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Proyecto “Universidad Construye País”

modulo 2 “Desarrollo de habilidades personales e interpersonales para la educación de la Responsabilidad Social”

Test de autoestima

Responde las preguntas de forma intuitiva, es importante que la respuesta sea lo más
sincera posible. Al finalizar podrás ver el resultado.

Este test sólo ofrece orientación, pero carece de valor diagnóstico.

1. Cuando alguien te pide un favor que no tienes tiempo o ganas de hacer...

Pese a todo lo hago, no sé decir que no.

Doy una excusa por tonta que sea para no tener que hacer ese favor.

Le digo la verdad, que no me apetece o no puedo hacer lo que me pide.

2. Viene alguien a interrumpirte cuando estás trabajando o haciendo algo que


consideras importante ¿qué haces?

Le atiendo, pero procuro cortar cuanto antes con educación.

Le atiendo sin mostrar ninguna prisa en que se marche.

No quiero interrupciones, así que procuro que no me vea y que otra persona diga
que estoy muy ocupado.

3. ¿Cuando estás en grupo te cuesta tomar decisiones?

Depende de la confianza que tenga con la gente del grupo, me cuesta más o
menos.

Normalmente no me cuesta tomar decisiones, sea donde sea.

Sí, me suele costar mucho tomar cualquier decisión cuando estoy en grupo.

4. Si pudieras cambiar algo de tu aspecto físico que no te gusta...

Cambiaría bastantes cosas para así sentirme mucho mejor y estar más a gusto con
la gente.

Estaría bien, pero no creo que cambiara nada esencial de mi vida.

No creo que necesite cambiar nada de mí.

5. ¿Has logrado éxitos en tu vida?

Sí, unos cuantos.

Sí, creo que todo lo que hago es ya un éxito.

No.

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6. En un grupo de personas que discuten ¿quién crees tiene razón?

Normalmente la razón la tengo yo.

No todos, sólo algunos. Generalmente la mayoría da versiones válidas de la


realidad.

Todas las personas aportan puntos de vista válidos.

7. Tu profesor te protesta o te regaña en voz bastante alta por un trabajo tuyo


diciendo que está mal hecho...

Le escucho atentamente, procurando que la conversación se desvíe a una crítica


constructiva y poder aprender de mis errores.

Que eleve la voz no se justifica en ningún caso. No tiene ningún derecho a


tratarme así, por lo que no puedo escuchar lo que me dice hasta que no baje su tono
de voz.

Me molesta que me regañe y lo paso mal.

8. Te preocupa mucho la impresión que causas sobre los demás, si caes bien o no...

Mucho, no soporto que alguien me tenga mal considerado.

No siempre, sólo cuando me interesa especialmente la amistad de la otra persona.

Lo que los demás piensen de mí no influirá en mi forma de ser.

9. ¿Preguntas, indagas, averiguas lo que la gente prefiere de ti y lo que no?

Sí, aunque me llevo algunos disgustos.

Sí y disfruto conociéndome a mi mismo a través de los otros.

No pregunto nada, por si acaso me encuentro con respuestas que hubiera


preferido no escuchar.

10. ¿Crees que podrías lograr cualquier cosa que te propusieras?

Sólo algunas cosas de las que pienso son posibles.

Me cuesta conseguir lo que quiero, no creo que pudiera.

Con trabajo, suerte y confianza, seguro que sí.

11. ¿Estás convencido de que tu trabajo tiene valor?

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No estoy convencido, pero hago lo que puedo porque tenga un valor.

No, más bien pienso que muchas veces no tiene valor ninguno.

Estoy convencido de que tiene mucho valor.

12. Me considero una persona tímida...

Depende del ambiente en que me mueva puedo ser más o menos tímido/a.

No me cuesta hacer amigos ni relacionarme en cualquier situación.

Creo que soy una persona especialmente tímida.

