de
Sevilla y las rectoras de su enseñanza habían elegido para el congresillo no
las pautadas reglas del currículo (y mucho menos sin tilde) y se llegaron a
Salamanca en marzo (que aquí sabe aún a nieve y a febrero y, es más largo)
con sus transparencias y sus tules, con sus chales sobre los hombros, hacien-
do honor al becqueriano “cendal flotante de leve bruma”.
Enrique había elegido para la ocasión, amén de ocho o diez textos, un
lugar de inicio del paseo que para él era corazón y alma, viva historia de
cultura y de amor, el Convento de San Esteban y allí estábamos –José María
Hernández Díaz y Antonio Arroyo son testigos– ante sus muros altos y en
sus claustros húmedos, en el desasosiego del musgo de los pozos…
Pero las damas altas, calandrias, sólo aguantaron diecisiete líneas
–creo que de Feijoo, uno de los pocos textos que no es del XX–; tiritaban
despavoridas por los claustros, apretaban los tules contra sus cuerpos vene-
rables y, al final, una patrulla de la policía tuvo que evacuarlas a Almacenes
Ara… ¡Se suspendió el acto!

11
Ahí terminó la primera aventura de este libro.
La segunda se inicia cuando Enrique regresa a mis soledades y me dice
que lo editamos en lo que fue (y es) nuestra (suya y mía) PASIÓN DEL
LUCÍA.
Al anochecer sentí de nuevo la tristeza, la andadura de la tristeza y de
la sombra, lo inútil de la verdad y de la memoria. Aunque mi escritura es
la poética y la he desarrollado plena y gozosamente, sin editores y sin flo-
res mustias, día a día el poema como un pan de horno; aunque ese haya sido
mi trayecto literario –¿quién pretende medir la dicha por los premios?–,
lejos de casa saben y aquí algunos, que he hecho crítica literaria, antologí-
as y –ya viejo– libro de memorias…
Cuando escribes sobre la infancia, en el eterno retorno, es que ya no
puedes escribir de ninguna cosa… Las ciegas parameras…
Enrique sabe que memoria (y de infancia) era el libro LOS DÍAS
AZULES, publicado en 1988 en esta colección y reeditado en LF edicio-
nes en el 2000, tantas veces imitado y copiado, siempre silenciado por
los críticos y santones de la ciudad amurallada.
Enrique Valdeón sabe, como Director de esta colección, que nosotros
publicamos la más nueva y moderna antología taurina, sólo superada por
dos en España, una de ellas del venerable Cossío; y sabe también, porque
le duele a él, no a mí, que las autoridades políticas o culturales, contrata-
ron –a buen precio– a sabios del toro y del recital, con un pobre bagaje y
una voz exquisita, inútil para tanta vanagloria. Al pasar Peñaranda se pre-
guntaron:
–¿Qué les decimos a estos?
Nosotros permanecimos pobres y callados.

El segundo calvario de Enrique con este libro fue para urgirme su


puesta a punto, para la búsqueda de un prólogo, a ser posible de una per-
sona ilustre, alta, digna, de buen comer… que diera prestancia a lo que
aquí decimos.
No fue posible.
Enrique ha ido y venido de la casa a la imprenta, de la imprenta a la
ribera de los ríos, de los álamos al viento que los mueve, para moverme o

12
LUGAR DEL ÁBACO

herirme… Pero hasta hoy no entró en mí la pasión de los prólogos. Creo


que lo debiera firmar él.
Volví a este libro que había sido (y es) la raíz de mis primeros lances,
la memoria de mi vieja pasión educativa y volvió con sus textos el caballo
blanco de mi abuelo por las riberas del Huebra, caballo sobre el que –lo he
contado en otro lugar– tomé posesión de la Escuela Unitaria de San
Muñoz… Digo sobre el caballo porque el alcalde no me mandó bajar y
entonces, mi abuelo, el caballo y yo, nos dirigimos al Maestro –único– que
ejercía de Secretario –gracias, Octavio; gracias Ángeles; Tere, ¿estás ahí?–.
San Muñoz (Salamanca), no es Muñoz, nombre que figura como mi
lugar de nacimiento, pero lo cierto es que yo nací más cerca de la raya de
San Muñoz y allí volvía, liberado del ganado bravo y del lobo, de los
barrancos de la ribera donde anidaba el abejaruco, lejos del enjambre que
crecía como espuma en el interior del alcornoque…
Mi abuelo me llevó, orgulloso, (yo tenía dieciséis años) a sustituir
nada menos que a Don Martín Baile que además de las clases tenía paja en
todas las estaciones de la línea de Fuentes de Oñoro y que en la misma raya
de Castillejo (mi lugar real de nacimiento) tenía una granja rudimentaria
de gallinas, todas negras –¿Leghor?–. Mis abuelos sólo tenían blancas o
cucas. Don Martín le regaló a mi abuelo una pareja espléndida, gallo y
gallina, brillantes como el ébano…Mi abuela recibió aquel regalo como un
mensaje infernal, como quien recibe un legado del más allá, almas avícolas
hechas carbón por sus pecados, pecadillos que, al fin, acabaron llenando el
gallinero de la abuela de pollitas en flor, vivas, lúcidas, pero negras… y
además ponían los huevos morenos, como mulatos, como velados por la
máscara infernal de sus progenitoras. Y progenitores, porque por la expla-
nada de la casa se paseaban engallados –¡claro!– majestuosos pollos en edad
de merecer…
– ¡La culpa la tiene tu abuelo que es amigo del maestro!
Pero mi abuelo admiraba a Don Martín y lo tenía por experto en galli-
nas y piensos, así como lo desprestigiaba en tareas vaqueras desde que un
día en el que se le escapaba la vaca suiza al trote, Don Martín subió a la
Orbea y la persiguió hasta las Casas del Marqués. Mi abuelo guardó un res-
petuoso silencio y al rato masculló:
– ¡Cuándo se ha visto volver una vaca en bicicleta!
– Por suerte –no, no, por rigurosa oposición– a ese maestro lo susti-
tuí yo…

13
Muchas tardes del otoño, al calor de la panadería y de sus hornos, releí
e inventé muchos textos, los hice vida y milagro, devocionario y metodo-
logía. ¡Entonces no había dimensiones curriculares!
Con ellos me fui a Ronda (Málaga) como Profesor de Literatura. Los
amplié al amor de la serranía, pude esparcirlos entre atentísimas alumnas
de mi Instituto con las que fui duro en sintaxis y en ortografía (perdón)
creyendo que aquello servía para algo y a pesar de la dureza, ellas, la ciu-
dad entera viene a mí o voy yo a ella, siempre con un gesto de amor sobre
las torres del alma.
Ronda fue mi destino y mi amor, mi vocación y el encendido lugar de
la lejanía. Eterna, mítica, al menos ahora en el vano intento de apresar el
tiempo (ido).
Dejé el sur en cuerpo, no en alma, por aquello de los Cuerpos y llegué
a Vitoria como Catedrático de Lengua y Literatura. En Vitoria, donde
muchos no hubieran resistido en aquella época ni de bedeles, pasé algunos
años hermosos y tuve compañeros, alumnos y amigos, los tengo aún en la
hermosa ciudad; mis alumnos vitorianos, me enseñaron a beber el vino de
Rioja y a valorar la carne asada, me enseñaron que las chuletillas de cor-
dero se asan al sarmiento, que no es poca sabiduría entre la huida y la san-
gre de aquellos tiempos. Me llamaron, lejanos, y los amé cuanto pude.
¡Gracias a la llanada alavesa donde fui tantas veces alumno de
Zugarramurdi!. Si sirve para algo, desde allí, gané un Premio internacio-
nal de Poesía, El Bardo, con Tiempos de penuria, inédito, claro, a pesar del
prestigio del Jurado.
Del esplendor de los cargos me salvó la campana. Tarde, de resultas,
en julio de 1977 o 78, cuando yo preparaba un nuevo curso para el
Francisco de Vitoria, así se llamaba el Instituto, me trasladaron a Béjar
(Salamanca).

Béjar. Sabrán que no soy de allí porque le pongo tilde. Odio la deja-
dez de esas ciudades que llevan la tilde clavada en el alma y la olvidan en
sus comisarías de cultura, en sus ayuntamientos plenos, cuando no la des-
precian: Béjar, Hervás, Úbeda… (Les recomiendo un viaje a la hermosa
ciudad, casi machadiana, donde pueden leer todos los rótulos sin tilde o
algo más concreto: Ceramicas Gongora, Ubeda, Jaen).

14
LUGAR DEL ÁBACO

El Instituto se llamaba , se llama, “Ramón Olleros Gregorio” y ocupa


el antiguo Palacio Ducal. Se puede perdonar todo por dar clases entre los
escudos de Don Francisco y Dª Guiomar, los Duques de Béjar, padres del
séptimo, Don Alonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, marqués de
Gibraleón, Conde de Benalcázar y Bañares, Vizconde de La Puebla de
Alcocer, Señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos, al que
Cervantes le dedicó el Quijote y Don Luis de Góngora las Soledades en el
memorable poema:

Pasos de un peregrino son errante


cuantos me dictó versos dulce Musa
en soledad confusa,
perdidos unos, otros inspirados.
¡O tú que, de venablos impedido,
muros de abeto, almenas de diamante,
bates los montes, que de nieve armados,
Gigantes de cristal los teme el cielo;
donde el cuerno, del Eco repetido,
fieras te expone, que al teñido suelo
muertas pidiendo términos disformes,
espumoso coral le dan al Tormes:
Arrima a un fresno el fresno, cuyo acero
sangre sudando en tiempo hará breve
purpurëar la nieve,
y en cuanto da el solícito montero,
al duro robre, al pino levantado,
émulos vividores de las peñas,
las formidables señas
del oso que aun besaba, atravesado,
el asta de tu luciente jabalina,
o lo sagrado supla de la encina
lo Augusto del dosel, o de la fuente
la alta cenefa lo majestüoso
del sitïal a tu Deidad debido.

15
La dedicatoria en las SOLEDADES, de Góngora (1611).
La dedicatoria del QUIJOTE (1605).
¡O Duque esclarecido!
templa en sus ondas tu fatiga ardiente,
y entregados tus miembros al reposo
sobre el de grama césped no desnudo,
déjate un rato hallar del pie acertado
que sus errantes pasos ha votado
a la Rëal cadena de tu escudo.

Honre suave, generoso nudo,


Libertad de Fortuna perseguida;
que a tu piedad Euterpe agradecida,
su canoro dará dulce instrumento
cuando la Fama no su trompa al viento.

Perdón por la larga cita.


Yo viví Béjar en estos poemas.
Y Góngora regresaba en las mayúsculas de los nombres mitológicos,
en la Mitología misma, en el hipérbaton como un cristal de roca, clarísimo
pero de difícil estructura… En émulo, en pupurëar…
Pero ahí, además de la imaginería barroca, estaba Béjar, sus bosques,
sus montes nevados –almenas de diamante–, estaba la fuente de El Bosque
(el cerrado paraíso) y la real cadena del escudo ducal…
Como demostraron una noche, Semanas Culturales ya lejanas, no per-
didas, José Luis Majada Neila y Mª Dolores Alonso Rey, compañero y
alumna, hoy Catedrática de la Universidad francesa.
Tiempos de madurez y de dolor.
Allí donde la nieve tiene nombre de mujer.
Se podía dar todo por bueno, a pesar de los troncos que las riadas dejan
en la navegación de todos los ríos.
Estaba más alta la visión de Cervantes, la emoción de Góngora, el res-
peto airoso por las alumnas y alumnos, los mejores dibujantes y pintores
del mundo. Vuelves a caminar en tristeza.
¡Béjar!

18
LUGAR DEL ÁBACO

Publiqué, con una preciosa plumilla en la portada que representaba


los torreones del Palacio Ducal, obra de Antúnez, el librito –¿dónde
está?– Lugar del ábaco de donde hoy le viene el título a este largo proemio,
porque he querido rendir con él, como entonces, un homenaje a la nieve
–aunque fría– que acoge (en su seno) la actividad educativa de la ciudad
entera.
Más compleja fue la creación de Cuerpo de Hombre, uno de esos libros
que aunque pretendía lo mismo, honrar en el ejercicio de la donación, fue
vencido por el culturalismo, por la leyenda, por el fulgor último del amor
o por el aliento del padre que me explicaba de niño el nombre del río de
Béjar. Por ellos.
Allá el amor en la nieve, en el resplandor de la helada con nombre de
mujer.
Y volví a Salamanca.

No sé, quizá porque “el hombre quiere caer donde el amor fue suyo un día”
o porque como dice el viejo proverbio: De joven admiras al pájaro que vuela
adonde quiere y de viejo al árbol que muere donde nace”.
¡Volver a Salamanca!

El “Lucía de Medrano”. No tuve muchos reparos, no recordaba ni lo


que había pedido, ni el orden en el que había pedido. El “Lucía de
Medrano”, entre el Clínico y el Cementerio de San Carlos Borromeo, algo
me saldría barato, la ambulancia o el coche fúnebre; me informaron de que
no era así, las Compañías te desplazan, cadáver, para cobrar los honorarios.
Por los alrededores del Lucía rondaban los muertos para hacer tiempo…
¡El mito del “Lucía”!
La medida de la mujer, el eterno femenino.
El temblor de la primera clase, del primer cigarrillo, del último
amor…
¡Cuánto lo amé!
Días de vino y rosas, de más vino que rosas o igual por igual.
Lo dirigía Ángel Costa.
– ¿Vendrás preocupado por la Jefatura de Seminario?
– Vengo preocupado por la creación poética, por el recuerdo de la
Cátedra que ocupó Ruiz Peña…

19
El temblor.
– Mira, aquí el Secretario, Carlos Usero…
– Sí, sí. ¿Con qué Usero hacía yo atletismo?
– Debió ser con mi hermano José María…
– ¿Tomamos un café?
– Sí, sí.
Vislumbro al señor del bar que está detrás de la barra. Oye, ¿cómo te
llamas?
– Isidro.
– No lo olvidaré, es el nombre de mi padre…

Y lo tuvimos presente hasta que quedé huérfano no hace tantos años.


Gracias a estos personajes se hizo ligero, muchas veces, el peso de la deso-
lación.
Y, más tarde, surgió la locura del Lucía. Ya era Director Enrique
Valdeón. Pasión del Lucía. Más allá de las clases: Pintores. filósofos, escrito-
res, poetas, cuentistas, libros de la memoria, memoriales del vino, de las
rosas… Hasta este libro que hace el número doce de esa colección.

¿Y qué es este libro? Pues en primer lugar, un homenaje a todos los


que enseñan y han enseñado desde el nivel primero de la educación infan-
til hasta las altas esferas de la Universidad. A vosotros, los que habéis espe-
rado el coche de línea en un cruce de caminos. A vosotros, los que habéis
estado en las pensiones de los pueblos al olor del heno y la panera. A los
que habéis enseñado la regla de tres, la regla de aligación y los ríos de
España… A vosotros los que habéis hecho aprender a los niños las retahí-
las de la memoria, la instrucción, aún no la educación, pero a veces lo único
que nos ha quedado: Machichaco en Vizcaya, Ajo en Santander, Peñas en
Asturias, Ortegal y Finisterre en La Coruña, Trafalgar y Tarifa en Cádiz, San
Antonio y La Nao en Alicante, Creus en Gerona…
Como dicen los toreros: ¡Si rompe pa bueno, va por vosotros!.

En segundo lugar, una antología de textos literarios que tienen la fres-


cura y la ironía del literato y no la gravedad del pedagogo aunque similar

20
LUGAR DEL ÁBACO

sea su influencia. Textos graves de Pestalozzi o Montessori, incluso de


Giner o Cossío, no están aquí; están, casi todos del siglo XX, los suficien-
tes para notar la importancia del proceso educativo en los ámbitos de la
creación y de la inteligencia; todos ellos imbuídos del amor y el cariño, del
realismo y la imaginación, del recuerdo palmario o de la invención humo-
rística, casi siempre más de lo primero.
Se leen con gusto y son varios y diversos, no dados al abrumador can-
sancio de lo repetitivo ni a la exposición científica de las teorías. Presentan
una educación a pie de obra, sufrida y dolida desde los tiempos del 98 hasta
hoy pero no por ello faltos de actualidad. Siguen vigentes.
Alternan muchas veces la prosa y el verso lo que da lugar a la varie-
dad expresiva, podría recitarse un texto y leer otro. Su brevedad los salva
del cansancio; su variedad, del aburrimiento.
Textos para imitar como norma, textos para todo lo contrario. Textos
para el amor y no para el castigo; es crucial el de Unamuno en el
Cancionero:

Las letras entran con sangre,


cantó la vieja canción;
las sangres entran con letra,
canta la nueva canción.

La estirpe, la sangre, el don, lo aportan las letras, el ejercicio de la


enseñanza y del aprendizaje porque, repetimos, “enseñar es ante todo y
sobre todo aprender”.

En tercero, una antología ordenada por unos subtemas que le dan


mayor sentido, aunque los textos todos son independientes. Los apartados
son los señalados en el índice:

1.– El maestro
2.– La clase
3.– La disciplina
4.– La lección
5.– Los recuerdos
6.– ¿Quién educa?
7.– Visita de padres
8.– La teoría

21
Sobra perchero para las pocas posesiones
de Machado en la ciudad andaluza,
siempre en la venta, entre los olivares, a
medio camino de Úbeda a Baeza, donde
la encina negra por entre cuyos ramajes
revolaba la lechuza...
LUGAR DEL ÁBACO

El primer texto, la canción fúnebre de Antonio Machado ante la


muerte de su maestro Giner de los Ríos (rondeño, por cierto, 1839) abre el
libro como una declaración de principios y demuestra lo que son nuestros
textos y la asimilación de lo ideológico al verbo estético.
Antonio Machado conoce la muerte de Giner en Baeza y allí fecha el
poema el 21 de febrero de 1915–
Comienza con la antonomasia “el maestro”, la visión luminosa de la
muerte y la exaltación del trabajo:

Como se fue el maestro


la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.

Y más adelante esquematiza la ideología de Giner casi con un méto-


do científico, ceñido eso sí a la cárcel de amor de la silva arromanzada:

…Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan,
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques sonad; enmudeced, campanas!

Un duelo de trabajos, ahí late la Regeneración de España, no en balde


el final del poema exclama:

“¡Allí el maestro, un día,


soñaba un nuevo florecer de España”

La bondad, el espíritu, el alma. Me voy y vuestra es la vida, el maes-


tro influye en la eternidad: ¡Vivid!. En contrapunto a la visión egocéntrica
de Juan Ramón:

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando

23
El sentido de entrega que tiene toda enseñanza:

Lleva quien deja.

Y el criticado verso de “Yunques, sonad” que no es otro que el dicho


popular “A Dios rogando y con el mazo dando”, efectivamente dicho aquí
con excelencia.

Otra visión del tema educativo –connatural al 98, sagrado y recurren-


te en Unamuno, central en Machado– es la lección de Don Antonio que
abre el apartado correspondiente, el poema Mis poetas que es el CL de las
Poesías completas. Machado llegó a Baeza en 1912 como Profesor de Francés,
pero ya debió haber entonces “asignaturas afines” y le encargaron, le carga-
ron, una Literatura. El poeta no es un historiador de la Literatura, gracias
a Dios, y los poetas que han dado clase exhibían su sensibilidad ante los
textos, es el caso.
Machado tiene que preparar la clase. Y lo hace bien, por el Manual de
entonces, el Hurtado y González Palencia; años más tarde en un aula de la
Universidad de Sevilla, los alumnos le preguntaban al profesor, Jorge
Guillén nada menos, que iniciaba un Curso de Literatura Española:
– ¿Traemos el libro, Don Jorge?
– Con todo mi respeto para los autores (los citados), traigan el Cántico
Espiritual de San Juan de la Cruz.
Machado toma unos apuntes pero rápidamente se da cuenta de que las
notas son, tienen alma, esquema poemático a poco que se le añada (medi-
da –alejandrinos, 7+7–, estrofa, rima, que todavía no son poema y bien se
nota aquí, pero también espíritu). Ver el texto al que aludimos en la pág.
133, el 1 del apartado IV: La lección. Allí Machado desarrolla las líneas
temáticas de la lección:

El primer poeta de nombre conocido, parafrasea la Introducción a los


Milagros del poeta riojano y cita la alegoría del prado (el paraíso) y dice que
se conserva un retrato, se cree que es él ese monje envejecido. Con el verbo
trovó enumera toda la obra hagiográfica (vidas de santos) y marial
(Milagros de la Virgen); se plantea las diferencias de las dos grandes escue-
las medievales la juglaría y la clerecía y pasa al apartado crítico, a la densi-
dad del verso, a la monotonía de la estrofa que Machado imita con los ser-

24
LUGAR DEL ÁBACO

ventesios. Es un poeta que tiene fuentes escritas, que vive en bibliotecas,


que lee santorales pero que a sus historias le pone corazón. Castellano, por
supuesto.

