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============= Perspectiva Espacio Temporal Mundial – ISFD Nº 82 – 2010 ==============

ISFD Nº 82 – 2010
PANORAMA DE LA GEOGRAFÍA: RECORRIDO HISTÓRICO
Prof. Luis María Carrizo
Extraído de: http://aportes.educ.ar/geografia/nucleo-teorico/recorrido-
historico/introduccion/la_geografia_un_recorrido_hist.php

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La geografía, un recorrido histórico


La geografía se consolidó como disciplina científica en el siglo XIX, en la reestructuración de las
ciencias durante el positivismo. Para sostener esta afirmación se toman en cuenta diversas
cuestiones de la historia de las disciplinas y que remiten a preguntar qué es una disciplina científica.
El objeto de estudio de una disciplina reúne un conjunto de temas a la existencia de un conjunto de
temas o preocupaciones que son objeto de estudio de la disciplina. En la geografía esta es una
cuestión problemática, que en el tiempo tuvo diversas respuestas.
Un conjunto de obras abordan los temas, objeto de estudio de la disciplina. La historia de la
geografía o del pensamiento geográfico analiza estas obras sus fundamentos filosóficos, vínculos con
otras disciplinas, contenidos o funciones que cumplieron.
Otros ejes de estudio son: los autores, sus biografías personales, formación y relación con marcos
filosóficos o ideológicos; las instituciones donde estos autores se desempeñaron; para
entender su contexto de producción y el papel que jugaron obras y autores en la reproducción de
saberes y prácticas considerados válidos o legítimos.
Por último, los usos del conocimiento. El para qué se indagan ciertos temas y se produce
conocimiento sobre ellos (y no sobre otros) surge de objetivos e intereses de la sociedad o de grupos
que con su cuota de poder definen como válidos.
Estas cuestiones definen el momento y las condiciones específicas de consolidación de la
geografía en un proceso donde obras, autores, instituciones y usos se consolidaron desde lo que los
especialistas definen como “tradiciones geográficas” (Livingstone, 1992). Algunas visiones se
limitan a tratar procesos de institucionalización de la disciplina en sociedades geográficas, cátedras
universitarias o como disciplina escolar; descuidando el estudio de estas tradiciones, y asociando
linealmente la consolidación disciplinar con los intereses sociales del momento.
Interesa entender la geografía como disciplina científica, con sus temas, autores y funciones
desempeñadas; pero también interesa ver cómo la geografía rescata saberes y preocupaciones
previos a su definición formal como ciencia y que atraviesan la cultura occidental.
Sólo por motivos expositivos cada título aborda una “etapa”, que no es superada por otras, porque
los temas geográficos son permanentes y mantienen su presencia adquiriendo nuevos sentidos.
Antecedentes
Los temas "geográficos"
Algunos temas geográficos estuvieron siempre presentes durante la historia occidental. La geografía
como ciencia no tiene un origen remoto, porque las ciencias como tales son producto de la
Modernidad. La ciencia geográfica se construyó sobre esta base precientífica.
Según Capel y Urteaga (1984), (que reconocen origen griego de la palabra geografía), que en la
antigua Grecia existieron dos grandes temas de preocupación: la localización en la superficie
terrestre, apoyada en los conocimientos matemáticos e interesada la elaboración de mapas; y la
descripción de dicha superficie. El conocimiento de lugares distintos generaba interés por su
localización (Broek, 1967; Unwin, 1995) y para dibujar mapas precisos.
Ambas tradiciones, a su vez, estaban íntimamente ligadas a una tercera vertiente o tradición, la
teológica, preocupada por los orígenes de la Tierra y las razones de la existencia humana sobre ella.
En el marco de esta tradición, las preocupaciones estaban centradas en el papel del poder divino en
la formación de la Tierra, y en comprender o “explicar el lugar que correspondía a la humanidad
dentro del mundo natural” (Unwin, 1995: 87).
Eratóstenes expresa de manera paradigmática la tradición de la localización, dada su
preocupación por medir el tamaño de la Tierra y por establecer algún sistema que permitiera ubicar
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cualquier punto en su superficie. Esta tradición será continuada por Ptolomeo quien también se
interesa por la medición de la Tierra, la localización de puntos en la superficie y la representación
cartográfica. La obra de este último tendrá, con su rescate y difusión a fines de la Edad Media, una
gran influencia en los viajes de exploración.
Conocer la ubicación de los distintos lugares, las distancias que median entre ellos, y contar con
elementos que permitan llegar de un lugar a otro, tendrá una utilidad práctica evidente tanto para el
comercio como para la conquista. La cartografía será, desde esta perspectiva, el producto más
importante, tanto por su utilidad práctica como por su condición de objeto que expresa los
conocimientos, intereses y cosmovisión de cada sociedad en cada momento.
La tradición descriptiva encuentra su expresión paradigmática en el mundo griego en la figura de
Estrabón, quien sintetiza una larga tradición de relatos de viajeros y descripciones sobre lugares
conocidos. El interés por conocer los atributos propios y peculiares de un lugar de la superficie
terrestre tiene un valor práctico, en el sentido de inventariar la existencia de elementos que puedan
ser útiles (recursos, poblaciones, etc.); pero tiene también el valor del conocimiento de lo diferente,
que al tiempo que permite pensar más allá de la propia realidad, habilita la reflexión sobre la misma,
en la medida en que representa, al decir de algunos autores, una especie de espejo que, por
similitudes y por contrastes, permite mirarse a sí mismo:
De este modo, la geografía humana nació en manos de una cultura que tomó conciencia de la
relación “hombre-Naturaleza”: mas, como contraparte negativa, esa misma cultura organizó su
esquema de relaciones con otras culturas poniéndose como modelo absoluto frente a las mismas, lo
cual suponía una desvalorización, y en otros casos, además, una justificación de dominio y
servidumbre. La historia de este hecho se extiende desde las páginas de la Geografía de Estrabón
hasta las casi contemporáneas nuestras de las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal
de Hegel. (Arturo Roig, Introducción a la Geografía, Prolegómenos de Estrabón, Madrid, Aguilar,
1980, XV).
Unwin (1995) señala la estrecha relación que existía entre geografía y conquistas, entre la
descripción detallada de lugares y regiones y el ejercicio del control político, en los mundos griego y
romano. Las campañas y conquistas de la época fueron posibles gracias a los escritos geográficos
anteriores que suministraban información acerca de los recursos y las gentes, y, a su vez, permitieron
un importante crecimiento del saber geográfico. La geografía debía dar “la información que
permitiese a los dirigentes conquistar más territorios y mantener el poder en las tierras que
regían” (Unwin, 1995: 84). Así, la información, por ejemplo, sobre las dimensiones de un
territorio, las características de sus suelos y accidentes, y la historia de sus pueblos,
estaba condicionada también por los intereses políticos de la época.
Estas tradiciones temáticas estarán muy presentes en todo el mundo antiguo, y aunque
permanecerán relativamente acalladas durante el orden feudal, volverán a expresarse con fuerza en
el proceso de desestructuración de este orden feudal y conformación del orden moderno. Broek
(1967: 18) señala que “el Renacimiento trajo, como en otros campos, el restablecimiento de la
geografía clásica”. Un ejemplo de ello es la utilización de la obra Geographia de Ptolomeo como
referencia básica para las exploraciones portuguesas y españolas de los siglos XV y XVI.
Para pensar la geografía actual, estos “antecedentes” son valiosos en cuanto marcan temas y
problemas que atravesarán toda la disciplina, originando múltiples obstáculos y respuestas.
Los grandes viajes de exploración y conquista de fines de la Edad Media rescatarán el interés por los
conocimientos que permiten desplazarse en la superficie terrestre y explorar más allá de lo conocido;
en un proceso que se realimenta a sí mismo, los conocimientos disponibles serán puntos de partida
para emprender nuevas aventuras de exploración, al tiempo que el perfeccionamiento de equipos e
instrumentos de navegación lo hacen posible. Los avances cartográficos acompañarán estos
procesos, permitiendo conocer y representar las extensiones reales, medir las distancias o delimitar
territorios con precisión creciente. Así, con el conocimiento de nuevos territorios comenzó a
configurarse otra imagen del mundo.
El descubrimiento y exploración de nuevos territorios, a su vez, proveerá insumos para nuevas
descripciones; las mismas tendrán, ciertamente, fines utilitarios vinculados con el inventario de las
riquezas pasibles de ser apropiadas, y su posterior apropiación efectiva. Pero tendrá también impacto
en la cultura, a través de descripciones y narraciones que se consumirán como obras literarias,
mezclas de realidad y fantasía, que alimentan el interés por conocer lo nuevo y lo diferente entre
algunos grupos, limitados por cierto, de las sociedades de la época. Conocer el mundo como totalidad
(aunque en gran medida siga siendo una totalidad imaginada) y conocer sus lugares en forma
pormenorizada (aunque sigan siendo sólo algunos lugares), tendrá notables consecuencias en la

