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Los fines de Schoenstatt

LOS FINES DE SCHOENSTATT


Schoenstatt se propone alcanzar tres metas:

1. El hombre nuevo en la comunidad nueva;


2. la reconquista de la relación armónica entre la realidad natural y sobre¬natural, como la misión
profética histórica del cristianismo en Occidente;
3. la coordinación de las fuerzas apostólicas de la Iglesia dentro de una es¬tructura federativa.

Como fruto de estos tres fines se espera la plasmación de la Iglesia de las nuevas playas y de un
nuevo orden social.

1. El hombre nuevo en la comunidad nueva

Schoenstatt es un movimiento de educación y renovación. En el centro de esa renovación está el hombre. La búsqueda de
un hombre nuevo es una in¬quietud vibrante que es pretendida y proclamada desde palestras y corrientes vitales y
espirituales contradictorias. Marxistas, liberales, existencialistas, futuristas, etc., han puesto sus miras hacia la conquista
de un hombre nuevo. Y esta es una señal clara de que un período acaba y otro nuevo pugna por nacer.

La Iglesia habla también de un hombre nuevo. Lo proclamó el Concilio Vaticano II y los Obispos en Medellín lo asumieron
como tarea: "No tendremos un continente nuevo sin hombres nuevos que a la luz del Evangelio sepan ser verdaderamente
libres y responsables" (II CELAM, Justicia, Nº 3)

El anhelo del hombre nuevo es paulino; hemos sido llamados a despojarnos "en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre
viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a
revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en justicia y santidad de la verdad" (Ef 4, 22 24).
Todo el sistema ascético pedagógico de Schoenstatt se orientó hacia, la conquista del hombre nuevo. Lo original lo nuevo
de este hombre nuevo tiene en Schoenstatt características distintivas:

a. es un hombre libre
b. es un hombre anclado en el "más allá";
c. es un hombre comprometido históricamente con los demás y con el mundo.

a. El hombre libre.

Schoenstatt nació como respuesta al problema de la libertad. En septiembre de 1912 un grupo de estudiantes tuvieron
que abandonar la casa de estudios en que vivían, y trasladarse a otra más grande, recién instalada, en Schoenstatt. En la
antigua casa reinaba gran libertad. El re¬glamento de la nueva restringía considerablemente ésta y trajo como
consecuencia agresividad y rebeldía. De nada valdrían las censuras y penitencias. Los superiores pensaron que en tales
circunstancias sólo una persona de confianza que hiciera de nexo y factor educativo podría ayudar a solucionar el
conflicto. Los dos primeros designados para ejercer la función desistieron por enfermedad. El tercero nombrado fue el P.
José Kentenich, el Fundador de Schoenstatt. Este captó la problemática juvenil y se ganó la con¬fianza de todos. En la
primera plática oficial -el 27 de octubre de 1912- les propuso un nuevo plan: formar hombres nuevos que fueran hombres
libres, recios y apostólicos: "No queremos esclavos de galera, sino reme¬ros voluntarios" se lee en la plática, llamada de
prefundación. Y más adelante: " Nosotros tenemos conciencia de nuestra dignidad y de nuestros de¬rechos. No nos
sometemos a los superiores por temor o coacción, sino porque libremente lo queremos, porque un acto conciente de
sumisión nos hace interiormente libres e independientes". La vida que de allí surgió atestigua la acogida que tuvieron
esas palabras.

¿Qué se entiende cuando se habla del hombre libre?

- La libertad es el pleno dominio y posesión de sí mismo.

Aquí comienza propiamente la función educativa de Schoenstatt El hombre sólo puede alcanzar este pleno dominio
después de un largo proceso de cre¬cimiento y maduración cuya meta es la libertad de toda esclavitud exterior interior.
La libertad así concebida es algo dinámico: es un proceso de maduración y posesión integral de sí mismo.

En el mundo actual es sumamente difícil lograr una libertad en donde todas las potencias corporales y espirituales se
hallen interiormente integradas en forma armónica y creadora. Cuántas personas inmaduras han quedado paralizadas en
su proceso evolutivo. La educación para la libertad preten¬de así ser una educación de subconsciente e inconsciente. La
sicología moder¬na ha probado que el hombre se halla gobernado por fuerzas que no son siempre las intelectuales y
volitivas.

El desvalimiento en que se encuentran tantos círculos eclesiásticos y pedagógicos tienen allí su raíz última: en que no
pudieron lograr una educación del inconsciente y subconsciente, como camino esencial de liberación.

La libertad es en segundo término, la capacidad y posibilidad de decisión. En Schoenstatt se quiere prevenir y superar el
así llamado "hombre masa", aquél que hace todo lo que los otros hacen, porque los otros lo hacen y como los otros lo
hacen. La técnica y la propaganda en la sociedad de consumo han creado paulatinamente este tipo de hombre
despersonalizado y manipulado por fuera. La falta de decisión personal y la incapacidad de asumir tal decisión es uno de
los problemas educativos más serios de la civilización moderna. En Latinoamérica tenemos el ejemplo de una cultura en
donde sólo se actúa por costumbres y miedos. Los regímenes totalitarios y dictatoriales van a su vez engendrando
paulatinamente tal actitud.

