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Mística pagana y teratología gauchesca*

Fecha de recepción: 20 de junio de 2017


Fecha de aprobación: 14 de septiembre de 2017

Resumen Rafael Arce

Este trabajo propone una lectura de “Aballay” (1978) de Antonio Di Profesor de Literatura Argenti-
Benedetto. Para ello, parte del problema de la tradición gauchesca na en la Facultad de Humanida-
que el cuento interroga. En este contexto, discute con las lecturas des y Ciencias de la Universi-
críticas que leen en “Aballay” una relectura moralista o religiosa dad Nacional del Litoral (Santa
de la gauchesca. Propone, por el contrario, una hipótesis sobre el Fe, Argentina), investigador
misticismo del protagonista e interpreta su aventura como una expe- CONICET. Doctor en Humani-
riencia de lo sagrado. dades con Mención en Literatu-
ra de la Universidad Nacional
de Rosario.
Palabras claves: Di Benedetto, gauchesca, mística, sagrado.
rafael.arce@gmail.com

* Artículo de investigación en-


marcado dentro del proyecto de
investigación “ El problema de
la animalidad y sus derivas on-
tológicas, éticas y políticas en la
narrativa argentina moderna”,
grupo de investigación IUHC-
SO.

Citar: Arce, R. (julio-diciembre de 2017). Mística pagana y teratología gauchesca.


La Palabra, (31), 143–159. doi: https://doi.org/10.19053/01218530.n31.2017.7279.

143 La Palabra No. 31 Tunja, julio - diciembre de 2017, ISSN 0121-8530 pp. 143-159
Pagan Mysticism and Gaucho Teratology
Abstract
This work proposes a reading of Aballay (1978) by Antonio di Benedetto. The starting point of this
reflection is the problem of the gaucho tradition this work interrogates. In this context, critical readings
that interpet Aballay from a moralist or religious rereading of gauchesca literature are confronted. On
the contrary, a hypothesis is proposed about the mysticism of the protagonist, interpreting his adventures
as a sacred experience.

Key words: Di Benedetto, gaucho literature, mysticism, sacred.

Mystique païenne et tératologie de la


culture gauchesca
Résumé
Nous proposons une lecture d “Aballay” (1978) de Antonio Di Benedetto. Nous analyserons de quelle
manière la nouvelle interroge la problématique de la tradition de la culture gauchesca. Nous discuterons
les interprétations d’“Aballay” comme une relecture moralisatrice ou religieuse de la culture gauchesca.
Nous proposerons, au contraire, une hypothèse de lecture autour du mysticisme du personnage principal
et nous analyserons son aventure comme une expérience du sacré.

Mots-clés: di Benedetto, culture gauchesca, mysticisme, sacré.

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Mística pagana y teratología gauchesca
Rafael Arce

“Aballay” es el primer relato b) la experimentación van- y torturado, como un problema


de Antonio Di Benedetto que guardista radical en El pentá- repentinamente acuciante (Ge-
dialoga de modo directo con la gono (1955) y en Declinación lós, 2011, p. 74).
tradición literaria argentina. Lo y Ángel (1958) (Varela, 2007,
hace recurriendo a un personaje pp. 111); c) la impugnación de En este contexto, la lectura crí-
típico, una figura, un símbolo: la novela histórica en Zama tica no tardó en integrar al gau-
el gaucho. El mito insiste en (1956) (Álvarez, 1996, pp. 37- cho dibenedettiano en el resto
la literatura argentina, a pesar 47); la revisión del realismo de su obra. Parece imposible
de las reiteradas afirmaciones literario y, en menor medida, leer “Aballay” sin pasar por el
acerca de su perennidad. Ya del fantástico, en Cuentos cla- problema de la tradición. La
“El fin” de Borges (Ficciones, ros (1957) y en El cariño de los ya consolidada obra del autor
1944), se decía, cerraba el ci- tontos (1961) (Mauro, 1992, pp. echaba luz sobre su versión del
clo (Sarlo, 1995, p. 89), pero 423-498; Premat, 2009, p. 10); gaucho, lo integraba a su angus-
la fructífera descendencia hasta d) la relectura latinoamericana tioso mundo:
la literatura contemporánea, in- del existencialismo en El silen-
cluso más allá del sistema de la ciero (1964) y en Los suicidas Símbolo de la culpa y la
Argentina (no hay más que pen- (1969) (Espejo Cala, 1991, pp. redención, Aballay es,
sar en los gauchos de Roberto 276-413; Néspolo, 2004, pp. como puede verse, un gau-
Bolaño), mostró lo apresurado 177-186; Bracamonte, 2015, cho expiatorio. Es decir
de este juicio. En sentido es- pp. 98-100). un gaucho responsable de
tricto, la poesía gauchesca se una muerte causada en un
clausuró con La vuelta de Mar- El problema de la tradición ar- duelo (como lo era Mar-
tín Fierro de José Hernández gentina no parecía una preocu- tín Fierro), pero torturado
(Rama: XXII-XXIII). Después, pación del narrador mendocino: por la culpa. Es un gau-
no hubo más gauchesca, porque más aún, su inicial filiación con cho que integra, entonces,
como género fue histórico y es- el programa antirrealista bor- la dimensión ética que a
tuvo vinculado a determinadas giano-macedoniano lo ubica- menudo Borges comentó
condiciones que solo pudieron ban más bien como un escritor en su lectura del poema
darse durante el siglo XIX. Lo cosmopolita, poco provinciano de Hernández, señalando
que sobrevivió fue el imagina- (escribió en la ciudad de Men- que la figura elegida como
rio gauchesco. doza), ajeno tanto al regionalis- antepasado colectivo de
mo de su zona como a la preo- los argentinos era un ase-
Esta interrogación de Di Bene- cupación por el pasado del XIX sino. Aballay es un Martín
detto por la tradición, es tanto típica de los escritores porteños Fierro culpable (es decir,
más llamativa por cuanto apa- (Prieto, 2006, pp. 350-353). La un Martín Fierro leído por
rece tardíamente (Premat, 2006, circunstancia de que los cuentos Borges), pero consciente
p. 77). Hasta que se publicó de Absurdos hayan sido escritos de la culpa e inscrito en
“Aballay” en Absurdos (1978), en la cárcel, durante su deten- una perspectiva de reden-
la narrativa de Di Benedetto ción bajo la dictadura militar, ción (Premat, 2006, p. 79).
había oscilado entre: a) la rea- atiza en la crítica la pregunta
propiación del género fantástico por esta interrogación tardía, En torno al problema de la cul-
y la alusión al imaginario ani- como si el pasado de la Argen- pabilidad, las lecturas en clave
mal kafkiano en Mundo animal tina, con su mito de origen de moral o religiosa se han vuelto
(1953) (Varela, 2005, pp. 279- violencia y exterminio, se le tópicos críticos que cristaliza-
296; Arce, 2016, pp. 125-144); apareciera al escritor, encerrado ron en una aproximación “hu-