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transformación de las cosmovisiones imperantes, y pasará a ser parte del acervo cultural disponible.
La ciencia moderna
La edad Moderna estará asociada a profundos cambios sociales, en todos sus órdenes. La
contestación del orden social vigente tendrá una de sus herramientas en la desacralización de las
explicaciones, hasta entonces monopolio de las interpretaciones teológicas, y en la consolidación de
lo que luego llamaremos ciencia moderna. Se instala la presunción de que el hombre, por medio
de la razón, puede conocer el porqué de las cosas; y para esto, es necesario descomponer las
totalidades y observar las causas (o cadenas causales), de manera objetiva y sistemática. Galileo y
Newton resultan paradigmáticos en este sentido.
Lo anterior implica una nueva relación con la naturaleza, que deja de ser expresión de lo divino
para comenzar a ser objeto de indagación; la razón humana y la observancia de ciertas reglas
permiten dar cuenta del orden natural, describirlo y explicarlo a través del establecimiento de las
causas subyacentes. La indagación de la naturaleza y la comprensión de sus mecanismos causales no
es sólo una aventura de conocimiento. Es también la posibilidad de manipular esa naturaleza en
función de objetivos humanos, y la capacidad que algunos actores sociales tengan para hacerlo
definirá también su rol en la sociedad. La burguesía en ascenso comprende esto inmediatamente.
La expansión del mundo conocido proveerá de una naturaleza casi inagotable, que será objeto de
observación sistemática y de clasificación e inventario. El conocimiento de los mecanismos
subyacentes al orden natural permitirá el creciente aprovechamiento de los elementos y procesos de
este orden natural, realimentando el prestigio creciente de la ciencia como forma de conocimiento, y
el poder económico de quienes están vinculados a su utilización.
Pero el interés por comprender la naturaleza no es sólo instrumental. También se vincula con el
interés por comprender a los hombres y a la sociedad en su conjunto. El Iluminismo es la corriente
de pensamiento que expresa de forma más acabada la preocupación de ese momento por
comprender qué papel juega el orden natural en el social. Colocando al hombre en un lugar
central, el Iluminismo se interesó por comprender cómo se relaciona la historicidad de lo natural
con la historicidad social (Quaini, 1981). Y por supuesto las descripciones sobre otros lugares y otras
sociedades que derivaban de exploraciones, proveyeron las bases empíricas para este tipo de
reflexiones. Temas como la influencia de las condiciones naturales en las sociedades serán
objeto de reflexión por parte de pensadores de la ilustración como Montesquieu o Rousseau.
El conocimiento del territorio será también una necesidad de los estados que se van
consolidando en el período moderno. Razones prácticas vinculadas con la delimitación
precisa, el inventario de poblaciones y recursos o la facilitación de la circulación se unirán a
otras vinculadas con la construcción de argumentos legitimadores de la pertenencia de los
habitantes y la homogeneización interna. La crisis de los vínculos de vasallaje requerirá la
construcción de nuevos discursos de pertenencia, y la idea del pueblo vinculado a un
territorio se irá consolidando cada vez más.
Para concluir este primer título, interesa remarcar que sus contenidos muestran cómo, a lo largo
del tiempo, han estado presentes temas que, con posterioridad y ya definida la geografía como
ciencia, serán objeto de su interés. En algunos casos estos temas fueron reconocidos bajo el rótulo
de geografía, en otros no; pero cuestiones tales como la localización y la distribución en la
superficie terrestre, la descripción de los rasgos particulares de los lugares, la comprensión de la
naturaleza y sus relaciones con la sociedad, atraviesan la historia y van adquiriendo peso propio.
Algunos están presentes antes de que pueda hablarse de ciencia como la entendemos actualmente;
otros –o los mismos con nuevos significados– se imbrican en la constitución misma de esta ciencia
moderna, pero son siempre temas de interés. Aparecen esbozados cuestiones y problemas que
desafiarán a los estudiosos y para los cuales se propondrán distintas respuestas, que irán
perfilando la geografía actual: tradiciones físicas o matemáticas interesadas por la localización, o
humanas más relacionadas con la descripción; el papel central de la representación cartográfica;
la descripción de lugares y sociedades como espejo de quien hace la descripción; y, atravesando
todo, la relación entre los hombres y la naturaleza.
Humboldt y Ritter
Los "padres" de la geografía
En 1859 mueren dos personalidades que marcarán profundamente el pensamiento
geográfico: Alexander von Humboldt y Karl Ritter. Mientras el segundo se adscribe
explícitamente a la geografía, el primero no lo hace, y es frecuente que su condición de geógrafo sea
puesta en duda. Sin embargo, el carácter de sus obras y, más aún, la influencia que tendrán en la
geografía, los colocan en una posición destacada para comprender la constitución de la disciplina;
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puede decirse que ambos “resumen” en sus obras el estado de las preocupaciones geográficas en la
primera mitad del siglo XIX. En ambos se conjugan, en forma compleja y a veces contradictoria,
perspectivas científicas de corte positivista con filosofías de corte idealista y racionalista; son, en este
sentido, expresión de una época de transición.
Alexander von Humboldt nace en 1769 en Berlín (reino de Prusia), y tras una esmerada educación
inicial estudia Geología en la Escuela de Minas de Friburgo. Luego de desempeñarse en el
Departamento de Minas de Prusia, lo que le permite viajar por Alemania, se instala en París.
Durante cinco años (1799-1804) recorre distintos lugares de América junto con Bonpland, viajes en
los que recogerá gran cantidad de datos y experiencias. Ya de regreso, Humboldt comienza a
trabajar sobre la información recogida y a publicar. Entre estas publicaciones pueden nombrarse
los Viajes a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, los Cuadros de la naturaleza y el
Cosmos. Ensayo de descripción física del mundo del que publica 4 volúmenes. Murió durante la
redacción del quinto.
Humboldt es un intelectual prominente que alcanzó gran reconocimiento en su época. Muy influido
por el racionalismo, comparte la fe en la razón, la libertad de pensamiento y la idea de progreso.
Adscribe al romanticismo con su énfasis en las sensaciones perceptivas provocadas por la
naturaleza, o su idea de unidad del todo, pero no en sus formas idealistas extremas que invalidan
los hechos empíricos. Al mismo tiempo, está fuertemente influenciado por el positivismo, lo que lo
lleva a rechazar la especulación y defender el tratamiento cuidadoso de la información y la
descripción de los hechos concretos. En Humboldt subyace una concepción totalizadora y armónica
de la naturaleza.
En sus trabajos, Humboldt utiliza lo que él denomina empirismo razonado. Se trata de un
itinerario metodológico que parte de la observación del paisaje, en la cual la naturaleza
transmite una sensación al sujeto, quien filtra esta sensación a través de su subjetividad
produciéndose así una impresión que contiene ya un presentimiento del orden o leyes
subyacentes. Luego de esta primera etapa, el investigador debe abocarse al tratamiento de la
información empírica relevada, de manera objetiva y sistemática, para establecer las conexiones que
se prefiguraron en la impresión. En tercer lugar, el material sistematizado es puesto en relación con
la visión sensorial del investigador para producir una descripción fundamentada del paisaje, que
permite describir la individualidad del área estudiada. Se prosigue por último en el camino de la
generalización, para llegar al establecimiento de leyes de distribución y combinación espacial de los
fenómenos de la superficie terrestre (Moraes, 1989). Interesa rescatar aquí que este método permite
articular la diversidad y la unidad, esto es, los estudios sistemáticos y los de síntesis; por otra parte,
posibilita relacionar también la individualidad de un área con la universalidad (la Tierra); y vincular
también la subjetividad (percepción sensible) y la objetividad (datos empíricos). Todas estas son
cuestiones centrales al conocimiento geográfico, que reaparecerán permanentemente en la
disciplina.
Para Humboldt, la geografía es una ciencia sintética, que trabaja con relaciones entre fenómenos
diversos, pero teniendo por objetivo establecer leyes. Como ciencia de síntesis, busca las conexiones
o relaciones entre los fenómenos que se expresan en la superficie terrestre. No se interesa por lo
único sino por lo universal y constante, lo que permite llegar a la formulación de leyes. Por otra
parte, la geografía de Humboldt es un estudio de la naturaleza, que considera a los hombres como un
elemento más del cuadro natural. Todo esto está atravesado por la idea de unidad de la Tierra y la
naturaleza, cuyo orden y armonía se manifiestan y deben ser encontrados.
Antonio C. Robert Moraes (1989) señala que Humboldt lega a la geografía varias cuestiones que
serán fundamentales para la disciplina:
 Una de ellas es pensar a la geografía como una ciencia de las relaciones, esto es una ciencia
sintética (opuesta a una ciencia sistemática). La dicotomía entre geografía general o sistemática y
geografía regional se inscribirá, recurrentemente, en esta cuestión.
 Otra es el lugar central del estudio del paisaje, en el que la visión o percepción humana juega un
papel activo. La relación entre objetividad y subjetividad, que está implícita en este planteo, será
también un tema/problema recurrente en la geografía.
 El planteo de que el estudio de lo local es la puerta de entrada para el estudio de lo general y
global, es otra cuestión que queda planteada en la obra de Humboldt, y que volverá a instalarse
reiteradamente en torno al problema de las escalas geográficas.
Karl Ritter nace en Sajonia en 1779 en el seno de una familia burguesa profundamente religiosa,
y estudia en la Universidad Halle. Muy comprometido con la educación, tiene contactos con
Pestalozzi y trabaja por casi veinte años como preceptor de niños de familias acomodadas. En 1820
es designado profesor de la primera cátedra de Geografía en la Universidad de Berlín. En 1817
publica el primer volumen de su gran obra Die Erdkunde –o Geografía general comparada–, de la
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que llegarán a publicarse 19 volúmenes hasta su muerte.


