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Charla de Débora Kantor:

“La posición adulta en la


educación de las nuevas
adolescencias y
juventudes” (
En el encuentro estuvo presente el Secretario General de AGMER, Fabían Peccín, la
Secretaria de Educación, Ana Delaloye, junto a todo el equipo de trabajo de esa
Secretaría, y la Secretaria de DD.HH. y Capacitación Sindical, Tomasa Gómez. Además,
participaron de la actividad y organización el Secretario General de AGMER Gualeguaychú
y compañeros de la Seccional.
Fabián Peccín dio la bienvenida a todos los participantes y saludó especialmente a la
Licenciada en Ciencias de la Educación, Débora Kantor, con formación y trayectoria
profesional en el campo de la educación formal y no formal, especializada en la educación
de adolescentes y jóvenes.
Por su parte, la secretaria de Educación, Ana Delaloye, explicó los objetivos y alcances de
la serie de charlas que AGMER viene desarrollando, en torno al trabajo docente. Al
presentar la actividad, que se cumplió en el marco de un paro docente de 24 horas, se
refirió al contexto de conflicto por demanda salarial. “Hoy como sindicato nos encontramos
ante la necesidad de colocar la situación salarial en el centro de las demandas al gobierno,
la situación de nuestros compañeros nos compromete y las medidas de fuerza asumidas
para esta jornada se inscriben en este contexto. Pero además, somos conscientes de que
muchas de nuestras conquistas en términos de políticas públicas garantes de derecho
social a la educación están siendo amenazadas”, expresó.
Recordó que AGMER realizó en las últimas semanas una serie de posicionamientos y
cuestionamientos públicos, entre los que mencionó el rechazo a la aplicación de pruebas
estandarizadas. “Expresamos, como lo hemos venido haciendo desde AGMER y CTERA,
que ninguna prueba estandarizada que mida resultados de aprendizaje de los estudiantes
puede dar cuenta del estado del sistema educativo ni de sus problemas”.
“Nos parecía importante hacer estos señalamientos antes de presentar a esta charla-taller
y a nuestra invitada. Para nosotros, para sostenernos en la resistencia, y también para
ella, como una manera de que nos conozca en nuestras preocupaciones, expectativas y
en las batallas que estamos dando en un contexto tan complejo y difícil. Así que
agradecemos su consideración y paciencia en la escucha”, agregó Delaloye, en la apertura
del encuentro.
Luego de la presentación de la charla, la Profesora Débora Kantor agradeció a AGMER
por sostener este espacio en el contexto de la lucha docente. Expresó que no se siente
ajena a la situación y que no es una casualidad que nos encontremos en estos avatares;
que en la complejidad de estos tiempos se hace difícil sostener estas apuestas, que nos
encontramos en una situación difícil del país, para la educación y aún más para la
educación secundaria.
Señaló la importancia de generar un momento rico que nos entregue cosas a todos, que
nos permita repensarnos y repensar la escuela secundaria. Aclaró que en la especificidad
de la coyuntura algunos aspectos parecen pocos relevantes. Pero, pensar las
adolescencias y la posición adulta, no lo es.
A partir de estas palabras comenzó su exposición sosteniendo que referirse a las nuevas
adolescencias y juventudes parece un contra-sentido. Las adolescencias y juventudes
siempre fueron nuevas, muchas y distintas; porque siempre estuvieron definidas por
itinerarios vitales, por las trayectorias particulares de los sujetos.
Hoy, son nuevas por otras series de cosas enfatizó. Como señala la pedagoga Gabriela
Diker, para algunas infancias y adolescencias nos reservamos los conceptos, otras, caen
en el mundo de las etiquetas. Entre unas y otras hay una distancia inmensa. Cuatro de
cada diez niños nacieron en la indigencia en el 2002. Hoy son las adolescencias y
juventudes que habitan nuestras escuelas. Por lo que hay que denunciar que las
adolescencias son plurales, que no hay una expresión singular. La sociedad sentencia a
estas adolescencias y juventudes. Las representaciones sociales las colocan como
identidades devaluadas. Esto es un rasgo de época, que se articula con otros como la
expansión de las industrias culturales, las nuevas tecnologías y la hegemonía de los
medios de comunicación.
Las adolescencias y las juventudes hoy no tienen que ver con rangos etarios. Nos
movemos en una época de inflación “juvenilista”, afirmó. La categoría adolescencia a la
que nos referiremos es una categoría psico-escolar. La categoría juventud es una
categoría socio-cultural. No hablan de lo mismo; aunque se confunden en el imaginario
social. La adolescencia significa identidad que se reconstruye. Identidad que requiere de
la posición del adulto, posición que en el contexto actual son posiciones sociales alteradas
en términos de autoridad y responsabilidad. La juvenilización de los adultos, los
“adulescentes”, son una novedad epocal. Con esta novedad lidian las nuevas
adolescencias.