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manista” a la obra del autor (Va- no puede llevarnos más que a la vocamente, es captado por los
rela, 2007). “Aballay”, como hermenéutica, porque la prolife- criollos creyentes o simplemen-
relectura de la tradición, puede ración de símbolos invita espe- te supersticiosos. Sin embargo,
integrarse sin dificultad con cialmente a la lectura profunda. los indios carecen de esa clave
estas claves. El absurdo mun- Estas lecturas son válidas y ne- interpretativa. Mientras comen,
do dibenedettiano, en donde lo cesarias. Algunas de ellas, como uno de ellos lo mira con insis-
personajes deambulan angus- la de Premat, son elocuentes y tencia. Deduce que el descono-
tiados, torturados por padeci- persuasivas. “Aballay” es un cido no es que no quiera, sino
mientos inescapables, llenos de cuento perfecto: parece conce- que no puede bajar de los lomos
remordimientos y abrumados bido para que sea desentrañado de su animal. Comparte con
por culpas inexpiables, aloja y de modo cabal. Seguir su pista los otros indios, entonces, una
transforma al gaucho argenti- no puede más que llevarnos a preocupada conclusión: “Hom-
no del siglo XIX (Espejo Cala, una interpretación que lo des- bre-caballo” (p. 324).
1991, pp. 564-565). cifre. Ahora bien, ¿no operan el
símbolo y la tradición también El relato está estructurado en
¿Puede leerse “Aballay” como obturadores del relato? breves episodios, separados por
sustrayéndose a la problemática Lo extremadamente connotado tres asteriscos. El encuentro con
del humanismo, que comparten de los materiales con los que los indios es uno de los más bre-
tanto la clave moral como trabaja, ¿no jalona la lectura en ves y se interrumpe con esa fra-
la religiosa? ¿Es el cuento un sentido en el que la pregun- se lacónica. ¿Es correcta la de-
un nuevo avatar del tópico ta por la tradición parece obli- ducción del indio? ¿Por qué esa
gauchesco, transformado por gatoria y determina, en última conclusión lo preocupa? Los
la imaginación dibenedettiana? instancia, el sentido, por más criollos que cruzan a Aballay, al
La lectura está trazada por plural que este pueda ser? que ya conocen por sus famas,
una doble determinación: el entienden que no quiere bajar-
peso de la tradición y el de la Nuestro rodeo consistirá en se del caballo. El indio entien-
obra ya procesada. Gaucho y empezar por un episodio late- de que no puede. Su conclusión
pampa son lexemas saturados ral. En uno de sus vagabundeos deriva de la mera observación.
de connotación: con ellos solo por el desierto, Aballay se en- Hay un obstáculo físico, corpo-
puede operarse multiplicando cuentra con cuatro indios. No ral, por el que el hombre no se
las significaciones. Pareciera hay descripción alguna, solo apea: forma, con su animal, un
que al crítico solo le queda se dice que son pacíficos. Le solo cuerpo, como si fuera un
preguntarse por qué Aballay ofrecen pescado, sumándose a centauro. Al carecer de la clave
es un gaucho singular, en qué la pléyade de auxiliadores con cultural, el indio puede captar lo
se distingue de los demás o, los que se cruza a lo largo de su que el esfuerzo de Aballay tiene
dicho de otro modo, qué dice derrotero. Como de costumbre, de ejercicio físico. No superpo-
el cuento sobre la tradición el gaucho se niega a bajar del ne a la observación una inter-
argentina. Sin embargo, se trata caballo, puesto que ha elegido pretación que obtura el dolor
siempre de una pluralización esa penitencia para expiar un corporal: capta directamente el
del símbolo. Lo extremamente asesinato que cometió. Entre las aspecto material de la cuestión.
connotado encierra el texto en poblaciones blancas, Aballay ya El indio piensa que Aballay y su
la hermenéutica. ha adquirido fama de santurrón caballo forman un solo cuerpo:
a causa de su extraño comporta- hasta el centauro, aunque ima-
Ensayaremos entonces un ro- miento. El sentido religioso de ginario, constituiría una espe-
deo. Encarar de frente el relato este, aunque interpretado equí- cie, pero este hombre-caballo es

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único en la pampa, por lo que cos, imaginarios, intertextuales, Aballay, su acción en principio
está más cerca de lo teratológi- pulsionales, incluso si ponemos negativa, engendra la ficción,
co. Esta deducción puede pare- entre paréntesis otros procedi- no solamente su “historia” y sus
cer “mágica” o “ingenua y ani- mientos, comprobaremos que “famas”, sino el relato mismo
mista” (Mauro, 1992, p. 618) “Aballay” está concebido a par- que leemos.
para el punto de vista civilizado, tir de esta premisa borgiana: la
pero restituye un sentido que la historia es el despliegue de un El hombre-caballo es la fábula
interpretación de los criollos es- solo problema, la imposibilidad dibenedettiana. No casualmente
camotea: el de lo sagrado. de bajarse del caballo. es el tema de su primer libro,
Mundo animal. En estos cuen-
Ensayaremos entonces un des- No es que consideremos las lec- tos abundan los pasajes entre
vío en la interpretación de Pre- turas críticas que empiezan por lo humano y lo animal, pero
mat: “Aballay” es un Martín la gauchesca o por el imaginario no específicamente el caballo,
Fierro leído por Borges. ¿Qué de la pampa, como inválidas. que aparece recién en un rela-
puede interesarle, presumible- El problema es que soslayan el to de El cariño de los tontos
mente, al universo dibenedet- procedimiento del que sale, con (1961), “Caballo en el salitral”,
tiano de la versión borgiana del toda pulcritud, el relato. No se caracterizado por la ausencia de
poema de Hernández? Si segui- trata, sin embargo, de una ten- protagonismo humano. Mundo
mos al grueso de la crítica, la tativa formalista. Por el con- animal ha sido relacionado con
perspectiva moral y humanista. trario, la eficacia en el uso del el universo de Kafka. La imagi-
Ahora bien, el relato le debe a procedimiento borgiano radica nación animal atraviesa toda la
Borges otra cosa, mucho menos en que hace depender todos los narrativa dibenedettiana. Tam-
visible: el procedimiento del elementos simbólicos y temáti- bién la kafkiana deja su huella:
que es resultado. Sobre el arte cos de esa primera elección. El personajes que se definen por su
de narrar borgiano se ha escri- núcleo del relato ni siquiera es imposibilidad de actuar, itinera-
to mucho. Algunas de las suge- gauchesco: es el hombre-caba- rios laberínticos y circulares,
rencias borgianas se han vuelto llo. Su forma embrionaria po- “percepción onírica del mundo”
marcas características de lo que dría aludir al comienzo de los (Premat, 2009, p. 19).
entendemos por su estilo: la relatos maravillosos: “Había
economía, la alusión, la elipse, una vez un hombre-caballo…” La idea borgiana del núcleo
la brevedad. Hay, no obstante, Las elecciones posteriores se argumental puede pensarse en
un procedimiento que permite desprenden de ahí: espacio, dos direcciones: si se la consi-
expandir la forma breve, inclu- tiempo, personajes. El relato dera desde el punto de vista del
so hasta la novela: partir de un está en condiciones de servirse escritor, se trata de expandir ese
núcleo problemático y sacar las de la tradición para dar conte- núcleo. Si, en cambio, la pers-
consecuencias de esa situación nido a ese esquema: si es un pectiva es la del lector, se trata
inicial. El ejemplo favorito de caballo, que sea un gaucho; si de “destilar argumentos” en un
Borges es El hombre invisible es un gaucho, debe ser situado proceso de abstracción (Stratta,
de Wells: la novela es el desplie- en la pampa (aunque no queda 2004, p. 51). Hemos dado dos
gue de todas las consecuencias del todo claro si se trata de la pasos en esa dirección: de “Aba-
de un solo problema, la invisi- pampa); si está situado en la llay” al hombre-caballo y de ahí
bilidad (Borges, 2008, pp. 257- pampa, que sea en el siglo XIX al monstruo. Puede irse más le-
258). Si hacemos el ejercicio de (pero, ¿cuándo?; ¿antes o des- jos aún: el hombre que no se po-
deshacernos momentáneamente pués de la muerte de Facundo día bajar. Es la historia de “El
de todos los elementos temáti- Quiroga?). La abstinencia de artista del trapecio” de Kafka.