La obra de Ritter es fundamentalmente una obra de gabinete, que ordena el material existente
dentro de una secuencia lógica, con conceptos sistematizados y clara definición del universo y
objetos de análisis. Representa un inventario del conocimiento disponible en su momento, que se
alimenta con la profusa información proveniente de viajeros y exploradores, además de
estadísticas de todo tipo. Retoma, en este sentido, la vieja tradición descriptiva de la geografía.
El autor reconoce varios abordajes posibles para la geografía. Por una parte, lo que denomina
geografías especiales se ocupa de abordar clases de fenómenos desde lo regional (relevamiento de lo
particular) hasta lo global (clasificación y comparación a escala planetaria). Lo que denomina
geografía física representa una síntesis de los resultados de las geografías especiales y se orienta a
componer un cuadro físico del globo que permita ver la acción de las fuerzas naturales. Por último, la
denominada geografía comparada es, según el autor, la ciencia de las relaciones espaciales, que
busca establecer causas y determinaciones, y no se limita a los fenómenos físicos sino que incluye
también los relativos a la actividad del hombre (Moraes, 1989).
Ritter privilegia el análisis a escala continental, y cada continente es visto como un todo.
Estableciendo las relaciones entre los objetos presentes en esta totalidad, se logra comprender su
individualidad y las causalidades subyacentes. Por último, esta individualidad expresa la relación que
se establece entre las condiciones naturales y el desarrollo histórico de los pueblos. De aquí la
pregunta acerca de cuáles son las condiciones naturales que favorecen el desarrollo de los pueblos,
pregunta que abrirá las puertas al determinismo natural.
Para dar cuenta de las relaciones entre fenómenos naturales y humanos, Ritter recurrirá a
explicaciones que se alejan de los parámetros de cientificidad que busca alcanzar en las otras facetas
de su trabajo (básicamente en el tratamiento del orden natural): por una parte, recurre a
explicaciones basadas en la supuesta significatividad de ciertas formas espaciales; así por ejemplo,
analizará el desarrollo de las civilizaciones europeas poniéndolas en relación con la
forma del continente, en particular la peculiar relación entre tierras y costas, que
asocia a condiciones propicias para el desarrollo cultural, explicación que hoy no
dudaríamos en calificar como determinista. Por otra parte, se basará en una finalidad
establecida por el Creador en el reparto de los dones naturales, que acaba determinando el devenir
de los hombres; así, en último término las explicaciones se orientan a comprender la obra de Dios,
siendo función del estudioso comprender para tratar de develar sus designios (Moraes, 1989). Con
esto, Ritter se aleja del modelo científico que intenta desarrollar, alejándose también de los
parámetros de cientificidad que están haciéndose dominantes en su época.
El vínculo entre los fenómenos naturales y los humanos es, quizás, uno de los mayores problemas
que quedan sin solución en su obra; y esta es otra de las cuestiones problemáticas que, en forma
recurrente, volverán a instalarse en la disciplina. Sin embargo, esto no debería llevar a desconocer
que Ritter reconoció claramente que las relaciones físicas del planeta experimentan modificaciones
bajo la acción humana (que es histórica), y que esto es precisamente lo que distingue a la geografía
de las restantes ciencias que se ocupan de la Tierra.
La institucionalización de la geografía
Introducción
A lo largo del siglo XIX, y especialmente durante su segunda mitad, diversos factores concurrirán
al establecimiento de la geografía como una disciplina con carácter autónomo, integrante del
concierto de las ciencias. Entre ellos, cabe destacar la expansión del número y consolidación social
de las denominadas sociedades geográficas, muy vinculadas al proceso de exploración y
colonización territorial. También la presencia de la geografía en los programas de enseñanza
básica que se fueron estableciendo a lo largo de este siglo obligó a formar a un cuerpo de
profesores que asumiese esta tarea, los que a su vez fueron conformando un grupo o cuerpo
específico de individuos que se reconocían como geógrafos y actuaban como tales. Esto también
incentivó el establecimiento de cátedras universitarias de Geografía, que se intensificó a partir
de 1860 (Capel y Urteaga, 1984). Por último, la inscripción de la producción geográfica en los
parámetros de cientificidad del período también contribuye a esto. Abordaremos aquí algunos de
estos factores, reservando el vinculado a la geografía escolar para otro Módulo.
Exploración del territorio y sociedades geográficas en el S XIX
Capel y Arteaga (1984: 17) señalan que el siglo XIX ha sido el gran siglo de las expediciones
marítimas y terrestres. En efecto, la revolución industrial y el expansionismo imperialista
alimentaron el interés por la exploración de todo el planeta; por una parte, la consolidación de la
producción industrial demandó fuentes de materias primas y también mercados consumidores, lo

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que llevó a los estados más poderosos de Europa, y en especial a Inglaterra, a explorar nuevos
territorios para aprovechar sus recursos y sus poblaciones. En muchos casos, además, esto estuvo
acompañado por la apropiación efectiva de territorios, en el marco de la expansión colonial de estos
países. A medida que fue avanzando el siglo, también se consolidaron los flujos emigratorios de
población hacia estos territorios. El Congreso de Berlín (1884), en el que las grandes potencias
europeas se reparten el mundo definiendo sus colonias, marcó el momento culminante de este
proceso de expansión imperialista, y coincidió también con el auge del número de expediciones y
viajes de exploración territorial.
Los viajes de exploración tuvieron también un correlato en la producción de conocimiento sobre los
territorios que se recorrían, esto es, eran también “expediciones científicas”. La información recogida
permitía ampliar el conocimiento del mundo y, al mismo tiempo, alimentaba el desarrollo de nuevos
productos y procedimientos industriales, realimentando el crecimiento económico y el poderío de los
estados más poderosos y de sus clases dirigentes. También ampliaban los horizontes culturales de las
sociedades, en el marco de los ideales de progreso y expansión de la razón imperantes en el
momento.
Las expediciones científicas fueron promovidas, en gran medida, por instituciones vinculadas a las
ciencias y la promoción del conocimiento, en las que actuaban conjuntamente intereses particulares
y estatales en organizaciones muy heterogéneas. Muchas de estas instituciones eran sociedades que
se denominaban geográficas:
La participación de las Sociedades de Geografía en la tarea exploradora del siglo XIX fue muy
importante. Desde 1821 en que se creó la primera de ellas (la Société de Géographie de París) hasta
1940 se fundaron unas 140 sociedades de este tipo, con un ritmo máximo entre 1870 y 1890, en que
aparecieron un total de 62. Sus objetivos eran muy amplios: además de la organización de
expediciones, perseguían el fomento del comercio, la realización de observaciones astronómicas,
etnográficas y de ciencias naturales, la creación de observatorios meteorológicos, los
levantamientos cartográficos, la exploración arqueológica. Sus revistas y publicaciones daban
cuenta del avance de las exploraciones, publicaban relaciones de viajes, e incluían estudios muy
diversos sobre el territorio y sus habitantes. A veces se preocupaban también de impulsar y
difundir la enseñanza de la geografía en los niveles básico y superior. (Capel y Urteaga, 1984: 18)
Los viajes de exploración tuvieron también un correlato en la producción de conocimiento sobre los
territorios que se recorrían, esto es, eran también “expediciones científicas”. La información recogida
permitía ampliar el conocimiento del mundo y, al mismo tiempo, alimentaba el desarrollo de nuevos
productos y procedimientos industriales, realimentando el crecimiento económico y el poderío de los
estados más poderosos y de sus clases dirigentes. También ampliaban los horizontes culturales de las
sociedades, en el marco de los ideales de progreso y expansión de la razón imperantes en el
momento.
Las expediciones científicas fueron promovidas, en gran medida, por instituciones vinculadas a las
ciencias y la promoción del conocimiento, en las que actuaban conjuntamente intereses particulares
y estatales en organizaciones muy heterogéneas. Muchas de estas instituciones eran sociedades que
se denominaban geográficas:
La definición de un objeto propio para la geografía
El auge de la geografía, que estuvo implícito en el incremento del número de sociedades geográficas,
o en su difusión como contenido escolar, dio lugar a un complejo proceso de definición de sus
contenidos, asociado a la reflexión acerca de qué era la geografía. Diversos factores influyeron
también en este proceso. Por una parte, si bien el rótulo de geográfico se aplicaba en general a temas
vinculados con las características de la superficie terrestre (y a los individuos que a ellos se
dedicaban), la creciente especialización fue llevando a la constitución de ramas del saber que se
independizaban (geología, meteorología), vaciando de contenido a dicha geografía, que dejaba de
tener un objeto de conocimiento propio.
En el marco de la consolidación y sistematización del positivismo, que tendrá lugar en la segunda
mitad del siglo XIX, dar una respuesta acerca de cuál era el objeto de la geografía resultaba una
necesidad imperiosa, en especial a partir de la publicación de la obra de Augusto Comte en 1844,
que impuso la definición y clasificación de las ciencias según su objeto de estudio. Las respuestas
dadas por Humboldt y Ritter serían de escasa ayuda en esta búsqueda. En el caso del primero, se
orientaban fundamentalmente al orden físico o natural y, como tales, estaban siendo apropiadas por
las diversas ramas de conocimiento especializado que se constituían en forma independiente de la
geografía. En el caso del segundo sucedía algo similar en lo relativo al conocimiento del orden
natural; en cambio, cuando se incorporaba el conocimiento de lo humano, las explicaciones
ritterianas vinculadas con un finalismo teológico y con el idealismo (la “coherencia del todo”) eran

