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TEMA 53

LA DICTADURA FRANQUISTA: RÉGIMEN POLÍTICO,


EVOLUCIÓN SOCIAL Y ECONÓMICA

1– INTRODUCCIÓN.
2– EVOLUCIÓN POLÍTICA HASTA 1951.
3– PAPEL DEL EJÉRCITO Y FALANGE.
4– EVOLUCIÓN POLÍTICA: 1950–1975.
5– LA SOCIEDAD A PARTIR DE 1950.
6– LA TRANSICIÓN INSTITUCIONAL.
7-BIBLIOGRAFÍA.

1– Introducción.

Constituye un reto para la historia del pasado más reciente enfrentarse a la


explicación de la larga etapa franquista. Pocas son aún las investigaciones que, basadas en
fuentes documentales, superan la condición de una historia literaria visceralmente en
contra o a favor del franquismo. El deseado alejamiento temporal del historiador no se
produce respecto a este tema, debido al todavía fuerte impacto emocional que el
franquismo provocó en España. Aún así, en los últimos quince años la producción
historiográfica sobre el franquismo en todos sus aspectos ha sido inmensa.

La primera gran interrogante que se plantea respecto al significado del franquismo


es la de si se trató de un gobierno personal carismático o de la expresión de la sumisión de
las masas tras la guerra civil. Desde luego, Franco siempre imprimió a su misión como jefe
del Estado el carácter mesiánico, se lo creyera él mismo o no. La Iglesia apostaría por
Franco desde la misma sublevación militar y en los escritos pastorales de las máximas
jerarquías eclesiásticas se le describe como un personaje bíblico, a cuya espada se debe la
salvación respecto a las hordas rojas.

Militar de prestigio, hombre metódico, de astucia probada y sobriedad cotidiana, no


hubiera encontrado sin duda el espacio político que ocupó sin la coyuntura de una guerra
civil que se venía tramando desde el primer día de la Segunda República. Pero, como
señala Tierno Galván, el país se vio sumido en "una resignación colectiva que provenía de
la guerra".

En la España de la posguerra civil, la reorganización del poder caminaba a la


construcción de un sistema compuesto por muchas personas, grupos sociales e
instituciones que se benefician gracias a su proximidad al poder, y la permisividad de una
corrupción y de la represión de la sistemática oposición. Pero era necesario encontrar un
centro simbólico de poder para mantener un estatus de respetabilidad, crear un héroe que
ocultase la verdadera situación social del país, revestir al mismo de una capa de moralidad
(de trasfondo timorato) que ocultara la gran carga de inmoralidad de la situación
socioeconómica de la masa de españoles empobrecida. Franco habría de ocupar este lugar.
El instrumento de gobierno de Franco fue el Consejo de Ministros, aunque tenía un
grupo de fieles seguidores en los que se apoyaba para tomar las decisiones de cierta
trascendencia: Nicolás Franco primero, Serrano Súñer después (1939–1941), y desde 1941
Carrero Blanco. Ellos se encargaban de resolver los asuntos más conflictivos, como las
crisis de gobierno. Por tanto, se trata de un núcleo de personas cerrado, a cuyo alrededor
gravitaron hasta 19 gobiernos (básicamente 12), de los que llegan a formar parte 120
ministros, que se alternan cada 4 o 5 años, casi siempre en fecha cercana al 18 de julio.

Estableció la configuración de gobiernos de concentración franquista, es decir,


formados por las tendencias que habían asumido los principios del Movimiento Nacional:
predominio falangista hasta 1945; catolicismo político hasta 1957; presencia opusdeísta y
tecnocrática hasta 1973. A pesar de ser un régimen personalista, dejaba amplia autonomía a
sus ministros, siempre que no tomaran decisiones de cierto peso sin su aprobación, como
sucedió con Ruiz Giménez y Fernández Cuesta en 1956. Odiaba Franco la política, como a
todo aquello que sonase a democracia liberal o socialdemócrata, factor en el que coincide
con el Ejército, la oligarquía y la Iglesia.

Una primera caracterización del régimen franquista podría calificar al régimen de


fascista, por su estructuración. Pero el régimen de Franco no resiste la comparación con el
de Hitler o Mussolini. En realidad Franco nunca se entendió con José Antonio Primo de
Rivera, representante del partido español más próximo al fascismo. Su ideología estaba
más próxima a la del partido Bloque Nacional de ultraderecha, inspirada por Víctor
Pradera, y en el que se formula el lema Religión, Estado, propiedad y familia. Su régimen
permanecerá, independientemente de las formas externas, siempre bajo su control director:
en 1940 creó el Consejo de Estado como órgano asesor de la jefatura del Estado; dos años
después se constituían las Cortes como un sucedáneo de la independencia del poder
legislativo, pero estaban controladas por el Caudillo, quien retenía las Jefaturas del Estado,
Gobierno, Movimiento y Fuerzas Armadas, etc. Es cierto que al régimen le gustaban los
actos populistas, como los viajes de aclamación al Caudillo, las inauguraciones, etc. Pero
Franco sabe que mediante el sistema político adoptado renuncia a constituir un régimen
aceptado por la mayoría, y que tales manifestaciones de patriotismo (como la celebrada en
la emblemática y recursiva Plaza de Oriente en 1946, en el momento de mayor condena
internacional) nunca fueron espontáneas sino organizadas.

2– Evolución política hasta 1951.

El carácter dictatorial del nuevo Estado había surgido como desarrollo de las
funciones ejercidas de la facción rebelde del Ejército, tras el fracaso del golpe del 18 de
julio de 1936, inicialmente concebido como una toma rápida de poder y no como el inicio
de una guerra. Tras la ley de 30 de enero de 1939 Franco asume no sólo todos los poderes
del estado, sino también su jefatura vitalicia. De esta forma, los Ejércitos abandonaban la
dirección política mantenida durante los primeros meses, y debía ser apolítico, o más
estrictamente apolíticamente franquista, apoyo que selló definitivamente el proyecto de
organización de un poder dictatorial.

Carente de legitimidad democrática, centraría su razón de ser en supuestas razones


históricas: papel del Ejército como salvador de la patria frente a una República que ha roto
con la tradición, y cierta imitación en las formas del anterior protocolo monárquico.

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Finalizada la guerra, Franco reorganizó completamente su gobierno el 8 de agosto
de 1939, manteniendo sólo a dos ministros: Serrano Súñer en Gobernación y Alonso Peña
en Obras Públicas. Cinco carteras recaen en falangistas de viejo cuño, una forma de
adaptarse a los aires fascistas que corren en Europa, y algunos además militares de carrera
(Beigbeder), con personas como el general carlista José Enrique Varela como ministro del
Ejército (ministerios distintos son los de Marina y Aviación). Un gobierno, en definitiva,
que responde al interés de que estén representados los principales grupos de apoyo al
franquismo, y que, por esta circunstancia, otorga un gran peso específico a los militares.

Este gobierno se mantuvo hasta la crisis política de mayo de 1941, en la que existen
presiones enfrentadas de militares, falangistas y monárquicos, básicamente en cuanto a la
posición a adoptar respecto al Eje, siendo los militares partidarios de que España entrara
abiertamente en el conflicto mundial. Los falangistas harán valer su influencia,
especialmente en la prensa y propaganda, dominadas por Antonio Tovar y Dionisio
Ridruejo, director general de Propaganda de F.E.T. Ante la presión falangista, Franco
aceptó nombrar en su gobierno al joven camisa vieja José Antonio Girón, pero, en
compensación (pues fue técnica habitual de Franco establecer estos cabalísticos tira y
afloja con los grupos de influencia) nombró ministro de Gobernación a un monárquico,
Valentín Galarza, cesando a Serrano Súñer, y nombrando a Luis Carrero Blanco, otro no
falangista. La remodelación, una vez que la prensa falangista llegase a ejercer su presión
efectiva, consistió en nombrar a tres nuevos ministros falangistas, pero no del grupo de
poder dominado por Serrano Súñer, muestra de la habilidad de Franco.

Durante este gobierno se formulará el Fuero del Trabajo, carta de los escasísimos
derechos sociales del régimen, presentada a la sociedad en términos demagógicos por José
Antonio Girón.

La cima de la tensión entre falangistas y militares llegaría en 1942, con un ataque


de aquéllos a un acto de conmemoración tradicionalista a las afueras de Bilbao, tomado por
los militares como un reto contra ellos. Se provocó una nueva crisis política, de la que
saldrá un gobierno más dócil, que se prolonga hasta que la derrota germana en la Segunda
Guerra Mundial aconseje una purga de ministros germanófilos.

