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05-07-2018

Entrevista a Andrés Piqueras sobre La tragedia de nuestro tiempo: la destrucción de la sociedad


y la naturaleza por el capital (I)
“La capacidad de mutar de este sistema ha sido excepcional, porque excepcional es su dinámica
de crecimiento y destrucción”

Salvador López Arnal


El Viejo Topo

Andrés Piqueras es profesor titular de Sociología en la Universidad Jaume I de Castellón, donde


fue director del “Observatori Permanent de la Immigració”. Ha dirigido diversos cursos de
doctorado y de máster sobre Desarrollo en su versión más crítica. Actualmente es miembro del
Observatorio Internacional de la Crisis, con el que lleva diez años estudiando el capitalismo y
sus crisis. Es autor de numerosas publicaciones sobre identidad y sobre la construcción de
sujetos colectivos en las sociedades tardocapitalistas, entre las que cabe destacar La opción
reformista: entre el despotismo y la revolución (Barcelona, Anthoropos, 2014) y el libro en el que
centramos esta conversación.

***

Mi enhorabuena por tu nuevo libro. Déjame esta vez preguntarte por asuntos no tan
centrales pero que, en mi opinión, pueden tener importancia para la comprensión de tus
reflexiones. En el título hablas de la tragedia de “nuestro tiempo”, de la destrucción de la
sociedad y la naturaleza por la civilización del capital. Pero, bien mirado, ¿no siempre ha
sido así? ¿Cuándo el capitalismo no ha destruido sociedad y naturaleza?

El capitalismo construyó una naturaleza mercancía en cuanto que “capital circulante” (materias
primas, insumos...), convirtiéndola en una fuente aparentemente infinita de recursos gratuitos
o semigratuitos y en un vertedero sin fondo de residuos. Esto trazaba el camino seguro de su
destrucción. Lo que está haciendo hoy es completarlo. Este sistema está dispuesto a destripar
todo el planeta antes de morir.

En cuanto a la sociedad, cuando el capitalismo fue un modo de producción en auge que generaba
crecimiento -el capitalismo industrial clásico-, al mismo tiempo que enormes sufrimientos y
horrores para las poblaciones, permitió la construcción de la “civilización industrial” en los
núcleos centrales del sistema capitalista, y la mermada extensión del mismo hacia las periferias
de aquél. La extracción de plusvalía y el sistema de propiedad privada fueron viables porque, a
pesar de la desposesión y la explotación, a través del trabajo asalariado se otorgaba la
posibilidad del consumo obrero y de su (relativo) acceso a bienes y recursos, así como una
cierta redistribución del excedente para cimentar la cohesión social, con lo que la sociedad se
fue expandiendo en diferentes términos. Es decir, que la plusvalía extraída a partir del empleo
de la fuerza de trabajo, tenía como contrapartida los salarios de la población trabajadora
empleada, los cuales revertían en consumo. Se trata de un mecanismo de integración de las
poblaciones y de generación de base social; una distribución de la riqueza por medio del empleo
que asegura al mismo tiempo la realización de la ganancia mediante el consumo y con ello la
reproducción ampliada del capital.

En cambio, las dinámicas del capitalismo degenerativo o terminal en el que nos hallamos, ya
no hacen sociedad, son antisociales. Así, la renta diferencial proveniente de las operaciones en
el exterior, de las dinámicas parasitarias y de saqueo de recursos, así como de la especulación
financiera, termina en su mayor parte acrecentando la concentración de riqueza en manos de
los grandes capitales, especialmente de su rama parasitario-especulativa, banca pasiva,
accionistas... Lo que quiere decir que aquella renta no revierte en el ciclo económico productivo
y de consumo de masas (salarios, impuestos, obras, servicios, empresas…), pues además de las
exacciones fiscales, apenas se declara una minúscula parte de aquellas ganancias, dado que la
contabilidad se divide en subcontrataciones, filiales, sectores deslocalizados, secciones
sumergidas, etc., y por si fuera poco la mayor parte van a parar a esas nuevas territorialidades
creadas para sustraerse a cualquier control social y para esconder el botín proveniente de
atracar a la sociedad, de apropiarse de la riqueza colectiva, los mal llamados “paraísos fiscales”.
Es decir, esas ganancias bien se atesoran o bien se destinan a la especulación, sirviendo para
agrandar el fetiche del dinero que hace dinero por sí mismo. La repatriación de la plusvalía, de
las ganancias y de la renta, irá también a aumentar aún más los ya enormes auto-salarios de las
elites bancario-financieras y de los CEO, a la especulación bursátil, a circuitos financieros, y sólo
muy, muy marginalmente, al mantenimiento de la sociedad.

No hay que cavilar mucho para darse cuenta de que con ello se entorpece el propio
funcionamiento del ciclo capitalista.

De acuerdo. En cuanto a la expresión “fase actual”. ¿Tiene alguna definición económica?


¿A qué podemos llamar fases en la historia del capitalismo?

En mi anterior libro de La opción reformista intento dar una explicación de ellas vinculándolas
a los distintos modelos de crecimiento (acumulación-regulación) del capital. En estos
momentos estamos, como he dicho, en su fase degenerativa (terminal) –esa es al menos la
formulación teórica que llevamos a cabo en el Observatorio Internacional de la Crisis-. En esta
fase, las estructuras sociales de acumulación del capitalismo se ven cada vez más incapacitadas
porque la generación de valor y de plusvalor se ve crecientemente entorpecida, como explico
en el libro que ahora comentamos. Lo que tenemos, en vez de acumulación de capital –cada vez
más exigua-, es un pobrísimo crecimiento ficticio en cuanto que está dado por deuda y por la
invención de dinero sin ningún valor (no está vinculado a la producción). La deuda y el capital
ficticio mantienen la ilusión de que el sistema sigue funcionando. Esto da como resultado una
economía cada vez más irreal, un capitalismo moribundo asentado sobre la irrealidad. Lo
propio de una demencia senil.

En el prólogo, Luis Enrique Alonso elogia la que llama brillante conceptualización tuya;
hipercapitalismo mutante. ¿Qué aporta esta nueva categoría? De hecho, ¿no es el caso
que cualquier modo de producción, y la civilización anexa, son entidades mutantes?

La capacidad de mutar de este sistema ha sido excepcional, porque excepcional es su dinámica


de incesante crecimiento y destrucción de todo lo dado que va implícita en el desarrollo
asimétrico y desproporcionado de fuerzas productivas que genera, hecho que no comparte con
ningún otro modo de producción ni civilización. La opción reformista (aunque rebajada
respecto de las propuestas de Kalecki, e incluso aplicada en versión “light” respecto de lo que
posteriormente puso sobre la mesa Keynes) consistió en la puesta en marcha de mecanismos
de distribución de una parte de la plusvalía generada por la propia población trabajadora, así
como de medidas de protección de esta población, que supusieron la desmercantilización de
diversos aspectos de su reproducción social, y por tanto en cierta manera la parcial
desmercantilización y desproletarización de la fuerza de trabajo a través de servicios y bienes
sociales. Ese “reformismo”, además de construir sociedad, como dije, fue la propia salvación del
modo de producción capitalista. Hoy, al destruir tal opción da muestras evidentes de que ha
agotado sus posibilidades “progresistas” (de progreso para la humanidad) y de que no tiene
vías de escape. En realidad, se está autofagocitando para sobrevivir, es decir, está devorando la
riqueza social que hasta ahora le permitía funcionar más o menos vigorosamente porque
mantenía a la sociedad de la que se nutre. Si elimina los sustentos de su sociedad y la pudre, se
mata a sí mismo.

Por cierto, ya que lo mencionas, tengo que agradecer a Luis Enrique su cariñoso acogimiento
de mi libro, al que da en su prólogo esa potencialidad que confiere su gran conocimiento.

Solo el materialismo histórico-dialéctico, afirmas en la introducción, sobre todo, añades,


cuando más abierto ha estado a la epistemología ecologista, “ha sido capaz de ofrecer
claves estructurales de análisis y tendencias verosímiles del capitalismo realmente
existente”. ¿Qué es entonces para ti el materialismo histórico-dialéctico? ¿Cómo hay que
entender aquí lo de dialéctico?

En la ciencia social llamamos estrategias ideales a las que pretenden (y así plantean sus
investigaciones y teorizan) que son las ideas las que explican el mundo y por tanto también
constituyen la primera causa de su transformación. Las estrategias materialistas, en cambio,
sostienen que es lo material lo que explica lo mental; aunque el materialismo dialéctico en
concordancia con su propia designación, siempre habló de que hay una interacción constante
entre ambas dimensiones: la idea se hace materia a través de las acciones humanas, sobre todo
cuanto más colectivas sean, pero a su vez esas ideas no pueden cobrar existencia ni mucho
menos fuerza, fuera del entramado histórico-material en el que se desarrollan. Y si por tanto
son ajenas al mismo o proponen acciones que no tienen coherencia con la realidad, no lograrán
más que hacer surcos en el mar. Por ejemplo, si formulamos que la materia es penetrable sin
más consecuencias, lo único que podremos conseguir es escalabrarnos contra la pared.

La ecosfera es lo más material que tenemos (nuestra infraestructura como especie), por eso es
imprescindible partir de ella para cualquier análisis social realista. El materialismo dialéctico
de epistemología ecologista es para mí lo más avanzado de que disponemos para explicar y
transformar el mundo en el estado actual de desarrollo de la humanidad.

Añades, críticamente, que desde Mandel y su capitalismo tardío, pocos análisis de fase
rigurosos y de vasto alcance se han hecho. ¿Y eso por qué? ¿Está la tradición marxista,
cuanto menos en su vertiente económica, obsoleta, perezosa, falta de nuevas ideas?

Lo que se mostró como una contundente victoria del capitalismo, saliendo aparentemente de
su crisis estructural de sobreacumulación de los años 70 del siglo XX y eliminando o dejando
fuera de juego a sus principales enemigos sistémicos, la URSS y China, fue en realidad una
descarada huida del sistema capitalista hacia un mundo irreal, hacia una economía de ficción
que, como acabo de decir, se basaba sobre todo en la permanente y creciente generación de
deuda a partir de capital ficticio para aparentar que el sistema seguía funcionando. Esto no se
vio en esos momentos ni siquiera por buena parte de los científicos sociales “de izquierdas” ni
de las vanguardias políticas críticas. Muchos de los teóricos y políticos de la que una vez fue
“izquierda antisistémica”, incluso marxistas, claudicaron, y aceptaron la salud del capitalismo,
su capacidad de sobrepasar las crisis y su potencialidad (aparentemente ilimitada) de seguir
generando crecimiento y bienestar. También apertura democrática.

Todo el decorado era de cartón-piedra, pero como digo, en esos momentos muchos no lo vieron.
La teoría se resintió, cundió el desaliento de lo “post”: el postmodernismo, el post-
estructuralismo, el post-marxismo… como si estuviéramos en un limbo histórico en el que las
tendencias, razones de ser y reglas del capitalismo hubieran quedado suspendidas. También se
pretendió que el capitalismo había superado definitivamente sus crisis cíclicas (¡qué irónico
resulta hoy!). Hubo marxistas que renegaron incluso del elemento clave del movimiento
capitalista descubierto por Marx: la caída tendencial de la tasa de ganancia. De hecho, al
marxismo en general se le declaraba “obsoleto” y se trataba en adelante de elaborar teoría
dando por buena la supraestructura o pantalla ideológica del capital. Poco a poco, la teoría se
ha ido convirtiendo en un fetiche más del mismo, parte de su propaganda.

En consecuencia, se dejaron también de hacer análisis de fase de este sistema. Negri y otros
“operaístas” y/o “postmarxistas” nos quisieron convencer incluso de que el capital había
generado el sujeto que le estaba ya sobrepasando: la multitud. Nos decían que el propio
capitalismo nos estaba “empoderando” como sujetos transformadores (otro término ese, el de
“empoderamiento”, que se utiliza tanto más en la supraestructura del sistema cuanto éste más
desprovee a la gente de toda protección, cuanto más destruye sus condiciones materiales de
vida). En suma, las ideas propagandísticas se hacían pasar por cuestiones fehacientes.

No te veo muy próximo a las tesis y posiciones de Negri. ¿No hay nada que te intereses de
su obra? Pienso, por ejemplo en Imperio y recuerdo la enorme influencia que tuvo entre
las izquierdas del mundo ese ensayo que escribieron al alimón él y Michael Hardt.

Me quedo con el primer Negri, el que escribió el obrero masa y militaba con la fuerza de trabajo
de carne y hueso. A pesar de haber seguido siendo un pensador con mucho ingenio, creo que
desde que se liberó del encarcelamiento se ha limitado a eso, a decir cosas ingeniosas en el
mundo de las ideas, sin ninguna base real. Sus libros no recogen ninguna trayectoria empírica
ni de investigación social digna de tal nombre. Imperio, con perdón, es un puro despropósito:
por eso se le difundió tanto y se le dio tanta cabida en editoriales comerciales. En general
considero que las propuestas teóricas de la última época de Negri (ya de Hard ni hablamos) han
contribuido a aumentar el ya elevado grado de confusión teórica y decadencia estratégica de
las izquierdas. De lo contrario, los medios de la burguesía jamás te darían eco. En algunos de
mis trabajos (por ejemplo, el de Capitalismo mutante, o en mis artículos en Polis) he criticado
concretamente ciertos de sus conceptos, como el de multitud.

Salvas de la crítica anterior a un autor, a Samir Amin y sus análisis del capitalismo senil.
¿Qué te interesa más de su obra? Por lo demás, los dos libros que citas son de 2003 y han
pasado ya 15 años desde entonces.

En realidad, hay que salvar a bastantes otros autores que llevan su militancia social en la
cotidianidad de sus vidas incluido su quehacer científico, pero al tener Amin una dimensión
mundial (y aun a pesar de algunas discrepancias con él) le menciono en mi Introducción para
señalar que el materialismo dialéctico no había sido abandonado por todo el mundo. Su
esfuerzo sistémico y sistemático creo que dio sus frutos más importantes hasta esa década que
tú mencionas.

Para hacer honor a la verdad, de todas formas, en este plano tendría que haber nombrado por
lo menos también a István Mészáros (a quien por otra parte cito en bastantes otros de mis
trabajos). Creo que es el autor de talla mundial en la ciencia social que más ha incidido en el
siglo XXI en el estudio de las reacomodaciones del capitalismo para hacer frente a sus límites
estructurales y a su “insustentabilidad”, que yo llamo degeneración.

Dejemos constancia de su nombre. Hablabas de tus discrepancias con Samir Amin.


¿Algún ejemplo de estas discrepancias?

Nada importante por lo que toca al cuerpo principal de la teoría, que compartimos en cuanto
que los dos no sólo venimos del marxismo sino que le vamos en lo sistémico desde una
perspectiva similar. A parte de su histórica postura “campesinista”, que le llevó a defender
prácticamente sin críticas a China, pero que le distanció en cambio de la URSS, lo que me aleja
más de Amin en los últimos tiempos son algunas de sus tomas de postura en ciertos puntos
geoestratégicos de tensión imperialista. Así por ejemplo, la defensa de la intervención francesa
en Mali o su intento de justificación de la represión del islamismo en su propio país, Egipto. En
fin, espero que sean errores pasajeros, dado que en general Amin ha mostrado bastante
claridad en el análisis de la mundialización capitalista, sus inequidades sistémicas, la
explotación y desposesión que necesariamente conlleva en las diversas partes del Sistema
Mundial (de nuevo Wallerstein), los grados de violencia y guerra que genera y, por tanto, sus
dinámicas geoestratégicas. (A propósito, precisamente por eso, por su claridad investigadora-
metodológica, Amin es también un duro crítico de Negri).

Precisamente, en el presente, señalas también en la introducción que la polémica sacude


al propio marxismo: el capitalismo está ya en fase terminal o es capaz de seguir su
proceso de acumulación sin cesar mientras no intervenga alguna forma de acción
política que lo sepulte. ¿Y cuál es tu opinión sobre esta disyuntiva? Por lo demás, sea a o
b la respuesta, yo no logro ver fuerzas que se propongan, con posibilidades de éxito y a
día de hoy, sepultar al sistema capitalista.

Claro. Yo tampoco. En la teoría tenemos que ser rigurosos. Las propuestas teóricas básicas en
este campo son las siguientes: 1/ El capitalismo hace a sus propios sujetos transcendentes
(véase Negri y el “marxismo autónomo” y el “post-marxismo”). De las mismas “resistencias”
salen las “trascendencias” del orden capitalista, nos dicen. 2/ El capitalismo, como modo de
producción que engendra sociedades clasistas, desigualitarias, suscita permanentemente el
antagonismo y por tanto la lucha antagónica (ya sea latente o explícita), pero no por ello
necesariamente los sujetos que le superen. Esta propuesta teórica ha proporcionado a su vez al
menos de 2 grandes interpretaciones: a/ El capitalismo no genera ni su propia destrucción ni
superación sin sujetos que se encarguen de enterrarle. Pero el que éstos salgan no es una
condición necesaria, sino contingente, sujeta a muchas variables no precisamente facilitadoras
(aquí están, por ejemplo, a mi entender, Michael Roberts, Rolando Astarita y, entre nosotros,
Diego Guerrero, entre otros). b/ El capitalismo no genera necesariamente su propia superación,
aunque sí su autodestrucción, la cual no significa por sí ni mucho menos un mundo mejor, al
contrario, si el capitalismo cae (por razones económico-ecológicas) sin sujetos que lo
trasciendan, lo más fácil es que genere terribles distopías. Los caminos para una u otra
posibilidad quedan siempre abiertos en función de las luchas de clase (este es el punto donde
me encuentro yo y creo que buena parte del ecologismo político). En estos momentos,
desgraciadamente, la posibilidad mayor a mi juicio es esta última: la de que se desaten procesos
catastróficos para la humanidad.

Antes de que me olvide, tenía que haberte preguntado antes: ¿qué es para ti el
marxismo? ¿Ciencia económica, filosofía, cultura alternativa, política revolucionaria,
historia de los de abajo?
El marxismo lo entiendo como un método científico [materialismo dialéctico] para el
conocimiento del mundo, que es al tiempo metacientífico: analiza las raíces sociales, las
relaciones de poder, que constituyen la propia ciencia; en ese sentido podría decirse también
que es alter-científico (otra forma de hacer ciencia). Además, o por ello mismo, a diferencia de
otros métodos y teorías científicas, comporta una praxis, es decir, un compromiso con lo que se
conoce, en orden a transformarlo en el camino de la emancipación humana. Es decir, la razón
de ser del marxismo es enfrentar siempre cualesquiera relaciones de explotación, dominación-
sumisión, opresión y marginación que tengan lugar entre seres humanos, tanto en sus
expresiones individuales como colectivas. Incluyendo aquellas que se dan en nombre del propio
marxismo. No quiero dejar de citar aquí la explotación y dominación estructural de los hombres
sobre las mujeres, por ejemplo.

Por eso el punto de entrada del marxismo para el conocimiento del mundo es la relación de
clase o relación en la que unos seres humanos se aprovechan del trabajo de otros y/o usurpan
sus oportunidades de vida. Aquí subyace para aquél el núcleo explicativo de las sociedades.

Respiremos un momento si te parece.

Me parece.

Fuente: El Viejo Topo, n.º 36 5, junio de 2018

JUL
12

Entrevista a Andrés Piqueras (II): “Un solo grupo de investigación no puede dar cuenta por sí
mismo de todas las aristas que mueven a este capitalismo terminal”
Andrés Piqueras es profesor titular de Sociología en la Universidad Jaume I de Castellón,
donde fue director del “Observatori Permanent de la Immigració”. Ha dirigido diversos
cursos de doctorado y de máster sobre Desarrollo en su versión más crítica. Actualmente
es miembro del Observatorio Internacional de la Crisis, con el que lleva diez años
estudiando el capitalismo y sus crisis. Es autor de numerosas publicaciones sobre
identidad y sobre la construcción de sujetos colectivos en las sociedades
tardocapitalistas, entre las que cabe destacarLa opción reformista: entre el despotismo y
la revolución (Barcelona, Anthoropos, 2014) y el libro en el que centramos esta
conversación.

***
Nos habíamos quedado aquí. A bocajarro y casi sin tiempo para respirar, ¿existe algún
país en el mundo que no sea un país de estructura económica capitalista? ¿Cuba, por
ejemplo? ¿La República Popular China?

Las experiencias de transición al socialismo del siglo XX, que malvadamente fueron llamadas
“comunistas” por los ideólogos capitalistas y sus medios de difusión de masas, y “Estados
obreros degenerados” por los troskistas, o “capitalismo de Estado” por otros marxistas y
teóricos en general, quedaron en realidad suspendidas a medio camino entre el capitalismo y
el socialismo. No fueron “capitalismo” pero tampoco pudieron construir el socialismo. Olin
Wright les dio el nombre de “Estatismo”, la fase intermedia que elimina la apropiación privada
de los medios de producción, propia del capitalismo, pero que todavía mantiene la apropiación
privada de los medios de organización social. En eso se quedaron y en eso están hoy, con sus
notables diferencias, las experiencias que sobrevivieron; pero es una situación que no se puede
alargar, o tiras hacia adelante o involucionas al capitalismo. Las luchas de clase en China
decidirán si prosigue el camino hacia el socialismo; de hecho, si hay algún país que tendría
posibilidades de hacerlo en estos momentos es éste. Mientras que Cuba, a causa de las
durísimas condiciones y la pequeñez de su dimensión y recursos con las que se ha tenido que
desenvolver históricamente, hace algún tiempo que ha comenzado a involucionar hacia el
capitalismo, aunque de momento de forma controlada y salvando algunos logros.

En la página 105, en una nota de pie de página, apuntas a asunto de rabiosa actualidad.
Te copio: “La vindicación nostálgica de ese pasado no tiene grandes posibilidades de
viabilidad, no porque vaya necesariamente a desaparecer el Estado, sino porque
pertenecer a un Estado deja de garantizar derechos y condiciones de vida. Es, además, la
evolución capitalista la que socava la nación “estatal” como hemos visto. De ahí, y por
contraposición, se nutre la ilusión en la “nación étnica-estatal” como valedora de esos
derechos y de la reconstrucción social. Esta lleva a cabo la prédica de la cohesión social
a través de la supuesta igualdad cultural (“de sangre”, finalmente) A fin de cuentas, el
desmoronamiento social está provocando dos grandes “escapadas” sociales, una hacia l
“nación estatal” para blindar el “bienestar” solo a los nacionales; otra que precisamente
reniega de ella al no posibilitar ya ese bienestar, y pasa al refugio “étnico-nacional” como
último reducto ante la hecatombe social del ‘Estado-nación’”. Lo que ha pasado,
lo que sigue pasando en Cataluña, ¿tiene que ver con esto que señalas?

Sí. Es el capitalismo, en su degeneración (eso que algunos metafísicamente llaman “la evolución
de los tiempos”), el que está destruyendo la sociedad, la relación salarial, la propia concepción
de familia que surgió de la Revolución Industrial, las formas convivenciales y de entender el
mundo, la división social del trabajo y las claves institucionales de su fase keynesiana (hace que
“todo lo sólido se desvanezca en el aire”, decía Marx). También está modificando
sustancialmente al Estado, claro está. En la medida en que los procesos de acumulación ya no
se regulan desde el ámbito estatal, en la medida en que el Estado proporciona menos
redistribución en forma de servicios sociales, protección social, empleo, etc. -todo eso que
constituyó la seguridad de la sociedad (y que por eso se llamó seguridad social)-, su papel
comienza a ponerse en entredicho. Se rompe por las partes que más han desarrollado un
sentimiento nacional propio, una identidad colectiva étnica y nacional. El Estado español nunca
fue un modelo exitoso y por eso se muestra más frágil para ambas opciones que mencionas.
Pero no es el único caso, Bélgica es un Estado que hace tiempo que está partido (y entre lo que
lo mantiene está el principio de acuerdo para hacer de Bruselas una capital-cantón
internacional); en Gran Bretaña se buscan también las dos salidas a la vez, y la primera de ellas,
la de blindar el Estado para los “nacionales” (en realidad, clases medias), es la que prima en
toda la UE, Estado por Estado y también como entidad colectiva de Estados.

Hemos de tener en cuenta, por otra parte, que en el presente la democracia es cada vez más
parte de la mitología del sistema. Recordemos que el Capital sólo dejó que las clases populares
votaran cuando empezó a admitir la vía reformista-redistributiva; hoy, y como quiera que
retroceder en conquistas siempre encuentra más oposición, lo que busca de momento es que el
voto no sirva para nada. Las razones de peso de la actual coyuntura que cierran la política
pequeña (la institucional) son sobre todo dos: 1) El capitalismo degenerativo en el que estamos
ha constitucionalizado, es decir, ha blindado, las miríadas de dispositivos capilares
(socioeconómico-políticos neoliberales) en que basa y regenera su Poder por todo el
metabolismo social. 2) Aquel blindaje va de la mano de un sistemático debilitamiento de las
capacidades de regulación social expresadas a través del Estado. Esto quiere decir que los
mecanismos de explotación y mando del capital se transnacionalizan (y a veces se insertan en
el Estado-región, cuyo ejemplo más avanzado es la UE), mientras que las posibilidades
operativas de las diferentes fuerzas de trabajo se mantienen ligadas al nivel local.

Así que primero se ha llevado a cabo la desubstanciación de las instituciones de representación


popular, creando o dando más y más poder en cambio a entidades supraestatales ajenas a
cualquier tipo de elección democrática (Bancos Centrales, Comisión Europea, G-20, FMI, OMC,
Foro de Davos…). Después se supeditan las leyes estatales a las supraestatales, liquidando la
soberanía del Estado incluso para poder tener una política económica propia (y en el caso de
los Estados de la UE ni siquiera una moneda soberana), autosubordinándose a los mercados
financieros y a sus agencias evaluadoras de riesgos, que no son precisamente elegidos
democráticamente, por lo que se vote lo que se vote hay que obedecer los dictados que vienen
de fuera. Finalmente se modifican las propias constituciones, de manera que sea
‘anticonstitucional’ intentar cambiar la falta de soberanía, al tiempo que se empieza a tomar
medidas para expulsar de forma directa a los partidos minoritarios de la contienda electoral (a
través de la exigencia de una gran cantidad de avales para poder presentarse, por ejemplo).
Pero por si todo eso fallara, siempre queda la amenaza del caos (las famosas huelgas y fugas de
capital) que se producirá si no sale una opción “aceptable” para los mercados, la presión para
la repetición de elecciones, el chantaje político y económico, etc.

De esta manera se logra trascender el marco de relativa democratización del Estado (propio del
“capitalismo keynesiano”) al que habían conducido las luchas sociales históricas, para hacer la
política desde instituciones supra-estatales donde aquellas luchas no llegan por ahora. La
transnacionalización del capital debilita además la capacidad negociadora de la fuerza de
trabajo en todos los ámbitos (laboral, social y político).Por eso el actual capitalismo
degenerativo no necesita abolir formalmente la democracia liberal, porque la ha vaciado de
contenido. Ha conseguido la práctica anulación de la política.

Al final, las fuerzas centrífugas étnico-nacionales tensionarán cada vez más insoportablemente
la UE en conjunto y a cada uno de sus Estados, al menos a los deficitarios (la UE es un sistema
deficitario-superavitario para trasvasar riqueza colectiva de unos Estados –la mayoría- a unos
pocos –sobre todo Alemania y su “hinterland” centroeuropeo-). El “proteccionismo” de lo
propio, sea entendido esto como “nacional-estatal” o “nacional” en busca de su propio Estado,
puede ser un punto de arranque “progresista” para frenar la barbarie social que promueve la
UE (véase el caso de Grecia, sin ir más lejos), pero también puede ser una puerta abierta a
nuevas formas de fascismo o, al menos, de autoritarismo vernáculo. Por eso, y frente a las
bobaliconas propuestas de reforma de la UE que hacen las mayoritarias izquierdas
integradas de nuestras sociedades, sería importante para lo que queda de las izquierdas
integrales en Europa, no dejar en manos de la gran derecha la ruptura con la UE que tanta gente
quiere cada vez más (y por eso la votan), e intentar sumar fuerzas para buscar caminos de
reconstrucción social alternativos, a escala “nacional” pero necesariamente también
“internacional”.

Trazo un amplio arco y me desplazo ahora a la bibliografía. Citas un texto de Balibar y


Althusser de Pour lire Le capital: “El objeto de El capital”. ¿Cuál es el objeto del capital
marxiano en tu opinión?

Su objeto es la explicación profunda del capitalismo, del movimiento del capital, desde la
producción a la circulación o realización del mismo, pasando por el capital a interés. Las razones
profundas (e inesquivables) de sus dinámicas, tendencias y expresiones vitales. Hoy todavía
constituye el más profundo y detallado análisis de este modo de producción.

Cuando Marx acabó el primer tomo de El Capital escribió a Engels algo así como “acabo de
lanzar un torpedo a la línea de flotación del capitalismo”.

No citas en cambio ningún ensayo de Immanuel Wallerstein. ¿No te interesa su obra?

Es un autor al que cito en la mayoría de mis trabajos. Siempre que hablamos de “Sistema
Mundial” capitalista, por ejemplo, está él ahí detrás, aunque no siempre lo explicitemos. Creo
que en la primera de mis respuestas en esta entrevista ya he utilizado alguno de los términos
que él sistematizó.

Sí, sí, de acuerdo. Hay varias referencias a obras de l economista Diego Guerrero. ¿Te
interesa su obra especialmente?

Es de los pocos economistas españoles que se salvan de hacer de la economía una disciplina de
mistificaciones. De lo mejor que se puede leer en economía aquí.

Estamos de acuerdo. Haces también referencias a Gramsci (hablas de él en el libro, por


supuesto). ¿Qué crees que puede aportar el autor de los Quaderni a nuestra “tragedia
capitalista contemporánea”?

Se ha hecho un uso torticero de Gramsci desde la irrupción del eurocomunismo. Se ha aludido


reiteradamente a su “guerra de posiciones” para señalar que en las formaciones sociales de
capitalismo avanzado había que descartar la ruptura e insertarse en el sistema para ir ganando
posiciones institucionalmente. Esa fue la base de la renuncia de los partidos (“euro)comunistas”
a la revolución social y punto de arranque del “post-marxismo”, que tan peligrosamente
desarrolló Laclau para hacer del marxismo algo inocuo, y que tan entusiastamente asumieron
los que hoy son sus seguidores enredados en la política institucional en la persecución de un
reformismo ‘light’ que les legitime, pero que incluso bajo ese descafeinamiento es ya imposible.
Sin embargo, Gramsci nunca renunció a la ruptura radical con el capitalismo (si no, no le
hubieran dejado morir de abandono en una cárcel), simplemente estaba señalando las
estrategias más adecuadas para combatir el capitalismo en las diferentes situaciones
sociopolíticas. Algo que olvidó el eurocomunismo y sus ramificaciones posteriores, que
comenzaron por renunciar a enfrentar al capitalismo, para aceptarlo como el orden
social dentro del que conseguir mejoras. Quedaron prisioneros de la fetichización del sistema
sobre su “democracia”, olvidando que ésta fue posible en el momento de expansión y esplendor
del modo de producción capitalista. Hoy sin embargo, sólo puede ofrecer “recortes”, violencia
social generalizada, mayores cuotas de desigualdad, guerra...

En nuestro momento histórico, en que la barbarización de la sociedad podría empezar a socavar


la legitimidad del orden capitalista y por tanto su hegemonía, Gramsci resulta vital para
entender cómo poder construir una contrahegemonía radical, eficaz.

También, y me ha sorprendido, citas a Gyorgy Lukács, el Lukács de Historia y consciencia


de clase. ¿No es una obra muy filosófica y muy oscura, con pocas aristas praxeológicas?

Cuando leí esta obra, en mis tiempos de estudiante, dejé muchas cuestiones sin entender, pero
aun así me formó bastante y desde luego me dio claves de praxis . No coincido, por supuesto,
con su indicación del proletariado como un “sujeto necesario”, encarnador de un nuevo orden
histórico (los conceptos que se construyen para entender la realidad no deben confundirse con
agentes reales, porque entonces lo que hacen es entorpecer el conocimiento de la realidad y de
sus aconteceres), ni tampoco con otros tratamientos hegeliano-metafísicos, pero es importante
su recuperación de la dialéctica en un momento en que se la intentaba rigidificar, es decir
contravenir. La prueba es que al “marxismo oficial” del momento no le gustó nada. De todas
maneras, recomendaría esta obra para cualquiera que dé por sentado que ciertos autores están
“superados”. A veces el esfuerzo intelectual colectivo de la sociedad puede haberse apoyado en
autores grandes para ir más lejos que ellos, pero eso no siempre quiere decir que estén
“superados”, y sobre todo no lo están por la mayoría de individuos concretos que se enfrentan
al análisis social en el presente. La importancia de Lukács ha perdurado hasta hoy, mucho más
limpio de sus claves hegelianas, a través de autores como Mészáros, del que acabamos de
hablar.

Yo cito la obra sólo para referirme a su concepción de la conciencia de clase, sobre todo para
indicar una de las perspectivas históricas que ha habido sobre ella.

Cuando citas a Marx haces referencia al Capital, a los libros I y III concretamente, y usas
una edición, una traducción cubana. ¿Por qué? Por lo demás, ¿por qué está ausente el
libro II?

