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Sobre el azar, el exilio y la belleza

Por Miquel Bassols

Respuestas a Andrea Cucagna para el libro “Un estilo en cursiva"

1) ¿Qué diría Usted a partir del análisis de la que, por


mi parte denomino "Ley de la improvisación"? Dicho
de otro modo, ¿qué diría Usted de los equilibrios
inestables que el camino del análisis nos ayuda a
construir? Por favor, no la conteste hasta no haber
considerado la segunda y la tercera pregunta.

Hay en el campo de la música una interesante


experiencia que se llama “improvisación dirigida”. Se
trata de una improvisación musical en grupo pero con
la intervención de un director que, sin conocer ni
tener ninguna ley previa, ninguna partitura, orienta la
improvisación marcando tiempos y compases,
entradas e intensidades de los instrumentos en juego.
No es el puro y simple azar, es la contingencia de los
encuentros creando su propia ley, una ley que el
director, como una suerte de Más Uno del grupo, va
inscribiendo a partir del movimiento que producen los
encuentros imprevistos entre los miembros del grupo.
Me parece una buena manera de entender esta “ley
de la improvisación” a la que usted se refiere y que es
la misma regla fundamental del análisis. Sólo que en
un análisis el sujeto mismo es el único miembro del
grupo o colectivo. O bien, definición más lacaniana,
el colectivo es el sujeto mismo, el significado de
todos los personajes que encarna en el discurso del
inconsciente. Según esta ley, todo equilibrio es
inestable ante la contingencia de un real que,
Lacan dixit, es siempre sin ley, una y otra vez.

2) ¿Qué diría Usted sobre el exilio tal como nos lo


enseña Lacan en el Seminario 20, tamizado por
aquello que el análisis le enseñó respecto a la
distancia?

Es precisamente a partir de la contingencia de los


encuentros y desencuentros —de aquello que “cesa de
no escribirse”— como Lacan circunscribe el exilio
inherente al ser que habla: es el exilio de la relación
sexual, dice allí en el Seminario que usted evoca. Esto
quiere decir para mí: el objeto que haría recíproca la
relación sexual no está escrito en ningún programa.
Ser uno —o una— para el otro —o para la otra— no
quiere decir necesariamente que ese uno —o una— sea
a su vez otro —u otra— para el otro —o para la otra.
Es un trabalenguas, pero es también la traba
fundamental para que exista una relación sexual como
Dios manda, es decir recíproca. A partir de ahí, cada
sexo está necesariamente exiliado de una relación
que no acaba nunca de existir, o mejor, que no acaba
nunca de no existir, que no cesa de no existir. De
hecho, es un exilio interior, cuando uno llega a
hacerse, como sucede en un análisis, Otro para sí
mismo. Si hay una verdadera distancia, más allá de
toda distancia geográfica, es esa: la que me separa a
mí de mi propio inconsciente.

3) ¿Qué diría Usted sobre la belleza, sobre lo bello


desde la enseñanza de Lacan y la orientación de J.-A.
Miller , así como desde los efectos que el análisis le
produjo en su búsqueda?

Toda búsqueda verdadera de la Belleza, en


mayúsculas, debería llegar a aquel momento que
Rimbaud tradujo así en Una temporada en el infierno:
“Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la
encontré amarga. —Y la injurié.” Si la belleza ha sido
situada por el psicoanálisis como el último velo ante
el horror de la castración es porque es a la vez su más
fiel y próxima compañera. Un modo de atravesar el
espejismo de lo bello es precisamente con la injuria,
que apunta a lo real mucho mejor que lo bello mismo.
Dicho con el aforismo lacaniano: no hay estética
posible del goce, no hay un goce mejor ni más bello
que otro, aunque pueda haber un goce en la
contemplación o en la experiencia misma de lo bello.
Creer que hay un goce más bello que otro es también
el principio del racismo. Poner en suspenso esta
creencia, tan religiosa como cualquier otra, es el
principio del psicoanálisis que no apunta de hecho a la
búsqueda de lo bello, tampoco de lo verdadero, sino a
la invención de un significante nuevo que toque algo
de lo real. Por eso Lacan, hacia el final de su
enseñanza, podía decir que lo primero que habría que
hacer es extinguir la noción de lo bello, que los
analistas no tenemos nada bello que decir. Y que el
psicoanálisis encuentra otra vía para abordar lo real,
la vía del equívoco o del chiste. Entonces, ni lo bello
ni la injuria. Mejor saber hacer con el equívoco en el
que todos los seres hablantes vivimos.