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EL CAMINANTE SOBRE EL MAR DE NUBES

Si tenéis la oportunidad de pasar por Hamburgo, esta obra está expuesta en el Museo de
arte Kunsthalle. Su título original es "Der Wanderer über dem Nebelmeer". Pintado por
Caspar David Friedrich en 1818, recuperado a mitad del siglo XX para el gran público,
y en la actualidad es de los cuadros más reproducidos y una obra de culto.
Como buen exponente del Romanticismo, este oleo sobre lienzo, expone una temática
que tiene que ver con lo no racional, con lo contemplativo, con lo sentimental, con lo
espiritual. La idea romántica del fluir de la vida como acontecimiento natural, incluso
con simbolísmos y metáforas, ilustra bien la situación que nos presenta el pintor.
Aparece un hombre sobre un montículo rocoso en la montaña, apoyado con bastón y
con una pierna adelantada, orientada hacia el horizonte. La posición del hombre es
buscada, pues no tiene rasgos físicos que lo individualicen. Así se consigue un mejor
efecto de fusión con la naturaleza, sobre la que se asienta una cosmogonía propia.
Además provocan una visión inmersiva que invita a empatizar con los sentimientos del
personaje del cuadro.
El mar de nubes y la lejanía difusa del horizonte actúan como contenedor de nuestras
proyecciones y catalizador de lo que deseamos alcanzar.
Para mí, el cuadro es una escena pictórica que se nos plantea sin muchos adornos, pero
con un mensaje y una fuerza enorme. Nosotros sencillamente ante la inmensidad. Al
mismo tiempo me hace sentir dueño de mi vida, por la fuerza de la imagen, la altura y el
ángulo del que lo contempla y me infunde respeto ver todo lo que queda por delante. (el
bastón no es un simple accesorio)
Ahora entraríamos en apreciaciones personales de lo que me ha aportado la pintura. Las
podéis compartir o no, pero las escribo por si otros han tenido las mismas apreciaciones
o quieren contrastarlas.
Pienso que de alguna manera estamos encima de nuestra roca, de nuestras experiencias.
Esa roca va creciendo cada día, de la misma forma que crece nuestra sed de respuestas y
de encontrar un sentido a lo que vivimos. Necesitamos abrir esa puerta a la
trascendencia. Dibujar un nuevo horizonte cada mañana para sortear esa nube vaporosa
que cubre nuestro camino de incertidumbre.
La pintura en sí, es toda una incógnita, como si no tuviese dirección. El punto de fuga
está desvanecido entre el infinito y el centro de la persona. No sé si está pensado de ese
modo, con premeditación, pero creo que para responder a las preguntas que suscita es
una buena respuesta. Es un diálogo entre el centro de la persona y el objetivo que quiere
alcanzar.
Es un viaje espiritual de nuestro ser en relación con el absoluto. Es la naturaleza como
mística, como inspiración del encuentro con Dios.
Friedrich era un creyente convencido, pero su expresión artística siempre ha sido
atormentada. Era la conjunción perfecta para este cuadro. En la mayoría de ocasiones,
cuando tengo tiempo de contemplar esta obra, vienen a mi cabeza las mismas
cuestiones. ¿Y a tí?