El schoenstattiano se halla confrontado desde el vamos con diversos caminos y posibilidades ante los cuales debe
decidirse. La decisión se hace conciente y lúcida. Si quiere formar hombres que en libertad y superando la coacción del
ambiente sepan decidirse por lo que ellos consideran lo mejor para sus vidas.

En la práctica se da esto a través de la presentación de valores, según la perspectiva de intereses de la persona. Un valor
se diferencia de una idea abstracta, en que nace apetecible y no cesa hasta ser aprehendida y satisfecha. A Schoenstatt
le interesa no sólo una capacitación intelectual, sino ante todo, una asimilación de valores. Tanto la captación como la
difusión de esos valores se dan en un marco de reflexión crítica. La crítica es el acto no sólo racional cuanto existencial
frente a sí mismo y al mundo. Cabe acotar que este proceso surge en forma espontánea. Para ello contribuye el Ideal
Personal, del que hablaremos más adelante.
La libertad consiste en la realización de lo decidido.

Lo contrario sería la marginación y la inconsecuencia de vida, la dicotomía entre teoría y praxis. Debido a que en
Schoenstatt se busca que esta teoría sea una "teoría valor", es bien posible una unión entre idea y vida.

En la historia del Movimiento ha sido la búsqueda de la libertad no sólo un proceso negativo: liberarse "de"; cuanto que
algo positivo: liberarse "para". Liberarse del egoísmo, para poderse comprometer. Liberarse de las limitaciones y fallas,
para servir a los demás. Liberación de esclavitudes a fin de engrandecer el horizonte social, responsable. El compromiso y
la participación fue entendido como algo positivo y la plenitud de la libertad. No existe libertad sin compromiso.

b. El hombre anclado en el "más allá".

El mundo sobrenatural no es una ficción. Es una realidad que está ahí para el hombre, siempre que éste la asuma y haga
suya. La gracia está siempre dispuesta y activa.

El mundo sobrenatural tiene como centro a un Dios que es Padre. Este es un mensaje de esperanza y alegría. Dios no es
un vigilante un ser justiciero en un mundo de venganza. Su realidad íntima es el amor (cfr. 1 Jn 4, 8.16), es decir,
paciencia, benignidad, ingeniosidad, donación (cfr. I Cor 13,1 ss). La imagen más cercana de Dios es la de un padre, es lo
mejor que uno puede imaginarse de un padre. Dios es una persona dispuesta a comprender, que va al encuentro del
hombre para regalarle su cercanía, su perdón, su amor (como nos lo recuerda la parábola del padre misericordioso en el
capítulo 15 de San Lucas). Lo único que nos exige es que nosotros también vayamos hacia El, que nos pongamos en
camino. La aceptación sencilla en la fe de la propia impotencia y miseria personal es la omnipotencia del hombre, porque
Dios no puede resistirse al desvalimiento del "pobre" (Lc 1,52) ' 52). El Padre Fundador afirmó muchas veces con
Pestalozzi, que la gran tragedia del tiempo actual, es la pérdida del sentimiento filial, porque hace imposible la actividad
paternal de Dios.

El hombre anclado en el más allá, es el hombre profético y mariano.

El hombre profético. La realidad tiene una dimensión simbólica. El símbolo es una expresión sensible de una realidad
invisible. Los símbolos son en sí mudos: es un lenguaje que precisa ser descifrado e interpretado. Hay símbolos en la
naturaleza, en las cosas, en los hombres, en los hechos históricos. No todos saben sin embargo interpretar ni leer estos
símbolos. La tarea de develar un hecho históricos es la misión del profeta. Hay profetas en el campo de la historia, de la
ciencia, del arte, de la cultura. Los hay también en el campo de la fe: son aquellos que detrás de un acontecimiento, una
persona o un sentimiento, ven un llamado de Dios, su deseo y su impulso. EL Evangelio, junto con despertarnos a la
novedad de la Creación en Cristo, nos posibilita el discernimiento en el correr de la historia de los signos de su presencia y
deseos. Esta palabra -que llamamos "profética" para que realmente lo sea no debe quedarse en una información sino
debe convertirse en experiencia de fe del Dios vivo actuante en la historia. Tal profeta es un hombre cercano y amigo de
Dios. En su corazón escucha el mensaje, lo hace suyo y lo trasmite a los hombres, siendo así un puente vivo. El Padre
Kentenich definía este hombre como aquél que tiene su mano en el pulso del tiempo y su oído en el corazón de Dios.
Para la interpretación profética del mundo hace falta un órgano y una actitud. El órgano es la fe: "El justo vive de la fe"
(Heb 2, 4; Rom 1, 17); no sólo según la fe, sino de la fe. La fe es como un microscopio que permite visualizar realidades
que no se lograrían ver sin su ayuda. La fe es una búsqueda constante de "señales" de Dios, de indicaciones. Es rastrear la
huella del Padre en el sendero de la vida.
La consecuencia de esta fe es la dialéctica entre la seguridad y el riesgo. Seguridad que se cimenta en el cumplimiento
existencial de la voluntad de Dios; riesgo, porque exige saltos mortales de la inteligencia, la voluntad y el corazón. La fe no
es un escapismo de la paradoja existencial que es el hombre, sino una búsqueda lúcida del riesgo y la lucha: la fe es salir
de la casa la tranquilidad burguesa y ponerse en camino "hacia la tierra que yo te daré" (Gen 12, l).

