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El arte de la retórica, además de estudiar las pasiones, incluye otros recursos, como los

argumentos persuasivos. Enseña cómo hablar con orden y claridad, dando razones sólidas y
dominando las propias emociones, y así oponerse a los adversarios. La determinación del fin de la
retórica es un aporte hecho por los sofistas. Ellos enseñaban que aquélla era creadora de
persuasión, noción -éstabásica para el método y la elaboración de sus principios. Algunos oradores
meditan sus ideas interiormente; otros preparan su discurso escribiéndolo previamente; y otros lo
hablan al mismo tiempo que lo piensan. Lo importante es tener una idea previa, una preparación
sobre lo que se va a decir y cómo se va a decir. Debe tenerse preparada la idea madre, luego, sus
ideas principales y, por último, las clasificaciones de estas últimas. Hasta el orador más apto debe
preparar antes su discurso. De lo contrario, corre el riesgo de que se le generen dudas o silencios
en un auditorio. Esto coloca en una situación incómoda al orador y puede generar pérdida de
atención o interés en los oyentes. Adquirir y ordenar los materiales de acuerdo con un plan es
tarea más o menos lenta; pero quien improvisa no dispone de mucho tiempo y tiene que recordar
los ingredientes de su discurso cuando conviene. Por medio de ejercicios, el orador se corrige y
selecciona frases, mejorando su estilo. Asimismo, adquiere nuevas experiencias que enriquecen
sus conocimientos y pulen su modo de pensar, de sentir y de hablar. Como principio general, al
momento de expresarse, el orador debe evitar los movimientos bruscos y continuos, porque
cansan al auditorio. Si bien no deben ignorarse los gestos y ademanes, tampoco debe obviarse el
reposo. La sencillez, así como también la concordancia de fondo y forma, son elementales para
persuadir. Cuando el orador se disciplina, desaparecen los defectos y se pueden adquirir
cualidades por los mejores modelos. Respecto del patetismo en el discurso, como un modo de
argumentar: siempre es necesario para darle calor y movimiento a los argumentos, así los mismos
podrán convencer y persuadir. La prudencia le indicará al orador cuándo utilizarlo. Respecto a la
sensibilidad: el discurso lógico cansa al auditorio cuando las razones se suceden sin darle reposo;
además, los seres humanos también comprenden por el corazón. No puede ser orador quien se
halle privado de esa sensibilidad apropiada para mover los ánimos. El orador impulsa las ideas y
las imágenes con el fin de que se conviertan en hechos al persuadir, y esto puede ser posible si el
alma receptiva siente que el orador sabe dominarse. No hay discurso oratorio sin razonamiento
caluroso, sin la palabra con lirismo, es decir, con inspiración y emoción. Otro de los elementos
importantes de la oratoria es la imaginación. Ella amplifica una idea nueva por las comparaciones;
le comunica la luz de una imagen bella y oportuna. Cuando algún pasaje es oscuro por la
complejidad del asunto, la imagen lo aclara y mantiene la cohesión psicológica. Los grandes
maestros de la palabra oral saben del lenguaje figurado; pero, como para ellos el lenguaje no es
mera poesía sino un medio de la persuasión, usan con prudencia sus figuras, apoyadas en
consideraciones previas sobre hechos reales o verosímiles. La noble figura del orador, su palabra
serena, su mirada cordial, tienen mucha fuerza persuasiva, y aquél, al comprobarlo, se siente
dueño del

El arte de la retórica, además de estudiar las pasiones, incluye otros recursos, como los
argumentos persuasivos. Enseña cómo hablar con orden y claridad, dando razones sólidas y
dominando las propias emociones, y así oponerse a los adversarios. La determinación del fin de la
retórica es un aporte hecho por los sofistas. Ellos enseñaban que aquélla era creadora de
persuasión, noción -éstabásica para el método y la elaboración de sus principios. Algunos oradores
meditan sus ideas interiormente; otros preparan su discurso escribiéndolo previamente; y otros lo
hablan al mismo tiempo que lo piensan. Lo importante es tener una idea previa, una preparación
