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El goce en la enseñanza de Jacques Lacan

Por Miquel Bassols

Prólogo a Psicoanálisis orientación lacaniana: Recorrido del goce en la


enseñanza de Jacques Lacan, JCE Ediciones, Buenos Aires 2019

¿Es posible una enseñanza del psicoanálisis en la


Universidad? La pregunta no debería sorprender al
lector de la obra Freud. A la vez que afirmaba, en su
texto dedicado a responder esta pregunta, que la
institución universitaria “únicamente puede
beneficiarse con la asimilación del psicoanálisis en sus
planes de estudio”, el fundador del psicoanálisis no
dejaba de señalar los límites de esta asimilación: aun
con el mejor programa de enseñanza posible, “el
estudiante nunca podrá aprender cabalmente el
psicoanálisis”[1]. De hecho, no solo le faltará el
acceso al “ejercicio práctico” sino que únicamente
podrá acceder a este ejercicio a partir de lo que
elabore de sí mismo, como analizante, en su propia
experiencia analítica. A falta de ello, la lógica interna
de esta experiencia quedará opaca en los conceptos
que aprenda.
Freud mantuvo así desde el principio la necesidad de
unas formas propias de transmisión y de evaluación
del psicoanálisis que no podían regularse desde el
discurso universitario. Y creó una institución que
terminó yendo a contracorriente de su propio
descubrimiento precisamente, y entre otras cosas, por
una deriva del discurso analítico hacia el discurso
universitario, es decir por una promoción del
psicoanalista didacta como agente y garantía última
del saber aprendido en la experiencia. No está de más
recordar que, en realidad, la figura
del Lehranalytiker, el analista didacta, era más bien
en su origen un didacta universitario de disciplinas
diversas que deseaba orientarse por el psicoanálisis y
adentrarse en su experiencia. No era el psicoanalista
que ya poseía un saber reconocido por su pares sobre
esa experiencia sino el que mejor podía plantearse la
pregunta sobre la lógica que la gobernaba para
alimentar así otros saberes. La inversión en el uso y
en la práctica de esta expresión, analista didacta, da
la medida del deslizamiento institucional que llevó al
psicoanálisis a la situación que Jacques Lacan
encontró y criticó en 1956 [2]. Se trataba de una
sociedad jerárquica en la que los propios analistas
didactas, que Lacan llamaba ahí “Suficiencias”, se
eligen y reconocen entre sí formando una clase en
oposición a los candidatos a ocupar esa misma clase,
llamados irónicamente “Zapatitos”. Se producía así la
homología con la estructura universitaria de
profesores y estudiantes. Lejos de responder a la
pregunta planteada al principio, ésta se cerraba sobre
sí misma en la figura del analista que se bastaba a sí
mismo como sujeto supuesto saber.
Fue Jacques Lacan, excluido de aquella institución
por la ruptura que su enseñanza implicaba en los
modos de practicar y transmitir el psicoanálisis, quien
renovó la apuesta institucional diferenciando
netamente el discurso analítico del discurso
universitario, diferenciando a la vez grados y
jerarquías. Los grados se distinguen por la relación
singular de cada sujeto con el saber del inconsciente,
imposible de regular y de evaluar desde las formas
universitarias por muy precisas y cuidadosas que se
quieran. La Escuela del pase es el resultado de esta
apuesta, con un modo inédito de verificar la relación
de cada sujeto con el saber del inconsciente. A la vez,
Lacan no dudó en impulsar un Departamento de
Psicoanálisis en la Universidad parisina de finales de
los años sesenta, Departamento desarrollado después
por Jacques-Alain Miller en su vinculación con el
Instituto del Campo Freudiano, dispositivo de
formación de practicantes que sigue fortaleciendo hoy
los estudios universitarios del psicoanálisis de
orientación lacaniana en varios países. Pero puso los
fundamentos de la formación y de la autorización del
psicoanalista en su Escuela, donde el modo de
transmisión del saber analítico tiene unas condiciones
y un grado de exigencia que ninguna institución
universitaria podría cumplir. Y ello aunque siguiera a
pies juntillas el programa freudiano de la Universitas
Literarum, la Universidad de las Letras, formulado en
el texto citado como un ideal que sienta las bases del
estudio de los saberes necesarios para el
psicoanalista: la clínica psiquiátrica en primer lugar,
pero también la historia de las religiones y de los
mitos, la filosofía, la antropología, la lógica y la
literatura. Y es cierto, la elaboración de todos estos
saberes sigue siendo necesaria para la formación del
psicoanalista. Pero la propia experiencia analítica, su
control por el practicante, así como la experiencia del
pase, fundamental en la Escuela de Lacan, no podrían
planificarse ni organizarse nunca siguiendo la forma
de un cursus universitario.
Podemos responder entonces a la pregunta: la
enseñanza del psicoanálisis en la Universidad no solo
es posible, es necesaria. Para agregar de inmediato:
pero no es suficiente. La experiencia de la Escuela,
tal como la fundó Lacan y la ha desarrollado Jacques-
Alain Miller, es el lugar de formación del analista a
partir de la singularidad de su experiencia como
sujeto del inconsciente, de un texto que debe
aprender a descifrar y transmitir de la manera más
clara y precisa. Y es solo a partir de esa experiencia,
por otra parte, que es pensable una enseñanza