El hombre mariano. La persona de María como veremos más adelante en detalle juega un rol capital en Schoenstatt. Se
busca presentar y vivir la relación con ella en íntima unión con toda la Iglesia y con Cristo. Su persona no se halla aislada
del resto del conjunto de la fe.

La acentuación mariana se fundamenta en una visión teológico pastoral: lograr un cristianismo más hondo, arraigado en
Cristo y la Iglesia. No es raro que se la acuse de superflua para la realidad temporal. Dejando de lado muchas
experiencias negativas que al respecto se hicieron en Latinoamérica, creemos que con una visión nueva y auténtica del
marianismo se puede lograr una verdadera renovación en nuestro continente. Para ello debe madurar la fe, de una simple
adhesión hacia una auténtica conversión personal a María. El encuentro con Ella debería impulsar a la gestación y
promoción de un nuevo orden humano, personal y comunitario:

"Ella forma personalidades nuevas, y como instrumentos en sus manos las conduce a librar la lucha de los espíritus en la
arena de la vida: en la familia, el taller, las calles, los senderos, la vida política y el gobierno" (P. Kentenich, 1952).

María es señal de luz, de orientación y camino. Es señal también de lucha porque llama a una acción, a una actitud de
cambio, de renovación. Es señal de victoria, ya que su vida avala nuestros esfuerzos. La asimilación paulatina de estas
verdades va conduciendo al schoenstatteano a un enfrentamiento con la misión de María. Ella fue llamada a ser la
Compañera y Colaboradora de Cristo en la obra de nuestra Redención. Así como Ella dio a luz al Cristo histórico, así
también deberá darlo al Cristo Místico, en el transcurso del tiempo, hasta la segunda venida definitiva del Señor. Pero
vivenciar a María es comenzar a vivir su realidad personal: su fidelidad a Cristo, su preocupación por los débiles y
humildes, su sentimiento de responsabilidad social recordemos las bodas de Caná y su visita a Isabel, particularmente su
dignidad de persona, su amor personal.

En el trasfondo de esta afirmación se halla la convicción de que la cercanía y la vinculación permanente y amorosa con
una persona, tiene una fuerza transformadora y de proyección de aquello que constituye el mundo de intereses de esa
persona. Así como por ejemplo, la estrecha vinculación a una persona artista despierta sentimientos artísticos, y la
vinculación a alguien apostólico lleva a inquietudes apostólicas, así también en el campo sobrenatural, la vinculación a
María despierta e inquieta para la actitud mariana: su unión a Dios, su servicio, su conciencia histórica, según las
conocidas estrofas del Magnificat.

La labor educadora de María se expresa en la siguiente oración compuesta en el Campo de Concentración de Dachau por
el Fundador de Schoenstatt:

"Desde aquí construye un mundo


que sea grato al Padre
tal como lo imploró Jesús
con aquella anhelante oración.
Siempre allí reinen amor,
verdad y justicia
y esa unión que no masifica
que no conduce a la esclavitud espiritual" (Hacia el Padre, 62).

c. El hombre comprometido históricamente

La fe no debe estar divorciada de la transformación del mundo y del servicio a la humanidad. La fe debe impulsarnos a
transformar el mundo y hacerlo más cristiano, es decir, más humano, más libre, más generoso y solidario.

El Concilio Vaticano II afirmaba:

"La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de
orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir
para establecer Y consolidar la comunidad humana según la ley divina'' (Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual, Nº 42).

El cristianismo latinoamericano fue muchas veces unilateralmente vertical e individualista. La fe no tenía nada que decirle
al compromiso concreto ni tampoco urgía a la relación con el prójimo.

Nuestra tarea es por tanto rechazar todo divorcio entre fe y tarea temporal, entre religión y vida, entre cristianismo y
mundo. Esta postura es lúcida frente a la historia y al hombre. Se pueden tomar diversos compromisos vitales
intelectuales frente a la historia. El Padre Kentenich los agrupaba en los siguientes:

Los activistas: "No tienen una historia. No conocen ningún Dios que haya concebido un plan del mundo, que tiene con
absoluta seguridad las riendas de los acontecimientos y los conduce con victoriosidad hacia una meta clara y definida. No
ven en la historia mundial una sucesión, un desarrollo orgánico de una idea divina, única, sino un conglomerado de hechos
sin ninguna relación... Repiten con el Prometheus de Goethe: 'Aquí me siento a diseñar hombres según mi imagen'. Trabajan
con una falta de respeto absoluto y con un agrio fanatismo en la realización de su visión de futuro y lo hacen utilizando
todos los medios técnicos del arte propagandístico y de agitación subversiva... Los unos tienen su sede en Oriente... Los
otros viven en Occidente".

