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La influencia geopolítica del papado después del

Concilio Vaticano II1


Milany Andrea Gómez Betancur
Universidad Católica de Oriente
mgomez@uco.edu.co
Natacha Ramírez Tamayo
Universidad Católica de Oriente
naramirez@uco.edu.co
Jose A. Collazos Molina
Universidad de Antioquia
jose.collazos@hotmail.com

R e s u men El Concilio Vaticano II fue un hecho histórico que marcó la


transformación de la Iglesia católica, pues desde entonces se abrió el diálo-
go interreligioso no solo con otros cristianos, sino incluso, el reconocimiento
de otras religiones existentes y la posibilidad de instaurar lazos con miras a
la lucha por la paz a nivel internacional. Lo anterior, a su vez, llevó a que se
diera una internacionalización del accionar de los máximos representantes
de la Iglesia católica, en la medida que empiezan no solo a viajar a diferen-
tes continentes, sino que se involucran más a fondo en hechos políticos de
demás latitudes, influyendo de manera clara en el desarrollo de los mismos
y provocando reacciones tanto como positivas como negativas de los gober-
nantes a nivel mundial. Por lo anterior, cabe resaltar el papel geopolítico
que desde entonces han jugado los máximos representantes de la Iglesia
católica citando algunos ejemplos hasta hoy en día, de manera que quede
claro que, si bien su papel es definitivamente pastoral, no por ello se debe
olvidar que Ciudad del Vaticano es una nación independiente y, por tanto,
los papas son al mismo tiempo jefes de estado y estrategas geopolíticos.
Pa l a b r a s c l ave política internacional, Concilio Vaticano II, diálogo inte-
rreligioso, geopolítica, paz

The Geopolitical Influence of the papacy after Vatican II


A b s t r a c t The Second Vatican Council was an historical event that mar-
ked the transformation of the Catholic Church, as it opened the dialogue not
ARTÍCULO: La influencia geopolítica del papado después del Concilio Vaticano II
Milany Andrea Gómez Betancur, Natacha Ramírez Tamayo y José A. Collazos Molina / Argos Vol. 33 Nº 64-65. 2016 / pp. 67-104

only with other Christians but with other existent religions with the aim of
promoting international peace. It also brought the internationalization from
the highest of Church representatives who gets since then deeply involved
in political events, causing positive and negative reactions from leaders all
around the world. It is then important to clarify the geopolitical role that
since then the high Catholic Church representatives have played through
some examples until today. Even if their role is merely pastoral we should
not forget that Vatican City is an independent nation and that the Popes are
also Heads of State and geopolitical strategists.
Key wor d s International politics, Second Vatican Council, Interreligious
dialogue, Geopolitics, Peace

A influência geopolitica do papado depois do Concilho


Vaticano II
R e s u mo o Concilho Vaticano II foi um fato histórico que marcou a trans-
formação da igreja católica, já que desde então o diálogo interrelegioso se
abriu, não só com outros cristãos, senão inclusive, o reconhecimento de
outras religiões existentes e a possibilidade de instaurar lazos focados na
luta pela paz a nível internacional. O anterior, levou também a que se dera
uma internacionalização do acionar dos máximos respresentantes da igreja
católica, na medida que começam não só a viajar a diferentes continen-
tes, senão que envolvem-se mais profundamente em fatos políticos de ou-
tras latitudes, influindo de maneira clara no desenvolvimento dos próprios
e provocando reações tanto positivas quanto negativas dos governantes a
nivel mundial. Por causa disso, é importante destacar o papel geopolítico
que desde então tem juntado os máximos representantes da igreja católica
citando alguns ejemplos até o dia de hoje, de forma que fique claro que, sen-
do seu papel definitivamente pastoral, nao por isso devemos esquecer que
a Cidade do Vaticano é uma nação independente, e, por tanto, os papas, sao
ao mesmo tempo chefes de estado e estrategas geopolíticos.
Palavras chaves: política internacional, Concilho Vaticano II, diálogo inte-
rreligioso, geopolítica, paz

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El hundimiento del comunismo no certifica


automáticamente la bondad del capitalismo
Joseph Ratzinger

Introducción
En el numeral 126 de Pacem in Terris, una de las encíclicas más
relevantes para la humanidad, escrita por Juan XXIII en 1963, encon-
tramos un mensaje que aún hoy sigue vigente, y deja claro el papel
que no solo el sumo pontífice, sino toda la Iglesia católica y los gober-
nantes deben jugar en la búsqueda de la consecución de la paz: “Se
ha ido generalizando cada vez más en nuestros tiempos la profunda
convicción de que las diferencias que eventualmente surjan entre los
pueblos deben resolverse no con las armas, sino por medio de nego-
ciaciones y convenios” (Juan XXIII, 1963, n. 126). Así pues, encon-
tramos que el llamado cristiano hecho desde el Concilio Vaticano II2
(1964) plantea en este sentido dos escenarios claros.
En primer lugar, invita a un acercamiento más directo de la Iglesia
católica con el pueblo que sufre problemáticas sociales graves y ame-
nazantes de la vida humana misma. Lo anterior se puso en marcha
con más fuerza por medio de los nuncios3 pontificios, cuya existencia
se puede remontar a 1815 cuando se le fija el rango diplomático a los
mismos en el Congreso de Viena, pero que después del Concilio Vati-
cano II adquieren como función principal unir a la Santa Sede con las
Iglesias Particulares, pues finalmente ello es lo único que permite la
relación directa con el pueblo, su contexto y así, se pueda poner en
práctica el papel social de la Iglesia:

La unión colegial se manifiesta también en las mutuas relaciones


de cada Obispo con las Iglesias particulares y con la Iglesia univer-
sal. El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y
fundamento perpetuo visible de unidad, así de los Obispos como de
la multitud de los fieles. Del mismo modo, cada Obispo es el prin-
cipio y fundamento visible de unidad en su propia Iglesia, formada
a imagen de la Iglesia universal; y de todas las Iglesias particula-

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res queda integrada la una y única Iglesia católica. Por esto cada
Obispo representa a su Iglesia, tal como todos a una con el papa,
representan toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de
la unidad. Cada uno de los Obispos, puesto al frente de una Iglesia
particular, ejercita su poder pastoral sobre la porción del Pueblo
de Dios que se le ha confiado, no sobre las otras Iglesias ni sobre la
Iglesia universal. (Lumen Gentium, 1964, n.23)
El llamado anterior especifica el rol pastoral de cada uno de los Obis-
pos, pero al mismo tiempo y de manera dialógica, deja claro que el ser
pastor es también tanto del papa como de los sacerdotes, pues todos
conforman la misma iglesia y están llamados no solo a difundir la fe,
sino también desde su posición a ayudar a las diferentes comunidades:

El cuidado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al


cuerpo de los pastores, ya que a todos ellos en común dio Cristo el
mandato imponiéndoles un oficio común, según explicó ya el papa
Celestino a los padres del Concilio de Éfeso. Por tanto, todos los
Obispos, en cuanto se lo permite el desempeño de su propio oficio,
deben colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien parti-
cularmente se le ha encomendado el oficio excelso de propagar la
religión cristiana. Deben, pues, con todas sus fuerzas proveer no
sólo de operarios para la mies, sino también de socorros espiritua-
les y materiales, ya sea directamente por sí, ya sea excitando la ar-
diente cooperación de los fieles. Procuren finalmente los Obispos,
según el venerable ejemplo de la antigüedad, prestar una fraternal
ayuda a las otras Iglesias, sobre todo a las Iglesias vecinas y más
pobres, dentro de esta universal sociedad de la caridad. (Lumen
Gentium, 1964, n. 23)

De la misma manera se plantea que: “El Obispo, por su parte, con-


sidere a los sacerdotes como hijos y amigos, tal como Cristo a sus
discípulos ya no los llama siervos, sino amigos. Todos los sacerdotes,
tanto diocesanos como religiosos, por razón del orden y del ministe-
rio, están, pues, adscritos al cuerpo episcopal y sirven al bien de toda
la Iglesia según la vocación y la gracia de cada cual.” (Lumen Gen-
tium, 1964, n. 28). Por lo anterior, queda especificado que la iglesia
tiene una responsabilidad social, una responsabilidad con el hombre,

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con su entorno, y, por ende, con las dificultades que en este orden se
presenten.
Por otra parte, el segundo escenario desde donde mirar esta idea
que presenta Juan XXIII en Pacem in Terris es más concreto, pues
el poder pastoral de la iglesia incluye la función de intervenir en las
diferencias que se presentan entre los pueblos, de manera que los
conflictos que se generan entre ellos puedan ser negociados, dialoga-
dos, consensuados sin necesidad de usar las armas. A este respecto,
hay que aclarar que incluso esto se aplica para conflictos entre Esta-
dos o grupos armados interestatales que no profesen el catolicismo,
dado que el Concilio Vaticano II en su misión de acercar más al pueblo
con la iglesia no solamente afirmó su carácter ecuménico, sino que
propone el diálogo entre las diferentes posturas religiosas en pro de
la humanidad. Así lo plantea el numeral 21 de la Gaudium et Spes:

La Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el ateísmo, reconoce


sinceramente que todos los hombres, creyentes y no creyentes, de-
ben colaborar en la edificación de este mundo, en el que viven en
común. Esto no puede hacerse sin un prudente y sincero diálogo.
Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes y no
creyentes que algunas autoridades políticas, negando los derechos
fundamentales de la persona humana, establecen injustamente.
Pide para los creyentes libertad activa para que puedan levantar
en este mundo también un templo a Dios. E invita cortésmente a
los ateos a que consideren sin prejuicios el Evangelio de Cristo.
(Gaudium et Spes, 1965, n. 21).