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claramente inaceptables para el modelo positivista. Sin objeto propio y con métodos no aceptados
como científicos, la geografía enfrenta una situación de incertidumbre que, sin embargo, coincide
con su institucionalización y auge social.
Esta situación de incertidumbre respecto de su condición de ciencia será superada con la asunción
del evolucionismo, que dará fundamento a la definición de un objeto propio para la geografía: la
relación entre el hombre y el medio. Esta definición permitirá superar la “explosión” de la geografía y
el creciente divorcio entre las ciencias de la Tierra y del hombre, dando nuevos fundamentos a un
viejo tema de interés central y recurrente en la geografía, como es el de la influencia del medio en los
seres vivos en general, y en particular en los hombres.
La comprensión de los fenómenos de la superficie terrestre pasará a ser abordada como resultado de
procesos de interacción entre las condiciones específicas que la misma presenta en cada lugar y los
seres vivos que se adaptan a ella. Y esto será válido también para los seres humanos: las diferencias
de la humanidad, esas mismas diferencias que las exploraciones estaban documentando tan
acabadamente, pasan a ser interpretadas como resultado de la incidencia de los factores naturales,
diferentes en cada lugar. El énfasis puesto en esta relación y, en este sentido, más aún de la
influencia del medio sobre los hombres, dará lugar a lo que conocemos como determinismo
geográfico; con más precisión, cabe decir que el evolucionismo dará un fundamento conceptual a
nociones de determinación natural que, como ya hemos señalado, estuvieron presentes en distintos
momentos de la historia.
La geografía se consolidará, así, como una disciplina con un objeto propio: la relación hombre-
medio, cuyo abordaje puede realizarse a través del método positivista. Ambas cuestiones –objeto
propio y metodología científica– le aseguran un lugar entre las ciencias. También adquirirá el
carácter de conocimiento útil para sociedades embarcadas en procesos de definición estatal y
expansión colonial: el discurso determinista dará una explicación –y una justificación– “científica” a
la dominación de otros pueblos. En qué medida estas cuestiones atravesaron también a la geografía
escolar es un tema que, si bien será tratado en el último Módulo, conviene señalar ya aquí.
El triunfo del evolucionismo
Ratzel y la antropogeografía
Frederic Ratzel (1844-1905) es considerado como el representante paradigmático de la asunción
del evolucionismo y el positivismo en la geografía, que se consolida a fines del siglo XIX. Ratzel
contará con una amplia y variada formación; durante sus estudios en la Universidad de Jena
tomará contacto con Haeckel, quien desarrolla los principios básicos de lo que será la ecología;
estudia también etnografía en Munich. Realiza numerosos viajes por Europa y América del Norte
como periodista, lo que le brinda oportunidades amplias de observación de la realidad.
Entre sus obras se destacan la Antropogeografía (dos volúmenes publicados en 1882 y 1891
respectivamente) y la Geografía Política (1903).
En la obra de este autor se reconocen claramente los postulados positivistas y también los del
evolucionismo. A ellos se suman un minucioso conocimiento de la tradición geográfica, en especial
de las obras de Humboldt y Ritter, y también nociones provenientes de autores como Herder (de
quien toma el ideal nacionalista y la idea de la Tierra como “teatro de la humanidad”).
Su obra se orienta, en gran medida, al tema clásico de la diferenciación de la superficie terrestre,
aunque enfocándolo específicamente en lo relativo a la diferenciación humana. El problema de la
unidad de la especie humana que se manifiesta en grupos o pueblos (“razas”) tan diferentes –como lo
documenta la etnografía– exige una explicación que será hallada en la historia que se desarrolla
sobre la Tierra, lo que da lugar a la consideración de las distintas condiciones naturales de los
cuadros terrestres (Moraes, 1989).
Las diferencias entre los pueblos son interpretadas como diferencias de civilización, la cual, a su vez,
expresa un determinado nivel de utilización de la naturaleza: cuanto mayor es el “nivel” de
civilización más intensa es la relación con la naturaleza. Por otra parte, cada pueblo tendría una
energía (“energía de los pueblos”) que también estaría condicionada por las condiciones naturales en
las que se desarrolla. Fuerza del pueblo y condiciones naturales, juntas, definen los “niveles de
civilización”. Este esquema se enriquece con la consideración de la “difusión” o movimiento de los
pueblos en el espacio; los pueblos más civilizados tienen la capacidad de expandirse y, con esto,
influir sobre otros. A medida que los pueblos “se civilizan”, establecen relaciones más complejas con
sus espacios, al tiempo que tienden a expandirse.
La cuestión del dominio del espacio adquiere una posición central, y dos conceptos formulados
por Ratzel son fundamentales para dar cuenta de ella:

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============= Perspectiva Espacio Temporal Mundial – ISFD Nº 82 – 2010 ==============

 uno es el concepto de territorio, entendido como la porción de superficie terrestre apropiada por
un grupo humano; y
 el otro es el concepto de espacio vital, que expresa la necesidad de territorio de una determinada
sociedad, variable según sean su bagaje tecnológico, sus efectivos demográficos o los recursos
naturales disponibles (Moraes, 1989).
Así, toda sociedad necesita de un territorio en tanto espacio vital, y su defensa pasa a ser un
imperativo de la historia. La historia es vista entonces como una lucha por el espacio, en la que
los más fuertes (civilizados) serán los vencedores. La defensa del territorio será una necesidad
fundamental a la hora de comprender el proceso de organización del Estado; una vez constituido, el
Estado adquiere autonomía y se transforma en el principal agente del proceso histórico, teniendo
entre sus principales intereses el apetito territorial.
A la luz de lo expuesto, pueden señalarse algunas cuestiones importantes para el tratamiento del
tema. La primera es observar que la relación entre condiciones naturales y sociedad, en Ratzel, es
más compleja y mediada que lo que suele reconocerse. La cultura, la tecnología, entre otros, están
presentes mediando esta relación, alejándola de las visiones deterministas más simplistas. A pesar de
esto, gran parte de los difusores del pensamiento ratzeliano transmitieron estas últimas visiones,
llegando a formular afirmaciones tales como las que vinculan las regiones planas con el predominio
de las religiones monoteístas (Ellen Churchill Semple) o, aunque menos burdas pero más difundidas,
las que relacionan las condiciones climáticas con la civilización (según las cuales, por ejemplo,
el rigor de los inviernos explicaría el mayor desarrollo de la Europa del Norte, o las
afirmaciones acerca de la indolencia del hombre tropical comparado con el
industrioso septentrional, que se han utilizado como explicación de las diferencias
entre las colonias de Brasil y Estados Unidos).
La segunda es notar la coherencia de estos planteamientos con los intereses de las sociedades
europeas dominantes de ese momento. El planteo ratzeliano es, en gran medida, una explicación
“científica” de lo que está ocurriendo: expansionismo, colonialismo, consolidación nacional y puja
entre estados, orden capitalista y diferenciación social extrema. Todos estos hechos encuentran su
explicación y, más aún, su justificación. Y más interesante aún es el vínculo que, en esta justificación,
se establece con el orden natural; esto lleva a la naturalización del orden social y, en concordancia,
al carácter necesario de dicho orden. El darwinismo social resulta bastante evidente. Los distintos
pueblos serán ordenados en un orden evolutivo, desde los más “primitivos” hasta los más
“civilizados”, abriendo paso a relaciones jerárquicas y de dominación de los segundos sobre los
primeros.
Vinculado con lo anterior, cabe destacar el rol central que adquiere la relación entre Estado y
territorio, y la justificación del expansionismo, que tendría bases en una energía propia y diferencial
de los pueblos, y en sus necesidades territoriales (como su espacio vital). En último término, estas
tendrían razones de índole natural. Estos planteos tendrán importantes consecuencias. Por una
parte, serán retomados por ideólogos de la geopolítica y darán sustento y justificación a hechos como
el expansionismo alemán en el siglo XX, con nefastas consecuencias. Por otra, y para el campo de la
disciplina, llevarán –por reacción– a un alejamiento o desconsideración del rol de la política en la
explicación de la organización espacial, que perdurará por muchos años.
Nuevamente, y para concluir este título, resulta de interés dejar instalada la
pregunta acerca de las relaciones entre estos temas, conceptos y enfoques, con los
contenidos que serán impartidos por la geografía escolar.
Otra forma de asumir el evolucionismo
E. Reclus
La obra de Elisée Reclus expresa también una clara asunción de los postulados evolucionistas que
permiten la comprensión unificada de lo físico y lo humano en geografía. Sin embargo, y a diferencia
de Ratzel, Reclus se aleja del darwinismo social poniendo énfasis en las nociones de armonía y
concordancia de los hombres y la Tierra.
Este geógrafo francés (1830-1905) tuvo una importante militancia anarquista, que lo llevó a la cárcel
y al exilio. Esto mismo tuvo relación con su alejamiento del mundo académico y universitario
francés, razón por la que en la geografía “oficial” fue ignorado por mucho tiempo. Sin embargo, su
profusa obra tuvo gran difusión entre el público, alcanzando a sectores populares que permanecían
ajenos a las publicaciones académicas. En 1868 publica La Terre, y entre 1876 y 1905 se publican 19
volúmenes de su Nouvelle Geographie Universelle, una obra en la que describe detalladamente, para
cada región, los movimientos generales que se producen en el globo. En 1905 publica L’homme et la
Terre, respecto de cuyos objetivos el autor expresa:

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Hace algunos años (...) Trazaba el plan de un nuevo libro en el que se expondrían las condiciones
del terreno, del clima, de todo el ambiente en el que se han producido los acontecimientos de la
historia, en el que se mostraría el acuerdo de los Hombres y de la Tierra, en el que se explicarían
las actuaciones de los pueblos, de causa a efecto, por su armonía con la evolución del planeta. Este
libro es el que presento ahora al lector. (Elisée Reclus, El hombre y la tierra, tomado de Gómez
Mendoza, 1994: 217)
En el mismo texto, más adelante, el autor da una muestra acabada de su propuesta de trabajo:
La emoción que se siente al contemplar todos los paisajes del planeta en su variedad sin fin y en la
armonía que les da la acción de las fuerzas étnicas, siempre en movimiento, esa misma dulzura de
las cosas, se siente al ver la procesión de los hombres bajo sus vestimentas de fortuna o de
infortunio, pero todos igualmente en estado de vibración armónica con la Tierra que los lleva y los
alimenta, el cielo que los ilumina y los asocia a las energías del cosmos. (Ibídem, p. 218)
Los párrafos citados muestran que el autor coloca en lugar central la consideración de la relación
entre los hombres y el medio, pero lo hace poniendo énfasis en ideas de armonía y concordancia
entre ellos (retomando con esto las ideas de Rousseau). Esta armonía entre el hombre y la naturaleza
está rota, según el autor, por la constante violación de la justicia entre los hombres, que exige
siempre venganza, con lo cual el desequilibrio se reproduce. La superación de este desequilibrio
reposa y reclama cambios en la organización social, que permitan el
imperio de la libertad humana, la que sólo puede garantizarse cuando el
hombre se integra en forma armónica con el orden natural.
La obra de Reclus presenta un gran interés para el tema que nos ocupa, en
la medida en que muestra que la misma matriz positivista y evolucionista
que se reconoce en Ratzel puede ser utilizada para dar lugar a formas
totalmente diferentes de seleccionar, tratar e interpretar los mismos temas.
Su obra es hoy considerada fundacional de una geografía social, en tanto
coloca a la organización de las sociedades en un lugar central para
comprender los procesos de organización del espacio geográfico. Sin
embargo, fue ignorada por la geografía durante mucho tiempo, y recién en
las últimas décadas ha sido rescatada y analizada.
Imagen. Tapa de la edición española de El hombre y la Tierra. de Elisée
Reclus. Incluye una selección de textos de la obra original, introducidos
por Béatrice Giblin, geógrafa que contribuyó de modo fundamental al rescate de la obra de este
autor.

Reacción antipositivista y geografía regional


Introducción
Entre los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del XX tomarán fuerza posturas reacias o
críticas al positivismo, en particular respecto de su utilización o pertinencia para el estudio de los
fenómenos humanos, que serán englobadas bajo el rótulo de historicismo.
Por una parte, comenzará a rechazarse la cientificidad positivista, que coloca a las ciencias naturales
como modelo, reconociéndose en cambio la especificidad de las ciencias humanas y abriendo paso a
la consideración de una antinomia entre historia y naturaleza. Por otra parte, se pondrá en duda el
objetivo de formular leyes para los fenómenos sociales, reconociéndose el carácter contingente que
los caracteriza; en lugar de buscar explicaciones causales, se propone alcanzar la comprensión de los
hechos. También la objetividad que rige la relación entre sujeto que conoce y objeto conocido es
puesta en cuestión, en la medida en que quien conoce los hechos sociales está inmerso en ellos, y por
lo tanto la distancia entre ellos es, cuando menos, ilusoria. Las generalizaciones propias del
evolucionismo aplicado a lo social también serán puestas en cuestión, en la medida en que resulta
cada vez más evidente la imposibilidad de acomodar la información que la investigación etnográfica
aporta sobre distintos pueblos en una línea evolutiva lineal; en lugar de esto, la indagación se
orientará hacia la comprensión de cada sociedad, de su funcionamiento (esto se conocerá en
antropología como funcionalismo). Y esto mismo se aplicará también al conocimiento geográfico, en
el que los postulados deterministas no logran superar las formulaciones vagas y simplistas, sin
alcanzar las pretendidas leyes que expliquen de modo universal y necesario estas relaciones.
El historicismo rescatará la dualidad que Kant ya había establecido entre naturaleza y espíritu,
afirmándose que así como la primera es el reino de lo necesario, la historia es el reino de la libertad.
Las ciencias que se ocupan del estudio de cada una de ellas, necesariamente, deben ser diferentes.
Las ciencias humanas o del espíritu parten de reconocer que la característica básica de la humanidad
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es la historicidad de los procesos, los cuales acontecen en forma intencional y están atravesados por
valores: en ellas la neutralidad es ilusoria. Y la especificidad de este conocimiento admitirá también
otros métodos que no son el positivista: la intuición, la sensibilidad o el conocimiento empático
(contacto directo y total con el objeto que se quiere observar, netamente sensible), son aceptados
como vías o caminos válidos hacia el conocimiento.
Como consecuencia de todo esto, el interés se irá desplazando desde la búsqueda de lo regular y
repetible (pasible de formularse en leyes) hacia la consideración de los hechos singulares, cuyas
características particulares serán objeto de comprensión en lo que tienen de único y particular. En
geografía, estas perspectivas darán lugar al paulatino abandono de las pretensiones de comprender
regularidades, para centrarse en el estudio específico de porciones de la superficie terrestre, las
regiones.
Es habitual reconocer dos grandes escuelas de geografía regional, la francesa en torno a la
figura de Paul Vidal de La Blache, y la alemana en torno a Alfred Hettner, cuyos
planteos serán continuados y profundizados, ya cerca de la mitad del siglo XX, por
Richard Hartshorne, en Estados Unidos.

La geografía regional francesa: Paul Vidal de la


Blache
Paul Vidal de La Blache (1843-1918) tuvo una enorme influencia en la geografía. Formado
originalmente en historia, y con sólidos conocimientos de las ciencias naturales, a partir de la
década de 1870 se dedica a la geografía. Será profesor de la Escuela Normal Superior de París
desde 1878, y desde 1898 estará al frente de la cátedra de Geografía en la Sorbona, puestos desde
los cuales formó a un nutrido grupo de seguidores.
El pensamiento de Vidal de La Blache se inscribe en el marco de la reacción
antipositivista de su época, y se nutre también de perspectivas espiritualistas que
afirman que el espíritu es irreductible a la materia y, por lo tanto, contingente
respecto de ella.Con esto, rechaza el determinismo natural y reafirma la libertad humana,
oponiéndose así a los planteos ratzelianos (oposición en la cual, además, influirán posturas
nacionalistas que lo llevan a distanciarse de la tradición alemana).
Abandonar la determinación natural para reconocer el papel de la libertad humana en relación con
las condiciones del medio no implica en Vidal el abandono definitivo del interés por esta relación,
sino su reconsideración en tanto condicionante y facilitador al mismo tiempo, en una relación abierta
a múltiples posibilidades. De aquí el rótulo de posibilismo con que su perspectiva será conocida
(término acuñado por el historiador Lucien Fevre en 1922).
Vidal de La Blache tomará de los planteos funcionalistas la noción de género de vida, definido
como el conjunto de actividades y rasgos de un grupo social, articulados funcionalmente y
cristalizados por la costumbre (la historia), que expresan las formas de adaptación de dicho grupo a
las condiciones del medio geográfico. Esto muestra que el interés por la relación hombre-medio sigue
siendo fundamental en Vidal, pero sin –o incluso, contra– las pretensiones de necesidad y
universalidad positivistas.
El género de vida se expresará en una unidad espacial que tendrá características propias,
fundamentalmente una relativa autonomía funcional. Esta unidad espacial es la región, la que se
convierte así en objeto privilegiado de estudio para la geografía. La región tendrá un interés
intrínseco, que resulta de sus características peculiares y únicas, y el paisaje será la expresión
fenoménica de estas características peculiares, que se manifestará a la observación y a la sensibilidad
del investigador, quien a través de una aproximación empática será capaz de captar la esencia de
dicha región.
La región vidaliana permite, de este modo, superar los problemas planteados por el determinismo,
sin por esto abandonar el interés por la relación entre el hombre y el medio. Al mismo tiempo,
permite superar la dicotomía entre el conocimiento sistemático de los distintos aspectos que
intervienen en la comprensión de las especificidades de un lugar (propio de la geografía sistemática o
incluso escindidos de ella y transformados en campos disciplinarios autónomos) y la descripción
detallada de las particularidades de los lugares. Combina, así, las grandes tradiciones disciplinarias:
conocimiento sistemático de un fenómeno en su despliegue en la superficie terrestre, por un lado, y
conocimiento descriptivo e integrado de las peculiaridades de un lugar resultantes de la forma
específica en que estos distintos fenómenos se combinan él. Y al habilitar la vía sensible y empática
para su estudio, reafirma el carácter humano e histórico de la construcción regional. El énfasis en la
relación de los grupos humanos con su medio tendrá, asimismo, un carácter político conservador que
resulta adecuado a una sociedad que ya se ha consolidado como Estado nacional y necesita reafirmar
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la pertenencia de su pueblo (Escolar, 1992).


