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TONI NEGRI

EL EXILIO

EL VIEJO TOPO
EL EXILIO ES LA T R A N S C R I P C I Ó N DEL DOCUMENTAL RITORNO

VERSO IL FUTURO, REALIZADO POR M A U R I Z I O L A Z Z A R A T O Y

RAFFAELE V E N T U R A , P R O D U C I D O POR L'YEUX OUVERTS

( B P 6 2 4 , 92006 N A N T E R R E CEDEX)

TRADUCCIÓN: RAÚL SÁNCHEZ

D E L B U E N USO DE LA MEMORIA Y EL OLVIDO T R A D U C I D O POR

IÑAKI GARCÍA

E D I C I Ó N ORIGINAL EN FRANCÉS EN LES MILLE ET UNE NUITS,

COLL. LES PETITS LIBRES, FEBRERO DE 1998.

Primera edición: julio de 1998

© Toni Negri
Edición propiedad de El Viejo Topo
Diseño cubierta: Miguel R. Cabot
ISBN: 84-922573-7-7
Depósito legal: B-3178-98
Impreso por Novagràfik, Barcelona
Impreso en España
Printed in Spain
PREFACIO

LIBERTAD PARA TONI NEGRI

Toni Negri, profesor de la Universidad de Padua y autor de


obras conocidas en todo el mundo, fue arrestado el 7 de abril
de 1979 y acusado de "insurrección armada contra los poderes
de Estado". En apoyo de dicha inculpación, sus acusadores le
presentaron como dirigente clandestino de las Brigadas Ro-
jas, el grupo terrorista que secuestró y asesinó a Aldo Moro,
Presidente de la Democracia Cristiana. Negri ha negado
siempre esta absurda acusación y fue más tarde formalmente
absuelto de ella. Los cargos en su contra se vieron modifica-
dos en numerosas ocasiones. Después de cuatro años y medio
en prisión preventiva, fue elegido diputado del Parlamento
como representante del Partido Radical y liberado consi-
guientemente. Cuando la Cámara de Diputados votó poste-
riormente por un estrecho margen la retirada de su inmuni-
dad parlamentaria y enviarle de nuevo a prisión, huyó a Fran-
cia. Los trámites penales continuaron en su ausencia hasta
concluir en condenas diversas en varios juicios (entre ellos,
uno celebrado en Roma con declaraciones de un "arrepenti-
do enviado al extranjero desde la apertura del proceso). Ya
entonces Amnistía Internacional denunció la existencia de
graves irregularidades legales en el proceso de Negri y de sus
compañeros de la Universidad de Padua. En el curso de su
exilio, Toni Negri trabajó como profesor de la Universidad de
París VIII, en el Collège International de Philosophie, y co-
mo investigador de ciencias sociales. Durante este periodo
publicó numerosos libros.
Debido a su notoriedad, Negri se ha convertido en la figura
emblemática de la izquierda radical italiana de los años 70.
En el "otoño caliente"de 1969 se inició un periodo de inten-
sos conflictos sociales que se vieron exacerbados por el papel
sumamente ambiguo de ciertos organismos del Estado, en lo
que vino a conocerse como "estrategia de la tensión"; en otras
palabras: la manipulación de grupos neofascistas responsables
de una mortífera campaña de bombas colocadas en lugares co-
mo la Piazza Fontana y la masacre de la estación ferroviaria de
Bolonia. La radicalización de la izquierda extraparlamentaria
italiana y los movimientos sociales condujo a gran número de
activistas a seguir el camino de una violencia política difusa
y llevó a unos cuantos a la lucha armada. Entre 1976 y 1980,
decenas de miles de activistas fueron perseguidos por la po-
licía y más de cinco mil fueron arrestados. Se dictaron cente-
nares de condenas a largas penas de prisión sobre la base de
leyes de excepción todavía hoy en vigor, entre las que se cuen-
ta de manera destacada la de los llamados "arrepentidos". De
acuerdo con esta disposición legal, el testimonio de personas
acusadas y "arrepentidas" es base suficiente para condenar a
otras y permite la liberación de las primeras, aunque hayan
sido condenadas por delitos de sangre, así como diversas me-
didas de "reclasifìcación" por parte del Estado corno premio
de su delación y a cambio de proporcionar pruebas. Otra de
las medidas de excepción permite que la detención preventi-
va pueda ampliarse retroactivamente hasta 12 años. Esta me-
dida resulta radicalmente incompatible con los principios del
Estado de Derecho y las normas básicas de procedimiento
penal, tal como quedan definidas en los artículos 5 y 6 de la
Convención Europea de Derechos Humanos y protegidas por
el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Ya puede supo-
nerse que la naturaleza sumamente debatible de dicha legis-
lación es lo que ha llevado a que países democráticos vecinos
a Italia como Francia o Gran Bretaña, albergaran serias dudas
sobre estos casos y no hayan actuado en la mayoría de las más
de 70 peticiones de extradición presentadas por las autori-
dades italianas, independientemente del partido que se ha-
llara en el poder. N o cabe duda de que por esa misma razón
es por lo que los más de 500 refugiados aceptados por Francia
no han sido nunca molestados u hostigados. Estos refugiados
se han integrado en la sociedad francesa, en la que han encon-
trado trabajo y han creado familias. N o quieren arriesgar hoy
su futuro, ni la vida que han rehecho, por tener que solventar
25 sentencias ya antiguas dictadas en dudosas condiciones de
excepcionalidad.
Toni Negri decidió volver a Italia. Desde el 1 de julio de
1997 se encuentra encarcelado en la prisión de Rebibbia, cer-
ca de Roma. Con este gesto, ha querido plantear la cuestión
de una amnistía general para los prisioneros políticos italia-
nos.
Con su valiente decisión, Toni Negri corre un gran riesgo, pe-
ro está dispuesto a poner en juego su libertad para dar un
nuevo impulso a la exigencia de una amnistía, no sólo para sí
mismo sino también para todos los que siguen perseguidos
como consecuencia del movimiento social y de los enfrenta-
mientos de los años 70. La mayoría de los países democráti-
cos practican esta amnistía tras los grandes dramas de su vida
interna. Sólo una amnistía puede devolver a una vida normal
a los centenares de italianos aún en prisión o en el exilio.

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CARTA DE TONI NEGRI,
A MODO DE INTRODUCCIÓN

Rebibbia 11 de abril de 1998

Queridos amigos y compañeros,

Os agradezco que os hayáis reunido y la solidaridad activa


que me demostráis, a través de vuestra reunión, a m í y a to-
dos los compañeros que hoy continúan sufriendo la cárcel y
el exilio por haber combatido, en Italia, en los años setenta,
por la transformación de su país.
Es inútil que os oculte que la situación es difícil, y que las
esperanzas que sólo hace un año podían alimentarse sobre
una rápida solución política del problema que representamos
los presos y exiliados políticos se han debilitado. El indulto
y la amnistía que pedimos están bloqueados por mil obstácu-
los: cuando no nos las vemos con la voluntad de venganza
chocamos con la reticencia, el aplazamiento o las pocas ganas
de actuar. Lo que podría comprenderse en la derecha del
espectro político, se vuelve menos comprensible viniendo de
la izquierda, desde donde hoy se ejerce el gobierno del país.

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Por esta razón la presión internacional sobre los gobernantes
italianos, y la de los diversos partidos de los países europeos
sobre sus colegas italianos, es la única fuerza en la que hoy
podemos confiar para modificar las posiciones y acelerar una
solución del problema. Se han tomado varias iniciativas en
Estrasburgo y en Bruselas: de ellas esperamos mucho. Nos
parece muy importante que vosotros, ciudadanos y militan-
tes políticos españoles, participéis en esta campaña.
Pero hay otro tema sobre el que quisiera solicitar vuestra
atención, además del de mi liberación y la de mis compa-
ñeros. Los años setenta italianos fueron años de grandes lu-
chas. Una década singularísima que nace, si se quiere, de un
68 bastante pálido comparado con los demás 68 europeos
pero que, en la década que termina en el 77, se convierte en
un movimiento social de dimensiones imponentes. Por sus
formas de lucha, de organización y por las nuevas agrega-
ciones sociales que en él se presentaron, el movimiento ita-
liano de los años setenta representó (como vino a reconocer
Gilles Deleuze) la anticipación de toda forma de resistencia
futura. Hoy se sigue ejerciendo la represión contra este ar-
quetipo de lucha futura; se quiere cancelar hasta de la memo-
ria aquella extraordinaria experiencia. Creo que debemos re-
sistirnos a esta operación. Hay dos maneras de hacerlo. La
primera es muy simple: volver, con métodos históricos y tes-
timonios reales, a aquel periodo, reconstruirlo, someter los
comportamientos de todos los actores (pero sobre todo los
del Estado italiano) al examen de un Tribunal de la Verdad.
Hay compañeros y amigos que, en París, están organizando
este trabajo y empiezan a encontrar un amplio apoyo a su ini-

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ciativa. Os rogaría que colaborarais en este proyecto.
Pero hay una segunda manera de acercarse a las luchas de
los años setenta que, en Italia, prolongaron en el tiempo el
68 europeo. Consiste en releer e interpretar aquella historia
a través del filtro de nuevas luchas, que asuman y renueven
nuestro proyecto de entonces. ¿Cuál era ese proyecto? Era el
de renovar el proyecto comunista en la situación determina-
da por la liberación de nuevas fuerzas productivas sociales, la
modificación de la composición del proletariado y la recon-
figuración de las relaciones interimperialistas. Era el de reco-
nocer a la autonomía de la inteligencia colectiva de los nue-
vos sujetos la capacidad de proponer nuevas formas de orga-
nización, así como de organización de la lucha, en las cuales
asumiera un papel protagonista el deseo de lo común. Tra-
bajar en la creación de estas luchas es construir, estoy conven-
cido, un Angelus Novus que no sólo marché hacia atrás con-
templando las catástrofes del pasado, sino que vuelva tam-
bién su mirada hacia adelante, prefigurando el porvenir de lo
común. Os abrazo con gran afecto.

Toni Negri

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EL EXILIO
CARTA SOBRE EL EXILIO

Queridos amigos,

Encontraréis publicados aquí los extractos de una conver-


sación que mantuve con algunos amigos, solicitado por sus
preguntas, durante la semana anterior a mi vuelta a Italia: en
efecto, había decidido volver, después de catorce años de exi-
lio en Francia, y entregarme a la justicia de mi país, es decir,
a la cárcel. La conversación se grabó entre el 25 y el 30 de ju-
nio de 1997, en mi apartamento parisino, en medio de la
mudanza. Se trata así de un diálogo con amigos cercanos que
han compartido no sólo mi exilio sino también el trabajo
teórico y político que hemos llevado a cabo conjuntamente
durante todos estos años. El estilo es pues oral, aunque trans-
formado en escrito: es el de un diálogo-resumen que quería
ser además una apertura sobre las perspectivas que mi regre-
so dejaba esperar.
Volver a Italia, volver a la cárcel: ¿por qué? Para imponer
- a través de la fuerza de un acto de testimonio que, aun sien-
do personal, era también colectivo— la necesidad, ahora ine-
ludible, de una solución política al drama que desde hace

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veinte años se anuda en torno a la cuestión de las luchas po-
líticas de los años 70. La gran ola de contestación social de
aquella época (en Italia, los acontecimientos del 68 se pro-
longaron por lo menos durante diez años), a diferencia de lo
que ocurría en Estados Unidos y en otros países de Europa,
no obtuvo del Estado más que una respuesta puramente re-
presiva. Se usaron contra el movimiento todos los instru-
mentos de la represión: desde las leyes de excepción a las
prácticas de estado del contra-terrorismo. Y cuanto más se
desarrollaban esas "legislaciones de urgencia" y el aparato de
medios de represión, más violenta se volvía la respuesta del
movimiento: un círculo vicioso que condujo al encarcela-
miento de más de 60.000 personas y a 6.400 condenas. Hoy,
veinte años después de la represión, 200 militantes siguen
aún en la cárcel y 180 están exiliados. Desde hace más de
diez años se habla de una amnistía, pero una lógica de ven-
ganza, unida a la opacidad que sigue rodeando a los crímenes
cometidos por el Estado y a la atmósfera permanente de "es-
tado de excepción" de la que se nutre la política italiana, han
gangrenado hasta hoy la situación y han impedido que el
espíritu de reconciliación cobrara, en este momento de tran-
sición histórica, el rostro de la amnistía. Mi vuelta quería y
quiere ser una llamada a la razón: hay que declarar que la
guerra ha terminado y que todos los argumentos utilizados
contra la concesión de la amnistía y la posibilidad de una
solución política son tan anacrónicos como infames. N o sé si
mi vuelta logrará poner la palabra fin a un capítulo que el
buen sentido recomendaría haber cerrado desde hace mucho
tiempo. Tampoco sé si se llegará a la solución política y a la

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amnistía que solicito. Sé sin embargo lo que supone la de-
nuncia de mi molesto encarcelamiento frente a la cobardía de
un poder incapaz de resolver problemas que la historia ya ha
zanjado.
Pero esta vuelta es también un encuentro. Y ante todo la
continuación de una discusión con los amigos y compañeros
que, tras haber participado en las luchas de los años 70 y
haber sufrido la represión, se retiraron de la vida política ac-
tiva, con sus deseos frustrados y sus esperanzas defraudadas,
aveces incluso cansados por la teoría y la praxis. Entre ellos,
algunos buscaron cobijo en las drogas, otros un simple ais-
lamiento a contracorriente de todas las experiencias colecti-
vas de transformación. Se convirtieron en "exiliados del inte-
rior". Y para ellos comenzó entonces una larga travesía del
desierto. Asistieron al triunfo de la pequeña Italia yuppie de
Craxi y Andreotti, una Italia barnizada en níquel cuya facha-
da brillante recubría el vil metal de la avidez - q u e codiciaba
los forfdos públicos— y de la corrupción —que afectaba a todas
las relaciones civiles. Fue el comienzo de la "gran transfor-
mación" dirigida de forma bipolar por las televisiones de
Berlusconi y por una socialdemocracia cínica y burocrática.
Se dijo que la política no era más que la simple gestión de las
compatibilidades financieras y sociales del sistema. Los mé-
todos del gobierno de excepción continuaron: a cada instante
surgía un adversario que trataba de disolver el Estado, y ya
sabemos que en defensa del Estado hay que sacrificarlo todo.
Esa Italia barroca y frivola sigue en guerra: Así pues, desde
los años 70, sólo la guerra —una guerra falsa, como en un tea-
tro
de marionetas— representaría la garantía de la cohesión

