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Leonardo Mena

Título: Usos legítimos en las cápsulas idiomáticas elaboradas por la Academia Chilena de la
Lengua: Criterios normativos presentes en la argumentación

Objetivo general

Caracterizar, desde una perspectiva lingüístico-ideológica, las cápsulas lingüísticas ofrecidas


por la Academia de la lengua en el diario El Mercurio.

Objetivos específicos

Determinar los criterios normativos, implícitos o explícitos, detrás de los comentarios


lingüísticos de las cápsulas idiomáticas.

Vincular estas cápsulas idiomáticas con su contexto de producción: el agente institucional


que las elabora (Academia Chilena de la Lengua) y su finalidad pragmática.

I. Marco conceptual

1.1 Creencias y actitudes

Al igual que existen creencias en todo el ámbito de la vida social, en torno al lenguaje también
se manifiestan, ya sea sobre el lenguaje en general o sobre las distintas variantes y prácticas
lingüísticas. Dichas creencias están directamente vinculadas con lo que se denomina una
ideología lingüística, entendiendo por esta, y siguiendo a Kroskrity (2010), las creencias y
concepciones, expresadas explícita o implícitamente en prácticas comunicativas, utilizadas
por la comunidad para racionalizar el uso lingüístico y vinculadas a intereses políticos y
económicos de la totalidad de sus miembros o de unos grupos. No debemos pensar en estas
ideologías como un conjunto totalmente coherente y sistematizado, pudiendo existir en un
individuo o grupo social ideas que incluso pueden ser contradictorias.
Una ideología lingüística se concreta en una actitud, que aquí entenderemos como la
disposición a evaluar de manera positiva o negativa algún hecho vinculado al lenguaje. Así
pues, distintas ideologías lingüísticas tendrán reflejo en distintas actitudes hacia un objeto
lingüístico. En el desarrollo de este trabajo se establecerá una igualdad entre criterio de
normatividad y creencia, creencia que determina una actitud particular frente los usos
lingüísticos que son objetos de comentarios en las cápsulas idiomáticas que se analizarán.

1.2 Contexto de producción

Las cápsulas idiomáticas que serán objeto de análisis se dan en un contexto que le otorga
sentido a su existencia. Consideremos, en primer lugar, el agente institucional que tiene a su
cargo la elaboración de estos comentarios lingüísticos: la Academia Chilena de la Lengua
(en adelante Academia Chilena). Durante el último cuarto del siglo XIX en América surgen
Academias Correspondientes de la Real Academia Española como resultado de un deseo
compartido entre España y las nuevas naciones independientes: como lo describe claramente
Jaksić (1999), en las antiguas colonias existía la necesidad de sentirse parte de la unidad
hispánica (visión unionista) y por parte de la antigua metrópoli también se manifestaba la
intención de volver a establecer el vínculo con América. La siguiente cita de Miguel Antonio
Caro, colombiano, resultará elocuente acerca del clima de la época: “El interés de mantener
la unidad de la lengua (…) demanda que los diferentes miembros de esta colectividad
demuestren con signos visibles que pertenecen a un cuerpo y que tienen una cabeza; (…) Y
para que este trabajo sea armónico y fructuoso, todas esas corporaciones han de subordinarse,
con razonable adhesión, al principal centro literario de España, como a depositario más
calificado de las tradiciones y tesoros de la lengua” (en Jaksić, 1999). La Real Academia
Española, por su parte, con este nuevo estado de cosas, podría manejar la lengua dentro de
un margen institucional.

En Chile, el surgimiento de la Academia Correspondiente en noviembre de 1885 tiene como


antecedente explicativo el clima de opinión que se gestara durante todo el siglo XIX,
partiendo con la figura icónica de Andrés Bello. Siguiendo lo expuesto por Rojas (2016a),
existía en Chile una comunidad discursiva, compuesta por una élite hispanohablante, que se
dedicó a producir una serie de trabajos de marcado tono normativo. Compartía esta
comunidad el rechazo a la fragmentación del idioma, por lo que existía una visión negativa
frente a todo lo divergente en materia de lenguaje. Asimismo, podemos destacar las creencias
que evidenciaban sus miembros: por una parte, que lo correcto estaba dado por el uso de los
hablantes cultos, por otra, que el estándar de lengua correspondía a lo codificado en el
diccionario de la RAE. Cabe destacar, además, que el siglo XIX estuvo marcado por un
proceso de estandarización que tuvo como principal instrumento a la producción
lexicográfica.

Actualmente, la Academia Chilena cuenta entre sus miembros a destacados profesionales


lingüistas, lo que vendría a entregarle un carácter científico-descriptivo a su quehacer.
Consideremos a continuación sus finalidades, tal cual están explicitadas en su página oficial:

a) velar por la pureza y el esplendor de la lengua española; b) contribuir a los trabajos de la


Real Academia Española y de la Asociación de Academias de la Lengua Española, y c)
colaborar con otras instituciones en materias relacionadas con el idioma y con su literatura,
especialmente la chilena.

Concebiremos en este trabajo a la Academia Chilena como un agente institucional que lleva
a cabo su labor no de manera neutral, sino más bien como un ente que ejerce un control
social, acción que tiene como base un conjunto de creencias en torno al lenguaje y su vínculo
con la sociedad. Igualmente, se considerará a los especialistas que integran esta organización
como representantes de un grupo social cuyo discurso es capaz de generar actitudes que
superan lo netamente lingüístico y tienen consecuencias sociales.

1.3 Estructura de la argumentación de Toulmin

De acuerdo con Toulmin (2007), en los argumentos encontramos una serie de categorías:
conclusión, datos, garantía, modalizadores, condiciones de refutación y respaldo.
Considerando que el objetivo de este trabajo es identificar los criterios normativos utilizados
por la Academia Chilena para recomendar determinados usos, nos valdremos de los tres
primeros, entendiendo la conclusión como el juicio o tesis (qué uso es el adecuado), los datos
como la base del argumento, y la garantía como una ley más general que vincula la base con
la conclusión (en nuestro estudio, el criterio de normatividad subyacente, la creencia).