Sí, reconozco que puede no ser la mejor la que yo cito y desde luego no es la más al uso. Pero la
tengo conmigo desde hace más de 30 años y me he acostumbrado a sus palabras, desarrollos....
Sé dónde están los pasajes que me interesan en cada momento casi sin buscarlos. Me costaría
más esfuerzos hacerlo en otra edición.

En cuanto a que no esté citado el tomo II en esta obra es porque no entendí que viniera al caso.
El tomo II habla de la circulación del capital, y no estaba centrado yo en ello precisamente. Antes
me interesa mostrar cómo sus auténticos problemas vienen de la propia producción.

Karl Polanyi, de quien hablas en tu libro , ¿no es un autor poco leído o cultivado por la
tradición marxista? ¿Por qué es así en tu opinión?

Porque se han hecho muchos esfuerzos también por tergiversarle y hacer de él un


“socialdemócrata”, en el sentido de integrado en el capitalismo. Y no es así. Es un autor que
cuando lo re-descubres como yo, a una edad tardía, máxime si además tienes la suerte de recibir
(a través de un amigo común) referencias de su hija -todavía viva- para desmentir esas
interpretaciones sobre su padre, te puede aportar enormemente. No voy a enumerar aquí mi
deuda con Polany en este libro porque se alargaría demasiado la entrevista. Baste decir que el
título está inspirado en él: Polanyi insistía sobre el hecho de que la economía no debía
analizarse como un algo separado del resto de esferas sociales, tal como la había construido el
capitalismo -cual ente con vida propia-, sino que es parte de la sociedad. Si la economía destruye
la sociedad, se niega a sí misma como posibilidad. Los análisis economicistas no entienden eso.

La preocupación ecologista está muy presente en el libro. En cambio, no hablas nunca,


de Nicholas Georgescu Roegen. ¿No te interesa su obra? En la misma línea. Presentas
desarrollos de consumo y destrucción de materiales, pero salvo error por mi parte no
haces referencia a tres grandes economistas españoles (el tercero, sobre todo catalán,
según él mismo señala ú ltimamente ) que han trabajado estos temas: José Manuel
Naredo, Oscar Carpintero y Joan Martínez Alier. ¿Por qué?

Porque no he intentado hacer un análisis exhaustivo de las razones ecológicas de la crisis


capitalista, que tan bien llevan a cabo estos autores, ni una economía ecológica, para la que no
tengo suficiente base. Sólo quería señalar en la tercera parte del libro la imposibilidad también
ecológica del capitalismo en lo sucesivo. Dicho esto, respeto enormemente el trabajo de los
autores que mencionas, entre otros integrantes de esta línea de trabajo.

Hay muchos puntos y caminos que profundizar. En realidad mi libro debería haber sido
titulado, en concordancia con mi intención, “Contribución al análisis de la fase actual del
capitalismo”. Es sólo una modesta contribución, pero creo que es absolutamente necesario que
la ciencia social recobre su fundamento científico más genuino. Con la enorme complejidad que
entraña la fase actual del capitalismo, eso requiere esfuerzos de grupos de investigación
colaborando entre sí desde distintas disciplinas, estrategias y métodos, en todo el mundo. Ni un
autor solo, ni siquiera un solo grupo de investigación, pueden dar cuenta por sí mismos de todas
las aristas, vertientes y fenómenos paradójicos que suscita hoy y que a la par mueven a este
capitalismo terminal.

Nada nos dicen y nada pueden aportar ya, en ese sentido, los análisis que son parte de las
mistificaciones capitalistas sobre su economía como “autorregulada”, de “libre mercado”, “de
oferta y demanda”, de “homo economicus”, de “marginalidades” y “escalas”, de “equilibrios” y
“ajustes”, “monetarismos”, “controles inflacionarios” y toda esa serie de enunciados que se
quedan en la superficie de los procesos, que toman los fenómenos manifiestos por causas
subyacentes. En realidad las teorías económicas que promueve el propio sistema no tienen la
más mínima idea, ni quieren tenerla, de los sustentos de la propia economía que tanto ensalzan.

En general, la ciencia social tiene un camino mucho más difícil que otras ciencias, dado que en
él confluyen agresivamente los intereses de clase de la sociedad. La clase dominante está
especialmente interesada en que la ciencia social no explique las raíces profundas de su
dominación ni de sus enfermedades.

Por eso agradezco la oportunidad que me brindas nuevamente para poder expresar estos
resultados de esfuerzos colectivos. Tu interés y generosa dedicación por llegar al fondo de los
planteamientos que de una u otra manera son decisivos para nuestras sociedades.

Mil gracias por tus generosas palabras. Me gustaría cerrar con ellas esta conversación.
¿De acuerdo?

De acuerdo.
Salvador López Arnal

26-09-2018

Entrevista a Andrés Piqueras sobre Las sociedades de las personas sin valor
“Estamos insertos en un modo de producción cuyas dinámicas estructurales resultan cada vez
más irrealizables”

Salvador López Arnal


Rebelión

Profesor titular de Sociología en la Universidad Jaume I de Castellón, Andrés Piqueras es autor


y/o director de numerosos estudios sobre migraciones, mundialización, identidades e
intervención de los sujetos colectivos en el ámbito social y político, así como respecto de la crisis
terminal del capitalismo, sobre la que trabaja con el Observatorio Internacional de la Crisis.
Entre sus libros más destacados cabe señalar Capital, migraciones e identidades (2007), obra
colectiva del Observatori Permanent de la Inmigració (OIC), del que fue creador y director ; El
colapso de la globalización (2011), La tragedia de nuestro tiempo. La destrucción de la sociedad
y la naturaleza por el capital. Análisis de la fase actual del capitalismo, Barcelona, Anthropos,
2017. Centramos nuestra conversación en su último libro: Las sociedades de las personas sin
valor, El Viejo Topo, Barcelona, 2018.

De nuevo te robo tiempo. He recibido una carta de un lector, de un lector muy atento,
muy informado y muy cortés. Me cuenta lo que ahora te explico (resumo un poco):

Hace poco leí su reseña del libro del compañero profesor Andrés Piqueras Infante La
tragedia de nuestro tiempo: la destrucción de la sociedad y la naturaleza por el capital,
pero ¡ni imaginaba! que usted le haría una entrevista sobre el libro. Al revisar hoy, como
hago diariamente, Rebelión veo su entrevista, he vivido, por tanto, una tarde de ENORME
FELICIDAD, por cuanto, pocas veces me he identificado tanto en mi manera de pensar
con alguien como con el compañero profesor Andrés, al que ya alguna vez le he escrito
por correo electrónico solicitándole algún material para estudiar…

Quisiera pedirle un favor, prosigue, “y es que tengo una duda que puede ser de muchos”.

En efecto, marxistas serios, no oportunistas y comprometidos con la ciencia y los


pueblos, discrepan en un asunto que trata el libro del profesor Andrés Piqueras Infante
y del cual sí usted pudiera, desearía que le pregunte. ¿De qué es el tema? De la cuestión
del valor, esa savia, néctar y substancia del capital. En la actualidad, hay una seria
discusión sobre si en el capitalismo contemporáneo aumenta o se “seca” (disminuye) la
producción de valor; por ejemplo, el eminente profesor argentino Rolando Astarita
considera que la producción de valor sigue creciendo en el sistema en su conjunto, y
como prueba de ello dice que la población mundial trabajadora ha aumentado en los
últimos tiempos, algo que es cierto (“el valor es trabajo social materializado en una
mercancía”, según una de las definiciones y aproximaciones de Marx al respecto), sobre
todo después que millones de chinos, vietnamitas, de las antiguas repúblicas soviéticas
y de Europa del Este se integraran plenamente al capitalismo mundial,

Pero por otra parte, apunta nuestro sabio lector

el extinto Robert Kurz, Anselm Jappe, Norbert Trekle, Ernst Lohoff y el grupo Krisis y
EXIT (la llamada escuela crítica del valor) consideran que la producción de valor a nivel
sistémico decrece ya que, cantidad de obreros trabajando no significa, por mucho que el
trabajo sea el creador del valor, más producción de valor, y lo argumentan en el hecho
de que, la gran masa de trabajo industrial en esos países se realiza a un bajísimo nivel de
productividad y por eso, medido según el estándar de las fábricas automatizadas y
superracionalizadas, representa sólo una fracción muy reducida de valor, pues desde el
punto de vista de la producción de valor no cuenta el mero número de las horas
trabajadas. Más bien el valor de una mercancía depende del nivel de productividad
socialmente válido, que a su vez, hoy en día es definido por los sectores de producción
dominantes en el mercado mundial. En otras palabras, una mercancía lanzada en el
mercado mundial representa exactamente la misma cantidad de valor que cualquier
otra mercancía del mismo tipo y calidad. Si, para su producción, hemos utilizado más del
tiempo del socialmente necesario, este exceso de tiempo se cancela socialmente y, por lo
tanto, no se remunera. De ahí que el capitalismo esté en crisis estructural hoy, según esta
escuela, explicando todo el proceso de caos que acontece a nivel sistémico por esa causa.
Mientras que Astarita, tiene todo un aval de estudios para demostrar lo contrario.

El asunto, comenta nuestra interlocutor, no es pecatta minuta, sino “que tiene que ver
con el momento en que vivimos y con la salud del organismo (el capitalismo) en el cual
vivimos todos sin excepción como “sujetos automáticos” del mismo, y sobre todo la
importancia que dicho asunto reviste para la planificación de las formas de lucha para
salirse de él”. Por eso, “quisiera que usted le preguntara a una persona tan sabia sobre
qué considera al respecto”.

Hago caso a nuestro amigo y empiezo a preguntarte. Me centro, si te parece, en tu último


libro: Las sociedades de las personas sin valor. Cuarta revolución industrial, des-
substanciación del capital, desvaloración generalizada. Creo que nos dará juego para
aclarar esas cuestiones. Vayamos paso a paso si no te importa. ¿Nos explicas tu posición
en estos temas?

A pesar de que tengo algunas serias discrepancias teórico-políticas con el grupo de Kurz
(“Nueva crítica del valor”), no tengo ninguna en lo que respecta a su análisis del valor. Quiere
esto decir que me posiciono con ellos frente a Astarita. Y me explico (y para ello tomaré algún
punto teórico de esa Escuela) . El valor refleja un tiempo abstracto (vinculado al trabajo
abstracto) que tiende a promediarse: el tiempo socialmente necesario para la obtención de una
determinada mercancía (objeto o servicio), en función del desarrollo tecnológico alcanzado en
cada momento histórico.
Trabajo humano abstracto es el empleado en el tiempo socialmente necesario de producción de
una determinada mercancía para el intercambio generalizado, a través del dinero, por otros
trabajos productores de otras mercancías, en función del tiempo abstracto que conllevan unas
y otras. Los productos del trabajo humano se convierten así en mercancías cuando su objetivo
principal es ser intercambiadas por dinero (o tiempo socialmente abstracto depositado en otras
mercancías). El dinero es el medio por el cual todas las mercancías miden su valor y se
intercambian por unidades monetarias.

Hay un repetido error en el análisis del valor que confunde su dimensión física y la abstracta o
social. El desarrollo de las fuerzas productivas y en concreto de la tecnología en las sociedades
capitalistas, ha permitido incrementar exponencialmente la cantidad de productos-mercancías
que se generan. Pero el que haya más mercancías no quiere decir necesariamente que haya
más valor (esa sería una explicación física del valor, propia de la economía política anterior a
Marx: Petty, Smith, Ricardo...). De hecho, la relación entre el lado físico del trabajo abstracto y
las fuerzas productivas es inversa, esto es, cuantomayor es la magnitud de las fuerzas
productivas menor es la cantidad de trabajo abstracto contenida en cada unidad de producto
generado o tiempo de trabajo necesario para producirlas.

Nos explicas un poco más esa noción de trabajo abstracto.

El “trabajo abstracto” indica la abstracción de las diferencias cualitativas de los trabajos


concretos que producen valores de uso, para reducirlos todos a un trabajo intercambiable -que
convierte los valores de uso en valores de cambio o mercancías listas para ser cambiadas
por dinero-, el cual se hace representativo del conjunto de la sociedad. Es, pues, resultado del
intercambio general, que toma en cuenta el tiempo socialmente necesario para su producción
en función del desarrollo de las fuerzas productivas de cada momento.

La teoría del valor de Marx, por tanto, no es físicamente redundante (tiempo físico de trabajo),
dado que incluye la organización social del tiempo de trabajo como determinante fundamental
del valor.

En cuanto a Astarita...

Astarita, en cambio, no distingue adecuadamente el efecto directo que tienen las fuerzas
productivas sobre el trabajo en su carácter concreto (potenciación física del trabajo que genera
mayor cantidad de valores de uso), del efecto inverso que tienen las fuerzas productivas sobre
el trabajo en su carácter abstracto. Para él el que aumente la productividad y se produzcan más
mercancías es sinónimo de mayor creación de valor, y parece confundir el “trabajo potenciado”
de quienes utilizan una tecnología más puntera (capaz de producir más mercancías por unidad
de tiempo) con que produzcan más valor, cuando en realidad éste disminuye a gran velocidad
para el conjunto de la sociedad, pues el tiempo socialmente necesario para producirlas se
reduce drásticamente según aumenta y se difunde ese desarrollo tecnológico. La “potenciación
del trabajo” de la que a todas luces habla este autor es una potenciación física del trabajo en su
carácter concreto, que no debe confundirse con el trabajo abstracto creador de valor. Otra cosa
es que se refiriera, lo que no se infiere de sus textos, al trabajo potenciado como trabajo más
cualificado, el cual añade más valor a las mercancías al depositar en ellas el trabajo de
formación que otras personas realizaron para formar a esa fuerza de trabajo extra-cualificada
(como trabajo pasado, al igual que ocurre con la maquinaria, que deposita parte de su valor –
en cuanto que trabajo socialmente necesario que ya hicieron otros seres humanos para
fabricarlas, que por eso llamamos trabajo pasado o “trabajo muerto”- en cada mercancía que
produce). Pero Astarita no explicita eso en ningún momento, y además ese camino en el
cómputo general tampoco añade apenas valor a la producción capitalista mundial, pues el
trabajo más cualificado representa una fracción pequeña del trabajo total; y por si fuera poco,
está siendo también sustituido por la inteligencia artificial, con lo que volvemos al punto de
partida de tendencial pérdida de valor y de plusvalor en todos los segmentos de la producción,
aunque no en las mismas proporciones, claro. En suma, y debido a esas deficiencias, Astarita no
presenta una definición general del valor. Hay un trabajo excelente de dos compañeros
mexicanos que explican matemáticamente la diferencia entre una fórmula meramente física y
otra físico-social en la medición del valor y porqué Astarita se quedó en la formulación pre-
marxista del valor

¿Nos puedes dar la referencia?

A. Sebastián Hdez. y Alan A. Deytha, “Crítica a la interpretación que hace Rolando Astarita de la
plusvalía extraordinaria. Exposición de la teoría marxista del valor”. Disponible
enhttp://revistaeconomiacritica.org/sites/default/files/revistas/n18/1_Hernandez-
Deytha_RolandoAstarita.pdf . Última entrada el 10.09.18.).

Prosigue, prosigue, te he interrumpido.

Ahora bien, es cierto que al producirse más y más mercancías en más sitios, tal exponencial
producción de mercancías podría paliar la pérdida de valor que cada mercancía individual
tiene. Sin embargo, aquí tenemos que comentar dos cuestiones de gran importancia. Primera,
una vez constituido un mercado mundial capitalista, el valor no lo determina cada país
particular (en función de su desarrollo tecnológico concreto), sino el conjunto del sistema
mundial capitalista. Eso quiere decir que si alguien en algún lugar del mundo sigue haciendo
sillas a mano y tarda días en hacerlas, no por eso está incorporando más valor a las sillas, sino
que el valor mundial de las sillas lo determina la tecnología punta de este momento a escala
mundial (que ahora mismo es capaz de hacer sillas en minutos). El valor en forma
de transferencia de valor no altera la cantidad total de valor en la economía mundial, sino que
únicamente se distribuye (en forma de ganancia) de acuerdo a la eficiencia de cada productor
y sector, en favor de los más adelantados.

Segundo, la producción loca de mercancías para intentar paliar la caída del valor de cada una
de ellas a fuerza de hacer muchas con muy poco valor (que es a lo que tal vez se agarren Astarita
y otros autores para pensar que el capitalismo sigue generando sanamente valor), tiene sus
nítidos límites. Vamos a intentar explicarlo un poco más detenidamente, según lo hago en mi
libro.

Conforme la automatización de los procesos productivos va haciendo que la cantidad de tiempo


de trabajo depositada en cada producto sea menor, la productividad de cada trabajador debe
aumentar (debe de ‘hacer’ más productos o servicios en la misma unidad de tiempo) para que
la masa de beneficio realizable no disminuya (es decir, si ahora una mercancía sale con una
décima parte del valor que tenía hace una década, han de fabricarse 10 veces más elementos de
esa mercancía para no perder el total del valor anterior y por tanto la posibilidad de ganancia
capitalista). Lo cual conduce a la paradoja de que más aumenta la productividad de las fuerzas
productivas, más se necesita que aumente para intentar salvar el beneficio. Así, si la
productividad crece por ejemplo un 5%, la producción ha de crecer al mismo nivel para
mantener el empleo (y por tanto las posibilidades de plusvalía). Pero para ello, además, el
consumo se ha de intensificar exponencialmente de cara a adaptarse a los aumentos de
productividad y paralela elevación de la producción. El capitalismo, por tanto, está condenado a
mantener una continua expansión del consumo a escala planetaria (lo que le obliga al logro de
una pulsión consumista en las poblaciones –al menos en las que tienen una cierta capacidad de
compra- y lleva a una permanente pugna entre los capitales por expandir el mercado y
apropiarse de una mayor cuota del mismo).

¿Continua expansión ilimitada? ¿Y esto cómo se come?

Esta circunstancia tiene sus lógicos límites absolutos en la finitud de los recursos y sumideros
naturales. También en las propias posibilidades de consumo de las poblaciones. Efectivamente,
según el valor (el tiempo socialmente necesario de producción) tiende a cero (con la
inteligencia artificial, la robótica, microelectrónica, informática y biotecnología que componen
la 4ª Revolución Industrial), el mercado tendría que expandirse a infinito (e infinitamente) en
un planeta muy finito: para seguir ese ritmo de producción y de mercado, toda la población
mundial debería tener una capacidad de compra cada vez más ilimitada y no sólo todos los
recursos y energía planetarios se deberían multiplicar también exponencialmente, sino
igualmente la capacidad de la biosfera de asimilar residuos. Hay que ser muy irrealista para
pensar que algo así es factible. O dicho de otra forma, estamos insertos en un modo de
producción cuyas dinámicas estructurales resultan cada vez más irrealizables. Un sistema
irrealista, demencial, que suple con dinero inventado (capital ficticio) la imparable pérdida
de valor que acarrea.

Descansemos un momento. ¿Nos podrás comentar las nociones “caída de la tasa de


ganancia” y capital ficticio?

Claro, por supuesto. Después del descanso.

Entrevista a Andrés Piqueras sobre Las sociedades de las personas sin valor (II)
“Lo que está haciendo el capitalismo es desarrollar las fuerzas destructivas”

Salvador López Arnal


Rebelión

Profesor titular de Sociología en la Universidad Jaume I de Castellón, Andrés Piqueras es autor


y/o director de numerosos estudios sobre migraciones, mundialización, identidades e
intervención de los sujetos colectivos en el ámbito social y político, así como respecto de la crisis
terminal del capitalismo, sobre la que trabaja con el Observatorio Internacional de la Crisis.
Entre sus libros más destacadoscabe señalar Capital, migraciones e identidades (2007), obra
colectiva del Observatori Permanent de la Inmigració (OIC), del que fue creador y director ; El
colapso de la globalización (2011), La tragedia de nuestro tiempo. La destrucción de la sociedad
y la naturaleza por el capital. Análisis de la fase actual del capitalismo, Barcelona, Anthropos,
2017. Centramos nuestra conversación en su último libro: Las sociedades de las personas sin
valor, El Viejo Topo, Barcelona, 2018.

Nos habíamos quedado en este punto. ¿Nos puede comentar la noción “caída de la tasa
de ganancia”? ¿Qué es capital ficticio?

Claro, la tasa de ganancia es la ratio entre la inversión y el beneficio. Éste disminuye si la


generación de valor como plusvalor (plusvalía) disminuye. Y a su vez la plusvalía disminuye si
lo hace el trabajo humano. Las grandes depresiones comienzan cuando esa tendencia se
concreta en un descenso de la masa de ganancia. Es decir, cuando la masa total
de valor producido es menor que el capital total puesto en juego.

El “capital ficticio” si te parece lo comentamos un poco más tarde, porque tiene que ver con el
meollo del libro que tratamos.

De acuerdo. Hablemos ahora un poco de tu libro “Las sociedades de las personas sin
valor”. ¿Qué sociedades son esas? ¿Cuándo una persona no tiene valor?

Esas sociedades son las nuestras. Podemos entender el desvalor de las personas de dos formas
diferentes pero complementarias: a) Como pérdida de las posibilidades de generar valor o de
contribuir al mismo. b) Como pérdida de la propia importancia en el proceso de generación o
reproducción de valor.

Veamos cómo se ensamblan uno y otro.

Adelante con el ensamblaje

En la actual revolución científico-técnica el proceso de trabajo queda cada vez más dependiente
del acelerado avance de la tecnología para los procesos de valorización. El general intellect, el
conocimiento y experiencias acumulados por las sociedades, queda objetivado en máquinas
autómatas o robóticas, lo que hace más y más prescindibles a los seres humanos en los procesos
de trabajo.

Hoy llega a tal límite el agregado de conocimiento de la sociedad que, expresado en desarrollo
tecnológico (o en la sustitución de seres humanos por “máquinas inteligentes”), ya no permite
la producción de suficiente plusvalía. Si no fuera por la dictadura de la tasa de ganancia que
impone el capitalismo a todas sus sociedades y a cualquier política posible dentro del mismo,
tal agregado traducido en alta tecnología podría ponerse al servicio de la propia humanidad, en
una fructífera satisfacción de sus necesidades y en el desarrollo de sus potencialidades. Pero al
no ser rentable para la clase capitalista, sencillamente la mayor parte de ese potencial
tecnológico se desaprovecha o descarta. Es por eso que decimos que las relaciones sociales de
producción capitalistas han empezado desde hace años no sólo a frenar el desarrollo de las
fuerzas productivas (de hecho, lo que está haciendo el capitalismo en las últimas décadas es
desarrollar sobre todo las fuerzas destructivas), sino que son una rémora para las mismas,
volviendo al valor cada vez más contra la riqueza social. También desvalorizando a los seres
humanos hasta el punto de hacerlos más y más desechables.

En el agravamiento de la dinámica intrínseca del capitalismo interviene la propia competencia


capitalista. El histórico proceso de tecnificación comporta una escala cada vez mayor de la
batalla en torno al I+D, la cual deviene cada vez más onerosa, dado que la rápida caducidad
tecnológica no permite la satisfactoria amortización del capital invertido. Las mercancías, y
entre ellas los propios medios de producción, quedan desechadas mucho antes de que acabe su
vida útil, y no sólo por la obsolescencia programada. Pero esa carrera competitiva sin fin obliga
a todos los competidores (capitalistas) a seguir aumentando la proporción de trabajo muerto
(maquinaria, robótica, inteligencia artificial, tecnología en general) en los procesos productivos,
agravando con ello la dinámica de pérdida del valor, lo que conlleva a cavar más hondo la fosa
por la que se hunde todo el edificio capitalista.

Y con ello también se desvalorizan los propios productos del trabajo humano, que se vuelven
obsoletos cada vez más pronto, o que se almacenan sin salida útil en cuanto que bienes de uso
por crisis permanentes.

Voy a hacerte un combinado de preguntas, o una pregunta combinada donde caben


muchas preguntas a la vez. “ Cuarta revolución industrial, des-substanciación del capital,
desvalorización generalizada”. ¿Por qué cuarta revolución industrial? ¿En todo el
mundo? Leo en la cita 2, página 9: “El capitalismo puede sobrevivir mórbidamente
todavía por un tiempo indefinido, generando todo tipo de destrucción natural y social
para ello”. ¿En qué piensas cuando escribes “todo tipo de destrucción natural y social”?
¿Cuáles son los escenarios que están en tu mente?

Es un buen desafío contestar a todo ello de un golpe. Vamos a intentar hacerlo por partes
aunque nos tengamos que extender un poco, si te parece.

Me parece

Cuarta Revolución Industrial es la combinación de las tecnologías de la información-


comunicación, la informática, la microelectrónica, la biogenética, la inteligencia artificial y la
robótica.

Muy pronto máquinas podrán diseñar puentes y caminos, proyectar edificios y programas de
intervención de cualquier tipo. Máquinas podrán escanear nuestro cuerpo y darnos un
diagnóstico y tratamiento mucho más rápida y certeramente que cualquier ser humano. Es
decir, podrán desplazar a las personas en cada vez más ámbitos (por más que los diferentes
informes suelan reconocer “cuellos de botella de la automatización” por lo que respecta a los
ámbitos de creatividad, relacionales y de interpretación, entre otros).

C ada vez más las máquinas-herramientas están dotadas de niveles de “inteligencia”


proporcionados por la informática y pueden llegar a ser altamente sofisticadas, como es el caso
de las impresoras 3D, lo que ya entra en la esfera de lo que pueden llamarse “robots”. Así, la
automatización que reinó durante los treinta años finales del siglo XX (1970-2000) no es igual
que la “robotización” en curso, porque las máquinas que están siendo desarrolladas a partir de
ahora incorporan la informática (“cerebro”), sistemas ópticos y sensores muy sofisticados
(“ojos y sensibilidad”) y disponen de “brazos” y “manos con dedos sensibles”, lo que las hace
entrar en la categoría de una automatización que prácticamente se desprende de la asistencia
humana.

Probablemente las máquinas serán capaces de hacerse a sí mismas con inteligencia


incorporada. Pero eso al mismo tiempo supondrá la práctica aniquilación del valor. La
inteligencia artificial, desde luego, tiende a reducirle a cero.
Esa revolución no necesita extenderse por igual a todo el mundo, su dinámica es la que imprime
la tendencia del valor y por tanto, traduciendo nuestra tesis, la disolución del capitalismo. A
unos sitios tardará más en llegar que a otros, donde todavía se produzca plusvalía…

Islas de automatización (en medio de sociedades en descomposición) regidas por quienes


posean y controlen las máquinas, no precisarán del trabajo humano para la producción, ni por
tanto para la creación de valor, porque estaremos sumergiéndonos en otro modo de
producción, otro sistema socioeconómico ya no capitalista, aunque sea sólo en esas islas,
porque recursos y energía no habrá para que sus dinámicas se hagan extensibles a todo el
planeta. Eso implica bien el descarte generalizado de seres humanos, posiblemente a través de
formas viejas y nuevas de eugenesia, o bien su abandono en procesos de barbarización social
(esa barbarización ya ha comenzado, miremos si no Afganistán, Libia, Irak, Somalia, Sudán,
México, Guatemala, Honduras, por poner sólo algunos ejemplos). La destrucción ambiental, en
cambio, viene explicada por la dinámica del valor que he comentado antes, y se da ya mismo
para intentar compensar a través de la “naturaleza barata” la falta de valor: más producción que
en seguida se hace inservible, más mercancías para paliar que cada una sale con menos valor,
más recursos gastados, más energía despilfarrada, más residuos y desechos… Estás son las
plasmaciones de la ley del valor todavía vigente.

Disculpa un inciso, cuando se habla en este contexto de ley -ley del valor, por ejemplo-
¿cómo debemos entender aquí el término “ley”? ¿Algo parecido a la ley de la gravitación
universal, pongamos por caso, pero en asuntos económico-sociales?

Te contesto a esto al mismo tiempo que enlazo con el combinado de preguntas anterior.

En ciencias sociales (y pienso que en las físicas se debería hacer igual) se formulan leyes de
forma tendencial, con un enunciado como el siguiente: dadas ciertas condiciones y siempre y
cuando las mismas no se modifiquen, la tendencia es que suceda…

Pero las “leyes” sociales, además de ser mucho más complicadas que las físicas porque
intervienen millones de seres conscientes con intencionalidad, a diferencia de ellas son
ignoradas por la absoluta mayoría de la población. Y lo son porque para las clases dominantes
es vital que la población no sea capaz de identificar y explicarse las claves de su dominación y
del poder de clase que rige sus vidas. Por eso inyectan continuamente en el espacio público
pseudoteorías e ilusiones sociales de todo pelaje, muchas como si fueran científicas (es a esto a
lo que se le ha llamado “agnotología”). Hay equipos enteros de “científicos sociales” encargados
de discutir las versiones críticas de la ciencia y de difundir una “realidad” aceptable para el
orden de las clases capitalistas. Esto no suele pasar, o al menos no de forma tan descarada y
amplia, en las ciencias físico-naturales (porque el parcial conocimiento de las mismas por parte
de la población no es peligroso para los grandes poderes). Y esto hace que en la sociedad cundan
las propuestas idealistas que proponen cambiar situaciones o incluso el estado de cosas sólo a
través de buenos propósitos o ideales regulativos, sin tener la más remota idea de en qué se
basan las condiciones materiales de esas situaciones y las raíces profundas del estado de cosas.
Es como si intentáramos anular la gravedad sólo proponiéndonos que no exista.

Se entiende la comparación que usas.

Volviendo a la “ley del valor”, el valor y su disminución a través de la composición orgánica del
capital [más unidad tecnológica por unidad de producción, frente al trabajo humano], hace
tender a la tasa de ganancia hacia su disminución. Hay muchas contratendencias a ello (tantas
que se ha llegado a cuestionar que esa “ley” funcione), pero a la larga esa tendencia siempre
vuelve, como una enfermedad crónica o recidiva, de la que el capital(ismo) no puede escapar.
Desde los años 70 del siglo XX las clases capitalistas no han hecho otra cosa que huir de ella a
través de todo un conjunto de procesos ficticios y de autofagocitación.

Mira, por ejemplo, diversas y contundentes medidas contratendenciales orientadas a paliar el


descenso de la rentabilidad fueron emprendidas desde entonces: incremento de la explotación
de la fuerza de trabajo; aceleración de los desplazamientos de capital hacia las periferias del
Sistema (desplazamientos más posibles porque coincidían con la segunda globalización de la
economía capitalista, posible por el desarrollo de las tecnologías de la información y la
comunicación), allí donde había (y hay todavía) más expectativas de rentabilidad, dado que no
se ha dado en la misma medida el proceso de sobreacumulación (demasiada proporción de
tecnología por unidad de producción, a costa del trabajo humano); hay un desplazamiento
también técnico-organizativo, hacia nuevas ramas de inversión (sobre todo la “economía
inmaterial” o “nueva economía”); y asimismo se da un desplazamiento hacia los circuitos que
hasta ese momento eran secundarios en la acumulación de capital (el suelo, la vivienda, las
hipotecas), con la consiguiente gestión del territorio de cara a su valorización especulativa
(haciendo del conjunto del hábitat una mercancía).

Se emprende, concomitantemente, un paquete de políticas tendentes a deteriorar la condición


salarial: desinversión selectiva y reorientación hacia un tipo de producción flexible, ligera;
reducción de la masa salarial a partir de la desvinculación de los salarios respecto de la
productividad y el subsecuente declinar de los salarios reales; inhibición de la inversión pública
que conlleva el deterioro de lo público y de la “seguridad social”. Conduciendo todo ello a la
entrada en una era de inseguridad colectiva.

Habrá además una dinámica que incidirá especialmente en el desmontaje de lo que hasta
entonces había sido el Estado Social (para muchos “de bienestar”)…

¿Amenaza, qué amenaza es esa? Hablemos de ello después de un nuevo descanso.

De acuerdo, descansemos.

Nota de edición:

Primera parte: Entrevista a Andrés Piqueras sobre Las sociedades de las personas sin
valor. “Estamos insertos en un modo de producción cuyas dinámicas estructurales resultan
cada vez más irrealizables” http://www.rebelion.org/noticia.php?id=246957

Hemos llegado a un punto de extenuación del capitalismo.Andrés Piqueras habla de su libro “La
sociedad de las personas sin valor”

17 ENERO, 2019 ~ SANKARATHOMAS

admin_kritica, 16 enero, 2019


Hemos llegado a un punto de extenuación del capitalismo.Andrés Piqueras habla de su libro “La
sociedad de las personas sin valor”“>
Entrevista de la revista Cazarabet al
profesor Andrés Piqueras, autor de “Las sociedades de las personas sin valor”

Andrés, ¿por qué este libro…qué vacío, en la reflexión y/o pensamiento viene a suplir y/o
cumplimentar?
Vacíos sociales hay tantos en estos momentos que no me atrevo a pensar que se pueda llenar
alguno con un libro. La intención, mucho más modesta, es contribuir a desvelar algunas de las
claves que rigen nuestras sociedades, compartir el conocimiento sobre ellas de la forma más
accesible posible, lo que no es fácil dada la profundidad de los temas que se tratan.

