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Teología y Vida, Vol. XXXI (1990), pp.

121-131

Miguel Angel F errando, S.M.


Profesor de la Facultad de Teología, u.c.

La misión de los discípulos de Jesús

El tema de la misión, del envío, atraviesa toda la Biblia, Antiguo y Nuevo


Testamento. Dios ha enviado a Moisés, a los profetas, al pueblo de Israel para
realizar entre los hombres una acción salvadora.
Dios Padre ha enviado, sobre todo, a su Hijo Jesucristo para que los hom-
bres tuvieran vida y la tuvieran en abundancia. El Padre y el Hijo resucitado
han enviado su Espíritu para que vivifique y haga fecunda la acción de los
discípulos de Jesús. Los discípulos son enviados para continuar la presencia y
la acción del Serior a 10 largo y ancho de la historia y de la geografía del
mundo. La razón de existir de la Iglesia es ésa: prolongar la presencia y la
acción de su Señor resucitado.
Jesús mismo, ya durante su vida terrena, escogió un grupo de hombres,
a quienes envió a predicar en algunas ocasiones. Este envío de los discípulos
va acompañado de unos verdaderos "discursos de misión": Mc 6,6-13;
Mt 10,7-11,1; 28,18-20; Lc 9,1-6; 10,1-16; 22,35-38; Jn 20,19-23.
En este artículo se pretende analizar someramente esos discursos y
compararlos. Esa comparación invita a reflexionar sobre algunos puntos que
parecen centrales, por más repetidos y acentuados.

1. DISCURSOS DE MISION

Marcos 6,6-13

Marcos ha transmitido la forma más breve y seguramente más antigua


en que fueron recordadas las palabras de Jesús a sus discípulos más inmedia-
tos, los Doce, antes de enviarlos a predicar.
En Mc 3,13-19 el evangelista deja constancia de la institución de los
Doce. Jesús "subió al monte y llamó a los que él quiso, y vinieron donde
él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con
poder de expulsar los demonios". Es peculiar de Marcos la indicación de que
Jesús escogió a los Doce "para que estuvieran con él". Esta intimidad, este
trato amistoso y frecuente, es condición previa para el envío. Son enviados
para predicar y expulsar demonios. Los Apóstoles han sido instituidos como
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grupo para continuar la obra misma de Jesús, porque están en íntima comu-
nión con él y por eso, como él, van a proclamar la Buena Nueva de Dios
(Me 1,14) Y a mandar con autoridad a los espíritus inmundos (Me 1,27).
El envío tiene lugar propiamente cuando los Doce, y el lector del evan-
gelio con ellos, han sido testigos de algunos milagros, han acompañado a
Jesús por Galilea, han presenciado las primeras discusiones con los fariseos y
con los escribas, han escuchado su predicación en parábolas y han admirado
sus comentarios a las Escrituras en las liturgias sinagogales de los sábados.
Todo eso ha pasado entre el momento de la institución de los Doce y el de su
envío a la primera misión (Me 3,20-6,6). Es entonces, tras esta formación
previa, cuando Jesús los envía por fin a predicar. A propósito de este envío
Marcos hace notar lo siguiente:
- Jesús envía a sus discípulos de dos en dos.
- Jesús les da, insiste el evangelista, poder sobre los espíritus inmundos.
- Les ordena que viajen sin equipaje. Sólo les permite llevar un bastón ...
¿quizás para defenderse de los perros?
- Les encarece que al entrar en un lugar alojen todo el tiempo en la
misma casa.
- Da la impresión de que Jesús no les exhorta al trabajo paciente, lento
y largo, en un mismo sitio. Si no obtienen fruto en poco tiempo, que partan
de aquel lugar dando testimonio contra sus habitantes de su incredulidad.
Los discípulos cumplen puntualmente la orden recibida: predican la
conversión, expulsan muchos demonios y, detalle peculiar de Marcos, ungen
con aceite a muchos enfermos y los curan.