Desde 1945 los católicos exigirían a Franco que hiciera desaparecer de entre los
símbolos de poder a los que evocaban a Alemania e Italia. Además, el primado de España
condenó a Alemania como causante de la guerra. En este contexto de mínima petición de
apertura es promulgado el Fuero de los Españoles de 1945, en el que no se hace sino
recoger derechos históricos del pueblo español: a la libertad de residencia y
correspondencia, a no se detenido durante más de 72 horas sin pasar por la autoridad
judicial, incluso el derecho a expresar libremente las ideas y la garantía de reunión y
asociación, apostilladas por la coletilla "siempre que no ataquen a los principios
fundamentales del régimen".

Paralelamente, una nueva Ley Educativa otorgaba carta blanca a la formación


religiosa en la escuela, y a la acción de los colegios religiosos, a los que se exigen mínimos
requisitos.

Por último, el representante del grupo de presión católico Martín Artajo entró en el
gobierno, en el que sólo quedan dos falangistas: la Falange deja de tener la fuerza anterior
también en los organismos públicos de cierta relevancia, incluso en Educación y en

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Propaganda, paralelamente a que tomaba auge el monarquismo. Era la fórmula mediante la
que Franco pretendía acabar con los comentarios respecto al talante dictatorial de su
gobierno. Se trató del gobierno de más larga duración del franquismo, permaneciendo
estable hasta el verano de 1951.

Como advirtiera Jordi Solé Tura respecto a la situación política anterior a la


transición democrática, "es difícil caracterizar el régimen político español siguiendo los
esquemas clásicos". La legislación adoptada por la España franquista, ya desde los
primeros momentos de la guerra civil, adoptará un lenguaje ambiguo, mezclando
frecuentemente disposiciones administrativas con obtusos principios programáticos
enunciados con una retórica barroca y altisonante: "Somos una unidad de destino en lo
universal". Jesús A. Martínez ha sostenido que el caso del "franquismo" es difícilmente
homologable, aunque tuviera rasgos comunes con otros modelos de dictadura, sobre todo a
través de los tiempos en que se mantuvo, y, en su conjunto, supuso una experiencia
histórica sin parangón, e imposible sin la figura misma de Franco. Mientras el fascismo
italiano o el nazismo alemán, e incluso las dictaduras militares en sentido estricto, tuvieron
un concepto preconcebido de Estado basado en formulaciones ideológicas con señas de
identidad propias, el franquismo aglutinó en sus orígenes a un heterogéneo combinado
defensivo anudado por su negación al reformismo republicano: falangistas, católicos,
tradicionalistas, conservadores..., que compartían la idea del poder personal del dictador
pero mantenían posiciones políticas dispares aglutinadas solamente por su oposición a la
democracia republicana.

Las Leyes Fundamentales enuncian, como aspecto nuclear del nuevo Estado:
"España, como unidad política, es un Estado católico, social y representativo que, de
acuerdo con su tradición, se declara constituido en Reino". Los rasgos sustantivos de la
aludida "unidad política" consistirán en la coordinación de funciones (frente al principio
montesquisiano de la división tripartita de los poderes), la confesionalidad religiosa y la
adopción de una peculiar concepción de provisión social, desarrollada en el Fuero del
Trabajo y en la estructura nacional–sindicalista. Por otra parte, la forma de concebir la
representatividad, suprimido el sistema de partidos políticos, radicará en los principios de
representación familiar (otorgando un peso crucial a la figura del "cabeza de familia") y
sindical ("sindicalismo vertical").

En lo fundamental, las instituciones del Estado español franquista se fraguarán en


el transcurso de la guerra civil. En dicho contexto bélico, el Ejército estaba llamado a ser la
columna vertebral del nuevo régimen: de él saldrán los puestos clave del nuevo
organigrama de Estado (desde los gobernadores civiles a los alcaldes, desde los ministros a
los inspectores), pero también el diseño de los esquemas organizativos de la nueva
estructura estatal.

La autodenominada "Junta de Defensa Nacional", creada en julio de 1936 bajo los


auspicios de Franco pero presidida por el general Cabanellas, será el primer organismo
creado. Sin embargo, su vida será efímera: la Junta se autodisolvió el 29 de septiembre del
mismo año, nombrando como su última disposición a Francisco Franco Bahamonde “Jefe
del Gobierno del Estado español” y "Generalísimo de las fuerzas nacionales de tierra, mar
y aire", y le otorgaba "todos los poderes del nuevo Estado".

Al tiempo que se clarificaban las zonas dominadas por ambos bandos, en la España
nacionalista se irán creando órganos de gobierno que conjugarán una administración de

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parcelas civiles con las necesidades imperantes en la guerra. En octubre de 1936 se creó la
Junta Técnica, compuesta por siete comisiones, el gobernador general del Estado (especie
de ministro del Interior, inicialmente con sede en Valladolid), la Secretaría de Relaciones
Exteriores y la Secretaría General del Estado. Poco después se creará una Secretaría de
Guerra.

Es conocida la pretensión de Franco de finalizar la guerra en un tiempo breve,


mediante la rendición de Madrid como principal golpe de efecto. Sin embargo, la previsión
de que la guerra iba a prolongarse más allá de estas previsiones iniciales, implicó por de
pronto la necesidad de institucionalizar la precaria administración concebida para un
momento excepcional de guerra.

El año 1938 supondrá un hito al respecto. La ley de 30 de enero consolidaba la


administración central del Estado, creando los departamentos ministeriales; mientras que la
presidencia se confiaba al Jefe del Estado, siendo la reunión de éste con los ministros
enunciada como el "Gobierno de la nación". Es ya indudable la intangibilidad de la figura
del Jefe del Estado, a quien corresponde "la suprema potestad de dictar normas jurídicas de
carácter general".

A la prohibición de partidos políticos y organizaciones políticas decretada a los dos


meses de iniciarse la guerra, se añadirá la obligación a las fuerzas adeptas al régimen de
fusionarse, enunciada por un polémico decreto de 19 de abril de 1937: Falange Española y
de las J. O. N. S. y Comunión Tradicionalista pasarán a ser desde entonces un solo partido
(denominado también simplemente "Movimiento"), Falange Española Tradicionalista y de
las J. O. N. S. Franco era nombrado, al tiempo, Jefe del Movimiento y de su Milicia. En
todo caso, parece suficientemente probado que Falange acabará siendo un instrumento al
servicio del régimen franquista, antes que a la inversa.

Terminada la contienda, la ley de 8 de agosto de 1939, además de apuntar la lista de


los ministros, distribuir las direcciones y servicios entre los ministerios, creaba la Junta de
Defensa Nacional y reforzaba el poder del Jefe del Estado: además de la capacidad de
iniciativa legislativa, se especifica la capacidad de adoptarla sin que sus deliberaciones
sean sometidas a Consejo de Ministros, aludiendo a criterios de operatividad o de urgencia
en la toma de decisiones.

El Fuero del Trabajo será decretado el 9 de marzo de 1938 (declarado luego Ley
Fundamental por el artículo 10 de la ley de 26 de julio de 1947). En su Preámbulo se
sintetiza bien lo que habrán de ser las bases del primer franquismo: el amplio
intervencionismo estatal en la fijación de las normas de trabajo y de remuneración, así
como en el fomento de la economía, si es preciso, en defecto de la iniciativa privada;
mantenimiento de la propiedad privada; ordenación de la empresa como unidad jerárquica
de producción, bajo la jefatura del patrono (jefe de empresa); proscripción de los sindicatos
obreros de clase y creación de una estructura sindical corporativista, cuyas máximas se
enuncian como "Unidad, Totalidad y Jerarquía", que debían abarcar a patronos y obreros
reunidos por ramas de la producción o servicios, y cuyos mandos sindicales
necesariamente ostentarían la condición de militantes de F.E.T. y de las J.O.N.S. (al tiempo
que, orquestados los susodichos mecanismos de representación y conciliación de intereses,
las huelgas y otros mecanismos laborales obstruccionistas eran consideradas "como delitos
de lesa patria").
Terminada la guerra, la Ley de 26 de enero de 1940, denominada de "Unidad

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Sindical", vedaba la existencia de cualquier organización sindical excepto F.E.T. y de las
J.O.N.S., aunque dejaba subsistentes en el ejercicio de sus funciones "las Corporaciones de
Derecho público y los organismos de índole oficial que ejerzan, por disposición emanada
del Poder público, representación profesional económica". Y el 6 diciembre de ese mismo
año, la Ley de Bases de la Organización Sindical estructurará el nuevo sindicalismo
vertical, obligando a todos los trabajadores a afiliarse a las respectivas ramas sindicales,
dado que considera "a todos los productores españoles como miembros de una gran
comunidad nacional y sindical". Así, las Centrales Nacional–Sindicalistas debían reunir en
"hermandad cristiana las diversas categorías sociales del trabajo" y servir de marco de
"encuadramiento y disciplina" de los intereses económicos.