En ese sentido, el libro se inserta en la línea de la ciencia social crítica y a la vez comprometida
con la transformación de aquello que se conoce (esta es la praxis marxista). Para ello, como
decía, el primer paso es desvelar los procesos que rigen nuestras vidas, que en el caso de la
sociedad capitalista son el valor, la mercancía, el trabajo asalariado, el capital… Estos procesos
no son optativos, sino que se desarrollan dictatorialmente, sine qua non. Constituyen también
la base de la dominación de la clase capitalista (más allá de las cambiantes formas
epifenoménicas de institucionalidad más o menos democrática que se puedan dar en cada
momento).

El primer elemento de dominación de cualquier clase dominante, en cualquier sociedad de


clases a lo largo de la historia, es que los/as dominados/as no conozcan ni las claves ni los
resortes de su dominación. En ese sentido, sería obligación de la ciencia social ejercer de
defensa para la sociedad contra todo ello, pero desgraciadamente buena parte de la ciencia en
general y no sólo la social, se debe a quien la financia. De ahí la importancia de esa forma distinta
de hacer ciencia que inauguró el marxismo.

Vamos a las diferencias: una cosa son las “sociedades de las personas sin valor” y las otras
son “las sociedades de personas sin valores”?
Claro, salvo psicópatas todo el mundo se rige por unos valores. Se sedimentan en cada individuo
a partir de un ethos dominante, conjunto de valores que se hacen congruentes con unas u otras
formas de estructura social (de ahí viene la ética). De ese caldo social los tomamos los
individuos y los tamizamos de diferente forma, según nuestra posición en esa estructura y
nuestras condiciones socio-culturales y personales, para convertirlos en la moral propia por la
que nos regimos. Pero en el libro yo me estoy refiriendo al valor en cuanto que mercancía fuerza
de trabajo, que es a la condición a que nos ha reducido el capitalismo.

¿Cómo perdemos valor?


Confluyen muchos procesos que nos hacen perder valor como fuerza de trabajo: 1) a través de
la reducción del valor de las mercancías que necesitamos para reproducir nuestra fuerza de
trabajo (reducción de los precios de producción de los bienes de consumo corriente); 2)
mediante innovaciones técnicas o nuevos métodos de organización del trabajo, que hacen
inútiles funciones previamente ejercidas y que descartan fuerza de trabajo (con lo cual el
tiempo socialmente necesario para su formación equivale a nulo); 3) con el desplazamiento de
la fuerza de trabajo a tareas de nivel inferior, que le hacen perder valor (tu tiempo de
cualificación no cuenta o cuenta menos); 4) a través de la reducción del número de años para
la formación de la fuerza de trabajo, a través de sucesivas reformas educativas, con miras a
tener titulados/as en menos años, o distintos niveles de titulados/as, más baratos/as. La
inflación de titulados/as abarata el precio medio.
También se efectúa la depreciación a través de reorganizaciones administrativo-empresariales.
Se abolen cualificaciones y oficios específicos. Con ello, no se reconocen las cualificaciones ni la
experiencia acumulada.

Además, a todo esto hay que sumar pérdida de capacidad de reproducción de nuestra fuerza de
trabajo debido a la extenuación del trabajo no pagado que hace falta para cubrir lo que la
miserabilización del salario no cubre, y que tiene que explotarse también cada vez más porque
aquél cubre cada vez menos. Esto afecta de manera fundamental a las familias, que en gran
medida es casi lo mismo que decir, a las mujeres, que se tienen que multiplicar para mantener
en disposición aceptable una fuerza de trabajo precarizada o directamente sin salario.

En claves interestatales afecta también a comunidades enteras (étnicas, comunales, de linajes,


vecinales…) que tienen que garantizar por su cuenta la supervivencia de los suyos.

Aunque, a veces, una cosa se retroalimenta de la otra, ¿no? ¿es más fácil que se llegue a las
sociedades de las personas sin valor en sociedades carentes o en carestía de valores?

De nuevo, salvo enfermedad mental, es imposible no tener valores. Lo que pasa es que los
valores que el metabolismo social capitalista secreta para sus células o individuos, son los
propios de sus reglas de funcionamiento: competencia, individualismo, aceptación o
naturalización de la jerarquía, la desigualdad, la exclusión, la explotación… Por mucho que
determinados sectores de ese organismo se empeñen en concienciar sobre valores
contradictorios con ese funcionamiento (cooperación, solidaridad, igualdad, aprecio por la
diferencia…), estos últimos tienen muy pocas posibilidades de imponerse más allá de la
epidermis del organismo capitalista (el nivel declarativo social). Y pasaron a formar parte de
esa dotación declarativa gracias a las luchas y conquistas históricas de la población que las
impuso como valores deseables (o dignos de aspirar a ellos) a la burguesía más reaccionaria.

Por eso hoy, aunque por lo general no se practican en el metabolismo cotidiano del capital,
constituyen todavía lo que se considera “políticamente correcto”. Y digo todavía, porque la
reacción hoy de las oligarquías y sus escuadrones de choque fascistas o parafascistas contra
esos valores es brutal, tanto para erradicarlos como, en su defecto, tergiversarlos o deformarlos
monstruosamente.
De todas formas, la especificidad de la razón de ser de cualquier sociedad capitalista pasa por
un conjunto entrelazado de relaciones que estructuran la vida social: el valor, el trabajo
abstracto, la mercancía y el dinero. Estas relaciones, que sujetan a los individuos entre sí (las
células del organismo), como decía al comienzo, no son modificables dentro de la sociedad
capitalista, forman parte de cómo se manifiesta dictatorialmente su estructura.

Mientras estemos en una sociedad capitalista la lógica del todo (cuyo objetivo último es la
acumulación de capital) determinará a cada una de sus partes (sean el Estado, las múltiples
instituciones socioeconómicas y sus políticas, también las entidades culturales y las formas de
conciencia o de entendimiento del mundo; sean la propia vida de los individuos y sus opciones
personales, por ejemplo). Entender esto es imprescindible tanto para cualquier análisis
científico como para cualquier proyecto político que no quiera ser puerilmente ingenuo o
estéril, o peor aún, falso.

Por eso, aquellos valores epidérmicos (“superestructurales”, en términos clásicos), entran en


colisión con lo que todas las personas en nuestras sociedades tienen que hacer para salir
adelante en la vida: pensar para sí mismas o “mirar por lo suyo”, competir a ultranza, aceptar
la jerarquía y las desigualdades, rechazar lo diferente… Estos son los valores empotrados en la
sociedad, que son los que se viven día a día. Mientras que los otros son epidérmicos.

A partir de ahí, respondo a tu pregunta diciendo que, verdaderamente, pugnar individualmente


por ser alguien en una sociedad que va eliminando el valor de la fuerza de trabajo, es tener toda
la garantía de quedarse sin valor alguno. Tengamos en cuenta que “fuerza de trabajo” es la
especial mercancía a la que nos han reducido. Ese es el círculo vicioso del que cada vez es más
difícil de ser dentro de estas coordenadas, para el que nos han entrenado a través de los
procesos de individuación y de individualismo.

La gente, la sociedad ha demonizado mucho a todo lo que rodea el concepto de “revolución”,


pero quizás no nos demos cuenta de que el capitalismo nos tiene envueltos en una revolución,
la suya propia….y es constante se va revolucionando para ir engullendo a la sociedad en un
bucle…

Yo hablaría más de mutación que de revolución. Entendida aquélla como capacidad de


adaptarse a las numerosas contingencias históricas por las que atraviesa cualquier sistema
socioeconómico. El capitalismo ha conseguido en su decurso, diferentes regímenes de
acumulación (formas económico-político-institucionales de garantizar la acumulación de
capital en cada momento) y modos de regulación social (formas socio-político-culturales-
institucionales de garantizar el control social).

Ha sido hasta hoy el modo de producción más dúctil y “mutante” en este sentido (de hecho,
como sabéis, escribí un libro con el título de Capitalismo mutante). Incardinado en esa cualidad,
también podemos considerar el concepto de Gramsci de revolución pasiva o de “recambio”,
cuando la clase dominante, o al menos un sector de la misma, impulsa un nuevo régimen de
acumulación y de regulación social, ante la decadencia del anterior. En caso extremo, podría
emprender incluso el paso a un nuevo orden socioeconómico ante el callejón sin salida a que ha
llegado el capitalismo, según implosiona todo el viejo orden.

Frente a esa “revolución pasiva” se sitúa la revolución propiamente dicha, cuando el devenir
del sistema genera unas concretas condiciones socio-históricas que dan lugar de forma
tendencial a los agentes sociales que impulsan transformaciones no reversibles hacia otras
formas de vida, otros tipos de sociedad. Lo que requiere necesariamente de amplias y profundas
transformaciones sociales. Veremos hasta qué punto la “revolución pasiva” extrema del capital
es capaz de sobreponerse a toda la degeneración que atraviesa el sistema y a las previsibles
contestaciones sociales que va a suscitar, para imponer un nuevo orden que bien pudiera ser
otro modo de producción. Ni energética, ni social ni económicamente lo tiene fácil.

Las personas ni individual ni colectivamente contamos para nada en este tablero…solo se


nos precisa numerosos y sedientos por un salario rácano y una condiciones que, cada vez
van más en retroceso, ¿verdad?
La fuerza de trabajo, antes que personas, sin valor, tiene que hacer todo lo posible por intentar
valorizarse. La ansiedad por no caer en el pelotón de los desechados obliga a una constante
puesta al día del yo, un denuedo diario por adquirir destrezas, conocimientos o preparación
que se escapen al radio de acción de la automatización, como objetivos móviles que sin embargo
quedan obsoletos nada más adquiridos. Eso significa poner la vida en permanente
disponibilidad para la explotación, no importa si una creciente parte del trabajo que se realiza
en el ámbito laboral no sea remunerado.

Aquí hay que contar no sólo el trabajo que las personas llevan a cabo sin pago (horas extras no
pagadas, mucho del tiempo trabajado a través de contratos en formación, trabajo de becarios,
etc…), sino también el que realizan para valorizarse a sí mismas en el mercado laboral o para
asistir a entrevistas, desplazarse en busca de oportunidades, conectarse, estar al tanto de las
últimas tendencias, conseguir una “buena presencia”, “estar en forma” para rendir…

Hay una creciente obsesión por la auto-valorización, consecuente con un mercado que
desvaloriza continuamente la formación adquirida, que deja obsoletas a toda velocidad las
aptitudes y habilidades, lo que puede describirse como obsolescencia programada del
currículum. La cual puede entenderse como la otra cara de la curriculización de la vida o el
intento de traducir todo lo que se hace en términos de currículum profesional (esto es, exhibido
como posibilidad de extracción de beneficio para el capital), ante la acuciante angustia de
perder valor como seres humanos.

La extensión e intensificación de la precariedad (laboral, social, vivencial…), devienen


dispositivos privilegiados de sometimiento homogeneizador (individuos precarizados, en
condiciones de hacer de ejército de reserva de sí mismos, son individuos también más
subalternizados).

Pero ¿hasta qué punto caemos nosotros demasiado en esto de “ser” o “obedecer” al
concepto calificativo de “personas sin valor”?
Los procesos de desvalorización y la propia homogeneización que conllevan, nos vulgariza. Nos
hace individualidades mediocres. No tienes más que ir a cualquier estación de transporte, a
cualquier espectáculo de masas, a cualquier lugar turístico, o entrar en cualquier ámbito de la
red virtual, o en la vida diaria de cada quién, para percibir cómo se parecen los individuos, a
veces como gotas de agua, en su accionar, en su vivir. Estamos programados para la vulgaridad.
Con los ritmos que marcan el valor y la mercancía en nuestras sociedades no es fácil escapar a
ello.

Si tenemos o nos reconocemos como “personas con valor”, ¿podemos hacernos sentir y ver de
esta manera en la sociedad, en esta sociedad por muy capitalista que sea…enfrentándonos a lo
que no nos gusta, nos incomoda o nos aprisiona?

De momento intentamos contrarrestar nuestra mediocridad sobre todo a través de la (falsa)


distinción. No es casual que sea en esta tesitura histórica cuando más se inyecta a bastantes
sectores de las poblaciones la búsqueda de “singularización” en forma de distinción profesional,
social, artística, deportiva, personal…; a través de la vestimenta, los rituales de consumo o el
consumo llamativo, la música, la práctica de actividades peculiares, “estilos de vida especiales”.
Es ahora también cuando los medios de socialización y propaganda del sistema (una parte
importante de la ciencia social) más insisten en la importancia de la distinción, la diferencia, la
significancia de la individualidad, la autonomía y la construcción de propios “estilos de vida”, la
“libre disposición de uno mismo”, las elecciones libres de cada individuo, la “autoconstrucción
del yo”, etc., ayudando con ello a reportar pingües beneficios al capital comercial. Mientras que,
como digo, las condiciones de precarización social y laboral nos van segando la hierba de la
verdadera posibilidad de realización bajo nuestros pies.

Es por eso que la incesante pulsión por ser alguien dentro de sociedades sin valor, deja
asimismo, necesariamente, sus secuelas en forma de ansiedad, neurosis, depresión…, así como
trastornos en la interacción social, pues éstas obstaculizan la participación vecinal,
comunitaria, social y política de los individuos, y muy a menudo también distorsionan o
entorpecen sus relaciones íntimas, de pareja, familiares y amicales.

Aislada o volcada a la supervivencia diaria en el mundo laboral, trabajando a veces sin empleo
e incluso sin salario, desconectada de la comunidad, la fuerza de trabajo hoy se ve fácilmente
abocada a la individuación de su vida y de su poder de negociación, así como a la desconexión
política. Individuos, como se dijo, insubstanciales en el mercado tienden a hacerse quebradizos
en lo individual, con mayores posibilidades de dar lugar a expresiones míseras de socialidad y
altas dosis de corrosión y toxicidad en sus relaciones entre sí.

Las actuales dinámicas de extracción del valor y de “cosecha del valor” (generalizada pugna
capitalista por apropiarse del cada vez más escaso valor generado por otros), suponen la
extensión de dinámicas tendentes a poner a rentabilizar cualquier actividad humana destinada
a preservar la vida, haciendo también de la supuesta “colaboración cognitiva” una fuente de
ganancia y subordinación. Así que, como dije, no es sólo la fuerza de trabajo, sino también la
fuerza sustentadora del trabajo, sobre todo mujeres, la que queda en condición de explotación
intensiva y amplia, especialmente ante la rápida retirada del Estado en al ámbito de la
reproducción social de la población activa.

Nosotros como ciudadanas y ciudadanos, ¿tenemos estrategias para salir del bucle?. Lo
primero es darse cuenta, pero aun siendo conscientes es difícil…¿qué otros pasos hay que
ir dando?
Parte de las luchas sociales y políticas, así como de las rupturas que se dieron en el capitalismo
histórico, tuvieron por objetivo la auto-valorización a partir del hecho de dejar de ser mercancía
fuerza de trabajo, de dejar de formar parte del capital como “capital variable”. La
autovalorización ha estado buscada en una existencia fuera del trabajo abstracto, fuera de la ley
del valor del capital.

Precisamente por eso, tales luchas no pueden darse hoy con perspectiva keynesiana o bajo la
orientación de las ideologías y filosofías normativas que propugnan la amalgama y colaboración
de clases. No se cambia un orden existente si no se elabora un metabolismo diferente al
existente, si no se construyen nuevas formas de ser y necesidades de otra índole a las que éste
‘produce’. En nuestro caso, eso pasa por rechazar la ilusión en que el trabajo como valor de
cambio y la explotación puedan ser compatibles con la emancipación humana. Conlleva poner
las miras en asociarse como productores y productoras libres, cooperando entre sí con medios
de producción sociales o comunes, que no estén en manos de unos muy pocos.

Ese es el impulso que abrió el camino de la humanidad hacia el socialismo, por más que se viera
truncado una y otra vez hasta ahora. Pero se truncó ante todo porque ningún orden social
perece antes de haber desarrollado todas las fuerzas productivas que caben dentro de él, como
nos dijera Marx.

Hoy, sin embargo, hemos llegado a ese punto de extenuación capitalista. En vez de desarrollar
más fuerzas productivas, lo que está haciendo ya este sistema y lo que hará crecientemente
mientras dure será esparramar más y más las fuerzas destructivas. Ya lo estamos viendo. Armas
y militarización mundial, guerras, obsolescencia programada de las mercancías, aceleración de
la sustitución tecnológica (sin poder utilizar toda la vida útil de las máquinas), multiplicación
de la velocidad de rotación del capital (mercancías puestas a la mano y listas para tirar
enseguida)…

Me da que el capitalismo es como un fantasma que te puede salir desde cualquier rincón y
siempre aprisionarte o vencerte…se reinventa constantemente y cada vez nos coge como más
débiles, quizás nació para, entre otras cosas, tener como esclavizada a la sociedad…y es ahí
donde empieza la aniquilación de la clase media…bueno, casi no queda porque si la que está
como adiestrada…

La clase media fue el mejor invento social del capitalismo. El que todo el mundo, hasta quien
friega escaleras o clava tornillos en una cadena de montaje, se creyese clase media. Pero las
clases medias reales son muy poca parte de la población, incluso en las sociedades de
capitalismo avanzado.

Si consideramos que el empleo-salario es en nuestras sociedades la principal fuente de


distribución de la riqueza, podemos imaginarnos las repercusiones que su carencia o la
creciente reducción del salario conllevan para la desigualdad social, traducida por una
apabullante concentración de la riqueza en una exigua élite social.

Oxfam publicaba el 20 de enero de 2014 un informe que desglosaba cómo había crecido el
porcentaje de participación en la renta del 1% más rico de la población en 24 de los 26 países
que tienen registrados estos datos (The World Top Incomes Database). A escala global señalaba
que el 10% más rico del planeta poseía el 86% de los recursos, mientras que el 1% acaparaba
cada vez más cerca de la mitad de la riqueza mundial. Apenas un año después por primera vez
en la historia de la humanidad, el 1% de la población acaparaba más del 50% de los activos
mundiales, según el Credit Suisse. Y quieren hacernos creer que esto es compatible con la
democracia. Es decir, que un sistema así es “democrático”.

Uno de los investigadores que más ha incidido sobre este asunto, Branco Milanovic, además de
recalcar esa monstruosa progresión desigualitaria, tras seguir un minucioso método de
ponderación concluye indicando la extendida y a todas luces peligrosa pérdida de importancia
de las clases medias a escala mundial: en el año 1998, bastante antes de la aparición del actual
estallido de la Larga Crisis (que no era a la sazón ni concebida por la economía ortodoxa), sólo
el 6,7% de las personas del mundo percibían ingresos que las situaban entre la clase media
mundial.

Con la aniquilación de la relación salarial, que fue la que permitió a una buena parte de la clase
trabajadora sentirse “clase media”, lo que nos muestran sin lugar a dudas estos datos es que
todas las clases sociales que dependen del empleo, del salario o de remuneraciones
provenientes de la masa global de ingresos por el trabajo, están siendo afectadas, y
pauperizadas. Hecho que, a su vez, tiene profundas consecuencias sobre el consumo y por tanto
sobre las propias posibilidades del beneficio capitalista.

¿ Hasta qué grado, entonces, y hasta cuándo tamaña desigualdad se puede compatibilizar
con las instituciones del capitalismo industrial regulado? ¿Es viable una mínima cohesión
social y regulación democrática con esa desigualdad? ¿Vale la pena vivir “como corderos”
cambiándose de móvil cada dos por tres, construyendo relaciones sin fondo y trabajando
para ser exprimidos u objeto de transición material?. ¿Desde qué “atalayas” o
instrumentos se puede y se debe plantar cara… porque esto se está convirtiendo en un tema
en el que nos jugamos la dignidad como seres humanos…?
Creo que ya he respondido a eso. Sería vital para los seres humanos convertidos en individuos
sin valor, des-individualizarse y empezar a reaprender a compartir, a colaborar, a participar en
lo común, a organizarse colectivamente, a plantar cara a los diferentes poderes
organizadamente. Buscar estructuras políticas, sindicales, vecinales, movimientistas, que vayan
a la raíz de las cosas, que desafíen al capital desde sus propias bases. Y si no se encuentran o no
convencen, crearlas. O eso, o esperar a que te aplasten en soledad, sin defensa, apegado/a a los
tuyos, que quedan tan indefensos como tú.

Sólo añadir que ya no sólo nos jugamos la dignidad, nos estamos jugando la propia existencia
(incluso como especie).

xismo / Reflexiones entre marxistas. Sobre el valor, el trabajo potenciado y la caída tendencial
de la tasa de ganancia (o el despeñadero capitalista)

Reflexiones entre marxistas. Sobre el valor, el trabajo potenciado y la caída tendencial de la tasa

de ganancia (o el despeñadero capitalista)




 Salvar

Resumen Latinoamericano / 9 de noviembre de 2018 / Andrés Piqueras


También podría titularse por qué se acabó el reformismo
“Cuando uno se introduce en el estudio del valor tiene la impresión de penetrar en la cámara en
la que se guardan los secretos más importantes de la vida social, aquellos secretos de los que
dependen todos los demás”
Anselm Jappe

Ha llegado hasta mí a través de un seguidor del blog de Rolando Astarita y también de mis
artículos en rebelion.org, unas respuestas que este autor realizó a la entrevista que me hicieron
en la web mencionada; primera de tres partes, que es a la que responde mi colega.

Lo primero que quiero decir es que lo que me motiva al debate y análisis teórico-crítico es el
avance y socialización del conocimiento, como conocimiento social, como fuente de
concienciación emancipadora. En ese camino, trato de contribuir a la conformación del
“intelectual colectivo” que sea capaz de proporcionar los elementos más certeros y eficaces
para la interpretación, comprensión y transformación de las realidades de las grandes
mayorías, por las grandes mayorías. Cuando debato con un/a marxista, además, parto de la base
de que lo estoy haciendo con un/a compañero/a, y que por lo tanto es más lo que nos une que
lo que nos separa. A partir de ahí, intento precisar cuáles son los puntos del debate y dónde creo
yo que puede avanzar la teoría como praxis. En el caso que nos ocupa intentaré hacerlo, además,
de forma que sea lo más socialmente comprensible (me disculpen, por ello, aquellas lectoras/es
ya adentrados en el tema, la extensión de algunas explicaciones o el detalle de puntos sabidos),
para que el debate pueda ser provechoso en términos generales o abiertos. Si bien, el asunto
que tratamos no facilita las cosas, precisamente, por ser uno de los más profundos del
materialismo dialéctico. Sin embargo, al mismo tiempo, puede ser el que más luz ofrezca sobre
el mundo social una vez que se desentraña.

Dicho esto, y sabiendo que de cualquier debate riguroso todas las partes pueden aprender a
poco que estén abiertas a ello, voy a intentar dar mi punto de vista sobre algunas de las
cuestiones que señala el compañero Astarita (en concreto aquellas donde creo que contesta a
lo que algunos hemos planteado) [1] y que entiendo que más polémica, en general, vienen
suscitando entre marxistas.Voy a hacerlo, lógicamente, según mi interpretación de Marx. Será
cuestión de ver si encaja o no con lo que propone Astarita y otros/as marxistas, y si podemos
concordar al menos algunos puntos de gran importancia social.

Trabajo potenciado, trabajo complejo y valor


Primer punto que considero principal, y que subyace al conjunto de argumentos que
desarrollaré aquí: el trabajo potenciado es a la postre una plasmación técnica del trabajo
cualificado, como “trabajo complejo”.
Cuatro citas de Marx seguidas para empezar a entrar en materia. Ambas del Libro I de El
Capital (todas las que citaré a continuación son de ese mismo Libro I, y la edición es de la
Editorial de Ciencias Sociales de La Habana, de 1981, lo mismo para otras citas de El Capital).
Las cursivas de todas las citas que reproduzco son del propio Marx, salvo mención expresa al
contrario. Las dos primeras del capítulo I, “La mercancía”; la tercera del capítulo V, “Proceso de
Trabajo y Proceso de Valorización”.
«El mismo trabajo, pues, por más que cambie la fuerza productiva, rinde siempre la misma
magnitud de valor en los mismos espacios de tiempo . Pero en el mismo espacio de tiempo
suministra valores de uso en diferentes cantidades: más, cuando aumenta la fuerza productiva,
y menos cuando disminuye. Es así como el mismo cambio que tiene lugar en la fuerza
productiva y por obra del cual el trabajo se vuelve más fecundo, haciendo que aumente, por
ende, la masa de los valores de uso proporcionados por este, reduce la magnitud de valor de esa
masa total acrecentada, siempre que abrevie la suma del tiempo de trabajo necesario para la
producción de dicha masa. Y viceversa.” (pág.14).
Cuando habla Marx del “mismo trabajo” suponemos misma habilidad, misma intensidad, misma
cualificación, mismo grado de cooperación y división social del trabajo. Sin embargo, un poco
antes, en ese mismo capítulo había escrito:

“El trabajo complejo no es más que el trabajo simple potenciado o, mejor dicho, multiplicado:
por donde una pequeña cantidad de trabajo complejo puede corresponder a una cantidad
grande de trabajo simple.” (pág. 12).
Y en el capítulo V apostilla:

“El trabajo complejo no es sino “la manifestación de una fuerza de trabajo que representa gastos
de preparación superiores a los normales, cuya producción representa más tiempo de trabajo
y, por tanto, un valor superior al de la fuerza de trabajo simple. [Lo cual] se traduce, como es
lógico, en un trabajo superior, materializándose, por tanto, durante los mismos periodos tiempo,
en valores relativamente más altos.” (pág. 158).
Y todavía en el capítulo X (“Concepto de la plusvalía relativa”):

“El trabajo, cuando su fuerza productiva es excepcional, actúa como trabajo potenciado,
creando en el mismo espacio de tiempo valores mayores que el trabajo social medio de la misma
clase” (pág. 274).

Las cuestiones del valor son ciertamente arduas y mucho más difíciles de determinar de lo que
parece a simple vista a partir de la formulación general del valor que realizara Marx: tiempo
socialmente necesario de producción. Voy a intentar señalar dónde están a mi juicio las
cuestiones más peliagudas, así como cómo se pueden interpretar.
El primer punto, quizás el más sencillo y al mismo tiempo fuente permanente de discrepancias,
radica en que siguiendo la ley del valor hay quien dice que un mismo tiempo de trabajo no puede
generar más o menos valor, sino siempre el mismo. Mientras que la mayoría de marxistas
aceptan que si se trata de trabajo complejo sí genera más valor que el trabajo simple en la
misma unidad de tiempo. De nuevo la polémica está si en este último caso (ver la última de las
cuatro citas) Marx se refirió a que genera más valores de uso en la misma unidad de tiempo (el
trabajo se hace más productivo), o ciertamente genera más valor en sí (como trabajo complejo
o potenciado).
No siempre es fácil entender qué quieren decir unos u otros autores/as al respecto, ni tampoco
porqué le prestan más o menos atención al “trabajo potenciado”. No se sabe si para recalcar que
este incorpora más valor a cada mercancía individual, o creen más importante señalar que el
trabajo potenciado es el resorte que salva al capital al proporcionarle más valor general al
proceso de producción. En el caso de Astarita él dice que es para precisar el origen de las
plusvalías extraordinarias (lo cual para él “tira por tierra varias historias tercermundistas y
nacionalistas que ponen el eje en la explotación de ‘países’, y no de la clase obrera”), así como
para aclarar el propio concepto del valor. Vamos a tratar en los siguientes apartados de estos
asuntos porque son sumamente importantes. Empecemos.
Fijémonos en la aparente contradicción que se desprende de su respuesta a mi comentario:

“La realidad es que nunca afirmé lo que Piqueras dice que afirmo. Siempre sostuve que si
disminuye el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir una mercancía, en la
misma unidad de tiempo se produce la misma cantidad de valor, y disminuye el valor individual
de la mercancía. Aunque en esto el trabajo potenciado –entendido en el sentido que Marx lo
define en el capítulo 10 del tomo 1 de El Capital– solo cuenta en tanto dispara el proceso de
generalización de la tecnología superior. Precisamente Marx lo considera “potenciado”
porque genera más valor por unidad de tiempo que el trabajo socialmente necesario dominante.
[Énfasis añadido por mí]
Primero dice que en la misma unidad de tiempo se produce la misma cantidad de valor, y cuatro
líneas después sostiene que se genera más valor por unidad de tiempo. Pero sabemos que
el valor de cualquier mercancía es el tiempo socialmente necesario para producirla. Una hora
de tiempo siempre debería producir el mismo valor. ¿Entonces?
Lo que pasa es que hablamos de trabajo abstracto, no se trata de un tiempo físico concreto de
unos u otros productores de mercancías, sino que es un tiempo social. Lo que quiere decir que
los tiempos individuales de todos los productores de mercancías se cancelan contra un tiempo
que podemos entender como promedio de todos ellos. Según cambia la división social del
trabajo, la cooperación en la producción, la intensidad y la productividad del trabajo, por
ejemplo, va variando ese tiempo social. Es sólo al intercambiar sus mercancías que los
productores pueden comprobar cuánto valor o tiempo de trabajo válido entrañan estas en ese
momento, en virtud del tiempo social por el que se canjean (lo que se traduce en precios
diferentes o cantidades de dinero que se intercambian por ese valor –ver nota 3 más adelante),
porque sólo a través del intercambio cobra existencia el valor, el cual, así, de una magnitud
inmanente a las mercancías pero sin existencia propia, experimenta una suerte de
“transmigración” en el precio y por tanto en la posibilidad de ganancia. Es decir, el valor no se
manifiesta. Como diría el propio Engels, “no vive en la conciencia de los agentes capitalistas de
la producción, no es un hecho empírico, sino lógico”. Este es el “misterio” del valor que le hace
tan inaprensible por lo común y tan abstruso para la economía vulgar y para la clase capitalista
en general.
A partir de estas consideraciones, puedo decir que para mí la respuesta a la duda antes
planteada es que el trabajo cualificado se objetiva para mismas unidades de tiempo en valores
proporcionalmente mayores. Posee una mayor potencia creadora de valor (y no sólo de valores
de uso por ser más productivo). Y esto es así porque el tiempo indirecto que incorpora
(el trabajo pasado realizado por otros para el logro de esa cualificación) entraña un mayor
tiempo socialmente necesario “de producción”, que en cada presente se objetiva en mayor
potencialidad de generar valor (y en consecuencia, también en un mayor precio de la fuerza de
trabajo cualificada): el trabajo presente se desempeña en ese caso como trabajo simple
potenciado gracias al valor indirecto.
Este enunciado puede entenderse mejor si tenemos en cuenta que el valor de cualquier
mercancía es el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla, el cual es el resultado
de la suma de:
1. el tiempo de trabajo muerto o pasado [que ya realizaron los seres humanos al extraer y
procesar las materias primas y al fabricar los instrumentos de producción (maquinaria,
herramientas, etc.) que en el presente se utilizan en la producción de esa mercancía;
y

2. el tiempo de trabajo vivo (el que realizan los seres humanos en el presente para
producirla).
Es decir, en el valor de las mercancías entran dos componentes: a) el valor de los medios de
producción que han sido consumidos completamente (insumos, materias semielaboradas…) o
parcialmente (maquinaria, herramientas…) en la producción de una determinada mercancía
[2]  este es un componente indirecto (añade tiempo indirecto o pasado aunque interviene en
el presente); b) El valor nuevo creado por el trabajo vivo (los seres humanos) en cada momento
de producción  componente directo (indica el tiempo que se emplea en el presente en realizar
determinada producción). Ambos trabajos contribuyen en pie de igualdad, aunque en
diferentes maneras y en distintas proporciones, a la formación del valor de la nueva mercancía.
Con el desarrollo tecnológico se incrementa el tiempo de trabajo muerto socialmente necesario
(incardinado en la nueva tecnología) en detrimento del trabajo vivo. Si una maquinaria
aumenta la productividad, lo lógico es que trasmita también una cantidad total de valor
indirecto mayor (porque ella misma ha debido contener más tiempo de trabajo pasado –
cualificado- socialmente necesario para producirla).
Pero, ¡atención!, tal maquinaria-tecnología no sólo no está generando nuevo valor como
plusvalor (tan sólo trasfiere parte del que ella misma tenía), sino que a la postre
su tendencia es a hacer descender el valor final de las mercancías.
Esta misma conclusión la podríamos ver de otra manera: el trabajo potenciado, a efectos
prácticos, como que potencialmente crea el mismo valor que la media en menor unidad
de tiempo, suscita una permanente tendencia al descenso medio del valor. Y aquí
podemos empezar a cebar la polémica.
Veamos.

