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LAS BATALLAS EN EL DESIERTO Y MARIANA, MARIANA: NARRATIVAS DIFERENTES

JOSÉ EDUARDO LIMA ÁGUILA

Las adaptaciones cinematográficas de obras literarias han existido desde la creación misma
del cine. Con mayor o menor fortuna podemos encontrar innumerables ejemplos. Con el
surgimiento de estas adaptaciones, llegó también la discusión eterna entre cuál es mejor, la
obra escrita o su adaptación al cine, con respuestas tan variadas como adaptaciones
existentes. La mayoría de las veces se ha afirmado que es la obra escrita la que posee mayor
calidad estética y, en contadas ocasiones, a veces no exentas de polémica, se ha llegado a
afirmar que es la adaptación audiovisual la que se encuentra por encima de su fuente escrita.
Difícil es encontrar un punto de acuerdo entre ambas posturas vistas a nivel general, por lo
tanto, el análisis particular de cada caso es necesario, sin que por ello podamos llegar a
sentencias absolutas.

El tema del presente trabajo será la novela más conocida de José Emilia Pacheco, Las
batallas en el desierto y su adaptación cinematográfica de los años 80, Mariana, Mariana,
intentando ponderar ambos discursos narrativos, haciendo énfasis en sus diferencias
similitudes y, quizás, llegar a una conclusión valorativa.

Novela del cuestionamiento nostálgico de la historia

Las batallas en el desierto es una novela corta publicada por José Emilio Pacheco
originalmente en el suplemento del periódico “unomásuno” el 7 de junio de 1980 y al año
siguiente como libro por Ediciones Era. Narrada en primera persona y en retrospectiva por
Carlos, el protagonista de la historia, nos cuenta la época parte de su infancia, situada en la
colonia Roma durante el periodo del presidente Miguel Alemán Valdez (1946-1952), su
enamoramiento por Mariana, la madre de su amigo Jim, así como las consecuencias que
acarrea la declaración de amor hacia ella.

Como bien han señalado numerosos críticos, el tema principal en la obra de José
Emilio Pacheco es el tiempo y esto puede notarse en la novela a partir del intento de
reconstrucción de una época hecha a través de numerosas referencias a marcas y hechos de
ese entonces, así como la insistencia en señalar que todo ha cambiado. Reconstrucción de la
memoria y como toda memoria es falible, pues desde la primera oración nos introduce a ese
aspecto ambivalente, dudoso, del acto de recordar, “Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año
era aquel?” (Pacheco, 15), para luego dejar caer recuerdos de la época, desde canciones de
moda en aquel entonces hasta acontecimientos políticos y ecológicos, haciendo énfasis en el
espíritu de época en el México posrevolucionario al terminar la Segunda Guerra Mundial:
“El símbolo sombrío de nuestro tiempo es el hongo atómico. Sin embargo había esperanza”
(16). Sin embargo, la novela termina con la persistencia de esa duda cuando Carlos busca a
Mariana luego de que Rosales, excompañero suyo, le dijera que había muerto: “Me acuerdo,
no me acuerdo ni siquiera del año. Sólo estas ráfagas, estos destellos que vuelven con todo y
las palabras exactas” (50): certeza e incertidumbre de la memoria.

Fiel a su espíritu crítico y dubitativo, Pacheco, a través del narrador, se cuestiona todo
aquel periodo histórico de modernización industrial que experimentó México en aquellos
años, pone en tela de juicio sus certidumbres para, de esa manera, hacernos dudar de las
certidumbres de la época actual. Como bien señala Rubén Lozano Herrera, “al incitar la
crítica e incluso la reformulación de la historia de un espacio preciso, propicia la meditación
del lector acerca de su propio medio” (140).