Así pues, el poder pastoral de la Iglesia, y de sus representantes, que


queda ratificado en el Concilio Vaticano II, es un llamado a intervenir
también en los conflictos internacionales, pues la búsqueda de la paz
como finalidad católica queda marcada desde el mismo momento en
que Jesús muere en la Cruz aun siendo inocente, y así lo ratifican
Juan XXIII en Pacem en Terris (1963), y Pablo VI con su accionar y
el llamado al diálogo interreligioso y el ecumenismo. De igual modo
lo hizo Juan Pablo II con sus constantes llamados a la paz y con los
llamados Encuentros de Asís.
De hecho, el decreto Unitatis Redintegratio (1964) del Concilio Va-
ticano II, firmado por Pablo VI, comienza a dar las directrices sobre

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el ecumenismo y a especificar cómo lo define la Iglesia católica, cabe


destacar que, en primer lugar, el ecumenismo está orientado al diálo-
go y unión entre los cristianos y el decreto define de esta forma el mo-
vimiento ecuménico: “se entiende el conjunto de actividades y de em-
presas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las
circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la
unidad de los cristianos” (1964, n. 4). El mismo documento menciona
que las actividades que promueven esta unidad son: eliminar las pa-
labras que atenten a la justicia y verdad de los hermanos separados;
el diálogo, por medio del cual cada uno comprende la doctrina de
cada una de las confesiones cristianas; la colaboración mutua según
la caridad de Cristo y en la medida de lo posible la oración unánime.
A través de los llamados Encuentros de Asís y con el fin de promo-
ver la paz mundial, Juan Pablo II hace un llamado a la oración y al
diálogo interreligioso. El primer encuentro, llevado a cabo en 1986,
tenía como uno de sus objetivos “Mostrar que el diálogo basado en la
experiencia religiosa, es posible, sin por ello caer en el relativismo o
sincretismo religioso”. (Rodríguez, 2013, pág.1). Otro de los objetivos
propuestos por el papa fue:

Una invitación directa a que los líderes de las diferentes Iglesias y


propuestas religiosas, promovieran con mayor ahínco la construc-
ción de la paz, asumiendo dos responsabilidades puntuales: orien-
tar las creencias de personas y grupos a favor de este propósito de
la humanidad y, evidenciar que no es posible asociar la violencia,
la guerra o la injusticia con las propuestas religiosas que creen en
la humanidad. (Lugo, 2013, pág.38).
Después de Pablo VI, el papa peregrino, que decidió salir del Vaticano
y recorrer los cinco continentes, sus sucesores, pero especialmente
Juan Pablo II y Francisco, han demostrado desde sus acciones, que
la intervención del principal jerarca de la Iglesia, ha sido y es fun-
damental en la consecución de la paz cuando de conflictos interna-
cionales y mundiales se trata, y que, a pesar de su misión religiosa,
son llamados a ser en su misión pastoral, jefes de Estado y por tanto,
estrategas geopolíticos.
Así pues, para demostrar lo anterior, este escrito se divide en tres
partes: en un primer momento se muestra el papel político interna-

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cional ejerce el Vaticano, su organización como Estado y las funcio-


nes del papa como jefe de Estado. En segundo lugar; se esboza cuáles
han sido las principales actuaciones de los papas en los conflictos
internacionales después del Concilio Vaticano II, cómo han actuado
y qué implicaciones han tenido sus acciones; finalmente se hará una
reflexión sobre el papel del papa Francisco como líder político y es-
piritual.

El Vaticano y el papa como supremo Jefe de Estado


Lo primero que se debe tener en cuenta para allanar esta empresa es
que el Vaticano es un Estado soberano, constituido a través de instru-
mentos internacionales válidos y con reconocimiento internacional
desde el año 1929. El tratado de Letrán, firmado por Pío XI y Benito
Mussolini, consolida la independencia de éste como suprema institu-
ción de la iglesia católica. Es decir, “Italia reconoce a la Santa Sede
la plena propiedad, y la exclusiva y absoluta potestad y jurisdicción
soberana sobre el Vaticano, según está constituido actualmente, con
todas sus pertenencias y dotaciones, creándose a tal efecto la Ciudad
del Vaticano para los fines especiales y con las modalidades que dicta
el […] Tratado” (Tratado de Letrán, 1929, pág. 1). Con este Tratado
se dio fin a los Estados Pontificios o Stati della Chiesa, territorios
de la península itálica gobernados por el Romano Pontífice entre los
años 751 y 1870 (Previte-Orton, 1966).
Para llegar a ser el Estado que hoy se conoce, el Vaticano ha sido
un referente topográfico silencioso por dos milenios de historia de
la cristiandad. En el periodo monárquico y republicano del Imperio
Romano, el Ager Vaticanus era una zona pantanosa de las orillas
del Tíber en las afueras de Roma. En este territorio, dentro de los
jardines de Agripina, el emperador Calígula construyó un circo don-
de, según la tradición, fue martirizado Pedro, el apóstol de Jesús,
durante la persecución del año 64 d.C. por el mandato de Nerón (De
La Vorágine, 2008). Es en este momento donde la sangre del papa y la
tierra de la colina vaticana se funden para iniciar una historia no solo
de legado espiritual sino política en el mundo.
Desde San Pedro hasta nuestros días, 265 Obispos han sido el Pe-
tri Apostoli Potestatem Accipiens, sus sucesores. Con el Edicto de
Milán de Constantino en el año 313, la religión cristiana fue acepta-

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da y permitida en el Imperio Romano, además de ser acogida como


la religión oficial del imperio. El mismo Constantino, sobre donde la
tradición indicaba estaba la sepultura de Pedro, ordenó construir la
primera basílica: los cristianos salen de las catacumbas para celebrar
la liturgia en grandes palacios, no distantes de la suntuosidad de la
casa del Emperador.
Ahora bien, la relevancia del papa en el mundo político conocido pue-
de datarse después de la caída del Imperio romano de Occidente, pues
fue el obispo de Roma quien se consolidó como única autoridad de los
romanos. Alrededor de la primera basílica de San Pedro y dentro de
las murallas construidas por León IV se inició la construcción del
núcleo de la Roma del medioevo y del renacimiento, con la interrup-
ción de un siglo cuando el papado trasladó su sede a Aviñón debido
al enfrentamiento entre Bonifacio VIII y el rey Felipe el Hermoso de
Francia.
Al respecto, Bonifacio VIII es señalado dentro de la teoría política
como el primer papa en dejar asentado el poder de la Iglesia en tér-
minos de lo terrenal, de lo temporal (Sabine, 2009).
Con la bula pontificia Unam Sanctam de 1302, hablando de la sobe-
ranía pontificia, dicho papa esgrime que la autoridad emanada de la
ordenación petrina no puede ser más que reconocida por los hombres
por ser una autoridad espiritual, teniendo el poder de establecer y
juzgar incluso las cosas temporales. De hecho, hasta nuestros días,
de los postulados de Unam Sanctam se conservan dos cosas: el pri-
mero, la regencia de la Iglesia sobre los asuntos espirituales y lo se-
gundo, la infalibilidad pontificia como dogma de fe, confirmado por
los padres conciliares del Vaticano II en la Constitución apostólica
Lumen Gentium (1964):

Esta doctrina de la institución de perpetuidad, fuerza y razón de


ser del sacro primado del romano pontífice y de su magisterio in-
falible, el santo concilio la propone nuevamente como objeto firme
de fe a todos los fieles y, prosiguiendo dentro de la misma línea,
se propone, ante la faz de todos, profesar y declarar la doctrina
acerca de los obispos, sucesores de los apóstoles, los cuales junto

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con el sucesor de Pedro, vicario de Cristo y cabeza visible de toda


la Iglesia, rigen la casa de Dios vivo (n.18).
Con el nuevo Código de Derecho Canónico, promulgado por Juan
Pablo II en 1983, la Iglesia ha reconocido el primado del Obispo de
Roma. Así, el papa

en quien permanece la función que el Señor encomendó singular-


mente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de trans-
mitirse a sus sucesores, es cabeza del Colegio de los Obispos, Vi-
cario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la Tierra; el cual,
por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que
es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede
siempre ejercer libremente. (n.331).
De conformidad a lo establecido en Universi Dominici Gregis (Juan
Pablo II, 1996), más recientemente modificado en Normas Nonnul-
las (Benedicto XVI, 2013), el Colegio de Cardenales habilitados para
votar (los menores de ochenta años) en el Cónclave, y la aceptación
del elegido, lo designa “inmediatamente Obispo de la Iglesia romana,
verdadero papa y Cabeza del Colegio Episcopal; el mismo adquiere de
hecho la plena y suprema potestad sobre la Iglesia universal y puede
ejercerla” (Juan Pablo II, 1996, n. 88). Por ello, el protocolo del cón-
clave no elige al papa, sino al Obispo de Roma, quien tras la condición
eclesiástica universal in límine adquiere la responsabilidad jurídica
de ser el primero también dentro del Estado Vaticano. El Jefe del Es-
tado es el Sumo Pontífice, que tiene plenos poderes legislativo, ejecu-
tivo y judicial (Juan Pablo II, 1996, p. 331). Mientras no haya papa, di-
chas funciones son ejercidas con mesura por el Colegio de cardenales
(Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano, 2000).
Al momento de la elección más litúrgica en el orbe, el neoelegido
ostenta hasta el cese de su ejercicio pontificio (por muerte o dimi-
sión) los títulos de: Obispo de Roma, Vicario de Jesucristo, Sucesor
del Príncipe de los Apóstoles, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal,
Obispo Primado de Italia, Arzobispo Metropolitano de Roma, Sobe-
rano del Estado de la Ciudad del Vaticano y Siervo de los Siervos de
Dios. Como líder espiritual de los católicos ejerce en tanto Obispo de
la Cátedra de Letrán4 y para el resto del mundo como el Jefe de Esta-
do más influyente y con incidencia en todos los Estados del mundo,