Los pasivistas: "Son los parásitos ávidos de placeres o los escritores no comprometidos. No tienen ni el ánimo ni la fuerza
para influir en el curso de la historia. Son vividos por el tiempo sin reflexionar: ora lloran, ora ríen, según las diversas
situaciones. No reconocen por tanto el lenguaje de Dios en el tiempo y huyen de la responsabilidad histórica y de la
obligación de dar una respuesta".

En forma muy diversa se presenta la concepción teísta creadora de historia: "Ella es concebida como una gran corriente
que tiene su fuente y desembocadura en el corazón de Dios, cuyo flujo y reflujo, cauce, dirección y meta están ordenadas
por un sabio plan divino; las olas y mareas no se suceden mecánicamente sino están internamente relacionadas las unas
con las otras: se exigen y promueven, se condicionan y propagan como causa y efecto. El hoy nace del ayer y lleva el
mañana en su seno fecundo. En el hoy viven al mismo tiempo ambos, aunque en forma diversa: el pasado y el futuro. .. La
tarea histórica de los hombres creadores de historia, emana de allí nítidamente: se colocan a disposición de Dios libre y
heroicamente" (P. Kentenich, 1949).

La contribución del hombre que vive esta actitud es de fundamental importancia para asumir creadoramente toda la
tradición histórica, dominar la situación presente y anticipar originalmente el futuro.

Hasta aquí lo más central del hombre nuevo que Schoenstatt quiere lograr. Cabría en este contexto preguntarse todo lo
relativo a la nueva comunidad. La nueva comunidad no es algo aparte al hombre nuevo, sino que surge a la par como su
fruto y su fuente. El hombre nuevo no puede forjarse aislado, sino que participa de un grupo, de una célula en donde se va
cuajando y plasmando anticipadamente el mundo nuevo que se quiere vivenciar. La nueva comunidad participa así de los
valores y virtualidades del hombre nuevo con su fuerte dinamismo y proyección. Volveremos sobre esto cuando
hablemos del factor educativo de los grupos y del nuevo orden social

2. La reconquista de la relación armónica entre la realidad natural y sobrenatural, como la misión profético histórica del
Cristianismo en Occidente.

Uno de los problemas agudos que el mundo occidental presenta a la religión es su secularismo radical. El hombre vuelca
toda su acción y sus esfuerzos hacia este mundo, los hombres y la técnica. Y en esa entrega, Dios es el gran ausente.

En un mundo así la fe aparece como algo alienante, porque la única realidad es aquella que se mide, se toca, se hace.
Hablamos de un mundo hominizado o hecho a imagen y semejanza del hombre. Un mundo en el que se palpan los
efectos de una acción humana. En un mundo así, ¿tiene Dios cabida alguna?.

En la ocupación diaria, profesional y hogareña se traduce este sentimiento en la pregunta: ¿Tiene algo que ver Dios con mi
ocupación temporal, "pro¬fana"?. La atmósfera en que vive el cristiano de hoy le llevará a descar¬tar toda posible relación
entre su trabajo y Dios, entre la acción y la contemplación.

Esta separación radical entre Dios y mundo, no es un problema pasajero. Es una realidad profunda, que toca lo íntimo del
hombre y la sociedad. Antiguamente no era así. Para la teología y cosmovisión medievales, toda la realidad del hombre y
del mundo no podía justificarse sino a la luz de Dios: El creó al mundo y le dio una consistencia, actividad, un valor y
existencia; la creatura era algo original, en total dependencia de Aquel, que la protegía para que no cayese en la nada. Esto
no menguaba la libertad humana. Dios era la "causa primera"; el hombre, "causa segunda"; El hombre vivía y se alimentaba
concientemente de esta visión, como instrumento de Dios, que consentía el que Dios gobernase la historia a través de
personas, circunstancias y cosas.
Hoy día la situación es vital e intelectualmente distinta. Las relaciones parecen cortadas; el puente entre lo terreno y lo
divino se ha quebrado. En lugar de un encuentro con Dios, se habla en muchos círculos de la "Teología de la muerte de
Dios", es decir, de la imposibilidad de conocer a Dios a través de lo creado. Ya no hay imágenes sagradas en nuestro
horizonte, hay una separación radical entre lo divino y lo secular. Sólo hay lugar para una casualidad física matemática.
Así lo afirman algunos teólogos:
"Esto es más que la vieja protesta contra la teología natural o la metafísica, más que la afirmación corriente de que ante
Dios todo lenguaje humano se quiebra y se disfraza en paradojas. De lo que de verdad se trata es que no conocemos a
Dios, no le adoramos, no le poseemos, y no creemos en El... Dios ha muerto. No estamos hablando de la ausencia de la
experiencia de Dios, sino de la experiencia de la ausencia de Dios". (Hamilton, en Teología radical, p. 44).