Las prioridades fijadas por Franco superado el conflicto bélico fueron la


recuperación económica del país (dada la promesa ampliamente publicitada de que tras la
guerra los españoles adquirirían un nivel de vida y bienestar superior al de antes del
conflicto) y la propia consolidación política e institucional.

Suprimida por decreto de 28 de agosto de 1936 en los territorios bajo dominio del
bando nacionalista la reforma agraria iniciada durante la República, se constituyó el
Servicio Nacional de Reforma Económico–Social de la Tierra, cuya única tarea (en la
práctica) será la devolución de las fincas expropiadas a sus dueños de antes de 1931. A esta
medida, en un contexto de hambre generalizada, se unirá la creación, ya finalizada la
guerra, en octubre de 1939, del Instituto Nacional de Colonización, con la misión de
estudiar los planes de colonización del agro, e incrementar la productividad (para lo cual se
aplicará una catalogación de las explotaciones según su rendimiento potencial),
proponiendo en lugar de arreglos sobre la disfuncionalidad en el reparto de la propiedad de
la tierra algunas insuficientes reformas técnicas, e incrementando el regadío.
En el contexto de la posguerra resultará crucial el control de los precios de los
alimentos básicos. Dada la escasez de alimentos fundamentales, se creará el Servicio
Nacional del Trigo, como una forma de subsanar el déficit alimentario (en el contexto de la
autarquía) pretendiendo proteger al tiempo a consumidores, a la empresa agrícola y a la
propiedad familiar agraria. Sin embargo, tales medidas de control de la producción y
precios, favorecerán la generalización del mercado negro y estraperlismo: en 1943, según
datos oficiales, un 30% de la cosecha era desviado hacia el mercado negro.

En el sector secundario, además de devolver las empresas a sus anteriores


propietarios, se adoptó una política destinada a fomentar la industria nacional y a subsanar
con la intervención del Estado los puntos débiles de la acumulación capitalista privada, y
resolver los "cuellos de botella" que cercenaban las posibilidades de desarrollo industrial.
Para lograr esos fines se aprobará el 24 de octubre de 1939 la Ley de Protección y Fomento
de la Industria Nacional, y el 24 de noviembre siguiente la Ley de Ordenación y Defensa
de la Industria Nacional, que, para estimular la iniciativa privada (una de las finalidades
declaradas prioridades del nuevo Estado en el Fuero del Trabajo), rebajan en un 50 % los
impuestos pagados por las industrias "de interés nacional" (a la que también se garantiza
un rendimiento mínimo del 4% del dinero invertido), disminuyendo considerablemente las
tasas aduaneras por importación de maquinaria. También se imponía al consumo nacional
un porcentaje mínimo del producto fabricados por dichas empresas, a un precio prefijado.

El Ministerio de Industria, en un contexto económico intervencionista y tutelar de


la producción industrial, tenía la facultad de autorizar la instalación, la ampliación y el
traslado de fábricas, la concesión de cupos de materias primas, la tipificación de productos,

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la fijación de precios, etc.

Sobre estos mismos presupuestos de fondo se creará el Instituto Nacional de


Industria, por Ley de 25 de septiembre de 1941, con una finalidad así explicitada:
"Propulsar y financiar al servicio de la Nación la creación y el resurgimiento de nuestras
industrias, en especial de las que se propongan como fin principal la resolución de los
problemas impuestos por las exigencias de la defensa del país o que se dirijan al desarrollo
de nuestra autarquía económica, ofreciendo al ahorro español una inversión segura y
atractiva”.

Indica Jesús A. Martín que al terminar la guerra civil se consolidó un tipo de


política económica, cuya originalidad ha sido a veces destacada de forma exagerada, la
autarquía económica. Hasta 1951, al menos, el nuevo Estado persiguió con ahínco una
política de autoabastecimiento a cualquier nivel considerado, fuertemente dirigida por el
poder político.

Las citadas medidas económicas se completarán con leyes dedicadas a reforzar el


poder político del nuevo Estado. Una de las más importantes, en el contexto de la
represión franquista (una vez superada la fase de los “paseos” no siempre controlados por
las autoridades del régimen), será la Ley de Responsabilidades Políticas, aprobada el 9 de
febrero de 1939, pero con carácter retroactivo (contempla responsabilidades a quienes
hubieran participado en la revolución de 1934, y, por supuesto, a quienes se hubieran
“opuesto de manera activa al Movimiento Nacional”) Esta ley vehiculará una profunda
depuración de la administración (siendo uno de los cuerpos especialmente sujetos a su
aplicación el de los docentes), al tiempo que permitirá, como veremos, la detención de
transeúntes por el mero hecho de levantar “sospechas” en cualquier agente de la autoridad,
y se completará, en sentido aún más draconiano, con la Ley de Seguridad del Estado
promulgada en marzo de 1941.
El control ideológico se completará con la célebre Ley de Prensa de 22 de abril de
1938, que, sin modificar la propiedad de los órganos de prensa, implica un férreo
mecanismo de control por parte del Estado, creando la figura de la censura previa,
otorgando a los directores la responsabilidad política de los contenidos publicados, e
instituyendo un profuso sistema de sanciones penales y administrativas contra los
periodistas que infringiesen los principios y normas del Estado, o sembrasen “ideas
perniciosas entre los intelectualmente débiles.”

Por Ley de 17 de julio de 1942 se crearán las Cortes Españolas, a las que se da la
categoría, indudablemente subsidiaria, de “instrumento de colaboración en la tarea
legislativa”, sujeto por lo demás al “principio de autolimitación para una institución más
sistemática del Poder”. Las Cortes tenían, pues, una función meramente deliberativa y
auxiliar; y su composición y reglamentación las convertían en un órgano totalmente
dependiente del Poder ejecutivo. Los procuradores de las Cortes se dividían en dos
categorías: natos y electivos. La gran mayoría eran natos, es decir, ocupaban un escaño en
función del cargo político o administrativo que desempeñaban y para el cual habían sido
nombrados (mayoritariamente) por el Poder ejecutivo (un número no superior a 50 de entre
ellos era nombrado directamente por el Jefe del Estado). Por su parte, los procuradores
electivos sólo podían nombrarse de entre los representantes de los Sindicatos y algunos
representantes de las entidades locales y provinciales, y nunca mediante elección directa: o
bien se trataba de una elección indirecta y restringida (dos o tres grados y sólo mediante
ese peculiar sistema de voto del cabeza de familia, denominado “representación familiar”),

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o bien, en el caso de los Sindicatos, era indirecta (varios grados) y mediatizada por la
exigencia estatutaria de que los altos cargos sindicales fuesen ejercidos por militantes de
F.E.T. y de las J.O. N.S.
La tarea específica de las Cortes era conocer actos o leyes de importancia general y
los proyectos que le sometiese el Gobierno; si bien éste podía legislar (como de hecho
sucederá frecuentemente) mediante decreto–ley en caso de guerra o alegando razones de
urgencia. La sanción legislativa, en todo caso, corresponde al Jefe del Estado: puede
recurrir a una especie de veto suspensivo que implica la devolución de la ley a las Cortes
para nuevo estudio.

El aislamiento internacional tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial


llevará a Franco a promulgar el Fuero de los Españoles, especie de declaración de derechos
fundamentales, que pretendía suavizar los recelos de las potencias democráticas ganadoras
de la contienda respecto a España. Entre dichos derechos se incluían muchos de los que
constituían la parte dogmática de la mayoría de constituciones vigentes: igualdad ante la
ley, libertad de expresión, libertad de residencia, habeas corpus (en incontables ocasiones
no respetado), libertad de asociación, seguridad jurídica, etc. Pero, a diferencia de las
cartas magnas de los países democráticos, el Fuero retoma una formulación del carácter
confesional del Estado (“La profesión y práctica de la Religión Católica, que es la del
Estado español, gozará de la protección oficial”) y una tímida afirmación de la libertad de
cultos, según la fórmula, casi literal, de la Constitución de 1876; contrapone dichos
derechos a la protección de los “principios fundamentales del Estado” y de la “unidad
espiritual, nacional y social de España”; prohíbe el ejercicio colectivo del derecho de
petición; afirma la indisolubilidad del matrimonio (con lo que las parejas divorciadas
durante el período republicano quedaban implícitamente fuera de la legalidad, medida
inscrita en la campaña de moralización desarrollada en todos los ámbitos de la vida social
española del momento). Con todas estas limitaciones, la verdadera especificidad del Fuero
de los Españoles es que no se trata de un texto de naturaleza jurídica, y por tanto de
prescriptivo cumplimiento, sino que deja para el futuro la regulación concreta de los
mismos mediante la legislación ordinaria. Por otra parte, derechos como la libertad de
expresión, libertad y secreto de la correspondencia, libertad de residencia, libertad de
asociación y habeas corpus podían ser suspendidas temporalmente por el Gobierno,
mediante decreto–ley.