II. Metodología

El corpus corresponde a la totalidad de las cápsulas idiomáticas aparecidas desde septiembre


de 2015 hasta septiembre de 2018, sumando, así, 300 casos de dichas cápsulas. Se analizarán
los argumentos ofrecidos a favor y en contra de los usos lingüísticos discutidos. Para esto se
considerará la estructura de la argumentación de Toulmin: conclusiones, datos y garantías.
Después de clasificar los datos entregados en cada argumentación, se inferirán las creencias
normativas, es decir, los criterios de corrección, que subyacen en cada recomendación hecha
por la Academia Chilena. Finalmente, se vincularán dichas creencias con el rol social de esa
institución

III. Presentación y análisis de resultados

3.1 Clasificación de datos

Luego de la revisión de la totalidad de las cápsulas, los datos entregados en ellas permiten
establecer clases de los mismos, clases que detallaremos y ejemplificaremos a continuación.
En dichas cápsulas, la Academia Chilena, frente a distintas opciones lingüísticas, toma
partido por una y, al hacerlo, utiliza distintas expresiones, a saber: se recomienda, es
apropiado, es correcto, etc., juicios que, para nuestro análisis, reduciremos a “es correcto
porque…” (juicio que corresponde a la conclusión en términos de Toulmin)

a) Es correcto porque una obra académica lo valida: DLE, Nueva Ortografía, Dicc.
Panhispánico de Dudas, etc.
Para la Academia Chilena, es posible decidirse por determinada variante si dicha variante
aparece validada en alguna de las obras que codifican la lengua española. Así, por ejemplo,
al tratar el caso de parricidio v/s patricidio, entrega como argumento de la incorrección del
segundo que “no se registra en el diccionario oficial”, dato acompañado por la sentencia
“resulta altamente aceptable, por tanto, la oración ‘horrendo parricidio se perpetró en Las
Condes: un abogado mató a sus dos tíos”. En otro caso, al tratar acerca de la aceptabilidad de
“Aysén” (Academia Chilena, en El Mercurio, 19/10/15), luego de citar la regla ortográfica
general que rechaza dicha forma gráfica del diptongo al interior de palabra, señala que tal
expresión es aceptable porque corresponde “a una excepción admisible”, excepción hecha
por la nueva Ortografía de la lengua española. Como último ejemplo de este tipo de dato se
puede citar la opción ortográfica que toma la Academia Chilena al momento de elegir entre
yogur y yogurt, exponiendo como base de su argumento el hecho de que el Diccionario
panhispánico de dudas recomienda la primera posibilidad (Academia Chilena, en El
Mercurio, 27/11/17).

Es importante destacar que esta clase de dato entra en una red jerárquica compleja e
inconsistente, por lo que en ciertas ocasiones se le ubica por sobre otros datos, sobre el uso
por ejemplo, y en otras ocasiones, por debajo.

b) Es correcto porque es propio de hablantes cultos.

Este apartado es particularmente sensible dado que la Academia Chilena manifiesta ser un
ente de orientación científica, por lo que debería adoptar un enfoque netamente descriptivo
de las variantes de la lengua, y no prescriptivo, además de no establecer jerarquías entre
dichas variantes. Esta clase de datos establece que un uso es apropiado porque está asociado
el uso culto del español. Reunimos en este tipo de datos las etiquetas “uso formal”,
“prestigioso”, “personas educadas”, “norma académica”, etc. Podemos inferir que la
Academia entiende el concepto de habla culta como lo definiera Rabanales (1982), y le
atribuye, por tanto, todas las ideas positivas (prestigio, uso formal, académico) que están
asociadas a ella; por supuesto que los miembros de la Academia Chilena también pertenecen
a ese grupo social. Este último concepto, grupo social, es clave para comprender los alcances
de este argumento normativo: a todas luces es un criterio extralingüístico, que nace de una
distinción social, metodológica, utilizado como base para apoyar cierto juicio.
Para ejemplificar esta clase de datos, consideremos el argumento que se proporciona para
“no recomendar” el empleo de adverbios seguidos de posesivos ya que “en español culto” se
prefieren otras construcciones. En el caso de los extranjerismos, la Academia Chilena tiene
un criterio de evaluación claro, sin embargo, en muchas ocasiones ese criterio queda
subordinado el uso culto de la lengua. Así, para decidir entre “dossier” y “expediente” se
utiliza el argumento de que, si bien el primero es un extranjerismo que tiene un equivalente
en español (lo que lo haría inaceptable), se consideran ambos aceptables porque este
galicismo cuenta con “alguna preferencia (…) en determinados ámbitos profesionales y
académicos” (Academia Chilena, en El Mercurio, 25/4/16).

Elocuente resulta al respecto el argumento que se entrega para validar un uso que en otras
circunstancias sería rechazado: la expresión “lapso de tiempo”, a todas luces redundante, se
torna aceptable solo porque la hicieron propia los hablantes cultos. La cita textual de la
argumentación no dejará dudas respecto a este criterio: “aunque el término lapso ya implica
que se refiere a tiempo, por lo que la expresión lapso de tiempo nos puede sonar redundante,
esta última se ha impuesto en la norma culta de muchos hablantes (…) Se pueden emplear
ambas expresiones indistintamente” (Academia Chilena, en El Mercurio, 27/11/17). Nótese
el recurso atenuante que se utiliza, “nos puede sonar redundante”, para preparar la entrada
del criterio basado en el uso culto, conscientes de que hay una inconsistencia respecto a otras
evaluaciones en las que la redundancia es rechazada.