Dios ha muerto en nuestra época, en nuestra historia, en nuestra existencia. El no es una hipótesis operante, antes bien,
hemos de aprender a vivir sin El, como si ya no estuviera.

Una vez consentida esta "muerte de Dios" se concentran todas las energías en lo específico, lo concreto. "Dejamos los
problemas de la fe para volvernos hacia la realidad del amor", se afirma. Es el sentimiento de la pérdida de Dios el que
pareciera empujar hacia el prójimo, la ciudad, el mundo la técnica.
Nosotros tenemos otra visión. No deberíamos descansar hasta lograr una concepción vital y verdaderamente armónica
de la relación Dios Mundo. La esquizofrenia, aquí actividad humana, allá actividad divina, debe ser superada por una
síntesis vital entre fe y vida.

La autonomía del mundo temporal, no significa la separación de Dios. Nada es ajeno a su acción ni la política, ni la
técnica, ni la ciencia, ni la educación. Dios está. ahí en la realidad, despertando un anhelo de plenitud y de gracia: Dios
actúa en la historia y llama al cristiano a que éste se abra libremente a su acción y se comprometa en forma eficaz en la
tarea liberadora. Toda la creación te halla "en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para
participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre
dolores de parto" (Rom 8, 20 22).

Dios no actúa directamente sino que lo hace a través de las personas. Con ellas y en ellas construye la ciudad terrestre.
Dios no coacciona, no obliga, no es un dictador. El respeta la libertad del hombre y actúa en él y con él solamente cuando
se lo acoge, cuando libremente se pronuncian las palabras bíblicas: "Habla Señor, que tu siervo escucha" "Hágase en mí,
según tu palabra". El Señor irrumpe e influye en el acontecer profano a través de los hombres y en ellos cogobierna la
historia.

Schoenstatt quiere alimentarse de la fe en la armonía natural y sobrenatural. No quiere ni rebajar a Dios, ni endiosar al
hombre. Se trata de respetar esa analogía que es el sendero que conduce a Dios. Nosotros cimentados en la Biblia y en la
tradición de la Iglesia creemos que esta relación existe y que es un factor educativo espiritual fundamental. Tres
expresiones nos son especialmente conocidas al respecto:

Dios gobierna al mundo a través de causas segundas libres;


La gracia no destruye la naturaleza sino que la supone, la sana, eleva y perfecciona;
Lo natural es camino, expresión y seguro de lo sobrenatural.

He aquí algunas leyes pedagógicas que de aquí derivan:


La ley de la transferencia orgánica: Dios transfiere a los hombres aun¬que más no sea efímeramente sus atributos y
actividades, de forma tal, que éstos pueden experimentar en la realidad concreta algo de lo que El
posee en plenitud. Para el schoenstatteano el "mundo" es algo transparente, donde hay representantes más o menos
fieles del amor, la libertad, sabiduría, etc. de lo sobrenatural.

¿Cuántas veces una experiencia positiva en el campo natural no despierta un horizonte y abre caminos para lo
sobrenatural? ¿Cuántas veces la experiencia positiva del amor humano no ha dejado traslucir el amor de Dios; la
experiencia de paternidad, no ha sido presentida como una transferencia real de Dios como Padre?
La ley de la conducción orgánica: El camino para llegar a Dios pasa por el hombre. No sólo hay una trasferencia por parte
de Dios, sino también una atracción de éste. Toda la creación y especialmente el hombre posee un poder de fijación que
deslumbra, atrae y conquista.

El fin de esta atracción es la posesión; tal posesión sería esclavizante si no nos condujese más allá. Esta función
conductora nos libera, enaltece y hace más maduro. A fin de que el hombre no se esclavice en el hombre, existe el
desengaño El encuentro permanente y dialéctico entre la ilusión y la desilusión tiene como fin la conducción a un estado
superior. Las conocidas palabras de San Agustín cobran aquí su sentido existencial: "Nos has hecho para ti y nuestro
corazón está inquieto hasta que descanse en ti".

En pie queda la afirmación de que el puente conductor a Dios tiene dinteles humanos. El hombre puede ser un profeta de
lo sobrenatural.

Es aquí donde se ubica la tarea de Schoenstatt en su segundo fin. El Padre Fundador afirmó, por un lado, que la misión de
la Iglesia en Occidente fue justamente su cristianización y su espíritu universalmente apostólico. Pero en un sentido más
específico anunció esta Iglesia la relación armónica entre la causa primera y la segunda, entre lo creado y su Creador.
Hemos visto que esta armonía se ha ido perdiendo en el transcurso del tiempo, por lo cual debe reconquistarse desde
adentro, íntimamente.