Mateo 10,1-11,1 Y 28,18-20

El primer evangelista, según su costumbre, reúne en un solo bloque


varias sentencias de Jesús que tienen que ver con la misión, pronunciadas
seguramente en ocasiones diversas. También añade al relato de Marcos mu-
chos detalles espigados en otras fuentes (10,1-11,1).
Mateo pone, además, en boca de Jesús resucitado un breve e importante
discurso misionero, que cierra brillantemente su evangelio (28,18-20).
Según Mateo, la misión de los Doce sigue inmediatamente a su llamamien-
to. Subraya que Jesús les dio poder sobre los espíritus inmundos y para curar
toda suerte de enfermedades. Las instrucciones que reciben los enviados son,
en resumen, las siguientes:
- Que se dirijan sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel. La orden
parece dura, pero el primer deber del enviado es el de cumplir la voluntad del
que lo envía. El Espíritu de Dios no permitió, tampoco, a Pablo en alguna
ocasión el ir a donde tenía proyectado viajar (Act 16,7).
- Que proclamen: "El Reino de los Cielos está cerca".
- Que sanen enfermos y resuciten muertos.
- Que no reciban dinero y que viajen en condiciones de máxima austeri-
dad. Porque el obrero merece su sustento, puntualiza Jesús.
- Que alojen en casa de una persona digna.
LA MISlON DE LOS DISCIPULOS DE lESUS 123

- Que den a quienes los reciben el don mesiánico de la paz, don que
acompaña necesariamente a la salvación.
- Que se vayan luego de los lugares en que no los reciban. El gesto de
sacudir el polvo de sus pies puede significar que es impuro todo territorio
que no acoge la Palabra.
Jesús además:
- amenaza con un castigo más riguroso que el de Sodoma y Gomorra
a las ciudades incrédulas;
- predice a sus discípulos persecuciones y odio, por parte hasta los
más allegados, pero les asegura la asistencia eficaz del "Espíritu de vuestro
Padre";
- les exhorta a confesar públicamente la fe y, sobre todo, a no temer.
El apremiante "no temáis" se repite tres veces en seis versículos (26-31);
- les pide renuncias radicales y les ofrece como compensación el cargar
con una cruz.
Es también de notar lo siguiente:
- Jesús ha venido a traer la paz, pero su predicación, de hecho, suscita
la división hasta en el seno de las familias.
- El que recibe a los apóstoles, recibe a Jesús mismo y, en consecuencia,
recibe también a aquel que le ha enviado. Hay una continuidad entre la mi-
sión de Jesús, el enviado del Padre, y la de los Doce, los enviados de Jesús.
Mateo ya no vuelve a hablar de la misión de los Doce, ni de su resultado
en el resto del evangelio, hasta la resurrección. Entones retoma el tema y lo
trata en los términos en que la primitiva Iglesia formula su experiencia
postpascual y la conciencia que tiene de su función (28,18-20):
- La Iglesia se sabe partícipe del pleno poder del Resucitado.
- Sabe que el Señor le ha encomendado una misión universal.
- Sabe que esa misión consiste en hacer discípulos y bautizarlos.
- Es decir, sabe que los creyentes deben ser incorporados a un pueblo
(de Dios) visible y concreto mediante un gesto, un signo externo, realizado
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
- Sabe que debe enseñar TODO lo que Jesús ha mandado. Ello postula
la conversión de los oyentes y la fidelidad a la palabra del Maestro. La
Iglesia enseña lo que Jesús ha enseñado, no sus propias ocurrencias.

Lucas 9,1-6; 10,1-16; 22,35-38.