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En los relatos de Di Benedetto, retirada, Aballay pone atención no enfrentándola. Más aún: el
como en los del checo, siempre en los detalles que hacen al sentimiento no es el abstracto
se trata de una situación suspen- cuerpo del anacoreta. Cuando el que remite a un concepto, sino
dida: de esperas, de asedios, de cura dice que montaban en una el concreto de recordar la mira-
merodeos, de renuncias, de pro- columna, Aballay puede des- da del niño cuyo padre asesinó.
crastinaciones. Se trata de cómo conocer el sentido figurado del
hacer para no hacer. Esa es la verbo y tomarlo de modo literal. Ese momento enfático en el
historia de Zama. El modelo del que el cura utiliza la palabra
personaje dibenedettiano podría Si avanzamos con nuestra hipó- “montar” tiende quizás a hacer
ser Bartleby, el escribiente de tesis acerca del procedimiento, olvidar que un poco antes, casi
Melville, no casualmente con- el hombre que no puede bajarse como al pasar, ha mencionado
siderado por Borges un precur- del caballo demanda una causa también que los anacoretas eran
sor de Kafka (Borges, 2009, pp. que vuelva verosímil su accio- hombres que habían decidido
580-581): ante la demanda de nar (o su falta de accionar). Esa vivir apartados y que, como
acción, el extraño Bartleby res- causa es la penitencia. Lo reli- mucho, “mantenían la com-
ponde siempre I would prefer gioso se da por añadidura: es pañía de algún animal fiel” (p.
no to. una consecuencia de una serie 317). Aunque no sabemos nada
de elecciones previas. No es del pasado de Aballay, compro-
Aballay decide su acción (su seguro que Aballay busque sus- bamos que él ya lleva esa vida.
inacción) a partir de una incom- traerse a su determinismo bár- La soledad es una de las condi-
prensión y un asombro: la his- baro y telúrico elevándose a la ciones del gaucho, que apenas
toria de los estilitas narrada por espiritualidad en la cultura de un corrige con la compañía infal-
un cura de campaña. Se trataba mito occidental (Premat, 2006, table del caballo, como lo dice
de anacoretas que vivían en pe- p. 79). Tal interpretación es ad- Martín Fierro: “Siempre el gau-
nitencia toda su vida en lo alto misible en la medida en que se cho necesita / un pingo pa fiarle
de una columna, resto pagano sitúa en la dimensión simbólica el pucho” (Hernández, 1977, p.
del mundo antiguo. El gaucho del relato y, por supuesto, des- 201). “Su esperanza es el cora-
interroga al cura acerca de una conoce legítimamente el punto je, / su guardia es la precaución
serie de detalles de esa vida de vista del personaje. No nos / su pingo es la salvación (Her-
sorprendente. En el diálogo, el interesa tanto restituir el análi- nández, 1977, p. 226).
cura, entusiasmado con el éxito sis psicológico como ensayar
de su misa, explica una serie de no despejar de entrada el sen- De modo que Aballay ya es, sin
cosas acerca del sentido espiri- tido nebuloso o ambiguo de saberlo, un anacoreta. No un
tual de esa vida retirada en la las acciones del protagonista. santo, como lo confundirán, so-
contemplación de Dios. Cuando Aballay no decide de entrada su metiéndolo a un código al que
dice “contemplación”, Aballay penitencia. Primero piensa en es ajeno, sino una especie de
toma la palabra en su sentido la imposibilidad de imitar a los místico pagano: “La experien-
concreto de visibilidad. Su inte- estilitas, debido a la falta de co- cia mística puede ser definida
rrogación apunta a los detalles lumnas en la llanura. Recuerda como sentimiento de indepen-
materiales: de qué se alimen- que para huir de las disciplinas dencia absoluta. La mística
taban, cómo realizaban sus ne- de su madre trepaba a un árbol. queda así contrapuesta a la reli-
cesidades, cómo soportaban las Discute consigo mismo y des- gión que, de acuerdo con la fa-
inclemencias del clima. Mien- carta esa opción, pero lo intere- mosa definición de Schleierma-
tras el párroco intenta explicar sante es que primero considere cher, es sentimiento de absoluta
el sentido espiritual de la vida que está escapando de su culpa,

