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Teoría del olvido

Muchos – por no decir todos – alguna vez en la vida, han caído o bien, caerán, en el clásico dilema del ¿cómo olvidar? Este dilema puede suscitarse en cualquier aspecto de la vida, pero particularmente, y según mi experiencia, en cuanto a lo amoroso (quiebres, desilusiones, desamores, etc.) y a lo funerario (la muerte de un ser querido, principalmente). Además, tenemos las concepciones de la ciencia – psicología

y psiquiatría – al respecto que por ahora, no abordaré, al menos en detalle.

El olvido ha sido tema recurrente en la tanto en la literatura como en la historia, en sentido metafórico por una parte – aunque no reducido sólo a esto – y práctico, mas con una connotación negativa, por otra. Sólo por dar ejemplos, tenemos el olvido simbólico del que es víctima Gregorio Samsa en la Metamorfosis de Kafka, y el olvido colectivo del pasado de nuestro país, ennegrecido por el terror, maniatado por el silencio

e inundado por torrentes carmesíes.

Pero no son estos tópicos los que quiero tratar – al menos en este ensayo – sino, uno de los expuestos al principio, el cómo olvidar amoroso. ¿Cómo olvidar? Este proceso puede tomar desde unos minutos hasta, en el peor de los casos, la vida entera. Y los factores involucrados, asimismo, pueden ser mínimos, como demasiados. Pero

quizás el más importante o relevante sea el de la voluntad. Sin voluntad, sin la aspiración personal a enterrar y superar el dolor es imposible siquiera pensar en efectuar

– exitosamente – el acto de olvidar.

Y es que desde una perspectiva más rigurosa, el olvido, como un acto voluntario, no existe. Al menos no desde una configuración literal (lo que no quita su posibilidad metafórica). Sí puede ocurrir que luego de una noche de borrachera, olvidemos lo que en ella ocurrió. Sí puede ocurrir que luego de un fuerte traumatismo encéfalo-craneal, se produzcan lapsos de amnesia de variable duración. Pero en sí, el acto de olvidar voluntariamente algún episodio de la vida, es algo prácticamente inverosímil.

Día a día, todos podemos comprobar cómo la gente que nos rodea tiene, en mayor o menor grado, ese afán de poder olvidar las cosas. Más de alguna vez oiremos de ellos frases del tipo ¡Ay, cómo quisiera olvidarla!. Pues bien, el acto mismo de

articular una locución así es totalmente falaz. Falaz porque en el fondo, el emisor de dicha sentencia, no quiere olvidar a la persona en cuestión, aunque así nos lo expresen fonéticamente. Es quizás sólo una forma de auto-convencerse y tener un testigo de ello.

Dicho esto, sólo me cabe pensar que si bien, el olvido voluntario no existe, sí existe el acto de superar las dolencias del alma. La superación es, en efecto, considerablemente – sino totalmente – más posible y práctica que el olvido. Mientras que esto último sólo queda en palabras vacías expelidas al aire, lo primero no es distinto del acto de escapar de la caverna platónica, por decirlo de alguna manera. Es más, podemos tomar como ejemplo las cuatro etapas de dicha alegoría y aplicarlos al contexto.

En la primera de estas etapas, encontramos al hombre en la caverna viviendo tranquilamente atado en la oscuridad. La tranquilidad podría interpretarse como la resignación a vivir en el sufrimiento – la oscuridad – y las ataduras, como todos aquellos recuerdos, idealizaciones y proyecciones no realizados, junto a todas las heridas en el alma y en especial, la sensación de vacío que deja el abandono indolente de un amor falso o quizás, no correspondido.

La segunda corresponde a la gran decisión de romper las cadenas y caminar, a través de la oscuridad, hacia la luz (la superación final del dolor). Esta es quizás la fase más crítica del proceso, ya que muchos se quedan estancados en ella. En ello trasciende el hecho de ser la gran decisión. Si no existe la voluntad y la fuerza interior para realizar tal acto, es posible que ni siquiera se llegue a este nivel, sino, sólo reducirse al primero, en el que la mediocridad es la premisa y el modo de vivir.

Sin embargo, la tercera etapa, que corresponde al acto mismo de pasar de la caverna hacia la luz, no es tan fácil de realizar como pareciera. Y es que el trayecto mismo es un dificultoso camino escarpado, al que podríamos asociar las lágrimas, los cuadros depresivos, la sensación de no poder más y de que todo está perdido y todos los traspiés que podamos sufrir en la travesía. Es también esta etapa la que puede tardar más en completarse. Mucho influye, en este caso, el contexto psico-social del individuo.

