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Queridos amigos:

Permítanme que exprese mi gran alegría, y la del Instituto al que me


honro en representar, por esta memorable velada mediterránea de la
cultura de China. Ha comentado en muchas ocasiones el Dr. Vicent
Andreu, Director del Instituto Confucio de Valencia, con la bonhomía que
le caracteriza y el humor que le califica, que Confucio dijo muchas cosas.
Lo sabemos. Pero una de ellas fue: ” La música produce una especie de
placer sin el que la naturaleza humana no puede pasar." El Profesor,
maestro e intelectual Chang Shiru lo dice con palabras más bellas, más
sabias que las mías; yo quiero igualarme a él en sentimientos.

Traducir es leer profundamente; traducir es trasladar un elemento cultural


desde el sitio en que se generó a un lugar en el que es inexistente. Y esa
traslación la ha hecho el Prof. Chang de forma magistral. Ha logrado
meterse en la piel sabia del traductor invisible. De aquel que hace que
Confucio, sus Analectas, nos lleguen directamente. Por sus líneas
traducidas respira y aún transpira la filosofía confuciana. Los conceptos
omnipresentes de alcanzar la armonía y, sobre todo, la formulación de la
utopía, se recogen de forma admirable en las Analectas. La utopía, mucho
antes de que nos la hiciera conocer el admirable Tomás Moro.

Los textos que hoy hemos leído nos han procurado un placer que los
mortales sólo sentimos cuando somos elevados a un cielo superior.

Un viejo profesor como yo, unas veces con la mano en la frente, otras, las
más, en la pluma, de vuelta de muchas cosas, de retorno de casi todas,
pero siempre buscando la armonía, la ansiada armonía utópica que nos
dejó escrito nuestro sabio Confucio, he perdido en mi camino toda
capacidad de sorprenderme. Pero hoy, la cadencia de los versos y el
tuétano de la enseñanza confuciana me ha conmovido y me ha devuelto la
plena capacidad de emocionarme. Y creo que aquí convergemos todos los
que estamos en esta sala.
Tres son las enseñanzas que yo he extraído de esta lectura: primero, la
ética; luego las creencias y, finalmente, la estética que todo lo envuelve.

Estamos ante las Analectas, sólo equiparables a la Biblia, al Corán y a las


Escrituras Budistas. No deseo entretenerles con una disertación sobre los
Cinco Clásicos del Confucionismo. Uno es lo suficientemente ignorante
sobre la materia como para ser cauto y medir las palabras. Sí me voy a
detener un poco más sobre las Analectas de Confucio. En sus páginas se
recogen, de forma admirable, registros de la expresión y del
comportamiento; de la exposición de la ética confuciana atendiendo a
unos goznes sobre los que todo gira: la bondad, la virtud, los rituales de
comportamiento, la música y sobre todo y por encima de todo: un gran
amor por todas las cosas.

Mencio se convirtió en heredero y hacedor de la filosofía confuciana, si


bien desde un punto de vista más metafísico. Dicho en otros términos:
dedicó su atención al mundo interior del ser humano.

Y no es de extrañar que la gran expedición a China que marcó el P. Ricci


quisiera ver en el confucionismo la variable oriental del cristianismo. Es de
lamentar que la autoridad vaticana del momento prohibiera esas
afirmaciones.

Pero las Analectas recogen una filosofía de la vida y del vivir. Un claro
concepto del respeto y de la honestidad. Y aún hay referencias a la
historia, a la literatura, a las instituciones, a las costumbres, a la lengua, a
la dignidad de hombre, a la igualdad de los humanos con independencia
de raza, sexo, religión o posición social.

Parece como si Confucio hubiera escrito sus textos ayer, pensando en el


aquí ahora con la esperanza puesta en el mañana.

Sólo desde el hoy aquí, mis buenos amigos, entenderemos el ayer allí. Y lo
que al mañana no tienda en el olvido debería quedarse. Pero lo que aquí
Confucio nos enseña, precisamente, que no es otra cosa que querer decir
con precisión, nos lo muestra el Dr. Chang, que con su traducción, expone
con la exactitud del bisturí del cirujano resuelto el texto admirable de
Confucio. Con esta traducción se revitaliza la cultura china, la milenaria, la
que se asienta en la moralidad, en la integridad y en la fraternidad. Quizás
ausentes en los tiempos en los que a él le tocó vivir, pero con seguridad,
fuera de todo uso en la sociedad actual.
Confucio anhelaba el latir de un corazón universal, presente en sus trece
clásicos.

Enhorabuena, Maestro Chang, por esta obra monumental en todas las


acepciones de su significado. Gracias por dedicar sus horas, días y años a
difundir la lengua y la cultura chinas precisamente en este país de
embrujo, que es España. Nombres que son miel para los labios: Las
Palmas, Granada, Valencia, Barcelona, Madrid y León. Confucio también
recogió el Libro de la Música. Haz y envés. La música conmueve a España,
lo celebrábamos en Aranjuez hace unas semanas. Como también lo
hicieron siglos hace, las dulces melodías que se recogen en el bello Codex
Calixtinus y que nos dice: “León, León, donde los cielos se juntan con la
tierra”.

Una vez más, hemos cumplido la exclamación del Códice. En esta Valencia
hermosa, que a veces aúna historia con mayúscula, esplendor y cultura
mediterránea, como esta noche. Hoy aquí juntamos los cielos de China y
España. De España y China. Seguro que en una voz común. Al fin y al cabo
es lo que importa: esta noche la hemos convertido en encrucijada de
idiomas, de palabras, de sentimientos y, si se me permite, en algunos
casos, de amor.

Los que dedicamos los desvelos, ocupaciones y preocupaciones a difundir


China por el mundo, nos conmovemos con las enseñanzas confucianas. Se
necesita corazón. Y hoy, en esta lectura sencilla, pero a la vez grandiosa,
se nos ha hablado para el corazón. Y por eso estamos complacidos y
cautivados. Cautivos de alegría, de alegrías provenientes de mundos
distintos, pero convergentes. De aunar en una voz sentires, pensares y
quereres.

¡Cuánto de bueno y bello algunos tenemos enterrado en China y otros en


España!. Ese es al fín y al cabo nuestro supremo objetivo. Hoy, a
borbotón, nuestro gran amigo Chang Shiru nos ha permitido llevar a la
boca lo que tantos y tantos sentimos en el corazón.

Muchas gracias.