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¿QUÉ HEMOS HECHO DE JESÚS?

A veces es muy peligroso sentirse cristiano «de toda la vida». Porque se


corre el riesgo de no revisar nunca nuestro cristianismo y no entender que, en
definitiva, todo el vivir cristiano no es sino un continuo caminar desde la
incredulidad hacia la fe en el Dios vivo de Jesucristo.
Con frecuencia, creemos tener una fe inconmovible en Jesús porque lo
tenemos perfectamente definido en un lenguaje preciso y ortodoxo, y no nos
damos cuenta de que, en la vida diaria, lo estamos continuamente desfigurando
con nuestras aspiraciones, intereses y cobardías.
Lo confesamos abiertamente como Dios y Señor nuestro, pero, luego,
apenas significa gran cosa en nuestros planteamientos y las actitudes que
inspiran nuestra vida. Por eso es bueno que escuchemos todos sinceramente la
pregunta interpeladora de Jesús: «y ustedes, ¿quién decen que soy yo?». En
realidad, ¿quién es Jesús para nosotros?, ¿qué lugar ocupa en nuestro vivir
diario?
Cuando, en momentos de verdadera gracia, uno se acerca sinceramente al
Jesús del Evangelio, se encuentra con alguien vivo y palpitante. Alguien a quien
no es posible encerrar en unas categorías filosóficas, unas fórmulas o unos
ritos. Alguien que nos lleva al fondo último de la vida.
Jesús, «el Mesías de Dios», nos coloca ante nuestra última verdad y se
convierte para cada uno de nosotros en invitación gozosa al cambio, a la
conversión constante, a la búsqueda humilde pero apasionada de un mundo
mejor para todos.
Jesús es peligroso. En él descubrimos una entrega incondicional a los
necesitados, que pone al descubierto nuestro radical egoísmo. Una pasión por
la justicia, que sacude nuestras seguridades, cobardías y servidumbres. Una fe
en el Padre, que nos invita a salir de nuestra incredulidad y desconfianza.
Jesús es lo más grande que tenemos los cristianos. El que puede infundir
otro sentido y otro horizonte a nuestra vida. El que puede contagiarnos otra
lucidez y otra generosidad, otra energía y otro gozo. El que puede
comunicarnos otro amor, otra libertad y otro ser.
Pero no olvidemos algo importante. A Jesús se le conoce, se le experimenta
y se sintoniza con él, en la medida en que nos esforzamos por seguirle.
P. Fernando Sotelo Anaya
Carta del Párroco:
La cultura moderna que ha dominado el mundo occidental durante cinco siglos se
encuentra hoy en declive. Desde su misma entraña está emergiendo una
«atmósfera» nueva cuyos efectos se pueden ya vislumbrar entre nosotros. En ese
clima posmoderno viviremos los próximos años.
Hay un primer dato que se va extendiendo cada vez más. Ya no se acepta ningún
ideal, filosofía o religión que pretenda ofrecer verdad. Todo se considera relativo y
opinable. Todo es interpretación y fragmento. No hay verdades absolutas. Nadie
es sólido y seguro. Sólo nuestra incerteza.
Pero, al quedarse sin criterios o valores que orienten sus decisiones, la libertad de
las personas corre el riesgo de volatilizarse. Todo el mundo quiere ser libre pero
no sabe para qué. El pluralismo se va deslizando poco a poco hacia el relativismo
y la indiferencia. El individuo se va quedando sin indicaciones ni referencias claras
que lo guíen en la existencia. El hombre de hoy camina por la vida sin mapa.
La misma realidad parece diluirse cada vez más en el mundo de lo virtual. Ya no
es tan fácil distinguir entre lo natural y lo artificial, entre lo real y lo ficticio, lo
verdadero y lo imaginario. Vivimos con la ilusión de estar mejor informados que
nunca pero terminamos pensando, sintiendo y experimentando lo que las redes
sociales nos dejan ver, conocer y experimentar.
Está surgiendo así un clima cultural donde las personas se van acostumbrando a
vivir sin certezas ni seguridad. Cada uno sigue su camino de forma solitaria o
cruzándose con otros caminantes dentro de un laberinto que nadie conoce bien y
que tiene su mejor símbolo en las redes sociales. Mientras tanto, la voz de los
profetas y de los pensadores queda absorbida en el ruido y la confusión. Hablar
con Dios es como hablar de «nada».
En esta atmósfera pretende hoy hacer oír su voz Jesucristo: «Y ustedes, ¿quién
dicen que soy yo?». Desconocido por muchos, olvidado por otros, confundido con
un fragmento más, dejado de lado como algo irrelevante y sin significado actual,
Jesucristo sigue ofreciendo «débilmente» el amor y la fe en Dios como el único
abrigo ante el nihilismo actual. Su palabra no pretende imponer una ideología, sino
despertar la esperanza. Su acción salvadora no busca ahogar la libertad humana
de nadie sino abrir al ser humano caminos de vida más plena. ¿No es él el único
Salvador?

Pbro. Luis Fernando Sotelo Anaya


Párroco

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