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incluso, del mundo no cristiano. Esta doble condición del papa, espi-
ritual y política, puede entenderse desde la conformación del Estado
Vaticano5.
La Ciudad del Vaticano es el Estado soberano enclavado dentro de
la ciudad de Roma sobre la Colina Vaticana. Es una ciudad-estado
soberana e independiente al igual que Singapur y Mónaco; con una
extensión de 44 hectáreas, es la más pequeña entre sus homólogas.
“Su frontera está delimitada por las murallas y, en la Plaza San Pe-
dro, por la franja de Travertino que une las dos alas de la columnata.
Además del territorio propio del Estado, la jurisdicción vaticana se
extiende a otras zonas” (Estado Ciudad del Vaticano, 2012) como la
casa de verano de los papas en Castelgandolfo, o en la misma Roma,
las basílicas papales de San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y
San Pablo Extramuros, la Cancillería Apostólica, el palacio de San
Calixto en el Trastévere, la Curia General de los Jesuitas, el Vicariato
y, entre otros, el palacio de Propaganda Fide.
Actualmente, sin contar con los visitantes, peregrinos y turistas, son
residentes casi 800 personas que desempeñan funciones en el Estado
Vaticano o en La Santa Sede, 450 con ciudadanía vaticana y el resto
con permiso de residencia (Estado Ciudad del Vaticano, 2012). A su
vez, como lengua oficial de la Iglesia, el latín es el idioma oficial del
Estado, pero se usa el italiano para las relaciones con la Repúbli-
ca Italiana y el mundo (Legge sulla cittadinanza, la residenza e
l’accesso, 2011).
Respecto a lo económico, aunque repuja moneda y estampillas pro-
pias, de conformidad a la Convención Monetaria de la Comunidad
Económica Europea, desde el año 2001 el euro tiene curso legal den-
tro del territorio (Ley monetaria con la cual el Estado de la Ciudad
del Vaticano adopta el Euro como moneda oficial, 2001).
Otro dato importante es que la forma de gobierno del Estado Vati-
cano es la monarquía absoluta. El Sumo Pontífice “gobierna sin más
restricciones que su propia voluntad, la cual por lo tanto tiene el valor
de una norma jurídica”. Así pues, la figura del papa, por ser el cons-
tructor del puente (pontífice) entre los hombres y Dios, no está lejos
de la teoría clásica del derecho divino de los reyes (Figgis, 1970),
toda vez que

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Dios establece a los reyes como sus ministros y reina a través de


ellos sobre los pueblos (…). Los príncipes actúan, pues, como mi-
nistros de Dios y son sus representantes en la Tierra. Por esto, el
trono real no es el trono de un hombre sino el trono de Dios mismo.
Así, la persona de los reyes es sagrada y atentar contra ellos es un
sacrilegio. Se debe obedecer a los príncipes por principio de reli-
gión y de conciencia. El servicio de Dios y el respeto por los reyes
son cosas unidas (…) Dios ha puesto en los príncipes algo de divino
(Gil del Gallego, 2002, pág. 52).

En estos términos, el Romano Pontífice detenta, como ya se enun-


ciaba, el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial, “entendiendo que
éste era la síntesis del catolicismo integrista y del absolutismo. Es-
tos grandes principios pueden concretarse en una sacralización del
orden existente. Toda oposición al orden establecido, que tiene su
fundamento en Dios, es el mal” (Rodríguez, 2013, pág. 54).
En el Estado Vaticano, se insiste, el Soberano es el Romano Pontífi-
ce, quien con ayuda de la Comisión Presidencia del Governatorato,
administra los asuntos del Estado. Para el Estado, las disposiciones
legislativas son providencias del Sumo Pontífice o, por las circuns-
tancias de su oficio pastoral, en su nombre, de la Comisión Pontificia
para el Estado de la Ciudad del Vaticano, organismo delegado y or-
ganizado para promulgar la normativa general del Estado. Todas las
disposiciones legislativas son consultadas por el Consejero General y
de los Consejeros de Estado y publicadas en la gaceta Acta Apostoli-
cae Sedis.
El poder ejecutivo está confiado a manos de la misma Comisión Pon-
tificia, quien tiene a un cardenal en edad hábil para ejercer como Pre-
sidente del Governatorato con su Secretario y Vicesecretario gene-
rales. En auxilio de la administración de los asuntos ejecutivos de la
Ciudad, se han creado las Direcciones Generales y las Direcciones del
Governatorato con sus Oficinas y Servicios. Estas tratan los asuntos
propios de la administración de un Estado: contabilidad, servicios ge-
nerales, de seguridad y protección civil (que incluye la Guardia Suiza
como servicio de seguridad privado del Sumo Pontífice), de sanidad
e higiene, museos, servicios técnicos, telecomunicaciones, servicios
económicos y de las villas pontificias. Por su parte, las Oficinas se
encargan de los asuntos más operativos, como la oficina jurídica, del

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personal, de filatélica y numismática, los sistemas informativos, pere-


grinos y turistas, el observatorio astronómico y el archivo de Estado
(Ley sobre el gobierno del Estado de la Ciudad del Vaticano, 2002).
El papa Francisco, en 2013, considerando la necesidad de adoptar
instrumentos jurídicos adecuados para permitan prevenir y comba-
tir la delincuencia del Estado, que “en ratificación de varios conve-
nios internacionales sobre la materia, ha afirmado siempre que estos
acuerdos constituyen medios para un efectivo combate contra las
actividades delictivas que amenazan la dignidad humana, el bien co-
mún y la paz” (Francisco P.P, 2013), modificó la competencia de los
asuntos judiciales del Estado. El órgano judicial un está compuesto
por “un Juez único, un Tribunal, una Corte de apelación y una Corte
de casación, que ejercen sus respectivas tareas en nombre del Sumo
Pontífice” (Estado Ciudad del Vaticano, 2012).
Ahora bien, existe también la Secretaría del Estado Vaticano, que
es el órgano de la Curia Romana que colabora al Sumo Pontífice en
el ejercicio de su misión de Soberano (Pastor Bonus, 1988). Se halla
presidida por el Cardenal Secretario de Estado, quien es el primer
colaborador del Romano Pontífice en el gobierno de la Iglesia, y es su
representante en la actividad diplomática y política de la Santa Sede
(Servicio Informativo Vaticano, 1998).
Finalmente, otro Instituto ubicado dentro de la Ciudad del Vaticano y
que guarda la relación entre el Estado y la Santa Sede, es el llamado
Banco Vaticano. En realidad, desde su constitución en 1942 como el
Instituto para las Obras de Religión (IOR), tiene por oficio

proporcionar la custodia y administración de los bienes muebles e


inmuebles transferidos o cedidos al Instituto por las mismas per-
sonas físicas o jurídicas y destinados a las obras de la religión y la
caridad. El Instituto puede aceptar depósitos de bienes por parte
de entidades o personas de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad
del Vaticano (Estatuto del IOR, 1990).

Antes del pontificado de Francisco, las transacciones financieras del


IOR eran un secreto. Ahora, el IOR tiene el deber hacer público un
informe anual en el que presente el balance de los ingresos y egresos
del Banco. Pues el Instituto debe “basar sus actividades en principios

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conformes con las normas de moralidad, eficiencia y prácticas que


respeten la especificidad de su naturaleza y el ejemplo transmitido
por sus actividades” (Francisco, Discurso en la Visita al IOR, 2015)
y así combinar en sus acciones la eficiencia de las operaciones y la
esencia de su naturaleza pastoral. El resultado operativo del IOR fue
en 2015 de 42,8 millones de euros, “dato que supone un reflejo posi-
tivo de la estrategia de inversión comenzada a finales de 2014, cuyo
objetivo era la racionalización y la eliminación del riesgo de la carte-
ra de propiedades del IOR en un contexto de bajos tipos de interés”
(Oficina de Prensa de la Santa Sede, 2016). Un resultado conseguido
no obstante la volatilidad de los mercados financieros agravada por la
incertidumbre geopolítica y económica.
La misión del papa, como cabeza de la Iglesia requiere de recursos
para llegar a todo el mundo. La estructura fiscal del Estado no tiene
ingresos tributarios, toda vez que el Vaticano es el único Estado en
el mundo que no tiene ningún impuesto. Por ello, se sostiene de la
boletería de los museos y de las donaciones realizadas a través de la
Limosnería Pontificia. Para sostener la obra caritativa más grande
del mundo, el IOR presta “servicios de pago y soluciones de gestión
(cuentas fructíferas y productos de gestión de activos) a sus clientes”
(IOR, 2015), de modo tal que los dividendos de estas transacciones en
distintos mercados internacionales, 16,1 millones de euros para 2015,
son destinados a sostener la misión de evangelización en el mundo.
Según el informe publicado por la Agencia Fides (2014), la Iglesia
sostiene en el mundo los siguientes institutos de salud, asistencia
social y caridad:

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Continente África América Asia Europa Oceanía TOTAL


Obra social

Hospitales 1.298 1.493 1.137 1.039 200 5.167

Dispensarios 5.256 5.137 3.760 2.637 532 17.322

Leprosorios 229 72 322 21 4 648

Casas ancianos, enfer-


mos crónicos y minus- 632 3.815 2.520 8.200 537 15.699
válidos

Orfanatos 1398 2.418 3.980 2.194 134 10.124

Jardines infantiles 2.099 3.661 3.441 2.285 110 11.596

Consultorios
1.728 5.636 933 6.173 274 14.744
matrimoniales
Centros educativos o
223 1.551 581 1.141 167 3.663
reformativos

Otras instituciones 2.556 15.111 4.751 13.752 219 36.389

Tabla 1. Traducción propia de los datos de Agencia Fides (2014, pág. 8)

Por ello, empezando por el Gobierno de Italia, la Santa Sede, en tan-


to persona moral (Código de Derecho Canónico, 1983, n. 3013) ha
suscrito acuerdos con los distintos Estados en materia fiscal, pues
finalmente, la obra caritativa de la Iglesia se sostiene de la caridad de
los católicos y, como ya se enunciaba, de los dividendos del IOR, que
son usados por el Estado Vaticano para financiar tal fin. Para el caso
de la República italiana, la circundante del Estado, se ha confirma-
do lo que se acordó en el Tratado de Letrán respecto a exención de
impuestos para inmuebles de propiedad de la Santa sede, y con ello,
se “permitirá el pleno cumplimiento (…) de las obligaciones fiscales
relativas a las actividades financieras llevadas a cabo en los orga-
nismos que realizan actividades financieras en la Santa Sede, y de
algunas personas físicas y jurídicas fiscalmente residentes en Italia”
(L’Osservatore Romano, 2015).
Como se puede apreciar, el Vaticano tiene una organización que no dis-
ta mucho de la de otras naciones, pues cuenta con instituciones nece-
sarias y propias, de la misma manera que el papa como Jefe de Estado

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tiene, además de su misión espiritual, funciones ejecutivas propias de


un gobernante, entre las que se encuentra el papel diplomático.