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dependencia (Fatone, 2009, p. necesidades básicas, es decir, Es como la trompa del elefan-
36)”. animales. te, su brazo, su mano, su dedo,
su todo” (Sarmiento, 1967, pp.
Examinaremos minuciosamen- Esas primeras jornadas no des- 55-56). No puede más que lla-
te en qué sentido podemos pen- criben, entonces, una experien- mar la atención que Sarmiento
sar lo místico en Aballay. Por cia de martirio espiritual, sino anteponga a la comparación del
lo pronto, la definición subraya la restitución del gaucho a una cuchillo con una extremidad el
otro rasgo que connota al mito vida espesa y carnal. El sentido símil de la trompa del elefante.
gaucho: su independencia abso- del hombre-caballo, tal como No solamente el cuchillo deja
luta1. Aballay vive apartado, nó- aparece ante la mirada ingenua de ser un objeto fabricado y se
made, no se sabe de dónde vie- del indio, dista de ser metafóri- convierte en una parte del cuer-
ne, allí donde lo encontramos co. Cuando el hambre lo acosa, po, sino que además esa trans-
es siempre un forastero, incluso el humo de un asado lo orienta: formación, lejos de tecnificar al
cuando después se produzca su es decir, como un animal, se guía gaucho, lo animaliza.
“regreso”, pues ese retorno será por el olfato. “No hizo falta que
al lugar en el que, se nos dijo pidiera” (p. 320), pues le alcan- Ahora bien, desde el minucioso
al principio, tampoco pertenece. zan un pedazo de carne ensarta- interrogatorio, en el que el sen-
do en su propio cuchillo. Solo tido espiritual de la experiencia
La primera jornada de su pe- llama la atención que no quie- es soslayado en favor de los
nitencia, Aballay realiza un ra apearse. Aunque el narrador problemas prácticos, la con-
ayuno voluntario. La segunda, no lo aclare, podemos imaginar ciencia de Aballay se enfoca en
ya atormentado por el hambre, que Aballay ni siquiera pronun- inventar recursos para resolver
decide darlo por terminado. No cia palabra: el laconismo cam- los obstáculos que se le presen-
obstante, ese inicio penitente pesino, tan mitificado por los tan. La invención de esos recur-
no es experimentado como un textos del XIX, dota a la escena, sos es también la de la ficción:
sufrimiento: “Gozó de aqué- presumiblemente silenciosa, de al relato le es dado continuar en
lla. Privarse un día da pureza a toda su verosimilitud. En el epi- la medida en que la imagina-
la sangre, se argumentó como sodio posterior de la mayorala, ción fabula soluciones para las
consuelo” (p. 320). Ese gozo, se describirá con profusión la dificultades que amenazan con
¿es moral? ¿Por qué se sirve de casi prescindencia de palabras detener la historia. La premisa
un argumento para consolarse, de Aballay para comunicarse. misma es paradójica: “Pero él
si se supone que fue una expe- El hombre-caballo siente ham- no podría quedarse quieto en
riencia gozosa? Lo nebuloso de bre, ventea el aroma de la carne, su remordimiento. Él tiene que
la frase vuelve experimentable se acerca, es alimentado. Más andar” (p. 319). Por un lado,
una ambigüedad que será ca- aún: al alimento se lo ensartan detenerse en la penitencia; por
racterística del vagabundeo de en su propio cuchillo. Pero, ¿no el otro, moverse, escaparse del
Aballay: si puede gozarse del es el cuchillo del gaucho parte sufrimiento, del fantasma. La
sufrimiento, ¿cuál es el sentido de su cuerpo? Así lo dice Sar- invención de la abstinencia (no
de la penitencia? Esas primeras miento: “El cuchillo, a más de bajarse del caballo) permite a
jornadas describen las dificulta- un arma, es un instrumento que Aballay mantener las dos rien-
des prácticas que deben resol- le sirve para todas sus ocupa- das contradictorias: sufrir la im-
verse en orden a satisfacer las ciones: no puede vivir sin él. posición y gozar del obstáculo

1
Es el rasgo mítico que manipula con habilidad Ricardo Güiraldes en Don Segundo Sombra, publicada en 1926. No casual-
mente, el gaucho de Güiraldes posee también cualidades de místico pagano: la gauchía de la novela es un rasgo espiritual,
a través de la cual el ideal gaucho se desprende del personaje histórico real.

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sorteado, hacer la penitencia y ducción de la experiencia al prendimiento implica un desin-
disfrutar de la aventura, mover- esfuerzo corporal en orden a terés por el bienestar material,
se sin moverse, andar permane- satisfacer las necesidades bá- una decisión respecto de un
ciendo quieto. Hacer de la abs- sicas, pero suplementándolas modo de vida. Esta ética impri-
tinencia un ejercicio acrobático con un plus de energía en el que me un giro al sentido social que
(de nuevo, el artista del trape- el hombre-caballo prueba sus tuvo originalmente el poema de
cio kafkiano): “Habilidoso fue propios límites, desbordándo- Hernández: la denuncia de las
siempre para las suertes sobre el los, sin ningún motivo racional condiciones sociales miserables
estribo o colgado de las cinchas, o utilidad alguna. El goce del a las cuales el Estado sometía al
con lo que le vino a resultar sen- hambre, el placer que encuentra gaucho. La pobreza económica
cillo recoger agua en el jarro o, en la destreza de abrevar como es un elemento que definió esa
por probarse destreza, beberla un caballo, no obedecen ni a la condición. Cuando, más tarde,
aplicando directamente los la- satisfacción de las necesidades unos hombres le proponen tra-
bios” (p. 320). ¿No subraya el ni a las mortificaciones espiri- bajo como peón de estancia (el
narrador el sentido deportivo tuales; simplemente, restituyen modo de integración que tendrá
que los obstáculos presentan en Aballay una exuberancia que el gaucho en el salto moderni-
para Aballay? Si la dimensión es la de la vida: “lo sagrado zador de Argentina hacia 1880),
de la penitencia fuera exclusiva, quiere decir la vida más intensa, Aballay duda: “Pretencioso el
la prescindencia del jarro ten- más audaz” (Bataille, 2008a, p. gaucho” (p. 333) opina uno de
dría el sentido de aumentar la 166). los peones. Ante la pregunta por
dificultad y, en consecuencia, el su identidad, Aballay contesta:
esfuerzo, el sacrificio. Sin em- Mucho antes de que corra el ru- “Un pobre” (p. 333). Es la se-
bargo, en las primeras jornadas mor de que hay un gaucho que gunda y última vez que aparece
como hombre-caballo, Aballay no se baja nunca del caballo, la palabra “gaucho”. Es signi-
se prueba para disfrutar el venci- la fama de Aballay surge de un ficativa la autodefinición de su
miento del obstáculo. De modo malentendido. En el patio de condición con el atributo de la
que, el sentido de la abstinencia una pulpería, gana una apuesta pobreza. Este desprendimiento
como expiación está suplemen- y el perdedor arroja las mone- trasciende lo económico y se
tado desde el comienzo por uno das en el suelo, de modo des- vuelve un atributo ontológico
acrobático que conlleva un pla- pectivo. Aballay no quiere hu- del hombre-caballo. Pues, en
cer. Este suplemento es también millarse pidiendo a alguien que los dos episodios, Aballay com-
el del devenir animal (Deleuze se las alcance, ni quiere ejercitar prende que los obstáculos más
y Guattari, 2002, pp. 240-307): su acrobacia deslizándose por la arduos para su ejercicio no son
yendo más allá de su propia im- panza del animal, porque “daría los materiales, sino los cultura-
posición, Aballay se abreva sin risa, y tendría que pelear” (p. les. Cuando recuerda la escena
mediación instrumental, como 322). No sin esfuerzo, Aballay infantil del árbol al que trepaba
lo hacen los caballos. De modo se va sin recoger las monedas: escapando del castigo materno,
que, ese extraño gozo del ham- “Desde entonces, por ese gesto, considera la posibilidad de que
bre, una vez que nos desemba- para los testigos nada fácil de sea un ombú lo que reemplace
razamos de su sentido peniten- descifrar y que tendría relación la columna: “Sería descubier-
cial, es la experiencia dolorosa con el desprendimiento, a Aba- to, sería apedreado, aunque no
de sentirse vivo. llay le nacen famas” (p. 322). supieran la verdadera causa, so-
Es decir, que el primer sentido lamente por portarse de una ma-
Por su parte, lo acrobático, que se atribuye a su acción no nera extraña” (p. 319). Aquello
lo deportivo, implican la re- es religioso, sino ético: el des- con lo que Aballay debe lidiar

