Você está na página 1de 177

2

Shema
Lee-escucha-ama
Lectura creyente de la Biblia,
individual y en grupos

Pedro I. Fraile Yécora

3
A mis hermanos, a mis sobrinos
y a todas las personas
que saben leer los «guiños» de Dios.

4
Prólogo

Esta obra nace después de un hito y de una tarea. La tarea, veinte años de enseñanza de
la Sagrada Escritura en distintos centros de Estudios Teológicos, de charlas en
parroquias y grupos apostólicos, de cursos bíblicos para sacerdotes, religiosos,
profesores y personas interesadas en «el Libro por antonomasia». No es una obra que
haya nacido de la nada, sino de una colaboración de más de cinco años con la revista
Cooperador Paulino, en la que ha ido apareciendo como separata una introducción a la
Biblia como palabra de Dios. Este libro no es una recopilación de los cuarenta y seis
números aparecidos, sino una relectura y selección hecha una vez que se ha terminado la
tarea que se me encomendó por la editorial SAN PABLO.
El hito, la publicación de la exhortación apostólica Verbum Domini del papa
Benedicto XVI, referencia obligada para creyentes y no creyentes. Después de la
constitución dogmática del concilio Vaticano II Dei Verbum (1965, en adelante DV), y
del libro La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993) de la Pontificia Comisión
Bíblica, este tercer documento marca un camino a seguir para los estudiantes de la
palabra de Dios y para todos aquellos que se acercan con un corazón limpio.
Quiere ser una obra con estructura, con esqueleto. Cinco partes bien definidas, sin
confusión. La primera está dedicada a la pregunta inicial de cualquier curso,
independientemente de si se es creyente o no: «¿Qué es la Biblia?». La segunda a la
recepción por la comunidad de fe: «Dios habla hoy». La tercera nos lleva a la primera
parte de la Biblia, considerando que está formada por dos Testamentos o Alianzas: «La
Antigua Alianza». La cuarta, consecuentemente, está dedicada a «La Nueva Alianza»,
cuyo centro es Jesús el Cristo. Por último, la quinta parte está dedicada a «El Pueblo de
la Nueva Alianza», la Iglesia de Jesús.
Se trata, por consiguiente, de una obra escrita por un creyente en Cristo Jesús, para
creyentes, sin dejar por ello de estar abierta a los temas de actualidad, a los problemas
que se plantean, a las propuestas que se siguen haciendo desde todos los ámbitos. Es una
obra católica, pues está en comunión con la Iglesia, abierta de forma crítica a las nuevas
propuestas de los estudios bíblicos científicos.
Como muestra de algunos ejemplos, el lector descubrirá que no aparece la palabra
«Yahveh» o términos similares, sino «YHWH», en respeto a la tradición judía que no
traduce el nombre de Dios, o «Señor», conforme nos pide la Iglesia. De la misma forma
insistimos en una serie de términos judíos que son propios de este pueblo, como
«Tanak» para designar el texto sagrado judío, o «Torah» para referirnos a la Ley de
Dios.
También insistimos en la división en «Antigua y Nueva Alianza» porque
teológicamente es más claro, si bien reconocemos que hay que mantener la división
histórica en «Antiguo y Nuevo Testamento».
Las dos primeras partes están divididas en tres capítulos; todos acaban con una
invitación a la lectura en grupo, a la discusión de los principales temas que se planteen y

5
a la oración, pues la Biblia es para los creyentes «palabra de Dios».
Agradezco a todas las personas que han hecho posible este trabajo, unos por su
insistencia en que escribiera, otros por darme las posibilidades editoriales, otros por
introducirme en el mundo bíblico pisando y amando el país donde tuvo lugar el
nacimiento del «Libro de los Libros».

6
7
I. ¿Qué es la Biblia?

8
1. El patrimonio literario de la humanidad

La Biblia forma parte, indiscutiblemente, del gran patrimonio literario de la humanidad.


Las tradiciones del pueblo de Israel, primero, y de la comunidad cristiana, más tarde,
pasaron de ser palabra que se pasaba de boca en boca, a ser palabra escrita. Pero no
podemos pensar en una «puesta por escrito» arbitraria, casual, sino que debemos pensar
en una «edición» de la Biblia conforme a unos criterios tanto literarios como teológicos
precisos. La lectura del texto hace que nos transportemos a culturas lejanas y en muchos
casos ajenas, que son deudoras de su forma de entender el mundo y de los conocimientos
de la época. Por eso la Biblia debe ser leída conforme a los «crisoles» donde aquellos
autores quisieron verter su sabiduría y su experiencia.
La Biblia, en cuanto «libro de la humanidad», puede ser leída por creyentes y no
creyentes. La sorpresa viene cuando, a veces, el lector descubre que su lectura depende
directamente de la traducción. El lector piensa, es verdad: no es lo mismo «milagro» que
«signo», o «religión yahvista» que «judaísmo». Este tercer aspecto, literario, pero que
tiene irremediablemente implicaciones tanto históricas como teológicas, lo debemos
abordar en un tercer momento. Debe ser breve, poniendo sólo algunos ejemplos, pero
sabiendo que es un punto que se debe afrontar necesariamente.

La Palabra se pone por escrito


La Palabra que hoy leemos vivió largo tiempo en la tradición oral. Sólo en momentos
posteriores las leyes que dirigían la vida de la comunidad, los oráculos preñados de
fuerza de los profetas, las sentencias de los sabios, los cantos de los salmistas en el
Templo y los recuerdos históricos del paso de Dios por su vida tomaron cuerpo en
papiros y pergaminos, dando así lugar a la palabra escrita. El pueblo judío participa de la
corriente cultural de todo el Próximo Oriente Antiguo, donde se habían desarrollado
distintos alfabetos y donde las técnicas de la escritura habían ido progresando. En un
soporte tan frágil como las tablillas de arcilla llegaron a formar verdaderas bibliotecas
como las descubiertas en Mari o Ebla, ciudad en la que se encontraron 15.000 tablillas
de escritura cuneiforme, que se remontan al 2500 a.C. Otras veces esculpen sus textos en
piedra, como el Código de Hammurabi (rey que gobernó Babilonia alrededor del 1800
a.C). Son más conocidos los textos dibujados en papiros (planta entretejida) y en
pergamino (piel tratada).
Los distintos alfabetos van evolucionando y estilizándose desde los signos
pictográficos o ideográficos de los sumerios (IV milenio antes de Cristo) a los signos
incisos en el barro de la escritura cuneiforme (III milenio). Poco a poco van
desarrollando un alfabeto que evoluciona a partir del fenicio. Las culturas sumerias,
asirias, babilónicas, egipcias desarrollan paralelamente una narrativa de la que aún hoy
nos seguimos maravillando. Como ejemplo tenemos el poema de Guilgamés, soberano
sumerio de Uruk, hacia el 2600 a.C., que después de muerto se convirtió en protagonista

9
de una epopeya muy conocida en su época. El pueblo de Israel tiene, pues, el soporte
necesario (barro, piedra, papiro, piel), los recursos literarios (escritura propia –el
hebreo–), un ambiente cultural propicio y una experiencia religiosa desbordante que
comunicar: nace el libro por antonomasia, da sus primeros pasos la Biblia.
La Biblia, literariamente hablando, es un «libro» peculiar porque siendo un solo
volumen es una «biblioteca». Es un solo libro formado por muchos libros o documentos,
pero no por muchos capítulos. La palabra «Biblia» es el plural de la palabra griega
biblíon (librito). «Biblia» es, por tanto, un conjunto de libros reunidos en una sola obra:
73 en total, 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo. Sin embargo no podemos dar el
calificativo de librito a todas las obras: Isaías es un hermoso libro de 66 capítulos, pero
del profeta Abdías no conservamos más que... ¡una página!
Está formado por muchos libros, pero no es una antología porque no es una selección
de los mejores textos literarios de Israel, sino que acoge tanto obras maestras (poemas de
Isaías) como textos duros de leer (Levítico). Además, una antología suele limitarse a
obras literarias, mientras que la Biblia contiene otros documentos escritos, como los
Códigos legislativos.
En la Biblia descubrimos la «biblioteca», el tesoro literario y espiritual de Israel.
Muchos autores, la mayoría anónimos; textos escritos en distintas épocas (en la dureza
del exilio, en la crisis de los macabeos, bajo la dominación romana) y que abarca más de
un milenio de historia. En esta «biblioteca» vamos a encontrar gran variedad de géneros
literarios: narraciones históricas (Macabeos); poesía, tanto oraciones (Salmos), como
poemas de amor (Cantar); reflexión sobre los orígenes del mundo, del hombre, de Israel
(Génesis); narraciones didácticas y edificantes (Tobías); dichos y sentencias populares
(Proverbios, Eclesiástico); reflexiones sapienciales sobre el sentido de la vida (Qohélet)
o sobre el mal (Job); oráculos proféticos (Isaías, Jeremías); visiones apocalípticas
(Daniel); cartas (san Pablo); evangelios.
Nosotros estamos acostumbrados a leer los libros comenzando por el primer capítulo
(a no ser que sea una obra de recopilación, de artículos o poesía, pues entonces no
estamos obligados a seguir un orden). ¿Cómo se lee la Biblia? ¿Tenemos que empezar
por Génesis 1 (la Creación) o podemos iniciar su lectura por el Éxodo, acontecimiento
fundante de Israel? ¿Podemos comenzar a leer los evangelios antes que el Antiguo
Testamento, que siempre nos resulta más difícil? La respuesta depende de lo que
pretendamos: un grupo de oración, un grupo de estudio, una sesión académica...
La Biblia, en cuanto que es un «libro», está sujeta a la edición. No podemos pensar
que los libros están colocados aleatoriamente, que siguen un orden casual. Hay un orden,
si bien no siempre podemos comprender bien cómo se ha llegado al orden actual, el que
leemos en nuestras biblias. Este trabajo tiene como punto de partida la Biblia católica; si
habláramos de otras Biblias (la hebrea o la protestante, por decir sólo las principales),
deberíamos hacer algunas apreciaciones distintas.
La Biblia católica tiene un comienzo y un fin. El comienzo está marcado por el libro
del Génesis, y el final por el Apocalipsis. Se trata de presentar la «historia de la
salvación» que inicia con Dios creador y culmina con Cristo. La Biblia tiene en su

10
trasfondo teológico una concepción de la historia que inicia y culmina en Dios. La
historia no está desorientada y la palabra de Dios sigue esta «orientación» de toda la
naturaleza, la historia y la humanidad a Cristo. Esto la hace netamente distinta de otros
libros religiosos que bien no se presentan como «historias de salvación», sino como
leyes, consejos o narraciones religiosas, bien tienen trazada esta historia salvífica pero no
culminan en Cristo, como es el caso de los judíos.
La Biblia católica, según lo que acabamos de indicar, tiene dos partes nítidas: Antiguo
y Nuevo Testamento, o si se prefiere, Antigua y Nueva Alianza. Esto nos separa de la
tradición judía, que sólo admite como Escritura la Tanak (nuestro Antiguo Testamento)
pero que, obviamente, no admite como Escritura el Nuevo Testamento. Si bien en lo que
se refiere al Antiguo Testamento la Biblia católica sigue la organización fundamental de
la Tanak, añadiendo una serie de libros (lo veremos en los siguientes capítulos), en el
Nuevo Testamento presenta una edición propia, que comienza con la Buena Noticia de
Jesús (los cuatro evangelios) y continúa con los textos fundacionales de las primeras
comunidades. Para la Iglesia católica no son dos «conjuntos de libros», sino un solo
Libro, pues uno solo es el espíritu de Dios que asiste a los escritores sagrados y uno solo
es el Espíritu que asiste, alienta e ilumina a quienes hoy la leen y la interpretan.

Los géneros literarios


Una de las preconcepciones más falsas y que más han condicionado negativamente la
lectura de la Biblia es identificar «verdadero» con «exacto». Solemos oír: «Sólo es
verdadero lo demostrable históricamente, lo transmitido con exactitud, lo que se puede
comprobar». Si a esto le añadimos una falta de comprensión de la inerrancia, esto es, que
la Biblia por ser inspirada no contiene errores, la confusión es total. El argumento se
cierra en sí mismo: «Todo lo que está escrito sucedió tal como está escrito, so pena de
poner en duda la veracidad de toda la Biblia».
Imaginemos de cuántas formas se puede narrar un hecho que ha sucedido realmente,
un acontecimiento. Un anciano ha llegado a ser centenario; es una persona conocida,
valorada y querida. Le hacen un homenaje y en él van participando todos los que desean.
Unos niños hacen un «pregón» que anuncia la fiesta; en la «homilía» el sacerdote
ensalza la vida recibida de Dios; los nietos y bisnietos le leen un «poema»; el alcalde
pronuncia un «discurso»; al día siguiente en la prensa local un joven periodista escribe la
«crónica»; otro aprovecha para escribir un «artículo» de fondo que reflexiona sobre la
ancianidad y el sentido de la vida; por fin, después de su muerte, una joven que le
conoció escribe una «novela»... ¿Cuál de ellos refleja mejor las palpitaciones, el sentido
profundo de esa vida? Todos y ninguno. ¿Por qué pensar que la crónica (siempre fría)
tiene que ser más fiel que la novela o más adecuada que el poema de los nietos? Quizá
sea más «exacta» la crónica (horas, actividades, personajes, etc.) pero no es más
«verdadera».
Pongamos un ejemplo tomado del Éxodo. Un grupo de nómadas semitas vejados
consigue escapar a duras penas de sus opresores. En la dura prueba no dudan de rezar a
su Dios; saben que Él está con ellos. Una experiencia impresionante que vive el pueblo y

11
que no para de contar. En su narración lo decisivo no es tanto los adornos (los pueblos
semitas son maestros) cuanto el fondo. No podemos pedirles a los autores del Éxodo ni
una novela histórica, tal como se entiende hoy, ni tampoco una crónica aséptica
verificable. Ellos narran como saben, y lo hacen de forma preciosa. ¿Cómo reproducir
por escrito la conciencia verdadera de haber sido salvados por YHWH? Otro ejemplo.
Un joven no sabe si está siendo llamado por Dios o no. Por la noche se atormenta
cavilando y lo consulta con alguien autorizado. Un escritor moderno hubiera descrito
este proceso con precisión psicológica; el autor de 1Sam 3 lo hace con sus palabras de
forma magistral, no falta nada de lo esencial: la turbación, la dificultad para discernir la
voz de Dios, la aceptación: «Habla que tu siervo escucha». Es un verdadero relato de
vocación.
Si dejamos claro que no es lo mismo «verdadero» que «exacto», también debemos
aclarar que no es lo mismo «inerrancia» que ausencia de lagunas, conocimientos
erróneos o incluso contradicciones. La Biblia, en cuanto documento literario fruto de una
época y de una visión del mundo, está sometida a «inexactitudes» científicas. A modo de
ejemplos: cuando Josué manda parar al sol y a la luna, se sobreentiende que ambos giran
en torno a la tierra (Jos 10,12). Es más difícil encontrar algunos anacronismos históricos,
como cuando habla del pueblo de los filisteos (s. XIII a.C.) en las narraciones de los
patriarcas, que se presuponen del s. XV o incluso antes (Gén 21,32-34). Ahora bien,
estas inexactitudes, comprensibles desde la distancia cultural y científica, ¿afectan a la
verdad de la Biblia como Escritura? Pongamos otro ejemplo; en los primeros capítulos
del Génesis tenemos que distinguir lo que es propio de los conocimientos de una época
(el autor bíblico no puede manejar el concepto actual de evolución) o lo que es una
forma de narrar (Dios modela como un alfarero), de la verdad que comunica: Dios es el
Creador y nosotros somos criaturas.
La finalidad de los escritos bíblicos no es transmitir datos de ciencia, no pretende
explicarnos cómo es la tierra o el ser humano, sino entrar en su misterio, en su ser y su
sentido, su origen y su meta, su verdad que no es otra que la verdad y voluntad misma de
Dios. La «inerrancia» no se sitúa, por tanto, al nivel de la confrontación técnica o
científica, sino al nivel de la humanidad y de la teología, de la verdad del hombre y de su
salvación. La Biblia goza de la «inerrancia» porque verdaderamente, y sin inducir a
error, nos comunica el plan de salvación de Dios y su voluntad salvífica universal.
Precisamente por este carácter peculiar de la Biblia necesitamos saber situarnos ante
el texto. El escritor, según la finalidad que persiga, utiliza uno u otro género literario
distinto, y el buen lector sabe distinguir. Después de haber leído una narración didáctica,
por ejemplo, un relato como el de Jonás, cuyo mensaje es que el Dios de Israel anuncia
su salvación a todos los pueblos (incluso a los enemigos de Israel, en una clara apertura
universalista de la teología bíblica), no debemos preguntar si realmente pasó lo que
acabamos de leer. No podemos leer como criterios científicos lo que son «reflexiones
sapienciales» sobre el origen del cosmos, del hombre, del mal. Tampoco podemos poner
al mismo nivel una «leyenda popular» sobre un personaje famoso (Sansón) y las
«noticias históricas» sobre Nehemías cuando vuelve a Jerusalén con el encargo de dirigir

12
la reconstrucción del Templo. Si comprendemos que la Biblia, como literatura de un
pueblo, transparenta su forma de pensar y de narrar, habremos iniciado bien nuestro
recorrido.

Aclarando conceptos y traducciones


Podemos hacer un juego proponiendo dos términos semejantes o afines en la Biblia que,
sin embargo, no son lo mismo. En efecto, tanto desde el punto de vista literario, como
histórico, como teológico «no es lo mismo» afirmar una cosa que otra, por muy
parecidas que sean. Si lo abordamos desde un punto de vista histórico debemos decir que
no es lo mismo «judaísmo» que «yahvismo»: el primero nace después del exilio en
Babilonia y es la matriz de la religión y de la Biblia que hoy conocemos; el segundo es la
religión de Israel de la monarquía, antes del exilio; hay continuidad entre las dos, pero
no se pueden unificar ni identificar sin más como si habláramos de lo mismo. También
podemos decir que no es lo mismo «Templo» que «Sinagoga»: los dos son lugares de
culto del pueblo de Israel, pero mientras que en el primero se ofrecen sacrificios de
animales a Dios, en el segundo (la Sinagoga) el culto se centra en la lectura de la Ley.
Más complejo es el concepto de «Israel», pues puede significar varias cosas: unas veces
es el sobrenombre de Jacob; otras veces es el Reino del norte; otras veces designa a todo
el pueblo judío; hoy en día es el «Estado de Israel».
Si abordamos este aspecto desde un punto de vista literario debemos distinguir entre
«libro editado» y «tradición escrita»: en el caso de los profetas, por ejemplo, no se puede
pretender que el profeta a quien se atribuye la obra sea el editor final; pero tampoco se
puede decir que no escribiera nada. Entre el profeta que pone por escrito algunos textos y
la edición final de todo el libro, pueden pasar años. También, desde un punto de vista
literario, no es lo mismo «tradición oral» que «leyenda»: la tradición oral pasa de padres
a hijos, generación tras generación, y es la memoria viva de un pueblo que no tiene
acceso a la escritura (un pueblo que no tenga escritura puede sin embargo tener grandes
tradiciones orales); la «leyenda», por el contrario, forma parte de la memoria que
confunde lo real con lo ficticio, lo comprobable con lo imaginario. También, desde un
punto de vista literario, debemos decir que no es lo mismo «historia» que «narración»: la
«historia» en sentido moderno puede someterse a análisis arqueológicos, documentarios,
sociológicos, antropológicos, económicos... muchas veces los relatos bíblicos no podrían
admitir un estudio semejante porque cuando el autor bíblico escribía lo hacía con una
enorme libertad de espíritu; sin embargo la Biblia, en muchas de sus partes, se puede leer
como una hermosa y bien trabada narración en la que Dios mismo pone de manifiesto
quién es Él y cómo actúa.
Por último, si afrontamos este capítulo desde un punto de vista teológico debemos
decir que no es lo mismo «religiones del libro» que «religión de la Palabra»: las
religiones del Libro (revelado por Dios) son el judaísmo, el cristianismo y el islam; pero
esto es una definición puramente descriptiva, no teológica. Para los cristianos estamos
ante la «religión de la Palabra», porque por encima del texto escrito y más allá del texto
escrito está Jesús, que es la palabra de Dios encarnada. El Papa nos lo recuerda en la

13
Verbum Domini (en adelante VD): «La fe cristiana no es una “religión del Libro”: el
cristianismo es la “religión de la Palabra de Dios”, no de “una palabra escrita y muda,
sino del Verbo encarnado y vivo”» (VD 7). Tampoco es lo mismo «divinización» que
«endiosamiento»: el pecado del primer hombre, de Adán, es precisamente que se
«endiosa», que quiere ocupar el lugar de Dios; por el contrario la verdadera vocación del
ser humano es alcanzar a Dios, la «divinización». Por último debemos tener cuidado con
los términos homófonos: no es lo mismo «resurrección» que «resucitación»: la primera
se refiere a Jesús, el Viviente, que ya no muere más; la segunda la reservamos para
Lázaro, o para la hija de Jairo, que después del milagro vuelven a morir como mortales
que eran.
Podemos hacer otro juego, esta vez con las traducciones que incluyen inevitablemente
una interpretación. No es lo mismo traducir «Yahveh», que «Elohim». En la mayor parte
de las Biblias actuales el término hebreo para designar la divinidad («Elohim») se
traduce como «Dios», mientras que el nombre del Dios de Israel («YHWH») se traduce
como «Señor». Hoy se prefiere poner sólo las cuatro consonantes a vocalizarlas
precisamente por respeto al pueblo judío, que nunca pronuncia el nombre de Dios. En las
traducciones modernas podemos observar también que, a veces, se cambia el título de
«YHWH Sebaot» que literalmente debemos traducir por «Señor de los Ejércitos», por un
más descafeinado «Señor Todopoderoso». En esta misma línea, nos preguntamos: ¿cómo
hay que traducir la expresión bíblica «temor de Dios»? ¿Hay que mantenerla, por respeto
al texto y a la tradición de la Iglesia, o debemos cambiarla por un suave o menos hiriente
«respeto a Dios»? Un caso particular es el saludo del ángel al María: el participio
perfecto puede ser traducido como «favorecida» por Dios (tradición protestante) o «llena
de gracia» (tradición católica).

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Leer la Biblia con ojos literarios críticos,
fijándose en las distintas formas de expresar una verdad.
Propuestas de trabajo:
Ver los distintos géneros literarios que se encuentran en un
periódico.
Relacionar los géneros literarios indicados (cuento,
lamentación, leyes, sentencias, parábola, himno) con los
siguientes textos: Jer 20,14-18; Sal 104; 2Sam 12,1-7; Lev
19,26-35; Prov 26,1-12; Job 1,1-2.13.
2. Orar con la Biblia:
Texto para orar. La parábola del sembrador (Mc 4,3-9).
¿Quién es el sembrador? ¿Qué es la semilla? ¿Cómo son las
tierras?
¿Cuáles son las dificultades reales y cuáles las excusas para
acoger la semilla?
¿Crees que la semilla acogida tiene fuerza para cambiar una
vida?
«DANOS UN CORAZÓN DE CARNE»
Buen Dios, Señor de la historia,
presente y horizonte de la humanidad.
Enséñanos a leer tu Palabra

14
como lo es en verdad,
«buena noticia»
que se dice «para nosotros»
y que se dice «hoy».
Danos un corazón humano,
que sepa amar y soñar,
que te busque y no te esquive,
que se admire y sepa llorar.
Danos un corazón humanado,
que sepa orar a carne viva,
que se estremezca con tus palabras
y que las haga vida de vida.
No permitas que cerremos
los oídos a tu mensaje,
los puños a tu mano extendida,
el corazón a tu voluntad.
Buen Dios, Señor de la historia,
presente y horizonte de la humanidad.

15
2. La «palabra de Dios» para nosotros hoy

La Biblia es patrimonio de la humanidad; todos pueden acercarse a ella con interés. Los
creyentes damos un paso más; no sólo es un libro interesante, sino que reconocemos en
él la «palabra de Dios», Palabra viva que nos vivifica; Palabra fresca que nos reconforta;
Palabra incisiva que nos provoca. Es antigua y a la vez contemporánea; es de siempre y
es actual. Habla de nosotros, de nuestras búsquedas de Dios y de su don en Cristo. La
Biblia, la palabra de Dios, en conformidad con toda la tradición del pueblo de Israel y
con toda la tradición de la Iglesia, es Sagrada Escritura.

Biblia, Sagrada Escritura, palabra de Dios


Un no creyente puede perfectamente buscar en ella sólo un libro imprescindible en la
literatura creada por el hombre; los estudiosos de las religiones buscan en ella el
desarrollo del hecho religioso en las culturas antiguas... Estos acercamientos son
legítimos, pero les falta una clave fundamental, la luz y la comprensión que da la fe: es
un libro escrito por creyentes para ser leído por creyentes. Para leer la Sagrada Escritura
se necesita una actitud de fe, sólo así «sintonizaremos» con el Espíritu con que fue
escrita. Es el alimento para el pueblo de Dios, que junto con la Eucaristía constituyen las
dos mesas. «La Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también
el Cuerpo del Señor... No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye
en la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (DV 21). La Verbum Domini
añade: «Palabra y Escritura se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender
la una sin la otra: la palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el sacrificio
eucarístico. La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada
Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico» (VD 55).
Litúrgicamente se insiste en que se le dé a la palabra de Dios un lugar fijo y relevante
en los templos y en los lugares de celebración. Es Dios quien habla, y no es algo
«accidental» o «secundario» en la vida del creyente. Así, la procesión litúrgica al ambón
tiene una dignidad extraordinaria: no tiene por objeto a un libro, sino a Cristo mismo
presente en el libro. El anuncio del Evangelio es concebido como una manifestación del
Señor, y las aclamaciones «te alabamos, Señor» o «Gloria a ti, Señor Jesús» son
aclamaciones a Dios presente en su palabra. A la Palabra se le otorga la presidencia de
los concilios ecuménicos, práctica que está atestiguada por vez primera en Éfeso y ha
sido mantenida hasta el Vaticano II.
El motivo de esta veneración radica precisamente en el privilegio de la inspiración
divina, es decir, en el hecho de que los libros de la Sagrada Escritura «escritos bajo la
inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado
a la misma Iglesia» (DV 11). Continúa la Dei Verbum: «La Iglesia ha considerado
siempre como suprema norma de su fe la Escritura unida a la Tradición, ya que,
inspirada por Dios y escrita de una vez para siempre, nos transmite inmutablemente la

16
palabra del mismo Dios. (...) Por tanto, toda la predicación de la Iglesia, como toda la
religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura» (DV 21). En la
exhortación apostólica Verbum Domini se recoge el texto del Vaticano II y se añade
respecto a la inspiración de la Escritura: «Cuando se debilita nuestra atención a la
inspiración, se corre el riesgo de leer la Escritura más como un objeto de curiosidad
histórica que como obra del Espíritu Santo, en la cual podemos escuchar la voz misma
del Señor y conocer su presencia en la historia» (VD 19).
Hay una relación recíproca entre Escritura e Iglesia. En la Sagrada Escritura la Iglesia
encuentra sin cesar su alimento y fuerza (cf DV 24), porque en ella no recibe sólo una
palabra humana, sino lo que es realmente: la palabra de Dios. «En los libros sagrados, el
Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar
con ellos» (DV 21).
Por otra parte, la Iglesia recibe en su seno y entiende la Biblia como palabra de Dios
en conformidad con la gran tradición de siglos. La Verbum Domini de Benedicto XVI así
nos lo recuerda: «La Tradición viva de la Iglesia es la que nos hace comprender de modo
adecuado la Sagrada Escritura como palabra de Dios» (VD 17). El documento concluye:
«La palabra de Dios se nos da en la Sagrada Escritura como testimonio inspirado de la
revelación que, junto con la Tradición viva de la Iglesia, es la regla suprema de fe» (VD
18).

Creer para comprender


Por experiencia sabemos que los gestos que vemos o los acontecimientos que percibimos
pueden encerrar una realidad más profunda que se nos escapa en una lectura superficial o
cuando nos faltan elementos decisivos para poder interpretarlos. Por ejemplo, vemos a
un hombre y a una mujer que se abrazan. Es un hecho evidente, pero no conclusivo, ya
que a veces hay que abrazar a una persona a la que no se quiere, o como se dice, «por
exigencias del guión». Si me aseguran que esas personas están enamoradas ese abrazo
cobra sentido, es signo de una realidad más profunda, de su amor. Yo «creo» lo que me
dicen y consecuentemente «comprendo» el sentido verdadero, el alcance de ese abrazo
que no rutinario, de pega, que no es falso, sino que es una «expresión» de la realidad,
que es «verdadero». Muchas veces para «comprender» la realidad no basta con «ver»,
sino que hay que «creer», y el hecho de «comprender» refuerza mi fe.
Este ejemplo nos sirve para leer la Biblia como palabra de Dios que tiene un
significado más profundo que el textual. Podemos leer la Biblia y estudiarla tanto si
creemos como si no creemos, pero la comprenderemos de manera diferente si
compartimos la misma fe que sus autores, si entramos con ellos en el mismo proceso de
búsqueda de Dios, si estamos en la misma onda. El creyente, precisamente porque cree
que puede leer la Biblia como palabra de Dios, se acerca a ella con el fino sentido que da
la fe y puede afirmar: esa es mi historia, ese soy yo.
Podemos usar también las analogías de la «ventana» y del «espejo». Cuando yo miro
por una ventana veo lo que ocurre en la calle o en el patio. Tengo una posición
privilegiada, soy un observador desde fuera, pero no me implico en lo que está pasando.

17
Puedo ver sin que me vean; puedo hacer fotografías o describir lo que sucede, pero nadie
me pide baje a la calle. Es una observación a distancia, que no me compromete.
Cuando yo me miro en un espejo, me veo a mí mismo, con lo que me gusta y con lo
que no me gusta. Con mis defectos, mis arrugas y mis trazas de vestir. El espejo refleja
lo que hay, y soy yo el que tengo que admitir primero que ese soy yo (incluso con las
arrugas o las canas), y también que puedo cambiar algo: si estoy despeinado, si voy mal
vestido o si la ropa está sucia o mal planchada.
Si empleamos esta doble comparación con la Biblia, podemos decir que podemos
legítimamente, es más, que debemos asomarnos a la Biblia «desde una ventana»: quiénes
son los personajes, en qué tiempo viven, qué problemas plantean, qué contradicciones
hay en el relato, qué tipo de relato es, en qué época se escribió y quién lo escribió, etc.
Pero debemos decir que podemos leer la Biblia usando la comparación del espejo:
¿cómo me veo reflejado yo en ese acontecimiento? ¿Vivo experiencias semejantes?
¿Llevo en mi corazón odio? ¿Me cuesta alabar al Señor? ¿Escucho la voluntad de Dios
en mi vida?
Sería un grave error reducir la Biblia, como palabra de Dios que es, a uno de los dos
aspectos. Ni la comprende el que sólo se acerca a ella como a una «ventana» queriendo
captar únicamente lo exterior, ni tampoco el que prescindiendo de la objetividad la
reduce a un «espejo», queriendo hacer de la palabra de Dios un texto «intimista» y
«subjetivo».
Aún podemos añadir un aspecto más: la Biblia, precisamente porque es palabra de
Dios, sólo por eso, no tiene fecha de caducidad. En nuestra sociedad todo tiene «fecha de
caducidad»: los alimentos, los fármacos, hasta los programas políticos... todo caduca.
Pero la palabra de Dios, impulsada y leída bajo la acción del Espíritu, no caduca porque
es para «hoy». El «hoy» de la palabra de Dios la hace contemporánea a cada uno de
nosotros y hace que sea no Palabra «fría», «aséptica» y «caduca», sino que sea una
Palabra de salvación. Podemos ver dos ejemplos tomados de dos figuras bíblicas de
primera línea: Jacob y Moisés.
Cuando leemos la historia de Jacob nos encontramos frente a un truhán. Ya desde el
seno de su madre se pelea con su hermano Esaú (Gén 25,22-26); luego le engaña en
repetidas ocasiones (Gén 25,29-34; 27), al igual que a su tío Labán. No sólo es un pillo
simpático, sino un hombre sagaz a la vez que un luchador nato. En cierto momento llega
incluso a pelearse a puño limpio con el mismo Dios (Gén 32,23-33). La narración del
paso del torrente Yabok es emblemática no sólo por la riqueza narrativa, costumbrista y
teológica que tiene, sino también porque desvela el corazón del ser humano. La persona
que no se contenta con la vida raquítica y sin sentido, se pelea a brazo partido con Dios.
Es más, de la pelea uno queda «herido», como Jacob, que cojea después de este
encuentro (Gén 32,32). Para comprender este texto no sólo es suficiente tener todas las
herramientas necesarias de la literatura, de la historia y de la antropología cultural, sino
que es necesario haber luchado, alguna vez en la vida, a brazo partido con Dios.
También podemos pensar en los relatos de vocación. Podemos poner como ejemplo el
largo y elaborado relato de vocación de Moisés en los capítulos 3 y 4 del libro del

18
Éxodo. Moisés ha huido del faraón y se ha refugiado en el desierto, donde cuida el
rebaño de su suegro. Dios se mete en su vida sin que él le dé permiso.
Primero se nos cuenta cómo Moisés tiene una experiencia única y cierta de Dios. Dios
se le hace el encontradizo en la zarza. Él sólo quería «ver qué era aquello tan
extraordinario», que la zarza se quemara sin consumirse; es una «teofanía». Dios le
llama por el «nombre», fundamental en un relato de vocación, pues esta es siempre
personal, nominal, íntima. Es una relación interpersonal, que presupone un «yo» y un
«tú», en la que hay un diálogo. Moisés, ante la llamada, pronuncia una aceptación,
usando la fórmula hebrea típica: «Aquí estoy»: «El Señor vio que se acercaba para mirar
y lo llamó desde la zarza: “¡Moisés! ¡Moisés!”. Y él respondió: “Hinnení” (Aquí estoy)»
(Éx 3,4).
Dios se revela como un Dios que «ve», que «oye», que «conoce» la opresión de su
pueblo y, además, que toma una determinación: «Voy a bajar para liberarlo» (Éx 3,7-8).
Pero el texto, de repente, da un giro inesperado; Dios dice que ha decidido intervenir y
espeta a Moisés: «Yo te envío» (Éx 3,10). La misión que le encarga es imposible: él, que
sólo es un pastor de ovejas, debe ir a Egipto para liberar a un grupo de esclavos. Moisés
se resistirá con uñas y dientes. Podemos distinguir hasta cinco objeciones:
1. ¿Quién soy yo?: «Moisés dijo a Dios: “¿Quién soy yo para ir al faraón y sacar a los
israelitas?”» (Éx 3,11).
2. ¿Quién eres tú?: «Moisés replicó a Dios: “Si me preguntan cuál es su nombre (el de
Dios), ¿qué les responderé?”» (Éx 3,13).
3. ¿Por qué me van a creer?: «Moisés respondió: “No me creerán ni me escucharán;
dirán que no se me ha aparecido Dios”» (Éx 4,1).
4. No tengo cualidades: «Moisés dijo al Señor: “Pero Señor, yo no soy un hombre de
palabra fácil. No lo era antes ni tampoco lo soy desde que tú me hablas; soy tardo
en el hablar y torpe de lengua”» (Éx 4,10).
5. Yo renuncio: «Moisés replicó: “Ay, Señor, envía a cualquier otro”» (Éx 4,13).
Pero Dios puede más y el texto concluye diciendo cómo Moisés inicia una misión que
él no ha elegido y que le supera. Sólo desde la fe se entiende la experiencia de la
vocación y la misión como tarea que viene de Dios mismo, sólo desde la fe se percibe la
grandeza y verdad de este texto.

Lee, escucha, ama


Al afirmar que la Biblia es «palabra de Dios» y que por tanto se nos pide una escucha
obediente, no quiere decir que renunciemos a una lectura crítica, ni a tener en cuenta sus
distintos géneros literarios, ni a la nueva inteligencia de la Escritura que nos
proporcionan las ciencias y los métodos. Cinco son los principios hermenéuticos o de
interpretación que nacen de su condición de palabra humana:
1. Principio de «distancia cultural». Con la misma distancia cultural que leemos una
tragedia griega, o una novela de caballerías (el Quijote mismo), debemos saber leer

19
la Biblia. No podemos atribuir a Dios lo que es expresión de una cultura humana
(costumbres antiguas como el «herem», o el «levirato»).
2. Principio humano. La Sagrada Escritura nace en la vida, de la vida, y es para la
vida. No leemos textos teóricos ni formulaciones de intenciones. El texto bíblico
«resuena» en cada uno de nosotros porque nos vemos identificados. No estamos
ante proyectos imposibles, sino ante «retazos de vida» que nos permiten hacer una
lectura muy humana y a la vez muy cercana a cada uno de nosotros.
3. Principio salvífico. La Sagrada Escritura se entiende como una «Historia de la
salvación»: de Israel, de la Iglesia y de cada uno de nosotros. El creyente se ve
reflejado en la Biblia como en un espejo: vocación de Moisés, negación de Pedro,
conversión de Pablo, Zaqueo... Por eso podemos decir que «esta historia es mi
historia».
4. Principio cristológico. La Biblia revela el misterio del amor de Dios manifestado en
la muerte y resurrección de Cristo. Cristo, siendo Dios, se despoja de su condición.
Es el abajamiento, la condescendencia con nosotros. Los textos bíblicos no nos
hablan de un Dios incomprensible, caprichoso e inaccesible, sino de un «Dios con
nosotros». La sabiduría de Dios se revela en la cruz de Cristo, expresión de su
amor. La Biblia no pretende competir con las ciencias positivas humanas. La Biblia
está orientada a nuestra salvación, que se ha hecho realidad en la muerte y
resurrección de Cristo.
5. Principio de «obediencia en la fe». El creyente no lee la Biblia para acrecentar sus
conocimientos o satisfacer curiosidades, como si de una enciclopedia se tratara. Es
la palabra de Dios, viva, para nosotros hoy. Por eso el creyente la escucha de forma
reverencial y a la vez obediente. ¡Pero la obediencia que da la fe en Cristo, no la
obediencia de los fanáticos!: «La palabra de Dios es viva y eficaz y más cortante
que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta
las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del
corazón» (Heb 4,12-12).

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivos: Hablar de nuestra experiencia sobre la Biblia.
Propuestas de diálogo:
¿Qué narraciones o pasajes podrías recordar de memoria?
Paraíso, diluvio, David y Goliat, etc.
¿Qué prejuicios tienes ante ella? Es difícil, tiene páginas
terribles, etc.
¿Lees la Biblia sólo como una «ventana» a la que asomarse,
o como un «espejo» en el que te ves a ti mismo?
¿Piensas que la Biblia, como palabra de Dios, es necesaria
para la vida cristiana?

2. Orar con la Biblia:


Texto para orar: Mt 11,25-30.
¿Quiénes son los sabios y sencillos?
¿Por qué esta dificultad para entender las cosas de Dios?
¿Has hecho alguna vez experiencia de este evangelio?
¿Cuáles son nuestros motivos para dar gracias a Dios?

20
«ESCUCHA AMOROSA»
Dios, Padre bueno,
que has querido mostrarnos
tus entrañas de misericordia,
tus designios de salvación
para toda la humanidad.
Haz que escuchemos tu Palabra
con el espíritu de los niños.
Sorprendidos, boquiabiertos,
como si fuera la primera vez.
Limpios de prejuicios,
que resuene tu voz y no la nuestra.
Dóciles y obedientes
para que ella nos transforme.
Concédenos tener hambre de tu Palabra.
Que la deseemos y la añoremos.
Que la pidamos como los pobres
y la esperemos como las madres.
Danos la alegría de escucharla,
y repetirla y rumiarla,
con el amor de los hijos.
Que tu Palabra, Señor,
nos haga discípulos de tu Hijo Jesucristo
y sigamos de cerca sus huellas. Amén.

21
3. La Palabra «recibida» por una comunidad creyente

La Biblia es patrimonio cultural de la humanidad, tanto en su perspectiva histórica, como


antropológica o literaria. Para los creyentes la Biblia es, sin negar lo anterior, la palabra
de Dios para el hombre hoy: Palabra viva y eficaz. Un tercer paso lo damos ahora al
comprender que esta Palabra ha sido «reconocida» por una comunidad, concediéndole
«autoridad». Ya no son sólo palabras «relevantes», sino «normativas»; son «textos
canónicos». No se trata tan sólo de «textos importantes», sino de «textos inspirados» en
los que una comunidad de fe se reconoce a ella misma y reconoce que Dios habla hoy.

Etapas en la formación del canon


La palabra canon significa regla o norma por la que se rige un grupo o comunidad. Un
libro es canónico cuando una comunidad de fe se reconoce en él, cuando lo eleva a la
categoría de normativo. El canon de los libros sagrados es, por tanto, el conjunto de los
libros reconocidos por una comunidad creyente como regla de fe. La determinación de
qué libros son canónicos no es consecuencia de una iluminación instantánea ni obra de
un solo grupo de personas. En realidad no hubo uno, sino varios cánones que fueron
ampliándose y aquilatándose con el tiempo y con las circunstancias.
La recopilación de libros más antigua sería de la época persa. Se considera al escriba
Esdras (s. VI a.C.) el promotor del gran movimiento que desembocó en el judaísmo
después de la crisis que supuso para el pueblo judío el exilio en Babilonia (587-538).
Esdras hace por primera vez una lectura de la Torah en público y se la propone a todo el
pueblo como la Ley a seguir. «Todo el pueblo se congregó como un solo hombre en la
plaza de la Puerta de las Aguas y pidió a Esdras, el escriba, que trajera el libro de la Ley
de Moisés que el Señor había entregado a Israel. (...) Todo el pueblo escuchaba con
atención la lectura del libro de la Ley. (...) El pueblo se puso en pie (...) y alzando las
manos, respondió: amén, amén. Después se postraron y, rostro en tierra adoraron al
Señor» (Neh 8,1-12). Los demás escritos (proféticos, sapienciales, midrashim), aunque
circularan y se conocieran, no formaban parte aún de los libros sagrados.
Después de una segunda crisis provocada por el Rey Antíoco IV Epífanes (175-164
a.C.) con su helenización forzosa y la restauración macabea (s. II a.C.), las escrituras
veneradas por los judíos piadosos se dividen en «Ley, Profetas y Otros Escritos». El
Prólogo del traductor griego del Eclesiástico nos da una información preciosa: «Mi
abuelo Jesús después de haberse aplicado asiduamente a la lectura de la Ley, de los
Profetas y de los otros Escritos... (Torah-Nebiîm-Ketubîm)». La fecha de composición
del libro la debemos situar en las primeras décadas del s. II a.C., por lo que para estas
fechas ya se consideraban tres grandes partes en las escrituras judías. Pero no está todo
concluido; se trata de una época de gran actividad literaria y de preocupación por
traducir la Biblia hebrea al griego, tal como nos muestra la Biblia llamada de los Setenta
(LXX). Además se escriben muchos libros en griego: Sabiduría, Eclesiástico, 1-

22
2Macabeos.
En los inicios del cristianismo se produce una confrontación inevitable entre los judíos
que permanecen fieles a su fe y el nuevo grupo que nace, la Iglesia, que confiesa a Jesús
como Mesías. Es la tercera crisis del pueblo judío. El golpe de gracia lo darán los
romanos después de que Tito en el año 70 destruya el Templo; un grupo de fariseos se
refugia en la costa mediterránea, en Jamnia, y deciden dar un paso adelante. En esta
ciudad determinan cuáles son los libros «santos», los que manchan las manos. Hacia el
año 90-100 los rabinos fariseos establecen el «canon palestinense». La comunidad judía
se aparta definitivamente de la LXX, no acepta en su canon los libros cuyo original está
en griego, y se ciñe a este «canon fariseo».
Los cristianos aceptan con modificaciones el canon más amplio de la LXX a la que
añaden el Nuevo Testamento. La Iglesia siguió su camino hasta la gran crisis protestante,
con Lutero, que sólo admite para el Antiguo Testamento los mismos libros que el canon
hebreo, excluyendo así los escritos en griego, a los que llama «apócrifos». El concilio de
Trento (1546) define cuáles son los libros que la Iglesia católica admite como canónicos.

Criterios de canonicidad
Un libro es «canónico» si es reconocido como «inspirado» por la Iglesia. Otros libros de
la misma época, también religiosos, o incluso piadosos, si no gozan de ser considerados
como «inspirados por Dios», escritos bajo la acción del Espíritu Santo, son considerados
«apócrifos». Un libro «apócrifo» no tiene por qué ser nocivo, perjudicial o reprobable.
Todo dependerá del alcance de sus afirmaciones, lagunas o intereses no bien
intencionados que estén tras el autor. Curiosamente, un libro puede ser «apócrifo» por
exceso de celo; esto es, por querer defender tantos aspectos de la fe cristiana que rozan el
ridículo o que se echan claramente en manos de leyendas piadosas. Un libro «apócrifo»
es literatura religiosa contemporánea, pero no es un libro inspirado.
Nuestro punto de partida no puede ser la Escritura, pues precisamente lo que se trata
es de explicar que ella está inspirada; por tanto debemos partir de la Tradición: «La
misma tradición da a conocer a la Iglesia el canon de los libros sagrados» (DV 8). Esta
tradición no se ha formado de modo irracional, sino que fueron tres los motivos
objetivos que guiaron a la comunidad en el reconocimiento de los escritos inspirados del
Nuevo Testamento: el origen apostólico, la ortodoxia y el uso litúrgico.
En primer lugar, se consideraban canónicos aquellos escritos que se remontaban al
círculo de los apóstoles o de sus inmediatos colaboradores.
En segundo lugar, se consideran canónicos los escritos conformes a la fe ortodoxa;
esto es, conformes con la auténtica predicación y el auténtico anuncio sobre Cristo, sobre
su vida y su mensaje. Por esto los «apócrifos», que en algunos casos y en buena medida
proponían un mensaje diferente o incluso contrario, fueron descartados.
En tercer lugar, aquellos libros que eran considerados inspirados por todas o casi todas
las Iglesias, según se testimoniaba en su uso litúrgico, fueron incluidos en el canon. En
cambio, si un libro era sólo aceptado o usado en la liturgia de una Iglesia en particular,
no se incluía en el canon.

23
Todo esto sólo se puede entender en comunión con toda la Iglesia bajo la acción y la
asistencia del Espíritu Santo. De lo contrario podríamos pensar que la canonicidad estaba
sometida a la arbitrariedad. La Iglesia siempre ha considerado esencial e inexcusable la
acción del Espíritu tanto en la autoría de las Escrituras, como en el proceso de su
canonización, como en la actualización e interpretación permanente por el pueblo de
Dios.

Las divisiones canónicas del texto sagrado


Los hebreos conocen la Escritura con el nombre de Tanak. Los cristianos hablamos de
«Biblia». Pero debemos reconocer que tampoco entendemos lo mismo la Iglesia católica,
que acepta como inspirados los «libros deuterocanónicos» y las Iglesias protestantes, que
piensan que los «deuterocanónicos» no son libros inspirados, sino «libros apócrifos».

ESCRITURAS BIBLIA GRIEGA (LXX) BIBLIA CATÓLICA


HEBREAS LA SETENTA o (distribución actual)
(24 libros) TaNaK SEPTUAGINTA

TORAH LEGISLACIÓN E PENTATEUCO


HISTORIA
Beresit (Génesis); Shemot Pentateuco, Josué, Jueces, Génesis, Éxodo, Números,
(Éxodo); Wayyiqrá Rut, 4 Libro de los Reinos Levítico, Deuteronomio.
(Levítico); (1 y 2 = Samuel, 3 y 4 =
Bemidbar (Números); Reyes), Paralipómenos 1 y
Debarim (Deuteronomio). 2
(= Crónicas), Esdras 2 (=
NEBIÎM (Profetas) Esdras y Nehemías), Ester HISTORIA
(con fragmentos propios en
1) Profetas anteriores: griego). Josué, Jueces, 1-2Samuel,
Josué, Jueces, Samuel (1 1-2Reyes, 1-2Crónicas,
y 2 juntos) Reyes (1 y 2 Esdras, Nehemías, 1-
juntos). Judit, Tobías, 2Macabeos.
2) Profetas posteriores: 1 y 2 Macabeos.
Isaías, Jeremías, LIBROS PROFÉTICOS
Ezequiel, los «Doce»: Esdras 1,
Oseas, Joel, Amós, Macabeos 3 y 4.
Abdías, Jonás, Miqueas, Isaías, Jeremías, Ezequiel,
Nahún, Habacuc, Oseas, Joel, Amós, Abdías,
Sofonías, Ageo, Jonás, Miqueas, Nahún,
Zacarías, Malaquías. Habacuc, Sofonías, Ageo,
Zacarías, Malaquías,
Daniel, Baruc, Carta de
Jeremías.

KETUBÎM (Escritos) POETAS Y PROFETAS NARRACIONES

Salmos, Salmos, Rut,


Job, Proverbios, Ester,
Proverbios, Eclesiastés, Tobías,
Rut, Cantar de los Cantares, Job, Judit.
Cantar de los Cantares, Los doce profetas menores,
POESÍA
Qohélet (=Eclesiastés), Jeremías,
Lamentaciones, Lamentaciones, Salmos,
Ester, Ezequiel, Cantar de los Cantares,
Daniel, Daniel 1-2 (3,24-90 es Lamentaciones.
Esdras-Nehemías, Crónicas. propio del griego).

Sabiduría
de
Salomón,
Sabiduría SAPIENCIALES
de Sirac, Proverbios,

24
Susana, Eclesiástico (Ben Sirá),
Eclesiastés (Qohélet), Job,
Bel y el Sabiduría.
dragón,
Baruc,
Carta de
Jeremías.

Es necesario comentar brevemente el cuadro de las distintas tradiciones canónicas, sin


entrar en el difícil debate de cuándo comenzaron a estar vigentes unas u otras.
Distinguimos tres conjuntos distintos, cada uno en una columna.
Para los judíos la «Escritura», o Tanak, está compuesta por 39 libros, todos escritos en
hebreo. La palabra Tanak (que se pronuncia en castellano como Tanaj) es el acróstico de
las tres grandes partes en que dividen la Escritura: Torah (que nosotros traducimos como
«Ley»), Nebiîm (que nosotros traducimos como «Profetas») y Ketubîm (que nosotros
traducimos como «Escritos»).
Dentro de los Ketubîm, en el judaísmo actual, tienen un relieve especial cinco libros
por estar unidos a una de sus fiestas. Son los Cinco rollos o Megillot: El Cantar en
Pascua; Rut en Pentecostés; Lamentaciones en la Destrucción del Templo; Eclesiastés en
los Tabernáculos y Ester en Purîm (liberación de los persas).
La segunda columna recoge la Biblia de los «Setenta», conocida también como
«Septuaginta» (LXX, en números romanos). Recoge los libros sagrados de un judaísmo
distinto al oficial de Jerusalén, el judaísmo de la ciudad egipcia de Alejandría. Tres
particularidades: su antigüedad, pues se remonta al siglo segundo antes de Cristo; que es
una traducción del hebreo al griego de la Tanak; en tercer lugar, añade obras propias que
el judaísmo oficial palestino no admite. Estas dos características, ser una obra en griego
y admitir más libros que la Tanak, sitúan a la Septuaginta fuera del judaísmo oficial.
El tercer conjunto que nos interesa es el canon que reconoce la Iglesia católica. Su
canon recoge 73 libros, aceptando como canónicos en el Antiguo Testamento siete libros
más que la Tanak: Sabiduría, Eclesiástico, 1-2Macabeos, Tobías, Judit y Baruc, todos
ellos tomados de la LXX, y por tanto con un texto griego; se conocen también como los
llamados «deuterocanónicos». Pero el canon de la Iglesia no acepta como canónicos
otros libros, los apócrifos. Lutero, y con él las Iglesias reformadas, optan por el canon
corto, la «veritas hebraica». Por eso en las biblias protestantes faltan los siete libros
arriba indicados.
Debemos distinguir bien entre los «libros apócrifos», que no son aceptados como
normativos ni entre las Iglesias cristianas ni por los judíos y los «libros
deuterocanónicos», que sólo indican que entran a formar parte de las escrituras sagradas
en un «segundo canon» («Deutero» significa segundo), el cristiano, pero sin darle a esta
palabra ningún carácter peyorativo respecto a su contenido.

25
Descubrir la Biblia y rezar con ella
1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Plantearnos qué lugar ocupa la Biblia en nuestra fe.
Propuestas de diálogo:
¿Qué libros o revistas leemos con más frecuencia? ¿Uno de
ellos es la Biblia?
¿Cuándo y con quién leemos la Biblia? ¿Solos, en familia,
en el grupo? ¿Sólo la escuchamos en la liturgia?
¿Cómo nos acercamos a la Biblia? ¿Sólo como un libro
interesante o como una palabra de Dios que ilumina y afecta
a mi vida?
¿Qué libros son más fáciles de leer del Antiguo y del Nuevo
Testamento? ¿Con qué personajes bíblicos me identifico
más? ¿Quiénes son más atractivos para mí?
¿Qué dificultades encuentro para leer la Biblia de una forma
personalizada, interiorizada?

2. Orar con la Biblia:


Texto: Jer 15,16; 20,7-9.
¿Tienes experiencia personal de desear que Dios «hable» en
tu vida?
¿Tienes experiencia personal de que la palabra de Dios sea
para ti motivo de dolor, de sufrimiento, de rebelión interior?
¿La palabra de Dios es «calmante» o «aliciente»?

26
«DESEOS DEL CORAZÓN»
Háblame, Señor, y entra en mi vida.
Hazme, Señor, pobre de espíritu.
Hiéreme, Señor, en mis entrañas.
Grita a mi oído cuando te evite.
Abre mis ojos cuando me ciegue.
Sostenme cuando tropiece.
Si tú me buscas, que no te rehúya,
si tú te me cruzas, que no te aparte,
si tú me ardes, que no te apague.
Ojalá fuera oyente de tu Palabra,
ojalá aprendiera en la escuela de tu Hijo,
ojalá te buscara en el corazón de mis hermanos.
Tu voz resuena en mi vida,
mi historia bien la conoces.
¡Dame la dicha de los hijos!