sobre lo que se va a decir y cómo se va a decir. Debe tenerse preparada la idea madre, luego, sus
ideas principales y, por último, las clasificaciones de estas últimas. Hasta el orador más apto debe
preparar antes su discurso. De lo contrario, corre el riesgo de que se le generen dudas o silencios
en un auditorio. Esto coloca en una situación incómoda al orador y puede generar pérdida de
atención o interés en los oyentes. Adquirir y ordenar los materiales de acuerdo con un plan es
tarea más o menos lenta; pero quien improvisa no dispone de mucho tiempo y tiene que recordar
los ingredientes de su discurso cuando conviene. Por medio de ejercicios, el orador se corrige y
selecciona frases, mejorando su estilo. Asimismo, adquiere nuevas experiencias que enriquecen
sus conocimientos y pulen su modo de pensar, de sentir y de hablar. Como principio general, al
momento de expresarse, el orador debe evitar los movimientos bruscos y continuos, porque
cansan al auditorio. Si bien no deben ignorarse los gestos y ademanes, tampoco debe obviarse el
reposo. La sencillez, así como también la concordancia de fondo y forma, son elementales para
persuadir. Cuando el orador se disciplina, desaparecen los defectos y se pueden adquirir
cualidades por los mejores modelos. Respecto del patetismo en el discurso, como un modo de
argumentar: siempre es necesario para darle calor y movimiento a los argumentos, así los mismos
podrán convencer y persuadir. La prudencia le indicará al orador cuándo utilizarlo. Respecto a la
sensibilidad: el discurso lógico cansa al auditorio cuando las razones se suceden sin darle reposo;
además, los seres humanos también comprenden por el corazón. No puede ser orador quien se
halle privado de esa sensibilidad apropiada para mover los ánimos. El orador impulsa las ideas y
las imágenes con el fin de que se conviertan en hechos al persuadir, y esto puede ser posible si el
alma receptiva siente que el orador sabe dominarse. No hay discurso oratorio sin razonamiento
caluroso, sin la palabra con lirismo, es decir, con inspiración y emoción. Otro de los elementos
importantes de la oratoria es la imaginación. Ella amplifica una idea nueva por las comparaciones;
le comunica la luz de una imagen bella y oportuna. Cuando algún pasaje es oscuro por la
complejidad del asunto, la imagen lo aclara y mantiene la cohesión psicológica. Los grandes
maestros de la palabra oral saben del lenguaje figurado; pero, como para ellos el lenguaje no es
mera poesía sino un medio de la persuasión, usan con prudencia sus figuras, apoyadas en
consideraciones previas sobre hechos reales o verosímiles. La noble figura del orador, su palabra
serena, su mirada cordial, tienen mucha fuerza persuasiva, y aquél, al comprobarlo, se siente
dueño del

El arte de la retórica, además de estudiar las pasiones, incluye otros recursos, como los
argumentos persuasivos. Enseña cómo hablar con orden y claridad, dando razones sólidas y
dominando las propias emociones, y así oponerse a los adversarios. La determinación del fin de la
retórica es un aporte hecho por los sofistas. Ellos enseñaban que aquélla era creadora de
persuasión, noción -éstabásica para el método y la elaboración de sus principios. Algunos oradores
meditan sus ideas interiormente; otros preparan su discurso escribiéndolo previamente; y otros lo
hablan al mismo tiempo que lo piensan. Lo importante es tener una idea previa, una preparación
sobre lo que se va a decir y cómo se va a decir. Debe tenerse preparada la idea madre, luego, sus
ideas principales y, por último, las clasificaciones de estas últimas. Hasta el orador más apto debe
preparar antes su discurso. De lo contrario, corre el riesgo de que se le generen dudas o silencios
en un auditorio. Esto coloca en una situación incómoda al orador y puede generar pérdida de
atención o interés en los oyentes. Adquirir y ordenar los materiales de acuerdo con un plan es
tarea más o menos lenta; pero quien improvisa no dispone de mucho tiempo y tiene que recordar
los ingredientes de su discurso cuando conviene. Por medio de ejercicios, el orador se corrige y