Los papas y los conflictos internacionales después del


Concilio Vaticano II
En el año de 1964 el papa Pablo VI, decide viajar a Tierra Santa a
pesar de no tener relaciones diplomáticas establecidas para entonces
con Israel. Allí se reúne con el mayor representante de la Iglesia or-
todoxa Atenágoras I, estableciendo nuevamente relaciones cordiales
entre ambas Iglesias, que desde el siglo VI d.C habían marcado una
ruptura e imposibilidad de comunicación. Este ejemplo solo es uno de
los tantos que demuestra el carácter ecuménico que tuvo el Concilio
Vaticano II, pues en general la redacción misma del texto fue muy cui-
dadosa para no herir ni indisponer a cristianos de otras confesiones,
y uno de sus textos fundamentales, Nostra Aetate (1965), trata de las
relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, especialmente
de la actitud de la Iglesia católica con los Judíos y los Islámicos:

La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones


hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos
de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que dis-
crepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces
reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hom-
bres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a
Cristo, que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn., 14,6), en quien
los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien
Dios reconcilió consigo todas las cosas. Por consiguiente, exhorta
a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y
colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio
de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos
bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales
que en ellos existen. (Nostra Aetate, 1965, n.2)
Y es que referente a esto, Pablo VI es fundamental para comprender
el papel dialógico que tienen los representantes de la Iglesia en dife-
rentes contextos sociales involucrados en guerras y disputas inter-
nacionales. Su legado dejó no solo esta misión a la Iglesia renovada;
él mismo fue un representante de lo que transformó de la mano de

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Juan XVIII quien lo inicia. Como se mencionó más arriba su visita a


Israel fue un hecho transcendental para la nueva visión ecuménica
de la Iglesia católica, mientras el contexto internacional encerraba
durante su pontificado una de las peores guerras que en el periodo de
la Guerra Fría6 se llevó a cabo, a saber, la guerra de Vietnam.
Conocido como un conflicto en el cual no hubo disparos de las prin-
cipales partes en disputas, la Guerra Fría se llevó realmente a cabo
en otros países, donde sí hubo ráfagas, heridos, muertos y violacio-
nes a los derechos humanos. Uno de estos casos es Vietnam. Como
territorio estratégico por su cercanía al océano Índico y a la Unión
Soviética, fue dividido en dos grandes territorios desde la Guerra de
Indochina: Vietnam del sur y Vietnam del norte. El proyecto de unifi-
carlo bajo un único gobierno comunista aliado de China y de la Unión
Soviética hizo que Estados Unidos, y su doctrina de la contención
planteada inicialmente por George F. Kennan, ayudara a Vietnam del
sur a levantarse en contra de este proyecto.
Así pues, soldados estadounidense se enfrentaron7 con el de-
nominado “Frente de Liberación Nacional” o Vietcong8, en una
lucha en la que ambos utilizaron estrategias de destrucción ma-
siva, bombardeos, armas químicas, y lógicas dentro de lo que se
denominará desde entonces la guerras de guerrillas9.
Pues bien, en este escenario Pablo VI jugó un rol importante, cuando
en su primera visita a Estados Unidos, en 1965, dio un discurso ante
las Naciones Unidas haciendo un llamado a la paz y a la solución de
los conflictos por medio del diálogo tal y como lo propone Pacem in
Terris y en general el compendio de la doctrina general de la Iglesia.

Los pueblos se vuelven a las Naciones Unidas como hacia la última


esperanza de concordia y paz; nos atrevemos a traer aquí, con el
nuestro, su tributo de honor y esperanza, y es por eso que este
momento es también grandioso para vosotros. Bien lo sabemos,
vosotros tenéis plena conciencia de esto, escuchad entonces la
prosecución de nuestro mensaje. Este se convierte en mensaje de
auspicio para el futuro: El edificio que habéis construido no deberá
jamás derrumbarse, sino que debe perfeccionarse y adecuarse a
las exigencias de la historia del mundo. Vosotros constituís una
etapa en el desarrollo de la humanidad: en lo sucesivo es imposible

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retroceder, hay que avanzar. A la pluralidad de los Estados que ya


no pueden ignorarse mutuamente, vosotros ofrecéis una fórmula
de convivencia extraordinariamente simple y fecunda. «Hela aquí:
En primer lugar, reconocéis y distinguís unos y otros. No les dais
la existencia a los Estados, pero vosotros calificáis de digna de
participar en la Asamblea ordenada de los pueblos a cada una de
las naciones; dais un reconocimiento de altísimo valor ético y jurí-
dico a cada comunidad nacional soberana, garantizándole honrosa
ciudadanía internacional. Y ya es un gran servicio a la causa de la
humanidad éste de bien definir y honrar a los sujetos nacionales
de la comunidad mundial y de clasificarlos en una situación de de-
recho, digna de ser reconocida y respetada por todos y de la cual
puede derivarse un ordenado y estable sistema de vida internacio-
nal. Vosotros habéis consagrado el gran principio de que las rela-
ciones entre los pueblos deben regularse por el derecho, la justicia,
la razón, los tratados, y no por la fuerza, la arrogancia, la violencia,
la guerra y ni siquiera, por el miedo o el engaño (Pablo VI, 1964).
Ahora, si bien este llamado de Pablo VI hacia la terminación del con-
flicto fue importante, la guerra continuó y el bando militar vietnamita
logra derrotar a Estados Unidos. No por ello, sin embargo, disminuye
su mérito de ser un vocero de paz y transformaciones, que llevaría
a que en adelante se produjeran acciones efectivas por parte de los
papas en la consecución de la paz tras los conflictos internacionales.
Uno de los casos más claros a este respecto es el de Juan Pablo II,
Karol Wojtyla. Como el papa número 264, llevó su pontificado entre
1978 y 2005, un periodo bien complicado en el escenario internacio-
nal. Mientras la Unión Soviética ya venía desgastada, no solamente
por su bajo crecimiento económico y el gasto armamentístico, sino
también por un sinnúmero de revueltas y protestas laborales a causa
de la disminución del ingreso per cápita que supuso la caída de la
tasa de crecimiento agrícola e industrial. Latinoamérica presentaba
fenómenos de violencia generalizados, desde la disputa bipartidista y
guerrillera en Colombia, el nacimiento de movimientos guerrilleros
en Perú como Sendero Luminoso y Tupac Amaru, la dictadura de
Bordaberry en Uruguay, y la de Pinochet y Videla en Chile y Argenti-
na respectivamente.

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Como se puede observar, el papa no es proclamado como tal en un


momento calmado de la sociedad internacional. Sin embargo, en su
labor de pastor y siguiendo el llamado a intervenir en los conflictos,
Juan Pablo II jugó realmente un rol como estratega político y jefe de
Estado en estos dos escenarios, en Latinoamérica como negociador,
como un conciliador que logra detener el conflicto casi inminente en-
tre Chile y Argentina por las islas del canal de Beagle. Pero al mismo
tiempo, como pastor, que delinea su estrategia de paz hacia la disolu-
ción de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría.
Según Slawomir Ratajski, ex embajador de Polonia en Argentina:

la sola elección de un Pontífice polaco ponía a temblar los cimien-


tos de un gobierno ateo. Máxime si se le llamaba, en su país, el
“hermano del pueblo”, por su sencillez y humildad. En realidad,
fue un verdadero sismo, una clara amenaza para todo el sistema
y así lo percibían los gobernantes del Kremlin. Parecía un chiste
malévolo: ¡el mayor logro del comunismo polaco había sido la pre-
paración de un nuevo papa para el mundo! (Armirola, 2014).