En el contexto de las relaciones internacionales, en junio de 1940, con la entrada en


guerra de Italia y la caída de París ante los alemanes, España pasó de la “neutralidad” a la
“no beligerancia”, con la ocupación de Tánger. La posición germanófila de las autoridades
quedará puesta de manifiesto con la entrega a Serrano Súñer de la cartera de Asuntos
Exteriores en octubre de 1940. Su intervención será decisiva para la toma de decisión
respecto al envío de la “División Azul” al frente ruso en junio de 1941.

Pero el nuevo sesgo tomado por la guerra a partir de 1942 supondrá una
reorientación de la posición adoptada por las autoridades franquistas. El conde Jordana,
nuevo ministro de Asuntos Exteriores, intentará un acercamiento a las potencias
occidentales, acordando en octubre de 1943 la retirada de la “División Azul”, reafirmando
la neutralidad y consignando el Pacto Ibérico con Portugal a finales de 1943.

Sin embargo, el final de la Segunda Guerra Mundial supondrá el inicio de un


período de aislamiento internacional para España, acordado en la Conferencia de la ONU
celebrada en San Francisco en junio de 1945, y cuya culminación será la retirada de los

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embajadores acreditados en España a finales de 1946.

El tercer gobierno del régimen quedó constituido el 18 de julio de 1945. El final de


la guerra mundial, las incertidumbres que se abrían al régimen y las redobladas
expectativas de la oposición, hicieron que Franco, sin abandonar la práctica del equilibrio,
intentara dotar al régimen de un barniz católico. En 1945, la toma de posiciones de los
aliados y después la de la recién creada ONU presagiaba tiempos difíciles para Franco,
condenado formalmente a una situación de aislamiento. Al mismo tiempo, sectores del
régimen permanecían muy inquietos por la interinidad institucional y la monarquía cobraba
enteros como alternativa organizativa del Estado aunque las diferencias sobre su contenido
eran visibles. Franco, sensible a una situación que podía alterar su dictadura, recurrió al
núcleo de católicos que estaban dispuestos a colaborar en el remozamiento del régimen.

El periodo 1945–1951 puede entenderse como la época en la que el régimen


cambió su apariencia política y sus matices proclives a las potencias del Eje,
comprendiendo lo que suponía la derrota de éstas, pero sin transformar el núcleo del propio
régimen. Las formas fascistas se abandonaron desde 1945 porque convenía a la
reproducción del sistema, con una querencia mayor para dotarse de barnices aportados por
los católicos, mientras la autarquía económica pasaría a mejor vida cuando las condiciones
de la política internacional lo permitieron.

Completando las anteriores medidas, la Ley de 22 de octubre o Ley del


Referéndum dispone que cuando el Jefe del Estado lo estimase oportuno y conveniente, se
podía someter a referéndum popular un proyecto de ley elaborado por las Cortes. En dicho
caso, podían votar todos los hombres y mujeres mayores de veintiún años. La presión
internacional hacía necesario, a ojos de Franco, que esta mascarada de democratización se
pusiera en escena: el 6 de julio de 1947 se sometió a referéndum el proyecto de Ley de
Sucesión en la Jefatura del Estado, que fue aprobado por el 93 % de los votantes.

En dicha ley, con una importancia constitucional evidente, España, “de acuerdo con
su tradición, se declara constituido en Reino”, atribuyéndose nominalmente la Jefatura del
Estado al Generalísimo Franco, y disponiendo la vigencia e inmutabilidad de las
denominadas Leyes Fundamentales. También se regulaba el mecanismo de sucesión en la
Jefatura del Estado, con vistas a la plena restauración monárquica en caso de muerte o
incapacidad de Franco; y se crean nuevos órganos asesores, como el Consejo del Reino y
el Consejo de Regencia.

3– Papel del Ejército y la Falange.

El papel represivo del nuevo Estado fue administrado por las fuerzas Armadas para
asegurar su defensa. Una defensa que comprendía desde la integridad territorial hasta la
seguridad interna, el mantenimiento del orden y la justicia. Pero además del papel
represivo que desempeña, el Ejército intenta sustituir el papel de los partidos políticos,
siendo una institución favorable ideológicamente al régimen, y aspirando a ser un modelo a
seguir por la sociedad. Hasta cierto punto, el Ejército se convierte en el aparato dominante
del Estado, al que incumbe paralelamente la misión de legitimar al régimen.

Tras la dictadura de Primo de Rivera, el Ejército español había olvidado su anterior


papel de nacionalismo progresista (Espartero...) en favor de una dirección ideológica

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nacionalista, imperialista y ultrarreaccionaria. Ésta será la ideología imperante en la
organización castrense durante el primer franquismo.

La jurisdicción militar, que había ejercido la represión sistemáticamente desde las


capitanías, estuvo vigente hasta 1963 como la principal jurisdicción coercitiva. Pese a la
creación del Tribunal de Orden Público, es el Ejército quien tiene competencias en
determinados delitos más graves, ampliándose sus competencias cuando se considera que
existe una amenaza respecto al régimen.

Franco y su ejército recurrieron a su propia moral profesional: gobernar el país


como si de un gran ejército se tratara, hasta el punto de que los delitos políticos fueron
contemplados como atentados a la seguridad del Estado, y juzgados en tribunales militares.

La Guardia Civil y la policía Armada se convierten en los otros pilares del orden
del régimen. Sin embargo, el talante represor de ambas instituciones no es generalizable,
ya que mientras la Guardia Civil posee una tradición más a largo plazo que le había servido
para sobrevenir a distintos regímenes políticos, la policía Armada era una institución
expresamente creada en 1941 para la represión política. Franco incluso había pensado en
los primeros momentos tras la guerra en la disolución de un cuerpo como la Guardia Civil
que, pese a las depuraciones establecidas, trataba de no identificarse en exceso con el
nuevo gobierno. El nombramiento de militares reaccionarios en su cúspide no logrará del
todo alterar este carácter de apoyo no exhibicionista de la institución al régimen en sus
primeros momentos. Sólo con la labor de militarización total emprendida por Alonso Vega
entre 1943 y 1955 la Benemérita (tras expulsar a 5.000 miembros) será un cuerpo represivo
y reaccionario como convenía al régimen.

La promulgación de un Código Militar en 1943, la ley de Responsabilidades


políticas de 1939, la de la Represión de la Masonería y el Comunismo en 1940, serán otros
instrumentos de esta política coercitiva. La Ley de Responsabilidades políticas pretende
"liquidar las culpas de responsabilidades políticas por quienes habían contribuido con actos
u omisiones graves a forjar la sublevación roja." En su preámbulo indica que la
"reconstrucción espiritual y material" de la patria exige la exclusión del bando vencido. Su
consecuencia práctica será la incoacción de expedientes de depuración de
responsabilidades, que se inician por existir una condena de las autoridades militares, por
una denuncia de una persona física o jurídica, o por iniciativa de cualquier autoridad.
También tiene importancia la presencia de militares en prácticamente todos los organismos
oficiales, especie de infiltrados con una misión de control político e ideológico.

Payne afirma, en contra de la opinión generalizada sobre el carácter fascista de


Falange, que su ideario era muy confuso y nebuloso, con interpretaciones distintas sobre el
fascismo y sin unos fines políticos muy claros. Ellwood afirma en cambio que Falange
tenía una ideología centrada en el imperialismo (visión metafísica y nostálgica del pasado),
catolicismo de cuño rancio y nacionalismo (oposición al regionalismo), además de una
visión autoritaria de la disciplina que se basa en la jerarquía castrense, y que quieren llevar
a los organismos civiles. Por último, otros autores añaden a estos rasgos el antimarxismo y
el irracionalismo: tal vez José Antonio Primo de Rivera intentase rellenar la falta de una
ideología que explique el origen de sus peticiones, o su misma finalidad, buscándose un
enemigo como el marxismo que justificase sus propuestas.