Dado que cualquier máquina se consume poco a poco en el proceso de producción, transmite
parte de su valor en cada mercancía que contribuye a producir. Bajo esta consideración, en
principio la maquinaria encarece cada mercancía. Pero en conjunto se llega a un abaratamiento
de la misma si el encarecimiento por causa de la “cesión de valor” de la maquinaria se compensa
con el tiempo de trabajo directo ahorrado en la producción.
Supongamos que en la fabricación de una determinada mercancía se consumen materias
primas por un valor de 50, así como 8 horas de trabajo que producen, en circunstancias
normales, un valor de 80. Entonces el valor de la mercancía será:

50 (materias primas) + 80 (tiempo de trabajo) = 130

Para simplificar mantendremos constante el valor de las materias primas. Supongamos ahora
que introducimos maquinaria en la fabricación, y que la máquina tiene un valor de 20.000 y
sirve para fabricar 1000 unidades de esa mercancía antes de su desgaste completo.  Transfiere,
por tanto, un valor de 20 a cada unidad. De momento la mercancía se encarece en esos 20
(adquiere ese valor añadido); pero si con la máquina ahorramos, por ejemplo, 3 horas de
trabajo, el valor final de la mercancía será menor:
50 (materias primas) + 20 (de la máquina) + 50 (de 5 horas de trabajo) = 120

La mercancía se ha abaratado en 10 unidades de valor. En general, hoy lo más normal es que


el trabajo potenciado no otorgue más valor final a la mercancía, sino más mercancías por
unidad de tiempo, esto es, aumente la productividad.
Si lo que se quiere decir es que en este caso al aumentar la productividad tenemos más
producción (más mercancías en la misma unidad de tiempo) y por tanto el valor total aumenta,
es falso como tal enunciado, dado que ahora cada mercancía producida en el mismo tiempo sale
con menos valor. Sólo es cierto si consideramos que la productividad aumenta la escala o
amplitud de la producción total de la economía. Algo que hoy ya no está tan claro, como veremos
más abajo.
En nuestro ejemplo, la única posibilidad que quedaría, si la maquinaria no termina de añadir
más valor final, para que aumente el valor en la misma unidad de tiempo para la producción
determinada que consideramos, es que fuerza de trabajo extra-cualificada produjera en 5 horas
un valor mayor de 50, por ejemplo lo mismo que una fuerza de trabajo en condiciones medias
durante 8 horas (es decir, un valor de 80 en 5 horas). Lo cual es ciertamente difícil de conseguir
si la cualificación media ya es alta. En cualquier caso, en qué medida menos trabajo directo, al
estar más cualificado, es capaz de depositar por él mismo más valor que el que se ahorra el
proceso productivo en tiempo de producción, sólo se puede averiguar al realizarse el
intercambio de trabajos abstractos en el mercado, y no sería en realidad muy determinante
para la economía en general, pues hablaríamos de una muy pequeña fracción del capital social
que podría contar con esas condiciones altamente excepcionales de trabajo cualificado dentro
de una misma formación social de capitalismo avanzado (otra cosa es entre formaciones
sociales en el capitalismo global, a lo que atenderemos más abajo).
En general, habría que determinar, en cada caso, si el valor indirecto total (maquinaria y
formación del trabajo cualificado) depositado en una mercancía hace subir al valor final de la
misma o no, y eso sólo puede saberse en función del tiempo de trabajo directo que pueda
ahorrar, (algo que se traslucirá en el intercambio de trabajos abstractos, en cuanto que precios-
valor expresados en forma de dinero) [3].
Por ejemplo, una máquina de valor 40.000, hecha para producir 2.000 unidades antes de su
desgaste total, añade también un valor de 20 a cada unidad. Si contribuyera a fabricar 50
mercancías en un año, estaría añadiendo un valor indirecto de 1000 al total de esas 50
mercancías. Si con la innovación tecnológica se fabrica una máquina de valor 50.000, diseñada
para sacar 3000 unidades en total, está transfiriendo 16,6 de valor a cada unidad en ese mismo
periodo (ya vemos aquí que el precio de la innovación tecnológica en función del valor que se
genera tiende a encarecer los costos de producción, afectando la tasa de ganancia [4]). Aunque
esa máquina sea capaz de producir 60 unidades por hora, por ejemplo, ni siquiera hace
aumentar el valor indirecto total, pues estará depositando 996 de valor en esas 60 mercancías
(¡a un costo de producción mayor si sólo consideramos la maquinaria!). Repito, a pesar de que
haga aumentar la parte proporcional de plusvalor para el capitalista, si el “trabajo potenciado”
aumenta el valor final de las mercancías producidas es una cuestión de análisis concreto de
caso, aunque la tendencia es que no sea así, y sobre todo para el conjunto de la economía, pues
los demás competidores se esforzarán pronto en alcanzar su potencialidad. Por eso, de
hecho, lo que hace a corto plazo el trabajo potenciado, provocando la acentuación de la
competencia capitalista, es aumentar la productividad a costa de reducir el valor de las
mercancías individuales [Marx ya dijo en El Capital, que esto es en el fondo lo que persigue la
clase capitalista: abaratar las mercancías y con ellas el valor de la propia fuerza de trabajo
(capítulo X. “Concepto de plusvalía relativa”)].
El trabajo potenciado generaría indefectiblemente más valor sólo si consideramos que no
ahorra trabajo directo, pero el hecho es que sí tiende a ahorrarlo. Por eso a la postre resulta
contradictorio para el mantenimiento del valor en la sociedad capitalista.
Pero de esto último difícilmente se da cuenta la clase empresarial.

De hecho, ¿cuándo es que los capitalistas deciden instalar maquinaria (trabajo indirecto), en
lugar de emplear seres humanos (trabajo directo)? A los capitalistas (en su inalterada ceguera
para las cuestiones del valor, y por tanto para el conocimiento de las razones profundas de sus
auges y de sus crisis), les tiene sin mayor cuidado que la maquinaria haga o no descender
el valor de los productos; lo que les importa es el valor como plusvalor que pueden extraer de la
fuerza de trabajo en cada proceso de producción (que es el que realmente se traduce en
ganancia para ellos). Un capital individual alcanza una ganancia extra si consigue que sus costos
individuales sean más bajos que el promedio social, pero que ese descenso no repercuta
proporcionalmente en el precio-valor final de sus mercancías. Supongamos en el primer ejemplo
anterior que la tasa de plusvalía es del 100% (50% de trabajo necesario o salario para el
trabajador/a y 50% de trabajo excedente o de plusvalía capitalista). La persona que trabaja 8
horas y crea así un valor de 80, recibe la mitad, 40, como salario.
Por tanto, antes de la introducción de la máquina los costos de este capitalista para la
fabricación de una determinada mercancía son:

50 (materias primas) + 40 (salarios por 8 horas) = 90


En cambio, los costos después de la introducción de la máquina (reduciendo 3 horas de trabajo
necesario) son:

50 (materias primas) + 20 (del desgaste de la máquina por unidad producida) + 25 (salarios


por 5 horas con un valor de 50) = 95

Aunque la máquina hizo bajar el gasto total en trabajo para el producto (y con ello el valor del
mismo), al no reducir los costos del capitalista, lo más lógico es que no sea instalada. Sólo lo
será si ahorra más en salarios que lo que cede en valor a cada mercancía individual. Por ejemplo,
la misma máquina que deposita un valor de 20 en cada mercancía, pero que ahorrara más de 4
horas de trabajo (con la misma tasa de plusvalía) SÍ sería instalada. Ejemplo de reducción de
4,5 horas de trabajo:
50 (materias primas) + 20 (del desgaste de la máquina por unidad producida) + 17,50 (salarios
por 3,5 horas con un valor de 35) = 87,50

A partir de aquí ahorra costos y podrá ser instalada. Pero veamos…

…qué está ocurriendo bajo el suelo en el que se mueven los capitalistas


1. La máquina ha ido reduciendo el valor (total) de la mercancía.
El valor de esta (que estaba en 120) ahora sería:
50 (materias primas) + 20 (del desgaste de la máquina) + 35 (de 3,5 horas de trabajo) = 105

1. La máquina reduce la proporción de valor nuevo (o trabajo directo) generado por la


fuerza de trabajo. Con lo cual va minando sistemáticamente la fuente de plusvalía y aun
cuando haga obtener más trabajo excedente al capitalista, a medio plazo esa apropiación
de trabajo como “excedente” no compensa la pérdida de trabajo necesario que va
quedando; haciendo descender la ganancia. Al ir convirtiendo cada vez el tiempo de
trabajo en “excedente”, le será cada vez más difícil apropiarse del cada vez menor
tiempo de trabajo necesario que va quedando, con lo que la tasa de plusvalía tiende a
verse menos y menos acompasada a la tasa de explotación.
Supongamos una jornada laboral de 10 horas, con una tasa de plusvalía de 100%. Eso significa
que la jornada laboral se descompone en:

5 horas de trabajo necesario (para el salario)

5 horas de trabajo excedente (para la plusvalía)

1/2 + 1/2 = 2/2 = 100% Plusvalía = 0,50

1. Si la productividad se duplica, implica que ya sólo hace falta la mitad de trabajo


necesario, de manera que mantener la misma jornada laboral significa:
1/4 de jornada para el trabajo necesario

3/4 de jornada para el trabajo excedente


Sin embargo la plusvalía no aumenta en la misma proporción, pues:

de ½ a ¾ se avanza de 0,50 a 0,75 = 0,25 Es decir, la plusvalía sólo ha aumentado ¼ (= 0,25)

1. Si ahora se volviera a duplicar la productividad, todavía aumentaría menos la plusvalía.


Tendríamos:
1/8 de jornada para el trabajo necesario

7/8 de jornada para trabajo excedente

La plusvalía pasa de 3/4 ó 6/8 (= 0,75) a 7/8 (= 0,87)

Es decir, de 0,75 se obtiene ahora 0,87. Lo que es igual a 0,12 de aumento de plusvalía.

Significa que cada vez es menor el aumento de plusvalía que se consigue con el aumento de la
productividad (facilitado por el trabajo pasado). Con el agravante de que cuanto mayor sea la
plusvalía ya capitalizada (apropiada por el capital), es menor el tiempo de trabajo necesario
que queda por apropiarse como trabajo excedente. De hecho, la mayor parte de la jornada de
trabajo se realiza ya en exclusividad como trabajo excedente, es decir, para la plusvalía
capitalista. En definitiva, por tanto, el incremento de la tasa de explotación, no implica
necesariamente un incremento de la tasa de ganancia, sino que al contrario esta,
subterráneamente, tiende a decaer con la mecanización.

Aun así, y como el desarrollo tecnológico aumenta el trabajo excedente del que se apropia el
capital al reducir cada vez más el tiempo necesario para producir mercancías, todos los
capitalistas, forzados tanto por su inclemente competencia entre sí como por la pulsión del
beneficio a corto plazo, entran en esa carrera de relevo tecnológico, que a la postre es auto-
destructiva. Esto lo podemos enunciar de otra forma: el ansia de plusvalor va socavando,
bajo tierra, el propio valor.
“El hecho de que la plusvalía relativa aumente en relación directa al desarrollo de la fuerza
productiva del trabajo, mientras que el valor de las mercancías disminuye en razón inversa a
este desarrollo, siendo, por tanto, el mismo proceso que abarata las mercancías el que hace
aumentar la plusvalía contenida en ellas, nos aclara el misterio de que el capitalista, a quien sólo
interesa la producción de valor de cambio, tienda constantemente a reducir el valor de cambio
de sus mercancías…” (Marx, cap. X de El Capital, Libro I, pp. 275-276).
1. Se llega así a la “paradoja de la productividad” y a la necesidad de una permanente
expansión del mercado.
Si, como hemos visto, cada vez queda menos margen para que los aumentos de la productividad
repercutan en la elevación de la tasa de plusvalía, la propia productividad se convierte en un
problema cada vez más difícil de resolver para la ganancia capitalista. Expresado desde otro
prisma, según la automatización de los procesos productivos va haciendo que la cantidad de
tiempo de trabajo depositada en cada producto sea menor, la productividad de cada trabajador
debe aumentar (debe de ‘hacer’ más productos o servicios en la misma unidad de tiempo) para
que la masa de beneficio realizable no disminuya (es decir, si ahora una mercancía sale con una
décima parte del valor que tenía hace una década (se fabrica en 10 veces menos de tiempo),
han de fabricarse 10 veces más elementos de esa mercancía para no perder el total del valor
anterior y por tanto la posibilidad de ganancia capitalista). Lo cual conduce a la paradoja de que
más aumenta la productividad de las fuerzas productivas, más se necesita que aumente para
intentar salvar el beneficio. Así, si la productividad crece por ejemplo un 5%, la acumulación ha
de crecer al mismo nivel para mantener el empleo (y por tanto la fuente última de plusvalía).
Eso quiere decir, además, que el consumo se ha de intensificar exponencialmente de cara a
adaptarse a los aumentos de productividad y paralela elevación de la producción. El capitalismo,
por tanto, está condenado a mantener una continua expansión del consumo a escala planetaria
(lo que le obliga al logro de una pulsión consumista en las poblaciones –al menos en las que
tienen una cierta capacidad de compra- y lleva a una permanente pugna entre los capitales por
expandir el mercado [5] y apropiarse de una mayor cuota del mismo), con la consiguiente
extenuación de la naturaleza.
Otra inferencia importante de todo ello: cada vez se necesita más capital constante (maquinaria
y materias primas) para generar plusvalor en escala decreciente del cada vez menor tiempo de
trabajo necesario que va quedando. Cuando esto ocurre a través de la inversión tecnológica (así
como el saqueo de la naturaleza como si fuera gratis o semigratis), y el capital crece aún más
deprisa que el beneficio, el capital se siente a sí mismo en su apogeo, la acumulación parece
atravesar una etapa próspera e incuestionable, la conciencia social ve confirmada su fe en el
progreso que el capitalismo es capaz de generar, pero al mismo tiempo, por debajo,
imperceptiblemente, la Tasa General de Ganancia Media tiende a descender,
independientemente de que algunos capitalistas puedan ver aumentar su particular tasa de
ganancia durante cierto lapsus.
En consecuencia, e ignorantes de las razones profundas del valor (las cuales llegan a ser contra-
intuitivas, pues el “sentido común” dice que si se aumenta la productividad se aumenta también
la ganancia) [6], los capitalistas no tienen otra opción, como decía, que competir a muerte entre
sí, al tiempo que cavan su propia tumba económica, como capitalistas individuales y finalmente
también, y esto lo vamos a ver al final, como propio modo de producción, arrastrando, eso sí, a
las sociedades y a la naturaleza consigo.
Plusvalía extraordinaria y precios-valor
Ahora vamos a ver lo que ocurre con la “plusvalía extraordinaria” y los precios-valor.

Astarita defiende que para realizar una ganancia extraordinaria no hay que recurrir a la
transferencia de valor.

“La realidad es que Marx llama a ese trabajo “potenciado” porque utiliza una tecnología
superior a la que determina el tiempo de trabajo socialmente necesario imperante en la rama.
Por eso, y como he señalado repetidas veces, Marx explica la plusvalía extraordinaria sin apelar
a transferencia alguna de valor.”

Y yo concuerdo con Astarita casi siempre. Pero ese “casi siempre” quiere decir precisamente
que no sé si lo entendemos de la misma manera. Antes de seguir, por eso, es necesario precisar
una cuestión importante. Marx no dejó claro si el tiempo socialmente necesario lo determina el
desarrollo tecnológico promedio o la tecnología más avanzada (la que entraña “trabajo
potenciado”). En una consideración diacrónica no es tan decisivo, pues la tecnología puntera o
potenciada arrastra a los demás capitalistas hasta su nivel si quieren seguir en la competencia.
Pero sí es importante en la disección de un determinado momento de la producción. Si
hablamos de promedio, la tecnología punta puede estar absorbiendo valor de quienes están en
el promedio antes de que la alcancen. Sin embargo, aquellos productores que están por debajo
del tiempo medio socialmente necesario no generan más valor por emplear más tiempo, porque
el valor lo determina el promedio. Lo que ellos hacen no es transferir valor, sino tiempo de
trabajo (el que esos productores tardan en producir por encima del tiempo medio), que hace
que parte de la plusvalía que obtienen de sus trabajadores/as no se traduzca en ganancia, al
cancelar en el mercado parte de ese trabajo excedente en favor de los capitales promedio y más
avanzados [además, los capitales atrasados tienden así a perder cuota de mercado (se ven
obligados a vender mercancías que no incorporan tanta materialización de cualificación punta
–lo que podríamos indicar de cara al público como “valor añadido”- frente a las que sí)]. De esa
forma, quienes utilizan una tecnología más desarrollada adquieren crecientes ventajas en
términos de ganancia respecto de quienes van rezagados tecnológicamente. Estos últimos, para
compensar, se ven forzados a recurrir a la explotación extensiva e intensiva de su fuerza de
trabajo, a proporcionar salarios más reducidos e incluso, conforme apuntara Ruy Mauro Marini,
a la sobre-explotación de ciertos sectores de la fuerza de trabajo (apropiación de parte del
fondo de consumo de la fuerza de trabajo, lo que puede conducir en su extremo a que esta
pierda la capacidad de reproducción como tal a través del salario –hecho que tiene que ser
compensado con más dosis de trabajo femenino y en general familiar y/o étnico, no pago-, como
tan elocuentemente viene desarrollando la teoría feminista).
Una vez convertido en global el sistema capitalista, las consideraciones del valor debemos
hacerlas también a escala global, y como esa circunstancia ocurre normalmente entre países de
capitalismo inicial o avanzado, frente a los de capitalismo posterior o atrasado, se explica así
una parte de la creciente desigualdad entre unos y otros. No porque los atrasados, estén
transfiriendo valor en el intercambio de mercancías, como bien dice Astarita, sino porque están
transfiriendo tiempo de trabajo (por encima del socialmente necesario), para ser más
exactos plustrabajo, y por tanto fuente de ganancia al concurrir al mercado [7].
Es en este terreno, pues, donde sí entiendo que el “trabajo potenciado” puede tener más
relevancia, y concibiéndolo sin transferencia de valor alguna se da a entender que “el tiempo
socialmente de producción” a escala global lo determinan las economías de capitalismo más
avanzado (la producción promedia puntera o avanzada), y no un promedio mundial.
Me parece que he contestado ya a los señalamientos de Astarita (aunque no comparto con él,
como señalo en la nota anterior, su desconsideración del imperialismo en este juego), pero
ahora estamos en condiciones de precisar mejor una respuesta a su problema concreto, de
manera que sea entendible (espero):

Por último, le formulo a Piqueras el mismo problemita que le presenté a Hernández Solorza y
Deytha Mon, a ver cómo lo resuelve con su particular teoría del valor.
Supongamos 10 ramas productivas, cada una con 10 productores, que producen los bienes A,
B, C… J, en 10 horas de trabajo cada uno. Los bienes se intercambian en relación 1:1 (podemos
decir también que su valor se expresa en $100). Supongamos ahora que en la rama A un
productor reduce el tiempo de trabajo en 2 horas, o sea, produce el bien A en 8 horas (por
ejemplo, porque produce con una tecnología superior). El resto de los productores siguen
empleando 10 horas y vendiendo A en $100. El productor adelantado, decide vender A en $100.
O sea, trabaja 8 horas y obtiene el equivalente a 10 horas de valor (trabajo socialmente
necesario, objetivado). Aquí no hay posibilidad de transferencia de valor de ninguna otra rama.
¿Cómo se explica que 8 horas de trabajo individual equivalgan a 10 horas de valor (de nuevo,
trabajo socialmente necesario, objetivado)? La explicación de Marx es clara: cada una de esas 8
horas de trabajo genera más valor que la hora de trabajo que aplica la tecnología imperante.
Por eso no hace falta postular transferencia de valor de ningún lado. Sin embargo, Piqueras dice
que esto no es así, que la noción de trabajo potenciado con la que Marx explica la plusvalía
extraordinaria está equivocada (o sea, debe de haber transferencia desde algún lugar). ¿Cómo
resuelve entonces el problema? Es sencillo, puramente conceptual, no hacen falta las altas
matemáticas para explicarlo. Sin embargo, Hernández Solorza y Deytha Mon se han mantenido
en silencio ante el asunto. ¿Por qué no lo resuelven mis críticos?

A estas alturas debe haber quedado claro que la interpretación que hace Astarita de lo que yo
sostengo no es correcta. Acabo de indicar cómo entiendo que funciona en beneficio propio el
trabajo potenciado. Pero vayamos a la cuestión planteada, porque encierra más de una
consideración posible sobre cómo se muestra y cómo se traduce en ganancia extraordinaria.

1) Si se trata de una mercancía que ha sido producida en 2 horas menos, y consideráramos que
el valor lo determina el tiempo medio en esa rama, al haber un productor que ahora la fabrica
en 8 horas, el tiempo medio ya no serán 10 horas, sino 9,8 (9 productores a 10 horas + 1
productor a 8); luego, podría considerarse que el resto de los productores le han transferido
0,2 unidades de valor al productor potenciado, lo que a la postre se traduce en que este obtiene
no sólo mayor plusvalía propia, sino que puede apropiarse de una parte de la plusvalía de los
demás.
2) Si consideramos que el tiempo socialmente necesario lo marca el capital puntero, tendremos
que responder que no hay transferencia de valor sino sólo de plustrabajo, que indica que la
cantidad de plusvalía que aquel puede transformar en ganancia es mayor (de nuevo, a costa de
la menor conversión de plusvalía en ganancia de los demás).

En términos prácticos estas dos posibilidades nos conducen al mismo resultado en cuanto a
ganancia extraordinaria, aunque es a través del trabajo potenciado frente al promedio social
avanzado de valor como por lo común puede explicarse esta. Añado aquí una descripción de
cómo entiendo que ocurre.

Lo que hace el productor potenciado es ganar más porque el valor de sus mercancías es menor
que el del resto en relación a sus precios-valor en el mercado. Si un fabricante es capaz de
fabricar las mismas mercancías en 8 horas que el promedio en 10, y decide mantener el mismo
precio que sus competidores más atrasados (100$) quiere decir que necesitará bien que se
expanda la demanda en proporción a su nueva potencialidad (que, recordemos, pronto hará
aumentar la productividad general), bien quedarse con una cuota de mercado
proporcionalmente mayor que la que tenía. Pero suponiendo que las demás circunstancias no
varíen, sus mercancías sólo lograrán conquistar una cuota de mercado mayor a fuerza de
reducir el precio, que es lo que hacen los productores que son más eficientes, porque se lo
pueden permitir (al fabricar más mercancías en el mismo tiempo con tendencialmente menos
valor por unidad) [8]. Estarían vendiendo sus mercancías por encima de su valor individual, a
90$ por ejemplo, pero por debajo de su valor social. Esto les permite, a pesar de todo, sacar de
su producción de 8 horas (por debajo de la media) una “plusvalía extraordinaria” de 10$.
Canjean su producción por un precio-valor favorable (el valor que reciben en forma de
unidades monetarias es mayor que el que entregan–ver nota 3-). Con ello además desplazan a
sus competidores si estos no logran adecuarse a ese desarrollo tecnológico o de productividad.
Esto no lo digo yo, lo dice Marx en su capítulo X del Libro I de El Capital (“El concepto de
plusvalía relativa”), con un ejemplo expresado en chelines y peniques [9].
Las mercancías de valores iguales en las que están contenidas cantidades iguales de trabajo
abstracto (directo e indirecto) se intercambian en proporciones que reflejan las condiciones
materiales medias de su producción. Esas condiciones van cambiando constantemente a lo
largo del tiempo, y con ellas el valor de las mercancías (así, por ejemplo, una computadora
personal no tiene ahora el mismo valor que en el momento en que esos aparatos aparecieron,
hace unas décadas –y por supuesto, tampoco el mismo precio-).
Aquí me parece pertinente transcribir una larga cita del texto de Hernández Solorza y Deytha
Mon ya citado (ver nota 1), [entre corchetes las explicaciones que yo añado con fines aclarativos
a sus siglas y otros comentarios]:

“El medio por el cual todas las mercancías miden su valor y se intercambian es el dinero. Este
último expresa el TTSN [Tiempo de Trabajo Socialmente Necesario] y presenta el valor en su
forma de precio. El precio-valor o precio mercantil, porque es válido para cualquier economía
mercantil, nos dice cuántas unidades de dinero se entregan a cambio de la mercancía en
cuestión.

El valor en su forma precio es la validación social del trabajo privado por medio del intercambio.
El dinero permite la actualización del valor y al hacerlo lo expresa en una cantidad de moneda,
de esta forma no «valúa» las mercancías al «valor» individual de los productores individuales
sino las «valúa» al valor social y así por medio de su corporeidad monetaria distribuye el tiempo
de trabajo.

Debido a que en principio todas las mercancías se intercambian a su precio-valor y algunos


productores tienen un TTN [Tiempo de Trabajo Necesario] distinto al TTSN, cada productor
recibe cantidades de dinero diferentes a las cantidades que usaron para poder realizar la
producción. Los productores que tienen un TTN por encima del TTSN del sector (menos
eficientes que la media) recibirán una cantidad de dinero menor a la que utilizaron para
producir, mientras que los productores que tienen un TTN por debajo del TTSN (más eficientes
que la media) recibirán una cantidad de dinero mayor a la que utilizaron para producir . La
cantidad de dinero que reciben unos es la cantidad dinero que pierden [o no ganan] otros, es
por eso que se habla de transferencia. Los productores cuyo TTN es igual al TTSN recibirán la
cantidad de dinero que usaron para producir. El tiempo de trabajo que recibe cada productor
depende de su grado de eficiencia respecto a la eficiencia media.

La transferencia de valor hacia cada productor puede calcularse como la diferencia entre el
TTSN y el TTN:

Aquellos cuyo TTN sea mayor al TTSN tendrán una transferencia negativa (recibirán menos
horas representadas por la menor cantidad de dinero que reciben a la utilizada para producir),
es decir estarán transfiriendo parte de su tiempo de trabajo hacia los productores que tienen
un TTN menor al TTSN, cuya transferencia es positiva (reciben más horas representadas por la
mayor cantidad de dinero que reciben a la utilizada para producir). (…)

Debido a que las empresas no venden a su precio individual, sino al precio-valor social cada
empresa no obtiene la plusvalía que sus trabajadores generan. Las empresas reciben la
ganancia que el mercado determina en comparación con su eficiencia individual respecto a la
eficiencia media. Estas ganancias no son visibles para las empresas sino hasta el momento de
la venta, cuando conocen el precio en el mercado. (…)

El plusvalor extraordinario es la diferencia entre el precio en el mercado (determinado


socialmente) y el PUV [Precio Unitario de Venta] de cada productor individual.” (pp. 10 y 12)

Los autores dicen que al transferir tiempo de trabajo se transfiere valor, pero como ya dije, no
es así si hablamos de capitales que producen por debajo del tiempo socialmente necesario de
producción, si consideramos que ese tiempo-valor lo determina el promedio avanzado de
producción (cuyo resultado no estoy seguro si sería similar al de la media aritmética ponderada
que proponen los autores para efectuar el promedio) [10].
Aunque el valor está en la base de los precios, precios y valores no coinciden debido a cómo se
realiza la propia competencia capitalista, entre otros factores haciendo que intervenga la tasa
de ganancia media en el precio que alcanzan las mercancías [11]; pero los precios oscilan en
torno a los valores. No pueden diferir mucho de ellos por mucho tiempo, porque si no, no
compensaría producir o se produciría permanentemente con una gran ganancia sin base
alguna. Según la competencia capitalista va haciendo nivelar y desnivelar una y otra vez el
tiempo social de trabajo (abstracto), tenemos la paradoja de que valores y precios tienden al
equilibrio, pero nunca lo alcanzan (y en momentos determinados para ciertos productores que
logran ganancias extraordinarias o sufren pérdidas excepcionales, esas disparidades son
mucho más altas).
Al final volvemos al trabajo simple
Todos los trabajos se pueden convertir en trabajo simple a través de la compra-venta de las
mercancías, según precios-valor. Marx aconseja centrarse, por eso, en el trabajo simple como
unidad de medida del valor. Sin darle tanta importancia al “trabajo potenciado” para la
determinación del mismo [12]:
“Por muy complejo que sea el trabajo a que debe su existencia una mercancía, el valor la
equipara enseguida al producto del trabajo simple, y como tal valor sólo representa, por tanto,
una cantidad determinada de trabajo simple. Las diversas proporciones en que diversas clases
de trabajo se reducen a la unidad de medida del trabajo simple se establecen a través de un
proceso social que obra a espaldas de los productores, y esto les mueve a pensar que son el
fruto de la costumbre. En lo sucesivo, para mayor sencillez, consideraremos siempre la fuerza
de trabajo, cualquiera que ella sea, como expresión directa de la fuerza de trabajo simple,
ahorrándonos así la molestia de reducirla a la unidad” (El Capital, cap. I, “La mercancía”, pág.
12).
Y más adelante, en el capítulo V (“Proceso de trabajo y proceso de valorización”):

“…en todo proceso de creación de valor, el trabajo complejo debe reducirse siempre al trabajo
simple social medio (…). Por tanto, partiendo del supuesto de que el obrero empleado por el
capital ejecuta un simple trabajo social medio, nos ahorramos una operación inútil y
simplificamos el análisis del problema”. (pág.159).

Así que, al final, no hay una respuesta definitiva para algunas polémicas, entre otras cuestiones
porque, como ya vimos, el valor no es un hecho empírico, sino lógico, sujeto a diferentes
interpretaciones para unos u otros casos (esfera ramal, sectorial, local, global…). Su misma
magnitud es variable y abstracta, porque no es física, sino social. Incluso queda pendiente de
concordar la forma matemática de cálculo del promedio avanzado, si aceptamos (como yo
propongo) que es el que marca el valor. Pero lo que cuenta es su calidad de base objetiva
inherente y común a todas las mercancías.
Es obvio que en algunos puntos en donde la formulación teórica no fue cerrada del todo (de
hecho, la teoría nunca se cierra en el desarrollo científico), las citas de Marx se pueden esgrimir
para defender unas u otras posturas, pero si Marx hubiera pensado que el “trabajo
potenciado” (o el valor depositado por el tiempo indirecto) se sobrepone a la pérdida del
tiempo directo socialmente necesario para la producción de unas u otras
mercancías (como valor nuevo) [o, si en general, hubiera concedido más importancia a la
intensidad del trabajo en vez de a su duración], no hubiera formulado la caída tendencial de
la tasa de ganancia como la más importante ley de moción del capitalismo, ni esta sería el
elemento nodal marxista en su explicación sobre el devenir del capital.
Así parece reconocerlo el propio Astarita, cuando después de dar tanta importancia al “trabajo
potenciado” termina diciendo:

“Precisamente Marx lo considera “potenciado” porque genera más valor por unidad de tiempo
que el trabajo socialmente necesario dominante. Pero una vez que se generaliza la nueva
tecnología, el trabajo socialmente necesario disminuye, y por lo tanto se mantiene igual la
cantidad de valor generado por unidad de tiempo. Produciéndose, por supuesto, más valores de
uso en ese tiempo.” (El énfasis es mío).
Entonces, como dije al principio, el “trabajo potenciado” no resulta determinante para el
aumento del valor, ¿verdad? Sobre todo porque, en la realidad social, el desarrollo de la
tecnología va haciendo disminuir decisivamente el valor y la propia fuente del plusvalor, que
es lo concluyente para cualquier debate al respecto, como he intentado indicar en lo
expuesto hasta aquí y abundaré a continuación.
Sobre la ampliación de la dimensión de la escala de producción capitalista y de
generación global de valor
Creo que una vez delimitadas algunas consideraciones teóricas que no dejan de tener su
importancia, llegamos al punto verdaderamente pragmático para calibrar en la actualidad las
implicaciones sociales, políticas y programáticas de las formulaciones teóricas de cada quién,
que son de vital importancia en las elaboraciones marxistas, por lo que la humanidad se juega
en ello.

Así devuelve mi crítica Astarita, convirtiéndose a su vez en crítico mío en un último punto:

Más en general, tampoco acierta Piqueras al afirmar que el trabajo cualificado es el argumento
central para sostener que la generación de valor ha aumentado a nivel mundial, a lo largo de las
últimas décadas. Lo que he afirmado es que se ha generalizado y profundizado la relación
capitalista, y con ella el trabajo productivo y la generación de plusvalía. En este punto mi
argumento es que asistimos a una creciente transformación de trabajos que no eran
productivos (o sea, no generaban plusvalía) en trabajos productivos. Por caso, subsunción
creciente bajo el mando del capital de oficios y profesiones que eran “independientes”
(productores simples de mercancías) y pasan a generar plusvalía para el capital.

Aquí recordemos dos cuestiones ya tratadas.