En la misma línea, al momento de avaluar la propiedad de un neologismo, “primordiar”, se


termina indicando que parece ser un neologismo ocasional, por lo tanto, no recomendable,
conclusión preparada por el hecho de que no está “acuñado en la lengua escrita ni en el uso
de la gente culta” (el subrayado no está en el original) (Academia Chilena, en El Mercurio
8/1/18), además de que “no figura en el Diccionario de la Lengua Española”. Como se ve, la
Academia Chilena utiliza una batería de argumentos para descartar una forma lingüística que
cuenta a su favor el ajustarse a las reglas de derivación, pero que puede quedar proscrita si
no recibe el respaldo del uso culto.
Por otro lado, al pronunciarse respecto a lo apropiado de los latinismos, en las cápsulas
idiomáticas de marras aparecen indicaciones acerca de su uso combinatorio y significado, sin
cuestionar nunca la necesidad de la existencia de ese tipo de expresiones, lo que
implícitamente valida su presencia en el acervo lingüístico de los hablantes. Evidentemente,
este tipo de expresiones solo aparece en el habla profesional, académica, formal, y en la
escritura; en definitiva, no se cuestiona su existencia porque pertenece al habla culta, lo que
le otorga la validez suficiente.

c) Es correcto porque se ajusta a las reglas del idioma

La Academia Chilena censura aquellas variantes que infrinjan las reglas de la lengua
española. Incluimos en este tipo de datos la alusión a reglas gramaticales (morfológicas y
sintácticas) y de formación palabras, además de las restricciones en cuanto a la confusión de
algunos significados o significantes. Considerando el carácter, en apariencia, objetivo de este
criterio, son variados los casos en que se argumenta valiéndose de él para respaldar un juicio.
A modo de ejemplo, se rechaza en una cápsula la variante “volviste en sí” porque ambas
palabras deben concordar en persona y número (Academia Chilena, en El Mercurio, 26/3/18).
En la misma línea, se considera incorrecto el dequeísmo (usar la preposición “de” cuando no
es necesaria), por lo cual se rechaza la expresión “dijo de que necesitará ayuda”, porque
“expresa sin ningún nexo lo dicho” (Academia, en El Mercurio, 7/9/15). En cuanto a la
formación de palabras, se puede citar el comentario con el que se valida el verbo “erupcionar
(ya recogido en el diccionario oficial), bien formado a partir de erupción y el sufijo –ar”
(Academia Chilena, en El Mercurio, 7/9/15).

Este criterio aparentemente neutral y objetivo entraña una base argumental compleja que se
entremezcla con otro tipo de datos. Por ejemplo, al evaluar la pronominalización de algunos
verbos, la Academia Chilena manifiesta que se aceptan las variantes con y sin
pronominalización; sin embargo, expresa que se recomienda evitar la forma pronominalizada
en el uso formal (Academia, en El Mercurio, 15/5/17). Si realmente fueran las dos aceptables,
no habría necesidad de poner esta restricción, lo que sugiere que detrás de cada elección no
solo existe un criterio lingüístico. En el caso de “ingeniero” v/s “ingeniera” se nos entrega la
regla que sostiene que “todas las palabras cuyo masculino acaba en ‘o’ tienen femenino en
‘a’”. A renglón seguido se agregan algunas excepciones a esta regla, y corresponden a las
palabras pertenecientes al ámbito militar o cercano a este y a las palabras acortadas, “la
otorrino”; en sus palabras: “continúan considerándose comunes en cuanto al género”
(Academia, en El Mercurio 3/4/17). Algo similar ocurre con “poeta”, sustantivo usado hoy
frecuentemente como sustantivo de género común (Academia Chilena, en El Mercurio,
9/5/16), frente al uso tradicional que lo oponía a “poetisa”. Lo anterior nos permite concluir
que, si hay excepciones y cambios basados en el hecho de que el uso establece categorías
gramaticales (que se consideren comunes en cuanto al género), el lenguaje no es una entidad
abstracta que tiene sus categorías a priori, sino más bien se establecen a posteriori, situación
que invalida cualquier intento de objetividad en el establecimiento de las reglas.

La arbitrariedad de este criterio se puede observar en casos como el de los adjetivos


“impreso” e “imprimido” (Academia Chilena, en El Mercurio, 11/12/17), formas que la
Academia Chilena considera aceptables. En efecto, se pasa de sancionar el segundo de estos
dos usos (como tradicionalmente se ha hecho) a validarlo sin dar argumentos, incluso
aduciendo que el primero es el que generalmente se prefiere emplear. Otro ejemplo que
demuestra lo subjetivo de este criterio lo podemos deducir del hecho de expresarse, en los
comentarios lingüísticos respecto a la corrección entre “deber” y “deber de”, que
“actualmente, ambas formas de construcción son válidas para expresar probabilidad o
conjetura” (Academia Chilena, en El Mercurio, 11/4/16). Apreciamos aquí lo efímero de este
tipo de argumentos, ya que lo que hoy es aceptable mañana no lo será, de lo que se infiere
que el respaldo de determinado juicio está en otro plano, no lingüístico, el uso culto o la
validación de algún diccionario oficial, por ejemplo. En ocasiones el aval del uso culto
aparece explícito para validar una argumentación de tipo lingüística: “no se recomienda la
combinación de los adverbios delante, detrás, cerca, encima y enfrente con posesivos
masculinos (…) y mucho menos con posesivos femeninos. Lo aconsejable es decir y escribir,
sobre todo en norma culta formal…” (Academia Chilena, en El Mercurio, 26/2/18).

Por último, cabe mencionar que, como se dijo más arriba, no existe una consistencia a toda
prueba en los datos expresados por la Academia Chilena. En efecto, al tratar el caso del nexo
“cuyo”, se manifiesta que la alternativa “que” (sancionada en la cápsula) corresponde a la
solución que encuentran los hablantes por “no saber usar este nexo adecuadamente”
Academia Chilena, en El Mercurio, 28/9/15). Al comienzo de esta cápsula se dice que es “un
fenómeno bastante generalizado en la actualidad”, hecho que no es suficiente para entregar
la aprobación. Por lo tanto, se establece una jerarquía en que el argumento “ajustarse a las
reglas del idioma” está por sobre el uso generalizado. Evidentemente, cuando la Academia
expresa que hay personas que no saben usar este nexo, se refiere a los hablantes que no
califican como hablantes cultos, en cuya habla aparece este nexo (mundo académico, prensa
escrita, etc).

