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Gracias, no quiero galletitas - Por Coca Sarlo

Contamos hoy con la colaboración de Coca Sarlo, lectora de este blog, quien ha enviado este artículo.
¡Disfrutenlo!

La memoria no sólo es prodigiosa, sino también impredecible. Y su impredecibilidad, para mí –con


independencia de lo que diga la investigación científica- es la característica que la vuelve un fenómeno
maravilloso, casi místico. Su impredecibilidad nos dice que en algún rincón de nuestros cerebros siempre
estamos alertas: alertas para recordar y alertas, también, para olvidar. La memoria juega mostrando y
ocultando cuando quiere y como quiere, a pesar de nosotras mismas.

Por ejemplo: alcanza a veces con una mínima percepción para que se desate toda una andanada de
recuerdos que se abate sobre una como un derrumbe. A veces, en cambio, y por más que de ello
dependa nuestra vida, somos incapaces de reproducir la más mínima porción de pasado. A mí me pasa
tanto una cosa como otra. Pongamos por caso una situación recurrente en mis inviernos. Cuando huelo
pan tostado, me resulta imposible impedir que la imagen de mi abuela planchando las camisas de mi
papá mientras tomo la leche con tostadas no me asalte desde las profundidades de vaya una a saber qué
parte del cerebro. Imposible también me resulta a veces, por ejemplo, recordar las buenas razones por
las cuales no debería renegar sistemáticamente de mi educación en la escuela de monjas.

La misma sensación de súbita posesión por el recuerdo y la memoria me asaltó durante la última
reunión de TUT a la que tuve que asistir. Las TUT son las reuniones trimestrales a las que todos los
empleados de la empresa de servicios en la que trabajo debemos asistir. La sigla la utilizamos para
resumir el nombre completo propuesto por el Departamento de Difusión y Promoción Interna (el
DIPROINTE) para designar los encuentros interjerárquicos: Todos Unidos Triunfaremos. El nombre tuvo la
aceptación inmediata de la alta cúspide, dado que sin importar en qué orden una recordara sus
términos, siempre conservaba sus propiedades semánticas. Así, se volvían equivalentes a esa
denominación inicial las expresiones “Unidos Triunfaremos Todos”, “Unidos Todos Triunfaremos”,
“Triunfaremos Unidos Todos” o “Triunfaremos Todos Unidos”. Las TUT no son reuniones de inducción (ya
me referiré a éstas en algún momento), porque ya estamos todos inducidos- o por lo menos eso se
supone dado que regularmente la empresa misma se hace cargo del pago de nuestro salario (los no
inducidos son fácilmente reconocibles porque están tercerizados).

Las TUT son reuniones en las que alentados y conducidos por el Presidente de la compañía nos
preguntamos qué hacemos mal, qué hacemos bien, cuáles son nuestras oportunidades de mejoras y
cuáles han sido nuestras últimas “peoras”. En las TUT repasamos el posicionamiento de la competencia
y nos enteramos de a quiénes tenemos que superar y a quiénes ni siquiera vamos a considerar como
adversarios. En definitiva, las TUT son muy instructivas porque cuando salimos de ellas para dar nuestro

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20 de noviembre de 2012
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presente, recibir el obsequio de turno y masticar la empanada contratada, sabemos a ciencia cierta
dónde estamos posicionados y sospechamos, a ciencia cierta también, qué es lo que nunca vamos a
conseguir.

En la última TUT, decía, me asaltaron súbita e impredeciblemente recuerdos cuando escuché cuáles eran
las ideas que desde la Gerencia de Capital Humano (la GECHU) se iban a implementar para que de una
vez por todas comprendamos que somos el principal activo de la empresa. Entre las innovaciones que se
mostraban en un dinámico ppt, atisbé el ítem “Galletitas”. Léase por tal la intención de la compañía de
proporcionarnos diariamente un refrigerio –nominación más adecuada si la secretaria del Presidente
hubiera conocido el término-. “Galletitas”: fue suficiente la sola lectura del ítem para que mi memoria
pusiera en funcionamiento el andamiaje que me arrojó de lleno al arcón de los recuerdos y me
transportó al primer empleo formal que tuve, allá lejos y hace tiempo. En ese entonces, era empleada
administrativa en las oficinas de una empresa ensambladora de productos electrónicos en el sur del país.
En la oficina radicada en la capital –más precisamente en el barrio de Once- nos encargábamos del
papeleo general y de gestionar las cuestiones administrativas vinculadas con la importación de insumos
para la ¿producción? nacional. Nada del otro mundo a fines de los ochenta.

En esa oficina por la tarde también nos daban un refrigerio. Pasaba una señora con uniforme y carrito a
servirnos té o mate cocido. Y nos traía galletitas. Si éstas eran dulces, podíamos servirnos una. Si eran
saladas, dos.

Y, cuando más de veinte años después, volví a escuchar que nos daban galletitas, me acordé. Me acordé
de mis primeras experiencias en el mercado de trabajo. Pero en realidad como la memoria es prodigiosa
-como decía al principio- me acordé mejor. Me acordé de aquello que a pesar de mí misma quieren
hacerme olvidar: que cuando en la empresa te obsequian galletitas, en realidad, y como dicen en mi
barrio, te quieren dar masita.

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20 de noviembre de 2012

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