Una. El aumento de valor que las máquinas “añaden” (pasado o indirecto) entra en
contradicción con el descenso de valor nuevo (presente o directo) que implica la sustitución de
seres humanos por máquinas en los procesos productivos. Durante un tiempo, esas tendencias
contradictorias pueden resultar en ganancia para capitalistas individuales, o equilibrarse. Pero
crecientemente desarrolladas las fuerzas de la 4ª Revolución Industrial (que suman a la
informática y la electrónica, la biogenética, la nanotecnología, la inteligencia artificial y la
robótica), se hace cada vez más difícil compensar la pérdida de valor nuevo (plusvalor)
mediante el “valor añadido” que proporciona el trabajo complejo. Más todavía, en términos
generales, si consideramos la creciente desechabilidad de seres humanos incluso en los
trabajos cualificados. Sólo con la inteligencia artificial el valor va tendiendo a cero. Eso por no
hablar de la enorme velocidad a la que se ha venido dando el reemplazo tecnológico en las
últimas décadas (hoy forzosamente ralentizado).
Dos. El que los aumentos de productividad tiendan a aumentar la plusvalía (el tiempo de trabajo
excedente que se apropia el capitalista), pero reduzcan al mismo tiempo el valor de las
mercancías individuales, se ha podido compaginar hasta ahora para la ganancia media
capitalista precisamente gracias a la expansión del mercado y al incesante incremento de la
escala productiva (globalización), fabricando más y más mercancías con menos valor. Es lo que
consiguió el fordismo ampliado y el capitalismo financiarizado a deuda durante un breve
periodo de tiempo. Para ello la única condición es que el aumento de la productividad (con la
consiguiente tendencia al descenso de empleos y del valor), sea menor que la ampliación de los
mercados internos y externos que ella posibilita.
Esto hasta ahora no era evidente porque en un determinado nivel del desarrollo tecnológico, la
expansión del mercado ha ido acompañada de nuevas posibilidades de incorporación de fuerza
de trabajo a los procesos productivos en sectores donde la composición orgánica del capital
(capital fijo o máquinas sobre capital variable o seres humanos) no era tan elevada, con lo que
se garantizaba de nuevo la reproducción del valor, en lo que parecía un ciclo virtuoso
indestructible. Sin embargo, sobrepasado un cierto límite de desarrollo de las fuerzas
productivas, con la revolución científico-técnica actual, la tendencia a reducirse el valor al
mínimo no encuentra en el mercado planetario posibilidades reales de expansión
compensatoria (más aún si la acentuación de la explotación laboral, la reducción de los salarios
en el conjunto de la riqueza social producida y la expulsión masiva de fuerza de trabajo de los
procesos productivos, deja con cada vez menos posibilidades de consumo a la gran mayoría de
las poblaciones mundiales). Hoy el mercado ya se ha hecho planetario y no puede agrandarse
ni por asomo al ritmo al que aumenta la productividad. Al incrementarse exponencialmente la
composición orgánica del capital, incluso las nuevas posibles expansiones del mercado no
conllevan una incorporación paralela de fuerza de trabajo, dados los altísimos niveles de
productividad alcanzados (por no contar con los potencialmente alcanzables, de no mediar la
dictadura de la tasa de ganancia por medio). Es decir, el ritmo de crecimiento del trabajo
productivo desde el punto de vista de la valorización del capital, no se compagina con el
nivel de crecimiento de la productividad. Y por tanto, la tasa de ganancia productiva
[vinculada necesariamente a la cantidad de (plus)valor incorporada en cada proceso
productivo] desciende a un ritmo tal que arrastra a la masa de ganancia global. Y eso empezó a
ocurrir de manera inocultable a partir de los años 70 del siglo XX.
La globalización y sus dinámicas de deslocalización empresarial, así como la ofensiva político-
económica neoliberal, no fueron procesos ni naturales ni casuales, sino el resultado forzado
para compensar, durante un tiempo, la caída de la tasa de ganancia en las economías centrales
del sistema capitalista. En el primer caso invirtiendo el capital en las economías periféricas
donde todavía no se había dado el proceso de sobreacumulación y donde aún se puede
incorporar más trabajo vivo para la extracción de plusvalía (re-emprendiéndose así una
acumulación extensiva de capital); también expandiendo al tiempo el mercado, la velocidad de
rotación del capital y el acortamiento de la vida de los productos. En el segundo caso,
imprimiendo mayores tasas de explotación de la fuerza de trabajo y menor redistribución del
(menguante) beneficio conseguido al conjunto de la población; también buscando nuevos
espacios de valorización donde antes se instalaban los bienes comunes y las actividades
humanas de preservación de la vida (es decir, el conjunto de la riqueza social que quedaba fuera
del mercado; lo que supone a escala interna igualmente una nueva acumulación extensiva de
capital). Todo esto implica, asimismo, intensificar la conformación de la naturaleza como fuente
barata energética y de recursos (acentuación del fosilismo). La combinación de todos esos
procesos ha proporcionado un margen temporal al capitalismo (que ha “comprado algo de
tiempo”), pero al final uno tras otro van mostrando su agotamiento para continuar
compensando la caída tendencial de la tasa de ganancia: la sobreacumulación llega también más
rápido de lo deseado a las economías periféricas convertidas mediante la masiva inversión de
capital externo en “emergentes” (mientras que cada vez es más difícil reinvertir masivamente
en otras periferias según va quedando menos producción de valor para hacerlo); la velocidad y
amplitud a la que se reproduce el mercado no pueden contrarrestar la densidad a la que
desciende el valor; el incremento de la explotación tendente a aumentar la plusvalía alcanza un
momento, como hemos visto, que no compensa la caída del valor; al tiempo que el
empobrecimiento de la sociedad es contradictorio con la realización capitalista (o venta de lo
producido). En cuanto a la mercantilización de las actividades sustentadoras de la vida y de la
riqueza social en general, en su mayor parte tienen como objetivo apropiarse de más porción
del valor ya generado, antes que crear nuevo valor mediante trabajo abstracto. Por su lado, los
límites ecológicos inherentes a todas estas dinámicas se hacen inocultables (es importante
tener en cuenta, por eso, que es el límite “interno” del capital el que presiona al sistema a su
límite “externo” o ecológico).
Aun así, y después de todos los procesos descritos, la relación capitalista se ha generalizado,
pero no profundizado en el sentido del trabajo abstracto y de la subsunción real del trabajo al
capital.

Hasta ahora la lógica del pensamiento económico ortodoxo nos indicaba que el desarrollo
tecnológico eliminaba trabajo en los campos en que se implantaba, pero que tal proceso no
generaba pérdida de empleos sino un desplazamiento de los mismos, dado que la tendencia a
la cualificación cada vez mayor de la fuerza de trabajo se correspondía con la creación de nuevas
profesiones o tareas productivas. Sin embargo, esta tesis pudo ser válida hasta cierto punto
para la Primera Edad de las Máquinas, en que la relación entre seres humanos y máquinas
estaba más o menos sujeta a una razón de complementariedad. Esto es, aquellas permitían a los
seres humanos desligar el esfuerzo físico de sus habilidades, para poder desarrollar nuevos
ámbitos de producción intelectual, al tiempo que las máquinas quedaban bajo el control
humano. La Segunda Edad de las Máquinas, sin embargo, implica que estas sustituyan también
las capacidades intelectuales humanas.
En realidad, una buena parte de los empleos se recuperaron gracias a la terciarización
económica expresada en forma de servicios sociales, es decir, por mor de la redistribución de
la plusvalía que acompañó a la construcción del Estado Social, el cual a su vez es resultado de
las luchas de clase históricas Capital/Trabajo; en gran medida una conquista histórica de este
último, posibilitada por la desconexión soviética con el orden capitalista y el (relativo)
equilibrio mundial de fuerzas. Conquista que, paradójicamente, a su vez salvó al capitalismo de
sí mismo, permitiéndole un nuevo ciclo de acumulación que fue acompañado de un aumento de
la redistribución y la consecuente alza de la demanda.
Pero disparó a su vez el peso del trabajo improductivo respecto del productivo, peso que desde
hace al menos tres décadas resulta poco soportable para un sistema con renqueante producción
de plusvalía productiva. De hecho, todo parece indicar que ese peso también le está ahogando.

Que sea “improductivo” no significa que sea innecesario, ni mucho menos. Como advirtiera
Marx, el carácter productivo del trabajo no está dado por los resultados materiales del mismo,
ni tampoco por la naturaleza del producto, ni el rendimiento del trabajo considerado como
trabajo concreto, sino por las formas sociales específicas, las relaciones sociales de producción
dentro de las que se realiza [13]. Detengámonos en este asunto un momento.

Lo que hace el capital a interés, el comercial y el rentista, es competir para despedazar, tirando
cada uno para sí, el pedazo que pueden del monto total de plusvalía generado en la producción,
que el capitalista productivo tiene que repartir con ellos. Al capital a interés debe devolverle
con intereses el capital-dinero que este le anticipó para producir (por eso la tasa de interés en
el capitalismo histórico-industrial no ha podido ser mayor que la tasa de plusvalía). Al capital
comercial le tiene que vender sus mercancías por debajo del precio de mercado, para que aquel
compense así los gastos de comercialización [14]. Y al rentista que le facilitó terrenos o solares,
le debe pagar la renta de los mismos, en forma de alquiler, devenido de la ganancia de la
producción.

Todo eso debe deducírselo el capitalista productivo de su plusvalía. Por eso, al aumentar el peso
de estas formas no productivas del capital, más las rentistas, la tasa media de ganancia
productiva desciende.

Tanto al trabajo productivo como el improductivo pueden generar valores de uso y al mismo
tiempo valores de cambio o ganancia, pero sólo el productivo genera ganancia a partir de
crear nuevo valor como plusvalor, mientras que el improductivo lo reparte. Si en una economía
prima, visto desde la forma, el trabajo improductivo sobre el productivo, y aún el trabajo
productivo por su forma por encima del trabajo productivo por su contenido (ver nota 13), la
ganancia puede ser ascendente para algunos capitales individuales, pero enseguida obstruirá
la dinámica colectiva de acumulación del capital.
La producción (por el contenido) a escala colectiva es lo que marca la vitalidad de la economía
en su conjunto, mientras que la prevalencia productiva sólo por su forma pero improductiva
por su contenido, implica la morbosidad de esa economía desde un punto de vista capitalista
(aunque los capitalistas no se den cuenta de ello). Por eso, lo que tantas veces parece “racional”
desde los intereses privados, está en realidad siendo “irracional” o ineficiente desde el prisma
de la totalidad, y la suma de intereses individuales lejos de conducir al “bien común”, lo aniquila.
La “creciente transformación de trabajos improductivos en productivos” a la que alude Astarita,
se traduce por lo general en trabajos que generan plusvalía y son productivos sólo por la forma,
pero no están implicados en la generación de nuevo valor en la esfera de la producción. Con lo
cual no creo que puedan alcanzar a suplir la caída de este.
En EE.UU., país guía de la evolución capitalista, la ratio entre trabajo productivo/improductivo
pasó de 0,35% en 1947 a 0,64% en 1977 y a 0,78 en 1994. Y sólo con la masiva eliminación de
empleos públicos e “improductivos” en general (aunque no todos los empleos públicos son
improductivos) ha logrado frenar que esa ratio se incrementara en adelante en más de un 0,1%
anual. Además, en el último cuarto del siglo XX la mayor parte de los gastos del capitalismo
global destinados a la acumulación en sí, eran ya indirectos: estructura física para el transporte
y las comunicaciones (cada vez más distancias y vías más complejas, con infraestructuras cada
vez más difíciles de mantener y reponer), para el mantenimiento y reemplazo y para la
implantación y apropiación de recursos. De los gastos indirectos, los improductivos son
también cada vez mayores: gastos de coacción y “seguridad” militar y legal-profesional (armas,
ejércitos, policía, sistemas jurídicos, abogados, prisiones…), gastos de legitimación o, en su caso,
de mantenimiento de la dominación (elaboración ideológica, programas escolares, medios de
difusión de masas, agencias de opinión, entidades de formación de conciencia, religión, …),
gastos simbólicos y de fidelización (fútbol, fiestas, formas de “religión civil”, exaltación de
realeza o de la jefatura de Estado en general, formas asistenciales…) [Michael Kidron tiene
cifras sobre bastantes de estos puntos en “Failing growth and rampant costs: two ghosts in the
machine of modern capitalism”]. Todos esos gastos no sólo se cubren con impuestos a los
salarios, sino que deben ser extraídos de la plusvalía total generada. De siempre los capitalistas
tuvieron que destinar una parte de la plusvalía conseguida a gastos de mantenimiento y
legitimación del sistema, sacrificando parte de su ganancia inmediata en pro de la plusvalía
futura (o la garantía de preservación de su privilegio de explotación del trabajo humano). Según
esos gastos aumentan también hacen descender la tasa media de ganancia productiva.

Fijémonos que hoy el Departamento III (el de inversiones del Estado y servicios), se ha
convertido en el principal de las economías centrales [por encima del Departamento I
(producción de medios de producción) y del II (producción de medios de consumo)],
representando dos terceras partes de las cuentas del PIB convencional que nos ofrecen las
estadísticas. Es de esperar que según se deteriore la situación laboral y social de las grandes
mayorías, los gastos de coacción-represión y mantenimiento de la dominación se disparen
(como puede comprobarse ya en la mayoría de las sociedades del planeta).

Pero, se dirá, mientras eso ocurre en las formaciones sociales de capitalismo avanzado, la
incorporación de trabajo humano se amplía en las restantes, y con ello se salva el ciclo de valor
y plusvalor. Sin embargo, no es así, o no es tan así. El capital ha conseguido la “subsunción
formal” del trabajo a escala casi planetaria (desposeer a la mayor parte de las poblaciones del
mundo y hacerlas depender de las relaciones capitalistas –asalariadas- de producción), pero
cada vez le cuesta más llevar a cabo la “subsunción real” de esas poblaciones a través de su
conversión en fuerza de trabajo efectiva, es decir, realizadora de trabajo abstracto que genera
valor.
De hecho, lo que está llevando a cabo son formas parciales o discontinuas de asalarización,
informales, combinadas con una creciente utilización de trabajo no pago o semipago.
Según un estudio de la OIT, de 2012 ( “ Informe sobre el trabajo en el mundo”), en 2008 (cuando
todavía el último estallido de la Larga Crisis que arrastramos desde los años 70 del siglo XX
actual no había ahondado los estragos en los mercados laborales), más de la mitad de la fuerza
de trabajo mundial estaba desempleada. En un nuevo informe de la OIT, de mayo de 2015 (
“Perspectivas sociales y del empleo en el mundo: El empleo en plena mutación”, ), esta
organización indicaba que el empleo asalariado afectaba sólo a la mitad del empleo en el mundo
y no concierne nada más que al 20% de la población trabajadora en regiones como África
subsahariana y Asia del Sur. Dice el informe que las formas de empleo “que no devienen de la
relación tradicional empleador-asalariado están en alza” [15]. También se señala que menos de
un 45% de la fuerza de trabajo que está asalariada detenta un empleo permanente a tiempo
completo, y que esa proporción tiende claramente a decaer en lo venidero. Ya en 2008 advertía
que incluso en las economías centrales el empleo asalariado “no estándar” se había convertido
en el rasgo predominante de los mercados de trabajo.

De sus informes se desprende que probablemente sólo en torno al 10% de la población activa
mundial está vinculada a la relación salarial mediante un empleo “permanente” a tiempo
completo (entrecomillo la designación de permanente para indicar la poca firmeza que la
misma tiene en la actualidad). Todo eso se corresponde con la reducción de la masa salarial
mundial, que sólo en la UE fue de 485.000 millones de $ en 2013. Unos 6.600 millones de
personas (aproximadamente el 80% de la humanidad) pueden ser clasificadas por las
estadísticas al uso como pobres (Branco Milanovic, “Global Inequality by the Numbers”, Banco
Mundial, Policy Research Working Paper, 2012).
En cualquiera de nuestras sociedades puede hacerse una sencilla regla de inversión para ver
cuántas personas estarían trabajando en cualquier área de la economía si no se hubieran
introducido máquinas. Sólo en la esfera de la circulación es fácilmente apreciable en la banca,
en las grandes superficies comerciales, oficinas, puestos de control en peajes, transporte
público, taquillas, almacenes…

Podemos así calibrar la importancia de la pérdida de fuerza de trabajo productiva en la


valorización del capital, y su repercusión para la masa global de valor (-plusvalor), que conlleva
además una clara tendencia a la merma del salario y de la relación salarial, un disparatado
incremento de la desigualdad y la consiguiente concentración impúdica de la riqueza. Según el
estudio de 2012 del McKinsey Global Institut (“Manufacturing the Future: the Next Era of Global
Growth and Innovation”), al comenzar la segunda década del siglo XXI, la producción
manufacturera representa sólo el 20% de la producción económica mundial. Al peso de lo
improductivo y de la disolución de la relación salarial estable, hay que sumarle el cada vez más
abultado y mortífero lastre de la deuda (225% del PIB mundial, 21.866 € por habitante del
planeta, en 2018), que no es sino una forma de quemar el propio futuro.

No veo cómo todo esto pueda compensarse por el paso de ciertas actividades económicas fuera
de la relación salarial a la relación salarial productiva, casi siempre por su forma (ver nota 13).
En general, la búsqueda desesperada de nuevos espacios de valorización (que no otra cosa es
lo que se ha llamado “capitalismo cognitivo”), ha tenido resultados muy cortos y a costa de
violentar (y destruir) cada vez más a las sociedades, al forzar como mercancías relaciones
humanas que permanentemente tienen una pulsión tendente a reconstituirse como valores de
uso, más aún según se desmorona la relación salarial. Lo que se está consiguiendo con ello, al
revés de lo que parece, es separar cada vez más la ganancia del valor, haciendo crecientemente
irreal, inestable y frágil al sistema capitalista [16].
Por si fuera poco, la sobreacumulación llega pronto a las periferias “emergentes”, que arrastran
serios problemas estructurales. Las salidas de capitales preocupados por la ralentización del
crecimiento y por el calentamiento de las burbujas bursátiles, de bienes raíces y grandes
infraestructuras en las “economías emergentes”, han dejado al descubierto serios problemas en
su sistema financiero, déficits por cuenta corriente y comerciales, caída de sus reservas de
divisas, reducción de la cobertura para sus importaciones y empréstitos a corto plazo,
combinados con una todavía alta dependencia de financiación externa, fuerte apalancamiento
de sus grandes empresas, así como deficiencias estructurales de sus mercados internos, con
enormes desigualdades sociales y la consiguiente incapacidad de generar una demanda
solvente generalizada. La única excepción parcial y la única que pudo constituirse realmente
como “emergente”, es China (aunque enfrenta serios problemas inmediatos, y el no menos
importante su propia fase de sobreacumulación) . En cambio, ni siquiera India podrá ser
“emergente” [17].

Pero, en cualquier caso, y en general, crear más empleos industriales en países de capitalismo
atrasado (nuevamente, excepción parcial de China), raramente implica mayor creación
de valor, la cual está dictada por el nivel de productividad del mercado mundial.
Una prueba evidente de la pérdida de capacidad de generar nuevo valor por parte del capital la
tenemos en el hecho de que haya tenido que insuflar vida artificial a la economía planetaria
mediante la absoluta desmaterialización del dinero y la creación de capital ficticio (también)
para financiar empleos. Desmaterialización que fue seguida del dinero de magia o inventado (y
que ellos, entre elegante y estúpidamente han llamado “flexibilización cuantitativa”)  Es la
manera que encuentra el capital de posibilitar todavía una naturaleza barata, alimentos y
energía baratos, así como fuerza de trabajo barata: inventando dinero sin valor para poder
comprar elementos con valor (tanto de uso como de cambio), básicos para su acumulación
(aquí es bueno seguir los trabajos de Jason W. Moore).
Sólo, pues, convirtiendo el dinero en ficción, puede seguir aparentándose una satisfactoria
generación de valor. Pero esta ya es otra historia en la que ahora no podemos profundizar, para
no alargar una contestación ya demasiado larga [18].
Y como resultado, el despeñadero capitalista y la inviabilidad del reformismo
Pero sí que antes de acabar no podemos dejar de atender a una última cuestión de suma
importancia. En la determinación del valor no sólo cuenta el “tiempo socialmente
necesario para su producción”, sino también que las mercancías producidas se
conviertan en valores de uso efectivos [19]. Es decir, se requiere que tengan valor de uso
social. Lo cual conlleva a la vez dos condiciones: a) que esas mercancías en cuanto valores de
uso satisfagan necesidades reales o creadas, lo que se demuestra o no a través de la demanda
de ellas que realicen las poblaciones; y b) que haya no sólo demanda subjetiva, sino también
demanda solvente capaz de adquirir esas mercancías.
Según se deteriora la relación salarial, el propio salario y las condiciones de reproducción de la
fuerza de trabajo en casi todo el planeta, también resulta cada vez más difícil crear valor real en
función de estas condiciones. Así, por ejemplo, como nos decía Marx, se puede haber empleado
un montón de tiempo (valor) produciendo una mercancía especial (él hablaba de una tela), pero
si no logra colocarse en el mercado es como si los productores de la misma hubiesen gastado
todo su tiempo de trabajo como tiempo extra por encima del “socialmente necesario”. Es decir,
que al no haberse hecho necesaria, esa mercancía no tendrá valor. Por eso la búsqueda
compulsiva de demanda solvente se convierte en una necesidad del capital cada vez más
acuciante; ya casi psicótica. Obviamente, no por el valor en sí (del que los capitalistas no suelen
tener ni noción de su existencia), sino para poder convertir en ganancia la (extra-)explotación
de su fuerza de trabajo (cayendo en una nueva contradicción de su propio accionar
cortoplacista y suicida: más rivalizan por explotar y pauperizar la fuerza de trabajo en todo el
mundo, menos posibilidades de realización de la plusvalía obtenida les queda).
En suma, para recalcar mi conclusión teórica en forma de mensaje, y así vuelvo a la pregunta
original de nuestro seguidor que motivó todo este debate: coincido plenamente con los teóricos
de la Escuela de la Crítica del Valor en que el capitalismo está agotando sus posibilidades de
generación de valor [20], por más que pueda estirar su decadencia a través de extracción de
plusvalor, así como de ganancias improductivas y en gran medida ficticias. Por eso, el que el
capitalismo esté en su fase degenerativa no quiere decir que su fin tenga que ser inmediato,
necesariamente, ni que no pueda encontrar breves repuntes de acumulación, pero lo más
probable es que estos sean cada vez más cortos, débiles y convulsos. Ahora bien, un sistema en
degeneración ya sólo puede aportar dolor, muerte y sufrimientos a la mayoría de la humanidad
(tanto más dure, más estas calamidades se acentuarán).
Sé que muchos/as marxistas todavía tienen la convicción de que el capitalismo, cual un sistema
inmortal o transhistórico, es capaz de superarse siempre a sí mismo de manera que sin sujetos
sepultureros no morirá por sí solo. Ningún modo de producción hasta ahora en la historia
desapareció y fue substituido por otro en razón de ninguna intencionalidad humana endógena
al mismo (más allá de conquistas o colonizaciones), sino cuando un conjunto de circunstancias
históricas, económicas y ecológicas se concitaron para que dejara de tener viabilidad o tuviera
menos posibilidades frente a otro modo más acorde al desarrollo de fuerzas productivas,
relaciones sociales de producción y condiciones infraestructurales o ecológicas existentes. No
veo porqué con el capitalismo tuviera que ser diferente. De hecho, puede haber comenzado a
dar paso ya (imperceptiblemente, al igual que el capitalismo fue desplazando al feudalismo en
Europa) a un modo de producción automatizado (al menos para ciertos territorios del planeta,
para los que alcance la energía), en el que la absoluta mayoría de seres humanos sea redundante
[21].

Desentrañar las ocultas (y profundas) dinámicas del valor, precisar teóricamente por dónde
van sus tendencias y cuáles son las consecuencias y perspectivas inmediatas de las mismas, no
es asunto baladí, y no sólo por su dificultad analítica, sino por lo que se juega la humanidad en
ello. De tal manera que creo que es una de las grandes aportaciones del marxismo a la misma,
porque la ley del valor y su correspondiente tasa de ganancia no son opcionales, sino principios
básicos de funcionamiento del sistema capitalista, que se manifiestan “dictatorialmente”.
La especificidad de la razón de ser de cualquier sociedad capitalista pasa por un conjunto
entrelazado de relaciones que estructuran la vida social: el valor, el trabajo abstracto, la
mercancía y el dinero. Mientras estemos en una sociedad capitalista la lógica del todo (cuyo
objetivo último es la acumulación de capital) determinará a cada una de sus partes (sean el
Estado, las múltiples instituciones socioeconómicas y sus políticas, también las entidades
culturales y las formas de conciencia o de entendimiento del mundo; sean la propia vida de los
individuos y sus opciones materiales, por ejemplo). Entender esto es imprescindible tanto para
cualquier análisis científico como para cualquier proyecto político que no quiera ser ingenuo o
estéril, o peor aún, falso.
Por eso, el proporcionar unas u otras claves teóricas y unas u otras conclusiones sobre estos
elementos tiránicos del capitalismo, puede estar facilitando el camino para que las sociedades
(o cuanto menos los sectores más combativos de ellas) encuentren explicaciones certeras de lo
que ocurre y puedan rediseñar sus perspectivas y, en su caso, estrategias, en función de ello.
Por el contrario, también pueden contribuir al confusionismo generalizado que ya impera en
“las izquierdas” mundiales.

Así por ejemplo, forma parte consustancial de mi conclusión que estamos en una fase
claramente degenerativa de este modo de producción; lo que quiere decir que las posibilidades
de que haya viabilidad para el reformismo y de que se genere y distribuya “riqueza” en el
mismo, disminuyen dramáticamente.

No sólo se trata, como bien hace Astarita y en general los/as marxistas (siempre que no estén
adscritos/as al revisionismo sin fundamento histórico de la Segunda Internacional), de señalar
que por la vía capitalista-reformista jamás se podrá llegar al socialismo, sino que hay que
precisar también en la actualidad qué posibilidades de reformismo tiene el propio capitalismo.

Para empezar, decir que con reformismo aludimos al hecho de que el capitalismo histórico haya
sido proclive a dar cabida y ampliar formas más o menos “negociadas” de regulación social, lo
que entraña una relativa:

a) mayor distribución del poder social;

b) mayor participación del conjunto de la sociedad en las decisiones que la afectan;

c) mayor distribución o redistribución del conjunto de la riqueza social.

Es decir, el reformismo dentro del capitalismo tiene que ver con el grado de apertura
democrática, equilibrio social y redistribución de recursos que se da en una determinada
formación socio-estatal, o bien incluso a escala sistémica.
Los logros democráticos en el capitalismo, las reformas en favor de las grandes mayorías, sólo
pueden conseguirse cuando coinciden tres tipos de factores.

1) Un factor subyacente. Se da cuando aumenta la masa de ganancia y con ella la tasa media de
beneficio.
2) Un factor activante. Que el capital se vea con dificultad de reemplazar o sustituir a la fuerza
de trabajo; es decir, que se agote el ejército laboral de reserva.
3) Un factor precipitante. Concurre cuando la fuerza de trabajo organizada adquiere una fuerza
política importante (las posibilidades de este último factor están a su vez vinculadas a las del
factor activante y vienen condicionadas en gran medida también por el factor subyacente) [22].
Esos tres factores, y con ellos las posibilidades de avanzar en espacios democráticos y de
derechos, se abrieron en el capitalismo industrial con las luchas históricas porque aquel era un
(nuevo) modo de producción que irrumpió desarrollando aceleradamente y en escala
desconocida hasta entonces las fuerzas productivas y con ellas el desarrollo de la conciencia
humana y social (la mente humana es una fuerza productiva de primer orden). Sin embargo, en
su decadencia o morbidez, el capitalismo ya no sólo no es susceptible de generar “progresismo”
alguno, sino que su tendencia es a destrozar lo conseguido, a involucionar profundamente en
todos los campos (recordemos que si se obstruye la dinámica del valor, el armazón que lo
sustenta, la sociedad, también). Ninguno de los tres factores mencionados se da en la actualidad
y difícilmente podrán ya darse en un capitalismo degenerativo. Es por eso que muy
probablemente nos adentremos ya también en la fase post-democrática del capital, por
mucho que una gran parte de las izquierdas permanezcan todavía prisioneras del fetiche
democrático del capitalismo, ajenas a todo ello [23].
Si se sostiene, por el contrario, por ejemplo, que el capitalismo es capaz de seguir generando
valor y plusvalor más o menos sin problemas, se está diciendo que es posible continuar
luchando por reivindicaciones de tipo “keynesiano” y por un capitalismo autorregulado, con las
consecuencias que de ello se derivarán para el conjunto de las sociedades, que pueden quedar
sin preparación y sin guía teórica para lo que se avecina. Se contribuye así también, se quiera o
no, a la añoranza y persecución del reformismo -tan propio de nuestras izquierdas integradas-
, mientras se retrasa la construcción de una izquierda integral o altersistémica.

De esta manera, vemos que en un momento en que ciertos sectores del capital agitan el
rupturismo bajo manto ultra-reaccionario (Le Pen, Hofer, Casado, Salvini, Trump, Bolsonaro,
Macri, Duque…), frente a la decadencia de la economía productiva, como por ejemplo está
ocurriendo en la UE, las izquierdas siguen aferradas a la institucionalidad democrática
burguesa de la era keynesiana y a la pugna por la mera (e inviable) reforma “progresista” de
sus instituciones. No es de extrañar, por eso, que las gentes sigan crecientemente las voces de
la peor calaña populista del capital “nacional”, que llama a romper con la globalización, el
Estado-región (UE), las migraciones e incluso con la “ley del mercado” (entendiendo esta
pacatamente como la proveniente de las finanzas y la Banca). Frente a ello, los tímidos y tibios
pronunciamientos de las izquierdas por “más democracia”, “más derechos”, “más empleo”, etc.,
dentro de un capitalismo en degeneración, no sólo tendrán cada vez menor seguimiento, sino
que ayudarán a entontecer más a las masas, conduciéndolas a la más absoluta incomprensión
de lo que pasa.

Por todo lo dicho, es obligación de los/as marxistas debatir permanentemente sobre estos
asuntos y enriquecernos con análisis rigurosos y críticas mutuas, siempre que lo hagamos para
avanzar en nuestra contribución a las sociedades y no para alardear en lo personal o por el
mero prurito egotista de tener razón sobre los demás. Por eso mismo, estamos obligados/as a
que nuestras críticas entre compañeros/as sean no sólo constructivas, sino en la medida de lo
posible “sinérgicas”. A la postre, lo que nos distingue de la ciencia social integrada es que
sabemos que la razón no se clarifica sobre una mesa de despacho o de cafetería, ni sobre el
papel o la computadora [24], sino que es el propio movimiento de la historia el que la otorga o
no. Este termina poniendo a cada quién en su sitio.

Notas
1) No voy a entrar en su segunda respuesta a mi entrevista, que enlaza con una crítica a
Hernández Solorza y Deytha Mon, de su artículo “Crítica a la interpretación que hace Rolando
Astarita de la plusvalía extraordinaria. Exposición de la teoría marxista del valor”, porque no
veo que conteste realmente a lo que sus críticos plantean. Tampoco encuentro nada que tenga
ver con lo que yo comentaba en la entrevista, por más que Astarita diga que me está
contestando, sino que más bien me repite como crítica a mí lo que yo digo que no comparto de
él (puede seguirse en su blog). Así que nos centraremos en la primera respuesta, según el enlace
señalado más arriba, y que nos dará pie para debatir sobre (y en su caso, asentar) una amplia
porción de la teoría puesta sobre el tapete.

2) Mientras que las materias primas o semielaboradas transfieren todo su valor a la mercancía
en que se transubstancian, las máquinas depositan sólo una fracción de su valor en cada
mercancía que contribuyen a producir, hasta que llegan al fin de su vida útil. NO añaden valor
nuevo alguno (por eso Marx las llamó “capital constante”). Las máquinas no incorporan valor a
la producción porque ellas –aunque se hayan adquirido como mercancías- entran en la misma
como valores de uso. Su valor se desprende de su fabricación pasada, sólo pueden depositar
como máximo el valor que ellas tienen en total, y lo hacen a través de los años en que funcionan
(su vida útil y el número total de mercancías que tienen programadas para producir antes de
su deterioro final).
3) Los precios-valor indican cuántas unidades de dinero se entregan a cambio de una mercancía
en cuestión, cuyo valor está determinado por la relación entre el tiempo empleado para
producirla y el tiempo que se hace socialmente necesario en cada momento (algo que iremos
viendo más detenidamente a lo largo del texto). Por eso los precios pueden diferir de los valores
individuales y por eso en el mercado los precios indican la suma de valor recibido en forma
de dinero por un productor capitalista, a cambio del valor entregado en forma de trabajo
socialmente necesario por ese mismo capitalista.
4) Máxime si tenemos en cuenta que la vida útil de la maquinaria se ve forzosamente acortada
antes de haber depositado todo su valor en las mercancías, debido a la acentuación de la
competencia y velocidad de innovación tecnológica. Con lo cual la tendencia es a que las
máquinas no puedan amortizarse, contribuyendo al descenso de la tasa general de ganancia.
Este último se intenta paliar (además de con muchos otros factores) aumentando el costo
tecnológico a trasferir al producto final, lo que lleva a aumentar también las dificultades de su
venta. Eso, por no entrar en que cuanto más sofisticadas son las máquinas requieren una fuerza
de trabajo más cualificada, cuyo precio es también significativamente más alto*. Como quiera
que el capital siempre está a la busca de fuerza de trabajo barata, ambos factores, junto a la
caída de la tasa de ganancia productiva, entorpecen el potencial desarrollo de las fuerzas
productivas en este modo de producción.

* De ahí los denuedos capitalistas por disminuir también el valor de la fuerza de trabajo
cualificada en cuanto que tiempo social necesario para su formación, a través de sucesivas
reformas educativas que acortan ese tiempo y proporcionan titulaciones de diversa duración y
calidad, con una fuerza de trabajo educativa cada vez también más precarizada y barata. Así
mismo, aumentando la oferta (y el ejército de reserva) de esa “fuerza gris”, para lo que se lanzó
la consigna de lo “cognitivo” a partir de los años 80 del siglo pasado, que fue ampliamente
financiada por impuestos.
5) Contradictoriamente, en esa pugna por expulsar a la fuerza de trabajo de los procesos
productivos a cambio de maquinaria, o por explotar crecientemente a la que permanece
asalariada para ganar cuota de mercado, lo que se va consiguiendo a la postre es achicar el
mercado. Además, la tendencia estructural a ejercer la sobre-explotación y la exclusión social
en las periferias capitalistas (y crecientemente también en sus propios centros), deja a más y
más población fuera del mercado, como vamos a ver de alguna manera en el último apartado.