13. ¿Qué sientes cuando alguien recién conocido descubre por primera vez algún
defecto que estabas ocultando?

Esta pregunta presupone que oculto mis defectos, en cualquier caso mi respuesta
es que no me importa y que prefiero que los conozca cuanto antes.

Me siento muy mal y desde ese momento mi relación con esa persona ya no es la
misma.

Me resulta incómodo, pero procuro no darle mayor importancia.

14. ¿Te has sentido herido alguna vez por lo que te ha dicho otra persona?

Sí, me he sentido herido muchas veces.

No hay nada que puedan decir que pueda herirme.

Sí, pero sólo por palabras dichas por personas muy queridas.

15. Si pudieras cambiar algo de tu carácter, ¿qué cambiarías?

Nada.

No lo sé, son muchas cosas.

Alguna cosa.

16. Cuando has tenido algún fracaso amoroso, ¿de quién has pensado que era
la culpa?

Mía, normalmente.

Del otro, normalmente.

Cada fracaso es distinto, a veces uno a veces otro.

17. Si realizas un gran trabajo, ¿no es tan gran trabajo si nadie lo reconoce?

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Efectivamente, si nadie reconoce el valor de mi trabajo no merece tanto la pena.

El valor de cualquier trabajo es independiente del juicio de quien sea.

El valor de mi trabajo soy yo el único que puede juzgarlo.

18. ¿Alguna vez sientes que nadie te quiere?

No es que lo sienta, es que es verdad que nadie me quiere.

Si, a veces siento que nadie me quiere.

No, sólo en alguna ocasión siento que no me comprenden, pero no es lo mismo.

Las personas a las que todo el mundo quiere no valen nada, sólo los grandes
generan odios y enemigos.

Nunca me siento así, las personas que me rodean me aprecian.

19. Si repetidamente en reuniones de trabajo o grupos de estudio tus ideas no se


tienen en cuenta...

Pienso que no merece la pena el esfuerzo porque mis ideas no son tan buenas
como creía y procuro atender a las ideas de los otros, dejando en adelante de ofrecer
más ideas.

Lo considero una estadística desfavorable, pero continúo aportando mis ideas si se


me ocurre alguna interesante.

Abandono el grupo, ya que mis ideas no son tenidas en cuenta y procuro formar
otro en el que soy el líder o ir en solitario.

20. ¿A dónde crees que te lleva tu forma de ser?

Hacia una mejora constante.

Al desastre.

A la normalidad.

Test de autoestima

Este test lo que evalúa es la autoestima, que es la valoración que hacemos sobre
nosotros mismos, respondiendo a la pregunta ¿cómo soy yo?, incluyendo el carácter,
la personalidad y las características físicas. Dependiendo de como nos valoremos, el
éxito o el fracaso de nuestras empresas acabará de una manera u otra. Si no estás
seguro de lo que quieres, cómo y cuando lo quieres, puede que los contratiempos de la
vida te hagan más daño que a alguien que sea muy seguro de sí mismo.

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Valoración:

De 20 a 30 puntos, BAJA AUTOESTIMA:

Aquellas personas que tienen una baja autoestima suelen ser personas que aunque
no se creen inferiores al resto si consideran a los demás en una posición más elevada a
la suya. Esto supone que, inconscientemente, se sientan en una posición retrasada en
relación a los que le rodean a la hora de iniciar o realizar alguna acción. Las personas
con poca autoestima carecen de confianza sobre sus propios actos considerando como
un fracaso cualquier pequeño bache que tengan. Al sentirse de ésta manera están
creándose un efecto de derrota que no les ayudará a conseguir sus metas. Por otro
lado, son inconformistas puesto que siempre desean conseguir una perfección en todos
sus trabajos debido a esa situación de relativa derrota en la que se ven sumidos.
Quizás por ello, el éxito en cualquier tarea les complace de tal forma que les puede
ayudar a olvidar los posibles errores cometidos en el pasado.