Respecto a mantener las distinciones semánticas tradicionalmente establecidas, la Academia,


con un tono claramente conservador, intenta hacer notar que, por ejemplo, ciertos
significados próximos no deben confundirse, desconociendo que las personas hacen solo uso
de distinciones que son significativas y dejan de lado los matices que no tienen función de
ningún tipo: se recomienda no utilizar “producto de” como equivalente de “a consecuencia
de” (Academia, en El Mercurio, 18/1/16). Así, se expresa tácitamente que la lengua es una
entelequia que tiene distinciones independientemente del uso que se haga de ella.

d) Es correcto porque satisface una necesidad denominativa

Los datos incluidos aquí se aplican principalmente a los extranjerismos y neologismos, los
cuales se vuelven aceptables si surgen de la necesidad de nominar una nueva realidad que no
tiene un signo en español equivalente. Es el argumento que se esgrime, por ejemplo, al
desaconsejar el uso de abstract “puesto que su equivalente español ‘resumen’ tiene plena
vigencia” (Academia, en El Mercurio, 9/5/16). Lo mismo se aplica a full time, half time part
time, extranjerismos crudos que tienen equivalentes en español (Academia Chilena, en El
Mercurio, 25/6/16).

Como contraparte, tenemos los casos en que el uso del extranjerismo es válido, como “dron”,
que se justifica por corresponder a una realidad nueva con la que nos hemos familiarizado.
Se respalda la opción elegida con el hecho de que “este vocablo está registrado en la última
edición del Diccionario de la lengua española” (Academia Chilena, en El Mercurio,
20/11/17). En el caso de “precuela”, la Academia Chilena expresa tres argumentos para su
aceptación: es una palabra cuyo uso se ha extendido, “no existía en nuestra lengua un
equivalente que expresara con precisión este concepto” (Academia Chilena, en El Mercurio,
29/1/18), y está incorporada en el diccionario académico. Al tratar sobre el nuevo sentido de
“viralizar” se señala que, “Aunque no están recogidos todavía en las obras académicas, estos
nuevos usos satisfacen una necesidad de denominación” (Academia Chilena, en El Mercurio,
7/12/15) (el subrayado no está en el original).

Este criterio, sin embargo, merece varios comentarios sobre su aplicación. Existen algunos
extranjerismos que se aceptan (“dosier”), saltándose esta regla, solo porque se utilizan en
ámbitos profesionales y académicos. Por otra parte, el arraigo de una palabra puede hacerla
apropiada. Por último, los latinismos, que pertenecen a otra lengua, reciben un trato especial.
Nunca se cuestiona su existencia y solo se entregan pautas de uso correcto e incorrecto de
estas expresiones, respecto a su significado y a sus combinaciones posibles. Es el caso de
“grosso modo”, cuya combinación con la preposición “a” es sancionada. Como se dijo más
arriba, este trato especial podría deberse a la presencia de este tipo de expresiones en un
discurso específico: “es de uso frecuente en el español formal e, incluso, en el informal de la
gente culta” (Academia Chilena, en El Mercurio, 2/5/16). El caso de nascituro también es
diferente, dado que no se condena este cultismo formal y semántico a pesar de que no figura
en el DLE, “pero es bastante usada en contextos jurídicos” (Academia, en El Mercurio,
20/11/17). El uso propio de los contextos jurídicos es el uso culto, razón que podría justificar
su aceptabilidad.

e) Es correcto porque su uso se ha generalizado

Son aceptables para la Academia Chilena las variantes cuyo uso se ha generalizado, hecho
que estaría ligado a su propósito descriptivo. Aquí se entiende que no existen nociones
inferiores o superiores. Es el caso de “sismo” y “seísmo”, ambas adecuadas, la primera propia
de Chile, la segunda de España (Academia Chilena, El Mercurio, 28/9/15). Lo que subyace
a este argumento es que el uso chileno es tan válido como el uso de España. En la misma
línea, cuando se expresa que “poeta” como sustantivo de género común es aceptable, se usa
como dato el hecho de que hoy es frecuente usarlo de esa manera. Asimismo, al evaluar la
propiedad del anglicismo “hándicap”, no se rechaza, aun cuando se señala explícitamente
que existe un equivalente en español, sino que lo acepta entregando el dato de su recurrente
uso (Academia Chilena, en El Mercurio, 4/4/16). Tal como ocurre con los anteriores criterios,
este también está integrado en una red argumental compleja e inconsistente. En ocasiones el
ajuste a las reglas subordina al uso frecuente, como en el uso del pronombre “le” con valor
de plural en lugar de “les”, y viceversa. Lo mismo sucede cuando se enfrentan el uso
frecuente y el uso culto.

Resulta interesante destacar el caso del significado de “bizarro”, que no cuenta con el aval
del diccionario académico, y al que “hoy es mucho más común en nuestro medio y en otros
países, entre personas de todo nivel cultural, darle el sentido de ‘raro, extravagante’,
significado que tomó por influencia del francés (…) En este caso, la generalización del nuevo
significado ha prevaleció por sobre el apego al sentido tradicional de la palabra castellana”
(Academia Chilena, en El Mercurio, 27/2/17). Se entrecruzan aquí distintos tipos de datos:
el aval del diccionario académico (que no vale en este caso), el uso generalizado y el habla
culta. Es válido pensar que el argumento “uso frecuente” adquiere su real potencial cuando
se une al respaldo del uso culto. También es destacable el hecho de que, si bien los
americanos tenemos tanto derecho como los españoles a tener usos aceptables, nunca una
forma que se señala propia de España resulta sancionada o no recomendable, pero en sentido
contrario sí. Es el caso del uso pronominal de algunos verbos, una fuerte tendencia en el
español de América por la cual los verbos “pasan a tener un valor dialectal o sociocultural”
(Academia Chilena, en El Mercurio, 15/5/17). La cápsula en cuestión finaliza con la
conclusión: “en uso formal se recomienda evitar la forma pronominal” (ídem). Al respecto,
resulta casi contradictorio con este principio leer en otra nota, referente al adverbio de lugar
“donde” sin que corresponda a un antecedente espacial, las expresiones “mal uso y abuso”
de algo que “es frecuente escuchar y leer en nuestro medio” (Academia Chilena, en El
Mercurio, 12/9/16).
f) Es correcto porque propicia la unidad idiomática