También Lucas acierta a dar un toque muy personal a las palabras de


Jesús a sus discípulos enviados en misión. En líneas generales y hasta en
muchos pormenores coincide con Marcos y con Mateo, pero añade detalles
que le son propios. Además, distribuye la materia del tema en tres bloques:
uno, de palabras dirigidas específicamente a los Doce (9,1-6). Otro, de indi-
caciones dadas a un grupo de setenta y dos misioneros (lO, 1-16). Un tercero,
finalmente, muy peculiar de Lucas, de palabras que se suponen dichas duran-
te la última cena (22,35s.).
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Como Marcos y a diferencia de Mateo, Lucas separa el momento de la


elección de los Doce y el de su envío misionero (6,12-16 y 9,1-6). También
en el relato mismo sigue de cerca a Marcos, aunque no al pie de la letra.
Jesús transfiere a los apóstoles su autoridad y potestad sobre demonios y
enfermedades, y los envía a predicar y a sanar enfermos, pero nada se dice
de unciones. La exigencia de desprendimiento es todavía más radical que
en Marcos: los misioneros no deben llevar ni siquiera bastón. Los consejos
sobre dónde alojar y sobre el sacudir hasta el polvo de los pies, como testi-
monio contra los que no los recibieron, son comunes con los otros dos
sinópticos.
En Lc 10,1-16 la exhortación se dirige a un grupo de 70 ó 72 discípulos
-el número cambia de unos manuscritos a otros-, claramente distintos de
los Doce. Los Doce pueden representar al pueblo de Israel y los 72 a todas
las naciones paganas, según el número de ellas que aparece en Gen 10.
Los enviados son aqu í precursores. Jesús los env ía por delante "a las
ciudades a donde él había de ir". Van también de dos en dos. La primera
obligación de estos enviados no es la de predicar, sino la de orar al dueño de
la mies para que envíe obreros a su mies, a la del dueño, porque de él es y
no de los misioneros. Jesús puntualiza: "Os envío como corderos en medio
de lobos". Siguen luego las ya conocidas recomendaciones sobre la sencillez
del equipaje, sobre lo que deben decir y hacer (sanar enfermos), sobre la
entrega de la paz, sobre el alojamiento y sobre el gesto de sacudir el polvo
de los pies en testimonio contra los incrédulos. Lucas añade que los misio-
neros no deben saludar a nadie por el camino, lo que da al envío un tono
peculiar de urgencia, de prisa, de rapidez. Como en el evangelio de Mateo,
sale aquí a relucir Sodoma, cuyo castigo va a ser menor que el de las ciu-
dades incrédulas, Corazaín, Betsaida y Cafarnaum.
El final de esta sección es semejante a Mt 10,40s. y seguramente procede
de una fuente común. Escuchar a los enviados es escuchar a Jesús. Rechazar-
los es rechazar a Jesús y al que lo ha enviado. ,
A diferencia de Mateo, Lucas se interesa por el resultado de la misión.
Cuando los 72 regresan gozosos, Jesús comenta: "Yo veía a Satanás caer
del cielo como un rayo". Y continúa: "Mirad, os he dado poder para pisar
serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada podrá
haceros daño" (vers. 17-19).
Las palabras de Jesús en la última cena, consignadas sólo por Lucas
(22,35-38), sorprenden por su contenido y porque parecen estar en contra
del consejo de no llevar nada consigo en los viajes misioneros. Interrogados
por el Maestro, los discípulos reconocen que nada les ha faltado en sus
correrías apostólicas. Entonces, Jesús, continúa: "Pues ahora el que tenga
bolsa que la tome, y lo mismo alforja, y el que no tenga, que venda su manto
y compre una espada". Los discípulos sólo aciertan a contestar: "Tenemos
dos espadas". Jesús corta bruscamente la conversación: "Basta". El pasaje
ha sido prolijamente comentado por todos los exegetas que se preocupan de
las relaciones de Jesús con los revolucionarios de su tiempo. Habrá que decir
una palabra sobre este tema más adelante.
LA MISION DE LOS DISCIPULOS DE JESUS 125