De 20 a 35 puntos, AUTOESTIMA MEDIA:

Este tipo de personas tienen una buena confianza en sí mismas, pero en ocasiones
ésta puede llegar a ceder. Son personas que intentan mantenerse fuertes con respecto
a los demás aunque en su interior están sufriendo. Aquellos que posean ésta forma de
ser viven de una forma relativamente dependientes de los demás, es decir, si ven que
el resto les apoyan en alguna acción su autoestima crecerá pero, por el contrario,
cualquier error que alguien le eche en cara servirá para que su confianza caiga un
poco. Estos vaivenes no muy acusados en los que se ven este tipo de personas pueden
controlarse con un poco de racionalidad a la hora de enfrentarse a los retos, sobretodo
los retos profesionales. En cuanto al amor, lo mejor es no exagerar los fracasos y
acordarse y disfrutar de los éxitos.

De 35 a 60 puntos, ALTA AUTOESTIMA:

Las personas de gran autoestima han nacido para triunfar en todos los aspectos de
su vida. Se creen seres poderosos y en posesión de la verdad en todo momento. Son
personas a las que resulta muy difícil hacerlas venir en razón y también hundirlas. Su
fortaleza mental les convierte en auténticos tanques de difícil destrucción. Todos sus
movimientos están calculados previamente con un único objetivo: el éxito. Quizás por
ello, el fracaso no supone ninguna alteración de sus planes puesto que es una
oportunidad única para aprender y no volver a equivocarse. Pero, por otro lado, esta
forma de actuar no les ayuda en sus relaciones sociales puesto que dan una imagen de
superioridad que producirá en algunas personas un sentimiento de rechazo. También
hay otras personas a las que las atrae como el imán este tipo de personas de alta
autoestima, eso sí, la pareja que tengas, tendrá que ser también fuerte, porque sino la
podrás hundir.

Qué son los valores y por qué son tan importantes en la


educación

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Al nacer, nuestros hijos no son ni buenos ni malos,


desconocen las normas que rigen su familia o su sociedad.
Su conciencia ética se va desarrollando con el paso de los
años. Pero necesitan nuestra ayuda ya que no llevan ningún
chip incorporado que les diga si sus actos son correctos o
incorrectos, lo que está bien o lo que está mal. Por eso es
tan importante enseñar los valores cívicos que les permitan
desarrollarse y convivir en una sociedad plural.
Los valores son las normas de conducta y actitudes según
las cuales nos comportarnos y que están de acuerdo con
aquello que consideramos correcto. Todos los padres
deseamos que nuestros hijos se comporten de forma
educada, pero sin que se conviertan en niños temerosos o
conformistas, ni transformándonos nosotros en padres
exigentes y quisquillosos. Hay algunos valores
fundamentales que todas las personas debemos asumir
para poder convivir unos con otros y que son importantes
tener siempre presentes y cumplir sin perjudicar a nadie.
Durante los primeros años nuestros hijos aprenden
tanteando el terreno y probando cosas. A través de
pequeños actos, nuestro hijo va percibiendo qué está bien y
qué no debe hacer. A partir de la edad de 3 años, ya saben
ver en otros niños lo que hacen mal y lo que hacen bien:
“Miguel es muy guapo porque me da besos” o “David se
porta mal porque da patadas”. A partir de los 5 y 6 años, los
niños tienden a mirar a los adultos y ver en ellos el claro
ejemplo de lo correcto: por eso intentan ser como ellos y
comportarse como ellos. De esta manera aprenderán
mucho sobre valores.