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Mística pagana y teratología gauchesca
Rafael Arce

es con la falta de sentido que se desprende, porque en verdad simbólico: es una trasmutación
sus acciones tienen para los de- nunca la comprende, como tal de la idea en obra, la materiali-
más. vez no la comprendieron los zación de un acervo espiritual.
pueblos originarios (Aballay es
En este cuento no se trata, como un nombre aborigen), de toda Al considerar la dimensión re-
en Martín Fierro, del enfren- noción de trascendencia. Lo di- ligiosa, y no la sagrada, del
tamiento entre la ley estatal y vino no pertenece a otro orden, ejercicio de Aballay, la crítica
la justicia consuetudinaria del sino que imanta las cosas: es insiste en leer una elevación
campo (Ludmer, 1988, p. 16). este mismo mundo vuelto otro. espiritual: “[…] el gaucho Aba-
Se trata de la sustracción de las llay se va desprendiendo de
acciones a la sanción del senti- Como Fierro, Aballay va al de- toda materialidad en un camino
do que las vuelven inteligibles sierto, a la “pampa bruta” (p. purificador que inicia para libe-
en determinado mundo. Po- 325), por amenaza de la milicia. rarse de la culpa” (Mauro, 1992,
demos llamarlo profano, en el No obstante, incluso este signo p. 614). Por el contrario, nuestra
sentido que es el mundo de la es equívoco: “Por los indicios lectura pretende demostrar que
razón y de la utilidad (Bataille, entiende que no es el polvo del la atención de Aballay se dirige
2008b, p. 25). Josefina Ludmer viento, sino de la caballada, y no especialmente a lo bajo-mate-
ha hecho una homologación en- montaraz, sino caballería de tro- rial, pero esa materialidad no es
tre la utilización del cuerpo del pa armada” (p. 325). El proble- “bruta” sino que va adquiriendo
gaucho para la guerra por parte ma de la provisión de alimento un aura espiritual. Lo divino no
del Estado, y la utilización de se vuelve a presentar. Retoma, está más allá (trascendencia),
su voz por parte de la cultura entonces, el relato del cura, sino más acá, alrededor, en las
letrada: sujeción del individuo cuyos santos comían víboras y cosas: es la inmanencia (Batai-
en la administración del cuerpo arañas en el desierto. Realiza, lle, 2008b, p. 25).
social y sujeción de la voz en la como Borges, la traducción co-
elaboración de una poesía na- rrespondiente: aprende a cazar Como Fierro, Aballay también
cional. Resulta significativo que piches sin bajarse del caballo. “vuelve”, aunque nunca se sabe
Aballay no cante y que, como Aprende a sacrificarlos y a co- bien a dónde, puesto que, como
veremos, apenas piense: más cinarlos. Dice Néspolo (2004) lo vimos, es un forastero en ese
bien su acción es la contempla- que el viaje de Aballay “postula lugar indeterminado. Como con
ción, aunque no haya entendido el continuo despojo de todo lo Zama, la crítica ha discutido el
lo que dijo el cura cuando usó material y humano como única lugar-tiempo de una acción que
la palabra. Precisamente, es esa forma de resistencia, de purifi- recoge un imaginario de la his-
misma incomprensión lo que le cación y de conocimiento del toriografía romántica (Mauro,
permite una vida contemplati- sujeto” (p. 292). Para nosotros, 1992, pp. 615-616). En efecto,
va. El hombre-caballo sustrae en cambio, más bien restituye a se habla de la pampa, pero tam-
el cuerpo al orden profano, es cierta espiritualidad una expe- bién algunas referencias (los
decir, el orden de la utilización riencia terrenal en la que el acto feligreses que vienen de Jáchal)
razonable y significante. Inclu- de provisión para alimentarse es podrían precisar el espacio en
so a ese orden profano que es aprendido desde cero: el hom- torno a la geografía regional
la organización institucional de bre-caballo no sabe cómo cazar del escritor: Mendoza, San Juan
la religión: alejarse de la tierra en el desierto, debe fracasar, ha- o, incluso, el límite entre San
para contemplar a Dios. Aba- cer ensayo, prueba y error, para Juan y La Rioja (Mauro, 1992,
llay restituye la contemplación lograr el sustento. El ejercicio p. 616). También se comenta,
de las cosas en su inmanencia: de “traducción” no es verbal ni al comienzo, una acción me-

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morable de Facundo Quiroga, significado esotérico al hom- parsimoniosa mística, no hay
enseguida contradicha por la bre-caballo y, desde entonces, mediación conceptual (cultural)
pregunta acerca de su muer- se comportan con reverencia. del pensamiento, hay una conti-
te ya lejana en el tiempo. De Se convierte en un místico del nuidad espiritual. A la vuelta del
modo que, el narrador confun- desierto, alguien dotado de un desierto, cuando se fabrica su
de las referencias, haciendo de aura sagrada que, sin embargo, propia cruz, está sucio y desa-
la pampa un lugar impreciso y desborda la comprensión reli- rrapado: “Busca el arroyo y se
abstracto, un desierto inubica- giosa de la sociedad en la que sumerge en prolijas abluciones”
ble, en un tiempo mítico, puesto se mueve: “Van ellos, entonces, (p. 326). Ya su duda respecto a
que el modo en el que se habla a rendir su ofrenda –pan y vino, la realización de sus necesida-
de Quiroga es más propio de la como principio– a ese peregri- des implicaba la higiene de su
leyenda que de la historiografía. no extraño que, según decires, cuerpo como un correlato de la
no se baja nunca del caballo” limpieza de su alma: Aballay no
Sea como fuere, pareciera que (p. 327). concibe una sin la otra.Realiza
la función narrativa de la vuel- cada vez este pasaje de lo abs-
ta por el desierto obedece a una Para Bataille, los modos de ac- tracto a lo concreto, de lo meta-
especie de rito de iniciación: ceso a lo sagrado, en un mundo fórico a lo literal, que implican
Aballay regresa siendo “otro”, que se ha vuelto esencialmente ciertas palabras, y que articula
habiendo realizado un pasaje. profano, son varios, aunque li- su experiencia de inmediatez
La transformación se comprue- mitados: el erotismo, la risa, la con las cosas.
ba en las miradas que le dedi- mística, el sacrificio, la poesía.
can, pues las leyendas lo han El misticismo de Aballay resti- En este plano, la muerte apa-
modificado en la percepción tuye a las acciones más cotidia- rece como una posibilidad de
de la gente. De nuevo, el sen- nas y banales su dimensión sa- continuidad en la fatal discon-
tido figurado, metafórico, es grada. Al sustraerse al orden de tinuidad que son los seres: “In-
traducido a su sentido literal, la razones del mundo profano, tentaré mostrar ahora que para
concreto. Aballay escucha la Aballay se abre a la inmanen- nosotros, que somos seres dis-
frase “Lleva su cruz” (p. 326). cia: la pampa deviene espacio continuos, la muerte tiene el
Él piensa que justamente no tie- sagrado. El acto más pequeño sentido de la continuidad del
ne una. De modo que se fabrica implica entonces una espiritua- ser” (Bataille, 1997, p. 17). Ya
una cruz, con dos pedazos de lización del mundo material. El el devenir de Aballay es una po-
madera que corta y entrelaza: gaucho accede a una existencia sibilidad de romper el abismo
arranca, entonces, a la natura- contemplativa, más acá de la entre lo humano y lo animal. Es
leza la materia con la que erige cultura y del pensamiento, pero en este sentido que decimos que
su símbolo, pero lo hace obede- también más allá de la mera el mundo de Aballay es sagra-
ciendo a la escucha de esa frase, vida biológica o bárbara: “Sor- do, pues se experimenta como
desentendiéndose de nuevo del be, con dilatadas pausas, de la una pérdida de su discontinui-
sentido (religioso), otorgándole labrada bombilla de metal pla- dad en favor de una continui-
sin darse cuenta un sentido sa- teado. Se absorbe, Aballay, no dad: “Lo sagrado es justamente
grado espiritualizando la mate- en pensamientos, quizás, sino la continuidad del ser” (Batai-
ria inerte. La cruz se convierte simplemente en la parsimonio- lle, 1997, p. 17). En consecuen-
en signo de identidad y Aballay sa mística del zumo verde y cá- cia, la muerte carece de sentido
ya no necesita explicarse: la lido” (p. 323). Aballay sorbe el trágico o amenazante. Con la
sociedad reduce la extrañeza mate y se absorbe en la contem- llegada del invierno, Aballay
a su modo, dándole un oscuro plación: entre el acto físico y la puede experimentarlo: “No in-