Aceptad esta donación.


Nada hemos pedido.
Ojalá encontréis un texto, como los que aquí ejemplificamos, que
haga verdad la mitad de vuestros sueños y si podéis compartirlo con vues-
tros alumnos, mejor aún.

Por todo, en esta tarde calurosa de la llanura, cuando el aire tórrido


finge irisaciones de la luz, solos, con las manos vacías, desde la última vuel-
ta del camino, gritamos de nuevo con este libro para que sus textos resue-
nen en la oquedad (caracola) de los cuerpos y se hagan enquistadas pala-
bras no perecederas.

¿Qué tienes, dime, musa de mis cuarenta años?


Nostalgias de la guerra, de la mar y el colegio.

En esta tarde de la estepa calurosa seguimos caminando en tristeza, no


sólo en la intensidad de la tristeza sino también en la tristeza de las ciuda-
des amuralladas. Porque a veces se camina en tristeza.
¡Lejos de las montañas de León, del Puerto del Pontón, Riaño arriba,
para no repetir los horrores del Pozo Grajero en el amargo sabor de la gen-
ciana!
¡Lejos de Castillejo de Huebra!
¡Lejos de Ronda!

JOSÉ MANUEL REGALADO

25
I
EL MAESTRO
Maqueta de Francisco Blanco

Los pupitres, el tinterillo de porcelana,


ese sombrerete blanco que llamamos
tinterillo y, abajo, a la izquierda la leña
para la estufa… Yo he visto la escuela de
Retuerto, en la montaña leonesa, sobre
una alta ceja, cerca de Panderrueda y el
Pontón –¡aquella mañana y la nieve!– ,
escuela que tiene al lado la leñera. (Y el
cementerio que es de esos que ponen el
dintel: Por ti esperamos)..
I - EL MAESTRO

A DON FRANCISCO GINER DE LOS RIOS

C omo se fue el maestro, la luz de esta mañana


Me dijo: Van tres días
Que mi hermano Francisco no trabaja.
¿ Murió ? …Sólo sabemos
Que se nos fue por una senda clara,
Diciéndonos: Hacedme
Un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
Entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
Los muertos mueren y las sombras pasan;
Lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡ Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Y hacia otra luz más pura


Partió el hermano de la luz del alba,
Del sol de los talleres,
El viejo alegre de la vida santa.
… Oh, sí, llevad amigos,
Su cuerpo a la montaña,
A los azules montes
Del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos
De pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón repose
Bajo una encina casta,

29
En tierra de tomillos, donde juegan
Mariposas doradas…

Allí el maestro un día


Soñaba un nuevo florecer de España.

Antonio MACHADO
(Baeza. 21 de febrero 1915)

Sevilla,1985 – Collioure ( F ),1939


En PC, CXXXIX

30
I - EL MAESTRO

E l colegio a que me llevaron no bien había dejado las sayas era uno de
los más famosos de la villa. Era colegio y no escuela –no vale confun-
dirlos–, porque las escuelas eran las de de balde, las de la villa, por ejemplo,
a donde concurrían los chicos de la calle, los que se escapaban a nadar en
los Caños, los que nos motejaban de farolines y llamaban padre y madre a
los suyos, y no como nosotros papá y mamá.

Fue mi primer maestro, mi maestro de primeras letras, un viejecillo


que olía a incienso y alcanfor, cubierto con gorrilla de borla, que le colga-
ba a un lado de la cabeza, narigudo, con largo levitón de largos bolsillos –el
tamaño de los bolsillos de autoridad–, algodón en los oídos, y armado de
una larga caña que le valió el sobrenombre de el Pavero. Los pavos éramos
nosotros, naturalmente; (y tan pavos)...

Repartía cañazos, en sus momentos de justicia, que era una bendición.


En un rinconcito de un cuarto oscuro, donde no les diera la luz, tenía la
gran colección de cañas, bien secas, curadas y mondas. Cuando se atufaba
cerraba los ojos para ser más justiciero, y cañazo por acá, cañazo por allá, a
frente, a diestro y a siniestro, al que le cogía, y luego la paz con todos. Y
era ello una verdadera fiesta, porque entonces nos apresurábamos todos a
refugiarnos del cañazo metiéndonos debajo de los bancos.

Miguel de UNAMUNO
(Bilbao,1864 – Salamanca,1936)

En RECUERDOS DE NIÑEZ Y MOCEDAD, 1908

31
La madera de pino de los pupitres, el
agujero para encajar el tinterillo de
porcelana, el aire rancio de viejo
caserón, los baldosines antiguos,
desgastados por tantos pasos al soniquete
de la recitación o la precisa palabra del
hambre y de la fórmula…¡Pero en estos
pupitres del Instituto de Baeza se
sentaban en octubre de 1913 los alumnos
que vieron entrar una mañana al profesor
de Francés, de torpe aliño
indumentario, y que se llamaba Antonio
Machado!. “Hombre, no sabíamos que era
usted hermano del famoso Manuel
Machado!” le dijo en Soria un contertulio.
I - EL MAESTRO

V osotros debéis amar y respetar a vuestros maestros, a cuantos de buena


fe se interesan por vuestra formación espiritual. Pero para juzgar si su
labor fue más o menos acertada, debéis esperar mucho tiempo, acaso toda
la vida, y dejar que el juicio lo formulen vuestros descendientes. Yo os con-
fieso que he sido ingrato alguna vez –y harto me pesa– con mis maestros,
por no tener presente que en nuestro mundo interior hay algo de ruleta en
movimiento, indiferente a las posturas del paño, y mientras que gira la
rueda, y rueda la bola que nuestros maestros lanzaron en ella un poco al
azar, nada sabemos de pérdida o ganancia, de éxito o de fracaso.

Antonio MACHADO

JUAN DE MAIRENA, Espasa–Calpe, 1936

33
I - EL MAESTRO

BRINDIS
A mis amigos de Santander que festejaron mi nombramiento profesional

D ebiera ahora deciros: "amigos,


muchas gracias"; y sentarme, pero sin ripios.
Permitidme que os lo diga en tono lírico,
en verso, sí, pero libre y de capricho.

Amigos:
dentro de unos días me veré rodeado de chicos,
de chicos torpes y listos,
y dóciles y ariscos,
a muchas leguas de este Santander mío,
en un pueblo antiguo,
tranquilo
y frío.

Y les hablaré de versos y de hemistiquios,


y del Dante, y de Shakespeare, y de Moratín (hijo),
y de pluscuamperfectos y de participios.
Y el uno bostezará y el otro me hará un guiño,
y otro, seguramente el más listo,
me pondrá un alias definitivo.
Y así pasarán cursos y cursos monótonos y prolijos.

35
Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos; él mismo.
Y me guardará respeto y cariño.

Y ahora yo os digo:
amigos,
brindemos por ese niño,
por ese predilecto discípulo,
por que mis dedos rígidos
acierten a modelar su espíritu
y mi llama lírica prenda en su corazón virgíneo,
y por que siga su camino
intacto y limpio,
y por que este mi discípulo
que inmortalizará mi nombre y apellido,
...sea el hijo,
el hijo de uno de vosotros, amigos.

Gerardo DIEGO
(Santander 1896 – Madrid 1987)

En VERSOS HUMANOS, 1919–24


En OC, Aguilar, 1989

36
I - EL MAESTRO

D e pronto se abrió la puertecilla del fondo de la tribuna y apareció un


señor viejo, muy empaquetado, seguido de dos ayudantes jóvenes.
Aquella aparición teatral del profesor y de los ayudantes provocó grandes
murmullos; alguno de los alumnos más atrevidos comenzó a aplaudir, y
viendo que el viejo catedrático no sólo no se incomodaba, sino que saluda-
ba como reconocido, aplaudieron aún más.

– Esto es una ridiculez –dijo Hurtado.

– A él no le debe parecer eso –replicó Aracil riéndose–; pero si es tan


majadero que le gusta que le aplaudan, le aplaudiremos.

El profesor era un pobre hombre presuntuoso, ridículo. Había estu-


diado en París y había adquirido los gestos y las posturas amaneradas de un
francés petulante.

El buen señor comenzó un discurso de salutación a sus alumnos, muy


enfático y altisonante, con algunos toques sentimentales: les habló de su
maestro Liebig, de su amigo Pasteur, de su camarada Berthelot, de la cien-
cia, del microscopio...

Su melena blanca, su bigote engomado, su perilla puntiaguda que le


temblaba al hablar; su voz hueca y solemne le daban el aspecto de un padre
severo de drama, y alguno de los estudiantes, que encontró este parecido,

37
recitó en voz alta y cavernosa los versos de don Diego Tenorio, cuando
entra en la Hostería del Laurel, en el drama de Zorrilla:

Que un hombre de mi linaje


descienda a tan ruin mansión.

Pío BAROJA
San Sebastián,1872 – Madrid 1956

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA, 10, 1.

38
I - EL MAESTRO

EL MAESTRO

S i fuera este gorrión posado en el alféizar


el mismo de mi infancia, el pobrecillo
de quien yo aprendí lo alto
y profundo, y hermosísimo
de ser "don–nadie", el último
–lo importante realmente.
Pero ¿adónde estará aquel maestro
que en el muladar o en el tejado repartía
ese saber? Yo tampoco
soy aquel alumno que aprendía:
perdón le pido a ese otro ángel minúsculo.

José JIMÉNEZ LOZANO


(Langa –SV– 1930)

En SEÑALES DEL HOMBRE, s/a,


en EL TIEMPO DE EURÍDICE,
Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 1996.

39
En l915 edita Calleja esta edición del
Quijote. La que había en mi casa,
deshilachada ya la hilatura de los
cuadernillos, la que nos leía mi
padre, en la que él aprendió a
entonar, ver y juzgar el mundo, lleno
por entonces de molinos y endriagos,
donde aprendimos todos que
Cervantes se burlaba, pero…
¿de qué se burlaba Cervantes?
I - EL MAESTRO

P ero don Arno era un hombre alegre que enseguida espoleó la curiosi-
dad de sus alumnos. Los encerados empezaron a brillar con el exótico
esplendor de los cromos, nutridos de selvas y fieras salvajes y paisajes pola-
res en los que la tiza era una nieve seca que flotaba en los icebergs.
Poco a poco comenzaron a seguirle, fascinados por aquella habilidad,
pertrechados con el papel barba y los carboncillos y los difuminos, aten-
diendo sus indicaciones para dibujar los objetos más triviales y cercanos,
que él les descubría con una mirada nueva en su representación.
Y las hijas (de Don Arno) no tardaron mucho en recurrir a ellos, esta-
bleciendo un juego de preferencias y olvidos, como el de esas primas mayo-
res que entretienen sus ensoñaciones simulando los cariños y los agravios
que se tejen en las novelas.
...
Con don Arno iban y venían por los patios y el monte, sin que exis-
tiera distinción entre el recreo y la clase, conociendo, sobre la indicación
siempre alerta de su mano, lo que en el paisaje jamás habían visto, el des-
cubrimiento de tantas cosas que deberían representar esos dibujos.

Luis MATEO DÍEZ


(Villablino, León, 1942)

LA TIZA, en LAS ESTACIONES DE LA MEMORIA,


Vuelapluma, Edilasa, León, 1999

41
I - EL MAESTRO

(LOS PROFESORES DEL ESCORIAL)

O propendían a humillarse con ingenua reverencia de aldeanos ante los


espíritus superiores de que alcanzaban noticia, o la aplicación docen-
te no pasaba de ser –en los más cultivados– empleo subalterno de la vida.
En los albores de la pubertad dejaban las aldeas leonesas o la montaña para
ser novicios, pintado en el semblante anguloso y en los ojos atónitos el can-
dor rústico. Virtudes, todas; y ánimo de perseverar en el sacrificio porque
se enclaustraban. Ciencia, de misacantanos. Podían destinarlos a evangeli-
zar tagalos o a filosofar con los españolitos encerrados en su Universidad.

Manuel AZAÑA
(Alcalá de Henares –M,1880 –Mantauban – F–1940)

EL JARDÍN DE LOS FRAILES. Alianza, 1981

43
I - EL MAESTRO

IN MEMORIAM
A una profesora de Historia

A prendí
la interminable lista
de reyes godos y el mundo
no fue mío ni tu historia
violeta como tus ojeras de doncella

si acaso
en las cálidas tardes con trompeta
de principiante en el patio
tu mano de profesora culta
dividió mi mundo proletario
saber o no saber

la cuestión era aceptar


un blanco destino de burócrata
o emigrar al mundo
de los que nada habían perdido
nunca, ni tan siquiera cuando
cruzó el estrecho el último rey godo

fabulosas tus historias de hijos


buenos, redentores de su madre
lavandera, cajeros de Banco, aspirantes

45
a directores de Banco, asépticos
buenos, higiénicos, sin remordimientos
inútil historia la de mi clase,
por ti y por mí desconocida entonces
cuando eras una princesa omnipotente
y yo tu juglar de versos vergonzosos
ni siquiera
conocedor de tu sexo, ni tu tiempo

pasaron rápidos años como tardes,


aprendí tu lista y tu frontera, tu nombre
tu nostalgia y cuando acaso
tenía respuesta a tus palabras
incluso a tu bella patraña de hijos –godos
–reyes– buenos
ya era tarde

y te enterraron ignorante de mi sabiduría


que tú empezaste y nadie concluirá,
que mi amor de juglar
princesa de una Historia
nada dialéctica, por la que tú pasaste
como pasa un rey bueno, con majestad

Manuel VÁZQUEZ MONTALBÁN


(Barcelona, 1939–2004)

En UNA EDUCACIÓN SENTIMENTAL, El Bardo, 1967

46
I - EL MAESTRO

10

E l maestro movió su cabecita estrecha que daba un brillo de humedad.

– ¡Sí, sí!

¿Le tendría sin cuidado que yo acabara los estudios?

Don Marcelino era menudo, de huesecitos tan frágiles y decrépitos,


que no semejaban originariamente suyos, sino usados ya por otro y aprove-
chados con prisa para su cuerpo; y cuando hablaba se oía su voz como un
airecillo que atraviesa un cañaveral renaciente. Yo siempre le miraba las
manos medroso de que su voz le quebrase un artejo. Guiaba mi lección con
la uña de su meñique, una uña muy grande, y recordaba la de los canarios,
y bajo su tostada trasparencia se me aparecía la cifra o la palabra rebelde
para mis ojos y mi lengua.

"El apasionado –he leído en Ribot, acordándome de don Marcelino–


se halla confiscado por su pasión; él es su pasión; perderla sería dejar de ser
él mismo". Pues don Marcelino era sólo su uña, y sin ella no me imagina-
ra a don Marcelino. Sus ojos, gruesos y amargos, distraídos en cavilaciones,
únicamente mostraban fijeza acariciando su uña casi virgen.

– ¿Por qué miras tanto mi uña? ¿Es que le tienes también miedo?

– ¿También? ¡Yo, no!

47
– Por ella perdí lecciones; los chicos se quejaban a sus padres, y algu-
nos quisieron que la recortase. Claro, prefería irme. ¡Recortarla! Es lo que
más pertenece a mi voluntad. Ves larga esta uña porque yo he querido.

– ¿Y si se le rompe?

Gabriel MIRÓ
(Alicante 1879–Madrid,1930)

DON MARCELINO Y MI PROFETA,


en EL HUMO DORMIDO, 1919. Anaya, 1964.

48
I - EL MAESTRO

11

T res maestros de tres aldeas: don Luciano Alegre en Lastra del Cano,
arrancado de su casa y fusilado en la carretera de Hermosillo. Don
Antonio Muñoz, maestro en la escuela de Cardedal donde yo estudiaría
luego, que, sintiéndose en peligro las semanas últimas del mes de julio,
decidió cruzar de noche la sierra para unirse a la otra zona y, detenido por
un guarda forestal, que lo entregó a la Guardia Civil, fue fusilado en la
Plaza Mayor de Barco de Ávila. Don Daniel Leralta, maestro de
Navasequilla, el pueblo más alto de España, junto con Trevélez en Sierra
Nevada, y desde el que se tiene la vista más sobrecogedora del pico
Almanzor y de las crestas del macizo.

Don Daniel desapareció de Navasequilla una noche de julio, con el


pretexto de querer dormir con la boyada en la sierra. Cogió una manta, y
hasta hoy no se ha vuelto a saber nada más de él. En su casa quedaba una
arqueta de madera con libros de historia, literatura, derecho, ciencias. Para
sus padres, aquel arca era como un sagrario: ni a tocarla se atrevían. Era la
presencia viva del ausente, del que ni siquiera se sabía si había muerto.
¿Qué hacer con ella?. Sus padres, compañeros de los míos en trashuman-
cias y agostaderos, se la entregaron para que el niño, que era yo, pudiera ir
aprendiendo desde bien pequeño. Esperaban que su saber y su memoria, su
pasión por la lectura y la verdad, prendiendo en mí, fueran semilla profun-
da, y así los libros de Daniel, y Daniel con ellos, tuvieran sucesión y vida
perdurable.

Olegario GONZÁLEZ DE CARDEDAL


(Lastra del Cano –AV ,1934)

TRES MAESTROS RURALES, El País, 28 de diciembre del 2000.


En DONDE LA LUZ ES ÁVILA, Castillo interior, Ávila, 2002

49
I - EL MAESTRO

12

E l profesor de la asignatura se llamaba don Gumersindo Iturrioz e


Iturrioz. Tenía, año más, año menos, alrededor de los sesenta años, y
era alto y flaco, parco de palabra y ademán, sempiternamente enlevitado y
enlutado y, a lo que decían, aunque yo nunca lo quise creer, también
masón.

Don Gumersindo, según aseguraba el barbero Chindo, que era lo que


se dice un deslenguado, no tenía en toda su cabeza más que un solo pelo,
pero tan largo y tan sabiamente trabajado en espiral que, de su calva no se
veía más que algún que otro entresijo, y para eso fijándose con mucho cui-
dado.

Don Gumersindo explicaba historia natural en aquel viejo y desven-


cijado instituto de provincias –convento hasta Mendizábal y hospital de
infecciosos hasta Primo de Rivera– en el que todo era viejísimo, no ya
viejo, menos los alumnos que, sin serlo, olían a polilla y andaban arrastran-
do los pies como si lo fueran.

Camilo José CELA


(Iria Flavia– Coruña–, 1916– Madrid 2002)

EL PROFESOR DE LA ASIGNATURA,
en FAUNA CARPETOVETÓNICA.
De TIMOTEO EL INCOMPRENDIDO Y OTROS PAPELES IBÉRICOS, NyC, 1970.

51
Francisco Javier Sánchez Pérez
en su “Carta al maestro”
(v. pág. 69) describe una
mesa como esta.
También es la del aula de
Machado, en el “pueblo
húmedo y frío…entre andaluz
y manchego” que no pudo
borrarle con los limonares
verdes, la sombra de las
encinas, la sombra de Soria…
I - EL MAESTRO

13

E n el Colegio de San Agustín aprendí mucho más. Empecé a conocer


el mundo en los mapas y en el trato de los colegiales. Teníamos dos
profesores, uno seglar y otro cura. El seglar era un pobrísimo maestro, con
el hambre estampada en el rostro, que para ganar unos reales más nos
encuadernaba los libros. ¡Qué libros tan maravillosos! En el de trozos de
lectura me llamaban la atención aquellos versos antiguos que empezaban:

A ti Diego Pérez Sarmiento leal


cormano e amigo e firme vasallo...

Al leerlos en alta voz, poníamos la cesura en mitad del verso, de modo


que quedaba así: "A ti Diego Pérez–Sarmiento leal..." y no entendíamos
nada. ¿Cómo podía ser leal un sarmiento? Probablemente faltaba una coma
después de este apellido; pero el maestro no nos aclaró aquello.

El profesor de hábitos eclesiásticos, llamado Don Cándido, era obeso


y velludo. Nos tomaba la lección retrepado en una silla. Y nosotros, mien-
tras recitábamos como cotorras, nos fijábamos en los pelos que le salían de
las narices y de las orejas.