selecciona frases, mejorando su estilo. Asimismo, adquiere nuevas experiencias que enriquecen
sus conocimientos y pulen su modo de pensar, de sentir y de hablar. Como principio general, al
momento de expresarse, el orador debe evitar los movimientos bruscos y continuos, porque
cansan al auditorio. Si bien no deben ignorarse los gestos y ademanes, tampoco debe obviarse el
reposo. La sencillez, así como también la concordancia de fondo y forma, son elementales para
persuadir. Cuando el orador se disciplina, desaparecen los defectos y se pueden adquirir
cualidades por los mejores modelos. Respecto del patetismo en el discurso, como un modo de
argumentar: siempre es necesario para darle calor y movimiento a los argumentos, así los mismos
podrán convencer y persuadir. La prudencia le indicará al orador cuándo utilizarlo. Respecto a la
sensibilidad: el discurso lógico cansa al auditorio cuando las razones se suceden sin darle reposo;
además, los seres humanos también comprenden por el corazón. No puede ser orador quien se
halle privado de esa sensibilidad apropiada para mover los ánimos. El orador impulsa las ideas y
las imágenes con el fin de que se conviertan en hechos al persuadir, y esto puede ser posible si el
alma receptiva siente que el orador sabe dominarse. No hay discurso oratorio sin razonamiento
caluroso, sin la palabra con lirismo, es decir, con inspiración y emoción. Otro de los elementos
importantes de la oratoria es la imaginación. Ella amplifica una idea nueva por las comparaciones;
le comunica la luz de una imagen bella y oportuna. Cuando algún pasaje es oscuro por la
complejidad del asunto, la imagen lo aclara y mantiene la cohesión psicológica. Los grandes
maestros de la palabra oral saben del lenguaje figurado; pero, como para ellos el lenguaje no es
mera poesía sino un medio de la persuasión, usan con prudencia sus figuras, apoyadas en
consideraciones previas sobre hechos reales o verosímiles. La noble figura del orador, su palabra
serena, su mirada cordial, tienen mucha fuerza persuasiva, y aquél, al comprobarlo, se siente
dueño delEl arte de la retórica, además de estudiar las pasiones, incluye otros recursos, como los
argumentos persuasivos. Enseña cómo hablar con orden y claridad, dando razones sólidas y
dominando las propias emociones, y así oponerse a los adversarios. La determinación del fin de la
retórica es un aporte hecho por los sofistas. Ellos enseñaban que aquélla era creadora de
persuasión, noción -éstabásica para el método y la elaboración de sus principios. Algunos oradores
meditan sus ideas interiormente; otros preparan su discurso escribiéndolo previamente; y otros lo
hablan al mismo tiempo que lo piensan. Lo importante es tener una idea previa, una preparación
sobre lo que se va a decir y cómo se va a decir. Debe tenerse preparada la idea madre, luego, sus
ideas principales y, por último, las clasificaciones de estas últimas. Hasta el orador más apto debe
preparar antes su discurso. De lo contrario, corre el riesgo de que se le generen dudas o silencios
en un auditorio. Esto coloca en una situación incómoda al orador y puede generar pérdida de
atención o interés en los oyentes. Adquirir y ordenar los materiales de acuerdo con un plan es
tarea más o menos lenta; pero quien improvisa no dispone de mucho tiempo y tiene que recordar
los ingredientes de su discurso cuando conviene. Por medio de ejercicios, el orador se corrige y
selecciona frases, mejorando su estilo. Asimismo, adquiere nuevas experiencias que enriquecen
sus conocimientos y pulen su modo de pensar, de sentir y de hablar. Como principio general, al
momento de expresarse, el orador debe evitar los movimientos bruscos y continuos, porque
cansan al auditorio. Si bien no deben ignorarse los gestos y ademanes, tampoco debe obviarse el
reposo. La sencillez, así como también la concordancia de fondo y forma, son elementales para
persuadir. Cuando el orador se disciplina, desaparecen los defectos y se pueden adquirir
cualidades por los mejores modelos. Respecto del patetismo en el discurso, como un modo de