universitaria acorde con el descubrimiento freudiano
y con la práctica misma del psicoanálisis. En una
Escuela así no hay psicoanalistas didactas standard
que oficien de profesores y que se confundan con las
jerarquías de la institución. Hay analizantes que
llevan hasta su final una experiencia analítica y de
elaboración de saber sobre su singularidad como
sujetos, una experiencia que no será validada por
ningún didacta sino por un procedimiento, el pase, en
el que son sus pares, otros sujetos en su misma
situación, los responsables de transmitir y hacer
efectivo ese saber. El resultado, cuando se da,
siempre de manera singular, es el Analista de la
Escuela.
Vaya esta introducción al prefacio para avisar al
lector que lo que encontrará en las páginas que
siguen quiere ser una elaboración de saber de este
orden llevada al ámbito de la enseñanza universitaria.
La elección del tema no podría entonces ser mejor
para introducirse a la clínica psicoanalítica de
orientación lacaniana. Es precisamente lo que hace
más singular al sujeto del inconsciente, a cada ser
hablante en su síntoma y en su modo de vivir. Es
precisamente lo que está en los límites del discurso
de la Universidad con el discurso del psicoanalista. Es
lo que llamamos “el goce”, noción lacaniana por
excelencia que designa esta singularidad, aquello a la
vez que no se deja atrapar por ningún saber al uso.
Menos todavía si reducimos el saber a una forma de
conocimiento supuestamente objetivo, y menos
todavía si queremos condensarlo en una información
programable y adquirible en unidades empaquetadas
como querrían las leyes del mercado.
El lector verá muy pronto que el goce es lo que más
se resiste al saber, aquello sobre lo que estrictamente
no queremos saber nada de nada. Si algo constata la
experiencia analítica en cada caso y a cada paso es
que no hay un saber sobre el goce singular de cada
sujeto, que no hay un saber sobre el goce sexual en
primer lugar que pueda formularse de manera
consciente, consistente y completa a la vez. La
relación entre el goce y el saber se funda así en una
incompatibilidad lógica que la enseñanza de Lacan
investiga de una y mil maneras y que encuentra su
mejor formulación en el objeto a, el objeto causa y
brújula del deseo. Encontraremos en las páginas de
este libro varios modos instructivos de estudiar las
conjunciones y disyunciones entre el saber y el goce:
desde la clínica de las neurosis y las psicosis, pasando
por los nuevos objetos del fetichismo —
selfie incluida—, hasta llegar al discurso de la
filosofía, del arte y de la literatura. Todas ellas están
expuestas siguiendo el programa de lectura y de
investigación que Jacques-Alain Miller ordenó con sus
“Seis paradigmas del goce”, texto que hoy es ya un
clásico para cualquier lector de Lacan que desee
orientarse en la lectura de sus escritos y seminarios.
Ha habido sin duda un antes y un después de esta
precisa elaboración para situar la noción de goce en
la enseñanza de Lacan.
La noción de goce es difícil, empezando por su
traducción, tal como se comenta al final de este
libro: jouissance tiene en francés resonancias
semánticas que el español no puede traducir sin una
pérdida de sentido que no es ajena, precisamente, a
lo que el propio término significa. El saber de las
lenguas tal como lo aborda la lingüística deja escapar
inevitablemente el sentido del goce que Lacan
escribirá como joui-sens, sentido gozado o, también,
sentido de lo que “yo oigo” (j’oui-sens). Dicho de otra
manera, el sentido de las palabras, y especialmente
de las palabras que han tenido un peso y una densidad
especiales en la historia de cada sujeto, depende del
modo singular en que su dimensión significante ha
tocado y resonado en cada cuerpo. Y ello casi siempre
de manera traumática. Nadie experimenta entonces
del mismo modo el sentido de una palabra, un sentido
que depende de la lengua particular de cada ser
hablante, del texto de su propio inconsciente que
está por descifrar. Es lo que Lacan designará con un
neologismo que también recorre estas
páginas, lalangue, que traducimos por “lalengua”,
escrito en una sola palabra. A la vez, señalemos que
la palabra “goce” tiene en español sus propias
resonancias que encontramos ya en la mística y en la
literatura que el propio Lacan evocó en textos de
Santa Teresa de Jesús —“Acá no hay sentir, sino gozar
sin entender lo que se goza”[3]—y de San Juan de la
Cruz —“regalada llaga” lo calificaba en su Llama de
amor viva— para estudiar su vertiente más femenina.
Recorrer las diversas resonancias de la noción de goce
en la enseñanza de Lacan requiere así plantearse
finalmente la cuestión en términos decididamente
subjetivos: qué soy yo como ser hablante, qué soy yo
como ser de un goce que me habita, en mis síntomas
en primer lugar, y que se me impone tanto como se
me escapa en mis propias palabras. Sólo desde ahí
tomará sentido, a través de los diversos paradigmas
estudiados de manera tan metódica y rigurosa en este
libro, la noción de goce, crucial para abordar la
clínica de nuestro tiempo.
[1]
Sigmund Freud, “Sobre la enseñanza del psicoanálisis en la Universidad”.Obras Completas.
Biblioteca Nueva, Madrid 1974, p. 2455.
[2]
En su texto “Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956”. Escritos. Ed.
Siglo XXI, México 1971.
[3]
Santa Teresa de Jesús: “Libro de la Vida”. En: Obras Completas. Salamanca, Ediciones Sígueme,
1997, p. 180.