27
28
II. Dios habla hoy

29
1. Shema-Escucha

El título de esta segunda parte es contundente: «Dios habla hoy». Hemos visto una
primera aproximación a la Biblia como «palabra literaria», como «palabra viva» para los
creyentes y como «palabra canónica», normativa. El siguiente paso es preguntarnos por
Dios. ¿En qué Dios creemos? Porque no es lo mismo creer en el dios de los griegos, en
el Zeus olímpico, que en el Dios Padre que nos revela Jesús.
Creemos en el Dios de la Palabra; no es suficiente con «oír» bien, sino que hay que
estar preparado para «escuchar». El creyente está atento al texto, para evitar lecturas
deformadas de la Palabra; pero a su vez es «oyente» que está dispuesto a «obedecer» lo
que Dios le pide.
Creemos en el Dios de la historia. No entendemos la historia como mero «escenario»
decorativo, sino como lugar donde Dios se nos dice y se nos da. Como lugar teológico
donde vivimos personalmente nuestra «historia de salvación».
Creemos en el Dios de la alianza. La Escritura está dividida, para los cristianos, en
«Antiguo» y «Nuevo Testamento», pero no son dos, sino una sola alianza. Comienza con
los designios de Dios en su creación y llega a su plenitud en Cristo.

Dios nos busca y nos habla


El Dios bíblico no es un Dios solitario e inaccesible, enrocado en su mundo ajeno a
nuestra suerte o entretenido en mil juegos con otros dioses menores, como es el caso de
los dioses griegos. Dios no vive aislado y ensimismado, sino que «nos busca», sale a
nuestro encuentro. Si nos preguntamos por el hombre, descubriremos cómo es también
un «buscador nato». La Sagrada Escritura nos muestra no uno, sino infinidad de caminos
de la humanidad hacia Dios. El poeta León Felipe lo describe de forma hermosa:
«Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios por este camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen Dios».

La Sagrada Escritura es un encuentro entre Dios que se nos da, se desvela, se


«revela», y el hombre, que busca en honestidad a Dios. El creyente sabe que el Dios de
Israel y de la Iglesia es un ser personal, que dialoga, le acompaña y le provoca, le anima
y le corrige. No estamos ante la divinidad que juega con la humanidad, ni ante una
fuerza oscura e incontrolable a la que tenemos que aplacar. Tampoco ante una sensación
psicológica en la que me sumerjo y me refugio, confundiendo a Dios conmigo mismo.
La Escritura habla de Dios, del Dios de la vida, del Dios que está en mí y que es distinto
de mí; un Dios con el que me puedo «encontrar». El libro del Apocalipsis lo dice con

30
hermosas palabras: «Estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre, entraré
en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).
La Biblia está llena de encuentros. Abrahán, padre de todos los creyentes, acepta la
invitación que Dios le hace a dejar su casa y emprender un camino que no sabe dónde le
va a llevar (Gén 12,1ss). Moisés escucha la llamada de Dios y acepta la misión que le
encomienda de liberar a su pueblo (Éx 3,4ss). David es el caudillo que peca gravemente,
sabe llorar su pecado y llega a ser el gran rey de su pueblo. Job es paradigma de toda
persona que confía en Dios y que en su tragedia llega incluso a maldecirle, si bien
concluye reconociendo que necesitaba una nueva experiencia de Dios. Tenemos a
profetas, como Jeremías, que se entregan generosamente a la llamada de Dios aunque
luego lloren su desdicha. En el Nuevo Testamento leemos la escena de Zaqueo, que
queriendo ver a Jesús de lejos, se da de bruces con él porque es Jesús el que le llama; o
la Samaritana, que va a buscar agua y el encuentro con Jesús le «revuelve» por dentro y
le sonsaca dónde está la sed humana y dónde se puede saciar. Son narraciones de
encuentros, son historias como las de tantas personas religiosas, que no pasan porque el
hombre y Dios siguen siendo los protagonistas. Pero la Biblia no nos habla sólo de
encuentros personales, sino también de un pueblo. Israel se sabe liberado de la esclavitud
por obra de Dios; grita a su Dios cuando cree que lo ha abandonado en el desierto y lo
bendice por los frutos de la tierra. Un pueblo que se olvida de él ante las seducciones de
los ídolos de barro (riquezas, poder, fecundidad sin Dios o contra Dios).
El cristianismo se presenta como una «religión revelada», pero con matices
diferenciadores. La revelación cristiana de Dios tiene un nombre propio, personal:
Jesucristo. Él es el rostro humano de Dios; él revela en plenitud al Padre. Este matiz es
fundamental, pues la revelación cristiana parte de la Biblia, pero la revelación es mucho
más que un texto leído, estudiado, comentado y actualizado. Dios se desvela en la
historia bíblica, pero la revelación plena se da en Jesucristo.
El pueblo de Israel vive de la «escucha de la Palabra». De hecho, el primer
mandamiento para todo fiel judío es: «Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor
es uno. Ama al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt
6,4-5). Es el mandato que se transforma en oración diaria para Israel y que conocemos
como «Shema» (Escucha). El pueblo cristiano vive, igualmente, de la escucha de esta
Palabra. Podemos acercarnos al Nuevo Testamento descubriendo cómo la Iglesia
naciente proclama que la palabra eterna de Dios se manifiesta de forma plena en Jesús,
que es la Palabra encarnada. Por eso mismo la Iglesia se entiende a sí misma como
«oyente de la Palabra».
Hebreos nos recuerda en el frontispicio de su libro que Dios ha hablado en numerosas
ocasiones y de múltiples formas por los profetas, pero que en estos días «últimos», Dios
ha hablado por el Hijo (Heb 1,1-2). Cuando escuchamos a Jesús, el Hijo, escuchamos la
palabra definitiva de Dios. No tenemos que esperar otra.
San Juan nos dirá, también en el prólogo de su evangelio, en un texto admirable, que
Jesús es la Palabra encarnada (Jn 1,14). Dios no «roza» tangencialmente el mundo, sino
que se «adentra» en él; se encarna, se embarra, se historiza, se «enhumana». La Palabra

31
ya no se proclama sólo, sino que se ve, se palpa y se hace historia humana en el hombre
Jesús.
Los cristianos escuchamos la Sagrada Escritura no como un texto aprovechable entre
otros muchos, no se trata sólo de «palabra a lo humano», sino de la «palabra de Dios».
San Pablo nos exhorta a que lo hagamos así: «De ahí que también por nuestra parte no
cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la palabra de Dios que os predicamos, la
acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios,
que permanece operante en vosotros, los creyentes» (1Tes 2,13).
Esta palabra, nos dirá también el autor de Hebreos, lejos de ser aduladora o engañosa
es «viva, eficaz y penetrante como espada de doble filo» (Heb 4,12-13). El que se deja
cortar y diseccionar por ella, no puede decir más que no la conoce.
El cristianismo es, por tanto, la fe que escucha y vive de la Palabra; más aún, la fe
cristiana es la fe en Jesús, que es la Palabra definitiva del Padre. Insistimos en este tema
porque, desde un punto de vista externo a la fe cristiana, describiendo reductivamente las
religiones del Próximo Oriente Antiguo que han llegado a nuestros días, se habla de las
«religiones del Libro». El argumento es insuficiente: como las tres religiones tienen un
texto de referencia por el que rigen su vida (Tanak para los hebreos, Biblia para los
cristianos y Corán para los musulmanes), hay que hablar de las «religiones del Libro».
La fe cristiana se desmarca, en su misma esencia, de esta descripción externa e injusta.
La fe cristiana nace, se centra y vive en Jesús, la palabra de Dios encarnada. Una
presencia de Cristo vivo que hoy escuchamos en la Escritura, en los sacramentos y en la
propia vida de las personas; de forma distinta, pero real.

Dios se embarra en la historia


Los cristianos creemos en un Dios «personal», con el que podemos «encontrarnos» y
creemos en el «Dios de la historia». ¿Por qué un pueblo tan insignificante en la historia
de la antigüedad concede tanta importancia a contar su historia? ¿Realmente tiene interés
lo que puede comunicar? ¿Su experiencia histórica como pueblo y su experiencia
religiosa aportan algún aspecto significativo a la humanidad?
Podemos comenzar preguntándonos qué relación tiene la historia con la Biblia. La
historia para la Sagrada Escritura no es un anecdotario, o un espacio curioso
perfectamente prescindible, sino que es el lugar del encuentro con Dios. Tampoco
estamos ante un conjunto de verdades desubicadas, ajenas al tiempo. La fe de Israel y de
la Iglesia no se basa en mitos, como en la cultura griega, respuestas ajenas a la vida de
los mortales y fuera del tiempo en que vive el hombre. Mucho menos estamos ante un
«conjunto hermético» de enseñanzas que debemos recibir como si de unos oráculos
externos y deterministas se tratara.
Una historia entre personas puede ser contada, al menos, desde dos puntos de vista.
Siempre hay un «yo» y un «tú», un «amante» y un «amado», un «maestro» y un
«discípulo». La Biblia nos desentraña una larga historia entre un Dios –YHWH– y su
pueblo –Israel–. El Dios de Israel traza desde el primer momento caminos para el
encuentro, tiende lazos de comunicación, busca a su pueblo porque quiere establecer una

32
relación con él. La Sagrada Escritura nos habla de elección, de promesas, de alianza...
pero nos habla también de un Dios que ve a su pueblo, que escucha sus gritos, que
decide intervenir para librarlo, que lo conduce personalmente.
Los libros sagrados no nacen para desvelarnos los misterios de la naturaleza, para
transmitirnos conocimientos técnicos, científicos. El hombre con su inteligencia y su
esfuerzo tiene el reto y la obligación de desentrañarlos y ponerlos convenientemente a su
servicio. Tampoco nacen con el afán de que no se pierda la vida de un pueblo, que si lo
comparamos con los grandes Imperios de la época (Egipto, Asiria) es insignificante.
¡Cuántos pueblos antiguos han desaparecido sin que sepamos nada de ellos! Los escritos
bíblicos van surgiendo con el latido de la vida del pueblo, en la medida que va luchando,
creciendo, gozando y sufriendo. Hasta ahora no es nada novedoso. ¿Dónde está la
diferencia con la vida de otros pueblos? En su sentido profundo de la historia y de la
vida: la lee desde su fe en Dios. Lee su historia no como crónica de sus hazañas, como
exaltación de sus ejércitos y de sus héroes, sino como llamada, paso, encuentro,
intervención de Dios en su vida. Israel va descubriendo que vive por Dios y está llamado
a vivir para Dios. Sin el Señor no sería nada; de Él viene la vida. Él es quien dirige la
historia, su bondad y su justicia jalonan sus intervenciones. ¡Dios nos salva, y nosotros
contamos nuestra historia de salvación!
Los rabinos –herederos de los sabios– enseñaban a leer la historia individual y del
pueblo desde Dios. El mismo Jesús aprendió desde niño a rezar, a contemplar la historia
de su pueblo de forma creyente. Sin embargo no se situaba ante ella sólo como los
maestros de la ley, ni como un hombre piadoso y justo. Jesús la llevaba a sus últimas
consecuencias –a su plenitud– en actitud obediente a Dios porque Él era el Hijo de Dios.
El Mesías que Dios había prometido a su pueblo se hace realidad en Jesús; todas las
promesas que el pueblo de Israel había ido tejiendo tienen cumplimiento en Jesús. La
comunidad cristiana, iluminada por el Espíritu Santo, así lo comprendió y proclamó:
Jesús de Nazaret, muerto por nosotros y Resucitado, es el Cristo (=el ungido por Dios, el
Mesías). En Jesucristo se cumple toda la historia de Israel; la salvación que Dios había
anunciado se ha realizado en Jesucristo.
La Biblia es, ante todo, un «memorial de acontecimientos salvíficos»: Dios que libera,
Dios que hace alianza, Dios que conduce a su pueblo y le entrega una tierra, Dios que
llama a su pueblo a la conversión. Todos ellos son núcleos históricos que generan la fe
en el pueblo. Hay una razón interna, teológica, que brota de su condición de «Escritura»,
de «palabra de Dios» y es que los textos no tienen sólo una función informadora, sino
reveladora. Dios se revela en la historia y la historia es revelación de Dios. Dios se nos
revela en la vida, en los acontecimientos, en la historia (entendida como lugar de la
presencia de Dios). Por eso es fundamental mirar con detenimiento la vida, los
acontecimientos, la historia, porque para los creyentes son «lugar teológico», son «lugar
donde se da la revelación».
Decimos que es revelación «histórica» en un doble sentido. Primero, desde un punto
de vista literario, para diferenciarla de otro tipo de narraciones «míticas» o
«legendarias». Cuando hablamos de Abrahán, de Moisés, del rey David, hacemos

33
referencia a personajes que han vivido nuestra historia. Cuando hablamos de Jesús no
hablamos de un «personaje legendario», pues «Jesús padeció bajo Poncio Pilato», y
sabemos por la historia cuándo fue Pilato gobernador de Judea. Es más, como prueba de
que nuestra fe es «histórica» debemos recordar que Pilato está en el Credo.
Decimos también que la revelación es «histórica», desde un punto de vista teológico,
porque tiene en cuenta el «tiempo de Dios» y el tiempo que necesita la humanidad. En
teología hay que hablar del tiempo de Dios y de la paciencia de Dios. No se trata de una
«revelación» ajena al tiempo de maduración y crecimiento, como si se diera en un
tiempo inmóvil, blindado, fuera de la historia humana. La revelación de Dios crece,
avanza, madura; por tanto es progresiva, Dios se nos va desvelando poco a poco. Una
revelación que, con la luz del Espíritu, necesita leerse, comprenderse y actualizarse hoy.
Dios se toma su tiempo en la historia y necesitamos comprender el «tiempo de Dios».
Dios se fue revelando en la historia de Israel, que no siempre obedecía, ni comprendía;
que a veces se sublevaba y otras veces se resistía. Hoy nosotros mismos descubrimos
que necesitamos tiempo para descubrir el paso de Dios por nuestra vida.
Decimos que es revelación «en la historia», insistiendo en la preposición «en»,
también por un doble motivo. Primero, desde un punto de vista de la crítica histórica,
porque podemos escribir la memoria, estamos ante un «memorial» de lo que ha
sucedido.
El profeta Amós comienza su libro enmarcando en la memoria del pueblo cuándo le
llegó la palabra de Dios: «Estas son las palabras que Amós, pastor de Tecoa, recibió en
visión, acerca de Israel, en tiempos de Ozías, rey de Judá, y de Jeroboán, hijo de Joás,
rey de Israel, dos años antes del terremoto» (Am 1,1).
En el caso de Jesús, Lucas quiere dejar bien claro en qué momento de la historia nace.
Sabemos quién es Augusto, Tiberio, Herodes... «Por aquellos días salió un decreto de
César Augusto para que se empadronara todo el mundo. Este es el primer censo que se
hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Todos iban a empadronarse, cada uno a su
ciudad. También José, por ser descendiente de David, fue desde la ciudad de Nazaret de
Galilea a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, para empadronarse con María,
su mujer, que estaba encinta» (Lc 2,1).
Un poco más adelante, en el capítulo tercero, quiere dejar claro cuándo comienza la
actividad pública de Jesús: «El año quince del reinado de Tiberio César, siendo Poncio
Pilato gobernador de Judea, estando Herodes al frente de Galilea, su hermano Filipo al
frente de Iturea y de la región de Traconítida, y Lisanias al frente de Abilene, bajo el
sumo sacerdocio de Anás y Caifás, Dios habló a Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto»
(Lc 3,1-2).
Por último, desde un punto de vista espiritual, podemos hablar de «revelación
histórica» porque Dios habla «para hoy» y en el «hoy» que vivimos. La palabra de Dios
ilumina y se adentra en la vida diaria, en el escenario humano. Es legítimo y necesario
que el creyente ilumine con ella su «hoy particular», su «pequeña historia» con Dios.
Leer la Biblia como palabra de Dios no es hacer un ejercicio de arqueología, no es
«arcaica», sino que es palabra de Dios para «hoy». Por eso podemos decir, al leer la

34
Biblia, que «esta historia es mi historia», porque es luminosa y significativa «en mi vida
de hoy».
LA BIBLIA COMO «PALABRA DE DIOS» Y COMO
«HISTORIA»
PALABRA HISTÓRICA PALABRA EN LA HISTORIA
No es mítica ni Dios se revela en la Se pronuncia en un Es «para mí»; la
legendaria. historia. tiempo y en un debo leer «en mi
escenario histórico. historia».

Necesidad de la Necesidad de Necesidad de la Necesidad de leerla


crítica literaria. tomarse en serio el crítica histórica y de como paso de Dios
«tiempo de Dios». la arqueología. por mi vida.

ÁMBITO ÁMBITO ÁMBITO ÁMBITO


LITERARIO TEOLÓGICO HISTÓRICO ESPIRITUAL

Dios hace «alianza»


En muchos grupos de estudio bíblico, cuando se explica que «Testamento» en realidad
quiere decir «alianza», una pregunta que se suele plantear es la siguiente: ¿si hay dos
Testamentos hay dos alianzas? Otros van más allá: ¿para qué leer el Antiguo Testamento
si con el Nuevo, el que nos habla de Jesús, es suficiente? En verdad no se trata de «dos
alianzas», sino de la única alianza de Dios que culmina en Cristo.
La Escritura está atravesada de parte a parte por hilos conductores: la bendición de
Dios; las promesas de Dios; la misericordia que se derrama; nuestra condición de
criaturas que buscamos a Dios. Uno de estos hilos conductores es el de la «alianza»; no
es sólo uno más, sino uno tan importante que, para los cristianos, ha dado nombre propio
a la Escritura: «Antiguo y Nuevo Testamento» o, si se quiere, «Antigua y Nueva
Alianza».
La «teología de la alianza» no es estática, sino dinámica, progresiva. Atraviesa todo el
Antiguo Testamento y culmina en el Nuevo. El proyecto de Dios, que se inicia en el
Génesis, culmina en Cristo, que cumple la «Nueva Alianza» prometida en los profetas;
tanto san Lucas como san Pablo en las palabras de la Última Cena que ellos nos
transmiten, como Hebreos, así lo confirman.
Es importante que no veamos la Escritura como dos momentos contradictorios o
enfrentados, como si de competencia o de exclusión mutua se tratase. La Escritura se
comprende a sí misma como un solo «testamento» o «alianza» en dos momentos
histórico-salvíficos. Hay continuidad, no ruptura. Es el mismo Espíritu el que está
presente en la historia del pueblo y de la Iglesia. Por razones pedagógicas tenemos que
hablar de dos alianzas, primera y segunda, pero también podríamos hablar sólo de una de
ellas.
La alianza en el Antiguo Testamento, la «antigua» o «primera alianza», se explicita en
una doble línea: narrativa y teológica. La primera la encontramos en el libro del Génesis
y del Éxodo. La segunda en el Deuteronomio y en los profetas.
En el libro del Génesis el término «alianza» (berit) aparece en dos momentos.
Primero, refiriéndose a la alianza que Dios establece con Noé; después, la que establece
con Abrahán.

35
La alianza con Noé tiene como notas típicas que alcanza a toda la creación, a toda la
tierra, a toda la humanidad y a todos los seres vivos. Dios, después de haber decidido el
fin de todo lo viviente por la perversión de los hombres (Gén 6,13), abre una puerta de
esperanza por medio de Noé: «Todo cuanto existe perecerá, pero contigo, sin embargo,
estableceré mi alianza» (Gén 6,18). Después del diluvio, Dios decide que jamás volverá
a castigar la tierra (Gén 8,21) y retoma el tema de la alianza que había dejado dos
capítulos atrás, antes de comenzar con el relato del diluvio. Dios establece una alianza
con todos los seres vivos (Gén 9,9); los términos en que se declaran son los siguientes:
«Esta es mi alianza con vosotros: ningún ser vivo volverá a ser exterminado por las
aguas del diluvio» (Gén 9,11). Dios pone como «signo» (Gén 9,12.13.17) a recordar para
siempre, el «arco iris» (Gén 9,13.14.16); cuando lo vea en el firmamento, Dios «se
acordará» (Gén 9,15.16).
Después de esta alianza con Noé, el «foco» de atención se centra en una persona, en
Abrahán, con el que renueva la alianza; el texto bíblico la desdobla en dos (cc. 15-17). El
capítulo 15 del Génesis está marcado por una primera alianza de Dios con Abrahán. La
doble promesa se une a la alianza que Dios pacta con su siervo. Después de que Abrahán
protesta y se queja porque Dios no cumple su palabra (Gén 15,3), Dios renueva la
validez de la doble promesa. Después de realizar unos ritos particulares (parte unos
animales, ofrecidos a YHWH y atravesados por una columna de fuego), Dios interviene
de nuevo: «Aquel día hizo el Señor una alianza con Abrán en estos términos: “A tu
descendencia le daré esta tierra desde el torrente de Egipto hasta el gran río, el
Éufrates”» (Gén 15,18). La segunda alianza de Dios con Abrahán, o renovación de la
primera, la encontramos en el capítulo 17 del Génesis. Tiene dos rasgos que conviene
destacar: En primer lugar, de nuevo se relaciona «alianza» con la doble promesa: «Yo
daré a ti y a tu descendencia después de ti en posesión perpetua la tierra en la que habitas
ahora como extranjero, toda la tierra de Canaán» (Gén 17,8). Además se trata de una
«alianza» que se extiende a «toda su descendencia», «por siempre»: «Establezco mi
alianza contigo y con tus descendientes después de ti por siempre, como alianza
perpetua; yo seré tu Dios y el de tus descendientes» (Gén 17,7).
La línea narrativa de la alianza reaparece de nuevo en el libro del Éxodo. Ahora se
focaliza en un pueblo de pastores esclavizados al que ha sacado de Egipto, a quien pone
una ley para que sea feliz y al que conduce a la tierra prometida. En el Sinaí, Dios
establece una alianza con el pueblo que él ha liberado. Tiene también una serie de
elementos que la hacen distinta de las anteriores. En primer lugar se nos dice que Dios
«se acuerda» de la alianza hecha con los antepasados. Dios no se desentiende; Él ha ido
acompañando a su pueblo y decide intervenir. «Oyó Dios sus gemidos, y se acordó Dios
de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob» (Éx 2,24). Debemos notar que Dios tiene que
explicarle a Moisés quién es, porque se supone que nadie le ha hablado de él, ya que se
había criado en la corte del Faraón. Dios dice que «ha recordado» la alianza hecha con
sus antepasados: «Habló Dios a Moisés y le dijo: “Yo soy YHWH. Me aparecí a
Abrahán, a Isaac y a Jacob como El adday; pero mi nombre de YHWH no se lo di a
conocer. También con ellos establecí mi alianza, para darles la tierra de Canaán, la tierra

36
en que peregrinaron y en la que moraron como forasteros. Y ahora, al oír el gemido de
los israelitas, reducidos a esclavitud por los egipcios, he recordado mi alianza”» (Éx 6,2-
5).
Después de la liberación de la esclavitud en Egipto, y tras las primeras etapas del
desierto, en el Sinaí, Dios establece una alianza con su pueblo. A partir de ahora se
comprometen mutuamente: «Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi
alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es
toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Éx 19,5-6).
En el escenario del Sinaí, asistimos a un acto litúrgico. Moisés lee el «Código de la
Alianza» que recoge la Ley de Dios y que él mismo ha escrito (Éx 24,4.7). El pueblo se
compromete diciendo: «Obedeceremos y cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor»
(Éx 24,7); y a continuación toma la sangre de los novillos que han sacrificado
ritualmente, y con ella compromete al pueblo: «Entonces tomó la sangre y roció al
pueblo diciendo: “Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros
mediante todas estas palabras”» (Éx 24,8).
Tras la línea narrativa, la línea teológica aparece con fuerza en el libro del
Deuteronomio. Por una parte se trata de una alianza «gratuita». No es una alianza
«interesada» por parte de Dios, sino porque se basa en una «elección» por puro amor:
«El Señor se fijó en vosotros y os eligió no porque fuerais más numerosos que los demás
pueblos, pues sois el más pequeño de todos, sino por el amor que nos tiene y para
cumplir el juramento hecho a vuestros padres» (Dt 7,7-8).
Por otra parte es una alianza exigente y condicionada. Dios ama a su pueblo pero es
un Dios exigente, «celoso»; pero no lo hace por ser déspota, sino porque es la única
forma de que el pueblo de Israel no perezca, de que no corra la misma suerte que los
pueblos vecinos: «Guardaos, pues, de olvidar la alianza que YHWH vuestro Dios ha
concluido con vosotros, y de haceros alguna escultura o representación de todo lo que
YHWH tu Dios te ha prohibido, porque Dios es celoso» (Dt 4,23).
Los profetas son celosos guardianes de la alianza de Dios con su pueblo. Jeremías
entiende que la destrucción de Jerusalén y la pérdida del reino y de la tierra es
consecuencia de que el pueblo no ha observado la Alianza: «Han reincidido en las
iniquidades de sus antepasados, que se negaron a escuchar mis palabras; también estos se
han ido tras dioses extraños para servirlos. La casa de Israel y la casa de Judá han
violado mi alianza que yo había hecho con sus padres» (Jer 11,10).
La ruina de Jerusalén no es casual, sino que para Jeremías es responsabilidad del
pueblo porque ha abandonado su alianza. «Y cuando pasen muchas gentes junto a
Jerusalén y se pregunten: “¿Por qué el Señor ha tratado así a esta ciudad?”, se
responderá: Por haber abandonado la alianza del Señor, su Dios, para adorar y servir a
dioses extraños» (Jer 22,8).
Pero Dios no abandona su alianza, sino que anuncia una nueva. Con él entronca la
teología cristiana, que ve en Jesús el cumplimiento de esta profecía:
«Vienen días –dice el Señor– en que yo haré con la casa de Israel
y la casa de Judá una alianza nueva.

37
No como la alianza que hice con sus padres
cuando los tomé de la mano y los saqué del país de Egipto,
alianza que ellos violaron, por lo cual los rechacé –dice el Señor–.
Esta es la alianza que haré con la casa de Israel
después de aquellos días –dice el Señor–:
pondré mi ley en su interior, la escribiré en su corazón,
y seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,31-34).

El segundo profeta es Ezequiel. El pueblo no se halla hundido. Sólo piensa: «Nuestros


huesos están calcinados, nuestra esperanza se ha desvanecido» (Ez 37,11). Este pueblo
que se considera muerto, sin futuro, escucha la visión de los huesos secos (Ez 37,1-14).
Pero hay algo más importante: Dios establecerá entonces una «alianza eterna» y habitará
permanentemente con su pueblo: «Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna,
y pondré mi santuario en medio de ellos (...). Sobre ellos estableceré mi morada, yo seré
su Dios y ellos serán mi pueblo» (Ez 37,26-27).
¿Acaso Dios no ha cumplido la promesa de Jeremías según la cual Dios haría una
«nueva alianza» con su pueblo? En el evangelio encontramos dos líneas de reflexión. La
primera el relato de la Última Cena; la segunda, más compleja, la de la Carta a los
hebreos.
Cuando Jesús celebra la Pascua con sus discípulos, e instaura la Nueva Pascua, la
Eucaristía, Marcos y Mateo nos dicen que la entiende como actualización de la
«alianza». «Esta es mi sangre, la sangre de la alianza que será derramada por todos para
remisión de los pecados» (Mt 26,28; cf Mc 14,24). Sin embargo, Lucas y san Pablo, en
continuidad con el profeta Jeremías, dicen que en la entrega de Jesús, conforme a sus
palabras, se realiza la «nueva alianza» prometida por Dios: «De la misma manera el
cáliz, después de la cena, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre,
que es derramada por vosotros”» (Lc 22,20; cf 1Cor 11,25).
El autor de Hebreos sigue una línea de reflexión distinta. Para él la «primera alianza»,
la del Sinaí, se ha revelado como «imperfecta» y como «incapaz». Las antiguas
instituciones quieren el perdón, pretenden alcanzar la salvación, pero no lo consiguen.
Por el contrario, la obra de Cristo alcanza el perdón de Dios. Dos elementos
fundamentales: frente a la exterioridad de los sacrificios de la primera Alianza, Jesús se
entrega «a sí mismo». Hoy diríamos que es una entrega «existencial». Por otra parte, los
sacrificios de animales son provisionales, pues esperan la intervención definitiva de
Dios; la entrega de Cristo es única e irrepetible, no hay que esperar otra ni debemos
esperar a otro. Jesús «cumple la Nueva Alianza». El Nuevo Testamento no entenderá la
vida de Jesucristo en continuidad con la línea sacerdotal, levítica, sino en línea con el
Siervo de YHWH. La salvación de Cristo no viene por el cumplimiento perfecto de las
normas establecidas para el Sumo Sacerdote, sino por su entrega existencial: «Por eso es
el mediador de una nueva alianza, a fin de que, consiguiendo con su muerte el perdón de
los delitos cometidos en el tiempo de la primera alianza, aquellos que son llamados
reciban la herencia eterna prometida» (Heb 9,15).

Descubrir la Biblia y rezar con ella

38
1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Profundizar en la estrecha comunión y continuidad
que existe entre la alianza del Antiguo y Nuevo Testamento.
No son dos alianzas distintas, sino una sola que se culmina en
Jesucristo.
Propuestas de diálogo:
¿Qué entendemos humanamente por «alianza»? ¿Cuántas
partes intervienen? ¿Hay pactos, promesas, acuerdos? ¿Hay
condiciones favorables a uno u otro? ¿Se puede romper por
una de las partes? ¿Cómo reacciona la otra?
¿Qué alianzas establece Dios en la Biblia, tanto con su
pueblo como con distintas personas? Se puede leer como
apoyo Gén 9,8-17; Gén 17,1-11; Éx 19,3-6.
¿Con qué rito se ratificaba la «alianza»? ¿Podemos decir que
Israel guardó siempre la «alianza» que prometió cumplir en
el Sinaí? Leer Éx 24,3-8.
2. Orar con la Biblia:
Texto para orar: Jer 31,31-34; Lc 22,20.
¿Qué echa en cara Dios a su pueblo?
¿Dónde será escrita la nueva alianza?
¿En qué consistirá la nueva alianza?
¿Hay continuidad entre la promesa de la alianza hecha en
Jeremías y las palabras de Jesús en la Última Cena?

«UNA ALIANZA ESCRITA EN EL CORAZÓN»


Un gesto de complicidad,
cuando los dos rivales se estrechan la mano
y prometen que no van a ser beligerantes.
Un gesto de paz,
cuando dos enemigos se abrazan
y sellan el deseo de las buenas intenciones.
Un gesto de amor,
cuando el esposo pone el anillo a la esposa
proclamando que se pertenecen y se quieren.
Un gesto de confianza en el hombre,
cuando en tu misericordia te abajas, Señor,
para estrecharnos, abrazarnos,
decirnos que nos pertenecemos.
¡Somos tu pueblo y Tú eres nuestro Dios!
Ayúdanos a comprender, Señor,
que la Alianza iniciada en el Sinaí
ha llegado a su plenitud
en la vida entregada de Jesús.
Que podamos gritar con la cabeza erguida:
¡Somos tu pueblo y Tú eres nuestro Dios!

39
2. Esta historia es «mi historia»

Con frecuencia cuando leemos lo que les sucede a ciertos personajes bíblicos nos vemos
reconocidos. Decimos que «eso mismo me ha pasado a mí». A veces hemos esperado
durante largo tiempo las promesas de Dios, como Abrahán; otras veces nos hemos
sublevado contra Dios como Jeremías, o hemos querido enmendarle la plana, como
Jonás. Vamos a presentar estos tres personajes siguiendo un mismo esquema. Primero
miraremos nuestra propia experiencia; luego veremos el personaje tal como nos lo
presenta la Biblia; por último reflexionaremos sobre nosotros mismos.

Abrahán: de la búsqueda a la obediencia


La experiencia humana nos dice que con frecuencia nos encontramos con personas
inquietas. Inquietas por su futuro porque tienen ambición, o inquietas por las grandes
preguntas que una y otra vez vuelven a su vida. Puede ser que esta persona, si es
religiosa, busque una palabra en Dios. Pero, ¿qué Dios? ¿Vale con el Dios de los padres?
¿Es suficiente la fe heredada o hay que ponerse en camino? ¿No es mejor conformarse
con lo que ya sabemos? ¿Y si en el camino se pierden incluso las pocas seguridades que
nos quedan? ¿Hay que fiarse de los otros o hay que rechazar? ¿Hay que partir de las
seguridades o es mejor no fiarse de nada ni de nadie, el escepticismo absoluto? ¿Juega
Dios con nuestros sentimientos?
Abrahán es descrito como alguien que vive en su casa con su familia. Debemos
suponer, por tanto, que tiene sus seguridades. Podría llevar su vida sin más
complicaciones. Podría seguir la religión de sus padres. Un día escucha una llamada que
le dice: «Ponte en camino a la tierra que yo te mostraré» (Gén 12,1). Es lo mismo que
decir: desinstálate, muévete, deja tus seguridades y arriésgate. Es más. Parece que Dios
se está riendo de él, porque las dos promesas son absurdas: a una persona anciana cuya
mujer es estéril le dice que va a ser padre de una multitud como las arenas de la playa o
las estrellas del cielo. A una familia de itinerantes les promete que les dará una tierra y
que la habitarán (Gén 15,1-5.18; 22,17). Abrahán puede tener el pecado de la osadía, de
la imprudencia... o puede correr el riesgo de la fe. Abrahán se arriesga a pesar de que su
mujer, Sara, se burla de él. Abrahán tiene la osadía de albergar en su casa a unos
personajes extraños e invitarlos a la mesa; ellos serán los que anunciarán una buena
noticia tantas veces esperada y tantas veces frustrada: va a ser el padre de un niño (Gén
18,10-15). Cuando la promesa de Dios parece que se va a cumplir, parece que Dios se
riera de nuevo del pobre y buen Abrahán: quiero que sacrifiques a tu hijo (Gén 22). La
prueba de que la fe de Abrahán es segura se manifiesta aquí; sabe que Dios no le va a
fallar y decide obedecerle. Es obediencia en la fe; no obediencia ciega a un destino cruel,
sino a una promesa anterior: «Multiplicaré tu descendencia». El «aquí estoy» de
Abrahán (Gén 22,11) no es un juego de palabras, sino una actitud de fe confiada a la vez
que obediente.

40
El «hombre Abrahán» ha pasado a ser modelo del creyente en las tres grandes
religiones monoteístas o proféticas. Es «nuestro padre en la fe». Primero porque creyó
«contra toda esperanza» la promesa que le había hecho Dios. Después porque no dudó
en hacer lo contrario a lo evidente (acepta sacrificar al hijo de la promesa) sólo porque
Dios se lo había pedido. El valor de Abrahán es ponerse en camino; ser un buscador, y
dejar sin miedo que le visitase Dios por medio de aquellos desconocidos. El valor de
Abrahán es la integridad de su vida y la fe en un Dios personal que se le comunica en la
historia, no al margen de la historia. Las personas son mediaciones; unas veces como
estorbo (Sara desconfía), otras como don precioso, aunque largamente esperado: Isaac.
El recorrido de Abrahán es actual porque ninguno de nosotros puede presumir de no
tener que hacer el camino de la fe y de pasar la prueba. Cada uno tendrá las suyas; tendrá
que dejar sus seguridades (la casa paterna, sus dioses) y correr el riesgo de una fe que no
sabes bien dónde te puede llevar. La fe bíblica te llevará a decir «heme aquí», «aquí
estoy» («hinnení») aunque lo digas con los ojos llorosos. La experiencia de Abrahán es
que Dios ni se goza en el sufrimiento ni falla. Su camino es para buscadores, pero
buscadores que saben acoger el misterio del más grande.

Jeremías: la escucha del Dios incómodo


La fe puede ser una alegría, una gozada, una suerte maravillosa... o puede ser fuente de
conflictos, de tristezas, de combates internos. Esta es la experiencia humana. Se puede
dar gracias por el don de la fe, o se puede protestar a Dios diciendo por qué a mí; por qué
yo... ¿Acaso no soy el hazmerreír de la gente? ¿No sería mi vida más feliz si fuera como
todos? Ser creyente no es sinónimo de vivir en paz. Es más; muchas veces es sinónimo
de vivir en tensión, en contradicciones, en confrontación con personas que hacen mofa y
escarnio.
Jeremías ha pasado a la historia por ser un personaje amargado: «Lloras más que
Jeremías», se dice aún en algunos sitios. En efecto, de él nos han llegado las
«confesiones», que son, sin duda, sus textos más significativos (Jer 11,18–12,6; 15,10-
21; 17,14-18; 18,18-23; 20,7-18). Jeremías es un «hombre de Dios desde el seno
materno» (Jer 1,5). No podemos decir, por tanto, que sea un converso, o un trabajador
«de la última hora», como dirá la parábola del evangelio. Jeremías ha recibido la
vocación siendo aún un muchacho y la ha aceptado (Jer 1,6). Vive en una aparente
contradicción: unas veces desea que Dios hable (Jer 15,16); otras lo vive con angustia
(Jer 20,8). Sin embargo su vocación profética le impide callar la voz del Señor (Jer
20,9).
Su misión se convierte con frecuencia para él en burla y escarnio (Jer 15,17-18). Tiene
que nadar a contracorriente; tiene que predicar lo que no quieren oír. Cuando todos,
pueblo y políticos, dicen que la salvación viene de las tropas egipcias, que salvarán a
Jerusalén de su asedio, él dice de parte de Dios que no hay remedio, que el pecado del
pueblo ha llegado a su límite y es mejor que no pongan resistencia. Jeremías es golpeado
y condenado a muerte. Jeremías se enfrenta con un falso profeta que halagaba los oídos
de Jerusalén (Jer 28). Jeremías es el hombre que sufre precisamente por ser fiel a su

41
vocación; por eso grita y protesta y llega incluso a decir que hubiera sido mejor si no
hubiera nacido (Jer 20,14-18). Es un profeta trágico, sufriente, para nada tranquilizador
de conciencias.
Nos podemos preguntar: ¿en qué Dios creemos? El gran riesgo de todos los creyentes
es hacernos un Dios según nuestros prejuicios o a nuestra imagen y semejanza. Puede ser
que nos construyamos un Dios juez y severo, que no transige con el mal hasta el punto
de que está siempre irritado y con mala cara. ¿No será que nosotros somos así y
proyectamos en Dios nuestra forma de ver el mundo y a los demás? Puede ser, por el
contrario, que nos hagamos la idea de un Dios bonachón, el abuelete que es cómplice
con los nietos frente a los padres y les pasa todo, «papá Noel», que va repartiendo
regalos y dulces. El Dios revelado en Jeremías es, sin embargo, un Dios desconcertante y
exigente. Por una parte llama: Jeremías se sabe enviado por Dios; por otra le envía a una
misión que la vive como fuente de tensión. ¿Puede ser esto así? ¿No será mejor no creer?
El Dios de Jeremías es un Dios que no se deja manipular. Jananías es un falso profeta
que dice hablar en nombre de Dios. ¡Tremendo desconcierto! ¿A quién hacer caso?
¿Quién dice la palabra de Dios? ¿El que pronuncia lo que nos gusta o el que dice la
verdad aunque no nos guste y nos moleste? El Dios bíblico da la felicidad, da la vida; su
Palabra es verdadera, pero esto no quiere decir que sea siempre agradable a nuestros
oídos o que coincida con nuestras apetencias en cada momento. ¿Cuando leo la palabra
de Dios la siento como interpelante o como droga calmante que me da la razón?

Jonás: las convicciones contrariadas


Las personas solemos tener unas ideas fundamentales en torno a las cuales organizamos
nuestra vida: son nuestros principios. Principios éticos, principios religiosos, principios
políticos. En la infancia los recibimos de nuestros padres, profesores y entorno social. En
la adolescencia decidimos que no valen y que queremos tener los nuestros propios. En la
juventud tenemos principios universales y por lo general generosos. En la madurez
aparece la sensatez y vamos aquilatando los que moverán el resto de nuestra vida. Por
eso mismo, cuando una persona que tiene más o menos claro lo que piensa y ve que de
repente todo se le cae... decimos que se le «caen los palos del sombrajo». Contamos con
imprevistos, con dificultades, pero no con que se nos vengan abajo las columnas sobre
las que edificamos nuestra vida.
Jonás es una buena persona y un buen judío. Sabe qué agrada a Dios y qué le
contraría. Sabe que Dios es justo, que premia y castiga. Es más, ha recibido de Dios
mismo una palabra profética. Por lo cual debería sentirse privilegiado y halagado. Jonás
conoce bien la política de su tiempo y ha oído hablar de Nínive, la gran ciudad impía
donde abundan los ídolos abominables, donde la gente no respeta los mandamientos de
Dios y donde la sangre se derrama por doquier. Nínive está, sin duda, llamada a la
destrucción. La palabra de Dios le dice, sin embargo, que tiene que ir a Nínive para que
anuncie un castigo venidero, el pueblo tenga tiempo de convertirse y se pueda salvar.
Jonás no sólo no lo entiende, sino que se niega a obedecer: Nínive debe ser destruida.
Jonás desobedece y huye; se va justo hacia el oeste, hacia Tarsis, para huir de la misión.

42
Después de muchas peripecias Jonás predica la conversión y Nínive se convierte. Como
el hermano mayor de la parábola de Lucas, Jonás se enfada (4,1) y le pide a Dios que le
quite la vida porque su soberbia no soporta ver que los pecadores se hayan salvado. Por
segunda vez, Dios le corrige. Por medio de una ramita de un árbol donde se había
cobijado y que se había secado, el Señor le hace comprender a Jonás dónde está lo
importante y dónde lo secundario.
Volvamos a nuestra experiencia creyente. No es demasiado difícil encontrar entre
gentes religiosas personas que se atreven a enmendar la plana a Dios. Cuando se insiste
en que el Dios bíblico es un Dios de amor y de misericordia, no falta quien diga: «Sí,
pero antes es justo». A Dios le salen con frecuencia abogados que lo quieren defender y
que corrigen otros textos bíblicos. Son como Jonás, que se enfada porque Dios es
misericordioso y él está convencido de que se ha equivocado. La fe supone no el decirle
a Dios cómo tiene que actuar, o cómo debe comportarse en el mundo, sino en abrirse a
su acción siempre desconcertante a la vez que iluminadora. El Dios bíblico no permite
ser reducido a un ídolo que cogemos y dejamos, que castigamos o premiamos, que
engañamos con nuestras mentirijillas y que le hacemos ir por donde nosotros queremos.
Todo lo contrario. El Dios que se revela en la Biblia es desconcertante e inquietante a la
vez; por eso, cuando una persona vive la fe como «autocontrol» de sus estados anímicos,
cuando reduce la fe a «estados psicológicos», ¿podemos decir que escucha de verdad la
palabra de Dios?

43
Descubrir la Biblia y rezar con ella
1. Descubrir la Biblia:
Objetivos: Descubrir cómo Dios rompe esa inercia que lleva a
los pueblos a creerse únicos o superiores a los demás. La
salvación de Dios es universal; no exclusiva de ningún pueblo.

2. Orar con la Biblia:


Propuesta: Leer el libro de Jonás, siguiendo estas o parecidas
preguntas:
¿Por qué Jonás no quiere anunciar la conversión en Nínive?
¿Qué imagen de Dios tiene Jonás?
¿La salvación es exclusiva de un pueblo?
¿Por qué se enfada Jonás con Dios?
¿Cómo le va llevando poco a poco Dios a Jonás para que
reconsidere su postura?
¿El libro de Jonás responde a situaciones actuales? ¿Cuáles?

«UNA ALIANZA ESCRITA EN EL CORAZÓN»


Un gesto de complicidad,
cuando los dos rivales se estrechan la mano
y prometen que no van a ser beligerantes.
Un gesto de paz,
cuando dos enemigos se abrazan
y sellan el deseo de las buenas intenciones.
Un gesto de amor,
cuando el esposo pone el anillo a la esposa
proclamando que se pertenecen y se quieren.
Un gesto de confianza en el hombre,
cuando en tu misericordia te abajas, Señor,
para estrecharnos, abrazarnos,
decirnos que nos pertenecemos.
¡Somos tu pueblo y Tú eres nuestro Dios!
Ayúdanos a comprender, Señor,
que la Alianza iniciada en el Sinaí
ha llegado a su plenitud
en la vida entregada de Jesús.
Que podamos gritar con la cabeza erguida:
¡Somos tu pueblo y Tú eres nuestro Dios!

44
3. Dios nos sale al encuentro

Una tercera forma de leer la palabra de Dios por nosotros hoy es plantearla desde el
término «encuentro». Se trata de una palabra positiva a la vez que muy abierta. Del
encuentro de dos personas puede surgir una nueva historia, a primera vista inesperada o
impensable. De los encuentros nace todo lo posible. Dios lo puede hacer todo nuevo,
precisamente provocando estos encuentros.

El encuentro con el Resucitado


Podemos comenzar este punto con un juego de palabras. ¿Es lo mismo «encontrarse»
con los vecinos por las escaleras que «tropezarse» con ellos? ¿Es lo mismo «conocer a
una persona» (quién es, cómo se llama) que «un encuentro» con ella? ¿Es lo mismo tener
«un encuentro» que un «encontronazo»? ¿Es lo mismo «estar a gusto» que «encontrarse
a gusto»?
Podemos seguir jugando con las palabras. Podemos «perder» y «encontrar» un objeto,
un amigo. También decimos de nosotros mismos «que no nos encontramos bien», o que
«estamos perdidos, que no nos encontramos». Hablamos incluso de «punto de partida»
en un viaje, en un trabajo, y «punto de encuentro», donde esperamos llegar todos o
coincidir si es preciso.
El «encuentro», en nuestro lenguaje corriente, no es un tropiezo casual e
insignificante, que se dé o no se dé, da lo mismo. No es lo mismo conocer datos sobre
una persona que encontrarse con ella. El encuentro supone una relación, el encontronazo
tiene sentido peyorativo, incluso molesto. Uno puede estar a gusto en el cine; otra cosa
es «encontrarse a gusto» con un grupo de personas, charlar, compartir. Con frecuencia
llevamos una vida rutinaria, hacemos siempre lo mismo o parecido, no pasa nada que
nos cambie el ritmo. Y decimos no sé qué me pasa pero «no me encuentro a gusto».
Podríamos decir que toda la Sagrada Escritura es el «encuentro» de Dios con el
hombre: Dios nos sale al «encuentro» en la creación. Después del pecado nos vuelve a
salir al «encuentro» en la elección de Abrahán, de Israel. Cuando parecía que la
humanidad había perdido el rumbo, nos regala a Jesucristo como «encuentro» definitivo
de Dios con cada uno de nosotros.
El Antiguo Testamento está atravesado de «encuentros» entre Dios y una persona. Son
«encuentros» transformadores, decisivos. En todos hay un antes y un después. Al
patriarca Abrahán el encuentro con Dios le hace dejar tierra y familia y ponerse en
camino sin saber bien dónde iba. A Moisés le hace volver a Egipto, de donde había
huido, para que libere a su pueblo. A Isaías se le aparece en el Templo de Jerusalén y le
constituye como profeta.
El Nuevo Testamento está atravesado igualmente de «encuentros»: María dice «sí» a
Dios y le cambia radicalmente la vida. Jesús se encuentra con Pedro y Andrés y les hace
pescadores. Se encuentra con Mateo, con la pecadora, con Zaqueo, y dejan atrás su mala

45
vida. Se encuentra con leprosos y ciegos, sanándoles. Se encuentra con Nicodemo, que
es un sabio y cree que no le queda nada por ver ni por hacer, y con la Samaritana, que ha
pasado por muchas experiencias (cinco maridos), pero que tiene una sed profunda e
insaciable.
Los encuentros con Dios, si son verdaderos, si no son fruto de una experiencia
psicológica, si no son meras apreciaciones emocionales... cambian la vida. Los
encuentros con Jesús en el evangelio cambian la vida de las personas que se dejan
alcanzar por él. Hoy, Jesús resucitado, sale al paso de muchas personas; como dice el
texto de Emaús, «se hace el encontradizo». Si el encuentro con el Resucitado es
verdadero, nada es igual. La impronta que deja es imborrable e imperecedera. La fuerza
del Resucitado nos convierte en «discípulos» aunque humanamente seamos personas
débiles, marginadas, acomplejadas o timoratas.

El ciego de Jericó: de «excluido» a «discípulo»


El esquema que vamos a seguir tanto en la lectura de este texto del ciego de Jericó (Mc
10,46-52) como en el que sigue, el de Zaqueo, tiene cuatro partes: primero ver la escena;
luego pararnos a ver los personajes y cómo actúan; en tercer lugar ver cómo se
manifiesta el plan de Dios; por último, descubrir qué nos dice a nosotros, cuál es su
«buena noticia».
La situación. El evangelista Marcos sitúa a Jesús saliendo de Jericó para comenzar el
camino de subida a Jerusalén. Va acompañado de sus discípulos en medio de una
«muchedumbre». Un ciego que está «fuera del camino», al enterarse de que es Jesús pide
que intervenga a favor de él. Jesús parece que oye pero no actúa; se hace de rogar a la
vez que hace una pregunta «extraña»: ¿qué quieres de mí? El ciego expresa una petición
que tiene carácter universal: poder ver. Jesús eleva la curación a categoría de
«salvación». El ciego se incorpora al «camino» y le sigue: es un nuevo discípulo.
Los personajes. Los dos principales son el ciego, de quien se nos dice que es mendigo,
y además lo identifica como «el hijo de Timeo» o «Bartimeo», y Jesús. El ciego es
presentado por Marcos como una persona que pide «compasión» de forma obstinada,
insistente. A diferencia de otras curaciones, en esta no hay «gestos» o «signos» por parte
de Jesús, sino que tenemos un encuentro: el ciego es llevado por otros, tira el manto, da
un brinco; luego pide lo que necesita: recuperar la vista; por último pasa de ser un
«excluido» a un «discípulo». Jesús, por su parte, es presentado casi de forma
impertinente, pues en principio no quiere actuar; sólo ante la insistencia acepta que se lo
lleven. En el centro del evangelio hay un juego con el verbo «llamar»: la llamada de
Jesús y el posterior encuentro salvador cambia la vida de aquel hombre.
La gente. La muchedumbre juega un papel ambiguo. Primero le impiden ver a Jesús;
luego le llevan a Jesús. Es la vida misma. El plan de Dios. Un hombre sentado «al borde
del camino» es un hombre «excluido» de la salvación; un hombre reintegrado al camino
es un hombre «salvado». ¿Qué ha pasado en medio? Que ha tenido lugar un encuentro.
Tres palabras fundamentales: «compasión», «llamada» y «salvación».
Jesús «se compadece» de la gente porque le duele la gente; así aparece continuamente

46
en los evangelios sinópticos. Sin embargo, en un primer momento no actúa; es necesario
pedir, rogar a Jesús que ponga su mirada sobre la persona necesitada y que se
compadezca de él. Jesús aparece en los tres sinópticos encarnando la compasión de Dios;
de esta forma revela las «entrañas de misericordia» de Dios. La segunda palabra es la
llamada, que aparece tres veces seguidas. Otras veces todo se juega en el «ver», en la
«mirada». En esta ocasión todo se juega en el «llamar», en el «saberse llamado» y en la
capacidad de escuchar y obedecer. La fe es un diálogo entre dos personas y dos
voluntades; es un encuentro que necesita la provocación y la escucha. Por último, la
tercera palabra es «salvación». La fe del ciego en Jesús, su capacidad de escuchar y de
dejarse transformar por él hacen que sea un encuentro único y definitivo. Es un
«encuentro salvador». Aquí radica la novedad del evangelio.
¿Qué me dice este texto? Muchas veces pensamos que no somos «dignos» de seguir a
Jesús. Parecería que el evangelio es para gente «más noble», de ideales superiores. El
texto, sin embargo, nos presenta cómo un mendigo pasa a ser discípulo. No se trata tanto
de una lectura de «integración social», que también lo es, sino de «transformación». De
marginado a integrado; de estar «afuera» a ser «discípulo».
Debemos notar, como hemos indicado repetidamente, que Jesús no actúa hasta que el
ciego no se lo pide. ¿Acaso quiere decir san Marcos que Jesús necesita de nuestra
súplica, que se lo pidamos? ¿Acaso quiere decir que no hace nada sin nosotros, que no se
trata de una intervención «mágica»? Jesús necesita que le invoquen, que le llamen; que
expresen su grito y su necesidad. Hay que aprender a pedir.
En el centro, la llamada. Puede ser que gritemos a Dios en nuestra oración, pero de
forma pasiva, sin querer salir de nuestra postración. El evangelio juega con la llamada:
Jesús llama; la gente hace de intermediario y le llama; el ciego escucha la llamada y se
lanza, se incorpora. Es más, se «despoja» de su manto. Todos nosotros sabemos que en
un encuentro de fe hay un saberse buscado, un deseo de responder y una necesidad de
despojarse. Si queremos responder, pero no estamos dispuestos a dejar nada, el
encuentro se hace imposible.
El texto acaba con la realización de la acción salvadora: Jesús da la vista. Pero lo
podemos entender en un doble sentido. El ciego según la carne recupera la visión; el
ciego destruido como persona es recuperado para la vida de Dios.

Llegan a Jericó. Y cuando salía 1. SITUACIÓN


de Jericó, acompañado de sus
discípulos y de una gran Un ciego mendigo y
muchedumbre, el hijo de excluido.
Timeo (Bartimeo), un mendigo Jesús pasa por allí.
ciego, estaba sentado junto al
camino.
Al enterarse de que era Jesús Iniciativa del ciego.
de Nazaret, Grita.
se puso a gritar: Pide compasión.
«¡Hijo de David, Jesús, ten
compasión de mí!».
Muchos le increpaban para que La gente es estorbo.
se callara.

47
Pero él gritaba mucho más: El ciego insiste.
«¡Hijo de David, Grita más fuerte.
ten compasión de mí!». Pide compasión.
Jesús se detuvo y dijo: 2. CENTRO: LLAMADA
«Llamadle».
Llaman al ciego, diciéndole: Jesús se detiene.
«¡Ánimo, levántate! Te La gente llama.
llama». Jesús llama.

Y él, arrojando su manto, Despojo y decisión.


dio un brinco y vino donde
Jesús.
Jesús pregunta.
Jesús, dirigiéndose a él, le dijo:
«¿Qué quieres que te haga?» .

El ciego le dijo: «Rabbuní, Deseo de ver.


¡que vea!».
Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha 3. CONCLUSIÓN
salvado».
Y al instante, recobró la vista Jesús salva.
y le seguía por el camino. El ciego es discípulo.