argumentar: siempre es necesario para darle calor y movimiento a los argumentos, así los mismos
podrán convencer y persuadir. La prudencia le indicará al orador cuándo utilizarlo. Respecto a la
sensibilidad: el discurso lógico cansa al auditorio cuando las razones se suceden sin darle reposo;
además, los seres humanos también comprenden por el corazón. No puede ser orador quien se
halle privado de esa sensibilidad apropiada para mover los ánimos. El orador impulsa las ideas y
las imágenes con el fin de que se conviertan en hechos al persuadir, y esto puede ser posible si el
alma receptiva siente que el orador sabe dominarse. No hay discurso oratorio sin razonamiento
caluroso, sin la palabra con lirismo, es decir, con inspiración y emoción. Otro de los elementos
importantes de la oratoria es la imaginación. Ella amplifica una idea nueva por las comparaciones;
le comunica la luz de una imagen bella y oportuna. Cuando algún pasaje es oscuro por la
complejidad del asunto, la imagen lo aclara y mantiene la cohesión psicológica. Los grandes
maestros de la palabra oral saben del lenguaje figurado; pero, como para ellos el lenguaje no es
mera poesía sino un medio de la persuasión, usan con prudencia sus figuras, apoyadas en
consideraciones previas sobre hechos reales o verosímiles. La noble figura del orador, su palabra
serena, su mirada cordial, tienen mucha fuerza persuasiva, y aquél, al comprobarlo, se siente
dueño delEl arte de la retórica, además de estudiar las pasiones, incluye otros recursos, como los
argumentos persuasivos. Enseña cómo hablar con orden y claridad, dando razones sólidas y
dominando las propias emociones, y así oponerse a los adversarios. La determinación del fin de la
retórica es un aporte hecho por los sofistas. Ellos enseñaban que aquélla era creadora de
persuasión, noción -éstabásica para el método y la elaboración de sus principios. Algunos oradores
meditan sus ideas interiormente; otros preparan su discurso escribiéndolo previamente; y otros lo
hablan al mismo tiempo que lo piensan. Lo importante es tener una idea previa, una preparación
sobre lo que se va a decir y cómo se va a decir. Debe tenerse preparada la idea madre, luego, sus
ideas principales y, por último, las clasificaciones de estas últimas. Hasta el orador más apto debe
preparar antes su discurso. De lo contrario, corre el riesgo de que se le generen dudas o silencios
en un auditorio. Esto coloca en una situación incómoda al orador y puede generar pérdida de
atención o interés en los oyentes. Adquirir y ordenar los materiales de acuerdo con un plan es
tarea más o menos lenta; pero quien improvisa no dispone de mucho tiempo y tiene que recordar
los ingredientes de su discurso cuando conviene. Por medio de ejercicios, el orador se corrige y
selecciona frases, mejorando su estilo. Asimismo, adquiere nuevas experiencias que enriquecen
sus conocimientos y pulen su modo de pensar, de sentir y de hablar. Como principio general, al
momento de expresarse, el orador debe evitar los movimientos bruscos y continuos, porque
cansan al auditorio. Si bien no deben ignorarse los gestos y ademanes, tampoco debe obviarse el
reposo. La sencillez, así como también la concordancia de fondo y forma, son elementales para
persuadir. Cuando el orador se disciplina, desaparecen los defectos y se pueden adquirir
cualidades por los mejores modelos. Respecto del patetismo en el discurso, como un modo de
argumentar: siempre es necesario para darle calor y movimiento a los argumentos, así los mismos
podrán convencer y persuadir. La prudencia le indicará al orador cuándo utilizarlo. Respecto a la
sensibilidad: el discurso lógico cansa al auditorio cuando las razones se suceden sin darle reposo;
además, los seres humanos también comprenden por el corazón. No puede ser orador quien se
halle privado de esa sensibilidad apropiada para mover los ánimos. El orador impulsa las ideas y
las imágenes con el fin de que se conviertan en hechos al persuadir, y esto puede ser posible si el
alma receptiva siente que el orador sabe dominarse. No hay discurso oratorio sin razonamiento
caluroso, sin la palabra con lirismo, es decir, con inspiración y emoción. Otro de los elementos