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Mística pagana y teratología gauchesca
Rafael Arce

tentaba movimiento y lo ganaba je, lo que llama su atención es que cuestiona el sentido de su
una benigna modorra. / Mucho que el mando lo lleve una mu- penitencia. No obstante, su es-
rato duró el letargo, ese orillar jer. Habíamos dicho más arriba porádica pertenencia a esta co-
una muerte dulce, más atinó a que la invención penitencial de munidad nómade (no se sabe a
reaccionar su sangre a las pri- Aballay tenía su origen en un dónde van, no se entiende bien
meras tibiezas de la atmósfera” asombro. La “mística parsimo- qué relaciones los unen, aun-
(p. 327). Consciente del riesgo niosa” tiñe el mundo que perci- que parecen ser una familia) es
que ha corrido, Aballay se pre- be de una maravilla tenue y el clave para la supervivencia: el
gunta: “Si muriera encima de narrador no deja de subrayarlo: encuentro salvador se produce
un caballo, ¿quién me despega- al obstáculo físico, práctico y después de que el frío invernal
ría de él?” (p. 327). La muerte material, suceden los inciden- haga experimentar al gaucho la
perfeccionaría la interrupción tes en el borde de lo mágico y sensación de muerte. Se trata,
en la discontinuidad del cuerpo, lo inusual. El hombre-caballo por lo tanto, de un equilibrio di-
lo enlazaría a la totalidad del ser porta el misterio, el enigma, el fícil de sostener, y es aquí donde
de modo definitivo: “El mundo secreto (¿cuál será su cruz?; ¿es lo literal se vuelve figurado, de
sagrado es un mundo de comu- un santo?; ¿un monstruo?). De tal modo que provoca en Aba-
nicación o de contagio, donde modo correlativo, su ejercicio llay sus primeros pensamientos
nada está separado” (Bataille, abstinente le permite detenerse sobre la cuestión: tiene que sos-
2008a, p. 158). en la contemplación fascinada tener la penitencia, pero el rigor
de lo visible, restituyéndole al no debe amenazar la vida. Con-
Subrayemos que los episodios mundo conocido su extrañeza servar la vida, sin embargo, no
se suceden en un tiempo cícli- originaria. debe hacerlo sentir demasiado
co, que es el de las estaciones. cómodo. El mismo gaucho lo
Aballay comienza su penitencia Gracias a la ayuda que les pres- piensa en términos vitales:
en verano y es la llegada del frío ta, y a la simpatía de la mayo-
la que trae complicaciones ma- rala, que respeta sus hábitos La llamaba “vida de bal-
yores. Después de cumplido el sin indagatorias, Aballay se les de” y sabía que eso era
ciclo, el relato avanzará a través une en un errático viaje. Una como “vivir de regalo”,
de los años en pocas páginas. vez más, el hombre-caballo ha pero también sospechaba
De modo que, el tiempo es el encontrado solución a la incle- que fuera vivir en vano.
que el cuerpo de Aballay ex- mencia de los elementos, pues- Pensó, una vez, ir al en-
perimenta en carne propia. En to que el abrigo de la carreta y cuentro del cura o de otro
ese primer invierno, el gaucho la seguridad de la comida resul- hombre mayor e instruido
encuentra una carreta varada tan indispensables para sopor- con quien aconsejarse.
en un pantano, conducido por tar la penitencia en invierno. A A sus dudas, como de una
una mujer aguerrida, la mayo- cambio, Aballay presta ayuda tiniebla, le venía la réplica,
rala. La ayuda del gaucho es y servicios. Sin embargo, el casi parecida a una justifi-
indispensable para la liberación problema que se le presenta es, cación: vivir para pagar
del carro, en el que viajan una significativamente, el equilibrio una culpa no era vivir en
mujer, un hombre y tres niñas. (de nuevo el artista del trape- vano (p. 331).
Aballay nunca sabrá el paren- cio): la simpatía de la mujer,
tesco ni las relaciones, pero que asegura ayudarlo porque le Despojado de nociones previas,
de nuevo la primera impresión recuerda a un hijo que tuvo, y Aballay aprende no solo a so-
que tiene es de sorpresa: antes la rutina establecida, van dán- brevivir biológicamente, sino
que los problemas del carrua- dole a Aballay una comodidad también a pensar por sí mismo.