El contexto psico-social puede definirse como a) las condiciones psicológicas mismas del individuo: su tendencia a la depresión y si existe algún grado considerable y patológico de locura (esquizofrenia, bipolaridad u otros) y b) las relaciones sociales del mismo (amistades y apoyo familiar, entre otras). La polarización de estos agentes – positiva o negativa – y el grado de desarrollo de las mismas, condicionarán la cantidad

de tiempo y la dificultad implicadas en el proceso de superación.

Finalmente, en la cuarta etapa, que corresponde al acto de regresar a la caverna y dar a conocer la verdad a los demás, discreparé un tanto de la concepción platónica. Interpretaré este nivel como el acto de volver atrás, a modo de retrospección, y tomar conciencia de los errores del pasado y de los engaños hechos a uno mismo. Esto porque usualmente, se tiende a caer en el autoengaño, a fin de lograr el tan preciado olvido, culpando al otro de los errores que se cometieron. Sin esta retrospección, es ilógico pensar en una superación, pues implica un aprendizaje.

Ahora bien, es imposible no asociar el afán de olvidar a la dependencia emocional, y ésta, al egoísmo y a la baja (o nula) autoestima. Tomemos como ejemplo,

el personaje de Joel en el Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, película que

por lo demás yo aborrezco, pero que encaja perfectamente con el perfil egoísta, carente

de autoestima y dependiente afectivo de aquellos incautos que aún creen en la posibilidad del olvido como un acto voluntario. El Eterno resplandor es, a pesar de las cursilerías, la mejor representación tropológica de lo que realmente el olvido es.

Joel, a causa de su monótona existencia, se aferra de la ruptura que representaría Clementine en su diario vivir. Esto le llevaría a obsesionarse e idealizar el amor que siente por ella. Por ello, es egoísta, pues quiere a Clementine sólo para él y no puede aceptar la idea de que ella sea feliz con otro; carece de autoestima, pues sin ella, es incapaz de hallarse valor por sí mismo; sufre de dependencia afectiva, pues se rehúsa a perder lo único que le da sentido su aburrido existir.

Por todo lo anterior, Joel se niega a olvidar a Clementine. Dice, de la boca para afuera, que quiere sacarla de su cabeza, pero en el fondo, él sabe que no lo quiere hacer.

Y finalmente, quienes vieron la película, saben que no lo hace. Esto mismo es lo que el

común de los individuos hace cuando sufre por amor. Sólo se quedan en el dicho y no

consuman los hechos. Y por lo general, hacen este tipo de declaraciones en público, para que quienes le oigan, puedan decir ¡Sí! ¡Él sí quiere olvidarla!, y así tener testigos que den cuenta de sus falsas intenciones.

El tema de los testigos no deja de ser menor. Parte esencial del auto-

convencimiento o auto-convicción, es la presencia de individuos que en lo posible, sean cercanos a quien expresa la intención de olvidar. Esto, de alguna manera, les produce una sensación de seguridad, para que cuando se vacile acerca de su intención de olvidar, se pueda recurrir a la frase ¡si yo te dije que le quiero olvidar!, y así disipar las dudas al respecto. De esta manera, el afectado o la afectada, a su vez, se auto-convence de la boca para afuera, pero aún no cambian las cosas en su interior.

He de insistir, entonces, en la superación. Si no se tiene paciencia, convicción,

apoyo y la real intención de superar el dolor, en definitiva, nunca se logrará salir del hoyo en el que se está inmerso. Las personas cuyo sentido de la realidad es irregular, y aún creen en la doncella o el príncipe azul, pocas esperanzas tienen de emerger. Las personas con baja o nula autoestima, las que son dependientes afectivas y no pueden concebir la vida sin un otro y las egoístas que desean a ese otro sólo para sí, corren este mismo riesgo.

Es probable que sólo muy tarde, cuando ya se hayan destruido a sí mismo o

cuando ya hayan causado el suficiente daño en quienes les apoyan y les entregan su cariño (familia y amigos) o bien ambas cosas, se den cuenta de lo fácil que era superar el dolor. En el peor de los casos, quizás nunca lo hagan. En la vida, prácticamente, no hay imposibles. Es sólo cosa de voluntad y de aspiración personal. Y mientras más apoyo de terceros exista, mucho mejor.

Mi consejo final: no vean tanta televisión. Les hace creer en todas esas bazofias

que, finalmente, sólo les arruinarán la existencia. No idealicen su amor, pues sólo les traerá decepciones. No sean mediocres, siempre aspiren a más. Que siempre la pareja

que les toque sea mejor que la anterior. No seáis orgullosos, y agradezcan cuando alguien les tienda la mano. Son cosas simples, pero que sumadas, hacen de las dificultades de la vida un montón de hojarasca.