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La adquisición de buenos valores depende, como casi todo


en la vida de nuestro hijo, de sentirse querido y seguro, de
desarrollar lazos estables con sus padres y de tener
confianza en sí mismo. Sólo sobre una base de amor y
seguridad podrá aprender e interiorizar los valores éticos
correctos. Lo más importante: el ejemplo que dan los
padres en su forma de relacionarse con los demás, de pedir
las cosas, de ceder el asiento, de repartir lo que les gusta, de
renunciar a algo, de defender a alguien, etc. Un
comportamiento de los padres que transmite tolerancia,
respeto, solidaridad, confianza y sinceridad empapa a los
hijos de todos estos valores y aprenden a actuar
respetándolos siempre.
Los valores pueden variar mucho según las culturas, las
familias o los individuos. Existen diferentes tipos de valores:
Valores familiares: Hacen referencia a aquello que la familia
considera que está bien y lo que está mal. Tienen que ver
con los valores personales de los padres, aquellos con los
que educan a sus hijos, y aquellos que los hijos, a medida
que crecen, pueden aportar a su familia. Los valores
familiares son los primeros que aprenderá nuestro hijo y, si
sabemos transmitirlos con paciencia, amor y delicadeza,
pueden ser una buena base en la que apoyar, aceptar o
rechazar otras experiencias, actitudes y conductas con los
que se irá encontrando a lo largo de su vida.
Valores socioculturales: Son los valores que imperan en la
sociedad en el momento en que vivimos. Estos valores han
ido cambiando a lo largo de la historia y pueden coincidir o
no con los valores familiares. Puede ser que la familia

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comparta los valores que se consideran correctos a nivel


social o que, al contrario, no los comparta y eduque a sus
hijos según otros valores. En la actualidad, intentamos
educar a nuestros hijos en el respeto, la tolerancia, la
renuncia a la violencia, la consideración y la cortesía, pero
vivimos en una sociedad en la que nuestros hijos pronto
descubren que también imperan otros valores muy
diferentes como el liderazgo, el egoísmo, la acumulación de
dinero, el ansia de poder, e incluso el racismo y la violencia.
Los valores familiares determinarán, en gran medida, el
buen criterio que tenga nuestro hijo para considerar estos
otros valores como aceptables o despreciables, o para saber
adaptarlos a su buen parecer de la mejor manera posible.
Valores personales: Los valores personales son aquellos que
el individuo considera imprescindibles y sobre los cuales
construye su vida y sus relaciones con los demás.
Acostumbran a ser una combinación de valores familiares y
valores socioculturales, además de los que el propio
individuo va aportándose a sí mismo según sus vivencias
personales, su encuentro con otras personas o con otras
culturas en las que, aún imperando una escala de valores
diferente a la suya, el individuo encuentra actitudes y
conductas que considera valiosas y las incorpora a sus
valores más preciados.
Valores espirituales: Para muchas personas la religión es un
valor de vital importancia y trascendencia así como su
práctica. De la misma manera, la espiritualidad o la vivencia
íntima y privada de algún tipo de creencia es un valor
fundamental para la coherencia de la vida de mucha gente.

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Los valores espirituales pueden ser sociales, familiares o


personales y no tienen que ver con el tipo de religión sino
con el sentimiento que alimenta esa creencia.
Valores materiales: Los valores materiales son aquellos que
nos permiten nuestra subsistencia y son importantes en la
medida en que son necesarios. En la actualidad, vivimos un
alza a nivel social, de los valores materiales: el dinero, los
coches, las viviendas y lo que a todo esto se asocia como el
prestigio, la buena posición económica, etc.
Valores éticos y morales: Son aquellos que se consideran
indispensables para la correcta convivencia de los individuos
en sociedad. La educación en estos valores depende, en
gran parte, de que se contemplen en aquellos valores que la
familia considera primordiales, es decir, que entre los
valores familiares que se transmitan a los hijos estén estos
valores ético-morales imprescindibles:
Respeto: tiene que ver con aceptar al prójimo tal como es,
con sus virtudes y defectos, reconociendo sus derechos y
necesidades. Decir las cosas educadamente, sin herir,
violentar o insultar a nadie, son muestras de respeto. La
educación en el respeto empieza cuando nos dirigimos a
nuestros hijos correctamente, de la misma manera que
esperamos que ellos se dirijan a los demás.
Sinceridad: la sinceridad es el pilar en el que se sustenta la
confianza. Para que nuestros hijos no mientan, no debemos
abusar de los castigos: los niños mienten por miedo al
castigo.