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social. Tal fue el espectáculo que tuvieron que sufrir los "exi-
liados del interior".
Muchos de esos exiliados eran personas íntegras. Una vez
retirados de la vida política, continuaron activos en sus lu-
gares de trabajo y en el seno de las articulaciones productivas
del campo social. Vivieron, por tanto, las grandes transfor-
maciones que sacudieron, pese al vacío político y la plenitud
de la corrupción, a la sociedad italiana allí donde era impor-
tante estar: en el trabajo intelectual, en los servicios públicos
(enseñanza, sanidad...), es decir, de hecho en el nuevo mundo
del trabajo inmaterial. Allí construyeron nuevas comunida-
des de trabajo. Otros, impresionados por la miseria, a la vez
vieja y nueva, que se desarrollaba de manera endémica en
una posmodernidad tan a menudo exaltada - u n a miseria he-
cha de marginalidad y exclusión social— se consagraron al vo-
luntariado. Asimismo, otros participaron en las actividades
de un nuevo empresariado social. Era con ellos, pues, con
quienes había que tratar de reencontrarse.
¿Con qué fin? Sencillamente para reconstruir ese espíritu
de emulación colectiva, esa alegría de la transformación, ese
buen gusto del saber común que constituyeron el alma de los
movimientos de los años 70. Nosotros, exiliados del exterior
y del interior, hemos podido reivindicar la imaginación y la
práctica de una alternativa a las catástrofes del espíritu pú-
blico que la represión, en primer lugar, luego la ideología
yuppie asumida más tarde por el gobierno de la corrupción, y
por último la tecnocracia neoliberal con sus múltiples caras,
han provocado y siguen provocando. Hoy, a partir de nuestra
experiencia de trabajadores inmateriales podemos empezar

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de nuevo a luchar —y a reencontrarnos, con el fin de impedir
que lo que ha ocurrido, y continua produciéndose, vuelva a
caer un día, después de haber destruido nuestra juventud,
sobre nuestros propios hijos. Mi vuelta está unida, pues, a la
recuperación de una historia.
¿Cómo puede una persona que ha vivido los últimos quince
años en Francia volver a encontrar, de forma constructiva, a
una comunidad de la que se había separado? Sin duda porque
también en Francia se dieron alternativas análogas. Por su-
puesto, Francia no conoció las dolorosas luchas de Italia; por
supuesto, en Francia no hubo represión, y la corrupción no
ha asumido las dimensiones ciclópeas que ha adquirido en
Italia. Pero la gran transformación de lo político y del apara-
to de producción, del trabajo y de su representación, ha co-
brado la misma importancia. El italiano exiliado en Francia
que fui durante quince años ha vivido y ha problematizado,
con una intensidad que el dolor del exilio hacía más fuerte
aún, todos estos pasos; los ha discutido con los compañeros y
amigos franceses, y hoy lleva consigo una experiencia que
quisiera considerar europea, pero también una esperanza co-
mún de transformación. El éxilio le ha sido útil para com-
prender la dimensión europea de lo que Italia había vivido y
se dispone a revivir de manera absolutamente dramática. Hoy,
tratando de transmitir algunas reflexiones a sus amigos fran-
ceses, piensa que éstas se implantan en un tejido común y
subrayan urgencias compartidas.
No deja de ser cierto que, cuando discutía sobre todos los
elementos que aquí he tratado de resumir brevemente, esta-
ba a punto de volver a la cárcel. Y que hoy me encuentro en

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ella. En esta cárcel, en la que intento ser libre pensando en el
futuro que es mío, que es nuestro. Pensando en la libertad
común. Y dentro de esa libertad común, será preciso por su-
puesto destruir la cárcel. Para que los que vuelven a fin de
poder encontrar de nuevo a sus compañeros, y los que razo-
nan con continuidad para mantener unida a la comunidad en
un proyecto de transformación, no vuelvan a ver erguirse an-
te su deseo de transformación el horror sin nombre de la cár-
cel.

Cárcel de Rebibbia, 1 de octubre de 1997

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PRÓLOGO
LA CÁRCEL Y LA VIDA

No soy masoquista, y no pretendo que haya que pasar por


la privación para llegar a construir algo. En realidad, no creo
que haya una diferencia tan esencial entre la cárcel y el resto
de la vida. La vida es una cárcel cuando no se la construye, y
cuando el tiempo de la vida no es aprehendido libremente.
Uno puede ser tan libre en la cárcel como fuera de la cárcel.
La cárcel no es una carencia de libertad, así como la vida no
es la libertad - a l menos la vida de los trabajadores. El proble-
ma, entonces, no es que haga falta necesariamente pasar por
la cárcel, no hago de ello una filosofía. N o tiene por qué pa-
sarse por la privación, no es una condición de la filosofía. El
hecho es que hay que hacer vivir las pasiones positivas, es de-
cir, las que son capaces de construir algo tanto en la cárcel co-
mo en el exterior. Las pasiones positivas son las que constru-
yen las comunidades, las que liberan las relaciones, las que
procuran alegría. Y todo ello está completamente determina-
do por la capacidad que uno tiene de aferrar el tiempo, de tra-
ducirlo en un proceso ético, es decir, en un proceso de cons-
trucción de alegría personal, de comunidad y de libre goce del
arnor
divino, como dice Spinoza, el padre de todos los ateos.

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LA SOLEDAD
N o sé, la verdad. Está claro que es difícil definir la soledad.
Para mí, la soledad es la impotencia, podemos definirla así.
De repente, uno ha agotado un determinado tipo de investi-
gación, un determinado tipo de trabajo, y se ve solo. Por
ejemplo, hubo un momento, en Francia, al principio de todo,
cuando llegué, en el que estaba «solo», tal y como dices, no
simplemente desde un punto de vista teórico, sino también
desde un punto de vista práctico, material. Y evidentemente,
ello me llevó a reflexionar sobre la reacción leopardiana fren-
te a la soledad. La reacción de Leopardi era poética, pero so-
bre todo filosófica: era esa capacidad de inventar grandes
mundos materiales, lucrecianos, en cuyo seno el ser y las fi-
guras del ser abundaban verdaderamente por todas partes.
Esa capacidad de sustraerse a la derrota, a lo negativo, y cons-
truir nuevos mundos siempre posibles, es toda la grandeza de
Leopardi, lo que le permite liberarse de la soledad. Y esa
capacidad de construir mundos diferentes pasa de hecho por
la noción de «común», por lo común, es decir, lo que repre-
senta lo humano en su conjunto. Lo que descubrimos en Leo-
pardi es verdaderamente un humanismo después de la muer-
te del hombre. En mi caso, he sufrido una soledad ligada a la
impotencia. Otro ejemplo: tras las luchas del 95, que hicie-
ron nacer una formidable iniciativa, y a cuyo través empe-
zábamos a comprender lo que podía ser una nueva construc-
ción del espacio público - l a construcción de una democracia
absoluta— tras las luchas, pues, hubo una especie de recaída
que traducía la insuficiencia de nuestros medios de inter-
vención, de nuestra praxis. Podíamos analizar las luchas del

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95 y comprenderlas en su finalidad implícita, pero éramos
completamente incapaces de trabajar sobre ellas política-
mente. Ahí ha nacido mi nueva soledad: en esa impotencia
para actuar políticamente. Cuando uno redescubre esos gran-
des fenómenos, esas extrañas renovaciones de la Comuna de
París que la historia produce cada treinta o cincuenta años,
es absolutamente esencial reanudar la acción política. Y
desde este punto de vista, cuando la única posibilidad que te-
nía entonces era la de continuar con un trabajo sociológico,
la experiencia que hemos llevado a cabo juntos me ha pa-
recido una soledad.

LA « OPCIÓN» DE LA CÁRCEL
Es una «línea de fuga», como dice Deleuze. Hay momen-
tos en los que, frente a una realidad que se achata, frente a un
mundo que se vuelve cada vez más insulso, uno piensa que
es posible —e incluso que es necesario— formular una hipóte-
sis política: uno lo piensa desde todos los puntos de vista,
tanto desde el punto de vista político como desde el punto
de vista afectivo. La hipótesis puede partir de cualquier lu-
gar, tanto de la cárcel como del territorio o quizás incluso de
determinadas estructuras administrativas. Lo importante es
incluir en ese tipo de análisis y de comportamiento una de-
cisión de fondo, la de reunir todos los elementos disponibles
con el fin de hacerlos constituyentes, productivos. Cada uno
de nosotros es una máquina de lo real, cada uno de nosotros
es u n a
máquina constructiva. Hoy, ya no hay un profeta ca-
paz de hablar en el desierto y contar que conoce un pueblo

25
futuro, un pueblo que hay que construir. N o existen más que
los militantes, es decir, personas capaces de vivir hasta el fi-
nal la miseria del mundo, de identificar las nuevas formas de
explotación y sufrimiento, y de organizar a partir de esas for-
mas procesos de liberación, precisamente porque participan
directamente en todo ello. La figura del profeta, aun la de los
grandes profetas tipo Marx o Lenin, está completamente su-
perada. Hoy, nos queda sencillamente esa construcción onto-
lògica y constituyente «directa», que cada uno de nosotros
debe vivir hasta al final. Uno puede hacer paréntesis en la
vida, uno puede estar más o menos solo y de maneras diferen-
tes, pero la verdadera soledad es la que cuenta, la de Spinoza:
una soledad que es además un acto constitutivo del ser-en-
torno-a-sí, de la comunidad, y que pasa a través del análisis
concreto de cada uno de los átomos de lo real, una soledad
que distingue, en el corazón de cada uno de esos átomos, la
desunión, la ruptura, el antagonismo, y que actúa sobre ellos
para forzar el avance del proceso.
Creo que en la época de la posmodernidad, y en la medida
en que el trabajo material y el trabajo inmaterial han dejado
de oponerse, la figura del profeta —es decir, la del intelec-
tual— está superada, porque ha llegado a su total cumpli-
miento; y en ese momento la militancia se hace fundamen-
tal. Nos hace falta gente como aquellos sindicalistas nortea-
mericanos —los 1WW- de principios de siglo que cogían el
tren hacia el Oeste y se paraban en cada estación para fundar
una célula, una célula de lucha. Durante el viaje, conseguían
comunicar sus luchas, sus deseos, sus utopías. Pero también
nos hace falta ser como San Francisco de Asís, es decir, real-

26
mente pobres, porque sólo alcanzando ese nivel de soledad
podemos llegar al paradigma de la explotación hoy, podemos
a f e r r a r su clave. Se trata de un paradigma «biopolítico», que
a t a ñ e tanto al trabajo como a la vida o las relaciones entre las
p e r s o n a s . Un gran continente lleno de hechos cognitivos y
organizativos, sociales, políticos y afectivos...
Tal vez el futuro pueda construirse a partir de la cárcel.

27
PARTE I
EL TRABAJO

Hay trabajo de sobra, porque todo el mundo trabaja y todo


el mundo contribuye a la construcción de la riqueza social.
Esta riqueza nace de la comunicación, de la circulación y de
la capacidad de coordinar los esfuerzos de cada uno. Como
dice Christian Marazzi, hoy la producción de la riqueza está
asegurada por una comunidad biopolítica (el trabajo de quie-
nes tienen un empleo, pero también el trabajo de los estu-
diantes, de las mujeres, de todos los que contribuyen a la
producción de la afectividad, de la sensibilidad, de los modos
de semiotización de la subjetividad), producción de la rique-
za que los capitalistas dominan y organizan a través de la
«desinflación», es decir, la compresión de todos los costes
que exigen la cooperación productiva y las condiciones de su
reproducción. El paso de la «inflación» (de deseos y necesi-
dades) de los años posteriores al 68 a la desinflación de cos-
tes representa la transición capitalista de la modernidad a la
posmodernidad, del fordismo al posfordismo. Es una transi-
ción política en cuyo seno el trabajo asalariado se ha visto
f a l t a d o como matriz fundamental de la producción de ri-
quezas. Pero el trabajo ha sido separado de su potencia políti-

31
ca. Esa potencia política venía de los trabajadores agrupados
en el seno de las fábricas, organizados dentro de estructuras
sindicales y políticas fuertes. La destrucción de esas estruc-
turas deja tras de sí una masa informe —para una mirada
externa— de proletarios que se agitan en el territorio: un ver-
dadero hormiguero, que produce riquezas a través de una
colaboración y una cooperación continuas. De hecho, si mi-
ramos el mundo desde abajo, desde el mundo de las hormi-
gas... allí donde se desenvuelve nuestra vida, nos damos
cuenta de la increíble capacidad productiva que han alcanza-
do ya estos trabajadores. Ésta es la paradoja increíble frente a
la que nos vemos. Pero el trabajo sigue considerándose como
empleo, como trabajo «empleado» por el capital, en estruc- j
turas que lo someten directamente a la organización capita-
lista de la producción.
La legitimidad social y productiva de la actividad continúa
sometida a la «empleabilidad» -neologismo bárbaro, pero
que expresa bien la nueva naturaleza de la subordinación-
por parte de la empresa o el Estado. Nos hemos deslizado
progresivamente del «trabajo» al «empleo», pero lo que va-
lida la actividad no es tanto la participación efectiva en la
producción de la riqueza -desde ese punto de vista, ¡cuántos
empleos son «improductivos»!— sino la subordinación a for-
mas de control de la empresa o del Estado. Lo que determi-
na un consenso de fondo sobre el «trabajo» entre izquierda y
derecha, entre patronos y sindicatos.
Sin embargo, hoy se ha roto el nexo entre producción de iH
queza y trabajo asalariado - u n viejo nexo marxiano, pe!°
que, antes de ser marxiano, fue un nexo establecido por l3