importantes de la oratoria es la imaginación. Ella amplifica una idea nueva por las comparaciones;
le comunica la luz de una imagen bella y oportuna. Cuando algún pasaje es oscuro por la
complejidad del asunto, la imagen lo aclara y mantiene la cohesión psicológica. Los grandes
maestros de la palabra oral saben del lenguaje figurado; pero, como para ellos el lenguaje no es
mera poesía sino un medio de la persuasión, usan con prudencia sus figuras, apoyadas en
consideraciones previas sobre hechos reales o verosímiles. La noble figura del orador, su palabra
serena, su mirada cordial, tienen mucha fuerza persuasiva, y aquél, al comprobarlo, se siente
dueño delEl arte de la retórica, además de estudiar las pasiones, incluye otros recursos, como los
argumentos persuasivos. Enseña cómo hablar con orden y claridad, dando razones sólidas y
dominando las propias emociones, y así oponerse a los adversarios. La determinación del fin de la
retórica es un aporte hecho por los sofistas. Ellos enseñaban que aquélla era creadora de
persuasión, noción -éstabásica para el método y la elaboración de sus principios. Algunos oradores
meditan sus ideas interiormente; otros preparan su discurso escribiéndolo previamente; y otros lo
hablan al mismo tiempo que lo piensan. Lo importante es tener una idea previa, una preparación
sobre lo que se va a decir y cómo se va a decir. Debe tenerse preparada la idea madre, luego, sus
ideas principales y, por último, las clasificaciones de estas últimas. Hasta el orador más apto debe
preparar antes su discurso. De lo contrario, corre el riesgo de que se le generen dudas o silencios
en un auditorio. Esto coloca en una situación incómoda al orador y puede generar pérdida de
atención o interés en los oyentes. Adquirir y ordenar los materiales de acuerdo con un plan es
tarea más o menos lenta; pero quien improvisa no dispone de mucho tiempo y tiene que recordar
los ingredientes de su discurso cuando conviene. Por medio de ejercicios, el orador se corrige y
selecciona frases, mejorando su estilo. Asimismo, adquiere nuevas experiencias que enriquecen
sus conocimientos y pulen su modo de pensar, de sentir y de hablar. Como principio general, al
momento de expresarse, el orador debe evitar los movimientos bruscos y continuos, porque
cansan al auditorio. Si bien no deben ignorarse los gestos y ademanes, tampoco debe obviarse el
reposo. La sencillez, así como también la concordancia de fondo y forma, son elementales para
persuadir. Cuando el orador se disciplina, desaparecen los defectos y se pueden adquirir
cualidades por los mejores modelos. Respecto del patetismo en el discurso, como un modo de
argumentar: siempre es necesario para darle calor y movimiento a los argumentos, así los mismos
podrán convencer y persuadir. La prudencia le indicará al orador cuándo utilizarlo. Respecto a la
sensibilidad: el discurso lógico cansa al auditorio cuando las razones se suceden sin darle reposo;
además, los seres humanos también comprenden por el corazón. No puede ser orador quien se
halle privado de esa sensibilidad apropiada para mover los ánimos. El orador impulsa las ideas y
las imágenes con el fin de que se conviertan en hechos al persuadir, y esto puede ser posible si el
alma receptiva siente que el orador sabe dominarse. No hay discurso oratorio sin razonamiento
caluroso, sin la palabra con lirismo, es decir, con inspiración y emoción. Otro de los elementos
importantes de la oratoria es la imaginación. Ella amplifica una idea nueva por las comparaciones;
le comunica la luz de una imagen bella y oportuna. Cuando algún pasaje es oscuro por la
complejidad del asunto, la imagen lo aclara y mantiene la cohesión psicológica. Los grandes
maestros de la palabra oral saben del lenguaje figurado; pero, como para ellos el lenguaje no es
mera poesía sino un medio de la persuasión, usan con prudencia sus figuras, apoyadas en
consideraciones previas sobre hechos reales o verosímiles. La noble figura del orador, su palabra
serena, su mirada cordial, tienen mucha fuerza persuasiva, y aquél, al comprobarlo, se siente
dueño del