Zaqueo: «hoy» quiero «hospedarme» en tu casa


Zaqueo es uno de los personajes más interesantes del Nuevo Testamento (Lc 19,1-10).
San Lucas, en pocos versículos, plantea una situación real; se mete en la psicología de
los personajes; nos da un mensaje teológico sobre el plan de Dios y provoca que cada
uno de nosotros tenga algo que plantearse.
La situación. Un hombre marginado en su pueblo, por su condición de «explotador»
público ha oído que llega Jesús a la ciudad y quiere verle. Él pone todo de su parte,
incluso subiéndose a un árbol, porque era pequeño. Jesús le llama y le pide «hospedarse»
en su casa. El encuentro es definitivo, pues la vida de Zaqueo cambia.
Los personajes. Zaqueo, un individuo de mala reputación e incluso odiado, quiere ver
a Jesús pero la gente «se lo impide». La «gente» juega en este evangelio dos papeles:
primero impide que Zaqueo llegue a Jesús; un poco más adelante critica con dureza a
Jesús porque se hospeda en casa de un pecador público, participando así de la impureza
legal de Zaqueo. Jesús aparece con soberanía: levanta los ojos, le ve y le llama, con
autoridad. No le recrimina nada sino que le dice escuetamente que quiere «hospedarse en
su casa». La sentencia última de Jesús es contundente: hoy ha llegado la salvación a esta
casa.
El plan de Dios. En el texto se deja entrever el plan de salvación de Dios. Zaqueo
«busca ver» a Jesús, y al final del texto Jesús dice que su misión (la del Hijo del
Hombre) es «buscar lo que está perdido». Nosotros buscamos y Dios nos busca antes.
Creemos que la iniciativa es nuestra, como Zaqueo, y antes de que nos atrevamos a
pedirle que venga a nuestra casa, Dios se invita solo: «Voy a hospedarme en tu casa». La
misión de Jesús es de salvación; así se desprende del texto, donde las palabras de Jesús,
al final, repiten por dos veces este término: «Hoy ha entrado la salvación en esta casa» y

48
«el Hijo del Hombre ha venido a salvar»; es más, podríamos incluso decir que como
fruto del encuentro salvador, Zaqueo toma una decisión drástica en su vida: dar la mitad
de los bienes a los pobres e incluso cuadriplicar la cantidad estafada. La conversión
prosigue al encuentro con Jesús, no al revés. Por último podemos fijarnos en el «hoy»,
que aparece en dos ocasiones. Es un «hoy teológico», que se repite en el evangelio de
Lucas. La salvación es para «hoy», no se puede posponer; cada persona tiene su «hoy»
de encuentro con Jesús.
¿Qué me dice este texto? Podemos jugar, todavía, con el verbo «ver». El texto
comienza jugando con este verbo: Zaqueo busca ver a Jesús, pero no podía verlo. Sin
embargo es Jesús el que lo ve, cuando levanta los ojos. El tema de la mirada aparece con
frecuencia en el evangelio de Lucas. El buen samaritano es el único que «ve» al hombre
tirado en el suelo y se compadece, mientras que el sacerdote y el levita lo «ven» pero dan
un rodeo. El padre de la parábola de los dos hijos (conocida como la del «Hijo
pródigo»), «ve» a su hijo a lo lejos, se compadece y sale corriendo para echarse a su
cuello. Hay que educar la mirada. Con frecuencia «queremos ver», como Zaqueo; la
gente no nos ayuda, o incluso llega a estorbarnos. Pero es Jesús «el que nos ve», el que
nos ve y nos invita.
Un segundo aspecto que ilumina nuestra vida es el de «dar hospedaje» en nuestra
casa. Normalmente suelen entrar en ella los que están invitados; otras veces están los
«ocupas», que entran sin avisar o sin permiso. Zaqueo se ilusiona, pero no se atreve a
pedirle nada, se siente indigno o marginado. Puede ser incluso que lo desee; el texto dice
que «buscaba ver a Jesús». Lo precioso y desconcertante es que nosotros no nos
atrevemos, y es Jesús el que nos lo pide.
Un tercer aspecto es el de la conversión. La conversión es posible, aunque nos pongan
trabas o dificultades. La conversión no es un estado anímico sino una toma de decisión,
fruto de un encuentro. El «hoy» de Jesús es oportunidad siempre abierta a la vez que nos
exige una respuesta, que no podemos posponer sine die.
Para que veamos qué bien escrito está el texto, podemos fijarnos en algunos detalles:
el verbo «buscar» aparece dos veces, al principio y al final del texto; la primera se refiere
a Zaqueo, la segunda a Jesús. San Lucas juega también con el verbo «hospedar»: Jesús
lo pide explícitamente, Zaqueo lo deja entrever diciendo que lo recibió muy contento, y
la gente critica «que se hospede». El adverbio «hoy» lo encontramos en el centro del
texto y al final; las dos veces en boca de Jesús. Por último, la sentencia final de Jesús
deja explícita su misión: él ha venido a salvar, no a condenar.
1 1. SITUACIÓN
Entró en Jericó y andaba por la
ciudad.
2 Un hombre muy
Había allí un hombre, llamado
Zaqueo, pecador.
jefe de publicanos y rico. Quiere ver a Jesús.
3 La gente se lo impide.
Buscaba ver a Jesús, pero no
podía por la gente, Él hace todo lo que
porque era bajo de estatura. puede.
4
Se adelantó y se subió a un
sicómoro para poder verlo, porque
iba a pasar por allí.

49
5 2. CENTRO
Cuando Jesús llegó al lugar,
levantó los ojos y le dijo:
Jesús toma la iniciativa.
«Zaqueo, baja enseguida, porque Hoy.
hoy tengo que hospedarme en tu Hospedarme.
casa». Tu casa.
6 Aceptación de la
Bajó enseguida y lo recibió muy
contento. invitación.
7 La gente murmura.
Al ver esto, todos murmuraban y
decían: Jesús se hospeda en su
«Se ha hospedado en casa de un casa.
pecador».
8 Zaqueo reacciona.
Zaqueo, puesto en pie, dijo al
Señor: Lo confiesa como
«Señor, voy a dar la mitad de mis «Señor».
bienes a los pobres; y si he estafado Consecuencias.
a alguien, le devolveré cuatro veces
más».
9 3. CONCLUSIÓN
Jesús le dijo:
«Hoy ha entrado la salvación en
esta casa, La salvación es para hoy.
porque también este es hijo de Jesús explicita su misión.
Abrahán.
10
El hijo del hombre ha venido a
buscar
y a salvar lo que estaba perdido».

50
Descubrir la Biblia y rezar con ella
1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Partiendo de que la fe nace del «encuentro» con
Jesús, dialogar sobre la experiencia personal de Jesús en
nuestra vida.
Propuestas de diálogo:
¿Crees que la persona de Jesús sigue suscitando interés? ¿En
qué lo notas? Frases que se oyen, libros, reportajes,
conferencias, etc.
¿Qué visión tiene de Jesús la gente con la que te relacionas?
¿Son visiones personales, repetidas de lo que oyen? ¿Son a
veces un poco «reduccionistas»: sólo hombre, sólo Dios,
etc.?
¿Qué supone para ti confesar que Jesús es el Mesías, el Hijo
de Dios? ¿La fe en Cristo como Señor hace que tu vida sea
distinta?
¿Ponemos a Jesús en el centro de nuestra fe cristiana, o lo
situamos a un lado, en los márgenes de nuestra vida
creyente?
2. Orar con la Biblia:
Texto para orar: Mc 8,27-30.
«¿QUIÉN ERES, JESÚS?»
Me vuelve la pregunta una y otra vez.
Parece como si no sirviera la respuesta
que di hace años, siendo aún un niño.
Se queda insuficiente,
porque la vida cambia y la fe pide una nueva luz.
¿Un rebelde con mala suerte,
cuya fama –inexplicablemente– perdura?
¿Un hombre misterioso,
prisionero de distintos credos?
¿Un profeta de tiempos que nunca llegan?
No sirven las respuestas de otros.
Tampoco basta con repetir frases hechas.
Menos aún soporto a quienes te quieren usar
para sus fines no siempre claros.
¿Por qué mi corazón desea conocerte?
¿Por qué mi mente busca tu verdad?
¿Por qué te rezo y quiero seguirte?
Déjame, como Pedro, mirarte a los ojos
y decir con voz queda pero segura:
«Tú eres el Mesías». «Tú eres mi Señor».
«En ti pongo mi esperanza». «Tú eres el Hijo de Dios».

51
52
III. La Antigua Alianza

53
1. La Palabra recordada y narrada

La historia en la Biblia no es un elemento transversal sino troncal. Incluso los no


creyentes o los que se mueven por motivaciones puramente científicas o culturales
aceptan que la Biblia encierra una buena parte de la historia de la humanidad que nos
puede servir para interpretarnos a nosotros mismos, nuestra cultura y nuestras raíces más
o menos lejanas. Podemos leerla como un testimonio no sólo del pueblo de Israel, sino
también de nuestra propia historia.

Crónica, historia y narración


En la Biblia hay poesía, hay profecía, hay reflexión y hay también extensos bloques
históricos. No podemos echar en saco roto todo este cúmulo de recuerdos transmitidos
en cantos y en narraciones; de información contrastada con hallazgos arqueológicos o
con la historia comparada de los pueblos vecinos. La Biblia contiene libros, narraciones
y datos históricos, si bien con unas notas peculiares. Ahora bien, ¿podemos leer toda la
Biblia como una «historia» tal como lo entendemos hoy? ¿Podemos decir que los relatos
del Génesis son «históricos» como los que nos hablan de la caída de Jerusalén bajo los
babilonios? En primer lugar, una lectura histórica de la Biblia debe tener en cuenta los
mismos argumentos de crítica histórica que se aplican a otros textos; ni más ni menos.
En segundo lugar, una lectura histórica de la Biblia debe respetar la distancia cultural no
sólo en las costumbres, sino a la hora de narrar su memoria colectiva. En tercer lugar, la
Biblia no tiene como fin ser un «manual de historia de Israel», aunque la vida real del
pueblo esté bajo los textos, sino la historia de la salvación de Dios. Además de lo dicho,
encontramos algunas cuestiones que debemos resolver. Si el lector de estas líneas conoce
la Biblia, sabrá que tenemos narrada la misma historia del pueblo en dos ocasiones. Una
en el gran bloque que va desde el Génesis hasta el segundo libro de los Reyes. De nuevo
encontramos la narración repetida de la historia de Israel en los dos libros de las
Crónicas (1-2Crón). ¿Por qué este enorme esfuerzo de volver a escribir la historia del
pueblo si ya estaba escrita?
Debemos hacer una serie de precisiones y relaciones que nos ayuden a encuadrarla en
su sentido original y en su importancia para el hombre actual. Es necesario distinguir
entre «crónica» e «historia», entre la historia como «ciencia positiva» y la «narración
histórica». La primera distinción, entre «historia» y «crónica», está marcada porque son
dos géneros literarios distintos. La «crónica» de un suceso busca describir con el mayor
lujo de detalles un hecho o una narración continuada de hechos. Si el autor es bueno
conseguirá atrapar la atención del lector y este pondrá en funcionamiento toda su
imaginación, que lo recreará. Al cronista se le exige que los datos sean minuciosos, bien
documentados y que estén contrastados. No se le permite que haga afirmaciones ligeras,
pero no se le pide que entre en análisis sesudos ni que los relacione con datos
provenientes de otras fuentes. La «historia» en su acepción moderna tiene en común con

54
la crónica que se le pide rigor en la narración. En ninguno de los dos casos se permite
recrear los acontecimientos, pero la historia tiene criterios propios: busca profundizar en
las causas que han dado origen a esa situación. Sus análisis provienen de estudios
económicos, sociales, antropológicos, religiosos. La historia, bien entendida, es maestra
de la vida, porque desentraña los motivos y los motores que van llevando adelante la
vida humana y apunta, aunque sea de forma intuitiva, al futuro. No olvidemos el famoso
aforismo: «El que olvida la historia, está condenado a repetirla». Pues bien, la Biblia no
es una crónica ni una historia en el sentido que acabamos de indicar. El autor del Génesis
en ningún momento pretende describir la Creación, ni mucho menos entrar en
explicaciones científicas que entren en debate con otras propuestas. Tampoco podemos
buscar en los libros de Samuel y Jueces una crónica de las campañas militares de Israel
en la «conquista de la tierra» ni un análisis que explique las razones socioeconómicas de
las guerras entre el Israel naciente y los pueblos vecinos. Sin embargo, y como venimos
insistiendo, los textos bíblicos sí que nos ofrecen una enorme cantidad de huellas que
traslucen datos históricos fiables: noticias de pueblos antiguos desaparecidos (Edom,
Moab, filisteos) y de ciudades (Hazor, Lakis, Hesbón) que conocemos por la
arqueología; descripciones de ritos que se iluminan con la historia comparada de las
religiones y que nos ayudan a conocer mejor la fe de Israel; personajes reales dibujados
magistralmente: David aparece como mercenario y jefecillo caprichoso; también como
rey ambicioso y como pecador arrepentido; tradiciones que encierran tras el envoltorio
del lenguaje preciosas informaciones que se pierden en la noche de los tiempos (la salida
de Egipto); informaciones contrastadas con otras fuentes tales como la distribución del
país en doce provincias por el rey Salomón o la reforma del rey Josías.
Por otra parte debemos distinguir entre «historia y narración». La narración es siempre
una «recreación», bien de hechos reales, bien ficticios. Se puede narrar tanto un
acontecimiento social (una manifestación), como uno político (una sesión en el
Congreso), uno deportivo (la vuelta ciclista), o religioso (una romería). El narrador
introduce al lector/oyente en el contexto, presenta a los personajes, comenta, apostilla,
incluso hace juicios de valor. No se limita a describir lo que ve, sino que introduce
nuevos elementos que tienen que ver con el acontecimiento que quiere transmitir. Pero la
narración puede ser también de hechos ficticios. El escritor imagina una trama, crea unos
personajes a los que asigna unos papeles, les confiere un carácter y desarrolla un
argumento. La trama puede ser policial, de aventuras, también filosófica o psicológica.
En estos tiempos está de moda la novela histórica. El autor recrea de la forma más
fidedigna posible el ambiente. Se documenta acerca de las costumbres que prevalecían
en la época en la que sitúa el relato; se ciñe a las fechas, a los reyes, a los
acontecimientos políticos... Si se trata de escribir sobre un personaje como Claudio o
Alejandro Magno, se documentará bien sobre su personalidad. A partir de ese momento
recrea la historia y la escribe. ¿Es una farsa? En absoluto. El lector sabe que es novela,
pero sabe también que el autor recrea el ambiente y que busca transportarlo a aquel
mundo con la imaginación. No podemos pensar en una «historia en estado puro», sino en
una «historia narrada». Están superadas las tesis del historicismo que tenía la pretensión

55
de poder reproducir la historia sin contaminaciones. En realidad ninguna historia es
neutral, ya que los hechos para que sean inteligibles deben ser verbalizados, y toda
verbalización es una interpretación. No existe más historia que la narrada, por tanto
interpretada.
Pero no todos los acontecimientos entran a formar parte de nuestra historia personal o
colectiva. Un acontecimiento histórico es el que deja huella en la memoria de una
persona o de un grupo, dura en la historia porque se ha descubierto en él un sentido.
Además la trascendencia o intrascendencia de un acontecimiento, su alcance verdadero
en la historia de la humanidad, sólo se descubre con el tiempo. La importancia del
concilio Vaticano II difícilmente pudo ser percibida por Juan XXIII cuando lo convocó;
tampoco alcanzamos a ver del todo las consecuencias del fatídico 11 de septiembre. Sólo
una debida distancia en el tiempo nos ayuda a comprender. Algunos acontecimientos, en
su origen mínimos, tienen la facultad de convertirse en símbolo de todo un conjunto.
Cada pueblo tiene sus referencias y sus héroes: Agustina de Aragón disparando su cañón
es la heroína que ha pasado a la conciencia colectiva cuando hablamos de los Sitios de
Zaragoza. Francia pone como símbolo a Juana de Arco en su lucha contra los ingleses y
más recientemente la toma de la Bastilla en su Revolución. Italia rememora a Garibaldi
y su marcha a Roma como artífice de la unidad de la patria. Gandhi con su rueca, su
boicot a los productos ingleses y su revolución pacífica es el padre de la India moderna.
¿Qué dificultad hay para que el pueblo de Israel vea en Moisés a su libertador y en el
paso del mar Rojo su acontecimiento fundante?
Tampoco estamos ante una narración occidental, sino ante una narración semítica. Por
una parte, el narrador bíblico participa de la cosmovisión del hombre antiguo dispuesto
al «asombro» y al «pasmo», ya que apenas conoce los fenómenos naturales tales como la
lluvia y la sequía; los rayos o los eclipses, el arco iris. El hombre moderno conforme va
explicando los fenómenos naturales va perdiendo la capacidad de la sorpresa. No deben
extrañarnos los relatos cargados de imágenes simbólicas o de explicaciones no
científicas. Por otra, no todas las culturas pensamos la realidad de la misma forma: unos
buscan la perfección, otros se decantan por la imaginación. Unos recrean la realidad,
otros la cantan; unos creen sólo lo que ven, otros creen lo que imaginan. La cultura
semítica carece del sentido de la abstracción. Nosotros, herederos de los griegos,
hablamos de cosas abstractas: concepto de «justicia», de «sabiduría», de «belleza»,
aunque en realidad no existen más que en nuestra mente. Ellos se sirven, por el contrario,
de ejemplos muy concretos. Si a nosotros –occidentales– nos preguntan qué había antes
de que existiera el mundo, responderíamos «nada». Un semita diría: «Un enorme
desierto» (Gén 2,4-5), porque para ellos el desierto es la aridez, la sequedad donde no
puede germinar vida.

Historiografías bíblicas
Israel no es el primer pueblo que pone por escrito su memoria. Tanto los asirios como
los babilonios tenían gran interés por escribir su pasado. ¿Cuáles eran los motivos que
movían a estas naciones a escribir sus anales? Podemos enumerar cinco razones:

56
primero, la propaganda política, narrando sus hazañas y su poder; en segundo lugar, una
finalidad didáctica, que explicara sus leyendas y sus orígenes; también la exaltación del
héroe, cantar sus proezas; en cuarto lugar escriben por utilidad práctica: calendarios,
adivinación; y por último por la conciencia que tienen de la importancia de recordar el
pasado. Si excluimos el cuarto apartado, los restantes nos ayudan a comprender por qué
los israelitas escribieron sobre el pasado. Ahora bien, en el caso de Israel, debemos
añadir una sexta razón, que tiene que ver con la conciencia religiosa de un pueblo que se
entiende a sí mismo en alianza con Dios. Podemos entrever tres tipos distintos de
historiografía bíblica.
Por «historiografía profana» entendemos cuando la historia se desarrolla según sus
fuerzas inmanentes, dirigida por la voluntad de los hombres, sin que en ningún momento
se perciba una intervención extraordinaria de Dios. Es el caso de la división del Reino a
la muerte de Salomón (1Re 12).
Por «historiografía épico-sacral» entendemos narraciones épicas que en Israel se
mezclan hasta confundirse con la fe. Esta forma de escribir la historia tuvo gran
importancia en los primeros siglos de Israel (cf Jue 7,1–8,3), si bien se da en todas las
épocas (cf Is 37,36 comparado con Is 37,37-38) llegando hasta el s. II a.C. (2Mac 3,24-
30). Los ejemplos más significativos son las «sagas de héroes», narraciones centradas en
un personaje famoso por sus hazañas militares: Sansón, Gedeón, etc. Sus rasgos son,
primero, la tendencia a exagerar los datos: los ejércitos son de enormes proporciones; las
dificultades son casi insuperables; el botín conquistado al enemigo es inmenso. Segundo,
son frecuentes los hechos portentosos o incluso los milagros. En tercer lugar, aparece
Dios ocupando el primer plano, por encima del héroe o el protagonista.
«Historiografía religioso-teológica». Pero la historia tal como la concibe Israel no
responde en su totalidad a ninguna de estas dos concepciones explicadas. La historia
bíblica no es una narración neutral o aséptica de los hechos, ni tampoco pretende ser los
anales de ese pequeño pueblo. El tipo de historiografía que predomina en el Antiguo
Testamento es el religioso-teológico o «historia de salvación». Los autores o redactores
han dedicado un enorme esfuerzo a recopilar datos del pasado y a ofrecerlos desde un
punto de vista que no es –ni pretende serlo– el del historiador imparcial, sino el del
teólogo con un mensaje que transmitir y unas ideas que inculcar.

Los hitos históricos de Israel


Son varios los hitos históricos que han marcado Israel y, consecuentemente, su libro y
nuestro libro: la Biblia. Sólo hacemos mención de tres de ellos: el éxodo, la conquista de
la tierra y el exilio. El Sinaí, siendo un elemento muy complejo a la vez que importante,
lo veremos más adelante.
El primero es el éxodo de Egipto, la travesía del desierto, la tierra prometida; el
«éxodo», acontecimiento fundante de un pueblo libre que marcará el resto de su vida. El
segundo es el destierro o exilio en Babilonia, acontecimiento que dará lugar a un
renacimiento de la fe yahvista con nuevas perspectivas: el judaísmo, con su texto, su
exigencia en torno a la Ley, su diferenciación del resto de los pueblos mediante la

57
observancia del sábado. El hecho fundamental, recordado y narrado, que pasa a ser
«acontecimiento fundante» de un nuevo pueblo, el que les da «sentido de pertenencia» a
un pueblo, es el «éxodo». El pueblo, esclavizado en Egipto para construir las grandes
obras del faraón, consigue la libertad no por sus medios sino porque Dios interviene en
su favor. Este es el núcleo central de la fe israelita: YHWH es un Dios cercano, que sufre
con su pueblo. Es un Dios que lo saca de la esclavitud. Toma la iniciativa y establece
una alianza con él porque toma en serio la libertad y la responsabilidad humana. Dios da
a su pueblo una Ley, no para someterlo, sino para que viva en justicia tanto entre sus
miembros como con sus vecinos. Ahora bien, en el relato bíblico se funde la historia, la
geografía y la teología. Querer recuperar el «recorrido exacto» de las tribus de Israel por
el desierto del Sinaí se ha demostrado, una y mil veces, un reto infructuoso.
Probablemente porque es un mal planteamiento. El autor del Éxodo no estaba
preocupado por describir minuciosamente las etapas que siguió el pueblo. Lo importante
es el éxodo como experiencia profunda que marcó al pueblo: las llamadas de Dios y las
resistencias de Israel; la alianza y el pecado; las pruebas y la maduración. La geografía
está al servicio del mensaje teológico, si bien la teología narrativa necesita de un marco
histórico y geográfico. Por otra parte, que sea una narración histórica con trasfondo
teológico no quiere decir que contenga datos inventados o tomados al azar. El Éxodo
narra los orígenes de Israel como pueblo. Podemos decir que es una narración verosímil
porque a finales del segundo milenio antes de Cristo, numerosos grupos de semitas
entraban en Egipto buscando alimento o agua movidos por las terribles sequías y las
consiguientes hambrunas. Normalmente entraban y salían del país, pero algunos
permanecían bien al servicio de los nuevos señores, bien pagando como esclavos. Es
verosímil porque la Biblia nos habla de un grupo de «semitas» –todavía no hablamos de
Israel– que trabajan como esclavos en la construcción de grandes edificios en la época
del faraón Ramsés II (C. 1250 a.C). Este faraón construyó grandes ciudades y graneros.
Algunas tribus semitas lograron alcanzar la libertad. La fe en su Dios que les guía y les
protege es un elemento fundamental: Dios ha escuchado sus gritos y ha decidido
intervenir para liberarlos. Es verosímil porque aparece con fuerza el nombre de Moisés,
y su figura alcanza el rango de «profeta», «mediador», «legislador», «fundador» de un
pueblo libre.
El segundo hito histórico es la conocida como «conquista de la tierra». En la Biblia es
fundamental «la tierra». Es un don de Dios pero no es «incondicional»; hay que
conquistarla pero se puede perder, y de hecho se pierde. Es un don que se «promete» y
que siempre está ahí como futuro. Se recupera y de nuevo se pierde. La narración bíblica
de la conquista de la «tierra prometida» es colorista y demasiado ambiciosa, ya que los
datos de la arqueología no siempre coinciden con las narraciones bíblicas. La dificultad
del tema hace que se propongan tres modelos explicativos: el «modelo conquista», el
«modelo de invasión pacífica» y el «modelo revolución». Según el «modelo conquista»,
el de la narración bíblica, Israel sale de Egipto y se apodera de Canaán. Este modelo
presenta muchísimos problemas. Primero: hoy se afirma que no fue «todo Israel» sino un
pequeño grupo, probablemente la Casa de José (tribus de Benjamín, Efraín y Manasés)

58
la que entró en la tierra. Segundo, la arqueología no puede aceptar una conquista violenta
en ese siglo; Jericó, por ejemplo, no estaba en pie cuando entran las tribus de Israel.
¿Cómo justificar el relato bíblico? Según el «modelo de invasión pacífica» estaríamos
ante una invasión lenta de pueblos semitas seminómadas. La sedentarización y
progresiva asimilación entre dos culturas distintas no estuvo exenta de conflictos incluso
bélicos entre los pastores hebreos y los habitantes cananeos de las ciudades. Con el
tiempo la población hebrea mostraría su superioridad apoderándose de las ciudades y de
la cultura cananea. Jerusalén, por ejemplo, era una ciudad cananea (llamada Jebús) hasta
que la conquistó el rey David. No falta quien propone un «modelo revolución». Los
hebreos no vienen de fuera sino que forman parte de la población autóctona. Son un
pueblo semita de rango inferior que trabajaban como asalariados de las ciudades
cananeas. El grupo proveniente de Egipto (la casa de José) les anuncia un Dios que
libera a los pobres. La nueva fe en YHWH, Dios de los esclavos, sirve de aglutinante y
el pueblo se subleva contra la población cananea. Esta tercera solución presenta más
problemas de los que soluciona.
El tercer hito histórico, el exilio en Babilonia, es fundamental para comprender la
Biblia. En medio de la tragedia que supone un riesgo real de desaparición total, como
otros tantos pueblos, Israel relee su historia desde la fe. ¿Quiénes somos? ¿Por qué
estamos aquí? ¿Dios está con nosotros o nos ha abandonado? ¿Nuestro Dios es el Dios
del universo o un diosecillo sin poder ni relevancia? Si el Éxodo es el acontecimiento
que recuerda a Israel su carácter de pueblo de la alianza, liberado por YHWH a la vez
que propiedad suya, el exilio constituye el nacimiento de un pueblo distinto que volverá
de la experiencia traumática del exilio: su profunda crisis a la vez que las nuevas
soluciones darán lugar a lo que conocemos como «judaísmo». Los antiguos escritos que
el pueblo conservaba y leía de forma fragmentaria, parcial e irregular, pasarán a formar
parte de un nuevo texto, esta vez paradigmático. El posexilio es el gran momento de
creación literaria de Israel. El exilio pasó de ser el fin de una cultura a ser un
acontecimiento de vida gracias a la lectura de la historia que supieron hacer desde la fe:
Dios no abandona a su pueblo, pero le pide que nazca de nuevo.

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Tomar conciencia de los dos momentos clave
(Éxodo, Tierra y Exilio) que articulan el Antiguo Testamento.
Propuestas de diálogo: Uno del grupo puede narrar una
experiencia (no tiene por qué ser personal) de opresión: cómo
se llegó a esa situación, qué tensiones e injusticias crea, cómo
reaccionan los interesados, qué salidas se ven.

2. Orar con la Biblia:


Texto: Is 49,7-16.
¿A quién se dirige Dios? ¿Dios ha abandonado a su pueblo?
¿Cuál es la queja del pueblo? ¿Cuál es el mensaje de
esperanza? ¿Qué razón da Dios para que su pueblo crea en
su fidelidad?

59
En la actualidad, ¿ha abandonado Dios a su pueblo? ¿De qué
esclavitudes tenemos que salir? ¿Tenemos motivos para
creer en un futuro distinto?
Se lee de nuevo el texto de Isaías y puede hacerse eco de las
frases que hayan impactado.

«GRABADO EN LAS PALMAS DE LAS MANOS»


Mi oración es pobre, Señor,
y repito ante ti mis quejas:
el consumismo me tiene atrapado,
el rencor reaparece como un fantasma,
la comodidad me hace insensible,
la superficialidad agosta mi vida.
¿Cómo cambiar mi corazón
si no tengo tu gracia?
¿Cómo aceptar tu perdón
si me cuesta perdonar?
¿Cómo pensar en los demás
si el centro lo ocupo sólo yo?
Pero tú me repites al oído, despacito,
como el susurro de una madre:
«No temas, no estás abandonado:
te llevo grabado en las palmas de mis manos».

60
2. La Palabra se torna ley

Este es uno de los temas más importantes. Pensemos que, para el pueblo de Israel, la Ley
(la Torah) sigue siendo su referencia en la vida diaria. Desde un punto de vista cristiano,
sabemos que Jesús conoce la Ley y saca de ella todas sus consecuencias («se ha dicho,
pero yo os digo»). San Pablo nos dirá que el que salva es Jesús, no el cumplimiento de la
Ley. Vamos a tratar este capítulo de lo más arduo a lo más sencillo. La razón es que para
acceder a su lectura necesitamos dar una serie de pasos y tener en cuenta una
información necesaria que, si la desconociésemos, haría inviable la comprensión de este
capítulo.

La composición de la Torah
Hasta la primera mitad del siglo XX, un poco antes del concilio Vaticano II, en el mundo
católico no se discutía que Moisés era el autor del Pentateuco, si bien podían entreverse
algunos elementos que había que estudiar por separado.
En el mundo protestante anglosajón, sin embargo, el estudio científico del Pentateuco
tenía más de doscientos años de vida. La estrella era, sin duda, el exegeta alemán Julio
Wellhausen, que había desarrollado una teoría sobre la composición del Pentateuco
comúnmente aceptada por todos. Técnicamente se habla de «exégesis histórico-crítica»
porque se ocupa de la evolución del texto en distintas fases y del momento histórico en
que nace y se desarrolla cada una de ellas. Esta hipótesis se ha explicado en Facultades y
centros de estudio bíblico y teológico como la única que podía explicar de forma
satisfactoria las distintas fases por las que había pasado el Pentateuco hasta su estadio
final, el que leemos hoy, a la vez que daba base a distintas teologías posteriores. Hoy la
hipótesis de trabajo de Wellhausen se resiste a morir porque no hay una teoría alternativa
que explique satisfactoriamente todos los aspectos del Pentateuco, que se quedan en un
claroscuro.
J. Wellhausen, influido por la propaganda del Kaiser que entonces imperaba en Prusia,
ve con claridad que David es el gran rey bíblico. Por otra parte, seducido por la historia
de las religiones, piensa que las religiones se «degradan»: lo más antiguo es lo más
original, mientras que lo más reciente adolece de deformación progresiva. Además,
desde un punto de vista literario, piensa que estamos no ante «fragmentos» de historias,
sino ante verdaderos «documentos», que pueden ser considerados como «fuentes».
Para él el Imperio de David (así decían) es el punto de partida. En un momento de
esplendor los escribas de la corte de Salomón ponen por escrito las grandes tradiciones
de Israel. Para Wellhausen estamos ante un verdadero «documento» de historia, al que
denomina «yahvista» (con la inicial de J) porque el nombre de Dios aparece, de forma
ordinaria, con este nombre.
La historia nos enseña que un siglo más tarde, después de la muerte de Salomón, el
antiguo «Imperio» se parte en dos: Israel en el norte y Judá en el sur. Las tradiciones del

61
norte, cercanas a los profetas, tienen desarrollo propio. Cuando el año 722 el Reino del
norte desaparece a manos de los asirios, unos van a la deportación y otros se refugian en
Jerusalén. Los refugiados traen su propia versión de la historia del pueblo, son las
«tradiciones del norte». Wellhausen las denomina «fuente» o documento «elohista» (con
la inicial E), porque el nombre divino que aparece es el de «Elohim».
En el año 622 ocurre un acontecimiento inesperado. El rey Josías de Jerusalén manda
hacer obras en el Templo. Allí aparece un documento que todos ignoraban. La Biblia
dice que es «el libro de la Ley». Sea lo que sea, estamos ante un nuevo documento, que
conoceremos como «deuteronomista», pues los capítulos 12-26 del Deuteronomio
parecen corresponder a ese «libro de la Ley». Su sigla identificativa es la «D».
Por último, después de la tragedia del exilio en Babilonia, los sacerdotes consiguen no
sólo regresar a su tierra, sino que además emprenden la tarea de reescribir de nuevo la
historia. La perspectiva es totalmente novedosa. Ya no escriben con «ingenuidad», sino
después de la experiencia tremenda e impactante del exilio. Allí han conocido otras
religiones; allí se han purificado y a la vez han desarrollado nuevas formas de entender y
de vivir la antigua fe de los antepasados. Escriben de forma más culta, literariamente
más compleja, teológicamente más depurada. El documento que ellos elaboran se conoce
como el «documento o fuente sacerdotal», con la sigla «P», proveniente del alemán.
Puntos fuertes de la «hipótesis documentaria» de Wellhausen. Durante muchos años
ha sido el motor de la teología bíblica. Aun con pequeñas variaciones, nadie dudaba de
su solidez. Los textos podían identificarse, más o menos, con una de las cuatro
«fuentes». De esta forma se explicaba que el Pentateuco era una obra compuesta, que las
aparentes contradicciones respondían a las distintas fuentes, que la teología admitía
variantes pero no era contradictoria. Esta teoría nos libra de la tentación del
fundamentalismo: los textos nacen en un momento cultural preciso, pero luego crecen,
están vivos hasta que se fijan por escrito. No podemos sacar una frase de su contexto y
pretender que es palabra inmóvil, rígida, estática.
Puntos débiles de la «hipótesis documentaria» de Wellhausen. Unos son literarios,
como la existencia misma de la fuente o documento elohista, que desaparece por su
propia inconsistencia. Es demasiado débil para ser considerada como un «documento».
Otros puntos débiles son históricos: ¿Realmente podemos admitir con seriedad que en el
siglo décimo o noveno antes de Cristo, Israel estaba capacitado para escribir de forma
continua un documento sobre su historia como pueblo? Si así fuera, se habría adelantado
incluso a los mismos asirios, cuyo esplendor es del s. VIII a.C. Otros puntos débiles son
teológicos: muchos textos que nos hablan de un monoteísmo explícito se explican mucho
mejor después del exilio en Babilonia, cuando el pueblo judío se ha confrontado con
otras culturas politeístas y cuando ha marcado sus diferencias. Igualmente la insistencia
en observar la ley de Dios como norma del pueblo se explica mucho mejor después del
Exilio, como garantía de identidad y de permanencia frente a los demás pueblos, antes de
él.
Uno de los autores que más ha contribuido a cambiar el pensamiento de Wellhausen
ha sido Martin Noth. Su propuesta es sugerente: ¿por qué no dejamos de pensar que

62
originariamente eran «cinco libros» (Pentateuco) o «seis libros» (Hexateuco) y pensamos
que pudieron ser «cuatro libros» (Tetrateuco)? El Deuteronomio no sería el quinto libro
de la Ley (Torah), sino el primero de otra serie distinta: una historia de Israel desde la
conquista de la tierra (Josué) hasta que la pierde (2Reyes): es la «historia
deuteronomista». El Deuteronomio no formaría parte en un momento inicial de la Torah,
sino que hay que leerlo unido a la historia que sigue; sería como una «introducción
teológica», como un «prólogo teológico» que nos da las claves necesarias para entender
la narración histórica que sigue a continuación. El Deuteronomio habla de la «alianza»
que Dios ha hecho con su pueblo; habla de la «tierra» como don de Dios, pero de un don
que se puede perder; habla de «guardar los mandamientos» que Dios pone a su pueblo
como garantía de futuro; habla del riesgo de la «idolatría» a la que el pueblo se va a
enfrentar en cuanto deje atrás el desierto y entre en la tierra prometida. Todo esto que se
anticipa en el Deuteronomio luego se ve con claridad que se manifiesta en la narración
que sigue. Martin Noth nos pide que cambiemos de forma de pensar: ya no hay que
hablar de «Pentateuco», sino de «Tetrateuco» y de «historia deuteronomista». La
propuesta, lejos de considerarse una locura, se tomó con interés, de forma que su
intuición aún hoy sigue estando viva. La gran aportación de Noth es, sin duda, que se
atrevió a cuestionar la distribución clásica o canónica de la Ley como cinco libros. A
partir de él algunos autores seguirán evolucionando, llegando a pensar, en tiempos muy
recientes, que primero se escribió la «historia deuteronomista», porque el pueblo que
vuelve del exilio a Jerusalén es lo que realmente necesita: justificar su presencia de
nuevo en Judá, de donde habían sido expulsados, y explicar de forma convincente por
qué Dios les había quitado la tierra prometida. En un segundo momento, dicen los que
sostienen esta teoría, el Tetrateuco nace como «Prólogo» a la «historia deuteronomista»;
no sólo es necesario explicar por qué hemos vuelto a esta tierra, sino saber quiénes
somos, quiénes son nuestros antepasados, quién nos ha dado la tierra, en qué Dios
creemos, a qué orígenes nos remontamos. Deberíamos leer la historia de Israel
comenzando por el judaísmo, que es en definitiva quien hace esta reflexión y quien
redacta los textos; desde ahí remontar hacia los orígenes, como hace el salmón que busca
su lugar de nacimiento río arriba, hasta llegar a las fuentes que nos han dado vida.
La investigación bíblica sigue su curso. En un congreso internacional que tiene lugar
en 1969, un profesor, Rendtorff, se atrevió por primera vez a cuestionar de forma seria la
teoría de Wellhausen. El intento no fue fallido, pues las propuestas desde entonces
siguen floreciendo, si bien es verdad que ninguna ha alcanzado el acuerdo del que gozó
Wellhausen.
Una propuesta que tiene mucho éxito está desarrollada por el estudioso E. Blum. Este
autor no quiere hablar de «documentos» al estilo de Wellhausen, sino de «unidades
literarias» menores, de «historias fragmentarias» que tuvieron vida independiente. Así,
una cosa es hablar de las «historias patriarcales», otra cosa es hablar de la «liberación de
Egipto», otra es la «conquista de la tierra», otra la «revelación en el Sinaí», etc. El nudo
de la cuestión no está en aceptar esto, que es bastante admisible, sólo tenemos que
pensar cómo se escriben las historias de muchos de nuestros pueblos, tomando como

63
base relatos antiguos que no tienen conexión directa entre sí y que una mano magistral
sabe engarzar.
El nudo de la cuestión está en cómo explicar quién los reunió y les dio forma narrativa
seguida. Blum propone dos grupos, todos fervientes judíos, pero que tenían puntos de
vista distintos. Unos, los llamados «deuteronomistas», se interesan más por la alianza
con Dios, por la necesidad de cumplir los mandamientos, por revelar a un Dios que se
manifiesta en la misericordia y en el amor, que ha elegido a su pueblo y lo ha hecho
«propiedad personal». Otros, los llamados «sacerdotales», representan una forma de
entender la fe y la teología fundadas en la santidad de Dios, en su trascendencia, en la
condición pecadora del hombre. Blum dice que el Pentateuco es el resultado de un
«compromiso», de un «acuerdo» al que llegaron las dos tendencias israelitas en la época
persa. Como propuesta es atractiva, pero, ¿es creíble que dos grupos se pusieran a
escribir la historia a un mismo tiempo y que llegaran a un acuerdo entre las dos partes?

El corazón del judaísmo


Vamos a dar un paso más. Para ello debemos comenzar por olvidar prácticamente todo
lo dicho hasta ahora respecto a la «composición» de la Torah; de lo contrario, no
podremos avanzar ya que estaremos siempre comparando con el modelo «histórico-
crítico». Esta forma de aproximación al Pentateuco o Torah es desde la crítica literaria.
Por lo tanto, debemos pensar no tanto en descubrir las fases de la evolución del texto y a
qué época de la historia de Israel corresponde cada una, cuanto en leerlo como un gran
texto que se nos ofrece a nosotros: un monumento literario con dinámica propia que el
lector (nosotros) debemos descubrir.
Tomamos un nuevo punto de partida: para entender el Pentateuco no tenemos que
pensar en «libros» (pues en definitiva los libros son «tomos» que alguien ha dispuesto
que comiencen y acaben), sino que debemos pensar en «relatos» que tengan coherencia;
buscamos «narraciones independientes» que tengan vida propia, aunque sean
independientes unas de otras.
La Torah contiene seis «unidades literarias» que tuvieron vida propia antes de que
fueran engarzadas en una hermosa narración continua: los Orígenes, los Patriarcas, la
opresión y consiguiente liberación de Egipto; la travesía del desierto (narrada en dos
etapas distintas); la Alianza en el Sinaí con la correspondiente entrega de la Ley; y los
discursos previos a la entrada en la tierra prometida.
Si somos observadores y gastamos un poco de tiempo en contar cuántos capítulos se
dedican a cada una de estas partes encontraremos dos aspectos curiosos. Primero, la
distinta extensión de estas «unidades temáticas»: los Orígenes ocupan once capítulos
(Gén 1-11); el relato de la opresión en Egipto y la salida, quince (Éx 1-15); sin embargo,
las primeras etapas por el desierto sólo tres (Éx 15-18). En este ejercicio de observación
sorprende la enorme desproporción de capítulos que se dedican al Sinaí y la entrega de la
Ley (¡cincuenta y ocho!).

Unidades temáticas Capítulos

64
1 Los Orígenes (Gén 1-11). 11 cc.

2 Los Patriarcas (Gén 12-50). 38 cc.

3 Opresión y liberación de Egipto (Éx 1,1– 15 cc.


15,21).

4 Etapas por el desierto hacia el Sinaí (Éx 3 cc.


15,22-18).

5 Monte Sinaí: Alianza y entrega de la Ley 58 cc.


(Éx 19-40; Lev 1-27; Núm 1–10,10).

6 Etapas por el desierto hacia la tierra 11 cc.


prometida (Núm 10,11–22,1).

7 Discurso de Moisés en las estepas de Moab 14 cc.


(Núm 22-36 + Dt 1-34).

El segundo aspecto que hay que tener en cuenta es que el relato del Sinaí y la entrega
de la Ley no se circunscribe a un solo libro, sino que se extiende en tres: parte del Éxodo
(Éx 19-40), todo el libro del Levítico (Lev 1-27) y la primera parte del libro de los
Números (Núm 1-10). Este detalle no ha pasado desapercibido para los estudiosos.
Varias preguntas se suceden. Las dos primeras son: ¿por qué cortaron en tres libros lo
que en realidad es un solo relato, el del Sinaí? Aún más, ¿qué razón puede haber para
que no hicieran coincidir estos cortes con los libros, pues el relato del Sinaí comienza en
la segunda mitad del Éxodo, se extiende a lo largo de todo el libro del Levítico y llega
hasta la primera mitad del libro de los Números?
Una tercera y una cuarta pregunta: ¿por qué se le dedican cincuenta y ocho capítulos
del Pentateuco al relato del Sinaí y por qué está en el centro del Pentateuco? Para
muchos estudiosos estas preguntas tienen una respuesta. El libro habla y nos está
indicando que el centro literario coincide con el teológico: todo el Pentateuco está escrito
en torno a la Ley.
Si dejamos a un lado, por el momento, el libro del Génesis (antes de que Israel se
instale en Egipto, es un pueblo sin tierra) y por otro lado el libro del Deuteronomio (que
es la preparación para entrar en la tierra prometida), encontramos el siguiente esquema,
donde el Sinaí está entre Egipto y Moab, tierras que no le pertenecen. El desierto es un
paso necesario, pero el centro está ocupado por la Ley y la Alianza, que tienen lugar en
el monte Santo.

65
Una pregunta más: si este orden no es casual, sino querido, ¿quiénes lo redactaron y lo
compusieron de esta forma? ¿Podríamos pensar en el judaísmo posexílico como
verdadero artífice literario y teológico del Pentateuco? Si estas preguntas tienen estas
respuestas que hemos indicado, estamos ante una gran narración con un centro literario y
teológico claro: el Sinaí, o si se quiere, la Ley. Todo gravita en torno a ella. La palabra se
torna Ley (Torah); el judaísmo naciente vivirá de la Ley del Sinaí y pondrá en ella toda
su identidad y su espiritualidad.
La aceptación de esta hipótesis de que todo el Pentateuco gira en torno a la Ley del
Sinaí ha hecho que algunos estudiosos sigan por este camino. ¿Podemos investigar por
qué se «canonizó», se «normalizó» o se «consagró»? Estamos acostumbrados a usar esta
palabra (canonización) para las personas, pero también se puede utilizar para los libros.
En Biblia se dice que un texto o un libro es «canónico» cuando es admitido como
«sagrado» o «inspirado» por una comunidad de creyentes. De esta forma adquiere un
«estatus» distinto al resto de los libros, aunque sean religiosos y piadosos, que no posean
esta condición. La pregunta que podemos hacernos es doble: ¿cuándo fue considerada
como «canónica» la Torah? ¿Tiene algo que ver que podamos leerla con coherencia
como cinco libros pero también como seis libros?
Una propuesta muy reciente habla precisamente de esto. Primero existía una historia
seguida de seis libros, el «Hexateuco», que iba desde el Génesis hasta el libro de Josué.
La razón es que el libro del Deuteronomio concluye con el pueblo ante la tierra
prometida, pero no entra. ¿Qué clase de libro es entonces la Torah que acaba de esta
forma? La continuación, tanto literaria como lógica, como teológica, es la entrada en la
tierra: Dios cumple su palabra. Los que así piensan dicen que primero existió un
Hexateuco; detrás de él estaba Nehemías, el principal artífice de la restauración política
de Judá a la vuelta del exilio.
Posteriormente, el escriba Esdras consigue que el pueblo dirija su mirada hacia la Ley.
El centro teológico y espiritual de Judá, a la vuelta del exilio, no puede ser la conquista
de la tierra (visión «hexateucal»), sino el cumplimiento de la Ley. Como hemos indicado
un poco más arriba, no sólo el Sinaí ocupa el centro literario y teológico de los cinco

66
libros, sino que además el centro del relato del Sinaí está ocupado por el libro del
Levítico, la Ley tal como la entendían los sacerdotes.
Algunos autores consideran, por tanto, que las pistas que debemos seguir van por
aquí: primero existió un «Hexateuco» (que incluía el libro de Josué y la consiguiente
conquista de la tierra), que posteriormente pasó a ser «canonizado» como Pentateuco,
porque el interés teológico se desplazó de la «tierra» (visión deuteronomista) a la ley de
Dios (visión sacerdotal).
Si esto es así, si la propuesta que acabamos de exponer tiene visos de realidad,
podemos dar la razón al enunciado de este capítulo: la palabra se torna Ley. El pueblo
judío se da a sí mismo una norma de por vida, que sigue siendo su alma. La importancia
de este capítulo radica, precisamente, en que el judaísmo vive hoy de la lectura y
meditación de la ley del Señor. El libro de los Salmos comienza con una
«bienaventuranza», proclamando «dichoso» al hombre que ocupa todo su tiempo en
meditar la ley de Dios y en ella encuentra su mayor gozo.
«Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su Ley día y noche» (Sal 1,1-2).

Los comienzos de la historia de la salvación


Los dos puntos anteriores (la composición literaria del Pentateuco y la Ley como centro
teológico y literario) son necesarios para entender muchas cosas; pero son insuficientes
si queremos adentrarnos en el «alma», en la teología de los cinco primeros libros de la
Biblia. Sólo podemos dar algunas indicaciones para seguir con nuestro estudio. En
primer lugar, debemos pararnos en la mirada sobre los orígenes; en segundo lugar, en la
fe en un Dios que salva; en tercer lugar, en la experiencia del desierto; los tres bajo la luz
de la «historia de la salvación» que es la Biblia, como palabra viva de Dios.
Es verdad que uno de los capítulos que más interés han suscitado siempre en la lectura
de la Biblia es el de la creación. ¿Documento o mito? ¿Narración o poesía? ¿Ciencia o
ensayo sapiencial? Si consideramos los primeros capítulos de la Biblia en su conjunto
(Gén 1-11) desde un punto de vista literario, podemos decir que son como el pórtico a la
gran catedral de la Biblia. La Biblia comienza no con el caos, sino con el orden; no con
las fuerzas destructivas, sino con la vida; no con la maldición de un dios menor, sino con
las «palabras» que pronuncia Dios. Las primeras palabras son de vida, de orden y de
bendición. No podemos negar que el pueblo de Israel es heredero de otras tradiciones
culturales y literarias anteriores (sobre todo mesopotámicas), sin embargo podemos
afirmar que poniendo la trama literaria de estas tradiciones anteriores, el teólogo bíblico
da su impronta propia: Dios es el creador del cosmos y del ser humano. El ser humano
no está en el mundo ni por casualidad, ni por error, ni por divertimento de un diosecillo
juguetón y malhumorado. Cuando en el pórtico de la Biblia se afirma que somos creados

67
«a imagen y semejanza de Dios» (Gén 1,26), la palabra de Dios indica que sólo en Dios
se puede reconocer de verdad el hombre y cuál es su verdadera vocación. Tampoco
podemos olvidar que en este pórtico la palabra de Dios sobre la humanidad es una
«bendición»: «Creó Dios a los hombres a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y
hembra los creó; y los bendijo» (Gén 1,27). No estamos ante un «tratado de ciencia»,
pero sí que estamos ante una antropología teológica: ¿quién es el hombre para Dios?
¿Quién es Dios para el hombre?
Tras pasar la puerta del pórtico, el lector se encuentra con relatos que presentan de
forma narrativa las grandes preguntas que se ha hecho y se sigue haciendo la humanidad.
Si el hombre fue creado bueno, ¿de dónde viene el mal? ¿Qué es el pecado? ¿Por qué
existe la violencia y no el amor incondicionado? Si somos un solo mundo, ¿por qué la
separación en pueblos y lenguas? ¿Cuál es la última palabra de Dios, el castigo o la
alianza? En sucesivas páginas el lector de la Biblia no encuentra un tratado de filosofía,
ni de ciencias naturales, tampoco de psicología. Es la gran narración de una historia con
dos protagonistas: Dios y el ser humano. Una historia que no es de «castigo, muerte y
pecado», sino de «alianza, vida y salvación». Una historia cuyo protagonista es el ser
humano, creado libre, con capacidad para elegir entre el bien y el mal, entre una vida
orientada a descubrir su dignidad o hacia su fracaso. La Biblia no esconde el mal, ni el
pecado, ni la violencia; tampoco los justifica, sino que los enmarca en la gran historia
humana con Dios y les da una salida: el pecado está ahí, no es producto del imaginario
humano; ni ha sido creado por Dios ni lo quiere Dios; pero la historia no está
irremediablemente cerrada, sino que Dios la abre, la orienta y la posibilita. Dios crea
para que haya vida y gracia, no crea para la destrucción y la muerte.
Debemos detener nuestra mirada, en segundo lugar, en la gran narración bíblica, la
narración por excelencia: el Éxodo. De ella se ha llegado a decir que es el germen de
donde nace la Biblia. Quizá esta afirmación sea excesiva, pero sin duda es un texto no
sólo con fundamento, sino «fundante». Si en los primeros capítulos se nos ha dicho que
Dios es «creador», que quiere la vida y en torno a Él nace la vida, ahora se nos dice que
Dios salva; es más, que no quiere al hombre esclavo, sino libre. La narración de la salida
de Egipto ha sido modelo (paradigma) para múltiples experiencias de libertad y de
dignidad, todas movidas por Dios mismo. La «historia de la salvación», que nace de la
palabra creadora de Dios, sigue con la historia humana para engrandecerla y liberarla de
toda condena: ¡no creemos en un Dios caprichoso y cruel, sino en un Dios que nos
conduce a la vez que nos da libertad y nos pide que no esclavicemos a nadie!
En tercer lugar, debemos pararnos en el desierto. Por dos motivos: primero, porque el
desierto tiene sentido propio; después, porque en el desierto se proclama la alianza y se
da la Ley. Nosotros solemos tener una idea muy negativa del desierto, y es así: el
desierto es sinónimo de «prueba», de «agotamiento» físico y espiritual, de «sequedad»,
de «límite» y «carencia absoluta» que puede llevar incluso hasta la muerte; pero el
desierto es también, en sentido positivo, lugar de «verdad», donde uno se encuentra
consigo mismo; de «libertad», pues no se está sometido a presiones externas; de
«maduración», pues aparecen los miedos, las expectativas frustradas, las idolatrías que

68
buscan negociar a cualquier precio; los odios y violencias mal curados... Israel, en su
camino de libertad, no sale de la opresión e inmediatamente entra en la Tierra Prometida,
sino que pasa por un largo período de prueba (¡¡¡cuarenta años, dice el texto bíblico!!!),
tiempo necesario aunque duro. En el corazón del desierto está el encuentro con Dios:
allí, en el Sinaí, tiene lugar el don de la Ley en el marco de la alianza. Dios, porque
quiere, por «puro amor» (Dt 10,15) ha hecho una alianza con ellos: el Dios del cielo con
un pueblo de esclavos huidos, ¿es comprensible desde un punto de vista humano? La
palabra de Dios es una paradoja constante, y aquí aparece de nuevo: la salvación viene
por mano de un pueblo de esclavos liberados, que atraviesan un desierto, donde se
aparece el Dios de la vida y de la libertad. En el Pentateuco encontramos las «bases», los
«fundamentos» de la historia de la salvación de Israel que es, en definitiva, nuestra
propia historia de salvación.

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Reflexionar sobre nuestra condición de
«caminantes». No hemos llegado a la tierra, sino que seguimos
avanzando en medio de esperanzas y dificultades.
Propuestas de diálogo:
¿Cómo ves tu vida: en continuo cambio, en continua rutina,
recordando el pasado, mirando con ilusión al futuro?
¿Tienes ilusiones por las que luchar? ¿Tienes algún motivo
para seguir luchando y trabajando con esfuerzo y a la vez
con alegría?
¿Te planteas la fe en Dios como una conquista o como un
proceso en el que sigues avanzando?