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Sus dudas pasan por frases he- persigue precisamente porque cultura civil se compene-
chas que figuran representacio- es inocente: hay una intuición traran con el gauchaje; de
nes culturales (“vivir de balde”, del sufrimiento que no necesita la azarosa conjunción de
“vivir de regalo”), mientras que mediaciones, el encuentro con esos dos estilos vitales, del
sus sospechas, que no puede la mirada despojada del niño asombro que uno produjo
formular con claridad (las pala- (ese cachorro que presencia en el otro, nació la litera-
bras sin comillas pertenecen al la muerte del padre) provoca tura gauchesca (Borges,
narrador), derivan de su ejerci- una dilatada respuesta, que es 2008, pp. 207-208).
cio, de su práctica. Ya la cultura la transformación de su propia
letrada no le sirve (el cura, el mirada en la de un animal. Lo Esos “estilos vitales” permi-
hombre instruido): la réplica le contemplativo, la maravilla, la ten establecer una relación con
viene “como de una tiniebla”. inocencia, todos modos de lo lo que hemos leído en clave
Esa respuesta es la que le ha sagrado. de modo de vida. No es casual
dado su práctica, es la respuesta que Borges diga posteriormente
que ha podido encontrar hacien- Aunque la lectura del gaucho que la ética del criollo está en
do el camino entero desde la expiatorio es aceptable, puede el relato. Sutilmente, pasa del
vida más elemental a una vida también pensarse que el despo- argumento moral (que le sirve
que se interroga por su sentido. jamiento de Aballay reduce lo para desmantelar la epopeya)
Podemos imaginar que antes gaucho al devenir caballo y al al de la ética entendida como
de su crimen y la persecución ejercicio acrobático. De nuevo, modo de vida (Deleuze, 1999,
de esos ojos infantiles, Aballay la mediación es el ensayo de pp. 261-262). Borges describe
vivía sin saber de sí, como un Borges, pero no solamente la te- así esta ética: “la que presume
gaucho más. La transgresión, sis acerca del carácter criminal que la sangre vertida no es de-
la culpa, la penitencia, el deve- de Fierro. ¿No es esa, en defi- masiado memorable, y que a
nir animal, lo llevaron a tener nitiva, una de las provocaciones los hombres les ocurre matar”
conciencia de sí y de lo otro, a borgianas tácticas, destinada (p. 227). En efecto, a Aballay le
comprender oscuramente (eso solo a desmantelar la lectura lu- ocurrió matar y esa sangre no
es la “tiniebla”: una compresión goniana? Hemos examinado el habría sido memorable de no
no conceptual, un saber prácti- “asombro” de Aballay, leído en haber intercedido la mirada ani-
co) que puede vivirse una vida clave batailleana de restitución mal del niño. ¿Cuál es ese estilo
despersonalizada, no necesa- de la inmanencia de las cosas. vital del gaucho? El de un místi-
riamente humana, una vida que Pero esa maravilla, esa magia co pagano de la llanura. Aballay
encuentra su potencia más allá parcial, también es borgiana, en vive en un mundo sagrado. Ese
de los límites que le imponen la medida en que devuelve al estilo de vida es la consecuen-
la conciencia y el orden social “contenido” de lo gauchesco la cia de una experiencia excesiva,
(el mundo profano).2 Incluso, el dinámica de un proceso: una apertura a lo ilimitado que
origen de la culpa es ambiguo: es el ejercicio imposible que se
se diría que sin el encuentro con Las guerras de la Indepen- ha impuesto.
la mirada del niño no habría po- dencia, la guerra del Bra-
dido tener lugar. Esa mirada, en sil, las guerras anárquicas, El hombre-caballo no es más
cierto modo la de un animal, lo hicieron que hombres de que la fabulación hiperbólica de

2
Nos parece, en consecuencia, inaceptable la tesis de Néspolo (2004), según la cual, socráticamente, Aballay se conoce a
sí mismo como “sujeto” (p. 292). De lo que se trata más bien es de una suspensión del conocimiento y de una pérdida del
sí-mismo en el continuo sagrado: “la experiencia alcanza la fusión entre el objeto y el sujeto, siendo como sujeto el no-saber,
como objeto lo desconocido” (Bataille, 2016, p. 31).

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Mística pagana y teratología gauchesca
Rafael Arce

un devenir que está inscrito en tanto la captura moderna como p. 36). Dijimos que Aballay, en
el habitante de la llanura antes la mitificación heroica. Sustrae cierto modo, en el salto que con-
de que la cultura letrada lo ca- su cuerpo a la guerra y al tra- lleva su devenir animal, rehace
tegorice como gaucho. Dijimos bajo, los dos modos de sujeción desde el comienzo el camino
que son dos los momentos en del siglo XIX: pero, mediante que lo lleva a sí mismo: al for-
los cuales Aballay es interpe- un ejercicio de ascesis extremo, mar con su caballo un solo cuer-
lado con la palabra. En ningu- se arranca a su vez del estado de po, se disuelve como sujeto, se
no de los dos se reconoce en la animalidad, se transforma en un somete a la materialidad de los
denominación. La palabra es ser contemplativo que vuelve a elementos. También rehace el
para él ajena, posee un sentido inventar el pensamiento. Cuan- camino del pensamiento: la ani-
peyorativo. ¿Y si los elementos do enferma, las mujeres lo auxi- malidad, el rito de iniciación en
temáticos con los que el cuento lian, aunque piensan que debe- el desierto, el despojamiento de
crea su verosímil espaciotempo- ría guardar cama, sin atreverse las categorías ajenas y el traba-
ral fueran una suerte de anzue- a sugerírselo. Tampoco consi- joso esfuerzo de una búsqueda
lo? Ya vimos que ni el espacio deran rezar por él, porque creen de respuestas que no sean las
ni el tiempo son seguros. Tam- que es un alma piadosa que vive que le ofrece el mundo dado.
poco su condición de gaucho lo en oración:
es. Como Zama, Aballay parece Cuando examina el pensamien-
estar suspendido entre dos tem- No es tanto así, como creen to místico, Fatone lo coloca
poralidades: ya no son los míti- las mujeres. Sin embargo, como el cuarto momento de una
cos tiempos del gaucho patriota Aballay reza, a su manera, serie: el momento pre-lógico, el
que participó en las guerras de y no para implorar por su formal y el dialéctico. El mo-
la Independencia y que cantan salud. Su rezo es como un mento pre-lógico corresponde
los primeros gauchescos; y to- pensamiento, que continúa al pensamiento primitivo y al
davía están lejos los tiempos del después que ha dicho las del sueño: es pura afirmación.
gaucho peón rural. Es probable- frases de la doctrina. Nun- El devenir-animal, la excursión
mente el tiempo de las guerras ca hizo de la plegaria una al desierto, los sueños que tiene
civiles, de la leva forzada, del queja (p. 335). de “los empilados”, sumergen
Estado incipiente, pero en el a Aballay en el pensamiento
cuento esa amenaza no es más Esa plegaria comparada al pen- pre-lógico: la imaginación, el
que un montón de polvo que samiento, que no se reduce a la ejercicio, la acción inmediata
se levanta en la lejanía, algo queja ni al ruego, es como una sobre las cosas, la fantasía. El
que parece más una conclusión especulación de la que participa segundo momento, formal, co-
apresurada. Incluso cuando lo la naturaleza de lo sagrado. No rresponde al descubrimiento de
citan por sospecha de abigeato es un pensamiento claro y dis- la negación: es lo que le sucede
(Aballay debe ir reemplazan- tinto, no es lógico ni dialéctico, a Aballay cuando retorna a la
do los caballos que se le van pero es un pensamiento: es os- “civilización”, alterna la afir-
muriendo), la policía, retratada curo, como una “tiniebla”. mación con la negación, y en su
como cruel y sin miramientos severo laconismo podría inclu-
en el poema de Hernández, cede La experiencia de la mística, so decirse que su comunicación
también al influjo de la leyenda dice Fatone, no excluye el pen- se limita a afirmar y a negar. El
y lo trata con consideración. samiento: de ella deriva, justa- tercer momento, dialéctico, es
mente, la teología negativa, en el de la contradicción, en don-
Aballay está más allá de la bar- general soslayada por la histo- de la afirmación y la negación
barie y de la civilización: evita ria de la filosofía (Fatone, 2009, no se alternan, sino que trabajan