Pues bien, se está hablando de un papa que movió las bases del comu-
nismo en Polonia, un territorio, que, incluso con posturas marxistas
introyectadas en sus ciudadanos, reivindicaba siempre su carácter
católico:

En octubre de 1979, el papa denunció en la ONU la violación de


los derechos humanos de los creyentes en los países del bloque
soviético, que eran tratados como “ciudadanos de segunda catego-
ría”. Meses más tarde, el Partido Comunista de la URSS aprobó un
documento redactado por Yuri Andropov, que comprendía medi-
das contra “las políticas del Vaticano hacia los Estados Socialistas”
(Yordanov, 2014).
Sin embargo, esto no calló a los polacos. Ese mismo año nació el sin-
dicato Solidarnosc conformado por Lech Walesa, de raíces cristianas,
y con militancia de obreros y campesinos, que sostenían reuniones
clandestinas en oposición al Partido Obrero Unificado Polaco que go-
bernaba al país, con la intención de conformarse como grupo antico-
munista de mayoría católica y pro democrático, hecho que consolida

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a finales de los años 80 cuando las reformas de Gorbachov crean con-


diciones que le permiten participar como partido político en 1988.
Para Juan Pablo II, el Régimen Soviético incumplía lo que Pacem in
Terris predicaba, a saber: “que es necesario recordar que también
en la ordenación de las relaciones internacionales la autoridad debe
ejercerse de forma que promueva el bien común de todos, ya que para
esto precisamente se ha establecido” (Juan XXIII, 1963, n.84). Pues
el pueblo soviético estaba inconforme, el pueblo polaco estaba incon-
forme y al parecer el capitalismo y la economía libre traerían mejores
condiciones de vida para todos, cosa que no sucedió, algo en lo que el
papa Francisco es enfático como lo veremos más adelante.
Juan Pablo II luchó así por la paz con su accionar al ser determinante
para la terminación de la Guerra Fría, medio siglo que puede resu-
mirse en una época de grandes violaciones a los Derechos Humanos.
Ahora bien, esta no fue su única intervención en un conflicto inter-
nacional. El Canal del Beagle queda ubicado al sur de Latinoamérica,
y en este se encuentran ubicadas varias islas que fueron disputadas
desde 1888 por Chile y Argentina, que solamente después de casi un
siglo logran llegar a un acuerdo y solucionar sus diferencias en con el
“Tratado de Paz y Amistad” firmado por ambas naciones.
Pues bien, en 1984 se firma este tratado gracias a la intervención de
Juan Pablo II, quien, ad portas de desencadenarse una guerra logra,
de manera diplomática y por medio del Cardenal Antonio Samoré,
parar lo que iba a ser un inminente ataque.

El 21 [de enero] a la noche, el papa se fue a dormir resignado por-


que creía que no iba a poder hacer nada. Había escrito un docu-
mento muy desesperanzado. Por la madrugada, le llegan las noti-
cias de una disponibilidad de Videla y Pinochet. Le dicen: “Tene-
mos acá el télex de Videla, y también está de acuerdo Pinochet.
Dicen que  si usted hace una intervención fuerte se podría parar
la guerra”. Entonces se escribe la segunda parte de ese documen-
to, donde le anuncia al mundo que había detenido la guerra y que

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mandaría a su representante personal, el cardenal Antonio Samoré


(Goyret, 2014).
El 24 de enero de 1978 se firma el Acta de Montevideo, tras el cual se
acepta la mediación del papa en el diferendo, y jugará lo que en de-
recho internacional se denominan “buenos oficios”, logrando la reso-
lución de este desacuerdo en 1979. No fue fácil, porque por la misma
época se dio el conflicto en las Malvinas, lo que desenfocó a Argenti-
na de esta misión que había comenzado, máxime cuando la guerra la
gana Inglaterra. Sin embargo, frente al diferendo del canal de Beagle,
la solución llegará con la consolidación de un gobierno democrático:

Después de varios años de hostilidades y gobiernos que coquetea-


ban con la solución bélica, en 1983 Argentina volvió a la democra-
cia con el gobierno de Raúl Alfonsín, quien estableció como uno
de los objetivos primordiales  encontrar una solución pacífica al
problema del Beagle. El 11 de junio de 1984, el cardenal Agostino
Casaroli presentó la última propuesta papal. Previo a su presenta-
ción, el emisario del Vaticano aclaró que un rechazo de la misma
significaría para el Sumo Pontífice el fin de la mediación. Final-
mente, ambas partes terminaron aceptando lo propuesto por Juan
Pablo II (Goyret, 2014).
Ahora bien, precisamente, por su misión religiosa, algunas declara-
ciones o actuaciones que los papas han causado algunas críticas o
escozor no solamente con otros líderes religiosos, sino con líderes
políticos o jefes de Estado que profesan otras creencias y pueden mal
interpretar lo dicho por el Sumo Pontífice. Por lo anterior, el rol del
papa debe ser también medidamente diplomático para no provocar
antagonismos con otros países, sobre todo porque se desea mantener
la misión que el Concilio Vaticano consagró: la intención ecuménica
de la Iglesia católica y la apertura al diálogo interreligioso.
Un ejemplo de lo inmediatamente dicho fue el discurso que el 13 de
septiembre del 2016 dio en la Universidad de Ratisbona el papa Bene-
dicto XVI, pues –y es fundamental aclararlo–aunque buscaba, a par-
tir de la unión entre fe y razón, promover un diálogo entre culturas y
religiones, sus palabras fueron interpretadas como ofensivas por va-
rios líderes islámicos que alzaron su voz de protesta. En efecto, des-
pués de expresar la necesidad de la reflexión sobre Dios, pero sobre

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todo de Dios por medio de la razón y a la luz de la fe cristiana, recordó


una parte del texto Conversaciones con un musulmán. Séptimo
coloquio, del teólogo alemán de origen libanés Theodore Khoury, en
el que se expone la discusión entre el emperador bizantino Manuel II
y un persa, cerca del año 1391, sobre el cristianismo y el islam. Según
el papa Benedicto XVI, el emperador, de manera brusca, le pregun-
ta al interlocutor persa sobre qué de bueno le ha traído Mahoma al
mundo, pues para éste –el emperador– el profeta del Islam solamente
ha generado cosas malas e inhumanas10. Su argumentación, según el
papa, le permitirá al emperador dar las razones por las cuales cree
que la difusión de la fe por medios violentos es algo insensato y va a
contravía del llamado de Dios.
Y, de hecho, el hilo conductor de este discurso papal no fue de nin-
guna manera criticar otras religiones. Su llamado fue a unificar la fe
y la razón, su llamado era a volver a la fe al margen del positivismo
moderno y occidental que no permite un verdadero acercamiento a
una esfera propia del ser humano como es lo espiritual, cuya pérdida
y negación han llevado a algunas discrepancias entre religiones y a
la imposibilidad de diálogo. El papa, en la parte final de su escrito,
deja claro que su discurso es un llamado a un encuentro y diálogo
interreligioso por medio de la vuelta a la fe en Dios, sin por ello negar
la imperiosa necesidad de que ésta converse con la razón, pues la fe
sin este tamiz hace imposible que se pueda seguir el llamado a la to-
lerancia, comprensión, aceptación y sobre todo amor al prójimo que
nos hace Jesús.

Se debe reconocer sin reservas lo que tiene de positivo el desa-


rrollo moderno del espíritu: todos nos sentimos agradecidos por
las maravillosas posibilidades que ha abierto al hombre y por los
progresos que se han logrado en la humanidad. Por lo demás, la
ética de la investigación científica –como ha aludido usted, Señor
Rector Magnífico–, debe implicar una voluntad de obediencia a la
verdad y, por tanto, expresar una actitud que forma parte de los
rasgos esenciales del espíritu cristiano. La intención no es retro-
ceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto
de razón y de su uso. Porque, a la vez que nos alegramos por las
nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, vemos también los
peligros que surgen de estas posibilidades y debemos preguntar-

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nos cómo podemos evitarlos. Sólo lo lograremos si la razón y la fe


se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que
la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede veri-
ficar con la experimentación, y le volvemos a abrir sus horizontes
en toda su amplitud. En este sentido, la teología, no sólo como dis-
ciplina histórica y ciencia humana, sino como teología auténtica,
es decir, como ciencia que se interroga sobre la razón de la fe, debe
encontrar espacio en la universidad y en el amplio diálogo de las
ciencias. Sólo así seremos capaces de entablar un auténtico diálogo
entre las culturas y las religiones, del cual tenemos urgente necesi-
dad. (Benedicto XVI, 2006)
Cabe decir, que precisamente por la interpretación errónea del obje-
tivo de Benedicto XVI en su discurso, y después de numerosas pro-
testas por parte de dirigentes del mundo islámico, el discurso quedó
en la página del Vaticano con una salvedad en el numeral 3 a pie de
página, donde se dice lo siguiente:

Lamentablemente, esta cita ha sido considerada en el mundo mu-


sulmán como expresión de mi posición personal, suscitando así
una comprensible indignación. Espero que el lector de mi texto
comprenda inmediatamente que esta frase no expresa mi valora-
ción personal con respecto al Corán, hacia el cual siento el respeto
que se debe al libro sagrado de una gran religión. Al citar el texto
del emperador Manuel II sólo quería poner de relieve la relación
esencial que existe entre la fe y la razón. En este punto estoy de
acuerdo con Manuel II, pero sin hacer mía su polémica. (Benedicto
XVI, 2006)
Lo anterior demuestra así que el papa no solo encarna la dirigencia
de una religión; es un mandatario político que, al igual que sus ho-
mólogos, puede causar, sin querer, disidencias con otros Estados, de
la misma manera que, y es su objetivo principal, conectar lazos de
ayuda y colaboración a nivel mundial, pues además y a diferencia
de sus homólogos, es el pastor de la Iglesia católica, y es aquel que
está llamado a llevar el mensaje del Dios católico y por tanto, a se-
guir las interpretaciones que sobre los mismos se hagan en pro de
la comunidad. En este orden de ideas, el papa Francisco es hoy un
claro ejemplo de un ser humano que conoce el contexto geopolítico,

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sus problemas, dificultades y grandes crisis, pero sobre todo es un


pastor que demuestra, con sus actos, saber cuál es el papel del sumo
pontífice frente a los problemas sociales de las comunidades que más
lo necesitan.