2. Orar con la Biblia:


Texto: Núm 21,4-9; Jn 3,14.
Podemos contemplar este texto como una parábola de la
vida: todos estamos en camino; todos nos tenemos que
enfrentar a serias dificultades y añoramos el pasado. A veces
le echamos la culpa a Dios. Sigue buscando equivalencias
entre este texto y la vida de cada uno de nosotros.
¿Qué experiencia tienes de Dios? ¿Alguna vez has
murmurado contra él echándole la culpa de tus problemas?
¿Crees en un Dios que se ofende y castiga o en un Dios que
es capaz de arrepentirse de las ofensas que le hace el
hombre y nos ofrece su perdón?
Moisés aparece en el texto como «mediador» y como
«intercesor». ¿Crees en el poder de la intercesión? ¿Por
quién pides o intercedes tú? ¿En qué situaciones?
¿Te sientes caminando en medio de las dificultades del
desierto, pero con la mirada puesta en la Tierra Prometida?
La serpiente de Moisés sanaba a los enfermos, pero volvían
a morir. ¿Cuál es la novedad de Cristo, según Jn 3,14?

«EL ÁRBOL DE LA VIDA»


La Tierra Prometida
está siempre detrás de aquella colina.
El guía nos dice: «Un poco más»,
y nosotros sólo podemos musitar: «Ya no puedo más».
Con voz débil le decimos:
¿Dónde estás, Señor, en este desierto?
¿Vas a dejar que tu pueblo muera renegando?

69
¿No vas a intervenir?
Si murmuramos, no te extrañes.
¿Vas a castigarnos porque recordamos otros tiempos,
cuando éramos insultantemente felices?
La distancia es demasiado grande
entre nuestra condición rota y tu Señorío.
«No nos dejes; no renuncies a tu obra;
somos tuyos; tú nos llamaste a la vida;
tú nos regalaste el don de la fe».
Y entonces, como en una visión,
aparece la cruz del Hijo, y una voz que dice:
«En este árbol está la Vida».

70
3. La Palabra no está encadenada

Una canción española de los años setenta comenzaba preguntando: ¿en dónde están los
profetas que en otros tiempos nos dieron las esperanzas y fuerzas para andar? La
profecía no es sólo de ayer, sino de hoy y de siempre. El pueblo de Dios necesita
profetas que digan lo que nadie se atreve a decir, que denuncien lo que nadie se atreve a
denunciar, que anuncien de parte de Dios una palabra que se queda muchas veces opaca.

El profeta de ayer, de hoy y de siempre


Si preguntáramos en una encuesta qué es un profeta, un buen grupo lo identificaría con
el futurólogo o adivino a quien se consulta para saber qué va a suceder. Serían «una
especie de meteorólogos del espíritu, previsores de tormentas y olas de calor, parientes
de brujos, nigromantes, astrólogos y sibilas» (Martín Descalzo). Nada más lejano, si bien
esta concepción errónea tiene dos fundamentos. Por una parte una etimología incorrecta.
La palabra «profeta» viene del griego «pro-fetés», y solemos confundir el prefijo pro con
pre, que indica anterioridad. Etimológicamente, «profeta» es quien habla «en vez de
otro», es decir, el que habla en nombre de Dios. Por otra parte el error viene de la misma
lectura parcial de la Biblia. Algunos relatos bíblicos presentan al profeta con los rasgos
del adivino: Samuel puede encontrar las asnas perdidas por Saúl (1Sam 9,6s.20); Elías
presiente la muerte de Ocozías (2Re 1,16s). No podemos negar que la Biblia presenta
algunos pasajes con cierta ambigüedad, pero sí podemos decir que adivinar el futuro no
es la función del profeta bíblico.
Otros lo colocarían entre los personajes extraños del pasado. Una especie de
«anunciador de desgracias», cuyos comportamientos y discursos suscitan miedo e
incomprensión. Tampoco faltaría quien lo viera como un mártir de los tiempos antiguos,
cuyas denuncias audaces le atrajeron el odio de los poderosos; citando para apoyar esta
cita el dicho evangélico de Jesús: «Nadie es profeta en su tierra» (Lc 4,24).
No sería extraño que alguien rememorase al profeta como la persona que ha ejercido
un fuerte impacto sobre la opinión pública mediante sus tomas de postura o su actitud de
compromiso en las más variadas esferas, tanto social como política o religiosa. Así,
Martin Luther King es el profeta de los negros; Monseñor Romero o Hélder Câmara son
profetas de los pobres de América; el Abbé Pierre es un profeta en la sociedad
consumista francesa. La Madre Teresa con sus gestos humildes pero rotundos y
cuestionadores de conciencias tiene carta de ciudadanía entre los profetas. Todos son
profetas a pesar de ellos; jamás decidieron ser «profetas», sino que las comunidades, los
pueblos son quienes les otorgan este título de tanto prestigio y a la vez tan peligroso.
Todos son hombres de la palabra, que denuncian con valentía y con el riesgo de su vida;
no agotan, sin embargo, el carisma ni la función de los profetas bíblicos.
El profeta bíblico es ante todo «el hombre de la palabra». Esta palabra se puede referir
al futuro, prediciendo el castigo o la salvación; es posible incluso que revele cosas

71
ocultas, pero su función principal es iluminar el presente, con todos sus problemas
concretos: injusticias sociales, política interior y exterior, corrupción religiosa,
desesperanza y escepticismo.
La palabra no es suya, sino que es voz de otro; él comunica la voluntad de alguien
más grande. Es un hombre inspirado, en el sentido más estricto del término. Es el
«portavoz de Dios». Nadie en Israel tuvo una conciencia tan clara de que era Dios quien
le hablaba y de ser el mensajero de Dios: «Así dice el Señor», «oráculo del Señor».
Cuando habla el profeta no acude a documentos como los historiadores o a la
experiencia humana como los sabios de Israel, sino que su único punto de apoyo es la
palabra del Señor. Dios la comunica cuando quiere sin que el profeta pueda negarse a
proclamarla.
El profeta es «Oyente de la palabra». A veces se parece al rugido de un león: «El
Señor ruge desde Sión, alza la voz desde Jerusalén» (Am 1,2); otras es motivo de gozo y
alegría: «Era tu palabra para mí un gozo y alegría de mi corazón» (Jer 15,16). Con
frecuencia imprevista e inmediata: «se presentaban tus palabras y yo las devoraba» (Jer
15,16). La palabra es dura y exigente en muchas ocasiones: «La palabra ha sido para mí
oprobio y befa cotidiana» (Jer 20,8b), que se convierte en «un fuego ardiente e
incontenible encerrado en los huesos» (Jer 20,9). Palabra que algunos desearían evitar y
huir, como Jonás, pero que termina imponiéndose y triunfando.
El verdadero profeta no elige, es elegido, vocacionado. En hebreo recibe el nombre de
nabi, que quiere decir «llamado, convocado». La vocación cambia la vida y el profeta se
resiste con uñas y dientes porque le quita toda libertad y le hace vivir contracorriente de
su pueblo. Amós, originariamente del Reino del sur, se siente arrebatado de su pueblo y
de su trabajo y transportado al Reino del norte: «El Señor me sacó de junto al rebaño y
me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel» (Am 7,15). El texto bíblico recoge
explícitamente las vocaciones de profetas como Samuel, Amós, Isaías y Jeremías.
Su misión lo pone en contacto con los demás. El profeta no puede retirarse
permanentemente a un lugar sosegado de estudio o de reflexión, ni al reducido espacio
del templo. Su lugar es la calle, la plaza pública, el sitio donde la gente se reúne, donde
el mensaje es más necesario y la problemática más acuciante. El profeta se halla en
contacto con el mundo que le rodea: conoce las maquinaciones de los políticos, las
intenciones del rey, el descontento de los campesinos pobres, la vida lujosa de los
poderosos, la despreocupación de los sacerdotes. Ningún sector le resulta indiferente
porque nada es indiferente para Dios.
Muchas veces el profeta tiene que soportar la burla hiriente de sus contemporáneos:
«Tus paisanos andan murmurando de ti (...), diciéndose unos a otros: “Vamos a ver qué
palabra nos envía el Señor”. Acuden a ti en tropel (...), escuchan tus palabras pero no las
practican; con la boca dicen lisonjas, pero su ánimo anda tras el negocio. Eres para ellos
coplero de amoríos, de bonita voz y buen tañedor» (Ez 33,30-32). En otras ocasiones la
amenaza se convierte en auténtica persecución: a Jeremías le acusan de traidor a la
patria; condenado a muerte, lo persiguen y lo encarcelan: «Cogieron a Jeremías y lo
arrojaron en el aljibe de Malaquías (...). En el aljibe no había agua sino lodo, y Jeremías

72
se hundió en el lodo» (Jer 38,6). Amós es expulsado del Reino del norte (Am 7,12);
Zacarías es apedreado en los atrios del templo (2Crón 24,17-22). Estas persecuciones no
son sólo de reyes y poderosos, sino que también intervienen los sacerdotes y los falsos
profetas.
Pero, ¿de qué hablan los profetas? El pueblo de Israel está constituido como pueblo
elegido por Dios y como pueblo de la alianza. El pueblo sabe que su vida está en cumplir
la alianza, y a la vez, su muerte corre paralelamente a su incumplimiento. Por eso el
profeta, a la vez que denuncia el pecado (olvido de la alianza), exhorta a la conversión
(vuelta al primer amor manifestado en las leyes) y anuncia la salvación (Dios no quiere
que el hombre perezca sino que viva). La predicación profética se desdobla entre el
pecado que debe denunciar y la conversión y futuro de vida que debe proclamar. En el
relato de la vocación de Jeremías vemos sintetizado este doble aspecto en seis imágenes;
el Señor le ha elegido para «arrancar y destruir, asolar y demoler, edificar y plantar» (Jer
1,10).
El profeta denuncia el pecado; señala el mal, pero sobre todo lo desenmascara: «Grita
a voz en cuello, sin cesar, alza tu voz como una trompeta y declara a mi pueblo sus
delitos, a la casa de Jacob sus pecados» (Is 58,1). Clama contra sus compatriotas y
correligionarios que creen cubrirse ante Dios con manifestaciones meramente externas
de culto, aunque estén podridos de injusticias y violencias: Amós grita en Israel, el Reino
del norte: «Escuchad esto, los que aplastáis al pobre y tratáis de eliminar a la gente
humilde» (Am 8,4). Isaías, en el mismo siglo, pero en Judá, el Reino del sur: «Cuando
extendéis las manos para orar aparto mi vista, aunque hagáis muchas oraciones no las
escucho, pues tenéis las manos manchadas de sangre» (Is 1,15). El profeta no sólo
denuncia al pecador, sino que despierta a los dormidos e impide que los despiertos se
duerman. Es palabra de conversión, llamada a dar un vuelco a su vida y volver el rostro
al Dios de sus padres, al Dios de la alianza. Amós grita: «Buscadme y viviréis» (Am
5,6). Isaías, por su parte, repite: «Venid y discutamos, aunque vuestros pecados sean
como escarlata, blanquearán como la nieve» (Is 1,18).
El profeta, lejos de ser «anunciador de malos agüeros», es el hombre que da una
palabra de esperanza: es anunciador de salvación. A través de él nos llega esa palabra
por la que Dios va conduciendo la esperanza de su pueblo hacia la salvación. De esta
forma poco a poco se va perfilando la figura del Salvador ungido por Dios, esto es, de su
Mesías (=Ungido).
Hay muchas clasificaciones de los profetas. Una muy común es la de dividirlos en
mayores y menores atendiendo a la extensión de sus escritos: Isaías, Jeremías y Ezequiel
serían los mayores y el resto los menores (Daniel lo trataremos en la Apocalíptica). Esta
división es insatisfactoria. Otros hablan de profetas sin obra escrita (Samuel, Elías,
Eliseo) y con obra escrita (a quienes se atribuyen libros en la Biblia), pero –siendo
correcta– esta clasificación se nos queda escasa. Vamos a seguir un criterio doble: por
una parte aceptamos la división anterior, de forma que sólo vamos a ver los profetas con
obra escrita; para completarla, tendremos en cuenta la historia del pueblo. Tomamos
como punto de referencia el exilio de Babilonia (587-538 a.C.), de forma que

73
hablaremos de profetas preexílicos, exílicos y posexílicos.
PROFETAS SIGLO LUGAR DE SU PROFETA BÍBLICO
ACTUACIÓN

Preexílicos VIII Samaría (capital Amós y Oseas.


de Israel).
VIII Jerusalén (capital Isaías (1-39),
de Judá). Miqueas.

VI Jerusalén. Jeremías.
Exílicos VI Babilonia. Segundo Isaías (40-
55).
Ezequiel.
Posexílicos VI-V Jerusalén. Tercer Isaías (56-66).

El cuadro está incompleto, pero lo hacemos buscando la sencillez. Otros profetas de


menor importancia se pueden estudiar y relacionarlos con este esquema.

Los profetas preexílicos


Amós, predicador en el Reino del norte en el s. VIII a.C., es un testigo privilegiado del
problema de las relaciones entre la justicia y el culto agradable a Dios. Como si fuera un
sacerdote apasionado por el culto, Amós invita a acudir a los santuarios más famosos
(Betel y Guilgal) y anima a ofrecer toda suerte de ofrendas. Pero, ¡gran paradoja!, estas
peregrinaciones sólo sirven para «pecar» y «aumentar los pecados», porque no
responden a la voluntad de Dios, sino al interés de los israelitas; parece que el pueblo de
Israel dijera: «Te doy culto para que a cambio me vaya todo bien» (do ut des) y para
dejar tranquila mi conciencia.
«¡Id a Betel a pecar,
a Guilgal y pecad más aún,
ofreced por la mañana
vuestros sacrificios (...)
que eso es lo que os gusta!» (Am 3,4ss).

Amós pone el dedo en la llaga. Hay una diferencia radical de valoración: Dios califica
de rebeldía aquello que les gusta a los israelitas: los sacrificios, los diezmos y los dones
voluntarios. El culto esplendoroso pero vacío queda descalificado no por cualquiera, sino
por su destinatario, por Dios mismo.
«Odio, desprecio vuestras fiestas.
Me disgustan vuestras solemnidades.
Me presentáis holocaustos y ofrendas
pero yo no los acepto» (Am 5,21s).

Ahora bien, esto no quiere decir que el profeta rechace el culto. Lo que Amós no
acepta es un culto adulterado con terribles injusticias, como si Dios estuviera más
preocupado por recibir ofrendas que por la situación de los pobres. Sólo en el amor a los
hermanos más débiles se muestra el auténtico amor de Dios.

74
«Apartad de mí el ruido de vuestros cantos (...).
Haced que el derecho fluya como agua
y la justicia como río inagotable» (Am 5,23s).

Amós denuncia la idolatría como falsa idea de Dios; denuncia la pretensión de


manipular a Dios, de eliminar sus exigencias éticas, queriendo contentarlo con ofrendas,
sacrificios de animales, peregrinaciones y rezos. El Dios de la justicia, que quiere un
pueblo de hermanos y no tolera la opresión de los débiles, se convierte para la inmensa
mayoría del pueblo en un diosecillo como otro cualquiera, satisfecho con que el hombre
le rinda culto en el templo y le ofrezca sus dones. Amós denuncia la perversión del culto
a Dios a manos de personas presuntamente religiosas.
Oseas es un profeta desconocido para el gran público, pero cuando se le conoce un
poco, seduce. Oseas plantea las relaciones de Dios con su pueblo, de YHWH con Israel,
tomando como referencia la de un matrimonio fracasado. Puede ser incluso que el
profeta parta de una experiencia personal, pero no lo sabemos. El texto no deja claro si
es porque su esposa se prostituye (primer capítulo) o si es por adulterio (tercer capítulo).
De todas formas hay un pecado de infidelidad. Oseas ve con claridad: de la misma forma
que mi mujer me abandona detrás de otros hombres, así también el pueblo de Israel
abandona a su Dios y se va detrás de los ídolos.
El problema tiene un trasfondo histórico. El pueblo de Israel, cuando se asentó en la
tierra prometida (la que conocemos como Canaán), entró en contacto con la población
nativa; conocieron su religión y frecuentaban sus ritos (eminentemente ritos agrícolas de
fertilidad). El pueblo de Israel pensaba que los baales eran los que hacían fructificar sus
campos y que su Dios, YHWH, el que los había sacado de Egipto, no podía nada. Caen
en el sincretismo religioso. Oseas tiene que denunciar con dureza este pecado, es más,
dice que a Dios no le queda otro remedio que el castigo de su pueblo:
«No me compadeceré más de sus hijos,
porque son hijos de prostitución (...).
Ella no reconocía
que era yo quien le daba el mosto y el aceite (...).
La desnudaré ante sus amantes
y nadie podrá librarla de mi mano (...).
La castigaré por festejar a los baales
olvidándose de mí» (Os 2,4-15).

Sin embargo, cuando la tensión del poema nos lleva a esperar que se ejecute la
amenaza, hay un cambio brusco e inesperado. Dios se da cuenta de que con el castigo
nunca recuperará a la esposa, y descubre que sólo volverá con Él si la vuelve a enamorar:
«Pero yo voy a seducirla,
la llevaré al desierto
y le hablaré al corazón» (Os 2,16).

El desierto en este caso es el símbolo de la relación de Dios con su pueblo antes de


entrar en la tierra prometida; el desierto en este texto simboliza el amor de la juventud, la
época en que Dios y su pueblo se entregan de corazón, antes de que Israel se fuera detrás
de otros dioses. Es más, Dios anuncia un nuevo matrimonio dejando atrás el pecado.

75
Existe futuro, así lo cree el profeta. Un futuro que brota de la fidelidad y de la ternura de
Dios:
«Te desposaré conmigo para siempre,
te desposaré en justicia y derecho,
en amor y en ternura,
te desposaré en fidelidad
y tú conocerás al Señor» (Os 2,21-22).

El tercer gran profeta anterior al Exilio de Babilonia, en el siglo VIII, el primero por
importancia literaria y teológica, es Isaías. Es el profeta de la santidad de Dios frente al
hombre pecador; un texto imprescindible para comprenderlo es la teofanía que tiene
lugar en el Templo de Jerusalén.
«De pie, junto al trono, había serafines que proclamaban:
“Santo, Santo, Santo
es el Señor todopoderoso,
Toda la tierra está llena de su gloria” (...).
Yo dije: “¡Ay de mí, estoy perdido!
Yo, hombre de labios impuros,
que habito en un pueblo de labios impuros,
he visto con mis propios ojos al Rey y Señor todopoderoso”» (Is 6,3-5).

El hombre, frente a Dios, su creador, es un ser débil e indigno; no es más que un soplo
que pasa: «No confiéis más en el hombre, cuya vida es apenas un soplo sin valor» (Is
2,22).
El otro tema que configura el pensamiento teológico de Isaías es el anuncio del
Mesías. Isaías recoge la promesa davídica según la cual Dios había prometido al rey
David que su linaje sería perpetuo (2Sam 7,14-16). Son tres los oráculos que poco a
poco van anunciando y perfilando al ungido de Dios.
El primero anuncia el nacimiento de un niño, de la dinastía davídica, signo que da
esperanza al pueblo, convencido de que no tiene futuro: Dios no nos ha abandonado,
Dios está con nosotros (=Emmanuel).
«El Señor os dará una señal:
mirad, la joven está encinta y da a luz un hijo,
a quien pondrá de nombre Emmanuel» (Is 7,14).

El segundo oráculo es un canto de alegría, de gozo desbordante porque nos ha nacido


un niño que sabrá juzgar con derecho y justicia.
«Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (...).
Dilatará su soberanía en medio de una paz sin límites (...),
y afianzará el trono de David sobre el derecho y la justicia
desde ahora y para siempre» (Is 9,1-6).

Isaías descubre que la palabra de Dios no se refiere a un descendiente de carne y


sangre de la dinastía de David (reyes que son en su mayor parte injustos y violentos); por
eso, en el tercer oráculo el profeta se despega de la descendencia carnal (que no conducía
a nada) e inaugura el futuro que espera con la imagen de un renuevo que surgirá del
tronco de Jesé, del padre de David. Dios es fiel a su promesa, Dios no abandona a su

76
pueblo, Dios hace brotar una y otra vez lo nuevo cuando parece que los caminos
humanos se acaban.
«Saldrá un renuevo del tronco de Jesé,
un vástago brotará de sus raíces,
sobre él reposará el espíritu del Señor» (Is 11,1-9).
Un siglo más tarde (s. VII) aparece en Jerusalén el profeta Jeremías. Su mensaje sigue
siendo el de la conversión del pueblo, si bien el profeta ve que la destrucción de
Jerusalén es inminente. De hecho Jeremías es testigo del asedio y destrucción de
Jerusalén en el año 587 y, posteriormente, es testigo de las deportaciones del pueblo. Él
mismo fue deportado, si bien no fue con todos a Babilonia, sino que marcha a Egipto,
donde su rastro se pierde. No nos detenemos en el mensaje de este profeta porque
aparece en otras partes de este libro.

La profecía en el exilio
La caída de Jerusalén marca una nueva etapa en la historia de la profecía. Antes de ella
estuvo dominada por el tema del castigo y la amenaza. A partir de ahora los profetas
hablarán de esperanza y de consuelo. El exilio de Babilonia (587-538 a.C.) es uno de los
puntos de referencia necesarios para poder comprender la Biblia. Podemos hablar del
pueblo de Israel antes y después de Babilonia, o lo que es lo mismo, del preexilio y del
posexilio. Ya nada fue como antes. Lo han perdido todo: la tierra prometida, la ciudad
santa, el templo, la independencia. Ni siquiera les queda la esperanza del retorno o la
seguridad de ser el pueblo elegido y amado por Dios. ¿No está Dios con nosotros? Sin
embargo, esta época del destierro será una de las más creativas de la historia de Israel:
una «siembra entre lágrimas» que produce «una cosecha entre cantares» (Sal 126,5). Dos
son los profetas del exilio: Ezequiel y el Deutero Isaías.
Pocos datos conocemos de Ezequiel. Contemporáneo de Jeremías, debió de ser algo
más joven que él, pero no aparece a su lado en los turbulentos años que terminaron con
el reino de Judá y el destierro. Probablemente fue sacerdote pero, al ser desterrado a
Babilonia, lejos de Jerusalén, no pudo ejercer su ministerio. Muchos estudiosos piensan
que Ezequiel fue llevado al destierro en la primera deportación (la del 597), antes de la
conquista de Jerusalén, con el rey Jeconías y altos cargos de Judá. Estas lagunas acerca
de su vida hacen que tampoco sepamos precisar bien cuándo profetizó y a quién se
dirigía. Para unos tuvo dos etapas: una primera en Jerusalén –cuando tienen las visiones
del Templo– y una segunda en Babilonia, cuando fue deportado con los nobles. Otros
piensan que sólo profetizó en la capital caldea. En cualquier caso, la caída de Jerusalén
marca un rumbo nuevo en la predicación del profeta.
Ezequiel es un profeta muy profundo en su mensaje, pero difícil de leer.
Probablemente por su personalidad extraña, propenso a estados anímicos muy extremos.
En su libro abundan las visiones y las acciones simbólicas.
El profeta no es un hombre que cierre los ojos a los pecados de su pueblo. Todo lo
contrario, los denuncia con valentía: «El pecado de Israel y de Judá es muy grande; el
país está cubierto de sangre, y la ciudad llena de violencia. Han dicho: “El Señor ha

77
abandonado el país, el Señor no ve nada”. Pues yo tampoco los miraré con compasión ni
tendré piedad, daré a cada uno según su merecido» (Ez 9,9-10).
Ezequiel da un paso adelante: la gloria de YHWH que habita en el Templo de
Jerusalén se va de la ciudad porque no puede soportar más las abominaciones que
comete el pueblo elegido (Ez 11,22-25). ¿Abandona Dios a su pueblo? ¿No había
establecido permanentemente su morada entre nosotros? ¿La presencia de Dios es un
salvoconducto para hacer lo que deseamos o es una exigencia? Ya Jeremías había
advertido que el Templo de Jerusalén no era un cheque en blanco para campar a sus
anchas. Ezequiel es severo: la gloria de YHWH –Dios mismo– es fiel a sus promesas,
pero no tolera la opresión de los débiles.
La deportación a Babilonia y la posterior destrucción de Jerusalén fue leída como
castigo por los pecados. Dios no era el culpable porque el pueblo tenía la Ley y le habían
desobedecido obstinadamente. Dios había abandonado a su pueblo y los enemigos
habían entrado a saco. Fue tan grande la conmoción que todo se trastocó. Incluso el
mensaje del profeta sufre un cambio radical. De la denuncia pasa a ser profeta de
esperanza. Dios no abandona a su pueblo y anuncia una gran restauración. Si los
encargados (pastores) de su pueblo (rebaño) no han sabido ni han querido apacentar con
cariño y esmero, Dios será el pastor (Ez 34,11-16). Los mismos montes sobre los que se
abatió la espada y la destrucción (Ez 6) escuchan ahora una palabra de consuelo (Ez
36,1-15). El elemento más importante es el cambio interior del hombre:
«Os tomaré de las naciones donde estáis,
os recogeré de todos los países
y os llevaré a vuestra tierra.
Os rociaré con agua pura
y os purificaré de todas vuestras impurezas e idolatrías.
Os daré un corazón nuevo
y os infundiré un espíritu nuevo;
os arrancaré el corazón
de piedra y os daré un corazón de carne» (Ez 36,24-26).

El pueblo no se halla en situación de escuchar tales promesas. Sólo piensa: «Nuestros


huesos están calcinados, nuestra esperanza se ha desvanecido» (Ez 37,11). Este pueblo
que se considera muerto, sin futuro, escucha una profecía (la visión de los huesos secos)
que le da esperanzas de vida (Ez 37,1-14). Así llegamos al punto culminante. El castigo
más duro que Dios podía infligir a Israel era la destrucción del templo y la desaparición
de su gloria. Ahora, cuando todo cambie, se construirá un nuevo templo (Ez 40-42), al
que volverá la gloria del Señor (Ez 43,1-5).
El otro profeta del exilio es el Deutero Isaías. Lo llamamos así (literalmente «Segundo
Isaías») porque no sabemos quién está detrás de este profeta. Literariamente lo
encontramos entre los capítulos 40 y 55 del libro de Isaías. Poéticamente es un libro
soberbio, de gran belleza; teológicamente desarrolla una serie de temas fundamentales en
la espiritualidad y teología bíblica.
Es el profeta de la «consolación». Así comienza precisamente su libro: «Consolad a
mi pueblo, dice el Señor» (Is 40,1), inaugurando una nueva época, la del fin del exilio en

78
Babilonia. Podemos traspasar esta exclamación a todas las épocas: ¡Dios es un Dios de
consolación, de afecto, de posibilidades y de comprensión, nunca de intolerancia,
humillación o desprecio! Es el profeta del nuevo Éxodo. Cuando el pueblo está
subyugado y no ve posible la esperanza, anuncia de parte de Dios que el mismo Señor
que sacó a su pueblo de Egipto los llevará de nuevo a Judá. ¡Hay que levantarse!
Es el profeta de la Palabra. Tanto el comienzo del libro como su final tienen una
referencia a la palabra de Dios. Primero nos dice:
«Se seca la hierba, se marchita la flor,
pero permanece para siempre la palabra de nuestro Dios» (Is 40,8).

Y al final del libro concluye:


«Como la lluvia y la nieve caen del cielo y sólo vuelven allí
después de haber empapado la tierra (...),
así será la palabra que salga de mi boca:
no volverá a mí de vacío,
sino que cumplirá mi voluntad
y llevará a cabo mi encargo» (Is 55,10-11).

Es el profeta de un Dios único y creador. A lo largo de sus capítulos, el autor de los


poemas insiste hasta la saciedad en que sólo Dios es Dios, que no hay ningún otro; es
más, que los dioses no son nada. Es un Dios creador y soberano.
Es el profeta, por fin, de los «Poemas del Siervo de YHWH» (Is 42,1-7; 49,1-7; 50,4-
9; 52,13–53,12). Cuatro poemas enigmáticos desde un punto de vista literario e histórico,
pues el personaje se esconde tras los versos; sin embargo, teológicamente, anticipan y
preparan el mesianismo de Cristo, que en su mansedumbre y debilidad nos ha traído la
salvación.

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Descubrir la actualidad de los profetas para el
hombre de hoy.
Propuestas de diálogo:
¿Cuáles son las circunstancias que más preocupan hoy a
nuestro pueblo?
¿Qué nos impide mirar al futuro con esperanza?
¿Creemos que Dios puede hacerlo todo nuevo?
2. Orar con la Biblia:
Texto: La visión de los huesos secos (Ez 37,1-14).
Enumera situaciones vitales tuyas o de tu comunidad que
sean de sequedad, de falta de vida, de hastío.
¿Crees que es posible renacer en medio de situaciones
límites de cansancio y pobreza humana como lo anuncia
Ezequiel?
¿Qué papel juega la fe en este proceso de mirar con
esperanza al futuro?
«SEÑOR, DINOS QUE PODEMOS»
Dios, Padre bueno,
fuente de todo consuelo y misericordia.
Reconocemos que estamos cansados,

79
que nos falta el aliento para seguir en la brecha,
que se nos apodera el peso de la rutina.
Míranos con cariño y danos tu abrazo reconfortante.
Dinos al oído que estás con nosotros,
que es posible hacer un mundo conforme a tu voluntad,
que podemos seguir creyendo en el hombre,
que la violencia no tiene la última palabra.
Dios, Padre bueno, danos la fuerza de tus profetas,
dinos la palabra exacta para que sepamos ser
portadores de esperanza,
recreadores de la historia,
obreros entusiasmados de tu Reino. Amén.

80
4. La Palabra de los sabios

Nuestro término «sabio» no describe adecuadamente la realidad de estos personajes del


antiguo Israel. Para nosotros sabio es una «persona que posee grandes conocimientos o
que se dedica al estudio o a la investigación con grandes resultados». Tendríamos cierta
imagen caricaturizada del sabio como persona despistada, abstraída en su ciencia, alejada
de los problemas diarios, con escaso sentido práctico. Esta imagen, que no nos vale para
nosotros, mucho menos vale para los antiguos. Afrontamos esta parte dedicada a los
«libros sapienciales» en tres pasos. Primero nos fijaremos en la figura del sabio, en el
personaje; luego nos pararemos a reflexionar en el «temor de Dios», indispensable para
quien quiera ser sabio de verdad. Por último veremos cómo la concepción de la sabiduría
no es inmóvil, sino que crece y cambia con la experiencia y con el tiempo.

Madurar en sensatez
El sabio de la Biblia (hakam) es la persona sensata, que aprende de la experiencia, que
pone cordura en el quehacer diario, y lo hace desde un profundo sentido religioso, desde
Dios. Se preocupa de saber cómo conducir la vida para obtener la verdadera felicidad; es
el experto en el arte del bien vivir.
El sabio no busca la respuesta a los problemas de la vida en los archivos, como el
historiador, ni en el contacto directo con la palabra de Dios como el profeta. Su palabra
nace de la experiencia iluminada por la fe. El profeta habla en nombre de Dios, y sus
labios proclaman: «Así dice el Señor»; el sabio sólo se atreve a invitar a la sensatez:
«Hijo mío, guarda los consejos de tu padre, no rechaces las instrucciones de tu madre»
(Prov 6,20). Ahora bien, no estamos sólo ante una colección de buenos consejos; junto
con esta sabiduría propia de la vida, Israel desarrolla también toda una literatura
sapiencial, tal como encontramos en el prólogo no canónico del traductor del libro del
Eclesiástico (Ben Sirá): «Mi abuelo Jesús, después de dedicarse intensamente a leer la
ley, los profetas y los restantes libros paternos, y de adquirir un buen dominio de ellos,
se decidió a componer por su cuenta algo en la línea de la sabiduría e instrucción»
(Prólogo no canónico del traductor del Eclesiástico).
El sabio sabe que el ser humano es criatura, que sólo se puede mirar en el espejo de
Dios; que está dotado de inteligencia, pero que sólo será feliz si cumple la Ley y vive en
el espíritu de la alianza, abriendo su vida al prójimo. «El Señor formó al hombre de la
tierra y allá volverá; lo revistió de un poder como el suyo y lo hizo a su propia imagen
(...), les concedió inteligencia y en herencia una Ley que da vida; hizo con ellos alianza
eterna enseñándoles sus mandamientos (...), les dio mandamientos en relación con el
prójimo» (Si 17,1-14).
Por ser criatura, sabe que es mortal, no cierra los ojos de forma inmadura a la
evidencia: «Dios ha repartido una gran fatiga y un yugo pesado a los hijos de Adán,
desde que salen del vientre materno hasta que vuelven a la madre de los vivientes:

81
preocupaciones, temor de corazón y la espera angustiosa del día de la muerte» (Si 40,1-
2).
A veces parece que la reflexión sobre el sentido de la vida, en la rueda de la rutina y
de la imposibilidad de cambiar el mundo, lleva a gustar cierta desesperación. Tal es la
reflexión del autor del Eclesiastés (Qohélet): «¿Qué saca el hombre de todas las fatigas
que lo agotan bajo el sol? Una generación se va, otra generación viene, mientras la tierra
siempre está quieta. Sale el sol, se pone el sol, jadea por llegar a su puesto y de allí
vuelve a salir. Camina al sur, gira al norte, gira y gira y camina el viento. Todos los ríos
caminan al mar y el mar no se llena; llegados al sitio adonde caminan, desde allí vuelve a
caminar. Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. No se sacian los ojos de
ver ni se hartan los oídos de oír. Lo que pasa, eso pasará; lo que sucedió eso sucederá;
nada hay nuevo bajo el sol» (Qo 1,4-9).
Pero la reflexión de los sabios, en su conjunto, no es pesimista, como si fuera inútil la
vida, sino una llamada a disfrutar de las cosas sencillas, a comportarse con cordura, a
vivir de forma religiosa respetando a Dios y a los demás.

Sabiduría y temor de Dios


El libro del Eclesiástico abre con una sentencia que parece toda una declaración de
principios: «Toda sabiduría viene del Señor y está siempre con Él» (Si 1,1). Frente a los
judíos, que admiraban la sabiduría griega (sofía) e iban tras ella despreciando la propia
de Israel, el libro del Eclesiástico enseña sus armas en el primer versículo con el que
comienza el libro.
De Dios procedía la sabiduría que hizo famoso a Salomón y de Dios procede todo
verdadero conocimiento. Por eso el sabio de Israel, sobre todo en las últimas épocas, es
un hombre religioso que «madruga por el señor y reza delante del Altísimo» (Si 39,5) ya
que sólo Dios puede «llenarlo de Espíritu de inteligencia» (Si 39,6).
Desde las más antiguas colecciones de Proverbios, aparece con claridad la convicción
de que tanto en los conocimientos como en los proyectos del hombre se encuentra la
voluntad de Dios: «El hombre medita muchos planes, pero se cumple el designio de
Dios» (Prov 19,21). Es necio y presuntuoso quien se muestra seguro de sí mismo
creyendo tener todo previsto y calculado: «No te tengas por sabio, teme al Señor y evita
el mal» (Prov 3,7).
Los libros sapienciales recogen con insistencia la relación entre la «sabiduría» en su
concepción hebrea (hokmah) y la idea bíblica del «temor de Dios». Ambas corren la
misma suerte: el crecimiento en el «temor de Dios» hace crecer la sabiduría, de la misma
forma que la madurez progresiva en sabiduría desarrolla el sentido del «temor de Dios».
Por ser una expresión que puede conducir a equívocos, y para evitar que se entienda
como «terror a Dios», algunas traducciones actuales prefieren hablar de «respetar a
Dios» o de «honrar a Dios». Sin embargo, es mejor mantener la expresión bíblica y
explicarla.
El «temor de Dios» es una noción compleja que contiene prácticamente todo el
comportamiento del creyente hacia Dios. No es sinónimo de pánico ante su presencia o

82
de miedo a un castigo por algún error que pueda cometer el hombre. El «temor de Dios»,
bien entendido, lleva al orante al respeto, a la confianza y al amor. Es reconocimiento y
adoración al Dios que es totalmente Otro y que sin embargo se hace presente en la vida.
Es la firme adhesión del creyente hebreo a su Dios porque ha experimentado la
presencia, el poder benéfico y la fidelidad divina a pesar de los pecados humanos.
La expresión «temor de Dios» se aproxima a lo que nosotros designamos como
«sentido religioso». Puede dominar el aspecto moral de «guardar los mandamientos»,
pero tiene más bien la dimensión positiva que lo comprende como «respeto reverencial»
o como «adoración gozosa».
Así se comprende el himno que el libro del Eclesiástico le dedica en el primer capítulo
y que es clave para comprender todo lo que sigue (Si 1,11-20). Para el Eclesiástico
(Sirácida o Ben Sirá) la verdadera sabiduría que conduce a la perfecta alegría y a la
plenitud de la vida humana comienza y culmina en el temor de Dios. El himno tiene dos
partes: primero repite en tres estrofas seguidas una alabanza al «temor de Dios»,
indispensable en la vida de cualquier persona.
«El temor del Señor es gloria y honor,
deleite y corona de alegría.
El temor del Señor alegra el corazón,
da deleite, alegría y larga vida.
El que teme al Señor tendrá un buen final,
el día de su muerte será bendecido» (Si 1, 11-13).

A continuación el autor compone un poema jugando con una serie de términos


colocados estratégicamente: «principio», «plenitud», «corona» y «raíz». Al final de cada
verso encontramos el «temor del Señor».
Se trata de un poema netamente positivo. En él subyacen imágenes bien de la vida
familiar (seno materno, morada, descendencia), bien de la naturaleza (lluvia, frutos, flor,
raíz, ramas). Con la sabiduría viene la abundancia material (tesoros, graneros llenos) y
espiritual (ciencia, inteligencia), disfrutando de una larga vida en «alegría». Ahora bien,
no es posible la plena sabiduría si se da la espalda a Dios. El temor de Dios, el amor
reverencial y confiado a Él, es el verdadero «principio» de la sabiduría, y también su
«plenitud». Es la «raíz» donde se agarra a la tierra y donde se nutre, y es la «corona» que
indica su punto máximo de gloria. Notemos su construcción en dos ideas paralelas
contrapuestas, según el esquema A-B-B’-A’. Primero contrapone los dos extremos:
«principio» y «raíz»; luego, en el centro, su máximo desarrollo: «plenitud» y «corona».

El principio de la sabiduría es temer


A (1,14)
al Señor.
La plenitud de la sabiduría es temer
B al Señor: (1,16)
con sus frutos sacia a los fieles.
La corona de la sabiduría es temer al
B’ Señor: (1,18)
sus brotes son la paz y la salud.
La raíz de la sabiduría es temer al

83
A’ Señor, (1,20).
y sus ramos son una vida larga.

También el libro del Eclesiastés, con su punto de lucidez desencantada, llega a la


misma sentencia:
«En conclusión, y después de oírlo todo,
teme a Dios y guarda sus mandamientos,
porque eso es ser hombre» (Qo 12,13).

84
LOS LIBROS SAPIENCIALES

Es necesario que echemos una mirada a los libros conocidos como «sapienciales».
¿Cuáles son? ¿De dónde vienen esos nombres en algunos casos enigmáticos?
En primer lugar, son cinco los libros que reciben esta designación de «libros
sapienciales»: Proverbios, Eclesiástico, Eclesiastés, Job y Sabiduría.
Los nombres que se prestan a confusión son Eclesiástico y Eclesiastés. A veces
algunos prefieren darle el nombre hebreo para evitar confusiones. Así, Eclesiástico
es Ben Sirá o también Sirácida, y Eclesiastés es Qohélet.
El nombre de Ben Sirá lo proporciona el mismo libro; si leemos su Prólogo
veremos que su autor nos dice que el libro fue escrito en hebreo por su abuelo,
Jesús Ben Sirá, y que él lo ha traducido al griego. La Iglesia lo «rebautizó» con el
nombre de Eclesiástico por el uso frecuente que tenía en las primeras comunidades.
Caso totalmente distinto es el del Eclesiastés. En hebreo se usa una palabra
ciertamente extraña: Qohélet, que unos traducen como «Predicador», como si se
tratase de un oficio, y otros dicen que tiene que ver con «la persona que convoca la
asamblea litúrgica» y de ahí su traducción al griego, Eclesiastés, ya que en hebreo
qahal y ekklesía en griego significan «asamblea litúrgica».
Aunque estos dos libros tengan un título similar su contenido es, sin embargo,
totalmente diverso. No debemos, por tanto, relacionarlos como si tuvieran una
trama común o fueran intercambiables. Además, a la hora de citarlos, no debemos
confundir Ecl (Qo) que indica Eclesiastés con Eclo (Si) que es la abreviatura de
Eclesiástico.
Por otra parte, si dejamos a un lado el libro de los Proverbios, podemos decir
que el libro de Job y el de Eclesiastés pertenecen a la «época persa» (siglos VI-IV
a.C.), mientras que el libro del Eclesiástico y el libro de la Sabiduría pertenecen a la
época griega o helenista (mitad del s. IV-s. I a.C).

Del optimismo a la realidad


La sabiduría es un fenómeno común al Antiguo Oriente, anterior sin duda a la existencia
del pueblo de Israel. En Egipto, Mesopotamia y Siria la encontramos representada en
numerosos proverbios, fábulas y poemas. Se trata en gran parte del «arte de escribir
bien» y de la «buena educación y gobierno», destinados principalmente a príncipes y
nobles, sin excluir un sentido religioso. La Biblia recoge algunos de estos testimonios
extranjeros demostrando así el carácter internacional de la sabiduría. En el libro de los
Proverbios encontramos las «Máximas de Agur, hijo de Yaqué, de Masá» (Prov 30), a
las que siguen en el capítulo 31 unas «Máximas de Lemuel, rey de Masá, que le enseñó
su madre».
La sabiduría oriental influyó en Israel desde tiempos muy antiguos. Un ejemplo lo
tenemos en el apólogo de Yotán (Jue 9,7-15), anterior al establecimiento de la
monarquía en Israel (ss. XII-XI a.C.), considerado como una crítica severa al sistema
monárquico. Con seguridad en el ámbito de las familias y los clanes que formaban las
tribus surgieron desde el primer momento enseñanzas sencillas sobre la amistad, la
educación de los hijos, la hospitalidad y temas similares. Muchas de estas máximas o
sentencias se encuentran actualmente coleccionadas en el libro de Proverbios.
Cuando más se desarrolló el fenómeno sapiencial dentro de Israel fue en tiempos del
rey Salomón (s. X a.C.) gracias al contacto con la cultura egipcia y a la afición personal
del rey. La tradición bíblica lo presenta como el sabio por excelencia, con una sabiduría
que «superó a la de los sabios de Oriente y de Egipto» (1Re 5,10). De estos relatos
podemos destacar dos detalles: primero, la sabiduría es don que se pide a Dios y que

85
Dios concede. Este texto, que conocemos como la «oración de Salomón», debe ser leído
conjuntamente con Sab 9,1-18, que pasa por ser la oración que pronunció el rey: «En
Gabaón el Señor se apareció aquella noche en sueños a Salomón y le dijo: “Pídeme lo
que quieras”. Salomón respondió: “(...)Enséñame a escuchar para que sepa gobernar a tu
pueblo y discernir entre el bien y el mal” (...). Al Señor le pareció bien que Salomón
pidiera aquello y le dijo: “Por haber pedido esto, y no haber pedido una vida larga, ni
haber pedido riquezas, ni haber pedido la vida de tus enemigos, sino inteligencia para
acertar en el gobierno, te daré lo que has pedido: una mente sabia y prudente, como no la
hubo antes de ti ni la habrá después de ti”» (1Re 3,5-13). En estos momentos iniciales la
sabiduría abarca aspectos muy distintos: el gobierno del pueblo y la administración de la
justicia (por ejemplo, el juicio de las dos madres en 1Re 3,16-22); la capacidad para
tomar decisiones importantes (la construcción del Templo de Jerusalén en 1Re 5,15-32),
incluso un conocimiento «enciclopédico»: «La reina de Sabá oyó la fama de Salomón y
fue a desafiarlo con enigmas (...). Entró en el palacio de Salomón y le propuso todo lo
que pensaba. Salomón resolvió todas sus consultas; no hubo una cuestión tan oscura que
el rey no pudiera resolver» (1Re 10,1-3).
Otro aspecto importante de esta sabiduría israelita es que pretende inculcar en el
pueblo una serie de principios de conducta a través de personajes ficticios o históricos
colocados en situaciones aleccionadoras. La historia de José es un claro ejemplo de
edificación moral; leyendo su vida el lector aprende a confiar en Dios en medio de las
dificultades, a mantenerse firme en las tentaciones como cuando la mujer de Putifar le
quiere seducir (Gén 39,7-23); a descubrir la providencia de Dios (Gén 45,8); a perdonar
a sus hermanos que lo vendieron (Gén 45,1-24). La historia de Tobías nos muestra
cómo, a pesar de las terribles pruebas, Dios no abandona a los suyos. La sabiduría
tradicional de Israel es eminentemente optimista. Dios provee y premia en esta vida. Así
lo confirman una serie de textos repartidos por los libros de Proverbios y Eclesiástico.
«La casa del malvado se arruina,
la tienda del honrado prospera» (Prov 14,11).
«[Dios] no deja escapar al malvado con su rapiña,
ni frustra la paciencia del justo» (Si 16,13).

Sin embargo, este «optimismo» entra en un momento de crisis. No es que dejen de


creer en Dios, ni de creer que Dios sea bueno, ni de creer que Dios sea el Señor de la
historia. Se trata, más bien, de contraponer la fe a la dura realidad. El término «crisis»
significa etimológicamente «poner en tela de juicio». El profeta Jeremías, a mediados del
siglo VI a.C., ya había cuestionado el optimismo general planteando a Dios esta incisiva
pregunta: «Aunque Tú, Señor, llevas razón cuando discuto contigo, quiero proponerte un
caso: ¿Por qué prosperan los impíos y viven en paz los traidores?» (Jer 12,1). En los
libros sapienciales nos encontramos con dos planteamientos novedosos y rompedores.
El primero es el libro de Job, que plantea su crisis desde lo que podríamos llamar
rebelión ante el sufrimiento injusto. El libro de Job comienza con una introducción que
nos ayuda a situarnos en la escena: un hombre rico y piadoso, que sabe conjugar la
abundancia con la rectitud moral y el temor de Dios, ve en poco tiempo cómo mueren

86
sus hijos, pierde todos los bienes y sufre una grave enfermedad. ¿Acaso no dice la
doctrina tradicional de Israel que al justo y piadoso le va bien en todo lo que emprende?
Elifaz, uno de los «amigos» de Job, repite la teoría de los antepasados: «El malvado pasa
la vida en tormentos... escucha ruidos que lo espantan; cuando está más tranquilo, lo
asaltan los bandidos. No confía volver de las tinieblas, porque está reservado para el
puñal. Lo destinan a pasto de los buitres y sabe que su día está cercano; el día lóbrego lo
aterroriza, la inquietud y la angustia lo atenazan...» (Job 15,20-24). Pero Job no se
contenta con estas frases hechas, contrarias a la experiencia sufrida en sus propias
carnes; retoma la pregunta de Jeremías pero con ironía: «¿Por qué siguen vivos los
malvados y al envejecer se hacen más ricos?» (Job 21,7). Al final de este capítulo
encontramos una crítica demoledora a toda la sabiduría anterior: «¿Me queréis consolar
con vaciedades? Vuestras respuestas son puro engaño» (Job 21,34). Job da el salto al
sufrimiento de todo el mundo y se enfrenta cara a cara con la imagen tradicional de Dios.
Job no duda de que Dios sea poderoso e inteligente: «Él posee sabiduría y poder, la
perspicacia y la prudencia son suyas» (Job 12,13), pero en una visión inmovilista y
mecánica de Dios, estas cualidades no son capaces de dar vida, sino de estar al servicio
de la destrucción: «Lo que Él destruye, nadie lo levanta; si Él aprisiona, no hay
escapatoria; si retiene la lluvia, viene la sequía; si la suelta, se inunda la tierra» (Job
12,14-15). Hoy diríamos que Job es la persona que se atreve a poner en tela de juicio su
propia imagen de Dios; no puede creer ya en una divinidad que justifica el mal, que llega
donde no llegamos como si de un «tapahuecos» se tratara, una divinidad
«explicalotodo», ante la que sólo te cabe callar. La única salida posible para Job es
descubrir una nueva imagen de Dios fruto de una nueva experiencia. Al final del libro
encontramos esta joya que el autor pone en boca de Job: «Te conocía sólo de oídas,
ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5).
El segundo planteamiento rompedor y novedoso respecto a la visión tradicional es el
libro del Eclesiastés o del Qohélet. Su punto de partida no es el sufrimiento injusto, sino
el sinsentido de la vida. Se trata de un libro muy moderno; parece que nos hace un guiño
con su lema que repite como un sonsonete: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad»
(Qo 1,2) y con su invitación a disfrutar del momento presente. En efecto, ¿no propone
«disfrutar» al máximo del ahora porque no sabemos si existe futuro? Sería el lema
moderno del «lo quiero todo y lo quiero ya», nueva versión del «carpe diem» de los
antiguos.
La ficción literaria presenta al protagonista como «rey de Jerusalén e hijo de David»
(Qo 1,1). Habla de un esfuerzo inicial en conseguir la sabiduría que termina en la amarga
constatación de que «la sabiduría y el saber son locura y necedad» (Qo 1,17); nos habla
entonces de su experiencia del placer y la alegría, de la frivolidad y la riqueza: «Después
examiné todas las obras de mis manos y la fatiga que me costó realizarlas: todo resultó
vanidad y caza de viento, nada se saca bajo el sol» (Qo 2,11). Así «concluí por
desengañarme de todo el trabajo que me fatiga bajo el sol» (Qo 2,20). Para el Eclesiastés
está en crisis la capacidad de orientar la vida y darle un sentido, porque la experiencia le
ha llevado a un profundo escepticismo. Duda de todo: de la justicia, de la capacidad de

87
los gobernantes, del esfuerzo humano, de la enseñanza tradicional, del recto orden del
mundo. Nada queda en pie ante su crítica implacable. Pero lo que elimina todo de la
manera más absoluta es la realidad de la muerte, idea obsesiva para el Eclesiastés, hecho
al que nadie puede escapar y que anula la consistencia de cualquiera de nuestras
empresas. Sin embargo, Qohélet encuentra una salida al problema. No al estilo de Job,
mediante un conocimiento nuevo de Dios, sino de forma aparentemente más profana y
secular, optando por el placer sencillo y cotidiano: «Yo alabo la alegría, porque el único
bien del hombre es comer, beber y alegrarse; eso le quedará de sus trabajos durante todos
los días de su vida que Dios le conceda vivir bajo el sol» (Qo 8,15). No se trata de una
frase suelta, sino de una idea que se repite a lo largo de la obra con fuerza creciente (cf
Qo 2,24; 3,12.22; 5,17; 9,7-10).
Si los dos libros anteriores forman parte de la etapa persa de la Biblia, aún quedan dos
representantes del pensamiento sapiencial bíblico que viven en la época griega:
Eclesiástico y Sabiduría. Estas dos obras sólo son admitidas por la Iglesia católica como
canónicas. Entramos con ellas en una última etapa de desarrollo de la sabiduría que tiene
rasgos propios que con anterioridad no se habían dado. No podemos afrontar este punto
sin hacer una referencia al gran conquistador macedonio Alejandro Magno. Con él se
inicia y fragua el fenómeno que conocemos como «helenismo» y que abarca aspectos tan
diversos como el arte, la lengua, la filosofía. Ninguna ciudad ni región importante se vio
libre de este influjo, Judá tampoco. Muchos corrieron el peligro de sobrevalorar esta
nueva cultura desestimando la riqueza y la peculiaridad de su propia tradición. Aunque
también cabrá el peligro contrario de no valorar lo bueno que aportaba la cultura
helenística. Esta postura ambivalente va a condicionar la reflexión sapiencial de los
últimos siglos. La cultura griega supone un «revulsivo» para el movimiento sapiencial de
Israel: unos se aferraron a la fe de sus padres, pero otros buscaron lanzar un puente entre
la tradición judía y las aportaciones de la cultura griega. Así, el capítulo inicial del libro
del Eclesiástico insiste en que «toda sabiduría viene del Señor» (Si 1,1). El autor del
libro de la Sabiduría, por su lado, no intenta hacer un sincretismo entre judaísmo y
helenismo, sino que busca puntos de diálogo y de encuentro: usa un lenguaje y unas
fórmulas nuevas, conoce la ciencia y la filosofía griega, y todo ello al servicio de la fe.
Junto con los distintos acercamientos y posicionamientos de los judíos ante la
sabiduría griega, destacamos que la sabiduría israelita (hokmah) pasa a ser en esta época
una figura con rasgos personales. Estamos ante el fenómeno único en el Antiguo
Testamento de la «personalización» de una virtud, actitud noble o cualidad humana. Una
serie de textos la dibujarán como una mujer que se desea, o un ama de casa que prepara
un festín:
«La sabiduría se da a conocer a los que la desean.
La encuentra sentada a la puerta (...).
Ella misma va de un lado a otro
buscando a los que la merecen,
los aborda por los caminos
y les sale al paso en cada pensamiento» (Sab 6,12-16; 7,8-9).
«La quise y la pretendí desde muchacho
y la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura» (Sab 8,2).

88
Estamos en los últimos textos del Antiguo Testamento. La sabiduría bíblica ha
madurado desde el proverbio popular hasta ser una mujer atractiva, deseada, cariñosa,
complaciente, que acompaña al mismo Dios en su acción creadora y en su acción
permanente sobre el mundo. La «sabiduría» bíblica alcanza su madurez, pero aún no ha
llegado a la plenitud. Esta etapa tendrá gran repercusión en la teología del NT, que dará
un paso más adelante y verá en Jesús la sabiduría de Dios encarnada (cf 1Cor 1,24; Col
1,15-17; Heb 1,3).

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Distinguir entre «saber cosas de Dios» y «saborear»
a Dios a partir de un nuevo conocimiento.
Propuestas de diálogo:
¿Qué diferencia hay entre conocer de oídas y conocer por
experiencia? Pon algunos ejemplos.
¿Cuál de las dos es capaz de transformar la vida?
¿Cómo es nuestro conocimiento de Dios? ¿Por tradición, por
búsqueda personal, por experiencia?
¿Las dificultades de la vida impiden creer en Dios o
purifican nuestra experiencia creyente?
¿En qué consiste la verdadera sabiduría que ilumina la vida
del ser humano?

2. Orar con la Biblia:


Texto: «Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos»
(Job 42,5).