Juan 20,19-23

El cuarto evangelista habla pocas veces y con brevedad de la misión de


los discípulos durante la vida terrestre de Jesús.
Mientras atraviesa Samaria dice Jesús a sus discípulos: "Yo os he enviado
a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros
os aprovecháis de su fatiga" (4,38). Según Oscar Cullmann esta frase apunta-
ría a la buena acogida que el cristiano tuvo entre los samaritanos, después de
la resurrección, gracias a la predicación no de los apóstoles, sino de "otros",
seguramente los helenistas agrupados en torno a los siete diáconos (l).
En Jn 13,20 se lee una expresión común con los tres sinópticos: "Quien
acoge al que yo envíe, a mí acoge, y quien me acoge, acoge a aquel que me
ha enviado".
Durante la oración sacerdotal Jesús habla en términos generales: "Como
tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo"
(J n 17,1 8). Lo que más importa a Juan en la misión de los discípulos es la
continu.idad en que ésta se encuentra con la misión misma que Jesús ha
recibido del Padre.
La misión propiamente dicha, sin embargo, tiene lugar sólo después de la
resurrección. Una vez más el clarividente teólogo que es Juan ha dado la
dimensión exacta, la más profunda, a las palabras y a los gestos de Jesús,
vistos desde la perspectiva que da medio siglo largo de vida eclesial.
El capítulo 20 narra algunas apariciones de Jesús resucitado. Suenan
machaconas unas palabras: "El primer día de la semana" (vers. 1,19 y 26).
El primer día de la semana es el día del Señor, el "dies dominicus", el día
domingo. No importan al evangelista las precisiones historico-cronológicas.
En la Iglesia, ahora, Jesús resucitado se hace presente cuando sus discípulos
se reúnen en la liturgia dominical no para recordar un hecho pasado, sino
para vivir una realidad actual: Jesús, ahora como entonces, se hace presente
en medio de ellos, les da su paz, les convence de su resurrección, les llena
de alegría, los envía como el Padre envió a ~l mismo, sopla sobre ellos y les
da su Espíritu, el compañero indispensable e inseparable de la misión. Aquí
emplea Juan la misma palabra que el traductor griego de Gen 2,7 ha escogido
para indicar la acción de Dios "soplando" sobre el rostro del primer hombre
para darle un aliento de vida. Ahora tienen los discípulos poder sobre el
pecado, ahora participan del poder judicial sobre el mundo, poder que es
propio del Hijo y del Espíritu (cL Jn 5,27 y 16,8). Para Juan, la resurrección
del Señor, su ascensión y la venida del Espíritu Santo tienen lugar el mismo
día. Hay un lazo profundo y necesario entre la resurrección y el envío del
Espíritu Santo. El Espíritu sólo es dado a los discípulos después de la resu-
rrección (cf. Jn 16,7), pero la resurrección de Jesús sólo tiene pleno sentido
para la Iglesia porque el fruto de ella es precisamente el envío del Espíritu,

(1) cr. O. CULLMANN, La Samarie et les origines de la mission cbrétienne, en: Des sources
de I'Evangile a la formation de la tbéologie cbrétienne, Neuchatel, Delachaux et Niestlé, 1969,
pp. 43-49.
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que anima por dentro y vivifica a la comunidad de los creyentes, haciéndoles


que permanezcan en Cristo.

2. REFLEXIONES EN TORNO A ALGUNOS PUNTOS DE


CONFLUENCIA

Cada uno de los cuatro evangelistas presenta con matices diversos los
discursos misioneros de Jesús. A pesar de las diferencias, ciertos temas están
presentes en todos esos discursos. Las reflexiones siguientes giran en torno a
algunos de esos puntos de confluencia.