La Academia considera que las expresiones que favorecen la unidad idiomática del mundo
panhispánico son recomendables, principalmente cuando se trata de nociones
metalingüísticas. Al referirse acerca del nombre de las letras b (be) y v (uve), declara que
“Por razones de unidad en la terminología ortográfica, recomendamos usar estas
denominaciones en lugar de las tradicionales be larga y ve corta” (Academia Chilena, en El
Mercurio, 12/9/16). Y agrega que “La aceptación de estas recomendaciones permitirá
propender a la unidad de la enseñanza de la escritura en todo el mundo hispánico” (ídem).
Asimismo, cuando se pregunta “¿cómo se llama la y?”, se señala que, considerando las
recomendaciones de la Ortografía académica, “Resulta, pues, muy conveniente ir adoptando
paulatinamente el nombre recomendado en pro de la unidad idiomática” (Academia Chilena,
en El Mercurio, 18/9/17).

g) Es correcto porque sigue la etimología

Una forma para respaldar ciertos usos, utilizada por la Academia Chilena, es considerar el
étimo, generalmente latino, que está detrás de cada expresión. En discusiones sobre la
aceptabilidad de las expresiones “cónyugue”, de “extrovertido” o de “carmina”, la primera
se descarta porque se entrega como correcta “cónyuge”, que “es lo apropiado, de acuerdo a
su etimología latina” (Academia Chilena, en El Mercurio 23/5/16); la segunda corre la misma
suerte porque “en la lengua culta se prefiere la forma ‘extravertido’, más cercana a su origen:
del prefijo latino extra” (Academia, en El Mercurio, 15/8/16); al tratar la última, “carmina”,
expresión latina, la Academia Chilena corrige su pronunciación, la cual “debe corresponder
a la de una voz esdrújula, como es en latín, cargando la voz en la primera sílaba” (Academia
Chilena, en El Mercurio, 21/11/16).

h) Es correcto porque se ajusta a la lógica y es simple.

La Academia argumenta a favor de variantes que siguen los principios de la lógica,


principalmente el relacionado con la redundancia. Se puede citar al respecto el rechazo al uso
de “demasiado” con un significado que no es el que en la Academia se concibe como el
apropiado. Se considera que un enunciado como “Me gustó demasiado la película” resulta
“contradictorio, porque el cuantificador demasiado significa ‘excesivamente’, es decir,
‘excediendo el límite conveniente o aceptable’. Este nuevo uso de ‘demasiado’, frecuente en
nuestro medio…” (Academia Chilena, en El Mercurio, 14/3/16). Así, se plantea como
contrario a la lógica un fenómeno recurrente en las lenguas, el desplazamiento semántico, sin
mencionar que, como se dice en la misma cápsula idiomática, es muy frecuente en nuestro
medio. Considerando la redundancia para rechazar ciertos usos, se pueden citar los casos de
“vuelo aéreo” y “hace dos meses atrás”, porque los vuelos no pueden ser sino aéreos, en
cuanto al primero (Academia Chilena, en El Mercurio 18/4/16), y porque, aunque frecuente,
“en general, la redundancia debe evitarse si no se requiere por énfasis”, en el caso del segundo
(Academia Chilena, en El Mercurio, 15/2/16).

El dato de la lógica merece un comentario adicional, ya que se usa como argumento para
rechazar determinado uso, pero se puede obviar cuando los hablantes que caen en expresiones
redundantes son hablantes cultos (el caso citado arriba de “lapso de tiempo”) o cuando se
aceptan ciertas expresiones porque “toda lengua tiene su propia lógica”, invalidando el
principio general de que dos negaciones se anulan (Academia, en El Mercurio, 13/11/17).

En cuanto a la simpleza, se le incluye en este tipo de datos por su cercanía con la idea de que
no se debe decir más de lo necesario y por usarse en pocas ocasiones. Al tratar el polémico
uso del género masculino con valor genérico que incluye al femenino, manifiesta que hacer
distinciones del tipo “todos los invitados y todas las invitadas” no corresponde porque “el
masculino tiene valor genérico e incluye a hombres y mujeres. (…) la distinción innecesaria
hace que un texto escrito o un discurso oral se transforme en algo engorroso” (Academia
Chilena, en El Mercurio, 13/3/17).

i) Es correcto porque es estético

Este dato se utiliza solo una vez, y fue al tratar casos como “los cantantes cantaron” o “los
estudiantes estudiaron”. Se encabeza la cápsula con la pregunta “¿suena bien?” y se continúa
esgrimiendo como base de la conclusión el hecho de que pueden “no sonar bien a algunos
oídos por la repetición de palabras de una misma familia” (Academia Chilena, en El
Mercurio, 22/2/16). Habría que preguntarse qué se quiere decir con “a algunos oídos”, a qué
oídos les resultan cacofónicas esas expresiones, porque, según lo expresado, no a todos.

j) Es correcto porque la Academia Chilena de la Lengua lo dice

Finalmente, existen cápsulas en las que la Academia Chilena entrega su veredicto sin basarse
en ningún elemento exógeno a ella, más bien se apoya en su propia autoridad, incluso en
ocasiones no entrega ningún argumento, solo la conclusión. Grafiquemos este criterio con
algunos ejemplos. Cuando se evalúa el caso del plural de “carácter”, no se entregan
argumentos, solo se entrega el veredicto: “aunque en singular la palabra carácter tiene
acentuación en la ‘a’ de la segunda sílaba, en plural el acento se desplaza a la ‘e’ de la sílaba
siguiente (…) El plural carácteres no es apropiado” (Academia, en El Mercurio, 19/6/17).
También, al manifestar que los adjetivos “impreso” e “imprimido” son aceptables no entrega
ningún tipo de argumento y se limita a decir que “se puede también usar el participio
imprimido” (Academia Chilena, en El Mercurio, 11/12/17). Por último, consideremos la
restricción que impone la Academia Chilena respecto al uso del verbo matar en
construcciones pasivas, “se prefiere en estos casos recurrir al participio muerto o asesinado”
(Academia Chilena, en El Mercurio, 7/8/17). En esta última cápsula no se entrega argumento
alguno para apoyar su conclusión.