La propuesta vidaliana, sin embargo, no estará exenta de problemas. Por una parte, la dicotomía
entre lo humano y lo físico permanece subyacente al abordaje regional, y se expresará, en la tradición
de las monografías regionales , en un tratamiento sistemático y muchas veces desvinculado de uno y
otro. Por otra parte, el énfasis puesto en captar las peculiaridades de la región desembocará en un
abandono de la consideración de la totalidad en la cual dichas regiones se incluyen, la que aparece,
en más de un caso, como la mera suma de las partes (regiones).
El énfasis puesto en la historia y en lo humano permitiría suponer que la geografía vidaliana se
aproxima a las ciencias humanas o sociales; sin embargo, Vidal de La Blache negó esta posibilidad, al
afirmar que la geografía es la ciencia de los lugares y no de los hombres. Con esto, colocó a la
geografía en una posición de excepción que, más tarde, será blanco de fuertes críticas.

La geografía regional alemana: Alfred Hettner


A modo de presentación general, puede decirse que en esta tradición de estudios regionales es más
clara la adscripción al historicismo y mayor el alejamiento de las posturas orientadas a la
comprensión de la relación hombre-medio.
Alfred Hettner (1859-1941) se desempeñó en la Universidad de Heidelberg, y su trabajo
muestra una mayor preocupación por los problemas teóricos que afectan a la geografía, en
particular el problema planteado por el dualismo entre una geografía general y una geografía
regional o corológica.
En un artículo publicado en 1927 con el título “La geografía, su historia, su esencia, sus métodos”,
Hettner retoma la clasificación que W. Windelband había realizado en 1894 de las ciencias que
denomina de la experiencia, las que pueden ser:
 Nomotéticas: las que tratan de alcanzar el conocimiento de las leyes de la naturaleza y se ocupan
de lo constante y permanente. Las diversas disciplinas que se definen por el fenómeno natural
que abordan (botánica, zoología, geología, etc.) se encuentran entre estas ciencias.
 Idiográficas: son las ciencias que se ocupan de los hechos únicos y singulares, y de sus
circunstancias en el tiempo y en el espacio. La historia y la geografía se encuentran entre estas
ciencias.
Este autor planteará explícitamente que el núcleo de la geografía se encuentra en la segunda
perspectiva, la corológica o regional, por lo que define a la geografía como una ciencia idiográfica. La
especialización de los contenidos tradicionales de la geografía general había llevado a la dispersión
de sus contenidos entre un amplio conjunto de disciplinas, siendo esta una razón central que impide
que sea el núcleo de la disciplina.
Para Hettner, la geografía debe abordar las diferencias localizadas en la superficie terrestre,
descubriendo unidades espaciales, definiéndolas y comparándolas entre sí (Capel, 1981: 321). El
objetivo es, en definitiva, relevar el carácter variable de la superficie terrestre, captando la
diferenciación de áreas. Estas áreas son las regiones y, al trabajar con ellas, la geografía adquiere su
carácter idiográfico y define un objeto de estudio que le es propio. Por otra parte, si bien el estudio
sistemático también se reconoce como importante, el mismo debe estar en función de las
necesidades del análisis regional.

La geografía regional: a modo de cierre


La geografía regional, desde sus distintas vertientes, se instalará como el fin último de la geografía, y
el estudio de la región será su objeto privilegiado, exclusivo y no cuestionado. Aun reconociendo las
diferencias que fueron surgiendo a lo largo del tiempo (por ejemplo en las formas de definir la
región, o en los métodos aplicados para su estudio) imposibles de reseñar aquí, puede
decirse que el estudio regional fue absolutamente dominante durante la primera mitad del siglo XX,
y en muchos países durante bastante tiempo más.
Desde irrelevantes e ingenuas descripciones hasta sólidos y fundamentados estudios, los más
diversos productos tuvieron cabida en la geografía regional. Todos ellos se caracterizaron, más allá
de sus diferencias, por ocuparse del análisis minucioso de una porción acotada de la superficie
terrestre, procurando captar sus rasgos distintivos y peculiares, lo que cada una de ellas tenía de
“único y particular”. Produjeron un importantísimo acervo de información empírica sobre los lugares
más diversos del planeta, que alimentó fundamentalmente los discursos escolares pero que también
tuvo importancia para la gestión y para la formación general de los individuos.
Por otra parte, el carácter idiográfico de la geografía, su condición de ciencia “excepcional”, fue
alejándola del resto de las disciplinas científicas, llevándola a cierto aislamiento, lo que dificultó la
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interacción y el mutuo enriquecimiento. La endeblez teórica de las propuestas regionales se fue


haciendo cada vez más evidente a medida que el contexto científico cambiaba y la tarea de los
geógrafos se hacía cada vez más difusa en sus objetivos, al punto de tener que concluir definiendo a
la geografía como aquello que “los geógrafos hacen”. Sin embargo, y más allá de todas estas
cuestiones, el interés por la comprensión de las características peculiares de los lugares –regiones–
no disminuyó; por el contrario, una y otra vez volverá a instalarse como tema de interés y trabajo de
la geografía.

La geografía cuantitativa o nueva (New Geography)


El positivismo y los grandes cambios metodológicos
Dado que representa una excelente síntesis del contexto en el que esta perspectiva geográfica se
inscribe, conviene reproducir un párrafo del texto de Capel y Arteaga sobre “Las nuevas
geografías”:
Durante los años 1940 a 1960 se generalizan en todas las ciencias humanas grandes cambios
metodológicos. Estos están en relación con el triunfo de un nuevo positivismo que deja sentir su
influencia tanto en la filosofía como en la ciencia. Se vuelve a insistir ahora en la vieja idea
positivista de la unidad de la ciencia, en la búsqueda de un lenguaje común, claro y riguroso, que
permita dar validez general (o intersubjetiva) a los resultados. Se acepta otra vez el reduccionismo
naturalista que considera las ciencias de la Naturaleza como modelo de toda cientificidad y se pone
de nuevo el énfasis en la explicación, en la búsqueda de leyes generales como camino para
conseguir lo que ha de ser la auténtica meta científica: la predicción. Se postula, por último, la
neutralidad de la ciencia, excluyéndose de ella los juicios de valor y afirmando el carácter objetivo
y descriptivo del trabajo científico. (Capel y Urteaga, 1984: 26)
Este regreso de las perspectivas positivistas, que acontece fundamentalmente en el mundo
anglosajón, se vincula en gran medida con un contexto socioeconómico que vuelve a valorar
fuertemente el conocimiento para la acción y la toma de decisiones, cargando a la ciencia y sus
resultados de una marcada positividad. El positivismo, por otra parte, se verá enriquecido con la
asunción de posturas que se proponen superar el camino inductivo, enfatizando en cambio en el
camino o método hipotético deductivo que, partiendo de postulados teóricos, intenta la verificación
de las hipótesis propuestas, a través de la observación controlada de la realidad y la utilización de un
lenguaje universal y unívoco: el matemático.
En este contexto, las tradicionales explicaciones de la geografía regional serán fuertemente
cuestionadas, y el artículo que Fred Schaeffer publica en 1953 criticando lo que él denominó el
carácter “excepcionalista” de la geografía puede considerarse como el manifiesto de dicho
cuestionamiento. La descripción de lo único y particular (la descripción regional) será cuestionada
por ser insuficiente, ya que no permite alcanzar la formulación de leyes o principios generales, ni está
organizada a partir de alguna teoría a cuya comprobación contribuya, y al mismo tiempo permita
explicar los hechos observados. El énfasis en la teoría llevará a que esta perspectiva reciba el nombre
de geografía teorética.
También recibirá el nombre de geografía cuantitativa por el énfasis puesto en los modelos y lenguaje
matemático y en el uso de técnicas estadísticas. La búsqueda de regularidades subyace al tratamiento
de grandes cantidades de información, práctica que se beneficia por el desarrollo de herramientas
computacionales que la facilitan. El denominado análisis locacional será uno de los ejes de la
producción, orientada a comprender las pautas que explican la distribución de los fenómenos en el
espacio, encontrando las regularidades y formulándolas en términos de leyes o principios
probabilísticos. El estudio de los sistemas de asentamiento urbano, de la localización espacial óptica
de industrias y servicios, las dinámicas de flujos espaciales o la distribución de usos y costos de la
tierra en función de la distancia son ejemplos del tipo de temáticas que se abordaron desde estas
perspectivas.
La “nueva geografía” tuvo la virtud de poner en cuestionamiento, y movilizar, a la tradicional
geografía regional, obligándola a salir de su aislamiento y de su conformismo, llevándola hacia
preocupaciones teóricas compartidas con el resto de las ciencias, e incitándola a experimentar con
metodologías nuevas y rigurosas , en el marco de diseños de investigación altamente formalizados.
Sin embargo, rápidamente esta tendencia también fue objeto de críticas, muchas de ellas llevadas
adelante por algunos de los geógrafos que habían tenido destacada actuación en ella, como David
Harvey o William Bunge. Estas críticas se inscriben en tendencias más amplias de contestación
social que tendrán lugar a partir de fines de los años sesenta. Y el argumento central de estas críticas
será claro y contundente: el orden espacial que la “nueva geografía” analiza es, en rigor, la expresión
de un orden social, el capitalista, cuyas características quedan fuera de toda posibilidad de
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indagación mediante este modelo de cientificidad.