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Renuncia a la violencia: que nuestros hijos no sean violentos


depende mucho de que sus padres no griten, peguen o les
falten al respeto.
Disposición a ayudar: conseguir que los niños ayuden a los
adultos y a sus iguales se consigue fácilmente: sólo
debemos aceptar desde el principio sus ganas de ayudar,
encomendarles pequeñas tareas y adaptarlas siempre a su
edad y sus posibilidades.
Cortesía: tiene que ver con el respeto, la consideración y los
modales. No tiene que ver con no poder hacer algunas
cosas porque no es de buena educación, sino en hacerlas
diciendo “por favor”, “gracias” y “¿puedo?”.
Consideración: tiene que ver con saber renunciar a los
propios intereses en beneficio de los de los demás. Si los
niños ven que sus necesidades se toman en serio, les será
más fácil respetar las de las otras personas.
Tolerancia: tiene que ver con la aceptación y el respeto
hacia la gente que es diferente, a lo que nos resulta extraño,
desconocido o poco habitual.
Responsabilidad: tiene que ver con la confianza que
tenemos en que nuestros hijos sabrán asumir algunas tareas
y las cumplirán. Tiene que ver con la conciencia de que los
actos o el incumplimiento de los mismos tiene
consecuencias para otras personas o para nuestro propio
hijo.
La responsabilidad que tenemos los padres en la
transmisión de estos valores a nuestros hijos es crucial. Los
valores no se transmiten vía genética, por eso es tan
importante tenerlos en cuenta en la educación. Pero

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debemos saber que los valores no se enseñan


independientemente del resto de cosas, ni a través de
grandes explicaciones o dando una lista con aquello que
consideramos correcto y lo que no, esperando que nuestros
hijos la memoricen. Los valores se transmiten a través del
ejemplo práctico, a través de la cotidianidad, de nuestro
comportamiento en el día a día, en aquello que los hijos
observar hacer a sus padres.

Para que los niños tengan un buen desarrollo emocional, necesitan sentirse queridos y
cuidados por sus padres; sin embargo, un exceso de protección puede traer más problemas
que ventajas.
Los estudios de la historia de la infancia destacan que hasta bien entrado el siglo XVII una
de las principales causas de mortandad infantil era el infanticidio. Sin embargo, desde hace
unas pocas décadas el niño ha pasado de tener un escaso valor a ser Su Majestad el Bebé,
convirtiéndose -de este modo- en el centro de atención del núcleo familiar y generando, a
nivel social, todo un mundo de consumo del que resulta difícil de escapar. Por tanto, hablar
de padres sobreprotectores sólo tiene sentido en nuestras modernas sociedades
industrializadas.

Es lógico que todos los padres quieran lo mejor para sus hijos: los mejores alimentos, los
cuidados médicos más avanzados, la ropa más bonita y los juguetes más estimulantes, pero
bajo esta premisa algunos de ellos envuelven a sus niños entre algodones sin darse cuenta
de hasta qué punto pueden perjudicar con ello el desarrollo de su personalidad.

Este tipo de padres, viven tan pendientes de sus vástagos que ponen un celo desmesurado
en sus cuidados y atenciones, ven peligros donde no los hay y les ahorran todo tipo de
problemas, pero a su vez les privan de un correcto aprendizaje ya que no les dejan
enfrentarse a las dificultades propias de su edad de donde podrían extraer recursos y
estrategias que les servirían para su futuro.