El otro gran protagonista de la novela es la propia Ciudad de México. Un retrato que


contrapone constantemente el envejecimiento monstruoso de la ciudad con la ciudad más
apacible de la infancia del autor. La modernidad que devora los antiguos sitios de los que
sólo queda el recuerdo es como una sombra que está presente a lo largo de todo el texto. En
un texto, Gonzalo Celorio hace eco de este sentimiento persistente en Pacheco: “¿Qué es hoy
la ciudad de México? Una mancha expansiva que se trepa por los cerros […] Es una ciudad
en la que no se pueden recargar los recuerdos. Es una ciudad desconocida por sus habitantes”
(51-52). Al final de la novela, mientras se derrumba el recuerdo de Mariana, quien no es
recordada por nadie más que por Carlos, la ciudad misma también es derumbada:
“Demolieron la esucela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron
la colonia Roma”. “Time the destroyer is the preserver” escribe T. S. Eliot en “Dry salvages”
de sus Cuatro cuartetos.
Una película accidentada

Mariana, Mariana (1987) es el título de la película que adaptó la novela de Pacheco. Fue
dirigida por Alberto Isaac con un libreto de Vicente Leñero. Como señalan sus protagonistas
en El día que murió el perro, un pequeño documental que se grabó a propósito del
lanzamiento en DVD de la película, la realización del largometraje estuvo marcada por la
muerte de José Estrada, quien iba a ser el director. El proyecto fue tomado por Alberto Isaac,
a pesar de que algunos esperaban que fuera su hijo, Luis Estrada, quien tomara las riendas de
la película.

Sin embargo, tomando en cuenta el testimonio que Vicente Leñero dio en una
columna suya en la Revista de la Universidad de México, es posible notar que los problemas
empezaron desde antes, al menos con él. En su texto, señala categórico que “No resultó un
buen guion a pesar de que lo emprendí con entusiasmo” (2003) y se queja de la excesiva
intromisión, al punto del nepotismo, del hijo de José Estrada, afectando negativamente la
calidad del guion y por consiguiente de la película. Llegó un momento en el que Leñero le
reclamó fuertemente. Dos días después, a dos días de iniciar las grabaciones, Estrada falleció.
En una reunión posterior, Leñero le informó a Alberto Isaac que era la voluntad de Estrada
que su hijo dirigiera la película, ante lo cual el futuro director de la misma se negó
rotundamente. Según Leñero, el propio Isaac se autonombró director, “abusivo”, y efectuó
unos cambios. Para Leñero, la adaptación “resultó medianita, mediocre” y concluye
confesando: “Yo nunca me atreví a comentar con José Emilio Pacheco la adaptación al cine
de su novela. Me dio vergüenza”.

Con un tono de queja algo menor, parte del elenco de la película rememora esos días
en El día que murió el perro, especialmente Elizabeth Aguilar, la actriz que interpretó a
Mariana. Con un tono resignado, recuerda que la fluida comunicación que tenía con Estrada
estuvo ausente con Isaac, sumados a los cambios que no fueron de su agrado, especialmente
el del Señor, personaje que es padre de Jim, pues originalmente iba a ser interpretado por
Ernesto Gómez Cruz, actor profesional con algunos conflictos con la CONACINE. Elizabeth
Aguilar comenta que “ahí fue un choque con Alberto [Isaac] porque me impuso a un amigo
de él, mas no a un actor” (2008) y al recordar la escena en Tequesquitengo en la cual El Señor
le pone bloqueador solar dice: “A mí no me gustó. No me gustó para nada que me fuera a
meter mano una persona que no era actor, ¿no? Sobre todo, eso”.

A pesar de todas las críticas que se han realizado sobre el largometraje, algo de
destacar es que, en medio del contexto de debacle en el cine nacional, lleno de cine de
ficheras, Mariana, Mariana representa uno de los intentos más significativos de realizar
proyectos cinematográficos de mayor calidad. En los premios Ariel de 1988, se llevó varias
preseas, incluyendo la de Mejor película.

Diferencias y similitudes

La principal diferencia en la estructura narrativa que podemos encontrar entre la novela y la


película es que en la segunda inicia con una escena del entierro del padre de Carlos, ya adulto
e interpretado por Pedro Armendáriz Jr., y el encuentro con Rosales, su antiguo compañero,
quien le da un aventón en su coche y atraviesan un embotellamiento vehicular. Todo esto no
existe en la novela, donde es la voz en el futuro de Carlos, unos treinta años después1.
Posteriormente la película nos transporta a los años 40 y de nuevo a los 80 en diferentes
ocasiones, a veces interrumpiendo el ritmo de las diferentes escenas.