6) Frente a las profundidades (y dificultades) que requiere el análisis del valor, véase cómo lo
definen las páginas de empresas y negocios, la propia “voz de los emprendedores”: “mientras
el precio es el monto fijado para un producto o servicio, el valor es en esencia el monto que tu
cliente está dispuesto a pagar. En la medida que tu cliente perciba que tu producto vale más,
podrás tener precios más altos y obtener mayores márgenes.” A través de simplezas como esta
nos damos cuenta de que lastimosamente la economía vulgar sigue empeñada desde hace dos
siglos en no enterarse de nada de lo que ocurre debajo de la superficie de las cosas (así, echa
las culpas de las desgracias del capital a factores concurrentes, pero no determinantes, como
los salarios, los impuestos o la inflación, entre otras cuestiones sin sentido). Desde Menger y
Jevons hasta hoy, todo en el valor y en el precio queda reducido para los/as economistas
vulgares a una cuestión subjetiva, de preferencias (desechando cualquier medida objetiva de
esas preferencias, claro, porque les sería imposible de determinar). Al cabo, para la economía
vulgar, como anti-ciencia que es, todo resulta en uno u otro momento, aleatorio. Por eso no ha
podido predecir ni una sola de las grandes crisis del capital, ni siquiera dar explicaciones
convincentes a posteriori de las mismas. Y lo peor es que sus presupuestos son los que se suelen
hoy enseñar en las Academias.
7) Sin embargo, si consideramos espacios de valorización aislados para mercancías que no se
intercambian globalmente (no estandarizadas para el mercado mundial), la cuestión es otra; y
en todo caso, los capitales de las formaciones de capitalismo atrasado están transfiriendo una
parte importante de la plusvalía que consiguen con la explotación del trabajo local a través de
pagos de intereses, amortizaciones por deudas, transferencias de utilidades y ganancias y pago
de royalties, entre otros mecanismos (que Pablo González Casanova se tomó la molestia de
cuantificar desde los años 70 hasta la primera mitad de los años 90 del siglo pasado, en términos
generales y, obviamente, aproximativos). Aquí hablamos de renta sobre la plusvalía generada
por otros, de la que se benefician fundamentalmente las formaciones de capitalismo avanzado,
independientemente de que parte del propio empresariado del capitalismo atrasado pueda
participar también en alguna parte de esa renta. “Renta imperialista” la llamó Amin, porque si
es cierto que está basada en mecanismos económicos, estos nunca son autosuficientes sin la
mano de los poderes político-militares (amén de otros) de las potencias de capitalismo
avanzado, que promueven la perpetuación de una división internacional del trabajo (aunque
con distintas expresiones según el momento histórico), y del mantenimiento de las condiciones
generales de la acumulación capitalista en favor de las potencias de capitalismo avanzado, como
sabe cualquier país que ha intentado salirse de ese juego mundial para construir formas
económicas más o menos “autocentradas”. Hoy las cadenas mundiales del valor son una clara
muestra de cómo se articula el valor a escala planetaria en beneficio de las grandes
corporaciones oligopólicas, la mayoría de las cuales están vinculadas a los Estados de las
formaciones de capitalismo avanzado (lo que quiere decir también a sus ejércitos, así como a
sus sistemas político-jurídicos, cuyas disposiciones luego se plasman en “Tratados
Internacionales de Libre Comercio” y otras aberrantes imposiciones similares).
Por eso, que desde alguna postura adscrita al marxismo se pretenda minimizar los límites y los
condicionamientos histórico-estructurales que el capitalismo implica e impone en las
economías periféricas, dependientes, no deja de provocarme perplejidad. Creo que para
recalcar la explotación de clase no hace falta tirar por la ventana las relaciones coloniales-
imperialistas y neo-imperialistas en las que se ha apoyado históricamente el sistema capitalista.

8) Pero si consideramos que estos añaden más valor final por mercancía a causa del trabajo
potenciado (sin reducción contrarrestante del tiempo de trabajo vivo presente), cada
mercancía en 8 horas tiene un valor de 10, lógicamente ese mayor valor se tendrá que
repercutir en el precio, con lo que la mayor cuota de mercado del productor potenciado podría
no realizarse tanto, y con ello tampoco su ganancia extraordinaria. Ésta podría salvaguardarse
ejerciendo el monopolio de la tecnología punta con las consiguientes patentes, y con ello lo que
aquél necesita encontrar es una demanda solvente, acorde a su mayor precio-valor. Por cierto,
en este punto aclarar también que si bien es verdad que no son los precios de monopolio los
que explican en lo básico la desigualdad entre formaciones sociales, tampoco se puede
descuidar la situación de ventaja competitiva que la posibilidad de esa circunstancia conlleva.
Bajo este prisma, aquellos productores que emplean una tecnología punta en cualquier rama
de producción ganan cuota de mercado solvente, por exclusividad, dado que pueden sacar
mercancías con mayor valor añadido, únicas, en menos tiempo (el valor indirecto por unidad
que deposita la tecnología maquínica, es lo suficientemente alto como para compensar una
posible pérdida de tiempo directo en su fabricación). Su mayor precio-valor, impuesto por esa
exclusividad, podrá mantenerse mientras los competidores no alcancen su nivel tecnológico.
Cuando eso ocurra el precio-valor general bajará. Por eso, contabilizar los costos de inversión y
los periodos de amortización forma parte de los quebraderos de cabeza de los capitalistas y sus
contables, y por eso los capitales punteros presionan tanto a los Estados para la concesión de
patentes de sus inversiones en mercancías con alto “valor añadido”, para que otras empresas
no puedan competir con ellas hasta haber rentabilizado aquéllos esa inversión. Tener la patente
significa vivir de la renta monopólica sobre el conocimiento. Es una forma improductiva y
parasitaria de obtener una ganancia extraordinaria temporal. Es una forma de renta con la que
se escamotea la difusión de las innovaciones al conjunto de la sociedad, dejándolas además
fuera del alcance de amplias capas de población al hacerlas artificialmente caras.
9) Y, por cierto, ya que Astarita alude a la “renta diferencial” para este debate, en el capítulo
XXXVIII del Libro III de El Capital (“La renta diferencial. Generalidades”), Marx dice al respecto:
Esta diferencia es igual al excedente del precio general de producción de la mercancía sobre su
precio de producción individual” (652).
Gracias a que se desarrolla un trabajo más productivo.

“Esta mayor capacidad productiva individual del trabajo empleado disminuye el valor, pero
disminuye también el precio de costo y, por tanto, el precio de producción de la mercancía. (…)
[La renta diferencial] nace, de una parte, de que la mercancía se vende por su precio comercial
general, por el precio a base del cual nivela la competencia los precios individuales, y por otra
parte, del hecho de que la mayor capacidad productiva e individual del trabajo puesto en acción
por él no redunda en beneficio de los obreros sino (…) en beneficio del empresario”. (pg. 653.
Énfasis añadido).
Recordemos, sobre lo planteado en la nota 7, que para Marx, si bien la fuente de la ganancia
extraordinaria es la “la mayor productividad relativa de determinados capitales concretos
invertidos en una rama de producción”, él explica la base de esa mayor fuerza productiva en la
monopolización de las fuerzas naturales (en el caso concreto que analiza, el de los saltos de
agua), algo que nos remite de nuevo, en términos planetarios, al desarrollo de la colonización y
el imperialismo, que reitero que no veo cómo se puedan obviar a la hora de explicar las
desigualdades históricas, mismo en la productividad, de las distintas formaciones sociales.

10) Aquí hay un argumento, que dicho sea fraternalmente, es tramposo por parte de Astarita
para descalificar la propuesta de Solorza y Deytha. Dice nuestro autor:

“…supongamos que en una rama hay 10 productores que emplean en promedio 10 horas de
trabajo para producir el bien X. Esto es, los tiempos de trabajo individuales oscilan en torno a
las 10 horas (algún productor tardará algunos minutos más, otro algunos minutos menos).
Supongamos entonces que se agrega un undécimo productor que emplea 100 horas de trabajo
para producir X . Según Marx, ese productor no genera más valor que cada uno de los otros
productores. Mis críticos, en cambio, dicen que sí genera más valor. Concretamente, dicen que
genera 100 horas de nuevo valor. Valor “extra” que, según ellos, aparecerá en las mercancías
vendidas por otros productores. De ahí el cálculo de “promedios”: las 100 horas del undécimo
trabajador se promedian con las 100 horas de los restantes 10 productores. Y si el undécimo
productor hubiera empleado 500 horas, pues lo mismo se hubieran “promediado”.
Obviamente, creo que ya ha quedado claro que yo no sostengo eso, pero además no es un
ejemplo válido, ningún productor puede sobrevivir como tal con tiempos de producción tan
alejados del promedio. Los tiempos de producción se van promediando, por la propia
competencia capitalista, en torno a lo “socialmente necesario”, lo que sí da un margen para
proponer fórmulas de cálculo (sin despreciar así el esfuerzo de Solorza y Deytha).

11) Lo vemos en un ejemplo simplificado. Aceptemos que los costos de producción se ajustan a
los valores de las fuerzas productivas (medios de producción + fuerza de trabajo), como hice yo
en los ejemplos anteriores del primer apartado. Así, si el precio de los medios de producción
gastados en una mercancía (materias primas consumidas + parte consumida de los
instrumentos de producción-maquinaria) es de 100, y el precio de la fuerza de trabajo es de 40
(salario), los costos de producción para el capitalista serían 100 + 40 = 140. Para obtener
beneficio del trabajo humano que no es pagado el capitalista tiene que sumar al precio final la
tasa media de ganancia de la rama en cuestión. Supongamos que ésta estuviera en el 10%,
entonces el precio de producción de esa mercancía sería de 140 + 14 = 154. Si un capitalista
produce por debajo o por encima del tiempo medio, el precio de la mercancía diferirá
proporcionalmente de su valor y el capitalista extraerá una ganancia o una pérdida
extraordinaria, respectivamente.

12) Es más operativo y evita algunas dudas abstrusas sobre el valor. De hecho, bastantes
autores/as dentro y fuera del campo marxista han cuestionado en este punto la ley del valor
diciendo que, en realidad, como en una sociedad hay tantas expresiones de trabajo desiguales
(no sólo de cualificación, sino de género, de origen cultural, de situación social…), éstas nunca
se pueden homogeneizar en el valor de las mercancías (así lo explica Louis Gill en Fundamentos
y límites del capitalismo. Trotta. Madrid, 2002). Pero la reducción a trabajo simple se realiza
constantemente en el intercambio de las mercancías. Cockshott y Nieto han editado
recientemente un libro que, siguiendo la línea de investigación de Cockshott y Cottrell (Towards
a New Socialism), proponen resoluciones de cómo pueden equipararse esos trabajos en una
economía socialista : Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia.
Trotta. Madrid, 2017.
13) Como quiera que Marx tampoco terminó de ser explícito para todas las posibilidades
“productivas” o “improductivas” que se abren en la economía [puede contrastarse lo indicado
por él en el Apéndice 12 de Teorías de la plusvalía. Libro I, con lo esbozado en los Grundrisse,
verbigracia, o en el propio El Capital (por ejemplo, en el capítulo V del libro I y en el VI del Libro
II)], hay otra inacabable polémica sobre los conceptos de “trabajo productivo” e “improductivo”.
Sintetizo aquí mi postura diciendo que cualquier actividad laboral puede ser considerada como
productiva o no productiva por su contenido (substancialmente) o por su forma (como relación
social). Esta última está relacionada con el valor en cuanto que plusvalor. El trabajo productivo
por la forma se contempla desde la óptica del capital individual, y se entiende como todo aquel
trabajo que genera plusvalía, y sólo el que genera plusvalía, en cualquier sector de la economía
(así por ejemplo, la persona asalariada que sirve cervezas sería productiva, como la empleada
en una tienda que vende ropa y la que fabrica tornillos). En cambio, trabajo productivo por su
contenido es aquel que no sólo se considera como relación social mediada por la ganancia, sino
que crea también riqueza material o inmaterial acompañando a la creación de valor nuevo
(plusvalor) en la estricta esfera productiva, pero no en la de la circulación y reproducción social.
La plusvalía obtenida en la circulación del capital, así como a través del capital a interés o
dinerario, es en realidad apropiación de parte de la plusvalía generada por el capital productivo.
Este último es el único cuya función consiste en la creación de plusvalía como nuevo valor. En
suma, por el contenido o substancia el trabajo productivo apunta a la creación de nuevo valor (el
cual es susceptible de aumentar la riqueza colectiva), y el improductivo distribuye ese nuevo
valor como plusvalía entre las otras formas funcionales del capital. No hay espacio aquí para
abundar en estos puntos, aunque podríamos dedicárselo en una próxima ocasión. Ver al
respecto de la línea que sigo, de nuestro equipo del Observatorio Internacional de la Crisis, Wim
Dierckxsens, Los límites de un capitalismo sin ciudadanía. DEI. San José, 1998. También, aunque
con algunos matices a nuestra interpretación anterior, Reinaldo Carcanholo, “La categoría
marxista del trabajo productivo”.
Sólo para terminar, decir que hay trabajos que son imprescindibles para la sociedad, y también
para el capital, porque sin ellos no podría haber trabajo asalariado, como es el trabajo
doméstico y en general, de producción-reproducción que realizan las mujeres, pero al estar
fuera del trabajo asalariado y del remunerado de cualquier otra forma, para la economía
capitalista no son ni productivos ni improductivos, simplemente no los considera como trabajo.

14) El capital comercial tiene que ver tan sólo con la compra y venta de las mercancías
(transporte, almacenamiento, publicidad, comercio…); la fuerza de trabajo aquí empleada no
genera ningún valor nuevo, sólo permite que, a través de la venta, se realice el valor producido
(hace circular al capital en forma de mercancías). El capitalista productivo se ahorra los gastos
de circulación de sus mercancías y además acorta el tiempo de rotación del capital (lo que éstas
tardan en venderse para que el capital anticipado se convierta en ganancia y más capital), pues
no vende a la población, sino a comerciantes. Por eso debe repartir con el capitalista comercial
parte de su plusvalía, vendiéndole por debajo del valor-trabajo total que incorporan sus
mercancías, y así éste obtenga su ganancia en el precio-valor de mercado.

15) Dentro de éstas incluye a) empleo temporal; b) arreglos contractuales que implican
múltiples partes; c) relaciones de empleo ambiguas; d) empleos a tiempo parcial.

16) He desarrollado esto en La tragedia de nuestro tiempo. La destrucción de la sociedad y la


naturaleza por el capital. Análisis de la fase actual del capitalismo. Anthropos. Barcelona, 2017.
17) China muestra la singularidad de tener un Estado volcado en la soberanía nacional, de la
mano de una economía planificada, y cuyo principal interés no es la ganancia privada. A pesar
de haberse visto forzado a la apertura económica para dar participación al capital extranjero,
el Partido Comunista ha logrado conservar el poder de decisión final en cada renglón de la
economía, con el objetivo de asegurar un mínimo de equilibrio social, pilar fundamental desde
la revolución, para enfrentar el enorme desafío no sólo de proporcionar alimentación y empleo
suficiente, sino de elevar los niveles de vida de la población más numerosa del planeta [puede
consultarse sobre ello, y porqué es el único país que ha podido convertirse en nueva potencia o
“potencia emergente”, Rémy Herrera y Zhiming Long, “ Capital Accumulation, Profit Rates and
Cycles in China’s Economy from 1952 to 2014: Lessons from the Evolution of Chinese Industry»,
en Journal of Innovation Economics and Management , vol. 2, n° 23, pp. 226 et s. Bruselas, 2017.
Y Rémy Herrera y Zhiming Long, “ Contribución a la explicación del crecimiento económico en
China,” Spanish Journal of Economics and Finance , nº 41(115), pp. 1-18. Elsevier, Londres,
2018]. Ni siquiera India tiene posibilidades de constituirse en nada parecido. El parcial fracaso
del sector financiero indio y de su “desmonetarización”, las repetidas quiebras en cadena de
negocios, la crisis del sector de la construcción, el enorme peso del cambio climático sobre su
agricultura, la perspectiva de un éxodo rural de unos 600 millones de personas (GEAB,
GlobalEuropeAnticipationBulletin , nº124), las crecientes e insoportables desigualdades, el
domino de unas reducidas oligarquías sobre la economía de ese país que nuestros media se
empeñan en llamar “la democracia más grande del mundo” (donde muere un niño cada 30
segundos por desnutrición, 200 millones de personas pasan hambre y se dan las mayores tasas
de suicidio por deudas e inseguridad económica vital), no auguran un buen futuro a la India
(que pronto superará a China en población) fuera de la zona de estabilidad que China busca
levantar en Asia (Ruta de la Seda), ni le permiten convertirse en un nueva economía
“emergente”.
18) No puedo entrar ahora en este lodazal del capital ficticio (aunque si se considerara
conveniente también le podemos dedicar otro texto aparte). Sólo aclarar que el capital a interés
deviene ficticiocuando el derecho a la remuneración o rendimiento del interés o deuda
contraída viene representado por un título comercializable, con posibilidad de ser vendido a
terceros (y esta es sólo una de las maneras de que el capital se haga “ficticio”). Es decir, cuando
comienza a comercializarse un capital que es deuda y que en realidad no existe (esta es la base
de su ficción, que después las finanzas complejizarán sobremanera). Esa venta y su posterior
reventa, genera todo el ciclo de ficción del capital a interés. Una deuda puede ser así revendida
muchas veces.
Con ello se realiza en apariencia el máximo sueño (“ilusorio”) de la clase capitalista: que el
capital se auto-reproduzca más allá del trabajo humano, más allá de la riqueza material y más
allá de las bases energéticas que posibilitan esta última. El capital ficticio es tema central de las
obras de nuestro equipo (Observatorio Internacional de la Crisis –OIC-). Por citar sólo algunas:
Reinaldo Carcanholo, “Capital ficticio y ganancias ficticias. Dos visiones críticas sobre el futuro
del capitalismo”, en OIC,La Gran Depresión del Siglo XXI: causas, carácter, perspectivas. DEI. San
José, 2009. Reinaldo Carcanholo y Paulo Nakatani, “Capital especulativo
parasitario versus capital financiero”, en Joaquín Arriola y Diego Guerrero (eds.), La nueva
economía política de la globalización. Universidad del País Vasco. Bilbao, 2011. De los mismos
autores, “O capital especulativo parasitário: uma precis a o teórica sobre o capital financiero,
característico da globalizaç a o.”, en Helder Gomes (org.), Especulaçao e lucros ficticios. Formas
parasitárias da acumulaçao contemporânea. Outras Express o es. Sau Paulo, 2015 . Me atrevo a
la inmodestia de derivar también a mi artículo, deudor de estos autores, “El capital ficticio
especulativo-parasitario se pone al mando del capitalismo. El recrudecimiento de la
desigualdad, la explotación, el desempleo, la precariedad, la pobreza, el despotismo y la
desposesión”. Igualmente del OIC, El capital frente a su declive. DEI. San José, 2018 (Wim
Dierckxsens y Andrés Piqueras, eds.).
19) El trabajo abstracto crea a la vez mercancías (valores de cambio) y valores de uso. Esta es
la doble condición del trabajo en el capitalismo. Lo que pasa es que una parte creciente de la
enorme masa de mercancías que produce el capital en su desesperada búsqueda de ampliación
del mercado, tiene cada vez menos valor de uso. De hecho, el capital oligopólico de la actualidad
puede permitirse el lujo de producir mercancías que a la vez son inútiles, de mala calidad y poco
duraderas. Su casi única utilidad es su valor de cambio para el capital (que cada vez más se
come al valor de uso). Y es que esas mercancías se pueden colocar en el mercado gracias a otro
trabajo improductivo desde la óptica del contenido: la publicidad. Ésta se hace cada vez más
imprescindible y omnipresente para generar una pulsión consumista y aumentar la angustia
por reemplazar una creciente masa de mercancías que lejos de satisfacer necesidades
individuales y sociales, cada vez las provocan más. Cantidades ingentes de trabajo humano son
malgastadas en mercancías sin apenas valor de uso. Es decir, cada vez se crea menos riqueza
social mientras se gasta más riqueza (natural y social) en obtener ganancia.
20) Ver, por ejemplo de Robert Kurz, su teórico central, “The apotheosis of money: the
structural limits of capital valorization, casino capitalism and the global financial crisis”; “La
ascensión del dinero a los cielos. Los límites estructurales de la valorización del capital, el
capitalismo de casino y la crisis financiera global”; “La doble desvalorización del valor. En el
camino de la crisis histórica del dinero”.

Aparte de ello, creo que Michael Roberts hace una buena síntesis de datos y autores que
explican esta degeneración probablemente terminal del capitalismo: La larga depresión. Cómo
ocurrió, porqué ocurrió y qué ocurrirá a continuación . El Viejo Topo. Barcelona, 2017.
21) Acudo aquí de nuevo a otras repetidamente citadas palabras de Marx en los Grundrisse,
hablando de la fase culminante del desarrollo capitalista, que anticipaban este desenlace,
aunque él lo veía como liberador:

“En la medida, sin embargo, en que la gran industria se desarrolla, la creación de la riqueza
efectiva se vuelve menos dependiente del tiempo de trabajo y del cuanto de trabajo empleados,
que del poder de los agentes puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo, poder que a
su vez […] no guarda relación alguna con el tiempo de trabajo inmediato que cuesta su
producción, sino que depende más bien del estado general de la ciencia y del progreso de la
tecnología, o de la aplicación de esta ciencia a la producción […] El robo del tiempo de trabajo
ajeno, sobre el cual se funda la riqueza actual, aparece como una base miserable comparada con
la base recién desarrollada, creada por la gran industria misma. Tan pronto como el trabajo en
forma directa ha dejado de ser la fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que
dejar, de ser su medida y por tanto el valor de cambio [de ser la medida] del valor de uso. Con
ello se desploma la producción fundada en el valor de cambio.”
En los Grundrisse, su libro de pruebas, su taller de ideas, Marx comprimió la trayectoria del
capitalismo desde sus inicios hasta la automatización. Algo que no pudo desarrollar más tarde
en El Capital, por proceder en su obra cumbre de forma mucho más lenta y rigurosa. [Hay quien
sostiene que el propio Marx decidió “esconder” los Grundrisse, por estar avanzados a su tiempo:
el recién estrenado capitalismo industrial (paso de la manufactura a la mecanización, muy lejos
todavía del proceso de automatización)]. Digamos que en los Grundrisse hay una crítica del
presente a partir de sus posibilidades latentes de realización futura, parte esta última que no
fue abordada en El Capital. La edición de los Grundrisse citada aquí es la de Siglo XXI, Madrid,
1972, concretamente de las pp. 592-594 del Vol. II. Obviamente, sin intervención humana
emancipadora, no hay nada de liberador en el perecimiento digamos “vegetativo” del
capitalismo, pues tal circunstancia por sí misma puede dar lugar a todo tipo de distopías. De
hecho, la mayoría de la humanidad ya habita en una u otra distopía.
22) Amplio desarrollo de todo ello en mi libro, La opción reformista. Entre el despotismo y la
revolución. Una explicación del capitalismo histórico a través de las luchas de clase. Anthropos.
Barcelona, 2014.
23) Sobre la democracia capitalista, que siempre fue tullida y reservada en exclusividad para el
ámbito de la circulación, saldrá pronto en Buenos Aires mi artículo “Algunas consideraciones
sobre el valor y su relación con la democracia y otros fetiches capitalistas”.
24) “El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es
un problema teórico, sino práctico. Es en la práctica donde cada persona tiene que demostrar
la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la
realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente
escolástico.” (Marx, Tesis II sobre Feuerbach). En nuestro caso esa práctica es la que contribuye
a resolver los problemas humanos, abriendo el camino de su emancipación.

Las imposibles soluciones de la crisis estructural del sistema-mundo capitalista


Rodolfo Crespo

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Opinión
23/02/2016
-A+A

A Crespo, mi padre, del que aprendí las terribles vivencias del capitalismo antes, incluso, de
que yo aprendiera a leer y escribir.
A los compañeros Immanuel Wallerstein, Jorge Beinstein, Andrés Piqueras, Wim
Dierckxsens, Claudio Katz, José María Tortosa, Samir Amín, Paula Bach, Juan Chingo,
Rolando Astarita, Roberto Sáez, Carlos Antonio Aguirre Rojas, Pedro Prieto, Josep Gil
Maynou y los extintos Robert Kurz y Manuel Talens, sin los cuales la comprensión del
capitalismo se me hubiese hecho imposible.

A Manuel Sutherland, y otros que como él, se la juegan para hacer valer el pensamiento
antisistémico y de resistencia de los pueblos.

Introducción.

Desde los años 70 del siglo XX el sistema-mundo capitalista entró en un estadio de crisis
estructural. Actualmente, a mediados de la segunda década del siglo XXI el proceso se muestra
e manera inobjetable, y es reconocido hasta por intelectuales afines al sistema.

¿Qué es lo que distingue una crisis estructural de aquellos fenómenos que también, apelando al
mismo calificativo, se producen de manera cíclica y recurrente, de forma sistemática y con
cierta periodicidad en la vida, no solo del sistema-mundo capitalista/”moderno”, sino de
cualquier sistema del tipo que éste sea?.

Lo que diferencia a una crisis estructural de aquellas otras que no lo son, es el hecho de que los
mecanismos que normalmente tiene los sistemas (y la economía-mundo capitalista los es, de
hecho el más complejo de todos) para corregir las desviaciones que normalmente en su
accionar los alejan del equilibrio, ya no surten efecto. Es decir, cuando el sistema llega a un
punto en que las fluctuaciones del mismo son tan suficientemente amplias e impredecibles que
ninguna acción, por fuerte, poderosa y correctiva que sea, es capaz de asegurar la renovada
viabilidad de las instituciones, “ingresa entonces en su crisis definitiva y se bifurca, esto es, se ve
a sí mismo ante dos o más rutas alternas hacia una nueva estructura, con un equilibrio nuevo…
Pero cuál de las dos rutas alternas seguirá el sistema, es decir, qué tipo de nuevo sistema se
establecerá, esto es imposible determinarlo por adelantado, por cuanto es una función de una
infinidad de elecciones particulares que no están limitadas sistemáticamente. Esto es lo que hoy
sucede en la economía-mundo capitalista”1.

Analicemos entonces algunas de las más importantes contradicciones que caracterizan hoy la
crisis estructural del sistema-mundo capitalista y la imposibilidad de solución de las mismas.

1. El agotamiento del espacio geográfico y los sectores económicos que garantizan la


incesante acumulación de capital.

El capitalismo como modo de producción, o el sistema-mundo capitalista, para emplear la


definición proveniente del aparato categorial de la “perspectiva de sistemas-mundo” de
Immanuel Wallerstein, es un “sistema que da prioridad a la incesante acumulación de capital” 2;
eso no significa que no haya una predilección a la obtención de ganancias, y que ello no
constituya algo imperioso (Marx decía que el objetivo supremo de la producción capitalista era
la obtención de plusvalía), lo que ocurre es que la condición sine qua non para obtener de
manera sostenida y exitosa la misma es que los productores tienen que conferirle prioridada la
acumulación incesante y sin parar de capital, y sólo los que no cejen en ese empeño
son sostenidos por el sistema. En otras palabras, sólo aquellos sujetos económicos que
privilegien la inversión constante e ilimitada de capital se verán recompensados, mientras que
los que no lo hagan serán castigados, y de continuar en esa dirección finalmente terminarían en
la ruina.

Pero es que a esa orientación extensiva del capitalismo que hace del crecimiento constante,
ininterrumpido y sin fin de capital un imperativo categórico, en el que crecer crecer es la única
manera de no perecer, se suma el hecho de que el capitalismo “…resuelve muchas de sus
contradicciones, trasladándolas fuera de su propio marco y creciendo en el espacio”.

“En cuanto desciende la norma mundial de las ganancias, el capitalismo coge, arranca un trozo
de la zona no capitalista y lo convierte en la periferia capitalista – fuente de mano de obra barata
y mercado para sus mercancías. Y así hasta el siguiente descenso serio en la norma del beneficio;
de ahí el colonialismo, la expansión colonial que no transcurría paulatinamente, sino a saltos.
Subrayemos: para funcionar con normalidad el capitalismo necesita la zona no capitalista, que
convierte en la periferia capitalista y sin la cual tampoco puede existir – al igual que ocurría con
el sistema esclavista de la Antigüedad”3.

Sin embargo, ¿qué le ocurre al capitalismo contemporáneo en la actualidad?. Que ha ocupado


todos los sitios de la tierra, sometiéndolo todo a un intenso proceso de mercantilización
acabando con los espacios necesarios para ulteriores expansiones, que por imperativo
sistémico, está obligado a seguir incorporando como única alternativa de seguir existiendo.

Pero se agotan los recursos naturales, las áreas todavía no mercantilizadas, aunque
susceptibles aún de ello, y las bolsas de población rural dispuestas a aceptar una oferta
económica inferior por la fabricación de las producciones deslocalizadas provenientes de zonas
salariales de alto poder adquisitivo4.

Ese proceso de ocupación total del planeta, concluido a fines del siglo XIX, mostró signos de
saturación en la primera mitad del siglo XX, pero vino la segunda guerra mundial en
la salvación del capital, destruyendo primero para reconstruir después, abrió entonces la etapa
expansiva más grande que ha conocido el sistema capitalista hasta nuestros días, mas ésta
también terminó por extinguirse hacia 1968. Aquí acudieron al rescate del capital varios
factores:

- Uno, la reincorporación de China (a partir de las reformas de 1978) y Rusia junto con Europa
del Este (a partir del derrumbe del socialismo en 1989/1991) nuevamente a la órbita del
capitalismo, de la que se habían desgajado parcialmente5, brindando al capital un territorio
virtualmente virgen, equivalente a un tercio de la superficie terrestre, y una población de más
de mil millones de personas que “…alteró el equilibrio de poder entre trabajo y capital en los
mercados, en contra del primero y favor del segundo”6.

- El otro, ha sido una orgía de expansión financiera y monetaria sin precedentes, que arrancó
desde los años 70 del siglo XX, sobre todo a partir del abandono por EE. UU. de sus compromisos
en los acuerdos contraídos en la conferencia de Bretton Woods, proceso que con sus altas y
bajas se ha mantenido constante durante más de cuatro décadas, y que aún no ha concluido,
continúa, alcanzando niveles de saturación de deuda claramente insostenibles. Solo el
endeudamiento creciente años tras año ha podido evitar que la maquinaria capitalista se
detenga, pero eso no es eterno, el colapso es inevitable cuando esa pirámide invertida de deudas
ya no sea posible continuarla, y actualmente ese gigantesco esquema ‘ponzi’ es bastante
improbable que pueda seguirse ampliando aún más, está llegando al extremo, al borde del
abismo. Todo eso hace que estemos delante de una “economía de magia. Pero de una magia
envenenada, pues aboca en breve a estallidos financieros sin precedentes” como dicen Wim
Dierckxsens y Andrés Piqueras, habiendo “llegado al extremo hoy que dinero equivale a deuda,
o sea, habiendo tanta deuda, dinero es deuda hoy”7 .

- Y por último, el espejismo postrero que ha ayudado a socorrer al capital, y que tanto ha
obnubilado a buena parte de la izquierda mundial, y son los llamados BRICS, también llamados
de forma periodística emergentes8 (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica que se sumó
posteriormente) el último gran nicho de acumulación y esperanza de salvación del capital.

Sobre este tema, por el gran poder ilusionante que ha causado entre personas de buena fe, no
podemos andar con tibiezas. En primer lugar, el propio origen del acrónimo BRIC, que data de
2001, y que debe su autoría al economista Jim O'Neill, de la correduría neoyorquina de Goldman
Sachs, el poderosísimo banco de inversión norteamericano, es un término cuya
conceptualización es una creación de los dueños del sistema-mundo capitalista.

Ya desde el ¡2009! el querido profesor Jorge Beinstein nos alertaba del tamaño espejismo que
se tejía alrededor de dicho grupo, pero sobre todo de su miembro más importante China: “Lo
de la ‘superpotencia capitalista china en el siglo XXI’ [decía] no ha sido más que una intoxicación
mediática que reiteró la vieja y siempre fracasada ilusión de la reconversión del subdesarrollo en
desarrollo gracias a la intensificación de las transformaciones de tipo burgués. El crecimiento
chino subordinado a la dinámica del capitalismo global, estrechamente dependiente de la
evolución consumista del Imperio ha ingresado a su etapa de agotamiento” 9, hoy tal aseveración
si escuchamos las noticias provenientes del gigante asiático casi ni se discute.