La visión de la Iglesia frente a la paz en Francisco


El papa Francisco es un hombre consecuente que tiene una visión so-
bre la paz relacionada con la de sus antecesores que, siendo también
ecuménica, pretende ser más abierta a los cambios sociales e intere-
sada en comprender y hacer un llamado al cambio político ante los
flagelos socioeconómicos que afectan a la población mundial.
Su pontificado ha sido polémico, quizá por sus llamados abiertos a
diferentes Jefes de Estado a transformar el sistema económico domi-
nante, además de mostrar en sus discursos claramente que hay cau-
santes humanos de la pobreza y miseria mundial, y algunos también
responsables de catástrofes medioambientales. De esta manera, su
pensamiento, de acuerdo con la doctrina general de la Iglesia, se está
actualizando en temas políticos, económicos, culturales y sociales.
Los temas en que se enfoca el papa Francisco recuerdan lo propuesto
por Espinosa (2013) cuando afirma:

(…) son necesarias nuevas formas de organización de las tres esfe-


ras (parentesco –que aquí convertiremos luego en ecología–, eco-
nomía y política), encajadas con el planeta como unidad, lo que
supone institucionalizar los lazos entre ellas desde una responsa-
bilidad que incluya lo personal, lo jurídico-social y lo ambiental. Es
decir, hace falta traducir nuestra constitución biológica, cultural
y ecológica en procesos políticos constituyentes para una civiliza-
ción planetaria (pp. 118-119).

En el texto que recopila la Doctrina Social de la Iglesia aparece específica-


mente en el capítulo undécimo toda una disertación sobre la paz, dejando
claro que ésta es mucho más que simple ausencia de la guerra, y que repre-
senta por ello, la plenitud de la vida en escenarios de tranquilidad y armo-
nía. Plantea también que la paz es la meta de la convivencia social, la que
nunca debe estar separada del anuncio del evangelio. Esta última reflexión
que aparece al final del primer ítem del capítulo undécimo, hace énfasis en

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el mensaje recopilado en el Evangelio, y que debe transmitir la Iglesia en


cabeza del papa y es el mensaje de la paz.

La acción por la paz nunca está separada del anuncio del Evan-
gelio, que es ciertamente “la Buena Nueva de la paz” (Hch 10,36;
cf. Ef 6,15) dirigida a todos los hombres. En el centro del “Evange-
lio de paz” (Ef 6,15) se encuentra el misterio de la Cruz, porque la
paz es inseparable del sacrificio de Cristo (cf. Is 53,5: “El soportó el
castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido cura-
dos”): Jesús crucificado ha anulado la división, instaurando la paz
y la reconciliación precisamente “por medio de la cruz, dando en sí
mismo muerte a la enemistad” (Ef 2,16) y donando a los hombres
la salvación de la Resurrección (Compendio de la Doctrina Social
de la Iglesia, 2004, n.493).
En segundo término, la paz está relacionada indudablemente con el
tema de la justicia y la caridad. Aquí es señalada como un valor y
deber universal que tiene en cuenta a la persona humana desde la
justicia que esta merece. Por ello, la paz se entiende como fruto de la
justicia, y este concepto será fundamental para la comprensión de la
concepción de Iglesia de la misma:

La paz es fruto de la justicia (Is 32,17), entendida en sentido am-


plio, como el respeto del equilibrio de todas las dimensiones de la
persona humana. La paz peligra cuando al hombre no se le recono-
ce aquello que le es debido en cuanto hombre, cuando no se respeta
su dignidad y cuando la convivencia no está orientada hacia el bien
común. Para construir una sociedad pacífica y lograr el desarrollo
integral de los individuos, pueblos y Naciones, resulta esencial la
defensa y la promoción de los derechos humanos (Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia, n.494).

La paz en este sentido también es fruto del amor, y por tanto la vio-
lencia es contaría a ella en la media que esta no constituye jamás una
respuesta justa:

La violencia no constituye jamás una respuesta justa. La Iglesia


proclama, con la convicción de su fe en Cristo y con la conciencia
de su misión, “que la violencia es un mal, que la violencia es inacep-

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table como solución de los problemas, que la violencia es indigna


del hombre. La violencia es una mentira, porque va contra la ver-
dad de nuestra fe, la verdad de nuestra humanidad. La violencia
destruye lo que pretende defender: la dignidad, la vida, la libertad
del ser humano” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia,
2004, n.496).

Por esta razón, se hace un llamado en el ítem tres de este capítu-


lo sobre la paz, a la búsqueda de soluciones alternativas a la guerra
para resolver los conflictos internacionales, yendo incluso más allá, y
examinar cuáles son las causas de estos, sobre todo las relacionadas
con la miseria, la injustica y la explotación. De la misma manera se
plantea que los Estados no siempre disponen de los medios adecua-
dos para promover eficazmente su defensa, y se hace un llamado a las
organizaciones internacionales y regionales para hacer frente a los
conflictos y fomentar la paz, lo que implica necesariamente confianza
entre el sistema internacional.
En este ítem también se rechaza tajantemente las guerras de agre-
sión11, no por ello dejado de lado el reconocimiento de la defensa de
la paz pero en legítima defensa y siguiendo todos los parámetros del
Derecho Internacional Humanitario; es claro en especificar el deber
de protección de los inocentes en medio de las guerras, sancionar de
manera pacífica a quienes amenazan la paz, y propone claramente
el desarme internacional, pues esto representa una amenaza grave
para la estabilidad y la paz mundial. Finalmente hay un rechazo total
hacia el terrorismo, y condena el proclamarse terrorista en nombre
de Dios, pues encuentra en ello una instrumentalización del hombre
y de Dios al creer que se posee la única verdad. Así lo expresa el
compendio: “Ninguna religión puede tolerar el terrorismo ni, menos
aún, predicarlo. Las religiones están más bien comprometidas en co-
laborar para eliminar las causas del terrorismo y promover la amistad
entre los pueblos” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia,
2004, n. 517).
En este sentido, las expresiones del papa Francisco sobre la paz con-
tinúan con este legado, pues recogen lo que en este compendio se
anuncia, tal y como aparece especificado en la Evangelii Gaudium
(2013), su segunda encíclica después de ser proclamado Sumo Pon-
tífice.

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Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la distribu-


ción del ingre­so, la inclusión social de los pobres y los dere­chos
humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de construir un
consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. La
digni­dad de la persona humana y el bien común están por encima
de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privi-
legios. Cuando es­tos valores se ven afectados, es necesaria una voz
profética (Francisco, 2013, n. 218).
La anterior cita, con la que comienza su apartado sobre la paz, mues-
tra de entrada el pensamiento del papa Francisco, un hombre de gran
carisma entre católicos, que incluso, ha renovado la fe de muchos que
no eran creyentes o habían dejado de serlo. Esto, en la medida en
que intenta ser realista, enterado de su contexto social, crítico de las
relaciones de poder económicas, políticas y en general sociales. Un
papa consciente de aquel llamado que se hace en la Doctrina Social
de la Iglesia a mirar las causas de la guerra, y buscar soluciones prác-
ticas para alcanzar la reconciliación y acabar con los conflictos. Con
fuertes críticas hacia la globalización y la desigualdad, es un líder
que no teme iluminar la política a través de la teología, mostrando
el poder diplomático del Vaticano. Reuters América Latina publica lo
siguiente:

El año pasado, el Santo Padre ayudó a mediar en un acuerdo his-


tórico entre Cuba y Estados Unidos después de medio siglo de
hostilidades. Esta semana, su despacho anunció el primer acuer-
do formal entre el Vaticano y el Estado de Palestina –un tratado
que da peso legal al reconocimiento de la Santa Sede al Estado
palestino de facto, a pesar de la molestia de Israel– (…). El Sumo
Pontífice crispó los ánimos el mes pasado en Turquía al llamar “ge-
nocidio” a la masacre de 1,5 millones de armenios a comienzos del
siglo XX, un hecho que Ankara niega (Jones & Mackenzie, 2015).

Sólo estos tres hechos marcan fuertes acciones que impactan en el


ámbito internacional, y que no se limitan solo a un pronunciamiento.
Por ejemplo, el primero de ellos comienza con varias cartas enviadas
a Barack Obama y Raúl Castro, además de recibir a delegación de
ambos países en la Santa Sede para culminar el acercamiento que
terminó en un diálogo de alto nivel.

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Obama aseguró, en un discurso que observaba el mundo entero:


“Quiero agradecer a Su Santidad el papa Francisco, quien con su
ejemplo moral nos muestra la importancia de buscar un mundo
como debe ser, en vez de simplemente conformarnos con el mundo
que tenemos”. Sus palabras no son descabelladas, la mediación del
Vaticano para dar fin a esta ya absurda disputa, estancada en la
historia de la Guerra Fría, se centró incluso en resolver los pun-
tos que eran más relevantes en su actualidad. “Su Santidad hizo
un llamado personal al presidente cubano,  Raúl Castro, y a mí,
urgiéndonos resolver tanto el caso del preso estadounidense Alan
Gross, como el de tres agentes cubanos que llevaban encarcelados
en E.U. más de 15 años”, agregó Obama. “Puede que el Vaticano
haya ayudado a resolver disputas en la historia reciente, pero nun-
ca un papa había sido tan decisivo, ni se había involucrado tanto
en la coyuntura mundial. El papa Francisco introdujo una nueva
política exterior, que es eliminar la cultura del descarte. Hay que
tender puentes en todos los conflictos. Y la novedad es que él mis-
mo interviene y pone en manos de países contrarios toda la diplo-
macia vaticana (Armirola, 2014).
Además de lo anterior, Francisco ha hecho pronunciamientos duros
hacia la lógica de mercado y el consumismo posmoderno tal y como
aparece en su encíclica Laudato Si (2015) que causó grandes polé-
micas, e incluso declaraciones fuertes contra su análisis de la des-
trucción el medio ambiente por las políticas neoliberales.
Algunas de las reflexiones de Francisco plantean: “El actual sistema
mundial es insostenible desde diversos puntos de vista, porque he-
mos dejado de pensar en los fines de la acción humana” (Francisco,
2015, n.61). “La salvación de los bancos a toda costa, haciendo pagar
el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el
entero sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no
tiene futuro y que sólo podrá generar nuevas crisis después de una
larga, costosa y aparente curación” (Francisco, 2015, n.189). A su vez,
el papa hace un llamado a reciclar, a cuidar los ecosistemas naturales
que están siendo afectados y destruidos por el sistema industrial que
al final del ciclo de producción y de consumo no logran desarrollar
la capacidad de absorber y reutilizar residuos y desechos, tratando
de pensar en las generaciones futuras y el mundo que les vamos a

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dejar para vivir. Finalmente, el Sumo Pontífice es duro en la reflexión


acerca de la acumulación ilimitada de riquezas: “muchos de aquellos
que tienen más recursos y poder económico o político parecen con-
centrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los
síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del
cambio climático. Pero muchos síntomas indican que esos efectos po-
drán ser cada vez peores si continuamos con los actuales modelos de
producción y de consumo” (Francisco, 2015, n. 26). Por esta razón es
imperativo el desarrollo de políticas dirigidas a frenar el cambio cli-
mático y el daño medioambiental, pues quienes más sufren las causas
de aquello son las personas de los países menos favorecidos, los del
“sur” de donde se extraen la mayoría de recursos que han sido usados
desproporcionadamente por las industrias del “norte.”