La reconstrucción de la memoria es un aspecto medular en la novela, a través de


numerosas referencias, es replicada de manera más bien diluida en la película. Por ejemplo,
el bolero “Obsesión”, que es mencionado en varias ocasiones en la novela, no está presente
en la película2. Así como las menciones a marcas, personajes de la época, programas de radio
y películas es mínima.

Diversos elementos de la novela están representados en la película de manera más o


menos acertada: el declive de la fábrica de jabón de padre de Carlos ante las empresas
norteamericanas, la infidelidad del mismo, el intento de violación por parte de Héctor, su

1
Mariana tiene 28 años en la novela. En la primera edición del texto, al final, cuando Carlos señala que
Mariana, si todavía viviera, tendría alrededor de sesenta años. En la última edición, José Emilio Pacheco
cambia la edad a ochenta.
2
Al menos en la película a la que tuve acceso no aparece en ningún momento.
hermano, a una trabajadora del hogar o la representación de su conservadora madre, en
contraste con la mentalidad liberal de su profesor.

Existen escenas bien logradas, como la de la declaración de Carlos a Mariana, en la


que se logra trasmitir la tensión y cierta dulzura de la novela, y otras que fallan totalmente,
como la de la confesión de Carlos al sacerdote, contrastando totalmente con la agilidad de la
prosa de Pacheco, la escena en la película se vuelve sosa, lenta, por la manera en la que el
sacerdote habla, cual si estuviera dormitando. Asimismo, se incluyen escenas que no están
en la novela y que poco aportan a la historia, como el viaje a Tequesquitengo al que van
Carlos, Jim y su mamá y en el que aparece El Señor, despojándolo de esa aura de incógnita
que posee en la novela.

Conclusiones

Las adaptaciones fílmicas de obras literarias totalmente fieles son imposibles, pues ambas
pertenecen a diferentes discursos artísticos, con propuestas estéticas que en algunos puntos
son totalmente irreconciliables. De acuerdo a la clasificación que hace Alfred Estermann,
Mariana, Mariana, y la mayoría de las adaptaciones, pertenecen a la categoría de Verfilmung,
es decir una “adaptación vinculada a su modelo literario, con algunas transformaciones”
(Gómez López, 249), transformaciones que deben adaptarse a diversos factores y muchas
veces son necesarias. La manera afortunada o no en que las transformaciones se lleven a cabo
depende de un análisis detallado de cada caso, pero no puede emitir un juicio a priori sobre
la supuesta superioridad e inferioridad de una u otra obra sólo por pertenecer a un arte
diferente.

El caso de la adaptación de Las batallas en el desierto ejemplifica decisiones


acertadas y erradas, así como elementos extra-artísticos que afectan considerablemente la
obra final, como lo fue el fallecimiento de su director, y su recepción posterior, como lo era
el decadente contexto cinematográfico del país.

Referencias
Mariana, Mariana. Dirigido por Alberto Isaac. Interpretado por Pedro Armendariz Jr, Elizabeth
Aguilar, Quiroz y Luis Mario. 1987.
Celorio, Gonzalo. «México, ciudad de papel.» En Material de Lectura 4, 25-52. México: Dirección
de Literatura UNAM, 2013.

Gómez López, Encarnación. «De la literatura al cine: aproximación a una teoría de la adaptación.»
Cuadernos de filología alemana, 2010: 245-255.

El día que murió el perro. Dirigido por Julian Fiesco Hernández y Roberto FIesco. IMCINE;
CONACULTA; Mil Nubes Cine, 2008.

Leñero, Vicente. «Lo que sea de cada quien. El gambito del perro Estrada.» Revista de la
Universidad de México. Nueva Época, nº 108 (Febrero 2003).

Lozano Herrera, Ruben. «Memoria, novela e historia: Las batallas en el desierto y algunas
posibilidades del acercamiento al estudio del pasado.» En José Emilio Pacheco:
Perspectivas críticas, de Pol Popovic Karic y Fidel Chávez Pérez, 138-153. México: ITESM;
Siglo XXI, 2007.

Pacheco, José Emilio. Las batallas en el desierto. México: FCE; SEP, 2010.

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