«UN CORAZÓN SENCILLO»


Señor, tú me sondeas y me conoces.
Conoces mis ilusiones y sabes de mis preocupaciones.
A veces quiero escaparme de tu presencia,
gritar que no te conozco.
Pero, ¿cómo cerrarme a ti,
que me has dado la vida?
¿Cómo gritar que no te conozco,
cuando sé que estás presente?
Dame un corazón sencillo que pueda descubrirte,
un espíritu alegre que pueda bendecirte,
un alma agradecida que sepa reconocerte.
Que descubra la Sabiduría que procede de Ti,
que Jesucristo sea luz en mis decisiones,
claridad en mis noches,
sosiego en mi desazón.
Señor, tú me sondeas y me conoces.

89
5. La Palabra se torna oración

Con las palabras se tejen hermosos relatos que se repiten en largas veladas. Con las
palabras se pronuncia la denuncia que no se quiere oír y el anuncio que se espera. Con
palabras se bendice y se maldice. La palabra llega a tal intimidad con el mensaje que se
funde con él hasta confundirse: la plegaria es palabra creyente y musitada, el grito es
palabra arrancada, el salmo es palabra cantada. Los salmos son jirones de vida. Se reza y
se canta porque se vive, o lo que es lo mismo, porque se llora, se ríe, se suplica, se
implora, se da gracias... Los salmos son retazos de vida que el orante pone en sus labios
unas veces con temor y temblor, otras en una explosión de alegría.

El libro de los salmos


El «Libro de los salmos» se ha liberado del cajón donde ha estado durante siglos, el de
los libros sapienciales. Los salmos son, ante todo, el libro de la Oración de Israel; pero
sin dejar aparte que es la poesía de Israel. Esto hace que se trate de un libro especial,
pues nació para orar y hoy seguimos orando con él. Por otra parte es un libro hermoso,
de poesía recia, que no se puede manipular ni cortar, ni desgajar. Es verdad que tiene
algunos problemas propios. Aquí sólo diremos algo sobre tres de ellos: su identidad
como «Libro de salmos», su numeración duplicada en su mayor parte y su partición
quíntuple.
El nombre mismo del Libro («Libro de los salmos» o «Salterio») exige en principio
una explicación. Si tomamos en nuestras manos una Biblia hebrea veremos que lo
denomina «Libro de las alabanzas» (Sefer tehillîm). Este título no es del todo afortunado;
muchas veces las personas tomamos el todo por la parte; es verdad que en los salmos hay
alabanzas, pero también hay súplicas o cantos al rey. Por eso los traductores más
antiguos que se conocen, los del s. II a.C., cuando ponen la Biblia al griego (la LXX)
hablan de «Libro de los Salmos» (bíblos psalmon). Esta palabra (salmo) procede de un
verbo griego (psállo) que quiere decir cantar con acompañamiento. Posteriormente en
latín se hablará de Liber psalmorum o de Psalterium, y de ahí nuestro «Salterio». El
título hebreo nos lleva a pensar en un libro de oraciones a Dios; el título griego nos lleva
más bien a cantar con instrumentos. De cualquier forma es el libro por excelencia de la
oración de judíos y cristianos.
Tomemos una Biblia y hagamos un pequeño ejercicio. Vayamos al salmo número 9.
Cuando lo acabamos seguimos y empieza nuestra sorpresa. Vemos que la numeración
cambia: sigue el salmo 10 y entre paréntesis el 9. Si seguimos un poco más adelante, esta
numeración doble llegará... ¡hasta el salmo 147! ¿Qué ha pasado? Algunas biblias nos
dan la clave: junto al salmo 9 pone el alefato (alef, beth, guimel, etc). Son las letras del
«alfabeto hebreo». Todo indica que el autor del salmo quiso que cada estrofa comenzara
por una letra distinta, hasta llegar a la última, la «tau». Si esto es así, como todo lo
indica, la numeración correcta es la de la Biblia griega (la LXX), que entiende que es un

90
único salmo, mientras que la Biblia hebrea lo parte en dos (el 9 y el 10). Para nuestro uso
particular basta con saber que el primer número corresponde a la numeración hebrea y el
número que va entre paréntesis a la griega (la LXX), que es la numeración que adoptó y
sigue usando la Iglesia en la liturgia.
El tercer aspecto a tener en cuenta es que no estamos ante un libro, sino ante cinco
libros, tal como lo divide el mismo texto hebreo. Tenemos un «Pentateuco sálmico». La
Escritura es la puesta por escrito del diálogo que Dios establece con la humanidad y la
respuesta que esta le ha ido dando a lo largo de la historia y que le sigue dando. Para la
concepción más antigua de la Biblia, la que se remonta a aquellos piadosos judíos que
iban componiendo las colecciones que darán lugar a los escritos sagrados, Dios
manifiesta su voluntad en los cinco libros de la Torah. La Torah es mucho más que una
Ley fría, es la instrucción de Dios para que el pueblo viva. Por eso, no nos extraña que
estos compiladores dividieran el libro de los salmos en cinco libros, porque pensaban
que era la respuesta del ser humano a la Torah (instrucción) divina.
Si miramos atentamente nuestras biblias podremos ver esta quíntuple división, que por
una parte es la más antigua y, por otra, no responde a criterios modernos literarios,
cronológicos, etc. Notemos que el texto no pertenece a ningún salmo aunque en su día
también fueron numeradas, y que está formada por una alabanza al Señor (doxología).

PARTES SALMOS TEXTO


Primera del 1 al 41 «¡Bendito sea el Señor, Dios de
Israel por los siglos de los siglos,
Amén!» (41,14).
Segunda del 42 al 72 «¡Bendito sea el Señor, Dios de
Israel, el único que hace maravillas!
¡Bendito sea su nombre glorioso
para siempre; que su gloria llene
toda la tierra! Amén, Amén» (72,18-
19).
Tercera del 73 al 89 «¡Bendito sea el Señor por siempre!
Amén, Amén» (89,53).

Cuarta del 90 al 106 «¡Bendito sea el Señor, Dios de


Israel, por siempre! Y diga todo el
pueblo, Amén, Aleluya» (106,48).
Quinta del 107 al 150 Todo el salmo 150.

Los salmos son poesía


Los salmos son poesía, pero no es como la nuestra. No tenemos ni rimas ni métrica. La
poesía hebrea se basa, en general, en el paralelismo temático, si bien no siempre es claro.
El paralelismo es una forma de pensar antes incluso que una modalidad expresiva.
Consiste en la repetición o desarrollo de una intuición poética en varias partes,
dispuestas en paralelo. La repetición confiere al estilo mayor solemnidad, intensidad y
plasticidad. Las dos formas principales del paralelismo son el sinonímico y el antitético.
La forma habitual de la poesía hebrea es el dístico (verso de dos «esticos»). Cada verso o

91
«estico» se compone de dos partes o «hemistiquios». El ritmo se consigue por medio de
las palabras o conceptos que presenta.
La poesía hebrea tiene el paralelismo como fundamento. En el «paralelismo
sinonímico» se repite una misma idea en dos versos seguidos, cambiando los términos,
buscando otros afines, pero sin repetirlos. Ponemos algunos ejemplos sencillos; otras
veces no se ve con tanta claridad.
«Señor, no nos corrijas con ira,
no me castigues con cólera» (Sal 6,2).
«Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en mis sendas» (Sal 25,4).
«No nos trata según nuestros pecados.
No nos paga según nuestras culpas» (Sal 103,10).

Tenemos que hablar también de los «paralelismos antitéticos». Es justo lo contrario.


La idea no repite el mismo pensamiento, sino que contrapone un pensamiento semejante.
«El Señor conoce el camino del justo,
pero el camino del malvado perecerá» (Sal 1,6).
«Los que esperan en ti no quedan defraudados,
pero el fracaso malogra a los traidores» (Sal 25,3).

No podemos dejar a un lado los «paralelismos progresivos», si bien estos son mucho
más difíciles de descubrir. El pensamiento se desarrolla en dos fases dentro del mismo
verso. El segundo hemistiquio completa al primero para que tenga sentido.
«¡Qué hermoso y agradable
que los hermanos vivan unidos!» (Sal 133,1).
«He invocado al Señor
y me encuentro a salvo de mis enemigos» (Sal 18,4).

Además de estos tres tipos de paralelismos principales, podemos encontrar también


otras variantes menores. Entre ellas destacan los «paralelismos climáticos». La súplica
del orante o la imagen que propone va in crescendo conforme avanzan los versos. A
veces se sirve de la repetición de uno o de varios términos para ayudar a dar una
sensación envolvente a la vez que inabarcable. Por ejemplo, el salmo 29 comienza y
acaba con un paralelismo climático.

Inicio: «Hijos de Dios, aclamad al Señor,


aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el ático sagrado» (Sal
29,1).
Final: «El Señor se sienta por encima del aguacero,
el Señor se sienta como rey eterno,
el Señor da fuerza a su pueblo,
el Señor bendice a su pueblo con la paz» (Sal
29,9-10).

La poesía hebrea, como todas las expresiones poéticas, se sirve de recursos literarios
variados. Ponemos algún poema castellano para comprender mejor los ejemplos. Entre

92
los distintos recursos estilísticos destaca la pregunta retórica, muy frecuente en los
salmos.
«Yo amo a Jesús, que nos dijo:
Cielo y tierra pasarán.
Cuando cielo y tierra pasen
mi palabra quedará.
¿Cuál fue, Jesús, tu palabra?
¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
Todas tus palabras fueron
una palabra: Velad»
(A. MACHADO, Proverbios y Cantares [XXXIV]).

En el salmo 8, toda la pregunta ocupa el centro literario del salmo:


«¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano para que te ocupes de él?» (Sal 8,5).

En el salmo 42-43, primero forma parte de la súplica del orante. Además, por tres
veces, la pregunta retórica sirve para dividir en partes el salmo.
«Las lágrimas son mi pan “noche y día”,
mientras todo el día me repiten:
“¿Dónde está tu Dios?” (...).
¿Por qué te acongojas, alma mía?
¿Por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
“Salud de mi rostro, Dios mío”» (Sal 42,46).

Dentro de las «repeticiones» de un mismo término en una poesía, son frecuentes las
«anáforas», que repiten la misma palabra o sintagma al inicio de varios versos seguidos.
Es frecuente en la poesía castellana. La podemos encontrar marcando el inicio de
distintos versos en una misma estrofa.
«Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo
(...).
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada»
(MIGUEL HERNÁNDEZ, Elegía a Ramón Sijé).

En el conocido salmo 29 se repite insistentemente el sintagma hebreo Qol Yhwh (voz


del Señor):
«La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica,
la voz del Señor descuaja los cedros,
el Señor descuaja los cedros del Líbano» (Sal 29,3.4.5.7.8.9).

En el salmo 118, tres versos comienzan en hebreo de la misma forma:


«Que lo diga Israel: es eterno su amor;
Que lo diga la Casa de Aarón: es eterno su amor;

93
Que lo digan los que temen al Señor: es eterno su amor»
(Sal 118,2-4).

Podemos encontrar la anáfora también entre estrofas, indicando la transición de una a


otra:
«Cuando yo me muera
enterradme con mi guitarra
bajo la arena.
Cuando yo me muera
entre los naranjos
y la hierbabuena.
(...)
¡Cuando yo me muera!»
(F. GARCÍA LORCA. «Memento», en Poema del cante jondo).

En la Biblia encontramos la anáfora entre versos en algunos salmos:


«Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.
Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia» (Sal 136,1-4).

Las repeticiones a veces no son de términos, sino de estribillos. Este puede estar al
inicio y al final del salmo, formando una «inclusión»; otras veces sirve para separar
estrofas, y otras veces como letanía que se repite dándole ritmo al salmo:
«Muerto se quedó en la calle
con un puñal en el pecho.
No lo conocía nadie (...).
Era madrugada. Nadie
pudo asomarse a sus ojos
abiertos al duro aire.
Que muerto se quedó en la calle,
que con un puñal en el pecho
y que no lo conocía nadie»
(F. GARCÍA LORCA, Poema del cante jondo).

De la misma forma, el estribillo en inclusión se puede encontrar en el salterio:


«¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2.10).
La repetición del estribillo puede ir entre estrofas, subdividiendo el salmo en partes
desiguales:
«¡Oh Dios, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve!» (Sal 80,4.8.15).

Por fin, la estrofa puede repetirse en forma de «letanía»:


«Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia» (Sal 118,1.2.3.4.29).

Los salmos son oración

94
Los salmos van más allá de la poesía, son oración. Son, en primer lugar, la oración de
Israel; tanto la que se rezaba en el templo de Salomón (al menos en unos cuantos
salmos), como la que se rezaba en el segundo Templo, tras el exilio, como la que pasó a
la oración en las sinagogas.
Pero no es sólo la oración de Israel, sino de la Iglesia. Los salmos recogen todos los
sentimientos posibles del hombre a Dios. Hay salmos de alabanza a Dios; otros son de
acción de gracias porque hace maravillas; otros son de súplica ante la debilidad humana;
otros de perdón; otros miran al futuro que trae el Mesías; otros preguntan por qué se
esconde... No es un libro escrito «por encargo», sino que recoge los sentimientos y las
oraciones más humanas y más sangrantes, más vivas y más hirientes. Recoge, además,
todos los sentimientos: unas veces de alegría, pero en otros casos no se reprime el
sentimiento de venganza, que también es humano.
Los salmos, leídos en la Iglesia, tienen una característica propia que va más allá de la
oración de Israel. Los podemos leer desde Cristo. En primer lugar porque Jesús, como
buen judío, conocía y rezaba con los salmos; así, rezando los salmos, rezamos también la
oración de Jesús. Pero más importante aún; los salmos nos descubren más el misterio de
Dios que se manifiesta en Cristo. Leídos como un libro de la Sagrada Escritura, no al
margen de ella, los salmos nos adentran en el corazón mismo de Dios y nos desvelan a
Cristo. Él es el Rey, él es el Justo, él es el Orante con mayúscula.
Hemos elegido sólo un salmo, corto, pero que puede servir de ejemplo. Es el salmo 15
para la Biblia hebrea, y el 14 para la griega (la LXX) y la liturgia de la Iglesia. El
versículo 1a no forma parte del salmo, sino que es un «encabezamiento», una nota
marginal; muchos salmos la tienen, con distintas informaciones. El salmo comienza
propiamente en el versículo 1b.
Hacemos tres comentarios: el primero literario, el segundo de antropología teológica,
y el tercero específicamente cristiano.
Salmo 15 (14):
1a
Salmo de David.
1b
«Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?
2
El que procede honradamente
y practica la justicia.
3
El que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua.
El que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino.
4
El que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor.
El que no retractó lo que juró
aun en daño propio.
5
El que no presta dinero a usura
ni acepta el soborno contra el inocente.
El que así obra nunca fallará».

Este salmo pertenece a un subgénero literario menor conocido como «Liturgia de la

95
puerta». Comienza con una pregunta: ¿quién puede ser huésped en tu casa, quién puede
entrar en este monte santo? Sólo que esta vez no es retórica, sino que tiene respuesta.
Cuando los peregrinos se acercaban a Jerusalén, en las inmediaciones del Templo, había
una liturgia que consistía en un diálogo entre los peregrinos y los sacerdotes. El piadoso
israelita pregunta acerca de las condiciones para poder acercarse a la casa de Dios. El
sacerdote le responde con una serie de prescripciones de carácter ético: el que no difama,
el que no miente, el que no abusa del pobre con usura, etc. Al final, en una sentencia
firme, el sacerdote rubrica sus palabras: quien así actúa, no falla.
La religión de Israel está marcada por una rectitud ética. El Dios que se manifiesta en
la Biblia no soporta la oración de los que tienen las manos manchadas con la sangre o el
sudor de los pobres. El Dios creador, el promotor de la liberación (Éxodo), el padre de la
humanidad, no escucha las súplicas de los mentirosos que quieren embaucarle con
bonitas palabras. Es muy significativo que las respuestas a esta liturgia que precedía el
ingreso al Templo no hablen de vestidos dignos, ni de pureza exterior como requisito
para acercarse a Dios, sino de integridad moral con el hermano.
El joven rico le pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la vida eterna. Jesús le
recuerda el primer mandamiento: «Amarás al Señor con todo el corazón...». Jesús añade
un segundo mandamiento: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Jesús nos pide amar
de forma efectiva al prójimo, no sólo «convivir» pacíficamente con él. Jesús no sólo se
«hospeda» en la tienda del Encuentro, sino que él es quien la habita de forma
permanente, porque es el Hijo de Dios.

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Redescubrir los salmos como oración para hoy.
Propuestas de diálogo:
¿Qué dificultades encuentras al orar con los salmos?
¿Te escandalizan los salmos que parecen incitar a la
violencia?
¿Te crees mejor que el salmista?
¿Habría que modificar los salmos o entrar en el verdadero
espíritu de oración?

2. Orar con la Biblia:


Salmo 42–43.
¿Tienes deseo de contemplar el rostro de Dios?
¿Qué es motivo de abatimiento, de turbación en tu vida?
¿Puedes decir que Dios es tu «roca» de refugio?
¿Esperas en el Señor?

«NO PUEDO REZAR»


No puedo rezar cuando te me escondes.
No puedo rezar cuando te me ocultas.
No puedo rezar cuando te me silencias.
No puedo rezar cuando te me apartas.
No puedo rezar si antes no me paro
a hacer silencio, a parar las prisas.
No puedo rezar si te cojo y te dejo,
como un diosecillo de baratijas.
No puedo rezar cuando me burlo del pobre.

96
No puedo rezar cuando uso al hombre.
No puedo rezar cuando me molesta tu presencia.
No puedo rezar cuando escupo a la cara.
No puedo rezar, pero quiero
que mi oración no sea falsa,
para acallar conciencias
ni para jugar a tus espaldas.
Concédeme, Señor, el don de la oración
en intimidad, en constancia,
en ternura y en amargura,
en gozo y en esperanza.

97
98
IV. La Nueva Alianza

99
1. La «Buena Noticia» de Jesús

Hablando con propiedad, la «nueva alianza» no es un tratado novedoso de leyes, sino


una persona: Jesús. Jesús encarna la «nueva alianza» de Dios; Jesús es la «buena noticia
de Dios»; Jesús es el «evangelio» de Dios. No nos movemos entre libros antiguos, textos
religiosos, tratados ajenos a nosotros. Entrar en el evangelio es entrar en el seguimiento
de Jesús, manifestado en la carne, porque era hombre; revelador de Dios, porque es el
Hijo. Los cuatro evangelios son testimonios de creyentes no para satisfacer nuestras
lagunas intelectuales, sino para que conociendo a Jesús le amemos, y amándolo, creamos
en él.
Los evangelios, testimonios escritos de Jesús, están sometidos a las normas propias de
toda obra literaria antigua que recoge la vida de una persona: tradición oral, recopilación
de datos, dichos, recuerdos en las comunidades, y redacción que plasma por escrito la fe
de aquellos hombres, para que nosotros creamos.
Este primer capítulo de esta cuarta parte se detiene primero a plantear de forma
sucinta la formación de los evangelios, pues se trata de «obras compuestas» y es
necesario conocer que pasaron por distintas etapas y que bebieron de distintas fuentes.
Después plantearemos una pregunta que acompaña desde siempre la investigación
bíblica: ¿por qué cuatro evangelios? ¿No sería mejor uno solo?

La formación de los evangelios


La formación del evangelio la podemos resumir en tres grandes etapas: Jesús, las
primeras comunidades y la redacción.
Jesús predica a la gente en general, y a sus discípulos en particular. Estos recuerdan
sus «palabras», sus «dichos», sus «enseñanzas», sus «parábolas». Debemos dar gran
importancia a la tradición oral, fundamental en los pueblos antiguos, pero de una forma
especial en el Oriente. Es la forma de conservar y de transmitir un saber de padres a
hijos, de maestros a discípulos.
Jesús no predica dichos sueltos, como si de un sabio enigmático se tratara. Las
palabras forman parte de un proyecto: reúne a unos discípulos, elige a unos apóstoles, les
envía a anunciar la llegada del reino de Dios.
Jesús tampoco es un profeta de buenas intenciones, de hermosas pero irrealizables
promesas. Los signos le acompañan: realiza curaciones, expulsa del Templo a los
mercaderes, entra solemnemente en Jerusalén, acude a casa de pecadores.
La vida de Jesús no es la de un personaje mítico donde narración y leyenda se
entremezclan. Los discípulos y la comunidad recuerdan su muerte trágica, la comunidad
guarda celosamente el recuerdo de la geografía de la pasión, proclama la certeza de la
resurrección. En esta primera etapa la tradición oral que se transmite y se enriquece en
las celebraciones, en las catequesis y en los anuncios coexiste con los textos escritos que
poco a poco van tomando forma parcial, fragmentaria. Al principio son «colecciones de

100
dichos de Jesús», de milagros que realizó, de parábolas y enseñanzas que explicó.
Es la primera etapa, pero aún no podemos hablar de la obra maestra que surgirá de la
mano del evangelista, del redactor, verdadero historiador y teólogo. Hoy se admite con
seguridad que el primer relato seguido fue el de la pasión. Los evangelios nacen en torno
a tres centros: la predicación, la liturgia y la enseñanza. Es el «primer anuncio», el
«kerigma» que hace nacer nuevas comunidades, frescas, jóvenes... Son las primeras
celebraciones que aún no tienen textos propios y que tienen que vivir en parte de
prestado de la liturgia judía, pero poniendo en el centro la novedad de la muerte y
resurrección de Jesús. Son las primeras catequesis que se tienen que ir articulando para
explicar a los nuevos cristianos, a los nuevos bautizados, quién es Jesús y cuál es la
novedad de la vida a la que ellos se han incorporado.
Debemos pensar, por tanto, en unos primeros años de intensa actividad narrativa, muy
creativa en lo literario y en lo teológico. ¿Cómo si no celebrar la acción definitiva de
Dios en la persona de Cristo? ¿Cómo cantar el nuevo designio de Dios?

LOS DISCÍPULOS / APÓSTOLES


Predican. Plazas, calles. Kerygma; credo.
Celebran. Fracción del pan Tradición viva.
(Eucaristía), Bautismo. Himnos, oraciones.
Enseñan. Convertidos. Hechos, palabras.

Anteriores a los evangelios son las cartas paulinas. Lógico si lo situamos en su


contexto histórico. Pablo no pretende escribir tratados teológicos, sino que responde a las
cuestiones que les preocupan a las comunidades que él va fundando: casos de moral,
casos de celebraciones eucarísticas, casos en que le preguntan por la suerte de los
difuntos, otras veces le cuestionan su autoridad como apóstol, etc.
En un tercer momento debemos pensar en la redacción de los evangelios y en la
persona, el redactor, que está tras ella. Durante muchos años hemos centrado nuestra
atención en las pequeñas unidades literarias: una parábola, un milagro, una disputa de
Jesús, etc. Se les preguntaba para que ellas nos dieran toda la información que fuera
posible. Nos daban muchos datos, pero se perdía el horizonte de la obra en su conjunto.
Parecía que los evangelistas no hubieran sido sino buenos «zurcidores» de retales ajenos.
Con el paso de los años y de los estudios, hoy se tiene por asentado que nada más lejos
que hacer de los evangelistas unos buenos tejedores de tramas que otros habían diseñado.
Los evangelistas son redactores, son historiadores y son teólogos.
Son historiadores porque les interesa enmarcar en la vida, en la geografía, en las
costumbres, la persona de Jesús. Son conscientes de que no hablan de una persona de
«leyenda», ni de un «mito» al estilo grecorromano. Les interesa subrayar que Jesús es
judío, que vivió en Nazaret, el nombre de su madre, el nombre de los discípulos. Su
historia no sólo es «creíble», sino que es comprobable con las técnicas modernas de
investigación.
Pero a su vez los evangelistas son teólogos. No son informadores asépticos de un
cuadro que ni les va ni les viene. Nada más lejos para una mentalidad antigua. Los

101
evangelistas son autores humanos que escriben con el testimonio de primera mano de los
discípulos y de los apóstoles que convivieron con Jesús. No narran lo que se les ocurre,
sino que forman parte de una comunidad creyente (de origen judío en el caso de Mateo;
de origen pagano romano en el caso de Marcos); en esa comunidad escriben y a esa
comunidad sirven. Las cuestiones que a veces se reflejan en los evangelios son los
problemas que inquietan a la comunidad: Marcos escribe para una comunidad
perseguida en Roma; Lucas para una comunidad que vive en medio de ciudades griegas
de ambiente religioso plural y pagano. A pesar de los distintos intentos de cambiar la
fecha de composición de los evangelios, podemos dar como fechas aceptables para la
crítica moderna las siguientes:
MARCOS 70 d.C.
MATEO 80-90 d.C.

LUCAS 80-90 d.C.


JUAN 95-100 d.C.

Nos detenemos, a continuación, en los «evangelios sinópticos», que presentan unas


características distintas al cuarto evangelio, o evangelio de san Juan.

Los evangelios «sinópticos»


¿Qué significa sinópticos? De los cuatro evangelios, tres (Mateo, Marcos y Lucas)
presentan un proyecto y unos rasgos muy parecidos. Se les llama sinópticos (del griego
«sin-opsis», mirada conjunta) porque se pueden leer a la vez en tres columnas paralelas;
de esta forma comparamos sus semejanzas y sus diferencias. Tienen muchos elementos
comunes tanto en el orden que siguen como en su contenido. Respecto al orden de los
acontecimientos, los tres tienen una estructura común:

MATEO MARCOS LUCAS

1. Preparación del 3,1-41. 1,1-13. 3,1–4,13.


ministerio.
2. Ministerio en 4,12–18,35. 1,14–9,50. 4,14–9,50.
Galilea.
3. Viaje a 19,1–20,34. 10,1-56. 9,51–18,43.
Jerusalén.
4. Pasión y 21-28. 11-16. 19-24.
Resurrección.

Los tres se atienen en lo fundamental al mismo esquema, si bien Lucas actúa con
cierta libertad: omite los viajes intermedios de Jesús a Cesarea de Filipo y a Fenicia, y
destaca de manera especial el viaje a Jerusalén (Lc 19-20).
También coinciden en el contenido, narrando los mismos hechos e incluso a veces con
las mismas palabras. Estadísticamente hay 330 versos comunes a los tres sinópticos. Por
otra parte, 178 versos son comunes a Mc y Mt; entre Mc y Lc hay 100 versos comunes.
Por último, 230 versos son comunes a Mt y Lc. Como podemos deducir de estos

102
números, hay importantes diferencias entre ellos tanto en lo que se refiere a los relatos
como a las palabras de Jesús.
Pongamos algunos ejemplos. El evangelio de Marcos no tiene un relato de la infancia
de Jesús, sino que es presentado ya adulto. Otras veces cada evangelio tiene relatos
propios que no se encuentran en los demás: el episodio de Pedro caminando sobre las
aguas es sólo de Mateo; el joven que huye de noche en Getsemaní es sólo de Marcos,
mientras que el juicio de Jesús ante Herodes es propio de Lucas. A veces en un mismo
episodio, las divergencias son notables. En la curación del ciego de Jericó, según Mt y
Mc, esta tuvo lugar al salir de la ciudad, mientras que para Lc es al llegar a la ciudad; por
lo demás, en Mt son dos ciegos mientras que en Mc y Lc es uno solo; Mt y Lc no dan el
nombre y Mc dice que se llamaba Bartimeo.
También encontramos diferencias en las palabras de Jesús. Lucas pone en labios de
Jesús dos importantes parábolas como las del «hijo pródigo» y «el buen samaritano» que
no aparecen en los otros dos evangelistas. Igualmente, la parábola del juicio final es
propia de Mateo. También afectan las diferencias en el contenido de estas palabras
cuando aparecen en dos evangelistas. Así las distintas bienaventuranzas en Mateo
(nueve, Mt 5,3-11) y Lucas (cuatro Lc 6,20b), o las distintas versiones del Padrenuestro
en estos evangelistas: en Lc faltan las peticiones referentes a la voluntad de Dios y a que
nos libre del maligno.
Ante esta situación surgen una serie de preguntas que no se pueden ignorar. Si todos
narran lo mismo, ¿cómo explicar estas diferencias? Por otra parte no podemos dejar a un
lado las semejanzas: ¿tenían delante los evangelistas fuentes comunes que justifiquen las
coincidencias? ¿Cómo se puede explicar de forma satisfactoria que Mateo y Lucas
tengan 230 versos en común? ¿Conocieron Mateo y Lucas el evangelio de Marcos?
¿Hubo datos que conocieron sólo Mateo y Lucas, desconocidos para Marcos? El
«problema sinóptico» ha sido planteado desde antiguo, con distintos intentos de
solución. Sólo recogemos las cuatro principales teorías.
San Agustín. En su obra De consensu evangelistarum admite el orden canónico (Mt-
Mc-Lc-Jn), de forma que Mateo es el más primitivo, Mc lo abrevió y Lc realizó un
compendio de ambos. Estamos en la fase precrítica.
El evangelio fundamental. Hubo un antiguo escrito apostólico, perdido,
originariamente en arameo, el «Evangelio de los nazarenos», del que dependen, de forma
independiente, los tres sinópticos.

Dependencia mutua. El primer evangelio es de Mateo, del que depende Lc; Mc es una
síntesis posterior de ambos.

103
Esta teoría explica algunos textos en que Mc parece hacer una síntesis de Mt y Lc. La
escuela de Tubinga apoyó esta teoría porque apoyaba su visión del cristianismo
primitivo según la cual entre la tradición judeocristiana representada por Mt y el pagano
cristianismo paulino de Lc hubo una solución «católica» de síntesis realizada por
Marcos.
La hipótesis de las dos fuentes. De los muchos intentos que se han propuesto, el que
más acuerdo recoge entre los especialistas es el conocido como «hipótesis de las dos
fuentes». Detrás de cada evangelio está la tradición oral que recogen y ponen por escrito.
Marcos fue el primero que escribió y el que hizo el primer evangelio completo, con un
esquema. Por otra parte, y de forma independiente, circulaba un «documento» que sólo
coleccionaba «dichos de Jesús», pero que no contenía ningún relato; a este documento
hipotético (pues aunque haya existido nunca ha aparecido) se le denominó «la fuente»,
con la sigla «Q» (en alemán Quelle = fuente). La explicación es la siguiente: Mateo y
Lucas tomaron el esquema general del evangelio de Marcos y buena parte de contenidos;
por otra parte utilizaron la «colección de dichos de Jesús» (Q) que circulaba por las
comunidades; por último tanto Mateo como Lucas aportaron a su evangelio el material
propio («L» para Lucas y «M» para Mateo) que habían ido recogiendo en sus trabajos y
pesquisas particulares.

La tesis de que Marcos escribió el primer evangelio se sostiene en tres argumentos.


Por una parte el estilo de Marcos, mucho más vivo y popular, difícilmente se explica si
es una reelaboración secundaria. Es más lógico admitir que Mateo y Lucas amplían,
matizan, enriquecen el texto propio de Marcos.
Por otra parte es imposible que Marcos haya conocido los evangelios de Mateo o de
Lucas, porque no cabe que haya prescindido de importantes enseñanzas de Jesús que

104
estos transmiten. Por ejemplo, las «bienaventuranzas» o el «Padrenuestro».
Por último, el orden del esquema que siguen Mateo y Lucas coincide mientras tiene
paralelo con Mc. Cuando esto no sucede así, el orden de los textos es divergente.
Según esta hipótesis de trabajo, lo que se llama «fuente Q» consistiría en una
colección de dichos de Jesús pero sin marco narrativo. Los únicos hechos presentes en Q
serían las tentaciones de Jesús y la curación del siervo del centurión. Con todo, no ha
aparecido ningún manuscrito de la «fuente Q», por lo que algunos estudiosos la siguen
considerando como «hipótesis de trabajo», no como «documento».

Una buena noticia en cuatro evangelios


Queda por último plantear un tema que se repite con frecuencia. Todos hemos soñado
alguna vez con tener fotos de Jesús y una grabación de sus palabras; parece que,
entonces, podríamos conocerlo de verdad. Pero no tenemos más que textos compuestos
por sus discípulos. Una imagen, una foto, unas palabras sin explicación, sin contexto, no
pasan de ser referencias frías e impermeables que no comunican nada; sin embargo,
cuando alguien las comenta, las explica y las transmite como propias, las llena de vida.
Con su testimonio aquellas imágenes o palabras se hacen significativas. Los evangelios
no son las «fotos» de Jesús, sino que sus discípulos, los que lo conocieron, nos dicen
quién era, cómo fueron descubriendo poco a poco su misterio, cómo cambió su vida. El
testimonio de los discípulos es un testimonio desde dentro. Las palabras y los hechos de
Jesús están interpretados por unos testigos auténticos.
Si tuviéramos cuatro mosaicos con un mismo motivo, no diríamos: «Vamos a
deshacerlos y hacer un solo mosaico con los motivos más bonitos de cada uno».
Evidentemente, nos quedaríamos sin mosaico. Lo mismo pasa con los evangelios. Desde
antiguo ha existido la tentación del concordismo o de hacer unos «evangelios
concordados». No podemos seleccionar lo que nos parezca mejor de cada evangelio y
hacer uno solo; destrozaríamos los cuatro evangelios. ¿Por qué?
Porque cada evangelio es una obra literaria completa; cada evangelista ha trazado su
plan; nace de las preguntas de una comunidad concreta, con sus problemas y
aspiraciones, y a ella se dirige.
Porque cada evangelista nos presenta a Jesús con trazos distintos. El Jesús que nos
presenta san Marcos, muy humano, cercano a la gente, ocultando su misterio, es distinto
del Jesús que nos presenta san Juan, hablando en largos discursos, explicando quién es
él.
Debemos superar esa antigua tentación para dejarnos sorprender por la riqueza de las
visiones acerca de Jesús. Es más, el misterio de Jesús es tan grande, que cuatro pintores
se han acercado a él, los cuatro evangelistas, pero cada vez que contemplamos sus
cuadros descubrimos detalles nuevos. A Dios no se le puede «abarcar», «encerrar» en
unos estereotipos. A Jesús tampoco se le puede «encasillar» de forma definitiva.

Descubrir la Biblia y rezar con ella

105
1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Plantear cómo en la vida de fe se puede nacer de
nuevo.
Propuestas de diálogo:
¿Conoces a personas que hayan vuelto a la fe tras años de
alejamiento?
¿Conoces a personas que han tenido que purificar su mirada
sobre Dios o sobre lo religioso para acercarse de nuevo a
Dios?
¿Es posible cambiar la mirada en lo que respecta a las
«cosas de Dios»?
¿Podemos convertirnos?
2. Orar con la Biblia:
Texto: Jn 3,1-6.
¿Quién es Nicodemo según el texto?
¿Cuándo va a ver a Jesús? ¿Por qué? ¿Qué busca?
¿Cuáles son las dificultades que tiene Nicodemo ante la
pregunta de Jesús?
¿Tenemos nosotros dificultades semejantes? ¿Cómo las
explicarías?

«OTRA VIDA ES POSIBLE»


«No se puede cambiar a según qué edad»,
me decías convencido.
Leímos juntos el texto de Nicodemo,
y tu corazón cambió:
¿Qué es nacer de nuevo?
¿Quién puede hacer ese milagro en mí?
¿No estoy condenado por mi vida pasada?
¿No estoy determinado por fuerzas extrañas?
Después de leer, oramos.
Con palabras nuevas dijimos:
Señor Jesús,
no permitas que me acostumbre a la rutina,
que me cierre a lo nuevo,
que encarcele mi corazón.
¡Dame tu gracia y viviré!

106
2. Discípulos del Crucificado

Marcos pasa por ser el primer evangelista. Él sería quien inicia este nuevo «género
literario» que nosotros conocemos como «evangelio» y que se mueve a caballo entre la
biografía, la historia, la teología, la espiritualidad y la exhortación. Nadie que lee un
evangelio se queda indiferente, porque se deja «atrapar» por su protagonista, Jesús. El
evangelio tiene esa capacidad de ser «contemporáneo» al lector, de forma que le obliga a
preguntarse por sus actitudes, por sus tomas de posición e incluso por el sentido de su
vida, todo desde el anuncio de Jesús, el crucificado que está resucitado.

El primer «evangelio»
Comenzamos leyendo el «título»: «Evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios» (Mc 1,1).
Estas palabras recogen la intención de toda la obra. Dice lo fundamental: quiere hablar
de una «buena noticia» (evangelio); de un hombre cuyo nombre es Jesús; que este
hombre es confesado como Mesías, y que es el «Hijo de Dios». Vayamos por partes.
¿Qué debemos entender por «buena noticia»? En la época en que nacen los evangelios
la «buena noticia» era la seguridad y la paz que traía el emperador por medio de sus
victorias. En este ambiente triunfalista se educaron algunos de los miembros de la
comunidad, de ahí que espontáneamente unen la «buena noticia de Jesús» al triunfo y al
éxito. Sin embargo, la Iglesia apostólica hace su propio camino; relee las promesas de un
Mesías pacífico, que anuncia el reinado de Dios.
«¡Qué hermosos sobre los montes
los pies del mensajero
que anuncia la paz,
que trae la buena nueva
y proclama la salvación,
que dice a Sión: “Ya reina tu Dios”!» (Is 52,7).

Las «buenas noticias» que esperaba el pueblo de Israel se cumplen en Jesús. Para
Marcos la Buena Noticia es Jesús de Nazaret porque Él es el Mesías que proclama y
comienza el reino de Dios y lo hace de la forma que compete al Hijo de Dios, es decir,
como Dios oculto, en la debilidad.
Para comprender los evangelios debemos preguntarnos por sus «destinatarios»; es
decir, a quiénes va dirigido. Marcos escribe pensando en una comunidad que está
pasando por momentos de apuro; probablemente es una comunidad asentada en la gran
ciudad de Roma. Corrían tiempos difíciles para ellos pues resultaban odiosos tanto para
los judíos como para los romanos. La fidelidad a la doctrina de Jesús comportaba el
riesgo continuo de verse despreciados, maltratados e incluso perseguidos, como ocurrió
en tiempos del emperador Nerón en el año 64. Como indicios para pensar que la
comunidad no es judía se suele citar que san Marcos tiene que explicar costumbres
judías sobre la purificación de las manos y de la vajilla (Mc 7,3-5); también encontramos
costumbres propias de la ley romana, como la posibilidad de que la mujer tenga la

107
iniciativa para divorciarse de su marido (Mc 10,11-12), cosa impensable entre los judíos;
además Marcos traduce las palabras arameas pero no los latinismos.
La teología que atraviesa de lado a lado el evangelio es, en realidad, una cristología.
No basta con saber qué hace Jesús, cómo se comporta, sino que la pregunta fundamental
es quién es Jesús.

Discípulos de Jesús, el Mesías de Dios


«¿Quién dice la gente que soy yo? ... Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29).
El evangelio de Marcos es una invitación a descubrir el auténtico rostro de Jesús
recorriendo junto a él el camino que conduce hasta la cruz, y después de ella a la
resurrección. La obra de Marcos es una «cristología correctiva», pretende evitar la visión
triunfalista de Cristo que tenía la comunidad y que les estaba haciendo daño. El
mesianismo y divinidad de Jesús, dice Marcos, pasan por la cruz. La comunidad cristiana
debe superar la contradicción que vive entre fe y experiencia, entre una fe que proclama
el señorío de Jesús y una experiencia de dificultades y persecuciones.
Dos líneas se van entrecruzando a lo largo del relato y sirven para darle unidad y
coherencia narrativa y teológica. La primera la podemos llamar «línea de la identidad».
En el anuncio del evangelio se dan a Jesús dos títulos: el primero es de Mesías; el
segundo, el de Hijo de Dios. El primero lo proclamará en la mitad del evangelio Pedro
(capítulo octavo); el segundo lo pronunciará un pagano, el centurión romano. Dicho de
otra forma, hasta que no llegamos a contemplar la cruz, no podemos confesar a Jesús
como Hijo de Dios. Paradójicamente, la divinidad de Cristo se revela en la cruz. ¿Quién
es el Mesías? San Marcos diría: «El crucificado».
PRIMERA LÍNEA:
JESÚS ES EL MESÍAS, EL HIJO DE DIOS

Presentación Centro Conclusión

Mc 1,1. Mc 8,29. Mc 15,39.


¿Quién es Jesús?

Evangelio «Tú eres


de Jesús, el Mesías». Verdaderamente
«Mesías», es el
«Hijo de Dios». «Hijo de Dios».

La segunda línea que atraviesa de lado a lado el evangelio es el «camino del


discipulado». Por una parte es un camino de «seguimiento». A los hermanos Andrés y
Pedro les dice literalmente Jesús: «Veníos detrás de mí». A Pedro, cuando después de la
confesión de Cesarea le confiesa y cuando después el mismo Pedro no acepta la cruz,
Jesús le dice, literalmente: «Ponte detrás de mí». Vemos de nuevo, como en el esquema
anterior, que se entrecruzan tres elementos. Primero la llamada a «ponerse en las huellas
de Jesús». El discípulo sigue por donde va el maestro, sin pretender corregirle o
enmendarle la plana. Luego, aparece la cruz como clave interpretativa del discipulado:
Pedro la rechaza, y sólo en la cruz se desvela quién es discípulo y quién no. Somos

108
discípulos, sí, pero «discípulos del crucificado».
SEGUNDA LÍNEA:
«DISCÍPULOS DEL CRUCIFICADO»

Presentación Centro Conclusión

Mc 1,17. Mc 8,31.33. Mc 15,39.

(Dijo a Pedro y Se puso a instruirles: Mesías


Andrés): «El que quiera crucificado.
«Veníos “detrás de seguirme,
mí” y os haré cargue con su cruz».
pescadores de (Dijo a Pedro):
hombres». «Ponte “detrás de
mí”».

El tema dominante del evangelio es el de la identidad de Jesús: ¿quién es este


hombre? Marcos busca implicar al lector y lo hace entrar en el grupo de los que tienen
que responder: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29). El evangelio se
articula en torno a una pregunta fundamental y se desarrolla en dos partes. La primera
parte del evangelio está llena de respuestas parciales e insatisfactorias a la pregunta
central: ¿quién es Jesús? Los demonios creen conocerlo; primero dicen: «Sé quién eres»
(Mc 1,24), luego adelantan la confesión de Pedro: «Tú eres el Hijo de Dios» (Mc 3,11).
Los discípulos están despistados: «¿Quién es este, que hasta el viento y el lago le
obedecen?» (Mc 4,41). La gente de la calle tampoco se queda indiferente: «¿Qué es
esto? Una doctrina con autoridad» (Mc 1,27); sus parientes y paisanos no le comprenden
(Mc 6,1-6). La fama de Jesús se había extendido y el rey Herodes oyó hablar de él:
«Unos decían..., otros... Herodes decía... Ha resucitado Juan» (Mc 6,14-16). Los
discípulos comienzan a entender quién es Jesús (Mc 8,29), pero su comprensión es
también incompleta e incorrecta. Esta pregunta sobre la identidad de Jesús alcanzará a
las autoridades de Jerusalén; el Sumo Sacerdote pregunta: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo
del Bendito?» (Mc 14,61). Los jefes de los sacerdotes le espetan: «¿Con qué autoridad
haces estas cosas?; ¿quién te ha dado autoridad para obrar así?» (Mc 11,28). Pilato
también muestra su interés: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Mc 15,2). La identidad de
Jesús aparece claramente en otros textos: milagros; teofanías (bautismo: Mc 1,11;
transfiguración: Mc 9,7); muerte de Jesús. Pasando por sombras y luces, la respuesta se
hace esperar.
En el centro del evangelio encontramos la confesión de Pedro: «Tú eres el Mesías»
(Mc 8,29). Pero esta confesión de fe necesita ser profundizada y comprendida en su
verdadero sentido. La segunda parte del evangelio intenta completar la respuesta de
Pedro, mostrando que el mesianismo de Jesús pasa necesariamente por la cruz. Todo en
ella apunta hacia la pasión (Mc 8,31-33; 9,30-32; 10,32-34), en la que Jesús aparece
como el Hijo obediente del Padre. Por eso, la confesión del centurión romano al pie de la
cruz marca el punto de llegada de esta progresiva revelación del misterio de Jesús. Sólo

109
al final del camino los lectores pueden comprender quién es Jesús.

Una Cristología correctiva


Marcos subraya de diversas formas que Jesús vivió una auténtica existencia humana. El
evangelio suele referirse a él con el nombre propio, Jesús, y destaca tanto sus
sentimientos como sus reacciones. Con el leproso, primero se compadece y le cura (Mc
1,41), si bien luego le advierte severamente (Mc 1,43). Jesús se indigna y se entristece
por la dureza del corazón de los que le observan para ver si cura en sábado (Mc 3,5).
Jesús se extraña de la obcecación de algunos judíos: «Estaba sorprendido de su falta de
fe» (Mc 6,6). A Jesús le duele la gente: «Sintió compasión, pues eran como ovejas sin
pastor» (Mc 6,34); gime como cualquier otra persona: «Jesús, dando un profundo
suspiro» (Mc 8,12). Es muy bonito, por ser además propio de Marcos, el gesto de ternura
con el joven rico: «Jesús lo miró fijamente con cariño» (Mc 10,21s.), pero en otras
ocasiones se enfada porque los discípulos no dejan acercarse a los niños (Mc 10,14). Es
un Jesús débil en su humanidad, pues se duerme en medio de la tempestad (Mc 4,38); en
Getsemaní siente abatimiento, espanto y cae en tierra (Mc 15,35). En el evangelio de
Marcos, Jesús no lo sabe todo, sino que él mismo reconoce que desconoce el día y la
hora del final (Mc 13,21).
En el evangelio de san Marcos sobrevuela una pregunta que no es fácil de responder:
¿por qué el evangelista demora presentarnos a Jesús como Hijo de Dios? ¿Por qué las
repetidas órdenes de silencio sobre aquellos que parecían entrever el misterio? Este
problema es conocido como «el secreto mesiánico». El espíritu inmundo le dice: «Sé
quién eres... Jesús lo increpó: cállate» (Mc 1,24-25). Al leproso «lo despidió,
advirtiéndole severamente: “No se lo digas a nadie”» (Mc 1,44). Los espíritus inmundos
gritan: «Tú eres el Hijo de Dios... pero él les prohibía enérgicamente que lo
descubriesen» (Mc 3,11-12). Ante el riesgo real de querer construir un Mesías político o
militar que respondiera a sus expectativas, pero no a la misión salvadora de Jesús en la
debilidad, pobreza y entrega, Jesús prohíbe terminantemente que se propague una falsa
concepción de su misión y que la gente sencilla entre en una trampa fácil de tender.
Jesucristo sí que es el salvador, pero el salvador desde la cruz.
En el bautismo, el Espíritu se derrama sobre Jesús (Mc 1,9-11), de forma que puede
vencer a Satanás (Mc 1,12-13) y proclamar que el tiempo está cumplido y el reino de
Dios ha llegado. Jesús es el heraldo que lo proclama con palabras; los signos que realiza
manifiestan que es una realidad: el perdón de los pecados, el anuncio de la buena noticia,
la destrucción de la muerte... Jesús, sin embargo, realiza estos «milagros-signos» en
debilidad para evitar la idea de un Mesías milagrero. Es decir, ni curó a todos, ni podía
curar cuando faltaba la fe de la gente (Mc 6,5). Entre los signos liberadores y sanadores
destacan los exorcismos. Significan que Satanás, última causa del mal, ya ha sido
vencido por Jesús. Tras la unción bautismal, Jesús va al desierto y allí vence las
tentaciones de Satanás (Mc 1,12-13). Toda la misión que emprende Jesús es anunciadora
de buenas noticias y liberadora. En el conjunto del evangelio los exorcismos significan
que Jesús, «el más fuerte», está despojando al «fuerte» que, apoyándose en la presencia

110
del pecado, dominaba en este mundo (Mc 3,27).
Jesús es el enviado que realiza el Reino en su persona, convirtiéndose a sí mismo en
personificación del Reino. Por ello aceptarle a él es recibir el Reino (Mc 1,15). Marcos
subraya esta vinculación entre reino de Dios y Jesús-Dios Oculto, que lo proclama y
hace presente primero en la debilidad y después en el poder. El conocimiento y
aceptación de la debilidad del presente es fundamental para poder conocer a Jesús y su
obra. Históricamente Jesús fue rechazado por los que tenían una visión triunfalista del
Reino, y hoy día continúa este peligro.

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Contrastar nuestra condición de cristianos, por tanto
de discípulos, con las palabras mismas de Jesús.
Propuestas de diálogo:
¿Es frecuente en nuestra sociedad buscar o pagar el «favor»,
el «enchufe», de los que tienen autoridad o poder en
instituciones, organizaciones, situaciones?
¿Podemos decir que hay personas que quieren «situarse», o
«trepar», aunque sea empujando, excluyendo o siendo
injustos?
¿Es lícito «subir» en la escala social si tenemos que pisar a
otros o quitarlos de en medio para que no pongan
obstáculos?
¿Nuestra sociedad entiende el trabajo por el bien común, por
la sociedad y la comunidad como un «puesto apetecible»,
como un derecho, como una suerte o como un servicio?

2. Orar con la Biblia:


Texto para orar: Mc 10,35-45.
¿Qué le piden los hijos del Zebedeo? ¿Qué esperan de Jesús
en Jerusalén: triunfo o muerte en cruz?
Jesús les dice que «no saben lo que piden». ¿Nosotros
conocemos bien el mensaje de Jesús y lo que él nos pide, o
seguimos lo que más nos conviene?
¿Por qué se indignan los otros discípulos?
¿Es justa la crítica que hace Jesús a los jefes de las
naciones?
¿En qué consiste el servicio cristiano, tal como lo indica el
evangelio?

«¿SERVIR O TREPAR?»
Señor Jesús,
leo en tu evangelio una invitación a servir,
y me empeño en «buscar enchufes».
Critico, como todos, a los hijos del Zebedeo,
y sueño con «trepar» en los puestos sociales.
Me alegro cuando denuncias, sin medias tintas,
las formas de gobierno de los poderosos,
pero yo las uso con mis hermanos y vecinos.
Señor Jesús, sana mi corazón,
ponme frente a mis falsedades,
muéstrame mis contradicciones,
purifica mis deseos nunca confesados.
Señor Jesús, que la buena noticia de tu evangelio
se identifique con el «servicio humilde y alegre»,
¡nunca con la fuerza ni la imposición!

111
3. El historiador de Jesús

Hoy pedimos datos suficientes para aceptar a alguien en nuestro entorno. No basta con
que nos digan que es «buena persona» o que es «de fiar». Los datos pueden ser tanto de
su biografía (nacimiento, estudios, obras, méritos, situación social) como de su fama
(bien considerado, recomendable, o incluso «óptimo»). Lucas es un personaje que
conoce bien la sociedad culta de Asia Menor. Son personajes «biempensantes»,
probablemente de «buena condición social»; han escuchado casi de todo y se maravillan
por pocas novedades. Este podría ser el sentido de que la obra se la dedique a Teófilo, a
quien saluda como «ilustre».
Lucas es culto. Sabe escribir bien en griego. La tradición dice que era médico y,
además, pintor. Es decir, una persona bien aceptada en los círculos de la alta sociedad.
Pero Lucas no quiere engañarles: quiere hablarles de Jesús y de su evangelio. Ya no hay
que esperar a nadie que seduzca, porque el único que seduce es Jesús, el Señor. Él
encarna la misericordia de Dios; el Espíritu está sobre él; los pobres no son los últimos
de los últimos, sino los preferidos de Dios. María, la doncella de Nazaret, no es una
mujer más, sino la que dijo un «sí» rotundo, sin medida, al mismo Dios.

La «perspectiva cristiana»
Quizá sea un poco pretencioso hablar de «biografía» en el caso del evangelio de san
Lucas, pero nos puede ayudar a comprender mejor su obra. Leamos desde el principio,
sin saltar nada. Los primeros versículos del evangelio de Lucas nos pueden parecer
innecesarios, perfectamente prescindibles: «Ya que muchos se han propuesto componer
un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros (...), me ha parecido
también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el
principio, escribir una exposición ordenada, ilustre Teófilo, para que llegues a
comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1,1-4).
Esta apreciación rápida es, sin embargo, un error. San Lucas no quiere contar historias
sobre un personaje del que no sabemos nada, o que se mueve en un arco indefinido de la
geografía y de la historia. Lucas quiere escribir un «relato», y lo quiere hacer «desde el
principio», no impulsivamente sino «de forma ordenada»; tampoco al aire de lo que se le
ocurra sino «rigurosamente», «todo lo sucedido» (Lc 1,3). Podemos pensar que Lucas
escribe sólo para imitar a los autores griegos de moda en la época; pero esa no es la
razón principal. Lucas quiere que Jesús sea conocido en el mundo griego de Asia Menor,
muy exigente con las novedades que llegan de fuera, y que Jesús sea confesado como
Salvador.
Podemos decir que Lucas tiene en su mente la intención de escribir una «biografía»,
pero con «perspectiva cristiana». ¿En qué consiste esta perspectiva? Dios ha trazado un
plan de salvación desde toda la eternidad, de forma que Jesús no es un personaje aislado
en la historia de la humanidad. Jesús «cumple» los designios de Dios; lleva a cabo sus

112
promesas. La teología del «cumplimiento» hace que nos separemos de una concepción
demasiado fixista de la historia como memoria biográfica. Hay perspectiva de futuro, de
continuidad, de salvación que se realiza; es la «perspectiva cristiana» que inaugura
Lucas.
En el Nuevo Testamento aparece con cierta frecuencia la relación con el
cumplimiento, con el acabamiento, con la plenitud de algo imperfecto o parcial.
Podemos ver un hermoso cuadro en su fase de composición; las grandes líneas están
trazadas, las manchas aún no están bien perfiladas y los colores no están bien definidos.
Se trata de una obra incompleta; nadie duda de que será hermosa, pero le falta trabajo y
tiempo. Las Escrituras apuntan en esta misma dirección; la salvación está «bien
dirigida», pero le falta el «cumplimiento». Marcos nos dice que Jesús anuncia que se ha
«cumplido el tiempo» y que el reino de Dios ha llegado (Mc 1,15). San Mateo insistirá
en que Jesús «cumple» las Escrituras. Él, que se dirige a los judíos, quiere dejar bien
claro que todos los textos que apuntan a un futuro de salvación tienen su realización en
Jesús.
Lucas usa el verbo «cumplir» con sentido teológico tres veces en su evangelio, sin
contar con los relatos de la infancia de Jesús. Al comienzo (Lc 4,21), en el momento de
la crucifixión (Lc 22,37) y al final (Lc 24,44).
Cuando Jesús pronuncia en la Sinagoga de Nazaret estas palabras: «Hoy se cumple
esta escritura» (Lc 4,21), se refiere a él mismo. Toma las palabras del profeta Isaías, si
bien con un matiz importante: él no viene a traer venganza. Es un texto muy importante
porque Jesús proclama en qué consiste y cómo entiende él mismo su misión. El
cumplimiento se refiere, en primer lugar, a Jesús. Él, como Hijo de Dios, como enviado
del Padre, proclama que no debemos ya esperar a otro. Pero en cuanto que es un texto
eclesial, escrito dentro de la Iglesia y para suscitar la fe de los creyentes, tiene una
segunda lectura totalmente válida. «Hoy» es el día de la salvación para toda persona que
esté dispuesta a acoger y aceptar este mensaje. El «hoy» tiene un valor que va más allá
de la historia, es metahistórico, porque cada persona tiene su tiempo y sus circunstancias
para abrirse al don de la salvación que se hace realidad en Jesús.
En el momento de la crucifixión Jesús dice: «Debe cumplirse en mí lo que está
escrito» (Lc 22,37). Lucas insiste mucho en que Jesús no fue entregado a la muerte por
ser una mala persona o un criminal. Aquello hubiera supuesto un grave escándalo para la
sociedad griega a la que se dirigía. Para Lucas Jesús es «el inocente» y así lo dice en voz
alta y con claridad Pilato (Lc 23,4). Jesús es el punto de llegada del plan de salvación de
Dios; él es quien realiza la salvación, quien da inicio y cumplimiento a la Nueva Alianza
(Lc 22,20).
Después de la Resurrección, en el relato de las apariciones, Jesús insiste en que Él
cumple las Escrituras, y acaba constituyéndoles «testigos». «Luego les dijo: “De esto os
hablaba cuando estaba todavía con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está
escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”. Entonces les
abrió la inteligencia para que entendieran las Escrituras. Y les dijo: “Estaba escrito que el
Mesías tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que hay que

113
predicar en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones,
comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas”» (Lc 24,44-48).
Jesús dice: «Era necesario que se cumpliera todo lo escrito sobre mí». El tema de las
Escrituras es ciertamente importante en Lucas. Jesús explica las Escrituras a los
discípulos de Emaús (Lc 24,27). Él insiste en que Jesús es el portador de la «Nueva
Alianza» (Nuevas Escrituras). De la misma forma, recrimina a los discípulos de Emaús
que no comprendieron las Escrituras. Ahora, en la última aparición de Pascua, antes de
marcharse, de nuevo se lo recuerda. La «perspectiva cristiana» de Lucas hace que
veamos a Jesús no como un personaje ajeno a la historia de la salvación de Dios, sino
como quien la cumple; por otra parte, quien la conoce y cree en él está llamado a ser
testigo de lo que ha visto y oído.