Dimensión trinitaria de la misión

El Concilio Vaticano 11 ha subrayado este hecho al comienzo de casi


todos sus documentos. Es precisamente en los primeros números del decreto
"Ad Gentes", sobre la actividad misionera de la Iglesia (Nos. 2-5), donde más
ampliamente se expone la doctrina de la misión del Hijo por el Padre, del
Espíritu Santo por el Padre y por el Hijo, y de la Iglesia. Pero ésta no es una
nueva doctrina elaborada por el concilio. Es doctrina bíblica. Los padres
conciliares han leído magistralmente el Nuevo Testamento y han sabido
extraer una de sus lecciones más claras y capitales: el Padre ha enviado al
Hijo, el Padre y el Hijo han enviado al Espíritu Santo para que, animando a
la Iglesia, pueda ésta continuar la presencia y la acción de Jesús en el mundo.
Todo ello para la salvación, para la felicidad de todos los hombres, sin dis-
tinción de raza, sexo ni cultura.
La resurrección de Jesús no es sólo su reanimación, su glorificación per-
sonal. También es más que una prueba apologética de que él es el Mesías
prometido por los antiguos profetas de Israel. La resurrección es el comienzo
de una nueva existencia de Jesús, Hijo de Dios hecho hombre para siempre
e inseparablemente, existencia en la que su vida se convierte en vida del
grupo que continúa su misión. Esa vida es el fruto de la presencia del Espíri-
tu en la Iglesia y se propaga en su seno por la fe y la recepción de los sacra-
mentos, especialmente el bautismo y la eucaristía. La idea de que Jesús
vive en la Iglesia ha sido desarrollada sobre todo por San Pablo, pero ni él es
su autor, ni es exclusiva de él. Está ya presente en los evangelios sinópticos.

Enviados

La Iglesia no es un grupo de amigos que defienden los mismos intereses o


que tienen las mismas ideas filosóficas. Es el Cuerpo de Cristo que se extien-
de a lo largo y a 10 ancho de la historia y de la geografía del mundo.
Por eso la misión no es el fruto de unas iniciativas personales, dirigidas
por el entusiasmo. El misionero continúa la presencia y la acción de Cristo,
que es su Iglesia (cf. 2 Cor 12,12). De este hecho se desprenden al menos dos
conclusiones mayores:
LA MISION DE LOS D1SCIPULOS DE JESUS 127

l. El misionero tiene que ser enviado por Cristo mismo. Esta es una cons-
tan te en los textos evangélicos examinados. Pero ahora Jesucristo actúa y
está presente en la Iglesia. Por eso el envío por Jesús se traduce en el envío
por la Iglesia. Así lo ha comprendido hasta San Pablo, el carismático que fue
llamado a la fe por el Resucitado en persona. Desde Pedro y Juan, enviados a
Samaria por los apóstoles de Jerusalén (Act 8,14), desde Pablo, enviado a su
primer viaje misionero por la comunidad de Antioquía (Act 13,3; cf. 2 Cor
8,23 y Flp 2,25), hasta el fin de los tiempos nadie puede pretender ser un
misionero auténtico si no hay detrás de él y con él una comunidad que lo
envía y sostiene.
2. El misionero no puede ser dueño de lo que anuncia. Proclama una
verdad que él no ha descubierto y comunica una vida que ha recibido de
otro. Su función está exactamente definida por Lucas cuando lo presenta
simplemente como precursor de Jesús (Lc 10,1) y por Juan cuando hace
prácticamente sinónimos los términos "enviado" (apóstolos) y "siervo"
(doülos) (Jn 13,16).

Testigos

Jesús envió a sus discípulos de dos en dos a predicar y a sanar enfer-


medad. ¿Por qué de dos en dos?
Las ventajas de viajar en pareja, sobre todo en aquella época, son tan evi-
dentes como superficiales.
Dos es el número mínimo de personas para que un testimonio valga ante
un tribunal (cf. Jn 8,17 y Dt 17,6). Dos discípulos darán testimonio de la
verdad de lo que anuncian. Pero si su predicación es rechazada, serán testigos
de cargo en el proceso que un día tendrá lugar contra los incrédulos.
San Gregario Magno ha dado una explicación, no por ser alegorizante
menos valiosa: "Observemos que envía a sus discípulos de dos en dos a
predicar, porque dos son los mandatos de la caridad, a saber: el amor de Dios
y el amor del prójimo. Envía el Señor a sus discípulos de dos en dos a pre-
dicar, como para darnos esta lección sin palabras: que quien no tiene amor
al prójimo, no debe en manera alguna dedicarse al oficio de predicar" (2).
"En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros"
(Jn 13,35). El amor fraterno exige que al menos haya dos personas.
El tema del testimonio es enorme y desborda los límites de estas reflexio-
nes. Sólo unos alcances:
La predicación de la Buena Nueva no puede consistir únicamente en
enseñar unos conceptos hermosos. Las ideas expresadas por las palabras son
siempre y sin remedio abstractas, y nunca dibujan adecuadamente una reali-
dad concreta. Para hablar del individuo es preciso recurrir a muchos concep-
tos, a muchas palabras, que van dibujando su contorno, pero esa descripción
puede valer para más de un individuo. Sólo el día que uno ve a ese individuo