El calentamiento originado por el enorme consumo de algunos


países ricos tiene repercusiones en los lugares más pobres de la
tierra, especialmente en África, donde el aumento de la tempe-
ratura unido a la sequía hace estragos en el rendimiento de los
cultivos. A esto se agregan los daños causados por la exportación
hacia los países en desarrollo de residuos sólidos y líquidos tóxi-
cos, y por la actividad contaminante de empresas que hacen en los
países menos desarrollados lo que no pueden hacer en los países
que les aportan capital: Constatamos que con frecuencia las em-
presas que obran así son multinacionales, que hacen aquí lo que no
se les permite en países desarrollados o del llamado primer mundo
(Francisco, 2015, n. 51).
Esas son algunas de las reflexiones que el papa se hace al respecto
de los problemas medioambientales en relación con el sistema econó-
mico internacional, a las cuales no le faltaron críticas, desde aquellas
que alegan que existen presupuestos erróneos en análisis económicos
o medio ambientales, y hasta otras por parte de quienes creen que el
libre mercado y las políticas neoliberales deben seguir dirigiendo el
sistema actual. Notimerica.com subraya lo siguiente:

La publicación de Laudato si (Alabado seas), encíclica escrita por


el papa Francisco, ha levantado ampollas en muchos sectores de la
política estadounidense, especialmente en el sector más conserva-
dor del Partido Republicano, en el que muchas voces se han alzado

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en contra de las palabras de Su Santidad. Especial relevancia han


tenido las críticas que el candidato republicano a la Casa Blanca,
Jeb Bush, hermano del ex-presidente George Bush, ha lanzado en
contra de esta encíclica y en contra del papa: “Espero que el cura
de mi parroquia no me castigue por decir esto, pero no tomo mis
políticas económicas de mis obispos, cardenales o de mi papa”.
Con esta contundencia dejó claro Bush que no mezcla política y
creencias, y aclaró que le parece “una arrogancia sostener que con
relación a los cambios climáticos exista una ciencia exacta” (…).
No ha sido Jeb Bush el único que ha alzado la voz en contra de esta
encíclica (…). También numerosas personalidades dentro del Par-
tido Republicano y de la política estadounidense han mostrado su
malestar por las palabras del papa. Especialmente duro ha sido el
comentarista de radio conservador Rush Limbaugh, que ha califi-
cado a Jorge Bergoglio como un “papa marxista” debido a sus ideas
sobre el capitalismo (Notimérica, 2015).
Actualidad.rt, de España, publica lo siguiente en la columna de Juan
Manuel Karg:

El periodista Marc Bassets escribió en relación al “mix” papal que,


de acuerdo con su perspectiva, preocupaba a conservadores de
todo el planeta: un cóctel ideológico de peronismo –afincado en
la idea de justicia social y la lucha contra la desigualdad– con un
adicional de la célebre teología de la liberación. El último punto
es debatible, pero el apunte de Bassets tiene algún asidero: si bien
Francisco proviene de otra tradición –la doctrina social de la Igle-
sia– su idea de una “Iglesia pobre para los pobres” provocó una
rápida adhesión a su papado de personalidades influyentes en la
teología de la liberación, como Leonardo Boff (Karg, 2015).

Así pues, se nota cómo la influencia del Vaticano y los Sumos Pontí-
fices en las relaciones internacionales ha sido muy importante en los
últimos años. De hecho, no sólo desde Pablo VI, sino desde el siglo
XIX y en el transcurso del siglo XX ha habido otros papas que según
el contexto han intervenido en hechos de suma importancia a nivel
internacional, marcando, más allá de su posición pastoral, su visión
geopolítica. Por ejemplo, León XIII  participó como mediador entre
España y Alemania en relación a las Islas Carolinas; El papa Bene-

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dicto XV intervino en la Primera Guerra Mundial, redactando una


nota de paz el 1 de agosto de 1917 que fue desoída. Sin embargo, ulte-
riormente, el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, propu-
so 14 puntos para la paz, que recogían varios de los sugeridos por el
papa; Juan XXIII, durante la primera sesión del Concilio Vaticano II,
medió con Rusia ante la crisis de los misiles en octubre de 1962, en la
que de nuevo estuvieron implicados Estados Unidos y Cuba.
En conclusión, más allá de algunos hechos que puedan ser analizados
desde juicios morales y hasta ideológicos, es claro que la actuación
de los papas en el plano geopolítico es transcendental; no ha perdido
su fuerza, y en tanto siguen representando la fe de miles de creyen-
tes movilizan masas alrededor de sus actos. Por lo anterior, queda
claro entonces que no son sólo pastores, líderes espirituales y guías
mundiales, sino que más allá de su misión espiritual, seguirán siendo
Jefes de Estado.

Notas
1 Este artículo pertenece a la línea de investigación Cultura y Religión del
grupo de Investigación Humanitas de la Universidad Católica de Oriente, Rio-
negro, Colombia.
2 Hace referencia a un acontecimiento fundamental de la Iglesia Católica,
convocado por Juan XXIII entre 1962 y 1965. Su finalidad se puede resumir
así: “crear un clima de apertura y diálogo, a base de escuchar desde la fe otras
voces, como la de los pobres, los alejados, los hermanos de otras confesiones
cristianas y de otras religiones”, todo desde una “urgente y provechosa fina-
lidad pastoral” (Mauti, 2013, pág. 72). Su resultado quedó conformado por 16
documentos, entre constituciones, declaraciones y decretos.
3 “Nuncio pontificio”, “nuncio papal”, designa a los representantes o emba-
jadores de la iglesia católica en diferentes Estados. Aquellos representantes
suelen denominarse arzobispos, y en el lugar donde residen gozan de la misma
inmunidad que cualquier embajada. El Estado Vaticano es un estado sobera-
no e independiente, que cuenta con un idioma oficial, el latín. Actualmente es
miembro observador de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y desde
2004 puede incorporarse como miembro pleno a este organismo. Por otra parte
la Santa Sede cuenta con personalidad jurídica y es reconocida como sujeto de
derecho internacional.

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4 Pues es en la Catedral de San Giovanni in Laterano desde donde enseña,


gobierna y santifica a su Iglesia particular de Roma.
5 Es importante clarificar el uso de los términos: Iglesia Católica, Santa Sede
y Estado Vaticano. La primera es una organización religiosa que basa sus dog-
mas en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo como un solo Dios verdadero en tres
personas distintas (Código de Derecho Canónico, 1983, n.234) y que obedecen
al papa (Código de Derecho Canónico, 1983, n.882) y sus enseñanzas (Código
de Derecho Canónico, 1983, n.891) en tanto Líder espiritual. Cuando se habla
de Santa Sede se refiere a la jurisdicción episcopal de la Diócesis de Roma como
centro de gobierno de los asuntos misionales de la Iglesia. Finalmente, el Esta-
do Vaticano hace referencia a la porción de territorio y habitantes reconocido
como Estado Soberano y autónomo.
6 Eric Hobsbawm la define así: “La Segunda Guerra Mundial apenas había
acabado cuando la humanidad se precipitó en lo que sería razonable considerar
una tercera Guerra Mundial, aunque muy singular, y es que como dijo el gran
filósofo Thomas Hobbes, “la guerra no consiste sólo en batallas, o en la acción de
luchar, sino que es un lapso de tiempo durante el cual la voluntad de entrar en
combate es suficientemente conocida”. La Guerra Fría entre los Estados Unidos
y la URSS, con sus respectivos aliados, que dominó por completo el escenario
internacional de la segunda mitad del siglo XX, fue sin lugar a dudas un lapso
de tiempo así. Generaciones enteras crecieron bajo la amenaza de un conflicto
nuclear global que, tal como creían muchos, podía estallar en cualquier momen-
to y arrasar a la humanidad. En realidad, aun a los que no creían que cualquiera
de los dos bandos tuviera intención de atacar al otro les resultaba difícil no caer
en el pesimismo, ya que la ley de Murphy es una de las generalizaciones que
mejor cuadran al ser humano (“Si algo puede ir mal, irá mal”). Con el correr
del tiempo, cada vez había más cosas que podían ir mal, tanto política como
tecnológicamente, en un enfrentamiento nuclear permanente basado en la pre-
misa de que sólo el miedo a la “destrucción mutua asegurada” (acertadamente
resumida en inglés con el acrónimo MAD, “loco”) impediría a cualquiera de los
dos bandos dar la señal, siempre a punto, de la destrucción planificada de la
civilización. No llegó a suceder, pero durante cuarenta años fue una posibilidad
cotidiana. La singularidad de la guerra fría estribaba en que, objetivamente
hablando, no había ningún peligro inminente de guerra mundial. Más aún: pese
a la retórica apocalíptica de ambos bandos, sobre todo del lado norteamericano,
los gobiernos de ambas superpotencias aceptaron el reparto global de fuerzas
establecido al final de la segunda guerra mundial, lo que suponía un equilibrio
de poderes muy desigual pero indiscutido. La URSS dominaba o ejercía una
influencia preponderante en una parte del globo: la zona ocupada por el ejército
rojo y otras fuerzas armadas comunistas al final de la guerra, sin intentar ex-
tender más allá su esfera de influencia por la fuerza de las armas. Los Estados