Radicalismos geográficos
La determinación del espacio geográfico a partir de
los procesos sociales
Con el nombre de geografías radicales se menciona un conjunto de perspectivas geográficas
caracterizadas, en términos generales, por su posición de compromiso con la transformación social y
sus aspiraciones de convertir a la geografía en un instrumento para dicha transformación. Estas
perspectivas se consolidan entre finales de la década de 1960 y la de 1970 en los medios académicos
de los países desarrollados de Europa y América del Norte. Coincide con un contexto de
efervescencia y contestación social, del que el Mayo francés, de 1968, es un hito por todos conocido.
Las razones que llevan al surgimiento y consolidación de este movimiento son heterogéneas pero,
más allá de estas diferencias, las críticas al orden socioeconómico imperante son el telón de fondo
que permite considerarlas en conjunto. Por una parte, el reconocimiento de que las expectativas
positivas instaladas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial no se habían cumplido en términos del
mejoramiento de las condiciones de vida de la población mundial, siendo que por el contrario las
diferencias se habían acentuado, lleva a una actitud de crítica y desencanto respecto del modelo de
desarrollo dominante; la constatación de las enormes desigualdades en el consumo entre ricos y
pobres, sean países o grupos sociales dentro de los mismos países ricos, está en la base de esto. Por
otra parte, las críticas al conocimiento científico estarán a la orden del día, en tanto se denuncia su
carácter funcional al sistema y las nefastas consecuencias de sus desarrollos (carrera nuclear,
problemas ambientales, etc.); también se denunciará su pretendida neutralidad como un mecanismo
claramente ideológico.
El movimiento tuvo características disímiles en el mundo anglosajón, particularmente Estados
Unidos, y en el contexto europeo, centralmente Francia, por lo que es conveniente tratarlos en forma
separada. La geografía radical anglosajona se organizó fundamentalmente en torno a la crítica a la
geografía cuantitativa (New Geography), y tuvo entre sus principales actores a muchos de los
geógrafos que habían tenido roles destacados en ella. Así por ejemplo, el propio David Harvey
denunciará a principios de la década del setenta que la geografía cuantitativa ha
producido resultados poco interesantes, y que el uso de técnicas estadísticas ha
llevado a decir cada vez menos cosas sobre cuestiones cada vez más irrelevantes. El
énfasis en los métodos que esa postura había sostenido es ahora denunciado, tanto por el carácter
naturalizante que su matriz positivista conllevaba, como por haber desviado o bloqueado las
posibilidades de reflexión epistemológica y conceptual. Se denunciarán también las pretensiones de
neutralidad de estas posturas, indicando que no sólo ella no existe, sino que por detrás de su
asunción se esconden valores implícitos que son asumidos acríticamente.
El movimiento coincide también con la difusión de la tradición de estudios marxistas en el contexto
norteamericano, que había estado bloqueada en el contexto de la Guerra Fría; en este sentido, se
producirán fuertes debates y notables aportes teóricos a partir del rescate de la larga tradición de
estudios sociales que, partiendo de la obra de Marx, se había desarrollado hasta el momento sin que
la geografía tomase contacto con ella (por ejemplo los resultados de la labor llevada a cabo
por los miembros de la Escuela de Frankfurt). La geografía radical toma con esto el carácter
de geografía “de izquierda”, de base marxista, que debe estar comprometida con el cambio social, e
intervenir activamente en su consecución.
La revista Antipode. A Radical Journal of Geography, que comienza a publicarse en 1969 con la
responsabilidad editorial de Richard Peet, será el principal medio de difusión de estas nuevas
propuestas. La realización de las denominadas “expediciones geográficas”, por ejemplo a los barrios
pobres que en algunos casos rodeaban a los campus universitarios estadounidenses, también cobrará
importancia como forma de articular el mundo académico con la sociedad en general y los pobres en
especial, involucrándose en sus problemas y necesidades. El asesoramiento a movimientos
ciudadanos o políticos es otra forma de intervención que concita el interés de estos geógrafos.
La geografía radical es una geografía eminentemente social, en la medida en que la organización
espacial será vista como producto de los procesos sociales y, específicamente, del modo de
producción capitalista. Para comprender esta organización social, por lo tanto, ya no sirven ni su
mera descripción (a la manera de la geografía regional tradicional) ni el descubrimiento y
formalización de su morfología (a la manera del análisis locacional del cuantitativismo). Se requiere
ahora centrar la mirada en los procesos sociales, pues el espacio, y específicamente su organización,
es el resultado de los mismos.

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Nuevos temas serán privilegiados por esta perspectiva, como por ejemplo los vinculados a la
pobreza y el subdesarrollo, la marginación de las minorías, las condiciones de vida
urbana o la violencia y los conflictos sociales. Otros temas serán revisados y planteados desde
el nuevo enfoque, como es el caso de los guetos étnicos en las ciudades norteamericanas,
tema que había concitado gran interés en el cuantitativismo (por ejemplo mediante el
desarrollo de modelos para prever las tendencias de su expansión espacial), vistos
ahora como consecuencia de un determinado modelo de organización social que
explica su presencia y sus tendencias de cambio. En general, los temas urbanos tuvieron una
gran presencia en esta perspectiva.
La geografía radical francesa tuvo características un tanto diferentes.
Por una parte, el contexto francés había mantenido una tradición de estudios marxistas, por lo que
su “recuperación” no tuvo lugar como en Estados Unidos; incluso en el marco de perspectivas
regionales, la presencia de geógrafos adscriptos políticamente a esta tendencia había dado lugar a
obras que reflejaban esta tradición; sin embargo, el contexto crítico también fue muy fuerte, y esta
tradición marxista tuvo nuevo impulso también aquí. Por otra parte, la crítica radical tuvo en Francia
un blanco diferente, pues se orientó contra la geografía regional tradicional.
En Francia, la revista que cumplió un papel central en este movimiento fue Herodote, que comenzó a
publicarse a mediados de los años setenta por iniciativa de Ives Lacoste, un conocido geógrafo
francés con una larga tradición de estudios regionales. En esta revista, por ejemplo, tuvo lugar el
rescate de un viejo geógrafo como Elisée Reclus, que había sido olvidado por la geografía
académica.
La geografía radical francesa centró sus críticas en el carácter “supuestamente” ingenuo e irrelevante
de la geografía regional, y en particular en su relación con la formación de profesores y el contenido
escolar. En su libro Geografía, un arma para la guerra, Ives Lacoste denunció a esta geografía de los
profesores como una “cortina de humo” que, instalando en la formación básica destinada a toda la
población la idea de una geografía memorística e irrelevante, ocultaba los verdaderos alcances del
saber geográfico. Estos alcances sí eran valorados, en cambio, por lo que él denomina la geografía “de
los estados mayores”, esto es, por los grupos de poder que estaban en condiciones de valorar y
utilizar en función de sus intereses el conocimiento pretendidamente “neutro o ingenuo” del trabajo
regional, dando ejemplos de que efectivamente así lo hacían.
Más allá de las diferencias que las perspectivas radicales muestran entre sí, hay algunos elementos
comunes que merecen ser rescatados. En primer lugar, el movimiento radical significó para la
geografía una instancia de aproximación a la tradición de estudios sociales muy importante, que
rompió definitivamente con el aislamiento de esta ciencia “excepcional”. Para bien o para mal, la
geografía se vio obligada a incorporarse a foros de discusión científica, compartir conceptos,
justificar resultados; ya no fue suficiente decir que la geografía era “lo que los geógrafos hacen” para
justificar la pertinencia o relevancia de sus resultados. Y esto dio lugar a un proceso de
enriquecimiento de la disciplina que es insoslayable.
En segundo término, la geografía se vio obligada a revisar sus fundamentos teóricos y a desarrollar
nuevos, que permitiesen justificar su existencia. La noción de producción social del espacio
ocupa aquí un lugar central, ya que es la que permite articular el estudio del espacio con el de lo
social en general. Por supuesto, esto sacude viejas estructuras conceptuales vinculadas a la relación
entre hombre, medio y organización espacial, que se habían mantenido en precario equilibrio por
mucho tiempo (al decir de algunos, por “demasiado” tiempo). Otro tanto sucede con la dicotomía
entre geografía humana y geografía física, y por supuesto con los problemas del determinismo
ambiental y el análisis regional.
La geografía radical tampoco estuvo exenta de críticas, y quizás la más importante se vincule también
con la noción precitada. El énfasis puesto en lo social y la consideración del espacio como un reflejo
supusieron el riesgo de que el estudio de este acabara perdiendo sentido. En efecto, si el espacio es
un mero reflejo de lo social, debería ser suficiente con estudiar lo social para comprenderlo. Y en
efecto, en más de un caso las investigaciones realizadas llevaron, de hecho, a esta situación. El mismo
orden social –en esencia, el capitalista– daba cuenta de todas las formas de organización espacial
posibles, con lo cual los alcances del conocimiento derivado de estos estudios terminaba siendo
limitado. Por otra parte, el énfasis puesto en la teoría y en la conceptualización, en muchos casos
acabó desdibujando el papel de lo empírico; se produjo así una especie de movimiento pendular, que
al tratar de alejarse del empirismo extremo de las propuestas tradicionales acabó produciendo una
geografía vaciada de estos contenidos y centrada en afirmaciones generales que no hacían más que
reiterar lo que ya había sido establecido, en muchos casos, por autores clásicos de las ciencias
sociales.
Sin embargo, estas críticas también dieron lugar al desarrollo de propuestas que intentan superarlas,
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dando origen a lo que en términos generales se conoce como geografías críticas. Si bien estos
desarrollos se retomarán en el Módulo 2, cabe aquí indicar que los mismos se han centrado,
precisamente, en tratar de comprender el papel que el espacio tiene en los procesos sociales,
teniendo en cuenta su “contenido” de naturaleza e historia. Ni mero contenedor ni mero reflejo, el
espacio geográfico seguirá, así, ubicándose en un lugar central para la disciplina.