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juntas: son los problemas que a afirmaciones y las negaciones, abstiene, salvo cuando cae por
Aballay se le presentan como hasta llegar a la nada de la ex- accidente.
dilemas, las aporías que la con- periencia3: la totalidad concreta
tinuación de su ejercicio le pre- de las cosas en que consiste el En el último apartado, Aballay
senta a lo largo de su derrotero. mundo sagrado. Nótese que la se encuentra con ese niño cuya
fórmula que acuña Fatone para mirada lo persiguió durante toda
Ahora bien, acerca del momen- describir el pensamiento místi- su aventura: ya es un adulto y
to místico, dice Fatone: co, ni quiere ni no quiere, tradu- vuelve para vengar la muerte de
ce adecuadamente el ejercicio su padre. ¿Debe bajar del caba-
El momento místico tiene de Aballay. Con lo cual volve- llo para el duelo? Como vacila,
que consistir en la nega- mos a la pregunta que se hacía el joven, que también lo conoce
ción del momento dialéc- el indio, pero considerada aho- por su leyenda, le propone un
tico, y consiste en ello, ra en términos de voluntad, no duelo montado. Aballay, como
como cada uno de los otros de obligación. A la invitación no quiere matarlo, decide pelear
era negación del momento a apearse del caballo que cada con una caña que arranca de la
anterior. Así se instaura la uno de los encuentros le depa- naturaleza. Se enfrentan los dos
teología negativa, la lógi- ra, Aballay podría contestar con hombres-caballos y, en el entre-
ca apofática propia de la la fórmula mística: Ni quiero ni vero, el cuchillo del joven corta
mística: negando aquel no no quiero. Podría ser también la caña, que se vuelve una punta
quiere y quiere para con- la respuesta del asesor letrado afilada. Sin proponérselo, Aba-
vertirlo en esto otro: ni Diego de Zama, el más famo- llay lo hiere y su rival cae del
quiere ni no quiere […]. so de los personajes de Di Be- caballo. Entonces baja a auxi-
El principio no es pasible nedetto, cuya extraña conducta liarlo, sin pensarlo: solo cuando
de afirmación ni de nega- ha sido tan asediada hermenéu- está en el suelo lo gana la con-
ción: ambas deben ser ne- ticamente. Finalmente, podría tradicción. Duda un instante y,
gadas, y en este sentido el ser otro modo de la célebre res- por primera vez, decide que la
principio es la negación de puesta de Bartleby. ocasión amerita la transgresión
toda afirmación y de toda de la penitencia. Ese momento
negación (2009, p. 41). Por supuesto, estos momentos, de vacilación es fatal: el joven
progresivos, no se dan de modo herido, desde el suelo, le hunde
Así como el mundo profano de uniforme en el relato. El desen- el cuchillo en el vientre. Esta es
la utilidad se opone al mundo lace trágico es la consecuencia la última línea del texto: “Aba-
sagrado de la inmanencia, así de la imposibilidad de que Aba- llay, tendido en el polvo, se está
también la lógica formal y la llay arribe a un pensamiento muriendo, con una dolorida
dialéctica (esto es, la razón) se místico acorde con su práctica. sonrisa en los labios” (p. 339).
oponen al pensamiento místico. Podría decirse que el gaucho es
Pero este cuarto momento no es incapaz de superar la contradic- El lector encuentra congruente
simplemente la exaltación de lo ción. Sus dilemas se sintetizan esa dolorosa sonrisa: Aballay
irracional o lo pulsional (como en esa elección primigenia: de- cierra su castigo muriendo a
a menudo se afirma de los per- terminados episodios lo colocan manos del vengador. No obs-
sonajes dibenedettianos), sino en la alternativa de tener que tante, según nuestra lectura, los
la suspensión de la razón dia- bajar del caballo o permanecer que chocan en este duelo son
léctica siguiendo el juego de las en su penitencia. Siempre se el mundo sagrado y el mundo

3
“En efecto, lo que la experiencia mística revela es una ausencia de objeto” (Bataille, 1997, p. 28).

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Mística pagana y teratología gauchesca
Rafael Arce

profano. A este pertenecen las donarla en el momento trágico La lectura humanista y moralis-
contradicciones. Aballay, como en que sus consecuencias han ta puede considerar con antipa-
gaucho asesino, debe morir en sido contrarias a su cometido4? tía esa vacilación, interpretarla
el mundo profano, pero, como ¿Qué sentido tiene el castigo si como idiotez o ingenuidad del
penitente en un mundo sagrado, desemboca en otra muerte, re- gaucho bárbaro, entender que
debe exacerbar esa continuidad lacionada con la anterior, que el abandono de la penitencia
que el ejercicio impuso a su demandaría un castigo suple- responde en ese momento a la
cuerpo y que la muerte, como mentario? Es como si Aballay, misma culpa que la engendró.
vimos, continúa. Esta interpre- en su simpleza, se mostrara En cambio, para nuestra lectu-
tación puede parecer rebuscada, terco, ciego, a tal punto fiel a ra, esa vacilación es la que lo
como parece obvia la lectura fil- su regla que fuera incapaz de mata, puesto que es incapaz de
trada rápidamente por el tamiz toda casuística. Sin embargo, pensar que su ejercicio le dio un
de la gauchesca: Aballay muere esa tozudez aparente encierra acceso sin retorno a un mundo
como un gaucho, respondiendo una sutil lucidez: la del sentido heterogéneo al de la razones.
a la tradición. No obstante, esta místico de lo sagrado. En efec- Tal vez su vengador, al sacrifi-
obviedad resulta de ese gran to, su ejercicio lo ha abierto a carlo (ese joven hunde su cu-
peso que constituye lo simbóli- la inmanencia y, para el sentido chillo en el vientre del extraño,
co y al cual nos hemos referido moral o racional, aunque fuere del legendario, hombre-caballo:
al comienzo. Atendamos, por el el de la justicia consuetudinaria ¿qué pensaría la gente de ese
contrario, a este detalle extraño: de la campaña, su penitencia ca- crimen?), está consumando un
el momento de la vacilación. El rece de validez en el momento resto de sagrado que permanece
dilema de Aballay puede pare- del duelo. Por eso su vacilación en el mundo profano de la pam-
cer descabellado, puesto que es es legítima, incluso podríamos pa decimonónica. Finalmente,
la culpa la que lo ha convertido decir que Aballay no debería el hombre-caballo es sacrifica-
en hombre-caballo y la herida haber bajado del caballo ni si- do, con lo cual su destino puede
mortal involuntaria al otrora quiera en ese momento, pues el tener un sentido, oscuro, pero
niño debería cambiar de inme- sentido de su ascesis ha desbor- innegable.
diato las reglas de juego. En dado ampliamente la lógica del
efecto, si la penitencia tenía ese mundo profano, aunque fuere el
origen, ¿no es razonable aban- bárbaro de la pampa.

Referencias

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metaficción en la novela latinoamericana contemporánea pp. (37-47). Buenos Aires: Centro
Editor de América Latin,.

4
Premat (2006) resuelve el problema a su modo: “Hay por lo tanto una especie de anulación ética, una fatalidad de la verti-
calidad negativa. […] La tierra bárbara termina, con un pesimismo digno de Ezequiel Martínez Estrada y de su visión apoca-
líptica de la pampa, tragándose al gaucho mártir” (p. 80).

157 La Palabra No. 31 Tunja, julio - diciembre de 2017, ISSN 0121-8530 pp. 143-159
Arce, R. (2016). Del símbolo a la metonimia vía Kafka. Mundo animal de Antonio Di Benedetto. Acta
Literaria, 52, 125-144. Recuperado de http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pi-
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