32
economía política clásica. El trabajador, hoy, ya no necesita
i n s t r u m e n t o s de trabajo (es decir, capital fijo) puestos a su
d i s p o s i c i ó n por el capital. El capital fijo más importante, el
que determina los diferenciales de productividad, se encuen-
tra ahora en el cerebro de la gente que trabaja: es la máquina-
h e r r a m i e n t a que cada cual lleva consigo. Ahí reside la nove-
dad absolutamente esencial de la vida productiva de hoy. Es
u n f e n ó m e n o completamente esencial, porque precisamente
el c a p i t a l , a través de su renovación, sus cambios internos, a
través de la revolución neoliberal, a través de la redefinición
del E s t a d o del bienestar, «devora» esa fuerza de trabajo. Pe-
ro, ¿cómo la devora? Lo hace en una situación que es estruc-
turalmente ambigua, contradictoria y antagonista. La activi-
dad productiva de riquezas no puede reducirse al empleo.
Los parados trabajan, el trabajo en la economía sumergida es
más productivo de riquezas que el de los que tienen un em-
pleo. Y, a la inversa, el empleo está tan asistido como el paro.
La flexibilidad y la movilidad de la mano de obra no han sido
i m p u e s t a s ni por el capital, ni por el descalabro de los acuer-
dos fordistas y welfaristas sobre el salario y la redistribución
de la renta entre patronos, sindicatos y Estado, acuerdos que
p r á c t i c a m e n t e han dominado la vida social y política en los
ú l t i m o s cincuenta años. Hoy, nos encontramos en una si-
tuación e n la cual, precisamente, el trabajo es «libre». Desde
luego, el capital ha ganado, se ha anticipado a las posibili-
dades de organizar políticamente las nuevas formas de coope-
ración productiva y su «potencia» política. Sin embargo, si
retrocedemos un poco, y sin pecar por ello de optimismo, es
Pfeciso decir también que la fuerza de trabajo que hemos

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conocido, es decir, la clase obrera, ha luchado por rechazar l a
disciplina de fábrica. Y nos enfrentamos de nuevo al proble-
ma de la evaluación de una transición política que es, históri-
camente, tan importante como la que lleva del Antiguo Ré-
gimen a la Revolución. Podemos decir con razón que hemos
vivido, en la segunda mitad del siglo XX, una transición en
cuyo seno el trabajo se ha emancipado. Se ha emancipado por
su capacidad para hacerse intelectual, inmaterial; se ha eman-
cipado de la disciplina de fábrica. Y precisamente esto deter-
mina la posibilidad de una revolución global, fundamental y
radical de la sociedad contemporánea capitalista. En adelan-
te, el capitalista es un parásito: no en tanto capitalista finan-
ciero, en los términos marxistas clásicos, sino porque ya no
tiene la capacidad de dominar unilateralmente la estructura
del proceso de trabajo, a través de la división entre trabajo
manual y trabajo intelectual. Las nuevas formas de subjetivi-
dad han quebrado y han hecho reversible esa separación, pro-
duciendo nuevos medios de expresión de su propia potencia
y un terreno de lucha y de negociación.

EL CEREBRO-MÁQUINA
Está claro que cuando empezamos a decir que la m á q u i n a -
herramienta ha sido arrancada al capital por parte del obrero,
para acompañarle durante toda su vida, que el obrero ha efl*
carnado esa potencia productiva en el interior de su propi°
cerebro, o cuando decimos que el rechazo del trabajo ha g11'
nado con relación al régimen disciplinario de la fábrica, *
trata algo importantísimo y vital. Porque si el trabajo, si n

34
herramienta de trabajo está encarnada en el cerebro, entonces
la h e r r a m i e n t a de trabajo/cerebro se convierte en la mayor
p o t e n c i a l i d a d productiva utilizada hoy con el fin de cons-
t r u i r r i q u e z a . Pero, al mismo tiempo, el ser humano está
« e n t e r o » , e l cerebro forma parte del cuerpo, la herramienta
está e n c a r n a d a no sólo en el cerebro sino también en todo lo
que corresponde al «sentir», en el conjunto de los «espíritus
a n i m a l e s » q u e agitan la vida de una persona. El trabajo se
c o n s t r u y e pues a partir de herramientas que han sido encar-
nadas, pero esa encarnación comprende la vida. A través de
la a p r o p i a c i ó n de la herramienta, la vida misma se pone en
p r o d u c c i ó n . Y poner en producción a la v i d a significa esen-
c i a l m e n t e poner en producción los elementos de comunica-
ción d e la vida. Una vida individual no podría ser producti-
va. La vida individual se vuelve productiva —e intensamente
p r o d u c t i v a - en la medida en que entra en comunicación con
otros cuerpos, con otras herramientas encarnadas. Pero, si
todo esto es cierto, entonces el lenguaje, en tanto forma fun-
d a m e n t a l de cooperación y producción, se vuelve central en
este proceso. Ahora bien, el lenguaje, así como el cerebro,
está ligado a un cuerpo, y el cuerpo no se expresa simple-
mente en formas racionales o seudo-racionales, o incluso en
i m á g e n e s : se expresa además a través de potencias, de poten-
cias d e v i d a , lo que llamamos afectos. La vida afectiva se
vuelve pues una de las expresiones de la herramienta de tra-
b a j o e n c a r n a d a en el interior del cuerpo. Esto significa que el
t r a b a j o , en la forma en que se expresa hoy, no es simplemente
p r o d u c t i v o de riquezas sino también, y sobre todo, de len-
g u a j e s q u e producen esa riqueza, la interpretan y gozan de

35
ella. Esos lenguajes son tanto racionales como afectivos. Y
todo ello tiene consecuencias importantes sobre la definición
de los sujetos. Porque, desde el momento en que se ha arre-
batado a la clase obrera el privilegio de ser la única represen-
tante del trabajo productivo, y se ha devuelto ese trabajo pro-
ductivo a todos los sujetos que han encarnado la herramien-
ta de trabajo y la expresan en formas lingüísticas, entonces
debemos decir que todos los que producen potencias de vida
se encuentran dentro de ese proceso e incluso que se encuen-
tran en él de manera esencial. Pensemos, por ejemplo, en to-
do el circuito de reproducción de la fuerza de trabajo, de la
maternidad a la educación, de la gestión de la comunicación
a la organización del denominado «tiempo libre», todo ello
entra hoy dentro de la producción. Se trata aquí de una posi-
bilidad formidable de llenar el concepto de comunismo con
algo distinto de una racionalización, una aceleración, una
modernización o una super-modernización del capitalismo.
Tenemos la posibilidad de explicar la producción y por tanto
de organizar la vida humana en el interior mismo de esa ri-
queza constituida por todas las potencias de la herramienta:
los lenguajes y los afectos.

EL DEVENIR-MUJER DEL TRABAJO


En torno al concepto de «devenir-mujer del trabajo» se
juega uno de los aspectos más centrales de la revolución que
estamos viviendo. En realidad, ya no es posible imaginar la
producción de las riquezas y de los saberes si no es a través .
de la producción de subjetividad, y por tanto la reproducción
general de los procesos vitales. Las mujeres están en el cen-

36
tro del problema. Precisamente porque se encuentran en el
centro de la producción de subjetividad, es decir, de la vitali-
dad por excelencia, se han visto excluidas de la vieja concep-
ción de la producción. Dicho esto, decir «devenir-mujer del
trabajo» es decir a la vez demasiado y demasiado poco. Es de-
cir demasiado poco porque esta transformación no compren-
de formalmente en sí misma todo lo que el feminismo nos ha
enseñado. Pero es decir demasiado, porque lo que hoy nos
interesa es la transgresividad general del trabajo: una trans-
gresividad que se juega entre el hombre, la mujer y la comu-
nidad en el seno de una reproducción general de la sociedad,
a la que contribuyen además los procesos de producción de
saber, de riqueza, de lenguaje y de afectos.
Tratando de ser crítico conmigo mismo y pensando en la
distinción clásica entre producción de mercancías (funda-
mentalmente atribuidas a los hombres, pues aunque hubiera
otros sujetos se hablaba siempre de obreros-varones-blancos-
habitantes de la ciudad, etc) y reproducción de la fuerza de
trabajo (exclusivamente a cargo de las mujeres) y en sus con-
secuencias, es decir, en la exclusión de las mujeres de la ca-
pacidad de producir valor -valor económico, se entiende—, y
pensando que también nosotros, dentro del operaismo [obre-
rismo] clásico, éramos prisioneros de esa mistificación, creo
que hoy el devenir-mujer del trabajo es una idea absoluta-
mente extraordinaria. Nos vemos frente a un devenir-mujer
del trabajo porque la reproducción, los procesos de produc-
ción y de comunicación, las cargas afectivas, las cargas que
atanen a
la educación y a la reproducción material de los ce-
rebros están volviéndose cada vez más esenciales. Desde lue-

37
go, es evidente que las mujeres no serán las únicas que se
ocupen de todo ello: se da una masculinización de las muje-
res y una feminización de los hombres que opera dentro de
ese mecanismo. Esto me parece de una importancia capital.

LA MULTITUD
Habría que comenzar con una pequeña precisión histórica.
El término de multitud era un término peyorativo, negativo,
utilizado por la ciencia política clásica. La multitud era el
conjunto de personas que vivían en un mundo pre-social,
que se trataba de transformar en una sociedad política, una
sociedad, y que se trataba, por tanto, de dominar. La multi-
tud es un término de Hobbes que significa exactamente eso.
En toda la ciencia política clásica, moderna y posmoderna, el
término multitud se transforma luego en plebe, en pueblo,
etc. El hombre de Estado es aquél que se ve frente a una mul-
titud que debe dominar. Todo ello sucede en la época moder-
na, y por tanto antes de la formación del capitalismo. Es evi-
dente que el capitalismo ha modificado las cosas, porque ha
transformado a la multitud en clases sociales. Esta ruptura de
la multitud en clases sociales ha fundado toda una serie de
criterios que eran criterios de redistribución de la riqueza, y
a los que esas clases estaban subordinadas a través de una
división del trabajo muy específica y completamente adecua-
da. Hoy, en la transformación de la modernidad en p o s m o -
dernidad, el problema vuelve a ser el de la multitud. En Ia
medida en que las clases sociales en cuanto tales se disgregan,
el fenómeno de la auto-concentración organizativa de las cla-

38
e S sociales desaparece. Nos vemos pues frente a un conjun-

to de individuos, y sin embargo esta multitud se ha vuelto


absolutamente diferente. Es una multitud resultado de una
m a s i f i c a c i ó n intelectual; ya no se la puede llamar plebe o
p u e b l o , porque es una multitud rica. He retomado el t é r m i -
no d e S p i n o z a , porque Spinoza razonaba en el marco de esa
a n o m a l í a extraordinaria que era la grandísima República ho-
landesa. Braudel la consideraba el centro del mundo: era una
sociedad e n la que, desde el siglo XVI, ya existía la educa-
ción obligatoria. La estructuración de la c o m u n i d a d era su-
mamente fuerte, y existía incluso una forma muy amplia de
« E s t a d o del bienestar». Los individuos ya eran ricos. Ahora
bien, S p i n o z a piensa precisamente que la democracia es la
acentuación máxima de la actividad creativa de esa multitud
rica. H e empleado pues este término de Spinoza, que a su vez
había dado la vuelta a un término de multitud considerado
n e g a t i v o —ese negativo que Hegel denominará más tarde la
«bestia f e r o z » , es decir, algo que es preciso organizar y domi-
nar. Y esa multitud rica que Spinoza concebía por el con-
trario c o m o el verdadero contra-pensamiento de la moder-
n i d a d , en una continuidad que va de Maquiavelo a Marx y de
la que Spinoza constituye un poco el centro, la cima, el mo-
m e n t o de paso ambiguo, anormal y fuerte, esa idea de la
multitud es exactamente el concepto al que hacíamos alusión
m
a s a r r i b a . Hoy existe una multitud de ciudadanos, pero ha-
blar de ciudadanos no basta, porque es sencillamente califi-
Car e n
términos teóricos y jurídicos a individuos que son for-
m a l m e n t e libres. Habría que decir más bien que hoy existe
Uria
multitud de trabajadores intelectuales. Pero esto tam-

39
poco es suficiente. De hecho, hay que decir que existe una
multitud de instrumentos productivos que han sido interio.
rizados, encarnados dentro de los sujetos que constituyen la
sociedad. Pero aun así resulta insuficiente: porque hay q Ue
añadir la realidad afectiva, reproductiva, los deseos de goce.
Ahí está, eso es hoy la multitud - u n a multitud que quita ai
poder toda transcendencia posible, y que sólo puede ser domina-
da de forma parasitaria, y por tanto feroz.

E L D E V E N I R - M I N O R I T A R I O E N MIL MESETAS

DE GILLES DELEUZE Y FÉLIX GUATTARI


Cuando Deleuze y Guattari escriben este libro, estamos a
comienzos de los años 80. Ellos viven por aquellos tiempos
la crisis del obrero-masa de las grandes fábricas del automó-
vil, de la siderurgia, de la producción de masa, con una fortí-
sima capacidad de anticipación. Leen los fenómenos emer-
gentes de las formas «marginales» del trabajo en revuelta, lo
que nosotros llamábamos a mediados de los años 70 el «obre-
ro social», para subrayar que la producción de la riqueza y la
explotación desbordaban la fábrica y asaltaban al conjunto àe
la sociedad, como un «devenir minoritario». Desde el punto
de vista del análisis fenomenològico, la caracterización socio-
política de Mil Mesetas no va mucho más allá. Creo sin em-
bargo que Deleuze y Guattari han pensado esas génesis, esa
genealogía de la multitud en unos términos que hoy es dinjj
cil encontrar. Han contribuido, a través de ese fino anàlisi5
de la constitución de las minorías, a construir un nuevo con-
cepto de mayoría que cambia su sentido, porque en lo

40
ivo ésta será un conjunto plural de capacidades productivas,
de capacidades de cooperación, de deseos. Lo que señalan es
u n momento de resistencia, un momento de transición que
jne parece de suma importancia. Y es precisamente en esas
páginas donde citan a los «obreristas italianos» y sus traba-
jos sobre las nuevas subjetividades productivas que desbor-
dan el trabajo asalariado clásico, como la referencia práctica
de su propia experiencia. Creo que el razonamiento de Gilles
y Félix va en ese sentido. Por otra parte, si cogemos el últi-
mo trabajo de Deleuze, La grandeur de Marx, encontraremos
una idea formidable: porque en él se trata el problema de la
traducción de una toma de posición epistemológica, como la
que representa la definición de la «noción común» (un con-
junto de percepciones que constituyen un concepto) a una
construcción lingüística de una comunidad epistemológica.
Se trata pues de la traducción del proceso de producción de
la «noción común» a un proceso ontològico. El comunismo
es la multitud que se vuelve común. Lo que no significa no
obstante que haya un presupuesto, una idea, algo metafísica-
mente oculto, o que haya una unidad: es lo común que se
opone al uno, es un anti-platonismo llevado hasta el final. Es
el regreso mismo de la idea de comunismo tal y como había
sido anticipada en el desarrollo del pensamiento y según la
cual la utopía constituía necesariamente la unidad, resolvía
e
' P r °blema de la unidad y de la soberanía del poder. Aquí,
a
multitud constituye lo común. Es éste, si no me equivoco,
concepto de comunismo que se construye en el libro ina-
Ca
ado de Deleuze, La Grandeur de Marx.