(2) H omiil'as sobre los evangelios, 17,1.


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lo conoce realmente y sólo entonces comprende que la descripción concep-


tual que le han dado calza bien con la realidad.
No basta oír hablar de Dios, de Jesucristo: hay que "verlos". El lugar
del encuentro con el Padre es Jesús (Jn 2,21) y el lugar del encuentro con
Jesús son la liturgia dominical, la oración y el ejercicio del amor fraterno.
Pero ¿cómo van a ver al Señor aquellos que todavía no han oído hablar de
él? Esta es la misión del misionero: hablar, sí, del evangelio, pero a la vez,
y quizá sobre todo, hacer visible, a través del testimonio de su vida cristiana,
·que Jesús está vivo y sigue hoy amando y salvando a todos los hombres.
Por eso, según Marcos, la primera obligación del apóstol es la de estar
con Jesús (Mc 3,14). Para Lucas la primera actividad misionera es la de
orar, la de pedir al dueño de la mies que envíe operarios (Lc 10,2). Es el
hombre más que Dios quien necesita de plegaria. En ella arde el corazón
del apóstol ante las necesidades de sus hermanos y ante el amor que Dios
le y les tiene. Es ella, por eso, la que da a su vida la vibración y la consisten-
cia de lo que es sólido.
No hay testimonio posible sin amor fraterno ni oración.

Los envió a predicar y a sanar enfermos

Los tres sinópticos han dejado constancia de que la actividad de los


misioneros no se limitó a predicar la proximidad del Reino de Dios. Sanaban,
además, enfermos y hasta resucitaban muertos. Continuaban así de manera
exacta la actividad misma de Jesús, "que pasó haciendo el bien y curando a
todos los oprimidos por el diablo", según proclamaba Pedro en los albores
de la misión a los gentiles (Act 10,38).
Ni Jesús, ni la Iglesia tras él se han limitado a predicar. Han realizado
acciones concretas en favor de los más pobres, de los más indefensos: los
enfermos, los endemoniados, los marginados.
La Iglesia no es una entidad enseñante o una asociación nacida para fun-
dar hospitales y leproserías. Pero siempre el anuncio del evangelio ha ido
acompañado de gestos de amor hacia los necesitados, incluso de bienes
materiales. La caridad de los misioneros les ha empujado con un instinto
muy certero a abrir escuelas y hospitales, a salir en defensa de los desposeí-
dos y oprimidos.
Se descubre así una dimensión esencial del cristianismo y de su men-
saje: la corporeidad. El Hijo de Dios vino a salvar a los hombres haciéndose
hombre. La salvación es para todo el hombre y debe repercutir en forma
concreta en su vida de todos los días. La incorporación a la comunidad de
los redimidos se realiza por gestos sensibles, los sacramentos. La realidad de
la salvación, anunciada por la palabra, se significa eficazmente en el testimo-
nio, es decir, en el amor operante que alivia el dolor actual de los que sufren.
Sin sacramentos ni testimonio de caridad no hay evangelización, no hay
Iglesia de Jesucristo.
Ya en el Antiguo Testamento la liberación del pueblo elegido, sacado de
Egipto por Dios con brazo robusto, era un acontecimiento que condicionaba
LA MISION DE LOS D1SCIPULOS DE lESUS 129