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Unidos controlaban y dominaban el resto del mundo capitalista, además del


hemisferio occidental y los océanos, asumiendo los restos de la vieja hegemonía
imperial de las antiguas potencias coloniales. En contrapartida, no intervenían
en la zona aceptada como de hegemonía soviética” (Hobsbawm, 2012, pág. 230).
7 La Guerra de Vietnam o Segunda Guerra de Indochina fue un conflicto ar-
mado que se desarrolló entre 1959 y 1975, en el que se enfrentaron la República
de Vietnam del sur y su aliado Estados Unidos, contra la República Democrática
de Vietnam del Norte apoyada por la Unión Soviética y China principalmen-
te. En la primera Guerra de Indochina, en la que los franceses colonizadores
de este país lucharon contra los nacionalistas vietnamitas tanto comunistas
como no, el territorio quedó dividido tras vencer a su colonizador. Con ánimo de
reunificación, los comunistas vietnamitas de los distintos partidos crearon el
“Vietcong” y apoyado por Vietnam del norte comenzó sus actuaciones en 1959,
con el objetivo de llegar al sur. En 1960 llegó la intervención estadounidense, la
cual, a pesar del entrenamiento militar a los soldados nacionalistas, su apoyo
militar y el uso de armas químicas en el territorio (el famoso agente naranja) no
logra vencer al Vietcong y cesa las hostilidades en 1975.
8 La siguiente cita permite comprender bien algunos antecedentes: “Re-
searchers differ regarding the factors that have led agrarian societies to revolt
against central governments and join revolutionary movements, but agree that
the ultimate peasant goal has been an improvement in the economic, political,
and social standard of living. Yet such studies have resorted to Western con-
cepts, such as capitalism, socialism or communism, when investigating beha-
vioural patterns of developing agrarian societies. This methodological difficulty
becomes clearer through studies showing that the peasants did not share a
coherent ideology but rather adopted one ideology or another according to cir-
cumstances. One school of thought examining the factors leading to peasant re-
volts argues that political unrest in rural society evolves from the destruction of
traditional society by capitalism arriving in conjunction with colonialism (mo-
ral economy). Another school holds that these revolts stem from the destruc-
tion of traditional political classes and precapitalistic patron–client relations
(political economy). Both schools assume that the social pressure stems from
the dramatic changes imposed on traditional societies. Rural society in general,
and that of South-East Asia in particular, is characterized by a system of rights
and obligations regulating relations between individuals and between them and
society. Once the delicate balance enabling this system is upset, society is for-
ced to search for an alternative system, or in other words – to revolt. The com-
bination of both models may be illustrated through the 1930 Vietnamese revolt.
The integration of the Vietnamese economy into the world economy through
the French colonial system linked their fates. The economic crisis of the 1930s,
which caused world markets to fall, led to a dramatic drop in the price of rice

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in Vietnam and resulted in a widespread rural revolt (1930–31). White argues


that the Vietnamese peasantry attempted to combat the modernization process
imposed by France. However, the fight required aid from external forces, na-
tionalist as well as communist, mainly the national movement fighting to free
Vietnam from French imperialism. A direct link was thereby established bet-
ween urban communism and rural circles; but the part played by the Commu-
nist Party in this revolt remains unclear, since the revolt was traditional rather
than national communist in character, as was the case in China and in Russia.
Protest in Vietnam was spontaneous and was instigated by food shortages. The
Communist Party leadership in the 1930s was essentially orthodox in adopting
Marxism-Leninism verbatim, believing that a communist revolution relied on
the urban proletariat. This understanding notwithstanding, a certain level of
cooperation existed between the urban communist leadership and the rural
revolt. Although France easily suppressed the revolt, it was nonetheless impor-
tant to the development of the struggle in Vietnam. It proved to the communist
leadership that the peasantry was more reliable than the urban proletariat.
Moreover, it resulted in the transfer of the political, and later military, centre
of gravity from the French-occupied cities to the rural areas. Political cadres,
often local residents, began appearing in the villages preaching communist tea-
chings. Attempts to convey the philosophical-political essence of communism
were soon rejected in favour of simplified ideas and a continuous emphasis on
tradition. Peasants were told that joining communism meant fighting French
colonialism, abolishing large estates, and promoting agrarian reform. In other
words, the communists promised political autonomy and ownership of land.
They explained the basic tenets of communism (Xa hoi hoa) through the cen-
tral traditional concept Xa, denoting the connection between men and land.
The verb hoa denotes heavenly authority over the land through man, and the
word hoi means unification. Taken as a whole, the term denotes heavenly sanc-
tified socialism as a unification of man and land. This revolt shows that the
peasants had set out both to defend their traditional way of life and to improve
their economic situation” (Tovy, 2010, pág. 219).
9 Precisamente esta guerra será el hecho que dará inicio a este otro tipo de
guerra. La guerra clásica o guerra convencional tenía como característica ser
aquella disputada entre ejércitos nacionales, cada uno con un objetivo preciso,
una misión, y reglas o “leyes de la guerra” que debían ser seguidas. Fueron las
guerras modernas las que cumplieron principalmente con estas características;
en ellas se distinguía a combatientes de civiles. �������������������������������
“A form of warfare that is con-
ducted by regular, uniformed and national military units and uses conventional
(not nuclear) military weapons and battlefield tactics” (Heywood, 2011, pág.
241). Ahora bien, la guerra de guerrillas se caracteriza por el uso de armas
químicas o nucleares, además de no ser claro el papel de los combatientes,

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los rangos, no estar uniformados, y sobre todo no distinguir entre civiles y


combatientes. “Literally, ‘little war’; an insurgency or ‘people’s’ war, fought by
irregular troops using tactics that are suited to the terrain and emphasize mo-
bility and surprise rather than superior firepower” (Heywood, 2011, pág. 242).
La guerra de guerrillas fue definitivamente lo que ayudó al Vietcong frente a
la superioridad estadounidense. “En este sentido se puede mencionar la ma-
siva utilización de túneles por parte del Vietcong, siendo el más importante el
complejo de túneles de Cu Chi. A 32 kilómetros al noroeste de Saigón se en-
contraba el llamado “Triángulo de Hierro” y el distrito de Cu Chi, donde desde
1945 los vietnamitas habían trabajado para construir una vasta red de túneles
de distintos niveles, que abarcaba unas 100 millas. Los túneles servían como
almacenes, hospitales, puntos de reunión, centros de planeamiento e incluso
fábricas de armamento. Las guerrillas infiltradas, los equipos y las municiones
eran desplazados desde Camboya hasta puntos de reunión en los túneles. Los
estadounidenses entendieron la relevancia de los túneles pero no alcanzaron
a comprender su importancia táctica, en el entendido de que eran mucho más
que simples escondites. Para los vietnamitas los túneles eran la forma de trans-
formar aldeas en fortalezas sólidas, al tiempo que les permitía contrarrestar la
superioridad estadounidense en potencia y armamento moderno, ya que desde
estos sitios se podían lanzar ataques sorpresa. Estados Unidos trató de contrar-
restar los túneles mediante la “ratas de túneles” (soldados destinados a luchar
en los túneles), bombardeos y uso de bulldozers” (Rojas, 2008, pág. 595). Otra
definición clara en este sentido es la de Münkler: la guerra de guerrillas es “por
principio una estrategia defensiva en la que se convierte a la población civil en
un recurso militar del que solo pueden aprovecharse los guerrilleros, pero no
las fuerzas regulares. El guerrillero compensa la superioridad técnica de su ad-
versario redefiniendo el tipo y el lugar de lucha” (Münkler, 2005, págs. 142-143).
10 La cita del discurso en contexto es la siguiente: En el séptimo coloquio
(διάλεξις, controversia), editado por el profesor Khoury, el emperador toca el
tema de la yihad, la guerra santa. Seguramente el emperador sabía que en el
sura 2,256 está escrito: “Ninguna constricción en las cosas de fe”. Según dice
una parte de los expertos, es probablemente una de los suras del período ini-
cial, en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero,
naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas
sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa. Sin detenerse en
detalles, como la diferencia de trato entre los que poseen “El Libro” y los “incré-
dulos”, con una brusquedad que nos sorprende, brusquedad que para nosotros
resulta inaceptable, se dirige a su interlocutor llanamente con la pregunta cen-
tral sobre la relación entre religión y violencia en general, diciendo: “Muéstra-
me también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas
malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada

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la fe que predicaba”. El emperador, después de pronunciarse de un modo tan


duro, explica luego minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la
fe mediante la violencia es algo insensato. La violencia está en contraste con la
naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. “Dios no se complace con la sangre
–dice–; no actuar según la razón (συν λόγω) es contrario a la naturaleza de Dios.
La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por tanto, quien quiere llevar a otra per-
sona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y
no recurrir a la violencia ni a las amenazas… Para convencer a un alma racional
no hay que recurrir al propio brazo ni a instrumentos contundentes ni a ningún
otro medio con el que se pueda amenazar de muerte a una persona (Benedicto
XVI, 2006)”.
11 La guerra de agresión, está nombrada en el artículo 5 del Estatuto de Roma,
sin embargo, no aparece definida. No obstante, esta puede entenderse como la
guerra que se hace a otro estado o una comunidad sin que medie autodefensa
ni esté en relación con el artículo 51 de La Carta de Naciones Unidas según el
cual solo se autoriza la guerra cuando hay una amenaza real a la seguridad de
una o varias naciones.

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