41
BIOPOLÌTICA PRODUCTIVA
Cuando hablamos de biopolítica, hablamos ante todo de l a
política de reproducción de las sociedades modernas, es decir
de la atención que el Estado moderno dedica a la reproduc-
ción de los conjuntos demográficos activos. La biopolítica es
por tanto la perspectiva en cuyo seno los aspectos político-
administrativos se suman a las dimensiones demográficas,
con el fin de que el gobierno de las ciudades y las naciones
pueda aferrarse de manera unitaria reuniendo al mismo tiem-
po los desarrollos «naturales» de la vida y su reproducción, y
las estructuras administrativas que la disciplinan (la edu-
cación, la asistencia, la sanidad, los transportes, etc). En la
época moderna, en la primera fase del desarrollo capitalista,
y en el momento en que se definía el Estado-Nación, la bio-
política pasa a ser la forma de gobierno total. No se trata más
que de una primera definición, pero es muy importante, en
la medida en que nos deshacemos de la pura figura del Es-
tado jurídico (según la teoría política moderna) concebido
como sujeto exclusivo de la historia. Por el contrario, ésta lo
muestra desde el principio completamente inserto en la so-
ciedad, ocupado en los gajes de la reproducción. N o obstan-
te, una vez que hemos dado esta definición, es preciso seguir
avanzando y preguntarnos qué significa biopolítica cuando
entramos en la posmodernidad, es decir, en la fase del desa-
rrollo capitalista en la que triunfa la subsunción real de toda
la sociedad en el capital. En este momento, cuando la articu-
lación de la sociedad y la articulación productiva del cani ra '
tienden a identificarse, lo biopolítico cambia de aspecto:
a ser biopolítico productivo. Lo que significa que la relaciof

42
entre los conjuntos demográficos activos (educación, asisten-
cia s a n i d a d , transportes, etc.) y las estructuras administrati-
vas que los atraviesan es la expresión directa de una potencia
p r o d u c t i v a . La producción biopolítica nace de la conexión de
los e l e m e n t o s vitales de la sociedad, del medio ambiente o
del Vmwelt en el que se insertan, y no considera que el suje-
to de esa conexión sea el Estado, más bien, por contra, cree
que el conjunto de las fuerzas productivas, de los individuos,
de los grupos, se vuelven productivos a medida que los suje-
tos sociales se reapropian del conjunto. En este marco, la pro-
d u c c i ó n social está completamente articulada a través de la
producción de subjetividad.
En Foucault, el concepto de biopolítica es un concepto
fundamentalmente estático y una categoría fundamental-
mente histórica. La producción de subjetividad que determi-
naba la biopolítica moderna era una producción de subjeti-
vidad todavía, en este caso, casi siempre neutralizada. El enor-
me esfuerzo foucaultiano por restituir las hileras de lo biopo-
lítico a la determinación de la subjetividad no se detuvo nun-
ca.
¡Ahí está! El gran paso que estamos llevando a cabo entran-
do en la posmodernidad, y que consiste en considerar la bio-
política productiva como algo en lo que la simbiosis y la con-
fusión entre los elementos vitales y económicos, los elemen-
tos institucionales y administrativos, la construcción de lo
Público, sólo puede concebirse como producción de subjeti-
Vl
dad. Estamos prácticamente dando la vuelta a las cosas
res
pecto a la teoría posmoderna. Cuando coges a los produc-
tores del concepto de posmodernidad, los Lyotard, Baudri-

43
llard, etc... comprendes que han aferrado el marco biopo.
litico y lo han vaciado de todas sus dimensiones productivas
y cuando hablo de productivo, quiero decir actividad subje-
tiva de producción. Lo han vaciado y han obtenido ese hori-
zonte liso sobre el cual todo circula en términos completa-
mente insensatos, si no se da un orden que trascienda la in-
sensatez de los movimientos sociales y de la vida social. He-
mos hecho un intento de dar la vuelta verdaderamente a las
cosas: aferrar el proceso desde el punto de vista de la diná-
mica subjetiva que lo determina y de la posibilidad que tiene
cada una de esas dinámicas subjetivas dadas de interrumpir
el marco, de interrumpir la síntesis. Hemos transformado lo
que era un horizonte liso en un horizonte fractal y desde ese
punto de vista hemos retomado completamente el discurso
de Deleuze-Guattari en Mil Mesetas, porque ahí precisa-
mente vuelve a instalarse de nuevo la posibilidad de la revo-
lución.

EL EMPRESARIO BIOPOLÍTICO
Una vez más, y como siempre, hablamos desde dentro de
una esfera en cuyo interior debe darse la vuelta a todos los
conceptos para que pasen a ser términos directos. Verdade-
ramente, sería preciso lograr inventar un lenguaje diferente,
incluso cuando hablamos de democracia o de administración.
¿Qué es la democracia de lo biopolítico? Evidentemente, ya
no es la democracia formal sino la democracia absoluta, spi"
noziana, inmanente a la multitud que considera toda tras-
cendencia del poder como dominación. ¿Hasta qué punto uo

44
concepto como el de biopolítica puede definirse en términos
de democracia? En todo caso, no se puede definir en térmi-
nos de democracia constitucional clásica. Y lo mismo ocurre
c u a n d o hablamos de empresario. Y a fortiori cuando había-
nlos de empresario político - m e j o r dicho, de empresario
«biopolítico»— es decir, de alguien que consigue articular
punto por punto las capacidades productivas de un contexto
social. ¿Qué decir de esta figura? ¿Este empresario colectivo
debe obtener un premio? N o sería escandaloso pensar que sí,
siempre que lo evaluemos en el interior del proceso biopo-
lítico. Creo que en esto nos enfrentamos a todas las teorías
capitalistas del empresario parásito. Aquí, se trata de un em-
presario ontologico, de un empresario de lo pleno que procu-
ra esencialmente construir un tejido productivo. Tenemos a
nuestro alcance toda una serie de ejemplos que han sido, cada
uno a su manera, muy positivos. Sólo los encontramos proba-
blemente en determinadas experiencias de comunidades, de
colectividades rojas —o incluso en determinadas experiencias
de comunidades blancas, solidaristas: en estos casos hemos
tenido ejemplos de empresariado colectivo. Como de cos-
tumbre, hoy habría que empezar a hablar no sólo del empre-
sario político sino también del empresario biopolítico, es
decir, de un sujeto que organiza el conjunto de condiciones
de reproducción de la vida y de la sociedad, y no sólo la «eco-
nomía». Habría que distinguir entre el empresario biopolíti-
co mflacionista y el empresario deflacionista; entre un em-
presario biopolítico que determina, en la comunidad que or-
ganiza, deseos y necesidades cada vez mayores y siempre
nu
evos, y el empresario que reprime, que «redisciplina» en

45
el terreno biopolítico las fuerzas que están en juego. Supong0
que un empresario de Sentier, por hablar de investigaciones
que hemos llevado a cabo en Francia, es el ejemplo de u n
empresario biopolítico que a menudo provoca un efecto de
deflación. Lo mismo ocurre con Benetton. Verdaderamente
creo que el concepto de empresario, como figura del mili-
tante en el interior de la estructura biopolítica— un militante
portador de riqueza y de igualdad—, es un concepto que es
preciso empezar a formular. En el caso de que exista una quin-
ta, una sexta o una séptima Internacional, su militante se ba-
sará en este modelo. Será a la vez, desde un punto de vista
biopolítico, empresario de subjetividad y empresario de igual-
dad.

EL SALARIO GARANTIZADO
Hay concepciones reductivas del salario garantizado como
las que hemos conocido en Francia, por ejemplo con el RMI,
que es una de las formas de salarización de la miseria. Son
formas de salarización de la exclusión, nuevas leyes de po-
bres. Se concede a una masa de pobres, a gente que trabaja
pero que no logra introducirse de forma constante en el cir-
cuito del salario, un poco de dinero para que puedan repro-
ducirse y no provoquen un escándalo social. Existen pues
niveles mínimos de salario garantizado, de subsistencia, que
corresponden a la necesidad que tiene una sociedad de evitar
crear el escándalo de la mortalidad, el escándalo de la «pesti-
lencia», ya que la exclusión puede transformarse en p e s t i l e n -
cia. Las leyes de pobres nacieron precisamente frente a este

46
ligro, en la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII. Hay
u es formas de salario garantizado de este tipo. Pero el pro-
blema del salario garantizado es completamente diferente. Se
trata de comprender que la base de la productividad ya no es
la inversión capitalista sino la inversión del cerebro humano
socializado. Con otras palabras: el máximo de libertad y de
r u p t u r a de la relación disciplinaria con la fábrica, el máximo
de libertad del trabajo, se convierte en el fundamento abso-
luto de la producción de riqueza. El salario garantizado sig-
nifica la redistribución de una gran parte de la renta, a la vez
que deja a los sujetos productivos la capacidad de gastar esa
renta para su propia reproducción productiva. Pasa a conver-
tirse en el elemento fundamental. El salario garantizado es la
condición de reproducción de una sociedad en la que los seres
humanos, a través de su libertad, se hacen productivos. Evi-
dentemente, en ese momento, los problemas de producción
y de organización política se vuelven idénticos. Si mantene-
mos hasta el final el razonamiento, nos vemos llevados a uni-
ficar la economía política con la ciencia de la política, la cien-
cia del gobierno. Sólo las formas de la democracia —una de-
mocracia radical y absoluta, pero no sé si el término de demo-
cracia puede seguir utilizándose aquí- son capaces de ser las
formas que determinen la productividad: una democracia
substancial, real, y en cuyo seno la igualdad de las rentas
garantizadas iría siendo cada vez mayor, cada vez más funda-
mental. Siempre podremos debatir a continuación, con rea-
lismo, sobre los incentivos, aunque a decir verdad no son
problemas que nos interesen. Hoy, el verdadero problema es
mvertir el punto de vista en función del cual la crítica de la

47
economía se desarrollaría a su vez, es decir, la necesidad de la
inversión capitalista. N o es algo nuevo, hemos discutido du-
rante años sobre la reinvención fundamental de la coope-
ración productiva a través de la vida, ya sea lingüística, afec-
tiva o bien pertenezca a los sujetos. Hoy, el salario garantiza-
do, como condición de reproducción de esos sujetos en su
riqueza, acaba convirtiéndose, por tanto, en algo esencial. Ya
no hace falta ningún incentivo de poder, ya no hace falta nin-
gún trascendental, ni ninguna inversión, cuya función hoy
no es, como dicen, «anticipar los empleos de mañana», sino
anticipar y dominar las divisiones en el interior del prole-
tariado entre parados y activos, entre asistidos y productivos,
entre «afiliados» y «desafiliados». Se trata de una utopía, de
ese tipo de utopías que se convierten en una máquina de
transformación de lo real siempre que se ponen en práctica.
Una de las cosas más hermosas hoy es precisamente el hecho
de que ese espacio público de libertad y de producción em-
pieza a definirse, y trae consigo verdaderamente la destruc-
ción de cuanto existe como organización del poder producti-
vo, y por tanto como organización del poder político.

LA REDUCCIÓN DEL TIEMPO DE TRABAJO


Cuando la reducción del tiempo de trabajo se convierte en
un mito según el cual se puede mantener el empleo indus-
trial reduciendo el tiempo de trabajo de los obreros a c t i v o s ,
no hay nada que añadir: es un mito. Los ritmos de la infor-
matización y de la automatización del trabajo productivo
fordista evolucionan tan rápidamente que no hay r e d u c c i ó n

48
del tiempo de trabajo que lo resista. Hoy, retomando lo que
dicen Gorz, por un lado, Fitoussi, Caillé o Rifkin por otro,
sería suficiente, para garantizar el nivel de desarrollo y de au-
mento de los ritmos de automatización y de informatización
que han asegurado el pleno empleo, con trabajar dos horas al
día. Lo que representa dos días, o como mucho dos días y
medio por semana. Si la línea política de una determinada
i z q u i e r d a en favor de la reducción del tiempo de trabajo es
una línea política que pretende mantener el empleo de la
fuerza d e trabajo que tiene derechos garantizados, se trata de
una mistificación pura y simple.
Coloquémonos ahora sobre el otro terreno, es decir, consi-
derando que la producción no pasa tanto por los obreros con
derechos garantizados como por la movilidad y la flexibili-
dad, por la formación y la recalificación continuas de la fuer-
za de trabajo social. Y que esa producción pasa tanto a través
de las actividades que se aplican inmediatamente en el tra-
bajo como a través de la producción científica y sus lengua-
jes, o a través de la construcción de una comunidad de afec-
tos. Si asumimos esta concepción dinámica, flexible, móvil,
fluida, arborescente, de la productividad, es preciso garan-
tizarla. ¿Y qué significa garantizarla? Significa dar el salario
garantizado a todo el mundo. Con tres características funda-
mentales: no sólo el salario para todos, sino asimismo en fun-
ción de una regla de igualdad dentro de la sociedad. El sala-
rio garantizado no debe ser tan sólo una regla que permita
subsistir a todos dentro de este proceso, debe ser además una
re
gla que permita, a este alto nivel de necesidades y de capa-
edades productivas, las capacidades de apropiación mone-

49
tana del mayor número posible de ciudadanos. Desde este
punto de vista, plantearse el problema del salario garantizado
—y éste es el tercer elemento- no es simplemente un proble-
ma de ajuste del trabajo y de la productividad. Es un problema
que afecta inmediatamente a la fìscalidad y a la contabilidad
del Estado, que atañe a los elementos fundamentales de la or-
ganización: es efectivamente un proceso revolucionario. Y lo
que no comprendo, es cómo se le puede resistir.