Muchos son los indicadores que pueden servirnos de ayuda a la hora de pensar si no les
protegemos en exceso, algunos de los más evidentes son:

Observar si cuando cometen algún error o tienen algún tropiezo tendemos a disculparles y
proyectamos su responsabilidad en compañeros y maestros, o bien si hablamos con ellos de
sus conductas y sus resultados.

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Analizar si tendemos a evitarles situaciones que pensamos pueden resultarles conflictivas o


difíciles de resolver o, si por el contrario, procuramos prepararles para ellas.
Ver si nos anticipamos a sus demandas procurándoles a menudo lo que aún no han pedido,
como juguetes, golosinas, distracciones, etc.
Pensar si estamos fomentando en ellos conductas más infantiles de las que corresponden a
su edad porque quizá nos resulta difícil aceptar que están creciendo.
Una relación padres-hijos basada en la sobreprotección tiene más efectos negativos que
positivos ya que a los niños les costará mucho llegar a alcanzar su madurez.

Además, impedir que un niño aprenda por sí mismo y responda espontáneamente a las
situaciones que surjan a lo largo de su proceso evolutivo puede provocar:
La disminución en su seguridad personal.
Serias dificultades a la hora de tolerar las frustraciones y los desengaños.
Un mayor apego hacia sus padres que más adelante puede generalizarse en cualquier tipo
de conducta dependiente.
Niños insaciables que no saben valorar nada de lo que tienen y que más que desear las
cosas las piden de una forma compulsiva y sin sentido.
Un retraimiento o inhibición en su conducta que dificultará sus relaciones sociales: no les
gusta ir de campamentos, les cuesta jugar o conversar con otros niños de su edad, no
pueden afrontar situaciones nuevas.
Por tanto, si no queremos convertir a nuestros hijos en criaturas inseguras, inhibidas y
dependientes, hemos de prestar atención a su desarrollo evolutivo para saber qué podemos
exigirles que hagan por sí solos.

En cualquier caso, hay que ser conscientes de que van creciendo y deben ir separándose –
como nosotros de ellos – para conseguir una identidad propia.

En muchas ocasiones, conviene aplicar el refrán y dejarles tropezar dos veces en la misma
piedra. De los errores siempre es posible aprender.

Lourdes Mantilla Fernández


Psicóloga clínica

Cómo corregir a los hijos con trascendencia: el nieto de Gandhi

Muchos padres siguen creyendo que es imposible educar sin castigar, que para que los hijos
obedezcan, para que se atengan a unos límites justos y necesarios, para que cumplan con
sus deberes o respeten las normas es imprescindible utilizar premios y castigos,
recompensas y correctivos o incluso una cierta violencia para reajustar los
comportamientos díscolos.
Pero lo que los padres (y los hijos) necesitan es encontrar otras soluciones que tengan el
castigo como una alternativa excepcional. Propiamente castiga el que lo hace mal, porque
quien sabe corregir con cariño y exigencia no está propiamente castigando, sino educando.
Los correctivos duros y duraderos, excluyentes y desconectados del hecho a reprender,
amenazadores y a veces inhumanos, violentos y vengativos, que prohíben cosas buenas u

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obligan a realizar actividades absurdas, no llevan a ninguna parte. Probablemente por la


simple razón de que quien castiga no se incluye en el castigo.

Un buen ejemplo de coherencia educativa


Sobre todo ello nos hace reflexionar la anécdota que, en cierta ocasión, contó el doctor
Arun Gandhi, nieto de Mahatma Gandhi y fundador del Instituto M. K. Gandhi para la Vida
Sin Violencia.