La escuela primaria nos pone en contacto ya con la picaresca del


mundo. Con el niño ladrón o ratero, con el enredador o mentiroso, con el

53
procaz, con el mal hablado y con el libidinoso. Ante tales compañeros me
sentía indefenso y angustiado. No podía ponerme en el plano que ellos y
esto me creaba situaciones difíciles que a veces no tenían otra salida que los
puñetazos; aunque nunca fui peleón.

José MORENO VILLA


(Málaga, 1887– México, 1955)

VIDA EN CLARO, 1944. FCE.

54
I - EL MAESTRO

14

T odos recordarán aquel viaje precipitado de don Ramón a su pueblo,


cuando, dejando colgados graves asuntos políticos, fue a ver morir a
su maestro, ochentón ya.

Hizo éste que le llevaran a morir a la escuela, junto al encerado, fren-


te a aquella ventana que da a a la alameda del río, apacentando sus ojos en
la visión de las montañas de lontananza, que retenían las semillas de los
ensueños todos que, contemplándolas, le habían florecido al maestro en el
huerto del espíritu. En el encerado había hecho escribir estas palabras del
cuarto evangelio: "Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, él solo queda;
mas si muriere lleva mucho fruto". Al acercársele la piadosa Muerte, le levan-
tó a flor de alma las raíces de los pensamientos como en el mar levanta, al
acercársele, la Luna las raíces de las aguas. Y su espíritu, cuando sólo le
ataba al cuerpo un hilo, sobre el que blandía la Muerte, piadosa, su segur,
henchido de inspiración postrera, habló así:

– Mira, Ramonete: se me ha dicho mil veces que mi voz ha sido de las


que han clamado en el desierto....¡sermón perdido! Yo mismo os repetía en
la escuela, cuando tú no me entendías: "¡es como si hablase a la pared!
"Pero, hijo mío, las paredes oyen; oye todo, y todo empieza, ahora que me
muero, a hablarme a los oídos".

Miguel de UNAMUNO
(Bilbao, 1864 – Salamanca, 1936)

EL MAESTRO DE CARRASQUEDA, 1903. En CUENTOS, I, p. 112 y ss.

55
I - EL MAESTRO

15

E ra el tal colegio una gran bohardilla, con salidas a los tejados y una
ancha estancia atravesada, a modo de columna cuadrada, por una chi-
menea. Había una campanilla de cordel para que llamaran los sirvientes y
criados al ir a buscarnos y para que arrancáramos o cortáramos el cordel de
vez en cuando.

Aprendíamos allí muchas cosas, pero muchas... Entre ellas urbanidad.


Al entrar, lo primero era detenerse en la puerta y, agarrando a sus dos bor-
des con sendas manos, soltar el saludo: "Buenos días tenga usté, ¿cómo está
usté?", esto canturreándolo, acentuando mucho y alargando la última é, y
allí, quieto hasta recibir en cambio el "Bien, ¿y usté?, a lo cual se decía:
"¿Bien, para servir a usté!", y se podía ya pasar. Este saludo tradicional evo-
lucionó poco a poco, como lo litúrgico y lo no litúrgico, hasta convertirse
en un rápido y enérgico silabeo que sonaba algo así como: "¡tas tas tas tas
tas tausté!"

Miguel de UNAMUNO

RECUERDOS DE NIÑEZ Y MOCEDAD, II, p. 15.

57
Plano general de una escuela en la
maqueta de Paco Blanco. Se
aprecian, de izquierda a derecha, el
ábaco, el ánafe –la estufa–, los
murales de trabajo y, por supuesto,
los pupitres y sus ordenadas armas
limpias –sin mote–:
Pizarras, lápices, tinteros…
Las ventanas son el aire y la lejanía.
I - EL MAESTRO

16

E n la escuela estaba el Camándulas, el maestro, y no era cosa de descui-


darse. También él era de los de guerra: del gremio de los flagelantes,
de la hermandad de la porra, adelantado de la disciplina. Se estaba allí con
su vara al costado, como San José, pero él no la tenía florida, sino que
levantaba chichones como huevos y redoblaba sin cesar sobre las cabezas
rapadas como la manecilla de un tambor.

Cuando se dirigían a él, le llamaban "don Antonio", y muy bien y sin


reír; pero por lo bajo, y entre ellos, le llamaban Camándulas.

Camándulas era la expresión favorita del maestro, el amable adjetivo


con que reprendía de ordinario a sus alumnos, cuando no lo hacía con la
vara. "Usted, Camándulas, a ver... Ya le conozco: todo camándulas..."

Martín temía al Camándulas más que a su madre, más que a su padre y


a su abuelo, y hasta casi, casi... Pero, no: a su abuela la temía más; su abuela,
en el mundo feliz de Caretas, era una cosa aparte.

...

En la escuela, como en todas las escuelas, como en todas partes, exis-


tían los privilegiados. Eran dos; máximo, tres. Eran los únicos casi que no
llevaban ropas remendadas; tenían buen color de cara, y los Reyes Magos
les traían juguetes en la noche de Reyes, porque también estos señores, con
toda su seriedad y sus barbas blancas, sabían distinguir. El abuelo se lo dijo
a Martín un día (en) que el nieto se quejaba de aquella parcialidad.

59
– Ya lo ves, Martín, ni de estos se puede uno fiar. En las estampas son-
ríen a todo el mundo; llevan juguetes para todos. Pero de noche van de mal
humor. Si ven una calle sucia, tiran de la rienda a los camellos y se van por
la otra. ¡Y ya puedes poner zapatos en el balcón!

Sebastián Juan ARBÓ


(San Carlos de la Rápita, Tarragona, 1902 – Barcelona, 1984)

MARTÍN DE CARETAS EN EL PUEBLO, La Escuela, 17 y ss.

60
I - EL MAESTRO

17

D on Moisés, el maestro, decía a menudo que él necesitaba una mujer


más que un cocido.. Pero llevaba diez años en el pueblo diciéndolo y
aún seguía sin la mujer que necesitaba. Las Guindillas, las Lepóridas y don
José, el cura, que era un gran santo, reconocían que el Peón necesitaba una
mujer. Sobre todo por dignidad profesional. Un maestro no puede presen-
tase en la escuela de cualquier manera; no es lo mismo que un quesero o un
herrero, por ejemplo. El cargo, exige. Claro que lo primero que exige el
cargo es una remuneración suficiente, y don Moisés, el Peón, carecía de
ella. Así es que tampoco tenía nada de particular que don Moisés, el Peón,
se embutiese cada día en el mismo traje con que llegó al pueblo, todo taza-
do y remendado, diez años atrás, e incluso que no gastase ropa interior. La
ropa interior costaba un ojo de la cara y el maestro precisaba los dos ojos
de la cara para desempeñar su labor.

Camila, la Lepórida, se portó mal con él; eso desde luego; don Moisés,
el maestro, anduvo enamoriscado de ella una temporada y ella le dio cala-
bazas, porque decía que era rostritorcido y tenía la boca descentrada. Esto
era una tontería, y Paco, el herrero, llevaba razón al afirmar que eso no
constituía inconveniente grave, ya que la Lepórida, si se casaba con él,
podría centrarle la boca y enderezarle la cara a fuerza de besos.

Miguel DELIBES
(Valladolid 1920)

EL CAMINO (1950), cap. XV, 150 y ss.

61
I - EL MAESTRO

18

Y o no he sido afortunado con los profesores. Se me dirá que, siendo


pigre y holgazán, no podía aprovechar sus lecciones. Aun así creo yo
que, si hubieran sido buenos, al cabo de tantos años, reconocería sus
méritos.

Yo no recuerdo de ningún profesor que supiera enseñar, que llegara a


comunicar afición a lo que enseñaba y que tuviera alguna comprensión del
espíritu del estudiante. En la Facultad, en mi tiempo, ni se aprendía a dis-
currir, ni se aprendía a ser un técnico, ni se aprendía a ser un practicón. Es
decir, no se aprendía nada.

Pío BAROJA

JUVENTUD, EGOLATRÍA, 1917.


Editorial Caro Raggio, Madrid, 1985.

63
Antonio Blázquez Madrid,
el cura de San José, de cuyas búsquedas
didácticas hemos dado pruebas en este
libro, propone una regla nemotécnica
para aprender los ríos de España.
I - EL MAESTRO

19

EL PROFESOR

SY sehablar
e ha visto al docto profesor que no entiende
largamente de lo que no entiende.
le ha visto sonreír con la elegancia de la marioneta
mientras movía cadenciosamente sus brazos.
El bello discurso, la paloma ligeramente pronunciada,
el acento picudo dejado concienzudamente caer un poquito más
allá de la vocal,
el dibujo de la martingala, el fresco vapor desprendido de cada
uno de sus ademanes,
todo, todo conjugaba deliciosamente con su sonrisa.
Porque el docto profesor que no entiende
sonríe cordialmente por las mañanas,
golpea a la tarde con gozo sobre los omoplatos,
y por la noche, vestido con sus más delicadas jerarquías,
sabe decir con finura: "Oh, no, todos somos iguales".

Igual la paloma que el cántaro, el necio que el sabihondo,


el simpático que el asesinado,
el sabio que el agasajado con todo dolor,
el yo y el tú,
y sobre todo igual, igual el refrescado profesor de ignorancia
que el pedantículo inconfundible que esculpe o escupe
concienzudamente todos sus sinsaberes.

Oh, miradle en lo sumo.


Él flota y sonríe.
Él adiestra y sondea.

65
Él opone su duro caparazón lo mismo para las ideas que para los
sentimientos.
Pero, oh, él es el duro, el durísimo, el riguroso, el conocedor y
el erguido.

Y cuando su dedo índice os amenaza,


cuando lo esgrime como el polo remoto de su majestad el trueno,
se abate la sociedad, se lamentan los hombres,
el mar se embravece,
recorre un crujido los cimientos de los edificios,
la literatura abre sus grandes alas de paloma derruida,
y el profesor se adelanta.

Todo está a punto: el cataclismo entre sus dedos se exhibe.


El profesor lo señala:
"He aquí el viaje de lo que va a suceder.
Aquí está la desembocadura.
He aquí sus meandros, los arroyuelos; aquí afluentes y cauces.
Aquí la patata sembrada, el olivo, la cebolla o la rosa".
Y su dedo lo va estimulando.
"Todo está ya compuesto. He aquí el ramo de mi cataclismo.
He aquí el ramo perfecto.
Yo os lo ofrezco, señores, como la perfecta manifestación de mí
mismo.
He aquí el ramo dichoso en mi mano para vuestra ilustración y
disfrute".

Y su mano alarga un sobre vacío.

Y todos desfilan. "Oh, el profesor, el profesor.


Cómo se le nota sobre todo su rubia guedeja,
sus coruscantes, sus vertiginosos ojos azules,
y cómo le brilla antes que nada su deslumbradora sonrisa
entre unos labios de humo".

Vicente ALEIXANDRE
(Sevilla, 1898, – Madrid, 1984)

En EN UN VASTO DOMINIO, 58–62,


(ANTOLOGÍA TOTAL, Seix Barral, Barcelona, 1975)

66
I - EL MAESTRO

20

A LA MEMORIA DE DON PACO


(Página de un diario)

H oy he visto de lejos a mi maestro. Yo conducía mi coche, y él paseaba


por una acera de la ciudad.

Don Paco fue mi maestro, el de la escuela, el de los primeros saberes.


Siempre lo he recordado con cariño. Él despertó mis deseos de saber, puso
los primeros cimientos, me espoleó. Maestros, luego, vinieron otros: en el
Bachillerato, en la Universidad… Pero él, D. Paco, sigue siendo “mi
maestro”.

La escuela de mi pueblo tenía buena construcción. No estaba cuidada,


pero tenía un hermoso patio, con un rincón plantado de ciruelos y otro
donde manaba una fuente y encharcaba el césped. Había también rosales y
acacias. Usábamos una tinta hecha de polvos. Era privilegio de los más ade-
lantados ir a la fuente, cuando había necesidad, a mezclar el agua con los
polvos en una botella, de la que luego se surtían los tinteros de china de los
pupitres. Era una experiencia que recuerdo con agrado, pues me supuso
varias tardes de asueto. Los viernes, el primero de la clase dictaba el evan-
gelio del domingo, con puntos, comas, puntos y aparte y dos puntos. Aún
recuerdo la música: “En aquel tiempo coma dijo Jesús a sus discípulos dos
puntos aparte y letra mayúscula Salió el sembrador a sembrar su semilla y
al sembrarla coma….”

Hubo una temporada en que nos daban, en el recreo matutino, leche


americana –que nunca me gustó– y por la tarde queso americano. Debió
ser cuando vino Mr. Marshall. En invierno llevábamos un braserillo hecho

67
en latas de sardinas de kilo, con una largo alambre como agarrador, o nos
acercábamos por turnos a calentarnos en el brasero de D. Paco. La mesa del
maestro era rectangular, con un reborde ancho de madera y un centro de
hule negro desgastado. Había un tintero y una regla que era una continua
amenaza.

Cuando llegaba mayo, poníamos un altar a la Virgen, con muchas flo-


res. El día último de abril, nos esparcíamos por los prados en busca de flo-
res. No había muchas en mi pueblo, pero los espinos daban unas flores
blancas, que se deshojaban al mover las ramas, y que costaba coger por el
peligro de pincharse. Los más avispados le robaban las rosas a la señora
Luisa. La Virgen debía perdonar siempre ese robo… Digo yo.

D. Paco preparó con esmero mi ingreso en el Bachillerato para que


pudiera ganar una beca. Me dio horas extras que no cobró a mi madre y que
esta agradeció con un bollo maimón muy crecido. Yo me marché a los once
años y él seguramente me siguió con el “pensamiento y el afecto”, a la
manera de Unamuno. Debió ser verdad porque cuando yo volví, al acabar
primero, lo fui a saludar y él, afectuosa y orgullosamente, me acercó a sí y
me dijo :”Dame un beso, hijo”

Cuánto agradezco hoy todavía aquel beso. Cuánto supuso para mí,
niño aún de doce años. Cuánto de ánimo y de confianza hizo crecer en mi
espíritu tierno. Ahí es nada volver uno con sus buenas notas al pueblo y
sentir el orgullo y el cariño de su maestro.

Mientras escribo esto hoy con emoción y añoranza, mi tocadiscos deja


sonar la Misa de la Coronación de Mozart. Ese genio y esa grandiosidad me
hubieran gustado para hablar de D. Paco.

Los alumnos –yo lo sé por experiencia doble– solemos ser desagrade-


cidos. Me gustaría que D. Paco supiera que a los treinta y pico de años,
envuelto en la música de Mozart, un niño aún lo recuerda. Y escribe estas
líneas como signo de agradecimiento. Y de admiración.

Fco. Javier SÁNCHEZ PÉREZ


(Las Veguillas –SA–, 1949– Salamanca, 2002)

68
I - EL MAESTRO

21

E staba yo corrigiendo cuadernos a la salida de las clases.


Me había quedado en la escuela porque era cómodo tener alrededor
todo lo que necesitaba empezando por los trabajos de los niños– Estaba
embebida en mi tarea cuando llamaron a la puerta con los nudillos.

–Pase –dije yo.

Y en la puerta apareció él, Ezequiel, un chico de estatura mediana,


muy moreno, ni guapo ni feo, pero de expresión muy atractiva, mirada
inteligente, voz grave y agradable.

Soy Ezequiel García –me dijo–. Soy el maestro del pueblo de Arriba.

Luego me dijo que sabía de mi llegada y que quería haberme venido a


visitar antes, pero le fue imposible porque había tenido que marchar a su
pueblo por la muerte repentina de su padre.

Observé que vestía de luto, efectivamente. Un luto riguroso que iba


desde el chaleco de punto que asomaba por la chaqueta abierta, hasta los
calcetines de lana, con seguridad todo teñido, capaz todo de dejar en la piel
huellas oscuras.

Nos pusimos a hablar de aquellos pueblos, pueblos de vega rica, de


huertos y ganado menor.

– Pero la riqueza está mal distribuida –dijo Ezequiel–. Hambre no hay


tanta como en otros sitios pero quisiera que vieras la ignorancia en que
viven, la suciedad, el abandono. Sobre todo allá arriba, que es mucha la dife-
rencia entre la vega y el monte…

69
Cuando le devolví la visita, después de una buena caminata monte arri-
ba, me quedé perpleja. En la sala de la escuela, sombría y con ventanas
pequeñas, al fondo, junto a la pizarra y la mesa del maestro, había una cama,
cubierta con una manta parda. Al observar mi estupor se apresuró a confir-
mar lo que era evidente.
–Sí, Gabriela, aquí duermo, aquí está todo lo que me pertenece…

Josefina R. ALDECOA

HISTORIA DE UNA MAESTRA, Anagrama, Barcelona, 1996

70
I - EL MAESTRO

22

P or respeto a la literatura, evité el depender de sus magros gajes; y así,


no he sido jamás, en rigor, un escritor profesional, no he vivido de la
pluma sino de otros oficios y menesteres, concomitantes sin duda en la
mayoría de los casos, que me libraban de someter la invención poética a las
servidumbres de la dura necesidad. Entre esos oficios, el más constante y el
más afín a mi vocación ha sido el de profesor universitario: profesor de
ciencias políticas y profesor de literatura. Más de una vez me he complaci-
do en traer a colación una frase de Pedro Salinas quien jocosamente se
maravillaba de que le pagasen a uno por hablar de aquello de que le gusta
hablar y hablaría aunque no le pagasen. Por supuesto que el trato académi-
co con la literatura presenta riesgos graves para el escritor que aspira a darle
a su obra el vuelo de la libertad creadora; pero también tiene sus ventajas
la disciplina escolar.

Francisco AYALA
(Granada, 1906)

REGRESO A GRANADA,
en DE MIS PASOS EN LA TIERRA,
Crisol, Aguilar, 1996.

71
Los alumnos de Don Tadeo Martín, Maestro
Nacional de San Muñoz (Salamanca) desde
1907 a 1935. ¿Serán los años 30? Ver en otro
lugar –pág. 218– la foto de las “niñas”
presidida por la esposa de Don Tadeo, Maestra
también, Dª. Elvira Viñas.
No hay coeducación.
(Foto gentileza de Pruden)
II
LA CLASE

73
II - LA CLASE

RECUERDO INFANTIL

U na tarde parda y fría


de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco


truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil


va cantando la lección:
"mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón".

Una tarde parda y fría


de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.

Antonio MACHADO
POESÍAS COMPLETAS, V.

75
Villafeliz de Babia, Truébano de Babia,
Villasecino… A la sombra de Peña Ubiña (2.411
metros) pero volcados hacia Castilla, a orillas del
río Luna… He aquí una imagen de la escuela de
Truébano de Babia, concretamente el “Día del
árbol” de 1920. Como en otras que hemos
mostrado, las alumnas están hermosas, algunas
ya mayores llevan varas de avellano, fuertes,
verdes aún, para pasar los arroyos, saltar los
muros o ahuyentar al oso que viene, ciego, a los
colmenares. “Son mi tío Emeterio, mi tía Isabel,
mi tío Urbano…, ¡La otra es mi madre!…”
dice Enrique Valdeón. Y es verdad.
II - LA CLASE

L a escuela de Casasana es una escuela impresionante, misérrima, con los


viejos bancos llenos de parches y remiendos, las paredes y el techo con
grandes manchas de humedad, y el suelo de losetas movedizas, mal pega-
das. En la escuela hay –quizás para compensar– una limpieza grande, un
orden perfecto y mucho sol. De la pared cuelgan un crucifijo y un mapa de
España, en colores, uno de esos mapas que abajo, en unos recuadritos,
ponen las islas Canarias, el protectorado de Marruecos, y las colonias de Río
de Oro y del Golfo de Guinea; para poner todo esto no hace falta, en reali-
dad, más que una esquina bien pequeña. En un rincón está una banderita
española.
En la mesa de la profesora hay unos libros, unos cuadernos y dos vasos
de grueso vidrio verdoso con unas florecitas silvestres amarillas, rojas y de
color lila. La maestra, que acompaña al viajero en su visita a la escuela, es
una chica joven y mona, con cierto aire de ciudad, que lleva los labios pin-
tados y viste un traje de cretona muy bonito. Habla de pedagogía y dice al
viajero que los niños de Casasana son buenos y aplicados y muy listos.
Desde afuera, en silencio y con los ojillos atónitos, un grupo de niños y
niñas mira para dentro de la escuela. La maestra llama a un niño y a una
niña.
– A ver, para que os vea este señor. ¿Quién descubrió América?
El niño no titubea.
– Cristóbal Colón.
La maestra sonríe.