De manera específica, la profesora coloca el concepto de adolescencia como pasaje,
ruptura, recomposición, transformación, etapa puberal, crecimiento sexual. En palabras de
Barbagelata: “la adolescencia es la entrada del mundo adulto en el cuerpo. El salto al
abismo que es el cuerpo”, parafraseó. En términos psicológicos supone el cambio del
aparato psíquico; angustia expresada como desinterés, imposibilidad, inquietud, alegría.
Angustia que supone no poder decir nada de sí mismos. Angustia que supone que las
preguntas adultas serán inútiles. No se trata de construir dispositivos amigables para
acercarnos a los jóvenes, sino de ayudarles a soportar la angustia. La incertidumbre
identitaria de la adolescencia supone la tarea de construir fronteras. Fronteras múltiples
entre el yo y los otros, entre el adolescente y los adultos, entre el cuerpo y el mundo.
Construir fronteras para poder atravesarlas y decidir dónde se quiere estar, esa es la tarea
del adolescente. Por ejemplo: la necesidad de “salir” de los adolescentes tiene que ver con
conquistar nuevos espacios, reconocer los no propios, encontrarse con otros, etc.
El tiempo del adolescente es el presente. Pero es un tiempo vacío de futuro. Es un tiempo
de hipotetizar sobre el futuro. El crono-sistema externo es ajeno a los adolescentes. La
función de la adolescencia es desacoplarse del crono-sistema. Esa desincronía permite
una emancipación progresiva. Respecto de la categoría tiempo, los sociólogos Marcelo
Urresti y Mario Margulis repiensan la idea de moratoria social: El tiempo que la sociedad le
da a los adolescentes y jóvenes para preparase, estudiar, definirse en un trabajo, construir
una pareja o una familia. En los tiempos que corren, sostienen estos autores, somos todos
jóvenes. Estas etapas nunca están cerradas. No hay moratoria social como tal. Esta
categoría no nos ayuda a pensar la condición del presente. No hay plazos de espera,
sino capital temporal. La distancia entre en el nacimiento y la muerte. Para los nativos del
presente este capital temporal será procesado de maneras distintas según la clase social y
el género. El poner a prueba, el interpelar todo, el ponerse a prueba, el resistir la herencia,
que suponen angustia adolescente, serán procesados de manera diferente según las
trayectorias y contextos específicos.
Estas dificultades están presentes en “el oficio del alumno.” La escuela secundaria no se
creó para ellos, no se creó para los adolescentes nativos del presente. Se creó para
seleccionar. No se creó para incluir. Hoy la secundaria, por convicción o por ley, alberga a
todos. Ahora bien, ¿cómo piensa la escuela a los adolescentes y a los jóvenes de hoy?
Algo se está consolidando en los nuevos escenarios en términos de representación. Los
adultos ya no dicen cómo son los adolescentes, sino que plantean: “¿¡Qué les está
pasando!?“
Al respecto, la disertante advierte que las adolescencias y las juventudes son el dato. No
son la fatalidad. No son el problema. Sin embargo, en el contexto escolar, lo que es
condición hoy se percibe como problema a resolver. Las representaciones sociales
señalan que los adolescentes están en riesgo, que hay que prevenir o que hay que estar
prevenido. Las representaciones sociales sobre los adolescentes no quieren mirarlos como
la franja social que ha sufrido un sistema injusto que ellos no inventaron.
A partir de esta advertencia, la expositora invita a pensar el trabajo docente y a
preguntarse: ¿quiénes son y qué huellas portan los adolescentes y jóvenes que habitan la
escuela secundaria hoy?
Como primera caracterización señala que todos están atravesados por políticas de
modernización excluyentes. Que han nacido en un tiempo signado por las industrias
culturales, por las nuevas tecnologías, en la sociedad del conocimiento. Pero para
restituirles sus derechos hay que pensar a las adolescencias y juventudes en tiempos de
fragmentación social y marginalización. Es imposible educar si no reparamos en las
marcas de época. En la inequidad y en las prácticas de fragmentación que los tienen a
ellos como nativos. Preguntarse, por ejemplo, qué significa heteronomía hoy, cuando los
adolescentes y jóvenes deben decidir en una época de inequidad, es central si nos
colocamos en la tarea docente. Si no nos hacemos esta pregunta solo acusaremos: “qué
desastre los chicos de ahora;” o los veremos como víctimas: “pobres los chicos de ahora.”