Falange no disponía antes de la guerra de suficiente apoyo entre las clases medias,

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en todo caso más identificadas con los grupos conservadores y recelosas del totalitarismo.
Sólo la sublevación militar y la guerra civil le iban a facilitar un espacio político relevante.
Sus efectivos aumentarán a medida que se desarrolla la guerra. Además, todos los
encarcelados por los republicanos serán nombrados tras la guerra miembros de Falange, lo
que la convierte en una especie de asociación honorífica. Franco articulará el partido al
unir Falange y Comunión Tradicionalista, pero sobre todo al disolver todos los demás
partidos: F.E.T. pasaba a ser el núcleo aglutinante del régimen, con más importancia
burocrática que verdadero calado social, pese a las fórmulas intentadas al respecto
(campamentos infantiles y del Frente de Juventudes, asunción de algunas competencias en
educación y censura, etc.), e incluso de su activa propaganda con las mujeres (madres) para
introducirse ideológicamente en los futuros militantes (hijos): es la Sección Femenina, a la
que se encomienda la educación de las mujeres desde 1939, y con fines concomitantes con
el modelo familiar franquista (buenas amas de casa, con contenidos educativos distintos a
los masculinos, activas militantes católicas, pasivas política y laboralmente). Sin embargo,
es preciso indicar que en el campo educativo pronto la presencia falangista será sustituida
por católicos, aunque persistirán los valores falangistas como el encuadramiento jerárquico
de estudiantes y profesores, acentuación de valores paramilitares.

La Organización Sindical es la que más importancia tiene entre las instituciones


ligadas a Falange, y será el instrumento burocrático por excelencia para controlar a la clase
obrera. Su entramado gira alrededor del concepto de unidad sindical: un sólo organismo
con competencias sindicales capaz de representar simultáneamente a obreros y
empresarios. La fuerza coactiva del sistema sindical, su línea integradora y absorbente y su
configuración unitaria y totalizadora se remontan al Fuero del Trabajo. No hay en él en
realidad un rechazo al capitalismo (esgrimido como justificación ideológica), sino que
contiene una defensa explícita de la estructura capitalista: en realidad hay un rechazo al
capitalismo político por lo que implica el sistema político liberal.

Desde 1939, la Organización Sindical quedaba integrada en el Movimiento, lo que


le permitirá una base burocrática de la que saldrán buena parte de los cuadros políticos
medios del Estado (como el propio Suárez). Así pues, su función será la de atenuar (más
bien disimular) la tensión laboral, condenando el pluralismo sindical y su horizontalidad.
Pero desde luego, la Organización Sindical nunca tendrá ese papel previsto como
planificador y centro neurálgico de la economía, restringiendo su papel al campo de la
represión del sindicalismo horizontal.

La razón de ser de Falange se tambaleará con la apertura de España tras 1953, con
la firma del pacto con Estados Unidos. La nueva imagen que pretende el régimen ya no es
compatible con esa fachada de atraso y dictadura que encarna la organización. Sin
embargo, su caída en desgracia no tendrá el efecto de una sublevación de sus miembros, en
parte por la estudiada campaña de prensa que exalta las virtudes de los nuevos aliados
estadounidenses, y presenta la firma del pacto como el final del túnel del aislamiento.
Falange será sustituida por el Opus como grupo ideológico referencial, y su caída en
desgracia será inevitable en los años 60, pese al intento de adaptarse a las nuevas
exigencias (incluso de imagen) que realiza baldíamente Falange: así, aceptará muchos de
los postulados oficiales (como la Ley de Sucesión) contrarios a su ideología.

4– Evolución política: 1950–1975.

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El crecimiento industrial alcanzado en la década de 1940 (en 1948 la producción
industrial había conseguido los niveles de 1929) no podía continuar dentro de la estructura
restrictiva de la autarquía. La economía, rodeada de defensas tarifarias, encerrada en un
mercado interior con una capacidad adquisitiva limitada, incapaz de importar materias
primas o bienes de capital para proveer y modernizar la industria, se estancó. Una
recuperación mayor exigía importaciones, el abandono de los controles y la integración de
España en el mercado mundial. En 1956 se expusieron las limitaciones de la autarquía.
"Llegó un momento en que hubo que establecer un pacto entre los deseos de
industrialización y las exigencias de esta industrialización", como señala L.A. Rojo.
Los arquitectos de la nueva política económica que había de conciliar un rápido
crecimiento con sus "condiciones" implícitas fueron los tecnócratas relacionados con el
instituto seglar católico Opus Dei. A partir de 1957, gradualmente con interrupciones y
vacilaciones, se introdujeron las "condiciones": creación en España de una economía de
mercado en la que los precios controlarían la colocación de los recursos, y la integración de
ese mercado en una economía capitalista. El Plan de Estabilización de 1959 remedio
drástico para la inflación y para un severo déficit de la balanza de comercial tomado del
libro de recetas del capitalismo ortodoxo, libraría a la economía de las impurezas de ese
período autárquico.

Puede cuestionarse hasta qué punto los Planes de Desarrollo de los tecnócratas,
copiados en buena medida de la planificación indicativa francesa, provocaron desde 1963
en adelante el milagro de la economía española de los 60, en la que las tasas de crecimiento
superan a todas las demás economías capitalistas excepto Japón. Se ha sostenido que los
planes distorsionaron un auge español que era un mero reflejo del auge europeo; que la
propaganda "triunfalista" del régimen, difundiendo estadísticas de crecimiento, no era
prueba de una prosperidad basada en la "paz de Franco", sino únicamente reflejo del
inevitable aumento súbito de la actividad que la industrialización provoca en sus primeras
fases en cualquier economía atrasada. Y la de España lo era.

La economía se reaprovisionó en tres frentes: préstamos del exterior que


comenzarían a ser realizados por EEUU en los años 50, y que en palabras del economista
Sardá, llegaron como agua a un desierto; los ahorros en moneda extranjera proporcionada
por el mercado turístico; y las remesas de divisas de los emigrantes. España conocerá un
boom turístico que tiene que ver precisamente con su atraso: con paisajes litorales no
explotados, moneda y nivel de vida asequibles para el europeo occidental. Pero al tiempo
se convierte en suministradora de la mano de obra barata y poco cualificada de las fábricas
y campos (vendimia y recolección) de Francia y Alemania. En 1973 había medio millón de
españoles trabajando en Alemania y 250.000 en Francia.

Los Planes de Desarrollo fueron los blancos favoritos de la oposición de izquierdas,


desde el momento en que se comenzó a tolerar la crítica de la actuación económica del
régimen. Se ha mantenido que la fe de los tecnócratas en la empresa privada como motor
del crecimiento reforzaron el dominio de una estrecha oligarquía financiera oculta en los
"siete grandes" bancos privados. Dado el bajo nivel de autofinanciación y debilidad de la
bolsa, sólo los bajos privados podían financiar el crecimiento industrial, como de hecho lo
hicieron. A pesar de un ambicioso programa de "polos de desarrollo" imitados de la
planificación francesa, la dedicación de los planificadores en el crecimiento agregado
incrementó el abismo entre las provincias ricas y pobres: las regiones industriales
existentes prosperaron a costa de las regiones atrasadas. En 1970, el 70% de los hogares
madrileños poseía televisión, frente a un 11% en Soria. A pesar de sus intenciones, los

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Planes no redistribuyeron la renta. Lo cual no significa que no se lograra, como era
intención de los tecnócratas, un incremento de los salarios y del nivel de vida de la clase
obrera, al tiempo que se logra un rápido crecimiento industrial.
La consecuencia fue el éxodo masivo hacia las ciudades, el vaciamiento de las
áreas rurales, creando el desierto interior y el sur empobrecido, y con destino a la próspera
periferia y el "triángulo industrial" del nordeste. Madrid se convirtió en una excepción
europea: una metrópoli rodeada por un desierto demográfico. En 1970, 1,6 millones de
andaluces viven fuera de su región (0,7 m. en Barcelona).