Narración de una «historia de la salvación»


Es bien sabido que Lucas es el pregonero de la Salvación. Es más, se ha escrito que su
obra se puede entender como una síntesis de la historia de la salvación. El Antiguo
Testamento está representado por la figura de Juan Bautista, último profeta y portador de
las promesas veterotestamentarias; la persona de Cristo es la plenitud, el centro de la
historia de la salvación, y los Hechos de los Apóstoles es el tiempo de la Iglesia.
Israel, Cristo, Iglesia,
pueblo de la plenitud de la pueblo de la
Antigua Alianza. Alianza. Nueva Alianza.

Ahora bien, esta historia de la salvación no sigue los trámites normales, sino los
«caminos de Dios». Al comienzo del evangelio, tras el nacimiento de Jesús, los primeros
en recibir la noticia de la salvación son los pastores, excluidos y marginados por los
biempensantes y puritanos: «El ángel les dijo: “No tengáis miedo, pues os anuncio una
gran alegría, que lo será para todo el pueblo. En la ciudad de David hoy os ha nacido un
Salvador, el Mesías, el Señor”» (Lc 2,10-11). Un poco más adelante Lucas nos presenta
a los hombres y mujeres que en Israel esperaban la intervención definitiva de Dios; no
forman parte de los «sabios», ni de los «legisladores», ni de los «profetas». Son «el resto
de Israel», son los «pobres de YHWH», son los «anawim», que ponen toda su confianza
en Dios y sólo en Dios. Simeón y Ana forman parte de estos «anawim» que, con los ojos
de la fe, descubren que aquel niño que es llevado por su madre al Templo es el
cumplimiento de las promesas mesiánicas esperadas durante tanto tiempo: «Ahora,
Señor, puedes dejar morir en paz a tu siervo, porque tu promesa se ha cumplido: Mis
propios ojos han visto al Salvador que has preparado ante todos los pueblos, luz para
iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel» (Lc 2,29-30). Más adelante, ya en
plena misión, Jesús se encuentra con Zaqueo, excluido y odiado, y da razón con sus
propias palabras del sentido de su misión: «Jesús le dijo: “Hoy ha entrado la salvación en
esta casa, porque también este es hijo de Abrahán. El hijo del hombre ha venido a buscar
y a salvar lo que estaba perdido”» (Lc 19,9-10).

114
El evangelio de la misericordia
No podemos decir que sea el único evangelista que presente a Jesús misericordioso,
transparencia de las entrañas del Padre. Tanto Mateo como Marcos insisten en que Jesús
se conmueve, se compadece e interviene cuando ve que la gente sufre. Sin embargo,
Lucas tiene una serie de textos propios que nos revela quién y cómo es Dios y quién y
cómo es Jesús. Sólo en Lucas encontramos el episodio de la viuda de Naín; la pobre
mujer lleva a enterrar a su único hijo. Jesús no se queda impasible, sino que, «al verla, se
conmovió» (Lc 7,13) y actuó a favor de ella.
La misericordia destaca en dos grandes parábolas propias de Lucas, la del Buen
Samaritano y la del Padre misericordioso. En la parábola del buen samaritano Lucas
pone los sentimientos compasivos en una persona excluida para el pueblo de Israel,
alguien detestado por su condición social y racial; más que un hereje, más que un
proscrito, más que un indeseable. Es interesante ver cómo tanto el sacerdote como el
levita «ven» al que está tirado en el camino pero pasan de largo. «Pero un samaritano
que iba de camino llegó donde él estaba y, al verlo, se conmovió» (Lc 10,33). A la
pregunta: ¿cómo debo comportarme?, la respuesta es: como el buen samaritano. En la
gran parábola del Hijo pródigo, refleja los sentimientos del Padre que son, en definitiva,
revelación del ser mismo de Dios. De nuevo es necesario fijarse en la relación que hay
entre los dos verbos: «ver» y «conmoverse»: «Todavía estaba lejos cuando su padre lo
vio y se conmovió» (Lc 15,20). A la pregunta: ¿cómo es Dios?, Lucas pone en boca de
Jesús: Como el Padre del Hijo pródigo.
San Lucas recoge un «dicho de Jesús» que nos interesa porque habla de la
misericordia: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36).
Este «dicho» (logion) cambia el texto que nos ha transmitido san Mateo, que dice: «Sed
perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Los estudiosos tienen
muchas dificultades para saber cuál de los dos se puede remontar con más garantías al
mismo Jesús. Desde un punto de vista literario tanto en uno como en otro evangelio las
dos sentencias se encuentran en el contexto de las bienaventuranzas. El evangelio de
Mateo es el único evangelio donde se puede encontrar la referencia a la «perfección», y
sólo en dos citas. Primero como colofón al Sermón de la Montaña, cuando Jesús exhorta
a sus discípulos a que imiten a Dios: «Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es
perfecto» (Mt 5,48). El segundo en el encuentro con el joven rico, cuando Jesús le
responde: «Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y
sígueme» (Mt 19,21). En los dos textos de Mateo la exigencia de la «perfección»
continúa la exhortación a amar al prójimo, incluso al enemigo, culminando de esta forma
la serie de los mandamientos mosaicos: en el contexto de las bienaventuranzas, como
exhortación a quienes le escuchan (Mt 5,48); en el relato del joven rico, como invitación
personal (Mt 19,18-21). La perfección en Mateo puede ser explicada, en el contexto de
los mandamientos, como una plenitud del amor al prójimo. En el primer caso su contexto
inmediato es el del amor al enemigo, que rompe las barreras de la lógica humana. En el
segundo, se trata de romper la barrera de los mínimos para ir más allá de lo que las
normas dictan. Lucas también recoge este «dicho» de Jesús al final de las

115
bienaventuranzas, donde Jesús pronuncia un breve discurso (Lc 6,27-49). El primero de
los temas que aborda es, como san Mateo, el amor al enemigo y la gratuidad (Lc 6,27-
38). En él Lucas exhorta a imitar al mismo Dios: «Sed misericordiosos como vuestro
Padre es misericordioso» (v. 36). De esta forma entendemos lo que nos quiere decir san
Lucas: este dicho de Jesús debe ser leído en el contexto inmediato del amor a los
enemigos. O, dicho de otra forma, para san Lucas la única perfección que conoce el
evangelio es la de la misericordia.

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Descubrir cómo reaccionamos ante la «confianza»
tanto propia como ajena.
Propuestas de diálogo:
¿Nos fiamos de los demás?
¿Nos fiamos de nosotros mismos?
¿Nos fiamos de Dios?
¿En quién o en qué ponemos nuestra confianza?
2. Orar con la Biblia:
Texto para orar: Lc 5,1-11.
¿Qué le pide Jesús a Pedro? ¿Tiene lógica la petición, dado
que viene de un hombre del campo, a un pescador
experimentado? ¿Por qué se extraña Pedro? ¿Cuál es la
lógica que sigue Pedro?
¿Dónde están las palabras claves de Pedro a Jesús?
¿Es posible que todo cambie cuando se ve el mundo desde la
confianza? ¿Se pueden producir «milagros»?
¿Cómo reacciona Pedro ante Jesús una vez producido el
milagro?
«DUREZA DE CORAZÓN»
Inicio un camino,
y me aferro al punto de partida.
Tomo una iniciativa,
y quiero asegurar el éxito.
Sueño con el futuro,
y necesito signos.
Te rezo, y te exijo resultados.
Leo tu palabra y busco pruebas de tu amor.
«Por tu palabra echaré las redes»,
dijo un día Pedro a Jesús.
«Porque tú lo dices, volveré adonde
no he podido pescar,
contra toda evidencia»,
musitó el pescador galileo.
Haz, Señor, que aprenda a confiar
en tu palabra, en tus promesas, en ti.
Que sepa llorar, Padre,
como Pedro, en el mar de Galilea,
la terquedad de mi corazón.

116
4. El escriba cristiano

Mateo es el escriba «que saca de su arcón cosas viejas y nuevas» (Mt 13,51-52).
Podemos adivinar, tras las palabras evangélicas, a un buen escriba judío que ha sido
subyugado por Jesús. Como judío que es, conoce bien las «cosas antiguas», el Antiguo
Testamento; como cristiano, quiere anunciar a sus antiguos correligionarios la novedad
de la buena noticia de Jesús. Muchos detalles hacen que veamos al evangelista y teólogo
Mateo proponiendo la salvación del Mesías, el nuevo y definitivo Moisés; explicando la
novedad del evangelio, como Nueva Ley, a la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios.

La Iglesia naciente rompe con la Sinagoga


La situación social y política del siglo I en Palestina es muy delicada, hasta el punto de
que desembocará en una rebelión judía contra las fuerzas ocupantes y la consiguiente
represión romana (años 66-70 d.C).
Desde el punto de vista religioso, el cristianismo crece con una fuerza inusual. No se
trata de una «variante menor» dentro de la ortodoxia judía, sino de algo novedoso. La
situación llega a ser insostenible: el judaísmo se resquebraja y surgen dos fuertes
movimientos de reinterpretación radical de la religión judía: por una parte, el judaísmo
de cuño fariseo, centrado en la Ley y que hará posible que sobreviva el judaísmo en un
futuro; por otra, el judaísmo cristiano, que confiesa a Jesús como Mesías, que llegará a la
ruptura con la matriz judía.
La comunidad cristiana a la que se dirige Mateo refleja la tensión de quien se acaba de
separar de la Sinagoga en medio de fuertes controversias y discusiones: ¿quién es el
verdadero intérprete de las Escrituras Sagradas? ¿Dónde está el verdadero pueblo de
Dios?
El punto central es la persona de Jesús y el Misterio que encierra. Los judíos que se
hacen cristianos afirman que en Jesús de Nazaret, en su cruz y en su Resurrección se
hace realidad la promesa de Dios de enviar a su Mesías. Para los judíos fieles a la Ley se
trata de un escándalo sin parangón, una afrenta a la fe judía. ¿Cómo decir que un
condenado a muerte es el Mesías?
Este conflicto entre la Iglesia naciente y la Sinagoga, que la expulsa del seno del
judaísmo, explica la imagen tan dura que ofrece Mateo de los fariseos. Siendo más
exactos, podemos pensar que esta imagen tan severa con el fariseísmo, propia del
evangelio de Mateo, no responde a la realidad histórica del tiempo de Jesús –con los que
sin duda disputó fuertemente por su influencia en la religiosidad popular–, sino a la de
aquellos conflictivos años en que se separa la Iglesia de la Sinagoga. Mateo, por otra
parte, escribe su evangelio para legitimar la apertura a los gentiles. La Iglesia naciente es
una comunidad universal, lo cual no era tarea fácil para una comunidad de origen judío.

Un relato en torno a cinco discursos

117
Nunca es suficiente insistir en el carácter literario de la palabra de Dios. Estamos ante
una verdadera obra literaria bien pensada, trabada y redactada. Podemos ir trazando
algunos de sus aspectos. Cada uno de los evangelios es una obra que responde a las
necesidades de una comunidad y para ello se marca unos objetivos específicos. Para
Mateo, los judíos son los primeros destinatarios del mensaje de Jesús. Jesús es judío,
forma parte del pueblo y de la fe judía, y se dirige en primer lugar a los suyos. Los
objetivos que se marca Mateo son, por tanto, que el pueblo judío se sienta y se sepa
destinatario de este mensaje.
El evangelio de Mateo es una narración al servicio de la teología. No estamos ante un
«informe histórico» escrito por un profesional, ni ante una «crónica biográfica»
encargada; sin embargo, la narración toma como punto de partida la persona de Jesús y
quiere suscitar la fe en él. El evangelio es un «relato teológico», que confiesa y proclama
que en Jesús se hace realidad el plan salvador de Dios.
¿Cuál es el punto de partida de Mateo a la hora de escribir su evangelio? Si tenemos
en cuenta la hipótesis de las dos fuentes, vistas anteriormente, Mateo se sirvió de
materiales sobre Jesús, transmitidos en el seno de las comunidades cristianas. Sus
fuentes principales son, por una parte, el evangelio de Marcos; de él sigue el mismo
esquema y parte del contenido (relatos, parábolas, etc). La otra fuente son «los dichos de
Jesús», o «fuente Q». Además, Mateo, al igual que Lucas, tiene material propio que sólo
lo encontramos en su evangelio.
Lo específico de Mateo es querer explicar de forma clara que Jesús es el Mesías
esperado. Pero aquí entra en juego el pueblo de Israel. ¿Acaso no es él el primer
destinatario? ¿Para quién es la Buena Noticia, sólo para Israel o para un «nuevo pueblo
de Dios»? San Mateo traza un plan en tres partes.
En la primera parte (Mt 1,1–4,16) el evangelista hace una presentación de Jesús como
Mesías. Primero narra sus orígenes; es el evangelio de la infancia. Mateo insiste en el
entronque de Jesús y de su misión en la historia y en las escrituras santas: Jesús es el
Mesías anunciado, el esperado por generaciones; el que cumple las promesas de la
Escritura. En las dos partes siguientes, Mateo deja entrever cómo siendo Jesús el
esperado por Israel, sin embargo es rechazado por su pueblo. Los dos momentos son
claros: anuncio a los judíos y rechazo de Israel. Los especialistas dicen que debemos
fijarnos en dos detalles literarios significativos, cuando Mateo dice: «A partir de
entonces» (Mt 4,17; 16,21). Son los dos indicios que nos ayudan a subdividir en partes el
texto.
PLAN LITERARIO DEL EVANGELIO DE MATEO

Primera parte: PRESENTACIÓN DE JESÚS-MESÍAS:


1. Infancia de Jesús: 1,1–2,23.
2. Preparación para la misión: 3,1–4,16.
Segunda parte: INVITACIÓN A ISRAEL Y ANUNCIO
DEL REINO:
1. Anuncio del Reino: 4,17–11,1.
2. Rechazo de Jesús: 11,2–16,20.
Tercera parte: INVITACIÓN A LOS DISCÍPULOS:
1. Instrucción a los discípulos: Jesús, Mesías sufriente:

118
16,21–20,34.
2. Rechazo de Jesús: Pasión y Resurrección: 21,1–
28,20.

Quizá lo más destacado del evangelio de Mateo, literariamente hablando, es la


presentación de Jesús como Nuevo Moisés, que pronuncia cinco grandes discursos. En
este evangelio las enseñanzas de Jesús ocupan un lugar más importante que en los otros
evangelistas. Jesús es el nuevo Moisés que enseña el espíritu de la Nueva Alianza.
Estamos en el paso del Antiguo al Nuevo Testamento. El evangelista quiere que sean
cinco discursos, como cinco son los libros de la Ley de Moisés. Podemos hablar, por
tanto, de «Pentateuco mateano». Esta figura metafórica del Pentateuco (cinco libros o
cinco partes) es muy común entre los judíos: cinco libros de la Ley de Moisés; cinco
libros del Salterio (según la división judía de los Salmos); cinco libros de Henoc, etc. Si
queremos hacer la prueba, podemos buscar los cinco finales, que indican con claridad lo
que pretende san Mateo. Al final de cada uno de ellos el evangelista escribe: «Cuando
acabó Jesús estos discursos»: 7,28; 11,1; 13,53; 19,1; 26,1. Los cinco discursos hablan
del Reino, pero desde distintas perspectivas.

«EL PENTATEUCO MATEANO»


Partes Tema Contenido Capítulos
I Discurso del Nueva ley del Reino: 5,1–7,28
Monte. las Bienaventuranzas.

II Discurso La extensión del 10


misionero. Reino por los
discípulos.
III Discurso de las La naturaleza 13
parábolas. sorprendente del
Reino.
IV Discurso eclesial. La vida de la 18
comunidad que acepta
el Reino.
V Discurso Prepararse para la 23,1–25,46
escatológico. venida del Reino.

Jesús es el Mesías esperado


El evangelio de Mateo tiene dos claves de lectura. Por una parte, es un documento que
nace en una comunidad judía y que se dirige al gran público judío. El mensaje-Buena
Noticia es que Jesús es el Mesías esperado por Israel. Ya está aquí; las promesas de Dios
se han cumplido. Por otra, proclama que la Iglesia no es algo extraño que ha nacido
nadie sabe bien de dónde. La Iglesia es el «Nuevo Israel», el Nuevo Pueblo de los hijos
de Dios. Dicho de otra forma: el evangelio de Mateo es profundamente cristológico
porque confiesa que Jesús es el Cristo, y es profundamente eclesiológico, pues pone
fundamento al nacimiento de la Iglesia.
La situación es aparentemente contradictoria: estamos ante un evangelio para lectores

119
judíos, que presenta a Jesús como Mesías enviado a Israel, y donde, sin embargo,
sobresale la polémica antijudía, mucho más violenta que en los otros sinópticos. Jesús es
judío de nacimiento y se siente judío, aunque para él la ley de Dios va más allá de lo que
indican los fariseos y escribas: «No he venido a abolir la Ley sino a que se cumpla» (cf
Mt 5,17-48).
En continuidad con la concepción del judaísmo, el hombre debe hacer el bien, de
forma que el Padre del cielo lo conozca y lo valore. Mateo insiste en la importancia de
realizar buenas obras: «Tu Padre te lo premiará» (Mt 6,1.4.6, etc). Así debe interpretarse
también la necesidad de llevar «vestido de bodas» (Mt 22,11ss). Una prueba de que sus
destinatarios son judíos es que se dirige a ellos sin explicar costumbres judías tales como
las purificaciones (comparar Mt 15,1-2 con Mc 7,1-4); el uso y el sentido de las
filacterias (Mt 23,5); o de los diezmos que hay que pagar (Mt 23,23). Los filólogos nos
hacen caer en la cuenta, igualmente, del vocabulario y de las expresiones semíticas que
aparecen con cierta frecuencia, tales como «atar y desatar» (Mt 16,19; 18,18), «Reino de
los cielos» (en vez de reino de Dios), «allí será el llanto y el crujir de dientes», etc.
Pero Mateo no se conforma con decirnos que Jesús es un buen judío, lo cual no
hubiera suscitado ninguna polémica. El conflicto nace cuando aparece la confesión de fe:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Mateo dedica los dos primeros
capítulos de su obra, lo que se conoce como «evangelio de la infancia» (cc. 1-2) a dejar
bien claro cómo los profetas ya lo habían anunciado: Jesús es el que cumple las profecías
de Israel.
Hay dos textos muy significativos, no exentos de polémica, donde el evangelista deja
patente en qué consiste la misión de Jesús. Es de forma prioritaria para el pueblo judío:
«No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). En
otro momento dice a sus discípulos: «No vayáis a regiones de paganos... Id a las ovejas
perdidas de Israel» (Mt 10,5b-6). Sin embargo, Israel rechaza al Mesías. Mateo lo
describe de manera fuerte y escandalosa, con probabilidad es un reflejo de la tensión y
de la polémica que su comunidad sostiene con la sinagoga. Esto se puede ver en algunos
textos. Así, ya desde el principio se nos dice que el rey «Herodes y todo Jerusalén» lo
rechazan (Mt 2,3). Más adelante Mateo acusa al pueblo judío de rechazar al Mesías:
«Tocamos la flauta y no bailáis» (Mt 11,16-19). No siempre Jesús tiene éxito, sino que
lo rechazan las ciudades de Corozaín y Betsaida (Mt 11,20-24). Son muy significativas,
en esta misma línea, tres parábolas de Mateo: la de los «dos hijos enviados a la viña»
(Mt 21,28-32); la de «los labradores homicidas» (Mt 21,33-46); y la de los invitados a
«las bodas» (Mt 22,1-14). La tres se interpretan con el siguiente versículo: «Se os quitará
el reino de Dios y será dado a un pueblo que dé sus frutos» (Mt 21,43).
Podemos interpretar este enigmático anuncio: «Se os quitará el reino de Dios y será
dado a un pueblo que dé sus frutos» (Mt 21,43), como la constatación del nacimiento de
la Iglesia. A partir de ahora el título de ser pueblo escogido por Dios pasa a la
comunidad que proclama a Jesús como Señor. La Iglesia es el «verdadero pueblo de
Dios». Se trata de un pueblo universal, que acaba con el privilegio de Israel, pero que de
ningún modo excluye a los judíos. Este nuevo pueblo de Dios se basa en la aceptación de

120
Jesús, en la fe en él, en el cumplimiento de sus enseñanzas y en que da buenos frutos.
Ahora bien, ¿cómo se da el paso del particularismo judío, sólo y únicamente Israel, al
universalismo de la salvación, Iglesia universal, nuevo Israel? El evangelio nos va dando
pistas: en el relato de los Magos (Mt 2,1-12) se anuncia que la salvación que trae Jesús
desborda las fronteras geográficas y raciales de Israel. La misión de los discípulos no
sólo es para los judíos (Mt 10,17.23), sino también para los paganos: «Seréis llevados a
los tribunales... para que deis testimonio ante los paganos» (Mt 10,18; cf 24,14). Por fin,
al final del evangelio, el evangelista proclama: «Haced discípulos de todos los pueblos»
(Mt 28,16-20).

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Descubrir cómo hay múltiples relaciones entre el
evangelio de san Mateo y el judaísmo.
Propuestas de diálogo:
Vamos a pensar cada uno en nuestra infancia, adolescencia
o primera juventud. ¿Cómo veíamos a nuestros padres,
abuelos, hermanos? ¿Cómo veíamos la escuela, nuestros
maestros? ¿Cómo veíamos la parroquia, el párroco y los
catequistas? ¿Cómo entendíamos la misa, cómo nos
imaginábamos el cielo?
Ahora pensamos cómo vemos lo mismo. ¿En qué ha
cambiado? ¿Tenemos la misma opinión de las personas, de
los lugares, de las cosas?
¿Han cambiado las personas, los lugares o las cosas o somos
nosotros los que lo vemos todo con otros ojos, con otra
experiencia, con otra sensibilidad? ¿Podemos pensar en qué
hemos madurado y crecido humana y espiritualmente?
¿Podemos crecer las personas en nuestra relación con los
otros, con nosotros mismos y con Dios o estamos
condenados a pensar y ver el mundo siempre de la misma
forma? ¿Podemos avanzar? ¿Podemos crecer en nuestra
vida espiritual y amar cada vez más según el Espíritu Santo
nos vaya indicando?
2. Orar con la Biblia:
Texto para orar: Mt 5,21-43.
¿Qué dice la Ley de Moisés y qué dice Jesús?
¿Podemos decir que la Ley de Moisés está bien, que es
correcta aunque indique el mínimo imprescindible a
cumplir?
¿Los cristianos nos podemos contentar con el mínimo?
¿Hacia dónde apunta Jesús? ¿Hacia una religión de límites o
hacia un amor que crece según el evangelio?
«EL MIEDO A LO DESCONOCIDO»
Tuve miedo y levanté barreras.
Estaba inseguro y no quise oír.
Tuve dudas y me aferré a la costumbre,
la Escritura de nuestros mayores.
¡Lo decía todo; lo sabía todo;
no hay novedad; no hay que insistir!
Un día apareció Jesús
y dijo con voz clara, para que todos lo entendiéramos,
y con voz suave para que nadie se asustara:
«Está escrito..., pero yo os digo».
Aquel día me atreví a pensar por mí mismo;

121
a escuchar otras palabras; a ver con otros ojos;
a quitar barreras y a levantar persianas.
Y el evangelio se abrió paso
con la claridad de lo bueno,
con la frescura de lo limpio,
con la nitidez de lo único necesario:
«Cada vez que lo hicisteis con uno de estos
más pequeños, conmigo lo hicisteis».

122
5. La Palabra se hizo carne

El evangelio según san Juan tiene «estatus» propio dentro del Nuevo Testamento. Es
apasionante a la vez que complejo. Pide nuestra atención a la vez que nos asustan sus
largos discursos. Para muchos cristianos es el «evangelio» por excelencia, el que mejor
nos adentra en el misterio de Jesús. Otros, sin embargo, prefieren la sencillez y la
plasticidad de los evangelios sinópticos.
Su comienzo, lo que conocemos como «Prólogo», es un pórtico a la presentación de
Jesús. Dios no ha dejado nunca de pronunciar sus palabras, de comunicar sus designios,
de buscarnos una y otra vez, a lo largo de la historia; Dios ha pronunciado su Palabra
(con mayúscula) definitiva, que es su Hijo. La palabra de Dios se ha hecho «carne», se
ha hecho «humana»; Dios se ha «humanado», de forma que Jesús nos revela en plenitud
quién es Dios, cómo es Dios.
El evangelio según san Juan nos introduce en un lenguaje y en unas escenas distintas a
las de los sinópticos. Nos atrapa el encuentro con la Samaritana, nos seduce la metáfora
de la viña y los sarmientos, nos hace sentirnos hambrientos del pan de vida. El evangelio
según san Juan no deja indiferente.

El Mediterráneo oriental en el siglo I


El evangelio de Juan nace en un mundo mediterráneo oriental muy diversificado.
Probablemente en torno a Éfeso, ciudad griega de Asia Menor, a finales del s. I. Este
mundo está configurado por tres importantísimas corrientes filosóficas y culturales de la
época: la filosofía griega, el gnosticismo y el judaísmo.
En primer lugar la filosofía griega. Lo mismo que nosotros estamos marcados por
pensadores que quizá no conocemos, pero cuyas ideas empapan el aire que respiramos,
también los griegos respiraban el helenismo, aquella cultura que dependía de filósofos
(Sócrates, Platón, Aristóteles, estoicos, epicúreos...). De grandes historiadores, de
grandes autores de tragedias, de grandes arquitectos y escultores. Por aquella misma
época, un judío de cultura griega, Filón de Alejandría, intenta –sin conseguirlo– una
síntesis de la filosofía griega con la tradición judía. La comunidad de Juan (también
llamada joanea o joánica) vive en este ambiente. Así, no es de extrañar que en el Prólogo
del evangelio, a modo de un hermoso y fundamental pórtico teológico, se presenta a
Cristo como el Logos (= la Palabra) de Dios encarnada.
En segundo lugar, el «gnosticismo». Con esta palabra designamos una corriente
filosófica, previa al cristianismo, que flota en el ambiente. Se presenta muy sugerente
para los amantes de lo mistérico que buscan formas religiosas (no una fe) que no les
complique la vida. «Gnosticismo» viene de «gnosis», palabra griega que significa
«conocimiento». Es una filosofía que parte de un doble dualismo. Primero, de un
«dualismo anticósmico». Para ellos la materia, el mundo, la carne, es visto como algo
esencialmente negativo. Es el mundo de abajo, de la mentira, la muerte, la oscuridad. Por

123
contraposición está el mundo de arriba, que es incorruptible, perenne, espiritual. Esto
hace de ellos que vean la creación no como un don de Dios, sino como algo detestable.
A esto se une un «dualismo antropológico». Para ellos hay dos tipos de personas. Por un
lado están los «espirituales», que participan del mundo de arriba. A estos se contraponen
los «carnales», que pertenecen al mundo de las pasiones, al mundo de abajo.
Evidentemente, esto no es pensamiento bíblico, pues Dios creó al ser humano, no hizo
dos categorías de personas.
El objetivo es alcanzar la «salvación», pero por medio de un «conocimiento» superior.
La figura del «salvador» aparece en el gnosticismo como aquel que inicia en los
misterios del conocimiento del mundo de arriba, va dejando su mundo carnal, para entrar
en el mundo de los espirituales. Estamos, como se puede comprender, en un mundo de
iniciaciones, de hombres clasificados en niveles de espiritualidad, de mundos
contrapuestos. Algunos autores han planteado, a raíz del vocabulario que usa (arriba-
abajo, el enviado) la posibilidad de que el evangelio de Juan responda a ciertas
tendencias gnósticas que había en su comunidad. Sin duda, si hubo alguna, el evangelista
deja claro en el Prólogo que «la Palabra se hizo carne», dejando solventada toda
sospecha de aversión a la encarnación.
La tercera corriente que se deja traslucir en el evangelio de san Juan es el judaísmo. El
evangelio de Juan es sobre todo judío. Recoge los grandes temas del Antiguo
Testamento. El éxodo, el maná, el agua, la viña, el cordero pascual son tomados por Juan
para presentar a Cristo:
«Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él, y dijo: “Este es el cordero de Dios, que quita el pecado
del mundo”» (Jn 1,29).
«Como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así será levantado el hijo del hombre, para que todo el que
crea en él tenga vida eterna» (Jn 3,14).
«Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo”. Jesús les
dijo: “Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo; mi Padre es el que os da el verdadero pan
del cielo”» (Jn 6,31.32).
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo en él, da mucho fruto; porque sin
mí no podéis hacer nada» (Jn 1,5).

Un rasgo muy importante es cómo presenta san Juan a Jesús. Lo hace hablando en
primera persona y diciendo: «Yo soy». De esta forma reivindica claramente su condición
de Hijo de Dios, pues YHWH se presenta en el Éxodo precisamente con estas palabras:
«Yo soy el que soy» (Éx 3,14). Así vemos que Jesús dice:
«Yo soy el pan de vida...» (Jn 6,35.41.48.51).
«Yo soy la luz del mundo...» (Jn 8,12; 9,5).
«Yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10,7.9).
«Yo soy el buen pastor» (Jn 10,11.14).
«Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25).
«Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).
«Yo soy la vid» (Jn 15,1.5).
«Yo soy rey» (Jn 18,37).

Otro rasgo que indica las relaciones de san Juan con el mundo judío son las
oposiciones entre la «luz y las tinieblas», la «verdad y la mentira», que refleja el

124
judaísmo plural que existía en el s. I.
«Jesús les habló de nuevo: “Yo soy la luz del mundo. El que me siga no andará en tinieblas, sino que tendrá la
luz de la vida”» (Jn 8,12; 12,35).
«Yo he venido como luz al mundo, para que todo el que crea en mí no quede en tinieblas» (Jn 12,46).
«Vosotros sois hijos del diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él fue homicida desde el
principio y no se mantuvo en la verdad, pues no hay verdad en él. Cuando dice mentira, habla según su propia
naturaleza, porque es mentiroso y padre de la mentira. Pero a mí no me creéis porque digo la verdad» (Jn 8,44-
45).
«Si os mantenéis firmes en mi doctrina, sois de veras discípulos míos, conoceréis la verdad y la verdad os hará
libres» (Jn 8,32).

No sólo debemos preguntarnos por el ambiente circundante, sino por las personas. Por
eso nos preguntamos: ¿a quiénes dirige su evangelio san Juan? ¿Cuáles son sus
destinatarios? ¿Qué sabemos de las «comunidades joánicas»?
El evangelio y las cartas (1, 2 y 3Jn) dejan entrever que estos cristianos viven en una
situación difícil. La propia historia de la comunidad ha pasado por diversas etapas en las
que distintos grupos y tendencias han suscitado polémicas internas que originan
tensiones y divisiones. Había discípulos del Bautista a los que san Juan les explica la
superioridad de Jesús sobre Juan (Jn 1,19-34). Otros no aceptaban que Jesús fuera el
Hijo de Dios (Jn 10,33-38). Otros negaban la encarnación, que Jesús se hubiera hecho
hombre (2Jn 7); no faltaban quienes ponían en cuestión que Jesús hubiera muerto en la
cruz (1Jn 5,6).
A estas polémicas internas se añade la tensión que supone el vivir en un ambiente de
rechazo; sus perseguidores son «los judíos», que aparecen en las páginas del evangelio
como los antagonistas de Jesús. Estos «judíos» no son los maestros de la ley, ni los
fariseos del tiempo de Jesús, sino aquellos que después del año 70 habían puesto la
tradición farisaica como la única ortodoxa rechazando otras corrientes del judaísmo.
Desde su punto de vista, el movimiento naciente de la Iglesia no era sino uno de estos
grupos y decidieron expulsarlos de la sinagoga:
«Sus padres hablaron así por miedo a los judíos, que habían decidido expulsar de la sinagoga al que
reconociera que Jesús era el Mesías» (Jn 9,22).
«A pesar de todo, muchos, aun de los mismos jefes, creyeron en él; pero por miedo a los fariseos no lo
confesaban, para que no los expulsaran de la sinagoga» (Jn 12,42).
«Os echarán de las sinagogas; más aún, se acerca la hora en que os quitarán la vida creyendo que con ello dan
culto a Dios» (Jn 16,2).

Un evangelio y dos libros


El evangelio de san Juan es un libro con identidad propia; presenta una serie de rasgos
literarios que lo distinguen claramente de los sinópticos. En primer lugar, y a diferencia
de los evangelios sinópticos, que se caracterizan por relatos breves y sucesivos, el
evangelio de Juan gusta de amplias narraciones acompañadas frecuentemente por
discursos que se convierten en auténticas catequesis. El evangelio de Juan es, en
realidad, un escrito doctrinal en forma de evangelio. Su primera intención no es narrar
sino enseñar. El interés principal de esta obra es de carácter teológico; en ella los
milagros son «signos»; los discursos, más que discursos de Jesús son discursos sobre

125
Jesús. Las discusiones no versan sobre los problemas del tiempo de Jesús (la ley, el
sábado, los alimentos puros e impuros) sino sobre la pretensión de Jesús de ser el
Mesías, el enviado del Padre.
Por otra parte, el pensamiento progresa en espiral. No sigue una exposición narrativa,
ordenada, sino que en cada conjunto va retomando un tema y gira sobre él aportando
nuevos matices, reflexiones... En Jn 15 profundiza a partir de la vid, el viñador, los
sarmientos, el fruto, la poda. En Juan 10 encontramos la reflexión sobre Jesús a partir del
pastor, las ovejas, el redil, la puerta, el asalariado, el lobo...
También debemos destacar la importancia de los símbolos. Toma realidades concretas
(el pan, la vid, el pastor, el nacimiento, la puerta, la luz, el agua) y a partir de ellas
explica su significación más profunda, simbólica y teológica.
Es importante también prestar atención a los números: la samaritana (Israel) tuvo
cinco maridos (cinco libros de la Ley de Moisés). En las bodas de Caná las tinajas están
llenas de «agua», símbolo de Israel, inservible para celebrar la fiesta de la alianza, que
precisa del «vino», que es Jesús.
Otro rasgo distintivo es su geografía y su cronología. Los sinópticos presentan una
geografía más teológica: Galilea –tierra de gentiles– es la patria de Jesús y el lugar
donde desarrolla su ministerio; sube a Jerusalén, lugar donde está presente el judaísmo,
en torno al Templo, y allí da su testimonio definitivo. Su vida pública podría haber
durado sólo un año. En Juan, sin embargo, la actividad de Jesús dura por lo menos tres
años. Jesús sube a tres Pascuas (Jn 2,13-22; 6,4-59; 11,55–20,31). En Judea tiene amigos
y discípulos; Lázaro y sus hermanas son de Betania, que está a 6 km de Jerusalén.
Aporta datos que no aparecen en los Sinópticos (la estancia de Jesús en Caná; el pozo de
la Samaritana en Siquén) y otros lugares (litóstrotos o enlosado del Pretorio; la piscina
probática junto al Templo; el lugar bautismal de Juan bautista en el Jordán que pueden
ser localizados arqueológicamente.
En Juan aparecen importantes temas que dan unidad literaria a todo el evangelio. Uno
de los más conocidos es el de la «hora». Jesús declara en distintas ocasiones que no ha
llegado su «hora» (Jn 2,4; 7,30; 8,20). El día de Ramos se angustia porque ha llegado su
«hora» (Jn 12,23.27); en el relato de la Pasión, antes de la Última Cena dice
solemnemente: «Sabiendo Jesús que había llegado para él la hora de pasar de este mundo
al Padre...» (Jn 13,1). Es la «hora» de su glorificación, de su subida al Padre: «Jesús
levantó los ojos y exclamó: Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu
Hijo te glorifique» (Jn 17,1).
El evangelista dice expresamente la finalidad de su obra. No es recoger curiosamente
datos sueltos de Jesús, sino que escribe para provocar la fe: «Estos (signos) han sido
escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que creyendo
tengáis vida eterna» (Jn 20,30-31). En la muerte de Jesús se descubre su verdad y se
invita a la fe (Jn 19,35-36).
Insistimos en que es un libro con identidad propia, pero que, a su vez, tiene dos partes
perfectamente diferenciadas que vamos a llamar «libros»: el «Libro de los Signos» (I) y
el «Libro de la Pasión-Gloria» (II), colocados entre un prólogo y un epílogo. El prólogo

126
anticipa los grandes temas del evangelio: la «palabra», la «vida», la «luz», la «verdad»,
el «mundo», las «tinieblas»... y junto a él los primeros testimonios que presentan a Juan
como el último gran profeta que señala a Jesús como el Mesías, aquel a quien anunció
Moisés. El epílogo revela distintas apariciones en las que el discípulo amado, junto con
Pedro, ocupa un lugar muy importante.

Prólogo (Jn 1). La Palabra se hace carne.


(I) Libro de los 1. Las bodas de Caná: Jesús, el vino de la
«signos» nueva alianza (Jn 2,1-12).
(Jn 2-12). 2. El hijo del funcionario real: Jesús, palabra
que da vida: (Jn 4,43-54).
3. El paralítico de Betesda: Jesús, superior al
sábado: (Jn 5,1-9).
4. Multiplicación de los panes: Jesús, pan de
vida (Jn 6,1-15).
5. Marcha sobre las aguas: Jesús es el
salvador (Jn 6,16-21).
6. El ciego de nacimiento: Jesús, luz que
juzga al mundo (Jn 9,1-12).
7. Resucitación de Lázaro: Jesús vence la
muerte (Jn 11,1-53).
(II) Libro de la Discursos de despedida (Jn 13,1–17,26).
Pasión-Gloria Historia de la Pasión-Resurrección
(Jn 13-20). (Jn 18,1–20,31).
Epílogo (Jn 21).

La primera parte del evangelio (Jn 2-12) contiene siete hechos extraordinarios
realizados por Jesús, que el evangelista denomina «signos». Destaca el primero de ellos,
conocido como las bodas de Caná. También es de notar el cuarto signo, la multiplicación
de los panes, que conocemos por los sinópticos. Otros importantes son el sexto signo,
donde encontramos la curación del ciego de nacimiento, y, cómo no, el séptimo, la
resucitación de Lázaro.
Algunos de estos «signos» van acompañados de largos «discursos» (Jesús pan de
vida; Jesús luz del mundo; Jesús es la vida); otras veces son «diálogos» de Jesús con
distintas personas que explican su sentido. Los «signos» y los discursos sirven para
desvelar el misterio de Jesús.
La segunda parte del evangelio (Jn 13-20) tiene como centro la pasión y resurrección
de Jesús, presentadas como el momento en que se manifiesta su gloria. En esta segunda
parte se desvela el sentido de la «hora» que se anticipaba veladamente en la primera.
Juan presenta en el contexto de la Última Cena su discurso de despedida.

Jesús revela al Padre


El mensaje de Juan es una respuesta a la situación que vive su comunidad. A la polémica
sobre la divinidad y humanidad de Jesús, el evangelista responde profundizando en el
misterio de su encarnación y de su muerte.
Ante la tentación de huir del mundo, de refugiarse en gnosticismos contrarios a la fe
encarnada, exhorta a sus discípulos a que afiancen su fe en Jesús: «Jesús es el camino, la

127
verdad y la vida» (Jn 14,6). Jesús ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad
(Jn 18,37). El verdadero discípulo, porque ha contemplado la verdad, está llamado a dar
testimonio; no se puede callar, es testigo de la verdad y esta verdad le hará libre (Jn
8,32).
El cuarto evangelio contiene una profunda reflexión acerca del misterio de Jesús. Los
que se «encuentran» con él y dejan que Jesús entre en sus vidas, van descubriendo
progresivamente la hondura de este misterio. Así, lo van reconociendo Nicodemo, la
Samaritana, el ciego de nacimiento, como Señor (Jn 4,15); como Profeta, Mesías,
Salvador del Mundo (Jn 4,19.25.42).
El evangelista descubre a sus lectores que Jesús es el Hijo de Dios (Jn 1,34). El
misterio de su persona trasciende los estrechos límites de nuestra historia. Jesús, el Hijo
de Dios, estaba unido al Padre, pero se ha encarnado, ha puesto su «tienda de campaña»
entre nosotros (Jn 1,1-18).
En Jesucristo se nos ha manifestado toda la gloria de Dios. Él es camino, verdad y
vida (Jn 14,6); él es el buen pastor que da la vida por sus ovejas (Jn 10,11); él es la
resurrección (Jn 11,25). Al final de su camino, Jesús retorna al Padre a través de la
muerte, que, paradójicamente, es la hora de su glorificación (Jn 13,31-32).
Para aquellos que se escandalizaban de un Cristo humano, Juan nos revela con
insistencia en la encarnación la hondura de la humanidad de Jesús; el Jesús terreno es al
mismo tiempo el Hijo amado del Padre, y su muerte en cruz pone al mismo tiempo el
alcance de su amor desmedido. Por eso, para Juan, la cruz no es el patíbulo (como para
los sinópticos) sino el trono de su glorificación (Jn 3,14-15; 12,32; 19,16b-22).

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Descubrir la diferente presentación que hace el
evangelio de san Juan de la persona de Jesús.
Propuestas de diálogo:
Vamos a pensar en una persona. ¿Conocemos todo de él o
vamos aprendiendo cosas poco a poco? ¿El conocimiento de
las personas es inmediato o lento, progresivo?
Cuando algún secreto que está oculto se conoce decimos que
se «ha desvelado». Lo mismo cuando algo no es evidente
(una foto, un misterio) y llegamos a verlo o comprenderlo,
se «nos ha revelado».
¿Podemos saber con claridad quién es Jesús? ¿Lo
conocemos bien, sin tapujos, sin medias tintas?
¿Necesitamos que alguien nos «revele» quién es él y qué
misterio está presente en su persona y en su vida?
Cuando nos acercamos a Jesús, ¿lo hacemos sólo para
«saber cosas» acerca de él, o para conocerle en intimidad y
en profundidad?
2. Orar con la Biblia:
Texto para orar: Jn 6,32-58.
¿De qué tenemos «hambre»? ¿De felicidad, de paz, de
estabilidad, de sentido de la vida?
¿Dónde buscamos saciar esta hambre? ¿Acumulando cosas?
¿Buscando amigos sea donde sea? ¿Buscando puestos de
relevancia? ¿En religiosidades tranquilizadoras? ¿En
aumentar nuestra cultura? ¿En ser reconocido en nuestro

128
trabajo?
¿Cómo entender que estamos invitados a comer la carne y
beber la sangre de Jesús? ¿Qué supone para nuestra vida?
¿Cambiaría en algo nuestra vida si esto lo
comprendiéramos?
¿Qué nos quiere comunicar, revelar, desvelar, Jesús con
estas palabras?
«JESÚS, CAMINO, VERDAD Y VIDA»
Revelar es quitar el velo.
Rebelarse es sublevarse.
Desvelar es ver sin velos.
Rebelión es oposición.
Juan nos desvela el misterio de Jesús.
«¿Quién eres, maestro?».
«¿Dónde vives?».
Juan nos invita a la rebelión:
«¡Sois hijos de la Verdad,
no consintáis con la mentira!».
Juan nos desvela la Luz,
para que nos rebelemos contra las tinieblas.
Cuando las sendas se desdibujan,
las verdades se difuminan,
y lo vital se delimita;
haz Señor que proclame con Juan,
que desvela y se rebela:
«Tú eres mi Camino,
Tú eres mi Verdad,
Tú eres mi Vida».

129
130
V. El Pueblo de la Nueva Alianza

131
1. Seréis mis testigos

Los evangelios terminan, narrativamente hablando, con la resurrección de Jesús. ¿Esto


significa que se cierra una etapa? ¿Podríamos hablar de «carpetazo»? Lucas deja su
evangelio abierto; si releemos el final, deja a los apóstoles en Jerusalén, en el monte de
los Olivos, con los visos de una promesa (Lc 24,8). El Libro de los Hechos de los
Apóstoles no comienza de cero, sino que recoge el testigo que ha dejado san Lucas (He
1,8-9). De hecho la palabra gancho habla de «ser testigos».
Hay un protagonista que une ambas narraciones y ambas historias: el espíritu de Dios.
El mismo Espíritu que descendió sobre Jesús en el bautismo y que le acompañó a lo
largo de toda su vida es el Espíritu que desciende sobre la Iglesia naciente en
Pentecostés. Hay no sólo una unidad literaria, sino una unidad teológica. Los testigos de
Jesús son los que proclaman el evangelio.
El libro de los Hechos narra los primeros pasos de la Iglesia naciente, creyente y
confesante.

La Iglesia naciente, creyente y confesante


El «Libro de los Hechos de los Apóstoles» sigue en el orden del Nuevo Testamento a los
cuatro evangelios. Sin embargo, todo nos dice que deberíamos leerlo como una obra que
es la continuación del evangelio de san Lucas. Son muchos los elementos que podemos
comparar.
El argumento teológico es, sin duda, el más importante: Lucas quiere escribir una
«Historia de la Salvación», que empieza con las promesas hechas a Israel, cuya plenitud
es Cristo, y que continúa en la Iglesia. Jesucristo es el centro de esta historia y de este
tiempo. El único «tiempo de Dios», que es un tiempo de salvación, se puede explicar
contemplando tres grandes momentos. Este «tiempo salvífico» no tiene dinámica propia,
sino que está movido por el Espíritu Santo.
HISTORIA DE LA SALVACIÓN GUIADA POR EL ESPÍRITU
SANTO

ISRAEL CRISTO IGLESIA

Si vemos la importancia que Lucas da al Espíritu Santo, no es una casualidad que el


acontecimiento de Pentecostés se presente en el capítulo segundo. Es la irrupción del
Espíritu Santo sobre una comunidad, María y los apóstoles, que han recibido el mandato
de «ser testigos» del Resucitado. ¿Cómo salir a las calles a proclamar que el crucificado
está vivo? ¿Cómo dejar Jerusalén, la tierra, para ir a unas zonas desconocidas del
Imperio romano? Sólo el Espíritu Santo puede hacer esto.
Podemos comparar también las dos obras, Lucas y Hechos, desde el punto de vista
literario. Tanto una como otra comienzan con un «saludo-prólogo» a un tal Teófilo. Si
nos fijamos en la continuidad narrativa que hay entre el final del evangelio y el
comienzo de Hechos, en ambos casos encontramos la Ascensión, podemos establecer de

132
nuevo una relación.
PRÓLOGO DE LUCAS Y DE HECHOS

Lc 1,1-4 He 1,1-2

Ya que muchos se han Ya traté en mi primer libro,


propuesto componer un relato querido Teófilo, de todo lo que
de los acontecimientos que se Jesús hizo y enseñó desde el
han cumplido entre nosotros principio, hasta el día en que
(...), me ha parecido también a subió al cielo después de haber
mí, después de haber dado sus instrucciones bajo la
investigado cuidadosamente acción del Espíritu Santo a los
todo lo sucedido desde el apóstoles que había escogido.
principio, escribir una
exposición ordenada, ilustre
Teófilo, para que llegues a
comprender la autenticidad de
las enseñanzas que has
recibido.

CONTINUIDAD NARRATIVA ENTRE LUCAS Y HECHOS

FINAL DEL EVANGELIO COMIENZO DE LOS


DE LUCAS HECHOS
Vosotros sois testigos de estas «Recibiréis la fuerza del
cosas (...). Los sacó hasta Espíritu Santo, que vendrá
cerca de Betania. Levantó las sobre vosotros para que seáis
manos y los bendijo. Y mis testigos en Jerusalén, en
mientras los bendecía, se toda Judea, en Samaría y hasta
separó de ellos y subió al los confines de la tierra».
cielo. Ellos lo adoraron y se Dicho esto, lo vieron subir,
volvieron a Jerusalén llenos de hasta que una nube lo ocultó a
alegría (Lc 24,48-52). su vista (He 1,8-9).

Antes de la Ascensión, Lucas invita a sus discípulos a ser «testigos suyos» en


Jerusalén, en Judea, en Samaría y «hasta los confines de la tierra». Es, sin duda, un
mandato que sobrepasa los límites de la pequeña comunidad, de la ciudad de Jerusalén, y
que de forma expansiva, como si de una onda en el agua se tratara, se mueve sin que se
pueda detener.
Si buscamos la estructura del libro de los Hechos podemos descubrir un esquema
bastante claro. Según nos lo presenta, podemos pensar en tres grandes etapas en la
expansión del cristianismo:
• Primera etapa: La Iglesia en Jerusalén (He 1-5).
• Segunda etapa: De Jerusalén a Antioquía (He 6-12).
• Tercera etapa: De Antioquía a Roma (He 13-28).
No se nos escapa que el tema que tratamos es bastante más complicado de lo que
parece en un primer momento. Por ahora sólo nos fijaremos en las dos primeras
comunidades que aparecen unidas a una importante ciudad: Jerusalén y Antioquía.
Jerusalén es la ciudad santa del judaísmo. Antioquía es una importante ciudad de Siria,
que con su puerto de mar, abría las comunicaciones y el comercio al Próximo Oriente.

133
La «Iglesia Madre» de Jerusalén
La Iglesia nace tomando como foco principal Jerusalén. En los años siguientes a la
Pascua asistimos, por una parte, a una lenta definición del cristianismo y a su
correspondiente distanciamiento del judaísmo. División que se verá patente a raíz de los
acontecimientos del año 70. Según los Hechos de los Apóstoles los primeros discípulos,
en un primer momento, siguen acudiendo al Templo a orar a la vez que proclaman: Jesús
es Mesías. Este grupo permaneció fiel al judaísmo en sus formas fundamentales:
observancia de la Ley y asistencia al Templo: «Pedro y Juan subían al Templo a la hora
de la oración» (He 3,1). «Todos los creyentes se reunían en el pórtico de Salomón» (He
5,12).
Este grupo inicial de judíos que mantenían lo principal del judaísmo y que confesaban
a Jesús como Mesías no debieron de tener especiales problemas al principio, pues se les
consideraba como una facción del judaísmo con tintes mesiánicos. Sería el grupo
constituido por los de Santiago, conocidos como judeocristianos.

LA COMUNIDAD DE SANTIAGO

La referencia a Santiago como líder de un grupo es evidente:


Pedro, al salir de la cárcel, dice: «Comunicádselo a Santiago y
a los hermanos» (He 12,17); en la asamblea de Jerusalén
«tomó la palabra Santiago y dijo» (He 15,13). Pablo, en su
primer viaje a Jerusalén, comenta: «No vi a ningún apóstol
fuera de Santiago, el hermano del Señor» (Gál 1,19). Un poco
más adelante, el mismo Pablo dice que «Santiago, Pedro y
Juan, tenidos como columnas de la Iglesia» (Gál 2,9). En el
incidente de Antioquía, Pedro no tenía reparos en comer con
los de origen pagano «antes de que vinieran los de Santiago»
(Gál 2,12).

LOS JUDEOCRISTIANOS

Los judeocristianos de Jerusalén (cf He 1-5), aun aceptando a


Jesús como Señor, habían corrido el riesgo de entender su
Pascua en clave intra-israelita: querían cumplir la ley hasta el
fin de los tiempos (hasta cuando vengan los gentiles). Los
judeocristianos concebían a Jesús como reformador nacional.
Por eso se mantienen, como grupo de renovación y esperanza
escatológica, en el interior del pueblo de la alianza,
defendiendo en realidad la teología oficial de los judíos
nacionales: primero se convertirá Israel, aceptando a su Mesías
nacional (en este caso a Jesús); luego vendrán y se unirán
todos los pueblos.

Los judíos helenistas que se hacen cristianos presentan problemas distintos. Provienen
del judaísmo de la diáspora y se encuentran en Jerusalén porque solían acudir a las
fiestas de Pascua. Son más abiertos en cuestiones legales y rituales que los de la ciudad
santa. Son perseguidos no por su mesianismo, sino por su actitud crítica del legalismo
palestino. Cuestionan la Ley y el Templo, lo que provocará una fortísima persecución
contra ellos: «Este hombre (Esteban) no cesa de hablar contra el Templo y la Ley» (He
6,13). Su figura más significativa sería la de Esteban: «Esteban lleno de gracia y poder...