Occidente no es aquí un concepto geográfico ni político, sino vital y de actitud, a la vez que cultura!. Mientras el alma
oriental pensemos en las religiones orientales acentúa casi unilateralmente la causa primera Dios y su trascendencia el
alma occidental ve más al hombre y la inmanencia, la causa segunda. Su armonía es signo de una visión orgánica unitiva
y simbólica.

No es necesario recalcar que ésta misión no tiene nada que ver con corrientes "restauradoras", ni con cosmovisiones
políticas, nacidas de una situación de "cristiandad".

Desde 1949 vive este fin de Schoenstatt mucho más consciente en todas las ramas del Movimiento, y especialmente
cobró cuerpo en los anhelos del Schoenstatt latinoamericano. Se habla aquí de una cruzada por lograr este organismo, no
sólo intelectualmente, sino vital y afectivamente.

3. La Confederación Apostólica Universal ( CAU )

La Iglesia postconciliar ha redescubierto el valor de la unidad, la solidaridad y la ayuda desprendida y abierta. El


cristianismo no es una secta ni una ideología. El hombre y las comunidades no son islas. Estamos embarcados en un
mismo destino. Somos todos tripulantes en la misma nave de la historia.

Uno de los rasgos de la presencia del Reino de Dios en esta tierra es la unidad. "Cuando yo sea levantado de la tierra
atraeré a todos hacia mí" (Jn 127, 32). El cristianismo debe luchar "hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del
conocimiento pleno del Hijo de Dios" (Ef 4, 13). Esta unidad de la fe y del amor es un signo de esperanza, cristológica,
pues en él "no hay griego ni judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en
todos" (Col 3, 1 l).

Uno de los signos anti cristianos es la disolución, separación o individualismo.


Si la Iglesia quiere hoy día mostrar un rostro vivo, auténtico, tiene que presentarse unida, solidaria, servicial: y debe
hacerlo no en primer lugar para ser más moderna y atrayente, sino para ser más fiel al mensaje de Cristo. Esta unidad no
significa uniformidad, dependencia, subordinación Su base es el respeto, la solidaridad y el fin común.

En este trasfondo debe ubicarse este tercer fin de Schoenstatt. El quiere ayudar a la Iglesia "poniendo empeño en
conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (Ef 4, 3), y esto es eminentemente apostólico.
Su colaboración consiste en el ofrecimiento de movilizar, coordinar e inspirar las fuerzas apostólicas de la Iglesia en una
CAU como camino de solidaridad eclesial. Esta coordinación es libre y a nivel apostólico. No se busca inmiscuirse en la
vida interna de las comunidades que deseen solidarizarse en la misión apostólica.

Este fin de Schoenstatt está lejano. El Fundador quiso que se viviera primero en el seno mismo del Movimiento antes de
que fuese proclamado hacia fuera. Schoenstatt cuenta en sus filas con varios Institutos, asociaciones y grupos, con los
cuales puede aspirar a una "confederación en pequeño", prueba de la posibilidad y el éxito de tal empresa.

Es alentador ver que también dentro de la Iglesia hay en esta línea puertas abiertas y signos del Espíritu. Mencionaremos
algunos entre muchos: el Concilio y todo lo que allí se intercambio; la coordinación de los movimientos laicales; las
conferencias episcopales a nivel nacional e internacional (El CELAM en Latinoamérica); el trabajo en común de los
superiores de comunidades religiosas; la pastoral de conjunto, etc.

La idea de una CAU no nació con Schoenstatt, sino que proviene de San Vicente Pallotti, sacerdote italiano, fundador de la
Congregación de los Padres Pallotinos, Pallotti falleció en 1850 y fue canonizado por Juan XXIII el 20 de enero de 1963.

Vicente Pallotti vivió siempre en Roma. Su anhelo fundamental fue la coordinación y propagación del trabajo apostólico y
la promoción del laicado. Pío XI lo llamó el "Precursor de la Acción Católica". En 1835 fundó la Obra del "Apostolado
Católico" con el fin de pregonar el mensaje cristiano a todos los hombres de todos los continentes. En su obra no existía
restricción alguna de edad, sexo, profesión o estado. Dos años después fundó la "Sociedad del Apostolado Católico" con
la misión de inspirar y animar la obra externa. La muerte prematura de Pallotti no permitió que su idea se propagara y
tomara cuerpo. Tampoco se tuvo una visión clara de lo que Pallotti quería. Los Padres Pallotinos se dedicaron a las más
diversas tareas misiones, educación, parroquia, asistencia a los emigrantes, etc.