77
– Ahora tú. ¿Cuál fue la mejor reina de España?
– Isabel la Católica.
– ¿Por qué?
– Porque luchó contra el feudalismo y el Islam, realizó la unidad de
nuestra patria y llevó nuestra religión y nuestra cultura allende los mares.
La maestra, complacida, le explica al viajero.
– Es mi mejor alumna.
La chiquita está muy seria, muy poseída de su papel de número uno.
El viajero le da una pastilla de café con leche, la lleva un poco aparte, y le
pregunta:
– ¿Cómo te llamas?
– Rosario González, para servir a Dios y a usted.
– Bien. Vamos a ver, Rosario, ¿tú sabes lo que es el feudalismo?
– No, señor.
– ¿Y el Islam?
– No, señor. Eso no viene.
La chica está azarada y el viajero suspende el interrogatorio.

Camilo José CELA


VIAJE A LA ALCARRIA, Anagrama, IX, 111 y ss.

78
II - LA CLASE

E l colegio de donde venía pasaba por bueno. Caserón prócer, muros


desplomados, sobre el dintel armas en berroqueña, suelo de guijas en
el zaguán, oscuras salas cuadrilongas, húmedas, a los haces del patio
ensombrecido por la pompa rumorosa de laureles y cinamomos. En el
estrado, a la diestra del director, sucinta diputación del reino mineral, en
un armario. Y a la mano siniestra, en cierta alacena, retortas con telarañas,
probetas y tubos de ensayo en sus espeteras, desportillados, y cantidad de
tarros con substancias desusadas y temibles, que de primera intención
parecían cosa de botica. Profesor de física, un médico, por venir de facul-
tad contigua a las ciencias experimentales; profesor de aritmética y geo-
metría, un capitán retirado, ducho como militar en ciencias exactas.
Pasantes famélicos, irrisión de la gente menuda cuando exorables, o azote
funesto si las cóleras fermentadas en el lapso de su vida les tomaban con
arrebato la cabeza. Las lecciones, por tandas; los estudios en común, y a
voces, para meter por los oídos en los desvanes de la memoria, a favor de
un raudal de sones cadenciosos, las materias de no fácil recordación.
Borrascas de lapos y cachetinas imbuían en los torpes la sintaxis del latín.
Más lágrimas he visto correr sobre el texto de los "Comentarios" que san-
gre vertió el propio César en el suelo de las Galias.

Manuel AZAÑA
(Alcalá de Henares, 1880 - Montauban -F- 1940)

EL JARDIN DE LOS FRAILES, Alianza, 1981.

79
II - LA CLASE

E l filósofo insiste en que se dé al niño educación social, en que se forme


en sociedad infantil, que se le mande a que juegue con otros niños, y
al cabo, Carrascal, aunque a regañadientes primero, cede. Pero es terrible,
¡oh!, es terrible, es terrible la escuela. ¡Qué cosazas trae de ella!

Papá, el Sol le dice a los planetas por dónde tienen que ir...

¡Oh la escuela, la escuela! ¡Le están enseñando en ella antropomorfis-


mo! ¿Que el sol dice...? Y ¿cómo le desarraigo esto?, ¿desarraigar?, ¿pero
es que tiene raíces?, ¡desarraigar! La lengua misma con que hacemos la
ciencia está llena de metáforas. Mientras no la hagamos con álgebra no
habrá cosa buena.

Miguel de UNAMUNO

AMOR Y PEDAGOGÍA, 1912, cap. IV

81
II - LA CLASE

MI PRIMER DÍA DE CLASE

E l primer día de clase me presenté muy peripuesto: Belinha me había


vestido pensando en cómo tenía que haber sido, según ella, el primer
día de clase de mi bisabuelo. Los demás chicos vestían de manera corrien-
te, todos con boina e impermeable, porque llovía, y, por supuesto, nadie
se percató de mi chubasquero inglés. Nada de lo demás que yo llevase
puesto les llamó la atención, sino sólo mi embarazo al tratar con ellos,
todos desconocidos, charlatanes, ruidosos. "Tú, ¿en dónde juegas?", me
preguntó uno, y yo le respondí que en mi casa. Se apartó de mí riendo.
"Ése juega en su casa". Pronto se agruparon por los colegios de proceden-
cia o por alguna otra clase de afinidades que entonces a mí no se me alcan-
zaba, de modo que en los recreos empecé a quedarme solo: me sentaba y
los miraba correr, chillar, alborotar como pájaros. Había unas cuantas
niñas que formaban rancho aparte, para las cuales se jugaba, se corría, se
alborotaba. y ellas lo sabían, lo comprendí pronto, y llevaban con seriedad
su condición de tribunal efímero. Una vez se me acercó un pequeñajo
horriblemente vestido, no por pobreza, sino por mal gusto o deliberada
extravagancia. Miraba con grandes ojos vivos y audaces, pero daba la
impresión de mirar de arriba abajo, y esa impresión me duró durante el
tiempo de nuestras relaciones, que fueron muchos años. Me preguntó si
no tenía amigos. Le dije que no. Me preguntó por qué, y yo le respondí
que lo ignoraba. "¿Sabes quién soy?". "Sí. Tú eres Montes Ladeira, Sotero,
el primero de la clase". Pareció satisfecho. "Si quieres, puedes andar con-
migo". No dijo "jugar" y me chocó. Y empezó a hablarme, de repente, de
lo mucho que sabía de geografía, más de lo que creía el mismo profesor.

83
"Porque yo tengo libros, ¿sabes? Tengo libros. ¿Y tú? ¿No tienes libros?"
"No. Los de estudio, nada más". "Y en tu casa, ¿no hay?"

"No. No sé. Nunca miré". "Entonces, ¿qué hay en tu casa?" No supe


qué contestarle, porque sillas, y camas, y otra clase de muebles, no eran la
respuesta que él buscaba; eso lo adiviné. "Si quieres llegar a algo en el
mundo, tienes que leer libros". Me quedé sin entenderlo. ¿Qué era eso de
llegar a algo en el mundo? A mí sólo me habían hablado de ser como mi
bisabuelo, aunque también de ser el primero en todas partes, pero aún no
lo había intentado porque me daba pereza, o acaso por encontrar suficien-
te ser el primero en mi casa y en el corazón de Belinha.

Gonzalo TORRENTE BALLESTER


(Ferrol, 1910 - Salamanca, 1998)

FILOMENO A MI PESAR, 1988

84
II - LA CLASE

LA CLASE

C omo un niño que en la tarde brumosa va diciendo su lección


y se duerme.
Y allí sobre el magno pupitre está el mudo profesor que no
escucha.
Y ha entrado en la última hora, un vapor leve, porfiado,
pronto espesísimo, y ha ido envolviéndolos a todos.
Todos blandos, tranquilos, serenados, suspiradores, ah, cuán
verdaderamente reconocibles.
Por la mañana han jugado, han quebrado, proyectado sus
límites, sus ángulos, sus risas, sus imprecaciones, quizá sus lloros.
Y ahora una brisa inoíble, una bruma, un silencio, casi un beso,
los une, los borra, los acaricia, suavísimamente los recompone.
Ahora son como son. Ahora puede reconocérseles.
Y todos en la clase se han ido adurmiendo.
Y se alza la voz todavía, porque la clase dormida se sobrevive.
Una borrosa voz sin destino, que se oye y que no se supiera
ya de quién fuese.
Y existe la bruma dulce, casi olorosa, embriagante, y todos
tienen su cabeza sobre la blanda nube que los envuelve.
Y quizá un niño, medio se despierta y entreabre los ojos, y
mira y ve también el alto pupitre desdibujado y sobre él el bulto
grueso, casi de trapo, dormido, caído, del abolido profesor que
allí sueña.
Vicente ALEIXANDRE
HISTORIA DEL CORAZÓN, 1945-53

85
II - LA CLASE

Y la escuela después donde aprendimos


a ser buenos cristianos por la gracia
de dios y las calderas sulfurosas
de aquél pedro botero
los himnos nacionales en columna de a dos
la interminable tabla
del siete que aún nos sigue
robándonos el sueño tanto cuento
de niños ejemplares y de mártires
precoces que no iban
a robar fruta verde o por morera
al patio de las monjas donde estaba
a punto de surgir refugium pecatorum
la refulgente virgen a llevarnos
qué aburrido con ella a coger lilas
para el altar de mayo (quien más diera
ganaba
un peldaño hacia el cielo
con papá y con mamá si no eran rojos)
(y, a nuestro pesar, eran)

Aníbal NÚÑEZ
(Salamanca, 1944-1987)
TRÍPTICO DE LA INFANCIA, 2, en FÁBULAS DOMÉSTICAS, 1972

87
II - LA CLASE

AL COLEGIO

Y o iba en bicicleta al colegio.


Por una apacible calle muy céntrica de la noble ciudad
misteriosa.
Pasaba ceñido de luces, y los carruajes no hacían ruido.
Pasaban majestuosos, llevados por nobles alazanes o bayos, que
caminaban con eminente porte.
¡Cómo alzaban sus manos al avanzar, señoriales, definitivos,
no desdeñando el mundo, pero contemplándolo
Desde la soberana majestad de sus crines!
Dentro, ¿qué? Viejas señoras, apenas poco más que de encaje,
chorreras silenciosas, empinados peinados, viejísimos terciopelos:
Silencio puro que pasaba arrastrado por el lento tronco brillante.
Yo iba en bicicleta, casi alado, aspirante.
Y había anchas aceras por aquella calle soleada.
En el sol, alguna introducida mariposa volaba
sobre los carruajes y luego por las aceras
Sobre los lentos transeúntes de humo.
Pero eran madres que sacaban a sus niños más chicos.
Y padres que en oficinas de cristal y sueño...
Yo al pasar los miraba.

89
Yo bogaba en el humo dulce, y allí la mariposa no se extrañaba.
Pálida en la irisada tarde de invierno,
se alargaba en la despaciosa calle como sobre un abrigado valle
lentísimo.
Y la vi alzarse alguna vez para quedar suspendida
sobre aquello que bien podía ser borde ameno de un río.
Ah, nada era terrible.
La céntrica calle tenía una posible cuesta y yo ascendía, impulsado.
Un viento barría los sombreros de las viejas señoras.
No se hería en los apacibles bastones de los caballeros.
Y encendía como una rosa de ilusión, y apenas de beso, en las
mejillas de los inocentes.
Los árboles en hilera eran un vapor inmóvil, delicadamente
suspenso bajo el azul.Y yo casi ya por el aire,
yo apresurado pasaba en mi bicicleta y me sonreía...
y recuerdo perfectamente
cómo misteriosamente plegaba mis alas en el umbral mismo del
colegio.

Vicente ALEIXANDRE
En HISTORIA DEL CORAZÓN, 1945-53.
ANTOLOGÍA TOTAL, Seix Barral, Barcelona, 1975.

90
II - LA CLASE

E incluso la propia señora Marquesa, con objeto de erradicar el anal-


fabetismo del cortijo, hizo venir durante tres veranos consecutivos
a dos señoritos de la ciudad para que, al terminar las faenas cotidianas,
les juntasen a todos en el porche de la corralada, a los pastores, a los
porqueros, a los apaleadores, a los muleros, a los gañanes y a los guar-
das, y allí, a la cruda luz del aladino, con los moscones y las polillas
bordoneando alrededor, les enseñasen las letras y sus mil misteriosas
combinaciones, y los pastores, y los porqueros, y los apaleadores y los
gañanes y los muleros, cuando les preguntaban, decían, la B con la A
hace BA, y la C con la A hace ZA, y, entonces, los señoritos de la ciu-
dad, el señorito Gabriel y el señorito Lucas, les corregían y les desve-
laban las trampas, y les decían, pues no, la C con la A, hace KA, y la
C con la I hace CI y la C con la E hace CE y la C con la O hace KO, y
los porqueros y los pastores, y los muleros, y los gañanes y los guardas
se decían entre sí desconcertados, también te tienen unas cosas, parece
que a los señoritos les gustase embromarnos, pero no osaban levantar
la voz, hasta que una noche, Paco, el Bajo, se tomó dos copas, se enca-
ró con el señorito alto, el de las entradas, el de su grupo, y, ahuecando
los orificios de su chata nariz (por donde, al decir del señorito Iván, los
días que estaba de buen talante, se le veían los sesos), preguntó, seño-
rito Lucas, y ¿a cuento de qué esos caprichos? y el señorito Lucas rom-
pió a reír y a reír con unas carcajadas rojas, incontroladas, y, al fin,
cuando se calmó un poco, se limpió los ojos con el pañuelo y dijo, es
la gramática, oye, el porqué pregúntaselo a los académicos, y no acla-
ró más, pero, bien mirado, eso no era más que el comienzo, que una
tarde llegó la G y el señorito Lucas les dijo, la G con la A hace GA,
pero la G con la I hace JI, como la risa, y Paco, el Bajo, se enojó, que
91
eso ya era por demás, coño, que ellos eran ignorantes pero no tontos y
a cuento de qué la E y la I habían de llevar siempre trato de favor y el
señorito Lucas, venga de reír, que se desternillaba el hombre de la risa
que le daba, una risa espasmódica y nerviosa, y, como de costumbre,
que él era un don nadie y que ésas eran reglas de la gramática y que él
nada podía contra las reglas de la gramática.

Miguel DELIBES
(Valladolid, 1920)

LOS SANTOS INOCENTES, 1981

92
II - LA CLASE

10

M e suceden cosas raras con demasiada frecuencia. Y no se puede decir


que los hombres sean descorteses, no. Al contrario se preocupan del
color de mi pelo y hasta de mi salud. En la puerta del café hay siempre
gente joven, y cuando vuelvo a casa veo que alguno me mira y dice: "Está
buena". Yo no puedo menos de agradecerles con una sonrisa su preocupa-
ción por mi salud. Son muy amables, pero no los entiendo. A veces se rubo-
rizan sin motivo. O se ponen pálidos. Sobre todo cuando les pregunto cosas
de gramática.
De veras, a veces no entiendo las reacciones de la gente. Verás lo que
me pasó en el examen de literatura. Estaba sentada frente a tres profesores
ya maduros, con su toga y un gorro hexagonal negro –el gorro, no en la
cabeza sino en la mesa–. Y uno de ellos se puso a hacerme preguntas sobre
el teatro del siglo XVII. Tú sabes que en eso estoy fuerte. Bueno, voy a
decirte exactamente lo que me preguntó y lo que contesté, y tú me dirás si
hay algo que justifique los hechos. El profesor me dijo:
– ¿Puede usted señalar algún tipo característico del teatro de capa y
espada?
– El gracioso –dije.
– Bien. Otro.
– La dueña.
– Otro, señorita.
– El cornudo.
Y los tres profesores, que eran calvos, se pusieron terriblemente rojos,
hasta la calva, hasta las orejas.
Ramón J. SENDER
(Alcolea de Cinca, 1902-San Diego -CA-,1982)
LA TESIS DE NANCY,1962. NyC, 1969

93
II - LA CLASE

11

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

E ntro en el aula, empiezo a hablar a un ciento


de caras mal despiertas: por un rato
sobre sus vidas, rígido, desato,
cumpliendo mi deber, el frío viento

del Ser y de la Nada, de la Idea


y la Cosa; la horrible perspectiva
de vértigo que se ha hecho inofensiva,
espectáculo gris, vieja tarea.

Si alguno, casi inquieto, se remueve,


los más sueñan o apuntan, o hacen ruido.
Pero basta: es la hora ya. De nueve

a diez vieron el Ser, ese aguafiestas;


prosigan su vivir interrumpido:
yo vuelvo a mi silencio sin respuestas.

José María VALVERDE


(Valencia de Alcántara, 1926 - Barcelona, 1996)

LA CONQUISTA DE ESTE MUNDO, 1960.

95
II - LA CLASE

12

L as trampas camufladas que los Trallas construían en la plaza también


eran invención suya: Carnero Mocho las copió de él.
A Gasparín lo traía mártir, y sólo porque se sentaba delante de él en
la escuela. Si estrenaba un jersey, Burrablanca se lo daba de sí estirándose-
lo hasta el suelo mientras le decía:
– Mira, Picolisto; así se repican las campanas.
Y el pobre de Gasparín siempre salía de la escuela con el jersey pin-
gándole por las rodillas y completamente deshilachado.
Otras veces le picaba con un alfiler en el culo, y si hacía amagos de
decírselo a don Segismundo Vayapordiós, el maestro, Burrablanca le pin-
chaba más fuerte y le decía.
– Como te chives, te pongo el culo como una criba.

Manuel DÍAZ LUIS


(Campillo de Salvatierra, 1956 - Santiago de Compostela,1996)

LAS AGUAS ESMALTADAS, Seix Barral, 1990.

97
La Mnemotecnia de D. Antonio.
Veamos La Coruña.
Los versillos del maestro hacen recordar
los pueblos importantes,
normalmente los partidos judiciales.
En una tarde de frío, el alumno ha
copiado lo que el maestro le dictaba sobre
las características de la provincia.
En el recuadro se dibujaba el mapa de la
misma; nótese con qué precisión
cartográfica y qué costa mediterránea
tenía para mí La Coruña a los diez años.
Más tarde el Mediterráneo se fue
retirando hasta Cartagena; es lo que se
llaman los plegamientos alpinos, digo yo…
II - LA CLASE

13

LA MIGA

S i tú vinieras, Platero, con los demás niños, a la miga, aprenderías el a,


b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el burro de las figuras de
cera –el amigo de la Sirenita del Mar, que aparece coronado de flores de
trapo, por el cristal que muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde
elemento–; más que el médico y el cura de Palos, Platero.
Pero, aunque no tienes más que cuatro años, ¡eres tan grandote y tan
poco fino! ¿En qué sillita te ibas a sentar tú, en qué mesa ibas tú a escri-
bir, qué cartilla ni qué pluma te bastarían, en qué lugar del coro ibas a can-
tar, di, el Credo?
No. Doña Domitila –de hábito de Padre Jesús Nazareno, morado todo
con el cordón amarillo, igual que Reyes, el besuguero–, te tendría, a lo
mejor, dos horas de rodillas en un rincón del patio de los plátanos, o te
daría con su larga caña seca en las manos, o se comería la carne de mem-
brillo de tu merienda, o te pondría un papel ardiendo bajo el rabo y tan
coloradas y tan calientes las orejas como se le ponen al hijo del aperador
cuando va a llover...
No, Platero, no. Vente tú conmigo. Yo te enseñaré las flores y las
estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te pondrán, cual
si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de los ojos grandes ribetea-
dos de añil y almagra, como los de las barcas del río, con dos orejas dobles
que las tuyas.
Juan Ramón JIMÉNEZ
(Moguer, -H- 1881- San Juan de Puerto Rico, -1958)
PLATERO Y YO, VI. Taurus, 1967, 40.

99
II - LA CLASE

14

N o era posible objetar nada ante la plenitud física de doña Manuela.


Fuerte y musculosa andaba a grandes zancadas. Sus ojos llameantes, su
enorme boca y su poderosa mandíbula, presididos por el firme trazo de su
nariz, componían, con la solfa de su penetrante voz, los más temibles visa-
jes, que hacían recogerse a sus alumnos como caracoles en su concha.
Inmediatamente de entrar en la desmochada y ennegrecida escuela, los cua-
renta o cincuenta chicos y chicas que asistían a ella se ponían a estudiar a
voz en grito las lecciones de catecismo, geografía, tablas de sumar, restar,
multiplicar y dividir, gramática, historia sagrada... Aquella algarabía múl-
tiple se unificaba una vez a la semana con la recitación colectiva de la can-
ción de sumar y restar, que doña Manuela la dirigía en pie con alegría de
todos:

Ciento menos dos noventa y ocho


Menos dos, noventa y seis,
Menos dos, noventa y cuatro,
Menos dos, noventa y dos,
Menos dos, noventa.

A partir de cuarenta, la medida del verso exigía la entrada del verbo


ser, en que algunos pequeños fallaban, obligando a un patear de doña
Manuela:

Cuarenta menos dos son treinta y ocho,


Menos dos son treinta y seis,
Menos dos son treinta y cuatro,
Menos dos son treinta y dos,
Menos dos son treinta.