3.2 Garantías y creencias normativas

Para poder dar cuenta de las creencias normativas que subyacen al conjunto de datos
entregados por la Academia Chilena, se hace necesario identificar las garantías que vinculan
dichos datos con las conclusiones a las que llegan los autores de las cápsulas idiomáticas.
Deben tenerse en cuenta, primeramente, para poder comprender a cabalidad cuáles son las
creencias normativas y cuál es el funcionamiento pragmático de las cápsulas, algunas
consideraciones. La aparición de estas recomendaciones lingüísticas en un medio público no
es nada nuevo, ni en Chile ni en el extranjero. Así, encontramos un importante antecedente
en España, en la publicación, en diarios, durante los años ochenta y noventa, de “El dardo en
la palabra”, a cargo de Lázaro Carreter, expresidente de la Real Academia Española. En el
prólogo de una compilación hecha libro señala el autor que los “dardos” “Nacieron como un
desahogo ante rasgos que deterioran nuestro sistema de comunicación (…) Por desgracia,
sólo los hemos observado en España: de extender la exploración a América, el panorama se
ampliaría enormemente”. En Chile, se pueden citar obras como “Ud. no lo diga” de
circulación en los años ochenta y la obra “Lo pienso bien y lo digo mal” (2014), esta última
a cargo de la Academia Chilena de la Lengua. Mucho del material recopilado para ser
expuesto en El Mercurio se encuentra en esta última obra, además de las dudas que se han
recibido en el consultorio lingüístico “La Academia responde”.

En consonancia con el tenor de las obras nombradas, las cápsulas idiomáticas de marras,
cuyo nombre “Lo digo bien” refleja una postura correctiva, pueden, desde el punto de vista
pragmático, considerarse como actos de habla de tipo directivo, es decir, actos cuya fuerza
ilocutiva directa, y muchas veces indirecta, es apelativa, por lo que abundan las expresiones
del tipo “debe evitarse”, “lo apropiado”, “lo correcto” “el uso prestigioso prefiere”. A pesar
de que la mayoría de las conclusiones no son imposiciones directas, se deduce que, si una
variante es inapropiada, innecesaria o incorrecta, esa variante debe evitarse.

Comencemos por analizar la creencia normativa “el uso legítimo es el que está codificado en
las obras académicas”. La Academia Chilena asume que lo que está codificado en las obras
académicas (DLE, Nueva Gramática de la Lengua Castellana, la Nueva Ortografía, el
Diccionario panhispánico de dudas) corresponde al “ser” y al “deber ser” de la lengua
española. Así, en el paratexto que acompaña a la aparición de la primera cápsula idiomática,
que corresponde a una entrevista al director de la Academia Chilena de la Lengua, Alfredo
Matus, este manifiesta que estas notas idiomáticas son “recomendaciones de acuerdo a la
norma ejemplar del español. (…) Sus fuentes son una serie de obras llamadas hoy día
panhispánicas, que hemos publicado, de manera consensuada, las 22 Academias de la Lengua
Española, como la Nueva Ortografía, la Nueva gramática (…) y el Diccionario de la Lengua
Española” (El Mercurio, 7/9/2018). Junto a esto, se debe tener en cuenta el público
destinatario de estas recomendaciones lingüísticas, en palabras del director de la Academia
Chilena, “la gente educada, que quiere expresarse bien” (El Mercurio, 7/9/2018). En
consonancia con aquello, el medio de comunicación que sirve de soporte a las cápsulas
analizadas, El Mercurio, tiene como público objetivo a un grupo determinado de la sociedad,
una élite, y no a la gran masa de hablantes.

Lo anterior nos permite enmarcar el proceder de las recomendaciones de la Academia


Chilena en la tradición lexicográfica del país, desde el siglo XIX, que siempre ha visto en
este tipo de obras un agente estandarizador del idioma (Avilés & Rojas, 2014). La creencia
ideológica que subyace a esta idea es que en estas obras acadámicas se recoge la lengua
misma, convertida en un objeto mental abstracto que se transforma en modelo: lo que no
coincide con ese ideal, se considera impropio, incorrecto, no recomendable, etc. Aparece,
así, una jerarquía de usos, los que están codificados y los que no, estableciéndose una
diferencia entre variantes que coexisten. Si entendemos, siguiendo a Garvin y Mathiot
(1974), que la lengua estándar corresponde a la forma codificada o gramaticalizada de una
lengua, aceptada por una gran comunidad, a la que sirve de modelo, entendemos que lo que
hace la Academia Chilena es ser parte de un proceso de selección de variantes que usa como
filtro de dicha selección lo contenido en las obras académicas panhispánicas.

En segundo lugar, consideremos la creencia “El uso legítimo es el de las personas cultas”.
Nuevamente, enfoquémonos en lo que se señala en el paratexto ya mencionado más arriba,
respecto al uso de los hablantes cultos. “Las academias modernas no nos consideramos
autoridad del idioma, y por lo mismo, las recomendaciones vienen de la observación del uso
prestigioso de la lengua española. El uso de la gente educada, que es lo que tiene que
predominar” (El Mercurio, 7/9/2018). Como queda en evidencia en la cita, la Academia
Chilena en un primer momento toma una actitud bastante objetiva y descriptiva del fenómeno
lingüístico, pero a poco andar aparece, casi como una pulsión inevitable, la toma de posición
nada objetiva en su quehacer. La Academia Chilena entiende que, de todas las variantes
lingüísticas, hay unas que “tienen que predominar”, y no esconde que son las variantes
propias del uso de la gente educada. Como se señaló al tratar la creencia anterior, la Academia
Chilena se transforma en un agente que, a través de las cápsulas en cuestión, intenta modificar
las conductas de los hablantes al querer sacar de circulación las variantes que no coinciden
con la norma culta (que es “lo que tiene que predominar”).