La primera oleada de emigrantes buscaba escapar a una pobreza intolerable. Los


emigrantes que marcharon a Alemania a comienzos de los 60 se vieron obligados a ello por
la recesión que siguió a los agudos recortes del Plan de Estabilización. Las oleadas
posteriores a menudo estaban compuestas por gentes jóvenes que buscan una promoción
social. Cuando los emigrantes regresan, con los ahorros compran un bar, una pequeña
granja, un camión. La migración a las ciudades, por su parte, fue fruto de la
industrialización, y sin su concurrencia no se hubiera producido el despegue industrial
(basado en que aporta mano de obra barata), por lo que pronto la propaganda franquista
intenta dejar de frenarlo y lo concibe como un éxito de su sistema económico: "España se
está industrializando". Pero el crecimiento industrial no pudo absorber la totalidad de los
desempleados rurales que se crean con la mecanización de los latifundios.

La agricultura continuó siendo el eslabón más débil de la nueva economía, incluso


aunque fueran los ahorros procedentes del campo los que financian durante los primeros
años el despegue industrial, y las ganancias conseguidas con las exportaciones agrícolas
(especialmente los cítricos del Levante) proporcionen un mínimo de moneda extranjera
para financiar la importación de bienes de capital. Además de la persistencia de técnicas
primitivas (en las décadas de 1940 y 50 podían verse aún norias para regar los campos), las
dos lacras fundamentales eran las grandes propiedades y las explotaciones diminutas. Los
latifundios permanecieron intactos e incluso fueron consolidados por la burguesía agraria
del sur. Las radicales nociones falangistas de reforma agraria se disolvieron en un régimen
dominado por los intereses conservadores. La reforma agraria, entendida en el sentido de
expropiación y redistribución de las grandes propiedades, se vio sustituida por ambiciosos
esquemas de "colonización". El latifundista encontró una nueva justificación.
Progresivamente se vio a sí mismo cumpliendo una útil función social como empresario
con mentalidad de lucro; no sería durante más tiempo un absentista parásito. Acabó con los
costos de trabajo (y problemas laborales) utilizando la mecanización al tiempo que la
cosechadora sustituía a las cuadrillas de jornaleros.

El problema más difícil de tratar era el de los pequeños campos de las pobres tierras
de secano (22 millones de parcelas de menos de 2 hectáreas). Aquí la política de
concentración parcelaria seguida por el régimen hizo algunos progresos al crear una clase
de agricultores medios, de la que se carecía en el pasado en absoluto. A mediados de la
década de 1970 habían abandonado sus tierras 800.000 propietarios.

El apoyo del gobierno al cultivo de cereales –que constituía una necesidad durante
el hambre de 1940– tuvo a largo plazo consecuencias menos felices. Al favorecer el trigo
con precios protegidos y garantizados, la tierra se dedicó al cultivo del cereal, y el sistema
agrícola no pudo responder a la nueva demanda de carne y de productos lácteos exigida
por la relativa prosperidad de la década de 1960. A partir de aquí, apareció la llamada
"crisis de la agricultura tradicional" ya que los cultivos tradicionales no encontraban

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mercados.

En 1978 el rápido descenso de la población agrícola hasta alcanzar los niveles de


Francia muestra que la estructura económica de España no iba a ser por mucho tiempo tan
diferente. "La protesta masiva de los agricultores –informaba el Banco de Bilbao en 1976–
está más justificada que la de cualquier otro sector de la sociedad." Pero a su protesta le
faltaba fuerza desde el momento en que sólo producían el 8% del PNB, y que perdían
mano de obra a una media de cien mil trabajadores por año.

5– La sociedad a partir de 1950.

Los tecnócratas esperaban que la nueva economía produjese una sociedad estable,
satisfecha. López Rodó, el más eminente de los nuevos tecnócratas y planificadores
sostenía que las tensiones sociales desaparecerían cuando se alcanzase una renta per cápita
de 2.000 $. De acuerdo con Fernández de la Mora, el ideólogo del régimen durante sus
últimas etapas, las satisfacciones de una sociedad de consumo inducen a la apatía, una
condición de salud política deseable pues. ¿Hasta qué punto justificaron los
acontecimientos las profecías de los planificadores? La respuesta es compleja. Después de
la apatía producida por los sufrimientos, y la dura lucha por la supervivencia de los años 40
(donde se encontraban a la venta cepillos de diente usados, y se instaló un feroz
racionamiento en lo que Umbral llamó el invierno de las colas), la relativa abundancia de
los 60 se atribuyó a la "paz de Franco". La satisfacción con este nuevo estado de riqueza
comparativa le llevó al antiguo falangista Ridruejo a sostener que el régimen gozaba del
apoyo de la mayoría de los españoles.

En la década de los 70 hubo dos manifestaciones que debilitaron tal "apoyo": el


movimiento estudiantil y el obrero. La sociedad de consumo de los 60 condujo
inevitablemente a un aumento de las expectativas, a un deseo para los 70 no sólo de
comodidad material sino también de libertad política. Entre la superestructura política
autoritaria y su base social se abrió un abismo; los conflictos inherentes a un crecimiento
industrial rápido crearon una contradicción interna entre la ideología del régimen y las
"condiciones" de la industrialización. Considerando que la autarquía y el autoritarismo
fueron un arranque perfecto, era más difícil, aunque no imposible, reconciliar la economía
moderna del neocapitalismo con la negativa a la concesión de modernas instituciones
políticas liberales.
Las universidades sufrieron una expansión en la década de los 60, como
corresponde a la nueva coyuntura económica y las necesidades recientes. Pero en lugar de
suministrar dóciles administradores de ese peculiar neocapitalismo, alimentaron una
generación de estudiantes radicales. Los primeros dirigentes estudiantiles fueron una elite
autorreclutada, que explotaron las reivindicaciones del "sindicato" de estudiantes y
lucharon contra el monopolio del sindicato estudiantil falangista (el SEU). En la década de
los 70 la protesta de los estudiantes se convirtió en una protesta de masas. Sus
reivindicaciones se habían politizado y se encarceló a estudiantes. En 1970 se llevó a cabo
una reforma universitaria: se sustituyeron algunos de los primeros intentos de
adoctrinamiento "patriótico" y fuertemente religioso (asignaturas como Formación del
Espíritu Nacional) por un énfasis en la educación técnica. Pero los sucesivos gobiernos no
pudieron dominar un movimiento dividido a su vez por las discusiones bizantinas de la
izquierda. A mediados de los 70 el movimiento estudiantil se convirtió en una protesta
contra la sociedad en general, intentando que la universidad dejara de desempeñar su papel

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tradicional de transmisora de cultura para convertirse en un campo de experimentación
social y sexual.

La protesta obrera fue también consecuencia de lo que los marxistas llamarían "las
contradicciones del sistema". Los sindicatos obreros habían sido destruidos por completo
en 1939. En su lugar hicieron su aparición los sindicatos verticales que aglutinaban a
trabajadores y patronos y que incorporaron los ideales falangistas. La lucha de clases se
sustituiría por la cooperación entre las clases bajo dirección "jerárquica" –palabra favorita
de los falangistas– del Estado. Las huelgas eran ilegales, los sindicatos representativos de
trabajadores se vieron sustituidos por sindicatos dominados por burócratas falangistas. La
seguridad en el empleo fue la compensación que se les dio a los trabajadores por la
supresión de los sindicatos obreros. Paulatinamente los sindicatos oficiales ("mastodontes
burocráticos") demostraron ser incapaces de resolver los problemas laborales de una
economía industrial moderna. El mismo régimen admitió los convenios colectivos y la
elección de delegados; los trabajadores crearon las representativas pero ilegales
Comisiones Obreras, dominadas cada vez más por los militantes comunistas. Los
empresarios que deseaban modernizarse y alcanzar objetivos de productividad, si tales
objetivos implicaban una racionalización de las plantillas, negociaban con los sindicatos
ilegales. En la década de los 70 el gobierno trató con dureza a CC.OO., pero el mal estaba
hecho: los sindicatos oficiales embutidos de la ideología y la estructura del régimen
estaban desacreditados. El Partido Comunista que no había poseído ninguna base sindical
segura en la España anterior al franquismo, como resultado del éxito de CC.OO. controló
el sindicato más poderoso en la era posfranquista.

Con un promedio de rentas que casi se había triplicado en una década, López Rodó
pudo decir que "nunca se había conseguido tanto en tan poco tiempo". Pero si el objetivo
del franquismo era alcanzar la "paz social" gracias a la prosperidad, ésta se alcanzó sólo en
parte. Si los tecnócratas del Opus Dei esperaban forjar una amalgama de autoritarismo,
catolicismo tradicional y el mundo de la eficacia de los negocios de tipo americano, sólo
obtuvieron éxito durante un corto tiempo. La sociedad española de los años finales de la
década de los 60 y de la de los años 70 era superficialmente estable, pero se encontraba
alterada por los conflictos existentes entre las costumbres heredadas y los valores de la
clase media que habían servido al franquismo, lo mismo que había servido a cualquier
régimen anterior, y que aquellas otras típicas de una sociedad de consumo, materialista, de
una nación de "teleadictos" que rendía culto al automóvil (que pasó por cada 1.000
habitantes entre 1960 y 1970 de 9 a 70), a la televisión (que abarca al 90% de la nación en
1970).