50
PARTE II
EL IMPERIO

¿Cómo definir el Imperio? Es la forma política del merca-


do mundial, es decir, el conjunto de armas y medios de coer-
ción que lo defienden, instrumentos de regulación moneta-
ria, financiera y comercial, y por último, en el seno de una
sociedad mundial "biopolítica", el conjunto de los instru-
mentos de circulación, de comunicación y de lenguajes. Cada
sociedad capitalista precisa ser dominada: el Imperio es el
mando ejercido sobre la sociedad capitalista mundializada.
Sus condiciones son, por una parte, la extinción del Estado-
Nación (tal y como se ha entendido durante siglos y como lo
continúan viendo algunos testarudos); por otra, el fin de los
imperialismos "a la vieja usanza" (y del colonialismo), que no
eran más que prolongaciones del Estado-Nación. En el hori-
zonte imperial, el espacio y el tiempo de la vida se ven pro-
indamente transformados. El espacio, porque en adelante
las mercancías y los lenguajes, la producción y la reproduc-
C1
°n, no encuentran ningún límite a su circulación; el tiem-
po» porque éste se ha detenido y, por así decirlo, establecido
s
°bre la existencia del gobierno imperial. Y, de hecho, los
ideól imperiales infieren que la historia ha terminado.

53
Las guerras han terminado: en lo sucesivo se han vuelto riva-
lidades entre bandas armadas que el Imperio regula median-
te la intervención de sus gendarmes. La autonomía de las
políticas sociales y económicas de los Estados-Nación ha ter-
minado: ahora todo debe regularse en función de las con-
tabilidades y los equilibrios del sistema financiero mundial.
Creo que la guerra del Golfo, inmediatamente después de la
caída del muro de Berlín, representa el elemento traumático
que nos ha hecho comprender que vivimos ya en el Imperio.
Pero la guerra del Golfo es asimismo importante porque nos
ha mostrado de qué manera puede gestionarse la comuni-
cación en el contexto imperial. Como dijo Baudrillard, no es
una guerra en la que no se ha combatido. Es una guerra que
nunca ha existido, es una guerra que ha inventado su relato,
su historia. Después, vino Timisoara y toda una serie de ele-
mentos sumamente importantes para definir la nueva situa-
ción imperial que, de aquí en adelante, es la nuestra, una si-
tuación en la que las cosas más infames, las masacres más es-
pantosas, pueden unas veces disimularse y otras simularse.
Ahora, ¿cuál es el problema? El problema es comprender có-
mo la acción, el discurso, la resistencia de un p r o l e t a r i a d o
que ya ha pasado a convertirse en intelectualidad de masa se
enfrentan a esa realidad. Paradójicamente, son los m i s m o s
trabajadores los que producen las imágenes, los lenguajes y
las formas utilizadas para construir la falsificación del mun-
do, para transformar el sentido de la realidad, para a r r a n c a r a
esa realidad todo significado antagonista. Así pues, el pnfl"
cipal problema es la identificación, a partir de las fuerzas q u e J
/

viven en ese tipo de mundo y han entrado en ese nuevo g e '

54
n e ro
de realidad, de una forma de expresión material. No una
forma de expresión alternativa —la alternativa implica siem-
pre una determinada alusión o una analogía con lo viejo—,
sino una expresión que, por contra, logre encontrar, dentro
de esa unificación forzada, mundializada y comunicativa,
puntos de apoyo, puntos de ruptura, puntos susceptibles de
constituir lo nuevo.

Los ÁNGELES, CHIAPAS, PARÍS 1 9 9 5


Estas luchas demuestran, como siempre, la enorme poten-
cia y la inmensa dificultad que existe hoy a la hora de plan-
tear el problema del cambio en las relaciones de fuerza, en el
interior de un mundo ya constituido. Las luchas de Los
Ángeles son luchas en las que todo el malestar urbano, me-
tropolitano, de las franjas "marginalizadas" se expresa en las
formas más intensas: mediante la ocupación del territorio,
mediante el saqueo de la riqueza expuesta en esa vitrina del
mundo que es Los Ángeles. Los Ángeles es Hollywood, es el
centro de las mayores industrias mundiales de la imagen y,
por consiguiente, el mayor centro de producción de lengua-
jes.
Chiapas ya no es una revuelta burguesa y tercermundista
P° r el desarrollo capitalista, por el contrario, es una revuelta
que se arraiga en la búsqueda de una identidad, de un con-
tra-poder permanente frente a los modelos de desarrollo.
Los acontecimientos de 1995 en París son una lucha que se
0f
ganiza de manera muy ambigua en un principio, pero cuya
f° r ma - e l bloqueo de los transportes públicos, en la capital y

55
en las provincias- se convierte en el medio de constitución
de un nuevo espacio público absoluto, frente a una mundiali.
zación que apuesta por los contrastes para neutralizarlos
mejor. Es la emergencia de una singularidad que es una exi-
gencia de lo colectivo. Se trata pues de tres episodios de lu-
cha que llevan consigo un momento de resistencia contra l a
constitución de un centro mundial de dirección, contra la
forma política de la globalización de los mercados. Tres epi-
sodios que ocultan una pequeña clave, minúscula pero pro-
bablemente fundamental, la clave de la autonomía y la inde-
pendencia de los sujetos dentro de la constitución del espa-
cio público. ¿Pueden constituir estas luchas, tomadas tal y
como son, en sus diferencias y en su ausencia de comunica-
ción, la "cosa común" de los años 90, es decir, la experiencia
límite, crucial y paradigmática de un proceso revolucionario
venidero? N o lo sé.

LAS HUELGAS DE 1 9 9 5
A mi entender, podía verse con facilidad aparecer en ellas
un nuevo paradigma de la producción, a diferentes niveles.
El nivel más elemental era el de la reconstrucción de la co-
munidad urbana a través del carácter aleatorio de los trans-
portes de superficie: ya no funcionaban ni los metros ni los
autobuses. Entonces, se ha p r o d u c i d o un fenómeno increíble
que ha durado dos meses: la gente se montaba en los coches,
se organizaban colectivamente, o vivían en verdaderas colas
esperando que pasara un vehículo al que poder subirse. La
socialización, la comunidad y la alegría que se han e x p r e s a d o

56
han sido increíbles, enormes. Pero se trata de un fenómeno
¿ e superficie, aunque no carecía de importancia desde el
punto de vista de las costumbres, ya que manifestaba el cre-
cimiento de la riqueza de los afectos comunitarios que exis-
tían ya desde entonces en el seno de las poblaciones metro-
politanas. Hay un segundo elemento que ha intervenido y
que atañe a la concepción del servicio público. En efecto,
durante las huelgas se ha concebido el servicio público como
una pre-condición fundamental de la producción. La gente
no ha ido a defender los privilegios de los obreros del servi-
cio público, ha ido a defender el carácter público —es decir,
comunitario y colectivo— de todos los servicios, en la medi-
da en que éstos constituían la condición de la producción, y
por tanto la condición de la vida de todos y cada uno. Los ser-
vicios deben, pues, ser devueltos a la vida, a lo "biopolítico".
Por último, el tercer elemento importante era hacer añicos
las concepciones existentes sobre la privatización. ¿Qué sig-
nificada privatización? Significa volver a poner los bienes
públicos en manos de los patronos —pero ese aspecto, en últi-
ma instancia, puede considerarse secundario. El verdadero
problema es que volver a ponerlos en manos de los patronos
quiere decir disminuir la capacidad de la gente para disfru-
tar de la riqueza, para desinflacionar lo común, mientras que,
en realidad, el empujón hacia la inflación, hacia una inflación
de nuevos deseos, es fundamental. Hemos asistido, en Fran-
ca» y por tanto por primera vez en un país del capitalismo
desarrollado, a fenómenos de construcción comunitaria de
extrema importancia, en la medida en que daban lugar a la
c
°nstitución de asambleas generales en cuyo seno diferentes

57
sectores corporativos quebraban las líneas verticales de man-
do y creaban soviets. Las asambleas generales eran verdaderos
soviets, eran instancias comunitarias que decidían política-
mente comportamientos de todas las categorías. Se trataba,
por consiguiente, de una ruptura prácticamente definitiva de
la relación de la base con la cumbre, y era una ruptura sin
fantasmas, porque por su parte los movimientos de las coor-
dinations no lograron asumir, en la segunda mitad de los años
80, la generalidad de las asambleas generales. Todo se ha lle-
vado a cabo siempre con una increíble inteligencia: no ha ha-
bido nunca una tendencia extremista, ha funcionado en todo
momento. Luego, el otro elemento era la interiorización bio-
política del servicio público. N o se trataba tanto de defender
determinados intereses corporativos como de asumir la di-
mensión de lo público como forma preliminar a toda produc-
ción. Era pues una crítica enorme de lo privado. Por último,
hemos podido ver la crítica a los liberales llevada al extremo
en términos sumamente incisivos, a través de la emergencia
de formas de odio de clase.

ALBANIA
Esa extraña provincia del Tercer Mundo, o quizás de un
"Segundo Mundo" del socialismo real o soviético en crisis,
propone un fenómeno de fuga: ya no una fuga frente a la
guerra civil, sino la extraña figura posmoderna de una bús-
queda de trabajo, de riqueza y de cultura hacia las que enca-
minarse. Esa isla extraña, ese país insólito que es Albania
-completamente separado del mundo durante tanto tiemp°>

58
maniatado permanentemente por ideologías y estructuras
administrativas aberrantes-, en el momento en que se libera,
n o parte ya en busca del Estado, de la constitución de un Es-
tado, sino sencillamente en busca de la libertad: los Alba-
neses se van todos en barco. ¿Qué ocurre entonces? Para re-
g u l a r a esta fuerza de trabajo y bloquearla, para impedir a los
llegados en masa que desequilibren los mercados y los países
de capitalismo avanzado, se ha intentado a toda costa, desde
el e x t e r i o r y por la fuerza, restaurar el Estado. Lo que vive
A l b a n i a en la actualidad es una paradoja que me parece bas-
tante interesante. Dicho esto, ha habido, a lo largo de la his-
toria del capitalismo, otros momentos en los que se han cru-
zado la necesidad de apostar por una fortísima movilidad de
la f u e r z a de trabajo y la necesidad de conseguir regularla. To-
da la acumulación capitalista pasó por esta versión de Carib-
dis y Escila, por esta alternativa. En el caso albanés, se inten-
tarán sin duda formas intermedias de bloqueo de las pobla-
ciones, como sucedió particularmente en Inglaterra, a co-
m i e n z o s de la historia del capitalismo, con las leyes de po-
bres: leyes que trataban esencialmente de detener los flujos
de la fuerza de trabajo.

MESTIZAJES
Veo realmente construirse, al menos tendencialmente, un
nuevo orden dinámico en el movimiento de poblaciones, lo
que significa mestizajes cada vez mayores, capacidades de in-
tegración cultural cada vez más vastas. Mestizaje e inte-
gración cultural pueden incluso entrar en el orden producti-

59
vo hasta cierto punto, pero a partir de un determinado mo-
mento se convierten en la palanca que hace que se hunda de-
finitivamente el último orden de las naciones. Me parece
algo estupendo que el poder capitalista, que siempre debe re-
territorializarse, que siempre debe convertirse en la regla, se
vea arrollado por estos movimientos.

NORTE-SUR
Ya no hay muros, eso me parece importante. Evidentemen-
te, sigue habiendo intentos de determinar exclusiones, pero
los muros se encuentran tanto dentro de cada país como en-
tre un país y otro, tanto en medio del Mediterráneo como en
París, tanto en medio del Pacífico como en Los Ángeles. La
distinción entre Norte y Sur ya no tiene sentido, a no ser que
se la enfoque dentro de ciertos dispositivos determinados
mediante los cuales se intenta volver a controlar los movi-
mientos de la fuerza de trabajo. Ya no hay pues Norte y Sur,
sino sencillamente la participación en la producción o por el
contrario la exclusión fuera de ésta: en unas situaciones, se
pone a la gente en condiciones de trabajar —naturalmente,
siempre con el menor coste—, en otras, la gente se ve exclui-
da del trabajo, y esa exclusión actúa como una amenaza. Sin
embargo, estas situaciones de exclusión del trabajo son tam-
bién, como ya hemos visto, situaciones productivas.

SANS PAPIERS
Las luchas de los sans papiers indican, a mi modo de ver,

60
a lgo fundamental: la exigencia de un derecho de ciudadanía,
Ja reivindicación de una presencia en el territorio de una in-
tensidad completamente biopolítica. Una exigencia radical
de derecho de ciudadanía para quienes se desplazan, que re-
presenta un elemento subversivo para el orden nacional del
derecho, en la medida en que es la primera transcripción en
términos políticos de una situación que ya se ha generali-
zado. Esto equivale verdaderamente a exigir a la ley, a recla-
mar un derecho de ciudadanía porque uno trabaja, porque
uno se ha desplazado por el interior del mercado mundial de
trabajo ya integrado. Se trata pues de una ruptura política
del nuevo orden productivo mundial y de un proceso de re-
composición de movimientos que surgen de aquella. Sería
preciso lograr imaginar el hecho de ser ciudadanos del mun-
do en pleno sentido de la palabra, y realizar no ya la interna-
cional de los trabajadores, sino una comunidad de todos los
seres humanos que quieren ser libres. Como dice Sergio Bo-
logna, las luchas de los sans papiers prefiguran una "democra-
cia apátrida".

TRABAJO INMATERIAL E INMIGRANTES


Cuando hablamos de trabajo inmaterial, no hablamos sim-
plemente de trabajo intelectual. Hablamos de trabajo inte-
lectual en tanto trabajo corporal, es decir, que comprende
evidentemente el intelecto, pero lo consideramos en su plas-
ticidad, en su maleabilidad, en su capacidad para insertarse
en cualquier situación. A mi modo de ver, el trabajo inma-
terial es una categoría que permite precisamente comprender

61
a fondo esa plasticidad de la nueva fuerza de trabajo. Hay,
naturalmente, diferencias cuando hablamos de los flujos de
inmigrantes que forman, a su vez, flujos de fuerza de traba-
jo intelectual. Aun en el caso del Magreb, por ejemplo, o en
otras situaciones del mismo tipo, los inmigrantes son por lo
general gente que ha hecho estudios superiores, el bachillera-
to más 3 ó 4 años de carrera, que a veces ya tienen licenciatu-
ras o doctorados. Pero es algo totalmente secundario con re-
lación a la característica fundamental de esta fuerza de traba-
jo: una movilidad, una plasticidad que le permiten insertarse
en todo momento en la inmaterialidad de los flujos produc-
tivos.