Lo que animaba a Pallotti era la promesa viva de Cristo en Juan 10, 16: "Habrá un sólo rebaño y un sólo Pastor". En la
entrega a ese ideal sintió que su corazón ardía en el amor de Cristo, pudiendo hacer suya la confesión de San Pablo: El
amor de Cristo nos urge" (2 Cor 5, 14)

El Fundador de Schoenstatt no se confrontó en sus inicios con la persona y la idea de Pallotti, por lo que no tuvo éste una
influencia directa en el acto de Fundación, en 1914. En 1916 comprobó el P. Kentenich que tanto los deseos de Pallotti
respecto a una obra universal como también algunos puntos de espiritualidad marianismo, apostolado, amor...
concordaban con los de Schoenstatt. Ese año asumió la misión de Pallotti, que luego recibió el nombre de CAU. Tres
aspectos lo llevaron a arriesgar este paso:

- La convicción de que Dios permanece siempre fiel a su plan;


- la convicción de que Schoenstatt poseía los medios para lograrlo, especialmente a través de la alianza de amor (que
explicaremos más adelante);
la posibilidad de crear un caso preclaro dentro de Schoenstatt de cómo se podría realizar esta confederación. Este
argumento vino más tarde, cuan do el Movimiento se amplió en varias ramas e Institutos.
Schoenstatt se siente como afirmó el Fundador "hijo de los anhelos y la oración" de Vicente Pallotti. Con una visión nueva,
adaptada, renovada para el tiempo actual , se aspira a la realización de este ideal.

4. La anticipación de la Iglesia de las nuevas playas y el nuevo orden social

No se trata aquí de nuevos fines de Schoenstatt, sino del fruto de la vivencia de los tres mencionados.

a. La Iglesia de las nuevas playas

La preocupación por la renovación del mensaje cristiano ha sido central en la historia de Schoenstatt. Las dos audiencias
que pudo tener el P. Kente¬nich, con Pío XII en 1947 y con Pablo VI en 1965, fueron oportunidades para renovar este
compromiso. En la audiencia con Pío XII, poco después de la publicación de la Encíclica "Provida Mater Ecclesia" sobre
los Institu¬tos Seculares el Padre Kentenich prometió su colaboración para que és¬tos llegasen a tener hoy la
significación que tuvieron las órdenes en la re¬novación religiosa , espiritual y moral de otros tiempos. En la segunda
audiencia Inmediatamente después de finalizado el Concilio prometió que el Movimiento centraría sus esfuerzos en la
aplicación del nuevo espíritu conciliar.

El Fundador piensa que el cristianismo actual a diferencia del antiguo debe ser consolidado en base a la elección
personal, el amor y la conquista. Un cristianismo dispuesto a renunciar a los rezagados y apáticos que cuenta con
elementos de jefes para quienes la religión es un elemento vital, existencial, dinámico y activo:
Hay un proceso irreversible que tiende a la secularización y pluralismo.

El carro de la historia no retrocederá en esto. No tiene sentido al¬guno el hacer de la situación medieoval la norma de vida
y de acción. Todo proceso reversible será superado radicalmente por una tendencia hacia adelante; de lo contrarío
desintegraremos nuestras fuerzas, lucharemos por una utopía y dejaremos a las fuerzas enemigas, sin ninguna oposición,
el campo de batalla del presente y del futuro" (P. Kentenich, 1961).

La imagen de esta Iglesia de las nuevas playas está presente en las características de la Iglesia. que nos mostr6 el
Vaticano II, y que el Fundador sintetizó así:
- Una Iglesia dinámica, siempre en proceso de conversión interna y de renovación en su encuentro con Dios y los
hombres. De allí su conciencia de peregrina, de viajera, conciencia que se expresa en el símbolo del barco o de la roca
peregrina de que nos habla San Pablo en la primera carta a los Corintios, (10, 4).
La Iglesia que es también una familia y un pueblo en donde se redescubre el valor de la fraternidad y que impulsa a sus
miembros a una gran corresponsabilidad y sentimiento comunitario.

Una Iglesia que busca su seguro y estabilidad no en primer lugar en los hombres, en sus leyes, sino una Iglesia que confía
en la fuerza del Espíritu Santo que anima, vivifica y orienta al pueblo y a sus jefes.

Una Iglesia pobre y humilde, que se sabe limitada en su humanidad y que incluso pide perdón por sus fallas.
Consecuencia de tal vivencia es la actitud de servicio, de testimonio humilde y sencillo, pero fuerte en la seguridad del
Señor que es quien sirve y libera en sus miembros.

Una Iglesia que quiere ser alma de1 mundo nuevo , que se quiere forjar y vislumbrar en una nueva cultura humana, como
supo hacerlo la Iglesia primitiva. Pero sin inmiscuirse en vericuetos políticos, sino influenciando con su espíritu a los
cristianos inmersos en el mundo.

Estos rasgos de la Iglesia no quieren ser programáticos, sino comenzar a vivirse en Schoenstatt, para irse lentamente
comunicando en todo contacto y proyección apostólicas de sus miembros.
Esto exige un compromiso, que quedó sellado en el testamento del P. Kentenich:
"Mi anhelo es sobre todo poder escribir en las puertas de Schoenstatt para los próximos años y decenios, aquello que una
vez escribir al Santo Oficio: "Dilexit Ecclesiam, amó a la Iglesia (P. Kentenich, 1965).

b. El nuevo orden social

"El nuevo orden social estaba ya insinuado al comienzo, cuando entrarnos en escena, en el acta de prefundación. Allí se
nos señaló el hombre nuevo y la nueva comunidad. Desde sus inicios estuvo viva la preocupación de renovar la
comunidad, la sociedad. Lo que se insinuó en 1912 por el acta de prefundación fue mantenido constantemente en la
época subsiguiente a través de las corrientes del tiempo" (P. Kentenich, 1967).