En términos estructurales la sociedad española cambió con mayor rapidez entre


1957 y 1978 que en los siglos anteriores. Y no se debió únicamente a que el establishment
conservador de la década de los 40 –aristócratas, terratenientes y financieros– perdió parte
de su influencia en favor de la nueva casta de empresarios que se unió a sus filas. El sector
servicios en rápida expansión produjo una nueva clase media, distinta de la tradicional.
Algunos sectores de esta nueva clase media –los empleados de banca y las capas inferiores
de la administración civil– adoptaron actitudes radicales. Fue este sector servicios el que
proporcionó a la mujer un empleo alternativo al servicio doméstico. La Sección Femenina
falangista aceptó el punto de vista de numerosos clérigos de que el puesto de una mujer
estaba en el hogar; pero una educación dedicada a la enseñanza de la dirección de un hogar
se vio resentida por la actitud de las muchachas que querían verse convertidas en
secretarias.

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Es difícil estimar los efectos más íntimos de tales cambios. La sociedad de los años
60 y 70 mostraba síntomas de lo que Gino Germani llama "modernización superficial". Los
empresarios de banca que presionaban para conseguir la nacionalización de los bancos
apoyaban una educación religiosa. Los trabajadores, cada vez con una mayor militancia y
conciencia de clase, eran tan conservadores como los ideólogos del régimen y como los
sectores más puritanos de la Iglesia por lo que se refería al papel de la mujer en la
sociedad. El conflicto entre los nuevos y viejos valores fue particularmente agudo entre las
generaciones. En las sociedades industriales los padres pierden autoridad. Los estudios de
opinión revelaban un alejamiento completo del régimen y de sus valores entre la juventud
urbana educada de clase media, alejamiento que no era compartido por los jóvenes del
campo o por las viejas generaciones. En los 70 los progresistas defendían el derecho al
"libre uso del cuerpo", mientras que paradójicamente España mantenía la tasa de edad de
emancipación respecto a la familia más tardía de Europa.

Mayor importancia tuvo el continuado aumento del proletariado industrial,


especialmente el que se concentraba en grandes empresas como la SEAT de Barcelona
(23.000 trabajadores). Ese proletariado se fue convirtiendo en militante a medida que se
iba borrando el recuerdo de la represión de 1940. Aunque las huelgas estuvieron motivadas
por cuestiones salariales, progresivamente se fueron "politizando", ante el convencimiento
de que no sería posible cambios laborales profundos, sin una variación de todo el sistema
político.
El franquismo fracasó en su intento de imponer "una cultura franquista" que
pudiese acabar con la cultural liberal a la que perseguía, y cuyos representantes estaban
exiliados. La cultura franquista, compuesta de catolicismo tridentino, y de los vestigios de
un imperialismo falangista –que tenía como ideal la España de Felipe II–, era algo tan
pobre que a largo plazo no podría resistir la influencia de aquella Europa a la que
ambicionaban los tecnócratas del Opus. Una vez derrotado el "nuevo orden" hitleriano, el
franquismo se convirtió en un anacronismo aislado. A los intelectuales les repugnaba su
retórica: ningún escritor de talla aceptó la ideología oficial. La censura oficial podía
alcanzar el éxito en su intento de evitar el nacimiento de una cultura alternativa, pero lo
que no podía era imponer la del régimen. Los escritores "tremendistas" de la década de los
40 y principios de los 50 mostraban un sórdido cuadro de la sociedad creada por la victoria
nacionalista. Aunque la crítica política abierta continuaba siendo imposible, los escritores
con pretensiones "sociales", si bien maltratados por el censor, atacaron las injusticias
sociales del franquismo. Casi todos eran miembros del clandestino Partido Comunista. Los
jóvenes escritores de los años 70 (los novísimos) rechazaron el lenguaje crudo de sus
antecesores, en favor de un retorno al surrealismo y a la fantasía; pero su compromiso con
la oposición fue tan fuerte como su rechazo del realismo social. Por lo que se refiere a los
economistas, sociólogos, psicólogos e historiadores, muchos de ellos estaban influenciados
por el marxismo o el liberalismo, doctrinas que Franco estaba dispuesto a desterrar de
España, pero que llegarán a llenar el vacío ideológico franquista.

6– La transición institucional.

Como señala Raymond Carr, "el franquismo era algo más que el gobierno de un
solo hombre", pese a que Franco permaneciese hasta su muerte. Fue un sistema político
que, para el mundo exterior, aparecía como un monolito político inmutable. Dados los

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cambios ocurridos en la sociedad, no hubiera sobrevivido sin llevar a cabo al menos
cambios "cosméticos" y algún intento por incorporar nueva fuerzas al sistema. La
legitimidad de ese sistema fue cambiando con el tiempo. Nunca desapareció la simple
división maniquea de la posguerra entre vencedores y vencidos. En la inauguración del
Valle de los Caídos, en 1959, Franco habló de la "lucha entre el Bien y el Mal". Pero con
todo sí existió una evolución, entre la "dictadura de la victoria" (Franco como salvador del
país) y la "dictadura del desarrollo" (el régimen como garante del desarrollo). Franco se
veía a sí mismo menos como un general conquistador que como un benevolente patriarca
familiar.

El régimen se enorgullecía de su capacidad para la "perfección institucional", sobre


la evolución de una constitución sui generis que se completó con la Ley Orgánica de 1966.
Esta constitución incluía los principios de "democracia orgánica" como opuestos a la
artificial "democracia inorgánica" basada en el sufragio universal, el sistema de partidos y
la responsabilidad del gobierno ante el parlamento. Las Cortes creadas en 1942
representaban no a los electores individuales, sino a los sindicatos, a varios cuerpos
corporativos y después de 1967 a los cabeza de familia: éstos eran los cauces a través de
los cuales la sociedad se comunicaba con el gobierno. No existía ninguna garantía que
asegurase los derechos individuales (prohibida la asociación política, en vigor
jurisdicciones especiales como el Tribunal de Orden Público, etc.). Basada en la "unidad
del poder", la constitución estaba altamente centralizada, reflejando el odio nacionalista
por cualquier atisbo separatista. Como jefe del Estado hasta su muerte, Franco conservó la
potestad de nombrar ministros y hacerlos dimitir, en aquello que se consideraba "una
monarquía tradicional católica".

A pesar de los adornos fascistas de los primeros tiempos, el franquismo no era en sí


un régimen totalitario. Se trataba de un sistema autoritario, conservador, católico, cuyos
rasgos originales se fueron modificando con el paso del tiempo. Llegó a no poseer ninguna
de las características de un Estado totalitario: no había un partido único paralelo a la
administración del Estado, ni contó con capacidad de movilización de masas. Descansaba
sobre la apatía de la gente, la satisfacción parcial de los grupos de presión situados dentro
del régimen y la sistemática exclusión del poder de aquellos que no aceptaban los
Principios del Movimiento creados en 1958.

El secreto del poder de Franco residía en su capacidad para nombrar o revocar


ministros. Él mismo fue jefe de gobierno hasta 1972. Supo contentar en todo momento a
las familias del régimen: al menos, ninguna pudo anular a las restantes, y ninguna fue
excluida permanentemente del poder. La familia más antigua y comprometida, los
"franquistas integrales", nutridos en la Guerra Civil y que conservaban en "espíritu de la
cruzada", como Carrero Blanco y Alonso Vega, también tendrán cabida incluso cuando la
sociedad haya evolucionado y sean fósiles del pasado. Lo mismo cabe decir del papel
jugado hasta el final por el ejército. En los años 70, un grupo de oficiales demócratas,
explotando las quejas profesionales, intentaron apartar gradualmente al cuerpo de oficiales
del anclaje político franquista, y ponerlo en contacto con el pueblo. Pero no tendrán
ninguna incidencia. En cambio, el relevo entre los generales que participaron en la guerra y
la generación siguiente sí supondrá una apertura del ejército.
Franco equilibró en sus gabinetes a todas estas familias manteniendo a la elite
política satisfecha dentro del sistema. Al político que se pasaba de la raya marcada por el
propio generalísimo, lo destituía sin miramientos, gobernando España como si fuera un
cuartel: sucedió con Serrano Súñer en 1942 por irritar a los monárquicos conservadores,

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con Ruiz Giménez en 1956 por ser "demasiado liberal", con Fraga por lo mismo en 1969.
"España es fácil de gobernar", presumía.