Así, queda en evidencia que las garantías detrás de los datos entregados por la Academia
Chilena no son estrictamente lingüísticos, hecho que queda demostrado al utilizar un criterio
de legitimidad social, extralingüístico. Resulta elocuente el caso de la expresión “lapso de
tiempo” citado más arriba que, contrariando el criterio aplicado a este tipo de expresiones,
que sanciona toda redundancia, se vuelve aceptable solo porque se ha impuesto en la norma
culta de muchos hablantes. En la misma línea argumental, cuando la Academia califica de
prestigioso algún uso, no solo está describiendo un hecho, sino más bien está llevando a cabo
una acción, la promoción de la valoración social de una variedad. De esta menera, se cumple
con una de las funciones de la lengua estándar, la función de prestigio, que se refiere a la
respetabilidad que los hablantes asignan a la lengua culta (Garvin & Mathiot, 1974). Como
quedó establecido en el análisis hecho antes acerca de la autoridad de las obras académicas,
la creencia lingüística tratada aquí engarza también con la tradición lexicográfica normativa
chilena que partió el siglo XIX, la llamada etapa precientífica de la lexicografía del país
(Matus, 1994), y con los criterios de corrección defendidos por Andrés Bello al comienzo del
mismo siglo, para quien el uso legítimo era el de la gente educada (Moré 2004).

Resulta imposible no rescatar qué se ha entendido por hablante culto entre los lingüistas
chilenos. Para esto tomaremos la definición que entrega Rabanales (1982) cuando debe
definir el tipo de informante que estudiará en su “Proyecto de estudio coordinado…”. Se
considerará informante culto quien cumpla con 4 requisitos: tener estudios universitarios
completos, conocer a lo menos una lengua extranjera, haber realizado lecturas relevantes y
en lo posible haber viajado fuera del país (Rabanales, 1982). A todas luces, esta definición
tiene una carga de clase, que no tiene nada que ver con alguna consideración lingüística,
definición que tiene como contraparte a los hablantes incultos, hablantes cuyas variantes son
consideradas no apropiadas, evitables o inaceptables.

A modo de ejemplo, citaremos el rechazo que se manifiesta en algunas cápsulas a la llamada


ultracorrección: es inaceptable, señala la Academia Chilena, utilizar “palear” en lugar de
“paliar”, ya que esto corresponde a “una ultracorrección de los hablantes que piensan que
‘paliar’ es forma inadecuadamente pronunciada” (Academia Chilena, en El Mercurio,
7/3/16). Recordemos a este respecto qué nos dice Rabanales acerca de las características de
la norma inculta formal: corresponde “al deseo de expresarse de personas no instruidas o con
un bajo nivel de escolaridad, semejando los usos de personas cultas, pero sin conocer su
norma formal. Esto hace que esta norma se caracterice por las ultracorrecciones, confusiones
por similitud fonética: antediluviano por antediluviano…” (Rabanales, 1992). Un ejemplo
más. Propio de la norma inculta es la reducción de grupos consonánticos; sin embargo, en
los casos en que son los hablantes cultos quienes realizan dicha práctica, esta pasa a ser
aceptable: es lo que ocurre con la pronunciación de las palabras “septiembre” y “séptimo”,
en las que “el debilitamiento de la ‘p’ llega a menudo, incluso en la pronunciación culta,
hasta su completa elisión, de ahí la existencia de las variantes gráficas ‘setiembre’ y ‘sétimo’,
también válidas…”(Academia Chilena, en El Mercurio, 15/5/17). Se desprende de aquello lo
arbitrario del criterio, ya que una práctica no recomendable se vuelve aceptable cuando
aparece en el habla culta. Cabe destacar una nota idiomática en que se utiliza toda la artillería
que entrega el habla culta contra un uso que se quiere rechazar. Es el caso de la evaluación
del par “trashumancia” y “transhumancia”, que hace a la Academia expresar que la primera
es “la única forma adecuada” (Academia Chilena, en El Mercurio, 4/12/17), juicio que
justifica, en primera instancia, en la etimología latina (de tras- y humus ‘tierra’), y luego, en
la definición que aparece en el diccionario de la RAE, para dar el golpe de gracia al calificar
a la segunda forma y sus derivados de ultracorrectas y no “acuñadas en la lengua española y
su uso, por tanto, denota ignorancia léxica” (ídem).

En tercer lugar, consideremos la creencia de que “el uso legítimo es el que ajusta a las reglas
del idioma”. Esta garantía entraña dos creencias: 1) que la lengua es una entidad ideal
autónoma y 2) que sus reglas están codificadas en obras oficiales y las administran ciertas
instituciones. La primera está vinculada al espíritu cientificista que impregna el quehacer de
la Academia Chilena, espíritu que inevitablemente está asociado a la concepción sausureana
de la lengua y de los estructuralistas que la hicieron propia y la profundizaron. Así, para
Hjelmslev (1972), por ejemplo, la lengua es una entidad autónoma de dependencias internas,
y todo lo material del lenguaje, es decir el habla, no merece la atención de los especialistas.
Sin embargo, al considerar los criterios de corrección ya analizados, nos damos cuenta de
que solo en apariencia la lengua es una entelequia ideal, resultando ser, más bien, el deseo
encubierto detrás de cualquier práctica que selecciona y consagra ciertos usos, práctica como
la de la Academia Chilena. En efecto, los usos que se consideran correctos pasan a formar la
lengua y todo lo que se aparte de esos usos pasa a ser incorrecto, desviación. Este espíritu es
el que subyace al rechazo que existe en las cápsulas idiomáticas contra todo desplazamiento
semántico, por ejemplo, ya que los significados ya están establecidos, y existe el peligro de
la polisemia, con la consecuente dificultad de comunicación (hecho característico de los
procesos de estandarización), o contra cualquier modificación sintáctica (como el
“dequeísmo” o la consideración del verbo “haber” como forma impersonal) o morfológica.