EL EXILIO
Hay que prestar mucha atención a esta historia. En mi opi-
nión, el exilio, tal y como lo hemos vivido, ha sido sumamen-
te lineal. Pero el exilio y el nomadismo proletarios son dos
cosas profundamente diferentes. En realidad, hemos vivido
- a causa de nuestros orígenes y de la cultura que teníamos, a
causa del carácter de nuestra acción— una experiencia del
siglo XIX.
Experiencias a menudo amargas y duras, como lo fueron en
su momento, pero finalmente en la continuidad —y en la
transformación- de lo que fue la experiencia de los viejos
emigrados políticos.
Hoy, la temática del exilio se confunde, por el c o n t r a r i o,
con las del nomadismo y el mestizaje: se trata de tomar en
serio a la vez la presencia del proletariado en el m e r c a d o

62
mundial de la fuerza de trabajo y el hecho de que se confunde
con el mestizaje de los saberes y por consiguiente con esa
f l e x i b i l i d a d que aumenta a través del trabajo material-inma-
terial, con esa nueva forma de acción y de cooperación en el
trabajo.
Diría, por tanto, que nuestro exilio ha sido el paradigma
l i t e r a r i o de fenómenos reales. Pero también que cada uno de
n o s o t r o s ha pasado por la construcción, por el bar, por el tra-
bajo en los sitios más extraños, antes de llegar a la recon-
q u i s t a de una posición intelectual más o menos fuerte, a la
p o s i b i l i d a d de una circulación en las nuevas cuencas de la
fuerza de trabajo inmaterial. Dicho esto, creo que en realidad
la c o n t i n u i d a d de nuestro discurso está ligada más bien a las
g r a n d e s tradiciones clásicas del exilio.

63
fi

5
PARTE III
DE SENECTUTE

Más que sobre la vejez, me parece que la reflexión de De-


leuze, cuando dice que lo que le fascina en la vejez es la dis-
minución de la potencia de acción, trata de la enfermedad.
Siempre he tenido la impresión de que todas las valoraciones
de Deleuze eran reflexiones sobre la enfermedad, en especial
cuando cita a Spinoza —que es un caso clásico, dado que mu-
rió a los cuarenta años por enfermedad, y no de vejez. En lo
que a mí respecta, estoy en perfecto estado de salud, acaban
de hacerme un chequeo, se ha comprobado que mi salud es
excelente desde todos los puntos de vista. Espero la vejez,
pero pienso, de hecho, que es algo completamente diferente:
una ampliación de la capacidad de acción, una ampliación en
la sencillez y en la dulzura. La vejez no es un cese sino, por
e
l contrario, una extensión dulce y sosegada de la capacidad
de acción. A lo largo de la vejez, la muerte no se presenta
c
omo un elemento intersticial que interrumpiría la vida, si-
no más bien como algo que el sentido de la eternidad, y por
ta
nto la intensidad de la vida, siempre pueden superar. Fun-
damentalmente, la muerte no existe: cuando uno existe, la
no existe, y cuando la muerte existe, uno ha dejado

67
de existir. La posibilidad de superar la muerte no es el gran
sueño de la juventud sino el de la vejez. Lograr organizar l a
vida para superar la muerte es un deber de la humanidad, un
deber tan importante como acabar con la explotación, que es
una causa de muerte. Superar la muerte es un progreso enor-
me. La muerte no es necesaria para la vida, es algo que está
de más en la vida. Así como la vejez no es una aproximación
a la muerte, sino un goce diferente de la vida, desde todos los
puntos de vista —desde el punto de vista intelectual, desde el
punto de vista sexual, en las relaciones sociales... Soy un gran
admirador de todos los que han escrito De senectute, no porque
los viejos sean más sabios, sino sencillamente porque en la
vejez uno puede vivir más. Siempre me han repugnado las
relaciones sexuales y el erotismo de los jóvenes, con su rapi-
dez, su violencia de deseos animales. Lo que me gusta es la
dulzura, el tiempo; es la intelectualidad, la inmaterialidad de
las relaciones. Uno no empieza a tener este tipo de relaciones
más que a una cierta edad. Y cuando uno ha llevado un de-
terminado tipo de reflexión. Es un hedonismo, pero un hedo-
nismo superior, que la gente llama vejez y que en realidad es
la forma de vida más elevada, una forma que es preciso recu-
perar completamente. Yo lo hago oponiéndome a concep-
ciones terriblemente irracionales e idiotas de la vida y de la
muerte, de la juventud y la vejez, que fueron inventadas
cuando el ritmo de la vida era diferente, y cuando la esperan-
za media de vida no superaba los treinta y c i n c o / c u a r e n t a
años. Seguimos pensando como si fuéramos hombres de la
Antigüedad, cuando pertenecemos a un mundo en el que vi-
vir hasta cien años es el mínimo que una persona puede tener

68
en la cabeza. Desde este punto de vista, me parece que todos
los viejos deberían continuar trabajando, porque la jubi-
lación es algo absurdo. Verdaderamente, aquí abordamos al-
go que tiene que ver con un cambio radical de la ontologia
del presente. Y sin embargo, me parece que sobre el proble-
ma de la vejez no se repiten más que lugares comunes, aun
en las frases de Deleuze...

ETERNIDAD
La concepción materialista de la eternidad consiste en no
remitir las acciones más que a la responsabilidad de quienes
las realizan. Cada acción es singular, no influye pues más que
sobre sí misma, y no remite a nada más que a las relaciones
que determina y a la continuidad de las relaciones que man-
tiene con las demás. Cada vez que hacemos algo, aceptamos
la responsabilidad: esa acción vive para siempre, en la eter-
nidad. N o se trata de inmortalidad del alma sino de eterni-
dad de las acciones realizadas. Es la eternidad del presente
vivido a cada instante que pasa: una plenitud completa, sin
trascendencia posible, ya fuera lógica o moral. Es eso, la in-
tensidad de la acción y su responsabilidad. Se comprende
entonces por qué puedo, por ejemplo, decirle a una mujer
que me ha traicionado, que es una cabrona: si lo dijera en la
^mortalidad, no habría ninguna razón para ello; pero en la
responsabilidad del acto que cada uno asume, puedo ser per-
eetamente un cabrón, o ella puede ser perfectamente una ca-
ntona, porque cada uno de nosotros es un cabrón o una
Ca
brona en la responsabilidad que tiene de sus propios actos

69
concretos. N o hay remisión de la responsabilidad: cada uno
de nosotros es responsable de su singularidad, de su presente,
de la intensidad de la vida, de la juventud y la vejez que pone
en juego. Y es el único medio de evitar la muerte: es preciso
aferrar el tiempo, mantenerlo, llenarlo de responsabilidad.
Cada vez que perdemos esto a causa de la rutina, las costum-
bres, el cansancio, la depresión o el furor, perdemos el senti-
do «ético» de la vida. La eternidad es eso: nuestra responsa-
bilidad frente al presente, en cada momento, en cada instan-
te. Se trata de una responsabilidad ética compleja, en cuyo
interior toda nuestra belleza interna —y a veces toda nuestra
escasez: lo importante es que todo ello sea sincero- deben ser
invertidas. N o propongo nada más que un franciscanismo
laico y ateo.

FINITUD
No comprendo bien cuando dices: pesimismo de la volun-
tad u optimismo de la razón. N o interpreto esa inversión de
la fórmula gramsciana de la misma forma que tú. Para mí, el
optimismo de la razón es una concepción spinoziana del ser
como eternidad. Creo que Félix Guattari estaría completa-
mente de acuerdo sobre este punto. Y cuando pienso en el
pesimismo de la voluntad, pienso en el hecho de que la cons-
trucción de las luchas, de las organizaciones, e incluso la de
los libros y los razonamientos, siempre pasa a través de obs-
táculos que pueden superarse: tanto límites, objetos ligados
a la finitud y el acabamiento, como obstáculos en sentido es-
tricto, es decir, cosas superables. Entonces, la cantidad onto-

70
lógica de ser, la determinación de lo posible pasa a ser fun-
damental. En la muerte de Félix hay algo que corresponde a
todas las conversaciones que mantuvimos entre nosotros: yo
era muy polémico con él, sentía una exasperación debida a la
imposibilidad de superar el acabamiento, la finitud, el lími-
te. Félix Guattari se enfrentaba a una crisis que tenía su ori-
gen -como siempre- en su trabajo de análisis psicopatológi-
co, porque se aferraba a la promesa loca de curar a la mujer
con la que se había casado. Al mismo tiempo, frente a todo
ello mantenía ese optimismo de la razón total que era el su-
yo. Y así fue como se derrumbó: le vi llorar —a m í me dio
también por llorar— sobre mi hombro, diciendo que ya no
podía más y que esa finitud, esa determinación negativa,
eran insuperables. Era un desafío que se había lanzado, y se
derrumbaba. Sin embargo, Félix es eterno. Creo que es una
de las personas con mayor presencia, alegría y facilidad para
recuperar los espíritus animales que corren por la metrópoli,
con mayor capacidad asimismo para disfrutar de las cosas
vitales que le comunicaban sus amigos: una de las personas
más hermosas que he conocido. Y luego tuvo ese momento
de desesperación y se dejó arrebatar por la muerte. Es una
contradicción entre esas dos cosas de las que hablábamos, el
optimismo de la razón y el pesimismo de la voluntad.

EL AMOR
La definición materialista del amor es una definición de
comunidades, una construcción de relaciones afectivas que se
ex
tiende a través de la generosidad y que produce agencia-

71
mientos sociales. El amor no puede ser algo que se cierra
sobre la pareja o la familia, debe abrirse a comunidades más
vastas. Debe construir, caso por caso, comunidades de saber
y de deseo, debe hacerse constructivo del otro. El amor hoy
significa fundamentalmente la destrucción de todos los in-
tentos de encerrarse en la defensa de algo que sólo le perte-
necería a uno mismo. Creo que el amor es una clave esencial
para transformar lo propio en común.

POESÍA
Resulta una banalidad decir que la poesía puede recoger o
anticipar momentos metafísicos o momentos de análisis his-
tórico particularmente fuertes. En lo que atañe a Leopardi, se
trataba de una gran metáfora sobre los efectos del problema
del final de la Revolución francesa. La Revolución había ter-
minado, pero con el final de la Revolución triunfaba un mo-
do de vida completamente reaccionario. La nostalgia del poe-
ta trata entonces de reconstruir otros valores y proyectarlos
en el futuro: lo hace a partir de ese momento de paso, desde
el desierto reaccionario al que se ha arrojado a los hombres.
Leopardi vive el periodo de la reacción, vive la Restauración
que sucede a la revolución y, dentro de esa situación, y como
hombre fundamentalmente unido no sólo a una tradición
sino a una cultura específica y a un lenguaje reaccionario -el
del barroco tardío- actúa y construye. Se entrega a una anti-
cipación enorme para su época, ahonda en la Restauración
para redescubrir los valores que han sido negados y que ya no
viven; no lo hace de manera nostálgica sino, por el contrari o,

72
c0n una capacidad poética para crear futuro, hasta tal punto
que llega incluso a proponer horizontes nuevos desde el pun-
to de vista lingüístico, e inventa nuevas formas de comuni-
dad que hacen añicos y atraviesan poderosamente el periodo
sombrío en el que se halla, y anticipan los movimientos de
masas, los movimientos de deseo. Leopardi utiliza la poesía
como un bisturí para excavar en la historia y sacar de ella no
tanto lo que queda del pasado como todo lo que se puede
inventar del futuro.

ELOGIO DE LA AUSENCIA DE MEMORIA


Nunca he pensado y no pensaré jamás que volver a Italia
signifique recuperar una herencia. La herencia ya no existe,
la herencia se ha disuelto y, como a menudo ocurre con los
grandes patrimonios que se derrochan, los elementos que
quedan son absolutamente marginales y a veces perversos.
Hay numerosas familias que viven historias de enormes he-
rencias dilapidadas en la más completa patología. Cuando
era mucho más joven, hace quince años, escribí un elogio de
la ausencia de memoria: en realidad, basta con leer el artícu-
lo, no era tanto un elogio de la ausencia de memoria como
un elogio de la ausencia de patrimonio. Y es lo que reivindi-
co aún. Mi vuelta a Italia no será ciertamente un intento de
hacer revivir sombras o fantasmas. No será tampoco, al esti-
lo de Leopardi, el diálogo de un viejo coleccionista con sus
Gomias. Lo que trataré de hacer será comprender una reali-
dad completamente transformada y de la que resulta falso
decir que en ella sólo triunfa lo negativo -sobre este punto

73
estoy en desacuerdo con lo que conozco de lo italiano . Junto
al poder, siempre está la potencia. J u n t o a la dominación,
siempre está la insubordinación. Y se trata de excavar, de se-
guir excavando, a partir del punto más bajo: ese punto no es
la cárcel en cuanto tal, es sencillamente allí donde la gente
sufre, allí donde están los más pobres y los más explotados;
allí donde los lenguajes y los sentidos están más separados de
todo poder de acción y sin embargo existen; porque todo eso
es la vida y no la muerte.

74
RAZONES PARA U N REGRESO
DEL BUEN USO DE LA MEMORIA Y EL OLVIDO

GIORGIO AGAMBEN

Como ocurre con muchas otras categorías e instituciones de


las democracias modernas, los orígenes de la amnistía se re-
montan a la democracia ateniense.
En el año 403 a. C., después de haber derrocado a la san-
grienta oligarquía de Los Treinta, el partido democrático ven-
cedor se comprometió, bajo juramento, «a dejar de lado to-
do resentimiento (me mnesikakein, literalmente: no acordarse
del mal cometido, no alimentar malos recuerdos) hacia sus
adversarios». De esta forma, los demócratas reconocían que
pese a todo se había producido una stasis, una guerra civil a
la que debía seguir un momento de «no-memoria» (de «am-
nistía»), para que la ciudad se reconciliase. A pesar de la
oposición de los más enconados adversarios en el derroca-
miento de Los Treinta que, como Lysias, se oponían y exigían
el castigo, el juramento se cumplió: los atenienses no olvida-
ron el pasado, pero suspendieron sus malos recuerdos y de-
jaron de lado el resentimiento. Pensándolo bien, no se trata-
ba de memoria y de olvido, sino de saber distinguir los mo-
mentos de su aplicación.
¿Por qué hoy en Italia es tan difícil hablar de amnistía?