Pero esta política de equilibrios, de control externo de Franco, implicó gobiernos


débiles, sin cohesión, incapaces de hacer frente común respecto a las opiniones de Franco.
Por otra parte, el gobierno tenía un campo de acción muy reducido: se trataba de
presupuestos míseros, con los que difícilmente se podía aspirar a un cambio social desde
arriba. Por último, el Ministerio de Economía y Finanzas estuvo siempre controlado por
políticos conservadores, pese a ser codiciado por los falangistas para hacer efectiva su
predicado programa social: antes importa contentar los intereses del capital.

Pero el régimen necesitaba cierta "respetabilidad". La firma del Concordado y del


acuerdo con EE.UU. en 1953 supuso ese espaldarazo: Franco pasó de dictador a "centinela
de Occidente", el anticomunista más digno de confianza durante la guerra fría. En cambio,
la CEE se negó a aceptar en 1962 a España como candidato a la Unión.

Carrero Blanco señalaba que ofrecer el cambio a un español era como ofrecer
bebida a un alcohólico. Pero también había ministros partidarios de lograr esa
"legitimación" desde una liberalización controlada, como el propio falangista Solis. A
Franco, que consideraba a los partidos políticos responsables del fracaso del 98, no le
gustaban estos intentos aperturistas, o los limitados intentos de Fraga como ministro de
Información y Turismo de liberar la prensa y la vida cultural en general. Al contrario: los
franquistas se atrincherarán ante estas tímidas aperturas en un búnker ideológico.

A pesar de la idea de Franco en los últimos años de que "toda está atado y bien
atado", o de los que pensaban que "después de Franco las instituciones" (es decir, que la
organización creada por el régimen sería suficiente para asegurar el sistema político
vigente), nadie era desconocedor del fracaso de aquellas instituciones para contener los
conflictos en aumento y mantener los apoyos al régimen. La "descomposición" era
evidente durante el gobierno del almirante Carrero Blanco, apóstol del continuismo
ideológico. Pero la prensa sí se estaba convirtiendo en un "parlamento de papel".
Reformistas gubernamentales como Fraga, autor de la Ley de Prensa de 1966, sostenía que
una sociedad moderna debía poseer instituciones modernas. Pero el reformismo no
prosperó; pereció cuando arreciaron la protesta y el terrorismo.

En los primeros años del régimen el apoyo de la Iglesia al régimen había sido
fundamental. A cambio, la enseñanza secundaria le fue entregada a las órdenes religiosas, y
el código civil se basó en el derecho canónico (prohibición del divorcio, etc.). Pero los
sacerdotes más jóvenes vascos y catalanes comenzaron en los 60 un movimiento para
formar una Iglesia en la oposición, que no encontró apoyo en la jerarquía: sólo con la
muerte de la generación de viejos obispos, o las reformas del Concilio Vaticano II,
Tarancón y otros nuevos obispos comprenderán que la Iglesia no podía ligarse a un
dictador cuya muerte la dejase desamparada. Para el propio Franco, la posición de
Tarancón era una deserción inexplicable, que atribuía a la infiltración masónica y
comunista en la sociedad.

Otro frente de oposición lo constituyeron los nacionalismos catalán y vasco. El


resurgir de la cultura catalana chocaba con la prohibición de su lengua en beneficio de la
lengua "del imperio". Apoyado por los sacerdotes catalanes, en 1970 el catalanismo
constituyó una rama de protesta popular, especialmente a partir de que en 1971 se acuerde

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en la Asamblea de Cataluña una oposición coordinada con la restante frente al franquismo.
El catalanismo dejó de ser un asunto pequeñoburgués, contando con el apoyo de las masas.

El resurgir del nacionalismo vasco fue una seña de identidad del final del
franquismo. Faltándole el sustrato de una cultura en auge como la catalanista, produjo una
manifestación más violenta. Un grupo desgajado de jóvenes activistas rechazaron el
liderazgo desde el exilio del grupo conservador y católico PNV. ETA combinará con
algunas dificultades ideológicas el marxismo y el nacionalismo. Pero ETA se ganó el favor
popular precisamente a partir de la represión policial contra sus primeros actos terroristas,
que hasta cierto punto servía como justificación para su escalada de violencia. El juicio de
Burgos de 1970 contra terroristas vascos significó un punto de inflexión: la sociedad se
olvidó del delito de fondo para centrarse en un debate sobre la pena de muerte y sobre el
franquismo, del que ETA saldrá reforzada. En diciembre de 1973, ETA consiguió su mayor
golpe al volar el coche de Carrero Blanco.

Aunque los terroristas calcularon mal la reacción del régimen, de cualquier forma
dieron un duro golpe al continuísmo que representaba Carrero. Desde ese momento hasta
la muerte de Franco el gobierno estuvo siempre dividido, agobiado por una continua crisis
de identidad entre el búnker y los aperturistas.

La influencia comunista se incrementó con el apoyo de los intelectuales de más


prestigio, generalizado a partir de finales de los 60, y contando con la concurrencia de los
universitarios. Los socialistas experimentarán un cambio en 1972, con el relevo
generacional que llevará a Felipe González y Guerra a la dirección del partido,
comenzando una dialéctica mucho más capaz de conectar con la sociedad del momento, y
huyendo de viejas ortodoxias. A partir de entonces, crecerá de forma espectacular.

La oposición democrática (es decir, la no comunista) estaba compuesta por


cristianodemócratas (desde un arrepentido Gil Robles hasta su límite de izquierdas en Ruiz
Giménez), monárquicos liberales, socialistas, socialdemócratas y grupos republicanos, así
como los representantes de la oposición catalana y vasca. Fue más o menos tolerada a
partir de los 70, y su órgano de expresión fue Cuadernos para el Diálogo.

El sucesor de Carrero Blanco, su ministro de Gobernación, el impersonal


administrador Arias Navarro, tuvo que enfrentarse a una oposición insistente cuando su
gobierno se dividió. El terrorismo vasco sirvió de argumento al búnker. Pero en su primer
discurso, sorprendió a la opinión pública al prometer una genuina "apertura" del régimen a
través de la asociación política. Si la misma hubiera continuado, habría puesto en aprietos a
la oposición, que no se encontraría cómoda. Pero la redacción final del Estatuto de
Asociaciones Políticas, sobre la que presionó el sector continuista, era tan restrictiva que
fue rechazada incluso por los reformistas del régimen.

El 20 de noviembre de 1975 moría Franco, dejando un país que vivía la


contradicción de su peculiar sistema político y su cada vez mayor parecido al resto de los
países de Europa occidental. La represión fue mantenida durante los 40 años. Pero no
parece suficiente como para explicar su pervivencia: hemos de considerar la posición de
apatía de las masas y sobre todo las ambiciones de poder de las elites para comprender
dicho fenómeno. Pero en 1975 el sistema estaba en clara decadencia: la Iglesia se hallaba
dividida, la clase obrera era cada vez más militante, los catalanes y vascos mostraban una
posición de revuelta abierta, y la prensa lanzaba sus cada vez menos veladas críticas.

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7-BIBLIOGRAFÍA.
CARR, RAYMOND: España: de la Restauración a la democracia, 1875–1980. Ariel,
Barcelona, 1983.
CIERVA, Ricardo de la: La historia del franquismo. Madrid, 1975.
FOESSA (ed.): Informe sociológico sobre la situación social de España. FOESSA,
Madrid, 1970.
MIGUEL, AMANDO DE: Manual de estructura social de España. Madrid, 1974.
TAMAMES, RAMÓN: Introducción a la economía española. Madrid, Alianza Editorial,
1982 (14ª ed.)
TAMANES, RAMÓN: La República. La era de Franco. Madrid, Alianza Editorial, 1973.
(1ª ed.)
TUSELL, JAVIER: La oposición democrática al franquismo. Madrid, 1978.
VV.AA.: Historia de España. Vol. 18. Gredos, Madrid, 1986.
VV.AA.: Nueva Historia de España. Vol. 18: El siglo XX. De la Segunda República a
nuestros días. Edaf, Madrid, 1985.

Bibliografía muy anticuada (ver la de mi tema). G.R.A.

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