101
El peligro se acentuaba desde veinte hacia abajo, porque el verso exi-
gía la experta prolongación de algunas vocales:

Veinte menos dos son dieciocho,


Menos dos son dieciséis,
Menos doos son catorce,
Menos doos, son, doce
Menos dos son diez.

Desde dieciséis para abajo, pues, las confusiones de los pequeños lo


alteraban todo, y la canción concluía en cachetes y voces, sin que se llega-
ra jamás a cero.
La tensión en la escuela era enorme. No había, como en las de hoy,
ratos dedicados al dibujo, al juego o al canto. Ni había recreo. Y en todo
momento, la implacable vigilancia de doña Manuela, con su cohorte de
sopapos y mojicones.

Ramón CARNICER
(Villafranca del Bierzo, 1912 - Barcelona 2007)

MOMENTUM PAEDAGOGICUM (citado en otro lugar).

102
II - LA CLASE

15

D ijo que le gustan las clases como la que hemos dado hoy, con pocas
alumnas, pero que le extraña el poco interés que tienen las chicas de
todos los cursos, y más todavía que las que faltan le pongan pretextos de
enfermas, habiendo advertido él desde el primer día que piensa dar apro-
bado general y no poner faltas de asistencia. Por lo visto siempre lo ha
hecho así, también en otros sitios donde haya dado clase, en el extranjero
o donde sea, esto de no obligar a nadie a aprender; dice que nada más
atiende el que tiene ganas y que por eso no da sobresaliente ni nada, para
que el que estudie no lo haga por la nota, sino por el interés de aprender.

Carmen MARTÍN GAITE


(Salamanca, 1925 – Madrid 2000)

ENTRE VISILLOS, 1957

103
II - LA CLASE

16

EL ÁNGEL DE LOS NÚMEROS

V írgenes con escuadras


y compases, velando
las celestes pizarras.

Y el ángel de los números,


pensativo, volando
del 1 al 2, del 2
al 3, del 3 al 4.

Tizas frías esponjas


rayaban y borraban
la luz de los espacios.

Ni sol, luna, ni estrellas,


ni el repentino verde
del rayo y el relámpago,
ni el aire. Sólo nieblas.

Vírgenes sin escuadras,


sin compases, llorando.

105
Y en las muertas pizarras,
el ángel de los números,
sin vida, amortajado
sobre el 1 y el 2,
sobre el 3, sobre el 4...

Rafael ALBERTI
(Puerto de Santa María, 1902-1999)

SOBRE LOS ÁNGELES (1927-8) En POESÍA, Aguilar, 1972

106
II - LA CLASE

17

M ás tarde estudiamos los poetas contemporáneos, y en poco tiempo


se familiarizó con ellos. Su memoria era felicísima, y a lo mejor le
sorprendía recitando con admirable sentido trozos de poemas modernos, de
leyendas famosas y de composiciones ligeras o graves. Razón había para
esperar que mi discípulo, que de tal modo se identificaba con la poesía,
fuera también poeta. Cierto día me trajo con gran misterio unas quintillas;
las leí; pero me parecieron tan malas, que le ordené no volviese a tutear a
las Musas en todos días de su vida, y que se mantuviera con ellas en aquel
buen término de respeto y cariño que imposibilita la familiaridad. Le con-
vencí de que no era de la familia, de que son cosas muy distintas sentir la
belleza y expresarla, y él, sin ofensa de su amor propio, me prometió no
volver a ocuparse de otros versos que de los ajenos

Benito PÉREZ GALDÓS


(Las Palmas de Gran Canaria,1843 - Madrid, 1920)

EL AMIGO MANSO (1882), Alianza, 1972

107
II - LA CLASE

18

E l primero de septiembre se abrió la escuela y todo volvió a empezar con


una normalidad que parecía que no tendría fin, pero a mediados del
mes se alteró, simplemente por un cambio de tiempo. Se desencadenó una
racha furiosa de tormentas. Por la mañana no pasaba nada extraordinario,
pero después de mediodía se empezaba a ver el cielo gris sobre Valladolid
y la nube iba avanzando poco a poco por el valle; después salía otra por
detrás de la colina y cuando se encontraba encima de Simancas parecía que
no iba a quedar una piedra en su sitio.
Dentro de la clase se empezaba a sentir la tormenta en la inquietud de
las chicas. La maestra daba golpes con la regla en la mesa, pegaba gritos
desaforados para mandarlas callar, poniéndose ella tan excitada como la que
más, hasta que sonaba el primer trueno, lejos todavía, pero lo suficiente
claro como para borrar el ambiente de discordia: entonces se le echaba la
culpa a la tormenta, se encendía el cabo del Santísimo y se rezaba mientras
iban creciendo los truenos hasta estallar sobre nuestras cabezas.

Rosa CHACEL
(Valladolid, 1898 - Madrid, 1987)

MEMORIAS DE LETICIA VALLE, 1946

109
II - LA CLASE

19

S i ello es así respecto de la producción del escritor que publica narracio-


nes, ensayos y tratados, y de su actuación correspondiente frente a la
sociedad, no lo es menos respecto del estudioso, del profesor. Han caído las
tapias del jardín de Academos al empujar hacia dentro las masas y, pisote-
ados muchos de sus arriates y planteles, yacen en lamentable destrozo.
Habiendo culminado en los decenios recientes a favor del desarrollo acadé-
mico aquella mística de la educación que se inició en el siglo XVIII, son
multitudes las que se acercan hoy a los centros docentes en demanda de un
grado académico y la correspondiente habilitación profesional. De esa
enorme cantidad de nuevos estudiantes una parte no pequeña acude a los
estudios humanísticos engañada en cierta medida, me lo temo, por la
supuesta y aparente accesibilidad de tales materias, y sin sospechar que
esconden las dificultades más arduas. Por su parte , aquellos otros estudian-
tes a quienes en verdad atrae una auténticas vocación y se encuentran dota-
dos de la capacidad intelectual idónea entablarán con el profesor la relación
fecunda en que siempre ha consistido el proceso educativo, aunque entor-
pecidos y con frecuencia anegados por la turbamulta de los que sólo bus-
can y sólo desean obtener, cuanto antes y al menor costo, un diploma que
oficialmente los habilite.

Francisco AYALA
(o.c.)

111
Un niño de la postguerra, angelote caído de
un retablo barroco, alumno del Colegio
Público -¡sí señor!– “Guzmán el Bueno” en el
Reino de León.
La figura religiosa y el mapa encuadran la vida
de estos años, no tan lejanos.
La fotografía corresponde al curso 1958-1959.
(No, no, yo fui a escuela de pago, ya he dicho,
al Colegio de San José, también en el Reino de
León, pero no en León capital que es donde
está hecha la fotografía).
Muy cerca de las tierras que narra Josefina
Aldecoa (v. texto II, 20).
II - LA CLASE

20

¿Cómo te llamas?, insistí. “Genaro, el del molino”, contestó. “Pero

“ ¿cómo te apellidas?” Farfulló algo entre dientes. “Está bien, Genaro.

Tú vas a ser mi ayudante”. No se movía y tuve que pedirle: “Ven a mi


lado.” Salió de su fila, avanzó por el corto pasillo entre los bancos y la pared
y se detuvo cerca de mí sin acercarse del todo.
La escuela está vieja y sucia –dije a todos– y la vamos a arreglar. No
podemos trabajar en un lugar tan feo.
Luego me dirigí a Genaro.
– A la salida busca cal y una brocha y di a cuatro de los mayores que
se queden con nosotros.
Después pregunté cuántos sabían leer y escribir y sólo una pequeña
parte levantaron la mano. Así que los dividí en grupos, puse cerca de mí a
los más pequeños y les dije:
– No podéis sentaros en el suelo. Mañana cada niño traerá una silla y
una tablita para apoyar su cuaderno.
Como ninguno tenía cuaderno, arranqué una hoja de mi Diario para
apuntar: “Pedir al pueblo grande treinta cuadernos y treinta lapiceros.”
Aquel mismo día, cuando la tarde caía y las montañas envolvían en
sombras anticipadas el valle, se abrió la puerta de la cocina de María, mi
patrona, y allí estaba el Alcalde, malhumorado y hosco. Sin quitarse la
gorra, sin pasar de la puerta, me señaló con la cachaba y dijo:

113
– Aquí no ha venido usted a pintar la escuela. Aquí ha venido usted a
tener a los chicos bien enseñados. Así que déjese de pinturas.

Josefina R. ALDECOA

HISTORIA DE UNA MAESTRA,


Anagrama, Barcelona, 1990

114
III
LA DISCIPLINA
III - LA DISCIPLINA

C uando llamó el maestro al delincuente teníamos todos el alma colgan-


do de un hilo. Ene se adelantó hosco, pero sin derramar una lágrima,
atravesando el flecheo de las miradas todas. El maestro nos le mostró y pro-
nunció, más que dijo, unas palabras que nos llegaron al corazón, porque en
estos momentos solemnes en la vida de los hombres y de los pueblos las
palabras se pronuncian, no se dicen. Ahí era nada, ¡faltar así a su madre! ¡y
a su propia madre tirarle un plato! Algunos lloraban con un nudo en la gar-
ganta; a otros el nudo les impedía llorar. En seguida le hizo inclinarse y
reclinar la cabeza en su regazo, el del maestro; mandó traer una alpargata
y nos ordenó que uno por uno fuéramos desfilando y dándole un alparga-
tazo en el trasero. Y fuimos desfilando los verdugos y cumpliendo el man-
dato. Algunos, ¡oh ligereza!, se reían, pero los más graves como reclutas
que se ven obligados a fusilar a un compañero. Era, al fin, un semejante, y
todos sentíamos que, aunque se debe odiar el pecado, el pecador no mere-
ce sino compasión. Hubo amigo del condenado que pretextando una nece-
sidad urgente e ineludible, huyó a refugiarse, como en un asilo, en el excu-
sado, por no llenar la cruel consigna, y hubo también un tal Ene que le dio
el alpargatazo con toda su alma y cerrando bien la boca al dárselo. Y esto
nos indignó, porque era una venganza, una cochina venganza, y es infame
convertir en una venganza el castigo.

Miguel de UNAMUNO
RECUERDOS DE NIÑEZ Y MOCEDAD, II, Austral, 11 y ss.

117
III - LA DISCIPLINA

E l estudio de la tarde era el más pesado; dos horas y media de inacción


y recogimiento, desde las cinco y media hasta las ocho, sin otro respi-
ro que la media hora de rosario y lectura espiritual, los cuales solían comen-
zar a las siete. Terminada la lectura, entraba el padre Mur a sustituir al
padre Sequeros, promoviendo entre los alumnos un cierto malestar medro-
so. Tras la aridez del largo día y monótonas faenas de clases y estudios,
aquellas dos horas pesaban con abrumadora gravedad. Algunos se dormían
sobre los libros, pachorrudamente, contando con que el padre Sequeros no
les había de traer a la vida consciente. Les consentía dormir que es una
manera de guardar compostura, siempre que no roncasen. El pobre Coste
estaba incapacitado para este dulce y acomodaticio reparo del tedio, por-
que, debido a la curiosa configuración de sus carrillos, lo mismo era caer
en un blando sopor que convertirse en un instrumento que exhalase los
sonidos más descompuestos y risibles. Un día ensayó a obturarse la boca
con el pañuelo; el remedio le fue fatal, porque si ya en estado de vigilia la
exuberancia gaseosa de los intestinos le ponía en feroces aprietos, así que se
zambulló en las linfas del sueño, teniendo cegado el desahogo de la boca,
las flatulencias de que adolecía se acumularon, buscando otro escape por
donde insinuarse libremente, lo cual hicieron con magníficas explosiones.
El escándalo fue mayúsculo.

Ramón PÉREZ DE AYALA


(Oviedo, 1881 - Madrid, 1962)
A.M.D.G., 1911. Cátedra, 1983

119
III - LA DISCIPLINA

D on Amadeo oía la salmodia de los ríos de la Península Ibérica movien-


do la cabeza y pinchando con la afilada punta de su lápiz, motas de
caspa en las tapas de hule de su cuadernillo de anotaciones. ¿Cuál sería el
segundo apellido de don Amadeo? No se sabía. Un profesor propiamente
no tenía más que un nombre. El primer apellido le servía para firmar las
calificaciones trimestrales. El segundo lo ocultaba celosamente. Si él, por
ejemplo, se llamaba Ignacio Aldecoa Isasi lo tenía que poner en todos los
ejercicios, como si se hubiese llamado Pedro Rodríguez Bustamante. ¡Qué
cosas! Él tenía catorce años, el profesor muchos; él era el señor Aldecoa para
el profesor, y para él el profesor era Don Amadeo; pero el profesor sabía sus
dos apellidos y él no sabía más que uno del profesor y nunca se hubiera
atrevido a llamarle don Amadeo Echecalde, porque hubiese sido como
ofenderle.
El compañero encargado de tocar la campana se levantó de su asiento
y se fue acompañado de un suspiro colectivo a pedir permiso a Don
Amadeo para bajar al patio. Al verlo acercarse, don Amadeo hizo una incli-
nación de cabeza dando su conformidad. Llevaba ya un cuarto de hora con
ganas de fumar y deseaba que fuese la hora para irse al estudio de profeso-
res a echar un cigarrillo con su amigo don Fulgencio. Lo sabían todos en la
clase; por eso Aldecoa se sonrió mirando a don Amadeo, y don Amadeo se
percató de la sonrisa e hizo un ademán al que recitaba afluentes del Tajo
por la derecha, para que se callase.
– ¿De qué se ríe usted, señor Aldecoa? –preguntó furiosamente.

Ignacio ALDECOA
(Vitoria, 1925 - Madrid, 1969)
ALDECOA SE BURLA, en CUENTOS COMPLETOS, Alianza, 1973

121
III - LA DISCIPLINA

L osse acomodaban
castigos corporales de doña Manuela –dejando aparte los verbales–
a la siguiente escala:
Golpe de regla en la palma de la mano, con alguna que otra desvia-
ción a la cabeza.
Golpe de regla en la punta de los dedos, recogidos en haz –en la forma
que se usa para indicar que hay mucha gente en un sitio–, e idénticas des-
viaciones a la cabeza.
Golpe de vara en las piernas, la espalda, las posaderas o donde se ter-
ciara, sin que fuera seguro contra este castigo el suministro de las varas,
que corría a cargo de unas chicas de la vecina aldea de Sancedo.
Bofetadas, sopapos, cachetes y mojicones, con innumerables variantes
de lugar, y puntapiés en el trasero si las cosas llegaban a mayores.
Lanzamiento de campanilla –que no era muy pequeña– desde la
mesa al banco en que se encontraban los revoltosos o los distraídos.
Había un castigo exclusivamente reservado a los chicos: el encierro en
la carbonera, que no tenía luz alguna al exterior. La víctima casi cotidiana
era Paulino, el más duro de mollera. Trasladado a la carbonera, la criada de
doña Manuela recibía orden de introducir un puntero por la gatera y hur-
gar suavemente en el carbón simulando movimiento de ratones. Desde la
opaca lobreguez de la carbonera llegaban las voces de Paulino:
– ¡Ay, doña Manuela, doña Manuelica que me comen! ¡Ay, que me
comen!

Ramón CARNICER
O.C.

123
III - LA DISCIPLINA

H allaron a un colegial desnudo en su celda, de hinojos en el sitio que


bañaba el sol. Se santiguaba las espaldas con un atado de correíllas.
Del mismo dolor, o bien de vergüenza y susto, se desvaneció. Puesto en la
cama, el médico vino a reconocerlo. Estaba hecho una criba.
– ¿Por qué se da ese trabajo? ¿Quién se lo manda?
– Nadie. Es que me gusta.
– ¡Cómo degeneran las razas! –concluyó el médico.

Manuel AZAÑA
(1880-1940)
EL JARDÍN DE LOS FRAILES, Alianza, 1981.
.

125
Un texto de Geometría y Agrimensura. Misteriosa
lección sobre las líneas. La mixta está mal pintada
en el dibujo, la mixta era un cazo. Hay muchos
tipos de línea: Continua, discontinua, férrea, de
flotación, regular, gruesa, delgada, que van para
acá o para allá, delgaditas de cintura, Maginot,
aéreas que son las trazadas en el aire por los
aviones… ¡Es complicado esto de las líneas!.
(Texto: Barcelona, 1923)
IV
LA LECCIÓN
IV - LA LECCIÓN

MIS POETAS

E l primero es Gonzalo de Berceo llamado,


Gonzalo de Berceo, poeta y peregrino,
que yendo en romería acaeció en un prado,
y a quien los sabios pintan copiando un pergamino.

Trovó a Santo Domingo, trovó a Santa María,


y a San Millán, y a San Lorenzo y Santa Oria,
y dijo: Mi dictado non es de juglaría;
escrito lo tenemos; es verdadera historia.

Su verso es dulce y grave; monótonas hileras


de chopos invernales en donde nada brilla;
renglones como surcos en pardas sementeras,
y lejos, las montañas azules de Castilla.

Él nos cuenta el repaire del romeo cansado;


leyendo en santorales y libros de oración,
copiando historias viejas, nos dice su dictado,
mientras le sale afuera la luz del corazón.

Antonio MACHADO
POESÍAS COMPLETAS, CL.

129
IV - LA LECCIÓN

C ompacta disciplina de niños brumosos cobijados bajo su materna ala:


siempre de negro hasta los pies vestido y, en vez de cetro real, la con-
minatoria reglilla: imágenes de un lugar de cuyo nombre no quieres acor-
darte, preguntas y respuestas que zumban como flechas, estallan en un
deslumbrante ramillete de fuegos de artificio: Ciencias Naturales hoy:
Geología, Zoología, Botánica
caracteres de los dípteros
un solo par de alas membranosas, balancines, aparato bucal chupador,
labio inferior en forma de trompa,
metamorfosis complicada
morfología del escorpión
artrópodo con pinzas de cangrejo y aguijón en la extremidad abdo-
minal, de mediopalpos muy desarrollados y cuatro pares de estigmas,
cuerpo cubierto de coraza quitinosa, respiración aérea, uña venenosa
los arácnidos
artrópodos terrestres con cuerpo cubierto de quitina, cefalotórax
breve, abdomen grande y redondeado, seis abultamientos, provisto de
numerosos tubitos por donde salen los hilos con que fabrica la red
biología de la cobra
cuando alguien se acerca adopta una postura ofensiva irguiendo el
cuerpo sobre su anillo plano, mientras extiende ampliamente la capucha
y dirige la cabeza hacia adelante
peculiaridades de la víbora
cabeza triangular y aplastada, lengua bífida, boca dilatable para tra-
gar grandes presas, maxilar inferior dividido, dientes huecos

131
algunas peculiaridades sobre los
caparazón con gruesas capas córneas de forma poligonal
espinoso?
probablemente
quelonio o saurio?
corazón con dos aurículas y un ventrículo, extremidades cortas y laterales,
piel cubierta de escamas, escudos o placas
grabado en colores representando diferentes especies de?
hojas
entera?
alforjón
dentada?

Juan GOYTISOLO
(Barcelona, 1931)
REIVINDICACIÓN DEL CONDE DON JULIÁN, 1970
Seix Barral, 10, pp. 91-92

132
IV - LA LECCIÓN

S alud te digo, amigo, abierta mano


te tiendo al comenzar esta joranda.
("–Qué amable– me dirás–. Gracias. – De nada"
Y en tanto que fugaz se va el verano

–Si fugit vita sin remedio, hermano–,


te ofrezco una lección apresurada
de una nueva gramática avanzada
que enseñe a ser feliz en castellano.

Gastad todos los verbos transitivos,


usad las conjunciones a barullo,
de palabras de amor haced acopio,

Mezclad rayos de sol con adjetivos...


Y que la noche os deje en un arrullo,
prendido al corazón, un nombre propio.

Manuel PÉREZ LÓPEZ


(Salamanca, 1942)

133
IV - LA LECCIÓN

“¡Véngase aquí a la silla!"