El problema capital que se trata en el acta de prefundación es la relación entre el progreso científico técnico y desarrollo
de la personalidad. La gran pregunta es la relación entre personalidad sociedad, personalidad economía, personalidad
progreso social; liberación económica esclavitud humana. Se le ha despojado al hombre de su función creadora. Se lo ha
esclavizado en su interior. Se le ha quitado el corazón el amor personal y se lo ha sustituido por valores de rendimiento,
eficiencia y nerviosismo.

Lo que Schoenstatt ofrece para construir un nuevo orden social son valores y fuerzas. Estos quieren ser vividos
anticipadamente. en la Familia schoenstatteana. El "Cántico del Terruño" compuesto en Dachau sintetiza estos valores:

- Una sociedad familiar, íntima, profundamente personal basada en el amor


una sociedad basada en Dios como único y último garante de las libertades personales y comunitarias, piedra angular de
una sociedad nueva;
una sociedad libre de esclavitudes y por sobre todo libre del egoísmo y el pecado;
una sociedad alegre y constructora de la paz;
una sociedad veraz, verdadera y justa;
una sociedad en continua purificación, guiada y estremecida por el dolor de Cristo;
una sociedad combativa y victoriosa, que se basa en la fuerza redentora de Cristo resucitado.

Es evidente que tal orden social permanecerá siempre como tarea. La función del schoenstatteano es hacerlos cada vez
más realidad en los círculos concéntricos que rodean su persona y su ambiente.

La base última de este orden cristiano es Dios y el compromiso del hombre. Es preciso una opción que afirme que,
"Solamente el estar anclado en Dios protege la libertad y es la salvación de la personalidad. Y éste es el núcleo esencial
de la problemática moderna" (P. Kentenich, 1952).

El principio de desorden es el pecado personal y comunitario que se va plasmando en estructuras de pecado que claman
redención. Só1o en la plenitud de Cristo es posible tal redención. Pero debido a que Cristo quiere asociar en forma
original a María en su obra redentora como compañera y colaboradora posee esta redención una modalidad mariana. De
allí que María participe activamente en la forjación de un nuevo orden social.

Schoenstatt propone además ciertos criterios organizativos y estructurales a fin de armonizar las relaciones y lograr
paulatinamente una renovación de la sociedad. Sería largo anunciar todos estos criterios. Nos contentaremos con señalar
algunos de ellos, sin entrar en su fundamentación:

La renovación debe ser global, integral, debe ser personal y comunitaria espiritual, material, natural y sobrenatural a la vez.
Debe ser una renovación orgánica: de adentro hacia fuera, hacia la totalidad, con una cierta unilateralidad que no
desconoce ningún aspecto ni lo rechaza, cuando para mayor eficiencia se centra en alguno particularmente.

Los grupos intermedios juegan en la renovación un rol particular: la familia, las comunidades vitales que se forman dentro
y fuera del Movimiento.

De la mutua emulación de estos grupos intermedios nacen sanas tensiones vitales. Eliminar este juego de tensiones seria
aniquilar la vida y la vida correría el peligro de la masificación y manipulación.
Los grupos deben por su parte buscar una integración membral con el todo, al cual se orientan y del cual también se
alimentan.

Lo contrario a una integración es el permanecer marginado; se busca por todos los medios la participación más amplia y
real posibles.

Lo contrario a la membralidad es el totalitarismo; se busca por tanto la libertad y la personalización.


- En cada grupo se debe velar por la realización de cada uno de los miembros del grupo.
Estas metas tienen carácter programático a nivel de gran sociedad: se tiende a ellas con todas las fuerzas y los medios a
disposición. No significan cosas realizadas. Según el tiempo, las circunstancias y las personas se acentúa más un
aspecto que otro. Todos permanecen no obstante como patrimonio, herencia y tarea de la Familia schoenstatteana.

Algunas sugerencias metodológicas para tratar el tema:

• Se recomienda producir un diálogo en torno a cada uno de los fines de Schoenstatt.

• Para comprender mejor cada uno, se sugiere dividir el grupo en pequeños subgrupos y que cada uno exponga su tema
dando ejemplos concretos. Se puede profundizar en cada uno de ellos a partir de otros documentos o bibliografía de
apoyo.

• Realizar alguna dinámica de comprensión donde, a través de un juego, se pueda verificar el aprendizaje de cada uno de
los fines. Por ejemplo, una dice algo asociado a uno de los fines y hay que adivinar a cuál de todos pertenece, etc.

• Se sugiere que después de haber comprendido cada uno de los fines, se produzca un diálogo en torno a los frutos de la
vivencia de los fines de Schoenstatt (4 a, b).

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