el vivir diario de los jud íos. Así, un jud ío no podía retener como esclavo a
un hermano más de seis años. Mantenerlo más tiempo en esclavitud era
convertir en inútil para ese hombre la liberación que Dios había otorgado
misericordiosamente a todos los israelitas sin excepción. "Recordarás que tú
fuiste esclavo en el país de Egipto y que el Señor tu Dios te rescató: por eso
te mando esto hoy" (Dt 15,12-18). Un judío no puede relacionarse recta-
mente con Dios si sus relaciones con el hermano que tiene a su lado no son
rectas.
Este talante fundamental de la ley mosaica no fue ignorado ni abolido
por Jesús, sino llevado a su perfección. La predicación del evangelio debe
ir acompañada necesariamente de gestos eficaces en favor de los que sufren,
gestos que son consecuencia necesaria de un amor sincero a Jesús. Donde
reina el pecado, reinan la mentira y la muerte, porque el diablo es embustero
y homicida desde el principio Un 8,44). Donde el mensaje evangélico es
aceptado, reinan la libertad, el respeto mutuo, la verdad, la luz, el gozo, la
vida, el amor.

El equipaje del misionero

Las palabras de Jesús son severas. Los discípulos enviados a la misión


deben no llevar dinero, ni buscar los alojamientos más cómodos. Deben dar
gratuitamente y contentarse con un salario que apenas llega para cubrir sus
necesidades más perentorias. Los detalles son secundarios. Parece claro que
el misionero no necesita ahora el ir habitualmente con un bastón. Tampoco
es recomendable que ande descalzo. Pero los misioneros de todas las épocas
han sentido que la austeridad y la modestia de los medios son acompañantes
necesarios de su trabajo.
El problema más agudo lo plantean las palabras· de Jesús en la última
cena, transmitidas por Lucas: "El que no tenga, que venda su manto y com-
pre una espada" (Lc 22,36). Desde que Lessing publicó en 1778 la obra de
Hermann Samuel Reimarus, Von dem Zwecke Jesu und seiner Jünger, se ha
venido repitiendo periódicamente que Jesús fue políticamente un rebelde,
un zelote. Uno de los textos siempre repetidos en favor de esta tesis es el
de Lucas recién citado.
No es el momento de entrar a demostrar la falsedad de esa tesis. Sólo
una palabra sobre el pasaje lucano:
Las palabras de Jesús son oscuras. Es oportuno repetir la modesta decla-
ración del P. MaldoI1ado, comentándolas: "Se ve por aquí que no entendie-
ron los apóstoles lo que les quería significar Cristo con aquellas palabras.
Con lo cual nos admiraremos menos y llevaremos con más paciencia si tam-
poco nosotros las entendemos" (3). Sin embargo, es tal vez Maldonado el
autor que mejor las ha comprendido. Según él, Jesús no ha ordenado el
llevar bolsa y alforja, y menos todavía una espada, puesto que ha prohibido

(3) J. de MALDONADO, Comentarios a los cuatro evangelios. II (BAC 72), Madrid 1951, p. 781,
eL 780-82.
130 MIGUELANGELFERRANDO

a Pedro servirse de la que ya tenía. Jesús enseña a sus discípulos que van a
vivir unos tiempos en que los recursos humanos, si fuera permitido servirse
de todos ellos, serían indispensables para defender sus propias vidas. Con las
palabras de Isaías "ha sido contado entre los malhechores" (ls 53,12), anun-
cia Jesús su propia muerte y que la difícil situación en que los apóstoles se
encontrarán a partir de ese momento depende sólo de la divina providencia ...
Los discípulos no entienden las palabras de su maestro y Jesús tiene que
cortar el diálogo con un seco "basta".
La exégesis que Conzelmann hace de Lc 22,35s. coincide en sustancia
con la del viejo Maldonado, al que no cita. La espada simboliza sólo la lucha
cotidiana del cristiano contra tribulaciones y tentaciones. En la primera
misión, los discípulos estaban seguros porque era el tiempo de Jesús, y nada
les faltó de hecho. Su equipamiento, por eso, podía ser muy reducido. Ahora,
tras la muerte y resurrección del Señor, las cosas han cambiado. Es el tiempo
de la Iglesia, el tiempo de la intemperie y de la lucha. Durante la última cena
los discípulos seguían todavía sin comprender que Jesús era el Mesías en la
línea del siervo de Yahweh, no en la del guerrero victorioso (4).
Los apóstoles son enviados como corderos en medio de lobos. El equipo
del enviado incluye las armas espirituales del amor, de la fe, de la veracidad.
No las armas carnales de la astucia y de la violencia.