Y en 2014, el mismo profesor argentino manifestaba lo siguiente, en un artículo que debiera ser
de obligado estudio para aquella izquierda que quiera transformar el capitalismo y no
simplemente reformarlo: “Por su parte potencias periféricas como Rusia y China no están en
condiciones de reordenar, en el sentido burgués del término, el desorden causado por la
decadencia occidental desarrollando nuevos espacios capitalistas jerarquizados en remplazo de
los viejos espacios agonizantes, no son fuerzas negentrópicas del sistema sino zonas capitalistas
resistentes sumergidas también ellas en la decadencia global. Intentan frenar los manotazos que
contra sus intereses lanza el imperio pero al resistir, contragolpear o avanzar sobre los flancos
débiles del adversario contribuyen al “desorden” general, bloquean las tentativas de
recomposición del dominio occidental del mundo y de ese modo agravan la degeneración global
capitalismo”10, para finalizar con una advertencia: “la ‘apropiación periférica de la modernidad’
es un anzuelo envenenado, es la ilusión de reproducir los supuestos logros culturales de la
civilización burguesa de manera independiente o enfrentando a Occidente, cuando el esclavo imita
al amo o pretende regenerar a su comunidad adoptando-adaptando sus fundamentos ideológicos
lo que consigue es bloquear la creatividad revolucionaria de su base social (así lo demuestra la
experiencia histórica del siglo XX), cree haber encontrado el hilo de Ariadna que le permitirá salir
del laberinto, se aferra al mismo y marcha triunfalmente hacia la salida... en realidad se ha
aferrado a la cola del diablo quien astutamente lo deriva hacia pasadizos aún más siniestros.

Pero la modernidad ha ingresado al estado de decrepitud y la liberación de sus víctimas centrales


y periféricas solo puede ser lograda por medio de la negación absoluta del capitalismo, su
completa destrucción, para desde sus cenizas construir un mundo nuevo”11.

Para culminar sobre las vanas ilusiones que algunos cifraron en los llamados BRICS, como
joven motor del capitalismo capaz de rejuvenecerlo y potenciarlo, no estarían mal aquellas
palabras del lúcido periodista catalán Rafael Poch-de-Feliú, estampadas en su libro La
actualidad de China. Un mundo en crisis, una sociedad en gestación, resumen de sus años al
frente de la corresponsalía del diario catalán La Vanguardia en Pekín: “en la admiración del
actual desarrollismo chino hay algo muy iluso, algo que no entiende el drama de quien llega tarde
a un modelo ya caduco”12. Con lo cual, dichos Estados, quedarían a lo sumo enmarcados en lo
que sería un “capitalismo resistente”, nada más que eso.

Aunque hay que destacar que las ensoñaciones sobre los BRICS como último sostén del
capitalismo contemporáneo, solo parece haber alucinado a una trasnochada y deslumbrada
izquierda; la oligarquía financiera mundial, la misma que creó el término, nunca ha estado
engañada de los flojos fundamentos que se esconden detrás de la supuesta fortaleza de esas
economías, también conocidas como emergentes en los medios de comunicación y académicos.
El Laboratorio Económico de Anticipación Política (LEAP/2020), un centro económico de
pensamiento burgués con sede en París, en el artículo El fin del consumidor que conocimos
durante más de 30 años del 16 de noviembre de 2009 publicado en su boletín GEAB Nº 39
planteaba:

“Si el consumidor estadounidense, personificación del Sueño Americano a partir de Henry Ford,
está indiscutiblemente muerto, por su parte el consumidor occidental (externo de EE.UU.) tal como
fuera conocido durante los últimos treinta años ha llegado al final de la carrera. Y, sería erróneo
pensar que los asiáticos y los hispanos [léase países emergentes] sustituirán a estos «animales del
consumo» para que las «ganancias planetarias» continúen imperturbables…”.

Entonces el capitalismo se queda sin la fuerza motriz que lo ha expandido, sus motores
propulsores se detienen, pero no sólo eso, el sistema-mundo capitalista ha crecido tanto y ha
tenido tanto éxito que cada vez le resulta más difícil moverse hacia adelante. Sí como dicen los
profesores Piqueras y Dierckxsens “El crecimiento capitalista está basado en la reinversión del
capital excedente de cada momento [y] Para que el capitalismo funcione hay que conseguir
oportunidades de reinversión rentable para una parte del excedente producido. Al menos para el
3% aproximadamente, si nos atenemos a la tasa de crecimiento medio del capitalismo histórico.
(…) esto se va haciendo crecientemente difícil según aumenta exponencialmente el excedente y a
la vez que se agota el espacio de expansión y los recursos. Así, si en 1950 esa expansión suponía
reinvertir con esperanzas de rentabilidad unos 150.000 millones de dólares, y unos 420 millardos
en 1973, encontrar oportunidades rentables de inversión global para algo más de 2 billones de
dólares en la actualidad es tarea mucho más difícil. Es decir, que cuanto más se crece más difícil
es seguir creciendo, especialmente cuando el crecimiento tiende a ser exponencial. Pero un
capitalismo sin crecimiento es un oxímoron. Dejaría de ser capitalismo”13.

2. La irreversible tendencia a la disminución de la producción mundial de valor

El sistema-mundo capitalista pese a la diversidad de formas de control de la fuerza de trabajo


en sus diferentes zonas, y como todos los sistemas que han existido hasta hoy (con la excepción
de las comunidades humanas primitivas, antes del surgimiento de la propiedad privada y las
clases sociales) es un sistema de producción mercantil, y el núcleo de una economía mercantil,
su “célula económica” según Marx es la mercancía, pero lo que le interesa al capitalismo de éstas
no es su utilidad, ni las necesidades sociales que las mismas resuelvan (aunque siempre con la
condición de que sean vendibles); lo que le importa al capitalismo de las mercancías que
produce, comercializa y vende es la cantidad de valor que éstas encierran.

Pero, ¿qué es el valor?, el valor es la cantidad de trabajo materializado en las mercancías,


aunque no es cualquier trabajo el que determina su valor, sino aquel que produce las mismas
en un tiempo que corresponda a las condiciones normales de producción y con el grado medio
de destreza e intensidad del trabajo imperantes en la sociedad en el momento de que se trate,
es lo que Marx llamaba “tiempo de trabajo socialmente necesario”.

Decir lo anterior significa, que pese a todas las formas y modalidades de extracción del
excedente que existen a lo largo y ancho del sistema-mundo capitalista, las regiones del sistema
que determinan la cantidad de valor creado son aquellas situadas en las zonas
tecnológicamente más avanzadas (centrales), pese a que en las últimas décadas la creación de
millones de puestos de trabajo adicionales en los países de la periferia, sobre todo en los del
Este y Sur de Asia, podría inducir a pensar que se ha producido un proceso de incremento y no
de reducción de la base para la producción de valor en el mundo, pero hay que decir en contra
de este argumento que “…la gran masa de trabajo industrial en esos países se realiza a un
bajísimo nivel de productividad y por eso, medido según el estándar de las fábricas automatizadas
y superracionalizadas, representa sólo una fracción muy reducida de valor. Pues desde el punto
de vista de la producción de valor no cuenta el mero número de las horas trabajadas. Más bien el
valor de una mercancía depende del nivel de productividad socialmente válido, que a su vez, hoy
en día es definido por los sectores de producción dominantes en el mercado mundial. Y como el
nivel de productividad en estos sectores sube permanentemente como resultado de la constante
tercera revolución industrial, esto a su vez significa, que el trabajo en los segmentos
subproductivos ‘produce’ cada vez menos valor”14.

El hecho de que el valor de las mercancías está determinado por los centros de producción
dotados de las condiciones técnicas y de productividad media implica, que todos los
productores están interesados en desarrollar sus fuerzas productivas, dado que aquellos que lo
logren fabricando sus mercancías en un tiempo de trabajo inferior a las condiciones medias,
obtendrán una ganancia extraordinaria, ya que éstas se venden por el tiempo social medio
invertido en su producción. Pero si esto es bueno para el capitalista individual, y de hecho,
aunque no todos puedan lograrlo, todos lo tienen en su agenda diaria, desde el punto de vista
social de toda la clase capitalista, esto es nefasto, porque mientras mayor sea el progreso
técnico menor es la cantidad de valor producido, y el valor es la “substancia” del capitalismo, su
savia, el néctar del sistema; y es que “el capital mismo es la contradicción en proceso, [por el
hecho de] que tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone
al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza”15, haciendo que “la producción
capitalista de mercancías [contenga], desde el inicio, una contradicción interna, una verdadera
bomba de relojería colocada en sus mismos fundamentos”16. Al serruchar la rama que le da
sustento, el capital se encamina a su agotamiento histórico como sistema.

¿Qué ha hecho hasta hoy el capital para evadir (o al menos posponer en el tiempo) la encerrona
histórica hacia la que se encamina independientemente de su voluntad?.

Pues crecer y crecer, expandirse, mercantilizarlo todo, conquistar completamente aquello que
aún no está sometido a la lógica del valor, “ ‘poner en valor’ esferas vitales que hasta ese
momento, eran ‘sin valor’ (…) ‘colonización interior’ de la sociedad [que] ha desempeñado un
papel al menos igual de grande que la ‘colonización exterior’ para contrarrestar la tendencia
endémica de la producción de valor a agotarse, a causa de la menor cantidad de valor ‘contenida’
en cada mercancía particular debido a que la tecnología reemplaza al trabajo vivo, única fuente
del valor mercantil”17. Jappe dice que “desde hace doscientos años, el capitalismo evita su fin
corriendo siempre un poco más rápido que su tendencia a derrumbarse, gracias a un aumento
continuo de la producción”18 ; pero como hemos visto más arriba el capital prácticamente a
copado todas las áreas del planeta, y ya quedan muy pocos espacios libres por explotar
hacia afuera y hacia dentro del sistema.

Como la dura lucha de competencia en el capitalismo arrastra a sus entes económicos a


desarrollar las fuerzas productivas, obligándolos a aumentar el nivel de tecnificación, y como
este proceso provoca una reducción del valor individual contenido en cada mercancía (al
aumentar la cantidad de mercancías producidas, y el volumen de capital necesario para ello,
disminuye la parte alícuota de valor contenido en cada una de ellas), el capitalismo se ve
impulsado a ampliar la producción de mercancías a escala mundial como única forma de
compensar esa tendencia a la disminución del valor en cada mercancía, “…el capitalismo es
como un brujo que se viera forzado a arrojar todo el mundo concreto al caldero de la
mercantilización para evitar que todo se pare. La crisis ecológica no puede encontrar su solución
en el marco del sistema capitalista, que tiene necesidad de crecer permanentemente, de consumir
cada vez más materiales, solo para compensar la disminución de su masa de valor. Por eso las
proposiciones de un “desarrollo sostenible” o de un “capitalismo verde” no pueden conseguir
resultado alguno, pues presuponen que la bestia capitalista puede ser domesticada; es decir, que
el capitalismo tiene la opción de detener su crecimiento y permanecer estable, limitando así los
daños que provoca. Pero esta esperanza es vana: mientras continúe la sustitución de la fuerza de
trabajo por tecnologías, en tanto el valor de un producto resida en el trabajo que representa,
seguirá existiendo la necesidad de desarrollar la producción en términos materiales y, en
consecuencia, de utilizar más recursos y de contaminar a mayor escala. Se puede querer otra
forma de sociedad, pero no un tipo de capitalismo diferente del ‘capitalismo realmente
existente’”19.

Pero el asunto no se circunscribe solo al aspecto ecológico, la producción de valor no es algo


baladí en el capitalismo, atañe directamente a la esencia misma del sistema, y es una cuestión
de vida o muerte para los actores económicos que se mueven en el mismo; países, regiones y
sectores económicos han quedado completamente marginados y en la pobreza precisamente,
porque la escasa producción de valor los llevó a perder la lucha de competencia, y con ello a
seguir ocupando un lugar digno en el sistema-mundo capitalista.

“El derrumbe de la U.R.S.S. [y del mal llamado socialismo en Europa del Este] no demuestra la
superioridad de la economía de mercado, de la cual aquélla formaba parte, sino que evidencia
que ésta es una carrera cuyo número de participantes se reduce constantemente, a causa de la
necesidad de un empleo cada vez mayor de tecnologías para poder producir a un coste
competitivo, y que los excluidos acaban en la miseria”20.

En el mismo sentido expresaba Robert Kurz la estrecha relación que existía entre, la fracasada
producción de valor en los países del llamado campo socialista y el derrumbe de éste entre
1989 y 1991 cuando planteaba que, el “contrasistema de capitalismo de estado del
Este” [referencia a lo que representaba la Unión Soviética y sus satélites de Europa Oriental]
desapareció en los años 80 del siglo XX, porque “…fracasó económicamente en el mercado
mundial, con cuyos criterios y modelos tenía que medirse como sistema productor de mercancías,
y de la misma manera acabó militarmente moribundo. El colapso total fue la consecuencia
lógica”21.

Con el agotamiento del valor, esa savia que nutre y mantiene vivo el sistema capitalista se acaba
toda una etapa histórica, hay que desterrar de la mente de los pueblos el hecho de que
las revoluciones socialistas, los movimientos de liberación nacional y el vocinglerado sistema
socialista mundial del siglo XX, hayan constituido en realidad movimientos emancipatorios del
capital. La tenaz y vigorosa lucha de clases que ha acompañado a la producción de valor y al
capitalismo en los últimos 200 años, sanguinaria y cruenta en demasiadas ocasiones, ha
sido “la forma en la cual el desarrollo histórico de la lógica del valor tuvo lugar. El movimiento de
los trabajadores, en sus diversas corrientes, fue mayormente una lucha por
una redistribución más justa de las categorías básicas que ya no eran cuestionadas: dinero y
valor, trabajo y mercancía. [Las mismas] Eran esencialmente formas de crítica inmanente,
asociadas a la fase ascendente del capitalismo, cuando aún había algo que distribuir” 22.

Y si acaba una etapa histórica, comienza una nueva, del caos en que ya comienza adentrarse
el sistema-mundo capitalistaemergerá, después de la tragedia dolorosa y sangrienta del parto,
otro sistema del que no tenemos ninguna certidumbre de cómo será: la cuestión es si habrá un
resultado emancipatorio o una barbarie generalizada. Lo que sí está claro es que si no nos
apuramos, cuando sobrevenga su fin, no quedará más que una tierra quemada en la que los
supervivientes, como cuervos y aves de rapiña, no tendrán otra cosa que disputarse que los
restos putrefactos de la civilización capitalista. Una introducción a éste tétrico panorama ya
podemos observarlo en muchas partes del mundo.

Por eso para aquellos enamorados de la ciencia, la técnica y la revolución científica dentro de
los marcos de éste sistema, que sistemáticamente nos despierta con un
moderno descubrimiento, el hallazgo de un nuevo invento, o la creación de otro extraño y
flamante artilugio recordarles que, “cuanto más la sociedad constructora sea capaz de aplicar
los nuevos conocimientos más el Capital cavará su tumba. El trabajo asalariado (como compañero
antagonista, pero complementario al Capital) corresponde a un periodo histórico que se acabó.
Se acabaron los torneros, los fresadores, los segadores, los hilanderos, los telefonistas… porque
acabó el torno mecánico, la fresadora, la siega, la máquina de hilar, la telefonía con hilos… Se
acabó el Capital porque se acabó el trabajo asalariado”23.

3. Imposibilidad del advenimiento de una nueva “onda larga” expansiva: el llamado


quinto Kondratiev

Históricamente, desde que se produjo el tránsito del capitalismo de una sociedad rural-agrícola
a una sociedad predominantemente urbana e industrial, hecho que aconteció
aproximadamente en el parte de aguas de la Revolución Francesa, la economía de éste se ha
movido siguiendo unos grandes ciclos que han tenido una duración media de 50-60 años, la
primera mitad de los cuales su tasa media de ganancia24 crece (haciendo que la onda larga sea
de signo expansivo) durante la cual “los períodos de ascenso, prosperidad y boom duran más y
son más pronunciados, y las recesiones son más cortas y menos agudas”; mientras, en la segunda
mitad de dichos grandes ciclos, la tasa media de ganancia decrece (haciendo, por tanto, que la
onda larga sea de signo depresivo, con tendencia al estancamiento), en la que “los períodos de
ascenso y prosperidad son más cortos, más indecisos y más desiguales, y las recesiones duran más
y son más pronunciadas”25.

Así en la historia del capitalismo, posterior a la Revolución Francesa, hemos conocido cuatro
grandes períodos de onda larga; el primero, entre 1790-1848; el segundo, entre 1848 1893; el
tercero, entre 1883- 1940/1948; y el cuarto, entre 1940/1948- hasta la actualidad.

¿Qué es lo que le ocurre hoy al sistema-mundo capitalista?. Que el último ciclo largo
Kondratieff (el cuarto) dura ya más de 70 años (algunos estudios estiman que 76 años), cuando
ninguno de los tres anteriores sobrepasó siquiera nunca los 60 años, con lo cual, el
advenimiento de una nueva onda larga expansiva tiene un retraso de 20-25 años, si tomamos
en cuenta que según el comportamiento de éstas en los últimos 200 años, la misma debió haber
comenzado alrededor de la década del 90 del pasado siglo XX, y aún no se ha producido,
seguimos esperándola26.

Algunos vieron en el desorbitado desarrollo de la informática y las telecomunicaciones de fines


del siglo XX, el maná que haría correr de nuevo los ríos de riqueza al interior del sistema
burgués, cuando más bien agudizó las contradicciones de éste, los “cambios técnicos no
modificaron positivamente el curso de los acontecimientos, por el contrario acentuaron sus peores
características. Por ejemplo la informática: cuando evaluamos su impacto según la importancia
de la actividad económica involucrada constatamos que su principal aplicación se produjo en el
área del parasitismo financiero cuyo volumen de negocios (unos mil millones de millones de
dólares) equivale actualmente a unas 19 veces el Producto Bruto Mundial” 27.

En la actualidad la tecnología esta imposibilitada de modelar la satisfacción de las necesidades


sociales bajo la forma de mercancías de gran productividad y consumo masivo, capaz de
generar un círculo virtuoso de crecimiento y desarrollo, algo parecido a una nueva onda larga
expansiva, ya que hoy en día, es cada vez más grande la distancia que hay “entre la
transformación de las necesidades sociales y el modo capitalista de reconocimiento y de
satisfacción de estas necesidades”. Robert Gordon lo argumentaba muy bien cuando decía
que “desde 2000, las invenciones se han centrado en los aparatos de diversión y de comunicación,
que cada vez son más pequeños, más inteligentes y tienen más prestaciones, pero no cambian
fundamentalmente la productividad del trabajo o las condiciones de existencia como pudieron
hacerlo la electricidad y el automóvil”28; en otras palabras, el sistema tecnológico actualmente
en desarrollo en los marcos del modo de producción capitalista es incapaz de hacer aumentar
la producción, de tal forma que sacie, no solo las ansias de ganancias crecientes del capital, sino
de la satisfacción de las cada vez más numerosas necesidades humanas elementales.

Pero, no es sólo el desarrollo y la invención tecnológica (que es bueno remarcar, siempre ha


acompañado a cada nuevo ciclo Kondratieff) el impedimento que tiene hoy el régimen
capitalista para iniciar una nueva onda larga expansiva; hay otro elemento, quizás el más
importante, y es que “…aunque la lógica interna de las leyes del movimiento capitalista puedan
explicar la naturaleza acumulativa de cada onda larga, una vez iniciada, y aunque también
pueda explicar la transición de una onda larga expansiva a una onda larga de estancamiento, no
puede explicar el paso de la última a la primera”29; es decir, no existe ninguna lógica interna
automática del capitalismo que pueda conducir de una onda larga depresiva a una expansiva
(que es lo que precisa y añora el capitalismo hoy en día), pues para que ello ocurra son
indispensables los factores exógenos.

Tres ejemplos ilustran como operaron dicho factores en los puntos de inflexión claves que
originaron el despliegue de las correspondientes ondas largas expansivas del desarrollo
capitalista a partir de 1848 y hasta 1873; de 1894-1913; y de 1940/1948-1967. En el primer
caso, el descubrimiento de los yacimientos de oro en California que produjeron un
ensanchamiento cualitativo del mercado mundial, unido a zonas enteras de Europa central y
oriental, Oriente Próximo y el océano Pacífico que fueron abiertas de repente como mercados
para mercancías de producción capitalista; una ampliación y agrandamiento que como ya se ha
visto resulta imposible hoy en día.

En el segundo caso, la configuración final y definitiva de África, Oriente Próximo, Asia y China
como imperios coloniales o esferas de influencia semicoloniales incorporadas al sistema-mundo
capitalista; factores como el anterior imposible de reeditar de nuevo.

Y por último, la tercera y última onda larga expansiva de crecimiento que ha vivido el
capitalismo, y que comenzó para EE. UU. en 1940, y para Europa occidental en 1948, y que
constituyó la gigantesca destrucción de fuerzas productivas ocasionada por la segunda guerra
mundial, factor extraeconómico que junto a la derrota sufrida por la clase obrera a escala
mundial durante los años treinta y cuarenta, lo que incluye el periodo McCarthy en EE. UU.,
permitió a la clase capitalista imponer un significativo incremento de la tasa de plusvalía, que
según Mandel en el caso de Alemania, Japón, Italia, Francia y España oscilaron entre el 100% y
300% .

Es decir, la última onda larga expansiva que ha experimentado el capitalismo, la más profunda
e intensiva de todas30 tuvo como contrapartida la ofrenda de más de 60 millones de muertos al
altar del capital, lo que abre una interrogante de la siniestralidad que tal opción (aunque inútil
hoy en día, como hemos ido viendo) traería a los destinos de la humanidad, si el capital acudiera
a su recámara nuevamente en su búsqueda, como salida a la crisis estructural que padece.

Todo esto nos lleva a concluir que, sí el sistema-mundo capitalista se ha desarrollado en al


menos los dos últimos siglos a través de ondas largas, que lo expandieron y acrecentaron en el
tiempo y el espacio, hoy éste factor está bloqueado, las mismas “han perdido validez
científica”31, y que, como dice el profesor argentino Jorge Beinstein, es inútil seguir esperando
al quinto Kondratieff.

Ante esta situación, de un capitalismo atascado, la “opción reformista”32 como dice el profesor
español Andrés Piqueras, y que no es otra que la administración de las contradicciones
irresolubles del sistema, es una alternativa nefasta, reaccionaria, que no comprende que el
momento es revolucionario, de ruptura, y que la sustitución de las fórmulas políticas donde en
algunos países “…el Bipartido (con su crónica alternancia) ya no puede cumplir esa función, [y
aún] es posible echar mano de un Tetrapartido, por ejemplo, con formaciones ‘emergentes’ que
hagan recuperar la confianza en las instituciones y en la democracia parlamentaria mientras la
sociedad es destruida”33 no sólo no es la solución, sino que retarda ésta.

4. El petróleo, cuya energía constituye la base material de la reproducción del sistema


capitalista se agota, y no hay ninguna otra capaz de reemplazarlo34

Casi todos los estudios que hacen alusión a la crisis estructural del sistema-mundo
capitalista hacen principalmente referencia a las contradicciones intrínsecas al propio
funcionamiento del sistema, que llegado a determinado nivel se hacen insalvables, y es lo que
lleva a determinar, tras su constatación, que la crisis es de naturaleza estructural y no cíclica,
pasajera, como muchas otras que han afectado al sistema.

Pero casi ninguno ha evocado, al menos con la debida fuerza, a un aspecto del modo de
producción capitalista: la energía que lo mueve, y que en el caso del capitalismo es la energía
que proviene del petróleo.

¿Y qué es lo que le ocurre al capitalismo contemporáneo en ese sentido?.

Que el petróleo se agota35

¿Y qué significa esto, dado que el capitalismo como sistema también ha existido antes del
petróleo?

Que “…no existe patrón energético fuera de los hidrocarburos fósiles que le permita funcionar
como lo viene haciendo bajo el dominio anglosajón”, desde hace unos 150 años.

¿Y por qué tanto hincapié en el petróleo sí existen otros tipos de energía, algunas renovables?.

Lo que ocurre es que, como dice Pedro Prieto, “nuestra sociedad industrial y capitalista actual
en su conjunto es fundamentalmente no eléctrica”. Del total de exajulios de energía que consume
el planeta hoy en día solo el 10% es dedicado a la generación eléctrica, el restante 90% se
destina al transporte. Y como “las energías renovables modernas y la nuclear sólo producen
electricidad”quedaría sin resolverse el problema de la energía para el transporte “condición sine
qua non del capitalismo mundializado”36, ya que solo el petróleo por su versatilidad y poder
energético es capaz de disponer de esa “energía concentrada y enloquecida que requiere el
capitalismo”, y es que “somos el homo petroleus y dejaremos de serlo, con una mortandad por
hambruna que ya está calculada en la ecuación”; baste decir que el 90% de los alimentos están
producidos hoy por energía fósil; por tanto, “sin petróleo, se habrá terminado el transporte tal y
como lo hemos conocido: la velocidad, las largas distancias sin repostar durante centenares de
kilómetros. Incluso los coches con motor de combustión…”.

A esto hay que agregar que en la extracción de petróleo la Tasa de Retorno Energético (que s
la cantidad de energía neta que queda a disposición de la sociedad, después de restar la
consumida en el proceso de obtenerla), “no ha cesado de disminuir desde hace décadas;
hoy “para extraer la misma cantidad de petróleo se va necesitando cada vez más energía… a
medida que hay que desplazarse a campos petrolíferos más lejanos, más profundos, más pequeños,
de peor calidad, más inseguros o más inaccesibles”37.

¿Qué esperar entonces de las energías renovables, en las que muchos grupos ecologistas cifran
las esperanzas?, ¿Vendrán a salvar los problemas energéticos del sistema-mundo capitalista?,
¿Lograrán mantener “la llamada sostenibilidad en estos niveles insostenibles”?.

Antes de analizar las energías renovables, un apunte sobre la energía nuclear ya que, junto a las
primeras, ha sido la fuente energética en la que la mayoría ha depositado la esperanza ante el
agotamiento del petróleo.

Si se toma en cuenta que las reservas probadas de uranio solo dan para abastecer a las centrales
construidas unos 60 años, y se considera que desde que se planifica hasta que empieza a
funcionar una central nuclear, puede tardar 10 años, resulta iluso cifrar alguna esperanza en
este tipo de energía, ya que antes de tener a punto los primeros centenares de las mismas se
habrían agotado todas las reservas mundiales de uranio en el mundo.

En cuanto a las renovables, o primero que hay que aclarar, es que “las llamadas energías
renovables, en realidad son sistemas no renovables capaces de captar parte de los flujos de energía
renovables del planeta”.

En el caso de la eólica, una de las renovables fundamentales junto a la solar, basta el siguiente
ejemplo que aporta Pedro Prieto en su fundador artículo Crecer o decrecer: That Is The
Question, sobre la imposibilidad que pueda siquiera reemplazar a la energía fósil en la
producción de la electricidad que necesita el planeta.

Dice Pedro Prieto que la capacidad eólica instalada en el planeta en 2010 produjo el 1,8% de la
electricidad que el mundo consumió ese año, unos 40 000 MW; sin embargo, ese año el consumo
eléctrico mundial en relación a 2009 aumentó un 5,9%.

¿Qué significa eso?, “que sólo para cubrir el aumento del consumo eléctrico mundial de 2010
habría que haber multiplicado por 15 la producción mundial de aerogeneradores”.
“Si, además, lo que se pretende –en el poco tiempo de que ya disponemos– es sustituir la generación
eléctrica de origen fósil o nuclear por la eólica, sería necesario aumentar esa capacidad fabril
entre 50 y 100 veces. Y aún así, lo único que se estaría resolviendo –en las pocas décadas de que
ya tampoco disponemos– es el problema del suministro eléctrico (que fueron sólo unos 54 de un
total de 509 Exajulios). Por supuesto, si lo que se pretende es resolver el problema del aporte de la
energía fósil en todos los ámbitos las escalas se multiplican hasta lo utópico”.

En el caso de la otra energía renovable “estelar”, la solar, dice Prieto que “en 2010 apenas
produjeron el 0,28% de la electricidad mundial. Sus menos de 20.000 MW de capacidad fabril
anual deberían multiplicarse como los panes y los peces para poder obrar un milagro”.

Terminamos entonces con la predicción del compañero Pedro Prieto que compartimos
totalmente: “en diez o quince años el petróleo habrá entrado en crisis y, por falta de oro negro, el
capitalismo habrá cesado de crecer”, por eso “no morirá por ninguna revolución, sino de inanición
energética”, mucho más si los pueblos seguimos acompañados de una izquierda empeñada en
administrar un sistema que esta de salida, “herido de muerte” y que en su atropellada retirada,
con la pulsión de muerte que lo acompaña “lo más probable es que, llegado el momento, muera
matando”, en efecto ya lo está haciendo en muchas partes del mundo.

5. Pérdida de legitimidad del sistema burgués ante las grandes masas del mundo38

La economía-mundo capitalista es un sistema desigual, antidemocrático y polarizante; sin


embargo ha podido sobrevivir más de 500 años y con notable éxito.

Pero, ¿qué es lo que ha permitido que un sistema histórico como el capitalista, que NO ha
representado un progreso con respecto a los diversos sistemas históricos anteriores o
contemporáneos a él, que los destruyó o transformó haya tenido, no obstante, un tan largo
recorrido?.

La estrategia que han seguido los dueños del sistema-mundo capitalista para sostener un
sistema tan injusto, del que no se beneficia y excluye a por lo menos un 80% de la población
mundial, ha consistido en desplegar una geocultura basada en la idea del progreso y el
desarrollo, hablando en nombre de todos cuando en realidad se beneficiaban solo unos
pocos39.

Esa geocultura, que Immanuel Wallerstein ha dado en llamar liberalismo, pudo contener
durante 200 años, entre la Revolución Francesa y 1968-1989, a todos aquellos
movimientos antisistémicos que pudieron poner en peligro las estructuras de la economía-
mundo capitalista.

No hay ningún sistema eterno, y la economía-mundo capitalista no lo es, las contradicciones


propias de su desarrollo la erosionan; en otras palabras, quienes producían los valores y
creaban las riquezas para otros pugnarían cada vez con mayor fuerza, organización e
inteligencia por retener una parte cada vez mayor del valor producido (excedente); eso lo sabían
los dueños del sistema, la cuestión radicaba a qué velocidad eso se produciría, cómo complacer
a unos pocos, mientras el resto (la mayoría de la humanidad) seguía igual, aunque contentos,
esperanzados en la ilusión de que también para ellos un día ese momento llegaría.

Los poderosos sabían que tenían que hacer concesiones, pero solo había que hacer las
imprescindibles, las justas, haciendo énfasis en el ritmo: “ni muy rápido ni muy despacio, sino a
la velocidad precisa”40, siendo “formalmente claros, pero sustancialmente ambiguos”41 ya que
como dice Wallerstein la única forma que tiene de sobrevivir la economía-mundo capitalista es
la de “no cumplir con la retórica liberal”42, y coincidiendo con los conservadores (“porque los
liberales, no eran en absoluto radicales”) en hacer toda la resistencia posible a las tendencias
igualadoras, la creencia en que el cambio posible es muy poco y sobre todo (ya que no podía
evitarse) hacerlo lo más lento posible, siguiendo “una política de postergación flexible de las
contradicciones”43.

Sin embargo, ese proceso de concesiones raquíticas y pobre para la mayoría y muy controlado
en el ritmo y la proporción para la minoría favorecida, “dependía de una visión ‘iluminada’ (como
opuesta a una visión ‘restringida’) de los intereses de los estratos más altos. Esto a su vez dependía
de una presión de fuerzas populares que fuese a la vez fuerte y controlada en su forma. Esta
presión controlada por su parte dependía de la credibilidad del proceso para las capas más bajas.
Todo está entrelazado: si se pierde credibilidad se pierde la presión en forma controlada. Si se
pierde la presión en forma controlada, se pierde la disposición de los estratos superiores a hacer
concesiones”44.

Pero, ¿qué es lo que ha ocurrido para que esa credibilidad, sobre todo después de “la revolución
mundial anunciatoria y denunciatoria de 1968”45 con continuación en 1989-1991, se haya
esfumado?, ¿qué es lo que ha provocado que, después de hacer un tan largo recorrido
(intermitente, pero continuo) el sistema-mundo capitalista, “aceptado activamente por la
mayoría de los cuadros y al menos pasivamente por la mayoría de las personas” 46 haya perdido
su legitimación, quedando a la deriva de la historia?.

En primer lugar, hacia los años 70 del siglo XX coincidiendo con el final de la “onda larga
expansiva” del cuarto Kondratieff, la economía-mundo capitalista parecía (como después se
comprobó) haber llegado a su término. Wallerstein es muy claro al respecto: Hacia 1968 (y eso
demostró la revolución mundial de ese año) “…la política del liberalismo –domesticación de las
clases trabajadoras del mundo por la vía del sufragio o la soberanía y el estado de bienestar o el
desarrollo nacional- habían llegado a su límite. Más derechos políticos y más redistribución
económica pondrían en peligro el propio sistema de acumulación. Pero el límite se había
alcanzado antes de que todos los sectores de las clases trabajadoras del mundo hubieran sido
efectivamente domesticados por la concesión de una parte pequeña pero significativa de los
beneficiados”

“La mayoría de los pueblos de las zonas periféricas y semiperiféricas todavía estaban excluidos…”

“… lo que 1968 representó fue el comienzo de la inversión de la hegemonía cultural que las capas
dominantes del mundo habían ido creando y fortaleciendo con gran asiduidad desde 1848”.
“Pero la erosión fue aún mayor en la izquierda, y significativamente adoptó la forma de
desintegración de los regímenes liberal-socialistas. Tanto en las zonas periféricas como en las
semiperiféricas, hasta los más ‘progresistas’ y retóricamente militantes de esos regímenes fueron
manifiestamente incapaces de lograr algún grado significativo de desarrollo nacional; en
respuesta, todos ellos, uno tras otro, con sus respectivos gloriosos pasados de lucha por la
liberación nacional, perdieron su legitimación popular”.