77
¿Por qué la clase política italiana, tantos años después de los
años de plomo, sigue viviendo en el resentimiento, mnesika-
kein? ¿Qué impide que el país se libre de sus malos recuer-
dos? Las razones de esta inquietud son complejas, pero creo
que se puede aventurar una explicación.
La clase política italiana, salvo algunas excepciones, nunca
ha admitido francamente que hubo en Italia algo semejante
a una guerra civil, ni ha concedido a la batalla de los años de
plomo un carácter auténticamente político. Por consiguiente,
los delitos cometidos en aquella época no fueron más que de-
litos comunes y continúan siéndolo. Esta tesis, discutible
desde luego en el plano histórico, podría no obstante consi-
derarse legítima, a no ser por una contradicción evidente: pa-
ra reprimir aquellos delitos de derecho común, esa misma
clase política recurrió a una serie de leyes de excepción que
limitaban gravemente las libertades constitucionales e intro-
ducían en el orden jurídico principios que se habían conside-
rado siempre como ajenos a éste. Casi todos los condenados
fueron hostigados y perseguidos gracias a esas leyes especia-
les. Pero lo más increíble es que esas leyes siguen en vigor, y
proyectan sobre la vida de las instituciones democráticas una
sombra siniestra. Vivimos en un país que aparenta ser «nor-
mal», pero en el cual quien acoja a un amigo bajo su techo
debe notificarlo a la policía, so pena de graves sanciones pe-
nales. El estado de excepción larvado en el que vive el país
desde hace casi veinte años ha corrompido hasta tal punto su
conciencia cívica que, en vez de protestar y resistirse, prefie-
ren confiar en la inercia policial y en la omertà vecinal. Sin
ningún ánimo de hacer comparaciones más allá de la m e r a

78
analogía formal, quiero recordar aquí que la Verordnung zum
Schutz von Volk und Staat, promulgada el 28 de febrero de
1933 por el gobierno nazi, que suspendía los artículos de la
constitución alemana relativos a la libertad personal, el dere-
cho de reunión, la inviolabilidad del domicilio y el secreto
epistolar y telefónico, siguió vigente hasta el final del Tercer
Reich, es decir, durante trece años; las leyes de excepción
italianas y las medidas policiales que las acompañan llevan
aún más tiempo en vigor.
Así que no es tan sorprendente que la clase política de este
país no pueda pensar en la amnistía, ni deshacerse de sus
«malos recuerdos». Está condenada al resentimiento, por-
que en Italia, a decir verdad, la excepción ha ocupado el lu-
gar de la regla, y se confunden el país de excepción y el país
«normal», la historia pasada y la realidad presente. Además,
lo que debería ser objeto de memoria y de investigación his-
tórica es tratado como un problema político actual (lo que
permite de tal forma el mantenimiento de leyes especiales y
de una cultura propia del estado de excepción), mientras lo
que hoy debería ser objeto de una decisión política (la am-
nistía) es tratado como un problema de memoria histórica.
La incapacidad para pensar que parece sufrir hoy la clase po-
lítica italiana, y con ella todo el país, depende precisamente
de esa conjunción maligna de un mal olvido y una mala me-
moria, gracias a la cual se intenta olvidar cuando se debería
recordar, y se obliga a recordar cuando se debería saber olvi-
dar. En todo caso, amnistía y derogación de las leyes espe-
ciales son las dos caras de una única realidad y sólo pueden
pensarse conjuntamente. Para hacerlo, será preciso que los

79
italianos aprendan de nuevo el buen uso de la memoria y el
olvido.

80
¿ADIÓS A LA «EMERGENCIA»?

ROSSANA ROSSANDA

Antonio Negri vuelve a Italia a primeros de julio entre-


gándose a una fiscalía de la República. Volverá a la cárcel.
Detenido el 7 de abril de 1979, seguía allí en 1983 durante
el proceso denominado precisamente en primera instancia «7
de abril», cuando fue elegido diputado a iniciativa de los
radicales y de algunos de nosotros. De este modo habría
podido defenderse en libertad a sí mismo y a sus compañeros
y luchar por las condiciones carcelarias y por una solución
política de los años de plomo. Pero la cámara, que en los años
90 se mostraría tan insegura a la hora de conceder las autori-
zaciones para proceder contra los acusados de Tangentopolis,
no sólo votó inmediatamente la autorización para proceder
contra él, algo bastante obvio, sino que pidió su ingreso en
prisión. Negri lo intuyó o lo supo y en las pocas horas que le
quedaban se refugió en Francia.
Él y sus compañeros, en su mayoría provenientes de Potere
Operaio, fueron acusados de casi todo. Negri fue sucesiva-
mente acusado de ser el líder de las Brigadas Rojas, de haber
puesto en práctica una insurrección armada contra los po-
deres del Estado, de haber promovido la revuelta de la cárcel

81
de Trani, de haber ordenado matar a Alceste Campanile, de
haber dirigido el periodico Rosso en Milán, de ser el cerebro
de una secretaría subjetiva «oculta» en Milán y en Turín.
Sobre su cabeza cayeron una serie de órdenes de arresto a ra-
cimos hasta 1989, y luego de nuevo un proceso en 1995 cuya
sentencia aún no se ha pronunciado. Fue absuelto en 15 pro-
cesos, en Padua por Palombarini, en Turín por Caselli, en
Ancona y otro lugar, no me acuerdo por quién. Le queda una
condena de 12 años por haber ayudado a huir a dos mucha-
chos de su área que, sorprendidos en ya no me acuerdo qué
acción del mariscal de policía Lombardi, perdieron la cabeza
y dispararon. Un tiro alcanzó a Lombardi y lo mató. «Con-
curso en homicidio» fue la condena para Negri. Un homi-
cidio que nadie había organizado y del que nada podía haber
sabido.
Había que condenarle por algo. La madeja del 7 de abril
había sido tejida entre finales de 1978 y comienzos de 1979
por el fiscal Calogero, hoy procurador jefe en Padua, con la
ayuda de Carlo Fiorini, ex Potere Operaio, primero y fantasioso
de la serie de arrepentidos que pocos meses más tarde se ve-
rían protegidos por una ley especial del paquete de finales de
1979- La tesis de Pietro Calogero —como entonces se decía,
el «teorema»— era que Potere Operaio, en vez de disolverse, se
había constituido como estructura oculta, cerebro ideológico
del «partido armado». El proceso de primer grado terminó
con la retirada de los cargos más graves y algunas condenas,
casi todas liquidadas más tarde después de la apelación. Ade-
más, el delito más grave moralmente era el secuestro y asesi-
nato de un compañero, el ingeniero Carlo Saronio, pero fue

82
cometido por un hampón patoso reclutado por su cuenta por
el gran testigo de Calogero, Carlo Fiorini, al que se le permi-
tió escapar al careo con quienes había acusado gracias a los
ministerios de Interior y de Exteriores, que le suministraron
un pasaporte y un cargo en Lille; el jefe de policía Coronas y
el ministro del Interior Scalfaro aseguraron respectivamente
al tribunal y al parlamento que Fiorini estaba ilocalizable.
Aunque el proceso resultó ser un enorme montaje y
muchos de los amigos de Negri salieron absueltos de todos
los cargos, muchos —entre ellos el profesor Luciano Ferrari
Bravo, Mario Dalmaviva, Alberto Magnaghi— se pasaron
entre tres y cinco años en las cárceles especiales. En el Corriere
della Sera, comentando las absoluciones, Sabino Acquaviva
comentaba que había sido una buena lección. Habían sido
«malos maestros». Se entiende porqué, expatriado en Fran-
cia, Negri no fue molestado por los sucesivos gobiernos de
ese país, de Mitterrand a Chirac, pese a no ser en absoluto un
clandestino, ya que enseñaba en el «Collège Internacional de
Philosophie» y trabajaba para algunos municipios de iz-
quierda. La opinión que se formó el Estado francés, poco da-
do a la manga ancha, del clima y de las prácticas de la ma-
gistratura italiana resulta evidente, dada la hospitalidad que
se concedió a Negri.
Quienes, como es mi caso, consideramos que él ha sido
objeto de una persecución y mortificación intolerable, y sin
embargo no aprobaron su fuga, ven útil su regreso. Para ce-
rrar su posición jurídica, así como para hacer reflexionar a
nuestro país sobre la misteriosa incapacidad para resolver,
con una medida razonable, la situación de quienes -menos

83
de 400 personas- arrastran desde los años de la «emergen-
cia» procesos o condenas sin fin. Hay posiciones diversas en-
tre quienes tomaron las armas o no, pero la misma legisla-
ción y jurisprudencia les ha unificado con tratamientos ex-
traordinarios inventados por primera vez expresamente para
ellos, como si fueran la única plaga de Italia. Convirtieron en
matanza el delito de opinión y el asociativo, hubo un uso
desorbitado del de «asociación subversiva» e incluso del de
«banda armada», para incurrir en el cual no es preciso usar
armas y ni siquiera poseerlas. Aquellos y aquellas de nosotros
que en aquellos años sostuvieron firmemente el principio de
una justicia no especial, de una garantía para la defensa, de
un proceso rápido y justo, se vieron muy solos y solas, frente
a un sistema político cerrado como un erizo, incapaz de valo-
rar políticamente el fenómeno que tenía delante, y que con
una mano defendía en voz alta las instituciones republicanas,
mientras con la otra saqueaba los fondos del Estado. Fuera
del pastel, el PCI y el sindicato competían en severidad an-
tiextremista, temiendo verse implicados o deslegitimados.
El proceso Sofri es también un apéndice envenenado de aque-
llos años: había que condenar a todos los que formaban parte
de aquel movimiento, a toda costa, con pruebas o sin ellas.
¿No sería hora de cerrar este capítulo? N o lo han hecho los
ministros del CAF, y es comprensible, ya que ellos cons-
truyeron la emergencia. N o lo han hecho los gobiernos de los
años 90, ni el ministro de justicia Conso, que sin embargo es
un hombre de principios, ni Alfredo Biondi, que se guarda
la sensibilidad garantista para los de su bando. Pero una
responsabilidad particular recae sobre el PDS, por haber sido

84
en su momento el acusador más encarnizado. Lo mismo
puede decirse de los católicos populares, que han firmado todos
los actos de represión posibles e imaginables, a pesar de que
la Iglesia haya sido, a sus espaldas, mucho más abierta que
ellos. En cuanto a los demócratas laicos, son pocos los que no
proponen perdones sino un juicio político serio, una recons-
trucción histórica que en todos los países civiles, incluida
Alemania, sucede al delito político. La justicia, que debe de-
fenderse de los intentos de sometimiento, lo haría mejor si se
examinase también a sí misma en aquellos años. N o lo ha
intentado ni siquiera Magistratura Democratica.
Es de esperar que el regreso de Negri reabra la cuestión.
Paradójicamente, él se encuentra entre los menos necesitados
de un indulto: si se le diera lo que cada ciudadano debería
tener, una conclusión decente de sus vicisitudes judiciales,
junto con los años pasados en la cárcel, los beneficios de la ley
Gozzini deberían hacer que ni políticos ni burócratas le dejen
olvidado durante años en la cárcel. Pero una medida general
sería de mera justicia también para él, mientras que resulta
indispensable para los demás, culpables o no, suspendidos
entre cadenas perpetuas ampliadas a más no poder, excepto
para los arrepentidos, condenas exageradas y situaciones im-
posibles tanto para los que salieron de Italia como para los
que se quedaron. Para estos últimos, después de pasar años
en la cárcel trabajando, estudiando o enseñando, debería rea-
lizarse en serio la intención constitucional de recuperación,
afrontando entre otras cosas la regla absurda que obliga a
buena parte a trabajar de día y volver adentro por la noche y
los domingos, suspendidos entre intentos de reconstrucción

85
de la vida profesional y afectiva y retorno cotidiano a la re-
clusión. Para los que salieron de Italia, un indulto les permi-
tiría afrontar la vuelta y eventuales procesos sin la destruc-
ción de lazos familiares y de trabajo construidos fatigosa-
mente en el extranjero durante más de una década. ¿Cómo
volver, de hecho, con la sobredeterminación permanente de
las penas y frente a una justicia lentísima? Hay en Negri un
aspecto luciferino y una pasión política que le permiten to-
marse libertades consigo mismo, incluida la cárcel, que otros
no pueden permitirse.
Hay que mirar la historia de aquella generación subversi-
va, que cometió muchos errores pero los ha pagado todos,
con atención y sentido de la responsabilidad. Nuestras clases
dirigentes no tenían y no tienen los papeles en regla para
erguirse como guardianes de una legalidad inflexible y puri-
tana por la cual, quienes se han equivocado o han perdido, o
pagan o se pierden para siempre. Contemplando los años 70
y 80 tal y como se nos vienen desvelando, hay que decir que
las más pérfidas octavillas de Potere Operaio, movimentista de-
sordenado, o las más excesivas teorizaciones sobre el Estado
de las multinacionales de las Brigadas Rojas, núcleo organi-
zado de hierro, pintan una imagen despiadada del adversario
capitalista, pero menos indecorosa que la verdadera. Esto no
justifica los errores, pero debería hacer reflexionar a los que
hasta ahora parecen dispuestos a verlo todo salvo un tiempo
de grandes esperanzas y grandes tragedias que acabó hace
mucho.