134
algunos se pusieron a discutir con él pero no podían resistir su sabiduría y el espíritu con
que hablaba» (He 6,8ss).
A raíz de esta persecución, los discípulos (probablemente los judíos helenistas) se
extienden por Samaría y por Siria (Antioquía). Podemos pensar que el grupo de Santiago
no sufrió esta persecución. «Aquel día se desencadenó una gran persecución contra la
Iglesia de Jerusalén y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de
Judea y Samaría» (He 8,1b). «Felipe bajó a la ciudad de Samaría y estuvo allí
predicando a Cristo» (He 8,5).

La Iglesia en Siria: Antioquía


Si la Iglesia de Samaría tiene como evangelizador a Felipe, no tenemos sin embargo
noticia de quién llevó el evangelio a Antioquía: «Los que se habían dispersado a causa
de la persecución provocada por el caso de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y
Antioquía, pero sin predicar la palabra más que a los judíos» (He 11,19). El libro de los
Hechos da otra importante noticia, según la cual desde el inicio el evangelio se
anunciaba también a los gentiles. «Sin embargo, algunos chipriotas y cirenenses al llegar
a Antioquía predicaban también a los no judíos» (He 11,20).
Antioquía, a diferencia de Jerusalén, es una comunidad formada en gran parte por
judíos helenistas y por los primeros paganos. Uno de los nombres señeros es el de
Bernabé. Será una Iglesia fuerte y viva que vivirá con intensidad su carácter misionero.
En ella muy pronto destacará Pablo: «(Bernabé) fue a Tarso a buscar a Pablo (...), lo
llevó a Antioquía y estuvieron juntos en aquella Iglesia instruyendo a muchos» (He
11,25). Después, según el relato de Hechos, subieron los dos a Jerusalén (He 11,30).
Probablemente también Pedro, en un momento no bien definido, abandona Jerusalén,
y se establece allí antes de ir a Roma. El texto sólo dice que cuando se escapó de la
cárcel «se fue a otro lugar» (He 12,17), pero más adelante aparece en Antioquía:
«Cuando Pedro llegó a Antioquía» (Gál 2,11).
La primera sección del libro de los Hechos se limita a presentar la comunidad de
Jerusalén, cuya autoridad es Santiago, y que está formada por judeocristianos (He 1-5).
A partir del capítulo 6 se abre la misión entre los judeocristianos helenistas, donde
destaca con personalidad propia Pablo (cf He 6-15). Han descubierto que el Espíritu de
Cristo desborda las barreras del antiguo judaísmo, suscitando un tipo de fieles liberados
de la ley y unidos por el Espíritu que brota de la fe en el Cristo.
El Evangelio es para ellos novedad misionera: la gracia de Cristo ha de extenderse
desde ahora a las naciones. El Espíritu es principio actual de conversión y gracia; no es
algo que se aguarda sólo para el fin de la historia (cuando el mundo acabe). Pablo y los
cristianos helenistas piensan que se ha realizado ya la obra de Dios, ofreciendo a todos el
Espíritu, la libertad y la comunión definitiva. Pablo es, según eso, un heredero de la
experiencia de Pentecostés de Lucas (cf He 2). A su juicio, el espíritu de Dios se ha
desvelado como reconciliación universal, suscitando una Iglesia que desborda las
fronteras judías y abre la gracia de Cristo a todos los humanos.

135
Descubrir la Biblia y rezar con ella
1. Descubrir la Biblia:
Objetivos: Ver cómo la Biblia es una «historia de la salvación»
y cómo cada uno de nosotros puede escribir su «historia de
salvación».
Ejercicios:
Traza a grandes rasgos los principales acontecimientos de tu
vida, positivos y negativos.
Pásalos a una «línea de tiempo» y pon fechas (años) a los
principales acontecimientos de tu vida: noviazgo, boda,
fallecimientos, nacimiento de un hijo, trabajo o paro,
enfermedades, etc.
¿Has hecho experiencia de la presencia de Dios o de su
ausencia en ellos?
Pon palabras a cada momento de esta presencia o ausencia
de Dios: paz, lejanía, gozo, tristeza, grito, esperanza,
confianza, desamparo, perdón, etc.
Comparte con el grupo sólo lo más significativo, no lo
particular.
2. Orar con la Biblia:
Texto: Lc 7,36-50.
¿Cuál es la actitud de Simón y de sus correligionarios?
¿Por qué alaba Jesús la actitud de la mujer?
¿Qué cambio se produce en la escena entre el comienzo y el
final?
¿Podemos entender que todos necesitamos sentirnos amados
por Jesús?
«RENUEVA EN MÍ TU MILAGRO»
De pequeño me hablaron de ti
y te dejé en el baúl de los recuerdos,
de las cosas perdidas,
de los saberes prescindibles.
Pasados los años,
cuando las preguntas importantes
las trae la vida y no los libros,
cuando quiero no pensar
y se me apodera el corazón,
has vuelto sin avisar.
He leído mucho sobre ti.
Algunos dicen que eres un personaje extraño;
que las Iglesias te han manipulado,
que te usan ladinamente para sus intereses.
Yo sólo quiero volver a la verdad primera,
a la que me enseñaron mis padres,
mis catequistas, mis abuelos...
¿Quién eres, Jesús?
Si al ciego del camino le devolviste la vista
y a la pecadora el perdón,
hoy te suplico:
¡renueva en mí tu milagro!

136
2. Pablo: apóstol, místico y teólogo

La experiencia de Cristo en san Pablo se puede resumir en esta frase de un maestro de


espiritualidad del siglo XIX, el sacerdote francés Antoine Chevrier, en una paráfrasis de
san Pablo: «Conocer a Cristo lo es todo». Pablo de Tarso llega a decir que todo lo que
para él había sido triunfo humano, motivo de orgullo y de prestigio, no es nada
comparado con haber conocido a Cristo Jesús, su Señor.
Esta experiencia paulina sigue siendo referencia hoy para millones de personas. Lejos
de reducir la discusión al papel que tiene san Pablo en el origen y en el desarrollo del
cristianismo primitivo, queremos buscar los motivos que llevaron a realizar esta
afirmación taxativa. En primer lugar debemos responder a la pregunta, con san Pablo, de
quién es Jesús. En un segundo momento debemos alcanzar su significación salvífica al
afirmar que «me amó y se entregó por mí», para, en un tercer momento, dar un paso a la
mística afirmando con él que «la vida es Cristo».

¿Quién eres, Señor?


Pablo tuvo que enfrentar a lo largo de su vida su condición de haber sido un
«perseguidor de la fe naciente», por lo que desconfiaban tanto de que fuera
verdaderamente cristiano como de su condición de apóstol. Los judaizantes de Santiago,
que aparecen en Gálatas, le echan en cara que él no era apóstol, no era de los Doce. Al
menos eso se deduce de la fortísima defensa que hace de su condición de verdadero
apóstol, apelando a su condición de vocacionado:
«Pero cuando Dios, que me había elegido desde el vientre de mi madre, me llamó por su gracia y me reveló a
su Hijo para que yo lo anunciara entre los paganos (...)» (Gál 1,15-17).

Pablo tiene conciencia de «elegido», de «llamado» y de «enviado». Él se sabe elegido


«desde el vientre de mi madre» (Gál 1,15). No estamos ante el caso de alguien que haya
vivido de espaldas a Dios o que no haya vivido honestamente ante Dios. Es más, él es
consciente de que su llamada no es fruto de un descubrimiento interno, sino de una
llamada que Dios había previsto y preparado cuidadosamente. Pablo no es un converso
del ateísmo o del paganismo; su matriz es judía. Se siente «elegido» en continuidad con
todos los grandes hombres elegidos por Dios.
En segundo lugar, tiene conciencia de «llamado». La llamada de Dios en la Escritura
suele tener una «teofanía» o manifestación de Dios; además el llamado escucha cómo
Dios pronuncia su «nombre».
La teofanía, en el caso de Pablo, aparece en varios textos. Pablo tiene conciencia de
que Dios le ha «revelado» a su Hijo. ¿En qué consistió esa revelación? ¿Tuvo algún
contenido decisivo para comprender no sólo su cambio de vida, sino también su propio
mensaje? No tenemos datos para precisar mucho; más bien sólo podemos intuir la
novedad y la radicalidad de ese momento. Pablo se refiere a él en tres textos.
El primero, el que habla de revelación, lo encontramos en Gálatas. ¿Cuál es el

137
contenido de esta revelación? Según Gálatas es Cristo; Pablo dice expresamente que:
«(Dios) me reveló (apocalúpsai) a su Hijo para que yo lo anunciara entre los paganos»
(Gál 1,16).
En Filipenses dice que esta experiencia es un «conocimiento»; le marcó de forma que
para Pablo hay un «antes» y un «después»: «Pero lo que entonces era ganancia, ahora lo
considero pérdida si lo comparo con el conocimiento de Cristo» (Flp 3,7-9).
¿Podemos saber en qué consiste esta experiencia de Cristo? En la primera Carta a los
corintios, cuando recuerda que el anuncio de la Resurrección de Cristo es una tradición
que él mismo ha recibido, apela a su experiencia del resucitado, diciendo que «se me
apareció» aunque no se lo mereciera (1Cor 15,8).
El segundo elemento de la «llamada», en el esquema teológico de la vocación, es la
pronunciación del nombre del elegido. Pablo dice en Gálatas que Dios le «llamó por su
gracia». Hechos, por su parte, indica cómo pronuncia el nombre de Pablo. «En el
camino, cerca ya de Damasco, de repente le envolvió un resplandor del cielo; cayó a
tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”» (He 9,3-9;
ver también He 22,7; 26,14).
Con frecuencia, en los relatos del Antiguo Testamento, encontramos tras la llamada la
aceptación. Sin embargo en los relatos de vocación de Pablo, según Hechos, no
encontramos una aceptación («aquí estoy», «hinenni»), sino dos interrogantes. El
primero quiere «identificar» la llamada: ¿quién eres? ¿Con quién hablo? ¿Quién se me
revela? El segundo tiene que ver con las consecuencias de esta visión/revelación: ¿qué
tengo que hacer?, ¿en qué debe cambiar mi vida?, ¿qué actitudes tengo que modificar?,
¿por dónde tengo que ir?, etc.
San Lucas narra la vocación de san Pablo insistiendo en su condición de fariseo que
odiaba con saña a la Iglesia, y cómo Cristo Resucitado sale a su encuentro y le cambia la
vida. Muchos han querido explicar desde distintas disciplinas qué pasó allí. Sin embargo,
la clave no está en las posibles explicaciones psicológicas, sino en su experiencia de
Cristo Resucitado. Conocer a Cristo es lo único que puede cambiar la vida. «Saulo,
Saulo, ¿por qué me persigues?». Él preguntó: «¿Quién eres, Señor?». Y él respondió:
«Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad; allí te dirán lo que
debes hacer» (He 9,3-9; ver también He 22,7; 26,14).
Una vez que se acepta a Jesús, hay que preguntarse cómo influye en la vida, cómo y
en qué cambia la vida: ¿qué debo hacer? Cuando se acepta a Jesús en la vida, todo
cambia. O podemos decir lo mismo, sólo que al revés. Una persona que presume de ser
cristiana pero que no tenga experiencia del paso de Dios en su vida, transformándole, no
puede decir que haya encontrado a Jesús Vivo. El encuentro de Damasco es definitivo:
«Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo
dije: “¿Qué tengo que hacer, Señor?”. Y el Señor me dijo: “Levántate y entra en
Damasco; allí te dirán lo que debes hacer”» (He 22,7-10).
Si en la vocación de los grandes creyentes aparecen las dificultades, Pablo no es una
excepción. Como un animal indócil, se revuelve y tira coces contra el amo que le azuza
con la aguijada. Esfuerzo en vano, pues el amo hará que obedezca. Pablo luchó contra

138
esta vocación, pero Jesús pudo más: «Todos caímos a tierra, y yo oí una voz que me
decía en hebreo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro es para ti dar coces contra
el aguijón”. Yo dije: “¿Quién eres tú, Señor?”. El Señor dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú
persigues”» (He 26,14-15).
El tercer elemento de un esquema de vocación es la misión. Pablo tiene conciencia de
haber sido enviado a los gentiles, tal como lo muestran tres de sus grandes cartas. En la
Carta a los corintios dice expresamente que Dios «me llamó a evangelizar» (1Cor 1,17).
En Gálatas nos dice en qué consiste esta misión: «(Dios me llamó) para que yo lo
anunciara entre los paganos» (Gál 1,16). Esta conciencia la mantiene Pablo a lo largo de
toda su vida: «Pablo, siervo de Jesucristo, apóstol por la llamada de Dios, elegido para
predicar el evangelio de Dios» (Rom 1,1).
San Lucas, por su parte, en el tercero de los relatos de la vocación, el que tiene lugar
ante Herodes Agripa II, pone en labios de Pablo la misión a la que le envía Jesucristo:
«Levántate y ponte en pie; que me he aparecido a ti para hacerte ministro y testigo de lo
que has visto de mí y de lo que te voy a mostrar. Te voy a librar de tu pueblo y de los
paganos, a quienes te enviaré a abrirles los ojos» (He 26,16-18).
VOCACIÓN DE SAN PABLO SEGÚN GÁLATAS Y
HECHOS
Gál 1,15-17. He 9; 22; 26.
(Elección). Me eligió.
1. Llamada. Me llamó.
a) Teofanía. Me reveló. Un He 9,3;22,6-7;
resplandor... 26,13-14.
cayó a tierra...
una voz.
b) Llamada. --- ---
c) Por el Saulo, Saulo. He 9,4; 22,7;
nombre. 26,14.
d) ¿Quién eres? He 9,5; 22,7;
Interrogantes. 26,15.
¿Qué debo He 22,10.
hacer?
e) Objeciones. Es duro dar He 26,14.
coces.
2. Misión. Para que lo Te enviaré a los He 26,17.
anunciara. paganos.

Me amó y se entregó por mí


Pablo, perteneciente al pueblo judío, conoce y comparte su visión sobre la Escritura,
como «historia de la salvación». Él usa con frecuencia en sus escritos los grandes
momentos de las etapas de la salvación. Recoge la figura de Adán (Rom 5,14-15; 1Cor
15,22.45) para contraponerla a la de Jesucristo. Apela a Abrahán, a quien alaba por su
firmeza en la fe (Rom 4; Gál 3). Recuerda el papel de Moisés que, aun dándonos la Ley

139
(Rom 5,14; 10,5), sólo pudo gozar de una gloria pasajera, no definitiva (2Cor 3,7.13.15).
Recoge la alianza del Sinaí (Gál 4,24). Apela, por fin, a David (Rom 4,6; 11,9).
Pero, ¿dice algo distinto que nunca se hubiera dicho antes? La novedad que anuncia
Pablo es que esta salvación que la Antigua Alianza anunciaba sin poder alcanzar ha
llegado no por el cumplimiento de la Ley de Moisés, sino en la persona, muerte y
resurrección de Jesucristo: «Dios no nos ha destinado al castigo, sino a la adquisición de
la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros para que, vivos o
muertos, vivamos siempre con él» (1Tes 5,9-10). San Pablo recoge la convicción de que
Dios, que estableció una Alianza con Israel, proclama ahora una «Nueva Alianza».
Primero, cuando recoge la tradición de su comunidad sobre las palabras de la Eucaristía:
«Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza
sellada con mi sangre; cada vez que la bebáis, hacedlo en memoria mía”» (1Cor 11,25).
Luego, en la segunda Carta a los corintios, Pablo se presenta a sí mismo como «ministro
de la nueva alianza» (2Cor 3,6).
Estos textos, que son habituales o comunes para nosotros, son sin embargo de una
fuerza inusitada, que no podemos calcular bien, para aquellos que escucharon este
mensaje por primera vez. ¿Cómo es posible que un solo hombre alcance a darnos una
salvación que sólo procede de Dios? ¿Cómo es posible que un hombre que ha muerto en
semejantes circunstancias pueda ahora ser proclamado como «salvador»? No lo
entendían. Y muchos siguen sin entenderlo. Pablo lo comprendió, gracias al Espíritu
Santo, e hizo de toda su vida un anuncio y una proclamación de esta certeza.
Pablo entiende que la fe en Cristo no se puede profesar de forma «despersonalizada»,
como quien profesa una verdad que no le afecta. San Pablo insiste en el carácter vital y
personal de esta salvación. La fe es una «vida que se vive». El Dios que anuncia Pablo
no es una divinidad fría, impasible e inaccesible; no es una divinidad ajena a mi pequeña
historia personal. Pablo, en un toque de brillantez teológica y de profundidad espiritual,
les dice a los gálatas que Jesucristo es Dios mismo, que me ama personalmente y se
entrega «por mí»: «Mi vida presente la vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y
se entregó a sí mismo por mí. No rechazo la gracia de Dios; pues si la justicia se obtiene
por la ley, entonces Cristo murió inútilmente» (Gál 2,20-21).
El comprender esto abre posibilidades inesperadas a la vida de toda persona. El «por
mí» insiste en el carácter personal de la fe cristiana. ¡Qué lejos estamos de las
invitaciones a diluirnos en un todo confuso y despersonalizado! Es el valor de cada
persona lo que el cristianismo desarrolla hasta el límite. Pero, por otra parte, no estamos
ante un «por mí» sin contenido. Esa atención personalizada va unida, sin posibilidad de
separarla, a una entrega por amor. San Pablo no propone algo nuevo, sino que saca las
consecuencias de la muerte de Cristo en la cruz, y ve con una claridad meridiana lo que
supone para la vida de todo hombre. Hoy, anunciar la Buena Noticia del Evangelio
supone, por tanto: hacer descubrir a tantas personas que Cristo las ama, a ellas,
personalmente; hacerles caer en la cuenta de que esta relación personal sólo se entiende
desde el amor.
Podemos dar un paso más a partir del texto anterior de Gálatas. Esta salvación de Dios

140
es iniciativa suya, y lo hace de forma gratuita. Es de una agudeza y ternura fuera de lo
común la reflexión de san Pablo sobre la salvación de Cristo. En efecto, ¿quién puede
decir que se preocupe, es más, que dedique su tiempo y su esfuerzo a una persona que es
mala? La respuesta natural es «de ese, no queremos saber nada». Esa es nuestra forma de
pensar y de actuar. Evitamos a los que nos caen mal y nos apartamos de los que son
considerados como de vida poco recomendable. Pablo aprovecha este argumento tan
humano para darle la vuelta. Él nos dice que la prueba del amor que Dios nos tiene es
que Jesús se entregó por nosotros cuando no teníamos nada que poder presentar ante él.
Unas traducciones dicen «cuando aún éramos débiles»; otras «cuando aún estábamos sin
fuerzas»; otras dicen «cuando aún estábamos incapacitados». San Pablo quiere que
caigamos en la cuenta de que, bien por nuestra debilidad humana, bien por nuestra
flaqueza de espíritu, éramos incapaces de alcanzar a Dios. Por eso él ha tomado la
iniciativa. San Pablo quiere expresar el amor incondicional de Dios: «Pues Cristo,
cuando aún éramos nosotros débiles, en el tiempo ya establecido, murió por los
malvados. Difícilmente habrá quien esté dispuesto a morir por un hombre justo, aunque
por un hombre de bien tal vez alguien lo esté; pero Dios mostró su amor para con
nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,6-8).
En este mismo texto, sólo unos versículos más adelante, se atreve a usar un lenguaje
muy fuerte que nos extraña. Dice literalmente que éramos «enemigos» de Dios. Pero con
la dureza del lenguaje se percibe mejor que la acción de Dios es de reconciliación. Los
enemigos no sólo firman un armisticio, sino que declaran que las hostilidades han cesado
para siempre: es la fiesta de la reconciliación, y Dios la proclama gracias a Cristo: «Con
mucha más razón, justificados ahora por su sangre, seremos librados por él del castigo.
Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su
Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida. Más aún: nos
alegramos en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual hemos conseguido la
reconciliación» (Rom 5,9-11).
San Pablo tuvo que afrontar a quienes negaban la resurrección de Cristo. Entonces,
como hoy, sigue siendo objeto de rechazo. San Pablo reacciona brillantemente: ¿cómo
hablar de una salvación en Cristo si es un cadáver? ¿Cómo creer en la victoria sobre el
pecado y la muerte si Cristo ha fracasado? No, dice san Pablo, Cristo ha resucitado como
primicia de la humanidad que está convocada a la Resurrección. Recogiendo toda la
teología bíblica afirma que Cristo es el «Nuevo Adán» que rehabilita a la humanidad
caída: «Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo
algunos de vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos? Porque si no hay
resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado,
vana es nuestra predicación y vana nuestra fe. Incluso seríamos falsos testigos de Dios,
pues contra Dios testificamos que ha resucitado a Cristo, mientras que no lo ha
resucitado si los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco
Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe: todavía estáis en
vuestros pecados; y, por tanto, los cristianos que han muerto están perdidos. Si lo que
esperamos de Cristo es sólo para esta vida, somos los hombres más desgraciados. Pero

141
Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicias de los que mueren. Porque
como por un hombre vino la muerte, así, por un hombre, la resurrección de los muertos.
Y como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo» (1Cor 15,12-23).

Para mí la vida es Cristo


San Pablo no fue sólo un teólogo, sino un místico. Lo que proclamaba con los labios
brotaba con fuerza de su propia experiencia. Se trataba de comunicar algo de lo que
estaba convencido porque lo vivía. El centro de su contemplación, la razón de su vida,
no es otra sino Cristo. Son las palabras que han marcado toda una espiritualidad: «Para
mí la vida es Cristo y morir una ganancia». San Pablo percibe la muerte no como el final
de una vida que se acaba, por lo que debería vivir con desazón. ¡En absoluto! Lo único
que desea es «estar con Cristo», que es «lo mejor». Es tan grande el amor que le tiene,
que sólo puede dejar este deseo a un lado si se trata de tener más ocasiones para
anunciarlo. Esto sería lo único que podría, pero de forma secundaria, hacer que
desistiera: «Con viva esperanza confío en que en nada seré defraudado, sino que con
toda seguridad, como siempre, también ahora Jesucristo será glorificado en mi cuerpo,
sea por la vida, sea por la muerte. Pues para mí la vida es Cristo y la muerte ganancia.
Pero si continuar viviendo es para mí fruto de apostolado, no sé qué elegir. Me siento
apremiado por ambas partes: por una, deseo la muerte para estar con Cristo, lo que es
mejor para mí; por otra, deseo continuar viviendo, lo que juzgo más necesario para
vosotros» (Flp 1,18-24).
Junto con la expresión anterior de que «la vida es Cristo», podemos añadir esta otra
afirmación de un calado espiritual sin precedentes. Primero afirma que está crucificado
con Cristo, como prueba máxima de identificación con él. A continuación se atreve a
decir que ya no vive él mismo. ¿Despersonalización antihumana? ¿Abandono total en la
persona a la que ama? San Pablo, fiel a la tradición bíblica, conoce perfectamente el
valor de lo personal. En sus cartas insiste en el valor de cada hombre, por el que Dios ha
muerto. Pero es tan arrolladora y abrasadora la fuerza de Cristo en su persona que se
atreve a decir que le ha tomado del todo: «Pues yo, por la ley, he muerto a la ley, a fin de
vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive
en mí» (Gál 2,19).
¿Cómo afrontar las dificultades de la vida? San Pablo conoce perfectamente las
dificultades inherentes a la fe cristiana. Pero nada ni nadie: ni el hambre, ni las
persecuciones, ni las desgracias pueden hacer que san Pablo reniegue del Señor de su
vida: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la
persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Dice la Escritura: Por tu
causa estamos expuestos a la muerte todo el día, somos como ovejas destinadas al
matadero. Pero en todas estas cosas salimos triunfadores por medio de aquel que nos
amó. Porque estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los
principados, ni las cosas presentes ni las futuras, ni las potestades, ni la altura ni la
profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor que Dios nos ha
manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8,35-39).

142
Estos textos, que en una primera lectura son «inocuos» para nosotros, llevan en sí
mismos una carga tremenda de escándalo. Los judíos esperaban al Mesías, pero, ¡para
que triunfara, no para que muriera! Para un judío anunciar a un «Mesías crucificado» era
más que un insulto, era una provocación. Y Pablo dice que «sólo» puede presumir de la
cruz de Cristo: «Yo, por mi parte, sólo quiero presumir de la cruz de nuestro Señor
Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,14-
15). Esta misma experiencia la repite a los corintios cuando se dirige a ellos con un
corazón humilde y afirma que su única sabiduría es la de la cruz: «Hermanos, cuando
llegué a vuestra ciudad, llegué anunciándoos el misterio de Dios no con alardes de
elocuencia o de sabiduría; pues nunca entre vosotros me precié de saber otra cosa que a
Jesucristo, y a Jesucristo crucificado» (2Cor 2,1-2). Como consecuencia de esta
experiencia, Pablo considera que lo único importante es anunciar a Cristo. «Pero, al fin y
al cabo, ¿qué importa? De cualquier manera que Cristo sea anunciado, hipócrita o
sinceramente, yo me alegro, y me alegraré» (Flp 1,18-19).
San Pablo usa con frecuencia las paradojas. Es un género literario que sirve para dar
énfasis a las contraposiciones entre una vida aparentemente fácil y lo que es en realidad.
La fe en Cristo es «un tesoro», pero llevado no en arcas de metal reforzado, sino en
«vasijas de barro», en personas débiles, contradictorias y pecadoras. ¿No es esto un
riesgo e incluso una irresponsabilidad? «Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro,
para que aparezca claro que esta pujanza extraordinaria viene de Dios y no de nosotros.
Estamos acosados por todas partes, pero no derrotados; perplejos, pero no desesperados;
perseguidos, pero no abandonados; desechados, pero no aniquilados; llevamos siempre y
por doquier en el cuerpo los sufrimientos de muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se
manifieste también en nosotros. Porque, viviendo, estamos siempre expuestos a la
muerte por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra
carne mortal» (2Cor 4,7-11).

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Comentar cómo, para ser cristiano, es necesario
encontrarse con Jesús vivo.
Preguntas iniciales:
¿Te has sentido alguna vez «tocado» por Dios? ¿Cómo lo
describirías?
¿Dios deja «huellas» en la persona que toca? ¿Cómo son
esas «huellas»?
¿Puedes olvidar a Dios una vez que te ha marcado?
¿Cambia la vida cuando Dios pasa por ella?
Si te sientes tocado por Dios, ¿te sientes también enviado
por Él?
2. Orar con la Biblia:
Lectura del texto: He 9,1-9.
Comentario:
La primera pregunta, la fundamental, de Pablo y de toda la
historia de los creyentes es: ¿Quién eres, Señor?
La segunda pregunta es: ¿Qué debo hacer? El encuentro con
Jesús cambia la vida.
Es necesario que alguien (un Ananías de hoy) te lleve de la

143
mano en los primeros pasos.

«CAERSE DEL CABALLO»


Iba montado en el caballo de mis seguridades.
Llevaba las riendas de mi montura con soltura
–al menos eso creía–.
En mi ceguera y soberbia te perseguía.
Pero te apareciste, Señor,
y me derribaste de un golpe certero.
¿Quién eres?, sólo me atreví a decir.
Quise resistirme con coces alocadas,
sin mirar hacia dónde se dirigían.
Pudiste más, y tu marca ha quedado en mí,
¡para siempre!
¿Qué debo hacer? –fue mi pregunta–,
y tú, Señor, me respondiste:
¡Levántate! ¡Sé honesto! ¡Camina!

144
3. «Dios es amor»

La afirmación de que «Dios es amor» es nuclear en la experiencia y anuncio cristiano.


Los discípulos de Jesús no decimos que el «amor sea divino», ni tampoco sólo que «Dios
ama» o que «tenemos que amar a Dios». Nuestra afirmación es más tajante y
contundente: «Dios es amor». Esta afirmación no brota de ninguna reflexión o propuesta
filosófica, por elaborada que sea; tampoco de ninguna filantropía. Si el evangelio de
Juan, en su prólogo, rompía todos los esquemas con su afirmación de que «la Palabra se
hizo carne», ahora la primera carta del corpus joánico afirma de forma solemne y radical
que «Dios es amor».

Las comunidades joánicas


En el trasfondo del evangelio de Juan aparece la tensión con la «Sinagoga» (nombre que
representa a los judíos que se oponen de hecho a Jesús y a la Iglesia naciente) y con otros
grupos de judeocristianos que no aceptan una «cristología alta». Con esta expresión se
designa a la cristología joánica que, sin negar la humanidad de Jesús, habla
expresamente de su «preexistencia» (Jn 1,1-3; 17,5), de su origen en Dios, y que algunos
judíos convertidos no terminaban de aceptar.
Las cartas de Juan, escritas probablemente una década después del evangelio, reflejan
un cambio sorprendente respecto al evangelio. Ya no hacen referencia a los «judíos» (la
Sinagoga), ni a los cristianos que no aceptan esta «alta cristología», sino a un grupo
disidente dentro de la comunidad. El autor anónimo de las cartas se refiere a estos
personajes con palabras ciertamente duras; los llama «anticristos» (1Jn 2,18.22; 4,3),
«falsos profetas» (1Jn 4,1), contraponiéndolos a los creyentes que se caracterizan por
«ser fieles a lo que oísteis desde un principio» (1Jn 2,24). Se vanagloriaban de
«conocer» a Dios (1Jn 2,4; 4,8), de «amarlo» (1Jn 4,20) y de estar en íntima «comunión»
con Él (1Jn 1,6; 2,6.9).
En cristología estos grupos disidentes se caracterizan por negar la humanidad de
Jesús: «En esto conoceréis que poseen el espíritu de Dios: si reconocen que Jesucristo es
verdaderamente hombre, son de Dios» (1Jn 4,2; 2Jn 7). La encarnación, aunque no la
nieguen del todo, no tiene valor salvífico, pues sólo es una etapa del Cristo glorioso.
Sólo importa la entrada del Cristo divino en la humanidad, pero ni la vida, ni siquiera su
muerte son importantes. Frente a esta postura, el autor de la primera Carta de Juan
sostiene que la salvación vino no sólo por la encarnación de la Palabra, sino también, y
esencialmente, por la muerte de Jesús: Jesús vino no por agua solamente, sino «por agua
y por sangre» (1Jn 5,6).
En la vida moral cristiana, dicen los cismáticos, el obrar bien y el cumplir los
mandamientos no es importante. El único pecado para ellos es no creer en el «enviado».
Sin embargo, el autor de las cartas afirma y sostiene que guardar los mandamientos es
muy importante, porque «el que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en

145
él» (1Jn 3,24).
No tenemos datos para pensar que estos cismáticos sean ya representantes de un
gnosticismo explícito, pero sí de grupos que con el tiempo derivarán hacia esta
interpretación del acontecimiento cristiano separándose de la gran Iglesia. Un
«gnosticismo» que pretende ser cristiano, que nace y renace en todos los siglos, también
hoy.
En este contexto debemos encuadrar lo que conocemos como «corpus joánico» o
«tradición joánica»; esto es, el conjunto de escritos formado por el cuarto evangelio, el
Apocalipsis y las tres cartas atribuidas a san Juan. La más elaborada teológicamente es la
primera; parece que fuera su síntesis, por lo que se propone leerlas en el orden contrario
a su posición en el Nuevo Testamento. La comunidad corre el riesgo de la escisión por la
doctrina de algunos miembros, por lo que su autor exhorta a ser fieles a lo enseñado
desde el principio (1Jn 2,24-26). La verdadera fe no se demuestra en un conocimiento
superior, sino en el cumplimiento de los mandamientos de Dios, que toman forma en el
amor (1Jn 2,3-4). Tampoco consiste sólo en invocar al Espíritu, sino creer que Dios se ha
hecho hombre en la persona de Jesús. La encarnación es punto de discernimiento (1Jn
4,2), ya que los gnósticos consideraban que lo corporal era inferior y manchaba el
espíritu.
En la primera Carta, si bien su pensamiento se desarrolla en espiral en torno a la
comunión con Dios, puede distinguirse un cuerpo central cuádruple entre un prólogo
(1Jn 1,1-4) y un epílogo (1Jn 5,13-21):
1. Dios es Luz: Vivir en la luz es amar al prójimo (1Jn 1,5–2,27).
2. Dios es Padre: Vivir como hijos de Dios (1Jn 2,28–4,6).
3. Dios es amor: sólo quien ama conoce a Dios (1Jn 4,7-21).
4. La Victoria sobre el mundo: la vida (1Jn 5,1-12).
La segunda y la tercera carta pertenecen claramente al género epistolar, a diferencia
de la primera. Tienen en común que ponen en guardia a los miembros de las
comunidades dispersas contra los miembros radicalizados que quieren ser los únicos
intérpretes válidos de esa tradición. La segunda personifica bajo el título «distinguida
señora» a una comunidad cristiana; el autor prohíbe todo trato con los impostores que
combate en las cartas (2Jn 10-11). La tercera Carta presenta a personas muy concretas
(Diotrefes, Gayo y Demetrio). A este último no se le reprocha ninguna doctrina errada
sino un espíritu autoritario (3Jn 10).

Dios es amor
Desde el inicio mismo del texto el autor de la primera Carta invita a llevar una vida
honesta, a «caminar en la luz» (1Jn 1,7). Podemos afirmar que cae en una grave
contradicción quien dice que conoce a Dios pero no observa sus mandamientos, pues «el
amor de Dios llega verdaderamente a su perfección en aquel que guarda su palabra» (1Jn
2,5).

146
El autor de la primera Carta de san Juan desarrolla su argumento sobre el amor y Dios
en el capítulo cuarto. Su contenido central es la afirmación de que «Dios es amor» (1Jn
4,8). Juan no dice sólo que Dios ama, sino que Dios es amor; no es sólo la fuente del
amor, sino que él mismo es el amor; el amor no es sólo una de sus actividades, sino que
toda su actividad es amar. Se podría pensar en darle la vuelta y decir que «el amor es
Dios», pero esta idea no es bíblica; no se trata de una cualidad abstracta, sino de un Dios
vivo y soberano que es la fuente de todo amor y que Él mismo es amor.
Juan insiste en que amar de forma efectiva es una parte esencial del mandato de Dios
de cumplir su palabra. El amor mutuo es la culminación del mandato divino. No se trata,
pues, de un sentido estático, completar algo, sino activo, llevar a plenitud: «A Dios nadie
le ha visto nunca. Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros, y su
amor en nosotros ha llegado a su perfección» (1Jn 4,12). La persona que ama permanece
en Dios y Dios en él (1Jn 4,16).
El «amor» para Juan tiene un sentido escatológico. No consiste sólo en conseguir en
el presente un amor pleno, sino que es necesario alcanzar también la plenitud en el
futuro: «En esto consiste la perfección del amor en nosotros: en que tenemos confianza
absoluta en el día del juicio; porque como es él, así somos nosotros en este mundo» (1Jn
4,17).
En esta mutua inhabitación del amor, por la cual Dios permanece en la persona que
ama, se queda vencido y expulsado todo temor. «En el amor no hay temor; por el
contrario, el amor perfecto desecha el temor, pues el temor supone castigo, y el que teme
no es perfecto en el amor» (1Jn 4,18).
Por último, el amor de Dios se hace «transparencia», se hace realidad, se visibiliza, se
hace concreto y real en el amor al prójimo: «Si alguno dice que ama a Dios y odia a su
hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a
Dios, al que no ve. Este es el mandamiento que hemos recibido de él: que el que ame a
Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4,20-21).

Somos hijos de Dios


Junto con el tema fundamental y fundante del «amor de Dios» que se hace visible y real
en cada cristiano, la primera Carta del apóstol san Juan continúa en esta línea de la
«filiación» en continuidad con el Antiguo y el Nuevo Testamento. San Juan nos dirá que
somos «hijos amados de Dios». No es una aportación distinta a la del evangelio, donde
ya habíamos escuchado, saboreado y agradecido nuestra condición de «hijos» y no de
«siervos». La teología joánica da un paso más, adelanta con firmeza: «Somos hijos de
Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos».
La filiación ya la encontramos en el Antiguo Testamento, tanto en el profeta Oseas
como en los salmos, en este segundo texto en sentido figurado. En ambos casos la
filiación se refiere al pueblo de Israel o a sus fieles.
«Cuando Israel era joven, lo amé, desde Egipto llamé a mi hijo.
Yo enseñé a andar a Efraín,
lo alzaba en brazos; y él no comprendía que yo lo curaba.

147
Con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía;
era para ellos como el que levanta el yugo de la cerviz,
me inclinaba y le daba de comer.
Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas»
(Os 11,1ss).

«Como un padre siente ternura por sus hijos,


siente el Señor ternura por sus fieles;
porque Él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro» (Sal 103,13).

En el Nuevo Testamento la filiación aparece en las Bienaventuranzas según san


Mateo, cuando proclama «dichosos» a los que trabajan por la paz, porque ellos serán
llamados «Hijos de Dios» (Mt 5,9), bienaventuranza que aquí no podemos comentar. De
la misma forma, en Mateo y Lucas, después de proclamar que el amor debe extenderse
incluso a los enemigos (Mt 5,43; Lc 6,36), los evangelistas añaden: «Así seréis hijos de
vuestro padre celestial».
También san Juan, en el Prólogo de su evangelio, verdadero anticipo de su teología, el
evangelista dice que cuantos reciben la palabra de Dios, por oposición a los que se
resisten a recibirla, son en verdad «hijos de Dios»: «Pero a cuantos la recibieron, les da
poder para ser hijos de Dios si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de
amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios» (Jn 1,9-12).
La filiación tiene un origen divino, es don de Dios, no una conquista humana. San
Pablo afirma en la Carta a los romanos que la filiación es obra del Espíritu Santo que
actúa en nosotros, de forma que ya no somos «esclavos que vivimos bajo el temor», sino
que somos «hijos y herederos»: «Los que se dejan guiar por el espíritu de Dios, esos son
hijos de Dios. Pues bien, vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos,
de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos
y os permite clamar: Abba, es decir, Padre. Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar
testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos:
herederos de Dios y coherederos con Cristo, toda vez que, si ahora padecemos con él,
seremos también glorificados con él» (Rom 8,14-18). Un poco más adelante, siguiendo
el mismo argumento de la filiación, nos invita a vivir de forma esperanzada, esperando la
intervención decisiva de Dios (Rom 8,18-23).
San Pablo en Gálatas ya había reflexionado sobre nuestra condición de hijos. Al
contraponer la fe y la Ley el Apóstol argumenta: «Antes de que llegara la fe, éramos
prisioneros de la ley y esperábamos encarcelados que se nos revelara la fe. La Ley nos
sirvió de acompañante para conducirnos a Cristo y alcanzar así la salvación por medio de
la fe. Pero al llegar la fe ya no necesitamos acompañante. Efectivamente, todos vosotros
sois hijos de Dios por la fe en Cristo» (Gál 3,23-26). Rescatados de la esclavitud de la
Ley por Cristo, podemos confesar a Dios como Padre, y hacerlo en verdad, pues tenemos
la dignidad y los derechos del heredero: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su
Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la
Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a
vuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres

148
esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios» (Gál 4,4-
7).
Por último, la tradición paulina recoge en el Himno cristológico de Efesios esta misma
condición de hijos de Dios, condición a la que hemos sido «destinados» por voluntad
misma de Dios:
«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo (...).
Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya, a ser sus hijos» (Ef 1,3.5).

El autor de la primera Carta de san Juan, frente a las posturas de quienes hacen de la
fe en Dios una cuestión de «conocimiento» reservado a unos pocos iniciados, manifiesta
que, en Cristo, Dios nos ha hecho hijos suyos. Esta filiación no es consecuencia de un
esfuerzo sobrehumano, sino del amor de Dios. Por otra parte, el ser humano está llamado
a participar de esta vida divina que Dios nos regala, fruto de su promesa. Afirmación (ya
somos) y esperanza (aún no se ha manifestado en plenitud lo que seremos). La vida
cristiana se mueve entre la fe que profesamos y la esperanza cierta que anhelamos,
movidos por Dios que es amor:
«Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre
para llamarnos hijos de Dios, pues, ¡lo somos!
El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios
y aún no se ha manifestado lo que seremos.
Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a Él,
porque lo veremos tal cual es» (1Jn 3,1-2).

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Pararnos a contemplar que «Dios es amor».
Propuestas de diálogo:
¿Qué nos hace más humanos: perdonar o pedir venganza?
¿Qué nos concede más dignidad: abrazar o golpear?
¿Qué construye más mundo nuevo: la bendición o la
maldición?
¿Qué abre más caminos: la gratuidad o el poner precio?
2. Orar con la Biblia:
Texto para orar: 1Jn 4,7-21.
¿Qué relaciones hay entre Dios y el amor en este texto?
¿El amor es divino o Dios es amor?
¿Quién es el que ama primero y quién es el que corresponde
a este amor?
¿Cómo relaciona el amor de Dios con el envío de su Hijo?
¿Qué relación hay entre el amor y el temor?
¿Cómo explicarías tú que Dios es amor?
«TÚ ERES MI DIOS, DIOS DEL AMOR»
Cuando calculas los beneficios de tu generosidad,
cuando recueces el corazón en venganza,
cuando maldices todo lo que te rodea,
no busques allí el rostro de Dios.
Cuando pisas al que está por debajo,
cuando te ríes del que no tiene nada que ofrecer,
cuando destierras de tu vida la sonrisa,

149
mejor que no pronuncies el nombre de Dios.
Cuando haces bromas con los defectos ajenos,
cuando justificas tu comodidad y egoísmo,
cuando quieres reducir a Dios a un teorema,
no ensucies el nombre de Dios.
Dios es amor y Dios se hace amor.
Dios ama y perdona, sonríe y es gratis,
busca y abraza, bendice y acoge.
Dios lo hace todo nuevo:
el cielo y la tierra,
los días y las horas,
también el corazón.
¡Concédeme, Señor, comprender
que tú eres mi Dios: el Dios del Amor!

150
4. «Sed portadores de vida, verdad y esperanza»

Las comunidades cristianas se extienden por Asia Menor (hoy Turquía) y por el
Mediterráneo. La vida sigue su curso y aparecen los problemas: unos quieren reducir el
cristianismo a una religión de corte misticista, sin compromiso con el mundo; otros
desconfían de la resurrección de Cristo; otros quieren acomodarse a los criterios de la
sociedad. Las cartas de Santiago, la de Judas y las dos de Pedro son testigos
privilegiados de estos primeros pasos de la Iglesia y de la evangelización. Dejamos a un
lado, conscientemente, el problema de la autoría de estos textos, por la necesaria
brevedad de esta presentación.

La Carta de Santiago
De nuevo encontramos bajo el título de «carta» un escrito que por su carácter exhortativo
corresponde más bien al género homilético. El tono general es netamente sapiencial,
pudiendo subrayarse cierto parentesco con el libro del Eclesiástico. Sus destinatarios son
todas las comunidades cristianas, como podemos deducir del título en el que se dirige a
las «doce tribus (del nuevo Israel) dispersas (por el mundo)» (Sant 1,1).
El propósito de la carta es corregir una interpretación errónea de la enseñanza paulina,
extendida entre las comunidades, que reduce la fe a una experiencia intimista y que
olvida su dimensión social: «Hermanos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no
tiene obras?» (Sant 2,14ss). Pablo sostiene que la observancia de la Ley no rehabilita al
hombre ante Dios, sino que esta es fruto de la fe: «Decimos, pues, con razón, que el
hombre es justificado por la fe sin la observancia de la ley» (Rom 3,28); pero al mismo
tiempo Pablo afirma que la fe ha de traducirse en amor al prójimo: «El que ama no hace
mal al prójimo; así que la plenitud de la ley es el amor» (Rom 13,10). En este debate es
conocida la afirmación de Santiago: «Como el cuerpo sin espíritu está muerto, así
también la fe sin obras está muerta» (Sant 2,26). Dicho de otra forma, la fe no puede
«reducirse» a una relación intimista con Dios; hoy hablaríamos de una «reducción
misticista», o de una «reducción narcisista», como si la fe se redujera a tener
«sensaciones» únicas o a «estar a gusto con uno mismo». Para Santiago la fe cristiana no
es tal, no se puede considerar madura hasta que no se expresa en la acción. En castellano
añadiríamos que «obras son amores y no buenas razones».
La preocupación social de este escrito es evidente; para la Carta la exigencia del amor
excluye la explotación, pudiendo leer en ella un duro pasaje contra los ricos
explotadores: «Y vosotros, los ricos, llorad con fuertes gemidos por las desventuras que
van a sobreveniros. Vuestra riqueza se ha podrido y vuestros vestidos se han apolillado.
Vuestro oro y vuestra plata se han puesto roñosos, y su roña será un testimonio en contra
vuestra y devorará vuestra carne como fuego. Atesorasteis en los últimos días. El jornal
de los obreros que segaron vuestros campos, defraudado por vosotros, clama, y los
lamentos de los segadores han llegado a los oídos del Señor todopoderoso. Habéis vivido

151
sobre la tierra en delicias y placeres y habéis engordado para el día de la matanza. Habéis
condenado y habéis asesinado al inocente sin que él os opusiera resistencia» (Sant 5,1-
6).
Este texto que, cuando se lee en la liturgia de la Iglesia, suscita sorpresa en muchos
fieles, está en línea con la mejor tradición profética y deuteronómica de la Biblia. Amós
e Isaías son muy duros contra los ricos que oprimen a los pobres y que luego no tienen
ningún empacho en ir a rezar al Templo; también en la Ley de Israel que encontramos en
el Deuteronomio, en el Éxodo y en el Levítico, Dios mismo advierte gravemente contra
los que abusan de los pobres, tuercen el derecho y tratan inhumanamente a sus prójimos.

Las cartas de san Pedro


Debemos distinguir, necesariamente, entre las dos «cartas» atribuidas a san Pedro. En la
primera, el comienzo indica como destinatarios naturales a los (cristianos) que «habitan
dispersos» por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. Este título es muy
interesante, pues conocemos bien cómo las comunidades cristianas florecieron en todo el
Asia Menor; conocemos la expansión de las comunidades paulinas, las comunidades
joánicas, las comunidades del Apocalipsis por algunas de estas zonas. Ahora este escrito
añade las del Ponto y las de Capadocia. La buena noticia del evangelio se había
diseminado con éxito por todas las regiones de la antigua Asia Menor, hoy Turquía.
La primera Carta se dirige a cristianos, provenientes en su mayor parte del paganismo,
que han abrazado la fe en Cristo. La nueva vida hace que muchos de ellos sean
insultados, cuando no abiertamente denostados. Quizá no debamos pensar aún en
«persecuciones abiertas» por las autoridades contra ellos, sino más bien en una ofensiva
de conciudadanos que no soportan la conducta de los cristianos que denuncia su estilo de
vida. Se han querido ver persecuciones oficiales, pero tanto las de Domiciano como la de
Trajano son de una época muy posterior a san Pedro. Debemos pensar, por tanto, en
calumnias, humillaciones y abusos a los que se veían sometidos por parte de sus vecinos.
Ahora bien, si las comunidades están formadas en su gran mayoría por cristianos de
origen pagano, ¿cómo es que el autor de la Carta recurre a numerosas citas del Antiguo
Testamento? (cf 1Pe 1,24; 2,6.7.9-10, etc). La respuesta más satisfactoria es que muchos
de estos cristianos habían sido previamente «temerosos de Dios»; esto es, paganos que
admiraban las costumbres judías, pero que no habían dado el paso de abrazar el
judaísmo. Algunos de ellos, motivados por esta fe judía embrionaria, sí que abrazaron
plenamente la fe en Cristo.
Volvemos nuestra mirada al centro teológico de la Carta, que constituye un credo
cristológico primitivo, expuesto en dos textos. El primero de ellos tiene claras
connotaciones con el «Siervo de YHWH» anunciado por Isaías:
«Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas.
Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca;
cuando lo insultaban, no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;

152
al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente.
Cargado con nuestros pecados, subió al leño,
para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado» (1Pe 2,21-24).

El segundo texto presenta a Cristo, que padeció, murió y resucitó: «Pues también
Cristo murió una vez por los pecados, el inocente por los culpables, para llevarnos a
Dios. Sufrió la muerte en su cuerpo, pero recibió vida por el Espíritu» (1Pe 3,18). El
hecho de que la pasión de Cristo aparezca en las principales secciones de la Carta sugiere
que este tema puede constituir su clave doctrinal: la última palabra de Dios no es la
muerte, sino la vida.
Las alusiones al bautismo en la Carta (1Pe 1,3–2,10) han llevado a pensar que estamos
ante una homilía bautismal, quizá destinada para la noche de Pascua. Sin embargo no es
un dato incuestionable, pues el bautismo como tal sólo se nombra explícitamente una
vez, y además no se hace en contexto ritual. Sí que podríamos decir, más bien, que el
sentido último de la Carta es una exhortación a la constancia y a la esperanza que brota
del compromiso bautismal. Ante las continuas asechanzas que podrían incluso llevar a la
apostasía, el autor propone fijar los ojos en Cristo, que sufrió como nosotros, pero que ha
vencido. El creyente, confiado en la acción salvadora de Cristo, debe llevar una vida
santa en cualquier situación o estado social y no debe acobardarse ante las dificultades
de cualquier tipo. «Estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el
que os pida explicación» (1Pe 3,15).
Pasamos a la segunda Carta perteneciente a la «tradición petrina». Se trata de un
escrito con carácter apologético. Defiende, en primer lugar, la primitiva escatología
cristiana frente a los que ridiculizaban la esperanza en la venida de Jesucristo: «Sabed
ante todo que en los últimos días aparecerán charlatanes dominados por sus propias
pasiones, que, burlándose de todo, preguntarán: ¿En qué ha venido a quedar la promesa
de que Cristo volvería? Nuestros padres han muerto y nada ha cambiado, todo sigue
igual desde que el mundo es mundo» (2Pe 3,4). La carta retoma el tema de la segunda
venida de Cristo con elementos apocalípticos, insistiendo en la destrucción de la realidad
presente (2Pe 3,11-13), subrayando la idea del premio de los justos (2Pe 1,11) y del
castigo de los impíos (2Pe 3,7), en una defensa ardiente contra los que hacían peligrar la
continuidad de la comunidad. Los creyentes, quizá desconcertados ante una realidad que
no terminan de comprender, deben confiar sólo en Dios; Él, en su providencia, dirige
toda la historia: «Considerad que la paciencia de Dios es vuestra salvación» (2Pe 3,15).
La segunda Carta de Pedro denuncia a los «falsos maestros» que confunden a la gente
sencilla, ingenua, sin formación, o con una fe debilitada. No es fácil determinar quiénes
son estos «falsos maestros» a los que alude veladamente; probablemente miembros
cristianos de la comunidad que han derivado hacia posiciones gnósticas, en las que
negaban que el Señor les hubiera rescatado: «Como hubo falsos profetas en el pueblo,
también habrá entre vosotros falsos maestros, los cuales enseñarán doctrinas de
perdición, negarán al Señor que los redimió y se buscarán una ruina fulminante» (2Pe
2,1). Estos «falsos maestros» reducen la libertad cristiana a una «liberación» meramente
superficial, de lo transitorio, cayendo en el libertinaje (2Pe 2,18-19), y desprecian toda

153
autoridad (2Pe 2,10). Curiosamente estos «falsos maestros» se reproducen generación
tras generación. ¿Acaso no vemos un retrato de personajes que quieren también hoy un
«cristianismo sin Jesús muerto y resucitado»?

La Carta de Judas
La llamamos «Carta» por pertenecer al género epistolar, pero deberíamos hablar mejor
de un «billete» por su brevedad (25 versículos). Algo parecido ya lo conocíamos en el
profeta Abdías (21 vv.), en Filemón (25 vv.), en la segunda (13 vv.) y en la tercera de
Juan (15 vv). La Carta de Judas revela una comunidad que conoce bien la tradición judía
y los escritos apocalípticos judíos. El escrito cita indirectamente un pasaje de la conocida
como «Ascensión de Moisés» (v. 9), y directamente cita el «Apocalipsis de Henoc» (vv.
14-15), ambos textos no cristianos sino propios de la apocalíptica judía. Esta podría ser
una de las causas que retrasará su admisión definitiva en el canon del Nuevo
Testamento.
De nuevo, como en la segunda de Pedro, estamos ante grupos de «falsos maestros»
que alborotan la comunidad con el riesgo patente de la escisión. El autor los acusa de
charlatanes (Jds 16b), de arrogancia (Jds 8) y de libertinaje (Jds 4.10). Su doctrina
rechaza la mesianidad de Jesús (Jds 4), aproximándose al problema ya conocido en la
primera Carta de Juan. Para desautorizar a estos «falsos maestros» el autor utiliza
ejemplos y tradiciones del Antiguo Testamento, como el castigo de Sodoma y Gomorra,
o la travesía de los israelitas por el desierto. La conclusión es doble: el Señor rechaza a
quienes se niegan a creer en Él y a quienes manipulan su nombre engañando a los
débiles en la fe. Es necesario no sólo discernir la verdad del mensaje evangélico, sino
luchar para conservarlo.

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Comentar entre todos dónde y en quién ponemos
nuestra fe y nuestra esperanza en los momentos difíciles.
Propuestas de diálogo:
¿Qué haces cuando te sientes inquieto, preocupado, en
situaciones difíciles o angustiosas? ¿Rezas? ¿Guardas
silencio y no haces nada? ¿Haces ejercicios de relajación?
¿Dónde pones el centro de tu fe? ¿En las creencias que te
enseñaron de pequeño? ¿Buscas ritos o gestos religiosos que
te den serenidad? ¿Te pones en las manos de Dios?
¿A quién te confías? ¿Te confías a un familiar o amigo? ¿A
un director o acompañante espiritual? ¿A nadie? ¿Te confías
a Jesucristo, el Señor vivo?
¿Cómo es la calidad de tu oración? ¿Sólo buscas
sensaciones de paz? ¿Buscas una palabra de Dios que te
ilumine?
¿Qué lugar ocupa Jesucristo en estos momentos de grave
dificultad?
2. Orar con la Biblia:
Texto para orar: Himno cristológico de 1Pedro (1Pe 2,21-24).
Se puede leer también el cuarto Canto del Siervo de YHWH
(Is 52,13–53,12).