“El verdadero significado de la caída de los comunismos es el derrumbe final del liberalismo como
ideología hegemónica. Los últimos que creyeron seriamente en la promesa del liberalismo fueron
los partidos comunistas a la antigua del ex bloque comunista. Sin ellos que continúen defendiendo
la promesa, las capas dominantes del mundo han perdido toda posibilidad de controlar a las clases
trabajadoras del mundo a no ser por la fuerza. El consentimiento se ha desvanecido; y el
consentimiento se ha desvanecido porque el soborno se ha desvanecido. Pero la fuerza sola, como
sabemos por lo menos desde Maquiavelo, no permite a las estructuras políticas sobrevivir mucho
tiempo”47. Y un sistema que no tiene legitimación no sobrevive.

Es decir, la “era de la esperanza y lucha por los ideales de la Ilustración” que fueron los años entre
1789 y 1945 vivieron en el último gran momento de apoteosis del liberalismo entre 1945 y
1989 una “era de realización, pero de realización falsa de las esperanzas de la Ilustración”; aquel
famoso y publicitado lema de la Revolución Francesa de “libertad, igualdad, fraternidad” nunca
se ha cumplido en la economía-mundo capitalista sencillamente porque no puede consumarse,
el día que se realice como tal, ese día ya no existirá el capitalismo.

“En la economía-mundo capitalista el sistema operaba para excluir a la mayoría (de los
beneficios) mediante la inclusión de toda la potencial fuerza de trabajo del mundo en el sistema
de trabajo, en una jerarquía vertical. Ese sistema de exclusión mediante la inclusión se fortaleció
infinitamente por la difusión en el siglo XIX de una ideología liberal dominante que justificaba esa
exclusión mediante la inclusión y que logró incorporar a la tarea incluso a las fuerzas
antisistémicas del mundo. Felizmente, ésa era ha terminado”48. Pero con ellas también la
legitimidad del sistema burgués ante las grandes masas del mundo.

Algunos dentro de la izquierda antisistémica vieron con notable preocupación, y algún signo de
alarma el hecho de que Raúl Castro, en su visita al Vaticano en mayo de 2015, declarara que “Si
el Papa sigue hablando como lo hace, tarde o temprano voy a empezar a rezar de nuevo y volveré
a la Iglesia católica, y no estoy bromeando”49 . No obstante, para tranquilidad de todos hay que
decir que, pese a que la Iglesia Católica y todos los Papas, casi que con iguales palabras y
semejante retórica, han dicho siempre lo mismo en relación a los pobres, la explotación de éstos
por los ricos, y últimamente, del daño ecológico que inflige al planeta el régimen económico
imperante, las palabras del ex guerrillero de Sierra Maestra, pese a su blandura ideológica,
demuestran más las restricciones a las que se ven sometidos todos aquellos Estados,
independientemente de cual sea su sistema socio-político, al incorporarse plena y totalmente a
la división internacional capitalista del trabajo, que es lo que ocurre actualmente a Cuba, que a
una renovación y/o revigorización de la esperanza de los pueblos en el discurso esperanzador
e ilusionante de los movimientos antisistémicos del siglo XX, que es lo que la verbosidad
abstracta y la oratoria vaga y muy general del Papa Francisco quiere reinstaurar, desde su
llegada al poder, con su discurso apostólico.
Entonces, como los Estados del sistema-mundo capitalista dejan de tener algo que redistribuir,
y como en las promesas de esperanza en un mundo mejor ya nadie cree (recibieron su tiro de
gracia entre 1968 y 1989), la incitación a mantenerse en la legalidad pierde su eficacia, al
agotarse la contrapartida y faltar el pastel concedido a cambio de la mansedumbre, sobreviene
por lo tanto, una época aciaga, de caos, desorden y violencia (lo vemos ya casi en todas partes);
pero sí como dice Marx, el dinero es asustadizo y “huye de los tumultos y las riñas y es tímido por
naturaleza”50, el capital ha perdido el clima propicio para su reproducción como tal: la
tranquilidad y el sosiego, y sin ellas le será imposible desarrollarse y propagarse; en resumen
vivir, seguir existiendo. Estamos en esa época.

6. Tendencia a la creciente incapacidad de reemplazo de la población mundial51

Como se ha dicho más arriba, el sistema-mundo capitalista es uno más de los sistemas que la
humanidad ha conocido, cuya existencia ha estado determinada por la apropiación de aquella
parte de los bienes fruto del trabajo de sus productores, una vez que éstos han cubierto lo
necesario para su reproducción histórica, lo que en términos económicos comúnmente se
conoce como excedente.

Es decir, el régimen capitalista de producción, por mucho que desarrolle la tecnología y propicie
la sustitución del trabajo vivo de las personas por máquinas y procesos cada vez más
automatizados, nunca podrá prescindir de la fuerza de trabajo del hombre, ya que es la
apropiación de trabajo humano sin pagar nada a cambio de él a su propietario utilizando, para
ello las nebulosas relaciones monetario mercantiles (aunque ni siquiera eso en algunas partes
del sistema), la esencia del capitalismo.

Entonces, por más que nos bombardeen con el mito del fin de la era del trabajo el capitalismo
no podrá prescindir nunca del ser humano, de la persona física, de su fuerza de trabajo, en fin
del género humano.

¿Y qué es lo que ocurre en la actualidad?.

Que hay una manifiesta y creciente tendencia hacia la incapacidad de reemplazo de la población
mundial, pese a que sin ella el capitalismo (y por extensión la sociedad humana) carece de
sentido y razón de ser.

Esto de expresa en el hecho de que si como “promedio 2,1 hijos por mujer es el mínimo necesario
para garantizar una capacidad de reemplazo generacional de ambos sexos”, “la tasa global de
fecundidad, en 2010 alcanzó 2,56 hijos por mujer y en 2050 será de 2,05 hijos por mujer. Lo que
significa que la capacidad de reemplazo generacional a escala mundial ya no está garantizada a
partir de entonces e incluso ya antes de esa fecha”.

Dice Dierckxsens que “hoy en día, de los 225 países y regiones registradas 114, es decir, más de
la mitad muestran tasas globales de fecundidad inferiores al 2.2 hijos por mujer. Ninguno de los
países centrales tiene más de 2.2 hijos por mujer. Lo anterior quiere decir que ninguno de los países
centrales tiene capacidad de reemplazo generacional. Si consideramos un promedio de 2.5 hijos
por mujer necesario para garantizar la capacidad de reemplazo en países periféricos, observamos
que 137 países de un total de 225 en el mundo (61%) ya no alcanzan la capacidad de reemplazo
generacional. La idea de la amenaza de una población galopante de los años setenta del siglo XX,
pronto se convertirá en una preocupación por poblaciones que tienden a desaparecer”.

Ni siquiera un país tan populoso como China se salva de esa incapacidad sistémica de reemplazo
generacional, con un “proceso de envejecimiento que no tiene precedente en la historia
moderna…entre 2045 y 2050 la población China decrecerá, en términos absolutos, a razón de casi
26 millones de habitantes al año”.

Un demostración de que los llamados países socialistas siempre han formado parte del sistema-
mundo capitalista, y por tanto, se han visto también afectados por los vicios y enfermedades
propias de la racionalidad burguesa moderna, es el hecho de que después de más de 40, 55 e
incluso 70 años en el caso de la Unión Soviética, en muchos de los países que supuestamente
habían creado otro sistema socioeconómico y político mundial, se observan tasas brutas de
reproducción que arrojan un número medio de hijos por mujer siempre por debajo de la
capacidad de reemplazo generacional: Lituania (1.24), Belarusia y la República Checa (1.25),
Ucrania (1.27), Rumania (1.27), Polonia y Slovenia (1.29), Letonia (1.31), Rusia (1.42) y Cuba
con 1.61 para citar los ejemplos más críticos; y de unos 20 países que hoy exhiben tasas con
crecimiento cero o negativo de su población tres cuartas partes son países antiguamente
llamados socialistas, y en el caso de Cuba se acerca a ello, pues su crecimiento vegetativo es de
0,4%.

¿Este fenómeno que amenaza peligrosamente a la principal especie de la sociedad, el ser


humano, es algo que ha afectado también a otras sociedades o es propio y específico del
capitalismo?.

La historia de la humanidad conoce muchos ejemplos de sociedades cuya población quedó


fuertemente diezmada, o incluso desaparecieron, pero siempre fue debido al bajo desarrollo de
las mismas, que las imposibilitaron de enfrentar con éxito epidemias y catástrofes naturales
como sequías, inundaciones, terremotos, huracanes etc.

Pero el hecho de que la especie humana esté seriamente amagada de extinción es sólo específico
del capitalismo, lo genera el propio accionar de sus leyes económicas, y es que al generalizarse
las relaciones de producción capitalistas solo el trabajo remunerado, que en un principio era
básicamente masculino, aparece como el verdadero trabajo; mientras que el trabajo doméstico,
fundamental y necesario a la sociedad, que realizaban las mujeres adquirió la connotación real
de trabajo impago.

Esto trajo consigo que el capitalismo, en aquellas sociedades donde se implantó, una vez que la
relación salarial superaba la barrera del 50% de la población económicamente activa, para no
verse obligado a subir los salarios y perder con ello competitividad acudiera al sector femenino,
cuya labor doméstica el nexo capitalista había degradado, desvalorizado y hecho obsoleta.

El capitalismo sacó a las mujeres de las casas y las incorporó masivamente al mercado de
trabajo, convirtiéndolas junto a los hombres, que ya lo eran, en eslabones importantes de la
actividad económica, castrando con ello el proceso de fecundación humana y el cuidado de los
menores, interrumpiendo con ello la capacidad de reemplazo inter-generacional a través de la
reproducción de la fuerza de trabajo a nivel familiar.

Posiblemente el movimiento feminista vio esto como una gran victoria, pero en economías con
una baja presencia del mercado y antes que la monetización adquiriera un gran desarrollo, la
categoría trabajo doméstico no existía y el trabajo impago (doméstico) no contrastaba aún con
el trabajo pagado. En el marco de una economía que era básicamente comunitaria tanto el
trabajo realizado por hombres como el efectuado por las mujeres era esencialmente trabajo
impago. La incorporación paulatina de la mujer al trabajo en el capitalismo no ha sido un triunfo
de las mujeres, ha sido una necesidad del capital. La situación de la mujer en el sistema-mundo
capitalista, más allá de su inserción en los circuitos productivos por causas estrictamente
económicas, no ha cambiado; sólo hay que verlas en las pasarelas de la moda y las “alfombras
rojas” para darse cuenta, que para el capital y su representante de género por excelencia en el
capitalismo, los hombres, la mujer sigue siendo objeto del deseo y sujeto de la contemplación.
Aunque para ellas, ironías de la vida, posar ante un photocall mostrando semidesnudos sus
pechos o exteriorizando ante las cámaras sus carnes más escondidas, constituya un testimonio
de reputación y una manifestación de prestigio, sin llegar a comprender que, en tal espectáculo
cirquero, no hay la más mínima estimación hacia el género femenino, sino la prueba de que “el
potencial desensualizador de la abstracción real de la forma-mercancía [del capitalismo] ha
engendrado a la mujer como ser compensatorio”52.

Pero cuando la relación salarial es generalizada (más de tres cuartas partes de la población
económicamente activa), al extremo que hasta las mujeres están incorporadas a ella,
careciéndose por tanto de un “ejército industrial de reserva” que limite las reivindicaciones al
alza de los asalariados en activo y, siempre y cuando por causas políticas no se pueda acudir a
la inmigración para rebajar la fortalecida posición de la clase trabajadora, a la burguesía no le
queda otra alternativa que incrementar la productividad del trabajo, lo que supone a nivel
social mayor desarrollo tecnológico, educación generalizada y cada vez de mayor complejidad,
aumentando también la demanda de fuerza de trabajo calificada, que resulta mayor que su
oferta; pero, “La fuerza de trabajo no calificada recibe un salario para reproducirse como no
calificada y no según las aspiraciones que tenga para con sus hijos. Ahora bien, los trabajadores
que tienen familias más pequeñas que la media social, pueden utilizar los recursos y la energía,
que de otro modo dedicarían para criar más hijos, para el ascenso social de menos hijos que la
media social. Al tener menos hijos que el promedio social, los gastos de re-producción de la fuerza
de trabajo (familiar), se encuentra por debajo del valor. Este ahorro puede utilizarse para el
ascenso social, o sea, para aumentar las posibilidades de obtener un mejor ingreso para sus hijos”.

“Para lograr la movilidad social ascendente, la unidad familiar se transforma en una unidad
estratégica para dicho ascenso social. De este modo desciende paulatinamente el promedio de
hijos por familia…”

“Para poder continuar el movimiento de ascenso social de generación en generación, se debe


reducir también la fecundidad de una generación a otra. El promedio de hijos por mujer desciende
de esta manera constantemente. Finalmente llega al extremo de no garantizar más el reemplazo
generacional, situación que se da hoy en día en todos los países centrales y más allá de ellos”.
Todo este proceso demuestra que la racionalidad económica capitalista no solo contamina las
aguas, enrarece el aire, desertifica la tierra, deforesta los bosques, aumenta la temperatura del
planeta, acaba con especies de plantas y animales, extingue la vida submarina y agota los
recursos naturales, sino que también esteriliza al ser humano, a la mujer, ese “taller natural” de
donde proviene la vida humana.

- Rodolfo Crespo (España) - rodohc21@gmail.com

Notas:

1. Wallerstein, Immanuel. La decadencia del imperio. EE.UU. en un mundo caótico. Editorial


Txalaparta. Tafalla. España. 2005. Pág 77-78.

2. Wallerstein, Immanuel. Análisis de sistemas-mundo. Una


introducción. http://geopolitica.iiec.unam.mx/sites/geopolitica.iiec.unam.mx/files/analisis_d
e_sistemas_wallerstein_0.pdf

3. Fúrsov, Andrei. Desmontaje del capitalismo y el fin de la Época de las Pirámides. Rebelión
24 abril 2013. Disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=167278

4. Para una compresión didáctica de este proceso recomendamos el artículo de Immanuel


Wallerstein ¿El final del camino para las fábricas deslocalizadas?. Comentario Nº 351, 15
abril 2013. Centro Fernand Braudel de la Universidad de Binghamton de New York. Disponible
en el periódico mexicano La Jornada en su edición del 21 de abril 2013. Disponible
en http://www.jornada.unam.mx/2013/04/21/opinion/022a1mun

5. Al ser preguntado por Salvador López Arnal, para el sitio web por excelencia de la
izquierda: Rebelión, el compañero profesor español Andrés Piqueras, respondió a la pregunta
de, si él en su momento denominado socialismo real, era Socialismo o Capitalismo de Estado, o
qué era realmente, con una brillantez teórica sin límites:

“Ni una cosa ni la otra. Fue uno de los nombres dados al conjunto de sociedades que en el siglo XX
comenzaron un proceso de desconexión con el capitalismo y de construcción de una vía socialista
que se vio truncada más o menos pronto según los casos, y que quizás, como dice Erik Olin Wright,
se convirtió en una suerte de “estatismo”. Recordemos que el modelo típico de transición en el siglo
XX se caracterizó porque en él no había propiedad privada de los medios de producción, no existía
compra-venta de la fuerza de trabajo, los productos perdieron parte de su calidad de mercancías
en virtud de sus valores de uso (distribuidos o subsidiados), no había producción regida por el
valor (tasa de ganancia), ni reinversión acumulativa de parte de la plusvalía social, y la
acumulación estuvo en su mayor parte acotada a ciertos privilegios de consumo (nunca
provenientes de la plusvalía directamente extraída a costa del trabajo ajeno). Esto muy
difícilmente podría ser llamado “capitalismo”, ni de Estado ni de nada. Otra cosa es que fuera
“socialismo”. Más bien se quedó como un engendro (“estatismo”) a medio camino: no desligado del
todo de la ley del valor capitalista pero dotado de una economía planificada, sin propiedad
privada de los medios de vida, pero sin socialización de los mismos. A la postre, la estatalización
de la acumulación dio paso a un modelo de regulación burocrático”. Rebelión 26 mayo
2015. Disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=199293

6. Poch-de-Feliú, Rafael. La actualidad de China. Un mundo en crisis, una sociedad en


gestación. Editorial Crítica. Barcelona. 2009. Pág 91. Allí mismo Poch-de-Feliú afirma: “En los
últimos veinte años , el mundo asistió a una gran transformación en el ámbito laboral. En los años
ochenta y noventa del siglo pasado, China, India y Rusia y el bloque del Este se integraron en la
economía global. En conjunto aportaron 1470 millones de nuevos obreros. Eso significa que el
sistema económico dobló la fuerza de trabajo disponible, que hasta entonces era (excluyendo esos
países y en el año 2000) de 1460 millones… Actualmente, muchos más trabajadores compiten por
trabajar con el mismo capital”.

7. Wim Dierckxsens y Andrés Piqueras. ¿Qué nos depara 2016?. Rebelión 30 diciembre 2015.
Disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=207282.

8. “el concepto de “emergencia” está impregnado de un fuerte contenido ideológico burgués,


dando a entender una cierta linealidad en el desarrollo económico que permitiría avanzar a los
países de carácter semicolonial a un estado de emergencia y posteriormente alcanzar el nivel de
los grandes países capitalistas. Esta hipótesis olvida que desde fines del siglo XIX y comienzos del
siglo XX la existencia del imperialismo a nivel mundial impide que los países de desarrollo burgués
atrasado, incluido en esto todos los países semicoloniales que constituyen hoy día los más
numerosos a nivel mundial, puedan repetir el modelo de desarrollo de los primeros. El término
“países emergentes” que surgió a comienzos del neoliberalismo vino a reemplazar al caído en
desgracia “países en desarrollo”, que se generalizó después de la Segunda Guerra Mundial. A
diferencia del concepto “países en desarrollo”, la denominación de “países emergentes” es menos
abarcativa y da cuenta, en términos de la jerga financiera, del carácter más restringido del
crecimiento económico dentro de los países semicoloniales y dependientes donde innumerables
países son dejados de lado de los circuitos de las cadenas de valor del capital internacional,
concentrándose las inversiones en algunos pocos. Una muestra del carácter mucho más desigual
de la acumulación capitalista después de la crisis de 1970”. Chingo, Juan. A ocho años del
comienzo de la crisis mundial. Revista Estrategia Internacional Nº 29. Enero 2016. Disponible
en http://www.ft-ci.org/A-ocho-anos-del-comienzo-de-la-crisis-mundial?lang=es

9. Beinstein, Jorge. Esta crisis es mucho más grave que la de 1929. Una conversación con
Jorge Beinstein sobre la “crisis general de la civilización burguesa. Rebelión 14 abril 2009
disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=83757

10. Beinstein, Jorge. Del fin del comienzo al comienzo del fin. Rebelión, 25 junio 2014
disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=186493

11. Beinstein, Jorge. Del fin del comienzo al comienzo del fin. Rebelión, 25 junio 2014
disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=186493

12. Poch-de-Feliú, Rafael. La actualidad de China. Un mundo en crisis, una sociedad en


gestación. Editorial Crítica. Barcelona. 2009. Pág 145.
13. Wim Dierckxsens y Andrés Piqueras. ¿Qué nos depara 2016?. Rebelión 30 diciembre 2015.
Disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=207282. El mismo cálculo hacía Decio
Machado para China, la locomotora capitalista mundial por excelencia de los últimos tiempos,
lo que acaba con las esperanzas en la continuación de éste país y región como el centro más
dinámico de acumulación y crecimiento de capital del sistema-mundo capitalista en su
conjunto; comparando lo que necesitaba deglutir en 1998 y 2011 para sostener tasas de
crecimiento del 10 %, hecho que demuestra el agotamiento estructural de la economía-mundo
capitalista, el avezado intelectual ecuatoriano planteaba: “Cuanto más rico es un país, más duro
es el reto de crecer y es posible que en el marco del capitalismo global, hasta haya demasiados
países grandes para hacerlo. En 1998 China, para que su economía de un billón de dólares creciera
en un 10%, tuvo que expandir sus actividades económicas en 100.000 millones de dólares y
consumir sólo el 10% de las materias primas industriales mundiales. Ya en 2011, para que su
economía de seis billones de dólares creciera igual de rápido, necesitó expandirse en 600.000
millones de dólares al año y absorber más del 30% de la producción global de materias primas.
Evidentemente China ahora está sufriendo el problema de insostenibilidad en su modelo de
crecimiento económico”. Machado, Decio. China: del comunismo rural al capitalismo salvaje.
Rebelión, 9 septiembre 2015. Disponible
en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=203069

14. Trenkle, Norbert. Terremoto en el mercado mundial. Revista Krisis. Mayo 2008.
Disponible en http://www.krisis.org/2009/terremoto-en-el-mercado-mundial/ (Subrayados
nuestros).

15. Karl Marx, “Fragmento sobre las Máquinas” Elementos fundamentales para la crítica de
la economía política (Grundrisse) 1857-1858 (1972). Vol. 2, pp. 216-230. Siglo XXI, México.

16. Jappe, Anselm. Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos.
Editorial Pepitas de Calaza. Logroño. España. 2011. Pág 122.

17. Jappe, Anselm. “Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos”.
Editorial Pepitas de Calaza. Logroño. España. 2011. Pág 154. Desde el mismo primer capítulo
de El Capital Marx explica porque con el desarrollo de la fuerza productiva social el valor
contenido en cada mercancía disminuye. “Podría parecer que si el valor de una mercancía se
determina por la cantidad de trabajo gastada en su producción, cuanto más perezoso o torpe
fuera un hombre tanto más valiosa sería su mercancía, porque aquél necesitaría tanto más tiempo
para fabricarla. Sin embargo, el trabajo que genera la sustancia de los valores es trabajo humano
indiferenciado, gasto de la misma fuerza humana de trabajo. El conjunto de la fuerza de trabajo
de la sociedad, representado en los valores del mundo de las mercancías, hace las veces aquí de
una y la misma fuerza humana de trabajo, por más que se componga de innumerables fuerzas de
trabajo individuales. ... Tras la adopción en Inglaterra del telar de vapor, por ejemplo, bastó más
o menos la mitad de trabajo que antes para convertir en tela determinada cantidad de hilo. Para
efectuar esa conversión, el tejedor manual inglés necesitaba emplear ahora exactamente el mismo
tiempo de trabajo que antes, pero el producto de su hora individual de trabajo representaba
únicamente media hora de trabajo social, y su valor disminuyó por consiguiente, a la mitad del
que antes tenía”.
18. Jappe, Anselm. Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos.
Editorial Pepitas de Calaza. Logroño. España. 2011. Pág 206.

19. Jappe, Anselm. Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos.
Editorial Pepitas de Calaza. Logroño. España. 2011. Pág 207. Negritas y subrayados nuestros.

20. Jappe, Anselm. El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. Editorial Pepitas de
Calaza. Logroño. España. 2009. Pág 38. El mismo criterio planteaba en primicia el disidente
norteamericano Paul Craig Roberts en entrevista concedida a Nilantha Ilangamuwa para la
revista de izquierda norteamericana CounterPunch “…Reagan pensaba que la economía
soviética era demasiado decrépita para resistir la presión de una carrera armamentista de alta
tecnología. Creía que al amenazar a los soviéticos con una carrera armamentista, podría llevarlos
a negociar el fin de la Guerra Fría.

La CIA dijo a Reagan que los soviéticos ganarían la carrera armamentista, porque era una
economía de planificación centralizada que controlaba la inversión y podría destinar todos los
recursos necesarios a los militares. Reagan no le creyó a la CIA y nombró un comité para tomar la
decisión. El comité concluyó que la economía soviética no podría competir en una carrera
armamentista”. Craig formó parte de ese comité secreto como subsecretario adjunto del Tesoro
en el gobierno de Reagan. Los gobiernos occidentales se han convertido en la antítesis de la
moralidad. Entrevista con Paul Craig Roberts. Rebelión 24 septiembre 2012. Disponible
en: http://rebelion.org/noticia.php?id=156551

21. Kurz, Robert. Las metamorfosis del imperialismo. Capítulo I del Libro La guerra de
ordenamiento mundial. Disponible en: http://obeco.no.sapo.pt/rkurz_es166.htm subrayados
nuestros.

22. Jappe, Anselm. Tenemos que salir de este sitio. Blog K-ntra Kultura. Disponible
en: http://kntrakultura.blogspot.com.es/2015/09/tenemos-que-salir-de-este-sitio-
anselm.html Las negritas son de Jappe.

23. ¡Se oye rebuznar!. Gil Maynou, Josep. Blog Indagando el futuro. 17 marzo 2009. Disponible
en: http://josepgmaynou.blogspot.es/1237291740/se-oye-rebuznar-/

24. “…los movimientos esenciales, los que determinan las tendencias básicas del sistema, siguen
siendo las fluctuaciones d ela tasa media de acumulación de capital productivo” Mandel,
Ernest. Las ondas largas del desarrollo capitalista. La interpretación marxista. Editorial
Siglo XXI. Madrid 1986. Pág 10. Disponible también en http://digamo.free.fr/ondaslargas.pdf

25. Esta cita y la anterior en: Mandel, Ernest. Las ondas largas del desarrollo capitalista. La
interpretación marxista. Editorial Siglo XXI. Madrid 1986. Pág 24. Disponible también
en http://digamo.free.fr/ondaslargas.pdf

26.
Fase A (prosperidad) Fase B (crisis)
Periodo de
la onda Duración
larga en años Recuperación Auge Recesión Depresión
Primera 1787-1827 41 ------ 1787-1800 1801-1813 1814-1827
Segunda 1828-1885 58 1828-1842 1843-1857 1858-1869 1870-1885
Tercera 1886-1938 53 1886-1897 1898-1911 1912-1925 1926-1938
Cuarta 1939-2015 76 1939-1945 1946-1965 1966-1973 1974-¿?
Quinta ¿? ¿? ¿? ¿? ¿? ¿?

27. Beinstein, Jorge. Las crisis en la era senil del capitalismo. Esperando inútilmente al
quinto Kondratieff. Publicado en el “El Viejo Topo”, Barcelona, n°253, Febrero 2009.
Disponible en http://www.rebelion.org/docs/82165.pdf.

28. Esta cita y la anterior en: Husson, Michel. La teoría de las ondas largas y la crisis del
capitalismo contemporáneo. Disponible
en http://www.vientosur.info/IMG/pdf/Ondas_largasHusson.pdf

29. Mandel, Ernest. Las ondas largas del desarrollo capitalista. La interpretación marxista.
Editorial Siglo XXI. Madrid 1986. Disponible también en http://digamo.free.fr/ondaslargas.pdf

30. Aunque esto es cierto, tampoco hay que dejarse embelesar por ella “La vitalidad mostrada
por el capitalismo durante el ‘boom’ no fue la de un niño, un adolescente ni aun la de un adulto en
plenitud. Fue la de un hombre mayor, que después de haber estado cerca de la muerte, obtiene una
herencia, se estira la piel, y vuelve a las andadas con la ventaja de la experiencia acumulada. Su
aspecto parecerá jovial, pero no podrá evitar el envejecimiento de sus células. Su experiencia le
permitirá aún hacer frente a nuevos percances, pero ha envejecido irremediablemente. Sus
recaídas serán cada vez más periódicas y profundas. Es esta la situación que vive el capitalismo
desde principios de los ’70”. Castillo, Christian. Las crisis y la curva del desarrollo capitalista.
Revista Estrategia Internacional N° 7 Marzo/Abril -
1998http://www.ft.org.ar/estrategia/ei7/ei7curvas.html

31. Beinstein, Jorge. Las crisis en la era senil del capitalismo. Esperando inútilmente al
quinto Kondratieff. Publicado en el “El Viejo Topo”, Barcelona, n°253, Febrero 2009.
Disponible en http://www.rebelion.org/docs/82165.pdf

32. Piqueras, Andrés. La opción reformista: entre el despotismo y la revolución. Editorial


Anthropos. 2014.

33. Wim Dierckxsens y Andrés Piqueras. Más allá de las elecciones. ¿Qué nos depara 2016?.
Rebelión 30 diciembre 2015. Disponible
en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=207282
34. Éste acápite constituye íntegramente, un resumen de los trabajos de Manuel Talens y Pedro
Prieto, Michael Moore y el caso de la General Motors: ¿Se avecina el fin del capitalismo?.
Rebelión 12 junio 2019 disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=86860 , y de
Pedro Prieto (editado por Manuel Talens) Crecer o decrecer: That Is The Question, Sitio Web
Tlaxcala 20 noviembre 2011, disponible en http://www.tlaxcala-
int.org/article.asp?reference=6256 . Las cursivas corresponden a ambos trabajos, sólo
organizadas didácticamente para el presente ensayo.

35. “La AIE ha reconocido en su World Energy Outlook de 2010 que el cenit o producción máxima
mundial del petróleo convencional tuvo lugar… ¡en 2006!”. Prieto, Pedro. Crecer o decrecer:
That Is The Question http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=6256

36. Dice Beinstein que el capitalismo básicamente “se ha reproducido en torno de objetos
técnicos decisivos de la cultura individualista (por ejemplo el automóvil) que definen el estilo de
vida dominante y a procedimientos productivos basados en la explotación intensiva de recursos
naturales no renovables o en la destrucción de los ciclos de reproducción de los recursos
renovables”. Beinstein, Jorge. Estados Unidos entre la recesión y el colapso. El hundimiento
del centro del mundo. Rebelión 8 mayo 2008. Disponible
en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=67099

37. “una mayor producción nominal de combustibles líquidos no supone automáticamente más
energía puesta a disposición de la sociedad, pues a medida que avanza la explotación de un
recurso finito empeora la calidad promedio del mismo y ofrece menos energía neta para el mismo
volumen extraído”. Prieto, Pedro. Crecer o decrecer: That Is The
Question http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=6256

38. Éste acápite constituye un resumen de la posición que al respecto sostiene la perspectiva de
sistemas-mundo del compañero profesor Immanuel Wallerstein, el primero en anunciar y
argumentar que la legitimidad de la economía-mundo capitalista estaba seriamente
cuestionada; hoy la pérdida creciente de ésta ante las grandes masas y en todas partes es casi
un hecho indiscutible e incuestionable.

39. Un solo ejemplo, en 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, cuando en realidad la mitad de los estados que formaban
el mundo en aquel entonces eran colonias o semicolonias, precisamente de países que habían
aprobado dicho documento declarativo.

40. Wallerstein, Immanuel. Después del Liberalismo. Editorial Siglo XXI. Sexta reimpresión
2011. Pág 151. En términos económicos diríamos, sin afectar la incesante acumulación de
capital.

41. Ibídem.

42. Wallerstein, Immanuel. La decadencia del imperio. EE. UU. en un mundo caótico”. Editorial
Txalaparta. Tafalla. España.2005. Pág. 255.
43. Wallerstein, Immanuel. Después del Liberalismo. Editorial Siglo XXI. Sexta reimpresión
2011. Pág 215.

44. Wallerstein, Immanuel. Después del Liberalismo. Editorial Siglo XXI. Sexta reimpresión
2011. Pág 109.

45. Wallerstein, Immanuel. Después del Liberalismo. Editorial Siglo XXI. Sexta reimpresión
2011. Pág 163.

46. Wallerstein, Immanuel. Después del Liberalismo. Editorial Siglo XXI. Sexta reimpresión
2011. Pág 149.

47. Wallerstein, Immanuel. Después del Liberalismo. Editorial Siglo XXI. Sexta reimpresión
2011. Pág 239-241. Subrayados nuestros.

48. Wallerstein, Immanuel. Después del Liberalismo. Editorial Siglo XXI. Sexta reimpresión
2011. Pág 246.

49. El Papa podría lograr que “vuelva a la Iglesia católica”, afirma Raúl Castro. Periódico
La Jornada. 11 mayo 2015. Disponible
en http://www.jornada.unam.mx/2015/05/11/mundo/019n1mun

50. Marx, C. El Capital Tomo I. Ed. de Ciencias Sociales. Ciudad de la Habana. 1980. p. 697.

51. Éste acápite toma por base íntegramente el artículo Población Fuerza de Trabajo y
Rebelión en el siglo XXI, del compañero Wim Dierckxsens. Disponible
en http://www.lahaine.org/est_espanol.php/poblacion-fuerza-de-trabajo-y-rebelion-e . Las
cursivas salvo indicación expresa corresponden a dicho trabajo.

52. Jappe, Anselm. El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. Editorial Pepitas de
Calaza. Logroño. España. 2009. Pág 56. Los corchetes son nuestros.
https://www.alainet.org/es/articulo/175587