86
EL SENTIDO DE UN REGRESO

PAOLO V I R N O

La fiesta para saludar a Toni Negri, que vuelve a una Italia


en formato celda, se celebra en la casa grande de una amiga,
en Montparnasse, la noche del viernes 27 de junio. En la ca-
lle, bajo la lluvia, encontramos a un señor amable y cohibido,
que no consigue encontrar el número. Se presenta: Etienne
Balibar. El apartamento está lleno de diferentes tribus, que
se amalgaman con desenvoltura: filósofos nada desconocidos,
militantes, vagabundos, artistas, alcaldes de los ayuntamien-
tos rojos del cinturón norte de París, la redacción de Futur
antérieur (la revista que Negri ha contribuido a fundar y ha
dirigido). Los franceses están agitados, preocupados por el
viaje negriano a ese camaranchón del Palacio que es Rebib-
bia, acostumbrados al carácter exótico de nuestro sistema ju-
dicial, así como a la idea de que la cárcel forma parte inte-
grante de la batalla política. Uno se da cuenta a simple vista
del espeso nudo de relaciones (intelectuales, políticas, lúdi-
cas) instituidas en un arco de muchos años. El exilio no ha
sido un menos algebraico, sino un espacio-tiempo atestado
de empresas, revistas, libros (acaba de publicarse la traduc-
ción francesa de El poder constituyente, en Seuil), alguna cauta

87
intervención en los conflictos de masas que se han producido
en tierra francesa. Quien imaginaría esta fiesta, cerrada por
Oreste Scalzone, que entona un sarcàstico «Oh París querida,
tal vez un día volveremos a verte», como una junta de repa-
triados asustados o llenos de malas intenciones, se equivo-
caría. N o es una reunión de la Bicameral.
Al día siguiente converso largo rato con Toni. Nada de tru-
cos: llamarla entrevista es impropio, cuando se trata más
bien de una charla entre dos amigos que compartieron el pe-
riodo de Potere Operaio (1969-1973), el proceso «7 de abril»,
una celda en Rebibbia y en Palmi y, más tarde, en los últi-
mos diez años, investigaciones sobre el trabajo intelectual de
masa, el nuevo espacio público, el posfordismo y afines, ade-
más de la fisionomía peculiar del fascismo posmoderno. Do-
mina inevitablemente la elipsis y el estilo telegráfico. In-
terrumpido muy a menudo por la marea alta de las visitas y
por el teléfono, el diálogo toca algunos aspectos de la parábo-
la larga y complicada de este antiguo redactor de los Qua-
derni Rossi. Para empezar, le pido a Toni que hable de lo que
la fiesta de la noche anterior ha evocado de manera, por así
decirlo, carnal, las obras y los días (y las caras y las voces) del
exilio.
Negri recita su personal «éste es el catálogo», a propósito
del periodo parisino (1983-1997):
«Los primeros tiempos tuvieron algo de desmedrado y un
poco amargo. Durante dos o tres años, más que refugiados
políticos, hemos sido emigrantes ilegales: auténticos sans pa-
piers, atosigados por los problemas materiales, a menudo es-
pantados por nuestra propia sombra, inseguros, agazapados

88
en los intersticios de la sociedad francesa. Tal vez no sea ca-
sual que precisamente en ese periodo escribiera el libro sobre
Leopardi (Lenta Ginestra) y el otro sobre el bíblico J o b (Il la-
voro de Giobbe). Entretenimientos solitarios, con algún vetea-
do melancólico. Luego, las cosas cambiaron. Empezó de nue-
vo una actividad teórica colectiva, de forma pública. Estu-
vieron las estrechas discusiones, para mí inolvidables, con
Guattari, Deleuze, Jean-Pierre Faye, Derrida, Vidal-Nac-
quet, Jean-Marie Vincent, Balibar. En torno al 1987-88, con
algunos compañeros italianos refugiados empezamos a ana-
lizar la organización productiva posfordista y el trabajo in-
material. Estos temas forman la base de la revista Futur an-
térieur, que nacerá en 1990, coincidiendo felizmente con la
caída del muro de Berlín. Pero están también los temas de
una serie de investigaciones de campo, que nos encargaron el
Ministère du Travail y el Ministère de la Ville. Pienso en la in-
vestigación sobre el ciclo Benetton, en la encuesta sobre los
250.000 trabajadores de la moda que operan en París, en el
estudio sobre la transformación del municipio de Saint Denis
(el equivalente de nuestro Sesto San Giovanni), de aglomera-
do de la vieja industria metalúrgica en centro de servicios.
Conviene añadir que nuestra permanencia aquí ha estado
marcada de forma muy concreta por las luchas sociales que
han escandido la última década en Francia. Estos conflictos,
surgidos dentro de y contra el posfordismo, han sido una es-
pecie de segunda patria».
Propongo a Toni un salto hacia atrás. De la última entre-
ga, el exilio, a la primera, los años sesenta en que cobró cuer-
po la tradición del obrerismo italiano.

89
«Tal vez sólo hoy, tras el final catastrófico del socialismo
real (e ideal), esta tradición teórica se ha vuelto plenamente
actual. Sólo ahora la crítica del trabajo asalariado y de la for-
ma-Estado muestra completamente su sosegado realismo. A
m í me parece la única partitura filosófica y política capaz de
saldar las cuentas con el fin del fordismo y del keynesianis-
mo; más en general, con los órdenes materiales y culturales
llamados posmodernos. Evitando tanto la nostalgia por lo
"viejo" como los compromisos llenos de guiños hacia lo
"nuevo". Es curioso, pero unas décadas después, el obrerismo
muestra completamente su propia distancia respecto de posi-
ciones que entonces (años 60 y 70) parecían limítrofes, y a la
vez tiene cosas que decir en el debate contemporáneo sobre
el final irreversible del pleno empleo. Pero ésta podría pare-
cer una reivindicación de continuidad absoluta, tan testaru-
da como fatua. Y en cambio, pueden contarse giros y frac-
turas, y muchas».

D E PANZIERI A FOUCAULT
«Un paso decisivo fue la desprovincialización del obreris-
mo. Se produjo una contaminación no ocasional entre nues-
tros temas y el léxico conceptual del pos-estructuralismo
francés ( Foucault, Deleuze, Guattari); nos dirigimos hacia la
filosofía del lenguaje para determinar mejor el concepto
actual de producción (centrado precisamente en prácticas co-
municativas); y luego, es importante recordar una relación
fecunda con la nueva antropología norteamericana y tam-
bién, y desde hace no poco tiempo, con algunos extraordi-

90
narios economistas hindúes, como Amartya Sen. Un ejemplo:
hoy, más que de «subsunción real» del trabajo a la empresa
(es la fórmula clásica de Marx), hablaría de una auténtica pro-
ducción de subjetividad por parte del capitalismo posmoderno.
«Producción de subjetividad» significa producción de acti-
tudes y de mentalidades, gobierno sobre el conjunto de las
facultades psicofísicas humanas, entrelazamiento de ética,
lenguaje y trabajo. La producción capitalista de subjetividad
implica una toma directa sobre la vida: es la biopolítica sobre
la que insiste Foucault».
Propongo a Toni que reconsideremos juntos el amasijo de
derrota y errores que marcó a los movimientos subversivos
italianos. El punto delicado es la distinción entre los dos
aspectos, dado que el rasgo más típico de toda auténtica de-
rrota consiste en ocultarla, camuflándola como secuela de
errores cometidos por los vencidos. Sería útil aclarar la cues-
tión:
«La derrota es la que se sufre en torno al 77. Repitámoslo
una vez más: a mediados de los años setenta el fordismo está
en crisis, comienza la reestructuración del mercado de traba-
jo y de la jornada social de trabajo. Estamos pues en una clá-
sica fase de transición, aprisionada entre un "ya no" y un "to-
davía no". Para dar un nombre al sujeto que habitaba esta
tierra de nadie utilizamos la fórmula «obrero social»: ningún
misterio, fue sólo un modo de señalar la pérdida de centrali-
dad de la gran fábrica, la inestabiidad del empleo, el alto
grado de escolarización de la nueva fuerza de trabajo. La de-
rrota consiste en no haberse anticipado a esa "revolución por
arriba" que ha sido el posfordismo».

91
De acuerdo, pero, ¿dónde se hunde el error?
«Los errores son los de todo 1905... Quiero decir: de toda
inauguración tumultuosa de una fase completamente nueva,
en nuestro caso la fase caracterizada por la revolución infor-
mática y por un reajuste de la producción en torno a los ser-
vicios y la comunicación. Errores típicos del extremismo:
sobrevaloración de las propias fuerzas, infravaloración de las
del adversario. Las nuevas figuras del trabajo social que por
aquel entonces aparecían én escena, necesitaban tiempo para
crecer y hacerse valer. Tiempo y negociación. El extremismo
quemó las etapas, aceleró, embocó caminos trillados, tuvo
reacciones pavlovianas. Nuestro error fue no ser lo bastante...
«autónomos», si por «autonomía» se entiende una forma de
política radicalmente autodeterminada y no representativa,
lejos de los cánones del movimiento obrero histórico. En
nuestro extremismo, más que un exceso de atrevimiento, hay
que reconocer a lo sumo un exceso de timidez. Un extremis-
mo con rasgos conservadores: éstos son los términos».
Observo: en torno al movimiento del 77 se jugó el último
intento de organizar políticamente a figuras emergentes de
la producción social. Por última vez, política y trabajo man-
tuvieron un estrecho contacto. A continuación, el análisis se
ha profundizado, se ha discutido de forma detallada sobre
trabajo inmaterial, intelectualidad de masa, trabajo autóno-
mo, pero nunca se ha vuelto a tener entre manos el cabo del
hilo de un proceso organizativo. Negri se inquieta:
«Claro que no. El cabo no lo tuvimos nosotros, los exilia-
dos y condenados, ni los miles de compañeros que vivían una
condición de "exiliados del interior" en Italia; y mucho me-

92
nos los supervivientes voluntariosos del movimiento obrero
tradicional. Han sido la Liga, y en una determinada fase
Berlusconi, los que han aferrado algunas formas de subje-
tividad típicas del posfordismo. Cuando se hace una afirma-
ción de este tipo, enseguida llega uno y te interrumpe, acu-
sándote de traiciones múltiples, despreocupación y otras lin-
dezas. ¿Qué responder? Es obvio que la Liga y Berlusconi
han conseguido llegar a la cuenca social posfordista a su ma-
nera, segmentando, jerarquizando, mistificando: son mons-
truosos hermanos gemelos que crecen en un terreno que de-
bería haber sido nuestro. ¿Duele escucharlo? Paciencia. Más
duele que las cosas hayan salido así.»

LA EVASIÓN Y EL REGRESO
Le digo a Toni que conviene discutir una vez más sobre su
fuga, o evasión, en el momento en que parece cumplir un
gesto especular volviendo a la cárcel. Muchos se detienen
sobre aquel episodio, algunos haciendo alarde de virtuosa in-
dignación: indignación por la fuga, no por cuatro años y me-
dio de cárcel especial preventiva, o por el linchamiento a tra-
vés de la prensa, o por un parlamento que (caso no raro sino
único) trabajó el quince de agosto, fiesta de la Asunción,
aunque canceló rápidamente esta práctica. Y entonces, haga-
mos frente a esta inquina. Negri responde:
«Una premisa: es absurdo sostener como una cuestión de
principios que el inocente, si lo es de veras, debe entregarse
a las cárceles patrias. Toda mística sacrificial está fuera de
lugar. Salvemini, que no era un autónomo, dijo sin embargo

93
que en Italia, si te acusan de haber violado a la virgencita del
Duomo de Milán, lo mejor que puedes hacer es refugiarte
inmediatamente en Suiza... Seamos serios. Acordémonos, por
favor, de 1983. Mi candidatura se propuso contra una prisión
preventiva alucinante; pero los jueces de primer grado esta-
ban decididos a conminar, en pocos meses, el máximo de la
pena, condenándonos a mí y a los demás compañeros, ba-
rriendo el suelo bajo los pies de la campaña que se había de-
sarrollado en torno a mi nombre. Esto lo sabía y lo veía. Pa-
ra quedarse, era preciso un delirio de omnipotencia que, fran-
camente, no me pertenece. Vuelvo ahora porque, al menos
sobre el papel, la solución política para los réprobos de los
años 70 ha madurado completamente. Razonemos: ya que
han sobrecargado mi nombre de símbolos negativos, es de
creer que encontrar una solución para Negri significa encon-
trarla para todos. La eventual liberación del peor de los «ma-
los maestros» no permite dejar en suspenso residuos poste-
riores. Se vuelve realista una medida completa: la vuelta de
los exiliados, un indulto eficaz, la amnistía para los delitos de
asociación que continúan siendo verdaderos garrotes en vilo
sobre los movimientos de transformación. Hoy, tal vez, ade-
más de ser parte del problema, puedo convertirme en un
fragmento de su solución. Si es así, vale la pena arriesgarse.

94
BIBLIOGRAFÍA DE TONI NEGRI EN CASTELLANO:

Dominio y Sabotaje; Barcelona, El Viejo Topo, 1979-


Del obrero masa al obrero social', Barcelona, Anagrama, 1980.
El tren de Finlandia; Madrid, Libertarias, 1990.
Fin de siglo; Barcelona, Paidós, 1992.
La anomalía salvaje. Ensayo sobre poder y potencia en Baruch Spinoza;
Barcelona, Anthropos, 1993.
El poder constituyente. Ensayo sobre las alternativas de la modernidad,
Madrid, Libertarias, 1994.
Las verdades nómadas. Por nuevos espacios de libertad (con Félix
Guattari); hay dos ediciones: Irún, Iralka, 1996 y Donosti, Gakoa,
1996.

ARTÍCULOS Y CRÍTICAS:

Prólogo a Todos los héroes han muerto, de Gabriel Albiac; Madrid,


Libertarias, 1985.
Ocho tesis preliminares para una teoría del poder constituyente, en
Contrarios, n° 1, Madrid, 1989.
Posmodernidad y Aufhebung, artículos en Román Reyes (comp.),
Terminología científico-social, Madrid, 1990.
Espacio político neutralizado y nueva representación (con J-M Vincent),
en Viento Sur, n° 10, julio-agosto de 1.993, Madrid.
Revista Anthropos, n° 144 (mayo de 1993) Barcelona; dedicada al
pensamiento de Negri.
Mutación de actividades, nuevas formas de organización (con Michael
Hardt), en El Viejo Topo, n° de junio de 1998.

95
POR LA AMNISTÍA

Desde hace unos meses, existe un llamamiento a favor de la


amnistía para Toni Negri y l@s demás participantes en las luchas
de los años 70. El llamamiento ha sido publicado, entre otros, en
el número de mayo de 1998 de la revista 'El Viejo Topo'.
En Internet, el manifiesto puede leerse y suscribirse en castellano
en:
<http://www.civila.com/hispania/autonomia/negri.htm>
Existen, además, diversos sitios web que tratan de la amnistía en
Italia.
En francés:
http://www.anet.fr/~aris/ecn/infoszones/solidarite/negri01.html
En italiano:
http://www.altern.org/logomachie/
http://www.orcom.it/negri/
En castellano:
http://nodo50.ix.apc.org/laboratorio/convocat/amnistia.htm
http://www.civila.com/hispania/autonomia/negri.htm
En inglés:
http://lists.village.virginia.edu/~forks/TNmain.ht

96
ÍNDICE

Libertad para Toni Negri 7


Una carta a modo de introducción 11
Carta sobre El exilio 17
La cárcel y la vida 23
Parte I. El trabajo 31
Parte II. El Imperio 51
Parte III. Desenectute 65
Razones para un regreso 75
Del buen uso de la memoria y el olvido,
por Giorgio Agamben 77
¿Adiós a la «emergencia»?, por Rossana Rossanda 81
El sentido de un regreso, por Paolo Virno 87
Bibliografía 95
Direcciones y sitios web sobre la amnistía 96

97