Cuando tenía 16 años y vivía con sus padres en el Instituto que su abuelo había fundado en
medio de unas grandes plantaciones de azúcar, a unos treinta kilómetros de Durban, en
Sudáfrica, su padre le pidió que le llevara a la ciudad para asistir a una conferencia que
duraba toda la jornada. Arun se puso muy contento porque se le presentaba una ocasión de
las pocas que en aquella época tenía de pasar un día en la ciudad. Aprovechando el viaje, su
madre le dio una lista de compras y su padre le pidió que llevara el coche al taller.
Llegados a su destino, padre e hijo se despidieron hasta las cinco de la tarde, hora a la que
acababa la conferencia. Arun hizo los recados en un periquete, dejó el coche en el taller y le
quedó tiempo suficiente para meterse en un cine. No recordaba el tiempo que hacía que no
veía una película de John Wayne. La sesión continua hizo que se olvidara del reloj. De
pronto eran las cinco y media. Salió a toda prisa, corrió al taller y se presentó a recoger a su
padre con una hora de retraso.

– ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué llegas tarde?


Arun se sentía mal por haberse quedado viendo una película mientas su padre esperaba
durante una hora después de una larga jornada, y soltó una mentira:
– El coche no estaba listo y tuve que esperar.
Pero su padre había llamado al taller y sabía que eso no era cierto. Se entristeció y dijo:
– Algo no he hecho bien, hijo mío, no he sabido educarte para que tengas la suficiente
confianza de decirme la verdad. Voy a reflexionar sobre ello, volveré a casa caminando
para poder pensar en qué punto me he equivocado.

Así que, vestido con su elegante traje y sus zapatos nuevos, hizo los casi treinta kilómetros
de vuelta por caminos mal pavimentados y a oscuras. Su hijo lo siguió con el coche durante
las cinco horas y media que tardó en llegar a casa.

“Desde aquel momento –confiesa Arun, el nieto de Gandhi–, decidí que nunca más iba a
mentir. Muchas veces me acuerdo de ese episodio y pienso… Si me hubiese castigado de la
manera como nosotros castigamos a nuestros hijos, ¿hubiese aprendido la lección?”.

Arun Gandhi está convencido de que, si su padre le hubiese impuesto un correctivo


convencional, hubiese seguido haciendo lo mismo; en cambio, el no-castigo se le quedó
impreso en la memoria.

Pilar Guembe y Carlos Goñi


Autores del libro Educar sin castiga

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¿Para qué sirve quejarse?


La verdad es que nos quejamos demasiado y conste que esto no es una queja. Gastamos
demasiada energía en lamentos, reproches y protestas porque nos parece que de esa forma
quedamos justificados.

Pero el derecho a la pataleta sirve, como mucho, para desahogarnos, aunque no consigue
otra cosa que gastar energía en algo totalmente inútil.

La queja, esa que articulamos de manera automática porque hace calor o hace frío, porque
brilla el sol o llueve (los italianos exclaman: “Piove, porco governo!”), porque tenemos que
ir o venir, porque el sistema va lento o se nos ha acabado la batería del móvil, porque es
lunes o es martes, porque llega tarde algún tren o alguien ha llegado demasiado pronto, etc.,
etc., esa queja, que se nos ha pegado como una muletilla, tiene todos los ingredientes para
ponernos de mal humor, para agriar nuestro carácter y para hacernos, en fin, desdichados.

¿Y si no nos quejáramos tanto? ¿Qué pasaría?


Probablemente no nos reconoceríamos a nosotros mismos.

¿Y qué más? Eso quiso saber la batería del grupo americano de rock alternativo Black
Rebel Motorcycle Club (BRMC), Leah Shapiro, quien junto a mil personas más se
comprometieron a estar un mes entero sin quejarse.
El proyecto de control de quejas (Complaint Restraint Project) dio resultado: las personas
que lograron desterrar las quejas echaron fuera de su mente los pensamientos negativos,
con lo que, afirman, fueron más felices.

Estar un mes sin quejarse, aunque sea febrero (durante el que se hizo el experimento), no es
nada fácil, porque sin darnos cuenta hemos hecho de la queja un hábito fuertemente
arraigado que nos aporta algunos beneficios, como mantenernos en guardia ante las
amenazas, pero que también nos puede pasar cuenta con un excesivo estrés.