Salíamos del banco, la verdad,
el corazón medroso...
"A ver cómo resuelve esta oración!"
Oración? Oración, el Padre Nuestro!
Mas no era, no, la que pedía el maestro.
Era otra la canción!
"A ver si me la vuelve por gerundio..."
era otro infundio!
Al fin el unusquisque
unaquaeque, unumquidque vel unumquodque
uniuscuiusque...
era como el obispo de Constantinopla
–¡sopla!, ¡sopla!–
al que había que desconstantinopolizar
el desconstantinopolizador que lo desconstatinopolizare
buen desconstantinopolizador será...
Mas, ay oraciones de relativo!
En el archivo
de mis recuerdos de niñez henchida
de inefables secretos del saber
quedóse corrompida
la oración que no supe resolver...
No bastaba el gerundio... era el supino...
parecía el supino ser más fino–
quién venía en socorro?
Mas en el mes de mayo
135
era un cochorro
que del castaño de Indias del jardín
zumbando sol entraba
y nos traía un rayo
de santa libertad y aun de motín!
O bien soltaba
algún cuitado –¡sin perdón!– un pedo,
y gerundio y supino y relativo
se iban al ruedo!
La relatividad!
la relatividad y el absoluto,
terrible el fruto
del árbol del error y la verdad!
La gramática aquella fue un desastre
pues tal como nos dijo campechano
Génova el sastre
al salirnos de clase cierto día,
con cierto rudo paternal afecto,
la palabra más fea en castellano
–de palabrotas feas bien sabía–
pluscuamperfecto!

Miguel de UNAMUNO
CANCIONERO, n1. 217 ( )218

136
IV - LA LECCIÓN

A y las oraciones de relativo...!


Aquella clase de latín... Las lentas
horas del aula lóbrega... el esquivo
rayo de sol de enero...
De las mugrientas
páginas del librillo –prisionero–
escarbaba, esperando maravilla,
enigma pavoroso:
la relatividad

Miguel de UNAMUNO
CANCIONERO, 1952. 220, 18-VI-28.

137
La provincia de Lugo en la Mnemotecnia de San
José. Los mapas había que rellenarlos como
fuera, que el maestro viera letras.
LA LECCIÓN

L a mariposa chocó contra la bombilla, que se bamboleó ligeramente y


desordenó las sombras.
"Hoy el maestro ha dicho que las mariposas tienen lengua, una len-
gua finita y muy larga, que llevan enrollada como el muelle del reloj. Nos
la va a enseñar con un aparato que le tienen que enviar de Madrid. ¿A que
parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?"
"Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son
verdad. ¿Te ha gustado la escuela?"
"Mucho. Y no pega. El maestro no pega".
No, el maestro don Gregorio no pegaba. Al contrario, casi siempre
sonreía con su cara de sapo. Cuando dos se peleaban durante el recreo, él
los llamaba, "parecéis carneros", y hacía que se estrecharan la mano.
Después los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como conocí a mi mejor
amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro chaval, Eladio,
que tenía un lunar en la mejilla, al que le hubiera zurrado con gusto, pero
nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandase darle la mano y que
me cambiase del lado de Dombodán. La forma que don Gregorio tenía de
mostrarse muy enfadado era el silencio.
"Si vosotros no os calláis, tendré que callarme yo".
Y se dirigía hacia el ventanal, con la mirada ausente, perdida en el
Sinaí. Era un silencio prolongado, descorazonador, como si nos hubiese
dejado abandonados en un extraño país. Pronto me di cuenta de que el
silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que él
tocaba era un cuento fascinante. El cuento podía comenzar con una hoja de

139
papel, después de pasar por el Amazonas y la sístole y la diástole del cora-
zón. Todo conectaba, todo tenía sentido. La hierba, la lana, la oveja, mi
frío. Cuando el maestro se dirigía hacia el mapamundi, nos quedábamos
atentos como si se iluminase la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo
de los indios cuando escucharon por primera vez el relinchar de los caba-
llos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomos de los elefantes de Aníbal
de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchábamos con
palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no
todo eran guerras. Fabricábamos hoces y rejas de arado en las herrerías del
Incio. Escribíamos cancioneros de amor en la Provenza y en el mar de Vigo.
Construíamos el Pórtico de la Gloria. Plantábamos las patatas que habían
venido de América. Y a América emigramos cuando llegó la peste de la
patata.

Manuel RIVAS
(La Coruña, 1957)
LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS
en ¿QUÉ ME QUIERES, AMOR?, Alfaguara, 1996

140
LA LECCIÓN

A.B.C.
La letra mata.

A y primera escalerita – de olvidar lo que hay que sé,*


tras de ti vienen los grillos, – que nos atan al saber,
y la hoz tras de los grillos, – que siega ciencia a cercén.
Ay terrible abecedario! – ay potro de la niñez!

Miguel de UNAMUNO
CANCIONERO, 1952. 223.

* Así en el original

141
LA LECCIÓN

(El cuadrado de la suma de dos números)

S e casaron a y b y sus dos cuartos


ya cuadrados al ir a juntar
traspasados en flecha amorosa,
norte a sur, por común diagonal,
construyeron la casa y se hallaron
con dos amplias alcobas de más.
Dos mellizos, a-b, sus dos hijos
les llenaron el hueco al hogar
y quedóse cuadrada la casa
por la regla de multiplicar.

18-VI-28

Miguel de UNAMUNO
CANCIONERO, 1952. 225

143
LA LECCIÓN

N uestra preparación de bachilleres, si juzgo por la mía, era


modesta. El que más, recitaba de coro págians del Campillo.
Yo había cursado ese librito en mi colegio de Alcalá y conservaba
en la memoria algunas nociones más sólidas: “¿Qué son tropos?
Formas figuradas de hablar”. O bien: "Criticar es aplicar los jui-
cios de la sana razón a las obras literarias y artísticas". Campillo
fue uno de esos catedráticos zumbones, amigo de ensañarse con
los alumnos haciendo chistes a su costa. Era exigente y, como
decían, clerófobo; al verlo en la comisión de exámenes, los alum-
nos del colegio de segunda enseñanza se helaban de espanto. Pero
los frailes lo amansaban a fuerza de comidas pantagruélicas y vino
sin tasa. Tomábase don Narciso licencias increíbles. Una tarde,
sentado en el tribunal, como le doliese un callo, se quitó una bota,
la puso sobre la mesa, extrajo del bolsillo una navaja y recortan-
do un pedazo de cuero en la parte que le laceraba, se calzó tan
campante. Andando el tiempo, alcancé a Campillo en el Ateneo,
donde tuvo apestosa fama. Era un andaluz procaz, de ingenio
pronto, fecundo en chocarrerías.

Manuel AZAÑA
(1880-1940)
EL JARDÍN DE LOS FRAILES, Alianza,1981

145
También los cuentos de Calleja o los
libros de texto eran de niños o de
niñas. Educación femenina orientada
al trabajo hogareño y a la crianza de
hijos, para el cielo, por supuesto.

(De Libros escolares para la edu-


cación de las niñas en España,
Facultad de Educación de la
Universidad de Salamanca, s/a).
LA LECCIÓN

10

PLAÑID ASÍ

E stán multiplicando las niñas en alta voz,


yo por ti, tú por mí, los dos
por los que ya no pueden ni con el alma,
cantan las niñas en alta voz
a ver si consiguen que de una vez las oiga Dios.

Yo por ti, tú por mí, todos


por una tierra en paz y una patria mejor.
Las niñas de las escuelas públicas ponen el grito en el cielo,
pero parece que el cielo no quiere nada con los pobres,
no lo puedo creer. Debe de haber algún error
en el multiplicando o en el multiplicador.

Las que tengan trenzas, que se las suelten,


las que traigan braguitas, que se las bajen rápidamente,
y las que no tengan otra cosa que un pequeño caracol,
que lo saquen al sol,
y todas a la vez entonen en alta voz
yo por ti, tú por mí, los dos
por todos los que sufren en la tierra despachurrando el contador.

Blas de OTERO
(1916-1979)
En ANCIA, 1958. Visor, 1984.

147
“La escuela y la patria”. Edición de 1937.
Texto de Magdalena Santiago Fuentes en
Hijos de Santiago Rodríguez, Burgos.
LA LECCIÓN

11

LUCAS, SUS CLASES DE ESPAÑOL

E n la Berlitz donde lo toman medio por lástima el director que es de


Astorga le previene nada de argentinismos ni de qué galicados, aquí
se enseña castizo, coño, al primer che que le pesque ya puede tomarse el
portante. Eso si usted les enseña a hablar corriente y nada de culteranismos
que aquí los franceses lo que vienen a aprender es a no hacer papelones en
la frontera y en las fondas. Castizo y práctico, métaselo en el digamos meo-
llo.
Lucas perplejo busca enseguida textos que respondan a tan preclaro
criterio, y cuando inaugura su clase frente a una docena de parisienses ávi-
dos de olé y de quisiera una tortilla de seis huevos, les entrega unas hojitas
donde ha policopiado un pasaje de un artículo de El País del 17 de sep-
tiembre de 1978, fíjese qué moderno, y que a su juicio debe ser la quintae-
sencia de lo castizo y lo práctico puesto que se trata de toreo y los france-
ses no piensan más que en precipitarse a las arenas apenas tengan el diplo-
ma en el bolsillo, razón por la cual este vocabulario les será sumamente útil
a la hora del primer tercio, las banderillas y todo el resto. El texto dice lo
siguiente, a saber:

El galache, precioso, terciado, mas con trapío, muy bien armado y astifino,
encastado, que era noble, seguía entregado a los vuelos de la muleta, que el maestro
salmantino manejaba con soltura y mando. Relajada la figura, trenzaba los mule-
tazos, y cada uno de ellos era el dominio absoluto por el que tenía que seguir el toro
un semicírculo en torno al diestro, y el remate, limpio y preciso, para dejar a la fiera
en la distancia adecuada. Hubo naturales inmejorables y de pecho grandiosos, y
ayudados por alto y por bajo a dos manos, y pases de la firma, pero no se nos irá de
149
la retina un natural ligado con el de pecho, y el dibujo de éste, con salida por el
hombro contrario, quizá los más acabados muletazos que haya dado nunca El Viti.

Como es natural, los estudiantes se precipitan inmediatamente a sus


diccionarios para traducir el pasaje, tarea que al cabo de tres minutos se
ve sucedida por un desconcierto creciente, intercambio de diccionarios,
frotación de ojos y preguntas a Lucas que no contesta nada porque ha deci-
dido aplicar el método de autoenseñanza y en esos casos el profesor debe
mirar por la ventana mientras se cumplen los ejercicios. Cuando el direc-
tor aparece para inspeccioar la perfomance de Lucas, todo el mundo se ha
ido después de dar a conocer en francés lo que piensan del español y sobre
todo de los diccionarios que sus buenos francos les han costado. Sólo
queda un joven de aire erudito, que le está preguntando a Lucas si la refe-
rencia al "maestro salmantino" no será una alusión a Fray Luis de León,
cosa a la que Lucas responde que muy bien podría ser aunque lo más segu-
ro es que quién sabe. El director espera a que el alumno se vaya y le dice
a Lucas que no hay que empezar por la poesía clásica, desde luego que Fray
Luis y todo eso, pero a ver si encuentra algo más sencillo, coño, digamos
algo típico como la visita de los turistas a un colmado o a una plaza de
toros, ya verá cómo se interesan y aprenden en un santiamén.

Julio CORTÁZAR
(Bruxelas, 1914 – París 1984)
UN TAL LUCAS, en CUENTOS COMPLETOS,
Alfaguara., Madrid, tomo II, 1994

150
V
LOS RECUERDOS
V - LOS RECUERDOS

¿ Qué tienes, dime, Musa de mis cuarenta años?


– Nostalgias de la guerra, de la mar y el colegio.

Rafael ALBERTI
PLEAMAR, 42-44

153
V - LOS RECUERDOS

C uando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me


topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, junto al palo-
mar de la tía Zenona, ya en el camino de Pozal de la Culebra. Y el Aniano
se vino a mí y me dijo “¿Dónde va el estudiante?” Y yo le dije “¡Qué sé yo!
Lejos”. “¿Por tiempo?“ dijo él. Y yo le dije “Ni lo sé”. Y él me dijo con su
servicial docilidad: “Voy a la capital ¿te se ofrece algo?” Y yo le dije “Nada,
gracias, Aniano”.
Ya en el año cinco, al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, me aver-
gonzaba ser de pueblo y que los profesores me preguntasen (sin indagar
antes si yo era de pueblo o de ciudad). “Isidoro ¿de qué pueblo eres tú?”.
Y también me mortificaba que los externos se dieran de codo y cuchiche-
aran entre sí: “¿Te has fijado qué cara de pueblo tiene el Isidoro?”

Miguel DELIBES
VIEJAS HISTORIAS DE CASTILLA LA VIEJA 1: El pueblo en la cara

155
V - LOS RECUERDOS

RECUERDO INFANTIL
(De Juan de Mairena)

M ientras no suene un paso leve


Y oiga una llave rechinar
El niño malo no se atreve
A rebullir ni a respirar.

El niño Juan, el solitario,


Oye la fuga del ratón,
Y la carcoma en el armario,
Y la polilla en el cartón.

El niño Juan, el hombrecito,


Escucha el tiempo en su prisión:
Una quejumbre de mosquito
En un zumbido de peón.

El niño está en el cuarto oscuro,


Donde su madre lo encerró;
Es el poeta, el poeta puro
Que canta: ¡el tiempo, el tiempo y yo!

Antonio MACHADO
JUAN DE MAIRENA, 1936

157
V - LOS RECUERDOS

BAROJA, NO SERÁS NUNCA NADA


(Canción)

B aroja no es nada, y presumo que no sea nunca nada –ha dicho Ortega
y Gasset en el número primero de El Espectador–.
Yo también tengo la sospecha de que no voy a ser nunca nada. Todos
los que me han conocido han creído lo mismo.
Cuando fui por primera vez a la escuela, en San Sebastián, yo tenía
cuatro años –ya ha llovido desde entonces–; el maestro, don León Sánchez
y Calleja, que tenía la costumbre de pegarnos con un puntero muy duro
(las venerandas tradiciones de nuestros antepasados), me miró y dijo:
– Este chico va a ser tan cazurro como su hermano. Nunca será nada.
Estudiaba en Pamplona, en el Instituto, con don Gregorio Pano,
que nos enseñaba matemáticas; y este anciano, que parecía el Comendador
del Tenorio por su cara helada y su perilla blanca, me decía con su voz
sepulcral:
– No será usted ingeniero como su padre. Usted no será nunca nada.
Al cursar terapéutica con don Benito Hernando, en San Carlos, don
Benito se plantaba delante de mí, y me decía:
– Esa sonrisita... esa sonrisita... es una impertinencia. A mí no me
viene usted con sonrisas satíricas. Usted no será nunca nada más que un
negador inútil.
Yo me encogía de hombros.

159
Las mujeres que he conocido me han asegurado:
– Tú no serás nunca nada.
Y un amigo que se marchaba al nuevo mundo, indicaba:
– Cuando vuelva, dentro de veinte o treinta años, encontraré a todos
los conocidos en distinta posición; uno se habrá arruinado, éste habrá lle-
gado a ministro, aquél habrá desaparecido en una aldea; tú seguirás como
ahora, vivirás igual y tendrás dos pesetas en el bolsillo. No pasarás de ahí.
La idea de que no seré nunca nada está ya muy arraigada en mi espí-
ritu. Está visto: no seré diputado, ni académico, ni caballero de Isabel la
Católica, ni caballero de industria, ni concejal, ni chanchullero, ni tendré
una buena ropa negra... Y, sin embargo, cuando se pasan los cuarenta años,
cuando el vientre empieza a hincharse de tejido adiposo y de ambición, el
hombre quiere ser algo, tener un título, llevar un cintajo, vestirse con una
levita negra y un chaleco blanco; pero a mí me están vedadas estas ambi-
ciones. Los profesores de la infancia y de la juventud se levantan ante mis
ojos como la sombra de Banquo, y me dicen: Baroja, tú no serás nunca
nada.
Cuando voy a la orilla del mar, las olas que se agitan a mis pies mur-
muran: Baroja, tú no serás nunca nada. La lechuza sabia, que por las noches
suele venir al tejado de Itzea, me dice: Baroja, tú no serás nunca nada, y
hasta los cuervos que cruzan el cielo suelen gritarme desde arriba: Baroja,
tú no serás nunca nada... Y yo ya estoy convencido de que no seré nunca
nada.

Pío BAROJA
JUVENTUD, EGOLATRÍA, 1917. Caro Raggio, 1958

160
V - LOS RECUERDOS

N osotros íbamos al colegio de San José, que era de los jesuitas. Era un
colegio de pago, adonde iban los hijos de la burguesía local. Había en
él una curiosa institución, el Grupo Escolar. Se trataba de una escuela para
niños pobres, a los que, por supuesto, sólo se enseñaba lo más elemental.
En el colegio se les conocía con el nombre de los gratuitos, y vivían y reci-
bían clases aparte, en una de las zonas más secretas del colegio, al que
entraban incluso por una puerta distinta a la nuestra, que era la puerta de
verdad del colegio, la puerta por donde entraban los alevines de los pode-
rosos. Recuerdo que a veces nos cruzábamos con ellos. Veíamos sus filas
extrañas, fantasmales, y sus rostros como asustados, en la distancia. Ése era
el único contacto, pues también los recreos eran a horas distintas de las
nuestras, y no había por tanto posibilidad alguna de coincidir con ellos en
ningún lugar. También que yo daba en pensar una cosa. Que mi contrafi-
gura, mi doble estaba tal vez allí. Y que uno de los niños del Grupo era
como yo.

Gustavo MARTÍN GARZO


(Valladolid, 1948)
UN CUENTO DE NAVIDAD, en EL HILO AZUL, Aguilar, 2001

161
V - LOS RECUERDOS

CARMEN JUBILAR

C armen, cántico, coro,


cantad conmigo, uníos a mi júbilo
pues por vosotras y vosotros vivo
y solemne y humilde estoy pasando
bajo el arco triunfal
que vuestros brazos ágiles erigen.

Arco sin puerta. Del azul venía


y al azul sigo. Toda es transparencia
mi vida en este enlace
de un pasado que queda
a un presente constante que adviendrá.

Humana obra de misericordia,


enseñar al que quiere saber el que no sabe.
Y sin interrupción cuarenta y seis años
y medio.

Qué aprendizaje hermoso de inocencia,


de ciencia y de paciencia,
y cuánto respirar, beber poesía,
163
poesía alumna, mi única maestra,
mi juventud perenne. Oh, gracias, gracias.

Cuando los años son cursos


a caballo de años,
no se arruga la seda del verso,
tan terso ahora
como en la ilusa evasión por el portillo de la jaula.
Jaula y aula.
Y vacación.
Libres las alas hacia la aventura.

Vosotros los del Duero en la ribera


cantaréis –¿me permites, Garcilaso?–
mi poesía al raso y de frontera,
y no mi muerte, no, mi vida al paso
cantaréis cada día.

Y en vosotros, mis cántabros y astures,


discípulos del alma, me contemplo
como el niño que un día fuí,
que soy ahora y hoy.
(Hay foto de jardín y escalinata
y en el bolsillo cápsula y bovedilla de eucalipto).

No os olvido a vosotros, chicos, chicas,


madrileños, velazqueños
de toda España, al aire de la sierra
despiertísimos, hoy también varones,
madres, como ya abuelos los de Soria.

164
V - LOS RECUERDOS

Y a vuestra rapacina prole, gijoneses –ése


es un sexto discípulo–nieto del que a Jove
supo heredar el nombre augusto y sacro–.
Ni menos a vosotros, amigos de mi brindis,
con la ventana abierta
a mi bahía verde de abril nuevo
–1920, Dios sea loado–.
A vosotros, los vivos y los muertos,
muertos pero vivientes en mi abrazo,
uno por uno nominados.

No, ni a vosotros ni a vuestros hijos,


hijos predilectos
de vuestra sangre y de mi verso.
Ni a vosotros podría bajo mi arco de júbilo
–de invisible laurel sienes ceñidas–
no deciros: Estáis, estáis aquí conmigo,
josués de un sol que me calienta y dora.

Mas si apretada piña de muchachos


rodeando al maestro le remoza,
¿qué decir de vosotras,
lindas beatrizgalindas
que mi vida madura tan intensamente aromásteis?
Bien lo sabéis, nunca sentí fatiga
de hablar, de persuadir, de desnudar bellezas y emociones
para vosotras,
porque me rodeabais siempre y siempre
en capullo o en flor recién abierta.
Los intangibles años de la alumna
fijos están aunque la luz se mude
de verde a negro, de castaño a azul
en la fragante pregunta y misterio

165
de los ojos distintos.
Los siempre trece o diecisiete
hacen florecer siempre cada curso
el árbol del maestro y del poeta;
de un maestro todo dudas,
de un poeta que apenas si ahora aprende
y para aprender más cierra los ojos
y se esconde en su casa
para seguir soñando con vosotras.