El rechazo del mensaje evangélico

Jesús es un pésimo demagogo. Ha pedido a sus discípulos austeras re-


nuncias y les ha prometido a cambio persecuciones. Ni Jesús, ni los evangelis-
tas se hacen ilusiones. Sólo en Lucas hay un chispazo fugaz de optimismo:
"Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre", dicen alegres
los 72 al regresar de su misión (Lc 10,17). Habrá siempre quienes acepten
con fe la palabra de Dios que se les predica, pero también habrá siempre
quienes la rechazan e incluso quienes lleguen a perseguir y dar muerte a los
enviados de Jesús (cf. Mt 10,18 par). Sin embargo, Jesús ha dado autoridad
y poder a sus apóstoles sobre los espíritus inmundos (cf. Mc 6,7 par). ¿Por
qué este fracaso, al menos parcial, de la misión?
Se toca aquí un misterio oscuro y turbador. Es cierto que Jesús ha reci-
bido de su Padre todo poder en el cielo y en la tierra, y que ha hecho partí-
cipes de ese poder a los apóstoles (cf. Mt 28,18). También lo es que Dios
ha dejado un margen de libertad y de fuerza al adversario, el diablo. Dios le
ha concedido el poder de tentar e incluso el de dar la autoridad y la gloria
de los reinos de este mundo -en ocasiones- a quien quiere (cf. Lc 4,6s.).
Pero el diablo reclama la adoración a cambio del poder que otorga. Adorar sig-
nifica reconocer como fin último y norma suprema de moralidad a algo que no
es Dios, un ídolo tras el que se oculta Satanás mismo (cf. 1 Cor 10,20). El adver-
sario del Reino de Dios es derrotado, es arrojado fuera, cuando la palabra de

(4) H. CONZELMANN, El centro del tiempo (Actualidad bíblica 34), Madrid, Fax 1974,
pp. 1228.
LA MISION DE LOS DISCIPULOS DE JESUS 131

Dios es acogida por un hombre (Lc 10,17). Por eso su rabia contra los misione-
ros, por eso sus esfuerzos por atraer hacia sí a los poderes de este mundo, sobre
todo al poder político, para convertirlos inmediatamente en perseguidores de la
Iglesia (Apc 13). La predicación del evangelio, la misión a todos los hombres,
inaugura el combate escatológico y logra ya las primeras victorias contra el
odio, la mentira y la muerte. Es verdad que Jesús ha dado a los discípulos
"poder y autoridad sobre todos los demonios" (Lc 10,1), pero también
lo es que esas victorias están teñidas con la roja sangre de los mártires.
En definitiva, la Iglesia misionera continúa en el mundo la presencia y
la acción de Jesús, el enviado del Padre. La Iglesia anuncia la salvación a los
hombres y la realiza. El mensaje de la Iglesia alcanza al hombre entero, a su
alma y a su cuerpo, en cuanto individuo yen cuanto miembro de una socie-
dad. La Iglesia, rica con el don del Espíritu Santo que le confiere el poder
mismo de Cristo, abre en el mundo un espacio donde reina Dios, donde
reinan la paz y el amor, donde el diablo pierde su influencia. La misión en-
cuentra dificultades y experimenta fracasos, pero comienza ya a realizar en
este mundo el cielo nuevo y la tierra nueva.

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