El quejarse tiene un efecto semejante al de un cigarrillo para el fumador: parece que le


tranquiliza porque parte de un estado de estrés generado por el mismo hecho de fumar o de
quejarse.

¿Eres consciente de tus propias quejas?


Probemos, no un mes, sino un solo día sin quejarnos y nos daremos cuenta, en primer lugar,
de lo difícil que es, y después de los beneficios que comporta.

Quizá lo primero que notemos sea que no hay conversación que no se sostenga a base de
quejas y más quejas, casi todas totalmente inocuas y estructurales, pero que contaminan el
ambiente y que nos hacen ser quejicas pasivos, como somos fumadores pasivos si
compartimos habitación con quien fuma.

Consejos para quejarse menos


Los creadores del proyecto de control de quejas propusieron algunas acciones para poder
estar un mes sin quejarse, recomendaciones que podríamos poner en práctica:

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Definir queja. No es una observación sobre la realidad (“hace frío”), sino un comentario
que nos hace sentirnos superados por esa realidad que no podemos cambiar (“odio el frío,
no se puede salir de casa”). Es bueno que enseñemos a nuestros hijos a hacer esta
diferencia.
Hacer un listado de las cosas de las que nos quejamos y la frecuencia con que lo hacemos.
Así seremos conscientes de si somos unos quejicas o no. Si lo somos, no nos extrañe que
nuestros hijos se quejen.
Huir de los quejicas. La queja es un tóxico. Evitemos a las personas que están todo el día
quejándose, de lo contrario acabaremos siendo, como mínimo, quejicas pasivos.
Traduzcamos las quejas en soluciones. Si hace frío, abriguémonos más. Enseñemos a usar
las quejas efectivas, es decir, que cada queja vaya acompañada de una solución.
Usemos el “pero” positivo. Si no podemos evitar quejarnos, si se nos escapa una queja,
añadamos enseguida un “pero” que neutralice lo negativo. “Odio la lentejas, pero tienen
mucho hierro”.
Cambiemos el “tengo que” por el “voy a”. En vez de “tengo que sacar la basura”, “voy a
sacar la basura”; en vez de “tengo que hacer los deberes”, “voy a hacer los deberes”. De ese
modo, eliminamos una obligación y la transformamos en disposición para la acción.
Leah Shapiro consiguió estar un mes sin quejarse. Según confiesa, valió la pena: aumentó
su productividad y fue más feliz. ¿Seríamos capaces de estar un mes sin quejarnos?

Carlos Goñi y Pilar Guembe


Autores del libro Educar entre dos

Un niño que se fija en los detalles. Que es sensible ante el


sufrimiento de los demás. Que busca soluciones creativas a
los problemas del día a día. Que se equivoca y saca
conclusiones. Que piensa en imágenes o con música. Que
espera su turno o disfruta jugando en grupo. Un niño que se
plantea retos y objetivos y se atreve a equivocarse. Que sabe
disfrutar de las cosas pequeñas. Es aquél que sabe comunicar
sus emociones e intuir las de los demás. Que sabe escuchar y
se siente responsable de sus actos. El que sabe decir que
“no” cuando hay que decirlo…

Este es un niño inteligente aunque en el colegio no saque los


resultados esperados. La vida es una escuela mayor y más
importante que el colegio. Sus asignaturas son más
complicadas y exigen mucho más que la memorización o la
comprensión lectora.

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La vida exige proyección, pensamiento analítico, deducción


e inducción, pensamiento hipotético, comparación, control
de las emociones… y un cerebro flexible, capaz de adaptarse
a todos los cambios. Una inteligencia global y
multidireccional. El niño inteligente es el que se modifica a
medida que lo exigen las circunstancias aunque en el colegio
suspenda Biología.
La inteligencia es flexibilidad, no una nota ni una asignatura.

Tomado de www.psicoactiva.com 16