Los "humanismos" geográficos


La perspectiva antropocéntrica
“Los individuos entran a escena” sería una expresión útil para introducir estas perspectivas
geográficas. En efecto, y más allá de la extrema diversidad de propuestas que se engloban bajo el
rótulo de humanismos geográficos, todas ellas comparten el hecho de poner énfasis en los individuos
y en los factores subjetivos asociados a ellos. Se trata de perspectivas antropocéntricas, esto es que
colocan a los individuos en el núcleo de interés. Buscan un enfoque holístico de la realidad, evitando
las fragmentaciones temáticas mediante la centralidad de la experiencia humana (García Ramón,
1985).
Un antecedente importante lo constituye la denominada geografía de la percepción, inscripta
originalmente en el marco cuantitativo, que buscó dar cuenta de aquellos aspectos que no podían ser
entendidos mediante la indagación de la racionalidad dominante, a través de la captación de los
aspectos vinculados con la percepción subjetiva de los individuos. Por ejemplo, ya en la década
del sesenta se realizaron estudios que permitieron captar los valores subjetivos que los
habitantes otorgaban a ciertos lugares de sus ciudades, lo que permitía explicar los
“desvíos” que el precio del suelo mostraba respecto del comportamiento esperado
según los modelos de costo-distancia. Otro tanto sucede con la percepción de riesgos,
fuertemente condicionada por valores culturales, que desvía el comportamiento de las
personas de los parámetros “racionales” esperables.
Basadas en perspectivas fenomenológicas y existencialistas, estas miradas geográficas pondrán
énfasis en la subjetividad, cuestionando la existencia de un mundo objetivo independiente de la
existencia del hombre. La experiencia es la base del conocimiento, y por lo tanto la experiencia
individual debe ser considerada. Específicamente, en geografía interesa la relación entre la
experiencia y la dimensión espacial, que se plasmará en conceptos tales como el de mundo vivido,
que remite a la conjunción de hechos y valores que abarca la experiencia cotidiana personal, o el de
lugar, entendido aquí como un espacio concreto cargado de significado para el ser humano, que está
unido a él por una vinculación afectiva o emocional.
En algunos casos, estas perspectivas se proponen como complementarias de otras, procurando un
entendimiento más acabado del objeto de estudio. Es el caso, por ejemplo, de los trabajos que
plantean la consideración de dimensiones ideológicas o subjetivas en articulación con
las estructurales, para comprender una determinada forma de organización espacial.
Se reconoce así que, si bien un determinado espacio puede estar organizado en función de las lógicas
dominantes (por ejemplo, la capitalista) el mismo es también un lugar cargado de significados para
los individuos que lo habitan; todo junto, se especifica en ese lugar y le otorga peculiaridad.
En otros casos, las dimensiones subjetivas cobran absoluta centralidad, dejando de lado la
consideración de las estructuras. El hombre pasa a ser el núcleo de estas indagaciones, interesadas
en comprender sus acciones a partir de como él mismo las entiende y valora, contribuyendo con esto
a que se comprenda a sí mismo.
La distinción entre sujeto y objeto, al igual que las pretensiones de objetividad y neutralidad, pierden
gran parte de su sentido en estas perspectivas. La búsqueda de explicación es reemplazada por la
comprensión. Las metodologías participativas son privilegiadas, en tanto permiten una mayor
proximidad y compromiso. Y los objetos de indagación se multiplican: literatura, films y
representaciones (pinturas, mapas, etc.) son fuentes para comprender el valor del espacio y poder
comprender, a través de esto, sus características.

A modo de cierre desde la preocupación por la enseñanza


La geografía llevada a la práctica escolar
Los contenidos que se han abordado en este Módulo remiten a lo que habitualmente se denomina
historia del pensamiento geográfico, cuyo valor reposa en general en las posibilidades que brinda
para reflexionar sobre la propia disciplina. Pero cabe preguntar aquí, y lo hacemos a modo de cierre,
qué sentido tiene incluir este tratamiento cuando lo que nos interesa es la geografía escolar, la

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enseñanza de la geografía.
Entendemos que estos contenidos resultan fundamentales a la hora de comprender nuestra práctica
docente en las escuelas y, más aún, cuando nos interesa transformarla para cumplir mejor con
nuestros objetivos educativos. Suele suceder que los docentes no tenemos acabado conocimiento de
los orígenes y fundamentos del contenido de nuestra disciplina, de los temas que incluimos y de las
perspectivas desde las cuales los abordamos. La evaluación de nuestro quehacer, en términos del
contenido disciplinar, resulta por esto muy difícil de realizar. Lo mismo sucede con la incorporación
de nuevas perspectivas y temas, muchas veces incentivada por cambios curriculares o por tendencias
y “modas”, en la medida en que no tenemos herramientas suficientes para evaluarlas y enfrentarlas.
Gran parte de lo expuesto en este Módulo atraviesa, de múltiples y muchas veces contradictorias
maneras, nuestra práctica docente, y también nuestra formación como profesores. Apropiarnos de
estos fundamentos nos permitirá organizar mejor nuestro quehacer y, más aún, ponerlo en relación
con los desafíos que se nos presentan para resolverlos adecuadamente. En tiempos de cambio como
los actuales, los profesores de geografía hemos enfrentado reiteradamente la sensación de que nada
de lo que hacemos y sabemos tiene relación con “lo nuevo” que nos piden que hagamos de ahora en
más, lo que nos lleva a la desvalorización y la parálisis. Frente a esto, y para hacer frente a esto,
proponemos lo contrario: sólo a partir de lo que sabemos podremos transformar. Y los
contenidos aquí expuestos se orientan a esto.
Para seguir andando, los invitamos a reflexionar en torno a su presencia o ausencia
en vuestra formación y vuestras clases, preparándonos con esto para los próximos
Módulos.
Bibliografía
Textos consultados

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Blackwell Publishers.
 BROEK, Jan O. M. (1967) , Geografía. Su ámbito y su trascendencia, México, UTEHA.
 CAPEL, Horacio (1981) , Filosofía y ciencia en la geografía contemporánea. Una introducción a la Geografía,
Barcelona, Barcanova.
 CAPEL, Horacio y Luis Urteaga (1984) , Las nuevas geografías, Barcelona, Salvat.
 ESCOLAR, Marcelo (1997), "Exploration, cartography and the modernization of state power", International Social
Science Journal, 151: 55-75, march, Nueva York, Blackwell y Unesco.
 ESCOLAR, Marcelo (1992), "La armonía ideal de un territorio ficticio", Boletim de Geografia Teorética, Rio Claro,
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 GARCÍA RAMÓN, María D. (1985), Teoría y método en la geografía humana anglosajona. Barcelona, Ariel, 1985.
 GÓMEZ MENDOZA, Josefina, Julio Muñoz Jiménez y Nicolás Ortega Cantero (1994), El pensamiento geográfico.
Estudio interpretativo y antología de textos (De Humboldt a las tendencias radicales). Segunda edición corregida y
ampliada. Madrid, Alianza (Universidad Textos).
 JOHNSTON, R.J. (1986), Geografia e geografos (a Geografia Humana angloamericana desde 1945), San Pablo, Difel.
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 MORAES, Antonio Carlos Robert (1989), A genese da geografia moderna, San Pablo, Hucitec/Edusp, 1989.
 QUAINI, Massino (1981), La construcción de la geografía humana, Barcelona, Oikos-tau.
 SALINAS ARAYA, Augusto (2002), “Eratóstenes y el tamaño de la Tierra (S. III. A.C.)”, Revista de Geografía Norte
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 VALCÁRCEL, José Ortega (2000), Los horizontes de la geografía. Teoría de la geografía, Barcelona, Ariel (Geografía).

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