154
Propuestas de diálogo:
¿Cómo afrontamos nosotros las violencias que nos hacen?
¿Perdonando u odiando?
¿Amenazamos cuando nos sentimos acorralados?
¿Devolvemos mal por mal?
¿Somos capaces de cargar con culpas o defectos ajenos?
¿Somos sanadores de las heridas y dolores ajenos?
«LAS HERIDAS CICATRIZARÁN»
La queja de mi pueblo, Señor,
repite, entre dientes, con insistencia:
«Ni perdono ni olvido».
La sentencia del humillado, mi Dios,
recuerda una y otra vez
que la «venganza se sirve en copa fría».
¿Dónde están tus espaldas
cubiertas de delitos ajenos?
¿Dónde queda la justicia
con los débiles que no tienen
quien les defienda?
¿Dónde está el perdón
cuando supura por las venas el odio?
Deja que repita este himno
que me saja como
un cuchillo hasta el fondo:
Sí, es verdad,
«Cristo padeció por nosotros
para que sigamos sus huellas».
Sí, déjame que crea y que te diga:
«Tus heridas nos han curado».

155
5. Todo lo hago nuevo

El Apocalipsis tiene mala fama. Es el libro que carga con el sambenito de ser
«hermético», más propio para sectas que para la Iglesia católica; no en vano ha
alimentado muchos imaginarios sobre el fin del mundo. Es el libro de las catástrofes, del
milenarismo... Pero, ¿es verdad o es una deformación a veces no bien intencionada?
Busquemos otra aproximación. El Apocalipsis es el libro que «cierra» y «culmina» las
Escrituras. Si trazamos un gran arco que va desde el Génesis hasta el Apocalipsis,
entendemos que la Historia de la Salvación tiene un principio y un final; un inicio y un
cierre, ambos solemnes; un prólogo y un epílogo. La palabra de Dios comienza con «en
el principio era la palabra de Dios» y concluye con un solemne y esperanzado: «Ven,
Señor Jesús».
Debemos aprender a leer este tesoro de la Iglesia que es el libro del Apocalipsis. Lejos
de atemorizar, da vida, luz y esperanza al mundo.

¿Un libro aislado o un género literario?


El Apocalipsis es un libro que se ha catalogado entre los mistéricos y esotéricos, y no
hay forma de sacarlo de ese pozo. Deshagamos equívocos. El primer equívoco es que
estemos ante un libro «único». Nada más incierto. El «Apocalipsis de san Juan»
pertenece a una corriente de pensamiento, y consiguientemente de libros, que nace en el
judaísmo tardío. Los expertos discuten si es heredera de la profecía bíblica o de los
sabios de Israel. Muchos se decantan por la primera posibilidad, explicando que la
profecía clásica no desaparece del todo, sino que evoluciona hacia la apocalíptica. Un
ejemplo lo tendríamos en el libro de Daniel, que se mueve entre los profetas (¡es el
cuarto gran profeta mayor de la tradición cristiana!) y el mensaje apocalíptico (sueños,
visiones, etc). Otros expertos piensan, más bien, en una evolución de la sabiduría de
Israel, que nace en un momento de persecuciones de los Imperios griegos de Siria, los
Seléucidas. Sea como fuere, conocemos una serie de títulos muy importantes de la
apocalíptica judía, entre los que sobresalen el libro de Henoc y el 4Esdras, donde
encontramos imágenes que después pasarán a la literatura y al imaginario popular del
cristianismo. La diferencia está en que mientras esta corriente de pensamiento es judía, y
por tanto, ajena de forma explícita a Jesucristo, el «Apocalipsis de san Juan» es un libro
cristiano. Es verdad que a veces no es evidente, pues son frecuentes la violencia y la
cólera, pero es verdad también que sólo se puede entender desde Cristo. Por otra parte, la
apocalíptica cristiana no se limita al último de los libros del canon; en el Nuevo
Testamento encontramos algunos pasajes apocalípticos en los evangelios sinópticos, que
participarían de esta misma línea de pensamiento.
El segundo gran equívoco es que estamos ante un libro de catástrofes anunciadas, de
desgracias universales, de pestes irremediables, de tiempo que se acaba. Esta falsa
imagen ha hecho mucho daño a este libro, pues parece que no habla de la fe cristiana o

156
incluso que la contradice. Estamos ante un libro que se presenta como una «Revelación»;
«Apocalipsis» en griego significa «revelación» y no catástrofe u otras cosas semejantes.
Sigamos leyendo sin cortar el texto: es la «Revelación de Jesucristo» (Ap 1,1). El
protagonista es el Cordero (Cristo) y la salvación que él nos trae. La historia de la
humanidad, según el Apocalipsis, es dura e injusta, afirmación innecesaria; pero la
historia, aunque tenga que pasar por distintas desgracias, no está condenada al fracaso,
sino que existe un futuro, Cristo, afirmación necesaria.

El libro que culmina la Escritura


El libro comienza como la revelación que Dios hace a Juan, siervo suyo, acerca de
Jesucristo y de la historia. Según la tradición de la Iglesia, el autor es el mismo que el del
Evangelio y el de las tres cartas que llevan su nombre. Para las Iglesias orientales no hay
ninguna duda; se trata de «Juan el Teólogo». En la obra el autor dice de él mismo que
está desterrado en la isla de Patmos (cerca de Éfeso, en la actual Turquía), «por haber
anunciado la palabra de Dios» (Ap 1,9). Nadie duda de que esta obra responde a las
comunidades que han nacido y se desarrollan en la sociedad griega de Asia, cuya capital
es Éfeso, en los inicios de la era cristiana.
A veces leemos la Biblia como si de un catálogo o de una antología de textos
religiosos se tratara, sin embargo debemos pensar en una «organización interna» de la
Biblia en cuanto libro cuidadosamente editado por una comunidad de fe. En la Biblia
católica hay una organización interna en forma de arco que va desde el Génesis hasta el
Apocalipsis. En el Génesis encontramos la respuesta desde la fe a nuestros orígenes; en
el Apocalipsis la respuesta desde la fe a nuestro futuro, que no es otro sino Cristo. El
Apocalipsis presenta, por tres veces, a Cristo como origen y culminación de todo: «Yo
soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin» (Ap 22,13; 1,8; 21,6).
Como todo texto escrito el Apocalipsis se puede leer trazando su estructura. Para
leerlo con cierta coherencia, hay que partir de que no estamos ante una colección de
textos sueltos y desorganizados. La apocalíptica se sirve de sueños, de visiones, de
imágenes simbólicas, de figuras que traspasan la historia de los humanos. Por eso mismo
tenemos que renunciar a una narración descriptiva, en muchos casos naturalista, como es
el evangelio; tenemos que renunciar también a unas cartas llenas de pasión, de vida, de
suspiros o de esperanzas, como es el caso de las epístolas paulinas.
Se ven con claridad los límites marcados por un prólogo (Ap 1,13) que se presenta
como la revelación de Jesucristo a Juan y por un epílogo (Ap 22,6-21) que concluye con
la llamada a Cristo para que venga pronto. En medio, dos grandes partes desiguales: la
primera, dedicada a las siete Iglesias (número simbólico) del Asia; la segunda, una
presentación de la historia en la que las fuerzas del mal, aparentemente, consiguen su
propósito.
La primera parte (Ap 1,4–3) es una llamada de conversión a las siete Iglesias del Asia
Menor; todas han recibido con gozo el evangelio de Cristo pero están pasando por
momentos de turbación, relajación o confusión que incluso puede llegar a la apostasía.
Todas siguen un esquema literario fijo, en el que tras la denuncia, se pide la urgente

157
conversión. Su mensaje es vibrante, delatador, provocando su vuelta a Cristo.
Las comunidades cristianas están sometidas a todo tipo de dificultades. Unas veces
por la idolatría reinante: en Éfeso estaba en plena efervescencia el culto a la diosa
Artemisa, diosa de la naturaleza y de la caza. Otras veces, porque se exigía culto al
emperador mismo; culto que se había iniciado con Augusto y que algunos de los
emperadores siguientes mantuvieron. También sufrían el acecho de nuevas corrientes
que atacaban la Iglesia desde su interior, los «nicolaítas» (Ap 2,6.15). Las comunidades,
jóvenes aún, se veían con frecuencia agitadas por las nuevas doctrinas y las
persecuciones, bien abiertas, bien veladas.
Esta primera parte del Apocalipsis la podemos leer como si se dirigiera a cada una de
nuestras comunidades hoy. A la Iglesia de Éfeso le pide que vuelva al amor primero: ¿no
tenemos que recuperar nosotros lo fundamental?; a la de Esmirna, ¡sé fiel hasta la
muerte!: ¿no hacemos con frecuencia cesiones que son intolerables para los cristianos?; a
la de Pérgamo le insta a que cambie de conducta: ¿no tenemos que convertirnos todos?;
a la de Tiatira le pide que conserve la auténtica doctrina: ¿jugamos con las cosas
fundamentales?; a la de Sardes que esté vigilante: ¿no caemos en la frivolidad, en la
superficialidad, en la rutina?; a la de Filadelfia le suplica fidelidad: ¿a qué precio
ponemos nuestra adhesión al Evangelio?; y a la de Laodicea, que salga de su tibieza: ¿no
somos con frecuencia «ni chicha ni limoná»?
La segunda parte (Ap 4,1–22,5), teniendo como telón de fondo la historia de la
humanidad, es mucho más compleja. Las fuerzas demoníacas controlan el mundo pero
su victoria es sólo aparente; después de un combate entre las dos fuerzas antagónicas
(Ap 11,15–16,16) asistimos a la victoria del Cordero:
1. Lo que va a suceder (4-5).
2. Los sellos. Revelación del sentido de la historia (6-7).
3. Las trompetas: la historia en movimiento (8–11,14).
4. Las tres señales. Choque de las fuerzas antagónicas (11,15–16,16).
5. Desenlace: condena de la prostituta y triunfo de la esposa (16,17–22,5).
El libro se cierra con una llamada de toda la Iglesia a que venga el Señor. «¡Sí, vengo
pronto! Amén. ¡Ven, Señor Jesús!». Es un libro escrito para sostener, animar y dar
esperanza a Iglesias que viven en el mundo el combate de la fe.
Una dificultad inherente a este libro es la de su interpretación. ¿No estamos ante un
libro para «iniciados»? ¿Acaso no debemos empezar por leerlo desde la propia Escritura,
adivinando su trama interior? Tratándose de un libro tan original, ¿es totalmente
novedoso en sus imágenes y en su mensaje o podemos ver la influencia directa o
indirecta de otros libros bíblicos? La respuesta es clara si pensamos que en la Sagrada
Escritura, muchas veces los textos se relacionan entre ellos; no sólo porque sean
testimonio de la misma fe, sino porque tienen fuentes comunes o incluso, porque los
escritos más recientemente conocen los escritos anteriores. Esto se hace más evidente en
el Nuevo Testamento.
El Apocalipsis coincide con el Nuevo Testamento en sus títulos cristológicos,

158
principalmente en Cristo como Cordero; igualmente participa de los simbolismos de la
luz, del agua, de la vida. Con los evangelios sinópticos tiene en común las imágenes del
ladrón en la noche, del dueño que llama a la puerta. Del Antiguo Testamento se pueden
observar concomitancias con el libro del Éxodo (las plagas, la salida de la opresión –
Babilonia–); con Daniel la bestia que surge del mar; con el que se asemeja a un hijo de
hombre; el trono divino; con Isaías el rey sobre el trono, el canto del trisagio, el
esplendor de la nueva Jerusalén; con Ezequiel la llamada profética, el rollo comido, los
cuatro seres vivientes.
Las dificultades son evidentes. Por tratarse de un libro escrito en época de persecución
abierta, el autor evita escribir el nombre de Roma, refugiándose en el de Babilonia. Hay
unanimidad entre los estudiosos en identificar la antigua ciudad pagana enemiga de
Jerusalén con la nueva ciudad pagana de donde nacen las persecuciones. Sería el poder
del Imperio contra los justos; de ella nacen las persecuciones y la violencia.
Otras veces aparecen los números. Sin duda el más famoso del Apocalipsis es el de
los sellados o salvados: 144.000 (Ap 7,4). Desde siempre sabemos de la importancia de
los números en la Biblia: el cinco (cinco libros de la Torah; cinco libros de los salmos;
cinco partes en el evangelio de Mateo; cinco libros de Henoc, etc.); el número siete (siete
días de la semana; candelabro de los siete brazos; siete Iglesias en este libro); el número
doce (doce tribus de Israel; doce apóstoles); el número cuarenta (cuarenta años de Israel
por el desierto; cuarenta días de Elías camino del Horeb; cuarenta días de Jesús en el
desierto), etc. ¿Podemos pretender que los 144.000 sean un número que debemos tomar
al pie de la letra? Evidentemente no. Si multiplicamos 12 tribus (antiguo pueblo de Dios;
por 12 apóstoles, el nuevo pueblo de Dios), el resultado es 144, que a su vez se
multiplica por 1.000, que es la cifra de la historia de la salvación.

Claves de lectura
El Apocalipsis es un libro fundamentalmente teológico, pero no se trata de una teología
narrativa, sino leída con otras claves. Las más importantes son la clave histórica, la
simbólica, la crítica y la cristológica. Cuatro claves que nos ayudarán a introducirnos en
la lectura de un libro que guarda celosamente su mensaje y que continuamente es leído
por cada generación.
Estamos ante una «teología de la historia». No es algo nuevo, pues toda la Biblia se
entiende a sí misma como lectura de la historia a los ojos de Dios. Lejos de transmitir
mensajes ocultos que nada tienen que ver con el hombre ni con Dios, lejos de jugar al
misterio que asusta y somete al espíritu humano, la verdadera apocalíptica abre su
mensaje a la esperanza. La historia tiene un sentido; las fuerzas demoníacas del mal (la
injusticia, la muerte, la opresión, etc.) no tienen la última palabra. Su victoria es sólo
aparente, porque el triunfo pertenece a Cristo, el cordero degollado (Ap 19,6-9).
Uno de los atractivos mayores de toda la apocalíptica es el de la simbología. El
símbolo utiliza colores, animales, fenómenos naturales, números, vestidos, etc., con la
finalidad de expresar una experiencia más profunda que desborda los límites de lo
visible, mensurable, controlable. No basta conocer y saber explicar su naturaleza, hay

159
que dejarse envolver por su atmósfera, dejarse impresionar por su fuerza, permitir que
exprese su riqueza.
Estamos ante un libro desconcertante y apasionante porque ha sido pensado y escrito
para tiempos críticos, de crisis total. En medio de circunstancias difíciles, cuando no se
ve salida a la historia, cuando todo parece anunciar el fin del mundo presente, el lenguaje
apocalíptico es el más apropiado para transmitir un mensaje de esperanza, si bien de
forma críptica y simbólica. Las circunstancias que llevaron a su redacción fueron la
persecución y la idolatría. No se sabe bien si la persecución debe asignarse a una
hostilidad ambiental (tal vez los hechos en torno a la muerte de Herodes Antipas), o bien
a una hostilidad de las autoridades, no tanto imperiales cuanto municipales. Algunos
apuntan a los ecos de la persecución de Nerón de los años 60; así deberían interpretarse
las alusiones a Babilonia (Roma), ebria de la sangre de los testigos de Jesús (Ap 17,6;
19,24). El Apocalipsis es el libro de los justos que confían a Dios su causa.
La cuarta clave de lectura es la cristología. El término griego «apocalipsis» significa
literalmente «revelación», esto es, «manifestación de algo oculto». Dios quiere
revelarnos un mensaje oculto que hace referencia a nuestra vida, y más en concreto a
nuestra salvación. Para algunos se trata de una cristología. Desde el trono del cielo, Dios
domina los acontecimientos de la historia (los veinticuatro ancianos son la suma del
Antiguo –doce tribus– y del Nuevo Testamento –doce apóstoles–). Dios ejerce su
autoridad sobre toda la naturaleza (los cuatro seres vivientes). Tanto unos como otros
(historia y naturaleza) entonan su canto de alabanza (trisagio) a Dios en una liturgia
perenne. En la derecha de Dios está el rollo sellado, que contiene la voluntad de Dios.
Cristo-cordero es quien abre los sellos. Al abrir el rollo, el Cordero revela que Dios es
rey sobre las fuerzas positivas (el jinete blanco) y sobre las negativas (los jinetes rojo,
negro y verde) que chocan en la historia. Como en un nuevo éxodo los suyos, marcados
en la frente, lanzarán sobre el mundo las plagas, no para destruir sino para conducir a la
conversión. Los siervos del Cordero deberán pasar a través de la tribulación de la
historia, blanqueando sus vestiduras en la sangre del cordero y siguiéndolo como pastor
que conduce a la vida.
Por eso, junto con la certeza de que Dios lo hace todo nuevo, de que Él enjugará
nuestras lágrimas, y de que Cristo es el Señor de la historia al que suplicamos que vuelva
pronto, también nosotros confesamos: ¡Cristo, Alfa y Omega, principio y fin, Amén!

Descubrir la Biblia y rezar con ella


1. Descubrir la Biblia:
Objetivo: Leer, a la luz de la fe, las esperanzas que tenemos en
Dios y en su obra.
Propuestas de diálogo:
¿Piensas que el mundo va a mejor o a peor?
¿Triunfan siempre los malos sobre los buenos?
¿Estamos abocados a una catástrofe?
¿Dios dirige la historia o se desentiende de ella?
¿Qué motivos tenemos para ver el mundo y la historia con
optimismo?
2. Orar con la Biblia:

160
Texto para orar: Ap 21,1-5.
Después de leer el texto podemos dialogar sobre las siguientes
preguntas:
¿Crees que Dios nos tiene preparados un cielo nuevo y una
tierra nueva? ¿Cómo lo entiendes?
¿Qué supone que Dios haya descendido y haya puesto su
tienda entre nosotros?
¿Conocías este texto según el cual Dios mismo enjugará las
lágrimas de nuestros ojos?
Según este texto, ¿tienen la muerte, el luto, el llanto, el dolor
la última palabra?
Dios hace nuevas «todas las cosas». ¿Qué supone en tu vida
de cristiano?
«VEN, SEÑOR JESÚS»
¡Ven pronto, Señor,
como nos prometiste!
Las fuerzas del mal
parecen desatadas
en una orgía de injusticias y de violencias,
como si nadie pudiera detenerlas.
¡Ven pronto, Señor!,
para mostrarnos que el camino
del bien está en la entrega,
no en las armas;
que el camino del hombre
es la justicia y la libertad,
no el abuso ni la manipulación.
¡Ven pronto, Señor!
Dinos dónde buscar la verdad;
dónde apoyarnos en la verdad;
en quién poner nuestra esperanza.
Tú respondes y dices:
¡Sí, vengo pronto!
¡Aleluya! ¡Amén!

161
Epílogo

El lector de esta obra, bien lo haya hecho solo o en grupo, sabe que está ante un reto. La
lectura de la Biblia para un no creyente sigue abriendo innumerables cauces tanto para la
historia, como para la literatura y la historia de las religiones. ¿Por qué leemos hoy la
Biblia y no otro libro? ¿Por qué seguimos teniéndola como referencia en infinidad de
fiestas, de textos literarios, de imaginería artística? ¿Podemos imaginar una civilización
humana sin la Biblia?
La lectura para los creyentes, como palabra de Dios, es sin duda un reto. Los
cristianos de a pie, los que creen con sencillez y limpieza de corazón se pueden seguir
preguntando: ¿qué dice Dios en mi vida? ¿Escucho las palabras que pronuncia, entiendo
sus guiños, comprendo sus signos? Los teólogos, pastoralistas y catequistas siguen
escrutando, buscando entender: ¿cómo explicar hoy a los hombres contemporáneos que
Jesús es la palabra del Padre? ¿Cómo hacer visible hoy la Alianza que permanece?
¿Cómo ayudar a que las personas lean su vida como «historia de salvación»?
El camino sigue abierto para nuestra generación y para las siguientes. La palabra de
Dios no se agota. Precisamente por eso todos estamos invitados a volver a leerla, a
gustarla, a meditarla y a ponerla en práctica.

Tarazona-Zaragoza, 5 de enero de 2011

162
Vocabulario
Alefato: conjunto de 22 consonantes que forman el alfabeto hebreo. De la misma forma que hablamos de
abecedario (a, b, c, d...) o de alfabeto para el griego (alfa, beta...), hablamos de alefato porque la primera
consonante se denomina alef.
Antíoco IV Epífanes (175-164 a.C.): Rey griego, de la dinastía de los Seléucidas, famoso en la Biblia por su
crueldad contra la religión judía, a la que persiguió sin piedad. Prohibió observar la Ley de Moisés y
puso una estatua de Zeus en el Templo.
Antropomorfismos: Es una figura literaria por la que se dice que objetos inanimados (rocas, mares, vientos)
tienen comportamientos o capacidades humanas (ánthropo = humano). En este caso se dice que las
simas de las montañas dan grandes voces. Es muy famoso en la Biblia el antropomorfismo de Gén 3,8,
cuando se dice con sencillez e ingenuidad que Dios paseaba por el jardín con la fresca de la tarde.
Apólogo: Relato alegórico del que se deduce una enseñanza moral o un consejo práctico. En el de Yotán (Jue 9,7-
15) los árboles más útiles e importantes del país rechazan el cargo de rey, mientras que sólo la pequeña
e inútil zarza accede a realizar esta función, poniendo en peligro a todos. Según esta perspectiva el rey
usurpa el poder que sólo pertenece a Dios.
Asideos: Ver Hassidim.
Asmoneos: Simón Macabeo cayó en la tentación de hacer de un movimiento revolucionario una dinastía. Con él
comienza la dinastía asmonea, que no tiene nada que ver con la davídica. Herodes el Grande se casó con
Mariamme, princesa asmonea.
Baal: Con esta palabra la Biblia designa a las divinidades cananeas, con las que el pueblo de Israel tuvo que
convivir. La fe de Israel es monoteísta con todas las consecuencias, esto es, no acepta la convivencia
con otros dioses o ídolos. Los profetas una y otra vez lucharán contra los distintos intentos de
sincretismo recordando que Israel ha hecho una alianza con YHWH y sólo pertenece a Él.
Ben Sirá: En el prólogo no canónico del libro, el que escribe nos dice que él ha traducido la obra de su abuelo
Jesús ben Sirá. De ahí que algunos lo denominen también como «el Sirácida». En la tradición de la
Iglesia se ha conocido desde antiguo por su nombre latino, Eclesiástico.
Biblia: Palabra griega adoptada por los cristianos para designar a las Sagradas Escrituras, compuestas de dos
partes: Antiguo Testamento (46 escritos) y Nuevo Testamento (27).
Caldeo: Nombre con el que se designa al Imperio babilónico.
Canaán: Con este término, de carácter geográfico, se designa una franja de territorio que se extiende por las
actuales Palestina, Líbano y Siria, entre el mar Mediterráneo y el desierto. Cuando Israel toma esta
franja de tierra (la tierra prometida) se encuentra con sus habitantes y su religión, designados como
cananeos.
Colonia Aelia Capitolina: El emperador romano Adriano, de origen hispánico, destruye Jerusalén en el año 135
d.C., por segunda vez en poco tiempo. Para que desaparezca la memoria incluso del nombre de la
ciudad, la dedica al sol y ordena que a partir de entonces se conozca como «Colonia Aelia Capitolina».
Dei Verbum: Constitución dogmática del concilio Vaticano II que pone la palabra de Dios en el corazón mismo
de la teología, de la liturgia y de la espiritualidad de la Iglesia.
«Desolatio abominationis»: Antíoco IV Epífanes manda erigir una estatua de Zeus en el Templo de Jerusalén.

163
Luego manda que sacrifiquen cerdos. Para 2Macabeos (2Mac 6,1-7) y para Daniel es la «máxima
desolación» (Dan 11,31).
Diadocos: Generales de Alejandro Magno que se repartieron a su muerte el Imperio creado por el joven rey
macedonio.

Ebla: (Tell Mardij, Siria). Entre 1974 y 1976 se encontraron más de 17.000 tablillas en escritura cuneiforme.
Tiene dialecto semítico propio llamado «eblaíta».
Eclesiastés: Nombre griego correspondiente a uno de los cinco libros de la literatura sapiencial. Su nombre en
hebreo es Qohélet. El nombre griego quiere ser una traducción del hebreo. La desinencia «-tés» tiene
que ver con un oficio, encargo, o misión. Su significado sería para unos «el que preside la asamblea»
(qahal); la tradición luterana traduce, a partir precisamente de Lutero, como «el Predicador», pero se
deja ver una segunda intención buscando la figura de un «ministro» de la Palabra que no es evidente en
estos momentos del judaísmo. No termina de estar claro, por eso es mejor mantener el nombre en hebreo
(Qohélet) o en griego (Eclesiastés). No hay que confundirlo nunca con Eclesiástico.
Eclesiástico: Nombre latino de uno de los cinco libros bíblicos considerados como literatura sapiencial. Su
nombre en hebreo es Ben Sirá. El nombre latino ha llegado a nosotros a través del uso frecuente que se
hacía de él en la Iglesia (ekklesia) primitiva. No hay que confundirlo nunca con Eclesiastés.
Edom: Reino vecino de Israel, probablemente anterior al Reino hebreo. Ocupa una franja de desierto al sudeste de
Judá. Son enemigos acérrimos desde siempre del pueblo judío, participando en la toma y destrucción de
Jerusalén. En el Nuevo Testamento se le conoce como Idumea. Su personaje más conocido es Herodes
el Grande, hijo de un noble idumeo.
Elogio de los antepasados: Los capítulos 44-50 del libro del Eclesiástico hacen un repaso de las grandes figuras
de la historia del pueblo de Israel: Noé, Abrahán, Moisés, David, etc. Sobresale la presencia de un
personaje contemporáneo del autor, Simón el Justo (c. 50), hombre tenido por sabio y piadoso. Estos
capítulos nos unen, por una parte, al profundo sentido de la historia que tiene el pueblo de Israel, por
otra, presentan sus glorias nacionales ante los griegos, que presumían de las suyas.
Emmanuel: Palabra hebrea que significa Dios (está) con nosotros. De gran importancia para la fe cristiana, pues
el evangelio de Mateo recoge el cumplimiento de esta profecía y proclama a Jesús como Mesías de
Dios.
Épica: Textos, generalmente poéticos, que cantan las glorias de un pueblo o de un grupo humano. Incluyen
grandes gestas, personajes heroicos, hechos grandiosos o incluso sobrenaturales. En las culturas antiguas
eran frecuentes.
Época griega (o helenista): En el mundo bíblico (otros serían sus límites en la perspectiva clásica) la época
helenista comienza con Alejandro Magno (333 a.C.) y se prolonga más allá de la conquista romana.
Destaca la ciudad egipcia de Alejandría, donde se traduce el texto sagrado hebreo a la lengua griega
(LXX o Septuaginta), donde se traduce el Ben Sirá del hebreo al griego y donde se escribe el libro de la
Sabiduría. Además, todo el Nuevo Testamento está escrito en griego.
Época persa: Comienza con la caída de Babilonia a manos de Ciro (538 a.C.) y acaba con la derrota de los
ejércitos persas a manos de Alejandro Magno (333 a.C).
Escritura cuneiforme: Es la siguiente etapa a la escritura pictográfica. El escriba imprimía con la ayuda de un
punzón una serie de trazos en la tablilla de arcilla blanda. Por tener la forma de cuña en el barro se
denomina «cuneiforme». Ya no son figuras esquematizadas sino una escritura silábica.
Escritura pictográfica: La escritura que hoy conocemos es el resultado de una larga evolución. Hasta llegar a los
signos alfabéticos (los nuestros), tuvo que pasar por signos silábicos («bu», o «ca», etc.), y antes por
figuras que representaban de forma esquemática (mano, pájaro) el objeto del que quería hablar. Las
primeras escrituras surgen al mismo tiempo en Egipto y en Sumer, a finales del cuarto milenio a.C.
Eunuco: Alto dignatario de la corte del rey que estaba al servicio de la reina y del harén. Esto exigía que

164
estuviesen castrados.
Exilio: También conocida como deportación de Babilonia (587-538 a.C). Fue un golpe durísimo para el reino de
Judá. Perdieron la independencia política; desapareció la monarquía davídica; fue destruido el Templo
construido por Salomón. Supuso un aldabonazo en la conciencia de Judá, que supo rehacerse de forma
novedosa releyendo su propia historia.

Expresiones polares: Hace referencia a dos polos distintos e incluso contrapuestos: día y noche, mañana y tarde,
sentarse y levantarse, altura y profundidad, etc. Nombrando los dos puntos extremos se quiere expresar
la totalidad.
Hakam: Palabra hebrea que designa al sabio. Es la persona instruida pero es también la persona hábil, sensata,
religiosa, con sentido común y con sagacidad para la vida. Experto en la Ley de Dios y en la experiencia
diaria, sabe leer los acontecimientos y extraer una enseñanza para la vida.
Hanukah (Janukah): Candelabro de nueve brazos que se usa en la Fiesta de la Dedicación del Templo, en
invierno. Cuando Judas Macabeo entra en Jerusalén, sólo descubren una pequeña alcuza de aceite puro,
que alumbra por ocho días. El noveno recipiente del candelabro sirve para encender los ocho restantes.
Hassidim o Asideos: Significa piadosos. Nacen cuando comienza la helenización de la cultura judía. Con el
tiempo darán lugar a los fariseos.
Henoc: Personaje misterioso que aparece en el Génesis (Gén 5,18-24), de ahí pasará al libro del Eclesiástico (Si
44,16; 49,14), y de ahí a la tradición apócrifa judía.
Herem: Palabra hebrea que significa «exterminio». Se trata de una antigua costumbre de los pueblos semitas
según la cual los guerreros no podían quedarse nada del botín después de una batalla porque pertenecía a
Dios. Por eso mandaban destruir todas las posesiones del derrotado y matar a los supervivientes,
animales o personas. Es lo que se conoce como la «ley del exterminio».
Hermón: Es el monte más alto del país de Canaán, es decir, de Siria-Palestina. Actualmente pertenece al Líbano,
pero las faldas de la cordillera del Hermón han estado siempre disputadas por las tribus israelitas del
norte y los pueblos vecinos.
Herodes Antipas: (4 a.C.-39 d.C). Hijo de Herodes el Grande. Hereda de su padre Galilea, por lo que en los
evangelios aparece como preocupado por Jesús de Nazaret, que pertenece a su jurisdicción. Manda
matar a Juan Bautista, que denuncia el adulterio del rey.
Herodes el Grande: (37 d.C.-4 a.C). No hay que confundir con su hijo Herodes Antipas. Herodes llamado «el
Grande» vive y muere antes del nacimiento de Jesús. No era judío, sino hijo de un político idumeo y de
una princesa asmonea. El pueblo nunca lo quiso por su crueldad. Fue el que reformó el Templo de
Jerusalén, reforma de la que se hace eco el Nuevo Testamento.
«Historia deuteronomista»: El exegeta alemán Martin Noth (1948) cuestiona el «Pentateuco» como unidad:
distingue entre el «Tetrateuco» (cuatro libros: Gén, Éx, Lev, Núm) y la «Historia deuteronomista» (Dt-
2Re), de la que el Deuteronomio sería la introducción teológica. El Deuteronomio tiene unas líneas
teológicas claras, perfectamente distinguible de la otra línea, conocida como «sacerdotal». M. Noth aún
acepta la teoría de las cuatro fuentes de Wellhausen (J, E, D y P).
Historiografía: Es el arte de escribir la historia. Depende de quién la escriba, y qué intención tenga, podemos
encontrar distintas historiografías. Por eso es necesario estudiarlas críticamente: qué fuentes han
empleado, cómo las han utilizado; quiénes escribieron y por qué lo hicieron. No es lo mismo quien
escribe una historia para divertir o el que escribe para convencer, aunque los dos usen datos ciertos.
Hokmah: Palabra hebrea de la misma raíz que hakam. Es difícil traducirla con una sola palabra. Significa
«sabiduría», pero es también «sagacidad», «prudencia», «habilidad», «sensatez».
Idumeo o edomita: Perteneciente a una región vecina por el sur a Israel (Edom). En la Biblia siempre aparecen
como enemigos de Israel primero y después de los judíos. Herodes el Grande y su padre, Antípater, son
idumeos.

165
Imperio asirio y babilónico: El pueblo de Israel estuvo a merced de las grandes potencias militares de la época.
Sólo sobresalió en torno al siglo X a.C. y probablemente porque los grandes Imperios estaban en crisis.
El Reino del norte pagó tributo y cayó a manos de los asirios (s. VIII); el Reino del sur a manos de los
babilonios (s. VI).
Imperio neobabilónico: Se distingue del Imperio babilónico, que tuvo su esplendor con el gran rey Hammurabi
(alrededor del 1750 a.C). Después de siglos de silencio, el rey caldeo Nabopolasar consiguió derrotar a
los temibles asirios (625 a.C.) e inició un corto Imperio que duró hasta el año 539, cuando el persa Ciro
el Grande tomó Babilonia. El rey más importante de este Imperio neobabilónico es Nabucodonosor,
bien conocido en la Biblia.
Imprecación: Palabra que significa maldición. En la Sagrada Escritura son frecuentes las bendiciones, a las que
sigue una serie de maldiciones. Las más conocidas son las del libro del Deuteronomio, capítulo 28, pero
no son las únicas. Si el israelita obedece la voluntad de Dios y cumple sus designios él mismo se pone
bajo la bendición; pero si, por el contrario, se cierra a las normas divinas endureciendo su corazón, él
mismo provoca la maldición.
Inclusión: Recurso literario muy frecuente en la Biblia que se caracteriza por repetir una misma frase al inicio y al
final de un texto, con el fin de encuadrarlo. Es de gran utilidad cuando buscamos delimitar un texto, esto
es, precisar con el mayor rigor posible dónde inicia y dónde acaba.
Jamnia: (o Yavne). Ciudad del mediterráneo donde se refugian los judíos, principalmente fariseos, tras la caída de
Jerusalén en el año 70. Según una teoría muy extendida, allí fue donde los fariseos cierran el canon
hebreo de las Escrituras.
Jebús: Antiguo nombre de la ciudad de Jerusalén, que fue conquistada por David (2Sam).
Jesé: Padre de David, según nos narra el libro de Samuel 16,1-22. Conocido por el tercer oráculo mesiánico de
Isaías que anuncia que surgirá un renuevo del «tronco de Jesé» (Is 11,1).
Jesé: Padre de David, según nos narra el libro de Samuel 16,1-22.
KD y KP: Son las siglas con las que se conocen las composiciones «deuteronomista» (KD) y «sacerdotal» (KP).
Supone un planteamiento novedoso. Para el exegeta Blum (1990) no hay que hablar de fuentes o
documentos, sino de dos composiciones que recogieron y elaboraron tradiciones antiguas. Ambas son
posexílicas: KD corresponde a la primera generación que vuelve de Babilonia; KP data de la época
persa. El Pentateuco es el resultado de un compromiso entre las dos tendencias.
Ketubîm: Palabra hebrea con la que los judíos designan a una tercera parte de la Sagrada Escritura judía, los
llamados escritos o hagiógrafos.
Laico: Tomada en un sentido restringido, es lo contrario a «religioso», de forma que se habla de «laicismo» como
forma de vida o de pensamiento que se opone al hecho religioso. En un sentido más amplio, no
prescinde de lo religioso, sino que lo separa, como hechos distintos que no deben ser confundidos o
mezclados.
Levirato: Ley judía según la cual la viuda debe casarse con el hermano (soltero) de su difunto marido.
Logion: Literalmente «dicho». En el Nuevo Testamento se suele referir a los «dichos de Jesús» cuando están
desprovistos de un contexto narrativo.
LXX: Ver Septuaginta.
Macabeos: Apodo que significa «martillo». Designa a la familia que se levantó en armas contra Antíoco IV
Epífanes por su helenización forzosa.
Mari: (Tel Hariri, Siria). Ciudad de la ribera izquierda del Éufrates que se remonta a mediados del tercer milenio
a.C. No es nombrada en la Biblia pero es de gran importancia para conocer la época de Hammurabi.
Este la destruyó en torno al 1750 a.C. Su excavación en 1933 dio a luz el archivo de palacio con cerca
de 20.000 tablillas escritas en cuneiforme.

166
Menorah: Candelabro de siete brazos colocado ante el Santo de los Santos del Templo de Jerusalén. Hoy ha
pasado a ser símbolo internacional de la comunidad judía.
Mesías: Palabra hebrea que significa ungido. Su traducción correspondiente al griego es Cristo (christos = ungido
de Dios). Dios promete a su pueblo, por medio de los profetas, que enviará a su Mesías. Los cristianos
reconocemos en Jesús al Mesías (Cristo) de Dios.

Mesopotamia: Literalmente «(tierra) en medio de ríos»; estos ríos son el Tigris y el Éufrates. En Mesopotamia
florecen, entre otros, los Imperios asirio y babilonio, fundamentales para comprender el Antiguo
Testamento. Hoy estos ríos recorren los países de Siria e Irak, principalmente.
Metáforas: Recurso poético muy frecuente en todas las lenguas. Utilizamos una palabra en su sentido figurado
para expresar un sentimiento, una realidad, que se nos escapa y que no sabemos bien cómo definir. Así
decimos que Dios es mi roca, para expresar su fortaleza, su firmeza, su seguridad... Cuando decimos,
por ejemplo, de una persona hiriente que sus palabras son dardos envenenados utilizamos una metáfora.
Monarquía: El pueblo de Dios tuvo tres reyes: Saúl, David y su hijo Salomón. A la muerte de este la monarquía
sigue dos rumbos distintos: la del norte prefiere una monarquía carismática, en la que la asamblea del
pueblo elige al rey. La del sur sigue los pasos de una monarquía hereditaria, de forma que sus reyes
pertenecen a la «casa de David».
Monte menor: No se sabe bien a qué monte se refieren los textos bíblicos. Probablemente se trate del monte
Tabor, de gran importancia ya que delimita la frontera entre Galilea y Samaría. No sólo en el Nuevo
Testamento (Transfiguración), sino también en el Antiguo Testamento (la victoria de Débora), el Tabor
es símbolo para el pueblo de Israel.
Nabi: Palabra hebrea con la que la Biblia suele designar a los profetas. Su significado insiste en la condición de
ser llamados por Dios.
Nebiîm: Palabra hebrea con la que la comunidad judía conoce la tercera parte de la Sagrada Escritura judía, que
contiene los libros proféticos.
Olimpo: Monte donde, según la mitología griega, habitaban los dioses. Por extensión, se usa para designar a las
divinidades paganas que viven al margen de la historia humana, ajenos a sus problemas.
Oráculo: Era frecuente que el emperador se comunicara con su pueblo por medio de un mensajero: «Así dice
Ciro...». Dios comunica su palabra y su voluntad por medio del profeta. Por eso es frecuente que los
mensajes de Dios comiencen con: «Así dice el Señor» y acaben con la fórmula: «Oráculo del Señor», o
lo que es lo mismo: «Ha hablado el Señor».
Paralelismo: Recurso literario muy frecuente en la poesía hebrea que consiste en yuxtaponer dos conceptos o
palabras afines, bien por similitud (camino, senda, vereda), bien por oposición (justos-pecadores;
piadosos-impíos), etc. Otras veces la importancia no está tanto en las palabras cuanto en la idea, y son
más difíciles de descubrir. Cuando son paralelismos que yuxtaponen ideas o términos semejantes, lo
llamamos sinonímico; cuando el paralelismo opone varios términos o ideas entre sí lo llamamos
antitético.
Peregrinaciones: En la antigüedad los judíos peregrinaban tres veces a Jerusalén, en las fiestas de la Pascua,
Semanas y Tabernáculos. Aunque en sus orígenes fueran fiestas naturales (en torno a los ciclos de
siembra, cosecha, movimientos con el ganado, etc.) el pueblo de Israel las historizó, esto es, las llenó de
contenido histórico-salvífico. En la Pascua (fiesta de primavera) se celebra la liberación de Egipto; en
las Semanas (o Pentecostés, por celebrarse cincuenta días más tarde) se celebra el don de la tierra; es
verano, y los frutos de la cosecha recuerdan al pueblo que la tierra les ha sido dada por Dios. La tercera,
Tiendas o tabernáculos, fiesta de otoño, recuerda cuando el pueblo tuvo que vivir en el desierto en
cabañas en su peregrinar a la tierra prometida.
Profeta: (El que habla delante de o en vez de...). Con esta palabra la Biblia griega de los LXX traduce la hebrea
de nabi. Su uso indica que es una persona entregada a comunicar un mensaje de parte de otro, esto es, de
Dios.

167
Profético: Hace referencia a profeta, palabra griega que significa «el que habla en nombre de otro»; esto es, el que
«habla en nombre de Dios». Es el mensajero de Dios.
Ptolomeo: Ver Tolomeo.
Qahal: Palabra hebrea que designa la «asamblea litúrgica». Posteriormente se traducirá al griego como ekklesía.
De ahí la relación entre qohélet y ekklesiastés.
Qohélet: Tiene que ver con qahal (asamblea). Se suele interpretar este nombre como un cargo oficial: «El que
convoca o preside la asamblea litúrgica». En la tradición protestante, a partir de Lutero, se ha traducido
como «el predicador». Con todo, su etimología no está clara.
Santo de los Santos: En hebreo, Debir; en latín Sancta Sanctorum. Indica la parte más santa del Templo de
Jerusalén. Allí habita la gloria, la majestad, la santidad de Dios. Como el hombre es pecador, no tiene
acceso a este lugar. Sólo entra una vez al año el Sumo Sacerdote, en el rito de expiación por los pecados
que tiene lugar en la fiesta del Yom Kippur.
Sapiencial: Con esta palabra designamos tanto lo referente a los sabios en general, como a una parte de los libros
bíblicos que se caracteriza por contener reflexiones, dichos, proverbios, pensamientos sobre la vida y la
muerte, el mal y el bien.
Sedecías: Es el último rey de Judá y de la casa de David, que desaparece. A la caída de Jerusalén (587) es
deportado a Babilonia, donde muere. La monarquía asmonea (heredera de los macabeos) no tiene
relación con la monarquía davídica.
Sedentarización: Se dice del asentamiento definitivo de un pueblo que con anterioridad andaba con sus ganados
trashumando de unos pastos a otros. El pueblo de Israel pasó de ser nómada (los patriarcas) a
sedentarizarse en una tierra (Palestina).
Sefer tehillîm: Con este nombre conocen los judíos al libro que la tradición cristiana denomina Salmos.
Propiamente hablando se traduciría por «libro de las alabanzas», pero es más correcto hablar de salmos
porque es una palabra más amplia que abarca tanto las alabanzas como las súplicas, o las oraciones
particulares.
Segundo Templo: Más que una construcción, indica una época que abarca desde la reconstrucción del Templo a
la vuelta del exilio (515 a.C.) hasta su destrucción definitiva por los ejércitos romanos el año 70 d.C. La
suelen usar los judíos, que la prefieren al uso ordinario occidental que pone como referencia a Jesucristo
(antes o después de él).
Seléucidas: Nueva dinastía helenista que gobernará Siria y Mesopotamia. Creada por Seleuco, uno de los
generales de Alejandro. El seléucida Antíoco IV Epífanes destacó por su odio a los judíos.
Septuaginta: Es el nombre de la versión griega de la Biblia, traducida en la ciudad egipcia de Alejandría, en torno
al siglo III a.C. Es de gran importancia por ser el texto que se leía en las primeras comunidades
cristianas.
«Siervo de YHWH»: Son cuatro poemas contenidos en los capítulos 40-55 del profeta Isaías (Deutero Isaías).
Hablan de un personaje misterioso: carga con las culpas de los demás; no es violento ni responde con
odio a los insultos. No es alguien humanamente considerado, sino que todos le humillan. Pero de él
viene la salvación.
Sincretismo: Fusión de varias religiones o de elementos procedentes de distintas prácticas religiosas. En el
Antiguo Testamento adquiere una relevancia singular la tentación de sincretismo entre la fe en YHWH
(Israel) y los baales (divinidades cananeas).
Sión: Monte Santo de Jerusalén, morada de Dios, en el que confluyen tanto las tradiciones religiosas judías, como
las promesas de salvación por parte del Señor.
Sociedad teocrática: Es una sociedad donde se piensa que el que gobierna todo (cracia) es Dios mismo (teo). Las
leyes que deben regir la vida de la sociedad se identifican con las leyes de Dios. Los expertos en leyes

168
son a la vez legisladores civiles y religiosos (doctores de la Ley o escribas en época de Jesús).
Sumerio: Habitante y cultura de Sumer, región de la baja Mesopotamia, del 3300 al 1900 a.C. Las ciudades de Ur
y Uruk pertenecían a esta civilización. Entre su producción literaria destaca la epopeya de Guilgamés.
Tablillas cuneiformes: Documentos escritos en barro cocido, con forma de pequeños ladrillos, bien dispuestos
para poder almacenarse. Se denominan «cuneiformes» porque los escribas usaban unas cuñas a modo de
incisión, sobre el barro blando, para escribir sus documentos o incluso narraciones.
Tanak (o Tanaj): Es el término que usa habitualmente el pueblo judío para referirse a la Escritura. Está formada
por las iniciales de Torah (T), Nebiîm (N) y Ketubîm (K).
Temor de Dios: Es la traducción literal de la expresión hebrea yir’at Yhwh. Sin embargo, no pretende suscitar el
terror o el miedo entre los creyentes. Quiere expresar, de forma positiva, la actitud religiosa, confiada,
adoradora, observante, del creyente en el Dios de Israel.
Teofanía: Palabra griega que significa manifestación de Dios. En los textos bíblicos son frecuentes para designar
cómo el Señor se hace presente en la historia del hombre, se comunica con él y le hace partícipe de su
plan de salvación.
Testamento: Con esta palabra designamos las dos grandes partes de la Biblia. Su traducción más exacta sería
alianza, y habría que hablar de Antigua Alianza y Nueva Alianza.
Tetragramma sagrado: Ver YHWH.
Tito: No confundir el amigo de Pablo a quien dirige una carta con el general romano que destruye Jerusalén el año
70 d.C. y se lleva a Roma como trofeo la Menorah del Templo. El hecho queda patente en el «Arco de
Tito» de Roma.
Tolomeos o Lágidas: Nueva dinastía creada por Tolomeo, general de Alejandro y que reinará en Egipto. Bajo su
gobierno se traducirá la Biblia del hebreo al griego (la LXX). Ver Diadocos.
Torah: Una de las tres partes con que los hebreos dividen y designan a la Sagrada Escritura. Se suele traducir
como Ley, pero es más exacto traducirla como «Instrucción». Corresponde al Pentateuco de la Biblia
cristiana.
Trento: Decimonoveno concilio ecuménico celebrado en Trento (Italia), en 1564, que en la disputa abierta por
Lutero sobre la Sagrada Escritura, fija definitivamente la lista de los libros considerados canónicos para
la Iglesia católica.
Verbum Domini: Segunda exhortación apostólica de S.S. Benedicto XVI sobre la palabra de Dios en la vida y en
la misión de la Iglesia. Documento que sigue a la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de
Obispos, sobre la palabra de Dios.
Vg: Ver Vulgata.
Vulgata: Texto latino de la Biblia, traducido por san Jerónimo (s. IV), considerado como normativo en la Iglesia
católica.
YHWH: Es el nombre de Dios tal como le fue revelado a Moisés. Propiamente hablando son cuatro consonantes,
YHWH, de forma que también se conoce como el «tetragramma sagrado». El israelita piadoso nunca
pronuncia su nombre. Cuando lo ve escrito dice «Adonay» (el Señor), o «ha-sem» (el nombre divino), a
la vez que hace una inclinación de cabeza en señal de respeto.
YHWH sebaot: Literalmente significa «Dios de los ejércitos». Título muy antiguo de una concepción de la
divinidad según la cual el mismo Dios dirigía los ejércitos de su pueblo. Algunas traducciones modernas
optan por la traducción «Dios todopoderoso».

169
Índice
Prólogo

I. ¿Qué es la Biblia?

1. El patrimonio literario de la humanidad

La Palabra se pone por escrito

Los géneros literarios

Aclarando conceptos y traducciones

2. La «palabra de Dios» para nosotros hoy

Biblia, Sagrada Escritura, palabra de Dios

Creer para comprender

Lee, escucha, ama

3. La Palabra «recibida» por una comunidad creyente

Etapas en la formación del canon

Criterios de canonicidad

Las divisiones canónicas del texto sagrado

II. Dios habla hoy

1. Shema-Escucha

Dios nos busca y nos habla

Dios se embarra en la historia

170
Dios hace «alianza»

2. Esta historia es «mi historia»

Abrahán: de la búsqueda a la obediencia

Jeremías: la escucha del Dios incómodo

Jonás: las convicciones contrariadas

3. Dios nos sale al encuentro

El encuentro con el Resucitado

El ciego de Jericó: de «excluido» a «discípulo»

Zaqueo: «hoy» quiero «hospedarme» en tu casa

III. La Antigua Alianza

1. La Palabra recordada y narrada

Crónica, historia y narración

Historiografías bíblicas

Los hitos históricos de Israel

2. La Palabra se torna ley

La composición de la Torah

El corazón del judaísmo

Los comienzos de la historia de la salvación

3. La Palabra no está encadenada

El profeta de ayer, de hoy y de siempre

171
Los profetas preexílicos

La profecía en el exilio

4. La Palabra de los sabios

Madurar en sensatez

Sabiduría y temor de Dios

Del optimismo a la realidad

5. La Palabra se torna oración

El libro de los salmos

Los salmos son poesía

Los salmos son oración

IV. La Nueva Alianza

1. La «Buena Noticia» de Jesús

La formación de los evangelios

Los evangelios «sinópticos»

Una buena noticia en cuatro evangelios

2. Discípulos del Crucificado

El primer «evangelio»

Discípulos de Jesús, el Mesías de Dios

Una Cristología correctiva

3. El historiador de Jesús

172
La «perspectiva cristiana»

Narración de una «historia de la salvación»

El evangelio de la misericordia

4. El escriba cristiano

La Iglesia naciente rompe con la Sinagoga

Un relato en torno a cinco discursos

Jesús es el Mesías esperado

5. La Palabra se hizo carne

El Mediterráneo oriental en el siglo I

Un evangelio y dos libros

Jesús revela al Padre

V. El Pueblo de la Nueva Alianza

1. Seréis mis testigos

La Iglesia naciente, creyente y confesante

La «Iglesia Madre» de Jerusalén

La Iglesia en Siria: Antioquía

2. Pablo: apóstol, místico y teólogo

¿Quién eres, Señor?

Me amó y se entregó por mí

Para mí la vida es Cristo

173
3. «Dios es amor»

Las comunidades joánicas

Dios es amor

Somos hijos de Dios

4. «Sed portadores de vida, verdad y esperanza»

La Carta de Santiago

Las cartas de san Pedro

La Carta de Judas

5. Todo lo hago nuevo

¿Un libro aislado o un género literario?

El libro que culmina la Escritura

Claves de lectura

Epílogo

Vocabulario

174
Índice
Prólogo 5
I. ¿Qué es la Biblia? 8
1. El patrimonio literario de la humanidad 9
La Palabra se pone por escrito 9
Los géneros literarios 11
Aclarando conceptos y traducciones 13
2. La «palabra de Dios» para nosotros hoy 16
Biblia, Sagrada Escritura, palabra de Dios 16
Creer para comprender 17
Lee, escucha, ama 19
3. La Palabra «recibida» por una comunidad creyente 22
Etapas en la formación del canon 22
Criterios de canonicidad 23
Las divisiones canónicas del texto sagrado 24
II. Dios habla hoy 29
1. Shema-Escucha 30
Dios nos busca y nos habla 30
Dios se embarra en la historia 32
Dios hace «alianza» 35
2. Esta historia es «mi historia» 40
Abrahán: de la búsqueda a la obediencia 40
Jeremías: la escucha del Dios incómodo 41
Jonás: las convicciones contrariadas 42
3. Dios nos sale al encuentro 45
El encuentro con el Resucitado 45
El ciego de Jericó: de «excluido» a «discípulo» 46
Zaqueo: «hoy» quiero «hospedarme» en tu casa 48
III. La Antigua Alianza 53
1. La Palabra recordada y narrada 54
Crónica, historia y narración 54
Historiografías bíblicas 56
Los hitos históricos de Israel 57
2. La Palabra se torna ley 61

175
La composición de la Torah 61
El corazón del judaísmo 64
Los comienzos de la historia de la salvación 67
3. La Palabra no está encadenada 71
El profeta de ayer, de hoy y de siempre 71
Los profetas preexílicos 74
La profecía en el exilio 77
4. La Palabra de los sabios 81
Madurar en sensatez 81
Sabiduría y temor de Dios 82
Del optimismo a la realidad 85
5. La Palabra se torna oración 90
El libro de los salmos 90
Los salmos son poesía 91
Los salmos son oración 94
IV. La Nueva Alianza 99
1. La «Buena Noticia» de Jesús 100
La formación de los evangelios 100
Los evangelios «sinópticos» 102
Una buena noticia en cuatro evangelios 105
2. Discípulos del Crucificado 107
El primer «evangelio» 107
Discípulos de Jesús, el Mesías de Dios 108
Una Cristología correctiva 110
3. El historiador de Jesús 112
La «perspectiva cristiana» 112
Narración de una «historia de la salvación» 114
El evangelio de la misericordia 115
4. El escriba cristiano 117
La Iglesia naciente rompe con la Sinagoga 117
Un relato en torno a cinco discursos 117
Jesús es el Mesías esperado 119
5. La Palabra se hizo carne 123
El Mediterráneo oriental en el siglo I 123
Un evangelio y dos libros 125

176
Jesús revela al Padre 127
V. El Pueblo de la Nueva Alianza 131
1. Seréis mis testigos 132
La Iglesia naciente, creyente y confesante 132
La «Iglesia Madre» de Jerusalén 134
La Iglesia en Siria: Antioquía 135
2. Pablo: apóstol, místico y teólogo 137
¿Quién eres, Señor? 137
Me amó y se entregó por mí 139
Para mí la vida es Cristo 142
3. «Dios es amor» 145
Las comunidades joánicas 145
Dios es amor 146
Somos hijos de Dios 147
4. «Sed portadores de vida, verdad y esperanza» 151
La Carta de Santiago 151
Las cartas de san Pedro 152
La Carta de Judas 154
5. Todo lo hago nuevo 156
¿Un libro aislado o un género literario? 156
El libro que culmina la Escritura 157
Claves de lectura 159
Epílogo 162
Vocabulario 163

177