Gerardo DIEGO
CARMEN JUBILAR, Álamo, Salamanca, 1975.

*Leído en su jubilación como Catedrático del Instituto "Beatriz Galindo" de Madrid.

166
V - LOS RECUERDOS

C ada vez que yo salía de casa de Poupée para ir a tomar "el coche de
hora" (el autobús) que me llevaba al campo, a mi casa..., me cruzaba
con la profesora de Literatura, que volvía del Instituto hacia el hotel donde
vivía. Yo me hacía la desentendida. Estaba segura de que la profesora no
podía reconocerme. Ella acababa de llegar y como escaseaban los profeso-
res tenía todos los cursos, desde el primero al último, de Gramática y
Literatura: era imposible que me asociase a mí con la persona que, cuando
pasaba lista, le decían mis amigas que "estaba enferma". Cuando ella man-
daba hacer en casa algún ejercicio de redacción yo lo hacía, alguna compa-
ñera lo entregaba junto con los demás de la clase y siempre tenía buena
nota. Un día, Consuelo se hartó:

– Decidle a vuestra compañera Carmen Laforet que su enfermedad es


muy rara, porque me la encuentro todos los días en la calle y además va
siempre corriendo y saltando. Decidle que este año tendrá suspenso en
Literatura. Decidle también que sus redacciones son buenas, pero que aun-
que escribiese mejor que Cervantes la suspendería igualmente, porque una
alumna oficial no puede faltar a clase sin motivo.

Carmen LAFORET
(Barcelona, 1922 - Madrid, 28-II-2004)
MEMORIAS INÉDITAS, 2004.

167
V - LOS RECUERDOS

ESTACIÓN DEL JUEVES

D esde la torva banca, tatuada


de hendiduras y letras, era
conmovedoramente
pernicioso ver
los solidarios álamos
del patio, la imperiosa
techumbre de uralita tensa
como un borrón de esmalte
con la última luz.

De pronto me perdía
por las rutas del mapa
escolarmente mudo, ensordecido
de un libertario resonar
de ríos, con las locuaces
cordilleras turbias
de un difumino gris,
y siempre,
al otro lado, el mar,
el mar, con los contornos
litorales surtos
en dos zonas de azul.

Miraba el pertinaz muñón de la veleta


con la herrumbre hacia el norte,
los tapiales roídos

169
de aventuras, el chorro
de la prohibida fuente salpicado
por un sol de libélulas, bullendo
entre el jazmín y las artificiales rocas.
Al día siguiente,
jueves: la estación de empezar
a ser otro, doméstico
dosel de iniciaciones, los bolsillos
sucios de minerales y obstinadas
codicias.

Y ya después
era la noche en casa, lema
increíble, el corredor
sin fin, la cesta
de la ropa, la azotea
vertiginosamente recorrida
de asombro.

Todos
los jueves fueron como un día
sólo, cómputo tan tenaz
como lo único. Así los miro
ahora, convertidos
en una tortuosa descubierta
por los tercos tejados, mereciendo
la tantas veces peligrosa
libertad de entregarme, mientras
ya no sé quién
me enseñaba sus pechos
contra el hosco fulgor de la mampara
del cuarto de lavar. Y algo
difuso, mezcla de sombra
y fuego, acechante
lo mismo que un tiránico
ojo de profesor, mirándome vivir
como si nada fuese necesario.

José Manuel CABALLERO BONALD


(Jerez, 1926)
En PLIEGOS DE CORDEL, 1963

170
V - LOS RECUERDOS

EL COLEGIO EN EL RÍO

Q uisimos darle alcance, corrimos tras sus huellas,


sus ventanas huidas, sus aires caminantes,
pero el maestro puso su cimiento en el río,
en el mudar de nubes, en la estación que corre.

Ay, tintoreros súbitos, lañadores volantes, ¿qué oficio


/nos perdura, qué moral permanece,
cuál testigo es mejor para decir qué luz persiguió esta
/ciudad.

Memoria no tenemos más allá de estos soles;


la cuadrillera noche edificó los nichos,
y allí crió también
aves de sombra, pavos de fuego fatuo negro, guirigays
/de mentira y maldad, ruin ruido.

Copiosa banda oscura del monte de la noche,


descendió sobre el valle labrador, los colegios
de los vahos infantiles, los cantos y las tablas de soleada
/moral.

Y aquel maestro dijo, en su escuela, a los párvulos:


"Luchad, como heliotropos, en la luz, no detrás; no
/visitéis la valla del pecador y el dueño".

171
Pero luego se fue, al sonar la campana de la una. Los niños
quisimos darle alcance, crecimos tras sus huellas, pero el
maestro puso su colegio en el río.

Rafael SOTO VERGÉS


(Cádiz, 1936)
En CUADERNOS HISPANOAMERICANOS, 1963.
V - LOS RECUERDOS

10

AUTOBIOGRAFÍA

C uando yo era pequeño


estaba siempre triste,
y mi padre decía,
mirándome y moviendo
la cabeza: hijo mío,
no sirves para nada.

Después me fui al colegio


con pan y con adioses,
pero me acompañaba
la tristeza. El maestro
graznó: pequeño niño,
no sirves para nada.

Vino, luego, la guerra,


la muerte –yo la vi–
y cuando hubo pasado
y todos la olvidaron,
yo, triste, seguí oyendo:
no sirves para nada.

Y cuando me pusieron
los pantalones largos,
la tristeza en seguida

173
cambió de pantalones.
Mis amigos dijeron:
no sirves para nada.

En la calle, en las aulas,


odiando y aprendiendo
la injusticia y sus leyes,
me perseguía siempre
la triste cantinela:
no sirves para nada

De tristeza en tristeza
caí por los peldaños
de la vida. Y un día,
la muchacha que amo,
me dijo, y era alegre:
no sirves para nada.

Ahora vivo con ella,


voy limpio y bien peinado.
Tenemos una niña,
a la que, a veces, digo,
también con alegría:
no sirves para nada.

José Agustín GOYTISOLO


(Barcelona, 1928)
De SALMOS AL VIENTO, 1958.

174
V - LOS RECUERDOS

11

MAÑANA, ME DECÍAN

N o podía ser niño en el pupitre


inhóspito, llamaba a alguien,
me miraba las manos, iba
parpadeantemente enajenando
las letras y los números, hendía
el sustantivo mapa carcelario.

Mañana, me decían. Pero


la deserción del tiempo, aquel estrado
limítrofe del mundo, aquella
disciplinaria petición del ocio,
me cegaban los ojos para nunca.

Madre mía, ¿dónde estaré


mañana, qué será
de mi sueño, entre qué
cuatro paredes áridas
irá mi libertad entumeciéndose?

Los cautelosos plátanos, la inmóvil


vendedora de estampas, el guardián
de los jueves, la flora combativa
como emblema, ¿siguen siendo
mañana?
Oh, juntos ayer
entre cadenas frágiles, códice
de los sueños tempranos, cuando

175
los zaínos esquejes de mi miedo
retoñaban de luz, chorro feliz
de las aceñas clandestinas, calle
del Láudano que abría
sus enervantes puertas de cadáveres
contra el mundo primero.

¿Qué me querías tú, luna


lluviosa, horaria piedra
de la tarde? Atroz círculo lívido
del tiempo, ¿qué me querías, dime,
mísera prefectura
en los libros desérticos, tapial
de coros y de láminas,
vespertinas maderas
de vigilancia y de oración?

No podía ser niño entre los ágaves


hostiles, entre el terco
desdén de las empalizadas, junto
al silbo imperioso, bajo el látigo
del corazón y de las letanías.

Mañana, me gritaban. Pero


¿dónde estaré mañana, madre
mía? ¿De qué van a servirme
tantos días sin mí? ¿es necesario
el mundo, soy necesario yo,
me hago falta a mí mismo?

Crédula
infancia sola entre paredes
de preguntas, déjame ser
equivocadamente el responsable
de mi inquieta impaciencia de vivir.

José Manuel CABALLERO BONALD


(Jerez, 1926)
En LAS HORAS MUERTAS, 1959

176
V - LOS RECUERDOS

12

BALADA INTERIOR
16 de julio de 1920
(Vega de Zujaira)

E l corazón
que tenía en la escuela
donde estuvo pintada
la cartilla primera,
¿está en ti,
noche negra?
(Frío, frío,
como el agua
del río).
El primer beso
que supo a beso y fue
para mis labios niños
como la lluvia fresca,
¿está en ti,
noche negra?

(Frío, frío
como el agua
del río).

Mi primer verso.
La niña de las trenzas
que miraba de frente,
¿está en ti,
noche negra?

177
(Frío, frío,
como el agua
del río).

Pero mi corazón
roído de culebras,
el que estuvo colgado,
del árbol de la ciencia,
¿está en ti,
noche negra?

(Caliente, caliente,
como el agua
de la fuente).

Mi amor errante,
castillo sin firmeza,
de sombras enmohecidas,
¿está en ti,
noche negra?

(Caliente, caliente,
como el agua
de la fuente).

¡Oh gran dolor!


Admites en tu cueva
nada más que la sombra.
¿Es cierto,
noche negra?

(Caliente, caliente,
como el agua de la fuente).

¡Oh corazón perdido!


¡Requiem aeternam!

Federico GARCÍA LORCA


(Fuentevaqueros –GR- ,1898 – Víznar – GR-, 1936)
En LIBRO DE POEMAS, 1921

178
V - LOS RECUERDOS

13

RETORNO DE LOS DÍAS COLEGIALES

P or jazmines caídos recientes y corolas


de dondiegos de noche vencidas por el día,
me escapo esta mañana inaugural de octubre
hacia los lejanísimos años de mi colegio.
¿Quién eres tú, pequeña sombra que ni proyectas
el contorno de un niño casi a la madrugada?
¿Quién, con sueño enredado todavía en los ojos,
por los puentes del río vecino al mar, andando?
Va repitiendo nombres a ciegas, va torciendo
de memoria y sin gana las esquinas. No ignora
que irremediablemente la calle de la Luna,
la de las Neverías, la del Sol y las Cruces
van a dar al cansancio de algún libro de texto.

¿Qué le canta la cumbre de la sola pirámide,


qué la circunferencia que se aburre en la página?
Afuera están los libres araucarios agudos
y la plaza de toros
con su redonda arena mirándose en el cielo.

Como un látigo, el 1 lo sube en el pescante


del coche que el domingo lo lleva a las salinas
y se le fuga el 0 rodando a las bodegas,
aro de los profundos barriles en penumbra.

179
El mar reproducido que se expande en el muro
son las delineadas islas en breve rosa,
no adivina que el mar verdadero golpea
con su aldabón azul los patios del recreo.

¿Quién es este del cetro en la lámina muerta,


o aquel que en la lección ha perdido el caballo?
No está lejos el río que la sombra del rey
melancólicamente se llevó desmontada.

Las horas prisioneras en un duro pupitre


lo amarran como un pobre remero castigado
que entre las paralelas rejas de los renglones
mira su barca y llora por asirse del aire.

Estas cosas me trajo la mañana de octubre,


entre rojos dondiegos de corolas vencidas
y jazmines caídos.

Rafael ALBERTI
En RETORNOS DE LO VIVO LEJANO (1948-56)

180
V - LOS RECUERDOS

14

CANCIÓN PRIMAVERAL
28 de marzo 1919 (Granada)

I
Salen los niños alegres
de la escuela,
poniendo en el aire tibio
del abril canciones tiernas.
¡Qué alegría tiene el hondo
silencio de la calleja!
Un silencio hecho pedazos
por risas de plata nueva.

II
Voy camino de la tarde,
entre flores de la huerta,
dejando sobre el camino
el agua de mi tristeza.
En el monte solitario,
un cementerio de aldea
parece un campo sembrado
con granos de calaveras.
Y han florecido cipresses
como gigantes cabezas
que con órbitas vacías
181
y verdosas cabelleras
pensativos y dolientes
el horizonte contemplan.
¡Abril divino, que vienes
cargado de sol y esencias,
llena con nidos de oro
las floridas calaveras!

Federico GARCÍA LORCA


En LIBRO DE POEMAS, 1921
V - LOS RECUERDOS

15

L a plaza y sus naranjos encendidos


con sus frutas redondas y risueñas.
Tumulto de pequeños colegiales
que, al salir en desorden de la escuela,
llenan el aire de la plaza en sombra
con la algazara de sus voces nuevas.
¡Alegría infantil en los rincones
de las ciudades muertas!...
¡Y algo nuestro de ayer, que todavía
vemos vagar por estas calles viejas!

Antonio MACHADO
En PC, III. (Soledades).

183
¡Hay que saber pintar un mapa de España!
Para explicar la Reconquista, las regiones,
los ríos, las montañas que son de tono
marrón con la cimera blanca, para la
evolución fonética de la f- o del
castellano… Ejemplo de la Historia de
Ezequiel Solana, El Magisterio Español, s/a.
VI
¿QUIÉN EDUCA?
VI - ¿QUIÉN EDUCA?

… … …

Y siendo un bien singular


la educación que nos den,
querer bien es educar,
porque es hacernos gran bien.

Sólido bien verdadero,


que al hijo que lo comprenda
le valdrá más que el dinero
le valdrá más que la hacienda.

Honradas madres del Guijo:


si amáis al pueblo también,
no le deis un solo hijo
que no sea hombre de bien.

Vivid, vivid educando;


vivid, vivid reprendiendo;
noche y día vigilando,
noche y día corrigiendo.

Poned el alma en la empresa


de dar buena educación,
que precisamente es ésa
vuestra principal misión.

187
¿Reglas queréis y lecciones
para este fin conseguir?
Pues sólo en cuatro renglones
se pueden todas reunir.

"El hijo en casa ha de ver


ejemplos de bien obrar,
ejemplos de bien hacer,
ejemplos de bien hablar".

Y basta, cristianas madres,


porque bien debéis saber
que lo que fueron los padres
los hijos luego han de ser.

Y si bien los educáis


mañana os respetarán,
y si pan necesitáis,
pan y cariño os darán.

… … …

José María GABRIEL Y GALÁN


(Frades de la Sierra,1870 - Guijo de Granadilla, 1905)
SÓLO PARA MI LUGAR*,vv. 383 y ss (664).

*Versos leídos ante el pueblo de Guijo de Granadilla -CC- en el acto en el que fue nom-
brado hijo adoptivo del mismo (13 de abril de 1903)

188
VI - ¿QUIÉN EDUCA?

E l hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni


escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo
día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo,
llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se ali-
mentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la
cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la
aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia de Ribatejo. Se llamaban
Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran anafalbetos uno
y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto
de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las
pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama.

José SARAMAGO
(Azinhaga, 1926?)
Discurso en la recepción del Premio Nobel.
Fundación Nobel, 1998

189
A lo mejor la educación empieza
manejando las pinturas del abuelo,
aunque el abuelo no sepa dibujar ni
escribir; es el tacto de la madera, la luz
de los colores, la sensación de los dedos
sobre el hexágono o cilindro de la
pintura… El mundo, el mar.
VII
VISITA DE PADRES
Las primeras oposiciones que realicé
fueron para Cartógrafo del Ejército.
Me suspendieron. No sé por qué, una
injusticia, porque , como verán, a los diez
años había trazado una visión aérea del
mapa de Salamanca. Corregí los errores
del maestro que había olvidado el pueblo
de mi padre –La Fuente de San Esteban–,
Aldeadávila lo puse cerca de Vitivudino lo
cual no está mal… Y ni Amazonas, ni Obi,
nada del Nilo… ¡El Huebra!. Yo creía que
circunvalaba Salamanca y allá lejos tenía
acantilados y playas con palmeras… En
errores como estos perdí los tres primeros
dientes –¡qué menos!– a manos del
maestro (los diecisiete siguientes los
perdí en Caligrafía). Eso sí, gratis,
D. Antonio no me cobró nada,
un poquillo de sangre… ¡gratis!
VII - VISITA DE PADRES

A lgunos alumnos de la escuela de doña Manuela habían empezado allí


sus estudios, pero en su mayor parte procedían de las otras, donde no
habían adelantado ni hecho cosa de provecho. Era, pues, doña Manuela y
su escuela una especie de última apelación académica de Villavieja, y sus
efectos se manifestaban benéficamente incluso en los chicos alejados de su
directa guía. Bastaba oír a un padre o a una madre airados "¡Te llevaré a
casa de doña Manuela!", para que el chico adoptara un aire manso y se afa-
nara en trazar palotes. Pero ya se sabe que hay casos resistentes a las ame-
nazas mismas que se gastan con el uso, como las cosas. Por ello eran cons-
tantes las solicitudes de ingreso en la escuela de doña Manuela. Cuando se
tenía la fortuna de conseguirlo, había que aceptar esto:

– Y a mí no me venga usted con que si el chico ha llorado, que si vuel-


ve a casa con las orejas encarnadas, que si tiene un cardenal en el culo, que
si lo dejo castigado sin comer... En el chico mando yo.

Ramón CARNICER
(Villafranca del Bierzo, 1912)
MOMENTUM PAEDAGOGICUM, en CUENTOS DE AYER Y DE HOY, 1961.
EL CUENTO LITERARIO EN CASTILLA Y LEÓN, edic. de José Luis Puerto,
Vuelapluma, Edilesa, 1999.*

*Los textos del mismo autor que se sitúan en otro lugar, son la continuación de este.
Nosotros los hemos adaptado a nuestra estructura pero pueden de leerse seguidos.

193
VII - VISITA DE PADRES

(Mairena examinador)

M airena era, como examinador, extremadamente benévolo.


Suspendía a muy pocos alumnos, y siempre tras exámenes
brevísimos, por ejemplo:

–¿Sabe Usted algo de los griegos?


–Los griegos….., los griegos eran unos bárbaros…..
–Vaya usted bendito de Dios.
–¿….?
–Que puede usted retirarse.
Era Mairena –no obstante su apariencia seráfica– hombre, en
el fondo, de malísimas pulgas. A veces recibió la visita airada de
algún padre de familia que se quejaba, no del suspenso adjudica-
do a su hijo, sino de la poca seriedad del examen. La escena vio-
lenta, aunque también rápida, era inevitable.
–¿Le basta a usted ver a un niño para suspenderlo? –decía el
visitante, abriendo los brazos con ademán irónico de asombro
admirativo–.
Mairena contestaba, rojo de cólera y golpeando el suelo con
el bastón:
–¡Me basta ver a su padre!

Antonio MACHADO
JUAN DE MAIRENA, 1936

195
VII - VISITA DE PADRES

U n domingo que mi padre se llegó a la capital para sacarme de paseo,


se tropezó en el patio con el Topo, mi profesor, y fue y le dijo:
“¿Qué?” Y el maestro respondió: “Malo. De ahí no sacaremos nada; lleva el
pueblo escrito en la cara”. Para padre aquello fue un mazazo y se diría por
sus muecas y aspavientos y el temblorcillo que le agarraba el labio inferior
que le había proporcionado la mayor contrariedad de su vida.

Por el verano él trataba de despertar en mí el interés y la adicción por


el campo. Yo miraba a los hombres hacer y deshacer en las faenas y Padre
me decía: “Vamos, ven aquí y echa una mano” Y yo echaba, por obedien-
cia, una mano torpe e ineficaz. Y él me decía: “No es eso, memo, ¿es que
no ves cómo hacen los demás?”. Yo sí lo veía y hasta lo admiraba porque
había en los movimientos de los hombres del campo un ritmo casi artísti-
co y una eficacia palmaria, pero me aburría. Al principio pensaba que a mí
me movía el orgullo y un mal calculado sentimiento de dignidad, pero
cuando me fui conociendo mejor me di cuenta de que no había tal sino una
vocación diferente. Y al cumplir los catorce, Padre me subió al páramo y
me dijo: “Aquí no hay testigos. Reflexiona: ¿Quieres estudiar?” Y yo le
dije “No”. Me dijo “¿Te gusta el campo?” Yo le dije “Sí”. Él me dijo ”¿Y
trabajar en el campo?” Yo le dije “No”. Él entonces me sacudió el polvo en
forma y, ya en casa, soltó al Caqui y me tuvo cuarenta y ocho horas ama-
rrado a la cadena del perro sin comer ni beber.

Miguel DELIBES
VIEJAS HISTORIAS DE CASTILLA LA VIEJA, 1969.