Respecto a la segunda creencia señalada (que sus reglas están codificadas en obras oficiales
y las administran ciertas instituciones), ya se explicó antes en qué consiste, por lo que solo
cabe agregar el hecho de que en las notas idiomáticas en cuestión, en ocasiones, no se
entregaba argumento alguno que respaldara la defensa del ajuste a las reglas del idioma, lo
que da muestras inequívocas de que la Academia Chilena se percibe a sí misma como un ente
con la autoridad para administrar este “objeto” que es la lengua, lo que deja fuera de toda
duda el carácter de agente modificador de conductas lingüísticas que conlleva su labor.
Siguiendo a Trudgill y Hernández (2007), la Academia Chilena convierte a estas cápsulas
idiomáticas en vehículos discursivos que promueven cambios desde arriba.

Otra creencia que se desprende de los datos entregados por la Academia Chilena corresponde
a que “Los usos de América y España son legítimos”. En las notas idiomáticas se deja ver
una actitud que evidencia simetría entre el español americano y el peninsular, hecho
esperable considerando el espíritu cientificista que ostenta la Academia Chilena, además del
trabajo en conjunto que llevan a cabo las distintas Academias del mundo hispánico. No se
considera la variable diatópica para rechazar o recomendar un uso, es más bien la variable
diastrática la que opera principalmente. En la misma línea argumental, se deja ver, en las
recomendaciones lingüísticas que tratamos, una tendencia a aceptar lo que se ha hecho
frecuente, lo que denominamos más arriba, en las clases de datos, “uso generalizado”. Un
matiz que resulta interesante a este respecto corresponde a que, si bien el uso americano y
español son equivalentes en cuanto a autoridad, en ninguna recomendación en que se
consideren sendas variantes se ha expresado un rechazo al uso peninsular, pero sí al
americano. Es el caso de la pronominalización de algunos verbos, tendencia frecuente en
américa, se recomienda evitar la forma pronominalizada en el uso formal (Academia Chilena,
en El Mercurio, 15/5/17).

La última de las creencias que se considerará será la que podemos expresar como “Los
extranjerismos y neologismos solo son aceptables si satisfacen una necesidad denominativa”.
Siguiendo un espíritu purista, la Academia Chilena rechaza cualquier uso foráneo que no
venga a cumplir una función referencial, denominativa, necesaria considerando la falta de un
equivalente patrimonial castellano. Esta creencia está muy en consonancia con el modelo
racionalista de la estandarización (Geeraerts, 2006), según el cual la función principal del
lenguaje es la representativa. Los neologismos siguen la misma suerte y solo tendrán carta
de ciudadanía si ofrecen una denominación para algo que no la tiene aún; no basta con que
esté bien construido siguiendo los modelos de formación de palabras.

IV. Conclusiones

Después de revisar los argumentos presentes en las cápsulas idiomáticas elaboradas por la
Academia Chilena de la Lengua, clasificar los datos que sustentan sus conclusiones y
determinar las garantías presentes en ellas, se pudo dar cuenta de las creencias lingüísticas
que orientan el actuar de los autores de cada nota idiomática, las que podemos sintetizar en
1) la creencia de que la lengua corresponde a una entidad ideal autónoma, creencia de tinte
conservador. 2) La variedad lingüística codificada en las obras oficiales (DLE, Nueva
Ortografía, Nueva Gramática de la Lengua Española, etc) es la considerada apropiada y digna
de promoción. Por supuesto, lo que no se encuentra aquí merece ser rechazado. 3) El uso
legítimo corresponde al de los hablantes cultos, educados. 4) El alto grado de estandarización
de la lengua española impone un rechazo a todo extranjerismo o neologismo innecesario. 5)
No existe asimetría entre los usos de América y España (con la precisión de que no todos los
usos, socialmente hablando, son válidos. 6) En cuanto a los conceptos metalingüísticos, se
aprecia una marcada tendencia a la unidad panhispánica.
Por otro lado, quedó en evidencia que la Academia Chilena de la Lengua no es un ente
científico que solo describe su objeto de estudio, sino más bien un agente de control social
que impulsa cambios desde arriba (Trudgill y Hernández 2007, s.v.) y emite sus juicios sobre
corrección lingüística teniendo como base elementos extralingüísticos. Esta institución,
además, está compuesta por personas que comparten los usos considerados prestigiosos,
convirtiéndose, así, en juez y parte del caso, lo que permite afirmar que las ideologías
lingüísticas manifestadas están vinculadas a los intereses políticos y económicos de un grupo
(Kroskrity, 2010), su propio grupo social. Es ese mismo grupo social, esa élite educada, el
destinatario de las recomendaciones analizadas, lo que está en consonancia con el medio de
comunicación que sirve de soporte a estas notas idiomáticas, “El Mercurio”, cuyos lectores
no son la gran masa de hablantes. Podemos establecer, además, que, a pesar del pretendido
enfoque científico de la Academia Chilena, en los hechos, comparte muchos de los juicios
que ha manifestado la tradición prescriptiva nacional desde el siglo XIX, iniciada por Andrés
Bello, pasando por las obras lexicográficas de fines del mismo siglo y continuando con los
trabajos más recientes de Rabanales: la legitimidad del uso de los hablantes cultos; la
autoridad otorgada a las obras académicas; el tono unionista (Quesada, 2002) manifestado en
la búsqueda de unidad idiomática en la terminología ortográfica; la creencia de un sentido
genuino único para cada palabra (la lengua como instrumento de comunicación
exclusivamente); el uso de sus obras como instrumentos de estandarización lingüística,
seleccionando una variedad, codificándola y promoviendo su valoración social; la necesidad
denominativa hace aceptable una innovación que, si no está registrada en el diccionario
oficial, debería estarlo (es digna de ser aceptada por la autoridad, como los provincialismos
en el s. XIX).
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