Débora Kantor enfatiza que las maneras como pensemos a las adolescencias y a las
juventudes producen adolescencias y juventudes. Acusar y victimizar también nos define a
nosotros: como preventores o redentores. Educar no es rescatar, no es redimir. Es lidiar
con la dificultad (la angustia adolescente) ampliada por la época. Como adultos tenemos
responsabilidad generacional, no prerrogativa. Invita a no invisibilizar las injusticias, las
particularidades y las historias particulares en aras de prevenir. Invita a despojarnos de
esa mirada porque omite contextos y referencias particulares. El mandato preventivo está
en los medios de comunicación, en la publicidad, en las representaciones que plantean
bajar la edad de imputabilidad. Se habla de droga, choreo, violencia, pero no de un
mercado inescrupuloso e injusto. El mercado homologa expectativas y fragmenta a la hora
del acceso.
Como adultos debemos tener presente que si los chicos deben contar con educación
sexual integral, con lugares para jugar, con respeto a sus trayectorias, con oportunidades;
es porque tienen derecho a ello, y no porque como sociedad debamos neutralizar riesgos,
disminuir fenómenos indeseables o prevenir.
Educamos para construir herramientas, construir mundos, llenar vacíos, ayudar a dar de
baja el mundo de la infancia y habilitar el futuro. Como adultos, como educadores,
debemos prevenirnos de la mirada preventista, no desaprovechar oportunidades sobre la
vida que vale la pena ser vivida, centrarnos en la vida y no en el riesgo. Auspiciar intereses
es el sentido contrario a prevenir.
Los adolescentes requieren protectores y no preventores. A los adolescentes y jóvenes les
irrita el discurso moralista y preventista, pero están ávidos de experiencias valiosas. Como
adultos debemos estar ahí desde el respeto, para garantizar que emerjan los conflictos;
para tramitarlos en vez de evitarlos. Acercarnos de manera anodina no trae nada bueno.
No somos pares. Podemos y debemos constituirnos en garantes de transmisión e
intercambio generacional. El mandato preventivo nos envía a un lugar que no antepone la
autoridad adulta, sino que la enmascara. Los adolescentes no nos precisan iguales a ellos;
nos necesitan haciendo diferencias. Nos necesitan ahí cerca en el momento de sus
rupturas, para propiciar que puedan tramitarlas. Sin ruptura no hay crecimiento. Sin
tramitación no hay continuidad y no hay inclusión en la cultura. Los adolescentes se
fabrican a sí mismos y las sentencias de: “no hay referentes como antes;” no ayudan en
este proceso. La autora parafrasea a Marielena Walsh diciendo que: “Quién no fue mujer
ni trabajador piensa que el ayer fue un tiempo mejor.” Señala que no faltan referentes; hay
muchos. La autoridad está en todos lados. Como adultos competimos con ese abanico de
referentes. Tenemos que ganarnos la autoridad. Los adultos no tenemos un cheque en
blanco. Para algunos, ese será el problema; otros decimos: ese es el dato de época.
Educar en la asimetría es el dato. Con tantos referentes los adolescentes precisan adultos
que les ayuden a construir su identidad. Como adultos no trazamos caminos, sino que
hacemos que no se queden sin caminos. No armamos fronteras, sino que honramos las
aduanas, planteó Kantor.
La escuela secundaria tiene que volver a pensar ahí, los intereses. No será preguntándole
a los adolescentes que quieren hacer, que la escuela será más interesante; sino
presentando proyectos que introduzcan el conflicto. La escuela tendrá que formar parte del
agasajo nuestro por el nuevo nacimiento. Poner conocimientos, recursos y vida posible. La
posición adulta se constituye en entregar recursos de vida posible.
Para concluir la expositora citó un texto de Carlos Galano: “La vida adolescente es vida
nueva. Un renacimiento que demanda aprendizaje de bienvenida. Familias, escuelas,
iglesias y otras instituciones pueden y deben hacer lugar para este segundo nacimiento. Si
la primera natalidad resulta un acontecimiento único, que marca una diferencia ene.
Mundo, la segunda implica, si se quiere, un esfuerzo adicional, una más compleja cultura
afectiva e intelectual en la recepción, porque se trata de un nacimiento consciente a una
esfera de vida corporal, de sensibilidad y de pensamiento distante de la infantil. Dar la
bienvenida a ese segundo nacimiento significa participar activamente en él. Si el primer
nacimiento es dar a luz, el segundo atañe a revisar la luz de las herencias, cuestionar su
pertinencia, preguntar, inquirir y hasta cambiar de luz. Los/as adolescentes no pueden
estar solos/as en ese alumbramiento. No hay nacimiento en soledad, extrañados del
mundo y de la sociedad de su época. En muchos sentidos el nacimiento adolescente
consiste en una natalidad social, una esfera –como campo o ámbito- donde se inscriben
simbólicamente los nuevos socios de la comunidad histórica. De allí que una política
pública para los adolescentes esté unida inseparablemente a una política para la infancia”.