197
VII - VISITA DE PADRES

M i padre, que me había prohibido subir al tejado, en vista de que no


estudiaba si no era sentado contra la chimenea, decidió autorizar-
me, o por lo menos hacerse el desentendido. Y ahora salía con unos geme-
los de campo que saqué de la biblioteca y con los cuales alcanzaba los teja-
dos de la casa de Valentina. Cuando se lo dije decidió salir al tejado con los
gemelos de su padre y acordé hacer un código de señales para hablar con
ella en los días en que por alguna razón no podíamos estar juntos. Dibujé
en una cartulina todas las figuras posibles con piernas y brazos hasta obte-
ner el alfabeto. Además había algunas actitudes que querían decir frases
enteras. Los brazos en alto con las manos abiertas agitando los dedos que-
ría decir: "He soñado contigo". Los brazos en cruz y las piernas abiertas era:
"Pilar es imbécil". Yo sabía que esa actitud se iba a repetir mucho. Un
brazo doblado con la mano en la cintura y el otro levantado sobre la cabe-
za era: "Iré a tu casa". Hice una copia exacta para mí y añadí una actitud
que ella no usaría y que podía decir: "Rediós". Eso me parecía indispensa-
ble en mi papel viril.

Nuestro primer diálogo determinó que yo llegase a clase con hora y


media de retraso. El profesor me advirtió que aquello no podía repetirse.

Ramón J. SENDER
(Alcolea de Cinca, Huesca, 1901 - San Diego, California, 1982)
CRÓNICA DEL ALBA, 1942

199
VIII
LA TEORÍA
VIII - LA TEORÍA

V engo a repetirme, repito, a renovarme. Una vida espiritual


entrañada es repetición, es costumbre, santo cumplimiento
del oficio cotidiano, del destino y de la vocación. Día a día he
venido labrando mi alma y labrando las de otros, jóvenes, en el
oficio profesional de la enseñanza y del aprendizaje. Que enseñar
es ante todo y sobre todo, aprender.

II
E sta fue mi obra y obra política también. Política, es decir: civil,
de civilización. Hay que hacerse mártires; esto es: testigos de esa
cultura; y el mártir da su vida por la palabra, por la libertad de la
palabra. Da su vida, pero no se la quita a los otros; se deja matar,
pero no mata. Al recordar todo esto creo mostraros el hilo de pro-
pia continuidad de toda mi obra, y que este hombre al que se la
ha supuesto tan versátil, ha seguido, en su profesión académica
como en la popular, una línea seguida.

III
Tened fe en la palabra, que es la cosa vivida; sed hombres de pala-
bra, hombres de Dios, Suprema Cosa y Palabra Suma, y que Él
nos reconozca a todos como suyos en España. ¡Y a seguir estu-
diando, trabajando, hablando, haciéndonos y haciendo a España,
su tradición, su porvenir, su ventura! ¡Y a Dios!

Miguel de UNAMUNO
30-IX-1934

203
VIII - LA TEORÍA

L as letras entran con sangre, – cantó la vieja canción;


las sangres entran con letra, – canta la nueva canción.

26-III-28

Miguel de UNAMUNO
CANCIONERO, 1952. 61

204
VIII - LA TEORÍA

S ólo es original la emoción poética, pena de no existir. Durable, la cre-


ación desinteresada, la hermosura que se realiza por alto entendimien-
to de la vida, ya se contemple el espíritu a sí mismo en la reflexión, ya se
extasíe en lo natural corpóreo. Shakespeare o Cervantes son inmunes a la
burla. No podré reírme de ellos, por ganas que tenga de reír. El genio exo-
rable se levanta a su esfera sin valerse de mi sangre o mi sudor y me deja
todavía su corazón en prenda. Pertenece a la sensibilidad monstruosa del
genio arribar de golpe a lo esencial, expugnable por el arte. Tal poeta en
una página me descubre de España más cosas que pudiera yo aprender en
todo Simancas si polvorientamente lo leyese.

Manuel AZAÑA
(Alcalá de Henares,1880 - Montauban,1940)
EL JARDÍN DE LOS FRAILES, Alianza, 1981.

205
VIII - LA TEORÍA

Y o siembro, siembro, señores, como mejor Dios me da a entender;


siembro el grano que él ha puesto en mi granero, tendiendo a hacer
oración de mi trabajo de sembradura, y siembro sin volver hacia atrás los
ojos, no sea que me pase lo que a la mujer de Lot; siembro mi grano miran-
do siempre al porvenir, que es el único reino de libertad, y dejo a la tierra
que lo fecunde, y al aire, al agua y al sol que lo fomenten.

¡Ah! Si en vez de inquietarnos por el sembrado grano siguiéramos


sembrándolo.

Mas para tal obra menester es que comulguemos todos en uno, comu-
nicándonos por lazos de cordialidad, que se quebrante de una vez esa inso-
ciabilidad íntima que sirve de base a esta aparente sociabilidad de nuestro
pueblo, en que más que corazones busca cada cual oídos, en que nos une la
necesidad de charlar y oír charlar. Porque, decidme, aquí, en este pueblo
de oradores, ¿quién se vierte? ¿Quién derrama su espíritu en público?
¿Quién desnuda su alma con religioso pudor? ¿Sentís unción en lo que se
dice? ¿No se pone más bien en ridículo el que al hablar entone la letra de
su inteligencia sobre el canto de su corazón?

207
Soy catedrático, conozco los males de nuestra enseñanza y acerca de
ellos he escrito algo. Y el mal mayor es que, por lo general, quien más pone
no pone al enseñar más que su inteligencia. Raro es el que saca el pecho y
da su sustancia propia; el alumno no siente el calor de la teta al labio.
Nuestra enseñanza es una enseñanza con biberón.

Miguel de UNAMUNO
NICODEMO, EL FARISEO. Ateneo de Madrid, 13-XI-1899.

208
VIII - LA TEORÍA

B ien creo yo que se encuentran algunos tan rudos en las aulas que, a
menos de darles la doctrina mascada y digerida de este modo, no
saben usar de ella en la disputa. Mas lo que se debe practicar con éstos es
despacharlos para que tomen otro oficio. Conviniera mucho al público que
en cada universidad hubiese un visitador o examinador señalado por el
príncipe o por el supremo senado que, informándose cada año de los que
son aptos o ineptos para las letras, purgase de éstos las escuelas. Con este
arbitrio habría más gente en la república para ejercer las artes mecánicas, y
las ciencias abundarían de más floridos profesores; pues se ve a cada paso
que al fin algunos zotes, a fuerza de favores, quitan el empleo del magiste-
rio a algunos beneméritos; lo que no podría suceder si con el tiempo los
retirasen de la aula, como a los inválidos de la milicia.

Fray Benito Jerónimo FEIJÓO


(Casdemiro, Orense,1676, - Oviedo, 1764)
Dictado de las aulas, en Tomo VIII, Discurso III.
En TEATRO CRÍTICO, Alianza, 1970. Edic. de Carmen Martín Gaite.

209
VIII - LA TEORÍA

M ás, ¿cuál fue la compasiva admiración de éstos cuando vieron entre


los brazos de aquel náufrago un niño como de edad de seis años? La
impaciente Susana insta para que se lo entreguen y recibiéndolo en sus bra-
zos sin reparo de los embebidos paños que la mojaban, desahoga en él su
ternura y apretábalo a su seno para recobrarle el aliento que le faltaba, pues
transido del frío, daba apenas señal de vida; y volviéndose a su marido le
dice: El cielo que negó a nuestro afecto el deseado fruto, nos le presenta en
este nuevo Moisés, para que le reconozcamos por hijo.

Pedro MONTENGÓN
(Alicante, 1745-Nápoles, 1824)
EUSEBIO, 1786-1788. Cátedra, 1998

211
VIII - LA TEORÍA

N o tengo por qué alabar la sociedad del colegio. El fastidio de tantas


horas vacías devorado en común, la pesadumbre del encierro, la pri-
vación de afectos suaves y el ver frustrados los gustos individuales por el
rasero de la disciplina uniforme, añadían no sé qué punto ácido a la mez-
colanza de los modales e inclinaciones divergentes. Mundos en miniatura,
gota de agua, donde era harto más difícil que en la charca en que me ha
tocado vivir el uso de lenitivos contra la aspereza del trato humano: elec-
ción y soledad.

Manuel AZAÑA
(1880 - 1940)
EL JARDÍN DE LOS FRAILES, Alianza, 1981

213
VIII - LA TEORÍA

C ultura es labor, producción de las cosas humanas; es hacer ciencia,


hacer moral, hacer arte. Cuando hablamos de mayor o menor cultura
queremos decir mayor o menor capacidad de producir cosas humanas, de
trabajo. Las cosas, los productos son la medida y el síntoma de la cultura.
Los españoles –esta es nuestra grave maldición– hemos perdido la tradición
cultural; dicho más vulgarmente, hemos perdido el interés por las cosas,
por el trabajo productor de manufacturas –mentefacturas humanas–. Ahora
bien, esta suprema pedagogía de las cosas, esta suprema disciplina de los
objetos nos falta; sólo nos rigen y dirigen los apetitos individuales, los
cambiantes humores sentimentales, las simpatías o antipatías de nuestros
nervios. Y como entre individuos los motivos de divergencia y antipatía
son a la larga mayores que los de concordia y simpatía, he ahí nuestra
nación en la actualidad disgregada en átomos: nuestra actividad se reduce
a negarse unas personalidades a otras, unos grupos a otros, unas regiones a
otras.

JOSÉ ORTEGA Y GASSET


(Madrid 1883 - Madrid 1955)
En LA PEDAGOGÍA SOCIAL COMO PROGRAMA POLÍTICO, 1910, (v. texto 9)

215
VIII - LA TEORÍA

E l otro genio de la pedagogía, el suizo Pestalozzi, que acaso no leyó


nunca a Platón, renueva por necesaria congenialidad esta idea. La
escuela, según él, es sólo un momento de la educación: la casa y la plaza
pública son los verdaderos establecimientos pedagógicos.

En estos años que corren, el insigne Paul Natorp ha publicado estu-


dios decisivos sobre esta materia. "El concepto de la pedagogía social
–escribe en uno de sus libros– significa el reconocimiento capital de que la
educación está socialmente condicionada en todas sus direcciones esencia-
les, mientras por otra parte una organización verdaderamente humana de
la vida social está condicionada por una educación conforme a ella de los
individuos que la componen".

Si educación es transformación de una realidad en el sentido de cierta


idea mejor que poseemos y la educación no ha de ser sino social, tendremos
que la pedagogía es la ciencia de transformar las sociedades. Antes llama-
mos a esto política: he aquí, pues, que la política se ha hecho para nosotros
pedagogía social y el problema español un problema pedagógico.

JOSÉ ORTEGA Y GASSET


En LA PEDAGOGÍA SOCIAL COMO PROGRAMA POLÍTICO, 1910
En Cerezo Galán: ORTEGA Y GASSET, Península, 1991.p.66 y ss.

217
Alumnas de Dª Elvira Viñas, en San Muñoz
(Salamanca), fotografiadas en la plaza.

(Foto gentileza de Pruden).


VIII - LA TEORÍA

10

L os mineros tienen sus escuelas –nos había explicado el Alcalde–. Las


tienen arriba, en el poblado minero. Los maestros los paga la
Compañía y eso, claro, los tiene supeditados a los intereses de la empresa.
¿Interesa Religión? Pues Religión. ¿Interesa disciplina? Pues disciplina.
“Sí es verdad, los mineros tienen sus escuelas”, nos confirmó Marcelina.
“A las de ustedes, a las del Estado, van los más pobres, los hijos de los labrado-
res, de los albañiles, los del barrio de abajo…”
Por primera vez tuve a mi cargo sólo niñas. Se me hacía raro y, al prin-
cipio, muy ingrato. Había observado en las escuelas anteriores, todas mix-
tas, que los niños eran más vivos, más rápidos en la comprensión, se inte-
resaban más por todo y no tenían miedo a equivocarse. Las niñas ponían
más atención, eran más constantes; trabajaban con paciencia y remataban
con finura sus trabajos, pero eran más pasivas.
– No son diferentes –le aseguraba a Ezequiel–. Pero respiran otro aire.
Las preparan desde la cuna para ser mujeres lo más sumisas posible. Les da
vergüenza intervenir, creen que no van a saber, ni poder…
– Por eso prefería tenerlos juntos. Me parecía que se estimulaban más,
que las características de los unos ayudaban a completar los rasgos de las
otras. Juntos, se desarrollaban mejor como personas. Ezequiel estaba de
acuerdo y se desesperaba.
– “Cómo es posible”, decía, “que se mantengan las estructuras tradi-
cionales? ¿Para cuándo la coeducación?”

JOSEFINA R. ALDECOA
HISTORIA DE UNA MAESTRA, Anagrama,199

219
ÍNDICE
(Cuando el texto no tiene título específico se cita la obra)

LUGAR DEL ÁBACO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .9

I.– EL MAESTRO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .27


1.– Antonio Machado: A Don Francisco Giner de los Ríos . . . . . . . . .29
2.– Miguel de Unamuno: Recuerdos de niñez y mocedad . . . . . . . . . .31
3.– Antonio Machado: Juan de Mairena . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .33
4.– Gerardo Diego: Brindis . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .35
5.– Pío Baroja: El árbol de la ciencia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .37
6.– José Jiménez Lozano: El maestro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .39
7.– Luis Mateo Díez: La tiza . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .41
8.– Manuel Azaña: El jardín de los frailes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .43
9.– Manuel Vázquez Montalbán: In memoriam . . . . . . . . . . . . . . . .45
10.– Gabriel Miró: Don Marcelino y mi profeta . . . . . . . . . . . . . . . . .47
11.– Olegario G. de Cardedal: Tres maestros rurales . . . . . . . . . . . . .49
12.– Camilo José Cela: El profesor de la asignatura . . . . . . . . . . . . . .51
13.– José Moreno Villa: Vida en claro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .53
14.– Miguel de Unamuno: El maestro de Carrasqueda . . . . . . . . . . .55
15.– Miguel de Unamuno: Recuerdos de niñez y mocedad . . . . . . . . . .57
16.– Sebastián Juan Arbó: Martín de Caretas en el pueblo . . . . . . . . .59
17.– Miguel Delibes: El camino . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .61
18.– Pío Baroja: Juventud, egolatría . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .63
19.– Vicente Aleixandre: El profesor . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .65
20.– Fco. Javier Sánchez Pérez: A la memoria de D. Paco . . . . . . . . .67
21.– Josefina R. Aldecoa: Historia de una Maestra . . . . . . . . . . . . . .79
22.– Francisco Ayala: Regreso a Granada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .71

II.– LA CLASE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .73


1.– Antonio Machado: Recuerdo infantil . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .75
2.– Camilo José Cela: Viaje a la Alcarria . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .77
3.– Manuel Azaña: El jardín de los frailes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .79
4.– Miguel de Unamuno: Amor y pedagogía . . . . . . . . . . . . . . . . . .81
5.– Gonzalo T. Ballester: Mi primer día de clase . . . . . . . . . . . . . . .83
6.– Vicente Aleixandre: La clase . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .85
7.– Aníbal Núñez: Tríptico de la infancia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .87
8.– Vicente Aleixandre: Al colegio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .89
9.– Miguel Delibes: Los santos inocentes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .91
10.– Ramón J. Sender: La tesis de Nancy . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .93
11.– José María Valverde: Historia de la Filosofía . . . . . . . . . . . . . .95
12.– Manuel Díaz Luis: Las aguas esmaltadas . . . . . . . . . . . . . . . . .97
13.– Juan Ramón Jiménez: La miga, en Platero y yo . . . . . . . . . . . .99
14.– Ramón Carnicer: Momentum paedagogicum . . . . . . . . . . . . . . .101
15.– Carmen Martín Gaite: Entre visillos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .103
16.– Rafael Alberti: El ángel de los números . . . . . . . . . . . . . . . . . .105
17.– Benito Pérez Galdós: El amigo Manso . . . . . . . . . . . . . . . . . .107
18.– Rosa Chacel: Memorias de Leticia Valle . . . . . . . . . . . . . . . . . .109
19.– Francisco Ayala: (o.c.) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .111
20.– Josefína R. Aldecoa: Historia de una Maestra . . . . . . . . . . . . .113

III.– LA DISCIPLINA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .115


1.– Miguel de Unamuno: Recuerdos de niñez y mocedad . . . . . . . . .117
2.– Ramón P. de Ayala: A.M.D.G. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .119
3.– Ignacio Aldecoa: Aldecoa se burla . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .121
4.– Ramón Carnicer: Momentum paedagogicum . . . . . . . . . . . . . . . .123
5.– Manuel Azaña: El jardín de los frailes . . . . . . . . . . . . . . . . . . .125

IV.– LA LECCIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .127


1.– Antonio Machado: Mis poetas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .129
2.– Juan Goytisolo: Señas de identidad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .131
3.– Manuel Pérez López: Salud te digo, amigo, . . . . . . . . . . . . . . .133
4.– Miguel de Unamuno: "¡Véngase aquí a la silla!" . . . . . . . . . . .135
5.– M. de Unamuno: ¡Ay las oraciones de relativo... . . . . . . . . . . . .137
6.– M. Rivas: La lengua de las mariposas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .139
7.– Miguel de Unamuno: A.B.C. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .141
8.– Miguel de Unamuno: Se casaron a y b... . . . . . . . . . . . . . . . . .143
9.– Manuel Azaña: El jardín de los frailes . . . . . . . . . . . . . . . . . . .145
10.– Blas de Otero: Plañid así . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .147
11.– Julio Cortázar: Lucas, sus clases de español . . . . . . . . . . . . . . . .149

V.– LOS RECUERDOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .151


1.– Rafael Alberti: ¿Qué tienes, dime, Musa...? . . . . . . . . . . . . . . .153
2.– Miguel Delibes: Viejas historias de Castilla... . . . . . . . . . . . . .155
3.– Antonio Machado: Recuerdo infantil (De J.deM.) . . . . . . . . . .157
4.– Pío Baroja: Baroja, no serás nunca nada . . . . . . . . . . . . . . . . . .159
5.– Gustavo Martín Garzo: Un cuento de Navidad . . . . . . . . . . . . .161
6.– Gerardo Diego: Carmen jubilar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .163
7.– Carmen Laforet: Memorias inéditas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .167
8.– J.M. Caballero Bonald: Estación del jueves . . . . . . . . . . . . . . . .169
9.– Rafael Soto Vergés: El colegio en el río . . . . . . . . . . . . . . . . . . .171
10.– José Agustín Goytisolo: Autobiografía . . . . . . . . . . . . . . . . . .173
11.– J.M. Caballero Bonald: Mañana, me decían . . . . . . . . . . . . . .175
12.– Federico G. Lorca: Balada interior . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .177
13.– Rafael Alberti: Retorno de los días colegiales . . . . . . . . . . . . . . .179
14.– Fedrico G. Lorca: Canción primaveral . . . . . . . . . . . . . . . . . . .181
15.– Antonio Machado: La plaza y sus naranjos encendidos . . . . . . .183

VI.– ¿QUIÉN EDUCA? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .185


1.– J.M. Gabriel y Galán: Sólo para mi lugar . . . . . . . . . . . . . . . .187
2.– José Saramago: Discurso recepción Nobel . . . . . . . . . . . . . . . . . .189

VII.– VISITA DE PADRES . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .191


1.– Ramón Carnicer: Momentum paedagogicum . . . . . . . . . . . . . . . .193
2.– Antonio Machado: Mairena examinador . . . . . . . . . . . . . . . . .195
3.– Miguel Delibes: Viejas historias de C. la Vieja . . . . . . . . . . . . .197
4.– Ramón J. Sender: Crónica del alba . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .199

VIII.– LA TEORÍA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .201


1.– Miguel de Unamuno: Discurso final . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .203
2.– Miguel de Unamuno: Cancionero, nº 61 . . . . . . . . . . . . . . . . .204
3.– Manuel Azaña: El jardín de los frailes . . . . . . . . . . . . . . . . . . .205
4.– Miguel de Unamuno: Nicodemo, el fariseo . . . . . . . . . . . . . . . .207
5.– Fray B. J. Feijóo: Dictado de las aulas . . . . . . . . . . . . . . . . . . .209
6.– Pedro Montengón: Eusebio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .211
7.– Manuel Azaña: El jardín de los frailes . . . . . . . . . . . . . . . . . . .213
8.– Ortega y Gasset: La pedagogía social ... . . . . . . . . . . . . . . . . . .215
9.– Ortega y Gasset: La pedagogía social . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .217
10.– Josefina E. Aldecoa. Historia de una maestra . . . . . . . . . . . . .219